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CICLO C – TIEMPO ORDINARIO – MARTES X

SEMINARIO MAYOR – 7 DE JUNIO DE 2016

SAL Y LUZ
Mateo 5, 13-16

Jesús dijo a sus discípulos:


Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por
los hombres.
Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña. Y no se enciende una lámpara para meterla
debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa.
Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en
el cielo.

Hay cosas que difícilmente se podrían reemplazar cuando cumplen el fin para el cual fueron
creadas. Por ejemplo, la luz y la sal. En nuestra vida diaria necesitamos luz para poder ver, la cual
no puede ser reemplazada por nada. Así mismo, la sal para condimentar los alimentos o conservarlos
no se sustituye fácilmente, sino pregúntenle a los que no pueden comer sal.
Nosotros estamos aquí porque Dios nos dio una vocación y esta tiene como fin tender a la
perfección de la caridad. Un religioso que cumple bien con el fin de su vocación, es
irremplazable, es sal y es luz para el mundo. Así entonces, la sal sería nuestra caridad y la luz, el
efecto que esta produce en el mundo.

En el mundo antiguo la sal se apreciaba altamente1. Los griegos llamaban a la sal divina (theion).
Los romanos lo decían con un juego de palabras: Nil utilius sole et sale, “no hay nada más útil que
el sol y la sal”.
La sal, en los sacrificios de la Antigua Ley simbolizaba la inviolabilidad y permanencia de la
Alianza2 (Cfr. Lev. 2,13). El Señor manifiesta que sus discípulos son la sal de la tierra, es decir,
los que dan sabor divino a todo lo humano, y los que preservan al mundo de la corrupción,
manteniendo viva la Alianza con Dios. «Lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos
en el mundo» (Epist. ad Diognet. 6,1).3
En los tiempos de Jesús la sal se relacionaba en la mente de la gente con tres cualidades
especiales:4 pureza, conservación y sabor.

Un religioso que se esfuerza por vivir con auténtica caridad es un recuerdo constante al mundo
del amor incondicional de Dios a los hombres: mantiene pura la imagen de Jesucristo entre
nosotros, conserva al mundo (y a la comunidad) de corromperse por principios o actitudes
ajenas al evangelio y da un sabor desproporcionado a todos los que están a su alrededor,
un sabor a Jesucristo, que no puede ser reemplazado con nada.
La luz. En primer lugar y principalmente está para que se vea. Las casas de Palestina eran muy
oscuras, con una sola ventana circular de medio metro de diámetro. La lámpara era como una
salsera llena de aceite y con una mecha. No era nada fácil encenderla, así que normalmente la
lámpara se colocaba en un candelero o soporte, que en muchos casos no era más que un soporte
de madera toscamente tallada; pero cuando la gente se salía de la habitación, por seguridad,

1
Siempre se usó para sazonar las comidas y para preservar cosas de la corrupción, tuvo desde los tiempos más remotos un
carácter sagrado y religioso. El Profeta Elíseo la empleó para hacer agradables las aguas de un pozo (IV Reyes, II, 19 sqq.). Los
orientales acostumbraban a usarla para limpiar y curtir la piel de un niño rién nacido. (Ezequiel., XVI, 4); esparciendo sal en un
pedazo de tierra ellos lo dedicaban a los dioses; en la Ley judía se prescribió para los sacrificios y los panes de la proposición
(Lev., II, 13). En Mateo 5:13, la sal simboliza sabiduría, aunque quizás originalmente tuvo una significación exorcística.
2
Lev 2:13 BJ76 Sazonarás con sal toda oblación que ofrezcas; en ninguna de tus oblaciones permitirás que falte nunca la sal de
la alianza de tu Dios; en todas tus ofrendas ofrecerás sal.
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EUNSA
4
Barclay

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quitaban la lámpara del candelero y la ponían debajo de un cajón de arcilla de medir el grano, el
famoso celemín o almud, para que siguiera ardiendo sin riesgo hasta que volviera alguien. El deber
primario de la luz de la lámpara era que se pudiera ver.5

Así, un religioso que se esfuerza por vivir la caridad es apto para realizar las obras que Dios
tenía pensadas para él desde la eternidad porque es como un instrumento afinado, es una
lámpara que ilumina porque cumple con la función para la cual fue creado. Nadie podrá hacer esa
tarea en la manera que Dios la pensó para ese religioso, sino solamente él.

Entonces, ninguna de estas dos puede ser reemplazada: ni la caridad de Jesucristo, sal y esencia
de nuestra vocación, ni el efecto que esta produce en el mundo, ya que Dios pensó para cada
uno de nosotros una manera concreta de hacerla brillar para el mundo.
Pidamos a la Virgen no perder el sabor, no tener una vida religiosa insípida con la cual el mundo
no puede ser iluminado, sino alentarnos mutuamente a mantener encendidas nuestras lámparas.

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(W. Barclay)

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Celemín
1. m. Medida de capacidad para áridos, que tiene 4 cuartillos y equivale en Castillaa 4,625 l aproximadamente.
2. modio, almud: μόδιος , ὁ, (modius, una medida de áridos)
3. Su equivalencia en el sistema métrico decimal es aproximadamente a 8,75 litros
Sal

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 10


Así como los maestros, por su buena predicación, son sal con la cual el pueblo se condimenta, así por la palabra de su
doctrina son luz, con la que iluminan a los ignorantes. Primero se debe vivir bien y luego enseñar. Por lo tanto,
después de llamar a los Apóstoles sal, los llama también luz, diciendo: "Vosotros sois la luz del mundo". La sal en su
propio estado sostiene las cosas para que no se pudran, pero la luz conduce al perfeccionamiento ilustrando. Por lo
cual los Apóstoles fueron llamados primero sal, a causa de los judíos y de los cristianos, por quienes Dios es conocido
y a quienes éstos conservan en el conocimiento; y segundo luz, a causa de los gentiles, a quienes conducen a la luz
de la verdadera ciencia.

Mateo 5:13

LA SAL DE LA TIERRA

Mat_5:13

Vosotros sois la sal de la tierra; pero cuando la sal ha perdido su sabor, ¿cómo se le podrá restaurar? Ya no sirve para
nada bueno, así es que se tira a la calle para que la pisoteen.

Cuando Jesús dijo esto puso a disposición de la humanidad una expresión que se ha convertido en el mayor cumplido
que se le puede hacer a nadie. Cuando queremos hacer hincapié en los quilates del carácter y de la utilidad de alguien
decimos: «personas así son la sal de la tierra.»
En el mundo antiguo la sal se apreciaba altamente. Los griegos llamaban a la sal divina (theion). En una frase que en
latín es una especie de trabalenguas, los Romanos decían «no hay nada más útil que el sol y la sal» (Nil utilius sole et
sale). En los tiempos de Jesús la sal se relacionaba en la mente de la gente con tres cualidades especiales.
(i) La sal se conectaba con la pureza. Probablemente su blancura resplandeciente sugería esta conexión. Los latinos
decían que la sal era la cosa más pura, porque procedía de las cosas más puras que son el sol y el Marcos La sal fue
de hecho la más primitiva de todas las ofrendas que se hacían a los dioses, y hasta sus últimos tiempos los sacrificios
judíos se ofrecían con sal. Así pues, si el cristiano ha de ser la sal de la tierra, debe ser un ejemplo de pureza.
Una de las características del mundo en la época en que vivimos es que han bajado los niveles. Los niveles de honradez,
de diligencia en el trabajo, de responsabilidad, morales, todos tienden a reducirse. El cristiano debe ser una persona
que mantenga bien alto su nivel de absoluta pureza en su manera de hablar, su conducta y pensamiento. Cierto escritor
le dedicó un libro a J. Y. Simpson, «que hace que lo mejor nos resulte fácilmente creíble.» Ningún cristiano puede
salirse de los niveles de la estricta honradez. Ningún cristiano puede pensar con ligereza en reducir los niveles morales
en un mundo en el que en las calles de cualquier gran ciudad se induce deliberadamente al pecado. Ningún cristiano
se puede permitir los gestos y términos sugestivos y soeces que son a menudo parte de la conversación social. El
cristiano no se puede retirar del mundo, pero debe, como decía SantiagoJas., «guardarse sin mancha del mundo»
(Stg_1:27 ).
(ii) En. el mundo antiguo, la sal era el más corriente de todos los conservantes. Se usaba para evitar que las cosas se
corrompieran, y para contener la putrefacción. Plutarco tiene una manera curiosa de decirlo. Dice que la carne es un
cuerpo muerto y parte de un cuerpo muerto, y, si se deja a sí misma, se descompondrá; pero la sal la conserva y
mantiene fresca, y es por tanto como si se le hubiera insertado un alma nueva a un cuerpo muerto.
Así que la sal preserva de la corrupción. Si el cristiano ha de ser la sal de la tierra, debe tener una cierta influencia
antiséptica en la vida.
Todos sabemos que hay ciertas personas en cuya compañía es fácil ser buenos; y que también hay ciertas personas en

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cuya compañía es fácil bajar el listón moral. Hay ciertas personas en cuya presencia se podría contar sin reparos una
historia sucia, y hay otras personas a las que a uno no se le ocurriría contársela. El cristiano debe ser un antiséptico
purificador en cualquier sociedad en que se encuentre; debe ser la persona que, con su presencia, excluye la corrupción
y les hace más fácil a otros ser limpios.
(iii) Pero la más grande y la más obvia cualidad de la sal es que la sal presta sabor a las cosas. Los alimentos sin sal
son tristemente insípidos y hasta desagradables. El Cristianismo es a la vida lo que la sal es a la comida. El Cristianismo
le presta sabor a la vida.
Lo trágico es que la gente conecta a menudo el Cristianismo precisamente con lo contrario. Lo identifican con algo que
le quita el sabor a la vida. Swinbume llegó a decir:

Tú has conquistado, pálido Galileo; el mundo se ha puesto gris de Tu aliento.

Aun después de que Constantino hiciera del Cristianismo la religión del imperio romano, subió al trono otro emperador
llamado Juliano que - quería atrasar el reloj y volver a los antiguos dioses. Su queja era, como la expresa Ibsen:

¿Les habéis mirado a la cara a esos cristianos? Ojos hundidos, mejillas pálidas, pechos de tabla; pierden la vida
reconcomiéndose, inincentivados por la ambición: para ellos también brilla el sol, pero no lo ven; la tierra les ofrece su
plenitud, pero ellos no la quieren; lo único que desean es renunciar y sufrir para morirse lo antes posible.

Para Juliano, el Cristianismo le quitaba la vivacidad a la vida.


Oliver Wendell Holmes dijo una vez: "Yo podría haber entrado en el ministerio si algunos clérigos a los que conocía no
hubieran parecido y actuado tanto como enterradores.» Robert Louis Stevenson escribió una vez en su diario, como si
estuviera recordando algún fenómeno extraordinario: «Hoy he estado en la iglesia, y no me ha dado la depre.»
El mundo tiene derecho a descubrir otra vez el fulgor perdido de la fe cristiana. En un mundo ansioso, el cristiano
debería ser la única persona que se mantuviera serena. En un mundo deprimido, el cristiano debería ser la única persona
que siguiera llena de la alegría de vivir. Debería haber una sencilla luminosidad en cada cristiano, pero demasiado a
menudo anda por la vida como si estuviera de duelo, y habla como un espectro en una fiesta. Dondequiera que esté,
si ha de ser la sal de la tierra, el cristiano debe difundir gozo.
Jesús pasó a decir que, si la sal se vuelve insípida, ya no sirve para nada, y se tira para que todo el mundo la pise. Eso
es difícil de entender, porque la sal nunca pierde su sabor y su salinidad. E. F. F. Bishop, en su libro Jesús de Palestina,
cita una explicación muy plausible que dio Miss F: E. Newton. En Palestina, los hornos ordinarios están fuera de la casa
y se construyen de piedra sobre una base de azulejos. En esos hornos, «para conservar el calor se pone una gruesa
capa de sal debajo del suelo de azulejo. Después de cierto tiempo la sal se ha descompuesto. Se levantan los azulejos,
se saca la sal y se tira en el camino a la puerta del horno... ha perdido su poder para calentar los azulejos y se tira.»
Puede que sea eso lo que se representa aquí.
Pero la idea principal sigue siendo en cualquier caso, y es algo en lo que el Nuevo Testamento insiste constantemente:
Que la inutilidad invita al desastre. Si un cristiano no está cumpliendo su propósito como cristiano, está abocado al
desastre. El sentido de nuestra vida consiste en ser la sal de la tierra; y si no le damos a la vida la pureza, el poder
antiséptico y la luminosidad que le debemos, no estamos cumpliendo nuestro cometido y vamos al desastre.
Todavía nos falta por decir que algunas veces en la Iglesia Primitiva se hacía un uso muy extraño de este texto. En la
sinagoga, entre los judíos, había la costumbre de, si un judío se volvía apóstata y luego volvía a la fe, antes de
recibirle otra vez en la sinagoga, tenía como penitencia que tumbarse a la puerta de la sinagoga e invitar a todos los
que iban entrando a que le pisaran. En algunos lugares, la Iglesia Cristiana adoptó esa costumbre; y a un cristiano
que había sido expulsado de la Iglesia por disciplina, se le obligaba, antes de admitirle otra vez, a tumbarse a la
puerta de la iglesia e invitar a los que entraban: «Pisoteadme porque soy la sal que ha perdido su sabor.»