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MADURANDO EN MADUREZ

ASUMIR LOS RIESGOS DE LA PATERNIDAD ESPIRITUAL


RESPONSABLE Y DE LA CORRECCIÓN FRATERNAL
por Txema Armesto

7 de noviembre de 2017

1Jn_2:13
Os escribo a vosotros, padres, porque habéis llegado a conocer al que es
desde el principio. Os escribo a vosotros, jóvenes, porque habéis vencido al
maligno. Os escribo a vosotros, hijitos, porque habéis conocido al Padre.
El Señor nos ha puesto una vez más a reflexionar sobre la cuestión de la paternidad
espiritual, a la que todos somos llamados cuando alcanzamos la etapa de madurez.

Hoy pensamos especialmente en los que habiendo alcanzado cierto grado de madurez
incipiente aún debemos “madurar en madurez” y también en quienes hartos de dar
vueltas en la rotonda del desierto, ya han dejado de vagar y se han aposentado frente al
Jordán esperando el momento y la orden de cruzar; es decir, quienes pueden ya percibir
algunos efluvios de los Cedros del Líbano y contemplar desde el Pisga la Tierra de su
anhelo más profundo.

Madurez y paternidad

Como no podía ser de otra manera el texto de 1ª de Juan del encabezamiento nos habla de
los tres niveles o fases de crecimiento, siendo el último la paternidad o madurez.
Obviamente éstos se corresponden con las tres fiestas anuales de Israel, Pascua,
Pentecostés y Tabernáculos. Padre es aquella persona que habiendo cruzando el Jordán
para morir a la carne ha dejado atrás el desierto, la religión y el humanismo, la vida en la
carne al fin, y ha entrado en la buena Tierra de Tabernáculos, que encarna la madurez, vida
en el espíritu o vida victoriosa.

Colosenses 4:6
Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo
debéis responder a cada uno.

En el reino vegetal la aparición del fruto nos señala el final del ciclo anual. Pero ese fruto
nada más aparecer aún está verde y debe madurar, hasta alcanzar el color que lo hace
atrayente a los ojos, el aroma que presagia que ha de estar muy bueno y el sabor justo entre
dulce y ácido (según los gustos de sazón de cada cual, en lo personal nos gusta un toque
de acidez) que satisfaga al paladar que lo degusta. Así nosotros deberemos seguir
creciendo cuando el fruto del Espíritu, Cristo, recién haya sido formado en
nosotros.

Observemos que la Palabra ha de ser salada, ¡no endulzada! La gracia y la sal no tienen
porque ser forzosamente siempre dulces; a veces se necesitarán palabras no precisamente
dulces sino amargas.

Lucas 14:34-35
buena es la sal; mas si la sal se hiciere insípida, ¿con qué se sazonará? Ni para la tierra
ni para el muladar es útil; la arrojan fuera. El que tiene oídos para oír, oiga.

Discernimiento espiritual

Digamos pues que un padre bien sazonado sería quien ha alcanzado sabiduría y
discernimiento suficientes, como para tener palabras de gracia depuradas y ponderadas,
para responder a cada cual como se debe y en el momento oportuno. Este discernimiento u
olfato espiritual, el más importante de los dones según decía Watchman Nee, solo llega
cuando nuestro espíritu es separado o partido de nuestra alma, capacitándonos para
discernir el uno de la otra, las intenciones del espíritu, que están al fondo, de los
pensamientos del alma, que están al frente (Hebreos 4:12). El padre siempre puede ver el
trasfondo de las cosas, las causas, las motivaciones o intenciones ¡e incluso las
consecuencias de las acciones! El joven puede ver poco más de lo que tiene justo frente a su
nariz. “El avisado (experimentado) ve el mal y se aparta, los simples (inmaduros) pasan y
reciben el daño” (Proverbios 22:3; 27:12).

Hebreos 4:12 nos da un enfoque más de lo que ocurre al cruzar el Jordán, frontera
divisoria entre la juventud y la paternidad. La imagen aquí es el sacerdote manejando su
cuchillo de doble filo para partir y exhibir a la luz todas las partes del sacrificio, ¡incluso los
tuétanos! Así la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios, nos escruta y va separando,
cada vez más en profundidad, nuestra carnalidad de nuestra espiritualidad, hasta
separarlas completamente, para que podamos discernir lo que es del diablo, lo que es
nuestro (alma) y lo que es de Dios.

Josué 3:16
las aguas que venían de arriba se detuvieron como en un montón bien lejos de la
ciudad de Adam, que está al lado de Saretán, y las que descendían al mar del Arabá, al
Mar Salado, se acabaron, y fueron divididas; y el pueblo pasó en dirección de Jericó.

En el cruce del Jordán, las aguas se dividieron, quedando las aguas de arriba detenidas
bien lejos de la ciudad de Adam, o Adán (según Strong es lo mismo), y las aguas de abajo,
las que descendían al mar, se acabaron. Tal vez pudiera verse aquí que el flujo de las aguas
carnales, las que venían del viejo hombre Adán, fue interrumpido. Cuando pasaron al otro
lado el flujo se reanudó como viniendo ahora del segundo Adán, Cristo.

Cuando la luz ilumina las sombras:

1 Juan 1:7
… pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y
la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado.

Así como el coche avanza porque giran las ruedas, nosotros progresamos cuando al llegar
la luz enfocando hacia nuestras sombras, confesamos y la sangre nos limpia. Así vemos
que el siguiente nivel de madurez está tan lejos como nuestro
arrepentimiento.

El texto bíblico de 1ª de Juan nos deja muy claro también que si no andamos en luz, si no
somos veraces y transparentes, no podemos tener comunión. Al menos no una
comunión completa y perfecta, pues aquello que ocultamos a los demás se convierte
automáticamente en una barrera que nos separa de ellos. Jesús le dijo al hombre de la
mano seca que se levantara y se pusiera en medio (Marcos 3:3) y extendiera su
mano (Marcos 3:5). Suponemos que sería una mano seca, tal vez repugnante a la vista,
pero mientras permaneciera oculta no podría ser sanada. Sólo cuando nos levantamos
para venir a la luz y extendemos nuestra vergonzosa zona de sombra, somos
sanados. Solo viene a la luz el que quiere que sus obras sean juzgadas (Juan 3:20; 1
Corintios 11:31). Así pues, apreciamos que crecer hasta la paternidad tiene mucho
que ver con la luz y el arrepentimiento.

No queremos decir que cuando alcancemos los primeros estadios de madurez ya no


necesitaremos la paternidad de, por decirlo así, abuelos o padres aún mayores. Creemos
que aún habiendo alcanzado el estatus de padres espirituales, siempre encontraremos
alguien en el camino que nos preceda y que podrá brindarnos algún grado de tutelaje
paternal. Esto no los hace a ellos mejores o más dignos ante el Padre que nosotros,
simplemente es que han recorrido un mayor trecho en el camino. También puede que
algunos de nuestros hijos o jóvenes, por la gracia de Dios coyunturalmente avancen más
allá de lo que nosotros hemos alcanzado. Tal fue el caso de Pablo, que viniendo más tarde a
los pies del Señor creció muy rápido y sobrepasó a los demás apóstoles, aunque éstos
hubieran caminado físicamente con el Señor y creyeron antes que él. Aún David reconoce
en sus Salmos que pudo crecer más allá que sus maestros (Sal 119:99, He llegado a tener
mayor discernimiento que todos mis maestros, Porque tus testimonios son mi
meditación).

Padre intercesor

Decía Henry J. Nouwen, en su libro “El Regreso del Hijo Pródigo” (sin duda uno de los libros
mejores que jamás hayamos leído, que nos hayan leído a nosotros y que les recomendamos
arduamente leer) que, tras pasar por el papel del hermano menor rebelde y
descarriado, experimentado en pecados externos, que se va de la casa y del
hermano mayor amargado y celoso, cargado de pecados internos, que está en la
casa pero no la considera suya; somos llamados a asumir el papel del padre
sufridor, que siempre está en casa dispuesto a recibir a los extraviados, a encajar los
golpes, a perdonar y a extender gracia a quien retorna arrepentido. ¿No será este un
intercesor? Sí, aquel que alcanzó la gracia para colocarse en la brecha y cargar
vicariamente con las flaquezas de los débiles (Colosenses 1:24), para que ellos puedan ser
bendecidos (Filipenses 1:29).

El padre está llamado a sufrir por otros, a sembrar bendición y a recoger, muchas veces,
ingratitud por pago; a tender la mano a sabiendas de que muchos morderán la mano que
les bendice (solo uno de los leprosos sanados regresó a dar las gracias al Señor, un triste
diez por ciento). Bueno. ¿Y qué? ¿Eso nos retraerá de hacer lo debido? ¿No fue también él
un hijo menor rebelde y un hijo mayor amargado antes de ser padre? Es común de los hijos
la postura egocéntrica y egoísta de exigir sus “derechos”, “dame, dame, ...” Exigen todo el
tiempo que les apacienten, reclaman atención, que les sirvan y brinden entretenimientos y
novedades, porque estando solos por mucho tiempo haciendo lo que deben, todavía se
aburren (Proverbios 30:15). El mundo gira alrededor de ellos y los demás deben
ajustarse a sus programas y deseos y estar para satisfacerlos. Quieren ser servidos y no se
dan cuenta que su liberación vendrá cuando saliendo de sí mismos se enfoquen
en los demás. El padre que ama ha dejado de pensar en sí mismo y piensa en
los demás.

Padre disciplinador

Una de las facetas más difíciles y que mayor amor requieren del padre, es la de exhortar,
corregir, confrontar, reprender cuando llega el tiempo de hacerlo; lo cual suele
ocurrir tras un periodo, más o menos largo de soportar, de advertir suave y dulcemente sin
ser escuchado y de dejar pasar. Condenar y no condonar es desagradable, pero
necesario para la salud espiritual de los niños y jóvenes; pues ellos no se acuerdan casi
nunca de que prestar atención es más importante que la grosura de los carneros (1
Samuel 15:22) … Luego, tras mucho tiempo de hacer caso omiso a las reiteradas
advertencias suaves y dulces, cuando llega el trueno, el rugido del león, dicen que papá es
muy duro. Hay veces que la rueda del carro se atora en el barro y en ese caso se necesitará
no una suave palmadita, sino un fuerte empujón para sacarlo del atolladero.

Realmente nos cuesta mucho entender la diferencia entre el amor ágape y el


emocionalismo o sentimentalismo; ello es especialmente difícil de entender para la
mujer, por natura más inclinada del lado emotivo que del racional. Si esto no se entiende,
el acto supremo de reprender en amor siempre será confundido con dureza.
Definitivamente nuestro Padre celestial es dulce, atributo característico de la madurez,
pero no deja de serlo cuando disciplina y azota a todo aquel que recibe por hijo (Hebreos
12:6).

Dios encierra en Sí mismo las características maternales del Shaddai y las paternales de
Yahweh. En el ejemplo de Israel de educar a los hijos, vemos que éstos estaban primero a
cargo de las madres, pero al llegar a los 13 años pasaban a cargo de los padres. Así es con
nosotros espiritualmente, primero Dios se nos muestra en su lado maternal como el Dios
ubre sustentador, pero luego quiere que crezcamos para poder tratarnos paternalmente
como Yahweh.

Las carantoñas y los mimos, incluso los toques físicos, que Dios nos prodigaba en nuestras
primeras instancias, han de ir quedando atrás. Imagínense a un adolescente a un
jovenzuelo o a un hombre maduro al que sus padres le siguieran haciendo las mismas
ñoñerías tipo cuchi cuchi, que a un bebé o a un niño. Las visiones, los sueños, los vellones,
han de ser relegados para que aprendamos a escuchar y hablar con Dios cara a cara. El que
no ha madurado lo suficiente tiende a sentirse “muy espiritual” e inflarse cuando Dios le
habla en sueños o visiones; no dándose cuenta que los sueños y las visiones, por lo general,
son un síntoma de algún grado de infantilismo espiritual; en aquellos que no han
aprendido a escuchar y obedecer la voz suave y pequeña del silbo apacible y necesitan de
los altavoces para reaccionar (Números 12:6-8).

Hemos llegado a entender que cuando el Padre nos castiga o nos alza la voz es
cuando más nos ama, porque lo hace a pesar de lo mucho que a Él le duele tener que
hacerlo. El emocionalismo dulzón deja pasar y consiente, porque, tratando de evitar la
confrontación azarosa del momento y el ser mal entendido o tachado de duro, se ama a sí
mismo, dejando que el otro reciba el daño mayor, que de seguro le sobrevendrá en el
futuro por no haber sido corregido a tiempo. A los niños que se les deja seguir su propio
camino no se apartarán de él y serán siempre unos consentidos (Proverbios 22:6).

Generalmente nos tachan de duros y eso ha sido un asunto de continua oración para
nosotros. Dios nos ha enseñado que Él es un Cordero manso y tierno, pero que
también es un León, que cuando debe rugir ruge. Imagínense a Jesús con el látigo en la
mano en el templo; nos parece que no tendría cara de muchos amigos. ¿Amaba el Señor a
aquellos a los que estaba azotando? ¿Amaba el Señor a los fariseos mientras los fustigaba
verbalmente en Mateo 23, llamándoles lindezas tales como hipócritas, raza de víboras,
sepulcros blanqueados, …? ¿Amaba Dios a Judá en su diatriba de Isaías 1, donde les decía
que aborrecía sus sacrificios, que no podía tolerar sus fiestas solemnes, que dejaran de
pisotear sus atrios? Yo creo que a esas preguntas cualquiera responderá con un rotundo sí.

Definitivamente la tarea de los padres no es fácil, ¡Cuánto les cuesta llegar a tener que
rugir! Ser hombres de hierro y terciopelo no es cosa de poca monta; se necesitan
mucha sabiduría y discernimiento para hacerlo cuando toca y no escurrirse. Esto de saber
combinar el hierro y el terciopelo, la verdad y la gracia, es lo que se llama la integración
de contrarios propia de la madurez. Y sí, definitivamente, los padres también cometen
errores y a veces no lo hacen bien, pero no por eso se les permite dejar de hacerlo.

El cristiano maduro no sólo debe estar dispuesto a corregir o disciplinar, sino a ser
corregido y disciplinado. A nadie le gusta ser reprendido o que le llamen la atención
sobre algo incorrecto. La carne siempre tiende a reaccionar negativamente cuando la
pinchan, ¡cuánto se ofende la carne reprendida! El inmaduro se ofende fácilmente pero el
más maduro rápidamente se sujetará al espíritu (1 Corintios 14:32), analizará la
corrección delante del Padre y, si el toque de atención venía de Dios, agradecido se
someterá y se enmendará. En cambio cuando se le confronta al inmaduro tiende a no
prestar atención, a no darse por aludido, a empecinarse en su error y a airarse e incluso a
manifestar fuerte enojo.

Proverbios 16:32
“Mejor es el que tarda en airarse que el fuerte; y el que se enseñorea de su espíritu,
que el que toma una ciudad”.
Proverbios 25:28
como ciudad derribada y sin muro es el hombre cuyo espíritu no tiene rienda.

Ésas confrontaciones son uno de los medios de los que el Padre más se sirve para
exponernos y manifestar lo que hay dentro de nuestros corazones. Esos patinazos que
damos cuando nos llaman al orden exponen que todavía debemos crecer y
enmendarnos, para que esas sombras que aún persisten en nuestro interior sean
eliminadas con la luz recibida. Si negamos esa luz permaneceremos ciegos en esas áreas y
no avanzaremos hacia una mayor madurez. Obviamente esos patinazos serán seguidos
del consiguiente periodo de cosecha de consecuencias por la mala siembra que hayamos
hecho y retrasarán un poco nuestra maduración. Definitivamente, todo patinazo, toda
salida del tiesto, toda salida de cuadro o de foco, todo exabrupto, hará que nos deslicemos
un poco hacia abajo y que después tengamos que esforzarnos por enmendar y remontar el
terreno cedido.

Saber dar y recibir un elogio

La madurez también ha aprendido a recibir los elogios, y a rechazar las lisonjas o


adulaciones. Cuales flores, disfrutará momentáneamente de su perfume, agradeciendo a
Dios por ello y, reconociendo que toda sabiduría, toda buena dádiva y todo don perfecto,
vienen de Él y no le son innatos (Santiago 1:17), sin hincharse orará poniendo a Sus pies
esas flores. El que aún no creció lo suficiente tiende a infatuarse y eso, más temprano que
tarde, le empujará a un nuevo tropiezo que lo deshinchará.

El padre deberá observar especial discernimiento y cuidado a la hora de dar un elogio,


sopesando si la persona a quien ha de dirigirlo podrá recibirlo sin envanecerse. Es claro
que debemos animar y encomiar a los más jóvenes o niños para que no desfallezcan, pero
debemos ser muy cautos para no causarles un mal queriendo hacerles un bien. Es difícil de
entender y de decir, pero es preferible excederse por duro que por blando.

Juzgar a los mayores

La persona más madura reconoce que hay cosas que aún no sabe ni entiende y por ello es
muy cautelosa a la hora de juzgar a quienes ve caminando por delante. Reconoce su
altura espiritual y la de los demás pues no tiene un concepto más alto de sí mismo que el
que debe tener, en conformidad a su medida de fe (Romanos 12:3). Sabe de dónde viene,
dónde está y adónde se dirige. El menos maduro no entiende y no ve lo que hay al otro lado
de los muros que le sobrepasan; necesitaría un taburete o cajón para encaramarse y poder
ver por encima de dicho muro y, si lo hiciera, aún así sólo poseería el conocimiento de lo
que acaba de contemplar; pues no puede todavía ser carne en su corazón por su falta de
experiencia en el Señor al respecto. Contemplar no es poseer, aunque le preceda.
Moisés contempló la Tierra en Pisga pero no entró; sólo pudo entrar después de
muerto, cuando en la transfiguración del Señor en el Hermón estuvo allí junto con Elías.
Sólo cuando morimos a ese aspecto carnal que nos retiene, poseemos lo que habíamos
contemplado.

1Sam_15:14
Samuel entonces dijo: ¿Pues qué balido de ovejas y mugido de vacas es este que yo oigo
con mis oídos?

Cuanto más madura uno, más tiende a examinar los hechos con objetividad y desde
su origen. Mientras tanto los que están más atrás tienden a ver solo que ocurre en el
momento presente, y a veces ni eso, permaneciendo totalmente o parcialmente cegados a
la periferia, a los orígenes o causas de los sucesos y a sus posibles consecuencias. Debido a
esto cuando se les confronta niegan las evidencias, ya sea consciente o inconscientemente,
para no tener que dar su brazo a torcer. Argumentan ofendidos en lugar de aceptar
concediendo la razón a quien la tiene y cambiar. Tu les señalas el balido de ovejas y mugido
de vacas que claramente estás oyendo en su trastienda, pero se niegan a aceptarlo y siguen
argumentando en lugar de reconocer, con sinceridad y amplitud, que erraron. Es más,
suelen acusar de estarles juzgando a quienes les señalan los tozudos hechos.

Analicemos un poco este asunto de si debemos o no juzgar.

Juan 7:24
No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio.
Juan 7:51
¿Juzga acaso nuestra ley a un hombre si primero no le oye, y sabe lo que ha hecho?

Ambos textos del evangelio de Juan muy claros pues nos dicen que:

1- No debemos juzgar basados en apariencias, sino que debemos juzgar con justo juicio.
2- Primero debemos oír a quien vayamos a juzgar para saber lo que ha hecho.

Por lo tanto el texto de Lucas 6:37 No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no


seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados, tras el que muchos se parapetan
para que nadie se atreva a reprenderlos, evidentemente no puede querer decir que no
debemos juzgar, pues aún el Señor manda hacerlo, sino que debemos ser prevenidos de
que el Señor nos juzgará primeramente a nosotros sobre ese asunto. Esto nos
hará echar mano de temor, temblor y misericordia par nuestro juicio posterior o para
desistir de hacerlo.

Cuando juzguemos sin saber, sin conocer los hechos, por las apariencias y por lo que
nosotros nos imaginemos, estaremos juzgando injustamente, moviéndonos en lo que
normalmente entendemos por juzgar peyorativamente, lo que la gente suele replicar
diciendo “no me juzgues” o “me estás juzgando”. Si no conocemos los hechos deberemos
preguntar primero al encausado, y a los demás si procede, para que nuestro juicio sea
basado en hechos y no en suposiciones. A veces nos montamos películas imaginarias en
nuestra propia mente de lo que estará pensando él, de lo que él les dirá a otros de nosotros
y de lo que los otros estarán diciendo y pensando, … Al final, 99 veces de cada 100, nos
confundiremos y eso traerá cola. Pero, obviamente, si ya conocemos los hechos y además
vienen repitiéndose de largo tiempo, si estamos oyendo los mugidos y balidos en la
trastienda, no estaremos juzgando injustamente. Tampoco debemos ignorar el
discernimiento que a veces el Señor nos da y que nos permite conocer por el Espíritu las
actitudes de la persona en cuestión; si este discernimiento ha sido contrastado, no
debemos dejar de juzgar al hermano.

La gente más inmadura tiende a confundir el justo juicio, la franqueza, con dureza y con
juicio injusto. Son todavía hipersensibles, extremadamente conscientes de sí mismos, y
careciendo de estabilidad presentan altibajos emocionales. Detrás de la auto
consciencia se esconde el orgullo, pues se piensa que todo gira alrededor nuestro y que
todos están pendientes de nosotros, observándonos o escuchándonos todo el tiempo. El yo
y no Cristo ocupan nuestro centro. Parece que cuando se les confronta a éstos todo su
castillo de naipes se viene a bajo; como si la persona que les está bendiciendo al exhortarles
les estuviera poco menos que degollando; como si su fachada de perfección se derrumbara
y sus vergüenzas quedaran expuestas. Para ellos que otros se den cuenta de sus fallas es
algo tan trágico que no lo pueden sobrellevar, todavía no han realizado su sacrificio
de paz y se sienten culpables y rechazados por la persona que les ha llamado la
atención y por Dios, pues parece que ellos piensan que si no son perfectos no son recibidos.
No saben asimilar la justicia imputada. No saben aún por experiencia que Dios y los demás
les aceptan tal cual, como a santificados llamados a ser santos o a crecer en santidad.

Pero Dios ama la sinceridad, las vasijas sin-cera. Antiguamente cuando alguien iba al
alfarero a comprar algún recipiente de barro le decía: “démelo sin cera”. La palabra
“sincera” se originó así, si esta historia es cierta. La gente llegaba a su casa y al calentar su
vasija, la cera con la que el vendedor engañosamente había tapado la grieta o poro, se
derretía y perdía el líquido de su interior, descubriéndose el engaño. La persona madura no
tapa sus defectos con cera, ha aprendido que las hojas de higuera no pueden cubrir sus
defectos, pero siente cubierta con la túnica de la justificación y acepta en el Amado.

John Hus dijo aquello de “prefiero herirles con la verdad que matarles con la mentira”. La
verdad a veces es muy cruda o muy dura, pero la verdad es luz y solo la luz nos sana
(Juan 8:32). No debemos escatimar la verdad por temor a herir. Pero, ¡cómo huyen de esto
muchos todavía! De esto y de que les hieran, ¡casi prefieren morir que escuchar la verdad!

No, no se necesitan muchos años para conocer a una persona o al menos para conocer
algunas cosas en las que dicha persona debe crecer. El espiritual juzga todas las cosas,
aunque él no es juzgado de nadie (1 Corintios 2:15). Sí, es espiritual discierne porque ve
con claridad lo que el menos espiritual no puede ver, porque ya pasó por ese terreno y
siendo más alto ve del otro lado del muro. Esto no funciona a la inversa. Desde una
cumbre alta vemos claramente lo que hay en las cumbres más bajas, pero desde las más
bajas no hay modo de saber lo que hay en las cumbres más altas. ¡Qué peligro pues juzgar a
los mayores desde estaturas menores!

Emociones que necesitan ser sanadas y ceñidas

Mientras las heridas del pasado todavía ocupan un lugar muy presente en nuestras mentes;
mientras las llagas aún supuran; mientras aún nos regodeamos contemplando y hurgando
mucho en las heridas del pasado, mientras persisten los desequilibrios emocionales, no
podemos tener la libertad de la plena madurez. Debemos abandonar las cantaletas de
autoconmiseración por lo mucho que sufrimos ahora o en el pasado y reconocer que
Dios no se equivoca y no hace acepción de personas.

Estos sube y baja, estos desequilibrios, nos lastran y nos impiden tener sanas relaciones
con los demás. La vida en el espíritu es con vaselina la vida en la carne es con
calzador. La fricción contra personas o circunstancias es síntoma de que no andamos
todavía en perfecta armonía con el Creador y Su Creación. Resistir es señal de cierta
inmadurez, someternos a la sabia soberanía de Dios eliminará muchos obstáculos en
nuestras relaciones. No seamos tan ciegos como Balaam, que por resistir la voluntad de
Dios vio su pie friccionado, apretado, contra el muro y luego le echaba las culpas al asna.
¡No tratemos a los demás como al asna de Balaam, cuando nosotros somos los culpables de
los problemas! (Números 22:25).

Las personas quejumbrosas y depresivas no son una muy grata compañía y alejan a
los demás. La depresión no es más que una resistencia o rebelión ante la
realidad que Dios ha escogido para nosotros. Toda muerte es repelente y mientras
haya zonas mortecinas en nosotros provocaremos rechazo y conflicto. Algunos tienen tal
grado de muerte que hasta hieden. No es menos cierto que nuestro temperamento
irascible rompe muchas relaciones y aleja a otros por temor de acercársenos. Recordemos
que al llegar a un lugar lo primero que entra allí es nuestro espíritu y que eso
captarán quienes estén allí. ¿Te das cuenta ahora del porqué de muchos de tus conflictos
relacionales y de por qué no caes bien a muchos? No son los demás, ¡tú eres el culpable!
No son ellos quienes te resisten, es Dios saliéndote al paso en tu obstinación y
rebelión.

Dejemos pues de tratar de vivir en un pasado que ya se fue o de anticipar un futuro que
aún no llegó, y sometámonos al ahora que es lo único que se nos da para vivir.

Flexibilidad y prioridades en el manejo de nuestras agendas

Nuestras agendas no han de ser inamovibles, sino que le pertenecen al Señor, y deben de
estar a Su disposición, abiertas para que Él pueda introducir cambios cuando lo considere
oportuno. Si no estamos dispuestos a variar nuestra rutina cuando sea necesario,
ciertamente perderemos muchas bendiciones. A todos nos cuesta salir de la rutina
cotidiana pero debemos ser flexibles para el Señor, sabiendo que en Su soberanía el
controla las interrupciones y los cambios en nuestro programa. Esto no tiene por qué ir en
detrimento de saber discernir cuando no debemos aceptar intromisiones que nos roben un
tiempo que hemos sido llamados a redimir o aprovechar. Debemos saber priorizar y
debemos saber ser flexibles, pues nada nos llega sin el previo consentimiento de Dios.
También debemos ser serios en nuestros compromisos y ser puntuales para respetar el
tiempo de los demás, que vale tanto a más que el nuestro.

Rezagos de religiosidad

Quienes todavía recién están acomodando sus retinas espirituales a la luz del amanecer del
nuevo día o a punto de entrar en él, se muestran reacios a abandonar ciertas prácticas
religiosas de Pentecostés. Ciertamente estas prácticas nos fueron muy útiles en la
etapa anterior, pero nos estorban en la nueva Edad de Tabernáculos que estamos
iniciando. Cuando es tiempo de que estemos en el Lugar Santísimo a la luz de la
Shekiná (la gloria de la Presencia de Dios, Cristo formado en nosotros) y disfrutando del
maná escondido (Cristo como rhema viviente) dentro del Arca (nuestro espíritu), la luz
de la menorá y el maná externo (cultos, devocionales, lectura de la Biblia, y oraciones al
estilo vocal y rutinario de Pentecostés, ayunos, etc.) que caía delante de nuestra tienda
cada día, nos dejarán secos, indiferentes y hambrientos. Cuando la Inquisición ordenó
retirar todos los libros perniciosos, según los inquisidores, coincidencialmente todos los
que más amaba Teresa de Ávila, ella exclamó: “Jesús, desde ahora en adelante tú serás mi
libro viviente”.
Este paso audaz de fe ciertamente es muy obstaculizado por el enemigo, que nos infunde
temor y peligro para que no soltemos este tipo de oración, de vida religiosa, y por nuestra
carnalidad, pues la carne está muy interesada en el halo de santidad que le procura la
apariencia de piedad y por el envanecimiento de seguir pensando que su esfuerzo en este
tipo de oración es la clave de sus éxitos. Hay quienes se sienten muy espirituales porque
ayunan mucho, pero la realidad es que quien mucho ha de ayunar mucha carne le
queda por sujetar. Sin embargo, en el Lugar Santísimo no queda nada para nosotros,
para el yo, sino dejarle hacer a Él. De este modo de nada podremos jactarnos, salvo de la
bondad de un Dios que nos da todas las cosas gratuitamente, por el puro amor y deleite de
quien gusta de sustentar a Sus hijos amados. Ciertamente, en la nada encontramos el
Todo, en el despojamiento la provisión, en el desasimiento el anclaje más
fuerte, en la bendita inseguridad la plena tranquilidad. ¿No sustenta Dios a toda
la Creación? ¿No alimenta a todos los animales y aves del campo? ¿No es Él quien viste de
hermosura las plantas y las flores? ¿No tenía todo a su disposición Adán en el huerto del
Edén? Es un salto al bendito vacío, donde encontraremos los brazos fuertes del Señor.

Puede que nos llamen herejes o apóstatas, pero correremos ese riesgo para que entiendan
que no les va a pasar nada por abandonar la oración vocal, al menos parcialmente, por
faltar a lectura diaria de la Palabra, pues a estas alturas se supone que debería estar
encarnada en nuestros corazones, habiendo pasado ya de fuera a dentro. Claro está, a
cambio tendremos la sintonía continua de quienes no necesitan buscar o entrar
en Su Presencia, porque viven allí y de allí no salen y, por lo tanto, no
necesitan volver a entrar. En esa sintonía ellos escucharán, cuando Él lo decida, Su voz
y, mientras no la oigan sabrán que simplemente todo estará bien y podrán seguir con sus
rutinas. La paz en sus corazones será el árbitro que les diga que todo va bien y, el gozo, la
sonrisa de aprobación del Padre contemplándoles con deleite.

Permítannos dejarles unos enlaces sobre la suprema oración del silencio, mística,
contemplativa, de quietud, el orar sin cesar, la invocación del Nombre, la práctica de la
Presencia de Dios, la oración continua, o como la quieran llamar. Dijo un santo de Dios
que cuando practicaba esta oración y no sentía nada; salía de allí como si nada hubiera
ocurrido; pero que cuando se presentaba la ocasión a lo largo del día, se daba cuenta de
que en aquellos momentos de SIMPLEMENTE ESTAR CON ÉL, el Padre le había dejado,
sin que lo notara, algo en un bolsillo y cuando en el momento preciso metía su mano allí
encontraba todo lo necesario para la ocasión. Esta vida de oración no precisa de un
lugar o tiempo específico, pues consiste en vivir en Su Presencia, conectados
permanentemente a la Fuente de Vida y sorbiendo siempre que necesitemos más. Cuando
uno usa un perfume acaba habituándose a él y deja de notarlo, pero sabe que de todos
modos está ahí. Igualmente cuando vivimos en el Santísimo sabemos que andamos en Su
Presencia aunque no Le sintamos, salvo que Él quiera manifestarse de alguna manera a Su
discreción. Simplemente vivimos por fe y no por sentimientos. Les recomendamos este
enlace sobre como se bebe del Agua de Vida.

¿CÓMO SE BEBE DEL AGUA DE VIDA? (CRISTO VIDA Y HÁBITAT) (E.V. Éxodo,
Witness Lee)

Al pie de este artículo verán varias etiquetas sobre este tipo de oración. Les invitamos a
seguirlas para aprender y avanzar más sobre esta oración.

Debemos igualmente darnos cuenta que quien tiene Su Presencia y vive en Él no necesita
emplear la jerga religiosa, los “Dios te bendiga” a toda hora, los “Dios me dijo”, etc. etc.;
jerga religiosa tan odiosa para los incrédulos y de la que huyen como de una pulmonía. Los
que moran en la Tierra Prometida se muestran tal como son, como personas naturales y
normales, que por no estar saturados de piedad afectada pueden sintonizar con cualquiera
cuando les llegua el momento y presentar defensa con mansedumbre y reverencia de la
esperanza que hay en ellos (1 Pedro 3:15) (Véase nuestro artículo, “Evangelización Vía
'Satélite'”). Simplemente son sal y sin siquiera tener que hablar provocan sed;
algo así como la impresión que Eliseo causaba en la mujer de Sunem (2 Reyes 4:9), quien
sin conocerle de nada algo notó en él algo que la movió a invitarle a su casa y bendecirle.
Recordemos que no somos nosotros sino el “perfume” que llevamos puesto.

Que no le dé pena saltarse uno, dos o tres o … devocionales si la agenda de Dios, ¡que
incluye interrupciones e inoportunidades!, lo requiere y siga luego con las tareas, haciendo
lo que pueda en el tiempo que le quede, sin afanarse. ¡Dios controla su agenda! ¿O no?
Deje pues su rigidez, su inflexibilidad y recuerde más bien que el Señor conoce de que pie
cojea y que lo que pretende con eso es abortar sus propios planes con cosas naturales que
Él quiere que hagamos, que a veces son lo más espiritual, e interrupciones para sacarle de
su tendencia a la “espiritualidad” mal entendida y para que se relaje. Deje de orar y leer
la Palabra programáticamente, al menos hasta que se desenganche de su religiosidad y que
su vida entera, devocionales si cuadra incluidos, puesta en el altar a Su disposición sea una
oración perpetua. Simplemente ande delante de Él y sea perfecto (Génesis 17:1).

Hacer lo correcto sin retraernos por intimidación

Aún Pedro y Bernabé, apóstoles y ciertamente cristianos con un alto grado de madurez, se
retrajeron de hacer lo correcto por temor de otros líderes judaizantes de la Edad antigua de
la Pascua (Gálatas 2:12). A veces estamos siguiendo algo nuevo que nos parece lo correcto
delante de Dios, pero cuando algunos hermanos lo critican tenemos la tendencia a
abandonarlo, en lugar de permanecer pegados a la nueva verdad descubierta, al vino
nuevo, a las revelaciones de la Nueva Edad. Pablo estaba predicando lo correcto, Pedro y
Bernabé le secundaban, pero ante la presión de los judaizantes, que se negaban a recibir el
vino nuevo, se echaron hacia atrás. Ciertamente eso es un indicador de que debemos crecer
un poco más, para seguir libremente a la Cabeza sin dejarnos coaccionar.

Patinar, corregir y avanzar

Sí, Dios es maravilloso y a veces nos deja errar o patinar o incluso “nos pone una pequeña
zancadilla”. Ordena las circunstancias haciéndonos tropezar para exponernos, y así
podernos mostrar lo que nosotros no vemos, pero Él sabe que está ahí. Caemos y somos
expuestos. Cuando seamos expuestos deberemos decidir si nos haremos los locos, como
que no pasó nada, o si le diremos: “tienes razón Señor eso que señalas con Tu dedo
está ahí y es bien feo; necesito dejarte obrar aquí para poder vencer y crecer.
Gracias Padre por no dejarme seguir adelante con esto. No rebajes tu listón,
sólo dame tiempo y yo me someteré a Tus demandas”.

Deberemos hacer un replay completo de los hechos desde el origen, con


objetividad y decirle al Señor que nos muestre las causas, las malas prácticas o actitudes,
los patrones errados de pensamiento o comportamiento; las fortalezas mentales que aún
han de ser derribadas, y sustituir esas formas erróneas de pensar y de proceder
por los patrones bíblicos adecuados. Elegiremos un texto que el Señor nos dé que se
oponga, golpee hasta derribar esa fortaleza, ese patrón de pensamiento erróneo, hasta que
la Palabra consiga su efecto. Usar versículos como píldoras medicinales siempre da buen
resultado.
Casi siempre hay un desfase temporal entre cuando somo expuestos por la luz y el
momento en que esa luz se encarna en nuestra vida por experiencia. La luz normalmente
mata el germen pero la herida necesita ser restañada. Si ve ese desfase en otros, entre lo
que dicen y lo que realmente viven de lo que dicen, puede que no estén siendo hipócritas y
sólo estén en su tiempo de ajuste; así que perdóneles y deles tiempo de gracia para
ajustarse a sus propios estándares.

Arreglando cuentas

Juan 11:39
Dijo Jesús: quitad la piedra. Marta, la hermana del que había muerto, le dijo: Señor,
hiede ya, porque es de cuatro días.

Todo tiene su tiempo y a veces llega el tiempo de hablar, aclarar y ajustar cuentas con el
hermano. Es mejor hablar que seguir un amor fraternal fingido, cuando estamos dolidos
por algo que nos hicieron o nos dijeron.

1 Pedro 1:22
Habiendo purificado vuestras almas por la obediencia a la verdad, mediante el
Espíritu, para el amor fraternal no fingido, amaos unos a otros entrañablemente, de
corazón puro;

Cuando el tropiezo ha dañado una relación aún hasta el punto de que hieda porque ha
pasado mucho tiempo, siempre hay solución. Para resucitar esa relación que nuestro
exabrupto dañó deberemos primero quitar la piedra; es decir, restituir. Restituiremos
reconociendo y confesando nuestro traspiés y pidiendo perdón. Con esto el “muerto”
saldrá de la cueva … y la comunión será restablecida y, lejos de menoscabada, reforzada.

Efesios 4:15
sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto
es, Cristo,
Hebreos 3:13
antes exhortaos los unos a los otros cada día, entre tanto que se dice: Hoy; para
que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado.

Proyección

Los niños y jóvenes en el Señor deben superar la tendencia a la proyección. Nuestros


hermanos suelen ser como espejos en los que nos vemos reflejados. La falta de
discernimiento maduro para conocernos y conocer los espíritus de los demás, nos lleva a
errar achacando a los demás los defectos o cosas que sólo están en nosotros mismos.
Atribuimos a los demás aquello que no nos gusta de nosotros mismos y somos incapaces de
ver. Aquí cabría hablar del tan manido asunto de la paja en el ojo ajeno y la viga en el
propio o lo del dicho, “médico sánate primero a ti mismo”.

Idolatría del corazón y resistencia a lo nuevo

Es cierto que no podemos recibir la revelación clara de la Nueva Edad, que ha de ser
entendida a la luz de la shekiná, con la luz mucho menos penetrante de la menorá de la
Edad Vieja. No es menos cierto también, que aún habiendo cruzado manifestaremos
resistencia a esa potente luz nueva, que inicialmente nos ciega por su gran resplandor y a la
que deberemos ir aclimatándonos (Véase el artículo de Oswald Chambers: “Luz Cegadora
que Todavía no se Puede Sobrellevar”).

Está resistencia viene en gran parte por nuestra idolatría de corazón, por nuestro apego
a doctrinas y/o “revelaciones” antiguas erradas o parciales. Deberemos orar y recordar que
somos llamados a examinarlo todo y retener lo bueno y a entresacar lo precioso
de lo vil y lo importante de lo accesorio; pero una vez contemplada una nueva
verdad no debemos convertirnos a ellos de nuevo volviendo atrás, por causa de la
intimidación de los que se niegan a avanzar recibiendo esa verdad, como Jeremías tal vez
quiso hacer debido a su fracaso en ser escuchado, sino estar firmes y esperar que ellos se
conviertan a nosotros (Jeremías 15:19).

En el paso de Pentecostés a Tabernáculos hay muchas cosas que nosotros tuvimos que
descubrir y corregir con temor y temblor. Al respecto les invitamos a leer nuestro artículo
“Experiencia de Traducción de la Obra del Dr. Stephen E. Jones”.

Concluyendo
No hemos pretendido escribir un libro ni en ninguna manera agotar un tema tan extenso
como el de la madurez o paternidad. Simplemente les hemos trasladado algunas de las
experiencias que nosotros hemos enfrentado o enfrentamos al respecto.

Quiera Dios que todos hallemos de Su gracia y de Su luz para continuar creciendo en
madurez y en paternidad delante de Dios y de los hombres (Lucas 2:52).