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Donna Haraway: La 

revolución de las hijas del 


compost 
En la última edición del Festival de Cine Migrante, Emmanuel Theumer vio
“Donna Haraway: Story Telling for Earthly Survival”, de Fabrizio Terranova.
En este ensayo aborda la complejidad de la feminista y diva cyborg del
ciberpunk. Si el capitalismo tardío produce pérdida y dolor, se impone
abrirnos a otros parentescos capaces de fermentar acciones colectivas.
¿Podremos diseñar habilidades para responder y artes de vivir y resistir en
un planeta dañado? Haraway dice: sí, con sororidad tentacular.

Por:​EMMANUEL THEUMER 
Amor mio

Amor mío por favor

Tu no te vas

Yo cuentare a las horas

(…)

Vuelve

No volvere no volvere no volvere

No quiere recordan

No queire recordan

Gipsy King

Historiadora feminista de la ciencia, diva cyborg del ciberpunk, profesora emérita


distinguida del Programa de Historia de la Conciencia de la Universidad de California,
teórica feminista multiespecies, compostista, feminista socialista en busca del “irónico”
sueño de un lenguaje común. Donna Haraway (1944) es sin dudas una de las brujas de
mayor creatividad de nuestro tiempo. Pero, ¿cuál tiempo?

En ​Donna Haraway: Story Telling for Earthly Survival (D.H. Contando historias para la
​ élgica, 2017​)​ nos iniciamos en los pasos de una niña
supervivencia de la Tierra, B
señalizada por el cristianismo e hija de la conquista​, así se presenta, interesada por los
acelerados exterminios, extinciones y genocidios de la Tierra. El documental sobre
Haraway no podía estar hecho sino es a través de retazos, de historias entretejidas con
otras historias, de un plano que va de las profundidades del océano a Santa Cruz de
California, de su carismática sonrisa a la penumbra de la luna, de un cuarto de habitación
a las vibraciones de las paredes respiratorias de Cayenne, compañera canina, a quien va
dedicado este film a modo de homenaje póstumo.

Comienza con un corte transversal de la Haraway que conocemos desde sus primeros
escritos: las perfectas dentaduras gesticulantes de sus estudiantes de posgrado la
conducen a una investigación de la ortodoncia dental la cual, nos enseña, se construyó
sobre una norma mandibular mítico-racial, la de los rostros esculpidos de los dioses
griegos. Un patrón de mordedura que nunca existió hasta su comercialización como
signo de distinción social. Esta es la Haraway reconocida por su curiosidad hechizante,
dueña de una erudición que resiste límites disciplinares y no teme al colapso, al ruido
intencionado, a la implosión, al con-tacto de las criaturas de la tierra, humanos y
no-humanos, animistas, máquinas y organismos. Esa es la resistencia quimérica que
arengó en su célebre “Manifiesto para Cyborgs. Ciencia, tecnología y feminismo
socialista a finales del siglo XX” (1985) para todas las identidades fracturadas en un
tiempo también mítico, finales del segundo milenio cristiano. Este manifiesto feminista
insistió en la conexión, la experimentación y en la apertura antes que en la aclamada
muerte del sujeto. En parte, tal insistencia es articulada políticamente en la fotografía
seleccionada para promocionar el documental, en la que se la ve rodeada de medusas y
haciendo ​fingery-eyes,​ emulando una suerte de gafas con sus manos. Inspirada en la
cualidad háptica de los tentáculos, a Haraway le interesa construir conocimiento fuera de
la mirada objetivante de la modernidad y abriendo, conectando, expandiendo,
saboreando a través del con-tacto con eso no siempre definido de antemano que llama
“otredad significativa”. Algo muy diferente a las extendidas iconografías feministas que
empuñan un brazo, al estilo ​Yes, we can,​ pero también a la centralidad cis-esencial de la
vulva que forma la unión de dos manos.

Es preciso recordar que Haraway es también la epistemóloga feminista que nos


convenció que la subalternidad -sea dada por la condición de mujer, puto, trans o
cualquier otra- no es base para ningún punto de vista privilegiado. Que no podemos
permitirnos recrear el ojo ciclópeo ​que todo lo ve desde ninguna parte​. Como ya lo
apuntaba en “Saberes situados. La cuestión científica en el feminismo y el privilegio de la
perspectiva parcial”(1988), en medio del debate de mujeres en la ciencia, de lo que se
trata es del ​firme compromiso de los posicionamientos móviles y las perspectivas
parciales.​ Las políticas cyborg, incluidas las multiespecies, insisten en la conexión, no en
la representación. Aquí la tarea de una resistencia feminista trans, de las gordas,
maricas, putas, las neurodivergentes, las negras, las seropositivas o indígenas es la de
precipitar en un antagonismo que le es propio y al mismo tiempo conseguir posibilidades
de contacto, una conexión tentacular que es a la vez contingente y parcial.

“No soy una post-humanista. Soy una compostista”


Donna Haraway

​Generando parentescos, no poblaciones

La Haraway que conocemos a través del documental es la que en “Testigo_Modesto[at]


Segundo_Milenio.HombreHembra©_Conoce_Oncoratón®. Feminismo y tecnociencia”
(1997) nos advirtió del poder de la visión, de la construcción masculinista de la autoridad
científica, de la importancia de comprender a la ciencia como una práctica cultural entre
otras posibles, de la necesidad creativa de intervenir sucesivamente con figuraciones en
todo aquello que se nos pretenda como relato acabado. De esto trata su reciente apuesta
por el ​Chthuluceno​, un intento por conmover la entidad geofísica conocida como
Antropoceno, la última etapa geológica de la Tierra en la que el impacto de “El Hombre”
se ha vuelto una fuerza tectónica terminal.

Desde el ​Chthuluceno​ Haraway se resiste a caer en un nuevo Anthropos, esta vez bajo
la forma de un relato secularista del apocalipsis entendido como pérdida del Hogar, y
propone una figura crono-tópica que enfatiza en la resistencia y la disidencia pero
también en la co-habitación. No se trata tanto de rechazar a los humanos como
desentrañar el hecho de que las narrativas del “antropos” desdibujan responsabilidades e
implicancias: no todas somos el 1% de la población mundial que detenta el capital, ni
nunca todas hemos sido humanas en variados relatos de “humanidad”. En el
Chthuluceno​ hay una preocupación por una verosímil estimación demográfica, la de que
llegaremos a ser 11 billones de personas humanas superpoblando la Tierra a fines del
siglo XXI. Aquí Haraway delinea los términos de una difícil eco-justicia reproductiva que
articula en términos de la generación de parentescos entre seres significativxs antes que
en la reproducción de poblaciones humanas. No dudo que tales cuestiones puedan
agregar páginas a las recientes políticas feministas por el 99%.

Story Telling​ nos enseña que este no es el final del mundo pero sí el fin de algunas
formas de vida incluida muy probablemente la autoextinción de la especie humana. El
Antropoceno también llamado Capitaloceno o Plantationoceno (y de modo minimalista,
capitalismo tardío) se trata de un evento límite en la historia de la Tierra que de momento
ocupa a grupos ecologistas, reuniones de salón en Naciones Unidas, fe en un estado
capitalista-desarrollista con rostro de género, pero también la construcción de refugios y
de lo común. Aquí entra en juego la tarea de las hijas del compost.

Para Haraway el compostaje es nuestra ontología relacional, es nuestra condición


terrenal. El compostaje nos vuelve una junto con muches en nuestras heridas y alianzas
pero también en la nutrida herencia por dejar. El compostaje involucra una materialidad
trans. Al menos esto se desprende de “Las historias de Camille. Las hijas del compost”
una escritura de ciencia ficción feminista narrada en el documental y publicada en su
libro “Staying with the Trouble: Making Kin in the Chthulucene” (2016). Las referencias a
Joanna Russ, Octavia Butler y Ursula K. Le Guin son inevitables. Aquí Donna nos habla
del pacto comunitario elaborado en un futuro emergente, en el que existen rituales de
celebración para quienes eligen no tener hijos y en el que cada hijo deseado es igual de
celebrado a condición de religarse con otra especie compañera. A través de cinco
generaciones las hijas del compost aprovechan la oportunidad histórica de desarrollar
una xeno-ecología, desarrollar una sensibilidad y cuidado entre otrxs-significativxs capaz
de obtener modos de vivir y morir bien hasta ahora desconocidos por la individuación
producida en las grandes ciudades, jaulas urbanas politóxicas y alienantes del
tardocapitalismo. Un detalle no gratuito, su propuesta de ​comunidades de compost​ se
inspiró en investigaciones sobre resistencias culturales agrícolas en Argentina.

El Antropoceno trata de un evento límite en el que quizás la propia humanidad se


extinga. Pero no todas las formas de vida. No todas las entidades vivientes de este
planeta. ​La regeneración puede ser posible​ aunque, como ya advertía en otras ocasiones
a través de la metáfora de las salamandras heridas, no hay vuelta a la autenticidad, no
hay vuelta a una naturaleza original porque nunca hubo tal paraíso perdido. Que Donna
recurra a la ciencia ficción es también una muestra de su honesta limitación como
bastarda del secularismo moderno occidental. De allí su énfasis recurrente en hilvanar
estas historias junto a muchas otras. En los Andes, por ejemplo, las prácticas del buen
vivir de los ​ayllus​ están teniendo lugar entre humanos y otrxs significativxs -incluidas
entidades animistas o biológicas- desde larga data. Modos de renegociar categorías
moderno-coloniales que conciben a la naturaleza como mero recurso también la
encontramos en las defensas del “cuerpo-territorio” por toda Abya Yala, luchas que
tienen como emblema desgarrador y regenerador de otras acciones colectivas al
femicidio territorial de Berta Cáceres en Honduras.
“¿Quién soy yo para portar una bella cesta indígena sobre esta mesa? Es una pregunta
que dejo abierta” afirma, porque tocar esa canasta es también hacerse cargo de una
historia de conquista, de los privilegios que otorga un dispositivo de blanquitud, de la
explotación de familias tejedoras indígenas en las industrias textiles y del turismo. El
documental hace de su hogar, su aquí y ahora, la escenificación de cada una de sus
narrativas. No estamos ante un simple stand-up frente a la cámara. Fabrizio Terranova
logra con astucia superponer imágenes, intervenir el campo, introducir abruptos planos
de bosques, noches estrelladas, perras domesticadas, medusas, coyotes navegando
entre galaxias y tanto más para dar cuenta de las apuestas harawayanas sobre el
enmarañamiento tentacular, el desarrollo de parentescos a-normativos (oddkin) que
exceden la familia heteropatriarcal o sus variantes gay-lesbicas.

Tú no te vas

La generación de parentescos en Haraway no se limita a una relación multi-especies con


perros, gatos o helechos. Esto se hace patente en el film cuando clama por la necesidad
de marcos jurídicos que permitan adoptar un anciano o un inmigrante. Foucault llegó a
desarrollar lo propio en términos de un “derecho relacional”. Cuando los movimientos
gay-lésbicos, tachados de asimilacionistas, expandieron la regulación estatal del
matrimonio y la adopción insinuaron sin proponérselo unos gestos orientados a estas
referencias. Pero Donna es abrasiva. Esta política exige despojarse del antropocentrismo
que mide el cambio social, define los sujetos de la historia y del derecho, lo
verdaderamente importante, lo que contará como revolucionario. La terrapolítica del
Chthuluceno​ exige abandonar el supuesto excepcionalismo de las personas humanas
como eje de las narrativas terrenales.

En una de las escenas, Haraway nos remonta al propio parentesco alter-heterosexual


que generó junto a tres compañeros -Rusten Hoggnes, Jaye Miller y Robert Filomeno-
con los que decidió un compromiso de vida en el condado de Healdsburg. Dos de ellos
fueron incinerados durante la crisis del SIDA: Miller, su primer marido especialmente
recordado en el film, y la pareja de éste, Filomeno, a quien le dedica el impresionante
ensayo “La biopolítica de los cuerpos posmodernos. Constitución del yo en el discurso
inmunitario” (1989); una aguda escritura sobre los Linfocitos en la que entrelaza, una y
otra vez, la producción de nudos generativos corporales en los que se enhebra la
tecnociencia y tantos otros relatos carnales. El discurso sobre el SIDA durante los
ochenta fue construido a través de una retórica bélica en defensa de la inmunidad
nacional. Fue ahí cuando una ya experimentada historiadora feminista de la primatología
y de los usos de la metáfora en la biología no escapó al compromiso intelectual que le
exigió un contexto doloroso. Durante el documental, el recuerdo de sus compañeros es
un momento sintetizado como íntimo a través del plano de una cama vacía, una huella
de la memoria que vuelve a traerlos a la presencia. El acompañamiento sonoro de la
música fronteriza de Gipsy King hace lo propio para activar emociones y perseguir otros
alcances políticos mediante la identificación con el contenido.
La pérdida de los mundos en relacionalidad constitutiva de la Tierra es irreversible. Pero
ni la pérdida ni el daño son el final. Esta no es la caída de los cielos. ​La recuperación
todavía es posible.​ Somos compost. Abrirnos a parentescos capaces de fermentar
acciones colectivas-contenciosas es una tarea urgente. ¿Podremos aprender a diseñar
habilidades para responder, ​artes de vivir y resistir​ en un planeta dañado?, ¿serán los
humanos y no humanos capaces de atravesar el evento límite del Antropoceno? En
cierto modo, fuera de la rejilla heterosexual que produce diferencias esenciales, la
propuesta de Haraway es la de una sororidad tentacular.

Theumer, Emmanuel (2018). “Donna Haraway: la revolución de las hijas del compost.” en
LATFEM. Disponible on-line:
http://latfem.org/donna-haraway-la-revolucion-las-hijas-del-compost/