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Libertad

Las nuevas situaciones creadas por la vida moderna nos han llevado a plantearnos otra vez las viejas preguntas
sobre la libertad: ¿soy realmente libre?, ¿qué es la libertad? Aunque a primera vista estas interrogantes
pueden parecer desconcertantes, pues la libertad por lo general la asumimos en nuestra vida cotidiana sin
hacernos mayores preguntas. Desde la Grecia clásica hasta hoy, se ha cuestionado si somos realmente libres o
nuestras acciones están determinadas por factores sobre los que tenemos poco o nulo control, a saber: el
medio social y económico en el que vivimos, ciertos rasgos hereditarios de nuestro carácter, la influencia de
los medios de comunicación, tradiciones, etcétera.

Con frecuencia, nuestra libertad de decisión puede verse tan restringida que algunos autores sostienen
la idea de que nuestro comportamiento está determinado por causas que no controlamos y que, por lo tanto,
la libertad es una mera ficción. Aunque esto se conoce como determinismo, los filósofos que siguen esta
corriente difieren al señalar las causas que se oponen a nuestra libertad. Para unos son factores biológicos los
que determinan nuestra conducta; en cambio otros, apuntan a elementos religiosos, sociales, psicológicos,
etcétera. Así, por ejemplo, con frecuencia se discute si al cometer un delito, la persona es totalmente libre o si
sus actos están determinados, en algún grado, por lo que observó de pequeños, sus oportunidades reales de
conseguir un trabajo que le proporcione lo necesario para sobrevivir, o por los desequilibrios emocionales que
pudiera sufrir debido a experiencias pasadas o a la falta de una sustancia química en sus cerebro. Si bien
investigaciones recientes en torno a la influencia del medio social en nuestra conducta o a la relación entre la
bioquímica cerebral y nuestros estados de ánimo pudieran dar razones para algún tipo de determinismo,
parece aventurado sostener que no somos libres.

La relación de factores con algún grado de influencia en nuestro comportamiento puede extenderse
casi al infinito, pues si lo piensas bien, al actuar deliberadamente, es decir, con un propósito en mente y no
sólo impulsados, digamos, por un arranque de ira o un ataque de pánico, realizaremos un proceso de
razonamiento mediante el cual sopesamos la fuerza de los diversos motivos para actuar en un sentido u otro.
Así, por ejemplo, entre las razones para justificar una conducta determinada están las siguientes:

 Es lo que dice la autoridad.


 Es lo que Dios manda.
 Es lo que la mayoría opina.
 Es lo que recomiendan las personas mayores.
 Es lo que está de moda.
 Es lo que aprueba el grupo social al que pertenezco.
 Es lo que garantiza la mayor ganancia económica.
 Es lo que proporciona el mayor prestigio social.
 Es lo que me dicta la conciencia.

Nadie niega que en ocasiones actuamos guiados por algunas de estas razones; pero, ¿del hecho
innegable de que nuestro comportamiento está influido por una multiplicidad de circunstancias debemos
concluir que no somos propiamente libres?, ¿sólo somos responsables de las acciones que realizamos con
libertad, o también debemos responder por las consecuencias imprevistas de nuestros actos que, además,
teníamos el deber de prever?, ¿somos responsables de las acciones que llevamos a cabo durante un trance de
sonambulismo, o bajo la amenaza de violencia o los efectos de alguna droga? Las respuestas a estas
interrogantes a lo largo de la historia de la filosofía han oscilado desde la negación de la libertad hasta la idea
de que independientemente de la importancia de los factores que influyen en nuestro comportamiento, la
decisión recae en nosotros, por lo que al final del día tenemos una esfera de libertad a la que no podemos
renunciar y en la que ejercemos nuestra autonomía.

La reflexión sobre los obstáculos que enfrenta el ejercicio de nuestra libertad se ha llevado incluso al
terreno del estudio de la sociedad. Hay, por ejemplo, pensadores que cuestionan la sociedad contemporánea
afirmando que la vida moderna implica una serie de condicionamientos, restricciones y exigencias que hacen
muy difícil ejercer nuestra libertad y, por ello, se requieren reformas más o menos radicales que van desde la
sustitución del capitalismo por una forma de producción en la que no exista la propiedad privada hasta
propuestas para atenuar el individualismo de nuestro tiempo con acciones que fortalezcan la solidaridad y la
cooperación entre los ciudadanos.

La libertad y nuestra realidad cotidiana.

Se habla de libertad en los más distintos ámbitos: economía, política, cultura, deporte, educación, ciencia,
mercadotecnia, investigación genómica, tecnologías de la información y comunicación como Internet,
etcétera.

En el ámbito de las sociedades de mercado en que vivimos, donde todo o casi todo puede
comercializarse, también se habla de libertad, pues hay voces que denuncian que la propaganda o la
publicidad afectan nuestra libertad como consumidores al crear necesidades artificiales que, a su vez, generan
demanda de nuestros productos. Este fenómeno es tan profundo que hay quienes ya hablan de que estamos
en una nueva fase de capitalismo caracterizada por la forma en que consumimos.

Otro rasgo distintivo de nuestra época es, sin duda, el avance de la ciencia y la tecnología. Si miramos
bien, veremos que no existen áreas de nuestra vida que no estén permeadas por ellas, desde la medicina
hasta la información y la comunicación, pasando por el entretenimiento y el arte. Esto ha tenido, sin duda,
consecuencias positivas para todos: aumento den las expectativas de vida, comunicación más rápida, mayor
productividad del trabajo, automatización de un número creciente de procesos, intercambios comerciales y
culturales más intensos, etc. Sin embargo, también hay preocupación por ciertos efectos del predominio
cultural de la tecnociencia (el objetivo actual de la ciencia ya no es la búsqueda de la verdad, sino la
aplicación de sus resultados), ante os que debeos estar atentos.

Libertad y vida pública

La libertad es esencial para la vida en las sociedades contemporáneas. Se afirma, por ejemplo, que una
sociedad democrática sólo funciona con ciudadanos que participen activa y libremente en los diversos
aspectos de la vida pública; que no se limiten a emitir su voto cada temporada, sino que participen en
acciones colectivas dirigidas a resolver problemas comunitarios; que exijan a las autoridades el cumplimiento
de sus responsabilidades y les pidan cuentas; que vigilen el buen uso de los recursos bajo su responsabilidad y
que al momento de elegirlos lo hagan de manera libre, evaluando principalmente su desempeño público y su
oferta política.
Desde la Grecia clásica, la libertad ha estado indisolublemente ligada a la democracia, ya que en este
sistema político los ciudadanos participan en la creación de las normas jurídicas a las que ellos mismos están
sometidos. Por eso se afirma que la libertad política, propia de la democracia, significa que los individuos sólo
obedecen las reglas que ellos crearon, aunque de forma indirecta mediante la elección de representantes
populares. En cambio, en los sistemas políticos autocráticos: todo tipo de monarquías, oligarquías, dictaduras,
etc., la mayoría de las personas no participa en el proceso de creación normativa, por lo que generalmente
ven en las leyes la expresión no de su propia voluntad, sino de una voluntad ajena.

Libertad, vida personal y responsabilidad

La libertad no sólo es fundamental para la vida social, también lo es en el ámbito personal o de la moralidad.
Con frecuencia se afirma que la libertad es un “hecho” esencial de nuestra existencia y que, aunque así lo
quisiéramos, no podríamos renunciar a ella.

Según el filósofo existencialista Sartre, estamos condenados a la libertad, y en buena medida, es ella la
que nos distingue del resto de los animales, los cuales actúan por instinto.

La libertad viene acompañada de la responsabilidad; si actuamos libremente, somos responsables de


las consecuencias, y se nos puede, por ejemplo, premiar o castigar. Pero si la libertad desaparece, con ella se
va la responsabilidad, pues un requisito para decir que alguien puede responder por sus actos, que puede dar
razones de por qué actuó de cierta manera, es que sea libre. De una computadora, no diríamos que es
irresponsable por borrar archivos, pues no fue libre al hacerlo, sino que, quizá, siguió las instrucciones que le
envió un virus; e cambio, es posible que el encargado del mantenimiento de los sistemas de informática
tuviera alguna responsabilidad si es que, por ejemplo, no hubiera tomado previsiones ante la amenaza hecha
con anticipación por el inventor del virus.

Tarea

1. Leer el documento, resumirlo y pasar el resumen al cuaderno.