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BV 4531 .H613 1883 Hodge, Charles.

El Camino de la vida

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EL

CAMINO DE LA VIDA.

POR

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CHARLES HODGE,

PROFESOR DEL SEMINARIO TEOLÓGICO DE PRINCETON,

NEW JERSEY, E. U. A.

TRADUCIDO AL ESPAÑOL POR EL

REV. J. MILTON GREENE, MÉXICO.

SOCIEDAD AMERICANA DE TRATADOS.

150 CALLE DE NASSAU, NUEVA YORK.

lúe Wayof Ll.e.

Digitized by the Internet Archive

in 2010 with funding from Princeton Theological Seminary Library

http://www.archive.org/details/elcaminodelavidaOOhodg

TABLA DE MATERIAS.

capitulo i;

LAS ESCRITURAS SON LA PALABRA DE DIOS.

Sección I.Evidencia interna del origen divino de las Escrituras

7

Sección II.La evidencia interna de su divino origen es

el fundamento propio de la fé en las Escrituras

.

19

Sección III.Evidencia externa del origen divino de

las Escrituras.

Testimonio de la Iglesia

.

.

Sección IV.Argumento derivado de las Profecías

CAPÍTULO II.

EL PECADO.

.26

.

31

Sección I.Todos los hombres son pecadores. La na-

turaleza del hombre desde su caida es depravada .

44

Sección II.Los pecados de los hombres son numero-

sos y graves

52

CAPÍTULO III.

CAUSAS DE LA INDIFERENCIA DEL HOMBRE AL

CARGO QUE SE LE HACE DE PECADOR.

Sección I.La falta de refleccion ; la lucha contra el Espíritu Santo

67

Sección II.Objecciones sofísticas en contra de la doc-

trina de la Biblia

CAPÍTULO IV.

72

LA CONVICCIÓN PERSONAL DE SER PECADOR.

Sección I.Conocimiento del pecado. Conciencia de

nuestra propia indignidad Sección II.Insuficiencia de nuestra propia justicia y de nuestra propia fuerza

90

105

4

CONTENIDAS.

CAPÍTULO V.

JUSTIFICACIÓN.

Sección I.Importancia de la doctrina.

Explicación de

los términos bíblicos relativos á ella. La justificación

no es por medio de las obras Sección II.Las demandas de la ley quedan satisfechas

con lo que Cristo ha hecho

116

130

Sección III.La justicia de Cristo es el verdadero fun-

damento de nuestra justificación. Efecto práctico de

la doctrina

.

.

CAPÍTULO VI.

LA FÉ.

Sección I.La es necesaria para la salvación.

turaleza de la salvadora

149

Na-

162

Sección II.La en cuanto á su relación con la justi-

ficación

CAPÍTULO VII. CAPÍTULO VIII.

ARREPENTIMIENTO.

.

176

.

.185

PROFESIÓN DE RELIGIÓN.

Sección I.Naturaleza y necesidad de una pública pro-

fesión de Religión Sección II.Bautismo y cena del Señor. Naturaleza,

207

designio y eficacia de estos sacramentos . Sección III.Obligación de recibir los santos sacramen-

.

.215

tos. Requisitos para llenar cumplidamente tal deber 233

CAPÍTULO IX.

SANTIDAD DE VIDA.

Sección I.Naturaleza de la verdadera Religión

.

. 245

...

.

PREFACIO DEL TRADUCTOR.

Al lanzar este libro al mundo que habla el Caste- llano, tengo la confianza de que será muy precioso para

muchas almas. Como resumen de las verdades evan-

gélicas esenciales, me parece la mejor obra que existe

en Ingles.

Que Dios la bendiga y la acepte como ins-

trumento para guiar á muchas almas por el Camino de

la vida. Quiero manifestar cuanto debo al Prof. Pedro

Aguirre, que ha revisado con mucho esmero mi tra-

ducción, y á mis disípulos para cuyo beneficio princi-

palmente emprendí el trabajo.

Se notará que el estilo

no es enteramente castizo, pero depende esto de que

en muchos pasajes se ha sacrificado la elegancia en el

decir á la sencillez y claridad, y de que el traductor es

poco versado en el Castellano, siendo esta una de las

primeras obras que ha traducido.

J. MILTON GREENE.

México, io de Mayo de 1883.

EL

CAMINO DE LA VIDA.

CAPITULO I.

LAS ESCRITURAS SON LA PALABRA DE DIOS.

SECCIÓN I.—Evidencia interna del orígen divino de

las Escrituras.

Frecuentemente sucede, que los que oyen el

Evangelio dudan si es realmente la palabra de Dios.

Han sido enseñados desde la infancia á tenerlo como

una revelación divina, y no conocen razón alguna de

suficiente peso para rechazarlo ; por consiguiente pres-

tan un asentimiento general á sus doctrinas.

Hay ve-

ces, no obstante, que con gran placer desearian abrigar

la convicción de que la Biblia no es una fábula astuta-

mente inventada.

Se imaginan que si les fuese evi-

dente su verdad, se someterian con gusto á todo lo que

el Evangelio prescribe.

Tales dudas no nacen de que

les falte evidencia respecto á la autoridad divina de la

Escritura, pues no sufririan un cambio si tal evidencia

se aumentase en ellos : se originan del estado mismo

del corazón.

La mas importante de todas las eviden-

cias del Cristianismo nunca puede apreciarse propia-

mente, si el corazón no es recto delante de Dios.

La

8

EL CAMINO DE LA VIDA.

misma manifestación de la verdad que produce firme convicción en un alma, deja á otra en estado de duda

y de incrudulidad ;

y la misma alma frecuentemente

pasa con rapidez, aunque racionalmente, del estado de escepticismo al de fé, sin cambiar en lo que atañe á la evidencia externa que se le haya podido presentar. Es imposible que la mera evidencia externa pro-

duzca genuina fé.

Los Israelitas que habian visto una

larga sucesión de milagros en el país de Egipto ; que

habian pasado por las aguas divididas del mar Rojo ;

que recibían por milagro su alimento de los cielos

que habian temblado á la vista de las manifestaciones de la magestad divina en el monte Sinaí ; todavía cer-

canos á aquel monte, hicieron un becerro de oro para

tenerlo por Dios.

Los hombres que vieron los mila-

gros de Cristo, obrados

casi todos los dias en su pre-

sencia, exclamaron, "

¡

Crucifícale ! Crucifícale !"

Por

eso nuestro Salvador dijo, que los que no oyen á Moi- sés y á los profetas, tampoco se persuadirían aunque

alguien resucitara de entre los muertos. Podemos con- cluir confiadamente, por tanto, que los que no creen ahora en el Evangelio, no se persuadirían aunque hu- bieran de presenciar todos los milagros que Cristo

obró.

Es importante

que la atención de los que dudan, se

dirija al hecho de que su carencia de fé debe atribuirse

á su propio estado moral, y no á defecto en la eviden-

cia de la verdad.

" Si nuestro Evangelio está encu-

bierto," dice el apóstol, "lo está para los que se han

perdido, á los cuales el dios de este mundo les ha ce-

gado el entendimiento para que no crean, y á fin de que

LA PALABRA DE DIOS.

9

no les ilumine la

luz evangélica de la gloria de Cristo,

que es la imagen de Dios."

En la doctrina aquí establecida no hay nada incom-

patible con nuestra experiencia diaria. Ninguna ver-

dad puede comprenderse con propiedad si el entendi- miento no se cultiva debidamente para entenderla.

Respecto de los objetos de gusto, si no se

tiene aptitud

para sentir la relación que hay entre ellos y el ideal de

belleza, no se puede haber aprecio alguno relativo á su

excelencia ; y es más claro esto respecto de la verdad

moral y religiosa, que requiere en el entendimiento

aptitud para su percepción.

Si nuestro sentido moral

se hubiera destruido completamente por el pecado, no

tendríamos ninguna percepción de las distinciones mo-

rales ; si está viciado, lo que es verdadero en sí mismo,

y verdadero á juicio de los de limpio corazón, no lo

será para nosotros. Un hombre que no tiene una apre-

ciación adecuada de la maldad del pecado, no puede

creer en la justicia de Dios. Si se despierta su con-

ciencia, se convence inmediatamente, sin necesidad de

recibir prueba alguna.

Nadie puede dejar de observar que la Biblia re-

quiere una inmediata é implícita de todos los que la

leen.

Puede estar abandonada en el escritorio del filó-

sofo ; ó en el pupitre del marino audaz ; ó puede en-

comendársele á un misionero todavía ignorante de la lengua de los paganos á quienes quiera ilustrar; mas

luego que se abre, en éstas ú otras circunstancias seme-

jantes, emite la misma tranquila voz : " El que cree en

el Hijo tiene vida eterna ; mas el que no cree en el Hijo no verá la vida, temiendo la ira de Dios suspen-

io

EL CAMINO DE LA l IDA.

dida sobre sí."

Si esta exhortación se limitase á los

doctos, supondríamos que descansaba en una eviden-

cia que solamente los doctos pueden apreciar; ó si

fuera hecha solamente á aquellos á quienes se ha pre- sentado la Escritura por ministros debidamente comi-

sionados para ello, supondríamos que descansaba en

la autoridad de estos mismos ; pero no tiene tal limita-

ción.

Es inseparable de la Palabra misma.

La Biblia

es tan imperativa cuando se lee por un niño á una reu- nión de paganos, como cuando se "proclama en una

catedral.

Pero si

esta petición de acompaña á la

palabra por donde quiera que vá, debe apoyarse en la

evidencia contenida en la palabra misma. La petición

de no puede extenderse más que la manifestación de

la evidencia.

Por tanto si no restringimos la obliga-

ción y los beneficios

de la

á los que son capaces de

apreciar la evidencia externa de la Biblia, debemos ad-

mitir que contiene en su propia evidencia.

Hacer el testimonio de otros, en cuanto á la verdad

del Cristianismo, el fundamento de la fé, es inadmisible

por dos razones obvias : en primer lugar, como se ha

dado á entender, no tiene la extensión suficiente.

La

obligación de creer comprende á multitudes á las cua-

les no se dirije dicho testimonio.

En segundo lugar,

es del todo inadecuado.

A la gran masa de la humani-

dad no puede exigírsele que crea, por el testimonio de

unos cuantos doctos, en una religión que debe ser la

norma de su conducta en este mundo y que tiene que

decidir de su destino en el otro.

Ademas, la gente

docta testifica en favor del Alcorán, del mismo modo que

otros lo hacen respecto de la Biblia.

De consiguiente

LA PALABRA DE DIOS.

1

no puede ser un fundamento idóneo de fé lo que puede

argiiirse tanto

en

apoyo del error como

de

la ver-

dad.

Pretender que el vulgo puede distinguir por-

que el testimonio de los cristianos doctos es fidedigno,

mientras que el de los Musulmanes doctos debe recha-

zarse, es exigírsele una empresa tan ardua como el exa-

men de las evidencias históricas del Cristianismo. No

hay, pues, medio de justificar la universal, inmediata y

autoritativa petición que la Biblia hace á nuestra fé, si

no es admitir que contiene en las pruebas de su di-

vino origen.

Tal vez no sea fácil, y acaso ni posible, hacer una adecuada exposición de la naturaleza de esta prueba á

los que profesan como

doctrina el no verla.

Sin em-

bargo, puede decirse lo bastante para manifestar que es

un fundamento racional é idóneo de implícita confianza.

Todas las obras llevan consigo el sello de su autor.

Aun entre los hombres, es difícil que uno plagie con

éxito lo que á otro pertenece.

¿ Debe entonces estra-

ñarse que las obras de Dios tengan la inimitable marca

de su autor ?

¿ No es pregonada acaso su gloria por

los cielos ?

¿La extructura de un insecto no evidencia

con la misma claridad una obra del Señor ?

¿ Porqué

pues habria de tenerse por increíble, que su palabra haya de contener en sí la evidencia de su divino orí-

gen ?

Si la Biblia es la palabra de Dios, debe llevar

impresa la marca de su carácter y debe por lo tanto hacer patente su divinidad.

Puede objetarse que no somos competentes para

juzgar acerca de esta evidencia. Si se requiere cultivar

tanto la inteligencia para formar un juicio sobre la exce-

  • 12 EL CAMINO DE LA VIDA.

lencia de las producciones humanas, y un conocimiente

tan exacto del

carácter de sus autores, para decidir

respecto á la originalidad de las mismas ¿ quién puede

pretender conocer á Dios de modo que esto lo ponga

en aptitud de juzgar lo que es, ó lo que no es digno de

su mano ?

Esta sería una objeción fatal, si la evidencia

interna de las Escrituras consistiese en su excelencia

intelectual.

Pierde su fuerza, sin embargo, cuando se

recuerda que esta excelencia es en gran parte moral, y

que la bondad lleva consigo su propia evidencia.

La

apreciación de una evidencia de esta clase no requiere

mejor refinamiento ó grado de comprensión ; requiere

simplemente rectos y morales sentimientos.

Donde

estos existen, la evidencia de que la bondad es bondad,

es inmediata é irresistible.

No creemos en la divinidad

de la Biblia porque esté escrita con sobrehumana des-

treza, ni porque su distinción de carácter ó su elocuencia sobrepuje los alcances del hombre. Estos son asuntos para los que la generalidad de los hombres, son jueces

incompetentes.

La evidencia de lo que se trata se halla

al alcance del hijo más humilde de Dios.

Es en parte

positiva y en parte negativa. Consiste en primer lugar,

en la ausencia de todo lo que es incompatible con un

origen divino.

No hay nada que pugne con la razón, ni

nada que pugne con la verdad. Si las Escrituras contu-

vieran algo contrario á la razón ó al recto sentimiento moral, creer en su divino origen sería una cosa imposi-

ble.

Tal creencia envolvería la acusación hecha á su

autor de torpeza ó de pecado. En esta evidencia nega-

tiva hay mas de lo que podemos imaginar.

No puede

argüirse en favor de ningún libro, excepto la Biblia, el

LA PALABRA DE DIOS.

13

derecho de un origen divino. Pues que un infranquea-

ble golfo se halla entre las Escrituras y todos los escri-

tos apócrifos.

Los derechos de estos últimos carecen

de fundamento bajo todos aspectos, por el hecho de

contener bases que no pueden ser verdaderas.

No obstante, la evidencia interna positiva de un orí-

gen divino es la que presta autoridad y poder á los de-

rechos de la Biblia.

Esta evidencia consiste principal-

mente en su perfecta santidad, y en la conformidad de

todos los principios que establece relativos á Dios, al hombre, á la redencioyi y d u?i estado futuro, con nues- tro recto juicio, miestra racional comprensión y nuestra experiencia personal. Cuando el entendimiento se ha

ilustrado de modo que pueda ver la santidad ; cuando

percibe con cuanta exactitud concuerda la regla del

deber prescrita en la palabra de Dios con la que nos

dicta la conciencia ; cuando nota la coincidencia que

existe entre la exposición que nos hace de la naturaleza

humana, y lo que la experiencia humana nos demues-

tra, notando á la vez cuan exactamente se pone en

nuestro paso ; cuando siente con cuanta eficacia obran

las verdades en ellas presentadas para purificar, conso-

lar y sostener al alma, la creencia de las Escrituras es

una consecuencia necesaria.

La idea de que tal libro

es una mentira y un enredo envuelve una contradic-

ción.

La inteligencia humana está constituida de tal

modo, que no puede rehusar su asentimiento á la evi-

dencia, cuando la percibe con claridad.

No podemos

retirar nuestra confianza á un hombre cuya excelencia

moral está clara y constantemente manifestada.

No

podemos ver y sentir su bondad, y sin embargo tenerle

  • 14 EL CAMINO DE LA VIDA.

por embustero ó impostor. De igual manera, no pode-

mos ver la excelencia de las Escrituras y sin

embargo

tenerla por una enorma falsedad.

La Biblia pretende

ser la palabra de Dios ; habla en su nombre y asume

su autoridad.

¿Cómo pueden ser éstas pretensiones

falsas y no obstante ser tan santa la Biblia ?

¿ Cómo

puede la falsedad ser elemento de una excelencia per-

fecta?

El solo medio de retirar nuestra confianza al

testimonio competente de un hombre, es mostrar que

este carece de bondad.

Si admitimos que la posee no

podemos negar confianza á su palabra, especialmente

si todo lo que dice se halla confirmado por nuestra

propia

experiencia, y se recomienda á nuestra con-

ciencia y á nuestro juicio.

Así también es imposible

que discernamos la excelencia de las Escrituras, y sin-

tamos la correspondencia que tiene con nuestra expe-

riencia y nuestras necesidades, y supongamos, á pesar de eso que no son verdaderas.

Cuando la Samaritana refirió á sus paisanos que Je-

sús le habia dicho todo lo que ella habia hecho, muchos

de ellos creyeron.

Pero después que hubieron escu-

chado sus instrucciones, dijeron á la mujer:

"ahora

creemos, no por tu dicho, sino porque le hemos oido

nosotros mismos, y conocemos que este es en verdad el

Cristo, el Salvador del mundo."

Juan 2: 42.

Ningún

cristiano puede sorprenderse de esta declaración, ni

creer que la fé en Cristo esté fundada en lo que El dijo,

ya fuese irracional ó entusiasmadamente.

Debemos

creer así mismo, que hubo una manifestación tan inefa- ble de bondad en el aspecto del Redentor, en su porte

y en sus doctrinas, que inspiraban una confianza suma.

LA PALABRA DE DIOS.

15

Los que estaban justamente afectados, no podían menos

que creer todo lo que El dijo, á saber, que era el Cristo

que vino á buscar y á salvar á los extraviados ; á em-

plear su vida en el cuidado de sus ovejas, y á darla como

rescate de muchas.

¿ Podemos dudar que la bondad

del Salvador, la elevación, santidad y poder de sus ins- trucciones, su correspondencia con nuestra propia na- turaleza, con nuestra experiencia y nuestras necesida-

des no formen por sí mismas una base del todo fide- digna ? Todo esto lo tenemos ; lo tiene todo aquel que lee la Biblia. Allí el Salvador ostenta una magestad de

excelencia singular.

Profiere en todos los oidos pala-

bras de vida eterna; declara su origen, su misión, el

designio de su advenimiento y muerte ; ofrece perdón

y vida eterna á los que se dirigen á Dios por su con-

ducto.

Reina el mas perfecto acuerdo entre sus pre-

tensiones y su conducta, entre sus doctrinas y lo que

sabemos y necesitamos.

Para no creerle es necesario

tenerle como embustero ; y para conceptuarlo así, es

necesario no creer en nuestras propias percepciones ;

porque sabemos lo que se entiende por bondad, y sabe- mos que ni la bondad puede engañar, ni Dios puede

mentir.

No existe casi diferencia alguna, por lo que toca á

la fuerza de esta clase de evidencia, entre que nosotros

personalmente hubiéramos visto y oido al Salvador, ó

que leamos la manifestación de su carácter y el recuerdo de sus instrucciones, porque la evidencia se apoya en su bondad y en la naturaleza de sus doctrinas. Lo mismo

que nos pasa á los que leemos la Biblia, debe haberles

pasado á los que oyeron al Salvador.

Por tanto al re-

1

EL CAMINO DE LA VIDA.

chazarla, hacemos á nuestro deber y á nuestra razón una

violencia

igual á la que les hicieron sufrir los que no

creyeron porque no eran miembros de su rebaño, esto

es, porque eran insensibles á la obligatoria influencia de

la gracia y de la verdad que dimanaban de El.

Pre-

gunta pues alguno : " cómo podemos saber que la Biblia

no es un embuste?" Hágasele considerar lo que tal pre-

sunción envuelve en sí.

Ella supone en efecto, ó que

los escritores de la Biblia fueron unos necios, creencia

semejante á la de que Newton fué un idiota, ó que fue- ron unos malvados, cosa que nadie que sepa lo que es

bondad, podrá admitir. Por consiguiente, por donde

quiera que la Biblia vá, lleva consigo la evidencia que es irresistible (cuando se le atiende y se le aprecia) de que sus autores no fueron ni embaucadores ni embusteros. Puede presentarse la objeción de que si la Biblia contiene tan clara evidencia de su divino origen, ¿ por-

que hay tantos incrédulos?

A esto se puede contestar

que hay dos cosas necesarias para que la evidencia pro- duzca convicción. La primera es, que se le atienda,

pues de otro modo sería como si no

existiese.

De los

muchos millones de personas afiliadas en el Cristianismo,

hay comparativamente pocas que prestan á la Escritura

una seria atención.

El que tales personas carezcan de

fé efectiva, no debe sorprender más, que el que ignoren

lo que nunca han aprendido.

El segundo requisito

para la percepción de la evidencia, es que esta se com-

prenda, ó realmente se perciba.

Si la evidencia se

dirige al entendimiento, debe haber en el alma fuerza

suficiente para comprender su naturaleza y condición

si se dirige á la facultad moral, debe haber sensibilidad

LA PALABRA DE DIOS.

17

moral para apreciarla, ó sucederá lo que con la luz que

hiere los ojos de un ciego.

La evidencia interna de la

Escritura pertenece en gran parte á esta última especie.

Consiste en su perfecta santidad.

Los hombres, á me-

dida que se corrompen, se ciegan para esta clase de

evidencia.

Puede existir en toda su fuerza y ser estos

insensibles á ella. Otra parte de esta evidencia consiste

en el acuerdo que se halla entre la Escritura y la expe-

riencia religiosa del

hombre.

Los que no han adqui-

rido esta, no pueden recibir aquella. Puede darse ade-

mas, por razón de esta evidencia, el poder de Dios para

vencer el pecado, para purificar los afectos y para difun-

dir en el corazón la paz y la alegría.

Los que nunca

han tenido este poder no pueden apreciar esta especie

de prueba.

Por tanto, el hecho de que una porción tan

grande de la humanidad no tenga adecuada en la

Escritura, no produce presunción en contra de la exis-

tencia de su evidencia suficiente.

Este hecho está en

perfecta consonancia con lo que la Biblia enseña, res-

pecto del estado moral del hombre.

Otra objeción puede hacerse al fundamento de la

antes expuesto, y es, que conduce al entusiasmo y des-

truye la distinción entre la religión falsa y la verdadera.

Se dice que todos los entusiastas creen ver una exce- lencia admirable en la pretendida revelación á que se adhieren. Queda desvanecida con solo preguntar si el

hombre afecto á las letras tiene menos en los bellos modelos de poesía, tan solo porque un insulso coplero

haya llegado á tener quien lo admirase.

Que el sen-

sual, egoísta y cruel carácter de Mahoma parezca bueno

en el concepto de un Turco, no prueba que este sea un

iS

EL

CAMINO DE LA VIDA.

entusiasta, como los que se inclinan con reverencia ante

la suprema excelencia de Jesu-Cristo. Que el mundo pagano viese la evidencia de que sus dioses existían en

los cielos y en el curso de la naturaleza, no significa

que sea como uno de los entusiastas que reconoce en

las obras de Dios las manifestaciones de poder infinito,

de sabiduría y de bondad.

Es más irracional aún pre-

sumir que no debemos sentir la fuerza de la verdad y

de la excelencia, tan solo porque otros hayan atribuido

estas cualidades al error y al vicio.

No está de acuerdo

con la condición de nuestra naturaleza, que un indi-

viduo deba dejar de conocer si una cosa es buena ó

verdadera, solo porque otros no la conocen.

La evi-

dencia es completa para él, aun cuando todo el mundo

la rechace.