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54 DE LA LITERATURA AL CINE

dar. Y hay que rechazar ese juicio tanto en nombre de la literatura -la obra ni gana
ni pierde desde el punto de vista estético, que no comercial, porque existan adapta-
ciones- como en el del cine: una película será más o menos valiosa indepen-
dientemente del material que le ha servido de base. Como ha escrito Francisco Aya-
la (1996, 89), «La novela presta, sencillamente, materia a la película, y lo único que
la distinguiría de cualquier otro argumento, su calidad artística, eso no puede tra-
suntarlo a la versión cinematográfica». Al respecto es muy conocida la tesis de An-
dré Bazin quien, en un artículo elocuentemente subtitulado Defensa de la adapta-
ción (Bazin, 1966, 165-186), tras constatar que la adaptación es una constante de la
historia del arte, plantea una reflexión inicial que tiene interés por el sentido común
que despliega:

Por muy aproximativas que sean las adaptaciones, no pueden dañar al original en la es-
timación de la minoría que lo conoce y aprecia; en cuanto a los ignorantes, una de dos:
o bien se contentan con el filme, que vale ciertamente lo que cualquier otro, o tendrán
deseos de conocer el modelo, yeso se habrá ganado para la literatura (op. cit., 177).

Desde la consideración de la lectura como interpretación o cooperación con la


obra literaria (Umberto Eco), el profesor Saalbach (1994) entiende que la labor del
lector -convertido en coautor- consiste «en transformar la imagen abstracta que
le ofrece el texto en imagen mental concreta mediante la asociación de lo leído con
su horizonte experimental». De igual modo, el cineasta estará legitimado para llevar
a cabo su lectura personal y crear su imagen concreta -física y no mental- pues,
«si concedemos libertad artística y derecho de adaptación de temas literarios exis-
tentes al lector-autor, indudablemente no se los vamos a negar al lector-cineasta».
Con lo cual se define la adaptación como interpretación o lectura y se entiende que
existe en el cineasta una legitimidad equivalente a la del lector de la obra literaria.
Con todo, habrá que preguntarse por qué el público insiste en la comparación y
rechaza muchas adaptaciones porque defraudan respecto al original. Ello puede
obedecer básicamente a dos situaciones:

• La novela es más que la película.


• La novela es mejor que la película.

Respecto a la primera situación, la legitimidad de la adaptación viene dada, ini-


cialmente, por la posibilidad del lector/espectador para reconocer en la película el
texto literario de referencia en el nivel de la historia, es decir, en el conjunto de per-
sonajes y sucesos narrados. Aunque volveremos sobre ello, hay que señalar, de en-
trada, la imposibilidad en un texto fílmico de duración estándar-a diferencia de la
serie televisiva-, de contener la totalidad de la historia narrada y la subsiguiente
necesidad de seleccionar, condensar, suprimir o unificar. Ésta es una de las prime-
ras opciones que ha de tomar el adaptador. En este sentido y, a diferencia del cuen-
to o novela corta, la adaptación de una novela de extensión habitual casi siempre de-
cepcionará; aunque, en todo caso, no parece legítima una reducción de tal magnitud