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ERRANCIA LITORALES ABRIL 2018

MUJER, FEMINISMO Y PSICOANÁLISIS

ANA VIOLETA DOMÍNGUEZ SÁNCHEZ

Resumen: A la mujer no se le considera igual al hombre, ha ocupado un lugar de desventaja y no


goza de las mismas libertades y derechos. Para poder abordar el rechazo y la injusticia que las mujeres
han vivido y que hoy en día sufren es necesario remontarse tiempo atrás, ya que se debe en gran parte
a los mitos y creencias religiosas que encontramos en antiguas civilizaciones donde ya se le
consideraba menor y la asociaban con lo negativo o con lo opuesto: lo sublime de su capacidad
reproductora. Sin embargo, ambos papeles, ya sea el de la santa madre o el de la puta, terminan
confiscándola a seguir bajo la autoridad masculina. El movimiento feminista, a través de su lucha ha
conseguido, además de grandes logros en distintas áreas, que las mujeres reflexionen sobre su papel
en la sociedad, pero también ha sido malentendido y hay quien cree que es lo mismo que el machismo
o que significa odiar a los hombres. Es de suma importancia entender que sí existen diferencias entre
hombres y mujeres pero que el papel de subordinación al que la mujer ha sido orillada es el resultado
de construcciones sociales y culturales y no biológicas o naturales como muchos suelen defender.
Entender qué es la mujer, qué es lo femenino, qué es el género implica profundas reflexiones dentro
de las cuales el psicoanálisis puede ser de gran ayuda.

Palabras clave: mujer, feminismo, psicoanálisis, feminicidio.

“[…] es tan absurdo hablar de “la mujer” en general como del “hombre eterno”.
Y se comprende por qué son ociosas todas las comparaciones que se esfuerzan
en decidir si la mujer es superior, inferior o igual al hombre, porque sus
situaciones son profundamente distintas. Si se las confronta, es evidente que la
del hombre es infinitamente preferible, es decir, que tiene muchas más
posibilidades concretas de proyectar su libertad hacia el mundo, de donde

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resulta necesariamente que las realizaciones masculinas llegan mucho más


lejos que las femeninas, pues a las mujeres les es casi prohibido hacer”.1
A lo largo de la historia, a través del estudio de los distintos sectores de la sociedad, se puede advertir
que el sexo femenino ha estado confinado a la incomprensión, lo cual, a su vez, ha provocado que se
le suponga naturalmente inferior. La discriminación contra la mujer se ha edificado históricamente
por medio de procesos complejos de estigmatización, marginación y exclusión, considerándoles como
diferentes y justificando así el control social. La cultura y la sociedad han formulado una forma de
vida para la mujer muy bien delimitada y todas aquellas cuyo comportamiento no se inscriba dentro
de los cánones ya establecidos, no solamente son rechazadas, sino agredidas y asesinadas. La
imposición del modelo femenino se ha establecido como obligatorio presentándose como si la misma
naturaleza lo demandara, basándose en antiguas creencias, muchas de ellas religiosas y mitológicas.

La antigua cultura griega es una de las que más ha influido a la cultura occidental y, en el caso de la
mujer, aún hoy en día vemos cuánto la afectó. Dentro del pitagorismo se enunció por primera vez la
contrariedad de materia y espíritu y de cuerpo y alma. Esto influyó profundamente en la religión
cristiana y en el pensamiento occidental, donde la mujer se asoció a la materia y el cuerpo, mientras
que el hombre al espíritu y el alma.2 El mundo clásico presenta diosas destructivas, de guerra, muerte
y demás encarnaciones del mal, frecuentemente, su lugar ha sido menoscabado. Tanto griegos como
romanos concibieron el mal como la parte irremediable del destino, y lo entendieron regido por tres
figuras: Cloto, Laquesis y Antropos. Cabe señalar que, desde aquel tiempo, las diosas femeninas se
diferenciaron tajantemente. Una diosa no podía abordar la fertilidad, la maternidad legítima, la
fidelidad y al mismo tiempo el placer, por eso, encontramos a Hera, por ejemplo, representando el
matrimonio y la unión legal; a Demeter, la maternidad y la fecundación; y a Afrodita, el amor carnal.
Es decir, el pensamiento clásico no permitía que una mujer abordara todas esas facetas y aún hoy en
día es difícil que a una mujer se le permitan. Generalmente es considerada “buena” o “mala”, rara vez
hay un punto intermedio.

En México, hay feminicidios a lo largo y ancho del territorio; paradójicamente sucede en un país
donde la mayor parte de la población profesa la religión católica y son devotos de la virgen de

1
Simone de Beauvoir, El segundo sexo, 2º tomo La experiencia vivida, traducción de Pablo Palant, Buenos
Aires, Ediciones Siglo Veinte, 1987, p. 410.
2
Eudaldo Casanova y María de los Ángeles Larumbe, La serpiente vencida. Sobre los orígenes de la misoginia
en lo sobrenatural, Zaragoza, Prensas Universitarias de Zaragoza, 2005, p. 141.
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Guadalupe. La religión judeo-cristiana ha contribuido a difundir y propagar la estigmatización de la


mujer, fragmentando al sexo femenino; juzgando y catalogando de acuerdo a distintos
comportamientos y estilo de vida de las mujeres. Se enalteció un tipo de mujer, la que representa a la
virgen, condenando así a las demás, a aquellas que no siguen su ejemplo de vida. Se ha clasificado a
las mujeres como virginales, inocentes y puras, o como todo lo contrario, las seductoras y
sexualmente atractivas, quienes son consideradas incluso “peligrosas”. Estos arquetipos
históricamente establecidos se han anclado en la sociedad y aún hoy en día son vigentes: la virgen
contra la prostituta; son los orígenes de los prototipos culturales de una representación social propia
de la ideología patriarcal.3 Es por eso que frecuentemente encontramos tan dura y severa la sentencia
de una mujer hacia otra. Este tipo de actitudes son las que la misoginia y las estigmatizaciones han
conducido a la mujer, quien en su imaginario de tantos siglos atrás, no le permiten verse como igual
al hombre y, al pensar que no puede competir con éste, a quien irreflexivamente ve superior, rivaliza
entonces de manera feroz con las demás mujeres. Al vivir en sociedades patriarcales, donde los
hombres tienen más poder que las mujeres, se asume que las cualidades asociadas a ellos son las
dignas de ser enaltecidas, mientras que los “cumplidos” y “elogios” al estereotipo femenino sólo
sirven para mantener a las mujeres en su lugar. Un lugar aislado, separado y desigual. 4 El hombre,
quien se ha apropiado del mundo, se ha afanado en concebir a la naturaleza y a la mujer como objetos
de su dominio. La mujer, más allá de este estado de subordinación, debe ser partícipe, siempre, como
semejante al hombre en la constitución de la humanidad.

El problema principal es cuestionarse a quién tiene que enfrentarse la mujer para poder disfrutar de
su propia libertad en todos los ámbitos de la vida social y privada, ya que es difícil localizar al
adversario; puesto que no es un grupo específico de individuos en algún ámbito determinado, ni lugar
concreto. De acuerdo con Pierre Bordieu, la dominación masculina sobre la mujer, es el resultado de
una labor perpetuada e histórica de reproducción, en la que intervienen el Estado, la familia, las
religiones, la educación, las tradiciones y las creencias.5 Durante siglos se ha perpetuado la idea de
que los sexos deben estar en constante pugna y de dominio de uno sobre el otro. Esta concepción ha
sido aceptada y ha predominado la opresión hacia las mujeres; esta violencia la ejerce quien ha

3
Eudaldo Casanova y María de los Ángeles Larumbe, op. Cit., pp. 24-25.
4
Jane Flax, Psicoanálisis y feminismo. Pensamientos fragmentarios. España, Ediciones Cátedra, 1995, p. 77.
5
Pierre Bordieu, La dominación masculina, traducción de Joaquín Jordá, Barcelona, Editorial Anagrama,
2000, p. 50.
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interiorizado que la mujer es un objeto que pertenece a quien la somete. 6 Se le confieren prejuicios
en cualquier ámbito de su vida; como estado civil, preferencias sexuales, profesiones y actividades,
edad, control reproductivo, aspecto físico, y hasta vestuario y maquillaje. Así, la mujer es acosada
diariamente con juicios, miradas, piropos, insultos, manoseos, abuso sexual y asesinato. La
intimidación simbólica que viven las mujeres las presiona para que cumplan y se atengan a los roles
ya establecidos. La estigmatización en su inconsciente las constriñe a desempeñar lo que la sociedad
les exige, y al mismo tiempo prepara y advierte las agresiones físicas, psicológicas y sociales hacia
ellas.7 La violencia social se vuelca en su contra cuando éstas, cansadas de vivir subordinadas intentan
liberarse, ya que su transgresión les acarrea ser desvalorizadas. El deseo de su autonomía no sólo les
ha sido negado, sino que las ha condenado. No obstante, los derechos y las libertades adquiridas han
sido el resultado de largas luchas.8

Las mujeres se han acostumbrado involuntaria e irreflexivamente a vivir la violencia simbólica en su


contra. Al respecto, y a manera de ejemplo, es interesante retomar el discurso de María Dolores
Juliano, en cuanto a dichas acciones violentas y cotidianas. La autora nos recuerda el mayor de los
insultos verbales dentro de la sociedad para una mujer; “puta”, y su equivalente para los hombres;
“hijo de puta”. Bien sabemos que éstos adjetivos no se aplican únicamente a las trabajadoras sexuales
ni a sus hijos, sino que se utilizan como ofensa para cualquier mujer que quebrante las reglas en
cualquier ámbito, no sólo el sexual. Se recurre a este apelativo con el objetivo de denigrar a mujeres
que han sido violadas y violentadas, a las lesbianas, a las mujeres transexuales, a las que se separan
de un hombre, a las que detienen un juego sexual, a las que mantienen relaciones sexuales
abiertamente o fuera de una relación de pareja, a las que tienen ciertos modales considerados
provocativos y una determinada forma de vestir y maquillarse, a las que salen y tienen vida social sin
la compañía de un hombre, a las mujeres solas y solteras —a quienes se les suele llamar “solteronas”
y “quedadas” o bien, “putas”, es decir, que el hecho de que una mujer no cuente con un hombre en
su vida desde cierta edad, la sentencia y condena. Una vida así es descalificada y ha conseguido que
para muchas mujeres su mayor preocupación sea tener pareja y casarse sacrificando así muchos de
sus intereses y la vida profesional—, a las feministas, a las activistas, a las mujeres trabajadoras e

6
Serge Moscovici opina que las representaciones sociales emergen en las sociedades modernas en donde el
conocimiento fluye constantemente por medio de una avalancha de información y sirven como guías para la
vida cotidiana. Eudaldo Casanova y María de los Ángeles Larumbe, op. Cit., pp. 12, 20.
7
María Dolores Juliano, Excluidas y marginales, Madrid, Ediciones Cátedra, 2006, pp. 109-110.
8
Amelia Valcárcel, Sexo y filosofía. Sobre mujer y poder. Barcelona, Anthropos, 1991, p. 28.
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independientes, o simplemente a quien sea que su conducta molesta o desagrada a alguien más. El
agravio de “puta” se escucha en cualquier tipo de problema o riña cotidiana, es un insulto de género
y generalizado y la mayoría de las mujeres ha recibido esta agresión verbal al menos una vez en su
vida. Este ataque termina obligando a las mujeres a deslindarse del epíteto que conlleva a un modelo
peyorativo, distanciándolas de las así denominadas y rechazando a las trabajadoras sexuales, que
constituyen uno de los sectores femeninos más marginados.9 Desgraciadamente, las agresiones no
sólo se expresan verbalmente, sino que también son físicas y psicológicas. Los feminicidios nos
advierten de las maneras más violentas del riesgo que corren las mujeres. Es la injusticia, la
ignorancia, la cara más brutal e incivilizada de la sociedad sexista que se sigue ensañando con el
género femenino.10 Las mujeres sufren a diario agresiones de todo tipo, pero, ¿cuál es el motivo?,
¿por qué se manifiesta tal ira hacia las mujeres? Hace falta remontarnos tiempo atrás para intentar
comprender por qué se ha marginado y agredido a la mujer.

Durante siglos nos han enseñado que a las mujeres casadas, a las madres dedicadas en cuerpo y alma
a sus hijos y al hogar son a las únicas que debemos respetar. Sin embargo, ni siquiera ellas, las que
cumplen con el arcaico ideal femenino, han disfrutado plenamente de su vida.11 Por mucho tiempo,
se asoció a la mujer únicamente con la reproducción biológica; al relegarle la tarea de la crianza de
los hijos quedó limitada a realizar su vida en el hogar y se privó de libertad; en tanto que el hombre
alejado de esta encomienda, asumió como empresa exclusiva la exploración y las labores de la vida
exterior. Este modelo de función familiar, así como la división del trabajo y la asignación tan estricta
y rigurosa de roles de género, son una disposición sociocultural y no biológica. La condición natural
de la mujer a parir no justifica su alejamiento de la actividad social, política e intelectual de la que
se le despojó por considerar que son diligencias relacionadas con el espíritu, para el hombre; no para
ella porque se le ha considerado que no es un ser con desarrollo espiritual ni intelectual, sino un ser
de instintos. Una vida enclaustrada —física y mentalmente — va en contra de la naturaleza del homo
sapiens, quien se diferencia de los animales al tener la capacidad de dominar su entorno, explorar el
medio y manipularlo de acuerdo a sus necesidades. Excluir a la mujer de la vida pública equivale

9
María Dolores Juliano, op. Cit., pp. 110-112.
10
La violencia simbólica implica una cimentación desvalorizadora de la persona agredida. Se debe imponerle
una estigmatización de su persona y no permitirle la oportunidad de siquiera defenderse o hacerse escuchar.
Ibídem, p. 68.
11
Las investigaciones sobre la vejez demuestran que las mujeres que hicieron una vida considerada tradicional
son las más abandonadas, pobres y desatendidas. Ibídem, pp. 57-58.
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entonces a excluirla de su propia especie.12 Se ha pensado a lo largo de la historia que la mujer justifica
su existencia respecto al hombre y que su única razón de ser es propiciar familia para que éste pueda
perpetuar su especie.13 Esta inercia de la sociedad encuentra algunos de sus lejanos orígenes en la
cultura romana, donde fue común la práctica del infanticidio femenino.14 Aún hoy en día, se idealiza
la capacidad reproductora de la mujer y la maternidad significa la realización plena de su vida, sobre
todo si se realiza dentro del matrimonio y con el apoyo de una figura masculina. A las madres solteras
y a las madres homosexuales se les ha juzgado por transgredir el concepto tradicional de familia y
desarrollar su función maternal excluyendo al hombre, a quien contrariamente, se le ha vinculado con
la capacidad de producir mentalmente; creando una oposición entre procreación y creación, entre bios
y logos, entre naturaleza y cultura. El hombre por ser considerado principio de orden, es quien ordena
el caos femenino al que tiene que controlar y reprimir. La cultura en una sociedad patriarcal establece
entonces un conflicto entre lo natural y lo cultural y a su vez entre la mujer y el hombre.15

Intelectuales de otros tiempos nos muestran el pensamiento de su época donde encontramos


igualmente actitudes de desprecio hacia la mujer. Schopenhauer llegó a afirmar que la mujer había
sido creada únicamente para la propagación de la especie y que no era apta para los grandes trabajos
de intelectuales ni para los materiales; que no estaba hecha para grandes esfuerzos, ni para penas ni
placeres excesivos, debido a su débil razón.16 Por lo tanto, se ha considerado que es responsabilidad
del hombre controlar la vida de la mujer, ya sea corrigiendo y sancionando o protegiéndola. Se ha
asumido que la mujer no tiene ni debe adquirir autonomía por sí misma, que no es capaz de decidir
sobre el rumbo de su propia vida; como si no pudiera resolver lo que concierne a su cuerpo y

12
Emilio García Estébanez, ¿Es cristiano ser mujer? La condición servil de la mujer según la Biblia y la
Iglesia, Madrid, Siglo Veintiuno de España Editores, 1992, pp. 62, 65-66.
13
En algunas tradiciones africanas, especialmente en el caso de la Cabilia, capacidades femeninas como la
gestación y el parto pierden importancia y pasan a segundo plano frente a la fecundación masculina, es decir
que privilegian la intervención del hombre, convirtiendo a la mujer en una mera incubadora. Pierre Bordieu,
op. Cit., p. 63.
14
Los censos del Imperio Romano correspondientes a los siglos II, III y IV, dejan ver que el número de varones
era considerablemente elevado respecto al de mujeres; debido a una mayor mortandad infantil entre las niñas
por las muy diferentes y peores condiciones de vida, así como el infanticidio femenino. “Si por ventura
llegaras a dar a luz, caso de ser niño, deja que viva; pero si es una niña, exponla (para que muera)”.
Encontramos en este dato histórico uno de los orígenes del patrilinaje y la pérdida del linaje femenino. Eudaldo
Casanova y María de los Ángeles Larumbe, op. Cit., pp. 177-178.
15
Emilio García Estébanez, op. Cit., pp. 177-178.
16
Arthur Schopenhauer, El amor, las mujeres y la muerte, Madrid, E.D.A.F., 1973, pp. 63, 65, 67.
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capacidad reproductora. Ha sido una ardua lucha la del uso de anticonceptivos 17 y la interrupción
legal del embarazo. El aborto ha sido penalizado y criminalizado; mujeres de todo el mundo han sido
juzgadas e incluso encarceladas por el hecho de decidir sobre su cuerpo y su vida.

Es común que se adjudique a las mujeres la responsabilidad de su propia opresión y por lo tanto
marginalización, aludiendo a que ellas adoptan la sumisión o que disfrutan de su propia dominación
debido a una especie de masoquismo constitutivo de su naturaleza. 18 Muchas mujeres no entienden
el significado de su situación en la sociedad; de ahí proviene la popular excusa para culpar a la mujer
del machismo, asumiendo que es ella quien lo crea, promueve y perpetúa a través de la educación que
da a sus hijos, como si el padre no tuviera ingerencia sobre ellos, como si él, la sociedad y la cultura
no les enseñaran, educaran y transmitieran también su forma de pensar. La actitud social que ha
prevalecido hacia la mujer ha sido generalmente hostil, con agresiones y creencias que no tienen más
base que la propia ignorancia y las tradiciones, que no por serlo significa que forzosamente son
válidas o tienen una verdadera justificación para existir. Esa actitud y los fuertes estereotipos están
tan anclados en el pensamiento social, que se han alejado de la fuente del asunto, la mujer.
Actualmente hay muchos estudios y se ha escrito prolíficamente al respecto, lo cual ha encaminado
principalmente a la literatura feminista; que busca y logra despertar en la conciencia de quien acude
a ella, sin importar su sexo, una reacción para reconsiderar la situación que vive la mujer.

¿Qué significa ser mujer en este mundo, dominado por hombres, donde desde niñas se inculca,
promueve e impone un comportamiento construido de forma sociocultural que ciertamente no es el
que permite que la mujer se desarrolle completamente? Si queremos cambiar la situación de
sometimiento, tenemos que transformar la forma en que socialmente pensamos a las mujeres y los
hombres; éstos como amos y aquéllas como esclavas.19

Resulta complejo definir qué es la mujer, qué es lo femenino. La primera dificultad la encontramos
en que es justamente una sociedad y cultura patriarcal quien ha definido el significado. El patriarcado

17
Hoy en día también es cuestión de debate el uso exclusivo de píldoras anticonceptivas para la mujer,
interrogando por qué es ella y no el hombre quien debe tomarlas y lidiar con los efectos secundarios
perjudiciales para la salud.
18
Pierre Bordieu, op. Cit., p. 56.
19
Estela Serret, Qué es y para qué sirve la perspectiva de género. Libro de texto para la asignatura:
Perspectiva de género en la educación superior, Instituto de la mujer oaxaqueña, Oaxaca, 2008, p.
42.
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ha mostrado diferentes formas y modos de actuar en el que constriñe a las mujeres. Se ha impuesto a
través de la violencia pero también a través de mecanismos de seducción para que las mujeres acepten
y ejerzan el modelo propuesto de “lo femenino”.20 Lo “femenino” es lo ajeno, lo extraño, lo diferente
al hombre; lo Otro que no se sostiene más que en relación con lo que precisamente lo delimita como
tal. El resultado es entonces una pareja (masculino/femenino) en desequilibrio porque se implanta a
favor de uno. Es decir, el hombre es, mientras que la mujer se le asemeja imperfectamente o difiere
de él.21

Michel Focault señala que el género no existe originalmente en los humanos, sino que es el resultado
producido en los cuerpos de los efectos, comportamientos y relaciones sociales. Asimismo, Judith
Butler considera que es una construcción e inscripción sociocultural. No existe tal identidad originaria
natural-biológica, se trata de la performatividad del género.22 Ya decía Simone de Beauvoir que una
mujer no nace, sino que se hace, deviene. El <<género>> en el que se insertan los humanos constituye
su estructura social, la forma en que interactúan y establecen los vínculos entre ellos. Inevitablemente,
el género, entendiéndolo como performatividad, como una máscara, ha implicado la división sexual
del trabajo y ha marcado comportamientos e instaurado relaciones de poder entre hombres y
mujeres.23 Podemos pensarlo como un aparato discursivo que ha construido prácticas de exclusión
donde un sexo ha sido privilegiado y ha dominado sobre el otro.

La ciencia no alcanza para dar una respuesta sobre lo que significa ser mujer. Porque ser hombre o
mujer va más allá de los órganos reproductivos y sus funciones. Hay que recurrir a otras disciplinas
que, lejos de imponer definiciones concretas y mistificadoras, apelen y cuestionen a la identidad
sexual que se considera biológicamente determinada e inamovible. El psicoanálisis, al que
equivocadamente se le ha considerado misógino al igual que a su creador, Freud; converge con el
feminismo en abrir interrogantes y tomar en cuenta el acontecer de cada sujeto. Tanto Freud como
Simone de Beauvoir rechazaron la idea de una esencia dada y consideran, cada quien desde su

20
Cristina Molina, “Género y poder desde sus metáforas. Apuntes para una topografía del
patriarcado”, en Del sexo al género. Los equívocos de un concepto. Madrid, Ediciones Cátedra, 2ª
edición, 2011, p. 149.
21
Luisa Accati, “La diversidad original y la diversidad histórica: sexo y género entre poder y
autoridad”, en Ibídem, p. 243.
22
Neus Campillo, “Ontología y diferencia de los sexos”, en Ibídem, pp. 107-108.
23
Silvia Tubert, “¿Psicoanálisis y género?”, en Ibídem, p. 363.
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perspectiva, que el asunto no es definir lo que es la mujer sino estudiar su devenir, cuestionar toda
definición planteada.24 Contrariamente a lo que se piensa, el psicoanálisis y las teorías feministas
pueden entablar un diálogo fecundo porque ambos amplían el conocimiento, interrogando lo
establecido, haciendo que lo conocido y normalizado resulte extraño y necesite explicación.25 El
psicoanálisis y el feminismo coinciden en la reflexión crítica que hacen respecto a la cultura, el
matrimonio, la doble moral sexual, las restricciones de la sexualidad femenina y los obstáculos y
limitantes sociales en cuanto al desarrollo intelectual de las mujeres.

Freud no ignoraba que sus opositores podrían atacarlo y criticarlo por sus opiniones sobre la
feminidad, pero hay que tener presente que él nunca negó que el aspecto femenino, es decir, la mujer
y su sexualidad le parecían un misterio, incluso llegó a referirse al respecto como el “continente
negro”. El asunto lo intrigaba. Se esforzó en entender y desentrañar el desarrollo femenino, aunque
nunca se sintió seguro ni satisfecho con lo que teorizó al respecto, le parecía incompleto y
fragmentario.

Cuando Freud habla de la sexualidad parte siempre desde la vida infantil, la cual exploró escuchando
generalmente adultos. A pesar de la época en la que surgió el psicoanálisis, periodo victoriano
característico por ser extremadamente conservador, Freud siempre dio por hecho que la mujer es un
ser sexual al igual que el hombre y no la excluyó de la primicia de que las neurosis se originan en
conflictos sexuales. Igualmente, presupuso que la mujer es tan sensible como el hombre a los
estímulos eróticos.26 Esto pudo resultar escandaloso en aquel momento ya que se tenía la creencia de
que la mujer era un ser asexual y que no disfrutaba del erotismo. Fue una época en que de muchos
modos la niña y la mujer eran ignoradas e invisibilizadas. Pero no para el psicoanálisis.

En la infancia, la vagina no es reconocida, es ignorada por ambos sexos y una niña es hembra no
porque tenga vagina, sino porque carece pene; el eje rector para definir el sexo, es entonces si se tiene
o no pene. De acuerdo con Oscar Masotta, esto no significa darle privilegio alguno al varón, ya que
tener pene no asegura nada y opina que la teoría freudiana no es antifeminista, sino que procura un

24
Silvia Tubert, op. Cit.., p. 390.
25
Jane Flax, op. Cit., p.9, 79.
26
Peter Gay, Freud. Vida y legado de un precursor. Traducción de Jorge Piatigorsky. Paidós, Madrid, 1989,
p. 572.
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punto de partida para plantear el feminismo como necesidad.27 El verdadero feminismo reconoce —
o debiera reconocer— que los sexos no son iguales, y así como Freud, advierte la diferencia biológica
y anatómica que se refleja en la psique y sus consecuencias, las cuales determinan en cierto sentido
el rumbo de la vida de cada individuo.

Para Freud, las diferencias sexuales entre niños y niñas eran consecuencia en parte, de las
restricciones sociales que se le imponían sobre todo a las mujeres. Advertía sobre tener cuidado con
el influjo y poder de las normas sociales que orillan a las mujeres a la pasividad y las constriñen a ser
dependientes y dóciles.28 Aunque, es importante aclarar que “lo pasivo” en psicoanálisis tiene también
otro significado más amplio. La idea de que lo femenino significa pasividad resulta confusa para
muchos porque asocian la pasividad únicamente con connotaciones negativas. Para la teoría
psicoanalítica la posición pasiva es para ambos sexos. De acuerdo con Juliet Mitchell, la pasividad
tiene un rol positivo en las relaciones para poder comprender al otro. Pasividad no es solo ni
forzosamente sometimiento, devaluación o denigración.29 Se ha atacado al psicoanálisis por tomar
sus postulaciones de manera literal, por lecturas superficiales y deficientes que no permiten
comprender los conceptos dentro de la teoría analítica. Freud y el psicoanálisis han sido
malentendidos. Antes de juzgar los conceptos y las ideas freudianas se debe tener en cuenta el
contexto al que perteneció. Él fue un burgués del siglo XIX, pero, fue un crítico de su época. Basta
con hacer una revisión del periodo victoriano para notar que a pesar de estar inmerso en ese entorno,
resulta revolucionario su modo de pensar. Definitivamente ni el psicoanálisis ni Freud objetivizan a
la mujer, sino todo lo contrario.

Para definir “masculino” y “femenino” el pensamiento de Freud es deconstructivo. La masculinidad


y la feminidad no son puntos de partida sino de llegada; ya que ningún individuo nace como sujeto
psíquico ni como sujeto sexuado. Tanto la subjetividad como la sexuación son resultado de la historia
de las relaciones que el niño establece con los otros (y los otros con él) desde incluso antes de su
nacimiento, en el deseo y en el proyecto de sus padres, que a su vez resultan de sus propias historias.

27
Masotta, Oscar, Lecciones de introducción al psicoanálisis, Editorial Gedisa, Buenos Aires, 2012, p. 35.
28
Silvia Tubert, op. Cit., pp. 367-368.
29
Constanza Michelson, “Juliet Mitchell, psicoanalista y feminista británica: Mujeres contra mujeres, la trampa
del patriarcado”, en The Clinic Online, [edición en línea] http://www.theclinic.cl/ 2016/06/14/mujeres-contra-
mujeres-la-trampa-del-patriarcado/ Fecha de consulta: Junio, 2016.
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El psicoanálisis indaga en los deseos y fantasmas que forman la singularidad y subjetividad de cada
individuo. La construcción de la feminidad y masculinidad se sitúa entre lo universal y lo singular,
entre la igualdad y la diferencia.30 Por lo tanto, no se puede imponer, ni siquiera proponer, una
determinada y específica forma de ser masculino o femenino para que compartan todas las mujeres y
todos los hombres. Los sujetos se constituyen por ser seres deseantes y seres sexuados. Es en la
sexuación donde se instaura la diferencia. La constitución de cada individuo es consecuencia y
devenir de cada historia, de la singularidad de ésta. El psicoanálisis gravita sobre la diversidad
psíquica que se construye en la articulación entre anatomía y cultura. El hombre y la mujer son
entonces la consecuencia y el efecto de una división, de la diferenciación del ser humano en dos
sexos, cuestión que atraviesa nuestra existencia. En la clínica psicoanalítica, el sujeto despliega y
desvela cómo su inconsciente se cruza con lo cultural revelando que la feminidad es un síntoma de la
cultura, un malestar de la cultura.31

El movimiento feminista debe tener muy claros sus propósitos; exigir la autonomía de su existencia,
las mismas libertades y oportunidades; cuestionar el patriarcado y luchar contra él, pero reconociendo
siempre la diferencia, sin pretender que hombres y mujeres somos iguales, lo cual no va en contra de
la lucha política y social por la igualdad de derechos en todos los sentidos. Comprender la diferencia
de los sexos no implica que uno de ellos deba ser dominado y restringido. El feminismo busca
entonces destruir esa jerarquía y en consecuencia, romper con la desigualdad que <<el género>>
conlleva.32 Reconocer la alteridad y lograr concebir dos sujetos autónomos en lugar de negar la
existencia de otro sujeto que no sea el hombre. El feminismo debe desmontar la relación de dominio-
privilegio para liberar no sólo a las mujeres, sino también a los hombres de la indiferenciación para
poder hacer posible la subjetividad y equilibrar a la pareja mujer-hombre, lograr que existan y se
admitan dos sujetos, dos sexos y ningún género, porque el comportamiento “femenino” y “masculino”
responde a las convenciones sociales que implican un sometimiento que supuestamente responde a
la anatomía.33 “Sexo femenino” debe dejar de significar subordinación, invisibilidad, inferioridad.
Feminismo debe dejar de remitir a la envidia al poder, al odio a los hombres y al intento de dominar

30
Silvia Tubert, op. Cit., pp. 363-365, 368.
31
Silvia Tubert, op. Cit., pp. 363-365, 368.
32
Ibídem, p. 146.
33
Ibídem, pp. 242, 245-246, 366.
http://www.iztacala.unam.mx/errancia/v17/litoraless_8.html
ERRANCIA LITORALES ABRIL 2018

al sexo masculino. Lo que debiera proponer el feminismo es concebir la diferencia sin jerarquizar los
sexos, respetar a la mujer como sujeto, como humano.

Helmer.– Oh, es indignante. ¿Cómo puedes faltar a tus obligaciones más sagradas?
Nora.– ¿A qué llamas mis obligaciones más sagradas?
Helmer.– ¿Es que tengo qué decírtelas? ¿Es que no estás obligada a tu marido y a tus hijos?
Nora.– Tengo otras obligaciones igualmente sagradas.
Helmer.– No tienes ninguna. ¿Qué deberes son esos?
Nora.– Obligaciones conmigo misma
Helmer.– Ante todo eres esposa y madre.
Nora.– Ya no lo creo así. Creo que ante todo soy un ser humano, yo, igual que tú… o, en todo caso,
que debo luchar por serlo. Sé perfectamente que la mayoría te dará la razón, Torvald, y que algo así
se lee en los libros. Pero ya no puedo contentarme con lo que dice la mayoría ni con lo que se lee en
los libros. Debo pensar por mí misma y ver con claridad las cosas.34

Bibliografía

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Buenos Aires, Ediciones Siglo Veinte, 1987.

Juliano María Dolores, Excluidas y marginales, Madrid, Ediciones Cátedra, 2006.

34
Henrik Ibsen, Casa de muñecas, traducción de Elisa Dapia, España, Edicomunicación, 2001, p. 103.
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Tubert Silvia (ed.), Del sexo al género. Los equívocos de un concepto. Madrid, Ediciones Cátedra,
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la trampa del patriarcado”, en The Clinic Online, [edición en línea]
http://www.theclinic.cl/2016/06/14/mujeres-contra-mujeres-la-trampa-del-patriarcado/ Fecha de
consulta: Junio, 2016.
Ibsen Henrik Casa de muñecas, traducción de Elisa Dapia, España, Edicomunicación, 2001.

http://www.iztacala.unam.mx/errancia/v17/litoraless_8.html