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APUNTES DE "TEORÍAS DEL UNIVERSO" (ANA RIOJA)

1. EL COSMOS GRIEGO

1. 1. QUÉ INTERESA CONOCER

Los movimientos cíclicos de los astros son los responsables


de los pocos acontecimientos regulares que tienen lugar en la
Tierra: la sucesión de los días y las noches o el paso de la
estaciones.
Los cálculos previos de los movimientos astrales convenían
a la agricultura, así como a la ganadería, la navegación, las
acciones militares y los rituales mágico-religiosos. Surge, así, el
objetivo de computar el tiempo con fines prácticos
Uno de los temas fundamentales que presiden el
nacimiento de la astronomía es la medición del tiempo y la
confección de calendarios. Conviene observar para predecir.
Pero no son solo las cuestiones prácticas las relevantes en
el estudio del cielo: también es necesario darse una explicación
sobre la forma, origen y estructura del mundo. Se trata de un
tema teórico de carácter cosmológico referido al origen y
configuración del universo. Se busca algún tipo de narración
(racional o mítica) para dar cuenta de la aparición y formación
del universo.

1. 2. POR QUÉ COMENZAR EN GRECIA

Los griegos no fueron los primeros ni los únicos que


contemplaron la bóveda celeste tanto con un interés predictivo
como cosmológico; les preceden dos grandes culturas, la
babilónica y la egipcia.
En ambas se plantean los asuntos ya mencionados:
necesidad de medir el tiempo por razones ligadas a la
agricultura, a la crianza de los animales, a la navegación fluvial;
y también el interés por narrar la historia del universo.
Su habilidad de medir el tiempo con afán predictivo fue
extraordinaria; pero para explicar el tema de la conformación
del universo recurrieron a la deificación de ciertos cuerpos y
fuerzas de la Naturaleza.
El paso de esta cosmología mitológica a una cosmología
astronómica se da en Grecia. En el contexto de la cosmología
astronómica no cabe plantearse el conocimiento de la
estructura del universo sin realizar observaciones precisas y
acumular múltiples observaciones. No solo observaciones, sino
que también se pretende pasar de la parte al todo, construyendo
modelos teóricos que por un lado sobrepasan y por otro
anticipan la propia experiencia.
Un modelo es una construcción racional capaz de
representarse y justificar un dominio dado de fenómenos. No se
obtiene de la acumulación de observaciones, sino que supone
una auténtica creación del intelecto humano cuyo objetivo es la
construcción de una estructura teórica que, aunque no se
percibe, es capaz de hacer entender lo que se percibe.
La cosmología astronómica busca un modelo de universo,
una estructura racional que permita integrar y organizar el
conjunto de observaciones celestes que los pueblos han ido
acumulando a lo largo de los siglos, lo cual implica imponer un
orden racional a un conjunto de datos experimentales plurales e
inconexos.

1. 3. EL LEGADO DE PLATÓN

A partir de datos observable se ha ido configurando un


mundo esférico en el que los planetas se hallan localizados a
diferentes distancias del centro (el Sol y la Luna se asimilan a
los planetas, no a las estrellas, aunque por sus peculiares
características suelen merecer un tratamiento aparte. Las
estrellas se sitúan en la periferia, equidistantes del centro
ocupado por la Tierra. Su movimiento aparece como uniforme y
circular, en cambio, el de los planetas resulta tan complejo que
es recomendable su descomposición en otros más simples. Pero
nada de esto son observaciones, sino interpretaciones de estas
a partir de modelos teóricos concretos. Este modelo teórico,
concretamente, comienza a abrirse camino en Grecia, con la
escuela pitagórica, y adquiere sus rasgos definitivos en el
entorno de la filosofía de Platón.

-Pitagóricos

Los pitagóricos ya afirmaron la forma esférica del mundo, la


localización de las estrellas fijas en esa esfera última en
rotación, el establecimiento de la esfericidad de la Tierra, o la
ubicación de la Luna, el Sol y los planetas en el espacio que
media entre la Tierra y las estrellas. También fue suya la
descomposición del complejo movimiento observable del Sol en
dos movimientos simples, el diurno y el anual.
Para los pitagóricos, el movimiento de los astros ha de ser
simplificado cuando la mera observación solo nos ofrece datos
irregulares y desordenados, porque en el mundo rige una
armonía universal. Esto hace obligatorio que tanto la distancia
entre cuerpo celestes y sus movimientos deben ser armónicos.
Los movimientos irregulares deben ser descompuestos en
movimientos que adopten la figura simétrica por excelencia, el
círculo.
Es mérito de Pitágoras y sus seguidores haber aproximado
la astronomía a la aritmética y a la geometría. En culturas
anteriores, el papel de la matemática se limitaba a realizar
actividades de medición; en los pitagóricas lo que se da es una
relación directa entre la matemática y la estructura del mundo.
La noción de ley, aplicada a los cuerpos celestes, es una
conquista del espíritu griego.

-La concepción platónica de la astronomía

El problema fundamental que se aborda en el Timeo es


cómo alcanzar el conocimiento verdadero, y no solo el
conocimiento verosímil, del mundo sensible.
Solo cabe ciencia de lo inteligible, por lo cual la física y la
astronomía deben encontrar aquello inteligible del mundo
sensible y trabajar sobre ello; hay que rastrear los elementos
racionales de la realidad sensible.
Esta ordenación racional pasa por ser partícipe de algunos
signos distintivos del mundo de las Ideas. No en vano el mundo
sensible ha sido dispuesto por el Demiurgo a imitación del
inteligible; por ello es armonioso, regular, simétrico, bello.
El lenguaje apto para expresar esa belleza no es sensible,
sino racional: es el lenguaje matemático. Dado que únicamente
hay verdadero conocimiento de lo que no cambia, solo es
posible captar racionalmente lo que permanece invariante en
todo cambio, la ley. La ley expresa relaciones invariantes,
presentes en la naturaleza, que el científico ha de aprender y
conocer.
La primera pregunta de la astronomía es si tiene que tratar
con los movimientos irregulares de los astros, que vemos, o con
los circulares que se deducen racionalmente. Platón apostará
por lo segundo, claro.
La astronomía está ligada con la geometría: estudia los
sólidos en movimiento. El problema planteado es cuál es la
figura más adecuada a cada sólido y a sus movimientos. La
respuesta no puede ser otra que la figura más simétrica, la más
capaz de no verse alterada en transformaciones. Esa figura es
la esfera (en tres dimensiones) y el círculo (en dos). Estos
criterios de tipo matemático-estético van a traer consigo la
adopción de compromisos muy precisos, que influirán
decisivamente en el desarrollo de la astronomía desde el siglo
IV a.C hasta el siglo XVII. Se resumen en:

1. Los cuerpos celestes y la Tierra son esféricos


2. El cosmos es esférico y finito
3. La Tierra está en el centro de la esfera cósmica
4. Todos los movimientos celestes son circulares
5. La velocidad angular de los cuerpos celestes es
invariable
6. El sentido de los movimientos planetarios es siempre el
mismo

A partir de Platón la astronomía se moverá dentro de estos


límites; su ruptura habrá de esperar a Copérnico, Kepler,
Descartes y Newton, con quienes la esfera perderá su posición
privilegiada, aunque seguirá sin desaparecer la extraordinaria
importancia de la matemática en la explicación de la
Naturaleza.
El mundo, pues, queda dividido en dos regiones muy
diferenciadas: la supralunar, arriba, y la sublunar, abajo. Lo
perfecto, lo divino, reside arriba, mientras que lo imperfecto, lo
humano, abajo. Y ahora empieza a menear: un poquito para
abajo, un poquito para abajo, un poquito para arriba, un poquito
para arriba, ¡Booooomba!

-La teoría planetaria de Eudoxo

La contribución de Platón es meramente teórica; no


construye una teoría concreta en la que se muestre cómo los
complejos movimientos celestes pueden reducirse a
movimientos más simples. Debido al movimiento irregular de los
planetas, en ellos reside el reto intelectual de búsqueda del
movimiento simple que subyace.
La representación del mundo que gozó de mayor
popularidad en Grecia y después en la Europa medieval y
renacentista fue la que representaba el mundo compuesto de
ocho esferas concéntricas a la Tierra, que constituyen las
órbitas de cada cuerpo celeste.
Se trata de una representación simplista y esquemática: si
los planetas, el Sol y la Luna viajaran cada uno en su esfera
igual que hacen las estrellas en la suya, su movimiento aparente
debería ser el mismo que el de las estrellas, cosa que no ocurre.
Se plantea el reto de traducir los movimientos aparentes
erráticos de los planetas en movimientos ordenados. Quien
ofreció la primera respuesta fue Eudoxo, a él le debemos la
primera teoría planetaria propiamente dicha, la teoría de las
esferas homocéntricas.
Eudoxo adoptó como punto de partida el movimiento
circular que se origina por la rotación de una esfera sobre su
eje, de modo que debía salvar las apariencias mediante la
combinación de esferas en rotación. Introdujo, junto a las
esferas que transportan un astro, otras vacías o sin astro, cuya
función sería la de agregar su movimiento al de las anteriores;
así, el movimiento circular del cuerpo en su esfera se vería
mediado por el movimiento de las restantes esferas vacías,
produciendo el movimiento complejo que se observa.
Cuando nos ocupamos del Sol, una sola esfera ya no es
suficiente. Eudoxo introduce una esfera para el movimiento
diurno (con ello explica los días y las noches) y otra para el
anual (con ello explica el paso de las estaciones). Dentro de la
esfera anual introduce una tercera, cuya misión es explicar el
movimiento latitudinal del Sol.
Con la Luna hará uso de dos esferas, una para el
movimiento diurno y otra para el mensual, así como otra tercera
esfera para dar cuenta del movimiento latitudinal.
En cada uno de estos sistemas de tres esferas, dos de ellas
son vacías, mientras que la más interior es la que contiene el
cuerpo celeste. De momento, pues, hay siete esferas (tres Luna,
tres Sol, y la de las estrellas).
¿Y los planetas? Se necesita una primera esfera que de
cuenta de la rotación diaria hacia el oeste, una segunda que
sirva para explicar la vuelta completa que cada planeta realiza a
lo largo de la eclíptica (período sidéreo). Hacen falta otras dos
esferas, una para explicar el movimiento latitudinal, y otra para
explicar el movimiento de retrogradación. Se precisan veinte
esferas (cuatro para cada planeta) para salvar el
comportamiento aparente de los planetas. Solo la cuarta
transporta en su interior al planeta. Las otras tres están vacías,
pero están ligadas entre sí. Son, pues, 27 esferas
homocéntricas, y el centro común a todas ellas está ocupado
por la Tierra.
Esta teoría planetaria logra aproximarse a una explicación
de los movimientos celestes complejos a partir de la
combinación de movimientos circulares y uniformes. No llega a
tener precisión cuantitativa.
Esta teoría plantea numerosas dificultades. Por un lado,
implica que los cuerpos celestes son equidistantes a la Tierra,
pero el brillo de los planetas no es siempre el mismo, y esto se
interpreta como acercamiento-alejamiento, por lo cual las
esferas homocéntricas no son capaces de explicar las
diferencias en el brillo de los planetas.
La teoría de las esferas homocéntricas de Eudoxo es de
carácter astronómico-geométrico, y deja intacta la cuestión
cosmológica. Nos encontramos con siete subsistemas
inconexos de esferas independientes, pero no con un sistema
único del cosmos que integre todos los cuerpos en una
representación global.

1. 4. FÍSICA Y COSMOLOGÍA EN ARISTÓTELES

-Física terrestre y física celeste

Mientras que Platón nos presenta un cosmos regido por un


principio de ordenación geométrico, el cosmos de Aristóteles
está gobernado por un principio de carácter físico, aunque
también guiado por la idea de perfección, lo que determinará
una jerarquización de los lugares.
Al igual que Platón, asumirá la división del mundo en región
sublunar y supralunar; pero mientras que Platón solo creía
posible el conocimiento de la segunda, para Aristóteles son
posibles una ciencia del Cielo y una ciencia de la Tierra,
demostrando la aspiración a un conocimiento sensible. Es cierto
que el mundo sensible es mutable, pero eso no significa que no
haya nada estable que aprender de él. La ciencia no es
conocimiento de las relaciones cuantitativas invariables, sino
de las causas que determinan la aparición de los fenómenos. A
partir de la observación de casos particulares, el intelecto
establece ciertas propiedades esenciales que necesariamente
han de pertenecer a todos los objetos de la misma clase. La
física terrestre y celeste no se unifican en una sola, debido a su
diferencia cualitativa sustancial.
Física proviene de physis, que es Naturaleza. La física
estudia los seres que componen la naturaleza, esto es, los seres
naturales. Lo que define a los seres naturales, vivos o inertes,
es lo siguiente. En primer lugar son susceptibles de cambiar de
tres maneras: modificando su tamaño (cantidad), alterando sus
cualidades (cualidad) y desplazándose localmente (lugar).
Tienen en sí mismo el principio de esos cambios, la causa es
intrínseca. La causa del cambio es su propia physis, definida
como fuente de la que derivan todas las operaciones que no
sean artificiales.
Las causas de los cambios en los seres naturales se
atribuyen a su physis; esto implica que debe haber varias physis
o naturalezas, pues de lo contrario, todos se moverían de la
misma manera. La física debe ocuparse de analizar esas
distintas naturalezas internas y los movimientos que de ella
resultan. Es fundamental esto: los cambios de estado
fundamentales son aquellos que se deben a la iniciativa del
propio cuerpo que cambia, y los demás son violentos; con
Galileo, Descartes y Newton los cambios de estado serán por la
acción de unos cuerpos sobre otros (fuerzas extrínsecas).

-Las clases de materia y sus movimientos naturales

Hay que indagar cuántas clases de movimiento local hay y a


qué causas obedecen, y a través de ello saber cuántos tipos de
materia hay.
A los movimientos que los cuerpos realizan por sí mismos,
Aristóteles les da el nombre de movimientos naturales; a los
movimientos producidos por empuje o arrastre de cuerpos, les
denomina movimientos violentos.
La dirección de los movimientos naturales la marca la
naturaleza del cuerpo que obra siempre de la misma manera.
Dichas direcciones solo pueden ser dos: o en torno al centro de
la esfera del mundo (circular), o de aproximación-alejamiento de
dicho centro (rectilíneo). Hay, por tanto, dos tipos de
movimientos naturales, rectilíneo y circular. Ambos son simples.
Para la física aristotélica, los movimientos simples
corresponden a los cuerpos simples (elementos). Aristóteles
toma de Empédocles la teoría según la cual esas substancias
elementales son cuatro y vienen definidas por ciertos pares de
cualidades: tierra (fría y seca), agua (fría y húmeda), aire
(caliente y húmedo), fuego (caliente y seco).
A través de la observación, se advierte que en la Tierra
unos cuerpos caen sobre su superficie, mientras que otros
ascienden. Así, la materia se divide en intrínsecamente pesada
o intrínsecamente ligera. En concreto, la tierra es el elemento
pesado en términos absolutos, y el fuego el elemento
absolutamente ligero. El agua y el aire son términos
intermedios, el primero pesado y el segundo ligero. La ligereza
se define como tendencia al movimiento rectilíneo ascendente,
y la pesantez como tendencia al movimiento rectilíneo
descendente.
Aristóteles define la naturaleza como causa tanto de inicio
como de cese de movimiento; la naturaleza como causa no
opera siempre, sino que se activa cuando un cuerpo está en un
lugar distinto del que le corresponde, y se convierte en causa de
reposo cuando el cuerpo se halla donde debe. En ese caso el
cuerpo en cuestión disfrutará de un reposo natural en su lugar
natural.
Los cuerpos celestes no poseen movimiento rectilíneo,
porque de ser así caerían sobre la Tierra o se alejarían cada vez
más, cosa que no sucede. Su movimiento es circular, lo que
quiere decir que no están formados por ninguno de los cuatro
elementos, presentes en la Tierra, que poseen movimiento
natural rectilíneo.
Aristóteles introduce un quinto elemento para referirse a la
materia de los astros, el éter. Sus propiedades son:
imponderabilidad (no guarda relación con el peso), eternidad, (lo
que a su vez hace eterno el movimiento de los planetas); es
ingenerable, incorruptible e inmutable.
Los cuerpos ocupan lugares jerarquizados en el espacio en
función de lo que son. En la parte supralunar se hallan los
etéreos astros, imperturbables, siempre existentes sin cambio,
en eterno movimiento circular y uniforme. En la región sublunar
se sitúan los cuerpos terrestres, resultado de la mezcla
inestable de cuatro elementos; se da un constante cambio de
unos a otros (cambios de estado).
Con Aristóteles salimos del ámbito de la astronomía
geométrica para adentrarnos en el de la astronomía física; es la
física la que nos habla de las causas de los movimientos, tanto
celestes como terrestres.

-Características cosmológicas

Su punto de partida será el mundo antiguo: esférico,


geocéntrico, geostático y compuesto de esferas concéntricas
en las que se alojan estrellas y planetas.
Aristóteles plantea un cosmos eterno, puesto que su
materia no ha sido producida por causa alguna y no ha
comenzado a existir en un tiempo dado. Defiende también la
finitud del mundo, frente a atomistas como Demócrito y
Leucipo; dirá que el mundo tiene límites, por lo que es posible
hablar de una forma del mundo (que no es otra que la esfera). El
universo no está en el tiempo (porque es eterno) ni en el
espacio (porque lo es todo, y al no tener un término externo de
referencia, pierde el sentido hablar de espacio. El universo no
está en ningún lugar (el universo es el lugar).
Hay un solo mundo con un solo cuerpo, la Tierra, ocupando
el centro de la esfera cósmica. Al ser la Tierra el elemento
absolutamente pesado, le corresponde siempre la posición
central, y una vez en ese centro, no se moverá naturalmente,
porque está en su lugar natural. La Tierra, por tanto, está en el
centro y es inmóvil. (geocentrismo y geostatismo).
La Tierra es esférica; no solo porque la esfera sea la figura
perfecta, sino porque en eclipses como el de Luna, la Tierra
arroja una sombre circular sobre la superficie lunar.

-Origen y transmisión de la rotación de las esferas celestes

Aristóteles se ocupa de la teoría de las esferas


homocéntricas, a la que no hace ninguna aportación de carácter
geométrico, pero sí mecánico.
Anteriormente, era la esfera de las estrellas fijas la que
transmitía el movimiento por frotamiento hasta llegar a la esfera
de la Luna. Aristóteles pretende evitar esto, así que plantea un
primer motor que no actúa en términos de causa eficiente,
como haría un agente mecánico, sino en términos de causa
final.
El mundo no es una máquina que precise un impulso inicial,
sino que la esfera de las estrellas fijas es puesta en movimiento
teleológicamente. La razón de movimiento es un principio de
finalidad intrínseco, que es asimismo un principio de lo mejor.

1. 5. LA ASTRONOMÍA GEOMÉTRICA DE PTOLOMEO Y SUS


PREDECESORES

Desde su origen, la teoría planetaria de Eudoxo y Calipo


tenía que hacer frente a algunos problemas para los que no
tenía solución. Por un lado, la inconstancia con la que
aparentemente el Sol, la Luna y los planetas recorrían su órbita
(violaba el principio de uniformidad de los movimientos
celestes) y las variaciones visibles de su brillo y su diámetro
(hacía suponer que su distancia con la Tierra variaba).
Los astrónomos, pues, debían afanarse por encontrar
nuevos modelos geométricos que, sin abandonar el principio de
movimientos uniformes y circulares, permitieran dar mejor
cuenta de las observaciones.

-La escuela de Alejandría: la astronomía ptolemaica


En el marco de los principios de uniformidad y circularidad
establecidos por Platón, diversos matemáticos fueron haciendo
aportaciones sucesivas a un modo nuevo de hacer astronomía,
que tomará el nombre del último y más importante de sus
artífices, Claudio Ptolomeo. En consecuencia, la astronomía
alejandrina se conocerá como astronomía ptolemaica.
La característica más distintiva de la astronomía
ptolemaica, a diferencia de la producida en Atenas, es la
sustitución de las esferas concéntricas por combinaciones de
círculos con diferentes centros: epiciclos, círculos deferentes y
círculos ecuantes.

-El Sol y los planetas

Se denomina anomalía zodiacal al hecho de que el Sol


atraviese distancias semejantes en diferentes tiempos, lo que
implica cambios en su velocidad.
La aplicación del principio de uniformidad hace necesario
salvar la igual duración de las estaciones y, por tanto, la
velocidad angular constante del Sol en su movimiento anual. Por
otro lado, las variaciones en su diámetro sugieren que su
distancia a la Tierra varía, lo que tampoco es posible aplicando
este principio.
Para dar solución a estos problemas surgen los círculos
excéntricos, que plantean que la velocidad angular y el tamaño
del Sol no se mantienen invariantes a lo largo del año porque la
observación no se realiza desde el centro geométrica de su
órbita. Es decir, el centro de la órbita solar y el centro de la
Tierra no coinciden. (Para que este modelo solar tenga valor
predictivo, los astrónomos tenían que calcular la excentricidad
de la órbita, esto es, la distancia que separa el centro de ésta
del centro de la Tierra).
Con los planetas, además, hay que tener en consideración
su movimiento de retrogradación. Para explicarla se introducen
el epiciclo y el deferente. El círculo deferente tiene como centro
la Tierra, y el epiciclo tiene como centro un punto cualquiera del
deferente. Los planetas se mueven circularmente siguiendo el
círculo epicíclico, es decir, giran sobre un epiciclo que a su vez
gira sobre un deferente.
Los planetas también presentan su propia anomalía
zodiacal, ya que recorren el zodíaco con velocidad no constante,
lo que viola el principio de uniformidad de los movimientos. Para
salvar esta anomalía se usa la misma hipótesis que con el Sol:
círculos excéntricos. En este caso, el círculo excéntrico será el
deferente. Aun así, la velocidad angular sigue sin ser constante
en el deferente, por lo cual Ptolomeo se ve obligado a introducir
el ecuante, que es un punto abstracto desde el cual el deferente
se movería a una velocidad angular constante.

-Claudio Ptolomeo

Ptolomeo sistematiza los conocimientos astronómicos


acumulados desde el siglo III a.C mediante el recurso a
epiciclos y excéntricas. Además de sistematizar, realizó
aportaciones fundamentales a la resolución del problema de los
movimientos planetarios.
Para dar explicación de las anomalías planetarias (la
helíaca y la zodiacal), desde épocas previas Apolonio, se usaban
ya combinaciones de epiciclos-deferentes y excéntricas.
Ptolomeo introdujo un procedimiento nuevo, creado por él, el de
los ecuantes.
El ecuante es un punto abstracto respecto en el cual la
velocidad angular del planeta es constante; y se introduce,
precisamente, para salvar el inconveniente de que el centro de
rotación del deferente supusiera una velocidad angular variable,
lo que contradecía el principio de uniformidad.
Esto plantea un problema básico, y es que los movimientos
de los planetas, aun introduciendo el ecuante, siguen
presentando una desigualdad en su velocidad angular, que el
ecuante no consigue solucionar. Una de las preocupaciones que
llevarán a Copérnico, trece siglos después, a cambiar este
sistema, eliminando el ecuante, para restablecer el principio de
uniformidad.

-¿Cosmología ptolemaica?

Astronómicamente hablando, la superioridad de los círculos


ptolemaicos sobre las esferas de Eudoxo es indiscutible. Sin
embargo, desde la perspectiva cosmológica y física,
prácticamente conducen a un callejón sin salida.
Desde el punto de vista matemático puede ser igual
servirse de epiciclos-deferentes concéntricos o de excéntricas,
pero desde la perspectiva física no, ya que el astro en la
realidad no puede seguir simultáneamente dos trayectorias
diferentes.
No hay criterio físico que permita comprender qué es lo que
puede llevar a un cuerpo celeste a mantenerse eternamente
equidistante de un lugar vacío cualquiera.
Entre la astronomía post-aristotélica y la física aristotélica
se producen serios conflictos teóricos. La astronomía obliga a
una revisión de la física y la cosmología imperantes, pero ella la
astronomía carece de consecuencias físicas y cosmológicas
porque su tarea consiste sólo en geometrizar los movimientos
celestes, no en investigar sus causas naturales. Las hipótesis
geométricas se formularon solo teniendo en cuenta los
principios platónicos de circularidad y uniformidad, pero sin
tener en cuenta los principios físicos aristotélicos.
Al no tener una teoría propia al respecto, aceptaron en
general la teoría física aristotélica. Ptolomeo defiende un
cosmos esencialmente aristotélico, llegando a ofrecer
argumentos propios para defenderlo (Ptolomeo afirma la
inmovilidad de la Tierra ofreciendo el argumento de que si se
moviera, los graves no caerían vertical, sino transversalmente).
Estos argumentos parten de una física aristotélica, para la
cual, si la Tierra se moviese, dicho movimiento debería ser
perceptible. Copérnico deberá desmontar estos argumentos,
pero aun sin salir del marco del aristotelismo. Habrá que
esperar a Galileo y su principio de inercia para poder superar de
manera efectiva tanto la cosmología como la física
aristotélicas.
Ptolomeo, al plantear su cosmología, combinará las esferas
tradicionales con los epiciclos y excéntricas, introduciendo
esferas huecas dentro de las cuales se mueve el planeta (41
esferas). Aunque rechaza la existencia de un primer motor: cada
planeta, con su conjunto de esferas, forma un todo
independiente, siendo el propio planeta la fuente de su
movimiento gracias a la fuerza vital que reside en él.
Ptolomeo consiguió sistematizar y perfeccionar la más
exacta teoría astronómica que se formuló en muchos siglos,
pero no logró restablecer la unidad de la imagen física del
cosmos que Aristóteles persiguió con tanto afán.

2. EL COSMOS COPERNICANO
2. 1. DE PTOLOMEO A COPÉRNICO

Trece siglos median entre ambos. Profundas


transformaciones políticas acontecen (caída del imperio
Romano de Occidente) pero la astronomía no avanza demasiado.
Lejos de avanzar, en algunos casos se volvió a concepciones
primitivas del universo que ya los griegos del siglo V a.C habían
superado.
La recuperación del saber griego obligó a los cristianos a
enfrentarse a una astronomía (Ptolomeo) y a una cosmología
(Aristóteles) dignas de tal nombre. En el nuevo horizonte
intelectual no solo se tenían que armonizar los puntos de vista
de astrónomos y cosmólogos, sino que además había que pasar
las tesis griegas sobre el mundo por el filtro del pensamiento
cristiano.
La cristianización del pensamiento aristotélico jugó un
papel decisivo en la cultura europea al facilitar la aceptación de
un sistema físico y cosmológico cuya superioridad era
manifiesta.
A partir del siglo XIII, la cosmología dominante es
aristotélica. Esto quiere decir que para la mentalidad de los
últimos siglos de la Edad Media, el cosmos es concebido como
esférico, geocéntrico, único, con las estrellas y planetas
alojados en esferas concéntricas. Se mantiene la distinción
entre un mundo sublunar y uno supralunar.
Sin embargo, en astronomía los datos observacionales
planteaban contradicciones con ese modelo cosmológico, que
no podía explicar las variaciones de brillo o diámetro en los
planetas. Así, en cuestiones celestes se podía tener, o bien una
descripción y predicción matemáticas, o bien una comprensión
y explicación cosmológica, pero no ambas cosas a la vez.
El cambio en la astronomía acontece en el siglo XV por
varias razones: la Iglesia necesitaba una reforma en el
calendario juliano (lo cual exigía la reforma misma de la
astronomía), y los navegantes (descubrimiento de América)
precisaban mapas terrestres y celestes , lo cual requería
perfeccionar las tablas astronómicas.
Copérnico tendrá que enfrentarse a este dilema, y
reformará la astronomía para acabar con este conflicto, aunque
lo hará dentro del marco de la cosmología aristotélica.

-Copérnico y la reforma de la astronomía


Cuando previamente se habían salvado las apariencias
irregulares de los planetas, se había hecho tomando la Tierra
como sistema en reposo en el centro del mundo. Elegir el Sol
como centro, como hizo Copérnico, implicaba rehacer de
principio a fin el edificio erigido por Ptolomeo.
Copérnico considera necesario superar el sistema
ptolemaico para evitar los ecuantes en la interpretación de los
movimientos celestes, porque los ecuantes no se corresponden
con la razón, pues violan el principio de uniformidad de los
movimientos. Copérnico, de fuerte influencia platónica, no
aceptará un planteamiento que no se adecue a principios de
razón y orden.
Siendo platónico, tratará de dar cuenta de los movimientos
aparentes de los planetas de modo que ponga al descubierto el
orden inteligible que subyace en el cosmos. En el camino,
renunciará al reposo de la Tierra y a su posición central,
afirmará que no hay un único centro de rotación, que el Sol está
en el centro del mundo, y planteará ciertos movimientos
(rotación de las estrellas, anual y diario del sol, retrogradación
de los planetas) como derivados de los dos movimientos de la
Tierra (rotación y traslación). Una vez establecidos estos
postulados, trata de encontrar el movimiento uniforme de los
planetas escondido tras las apariencias.
Copérnico sostendrá la firma convicción (de influencia
platónica y pitagórica) de que la estructura subyacente al
mundo es matemática. Las cosas sensibles se mueven según
las propiedades de orden, armonía, simetría y simplicidad. Se da
una necesidad de que los movimientos puedan ser explicados
de manera racional tras haber superado (entendido) las
apariencias.

-De Revolutionibus

Aquí Copérnico ofrece un argumento que tiene que ver con


la reforma del calendario: debe determinar la duración exacta
del año trópico (tiempo que transcurre entre dos pasos del Sol
por el mismo punto equinoccial). Indica el comienzo y final de
las estaciones. La Iglesia estaba interesada en esto para la
fijación de Pascua y otras liturgias importantes. El hecho de que
la reforma copernicana sirviera a la reforma del calendario hizo
más aceptables sus inconvenientes teóricos.
Copérnico no acepta las esferas homocéntricas, porque no
se ajustan a datos observacionales como las diferencias de
brillo y tamaño de los planetas. No acepta tampoco los círculos
excéntricos, porque violan el principio de uniformidad del
movimiento; asimismo, la teoría ptolemaica no funciona como
un todo, sino que son una colección de herramientas de
cómputo enlazadas entre sí pero sin estructura unitaria, y
desligada de una cosmología adecuada.
El conflicto astronomía-cosmología dejó en Copérnico la
convicción de que toda astronomía geométrica debe coincidir
en sus conclusiones y premisas con las tesis básicas de la
cosmología y de la física (en aquel entonces, inevitablemente
aristotélicas).
En resumen: son tres las razones de su reforma: 1, reforma
del calendario; 2, respetar los principios de la razón; y 3,
conciliar astronomía y cosmología.

2. 2. ¿SE PUEDE MOVER LA TIERRA? ARGUMENTOS FÍSICOS


EN DEFENSA DE LA MOVILIDAD TERRESTRE

La respuesta a esta pregunta obedece a una pretensión


cosmológica, pues los cálculos astronómicos pueden realizarse
sin establecer si lo que se mueve es la Tierra o es todo lo
demás.
Pero (y esta opinión es compartida por Copérnico y
Ptolomeo), a partir de la observación de lo que ocurre fuera de
la Tierra, no es posible deducir su estado de movimiento o de
reposo. Denominaremos a esto principio óptico de relatividad: lo
único que cabe determinar es el cambio de posición aparente
entre la Tierra y los cuerpos celestes, pero no la causa del
cambio. En términos astronómicos, pues, no puede
especificarse qué reposa y qué se mueve.
Para escapar de la incertidumbre hay que observar lo que
sucede en la Tierra, hay que indagar los cuerpos terrestres en
su desplazamiento sobre la superficie de la Tierra. Para
Aristóteles y Ptolomeo hacer esto significaba evidenciar el
reposo de la Tierra. Los argumentos de ambos se reducen al
siguiente silogismo:

1. Si la Tierra se moviera, se producirían ciertos efectos


perceptibles derivados del movimiento terrestre.
2. Es así que no se aprecian tales efectos en los cuerpos
que se mueven en ella (graves, proyectiles, nubes, pájaros, etc).
3. Luego la Tierra no se mueve.

Cuando Copérnico trate de defender el movimiento


terrestre, tendrá que contraargumentar las objeciones físicas en
contra del movimiento de la Tierra planteadas desde la
Antigüedad.

-Argumentos físicos de los antiguos contra el movimiento


de la Tierra

Primer argumento. Según la física aristotélica, la tierra es


el elemento pesado por excelencia. La pesantez significa
tendencia intrínseca de los elementos que la poseen a dirigirse
al centro del mundo. Luego la Tierra debería conservarse
inmóvil en el centro del mundo como consecuencia de su peso.
Segundo argumento. Según la física aristotélica, a cada
clase de materia solo le corresponde un tipo de movimiento
simple (descendente, ascendente o en círculo), lo que descarta
la posibilidad de combinar movimientos. Así, si la Tierra se
mueve, las cosas no podrán moverse con ella porque eso
supondría componer su movimiento natural con el movimiento
de la Tierra.
Tercer argumento. Sostenido por Ptolomeo y Aristóteles,
dice que si la Tierra tuviera un movimiento diario de rotación,
sería tan violento y rápido que arrojaría fuera de ella a todo lo
que hay en su superficie, y se desintegraría ella misma.
Cuarto argumento. En una Tierra en movimiento las cosas
no podrían caer como de hecho lo hacen, esto es,
perpendicularmente al punto de la superficie terrestre situado
justo debajo. Pues, mientras caen, dicho punto o lugar se habría
desplazado.
Quinto argumento. Si fueramos habitantes de una Tierra en
rotación hacia el este, deberíamos observar que las cosas que
flotan en el aire (nubes, pájaros) deberían dirigirse siempre
hacia el oeste, pues la velocidad de rotación sería mayor que su
velocidad propia. No observamos tal cosa, luego la Tierra no se
mueve.

La respuesta no será fácil, pues Copérnico deberá usar aún


concepciones aristotélicas para dar respuesta a las objeciones.
Como la transformación de la física no tendrá lugar hasta un
siglo después, lo único que hallamos en Copérnico son hipótesis
ad hoc introducidas, en el marco físico heredado, a fin de salvar
su propia teoría astronómica.

-Respuestas de Copérnico a las objeciones


Respuesta al primer argumento. Cambiará el paradigma
bajo el cual los antiguos llegan a la conclusión de que la Tierra
no se mueve: dirá Copérnico que el centro de gravedad de los
elementos terrestres es el centro de la Tierra, que no coincide
con el centro de la esfera celeste.
Copérnico sigue concibiendo la gravedad como una
tendencia intrínseca de los cuerpos, y no como la consecuencia
de la acción de unos sobre otros. Lo que hace es multiplicar los
centros de gravedad, de este modo se anula la objeción, pero no
deja de ser un argumento ad hoc. Para ello, además, debe
cambiar la definición tradicional de gravedad, que ahora es "la
tendencia de todo cuerpo a preservar la forma esférica".
Respuesta al tercer argumento. Copérnico dice que si la
Tierra se mueve lo hará con movimiento natural, no violento. Y
un movimiento natural no puede desencadenar procesos que
atenten contra el buen orden del mundo. La Naturaleza nunca
actúa en contra de sí misma.
Respuesta a los argumentos 2, 4 y 5. Para los antiguos si la
Tierra se moviera deberíamos observar evidencias perceptibles.
Copérnico contraargumenta esta objeción planteando como
posible la composición de movimientos. Para Copérnico, todo lo
que está en la Tierra, ya esté en contacto o no, comparte el
movimiento terrestre. Pero para los objetos aéreos, ¿cuál es la
fuerza que los mueve, si no están en contacto con la Tierra? Los
mueve el aire, porque el aire participa de la misma naturaleza
que la Tierra, por estar él mismo mezclado con materia terrestre
y acuosa.

En resumen, el supuesto movimiento de la Tierra no ha de


producir efectos perceptibles en las cosas que se mueven con
ella. La razón estriba en que todo comparte su movimiento
natural. Pese a que la argumentación altera supuestos básicos
aristotélicos, seguimos instalados en la física de los
movimientos naturales. Solo la posterior física inercial será
capaz de responder al desafío intelectual que representa la
hipótesis de una Tierra móvil.

-Interpretación de las apariencias celestes en términos


heliocéntricos. La astronomía copernicana

Copérnico intenta mostrar que los datos observables de los


cuerpos celestes pueden ser descritos y predichos en el marco
de una astronomía heliocéntrica, con un grado de precisión no
inferior al de Ptolomeo.
Copérnico no modifica el modelo básico de universo
construido unos veinte siglos antes y que Kuhn bautizó como
"universo de las dos esferas". Poco ha cambiado respecto del
cosmos griego finito, esférico, único, ordenado.
Usa las mismas herramientas que los ptolemaicos: círculos
epicíclicos, deferentes, excéntricos; su presencia es necesaria
mientras se siga suponiendo la circularidad de las órbitas. Lo
que evita es el uso de ecuantes.
Copérnico está persuadido del antiguo principio según el
cual "el movimiento de los cuerpos celestes es uniforme,
circular y perpetuo o compuesto de movimientos circulares".
Sus conceptos astronómicos, físicos y cosmológicos son
heredados de platónicos, aristotélicos y ptolemaicos. No
obstante, todo cambia al introducir la arriesgada hipótesis del
movimiento de la Tierra.
Al introducir esta hipótesis, muchos de los movimientos
antes considerados ahora serán consecuencia del movimiento
terrestre. Entre estos movimientos están: movimiento diurno de
las estrellas hacia el oeste, movimiento diurno y anual del Sol,
movimiento diurno de la Luna y los planetas, y movimiento de
retrogradación de los planetas. Solo dos se mantendrán: el
movimiento mensual de la Luna alrededor de la Tierra, y el
movimiento orbital de los planetas alrededor del Sol.
Copérnico fija un triple movimiento para la Tierra:

El primero es un movimiento de rotación diaria sobre su eje.


Esto implica la inmovilidad de la esfera del cosmos, que ya no
juega ningún papel mecánico. Esto implica que su papel ya no
es importante, por lo que autores posteriores se plantearán su
eliminación abriendo la posibilidad de un espacio infinito.
El segundo es un movimiento anual de traslación alrededor
del centro (el centro no es el Sol, puesto que las órbitas son
excéntricas). Este movimiento convierte a la Tierra en un
planeta. El Sol es privado ahora de su movimiento anual. Esto
implica que las observaciones celestes ya no se realizan desde
una plataforma en reposo ni desde el lugar central.
El tercero es un movimiento de rotación anual del eje
terrestre. Copérnico entiende que se produce una ligera
variación de la dirección del eje de la Tierra, responsable de la
precesión equinocial.

Queda por considerar el movimiento de retrogradación de


los planetas. En un modelo heliocéntrico, los movimientos de
retrogradación desaparecen de manera sencilla. Si la Tierra
posee un movimiento orbital propio, en su traslación unas veces
será adelantada por los planetas inferiores y otras adelantará a
los planetas superiores. Cuando esto sucede, un observador
terrestre contemplará el fenómeno como si el planeta hubiera
retrocedido en su órbita.

Copérnico entendió la astronomía como un conjunto de


postulados, no simplemente útiles para calcular los
movimientos planetarios, sino susceptibles de ser verdaderos o
falsos. Defendía una concepción realista de esa disciplina, y no
meramente instrumentalista (como sí lo hizo Ptolomeo).
Las razones que Copérnico invoca en favor de la
descripción heliocéntrica del cosmos no constituyen pruebas
que demuestren su verdad, sino que son indicios con capacidad
de persuasión, que no pueden desvincularse de ciertos criterios
de carácter estético.
Sin embargo, es de mucha fuerza argumental el hecho de
que poniendo a la Tierra en movimiento, se pueda dar cuenta de
los movimientos celestes de manera sencilla, pues muchos de
ellos desaparecen y el de retrogradación se explica sin
necesidad de tantas complicaciones.

3. GALILEO

La obra de Galileo "Diálogos sobre los dos máximos


sistemas del mundo ptolemaico y copernicano" está dividida en
cuatro jornadas, a lo largo de las cuales se establece un diálogo
sobre las razones a favor o en contra de los dos grandes
sistemas astronómicos, el geocéntrico de los aristotélico-
ptolemaicos y el heliocéntrico de Copérnico. El tema a debate,
por tanto, es el del movimiento de la Tierra, así como la
consiguiente posición no central de esta.
En la Segunda Jornada (parte) de sus diálogos, Galileo trata
de responder a las objeciones físicas, y no astronómicas. En
esta parte del diálogo no se pretendía saber si la hipótesis del
movimiento terrestre permite explicar y predecir mejor las
apariencias terrestres, sino debatir si dicha hipótesis es
compatible con lo que percibimos, nosotros sus habitantes,
sobre la superficie de la Tierra.
La cuestión es muy sencilla: Si la esfera terrestre se
moviera, como planteó Copérnico, ¿no debería dicho movimiento
ser perceptible? ¿Es posible que giremos a altísima velocidad,
tanto alrededor del eje de nuestra esfera como en torno al Sol y
no lo notemos? ¿Acaso no tiene todo movimiento efectos
perceptibles? Pongamos algunos ejemplos muy populares
durante siglos y vigentes todavía en la época de Copérnico:

1. En una Tierra en reposo, los graves han de caer


verticalmente. Pero en una Tierra en movimiento, mientras el
grave desciende, la superficie terrestre se ha movido hacia el
este, luego el observador terrestre debería ver caer el grave, no
vertical, sino transversalmente. Como lo ve caer verticalmente,
la Tierra no se mueve.
2. Esto mismo se plantea con respecto de proyectiles
lanzados a un blanco de tiro.
3. En una Tierra en movimiento deberíamos experimentar un
fuerte viento de cara.
4. Ningún observador terrestre podría contemplar nunca el
vuelo de los pájaros o el desplazamiento de las nubes hacia el
oeste, puesto que la Tierra los adelantaría siempre en su veloz
giro hacia el este.

Todos estos argumentos tienen un común denominador: el


movimiento de la Tierra debería ser un movimiento operativo y
afectar a cuanto se halla en ella, porque todo movimiento lo es,
o sea, produce efectos que se dejan percibir. La ausencia de
tales efectos perceptibles es prueba inequívoca de la carencia
de dicho movimiento. Los argumentos se enmarcan, por tanto,
en el contexto de una determinada teoría física acerca del
movimiento: la aristotélico-escolástica, conocida como teoría
de los movimientos naturales.
El supuesto implícito en los cuatro ejemplos mencionados
es la imposibilidad de que los móviles se desplacen
conjuntamente con la tierra cuando viajan por el aire, es decir,
cuando no están en contacto con ella; pues, en efecto, si
compartieran su movimiento circular hacia el este, entonces
todo sucedería igual que en una Tierra en reposo.
El problema es que en el marco de la física aristotélico-
escolástica ningún móvil podía tener dos movimientos (el
vertical rectilíneo descendente propio del cuerpo y el horizontal
circular de acompañamiento a la Tierra en el caso de la caída
de los graves), además de que el horizontal circular resultaba
completamente inexplicable al carecer de causa o motor.
La tarea que Galileo emprende en la Segunda Jornada del
Diálogo es reemplazar la física aristotélica por otra basada en lo
que luego se ha denominado principio de inercia y principio
mecánico de relatividad (él mismo nunca empleó estas
expresiones). Tales principios pondrán de manifiesto que no
todo movimiento es operativo (no todo movimiento produce
efectos que se dejan percibir).
Galileo romperá con la tradicional distinción entre
movimiento y reposo (que en su marco inercial no serán
incompatibles) y distinguirá entre movimiento inercial y
movimiento acelerado, cuya importancia se pondrá
definitivamente de manifiesto en las leyes de Newton. En
definitiva, Galileo no demuestra que la Tierra se mueva, sino que
su movimiento es físicamente posible.

Para Galileo, la pregunta por el movimiento de la Tierra es


decidible: la respuesta es unívoca, o sí o no. La problemática
que plantea Galileo no es tanto que la Tierra se mueve, sino que
la respuesta a la pregunta por su movimiento es decidible.
Esta decidibilidad surge de la observación de los
fenómenos mecánicos que acontecen en su superficie
(fenómenos mecánicos son movimiento de cuerpos en la
superficie terrestre).
Una cosa es lo que sucede dentro de un sistema de
referencia, y otra cosa es lo que sucede en la comparación de
dos sistemas. Dentro de un sistema de referencia el movimiento
no es decidible, porque se da una equivalencia mecánica entre
movimiento y reposo para el movimiento compartido.
Si nos preguntamos si un cuerpo se mueve, ha de ser con
respecto a algo ajeno de su sistema de referencia (todo se
mueve con respecto a algo que no comparta su movimiento), lo
que indica que el movimiento es un puro cambio de relación.
Desde un punto de vista de cambio de relación, no importa si es
la Tierra la que se mueve o el Universo. Este cambio de relación
es por completo ajeno a la naturaleza del móvil, como planteaba
Aristóteles.
Cuando las cosas están en contacto con la superficie
terrestre, las arrastra la Tierra. Pero cuando están en el aire,
¿qué sucede con ellas? ¿De qué manera comparten el
movimiento de la Tierra y los móviles aéreos, si no hay
contacto?
La materia ni tiene reposo natural ni movimiento natural,
porque no es capaz de arrancar por sí misma ni de pararse por
sí misma. Partiendo de esto, si nada la para desde el exterior,
conservará lo que ha recibido. El planteamiento al que conduce
Galileo es el siguiente: cuando un grave cae, tiene que
compartir el movimiento del sistema mecánico al que
pertenece. Al caer, el grave tiene un movimiento rectilíneo
descendente, y un movimiento paralelo a la superficie de la
Tierra. El movimiento vertical es no compartido, y el horizontal
es compartido (por el observador, por la piedra y por la Tierra).
Para el observador terrestre, no hay diferencia en la caída
de un grave de si la Tierra se mueve o si la Tierra es inmóvil. Lo
único que Galileo prueba es que el reposo no se puede probar:
el movimiento de rotación de la Tierra, en tanto que habitantes
de la Tierra, no podemos decidirlo. Ahora bien, desde el punto
de vista astronómico, podrá decidirse una u otra cosa; pero
desde el punto de vista de la Tierra no se puede responder a la
pregunta por el movimiento.
En este marco teórico, la materia es indiferente al
movimiento, y ningún movimiento es "natural" en términos
aristotélicos.
No todo movimiento compartido es equivalente al reposo.
Solo son equivalentes si se dan dos condiciones. El movimiento
compartido es equivalente al reposo si el movimiento es
uniforme; y solo es equivalente si es circular. (Esto dice Galileo,
por tradición y porque le interesaba el mov. de la Tierra, pero
Descartes dirá que la equivalencia se da precisamente en los
rectilíneos).

-Principio Galileano de Relatividad (1632)

-Einstein: Principio Especial de Relatividad (1805), Principio


General de Relatividad (1846)

Galileo: Todos los fenómenos mecánicos suceden de igual


manera en un sistema en reposo que en un sistema con
movimiento uniforme y [rectilíneo]. (Lo de rectilíneo no lo dice
Galileo, pero es lo correcto, lo dirá Descartes). Ambos de estos
sistemas son sistemas inerciales; por tanto, todos los
fenómenos mecánicos suceden de igual manera en un sistema
inercial.
Las leyes mecánicas, se cumplen de la misma manera en un
sistema en reposo que en un sistema en movimiento uniforme y
rectilíneo. Las leyes mecánicas son invariables para todo
sistema inercial. *Einstein e Infeld: "La física, aventura del
pensamiento" o "La evolución de la física" (mismo libro, distinta
traducción del título).
A Galileo no le importan tanto los fenómenos, sino las leyes:
¿son invariables o no? ¿Son iguales en reposo que en
movimiento? Esas son las preguntas que se plantea.
Einstein dice que: Las leyes físicas en su conjunto son
válidas en su conjunto para sistemas inerciales y no inerciales
(esto significa hacer equivalente aceleración y reposo, lo que
conlleva abandonar la métrica euclídea del espacio, y pasar a
un universo tetradimensional).

-Transformaciones en la noción de movimiento galileana


1. Decidible pasa a ser una cuestión mecánica y relacional.
No se decide si algo está en reposo o movimiento sino que se
pregunta respecto del sistema de referencia.
2. Equivalencia mecánica entre movimiento y reposo
subordinada a un sistema.
3. Mismos fenómenos mecánicos tienen lugar
independientemente de la naturaleza del objeto.
4. Sistema mecánico. Movimiento sin causa (Inherente al
sistema) y sin efectos.
5. No todo movimiento compartido es equivalente al reposo
debe darse que sea un movimiento uniforme, Galileo supone que
es el movimiento circular compartido aquel que es equivalente
al reposo será Descartes quien afirmará la tesis para
movimientos rectilíneos.

X. KEPLER

2. Platonismo y Copernicanismo
Las tendencias de Kepler desde sus años de juventud,
estuvieron estrechamente ligadas a dos corrientes muy
diversas: el Platonismo y el Copernicanismo.

Desde la muerte de Copérnico la postura dominante en el


mundo luterano se resume en dos puntos: la consideración del
heliocentrismo como hipótesis matemática sin contenido físico
y la escisión entre la astronomía geométrica, por un lado, y la
cosmología física, por otro. Así pues, Kepler, a sus 25 años,
abandona la universidad con unos importantes conocimientos
de astronomía ptolemaica y copernicana y se declara seguidor
de Copérnico.

Pero antes de ellos, Platón había planteado en el Timeo el


problema de cómo obtener conocimientos verdaderos acerca
del mundo que observamos. De lo que se trata es de establecer
cómo puede hacerse inteligible el ámbito de lo sensible. La
respuesta platónica defiende que lo sensible es inteligible
porque oculta un orden inalterable más allá de los objetos
cambiantes. El orden del mundo sensible es obra de un
demiurgo que ha operado sobre la materia existente y caótica
siguiendo un determinado modelo.

Es imprescindible atender a las cosas y a su modelo


original, es decir, hay que atenerse a los arquetipos. Así, si el
modelo por el que un escultor hace una estatua es un modelo
formal, también lo será el seguido por el Demiurgo en el proceso
de ordenación de la materia.

Así, en sentido platónico, salvar las apariencias celestes


será hacer un esquema teórico de carácter astronómico-
geométrico, capaz de dar cuenta del orden que está contenido
bajo los confusos movimientos planetarios.

El Demiurgo ordenador de Platón se ha convertido en un


dios creador, y el Superior del Mundo de las Ideas se transforma
en el Mundo de las Ideas Ejemplares en Dios.

En la tradición pitagórico-platónica en la que se sitúa


Kepler, esa idea del Mundo, es de características geométricas, o
sea, que tras los hechos observables hay ciertas armonías
matemáticas que es posible desvelar y que nos proporcionan la
causa formal de por qué los hechos son como son.

El conocimiento de la naturaleza puede alcanzarse a


través de las leyes cuantitativas a las que obedece. Números y
magnitudes están en la mente y están en las cosas. Por eso la
vía obligada de acceso es la matemática y las teorías que
enuncian las relaciones invariantes entre los fenómenos son
verdaderas.

La astronomía tiene como fin mostrar las causas reales


por las que las cosas ocurren en los cielos de la manera que
ocurren. Así, el astrónomo tendrá como tarea descubrir las
leyes que rigen los movimientos celestes. Para ello:
1.- debe atenerse estrictamente a las observaciones, que
han de ser lo más exactas y completas posibles.
2.- el astrónomo ha de formular hipótesis capaces de dar
cuenta de lo que se ve
3.- es una exigencia construir teorías que sean físicamente
verdaderas.
3. Órbitas planetarias y poliedros regulares
Kepler se propone probar con nuevos argumentos la
verdad del sistema copernicano. Para él, el cosmos tiene que
mostrar su secreto. Así, probar esa verdad será poner al
descubierto las causas o razones arquetípicas que determinan
que los hechos sean lo que son. Así Kepler plantea esto en tres
obras de tres periodos diferentes:
- “el Secreto del Universo”
- “Astronomia Nova”
- “La Armonía del mundo”

La primera contiene el secreto del universo en lo que


respecta a la causa formal de la proporción de número y
magnitud de las esferas planetarias y de sus movimientos
periódicos. Esto se demostrará por medio de (ciertos cuerpos
geométricos): los cinco sólidos regulares. Así Kepler se plantea:
a) ¿por qué los planetas son 6?  de entre las clases de
cuerpos que componen el Universo, las estrellas
parecen incontables y los planetas aparecen en un
número muy reducido.
b) ¿por qué las distintas medidas del sol son las que son?
 la teoría copernicana permitía medir el tamaño de las
órbitas planetarias y, por tanto, sus distancias relativas.
c) ¿por qué la proporción o disposición de los planetas es
la que conocemos y no otra?  las esferas planetarias
se distribuyen con relación a la esfera cósmica; y esa
distribución es la que hay que comprender. Copérnico
ha establecido el orden de esas esferas, incluyendo la
de la Tierra, que ocupa su posición entre Venus y Marte.

Kepler atañe dos presupuestos:


- ninguna cosa ordenada ocurre por casualidad
- Dios siempre geometrías

Kepler consideró primero la posibilidad de intercalar


diversas figuras geométricas entre los orbes planetarios, pero
no resultó bien, por eso propone el uso de cuerpos sólidos,
fijándose en los poliedros regulares.

Entre los seis cuerpos hay cinco huecos, por tanto, si


estos espacios hubieran sido establecidos en función de los
sólidos regulares, esto implicaría que el número de planetas
tiene que ser necesariamente seis y que sus distancias
relativas y tamaño de las órbitas estarían en función de las
características de dichos poliedros. Por esto Kepler estipuló:
- a partir de un sol inmóvil en el centro, después se sitúa:
a) la orbita de Mercurio inscrita en un octaedro
b) la esfera de Venus circunscribe al octaedro y se
inscribe en un icosaedro
c) la esfera de la Tierra circunscribe al icosaedro y
se inscribe en un dodecaedro
d) la esfera de Marte circunscribe al dodecaedro y se
inscribe en un tetraedro
e) la esfera de Júpiter circunscribe al tetraedro y se
inscribe en un cubo
f) la esfera de Saturno circunscribe al cubo

Así tenemos poliedros dentro de esferas y esferas dentro


de poliedros ordenados, que fijan el tamaño que tiene que tener
cada una de las esferas planetarias y sus distancias mutuas y
con respecto al Sol.

Así concluye Kepler que todo está en armonía con todo, y


por eso la correspondencia entre los valores predichos por la
hipótesis y los obtenidos empíricamente para la distancia media
de los planetas, en algún caso era prácticamente total.

Pero la conformidad entre unos valores y otros no era


completa, por eso tendría que considerar la necesidad de
revisar todos los datos aceptados por Copérnico a propósito de
las distancias planetarias.

Copérnico había medido las distancias máximas y mínimas


de todos los planetas con respecto a un punto geométrico
próximo a él, que era el centro de la órbita terrestre. Kepler
opina que en un sistema heliocéntrico, el centro de la órbita
terrestre no tiene que tener papel, ya que el movimiento de
todos los cuerpos celestes debería establecerse tomando como
referencia el cuerpo del Sol.
En el paso siguiente tendría que calcular de nuevo las
órbitas excéntricas de los seis planetas en relación con el Sol
real. El final de esto es que los datos que obtuvo no eran muy
diferentes de los establecidos por Copérnico. Pero esto resultó:
- la reflexión sobre el modo como debe procederse en la
construcción de la ciencia, dando lugar así a lo que hoy
conocemos como “margen de error”.
- Lo importante que es disponer de datos observables
fiables
- Concluir la necesidad de referir los movimientos
celestes al Sol real y no al Sol medio. Es decir, que por
primera vez hace del Sol el centro de los movimientos.

4. De la Astronomia geométrica a la física celeste


En esa primera obra va a preguntarse también por los
movimientos. Pretende averiguar si existe una proporcionalidad
entre las distancias y las velocidades de los planetas o también
entre las distancias y los tiempos de revolución.

Se plantea que cuanto más alejado está un planeta del


centro, mayor es el tamaño de su órbita y también el periodo
orbital empleado en recorrerla. Así, si la velocidad fuera en
todos los casos la misma, los tiempos de revolución serian
proporcionales a las distancias. Pero esto no es así, por tanto
las velocidades son distintas. Así pues a mayor alejamiento del
centro menor velocidad. Así buscará una explicación en el
motor capaz de mantener a los planetas en movimiento.

La explicación tradicional habla de un motor Inmóvil como


causa primera del movimiento de la esfera de las estrellas, que
se transmite al resto de las esferas planetarias. También se
introducen motores propios a ellas, que suelen ser Almas. Pues
Kepler defiende una única alma responsable de los movimientos
planetarios, ubicada en el centro del mundo, o sea, en el cuerpo
del Sol.

La velocidad decrece con la distancia a causa del


debilitamiento de la acción motriz que emana del alma del Sol. A
mayor alejamiento del centro, mayor tamaño de la orbita, lo cual
quiere decir que la distancia del Sol juega un doble papel, por
eso los tiempos de revolución no son proporcionales a las
distancias.

5. La Tierra se mueve, aunque no uniformemente


En su libro “Astronomia Nova”, especifica que la
astronomía es asimilada a la física celeste, rompiendo así una
tradición que ha analizado los movimientos celestes sin
intervención de las causas que los producen. Así Kepler va a
plantear de manera conjunta el estudio de leyes y de causas,
porque lo que importa es saber cómo y por qué se mueven los
cuerpos celestes.
Su objetivo es poder predecir con exactitud la posición del
planeta en diferentes momentos de su periodo orbital. Para ello
parte de lo expuesto en su obra anterior sobre las causas
físicas de los movimientos. Para ello sigue dos pasos:
1.- demostrar que el plano de todas las excéntricas
intersecan en el centro mismo del cuerpo del Sol, y no en
un punto próximo como hacia Copérnico.
2.- si la velocidad de los planetas ha de decrecer con la
distancia debido al debilitamiento de la acción motriz que
emana del Sol, debería aplicarse a cada planeta
individualmente. Esto querría decir que la velocidad de los
planetas NO es uniforme.
La Tierra no puede quedar fuera de este planteamiento, ya
que si la hipótesis dinámica es correcta, el mismo esquema
tendría que aplicarse a todos los cuerpos que giran alrededor
del Sol. Si la Tierra realmente está en movimiento, hay que tener
en cuenta dicho movimiento, puesto que lo que vemos es el
resultado del desplazamiento conjunto de observador y
observado.

Hay que conocer el modo en que la Tierra se traslada


alrededor del Sol; para ello precisamos de las estrellas fijas.
Pero Kepler supone que necesita un tercer cuerpo que estuviera
más alejado del Sol que la Propia Tierra, que permaneciera fijo.
El problema es que ningún planeta está inmóvil. Así que eligió
Marte como cuerpo auxiliar y tomó dos momentos en los que
invariablemente está en la misma posición con respecto al Sol,
cosa que ocurre cada 687 días.

El periodo orbital de la Tierra es inferior al de Marte, por


tanto, a las mismas posiciones de Marte en su órbita
corresponden posiciones diferentes de la tierra en la suya. Así,
como tres puntos definen un círculo, tres lugares ocupados por
la Tierra respecto del Sol determinan su orbita circular. Dicha
órbita es excéntrica, por tanto el Sol no está en el centro
geométrico de la curva descrita por la Tierra. Por ser
excéntrica, la uniformidad se establece en relación a ese punto,
no al centro del Sol; eso quiere decir que la uniformidad del
movimiento tendría que establecerse por referencia a un tercer
punto elegido por el astrónomo: el punto ecuante.

6. Sobre fuerzas y almas


Kepler decide estudiar el movimiento orbital de la Tierra,
convencido de que podía ayudar en el conocimiento de los
demás movimientos planetarios. Para lograr este objetivo
mantuvo el esquema de órbita circular excéntrica y ecuante que
había utilizado, esto implicaba aceptar que tampoco la Tierra se
movía con velocidad orbital uniforme en torno a su propio
centro.

En “El Secreto del Universo”, había sustituido la pluralidad


de almas o inteligencias planetarias por un alma motriz única,
localizada en el cuerpo de este astro. Ahora, en “Astronomia
Nova”, opta por reemplazar el alma motriz por la noción de
fuerza motriz.

Kepler introduce la idea de acción externa ejercida por el


Sol sobre los planetas, poniendo así en cuestión la distinción
entre movimiento natural y movimiento violento.

Negará que la materia celeste se define por su impotencia


natural para moverse, es decir, por su incapacidad para
abandonar por sí misma el lugar que ocupa. Para designar esta
incapacidad, usa el término INERCIA, pero no en nuestro mismo
sentido; sino que afirma la perseverancia de todo cuerpo en el
estado de reposo. Esto indica que en Kepler, la fuerza motriz es
proporcional a la velocidad, debiendo vencer la pereza natural
de los cuerpos al movimiento o inercia.

Kepler elimina los movimientos naturales, pero NO


introduce los movimientos inerciales; sino que habla de
pasividad de la materia, pero la identifica con la tendencia al
reposo y NO con la conservación del estado mecánico. Así, la
fuerza motriz en Kepler decrece con la distancia simple y no
con su cuadrado.

El Sol se comporta como un imán que gira sobre su eje. A


consecuencia de su movimiento de rotación, se producen
ciertos radios de fuerza magnética tirados desde el Sol a los
planetas, obligándolos a desplazarse en círculo. La fuerza del
Sol NO es de atracción, sino que impulsa a éstos a lo largo de
sus órbitas y determina la dirección de sus movimientos.

El hecho es que la fuerza única que emana del Sol, no es


capaz de acercar o alejar a los planetas. Kepler cree necesario
concluir que son ellos mismos los responsables de la variación
de la distancia, gracias a su alma motriz.

7. Primera y Segunda Ley de los movimientos planetarios


Los resultados que ha obtenido, llevan a Kepler a
considerar:
1.- que los planetas se desplazan siguiendo órbitas
circulares excéntricas en torno al Sol
2.- que la velocidad con la que recorren esas órbitas
es variable
3.- que dicha velocidad depende de la fuerza
magnética que emana del Sol
4.- se hace intervenir la velocidad, la fuerza, la
distancia y la inercia, además de la circularidad de
las órbitas

Así, habrá que investigar si en todos los puntos de la orbita


la velocidad es proporcional a la distancia. Para ello tiene que
intervenir el tiempo y su relación con el espacio.

Cuando disminuye la velocidad con la distancia al Sol, el


tiempo empleado en recorrer un segmento de arco de la órbita
aumentará. Para un arco tan pequeño de la órbita, el tiempo que
la Tierra empleará en recorrerlo será proporcional a la longitud
de la línea magnética que une ésta con el Sol. Así la duración
del intervalo temporal puede determinarse a partir de la suma
de las longitudes de las diferentes líneas comprendidas entre
los dos puntos extremos del segmento de arco. El problema es
que, aunque el segmento sea muy pequeño, el número de líneas
es infinito.

Para calcular ha de seguir un método: suma de longitudes


y áreas. Busca así la relación entre la superficie contenida
dentro del perímetro formado por las líneas del Sol al planeta,
con dos puntos distintos de su órbita y el tiempo empleado en
recorrer el segmento de arco correspondiente. Se concluye que
las superficies son proporcionales a los tiempos . Esta es la
Segunda Ley de Kepler.

Supone la definitiva abolición de uno de los dos principios


platónicos que durante veinte siglos han presidido el estudio del
Cielo. Se afirma ahora que, en tiempos iguales, el radio vector
que une el planeta con el Sol no barre ángulos iguales sino
áreas iguales. Se abandona así el principio de uniformidad.
Kepler establece la nueva relación entre tiempos y áreas
en el contexto de sus investigaciones sobre la órbita de la
Tierra. Así, partiendo de dos falsas premisas (una heredada de
la tradición  circularidad de las órbitas; y otra establecida por
él  relación entre fuerzas y distancia), logró formular la Ley de
las Áreas; la cual sólo se cumple para órbitas elípticas. La
aplicación de esta ley arroja un error de 8 minutos en la
determinación de las posiciones del Sol.
Así pues, Kepler tiene que adoptar una decisión: o
mantiene la órbita circular y revisa la ley de las áreas, o
mantiene esa ley y afirma que la forma de la órbita no es un
círculo, es decir, las órbitas tienen la amplitud de un circulo en
el perihelio y en el afelio se repliega hacia dentro, por tanto la
órbita es un círculo.

Habría que determinar el área de la órbita, ya que se


supone equivalente a la suma de distancias y también a los
tiempos.

Considera entonces las órbitas como elipses, su acceso a


ellas es fortuito y teórico. Así acabará por llegar a la Primera
Ley: la orbita de los planetas es elíptica y el Sol ocupa uno de
sus dos focos. Así resulta que en tiempos iguales, las áreas
elípticas barridas por la línea que une al planeta con el Sol son
iguales.

8. La Tercera Ley de Kepler


Kepler aspira a apoderarse del secreto que encierra la
relación entre las distancias y las velocidades de los planetas
entre sí. La pregunta es ¿existe alguna fórmula que ligue los
tiempos de revolución de los planetas con el tamaño de sus
órbitas y con sus distancias al Sol?  La respuesta es la
Tercera Ley de Kepler, según ella los cuadrados de los periodos
orbitales de los planetas son proporcionales a los cubos de sus
distancias medias al Sol.

El marco general en que se produjo este hallazgo es en un


mundo en el que las velocidades angulares y las posiciones con
respecto al Sol cambian constantemente, las armonías
presentes en el plan del Creador no pueden ser de carácter
geométrico.
Así pues, supongamos con Kepler que fuera posible hacer
corresponder velocidades angulares y número de vibraciones,
de modo tal que una alta velocidad diera cuenta de un tono
agudo y una baja velocidad de un tono grave. Resultaría que si
la velocidad angular de cada planeta varia en cada punto de la
orbita constantemente, también se modificaran los tonos
correspondientes. En el afelio el planeta adquiere velocidad
menor, en el perihelio lo contrario. La distancia de ambos
puntos depende de la excentricidad de la orbita.

Kepler cree haber hallado la razón última que hace


inteligible la variación de las velocidades y la excentricidad de
las órbitas. Se trata de la música de los planetas y el
compositor no puede ser otro que Dios, que concibe un Universo
donde reina la armonía matemática y musical.

4. LA GRAN MAQUINARIA DEL MUNDO

4. 1. HELIOCENTRISMO, ATOMISMO Y MECANICISMO

Si, tal y como postuló Copérnico, el Sol ocupa la posición


central y la Tierra se mueve, es imprescindible crear y
fundamentar una física nueva compatible con estos supuestos,
puesto que la aristotélico-escolástica no lo es.
Esta necesidad nos conducirá a dos grandes concepciones
mecánicas: la de Descartes y la de Newton. En el desarrollo de
esta "alternativa" tendrá especial relevancia la confluencia del
heliocentrismo y del atomismo mecanicista.

-Las observaciones celestes, el espacio vacío y los átomos

Son relevantes las nuevas problemáticas que planteó el uso


del telescopio. Se cuestionó la existencia de la esfera de
estrellas (había cambios en el brillo de estrellas, lo que suponía
diferencia de distancias), y con ello, se puso en cuestión la
equidistancia de los cuerpos celestes. Brahe observó con su
telescopio que los cometas realmente se movían más allá de la
Luna, lo que anulaba la posible existencia de esferas orbitales
sólidas.
En definitiva, desde la segunda mitad del siglo XVI, y sobre
todo desde la invención del telescopio, fueron apareciendo
datos observacionales que introdujeron dudas razonables sobre
la verosimilitud del modelo cosmológico heredado de los
griegos. Los soportes materiales de estrellas y planetas dejaron
de ser consistentes, y solo parecían observarse astros en un
espacio interestelar vacío e infinito. Con la pérdida de sentido
de estos principios básicos, el aristotelismo se derrumba.
El atomismo es radicalmente contrario al aristotelismo,
pues plantea una materia sin diferencias cualitativas o
movimientos teleológicos. En Grecia, será más aceptada la
teoría aristotélica, pero en el siglo XVI y posteriores, el
atomismo era compatible con la tesis de la infinitud del
universo y la pluralidad de los mundos sugerida por el
heliocentrismo. Así, heliocentrismo y atomismo comienzan a
cruzar sus caminos en la transición del siglo XVI al XVII.

-El resurgimiento del atomismo

Durante la Edad Media, el atomismo desapareció (salvo


puntualmente en alquimia y química), y tanto heliocentrismo
como atomismo representaron dos corrientes de pensamiento
profundamente heterodoxas para filósofos escolásticos y
teólogos, pues planteaban radicales confrontaciones a dogmas
de la Biblia o a la eucaristía.
A finales del siglo XVI y principios del XVII, sin embargo, el
atomismo era una teoría bastante difundida (Bruno, Gassendi y
Galileo, entre otros), ligada a una concepción mecanicista de la
naturaleza que alcanzará su máximo exponente en Newton.

-Animismo, mecanicismo y teoría corpuscular

Un animista defenderá que la capacidad de iniciar


movimiento es propia y exclusiva de los seres animados, es
decir, los dotados de anima, entendiendo por tal un principio de
acción no material. Los animistas tienden a hacer borrosa la
frontera entre lo que está vivo y lo que no: todo lo natural está
animado. La explicación animista hace intervenir dos ámbitos
de distinta naturaleza: el de los cuerpos, cuyo movimiento es
observable, y el de las causas de movimiento, que están ocultas
a los sentidos.
La pregunta es ¿por este camino, empírico y metaempírico,
podemos saber algo de la materia? Si se responde a la pregunta
por el movimiento con una causa inmaterial, la investigación del
movimiento está en un callejón sin salida. Por ello, el
mecanicismo parte de un supuesto distinto: únicamente es
inteligible que un cuerpo sea movido por otro cuerpo. La física
debe buscar sus respuestas dentro de su campo de estudio,
esto es, la materia, y nada que esté más allá. Se avanza así
hacia una filosofía natural mecánica.
Esta filosofía está presidida por tres principios: el
movimiento nunca se inicia espontáneamente, sino que es
externo; la transmisión del movimiento se realiza por contacto y
no a distancia; y el movimiento no es para alcanzar unos fines,
sino que obedece a una causalidad desprovista de propósito.
Esta nueva teoría de la materia fue propiciada por el
redescubrimiento de las teorías atomistas a finales de siglo XVI,
y eran una herramienta científica de mucho mejor uso que el
animismo.
Por ello, en la superación del realismo aristotélico
confluyen dos orientaciones distintas: por un lado, los realistas
copernicanos, convencidos de que las nuevas propuestas de
Copérnico en astronomía exigen una renovación de los
planteamientos físicos y cosmológicos. Por otro, los partidarios
de una nueva filosofía natural que pretenden abordar la
explicación del mundo desde la sola idea de partes de materia
en movimiento.

4. 2. LA FILOSOFÍA MECANICISTA DE RENÉ DESCARTES

Descartes es un copernicano convencido, que hará una


defensa radical del mundo-máquina. La realidad natural puede
ser estudiada desde los parámetros de las máquinas
automáticas o autómatas: la estructura de las cosas debe dar
cuenta de la función que realizan.
El todo es la suma de sus partes, y no hay nada de él que no
esté contenido en sus partes. Servirse de almas para estudiar la
física es introducir confusión allí donde debiera haber claridad:
es preciso trazar una nítida línea divisoria entre alma y cuerpo:
el pensamiento define el alma, ser animado es ser racional, el
resto de los seres de la Naturaleza carece de alma, por lo que
su estudio es mecánico. El modo de comportamiento de lo
natural no es similar al de los seres animados (racionales), sino
al de las máquinas.
Lo natural es mecánico, y por ello la física es mecánica. A
raíz de esto, se emprende la construcción de una nueva física
que pueda explicar un cosmos en el que encaje la astronomía
Copernicana.

-Materia y movimiento
Alma y cuerpo son substancias radicalmente distintas,
pertenecientes a estatutos ontológicos distintos. Lo que
caracteriza al alma es el pensamiento. ¿Qué caracteriza a la
materia?
La extensión. Algo es material si y solo si es extenso, es
decir, si se extiende en las tres direcciones del espacio, si tiene
longitud, anchura y profundidad. La extensión es el invariante
que subsiste siempre a los cuerpos, y es de carácter
geométrico.
Por tanto, la geometría también debe encargarse del
estudio de la materia, toda física ha de ser geométrica. La
geometría es la que nos permite definir las características de
un cuerpo: todos los cuerpos tienen figura (número y forma de
las superficies que delimitan el objeto), tamaño (cantidad de
extensión dentro de esa figura), etc.
No hay relación entre lo extenso y cualidades sensoriales
(gusto, vista), porque estas últimas son subjetivas; no serán,
pues, constitutivas del cuerpo que la física estudia.
Pero falta una característica para que lo extenso sea
corpóreo y no meramente espacial; esta es la impenetrabilidad,
dos cuerpos no pueden ocupar el mismo lugar. Para evitar un
mundo consistente en puro tridimensionalidad vacía, Descartes
hace equivalentes extensión e impenetrabilidad, por tanto, el
vacío es imposible. Esto nos conduce a un mundo lleno, formado
únicamente por partes de materia y no por una mezcla de éstas
y de vacío, tal como sucede en el planteamiento atomista.
Descartes también rechaza los átomos: para él, toda parte
de materia, por el hecho de ser extensa, es divisible en otras
menores. Defiende, así, una noción corpuscular de la materia.
En lo que sí coincide con los atomistas es en la negación de
los límites del universo: para él el universo es infinito, abierto.
La distinción entre regiones sublunar y supralunar pierde su
sentido; y, puesto que ya no hay una ordenación jerárquica de la
materia, no tienen sentido las diferencias cualitativas en la
materia que planteó Aristóteles, y pasa a haber solo una clase
de materia.
Hasta aquí sobre la materia, aún queda hablar sobre el
movimiento. De la naturaleza extensa de los objetos no se
deduce que haya que variar de posición; ningún cuerpo por sí
mismo comienza a moverse si está en reposo, para que tal cosa
suceda, otro cuerpo ha de entrar en contacto con él. La causa
del movimiento es siempre externa, y la comunicación de
movimiento se realiza únicamente por contacto.
En un mundo lleno, el movimiento solo es posible a
condición de que un cuerpo abandone su lugar para entrar en el
del otro, y éste en el del otro, y así sucesivamente hasta que el
último ocupe instantáneamente el lugar dejado por el primero.
Todos los movimientos tienen lugar en círculos, adoptando la
forma de torbellinos o remolinos.
A partir de estos principios, Descartes pretende dar cuenta
de todos los fenómenos, celestes y terrestres.

-Las leyes de la Naturaleza

Hablar de ley es hacer referencia a las operaciones de la


Naturaleza, es decir, que las leyes naturales gobiernan el modo
como ésta realiza sus obras. En un mundo que ha sido reducido
al movimiento de partes divisibles de materia, dichas
operaciones son de carácter mecánico. Ello supone que las
leyes cartesianas de la Naturaleza son leyes mecánicas en
cuanto que se refiere a movimientos, pero también en el sentido
de que los móviles son concebidos como seres mecánicos o
máquinas.

Descartes enuncia tres leyes de los movimientos:


* Primera: “cada parte de materia, individualmente,
permanece siempre en el mismo estado, en tanto que el
encuentro con las demás no la obliga a modificarlo”.

- En ausencia de influencias externas, toda parte de


materia conserva sus propiedades fundamentales:
tamaño, figura, reposo y movimiento. Descartes
reconoce que esto no es una novedad cuando se afirma
de las tres primeras, pero sí cuando se aplica a lo que a
él más le interesa, el movimiento. Ello supone negar la
más mínima posibilidad de que un cuerpo comience a
moverse o se detenga por sí mismo. Si sobre un cuerpo
no se ejerce una acción proveniente del exterior,
permanecerá indefinidamente en el estado en el que se
halle, bien en reposo, bien en movimiento.

Esta primera ley es la ley de conservación del estado.


Aquí no se hace mención a la velocidad. Descartes
quiere subrayar el carácter eminentemente geométrico
del movimiento: aquél por el que un punto engendra una
línea y ésta una superficie.
Aquí la materia carece de todo principio interno de
movimiento y, por tanto, es incapaz de emprender
espontáneamente movimientos en una determinada
dirección o de finalizarlo cuando haya llegado a un
cierto lugar. Una consideración pasiva de la materia no
conduce a afirmar el reposo de ésta, sino la
imposibilidad de cambios de estado en ausencia de una
causa externa. Y es que no se requiere más acción para
el movimiento que para el reposo. El mismo esfuerzo o
la misma fuerza se precisa para poner un cuerpo en
movimiento que para pararlo.

A estas fuerzas de resistencia y de acción puede


denominárselas fuerza de reposo y fuerza de
movimiento, respectivamente. Descartes considerará
que dichas fuerza son proporcionales al volumen
espacial de los cuerpos. Una y otra fuerza se medirán
de la misma manera, esto es, por el producto de la
materia por la velocidad, esto es incorrecto. En
consecuencia, la física cartesiana será incapaz de
calcular los intercambios de cantidad de movimiento
que se producen entre los cuerpos como resultado de
las colisiones.

* Tercera: “cuando un cuerpo se mueve, aunque su


movimiento se realice lo más frecuentemente en línea
recta y no pueda darse jamás ninguno que no sea en
alguna forma circular, sin embargo, cada una de sus
partes, individualmente, tiende siempre a continuar el
suyo en línea recta”.

- Descartes distingue entre el movimiento propiamente


dicho, que tiene lugar aproximadamente en un círculo, y
la tendencia al movimiento rectilíneo. Esta disposición
puede convertirse en un movimiento efectivo, si los
demás cuerpos no la obstaculizan, o bien puede ser
impedida, en cuyo caso éstos se moverán en una
dirección diferente a la línea recta. Nos indica el
movimiento que de hecho resultará si no interviene un
agente externo que lo desvíe.

Con independencia de que se trate de un cuerpo celeste


o terrestre, toda parte de materia se moverá en línea
recta si dicho movimiento no es obstaculizado o
impedido desde el exterior. Los cuerpos siempre están
en contacto unos con otros de modo que la mutua
obstaculización de sus movimientos rectilíneos es
constante. De ahí que, aun cuando todo cuerpo tiende a
continuar su movimiento en línea recta, de hecho no
puede darse ninguno que no sea aproximadamente
circular.
En tanto el movimiento circular celeste se siguiera
concibiendo como natural y simple, carecería de
sentido suponer que los cuerpos que así se mueven
traten de apartarse del centro engendrado, estas son
las fuerzas centrífugas.

Si el movimiento circular no es natural, entonces


resultará que los cuerpos que giran circularmente,
tienden siempre a alejarse de los centros de los
círculos que describen.

- estas dos leyes anteriores tienen el valor de presentar


por primera vez una formulación muy aproximada de lo
que conocemos como ley de inercia. En ellas se
establece la permanencia de cada parte de materia en
el estado de reposo o movimiento en el que se halla, a
menos que el encuentro o choque con las demás la
obligue a modificarlo. Se especifica que cada una de
esas partes tiende a continuarlo en línea recta, y ello a
pesar de que en un mundo lleno ningún movimiento
puede realizarse jamás en esa dirección.

Descartes se refiere al choque como causa de la


modificación del estado de los cuerpos. La negación
cartesiana del espacio vacío impide que se den las
circunstancias que permitan la conservación de la
dirección rectilínea.

* Segunda: “cuando un cuerpo empuja a otro, no podría


transmitirle ningún movimiento, a no ser que pierda al
mismo tiempo otro tanto del suyo, ni podría privarlo de
él, a menos que aumente el suyo en la misma
proporción”.

- En esta ley se defiende un principio de conservación de


la cantidad de movimiento. El conjunto de partes que
integran el universo fueron creadas por Dios; y en
concreto fueron creadas móviles. Dios puso en ellas
desde su instante inicial una cierta cantidad de
movimiento; de lo contrario, el gran reloj del mundo
jamás se habría puesto en funcionamiento por sí mismo.
Puesto que la materia cartesiana no es fuente
espontánea de movimiento, o lo recibe del exterior o no
lo adquirirá jamás. Si no genera movimiento, pero sí lo
destruye, la máquina cósmica terminará por pararse.

Hay que afirmar que en un mundo-máquina el


movimiento ni se cera ni destruye; se conserva. Lo que
se conserva es la fuerza de un cuerpo para obrar sobre
otro o para oponer resistencia a la acción de éste, y
dicha fuerza depende del tamaño de cada cuerpo en
cuestión y del módulo de su velocidad. Descartes
denomina a este producto escalar cantidad de
movimiento. Puesto que esa cantidad global que Dios
puso en la materia al crearla perdura siempre; en toda
comunicación de la cantidad de movimiento, lo que un
cuerpo gana es exactamente lo que otro pierde y
viceversa, de modo que la suma total permanece
constante.

Excluye la dirección del movimiento, no tomando en


cuenta que el cambio de dirección también es cambio
de movimiento. La velocidad es una magnitud vectorial
en la que no puede omitirse el signo positivo o negativo
del movimiento. Descartes obtiene una magnitud m x v,
en la que m es materia-extensión en vez de masa y v es
únicamente el módulo de la velocidad.

6. La fábrica del mundo


La materia de la que están hechas todas las cosas, en el
cielo y en la Tierra, se resuelve en un conjunto de partes,
siempre divisibles, en movimiento. Puesto que dichas partes
pueden tener tamaños distintos, hay que agruparlas en tres
grandes clases, a las que Descartes llama elementos. Denomina
primer elemento al conjunto de partes que son mucho menores
y se mueven mucho más deprisa que cualquiera de los demás
cuerpos. Por el contrario, aquellas que son de mayor tamaño y
movimiento más lento constituyen el tercer elemento. Entre
ambos extremos se sitúan las partes de tamaño y movimiento
intermedios, que forman el segundo elemento.
Todo es rex extensa. El criterio de distinción que permite
hablar de elementos es meramente cuantitativo: partes de
materia con más o menos tamaño y más o menos movimiento.
El conjunto de todas ellas constituye la realidad primaria de la
que están hechos todos los cuerpos.

Planetas y estrellas están donde siempre estuvieron, y así


permanecerán hasta que la divina voluntad decida devolver el
conjunto de lo creado a la nada de a que fue rescatado.
Entiende que la explicación genética, aunque sea falsa, es útil.

Su objetivo es poner de manifiesto que, Dios, al imprimirles


ciertas leyes naturales, éstas habrían ido modificando
necesariamente ese desorden inicial hasta generar el orden que
ahora contemplamos. El estado actual del universo puede
derivarse genéticamente de su origen.

Al comienzo, Dios creó la materia divida en partes, a las


que dotó de todos los tamaños, figuras y tipos de movimiento
que pueda imaginarse. Existían muchas partes de materia,
irregularmente dispuestas, con figuras, tamaños y movimientos
por completo arbitrarios. El más perfecto caos reinaba por
doquier. Puesto que no cabe concebir más extensión que la
material, dichas partes de materia no podrían dejar el menor
intersticio de vacío. Luego, si no había espacio vacío, los
movimientos no podían ser en línea recta, sino que debían de
ser circulares, formando torbellinos o vórtices. Surgieron, por
tanto, diferentes centros de rotación en torno a los cuales
giraban partículas diversas.

Pronto una cierta uniformidad sustituyó a esta caótica


diversidad primigenia, debido a que los constantes choques de
unas de esas partículas con otras produjeron el efecto de
reducirlas a un tamaño medio con una figura redonda, y con una
fuerza de movimiento media. Partiendo de una heterogeneidad
inicial, la materia llegó a adoptar así la forma del segundo
elemento. Desde el principio algunas de las partes de materia
tuvieron un mayor tamaño o fueron más difíciles de dividir a
causa de su figura. En consecuencia, su fuerza para resistir el
movimiento fue también mayor, así como su tendencia a
continuar moviéndose en línea recta lejos de los centros de
rotación. Estos corpúsculos de mayor tamaño y menor
movimiento constituyeron la forma del tercer elemento, que
sirvió para componer planetas, satélites y cometas.
El continuo desgaste de las partes del segundo elemento
originó partículas mucho menores procedentes de las limaduras
de sus ángulos, que tenían un veloz movimiento. Debido a su
menor tamaño y mayor movimiento, dieron lugar al primer
elemento. Al ser tan pequeñas, cumplieron con la función de
rellenar los intersticios vacíos que las partes del segundo
elemento tendrían que dejar por ser redondas y no encajar unas
con otras. Las partes sobrantes de este primer elemento,
compusieron la materia interestelar que originó los vórtices
capaces de arrastrar consigo a los planetas.

Las partículas del tercer elemento tendían a alejarse del


centro en virtud de lo que posteriormente se denominará fuerza
centrífuga. No todas tenían la misma fuerza, lo que determinó
que no se movieran en la misma región del remolino, e incluso
que ni siquiera lo hicieran en idéntico remolino. Puesto que
habían de moverse con el mismo movimiento que la materia del
vórtice que las contenía, fácilmente puede establecerse una
primera gran división entre aquellas que poseían más fuerza que
las partes del segundo elemento que las rodeaban, y aquellas
que poseían menos. Las de mayor fuerza no lograban ser
retenidas por el vórtice y se adentraban en otro, y después en
otro, y así sucesivamente sin detenerse jamás mucho tiempo en
ninguno. Son los cometas. Las otras, puesto que tenían menos
fuerza que la materia interestelar circundante, fueron
empujadas por éstas hacia el centro, haciéndolas descender
hacia una región donde la fuerza de unas y otras fuera la misma.
Entonces las partes del tercer elemento se estabilizaron entre
las del segundo elemento, tomando su curso en el mismo
sentido que ellas alrededor del Sol. Son los planetas.

No todos los planetas se situaron a iguales distancias del


centro, de modo que el tamaño de las órbitas era diferente para
cada uno de ellos. Y lo mismo puede decirse de su movimiento
de traslación. Descartes establece que la velocidad de las
partes del segundo elemento disminuye gradualmente desde la
circunferencia exterior de cada vórtice hasta un cierto lugar,
aumentando después desde ahí hasta el centro. La zona donde
dicha velocidad es menor coincide con la órbita de Saturno, por
lo cual este planeta será el que se mueva más lento; a medida
que nos aproximamos al Sol, los planetas se han de mover más
deprisa, correspondiendo a Mercurio la mayor rapidez. De ello
se deduce que el tamaño de estas últimas tiene que ser menor.
Las partes situadas entre la órbita de Saturno y la
circunferencia exterior del vórtice serán iguales entre sí.

Hay diferentes planetas a diferentes distancias del Sol,


pero siempre dentro de los límites del vórtice que los arrastra.
Sólo los cometas pueden rebasar esos límites. Debido a que las
partes de este segundo elemento son de menor tamaño que
aquéllas, no logran comunicarles todo su movimiento al
empujarlas alrededor del Sol. De ello derivan dos
consecuencias:
1.- Al no poder dotar a los planetas de su misma velocidad
en el movimiento de traslación, los obligan a girar en torno
a sus propios centros originando un movimiento de
rotación.
2.- La formación de pequeños remolinos en torno al
planeta, de modo que, si otro cuerpo se hallara en esa
región del vórtice, el de menor tamaño se vería llevado por
ese pequeño remolino y giraría alrededor del otro
convirtiéndose así en satélite suyo.

Hay tantos vórtices como estrellas, y puesto que el


número de éstas es infinito, la extensión del universo también lo
es.

Hay dos temas fundamentales: la luz y la diferencia entre


sólidos y líquidos:
- diferencia entre sólidos y líquidos: Descartes afirma que
esa diferencia estriba en la menor separabilidad de las
partes de un cuerpo sólido frente a las de un fluido, lo
cual a su vez depende del estado de reposo o de
movimiento relativo de dichas partes. El cuerpo más
duro que quepa concebir será aquél cuyas partes estén
en reposo unas con respecto de otras, pues entonces
será necesaria una gran fuerza para separarlas. El
cuerpo más líquido será aquél cuyas partes se mueven
con gran agitación, ya que en ese caso bastará con una
pequeña fuerza que acentúe lo que ellas de por sí
tienden a hacer, es decir, alejarse unas de otras. El
primer elemento y el segundo son fluidos, en tanto que
el tercer elemento da lugar a cuerpos sólidos. Así los
planetas, satélites y cometas se hayan “flotando” en un
medio fluido, de modo semejante a cuerpos que fueran
arrastrados por la corriente de un río. El Sol y las
estrellas serán astros formados por materia líquida y
caliente.
- Luz: para Descartes la luz se explica a partir del
movimiento, pero no supone transporte de materia. Lo
que se propaga e impresiona en nuestra retina es la
presión que las veloces partículas del primer elemento
ejercen, desde el centro de los vórtices, sobre las del
segundo para alejarse de los centros de rotación. El
movimiento circular siempre engendra fuerzas
centrífugas. Al girar las partículas del primer elemento y
tender a desplazarse rectilíneamente, transfieren una
presión a las partes del segundo elemento que se
extienden en línea recta desde el centro del movimiento
circular hasta la periferia. Esa presión transmitida por
la materia del correspondiente vórtice y que tiene su
origen en el movimiento de las partes del Sol o de las
estrellas, es reflejada cuando se encuentra con los
planetas. Así, podremos llamar luminoso al primer
elemento que forma el cuerpo del Sol y de las estrellas,
puesto que es capaz de emitir luz; transparente a la
materia del segundo elemento que constituye los
vórtices, ya que los propaga; opaco al tercer elemento
en la medida en que refleja sus rayos. Sólo los cuerpos
centrales de los remolinos son capaces de emitir luz. De
ahí que el Sol haya de corresponder necesariamente la
posición central, a menos que se esté dispuesto a
negarle la categoría de cuerpo luminoso y
concedérsela, en cambio, a la Tierra.

7. Descartes y el movimiento de la Tierra


El movimiento de la Tierra depende de un sistema de
referencia, cuya elección parece arbitraria; así pueden
atribuírsele a un cuerpo dos estados distintos como son
movimiento y reposo.

En el sistema cartesiano, si el término de referencia es el


Sol, la Tierra se mueve. Pero si atendemos a las partes del
segundo elemento que la circundan, hay un desplazamiento
conjunto. Luego la Tierra está en reposo con respecto a su cielo
líquido circundante. Parece que el tipo de cosmología que
Descartes defiende, le permite afirmar el reposo de la Tierra a
partir de la relatividad de los movimientos en general. Sin
embargo la Tierra se mueve con respecto al Sol.
La Tierra no está en movimiento porque no cambia su
posición o distancia con respecto a las partes de materia del
Cielo y, desde este punto de vista, está en reposo. La cuestión
es cuál es la razón por la que no se afirma con el mismo
derecho el movimiento de la tierra con respecto al Sol que su
reposo referido a las partes contiguas del éter, si ambas son
estados igualmente relativos.

Sostiene que si de verdad queremos saber qué es el


movimiento, no es posible entenderlo como mero cambio de
lugar (como en Aristóteles); pues hay tantos lugares como
puntos de referencia puedan elegirse arbitrariamente.

En su opinión, el lugar por antonomasia, al que denomina


lugar externo, es la superficie con la que limita el cuerpo en
cuestión. Ello supone que el movimiento propio de cada cuerpo
es el cambio de posición únicamente con respecto a los
cuerpos limítrofes. Si dicho cambio de posición no se da, el
cuerpo está en reposo. En la medida en que esto sucede en el
caso de la Tierra, cabe afirmar que permanece en reposo.

Con este planteamiento se privilegia un sistema de


referencia; sin embargo a veces se manifiesta contrario a que la
relatividad de movimientos dependa de nuestro pensamiento. Si
el movimiento es cambio de posición con respecto a un sistema
de referencia que observador libre y caprichosamente elige, es
difícil que el movimiento pueda ser considerado como propiedad
de los cuerpos mismos.

Pero las partes de materia se caracterizan por su tamaño y


su movimiento. Luego si el movimiento es una propiedad del
móvil, ésta ha de ser único y opuesto al reposo. Ello exige a su
vez un sistema de referencia objetivo, en vez de subjetivo o
relativo al observador. En consecuencia, tendrá que venir
especificado por otros cuerpos que han de ser externos al
móvil. Descartes entiende que son aquellos sobre cuyo fondo se
aprecia el movimiento o el reposo del cuerpo en cuestión, o sea,
sus vecinos limítrofes.

Un cuerpo se mueve cuando todo él se separa de aquéllos


con los que está en contacto. Así, en el caso de la Tierra,
aunque algunas partes se desplacen en relación a las más
próximas, en conjunto hay que afirmar que no se mueven. Para
que así fuera sería preciso que toda ella perdiera el contacto
con las partes de materia contigua, separándose y alejándose
de ellas. Pero esto no pasa, por tanto la Tierra no se mueve. Lo
importante es determinar la verdadera naturaleza del
movimiento. Para ello, lo que hay que analizar es aquél único
movimiento que es propio de cada cuerpo en particular.

8. Inercia rectilínea, gravedad y tendencia centrífuga en


Descartes
Descartes se pregunta por la causa que hace descender
los cuerpos y partes terrestres hacia el centro de la Tierra. Da
la respuesta en virtud del principio de inercia rectilínea o
tercera ley de la Naturaleza. Toda la materia del universo tiende
a conservar la dirección de su movimiento, esto es, trata de
desplazarse en línea recta. Puesto que, en un mundo lleno,
inevitablemente los movimientos han de realizarse en círculo,
hay que concluir que las partes de materia en su conjunto se
esfuerzan por apartarse de los centros de los círculos que
describen. Si nada lo impidiera, se alejarían progresivamente
unas de otras, dispersándose en todas direcciones las estrellas,
planetas, satélites y cometas.

Esto no ocurre. La inclinación al movimiento inercial


rectilíneo no puede convertirse nunca en movimiento efectivo
porque “algo” lo impide al obligar continuamente a planetas y
satélites a “caer” sobre el centro de sus respectivos vórtices.

La gravedad responde al mismo tipo de mecanismo. En el


entorno del pequeño torbellino que rodea la Tierra, aquellas
partes del segundo elemento que poseen una elevada velocidad
tienen también una mayor tendencia a alejarse del centro que
otras con menor velocidad, incluso aunque estas últimas sean
de mayor tamaño. Puesto que el vacío no es posible, las partes
del segundo elemento o éter no podrán ascender, a menos que
otras desciendan y ocupen el lugar dejado por ellas. Esas partes
que se ven empujadas a caer son aquellas del tercer elemento,
que, al moverse con menor velocidad, son expulsadas por la
veloz materia circundante hacia el centro de su movimiento.

La pesantez no es así ningún tipo de cualidad interna en


los cuerpos que consideramos pesados, en virtud de la cual
éstos tiendan espontáneamente a dirigirse al centro de la
Tierra.
La única explicación comprensible de este fenómeno tiene
que ver con acciones extrínsecas que unos cuerpos ejercen
sobre otros al entrar en contacto con ellos. Son tales acciones
las que impiden llevar a efecto la tendencia centrífuga en línea
recta que engendra el movimiento circular debido a que
producen empuje o impulso en sentido contrario, esto es, hacia
el centro. La gravedad no es una propiedad de los cuerpos en sí
mismos considerados.

En un mundo lleno, las partes de materia presionan unas


sobre otras; las menos rápidas descienden permitiendo que las
más rápidas asciendan y completen así el correspondiente
remolino.

Su teoría de los vórtices le permite dar una descripción


estrictamente mecánica de ambos fenómenos. El hecho es que
los cuerpos no son intrínsecamente pesados, de modo que no se
precipitarían hacia el centro de la Tierra si no fueran empujados
por las partículas de la materia circundante que pugnan por
ascender hacia regiones más elevadas. Pero tampoco los
planetas describirían una curva cerrada en torno al Sol si no
fueran igualmente presionados por esa misma materia sutil
hacia el centro del vórtice.

Resulta así que la tendencia de los cuerpos que giran a


alejarse de los centros correspondientes es neutralizada por un
empuje en sentido contrario que en el caso cartesiano, no se
identifica con la gravedad. Limita la definición de pesantez
únicamente a la acción de las partes de materia sutil que, al
moverse en el entorno de la Tierra, presiona a todos los cuerpos
que son parte de ella hacia su centro.

5. NEWTON

2. El problema planetario antes de “los Principia”


Se ocupó del problema planetario en dos épocas:
1.- entre 1664 y 1666  Coincide con la gran
peste que le obligó a dejar la Universidad y regresar a
su casa
2.- En la década de los 80, en especial desde la
visita de E. Halley, en 1684.
Su interrogante es: puesto que en ausencia de influencias
externas todo cuerpo permanecerá en reposo o se moverá
uniformemente en línea recta, ¿qué impide a los planetas
comportarse de esa manera?  Según Descartes, la tendencia
centrífuga de los cuerpos celestes es neutralizada por la
presión del éter circundante. La materia sutil que llena los
espacios interplanetarios es la responsable del mantenimiento
de los planetas en sus órbitas.

 Barelli justifica la estabilidad del sistema solar a partir


del equilibrio entre el ímpetus por alejarse del centro de sus
movimientos, y la gravedad entendida al modo de Copérnico y
Galileo, es decir, como la inclinación natural de los cuerpos a
dirigirse hacia dicho centro.

 Huygens  posibilidad de aplicar a los movimientos


planetarios dos elementos dinámicos de igual naturaleza
orientados en sentido contrario por relación al centro: la fuerza
centrífuga y la gravedad.

 Hooke combina la inercia rectilínea con una propiedad


atractiva del cuerpo central, en virtud de la cual el planeta es
constantemente desviado de la recta.

Entre 1665 y 1666 Newton alcanzó un importante resultado


al lograr cuantificar la fuerza centrífuga con independencia de
Huygens. Tomó un camino distinto al de éste, pero llegó a la
misma fórmula: f = mv2/r

Combinó la ley de la fuerza centrífuga con la tercera ley de


Kepler y así pudo establecer: “Suponiendo que los planetas
recorran una órbita circular en vez de elíptica, las fuerzas
centrífugas generadas por ellos variarán como el cuadrado de
sus radios o, lo que es lo mismo, como el cuadrado de sus
distancias al Sol”.

Suponiendo que los movimientos planetarios fueran


circulares y resultado de un estado de equilibrio entre fuerza
centrífuga y gravedad tomadas como opuestas, consideró la
posibilidad de comparar la aceleración producida por la fuerza
centrífuga en la Luna, con la aceleración de la gravedad en la
superficie de nuestro planeta. Newton quería saber si podía
hablarse en la Luna de una aceleración de la gravedad, que
permitiría extender la acción de la gravedad terrestre al menos
hasta el satélite de la Tierra. El cálculo no dio el resultado
previsto, así que abandonó la hipótesis hasta varios años
después.

Hay que esperar a la década de los 80 para encontrar la


noción de atracción gravitatoria entendida como una fuerza
centrípeta o de dirección central que obliga a los planetas a
caer hacia el Sol con igual aceleración que la de la gravedad
terrestre.

La ocasión para retomar la cuestión planetaria se la


proporcionó Hooke, en 1679, al dirigirse a él solicitando su
punto de vista sobre una novedosa hipótesis consistente en
considerar el movimiento orbital de los planetas como
compuesto por un movimiento inercial en la dirección de la
tangente y un movimiento acelerado dirigido hacia el centro de
la correspondiente órbita.

Esta sugerencia de Hooke se sumaba a los logros


obtenidos por el propio Newton. Además de hallar la fórmula de
la fuerza centrífuga con independencia de Huygens a partir de
la tercera ley de Kepler, había establecido que esta fuerza de
alejamiento del centro era inversamente proporcional al
cuadrado de la distancia al centro de la correspondiente órbita.

A principios de la década de los 80 Hooke, Wren, Halley y


otros, barajaban también la fórmula de la inversa del cuadrado
de la distancia aplicada a la fuerza planetaria. No lograban
hallar la conexión entre esta ley de fuerza y la ley de las órbitas
elípticas de Kepler. Esto llevó a Halley a visitar a Newton. Al
plantearle la cuestión obtuvo una respuesta inmediata: la órbita
será una elipse. La demostración de la relación entre
trayectorias elípticas y fuerzas centrípetas fue remitida meses
más tarde por Newton en un opúsculo del que hizo diversas
redacciones y que lleva por título “DE MOTU CORPORUM”.

Abandonando definitivamente las explicaciones del


movimiento curvilíneo basados en fuerzas centrífugas, el DE
MOTU se abre con la definición de fuerza centrípeta, a la que se
añade una fuerza inherente a los cuerpos que les hace
perseverar en su movimiento en línea recta. En virtud de la
primera de ellas, los cuerpos se ven obligados a caer
continuamente hacia el centro; debido a la segunda, oponen
resistencia a ser apartados de la trayectoria tangencial inercial.
De la combinación de ambas derivas los movimientos
planetarios tal y como son descritos en las leyes de Kepler.

3. Principios matemáticos de la Filosofía Natural

“PRINCIPIOS MATEMÁTICOS DE LA FILOSOFÍA NATURAL”,


obra denominada así por contraposición a la obra de Descartes,
que carece de justificación matemática. Newton advierte que su
propósito fundamental en este tratado es “reducir los
fenómenos naturales a leyes matemáticas”, aspira a conocer la
Naturaleza, lo cual significa hallar las fuerzas que operan y de
las que resultan el conjunto de los movimientos terrestres y
celestes. Puesto que la mecánica es el estudio de los
movimientos, interesa cultivar esta rama del saber, pero no al
modo de la mecánica práctica.

Afirma que pretende construir “la Ciencia, propuesta y


demostrada exactamente, de los movimientos que resultan de
cualesquiera fuerzas y de las fuerzas que se requieren para
cualesquiera movimientos”. Denomina a esta ciencia general de
las relaciones entre movimientos y fuerzas mecánica racional o
teórica para distinguirla de la artesanal. Aquí atiende a las
potencias naturales, esto es, a las que la propia Naturaleza
emplea en sus operaciones.

Los Principios Matemáticos de la Filosofía Natural se


presentan como un tratado de mecánica en el que se
establecen demostrativamente los movimientos de los cuerpos
en sus relaciones generales con las fuerzas que los producen.
La obra está dividida en tres libros: el Libro I se ocupa del
movimiento de los cuerpos en el vacío, esto es, en un medio
carente de resistencia. El libro II estudia el movimiento de los
cuerpos en medios resistentes (fluidos). El libro III ofrece la
constitución del sistema del mundo como consecuencia de la
aplicación de la mecánica racional a la mecánica celeste.

La Naturaleza es una de las formas de revelación divina en


las que podemos encontrar las huellas del Creador. Dios hace a
los hombres partícipes de su sabiduría al permitirles desvelar
parcialmente el secreto que las cosas ocultan y aproximarse,
así, a la posesión de la verdad, eso es lo que manifiesta el
Escolio General, que añadió a la segunda edición. Movimientos
regulares como los que observamos en el sistema planetario
“no tienen un origen debido a causas mecánicas” ; por el
contrario, “tan elegante combinación del Sol, planetas y
cometas sólo puede tener origen en la inteligencia y poder de
un ente inteligente y poderoso” que gobierna el mundo como
Señor de todas las cosas.

3.1 Definiciones y Leyes de movimiento


A lo largo del siglo XVII son muchos los autores que se
inclinaron por centrar el análisis en las fuerzas centrífugas, lo
cual supone atender al esfuerzo que todo cuerpo realiza por
apartarse del centro cuando se desplaza en círculo. Newton
propone un radical cambio de perspectiva. Lo importante no es
la tendencia centrífuga que el propio cuerpo genera en ciertas
circunstancias, sino la acción que sobre él ejerce desde el
exterior obligándole a apartarse de la recta.

La explicación de los movimientos celestes, y también


terrestres, pasa por una teoría de fuerzas en las que se desvele
qué invisible potencia actúa sobre los cuerpos del cielo y de la
Tierra impidiéndoles permanecer en un estado, ya sea de reposo
o de movimiento uniforme y rectilíneo. Newton denomina en
general fuerza impresa a esa acción extrínseca capaz de
modificar el estado inercial de un cuerpo. A continuación añade
que las fuerzas impresas pueden originarse de diversas
maneras: por choque, por presión o por la fuerza centrípeta. Ello
quiere decir que la fuerza centrípeta es un caso particular de
fuerza impresa.

En la Definición V se afirma que la fuerza centrípeta es


aquella que hace tender a los cuerpos hacia un punto central,
bien porque los arrastre, bien porque los empuje, o por cualquier
otra razón. Se opone al esfuerzo centrífugo de los cuerpos que
giran, evitando que se aparten del centro. Una fuerza centrípeta
es la responsable del mantenimiento de los planetas en sus
órbitas, y también de la caída sobre la superficie terrestre de un
proyectil, ya que, de no actuar aquélla, astros y proyectiles
avanzarían indefinidamente con movimiento uniforme en línea
recta. La fuerza planetaria y la gravedad se identifican. La
noción de fuerza centrípeta conducirá de este modo a la de
gravitación universal.

A consecuencia de la actuación de fuerzas impresas,


siempre de origen extrínseco al cuerpo sobre el que ejercen,
éste se ve obligado a modificar su estado de reposo o de
movimiento uniforme y rectilíneo. En ausencia de dichas
fuerzas, el cuerpo persevera por sí mismo en dicho estado.
Newton atribuye la causa de esa perseverancia a lo que en la
Definición III denomina fuerza de inercia, y que considera
inherente a la propia materia. En vez de producir la modificación
del estado inercial de los cuerpos, su efecto es justamente el
contrario: por un lado garantiza la conservación de ese estado,
pero por ello mismo se opone a la acción de cualquier fuerza
impresa que trate de alterarlo. Newton afirma que es
proporcional a la cantidad de materia y que no se diferencia
sino en el modo de concebirla de otra noción introducida por él:
la inercia de la masa.

Es posible prescindir de la noción de fuerza de inercia para


retener únicamente la de masa inercial. Newton diferencia la
cantidad de materia y el peso, asociando dicha cantidad de
materia a la masa. Peso y masa son proporcionales, pero no son
lo mismo. La masa se identifica con la cantidad de materia
propia de cada cuerpo, en virtud de la cual éste tiene la
capacidad de oponerse a los cambios de estado, ejerciendo así
una resistencia a iniciar un movimiento si está en reposo, a
finalizarlo si está en movimiento o simplemente a modificar la
velocidad y la dirección del movimiento ya iniciado.

El nuevo sentido de la noción de inercia implica que la


mera conservación del movimiento no supone la actuación de
una fuerza impresa. Si dicha fuerza se ejerce sobre un cuerpo,
éste deja de conservar su movimiento, produciéndose un
cambio. La actuación de una fuerza constante no produce un
movimiento constante, sino una constante modificación del
módulo de la velocidad o de la dirección del movimiento. La
fuerza de inercia, garantiza la conservación del estado inercial,
mientras que la fuerza impresa es la responsable de su
alteración.

En la Definición II, Newton afirma que la cantidad de


movimiento se obtiene a partir del producto de la masa por la
velocidad, siendo proporcional a una y a otra. Este producto da
cuenta de la clase de fuerza más extendida en la época de
Newton, aquella que un cuerpo ejerce sobre otro cuando choca
con él. Se trata de la fuerza de impulso que se transmite por
contacto y de modo instantáneo entre dos cuerpos
cualesquiera.
En virtud de la mal llamada fuerza de inercia, todo cuerpo
tiende a conservar su estado de reposo o de movimiento
uniforme y rectilíneo en el que se halla, oponiendo resistencia a
la acción de cualquier clase de fuerza que se imprima sobre él
desde el exterior. Esa noción sólo se distingue conceptualmente
de la más familiar inercia de la masa o masa inercial,
proporcional a la cantidad de materia. La actuación de las
fuerzas impresas produce la modificación del estado debido a
que altera el módulo de la velocidad, la dirección o ambas
cosas. Puesto que la masa permanece constante, al producirse
un cambio en la velocidad, también tiene lugar un cambio en la
cantidad de movimiento. Luego la medida de las fuerzas puede
establecerse, bien por la velocidad, bien por la cantidad de
movimiento que son capaces de generar en un tiempo dado.
Newton denomina cantidad aceleratriz a la medida de la fuerza
atendiendo al aumento de la velocidad de un movimiento; llama
cantidad motriz a la medida de la fuerza en función de la
producción de cantidad de movimiento que resulta. A mayor
fuerza, mayor velocidad o mayor cantidad de movimiento.

Tras estas definiciones Newton escribe un famoso Escolio


a la Definición VIII, en el que se refiere al espacio absoluto, al
tiempo absoluto y al movimiento absoluto, oponiéndolos a los
meramente relativos. A continuación escribe las Leyes de
Movimiento, las cuales son: ley de inercia, ley de la fuerza, ley
de la acción y reacción. Enuncian en forma de ley lo que ya está
contenido en las definiciones de fuerza, movimiento inercial,
etc.

LEYES:
- Primera Ley: “Todo cuerpo persevera en su estado de
reposo o de movimiento uniforme y rectilíneo a no ser en tanto
que sea obligado por fuerzas impresas a cambiar su estado”.

- Segunda Ley: “El cambio de movimiento es proporcional


a la fuerza motriz impresa y ocurre según la línea recta a lo
largo de la cual aquella fuerza se imprime”.

- Tercera Ley: “Con toda acción ocurre siempre una


reacción igual y contraria: O sea, las acciones mutuas de dos
cuerpos siempre son iguales y dirigidas en direcciones
opuestas”.
La primera es la ley de inercia. Recoge en una sola dos
leyes cartesianas, la de conservación del estado y la de
conservación en línea recta. La tendencia de los cuerpos a
perseverar en su estado inercial es proporcional a la masa
inercial. Newton atribuye la causa de la modificación del estado
a cualquier tipo de fuerza que se imprima sobre un cuerpo, ya
sea por choque, por presión o por atracción hacia un centro.

Según la ley de fuerza, el cambio de cantidad de


movimiento es proporcional a la fuerza motriz. O sea, el efecto
es proporcional a la causa, lo cual deriva del modo como ha sido
definida la propia fuerza motriz. En este enunciado no se hace la
menor referencia al tiempo durante el cual se ejerce la acción
de la fuerza impresa. Parece pues que se trata de una acción
instantánea. La fuerza instantánea es la de impulso, esto es, la
que tiene lugar cuando un objeto colisiona con otro y modifica
así de golpe su cantidad de movimiento.

Newton precisa referirse a la acción continua de la fuerza,


ya que, por ejemplo, la constante variación de la dirección del
movimiento de los planetas exige la actuación de una fuerza
asimismo constante. Hay que hablar, por tanto, del cambio
continuo de la cantidad de movimiento.

Newton admite que las fuerzas impresas que modifican el


estado inercial de los cuerpos puede ser de contacto
instantáneo, de contacto continuo o de distancia. Sin embargo,
la segunda ley se refiere a las fuerzas de impulso instantáneas
proporcionales al incremento de la cantidad de movimiento que
producen. Sólo mediante el procedimiento del paso al límite, los
incrementos de tiempo se hacen indefinidamente menores y la
sucesión discreta de impulsos llega a constituir una acción de
una fuerza constante proporcional a la tasa de variación de la
cantidad de movimiento o a la aceleración.

En uno y otro caso la masa representa la constante de


proporcionalidad de la fuerza de impulso con respecto a la
variación de la cantidad de movimiento, o bien de la fuerza
continua con respecto a la aceleración. Pero en ambos
supuestos se trata de la masa inercial.

La tercera ley establece algo sorprendente: a toda acción


de una fuerza se opone otra igual que obra en sentido contrario.
Todo cuerpo sujeto a la acción de otro ejerce sobre él una
fuerza opuesta de idéntica magnitud.

Newton no se limita a la fuerza instantánea, sino que aplica


la ley igualmente a la fuerza continua. Esto tiene el importante
resultado de facilitar la transición de la fuerza centrípeta,
continua y recíproca, a la fuerza de atracción.

3.2 Mecánica racional (Libro I). De la fuerza centrípeta a la


atracción
El objetivo es explicar los principales fenómenos celestes
y terrestres del modo como es propio a la filosofía natural, esto
es, matemáticamente. Newton desarrolla su programa en dos
grandes etapas a las que pueden denominarse respectivamente
mecánica racional y mecánica celeste.

La mecánica racional es el estudio puramente matemático


de las relaciones entre movimientos y fuerzas. Se analiza la
acción constante de fuerzas centrípetas sobre cuerpos
considerados en abstracto, esto es, tomados únicamente como
masas puntuales o puntos-masa y prescindiendo de su tamaño o
de su figura. Las fuerzas centrípetas se orientan hacia un centro
geométrico fijo que no se identifica con el Sol ni con ningún otro
astro.

Lo que interesa conocer es el camino que conduce del


tratamiento puramente matemático de las fuerzas centrípetas a
su consideración física en términos, primero, de fuerzas de
atracción y, después, de fuerzas de atracción gravitatoria.

Newton parte de un limitado sistema de elementos


integrado por un cuerpo reducido a una masa puntual y un
centro de fuerza alrededor del cual gira. Hay que decidir si la
constante desviación de la recta puede deberse a la acción
continua de una fuerza orientada hacia ese centro.

En tiempos iguales se describen áreas iguales, tanto si un


móvil se desplaza inercialmente, como si es desviado por la
acción de una fuerza centrípeta que opera en intervalos
regulares de tiempo. Pero hasta aquí esa acción impresa ha
tenido lugar de modo discontinuo. Lo que ahora procede es
disminuir progresivamente la duración de esos intervalos
temporales, de modo que el número de triángulos aumente y su
anchura se reduzca indefinidamente. Ello quiere decir que la
fuerza centrípeta instantánea pasa a actuar de modo continuo,
con lo que los lados del polígono se reducen hasta el infinito
coincidiendo con un círculo. En el límite, la fuerza instantánea
de impulso se transforma en fuerza continua. Como resultado, el
móvil, en vez de describir una línea recta, traza una línea curva.

Puede concluirse que, si sobre un cuerpo, inicialmente en


movimiento inercial, se imprime constantemente una fuerza
centrípeta, dicho cuerpo se moverá en una órbita curva
manteniendo constante la velocidad areolar. A la inversa, si la
velocidad areolar se conserva en una órbita curva es porque
sobre el cuerpo se imprime una fuerza centrípeta dirigida al
punto fijo desde el que se computan las áreas.

Trata de hallar la magnitud de la fuerza centrípeta. Para


ello combina el resultado concerniente a la validez de la
segunda ley de Kepler con la primera ley sobre la forma elíptica
de las órbitas. Establece que, “si la órbita es una elipse y la
fuerza centrípeta se dirige a uno de sus focos, entonces esa
fuerza variará de forma inversamente proporcional al cuadrado
de la distancia”. Esa distancia se mide desde un punto-masa a
un centro de fuerzas también puntual. Pero, cuando se trate de
esferas homogéneas, un importante teorema establecerá que la
distancia ha de medirse a partir de sus centros respectivos, ya
que es posible considerar dichas esferas como si toda su masa
estuviera concentrada en los mencionados centros.

Introduce varios puntos-masa en vez de uno solo como


hasta ahora, a fin de poder relacionar tiempos de revolución y
tamaño de las órbitas. Demostrará que, si se mantienen las
condiciones anteriores, esto es, si diversos cuerpos giran
describiendo una elipse y la fuerza centrípeta es inversamente
proporcional al cuadrado de la distancia a uno de los focos,
entonces los cuadrados de los periodos orbitales serán
proporcionales a los cubos de sus semiejes mayores.

Newton logra establecer algo de la mayor relevancia: todo


cuerpo sometido a la ley de la fuerza centrípeta cumplirá las
tres leyes de Kepler.

Newton da entrada a su tercera ley del movimiento o ley de


la acción y reacción. Ello trae consigo la necesidad de
considerar el centro de fuerzas como un segundo punto-masa
que no puede atraer al que gira a su alrededor sin ser atraído
por él. Tenemos así un sistema de dos cuerpos en interacción
recíproca.

Va a denominar a las fuerzas centrípetas mutuas


atracciones, queriendo con ello subrayar que no hay acción sin
reacción. Las fuerzas centrípetas se transforman, así, en
fuerzas de atracción. Afirma que, si bien pasa a emplear el
término atracción, en rigor físico debería seguir hablando de
impulsos. Y es que sólo las fuerzas de impulso son ortodoxas
desde el punto de vista mecánico en la medida en que suponen
acción por contacto. En cambio, las fuerzas de atracción le
introducirán en el laberinto de la acción a distancia.

La consecuencia es la imposibilidad de seguir pensando


que uno de ellos se mueve en órbitas elípticas mientras el otro
permanece inmóvil. No hay ni puede haber cuerpos fijos; muy al
contrario, al atraerse mutuamente, ambos girarán describiendo
elipses en torno a su centro común de gravedad.

Del sistema de dos cuerpos Newton pasa a un sistema de


tres cuerpos que se atraen entre sí. Para cualquier sistema de
tres o más cuerpos en interacción, seguirá siendo cierto que
han de moverse alrededor de su centro de gravedad común,
pudiendo hallarse éste en reposo o en movimiento inercial. Con
la transición de un sistema de dos cuerpos a otro de tres, el
problema se complica por las perturbaciones que sus mutuas
interacciones originan. Cuando un punto-masa no sólo atrae y
es atraído por otro, sino que, además, hay que hacer intervenir
la acción de un tercero, el cálculo del movimiento resultante es
un problema matemático insoluble. De ahí que, sea cual sea el
número de cuerpos, Newton considere las interacciones
tomando esos cuerpos de dos en dos.

Conclusiones: toda masa puntual sobre la que se imprima


continuamente la acción de una fuerza centrípeta que decrece
con el cuadrado de la distancia, tendrá un movimiento orbital
que cumplirá las tres leyes de Kepler. A este par de fuerzas
centrípetas consideradas en tanto que acción y reacción, las
denomina atracción. El resultado es que dos cuerpos
interaccionan entre sí, no pudiendo permanecer ninguno de los
dos en reposo.

3.3 Mecánica Celeste (Libro III). De la atracción a la


gravitación universal
Todo cuerpo que se aparta del movimiento uniforme y
rectilíneo y gira conforme estipulan las leyes de Kepler, indica
que sobre él se ejerce la acción de una fuerza centrípeta
inversamente proporcional al cuadrado de la distancia. Los
cinco planetas se trasladan alrededor del Sol. Y lo mismo puede
afirmarse de los satélites de Júpiter y de Saturno , así como de
la Luna.

Concluye que sobre los satélites se imprime una fuerza


dirigida al planeta en torno al cual giran y, por su parte, los
propios planetas reciben la acción de una fuerza dirigida al Sol.
En todos los casos esa fuerza es inversamente proporcional al
cuadrado de la distancia que separa los respectivos centros.
Newton afirma: “en el caso de la Luna, esa fuerza centrípeta
que la aparta del movimiento inercial no es otra que la
gravedad”. Puede así decirse que “la Luna gravita hacia la Tierra
y es continuamente desviada del movimiento rectilíneo y
retenida en su órbita por la fuerza de la gravedad”.

Asocia una fuerza que actúa sobre un cuerpo celeste con


la que se ejerce sobre los cuerpos en la superficie de la Tierra .
Concluye, pues, que la fuerza que retiene a la Luna en su órbita
es igual a la que hace caer a los cuerpos pesados en la
superficie de la Tierra. O, dicho más brevemente, la luna se
mantiene en su órbita debido a la fuerza de la gravedad.

Los satélites de Júpiter y de Saturno gravitan hacia sus


respectivos planetas y éstos a su vez lo hacen hacia el Sol, de
manera que unos y otros son desviados del movimiento
uniforme y rectilíneo y mantenidos en órbitas curvilíneas
gracias a la fuerza de la gravedad.

No puede olvidarse que no hay acción sin reacción. La


fuerza centrípeta es fuerza de atracción en el sentido de par de
fuerzas iguales y opuestas por las que dos cuerpos tienden
mutuamente el uno hacia el otro. Luego la fuerza centrípeta de
la gravedad es fuerza de atracción gravitatoria. Esto supone que
no sólo la Luna gravita hacia la Tierra, sino que ésta, por su
parte, gravita hacia la Luna y lo mismo ocurre con Júpiter y
Saturno en relación con sus respectivos satélites. Si cada
planeta es atraído por el Sol, también éste será atraído por el
planeta, de modo que los planetas gravitan hacia el Sol y el
propio Sol lo hace hacia los Planetas.
Todos los cuerpos del mundo, celestes o terrestres,
gravitan unos hacia otros. Esta facultad de gravitar o fuerza de
la gravedad es proporcional a la cantidad de materia que cada
cuerpo posee. Dicha cantidad de materia o masa, conocida
como masa gravitatoria, no tiene que ver con la masa inercial.
En tanto que la masa inercial se refiere a la resistencia de los
cuerpos a los cambios de estado como consecuencia de la
actuación de fuerzas, la masa gravitatoria nos habla de la
capacidad de atraer y ser atraído, esto es, de la capacidad de
generar fuerzas.

Debido al carácter dual y recíproco de la fuerza de la


gravedad, la proporcionalidad no puede establecerse por
relación a un solo cuerpo, sino que debe incluirse la masa de los
dos cuerpos en interacción. En consecuencia la gravedad es
proporcional al productote las masas o cantidad de materia que
los cuerpos contienen e inversamente proporcional al cuadrado
de sus distancias. Encontramos aquí formulada la conocida ley
de la gravitación universal.

El movimiento orbital curvilíneo se va a explicar a partir de


la composición de uno inercial, orientado en la dirección de la
tangente, y otro descendente acelerado. El orden de los
movimientos del mundo depende de la combinación de inercia y
peso, convertido este último en una fuerza variable universal.

Si aparentemente los cuerpos en rotación engendran tales


fuerzas es sólo porque tienden a mantener el movimiento
inercial tangencial, el cual los alejaría del centro en caso de que
no actuara la fuerza de gravitación.

En virtud de esta fuerza de gravitación universal, el


sistema solar es un conjunto ordenado de cuerpos en
interacción que se mantienen en órbitas estables. Las órbitas
tendrán una forma muy próxima a la elipse y las áreas serán
casi proporcionales a los tiempos. Newton nos propone un
mundo en el que cada cuerpo determina el movimiento de los
demás. Cada planeta, cada satélite, cada parte de materia es
ahora un centro de fuerza capaz de atraer y ser atraído. Para
poder decir con propiedad que se trata de una fuerza de alcance
universal, hay que preguntarse si se aplica también a los
cometas.
Se decanta por trayectorias cónicas muy excéntricas que
tienen su foco en el centro del Sol. Además los radios trazados
desde los cometas al sol describen áreas proporcionales a los
tiempos. Esto quiere decir que también los cometas están
sometidos a la acción de la fuerza de gravitación.

3.4 El problema de la acción a distancia


Lo que interesa es estudiar las fuerzas centrípetas en
tanto que fuerzas impresas. Cuando se busca la causa por la
que un cuerpo cualquiera abandona su estado inercial, la mirada
no ha de recaer en la propia naturaleza del móvil, sino en la
fuerza que se imprime desde el exterior.

La fuerza centrípeta newtoniana es en principio entendida


como fuerza de impulso, es decir, resultado de la sucesión
ininterrumpida de impactos orientados hacia el centro en el
límite, lo cual permite hablar de una acción continua sobre el
cuerpo en cuestión. Por tanto, la fuerza centrípeta es
compatible con el modelo de descripción mecanicista. Newton
nos conduce de la noción de fuerza centrípeta a la de atracción
y, a su vez, de ésta a la de gravitación universal.

Ante el caso de un cuerpo en movimiento orbital que


tiende a caer sobre otro situado en el centro con movimiento
uniformemente acelerado, es posible pensar que estuviera
siendo empujado por la acción de algún mecanismo invisible en
la dirección de ese cuerpo central. En el mundo newtoniano la
Luna gravita hacia a la Tierra y la Tierra hacia la Luna, y en
general todos los satélites gravitan hacia sus planetas y éstos
hacia ellos, y los planetas y satélites gravitan hacia el Sol y éste
hacia unos y otros.

Impulso y atracción no son lo mismo: Primero, porque la


fuerza de impulso supone presión o empuje hacia un punto
cualquiera que puede estar ocupado por un cuerpo o
permanecer vacío; segundo, la fuerza de impulso no es
recíproca.

En resumen, la fuerza centrípeta puede ser concebida a


partir de la de impulso mediante un procedimiento de paso al
límite, pero no la de atracción. Se da de aquí un salto cualitativo
que consiste en el tránsito de la acción por contacto a la acción
a distancia. La atracción gravitatoria se habría convertido en la
causa oculta de los movimientos celestes. Para Newton las
fuerzas son las causas de los movimientos verdaderos y
absolutos, siendo gracias a ellas como distinguimos dichos
movimientos de los meramente relativos y aparentes.
Únicamente así sería posible reducir las fuerzas de atracción a
fuerzas de impulso, eliminando las heterodoxas acciones a
distancia.

Newton admite que a la materia sólo son inherentes


fuerzas de inercia. Denomina así a la capacidad de los cuerpos
para perseverar por sí mismos en el estado de reposo o de
movimiento en el que se encuentran. Puesto que propiamente
fuerza es aquello capaz de modificar el estado inercial de los
cuerpos, las mal llamadas fuerzas de inercia no son tales.
Afirmar que en la materia únicamente reside este tipo de fuerza
es tanto como negar que la gravitación sea esencial a la
materia.

Puesto que la fuerza de inercia es un principio pasivo de


conservación del estado, el propio Newton reconoce que sólo
con dicho principio no habría cambio de estado; se requiere un
principio activo capaz de poner los cuerpos en movimiento o de
modificar éste una vez comenzado. Éste es el sentido de la
noción de fuerza impresa, ya sea de impulso o de atracción.

El problema se reduce a saber si en la materia donde se


originan las fuerzas de atracción, de modo que los cuerpos se
definen no únicamente atendiendo a su inercia, sino también a
su gravedad. Cada uno de esos cuerpos no puede alterar su
propio estado, pero sí el de los demás.
La gravedad es una propiedad primitiva de todos los
cuerpos, lo mismo que la extensión, la movilidad o la
impenetrabilidad. Es una característica bien establecida
experimentalmente. Por ser primitiva es irreductible a cualquier
otra. Explicamos los fenómenos naturales estableciendo una
cadena ininterrumpida de causas y efectos que ha de tener un
comienzo en la causa más simple. La fuerza de gravitación se
encuentra originariamente en todos los cuerpos. Gracias a ella
podemos dar razón de cualquier fenómeno celeste o terrestre
en términos mecánicos. En el Escolio General, Newton reconoce
que no ha logrado establecer la causa de dicha fuerza.

4. Espacio, Tiempo y Movimiento en los Principia


El “Escolio a la Definición VIII” comenzará definiendo
explícitamente el espacio y tiempo absolutos, verdaderos y
matemáticos, distinguiéndolos del espacio y tiempo relativos,
aparentes y vulgares.

Tiempo absoluto: supone el ininterrumpido orden de


sucesión en el que todo acontece, pero de modo tal que el
propio tiempo siempre transcurre aunque nada se suceda en él.
En el mundo hay cambio, movimiento, evolución, historia,
devenir, procesos, porque hay tiempo, y no al contrario. Éste
fluye uniformemente. El tiempo abraza todos los fenómenos del
universo imprimiendo en ellos un mismo ritmo en lo que a su
duración se refiere.

Mientras que todo sucede en el tiempo, la realidad de éste


no se vería afectada por el hecho de que nada aconteciera en él.
Independientemente de la materia, transcurre eternamente sin
principio ni final, pudiendo aseverarse que hubo un tiempo
pasado anterior al origen del mundo y habrá un tiempo futuro
posterior a una hipotética desaparición del mismo.

Espacio absoluto: existe con completa independencia de


los cuerpos que se alojan en él. Incapaz de la menor mutación
en su naturaleza, carece asimismo de todo movimiento. De otro
modo sería tanto como plantear que el lugar pueda cambiar de
lugar; pero son los cuerpos los que cambian de lugar, no el
propio espacio. Por definición de éste es inmóvil. Todo está
contenido en él como en un receptáculo último, siendo, en
consecuencia, el lugar de sí mismo y de todas las cosas.

A la parte de espacio absoluto que está o puede estar


ocupada por un cuerpo se denomina lugar absoluto. Todas las
partes del espacio sin excepción son lugares potenciales de los
cuerpos, puesto que, al ser vacío y, por tanto, penetrable, no hay
región que no pueda ser ocupada por cualquiera de ellos. De ahí
resultará que el universo está en un cierto lugar del espacio
infinito, pero podría estar en otro.

La permanencia de un cuerpo en el mismo lugar absoluto


constituye el estado de reposo absoluto. El verdadero reposo no
se define por relación a ningún tipo de sistema material de
referencia, sino por relación al espacio inmóvil.

En el sistema del mundo newtoniano, todos los cuerpos


interaccionan recíprocamente como consecuencia de la
atracción gravitatoria. Luego en ningún caso puede afirmarse
que el Sol o el resto de los cuerpos celestes permanecen en
reposo.

Movimiento absoluto: no se determinará atendiendo al


cambio de posición de un móvil con respecto a algún tipo de
cuerpo, ni cercano, ni lejano. Newton lo ha definido como “el
paso de un cuerpo de un lugar absoluto a otro lugar absoluto” ;
por tanto, movimiento absoluto es el paso de una región del
espacio a otra, sin que en ello intervenga para nada la distancia
relativa entre los cuerpos. Esto quiere decir que tiene sentido
atribuir movimiento a un solo cuerpo prescindiendo de los
restantes, de modo que, si todos fueran aniquilados excepto
uno, no por ello el cuerpo en cuestión dejaría de estar ubicado
en algún lugar.

Las partes del tiempo o del espacio verdaderos son de tal


naturaleza que están fuera del alcance de nuestras operaciones
de observación y medida. Y, sin embargo, medimos intervalos
temporales o distancias espaciales. Newton afirma que, cuando
hacemos esto, alcanzamos únicamente tiempos y espacios
relativos, aparentes y vulgares. Así el tiempo relativo es definido
como “la medida sensible y externa de cualquier duración
mediante el movimiento” y el espacio relativo es “cualquier
cantidad o dimensión variable de ese espacio, que se define por
nuestros sentidos según su situación respecto a los cuerpos” .

Medimos el tiempo a partir de algún tipo de movimiento


adecuadamente elegido. Puesto que se postula que su flujo es
uniforme, conviene que dicho movimiento sea lo más regular
posible. Medimos el tiempo gracias al movimiento, pero a su vez
precisamos del tiempo para medir el movimiento. Ello pone de
relieve que nos desenvolvemos en el ámbito de lo relativo, y no
de lo absoluto.

Tampoco resulta posible fijar la posición de un cuerpo en


el espacio absoluto. Éste no representa un sistema de
coordenadas del que podamos hacer uso. Para determinar una
posición o una distancia es necesario tener al menos dos
cuerpos, uno de los cuales ha de ser considerado inmóvil y
tomado como término de referencia a partir del cual conocer la
ubicación del otro. Mediante este procedimiento fijaremos su
lugar relativo, y también su estado de reposo o de movimiento
relativos. “por las acciones y distancias de las cosas a un cierto
punto que consideramos inmóvil, definimos todos los lugares;
posteriormente interpretamos todos los movimientos por
respecto a los antedichos lugares, en tanto que los concebimos
como pasos de los cuerpos por estos lugares”

Movimiento relativo es “el paso de un lugar relativo a otro


lugar relativo”, el lugar relativo se define como la posición de un
cuerpo en relación a otros arbitrariamente elegidos. Luego el
movimiento relativo no es sino cambio de posición de unos
cuerpos con respecto a otros. Sólo él es susceptible de ser
medido, de manera que en la mecánica newtoniana toda
velocidad es siempre relativa. Así, habiendo movimientos
absolutos, no puede haber velocidades absolutas, ya que ello
implica medida de distancias y de intervalos temporales, esto
es, de espacios y tiempos que no pueden ser sino relativos.

En la mecánica newtoniana, cualquier móvil cumple


siempre el teorema de adición de velocidades. Ello supone que
para conocer la velocidad absoluta de un cuerpo sería necesario
sumar vectorialmente todas sus velocidades relativas, lo cual es
imposible. Lo único que sí resulta factible es definir el
movimiento absoluto por la suma vectorial de sus movimientos
relativos.

Supóngase una nave que se desplaza por el mar en una


Tierra en reposo absoluto. Si el navegante se mantiene en la
misma región del barco, diremos que se halla en reposo relativo
con respecto al barco, pero en movimiento con respecto a la
Tierra. Si nuestro viajero a su vez se mueve dentro del barco, su
movimiento en relación con la Tierra será el resultado de sumar
vectorialmente ambos movimientos. En ese supuesto podría
cuantificarse el movimiento resultante, es decir, se podría medir
su velocidad absoluta. Pero si también la Tierra se mueve,
entonces será preciso sumar a las dos velocidades anteriores la
de la propia Tierra en relación con el Sol. En el caso de que este
astro estuviera en reposo absoluto aquí terminaría el tema,
pero, suponiendo que el Sol se moviera con respecto a las
estrellas, tendría de nuevo que añadirse este sumando. A
continuación, una vez más habrá que considerar si las estrellas
están en reposo o en movimiento, ya que, si tampoco éstas se
mantuvieran estáticas, debería agregarse su velocidad a la
serie de las velocidades anteriores. Es evidente que la suma
capaz de arrojar como resultado la velocidad absoluta del
navegante sólo podría concluir si pudiéramos identificar un
sistema en reposo absoluto.
Toda materia por definición es móvil, de manera que nada
autoriza a atribuir a las estrellas el estado de absoluta
inmovilidad. Dicho estado sólo puede ser predicado del espacio,
lo cual quiere decir que el movimiento absoluto de un cuerpo ha
de establecerse adicionando los diferentes movimientos
relativos en el espacio absoluto. Dicho movimiento puede ser
así definido, pero no medido, de modo que hablaremos de
movimiento absoluto, pero no de velocidad absoluta por dos
motivos: primero, porque el número de sumandos sería ilimitado;
segundo, porque no es posible medir ningún movimiento en
relación a un espacio absoluto que no es perceptible.

5. Aceleración y Fuerza en los Principia


Sólo la modificación o cambio de estado remite a una
causa, de modo que un movimiento constante es indicio de la
total ausencia de fuerza o causa de movimiento. Pues la acción
constante de una fuerza produce una aceleración constante, no
un movimiento constante.

Mientras que el movimiento inercial carece de causa y


efecto, siendo indiscernible del reposo, con la aceleración no
ocurre lo mismo. Los movimientos acelerados de ningún modo
son equivalentes al reposo en la mecánica newtoniana. La
aceleración no es equivalente al reposo porque tiene causa y
produce efectos. El principio de relatividad galileano se aplica
únicamente a sistemas inerciales.

No podemos descubrir directamente movimientos


absolutos en el espacio absoluto porque estos últimos no se
dejan detectar empíricamente. Podríamos pensar en algún
procedimiento indirecto que permitiera afirmar la realidad de
dichos movimientos. Sabemos que no lograremos determinar
cuándo un cuerpo se halla en estado de reposo o movimiento
inercial absoluto atendiendo a algún supuesto efecto que derive
de uno de los dos estados y no del otro, porque son
indiscernibles y carentes de todo efecto mecánico. De modo
que, en el caso de los movimientos inerciales, hemos de
resignarnos a no poder distinguir jamás cuándo son relativos y
cuándo son absolutos.

Pero, cuando se trata de aceleraciones, la cosa cambia por


completo. Aquí sí disponemos de un método indirecto para
acceder al estado absoluto de los cuerpos, y con ello a la
realidad del espacio y del tiempo absolutos. La presencia de
fuerzas impresas será indicio seguro de la existencia de
movimientos absolutos (acelerados).

Allí donde se imprima una fuerza sobre un cuerpo,


obtendremos como resultado un estado real y verdadero, que
no se reduce a la variación de la posición con respecto a otros
cuerpos elegidos arbitrariamente como sistemas relativos de
referencia. Dicho estado real y absoluto puede ser descubierto
gracias a su causa, que no es sino la fuerza que se ha impreso
sobre ese cuerpo del que decimos que ha cambiado de lugar.

A la mera modificación de la posición se denomina


movimiento relativo, mientras que reserva el nombre de
movimiento absoluto para el estado resultante de la aplicación
de una fuerza.

El carácter real y verdadero de las rotaciones absolutas es


puesto de manifiesto por la presencia de determinados efectos
que no desaparecen por el mero de hecho de que se modifique
el sistema de referencia. Estos efectos no son otros que la
tendencia de los cuerpos que giran a apartarse de los centros
de rotación, o sea, las rotaciones absolutas engendran fuerzas
centrífugas.

Resulta que cuando se trata de aceleraciones y no de


movimientos inerciales, es posible plantear una distinción
dinámica entre movimiento relativo y movimiento absoluto a
partir de las causas y efectos de los movimientos, esto es,
gracias a las fuerzas centrípetas y centrífugas respectivamente.

En sentido cartesiano, la Tierra se halla en estado de


reposo relativo con respecto a la materia que la circunda. En
cambio, con respecto al Sol sí se mueve. Luego con respecto al
Sol su estado es de movimiento relativo.

La respuesta cartesiana decantándose a favor del éter es,


a juicio de Newton, arbitraria. Si descartes tuviera razón y el
sistema objetivo de referencia fuera el éter, el estado verdadero
de la Tierra sería el de reposo, mientras que el estado aparente,
relativo sería el de movimiento. Pero entonces se daría un
completo divorcio entre el estado real del cuerpo y la aparición
de fuerzas.
Partiendo de la Tierra cartesiana en reposo relativo en el
éter, que obligara a éste a detenerse, para que dejara de tener
lugar el desplazamiento conjunto de ambos. Es entonces cuando
diríamos que se produce cambio de posición de la Tierra con
respecto a la materia que la circunda y, en consecuencia, que
se mueve. Este movimiento terrestre sería resultado, por tanto,
de la acción de una fuerza impresa sobre el sistema de
referencia.

O cabe que la fuerza se ejerciera sobre la Tierra, pero de


modo tal que se aplicara una fuerza igual sobre el éter. Nos
encontraríamos en ese caso con que no se produciría el menor
cambio de relación, a pesar de constatarse la presencia de
fuerzas.

También es posible que fuera la Tierra la que recibiera la


acción de la fuerza impresa hasta llegar a detenerla, sin que
dicha acción se ejerciera asimismo sobre el éter circundante.
Nos veríamos abocados a concluir que es entonces cuando la
Tierra se mueve, si lo único a tener en cuenta es el cambio de
relación entre ella y su sistema de referencia.

Las rotaciones reales y absolutas van ligadas a las fuerzas


impresas en cuanto causas que los producen. Dichas rotaciones
absolutas, y sólo ellas, engendran ciertos efectos a los que
llamamos fuerzas centrífugas. Luego, de la observación de la
presencia o ausencia de la tendencia del cuerpo que gira a
alejarse del centro de rotación, es posible deducir cuándo una
rotación es relativa o absoluta.

Los movimientos circulares relativos no engendran fuerzas


centrífugas, los absolutos sí. El comportamiento de un líquido en
un recipiente en rotación permite poner esto de manifiesto.
Tomemos un cubo suspendido de su asa por una cuerda, la cual
se retuerce fuertemente obligando al cubo a girar en un cierto
sentido. Una vez hecho esto se llena de agua y se sujeta a fin de
evitar que la cuerda comience a dar vueltas en sentido
contrario. Se trata de partir del reposo tanto del agua como del
cubo. Hay dos etapas.

En la primera, la cuerda comienza a soltarse y, por tanto,


el cubo a girar, sin que la superficie del agua muestre la
superficie cóncava de los fluidos en rotación. Por el contrario,
se mantiene plana, debido a que el cubo no ha comunicado
todavía su movimiento al agua. Puesto que el movimiento del
cubo no se ha transmitido al agua, habría que concluir el reposo
de ésta, porque no hay fuerzas centrífugas. Agua y cubo no
comparten la misma velocidad, y no se desplazan
conjuntamente. El agua está en movimiento con respecto al
cubo. Al comienzo de nuestro experimento el agua se halla en
un estado de movimiento relativo y de reposo absoluto. Pero
poco después el agua empieza a rebasar las paredes del cubo,
al tiempo que la forma de su superficie se hace cóncava. Ello
quiere decir que el movimiento del cubo ya ha sido comunicado
al agua. Cuando las velocidades de agua y cubo sean las
mismas, no hay cambio de posición relativa. En esta segunda
etapa el agua se halla en reposo relativo con respecto al cubo.
La fuerza centrífuga es signo de un movimiento circular
absoluto.

El hecho de que los planetas se mantengan en reposo


relativo en sus respectivos vórtices o remolinos de materia
etérea no impide que su estado real y absoluto sea el de
movimiento. Luego la Tierra se mueve.

Allí donde hay fuerzas, hay movimientos verdaderos. Pero


todo movimiento supone un sistema de referencia que son el
espacio y el tiempo absolutos. Las fuerzas centrípetas han sido
sólo el procedimiento indirecto del que Newton se ha servido
para lograr su objetivo: poner de manifiesto la realidad del
espacio y del tiempo. Espacio y tiempo existen como realidades
independientes, y no deben confundirse con sus medidas
sensibles. El espacio y el tiempo verdaderos y absolutos no se
identifican con las longitudes y los tiempos que obtenemos
como resultado de nuestras operaciones de medida.