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STUDIA ROMANICA ET LINGUISTICA

Marta Fernández Alcaide / Elena Leal Abad / Álvaro S. Octavio de Toledo y Huerta (eds.)

En la estela del Quijote

Cambio lingüístico, normas y tradiciones discursivas en el siglo XVII sfpiohwropih

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estela del Quijote Cambio lingüístico, normas y tradiciones discursivas en el siglo XVII sfpiohwropih cvxcvxcvxc SRL

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En la estela del Quijote

STUDIA ROMANICA ET LINGUISTICA

condita a Peter Wunderli et Hans-Martin Gauger curant Daniel Jacob, Thomas Krefeld, Elmar Schafroth et Edeltraud Werner

SRL 47

a Peter Wunderli et Hans-Martin Gauger curant Daniel Jacob, Thomas Krefeld, Elmar Schafroth et Edeltraud Werner

Marta Fernández Alcaide / Elena Leal Abad / Álvaro S. Octavio de Toledo y Huerta (eds.)

En la estela del Quijote

Cambio lingüístico, normas y tradiciones discursivas en el siglo XVII

de Toledo y Huerta (eds.) En la estela del Quijote Cambio lingüístico, normas y tradiciones discursivas

Bibliografische Information der Deutschen Nationalbibliothek Die Deutsche Nationalbibliothek verzeichnet diese Publikation

in der Deutschen Nationalbibliografie; detaillierte bibliografische

Daten sind im Internet über http://dnb.d-nb.de abrufbar.

Library of Congress Cataloging-in-Publication Data Names: Fernández Alcaide, Marta, editor. | Leal Abad, Elena, editor. | Octavio de Toledo, Álvaro S., editor.

Title: En la estela del Quijote : cambio lingüístico, normas y tradiciones discursivas en

el

siglo XVII / Marta Fernández Alcaide, Elena Leal Abad, Álvaro S. Octavio de Toledo

y

Huerta (eds.).

Description: New York : Peter Lang, 2016. | Series: Studia romanica et linguistica ; 47 Identifiers: LCCN 2016032922 | ISBN 9783631673157 Subjects: LCSH: Spanish language—Classical period, 1500-1700—Variation. |

Cervantes Saavedra, Miguel de, 1547-1616—Language. | Cervantes Saavedra, Miguel de, 1547-1616. Don Quixote. Classification: LCC PC4074.7 .E85 2016 | DDC 467—dc23 LC record available at https://lccn.loc.gov/2016032922

Este libro ha contado con la financiación de la Universidad de Sevilla (Proyecto “Tradiciones Discursivas, Tradiciones Idiomáticas y Unidades de Análisis del Discurso en la Historia del Español Moderno” FFI2014-51826-P del grupo de investigación “El español hablado en Andalucía”) y de la Universidad de Múnich (LMU München).

ISSN 0170-9216 ISBN 978-3-631-67315-7 (Print) E-ISBN 978-3-653-06584-8 (E-PDF) E-ISBN 978-3-631-69519-7 (EPUB) E-ISBN 978-3-631-69520-3 (MOBI) DOI 10.3726/978-3-653-06584-8

© Peter Lang GmbH Internationaler Verlag der Wissenschaften Frankfurt am Main 2016 Alle Rechte vorbehalten. Peter Lang Edition ist ein Imprint der Peter Lang GmbH. Peter Lang – Frankfurt am Main · Bern · Bruxelles · New York · Oxford · Warszawa · Wien Das Werk einschließlich aller seiner Teile ist urheberrechtlich geschützt. Jede Verwertung außerhalb der engen Grenzen des Urheberrechtsgesetzes ist ohne Zustimmung des Verlages unzulässig und strafbar. Das gilt insbesondere für Vervielfältigungen, Übersetzungen, Mikroverfilmungen und die Einspeicherung und Verarbeitung in elektronischen Systemen.

Diese Publikation wurde begutachtet.

www.peterlang.com

A Wulf Oesterreicher, que quiso pero ya no pudo participar en este libro, por su amistad incondicional, por el legado de su magisterio, por el recuerdo imborrable de su desbordante humanidad.

Índice

Marta Fernández Alcaide, Elena Leal Abad y Álvaro S. Octavio de Toledo y Huerta El mal considerado siglo nuestro: problemas poco atendidos y fenómenos poco explorados en el español del siglo XVII

9

Belén Almeida Cabrejas y Delfina Vázquez Balonga La lengua de los documentos notariales en la literatura del siglo XVII:

recreaciones, ecos e influencias

45

Pedro Álvarez de Miranda Sobre las fuentes no literarias del Diccionario de autoridades, con especial atención a la “Pragmática de tasas” de 1680

63

Rafael Cano Aguilar Nuevos textos, nuevos discursos en la época de Cervantes

85

Soledad Chávez Fajardo ¿Codificaciones como crisoles del setecientos? El caso de un diccionario mixto y precientífico para dar cuenta del léxico áureo

107

Florencio del Barrio de la Rosa Hacia un “mapa variacional” de documentos no literarios de los Siglos de Oro (1581–1620)

133

Santiago del Rey Quesada El diálogo erasmiano en el siglo XVII: la traducción del Charon por Juan de Aguilar Villaquirán. Algunas calas en la expresión de las relaciones inter- y extraoracionales

163

María Cristina Egido América vs. España: contrastes gramaticales y léxicos en documentación del siglo XVII

189

José Luis Girón Alconchel La segmentación lingüística del discurso en la prosa de la segunda mitad del siglo XVII

215

8

Índice

José J. Gómez Asencio De la literatura a la Gramática:

El recibimiento de Cervantes en los libros de gramática (1611–1917)

233

Josefa Gómez de Enterría y Manuel Martí Sánchez “Rasgos discursivos en dos momentos de la medicina dieciochesca”

281

Sebastian Greuβlich Antonio de Solís y Rivadeneyra y su Historia de la conquista de México (1684): Transformaciones discursivas en la Crónica Mayor de Indias entre lengua y discurso

299

Francisco Javier Herrero Ruiz de Loizaga Lo mismo que te quiero te quisiera”. Formación de la locución comparativa lo mismo que en el español clásico

327

Elena Leal Abad Marta Fernández Alcaide La expresión de la ponderación en documentos no literarios: tratamiento discursivo de la enfermedad en las relaciones de sucesos del siglo XVII catalogadas en el Fondo antiguo de la Universidad de Sevilla

351

José R. Morala Fuentes manuscritas del siglo XVII e Historia de la Lengua

373

Resúmenes y palabras claves

389

Marta Fernández Alcaide, Elena Leal Abad y Álvaro S. Octavio de Toledo y Huerta

El mal considerado siglo nuestro: problemas poco atendidos y fenómenos poco explorados en el español del siglo XVII

La cita que da título a esta introducción procede del libro VI de La Galatea, donde figura, en boca del anciano sabio Telesio, justo a continuación del famoso “Canto de Calíope”. Forma parte del lamento por el desprecio que príncipes y vulgo hacen de la poesía en España, sin duda “porque no merece el mundo ni el mal considera- do siglo nuestro gozar de manjares al alma tan gustosos”. Naturalmente, Cervantes escribe aquí siglo por ‘tiempo, época’, no por ‘centuria’, y mal considerado vale ‘des- considerado, ingrato’, con sentido activo. Hacemos, pues, abuso (esperamos que no enteramente intolerable) del sintagma cervantino, jugando del vocablo, para referirnos en lo que sigue a un siglo de cien años, el XVII, que se nos antoja mal considerado en su lectura pasiva, esto es, ‘insuficientemente atendido’ desde un punto de vista lingüístico aún a día de hoy. El presente volumen aspira a colmar algunas de las lagunas teóricas y descriptivas que afectan a la consideración de dicho lapso temporal como objeto (potencial) de la historia de la lengua: tal es la tarea propuesta a los autores, todos ellos participantes en la sección congresual que, con el mismo título de este volumen, tuvimos el placer de coordinar durante el XX Congreso de la Asociación Alemana de Hispanistas (Heidelberg, 18–22 de marzo de 2015). Dada la palmaria maestría de sus aportaciones, a los edito- res nos corresponderá apenas, en esta introducción, dar cuenta de los motivos que, sobre el trasfondo del actual panorama de estudios acerca de la lengua del Seiscientos, nos incitaron a convocar aquella sección y a promover este libro. Un primer apartado esbozará (de modo necesariamente muy esquemático) algunos dilemas generales que plantea el periodo considerado; en una segunda parte nos acercaremos a los asuntos particulares suscitados en los trabajos aquí reunidos; terminaremos, claro está, con los oportunos agradecimientos, por no hacernos mal considerados en el prístino sentido cervantino.

1. El siglo hendido (Álvaro S. Octavio de Toledo y Huerta)

Según acabamos de decir, nos interesa aquí la noción de siglo como periodo conven- cional de diez décadas que transcurre, en este caso, de 1601 a 1700. Probablemente,

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Fernández Alcaide, Leal Abad, Octavio de Toledo

sin embargo, nuestra tarea (y la de los autores) hubiera sido más sencilla de haber adoptado la noción del pasaje cervantino. En efecto, no resulta fácil decidir cuál sería el siglo del mismo Cervantes en el primer sentido (¿el XVI?, ¿el XVII?), mientras que se hace sencillísimo, en cambio, asignarle una época histórica a caballo entre ambas centurias: el siglo de Cervantes en el segundo sentido es, sin duda, el Siglo de Oro, en cuyo centro nocional (y, con frecuencia, cronológico) cabe situar justa- mente la obra del alcalaíno, con independencia de los criterios que se empleen para definirlo y los límites precisos que se sugieran para acotarlo temporalmente. Claro está que el Siglo de Oro no es una realidad preexistente, sino un constructo de la historiografía, en particular de la literaria; 1 constructo cambiante, puesto que ha ido modulándose para incluir a la mayoría de los autores canónicos del siglo XVII español, hasta Gracián y el último Calderón, 2 pero de tal ascendiente sobre la historia

1

Es

cosa muy sabida que el concepto se acuna entre los ilustrados españoles de me-

diados del XVIII para irse asentando en el XIX y recibir su espaldarazo definitivo en

las

primeras décadas del XX, si bien no ha carecido de rechazos posteriores (cf. Rozas

1984 [1976], Abad 1986, Díez de Revenga 1995, Lopez 1995, Blecua 2004, Álvarez de Miranda 2006). Como señala López Bueno (2004: 64), el concepto es en origen no solo

estético, sino –con carácter más amplio– cultural, cuando no netamente ideológico:

“[n]o es necesario decir que una historia literaria nunca surge de una forma natural

ni

espontánea, y que por lo mismo nunca nace desprovista de intereses y prejuicios,

sean de signo político o estético. Los hombres del XVIII, con sus miras nacionalistas

y

antibarrocas, privilegiaron un pasado que se atuviera a ambos condicionantes, y ese

resultó ser el siglo XVI y las derivaciones, llamémoslas «clásicas», del XVII. Sobre ese

pasado se proyectaron expectativas modélicas y llamadas constantes a la imitación

para restaurar un perdido Siglo de Oro. […] Claro está que el concepto de Siglo de Oro

iba

más allá de empeños culturales y tenía claras miras políticas y nacionalistas […],

pero será en la historia literaria donde tenga un decidido arraigo”. Cf. también, en este sentido, Lara (2010).

2

En

la reflexión metaliteraria del XVIII,“[e]l límite posterior del Siglo de Oro era con-

fuso y movible” (Álvarez de Miranda 2006: 125), si bien en general ya se extendía hasta

el primer cuarto del Seiscientos, al menos, y con frecuencia hasta la muerte de Felipe

IV (1665). Las “postrimerías de Calderón”, según el término de Menéndez Pidal (1991,

2005), amplían la cronología máxima del periodo hasta 1681, año de la muerte del

dramaturgo, si bien la producción calderoniana es escasa a partir de 1670 (aunque es entonces cuando escribe su obra cumbre, La vida es sueño, de 1673). Conviene adver-

tir, no obstante, que Pidal, a diferencia de Vossler o Pfandl, rechaza aunar el Barroco

con las corrientes estéticas anteriores bajo la idea de un impulso uniforme: para él, el Seiscientos se hermana más bien con el Cuatrocientos en su deliberada “oscuridad”, frente a la “naturalidad” y “llaneza” propias del siglo XVI, en una especie de movimiento pendular (Menéndez Pidal 2005 [1939]: 70–71). Así, si la Blütezeit literaria puede ex- tenderse hasta la séptima década del XVII (pues al periodo posterior, 1680–1713, que

El mal considerado siglo nuestro

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de la lengua que motiva, en Menéndez Pidal, el fracaso más evidente de su método habitual de emparejamiento de las tendencias evolutivas generales (es decir, “lo común, lo colectivo, las tradiciones que conforman la historia idiomática general”, en formulación de Cano 2005a: 51) con las manifestaciones literarias de cualquier periodo dado, pues la conciencia de que en el XVII, por vez primera, “[s]e olvida toda norma local del lenguaje para sustituirla por una norma literaria de grandes individuaciones estilísticas” (Menéndez Pidal 1933: 63) convierte su exposición del Seiscientos en“un estudio de sus grandes autores, de sus creaciones lingüísticas y de sus seguidores: un capítulo, pues, de historia puramente literaria”, a la que en vano se trata de hacer corresponder la emergencia de un “habla común cortesana”, pues para caracterizarla “en ningún momento sale Pidal del círculo cerrado de la lengua literaria” (Cano 2005a: 50–51). Así, aunque tanto Pidal como ‒en su estela‒ Lapesa perciben (y operan) en general con nitidez la diferencia entre la lengua literaria y la lengua historiable, mucho más amplia y compleja que aquella, 3 esa distinción se diluye, en el caso del siglo XVII, bajo el efecto disolvente del prestigio escritural de los grandes estilos individuales. Las consecuencias que esta metonimia historiográfica, por la que el conjunto de la lengua de buena parte del Seiscientos (la primera mitad o incluso los dos primeros tercios) queda suplantada por una pequeña porción de la producción libresca que se toma por representativa de las principales corrientes de estilo, ha tenido sobre la elaboración de la historia lingüística de este tiempo (esto es, sobre el estudio de los fenómenos lingüísticos particulares) se dejan sentir hasta nuestros días. Si se consultan, por ejemplo, las fuentes de los siglos XVI y XVII empleadas en los trabajos que integran la sección de morfología y sintaxis histó- ricas de las actas de los siete primeros congresos (1988–2008) de la Asociación de Historia de la Lengua Española, cuya relación desglosada por clases textuales y

no llegó a historiar, Pidal había pensado llamarlo “El marasmo”: cf. Catalán 2005: 348), sus características son, en el pensamiento pidaliano, sustancialmente distintas a partir del “periodo de Cervantes y Lope de Vega” (1585–1617), que concibe como bisagra, pues “ya este nuevo periodo se entra por el siglo de Góngora y Quevedo”, en que “al español […] le empieza a faltar la ilimitada, la tranquila confianza en sí, que incita a producirse con sencillez” (Menéndez Pidal 1933: 63).

3 “A Menéndez Pidal lo que realmente le atraía eran las relaciones entre lengua y cultura, y la consideración de la historia lingüística como un proceso en el que confluyen co- rrientes históricas […] que emanan del conjunto social, de la comunidad” (Cano 2005a:

47), postura que deja, como era de esperar, claro poso en Lapesa, en cuya Historia de la lengua “la vinculación entre historia lingüística e historia literaria, hasta el punto de considerar la primera como una mera Estilística histórica, no llegó a producirse” (Cano 2009: 493).Cf. también Arenas (2007).

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Fernández Alcaide, Leal Abad, Octavio de Toledo

autores u obras figura a continuación, 4 se aprecia con claridad un contraste entre ambas centurias que no puede ser casual: las obras del Quinientos, para empezar, se emplean con frecuencia significativamente mayor (157 menciones, en torno a un 45% más que las 107 del siglo siguiente); pero, sobre todo, el número de auto- res diferentes mencionados es el doble para el siglo XVI que para el XVII, lo que implica que este no solo se estudia bastante menos, sino a partir de una nómina de fuentes mucho más limitada. 5 Y esa nómina es marcadamente canónica: apenas dos autores, Cervantes y Quevedo (cuyas obras en prosa se emplean con tal fre- cuencia que hemos juzgado oportuno listarlas por separado), acumulan la mitad (45/91) de las menciones de obras del Seiscientos en esta muestra, proporción que aumenta hasta el 70% (65/91) si se les añade otro puñado de autores de gran prestigio (Mateo Alemán, Lope de Vega, Gracián y Calderón). 6 Inevitablemente, esta selección provoca un peso notablemente mayor de la literatura de ficción (28/46 textos, un 61%, frente a 26/67 o un mero 39% en el siglo XVI), mientras desaparecen por entero categorías de prosa argumentativa y expositiva como la tratadística de asunto no religioso o las obras técnicas.

A) Siglo XVI (48 autores, 157 menciones)

Comedia humanística y literatura celestinesca (6): Feliciano de Silva, Segunda Celestina; Gómez de Toledo, Tercera Celestina; Comedia Serafina; Comedia Ypólita; Comedia Thebaida; Delicado, Lozana [11]. Diálogos (5): J. de Valdés, Diálogo de la lengua [9]; A. de Valdés, Mercurio y Carón [4]; Viaje de Turquía [3]; Damasio de Frías, Diálogo en alabanza de Valladolid; Mexía, Coloquios. Otros géneros literarios (7): Lazarillo [19]; Timoneda: Patrañuelo [3] / Sobremesa; Monte- mayor, Diana [2] / concordancias; Gil Polo, Diana enamorada; Núñez de Reinoso, Clareo y Florisea; Ortúñez de Calahorra, El caballero del Febo.

4 Entre paréntesis, el número de textos (obras individuales, conjuntos de obras o con- juntos documentales) englobados en cada clase textual; entre corchetes, el número de menciones –si son más de una– de cada texto particular.

5 Basta advertir la proporción entre el número de menciones y el de autores para cada siglo, que es de 2.75 para el XVII (132/48) y asciende, en cambio, hasta 3.8 para el XVI (91/24): ello significa que el peso específico de cada autor particular en el conjunto de datos empleados para la caracterización lingüística es notablemente mayor en este último siglo.

6 Es más esporádica la atención prestada a otros ingenios con claro prestigio canónico, como Tirso de Molina o María de Zayas: cf. con todo ya Bizcarrondo (1992) y luego Quintero (2006) para la morfosintaxis de esta autora o, más recientemente, Prieto (2011) y Tabernero (2012) para el estudio léxico del dramaturgo mercedario. Cf. tam- bién, para Mira de Amescua, la investigación de Mondéjar (1996).

El mal considerado siglo nuestro

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Literatura religiosa (9): Luis de Granada, Guía de pecadores [3] / Epistolario; Juan de la Cruz, Subida del Monte Carmelo; Santa Teresa, Vida [4] / Epistolario [2] / Camino de perfección / Meditaciones / Obras completas; Luis de León, De los nombres de Cristo; José de Acosta, Predicación del Evangelio en las Indias. Literatura didáctica (3): Guevara, Menosprecio de corte [4]; Luis de León, La perfecta casada [2]; Gracián Dantisco, Galateo español. Literatura miscelánea (1): Mexía, Silva de varia lección [2]. Historiografía (8): Hurtado de Mendoza, Guerra de Granada; Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera [5]; Fernández de Oviedo, Historia general de las Indias [2]; Las Casas, Historia de la provincia de S. Vicente de Chiapa; López de Gómara, Historia de la conquista de México; Cieza de León, Guerras civiles del Perú; Cervantes de Sa- lazar, Crónica de la Nueva España ; F. Hernández, Antigüedades de la Nueva España . Formas epistolares (2): Cortés, Cartas de relación [7]; Guevara, Epístolas familiares. Tratados científicos y técnicos (4): Jiménez de Urrea, Diálogo de la verdadera honra mili- tar; Marcos de Isaba, Cuerpo enfermo de la milicia española; Pérez de Moya, Manual de contadores; Juan de Mariana, Tratado y discurso sobre la moneda de vellón. Teatro (5): Lope de Rueda [5], Juan del Encina [3], Torres Naharro [2], Gil Vicente, Lucas Fernández. Poesía lírica (2): Garcilaso (concordancias) [4], fray Luis de León (concordancias) [2]. Poesía épica (1): Ercilla, La Araucana. Corpus documentales (14): Corpus doc. de Carlos V, Cartas del Conde de Tendilla (1504– 1506), Docs. de la Inquisición en España, Docs. de Granada; Cartas a Indias (ed. Otte) [2], Documentos Lingüísticos de la Nueva España (Company) [9], Docs. de México (Arias Álvarez), Docs. de Tucumán [2], de Mendoza, de Nueva Granada, de Venezuela y de California. Cartas de Diego de Ordaz [2], Cartas de Pedro de Valdivia.

B) Siglo XVII (24 autores, 107 menciones)

Literatura picaresca (4): Alemán, Guzmán [5]; Espinel, Marcos de Obregón [3]; Vélez de Guevara, El diablo cojuelo [2]; Castillo Solórzano, Trapaza [2]. Otros géneros literarios (8): Gracián, Criticón [2] / El discreto; Zayas, Desengaños amo- rosos [3]; Céspedes y Meneses, El español Gerardo; Lope, La Dorotea [3] / Novelas a Marcia Leonarda [2]; Francisco Santos, El rey gallo; Avellaneda, Quijote (con- cordancias). Literatura religiosa (2): Nieremberg, Epistolario espiritual; Francisco Bramón: Los sir- gueros de la Virgen. Literatura didáctica y costumbrista (2): Gutiérrez de los Ríos, El hombre práctico; Zabaleta, El día de fiesta por la tarde. Historiografía (5): Juan Antolínez de Burgos, Historia eclesiástica de Granada; Garcilaso Inca, La Florida / Comentarios reales; Antonio Tello: Crónica miscelánea […] de Xalisco; Sigüenza y Góngora, Obras históricas. Cervantes, Quijote [17] / Novelas ejemplares [5] / Galatea / Obras completas o concor- dancias [2]. Quevedo, Buscón [7] / Sueños [3] / Hora / Prosa festiva [2] / La cuna y la sepultura.

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Teatro (6): Cervantes [5]; Calderón [4]; Tirso [2]; Bances Candamo [2]; Lope, El caballero de Olmedo; Rojas Zorrilla, Don Diego de noche. Poesía lírica (2): Quevedo, Poesías; Lope, Rimas sacras / concordancias. Corpus documentales (8): Corpus doc. de los Austrias, Pleitos de la Chancillería de Valla- dolid (1630–1688) [2], Cartas de amor (1586–1792); DLNE [7], Docs. de Tucumán [2], de Mendoza, de Venezuela y de California.

En lo sustancial, pues, da la impresión de que el estudio del Seiscientos se ha reducido con harta frecuencia, hasta la fecha, al de la lengua elaborada de unos pocos gigantes de la prosa ficcional y el teatro (la poesía, como es costumbre entre los historiadores de la lengua, apenas si se aborda más allá del siglo XIV) 7 , activos generalmente en la primera mitad del siglo (hasta 1660, aproximadamente) y san- cionados por un canon conformado por los historiadores de la literatura. 8 Cabe preguntarse, por tanto, si a efectos lingüísticos nuestra visión del tramo seiscen- tista del Siglo de Oro no ha sido eclipsada en buena medida por el “oro del siglo”, esa pequeña pero deslumbrante pléyade de genios creadores cuyos primores de estilo configuran, por sinécdoque, nuestra imagen de la lengua del primer XVII. Esta distorsión es tanto más grave cuanto que nos enfrentamos a la carac- terización de una época intermedia de la historia del idioma. La historia de la lengua, como disciplina, construye su objeto de estudio de forma inevitablemente teleológica: 9 resultan determinantes (y, por tanto, claramente perceptibles) los estados de lengua escogidos como punto de partida y término (en este caso, el desarrollo medieval del continuo de variedades romances del centro peninsular, por un lado, y el español actual, con su complejidad pluricéntrica, por otro), pero las fases intermedias, si es que se aceptan, poseen perfiles mucho menos nítidos, pues necesariamente se constituyen en “periodos transicionales” que conducen

7 Entre las pocas excepciones para el XVII, Serradilla (2004) emplea varias obras de Góngora (el Polifemo, las Soledades y la pieza teatral El doctor Carlino) en su estudio del superlativo en –ísimo.

8 Sobre los peligros que para la descripción lingüística puede tener el adoptar, sin dis- cusión crítica acerca de su idoneidad, un conjunto textual sancionado por un canon que responde a preocupaciones parcial o totalmente ajenas a la disciplina (de calidad literaria, por ejemplo, pero también ideológicas, en el caso de las fuentes historiales) han advertido Fernández-Ordóñez (2006), con relación al uso recurrente de ciertas crónicas medievales, y Pons (2006) respecto a las fuentes manejadas para describir la lengua cuatrocentista.

El mal considerado siglo nuestro

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sucesivamente del estadio inicial al final. Este problema es tan patente para el periodo áureo que, todavía en la última década del siglo pasado, la propuesta del

“español clásico” como tramo específico con un perfil lingüístico propio (esto es, diferenciado al tiempo del medieval y del actual: cf. sobre todo Eberenz 1991) ha chocado con las dudas (no necesariamente irrazonables) de quienes se preguntan

si dicho intervalo representa en realidad algo más que una “fase de transforma-

ción” (Schwellenepoche: cf. Lebsanft 2000) del español medieval en el moderno. Girón Alconchel ha resumido elocuentemente el dilema:

No sabemos muy bien qué cambios sintácticos definen el español de los siglos XVI y XVII. [Algunos] vienen de mucho antes de 1492, [otros] van más allá de 1726. [Ello] nos lleva indefectiblemente al problema de la periodización de la historia sintáctica, un tema en verdad difícil […]: el español de esos doscientos años es una lengua de transición muy variada (Girón 2004: 72–73)

La solución a este problema ha sido doble, con resultados convergentes: por un lado, existe cierta unanimidad en torno a la idea de que diversos fenómenos de raigambre medieval se extinguen a ritmo acelerado entre las últimas décadas del

siglo XV y las primeras del XVI (cf. por todos Ridruejo 1993; Sánchez Lancis 1998, 2009; Eberenz 2009); por otra parte, entre 1550 y 1650–1660, aproximadamente,

es posible –y tradicional en las historias del idioma‒ apoyarse en el conjunto de

fenómenos sociopolíticos y culturales que emparejan el Siglo de Oro literario (de Garcilaso a Gracián) con el predominio de la monarquía hispánica en el plano internacional (la “preponderancia española” que Hauser 1933 cifró entre 1559 y 1660) para delimitar un tramo histórico a cuya percepción –intuitiva, al menos‒ contribuye precisamente la importancia concedida a la presencia de estilos indi- viduales de carácter netamente diferenciado entre los grandes autores literarios (de Santa Teresa a Calderón pasando por Cervantes o Quevedo). Ilustra bien esta doble visión, de nuevo, Girón Alconchel:

Hasta 1550 el castellano es muy parecido al de la Edad Media; después de 1650, al español moderno. Por si fuera poco, esos cien años que van de 1550 a 1650 sí son el verdadero “Siglo de Oro” de las letras españolas (Girón 2004: 91)

A esta feliz coincidencia (no necesariamente casual) entre lo “externo” y lo “in-

terno” puede unirse un argumento procedente de un ámbito metalingüístico que actúa como correa de transmisión entre la lengua del periodo y su codificación institucionalizada (y, por tanto, normalización tentativa) en ese mismo lapso cro- nológico: en efecto, la gramatización (en el sentido de Auroux 1994, 2009) del castellano o español arranca precisamente sobre la linde del siglo XVI con Nebrija, pero después, en acertada formulación de Gómez Asencio (2001), “la gramática española sale de España”, adonde no regresará, precisamente, hasta las primeras

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Fernández Alcaide, Leal Abad, Octavio de Toledo

décadas del XVII (Jiménez Patón, Correas) para interrumpirse de nuevo en suelo peninsular entre 1651 (Villar) y las décadas centrales del siglo XVIII. Así, la cro- nología gramaticográfica parece reforzar no solo la idea del surgimiento de un “tiempo nuevo” en los albores del siglo XVI, sino también el establecimiento de una frontera de época en torno a la sexta década del XVII. Todo ello nos sitúa, por contraste, ante la existencia de un “segundo XVII”, el posterior a 1660, marcadamente menos áureo, tanto por la ausencia de grandes autores de referencia 10 como por el marchamo de “decadencia” asociado en la historiografía tradicional ‒ya desde el mismo siglo XVIII‒ a los últimos años de Felipe IV y al reinado entero de Carlos II (con apoyo evidente en la minusvalía física del propio monarca). 11 Ambas características se conjugan en el retrato som- brío que de la lengua de esas décadas nos ofrece (aunque solo a vuelapluma, pues

10 Quizá la única excepción, más allá del último Calderón, sea Antonio de Solís y su His- toria de México (1684) obra de ancianidad (la publicó con 74 años) que forma parte del corpus de estudio en trabajos como los de Cano (1984) o Girón (2000). Cf. igualmente Greuβlich (en este volumen). En ocasiones, la fortuna editorial puede determinar el acercamiento a un autor menos conocido por parte de los historiadores de la lengua:

de un narrador costumbrista más bien de segunda fila, como el madrileño Francisco Santos, aparecieron entre los años setenta y noventa del siglo pasado ediciones filoló- gicamente acreditadas de varias obras de entre 1663 y 1671 (Día y noche de Madrid, La verdad en el potro y el Cid resucitado o El rey gallo y discursos de la hormiga), lo que explica su presencia en trabajos como los de Lapesa (1984), Cano (1984) o Girón (2002, en este volumen).

11 “El sobrenombre de El Hechizado pesa como una losa sobre el personaje y oculta ante la opinión pública, bajo un manto de desprestigio, el periodo histórico en que ocupó el trono” (Ribot 1999: 26; cf. también Ribot (ed.) 2009). Hace ya más de dos décadas que la historiografía general se ha liberado de la idea de que el siglo XVII español se caracteriza por un declive progresivo irrefrenable en todos los aspectos de la vida so- cial y económica, visión por lo demás no ajena a determinados prejuicios ideológicos (“miremos donde miremos en la larga historia de la implacable “decadencia”, resulta claro que el mito histórico siempre tuvo marcadas intenciones políticas o culturales”:

Kamen 2006: 306–307); de hecho, tiende a pensarse hoy que las tres últimas décadas del siglo más bien suponen un freno al hundimiento económico (cf. por ejemplo Yun 1999), un empeño razonablemente exitoso por mantener el sistema militar de de- fensa de los amplios territorios de la monarquía (Storrs 2003), un periodo de cierto dinamismo social al que contribuye la promoción a la nobleza de quienes apoyaron económicamente a la corona (Felices 2013), dentro de una crisis general del modelo cortesano de relaciones de poder (Carrasco 1999, Martínez Millán 2013), y en todo caso un tiempo de tímida, pero importante apertura a los nuevos métodos críticos (en la historiografía, por ejemplo) y científicos difundidos ya por Europa, cuyos brotes españoles encarnan los novatores (Mestre 1996, Pérez Magallón 2002).

El mal considerado siglo nuestro

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apenas las menciona retrospectivamente al abordar la fundación de la Academia, a la que con claridad atribuye un papel de revulsivo tras décadas de marasmo cultural) Rafael Lapesa: 12

Tras la serie de adversidades que habían jalonado los reinados de Felipe IV y Carlos II, [España] quedaba sacrificada en la paz de Utrecht. Todas las actividades parecían muertas. Se imponía una tarea de reconstrucción vivificadora (Lapesa 1981: 418) Nunca, en verdad, estuvo más justificada que en el siglo XVIII la preocupación por el idioma. En los dos primeros tercios del setecientos se prolongaban, envilecidos, los gustos barrocos de la extrema decadencia […]. Una caterva de escritorzuelos bárbaros y predicadores ignaros emplebeyecía la herencia de nuestros grandes autores del siglo XVII (Lapesa 1981: 424)

Aunque tanto la vieja idea de que el último tramo del Seiscientos representa “the nadir of decadence” (Lea 1898: 40) como la descalificación indistinta de la pro- ducción letrada de ese tiempo 13 han sido profundamente revisadas en las últimas

12 Estos juicios no distan mucho de los que Lapesa pudo haber leído en otros historiado- res y filólogos del último tercio del siglo XIX y el primero del XX. Valgan tan solo dos ejemplos:“[E]n los tristes soles del menguado Carlos II, se acaba el comercio americano […] y el país se despuebla. En esta pendiente de desmoronamiento, de corrupción, no despertó la contrición el alma del país. Una inconcebible pasividad, una incomprensión fronteriza de la inhibición cerebral y reforzadora de la abulia, paralizó toda reacción saludable” (Mario Méndez Bejarano, Historia de la filosofía en España [1927], 304–305); “Damos aquí esta indigesta y larguísima carta, tan llena de retruécanos pueriles, así como algunas otras de la misma época […], únicamente como muestras del detestable gusto que por entonces empezó á invadir nuestra literatura, y fue en lastimoso aumento hasta llegar a los últimos límites de la extravagancia, señaladamente en los poetas y en los escritores místicos, á mediados del siglo XVIII” (nota de Eugenio de Ochoa a la carta L [de 1659] de su Epistolario español, vol. II, Madrid, Rivadeneyra, 1870, p. 95b).

13 Al margen de su mérito individual, se detecta hoy en día una preocupación por explicar el ideario poético aplicado en ese tiempo, que no implica un mero seguimiento servil de las corrientes establecidas a principios de siglo, sino más bien su aprovechamiento con fines estéticos nuevos: “con la progresiva difusión del estilo llano en el siglo XVII, la rota Virgilii cojea hasta romperse y quedar hecha pedazos. La escritura de las últimas décadas del siglo XVII y primeras del XVIII es una escritura de transición, todavía llena de formulas gongorizantes confrontadas con otras, triviales, sencillas, hasta vulgares, pero cuyo contraste con las primeras resultaba altamente significativo. […] [S]entimos prefigurarse ya una poética de lo común, de lo “llano”, de lo “sencillo”, de lo familiar, de lo cotidiano” (Bègue 2008: 35–36; cf. también Bègue 2010). Por lo demás, las obras literarias no agotan, claro está, las posibles fuentes de prosa culta para el estudio lin- güístico de esas décadas, como han mostrado por ejemplo Girón (2001) o Söhrmann (2008) al abordar la producción del diplomático Francisco Gutiérrez de los Ríos, III

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décadas, son estos aún “unos replanteamientos que apenas han alcanzado a los historiadores de la lengua” (Álvarez de Miranda 1996: 86). Los últimos cuarenta años del siglo XVII apenas se han explorado desde un punto de vista lingüístico, ni en trabajos monográficos ni en obras de conjunto, menos aún en lo que hace a la morfosintaxis (pues para el léxico contamos, en cambio, con el trabajo pionero de Álvarez de Miranda 1992); puesto que, por otra parte, la fonética del estándar peninsular coincide ya en este tiempo sustancialmente con la actual, y en vista de que la historia de la lengua del XVII se ha abordado, más que la de ningún otro siglo, desde la óptica de la producción literaria culta, ámbito en que el último Seis- cientos (como el primer Setecientos) parece prolongar la vigencia de los códigos estéticos de las décadas iniciales del siglo, el límite superior del español clásico se percibe como muy difuso, hasta el punto de que no resulta clara su pertinencia; y, por otro lado, se produce un efecto de hipóstasis por el que la lengua de las últimas décadas del XVII se considera, en su conjunto, tan inmóvil y disociada de las dinámicas sociales como el elaborado código escritural de la prosa barroca entonces en boga:

La mitad del siglo XVII no se justifica como término del periodo medio; en primer lugar, porque no se produce por aquellos años un cambio de paradigmas culturales con un impacto sobre la lengua elaborada como el que se da después de 1450 […]. Además, no hay tampoco conjuntos de alteraciones tan nutridos ni tan evidentes como en el Cuatro- cientos (Eberenz 2009: 188) La grave crisis política sufrida por España a partir de 1640 no repercutió directa ni indirectamente en el espíritu ni en las estructuras formales de nuestra lengua. No es que hayan dejado de producirse cambios fonéticos, gramaticales ni léxicos después de aquel desastre, sino que se han debido a otros factores (Lapesa 1996: 61)

Nos hallamos, en definitiva, ante un siglo hendido en dos partes casi simétricas cuyo tratamiento ha sido marcadamente distinto, pero en ambos casos proble- mático: una parte (los primeros sesenta años) ha quedado opacada en buena medida para el estudio lingüístico por el peso de prestigiosos modelos de escritura culta; 14 otra (las últimas cuatro décadas), en cambio, apenas se ha abordado por el

conde de Fernán Núñez (1664–1721), o Gómez de Enterría (2010) al estudiar el léxico de especialidad en la Confusión de confusiones (1688) del mercader judío José de la Vega (1650–1692).

14 Por lo demás, resulta evidente que el canon literario de referencia, al menos en lo que hace a su influjo sobre la historia de la lengua, ha sido el establecido y promovido desde España, pues en las colonias americanas las mayores cotas literarias se alcanzan justamente en las últimas décadas del XVII, tanto en Nueva España (Sigüenza y Gón- gora, sor Juana Inés) como en el Perú (Valle Caviedes, Espinosa Medrano). Solo en los

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desinterés que han traído consigo su desprestigio historiográfico y estético. Entre los oropeles de la primera y el desdoro de la segunda, que las hacen difícilmente comparables entre sí, carecemos a día de hoy de una perspectiva medianamente coherente de la lengua del siglo XVII como continuo sistémico. A diferencia de lo que ocurre con el siglo XVI, ni siquiera estamos seguros de en qué medida esta centuria se corresponde o no, en su conjunto, con una época homogénea del idioma (la segunda mitad del XVII, ¿es aún español clásico u otra cosa ya distinta?). Y –lo que resulta todavía más arriesgado– hemos tendido a camuflar nuestro desconocimiento de la dinámica variacional del último Seiscientos bajo la idea, altamente discutible, de que el afianzamiento de una norma de prestigio escritural condujo a una fijación de las formas y construcciones lingüísticas que actuó en lo sucesivo como freno al cambio morfosintáctico, esto es, de que a partir del mediados del siglo XVII el sistema lingüístico del español adquiere ya una configuración en todo semejante a la actual. De nuevo, el descuido de las últimas décadas del siglo XVII tiene efectos perni- ciosos que comienzan por el acceso mismo a los datos lingüísticos. De una etapa cronológica poco prestigiosa para los historiadores de la literatura (y, en general, de la cultura) se editan sin duda menos textos, pues están destinados a encontrar menos eco tanto entre los especialistas como entre el público general; un corpus electrónico de referencia como el CORDE se basa por lo común en ediciones preexistentes; en consecuencia, existe una gigantesca asimetría entre el volumen de datos que ofrece el CORDE para los años más claramente adscribibles al Siglo de Oro literario (1550–1625, aproximadamente) y el que presentan los tramos inmediatamente posteriores, como revela el Gráfico 1. 15 Como cabe sospechar, la reducción no afecta solo al volumen total de datos, sino también a la variedad de

últimos congresos de historia de la lengua se nota un tímido manejo de estos autores entre las fuentes utilizadas para el estudio del Seiscientos (así, en las del congreso de Santiago de Compostela, aparecidas en 2012, puede apreciarse el empleo de obras en prosa de los dos autores novohispanos mencionados).

15 El Gráfico 1 representa el porcentaje sobre el total de palabras disponibles en el CORDE entre 1541 y 1975 para cada periodo de 40 años (el último tramo, con el que se cierra la cronología cubierta por el corpus, es ligeramente más breve). Esto es, el volumen total de datos entre 1541 y 1975 es el 100% de la masa textual considerada aquí, y el Gráfico 1 da cuenta de qué parte de ese 100% cabe asignar a cada tramo individual. Es fácil percibir que el subperiodo más infrarrepresentado es, justamente, el de las últimas décadas del siglo XVII (1661–1700), que no alcanza siquiera el 2% del total de datos. Frente a él, el periodo 1581–1620 (el de Cervantes y Lope, aproximadamente, en la periodización pidalina) asciende a un pico en torno al 16% (esto es, nada menos que ocho veces más masa textual que entre 1661 y 1700) que el corpus no vuelve a ofrecer

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tipos textuales o tradiciones discursivas que se recogen en cada periodo, lo que a su vez menoscaba seriamente la representatividad de la muestra (para los requi- sitos de un corpus histórico representativo, por cuanto textualmente equilibrado, cf. Kabatek 2013).

Gráfico 1: Distribución por periodos del volumen textual del CORDE, 1541–1975

por periodos del volumen textual del CORDE, 1541–1975 Por lo demás, los intentos de periodización en

Por lo demás, los intentos de periodización en la historia de la lengua española han atendido tradicionalmente a la fonología (que, cierto es, muta ya poco a partir de las primeras décadas del Seiscientos, al menos en lo que hace al estándar europeo,

y por tanto no resulta particularmente útil para establecer distingos dentro del

siglo XVII ni entre este y los periodos posteriores) y solo más recientemente a la morfosintaxis. Al calor de la atención que se viene prestando en los últimos quince años a este ámbito con miras a la delimitación de periodos del idioma, se ha mencionado un cierto número de fenómenos que experimentarían a lo largo del XVII una fase importante de su evolución, en la medida en que es entonces cuando se extinguen definitivamente, cuando se documentan por vez primera o cuando conocen una aceleración en su ritmo de difusión sociolingüística o de extensión sintáctica. 16 Entre los mencionados en Girón (2004) pertenecen a esta

clase, por ejemplo, la pérdida del “futuro analítico” cantarlo he (cf. Girón 2007),

el declive de la anteposición del participio al auxiliar en los tiempos compuestos

(cf. Fischer 2014), la extensión del artículo ante oraciones completivas (cf. Lapesa

hasta el final de siglo XIX. Para otros efectos de esta asimetría en la representatividad de los periodos en el CORDE, puede verse Octavio de Toledo (2016).

16 Naturalmente, existen otros trabajos con valiosa información acerca de la morfosintaxis del XVII en los que, sin embargo, este siglo no se destaca como particularmente crucial en el desarrollo del cambio o conjunto de cambios estudiados: cf., por citar solo algu- nos ejemplos, Cano (1984) y Rodríguez Gallardo (2000) para la fijación del régimen verbal, Sepúlveda (1988) para las pasivas con ser + participio, Serradilla (2004) para los superlativos en –ísimo o Nowikow (1993), Bartol (2005) y Sánchez Méndez (2012) para el uso de las formas verbales en los esquemas condicionales.

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1984), el auge de usted(es) como formas de tratamiento (cf. ya Fontanella 1992 y, entre otros trabajos más recientes, Moreno 2002, 2006; Sáez 2006; Calderón / García Godoy 2012; Gutiérrez Maté 2012), la extensión de la duplicación mediante

clítico de los dativos (cf. particularmente Girón 2002, Company 2002, Melis et al. 2006) o la difusión creciente de leísmo y laísmo. En un trabajo reciente, Company (2015) ha llamado la atención –entre otros cambios que afectan a las preposi- ciones, como el intenso aumento de la construcción para + infinitivo a expensas de por‒ sobre la modificación durante el XVII del perfil sintáctico de a, que se

aleja definitivamente del significado locativo originario al favorecer la selección

de términos abstractos, al tiempo que aumenta su presencia con referentes ani- mados (lo que sugiere un incremento significativo del marcado preposicional de objetos). Y ya Hartmann (1992) mencionaba, dentro de un reducido catálogo de transformaciones históricas destacadas acontecidas durante la historia del español,

la pérdida de las variantes demostrativas largas del tipo aques(t)e, que cabe situar igualmente en el XVII (cf. Girón 1998), o la expansión de estar en detrimento de ser, que, según demuestran los análisis cuantitativos más recientes (cf. Marco / Marín 2016) se acelera significativamente en el Seiscientos. Este conjunto de transformaciones es suficiente, a nuestro juicio, para desmen- tir la idea de que la dinámica de cambio resulta escasa o débil durante el siglo

XVII y, en vista de que en casi todos los casos la situación al inicio y al término de

la centuria es llamativamente distinta, obliga igualmente a replantearse la posible existencia de un partidor cronológico de importancia en las décadas centrales del

Seiscientos. Se trata, además, de un catálogo fácilmente ampliable: basta pensar en el abandono de habemos frente a hemos como forma de primera persona de plural (Bustos / Moreno 1992), la introducción creciente de la preposición de

ante completivas dependientes de sustantivos y adjetivos (Company / Bogard

1989), el incremento de quienes como forma relativa de plural (Morala 2006), el declive peninsular de qué tan(to) y el desarrollo de cómo de + adjetivo para la cuantificación de grado (Octavio de Toledo / Sánchez 2009), el auge del esquema con experimentante dativo en los predicados causativos emocionales (Melis / Flores / Bogard 2003)… Pero no es objetivo de esta breve introducción ofrecer una nómina completa, ni cabría hacerlo en tan corto espacio. Nos parece de mayor interés reclamar aquí la conveniencia de agrupar y tipificar en lo posible estos cambios, cuya mera acumulación puede acabar produciendo la impresión de un “cajón de sastre” en que coexisten fenómenos con motivaciones muy variopintas y transformaciones de gran magnitud con otras de escasa importancia. Pueden distinguirse, de entrada, los procesos de larga duración –por cuanto incoados ya a lo largo del periodo medieval‒ que parecen conocer en esta época

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un punto de inflexión significativo, y que pueden agruparse con otros para formar

macroprocesos con una direccionalidad determinada. El caso más claro, como han señalado varios autores (Girón 2002, Company 2002, Melis / Flores / Bogard 2003, Flores / Melis 2015), es el de la mutua implicación del incremento en el doblado pronominal de los dativos y en el marcado preposicional de los objetos, que confi- guran un proceso general de favorecimiento de señales gramaticales expresas que vinculen al predicado verbal con sus argumentos, aumentando la cohesión entre aquel y estos; además, el auge del doblado consagra el esquema sintáctico que lo vio nacer, el de los verbos con dativo experimentante preverbal (Elvira 2014), favo- reciendo la extensión de este patrón construccional; y la frecuencia creciente de las marcas clíticas de objeto arrastra otros cambios asociados, como la tendencia a la fijación de una forma única le para el singular y plural (Huerta 2005; cf. Company 2002 para otros fenómenos en este ámbito). No se ha insistido hasta la fecha, sin embargo, en el vínculo que permite relacionar entre sí varios de los fenómenos aquí mencionados, que parecen responder igualmente a un macroproceso común:

detrás de la pérdida de cantarlo he y cantado (lo) he se esconde, como se ha subra- yado recientemente, un cambio crucial en la estructura informativa del español, que pierde en buena medida en la primera mitad del Seiscientos la capacidad de anteponer o “frontalizar” los constituyentes focalizados no contrastivos (cf. Mac- kenzie 2010, Sitaridou 2015, Octavio de Toledo 2015, Batllori, 2016), mientras retrocede la configuración sintáctica con el verbo finito en el arranque oracional (cambio VS > SV, cf. Melis et al. 2006) 17 y decae, al tiempo, la enclisis pronominal (cantábalo) en dicho contexto, hasta entonces el más resistente (cf. Girón 2012), cambios todos que apuntan en la dirección de una tendencia a la fijación del orden de palabras según parámetros de secuencialidad sintáctica y no de estruc- turación informativa.A su vez, ambos macroprocesos pueden interpretarse como integrantes de una deriva de orden superior mediante la que se tiende a restringir

la interpretación encomendada a la competencia pragmática del interlocutor a

través del desarrollo de marcas sintácticas manifiestas, como son el incremento de información codificada acerca de la función de cada participante y la tendencia

al carácter más configurativo y menos informativo del orden de constituyentes.

A este proceso, que cabe denominar de progresiva sintactización (en el sentido de

Givón 1979; cf. también Girón 2004: 86) y en cuya base parece estar una mayor preocupación de los escribientes por guiar las inferencias interpretativas de sus

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destinatarios mediante señales explícitas, contribuye igualmente, por ejemplo, la progresiva jerarquización del periodo oracional (cf. Girón 2003, Garrido 2013), con el consiguiente incremento de la hipotaxis y su diversificación nexual, así como el desarrollo de nuevos mecanismos anafóricos que favorezcan la cohesión

léxica (los encapsuladores, por ejemplo: cf. Borreguero / Octavio de Toledo 2007), de nuevas secuencias especializadas en la expresión de relaciones implicativas

o evidenciales (cf. por ejemplo Porcar / Velando 2008), etc. 18 Algo similar cabe

decir del favorecimiento de marcas de rección específicas ante las subordinadas completivas, que permite asociar el incremento de uso de de ante las que depen- den de un sustantivo o adjetivo con la aparición de los primeros casos firmes de dequeísmo (Pountain 2014, Serradilla 2014) y con la introducción del artículo

ante las completivas con que (Octavio de Toledo 2014). Por otro lado, el esfuerzo de integración en grandes procesos y derivas tiene un complemento necesario en

el esfuerzo –no siempre acometido en los estudios citados‒ por desmenuzar la

difusión de los fenómenos más complejos en términos de los entornos concretos

donde se produce, pues las diferencias entre estos inciden sin duda en el ritmo del cambio y pueden revelar también la actuación de motivaciones diferenciadas: por citar un solo caso, en la extensión del marcado preposicional del objeto directo hacia el fin del español clásico se antoja importante distinguir entre el carácter recesivo de la marca ante entidades únicas inanimadas (por ejemplo, los nombres propios de lugares) y su presencia cada vez mayor con los plurales animados indefinidos o genéricos, pues ambos fenómenos son de por sí reveladores de la especialización histórica del marcado en la expresión de la animación por sobre otras propiedades referenciales. Macrofenómenos y microprocesos constituyen, pues, dos caras de una misma moneda en el empeño de añadir valor explicativo

a la caracterización exhaustiva de la morfosintaxis del siglo XVII. Es igualmente imprescindible atender debidamente a la afirmación de Eberenz (2009: 196) de que “el estudio de la periodización nos obliga a plantear con toda claridad las cuestiones del edificio variacionista en los distintos momentos de la historia, y del lugar que en él ocupa la norma de prestigio reflejada en las tradi- ciones discursivas” (cf. también en este sentido Kabatek 2012), extendiendo este desidératum en lo posible al estudio de los fenómenos concretos, y particular- mente a aquellos que con toda nitidez pudieron actuar en una época dada como

18 La estructuración sintáctica del discurso en textos del XVII ha sido explorada igual- mente en obras de los primeros años de siglo (principalmente, el Quijote: cf. Ridruejo 2003; Cano 2005b, 2005c; Narbona 2007) y de mediados de la centuria (cf. Méndez 2008 para los Avisos de Pellicer), lo que proporciona una inestimable base de comparación para la investigación futura sobre el desarrollo de los mecanismos recién mencionados.

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marcadores sociolingüísticos: es el caso, sin duda, del profuso empleo durante

todo el siglo y en toda clase de fuentes, incluidas desde luego las de mayor pres- tigio escritural, del sistema referencial de pronombres átonos de objeto (leísmo, laísmo y, en menor medida, loísmo), uso mediado por aspectos sociolingüísticos

y normativos (Gómez Asencio 1989, Klein-Andreu 2008, Sáez 2008) sin duda no

ajenos al asentamiento de Madrid como capital del reino y a la importancia en su crecimiento de la migración castellana norteña (cf. Santiago / Bustos 2002), ni tampoco al notable protagonismo de los autores madrileños (Cervantes, Lope, Quevedo, Tirso, Calderón…) en la conformación del canon literario del Seis- cientos. En términos de prestigio se han interpretado también, por ejemplo, las variaciones de uso de las diferentes piezas disponibles en el ámbito de los pro- nombres relativos (cf. Pountain 2008, Verdonk 2008). Y son sin duda factores de esta índole los que se encuentran detrás de las modificaciones en la frecuencia de los diferentes sufijos diminutivos (cf. Náñez 1973, Ramírez Luengo 2005) o del favorecimiento del empleo de adverbios en –mente, al parecer muy superior al que se dio en los siglos anterior y siguiente (Company 2015), así como, claro está, de las transformaciones –aún no bien estudiadas desde el punto de vista de los cambios en la dinámica social a finales del XVII‒ en las formas y estrategias de tratamiento. Varios fenómenos de esta clase, impelidos por lo que podríamos llamar un “reajuste de normas”, solo han recibido atención detallada en fecha muy reciente (así, por ejemplo, el notable aumento en el Seiscientos de la anteposición de los cuantificadores negativos al sintagma verbal –nada sé frente a no sé nada‒, ligada a la imitación de moldes escriturales e ideales gramaticales latinos: cf Oc- tavio de Toledo 2014; o la tendencia al abandono durante este siglo del asíndeton

de que en las completivas con verbo finito, especialmente con indicativo: cf. Girón 2004; Herrero 2005: 96–97; Blas / Porcar, en prensa). Tan interesante como poder disponer de una relación lo más completa posible de los cambios de este tipo en un periodo dado, en todo caso, es dar cuenta de cómo se entrelazan con la aparición

de innovaciones sintácticas (así, el carácter prestigioso de el cual durante el español áureo pudo favorecer la difusión, incipiente pero firme a medida que progresa el XVII, del relativo compuesto el que: cf. Girón 2009) o cómo interaccionan con los procesos de largo alcance (para la relación entre la emergencia de usted y el doblado de clíticos, por ejemplo, cf. Sáez 2014). No son menos interesantes, en fin, las evoluciones que es posible señalar como características y prácticamente exclusivas de un periodo determinado, esto es, los que podríamos denominar “fenómenos de época”, generalmente de baja frecuencia

y poco significativos desde el punto de vista del impacto sobre el sistema lingüís- tico en su conjunto, pero muy útiles como balizas que ayudan a revelar ámbitos

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en los que la variación resulta particularmente intensa durante un cierto tiempo. Valga un solo ejemplo: desde los últimos años del XVI estaba en circulación un esquema exceptivo con la secuencia menos que (1, con ejemplos extraídos del CORDE) que puede recabarse sin dificultad en varios autores canónicos del Siglo

de Oro seiscentista, si bien apenas sobrevivirá al fin de la centuria; no es difícil conectar esta innovación con otra formal y funcionalmente muy semejante que alcanzó fortuna en el mismo periodo, el amén (de) de origen italiano comentado por Espinosa (2010); y ambas evoluciones, aunque en sí mismas de poca monta, se producen sobre el trasfondo de un periodo de reconfiguración importante en el ámbito de los esquemas concesivos, adversativos y exceptivos, tan relacionados entre sí (cf. con carácter general Herrero 2005; para el declive áureo de mas y el crecimiento de sino, cf. ahora igualmente Iglesias 2015), dinamismo que dará lugar

a otras innovaciones marginales pero típicas de un periodo muy acotado, como el

sino es exceptivo que cunde en la segunda mitad del XVII para ir desapareciendo

a lo largo del XVIII (Octavio de Toledo 2008). De nuevo, tan importante como

el carácter sintomático del “fenómeno de época”, con su indudable utilidad –por lo mismo que tiene de efímero‒ para acotar tramos cronológicos relativamente breves y, por tanto, para reforzar o reformular posibles propuestas de periodiza- ción, es la posibilidad de conectarlo con otros cambios que permitan situarlos en un panorama evolutivo más amplio: así, por ejemplo, no resulta posible entender adecuadamente la brusca irrupción del artículo masculino ante completivas con que a partir de 1640 y su tendencia al decaimiento desde 1700 (Gráfico 2a) sin conectarlo explicativamente con el auge y declive simultáneos del mismo artícu- lo ante oraciones de infinitivo que incluyen sintagmas argumentales o adjuntos (Gráfico 2b; cf. Torres 2009, Wall / Octavio de Toledo 2016).

(1) Ni el entendimiento es capaz de aprehenderlo, según ello es, menos que con la vista (Alemán, Guzmán de Alfarache II, 1604) pareciendoles no poderse sacar doctrina para enseñamiento del pueblo […] me- nos que de la noticia de las cosas de Dios (Quevedo, Política de Dios, 1626–1635) No lo creyera menos que de vuestra boca (Lope, La Dorotea, 1632) Como el deseo humano no sosiega menos que con lo que pretende, se le hacían

a don Fulgencio siglos las horas que tardaba de dar la mano a doña Clara (Ana Abarca de Bolea, Vigilia y octavario de San Juan Bautista, 1679)

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Gráficos 2ab. Difusión de el ante completivas con que (2a, arriba) y ante oraciones de infinitivo de tipo verbal (2b, debajo). Gráficos cronológicamente superpuestos

(2b, debajo). Gráficos cronológicamente superpuestos A partir de estos dos grandes hechos de carácter general
(2b, debajo). Gráficos cronológicamente superpuestos A partir de estos dos grandes hechos de carácter general

A partir de estos dos grandes hechos de carácter general que afectan a la carac-

terización lingüística del siglo XVII (su escisión en dos secciones cronológicas

sobre las que pesan prejuicios historiográficos de diversa índole y la necesidad de establecer agrupaciones y conexiones de distintos tipos entre los cambios que en él

se producen para alcanzar una mejor comprensión de su alcance), que la investiga-

ción reciente ha permitido resaltar, poniendo de manifiesto la urgencia de nuevos estudios y planteamientos, nos pareció oportuno ofrecer a la consideración de los autores precisamente esa centuria compleja, y no un tramo más consagrado por la tradición cual el Siglo de Oro, como banco de pruebas y marco de investigaciones que pudieran contribuir a enriquecer nuestro conocimiento de la dinámica de

la variación (sistémica, dialectal, de registro, en la arquitectura textual) durante

los últimos tramos del español áureo y en los albores de un nuevo periodo de la

historia del idioma. La próxima sección da cuenta de la diversidad de enfoques y

la riqueza de nuevas informaciones y análisis con que las contribuciones reunidas

en este volumen han resuelto dicha tarea.

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2. Nuevas aportaciones al estudio de la lengua y los textos del XVII (Marta Fernández Alcaide y Elena Leal Abad)

Las páginas que aquí se reúnen pretenden responder a la necesidad de cubrir algunas lagunas en la investigación lingüística sobre el español del siglo XVII más allá de las obras literarias y autores más célebres de este período áureo. En efecto, la configuración y la evolución del español en este siglo ha sido a menudo desplazada –o tal vez solo imbuida- por el recurrente interés que el XVI ha tenido. La contribución que queremos hacer parte de la idea de la existencia de un modelo lingüístico distinto a aquel que tradicionalmente ha copado las investigaciones sobre el estado de lengua de este siglo iniciado con Cervantes y sus contemporá- neos, que va transformándose a lo largo de la centuria y desemboca, ya a principios

del siglo XVIII, en la lengua de Feijoo, Isla o Torres Villarroel. El siglo XVII acoge no solo importantes cambios en el plano morfosintáctico, sino también múltiples formas discursivas nuevas y otras, heredadas de tiempos pasados, que alcanzan un alto grado de elaboración dentro de la lengua de la distancia; el discurso, por tanto, se modifica sustancialmente entre fines del XVI y el primer cuarto del siglo XVIII, abarcando todo el siglo XVII. Sorprendentemente, sin embargo, su estudio en profundidad ha sido hasta ahora casi inexistente. Los catorce trabajos que conforman esta obra presentan un entramado de relaciones temáticas de los diferentes aspectos lingüísticos que deben abordarse para la aproximación a la lengua de este periodo; la riqueza de perspectivas de análisis, la variedad de los corpus empleados, así como la heterogeneidad de los fenómenos lingüísticos es- tudiados no hacen necesaria la división en bloques temáticos, de ahí que el orden elegido para su presentación sea el alfabético. El acercamiento a la lengua del siglo XVII se ha restringido con frecuencia

a la cervantina como modelo de imitación y como referencia para la tradición gramatical posterior. En ese sentido, uno de los avances que pretendemos ofrecer es, por un lado, la confrontación de las gramáticas que ejemplifican con Cervantes

y su obra, de la mano de José Gómez Asencio. Su abundantísimo trabajo “De la

literatura a la Gramática: El recibimiento de Cervantes en los libros de gramática (1611–1917)” estudia cómo, desde cuándo y para qué la obra de Cervantes se recoge en los textos de gramática tanto para nativos como para extranjeros. La consulta se hace sobre 86 gramáticas (1611–1917), de las cuales citan a Cervantes por alguna de sus obras 53. Los datos se detallan en tres valiosísimas tablas que presentan una primera conclusión: en el siglo xvii apenas recurren a Cervantes; pero esta situación cambia con el paso del tiempo y se convierte en especialmente

recurrente a partir de la segunda mitad del xix. Además, Gómez Asencio evalúa el empleo de citas de autoridades en la explicación gramatical para así llevar a

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saber cuál es el estatus que se da a Cervantes, diferenciando seis posibilidades que oscilan entre ejemplos del (buen) uso general hasta muestras criticadas como inadecuadas y corregidas por el gramático. Estas posibilidades son analizas por periodos y resumidas en interesantes tablas, que permiten obtener una perspectiva diacrónica de la valoración otorgada a la ejemplificación cervantina. Por otro lado, no cabe duda de que si se quiere acometer un estudio completo de un estado de lengua es necesaria la incorporación de fuentes no literarias para el estudio de esta época. Así lo demuestra el hecho de que de los catorce trabajos reunidos, diez 19 están dedicados al análisis de la lengua no literaria de forma específica: el de Belén Almeida Cabrejas y Delfina Vázquez Balonga estudia la lengua de los documentos notariales recreados en la literatura, el de Pedro Ál- varez de Miranda observa las fuentes no literarias utilizadas en el Diccionario de autoridades, especialmente la “Pragmática de tasas” de 1680”, el de Chávez Fajardo también escoge como punto de partida una obra lexicográfica, el de Rafael Cano Aguilar toma como fuentes varios avisos y gacetas, el de Florencio del Barrio de la Rosa también estudia documentos no literarios en este caso extraídos del Corpus de documentos anteriores a 1700 (CODEA), el de Cristina Egido se fundamenta en relaciones de bienes y en el Corpus Léxico de Inventarios (CorLexIn) al igual que el de José R. Morala, el trabajo de Josefa Gómez de Enterría y Manuel Martí Sánchez parte de libros de medicina, el de Sebastian Greusslich analiza la crónica mayor de Indias y el de Elena Leal Abad y Marta Fernández Alcaide se basa en relaciones de sucesos del siglo XVII. Con estos trabajos, por tanto, hemos querido avanzar en esta línea de incorporar tipologías textuales hasta ahora escasamente exploradas. Si bien es cierto que cada uno de los estudios que componen la obra adoptan diferentes perspectivas discursivas y lingüísticas, existe entre muchos de ellos afinidad temática, lo que crea un entramado de enlaces que enriquecen los fenómenos abordados. También el volumen contiene trabajos que se centran en fenómenos lingüísti- cos particulares. Es lo que ocurre en el estudio de Francisco Javier Herrero Ruiz de Loizaga sobre una unidad discursiva específica bajo el título “«Lo mismo que te quiero te quisiera». Formación de la locución modal lo mismo que en el español clásico”. El autor establece las condiciones necesarias para que el conjunto de los elementos de esta locución adquiera el valor modal en oposición a otras funciones. Determina el momento de la aparición de lo mismo en el XV y examina sus usos

19 Indirectamente también el de Gómez Asencio, que sería el undécimo. Girón y del Rey estudian textos literarios y Herrero utiliza CORDE donde hay mayoría de textos literarios.

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en combinación con que a través de los siglos gracias a CORDE, observando que

sobre todo en el siglo XVII adquiere este valor modal – por lo que ofrece casi una veintena de ejemplos de esa fecha– y que su apogeo alcanza el siglo XIX. Lo analiza en sus contextos de aparición en comparación con otras locuciones análogas que acabarán en época moderna imponiéndose sobre lo mismo que. Su explicación se apoya en numerosos ejemplos que aclaran los análisis y justifican empíricamente sus conclusiones. En esta línea, podemos incluir también el ya mencionado trabajo de Josefa Gómez de Enterría y Manuel Martí Sánchez “Rasgos discursivos en dos momentos de la medicina dieciochesca”. En efecto, estos dos autores se centran en algunos fenómenos discursivos con función argumentativa: construcciones inducidas por una fórmula, donde incluyen adviértase-y todas sus variantes- seguido de com- pletiva y de donde seguido de verbo y completiva, y partículas discursivas, entre las que estudian pues, en suma, asimismo y así también, antes bien. Su presencia en el corpus de literatura médica seleccionado les permite afirmar la existencia de tradiciones discursivas a caballo entre el último periodo del XVII y principios del XVIII por un lado, y por otro, finales del XVIII. La debida atención a la historicidad de una lengua exige de la investigación diacrónica que atienda a las transformaciones del conjunto de las tradiciones dis- cursivas mediante las que dicha lengua se sustancia y manifiesta. En este sentido avanza significativamente el trabajo de Rafael Cano Aguilar, ya mencionado por su base en textos no literarios, que se relaciona por un lado con el de Elena Leal Abad

y Marta Fernández Alcaide, dado que ambos se interesan por la configuración

discursiva de textos tradicionalmente considerados antecedentes del discurso in-

formativo, y, por otro lado, con el de Santiago del Rey Quesada. Este último estudia

el influjo erasmiano en la literatura española áurica, a partir de la traducción del

Charon de Juan de Aguilar Villaquirán, centrándose en la configuración textual del diálogo, contrastándolo con otros del XVI. Así se fija fundamentalmente en la causalidad, la consecutividad, la adversatividad y la condicionalidad para ver qué elementos continúan y cuáles son innovadores según el registro. Ahora bien, el resultado lleva a Del Rey a afirmar que las divergencias no son tan significativas y que, por tanto, no puede establecerse una ruptura entre las traducciones del XVI y esta del primer tercio del XVII, dado que la estructura argumentativa del texto de Juan de Aguilar Villaquirán presenta homogeneidad en los fenómenos analizados como mimetizadores de la oralidad. Por su parte, el corpus que constituye la fuente de análisis del estudio de Ra- fael Cano Aguilar está constituido por los Nuevos avisos venidos de Roma (Se- villa, 1597), la Gazeta Romana y Relacion general, de auisos de todos los reynos y

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prouincias del mundo (Sevilla, 1618), Relación de avisos de Roma, Flandes, Sicilia, Alemania, Francia, Florencia y Argel (Sevilla, 1621) y las cartas 1 y 8 de Andrés de Almansa y Mendoza (1623–27), el Memorial de la política necessaria, y vtil res- tauracion à la Republica de España, y estados de ella, y del desempeño vniuersal de estos Reynos (Valladolid, 1600) de Martín González de Cellórigo y, de Sancho de Moncada, la Restauración política de España (Madrid, 1619). Este trabajo establece un análisis global de la configuración textual a partir del número de oraciones que componen los párrafos, los mecanismos de trabazón del discurso y la organización discursiva. El contraste entre unos y otros lleva a la conclusión de que los textos informativos se asemejan más en su discurso a la Restauración, que resulta más moderno por ser más directo, lineal y ordenado en su explicación. Sorprende que el análisis demuestre que en ese desarrollo textual estén en germen algunas de sus características intrínsecas mientras otras deberán esperar, como sucede con la continuada marcación formal de conexión entre periodos, que parece tener un desarrollo posterior. El trabajo titulado “La expresión de la ponderación en documentos no lite- rarios: tratamiento discursivo de la enfermedad en las relaciones de sucesos del siglo XVII catalogadas en el Fondo antiguo de la Universidad de Sevilla”, de Elena Leal Abad y Marta Fernández Alcaide, examina un corpus de enorme interés para estudiar la configuración histórica del discurso informativo moderno, desde la premisa de una constante temática como la enfermedad. El análisis de la macroes- tructura y la microestructura establece lazos con el género a través de la evolución histórica, trazando con ello una tipología de relaciones de sucesos que traten la enfermedad y compartan macroestructura, y describiendo la microestructura en torno a dos tendencias opuestas que se manifiestan en equilibrio para lograr con- vertir el hecho en bruto en acontecimiento mediático: mecanismos que aportan verosimilitud al hecho verdaderamente acaecido y estrategias que le confieren excepcionalidad y, por tanto, lo convierten en noticia. Al mismo tiempo, José Luis Girón Alconchel, en “La segmentación lingüística del discurso en la prosa de la segunda mitad del siglo XVII”, se aventura con un novedoso análisis de segmentación del discurso a partir de la distinción entre discurso y texto presentada por Garrido y Luque. El análisis lo plantea en la prosa de Juan de Zabaleta y Francisco Santos, concretamente segmenta del primer autor el capítulo “La comedia” de El día de fiesta por la tarde (1660), un texto entre el género costumbrista y el sermón, y, del segundo, dentro del primer capítulo de El rey Gallo y discursos de la Hormiga, la primera intervención extensa de la Hormiga (1671), cuyo género es el “diálogo lucianesco” con restos del sermón. La compro- bación de su validez en textos de distinto género pero idéntica estructura retórica

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le lleva, además, a definir su función, observando la capacidad de la periferia izquierda para estructurar el discurso, capacidad que parecen tener también ad-

quirida la periferia derecha, las construcciones de discurso referido y el conjunto de relaciones sintácticas oracionales. En este punto, Girón constata interesantes diferencias entre géneros. La selección de las muestras de ejemplos que se emplean en la codificación normativa del español está relacionada con las concepciones teóricas que en cada época histórica sirven de base para acometer la reflexión gramatical. En este sen- tido, Pedro Álvarez de Miranda demuestra, en “Sobre las fuentes no literarias del Diccionario de autoridades, con especial atención a la “Pragmática de tasas” de 1680”, que el Diccionario de autoridades no tenía tanto de normativo como se ha pensado: la RAE procuró hacer un trabajo descriptivo y empírico en la medida que pudo, introduciendo no solo textos literarios sino también otros de muy diversa índole. En el trabajo se hace referencia a libros de cocina, construcción

y fortificación, caza y equitación, medicina y farmacia, y un larguísimo etcétera

que incluye asimismo documentación notarial. En ese ámbito se centra el acadé- mico, circunscribiendo su estudio a las dos “Pragmática de tasas” de 1627 y 1680, que -según explica- constituyen una fuente inigualable de vocabulario cotidiano. Nos sorprende la observación que lleva a cabo, pues en la ejemplificación de los artículos del diccionario, los textos no literarios preceden a los literarios. Lustra su explicación con numerosos ejemplos y la enriquece con la cuantificación de la relevancia de estos documentos en el diccionario. En la misma línea de estudio se sitúa el trabajo de Belén Almeida Cabrejas y Delfina Vázquez Balonga. Se titula “La lengua de los documentos notariales en

la literatura del XVII: recreación, ecos, influencias” y enfoca la lengua literaria

rastreando en ella influencias y vestigios de la lengua jurídica y administrativa. Se centra fundamentalmente en determinada selección léxica y en el uso de fórmu- las, al igual que todas las lenguas de especialidad, en imitación abierta -como se percibe en la caracterización, generalmente en términos burlescos, del escribano,

a través de términos propios de su actividad profesional o también en el empleo

de términos administrativos, por ejemplo para enmarcar una situación-, o am- pliación de los contextos de aparición de determinados elementos originarios de la prosa documental. Es sorprendente, sin duda, la multitud de testimonios literarios sobre la imagen que se tenía del escribano en el XVII. Las autoras de este trabajo exhiben valiosas muestras de ello y, particularmente, en la prosa cervantina encuentran que los escribanos y los documentos se presentan como un elemento más de la sociedad de aquel tiempo.

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Enlaza también con esta temática el trabajo de Soledad Chávez Fajardo “¿Co- dificaciones como crisoles del setecientos? El caso de un diccionario mixto y precientífico para dar cuenta del léxico áureo”. La autora fija su atención en las citas del seiscientos que recoge un diccionario tres siglos posterior: el Diccionario de chilenismos y de otras voces y locuciones viciosas de Manuel Antonio Román (1901–1918). En efecto, Soledad Chávez hace relación de las obras literarias del siglo XVII utilizadas en el diccionario y, lo que ocupa la mayor parte de su tra- bajo, analiza cuatro artículos seleccionados donde esa referencia aparece: aun bien, bueno, apercibirse, cuyo/a, concluyendo la autora que en ellos el lexicógrafo pretende que las citas del XVII legitimen una construcción poco común, evitando así su consideración como chilenismo y defendiendo, por tanto, una posición estandarizadora del español hablado en Chile. Como no puede ser de otra manera si se quiere profundizar en la lengua del siglo XVII, este volumen acoge también estudios vinculados al estado de lengua del español de América durante el siglo XVII. Esta aproximación viene de la mano de Florencio del Barrio, Cristina Egido, José R. Morala y Sebastian Greusslich, ade- más de la incursión señalada de Chávez.Así, se pone de manifiesto una vez más el entramado discursivo tejido en las páginas de este volumen. Vayamos por partes. Florencio del Barrio nos da la clave de su trabajo con su acertado título “Hacia un «mapa variacional» de documentos no literarios de los Siglos de Oro (1581– 1620)”. Partiendo del proceso de estandarización áurico que supone una selección de variantes en uso en el periodo anterior, estudia el comportamiento en docu- mentos no literarios de esa etapa de seis rasgos lingüísticos: las formas del futuro de indicativo (-ndr- vs. -rn-), la perífrasis deber (de) + INF, el futuro de subjuntivo, la variación preposicional en los adjuntos temporales de datación cronológica, la subjuntivización de –ra y la (pos)posición de los clíticos. El resultado de su aná- lisis, que constituye el grueso del artículo, son unos utilísimos gráficos de reparto de rasgos que sin duda ilustran a la perfección la situación lingüística de los inicios del XVII y que sería esperable continuar en los siguientes periodos. Cristina Egido, por su parte, participa con el trabajo “América vs. España: con- trastes gramaticales y léxicos en documentación del siglo XVII”, con el que pre- tende arrojar luz sobre los diferentes procesos experimentados en el español en los dos puntos, España y América; de este modo, documenta el gusto gramatical conservador en América en el siglo XVII al mismo tiempo que da cuenta de ciertos comportamientos novedosos frente a España, en relación con los usos de los pronombres personales y las formas verbales, las oraciones construidas con se. Ahora bien, donde la autora halla más diferencias, como cabía esperar sin duda, es en el plano léxico y no solo por los indoamericanismos.

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En cuanto a José R. Morala, titula su trabajo “Fuentes manuscritas del siglo

XVII e Historia de la lengua”, haciendo con ello hincapié en la relevancia del

empleo de textos no literarios para estudiar y describir la historia del español, cuestión especialmente compleja para los Siglos de Oro dada la gran abundan- cia de textos literarios diversos. Su objetivo más concreto es comparar los datos que pueden extraerse a partir de CORDE y del CorLexIn, un corpus de textos notariales del siglo XVII. El análisis de aspectos específicos propios del XVII en diferentes planos (en el léxico, gruñente; en el fonético, el tratamiento de las vocales átonas en palabras patrimoniales y cultas; en el morfológico, el comportamiento de los pronombres quien / quienes) le permite establecer puntos coincidentes y divergentes entre dos registros extremos: el culto y el popular, cruzando esta com- paración con la atención a la variedad diatópica. En el último caso, el contraste es especialmente interesante, pues CORDE le devuelve numerosísimos ejemplos de la forma plural frente al CorLexIn, que apenas contiene media docena. Morala demuestra, pues, que este contraste es productivo y que de una manera particular en el plano morfosintáctico puede revelar conclusiones muy diferentes acerca del estado de lengua del siglo XVII en los textos no literarios. El cuarto de este subconjunto, el trabajo de Sebastian Greusslich, se titula “Antonio de Solís y Rivadeneyra y su Historia de la conquista de México (1684):

Transformaciones discursivas en la Crónica Mayor de Indias entre lengua y dis- curso” y trata de explicar las diferencias entre los dos cronistas Antonio de Solís y Antonio de Herrera, a partir de los fragmentos que el primero copia del segundo

Herrera, transformando el discurso de aquel. Esos cambios que aplica Solís, según

Greusslich, pueden producirse en el nivel léxico o sintáctico, para cuyo análisis se ofrecen numerosos ejemplos esclarecedores. Los procedimientos trasformadores de Solís están en su crónica al servicio de funciones distintas que en Herrera, por lo que Greusslich puede concluir que la trasformación es sobre todo una refuncionalización. En la estela del Quijote: cambio lingüístico, normas y tradiciones discursivas en el siglo XVII parte, pues, de la obra cervantina como piedra angular fiable que sustenta el análisis variacional del resto del Seiscientos, tanto en España como en América. Ha sido nuestro deseo, esperamos que cumplido, no solo haber con- tribuido a un conocimiento más completo del español de la época, sino también

haber servido de modesto homenaje al genial autor en el aniversario de su muerte.

3. Agradecimientos

La compilación de este volumen ha sido posible gracias a la ayuda de diversas personas e instituciones, a las que debemos sincero agradecimiento. En primer

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lugar, quisiéramos mostrar nuestra gratitud al Proyecto “Tradiciones Discursivas, Tradiciones Idiomáticas y Unidades de Análisis del Discurso en la Historia del Español Moderno” (FFI2014-51826-P) del grupo de investigación “El español hablado en Andalucía” de la Universidad de Sevilla y a la Universidad de Múnich (LMU München) por el apoyo financiero concedido, así como a los coordinadores

de la serie Studia Linguistica et Romanica, y en particular al Prof. Daniel Jacob, que apoyó decididamente nuestro proyecto de libro desde el principio. En la editorial Peter Lang, Benjamin Kloss y su equipo nos han ayudado en todo momento con diligencia, amabilidad y paciencia inestimables. Por último (pero, desde luego, en

el lugar más importante de nuestra consideración), estamos especialmente agra-

decidos a los autores que han participado en este volumen, cuyo esfuerzo, trabajo

y calidad nos hacen sentirnos especialmente orgullosos del resultado.

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Belén Almeida Cabrejas y Delfina Vázquez Balonga Universidad de Alcalá

La lengua de los documentos notariales en la literatura del siglo XVII: recreaciones, ecos e influencias

1. Introducción

Si la representatividad de la escritura con respecto a la lengua de uso ha sido un aspecto muy discutido en la investigación sobre la lengua de otras épocas, los usos lingüísticos que se encuentran en la escritura profesional de escribanos y notarios lo han sido aún con más fuerza. ¿Qué relación puede haber entre la artificiosidad de textos plagados de fórmulas, de términos especializados y arcaicos, y la lengua que se hablaba en las calles, en la corte, en las propias escribanías? Por otras causas, también la lengua de la literatura ha merecido juicios semejantes, a pesar de lo cual buena parte de los estudios sobre la lengua de siglos pasados se ha basado tradicionalmente en corpus en los que los textos literarios eran predominantes. Sin embargo, un acercamiento desprejuiciado a los textos documentales ha venido mostrando en las últimas décadas, además de las evidentes ventajas que la locación y datación de los documentos proporcionan para la valoración de sus soluciones lingüísticas, que

– el concepto de documento no se reduce a los documentos escritos por profe- sionales como escribanos o notarios, sino que abarca también cartas y notas de todo tipo de escriptores igualmente conservadas en los archivos;

– incluso los documentos notariales, escritos por profesionales, presentan muy diversos grados de formulismo y muy diferente temática, y de ningún modo pueden incluirse en una sola tradición discursiva (Sánchez-Prieto 2012: 448);

– el lenguaje notarial ha influido en otros ámbitos desde muy temprano, tanto en la lengua de la literatura como, probablemente, en la lengua de uso. So- bre la segunda influencia, simplemente indicamos que hay muchos motivos para suponer que diversos elementos léxicos y sintácticos característicos de la lengua notarial y de la administración pasaron a la lengua hablada de los Siglo de Oro, al igual que sucede con el español actual. De la influencia de los documentos sobre la lengua de la literatura hablaremos con algún detalle, pues a ella dedicamos estas páginas.

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Belén Almeida Cabrejas y Delfina Vázquez Balonga

Como se ha dicho, el lenguaje notarial ha influido en otros ámbitos de uso desde

muy temprano. Términos y elementos formulísticos que se encuentran primero

en textos legales o documentos notariales pasan a encontrarse posteriormente en otros géneros y tipos textuales. En este trabajo, mostraremos cómo pueden

identificarse ecos de la lengua documental en textos no documentales de los siglos

XVI y XVII. Para ello, se han localizado diversos elementos característicos de la

lengua documental (palabras, colocaciones y fórmulas) en documentos notariales de estos siglos incluidos en el corpus CODEA (Corpus de Documentos Españoles anteriores a 1700), así como en su continuación (CODEA+ 2015) 1 , y luego estu- diado su aparición en otros tipos textuales.

2. El alcance de la lengua notarial

Tras la profesionalización de la labor de escribano y la creación de la figura de

escribano público en el siglo XIII (Bono 1992), el reinado de Felipe II representa un punto de inflexión para la tarea de los notarios y el desarrollo del lenguaje notarial, que se enriquece y unifica gracias a la publicación de manuales para escribanos que tendrán una gran influencia. Se pueden citar las obras de Diego Ribera y Gabriel de Monterroso, así como la Nueva Recopilación de 1567. Para el siglo XVII destacan otros manuales como el de Antonio de Argüello (1625) (Extremera 2003: 199). Por otro lado, el conocimiento de la mayoría de la población sobre el lenguaje de los escribanos se explica por la generalización del trámite de otorgar testamen- tos, dotes, cartas de venta y otros documentos notariales. El protocolo notarial se configura como el original de todos los documentos de los otorgantes a partir de la Pragmática de Alcalá de Henares de 1503. Se extiende la creación de documentos escritos por escribanos y, cada vez más, la documentación de los protocolos no-

tariales aporta “seguridad jurídica a las relaciones privadas” (Pagarola 2010: 328). El lenguaje notarial de los siglos XVI y XVII presenta las características que

han llegado en gran parte hasta la actualidad y que, como veremos, se imitan en

los textos literarios (Martínez Ortega 1999). Como sucede en el caso de todas las lenguas de especialidad, las particularidades de la lengua notarial residen sobre todo en un vocabulario técnico apropiado a las necesidades comunica- tivas, pero tiene también características morfológicas y sintácticas peculiares (por ejemplo, la longitud de las frases, la frecuencia de determinados tiempos

La lengua de los documentos notariales en la literatura del siglo XVII

47

verbales, diversas convenciones de uso de las personas gramaticales, etc.) (Mo- reno Fernández 1999), y es fundamental en ella como en otros tecnolectos el

uso de modelos textuales específicos (inventario, testamento, apeo, carta de compraventa…). Coincide también la lengua notarial y de los escribanos con otras lenguas de especialidad en ser utilizada sobre todo en situaciones formales, principalmente por escrito. Diferencias relevantes con otras lenguas de especialidad son el origen de los términos y, a nuestro parecer, la relación con lo que, de momento, llamaremos las funciones poética y expresiva del lenguaje. Buena parte de los términos de la lengua jurídica y notarial son de una antigüedad notablemente mayor que la de los términos de otros tecnolectos (muchos términos e incluso fórmulas aparecen ya en la Edad Media), y tienen su origen no tanto en préstamos de otras lenguas europeas, sino que son palabras patrimoniales, préstamos tomados del latín tar- doantiguo y medieval y neologismos formados sobre palabras españolas (Gómez de Enterría 1998). En el ámbito comunicativo, mientras que en general “las varie- dades de especialidad se caracterizan por subordinar lo estético y lo expresivo a lo objetivo y a la eficacia comunicativa” (Moreno Fernández 1999), la lengua notarial emplea desde antiguo elementos como los términos familiares (ni una migaja), la expresividad, el ritmo o la rima (fonte e monte; seia maldito ye escomungado, e del regno de Dios alongado), que parecen un rasgo importante en su redacción, como han reconocido diferentes estudiosos (Frago 1985, Isasi 2000, Almeida 2015). El éxito de muchas de estas fórmulas en la lengua hablada actual puede deberse tanto

a que notarios y escribanos buscasen una expresión conscientemente basada en

lo cotidiano para lograr el propósito comunicativo de que los documentos fueran entendidos y respetados por las partes como a que los hablantes hayan tomado estos elementos por ser característicos de una lengua de especialidad prestigiada con la que muchos tenían contacto en situaciones importantes de su vida (Frago 1985), y probablemente se dan ambas circunstancias. Precisamente la relación de los hablantes con la lengua notarial es otro aspecto en que este tecnolecto, junto con, aunque en menor medida, el de la medicina y el de la farmacia, se diferencia de otros. Las situaciones en que un hablante medio se veía confrontado con la lengua notarial (o de la medicina) eran relativamente frecuentes, mientras que otros discursos de especialidad quedaban por completo fuera de la experiencia de la mayoría de los hombres y mujeres de los siglos XVI

y XVII. Gracias al desarrollo de los citados tratados y de la burocracia, el lenguaje notarial se estableció con las siguientes características más destacadas (Martínez Ortega 1999), algunas de las cuales estarán presentes en las obras literarias:

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Belén Almeida Cabrejas y Delfina Vázquez Balonga

– Fórmulas en latín (ítem, in solidum, abintestato, non numerata pecunia).

– Coordinación de sinónimos o de términos complementarios (mando y ordeno, pido y suplico, bienes y raíces).

– La expresión de la adición (más, otrosí, demás de esto).

– La expresión de la excepción (excepto).

– La expresión de lo colectivo y lo distributivo (todos y cada uno).

– Combinación de preposiciones (de a, hasta en, para con, por ante).

– Uso de formas no personales, como participios de presente (estantes, presentes) y gerundios.

– Oraciones subordinadas. Destacan las oraciones completivas con un que pleo- nástico y aquellas con omisión de este nexo. Este último es un rasgo conocido y extendido en la documentación (Martínez Ortega 1999: 169) que se encuentra igualmente con frecuencia en autores literarios de los Siglo de Oro, entre los que podemos mencionar a Teresa de Jesús (Keniston 1937, apud Pountain 2015); parece claro que se trata de un rasgo propio de la lengua escrita y es posible que haya sido heredado en la lengua escrita general de la lengua de los escribanos.

Por otra parte, el lenguaje administrativo influye en los usos del español hablado (Sánchez-Prieto 2010: 19). Se han citado ejemplos en numerosos documentos. Sin embargo, también se puede ver esta trasferencia en los testimonios de la li- teratura, y no solamente en las recreaciones humorísticas. De todo ello proviene que podamos ver fórmulas administrativas en latín y algunas expresiones en la lengua cotidiana en todo el español moderno, aún en nuestros días (todos y cada uno, por su cuenta y riesgo, corriente y moliente 2 ). Una pequeña muestra de cómo podía aparecer la lengua administrativa en la tradición discursiva de un ciudadano que podemos llamar “medio” del Siglo de Oro es una carta conservada en el Ayuntamiento de Toledo de 1584. En ella, un alguacil que custodia la entrada de la puerta del Cambrón solicita un aumento de sueldo. Para hacer la petición, emplea la forma pido y suplico, muy repetida en el discurso de súplica de las cartas remitidas a las autoridades municipales en Toledo y otros lugares. Se puede observar que el alguacil comete un error al escribir ciudad / cibdad, ya que escribe cidá, probablemente por una menor cercanía a los usos

2 En una carta de venta de 1483 incluida en CORDE se ve el uso primero de la fórmula moliente y corriente para un molino, la cual también aparece en el Fuero Reducido de Navarra (1530). Sin embargo, en Cervantes se emplea ya como expresión fijada equi- valente a ‘normal’, ‘corriente’, como en “músico corriente y moliente en todo género de guitarra” (Miguel de Cervantes, El celoso extremeño, 1613).

La lengua de los documentos notariales en la literatura del siglo XVII

49

gráficos habituales.Sin embargo, conoce el uso, plenamente establecido, de pido y suplico como fórmula fija propia de la lengua de la administración. Igualmente toma de este lenguaje la ausencia del nexo que para la subordinada (pido y suplico sea serbido mandarme acrecentar):

{1} Juan López de Salazar, alguacil d´esta cidá puesto por vuestra merced en la {2} puerta el Cambrón, en la guarda del pan d´ella, digo que el salario que {3} por vuestra merced me está señalado es muy poco respeto del mucho trabajo {4} que en la dicha guarda tengo por las madrugadas y noche, y demás del dicho {5} trabajo, con cuatro reales cada un día no me puedo sustentar. {6} A vuestra merced pido y suplico sea serbido mandarme acrecentar {7} el dicho salario, pues el trabajo es igual con el de Pedro {8} Urtado (2077, CODEA+ 2015, Toledo, 1584)

3.

Muestras en la literatura del siglo XVII

3.1

Tipos de recreación de la lengua notarial

Los autores de los Siglo de Oro recurren a fórmulas propias de la documentación notarial con fines tanto serios como humorísticos, sobre todo para enmarcar o

contextualizar y dar realismo o credibilidad a diversas situaciones (como una carta de un personaje a otro que se aduce completa o la redacción de un testamento en un momento de peligro o enfermedad) y para caracterizar a los escribanos o a algún escribano concreto. La recreación del lenguaje de los escribanos no es, por lo general, una reproducción fiel, como es natural, sino que reduce este tecnolecto

a algunas de sus características, como sucede en la reproducción o recreación del

habla de otros grupos sociales, como moriscos, vizcaínos, gitanos o rústicos (Sal- vador 2004: 772) o judíos (Almeida 2013: 8). En los textos literarios analizados, se observa efectivamente una simplificación de las características de la lengua de los escribanos 3 . De las enumeradas más arriba, destaca la imitación de los elementos léxicos, tanto en latín (ítem, in solidum, abintestato) como en castellano (presentes, estantes), así como fórmulas fijadas (sepan todos cuantos; firmelo; fecha en…) y la coordinación de sinónimos o términos complementarios (mando y ordeno, pido y suplico, bienes y raíces, habidos y por haber); en cambio, no se encuentra imitación de la expresión de la adición (demás de esto…), la excepción (excepto…)

y la combinación de preposiciones (hasta en y otras).

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Belén Almeida Cabrejas y Delfina Vázquez Balonga

Dada la relevancia de la profesión de escribano y su visibilidad en los Siglos de Oro, no es de extrañar que la presencia de la lengua notarial y documental en otros géneros textuales sea muy amplia en los siglos XVI y XVII. Entre los seg- mentos con reproducciones, recuerdos o remedos de la lengua notarial, los tipos más frecuentes son los siguientes:

a) Caracterización del escribano, en general humorística o burlesca, mediante términos propios de su jerga o tecnolecto.

El carácter eminentemente escrito de las lenguas de especialidad está relacionado también con la relevancia de la lengua en la caracterización de los escribanos: en las frecuentes enumeraciones humorísticas de profesiones, mientras que otras son descritas por el gesto o el instrumento, los escribanos son regularmente identifi- cados mediante fórmulas o palabras propias de los documentos que escribían: así, en un romance de Gabriel Lobo Lasso de la Vega (Manojuelo de romances, 1601) se enumeran las actividades características que deja de hacer o realiza incorrecta- mente un representante de cada profesión por el amor de una “bella villanchuela”:

“dexa de ir a caza / Durán el hidalgo, […] / el físico anda / medio emberreñado / a los de modorra / por amor curando; / olvida las tretas / el cura Morcacho”. Mientras, “anda el escrivén / siempre cabizbaxo / y a decir no acierta / ni aun el sepan cuantos”.

Igualmente en Lope de Vega se encuentra una enumeración en que se alude a los agugeteros que clavan, carpinteros que acepillan o herreros que martillan (además de fruteros que baxan el peso con el dedo), y de nuevo se alude a una fórmula lingüística en la descripción del escribano: “Las plumas sobre las mesas / los es- crivanos suspenden / sin proseguir mientras passo / sepan quantos esta vieren” (Lope de Vega, El alcalde mayor, c1604–1612). Mucho más elaborado es el retrato que de los escribanos se hace en algunas comedias en que aparecen, por ejemplo, como solicitantes del favor de la dama, trasladando de modo ridículo los términos propios de su profesión al diálogo amoroso, intentando enamorar “en los términos propios de su oficio” como en esta obra de Quiñones de Benavente:

[Escribano] Beso las de vuestedes muchas veces, y de conformidad juro y prometo, para que no me pare algún perjuicio, que ambas a dos, sin exceptar ninguna, in solidum las beso a cada una. [Matea] ¿Eso te cansa?; yo lo tengo a dicha. [Escribano] ¿Qué responde la dicha y sobredicha? [Fabia] Que las dos estimamos, como es justo, tanta merced.

La lengua de los documentos notariales en la literatura del siglo XVII

51

[Escribano] Oíd, por vida mía; que si pasa el favor de cortesía, estimo la merced que me habéis hecho en cuanto lugar haya de derecho,

y no en más; pero si esto se me niega,

renunciaré las leyes de la entrega. [Fabia] Pues advierta, primero que tal haga, que ha de otorgar las de la prueba y paga.

[Escribano] Yo doy fe que es verdad mi amor constante, que os reconozco actora de mi pena,

y haciendo deuda propia de la ajena,

me confieso obligado a estar rendido, pues os he dado mi poder cumplido.

No reservéis vuestro derecho a salvo,

que el dicho amor es cierto y verdadero,

y por último término os requiero

que lo creáis, y así os lo notifico. (Luis Quiñones de Benavente, Los cuatro galanes, 1645)

Igualmente en Santo y sastre, de Tirso, hay una serie de galanes “diversos / en estilos y en autores”, y de nuevo aquí se recurre a las fórmulas, concretamente a la al parecer más característica, para pintar al escribano: “suma / sus rasgos y sepan cuantos, / y admirada que haya tantos, / llámalos gatos con pluma 4 ” (Tirso de Molina, Santo y sastre, c1620).

b) Conversión de tipos documentales. Aunque no es demasiado frecuente, se da en ocasiones la conversión de un tipo documental completo, como por ejemplo un testamento, una carta de dote, de compraventa, etc. Encontramos esta imitación, en este caso con carácter humorístico, por ejem- plo en el “Testamento de Maladros”, en los Romances de Germanía (1609). En los versos se imita desde la fórmula inicial de los testamentos, “En el nombre de Dios”, que pasa a ser “En el nombre del gran Coyme”, hasta la fórmula del escri- bano (“Presente a lo sobredicho / yo el escrivano Mairena”; cf. CODEA 1833, de

4 Al parecer se llamaba gatos a los escribanos; pueden verse alusiones a esta denomi- nación por ejemplo en Salas Barbadillo: “Fuiste cuando más gorda de un escribano, / porque son carniceros siempre los gatos” (Sabia Flora);“Habló mal de un escribano / el moro, tu esclavo, ayer, / y él, que lo llegó á saber, / asentó sobre él la mano. / Ya esta gue- rra es muy osada, / don Luis, que no fué por yerro: / siempre muerde al gato el perro, / y él le pega manotada” (Caballero puntual). Quizá está relacionado con la acepción de ‘ladrón’ que se encuentra también en los siglos áureos.

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1607: “En testimonio de verdad, Joán de Vilches, escrivano”). Igualmente pasa

por el reconocimiento de la cercanía de la muerte y la afirmación de la capacidad para hacer testamento (“Puesto en el vltimo passo / para vasir por sentencia: / con mi libre entendimiento, / y voluntad sana y buena”; cf. CODEA+ 2015 195, 1598: “estando enferma en la cama, sana de mi juicio y entendimiento natural”, o CODEA+ 2015 1833: “estando enfermo en el cuerpo y sano en la voluntad, y en

mi natural juicio y memoria”), junto a la reflexión sobre que la muerte es común

a todos los humanos, en que más que imitarse la lengua notarial se recuerda el

contenido de una fórmula (“Y temiendo el cruel trago / del qual no ay quien libre sea”; cf. CODEA 1833:“porque la hora de la muerte es cosa natural a toda criatura

viviente”). No faltan las órdenes sobre cómo se ha de efectuar el entierro y honras (“se haga mi enterramiento / por el orden que convenga […] / me sean dichas seis missas”; cf. CODEA 195: “mi cuerpo sea embuelto en lienço y enterrado en San Julián en la sepoltura de mi marido”), además de las diversas disposiciones encabezadas por “ítem mando” (tanto en la recreación como en los testamentos citados). Del mismo modo habría que reseñar la presencia en el “Testamento de Maladros” de las fórmulas otorgo y conozco, lo firmo, fecho en…, la forma de futuro

de subjuntivo, tan frecuente en esta documentación notarial (dixere), el adjetivo

participio (presentes), los sustantivos albaceas y almoneda (subasta pública de los bienes). Estas fórmulas contrastan de modo buscado con términos de la germa- nía como farda, trena, mandil o cala. De modo parcial (sin recrear más que una parte de un documento), esta técnica es utilizada con bastante frecuencia con

propósitos humorísticos. Otro tipo de conversión de documentos, relevante en la literatura áurea, es la conversión a lo divino de tipos documentales. Ofrecemos ejemplos de Lope de Vega (El peregrino en su patria, 1604) y Alonso de Ledesma (Conceptos espiritua-

les, 1600–1612). En la obra de Lope, el autor emplea el lenguaje notarial para dar solemnidad a un compromiso en un contexto puramente ficticio, pues aquí la fe

y

el alma, personificados, emplean fórmulas de los escribanos como íten, firmelo

o

mi sello:

[Fe] Íten, que niegas mil veces al Pecado. [Alma] Sí le niego. [Fe] Y que será de Dios siempre. / [Alma] A Dios hago juramento […]. / [Fe] “Firmelo”, dice adelante, / “con mi sangre y con mi sello

Como último ejemplo de este tipo de conversión “a lo divino”, que tiene tradición (ya muchas décadas antes se encuentra el Auto de acusación contra el género hu- mano), citaremos cómo Alonso de Ledesma, en un largo poema dedicado a Judas y

al “Santíssimo sacramento”, toma la forma de un documento, como explícitamente

se dice en el título,“[e]n metafora de vna informacion en derecho”. A lo largo del

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poema, son incontables los pasajes en que se incluyen fórmulas notariales o jurí-

dicas, y también la sintaxis queda claramente influida por el deseo de aproximarse

a tales tipos textuales.

c) Uso, humorístico o no, de términos de la lengua documental para enmarcar situaciones o para adjudicar a un género determinados contenidos menos rutinizados, como una carta.

Este es, probablemente, el empleo más habitual por los autores de literatura de elementos de la lengua documental, especialmente en la prosa. Está muy presente en la novela cervantina, como se explica más adelante. En el que probablemente es el género más influido por el lenguaje documental, la historiografía, la función de elementos de este tecnolecto parece aportar credibilidad, tanto si el redactor se limita a hacer aparecer elementos aislados como si recrea documentos completos (o incluso reproduce documentos reales, como sucede en no pocas crónicas de los Siglo de Oro) 5 . Un ejemplo es el que se expone a continuación, proveniente de la obra de 1625 Historia y descripción de la casa de Córdoba:

Se averigua por una escritura de venta de unas casas que esta señora vendió a la Iglesia de Córdoba (…) fechada en la misma ciudad a 23 de julio de 1444 años, cuya cabeza dice: “Sepan quantos esta carta vieren como yo D.ª Juana de Montemayor muger de mi Sr. Pedro Fernández […]”

Semejante es el siguiente caso, un fragmento de la Segunda parte de la Historia de la orden de San Jerónimo (1600). Con frecuencia se emplean los documentos para ilustrar la historia de las órdenes religiosas:

como se halla entre otras escrituras de aquel conuento: “Sepan quantos esta carta vieren como yo Iuan de Robledillo, y Andres de Plasencia, hermitaños en las casas del monasterio que dizen de Iuste […]”

A veces, en cambio, se menciona la existencia de un documento de manera menos

precisa simplemente dando una idea de su tenor; estas palabras suelen recordar

5 La historiografía es, desde la Edad Media, el género que con más regularidad presenta elementos característicos de la lengua documental, y lo hace en contextos muy variados, especialmente aquellos que por su temática se acercan a los aspectos de la vida más frecuentemente tratados por los documentos (la emisión de órdenes y prohibiciones, cartas, la expresión de límites o tierras, etc.). Cf. Almeida (2011) para consideraciones sobre este aspecto en la historiografía medieval; para un estudio de cómo puede ob- servarse concretamente en la Quinta parte de la General Estoria una notable influencia de las fórmulas documentales, cf. Almeida / Trujillo (2010).

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algunos rasgos de la forma que adopta el documento notarial. Este sería el caso del siguiente fragmento de Fray Bartolomé de las Casas:

Y a los señores de los pueblos y de la tierra dábalos en uno de los repartimientos que

hacía al español a quien él más honra y provecho quería hacer, diciendo en la cédula de

la encomienda de esta manera:“A vos, fulano, encomiéndanseos en el cacique fulano tantos

indios, para que os sirváis dellos en vuestras minas y granjerías, con la persona del cacique”, etc. (Bartolomé de las Casas, Historia de las Indias)

El uso ingenioso de diversas fórmulas textuales, en su forma original o modifica-

das, es también característico de la literatura barroca, y el mismo impulso que lleva

al ventero de Cervantes a modificar el “desfacer tuertos” de la novela caballeresca

en “hacer tuertos” mueve a la pícara Justina a hablar de “cabellos […] que tienen más de muebles que de raíces”, o a un escribano a decir, en la Floresta española de Melchor de Santa Cruz, que no se han de inventariar dos tocinos que hay en casa de un cristiano nuevo como bienes muebles, sino como bienes raíces.

d)

Aparte quedan las numerosas alusiones a supuestas características morales de los escribanos que no hacen referencia a la lengua documental, como el chiste de la Floresta española:

En la ciudad de Lisboa, en un escritorio del escribano de huérfanos, están escritas con grandes letras de oro estas palabras: “Antes que des, escribe. Antes que firmes, recibe” (Melchor de Santa Cruz, Floresta Española, 1574)

es que son numerosos los testimonios acerca de la imagen que se tenía del es-

cribano en los siglos XVI y XVII. Los defectos más citados son la incompetencia

en su trabajo y la corrupción (Extremera 2003: 191). Por otro lado, es indudable

el poder que les daban sus conocimientos de las letras y las cuentas respecto al

resto de la población. En la literatura son innumerables los ejemplos de críticas

al gremio. Damos algunas instancias de ello de la Pícara Justina y el Guzmán de

Alfarache en que se critican, respectivamente, la codicia y presunta tendencia

a hacer la letra grande y separada para ocupar más líneas y más papel, lo que

aumentaba el precio para el cliente, y la corrupción a gran escala (se les acusa de una disposición de certificar lo que se les pida, cierto o no, si se les paga; también un condenado a galeras se lamenta en el Quijote de no haber “untado con ellos [veinte ducados] la péndola del escribano”). Sobre ello abunda también la cita de La desordenada codicia de los bienes ajenos. Don Quijote, en el cuarto ejemplo, se queja simplemente de la dificultad para entender la letra procesal 6 :

Y

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Lo que nunca pude acabar con el escribano fue que metiese más letra en las planas, que iban tan apartadas las partes que parecían que estaban reñidas o que eran rebujones de cabellos en cabeza de tiñoso, ni con que tomase los derechos delante de testigos (Francisco López de Úbeda, Pícara Justina, 1605) Nunca daba dinero adelantado, que son peores que sastres algunos escribanos y letrados (Francisco López de Úbeda, Pícara Justina, 1605)

Cierto yo no sé de qué sirven, ni para qué son en la república escribanos reales, sino para buscar reales y capear en medio de la plaza; y en las comisiones en que les envían viven de sola su pluma, bien o mal, comoquiera (…) o diciendo verdad o mentira; poco importa

el cómo, mientra haya qué echar en la bolsa (Mateo Alemán, Guzmán de Alfarache, 1599)

El notario y escribano hurtan con un etcétera una herencia entera: y si el proceso es cri- minal, a más del dinero que por la falsedad toman, hurtan la vida a un pobre inocente (Carlos García, La desordenada codicia de los bienes ajenos, 1619)

y no se la des a trasladar a ningún escribano, que hacen letra procesada, que no la enten- derá Satanás (Miguel de Cervantes, Quijote, I, 1605)

3.2 La lengua notarial en la novela del siglo XVII

Se hallan ecos de esta lengua (así como alusiones a notarios y escribanos) en in- contables novelas de los siglos XVI y XVII, lo que da muestra de la importancia de la institución notarial en la sociedad áurea y de su presencia en la vida de los ciudadanos de modo más o menos cotidiano. El uso de términos, fórmulas o es- quemas documentales procedentes de este tecnolecto se hace, como hemos dicho, tanto con un propósito humorístico como con el fin de reproducir una situación en que se presenta a un escribano en ejercicio de su actividad. Igualmente es posi- ble encontrar estos ecos en lo que puede ser una integración en la lengua hablada, sin ninguna finalidad más que retratar la lengua de uso de su tiempo y entorno. En la narrativa cervantina, el uso que se da a la lengua notarial es en general el de enmarcar situaciones en las que es típica la presencia de un escribano, como una carta o un testamento. En el Quijote, quizá el fragmento donde es más evidente la imitación de la lengua notarial es el final, cuando el protagonista dicta su testa- mento. Ya el inicio de la escena muestra la importancia de la tarea del escribano:

Yo, señores, siento que me voy muriendo a toda priesa: déjense burlas aparte y tráiganme un confesor que me confiese y un escribano que haga mi testamento, que en tales trances como este no se ha de burlar el hombre con el alma; y, así, suplico que en tanto que el señor cura me confiesa vayan por el escribano.

El paralelismo de los pasos referidos en el dictado del documento con el contenido de un testamento habitual de la época es muy preciso, de manera que Cervantes hace una recreación realista, sin intención burlesca: así, se refiere a “la cabeza del testamento” y a “las circunstancias cristianas que se requieren”, para centrarse

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luego en el contenido específico del testamento (“llegando a las mandas, dijo”). Cada una de estas mandas (término técnico propio de los testamentos) está enca- bezada por iten, como es habitual en los testamentos de la época, a lo que siguen los elementos verbales mando (en el sentido de ‘doy’ o ‘dejo [como legado]’) o es mi voluntad:

Iten, es mi voluntad que de ciertos dineros que Sancho Panza, a quien en mi locura hice

mi escudero

Iten, mando toda mi hacienda, a puerta cerrada, a Antonia Quijana mi sobrina, que está

presente

Cualquier testamento redactado por un escribano en la época tendrá estos ele- mentos; citaremos uno de Judes (Soria), de finales del siglo XVII, y el ya mencio- nado más arriba de Arganda (Madrid), de 1607:

Iten dejo y es mi voluntad se me digan cien misas en do fuere voluntad de mi testamen- tarios…(s/n CODEA+ 2015, Judes, Soria, 1695) Iten, mando a la fábrica de la dicha iglesia y a Sant Roque […] medio real (1833 CODEA + 2015, Arganda del Rey, Madrid, 1607)

Igualmente características de los documentos notariales son las alusiones a la pre- sencia o ausencia de las personas mencionadas (“mi sobrina, que está presente”) o el uso de futuro de subjuntivo. Otras situaciones en el Quijote en que se requiere la presencia de un escribano son aquellas en las que, en una construcción metaliteraria más o menos compleja, se le pide por ejemplo que dé testimonio de que don Quijote ha muerto, “para quitar la ocasión de que algún otro autor que Cide Hamete Benengeli le resucitase falsamente”, o cuando el propio don Quijote solicita “por una petición, de que a su derecho convenía” (ecos de la lengua notarial) que don Álvaro Tarfe “declarase […] cómo no conocía a don Quijote de la Mancha […] y que no era aquel que andaba impreso en una historia […] compuesta por un tal Avellaneda”. Si pasamos a otras obras de Cervantes, podemos citar un extracto de la novela ejemplar Rinconete y Cortadillo. En él, Monipodio toma la palabra y recomienda que nada quede por escrito “debajo de signo de escribano”, tras lo cual recrea un elemento típico de los documentos de la administración como el modo en que se aludiría al malhechor:

no es bien que quede asentado debajo de signo de escribano, ni en el libro de las entradas:

Fulano, hijo de Fulano, vecino de tal parte, tal día le ahorcaron, o le azotaron”, o otra cosa semejante (Miguel de Cervantes, Rinconete y Cortadillo, 1613)

Esta fórmula para identificar a la persona aparece en toda la documentación nota- rial de la época, como este inicio de una dote de Cuenca de 1592. En esta, además,

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se añade la distinción con el padre (El Mozo) y el oficio, ya que esto podía ocurrir si se consideraba pertinente:

Miguel Tello el moço, pastelero, hijo de Miguel Tello y Juana Mayordoma, su muger, vezino de esta noble cibdad de Cuenca (2025 CODEA + 2015, Cuenca, 1592)

En el Viaje del Parnaso, encontramos un uso humorístico de la lengua notarial en la formulación (parcial) de un falso documento, en que se reproducen fielmente diversas fórmulas muy características:

Envío a vuesa merced unos privilegios, ordenanzas y advertimientos tocantes a los poetas; vuesa merced los haga guardar y cumplir al pie de la letra, que para todo ello doy a vuesa merced mi poder cumplido, cuanto de derecho se requiere (Miguel de Cervantes, Viaje del Parnaso, 1614)

En la narrativa de Cervantes, llaman la atención por lo inhabitual las varias alu- siones positivas a los escribanos, o la negativa de algunos personajes a sumarse a la condena, que parece haber sido frecuente, a todos los miembros de la profesión. En el Persiles, un personaje recomienda a otro que se acoja a la iglesia si quiere conservar la libertad, comentando que “solo él [el cura] y el escribano son en este lugar cristianos viejos” 7 ; el licenciado Vidriera, interrogado sobre los escribanos, renuncia explícitamente a hablar mal de ellos (aunque con un cierre ingenioso que en parte parece contradecir lo dicho), en un pasaje cuya lectura completa recomendamos:

Uno le dijo:

– ¿Qué es esto, señor Licenciado, que os he oído decir mal de muchos oficios y jamás lo habéis dicho de los escribanos, habiendo tanto que decir?

A lo cual respondió:

– Aunque de vidrio, no soy tan frágil que me deje ir con la corriente del vulgo, las más veces engañado. Paréceme a mí que la gramática de los murmuradores y el la, la, la de los que cantan son los escribanos; porque, así como no se puede pasar a otras ciencias, si no es por la puerta de la gramática, y como el músico primero murmura que canta, así, los maldicientes, por donde comienzan a mostrar la malignidad de sus lenguas es por decir mal de los escribanos y alguaciles y de los otros ministros de la justicia, siendo un oficio el del escribano sin el cual andaría la verdad por el mundo a sombra de tejados, corrida y maltratada (Miguel de Cervantes, El licenciado Vidriera, 1613)

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También Cipión, en el Coloquio de los perros, se niega a condenar a todos los escribanos, pues, defiende,

decir mal de uno no es decirlo de todos; sí, que muchos y muy muchos escribanos hay bue- nos, fieles y legales, y amigos de hacer placer sin daño de tercero; sí, que no todos entretienen los pleitos, ni avisan a las partes, ni todos llevan más de sus derechos […]. Muchos y muy muchos hay hidalgos por naturaleza y de hidalgas condiciones (Miguel de Cervantes, El Coloquio de los perros, 1613)

Las alusiones de Avellaneda a los escribanos y sobre todo su uso de la lengua notarial difieren enormemente de los que hace Cervantes; destaca el hecho de que haga hablar a Bárbara (la “reina Zenobia”), una mujer sin educación, en una extraña imitación de la lengua notarial mezclada con términos más crudos y cercanos a la germanía:

Señor cavallero -respondió ella-, beso a v. m. las manos por la buena obra que sin averle servido me haze; yo quisiera ser de quinze años y más hermosa que Lucrecia para servir con todos mis bienes avidos y por aver a v. m.; pero puede creer que, si llegamos a Alcalá,

lo tengo de servir allí, como lo verá por la obra, con un par de truchas que no passen de

los catorze, lindas a mil maravillas y no de mucha costa (Alonso Fernández de Avellaneda, Quijote, 1613) Entonces llegó Bárbara, diziendo: “Suplico a v. m., poderosíssimo señor alcayde y noble castellano deste alcáçar, remita, por amor de mí, esta vez a Sancho vida y miembros; que

le devo buenos servicios, y salgo por fiadora de su enmienda, obligando, si no lo hiziere,

todos sus bienes muebles y raýzes, avidos y por aver, al castigo que ordenare v. m. darle” (Alonso Fernández de Avellaneda, Quijote, 1613)

En algunas obras picarescas es frecuente la alusión y el uso humorístico de la lengua de los escribanos. Destaca por la cantidad de los casos La Pícara Justina. En esta obra, se da sobre todo la imitación de fórmulas. Este es el caso de “mes gatuno” y “once y mona”, expresiones incluidas en “esta carta”. Asimismo se usan elementos binarios con rima (“en vista y revista”, que reconoce y utiliza la estructura de las fórmulas notariales para crear una nueva) y léxico propio (“mandar”,“poseedora inquilina”). En ocasiones hay una imitación expresa por parte de la protagonista, que añade “como dicen los escribanos”. Por último, también se observa un juego de palabras a partir de la expresión “bienes muebles y raíces”, ya que se aplica al cabello:

A buenas noches, Pavón […] y por si acaso quisieres presentar esta carta a la justicia lo

que fue ganado en buena lid […]. Fecha en Salamanca, en el mes gatuno, entre once y mona (Francisco López de Úbeda, Pícara Justina, 1605) Otra simpleza: parecióme que si ella muriera con su lengua, mandara aquella hacienda a algún mal morisco […]. Por esta causa, me pareció en el pleito de propriedad y herencias entenciar en mi favor en vista y revista, y me hice poseedora inquilina, como dicen los escribanos (Francisco López de Úbeda, Pícara Justina, 1605)

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cabellos (…) que tienen más de muebles que de raíces (Francisco López de Úbeda, Pícara Justina, 1605)

En El guitón Onofre se encuentran reflejadas diversas situaciones en las que in- terviene un escribano o en que simplemente se escribe o lee un documento; por ejemplo, esta en la que se cuenta cómo el protagonista escribe un documento falso, al que dota, lógicamente, de las características de los documentos reales para que sea creído:

Dije a mi procurador que llevasen los hombres escopetas, porque, como los dos teníamos tratado, ellos habían de ser las guardas que inviaba el Consejo para llevarme a Valladolid según lo significaban las dos medias cartas que, en su nombre, escrebí al corregidor, las cuales juntas decían de esta manera: “A oídos de Su Majestad han llegado las bellaquerías que ese hombre llamado Onofre, que está preso en esa cárcel, ha hecho, y hanle parecido tan mal, que expresamente ha mandado se castigue en esta Corte; y ansí van esas guar- das para traelle a buen recado. Haréis que, vista ésta, al punto se les entregue con lo que contra él hubiere procesado, porque en esto nos serviréis. De Valladolid a tantos, Fulano y Fulano, por mandado del Rey Nuestro Señor y de los señores de su Real Consejo, Fulano su escribano de cámara. A nuestro corregidor de la ciudad de Logroño” (Gregorio González, El guitón Onofre, 1604)

También el Guzmán de Alfarache alude con frecuencia a los escribanos, pero más bien a situaciones en que actúa un escribano, utilizando las fórmulas notariales sobre todo en estos contextos ya citados arriba. En la obra de Quevedo Genealogía de los Modorros, por su parte, encontramos el recurso de imitar la sintaxis llena de enumeraciones y el vocabulario de un documento notarial, pero con elementos contrarios, como es el compromiso de “jugar” y el añadido de que “costasen mucho y valiesen poco”, etc.

el que sucediese en sus bienes los pudiese vender, trocar, cambiar, enajenar, perder, jugar y hacer dellos todo lo que más útil fuese para que más fácilmente se gastasen en cosas que costasen mucho y valiesen poco, durasen poco y pareciesen bien( Francisco de Quevedo, Genealogía de los modorros, c1600)

4. Conclusiones

Puede observarse, según lo expuesto, que existe una notable influencia de la len- gua documental sobre otros tipos textuales, que usan este recurso con fines muy diversos. En primer lugar, la historiografía utiliza expresiones procedentes de la lengua de los documentos para describir situaciones semejantes a las descritas en los documentos (situaciones de derecho, falta de derecho, mandatos, obediencia, envío de mandatos o información, etc.), situaciones para las que la lengua do- cumental había ido acuñando una serie de expresiones de las que difícilmente

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Belén Almeida Cabrejas y Delfina Vázquez Balonga

podían deshacerse los historiadores. Otro factor habrá sido probablemente el

deseo de dotar a los textos de un tono creíble, alejado del utilizado en la ficción. Este deseo llega a su extremo en la costumbre de algunos historiadores de citar por extenso documentos originales en la redacción de sus obras, a lo que parece de modo absolutamente literal, aunque no podemos dar esto por sentado sin consultar los documentos citados. En la literatura entendida en un sentido más estricto, el recurso a diversas fórmulas de origen documental muestra desde su posible anclaje en la lengua de uso para referirse a realidades diversas en diferentes ámbitos (muerte, testamento, herencias, ventas, administración de justicia…) hasta un uso al parecer estricta- mente literario que busca el humor a través de la caracterización de los escribanos mediante su lengua, del uso de la lengua documental más o menos modificada en

boca de personajes de baja estofa (así la usan Avellaneda y la Pícara Justina) y de

conversiones burlescas o de otro tipo de géneros documentales (“Testamento de Maladros”, versiones a lo divino).

Cervantes se sitúa en el uso más natural de las fórmulas y recuerdos de la lengua de los documentos, pues la utiliza raramente de manera burlesca, y sirve en sus

obras más bien para ilustrar situaciones que en la vida real se encontraban direc-

tamente relacionadas con la presencia de esta lengua de mano de sus conocedores y principales productores, los escribanos y notarios. En todo ello, podemos encontrar cómo la lengua de los escribanos del siglo

XVII no tiene vida solamente en los protocolos y otros documentos reales, sino

también en otros textos con fines que están fuera de su función original.

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Pedro Álvarez de Miranda Universidad Autónoma de Madrid / Real Academia Española

Sobre las fuentes no literarias del Diccionario de autoridades, con especial atención a la “Pragmática de tasas” de 1680

Conocemos cada vez mejor el primer diccionario de la Academia, esa verdadera catedral lexicográfica publicada entre 1726 y 1739, y sabemos también cada vez más del rico caudal de textos, citas o autoridades que dieron a la obra el nombre postizo con que hoy nos referimos siempre a ella. Queda lejos la humorada de Clarín, que pudo poner en boca de unos contertulios del casino de Vetusta que “el diccionario de Autoridades” no era sino “el diccionario del Gobierno”, y por tanto “el que manda”. Sin embargo, ¿no ha venido pesando hasta hoy, como consecuencia de aquel nombre, una concepción de la obra que hace de ella algo fundamental- mente normativo y de intencionalidad canónica? En distintos trabajos, algunos –en particular el profesor Stefan Ruhstaller (2000, 2002, 2011, 2012), Barbara von Gemmingen-Obstfelder (1982) y yo mismo (Ál- varez de Miranda 2005, refundido en 2011)– hemos venido insistiendo en que la proeza de los académicos fundadores, y la extraordinaria modernidad del pro- ducto de su esfuerzo, dimanan del carácter eminentemente descriptivo, más que normativo, o prescriptivo –y proscriptivo–, que la obra tiene. No puede uno dejarse confundir ni por el tan traído y llevado lema que adoptó la Academia ni tampoco por las declaraciones programáticas de la corporación, pues la misma praxis lexicográfica llevó insensiblemente a los redactores a trai- cionar sus presupuestos y a ofrecer una obra mucho más abarcadora –o menos restrictiva– de lo que habían ideado. Esto es lo fundamental: lo que finalmente hicieron, más que lo que dijeron que se proponían hacer. Con todo, hemos de comenzar por parar mientes en los pasajes donde la Aca- demia expuso sus intenciones. Ya en el tempranísimo folleto titulado Planta y méthodo que por determinación de la Academia Española deben observar los aca- démicos en la composición del nuevo diccionario de la lengua castellana, de 1713 –tan temprano que la Academia no era aún Real–, leemos que se deberán repartir entre los individuos “los Authores Clássicos de la Lengua Española, para que cada uno desfrute la obra que le cupiere [es decir, la ‘despoje, sacando de ella fruto’], apuntando las Vozes y Phrases especiales de nuestra Lengua y los Textos con que las authorizan” (7).

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Es la primera referencia a los autores clásicos, es decir, según explicará en su momento el propio diccionario,‘selectos’,‘de notoria calidad y estimación’,‘dignos de todo aprecio’. Siguen luego los Estatutos de 1715, cuyo Capítulo Primero dice así en su único artículo:

Siendo el fin principal de la Fundación de esta Academia cultivar y fijar la pureza y ele- gancia de la lengua Castellana, desterrando todos los errores que en sus vocablos, en sus modos de hablar o en su construcción ha introducido la ignorancia, la vana afectación, el descuido y la demasiada libertad de innovar, será su empleo distinguir los vocablos, frases o construcciones estrangeras de las proprias, las antiquadas de las usadas, las baxas y rústicas de las Cortesanas y lebantadas, las burlescas de las serias y finalmente las proprias de las figuradas. En cuya consecuencia tiene por conveniente dar principio desde luego por la formación de un Diccionario de la lengua el más copioso que pudiere hazerse, en el qual se annotarán aquellas vozes y frases que están recibidas debidamente por el uso cortesano, y las que están antiquadas, como también las que fueren baxas o bárbaras… (Fundación y Estatutos de la Real Academia Española, Madrid, 1715, 11–12).

Idéntica o muy similar música se oirá de aquí en adelante en las declaraciones académicas, donde puede entreverse la insalvable contradicción de querer, a un mismo tiempo, reunir el más “copioso” diccionario que hacerse pudiere y poner algún tipo de coto a lo no recomendable (por “extranjero”, “bárbaro”, “anticuado”, “bajo”, “rústico”). La Academia no previó el enorme efecto legitimador que iba a tener su ambición de “copiosidad”, casi de exhaustividad (aunque, desde luego, de entrada optaron por prescindir de “las palabras que significan desnudamente objeto indecente” 1 y pronto se dieron cuenta de que sería imposible recoger todos los vocablos técnicos, los de “artes y ciencias”). Sigamos oyendo lo que nos dice la corporación. En el “Prólogo” del diccionario insisten en que su “basa y fundamento” está en “los Autores que ha parecido a la Academia han tratado la Lengua Española con la mayor propriedad y elegancia” (ii). Y en la “Historia de la Real Academia Española” que está asimismo al frente del primer tomo de Autoridades se explica:

De todos los puntos que se controvirtieron, en el que se convino con mayor constancia fue en confirmar quantas voces se pudiesse con autoridades de los mejores Autores, sin embargo de la gran dificultad que esta resolución incluía; porque [y lo aquí viene es precioso] hallar en un libro una voz es fortuna que ofrece el acaso y muchas veces no consigue el más aplicado estudio; y para vencerla en el modo possible, se encargaron los Académicos de examinar varios Autores clásicos, sacando de ellos las autoridades más dignas de reparo… (xviii).

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Ha habido académicos tan aplicados en ese “escabroso estudio”, leemos, que han entregado en secretaría las “autoridades” por miles.

Aun con toda esta providencia —continúan— obliga la necessidad a que una u otra vez falten autoridades para algunas voces, singularmente para aquellas cuya vulgaridad las excluye de escritos serios y no ha logrado el cuidado encontrarlas en los de assunto jocoso, sin que por esto sea culpable la Academia, que se reconoce obligada a todo lo que es estudio, pero no a lo que en tanta parte pende de la contingencia.

Los rigores de esa “contingencia”, las enormes dificultades para que la fortuna y el azar depararan en los libros –serios o jocosos– textos para todas las voces, debie- ron de llegar a obsesionarlos. Sin darse cuenta, los académicos se habían dejado inficionar por el virus de la lexicografía más exigente, la de base documental. ¿Quién de ellos sería el que dio con un humilde impreso en el que las citas de palabras cotidianas podían hallarse por centenares? Pero no adelantemos acontecimientos, y sigamos escuchando lo que explican. La Academia quiere calificar las voces, pero no quiere comportarse como maestra, sino como juez. El siguiente pasaje ha sido citado en varias ocasiones, y en él se ha visto una respuesta de la Academia a los ataques de don Luis de Salazar y Castro (González Ollé 2002: 209) 2 :

El poner estas autoridades pareció necessario, porque deseando limpiar, purificar y fijar la lengua, es obligación precisa que la Academia califique la voz, y manifieste los méritos de su juicio; pues con este méthodo muestra la moderación con que procede, y desvanece las inventadas objecciones de querer constituirse maestra de la lengua; porque calificada la voz por limpia, pura, castiza y Española, por medio de su etymología y autoridades de los Escritores; y al contrario, castigada por antiquada, o por jocosa, inventada o usada solo en estilo libre y no serio, viene a salir al público, con notoriedad de hecho, que la Academia no es maestra, ni maestros los Académicos, sino unos Jueces que con su estudio han juzgado las voces; y para que no sea libre la sentencia, se añaden los méritos de la causa, propuestos en las autoridades que se citan. En este proprio assunto ha usado la Academia de la mayor modestia, porque a todas las voces expressivas y propriamente Castellanas no las añade calificación, teniendo por inútil la sentencia, por estar comprobadas con el mismo hecho de ser usadas de nuestros Autores, y solo da censura a las que por antiquadas, nuevas, superfluas o bárbaras la necessitan (xviii-xix).

Esto es esencial. Como se ve, el propósito es que unas voces se califiquen por lim- pias, puras, castizas y españolas, mediante la autoridad de los escritores; y otras en cambio se castiguen por anticuadas, jocosas o inventadas. En el segundo párrafo

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se precisa que las “voces expressivas y propriamente Castellanas” no necesitan en realidad que se les añada ninguna calificación, por estar comprobadas por el mismo hecho de usarlas “nuestros Autores”. La Academia en cambio “da censura”, es decir, castiga, las “antiquadas, nuevas, superfluas o bárbaras”. Muy bien, pero, atención, porque el principio metodológico de aducir textos para las voces se aplica a todas, tanto a aquellas como a estas, tanto a las implícitamente calificadas como válidas como a las de algún modo castigadas o censuradas, que, por otra parte, son muchas menos. Enseguida lo veremos con casos concretos. La problemática distinción en la que la Academia se ha embarcado la lleva a hacer algunas consideraciones un tanto oscuras. Así, al plantearse cuál es el nú- mero ideal de citas para cada palabra o acepción, y puesto que no quiere imitar a la Crusca en su excesiva acumulación de textos, determina lo siguiente:

Se ordenó, para evitar esta prolixidad, que solo se autorizasse cada voz o phrase con dos

u tres autoridades; pues si es castiza y expressiva, dos u tres Autores clásicos son testigos

fidedignos para probar su nobleza, y si no es de tanto realce, dos u tres testigos conformes bastan para assegurar su naturaleza (xix).

¿Qué quiere decir esto? Confieso que no lo sé muy bien. Esos dos tipos de palabras, las castizas y expresivas por un lado y las de no tanto “realce” por otro, ¿se refieren a los mismos dos grupos de antes? ¿Qué diferencia hay entre “testigos fidedignos” (los “autores clásicos”) y “testigos conformes”? No lo aclara, y hasta se diría que lo embarulla más, un pasaje del prólogo en que se vuelve a introducir una distinción, ahora entre autoridad y ejemplo:

Las citas de los Autores para comprobación de las voces, en unas se ponen para autoridad

y en otras para exemplo, como las voces que no están en uso y el olvido las ha desterrado

de la Lengua, de calidad que se haría extraño y reparable el que hablasse en voces Cas- tellanas antiguas, que ya no se practican; pero aunque la Academia (como se ha dicho) ha elegido los Autores que la han parecido haver tratado la Lengua con mayor gallardía

y elegancia, no por esta razón se dexan de citar otros, para comprobar la naturaleza de la

voz, porque se halla en Autor nacional, sin que en estas voces sea su intento calificar la autoridad por precissión del uso, sino para afianzar la voz (v).

En cualquier caso, nótese que el principio fundamental es la “comprobación de las voces”. Este principio vale para todas. Y cuando unas páginas más adelante se in- serte la “Lista de los autores elegidos por la Real Academia Española para el uso de las voces y modos de hablar que han de explicarse en el Diccionario de la Lengua Castellana” –nótese ese verbo: explicarse sin más, no ya autorizarse, ni calificarse, ni otro similar; y nótese el sustantivo uso–, no se hará la menor distinción entre obras de un tipo u otro, que sirvan a un propósito “autorizador” o a otro “ejemplificador”. Es más, la lista –organizada en dos bloques, prosa y verso, y dentro de cada uno

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con distinción por siglos– la encabezan las obras de época medieval, que se diría son las más a propósito para ilustrar palabras antiguas, siempre alineadas entre las del segundo de aquellos dos borrosos grupos. De hecho, es que no había en absoluto, a pesar de algunas de las declaraciones que hemos visto, dos grupos de palabras, era imposible adscribirlas a una de dos categorías nítidas, y sí se había ido imponiendo en cambio, insisto, un único principio metodológico: documentar, ejemplificar, “comprobar” con testimonios efectivos de uso, presente o pretérito, el mayor número posible de voces y acepciones. De cualquier territorio de la monarquía, de cualquier época, de cualquier nivel. Así es, en efecto, y podemos acreditarlo con multitud de casos, no solo, por supuesto, de voces antiguas, sino también de voces consideradas “bárbaras” y de extranjerismos introducidos –como dice la Academia– “sin necesidad”. Nótese, por ejemplo, cómo castiga el diccionario la expresión adverbial cochitehervite:

“Modo de hablar baxo y vulgar, que se compone de palabras bárbaras, con que se significa que se hace o se ha hecho alguna cosa atropelladamente y con celeridad, sin guardar modo, tiempo ni término”. Mas, por duro castigo que se le inflija, va acompañada de textos de Quevedo y de La pícara Justina. ¿Es que eso no son au- toridades? Naturalmente que lo son. De almondiguilla o almondeguilla se afirma que son “voces corrompidas de Albondiguilla”, que es como se dice, pero ilustra la segunda de aquellas formas con un texto de Salvador Jacinto Polo de Medina. Comparsa es “voz puramente Italiana introducida modernamente sin necessidad”. Bien, pero se autoriza –podemos emplear este verbo– con un pasaje de la comedia Amor es todo invención, que se da como anónima pero que era de Antonio de Ca- ñizares, y que, por cierto, era de fecha tan cercana como 1721. De amicicia se dice que “es voz puramente Latina”, y de nuevo sigue lo de “introducida sin necessidad en el Castellano” (“sin necessidad”, es de suponer, porque significaba exactamente lo que amistad); se diría que la están recusando, pero va acompañada nada menos que de tres textos, uno de la madre Ágreda, otro de los Problemas de Francisco de Villalobos y otro de Lupercio Leonardo de Argensola. Otro motivo para “castigar” una voz, hemos leído más arriba, era el ser “jocosa”; pues bien, esto se dice del verbo trompetear, pero va acompañado de una autoridad de una obra, La Mosquea de Villaviciosa, que llegó a gozar de tal estimación entre los académicos,“por ser una de las mejores piezas de la lengua”, que se ordenó reimprimirla debido a la rareza de los ejemplares de la princeps (Lázaro Carreter 1972: 92–93). No es preci- so acumular más ejemplos. Ciertamente, también hay voces digamos “castigadas” o “censuradas”, es decir, a las que se pone algún tipo de objeción, que no llevan cita, pero por el solo motivo –estoy convencido de ello– de que los académicos no tenían ninguna a mano, y harto lamentaban no tenerla.

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Contra lo que pudiera parecer, además, la nota de “bárbara” aparece muy espo- rádicamente. Y otro hecho fundamental es que esos comentarios negativos sobre algunas palabras (“anticuada”, “bárbara”, “introducida sin necesidad”) desapare- cieron de la microestructura de los artículos, más formalizada, ya en la segunda edición, trunca, de Autoridades, de 1770, o en la primera del diccionario en un tomo, de 1780. Y, por supuesto, las palabras o acepciones implicadas se quedaron en el diccionario para siempre, hasta hoy mismo, igualadas en la nomenclatura consuetudinaria de la lexicografía española con la otra gran mayoría de vocablos, los que en Autoridades no llevaban ningún reparo de aquel tipo. Con todo ello no pretendo sino insistir en el carácter mucho más descriptivo que normativo del Diccionario de autoridades. Pero el objeto fundamental de estas páginas es subrayar la importancia que en la obra tienen las fuentes no literarias en sentido es- tricto, la notable cantidad de textos que distan de los producidos por“autores clásicos”. Como sugerí al principio, hemos avanzado mucho en el conocimiento cuali- tativo y cuantitativo de las obras que se citan en Autoridades. En un trabajo pre- sentado en 2003 y dedicado a la presencia de Quevedo en la lexicografía española (Álvarez de Miranda 2004) hice unos recuentos basados en calicatas representa- tivas, en el que pude establecer que el escritor más citado en nuestro diccionario era el autor del Buscón, seguido de Cervantes. En el mismo año presentó Margarita Freixas Alás su tesis doctoral (2003), que ofrecía útiles recuentos basados también en una muestra de la obra 3 . Añádanse los trabajos de Robert Jammes sobre la presencia de Góngora en el primer diccionario académico (1996), o de la propia Freixas sobre Lope (2004), y los muchos y muy valiosos estudios de Ruhstaller, etcétera. También contamos con los pacientes recuentos de marcas diatópicas, diastráticas, diafásicas y diacrónicas que ha hecho Judith Breuer (2007). Muy recientemente ha aparecido un importante trabajo de Guillermo Rojo (2014) 4 , en el que por primera vez, y gracias a una versión digitalizada de la obra, se ofrece un análisis cuantitativo de las citas de la totalidad de ella. Hay en el Diccionario de autoridades tres círculos concéntricos de amplitud creciente. Está, en primer lugar, la ya mencionada “Lista de los autores elegidos por la Real Academia Española para el uso de las voces y modos de hablar”, que figura en el tomo primero. El segundo círculo, más copioso que aquella lista, viene dado por la suma de las tablas de abreviaturas que figuran al frente de cada tomo.

3 Esta tesis está en la base de un libro de la propia Freixas (2010).

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Y el tercero, el más difícil de conocer y de más diámetro que los dos anteriores, sería la relación exhaustiva de las obras efectivamente citadas en la obra, pues hay bastantes textos extraídos de escritos que no figuran ni en aquella lista ni en las tablas de abreviaturas, bien porque en el artículo correspondiente se ofrecen los datos in extenso, bien porque se trate de citas ocasionales. Por ejemplo, esa comedia aducida en el artículo comparsa, Amor es todo invención, no está entre las abreviaturas del tomo correspondiente, ni la Academia se acordó nunca de mencionar a Cañizares en relación preliminar alguna. Hace más de una década me permití escribir: “El día en que se haga el inven- tario completo de las obras y documentos citados en Autoridades nos llevaremos bastantes sorpresas y tendremos sobrados motivos para la admiración” (2005: 83). Pues bien, estamos hoy mucho más cerca de ese día, gracias al trabajo de Rojo, a quien los procedimientos electrónicos no han ahorrado altas dosis de laboriosidad. En cuanto a las sorpresas, ya los recorridos de Ruhstaller por la obra nos habían deparado alguna, como la escondida en la segunda acepción de la palabra alifafe:

escondida en la segunda acepción de la palabra alifafe : ¿Quién sería el probo académico que

¿Quién sería el probo académico que tenía a la vista este documento notarial del siglo xiv, pulcramente datado con el consabido descuento de 38 años entre la era hispánica y la cristiana, y me temo que hoy ilocalizable? De las palabras que comenzaban por la combinación Ali- parece que se encargó don Lorenzo Folch de Cardona (Lázaro Carreter 1972: 114). Fuera quien fuera, se estaba adelantando en tres siglos a los esfuerzos que hoy hacemos por buscar en la documentación notarial materiales inexplorados para cimentar más sólidamente la historia del léxico español. La Academia estaba haciendo ya, lo mejor que podía, filología empírica, lexicografía inductiva. Ese alifafe ‘especie de colcha o manto forrado con distintas pieles’, arabismo homónimo del más conocido que significa ‘dolencia’, lo han estudiado mucho después tanto Corominas como el Diccionario histórico, documentándolo desde el siglo x.

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Abundan en el Diccionario de autoridades los textos escritos sin propósito estéti- co-literario. Por ejemplo, libros de cocina, de construcción, de caza, de medicina, de albeitería, de farmacia, de agricultura, de heráldica, de comercio, de metalurgia, de for- tificación, de náutica, de matemática y geometría, de música, de química, de equitación, una“Doctrina de Sangradores”, una“Instrucción de Enfermeros”, un“Ajustamiento de monedas”, etcétera. Pero destacan los de carácter legal 5 . Ya en la lista o declaración de intenciones que figura al comienzo de la obra se mencionan el Fuero Juzgo, el Fuero Real, las Partidas, las Leyes de la Mesta, los “Fueros de Vizcaya, Sevilla, Galicia y los demás que se hallaren impressos, generales o particulares, antiguos y modernos, y todas las Pragmáticas Reales”, la Nueva Recopilación, la Recopilación de las leyes de Indias y el Repertorio de las leyes de Castilla de Hugo Celso. Las relaciones de abre- viaturas enriquecen el conjunto con los Actos de Cortes de Aragón, las Ordenanzas de Sevilla, las de Tarazona, el“ordenamiento Real”, las“Ordenanzas Reales de Castilla”, las de “Abejeros”,“Huertas y montes” y “Jueces de Mercaderes” de Zaragoza, los Estatutos y una “Tarifa de la Aduana” de la misma ciudad y la “Pragmática de tassas” (todo ello en el tomo I), los “Autos acordados del Consejo”, las “Ordenanzas militares” y las de “Guarnicioneros”, los “Establecimientos de la Orden de Santiago”, las “Constituciones de la Hermandad del Refugio”, las “Definiciones de la Orden de Alcántara” y las de la Orden de Calatrava, el “Arancel de Puertos Secos” y la “Pragmática de Trages” (en el tomo II), unos “nuevos Aranceles”, las “Ordinaciones de la Ciudad de Zaragoza” y unas “Synodales de Toledo” (en el tomo III), más “Aranceles varios” y el “Testamento del Rey Don Carlos Segundo” (en el tomo IV), las“Ordenanzas de la Ciudad de Lorca” (en el tomo V) y las de Daroca y Huesca (en el tomo VI). Pero, como ya he dicho, el tercero de los círculos, el de las obras citadas sin que conste la abreviatura de su título en los preliminares, es aún más amplio. Y así, gracias al listado ofrecido por Rojo encontramos unos Aranc[eles] de Zarag[oza], unos Aranc[eles] del año 1722, unas Constituc[iones] del Coleg[io] Mayor de Alcal[á], unas Constituc[iones] del Cole- g[io] de S[an] Ildephonso de Alcalá, unas Constituc[iones] del Colegio de la Orden de Santiago de Salam[anca], unos Estat[utos] del Coleg[io] Mayor de Cuenc[a], una Etiqueta del año 1603, el Fuer[o] de Baez[a], las Leyes del estil[o y declaraciones sobre las leyes del fuero], un Mem[orial] del Doct[or] Thomás La Sala, un Memor[ial] por la Agricult[ura] de 1633, unas Orden[anzas] de la Chanc[illería] de Gran[ada], unas Orden[anzas] de la Plan[a] Mayor del Exérc[ito], unas Orden[anzas] del Exérc[ito] de Fland[es], unas Orden[anzas] del Regim[iento] de Guard[ias Españolas] de 1704, unas Orden[anzas] del Valle de Aram, unas Orden[anzas] para la Formac[ión] de las

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Milic[ias] del Reino, un Reglam[ento] para la Infant[ería] y Caballer[ía], el Testam[en- to] del Rey Don Pedro de Castilla. Ciertamente, muchas de estas obras se utilizan solo de forma ocasional. Pero unas pocas se encuentran entre las más citadas de todo el Diccionario de autoridades. Es el caso, entre las más antiguas, del Fuero Juzgo y las Partidas.Y sobre todo de la Nueva Recopilación de las Leyes del Reino, que incluía disposiciones de un muy amplio espectro de fechas (se compiló en 1567, en tiempos de Felipe II, pero probablemente los académicos utilizaran la edición aumentada de 1640). De las siete obras que, según los recuentos de Rojo, superan en Autoridades el millar de citas, la Nueva Recopilación, con 1532, ocupa el tercer lugar de la tabla, superada solo por el Quijote (2403) y por las poesías (Musas) de Quevedo (1555), y por delante del Dioscórides del doctor Laguna (1475), las Empresas de Saavedra Fajardo (1110), la Historia de Nueva España de Solís (1102) y la Historia de España de Mariana (1101). Induda- blemente, estas obras se despojaron sistemáticamente y los resultados del despojo se repartieron entre los redactores, porque se citan a lo largo de los seis tomos de forma bastante regular. En cuanto a la Recopilación de las leyes de Indias, se cita en total 338 veces, con un pico destacado (164 veces) en el tomo II. Pero no siempre es así. Ruhstaller ha estudiado un caso interesante, la irregu- lar presencia en Autoridades de las Ordenanzas de Sevilla(2004). Se trata de una compilación de reglamentaciones de esa ciudad fechadas desde finales del xv y publicadas en 1527, con nueva edición en 1632. Estas Ordenanzas se citan ochenta veces en el primer tomo del Diccionario de autoridades, solo una en el segundo

y ocho en el tercero, para ser completamente abandonadas en los tres restantes.

Pero es que además, de aquellas 80 citas del tomo primero, 67 corresponden a palabras que comienzan por al-. Los académicos utilizaron aquel recurso espe- cialmente para documentar un puñado de arabismos, algunos francamente raros (antiguos, pertenecientes a lenguajes específicos, localismos sevillanos). Los movía

un auténtico interés erudito y casi etnográfico por el léxico y su historia. Pero era de esperar que, como ha mostrado Ruhstaller, en no pocas ocasiones caminaran

a tientas, y como consecuencia de ello contribuyeran a crear algunos fantasmas

lexicográficos: en el material que manejaban había extraños hápax y errores de transmisión que hubieran planteado retos hasta a los filólogos y arabistas más avezados. Naturalmente, la mayoría de aquellos vocablos que habían espigado un poco al azar en las Ordenanzas sevillanas se quedaron para siempre en la macroestructura del diccionario académico (Ruhstaller 2006a, 2006b). Por mi parte quiero fijar la atención en una obra, o mejor dicho en dos, a las que el Diccionario de autoridades se refiere como “Pragmática de tasas”. Gracias

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a la edición digitalizada he podido hacer un recuento muy ajustado de las veces que se citan una y otra. La más antigua es de 1627, y en el diccionario se cita relativamente poco y desigualmente. Se trata de un impreso de 17 folios a doble columna encabezado por el título Tassa general de los precios a que se han de vender las mercaderías, y de las hechuras, salarios y jornales contenidos en esta relación. Naturalmente, igual que la otra que enseguida veremos (de 1680), es una fuente riquísima para documentar léxico cotidiano, los nombres de todo lo que se vendía y compraba en la España del xvii.

de todo lo que se vendía y compraba en la España del xvii. Se menciona una

Se menciona una sola vez (sin dar texto) en el tomo I, se cita 22 veces en el II, y después, en los tomos III a VI, baja de nuevo mucho el número de citas: 4, 3, 5 y 1. Lo que podrá comprobarse reiteradamente en la otra “Pragmática de tasas”, la utilizadísima de 1680, ya ocurre aquí. Del total de 36 referencias, en 22 (el 61%) la

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cita de esta “Pragmática de tasas” no va acompañada por ninguna otra autoridad. Pero otras veces convive en el artículo con pasajes de escritores ilustres. Véase, por vía de ejemplo, el caso de la palabra chinela, que en Autoridades lleva cuatro textos: uno de esta “Pragmática”, otro de Quevedo, otro del Quijote y, en fin, otro de Polo de Medina.

otro del Quijote y, en fin, otro de Polo de Medina. Y he aquí el texto

Y he aquí el texto de la Pragmática de 1627, tal como en ella aparece:

texto de la Pragmática de 1627, tal como en ella aparece: Nótese la peculiaridad de que

Nótese la peculiaridad de que nuestro humilde opúsculo encabeza la serie de citas. Aunque el detalle es curioso, no tiene mayor significación. En el prólogo del diccionario se advierte que “en los Autores que la Academia ha elegido para comprobar las voces por castizas y elegantes se ponen las citas sin graduación ni preferencia entre sí, evitando hacer este juicio comparativo, siempre odioso; pues solo ha puesto el cuidado de citar los que usaron con la mayor propriedad la voz de que se habla” (v–vi). Lo sorprendente es que las citas no literarias, de modo sistemático, preceden a las literarias. Para calibrar la importancia cualitativa de la fuente, señalemos que hay palabras que, llevando en Autoridades únicamente un texto extraído de esta “Pragmática”

y habiendo pasado al diccionario común, en el que hoy siguen, también en la

muy reciente edición de 2014, son voces tan raras que el Corpus Diacrónico del

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Español no ofrece para ellas ni un solo ejemplo. Tal es el caso de cejadero (‘cierto elemento de la guarnición de los coches’), cuevero (‘el que hace cuevas’) y primi- chón (‘madejuela muy retorcida de seda floja’). La otra “Pragmática de tasas”, de 1680, es mucho más importante para no- sotros, pues se aprovechó muy ampliamente y se cita muchísimo en todos los tomos de Autoridades. Es un impreso de 51 folios, salido de la imprenta ma- drileña de Juan de Paredes, en cuya portada leemos: Cédula Real en que Su Magestad manda se observe y guarde la moderación de alquileres de casas y precios de todos géneros comerciables, &c. Evidentemente, lo que intentaban las autoridades –ahora hablo de las otras– con esta cédula o pragmática era poner freno a las fuertes tendencias inflacionistas que aquejaban a la sociedad y la economía españolas.

pragmática era poner freno a las fuertes tendencias inflacionistas que aquejaban a la sociedad y la

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Hay ejemplares de dos tipos, con diferencias gráficas y tipográficas entre ellos. Pero las portadas son idénticas, y el contenido también. Tras las disposiciones preli- minares se lee en la página 3 un nuevo título, parecido al de 1627: “Tassa general de los alquileres de las casas que se alquilan en esta Corte, y precios a que se han de vender las mercaderías, y de las hechuras, salarios y jornales, y demás cosas contenidas en esta relación”. Obsérvense las diferencias, meramente tipográficas, entre los dos tipos de ejemplares:

meramente tipográficas, entre los dos tipos de ejemplares: El texto recorre los precios de los alquileres

El texto recorre los precios de los alquileres de casas y locales, de las lanas, los paños, las sedas, los lienzos, las pieles, los productos de guadamacilería, merce- ría, droguería, de las boticas (jarabes, aceites, ungüentos, emplastos, purgantes,

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píldoras, etc.), de los cabestreros, los estereros, los caldereros, los herreros, los tratantes en madera y ladrillos, los vidrieros, los salarios de distintos oficios, los honorarios de sastres, cordoneros, bordadores, peineros, curtidores, zapateros, latoneros, tintoreros, pasteleros, cuchilleros, lavanderas, aguadores… La “Prag- mática” es una radiografía fascinante de la vida cotidiana española a la altura de 1680. ¿Quién podía pensar que un impreso tan humilde, dispuesto por algún os- curo funcionario en una covachuela ministerial, se iba a convertir de facto en fundamental fuente de autoridad de la lengua española? Esto hubiera sido ini- maginable para la Academia de la Crusca, y no digamos para la Francesa. Y si tal cosa ocurrió fue porque esta modestísima tabla de precios era una mina inagotable a la hora de documentar el vocabulario corriente y moliente de la vida diaria, cientos de palabras que, como hemos visto, a los académicos les costaba encontrar tanto en las obras serias como en las jocosas, y que aquí se recogían a placer. En frases muy simples, eso sí –una ventaja para la brevedad de las citas–, meros enunciados nominales seguidos de un precio (lo que quiere decir que este texto, un tesoro para el lexicólogo y lexicógrafo, es completamente inútil para el estudio de la sintaxis). Vamos a las cifras, que son impresionantes. Según mis recuentos, la“Pragmática de tasas” de 1680 se cita 785 veces en Autoridades, con el desglose por tomos que figura en este cuadro:

Tomo I

Tomo II

Tomo III

Tomo IV

Tomo V

Tomo VI

Total

176

186

107

124

107

85

785

En el ranking total de las obras más citadas en Autoridades, del que antes vimos los siete primeros puestos, nuestra “Pragmática” ocuparía uno muy elevado, el duodécimo. Pero lo más significativo no es esto, sino que, proporcionalmente a la extensión, ese humilde texto es el más citado de todos, lo es mucho más –el doble– que el Quijote. Veamos. Sabemos que el secretario de la Academia, don Vincencio Squarzafigo, extrajo citas de la novela cervantina utilizando una edición madrileña de 1706 (Cotarelo, 1914: 33). Tomémosla como referencia. El conjunto de sus dos tomos tiene 722 páginas. El Quijote se cita en el diccionario 2403 veces. El hecho de que

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la “Pragmática”, con 101 páginas, se cite 785 veces, indica que la ratio de citas por página es mucho más alta que la del Quijote. Esa ratio es, para la novela, de 3,32 citas por página, y para la “Pragmática” más del doble, 7,77. Dicho de otro modo, de cada página del Quijote se extrajeron como media 3,32 citas (lo que desde luego es mucho), pero de cada página de la “Pragmática” se extrajeron 7,77. Es que, indudablemente, la densidad de léxico de interés en aquella simple relación de precios era extraordinariamente útil. En nuestros días, en los preliminares del Diccionario del español actual dirigi- do por Manuel Seco se afirma que en una compilación lexicográfica “las fuentes documentales, literarias o no literarias, no han de intervenir sino como espejo de la lengua, es decir, como imagen real del sistema general que permite comu- nicarse entre sí a unos hablantes con otros”. Y se explica que el corpus de la obra está integrado, naturalmente, por numerosos libros y periódicos, pero también por “publicaciones varias de carácter utilitario, como guías, catálogos, folletos y prospectos” (Seco / Andrés / Ramos 1999:xiva). Por ejemplo, la guía telefónica de Páginas amarillas se cita en el DEA. Pues bien, lo más parecido a ese tipo de impresos humildes de que se podía disponer a principios del xviii era nuestra “Pragmática de tasas”, de finales del anterior. Volvamos a ella. En los artículos de Autoridades las citas extraídas de la “Prag- mática” se mezclan inextricablemente con las de otras procedencias, tanto obras de intencionalidad literaria como carentes de ella. En 19 casos en que se brinda un par de citas, estas son, siempre por este orden, de la Nueva recopilación y del documento de 1680. Véase, por ejemplo, el adjetivo joyante:

de 1680. Véase, por ejemplo, el adjetivo joyante : En cahíz tenemos hasta tres textos no

En cahíz tenemos hasta tres textos no literarios: la Nueva recopilación, las Orde- nanzas de Sevilla y la “Pragmática”:

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Pedro Álvarez de Miranda

7 8 Pedro Álvarez de Miranda Pero también se juntan las citas de la “Pragmática” con

Pero también se juntan las citas de la “Pragmática” con las de Cervantes: 23 entra- das o acepciones tienen un texto de ella (citado siempre en primer lugar) y otro de dicho autor, texto que en 12 casos es del Quijote. Por ejemplo, la palabra bacía, tan importante en la novela:

ejemplo, la palabra bacía , tan importante en la novela: No se establece la menor diferencia

No se establece la menor diferencia entre la capacidad legitimadora de un texto y otro. Cifras similares podríamos dar de la combinación de la “Pragmática” y un texto de Quevedo, o de Lope, o del doctor Laguna. Si hay tres citas, dos pueden

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ser no literarias (Nueva recopilación y “Pragmática”) y una tercera de Cervantes, Góngora, fray Luis de Granada, Ribadeneira, Solís, Acosta, fray Damián Corne- jo… En el tomo de la C, en el que los académicos se explayaron en el número de autoridades por acepción, color como “arrebol con que las mugeres pálidas ponen roxas las mexillas y los labios” lleva una cita de la “Pragmática”, otra de las Novelas ejemplares y otra de las Zahúrdas de Quevedo; correa lleva un texto de la “Pragmática”, otro de Antonio Agustín y otro del Quijote. Y un caso poco frecuente, de cuatro ejemplos, es el de coleto: la Recopilación, la “Pragmática”, el Quijote y la Conservación de monarquías de Pedro Fernández Navarrete. No creo que sea necesario seguir aduciendo más ejemplos. Pero en la mitad de las veces que se cita la “Pragmática de tasas” de 1680, 387 de 785, exactamente el 49,2%, va en solitario, es decir, Autoridades no puede ofrecer para la palabra o acepción más que ese solo texto. Esto es muy relevante, porque indica que todo el caudal léxico correspondiente podría haberse quedado fuera del repertorio si no se hubiera utilizado nuestro documento. O algunas de las palabras que lo integran habrían tenido que ir sin cita alguna, cosa que también podía ocurrir. Véase, por ejemplo, la palabra justacor, un galicismo de la segunda mitad del xvii que designaba una prenda de vestir ajustada (fr. justaucorps). He aquí la entrada del diccionario y el fragmento de la “Pragmática”:

del diccionario y el fragmento de la “Pragmática”: Para calibrar hasta qué punto los académicos fundadores

Para calibrar hasta qué punto los académicos fundadores actuaron como autén- ticos pioneros de la investigación léxica, téngase en cuenta que he encontrado una docena de palabras que, no habiendo sido recogidas por ningún diccionario anterior a Autoridades, y llevando en este tan solo una cita extraída de nuestra “Pragmática”, no se documentan ni una sola vez en ningún texto del CORDE, lo que habla de su rareza o acaso de su efimeridad. Es el caso de cabeciancho, cam- brayado, cañariego, capicholado, caspera, chamelotón, entreordinario, filderretor, grafioles, monterey, perillos y villivina. Ni que decir tiene que la mayoría de estas voces siguen estando hoy en el diccionario usual. Nada menos que tres acepciones de la palabra llave, y además la combinación llave maestra, se ilustran con ejemplos de la “Pragmática”, que en dos de los cuatro

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casos son exclusivos. Sin duda la riqueza de Autoridades sería menor si los acadé- micos no hubieran decidido disfrutar este filón léxico. Así como hemos dicho más arriba que al enfrentarse al léxico de las Orde- nanzas de Sevilla los académicos se las habían a menudo con palabras que ig- noraban, en general puede decirse que el léxico recogido en la “Pragmática” les resultaba familiar, pues la fuente no estaba tan alejada en el tiempo como para no considerarla contemporánea. Una de esas palabras raras que acabamos de citar, filderretor, sería un tipo de tejido ya no usado a la altura de 1732 (fecha del tomo correspondiente), pero el académico, que redactó la definición en pasado, sabía muy bien de lo que hablaba:

la definición en pasado, sabía muy bien de lo que hablaba: Y eso que, desde luego,

Y eso que, desde luego, el texto de la “Pragmática” tenía la parquedad propia de un listado de mercaderías, y solo hablaba de “cada vara de filderretor”. Nótese también el caso de la palabra lanza. Si nosotros leemos el texto de la “Pragmática” solo deducimos por el contexto que es una pieza o una parte de un coche, porque pertenece a la “Memoria de los precios a que han de vender y fabricar los Maestros de hazer coches”:

han de vender y fabricar los Maestros de hazer coches”: Etcétera. Pero ¿qué era la lanza

Etcétera. Pero ¿qué era la lanza de un coche? Los académicos lo tenían clarísimo:

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fuentes no literarias del Diccionario de autoridades 8 1 Ya vimos antes que en algún momento

Ya vimos antes que en algún momento la Academia quiso introducir una suerte de distinción ideal entre “autoridades” y “ejemplos”. ¿Acaso las primeras corres-

ponderían a la más restrictiva “Lista de los autores elegidos por la Real Academia Española” que figura al frente del tomo primero y los segundos a lo añadido en las más extensas relaciones de abreviaturas? Ya hemos argüido que no se entiende que,

si las voces “antiquadas” podían merecer “castigo”, en aquella “Lista” hubiera tantas

obras medievales. ¿Cómo se va a “castigar” nada que va acompañado de genuinas “autoridades” previstas como tales? En unas instrucciones que la Academia dio a

su colaborador aragonés Juan Francisco Escuder se señala que entre los títulos de

la relación de abreviaturas había obras citadas solo de forma ocasional, no sujetas,

por tanto, a la necesidad de ser despojadas –o “evacuadas”– a fondo (Freixas Alás 2003: 178). Mas lo cierto es que, como hemos visto, la “Pragmática de tasas” de 1680, que no figura expresamente mencionada en la primera y canónica lista, y sí en la relación de abreviaturas, lejos de citarse esporádicamente, se explotó a mansalva. En cualquier caso, la pretendida distinción entre “autoridades” y “ejem- plos”, si es que alguna vez se sostuvo, se mostró inviable: unas y otros acabaron mezclándose inseparablemente en el desarrollo de la obra. Aunque, desde luego, la “Pragmática de tasas” no ha pasado ni pasará a la

historia de la literatura, el Diccionario de autoridades, haciendo circular sus citas entre los estudiosos, la puso al nivel de los clásicos. Así, cuando el P. Juan Mir

y Noguera, en su Prontuario de hispanismo y barbarismo, condena el galicismo

bisutería, esgrimiendo las muchas voces castizas que el español tiene para el mismo referente (joyería, platería, buhonería, etc.), encabeza la correspondiente ristra de citas con la siguiente afirmación:“No estará de más añadir aquí algunas

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Pedro Álvarez de Miranda

sentencias de clásicos”. Y entre tales “sentencias de clásicos”, junto a pasajes de fray Luis, Quevedo, Rojas Zorrilla, Mariana, el Estebanillo, incluye uno de la “Pragmática” de 1680, que extrae de Autoridades: “Memoria de los precios que se dan a los mercaderes de joyería de la calle mayor” (Mir, 1908, I, 260). Es de- cir, por el mero hecho de haber sido citada en el primer diccionario académico nuestra “Pragmática” se convertía en un “clásico”. Lo que no calculó el esforzado jesuita es que en ese documento administrativo de fines del xvii no escaseaban los galicismos, esos galicismos que tanto lo encocoraban. Hay otras pragmáticas y textos de similar naturaleza que también se citan en el primer diccionario académico, pero de manera ocasional. Por ejemplo, sendas “Pragmáticas de trages” de 1684, 1691 y 1723. Son textos preciosos para conocer el léxico de la indumentaria. Pero no puedo ya detenerme en ellos. Convendría estudiar también hasta qué punto se incrementó el uso de la documentación no li- teraria del mismo carácter en el tomo único de la segunda edición de Autoridades, publicado en 1770 (en el que por cierto, significativamente, ya se eliminó, por in- útil, la programática lista inicial de autores y obras). Sospecho que tal incremento se produjo, pues un cierto prurito de coleccionismo léxico llevó a los académicos a incorporar a ese tomo nada menos que 2620 entradas nuevas (Garrido Moraga, 1987). Queden estas tareas para otra ocasión. De lo que no hay duda alguna es de que, cuanto más y mejor conocemos el Diccionario de autoridades de 1726–1739, mayor es nuestro pasmo. Fue una verdadera proeza filológica. Y un producto lexicográfico extraordinariamente moderno, muy adelantado a lo que en su tiempo cabía esperar.

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Rafael Cano Aguilar Universidad de Sevilla

Nuevos textos, nuevos discursos en la época de Cervantes

1. Durante mucho tiempo, quizá demasiado, el brillo de los grandes escritores de la “Edad de Oro” de la literatura española, entre los siglos XVI y XVII, logró deslumbrar a los historiadores de la lengua, que veían en ellos no ya la culmina- ción, a veces muy particular, de las posibilidades expresivas que proporciona el idioma, sino el reflejo mismo del habla general. Incluso Menéndez Pidal, que veía la segunda mitad del XVI (el “manierismo”) y la primera del XVII (el “barroco”) como la época de la “innovación” en el uso del lenguaje y del dominio de las gran- des individualidades, llegó a pensar que esos estilos, por medios diversos, podían trasladarse al común de los hablantes, de modo que aun la lengua más artificiosa no era ajena al uso ordinario 1 . En la actualidad, sin embargo, los historiadores del español se esfuerzan por ampliar el abanico de textos y tradiciones textuales y discursivas objeto de estudio, de modo que se pueda llegar, si no al conocimiento global de la lengua de la época (el discurso oral siempre llegará, si llega, mediatizado), sí a una visión más amplia, apoyada en una base empírica más variada, y por tanto también más compleja. Del mismo modo, el análisis ha ido basculando no solo hacia encontrar más ve- rosímiles aproximaciones a la “lengua general”, sino también a la determinación de tradiciones y tipos de textos que pudieran hacerse entrar en correlación con determinados procesos lingüísticos. En la época situada en torno a la aparición de la Segunda Parte del Quijote varias son las tradiciones que, si bien no nacen de la nada (ninguna lo hace así), sí empiezan en esta época a mostrar una mayor pujanza, que cristalizará en ti- pos de textos que tiempo después, a partir del XVIII, acabarán caracterizando la modernidad. Entre ellos, destacan muy especialmente los textos informativos destinados a un público cada vez más amplio, y los primeros ensayos sobre la si- tuación política y económica del Reino, con las posibles medidas que sirvan para su remedio. También merecen la atención de los estudiosos los tratados técnicos

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Rafael Cano Aguilar

y, menos abundantes, científicos; sin embargo, la falta de espacio y tiempo obliga

a posponer el estudio sintáctico y discursivo de tales textos para otra ocasión. 2. En las décadas segunda y tercera del siglo XVII los textos informativos que daban cuenta de algún hecho particularmente llamativo o relevante, las relaciones (muchas veces, narraciones de alguna catástrofe natural: el tipo tan habitual de

las relaciones de sucesos), y cuyo origen se remonta incluso al siglo XV, empiezan

a convivir cada vez más con textos que reúnen noticias procedentes de diversos

lugares, relacionadas en general, de una u otra forma, con el Imperio español. Son las denominadas gacetas, que pueden construirse de forma autorial anónima, con un destinatario abierto e innominado, o con autor conocido y destinadas a perso- najes concretos, aunque muy habitualmente no se les nombre; normalmente, este último tipo adopta el esquema textual de la epístola, si bien de ella solo conserva algunas formas interpelatorias al comienzo y/o al final del texto, siendo el centro, normalmente, la serie de noticias de acontecimientos notables, expuestos en forma semejante a las gacetas anónimas, aunque al tratarse de textos firmados, aparte de posibles peculiaridades de estilo, la intervención del autor en su narración y en su discurso, para emitir juicios, opiniones, comentarios, etc., sobre aquello de que habla, es muy frecuente 2 . Esos textos informativos misceláneos adquieren, según se ha dicho, mayor expansión en el tiempo más o menos coetáneo con los últimos años de vida de Cervantes y con la publicación (1615) de la segunda parte de su Quijote. De los avisos anónimos y públicos se analizarán aquí: Nuevos avisos venidos de Roma

(Sevilla, 1597), GAZETA ROMANA, Y RELACION general, de auisos de todos los reynos y prouincias del mundo (Sevilla, 1618), y Relación de avisos de Roma, Flan- des, Sicilia, Alemania, Francia, Florencia y Argel (Sevilla, 1621). Y de las gacetas de autor en forma epistolar con destinatario(s) particular(es) aunque innomina- do(s) es obligada la presencia de las Cartas de Andrés de Almansa y Mendoza, compuestas y publicadas entre 1623 y 1627 3 : las cartas 1 y 8, por sus particulares valores lingüísticos, serán las aquí estudiadas.

2 Para la tipología de estos textos, bien analizados ya por los historiadores del periodismo, pueden verse Ettinghausen 2000 y 2012, y Ettinghausen y Borrego 2001; también Díez Borque 1996. De estudios con orientación lingüística y discursiva sobre ellos, se cuenta ya con algunos muy notables: Borreguero Zuloaga y Octavio de Toledo 2003, 2004, 2006 y 2007, Méndez García de Paredes 2008 (de ámbito semejante, pero centrado en el XVIII, Leal Abad y Méndez García de Paredes 2013).

Nuevos textos, nuevos discursos en la época de Cervantes

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2.1. Las gacetas anónimas adoptan una configuración reiterada de unas a otras,

configuración basada en la repetición de unos pocos procedimientos de intro- ducción de las noticias. El más habitual es la presencia del verbo genérico avisar, mayoritario en Nuevos avisos (5 casos de 9), frecuente pero no mayoritario en la Gazeta Romana (5 casos de 18), y el más frecuente, relativamente, en Relación de avisos (5 casos de 11): normalmente, va en principio de enunciado, y es habitual después del primer caso la presencia junto al verbo de elementos que marcan una adición de contenidos, y funcionan por tanto como marcadores de conexión aditiva (Auisan tambien…, Assi mismo auisan…, Tambien auisan); como puede verse, en algunos casos estos marcadores relegan al verbo a la segunda posición 4 . Ocurre también (en Nuevos avisos y en Gazeta Romana, no en Relación de avisos) que junto al verbo avisar se dé la indicación del lugar de donde procede (y donde ha sucedido) la noticia, a veces junto a la fecha del aviso (De Venecia avisan…, De Genoua, de los veinte y tres, se auisa…): el elemento locativo se sitúa al principio, con función próxima a los ordenadores del discurso. Hay variantes léxicas respec- to de avisar: Escriven de Turino… (Nuevos avisos), se ha tenido nueua… (Gazeta Romana: en interior de enunciado), Assi mismo refiere… (Relacion de avisos). Sistemáticamente, estos verbos van seguidos por una completiva con que, con la que se introduce la noticia. Hasta tal punto es constante esta configuración que en bastantes casos el período-noticia comienza simplemente por el que subordi- nante, mecanismo de elipsis que constituye otro procedimiento de conexión, y cohesión, entre las partes del texto. En Nuevos avisos solo ocurre una vez, y no se halla en Relacion de avisos, pero en Gazeta Romana es el modo de introducción de la noticia más utilizado (6 casos de 18):“Que el Principe Cardenal, temiendose dela Armada Francesa avia fortificado a Cales…” (Nuevos avisos),“De Napoles, que

el Virrey assoldaua quatro mil Valones…” (Gazeta). En la Gazeta siempre precede

la indicación del lugar de origen de la noticia. Fuera de ahí, la conexión de los períodos-noticia no se muestra explícitamente,

a no ser por la elipsis de algún actante de la frase (sujeto, generalmente). Es lo que

ocurre en los casos en que es una expresión temporal, ubicadora del momento en que ocurrió el hecho, la que da comienzo a la noticia 5 : ocurre en Gazeta Romana (4 casos de 18: A los veinte y seis de Março…, etc.) y en Relacion de avisos (4 casos

4 La presencia de estos marcadores se da en Nuevos avisos y en Relacion de avisos, pero no en la Gazeta Romana.

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de 11), pero aquí con procedimientos más variados (expresiones temporales oracio- nales: Luego que vino…, Al punto que se vieron los Turcos…, de participio: Despues de enterrado, o sintagmas preposicionales: En el mismo tiempo…, con identidad de tema con el párrafo anterior en los dos primeros grupos citados). Ocurre igual- mente con la presencia en posición inicial de sintagmas nominales, en general en función de sujeto, pero que, pese a ello, si bien se hallan en posición temática, no enlazan con ninguna información previamente dada en el discurso 6 : así, en Nuevos avisos, cuya primera noticia es Su Sanctidad aviendo la semana pasada…, sin que se haya hablado del Papa aún; o en Gazeta Romana (El Conde Mariscoto Boloñes…); pero en Relacion de avisos la presencia inicial de Las tres Galeras… sí enlaza con las noticias precedentes, pues, en realidad, se trata de un solo hecho, troceado en su exposición (incluso en la disposición tipográfica). Esta escasez de marcadores conectivos explícitos 7 se repite en el interior de las noticias, entre los períodos que pueden detectarse, con mayor o menor seguridad, pues la continuidad temática, a más de la puntuación variable, no permite esta- blecer unos parámetros seguros en este punto. Así, en Nuevos avisos solo parece funcionar como tal un caso de la copulativa y 8 ; en Gazeta Romana la ausencia de enlace se da en la mitad de los casos, frente a lo cual solo se hallan dos empleos de y como conector y un pues ilativo-consecutivo 9 ; y en Relacion de avisos