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LOS VIAJES DE PIZARRO

Los viajes de Francisco Pizarro, conquistador de Perú, describen los intentos de un


grupo de españoles por destronar al territorio del Imperio inca, conocido como
Tahuantinsuy, y así colonizarlos.Habían transcurrido cuarenta años desde que los
españoles llegaron a tierras americanas liderados por Cristóbal Colón; desde entonces y
gracias a la difusión de las exuberantes riquezas que albergaban los nuevos territorios,
nacieron nuevos espíritus conquistadores que se propusieron explorar nuevas rutas.

Fue éste el caso de Francisco Pizarro, amigo de Hernán Cortés, quien en compañía de
Diego de Almagro y Hernando de Luque, decidieron zarpar hacia el sur del Pacífico
fundando la empresa del Levante y dándose a conocer popularmente como los
peruleros.Francisco Pizarro había realizado ya dos expediciones desde el año 1509,
cuando se instaló en Panamá y estaba seguro de que era una tierra de enormes recursos.
En el año 1524 inicia, junto a sus amigos, la expedición al sur.

Durante nueve años, se realizaron tres intentos por llegar al Perú, pero las adversidades
hacían fracasar a las expediciones hasta que finalmente lograron llegar a Cuzco.

Iban por el oro, pero se encontraron un gran imperio. Tras dar muerte a Atahualpa, el
último gobernante del Imperio inca, lograron la conquista de Tahuantinsuy.

El conquistador Diego de Almagro, natural de la villa de Almagro, uno de los tres socios de la conquista del
Perú.

Primer viaje de Pizarro


Conseguida la autorización del gobernador Pedrarias Dávila, el 14 de noviembre de 1524
(dato de Jerez) partió Pizarro de Panamá a bordo de un pequeño bergantín, el Santiago,
con cerca de 80 hombres, algunos indios nicaraguas de servicio y cuatro caballos. Dejó a
Almagro el encargo de reclutar más voluntarios y armar otra nave para que le siguiera
cuando estuviera listo.

Pizarro llegó a las islas Perlas, bordeó las costas de Chochama o Chicamá, llegando
hasta Puerto Piñas y Puerto del Hambre (costa pacífica de la actual Colombia); prosiguió
viaje, luego de una serie de padecimientos y falta de víveres, hasta Pueblo Quemado
(también llamado Puerto de las Piedras o Río de la Espera), donde sostuvo un recio
combate con los indígenas, con el resultado de dos españoles muertos y veinte heridos
(según Cieza) o cincos muertos y diecisiete heridos (según Jerez). El mismo Pizarro sufrió
siete heridas.

La hostilidad de los indios y la insalubridad de la zona obligaron a Pizarro a enrumbar de


vuelta hacia el norte, arribando nuevamente a las costas de Chochama. Por su parte,
Almagro, que ya había partido de Panamá en un bergantín con 60 hombres, debió
cruzarse con Pizarro en alta mar, aunque no se llegaron a avistar. Siguiendo el rastro de
Pizarro, Almagro desembarcó en Pueblo Quemado, donde igualmente libró un feroz
combate con los indios, perdiendo un ojo a consecuencia de un lanzazo o un flechazo.

Almagro decidió continuar más al sur, llegando hasta el río San Juan, pero no halló a su
socio y decidió regresar a la isla de Perlas, donde se enteró de los trajines de Pizarro.
Partió entonces a encontrarse con su socio en Chochama. Pizarro, interesado en
continuar con la empresa, ordenó a Almagro que dejara allí a sus soldados y que
retornara él solo a Panamá para reparar los dos navíos y juntar más gente.

En Panamá, el gobernador Pedrarias culpó del fracaso de la expedición y de la pérdida de


vidas españolas a Pizarro. Ello motivó a que Almagro y Luque intercedieran por Pizarro
ante el gobernador, logrando aplacar por el momento la tensa situación. Pedrarias
autorizó, no sin recelos, la continuación de la empresa. De pasada, Almagro logró el
nombramiento de capitán adjunto.

Segundo viaje de Pizarro


Véase también: Trece de la Fama

Antes de emprender un segundo viaje, los tres socios formalizaron su sociedad ante un
notario de Panamá, en las mismas condiciones en que verbalmente la habían
conformado. A este acuerdo escrito se conoce como el Contrato de Panamá, que se
suscribió el 10 de marzo de 1526. Sin embargo, hay discrepancias en cuanto a la fecha,
pues por entonces, Pizarro todavía no regresaba a Panamá.

En diciembre de 1525, Almagro partió de Panamá, llevando dos navíos, el Santiago y


el San Cristóbal, a bordo de los cuales iban 110 soldados, entre ellos dos grandes
adquisiciones: el piloto Bartolomé Ruiz y el artillero griego Pedro de Candía. Almagro se
dirigió a Chochama, al encuentro de Pizarro y sus hombres. Estos habían quedado
reducidos a 50; reunidos con los hombres traídos por Almagro, llegaron a 160.
A principios de 1526, Pizarro y Almagro, junto con sus 160 hombres, se hicieron
nuevamente a la mar. Siguieron la ruta anterior hasta llegar al río San Juan, donde fue
enviado Almagro de regreso a Panamá en busca de refuerzos y provisiones; de otro lado,
el piloto Bartolomé Ruiz fue enviado hacia el sur a fin de que explorase esas regiones.

Ruiz avistó la isla del Gallo, la bahía de San Mateo, Atacames y Coaque; a la altura de
esta última se tropezó con una balsa de indios tumbesinos que iban a comerciar, según
parece, a Panamá. Ruiz tomó algunas de las mercaderías: objetos de oro y plata, tejidos
de algodón, frutas y víveres, y retuvo a tres muchachos indios, que los llevó consigo para
prepararlos como intérpretes. Luego enrumbó al norte, de vuelta al río San Juan, donde le
esperaba Pizarro.

Rutas de Bartolomé Ruiz (1526-1528).

Bartolomé Ruiz fue el primer navegante europeo que traspasó la línea ecuatorial en el
Oceano Pacífico, de norte a sur (Magallanes también lo había hecho en 1521, pero de sur
a norte), descendiendo uno o dos grados de la línea equinoccial (1527).

Mientras que Almagro estaba en Panamá y Ruiz navegaba el océano, Pizarro se dedicó a
explorar el río San Juan, sus brazos y afluentes. Muchos de sus hombres murieron a
consecuencia de las enfermedades y otros fueron devorados por los caimanes. Cuando
regresó Ruiz, Pizarro prometió a sus hombres que, no bien llegado Almagro, partirían
hacia el sur, a la tierra donde decían venir los muchachos indios que había traído el piloto.
Cuando finalmente arribo Almagro, con 30 hombres y seis cabalgaduras, todos se
embarcaron y enrumbaron hacia el sur.

Pasaron por la isla del Gallo y luego por la boca del río Santiago. A continuación, se
adentraron en la bahía de San Mateo. Viendo que la costa era muy segura y sin
manglares, saltaron todos a tierra, incluyendo los caballos y se dedicaron a explorar la
región. Habían arribado a la boca del río Esmeraldas, donde vieron ocho canoas grandes,
tripuladas por indígenas. Continuando su marcha, llegaron hasta el poblado de Atacames,
donde sostuvieron un combate o guazábara con los nativos. Allí encontraron comida y
vieron que los indígenas llevaban algunas joyas de oro. Ello sin embargo no contentó a
los españoles, pues no veían recompensados los sufrimientos que padecían. Nada menos
que unos 180 españoles habían fallecido hasta ese momento, desde que empezaran los
viajes de Pizarro. Fue en Atacames donde se produjo la llamada “Porfía de Atacames”,
entre Almagro y Pizarro. Ella se originó cuando Almagro reprendió severamente a los
soldados que querían volver a Panamá, calificándoles de cobardes, ante lo cual reaccionó
Pizarro defendiendo a sus hombres, pues él también había sufrido con ellos. Ambos
capitanes fueron a las palabras mayores, llegando hasta a sacar sus espadas, y se
hubieran batido en duelo si no fuese porque Bartolomé Ruiz, Nicolás de Ribera y otros
lograron separarlos y avenirlos en conciliación.

Calmados los ánimos, los expedicionarios retrocedieron hasta el río Santiago, que los
nativos llamaban Tempulla. Mientras tanto, continuaban las penalidades entre los
soldados, traducidas en enfermedades y muertes. Finalmente, buscando un lugar más
propicio, Pizarro y Almagro decidieron pasar a la isla del Gallo, donde llegaron en mayo
de 1527. Se acordó que, nuevamente, Almagro debería volver con un navío a Panamá a
traer nuevos contingentes. Pizarro y Almagro solían tener mucho cuidado de que no
llegaran a Panamá las cartas que los soldados enviaban a sus familiares, para evitar que
las quejas de estos fueran conocidas por las autoridades. En Panamá, Almagro tuvo sin
embargo dificultades pues en un ovillo de lana que había sido enviado como obsequio a
Catalina de Saavedra (la esposa del nuevo gobernador, Pedro de los Ríos, sucesor de
Pedrarias).

Informado así de los padecimientos de los expedicionarios, el gobernador impidió la salida


de Almagro con nuevos auxilios y, por el contrario, envió un barco al mando del capitán
Juan Tafur para que recogiese a Pizarro y sus acompañantes, que se hallaban en la isla
del Gallo.

Ciertamente, el descontento entre los soldados de Pizarro era muy grande, pues llevaban
mucho tiempo pasando calamidades. Habían transcurrido dos años y medio de viajes
hacia el sur afrontando toda clase de peligros y calamidades, sin conseguir ningún
resultado. Pizarro intentó convencer a sus hombres para que siguieran adelante, sin
embargo la mayoría de ellos quería desertar y regresar a Panamá. Eran en total 80 los
hombres que se hallaban en la isla del Gallo, todos flacos y macilentos, de los cuales 20
ni podían ya mantenerse en pie.

Los 13 de la Isla del Gallo. Óleo de Juan B. Lepiani, que representa a Francisco Pizarro
en la isla del Gallo, invitando a sus soldados a cruzar la línea trazada en el suelo.

Tafur llegó a la isla del Gallo en agosto de 1527, en medio de la alegría de los hombres de
Pizarro, que veían así finalizado sus sufrimientos. Fue en ese momento cuando se
produjo la acción épica de Pizarro, de trazar con su espada una raya en las arenas de la
isla exhortando a sus hombres a decidir entre seguir o no en la expedición descubridora.
Tan solo cruzaron la línea trece hombres. Estos "Trece de la Fama", o los "Trece de la isla
del Gallo", fueron:

 Nicolás de Ribera, el viejo


 Pedro de Halcón
 Alonso Briceño
 Pedro de Candía
 Antón de Carrión
 Francisco de Cuéllar
 García de Jarén
 Alonso de Molina
 Cristóbal de Peralta
 Domingo de Soraluce
 Juan de la Torre
 Martín de Paz

Gonzalo Martín de Trujillo (que falleció poco después en la isla Gorgona, por lo que su
puesto fue ocupado por el piloto Bartolomé Ruiz, que pese a ser también uno de los que
cruzaron la raya, por orden de Pizarro debió regresar a Panamá, con la misión de traer
refuerzos).

Sobre la escena que se vivió en la Isla del Gallo, luego que Juan Tafur le trasmitiera a
Pizarro la orden del gobernador Pedro de los Ríos, cuenta el historiador José Antonio del
Busto:

"El trujillano [Pizarro] no se dejó ganar por la pasión y, desenvainando su espada, avanzó
con ella desnuda hasta sus hombres. Se detuvo frente a ellos, los miró a todos y
evitándose una arenga larga se limitó a decir, al tiempo que, según posteriores
testimonios, trazaba con el arma una raya sobre la arena: Por este lado se va a Panamá,
a ser pobres, por este otro al Perú, a ser ricos; escoja el que fuere buen castellano lo que
más bien le estuviere. Un silencio de muerte rubricó las palabras del héroe, pero pasados
los primeros instantes de la duda, se sintió crujir la arena húmeda bajo los borceguíes y
las alpargatas de los valientes, que en número de trece, pasaron la raya. Pizarro, cuando
los vio cruzar la línea, "no poco se alegró, dando gracias a Dios por ello, pues había sido
servido de ponelles en corazón la quedada". Sus nombres han quedado en la Historia".

José Antonio del Busto, La conquista del Perú.

Pizarro y los Trece de la Fama esperaron cinco meses por los refuerzos, los cuales
llegaron de Panamá enviados por Diego de Almagro y Hernando de Luque, al mando
de Bartolomé Ruiz. El navío encontró a Pizarro y los suyos en la isla Gorgona, (situada
más al norte de la isla del Gallo), hambrientos y acosados por los indios. Ese mismo día,
Pizarro ordenó zarpar hacia el sur, dejando en la Gorgona a tres de los “Trece” que se
hallaban enfermos: Cristóbal de Peralta, Gonzalo Martín de Trujillo y Martín de Paz. Estos
quedaron al cuidado de unos indios de servicio.

El tesón indoblegable de Pizarro daría sus frutos. Los expedicionarios llegaron hasta las
playas de Tumbes(extremo norte del actual Perú), la primera ciudad incaica que
divisaban. Allí, un orejón o noble inca se les acercó en una balsa, siendo recibido
cortésmente por Pizarro. El noble invitó a Pizarro a que desembarcase para que visitara a
Chilimasa, el cacique tallán de la ciudad de Tumbes, que era tributario del Imperio Inca.
Pizarro ordenó a Alonso de Molina que desembarcara con un esclavo negro y llevara
como obsequios para el cacique un par de puercos y unas gallinas, todo lo cual causó
gran impresión entre los indígenas. Luego fue enviado el griego Pedro de Candía, para
que con su arcabuz demostrara a los indios el poder de las armas españolas. Los indios
acogieron hospitalariamente a Candía, dejándole que visitara los principales edificios de la
ciudad: el Templo del Sol, el Acllahuasi o casa de las escogidas y la Pucara o fortaleza,
donde el griego apreció los ricos ornamentos de oro y plata. Luego, sobre un paño Candía
trazó el plano de la ciudad, y posteriormente escribió una relación, hoy perdida. De vuelta
donde sus compañeros, relató su experiencia, afirmando que Tumbes era una gran
ciudad construida a base de piedra, todo lo cual causó asombro y alentó más a continuar
en la empresa conquistadora.

Pizarro ordenó continuar la exploración más hacia el sur, recorriendo las costas de los
actuales departamentos peruanos de Piura, Lambayeque y La Libertad, hasta la
desembocadura del río Santa. En algún punto de la costa piurana (posiblemente en
Sechura), se entrevistó con la cacica lugareña, de la etnia de los tallanes, a la que los
españoles dieron el nombre de Capullana, por la forma de su vestido. Durante el
banquete con el que le agasajó la Capullana, Pizarro aprovechó para tomar posesión del
lugar a nombre de la Corona de Castilla. Se dice que uno de los Trece de la Fama, Pedro
de Halcón, se enamoró locamente de la Capullana y quiso quedarse en tierra, pero sus
compañeros lo subieron a la fuerza al navío y zarparon todos.

Pizarro navegando por la costa de Tumbes. Grabado que aparece en la edición española de la obra de
William H. Prescott, 1851.
Ya en viaje de retorno a Panamá, Pizarro recaló nuevamente en Tumbes, donde el
soldado Alonso de Molina obtuvo permiso para quedarse entre los indios, confiado en las
muestras de hospitalidad que daban estos. Ya anteriormente, otros españoles habían
optado también por quedarse entre los indios: Bocanegra, que desertó en algún punto de
la costa del actual departamento de La Libertad; y Ginés, que se quedó en Paita (costa de
Piura). Los tres españoles, Molina, Bocanegra y Ginés, se reunieron probablemente en
Tumbes, con la idea de reunirse con Pizarro cuando éste regresase en su tercer viaje.

Pizarro continuó su viaje de retorno a Panamá; al pasar por la isla Gorgona, recogió a los
tres expedicionarios que había dejado recuperándose de sus males, pero se enteró de
que uno de ellos, Gonzalo Martín de Trujillo, había fallecido. Arribó finalmente a Panamá,
con la seguridad de haber descubierto un opulento imperio, cuya riqueza y alta civilización
lo atestiguaban los mismos nobles indígenas, que iban vestidos con primorosos y
coloridos ropajes, y que llevaban adornos de oro y plata labrados con exquisita técnica.

Capitulación de Toledo
Artículo principal: Capitulación de Toledo

Grabado que representa al conquistador español Francisco Pizarro exponiendo ante el


rey Carlos I de España las pruebas del descubrimiento del fabuloso Imperio de los incas.

Ante la negativa del gobernador De los Ríos de otorgar permiso para un nuevo viaje, los
socios Pizarro, Almagro y Luque acordaron gestionar este permiso ante la misma corte.
De mutuo acuerdo designaron a Pizarro como el procurador o mensajero que expusiera la
petición directamente al rey Carlos I de España. Esa elección, entre otras razones, se
debió a que, pese a ser iletrado, Pizarro tenía porte y fluidez de palabra. Almagro no quiso
acompañar a Pizarro, ya que creía que su falta de modales y el hecho de ser tuerto
podrían de alguna manera afectar negativamente al éxito de las negociaciones, decisión
de la que se arrepentiría posteriormente, ya que Pizarro lograría grandes ventajas para sí
mismo, en desmedro de sus socios, pese a que antes de partir prometió velar por los
intereses de cada uno de ellos.

Pizarro salió de Panamá en septiembre de 1528, cruzó el istmo y llegó a Nombre de Dios,
en donde se embarcó rumbo a España, haciendo una escala en Santo Domingo (isla de
La Española). Le acompañaban el griego Pedro de Candía y el vasco Domingo de
Soraluce, así como algunos indígenas tallanes de Tumbes (entre ellos el intérprete
Felipillo); llevaba también consigo camélidos sudamericanos, primorosos tejidos de lana,
objetos de oro y plata y otras cosas que había recogido en sus viajes, para mostrarlas al
soberano español, como pruebas del descubrimiento de un gran imperio.

Después de una travesía sin contratiempos, Pizarro desembarcó en San Lúcar de


Barrameda y arribó a Sevilla en marzo de 1529. No bien desembarcó, fue apresado por
una demanda de deudas que le entabló el bachiller Martín Fernández de Enciso, por un
asunto que se remontaba a los primeros trabajos de Pizarro en Tierra Firme. Sin
embargo, el rey Carlos I ordenó que lo pusieran inmediatamente en libertad.

Pizarro, junto con sus acompañantes, partió hacia Toledo para entrevistarse con el
monarca. Allí se encontró con su pariente, el conquistador Hernán Cortés, ya prestigiado
por la conquista de México y próximo a recibir su título de Marqués del Valle de Oaxaca,
quien se dice que lo ayudó a vincularse con la Corte. Pizarro fue recibido por Carlos I en
Toledo, pero éste monarca, que estaba a punto de partir a Italia, dejó el asunto en manos
del Consejo de Indias.

Fue así como Francisco Pizarro terminó negociando con el Consejo de Indias, presidido
entonces por el conde de Osorno, García Fernández Manrique. Tanto Pizarro como el
griego Candía expusieron ante los consejeros sus razones para que el rey diera la
autorización para la conquista y población de la provincia del Perú; Candía exhibió su
paño donde había dibujado el plano de la ciudad de Tumbes.

Terminada la larga negociación, los consejeros redactaron las cláusulas del contrato entre
la Corona y Pizarro, que la historia conoce como la Capitulación de Toledo. Ante la
ausencia del rey Carlos I, la reina consorte Isabel de Portugal firmó el documento el 26 de
julio de 1529. Estos fueron los principales acuerdos de esta Capitulación:

Se autorizó a Francisco Pizarro el descubrimiento y conquista de toda la provincia del


Perú o Nueva Castilla, situada desde el pueblo de Tempulla o Santiago (actual Ecuador)
hasta 200 leguas al sur, terminando en el pueblo de Chincha (actual Perú).

Se dio a Pizarro los títulos de Gobernador y Capitán General de la provincia del Perú, así
como los de Alguacil Mayor y Adelantado, todos ellos de por vida, con un sueldo anual de
725.000 maravedíes.

A Diego de Almagro se le concedió la gobernación de la fortaleza que debía elevarse en


Tumbes, así como el título de hidalgo, con un salario de 5.000 maravedíes al año y con
una ayuda de gastos de 200.000 maravedíes.

Hernando de Luque recibió el Obispado de Tumbes y el título de “Protector de los Indios”,


con 1000 ducados de sueldo al año.

A los Trece de la Isla del Gallo se los elevó a la categoría de hidalgos de solar conocido, y
a los que ya lo eran, se les concedió el título de “Caballeros de la Espuela Dorada”.

Bartolomé Ruiz fue nombrado “Piloto Mayor de la Mar del Sur”, con 75.000 maravedíes de
salario anual.
Pedro de Candía fue nombrado “Artillero Mayor del Perú” y Regidor de Tumbes.

Pizarro debía salir a los seis meses a partir de la fecha del documento, y desde Panamá
tenía otros seis meses para seguir a las tierras del Perú. Se le autorizaba a llevar 150
peninsulares, 100 que podían reclutar en América, así como 50 esclavos negros, oficiales
de la Real Hacienda, eclesiásticos y religiosos.

Como se puede ver, el gran beneficiado por esta Capitulación fue Francisco Pizarro, en
desmedro de sus socios Almagro y Luque. En el caso de Almagro, Pizarro arguyó en su
defensa que fue el rey en persona quien se opuso a que el mando se dividiera entre
ambos socios;6869 fue así que Pizarro concentró en su persona los títulos de Gobernador,
Capitán General, Alguacil Mayor y Adelantado, mientras que a Almagro solo se le dio la
gobernación de Tumbes.

Tercer viaje de Pizarro

Miniatura que representa la llegada de Pizarro al Perú.

Pizarro aprovechó su estancia en la península ibérica para visitar Trujillo, su ciudad natal,
donde se reunió con sus hermanos Gonzalo, Hernando y Juan, a quienes convenció para
que se sumaran a la empresa conquistadora. Con ellos preparó su tercer y definitivo viaje
por la conquista del Perú. Reunió cuatro naves: tres galeones y una zabra destinada a
capitana, pero le fue difícil reunir los 150 hombres que le exigía una de las cláusulas de la
capitulación. Sin embargo, Pizarro logró burlar los controles de las autoridades y el 26 de
enero de 1530, último día de plazo, se adelantó a bordo de la capitana, zarpando de
Sanlúcar. Los otros navíos, al mando de su hermano Hernando, le siguieron después,
convenciendo al factor (inspector) de la Casa Contratación de Sevilla que llevaban más de
150 hombres. En realidad llevaban menos de esa cantidad.

Tras un viaje sin contratiempos, Pizarro arribó a Nombre de Dios, donde se encontró con
su socio Almagro que, como era de esperarse, recibió con desagrado la noticia de las
pocas prerrogativas conseguidas para él en la capitulación, en comparación a los títulos y
poderes otorgados a Pizarro. A este disgusto se sumó la actitud prepotente de Hernando
Pizarro, el más temperamental de los hermanos Pizarro. Almagro pensó incluso a
separarse de la sociedad, pero Luque logró, una vez más, reconciliar a los dos socios.

De Nombre de Dios, los tres socios y sus hombres pasaron a la ciudad de Panamá.
Empezaron los preparativos. Durante ocho meses, de abril a diciembre de 1530, los
soldados reclutados realizaron su adiestramiento militar. Pizarro logró reunir tres naves a
las que proveyó con todo lo necesario para realizar la “entrada” definitiva al Perú.

El 28 de diciembre de 1530 los expedicionarios oyeron misa en la iglesia de La Merced de


Panamá. Eran 180 de a pie y 37 de a caballo (datos de Jerez). Estaban ya listos para
embarcarse, pero tuvieron que esperar unos días más para dar cumplimiento a las
disposiciones que exigía que la expedición llevara oficiales reales.

Pizarro partió finalmente de Panamá el 20 de enero de 1531, con dos navíos, dejando el
otro barco en el puerto al mando del capitán Cristóbal de Mena, con el encargo de
seguirle después. Como en anteriores ocasiones, Almagro se quedó en Panamá para
proveer de todo lo necesario para la expedición. Después de 13 días de navegación (dato
de Jerez), Pizarro llegó a la bahía de San Mateo, donde decidió avanzar por tierra. Los
expedicionarios caminaron bajo las inclemencias del clima tropical, la creciente de los
ríos, el hambre y las enfermedades tropicales. Encontraron algunos pueblos indios
abandonados, y en uno de ellos, Coaque, permanecieron varios meses, hallando oro,
plata y esmeraldas, en algunas cantidades apreciables. Pizarro despachó a los tres
navíos con dichas riquezas para que sirvieran de aliciente a los españoles: dos de ellos
rumbo a Panamá y uno a Nicaragua. La táctica hizo efecto: los navíos regresaron de
Panamá con treinta infantes y veintiséis jinetes, mientras que en Nicaragua el
capitán Hernando de Soto, entusiasmado al ver las muestras de oro, empezó a reclutar
gente para partir rumbo al Perú. El botín hallado en Coaque fue, pues, el comienzo de la
tentación por llegar al Perú.

En Coaque, muchos de los soldados de Pizarro enfermaron de un extraño mal que


denominaron bubas, por los tumores que les brotaban en la piel, mal que cobró algunas
víctimas.

Pizarro partió de Coaque en octubre de 1531. Siguiendo al sur, empezó a recorrer la


actual costa de Ecuador. Pasó el cabo de Pasao o Pasado, habitada por indios belicosos
y caníbales. Recorrió luego la bahía de Caráquez, donde embarcaron a toda la gente
enferma, continuado el resto por tierra. A toda esa región los cronistas llaman Puerto Viejo
o Portoviejo. Pasaron luego por Tocagua, Charapotó y Mataglan; en esta última se
encontraron con Sebastián de Benalcázar, venido de Nicaragua y que estaba al mando de
30 hombres bien armados, con doce cabalgaduras, todos los cuales se sumaron a la
expedición de Pizarro (noviembre de 1531).

Pasaron después por Picuaza, Marchan, Manta, la Punta de Santa Elena, Odón, hasta la
entrada del golfo de Guayaquil. El hambre y la sed siguieron castigando a los
expedicionarios, pero se hallaban ya cerca de las puertas del imperio incaico.