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Todas las mujeres somos putas

”U.N.A.M. Sin prejuicios. con Daly Herfra y Ana


Cecilia Lira Correa
2 de abril a la(s) 23:31 ∙ Editado ∙

Todas las mujeres somos putas, eso lo tengo bien claro.
Unas son más astutas que otras, unas consiguen más
que otras, unas se lo disfrutan más que otras, pero todas,
en fin, somos putas.
¿Qué es una puta?
Mi sabia madre me dijo desde niña que la vida de una
mujer no era fácil, en especial, en este país machista-
tercermundista en el que nací. A mis 12 años, compartió
un secreto de hermandad: las dos herramientas mas
importantes para que una mujer sobreviva en este mundo
son tener buen crédito y saber manipular a los hombres.
A los 16 años me sacó mi primera tarjeta de crédito para
que puisera en práctica la primera herramienta. La
lección para la segunda herramienta comenzó esa misma
noche.
Me había bajado la regla por primera vez, así que la
liberal de mi madre me dijo: “Como ahora te puedes
preñar pues te voy a dar el ‘sex talk’”. Era una niña
precoz y veía muchas películas R, así que ya sabía por
donde venía la cosa. Mami me dice: “El sexo es lo mejor
que vas a hacer en la vida. No conozco a nadie que diga
que no le gusta” y comenzó a darme explicaciones
explícitas de lo que iba a sentir y de lo que iba a hacer.
Siguió: “Cada vez que lo hagas usa un condón, no te
puedes preñar, si te preñas te lo sacas y no me digas
nada porque yo soy tu madre y se supone que te regañe”.
Entendido. Finalizó: “Nunca te mueras por un hombre,
que ellos se mueran por ti y ya sabes, una dama en la
calle y en la cama se lo que tengas que ser”. Ya entrada
en la adolescencia entendí esa parte. Una cosa es ser
puta y otra cosa es putear. Años mas tarde, mi abuelo,
que en paz descanse, me dice de la nada sentado en el
balcón de su casa: “Aunque estes molesta con tu marido,
acuéstate con él”.
Me chocaron sus palabras, era la primera vez que me
hablaba como hombre y no como abuelo. Cuando me
molesto con Alfredo, pienso en él. Aprendí la diferencia
del sexo para el hombre y para la mujer. Los hombres son
animales, se manipulan en la cacería, no desnudas.
A los 14 años, mi madre me mete a coger clases de
refinamiento, claro, ella juraba que yo me iba a casar con
el príncipe William. Entre lección y lección me confundía
el por qué los hombres le tienen que abrir las puertas a
las mujeres, de por qué el hombre debe pararse al frente
de la mujer en las escaleras eléctricas, de por qué el
hombre, cuando se cruza la calle, debe estar al lado de
donde venga el tránsito. Me hacía sentir como una inútil.
¿Dónde están las feministas? Me dejé llevar por la
corriente, es cuestión de que te valoricen, pensé. No le di
cabeza hasta varios años después.
Cuando vivía en Los Angeles, el esposo de una amiga
dijo: “Yo no sé por qué el hombre tiene que pagar la
cuenta en las citas. Las mujeres hoy día trabajan y la
pueden pagar. Además, no buscan la igualdad con los
hombres, pues que paguen”. Sentí esa cosquillita que te
entra por los pies, te recorre la sangre y te empieza a
latir el cerebro, agudizado por el ron que había
consumido, no me pude aguantar y escupí: “Porque por
eso les mamamos las pingas”. Pasó como en las
películas, hasta la música se apagó y todo el mundo me
miraba.
Ahora que tenía la atención de todos en la habitación,
abundé: “Mira nene, tu te crees que nosotras nos
morimos por mamártelo, pues déjame decirte que no. Te
crees que nos gusta ponernos en cuatro y darte el culo,
pues no. Los gay lo hacen porque ellos tienen próstata,
nosotras no tenemos. Tú te crees que nos gusta
acostarnos con ustedes a cualquier hora en cualquier
parte de la casa o en público. Pues no. Lo hacemos por
deber. El deber de una mujer a mantener a nuestra pareja
contenta. Lo menos que tu puedes hacer por mí es pagar
la cuenta del restaurante, abrirme la puerta del carro y
comprarme flores de vez en cuando. Nosotras los
mantenemos contentos y ustedes pagan, ¿entendiste?
Fulanita (voy a mantener el nombre de la esposa en el
anonimato) si se queja, sus razones tendrá. Haz algo por
él.”
Por lo visto, no entendió mucho porque ambos se fueron
de la fiesta. Ahí, rodeada de amigos que me aplaudieron,
comiendo pizza de Domino’s y medio mareada del
alcohol, me di cuenta que había encontrado el santo grial
de las relaciones.
Semanas después conozco a Alfredo. Después de
enamorarme hasta el tuétano, Alfredo me dice: “Quiero
sacarte a comer, pero no tengo dinero. Tenemos tres
opciones, quedarnos en la casa, salir a un restaurante,
pero nos dividimos la cuenta o te puedo llevar al KFC que
queda aquí al lado”. Yo decidí ir al KFC.
Alfredo se sintió macho al sacarme de la casa y pagar
por nuestra comida de fast food. El KFC estaba vacío, el
manager nos atendió, nos llevó la comida a la mesa, me
regaló un pop-corn chicken y cantamos hasta la
medianoche la música de los ochenta que tenían en la
radio.
Cuando botamos la basura y pusimos la bandeja encima
del zafacón. Alfredo y yo nos miramos y él me dice: “No
puede ser que la mejor cita de mi vida haya sido en un
KFC”. Sí, así fue. Y en ese momento, Alfredo me abrió la
puerta del establecimiento y después la del carro. Ese
día me enteré que me había convertido en su puta.
Después de cuatro años de relación, de miles de salidas
y cientos de conversaciones existenciales. Alfredo me
lleva casualmente al cine. Alfredo y yo nos enamoramos
en el cine y también hemos debatido intensamente por
largas horas a consecuencia del mismo. Vimos Inception.
La película estaba muy buena, pero a Alfredo le encantó.
Mientras hablamos con terceras personas, me percato de
la fascinación de los hombres con la misma. Todos
estaban mamando con la puta película. Se decían que
entre sí que esa trama tan ingeniosa y original hacía la
película inolvidable. Yo solté una carcajada y Alfredo me
miró con una ceja más arriba de la otra y me pregunta:
“¿No te gustó?” Respondo que sí, pero que no era para
tanto. ”¿Cómo que no es para tanto? Ese guión y esas
secuencias estaban espectaculares”.
Le digo: “Sí, Alfredo, estoy de acuerdo, en lo que no estoy
de acuerdo es con que la película es original e
ingeniosa”. Alfredo cuestiona: “¿Cómo que no es
original?” En ese momento, comparto el santo grial con
mi pareja, aquel consejo que me dió mi madre cuando caí
en menstruación por primera vez y que me cambió la
vida: “Nada que no hayamos hecho las mujeres desde el
principio de la humanidad”. Alfredo luce confundido.
Abundó: “Cuando una mujer quiere algo de un hombre le
siembra la semilla de esa idea en el cerebro y le
hacemos creer que esa grandiosa idea se le ocurrió a
ustedes, le aplaudimos y le decimos: Mi amor, que
brillante idea, tú eres tan inteligente”. Alfredo no lo
quiere aceptar.
Me dice: “O sea, que cada vez que de tu boca sale qué
brillante idea, tu eres tan inteligente, ¿tú querías que
hiciera eso?”
Contesto afirmativamente. ”Dame un ejemplo” me exige.
Obviamente, le doy uno hipotético. ”Imagínate que yo
quiero que tu aprendas a hacer mojitos porque es mi
trago favorito, pero como la mayoría de la mujeres dicen
sin saber que están mintiéndose a ellas mismas, yo
quiero que salga de ti.
Cuando a ti te dio por hacer el huerto en el balcón, yo te
hubiera dicho que sembraras albahaca, romero y
yerbabuena, aunque yo no uso la yerbabuena para nada.
Las plantas hubieran florecido y al tu cortarlas hubieras
pensado para qué sirve la yerbabuena. Yo me hubiera
hecho la pendeja y te hubiera dicho que no sabía y tu
mente llena de lógica y sentido común hubiera dicho
para hacer mojitos y yo te hubiera dicho, mi amor eres un
genio. Así funciona.” Alfredo comienza a reírse y me dice
el mejor halago que una mujer inteligente pueda recibir
de un hombre: “Cabrona”.
Las peores putas
Las peores putas son las mujeres de Torrimar. No sabía
que existían hasta que me mude al área metropolitana
hace dos años. Una mujer de Torrimar, no es una mujer
que viva en esa área geográfica específicamente, ser de
Torrimar es un estilo de vida. Son mujeres que las
estrenan desde niña a no ser independientes y piensan
que el logro mas grande de una mujer es casarse con un
hombre que venga de familia adinerada, aunque él no
sirva para nada, las mantenga y las preñe para así
asegurarse de no trabajar. Casi todas son estadistas, no
saben cocinar y tienen una empleada doméstica. Buscan
a sus hijos a la escuela conduciendo guaguas de marcas
europeas, aunque no las puedan pagar, porque es muy
importante comerle mierda a los demás padres. Se
visten de ropa de gimnasio aunque no hagan ejercicios
porque prefieren ir a Figurella, que cansarse. Odian a
Calle 13 y piensan que Sylvia Rexach es una actriz.
Compran carteras Gucci y creen que Boticelli es una
pasta. Hacen fiestas en la marquesina de sus casas para
vestirse porque es mas importante lo que llevas puesto
que tu presencia. No leen Cien años de soledad, pero
estan suscritas a Imagen. Hacen préstamos para que sus
hijas desfilen en el Caparra Country Club, pero no le dan
un centavo, ni le dedican tiempo a alguna organización
filantrópica. Para ellas, Versailles es un restaurante
cubano, no el palacio de María Antonieta. Aguantan
cuernos porque es mas importatne la vida de apariencia
a vivir pobres. Viajan a conciertos a Miami, van de
shopping a NYC, esquian en Colorado, pero jamás viajan
para aprender cultura o algo del mundo. Hacen de tripas
corazones para que sus hijas estudien en CPN o Maria
Reina y la graduación no es cuando la niña culmine
cuarto año, sino cuando de su cuello cuelgue una sortija
cuadrada con un león en el centro y la frase “fortes in
fide”.
¿Por qué estas son las peores putas? Porque estas
mujeres no se merecen lo que los hombres les dan. La
diferencia entre estas mujeres y un mantenido por el
gobierno es le tamaño de sus casas. No aportan nada a
la sociedad y lo peor de todo es que tampoco quieren
hacerlo. Por lo tanto, con esas mentalidades retrógradas
y la falta de un sentimiento de pertenecer a una
sociedad, no me sorprende que este país este tan jodido.
Recuerdo que me invitaron a una cena a casa de una
mujer de Torrimar de mi edad. No tenía muchas ganas de
ir, pero como Alfredo me arrastra a hacer networking a
cualquier lugar y quedaba demasiado cerca de mi
apartamento como para decir que no, accedí.
Me pongo unos mahones y unos flats, total, era lunes por
la noche. Alfredo no aprueba mi selección de ropa, él
tiene más experiencia que yo con estas mujeres, así que
me puse unos wedges, eso sí, rehusé maquillarme.
Cuando llego a la fiesta, todas las mujeres estaban
vestidas como si fueran para una entrevista de trabajo
en Vogue. Los hombres se pusieron a jugar XBox y las
mujeres se quedaron en la cocina hablando de CostCo.
Miro a Alfredo con cara de amargura y el me devuelve la
mirada vacía. La dueña de la casa me pregunta de la
nada que cuando me voy a casar y le contesto que no
siento la necesidad, que vivía con él hace años y la única
diferencia entre casarme y lo que tengo ahora es un
papel, que si casarme es tener una fiesta, puedo esperar.
Claro, estas mujeres no entienden eso, no las dejan vivir
solas antes de casarse y tampoco pueden pernoctar en
casa de sus parejas porque hay que aparentar que eres
una católica apostólica romana y no vives bajo el pecado
de la carne. Le digo que de mi parte tampoco me
convendria porque me pienso casar por capitulaciones.
Me dice que no importa, que ella estudió derecho y se dió
cuenta de la importancia del matrimonio. Le digo que mi
papá es abogado y si fuera importante casarme, ya me lo
hubiera dicho. Le pregunto hace cuanto se había casado,
me dice que hace menos de un año y abundó: “Yo no tuve
un compromiso así como que él me propuso matrimonio,
después de terminar derecho le dije a mi marido que ya
era hora de casarnos que me diera un año para
planificarla y la boda la pagó mi papá”.
Obviamente, el padre le pagó la boda, ya sabía que era
una típica Torrimareña y obviamente, el marido no le
propuso matrimonio, parte del plan es meterle a la mujer
por los ojos al hombre, además de que entre ellos, no hay
química, se nota a leguas. En cambio, yo seré ilusa, pero
espero que el día que Alfredo me proponga matrimonio,
se arrodille, llore como protagonista de novela de
Televisa, y me diga las razones por las cuales no puede
vivir sin mi. Le contesto que si mi papá fuera a gastar
dinero en una boda, preferiría que me lo diera para yo
inventirlo en mi negocio.
Que Alfredo y yo tenemos un contrato que, aunque no es
matrimonial, nos ata legalmente y que la única ventaja
que veo es poder compartir el seguro de salud con él
porque ahora mismo no tengo ninguno. Me dice: “Yo leí un
caso, en la escuela de derecho, de una mujer que el
marido estuvo en el hospital y no pudo tomar decisiones
por él porque no estaban casados”. Le digo que eso le
conviene a Alfredo porque yo creo en la eutanasia. La
chica se me queda mirando como Tyra Banks, sonriendo
con los ojos, sin decir nada, pienso que ella cree que la
eutanasia es una vitamina antioxidante recetada por un
naturópata. No me entiende y la verdad, yo tampoco a
ella. Saca el álbum de boda y me dice que no lo puedo
ver a menos que me lave las manos y tampoco podía
estar a seis pies de distancia si tenía un trago en la
mano. Alfredo le pregunta al marido si ella está hablando
en serio y él le dice que sí y ella añade: “si el álbum te
hubiera costado $3500, tú estarías igual que yo”.
Vamos a aclarar, no me quiero casar y mucho menos
quiero ver el album de boda de una persona que he visto
tres veces en mi vida y si ese album costó $3500,
además de que es una estafa, no le costó nada a ella,
porque ella es una simple recién graduada de derecho,
que se colgó en la reválida y el marido la mantiene. Y esa
mujercita se cree que puede darme consejos o tan
siquiera hacerme saber que lo que ella tiene es mejor
que lo que yo tengo. La gente tiene que entender de una
vez y por todas, que no todos queremos lo que ellos
quieren. A mí la felicidad me la trae mi independencia. Yo
no me acuesto con un hombre para que me mantenga, yo
me acuesto con un hombre porque quiero.
Las mejores putas
Efectivamente, esas son las mejores putas. Las mujeres
que se acuestan con los hombres porque quieren, porque
aman a su pareja sin querer nada de vuelta, excepto
respeto e igualdad. Las mejores putas son las mujeres
independientes que no necesitan de un hombre, tienen
uno porque las complementan. Las mejores putas son las
que se quieren a ellas mismas más de lo que jamás
amarán a un hombre.
Son mujeres que aman con la razón, no por conveniencia.
Si el marido les pega cuernos, lo dejan. Y esa es la clave,
las mejores putas son aquellas que sus parejas saben
que ellas no van a estar ahí siempre. Si su
comportamiento no es aceptable, si no son buenos
esposos, buenos padres, buenos proveedores, se quedan
solos. Digo proveedores, porque a ellas nos la mantiene
nadie, pero tampoco mantienen a nadie.
Si están en la casa ejerciendo su rol de madre es porque
lo desean, no porque las obligan. Son las mujeres que
hacen trabajar a los hombres por lo que ellos quieren.
Son las mujeres que usan la manipulación de Inception a
beneficio de él o de los dos, nunca a beneficio de ellas
solas. Son las mujeres que los hombres nunca llamarían
puta. [Lydia Aquino]
-Galleta.