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Algunos cristianos corintios han criticado a Pablo, porque en él no han encontrado elocuencia, ni sabiduría, ni la

presencia carismática que ellos aprecian. Este problema se puede ver a lo largo de Corintios Primero y Segundo.
a. Acerca del ser un servidor y ser juzgado
Cap. 4:1–5
Esto también trae a primer plano varios otros elementos de antes: que la predicación de él no es con la sabiduría de
logos (1:17);
la tensión en torno de su presencia en medio de ellos en debilidad (2:3);
la naturaleza de su anterior predicación como «leche» para «niños» (3:2);
la insistencia en que él estuvo entre ellos como un arquitecto «sabio» (3:10).
Casi con toda seguridad ellos lo han estado juzgando a él precisamente por estas cosas, y con ello han reflejado su
nuevo modo de entender la espiritualidad y han despreciado la teología de la cruz que Pablo sostenía.
La primera palabra, hypēretas («servidores [de Cristo]»), 6 es un término más general, pero suele referirse a alguien
que tiene el deber de administrar los asuntos de otro. Que ésta era la intención de Pablo queda verificado por la
segunda palabra, oikonomos, que denota a un «mayordomo» (con frecuencia un esclavo) a quien se le ha «confiado»
la administración de una casa.

De manera que «los misterios de Dios» significa la revelación del evangelio, conocida ahora por medio del Espíritu y
confiada especialmente a los apóstoles para ser proclamada por ellos.

Lo que Dios requiere de sus servidores no es la elocuencia, ni la sabiduría (ni la «iniciativa», ni el «éxito», que son
nuestros requisitos más normales), sino la fidelidad con lo que se les ha confiado. Para Pablo esto significa absoluta
fidelidad al evangelio tal como él lo había recibido y lo predicaba.

Sus evaluaciones personales de su propio rendimiento no tienen importancia; lo que cuenta es lo que piense su amo.

«En lo referente a mi mayordomía, tengo la conciencia limpia. ¿Y eso qué? Eso no quiere decir que ya por eso quede
yo realmente vindicado, o declarado inocente.»

Pablo no quiere decir que ellos no han de hacer juicio alguno. En 5:12, en el contexto de una flagrante inmoralidad en
medio de ellos, se les manda que «juzguen a los de adentro», y en 6:5 se espera que ellos puedan juzgar las disputas
entre hermanos dentro de la comunidad. Más bien, la clase de «juicios» que deben cesar son aquellos que están
haciendo ahora acerca de Pablo y su ministerio, juicios que reflejan su carencia de verdadera perspectiva escatológica.
Tales juicios se están haciendo «antes del tiempo designado», 30 cuando 31 el Señor, el «amo de la casa», vendrá en
persona y comunicará el veredicto: «Entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios.» De modo que los juicios de ellos
carecen de importancia, porque sólo el Señor puede juzgar a sus propios servidores (v. 4b), y también porque lo único
que cuenta es el juicio escatológico final.
Al mismo tiempo, puesto que expande la aplicación a «cada uno» (también sirve de invitación a los corintios para
que «limpien su expediente».

La aplicación de este párrafo a la iglesia de nuestros días parece evidente por sí misma. Por un lado, es una palabra
para aquellos en la iglesia que continuamente están «investigando» a sus ministros, y que en todo caso tienden a
hacerlo sobre bases falsas. Corinto no es la única iglesia en la historia que alguna vez se desilusionó con su ministro
porque éste parecía de suficientes cualidades «carismáticas». Pero la palabra que Dios nos dirige es que lo que él
exige de sus servidores es fidelidad, no éxito. Por otro lado, aunque esa no era la intención de Pablo, por implicación
es también una palabra para aquellos que predican y enseñan, para que se reconozcan a sí mismos como
«fideicomisarios». Su «fidelidad» va a ser juzgada en última instancia por el Señor mismo, sobre el criterio de si han
sido fieles al fideicomiso en sí, el evangelio. En esa hora no contará para nada ninguna de nuestras autoevaluaciones
en cuanto a lo que valemos en el reino; lo único que contará es nuestra fidelidad al evangelio mismo.
b. Los distintivos del verdadero apostolado
Cap. 4:6–13

el orgullo de ellos (vv. 6–8, 10) y las debilidades de él (vv. 9, 11–13).


consiste en instarlos a que lo «imiten», es decir, a que sigan su «modo de vivir en Cristo Jesús». Para Pablo, como
hemos visto, el ser un servidor significa ser servidor de Cristo Jesús. Significa seguir el camino de la cruz. Como lo ha
dicho cierto poeta: «Tal es el sendero que el amo recorrió; ¿no ha de recorrerlo también el servidor?»

Ellos han estado «jactándose en los hombres», y esto los ha metido en contiendas y pleitos.

Hay dos opciones básicas: (1) La mayoría de los intérpretes, ateniéndose al verbo gegraptai, que a lo largo de todas las
cartas de Pablo se refiere a las citas de la Escritura, piensan que el dicho significa algo así como «vivir conforme a la
Escritura». 18 Esta opción resulta atractiva, pero lo deja a uno con la dificultad de decidir a qué se refiere eso de
«escritura» o «lo que está escrito»: ¿a los textos citados específicamente en los caps. 1 y 3? ¿O al AT en un sentido
general pero vago? De estas dos opciones hay que preferir la primera, pero aún así no resulta claro cómo los corintios
habrían podido entender los textos citados como algo de lo cual no debían «pasar más allá». (2) La segunda opción
considera el dicho como un proverbio popular, conocido tanto por Pablo como por los corintios, y que significaba algo
así como «Apegarse al reglamento» (cf. NBE: «No saltarse el reglamento»). Esto también es atractivo; pero una vez
más, no resulta seguro qué habría significado el proverbio en este contexto. Probablemente, algo como: «La forma en
que ustedes están tratándome a mí en contraposición a Apolos es no atenerse a las reglas del juego, por decirlo así».
De estas soluciones resulta más plausible la que considera que Pablo está refiriéndose a textos bíblicos previamente
citados. Si es así, entonces la primera cláusula de finalidad estaría refiriéndose de nuevo a la cuestión de la sabiduría
y la jactancia, diciéndoles que deben «vivir según la Escritura» y no jactarse ilegítimamente (1:29, 31), ni dejarse
seducir por los «sabios» a quienes Dios ha atrapado.

Podrían hacerse dos observaciones: (1) Necesitamos adquirir mayor conciencia del lado corintio de este texto, de lo
que tendemos a tener. Es decir, tratamos desesperadamente de identificarnos con Pablo, cuando en realidad
probablemente nos parecemos mucho más a los corintios de lo que cualquiera de nosotros se atrevería a reconocer.
Somos ricos, estamos saciados, etc.; y con demasiada frecuencia eso nos hace ciegos a nuestras necesidades
desesperadas. Como señala Barrett (p. 113), entre la visión del ministerio que tenía Pablo y la que tenían los corintios
«cabe muy poca duda de cuál de esas concepciones ... corresponde más cercanamente al mandato del Señor (p.ej.,
Marcos 8:34s.).» (2) Quizás, si de veras fuéramos más como nuestro Señor, y con más frecuencia nos plantáramos en
oposición al sistema establecido con su sabiduría mundana, y más a menudo nos colocáramos a favor de la justicia,
también nosotros sabríamos más de lo que significa ser escoria a los ojos de la gente «hermosa» y «poderosa» del
mundo. En cualquier caso, tenemos gran necesidad de recuperar la perspectiva escatológica de Pablo para que ni la
riqueza ni la escasez nos tiranice.

Ruego y exhortación

Cap. 4:14–21

La imagen del padre y los hijos contiene todos los ingredientes necesarios. Lleva adelante el importante motivo de que
él fundó la iglesia.

Los miembros de sus iglesias son sus «hijos» porque se han convertido gracias a él y, puesto que son hijos suyos en
este sentido, él puede exhortarlos y alentarlos, o regañarlos, o rogarles como aquí.
Escatología es el conjunto de creencias religiosas sobre las realidades últimas.