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DEL PRÍNCIPE A LA RANA

EL GOBIERNO DE LOS SALARIOS EN URUGUAY

Este artículo analiza la política salarial del gobierno del Uruguay a partir de la acción de los
trabajadores. Siguiendo ese hilo se pondrán de manifiesto las tensiones que encierra y
también el movimiento que las supera y lleva más allá del actual estado de cosas.

El gobierno de los salarios en Uruguay

La inflación es la preocupación principal de la política económica del Frente Amplio, como lo


fue para los anteriores gobiernos uruguayos. Los gobiernos progresistas se caracterizan, sin
embargo, por tratar de controlar la inflación manejando a los salarios.

En Uruguay, el Poder Ejecutivo establece tanto el monto de los ajustes salariales como la
duración de los convenios colectivos. Estos lineamientos generales no son objeto de
concertación social; son definidos exclusivamente por el Ministerio de Economía y anunciados
a las organizaciones empresariales y sindicales como el marco de la negociación colectiva.

A continuación, intervienen los Consejos de Salarios. Se trata de comisiones sectoriales,


integradas por delegados del gobierno, los sindicatos y las gremiales patronales, que negocian
la aplicación de la pauta oficial por ramas de actividad. Las negociaciones permiten, dentro de
ciertos límites, obtener mayores aumentos a los sindicatos más fuertes y una mayor
explotación cuando son más débiles, con el resultado general de dividir la acción de los
trabajadores. Concluyen con la firma de convenios colectivos, que fijan los salarios del sector
como un mínimo obligatorio para todas las empresas y proscriben los conflictos durante la
vigencia de los acuerdos.

Una negociación colectiva ampliamente distribuida por ramas y grupos de actividad, queda así
organizada dentro de pautas salariales centralizadas. Por medio de los Consejos de Salarios, el
gobierno procura encerrar el conflicto de clases y asociar a los sindicatos, en un papel
subalterno, a la aplicación de la política económica.

El ciclo progresista

Entre los años 2005 y 2014, cuando la economía crecía aceleradamente por la inversión de
capital extranjero, la mediación política trató de mantener el aumento de los salarios por
debajo del incremento de la producción.

El Poder Ejecutivo extendió los convenios colectivos hasta dos y tres años de duración, con
ajustes salariales de acuerdo a la fórmula clásica: una actualización por el índice de precios,
que conserva el poder de compra, y un aumento real, definido dentro de estrechos márgenes.
Así, por ejemplo, indicó aumentos de salarios entre un mínimo de 2 y un máximo de 4%, para
el año 2005, mientras que el producto interno bruto crecía a una tasa de 6,6% anual.

El gobierno progresista esperaba lograr de ese modo un crecimiento “con equidad”. Salarios
que aumentan menos que el producto disminuyen los costos laborales unitarios y elevan la
ganancia de las empresas sin subas de precios. Todo consistía en mantener subordinados los
salarios a la ganancia y confiar en un crecimiento continuo de la economía.
Al comienzo, la economía crecía aceleradamente, los salarios eran muy bajos, a consecuencia
de la crisis de principios de siglo, y los aumentos fáciles de asimilar para las empresas. Sin
embargo, la administración de los salarios por el gobierno se encontró con deseos y
necesidades de los trabajadores que escapan a las mediaciones institucionales.

Los conflictos aumentaron velozmente, a medida que el crecimiento económico absorbía el


desempleo. Las jornadas de trabajo perdidas pasaron de 392.914, en el año 2005, para
1.315.984, en el año 2008, según el Instituto de Relaciones Laborales. Con las luchas, se
extendió la organización. Creció la afiliación a los sindicatos existentes y se constituyeron
también otros nuevos, al amparo de la protección legal, en actividades que permanecían
desorganizadas. La cantidad de trabajadores sindicalizados aumentó desde los 123.600,
estimados en el año 2003, a más de 213.000, en el año 2008, según la convención sindical PIT-
CNT. La incorporación masiva de nuevos trabajadores, a su vez, renovó la subjetividad de los
sindicatos y le imprimió una mayor radicalidad a las formas de lucha, poniendo en movimiento
un círculo virtuoso de luchas y organización, que se impulsan mutuamente.

La conflictividad en los gobiernos progresistas alcanzó dimensiones similares a las que tenía
bajo los gobiernos anteriores, a pesar de la introducción de instituciones mediadoras, aunque
con un contenido completamente diferente. Ya no son luchas defensivas por conservar el
empleo o reclamar el pago de salarios adeudados; los trabajadores aprovecharon las
circunstancias económicas y políticas para pasar a la ofensiva por mayores salarios y mejores
condiciones de trabajo.

La recomposición de clase, tanto en el sentido del empleo como en el aspecto político de la


circulación de las luchas y la organización, modificó la relación inicial de fuerzas. El cambio se
expresó directamente en un alejamiento de los convenios colectivos con respecto a las pautas
gubernamentales. Mientras que los ajustes acumulados durante el primer gobierno
progresista iban desde un mínimo de 9 hasta un máximo de 20%, el salario real creció 26% en
el quinquenio.

No obstante, si en vez de considerar los porcentajes, como se hace habitualmente, atendemos


a los valores monetarios, vemos que los salarios siguen siendo notablemente bajos. Más de la
mitad de los trabajadores ganaba menos de diez mil pesos mensuales, insuficientes para cubrir
las necesidades básicas, en el año 2010, según el Instituto Cuesta Duarte.

No se trata, evidentemente, de un aumento desmesurado de los salarios. El asunto es otro.


“Las condiciones del mercado de trabajo y las rondas de negociación se combinaron para
generar aumentos de salarios que son un desafío para las empresas, que deben promover
aumentos muy fuertes del volumen de negocios para generar mejoras de productividad
capaces de absorberlos”, advirtió el economista Pablo Rosselli, asesor empresarial (El país, 30
de abril de 2012).

La modificación de las relaciones de fuerza invirtió la relación entre las variables y puso a los
salarios por delante, convertidos en el factor que impulsa al crecimiento de la productividad.
Los trabajadores convirtieron al salario en “un componente exógeno”, afirma el Banco Central,
o sea, en una variable independiente que condiciona a la política económica del gobierno, en
lugar de ser determinado por ella.
La nueva política salarial, igual que la anterior, sólo puede llevarse a cabo con la colaboración o
con la represión de los sindicatos, o, al menos, con alguna combinación de ambas que asegure
la colaboración de algunos y la represión de los que no colaboran. El fin del “pacto social
implícito” no fue indoloro. Por un lado, trajo un deslizamiento del gobierno desde la
negociación hacia la imposición, las pautas del Poder Ejecutivo se volvieron más inflexibles y la
represión de los conflictos, un recurso más frecuente. Por otro lado, llevó los conflictos
laborales al mayor nivel de los últimos veinte años en el 2015, superando largamente el millón
y medio de jornadas de trabajo perdidas, 1.663.915, exactamente, según el Instituto de
Relaciones Laborales.

Si las circunstancias económicas y políticas habían cambiado, tampoco los trabajadores eran
los mismos de antes. Ya no son las personas desesperadas por la pobreza y dispersas por el
desempleo, que había producido la crisis de principios de siglo, sino los protagonistas de los
ciclos de luchas y organización que desbordaron la política económica de los gobiernos
progresistas. Más allá de sus resultados inmediatos, las luchas del año 2015 señalaron el fin de
un ciclo de la economía y la política uruguaya, obligando a todos a tomar nota del cambio de la
relación estratégica entre las clases.

La mayor negociación salarial de la historia

La renovación de los convenios colectivos del año 2018 fue la mayor negociación salarial de la
historia del Uruguay. Abarcó simultáneamente a todos los asalariados de la actividad privada y
fue la última oportunidad para los funcionarios públicos de obtener mejoras en la actual
administración. Sus resultados deciden la evolución de los salarios de la economía uruguaya
por los próximos dos años y proscriben los conflictos de los trabajadores durante la campaña
electoral y hasta la instalación de un nuevo gobierno.

El Poder Ejecutivo estableció, para esta oportunidad, lineamientos similares a los de la ronda
anterior. Las pautas indican convenios de dos a tres años de duración, con ajustes de salarios
nominales decrecientes a lo largo del período: de 6,5 a 8,5% en el año 2018; entre 6 y 8% para
el 2019; y, finalmente, de 5 a 7% en el año 2020.

La política económica usa a los salarios como el instrumento para conducir las expectativas del
capital hacia la meta inflacionaria del gobierno y espera, a su vez, que la disminución del ritmo
inflacionario termine por compensar el atraso salarial.

Las empresas respondieron inmediatamente, anticipándose a las negociaciones, con subas de


precios que llevaron la inflación a 8,4%. La mediación política opera entonces como un techo,
que impide los aumentos de salarios y reduce la negociación colectiva a una discusión de las
pérdidas. Correctivos según la variación de los precios, a la mitad y al fin de los convenios,
prometen devolver el salario real al punto de partida. De ese modo, el gobierno afirma que no
habrá finalmente rebaja de salarios y asegura simultáneamente la apropiación completa del
crecimiento del producto por parte de las empresas.

La central sindical sostuvo, en cambio, que los salarios debían crecer a la par de la economía,
para mantener la participación de los trabajadores en el producto, y afirmó que las pautas del
gobierno no aseguran siquiera la conservación del salario real a lo largo de los convenios. No
obstante, cuando los analistas especializados anunciaban un aumento de la conflictividad, se
encontraron sorpresivamente con la firma de los primeros convenios colectivos. Ramas de
actividad tan significativas y dispares como la industria de la bebida o la construcción
acordaron rápidamente, dentro de las pautas del gobierno, sin conflictos y sin dejar lugar para
una movilización de los trabajadores.

Si el ciclo de luchas del año 2015 había revelado el cambio de la relación estratégica entre las
clases, las negociaciones del 2018 mostraron cuáles fueron las consecuencias tácticas que
sacaron sus organizaciones políticas. Una percepción de la imposibilidad de nuevas conquistas
movió a los sindicatos a una preocupación principal por evitar las pérdidas. El congreso de la
convención sindical concentró sus deliberaciones en la situación política; identificó el peligro
de un retorno de la derecha y convocó a derrotarlo fortaleciendo el bloque con el gobierno. El
resultado fue una actitud defensiva, resuelta a asociarse a los lineamientos del gobierno y
evitar los conflictos.