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ESTUDIOS BÍBLICOS

ELA:
PARA QUE CREÁIS
(JUAN)
A menos que se indique lo contrario, todas las citas
bíblicas están tomadas de la versión Reina Valera 1960
Primera edición, 1995
© 1995 por Ediciones Las Américas, A. C.
Todos los derechos reservados
Prohibida la reproducción parcial o total
ISBN 968–6529–28–4
CONTENIDO
1. “Para que Creáis…”
Juan 1:1–18
2. El Verbo Inicia su Ministerio
Juan 1:19–2:25
3. El Verbo y Tres Entrevistas Importantes
Juan 3:1–4:54
4. La Oposición Aumenta
Juan 5:1–6:71
5. Cristo, ¡Predicador sin Igual!
7:1–8:59
6. Los Ciegos, las Ovejas y el Buen Pastor
Juan 9:1–10:42
7. Asuntos de vida o muerte
Juan 11:1–12:50
8. Instrucciones Finales Primera Parte
Juan 13:1–14:24
9. Instrucciones Finales Segunda Parte
Juan 14:25–15:27
10. Instrucciones Finales Tercera Parte
Juan 16:1–33
11. El Verbo Ora por los Suyos
Juan 17:1–26
12. La Noche Fatídica
Juan 18:1–19:42
13. Resurrección y Responsabilidad
Juan 20:1–21:25
“PARA QUE CREÁIS…” JUAN
EL VERBO EL VERBO EL VERBO EL VERBO
RECHAZADO 1 APRECIADO 13 CRUCIFICADO 18 RESUCITADO 20
:1–12:50 :1–17:26 :1–19:42 :1–21:25
Inicio del Preparativos y De Getsemaní a la El
ministerio del proclamación 13: residencia de descubrimiento 20
Verbo 1:19–2:25 1–35 Pilato 18:1–40 :1–29
El Verbo y tres Preguntas, Judas y el María
importantes respuestas y arresto 18:1–11 Magdalena 20:1
entrevistas 3:1– promesas 13:36– Anás, Caifás, y el Pedro y
4:54 14:31 juicio ilegal 18:12– Juan 20:2–10
El Verbo y el Relaciones y 17 María y Cristo
rechazamiento resultados 15:1– Pilato y su resucitado 20:11–
creciente 5:1– 27 tribunal 18:18–40 18
6:71 Los discípulos De la residencia de Los discípulos y
La fiesta, la fricción frente al Pilato al Calvario y al el resucitado en dos
y el futuro 7:1– mundo 16:1–6 jardín 19:1–42 domingos 20:19–29
53 Ministerio futuro Pilato, el El propósito dal
Los hermanos del Espiritu gobernador débil e cuarto
incrédulos 7:1–9 Santo 16:7–13 injusto 19:1–16 evangelio 20:30–
Los judíos Los discípulos Crucifixión y 31
incrédulos 7:10– frente a la verdad muerte del El epílogo; “A
53 de la Verbo 19:17–42 servir” 21:1–23
Jesús, la luz del resurrección 16:1 Los pescadores y
mundo 8:1–59 6–33 Cristo
El ciego sanado y La intercesión del resucitado 21:1–14
“los ciegos” Señor por los “El pescador” y
sancionados 9:1– suyos 17:1–26 Cristo
41 resucitado 21:15–
El Buen 19
Pastor 10:1–42 Dos discípulos y
La última señal y el dos rutas 21:20–23
último Comentario
enemigo 11:1–57 final 21:24–25
Celebraciones y
admoniciones 12:
1–50

1
“Para que creáis…”
Juan 1:1–18
“Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no
están escritas en este libro. Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el
hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre” (Juan 20:30–31).

INTRODUCCIÓN
Los comentaristas bíblicos de todos los tiempos han competido entre sí para
describir la grandeza del evangelio que escribió Juan. Usan palabras como “joya” y
“diamante” para reflejar su belleza. “Tierno” y la frase “el corazón de Cristo”, para
demostrar su espíritu, y “voz de trueno” haciendo referencia a su poder e impacto. La
verdad es que ninguna de las expresiones es exagerada.
Este libro es una combinación fascinante de “leche” y “vianda”. Presenta
simultáneamente un mensaje bellísimo en su sencillez, así como verdades de gran
profundidad que nos han dejado pasmados por 1,900 años. Alguien ha dicho que Juan
es como un gran río cuyo caudal es suficiente para que un elefante nade, pero que
contiene vados por donde la ovejita más tierna puede brincar.
El libro no es un repaso ni una nueva forma literaria de lo contenido en Mateo,
Marcos y Lucas, quienes presentaron a Cristo y su mensaje en un ambiente histórico,
cada uno escribiendo desde un punto de vista distintivo. En ellos se nota más el
elemento cronológico. Por el contrario, Juan seleccionó los eventos y enseñanzas de
sólo unos cuantos días de la vida terrenal de Jesús. Es más, los capítulos del 13 al 20
sólo tratan de una sola semana, la última. Bajo la dirección del Espíritu Santo de Dios,
le tocó al último evangelio interpretar los eventos, centrándose en la persona y obra de
Jesucristo.
EL AUTOR
Identificación del autor
Al fin y al cabo, lo que los autores humanos de la Santa Biblia escribieron dependió
del Espíritu Santo. El resultado, entonces, es precisamente lo que Dios quiso que
tuviéramos. No obstante, hay varios puntos de interés que debemos considerar en
cuanto a la paternidad literaria del libro.
1. No se menciona el nombre del autor humano en el libro.
2. El autor parece haber sido judío de Palestina por sus obvios conocimientos de las
costumbres de ese lugar.
3. Hay varias indicaciones de que fue testigo ocular de los eventos reportados (2:6; 13:26).
4. Juan cap. 21 nos encamina hacia una identificación del escritor.
a. El v. 24 señala a un individuo del grupo como el que “escribió estas cosas”.
b. El v. 2 indica quiénes estaban presentes cuando sucedieron los eventos relatados. De
ellos, el v. 20 elimina a Pedro como posible autor y Santiago (Jacobo) hermano de Juan,
había muerto años antes. De los demás, solamente Juan tenía el conocimiento íntimo de
los detalles relatados.
c. El v. 20, lo describe así: “el discípulo a quien amaba Jesús, el mismo que en la cena
se había recostado al lado de él”.
5. Desde muy temprano en la historia de la iglesia se reconoció a Juan como el autor.
Descripción del autor
El libro que lleva su nombre no tiene el propósito de elogiar a su autor. Sin
embargo, ya que lo identificamos como Juan, cabe mencionar algunas de sus
características:
1. Era uno de los “hijos del trueno” (Marcos 3:17).
2. Su profesión anterior era pescador (Mateo 4:21).
3. Fue de los primeros en seguir a Cristo (Mateo 4:21).
4. Llegó a ocupar un lugar muy especial como miembro del grupo más íntimo de Jesucristo.
a. Estuvo con Cristo en el monte de la transfiguración (Marcos 9:2).
b. Estuvo en el jardín de Getsemaní (Marcos 14:33).
5. Se denominaba “el discípulo a quien amaba Jesús, el mismo que en la cena se había
recostado al lado de él” (Juan 21:20).
6. Aparentemente respondió bien a la instrucción y aun a las reprimendas del Señor (Mateo
20:28).
7. Tan estrecha era la relación entre Cristo y Juan, que en la cruz el Señor le encomendó el
cuidado de su señora madre (Juan 19:26–27).
8. Se cree que era el “otro discípulo” de Juan 18:15 y “el discípulo que era conocido del
sumo sacerdote” del v.16. Conocido significa que tenía acceso al lugar del juicio. Pero
lo que es más importante, Juan se animó a estar presente durante el mismo.
9. Según lo que se sabe de la historia, el apóstol Juan sobrevivió a los demás apóstoles y
murió tiempo después de un largo ministerio en Asia Menor. Aun el apóstol Pablo había
muerto muchos años antes de Juan. Semejante larga vida y ministerio es muy
significativo, porque proporcionaron al apóstol una perspectiva muy especial. Quiere
decir que vio a la iglesia salir de la infancia. El resto del Nuevo Testamento fue escrito
antes de su muerte. No cabe duda que él tenía a la mano copias de los libros que ya
circulaban. Es más, ya habían empezado a aparecer en las iglesias las doctrinas
erróneas. Juan, bien instruido y ahora ya maduro, estaba bien facultado para tratar
semejantes desvíos. El enfoque de su evangelio lo demuestra.

¡PENSEMOS!
Los que poseen las mismas características de Juan, pueden
servir bien al Señor.

a. Principian por conocer bien a Jesucristo.

b.Lo siguen de cerca.

c.Escuchan y aprovechan las enseñanzas de Jesús, inclusive


las exhortaciones o llamadas de atención.

d.Se dedican al servicio del Señor.

e.Reflexionan constantemente en las enseñanzas de Cristo.

f.Defienden la sana doctrina con madurez espiritual.

FECHA DEL LIBRO


Los descubrimientos arqueológicos confirman que ya circulaba el cuarto evangelio
entre las iglesias primitivas a principios del segundo siglo. A base de eso y otros
factores, los eruditos han establecido el período de su composición entre los años 85 y
95 d.C. Probablemente fue escrito desde Éfeso, donde el apóstol tuvo su ministerio por
varios años.
PROPÓSITO
La concordancia divina y humana
Los que aceptamos que Dios dirigió a los autores de la Biblia, reconocemos que
había una concordancia completa entre la intención del Señor y el escritor. El presente
autor no deja dudas en cuanto a su propósito principal (20:30–31). En primer lugar, este
texto, además de Juan 21:25, indican que el evangelio contiene material seleccionado.
Es decir, hubo muchas más cosas que ocurrieron y, por ende, mucho más que se pudiera
haber incluido. El diseño del Espíritu Santo para el cuarto evangelio hizo que el autor
escogiera de entre todo el material posible lo que más contribuiría a su propósito.
EL ESPÍRITU SANTO GUIÓ A JUAN EN LA
SELECCIÓN DE LOS DETALLES
IMPORTANTES.
Significado especial de la palabra “señales”
Es probable que la lista total de las maravillas que hizo Cristo sea mucho más
grande que las 35 mencionadas por los evangelistas. Lo interesante es que Juan incluyó
solamente siete de ellas (cinco que no aparecen en los primeros tres evangelios).
Además, el término que se emplea para referirse a ellas en 20:30, es “señales”. No usa
el vocablo “milagros” como los autores sinópticos (los primeros tres evangelios del
Nuevo Testamento). El Espíritu Santo le dirigió a usar una palabra que hacía hincapié
en el propósito del milagro. Es decir, no llama la atención a lo espectacular del hecho
(¡aunque, sí lo era!) para despertar asombro. Tampoco deja la impresión de que era algo
mágico. Más bien, indica que había un propósito, un significado más allá de lo que los
ojos físicos contemplaban. Debido a su ceguera obstinada, los judíos no vieron más allá
del pan multiplicado. Perdieron por completo el verdadero significado de dicha señal.
Por decirlo así, lo maravilloso que Juan quiere enfatizar es lo espiritual, la razón
primordial del milagro.
Dos cláusulas importantes
“Para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios” (20:31). Juan escribe para
producir una reacción de parte de sus lectores: que crean. Efectivamente se nota la
importancia de este concepto al considerar que la palabra “creer” ocurre 98 veces en el
idioma original del libro. Quiere decir que no es solamente una ocurrencia final. Su
presentación a través del evangelio confronta al lector con la necesidad de creer.
Por supuesto que es en balde decir: “¡Tengo fe!”, si no se indica el objeto de ella. Es
decir, fe en qué, o en este caso, en quién. El material escogido tiene el propósito de
identificar a la persona que hizo los milagros. El autor quería que sus lectores vieran que
la intención de hacer la maravilla era reconocer al Mesías. En otras palabras, los
milagros en sí son evidencia irrefutable de quién es Jesús, porque sólo el poder divino
pudo haberlos hecho. Juan exhibe evidencias de la divinidad de Cristo (“el hijo de
Dios”), que demandan aceptación (“para que creáis”).
“Y para que creyendo, tengáis vida en su nombre” (20:31b). A través del libro, se
hace obvio que Juan quiere exponer las buenas nuevas, el evangelio. En el v. 31, su
mensaje es ineludible. El aceptar la verdad que hay detrás de los milagros, el verdadero
sentido de las señales, y depositar la confianza en la persona que las hizo, produce vida.
La vida a la cual se refiere es la eterna, la misma de que se habló en cap. 3:16. “Vida”
también es un tema recurrente en el evangelio y se menciona 36 veces.
Juan fue un evangelista es todo el sentido de la palabra. Todavía lo es. Al lector del
siglo 20 le toca considerar la evidencia tan substancial que aporta y de todo corazón
aceptarla, creyendo. Solamente así alcanzará la vida eterna.

¡PENSEMOS!
El Dr. Tenney sugiere un buen bosquejo de Juan 20:30–31:

(1) Revelación, v. 30

(2) Reacción, v. 31a

(3) Resultado, v. 31b

Lo cierto es que se podría aplicar esta pequeña homilía a


toda la Biblia y a todo el plan de Dios. Él ofrece un
resultado; en este caso la “vida”. No se deja al criterio o a la
imaginación la manera de lograrlo. La Biblia revela lo que
Dios exige para poder disfrutar de lo que él brinda.

El objetivo de Juan puede resumirse en pocas palabras:


presentar a Jesucristo, su persona y su propósito. Cualquier
estudio del libro que pierda este enfoque, habrá fallado por
completo. Cualquier lector del cuarto evangelio que no haga
hincapié en este tema, habrá despreciado la intención del
Espíritu Santo. ¡Cuidado!

CONTENIDO DEL LIBRO


En los primeros tres libros del Nuevo Testamento fueron varios los que hicieron la
pregunta: ¿“Quién es Jesús”? (Mateo 21:10, Marcos 4:41, Lucas 5:21). Juan expone la
respuesta en forma muy completa: “Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios” (20:31).
Entonces no ha de sorprender al lector encontrar en sus 21 capítulos tantas
descripciones del Hijo de Dios y sus discursos.
LOS SIETE “YO SOY”
1. “Yo soy el pan de vida” (6:35).
2. “Yo soy la luz el mundo” (8:12).
3. “Yo soy la puerta de las ovejas” (10:7).
4. “Yo soy el buen pastor” (10:11).
5. “Yo soy la resurrección y la vida” (11:25).
6. “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida” (14:6).
7. “Yo soy la vid verdadera” (15:1).
Estas descripciones vinieron de labios de Cristo mismo y cada una merece un
estudio por separado.
LA GENTE: “¿QUIÉN ERES?”
CRISTO: “YO SOY…”
Ya hemos comentado el significado del término “señal”. El autor seleccionó algunas
de las maravillas que hizo Jesús con el fin de comprobar quién era y para incitar a sus
lectores a que creyeran en él. De los siete milagros denominados “señales”, cinco
aparecen solamente en Juan. Todos se encuentran en los primeros 11 capítulos del
evangelio:
LAS SIETE SEÑALES
1. Transformación del agua en vino en Caná (2:1–11).
2. La curación del hijo del oficial de Capernaum (4:46–54).
3. La curación del inválido en Betesda (5:1–18).
4. La multiplicación de panes en el monte (6:5–14).
5. El andar sobre el agua en Galilea (6:16–21).
6. La curación del ciego en Jerusalén (9:1–7).
7. La resurrección de Lázaro en Betania (11:1–45).
BOSQUEJO DEL LIBRO
A. El Verbo rechazado (1:1–12:50)
B. El Verbo apreciado (13:1–17:26)
C. El Verbo crucificado (18:1–19:42)
D. El Verbo resucitado (20:1–21:25)
Para quienes en verdad quieren conocer a Cristo, por fin llegamos a la parte más
bella del libro: El análisis de lo que el Espíritu Santo quiso que Juan escribiera. El
Evangelio según San Juan presenta al lector que aún no ha expresado ningún deseo de
conocer a Cristo, una descripción verídica de quién quiere ser su Salvador o, si rechaza
su oferta, de quién será su Juez. La revelación demanda una respuesta.
PRÓLOGO
1:1–18
Todos los cuatro evangelios empiezan con un prólogo, o introducción. Juan es único
entre ellos en que hace una apertura netamente teológica. Como alguien ha notado, no
se detiene para presentarse a sí mismo, ni para defender su derecho a escribir. De una
vez, positiva y hasta dogmáticamente, se lanza a su tema principal.
Tanto es así, que los primeros dos versículos, siendo tan cortos, nos arrojan de
inmediato a las aguas profundas de la eternidad pasada. Juan introduce el término
“Verbo” y tres importantes verdades en cuanto a él.
El Verbo
“Verbo” implica comunicación, al igual que una palabra transmite una idea. Era un
vocablo muy común en aquel entonces, pero al aplicarla al Hijo de Dios, Juan le da un
sentido especial. Es Jesucristo la revelación completa de Dios (Hebreos 1:2). En él,
todos los propósitos, planes y promesas divinos llegan a su culminación. Más adelante
en el libro encontraremos que podemos saber de Dios Padre solamente a través de Dios
Hijo (Juan 14:7–9). Él lo revela, o sea, lo comunica.
¿CÓMO ES DIOS? ¡ESCUCHE AL VERBO!
Tres importantes verdades
La preexistencia del Verbo (1:1). La historia de nuestro Señor Jesucristo no empezó
en Belén. “En el principio era el Verbo”. Juan el Bautista anunció que Cristo ya existía
(1:15). Jesús mismo dijo: “Antes que Abraham fuese, yo soy” (8:57). En su bellísima
intercesión del capítulo 17, se expresó así: “Padre, glorificame tú para contigo, con
aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese” (17:5). Juan 1:1 declara que
cuando lo que conocemos como “tiempo”, “espacio” y “materia” fueron creados, Cristo
ya “era”.
La personalidad del Verbo (1:1). Por cierto la expresión “el Verbo era con Dios” es
muy interesante. Con (a la par de) indica a dos personas, enfocando la individualidad de
la segunda: Dios Padre y el Verbo a la vez. Así Juan contrarresta las ideas de algunos
que dicen que Cristo no tiene identidad o personalidad propia. A través de los años,
algunas personas han tratado de enseñar que Cristo era sólo una emanación de Dios. Es
decir que era como un rayo de luz que salía de la divinidad. “No”, dice Juan. “Es una
persona”.
CRISTO NO ES SÓLO UNA INFLUENCIA.
¡ES UNA PERSONA!
La paridad del Verbo con el Padre (1:1). “El Verbo era Dios”, es decir, igual a
Dios; tenía las mismas características que Dios Padre. Esta frase arroja más luz sobre la
anterior (“era con Dios”). Allí se aclara que Cristo es un individuo, o sea, una persona a
la par del Padre. Ahora agrega que es igual a Dios. Lo que se atribuye a Dios también lo
tiene Cristo.
Es así que desde un principio, Juan presenta a Cristo como Dios. No da lugar a
aquellos que lo querían negar. Era y todavía es, una verdad básica. La autoridad del
mensaje del Salvador descansa en la autenticidad de su persona. El hombre por fuerza
tiene que responder a lo que dijo el Hijo de Dios, precisamente por quién era, y el
evangelista deseaba recalcar ese conocimiento. Sin embargo, no quería sólo impresionar
el intelecto de sus lectores, quería que creyeran para vida eterna.
La obra del Verbo
Etapa anterior a su nacimiento (1:3–5, 10). Antes de llegar a Belén, antes de
Abraham, y antes de Adán, el Hijo de Dios estaba muy activo. “Todas las cosas por él
fueron hechas” y por si eso no fuera entendido, se agrega: “y sin él nada de lo que ha
sido hecho, fue hecho” (1:3; Hebreos 1:2; Colosenses 1:16). El Hijo de Dios era y
todavía es, la fuente de vida en todo sentido. Esa luz ha estado bajo ataque del maligno
y sus emisarios desde que se sublevaron contra Dios. Sin embargo, no han prevalecido.
Etapa de la venida del Verbo (1:14). No se encuentran en el evangelio de Juan los
detalles emocionantes de la historia navideña. Sin embargo, su resumen lacónico es a la
vez verídico y muy teológico. Jesús, Dios verdadero, denominado aquí el Verbo, “fue
hecho carne”. No cabe duda de su eternidad como Hijo de Dios, ni de su divinidad. Este
tema se ha tratado ya en el libro y se tratará en todos los 21 capítulos. En teología,
“encarnación” es el vocablo que se usa al referirse al hecho de que el Verbo aceptó un
cuerpo humano y llegó a ser un verdadero hombre. A través de las edades, ha habido
quienes lo han negado, diciendo que Jesús solamente aparentaba ser hombre, pero en
verdad no lo era. Parece que no leyeron bien Juan 1:14.
Obviamente la encarnación logró su propósito. Juan y sus condiscípulos vieron “su
gloria, gloria como del unigénito del Padre” (1:14). La gloria de Dios le corresponde
por la grandeza de sus atributos. Los verdaderos seguidores de Jesús reconocieron quién
era. Nosotros no entendemos del todo cómo se relacionan el Padre y el Hijo. Sabemos
solamente lo que la Biblia nos dice. Cristo es igualmente Dios. Es así que él también es
eterno. Parece que Cristo, por toda la eternidad, aunque no es un ser creado, ha tenido la
relación de “unigénito”. Eso no principió en Belén.
Finalmente en este versículo, Juan describió al Verbo como “lleno de gracia y de
verdad”. La idea aquí es que está dotado de esas características. O sea, ¡tan eternamente
“dotado” como eterno! No ha habido ocasión en que no haya sido así. Como tal, Cristo
es reconocido como dispensador de la gracia. En cambio, en Lucas 1:28: “muy
favorecida” quiere decir que María era receptora de la gracia, no dispensadora de ella.
En cuanto a “lleno de verdad”, es importante notar que el cristianismo no se basa en
opiniones o sueños, sino en la verdad; la verdad en cuanto a Dios, el hombre y la
salvación.
Etapa de la obra del Verbo al venir a este mundo (1:9–13). La porción contiene una
interesante mezcla de elementos positivos y negativos.
Lo positivo. Los versículos anteriores han identificado al Verbo como la luz (1:4, 7).
El versículo 9 lo describe como la luz verdadera, la genuina. A través de las edades ha
habido guías espirituales (por ejemplo, Buda, Confucio, Mahoma) que han prometido
guiar al hombre ofreciendo “arrojar luz” en el camino de su vida. Eran ciegos guiando a
ciegos, por cierto, doblemente equivocados. Buscaban un destino y empleaban un
sistema para alcanzarlo, ambos igualmente erróneos. La luz genuina revela todo según
la verdad; sus metas así como su método.
Es también positivo notar que dicha luz estaba en el mundo (1:10). Es decir,
disponible, aprovechable al hombre. No se representa como un gran secreto o un
misterio desapercibido. Era posible que el hombre apreciara la luz del mismo Creador.
Finalmente, es positiva la declaración gloriosa del versículo 12. Juan encapsuló el
mensaje del evangelio en pocas palabras. Es posible ser hijo de Dios y nos dice cómo.
El “recibir” y el “creer” vienen siendo una misma idea; lo que popularmente decimos,
“aceptar a Cristo”. La fe salvadora se basa en una verdad histórica: Cristo, el Verbo,
vino, murió en la cruz por nuestros pecados y resucitó al tercer día (1 Corintios 15:1–4).
La. “fe salvadora” confiesa que está de acuerdo con la verdad revelada y deposita su
confianza en ella. El resultado es instantáneo; el que cree, llega a ser hijo de Dios de
inmediato. No se queda sólo con las ganas o en una espera indefinida de “algún día”,
“tal vez”, “ojalá”. No depende de futuras obras buenas o de pasar por el purgatorio. En
el mismo momento en que acepta (es decir, “cree” o “recibe”) a Cristo, uno llega a ser
miembro de la familia de Dios.
Es interesante observar que un niño no puede controlar su origen, sino que depende
de los padres. Así es en lo espiritual también. Dios es el autor de la vida eterna. Es él
quien la comunica. Es él quien inicia y termina la obra de la salvación (1:13; comparar
Filipenses 1:6).

¡PENSEMOS!
Se ha dicho que “creer en él” y “creer en su nombre” se
refieren a una misma idea. ¿Cómo es esto? En contextos
como el presente, la palabra “nombre” siempre se refiere a
la revelación de lo que es y lo que hace la persona, Cristo.
“Llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo
de sus pecados” (Mateo 1:21). ¡El nombre revela su carácter
y su obra! ¡Con qué razón el creyente canta:

“Cristo, siempre ensalzaré,

Y adoraré tu nombre!”

Lo negativo. En primer lugar, el mundo no reconoció la luz. El hombre no admitió


la presencia del Creador. ¡Qué tragedia! “Y ésta es la condenación: que la luz vino al
mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas”
(3:19).
Repitiendo, Juan dijo: “A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron” (1:11). Cristo,
el Mesías, el Rey, vino a apropiarse de lo que era de él, su reino. Sin embargo, los
judíos de aquel entonces, ciegos y obstinados, optaron por no ser sus súbditos. En
apenas 11 versículos del primer capítulo de Juan, tenemos tres referencias al
rechazamiento (1:5,10,11), tema importante en casi todo el resto del libro.
“A DIOS NADIE LE VIO JAMÁS; EL UNIGÉNITO
HIJO QUE ESTÁ EN EL SENO
DEL PADRE, ÉL LE HA DADO A CONOCER”
(1:18).
¡Claro que nadie ha visto a Dios! Sería imposible para el hombre y seguir viviendo.
Más adelante en el capítulo 4, Jesús explicó el por qué. “Dios es espíritu” (4:24).
Además, los ojos del ser humano no están ni equipados ni autorizados para apreciar la
región del espíritu. Bien es cierto que el Antiguo Testamento cuenta que Jehová hablaba
“a Moisés cara a cara como habla cualquiera a su compañero” (Éxodo 33:11). Ese
versículo y otros semejantes indican la relación estrecha y hasta única que existía entre
el líder de los judíos y su Dios.
También indica que Dios se ha descrito a sí mismo al hombre en términos
accesibles, usando la palabra cara, aunque no hay ninguna indicación de que un espíritu
tenga “cara”, “manos” (Salmo 63:8), “ojos” (Salmo 32:8), ni “brazos” (Salmo 77:15).
Sin embargo, como las citas bíblicas indican, esas características, (es decir, la función
de lo que la mano del hombre hace, o el ojo o el brazo) se atribuyen a Dios. La verdad
es que el omnipotente Dios es un espíritu que posee en lo infinito las características que
el hombre tiene en lo finito. Es decir, Dios tiene capacidades ilimitadas, las cuales el
hombre tiene solamente en forma limitada.
Pero (y ¡qué gran “pero”!) gracias a Dios, ¡hubo una gran intervención divina! “El
unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer” (1:18). Lo que de
otra manera el hombre no pudiera haber conocido, Jesús le dio a conocer.

¡PENSEMOS!
“¡Es posible!” ¡Qué palabras tan alentadoras! Si
buscamos la restauración de la salud cuando tenemos una
enfermedad agobiante y el médico dice: “¡Es posible!” ¡Qué
alivio! Si cuando buscamos la salida de un problema
financiero nuestro consejero o banquero dice: “¡Es posible!”
¡Qué gozo! ¡Hay esperanza! Ahora, es Juan quien
proporciona las palabras animadoras, alentadoras, palabras
de gozo y esperanza. ¡Es posible conocer a Dios por medio de
Cristo Jesús!

2
El Verbo Inicia su Ministerio
Juan 1:19–2:25
“El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que
quita el pecado del mundo” (Juan 1:29)

Ya el apóstol Juan asentó que el Verbo no tuvo principio. Sin embargo, el comienzo
de su ministerio aquí en la tierra es de muchísimo interés para los historiadores pero
mucho más para el creyente. Por cierto, desde su entrada al mundo, a la vez humilde (en
un pesebre) y espectacular (el anuncio angelical, etc.), Jesucristo pasó por la juventud y
adolescencia casi sin comentarios por parte de los evangelistas (véase Lucas 2:41–52).
En cambio, los cuatro desarrollan el tema del inicio del ministerio público. Los
sinópticos (primeros tres) presentan detalles de los acontecimientos preparatorios: su
bautismo y la tentación en el desierto. El enfoque de Juan es muy diferente. Siempre va
de acuerdo con la historia, pero sin repetir los mismos detalles, ya que él escribió con
una perspicacia doctrinal muy diferente.
RELACIÓN CON JUAN EL BAUTISTA
Este evangelio no da todos los detalles de la vida de ese gran profeta, pero sí nos
revela suficiente. Es el libro de Lucas el que proporciona más datos acerca del Bautista
y su familia (véase Lucas 1:5–15, 57–80).
El propósito de su ministerio
“Este vino … para que diese testimonio de la luz” (1:7). “Juan dio testimonio de él”
(1:15). Cuando los del Sanedrín vinieron a preguntarle quién era, contestó: “Yo soy la
voz de uno que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor” (1:23). No cabe
duda que provocaba interés la combinación de su mensaje apocalíptico con su estilo de
vida. Por ejemplo, su vestimenta: “Y Juan estaba vestido de pelo de camello, y tenía un
cinto de cuero alrededor de sus lomos…” (Mateo 3:4); su comida: “…y su comida era
langostas (el insecto) y miel silvestre” (Mateo 3:4); su ambiente: el desierto (Mateo 3:4;
11:7–9).
Al observarlo y oirlo, algunos preguntaron si él era el Mesías prometido. Sin
embargo, Juan, sabiendo cuál era su papel, así lo manifestó delante de las autoridades
(1:20–23): Era el heraldo de un rey venidero y cumplió su tarea al pie de la letra. Los
judíos nunca pudieron decir que la venida del Mesías les cayó por sorpresa. Juan los
dejó sin excusa.
La profundidad de su mensaje
“He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (1:29). Algunos se
preguntan: “¿Entendía Juan lo que estaba diciendo?” Tampoco nosotros en todos estos
siglos, hemos podido captar la profundidad de la verdad que proclamaba. Sin embargo,
se tiene que recordar que el Bautista era profeta, conocía el Antiguo Testamento, así
como su misión de preparar el camino del Mesías. En resumidas cuentas, era un hombre
de Dios. No cabe duda que sus palabras fueron pronunciadas bajo la dirección del
Espíritu Santo, quien era y es, el gran maestro de las verdades espirituales. Juan sí
entendía de qué hablaba, aunque naturalmente no tenía todos los detalles.
En aquel entonces, los judíos ofrecían sacrificios para pagar por sus pecados, pero el
Cordero de Dios en su sacrificio, eliminó esta práctica. El Bautista confesó: “Éste es el
Hijo de Dios” (1:35).

¡PENSEMOS!
Juan 1:29 debiera imprimirse en caligrafía bella,
grande y tinta dorada. Bien es cierto que toda la
Escritura es inspirada y toda igualmente útil. Sin
embargo, la riqueza de este trozo: “He aquí el Cordero
de Dios, que quita el pecado del mundo”, es
incomparable. Fue proferido por labios humanos
limitados por el tiempo, el espacio y la comprensión,
pero a pesar de ello, no existen palabras más llenas de
significado.

ALGUNAS OBSERVACIONES ACERCA DE


JUAN 1:29
“Cordero de Dios”
La mansedumbre de un cordero es sólo una parte mínima de su carácter. Lo importante es
entender el concepto antiguotestamentario del cordero sacrificado, cuya sangre, al ser rociada
sobre el arca del pacto, proveía la expiación.
Servimos a Cristo nuestro Amo.
Seguimos a Cristo nuestro Pastor.
Obedecemos a Cristo nuestro Rey.
Imitamos a Cristo nuestro Ejemplo.
Esperamos a Cristo nuestra Esperanza.
Pero, sobre todo, EL ES EL CORDERO de Dios y nos gloriamos en la cruz donde murió por
nuestros pecados.
“Que quita el pecado del mundo”
¿A qué vino? ¿Cuál fue su propósito principal? No vino a conquistar naciones.
Ni a agregar otra religión o fílosofía a las existentes.
No vino a ser un maestro de moralidad.
Ni a reformar la sociedad.
Tampoco vino a dar de comer a los hambrientos.
Más bien:
…vino a hacer lo que el hombre no podía hacer por sí mismo.
…vino a ofrecer lo que el dinero no puede comprar.
…vino a dar lo que la educación no puede dar.
¡Vino a quitar el pecado del mundo!
Pedro dijo: “Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero para que
nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia y por cuya herida fuisteis
sanados” (1 Pedro 2:24).
RELACIÓN CON SUS DISCÍPULOS
Sin hacer una gran campaña de reclutamiento, sin milagros, y sin haber iniciado su
predicación pública, Cristo empezó a formar su equipo. Básicamente fue el testimonio
de Juan el Bautista el que dio principio a esta etapa. Dos de los seguidores de Juan
oyeron lo que su líder predicaba y siguieron a Jesús.

¡PENSEMOS!
¡Qué testimonio el de Juan! Su énfasis era Jesús, el
Cordero de Dios, y su enfoque su persona y obra salvadora.
No pretendía entretener a sus oyentes con cuentos ni hacía
promesas de mejorar sus condiciones sociales o financieras.
Sencillamente presentó a Cristo, su persona y obra. El único
propósito del autor de este libro fue anunciar al Mesías.
Actualmente está muy de moda presentar a Cristo como una
especie de panacea mágica, haciendo énfasis en que
garantiza la felicidad. En forma equivoca, parece que ¡se
hace hincapié más en lo que Cristo puede hacer por nosotros
que en lo que ya ha hecho!

Andrés y Pedro 1:40–42


Andrés hace suya la afirmación de Juan al decir categóricamente a Simón: “Hemos
hallado al Mesías” (1:41). Sin palabras vagas, ni suposiciones, ni anhelos sin base,
presentó la verdad sencilla de la persona con quien se había encontrado.
El cambio que hizo el Señor del nombre de Simón a “Pedro” es de interés especial.
“Simón” tiene su trasfondo en el nombre “Simeón”, que significa “informal, indigno de
confianza”. Parece que lo mismo se pudiera haber dicho del pescador. Sin embargo, al
cambiarle el nombre a Pedro (“piedra”), Cristo estaba contemplando la obra que él
mismo haría a través de su conversión.
El término “piedra” o “roca” no es una profecía de la excelencia personal que
alcanzaría Simón. Tampoco pronostica su primacía sobre los demás. “Piedra” se refiere
principalmente al papel importante que tendría en el plan de Dios para desarrollar su
iglesia. Es una labor que se nota muy bien en el día de Pentecostés.
Cristo siempre contempla la habilidad potencial de uno, es decir, lo que la gracia de
Dios y el control del Espíritu Santo pueden producir en y a través del creyente. Y
seguramente vio el potencial que tendría ese hombre en manos de Dios.

PEDRO, PIEDRA Y “PRIMACÍA”


Algunas observaciones
“Simón, hijo de Jonás” (v.42). Su parentesco humano no tenía nada de extraordinario.
“Jonás” es mala traducción del griego, probablemente basada en un malentendido de “barjona”
que aparece en Mateo 16:17 y que signifíca “hijo de Juan”.
“Tu serás llamado Cefas” (v. 42). Algunos (inclusive eminencias en el campo de la
religión), han confundido el nombre Cefas (que quiere decir “piedra o roca”) con el término
griego cephas (cabeza). Cristo NO puso a Simón por nombre, “cabeza” o “jefe”. En Mateo
16:16–18 leemos:

“Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Entonces
le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás [Juan], porque no te lo
reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo también te digo que tú
eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia, y las puertas del Hades no
prevalecerán contra ella” (Mateo 16:16–18).
“Bienaventurado eres” (Mateo 16:17). En estas palabras, Jesús no pretende darle un premio
por haber dicho o logrado algo fuera de lo común. Más bien es una descripción de su condición
espiritual. ¿Por qué? “porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los
cielos”. El Señor cita el origen fisico de su nuevo discípulo, pero identifíca la fuente de su
confesión (v. 16) como totalmente distinta.
“…tu eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia” (v. 18).
 Es de notarse que Cristo NO dijo, “sobre ti”.
 “Petros”, el nombre dado por Cristo, quiere decir “piedra” y NO es la misma palabra ni tiene
el mismo sentido que “petra”, “la roca”, sobre la cual Cristo edificará su iglesia. La prímera es
un pedazo de piedra, la segunda, es un conjunto de rocas, o una montaña de ellas. En este
contexto, no es Simón Pedro “la roca sobre la cual edificaré mi iglesia”, sino que ésta se funda
en la verdad referente a la persona y obra de Cristo que el apóstol enunció. Tiene que ver con la
verdad revelada por Dios mismo (véase la confesión de v. 16) y no con la persona que la dijo.
Efesios 2:20 enseña que todos los apóstoles fueron “el fundamento” de la iglesia. Este
versículo no hace referencia a sus reconocidas y nobles personas, ni aun a la gran fe que
pusieron en el Señor. Más bien, reconoce su fíel predicación del mensaje, y que se prestaron a
ser dirigidos por el Espíritu Santo para escribir lo que Dios quiso que tuviéramos, el Nuevo
Testamento.
En Mateo 18:1 (Lucas 22:24) los discípulos discutieron quién sería el mayor. Obviamente,
el Señor no había señalado que Pedro lo sería, o los demás lo hubieran entendido así, y dado su
forma de ser, ¡se hubieran opuesto!
Es importante considerar las fallas y flaquezas que tuvo Pedro, características que vemos en
todo ser humano, como la famosa negación (Mateo 26:69–75). El apóstol fue perdonado por la
misericordia y gracia de Dios. Más tarde, provocó una situación difícil en la iglesia, la cual es
mencionada por Pablo en Gálatas 2:11.
¡BAJO EL CONTROL DE CRISTO, CUALQUIER
DISCÍPULO “INESTABLE” PUEDE LLEGAR A
SER “PIEDRA”!
Natanael 1:45–51
Frente a la renuencia de éste (1:46), Cristo demostró su omnisciencia (1:48), la cual
dejó a Natanael impresionadísimo. “Rabí, tú eres el Hijo de Dios; el Rey de Israel”
(1:49). ¡Qué buen ejemplo de un individuo cuyo corazón había sido preparado para
recibir la verdad! A través de los años de ministerio, fueron muchísimas las personas
que no reaccionaron así a los milagros del Señor. Ignoramos los detalles biográficos de
Natanael, pero será recordado por haber sido sensible a las palabras de Jesús.
Aunque probablemente los discípulos no comprendían completamente el titulo de
“el Cordero de Dios”, sí entendían lo principal. Jesús ofreció lo que ningún otro,
inclusive aquel gran predicador de justicia y arrepentimiento, del que Cristo dijo, “Entre
los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista” (Mateo
11:11). Ser discípulo de quien “quita el pecado del mundo” era muy diferente a serlo de
uno que predicaba el arrepentimiento.
PRIMERA SEÑAL
EL AGUA CONVERTIDA EN VINO
EN LAS BODAS DE CANÁ
RELACIÓN CON ALGUNAS PERSONAS EN CANÁ
2:1–11
Habiendo recibido una invitación, Cristo asistió a las bodas con algunos de sus
discípulos
Conversación con su madre (2:3–5). Parece que María estaba presente por ser de la
familia o muy amiga de los novios. Dios usó como instrumento la relación que María
tenía con los novios, para que Cristo fuera invitado, propiciando así la escena para esta
primera señal. Suponemos que su madre tenía algo que ver con la dirección de algunas
de las actividades asociadas con la fiesta, por eso informó a Jesús de la falta de vino.
No sabemos con qué propósito se acercó a su hijo para darle la información. El no
era oriundo de esa región, por lo que no era lógico esperar que él, un visitante, supiera
dónde comprar más vino. Eso se podía esperar de un esclavo o amigo cercano. Además,
él era uno de los que fueron invitados formalmente. Por supuesto, existe la posibilidad
de que ella esperara un milagro. ¿Será que quería que Jesús empezara a manifestar su
verdadero carácter?
Es interesante notar las dos respuestas del Señor. En primer lugar respondió a su
madre, “¿Qué tienes conmigo mujer?” (2:4). La expresión se encuentra en varias otras
partes de la Biblia y su sentido exacto depende del contexto. Ni la pregunta ni el
término “mujer” expresan falta de respeto, aunque en español lo parece. El quería
comunicar a su señora madre que su programa no era el de ella. En otras palabras, ya no
se ceñía al horario o plan familiar dirigido por su madre. Con toda la ternura posible, le
hizo ver que tenía que obedecer otras órdenes.
Enseguida, Cristo respondió a la necesidad del momento. Obedeciendo a un
propósito y horario muy suyo, hizo el milagro.
Conversación con los que servían (2:5, 7–8). Según parece, no eran esclavos ni
sirvientes sino amigos, los que ayudaban a los novios en su celebración. A estos Jesús
dio las instrucciones. Juan no indica nada de la reacción de ellos, ni de lo extraño de sus
indicaciones, ni de lo espectacular de los resultados. Sin embargo, tuvieron que haberse
dado cuenta del milagro.
Intercambio con sus discípulos (2:11). Juan no relata que hubiera conversación. Sin
embargo, parece que esta señal logró su propósito, porque los discípulos creyeron.
Después nos informa que éste fue el primer milagro (2:11), contradiciendo así los
cuentos apócrifos que hablan de la juventud de Jesús. Algunos de ellos pretenden
presentarlo en su niñez y adolescencia haciendo milagros y prodigios. No, su primer
milagro lo hizo en las bodas de Caná.
Su propósito principal aquí no era bendecir el concepto del matrimonio. La Biblia
tiene muchas enseñanzas sobre ese importante tema, pero no es el enfoque aquí.
Tampoco quería el Señor enseñar al mundo que es lícito tomar bebidas embriagantes. El
vino de aquel entonces, era fermentado, pero por lo general, iba mezclado con tres
partes de agua.
La intención de Cristo era demostrar su poder, mayormente a sus discípulos, para
que creyesen. La señal tenía un propósito espiritual y, según Juan, los discípulos lo
vieron y entendieron: “Este principio de señales hizo Jesús en Caná de Galilea, y
manifestó su gloria; y sus discípulos creyeron en él” (2:11).
RELACIÓN CON LOS QUE PROFESABAN SER JUDÍOS
PLADOSOS
2:12–25
El culto y el comercio 2:12–17
Después de haber pasado unos días en Capernaum con su familia, Cristo y sus
discípulos se dirigieron a Jerusalén para celebrar la Pascua. Por supuesto, el Señor había
visitado el templo en otras ocasiones con su familia. Ésta, sin embargo, era la primera
visita de su ministerio público. Las condiciones en que se encontraba el recinto sagrado
lo hicieron reaccionar con fuerza. Naturalmente los judíos de lugares lejanos de
Jerusalén tenían que cambiar su dinero y comprar animales para los sacrificios. El Señor
no se oponía al comercio, lo que le molestó era que habían convertido el templo en un
mercado. Es más, lo que estaban haciendo reflejaba la degeneración espiritual que
permeaba al judaísmo de aquel entonces, poniendo énfasis en lo externo y los ritos, en
vez de aplicar el sentido verdadero de la ley.
¡Qué interesante que el Señor confrontó las faltas de los judíos en el mismo centro
de su religión! Igualmente importante es que lo haya hecho tan temprano en su
ministerio. Por cierto, casi al final de los tres años y medio de ministerio público, el
Señor volvió a condenar el comercio ilícito en el templo (Lucas 19:45–48). Pero
ninguna de las dos intervenciones fueron pensadas para ganar el favor de los líderes
religiosos.
El pueblo y su pregunta 2:18–22
“Los judíos” del v. 18 eran los miembros del Sanedrín. Estaban molestos y
probablemente iban acompañados por algunos policías del templo. Demandaron de
Jesucristo sus credenciales, algo que lo autorizara a hacer semejantes cambios en el
ritmo religioso que les complacía.
Como de costumbre en semejantes circunstancias, Cristo no hizo ningún milagro.
Más bien, usando palabras bien comprensibles para quienes estaban dispuestos a creer,
comunicó el propósito de su ministerio. Pero prácticamente ocultó su mensaje a los que
tenían una disposición incrédula. Además, aludió a su muerte y resurrección. Ellos lo
entendieron mal, tomando su dicho como si fuera una referencia al templo literal.
Más de tres años después, sus discípulos reflexionaron en sus palabras: “Destruid
este templo, y en tres días lo levantaré”, y fueron confirmados en su fe (2:22).
Jesucristo y los creyentes a medias 2:23–25
La gente quedó muy impresionada con las señales. Inclusive empezó a surgir cierta
clase de “fe”. Sin embargo, Juan especificó que esa “fe” se fundaba en lo que vieron y
no en lo que oyeron. Era una fe inadecuada, incompleta; eran creyentes “a medias”.
Sin embargo, el Espíritu Santo utilizó esto para guiar al autor humano del evangelio
a revelar una característica adicional de la persona divina de Cristo, señalando la razón
por la que él no se fiaba de ellos: “… porque conocía a todos, y no tenía necesidad de
que nadie diese testimonio del hombre, pues él sabía lo que había en el hombre” (2:24–
25). En el Señor radica el poder absoluto, capaz de examinar y conocer el corazón del
hombre. El ser humano puede engañar a su prójimo, pero nunca al Señor.
Vale la pena notar el vocablo “todos” del v. 24. Cristo conoce aun los detalles más
mínimos de la persona más sencilla. En el contexto de Juan 2, “todos” quiere decir que
entre los que vieron, oyeron y creyeron en una forma superficial, no había ninguno con
quien el Señor hubiera podido entablar una relación estrecha.

¡PENSEMOS!
Al analizar estos capítulos del evangelio de Juan, se nota
que desde el principio de su ministerio, Jesús encontró
oposición abierta de los líderes religiosos. Poca gente estuvo
dispuesta a seguirlo. ¿En qué grupo se encuentra usted? Si
no ha recibido a Cristo como su Salvador, ore a Dios
pidiéndole que venga a su vida y lo transforme en un
verdadero creyente.

3
El Verbo y Tres Entrevistas
Importantes
Juan 3:1–4:54
“El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que desobedece al Hijo no verá la vida,
sino que la ira de Dios está sobre él” (Juan 3:36)

A pesar de las condiciones negativas indicadas en 1:11 (“…y los suyos no le


recibieron”), hubo varias victorias. Juan Bautista introdujo a Jesús con el mensaje
divino: “He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (1:29). Dichas
palabras efectivamente combinan el mensaje del Antiguo Testamento con la cruz. A
continuación, Jesús empezó a formar su equipo de hombres quienes, controlados por el
Espíritu Santo, estaban destinados a impactar al mundo. A estos, Cristo se manifestó
con palabras y hechos. Enseguida, Juan relata los famosos “encuentros” de los capítulos
3 y 4. Estas entrevistas pertenecen a la lista de victorias, que tuvieron resultados
positivos en medio de un rechazamiento muy marcado.
Cristo no se dejó engañar por la fe superficial de algunos de sus oyentes porque
“…sabía lo que había en el hombre” (2:25). El Señor mostró esa misma omnisciencia en
las entrevistas de los capítulos 3 y 4.
JESUCRISTO VINO A SALVAR A INDIVIDUOS,
NO A CREAR MOVIMIENTOS
CON NICODEMO
3:1–36
Su persona y posición
Fariseo, posición de bastante prestigio. El versículo 1 indica que era un “principal
entre los judíos”. La palabra “principal” significa “gobernante”, y se refiere a su puesto
como miembro del Sanedrín, grupo de alta influencia que tenía el control político-
religioso. Ese organismo incluía a hombres religiosos muy sinceros, pero pocos como
Nicodemo.
“…maestro de Israel” (3:10). La traducción al español no incluye un artículo, o sea
“el”. Es decir, Nicodemo era el maestro número uno en Israel, un hombre de gran
erudición, sobre todo en el Antiguo Testamento. Ostentaba un alto puesto y
probablemente tenía la capacidad de comunicarse bien con el pueblo. Sin embargo, ni el
prestigio, la sinceridad, el domino intelectual de su materia, o el arte de comunicarla,
eran suficientes para estar en buenas relaciones con Dios.
Era un hombre sabio. Una de las evidencias la encontramos en el v. 2: “Éste vino a
Jesús de noche”. Entiendo que muchos han señalado este detalle como evidencia de
cobardía. Sin embargo, no toman en cuenta la gran responsabilidad que tenía aquel
maestro.
Uno de sus deberes era investigar a Cristo en forma discreta, que no causara una
reacción violenta entre los judíos. Además, ¿qué derecho tenemos de hacer tanto
hincapié en “de noche” en vez de fijarnos más en el verbo “vino”? Es decir, Nicodemo
tuvo el interés y valor para llegar donde Cristo, lo que nadie más hizo en la nación.
Parece que Nicodemo era un hombre sensible a la verdad y con una mente abierta
porque dijo: “Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede
hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él” (3:2). Su idea entonces era
conocer más detalles, y se acercó directamente a la fuente. El término “rabí” (que quiere
decir “gran maestro”) indicaba el respeto que tenía Nicodemo por el Señor. Asimismo
reflejaba sed por aprender más a los pies de alguien que podía enseñarle.
La frase, “has venido de Dios como maestro” (3:2) indica una percepción sin duda
inducida por el Espíritu Santo de Dios. Considerando las influencias de aquellos días, ha
de haber sido bastante difícil aceptar tal cosa. Los líderes religiosos de Israel no querían
tener rivales.
El mensaje del Verbo 3:3–21
La respuesta directa y rígida (3:3). Cristo contestó dramáticamente, casi
interrumpiendo a Nicodemo. Tanto así, que no lo dejó hacer una pregunta. Siendo un
líder estudiado y educado, no cabe duda que Nicodemo quería explicar en forma más
lenta la razón de su visita. Sin embargo, Cristo “sabía lo que había en el hombre” (2:25)
y no lo dejó terminar. Más bien, con palabras sorprendentes, suplió lo que Nicodemo ni
siquiera sabía que necesitaba.
“De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino
de Dios” (3:3). Estas palabras introductorias contribuyeron al sobresalto que le había
causado la presentación y el contenido del mensaje de Jesús. Solamente San Juan cita el
doble uso de la frase “de cierto”.
CERTIDUMBRE ES… CUANDO “LA VERDAD”
(14:6) INTRODUCE UNA ENSEÑANZA CON
“DE CIERTO, DE CIERTO TE DIGO”
También conviene notar la rigidez o dogmatismo de lo dicho por el Verbo, que
podría llamarse “intolerancia”: “…el que no naciere de nuevo, no puede ver…”. En
otras palabras, Cristo presenta un mensaje exclusivo, el que más tarde se identificó
como “el camino” (14:6). Aquí dijo que hay una sola manera de alcanzar el reino de
Dios. Hoy vivimos en días caracterizados por el llamado pluralismo. Es decir, muchos
predican que hay varias maneras de “ver el reino”, una pluralidad de caminos que
conducen al cielo. Pero la Biblia dice qua hay sólo un camino. “El que tiene al Hijo,
tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida” (1 Juan 5:12).
El mensaje espiritual (3:5–10). ¿Qué quiere decir “nacer de nuevo”? La frase es una
referencia a la fuente de dicho nacimiento y no tanto al número de nacimientos. Sería
mejor leer el versículo de la siguiente manera: “El que no naciere de arriba…”. El Señor
impresionó a su visitante diciendo algo totalmente diferente al pensamiento común y
corriente de los judíos. Efectivamente picó la curiosidad de Nicodemo, y éste preguntó
cuál era el método para lograr semejante nacimiento. En forma acertada, el maestro
descarta la posibilidad de volver a nacer en el cuerpo (3:4).
NICODEMO NO DUDABA DEL “QUÉ”,
PERO QUERÍA SABER EL “CÓMO”.
Cristo contestó su pregunta en el v.5. “De cierto, de cierto te digo, que el que no
naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios”. Ha habido muchas
interpretaciones de este versículo.
¿A qué se refieren los vocablos “agua” y “espíritu”? Debe interpretarse la Biblia con
mucho cuidado. Es sumamente necesario usar las reglas que controlan esa ciencia,
empezando por supuesto con las de la gramática. Es lamentable que en este versículo
los traductores al español agregaron al texto dos palabras que no están en lo que Juan
escribió. Ha de leerse “…de agua y espíritu”, sin del antes del vocablo “espíritu”.
¿Qué importancia tiene esto? ¿Cómo nos ayuda a entender mejor la porción? La
explicación es un tanto técnica, pero muy importante, pues es la esencia del mensaje que
Cristo comunicó a Nicodemo. Con la frase “de agua y espíritu” el Señor quiso decir que
el nacimiento “de arriba” es una sola obra con dos facetas. Cuando un sustantivo en el
Nuevo Testamento no tiene artículo, el autor no se refiere a uno (o “una”), sino que
quiere hacer hincapié en el carácter general del término. Como no dice ni “el” agua ni
“el” espíritu, enseña que hay dos cualidades que se requieren para lograr dicho
nacimiento. Tiene que darse lo que va asociado con el agua: lavamiento y limpieza. Lo
mismo puede decirse en cuanto a “espíritu”, el cual vivifica. Entonces, a menos que
haya perdón y comunicación de vida, no hay nacimiento de arriba. Es la Palabra de Dios
la que efectúa lo primero: “Ya vosotros sois limpios por la palabra que os he hablado”
Juan 15:3. El Espíritu Santo es quien logra la otra parte (Juan 6:53; 2 Corintios 3:6).
El mensaje es parte del plan de Dios (3:15–21). La ilustración es netamente judaica
(3:14, 15). Las páginas de la historia de Israel están repletas de intervenciones
especiales de Dios. Números 21 nos cuenta de la plaga de serpientes ardientes que
cayeron sobre el pueblo por su desobediencia. La provisión de Dios de salud, bendición
y vida, estaba en la serpiente de bronce. Para salvar su vida, solamente tenían necesidad
de mirar a la metálica, indicando su aceptación del remedio que Dios dio. En otras
palabras, demostraban su fe en la palabra de Dios. Cristo dijo a Nicodemo que de igual
forma el Hijo del Hombre tenía que ser levantado, “para que todo aquel que en él cree,
no se pierda, mas tenga vida eterna” (3:15).
Éste es el contexto que rodea al bendecido y famoso versículo de Juan 3:16. Cristo
explicó a Nicodemo que detrás de la venida del Mesías estaba el amor de Dios. La
decisión de enviarlo al mundo no se basaba en lo atractivo del hombre (¡pues era y es
pecador!), sino solamente en la voluntad de Dios.
“MAS DIOS MUESTRA SU AMOR PARA CON
NOSOTROS, EN QUE SIENDO AÚN
PECADORES, CRISTO MURIÓ POR NOSOTROS”
(ROMANOS 5:8).
Es más, aunque sin duda Nicodemo no lo entendió del todo aquella noche, la
combinación de la ilustración de la serpiente levantada y la verdad del versículo 16
“…ha dado a su Hijo…” son un anticipo de la cruz. Cristo mismo fue “levantado” en un
madero “…para que todo aquel que en él cree, no se pierda mas tenga vida eterna”,
ofreciendo al humano otra clase de vida y no sólo salud o prolongación de la vida física
como en el caso de la serpiente de bronce.
La importancia de creer se verifica en el versículo 18. Sin creer, el hombre es igual
que el moribundo que era mordido por las serpientes de Números 21. Lo único que
podía esperar era un futuro oscuro: “…es condenado”.
Sin embargo, la venida del Mesías no trajo a la raza humana la salvación en forma
automática. La luz vino (v. 19), pero tal es la naturaleza del hombre, que prefiere la
oscuridad. Es difícil entender cómo alguien prefiere amar la oscuridad y rechazar la luz,
ganándose una eternidad sin Cristo, lejos de la presencia de Dios, y excluido del cielo.
Pero esta es precisamente la situación que Cristo describió y que sigue hoy en día.

¡PENSEMOS!
En cierto sentido, el relato del encuentro con Nicodemo
nos deja insatisfechos. Es decir, no nos indica si él aceptó el
mensaje del Verbo o no. Claro que en los eventos posteriores
hay ciertas indicaciones de que sí lo hizo, como sus
comentarios ante los demás miembros del Sanedrín (Juan
7:50–53) y su participación con José de Arimatea en la
preparación del cuerpo de Cristo. Sentirse insatisfecho es
ignorar el propósito del Espíriu Santo, que era presentar al
lector, tanto de aquel entonces como de hoy en día, lo que
quiere decir “nacer de nuevo”. La porción no pretende ser
una biografía de Nicodemo, sino la presentación de una
importantísima verdad. Más importante aún que el estado
espiritual de Nicodemo, es la respuesta del lector actual: ¿Ha
nacido usted de nuevo?

Juan el Bautista testifica del mensaje del Verbo (3:22–36). La nota cronológica
dice: “…Juan no había sido aún encarcelado” (v. 24), sino que bautizaba en Enón. De
esto resultó una discusión con cierto judío en cuanto a la purificación. Cuando alguien
comentó acerca de la obra de Cristo, Juan confirmó que era su heraldo, que no era más
que un precursor, y definitivamente no el Mesías. Confesó que su presencia debía
menguar para que creciera el Mesías. En sus palabras no se aprecia ni una sombra de
rencor ni de queja.
Lo que sí quería era afirmar el mensaje básico que se le había dado a Nicodemo: “El
que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida,
sino que la ira de Dios está sobre él” (v. 36). Juan el Bautista y Cristo no fueron rivales,
ni en su ministerio ni en su mensaje, y el primero no pretendía hacer lo que el Señor
vino a hacer.
CON LA SAMARITANA Y SUS COMPATRIOTAS
4:1–42
El creciente número de discípulos bautizados y la reacción negativa de los fariseos
forman el trasfondo del viaje al norte. Sin embargo, la frase “…le era necesario pasar
por Samaria” (4:4) indica algo más que sólo escapar de la oposición de los líderes
engañosos.
La mujer samaritana
El nivel de la samaritana era muy diferente al del hombre entrevistado en el capítulo
anterior. Nicodemo era de clase alta, recto y moral en su vida, líder y maestro
reconocido. Él tomó la iniciativa y vino a buscar a Cristo. En cambio, la mujer provenía
de una raza menospreciada. Parece que su mismo pueblo la consideraba sin mucha
educación ni aceptación social. Además era impertinente. En esta ocasión es Cristo y no
la mujer, quien toma la iniciativa. Difícil sería encontrar a dos personas o situaciones
más diferentes.
La entrevista 4:6–27
Una oportunidad aprovechada (4:6–9). Cansado y sediento, Cristo pidió agua a la
samaritana. Era un acercamiento a la vez normal y fuera de lo común, y la mujer lo
reconoció así. Por un lado, ella sabía que por ser un viajero que iba pasando por la árida
región, no le podía rehusar el agua. Sin embargo, era definitivamente fuera de lo común
que un judío pidiera agua a una samaritana. La pregunta que le hizo: “¿Cómo tú, siendo
judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana?” (4:9), puede interpretarse
como una expresión de sorpresa, o una pregunta capciosa. De acuerdo a lo que se revela
de su carácter después, yo optaría por “impertinente”. A la vez, parece ser algo fuera de
carácter que una mujer de esa sociedad y esas circunstancias hablara así.
Lo más correcto era que no hubiera hecho caso o que consintiera a la súplica sin
comentarios. ¿Cómo sabía que Cristo era judío? Tal vez había algo diferente en su
hablar o en su ropa. La porción no dice si le ofreció el agua, pero la importancia de
beber se desvaneció a la luz de un tema mucho más interesante e importante.

¡PENSEMOS!
“¡Agua viva!”

No es un elixir angelical que cae del cielo.

No es agua mágica ni una fórmula química.

No es agua bendita por la iglesia.

La frase es una combinación de ilustración (“agua”) y


realismo (vida implícita en la palabra “viva”). De hecho, es la
misma oferta de vida espiritual que Cristo presentó a
Nicodemo. Aquí usa la figura del “agua”, elemento vital
para la vida fisica. Sin embargo, es una sustancia que uno
mismo tiene que beber para obtener sus beneficios. “Saber
del agua” o “contemplar el agua” no satisface. La sed se
sacia bebiendo. De la misma manera, saber del nuevo
nacimiento, o de la salvación que Cristo ofrece, no es
suficiente. Uno tiene que apropiarse del “agua viva”. ¿Lo ha
hecho usted?

La oferta (4:9–15). “¡Agua viva!” Esta frase llamó poderosamente la atención de la


mujer. Primero, el Señor le señaló su ignorancia: “Si conocieras el don de Dios”. El
Señor dijo esto, sabiendo que la mayoría de los judíos, su propia gente, había rehusado
reconocer su procedencia. No era sorprendente que ella también lo ignorara.
Algo del judaísmo clásico e histórico formaba parte de la religión de los
samaritanos. Pero en realidad, era un popurrí de prácticas religiosas procedentes de
varios pueblos y naciones.
Con las palabras: “Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo” (v. 11), la
mujer demostró su perspectiva materialista y agregó, tal vez con algo de ironía: “¿Acaso
eres tú mayor que nuestro padre Jacob?” A esas alturas, ella sabía que tal cosa era
imposible. El Señor agregó más información para aclarar la diferencia entre el agua del
pozo de Jacob y la que él le ofrecía.
Todavía pensando en la sed física, y en la posibilidad de ahorrarse los cansados
viajes al pozo, ella pidió el agua. Es cierto que su súplica representa falta de
comprensión, pero el Señor reconoció los principios de algo más profundo. Es así que
procedió a decirle algo que le penetró hasta la médula.
La conciencia sacudida (4:16–24). “Vé, llama a tu marido, y ven acá” (4:16). Ella
sólo dijo tres palabras, no queriendo que se metiera en sus asuntos personales. Pero
mostrando de nuevo su omnisciencia, Cristo sacó a la luz la triste historia de su vida,
indicándole la gran necesidad que tenía del “agua viva”. A pesar de la confrontación y
con todo y su remordimiento de conciencia, ella no huyó, sino que permaneció en el
lugar y reconoció que él era una persona especial; un profeta.
Pues bien, la conciencia le molestaba, pero como mucha gente, trató de cubrir su
vergüenza con comentarios religiosos contradictorios, en este caso, aludiendo a las
diferencias entre samaritanos y judíos. La religión sirve a mucha gente para desviar la
conversación cuando el asunto empieza a tocar su vida personal. El Señor corrigió ese
enfoque (4:22–24).
¡Salvos! (4:25–27). La mujer, casi con un suspiro anhelante, hizo referencia a la
venida del Mesías. Cristo abiertamente se identificó como tal, algo que no hizo con
Nicodemo. “Yo soy, el que habla contigo” (4:26). Con este mensaje reverberando en
sus oídos, la mujer regresó de prisa al pueblo para anunciar lo que había encontrado.
Muchos de sus paisanos, movidos por su testimonio y luego de encontrarse
personalmente con el Mesías, fueron salvos (4:39, 42).

¡PENSEMOS!
¡Qué maravilla! Con verdad, tacto y ternura, el Mesias
convenció a la mujer. El comentario de Cristo a sus
discípulos cuando regresaron, indica que habia (¡y todavía
hay!) oportunidades de trabajar por doquier (4:35).
Convendria que pidiéramos al Señor que nos diera ojos para
ver y voluntad para trabajar en la siembra de su Palabra.

LA SEGUNDA SEÑAL
La curación del hijo de un oficial
CON UN OFICIAL
4:46–54
Un atormentado padre vino donde Cristo y le pidió que sanara a su hijo. El hombre
pertenecía a la corte de Herodes, factor que no le daba mucho prestigio ante los ojos de
Cristo. El Mesías expresó su decepción con los que solamente buscaban “señales y
prodigios” (4:48). Es la única vez en este evangelio que estas dos palabra aparecen
juntas, dando a entender que esa gente quería ver lo espectacular de un milagro, y nada
más.
No obstante, la petición sincera y genuina: “Señor, desciende antes que mi hijo
muera” (4:49), muestra que era un hombre diferente. A esa súplica, Cristo respondió
sencilla pero poderosamente: “Vé, tu hijo vive”.

¡PENSEMOS!
¡El enfermo no estaba presente! Cristo no tuvo que
tocarlo con la mano para sanarlo. Con su palabra fue
suficiente. La señal demuestra que las distancias no
limitaban el poder del Hijo de Dios. El oficial había llegado
hasta el Mesías con cierta fe, pero cuando terminó este
asunto, “creyó él y toda su casa” (4:54). ¿Qué era lo que
creyó? ¡Lo que Cristo dijo! Es precisamente lo que el Señor
exige de nosotros. La señal comprueba quién es Jesús y
subraya la necesidad de creer en lo que él dice.

4
La Oposición Aumenta
Juan 5:1–6:71
“Por esto los judíos aun más procuraban matarle, porque no sólo quebrantaba el día de
reposo, sino que también decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios” (Juan
5:18).

Se acostumbra pensar en el Evangelio de San Juan como el del amor. Sin duda esa
opinión se basa en la verdad glorisa que contiene Juan 3:16. Sin embargo, puesto que el
autor traza la historia del repudio del Mesías por parte de los judíos, también ha recibido
otro titulo: “El Evangelio del Rechazo”. Los capítulos 5 y 6 reflejan la creciente
reacción negativa desde el inicio del ministerio del Mesías, a pesar de las señales y
milagros que hacía. Cada capítulo principia narrando una.
LA TERCERA SEÑAL
El enfermo de Betesda sanado.
EL VERBO SANA AL PARALÍTICO
5:1–18
Betesda era el nombre de un estanque que todavía existía en los tiempos en que Juan
escribió su libro (5:2). Pero el lugar exacto donde esto ocurrió ya no existe. En este
pasaje, el autor reporta fielmente la idea popular, una especie de mitología o
superstición, que decía que de vez en cuando las aguas eran agitadas por un ángel, y que
el primer enfermo que lograra meterse en ellas después de esto, sanaba.
Tal vez las aguas tuvieran algún valor curativo o que hubiera un manantial
intermitente, lo que explicaría la frase “de tiempo en tiempo” (v.4). Tal vez algunas
enfermedades, causadas por los nervios, sanaban con los baños y la referencia al
“ángel” probablemente era una superstición, o invento creado por los muchísimos
enfermos que acudían en busca de salud. Lo cierto es que ni Juan ni Cristo hicieron
referencia a las “curaciones,” supuestas o verídicas, asociadas con Betesda.
De hecho, el v.3b y todo el versículo 4 no se encuentran en los mejores manuscritos.
De todos modos, el enfoque de capítulo 5 no es ni el estanque ni “el ángel”, sino el
Mesías y su ministerio a un enfermo entre los muchos que ahí había.
Ocasión y circunstancias
v. 1. En primer lugar, “había una fiesta de los judíos”, tal vez la de los Tabernáculos
o la de Pentecostés, porque si fuera la Pascua, Juan lo hubiera especificado.
v. 9. Además era un día de reposo, factor que provocó un choque con los líderes.
v. 5. El enfermo había estado en esas condiciones por largos años. Por lo regular,
cuanto más tiempo durara la enfermedad, tanto más difícil era la curación. Entonces, era
un hombre totalmente desvalido. ¡Quién sabe por cuánto tiempo había esperado junto a
las aguas!
v. 6. Este parece indicar que el Señor escogió posiblemente el peor de los casos
presentes en Betesda.
Cara a cara con Cristo 5:6–18
“¿Quieres ser sano?” fueron las palabras del Mesías, sin un saludo, ni introducción.
Aunque la fama del nuevo predicador, “Rabí” y hacedor de milagros ya se había
extendido en cierta medida, no hay ninguna indicación aquí de que el enfermo supiera
con quién platicaba.
Es interesante notar que el propósito de la pregunta no era despertar la fe. En este
caso, la señal precedió a la fe. “¿Quieres ser sano, de una vez, sin tener que meterte de
continuo en el agua?” Efectivamente, la razón de la pregunta era provocar esperanza en
el paralítico y desviar su atención del estanque.

¡PENSEMOS!
Es posible poner la vista en lo que no sirve. Puede ser
que la sociedad diga que algo sí sirve, o que las costumbres y
la cultura lo afirmen así. Puede ser que haya presión de
parte de la familia para que confiemos en lo que “siempre
hemos hecho”. Y en esas condiciones, usted se haya quedado
esperando “el movimiento del agua”, o un golpe de suerte.
Sin embargo, Cristo vino a cambiar ese enfoque.

La queja (5:7). Si el enfermo hubiera sabido con quién hablaba, sólo hubiera dicho:
“¡Sí!” En cambio, lo que expresó fue una lamentación, echando la culpa en otros,
cuando dice que nadie le había ayudado porque era de esperarse que tuvieran compasión
de alguien tan enfermo y por tantos años. Esto fue lo que hizo Cristo.
LA IMPORTANCIA DE ESTA SEÑAL ESTÁ EN
LAS CONSECUENCIAS DE LA CURACIÓN.
La curación y sus consecuencias inmediatas (5:8–18). Con sólo seis poderosas
palabras, el Mesías, hizo la curación. No usó otros medios (medicina, lodo, como en el
caso del ciego, o agua). Tampoco requirió de fe previa. No le impuso las manos, no
utilizó los servicios de sus discípulos (quienes, a propósito, ni siquiera se mencionan).
Con la sola palabra de Cristo ¡desaparecieron 38 años de enfermedad!
Sin embargo, lo que Jesús hizo no fue sólo por el bien del enfermo, ni constituye
una oferta de sanar todas nuestras enfermedades. Es bueno observar que sólo un
enfermo entre muchos que estaban presentes fue sanado. Lo que hizo Jesús fue una
señal para todos los judíos.

¡PENSEMOS!
La gracia de Dios te ha perdonado. “¡No peques más!”
Si por su gracia has conquistado algún hábito pecaminoso,
“¡no peques más!” Si has logrado la victoria sobre alguna
debilidad. “¡no peques más!” La frase ha de resonar en tu
alma todos los dias “…para que no te venga alguna cosa
peor” (5:14).

¿Por qué será que Cristo dijo: “toma tu lecho y anda”? (v. 8) Parece que quería
desafiar la tradición humana y el espíritu falso de los líderes religiosos de aquel día que
habían listado 30 diferentes clases de “trabajo prohibido” en el día de reposo, entre
ellos, cargar una cama (v. 10). Asimismo, habían fabricado casi el mismo número de
reglas para castigar las consecuencias de su imposición. ¡Con qué razón el Señor les
denominaba hipócritas!
El hombre, ya sanado, se convirtió en un propagandista ambulante. Uno hubiera
pensado que al verlo, las autoridades se regocijarían con él por haber sanado. Pero, no,
solamente lo criticaron porque esta se efectuó en el día de reposo.
Desde entonces (los líderes), “procuraban matarle” (v. 16), Pero el Señor los
confrontó con una declaración abierta: “Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo” (v.
17). Hasta el día de hoy, el Padre trabaja (por ejemplo, ¡sustenta el universo!), y no deja
de hacerlo ni en día de reposo y no podemos decir que Dios quebranta la ley por eso
¿verdad? Los judíos entendieron perfectamente bien lo que Cristo quiso decirles. El
Señor nunca se retractó de nada ni intentó cambiar la impresión que recibieron.
EL VERBO REVELA MÁS ACERCA DE SU CARÁCTER
5:19–47
Otro título para esta sección sería: “Discurso ante una congregación hostil”
Afirmaciones que Cristo hizo de sí mismo 5:19–29
(1) Él es Dios y puede hacer lo mismo que Dios hace, v. 20.
(2) Él da vida a los que él quiere v. 21.
(3) Él juzgará, v. 22.
(4) Él merece el mismo honor que el Padre, v. 23.
(5) Él libra de la condenación, v. 24.
(6) Él es la fuente de vida espiritual, v. 25.
(7) Él tiene autoridad para juzgar, v. 27.
(8) Él es quien resucitará a los creyentes, vv. 28–29.
CRISTO ES IGUAL A DIOS PADRE.
¡IGUAL EN SU PERSONA, IGUAL EN SU OBRA,
E IGUAL EN SU HONRA!
Cinco testigos de la persona de Cristo 5:30–47
Cristo testificó de sí mismo (5:30). Ni una sola de sus palabras ni ninguna de sus
obras, estuvieron en conflicto con Dios el Padre. En todo lo que dijo e hizo sólo tuvo un
propósito: cumplir con la voluntad de Dios.
Juan el Bautista testificó de Cristo (vv. 33–35). Juan fue como una antorcha
especial que iluminó su generación. Pero nunca pretendió ser más de lo que era al ser
confrontado por una delegación de líderes (Juan 1:19–23). Algunos judíos respondieron
a su predicación, pero al conocer las exigencias de su mensaje, muchos lo abandonaron.
Las obras que el Padre le “dio” para hacer (v. 36). Juan Bautista y los profetas del
Antiguo Testamento fueron enviados por Dios. Sin embargo, ninguno como Cristo.
Todas sus obras (milagros, enseñanzas, etc.), fueron de tal naturaleza, que ningún
hombre las pudo haber hecho, porque eran para dar testimonio de quién era Cristo.
“…el Padre que me envió ha dado testimonio de mí” (v. 37). Los fariseos y demás
líderes no habían oído la voz del Padre, pero algunos hombres, sí: “Tú eres mi Hijo
amado; en ti tengo contentamiento” (Lucas 3:22). Y otra vez: “Este es mi Hijo amado; a
él oíd” (Lucas 9:35).
Las Escrituras testifican de él (vv. 39–47). La queja contra el Señor era que había
quebrantado la ley. En estos últimos versículos del capítulo, Cristo responde a sus
adversarios usando la ley y a Moisés mismo. Les hizo ver que si hubieran aceptado lo
dicho por el caudillo, hubieron aceptado la persona y el mensaje de Cristo. El Señor
señaló la razón por la que había tantos hombres perdidos tanto en aquel día como el día
de hoy: “…no queréis venir a mí para que tengáis vida” (5:40).
EL VERBO DA DE COMER A LA MULTITUD
6:1–15
Con todo y empezar con un milagro, el capítulo 6 sigue con el mismo tema de la
oposición a Jesús. En el capítulo anterior, los eventos se llevan a cabo en Jerusalén. En
el 6, ya había pasado a Galilea; ambos empiezan con una señal.
LA CUARTA SEÑAL
Alimentación de los cinco mil
Ocasión y circunstancias 6:1–4
“Después de esto…” (6:1). Entre la fiesta de 5:1 y la Pascua de 6:4 pasaron varios
meses. Cristo estaba en el apogeo de su ministerio en Galilea. La multitud lo seguía
porque quería ver más señales (6:2). Tristemente, no era el mensaje, sino los milagros,
lo que los motivaba.
Como es el único milagro incluido en los cuatro evangelios a la vez, tenemos más
detalles. Según Mateo 14:13, Cristo acababa de saber del asesinato de Juan Bautista y
según Marcos 6:31, quería que su discípulos descansaran en un lugar privado y quieto.
Esto explica por qué querían estar a solas en el monte. Sin embargo, muy pronto la
gente los encontró. Juan dio por sentado que sus lectores conocían los detalles de los
primeros evangelios y sólo menciona la gran necesidad que tenía la gente congregada.
La razón y las reacciones 6:5–15
Cristo mismo tomó la iniciativa conociendo la necesidad de la multitud. La
pregunta: “¿De dónde compraremos pan para que coman éstos?” dirigida a Felipe no
fue porque Cristo ignoraba lo que iba a hacer. Más bien, era una prueba para el
discípulo (v. 6). Tristemente, ni Felipe ni los demás la pasaron. Parece que ninguno de
ellos se acordaba del agua convertida en vino en Caná, pero él “sabía lo que había de
hacer” (6:6).
¡LAS PRUEBAS DE DIOS VIENEN PARA
REFINAR LA FE DE SU GENTE,
NO PARA INDUCIRLA A PECAR!
Claro que la señal demostró el deseo y capacidad del Mesías para suplir las
necesidades de los imposibilitados. Sin embargo, Cristo sabía la importancia que la
señal tendría para sus discípulos. A la verdad, dar de comer a la gente no fue la razón
principal de que viniera el Mesías, o el propósito de su ministerio. Lo que sí era
importante era hacer crecer la fe de sus seguidores para que realizaran la gran
responsabilidad que les quedaría.
Como resultado de este milagro, la multitud tuvo una reacción contraria al plan de
Cristo. Quisieron “apoderarse (tomarlo por la fuerza) de él y hacerle rey” (6:15)
pensando que necesitaban un Mesías político. Sin embargo, no había llegado el tiempo
ni las condiciones eran adecuadas para tal movimiento y el Señor mismo tuvo que
actuar con rapidez para contrarrestar la voluntad de las masas.
La gente no entendió que aunque en efecto iba a ser un gran rey, antes tenía que ser
un gran sacerdote, y ofrecerse a sí mismo en sacrificio por el pecado. Lo que aquí se ve
es el rechazo del verdadero Mesías por el concepto equivocado de uno que respondía a
sus anhelos políticos. Al fin y al cabo, esta es una actitud de incredulidad. Por lo tanto,
“…hizo a sus discípulos entrar en la barca e ir delante de él a Betsaida” (Marcos 6:45).
Quería librarlos de aquella idea equivocada.
EL VIAJE A CAPERNAUM
6:16–21
La primera parte del capítulo 6 presenta una prueba por medio de la comida. Esta es
por medio del agua, y la última parte relata otra prueba, la del pan.
LA QUINTA SEÑAL
Jesús anda sobre las aguas.
Ocasión y circunstancias
Los discípulos se fueron por orden del Maestro (Marcos 6:45). Cristo no quería que
se contagiaran con las emociones de la multitud. Quiere decir que la prueba de agua que
les esperaba iba de acuerdo con el conocimiento, voluntad y plan de Dios.
El cuadro se complicó porque se hizo de noche, se soltó una tempestad y habiendo
remado hasta “la cuarta vigilia de la noche” (Marcos 6:48) sólo habían recorrido 4 o 5
kilómetros ¡en toda la noche! Es más, Marcos dice que tuvieron “gran fatiga” (Marcos
6:48), y San Mateo utiliza la misma palabra (en el griego) para describir a la barca
(Mateo 14:24).
La señal, las reacciones y los resultados
“…Jesús… andaba sobre el mar y se acercaba a la barca” (6:19). De lo que no se
habían dado cuenta los discípulos era de que Cristo sabía dónde estaban. Los veía de
lejos y en el momento preciso, de acuerdo a su plan, llegó hasta ellos.
Otra vez el Mesías responde a una gran necesidad y lo hace milagrosamente,
andando sobre el agua. Ni el viento ni el oleaje lo pudieron detener o afectar.
CUALQUIERA PUDO HABER DICHO “NO
TEMÁIS”. EL VALOR DE SU FRASE ESTÁ EN
EL “YO SOY”.
Sin embargo, la reacción inicial de los remeros fue de temor. Marcos 6:49 indica
que pensaron que era un fantasma, sin duda por alguna superstición de la región, pero su
reacción cambió al oír las palabras, “Yo soy; no temáis” (6:20), por lo que le invitaron a
la barca. Milagrosamente, tanto la barca como sus pasajeros llegaron a su destino. De
nuevo se nota que el Mesías tiene la capacidad y la voluntad de cuidar a los suyos.

¡PENSEMOS!
Los discípulos aprendieron que Jesús conocía sus
circunstancias, así como las nuestras. También se dieron
cuenta de que el Señor no se quedó mirando, sino que les
ayudó en el tiempo de presión, como hace con nosotros.
Jesús llevó a los discípulos a donde tenían que ir. A nosotros
también nos lleva a donde nos ha llamado. Alguien ha dicho
que el pastor tiene mucho más interés que las ovejas en que
lleguen a donde tienen que estar.

LOS JUDÍOS RECHAZAN EL PAN DE VIDA


6:22–66
Nuevamente se presenta una alegoría bíblica en la que se combina la figura y la
realidad. El pan es una comida básica para el sostén de la vida física. Cristo es la fuente
de vida espiritual, desde que ésta se inicia como durante su sostén. Entonces, para
disfrutar la vida espiritual es necesario comer el pan, o sea, aprovechar la oferta de
Cristo (el nuevo nacimiento del capítulo 3 o el agua viva del capítulo 4). Esa verdad no
era la que buscaba la gente. Querían seguir al Mesías poderoso y no querían aceptar más
responsabilidad moral. Querían soberanía, no espiritualidad.
EL PRIMER “YO SOY”
“Yo soy el pan de la vida” (6:35).
La historia del rechazo del capítulo 6 se puede notar en la serie de preguntas que la
gente formuló:
Las seis preguntas
“Rabí, ¿cuándo llegaste acá?” (v. 25) Es un enfoque netamente materialista. Tal
vez pensaban que Cristo había hecho algún milagro al llegar allí y se sintieron
defraudados por no presenciarlo. Cristo reveló el motivo de ellos al decir que querían
comer otra vez (6:26).
“¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios?” (v. 28) Es una
pregunta que suena muy espiritual. Parece que sabían usar vocablos religiosos, pero en
realidad demostraban su falta de comprensión. A esas alturas ya debieran saber que
Cristo buscaba la fe; el creer, no el hacer.
“¿Qué señal, pues, haces tú, para que veamos, y te creamos?” (v. 30) ¿Qué de los
panes y pescados que acababan de comer? Parece que estaban diciendo: “Estás
demandando mucho. Si hicieras más y mejores señales, responderíamos”. Así le
echaban la culpa a él.
“¿Cómo, pues, dice éste: Del cielo he descendido?” (v. 42) Porque creían saber
cuál era su procedencia terrenal, negaban su origen celestial. Otra vez demostraban un
espíritu proclive a la incredulidad.
“¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?” (v. 52) Eran totalmente
materialistas y su ceguera no les permitía comprender la alegoría. O se come la carne
(para aprovechar lo que el Mesías es y hace) o no hay vida eterna.
“Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír?” (v. 60) No era palabra “dura” de
entender sino “dura” de aceptar por su misma incredulidad.
Lo interesante de todo esto es que Cristo no cambió ni diluyó su mensaje haciéndolo
menos exigente solamente porque había oposición. Dejó en pie todo lo dicho, y el
resultado fue que muchos de los que le seguían hasta ese momento, (oyentes ¡y
comilones!), lo abandonaron (6:66).
LOS DISCÍPULOS VERDADEROS SE
QUEDARON CON CRISTO (6:67–71).
La porción termina con una de las grandes confesiones de San Pedro. El Señor sabía
que sus discípulos no lo abandonarían y Pedro le dijo por qué: “Señor, ¿a quién iremos?
Tú tienes palabras de vida eterna” (6:68).

¡PENSEMOS!
El Mesías demostró esa verdad a toda la nación con
palabras y hechos, pero nunca oyó semejante confesión de
parte de ellos. ¡Qué gozo debe haberle dado la confesión de
Pedro! Cristo busca la misma confesión de parte de usted.

5
Cristo, ¡Predicador sin Igual!
Juan 7:1–8:59
“¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!” (Juan 7:46)

¡Cristo fue el maestro sin igual! En todo mostraba su sabiduría divina; predicaba
bien y enseñaba bien. Era un buen comunicador. Sin embargo, su mensaje no produjo
aceptación unánime entre sus oyentes. Más bien, provocó división.
Nunca se hizo esto más obvio que en el caso con que termina el capítulo 6. La
verdad que presentó causó reacciones muy diferentes aun entre Pedro y Judas. Uno lo
aceptó y en su credo confesó que no había otro a quien acudir. En cambio, el otro buscó
la oportunidad de traicionarlo. La explicación, o si quiere la culpa, no está en el
predicador ni en la verdad. En casos así, uno tiene que apelar a la voluntad de Dios:
“Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere” (Juan 6:44).
No sabemos explicar la relación que existe entre la voluntad humana y la divina.
Judas llevó toda la responsabilidad porque más adelante, traicionó al Señor. Sin
embargo, Dios usó la voluntad de ese hombre maligno para cumplir sus propósitos.
Todavía estamos en la sección del evangelio que relata el rechazo del Verbo
(capítulos 1–11). A pesar de las señales (milagros) y los discursos, los judíos en su
mayoría seguían en incredulidad. Entre ellos estaban los miembros de su familia
también.
LA FIESTA, LA FRICCIÓN Y EL FUTURO
7:1–53
Los hermanos incrédulos 7:1–9
Para el Señor no era fácil ni la vida ni el ministerio. En esta sección tenemos dos
indicaciones de esto.
En primer lugar, vivía sabiendo que los judíos querían matarlo, y no era por
complejo de mártir ni invento de su imaginación: “Los judíos aun más procuraban
matarle” (5:18). Tanto así, que “andaba Jesús en Galilea; pues no quería andar en Judea,
porque los judíos procuraban matarle” (7:1). El enemigo quería interrumpir el plan de
Dios. Aun sabiendo que su destino por fuerza incluía la muerte de cruz, debió haber
sido muy difícil para el Señor vivir en un ambiente tan hostil.
En segundo lugar, ni siquiera los miembros de su familia aceptaban su mensaje:
“porque ni aun sus hermanos creían en él” (7:5). No se sabe en qué pensaban o qué
hacían sus hermanastros (hijos de José y María) durante los años de su crecimiento
juntos. Sin embargo, cuando Cristo empezó su ministerio público, ellos todavía eran
incrédulos. Como tales, pertenecían (aunque tal vez con menos vehemencia) al mundo
incrédulo, igual que los demás judíos.
En consecuencia, sus consejos seguían la misma tónica. Aconsejaron a Jesús que
subiera a la fiesta en Jerusalén para dar más publicidad a su causa. Pero la respuesta del
Señor enfoca dos verdades.
El horario divino (7:6). Bien es cierto que el Hijo de Dios aceptó un cuerpo
humano, vino a este mundo, comía, se cansaba, y dormía. Inclusive “fue tentado en todo
según nuestra semejanza” (Hebreos 4:15). Sin embargo, es igualmente cierto que su
vida llevaba un compás con ritmo muy diferente al del mundo. Su horario estaba
determinado y controlado por Dios según su plan eterno. Por eso aclaró a sus hermanos
que todavía no era el tiempo apropiado para su manifestación pública en Jerusalén.
¡PENSEMOS!
A través del Nuevo Testamento encontramos repetidas
referencias al horario prefijado de Cristo.

1. Su nacimiento: “Pero cuando vino el cumplimiento del


tiempo, Dios envió a su Hijo” (Gálatas 4:4).

2. Su muerte: “Cristo murió por nuestros pecados, conforme


a las Escrituras” (1 Corintios 15:3), es decir, de acuerdo a lo
predicho en el Antiguo Testamento. (Véase también Hechos
2:22–23 y 1 Pedro 1:18–20.)

3. Observe los detalles que se encuentran en Juan 2:4; 7:6, 8,


30; 8:20. De sumo interés son las palabras con las cuales
empezó su intercesión por los suyos en Juan 17, “la hora ha
llegado”.

La relación con el mundo (7:7). El mundo no aborrece a los suyos, pues son del
mismo patrón y viven de acuerdo con él. Pero Cristo es diferente: “Mas a mí me
aborrece (el mundo), porque yo testifico de él, que sus obras son malas” (7:7). La luz
que Cristo es, revela el pecado y la rebeldía del sistema y sus seguidores. Esa
declaración explica por qué el hombre del siglo veinte rechaza a Cristo; porque prefiere
las tinieblas a la luz, y porque sus obras son malas (3:19).

¡PENSEMOS!
No hay ningún conflicto entre Satanás y el hombre no
regenerado. Efesios 2:2 nos indica que éste es “el espíritu
que ahora opera (da energía o poder) en los hijos de
desobediencia”. Claro que el individuo no es consciente de
ese poder que lo manipula. Pero negarlo no cambia el hecho
de que así es.

Los judíos incrédulos 7:10–53


Al fin, Jesús también subió a la fiesta, pero en secreto y no al estilo sugerido por sus
hermanos. No fue un gran evento de “relaciones públicas”. El ministerio que emprendió
fue el de maestro y no el de hacedor de milagros.
Diferencias de opinión referente al Verbo
1. Su carácter. Algunos confesaban que era “bueno” (7:12) sencillamente porque
reconocían que lo que hacía (los milagros) les beneficiaba. Claro que era mejor esta
posición que la de los que querían matarlo, pero todavía era inadecuada porque no
muestra la fe que Cristo buscaba. Otros decían: “engaña al pueblo” (7:12), o sea que se
burlaba de la gente, cubriendo su mala doctrina con milagros.
Hay todavía otra perspectiva en el v. 20. Es probable que sea sólo una expresión de
sorpresa porque les era incongruente que alguien tan “popular” como Cristo, hablara de
un intento de asesinarlo. Se tiene que recordar que los peregrinos recién llegados a la
ciudad de Jerusalén no estaban enterados de todo lo que los habitantes de la ciudad
sabían de los planes de los líderes (7:25).
2. Su procedencia. Al principio discutían la procedencia de su mensaje. Nadie
disputaba que era un maestro excelente, a pesar de no haber asistido a las reconocidas
escuelas rabínicas o recibido un título (7:15). Cristo aclaró el punto diciéndoles que su
enseñanza no venía de sí mismo sino “de aquel que me envió” (7:16).
CRISTO NO INVENTÓ UNA NUEVA RELIGIÓN,
SINO QUE PROCLAMÓ LA ENSEÑANZA
DE SU PADRE
También discutían acerca de la procedencia de su persona. La ocasión fue la
confusión de los vecinos de Jerusalén (7:25). Observando que Cristo enseñaba
abiertamente, se preguntaban si no era el mismo que los líderes querían matar. De allí
salió a la luz una de las ideas tradicionales más erróneas de los judíos: “mas cuando
venga el Cristo, nadie sabrá de dónde sea” (7:27). Ellos concluyeron que el Señor no
podía ser el Mesías porque “éste, sabemos de dónde es” (7:27, 41). Es un caso de
autoengaño. Estaban dispuestos a pasar por alto que Cristo nació en Belén,
acontecimiento totalmente de acuerdo con las profecías. En cambio, de mala gana
hicieron hincapié en su residencia en Nazaret de Galilea.
NO HAY PEOR CIEGO QUE EL QUE NO
QUIERE VER.
Cristo aprovechó la ocasión para arrojar aun más luz sobre el tema: “porque de él
procedo” (7:29). No era la primera vez que comunicaba semejante verdad (1:9–14;
6:33).
3. Su mensaje (7:40–53). La sección señala a cuatro grupos y a un individuo con
diferencias de opinión en cuanto a su mensaje. Los vv. 40–42 citan “algunos” y “otros”
con el resumen en v. 43: “hubo entonces disensión”. ¡Y ni hablar de la posición de los
fariseos! (7:44–45) Ellos habían enviado alguaciles para capturar a Cristo, mismos que
regresaron no habiéndolo aprehendido y confesaron: “¡Jamás hombre alguno ha hablado
como este hombre!” (7:46). ¡Estaban impresionadísimos, y con cuánta razón!
Sin embargo, al recibir su informe, los fariseos también quedaron impresionados,
pero negativamente. ¡Menos Nicodemo! Su testimonio aquí (7:50–53) no es ni muy
fuerte ni muy claro, pero se requería de valor para decir lo que dijo y muestra sus
inclinaciones.
Dos importantes mensajes para los incrédulos de cualquier época
El querer (7:17). El contexto cuestiona el derecho de Jesús a enseñar sin las debidas
credenciales. La conclusión a la cual llegaban los judíos era: “Sin la aprobación
rabínica, su doctrina es sospechosa”. Cristo respondió que su enseñanza era de Dios y
que la manera de comprobarla era sencillamente, experimentándola. Esto nos hace
pensar en el Salmo 34:8: “Gustad, y ved que es bueno Jehová”. Sin embargo, el gustar
viene de Dios mismo, quien provee tanto el apetito por su doctrina (la Palabra), como la
satisfacción por medio de la enseñanza de su Espíritu: “El que quiera hacer la voluntad
de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios”. Por sí mismo, el hombre no puede conocer
las cosas de Dios (1 Corintios 2:14).
El beber (7:37). Había una tradición que dictaba que una vez al día durante los
primeros siete días de la fiesta de los tabernáculos, un sacerdote debía traer un jarro
dorado con agua del estanque de Siloé para derramarlo en el altar en conmemoración de
la provisión sobrenatural de agua en el desierto. Sin duda, Cristo tomó ese simbolismo
para decir: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba”.
Venir a beber es una figura de lo que Cristo siempre ha demandado: creer. Son las
palabras de oro que dijo para hacer patente la oferta genuina de la salvación. La
amplitud del ofrecimiento se nota en el vocablo “alguno”, o sea, cualquier persona. La
ciudad estaba llena de judíos de todas partes que se habían congregado para celebrar la
pascua. Muchos nada más iban por cumplir los requisitos, pero otros venían con una
auténtica sed espiritual. Cualquiera de ellos podía apropiarse de la oferta. Cristo ofrece
agua viva para satisfacer esa sed.
LAS PALABRAS DE ORO DE CRISTO:
“SI ALGUNO TIENE SED, VENGA A MÍ Y BEBA”
(Juan 7:37).
Pero el Señor prometió más aún: Una vez que ha participado del agua que él ofrece,
el sediento se convierte en suplidor de agua. “El que cree en mí, como dice la Escritura,
de su interior correrán ríos de agua viva” (7:37). La verdad es que Cristo hizo hincapié
no tanto en la gran satisfacción que da calmar la sed, sino en el hecho de que el
recipiente será fuente de bendición para otros. El apóstol Juan tenía la dicha de ser
alumno del Espíritu Santo, y así pudo ofrecer la explicación oficial (7:39).

¡PENSEMOS!
Con todo y que el pueblo pudo gozar del ministerio del
mejor predicador del mundo (7:46), el capítulo 7 termina
con bastante incredulidad. ¡Qué triste cuando hay una oferta
legítima de agua para los sedientos, pan para los
hambrientos y luz para los ciegos, y los mismos necesitados
la desaprovechan! Si la medicina para efectuar la curación
está disponible al enfermo y él no se vale del remedio, es a la
vez una tristeza y una locura. Sin embargo, el corazón duro
del hombre necesitado sigue rechazando la oferta del Hijo de
Dios.

JESÚS ES LA LUZ DEL MUNDO


8:1–59
Antes de llegar al corazón del mensaje del capítulo 8, tenemos que considerar la
penosa y hasta cruel acción de los fariseos, siempre en su papel de antagonistas de
Cristo
La mujer adúltera 8:1–11
Los mejores y más antiguos manuscritos del evangelio de Juan no contienen esta
historia. Se cree que es una añadidura hecha posteriormente por algún escriba. No se
duda de la veracidad del evento, pero no se cree que Juan lo haya escrito. Sin embargo,
por alguna razón, Dios permitió que permaneciera. Se preservó para que la
aprovecháramos.
¡Fariseos abusivos! Claro que la mujer era todo lo que ellos decían y así lo
reconoció el Señor (8:11). Pero ellos lo hacían siguiendo una agenda política, haciendo
espectáculo público de ella con pretextos religiosos: “Mas esto decían tentándole, para
poder acusarle” (8:6). Si hubieran tenido interés verdadero en la ley del Antiguo
Testamento, hubieran traído también al hombre sorprendido con ella. ¡La verdad es que
los fariseos tenían más interés en apedrear a Cristo que a la mujer!
¡CUANDO UNO SEÑALA A OTRO CON EL DEDO,
LOS TRES DEDOS RESTANTES
LO SEÑALAN A UNO!
Cristo mostró dos reacciones. Primero, se agachó y escribió algo en la tierra. En
seguida, les contestó con sus palabras clásicas: “El que de vosotros esté sin pecado sea
el primero en arrojar la piedra contra ella” (8:7). No se sabe lo que Cristo escribió, pero
algunos especulan que hacía una lista de los nombres de las personas presentes. A la par
de los nombres tal vez listaba sus pecados. Sus antagonistas, dándose cuenta de lo que
Cristo sabía y estaba escribiendo de su puño y letra, se fueron.
Las palabras dirigidas a la mujer son las de aquel que vino a buscar y a salvar a los
pecadores (Lucas 19:10). No hay en ellas reprobación por su pecado, sólo una gran
abundancia de gracia para perdonar, además de la exhortación para que no siguiera
pecando.
El discurso 8:12–59
Las fiestas judaicas se hacían con mucha pompa y simbolismo. En ésta, la de los
tabernáculos, recordaban la columna de fuego mencionada en Éxodo. Para ello,
encendían cada noche dos grandes lámparas, cada una de las cuales, según la tradición,
milagrosamente iluminaba una sección de la ciudad. Era muy apropiado entonces que
Cristo usara el tema de la luz para dar alguna enseñanza. Además, la oscuridad
ocasionada por el pecado se ilustra con la historia de la mujer sorprendida en adulterio,
y muestra la gran necesidad de luz que existía en aquella época así como hoy también.
Jesús testificó de sí mismo diciendo: “Yo soy la luz del mundo” (8:12).
Anteriormente (Juan 1 y 3), el autor lo había descrito como la luz. Aquí Cristo mismo lo
dijo.
EL SEGUNDO “YO SOY”
“Yo soy la luz del mundo” (8:12)
Análisis de esta afirmación
1. El simbolismo de la luz de las lámparas que se prendían durante la fiesta,
representaba la presencia, protección y dirección de Dios para su pueblo. Eso mismo
ofrece Cristo a quienes lo aceptan.
2. En términos de la gran inmoralidad y pecado de la raza humana, la luz arroja los
rayos brillantes de la justicia de Dios sobre el hombre.
3. En términos de las enseñanzas engañosas de los fariseos de aquel entonces (¡y de
los falsos maestros de hoy día!), la luz es la verdad de Dios que ilumina sus errores.
4. En términos del pobre perdido que se encamina a la condenación y separación de
Dios para siempre, la luz es un faro cuyos rayos benditos le ofrecen salvación (8:12b).
La luz revela el carácter de los opositores 8:15–59
1. “Vosotros juzgáis según la carne” (v. 15). Los fariseos se especializaban en juzgar
a otras personas, pero en verdad lo hacían ignorando la verdad. Por lo tanto, el Señor los
tachó de incompetentes.
2. “Ni a mí me conocéis, ni a mi Padre” (v. 19). Profesaban ser sabios, pero Cristo
los consideró ignorantes.
3. “Vosotros sois de vuestro padre el diablo” (v. 44). Los judíos se jactaban de su
ilustre antepasado, Abraham. Sin embargo, aunque poseían los genes físicos de él, no
tenían nada en común en lo espiritual (v. 39). Abraham estuvo dispuesto a creer en lo
que Dios dijo. Para estos fariseos, de balde era citar el parentesco con Abraham cuando
no querían aceptar lo que Dios había dicho ni en el Antiguo Testamento ni a través de
Cristo, quien les ofreció libertad verdadera (8:36).
4. “Pero vosotros no lo conocéis [al Padre]” (v. 55). Los judíos tenían una gran
ventaja, porque Dios mismo se había revelado a ellos. Tenían en las tablas de la ley, que
después fueron rollos, la Palabra de Dios. Sin embargo, malgastaron su oportunidad de
oro y optaron por no creer. El v. 47 describe esta situación perfectamente: “El que es de
Dios, las palabras de Dios oye; por eso no las oís vosotros, porque no sois de Dios”.

¡PENSEMOS!
Cristo enseñó esta misma lección a los suyos en la noche
antes de su muerte. “Si me amáis, guardad mis
mandamientos” (Juan 14:15). Los fariseos no daban muchas
evidencias de amor por Dios. La relación que sostenían con
él era más legal que otra cosa. Sin embargo, el creyente, el
que disfruta del gran amor de Dios, está obligado a amarlo y
por consiguiente, debe dar evidencia de ese amor,
obedeciéndole.

6
Los Ciegos, las Ovejas y el Buen
Pastor
Juan 9:1–10:42
La situación no había cambiado. En el capítulo anterior, Cristo comunicó que él era la luz
del mundo. No obstante, la gente se quedó en la oscuridad; siguió el rechazo del Mesías. ¿Cómo
era posible? Bueno, la ceguera espiritual de los judíos no les dejaba ver la luz gloriosa que el
Señor vino a darnos. Pero su incapacidad de verla no negaba la presencia de la luz, porque la
culpa no era en el transmisor, sino de los receptores.

EL CIEGO SANADO Y “LOS CIEGOS” SANCIONADOS


9:1–41
Otra vez el Mesías mostró su sabiduría empleando una pedagogía excelente.
Habiéndose identificado como “la luz del mundo”, se dirigió a los ciegos espirituales
que no querían apropiarse de ella. El capítulo 8 termina con esos “ciegos” demostrando
su rechazo.
Los incrédulos trataron de apedrearlo, “pero Jesús se escondió y salió del templo”
(8:59). En seguida se encontró con un hombre que nunca había visto la luz del sol. El
Señor utilizó esa situación para continuar su enseñanza.
LA SEXTA SEÑAL
La curación del ciego de nacimiento
El ciego conoció a la Luz del mundo 9:1–7
Razón de su ceguera 9:1–3. Es posible que transcurriera un poco de tiempo entre los
capítulos 8 y 9, porque no se nota la misma prisa en 9:1 con la que termina el capítulo 8.
1. La pregunta de los discípulos (9:2). En esa ocasión, sus seguidores se portaron
como los que atienden en las clínicas médicas; quieren tomar datos para el archivo,
cuando lo que se necesita es mostrar compasión al paciente. En general, la pregunta
refleja la filosofía vigente en aquellos días en cuanto al sufrimiento.
Los judíos no aceptaban (¡ni nosotros!) la idea de la reencarnación, así que no
podían atribuir la ceguera a algo malo que el ciego hubiera hecho en otra vida. En
cambio, sí sabían que Dios “visita la maldad de los padres sobre los hijos” (Exodo
20:5). Algunos citan la enseñanza rabínica de aquel día como otra posible razón de la
pregunta. Esos maestros, eruditos y a veces enigmáticos, enseñaban que un bebé podía
pecar en el vientre de su madre; en otras palabras, cometer un pecado prenatal.
LOS DISCÍPULOS VIERON CON
CONOCIMIENTO LIMITADO.
CRISTO, DESDE LA PERSPECTIVA DIVINA.
2. La aclaración del Señor (9:3). “No es que pecóéste, ni sus padres, sino para que
las obras de Dios se manifiesten en él” (9:3). Claro que había una razón para explicar
las condiciones tristes del hombre, pero no era ninguna de las que sugirieron los
discípulos. En el plan todo sabio de Dios, ese hombre iba a ser ejemplo de su gracia y
misericordia. Además, estaba ahí presente precisamente en el momento en que Cristo
iba a ilustrar la situación de la ceguera espiritual imperante. La historia del ciego de
nacimiento quedaría inscrita en las páginas sagradas para todos los tiempos.

¡PENSEMOS!
¿A qué se debe el sufrimiento y el dolor? Este ha sido un
enigma siempre. En Juan 9:2 los discípulos buscaban una
explicación convencional. Sin embargo, no existe una razón
totalmente satisfactoria, amplia y adecuada para aclarar
todas las ramificaciones que implica. Nunca ha habido, ni la
habrá, una explicación lógica fuera de la verdad expuesta
por Cristo en el pasaje: “…para que las obras de Dios se
manifiesten en él” (9:3). El sufrimiento está dentro del plan
de Dios para sus hijos (Filipenses 1:29). Aunque en general
es resultado del pecado de nuestros primeros padres en el
Edén, no podemos decir que todo el sufrimiento se debe al
pecado. Tampoco sería correcto decir que los creyentes
tienen derecho a gozar de buena salud. ¡También tenemos
sufrimiento! Ya sea para corregirnos o edificarnos, podemos
estar seguros de que ningún sufrimiento está fuera del
propósito de nuestro buen Dios. Allí está el “secreto” y el
“por qué”. La fuerza para aceptarlo viene de nuestro buen
Dios.

El remedio (9:6–7). Aquí, como en la multiplicación de los panes (Juan 6), el


Mesías empleó un elemento de la naturaleza como instrumento de su milagro. A
primera vista, el lodo nos parece un medicamento raro, pero debemos considerar varios
factores.
El lodo no tenía propiedades medicinales; la curación no se efectuó gracias a sus
características curativas. Las aguas de Siloé tampoco las tenían. De otra manera, hubiera
estado inundado de enfermos al estilo de Betesda (Juan 5). Aquel pobre hombre recibió
la vista porque creyó en lo que Cristo dijo. Su fe era de las que producen acción: “fue
entonces, y se lavó, y regresó viendo” (v. 7).
Reacciones a la curación 9:8–41
Hubo varias, pero se tiene que notar que el evento resultó una ilustración perfecta de
la situación que imperaba entre Cristo y los líderes. El remedio que ofreció y que
produjo el resultado maravilloso era sencillo y humilde. No tenía nada de extraordinario
o dramático. El lodo hecho con saliva era hasta repugnante y el lavarse en Siloé
demasiado ordinario. Así reaccionaron los líderes a Cristo, la Luz del mundo. Lo
rechazaron a él y a su mensaje, permaneciendo en la ceguera espiritual (¡en gran parte
porque su verdad demandaba humildad!).
Los vecinos (9:8–13). Algunos recocieron al hombre como el que antes “se sentaba
y mendigaba”. Le preguntaron qué le había ocurrido, y el exciego dio su testimonio,
citando el nombre de quien había efectuado el milagro. No cabe duda que la referencia
al nombre de Jesús, les impulsó a llevarlo ante los líderes religiosos. Los vecinos, lo
mismo que los padres del hombre (v. 22), no querían ser excomulgados de la sinagoga
por estar del lado de Jesús.
Los fariseos (9:14–34). Como era de esperarse, siguieron siendo incrédulos, ¡no
querían creer que había habido un milagro! Llamaron a los padres para asegurarse de
que era el mismo hombre que había estado ciego de nacimiento.
La historia se volvió a repetir. Criticaron al Maestro porque el milagro se hizo en día
sábado. Es interesante notar que aplicaron a esta situación una de las leyes fabricadas
por ellos mismos. Decían que la ley se quebrantaba si alguien escupía en el día de
reposo y la saliva caía en tierra formando lodo, lo cual era un trabajo prohibido. En
cambio, si caía en una piedra, era lícito, porque no se había hecho lodo. ¡Qué triste que
el judaísmo se hubiera rebajado a ese nivel!
LOS RELIGIOSOS,EN VEZ DE ALEGRARSE DE
LA CURACIÓN DEL HOMBRE,
¡SE MOLESTARON!
Las autoridades volvieron a entrevistar al hombre ya sanado y oyeron el mismo
testimonio, además de otros comentarios algo sarcásticos de parte del exciego (9:27–
33). Sin embargo, ni viendo, ni oyendo, quedaron convencidos. La verdad es que no
querían aceptar la evidencia del milagro, y mucho menos a la persona que lo hizo. Al
final, excomulgaron al ciego ahora vidente.
Cristo (9:35–41). Durante el interrogatorio de los fariseos, el hombre sanado casi
declaró que Cristo era el Hijo de Dios. Cuando el exciego le pidió que se identificara, el
Señor dijo: “…el que habla contigo, él es” (v. 37). Feliz, el hombre hizo lo que
cualquiera que se confronta con esa verdad: creyó y le adoró (9:38). Esa era
precisamente la reacción que Cristo quería y buscaba de parte de la nación. No obstante,
“…los suyos no le recibieron” (Juan 1:11).
EL BUEN PASTOR
10:1–42
No se debe identificar el capítulo 10 con un título frívolo. Sin embargo, después de
estudiar la primera parte, vemos que se pudo haber titulado: “El buen Pastor… y ¡unos
cuantos cabritos!” (los que rehusaron creer) ¡Y las confrontaciones seguían!
La figura 10:1–6
Los oyentes eran los mismos: sus discípulos, el que antes era ciego, los fariseos, y
unos cuantos judíos. El Maestro, siempre ejemplar en su técnica, cambió de
metodología. Esta vez usó una alegoría (figura retórica que consiste en expresar una
ficción en virtud de la cual una cosa representa o significa otra diferente). La
característica principal de una alegoría es que usa una figura plenamente conocida por
los oyentes para comunicar una idea, haciendo énfasis en los detalles de la figura para
destacar la verdad (enseñanza) central.
Sus oyentes conocían las costumbres asociadas con el cuidado de las ovejas. El redil
era un corral con un muro de piedras o un cerco, en donde las ovejas de varios rebaños
pasaban la noche. El portero las guardaba, cuidando la puerta. Por la mañana, el pastor
entraba por la puerta. Los animales, de los cuales era responsable, respondían a su voz.
Normalmente, el pastor las conocía tan bien, que las llamaba por su nombre, mismo que
él les había dado.
El pasaje especifica tres diferentes clases de “pastores falsos”; el ladrón, el salteador
(v. 1) y el extraño (v. 5). Los primeros dos no usaban la puerta. El tercero, sin duda con
fines nefarios, era engañador.
Los fariseos no entendieron lo que el Señor quería comunicar con su alegoría, a
pesar de que se preciaban de tener conocimientos superiores. La verdad es que eso
comprobó lo que Cristo había venido diciendo: los fariseos estaban ciegos.
La figura explicada 10:7–10
Se tiene que recordar que la explicación no se desvió del tema. Es como si Cristo
dijera: “Bueno, no entendieron. Voy a usar la misma figura, pero con más detalles”. Dio
más luz, que ayudó a los que no eran ciegos, pero confirmó aun más la ceguera de los
demás.
EL TERCER “YO SOY”
Yo soy la puerta (10:7–9)
La explicación de Cristo
“Yo soy la puerta de las ovejas” (10:7). La figura siempre es del redil. El verdadero
pastor llega a sus ovejas por medio de la puerta.
Los falsos (el ladrón y el salteador), no usan la puerta (10:8). Los profetas, los
maestros del Antiguo Testamento, los líderes religiosos, los fieles a lo que Dios había
dicho, siempre traían a los judíos (las ovejas) el mensaje del Mesías. Los falsos tenían
otro enfoque, usualmente más egoísta. Los verdaderos creyentes entre los judíos no
seguían a esos pastores falsos.
¡CÓMO SUFRÍAN LAS OVEJAS EN MANOS DE
LOS PASTORES FALSOS!
“Yo soy la puerta” (10:9). Sigue la misma figura. Cristo todavía tenía la vista en el
redil y los pastores. Algunos intérpretes han querido cambiarla, enseñando que aquí se
hace hincapié en las ovejas. Sin embargo, ni la figura ni la explicación del Señor (dos
elementos del contexto) apoyan el cambio. El pastor legítimo siempre entra por la
puerta, llama a las ovejas y las lleva a los pastos verdes. Por sí misma, la oveja nunca
sale a buscar comida; todos sabían que esa era la costumbre debido al carácter del
animal. El pastor siempre ha sido responsable de buscar los prados más cómodos para
las ovejas.
El pastor legítimo usaba la puerta del redil para atender los asuntos del corral, por lo
que éste estaba seguro. La palabra que se traduce como “será salvo” tenía también el
sentido, de “seguro”. El ladrón que entraba saltando la pared, corría el riesgo de ser
castigado por el guardián y los dueños.
Los líderes ciegos y pastores falsos, se califican como ladrones y salteadores. El
propósito de Cristo: “…para que tengan vida y para que la tengan en abundancia”
(10:10), era diametralmente opuesto al de ellos.
EL QUE PRESENTA UN MENSAJE ESPIRITUAL
NO CENTRADO EN CRISTO,
ES “LADRÓN Y SALTEADOR”.
Cristo cambia la figura 10:12–18
Cristo dejó de hablar de la puerta. Siempre con el deseo de proveer más luz a los
videntes y reafirmar la ceguera de los demás, introduce una nueva figura.
EL CUARTO “YO SOY”
Yo soy el buen pastor (10:11, 14)
He aquí algunos de los elementos involucrados en la declaración:
“El buen pastor”. ¡El único! El artículo “el” establece que es un pastor como
ninguno, aunque ha habido numerosos pastores, incluso de muy buen carácter. Pero,
como Cristo, ¡ninguno!
“El buen pastor”. Para saborear la palabra “bueno”, se tiene que entender todo lo
que abarca. Claro que se refería al campo moral, pero incluía también “bello”,
“atractivo”, “simpático” y “amable”. Todos los términos se aplican. Pero Cristo mismo
expuso una razón aún mayor para decir “buen pastor”. “El buen pastor su vida da por
las ovejas”. El ladrón, para el bien de sí mismo las mataba, pero el buen pastor ofrecía
su vida por el bien de ellas.

¡PENSEMOS!
“Su vida da por las ovejas”. ¡Qué mensaje más claro, de
alguien que anticipaba su muerte en la cruz del Calvario!
Ninguno de los presentes aquel día pudo comprender todo lo
que abarcaban esas palabras. El Señor Jesucristo
voluntariamente daría su vida por los suyos (10:18). No sería
un accidente y mucho menos una catástrofe. El plan de Dios
desde la eternidad se llevaría a cabo. El Señor lo aclaró aún
más cuando dijo: “por los suyos”. La fuerza de esa palabra
está en el sentido de sustitución; “en vez de”. En la cruz
tomó el lugar de quien merecía ser castigado por sus
pecados.

“El buen pastor”. Cristo se atribuyó a sí mismo la palabra que se acostumbraba


asociar con el buen cuidado del rebaño y lo subrayó aun más al anotar “conozco mis
ovejas, y las mías me conocen”. Esta era una característica de un buen pastor de ovejas,
muy distinta a la de los fariseos y otros falsos profetas en su trato con Israel.
¡EL BUEN PASTOR ME CONOCE POR NOMBRE!
La figura aplicada en la fiesta de dedicación 10:22–42
La fiesta iniciada por los macabeos conmemoraba la rededicación del templo que
había sido profanado por Antíoco. Hoy corresponde a la celebración judaica llamada
“Festival de las Luces” (Hanukkah). Sin embargo, no todos los judíos presentes en
Jerusalén aquel día estaban de humor festivo. Algunos confrontaron a Cristo con una
pregunta tramposa. Sus enemigos lo tenían en sus garras en el templo y le exigieron que
dijera si era o no el Mesías. La situación era volátil, pues estaban con las piedras listas.
No obstante, Cristo demostró nuevamente su sabiduría divina citando que ya lo
había dicho antes y comprobado con sus obras (10:25). Después, agregó unas palabras
que los molestaron aún más: “pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas”
(10:26).
Las ovejas del Buen Pastor eran las que el Padre le había dado (10:29). Ellas
reconocían su voz y estaban dispuestas a seguirlo. Además, como el Hijo y el Padre son
uno, lo que Cristo decía y hacía estaba totalmente de acuerdo con la voluntad de Dios.
Por consiguiente, los que lo rechazaban estaban fuera de esa voluntad divina. Para los
líderes religiosos, fue una “píldora” imposible de tragar.
El Señor agregó todavía una garantía más: la seguridad de sus ovejas. “Nadie las
arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede
arrebatar de la mano de mi Padre” (10:28–29).
Así es como el capítulo que empezó con el bello pensamiento del buen pastor,
termina con el deseo malvado de los líderes que según parece, siempre tenían piedras a
la mano (10:31): “procuraron otra vez prenderle, pero él se escapó de sus manos”
(10:39).

¡PENSEMOS!
La revelación que Dios ha provisto demanda una
reacción. Debemos responder “¡Sí!” o “¡No!” Los judíos
expuestos a las palabras y señales que Cristo mostró fueron
muy privilegiados, pero a la vez más responsables. Dios sigue
revelándose a través de las páginas bíblicas. El buen pastor
sigue ofreciendo vida a sus ovejas. Las garantías (10:28–29)
siguen en pie. Allí está la luz, allí el privilegio. Nuestra
responsabilidad es creer.

7
Asuntos de Vida o Muerte
Juan 11:1–12:50
“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” (Juan
11:25)

En vísperas de una semana traumática, la más importante de la historia humana, el


Mesías seguía dando sus valiosas enseñanzas. Con la última señal confrontó a los
amigos, a los enemigos, y al enemigo final por igual. Claro que hubo reacciones muy
distintas. El que entendió se gozó en la luz, pero el que quería permanecer ciego,
quedaría ciego de verdad.
LA ÚLTIMA SEÑAL Y EL ÚLTIMO ENEMIGO
JUAN 11:1–57
En el transcurso del ministerio terrenal del Mesías hubo muchos milagros. La
mayoría de la gente estaba impresionada y algunos creyeron. El círculo íntimo de sus
discípulos apreciaba sus hechos a tal grado, que su fe seguía en aumento. Aun los
incrédulos decían: “por buena obra no te apedreamos, sino…” (10:33). Ese “sino” no
significaba un cambio de parecer. Más bien, era la misma razón de su oposición. No
querían aceptar que Cristo era Dios.
A continuación, Juan presentó la señal (y el mensaje que ilustraba) que iba a ser el
clímax para los líderes judíos, porque fue el evento que confirmó su deseo de matarlo.
LA SÉPTIMA SEÑAL
La resurrección de Lázaro
La relación de Cristo con la familia de Betania. Primera parte 11:1–5.
El nombre de Betania no es atractivo. Quiere decir “casa o lugar de higos no
maduros”. Sin embargo, por el cariño que le mostraban de muchas maneras, cierta
familia era para el Señor un oasis, un refugio refrescante.
María. “Fue la que ungió al Señor con perfume y le enjugó sus pies con sus
cabellos” (11:2). Es una referencia a un evento que según la cronología todavía no se
había llevado a cabo (12:3). Claro que desde el punto de vista de Juan, que vivió y
escribió muchos años después de los eventos que narraba, todo era historia pasada. La
menciona aquí para que sus lectores identificaran bien a la familia y probablemente,
para que reconocieran la importancia de María.
“Y amaba Jesús a Marta, a su hermana y a Lázaro” (11:5). Esto era cierto, y las
hermanas lo sabían (11:3). Además este es un punto básico para entender bien el
capítulo. Jesús les amaba y actuó conforme a ese amor. La enfermedad de Lázaro no
estaba fuera del plan ni del amor de Dios. Todo lo que Cristo hizo en la famosa historia
de la resurrección de Lázaro, inclusive el haberse demorado dos días en llegar a Betania,
fue con un amor que buscaba el bien del amado.
¡EN DIOS NO HAY CAPRICHOS!
SIEMPRE ACTÚA CONFORME A SU CARÁCTER
JUSTO Y AMOROSO.
Seguras y confiadas. Tan seguras estaban las hermanas de Lázaro del poder de
Cristo y de su estrecha relación con él, que le mandaron a informar de la enfermedad de
Lázaro. En su súplica señalan específicamente el amor que Cristo tenía por su hermano
(11:3). No cabe duda que semejante postura complació bastante al Señor. La
combinación de saber, creer, amar y luego suplicar, ha de haber sido muy conmovedora
para él.
“Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo
de Dios sea glorificado por ella” (11:4). Juan no especifica a quién dijo estas palabras,
pero aparentemente fue un recado que entregó al mensajero de las hermanas. No dijo
que Lázaro no moriría, sino que el resultado final no sería la muerte. Más importante
todavía, dijo que Dios tenía un gran propósito para lo que estaba pasando.

¡PENSEMOS!
Otra vez aparece el problema del sufrimiento y el dolor.
Hay un propósito en la presencia y la duración del dolor que
va más allá de lo que uno puede apreciar en el momento. Las
hermanas sin duda pensaron que el tiempo ideal para que el
Señor interviniera era de inmediato. Pero no, el dolor, la
angustia y las lágrimas tenían que esperar el tiempo
indicado por el Dios de amor. Nuestro Señor no es injusto,
sino que actúa de acuerdo a su carácter, con amor y
sabiduría. Él sabe cuál es el objetivo y escoge el mejor
método para alcanzarlo. Hizo que las hermanas esperaran y
aguantaran, y que aprendieran a confiar en la voluntad de
Dios.

La relación con los discípulos (11:6–16)


“Vamos a Judea otra vez” (11:7), dijo Cristo a sus discípulos dos días después de
haber recibido el mensaje. Pero según ellos, todavía era demasiado pronto para regresar
debido a las intenciones sanguinarias que la gente de ese lugar tenía. La contestación de
Cristo indicaba que uno no puede morir hasta que cumple con la voluntad de Dios
(11:9–10). Las palabras de Tomás (v. 16) demuestran una combinación de valor y
fatalismo.
“Lázaro ha muerto; y me alegro por vosotros, de no haber estado allí, para que
creáis” (11:14–15). Antes, Cristo había usado un eufemismo para referirse a la muerte
diciendo que Lázaro dormía, pero los discípulos no entendieron. Después dijo
claramente que sí había muerto.
Humanamente hablando, nos extrañan dos cosas aquí: La demora y la frase: “me
alegro por vosotros”. Ambas pertenecen a los propósitos de Dios. La primera, a su
horario para la familia en Betania. Dios siempre está a tiempo. La segunda pertenece a
los propósitos del currículum para los discípulos. Lo interesante es que algunos sufren
para que otros aprendan, pero todo está dentro de la plena voluntad perfecta de Dios. Ya
Lázaro había estado muerto por varios días. No cabría la duda más mínima del estado de
su cadáver. Lo triste, lo feo, todo lo asociado con la descomposición irreversible de la
muerte estaba presente. Ya era hora que Cristo manifestara su poder. Él quería que los
suyos aprendieran que su fe estaba depositada en quien vencería el último enemigo, la
muerte.
La relación de Cristo con la familia de Lázaro Segunda parte 11:17–44
Es de llamar la atención la fe que tenían las hermanas de Lázaro. Ambas dijeron
prácticamente las mismas palabras: “Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no
habría muerto” (11:21, 33). Sin embargo, es a Marta con quien se aclara lo de la
resurrección (11:25).
EL QUINTO “YO SOY”
“Yo soy la resurrección y la vida”.
Marta. Esta discípula afirmó que creía en la resurrección del “último día”. Sin
embargo, la aflicción oscurecía el poco consuelo que tenía en ese evento lejano (“en el
día postrero”). Precisamente en esos momentos desesperados, Cristo pronunció las
palabras que iban a ser ilustradas tan magistralmente en poco tiempo.
Marta solamente sabía de una resurrección futura. Cristo le enseñó que la
resurrección y la vida estaban presentes donde él estuviera. No tenía que esperar aquel
día futuro, sino que podría disfrutar de la vida eterna ya. Un creyente, aunque pase por
la muerte fisica, seguirá “viviendo” (la vida eterna) con la garantía adicional de la
resurrección. En poco tiempo, Cristo iba a hacer una demostración de una resurrección
fisica por su presencia y poder. Los que a través de las edades no han visto a Cristo en
la carne, pero sí le han aceptado, todavía tenían y tienen las mismas ventajas y garantías.
María. Al ser avisada por Marta, salió del pueblo para encontrar al Señor. Creyendo
que iba a la tumba, sus amigos la siguieron. Cuando Cristo la vio llorando juntamente
con los que la acompañaban: “se estremeció en espíritu y se conmovió” (v.33). “Jesús
lloró” (v.35). Era innegable la profunda simpatía que Cristo sentía por sus amigos, pero
su reacción tuvo además otra causa. Él estaba indignado con la muerte en sí, y con el
pecado que la había traído al mundo. Siendo que él es la resurrección y la vida, se
enfrentaba con la repugnante muerte, una emoción que está en una escala más elevada
que la profunda simpatía que sentía por los que estaban de luto. Ya había llegado la hora
para hacer la demostración del poder de la resurrección.
Lázaro. Su amigo ya había estado en la tumba durante cuatro días, tiempo más que
suficiente para comprobar que, en verdad había muerto. Ahora, frente al sepulcro y
“profundamente conmovido” (v.38), Jesús oró. A pesar de los sentimientos personales,
insondables, no empezó esa obra tan importante sin antes dirigirse al Padre, porque no
actuaba en forma independiente. Además, quería que todo el mundo se diera cuenta de
la relación que tenía con él. Entonces dijo con voz de mando: “¡Lázaro, ven fuera!”
¿Puede usted imaginar la reacción de los presentes ante semejante cosa? ¡Con sus
propios ojos vieron andar a uno que momentos antes era cadáver, que había estado en la
tumba por cuatro días! El que decía ser el Mesías demostró un poder que según las
Escrituras pertenece sólo al Cristo.
Relación con los líderes religiosos 11:46–57
Aun con esa evidencia tan convincente, no todos creyeron. Algunos corrieron a las
autoridades para informarles lo acontecido; ellos tomaron nota del número y la
importancia de las señales y de esta última en especial. Su decisión fue destruir la
evidencia y matar a Lázaro (12:10).
Caifás expuso su filosofía y plan contra Cristo: “nos conviene que un hombre muera
por el pueblo, y no que toda la nación perezca” (11:50). Refiriéndose a que era mejor
eliminar al Señor a que los romanos castigaran a todo el pueblo. Por supuesto, sin
querer, el pontífice expuso el motivo verdadero de la muerte de Cristo: “Así que, desde
aquel día acordaron matarle” (v. 53).
Una vez más, vemos que otro capítulo de Juan que principia con una obra tan
grande, que da lecciones claras e importantes y proporciona bendición al pueblo,
termina narrando el odio de los líderes.
CELEBRACIONES Y ADMONICIONES
12:1–50
La celebración en Betania 12:1–11
El hogar de los hermanos en Betania ofrecía al Señor solaz; era un remanso de paz.
Sabiendo lo que le esperaba en la semana que seguía, ha de haber sido muy especial
para él la cena que dieron en su honor. Lázaro también estaba sentado con los invitados.
¡LO QUE VALE, ES LA EVIDENCIA
DE LA DEVOCIÓN!
La comida de aquella fiesta no recibe ningún comentario de Juan, pero lo que María
hizo, sí. Como una expresión de amor y agradecimiento, ungió los pies de Cristo con un
perfume muy valioso. Es cierto que la familia aquella no era pobre, pero aun así, la
ofrenda que hizo representaba un sacrificio.
Ese acto de devoción y ternura provocó una reacción fuerte de parte de Judas
Iscariote. Quiso aparentar interés en repartir el valor del perfume a los pobres, pero Juan
(quien lo conocía muy bien) dice que era un ladrón y que “sustraía” de la caja que el
grupo mantenía.
De más importancia es el comentario que hace Cristo acerca de María: “Déjala, para
el día de mi sepultura ha guardado esto” (12:7). Tal vez María había tenido “guardado”
el perfume por un tiempo, pero lo había sacado pensando en este acto de devoción.
Cristo dijo que en realidad era un preparativo especial para su muerte.
Sus palabras referentes a los pobres (v. 8) no se deben entender como despectivas,
sino que esa noche había una prioridad más importante que la caridad: Cristo mismo.
¡VER A LÁZARO VIVO FUE UNA
EVIDENCIA CONTUNDENTE!
Cristo no era la única atracción aquella noche. Muchos llegaron con el fin de ver a
Lázaro, el resucitado. Los líderes no soportaban ver su “popularidad”, pues era una
evidencia del poder de Cristo, por lo que determinaron matarlo también (12:10).
La celebración en Jerusalén 12:12–19
Hasta esa fecha, Cristo había resistido el clamor de la multitud de elevarlo a un
puesto importante, pero en las afueras de Jerusalén se encontró con otra gran multitud.
Ésta se componía de peregrinos que habían venido a la fiesta y que habiendo visto
varios de sus milagros, querían verlo. Con aquel espíritu nacionalista que los
caracterizaba, esperaban que “el Rey” tomara posesión de su “trono”. Además, en
Lázaro vieron la evidencia de su poder (12:17–18).
El propósito de Cristo ese día de “entrada triunfal”, era diferente al de las
multitudes. El quería cumplir con la profecía de Zacarías 9:9. No nos asombra que la
multitud no entendiera. Ni los mismos discípulos lo comprendieron sino hasta mucho
tiempo después (v. 16). Era la oferta final del Mesías, aunque él sabía perfectamente
que la nación no lo recibiría.
Los griegos en la celebración 12:20–36
Estos eran prosélitos del judaísmo que habían venido a las fiestas también. No se
sabe la razón por la que querían ver a Jesús. Si era nada más por curiosidad, lo pudieran
haber visto sin pedir permiso. Pero parece que querían una entrevista, aunque no hay
datos en cuanto a las preguntas que traían. Los judíos clamaban: “¡Queremos ver
milagros!” En cambio, con una mejor perspectiva, los griegos dijeron: “Queremos ver a
Jesús”, a lo que el Señor correspondió con más enseñanza.
Lo de la hora (v. 23). Él había estado diciendo que su hora no había llegado, pero
aquí dice “ha llegado la hora”. El horario de Dios es algo fijo, y aunque los hombres
procuran acelerarlo o alterarlo, es inmutable. Aunque el emperador más potente, o el
ejército romano, o Poncio Pilato, o los sacerdotes quisieran imponer su horario, el de
Dios siempre prevalece.
Lo del trigo (v. 24). En la naturaleza, para que haya fruto, tiene que sembrarse la
semilla. En la tierra, la semilla muere y es consumida, pero de allí sale la planta que
produce el fruto. “La hora” que anunciaba era la de su muerte y el producto: “mucho
fruto”, perdón del pecado, vida eterna y bendición de Dios.
CRISTO VINO CON UN SOLO PROPÓSITO:
HACER LA VOLUNTAD DE DIOS.
“¿Escapar de la hora? ¡No!” dijo Cristo. No andaba buscando alternativas a lo que
le esperaba, puesto que para eso había venido al mundo (v. 27). La frase, “sálvame de
esta hora”, no quiere decir que estaba buscando escapar de la cruz. Más bien, pedía la
ayuda de Dios Padre para salir de ella con éxito.
Su oración. “Padre, glorifica tu nombre. Entonces vino una voz del cielo: Lo he
glorificado, y lo glorificaré otra vez” (v. 28). Oír la voz de Dios desde el cielo no era
común, pero durante la vida de Cristo lo hizo varias veces, dando testimonio de él.
Muchos oyeron, pero no entendieron.
Lo que glorifica a Dios es estar de acuerdo con él y demostrarlo. Dios se había
glorificado en todo lo que Cristo había hecho y dicho, porque era su voluntad. También
durante la semana siguiente, que traería mucho sufrimiento y la muerte, Cristo siguió
glorificando al Padre. Ese era el plan de Dios, y Cristo, siendo Dios mismo, estaba cien
por ciento de acuerdo con él.
Lo de la cruz (v. 32). “Si fuere levantado” se refiere a su muerte y no a la
resurrección. ¡Qué paradoja! La cruz era el instrumento de muerte más cruel y odiado
del mundo, repugnante en todo sentido. Sin embargo, Cristo señala que es un imán
maravilloso. El que quiera aprovechar lo que él ofrece, debe hacerlo por la cruz.
Al mencionar la cruz y la muerte, la gente que poco antes lo aclamaba como rey,
quedó decepcionada. La nación no quería tener un Mesías sufrido, sino un libertador
triunfante.
El capítulo 12 termina como los demás: “Pero a pesar de que había hecho tantas
señales delante de ellos, no creían en él” (v. 37). Algunos líderes creyeron, pero
permanecieron callados por miedo de los fariseos.
¡PENSEMOS!
Con el presente capítulo, termina el ministerio público
del Mesías. Desde entonces ya no anduvo entre la gente
predicando o haciendo señales. Su rechazo se hizo completo.
Los planes nefarios de sus enemigos estaban en marcha. El
reloj de Dios estaba por dar la hora.

8
Instrucciones Finales Primera
Parte
Juan 13:1–14:24
“Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis” (Juan 13:17)

¿Cuál fue el lugar donde Cristo se reunió con sus seguidores para darles las últimas
instrucciones? En un aposento alto de una casa de la ciudad de Jerusalén. ¿La ocasión?
La fiesta de la pascua. ¿El tiempo? Escasas horas antes de la crucifixión. ¿Presentes?
Solamente sus discípulos.
El Señor Jesucristo ya había dejado de enseñar a las masas, ese auditorio voluble
que había querido proclamarlo rey la semana anterior. Sin embargo, el entusiasmo que
habían mostrado no era manifestación genuina de lo que había en su corazón. A pesar
de las enseñanzas y señales de Jesús, siguiendo a los líderes religiosos, la nación lo
había rechazado definitivamente y ahora estaba por hacerlo ante las autoridades
romanas. “La hora” para la cual Cristo había venido al mundo estaba por cumplirse. El
Señor todavía tenía mucho qué comunicar a los suyos y lo hizo esa noche en el aposento
alto.
Con este pasaje empieza la segunda división principal del bosquejo del Evangelio
según San Juan.
BOSQUEJO DE JUAN
A. EL VERBO RECHAZADO JUAN 1:1–12:50
B. EL VERBO APRECIADO JUAN 13:1–17:26
C. EL VERBO CRUCIFICADO JUAN 18:1–19:42
D. EL VERBO RESUCITADO JUAN 20:1–21:25
RAZONES DE SU ENSEÑANZA
Quería preparar a los suyos para
1. La cruz
2. La persecución que vendría
Quería explicarles el futuro
1. Acerca de la venida del Espíritu Santo,
2. De su segunda venida y
3. De los conflictos que vendrían
Quería pedirle al Padre por
1. La preservación de sus discípulos
2. Su santificación
3. Su unificación y
4. La glorificación de sí mismo
PREPARATIVOS Y PROCLAMACIONES
13:1–35
El discurso del aposento alto es una mina de oro para el estudiante bíblico, porque
cada capítulo está lleno de instrucciones importantes. El resumen del presente capítulo
se hará teniendo en mente cuatro puntos.
El problema de Pedro 13:1–11
El autor, al igual que un artista, con pinceladas cortas y rápidas aplica el color y
textura al lienzo para establecer el tiempo y las circunstancias inmediatas que rodearon
a esta importante sesión (13:2–3)
Uno de los colores es bastante sombrío. Gracias al control del Espíritu Santo, y la
ventaja que tenía de ver las cosas desde una perspectiva histórica, Juan comentó del
traidor: “el diablo ya había puesto en el corazón de Judas Iscariote…que le entregase”
Lo que Cristo hizo. En esa cena festiva preparada por los discípulos, no se había
hecho ninguna provisión para atender una costumbre muy importante. El anfitrión
siempre hacía los arreglos para que los invitados se lavaran los pies. En una tierra árida,
caliente y polvorienta como aquella, donde se usaban sandalias, era una costumbre
importante y refrescante.
¿Sería posible que faltara esa cortesía porque no había sirvientes? Tal vez, pero en el
fondo, la razón es que los discípulos siempre habían estado infectados por el virus de
“quién de ellos sería el mayor” (Lucas 22:24). Por lo tanto, Cristo asumió la posición y
trabajo de un sirviente o esclavo, y procedió a lavar los pies de sus discípulos. Juan
describe esta acción con siete frases lacónicas: “se levantó”, “se quitó su manto”,
“tomando una toalla”, “se la ciñó”, “puso agua en un lebrillo”, “comenzó a lavar los
pies”, “y a enjugarlos” (13:4–5).
Lo que Pedro hizo. Consciente de la incongruencia de lo que hacía el Maestro,
expresó su duda y luego rehusó aceptar el servico. Pero el Señor sabía que no entendía
su iniciativa y se lo dijo (v. 8).
¡ES POSIBLE TENER CELO, PERO NO EL
QUE ES CONFORME A CIENCIA!
La explicación de Cristo. El Señor dijo que lo que hacía era necesario (v. 8).
Después del baño, solamente tenían que lavarse los pies contaminados con el polvo de
la calle. Su lección tenía que ver con el trato de la contaminación adquirida después de
bañarse. Habiendo recibido “el baño” de la salvación, sólo se debe eliminar “la
contaminación” del pecado cotidiano que encontramos.
El Señor especificó que no había necesidad de volverse “a bañar”. La porción
enseña varias lecciones, entre ellas que no existe la perfección en el creyente. Aun
después del baño de la salvación, se contamina andando en este mundo. ¿El remedio?
Se tiene que someter al lavado de pies de la Palabra (Efesios 5:26–27). No necesita otro
baño completo ni ir a un confesionario.
“EL DIABLO NO PERMITE QUE NINGÚN
CREYENTE LLEGUE AL CIELO CON LOS PIES
LIMPIOS”. MARTÍN LUTERO
El propósito de Cristo 13:12–20
“¿Sabéis lo que os he hecho?” La verdad es que no lo sabían, y por eso les ofreció
una explicación
Aun los incrédulos usaban títulos como “rabí” y “señor” para dirigirse a Cristo, pero
por un respeto general; no porque tuvieran fe verdadera. Los discípulos le llamaban
“Maestro”, reconociendo que las suyas eran palabras divinas.
También le decían “Señor”, porque sabían que el poder que manifestaba era divino.
“Decís bien, porque lo soy”, dijo Cristo. El primer título se asocia con los principios que
debían creer; el segundo, con la obediencia.
Los fariseos y demonios también mencionaron el nombre de “Jesús”, pero los
discípulos, ¡no! Ellos le llamaban Señor.
“Ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis” (v.
15). ¿Qué quería Cristo que los discípulos hicieran? En primer lugar, les dio un
“ejemplo”, no una ordenanza, liturgia o sacramento. No parece que se refiera a algo
literal, sino a una actitud. Si el Soberano tomó el lugar de un sirviente, sus súbditos
deben hacer lo mismo.
En segundo lugar, quería que en su ministerio futuro, ellos ministraran la Palabra de
Dios uno al otro. La aplicación es lo que vale. “Si sabéis estas cosas, bienaventurados
seréis si las hiciereis” (v. 17).
EL CONOCIMIENTO SIN LA PRÁCTICA
NO NOS HACE MEJORES QUE EL DIABLO.
La predicción de Cristo 13:21–30
Cristo no quería que Judas estuviera presente cuando diera sus palabras finales y
porque sabía que el reloj de Dios para los eventos de esa noche marchaba implacable.
La ocasión y la magnitud del pecado que el traidor iba a cometer dejó al, Señor
conmovido en espíritu (v. 21) y a los discípulos perplejos.
En verdad es sorprendente, ¿cómo era posible que durante tres años y medio no
sospecharan nada de Judas? En parte porque el hipócrita es capaz de engañar aun al
discípulo más firme. Por otra parte, durante ese tiempo, el Señor trató a Judas con el
mismo amor con que trataba a los demás, ¡aun sabiendo quién era y lo que haría!
Jesucristo sabía que las últimas etapas del plan ya estaban en marcha. “Lo que vas a
hacer, hazlo más pronto” (v. 27). “Luego salió; y era ya de noche” (v. 30). Habiendo
rechazado la luz, Judas no podía andar más que en oscuridad.
Como Caín, salió de la presencia de Dios (Génesis 4:16). Como Balaam, amó el
premio de la maldad (2 Pedro 2:15). Como Ahitofel, traicionó a su amigo fiel (2 Samuel
15:31).
AUN EN AQUELLA PRIMERA SANTA CENA,
SATANÁS ESTUVO PRESENTE HACIENDO SU
TRABAJO NEFANDO EN EL CORAZÓN DE UNO
DE LOS DISCÍPULOS.
Proclamaciones de Cristo 13:31–35
Estos versículos forman a la vez un epílogo y un prólogo: “Ahora es glorificado el
Hijo del Hombre, y Dios es glorificado en él” (v. 31). Con la salida de Judas, la cruz del
Calvario ya se perfilaba como un hecho.
La vida y ministerio de Cristo llevan la estampa de una total conformidad con el
plan de Dios. Su muerte en la cruz es el clímax de ello. Así fue glorificado Dios. La
frase “hijitos míos” no incluye a Judas; además, sugiere que aque aun los presentes no
habían alcanzado la madurez que lograrían después.

Les dio un nuevo mandamiento, diferente al de la ley, diciendo que el amor debía
ser como de familia, sin medida: “Como yo os he amado” (v. 34). Finalmente, les dijo
que sería la insignia que los identificaría como sus discípulos. El amor del cual Cristo
habló era un precepto sólo para los creyentes. Hubiera sido inútil ofrecerlo al mundo.
PREGUNTAS, RESPUESTAS Y PROMESAS
13:36–14:31
Las gloriosas verdades con las que principia el capítulo 14, tienen su trasfondo en el
capítulo 13:33. Cristo dijo que su presencia física con ellos terminaría pronto y que a
donde él iba, ellos no podían ir.
En seguida, el autor expone la primera de las cuatro preguntas que componen el
bosquejo del capítulo. La explicación de las ideas principales se encuentra en las
respuestas de Cristo.
La pregunta de Pedro y la respuesta del Señor (13:36–14:4)
“Señor, ¿a dónde vas?” Parece que el discípulo quería más información en cuanto
al destino del Maestro para entender mejor la separación. Él no deseaba que hubiera
separación a pesar de lo que decía Cristo. Tampoco quedó satisfecho con el “después”
que le dijo.
Luego de hacer la pregunta “¿por qué no?”, Pedro dice la famosa frase: “Mi vida
pondré por ti” (v. 37). Impetuoso y arrebatado, Pedro no conocía su propia debilidad.
Peor todavía, no estaba escuchando a Cristo. Sin embargo, su corazón ardía con amor y
devoción.
En ese momento, el Señor se vio obligado a descubrirle a Pedro su debilidad latente.
La verdad abrumadora de “no cantará el gallo, sin que me hayas negado tres veces” (v.
38) cayó sobre ellos como una nube densa y tenebrosa.
Sin duda, los demás pensaban que si su líder aparente, el pescador fuerte, iba a
reaccionar así, ¿qué sería de ellos¿ Si en verdad Cristo iba a abandonarlos, se quedarían
sin amigos, desvalidos. El terror que sentían ha de haberse notado en sus caras.
Es con este trasfondo que Cristo pronuncia las palabras consoladoras: “No se turbe
vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí” (14:1). El Señor les pide una fe
personal en él. ¡Eso lo dijo a pesar de que estaba condenado a muerte!
Luego, les especifica lo que debían creer. Las moradas ya existían, Dios las había
provisto. El Señor prometió regresar para llevarlos a ellas, pero lo que es más
importante, a donde él estaría. Los discípulos todavía no conocían todos los detalles
acerca de la cruz, ni del camino que Cristo tenía que recorrer en escasas horas, pero sí
sabían que él es el camino que tenían que tomar para alcanzar la vida eterna.

¡PENSEMOS!
“Vendré otra vez y os tomaré a mí mismo, para que
donde yo estoy, vosotros también estéis” (14:3). La partida
inminente de Cristo era motivo de tristeza para los suyos,
pero él les hizo ver que debía ser exactamente lo opuesto.
Aun para el creyente actual, la verdad es que en medio de
cualquier dolor o tristeza que padezca, la promesa de Cristo
permanece vigente: “Vendré… os tomaré… para que donde
yo estoy, vosotros… estéis”. ¡Qué consuelo! Hay consolación
porque hay esperanza. Hay esperanza firme y sólida porque
Cristo lo dijo.

La pregunta de Tomás y la respuesta del Señor (14:5–7)


“Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo podemos saber el camino?” No hay
manera de determinar su tono de voz, pero parece que son las palabras de alguien que
está desanimado, de un pesimista. Alguien describió a Tomás como “un hombre que
levanta polvo y luego se queja porque no puede ver”. Pues en verdad, no estaba
confundido en cuanto a la muerte, sino por la misión que esperaba a Cristo más allá de
la muerte. Los discípulos sabían más de lo que pensaban, pero la tristeza les había
sobrevenido a tal grado, que su ojos espirituales habían sido oscurecidos.
EL SEXTO “YO SOY”
“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida;
nadie viene al Padre, sino por mí”
(14:6).
Cristo no censuró a Tomás por sus palabras. Más bien, con ternura expuso de nuevo
lo que los discípulos ya sabían, tratando de concentrar sus mentes perturbadas en las
verdades profundas y básicas.
No les dijo que conocía, o que les iba a mostrar un camino como lo hizo Moisés.
Tampoco que iba a predecir un camino por el cual ir al Padre como hicieron los
profetas. Ni dijo que ese camino podría guiarlos por la vida como lo hace un gurú. Lo
que dijo es que él mismo es el camino, el puente entre el fracaso del hombre y lo que
Dios siempre quiso que el hombre fuera.
Asimismo, dijo que él es la verdad, la que define las normas de justicia; que es la
vida, la dinámica que hace posible lo que Dios ofrece. Con palabras parecidas a las que
dijo a Nicodemo, anunciaba el carácter exclusivo de su mensaje. Algunos dirían, su
exclusivismo. Dijo que es el único camino, la única verdad y la única vida verdadera.
Los demás caminos no conducen a ella.
SIN CRISTO, LA VERDAD, AUN EL HOMBRE
MÁS SABIO DEL MUNDO ANDA A CIEGAS.
La petición de Felipe y la respuesta del Señor (14:8–21)
“Muéstranos el Padre”. La enseñanza del Señor en cuanto al Padre era demasiado
alta para Felipe. El quería verlo de la misma manera en que había visto al Hijo. Estaba
perplejo, pero no indiferente. En su respuesta, Cristo le indicó que tenía algo mucho
mejor, la vista espiritual.
“¿No crees (¿verdad?) que yo soy en el Padre y el Padre en mi?” (v. 10) El Señor
esperaba una respuesta afirmativa. Su enseñanza y obras comprobaron esa verdad. ¡Y
mayores obras verían! El Cristo exaltado haría mayores obras que cuando estuvo en la
carne. Lo bello es que ha escogido a sus seguidores como instrumento.
“Todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré…” (v. 13). Esta lección
sobre la oración está en un contexto que enfatiza la relación del Hijo con el Padre.
Muchos sólo se fijan en la frase “todo lo que pidiereis” y en ella basan toda su
doctrina acerca de la oración. Pero debieran prestar más atención a la frase “en
minombre”. Esta no quiere decir que por la autoridad de Cristo, ni por sus méritos, ni
aun a causa de Cristo. Quiere decir, que oramos estando de acuerdo a todo lo que él es y
más que todo, sabiendo que él está sujeto a la voluntad de Dios.
Los que dicen amar a Cristo, deben cumplir sus mandamientos. No toca a ellos
inventar nuevas maneras de complacer a Dios, porque él está muy satisfecho con que el
creyente obedezca lo que ha dicho. Y por cierto, no deben cambiar el propósito de la
oración, sino hacerla como Cristo dijo.
EL PROPÓSITO DE LA ORACIÓN NO ES QUE
SE HAGA LA VOLUNTAD DEL HOMBRE EN EL
CIELO, SINO LA VOLUNTAD DE DIOS EN LA
TIERRA.
“Yo rogaré al padre” (v. 16). La petición del Señor por el Consolador está en el
mismo contexto, pero pospondremos el estudio del Espíritu Santo hasta la próxima
lección.
La pregunta de Judas (no el Iscariote) y la respuesta del Señor 14:22–
24
“¿Cómo es que te manifestarás a nosotros y no al mundo?” Este Judas es
probablemente el Tadeo que se menciona en Marcos 3:18. No se sabe mucho de él, y no
ocupa un lugar prominente. El problema que tenía era el de la revelación. Si el Señor iba
a aparecer a sus discípulos, ¿cómo evitaría que el mundo le viera?
El Señor indica que la condición necesaria para verlo es el amor, un amor que
produce obediencia. El mundo no le ama ni obedece. ¿Cómo puede haber una
manifestación al mundo?

¡PENSEMOS!
Todos tenemos preguntas, y se ha dicho que
preguntando es la única manera de aprender. El problema
no está en preguntar, sino en la actitud. Si con la pregunta
estamos retando a Dios, andamos mal. Si es para averiguar y
entender mejor, está bien. Pedro era a la vez curioso, leal y
algo arrebatado y Cristo le contestó regañando y anímando.
Tomás manifestó pesimismo. El Señor le habló de revelación,
y lo retó. Felipe expresaba un anhelo muy profundo, y Cristo
citó la evidencia: sus palabras y obras. Judas estaba
confundido, y el Señor le habló del amor. En fin, Jesús trató
a cada individuo y sus preguntas con ternura y sabiduría. Lo
mismo hace con las nuestras, pero ¡espera que nos
concentremos más en la respuesta que en la pregunta!

9
Instrucciones Finales Segunda
Parte
Juan 14:25–15:27
“Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando” (Juan 15:14)

En la última noche de su vida terrenal, hablando sólo a los suyos, el Señor pudo
enseñarles lecciones que las multitudes incrédulas no hubieran podido entender jamás.
Se ha dicho que este discurso del aposento alto contiene la semilla de las doctrinas de la
iglesia futura, aunque en aquella noche de tanta emoción y angustia, ni sus propios
discípulos pudieron comprender toda la profundidad de lo que el Señor les dijo. No
obstante, en la misma plática, Cristo les hizo saber que tendrían otro recurso a su
disposición.
DOCTRINA DEL ESPÍRITU SANTO EN
JUAN 14 Y 15
Esta no es la primera vez en las páginas de las Escrituras que se menciona al
Espíritu Santo. Desde los primeros capítulos de Génesis, su presencia era evidente. Sin
embargo, el Señor introduce una nueva época, una edad que correctamente se denomina
de la iglesia o del Espíritu Santo. Era muy natural, entonces, que Cristo enseñara algo
de lo que sería el ministerio de dicha persona de la Trinidad. El tema se introduce en
14:16 y en adelante, cada cita que trata del tema agrega más información y aclara mejor
la doctrina:
“Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el
Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero
vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros” (14:16–17).

El Consolador vendría a solicitud del Hijo 14:16


Claro que Dios Padre concedería la petición de su Hijo, quien siempre estuvo
totalmente de acuerdo con su voluntad, característica predominante de Jesucristo. Él
nunca hubiera pedido nada que estuviera fuera de la voluntad divina.
El “otro Consolador” (v. 16). Cristo dijo que el Espíritu Santo es otra persona igual
y del mismo carácter que él. No son idénticos, pero sí de la misma naturaleza. Dios
Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, son de la misma esencia, poseen las mismas
cualidades y son igualmente Dios. San Juan usa la palabra “Consolador” dos veces en
este capítulo y dos veces más en el resto de su evangelio.
EL ESPÍRITU SANTO ES UNA PERSONA,
NO UNA INFLUENCIA
La idea básica no es que el Espíritu Santo iba a proporcionar consuelo a sus
seguidores al estilo de la bondad humana que procura aliviar el sufrimiento. Más bien,
quiere decir “defensor”, “uno llamado al lado de otro para defenderlo”. Hasta esa fecha,
Cristo había estado físicamente al lado de los discípulos, pero ahora estaba a punto de
marcharse, por lo que les prometió que el Padre enviaría en su lugar a otra persona
igual.
El nuevo defensor estaría con ellos para siempre (v. 16). Esta frase señala una gran
diferencia entre lo que el Espíritu hacía en el Antiguo Testamento y lo que haría en la
nueva época. Antes, venía sobre alguien cuando había algo especial qué hacer, pero no
permanecía en él.
En la nueva época, el Espíritu ya no abandonaría a los creyentes como el Maestro
estaba a punto de hacer. Tampoco estaría presente sólo mientras no hubiera pecado en
ellos. Cristo ya había indicado que de vez en cuando era probable que sus discípulos se
ensuciaran los pies. En ese caso, sería el Espíritu quien les conduciría al lavacro de la
Palabra.

¡PENSEMOS!
La presencia del nuevo Consolador es un incentivo para
la santificación personal. El Espíritu conoce nuestros
pensamientos y oye las palabras que nunca pronunciamos.
También está con nosotros adondequiera que vamos.
Entonces caben las preguntas, ¿De veras, estoy pensando lo
que le complace? ¿Estoy usando el vocabulario que le
agrada? ¿Estoy frecuentando los lugares donde él quiere
estar?

“El Espíritu de verdad” (v. 17). Cuando el que dijo ser “la Verdad” (14:6) prometió
otro Consolador (defensor) igual a él, era de esperarse que éste fuera el Espíritu de
verdad también. Así se garantiza un recurso verídico, una fuente de información e
interpretación fidedigna.
“Estará en vosotros” (v. 17). Esta frase es evidencia de que el ministerio del
Espíritu Santo iba a ser diferente; no solamente iba a estar sobre los creyentes (como en
épocas pasadas), aunque había sido de mucha bendición. Cristo dijo que estaría en ellos.
Esta es una de las bendiciones más grandes del creyente en la presente era: el Espíritu
Santo reside en nosotros.
Ministerio del Espíritu Santo
“Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará
todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho” (14:26)

La primera parte del versículo es un repaso, pero luego Cristo añadió más datos.
“El os enseñará todas las cosas”. El Maestro los iba a dejar, pero prometió la
presencia y el poder de otra persona igual, capaz de enseñarles todo. La palabra “todas”
abarca absolutamente todo lo que los discípulos, a punto de convertirse en “apóstoles”,
necesitarían para el ministerio, inclusive las verdades que Cristo no les había
comunicado todavía.
“Os recordará todo lo que yo os he dicho”. ¡Qué palabras tan alentadoras! El
Espíritu se encargaría de repasar todo lo que el Señor dijo en los tres años y medio
anteriores. Además, en esa misma noche Cristo les estaba dando muchísima
información nueva que con sus emociones tan alteradas, ¿cómo iban a recordar? Eso no
importaba, porque el ministerio futuro del Consolador les haría recordarlo. ¡Con cuánta
facilidad pudo Juan describir estos eventos después de haber pasado tantos años!
Sin duda, una de las verdades que el Espíritu iba a imprimir en sus mentes y
corazones es la que aparece en el versículo 14:27. En las horas tumultuosas de esa
noche y los días subsiguientes, con solamente recordar y disfrutar de esa verdad, les
hubiera bastado.
Por supuesto, los judíos acostumbraban usar la palabra “paz” con mucha frecuencia.
Sin embargo, Cristo la identificó como “mi paz”. “¿Mi paz?” ¿A la luz de lo que él
mismo sabía que le esperaba? Esa paz no consiste en ausencia de problemas o
presiones, sino en una devoción total, o sea, una conformidad con la voluntad de Dios.
No sería por demás anotar aquí que “la paz” es una parte del fruto del Espíritu (Gálatas
5:22).
LA PAZ DE LA CUAL HABLABA EL SEÑOR
TIENE MÁS QUE VER CON LAS
CONVICCIONES QUE CON LAS EMOCIONES.
Testimonio del Espíritu Santo
“Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el
cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí. Y vosotros daréis testimonio también,
porque habéis estado conmigo desde el principio” (15:26–27).

El versículo reitera de dónde vendría el Espíritu: tanto del Padre como del Hijo. Eso
no ha de extrañarnos, porque Cristo se había identificado plenamente con el Padre. El
dato nuevo es que “dará testimonio acerca de mi”. Este es el propósito del ministerio del
Espíritu. En contraste con el énfasis que algunos hacen hoy en día, el propósito del
Espíritu no es llamar la atención sobre sí mismo, sino “testificar” de Cristo.
Este es un principio muy apropiado para evaluar si un ministerio determinado es del
Espíritu o no. Cuando se concentra en Cristo, entonces es del Espíritu Santo. Si se
enfoca en el Espíritu mismo, entonces no es de él.

¡PENSEMOS!
El recurso que Cristo prometió a sus discípulos aquella
noche, no se limita sólo a ellos. Cada creyente de la edad
presente lo tiene. Por razón de ser hijo de Dios, el Espíritu
Santo mora en uno (Gálatas 4:6; Romanos 8:9). Saber esto
ha de motivarnos para vivir una vida que le agrade. Lo
interesante es que la capacidad de vivir de esa forma la
obtenemos solamente de él. El Espíritu Santo es a la vez
motivador e instrumento para lograr la vida santa.

RELACIÓN CON EL SEÑOR Y SUS RESULTADOS


15:1–25
Basados en el último versículo del capítulo anterior, es posible pensar que la
pequeña compañía de Cristo y sus discípulos salieron del lugar donde se habían reunido,
aunque no se aprecia un cambio de situación. El Señor siguió enseñando solamente a los
suyos. No estaban presentes los incrédulos, ni los tenía en mente el Maestro. Las
verdades expuestas aquí tienen que ver exclusivamente con creyentes, factor que ayuda
sobremanera a su interpretación. También se tiene que tomar en cuenta que el Señor
entremezcló el uso de la figura de la vid con su aplicación y explicación.
EL SÉPTIMO “YO SOY”
“Yo soy la vid verdadera, y
mi Padre es el labrador”.
El tema central de la porción es el fruto y la manera en que se produce. El secreto
está en la relación entre el pámpano y la vid. Se da por aceptado la vida del pámpano,
otra indicación más de que la porción tiene que ver con verdaderos creyentes.
¡RECUERDE! EL ÚNICO PROPÓSITO
DE LA VID, ES PRODUCIR FRUTO.
La vid y su explicación 15:1–6
“La vid verdadera” (v. 1), la “genuina”, así como se refería él como el pan
verdadero (6:32) o como se decía de él que era la luz verdadera (1:9). Hay otras
supuestas fuentes de “pan” o de luz y aun de vida y fruto, pero son fraudulentas. Sólo él
es “genuino”.
“Mi Padre es el labrador” (v. 1). Otra vez hace hincapié en la relación que existía
entre él y su Padre. Además, todos los cuidados de la vid y de los pámpanos están en
manos de un labrador que sabe de todo y que todo puede hacer. Es más, están en manos
de un Dios de amor. Eso de reconocer quien está en control de todas las cosas, es muy
importante para el creyente de cualquier época.
SE TIENE QUE RECORDAR QUE EL CUCHILLO
QUE PODA EL PÁMPANO
ESTÁ EN MANOS DEL LABRADOR DIVINO.
El cuidado del pámpano. Vale la pena repetir que el enfoque no está en “vida”.
“Todo pámpano que en mí no lleva fruto” (v. 2), es decir, “que no lleva fruto ahora”,
nos da esa idea. No dice que “nunca llevaba fruto”. Es obvio, entonces, que el pámpano
representa al creyente, porque estaba “en mí”; tenía vida. Sin embargo, por alguna
razón, no está llevando fruto ahora.
Entonces el labrador divino empieza a trabajar con ese pámpano. La palabra no se
refiere a cortar ni a destruir, sino a quitar o “levantar” del lugar en donde está para
exponerlo más al sol y la lluvia, colocándolo en un ambiente más propicio para que
produzca fruto.
Para el pámpano que ya está produciendo, también hay atención por parte del
labrador. El que cuidaba la viña, literalmente lavaba y podaba los pámpanos que
producían fruto con el propósito de que produjera aun más. En manos del labrador
divino estaban los instrumentos, tanto para lavar como para podar, siempre con el
propósito de hacer al creyente más fructífero.
El secreto de ser productivo 15:4–6
El Maestro hablaba de “la comunión”. Los discípulos ya estaban en unión con él; no
les faltaba la vida. Una vez habiendo aceptado a Cristo, es imposible estar fuera de
“unión” con él. (Véase Juan 10:28–29.) Sin embargo, es posible estar fuera de
“comunión”. Para que la vid produjera fruto a través del pámpano, éste tenía que
absorber de la planta todos los elementos nutritivos necesarios. Subrayando esa verdad,
el Señor agregó: “Separados de mí, nada podéis hacer” (v. 5).
ESTAR EN ÉL ES LA ÚNICA FUENTE DE VIDA.
LA COMUNIÓN CON ÉL ES LA ÚNICA
FUENTE DE FRUTO.
El efecto de no estar en comunión con Cristo (v. 6). Es obvio que el versículo
presenta un escenario con consecuencias serias. Para poder entenderlo, se tiene que
volver a aplicar el mismo principio de interpretación que hemos venido usando.
Este pasaje no habla de “vida” (salvación), sino de fruto. La palabra “salvación” no
se usa en todo el capítulo. Además, el resto del Nuevo Testamento está en contra de la
posibilidad de perder la vida eterna. Se tiene que recordar que estamos tratando con una
figura, y el “fuego” es tan descriptivo como “el pámpano”. No obstante, “fuego” es una
figura de juicio. Entonces, la lección básica es que el pámpano que no produce fruto
corre el riesgo de recibir una fuerte disciplina. El pámpano no será “disciplinado” por
falta de vida, sino de fruto, porque el labrador siempre busca el fruto.
O DAMOS FRUTO, O HABRÁ FUEGO.
Resultados de una comunión estrecha con Cristo 15:7–17
La oración efectiva (v. 7). Esta no es ni la primera ni la última referencia a la
oración en el discurso. Sin embargo, aquí se relaciona con la comunión con Cristo. El
dijo que la oración efectiva depende de la relación que uno tenga con la Palabra de
Dios. Viviendo de acuerdo con ella, demuestra sumisión a su autoridad y por lo tanto,
produce una oración eficaz.
El gozo cumplido (v. 11). El gozo del Señor estaba en cumplir la voluntad de su
Padre. Él quería que sus discípulos tuvieran ese mismo gozo. Lo que les mandó hacer
era para que lo lograran. En seguida, les dio una de las directrices más importantes:
“que os améis unos a otros, como yo os he amado” (v. 12).
El fruto permanente (v. 16). “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a
vosotros”. No dijo esto sólo como referencia al período de reclutamiento que hizo en
Galilea. Es una verdad que viene de la eternidad pasada, de los decretos de Dios mismo.
A los discípulos y a nosotros también, el Señor nos ha escogido soberanamente con un
propósito: “para que vayáis y llevéis fruto”.
La vida cristiana tiene un objetivo y nuestra elección y preparación han estado
diseñados con él en mente. La persona en plena comunión con Cristo gozará de fruto
perdurable. Cosas permanentes en esta vida no las hay, a pesar de lo que publican los
anuncios comerciales. Pero el fruto de un creyente en comunión con el Señor durará
para siempre.
Identificación con Cristo 15:18–25
La relación estrecha con Cristo siempre produce una reacción de parte del mundo.
Anteriormente, Cristo había dicho que el mundo no podía aborrecer a los discípulos
(Juan 7:7) porque en aquel entonces, tal vez no mostraban una identificación tan
estrecha con él. En cambio, cuando se hizo evidente que tenían relación con el Cristo de
la cruz, recibieron algo de su oprobio.

¡PENSEMOS!
En el versículo 19, Cristo explicó que sus seguidores ya
no pertenecían al sistema de este mundo. Además, ¿cómo era
posible que ese sistema tratara en forma diferente a los
discípulos que a su amo? La luz vino y reveló el pecado del
mundo. Por eso, los del mundo odiaron la luz, porque reveló
lo que había en ellos, Por lo tanto, odian también a los que la
siguen.

10
Instrucciones Finales Tercera
Parte
Juan 16:1–33
“Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción;
pero confiad, yo he vencido al mundo” (Juan 16:33).

Los discípulos tenían que moverse en un mundo hostil. Debido a su relación con el
Hijo de Dios ya rechazado, no podían escapar de los ataques del sistema que comanda el
anticristo. Sin embargo, tenían recursos.
El adiestramiento que recibieron por tres años se enriqueció enormemente con las
enseñanzas oportunas del Maestro escasas horas antes de su muerte. Aunque no
pudieron comprender todo instantáneamente, la semilla se sembró. Al Espíritu Santo le
tocaría cultivarla y hacerles entender el gran equipo espiritual que tenían a su
disposición.
LOS DISCÍPULOS FRENTE AL MUNDO
JUAN 16:1–6
Los escritos bíblicos del primer siglo no acostumbraban incluir divisiones de
capítulos, versículos o palabras. ¡Costaba mucho esfuerzo leerlos! Después, cuando se
arregló el contenido en la forma que nos es familiar, a veces sus divisiones interrumpían
el pensamiento. La primera parte del presente capítulo continúa el pensamiento del
anterior (15:18–25).
Razón de las amonestaciones 16:1
El “tropiezo” al cual se refiere el versículo es en realidad un engaño o trampa, en
especial de la clase que se usa para atrapar pájaros o animales pequeños. La enseñanza
de Cristo tenía como objetivo ayudar a sus discípulos a evitar la trampa. El cristiano
prevenido tiene una gran ventaja, pues puede evitar ser sorprendido por el tramposo (v.
4a).
El antagonismo del enemigo 16:2–3
Las dos actuaciones mencionadas, la excomunión y el asesinato, ilustran el odio
extremado de los adversarios. La primera representa la persecución mental y la otra, la
corporal. El ser expulsado de la sinagoga era un castigo que privaba al individuo de los
privilegios religiosos, así como de los sociales. Los asesinos se justificaban diciendo
que lo que hacían era a nombre de, o para el servicio a Dios. Lo consideraban casi como
un sacrificio o sacramento.
¡UNO PUEDE SER MUY RELIGIOSO …
Y ESTAR TOTALMENTE EQUIVOCADO!
Cuando comenzó el entrenamiento de los suyos, Cristo no les habló del futuro
antagonismo del mundo. Si lo hubiera hecho, a lo mejor ellos hubieran preferido seguir
siendo pecadores. La inmadurez no aguanta semejantes lecciones, pero ellos ya habían
crecido algo. Aun así, estaban dominados por el miedo (v. 6).
Atemorizados y preocupados por lo que traería la antipatía del mundo, ellos no
mostraron interés en el destino de su Señor, ni en lo importante que sería para su
Maestro regresar al que le había enviado. ¡Importante para él y para ellos! “Ninguno de
vosotros me pregunta: ¿A dónde vas?” (v. 5), como que no querían saber los detalles.
Con anterioridad, Pedro había preguntado algo (13:36), pero con un enfoque
egoísta. No quería que Cristo se fuera a ninguna parte sin él. Tomás también había
preguntado (14:5), pero enfocándose más en cómo seguirle que en conocer su destino.
No, los discípulos no podían ver por las lágrimas y la lástima que sentían por sí mismos.
Así que no tenían ánimo de hacer una investigación apropiada. Cuando sufre el trauma
del dolor profundo, el ser humano pierde de vista tanto lo que sabe como lo que debe
hacer.
MINISTERIO FUTURO DEL ESPÍRITU SANTO
JUAN 16:7–15
El Señor agregó todavía más datos a los ya mencionados en el estudio sobre el
Espíritu Santo (Juan 14 y 15) del capítulo anterior
El Espíritu Santo y Cristo 16:7
Inmediatamente después de comentar sobre el miedo de sus seguidores, Cristo les
dijo que la nueva obra del Espíritu dependía de que él se fuera. Con una expresión
bastante fuerte: “os digo la verdad”, quería disipar su miedo, haciéndoles una promesa.
El Espíritu Santo y el mundo 16:8–11
Recuerde que estas palabras fueron dirigidas a discípulos desanimados, preocupados
por saber cómo se enfrentarían al mundo hostil. El Señor quería animarlos, por eso les
dijo que una parte del ministerio futuro del Espíritu afectaría al mundo que tanto temían.
La palabra clave es el verbo “convencer”. Hoy día usamos la frase “convencer de
culpa” o “condenar”. El Señor enseñó que el Espíritu obraría de tal forma en el mundo
que, ya fuera que su obra se aceptara o no, el mundo sería convencido de culpa, o sea,
hallado culpable. Una parte de ese mundo “convencido”, dándose cuenta de su estado
perdido, respondería a la oferta de salvación. Otra parte, igualmente convencida de su
culpa (en este caso “condenada”) no respondería.
¡SIN LA OBRA DEL ESPÍRITU DE DIOS,
NO HAY OBRA!
Convence de pecado. “Por cuanto no creen en mí” (v. 9). La palabra es “pecado” y
no “pecados”. El mundo sabe perfectamente lo que es el pecado. Los periódicos,
revistas, la televisión, la radio, todos los medios publicitarios hablan de ellos, los
describen, y a veces (pero no con mucha frecuencia) los condenan. Hoy día, se ve que el
hombre trata de excusar su responsabilidad moral.
Claro que la Biblia y los creyentes están a favor de la moralidad. Sin embargo, no
era ésta la que Cristo tenía en mente. El pecado es no creer en Cristo y el Espíritu
confrontará al mundo con este terrible pecado.
Convence de justicia. “Por cuanto voy al Padre y no me veréis más” (v. 10). La
verdadera justicia está disponible solamente a través de Cristo, quien murió en la cruz,
resucitó de los muertos y ascendió para sentarse a la diestra del Padre. Es decir, la
justicia viene por lo que Cristo hizo una sola vez y para siempre y regresó al cielo como
señal de que su obra redentora estaba terminada. El Espíritu confrontará al mundo en
este caso, no con su injusticia, sino con la justicia de Cristo.
Convence de juicio. “Por cuanto el príncipe de este mundo ha sido juzgado” (v. 11).
La muerte del Señor en la cruz condenó a Satanás (Colosenses 2:15, Hebreos 2:14). El
fallo se dictó en la corte celestial. La sentencia está todavía por aplicarse (Apocalipsis
12:7–10), pero es una verdad incontrovertible. El Espíritu confrontará al mundo rebelde
cuando se haga el juicio sobre el padre de rebelión, verdad que ha de hacer temblar al
mundo.

¡PENSEMOS!
¿Cómo es que el Espíritu convence? Las Escrituras
indican que en la edad presente, la morada del Espíritu
Santo está en los creyentes. Diríamos entonces, que el
Espíritu convence por medio de ellos, de su hablar y andar
conforme a la Palabra de Dios. El Señor nos ha dicho que
nos salvó con un propósito, y aquí vemos parte de él.

El Espíritu Santo y los discípulos 16:12–15


Todavía Cristo tenía mucho que comunicarles, pero sus “oyentes” no podían
sobrellevar la carga. Esto no significa exactamente que no lo entendieran, sino que no
habían alcanzado la madurez para hacerlo.
LA MADUREZ REQUIERE TIEMPO, PERO EL
TIEMPO SÓLO PRODUCE CANAS. LA
MADUREZ REQUIERE TIEMPO
Y LA OBRA DEL ESPÍRITU.
“El os guiará a toda la verdad” (v. 13). Cristo dijo que él era “la verdad” (14:6).
Entonces sería la obra del Espíritu conducirlos al conocimiento de él. En el caso de los
discípulos, el Señor les había dado mucho que “comer”, pero no habían podido
“digerirlo” todo. Su ayuda para hacerlo vendría del Espíritu. En la actualidad, si
queremos saber de Cristo, tenemos que someternos a la docencia del Espíritu. Con
libros o sin ellos, con aulas o sin ellas; con material didáctico o sin él; el creyente de
cualquier parte tiene un maestro personal de Biblia: el Espíritu Santo de Dios.
“No hablará por su propia cuenta” (v. 13). En el orden establecido desde antes del
comienzo de los tiempos, el trino Dios se dignó establecer las actividades de cada una
de las personas de la Trinidad. Ninguna es inferior ni superior a las otras, pero cada
persona de la Trinidad sabe lo que le toca hacer.
A su debido tiempo, Cristo informó a los suyos algo respecto a esa división de
labores. Dijo que el Espíritu no hablaría como si fuera la fuente de autoridad. No es el
originario de la revelación, sino su comunicador. Insistimos, en todo sentido él es Dios,
igual a las otras dos personas de la Trinidad. No es ni inferior ni superior, sólo realiza
las tareas que la esencia única decidió asignarle. El versículo 14 indica que el Espíritu
reporta, como un mensajero, lo que viene del Padre y del Hijo.
“Os hará saber las cosas que habrán de venir” (v. 13). Desde el punto de vista del
discurso de aquella noche, el resto del Nuevo Testamento cabe en “las cosas que habrán
de venir”. Todo el mundo tiene interés en saber el futuro, pero los detalles de lo que está
por venir, solamente Dios los sabe. Lo que él quiere que conozcamos, tendrá que ser
enseñado por el Espíritu Santo a través de la Palabra.
“El me glorificará” (v. 14–15). Una vez más, Cristo dijo que el propósito del
ministerio de la tercera persona de la Trinidad es dirigir la atención hacia la segunda
persona.
LOS DISCÍPULOS FRENTE A LA VERDAD DE LA
RESURRECCIÓN
JUAN 16:16–33
Al saber que su Maestro iba a ausentarse, los discípulos se entristecieron, pero
Cristo dijo que el evento era necesario porque solamente así vendría el Espíritu. En los
siguientes versículos, cambia el tema. No se habla de eventos lejanos sino de los más
cercanos.
“Todavía un poco… de nuevo un poco” 16:16
Esas palabras dejaron a los suyos muy confundidos, pero Cristo explicó en el v. 20
la idea central de las frases. La crucifixión haría feliz al mundo, pero entristecería a los
suyos. Sin embargo, el dolor y la tristeza pasarían cuando se dieran cuenta de la razón
de la cruz. No dijo que el gozo de un evento futuro les haría olvidarse de la tristeza, sino
que al entender la causa de la tristeza (su muerte), cambiaría la tristeza en gozo. La
resurrección sería la prueba de la verdad que les había comunicado.
EL ENTENDIMIENTO CAMBIA LA
PERSPECTIVA.
La ilustración de la mujer cuando da a luz es muy apropiada. Muestra que un mismo
evento puede producir dos diferentes emociones o sensaciones; en el caso de la mujer el
dolor y el gozo; la felicidad después de la tristeza. A la verdad, el propósito del dolor es
el parto. Así que el objetivo de la muerte de Cristo en la cruz, aun con la tristeza que les
provocaría, era producir vida con el gozo correspondiente.
Los discípulos gozarán de una nueva relación con el Padre 16:23–29
Cristo tocó el tema de la oración de nuevo. En esta ocasión, a punto de partir, les
dijo que no iban a poder acudir a él con sus preguntas después que se fuera. Sin
embargo, tendrían acceso directamente al Padre. Y como la repetición es la clave del
aprendizaje, volvió a tocar el tema de la oración, “en mi nombre” (v. 23).
Como se ha dicho en una lección anterior, la frase “en mi nombre” quiere decir “de
acuerdo a mi carácter”. No es una fórmula mágica con que se termina una súplica. Es
tener la misma mente que Cristo, la misma voluntad, el mismo propósito. Es estar en
armonía total con él. Es pedir lo que él pediría.
Claro que una petición con esas características hace que Dios Padre esté más
dispuesto a contestar. El que ora así, recibe la contestación y se goza. La verdad es que
no se goza sólo por la contestación recibida, sino también por la relación que sostiene
con Dios el Padre.
Los discípulos gozarán de la victoria de Cristo 16:30–33
Dentro de pocas horas, las llamas de una inquisición religiosa romana iluminaría la
figura solitaria de Cristo. Los suyos habrían abandonado el lugar debido al miedo.
Cristo les decía que su enseñanza tenía el propósito de animarlos, de darles paz.
Obviamente, esa clase de “paz” no es la ausencia de conflicto, presión o tensión, porque
aquella noche tuvo más que suficiente de todo eso.
El Señor se refiere a la conformidad total con la voluntad de Dios que enseñó en
Juan 14:27. En aquel versículo, hizo referencia a los resultados en forma negativa: “No
se turbe vuestro corazón”. En 16:33 lo hace positivamente: “¡Confiad!” o “¡sed
valientes!” ¿La razón? “Yo he vencido al mundo”. Considerando su muerte en la
cruz y el triunfo de la resurrección como un hecho, quería que sus discípulos
descansaran en esa verdad.

¡PENSEMOS!
En la actualidad, todavía se manifiesta el antagonismo
del mundo contra los creyentes. Sin embargo, nosotros no
tenemos que enfrentarlo solos. El inventario de recursos
prometidos a los discípulos hace dos mil años no ha
disminuido, y todavía está disponible. Tenemos al Espíritu
Santo residiendo en nosotros y “mayor es el que está en
vosotros, que el que está en el mundo” (1 Juan 4:4). La
garantía de Cristo todavía está vigente porque él ha
triunfado sobre el mundo. ¡Créalo! “Y ésta es la victoria que
ha vencido al mundo, nuestra fe” (1 Juan 5:4). La fe
verdadera cree en el Cristo victorioso.

11
El Verbo Ora por los Suyos
Juan 17:1–26
“Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque tuyos son”
(Juan 17:9)

Estudiar Juan 17 es pisar el lugar santísimo, como entrar a la presencia de Dios. El


lector de hoy, al igual que los discípulos de Jesucristo en la noche de su aprehensión,
tiene la inspiradora oportunidad de escuchar a Dios hablando con Dios. No hay, en toda
la Biblia, un pasaje que se le pueda comparar.
Esta sección nos provee una perspectiva y un discernimiento muy especiales, porque
con todo y ser una oración genuina, una súplica del Hijo a su Padre, también tiene un
propósito didáctico. La elegancia de su forma y la belleza de su expresión comprueban
que ni el aula ni la enseñanza tienen que ser blandas o aburridas. En conclusión, su
serenidad y majestad invitan a la adoración.
Después de haber entregado a sus discípulos las importantes lecciones del aposento
alto, mismas que tendrían que ejercer después por etapas bajo la tutela del Espíritu
Santo, Cristo dejó que escucharan cómo derramaba su corazón delante de su Padre y les
permitió observar cómo es la relación entre ellos. Quería además reafirmar las lecciones
recientemente enseñadas.
¡EL BUEN MAESTRO DE BIBLIA
SIEMPRE ENVUELVE SUS
LECCIONES EN ORACIÓN!
EL SEÑOR Y SU PADRE
17:1–5
La palabra “hablar” en 17:1 y 13 quiere decir, “hablar en voz alta”. Cristo había
venido hablando con ellos de la relación que sostenía con su Padre. No cabe duda que
parte de esa doctrina había quedado grabada en las mentes de los suyos. Sin embargo,
las palabras de Juan 17 deben haberlos dejado pasmados.
La primera petición 17:1
“Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu hijo” (v. 1). Después de tres años y medio
de enseñar, sanar y soportar los abusos de los líderes, había llegado la hora para la cual
Cristo había venido al mundo. La base de su súplica es que ya había cumplido con toda
la voluntad de su Padre, y lo que implicaba: todo lo pasado, así como su próxima
muerte en la cruz por el pecado del mundo.
La petición en sí buscaba tanto la aprobación del Padre como la manifestación de la
ayuda necesaria para cumplir la tarea. Los atributos de Dios le pertenecían, pero durante
su ministerio terrenal, muchos de ellos permanecieron encubiertos, cuando menos para
la mayoría de sus oyentes (véase Juan 1:14). Se tiene que recordar que desde Belén
hasta el Calvario, él siempre fue cien por ciento divino. Pero su gloria, aunque ilimitada,
estaba velada. Conociendo la voluntad de Dios y estando sujeto a ella, el Señor estaba
seguro que cabía hacer esta petición.
Por cierto, la obra que Cristo llevaría a cabo en la cruz en poco tiempo, glorificaría
al Padre. También lo haría el futuro ministerio del Espíritu Santo, cuya venida
dependería de la ida del Señor. Y todavía había un eslabón más: el futuro ministerio de
los discípulos que en realidad dependería de Cristo y el Espíritu Santo, también
glorificaría el nombre de Dios.
Una evidencia de su gloria 17:2–3
¿Quién, con excepción de Dios mismo, puede conferir la vida eterna? ¡Nadie! Cristo
la estuvo ofreciendo durante todo su ministerio. Aunque la gente no quiso aceptarla, fue
una manifestación de quién era él.
El Señor agrega una definición de esa vida. Consiste en tener el conocimiento
personal y experimental de dos personas, el Padre y el Hijo. No basta solamente con
saber que hay un Dios, sino que debemos conocer quién es, y cómo es. Lo sabemos sólo
por medio de lo que Dios mismo se ha dignado revelar de sí mismo y de su plan. El
Dios único y genuino envió a su Hijo, igualmente Dios, para ser el instrumento de su
plan. Para obtener la vida eterna uno tiene que “conocer” al Hijo también.
La segunda petición 17:5
En ésta, donde contempla su glorificación, el Señor se refiere a la eternidad pasada y
al futuro, más allá de su resurrección. Esta petición anticipa el retorno a la gloria que
tenía con el Padre antes del comienzo del mundo, lo opuesto de Filipenses 2:7: “…se
despojó a sí mismo, tomando forma de siervo…” Aquí se reafirma la eternidad del Hijo
y su igualdad con el Padre. ¿Puede imaginarse la expresión de asombro en la cara de los
discípulos al oír todo eso?
EL “ABOGADO” DEFIENDE CUANDO HAY
PECADO (1 JUAN 2:1). PERO EL
INTERCESOR PIDE POR LAS FLAQUEZAS
(HEBREOS 7:25).
EL SEÑOR Y SUS DISCÍPULOS
17:6–19
Los discípulos serían muy necesarios para continuar la obra y debían estar
equipados con lo que Cristo iba a pedir para ellos. El carácter de la intercesión es tal,
que siempre contempla las flaquezas y las necesidades de los suyos.
El comienzo de la obra 17:6–8
En cierto sentido, el Señor presenta un repaso histórico. Cristo había cumplido con
manifestar a sus seguidores todo lo que el Padre le había mandado. Reconoce también
que sus seguidores realmente pertenecían a Dios Padre y le habían sido dados al Hijo.
Su responsabilidad era comunicarles la palabra de Dios; él cumplió fielmente, y los
hombres creyeron.
La petición básica 17:9–15
El Señor pidió que sus discípulos fueran preservados. Basó su petición en algo
seguro: Pidió por lo que pertenecía a Dios y por lo que le glorificaría.
“Yo ruego por ellos” (vv. 9–10). Imagino que el corazón de los discípulos por poco
estalla al oír estas palabras. No es una oración genérica, sino que pide algo muy
específico para los suyos, que también pertenecían a Dios Padre.
El Señor iba a dejar a esos seguidores “en el mundo”. Ellos estarían sujetos a la
antipatía, el odio y el rencor del sistema del anticristo. Hay por lo menos tres razones
por las que Cristo no oró por el mundo. Primero, la oración de Juan 17 pertenece al área
del sacerdocio de Cristo, que es una obra exclusivamente para creyentes.
En segundo lugar, solamente un creyente podía recibir lo que Cristo pidió aquí. Una
tercera razón es que se ha dejado a los creyentes mismos la tarea de orar por el mundo
(1 Timoteo 2:1). Pero los suyos, dejados en el mundo, tendrían grandes necesidades.

¡PENSEMOS!
Los discípulos quedaron en el mundo por buenas
razones. El plan de Dios era que ellos avanzaran la obra
futura. Pero la razón más importante es que esa es la santa
voluntad de Dios. Otras son: a) Para servir de ejemplo de su
gracia y misericordia (1 Pedro 1:6–7). b) Para alcanzar
mayor grado de madurez, etc. Definitivamente estamos en el
mundo para glorificar el nombre de Dios y para diseminar la
luz del evangelio. Nosotros debemos quedarnos por un
tiempo porque tenemos una parte que cumplir en el plan
maravilloso de Dios.

“Padre santo, …guárdalos en tu nombre” (v. 11). El calificativo “santo” está en


contraste directo con el carácter del mundo. Al Dios Santo, Cristo pidió que protegiera y
preservara a los suyos. Él mismo lo había hecho en el transcurso de su presencia con
ellos, pero ya se iba. Durante ese mismo tiempo los seguidores habían guardado la
palabra de Dios. Ahora el Señor quería que estuvieran bajo el cuidado de Dios el Padre,
protegidos por su Palabra.
CRISTO JAMÁS PIDIÓ POR EL
ECUMENISMO O UNIDAD INSTITUCIONAL
(UNA SOLA IGLESIA) SINO POR LA
UNIDAD QUE YA EXISTÍA ENTRE ELLOS.
“Que sean uno, así como nosotros” (vv. 11–14). ¿Qué pidió el Señor? Que siguiera
la unidad ya existente. “Que sean uno” en español da la impresión de que no lo son, y
deben llegar a ser, pero ese no es el sentido correcto. Una traducción mejor sería: “para
que continúen siendo uno”. La petición realmente es que preservara la unidad ya
existente. Todos los creyentes tienen esa unidad en virtud de una relación viva con
Dios, que produce vida eterna.
“Que los guardes del mal” (v. 15). El Señor ya les había indicado que el mundo les
aborrecería (v. 14). Sin embargo, su petición no es que fueran retirados del mundo, sino
que fueran protegidos. De nuevo hace patente que quería dejarlos en el mundo. A la vez,
Cristo reconoce que la fuerza detrás de éste y su maldad, es el diablo. “Del mal” debe
traducirse “del maligno”, el primer pecador y el que personifica la maldad; el espíritu
dañino que los rondaba aquella noche.
El Señor pide por su santificación 17:16–19
“Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad” (17:17). No es la primera vez que
Cristo había hablado de la verdad. Se identificó a sí mismo como “la verdad” (Juan
14:6) y prometió “el Espíritu de verdad” (Juan 14:17). Tampoco era la primera
referencia a la separación de los discípulos. Véase versículos 9 y 12. No obstante, su
estancia en un mundo antagónico que está bajo el control del maligno, requería lo que el
Señor pedía al Padre.
LOS DISCÍPULOS NO FUERON SOLAMENTE
“DEJADOS EN EL MUNDO”, SINO “ENVIADOS”.
Otro factor de esta necesidad de la santificación se encuentra en lo que el Señor dijo
en el versículo 18. Los seguidores habían sido comisionados a una tarea misionera. Las
palabras clásicas están presentes: “enviado” y “al mundo”. Interesante encontrarlas en
medio de la oración sacerdotal de Cristo.
Pero más interesante todavía, es la relación que hay entre las dos partes del
versículo. Existe una comparación que se introduce con “como”. Cristo fue
comisionado para venir al mundo, y los suyos recibieron una encomienda semejante. El
propósito de Dios al enviar a su Hijo era glorificar su nombre. El propósito de la
comisión de los discípulos era igual.
Es claro que existe la misma intención aplicada a las dos entidades, pero no se
incluyen los mismos detalles. Cristo tenía que ir a la cruz para glorificar a Dios. Los
discípulos y nosotros estamos comisionados para llevar al mundo el mensaje de la cruz.
Para realizar semejante tarea, era y es necesaria la santificación de parte de Dios.

¡PENSEMOS!
Tres pequeñas frases del capítulo 17 indican en forma
muy concisa la relación que hay entre los seguidores de
Cristo y el mundo. Primero, “están en el mundo” (v. 11).
Pero “no son del mundo” (v. 16). Además, “los he enviado al
mundo” (v. 18). Esta es una descripción muy apta del
creyente de cualquier época.

EL SEÑOR PIDE POR LOS “QUE HAN DE CREER”


17:20–26
Como la piedrecita tirada al agua hace rizos en la superficie y círculos concéntricos
cada vez más grandes, así la predicación de los discípulos iba a afectar al mundo. Al fin
y al cabo, nosotros somos una parte de “los que han de creer… por la palabra de ellos”
(v. 20). Esta porción de la oración del Señor toca más específicamente a los creyentes
futuros. Podríamos insertar aquí la palabra “iglesia”.
¡QUÉ BENDICIÓN! EL HIJO DE DIOS HABLÓ
CON SU PADRE PENSANDO EN MÍ.
La unidad de los creyentes 17:20–23
La petición es igual a la del versículo 11, sólo que aquí se amplía para abarcar a la
iglesia futura. La ilustración es la misma que el Señor usó antes; la relación entre Padre
e Hijo. Pero lo que pidió para los creyentes, una unidad esencial, es decir, una sola
naturaleza, Dios ya lo ha otorgado. Los creyentes de verdad se gozan ya de la unidad en
Cristo. La verdadera iglesia es un solo cuerpo. Hay solamente un Señor, una fe que
salva y un bautismo mediante el cual uno está colocado en Cristo (Efesios 4:5). Dios ya
contestó a esa parte de la oración.
La unidad esencial ya existe. ¡Gracias a Dios! Pero su visibilidad ante el mundo es
otra historia. El producto de esa unidad en naturaleza ha de producir una presentación
audible y visible de la palabra de Dios. La unidad de los creyentes en sí no es el mensaje
que el mundo necesita. Es la causa de esa unidad que se tiene que proclamar: Cristo, su
persona y su obra.
EL FUTURO PARA EL CREYENTE BRILLA CON
LAS PROMESAS DE DIOS.
El futuro de los creyentes 17:24
El futuro que nos espera es glorioso: ¡Estaremos en presencia de Cristo! Pero, ¡qué
declaración! El Señor no la expresa como si fuera sencillamente un anhelo, sino una
expresión de su voluntad como Hijo de Dios. Es así que no cabe ningún “tal vez” u
“ojalá”. ¡Allí estaremos con toda seguridad! Sin embargo, el Señor aclara muy bien que
el centro del cielo es el Hijo mismo. No andaremos examinando y comparando las
coronas, sino concentrándonos en la gloria del Señor.
Una promesa: “Les he dado a conocer tu nombre, y lo daré a conocer
aún” 17:25–26
El Padre es justo y el mundo injusto, por su incredulidad manifiesta (v. 25). Por otro
lado, los seguidores de Cristo habían recibido y creído la revelación acerca del Padre. El
Hijo prometió seguirlo revelando “para que el amor con que me has amado, esté en
ellos”.
Esta última frase no es simplemente un pensamiento extra. Refleja la verdad de 1
Juan 4:8: “Dios es amor”, y el motivo de la venida de Cristo expresado en Juan 3:16. Lo
que pidió al Padre en esta penúltima frase del capítulo, y lo que no será negado, añade
todavía otra dimensión a nuestro conocimiento del amor de Dios. Ahora, no es
solamente el amor el que ha sido instrumento o vehículo mediante el cual recibimos los
beneficios que ofrece Dios. Es el amor mismo, presente en el corazón. El cuadro y la
oración en Juan 17 se completan cuando el Señor agrega: “y yo en ellos”. Nos recuerda
el versículo que dice: “Cristo en vosotros, la esperanza de gloria” (Colosenses 1:27).
¡PENSEMOS!
Si cuando leemos Juan 17 entramos en el lugar
santísimo, debemos hacerlo con mucha reverencia. A la vez,
por su contenido, tenemos que caminar por él disfrutando el
dulce aroma de sus muchas flores: la de la preservación (v.
11); la del gozo (v. 13); la del rescate de la maldad y del
maligno (v. 15); la de la santificación (v. 17); la de la unidad
(v. 21); la de la comunión con él (v. 24), etc. Las bendiciones
son muchas, y la garantía lleva el sello de Dios.

12
La Noche Fatídica
Juan 18:1–19:42
“Le dijo entonces Pilato: ¿Luego, eres tú rey? Respondió Jesús: Tú dices que yo soy rey”
(Juan 18:37)
“Escribió también Pilato un título, que puso sobre la cruz el cual decía: JESÚS
NAZARENO, REY DE LOS JUDÍOS” (Juan 19:19).

Su hora estaba por llegar. Ya estaban listos todos los elementos necesarios para el
desarrollo de lo que tenía que suceder esa noche. Todo estaba siendo controlado por el
autor del plan, y nada ni nadie lo podría detener. Desde cierto punto de vista, sería la
noche más negra de toda la historia. En cambio, la perspectiva de un creyente la
contempla como una brillante y resplandeciente luz. Trasciende el tiempo y el espacio
porque es la que ofrece al pobre pecador la oportunidad de redención y vida eterna.
DE GETSEMANÍ A LA RESIDENCIA DE PILATO
18:1–40
Este capítulo presenta la transición del jardín, un rincón que respiraba tranquilidad,
al ambiente frío y militar de la residencia de Pilato, un alto funcionario de los odiados
romanos. Es una historia tan conocida como angustiosa. El presente estudio se orientará
alrededor de los personajes y su participación en el drama.
Judas y el arresto en el jardín 18:1–11
El traidor no estuvo presente en las lecciones dictadas por el Señor esa misma
noche. Cristo le permitió salir del aposento alto para que cumpliera con su negocio
infame. Además, sus instrucciones eran para los creyentes verdaderos.
El lugar (vv. 1–2). Era un jardín privado. Cristo y los suyos obviamente tenían
permiso de su dueño para hacer uso del lugar. Acostumbraban acampar allí cuando
tenían que estar en Jerusalén, sin duda durmiendo al aire libre. Judas conocía ese sitio
que Cristo y su pequeño grupo frecuentaban.
La traición (vv. 3–11). Alguien ha dicho que Judas no era un ogro, que no tenía ni
cuernos ni cola. Pero no se diferenciaba en nada de los judíos incrédulos excepto en su
hipocresía. Ellos nunca anduvieron con el Señor, pero éste era miembro del círculo de
los doce. Hasta ese momento, sus dos principales pecados eran la incredulidad y la
avaricia (Mateo 26:15), mismas que se combinaron para que se prestara a Satanás (Juan
13:27). Así fue como cometió el pecado de traicionar a su amigo.
Juan no menciona lo del beso, pero sí la manera en que llegó al jardín: “tomando
una compañía de soldados, y alguaciles de los principales sacerdotes y de los fariseos,
fue allí con linternas y antorchas, y con armas” (18:3).
La frase “compañía de soldados” es la traducción de un término militar que
denominaba a 600 soldados romanos. Ellos, junto con la policía que estaba a
disposición de los líderes religiosos, ha de haber parecido al grupito que se encontraba
en el jardín, como la invasión de un ejército completo.
El mismo Judas, quien había presenciado varios milagros de Cristo, debió
estremecerse ante el poder de las palabras con las cuales se identificó ante ellos:
“Cuando les dijo: Yo soy, retrocedieron, y cayeron a tierra” (18:6). A la verdad, ¿qué
podía hacer un ejército contra semejante poder? Estaban tratando con el que sostiene el
universo “con la palabra de su potencia” (Hebreos 1:3). Pero, maravilla de maravillas,
Cristo voluntariamente se sujetó a ellos, al arresto, sabiendo que iba a una muerte
segura. El infeliz Judas, después de estos acontecimientos, salió y se ahorcó (Mateo
27:5).
¡EL SEÑOR FUE TRAICIONADO POR UN
AMIGO, ARRESTADO POR UN EJÉRCITO
Y JUZGADO ILEGALMENTE!
Anás, Caifás y el juicio ilegal 18:12–27
Las leyes del sanedrín no permitían que se llevara a cabo un juicio durante la noche.
Sin embargo, en esa ocasión no iban a dejar que Cristo escapara; así que hicieron caso
omiso de esa ley.
Anás era suegro de Caifás, pues había sido pontífice del 6 d.C. hasta el 15 d.C.
Además, cuatro de sus hijos, un nieto, y su yerno Caifás, tomaron su turno al frente de
ese cuerpo gobernante. Prácticamente, Anás encabezaba una dinastía. Así que tenía
mucha influencia y poder, tal vez la razón por la cual primero llevaron a Cristo donde
él. Es posible que el mismo sanedrín hubiera nombrado a Anás investigador especial
para recoger información que posteriormente podrían utilizar en el juicio.
Efectivamente, empezó a examinar “al reo”, inquiriendo acerca de sus discípulos y
su doctrina (v. 19). La postura del sumo sacerdote era la de un experto y defensor de lo
que Moisés y el Antiguo Testamento enseñaban. Estaba convencido de que tenía a un
hereje delante de él. Quería oír directamente de los labios de Cristo las palabras que
confirmaran su herejía.
La contestación de Cristo mostró la misma sabiduría de siempre. Citó tres diferentes
situaciones públicas en donde mucha gente le había oído predicar: al mundo, en la
sinagoga, en el templo. Su ministerio no había sido clandestino como el de un
revolucionario. Todo mundo sabía lo que había enseñado. No todos lo entendieron, pero
sí lo oyeron. Cristo dijo al interrogador que preguntara a los que habían escuchado.
HOY EN DÍA CRISTO DIRÍA LO MISMO. LOS
RESPONSABLES DE TRANSMITIR SU
ENSEÑANZA SON LOS PRIVILEGIADOS QUE
HAN SIDO INSTRUIDOS EN ELLA.
Entretejida en el juicio ante el sumo sacerdote, está la historia triste de la negación
de Pedro (18:15–18, 25–27). Los detalles son bien conocidos. Cabe mencionar aquí que
la pregunta de la portera: “¿no eres tú también de los discípulos de este hombre?”, fue
formulada esperando la contestación, “¡No!” Sin embargo, puede ser que fuera hecha
con ironía. ¿Será que la palabra “también” infiere que ella sabía o sospechaba de los
nexos que había entre Cristo y Juan? Después de todo, Juan “era conocido del sumo
sacerdote” (v. 15).
El colmo para Pedro vino cuando volvió a contestar en forma negativa a dos
personas más que le hicieron prácticamente la misma pregunta. Fue entonces que oyó el
canto de gallo.
¿RECORDARÍA PEDRO LO QUE DIJO EN 13:37?
Pilato y su tribunal 18:28–40
Puesto que el concilio de los judíos no tenía derecho legal a aplicar la pena de
muerte (18:31), tuvieron que llevar el caso ante el gobernador romano, Poncio Pilato.
No lo hicieron por estimar que él tenía autoridad, puesto que había mucha antipatía
entre los judíos y los romanos. Pero entre otras razones, era preferible que Roma tuviera
la culpa del asesinato y no ellos.
Su hipocresía se hizo muy evidente también en el hecho de que no entraran a la casa
de Pilato: “para no contaminarse y así poder comer la pascua” (v. 28). Les estaba
prohibido entrar en casa de un gentil durante la fiesta de la pascua y los días
preparatorios porque con seguridad habría en ella pan con levadura, que estaba
prohibido durante la pascua. Aquellos líderes guardaban los puntos más minuciosos de
su ley religiosa, pero urdían un asesinato en sus corazones. ¡Hipócritas!
Pilato los conocía muy bien, pero al fin y al cabo, como había una denuncia, él tenía
que examinar la evidencia. Interrogó a Cristo diciendo: “¿Eres tú rey de los judíos?”
aunque sin duda sabía de la entrada “triunfal” de pocos días antes.
Asimismo, se había dado cuenta de que el reo no tenía ejército que hubiera retado la
autoridad de Roma. A lo mejor su pregunta tenía algo de ironía. Cristo no negó ser rey,
pero le aclaró el carácter de su reino: “no es de este mundo” (v. 36). Agregó que había
venido al mundo “para dar testimonio a la verdad. Todo aquel que es de la verdad, oye
mi voz” (v. 37).
Parece que Cristo abrió la puerta para que Pilato pidiera más información. Sin
embargo, siendo romano y agnóstico, no tenía suficiente interés para entrar por esa
puerta. El Señor hizo una oferta legítima al gobernador, pero al igual que los judíos,
rechazó pedir lo que le pudo haber dado salvación.
“¿QUÉ ES LA VERDAD?” PILATO NO DEJA
RESPONDER A CRISTO:
“YO SOY EL CAMINO, LA VERDAD, Y LA VIDA”.
A pesar de que estaba convencido de la inocencia de Cristo (v. 38), Pilato salió para
ofrecer una alternativa a los judíos.
¿Barrabás o Cristo?
Pilato mismo no podía entender cómo era posible que los líderes influyeran en la
gente para que insistieran en pedir la libertad de Barrabás. El era asesino, malhechor,
ladrón, y lo opuesto al hombre que acababa de entrevistar. ¡Los líderes de los judíos
estaban ciegos! Precisamente eso era lo que Jesús había venido diciendo. Pero Pilato fue
igualmente ciego, injusto y débil.
DE LA RESIDENCIA DE PILATO AL CALVARIO, Y
DESPUÉS AL JARDÍN.
19:1–42
El imperio romano era conocido por su justicia. Había dado al mundo conocido de
aquel entonces una trilogía de palabras en latín que caracterizaba su dominio: lex, pax y
via (ley, paz y caminos). La “ley” aseguraba justicia al inocente y al culpable por igual.
Sin embargo, el gobernador romano Pilato, administró una ley totalmente injusta y
condenó a un inocente.
Pilato, el gobernador débil e injusto 19:1–16
Había un gran trecho entre lo que el gobernante creía de corazón y lo que hacía. Por
ejemplo, en Mateo 27:24 describió a Cristo como “este justo”. En Lucas 23:22: “Ningún
delito digno de muerte he hallado en él”. En Juan 18:38 dijo: “No hallo en él ningún
delito”. A pesar de estar convencido de la inocencia de Cristo, no tuvo ni el valor ni la
honestidad suficientes para portarse como un gobernador romano legítimo. Si Cristo era
inocente, víctima de la intriga de los judíos (Mateo 27:18), debería haberlo soltado. En
cambio, mandó que lo azotaran.
Hubo otro momento muy serio cuando oyó a los acusadores decir: “debe morir,
porque se hizo a sí mismo Hijo de Dios” (v. 7). La frase impactó al siempre
supersticioso romano, moviéndolo a preguntar a Cristo acerca de su procedencia.
Al ver que el Señor no le contestaba, Pilato mostró su molestia citando la autoridad
que tenía. Fue entonces que Cristo dijo que había llegado a ese momento debido al
control de otra autoridad (v. 11). Agregó que el pecado de los judíos, quienes lo habían
acusado y entregado, era mayor que el de Pilato. Sin embargo, eso no exoneró al
gobernador; ¡culpable era!
EL PECADO, PECADO ES. LO QUE NOS IMPIDE
TENER LA VIDA ES NO ACEPTAR A CRISTO.
El colmo de la debilidad e injusticia de Pilato se notó al responder con miedo a las
acusaciones políticas de los judíos: “Si a éste sueltas, no eres amigo de César” (v. 12).
Político hasta la médula, y temeroso del voluble César, Pilato se rindió.
Crucifixión y muerte del Señor Jesucristo 19:17–37
Juan no incluye todos los detalles de la horrenda escena. Tenemos que leer los
cuatro evangelios para completar el cuadro. Pero ni uno ni todos los autores pudieron
describir lo que en verdad fue ese evento horrible. Como que Dios, a propósito, lo
encubrió, no queriendo que el hombre viera la totalidad del sufrimiento de su Hijo.
El título sobre la cruz (v. 19). El antagonismo político entre Pilato y los líderes
continuó. Pilato hizo poner sobre la cruz un rótulo que decía: “JESÚS NAZARENO,
REY DE LOS JUDÍOS”. Mandó que se escribiera en hebreo, griego y latín para cubrir
así todos los aspectos: de la religión, de la cultura y de la ley. Como el lugar de la
Calavera era público, todo el mundo podría leerlo.
Los soldados y la ropa (vv. 23–24). Los verdugos echaron mano de la ropa del
Señor como pago por su actuación lúgubre. En aquellos días, toda la ropa estaba hecha a
mano. La túnica se consideraba de un valor especial y no querían dañarla. ¡Quién sabe
dónde la había conseguido el Señor! Lo que ignoraban aquellos militares era que
estaban en esos momentos cumpliendo una profecía del Antiguo Testamento (Salmo
22:18).
EN LA CRUZ, EL SEÑOR LOGRÓ NUESTRA
SALVACIÓN. NO NECESITÓ, NI PIDIÓ, NI
RECIBIÓ, AYUDA DE NADIE.
Los discípulos alrededor de la cruz (vv. 25–27). No todos los que presenciaron
aquellos eventos macabros eran enemigos, aunque había bastantes. Entre ellos había
algunos amigos íntimos del Señor. Estaban las tres Marías y la tía. Junto a María madre,
estaba Juan, “el discípulo a quien él amaba” (v. 26). Naturalmente los dos estaban
agobiados por el dolor y la tristeza. El discípulo se colocó al lado de ella para ofrecerle
el consuelo que podía. Viéndolos, Cristo dijo con ternura, “Mujer, he ahí tu hijo” (v.
26), y luego a Juan, “He ahí tu madre” (v. 27). ¡Qué maravilla que en medio de su
sufrimiento y agonía, todavía pensara en su responsabilidad filial! En vez de pedir
ayuda, la ofreció.
En esos momentos reconoció que María, su madre, necesitaba la ayuda de Juan, no
que Juan la necesitara de María. Como lo usó en la boda en Caná, el término “mujer” no
era de desprecio ni de falta de respeto. Indicó en la boda que la relación con María había
cambiado ahora que había iniciado su ministerio. Ya no estaba sujeto a la dirección de
su madre porque ella no participaba en su ministerio, especialmente el de la cruz. No
hay absolutamente nada que indique que ella colaboró con él en lo que hizo en el
Calvario. Más bien, estaba entre los necesitados. Requería del consuelo de Juan y
espiritualmente, de la salvación que Cristo estaba efectuando.
El fin (vv. 28–37). No se encuentran en Juan todas las siete palabras últimas de
Cristo, pero sí la más importante, “Consumado es” (v. 30). No la pronunció como si
fuera el último suspiro de un moribundo. No eran las palabras de una víctima, ¡sino de
un vencedor! Ya había logrado su cometido. Es más; él mismo “entregó su espíritu”.
Cuando murió, los soldados no tuvieron que hacer nada más para estar seguros (v. 33).
La muerte singular de Cristo fue voluntaria y a propósito (10:13). ¿Qué era lo que se
había “consumado?” Cristo había cumplido la obra de redención del hombre (17:4). Se
había logrado la reconciliación, y Dios estaba satisfecho con el sacrificio perfecto de su
Hijo.
¡LA SERPIENTE FUE HERIDA EN LA CABEZA!
(Génesis 3:15)
La sepultura 19:38–42
Es interesante observar que los dos hombres involucrados en la sepultura fueran
creyentes secretos. José de Arimatea el rico, y Nicodemo el rabí, “tomaron, pues, el
cuerpo de Jesús, y lo envolvieron en lienzos con especias aromáticas” (v. 40). No nos
toca criticar a estos hermanos por su fe oculta durante varios años. En ese momento en
que los discípulos estaban bajo la presión que los hizo correr para esconderse, estos dos,
con un valor admirable, se hicieron cargo de la sepultura de su amado Cristo. Sus
nombres han de brillar en el libro del Cordero.

¡PENSEMOS!
“¡Consumado es!” ¡Gracias a Dios! No nos resta hacer
nada más que creer. El hizo todo. Todavía es él quien provee
la fe para creer. “Porque por gracia sois salvos, por medio
de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por
obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8–9). El plan de
Dios provee todo lo que el hombre necesita para estar en
comunión con él; ha arrojado luz abundante sobre nuestro
camino. ¡No seamos como aquellos judíos ciegos que
rechazaron la luz!

13
Resurrección y Responsabilidad
Juan 20:1–21:25
“Cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, estando las puertas
cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, vino Jesús,
y puesto en medio, les dijo: Paz a vosotros” (Juan 20:19)
“Como me envió el Padre, así también yo os envío” (Juan 20:21).

En el Antiguo Testamento, cuando se quería hacer hincapié en el poder de Dios,


siempre se hacía referencia al éxodo. La mano poderosa del Señor se había hecho muy
evidente en la noche de la pascua y en todos los años de la peregrinación.
Al pasar al Nuevo Testamento, los autores, siempre bajo la dirección del Espíritu
Santo, citaban la resurrección como una prueba contundente del poder divino. El
capítulo 20 de Juan testifica de ese poder y sus consecuencias. Los que niegan la
resurrección de Cristo se oponen también a los cuatro evangelios, al resto del Nuevo
Testamento y a los profetas del Antiguo. La resurrección es una doctrina central en la
enseñanza bíblica y en nuestra fe.
EL DESCUBRIMIENTO
20:1–29
María Magdalena 20:1
Es fácil de entender la devoción que esa mujer tenía por Señor. Las Escrituras dicen
que es la misma de quien Cristo había sacado siete demonios, por lo que su gratitud era
inmensa. Estuvo presente ante la cruz con otros amigos fieles. Aunque acompañada por
otras mujeres (Lucas 24:1), Juan indica que ella fue la primera en llegar a la tumba “el
primer día de la semana… siendo aún oscuro…” (20:1).
EL VALOR DE QUIENES NO SE ESPERABA,
CONTINUÓ MANIFESTÁNDOSE: JOSÉ,
NICODEMO Y LAS MUJERES.
Cuál fue su sorpresa cuando “vio quitada la piedra del sepulcro” (v. 1). Su
conclusión natural fue que alguien había violado la tumba, aunque la cueva había sido
sellada la noche anterior con una especie de puerta, además del sello oficial puesto por
las autoridades. La puerta en sí consistía de una piedra redonda, grande y, por supuesto,
muy pesada. Imagínese una gran rueda de piedra que descansaba en una ranura o zanja
angosta. Dicha ranura pasaba por la entrada en un plano descendente, su parte más baja
quedó directamente frente a la abertura de la cueva.
Antes de ser usada la tumba, tal vez la piedra estaba en la parte alta (siempre en su
ranura), sostenida en su lugar por una cuña. Al cerrar la tumba se debe haber quitado la
cuña, haciendo que la piedra se deslizara hacia abajo en su ranura, cubriendo así la
abertura. Las mujeres, encaminándose hacia el sepulcro, iban preocupadas pensando
quién les ayudaría a mover semejante mole de piedra otra vez hacia arriba para abrir la
tumba. Al llegar allí, dice Juan que encontraron la piedra “quitada”, o sea, removida,
fuera de la ranura, que era el lugar correcto.
Pedro y Juan 20:2–10
María les avisó de su hallazgo y ellos corrieron al sepulcro. Juan llegó primero, pero
no necesariamente porque fuera mejor atleta, aunque sí era más joven. Por otro lado, es
posible que Pedro cargara con el peso extra de su conciencia que le remordía. Sin duda,
en el camino ambos iban pensando que María se había equivocado. Como dice un
comentarista: ¡Nadie se apresura a un cementerio para ver a los muertos! Tampoco
esperaban que la resurrección hubiera ocurrido.
Su reacción a lo que encontraron al llegar a la tumba la podemos resumir en tres
versículos que enfatizan el verbo “ver.”
Juan “bajándose a mirar, vio los lienzos puestos allí, pero no entró” (v. 5). La
palabra que el Espíritu guió a Juan a usar quiere decir “percibir y entender”. Entonces,
el discípulo no sólo dejó que sus ojos grabaran la escena, reportando los detalles a la
mente. Desde el principio, ¡Juan entendió la magnitud del hecho! Lo que vio no era
resultado de un robo; ¡Cristo había resucitado!
Pedro “entró en el sepulcro, y vio los lienzos puestos allí, y el sudario, que había
estado sobre la cabeza de Jesús, no puesto con los lienzos, sino enrollado en un lugar
aparte” (vv. 6–7). Esta vez el Espíritu Santo que inspiró a los que escribieron la Biblia,
vuelve a usar la palabra “vio”, que significa “presenciar”, como alguien cuando va al
teatro.
Juan entró también “y vio y creyó” (v. 8). La palabra combina “ver” y “saber”.
Quiere decir que Juan supo con certeza, y creyó de la misma manera, que Cristo había
resucitado, aun antes de verlo personalmente.
Estos hombres no habían entendido lo que Cristo les había enseñado acerca de la
resurrección (v. 9), pero la visita a la tumba vacía empezó a levantar la neblina de su
mente.
¡LA TUMBA VACÍA ES LA EVIDENCIA
INCONTROVERTIBLE DE QUIÉN ES CRISTO!
María y Cristo resucitado 20:11–18
María regresó a la tumba con un pequeño ajuste de perspectiva. Aparentemente ya
no pensaba tanto en un robo, sino en que algún amigo se había llevado el cuerpo a otra
parte, tal vez para preservarlo. De todos modos, el cuerpo había desaparecido, y ella dio
rienda suelta a sus lágrimas. Es asombroso que no se asustara al ver a los ángeles (v.
12), sino que tuvo valor para explicarles su sentir. En eso, dio la vuelta y vio a Jesús sin
saber quién era.
No fue hasta que oyó su nombre pronunciado por los labios de su Señor que supo
quién era. Juan traduce “Raboni,” como “Maestro” para sus lectores no judíos. Pero
para ellos, quería decir “mi propio maestro, muy querido”. La reacción muy natural de
María, que pensaba que había “perdido” a su Maestro para siempre al morir, fue de
abrazarlo y detenerlo para no dejar que se fuera otra vez. El Señor no permitió que su
reacción continuara, y le dio dos razones: Primero, que todavía no había ascendido y
tenía algo pendiente que hacer. Antes debía ascender al Padre para presentarle
oficialmente su sangre derramada en propiciación por los pecados en el Lugar
Santísimo, ante la presencia de Dios en el cielo. La segunda razón que le dio para que
desistiera de su actitud, fue que tenía una encomienda especial para ella (v. 17): Ir a
reportarlo todo a sus “hermanos”.
Los discípulos y Cristo resucitado en dos domingos 20:19–29
Los discípulos. El grupo de sus seguidores todavía no había entendido
completamente la realidad de su resurrección. No disfrutaban del gozo que debieran
tener, sabiendo que ésta se había realizado, sino que sufrían por miedo a los judíos. En
eso estaban cuando milagrosamente Cristo apareció entre ellos saludándolos en su
forma característica: “Paz a vosotros”. ¡Cómo la necesitaban! Los eventos de los
últimos dos o tres días los habían lanzado a una tempestad de distintas emociones. Y
ahora, sin pasar por la puerta, llegaba Cristo poniéndose en medio de ellos. Sí, les hacía
mucha falta la paz.
El Señor les mostró las evidencias de su muerte en la cruz y “se regocijaron viendo
al Señor” (v. 20). Fue entonces que les recordó que les había dado una comisión. Para
cumplir con esa tarea era necesario un poder especial. Entonces “sopló y les dijo:
Recibid el Espíritu Santo” (v. 22). En esa ocasión les dio lo que necesitaban para ser sus
representantes mientras llegaba el día de Pentecostés. Fue un período único, el lapso
entre la ascensión de Cristo y la venida del Espíritu.
“A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis,
les son retenidos” (v. 23). La facultad de perdonar pecados sólo pertenece a Cristo. A
sus seguidores corresponde anunciar al mundo que en Cristo hay perdón. Este versículo
no enseña que un hombre puede perdonar el pecado. Tampoco es el principio de una
ordenanza o sacramento. Es una comisión de predicar la remisión de pecados por la
sangre de Cristo. Al no hacerlo, “les son retenidos.”
¡CON CADA PRIVILEGIO, CRISTO
NOS DIO UNA RESPONSABILIDAD!
Tomás. Tomás se había perdido de la bendición maravillosa que los otros habían
experimentado. Aun con toda la evidencia que se había ido acumulando, expresó su
duda. El quería practicar un examen físico de la evidencia. Precisamente el domingo
siguiente tuvo su oportunidad. Estando él presente con los demás discípulos en el
mismo lugar que antes, Cristo volvió a aparecer y extendió a Tomás la invitación para
que tocara sus heridas, pero éste no aceptó. Con sólo ver, declaró: “¡Señor mío, y Dios
mío!”
El propósito del cuarto evangelio 20:30–31
En cierto sentido, el encuentro con Tomás representa el clímax del libro. Su
confesión es exactamente lo que Cristo buscaba de todos sus oyentes. Esto concuerda
con el objetivo de Juan al escribir el libro. Véase la primera lección que trató acerca de
este tema.
EPÍLOGO: ¡A SERVIR!
21:1–25
El último capítulo es un suplemento, una especie de apéndice que trata algunos
asuntos pendientes entre los discípulos. No cabe duda que el tema principal de la obra
termina en 20:31. Sin embargo, el mismo autor, probablemente en el corto plazo, agregó
una conclusión a su obra maestra. No hay ningún manuscrito original entre los que
existen que no tenga el capítulo 21 como parte integral del evangelio. Debemos dar
gracias a Dios porque aclaró varios puntos sobre los que hubieran quedado dudas. Tal
vez esto es precisamente lo que Juan tenía en mente.
Los pescadores y Cristo resucitado 21:1–14
La escena cambia de Jerusalén a Galilea. Según el mensaje angelical de Mateo 28:7,
el Señor prometió encontrarlos allí. Además, debido a la inseguridad que sentían los
discípulos en aquellos días, no les pareció mala idea regresar “a casa”.
Siete de ellos, bajo la influencia del siempre impetuoso Pedro, decidieron salir a
pescar, tal vez porque estaban cansados, aburridos, o por necesidad económica; no hubo
nada malo en ello. El Señor no los regañó, pero, como que esos expertos ya habían
perdido “el toque”, porque aunque estuvieron fuera toda la noche, no pescaron nada.
Una figura indistinguible en la playa les preguntó si habían recogido algo a lo que
respondieron en forma típica de pescadores frustrados, con un fuerte, lacónico, y
desanimado “¡No!” Entonces la voz autoritaria de la misma figura les dijo: “Echad la
red a la derecha de la barca y hallaréis” (v. 6). En eso, Juan reconoció al Señor, y Pedro
se lanzó al agua para llegar hasta él.
Los peces abundaban en la red (v. 11), pero Pedro estaba más interesado en estar al
lado de Cristo. Eso fue lo que caracterizó a Pedro en toda la historia del ministerio
terrenal de Cristo. El Señor también manifestó algo típico de él: hizo provisión para los
suyos y les preparó el desayuno.
¡PENSEMOS!
Cristo tiene un gran propósito para los suyos. El plan
incluye la geografía, o sea el lugar donde debemos estar. En
el caso de los discípulos, tenían una cita en Galilea. El plan
de Dios se nos revela a través de su Palabra. La voz que vino
por sobre las aguas del lago, dijo: “Echad la red a la
derecha” y es la misma que nos habla por toda la Biblia. El
plan también considera las necesidades de los suyos y hace la
provisión necesaria. ¡Cómo han de haber saboreado aquel
desayuno delicioso en la playa! Sin duda, les gustó más
porque Cristo estaba presente. El Señor también atiende las
necesidades de los suyos en esta época: “Mi Dios, pues,
suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria
en Cristo Jesús” (Filipenses 4:19). Este es parte de su plan.

“El pescador” y Cristo resucitado 21:15–19


Es interesante notar que los elementos “pescado” y “fuego” se mencionan siempre
en relación con los seguidores de Cristo. Su reclutamiento inicial ocurrió cuando se
dedicaban a la pesca. Al final de la historia, Pedro sufrió una derrota ignominiosa
alrededor de una fogata ante una sirvienta. Aquí, alrededor de otra fogata, Cristo
tiernamente habla con el discípulo apenado y arrepentido.
Con Pedro, Cristo hizo hincapié en el amor. Claro que era imprescindible responder
positivamente a la luz que Cristo arrojaba. Los fariseos no lo hicieron. La doctrina que
el Hijo enseñó venía del cielo, desde donde él vino a revelar la obra y carácter de Dios.
La doctrina tiene una gran importancia. Pero, al fin y al cabo, uno tiene que
enamorarse de Cristo. Este no es un factor adicional a la doctrina, o a la luz. El amor
viene por obra del Espíritu, a través de la doctrina y la luz, y crece en una vida de
obediencia a ellas. La prueba del carácter cristiano y grado de fe que uno profesa está en
el amor que tiene por Cristo.
EL CRISTIANISMO ES CRISTO.
SER CRISTIANO ES SOSTENER UNA
RELACIÓN PERSONAL CON ÉL.
ESTA RESULTA EN AMOR, QUE A SU VEZ
PRODUCE SERVICIO.
Pedro el pescador, ya reconciliado con su Maestro, recibió una nueva comisión. La
figura que el Señor emplea ya no es de pescador, sino de pastor de ovejas, a las que le
encomendó que apacentara. ¡Gracias a Dios por su misericordia! Sin duda, Pedro diría
como Pablo: “Doy gracias al que me fortaleció, a Cristo Jesús nuestro Señor, porque me
tuvo por fiel, poniéndome en el ministerio” (1 Timoteo 1:12).
Durante los momentos cuando confiaba más en sí mismo (Juan 13:37), Pedro había
dicho que estaba dispuesto a poner su vida por Cristo. En ese entonces no sabía cuán
débil era. Ahora, al lado del mar de Galilea, con un espíritu mucho más humilde,
escuchó al Señor prometerle una muerte semejante a la suya. No obstante las
dificultades, la oposición y el odio del mundo, o la muerte en forma de cruz, le dijo:
“¡Sígueme!”. Dios pudo hacer uso de Pedro como relata Hechos 1 y 2, porque obedeció
de corazón lo que Cristo le dijo.
Dos discípulos y dos rutas qué seguir 21:20–23
Dios tiene un solo plan, pero los detalles no son idénticos para todos los creyentes.
El Señor había señalado la forma en que Pedro moriría. Dando muestras de que no había
cambiado totalmente, el Pedro de antes señaló a Juan y preguntó a Jesucristo: “¿Y qué
de éste?” La contestación del Señor originó el rumor de que Juan no moriría, sino que
quedaría vivo hasta su segunda venida.
Pero Cristo no lo dijo así, y Juan mismo lo aclaró: “Jesús no le dijo que no moriría,
sino: Si quiero que él quede hasta que yo venga, ¿qué a ti?” (v. 24). Perceptivo como
siempre, Juan reconoció que todo dependía de la voluntad de Dios y que su plan era
personal y oportuno. A ellos les tocaba dedicarse a vivir su propia vida, siempre con el
poder del Espíritu Santo, sin preocuparse de los detalles del plan que Dios tenía para los
demás.
Comentario final 21:24–25
Las penúltimas palabras representan el testimonio de otro autor, tal vez procedente
de los hermanos de Efeso. El último versículo alude al muchísimo material que no se
incluyó en ninguno de los evangelios. Los tres años y medio de ministerio de Cristo
produjeron más de lo que se podría incluir en una biblioteca completa de libros.
Sin embargo, tenemos en la Biblia exactamente lo que Dios quiso. Es más; él no nos
responsabiliza por lo que no está incluido en su Libro, sino por lo que sabemos de su
voluntad y la manera en que lo ponemos en práctica.

¡PENSEMOS!
Principiamos el presente estudio diciendo que el
Evangelio de San Juan presenta leche y viandas a la vez.
Para los nuevos creyentes, hay leche y pueden disfrutar de
los aspectos más sencillas de, por ejemplo, Juan 3:16. Este
mismo versículo ofrece también vianda para el creyente más
maduro. Ni este libro ni la Biblia nos defraudan nunca.
Cada vez que se abre, hay más tesoros que debemos
apropiarnos.

Aun cuando ya se haya pasado por sus páginas sagradas, conviene estudiarlo
repetidas veces. Así, el creyente se deleitará con sus enseñanzas y tendrá la oportunidad
de paladear sus viandas. Bajo la dirección del Espíritu, volverá a lamentar la condición
de aquellos judíos, felices con su ceguera, a pesar de la luz abundante que
contemplaron. De nuevo su corazón se regocijará considerando las señales, evidencias
de que “Jesús es el Cristo, el hijo de Dios” (20:31). ¡Qué privilegio sería sentarse a los
pies del gran Maestro y disfrutar de sus brillantes y a la vez penetrantes enseñanzas!
¿Luz? ¿Señales? ¿Enseñanza? Aprovecharlas es la clave de la vida eterna. Juan no
escribió para entretener a sus lectores, ni para llenar algún vacío que los demás autores
hubieran dejado. Presentó su mensaje para que el lector tuviera información digna de ser
creída. La reacción de los lectores del primer siglo o del presente, puede ser como la de
los ciegos que permanecieron en su ceguera o la de los que obedecieron la luz. En
palabras de Juan mismo: “Estas [cosas] se han escrito para que creáis” (20:31).
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1
Platt, A. T. (1995). Estudios Bı́blicos ELA: Para que creáis (Juan) (96). Puebla, Pue., México:
Ediciones Las Américas, A. C.
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2
Platt, A. T. (1995). Estudios Bı́blicos ELA: Para que creáis (Juan) (1). Puebla, Pue., México:
Ediciones Las Américas, A. C.