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Camino de Retorno – La búsqueda de los frutos

Camino de Retorno – La búsqueda de los frutos

CAMINO DE RETORNO La búsqueda de los frutos

Camino de Retorno – La búsqueda de los frutos

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la web: http://creativecommons.org/licenses/by/3.0/es/ Josep Gimbernat Amer, 1990, 2010 josep@camideservei.org

Camino de Retorno – La búsqueda de los frutos

INDICE

 

Pág

Cap. IV:

Primer Fruto

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Cap. V:

Sin Tiempo

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Cap. VI:

Segundo Fruto

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35

Cap. VII:

Tercer Fruto

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59

Cap. VIII: Tiempo Perdido

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81

Cap. IX:

Cuarto Fruto

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103

Cap. X:

Quinto Fruto

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Cap. XI:

Sexto Fruto

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157

Cap. XII:

Séptimo Fruto

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Regreso al Reino

 

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Camino de Retorno – La búsqueda de los frutos

Camino de Retorno – La búsqueda de los frutos

Prólogo a la edición electrónica del 2010

Después de leer mi novela El Príncipe del Reino de la Luz, muchos amigos me preguntaban qué pasaba una vez Adani había nacido. Según ellos, no podía dejarles con la explicación a medias; tenía que contarles qué le pasaba a Adani y cómo volvía al reino de la luz. De nada sirvió que les dijera que El Príncipe se había escrito con una intención, explicar a mis hijos mediante un cuento el porqué nacíamos, y que esa intención ya había sido colmada. Ellos insistían.

Finalmente les hice caso y me puse a escribir la continuación del Príncipe para intentar plasmar no sólo el porqué nacíamos en esta tierra sino también qué pasaba una vez en ella. Y el resultado es Camino de Retorno, la búsqueda de los Frutos, este libro que tienes entre manos y que se aleja bastante de la ingenuidad fantástica del Príncipe justamente porque ya no está dirigido a mis hijos pequeños; en todo caso está dirigido a estos mismos hijos ahora que ya son mayores.

Espero que disfrutes con las aventuras de Buscador, Adani en la Tierra, y que te sirva de inspiración para tus reflexiones más profundas. Ese es todo mi deseo.

Josep Gimbernat

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PRIMER FRUTO

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A dani acababa de nacer. Bueno, en realidad sus padres no lo llamaban así; en su primitiva lengua lo llamaban Efud, que significa 'El que Vive'; solo mucho más tarde, cuando se

hizo famoso y se forjaron leyendas a su alrededor pasó a llamarse de esa manera: Adani, 'el Primero'.

Su padre, Shaní, era el jefe de la tribu de los Ashim, 'Los que tienen Fuego', la más poderosa de la Tierra en esos momentos y su madre Mim era la Sacerdotisa de la tribu. Debo de añadir que a la Tierra, en esos momentos no se la conocía por ese nombre sino por el de Milkoth, que significa en su lenguaje 'La cueva del aprendiz'.

Cierto es que la tribu de los Ashim hoy sería insignificante, pero en esos tiempos en que la humanidad era incipiente y había pocos hombres en todo Milkoth, el hecho de haber cuatrocientos hombres en las cuatro tribus de los Ashim era una garantía de que nadie era más fuerte que ellos en Milkoth. Además, habían aprendido a dominar el fuego y con ello se iniciaba una revolución en su manera de vivir.

Ya no era tan difícil calentarse en las frías noches y además de servirles para defenderse de las muchas alimañas que les acosaban, les permitía cocinar sus alimentos y hacerlos más agradables y aprovechables que antes

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La vida en la tribu era muy dura y la dificultad mayor estribaba en la alimentación puesto que en aquel entonces tanto la agricultura como la ganadería eran incipientes y la alimentación principal se debía de recoger diariamente en partidas de caza y de recolección de frutos y alimentos vegetales en las que participaba toda la tribu.

Efud creció en medio de su tribu y rápidamente se hizo hombre. A la edad de siete años ya sabía cazar y salía en las partidas de caza que mandaba su padre.

Realmente, la lección primera que aprendía cualquier niño nacido en esa época era la de la supervivencia puesto que ésta era muy precaria y difícil de asegurar. Una sequía prolongada podría hacer que tuvieran que desplazar su poblacho hasta donde hubiera más vegetación y si había escasez de animales de caza también tenían que irse del lugar donde se habían establecido.

Por eso, el viajar era una constante de la tribu y raramente pasaban varios años en el mismo sitio. Lógicamente, todos los niños se hacían rápidamente muy fuertes y a los catorce años ya se les consideraban hombres para todos los menesteres y mucho antes ya salían a cazar para alimentar a la tribu.

Era una vida realmente difícil y solo los más fuertes podían aspirar a vivir algunos años; los enfermos raramente sobrevivían mucho e incluso los fuertes envejecían rápidamente y a los treinta años ya eran considerados viejos. Muy pocos vivían mucho más de cuarenta años.

Debido a todo ello, en todos los hombres se desarrollaba una tendencia muy fuerte que era la de atesorar toda la comida que podían en previsión de los días en que no pudieran tenerla. Mas tarde, se amplió esa tendencia a todo lo que cualquiera consideraba suyo, es decir que toda cosa, animal o incluso persona que fuera considerada que pudiera ser propia, se atesoraba y guardaba de una manera exagerada por miedo a perderla. Se desarrolló el primer defecto humano: la Avaricia.

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Era lógico que, debido al peligro de falta de alimento y bienestar, se quisiera guardar algo de comida para más adelante y así evitar el morirse de hambre uno mismo y su familia.

Pero lo que no fue tan afortunado es que del guardar cosas

necesarias se pasó a guardar con celo incluso las cosas no necesarias de verdad o a guardarlas más tiempo del necesario con los consecuentes efectos desastrosos para el bienestar de la humanidad. La comida guardada demasiado tiempo se estropeaba y al que era avaricioso no le importaba eso, prefería guardarla más tiempo todavía antes que regalarla

a alguien que la necesitara en ese momento.

Mientras los hombres no desarrollaron esa tendencia, la comida se compartía entre todos los de la tribu, tanto a la hora de recogerla o cazarla como a la hora de repartirla y comerla; pero al ir pasando el tiempo y dicho defecto se iba acrecentando en más y más personas, se inició la época en la que cada cual debía conseguirse su comida y la de su familia, y, si alguien no lograba suficiente, tanto él como su familia pasaban hambre sin remedio. Realmente, al ir pasando el tiempo la Avaricia se convirtió en el defecto de todo Milkoth y rara era la persona que no lo tenía en mayor o menor medida.

Efud, que no recordaba en absoluto ser Buscador, y mucho menos ser el Hijo del Rey del Reino de la Luz, se adaptó a las normas que encontraba a su alrededor y creyendo, como todo el mundo, que era un hombre normal y corriente fue creciendo y fortaleciéndose en la lucha y la caza, preparándose para ser un día el Jefe de los Ashim, en sustitución de Shaní, su padre.

Al llegar a la madurez, ya era considerado el más fuerte de la tribu

y mandaba casi todas las expediciones importantes de caza; había llegado

a la cima del poder en la tribu más importante de todo Milkoth; realmente se encontraba orgulloso de sí mismo, había incluso desarrollado un desdén hacia los demás hombres puesto que los veía inferiores a él y seguramente se hubiera encontrado plenamente satisfecho de no ser porque había algo que no iba del todo bien, algo que le preocupaba

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Hacía

ya

muchas

noches

que

soñaba,

sueños

extraños

e

inexplicables que no sabía interpretar y que le perturbaban.

En esos sueños veía a un ser luminoso que se dirigía a él y le hablaba con mucho amor pero le decía cosas que no entendía en absoluto. De todo el sueño, lo que más le llamaba la atención es que ese ser le enseñaba un árbol con frutos y le invitaba a coger uno pero él no podía coger ninguno por encontrarse demasiado altos y él ser demasiado bajo.

Cuando esos sueños se hicieron demasiado repetitivos e intensos se fue a ver a la Sacerdotisa, a Mim, su madre para que le ayudara a interpretarlos. Esta, le escuchó atentamente y luego de hacer unas invocaciones a Sondolpun, el Señor de todo Milkoth, a quien adoraban toda la Tribu de los Ashim y de quien contaban que era el que les había dado el fuego, le recomendó que intentara hablar con ese ser que veía en sueños puesto que según parecía era uno de los dioses que deseaba algo de él.

Para conseguir hablar con ese dios, le enseño un ritual especial que le permitiría lograrlo; debía ir cada día a la cima de una montaña que había cerca de allí, la montaña sagrada, y en la puesta del Sol, sentarse de cara al sol poniente, cerrar los ojos y llamar de corazón a ese ser. Una vez hecho esto, manteniendo los ojos cerrados, escuchar en su cabeza la respuesta que tarde o temprano le llegaría.

Así lo hizo Efud desde ese mismo día. Cada puesta de Sol encontraba a Efud sentado en la cima de la Montaña Sagrada intentando comunicar con el misterioso Ser que se le aparecía en sueños.

Pero no conseguía oír nada aunque se mantenía de esa manera hasta que oscurecía totalmente. Día tras día lo intentaba, pero sólo oía sus propios pensamientos. Cuando lo había intentado ya muchas veces sin éxito, fue a ver de nuevo a Mim, la Sacerdotisa.

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Gran Sacerdotisa, te ruego me ayudes a conseguir oír la voz del Ser que se me aparece en sueños; no lo consigo por mucho que hago lo que me dijiste.

El hablar con un dios no es cosa fácil para un mortal, aunque sea hijo de Jefe y aunque sea el más fuerte de los hombres. La fuerza no sirve de nada en estos casos, es más bien la humildad y la tenacidad la que lo consiguen. Cuando comprendas que no eres más importante que nadie de la tierra alcanzarás la paciencia necesaria para acallar tus pensamientos y en cuanto logres silenciar tu mente, oirás esa voz suave que intenta hablar. Continúa haciendo lo que te he dicho hasta que consigas lo que te propones.

Efud no podía rechazar una orden tan directa de la Gran Sacerdotisa, aunque no estuviera muy seguro de que consiguiera nada, así que tuvo que reanudar sus largas sentadas en la cima de la Montaña Sagrada. Diariamente subía a la Montaña, se sentaba ante el sol poniente y cerraba los ojos invocando al Ser de Luz. Y casi sin darse cuenta ocurrió que cada vez se impacientaba menos.

Al llegar a la conclusión, por cansancio, de que no conseguiría nada, abandonó la impaciencia y al darse cuenta de que por muchos méritos que tuviera, por mucha fuerza que desarrollara y por muy hijo de Jefe que fuera, el Ser de Luz no le hablaba, poco a poco fue perdiendo la arrogancia que le caracterizaba y fue adquiriendo la justa proporción de saber cuál era su lugar en el mundo.

Y así, un día se encontró con que, en el rato que seguía a la puesta del sol en que se encontraba con los ojos cerrados y esperando, sus pensamientos se callaron del todo; dejó de pensar en lo que ocurría en su mundo, en su vida y se quedó en silencio total y entonces ocurrió. Una voz queda, suave, se dejó oír en su mente:

Soy Oro, tu acompañante eterno, ha pasado mucho tiempo desde que intenté hablar contigo por primera vez. Recuerda que el motivo por el que naciste es el de recoger el primer fruto del Árbol

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de la Sabiduría. Y Para poder coger el fruto de ese árbol deberás crecer primero. Eso es lo que intentaba explicarte en los sueños, que debes crecer para poder alcanzar esos frutos. El árbol es alto para que ningún hombre que no quiera crecer primero pueda alcanzarlos. Busca ante todo el crecimiento y conseguirás el fruto deseado.

Y sin decir nada más, el Ser dejo de oírse en la mente de Efud, el cuál quedó perplejo por las palabras del llamado Oro y en cuanto pudo solicitó otra audiencia con la Gran Sacerdotisa.

Gran Madre, te suplico interpretes las palabras que el Ser de Luz me dijo porque de ninguna manera las entiendo. El habla de que debo de crecer, pero yo ya he llegado al máximo de crecimiento, nadie en la tribu de los Ashim crece más después de mi edad y en verdad que soy el más alto de todos. Cómo puedo crecer más para poder alcanzar los frutos de ese maravilloso árbol.

Hijo mío, por las palabras que te dijo el Ser de luz y que tú me has contado, creo que no se refería a crecimiento de tu cuerpo sino de tu espíritu. No se trata de ser más alto realmente sino de que debes crecer en tu manera de ser, debes madurar y dejar de ser como un niño. Todos los hombres, aunque crezcan en su cuerpo y se hagan altos y fuertes, deben madurar para alcanzar la sabiduría, de lo contrario sus actitudes y sus maneras de comportarse siguen siendo las de un niño. Obsérvate a ti mismo en todas las situaciones, analiza los motivos por los cuales actúas así y reflexiona sobre si esa es la manera más adecuada de comportarse. Es el trabajo de toda una vida, pero cuando alcances la meta sabrás que ese esfuerzo vale realmente la pena.

Las palabras de la Gran Sacerdotisa, dieron mucho que pensar a Efud. Había algo que le decía que no eran simples palabras las que le había dicho su madre, que no era vana filosofía ni sueños fantasiosos y sin realidad, sino que debían ser la expresión de una verdad que todavía él no alcanzaba a entender.

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Efud estaba acostumbrado a no pensar en el porqué hacía las cosas; las hacía porque le salía hacerlas así o bien porque todo el mundo las hacía de ese modo. Nunca se le había ocurrido pensar que pudiera estar actuando como un niño, él ya era un hombre y un hombre, se supone, siempre actúa como un hombre.

Pero si Mim era la Gran Sacerdotisa era por algo, había demostrado ya varias veces su gran intuición y su visión de futuro por lo que no podía desechar sus explicaciones.

Y, además, estaba el Ser de Luz que le habló, aunque quisiera pensar que era sólo imaginación suya, la impresión que le causó esa voz hablándole con tanto amor y con tanta sabiduría era tan fuerte que no podía tampoco olvidarla así cómo así. Después de mucho reflexionar, decidió que intentaría poner en práctica lo que le había recomendado su madre, al menos por un tiempo.

Una vez tomada esa decisión, esa misma noche tuvo un sueño en el que se vio ante el Ser de Luz que le mostraba el Árbol de la Sabiduría y que le sonreía contento.

Al despertar se dio cuenta de que ese ser le había querido hacer entender que estaba contento por su decisión así que cogió nuevos ánimos para iniciar la que sería una de las tareas más difíciles para él:

intentar conocerse a sí mismo y las motivaciones por las que actuaba.

A partir de ese mismo día, Efud se volvió más reflexivo, menos charlatán y siempre parecía absorto en sus cavilaciones. Sus amigos al principio le preguntaban qué le pasaba pero luego se reían de su contestación.

Nadie le entendía cuando lo explicaba, todo el mundo se reía de sus sueños y le instaban a que reanudase su vida normal y se olvidara de esas fantasías de niño. Sólo Mim, su madre, y Shaní, su padre, lo entendieron y ayudaron, los demás se burlaban de él y al ver que Efud seguía emperrado en su historia acabaron por abandonarle y dejarle solo.

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Pasaron los años y Efud se quedó sin amigos, sin nadie a su lado excepto sus padres y eso lo entristeció.

Un día su padre lo llamó a su presencia y le hablo:

Hijo mío, cada día te veo más triste. Ya me has contado más de una vez, cual es el motivo de tu aire reflexivo y de tu cambio de manera de actuar, pero eso no me parece motivo de tu tristeza. ¿ Qué te ocurre?.

Padre, lo que ocurre es que no tengo amigos. Todos me han abandonado, se burlan de mí y de mis maneras de actuar. No quieren ni escucharme y realmente, se me hace difícil vivir sin amigo alguno.

Te entiendo hijo mío, a todos se nos hace difícil la vida si creemos que no tenemos ningún amigo pero no debes preocuparte por ello, en realidad sí tienes algún amigo; primero estamos tu madre y yo que siempre seremos tus mejores amigos y además tienes a tu amigo de luz: el ser que dijo que se llamaba Oro. Ese es el mejor amigo que se puede tener en este mundo, alguien que no es de él.

Tienes razón, Padre, pero a Oro no lo he vuelto a ver, ni a oír, ni tan siquiera a soñar desde que tomé la decisión de conocerme mejor a mi mismo y eso me entristece. Y, además, me entristece también el que todo lo que voy descubriendo no puedo comunicarlo a nadie. Veo que mis errores también los cometen otros antiguos amigos míos y quisiera explicárselo pero ni tan siquiera quieren oír hablar de ello.

Según lo que recuerdo que me explicaste de lo que dijo tu Ser de Luz en la Montaña Sagrada, es lógico que no lo hayas vuelto a ver, puesto que te encomendó un trabajo y hasta que no lo hayas terminado te debe dejar en paz para que puedas hacerlo por tus propios medios y sin interferencia alguna. Estoy seguro que, en cuanto hayas crecido bastante, volverás a encontrarte con él cuando menos lo esperes.

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Y en cuanto a tus antiguos amigos, es normal que no te quieran ni escuchar puesto que nada duele más a un hombre-niño que le digan que es un niño.

El verdadero hombre admite que es un niño que debe de crecer, el hombre niño cree que es un hombre ya crecido mucho antes de que haya salido de caza por primera vez.

Y no solo temen escuchar que son niños sino que además no quieren ni oír hablar de tus reflexiones puesto que ello les obligaría a reflexionar sobre sí mismos y tendrían que admitir que quizás sí que están errados en algo importante, y eso es inadmisible para el hombre-niño.

Debo de admitir que estoy orgulloso de ti, hijo mío, al intentar conocerte a ti mismo, has tenido que reconocer que eras un hombre- niño, y con ese reconocimiento has ganado la categoría de hombre. Aunque el precio a pagar es la soledad, creo que vale la pena adquirir la sabiduría y no quedarse con la ignorancia de por vida.

Efud, con toda aquella explicación se quedó mucho más tranquilo. Aunque, en el fondo, la tristeza de sentirse solo era muy profunda, aún así las palabras de su padre le renovaron en su decisión de seguir adelante en su propio crecimiento aún a costa de no tener ningún amigo.

Esa misma noche volvió a soñar con el Ser de Luz que le sonreía y le enseñaba la Montaña Sagrada. Al despertar, Efud comprendió que se le indicaba que debía de reanudar el contacto con Oro subiendo a la Montaña en la puesta de sol, tal como lo había hecho anteriormente y así lo hizo.

En cuanto se sentó ante el sol poniente y cerró los ojos, inmediatamente vio claramente a Oro delante de sí, sonriéndole y mostrándole el Árbol de la Sabiduría más bajo de lo que era la última vez que lo había visto y a la vez, una voz en su cabeza empezó a hablar:

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Soy Oro de nuevo, no había vuelto a comunicarme contigo

para dejarte en libertad de escoger tu propio camino de crecimiento

y ver si realmente aguantabas la soledad que conlleva.

Lo has hecho, has crecido realmente y te has hecho un verdadero hombre, te has apartado de los hombres-niño y has preferido la soledad a comportarte como ellos. Por eso ves ahora el Árbol más bajo que antes, en realidad es igual de alto que siempre pero tú has crecido y eres más alto, por ello te parece más bajo el Árbol y más fácil alcanzar su fruto.

De todas maneras, aún te falta crecer un poco más para alcanzar ese fruto. El siguiente paso que debes de dar es el aprender

a discriminar. Ahora ya te has dado cuenta de que muchas de las

cosas que se hacen diariamente son hechas sin pensar y por pura

costumbre.

También has visto que muchas de ellas son equivocadas. Pero con esa constatación no basta, debes de aprender a actuar correctamente en todas las situaciones y para ello deberás aprender a discriminar lo correcto de lo incorrecto, lo útil de lo inútil, lo bueno de lo malo. Te has convertido en un pensador pero ahora debes aprender a actuar. En cuanto actúes, tu soledad desaparecerá.

Pero recuerda, aprende a discriminar o puedes perder todo lo ganado. Yo estaré cerca de ti, pero no puedo interferir demasiado, debes crecer por tu propio esfuerzo. Hasta pronto.

Y de nuevo Efud se encontró solo en la cima de la montaña. Algo

abatido por su sentimiento de soledad pero alentado a la vez por las palabras de Oro bajó hasta el poblado y se fue a dormir.

Y tuvo sueños hermosos, sueños en los que se veía muy alto y

recogiendo los frutos del Árbol de la Sabiduría, hablando con Oro y disfrutando de su compañía y su eterna sonrisa.

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Pero sólo eran sueños, al despertar comprobó que todavía no había crecido lo suficiente, que no tenía ningún fruto del Árbol e incluso que ni tan solo sabía dónde se hallaba ese maravilloso Árbol; sin desanimarse inmediatamente reanudo la tarea encomendada.

Y así siguieron pasando los años.

Por aquel entonces, Shaní, su padre, ya era muy viejo y debía ceder el puesto de Jefe de los Ashim a un sucesor. Este sucesor podía nombrarlo él y era normal que nombrara a su hijo, pero existía el peligro de que si el nombrado no era suficientemente fuerte y sabio para ejercer de Jefe, fuera retado por otros aspirantes a la jefatura. Y ocurrió que aunque todo el mundo sabía que Efud era fuerte, como últimamente no hacia gala de su fuerza ni de sus habilidades, algunos jóvenes creyéndose más fuertes que Efud, le retaron a lucha. Efud buscó consejo en su madre, la Gran Sacerdotisa.

Madre, hay tres aspirantes a la jefatura de los Ashim que me acaban de retar y me encuentro en una encrucijada. No se qué hacer, creo que soy mas fuerte que ellos y que podría vencerles fácilmente pero por otro lado no estoy seguro de que yo sea el mejor jefe para la tribu y quizás uno de los aspirantes lo hiciera mejor que yo, por ello dudo en si dejarme vencer o renunciar directamente a la lucha cediendo la jefatura.

Pero por otro lado, creo que los que me sucederían no tienen el suficiente buen juicio para gobernar correctamente la tribu y quizás debería de intentar mantenerme en el puesto por el bien de los Ashim. ¿ Qué me aconsejas?.

Hijo mío, has hablado como un hombre sabio. El ignorante siempre cree saber más y poder hacerlo mejor que nadie. En cambio, el sabio nunca está seguro de si sabe lo suficiente para algún menester. Tus dudas son muestra de una humildad que pocos hombres de la tribu poseen ahora.

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Es por ello que como Gran Sacerdotisa debo aconsejarte que te mantengas en tu jefatura y respondas al reto aceptando la lucha puesto que la tribu estará mejor gobernada por un jefe que es sabio y humilde que no por alguien que sea fuerte pero ignorante de sus propias capacidades.

Efud, salió un poco más animado de la conversación con la Gran Sacerdotisa pero aún con dudas y para intentar aclararse las dudas decidió dar un paseo para reflexionar. Cuando quiso darse cuenta ya se encontraba en la Montaña Sagrada y había tomado una decisión: se mantendría en la jefatura, pero no por él sino porque creía que sería lo mejor para la tribu.

En ese momento ocurrió algo inesperado, a pesar de ser todavía mediodía, lejos de la hora de la puesta de sol, y a pesar de encontrarse con los ojos abiertos plenamente, pudo ver delante de él cerca de la cima de la montaña a Oro, el Ser de Luz, con su eterna sonrisa y lo pudo ver más radiante que nunca, realmente competía con el sol en iluminar la cima de la Montaña Sagrada.

Una vez repuesto de su sorpresa pudo oír cómo Oro se dirigía a él es estos términos:

Aquí estoy de nuevo, acabas de tomar una importante decisión, la de seguir como jefe de tu tribu a pesar de dudar en si eres lo suficientemente adecuado para el puesto. Para tomar esta decisión has tenido que utilizar la discriminación para saber cuál de las opciones que tenias a escoger era la más correcta y has decidido correctamente. Aunque no deseas luchar contra nadie, aunque no estés seguro de tus aptitudes, sí sabes perfectamente que los que te han desafiado no son suficientemente maduros para ejercer de jefe.

Tú sabes que son hombres-niño y que por ello no sería bueno para la tribu el ser gobernados por ellos.

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Aún con miedo a equivocarte has tomado tu decisión y en esa decisión no tenias en cuenta tu bienestar sino el de la tribu. Has escogido por lo tanto correctamente y la discriminación ha anclado dentro de ti.

Ahora empiezas una agotadora labor; deberás gobernar a los Ashim intentando lograr que todo lo que has conseguido para ti, tu madurez, lo consigan todos ellos; que dejen de ser hombres-niño para pasar a ser hombres completos. Y que aprendan a discriminar correctamente lo útil de lo inútil, lo correcto de lo incorrecto. Ahora sí que podré estar más a tu lado, a partir de ahora, siempre que me necesites me tendrás para aconsejarte y ayudarte en lo que pueda.

Para ti seré desde ahora El Consejero.

Y se desvaneció de la vista del sorprendido Efud, quien no daba

crédito a sus ojos ni a sus oídos. ¿ Cómo era posible que Oro, el Consejero, pudiera saber todo lo que sabía?. Lo que él pensaba, todo lo que ocurría en la tribu y, además ¿ cómo podía estar seguro de que no ganaría el reto alguno de sus oponente?.

Con estas cavilaciones fue bajando la montaña y se acostó.

El día siguiente aceptó el reto, tal como había decidido, y se preparó para la lucha que tendría lugar la luna siguiente.

Y al llegar la luna siguiente, ocurrió todo lo que oro le había dicho.

Efud era bastante fuerte, pero probablemente sus oponentes lo eran más, ahora bien, como Efud había aprendido muchísimo más de lo que imaginaba todo el mundo, sabía perfectamente cómo refrenar el nerviosismo y la impaciencia, cosa que los jóvenes que le retaban no sabían hacer y por ello uno tras otro fueron vencidos por Efud, casi sin cansancio ni esfuerzo excesivo.

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Efud sabía aguardar el momento oportuno y no derrochar la energía innecesariamente. Todo el pueblo pudo ver cómo Efud era el más fuerte, no solo por la fuerza física sino por la táctica que desplegó para vencer a sus oponentes.

Inmediatamente fue aceptado por todos los Ashim como el nuevo jefe sin discusión alguna y así empezó una nueva época para la tribu. Una nueva época caracterizada por el aprendizaje puesto que la consigna principal de Efud fue la de que todo el mundo debía aprender a ser hombre completo y desarrollar la discriminación además de la fuerza física necesaria para la supervivencia.

Así se cambiaron muchas costumbres de la tribu; empezaron a ser mal considerados aquellos que tenían guardado en sus cabañas más de lo que necesitaban o no querían cederlo a alguien más necesitado que ellos, y poco a poco se fue extendiendo la costumbre de ir analizando los motivos de las acciones de cada uno.

Lógicamente, el conseguir todo esto le llevó muchos años a Efud, realmente había mucha oposición.

La oposición venia por parte de su pueblo, el cuál estaba acostumbrado a la improvisación y la actuación por pura costumbre, pero realmente fue una labor muy enriquecedora para el mismo Efud puesto que constantemente tuvo que mejorar su discriminación para poder ejercer de Juez ante los casos que se le presentaban, como Jefe que era, para resolver.

Con el tiempo se murieron sus padres y dejó de tener ningún consejero humano, él era el consejero de todo su pueblo, y sólo le quedó el consejo de Oro, el Consejero, quien siempre estuvo a su lado en los momentos difíciles.

A pesar de todo, Efud siempre estuvo solo, se dedicó tan enteramente a la labor de gobernar correctamente a su pueblo y para poderlo hacer, a buscar el conocimiento de sí mismo y del ser humano

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incesantemente, que nunca encontró a nadie que quisiera compartir ese difícil camino, ni tan siquiera una compañera y por ello, al irse haciendo viejo no tenía ningún hijo a quien ceder la jefatura.

Pero en cambio sí que había visto que algunos de los jóvenes que crecían bajo su mandato estaban empezando a seguir sus pasos en la búsqueda del conocimiento y a esos dirigió sus últimos esfuerzos para ayudarles y animarles, evitando que dejaran lo que habían empezado.

Después de muchos años de enseñanza y apoyo logró que un joven estuviera listo para ser su sucesor y cuando estuvo seguro de que podría ejercer la jefatura correctamente le mandó llamar:

Hijo mío, aunque no he tenido hijos, tú te has comportado como si lo fueras, aceptando mis consejos y buscando aprender todo lo que yo sabía. Te conozco muy bien y sé que no lo hiciste pensando que podrías sucederme en la jefatura de los Ashim, sino porque sientes la llamada de la sabiduría en tu corazón.

Por eso y porque creo que el mejor jefe para mi pueblo es el que desee la sabiduría por sobre de todas las cosas es por lo que te nombro mi sucesor.

Ya he dado orden de que mañana mismo seas proclamado ante

todo el pueblo como Jefe de todos los Ashim. Espero que gobernaras

con la misma prudencia y que tu divisa será la de impartir la sabiduría que obtengas a tu pueblo. Como es lógico, habrán contrincantes que te disputarán el sitio, como a mí me lo disputaron en su momento. Sé que puedes

vencerlos a todos, pero lo más importante es que logres vencerte a ti mismo y no caigas en la arrogancia.

Te

deseo lo mejor.

Y

ahora vete, prepárate para tu nueva tarea y busca la

sabiduría en el silencio de la Montaña Sagrada.

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Y diciendo esto lo despidió de su lado con sus mejores deseos.

Una vez solo, recorrió de nuevo el camino de la Montaña Sagrada y subió a la cima lentamente, con paso cansado por los años se dirigió a donde se encontró por primera vez a Oro, su Consejero y cuál no fue su sorpresa cuando al vislumbrar la cima vio en ella a un hermoso árbol en donde antes no había nada.

Era un árbol altísimo y deslumbrante, hecho de luz, como Oro el Ser de Luz, todo en el era admirable y maravilloso.

Tenía diez ramas y las siete más bajas terminaban en un fruto cada una, un fruto dorado. Era el Árbol de la Sabiduría, el Árbol de los Siete Frutos, y por fin estaba a su alcance. Al irse acercando, notó que su cuerpo iba creciendo hasta hacerse tan alto que pudo alcanzar sin dificultad la primera rama y coger el dorado fruto que pendía de ella.

En el momento de coger el fruto comprendió, supo que su vida había terminado y que Buscador había recogido el primero de los siete frutos que necesitaba.

Su cuerpo sin vida fue encontrado al día siguiente por su sucesor cuando, siguiendo su consejo, fue a la Montaña Sagrada a encontrarse a sí mismo.

Fue entonces cuando se empezaron a tejer las leyendas que se han transmitido desde entonces sobre Adani, el Primero. Probablemente, sin saberlo, los poetas que las escribieron intuyeron que el mejor nombre para Efud era "el Primero" seguramente en referencia al fruto que consiguió gracias a su tesón.

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SIN TIEMPO

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Camino de Retorno – La búsqueda de los frutos

E n cuanto Efud cogió el fruto cayó sobre la Montaña Sagrada un gran silencio, no se oía ningún ruido y rápidamente todo se oscureció; la oscuridad envolvió a la

Montaña y sólo quedo visible el Árbol de Luz delante de él.

Efud no comprendía que pasaba, sólo podía ser mudo testigo de lo que iba ocurriendo; en su interior algo le decía que no tenía que temer nada y por ello no se intranquilizó. Siguió mirando y vio que el Árbol de Luz iba desvaneciéndose pero que de ninguna manera menguaba la luz que emitía, simplemente cambiaba de forma; poco a poco el Árbol fue convirtiéndose en una cueva luminosa.

Alrededor de Efud, todo seguía oscuro, en silencio y en cambio la cueva parecía acogedora por lo que éste decidió entrar en ella. Al entrar vio que lo que parecía una cueva en realidad era un túnel hecho de luz que iba subiendo suavemente hacia arriba, más arriba de lo que era la cima de la Montaña Sagrada y al girarse para ver la abertura que daba a la negrura exterior se dio cuenta de que ya no existía, las paredes luminosas de la cueva se habían cerrado y no podía volver atrás. No le quedaba más remedio que seguir subiendo por el túnel para ver que había al final de él. Y así lo hizo.

Siempre en el silencio mas absoluto, pero con una sensación de alegría que no podía decir de dónde le venia, Efud fue caminando y subiendo por el túnel de luz hasta que vio la salida: una abertura que destacaba porque era todavía más luminosa que el propio túnel.

Camino de Retorno – La búsqueda de los frutos

Y finalmente salió a la Luz.

Una vez se acostumbró a esa luz cegadora miró a su alrededor y cuál fue su sorpresa al ver que a su lado se encontraba Oro junto con otro ser de Luz vestido de manera extraña. Poco a poco fue comprendiendo todo lo que le estaba ocurriendo; recordó que él era Buscador y que había bajado a la Tierra para recoger un fruto del Árbol de Siete Frutos tal y como le había indicado Servidor que le era necesario hacer para recordar quién era en realidad. Recordó que Oro era su compañero y amigo que había prometido estar a su lado y ayudarle en su búsqueda y que ahora había abandonado la Tierra para volver al reino de la Luz. Y ante el impacto de todo lo que recordaba sólo se le ocurrió hacer una pregunta:

Entonces

¿ Estoy muerto?.

Una gran carcajada fue la respuesta del acompañante de Oro, pero éste, comprendiendo la comunión que había en la mente de Buscador le explicó:

Sí, Buscador, amigo mío, según los habitantes de la Tierra estás muerto. En éstos momentos, tu sucesor como Jefe de la tribu de los Ashim está llorando sobre tu cuerpo sin vida. Pero como puedes darte cuenta, tú estás tan vivo como siempre. Aunque no te hayas dado cuenta todavía, ya no tienes el cuerpo humano que utilizaste durante tu vida en la Tierra; vuelves a tener tu apariencia de ser de Luz que es tu verdadera identidad.

Buscador, se miró y comprobó que Oro tenía razón, el pesado y molesto cuerpo que tanto le limitaba ya no estaba con él, volvía a ser pura Luz y esto le alegró pero multitud de dudas le inundaban.

¿Cuánto tiempo he estado en la Tierra?, me parece que ha pasado mucho tiempo desde que me despedí de ti, pero a la vez siento que ha sido un tiempo muy corto, ¿cómo es posible?.

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Has pasado toda una vida terrestre en la Tierra, exactamente cuarenta y cinco años; eso es lo que recuerdas. Para las medidas humanas es un tiempo bastante largo, pero para un Ser de Luz que vive en el Reino de la Luz, el tiempo no se comporta como en la Tierra y, aunque ha sido algo de tiempo el que he tenido que esperarte, en realidad ha sido una corta espera para mí y más teniendo en cuenta que tenía que conectar contigo para ayudarte cada dos por tres.

Y, ¿ cómo es posible que mientras estaba en la Tierra, no recordara nada de quién era en realidad, ni quién eras tú, ni cuál era mi tarea allí?.

Esa es una de las dificultades de la Tierra: hay un diferencia tan grande de luz entre ella y el Reino de la Luz que cualquiera de nosotros, normalmente, al entrar en ella olvidamos todo lo que somos y nuestros propósitos. Acuérdate de las explicaciones que nos dieron antes de aceptar el Oscurecimiento y la bajada a la Tierra. Por ello es que siempre que se puede se desciende a la Tierra teniendo alguien en el Reino de la Luz que se comunica constantemente con el Oscurecido, para evitar el olvido total y por lo tanto la pérdida del tiempo que se está en la Tierra.

Por lo que recuerdo yo bajé a la Tierra para recoger un fruto del Árbol de Siete Frutos y antes de subir aquí lo recogí, pero ahora no lo veo por ninguna parte. ¿Qué se ha hecho de él?.

Es lógico que no lo veas puesto que se ha convertido en parte de ti. El fruto que cogiste es totalmente redondo y extremadamente luminoso, en realidad parece vivo y está lleno de energía. El mejor lugar para guardarlo es tu propio cuerpo ya que está hecho de luz como el fruto, aunque menos brillante. Por ello, si te fijas en él notarás un lugar en donde sientes calor y verás que brilla más que el resto de tu cuerpo. Allí está anclado, esperando que recojas los otros seis.

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Buscador se miró atentamente y vio perplejo que en la base de su columna vertebral había una luz más fuerte que en el resto de su cuerpo, su color era rojo muy brillante, y realmente notaba un intenso calor en ese lugar. Tuvo que admitir que Oro tenía razón, el fruto estaba allí.

Entonces reparó en el otro Ser de Luz que estaba con ellos y lo que le más le llamó la atención era que, a pesar de ser luminoso como ellos, tenía puesta una vestimenta de color oscuro como la noche y ello le daba un aspecto muy extraño. Por ello se dirigió a él y le preguntó:

Te agradezco que estés aquí conmigo pero no logro reconocerte ¿ quién eres y porqué estás vestido de esta manera?.

Soy un ciudadano del Reino de la Luz, pero en la Tierra todos me llaman La Muerte. Voy vestido oscuro porque mi misión es la de recoger y absorber toda la oscuridad que el que abandona la Tierra lleva consigo y evitar que la suba al Reino de la Luz.

Supongo que es debido a mi apariencia y a la ignorancia que los humanos tienen sobre el proceso al que llaman muerte por lo que me tienen tanto pánico. Hasta que no se encuentran aquí y me conocen, no dejan de tenerme miedo. Es realmente curioso que a mi compañero, el que ayuda a los que quieren nacer en la Tierra y, por lo tanto, el encargado de los Oscurecimientos, sea llamado Vida por los humanos y celebran cada nacimiento como si fuera una cosa agradable, cuando en realidad para un ser de luz es muy desagradable la vida en la Tierra, como ya has podido comprobar, y en cambio es motivo de alegría el salir de ella para volver a la Luz. Esta es otra de las paradojas de la Tierra.

Y, si esta es la misma cueva a través de la cuál bajé a la Tierra, ¿ cómo es que la veo tan luminosa cuando antes la vi tan oscura?.

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Sigue siendo la misma cueva y sigue siendo igual de oscura, al menos para Oro y para mí, pero para ti que has estado en la Tierra tanto tiempo y te has acostumbrado a su falta de luz, ésta cueva oscura te parece muy luminosa. Ya te acostumbrarás. Y ahora debes poner en orden todo lo que desordenaste al bajar a la Tierra y la negrura que traes debes dármela totalmente para poder subir al Reino de la Luz.

A medida que iban ordenando la cueva y la oscuridad de Buscador era absorbida por Muerte, la claridad iba invadiendo la mente de Buscador, iba recordando todo lo que hizo en la Tierra, los motivos por los que fue a ella, su búsqueda, todo lo que había olvidado volvió a su memoria. Por ello, una vez terminado completamente el trabajo se dirigió a sus compañeros y les habló:

Ahora ya hemos terminado el trabajo, pero en realidad a mí me queda mucho trabajo por realizar todavía. He logrado encontrar uno de los siete frutos, pero aún me quedan seis por recoger. Debo volver a bajar a la Tierra para seguir con mi búsqueda, no quiero regresar al Reino de la Luz todavía. Por ello, quiero descender de nuevo a la Tierra. ¿ Qué debo hacer?.

Oro estuvo de acuerdo en que cuanto antes regresara a la Tierra, antes podría terminar su búsqueda y Muerte también le apoyó y le dijo que para que pudiera regresar a la Tierra había que llamarse al encargado de los nacimientos, el llamado Vida, para que le ayudara y ya que él mismo ahora regresaba al Reino de la Luz, le llamaría y le explicaría la situación.

Que tanto Oro como Buscador, si querían, podían quedarse allí mismo esperando hasta que bajara Vida.

Así se pusieron de acuerdo y Muerte subió al Reino de la Luz mientras Oro y Buscador esperaban en la antesala de la Tierra.

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No tuvieron que esperar mucho tiempo antes de que Vida llegara y, enterado de la situación por Muerte, rápidamente se puso manos a la obra en la tarea de ayudar a Buscador a fabricarse un nuevo cuerpo para nacer de nuevo en la Tierra.

Ahora ya no puedes volver al mismo tiempo en que estuviste anteriormente, aunque aquí ha pasado un corto tiempo desde que viniste de la Tierra, en ella han pasado ya unos cuantos años así que nacerás en otro tiempo y probablemente en otro lugar, cerca de donde puedas encontrar el fruto que estás buscando.

Realmente a Buscador no le importaba demasiado donde naciera ni cuando si eso le permitía ir encontrando los frutos con los que, esperaba, recobraría su identidad, así que con todo su afán se esforzó en terminar su nuevo cuerpo rápidamente y ésta vez no se quejó de ninguna molestia por encontrarlo estrecho ni por ningún otro motivo.

Solo quería nacer.

Una vez terminado el cuerpo se despidió de Oro y de Vida y volvió a salir por la abertura que conduce a la Tierra; al descender por el último escalón, la oscuridad lo envolvió.

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SEGUNDO FRUTO

Camino de Retorno – La búsqueda de los frutos

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L a noche; la oscura noche lo envolvía todo. En el mar flotaba una pequeña canoa que luchaba por mantenerse a flote entre las embravecidas olas. Un hombre cansado intentaba evitar

que se hundiera y acurrucada en el fondo de la canoa una hermosa muchacha tapaba con unas pieles a ocho niños para protegerles de las olas que constantemente les caían encima. Solo se oían los sollozos de los mas pequeños y las dulces palabras de la madre intentando tranquilizarlos. Huían.

Moa, había conseguido convencer a Shon de que se avecinaba una catástrofe para la pequeña isla en donde vivían. No le resultó fácil ya que nada había que lo indicara y lo que pedía a Shon era que abandonaran la isla y todo lo que tenían. Sería duro volver a empezar en otra tierra y, además, un viaje era peligroso para Moa puesto que se encontraba embarazada de su noveno hijo. Todo ello hacía que Shon dudara, pero su esposa ya había demostrado demasiadas veces que su intuición era muy buena y con sus avisos había logrado evitar varias desgracias a su familia; por ello Shon terminó convenciéndose de que lo mejor era hacerle caso y ese mismo día se embarcaron en la frágil canoa él, Moa y sus ocho hijos rumbo a lo desconocido.

Cuando se hicieron a la mar no había señales de tormenta pero al encontrarse mar adentro empezó a soplar un fuerte viento que amenazaba con hundir la canoa y hacer perecer a sus ocupantes; Shon se dirigió entonces a Moa :

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Moa, esposa mía, el mar está cada vez más encrespado y hay el peligro de que no podamos ver salir de nuevo el sol ; ¿ no crees que sería mejor el volver y esperar a que amainen los vientos para abandonar la isla ?.

Moa no tuvo tiempo de contestar, un tremendo fragor se levanto de las entrañas de la tierra y una estampa terrorífica se enseñoreaba de la noche : la montaña que coronaba la isla acababa de convertirse en un volcán ardiente.

En la canoa se hizo el silencio, incluso los pequeños que sollozaban se callaron ante el dantesco espectáculo que se desplegaba ante ellos. Ellos se encontraban lejos de las iras del volcán y desde donde se encontraban vieron cómo lenguas de fuego recorrían la pequeña isla e iban destruyendo todo a su paso. Antes de que, por lejanía, no pudieran ver mas, fueron testigos de la destrucción de toda la isla.

Cuando estuvieron suficientemente lejos para que la isla no fuera visible los ocupantes de la canoa se fueron durmiendo. Sólo Shon se mantuvo despierto para expulsar el agua que caía dentro de la canoa se acumulaba en ella.

Poco a poco la tormenta amainó y la calma volvió a las aguas de Aku, el océano; sólo se oía el fragor apagado del volcán en la lejanía. Sin darse cuenta, Shon cayo en un sueño profundo rendido por la fatiga.

Le despertaron los lloros estridentes de una niña pequeña. Al principio creyó que estaba soñando todavía pero luego al darse cuenta de que se encontraba en alta mar y en la canoa con Moa y sus hijos se despertó por completo y pudo ver que lo que le había despertado era realmente el lloro de una niña.

Una niña que acababa de nacer; su noveno hijo, que, a pesar de que los ocho primeros hijos eran varones, el noveno era hembra: era una niña. Miró a Moa y ella le sonrió.

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Mira, esposo mío, qué hermosa es nuestra hija. Mientras tú descansabas, ella ha decidido nacer, no ha querido esperar a que se cumplieran sus días, ni tan siquiera a que llegáramos a una nueva tierra: tenía prisa por nacer.

Sí que es hermosa, parece la misma luna que acaba de salir por el

horizonte. ¿ Cómo la llamaremos ?.

Acaba de salir la luna y es luna llena; nuestra hija ha nacido en el mar y saliendo la luna llena. La llamaremos Levanah, 'Regalo de Luna', pues esto es lo que es. Debe estar protegida por la Diosa Luna puesto que de no haber sido avisados que debíamos huir, ella no hubiera nacido nunca. Si tú estas de acuerdo, creo que deberíamos consagrarla como Sacerdotisa de la Luna en agradecimiento a los dioses por los sucesos de hoy.

Yo también creo que todo lo ocurrido debe ser la obra de algún dios benévolo y podría ser la Luna ya que la niña ha nacido justo al salir la luna. Estoy de acuerdo en que se llame así y en consagrarla a la Diosa Luna como sacerdotisa de su templo. En cuanto lleguemos a una nueva tierra, la dedicaremos a la Luna.

Y así diciendo, se durmieron todos tranquilamente en la canoa;

bañados con la luz de la luna que parecía sonreírse y estar de acuerdo con sus cavilaciones.

Pasaron varios días en alta mar y las provisiones empezaron a escasear, pero, cuando empezaban a temer que se les terminaran, vieron a lo lejos una mancha verde que parecía tierra.

Poco a poco se fueron acercando y vieron que efectivamente era tierra; era una isla algo mayor que la que habían abandonado y se veía fértil y habitada. Llegaron a la isla y al tocar tierra inmediatamente salieron a su encuentro varios hombres que al ver cómo se encontraban les ayudaron a desembarcar y les hicieron todo tipo de preguntas.

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Shon les explicó lo que les había ocurrido y a su vez les preguntó dónde se encontraba y si podría quedarse a vivir allí ya que se había quedado sin casa ni tierra.

Uno de los hombres que les había ayudado le contestó que se encontraban en Ysoda, la isla de la Luna, que ellos eran Quirbam, 'Los Fuertes' y que aunque la isla no era muy grande, tampoco había muchos habitantes en ella por lo que podían sin ningún problema quedarse a vivir en ella que serían bien recibidos por todos.

Así fue que se instalaron en Ysoda, Shon, Moa y sus nueve hijos.

Tal y como habían acordado, lo primero que hicieron fue consagrar a la Diosa Luna a su hija Levanah, y ofrecerla para que se educara como su sacerdotisa, lo cual agradó sobremanera a los moradores de la isla y tuvo como resultado que fueron bien acogidos en todas partes y mucho más cuando se supo su historia y los acontecimientos que acompañaron el nacimiento de la niña.

La vida en Ysoda fue fácil y agradable desde aquel momento para Moa y su familia; Shon, con su buen carácter era apreciado por todos y Moa, por sus dotes proféticas era consultada muy a menudo por los Quirbam.

Un buen día, meses después de su llegada a Ysoda, se presentó en su casa el jefe de la tribu y después de saludar a Shon, se dirigió a Moa :

Gran Madre Moa, hace ya muchas lunas que nos abandonó la última sacerdotisa de la Luna, se fue a acompañarla en su eterno viaje por la noche y no hay nadie en la isla que pueda sustituirla.

Necesitamos a una sacerdotisa que nos guíe para hacer la voluntad de nuestra Diosa y tú eres la más indicada; te ruego en nombre de toda la tribu que aceptes este cargo.

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Pero, Gran Jefe, yo no he sido educada en las artes de una sacerdotisa, simplemente he tenido la gracia de los dones de la Diosa; no creo que esté preparada para tan alto cargo.

Gran Madre Moa, tanto las historias que nos habéis contado sobre vosotros como vuestra llegada a esta isla hablan de los favores que tiene la Diosa hacia ti y las profecías que, desde que has llegado, has hecho lo demuestran más firmemente. Todos así lo creemos y te pedimos que en bien de los Quirbam y de Ysoda aceptes este cargo. En ti confiamos.

Después de deliberar un rato con Shon, su esposo, Moa aceptó el cargo, pensando que quizás era la mejor manera de pagar los favores recibidos de los Quirbam desde su llegada.

Unos días después tuvo lugar la consagración de Moa como Gran Sacerdotisa Lunar y desde ese momento fue la encargada de organizar todas las actividades de la isla en lo referente a la agricultura, también todo lo referente al agua y al Mar y por último todo lo referente al nacimiento y la fertilidad puesto que era la Diosa Luna la que gobernaba todos esos asuntos.

Levanah creció en este ambiente pacífico y consagrado a los mas altos fines, pero había algo que no terminaba de funcionar bien.

Quizás debido a crecer en medio de ocho hermanos varones y recibir su influencia o quizás a su propia manera de ser, Levanah era todo lo contrario de lo que se esperaba que fuera una niña destinada a ser la Gran Sacerdotisa Lunar y a suceder en el cargo a su madre.

Parecía, en realidad, un niño preparándose para la guerra; sus actividades preferidas eran las propias de chicos muy activos : largas expediciones en busca de lugares desconocidos para ella, ejercicios de competición y lucha con sus compañeros y con sus hermanos, en resumen, cualquier actividad en la que fueran necesarios el esfuerzo, el tesón y la fuerza física.

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En cambio le eran molestas las enseñanzas que le prodigaba su madre en lo referente al arte de la profecía, el cultivo de la imaginación y la interpretación de los sueños. Creía que todas esas cosas eran pura pérdida de tiempo y que no eran para ella y así mismo se lo decía a su madre.

Después de varios intentos infructuosos para convencer a Levanah, Moa abandonó sus esfuerzos y se dirigió a la Diosa Luna para que la aconsejara.

Gran Diosa Madre, ya ves que por mucho que lo intento, mi hija, a la que consagré de pequeña a tu servicio, se niega ahora a prepararse para ello. Yo bien sé que si no lo siente en su corazón no es posible que sea forzada puesto que para ser tu sacerdotisa es preciso abandonarse totalmente a tus influjos y dejarse impregnar por tu esencia y ello no se consigue si antes el corazón acepta plenamente la tarea. Por ello no sé que hacer en éste caso y te pido que me aconsejes en lo que debo hacer.

Sin darse cuenta y casi antes de que pudiera terminar de pronunciar estas palabras, se quedó dormida profundamente y tuvo un sueño:

Soñó que se encontraba en una playa de noche y con el mar muy agitado, hacia mucho viento y las olas eran gigantescas. La luna estaba completamente llena y, a pesar del viento que soplaba, el cielo estaba totalmente despejado. Las olas, al caer en la playa hacían un estruendo terrible y una montaña de espuma era creada a cada segundo. De repente, la espuma creada por el oleaje se agito como si tuviera vida propia y como si la mano de un escultor gigante e invisible la manejara, empezaron a formarse unas figuras blancas, pálidas como la misma luna. Al terminar el movimiento de las olas pudo contemplar delante de sí un paisaje extraño formado por las figuras hechas de espuma; enfrente mismo tenia a su hija, Levanah que se encontraba de espaldas a ella y mirando el extraño paisaje.

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Delante de Levanah, había un camino que se alejaba y empequeñecía en la distancia y finalmente terminaba por pasar por entre dos enormes montañas, una blanca y otra negra. Levanah parecía cansada y triste al ir caminando por ese camino y dirigiéndose hacia las montañas, y también parecía mucho mas vieja, pero detrás de esas montañas se veía mucha luz, como si el alba empezara a asomar su hermoso vestido. Antes de que Levanah llegara a las montañas, Moa se despertó llorando.

Al despertarse y recordar el sueño entendió que la Diosa Luna le estaba indicando que el camino que seguiría Levanah le traería muchas dificultades y tristezas, pero que al final encontraría la luz y el amanecer de un nuevo día empezaría.

También entendió que si ese era el oráculo de la Luna, no debía preocuparse más y dejarlo todo en sus manos, aunque ello le reportara la tristeza y el dolor de ver como su hija seguía un camino que solo le traería desgracias, aunque fuera sólo por un tiempo.

A partir de ese momento, Moa dejó de insistir demasiado en la educación sacerdotal de Levanah y pasó más tiempo dedicándose a su propio trabajo y a su esposo Shon.

Todo ello no pasó desapercibido a Shon quién le preguntó varias veces a qué se debía el cambio y, aunque Moa no quería contárselo para evitarle el dolor del conocimiento del camino que había escogido su hija, tuvo que terminar explicándole todo lo que había visto en su sueño. Shon lo entendió perfectamente y también la apoyó en la decisión de dejar que Levanah siguiera el camino que deseara y así siguieron su vida plácidamente aunque no sin dolor escondido.

Levanah, ajena a todo esto, también se dio cuenta del cambio de actitud, primero de su madre y mas tarde de su padre; pero lo atribuyó al cansancio de la edad y no le dio mayor importancia. Ella siguió con sus juegos y sus quimeras y así fueron pasando los años.

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Muy pronto empezó a ser cortejada por varios chicos que la admiraban por sus cualidades tan difíciles de encontrar en las mujeres de la tribu de los Quirbam; la fortaleza física no era precisamente lo más corriente entre ellas ni el arrojo y la valentía que demostraba Levanah en todo lo que emprendía, tampoco eran fáciles de encontrar las cualidades de la independencia y fuerza de voluntad. Por todo ello, rápidamente los muchachos más aguerridos y valerosos de la tribu buscaron su amistad y más adelante la buscaron para desposarse con ella.

Levanah, orgullosa de su carácter y de la admiración que despertaba entre todos los hombres, empezó a cortejar a cuantos muchachos se lo pedían, pero desdeñándolos en cuanto se enamoraban de ella puesto que consideraba que las emociones eran una pérdida de tiempo y una verdadera tontería que sólo era admisible en las personas ancianas o con poco carácter.

Muchos chicos se enamoraron de ella, pero uno tras otro fueron destrozados sin misericordia por Levanah, la fría, como ella misma gustaba de apodarse. Hasta que un muchacho de más edad llamado Son se enamoró de ella y empezó a cortejarla.

Curiosamente, Levanah no pudo resistirse al encanto de ese muchacho, no solo por su gallardía sino por todo su carácter, su nobleza, su seguridad en si mismo, su valentía y sobre todo por su voluntad de ayudar a los Quirbam a mejorar su manera de vivir.

Son era realmente todo un líder, su ideal era ser el jefe de la tribu para poder poner en práctica todo los proyectos que le bullían en la cabeza, proyectos que, todo hay que decirlo, eran muy viables, razonables y rápidamente admitidos por todos los que le escuchaban.

Todas esas cualidades prendaron a Levanah y sin desearlo en absoluto se enamoró totalmente de Son. Cuando quiso darse cuenta había entregado su corazón a Son y se había desposado con él.

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Poco mas tarde, Son fue nombrado jefe de la tribu por el anciano jefe que, viendo como se encontraba ya muy débil y cómo la fama de Son iba en aumento, creyó oportuno pasar la jefatura de la tribu de los Quirbam a ese hombre tan admirado.

En realidad fueron muchos los cambios en la vida de Levanah que se sucedieron en poco tiempo. Al pasar a ser la esposa de un guerrero

como Son perdió su preciada libertad de hacer lo que quisiera y al convertirse Son en el jefe de la tribu, ella todavía quedó más limitada en sus movimientos. Poco a poco su alegría irresponsable se fue empañando

y la tristeza asomando a su semblante.

Y por si eso no fuera suficiente, al cabo de poco tiempo tuvo un hijo; un hijo precioso muy parecido a su padre y que le ocupaba mucho tiempo puesto que era ella la que tenía que cuidarle. Hasta ese momento, ella sólo tenía que cuidarse de sí misma y, hacía poco, también de su esposo.

Pero, ahora tenía que cuidar de un niño pequeño y ello le absorbía la mayor parte de su tiempo. Un año mas tarde, tuvo otro hijo y otro al año siguiente. Con el paso del tiempo acabo teniendo nueve hijos. Naturalmente estaba totalmente ocupada en cuidarlos y aunque su madre le ayudara un poco en esas tareas, nunca mas tuvo tiempo para dedicarlo

a si misma. No paso mucho tiempo después del nacimiento del noveno hijo hasta que su padre y poco después su madre se despidieran de ella para ir al reino de la Luna y, antes de irse, tanto Shon como Moa le hablaron un día que se encontraban postrados y con sus últimas fuerzas. Shon le dijo :

Hija mía, tanto tu madre como yo estamos muy tristes de irnos al reino de la luna sin poder llevarnos con nosotros la alegría de saber que el lugar ocupado por Moa como gran sacerdotisa de la Luna puede ser ocupado por ti. Recuerda que en tu nacimiento, la diosa Luna fue tu protectora y por ello te consagramos a ella. Ya sé que no lo has considerado nunca como tu obligación, pero te ruego que recapacites y sigas el ejemplo de tu madre.

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Y Moa también se dirigió a ella para decirle :

Tu padre no cree que sigas mi camino como gran sacerdotisa de la Luna, pero yo he tenido varias visiones a lo largo de los años y en estos últimos tiempos se han repetido con mucha fuerza. En éstas visiones siempre veía a la Luna sonriéndote y a ti hablando con ella, pero te veía mucho mas anciana de lo que eres ahora, por ello creo que con esas visiones la diosa Luna quería decirme que al final acabarías siendo su sacerdotisa. Por eso estoy menos triste que tu padre y mi bendición va contigo.

Levanah, quedó pensativa y al cabo de un rato les dijo:

Padre, Madre, todavía no creo que mi tarea sea la de ser sacerdotisa de la Luna, pero ya no lo veo como antaño, como una tarea desagradable, pesada e inútil. Creo simplemente que no es para mí. A pesar de mi amor por vosotros, no puedo satisfacer vuestro deseo.

Y sin decir nada más se alejó del lugar para pasear por la playa y

poder reflexionar sobre todo ello. Al volver, sus padres habían muerto.

Así se quedó sin nadie que le ayudara en su difícil tarea de cuidar a nueve hijos y tuvo que dedicarse enteramente a ello.

Fueron unos años muy difíciles para Levanah; ella que valoraba la independencia por encima de todas las cosas tuvo que aprender a estar atada a muchas personas y no poder hacer prácticamente nunca lo que deseaba. Ella que menospreciaba las emociones, se encontró amando a un hombre, y además con nueve hijos a los que amaba muchísimo a pesar de que le encadenaban su libertad.

El tiempo pasó muy rápidamente para ella, al tener que ocuparse de

tantos hijos casi no se daba cuenta de que iban pasando los años y cada

vez menos añoraba su perdida libertad; cada vez más se sentía a gusto con la tarea de alimentar y cuidar de sus nueve hijos.

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Son había llegado a ser muy importante para la tribu; siendo su jefe y con la iniciativa que le caracterizaba había impulsado fuertemente el avance en todos los aspectos que mejoraran la vida y el primero en el que se ocupó fue el de la agricultura, todavía muy rudimentaria y con graves dificultades para asegurar la subsistencia de los Quirbam.

Para ello inició los trabajos de irrigación de la isla para aprovechar mejor los pequeños ríos con que contaban y mejoró en lo posible los métodos de almacenamiento de los alimentos.

Una noche, cuando los hijos de Son y Levanah habían crecido y casi podían cuidarse de sí mismos puesto que el menor ya tenía nueve años y el mayor dieciocho, Levanah se despertó con un sueño muy vívido. En ese sueño se veía a sí misma en una playa, era de noche y lucía una luna llena muy hermosa; al mirar a la luna vio que un rayo de pálida luz salía de la luna y bajaba hasta el suelo. Al tocar la arena, el rayo de luz se materializaba en una figura luminosa de un ser hermoso y sonriente que le señalaba una cueva y le invitaba a entrar en ella y cuando iba a entrar, se despertó.

Al principio no le dio importancia, pero cuando el sueño se repitió varias noches y siempre se despertaba con la misma sensación de que era un sueño importante y que significaba algo para ella, empezó a inquietarse.

Recordaba a su madre, muerta hacía nueve años, y sus sueños y realmente no quería que le pasara lo mismo que a ella: que se convirtiera en sacerdotisa de la Luna; aunque ya no rechazaba tan fuertemente dicha idea, de todas maneras no quería dedicar su vida al sacerdocio.

Cuando ya llevaba muchas noches soñando con el mismo sueño, una noche soñó algo muy diferente. Soñó con su madre Moa que le hablaba y le decía algo que no terminaba de entender, parecía que lo que le quería decir su madre era algo importante y se despertó angustiada.

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Cuando logró calmarse volvió a dormirse y se repitió el sueño con mayor intensidad, y ahora además logró entender a su madre: en el sueño veía claramente a su madre que le hablaba y lo que le decía era algo terrible, que habría esa misma noche un terremoto tremendo que arrasaría parte del poblado y que ella era la única a la que Moa había podido avisar, por ello, le pedía que avisara al pueblo para evitar que muriera mucha gente. Entonces se despertó de nuevo y ya sin nada de sueño, como es lógico.

Por un lado, Levanah se decía a sí misma que no debía de hacer caso de ese sueño puesto que no era nada más que un sueño, pero, por otra parte algo le decía que podía ser verdad lo que había soñado. Su intuición fue la que ganó finalmente y se decidió a despertar a Son.

Una vez despierto Son, al terminar de oír el relato del sueño que Levanah había tenido, lo primero que se le ocurrió fue decir que los sueños no servían para nada y que era de locos el hacerles caso, pero ante la insistencia de Levanah, al final terminó por convocar un consejo urgente del poblado a pesar de ser de noche y a altas horas de la madrugada.

En el consejo, Son se disculpó por despertarles de esa manera, pero el caso era urgente.

De ser cierto lo que presagia el sueño de mi mujer, deberíamos despertar al resto del poblado inmediatamente, pero por otro lado, yo no suelo hacer caso de los sueños; así que os dejo a vosotros la decisión de despertar al resto del poblado.

Sin estar del todo convencidos, pero con la inquietud de si podía ser cierta la predicción de Levanah, los ancianos del consejo decidieron despertar al resto de los Quirbam. Todavía no habían terminado de despertarlos a todos cuando empezó el terrible estruendo del mayor terremoto que habían visto esas islas.

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El terremoto duró muy poco, pero en ese corto espacio de tiempo, la isla cambió por entero su forma.

Donde antes había una llanura, ahora había una montaña, la montaña que quedaba detrás del poblado se partió en dos, cayendo una parte de ella al mar y llevándose consigo a muchas chozas de los Quirbam

y por suerte a casi nadie dentro de ellas. La isla entera, que antes era casi perfectamente redonda ahora quedó partida en tres trozos casi iguales y entre ellos corría un brazo de mar con la forma de una Y.

La fisionomía de la isla sufrió un cambio tremendo y el terremoto se cobró sus víctimas, pero al haber sido despertados antes de que ocurriera, muchos de los Quirbam lograron escapar del desastre; aunque perdieron sus chozas y muchos de sus campos, pudieron conservar la vida. Sólo un tercio de los habitantes de Ysoda murieron en aquella catástrofe, la mas grande de su historia.

Para Levanah, fue horrible pues en medio del fragor del terremoto pudo ver como, al correr ella para su casa para salvar a sus hijos, el terreno en donde estaba construida su choza se hundía en una grieta abismal llevándose consigo la choza y a sus nueve hijos hacia las profundidades de la tierra.

Cuando todo terminó, Son y el consejo entero le dieron las gracias

a Levanah por su aviso tan providencial y el pueblo entero le pidió que

fuera su nueva Sacerdotisa. Lo que tanto temía al principio Levanah, había acabado por suceder. No pudo negarse por mucho que lo intentó puesto que incluso su propio esposo, Son, se lo pedía y además, con lágrimas en los ojos , se lo pedía en nombre de sus hijos desaparecidos en las entrañas de la tierra.

Así empezó una nueva vida para Levanah y Son. Para Son, empezó la tarea de reconstruir totalmente el poblado destruido por la violencia del terremoto y de reestructurar de nuevo la agricultura y los sistemas de aprovisionamiento de la isla que habían quedado desmantelados al partirse en tres trozos el terreno habitable o cultivable.

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Para Levanah empezó la tarea de consagrarse de nuevo al mismo oficio que su madre había desempeñado y para ello le fue útil lo que lograba recordar de sus costumbres pero mucho más útiles todavía le fueron sus sueños que, desde el momento en que dejó de rechazarlos, fueron multiplicándose y haciéndose cada vez más claros.

En esos sueños veía a menudo a su madre que le indicaba cosas y le respondía a sus muchas preguntas pero también solía encontrar al ser de luz que vio por vez primera en su primer sueño importante.

Cada vez logró ver con más claridad a ese ser y pudo darse cuenta de que no era un ser humano como los demás, no lo veía nunca como veía a su madre; siempre estaba mucho más resplandeciente, como si estuviera hecho de luz y no de carne o de ningún otro material del que se puede encontrar en la tierra. Y además se comportaba muy diferente a su madre en los sueños en los que se le aparecía.

Así como su madre siempre le hablaba sobre cosas de Ysoda, de los Quirbam y cómo ayudarles; ése ser sólo le hablaba de cosas referentes a ella y la mayoría de las veces, lo que decía le resultaba incomprensible. Le hablaba de que debía entrar en la cueva y de que debía de recoger el segundo fruto del árbol. Es cierto que todo el ser irradiaba amor y que no sentía temor alguno en los sueños en los que aparecía, pero no terminaba de entenderlo por mucho que se esforzase.

En su nueva vida como Sacerdotisa de La Luna, sólo una cosa empañaba su felicidad: sus hijos desaparecidos en el terremoto. Aunque, una vez terminado el temblor, se intentó rescatarlos, todo fue inútil, la tierra se los había tragado y en el lugar que había estado la choza sólo quedaba un agujero grande y del que no se veía el fondo.

La tristeza era tan profunda que tuvo que sobreponerse con una enorme fuerza de voluntad para evitar caer en una melancolía que le anulaba y le incapacitaba para realizar sus tareas de Sacerdotisa.

Camino de Retorno – La búsqueda de los frutos

En verdad tuvo que hacerse fuerte, muy fuerte; pero tuvo que desarrollar un tipo de fortaleza diferente de la que ella hasta ese momento había considerado como fuerza o fortaleza : la fortaleza interna, que ningún desastre externo puede conmover.

Hasta el día en que perdió a sus hijos, nada realmente grave le había sucedido y por ello, la fuerza que ella creía tener se refería a la que había provocado su independencia y rechazo de las órdenes de nadie, incluidas las de sus padres en su juventud. Poco a poco, se fue dando cuenta de que esa actitud no era de fuerza sino de rechazo y obstinación, que la verdadera independencia y la verdadera fortaleza estaban en la tranquila aceptación de las situaciones por las que atravesaba en su vida y en el desapego hacia sus deseos.

Un día, después de reflexionar sobre todo ello mientras paseaba por la orilla del mar en una playa lejos del poblado, se dio cuenta de que se había alejado mucho y que se encontraba en un paraje que ella no había visitado anteriormente, lo cuál le extrañó puesto que aunque la isla había cambiado mucho desde el terremoto, aún así la conocía suficientemente bien como para saber que el paisaje que la rodeaba era completamente desconocido en Ysoda.

Tras unos momentos de temor, una tranquilidad extraña que provenía de su interior se apoderó de ella y vio delante de ella un promontorio que por un lado era bañado por el mar y por el otro lado tenía una abertura que daba a una cueva.

Movida por la curiosidad se acercó a la entrada de la cueva y comprobó que la cueva, curiosamente, no era oscura sino que estaba muy iluminada ; como si el sol la alumbrase por dentro. Haciendo caso de la voz interior que le tranquilizaba y le pedía que continuase, acabó por entrar y se encontró cara a cara con el ser de luz de sus sueños el cuál, con una sonrisa se dirigió a ella y le dijo :

Bienvenida, Levanah, lo que acabas de conseguir es toda una proeza. Has logrado entrar en la cueva donde yo te esperaba. Bienvenida.

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Entonces, estoy dormida, ¿ verdad ?.

No, exactamente, en realidad estás en un estado especial de reflexión. En tu paseo por la playa, tus reflexiones tan íntimas te han conducido a una meditación profunda de manera que has entrado en tu interior sin darte cuenta. Tu cuerpo está recostado tranquilamente en la playa cercana a tu pueblo pero tu mente ha logrado llegar hasta aquí. Esto no es fácil de conseguir, requiere generalmente de una gran concentración y por ello pocas personas tienen la suficiente para conseguirlo. De todas maneras lo importante es que estás aquí y que puedo hablarte con más libertad que mediante sueños. Ahora puedo aprovechar para darte las explicaciones que intentaba darte a través de los sueños pero que no terminabas de entender.

Aunque tú no recuerdes nada, naciste en esta tierra para recoger un fruto de la experiencia. En otra vida recogiste el primero y la experiencia de la discriminación o sabiduría para escoger entre opciones enfrentadas la asimilaste bastante bien por lo que he visto de la manera cómo la has aplicado en ésta vida. Ahora, en ésta, has de recoger el fruto de la experiencia de la independencia, lo cuál, en tu juventud, parecía que incluso habías llevado al extremo de no escuchar ninguna opinión que fuera contraria a lo que tu pensabas. De haber seguido así, probablemente no hubieras podido recoger ese fruto en esta vida y hubieras tenido que volver en otra para recogerlo. Hace poco, con la pérdida de tus hijos y luego con la responsabilidad añadida de tener que aconsejar a tu pueblo en tu función de Gran Sacerdotisa has logrado equilibrar tu deseo de independencia con la responsabilidad y la discriminación con el miedo a tomar decisiones.

Dices que ya he recogido el fruto y que ese era el motivo por el cual nací. Si no he entendido mal, ello significa que mi trabajo sobre esta tierra se ha terminado. ¿ Es señal esto de que voy a morir ya ?.

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No todavía, queda un trabajo a realizar por ti; un trabajo que seguramente te requerirá años de paciencia y esfuerzo: preparar a una sucesora para el cargo de Gran Sacerdotisa. Deberás buscar entre las muchachas de la tribu que tengan dieciocho años y seleccionar a la más idónea para ese cargo. Tendrás que usar la discriminación para encontrarla.

También tendrás que usar la independencia para evitar las presiones que te harán los padres de las muchachas para inclinar la balanza de tu elección hacia sus hijas y por último deberás ser fuerte para tener la suficiente paciencia en la tarea de preparar a la escogida.

Dices que deberé encontrar a la más apta, pero ¿ cómo voy a encontrarla si casi no conozco a ninguna de esas jóvenes ?.

Tendrás la ayuda de tu intuición, bastante desarrollada, y de mis consejos.

Bien, pero, ¿ cómo puedo reconocer cuándo eres tú el que me hablas en la mente y cuándo es mi mente desbocada la que se inventa algo ?.

Ahí es donde debes de usar la discriminación, con práctica, tiempo y paciencia podrás darte cuenta claramente cuando soy yo el que te hablo y cuando eres tú misma la que estás divagando.

No sé si realmente estoy preparada para ello.

Tienes todo el tiempo que necesites para prepararte. Cuando antes acabes, antes volverás a tu hogar. Mientras tanto, estaré a tu lado para ayudarte con mis consejos. Ahora , debes regresar a tu cuerpo y volver a tu pueblo que te espera.

Y antes de que pudiera responder, Levanah se encontró sentada en la arena de la playa que había cerca del poblado y rodeada de algunas jóvenes curiosas que le preguntaban si se encontraba bien.

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Una vez repuesta del asombro que le suponía todo lo que recordaba haber vivido, empezó a hablar con las jóvenes y vio que varias de ellas eran aptas para desempeñar la tarea de Sacerdotisa. Lo extraño del caso es que ella sabia perfectamente que eran aptas pero no podría decir a nadie el porqué lo sabía. Era una certeza interna que le asombraba y a la vez creía oír algo así como una carcajada en el interior de su mente, como si alguien estuviera divirtiéndose con sus asombros y dudas.

Inmediatamente puso manos a la obra y preparó unas enseñanzas para poder preparar a las jóvenes en la tarea que deberían desempeñar. Lo primero que tuvo que hacer fue hablar con sus padres y vio cuánta razón tenía el Ser de Luz al decirle que tendría que soportar presiones.

Varios de los hombres más importantes de la tribu, al enterarse de que estaba buscando una sucesora, le fueron a ver con la intención de conseguir que su hija fuera la elegida. Ella tuvo que ejercer toda su autoridad de Sacerdotisa para lograr evitar ceder a sus presiones.

Y curiosamente, los padres de la joven que más fácilmente podría ocupar su lugar, no deseaban en absoluto que su hija fuera la futura Sacerdotisa y Levanah tuvo que dialogar extensamente con ellos para conseguir que aceptaran.

Después de varios meses había encontrado la joven ideal y logrado convencer a sus padres para que la dejaran a su cuidado y empezó la larga tarea de preparación. Tarea que le ocupó nueve años.

Ella no esperaba que necesitara tanto tiempo puesto que recordaba que ella misma no había estado tantos años preparándose, pero un día recordó que, aunque no había hecho mucho caso, en su juventud, su madre ya le había inculcado y enseñado muchas cosas que luego, de mayor, sólo tuvo que recordar; pero la joven a la que estaba enseñando, partía de cero.

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Nada le había sido enseñado referente al desempeño de esa tarea y por ello tuvo que enseñársele todo, hasta las más mínimas cosas como pueden ser recordar los sueños o provocar que la intuición responda a una cuestión que se plantea por parte de alguien del poblado que viene a hacer una pregunta. Tuvo que superar la impaciencia al ver que la joven era más lenta de lo que ella esperaba. Al recuperar la paciencia, a Levanah los años le pasaron rápidos, mucho mas rápidos de lo que esperaba en realidad; y un día, cuando se cumplían los nueve años de su insólito encuentro con el Ser de Luz en la cueva, se quedó dormida cerca del fuego y soñó que su madre, Moa y el Ser de Luz se encontraban juntos y a su lado. E

Entonces, el Ser de Luz le habló y le dijo :

Es hora de que nombres a tu sucesora y le entregues el cargo. Mañana a las nueve de la noche es la hora mejor para la ceremonia, convoca al pueblo y enfrente a la hoguera ritual consagra a la nueva Gran Sacerdotisa del pueblo de los Quirbam. Cuando termine la ceremonia nos verás de nuevo.

Así lo hizo, sabiendo que la aspirante a Sacerdotisa ya estaba lista para sucederle en el cargo, hizo todos los preparativos, convocó a los Quirbam y el día siguiente, a las nueve de la noche Levanah hizo la consagración de la nueva Gran Sacerdotisa.

En el momento en que la nueva Sacerdotisa aceptó el cargo y tomó la vara que lo simbolizaba, Levanah cayó al suelo muerta.

Al día siguiente, todo el pueblo de los Quirbam asistió al funeral de su Gran Sacerdotisa, de Levanah. Oficiaba la ceremonia la Nueva Gran Sacerdotisa, con lágrimas en los ojos.

Qué difícil es para la gente que vive en la Tierra, entender que la muerte no es algo tan terrible, ¿ Verdad Buscador ?.

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Si, Oro, lo terrible es que cuando estoy en la Tierra, en un cuerpo humano, no me acuerdo de nada de esto y supongo que lo mismo debe de ocurrir a todos los humanos. ¿No es así, Muerte ?.

Si, realmente todos y cada uno de los que se llaman a sí mismos

seres humanos son seres del Reino de la Luz que han decidido bajar a la Tierra por uno u otro motivo, pero que en cuanto descienden a ella, olvidan por completo todo lo referente a su origen y por ello le temen tanto a la "muerte". Sólo suele quedarles en el recuerdo, una intuición vaga de que debe de haber algo más allá y sobre ello tejen todas sus ceremonias y religiones que suelen ser normalmente mezclas de recuerdos reales y suposiciones fantasiosas y equivocadas.

Pero estoy viendo que tengo el segundo fruto ya recogido y no recuerdo en absoluto haber visto nunca el Árbol de los siete frutos ni tampoco haber cogido nada parecido en ninguna parte. ¿Cómo es posible que esté luciendo en mi columna vertebral sin haber hecho nada para tenerlo?

Mi buen amigo, ¿cómo puedes decir que no has hecho nada? ¿No

te basta toda una vida de esfuerzo en la tierra para merecértelo?

Bueno, sí claro que mi vida en la tierra no ha sido fácil y he tenido que vencer muchos obstáculos pero no recuerdo haber cogido ningún fruto de ningún árbol

Claro que lo has recogido, pero has de saber que ese fruto no es un fruto corriente. En realidad es una parte de ti que estaba dormida y que por tus esfuerzos está despertando.

Lo que haces en la tierra es aprender lo necesario para despertar

esa fuente de luz que se encuentra dentro de ti.

¿O sea que los siete frutos están ya en mi?

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Claro que si, pero recuerda que están dormidos y que sólo mediante la experiencia en la tierra podrás despertarlos. Tú eres el verdadero árbol y tú eres el que estás floreciendo y madurando tus frutos.

Realmente es hermoso el fruto recogido. Me cuesta verlo al estar situado en mi interior, pero aún así el resplandor que emite esa esfera de fuego es tan intenso que cuesta imaginarse cómo seré cuando haya recogido los siete frutos. Tu, Muerte, ¿conoces a alguien que ya tenga recogidos los siete ?.

Claro que conozco a muchos y es posible que tú también los conozcas, pero ahora, todavía no tienes la suficiente claridad en ti mismo para poderlos reconocer. Espera a tener más frutos recogidos y verás como los reconocerás perfectamente sin que te lo tenga que decir nadie.

Pues si es así, quiero volver de inmediato a la Tierra para recoger el siguiente fruto. Preparémoslo todo, por favor.

Y así se hizo, en poco tiempo, se realizó la tarea necesaria; Muerte, absorbió la oscuridad de Buscador, se fue a buscar a Vida, juntos escogieron otro lugar y tiempo para el nuevo nacimiento y de nuevo Buscador se sumergió en la oscuridad de la Tierra.

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TERCER FRUTO

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Ay

manecía; el ondulante horizonte de dunas, hasta hace pocos minutos negro como la pez, ahora se teñía de rojos anaranjados al hacer su aparición la aurora.

El desierto y todas sus criaturas se preparaban como podían para

hacer frente a un nuevo día de calores agobiantes. Shemer, inquieto por el estado de su esposa Omam, no había podido dormir en toda la noche y, a la luz de las estrellas había hablado con los dioses. A Nut, diosa de la noche le había suplicado su ayuda para evitar que la oscuridad envolviera al hijo que tanto esperaba, al que debía de ser su sucesor; a Osiris, Dios de la Luz, que su hijo fuera varón y a Thot, dios de la Sabiduría, que le concediera la inteligencia necesaria para gobernar a su tierra con justicia.

Las preocupaciones de Shemer no eran vanas, hacía ya siete años que estaba intentando tener un hijo varón para que ocupase su lugar cuando debiera dejar la jefatura de los Beni Elhimé, "los que vinieron del Aire", y si bien Omam le había dado ya siete retoños, todos habían sido hembras, no había concebido ningún varón. En el pueblo de los Beni Elhimé, no podía acceder a la jefatura ninguna mujer y por ello era necesario que, para evitar luchas fratricidas por el poder, Shemer tuviera un hijo varón.

Y aunque los oráculos le habían predicho que ésta vez sí seria

varón y no hembra, no podía estar seguro de que los Sacerdotes de Thot no se equivocarían.

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Y para colmo de males, Omam había enfermado al séptimo mes de

embarazo y ningún médico había encontrado la naturaleza del mal y mucho menos su remedio. Varias veces, Shemer había soñado que sus enemigos habían logrado embrujar a Omam para evitar que tuviera un hijo y por ello había encomendado a los Sacerdotes de Thot, el Mago, que hicieran los rituales necesarios para conjurar el mal, pero hasta ahora no habían conseguido que las fiebres misteriosas y sus dolores de cabeza desaparecieran totalmente.

Y así, el amanecer sorprendió a Shemer, orando arrodillado a los

dioses tutelares de su pueblo.

Y los dioses le habían oído; cuando Isis se dejo ver por el cielo bajo

su disfraz de Luna menguante, las fiebres de Omam, su esposa, habían empezado a ceder y empezó el proceso de parto normalmente. Y justo cuando el carro de Osiris salió por el horizonte empezando el nuevo día e inundándolo todo con su luz dorada, Buscador volvió a nacer.

De nuevo, Buscador volvió a sufrir el olvido total de su condición y nuevamente cayo sumido en la mas completa inconsciencia de su origen. Era otro niño mas en la Tierra y, naturalmente, sus padres le pusieron el nombre que más adecuado les pareció y por ello decidieron llamarlo Kokab, que en la lengua de Hud significa "El que trae la Verdad".

Así Buscador pasó a ser KoKab, hijo de Shemer "El Sabio" y de Omam "La que trae el Agua de Vida", sucesor al trono de los Beni Elhimé, habitantes de la tierra de Hud.

Las fiestas que se organizaron para conmemorar la llegada del heredero tan esperado fueron tan fastuosas como nunca se habían conocido en la tierra de Hud. La alegría era contagiosa y pronto todos sus súbditos la compartieron.

Todos los Beni Elhimé celebraban con cánticos y ofrendas a los dioses la llegada de Kokab.

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Todos, menos los sacerdotes de Simáel a quienes no les convenía en absoluto que Shemer tuviera un descendiente varón que pudiera ocupar su lugar puesto que ambicionaban el poder y el trono de los Beni Elhimé. Hacia tiempo que entorpecían la labor de Shemer, ya cansado, y mediante la difamación y la calumnia iban sembrando la discordia entre el pueblo y la desconfianza hacia los Sacerdotes de Thot en quienes tenia gran confianza Shemer.

Los Sacerdotes de Thot eran los más influyentes de la Tierra de Hud y su principal divinidad a quien adoraban, Thot, era quien les había instruido hacia ya muchísimo tiempo en todas las artes y conocimientos prácticos de la vida. Les había enseñado cómo cultivar plantas que les alimentaban, cómo domesticar animales para su uso, cómo fabricar vasijas de barro y mimbre, cómo hacer el fuego y muchas cosas más.

Pero el principal mandamiento que Thot esperaba que se obedeciera era el de servir a la Verdad. Y la Verdad era lo que prevalecía entre los Beni Elhimé, exceptuando entre unos pocos que preferían adorar al dios Simáel y siguiendo los ejemplos de sus sacerdotes, no dudaban en utilizar la mentira y todas las perversiones de la verdad que fueran necesarias para conseguir sus fines. El culto a Simáel había existido siempre en Hud, pero nunca habían sido muy numerosos sus seguidores. El problema era que, aunque pocos, luchaban con las armas de la corrupción, la mentira y la brujería.

Shemer se había mostrado muy duro con ellos desde el comienzo de su mandato y los había podido mantener a raya, pero últimamente le habían atacado en su punto débil: su esposa y sus hijos. Su familia había sido objeto de numerosos ataques tanto de difamación escondida y propagada al pueblo, como de brujería.

Dos hijos había tenido ya Omam, aparte de las seis hijas, pero los dos nacieron muertos inexplicablemente, víctimas de las artes negras de los sacerdotes de Simáel. Ello explica la alegría de Shemer y sus súbditos con el nacimiento de Kokab perfectamente sano.

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Después del nacimiento de Kokab, Shemer se dirigió al templo de Thot con su hijo en brazos y convocó a todos los Sacerdotes del templo principal. Entonces, ante el altar iniciático mayor y delante del Gran Sacerdote pronunció unas palabras que marcarían para siempre el destino de Kokab:

¡Oh Gran Dios Thot!. Dios de la Verdad y de la Luz!. Ante ti me arrodillo y tus enseñanzas venero. Aquí está mi hijo, el heredero al trono de los Beni Elhimé. Has escuchado mis plegarias, que no eran solo para mi sino que eran fruto de la necesidad de mi pueblo; Kokab ha nacido sano y perfectamente. Ahora, y delante de tu Gran Sacerdote y de mi pueblo, te consagro a mi hijo para que seas tú su guía y protector y que él pueda expandir la Verdad y la Luz por toda la tierra de Hud y más allá de sus fronteras. Como testimonios de ésta consagración emplazo al Gran Sacerdote y sus discípulos para que velen se cumpla de ahora en adelante.

Los sacerdotes quedaron mudos de estupor ante esta declaración tan solemne de Shemer puesto que ello representaba, según sus leyes, que el niño pasaría a la custodia directa del Gran Sacerdote en cuanto tuviera siete años para que le enseñara todos los secretos del conocimiento de las leyes de Thot y a los catorce años se convertiría en Sacerdote de Thot. De esta manera, en cuanto cumpliera los veintiún años, podría llegar a ser un Iniciado en la Verdad, y finalmente, a los veintiocho, podría optar por ser el Gran Sacerdote en sustitución del ya anciano Sacerdote que en ese momento ocupaba el cargo.

Lo realmente único del caso era que en Kokab se reunirían dos condiciones que no se daban desde los tiempos antiguos y era que el Gran Sacerdote y el Jefe de los Beni Elhimé serían la misma persona.

La noticia de la consagración de Kokab corrió rápidamente por todo el pueblo y pronto llegó a los oídos de los sacerdotes de Simáel, los cuales rápidamente se dieron cuenta de que si el niño llegaba a adulto podrían tener problemas.

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Tanto el poder religioso como el político estaría en sus manos y sería muy poderoso y extremadamente peligroso para sus planes; así que decidieron firmemente, casi con la misma firmeza con que Shemer había consagrado a Kokab al servicio de Thot, destruirlo.

Como Shemer ya sospechaba que habría muchos enemigos que intentarían asesinar a su hijo, lo rodeó de medidas especiales de seguridad: le asignó una guardia de ocho Guardianes de la Verdad, los leales servidores que siempre habían estado a su lado y que nunca le habían fallado, y además se aseguró que nunca quedara sin protección ni tan siquiera cuando dormía.

Y para prepararlo y educarlo le asignó tres maestros personales a fin de que le iniciaran en el conocimiento humano.

Y así pasaron los siete primeros años de la vida de Kokab, entre el estudio, el juego y el cariño de sus padres. Y el niño seguía creciendo, aprendiendo todo lo que le era posible gracias a las sabias enseñanzas de sus tres maestros y de Shemer, a quien no en balde le llamaban "El Sabio", su padre.

Al cumplir los siete años, se envió a Kokab al templo. A pesar de la tristeza de su madre, Omam, y de su padre, Shemer, lo que había sido prometido a su nacimiento debía cumplirse. Kokab debía de ser consagrado a Thot y enviado al templo para que pudiera aprender las leyes misteriosas de la Vida; y así fue.

De esta manera pasó Kokab, a pesar de sus siete años, a ser sacerdote aspirante de Thot, y permaneció encerrado en los recintos del enorme templo durante siete años.

Siete largos años en los que nadie le vio excepto sus maestros, los sacerdotes de Thot. Siete años en los cuales el Hierofante, el Gran Sacerdote de Thot, le enseño todo cuanto sabia, pacientemente, día tras día.

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Allí aprendió primero las leyes del ceremonial, cómo y cuando se debía adorar a Thot el Sublime, más adelante se le enseñaron las leyes de Thot, los mandatos divinos que debían cumplirse para agradar a Thot y mucho tiempo después, cuando ya conocía perfectamente tanto el ritual ceremonial como los diez mandatos divinos, se le explicó la razón de esos mandatos: la verdadera razón por la que debían de cumplirse.

Entonces empezó a aprender el maravilloso funcionamiento del mundo y vio claramente cómo todo tenia una razón de ser, que nada era azar ni casualidad y que los mandatos y leyes divinas no eran una imposición arbitraria del dios sino que eran la simplificada expresión de unos conocimientos muy profundos sobre el funcionamiento interno del hombre y del mundo.

Fueron siete años de intenso aprendizaje en los que asumió poco a poco el papel que estaba destinado a ejercer: el de Hierofante o Gran Sacerdote de la Tierra de Hud.

Y sólo cuando el Gran Sacerdote hubo comprobado perfectamente que Kokab era digno de ser su sucesor, no sólo porque aprendía bien lo que se le enseñaba sino también porque en su corazón no anidaba ya ningún tipo de apetencia por el Poder o el Egoísmo; fue entonces cuando se le instruyó en las poderosas fuerzas y rituales que le conferirían el poder sobre los elementos: la Magia Ritual.

La Magia Ritual era el conocimiento que permitía conseguir grandes cosas mediante el uso de las fuerzas de la naturaleza; pero tenia un alto precio: el que la usara, sólo podía utilizarla con motivos enteramente puros y buenos y nunca por motivos egoístas o personales. Si se utilizaba egoístamente, para hacer daño, o simplemente con ignorancia o negligencia, podía acarrear grandes daños a si mismo y a toda la tierra de Hud.

Por ello es que nunca se transmitía ese conocimiento más que a las pocas personas que se comprobaba que reunían los requisitos de entrega a la Verdad y a los demás.

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Normalmente sólo se transmitía de Gran Sacerdote a Gran Sacerdote y sólo de palabra; ni uno de esos conocimientos se hallaba escrito para evitar que alguien, por error, pudiera tener acceso a ellos.

Y así fue que, cuando Kokab cumplió los catorce años, ya estaba preparado para cumplir con las tareas de Sacerdote de Thot: conocía perfectamente el Ritual Ceremonial para realizar las tareas públicas del templo y los divinos mandatos para poderlos transmitir al pueblo de Hud. Cierto era que todavía no había hecho más que empezar a conocer los misterios de la Magia Ritual, pero todavía le quedaban catorce años más para aprender dichos conocimientos antes de poder ocupar el cargo de Gran Sacerdote y además, a su lado estaría el actual Gran Sacerdote para instruirlo en esta difícil y larga etapa.

A partir de ése día, con las nuevas funciones públicas que tenia a su cargo, Kokab aprendió a dirigirse a su pueblo y a guiarlo en la Verdad que le había sido encomendado transmitir. Y también, a partir de ése día, empezó una nueva etapa para él, puesto que inmediatamente comenzó su aprendizaje en el difícil arte de conducir a un pueblo, de gobernarlo. Para ello contó con un nuevo instructor: Shemer, su padre. Diariamente, Shemer iba al templo y pasaba unas horas con Kokab para instruirlo en todo lo necesario para el buen gobierno de su pueblo y preparándolo para dentro de siete años, cuando seria nombrado jefe de los Bení Elhimé.

Aparte de las tareas propias de sacerdote, el tiempo de Kokab estaba bastante ocupado entre las horas que pasaba aprendiendo con su padre y las que pasaba con el Gran Sacerdote y así los años pasaron volando para él.

Una de las cosas que aprendió en ésta etapa fue el conocimiento de que no todo el mundo, como él creía, estaba de acuerdo con la ley de Toth, la ley que hablaba y veneraba a la Verdad; había de hecho una cierta cantidad de personas que preferían venerar a Simáel, El Que Habla en Falso, el Gran Mentiroso, quizás porque era posible obtener mayores beneficios materiales si se utilizaba como herramienta la mentira y el mal que si se utilizaba la verdad y el bien.

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De su padre aprendió a odiar el mal y la mentira y a precaverse de él en cuanto pudiera, pero del Gran Sacerdote aprendió a no caer en el odio a las personas, aunque veneraran a Simáel, practicaran sus negros rituales y utilizaran la mentira y la falsedad.

Los años pasaron y rápidamente le llegaron los veintiuno. En esa edad y después de superar las diferentes pruebas a las que fue sometido, se le consagró como Iniciado en la Verdad y empezó otra etapa de su preparación.

Su estancia fija en el templo se terminó; empezó a recorrer la tierra de Hud para conocerla completamente por si mismo y conocer bien a sus gentes. También viajó más allá de las fronteras de Hud, a los reinos lejanos y extraños, oscuros y luminosos, terroríficos y maravillosos. En esos años culminó su aprendizaje de las leyes humanas y de las reglas para gobernar a su pueblo. También aceleró su aprendizaje de las leyes ocultas del mundo y del hombre y para ello contó con la inestimable ayuda del Gran Hierofante, ya muy anciano y de Omam su madre, en quién descubrió un pozo de sabiduría y que ahora, en su ancianidad, se revelaba a los ojos de Kokab como el verdadero poder oculto tras el trono de Hud: la sabiduría que apoyó y enriqueció a Shemer.

A través de su madre, Kokab conoció a la Gran Madre Universal y su sabiduría impregnó hasta el último rincón de su ser profundo.

La última ley a aprender fue, precisamente, la ley de la Polaridad y de los Opuestos. Así vio claramente que Shemer sin Omam no hubiese podido llegar hasta donde llegó y que Omam sin Shemer nunca hubiera llegado a completarse. También fue la última lección que Omam le dio, después con una extraña despedida, se fue de su lado. Unos días más tarde recibió la noticia de que su madre había partido al reino de las almas. Para Kokab fue un duro golpe; ahora que había logrado ver a su madre en todo su esplendor y empezaba a comprender su inmensa sabiduría, la perdía para siempre. Su dolor creció hasta desbordarse en un mar de lágrimas y lloró inconsolablemente hasta que llegó Shemer a su lado.

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Entonces ocurrió algo inesperado para Kokab, su padre, en lugar de consolarlo le dirigió una dura mirada y le dijo:

¡Kokab!. ¡Basta ya de llorar!. Haces que me avergüence de los años dedicados a tu educación. ¿Dónde están los conocimientos que te di, dónde los que te enseño el Gran Hierofante, y dónde has dejado la sabiduría que tan vanidosamente decías que habías aprendido de tu madre?.

Pero, padre, mi madre ha muerto, ya nunca más la veré ni podré aprender de ella. Sólo pudo enseñarme unas pocas gotas de su sabiduría. ¿Cómo no voy a llorar?.

Si tan solo escucharas realmente lo que acabas de decir y lo analizaras con los conocimientos que tienes te darías cuenta de tu grave error y de cómo estás echando por el suelo largos años de aprendizaje. ¿Acaso no recuerdas lo que te enseño el Gran Hierofante sobre la muerte y lo que acontece cuando vas al reino de las almas?.

Si, padre, pero nunca he estado en ese reino y aunque creo que es cierto todo lo que me han contado, me resulta difícil de evitar el dolor que siento por la muerte de mi madre.

Sigues sin querer reflexionar sobre tus propias palabras y veo que voy a tener que hacerlo por ti. De los labios de los mayores sabios de Hud has oído la ley y aprendido la causa de todas las cosas que ocurren en el mundo. De tu misma madre aprendiste que nadie muere, que sólo se abandona el cuerpo y que, al fin y al cabo, este cuerpo no es más que un pesado vestido para el alma. Deberías de saber que, en éste momento, tu madre está ya en el Reino de las Almas, el Reino de la Luz. Pero tus lloros me indican que hay algo dentro de ti que todavía no has logrado arrancar y hacer desaparecer por completo: tu egoísmo.

Pero, padre, yo no lloro por egoísmo sino por tristeza.

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¡Kokab!. De qué te sirve tu mente y tu capacidad para analizar las motivaciones de las cosas si en un momento crucial no eres capaz de aplicarlo a ti mismo.

Tú no lloras por tristeza respecto a tu madre, lloras por ti mismo, por egoísmo. Tu mismo lo has dicho, lloras porque no podrás verla y sobre todo porque no podrás aprender más de su sabiduría.

No lloras por ella, lloras por ti.

En lugar de alegrarte porque ella se encuentra en el Reino de la Luz, un lugar mucho mejor y alejada de los problemas de este mundo, tú solo sabes llorar por tu pérdida, por tus problemas, por ti mismo. Tu egoísmo es justificable y perdonable en el ignorante, pero totalmente imperdonable en quien pretende ser un Conocedor. Me avergüenzo de ti y del tiempo desperdiciado en tu enseñanza.

Tras estas duras palabras y después de un largo silencio durante el cual Kokab reflexionó sobre ellas, Shemer volvió a hablar y en sus ojos y voz, Kokab reconoció otra vez el cariño que su padre sentía por él.

Hijo mío, la prueba que has pasado y fallado indica que todavía te queda mucho por hacer, pero no indica que no puedas realizarlo; simplemente deberás trabajar muy duro para poder apagar el fuego del egoísmo antes de que puedas manejar el fuego del poder sobre la naturaleza y los hombres. Enjuga tus lágrimas y regocíjate conmigo pues tu madre ya está en la Luz.

Padre e hijo se fundieron en un largo abrazo durante el cuál Kokab recordó todas las enseñanzas de los maestros que había tenido e incluso recordó unos comentarios de su madre que pocos días antes de irse le habló precisamente del Reino de la Luz y de sus maravillas.

Entonces se dio cuenta de que su madre le había estado preparando para esa despedida, pero el no la había comprendido y pensó que sólo era una lección teórica más.

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También se dio cuenta de que su padre tenia razón, su tristeza era pura y simplemente egoísmo; realmente no lloraba porque su madre estuviera mal sino porque se sentía tremendamente solo ante la magnitud de la tarea que tenia por delante y, como había confiado que siempre tendría a su madre como apoyo, al faltarle ésta, su tristeza le dominó.

A medida que iba reflexionando sobre todo ello, se dio cuenta de

que su tristeza iba desapareciendo para ser reemplazada por un tranquilo sentimiento de alegría. ¡Era cierto!. Omam ya estaba en la Luz.

Shemer, que no en vano era llamado "el Sabio", iba notando el cambio en Kokab y al cabo de un rato, el rostro radiante de su hijo le confirmó que la última batalla contra el egoísmo había sido ganada y que el gran momento había llegado para la tierra de Hud.

Convocó al Gran Hierofante y al Consejo de Sacerdotes y les comunicó su decisión de abdicar el trono en favor de su hijo Kokab y que

por ello necesitaba que le hicieran las pruebas del Fuego para poder ser consagrado a la vez Gran Hierofante de Thot.

El anciano Hierofante le manifestó su conformidad y se empezaron

los preparativos para la gran prueba que tendría lugar en el mes de los

Gemelos Celestes y en el día de la luna llena.

¡La Gran Prueba!. El solo hecho de nombrarla infundía miedo a muchas personas; era la prueba más secreta que tenían los rituales del sacerdocio de Thot. En realidad era la última prueba a que eran sometidos los aspirantes a Gran Hierofante, el cargo más alto que existía en la tierra de Hud.

Si bien es cierto que el jefe de los Beni Elhimé era Shemer en ese

momento, también todo el mundo sabia que la última palabra siempre la tenia el Gran Hierofante puesto que era quien estaba en estrecho contacto con su dios, Thot, y era el único que conocía todas sus leyes y podía por ello controlar los sucesos del mundo.

Camino de Retorno – La búsqueda de los frutos

Pocos eran los que llegaban a ser aspirantes al cargo de Gran Hierofante, pero aún muchos menos eran los que pasaban la última prueba, la llamada Prueba del Fuego, por eso circulaban todo tipo de rumores sobre dicha prueba y lo que sucedía en ella. Pero en realidad nadie sabía nada sobre qué tipo de prueba era ni qué les sucedía a los aspirantes que no la superaban. Lo único que se conocía era que los aspirantes que fallaban nunca más eran encontrados en la Tierra de Hud. Antes de Kokab, dos aspirantes más habían intentado superar la prueba y habían desaparecido. Por ello, la expectativa ante la idea de que Kokab debía de pasar dicha prueba entristecía a más de uno.

Y así llegó el día señalado, el día de la luna llena del mes de los

Gemelos Celestes y justo cuando el Sol se hallaba en su cenit; en el centro del día. Una gran multitud se hallaba reunida en la plaza del templo y en la Puerta del Oeste del Templo se encontraban Kokab, Shemer y el Gran Hierofante.

Entonces Shemer se dirigió a Kokab:

Hijo mío, ha llegado la gran hora, ahora deberás entrar en el templo y enfrentarte a la Gran Prueba del Fuego. Una vez superada serás el Jefe indiscutible de los Beni Elhimé y además su Gran Hierofante. Es una gran responsabilidad; solamente otro antes que tú reunió en sus manos el doble cetro del mando, mundano y religioso: Thot, cuando estuvo entre nosotros. Tengo confianza en que estarás a la altura necesaria para desempeñar bien el cargo. Pero antes quiero decirte que yo también fui seleccionado para la misma prueba pero tuve miedo y por mi miedo rehusé la prueba, no estaba a la altura de las circunstancias. A ti te toca el conseguirlo. Aunque nada sabes sobre la prueba ni nada debes de saber sobre ella antes de pasarla me permito darte un solo consejo: busca siempre en tu corazón la respuesta a cualquier duda y sigue sus dictados bajo cualquier circunstancia.

Y diciendo esto, Shemer abrazó a su hijo y se separó de él.

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El Gran Hierofante se dirigió a Kokab y le señaló la enorme puerta

que permitía acceder al templo por el oeste y le dijo:

Kokab, mucho te has preparado, pero ante esta prueba la valentía no sirve de mucho ni tampoco el conocimiento que hayas podido acumular en tus estudios. Sólo te servirá el recordar la Segunda Ley. Para pasar la prueba sólo deberás entrar por ésta puerta y salir por la Puerta del Este; si no sales antes del anochecer todos sabremos que has fracasado y deberemos buscar a otro candidato. Recuerda la Segunda Ley.

Y terminando de decir esto se separó también de él unos pasos

hacia atrás indicándole con ello que debía de entrar ya en el templo a la

busca de su última Gran Prueba.

Kokab entró.

La puerta se cerró tras de él y quedó sumido en una penumbra que,

aunque permitía ver el camino que había delante, no dejaba vislumbrar

nada más allá de unos pasos.

Se encontraba en un estrecho corredor y con un techo muy alto, de

paredes totalmente desnudas y sin ningún adorno. Al ir caminando terminó por encontrarse en una habitación redonda con ocho puertas que desembocaban en ella. Una de las puertas era la que daba al corredor por el que había venido y había siete puertas más sin ninguna indicación de cuál era la que debía de seguir para pasar la prueba.

Recordó lo que le habían enseñado sobre el camino del conocimiento: que antes de entrar en él parecía grandioso y muy hermoso, como el templo desde fuera, pero una vez entrado en el sendero de la búsqueda del conocimiento, el camino se iba volviendo cada vez más solitario y desnudo, como el corredor por el que había llegado hasta allí. También recordó que en cierto momento se debe de hacer una elección sobre el camino a recorrer y que no hay ninguna indicación externa sobre cuál es el correcto.

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En ese momento recordó la advertencia de su padre: debía de escuchar a su corazón y él le indicaría qué camino a seguir.

Debía seguir el camino del corazón.

Se sentó en el suelo un momento y cerró los ojos, se calmó la impaciencia y buscó en su interior hasta que encontró una voz parecida a la de su madre que le indicaba que la puerta del centro, la cuarta, era la que debía de seguir. Decidió que esa era la que seguiría; abrió los ojos y vio que en realidad había una sola puerta; donde antes había ocho puertas diferentes, ahora sólo había una puerta y un solo camino a recorrer.

Todavía maravillado por lo que le acababa de suceder, atravesó la única puerta que tenía ahora delante de él y siguió caminando en busca de la Prueba que se suponía que debía de pasar, sin darse cuenta de que ya había pasado una parte de ella.

El corredor seguía desnudo y frío pero ahora además empezó a subir hasta convertirse en una rampa de difícil subida. Tanto subió que incluso le llegó a dar la impresión de que debería de haber salido por el templo del techo.

A medida que iba subiendo, la luz aumentaba en el corredor y empezaba a ser menos lúgubre y más agradable a la vista; en lugar de ser la simple y desnuda piedra, ahora tenía las paredes recubiertas de hermoso mármol y de dibujos que representaban parte del conocimiento que él ya había aprendido en las antesalas del templo del conocimiento.

En un determinado momento, el corredor ascendente salió a otra habitación, esta vez muy hermosamente decorada y con mucha luz, una luz extraña que no se sabía de donde venia puesto que no tenía ninguna ventana. Pero la sorpresa mayor fue encontrarse al Gran Hierofante en el centro de dicha sala, sentado cómodamente en un sillón y haciendo ademanes de que se acercara a él. Kokab, en medio de la comunión se le acercó y le preguntó:

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Gran Hierofante, ¿qué hacéis aquí?. ¿Es que ya ha terminado la prueba?. ¿La he superado?. ¿De dónde sale ésta extraña luz?.

Hijo mío, ésta luz que tu dices extraña sale de ti. A medida que avanzabas en el camino del conocimiento, ibas irradiando más y más luz. Por eso no puedes ver de dónde viene: viene de tu interior. Respecto a la prueba te diré que si bien has pasado una parte de ella, todavía te queda la parte más difícil, la del Fuego.

Entonces, ¿qué debo de hacer ahora?.

¡Mira!. Delante de nosotros hay dos puertas, la Puerta de la Bienaventuranza y la Puerta del Sacrificio. Deberás entrar por una de ellas.

¿Pero, cómo he de escoger?. ¿Por cuál debo de entrar?.

La Puerta de la Bienaventuranza es la que debes de escoger si crees que ya has superado tu egoísmo y tus defectos han sido corregidos. Si la atraviesas recibirás el justo premio a tus méritos. Si crees que estás preparado para mandar a tu pueblo y recibir el poder que confiere ser el Gran Hierofante, ésa es la puerta que debes de atravesar. Por el contrario, la Puerta del Sacrificio es la que debes escoger si crees que todavía no estás preparado para tener en tus manos el Poder Total de mando. Si la atraviesas recibirás el sufrimiento necesario para purificarte y llegar a ser un mejor servidor del pueblo de Hud. Si crees que para ser jefe debes de purificarte más todavía, esa es la puerta que debes de atravesar. Por ambas puertas llegarás a tener el poder deseado. ¡Escoge ahora!.

Kokab recordó las advertencias de su padre y se dispuso a

reflexionar en su interior antes de contestar y hacer la elección y en cuanto se hubo serenado su interior recordó la frase que el Gran

Hierofante le dijo antes de entrar en el Portal del Oeste: "

Segunda Ley. La Ley del Amor, la Ley de la Entrega, la Ley que indicaba

que la única ley de Thot era la del servicio.

la

recuerda

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Abriendo los ojos, Kokab dijo:

Escojo la Puerta del Sacrificio, creo que para poder ser un buen jefe del pueblo de Hud debo aprender antes a ser un buen servidor.

Y al ir diciendo esto la sala se fue iluminando cada vez más y más hasta parecer que el mismo sol estaba en ella o que ellos se encontraban en el corazón del sol.

Ante los ojos atónitos de Kokab, el Gran Hierofante se convirtió en una llama dorada gigantesca y desapareció consumido su cuerpo. Entonces, en su interior, Kokab pudo oír la voz del Gran Hierofante que le hablaba:

Kokab, has elegido correctamente. Un buen jefe debe de ser un buen servidor, de lo contrario no es más que un buen tirano. Mi misión se ha cumplido y puedo ahora ir al lugar que me corresponde y para lo cuál me he estado preparando largos años. Tú me sustituirás, pero antes debo aclararte que nunca más estarás solo. Una parte de mi estará en tu interior y siempre que quieras me oirás. La sabiduría que arduamente has conseguido debes ir esparciéndola por doquier y debes irte preparando para venir a encontrarme cuando estés listo al igual que yo voy ahora a buscar a mi predecesor.

Pero, ¿qué hubiera ocurrido si la puerta escogida hubiera sido la otra?. ¿Qué ocurrió con los otros aspirantes que fallaron la prueba?.

Escogieron el poder antes que el servicio y el poder les fue entregado igualmente. Al Poder no le importa quién lo maneje; por ello también lo puede encontrar quien no está preparado para controlarlo.

Pero, si nunca más fueron encontrados, ¿qué les pasó, acaso murieron?.

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Claro que murieron, los ignorantes creen que el Poder es algo con lo que se puede jugar y no es así.

El Poder es una energía tan fuerte que quema y destruye a quien no

está preparado para manejarlo. Todos los que fallaron la prueba demostraron que no podían manejar el Poder, pero aún así, ya que lo pidieron, el Poder les fue conferido. Sólo por breves instantes, antes de ser consumidos por la llama del Poder, vislumbraron todo lo que ese poder podía hacer.

Y tú, si no estuvieras preparado, en éste momento serías sólo

cenizas en el suelo puesto que el Poder te ha sido conferido. Tu eres, a partir de ahora, el Gran Hierofante de la Tierra de Hud. Pero también recuerdas que eres Buscador y que estás aquí para recoger tu fruto, como yo. Ahora yo tengo mi fruto y vuelvo al Reino de la Luz, tu trabajo es precisamente ese: recoger tu fruto y volver al Reino de la Luz.

Con esas palabras el Gran Hierofante desapareció totalmente de la vista de Kokab/Buscador y dejó de oírle.

Kokab se encontraba en una gran comunión y a la vez con una gran alegría. Por un lado se alegraba de haber pasado la prueba pero por otro lado habían muchas cosas por las que preocuparse. Primero estaba esa historia que acababa de recordar de repente; él que siempre había pensado que era Kokab, hijo de Shemer de la Tierra de Hud, ahora empezaba a sentir, a saber que era en realidad Buscador, un ser del Reino de la Luz que había bajado a la Tierra para recoger unos frutos de un misterioso Árbol. Aunque había varias historias que se le habían contado anteriormente sobre el otro mundo, nunca había tenido la certeza de que eran ciertas. Pero ahora, le resultaba imposible negarlas puesto que tenía una certeza interna extraña y a la vez maravillosa.

Y además, tenía por delante una gran y difícil tarea; gobernar la

Tierra de Hud.

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Entonces recordó que Shemer, su padre en la Tierra, le estaría esperando por la puerta Este del Templo y decidió ir en su busca para contarle todo lo que le había pasado.

Vio una nueva puerta que antes no había visto y salió por ella. Justo al salir del dintel se dio cuenta de que acababa de atravesar la puerta Este del templo y que se hallaba ya fuera de él.

Delante de él vio a su padre esperándolo. Shemer, en cuanto vio a su hijo saliendo del templo, supo que Kokab había pasado la prueba y que podría ser Jefe y Gran Hierofante de los Bení Elhimé y por fin pudo descansar. Con una gran sonrisa, se desplomó a los pies de su hijo Kokab.

Shemer había muerto.

Esta vez, Kokab no lloró ni se entristeció en absoluto por su padre; él sabia a ciencia cierta que Shemer había partido para el Reino de la Luz porque ya había recogido su fruto, el fruto por el cuál había nacido en ésta bendita Tierra de Hud y al pensar en todo ello sonrió. Y en su corazón una enorme alegría burbujeaba.

Así empezó una nueva era para la Tierra de Hud, por segunda vez en su historia, los dos cargos más importantes, el de Gobernante y el de Hierofante, se fundían en una sola persona.

En Kokab se reunían la Sabiduría que Shemer le había enseñado para mejor gobernar a sus súbditos y también la ciencia oculta que había aprendido en el Templo.

Por ello sus decisiones eran siempre las justas y adecuadas y el pueblo de Hud conoció una época de tanto esplendor que pasados los siglos, mucho después de la partida de Kokab hacia el Reino de la Luz, a ésa época se la recordaría como la Edad de Oro.

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Incluso hoy día, a pesar de que ya se ha olvidado todo lo referente

a la Tierra de Hud, se sigue recordando que la humanidad, hace mucho

tiempo, vivió una época de gran esplendor a la que se llama todavía la Edad de Oro y se cuenta que fue una época en que la justicia reinaba por todos lados y el bienestar estaba extendido por toda la tierra. Esas ideas son recuerdos y reminiscencias del periodo que inició Kokab, el Rey-Sacerdote de la Tierra de Hud.

Pero, parece que nos hemos olvidado de Kokab y de su historia. Seguramente os preguntareis qué fue de él y porqué no seguimos contando su vida; justo es que os hagáis ésta pregunta, pero la contestación es también muy simple:

Kokab, en realidad ya tenía su fruto conseguido; el amor a la verdad, la honradez y el espíritu de servicio ya eran suyos y nadie podía arrebatárselos pero aún tenia que aplicar dicho fruto en la vida diaria y eso fue lo que hizo el resto de su vida: aplicar la verdad, la honradez y el espíritu de servicio al gobierno de su pueblo.

Hay que decir que, salvo algunos fallos involuntarios, lo hizo muy

bien y si no os lo creéis preguntad a algún anciano sabio (que esté un poco informado sobre la sabiduría antigua) y veréis qué os contesta sobre

la famosa Edad de Oro de la Humanidad.

Como os decía, Kokab ya tenía su fruto, pero no podía volver al Reino de la Luz antes de terminar su tarea con sus hermanos de la Tierra de Hud y por ello tuvo una larga vida, una larga y fecunda vida en la que compartió toda su sabiduría con un gran número de discípulos suyos, como Gran Hierofante que era, y que a su vez, esos discípulos esparcieron por toda la Tierra de Hud, y en realidad por la Tierra entera.

Una vez hubo completado su tarea y encontrado el sustituto

adecuado para que le sucediera en el cargo, en la misma ceremonia en la que él fue investido Gran Hierofante, la Prueba del Fuego, pasó sus poderes a su sucesor y se consumió en la Llama del Poder para regresar

al Reino de la Luz.

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TIEMPO PERDIDO

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C uando Nug nació, su padre, Ahniel, decidió que, por una vez en su vida, dejaría de acudir a su reunión semanal con los matemáticos que le llevaban los cálculos de sus

numerosos negocios y los capataces de sus tierras. Si, Ahniel, era el comerciante más grande de Indravath y el que más tierras poseía.

Por extraño que pudiera parecer a los que le conocían, Ahniel, había decidido que el nacimiento de un hijo varón era de suficiente importancia como para dejar de lado por un día la cuenta de sus rupias y así se lo hizo saber a Elhima, la cuál, a pesar de la debilidad de su estado, después del parto, le dedicó una sonrisa de agradecimiento. Una sonrisa sincera, totalmente sincera. Realmente, para Elhima, educada en la servitud del Hinduismo más estricto, el que su amo y señor, que además era su esposo, dejara sus importantes ocupaciones para dedicarle unas palabras amables y una parte de su valioso tiempo, era algo de enorme valor.

Ella también estaba contenta: por fin, después de haber tenido seis hijas, había logrado concebir y dar a luz a un hijo varón. Realmente estaba muy contenta.

En la gran mansión (y que por su tamaño y magnificencia podría llamarse palacio) que Ahniel se había hecho construir en las afueras de Indravath, la alegría de Ahniel se hizo patente y se transmitió a todos los sirvientes. Todos sabían que había nacido el heredero y ello había de celebrarse.

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Y se celebró. Los preparativos se hicieron rápidamente y esa misma

noche todo Indravath pudo disfrutar del suntuoso banquete con que se celebró el nacimiento de Nug.

Por ello, desde su nacimiento, Nug se vio envuelto en sonrisas, halagos y cuidados. Los mimos eran su pan diario. Los cojines le rodeaban y su menor llanto conmovía y hacía estremecer a todos los habitantes de la gran mansión.

Y así fue creciendo, rodeado de lujos y placeres los años fueron

pasando por Indravath y Nug. Al cabo de un tiempo, una sombra empezó

a planear sobre Nug

madre lo iba viendo, día a día. Elhima día a día iba preocupándose más por su hijo. Pero Nug, acostumbrado de muy pequeño a las duras normas de su religión, sólo tenía oídos para su padre. Para él, su madre era una mujer y como tal debía de ser tratada. Al fin y al cabo todo el mundo sabía que las mujeres sólo servían para tener hijos y alimentarlos. Él era un hombre y no tenía porque hacer caso a ninguna mujer

el orgullo empezaba a penetrar en él. Elhima su

Con estos pensamientos olvidaba todo el amor y los cuidados recibidos de su madre. Y su madre sufría por el. La tristeza iba en aumento en Elhima, tanto fue el sufrimiento que cayó enferma. Su alma languidecía día a día, su cuerpo iba consumiéndose. Y los médicos no podían explicarse porqué Elhima se iba apagando lentamente. Un día Ahniel en un arranque de preocupación por Elhima, fue hasta su habitación y le preguntó qué le pasaba (no sin antes dudar si hacerlo o no puesto que la simple idea de preocuparse por su mujer le parecía que era hacerse viejo).

Elhima, esposa mía, hace tiempo que todos estamos viendo cómo

tu semblante se oscurece y la enfermedad mina tu cuerpo. Ello me apena

y entristece. ¿Qué te ocurre?.

Ahniel,

amado

señor,

mi

tristeza

es

preocupaciones por Nug, tu hijo.

causada

por

mis

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¿Pero qué dices, insensata?. ¿Cómo puedes decir que mi hijo, mi apuesto y gallardo hijo te entristece? Si sólo ver su cara, mi semblante se ilumina. ¿Cómo puedes decir eso?.

Mi señor, tu hijo es apuesto y gallardo, sí. Su semblante hace

que las jóvenes suspiren por él. Pero su corazón está helado. Ninguna emoción anida en él, excepto el orgullo. Temo por su carácter y su futuro. Creo que deberíais hablarle.

¿De qué debería hablarle? ¿De que no está bien que esté orgulloso de ser él, el hijo de Ahniel de Indravath?. Al contrario, creo que hace muy bien evitando mezclarse con la chusma y los parias que no han nacido de tan alta cuna. Es su destino el mandar y gobernar sobre ellos, entonces es lógico que empiece a aprender a mandar.

Y en cuanto a las emociones de las que hablas

¿De qué sirven?

Sólo para hacer caso de las mujeres plañideras como tú que no han comprendido aún la superioridad del hombre. Y eso no lo necesita mi hijo para nada. Más valdría que te dedicases a tus asuntos.

Pero, mi señor

dicen

¿olvidáis las escrituras?. Los Upanishads nos

Quién te crees que eres para citarme sentencias sagradas? Tú que no tienes ningún derecho ni tan siquiera a leerlas. Y ya que hablas de las escrituras, debes de recordar que los Vedas nos dicen muy claramente que la mujer no puede nunca juzgar a un hombre y, aunque seas su madre, ello no te da derecho a saltarte las escrituras. Así que no hablemos más de ello o me veré obligado a repudiarte como mi mujer.

Tú eres mi señor y te obedezco. Perdona mi ofensa

De acuerdo, de acuerdo. Puedo entender que te encuentras mal y ello te hace delirar. Olvidaré todo lo que has dicho. Ahora, descansa.

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Y, de ésta manera, se terminó la única conversación que mantuvieron Elhima y Ahniel sobre su hijo y en la que Elhima intentara convencer a Ahniel de algo. Evidentemente el resultado fue el que ella ya se temía: ninguno. Precisamente lo que más le entristecía.

Sabía que ni Nug, ni Ahniel veían nada malo en el comportamiento orgulloso y licencioso de su hijo. Ella, que seguía las escrituras sagradas al pie de la letra, lo veía muy claro. Pero Ahniel tenía también toda la razón; según esas mismas escrituras ninguna mujer podía juzgar a un hombre por sus actos.

Por ello, después de ese intento, sólo le quedaba el sufrir en silencio por el karma que acumularía su hijo. Su reflexión final fue que ya lo compensaría tarde o temprano de alguna manera. (Según las escrituras, había una Ley en el universo que nadie podía saltarse, ni Paria ni Brahman, y esa era la Ley del Karma la cuál decía que todo lo que un hombre (o mujer) hace le sería devuelto más adelante, en esa misma o en otra encarnación.

Así, si Nug caía en el mal del orgullo, debería reequilibrar la balanza en otra vida, si no en ésta, con la humildad y sufriendo bajo la dominación de otros orgullosos). Al darse cuenta de que en realidad no podía hacer nada, se le terminaron los motivos para desear vivir y se fue apagando lentamente hasta que, un año más tarde, su corazón se detuvo para siempre. Ni el orgulloso Nug, ni el atareado Ahniel tuvieron una sola lágrima para Elhima. Ninguna mujer merecía sus lágrimas, se dijeron. Y volvieron a sus ocupaciones.

Siguieron pasando los años y Nug siguió creciendo. Tanto en cuerpo como en orgullo. Realmente, su orgullo había crecido tanto que ni tan siquiera respetaba a su padre. Lo humillaba siempre que podía y le avergonzaba de muchas maneras.

Al llegar, Nug, a los dieciocho años, Ahniel se dio cuenta cabal por vez primera, de una manera completa, de la gran razón que había tenido Elhima.

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El orgullo de Nug era enorme. Se había vuelto incontrolable y amenazaba con devorarle.

Al recordar las palabras de su mujer, se dio cuenta que también había caído él mismo en el mal del orgullo y que debía cumplir con su karma acumulado. Entendió que las humillaciones que le infligía Nug no eran más que el retorno y el pago de la deuda kármica que él, Ahniel, había contraído, que se había ganado a pulso con sus actuaciones y, al comprender eso, decidió aprender la lección de la humildad.

Desde ese día, la actitud de Ahniel empezó a cambiar. Su orgullo fue cediendo poco a poco y fue reemplazado lentamente por la humildad. Escuchaba la voz de los ancianos sabios, leía las escrituras y procuraba seguirlas. Ya no gritaba ni abofeteaba a sus siervos como antes hacía.

Tan notorio se hizo su cambio que asombraba a cuantos le conocían y, muy especialmente, a sus sirvientes. Un asombro que fue cambiando poco a poco en admiración puesto que, para quienes le habían conocido en su etapa anterior, su actitud actual demostraba cuánto había tenido que luchar consigo mismo. Y el mérito que muchos veían en ello provocó que lo que antes fuera miedo ahora se trocaba en respeto hacia Ahniel y cuanto hacía.

Con una sola excepción, su hijo, Nug

Nug, cegado por su orgullo, en lugar de entender que su padre estaba cambiando positivamente, interpretó su cambio de actitud, su humildad, como vejez y debilidad y le acusaba de ser demasiado viejo y que con la senilidad se ablandaba. Un día, cuando se acercaba su mayoría de edad, iba a cumplir los veintiún años, le pidió audiencia a su padre y empezó la conversación de ésta manera:

Padre, voy a cumplir los veintiún años. Creo que ya es hora de que me cedas el gobierno de tus negocios.

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Hijo mío, te precipitas. Ni tú eres tan mayor como para controlar todas mis posesiones ni yo soy tan viejo como par no poderlo hacer.

Eres tú quien no lo entiendes. Últimamente te has vuelto tan blando que los trabajadores rinden menos, tus prestamistas ganan menos puesto que piden menos intereses a sus clientes -siguiendo tus propias órdenes, e incluso he visto que escuchas los consejos de las mujeres. Realmente la vejez te hace incapaz totalmente para gobernar con mano firme tus negocios. Debes darme el mando.

No insistas, hijo mío. No te daré todavía el mando. No, al menos hasta que vea que eres capaz de respetar la vida humana y escuchas los consejos de los que saben más que tú.

Padre, en esta conversación hay un grave error que estás cometiendo. Realmente no te estoy pidiendo nada. Te estoy exigiendo con buenas palabras que me des algo que de todas maneras va a ser mío antes de lo que te imaginas, así que mejor harías facilitándomelo.

Mejor será que te olvides de ello y en su lugar aprendas las lecciones de la vida que te son tan necesitadas. Lee los Upanishads y sigue sus consejos. En cuanto lo hayas hecho, volveremos a hablar. Y ahora adiós.

No creas que te desharás tan fácilmente de mí. Ya lo verás, te arrepentirás.

Y con éstas duras palabras, dichas a voz en grito, y con un fuerte

golpe en la mesa, Nug salió de la estancia con la furia bullendo en su interior y una determinación terrible.

El

mando sería suyo, aunque tuviera que matar a su padre

Y

con esa determinación se fue al templo de Kali.

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Kali, la diosa sanguinaria, la diosa de la destrucción. En sus brazos

y sus templos era fácil encontrar asesinos y por ello se dirigió allí. Entre sus numerosos sacerdotes pudo encontrar a uno a quien ya conocía y explicarle su situación y sus deseos.

El sacerdote, maestro en lo referente a la muerte, le aconsejó hábilmente.

Debería usar un veneno que causaba la muerte en pocas horas, pero que, al provocar que el corazón se parara, daba la impresión de que la muerte era por causas naturales. Con la edad que Ahniel tenía, todo el mundo creería que se había muerto naturalmente

Después de agradecer -y pagar- los consejos y el veneno del sacerdote, Nug se aprestó a poner en práctica su plan. Se acercaba el día de su cumpleaños y él quería a toda costa ser el dueño de todo cuando cumpliera los veintiún años.

Su decisión era irrevocable. Su odio y orgullo, irreconciliables.

Esa misma noche, cuidando mucho que nadie le viera, se introdujo en las estancias de su padre y vertió el veneno en la jarra de agua que utilizaba su padre para beber durante la noche. Justo antes de verterlo, un destello de duda cruzó por su mente preguntándose si hacía bien al matar

a su padre; pero fue un destello fugaz. El doloroso recuerdo de su negativa a darle el mando de sus posesiones y la irritación ante la afrenta de sufrir cómo se le negaban sus legítimas pretensiones pudo más que su débil remordimiento y vertió de golpe todo el veneno en la vasija.

Después de comprobar de nuevo que nadie le había visto, se retiró

a dormir a sus aposentos. Sus sueños fueron inquietos y descansó mal

la mañana, cosa

desacostumbrada puesto que Nug dormía siempre hasta el mediodía, se encontró despierto y a punto de ir a ver cómo se encontraba su padre.

Al

día

siguiente,

muy

temprano

por

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La prudencia le hizo esperar en su habitación para que nadie sospechara de él. No tuvo que esperar demasiado, unos golpes presurosos le hicieron abrir la puerta. Era el criado que cuidaba a su padre, tenía el rostro desecho en lágrimas. Nug, con aire de fingida sorpresa le preguntó:

¿Qué

pasa?

¿Porqué

me

despertáis

intempestiva? ¿ Y porqué lloras?

a

esta

hora

tan

Mi señor, vuestro padre, mi amo, ha muerto.

¿Muerto? ¿Cómo es posible? ¿Qué ha pasado?

No lo sabemos mi señor, esta mañana al ir a despertarlo como de costumbre no ha respondido a mi llamada; al acercarme y llamarlo más fuertemente tampoco, y al ver que no reaccionaba a mis sacudidas he comprendido que se encontraba muy mal y he llamado al médico el cuál poco ha podido hacer, se ha limitado a determinar que vuestro padre ha muerto de causas naturales esta noche; probablemente su corazón no ha aguantado su vejez. Ahora, os ruego me perdonéis pues debo hacer los preparativos para su funeral.

Y entre sollozos apagados se dirigió a los aposentos de Ahniel.

Nug cerró la puerta de su habitación y se frotó las manos. Lo había conseguido. Nadie sospecharía nada y todas las posesiones de su padre pasarían directamente a sus manos. Ahora verían esos administradores lo que era mano dura. Se había terminado de una vez por todas esas sensiblerías de viejo que su padre últimamente había ordenado a sus banqueros y administradores.

Y así fue, después del obligado funeral, en el cual tuvo que fingir

gran pena por la muerte de su padre, se hizo cargo de todos las posesiones de Ahniel y lo primero que ordenó fue una reunión con todos sus capataces y administradores.

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En cuanto los tuvo a todos delante se dirigió a ellos y les dijo:

Os he reunido a todos hoy aquí porque he visto con preocupación cómo en los últimos tiempos mi padre se ablandaba y, mientras su corazón envejecía, su manera de administrar la hacienda era cada vez más incompetente. No estoy dispuesto a que se pierda lo que tantos años de esfuerzo le costó a mi padre conseguir, así que a partir de ahora seguiréis mis órdenes a rajatabla. Quien no esté de acuerdo ya puede buscarse un nuevo trabajo. Pero no en Indravath. Quien no haga exactamente todo lo que yo diga es mejor que se vaya del pueblo porque mi cólera caerá sobre él y su familia con toda su fuerza.

Pero, mi señor

¿Acaso quieres ser tú el primero en comprobarlo?

No, no, mi señor. Se hará lo que Ud. diga.

Bien, así me gusta. Si no hay nadie más que quiera decir algo pasaré a dictar mis nuevas órdenes.

Evidentemente nadie dijo nada. A todos les había quedado claro que oponerse a Nug era igual a morirse de hambre y la mayoría tenía una familia que alimentar así que se guardaron sus objeciones para si mismos y se dispusieron a acatar las órdenes que les dijeran.

Las nuevas órdenes fueron duras, incluso mucho más duras que las que Ahniel en sus primeros tiempos había dictado.

A los banqueros y prestamistas les obligó a subir los intereses y a

confiscar de inmediato los bienes de quienes no habían pagado sus

deudas, sin importar si con ello se condenaba a morir de hambre a una familia entera.

A sus capataces les ordenó subir el ritmo de trabajo y bajar los

salarios que, según Nug, eran demasiado generosos para el hatajo de

gandules que trabajaba para él.

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Y así con todo lo referente a la administración de sus bienes.

Al salir de la reunión, las caras de los asistentes eran un fiel reflejo del estado de sus corazones; la aprensión y el miedo imperaban en todos ellos: había nacido un dictador. Nug, frotándose las manos se dirigió a sus aposentos.

Por fin mi hacienda empezará a funcionar como es debido - iba pensando.

En su camino se cruzó con el anciano sirviente de su padre, el que había cuidado de Ahniel toda su vida. El que había descubierto el cadáver y le había anunciado a Nug la muerte de su padre entre sollozos.

Al verle se dio cuenta de que ahora ya no le servía para nada ese viejo sensiblero. Muerto su padre, no tenía a quien cuidar; Nug no necesitaba ningún sirviente y pronto el anciano necesitaría ser cuidado por alguien. Ahora era simplemente un estorbo que no necesitaba pagar. Y tomó una rápida decisión.

Tú, ven aquí un momento.

¿ Yo, Señor?

Si, tú. ¿Tú eras el sirviente de mi padre, verdad?

Si, mi Señor. Le he cuidado durante toda mi vida como si fuera mi padre, si me permite decirlo así, Señor.

Claro, claro

Pero ahora no estas cuidando a nadie ¿verdad?

No, mi Señor, estoy esperando que me deis un nuevo trabajo.

No hará falta que esperes más. Ya que mi padre, ahora, no te necesita, yo tampoco te necesito así que te despido. Recoge tus cosas y vete de mi casa.

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El anciano no podía creer en lo que oía. Después de toda una vida

de cuidados abnegados a su padre, el hijo le despedía, sin más, condenándole a la miseria.

Pero, mi Señor, soy un débil anciano que no tiene donde ir. Si me echáis de vuestra casa me moriré de hambre en pocos días. Nadie quiere a un pobre viejo como yo.

Tienes razón en eso de que nadie quiere a un viejo como tú pero ese es tu problema. Tu ya no me sirves para nada y no tengo porqué mantenerte. No hay más que hablar. Vete.

Y antes de que pudiera replicar nada, Nug continuó con paso

rápido su camino hacia sus aposentos.

El pobre anciano, entre sollozos, se fue a recoger sus míseras

pertenencias mientras Nug se felicitaba por no haber caído en el tonto

sentimentalismo que tanto dinero le había costado a su padre.

De poco sirvió que algunos sirvientes intentaran pedir clemencia a su señor para el anciano. En realidad lo único que consiguieron fue que tres sirvientes más fueran despedidos por haber importunado a Nug.

Pocos días mas tarde, en las calles de Indravath se encontró tirado el cuerpo del anciano sirviente, muerto de hambre. Aunque la noticia llegó a oídos de Nug, éste ni se inmutó. Para él había sido una simple decisión de negocios, una decisión necesaria y las dificultades de otro no eran su problema. Pero en Indravath, la noticia corrió como un reguero de pólvora y la indignación se palpaba en todas las conversaciones. Pero, por mucho que se detestara a Nug, él era quien tenía todo el poder en el pueblo. Él era quien decidía los destinos de todos sus habitantes.

Y, gustara o no, él era quien mandaba sobre todos allí. Las conversaciones inevitablemente languidecían al llegar a la dura constatación de que no les era posible hacer nada.

Camino de Retorno – La búsqueda de los frutos

Y cada uno se volvía a su casa, maldiciendo su destino y con

lágrimas en los ojos, unas de dolor, otras de rabia.

Mas no todos lloraban, había alguien que no lloraba en absoluto, alguien que sabía que llorar no conduciría a nada, alguien que quería terminar con todo ese sufrimiento.

Había una joven cuyo semblante no dejaba traslucir sentimiento alguno, pero su corazón bullía de rabia. En lo más recóndito de su interior había hecho un juramento terrible: no descansaría hasta ver muerto a Nug. Nyzcha, que ése era su nombre, de ojos duros y corazón vengativo, era la hija de uno de los sirvientes despedidos por Nug al intentar defender al anciano.

Ella también sufría en su propia piel las injusticias que el tirano estaba provocando en Indravath; su padre malvivía haciendo las tareas más bajas y serviles que podía encontrar pero su salud estaba deteriorándose rápidamente. Podía ver diariamente cómo todos los que se oponían a Nug terminaban sus días como el pobre anciano muerto de hambre en un oscuro callejón.

Y se había jurado venganza.

Por su padre, por el anciano y por todos los que sufrían en el pueblo e incluso por los que, si no se hacía nada, terminarían sufriendo por las injusticias y el egoísmo de Nug.

Al principio, la ardiente ira que borboteaba en su corazón no le

permitía ver ninguna manera de llevar a cabo su venganza pero, día tras

día, su determinación vencía todos los obstáculos y su corazón se aquietaba.

Al

cabo

de

poco

definitivamente.

tiempo

su

corazón

se

había

helado

Camino de Retorno – La búsqueda de los frutos

Los sentimientos habían sido excluidos de él. Sólo había lugar para un único y enorme sentimiento: la venganza. Los días pasaban y los planes nacían en su mente como nacen las malas hierbas entre los huertos. Y cada vez eran más refinados y astutos.

Finalmente tuvo su plan a punto. La manera de destruir totalmente a Nug. Para conseguirlo tenia que hacer algunas cosas que le repugnaban pero ella estaba dispuesta a todo con tal de llevar a término su venganza. Había decidido que se casaría con Nug.

Si, si, habéis oído bien. Había decidido casarse con Nug. Pero, evidentemente no para someterse a él sino para poder llevar a cabo su destrucción desde dentro mismo de su casa y sin que nadie sospechara nada.

Una vez tuvo todos los detalles a punto se dirigió al palacio de Nug y solicitó trabajo como sirvienta. Nug mismo era quien realizaba la selección del personal a su cargo y por sus despidos estaba mas bien escaso de personal así que su disposición a aceptar a alguien nuevo era bastante alta. Además, Nyzcha era muy guapa y a Nug, la sola idea de tenerla cerca y poder utilizarla para lo que el quisiera -esa era su idea de sirvienta- ya le era suficiente aliciente como para aceptarla.

Poco podía sospechar Nug que al aceptar a Nyzcha como sirvienta acababa de firmar su sentencia de muerte.

Nyzcha se ganó rápidamente la confianza de Nug y fue requerida más de una noche para pasarla en sus aposentos. Su solicitud en satisfacer los más mínimos deseos de su señor la hicieron prácticamente indispensable en el palacio. Pero, no contenta con ello, fue a buscar a una vieja que vivía en lo más profundo del bosque que rodeaba Indravath. La vieja solitaria era conocida por todos como la encantadora más peligrosa de todo el país, sus brujerías eran temibles y sus pociones buscadas por todos los que deseaban lo que no era suyo.

Camino de Retorno – La búsqueda de los frutos

Las habladurías sobre los peligros que acechaban a quienes se adentraban en el bosque -se decía que muchos no habían vuelto no amedrentaron a Nyzcha; su cólera y rabia eran suficiente fuertes como para arrostrar cualquier peligro. Y su decisión le llevó a encontrarse con la peligrosa anciana.

Después de explicarle sus designios y pagar la fuerte suma que la bruja le pedía, Nyzcha se encontró con dos frascos de cristal. Uno le serviría para conseguir enamorar perdidamente a Nug y el segundo le mataría cuando ella lo desease.

De vuelta a la mansión, no tuvo ninguna dificultad para conseguir que Nug se bebiera la primera pócima y, en cuanto le hizo efecto, Nug se quedó prendado de Nyzcha. Se enamoró de tal manera que, sin tan siquiera consultarla a ella, hizo saber a todo el mundo que al día siguiente se casaría con su sirvienta.

Dado el carácter autoritario y prepotente de Nug, a nadie le sorprendió dicha decisión, aunque más de uno compadeció en secreto a la pobre muchacha que pasaría a ser la esposa del tirano. Nadie imaginaba el secreto designio que anidaba el corazón de Nyzcha.

La boda se celebró con gran pompa y boato, las orquestas no cesaron en su música durante más de una semana y el banquete fue el más fastuoso que se recordaba en el lugar. Pero, a pesar de todo el dinero que Nug se gastó en las celebraciones, las risas estaban ausentes del festejo. Las caras de todo el mundo reflejaban el odio, la tristeza o el temor que las atenazaba. La alegría no se dignó a pasar ni un instante durante toda la semana.

Nug, como siempre ajeno a lo que les pasaba a los demás, estaba radiante y feliz. Aunque fuera por la pócima que le administró Nyzcha, se sentía enamorado totalmente y creía que la felicidad había entrado en su vida para siempre. Si hubiera sido capaz de leer en los ojos de Nyzcha, la sangre se le hubiera helado en sus venas.

Camino de Retorno – La búsqueda de los frutos

Poco le duró a Nug esa felicidad, los primeros días le pasaron volando disfrutando de su nueva esposa, la cuál seguía tan solícita como siempre. Pero, en cuanto Nyzcha quedó embarazada las cosas cambiaron radicalmente. A Nug, la noticia de que pronto tendría un hijo le llenó de alegría pero a Nyzcha le sirvió de excusa para evitar cada vez más a su esposo. Pronto el alejamiento entre los dos llegó al punto de dormir en estancias separadas y terminaron por verse solamente a la hora de la comida. Nug no lograba entender nada de lo que pasaba pero el hecho de esperar un hijo le hacia tener paciencia ante las rarezas de Nyzcha. Decidió esperar hasta el nacimiento y ver qué pasaba entonces.

Pasaron los meses y Nyzcha tuvo un hijo, un hijo varón. Para Nug,

al igual que lo fue para su padre anteriormente, era la mejor noticia que

podían darle. Tenia un heredero. Alguien a quien educar a su manera y que algún día heredaría todo lo que tenía.

Lo mismo pensaba Nyzcha, pero con otros designios bastante

diferentes a los de Nug. En realidad, ella ya tenía todo lo que deseaba. Era la esposa legítima de Nug y ahora tenía el heredero legítimo de Nug.

A partir de ese momento, Nug sobraba.

Esa misma noche empezó a llevar a cabo la segunda parte de su horrible plan. Vertió unas gotas de la segunda pócima en la bebida de Nug, quien estaba muy lejos de sospechar lo que le aguardaba. Esa misma noche, Nug tuvo una fuerte pesadilla; se vio a si mismo enterrado

en una zanja de tierra y todo a su alrededor estaba lleno de gusanos que

le roían el cuerpo. Se despertó gritando aterrorizado.

Desde ese noche, nunca más pudo dormir tranquilo. Cada noche,

por efecto de las gotas de Nyzcha, la pesadilla se repetía y Nug se iba debilitando día a día. La falta de sueño iba minando su salud y tras pocas semanas de esa tortura, enfermó gravemente. Sus delirios asustaban a todo el mundo en

la casa; a todo el mundo menos a Nyzcha.

Camino de Retorno – La búsqueda de los frutos

Ella fingía ante los sirvientes que le apenaba el estado en el que se encontraba su marido, pero en su interior estaba disfrutando como nunca antes lo había hecho. Sus planes se estaban cumpliendo a la perfección.

bueno, exactamente

el heredero sería su hijo, pero ella sería la administradora hasta su mayoría de edad.

Pronto seria la heredera de la fortuna de Nug

Y así fue. A los siete meses de haber nacido el hijo de Nyzcha, Nug

enloqueció y presa del delirio se tiró por la ventana de la torre más alta del palacio. Su cuerpo quedó destrozado en el patio de la mansión. En Indravath recordaron durante mucho tiempo los aterrorizados chillidos de Nug mientras caía.

Nyzcha

pudo

consumada.

por

fin

dormir

tranquila.

Su

venganza

estaba

Nug se despertó de repente y se encontró con que sus sirvientes estaban a su alrededor mirándole mudos de estupor y miedo. Nadie se movía, simplemente le miraban con ojos extraños. Nug se dirigió a ellos y les espetó:

Qué miráis, es que no os dais cuenta de que me he caído. Por qué no me ayudáis a levantarme.

Pero nadie se movió

¿ Es que no me oís ?. Quiero que me ayudéis a levantar. Os lo ordeno. Ayudadme ahora mismo u os haré azotar y os despediré a todos.

Y nadie se movió. Parecía como si no le oían. Poco a poco, en

silencio, los sirvientes se fueron alejando de Nug y volvieron a sus tareas

hablando en susurros entre ellos.

Camino de Retorno – La búsqueda de los frutos

Nug se levantó y se dirigió a uno de ellos para darle un puñetazo de rabia porque no le hacían caso. Pero el puñetazo se perdió en el aire. Su mano atravesó el cuerpo del sirviente como si fuera un fantasma. Nug, aterrorizado empezó a intentar tocar a todos los sirvientes y a gritarles pero sin ningún éxito, su cuerpo atravesaba el cuerpo de los demás como si estuvieran hechos de aire y sus gritos no eran oídos por nadie.

Todos actuaban como si él no estuviera.

En uno de sus giros vio, en el suelo, su cuerpo. Al principio no lo reconoció y pensó que era alguien que estaba tumbado borracho. Luego, al acercarse se dio cuenta de que era él mismo.

El

terror lo atenazó. Estaba muerto

. Ese era su cuerpo y estaba

muerto

Él era un fantasma

Nug pudo ser testigo de excepción de su propio funeral, de cómo lo incineraban. Pudo ver las pocas lágrimas que despertó su muerte, oír los comentarios despectivos que todo el mundo tenia hacia su cuerpo. E incluso pudo oír cómo su propia esposa se reía como nunca había hecho antes y, en el secreto de su alcoba, le contaba a su hijo cómo lo había envenenado y porqué.

Por fin pudo entender todo lo que le había pasado y comprendió el porqué de la amargura y odio de Nyzcha hacia él.

Y con la comprensión llegó el dolor, un dolor intenso en su alma.

Un dolor que no podía apagarse con llanto. Dolor por su estupidez, dolor por su comportamiento, por su egoísmo, su crueldad, por casi todo lo que había hecho. Y también llegó el perdón hacia Nyzcha por su venganza.

En cuanto el sentimiento de perdón le inundó, un intenso resplandor borró todo el mundo de su vista y se encontró en un cueva donde había mucha luz. A su lado se encontraba un ser luminoso que vagamente le era familiar

Camino de Retorno – La búsqueda de los frutos

Oro, con una sonrisa, se dirigió a Buscador:

Amigo

mío.

Cuanto

has

sufrido

ésta

vez.

comportado tu descenso a la Tierra.

Cuanto

dolor

ha

¿Eres mi amigo? ¿Quién eres? ¿Y dónde estoy?

Eres Buscador, te encuentras en la antesala de la Tierra y sí, claro que soy tu amigo. Soy Oro, ¿no me recuerdas? Temo que esta vez tu estancia en la Tierra ha sido demasiado fuerte para ti. Intenta recordar

Si, ahora voy recordando Reino de la Luz y yo soy Buscador

claro, tú eres Oro, mi amigo del pero, ¿qué ha pasado?

Te ha pasado lo que más temía, la influencia de la vida en la Tierra y la necesidad de oscurecerse para poder bajar a ella han provocado que salieran tus peores defectos. Has sufrido mucho y has hecho sufrir más todavía. No sólo has perdido el tiempo, has perdido esta vida, sino que además deberás equilibrar todo lo que has desequilibrado.

Pero

¿entonces qué debo hacer ahora?

Deberás reparar todo el daño que has hecho, en un nuevo descenso a la Tierra.

Pero ¿cómo lo podré hacer?

Muy fácil. Si has causado la muerte a alguien, deberás dar la vida a

otro ser. Si has hecho perder bienes materiales a alguna persona, deberás

dar dinero o bienes a otra persona en esa nueva vida

y así con todo.

Entiendo

pero yo he causado la muerte de dos personas, el

que fue mi padre y mi sirviente. ¿Deberé tener dos hijos ahora?.

Camino de Retorno – La búsqueda de los frutos

No exactamente, primero porque dar la vida se puede hacer de muchas maneras, teniendo hijos, o salvando vidas como médico, o de cualquier otra manera en la que des o devuelvas la vida a algún ser. Y en segundo lugar, ya has sido castigado por la muerte del anciano, ¿o no te acuerdas de todo lo que has pasado con tu esposa?

Pero entonces, mi esposa me ha castigado por lo que hice, pero

también ella

ella también ha causado una muerte conscientemente deberá ser castigada.

Claro, pero ello no te incumbe a ti. Debes dejar a los señores del Karma que hagan su labor y encuentren la mejor manera para que Nyzcha aprenda la lección que debe. Tú debes ocuparte en aprender la tuya.

Creo que la tengo bien aprendida ahora, estoy dispuesto a enmendar lo que he torcido. Aunque ahora sé el porqué bajar a la Tierra es considerado como un funeral en el Reino de la Luz. Es horrible lo que se puede hacer cuando la ignorancia campa por sus respetos Bueno, a qué esperamos. Quiero volver a la Tierra lo más pronto posible a enmendar mis errores.

Ello no es posible ahora, amigo mío. Ya que te ha afectado tanto éste último descenso a la Tierra, deberás descansar un tiempo para recuperar fuerzas. Deberemos trabajar en reforzar las conexiones que tenemos internamente tu y yo para que no puedan volver a cortarse tan totalmente como ha pasado en este descenso. Subiremos al Reino de la Luz durante un tiempo hasta que vuelvas a estar listo.

tan

avergonzado por lo que he hecho que no me siento con fuerzas para replicar a nadie. Volvamos pues al Reino de la Luz; te sigo.

Si

tu

lo

crees

necesario

no

te

lo

discutiré.

Estoy

Y abandonando la cueva, volvieron a subir por la escalera que conducía al Reino, la escalera que iba iluminándose peldaño a peldaño.

Camino de Retorno – La búsqueda de los frutos

Y con ella iban iluminándose sus cuerpos, abandonando la luz, la

oscuridad que reinaba en la Tierra.

Al llegar arriba, entraron en la luz

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CUARTO FRUTO

Camino de Retorno – La búsqueda de los frutos

Camino de Retorno – La búsqueda de los frutos

L os primeros rayos de sol que se filtraban por los estrechos ventanucos de la estancia despertaron a Lien-Hu. Los trinos de los pájaros la hicieron sonreír levemente. Hacia frío en la

alcoba. La tímida primavera que recién comenzaba no había podido calentar la maltrecha choza donde vivía con Em-Li y sus hijos.

Sus hijos

el pensar en sus hijos le borró la sonrisa de su cara.

Hoy debía decírselo, no podía esperar más.

Mejor quizás si esperaba todavía

algunos días Pero tampoco ganaba nada con ocultarlo. Em-Li la quería, sabría perdonárselo. Aunque ya tuvieran seis hijos, con uno más podrían salir adelante seguramente. Y si fuera un varón todavía mas fácilmente. Eso era, debía decirle a su esposo que esperaba un hijo varón, así no se lo tomaría tan mal. Quizás incluso lo aceptase Pero seguía teniendo miedo.

Pero, ¿cómo se lo tomaría?

El sol, con su caricia, despertó a Em-Li y se desperezó. Con un ruidoso bostezo se aprestó a levantarse pero la mano de Lien-Hu le detuvo. Imaginando que su esposa le pedía caricias y mimos, Em-Li se acurrucó junto a ella y empezó a acariciarla. Lien-Hu se apartó un poco y le dijo:

Camino de Retorno – La búsqueda de los frutos

Em-Li, he de decirte una cosa.

Yo, en lugar de decir, haría una cosa.

No, no, es una cosa muy importante.

Y ¿qué cosa hay de más importante que acariciarnos mutuamente?.

Se trata de nuestros hijos.

¿Qué pasa con ellos? ¿Han hecho algo malo?. Dímelo que les castigo.

Si y no, según cómo lo mires.

Bueno, suéltalo ya. No me pongas más nervioso.

Em-Li, estoy esperando un hijo varón.

¿Cómo? ¿Qué dices?

Que estoy esperando un hijo varón.

No puede ser

un hijo

alimentarlos

varón y no una hembra?.

no puede ser

si ya tenemos seis y apenas podemos Además, ¿cómo puedes saber que es un

No sé, lo siento así, en el corazón.

Ya, claro. Y si te equivocas tendremos una inútil hija que sólo nos servirá para que todos nos muramos de hambre. ¿No te das cuenta?

Claro que me doy cuenta pero parece que olvidas que este hijo es tuyo tanto como mío. Que los dos lo hemos llamado.

Yo no he llamado a ningún hijo.

Camino de Retorno – La búsqueda de los frutos

Bueno, no se le suele decir llamar a eso precisamente, pero así es en realidad.

Ya, ya, ahora me lo echas en cara.

No, esposo mío, sólo digo que es de los dos y si los dioses nos lo envían debemos aceptar su voluntad.

Si no hay más remedio

!Pero que conste que si es una niña la

vendo a mi amo¡. Yo no puedo mantener inútiles. Ya tengo bastantes.

Así terminó la conversación. Un día que había empezado tan hermoso para todo el mundo, se convirtió en un infierno para Em-Li y Lien-Hu. No había para menos. Con el pequeño huerto familiar que tenían detrás de la choza apenas alcanzaba para alimentar a cuatro personas. Hasta ahora ya tenían que comer de él Em-Li, Lien-Hu y seis hijos. Ahora debería de dar de comer a uno más. La miseria se repartiría para todos. Realmente, el malhumor de Em-Li era lógico.

Lien-Hu, en cambio, aunque podía ver igual de claramente todos los problemas que representaba un nuevo hijo, se sentía madre por encima de todo y por ello lo más importante para ella era traer al mundo a esa vida que latía en su interior. Luego ya se arreglarían como fuese.

Y llegó el tiempo del nacimiento. Tal como temía Em-Li, el hijo no fue tal sino que fue hija. Muy hermosa por cierto, pero sus ojos no veían la belleza de la niña; sólo veían su plato más vacío. Poco después, tal como había dicho a Lien-Hu, una vez limpia y vestida, cogió a la niña y se la llevó a casa del señor del pueblo, un rico samurái, de noble cuna y con fama de muy mujeriego.

Las costumbres del pueblo establecían que las familias pobres y sin recursos sólo se quedaban con los hijos varones. Si nacía alguna niña, inmediatamente era sacrificada a los dioses o abandonada en las orillas de los ríos.

Camino de Retorno – La búsqueda de los frutos

Sólo se salvaban algunas niñas gracias a la insistencia de sus madres

o porque eran vendidas a algún noble rico que deseaba tener jóvenes

concubinas y de esa manera se aseguraban que tendrían la educación que

querían.

Así ocurrió con la hija de Em-Li, incluso antes de que se le diera un nombre ya era una esclava que pertenecía al samurái El noble, incluso decidió su nombre: se llamaría Nog-Ah. Según sus órdenes y deseos, hasta que cumpliera siete años Nog- Ah seguiría viviendo con su Lien-Hu.El no deseaba niños ruidosos en su mansión.

Para que pudieran mantener a la niña, entregó a Em-Li una bolsa con una buena cantidad de dinero para que la cuidaran hasta que tuviera

la edad necesaria para entrar en la escuela de Geishas de la ciudad vecina.

Ni que decir tiene que el dinero vino muy bien a Em-Li y Lien-Hu. Gracias a él pudo comer bien toda la familia durante mucho tiempo. Bueno, toda la familia no, a Nog-Ah, en lugar de agradecerle ese dinero venido del cielo, se le consideraba culpable de todo lo malo que sucedía en la familia. Por ser niña y al haber sido vendida ya, se la trataba como a una extraña y se la marginaba tanto como se podía.

Em-Li ni siquiera le dirigía la palabra. Sus hermanos se burlaban de

ella y la insultaban, constantemente le recordaban su categoría de esclava

y concubina vendida. Sólo Lien-Hu la trataba con cariño. Pero incluso

ella debía hacerlo cuando no estaban sus hermanos ni su padre para evitar problemas o discusiones.

Los primeros siete años de su vida, fueron pues muy duros para Nog-Ah y cuando su padre le dijo que la llevaría a la ciudad, a la escuela donde la convertirían en Geisha, de su pecho salió un suspiro de alivio. Seguro que allí no podría pasarlo peor que con su familia. A lo mejor incluso le iba mejor.

Y no se equivocó.

Camino de Retorno – La búsqueda de los frutos

En la escuela, no sólo se encontró a muchas niñas que tenían sus mismos problemas sino que además, las profesoras e incluso la directora habían sido niñas con historias muy parecidas a la suya, por ello todas la comprendían y la acogieron como si fueran hermanas suyas. O mejor aún que si fueran hermanas, a juzgar por lo que había vivido Nog-Ah de su propia familia.

Allí tuvo por fin unas amigas en quien confiar y con quien jugar. Y la directora prácticamente le hizo de Lien-Hu. Evidentemente, sus profesoras y la directora en cuanto a su educación eran muy rígidas y duras pero fuera de las horas de aprendizaje, actuaban como una verdadera familia. Fueron los años más felices de su vida.

Junto con sus compañeras, aprendió el arte del Ikebana para saber colocar los adornos florales con gracia y el arte de cocinar platos exquisitos y saber servirlos con toda la gracia posible.

También aprendió a dar masajes, masajes que relajaran el cuerpo, masajes para el placer y también masajes para curar las dolencias de su señor. En fin, la prepararon para que pudiera dar todo el placer posible y supiera cuidar de su señor con todas las exquisiteces que eran conocidas en esos momentos.

Pero sobre todo, en lo que más la insistieron era que tenia que grabarse muy profundamente en su mente y en su corazón que era y sería para siempre la esclava de su señor. Que su destino era la de ser la sirviente perfecta, la concubina más deliciosa y la mujer más cariñosa para con su amo y señor.

La desobediencia estaba fuera de toda posibilidad. Escaparse estaba castigado con la muerte y la insolencia - o lo que el señor considerase insolencia- se castigaba con penas muy dolorosas. Debía recordar siempre que era una esclava total y absoluta.

Al principio, a Nog-Ah le parecía imposible que ese fuera su destino y se revolvía contra él.

Camino de Retorno – La búsqueda de los frutos

Pero al ir pasando los años y acercarse el momento de ir a reunirse con su señor, vio muy claro que no tenía escapatoria. Incluso pudo oír de boca de algunas compañeras que habían intentado escaparse, las crueles torturas a que habían sido sometidas.

Poco a poco, la rabia fue dejando paso a la resignación. Resignación con una buena dosis de amargura. No terminaba de entender cómo le podían pasar tantas cosas a ella. Si ni tan siquiera había podido hacer nada malo y parecía que todo el mundo la estaba castigando por quien sabe qué fechoría cometida.

Bueno, todo el mundo no; estaban sus compañeras Geishas y sus profesoras. Ellas la trataban bien, pero todos los demás parecía que se habían puesto de acuerdo para destrozar su vida

Unos días antes de su partida hacia la casa de su señor, una de sus profesoras, sabiendo las dudas que asaltaban a Nog-Ah le proporcionó un libro muy antiguo para que pudiera leerlo antes de irse. Debía cuidarlo mucho y devolverlo antes de dejar la escuela, pero, según ella, le serviría de mucho si lograba entenderlo. Era un libro de un monje Zen y estaba decorado con una primorosidad y detallismo que en si mismo era una obra de arte. Según le contó la profesora, había sido dibujado y pintado por el mismo monje que lo escribió, durante más de treinta años.

Preguntándose cómo nadie podía tener la suficiente paciencia como para estar dibujando un libro durante treinta años, Nog-Ah se aprestó a leerlo, tenía poco tiempo.

Ya en sus primeras páginas el libro la cautivó. La manera de escribir era preciosa y los dibujos estaban tan hermosamente hechos que pudo entender perfectamente el cariño que la profesora parecía tener a ese libro. Pero, a medida que fue leyendo y entendiendo lo que el monje había querido plasmar en esas páginas, Nog-Ah iba transformándose.

Camino de Retorno – La búsqueda de los frutos

Parecía que el libro estaba hablándole a ella, precisamente a ella. La sabiduría que emanaba parecía escrita ex-profeso para sus propios problemas. Al ir leyendo comprendió la raíz de todo su sufrimiento y por ello, por primera vez en su vida, sintió un alivio en su corazón. Lo que ella había tomado por resignación era precisamente lo que el monje recomendaba ante el destino de cada uno, la aceptación voluntaria de todo lo que pudiera pasar en la vida. La no-resistencia. La no lucha.

Nog-Ah pudo entender perfectamente que la lucha y la rebeldía ante lo inevitable sólo produce dolor y la aceptación es el bálsamo que cura las heridas.

Otro de los preceptos que llegó al fondo del alma de Nog-Ah fue la necesidad de vivir el presente. Según el libro el pasado ya no existe por lo que vivir con y para los recuerdos sólo lleva al dolor. Vivir según el pasado es pues vivir con un fantasma. También decía que el futuro todavía no existe y por ello vivir haciendo proyectos sobre el futuro es querer vivir anticipadamente algo así como querer construir una casa con fundamentos de aire, pronto se derrumbará, por ello vivir para el futuro es querer alimentarse de aire. En cambio el presente es algo real, muy real. Es existente en toda su plenitud y por ello vivir en el presente y por las cosas que hay en el presente es la única manera que existe para ser uno mismo real.

Teniendo en cuenta el pasado que había vivido, Nog-Ah no tuvo mucha dificultad para olvidarlo y viendo el futuro que le aguardaba - o suponía que le aguardaba- tampoco le resultó difícil no pensar en él. Así que empezó a practicar vivir en el presente de un modo absorbente.

Poco a poco pudo ir borrando sentimientos de rabia sobre lo que le habían hecho en el pasado y pensamientos sobre lo que le sobrevendría en el futuro y pudo concentrarse en lo que vivía momento a momento.

Sin darse cuenta, entró en un estado de tranquilidad y felicidad como nunca había sentido antes.

Camino de Retorno – La búsqueda de los frutos

Empezó a vivir con su señor y se entregó con cuerpo y alma a darle placer, a hacerle feliz. Tanto en la alcoba como en la mesa, de día o de noche, Nog-Ah fue la Geisha más solícita que podía encontrarse en todo el mundo. Pero no actuaba de manera servil, actuaba siempre con todo su corazón y toda su mente.

Estaba viviendo las enseñanzas del monje en toda su plenitud. Su orgullo se había trocado en humildad, su rebeldía en energía y su necesidad de amor en amor hacia los demás.

La vida fue transcurriendo plácidamente para Nog-Ah, y el resultado de su entrega y su amor no se hizo esperar. Primero vino un hijo, al año siguiente otro, y así fue dando hijos a su señor. Cuando ya le había dado seis y estaba embarazada del séptimo, su salud empezó a flaquear. Los malos tratos que había recibido de pequeña, la mala alimentación y los partos que había tenido que pasar le habían debilitado mucho.

Durante el embarazo tuvo que guardar cama muchos días, días en los que su debilidad le provocaba un estado de entonación en donde solía tener visiones. Visiones muy extrañas pero en absoluto pesadillas, más bien eran sueños en donde veía a seres que parecían dioses que le hablaban pero que no podía entender, como si hablasen un lenguaje diferente al suyo.

Pero día a día se iban haciendo más claros esos sueños hasta que llegó un día en el que el sueño se confundió con la realidad y se encontró conversando con uno de esos seres.

¿Dónde estoy? ¿Quién eres tú?

Soy Oro, Buscador, ¿acaso no me reconoces?

No, no te reconozco, no sé quien eres y ¿porqué me llamas Buscador?, soy Nog-Ah.

Camino de Retorno – La búsqueda de los frutos

Ya veo que la estancia en la Tierra ha vuelto a hacerte olvidar casi todo. Tú no eres Nog-Ah, en realidad eres Buscador, y vienes del Reino de la Luz. Pero decidiste nacer en la tierra para recoger unos frutos del Árbol de la Vida, frutos que sólo puedes recoger mediante la experiencia en ese mundo. ¿Te acuerdas ahora?

No, bueno borroso.

algo sí que empiezo a recordar pero es muy

Tranquilo,

date

tiempo,

verdadera vida y tu origen

ya

verás

cómo

irás

recordando

tu

Pero, ¿estoy soñando, no? entonces soñando es real y no debo preocuparme

nada de lo que estoy

Aunque podríamos decir que estas soñando, en realidad has abandonado tu cuerpo para poder visitarme a este otro lado. No es un sueño cualquiera, te encuentras en un estado especial en el que eres consciente del mundo de los sueños de una manera clara. Venga, esfuérzate un poco más y podrás reconocerme.

Oro

sí, me suena ese nombre. Buscador ¿soy yo?

¿Qué

estoy haciendo entonces en el cuerpo de esta chica? Ah!

Ahora

empiezo a verlo claro. He nacido para recoger el cuarto fruto

y soy

Nog-Ah, pero sigo siendo Buscador. Claro. ¿Pero, si soy Buscador, del Reino de la Luz, porqué he escogido esta vida tan desgraciada? ¿Cómo voy a tener tiempo ni ganas para recoger ningún fruto con la vida que estoy llevando?

Aunque no te lo parezca ya has recogido el fruto que has venido a buscar.

Pero

¿Cómo

puedo

haberlo

hecho

si

ni

tan

siquiera

recordaba nada sobre lo que quería hacer en la Tierra?.

Camino de Retorno – La búsqueda de los frutos

El que no lo recuerdes no tiene la menor importancia; en realidad ya te escogiste una vida en donde las circunstancias te forzarían a aprender lo necesario para recoger el fruto.

Entonces ¿estás diciendo que ésta vida tan horrible que estoy viviendo me la escogí yo mismo?

Claro que te la escogiste tu mismo y además la escogiste con mucho cuidado para conseguir los fines que te proponías. Tus padres, tus hermanos, el que fueras niña y no varón. Incluso que gustases al Samurái para que te comprara fue una decisión tuya antes de nacer. ¿Todavía no te acuerdas?

Todavía no me acuerdo de todo. Sí que puedo recordar borrosamente que tú y Vida me aconsejabais mientras preparaba mi descenso a la Tierra sobre qué experiencias debía de pasar pero no termino de verlo claro.

Si te acordases de todo verías que el desequilibrio que causaste en tu anterior descenso, al matar a tu padre y condenar a la miseria a muchos hombres, decidiste compensarlo en esta vida de varias maneras y una de ellas era el dar la posibilidad de vida a unos cuantos buscadores más que deseaban bajar a la tierra.

Por eso he tenido seis hijos.

Siete, exactamente.

Bueno, todavía no he tenido el séptimo y tengo miedo de que no pueda tenerlo. Estoy demasiado débil para tener un hijo.

No te preocupes que sí lo tendrás. Pero es mejor que sepas que tu séptimo hijo será la última cosa que harás en la Tierra.

Después del parto vendrás conmigo al Reino de la Luz.

Camino de Retorno – La búsqueda de los frutos

¿Estas seguro de que ya he recogido el fruto?. No quisiera irme antes de terminar mi tarea aquí.

Si, estoy seguro. Aunque tú no puedas verlo todavía, en tu cuerpo

de luz ya se ve la bola de energía del cuarto fruto. Cuando te reúnas conmigo te podrás dar cuenta perfectamente. Has aprendido las lecciones que te habías propuesto, aunque sea de ésta manera tan dura: el respeto por la vida, el amor incondicional y la entrega a los demás.

Una voz suave la despertó, era su sirvienta que se interesaba por lo que le ocurría.

Mi señora, ¿acaso tenéis una pesadilla?. Habéis estado hablando en

sueños y moviéndoos intranquila en el lecho. ¿Os encontráis bien?.

¿Una pesadilla?. No, al contrario; estaba teniendo un sueño muy hermoso pero aún así es verdad que era inquietante. Me estaban anunciando mi próxima muerte.

Mi

señora

no habléis así, los demonios podrían escucharos.

No

se trata de demonios sino de genios del bien en todo caso.

Llama a mi esposo. He de hablarle.

Si,

mi señora, inmediatamente.

El

señor fue llamado y, alertado por la sirvienta de las graves

palabras de Nog-Ah, acudió en cuanto pudo. Al entrar, se acercó hasta el lecho y le dijo:

Nog-Ah, mi ruiseñor. ¿Cómo te encuentras?. Me han dado tristes noticias de ti. Dicen que te estás preparando para morir. Dime que no es cierto, por favor.

Mi esposo y señor, es cierto que sé que voy a morir pronto. Los

dioses me llaman. Ya he terminado mi vida aquí y debo irme.

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Pero no será antes de que nazca mi hijo, vuestro hijo. No tengo miedo a la muerte pero sí quiero pediros un favor.

Dime, esposa mía. Pídelo y ya lo tienes concedido.

Quiero que me prometáis que cuidareis de mis hijos, de todos mis hijos, que también son vuestros con igual cariño para con todos. Que no haréis distinción de clase alguna con ninguno de ellos. Y que les educareis para que sean nobles para con todo el mundo, incluso para con los sirvientes y gentes de casta social más baja que ellos.

Claro que sí, te lo prometo. Pero ahora debes cuidarte para que no te pase nada. Voy a enviarte a los médicos para que te ayuden a curarte. Pronto darás a luz y tienes que estar fuerte.

Esposo mío

Si Nog-Ah, dime.

Te quiero.

Yo también te quiero a ti. Ya sabes que eres mi esposa preferida, la única que puede decirse que es mi esposa.

Y con estas palabras salió de la estancia.

Nog-Ah se dio cuenta de que no había entendido prácticamente nada de lo que le había dicho. Para él, su sueño y aviso de muerte no era algo a tener en cuenta, simples tonterías de mujeres. Pero ella ya se había despedido.

Pocos días más tarde, un atardecer luminoso, Nog-Ah dio a luz a su séptimo hijo, otro hijo varón. En la estancia contigua a la del parto, el padre estaba esperando para ver a su hijo.

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No tuvo que esperar mucho para oír los lloros del recién nacido, pero en cambio un silencio sepulcral se había hecho entre las mujeres que atendían a Nog-Ah. Al darse cuenta, entró en la sala y vio algo que había intentado convencerse de que no pasaría: su esposa se encontraba en el lecho, con los ojos cerrados y no respiraba. Las sirvientas se encontraban a su lado llorando.

Nog-Ah había partido.

La sirvienta que sostenía al recién nacido se lo entregó y, poco a poco, el niño se calmó.

Con los ojos arrasados en lágrimas, el gran señor se prometió a si mismo que nunca la olvidaría ni dejaría que sus hijos la olvidasen. Sería el ejemplo para todos.

A través de la ventana de la estancia pudo ver cómo en el atardecer podía verse, por sobre el horizonte, una estrella muy luminosa, la estrella vespertina. Y a ella se dirigió para pedirle que cuidara de Nog-Ah.

Curiosamente, la estrella parpadeó varias veces, parecía que le contestaba que así lo haría

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QUINTO FRUTO

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E l atardecer pintaba sus mejores galas en Al-Semesh; las sombras de las escasas plantas se alargaban hasta el infinito. Un halcón del desierto, en las alturas, rasgaba el silencio con

sus ocasionales gritos de caza. Los últimos habitantes del día se aprestaban a guarecerse en sus madrigueras.

El silencio del desierto solo era roto por los pasos de Ar-Pala y Per-Liah. Lentamente ascendían la pequeña loma que dominaba el paisaje. Ninguno de los dos hablaba. Bebían el silencio. Sus corazones estaban unidos, no necesitaban palabras para hacerse saber mutuamente lo que en esos momentos estaban sintiendo; bastaban sus miradas. Al llegar a la cima, se dirigieron a la enorme roca plana que se encontraba en la parte más alta de la loma. Era su roca. Allí se habían conocido. En ella se habían enamorado. Sobre ella se juraron amor eterno. Sentados, observaron en silencio, con el corazón encendido de amor, la impresionante belleza de la puesta de sol. La quietud que se respiraba era sólo comparable a la paz que en esos momentos compartían. Los últimos rayos de sol arrancaron un brillante destello oro rubí de la cabellera de Per-Liah. Prendado de su belleza, Ar-Pala le susurró:

Gracias, Per-Liah.

¿Por qué me das las gracias, esposo mío?.

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Simplemente por ser tu.

Entonces también yo debo agradecerte lo mismo a ti, ¿no crees?.

Quizás, pero también te agradezco que me hayas dado el gozo de poder ser padre.

Esposo mío, mi Ar-Pala, ¿debo recordarte acaso que los dos hemos sido necesarios y somos responsables de ésta alegría?.

No, Per-Liah, pero aún así te estoy profundamente agradecido.

En ese caso, acepto tu agradecimiento y te hago partícipe del mío.

Un beso selló sus palabras y volvieron a quedar en silencio, ensimismados contemplado el atardecer sobre Al-Shemesh, su patria, el desierto que les dio la vida, el paraíso que les había unido.

Per-Liah, en su gozosa contemplación recordó lo seis dulces años que llevaba como esposa de Ar-Pala y en sus labios una estrofa brotó como una flor después de la lluvia.

Y el amable destino los unió

para bendecirlos con un hijo;

la flor que el desierto dio

a quien regarlo supo.

Ar-Pala, cogió su al-ud y empezó a tañerlo suavemente. La melodía brotaba de su corazón y las lágrimas brotaron de Per-Liah, tal era la belleza de su música. La música flotó en el ambiente y parecía que cada nota se elevaba en el cielo y se convertía en una estrella. Poco a poco, el cielo se fue oscureciendo y las estrellas brillaron con toda su plenitud. El cielo, tachonado de estrellas parecía un dosel cuajado de piedras preciosas, hermosos ojos que parecían observarlos con indulgencia y amor, el mismo amor que ellos sentían plenamente.

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Pasaron las horas lentamente, como si el tiempo se hubiera detenido aquella noche. La oscuridad aterciopelada les envolvía y les protegía. Era tanta la paz que se respiraba que incluso algunos animales, normalmente esquivos, se acercaron hasta ellos para observarlos y olisquearlos. Era ya medianoche cuando salió la luna; una hermosa luna menguante que, con su plateada luz mortecina parecía indicarles el camino de vuelta a caravana.

Ar-Pala, salió de su ensimismamiento y después de dar un beso a Per-Liah, le dijo:

Esposa mía, creo que ya es hora de que nos retiremos. En tu estado no deberíamos hacer éstas tonterías de chiquillos. Vámonos a la tienda.

Las tonterías no son las que hemos hecho hasta ahora, lo que sí lo es, es eso que dices que no podemos hacer chiquilladas. ¿Acaso no te sientes joven todavía?. ¿Por qué no podemos hacer lo que nos apetece?

Claro que podemos hacer lo que nos apetece, pero creo que debemos vigilar para evitar que tu salud pueda resentirse. Debes dormir lo suficiente para que el niño nazca sano ¿no es verdad?

Si, claro, pero es que me encuentro tan bien aquí contigo que no desearía marchar nunca de este lugar.

Ya sabes que mañana partimos, pero hay muchos otros lugares que también son hermosos, aunque éste sea especial para nosotros. Yo también me encuentro muy a gusto. Creo que el lugar es maravilloso.

de todas maneras creo que tienes razón. Es

mejor que nos vayamos a descansar y mañana ya pasearemos en otro sitio, lo único que ocurre es que, al ser tan especial para mi, no deseaba irme.

Si, es maravilloso

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Pero has de prometerme que cuando volvamos a pasar por éste oasis, subiremos aquí otra vez.

Claro que sí, esposa mía, yo también lo deseo con toda el alma. Hay muchos recuerdos hermosos nuestros en esta piedra para no volver siempre que podamos.

Lentamente, con reticencia, abandonaron el lugar. El camino de descenso de la loma estaba claramente iluminado por la luna. El paisaje resaltaba con una claridad increíble a pesar de la poca luz que la luna emitía. Sus ojos, perfectamente adaptados a la oscuridad descubrían

infinidad de detalles que ahora, a la luz de la luna, eran todavía más misteriosos y hermosos que con la luz del sol. Para ellos, las sombras que se veían por doquier no les infundían temor, al contrario, para sus ojos,

todo estaba lleno de luz y vida. Todo resplandecía

Su amor no tenía

límites. No solo se amaban, también estaban enamorados del mundo y de la vida.

Esa noche durmieron plácidamente, y en su sueño siguieron paseando juntos, cogidos de la mano, por ese desierto tan suyo, tan querido.

Al día siguiente, la caravana siguió su camino en busca del siguiente oasis. Ar-Pala compuso una hermosa canción sobre el oasis que dejaba atrás y la loma que lo protegía de los secos vientos del desierto.

El oír tan dulce canción, tan hermosa música, hacia comprender a cualquiera el respeto que toda la caravana tenia hacia Ar-Pala. No sólo dejaba escrita su historia para que fuera recordada sino que muchas veces ponía su bella música en esas historias, de manera que el simple gozo de escuchar sus canciones hacía que se cantaran muy a menudo. Todos los de la tribu se sentían orgullosos de ello. Su historia era cantada por todo el desierto. Era la caravana más conocida de todo Al-Shemesh. Muchos viajeros ilustres habían solicitado el honor de viajar junto a ellos sólo para poder estar cerca de Ar-Pala y aprender de sus historias y canciones.

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Per-Liah era otra de las joyas de la caravana.

Era poetisa. Ese oficio poco valorado en otros lugares pero que, en el desierto, donde la belleza es tan fiera como el león de las montañas y tan seca como el ardiente sol del mediodía, alguien que pudiera añadir armonía y belleza a su vida era tan apreciada como el agua de los oasis. Cada caravana que atravesaba Al-Shemesh no empezaba su travesía hasta que su poetisa no hubiera empezado su primer poema.

Y Per-Liah era muy conocida por sus hermosos versos. Poemas

que podían elevar las almas más endurecidas por las arenas hasta las alturas en las que moraba el águila. Sus loas a las estrellas de la noche estival eran conocidas en todo el país.

Cada noche, cuando la caravana se paraba, se reunían todos alrededor de las hogueras y entonces empezaba la labor de Ar-Pala y Per- Liah.

Per-Liah, dulcificaba los corazones con sus bellas palabras y daba nuevas fuerzas a los cansados peregrinos. Ar-Pala, luego, enardecía los ánimos con su música, con sus compases invitaba al baile y con sus historias hacia sentirse orgullosos a todos ellos de pertenecer a la caravana.

Y así iban pasando los días, bajo el sol abrasador, con el firmamento por techo, sintiendo la vida, viviendo las horas. Aprendiendo

del silencio, el silencio preñado de tantos sonidos secretos que sólo en el desierto se puede encontrar. Seis semanas pasaron, volando para los felices padres. Entre paseos

y mimos, Per-Liah estaba radiante y al llegar la hora del parto parecía florecer como novia ante el altar esperando a su amado.

Y así era en realidad, aunque su amado esposo a su lado se

encontraba, pocos hijos nacieron en todo el desierto que fueran más deseados y amados ya desde su concepción.

Precisamente por ello, Ar-Pala y Per-Liah, decidieron que llamarían

a su hijo Aluh, que en su idioma significa el Amado.

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Amado fue ciertamente; y no sólo por sus padres sino que la caravana entera pasó por su tienda para poder contemplar el hijo de Ar- Pala y Per-Liah, y de acuerdo estuvieron todos en la belleza del recién nacido.

Con los cuidados de Per-Liah, Aluh creció rápidamente y a su belleza se le añadió en pocos años un encanto especial en sus relaciones con todo el mundo. Su simpatía era sólo comparable a su educación, aspectos ambos muy cuidados en la educación que Ar-Pala le iba dando. En sus largos paseos al atardecer con su padre, Aluh fue aprendiendo las leyes del desierto; las duras leyes de la vida en la caravana. Y al amanecer, junto con Per-Liah, iba haciendo suyas las leyes de

la belleza y de la armonía.

Los años pasaron y Aluh fue creciendo entre las arenas del desierto

y las palmeras de los oasis. En sus largas travesías a través del desierto, con pocos años pudo gozar de la camaradería y la amistad que los pueblos nómadas se tienen entre sí; la lealtad de la caravana.

Aprendió a amar el silencio del desierto, a reverenciar el sol que les daba la vida al igual que podía quitársela, a entender el misterioso lenguaje del viento y de las dunas, a admirar a todos y cada uno de los animales que sobrevivían en el árido desierto. Y con todo ello fue adquiriendo una sabiduría propia que le hacía destacar entre los demás jóvenes.

Pronto tuvo un grupo de amigos que le tenían como a un líder y sus constantes adulaciones empezaron a hacer temblar la ecuanimidad que hasta ese momento había mostrado. Empezó a reunirse con ese grupo, de día al principio, más tarde dejó de acudir a los paseos con Ar-Pala para poder estar con ellos y

cuando quiso darse cuenta, el contacto con sus padres se había reducido

al momento de la comida.

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El grupo de jóvenes que, ociosos se entretenían como podían, había

logrado que Aluh se apartara del camino que sus padres le indicaban y le habían enseñado una nueva ley: la rebeldía. Una rebeldía que fue creciendo en su interior a medida que se acercaba a la adolescencia.

Per-Liah y Ar-Pala, veían cómo, a pesar de sus cuidados y su educación, Aluh iba pareciéndose más y más a algunos de los más rebeldes de sus compañeros de juegos. Pero, con toda su preocupación nada podían hacer. Conocían muy bien las leyes de la vida y sabían que, aunque Aluh

era su hijo, había nacido a través de ellos, no era de su propiedad sino que era un ser humano completo y con total libertad para decidir cómo sería su vida. Ellos podían indicar el mejor camino a seguir, según sus conocimientos, pero quien debía caminar era Aluh.

Y así, a medida que fue creciendo, las reconvenciones de Ar-Pala

se hicieron menos frecuentes y los ruegos de Per-Liah para que recapacitara se fueron extinguiendo. Un día, al atardecer, en uno de los paseos que realizaban juntos, Ar-Pala y Per-Liah subieron a una duna desde donde se divisaba el mar. La tristeza flotaba en el ambiente y la suave humedad que provenía del lejano mar no lograban avivar el ánimo de la pareja.

Ar-Pala, en qué nos hemos equivocado. Cómo puede ser que nuestro hijo, con el amor que hemos vertido en él, con la educación que le hemos dado nos tenga tanta rabia.

Mi querida esposa, no debes castigarte tanto. Aluh no nos tiene rabia, aunque así lo parezca. En realidad necesita afirmarse y hacer saber a todos que él es quien dirige su vida, que nadie lo manda y no ha encontrado otra manera para hacerlo que rebelándose contra todo lo que nosotros representamos.

Pero si incluso se ha erigido en líder de esa banda de chicos que causa tantos problemas en la caravana. Si sigue así le expulsarán de ella.

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Es posible que lo expulsen y yo seré el primero en lamentarlo pero también seré el primero en apoyar la decisión de expulsarlo. Nuestro hijo tiene muchas cualidades pero ahora está intentando encontrar su lugar en el mundo. Su poder hace que sienta la necesidad de ser jefe, de mandar, pero su inexperiencia y falta de sabiduría lo impide. El no lo sabe ver. Cree que ya lo sabe todo pero la vida ya se encargará de hacer que lo aprenda. Aunque de manera incorrecta, está haciendo lo necesario para que se le enseñen las lecciones que más necesita aprender.

Pero es nuestro hijo amado y sólo tiene dieciséis años. ¿No te acuerdas del porqué le llamamos Aluh?.

Claro que lo amamos. Pero precisamente por eso, aunque nos duela, debemos dejar que siga su camino y encuentre su guía interna. Si es mediante el dolor, bienvenido sea el dolor. Sabes que Alah nunca nos abandona y tampoco le abandonará a él.

Si, lo sé. Pero aún así la tristeza llena mi corazón. ¿Crees que algún día volverá?

¿Tú

verdad?.

también

intuyes

que

está

próximo

a

abandonarnos,

Si, creo que dentro de poco se irá, pero no sé si volverá nunca más.

Yo también lo creo pero si volverá o no carece de importancia, ya lo sabes. Nosotros hemos cumplido con nuestra tarea; traer un hijo al mundo y educarlo lo mejor que hemos sabido. Ahora es su turno. Debe seguir su camino y si es su destino volverá a nosotros mucho mejor de lo que ahora es; si no es así, no volverá nunca. Pero no debemos entristecernos por ello. Él no es nuestra única tarea, ¿verdad?.

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No, claro que no. Nuestra particular tarea está con la caravana y sus hombres. A ellos nos debemos. Pero siento mis entrañas desgarradas, esposo mío.

Es natural Per-Liah, a mi me sucede lo mismo. Pero es la voluntad de Alah y debemos acatarla.

Fundiéndose en un largo abrazo siguieron contándose mutuamente sus sentimientos, pero esta vez sin palabras, de corazón a corazón. Ayudándose mutuamente a entender y aceptar que la vida de Aluh no les pertenecía y que debían dejarlo libre para seguir su propio camino.

Al día siguiente llegaron a Malkaima, la ciudad a donde llevaban el cargamento de tintes y especias que les habían pedido. Como era habitual, al llegar a la ciudad de destino, después de atravesar el desierto, todos los de la caravana aprovechaban para visitar la ciudad y divertirse como pudieran, sabiendo que pocos días más tarde deberían volver a las largas jornadas de viaje.

Aluh no quiso ser menos, con sus dieciséis años recién cumplidos ya se sentía un hombre y, como hombre, fue a buscar alguna joven que le gustara, perdiéndose en la algarabía callejera de la ciudad.

Y cayó la noche; una noche muy larga para Per-Liah, que ya intuía lo que pasaría al día siguiente. En sus sueños veía a Aluh caminando solo por el desierto, con el peso de una gran carga encima, llorando en silencio. Y entonces despertó. Alguien la había llamado. Abrió los ojos y vio que ya era de día. Alguien la llamaba desde la entrada de la tienda. Era Aluh y quería hablar con ella y con Ar-Pala.

Ar-Pala, Per-Liah, he de deciros algo muy importante. Esta noche he conocido a una mujer extraordinaria y voy a casarme con ella.

Pero hijo, aún eres muy joven para casarte.

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Per-Liah, ya lo he decidido y ningún sermón tuyo me hará cambiar de opinión. No he venido a pediros permiso, sólo he venido a despedirme y deciros que me quedo en Malkaima.

Per-Liah, entre sollozos, le dio la bendición sin poder decir nada. Las palabras no le salían de la boca.

Ar-Pala, le bendijo también pero añadió:

Hijo mío, mi amado, te doy mi bendición para que partas con honor a encontrar tu destino. Recuerda siempre que tus Padres te queremos por encima de cualquier cosa que puedas hacer. Si algún día decides volver, serás bienvenido, tú y tu familia. Que Alah sea contigo.

Sin decir nada más Aluh salió de la tienda y sin siquiera mirar atrás se adentró en Malkaima en busca de su amada.

Allí se inició una nueva etapa para Aluh. Enamorado perdidamente de Kalima, se casó con ella y se quedó a vivir en una habitación de la casa de los padres de ella.

Poco después encontró trabajo con un orfebre, tío de Kalima, y su facilidad para aprender el oficio fue grandemente elogiada.

En pocos años logró dominar el difícil arte de sacar hermosas joyas de trozos de metal el bruto y, aunque podía trabajar muy bien con la plata y el cobre, donde mejor se lucía era con la técnica del trabajo en oro.

De sus manos salían toda clase de objetos preciosos hechos de oro puro; desde alianzas de matrimonio y pulseras hasta vajillas enteras para las mesas de los gobernantes.

Con el tiempo, su fama se extendió por todo el país y los encargos para Aluh se multiplicaron rápidamente.

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Pronto, su jefe, el tío de Kalima, nadaba en la abundancia y su riqueza era notable, de tal manera que, finalmente, decidió retirarse del negocio y dedicarse a disfrutar con su familia de todas las riquezas que, gracias a Aluh, había conseguido acumular.

Además, en premio a su labor le regaló todo lo necesario para que pudiera seguir el negocio él solo; tanto el local como las herramientas. Así, sin casi darse cuenta, Aluh se vio convertido en su propio dueño, con un negocio en el cual era el jefe y con una demanda suficiente como para hacerse rico en poco tiempo.

La vida parecía sonreír a Aluh quien rara vez y muy vagamente recordaba a sus padres, ni a sus enseñanzas. Tenia una esposa que le amaba y obedecía ciegamente, además de que era muy hermosa.

Tenia, por aquel entonces, cinco sanos hijos, estaba esperando el sexto, y, por último, al fin, tenia su propio negocio. Era dueño de su vida. Nadie mandaba sobre él. Él era el único que daba las órdenes. Lo tenia todo.

Pronto, tanta riqueza y poder empezaron a dejar huella en el ánimo de Aluh.

No podía llevar a término todos los encargos que le llegaban y se vio obligado a coger aprendices para atenderlos. Por ello, además de su tarea, tenia que dedicar tiempo a adiestrar a los nuevos aprendices para que pudieran hacer las obras de menor importancia. También tuvo que empezar a dedicar más tiempo a atender a sus banqueros y administradores de las riquezas que día a día aumentaban para Aluh.

Con todo ello, poco a poco, empezó a tener menos tiempo para él y su familia. Cada día llegaba más tarde a su casa y salía más pronto al amanecer. Día a día, dormía menos y tenia más preocupaciones que le agobiaban. Nunca se había planteado las dificultades que el tener dinero y poder podía acarrearle.

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Para él, dinero y poder eran sinónimos de tranquilidad y felicidad. Ahora empezaba a ver que no era exactamente así. Pero no sabía cómo pararlo. Y su salud empezó a resentirse.

A medida que faltaba más de su casa, su esposa empezó a

demostrar su mal humor porque sentía que no le hacia caso. Aluh, verdaderamente estaba más con la cabeza en su negocio que no con su corazón en su familia. Poco a poco se fueron distanciando y cuando quisieron darse cuenta, el amor ya no existía entre ellos. Sólo existía el vinculo del dinero y los placeres que éste puede conseguir.

Al nacer el sexto hijo y ver que Aluh ni tan siquiera por ese feliz día

podía dejar sus negocios y estar con ellos, Kalima fue perdiendo interés por él y, en lugar de pedirle que estuviera más con ella, únicamente le pedía más dinero para poder satisfacer sus lujosos gastos y los de sus hijos.

Aquello terminó por convertirse en una rueda infernal.

Aluh sólo vivía para hacer dinero y Kalima sólo para gastarlo.

No existía ningún cariño entre ellos y la familia se había desintegrado por completo. Los hijos mayores tampoco estaban nunca en casa y como tenían suficiente dinero para hacer lo que quisieran empezaron a utilizarlo para poder correr sus juergas sin ningún freno; papá ya pagaría los gastos, aunque fueran los ocasionados por desperfectos cuando destrozaban un local con sus peleas de gallito. En cuanto al pequeño, era cuidado y mimado por Kalima de una manera que hacia prever que pronto seria otro tirano; era consentido hasta en los menores detalles.

Tanta devoción al trabajo tenía que ofrecer sus frutos y verdaderamente que los tuvo. Si, por un lado, la fama y la riqueza aumentaban día a día para Aluh, en cambio su salud fue mermando y debilitándose.

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Tantas horas trabajando sin descanso iban minando sus fuerzas y al no tener el calor reparador del amor en casa, poco a poco su corazón se fue resintiendo.

Al cabo de unos meses de mantener esa situación, Aluh cayó enfermo de gravedad y tuvo que quedarse en casa sin poder ir al trabajo ni atender sus asuntos económicos. Una fiebre altísima le impedía moverse de la cama y, muchas veces, incluso le era imposible hablar. Su debilidad era tal que llegó a temerse por su vida. Después de varios meses de luchar por su vida, los médicos le diagnosticaron una enfermedad de la que nunca, según su opinión, se recuperaría. Su corazón debilitado no le permitiría ejercer ningún tipo de trabajo activo y debería de tener mucho cuidado con las emociones intensas puesto que podrían matarle en poco tiempo si no abandonaba totalmente su negocio.

No hubiera hecho falta que los médicos le dijeran que tenia que dejar su negocio, puesto que, en su ausencia, los trabajadores que había formado anteriormente, se habían rebelado ante su tiranía y aprovechando que no podía controlarlos destrozaron casi completamente el local. Se habían vendido las herramientas, el oro y la plata que tenían para hacer las joyas se lo habían repartido, y habían perdido todos los clientes. Aluh había perdido su negocio.

Pero todavía le quedaba su casa, su familia y su fortuna así que pensó que, ya que no podía trabajar, al menos disfrutaría de lo que no había tenido desde hacía tiempo: una familia.

Hubiera hecho mejor no haciéndose ilusiones. Kalima ya no le quería y se había buscado otros hombres a quien amar y en los últimos años, sus gastos excesivos, en realidad habían sido una tapadera para ir acumulando dinero en lugares escondidos para Aluh, de esta manera se aseguraba que ella y sus hijos tendrían el dinero que deseaban aunque a Aluh le fuera mal el negocio.

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En realidad, la fortuna de Aluh se había evaporado. Prácticamente todo su dinero había ido a parar a manos de Kalima y sus hijos; a él no le quedaba nada, excepto la casa donde vivían.

De nada sirvió que Aluh hablara con Kalima para ver si podía arreglar el matrimonio que él mismo había destrozado. Ella fue inflexible, llevaba demasiados años aguantando lo indecible para que, ahora que nada podía ofrecerle, perdonara tantos desengaños, olvidos y desamor. La última frase que le dijo antes de irse de la casa fue fulminante: Más le hubiera valido no sobrevivir a la enfermedad, mejor hubiera sido para todos que se hubiera muerto.

Si un rayo le hubiera caído encima no le habría dolido tanto como

esas duras palabras pronunciadas por Kalima. Aluh entró en un estado de estupor del que no salió en varios idas. Pasaba las horas mirando al vacío sin ver nada, sin entender nada, deseando simplemente morir. Pero ni tan siquiera la muerte le escuchaba. Estaba solo, completamente solo y lo había perdido todo, todo lo que había deseado alguna vez en su vida;

poder, dinero, amor, familia

sólo le quedaba morir.

Con ese pensamiento único en su mente, decidió abandonar Kalima y perderse en el desierto donde seguramente encontraría la muerte entre las piadosas arenas que borrarían todo rastro de su miserable existencia actual.

Y con paso cansino se fue adentrando en el desierto, caminando

hacia el poniente, cada vez más dentro del terrible desierto, sabiendo que

cada paso hacia el interior de las ardientes dunas era un paso más hacia su fin. Pero la muerte seguía sin quererle escuchar. La noche lo encontró caminando muy lejos ya de Kalima y cuando el cansancio le rindió se quedó dormido sobre las frías dunas de Al-Shemesh. Al día siguiente, el despuntar del alba lo despertó y en su desesperación pudo comprobar que todavía se encontraba bien vivo.

Decidido a consumar su muerte, siguió caminando sin parar bajo el sol abrasador mientras en su cuerpo empezaba a notarse la falta de agua.

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La sed se convirtió en el tormento principal para Aluh y él, en su determinación se decía que de esa manera lograría acabar con su dolor. Finalmente, cayó desfallecido en lo alto de la última duna que pudo subir en su errante caminata. Los rayos del sol, implacables, lo estaban matando y en su delirio pudo ver cómo, por delante de sus ojos su vida entera pasaba con todo detalle.

Pudo recordar su infancia, sus amados padres, todo lo que había aprendido de ellos y lo mucho que los había querido, recordó la caravana y sus amigos, los que le habían enseñado la rebeldía. Esa rebeldía que había causado tanto daño.

También recordó los años de orfebre y vio claramente cual había sido su error principal: dedicar su vida al poder y el oro, olvidando a su corazón y al de los demás. Se supo culpable de todo el daño que había infligido y entendió que lo que le había sucedido a él no era más que el justo pago por el daño que había hecho a los demás y, de todo corazón perdonó a Kalima y sus hijos por su abandono, incluso perdonó a sus trabajadores por dilapidar su negocio.

Entonces se dispuso a morir, entregó su corazón y su cuerpo al desierto con un último recuerdo para sus queridos padres y la noche lo envolvió.

Un extraño ruido, como crepitar de hoguera, despertó a Aluh. No podía abrir los ojos ni moverse en forma alguna. Un pensamiento cruzó su mente como un relámpago. Estaba muerto. Se encontraba en el infierno de Alah. Sus equivocaciones en la vida le habían conducido al infierno para toda la eternidad. Por su mente, aterrorizada, cruzaban las terribles escenas que había imaginado al oír lo que se contaba alrededor de las hogueras de la caravana en las largas noches del desierto sobre los tormentos del infierno.

Pero había algo que no era lógico. Él no sentía ningún tormento, mas bien al contrario lo que sentía era un reconfortante calor.

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Cierto era que en su cuerpo había un dolor sordo por todas partes, pero eso no aprecia ningún tormento infernal, simplemente se encontraba dolorido. ¿Dónde se encontraba?. ¿En el cielo?. Tampoco aprecia puesto que la beatitud y el bienestar que debería sentir en ese sitio no era exactamente lo que sentía. Entonces

Venga, ya sé que estás despierto. Deja de hacer ver que duermes.

La voz retumbó alrededor de Aluh y le sobresaltó de tal manera que su cuerpo se incorporó de golpe sobre el camastro en el que se hallaba tendido. El movimiento, tan repentino, reavivó todos los dolores de su cuerpo. Y con un gemido volvió a tenderse sin comprender nada.

¿Dónde me encuentro?. ¿Estoy muerto?.

Buena pregunta muchacho. Si quisiera contestarte adecuadamente tendríamos que definir primero qué es la muerte porque para mí todos estamos muertos hasta que renacemos. Pero creo que a lo que tú te refieres es a si has dejado tu cuerpo y te encuentras en el otro lado. A esa pregunta puedo responderte con un rotundo no. Todavía te encuentras en la Tierra y bien vivo, aunque hay que reconocer que por poco no lo cuentas. ¿Quién eres?

- Me llaman Rafal, si eso es lo que preguntas, en cuanto a quien soy, aparte de un viejo ermitaño de Al-Shemesh, ya hablaremos otro día sobre ello.

¿Cómo he llegado aquí?.

Supongo que por la voluntad de Alah. Lo que ocurrió es que, haciendo uno de mis paseos por el desierto, te encontré tendido en la arena, con todos los síntomas de una pronta muerte si no hacia algo por ayudarte. Miré a mi alrededor para saber si debía recogerte o dejar que murieras, para encontrar una señal que me orientara cuando el sol hizo brillar una moneda de oro que se encontraba junto a tu cabeza.

Camino de Retorno – La búsqueda de los frutos

Yo interpreté que la señal me indicaba te ayudara a sobrevivir, que todavía tu alma no había decidido irse así que te recogí y te traje a mi cueva para curarte.

¿Cuánto tiempo llevo aquí?. Tengo la sensación de haber pasado una eternidad muerto, o mejor dicho dormido.

Llevas muerto -perdón, dormido- seis idas con sus seis noches y casi llegué a pensar que me había equivocado y habías decidido irte.

No te equivocabas, había decidido morir. Mi vida no vale nada y no merezco vivir.

Joven necio. Si hubieras decidido de verdad morir ya estarías muerto, yo no hubiera podido hacer nada para salvarte si tu alma quisiera irse al otro mundo. En cuanto a que tu vida no vale nada y no mereces vivir, es posible que sea cierto. Mejor dicho, seguramente será cierto que no vales nada, pero eso tiene arreglo; puedes empezar a revalorizar tu vida desde ahora mismo. De momento tu única obligación es restablecerte completamente, luego ya tendrás tu ración de duro trabajo. Ahora duerme.

El lenguaje algo misterioso de Rafal intrigaba a Aluh y a la vez su dureza al juzgarlo sin conocerlo le molestaba y le ofendía, pero poca cosa podía hacer en su estado. Decidió que, una vez curado del todo se iría rápidamente de esa cueva donde vivía el loco ermitaño. Se durmió antes casi de haber cerrado los ojos.

Al día siguiente, al amanecer, Aluh fue despertado por Rafal de una manera un tanto intempestiva; un chorro de agua fría sobre su cara le despertó de repente.

Arriba, gandul. Ya es hora de que empieces tu trabajo. Ven a desayunar un poco antes de salir al desierto.

Camino de Retorno – La búsqueda de los frutos

Pero, ¿quien te crees que eres para tratarme así?. Nadie antes se había atrevido a molestarme de esa manera.

Claro, por eso lo perdiste todo. ¿No crees?.

La respuesta cayó como un mazazo en Aluh quien no entendía cómo podía Rafal saber que lo había perdido todo y tampoco podía negar que tenia una buena dosis de razón en lo que decía. Si alguien le hubiera bajado los humos anteriormente quizás no hubiera llegado a hacer lo que hizo. Cautamente le preguntó:

¿Cómo sabes que lo perdí todo? ¿Quién te lo ha dicho?. ¿Acaso he hablado en sueños?.

Amigo mío, tu vida es un libro abierto para mi. Más adelante entenderás cómo puedo saberlo todo sobre ti. Pero nadie me ha dicho nada, ni tampoco tú en sueños. Ahora, debes empezar tu trabajo porque dentro de seis meses has de reunirte con Ar-Pala y Per-Liah.

¿Mis padres?. Pero

¿cómo

?

Deja de hablar como si fueras tartamudo. Ya te he dicho que lo comprenderás todo más adelante. Ahora basta de hablar y vamos a trabajar.

Y dándole la espalda salió de la cueva indicándole que le siguiera. Aluh, perplejo por los conocimientos que Rafal parecía tener le siguió dócilmente sin atreverse a preguntar nada más.

Salieron al desierto y empezaron a caminar por las dunas en una andadura aparentemente errática. Al cabo de unas horas de caminar bajo el sol, Rafal indicó a Aluh que se sentara en una roca que sobresalía entre las arenas y que reflexionara sobre su vida pasada. Cuando estuvo seguro de que Aluh había entendido lo que debía hacer, se fue con su extraño paso hasta que desapareció de la vista.

Camino de Retorno – La búsqueda de los frutos

Aluh, se encontraba sin saber qué hacer. Por un lado no podía negar que Rafal sabía mucho más de lo que aparentaba pero seguía sin explicarle porqué le ordenaba hacer esas extrañas cosas. Ahora tenia que reflexionar sobre su vida pasada en medio del sol abrasador. Hubiera sido mejor en la confortable cueva, lejos del tormento del calor. Pero no, tenía que ser allí. Por un momento pensó que quizás Rafal lo que quería era matarlo de sed y por eso lo había llevado a ese lugar del cual no sabría volver. Pero pronto se dio cuenta de que si hubiera deseado matarlo simplemente con dejarlo abandonado cuando lo vio por primera vez ya hubiera bastado. Aún con fuertes dudas sobre la utilidad de lo que le habían ordenado hacer, se dispuso a reflexionar sobre su vida.

Repasó rápidamente todo lo que le había ocurrido desde su infancia hasta su intento de suicidio pero no veía en qué podía ayudarle todo ese recuerdo. Su mente vagaba entre las dudas, los pensamientos sobre quién

sería Rafal en realidad, qué querría de él, porqué debía reunirse con sus

y tantos pensamientos más que, cuando quiso darse cuenta ya se

estaba poniendo el sol. En cuanto desapareció el sol, apareció Rafal, caminando a su extraña manera y llegó hasta él. Su único comentario fue:

padres

Has perdido tu primer día. Eres demasiado ocioso. Te he encargado un trabajo muy simple y tú lo has estropeado con toda tu palabrería. Vámonos a casa.

Aluh estaba rabioso. Después de tenerlo tantas horas bajo el sol, venía el viejo este y le insultaba diciendo que era un gandul. Él había hecho lo que le habían ordenado.

No es cierto Aluh, no has hecho lo que te he ordenado. Has estado vagando mentalmente mucho rato sobre tu futuro y pensando en cosas que nada tenían que ver con tu pasado. Además, sobre tu pasado has meditado muy superficialmente. No te ha servido de nada.

Camino de Retorno – La búsqueda de los frutos

El corazón de Aluh casi se para del susto que recibió. Rafal había leído sus pensamientos. Había oído de alguna manera lo que él estaba pensando justo en aquel momento. El miedo empezó a tomar cuerpo en

su mente. Quizás sí había ido a parar a manos de algún demonio que tenia oscuros designios para él.

Deja de pensar estupideces de una vez. Si fuera un demonio ya te habría echado de mi cueva por idiota y hacerme perder tanto tiempo. Claro que leo tus pensamientos. Si supieras lo fácil que es para cualquier persona despierta entender tus sentimientos y adivinar tus pensamientos. Sois tan diáfanos los hombres para quien sabe leer

¿Entonces tú no eres humano?.

Digamos que sí lo soy, pero de una manera diferente. Nada debes temer de mi. Solo deseo ayudarte. Pero para poderlo hacer necesito que confíes plenamente en mi y debes dejarme usar mis métodos para ello.

Créeme, necesitas unas buenas sacudidas para poder echar fuera de ti a ese tonto orgullo que no te permite avanzar. Si lo deseas puedes irte, no te detendré. Pero creo que para ti, lo mejor será que aceptes mi ayuda y

mi enseñanza. Decide ahora. Quédate o vete para siempre.

Aluh reflexionó un poco y se dio cuenta de que Rafal tenia toda la

razón. Toda su vida había sido echada a perder por sus tonterías y ahora

se le daba una nueva oportunidad aunque fuera un tanto extraña. Decidió que se quedaba y se dirigió a la cueva sin más preguntas.

A partir de ese día, empezó una difícil tarea para Aluh, tarde tras tarde era llevado por Rafal a un lugar distinto en donde se quedaba solo con una única orden: revisar lo más completamente posible su vida pasada. La orden era precisa: lo más completa y exactamente posible. Debía recordar todos los detalles de su vida. Y así lo hacía día tras día.

Un buen día, cuando ya llevaba más de un mes con esa tarea, al regresar a la cueva Aluh le preguntó a Rafal:

Camino de Retorno – La búsqueda de los frutos

Hay algo que no entiendo, amigo mío. ¿Porqué me llevas cada día a un sitio diferente si para reflexionar lo podría hacer sentado en la misma cueva? ¿Y porqué caminas de esa manera tan extraña cuando me llevas al sitio de cada día?.

Aunque pudieras llevar a cabo la tarea que te he encomendado de recapitular tu vida en la cueva, existen unos lugares más adecuados para ello. Son lugares especiales en donde la energía que se percibe en ellos ayuda a ese menester y a medida que vas adelantando en la tarea, la energía necesaria es distinta, por ello el lugar difiere casi cada día; estás avanzando mucho. En cuanto a la manera cómo camino es porque intento sintonizarme con las corrientes de energía que circulan por el desierto para que me lleven al lugar adecuado para ti. Es decir, sigo las señales y por eso da la sensación de seguir un camino errático aunque en realidad es completamente dirigido por las grandes fuerzas que existen aquí.

Aunque el lenguaje un tanto críptico que utilizaba Rafal no permitía que Aluh lo entendiera totalmente, quedó satisfecho con dicha explicación y siguió su camino decidido a pedirle que le enseñara todo lo que sabia sobre el desierto, en cuanto pudiera.

Así pasaron tres meses en los cuales todos y cada uno de los detalles de la vida de Aluh fueron repasados y comprobados por él mismo. Cuando quería explicárselos a Rafal, éste contestaba que no era asunto suyo el saber nada de su pasado, a él no le interesaba nada más que conseguir que su discípulo quedara libre de todas las ataduras que arrastraba consigo y esa era la manera más efectiva de conseguirlo. Cuando ya no quedaba ningún detalle importante de la vida de Aluh por revisar, empezó para éste una nueva etapa. Rafal empezó a enseñarle los secretos del desierto y de su sabiduría.

Fue entonces cuando se enteró de que Rafal era un maestro sufí que, para acrecentar su sabiduría, había decidido pasar un tiempo en el desierto cuidando de Aluh para ayudarle a superar los obstáculos que su personalidad le interponía entre él y su destino.

Camino de Retorno – La búsqueda de los frutos

Al ser preguntado sobre cuál era ese misterioso destino, Rafal siempre desviaba la conversación y al ser insistido siempre terminaba diciendo que no era aún el momento para desvelarlo. Aluh debía contentarse con saber que le esperaba una difícil misión en cuanto estuviera preparado.

Un día, una terrible duda asaltó a Aluh, ¿qué había sucedido con su enfermedad?. Hacía ya mucho tiempo que ni se acordaba de ella, pero los médicos le habían dicho que no podría vivir mucho tiempo y menos haciendo ejercicios duros, así que decidió preguntar a Rafal para ver si él sabia algo.

Rafal, maestro mío, antes de conocerte me estaba muriendo de una enfermedad que, según los médicos no tenía curación posible, pero ahora me siento muy bien. ¿Me he curado o es que simplemente no siento la progresión de la enfermedad?

Ni una cosa ni otra. En realidad no era tu cuerpo el que estaba enfermo, era tu alma. Estabas tan alejado de lo que tu alma quería que hicieras que habías perdido las ganas de vivir. En realidad no tenias motivo de vida, aunque el poder y el dinero te parecieran suficientes. Tu alma había decretado tu muerte para no perder más tiempo en esta vida y por ello la energía te había abandonado. Pero, desde el mismo momento que decidiste seguir mis consejos y reflexionar sobre tu vida pasada, tu alma vio que todavía había esperanzas de que consiguieras la meta que te habías propuesto antes de nacer y la vida volvió a florecer en ti. Día a día, en cada acontecimiento de tu vida que recapitulabas correctamente, una parte de tu energía desperdigada durante tantos años volvía a ti y te renovaba. Por eso es que ahora te sientes tan bien y con tanta energía. Ya no existe tu enfermedad, sólo existe la vida en ti.

¿Qué es eso de la meta que me había propuesto antes de nacer?. Yo no me acuerdo de ninguna meta ni mucho menos de nada de antes de nacer. Yo no había decidido ni tan siquiera nacer. Fueron mis padres los que me dieron la vida.

Camino de Retorno – La búsqueda de los frutos

La vida física si, claro. Ellos pusieron lo necesario para que tu pudieras tener un cuerpo en esta tierra, pero tú fuiste el que decidió bajar y encarnar en ese cuerpo. Tú decidiste nacer, e incluso el momento exacto del parto fue decidido por ti mismo.

Me resulta algo difícil de creer puesto que no me acuerdo de nada. Pero, hasta ahora me has demostrado muchas veces que lo que dices es cierto completamente. Nunca me has mentido ni dicho nada que no puedas probar así que de momento me lo creeré como posible, pero te advierto que tengo mis dudas sobre la exactitud de lo que me dices.

No te preocupes, tus dudas se desvanecerán dentro de poco, cuando llegue el momento de la aceptación.

¿Qué aceptación?. Hasta ahora nunca me habías hablado de ninguna aceptación. ¿Qué es eso?.

De momento no puedo decírtelo. Cuando estés preparado, y para eso falta poco, ya te lo diré. Ahora sigue con lo tuyo y no te preocupes por lo que no es de tu incumbencia actualmente.

Y Aluh no tuvo más remedio que seguir con lo suyo puesto que Rafal se negó a seguir hablando.

Unos días más tarde, por la noche durmiendo Aluh se encontró soñando que salía de la cueva y paseaba por el desierto bajo la luz de la luna. Iba caminando siguiendo un camino invisible que veía sin saber cómo y su caminar era igual que el de Rafal, aparentemente errático, pero sabiendo claramente, perfectamente a donde iba. Poco a poco, el paisaje del desierto se fundió en una luminosidad lechosa y todos los detalles se difuminaron hasta quedar envuelto en una luz blanquecina. Aluh se encontraba delante de un personaje de luz, alguien que vagamente recordaba haber visto alguna vez, pero que no conseguía definir.

Bienvenido otra vez, Buscador. Te estaba esperando.

Camino de Retorno – La búsqueda de los frutos

¿Me estabas esperando? Te habrás confundido, yo no me llamo Buscador sino Aluh.

Aluh es tu nombre terrenal pero tu verdadero nombre es Buscador. ¿Todavía no te acuerdas?. Soy Oro, tu amigo del Reino de la Luz.

Oro

si, me suena tu nombre pero no consigo recordar

Buscador ¿soy yo

?

vienes del Reino de la Luz para

recoger los siete frutos del Árbol de la Sabiduría y para ello vas

encarnando en un cuerpo humano tras otro.

Claro que eres tu. Recuerda

sí, soy

Buscador y he nacido para recoger el quinto fruto. Ahora lo recuerdo. Pero, ¿cómo es posible que lo haya olvidado todo otra vez?.

Los siete frutos

creo voy recordando algo

claro

Como ya has podido comprobar tu mismo, el descenso a la tierra provoca una sacudida a los seres de luz tan fuerte que muy raramente pueden recordar nada de su verdadero origen. ¿O es que has encontrado a muchos que lo recuerden en esta vida?.

No, ninguno. Bueno, creo que hay alguien que aunque no me lo ha dicho, lo debe recordar, mi maestro Rafal.

Rafal, ah, claro. Evidentemente que lo recuerda pero es que es uno de los que ya ha recogido los siete frutos y el último de ellos te da la capacidad de poder descender a la tierra sin olvidar nada del reino de la luz.

Si Rafal ya ha recogido los siete frutos ¿cómo es que ha nacido? ¿porqué está en la tierra y no en su verdadera patria, el Reino?.

Camino de Retorno – La búsqueda de los frutos

Cuando tengas el séptimo fruto lo entenderás perfectamente pero por ahora basta con que sepas que una de las tareas a realizar para nosotros es la de ayudar a los que deciden descender, para evitar que el olvido que suele sobrevenir les haga perder el tiempo totalmente.

Pero si estás tú ahora advirtiéndome, ¿no es suficiente? ¿para qué se necesita a alguien que esté en la tierra si ya existes tú y otros como tú?.

Buscador, ¿no te das cuenta de que, como Aluh, hasta hoy no he podido contactar contigo? ¿cuántos años llevas perdido?. Y, ¿no habrías muerto, y por lo tanto perdido el tiempo dedicado a esta vida, si no hubiera estado Rafal para ayudarte?.

Si claro. Tienes razón. Realmente, aunque hubiera tenido este sueño antes, tampoco le hubiera hecho ningún caso. Habría pensado que era un simple sueño raro.

Bien, ahora que ya hemos hecho la conexión mira de no cortarla si es posible, para que pueda irte orientando más fácilmente.

Y eso, ¿cómo lo conseguiré?.

Muy fácil. Sigue tu intuición, abre tu corazón y ama tanto como puedas y a todo el mundo, incluso a la tierra. Y por último sirve a la verdad, nunca caigas en la mentira. Defiende la verdad.

Parece fácil, si. Lo intentaré.

Con una sonrisa, como si quisiera decirle que quizás no sería tan fácil, Oro desapareció entre la luminosidad y Buscador despertó.

Tiempo le faltó para correr al lado de Rafal y contarle el sueño que había tenido.

Camino de Retorno – La búsqueda de los frutos

Se lo contó con todo detalle, como si fuera la cosa más maravillosa que pudiera ocurrirle. Se sentía orgulloso de lo que le había pasado. La respuesta de su maestro fue un jarro de agua fría para Aluh.

Mucha importancia te das para un sueño tan insignificante.

Pero, maestro, creo que es lo más importante de mi vida.

Tiene su importancia pero creo que tu orgullo te está jugando de nuevo una mala pasada. Te sientes demasiado importante tú por lo que te ha pasado y debo decirte que el orgullo es tu punto débil. Debes aprender humildad. Ahora vete.

Al principio, Aluh se ofendió porque su maestro ni tan siquiera quisiera escucharle. Pero luego, tras una larga reflexión vio que tenia

toda la razón. El motivo de su alegría era precisamente el orgullo de que

a él le hubiera pasado esa experiencia, de que hubiera hablado con un ser de luz, de que supiera que tenia ya cuatro frutos

En resumen, se sentía orgulloso de haber llegado a donde se encontraba. Tenia razón Rafal, debía aprender humildad. Y se dedicó a realizar sus tareas encomendadas más algunas de las que menos le gustaban para apartar de su mente la idea de ser especial. Al revisar su vida pasada de nuevo, la idea de ser mejor que nadie se le fue de la mente rápidamente.

Rafal,

que,