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Ricardo, Smolianski- Capítulo IV: Teoría del delito- Pág. 63/70.

Unidad I: LA ACCIÓN.
Un sector de la doctrina se rehúsa a utilizar el concepto de acción, sea por la dificultad de hallar un
concepto abarcativo de todas las modalidades que puede revestir el comportamiento con
relevancia penal o lo irrelevante de ese hallazgo. Este enfoque estructura la tipicidad,
considerando a la acción como un elemento dentro de ella. Sin embargo, la mayor parte de los
autores consideran posible la construcción de la definición del concepto acción. Por consiguiente,
existen razones sistemáticas, teóricas y prácticas que justifican de lo que debe entenderse por
acción, ya que los demás elementos del delito se desarrollan como característica de una acción.

1. El concepto causal de acción

La doctrina clásica: la acción penal es un comportamiento humano voluntario que produce una
determinada consecuencia en el mundo exterior. Este concepto de acción causal, fue desarrollado
por Von Liszt y Beling, quienes consideraban a la voluntad exclusivamente causal. Por lo tanto, en
el ejemplo de la acción del homicidio, bastaría comprobar que la conducta fue impulsada
voluntariamente, sin importar si dicha conducta fue dirigida intencionalmente para causar la
muerte de la víctima, cuestión que se reduciría a una cuestión de culpabilidad (relación subjetiva
entre el hecho y autor). Este razonamiento se desarrolló bajo el paradigma del positivismo
(finalidad) y pretendió trasladar el modelo de las ciencias naturales (dogma empírico-causal) al
derecho penal, aunque desdoblando la relación fisica-psiquica de la conducta y el resultado.

Esta concepción permite desechar el proceso puramente naturales desprovistos de un mínimo de


voluntad, sin embargo, la finalidad de la voluntad humana se concibe como una voluntad vacía de
contenido y acción, como objeto básico de imputación penal. Aunque la llamada escuela
neoclásica/neokantiana de Mezger, intentó racionalizar y adecuar las construcciones sistemáticas
a las necesidades del derecho positivo, y llegó a considerar a la acción como la causación
voluntaria de un resultado, y siguió el esquema causalista, ya que entendía que esa voluntad debía
analizarse en la culpabilidad.

2. El concepto final de la acción

Welzel mentor del finalismo jurídico penal, parte de la idea central de la completa identidad entre
el concepto óntico-ontológico (realista) y el jurídico penal, concibiendo un concepto de acción
prenormativo, existente en la naturaleza misma de la conducta humana, que solo podría ser
receptado por el legislador y convertido en norma sin alterar su esencia. De esta manera, Welzel,
entendía que la realidad mostraba como comportamientos relevantes los voluntarios, dirigidos
con un fin, y definió la acción humana como ejercicio de actividad final.

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La actividad final es un obrar orientado desde el fin. Por tanto, la finalidad se basa en que el
hombre tiene la capacidad para prever, dentro de ciertos límites, las consecuencias de su
comportamiento causal y ponerse fines diversos y dirigir su actividad conforme a su plan.

En la actualidad la mayoría de los teóricos aún reconocen a la estructura final de la conducta


humana. Incluso quienes niegan la esencia ontológica de la acción y postulan el puro normativo
jurídico, aunque sea por razones metodológicas y no por convicciones filosóficas, admiten el
finalismo de la construcción de la tipicidad con el elemento objetivo y subjetivo.

Lo cierto es que la normas penales solo pueden mandar o prohibir conductas ontológicamente
finales, o bien que la imputación normativa se concreta objetiva como subjetivamente, por tanto
la acción debe considerarse el aspecto externo, como también el interno o subjetivo, es decir,
debe analizarse la voluntad. Para demostrar que el dolo pertenecía al ilícito, es decir, el tipo
subjetivo, fue necesaria la descripción de la estructura de la tentativa, pues el dolo era un
elemento esencial del ilícito de la tentativa, también tenía que serlo en el delito consumado, por lo
tanto, no podía ser que el resultado tuviera el “efecto mágico” de hacer saltar el dolo de un lugar
sistemático a otro. Es válido afirmar lo que decía Welzel: “¿cómo podría pretender que el disparo
dé o no en el blanco, el que el dolo sea un elemento de lo injusto o de la culpabilidad”.

Welzel aclaraba tres momentos de la dirección final de la acción: el primero, anticipación mental
de la meta, que sucede en la esfera interna del pensamiento; el segundo, selección de los medios
necesarios para la obtención del fin, en función del conocimiento causal y la consideración de los
efectos contaminantes; y por último, la voluntad de la acción al mundo exterior.

Por ejemplo: el autor quiere matar a una persona y elige, conscientemente, los factores causales y
los pone en marcha; por tanto, conseguirá un arma de fuego, buscara la oportunidad y el lugar,
apuntará y disparará con la expectativa de dar en el blanco.

Ahora bien, de todas las acciones finales, el ordenamiento jurídico seleccionará o incriminará
aquellas en las cuales la voluntad de realización (dolo) está dirigida a la afección de un bien
jurídico. Estas modalidades de acción dan lugar a los delitos dolosos de comisión, que son los más
comunes en el código penal.

En segundo lugar, el ordenamiento jurídico se ocupa de la conminación de una pena de conductas


que autor no dirigió la producción de resultados lesivos (no deseados), pero que éstos se
produjeron por no haber actuado con cuidado requerido en el ámbito de esa actividad. Se trata de
delitos culposos de comisión en los cuales la finalidad de la acción es valorativamente neutra,
empero, se reprocha el modo imprudente en que se procuró alcanzar esa actividad.

Por último, el ordenamiento jurídico también ordena la realización de ciertas acciones finales para
la conservación de un bien jurídico, amenazando con una pena la omisión de dichas acciones.
Estos dan lugar a los delitos de omisión, que también pueden revestir naturaleza dolosa o culposa.

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3. El concepto funcionalista de la acción

Al advertirse que el finalismo no logró desarrollar un concepto óntico que permitiera explicar la
imputación penal de numerosas formas comisivas dolosas y culposas, en particular, la modalidad
omisiva y al advertirse que recurriría sólo a otra construcción jurídica, un sector de la doctrina
prescindió de elaborar un concepto base de acción, y otro procuró reemplazarlo por uno de
naturaleza normativa. Claus Roxin propuso un concepto personal de acción, ésta es la
“manifestación de la personalidad” y Jakobs, partiendo del funcionalismo sistémico, concibió la
acción como la “causación individualmente evitable de un resultado”, separando la motivación de
la voluntad de la acción. La conducta penalmente relevante pasa a ser la comunicación y el medio
para convertir un sujeto en un portador de un rol o expectativa: “El concepto penal de acción es
una noción equivoca de lo que debe analizarse; se trata de un sujeto y de cuando se puede
vincular la conformación del mundo exterior con el sujeto (imputarsela)”. Por tanto, se trata de
formular un derecho penal a partir de las expectativas penalmente relevantes, en función del
sujeto como centro de imputación. En síntesis, la acción pasa a ser un medio o condición para crear
a un sujeto activo de realización típica, por tanto, no consiste en un extracto previo, sino una
condición mínima de realización típica.

4. Los conceptos sociales de la acción

A modo de superar las diferencias entre los causalistas y finalistas, se le dio expresión a la
relevancia social, se definió a la acción como un “comportamiento socialmente relevante”, con lo
que se pretendió abarcar tanto a la actividad final como a la causación imprudente de
consecuencias y a la inactividad frente a una determinada expectativa de acción, siempre que el
comportamiento afecte a la relación del individuo con su mundo y las consecuencias alcancen la
relevancia social. Esta concepción hibrida (causalismo/finalismo) fue diluyéndose hasta la
depresión o absorción por alguna corriente funcionalista.

5. Situación actual de la discusión.

Los cuestionamientos que se pueden realizar al finalismo, son presupuestos filosóficos óntico-
ontológico en razón del concepto de acción es una abstracción jurídica y no un dato dela realidad.
Lo cierto de esta teoría es que sigue siendo una imprescindible garantía, ya que proporción un
límite a lo que jurídicamente se puede construir. En resumidas cuentas, no hay un concepto
óntico de conducta preexistente al normativo, en definitiva, siempre lo relevante lo determinara la
norma, pero sí hay un límite óntico impuesto por la finalidad de la conducta humana a lo que se
puede construir jurídico-penal. En el estado actual de la discusión, no podría imputarse
penalmente a un objeto o pretender sancionar lo hecho por un animal ni criminalizar un
comportamiento humano desprovisto de voluntad. Por otra parte, y al margen de las objeciones
filosóficas y sin descartar los aportes novedosos en cuanto a la imputación normativa, todavía la
sistémica del finalismo sigue siendo el método más adecuado para la resolución dogmática de los
conflictos penales.

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6. Causa de la exclusión de la acción.

La existencia de la acción se deduce por vía negativa, es decir, la afirmación del comportamiento
humano es una acción relevancia jurídico-penal, en tanto no se verifique los supuestos de
exclusión de la acción.

6.1. Fuerza física irresistible.

La acción representa la manifestación de la voluntad del autor, por tanto, lo realizado implica la
participación de sus fuerzas psíquicos-espirituales, no habrá acción si el movimiento o la ausencia
son provocados por una fuerza irresistible (vis absoluta), que haga que el autor obre como una
mera masa mecánica. El código penal argentino en el art. 34, inc. 2º, primera parte, y no debe
confundirla con coacción (vis compulsiva), que tiene el efecto de excluir la antijuricidad o
culpabilidad sin afectar la existencia de la acción.

6.2. Los actos reflejos.

No son considerados acción los movimientos producidos por actos reflejos somáticos, es decir, los
desencadenados por estímulos directa o indirectamente dirigidos al sistema nervioso en los que
no participan ni mínimamente los centros superiores del cerebro (por ejemplo, estornudos,
reacciones por el contacto con el fuego, con corriente eléctrica, etc.). Respecto a los actos reflejos
deben distinguirse de los actos impulsivos, instintivos y automáticos o habituales (andar, conducir
un auto, escribir, etc.) donde si bien la voluntad final no concurra de manera consiente en el
momento de la ejecución del acto, esa puede intervenir en cualquier momento, mediante la
voluntad.

6.2. Estado de inconciencia absoluta.

No hay acción si el autor realiza movimientos corporales en estado de inconciencia, es decir,


privado de la más mínima participación psíquica, por ejemplo, la persona se encuentra dormida,
desmayada, bajo un cuadro febril. Esta situación prevista en el art. 34, inc. 1º del CP, no debe
equipársela a supuestos en donde el autor se encuentra consiente, aunque afectado total o
parcialmente en su capacidad de comprensión por disfunciones de la personalidad, sea por causas
exógenas o internas, estas deberán investigarse al tiempo del análisis de la culpabilidad. Por
ejemplo, un psicótico es consciente de lo que hace y por tanto, capaz de realizar un acción aunque
no puede comprender el sentido social y criminal de acto. Éste sabe lo que hace (hasta puede que
se compruebe el perfeccionismo de su actuar), pero no puede adecuar esa conducta a la
exigencias éticos-sociales contenidos en la norma penal.

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El bien jurídico (páginas 74/89).
El bien jurídico constituye el punto de partida de la formación del tipo. Welzel lo concebía como
un bien vital de la comunidad o el individuo que por su significación social es protegido
jurídicamente.

Por su parte Zaffaroni, entiende al bien jurídico no como el interés u objeto en sí mismo sino como
la disponibilidad de un sujeto con un objeto, protegido por el Estado, y revela su interés mediante
normas que prohíben conductas determinadas. Rudolphi, expresa que “el bien jurídico y poder de
disposición del bien jurídico no forman solo una unidad, sino que el objeto de disposición y
facultad de disposición son en su relación mutua, el bien jurídico”.

La protección del derecho penal supone la prohibición de aquellas conductas que pueden
menoscabar bienes o intereses vitales para la comunidad. El bien jurídico es la base para la
interpretación de los tipos penales en caso de conflicto por los términos utilizados por el legislador
o por las dudas sobre la adecuación de la acción del autor, o por la contraposición de las
realizaciones típicas de causas de justificación, etc. Todos los tipos penales se construyen sobre
uno o más bienes jurídicos, por lo que la mayor parte de la doctrina responde negativamente a la
hipótesis de que un tipo penal no contenga un bien jurídico. Por lo tanto, se insistió en aclarar que
la lesión al bien jurídico significa un menoscabo de un valor ideal y no necesariamente la causación
de un daño al objeto de la acción del hecho.

Además, el bien jurídico sirve para clasificar los tipos penales, por ejemplo: se pueden agrupar en
un mismo capítulo los referidos a la vida, en otros al honor, la libertad, el patrimonio, etc.

Existen bienes jurídicos particulares (vida, patrimonio), y otros universales o de la comunidad


(seguridad pública, orden constitucional), pero, salvo en los delitos de acción privada, es el propio
Estado el interesado en que no se menoscaben esos bienes por medio de la comisión de delitos,
de ahí que se puede sostener que el derecho penal es público. Es decir, aunque la victima sea un
particular, el Estado es el titular de la acción penal, por lo tanto toma la intervención y ejerce la
pretensión punitiva.

Por último, no hay que confundirse con el bien jurídico y el objeto donde recae la acción. Como
dice Jescheck, el bien jurídico es un valor ideal del orden social no percibirle a través de los sentidos
sino deducible intelectualmente. En suma, todos los delitos suponen un bien jurídico afectado,
pero no necesariamente un objeto concreto, corpóreo o incorpóreo. Por ejemplo: en el hurto el
bien jurídico afectado es el patrimonio, distinto del objeto que es la cosa que ha sido robada.

Clasificación de los tipos penales


Delitos de resultado. Delitos de pura actividad.

Según sea la relación entre la acción y el objeto de la acción se puede distinguir entre delitos de
resultados y de pura actividad.

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Los primeros son los tipos que suponen una acción que ocasiona una consecuencia material
escindible espacial-temporalmente de aquella. Los segundos, en cambio, son aquellos en donde la
realización típica se agota en la mera ejecución de la acción, independientemente de que hayan
provocado o no algún efecto exterior separable temporal-espacialmente.

Cuando se alude a los delitos de resultado, se hace referencia a las consecuencias o


modificaciones en el mundo exterior previsto y requeridos por el tipo penal. Por ejemplo, el delito
de violación es acceder carnalmente, y provocar muchas consecuencias, como lesiones físicas y
psíquicas, o que la mujer quede embarazada, etc., pero que concurran algunos o todos estos
efectos, es indistinto desde el punto de vista de la realización típica, ya que el delito de violación
se satisface con la sola realización de la acción de acceder carnalmente. En cambio, el homicidio es
un delito de resultado, porque el tipo penal requiere de una acción tendiente a causar la muerte
de una persona y que ésta se produzca. Que un delito sea de resultado o de pura actividad
depende de la fórmula empleada por el legislador para describir la conducta que quiere prohibir.
Por ejemplo: si el hurto es descripto exigiendo como requisito que haya habido un
desapoderamiento será de resultado, pero, si, se lo agota con el mero acto de apoderamiento,
entendido como la efectiva posibilidad de disponibilidad sin exigir otra condición, será de pura
actividad. (Art. 162 C.P).

Delitos de lesión. Delitos de peligro.

Son de lesión aquellos que en los cuales el tipo presupone que se dañe el bien jurídico de manera
efectiva,( por ejemplo: el homicidio, el daño, etc.), mientras que los de peligro, es suficiente que se
someta al bien jurídico a un estado anormal en el que pueda aparecer como posibilidad la
producción de un daño (tenencia de armas de guerra sin la debida autorización, causación de
incendios, explosiones e inundaciones, etc.).

También dentro de los delitos de peligro, se distinguen los delitos de peligro concreto y los de
abstracto. Estos son un grado previo a los delitos de peligro concreto, suponen una peligrosidad
general en la acción definida por el legislador, sin que se pueda pormenorizar el riesgo del
particular (por ejemplo: la calumnia donde es suficiente que las imputaciones tengan entidad para
ofender el honor de la víctima).

Delitos comunes.
Delitos especiales. Delitos de propia mano.

La acción típica puede ser ejecutada por cualquier persona o que solo pueda ser realizada por
quien posea una calidad especial, recién aquí, se podrá distinguir en el primer extremo los delitos
comunes de los especiales. Es decir, cualquiera puede ser autor de un homicidio simple o un robo.
En cambio, el enriquecimiento ilícito de funcionarios y empleados públicos, puede ser cometido
por éstos. Con otras palabras, los delitos especiales exigen un requisito de autoría derivado del
deber especial. A su vez se subclasifican en delitos especiales propios, cuando la lesión del deber es
el fundamento mismo de la punibilidad (el cohecho pasivos) y los delitos especiales impropios,

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cuando la lesión del deber propio solo determina la agravación de la pena (por ejemplo, privación
ilegítima de la libertad realizada por un funcionario público).

En los delitos de propia mano, el tipo exige una acción de realización corporal que el autor debe
ejecutar por sí mismo (por ejemplo, la violación).

Delitos de comisión. Delitos de omisión.

En los primeros se verifica un hacer positivo por parte del autor, mientras que en los segundos es
un no hacer o inactividad frente al imperativo normativo. Éstos últimos reconocen a su vez dos
modalidades: delitos de omisión propio o pura inactividad y delitos de omisión impropia donde la
incriminación surge al no impedir un resultado típico, no obstante el autor tiene un deber especial
de garante respecto al sujeto pasivo o fuente de peligro.

El tipo penal.

Esa es la descripción legal de la conducta penalmente prohibida. Es decir, para que una conducta
sea antijurídica ha de corresponderle los elementos del tipo penal. Esta relación de
adecuación/correspondencia/subsunción se llama tipicidad.

El tipo penal se compone de distintos elementos. Los elementos externos (objetivos) del tipo
constituyen el tipo objetivo.

Los elementos internos (intelectuales- subjetivos) dan lugar al tipo subjetivo.

El estudio de los elementos objetivos y subjetivos en un mismo nivel permite una adecuada
caracterización de la conducta típica.

Este sistema de construcción típica, considerando tanto los elementos subjetivos y objetivos,
responden a la actividad humana.

En el estudio de la tentativa se podrá verifica que es el análisis del tipo subjetivo y de su elemento
principal (el dolo) lo que permite distinguir la tipicidad del delito tentado de alguna conducta
delictiva similar consumada. Es decir, lo único que permite diferenciar, por ejemplo, si hubo
tentativa de homicidio o lesión consumada es si el autor quiso matar o solo lesionar a la víctima.
En otras palabras, solo la verificación del elemento subjetivo, el dolo de matar permitirá tipificar
como homicidio, pues, objetiva o exteriormente nada permite diferenciar entre la autoría de la
lesión y la de una tentativa.

La acción como relevantica penal, es definida según Wesel como “ejercicio de actividad final” y si
negar que dentro del finalismo existan opiniones que la dirección final y la conducta se manifiesta
en dos etapas:

A. En el plano intelectivo, comprende:


1. la anticipación del final de que el autor quiere ejecutar;
2. la selección de los medios para alcanzar el fin;

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3. la consideración de los efectos o circunstancias concomitantes.
B. En la ejecución, cuando el autor realiza la acción final.

El tipo objetivo

El tipo objetivo está conformado por los elementos que describen todo lo que se encuentra fuera
de la esfera psíquica del autor. Según Wezel esto constituye “el núcleo objetivo-real de todo
delito”. Los elementos objetivos del tipo describen la acción prohibida, el objeto donde puede
recaer la acción, en ocasiones el resultado y en este caso el nexo causal o la imputación objetiva
del resultado de la acción del autor, y las circunstancias externas de la conducta y de la persona
del autor o la víctima.

La doctrina clasifica los elementos objetivos en:

Sujeto activo (autor);

Permanentes Sujeto pasivo (victima);

Acción.

Resultado (nexo causal e imputación objetiva);

Ocasionales De medios;

De circunstancias de lugar, tiempo, personas, etc.

LAS CIRCUNSTANCIAS EXTERNAS

Son aquellas que se caracteriza la situación que se realiza la acción. A veces la condicionan en
exclusividad, que si no se dan, no habría acción punible, mientras que otras veces determinan su
agravación o atenuación. Son muchas, pudiendo ser un determinado lugar (despoblado), tiempo
(nocturnidad), algún medio (veneno, ganzúa, etc.), modo de ejecución (ensañamiento),
aprovechando un determinado momento (un incendio), etc.

LAS CIRCUNSTANCIAS PERSONALES

Desde el punto de vista del autor, el tipo puede exigir una determinada condición o deber, ya sea
para fundamentar la punibilidad (delitos especiales propios, como los específicos de funcionarios:

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cohecho pasivo, prevaricato, etc.) o como circunstancia agravante (delitos especiales impropios,
cuando la violación es cometida por un sacerdote o encargado de la educación, etc.). Además,
puede tratarse de una cualidad relativa de la víctima (mujer, menor de edad, embarazada, etc.).

EL NEXO CAUSAL

La consumación de los delitos de resultado depende de la producción del resultado típico. Entre la
ejecución del autor y el resultado típico debe darse una relación, de manera que pueda
imputársele tal resultado por el hecho del autor, y así, hacerlo responsable.

A lo largo de la historia de la dogmática penal se han planteado problemas de la relación o el nexo


causal, o imputación objetiva. Se intentó explicar el problema concibiendo la relación como una
pura conexión ontológico-causal, mientras que en la actualidad, desde un punto de vista más
normativo, la norma penal decide qué y cuándo imputar. Sin embargo, la evolución fue gradual, y
surgió una postura mixta, que complementaba lo ontológico con lo normativista.

El punto de partida es, que el autor tuvo que haber contribuido para producir ese resultado, pero
esto accionó diversas teorías.

A. Teoría de la equivalencia de las condiciones

Lo primero que surgió fue la causalidad natural, es decir, un efecto es consecuencia de una causa
si, suprimida hipotéticamente ésta, la consecuencia desaparece. Esta fue trasladada al plano
jurídico y se llamó teoría de la condición, de la conditio sine qua non o de la equivalencia de las
condiciones: un resultado es causado por una acción, si suprimida mentalmente hace que el
resultado desaparezca. En otras palabras, para que una acción sea causa de un resultado ésta
debe aparecer como una condición sin la cual el resultado no se hubiera producido. En esta teoría
todas las condiciones son necesarias para la producción del resultado, por lo cual no se pueden
distinguir cual es de relevancia jurídico-penal.

La teoría menciona, gracias a su simpleza, tuvo bástate aceptación por parte de la doctrina y
jurisprudencia. Sin embargo, existió la dificultad para discernir de entre todas las concausas con
incidencia penal, como por lo errático para resolver los llamados cursos casuales complejos,
paulatinamente fue reemplaza.

A ésta teoría se le reprochó no poder resolver los delitos calificados por resultado, donde acciones
de escasa importancia pueden ocasionar graves consecuencias (por ejemplo: un golpe a un
hemofílico provocando una seria lesión). Además, no resuelve casos donde hipotéticamente se
consta que, no darse esa causa, otra hubiese conducido al mismo resultado en el mismo tiempo y
forma. Es lo que sucede con la causalidad hipotética (por ejemplo: dos personas sin saber una de
la otra, disparan mortalmente sobre la víctima. Suprimida la acción de cualquiera de ellas el
resultado persiste por el efecto del efecto del disparo de la otra, anulando la causalidad). O
cuando el resultado es consecuencia de más de una acción, simultaneas y todas eficaces por si
solas (causalidad acumulativa). Por ejemplo: el incendio de un inmueble que arde en llamas y que
indefectiblemente va a ser consumido en instantes; o cuando la víctima muere por el

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envenenamiento causado por varias personas, quienes colocaron diversas dosis de veneno todas
con capacidad de matar. En estos casos, suprimida la acción de los incendiarios o envenenadores,
el resultado subsiste por el accionar de los demás, por lo tanto, analizada aisladamente la
situación de cada autor, no podría imputársele el resultado de incendio o muerte a ninguno, es
decir, la muerte o la destrucción hubiera ocurrido por el accionar de los otros. Algunos autores
plantean esto como aceleración causal, por cuanto antes de que se realizara la acción el bien
jurídico ya se encontraba en peligro, provocando la acción solo se produce un adelantamiento del
resultado que de todas manera se produciría más tarde.

Otro ejemplo: envenenar o disparar causando la muerte a una persona, que previamente, había
injerido una dosis mortal de veneno. Según Bucigalupo, a pesar de la solución que divertía
arribarse por la aplicación de la teoría de la conditio sine qua non, propone imputar al autor por la
segunda acción (la que produce un adelantamiento del resultado) como si fuese la única, sin
perjuicio de que el resultado se hubiera producido de todos modos.

También, se debería concluir que en los casos inversos (acciones individuales que no hubieran
podido lograr el resultado aisladamente, verbigracia: si se colocan dosis de veneno insuficientes
por sí mismas pero sumadas provocan la muerte) debería imputársele el resultado consumado a
todos los participantes. Es decir, si suprimido mentalmente lo hecho por uno desaparece el
resultado hay causalidad, es una solución injusta ya que, se hace cargar a cada uno por el hecho
por el otro (ejemplo: la imputación de tentativa, a pesar del resultado, parece ser la solución más
justa, pues en rigor ninguno, por sí solo, realizo una acción idónea de homicidio).

La misma lógica de esta teoría, llevaría a soluciones no menos injustas en la causalidad de


reemplazo: pretender eludir la responsabilidad por un ilícito invocando que de no haber el
imputado el ejecutor otro necesariamente lo hubiera hecho.

La teoría de la equivalencia de las condiciones se construye a partir de una verificación hipotética


de eliminación por la que se compara y suprime mentalmente una acción, y así determinar si el
resultado permanece como posible o no. Sí suprimida la acción el resultado subsiste, significa que
no hay nexo causal.

Sin embargo, esta teoría adolece del inconveniente de que es posible su aplicación en la medida
que la relación de causalidad hubiera sido objeto de conocimiento previo. En efecto, tendrá
eficacia para situaciones en las que el intérprete sepa de antemano las consecuencias de la acción.

B. Teoría de la causalidad adecuada

Se desarrolló esta teoría, partiendo del criterio de la causalidad, que impone como límite un ajuste
a las leyes de la naturaleza según la experiencia: es causa adecuada la que según el curso ordinario
y natural de las cosas es idónea para producir un resultado. Ésta es la teoría de la causalidad
adecuada. Conforme a ella lo que se requiere es que el resultado causado por el autor, haya sido
probable desde el punto de vista de la experiencia, poniendo un límite a las objeciones originadas
por el defecto regressus ad infinitum ya que, por ejemplo, la experiencia indica que la mera

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fabricación de un arma no conduce necesariamente a la muerte de una persona, y si, si el disparo
se realiza a una zona vital.

C. Teoría de la relevancia típica

Esta proponía que el análisis se haga directamente en función del sentido del tipo penal en
cuestión. Asé, si se trata de un homicidio, debe establecerse la relación causal a partir de la
consideración del verbo típico matar. “Disparar” se corresponde con el verbo típico de matar y no
así, con “fabricar un arma”.

La teoría de la equivalencia de las condiciones es clasificada como generalizadora, ya que no


permite discriminar de todas las concausas cual es la relevante penalmente, mientras que, la
teoría de la causalidad adecuada y la teoría de la relevancia típica, son clasificadas como
individualizadoras, porque justamente pretenden captar las causas más relevantes y desechar las
que no lo son.

D. Teoría de la imputación objetiva

Su punto de partida fue la constatación de la insuficiencia de las teorías causales para resolver los
delitos culposos, y particularmente, los delitos de omisión impropia, donde entre la omisión y el
resultado típico no hay ninguna causalidad ontológica.

Si bien esta teoría no ha resuelto de manera definitiva el problema del nexo imputativo, significo
un avance. Además, se trata de una teoría que parte de la causalidad natural o, tratándose de la
omisión, de la causalidad potencial, pero, a diferencia de las otras teorías, deduce de la esencia d
la norma jurídico penal que solo será imputable objetivamente una acción al tipo o resultado a la
acción del autor, si esa conducta ha creado un peligro jurídicamente prohibido y a su vez ese
resultado se ha concretado en un resultado típico.

Estas dos premisas, creación del riesgo prohibido y realización del riesgo en el resultado, se
complementan con una serie de principios adicionales (derivados de las dos reglas generales),
algunos han generado resistencia por parte de algunos autores y jurisprudencia:

1. No hay impetración objetiva si el resultado producido por el autor, evita otros riesgos más
graves. Son los supuestos de disminución del riesgo. Verbigracia: si se causa una lesión
leve al empujar a la víctima, pero evito que ésta sea atropellada por un automóvil (evito
una lesión más grave o incluso la muerte). Este punto ha sido criticado por quienes aún
reciben la teoría clásica, que han preferido resolverlo como una acción típica (con
admisión de causalidad), pero justificándola por estado de necesidad.
2. Permite resolver adecuadamente los casos con cursos causales hipotético. Esto significa
que hay imputación objetiva aun en los supuestos en que el resultado de no haberlo
causado el autor, se hubiese producido por otra causa (supuesto de la condición
hipotética o de reserva), en el mismo tiempo y forma. Así, por ejemplo, no podría negarse
la imputación (como lo permiten las otras teorías de la causalidad)aun cuando el
envenenador invocara que otro envenenador iba a provocar el mismo resultado.

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3. Se insistió que la imputación objetiva no corresponde si falta el peligro jurídicamente
prohibido. Por ejemplo: quien convence a una persona que efectué una serie de vuelos
aéreos por una línea de escaso prestigio y con altos índices de siniestros registrados, con la
esperanza de que se produzca un accidente.
4. Tampoco hay imputación objetiva si el resultado (aun casualmente conectado) no es la
concreción del peligro jurídicamente desaprobado, por quedar fuera del ámbito de la
protección de la norma. Por ejemplo: no se podría imputar al autor de una lesión la
muerte causada al accidentarse la ambulancia que lo trasladaba al hospital.
5. Aunque es muy discutido, en los delitos culposos tampoco debería imputarse
objetivamente el resultado que de todas maneras se hubiera producido aunque el autor se
hubiera adecuado a la norma. Se reconocen estos casos como comportamientos
alternativos ajustados a derecho. Verbigracia: al conductor de un auto que cause una
lesión por inobservancia de las reglas de conducción, si se determina que, aunque hubiese
respetado las normas de tránsito, el resultado igual se hubiera producido, no podrá
imputársele dicho resultado. Es decir, se trata que los efectos de la imputación jurídico-
penal, hayan producido una acción de elevación del riesgo. Además, que haya contribuido
al peligro que se terminó concretando, no siendo suficiente y posible de imputación si el
resultado de todas maneras se hubiese producido, aunque el autor hubiera realizado la
acción debida.

Aunque no se pueda afirmar todavía que esta teoría haya alcanzado contenidos indiscutibles, se
ha impuesto como doctrina dominante, y al menos desde el campo teórico pretende resolver los
problemas de la imputación, se trate de acciones o comportamientos prohibidos o resultados.

Predominan dos sistemas en el campo dogmático: el de Claus Roxin y el de Jakabs.

Roxin, plantea la posibilidad de la imputación en tanto el autor, con su conducta, haya creado un
peligro no cubierto por el riesgo permitido (hasta aquí siendo el delito doloso, habría tentativa) y
que se concrete en el resultado (supuestos de delitos consumados). Excepcionalmente, no
obstante que se verifique la condición anterior, no habrá imputación cuando el alcance y el fin de
la protección del correspondiente tipo penal no comprendan la prohibición de esos peligros y
resultados.

Jakobs, propone cuatro categorías básicas:

1. El quebrantamiento normativo del rol (en vez de la elevación del riesgo de Roxin), que se
rige por la configuración social generada a lo largo del tiempo, y que se fija, de modo
relativo, de conformidad con el rol de quienes pueden lícitamente organizar un ámbito
vital. Es decir, si el suceso es consecuencia de una conformación defectuosa no
imputable al autor se tratara de una desgracia por la que no debe responder. En cambio,
si se trata de una competencia cuya organización fue asumida voluntariamente por el
autor, le será imputable la acción y eventualmente el resultado. Este principio general,
logro mayor especificidad en los siguientes institutos.

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2. El principio de confianza: cuando el comportamiento de los seres humanos se entrelaza,
no es obligacion del rol del ciudadano controlar de manera parmente a todos los demás.
Esto permite establecer que aunque la experiencia general enseña que otras personas
cometen errores y hasta ilícitos, se puede confiar normativamente en su
comportamiento correcto. Por ejemplo: a pesar de conocerse que los conductores no
respetan la prioridad de paso del que circula por la derecha, se puede contar con que en
un cruce el que carece de prioridad va a respetar el derecho paso del que la tiene y así
ejerce la prioridad; durante una intervención quirúrgica, el cirujano, aunque sepa que los
demás pueden cometer errores, puede contar que los que intervienen en la operación
cumplirán adecuadamente sus funciones.
3. La prohibición de regreso: decae la imputación (tanto como autor como cómplice)
cuando una acción llega a ser causal de un resultado típico solo porque un tercero, sin
relación con el agente, desvía las consecuencias de la acción hacia el daño. Es decir, si lo
hecho por el autor es estereotipado normativamente como inocuo hay prohibición de
regreso, por tanto, no hay imputación objetiva. Verbigracia: un deudor paga su deuda y
el acreedor compra con ese dinero un arma y mata a una persona, tal como preveía el
deudor; o del mismo modo, cuando se presta una herramienta a un vecino, sabiendo que
va a usarla para apoderarse de una cosa ajena. A diferencia con lo que sucede en el
principio de confianza, la prohibición de regreso rige aun cuando la planificación delictiva
del tercero es palmaria.
4. La exclusión de la imputación objetiva también procede cuando el propio
comportamiento de la víctima fundamenta que se le impute la consecuencia lesiva, sea
porque se encuentra en una situación de desgracia por obra del destino, o porque se
trata de un acuerdo o consentimiento que excluye el tipo, o porque es un supuesto de
actuación a riesgo propio (autopuesta en peligro). En todos estos casos hay competencia
de la víctima.

El consentimiento o acuerdo: cuando es competencia de la propia víctima la tutela de sus bienes y


su decisión en apartamiento o quiebre en el ámbito de su protección es definitiva (salvo los
supuestos de autoría mediata) se excluye la imputación objetiva, ya que la propia administración
del riesgo de él, excluye la realización del tipo. Por ejemplo: quien sabe que un conductor esta
ebrio accede a ser trasladado por él, debe hacerse cargo de su propia lesión si ocurriere un
accidente, debido al descontrol del chofer; igual si una persona emprende un deporte de alto
riesgo o si desea mantener relaciones sexuales sin tomar precauciones con quien presuntamente
es portador de una enfermedad infecto-contagiosa.

Zaffaroni, por su parte decide reformular la tesis de la tipicidad conglobante, que concebía como
correctivo de la tipicidad objetiva-subjetiva, pasando a ser un sistema imputativo de la tipicidad
objetiva de carácter contenedor o reduccionista del poder punitivo del Estado. Según su
propuesta, debe verificarse, una vez comprobada la tipicidad sistemático-objetiva de la conducta,
la existencia de un conflicto y la dominabilidad del suceso por parte del agente. Y agrega, no hay
conflicto:

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a. no se produjo una afectación significativa del bien jurídico;
b. el agente opera conforme a un deber jurídico;
c. el agente realiza la conducta que el derecho mismo fomenta;
d. media un acuerdo o asunción del riesgo por parte del sujeto pasivo;
e. el resultado no excede el marco de la realización de un riesgo no prohibido.

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Errores sobre los elementos objetivos del tipo.

1. Error de tipo
El error del tipo es el desconocimiento de cualquiera de los elementos que pertenecen al tipo
objetivo. Es una falta de correspondencia entre lo que el autor se representa y la realidad, siendo
indiferente que ese desconocimiento consista en una falsa representación o una falta en toda la
representación.

La consecuencia del error del tipo, es la de excluir al dolo. El razonamiento es simple, si al dolo se
lo define como el conocimiento de todos los elementos del tipo objetivo, y precisamente, el error
de tipo, consiste en la falta del conocimiento total o parcial, por tanto, la consecuencia de mediar
el error del tipo, no puede haber dolo. Por cierto, si el desconocimiento se refiere sólo a una
circunstancia agravante, no corresponderá aplicarla imputándole la figura básica. En el mismo
sentido, si el autor comete un error de tipo en circunstancias que atenúan, solo podrá imputársele
la figura privilegiada. Aunque hay opiniones encontradas referidas al último punto, es decir,
cuando el autor desconoce una circunstancia atenuante, hay quienes sostienen que se debe
beneficiar, mientras que otros dicen que lo decisivo es la situación objetiva, por tanto debe
atenuarse, estos últimos argumentan que la mera representación del agente de que realiza algo
más grave de lo que realmente hace no puede fundar por sí la ilicitud agravada.

Por lo tanto, el error de tipo, siempre excluye al dolo. Es irrelevante que el dolo haya sido por
negligencia o imprudencia del autor. Aun en estos casos se deberá tener como un obrar no doloso.

En los supuestos en que el error se debió a la falta de cuidado del autor, se lo clasificara como
evitable, en cambio, si el error se hubiera cometido con la debida diligencia por parte del autor, se
lo considerara inevitable. En ambos casos, se insiste que queda excluido el dolo, pero en los casos
de ser evitable podrá dar lugar, de estar previsto en la norma, a la aplicación del tipo culposo o
imprudente.

No debe confundirse a los errores de tipo con los supuestos de errores irrelevantes. Se trata de
errores que no modifican el sentido del conocimiento exigido por el dolo

2. Error sobre el objeto de la acción


Aquí el autor alcanza con su acción el objeto que quería atacar, pero yerra sobre las características
de dicho objeto. La solución dependerá de la valoración jurídica, de haber sido acertada la
representación del autor. Si el objeto es jurídicamente equivalente al afectado –se confunde a una
persona con otra-, el error es irrelevante por un error en los motivos. Verbigracia: si el autor de un
homicidio confunde a su víctima por no contar con una buena descripción de ella, no hay duda de
que se trata de un homicidio doloso consumado.

Distinta es la situación si se trata de objetos no equivalentes –confundir a una persona con un


maniquí y golpearlo-, el error es relevante, y por tanto, de tipo (solo habría un daño atípico).

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En resumen, si los objetos de la acción no son equivalentes, el error en el objeto es un error de tipo
con todas sus consecuencias. El autor que yerra sobre la identidad de su víctima, ignorando que
es su padre: al no ser los objetos equivalentes, solo responderá por homicidio simple, pues no es
indistinto matar a un ascendiente que a un extraño.

3. Error en el golpe
En este caso el autor yerra en su meta. El autor afecta a un objeto distinto al que quiso atacar por
un desvío en el curso causal previsto. Cuando los objetos de agresión son distintos la solución no
se discute: tentativa del delito imaginado en concurso con la figura culposa de la lesión no buscada
pero causada (ejemplo: tentativa de daño con concurso con lesiones culposas). Si los objetos son
equivalentes (ejemplo: el autor que apunta con su arma a una persona, pero al temblarle la mano,
se desvía el disparo y mata a otra que estaba cerca) las soluciones varían según los autores.
Jescheck y otro, sostiene que debe procederse como si los objetos no fuera equivalentes, es decir,
un concurso entre la tentativa del delito doloso y culposo. Mientas que Welzel dice que debe
impúlsele al autor un único delito doloso consumado.

4. Dolo general
En esta situación el autor yerra acerca del acto que realmente produjo un resultado. El autor
realiza varios actos creyendo que el resultado se consumó con la ejecución del primero de ellos,
siendo que en realidad aconteció por otras circunstancias posteriores. Por ejemplo: el autor trata
de matar a su víctima con varios golpes tras lo cual, creyéndola muerta, y para ocultar el hecho, la
arroja de un a acantilado, luego se comprueba que la causa de su muerte es por la caída y no por
los golpes.

En la doctrina se han desarrollado tres soluciones para el caso. Una considera irrelevante el error
sobre curso causal, entendiendo que hay un proceso unitario y un dolo general que abarca todo el
hecho por el autor. La segunda opinión estima que el desvío sí es esencial y por lo tanto debe
resolverse como tentativa de homicidio en concurso con el homicidio imprudente. La tercera
propone diferenciar sí el autor planeo originariamente la segunda acción –habría aquí un único
delito doloso consumado- o sí se decidió por la segunda acción luego de concluida la primera –se
propone un concurso entre la tentativa y la causación culposa-.

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El delito de omisión (Páginas 201/2018).
1. Naturaleza de la omisión. Evolución histórico-dogmática.
A grandes rasgos podemos decir que la diferencia entre los delitos de comisión y los de omisión
son: los primeros, la tipicidad consiste en la adecuación de lo realizado por el autor a lo descripto
por el tipo respectivo; mientras que los segundos son aquellos donde la tipicidad va a surgir de la
diferencia entre lo que hizo el autor con lo descripto en el tipo penal.

Esta diferencia estructural, responde a que los delitos de comisión suponen una norma prohibitiva,
mientras que los delitos de omisión una norma imperativa. En otras palabras, la realización típica
comisiva implica que el autor hizo lo descripto por el tipo penal, infringiendo la norma prohibitiva,
mientras que en la tipicidad omisiva, el omitente dejó de realizar lo descripto por el tipo penal e
incumplió el mandato imperativo.

Además, el derecho penal esta dirigido a contener conductas que lesionen o pongan en peligro
bienes jurídicos y solo excepcionalmente pueda exigirse su salvación.

Ahora bien, desde que los autores advirtieron que se podían alcanzar resultados o consecuencias
delictivas haciendo como no haciendo, se preocuparon por construir un injusto de la omisión
separado del delito de comisión.

Por lo pronto, y más allá de los ingeniosos intentos por resolver el planteo en el plano óntico, lo
concreto es que en el nivel prétipico no existen omisiones sino solo acciones. Es decir, que
ontológicamente, no hay verdaderas omisiones o puros no hacer; la omisión no es ausencia de
conducta, sino la no realización típica de una conducta que el ordenamiento jurídico impone
hacer. La omisión típica, y su estructura, es consecuencia de una elaboración teórica propia de una
valoración que permite establecer cuándo no hacer algo es un injusto penal.

El punto de partida deber la clasificación de la omisión. Luden en 1840, distinguió una omisión
propia y una impropia. En realidad, antes ya se había advertido la existencia de diversas omisiones
con diversa relevancia penal. Lo que no se tenia claro era la razón por la que algunas omisiones
debían incriminarse y otras debían ser penadas más severamente, no obstante todas se dirigían al
mismo resultado. Reconocida e impuesta la clasificación de Luden, hubo diversas soluciones
teóricas para esos problemas:

a. durante el auge del positivismo jurídico-penal, en la segunda mitad del siglo XIX y
principios del XX, se plantearon diversos criterios para explicar la omisión y sus clases.
Básicamente se busco resolver el problema dentro de la causalidad, enfocándose en la
causa efficiens, en el sentido de que una causa real produce un efecto. Tres posturas más
importantes:
i. Luden vio la esencia de los delitos de omisión propia en la omisión del
mandato sin la afección de un derecho subjetivo ajeno; en cambio,
concibió a los de omisión impropia como los que lesionaban a un bien

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jurídico concreto. Los primeros serian una simple insubordinación, y
consecuentemente, de pura actividad, mientras que los de omisión
impropia, en tanto equivaldrían a la acusación de un resultado mediante
una hacer positivo, correspondería a los delitos de resultado. Además,
desarrolló la teoría del aliud agere o “en vez de”, según la cual una
omisión era impropia cuando el omitente, en vez de hacer lo que debía,
hacia algo distinto y se producía un resultado. Las omisiones impropias
serian tipos de resultados (se imputa un resultado externo) mientras que
las propias, lo serian de pura actividad. También planteó que una omisión
puede realizar un delito comisivo cuando está dirigida a la lesión de un
derecho subjetivo.
ii. Krug, Glasser y Merkel concibieron la teoría de la injerencia o el “hecho
anterior”: algunas conductas anteriores (como por ej: cuando el autor
causa un accidente del cual resulta herida una persona) pueden obligar,
dentro de determinados limites, a neutralizar el peligro que uno mismo
genera. Para algunos de estos autores las omisiones propias son tipos
escritos, mientras que las impropias son no escritas. Así, Krug buscó
separar el problema causal del deber de evitar un resultado; Glasser
incorporó el fundamento de lo que después sería la acción esperada;
Merkel, al aludir la posición responsable del omitente con relación a la
integridad de los otros, permitió que de ahí en más las próximas
soluciones superasen la explicación puramente causal, reconociendo que
un comportamiento anterior, no lleva a un deber alguno.
iii. Binding, con la teoría de la interferencia consideró que, al realizar una
conducta distinta a la debida, el autor esta interrumpiendo un proceso que
evitaría el resultado. Lo que constituye el momento causal de la omisión
impropia no es la acción esperada, sino la “contención de la voluntad” que
es equivalente a la provocación. Respecto a la diferencia entre la omisión
propia e impropia, no avanzó más allá de sus predecesores
b. Los autores alineados en el neokantismo, como Mezger y Jimenez de Arsúa,
comenzaron a advertir que el problema de la omisión escapaba a la realidad
ontológica, por lo tanto, entendemos que el reproche era dirigido a la omisión de
la acción esperada. Con esto, plantearon que este problema se resolvería en la en
la teoría de la antijuridicidad. Es decir, plantearon que al no haber una verdadera
causalidad fáctica en la omisión, solo podría construirse una causalidad jurídica
que se estableciese cuando el omitente debía actuar. Mezger fue quien le dio
impulso a la teoría de la acción esperada y quien preciso los elementos de la
omisión antijurídica como:
1. el poder actuar;
2. el poder evitar el resultado;
3. el deber actuar conforme al mandato jurídico.

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ii. Mezger en rigor, rescato la teoría de la acción esperada para distinguir la
omisión propia de la impropia, tratando de resolver el interrogante de
cuando se debía impedir un resultado, no en el plano de la causalidad,
como habían dicho los positivistas, sino el ámbito de la antijuridicidad. Así,
desarrolló las fuentes del deber actuar, que dieron lugar a la teoría formal
de las fuentes del deber, ellas serian:
1. La ley, por ejemplo, en la ley civil ordena a los padres a pasar la
manutención a sus hijos, además incluye la obligacion de la madre
a alimentar a su hijo. Si no hiciera y muriera, debería ser tenida
como homicidio doloso, si es que quiso su muerte, o culposa si
omitió por negligencia;
2. El contrato o acuerdo, por ejemplo, una enfermera es contratada
para cuidar a un paciente, si incumple la obligacion pactada y se
produce alguna consecuencia lesiva, será responsable por dichas
consecuencias;
3. el hecho anterior o injerencia. Cuando el propio sujeto provoca la
situación de peligro. Por ejemplo, el autor causa un accidente y
abandona la víctima. Por haber provocado el hecho generador del
riesgo, su responsabilidad alcanza el resultado producido por la
omisión de auxilio, como su hubiera sido causado activamente;
4. los distintos autores fueron incorporando una cuarta fuente,
Mezger agregó “las relaciones concretas de vida”; Jimenez de
Arsúa “las relaciones de familia o de estrecho parentesco y la
convivencia social”; Welzel “la especial relación de lealtad”
c. La escuela de Kiel, aprovecho el desconcierto dogmático y las fisuras de las
contracciones neokantianas para cuestionar su validez y vigencia del principio de
legalidad.
d. El finalismo partió de la crítica a los intentos de resolver el problema desde la
teoría de la antijuridicidad. Sostuvo que el deber de actuar no podía hallar sus
respuestas en la antijuridicidad, sino que debía indagarse las características del
autor. Con el antecedente de Negler y Welzel perfecciona la teoría de la posición
de garante, es decir, a la respuesta la encontrará en la teoría de la autoría. Sin
embargo, los supuestos generadores del deber de actuar de la teoría formal, lo
cierto es que, amén de transvasar las fuentes de la antijuridicidad a la tipicidad,
el listado de garantes seguía siendo el mismo, o sea, todavía exagerado y al límite
de la afectación del principio de legalidad.

Con Kaufmann, y la teoría funcional de las fuentes del deber, que las fuentes de posición de
garante se simplificaron, fueron determinadas con arreglos a criterios materiales y no formales,
se acotaron a dos:

a. la situación de quien cuida el bien jurídico;

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b. la situación de quien cuida la fuente de peligro.

Es cierto que a estas fuentes podría incluirse la ley, el contrato y la conducta precedente, es decir,
las mismas que se manejaban en el siglo XX, pero se empezó a exigir que, además del
incumplimiento del mandato, el vínculo tuviera por contenido la evitación de la lesión o la puesta
en peligro de bien jurídico. En este sentido, la teoría funcional permitió establecer que en la
injerencia no es suficiente la mera constatación de la causación del hecho precedente peligroso
sino que, además, que haya sido significativo y eficiente para provocar un resultado y que haya
sido objetiva y normativamente imputable. También que el vínculo entre el omitente y el bien
jurídico o fuente de peligro exista real y funcionalmente y no solo de manera formal.

En consecuencia, siguiendo a Kaufmann pueden establecerse las siguientes características de los


tipos omisivos impropios:

1. tipos especiales,
2. tipos abiertos.

Así, como los tipos culposos son tipos abiertos, también los tipos omisivos impropios son tipos
abiertos que requieren complementación judicial.

Para Bacigalupo afirma que este defecto legal solo es subsanable mediante la consagración
legislativa penal de la equivalencia. en cambio, para Schone se trata de una creación judicial,
plenamente valida. Para Zaffaroni, éste se preguntaba si el legislador podría cerrar los tipos
omisivos impropios. Pero se corrigió, diciendo que la pregunta estaba mal formulada. No se
trataba de cerrar tipos, sino de crear un tipo abierto de manera semejante a los tipos culposos. Sin
embargo, luego dice que seria inconstitucional extender la punibilidad de los tipos comisivos
escritos a eventuales tipos omisivos impropios no escritos.

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