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¿Por qué los castigos a niños no sirven

para nada?
Entrevista con Olga Carmona, psicóloga clínica experta en Psicopatología
Infantojuvenil y en Neuropsicología de la Educación, así como en atención
psicoeducativa en niños con altas capacidades

Publicado MADRID 09/06/2016 http://www.abc.es

Hace 50 años se castigaba mirando contra la pared, con


orejas de burro o incluso sosteniendo libros en cada brazo.
De un tiempo a esta parte la moda es obligar al niño a
sentarse a pensar. ¿Ha cambiado mucho el cuento?
En la filosofía de base no, en la forma afortunadamente sí. Nuestra
sociedad evoluciona hacia leyes más civilizadas, democráticas y
respetuosas con los derechos humanos y hoy por hoy, muchas formas
de castigo que se usaban antes serían constitutivas de delito. Sin
embargo, las sociedades cambian antes sus leyes que sus
mentalidades. Hacen falta varias generaciones para erradicar una
forma de pensamiento. Hoy se utilizan formas de castigo menos
aversivas pero cuya base de que el castigo es educativo, que el adulto
es superior, que el castigo transmite autoridad, que la disciplina sólo
puede conseguirse a través de éste y que si no sometemos
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convenientemente a los niños, serán sujetos desadaptados y


peligrosos. Creencias que dibujan el perfil de una sociedad
profundamente adultocentrista, que lleva siglos instalada en el
paradigma del premio y el castigo como únicos vehículos de
aprendizaje y cambio.

¿Qué le parece la silla o el rincón de pensar?


Es una técnica punitiva, se trata de una expulsión o aislamiento del
niño sin dotarle de ningún tipo de herramienta para que aprenda a

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gestionar el conflicto. Un niño no sabe pensar si no es guiado y
acompañado con un adulto y desde luego, nadie puede pensar
inundado de ira o de frustración. Es un castigo maquillado que no
aporta absolutamente nada. Aislar e ignorar física y afectivamente a
un niño no educa. Por el contrario, contenerle, ayudarle a calmarse
(respiración, frasco de la calma, un cojín preferido, un abr azo si se
deja, un cuantas carreras…), para después guiarle hacia una reflexión
sobre lo ocurrido y tratar conjuntamente de encontrar una mejor
manera de hacer las cosas, sí educa. Porque no se trata sólo de
decirle lo que no es correcto, sino de mostrarle caminos
alternativos al mal comportamiento. Incluso pueden utilizarse
recursos como teatralizar la situación con las nuevas estrategias para
que “ensaye” su puesta en marcha, o darle al botón imaginario del
retroceso para tener la oportunidad de esta vez, hacerlo bien. Ellos
necesitan saber cómo y es nuestra responsabilidad ayudarles. No
expulsarles.

Hacerlo como usted indica, ¿qué aporta en ese niño?


Conseguir personas empáticas, respetuosas y capaces de gestionar
los conflictos, a no ser personas sumisas y resentidas incapaces de
conectarse con sus propias emociones y mucho menos con las de los
otros. Uno no puede dar lo que no tiene y no puede ofrecer lo que no
sabe.

Deme argumentos para no castigar a un niño de infantil y/o


primaria
El primero y más esencial de todos es por razones éticas universales:
cuando castigamos a un niño pequeño atentamos contra su dignidad
como persona. Los castigos, sean de la índole que sean, tienen un
componente de sometimiento y humillación. Se impone por la
fuerza la voluntad de un ser humano sobre otro, que es,
además, más débil.
Pero es que, además está suficientemente demostrado que el castigo
no modifica la conducta a largo plazo, no educa, deteriora el
vínculo entre el niño y el adulto, genera resentimiento, conductas
evitativas, y violencia. Fragiliza una autoestima en construcción,
genera ansiedad y miedo, y perpetúa el modelo anacrónico, simplista e
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ineficaz de educación que ya no defenderían ni los conductistas más


radicales. Se trata de un modelo aprendizaje que corresponde al siglo
pasado y experimentado inicialmente con animales, para
generalizarlo después al comportamiento humano.

Muchos lo defienden porque así el niño deja de hacer


aquello por lo que se le castiga...
Pero no porque realmente haya interiorizado las razones por las cuales
no debe hacerlo, sino por miedo y por evitar el castigo. Luego el

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castigo no produce un aprendizaje de los valores que pretendemos
inculcar. Es una enorme paradoja, porque cuando se les pregunta a los
padres qué quieren para sus hijos, la mayoría responde que sean
buenas personas y que sean felices.
Y castigando, ¿no se consigue?
Queremos educar personas con criterio, con valores, empáticas y
respetuosas, capaces de defender su espacio sin invadir el de los otros.
Esto sólo se consigue cuando la motivación es intrínseca, es decir,
cuando hacemos las cosas porque creemos que deben ser hechas, no
porque temamos las consecuencias externas. Se trata de
construir cimientos sólidos desde dentro, no convertir a nuestros hijos
en marionetas manejadas por la aprobación o desaprobación del
entorno.

Un niño de 3 años no quiere dormir la siesta en el colegio y


por ello molesta a los demás. ¿Sugiere castigo ejemplar o
llevárselo a otra parte?
Sugiero revisar la competencia académica y profesional de una
profesora que castiga a un niño de 3 años, haga lo que haga. Si no
encuentra más alternativas que el castigo, entonces probablemente no
merece ocupar semejante responsabilidad. Sugiero respetar la
decisión del niño de no dormir y ofrecerle opciones de acuerdo a su
edad que equilibren el descanso de los otros y su no necesidad de
hacerlo. Lo que desde luego no es admisible es que el niño se convierta
en el chivo expiatorio de la incompetencia de algunos profesores y de
un sistema que premia el comportamiento de la mayoría y castiga a los
que no quieren o no pueden engrosar la media estadística. Estamos
educando, no adiestrando.

¿Sirve de algo castigar? ¿Aunque ese algo sea negativo?


Para deteriorar la relación entre el adulto y el niño, para aprender a
someterse a alguien con más poder, para introyectar que el
error es malo, para conectarles con el resentimiento, para no
gestionar las verdaderas razones por las que se han comportado mal y
para empezar a normalizar la violencia y las relaciones de poder como
la manera natural de relacionarse.
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Persiste el pensamiento colectivo que asegura que si no hay


disciplina estamos convirtiendo a los niños en unos tiranos.
¿Es eso cierto?
El camino más rápido para convertir a un niño en tirano es
sometiéndole y humillándole. La historia es contundente
ilustrándonos con montones de ejemplos de niños que fueron
educados de forma rígida y punitiva. Hitler es uno de ellos.

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No castigar a un niño no significa no educarlo. Hablamos de educar
desde una óptica que respeta su dignidad, pero que pone
límites. Autoritarismo no es lo mismo que autoridad. El
autoritarismo es abuso de poder mientras que la autoridad se gana,
desde la integridad y la coherencia.
Ahora bien, si convenimos en que disciplina es que un niño obedezca a
lo que se le ordena, que haga todo aquello que esperamos de él, que no
cometa errores, que nunca se comporte mal, que cumpla en definitiva
con las expectativas que los adultos le hemos puesto en la espalda y en
el alma, entonces hablamos de sumisión y de
despersonalización, no de adaptación.

¿Por qué los niños de infantil siempre tienen ganas de


aprender y según van cumpliendo años hasta llegar a
secundaria se van cayendo en el interés llegando al fracaso
escolar?
El niño es un ser inteligente y curioso con una tendencia innata a
experimentar y a tratar de comprender lo que le rodea, gracias a eso
hemos sobrevivido como especie. La escuela actual es un producto
decimonónico, escasamente revisado, anclado en un pensamiento
encorsetado y fijo que prioriza el resultado antes que el proceso,
que penaliza la creatividad y el error y que no respeta la
individualidad y modo de aprendizaje de cada niño.
La escuela de hoy (con escasas y benditas excepciones) consiste en
una repetición absurda de datos, la mayoría de poca o ninguna
utilidad práctica que encorseta a todos los niños como si fueran
iguales, que penaliza el error y que castra o ignora la creatividad
vivenciándola como molesta o excéntrica. Cuando los niños,
especialmente los más inteligentes, lo perciben, se desmotivan. Y lo
que es peor, pierden el interés por aprender, lo que a mi modo de ver y
entender la infancia, es una castración en toda regla.

¿Alguna sugerencia para sobrellevar al niño díscolo de la


clase?
La única manera es a través del vínculo, ofreciéndole formar parte
de los acuerdos, dándole responsabilidad y dejándole que
experimente las consecuencias de un mal comportamiento, que no es
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lo mismo que un castigo.

¿El conductismo es el rey? ¿Por qué?


Porque es efectista, es decir, produce resultados inmediatos y eso nos
tranquiliza mucho. Pero se queda en la superficie puesto que es un
modelo que procede el aprendizaje animal y no contempla elementos
cognitivos ni emocionales que son, en definitiva, lo que somos.

¿Cómo es el aula de infantil perfecta?


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Sería el hogar de cada niño con un adulto de referencia con atención
exclusiva. Como eso es difícil, lo mejor sería una que tuviera pocos o
muy pocos niños, lo menos directiva posible, que permitiera
la experimentación y la creatividad sin juicios, que tuviera al
frente a los profesionales más y mejor preparados con conciencia
plena de tener en sus manos la etapa más crítica del desarrollo de un
ser humano, que favoreciera la educación emocional y la autoestima
en lugar de los contenidos académicos, que utilizara el juego y solo el
juego para transmitir el gusto por aprender, que incorporase el error
como parte esencial de cualquier aprendizaje, que respetase los ritmos
evolutivos de cada niño sin forzar etapas, y desde luego, sin sillas
de pensar, sino con rincones de la tranquilidad y espacios para la
negociación y el acuerdo. Y esto que acabo de describir existe, no es
utopía. Se trata de querer y de entender la educación cambiando el
paradigma hacia otro donde el niño es el protagonista pleno en
derechos y dignidad, y el material humano más delicado y precioso
con el que cuenta una sociedad. Cualquier posibilidad de cambio hacia
sociedades menos violentas y más empáticas pasan por un cambio en
la manera de educar. Nos jugamos todo en la infancia.
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