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Este artículo ofrece, en primer lugar, una biografía de M.-D.

Chenu, uno
de los teólogos más influyentes en la compresión las relaciones esenciales
Iglesia-Mundo. Su itinerario vital y creyente constituye una clave para la comprensión
de la categoría Signos de los Tiempos. En segundo término, este escrito
presenta un artículo de su autoría sobre este tema, publicado cuando
se debatía el esquema preparatorio de la Constitución Gaudium et Spes.
Palabras clave:
M.-D. Chenu, Signos de los Tiempos, acontecimiento, misión de la Iglesia,
teología e historia.

This article, in its first place, offer the biography of M. D. Chenu, one of the famous
theologians who understand the basic relationship between the Church and the world.
It’s vital and religious itinerary establish the key to the understanding category of the
Signs of the Times.Secondly, this writing present one article in its front page on the
theme, publishing when is the discussion of the preparatory scheme of the Gaudium
et Spes Constitution.
Key words:
M-D. Chenu, Signs of the Times, happenings, mission of the Church,
theology and history.

Marie Dominique Chenu


Un teólogo en la historia

María José Caram op


(…) Después de haber deambulado por el pueblo sin encontrar nada
que le permitiera identificarse, nada para abrazar, nada para poder decir
“esto es mío, esto soy yo”, el viajero acaba de oír una voz familiar
llamarlo por su nombre. Cierra los ojos para escucharla mejor, para que
no se le pierda. Se abandona. Entonces piensa que desde el momento
de su partida, la voz estuvo ahí, viva en el remolino, invocándolo, reite-
rando día tras día, el conjuro para el regreso. Piensa que la voz perduró
alimentada por un elemento tan inasible como el viento, se mantuvo
gracias a la persistencia y a una forma de fidelidad del viento. Y el
reclamo sin duda llegaba hasta él, en su ciudad del otro lado del océa-
no, porque ésa, la del patio empedrado, era una de las imágenes que
volvían a la hora de recordar. Al viajero le gusta creer eso. Y permanece
parado de cara al rincón, viendo desfilar su vida. Su vida transcurrida en
otras partes del mundo, sometida a
leyes de otros vientos. Aunque ahora
le parece saber que, anduviera por
donde anduviere, siempre estuvo
mirándose en ese espejo, atento a la
voz del remolino inicial, intentando
mantener vivas también él, en las
pérdidas y en las turbulencias de sus
años, tantas diminutas cosas des-
echadas.
Antonio dal Masetto
El padre y otras historias
De bolsillo
Buenos Aires – 2009

122 Anatéllei nº 28, diciembre 2012.


La voz estuvo ahí,
viva en el remolino.

La Constitución Pastoral Gaudium et Spes describía el tiempo en el que tenía


lugar el Concilio Vaticano II como un período nuevo en la historia del género humano,
“caracterizado por cambios profundos y acelerados, que progresivamente se extienden al
universo entero”. Los padres conciliares expresaron que esas mutaciones, que afectan lue-
go a los individuos y a las sociedades, no son producto del azar, sino de la acción humana,
llegando a provocar “una verdadera metamorfosis social y cultural que redunda también en
la vida religiosa,” que lejos de haber alcanzado una configuración estable, continúa (cf. GS
4). Para nosotros, ciudadanos del siglo XXI, la crisis y las fluctuaciones que suceden a nivel
personal, colectivo y cósmico se han convertido en experiencia cotidiana, suscitando las más
variadas reacciones, búsquedas y respuestas.
El Concilio introdujo en su análisis del mundo un concepto que, si bien no era nuevo
en el ambiente cultural del momento, ingresó rápidamente en el lenguaje teológico entre otras
cosas, por su honda raigambre en la historia de la salvación. Los estudios bíblicos de aque-
lla época, en efecto, habían incorporado el método histórico crítico y permitían hablar de la
historia sagrada como de una verdadera economía de los signos. Se trata de la categoría signos
de los tiempos, que no sólo alcanzó una rápida difusión en todo el orbe, sino que llegó a
configurar el modo de entender las relaciones entre la Iglesia y el mundo otorgando un sello
de identidad a la praxis y a la reflexión eclesial.
Hoy, al conmemorar los 50 años de la apertura del Concilio Vaticano II por Juan XXIII,
continúa vigente para la Iglesia el deber de “escrutar a fondo los signos de la época e inter-
pretarlos a la luz del Evangelio” (GS 4). La razón es que nuestro tiempo se encuentra tam-
bién, y quizás de un modo más dramático, bajo el signo de la transformación. La situación
exige, por lo tanto, una interpretación teológica de los acontecimientos que sugiera una
práctica capaz de testimoniar la presencia salvífica de Dios en el mundo de hoy y un anun-
cio de la Palabra liberadora y vivificante que pueda ser captado en toda su hondura por
nuestros contemporáneos.
No se trata, sin embargo, de considerar una época como un lugar en el que deba apli-
carse el Evangelio desde afuera o desde arriba. El giro operado por la Gaudium et Spes (GS)
es radicalmente diferente, pues introduce una concepción de la historia humana bajo el
régimen de la Encarnación, lo cual lleva a la consideración del presente como un lugar teo-
lógico, portador de la Revelación y que, por lo mismo, interpela a la conciencia creyente. El
Evangelio ocurre en el tiempo y la fe está llamada a descubrirlo en todo lo que, dentro de
los procesos históricos, pueda considerarse como conducente hacia una mayor humanización.
La tarea exige, por lo tanto, una actitud contemplativa y dialogal con todos los sujetos im-
plicados, con las ciencias y con las artes, con las culturas y con las religiones.
El planteo de GS, que respondía a los propósitos del Papa Juan XXIII, ha suscitado una
producción literaria intensa y abundante en el campo de la teología y de la pastoral y, con
el tiempo, se ha ido acrecentando la exigencia de una búsqueda interdisciplinar, que brota
de la naturaleza misma de la cuestión. En nuestros días la temática no ha perdido actualidad
y tienen lugar iniciativas que buscan “favorecer y desarrollar el discernimiento teológico de
los signos de la acción de Dios en nuestro contexto histórico”.1

1
EDUARDO SILVA sj, JORGE COSTADOAT sj, Centro Teológico Manuel Larraín: Una interpretación teológica del
presente (en línea). <http://www.scielo.cl/scielo.php?pid=S0049-34492005000300002&script=sci_arttext>
(Consulta: 5 de julio de 2012). Entre estas iniciativas, mencionamos a modo de ejemplo el programa
“Signos de los Tiempos” del Centro Manuel Larraín, en Chile y el Proyecto Internacional e Interdisciplinario
de Investigación Pastoral Urbana, impulsado por la Comisión Mundial de la Conferencia Episcopal
Alemana y la Universidad de Osnabrük, que cuenta con un equipo en la ciudad de Córdoba, cuyo
proyecto se titula: Sentidos e indicios de vida de las prácticas religiosas urbanas de las mujeres laicas.
Estudio de casos: Parroquia “Santa María de la Paz” y Parroquia “San Nicolás de Bari”.
María José Caram, Marie Dominique Chenu. Un teólogo en la historia, 121-133. 123
La actualidad y urgencia del planteo, nos lleva a considerar lo que ya es una posesión
tranquila en el pensamiento eclesial, a saber, situar las declaraciones del Magisterio en el
contexto histórico que las vio nacer. En este artículo realizaré una aproximación al sentido
conciliar de la categoría signos de los tiempos a través de uno de los teólogos que mejor
sintonizó e influyó con la intuición de Juan XXIII, el dominico Marie-Dominique Chenu.
La teología es un acto segundo respecto a la vida cristiana. Por lo tanto, la existencia
creyente es como un texto en el que puede vislumbrarse la luz de la Palabra de Dios que el
teólogo contempla y practica. En el caso de Chenu, su simpatía por los signos de los tiem-
pos se deriva, ciertamente el método histórico que él mismo ha practicado y enseñado, se-
gún el cual “no existen doctrinas, ni siquiera las verdades de la tradición cristiana, que no se
sitúen en el tiempo y no lleven el sello de las coyunturas históricas dentro de las cuales han
sido pensadas”.2
Por eso, en las próximas páginas en primer lugar me detendré en la exposición –extensa–
de algunos rasgos de la biografía del P. Chenu porque considero que no sólo tienen vincu-
lación con el tema que nos ocupa sino que, más allá de esto, su vida nos interpela hoy.
En segundo lugar, de manera más breve, presentaré un artículo suyo titulado precisa-
mente “Los signos de los tiempos”,3 escogido precisamente por el hecho de haberse redac-
tado durante el tiempo en que se debatía el esquema que daría a luz la Gaudium et Spes y
porque muchas de las intuiciones allí vertidas fueron recogidas por este documento que marcó
un hito en la autocomprensión de la Iglesia de cara a su misión en el mundo.

El itinerario de un teólogo
Juan Bosch dice de M.-D. Chenu: “Quien se acercó a él percibió enseguida estar de-
lante de un torbellino de humanidad”.4 Por su parte, su amigo Etienne Gilson, con quien llevó
adelante algunos proyectos y mantuvo una copiosa correspondencia, expresó que “tipos como
Chenu aparece uno cada siglo”.5 ¿Cómo se forjó esta personalidad tan extraordinaria, capaz de
suscitar grandes simpatías y, al mismo tiempo tanta animadversión en el seno de la Iglesia?

Un año en Le Saulchoir
Marcel-Léon Chenu nació en Soisy-sur-Seine, Francia, el 7 de enero de 1895, donde
la familia se había instalado después de una crisis económica. Realizó sus estudios secunda-
rios en el colegio católico de Grandchamp (Versalles). En 1913, a los 18 años de edad,
comienza su noviciado en la Orden de Predicadores en el Convento de Le Saulchoir, ubica-
do en Kain, Bélgica, cerca de la frontera francesa.6 En 1914 pronuncia sus primeros votos
y toma el nombre de Marie-Dominique. La búsqueda de una vida contemplativa lo seducirá
desde muy joven. De hecho, como él mismo declara, decide ingresar a los dominicos, atraí-
do por un estilo de vida en el que “una bella liturgia se conjugaba con una vida de estudio
y una disciplina de comunidad”.7 Una vocación contemplativa que nunca entendió como
separada del mundo y de la historia y que lo configuraba como un hombre de fe, totalmente
sensible y abierto a las cuestiones humanas.
2
ANTONINO FRANCO, Marie-Dominique Chenu, San Pablo, Madrid, 2007, 13.
3
Cf. MARIE-DOMINIQUE CHENU, “Los signos de los tiempos”, en CARLOS SCHICKENDANTZ (Ed.), A 40 años del
Concilio Vaticano II. Lecturas e interpretaciones, EDUUC, Córdoba, 2005, 83-101.
4
JUAN BOSCH, “Chenu, Marie-Dominique,” en JUAN BOSCH, Diccionario de teólogos/as contemporáneos,
Monte Carmelo, Burgos, 2004, 249.
5
Ibidem.
6
Allí, en un antiguo monasterio cisterciense, los dominicos franceses instalaron su centro de estudios en
1905, después de haber sido expulsados de Francia.
7
JACQUES DUQUESNE, Un théologien en liberté. J. Duquesne interroge le P. Chenu, Le Centurion, Paris, 1975,
27. Cf. ANTONINO FRANCO, Marie-Dominique Chenu, 14.

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La voz estuvo ahí,
viva en el remolino.

La breve estancia de un año en Le Saulchoir dejó una honda huella en Fr. Marie-
Dominique, por la armonización entre estudio y vida, por el clima de libertad que allí
reinaba y por el trabajo de muchos hombres que, en medio de la crisis modernista,
supieron “construir una teología que fue la expresión científica de una fe plenamente
contemplativa y lúcidamente apostólica. Esos maestros fueron el P. Gardeil, el P. Mandonnet,
el P. Sertillanges, el P. Lagrange, y… el P. Lemonnyer”.8 Ellos, precisamente por su conoci-
miento de Santo Tomás, sabían que la unidad del espíritu que otorga la sabiduría contemplativa
no corre peligro en los discernimientos metodológicos, puesto que “no hay dos verdades, una
verdad de la razón y una verdad de la revelación, una verdad de la historia y una verdad de
la fe independientes; razón y revelación, historia y fe, tienen status científicos diferentes y
confundirlos desembocaría en la ruina de una y de otra”.9

La experiencia romana
En 1914 al finalizar su noviciado, estalla la guerra, los alemanes invaden Bélgica y Le
Saulchoir debe ser evacuado. La salud de Chenu es frágil y no puede formar parte del ejér-
cito. Es entonces cuando sus superiores deciden enviarlo a Roma para continuar sus estu-
dios de filosofía, teología, historia y exégesis en el Angelicum, Instituto Pontificio desde
1909. 10
Su estancia en la Ciudad Eterna no fue muy alentadora para sus búsquedas. Sin embargo
le brindó la oportunidad de conocer otro mundo y de tener experiencias muy diferentes a
las que había conocido durante su noviciado. Experiencias que luego redundarán en bene-
ficio de su producción intelectual y en su posicionamiento teológico.
En Roma toma contacto con rígida política vaticana, conducida por Pío X y su Secre-
tario de Estado, Merry del Val, que llevó a tales extremos la persecución y la condena que
le valió ser caracterizada como “terror blanco”.11 El El P. Lehu, Asistente del Maestro de la
Orden de Predicadores para las provincias francesas, simpatizó con el joven estudiante y lo
introdujo en complejidad del “aparato” eclesiástico, movido muchas veces por intereses
mezquinos: “Los domingos me llevaba consigo a visitar Roma –relata Chenu–; durante
nuestros paseos me contaba todo aquello. Con discreción por supuesto, pero también con
gran franqueza”.12 Fueron enseñanzas que, más adelante le serían de mucha utilidad.
En el plano teológico toma contacto con la obra del P. Billot, a quien Fr. Marie-
Dominique caracterizaría como un “teólogo de gran clase, pero encerrado en un sector de
la teología, e ignorando enormemente los otros... Su intelectualismo lo hizo insensible a las
vías irracionales del misterio de la fe…, y extranjero a los resultados de la historia”.13 Un
discípulo de Billot, el P. Mattiussi redacta en 1910 las 24 tesis tomistas que en 1914, la
Sagrada Congregación de Estudios impone a todos los candidatos al doctorado y a los pro-
fesores de teología en un intento de combatir el modernismo. El hecho es fuertemente cri-
ticado por el joven teólogo francés como “la conversión de Santo Tomás en instrumento del
autoritarismo doctrinal,” como una “manera de manipular el tomismo como instrumento de
poder” y como “un fracaso para la inteligencia, también para la inteligencia de la fe”.14
8
OLIVIER DE LA BROSSE op, Le Père Chenu. La Liberté dans la foi, Cerf, Paris, 1969, 24-25. La traducción
es nuestra.
9
Idem, 28.
10
Cf. JUAN BOSCH, “Chenu, Marie-Dominique”, 252.
11
Cf. Idem, 252-253.
12
JACQUES DUQUESNE, Un théologien en liberté. J. Duquesne interroge le P. Chenu, 35. Citado por EMMANUEL
VANGU VANGU, La théologie de Marie-Dominique Chenu. Réflexion sur une méthodologie théologique de
l’intégration communautaire, (en línea) <http://www.youscribe.com/catalogue/livres/savoirs/religions/la-
ethologie-de-marie-dominique-chenu-179343>, (consulta 6 de junio de 2012). La traducción es nuestra.
13
JUAN BOSCH, “Chenu, Marie-Dominique”, 253.
14
Ibidem.
María José Caram, Marie Dominique Chenu. Un teólogo en la historia, 121-133. 125
Desde su estancia en Le Saulchoir, Chenu siente fascinación por el método histórico,
aprendido del P. Lagrange y en Roma continúa profundizándolo. Los cursos de exégesis
realizados lo ayudan a descubrir que la Palabra de Dios está en la historia y que entrar en
la historia es un modo de alcanzar la Palabra de Dios.15
En el Angelicum el joven Chenu no encuentra demasiado aliento para sus inquietudes
intelectuales. En efecto, se enseñaba allí “el tomismo más oficial y el más estrecho”.16 Su mismo
director de tesis, el P. Garrigou Lagrange es percibido por su discípulo como “un hombre de
dos piezas: el maestro de espiritualidad y el metafísico,” “demasiado metido en Aristóteles
y demasiado poco en el evangelio y en la historia,” con una teología que “corría el riesgo de
ser solamente una metafísica sagrada”.17 No obstante, aprendió de su profesor una firme visión
de la fe sobrenatural, que pudo anudar con sus propias inquietudes intelectuales en su tesis
sobre el Análisis Psicológico y Teológico de la Contemplación.
Para Garrigou-Lagrange el tema escogido por su discípulo le planteaba problemas. No
aprobaba su argumentación teológica y no veía bien la introducción del análisis psicológico
en un fenómeno sobrenatural. No obstante las divergencias respecto a la aplicación del
método histórico, surgió una gran estima entre ambos, hasta el punto que solicitó el nom-
bramiento de Chenu como su asistente, ofrecimiento que Fr. Marie-Domique rechaza para
aceptar una invitación que le hace el equipo de Le Saulchoir, que se encontraba en vías de
reestructuración bajo la dirección del P. Antoine Lemonnyer.18 Dicen los biógrafos que
Garrigou-Lagrange no perdonó jamás esta decisión de su alumno.
La finalización de los tiempos iniciales de estudios deja en Chenu una clara orientación
hacia la superación de todo dualismo que lo encaminará en sus búsquedas futuras. En pri-
mer lugar, menciono que en su trabajo sobre la contemplación ha logrado integrar la razón
teológica y el análisis psicológico. La vida contemplativa es concebida como principio sinté-
tico de la vida espiritual y objetivo final de la vida humana. En ella se integran todos los
recursos de la persona, especialmente los intelectuales y afectivos. En segundo lugar, se da
una adopción definitiva del método histórico según el cual toda cuestión resulta plenamente
comprensible sólo si se la coloca en el contexto histórico en el que ha nacido y en el cual ha
encontrado una solución.

El intelectual comprometido
Una anécdota, relatada por el mismo Chenu, puede ayudar a comprender su itinerario
teológico. Lo habían invitado a tener un encuentro con profesores y estudiantes en el Semi-
nario mayor de una provincia francesa. Sabiendo que sobre su persona se tenían informa-
ciones contradictorias, se presentó de la siguiente manera:
“Agradezco la invitación del superior, precisamente por el hecho de no saber bien a quién ha
invitado. Existen, en efecto, dos Chenu. Uno de ellos es un viejo medievalista, no sin reputación,
ocupado totalmente en la lectura de los textos antiguos, lleno de erudición, dedicado a los pri-
meros siglos de la Cristiandad… Hay, además, otro Chenu joven, fogoso, que da brincos como
un cabrito ante las trincheras de la Santa Iglesia, totalmente inmerso en el mundo contemporá-
neo, sensible a sus llamados, pronto a comprometerse en los problemas más delicados del mundo
y de la fe y, por lo mismo, discutido y sospechoso para algunos… Ante todo, deben saber que hay
un solo y mismo Chenu, contento de venir esta tarde a hablarles de aquello que más quiere,
precisamente el lugar de encuentro entre el sereno estudio de la teología y la gran impaciencia
apostólica del Evangelio”.19
15
Cf. EMMANUEL VANGU VANGU, La théologie de Marie-Dominique Chenu. Réflexion sur une méthodologie
théologique de l’intégration communautaire.
16
OLIVIER DE LA BROSSE op, Le Père Chenu. La Liberté dans la foi, 30.
17
JUAN BOSCH, “Chenu, Marie-Dominique”, 254.
18
ANTONINO FRANCO, Marie-Dominique Chenu, 19.
19
OLIVIER DE LA BROSSE op, Le Père Chenu. La Liberté dans la foi, 7.

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La voz estuvo ahí,
viva en el remolino.

Un viejo medievalista
En 1920, una vez terminados sus estudios en Roma, Chenu se incorpora al claus-
tro de profesores del Le Saulchoir. Su opción por este lugar se explica, sin duda alguna, por
la gran pasión por la historia que lo animaba y por el método histórico aplicado a la teología
que caracterizó a la escuela dominicana francesa. Sus grandes maestros en este campo del sa-
ber fueron Gardeil, Mandonnet y Lagrange. Cada uno de ellos le había aportado algo para su
trabajo de teólogo e historiador: la categoría del dato revelado, imprescindible para el quehacer
teológico (Gardeil), el amor a la historia pura (Mandonnet) y el método histórico (Lagrange).20
Ya en Le Saulchoir el joven Chenu se hace cargo del curso de Historia de las doctrinas
cristianas, título que habían preferido al de Historia de los dogmas. Al poco tiempo integra
como secretario de un equipo de investigación dedicado a la historia del pensamiento cris-
tiano en la Edad Media, especialmente del siglo XIII y de Tomás de Aquino, mediante la
aplicación del método histórico que Lagrange utilizaba en los estudios bíblicos. Se trataba
de “recuperar la memoria del pasado”. Al respecto Juan Bosch comenta que “aquellos hom-
bres de Le Saulchoir estaban convencidos de que el retorno a las fuentes –mucho antes que
el Vaticano II abogase por tal principio– es siempre un fenómeno revolucionario porque
implica un retorno a la potencia creadora”.21
¿Cuál es el sentido de esta aplicación a la investigación histórica? El mismo Chenu lo
expone de la siguiente manera: “Si nos interesamos en esos estudios medievales, no es por
una erudita curiosidad… sino porque ellos nos proveen un lugar teológico de primera im-
portancia y calidad”. Efectivamente, “en toda su extensión, la historia de la cristiandad es
fuente de conocimiento teológico que lleva en sí una inteligibilidad siempre nueva por la
presencia de la fe en las nuevas generaciones”.22
Respecto al estudio concreto de Santo Tomás de Aquino, resulta esclarecedor lo que
nuestro autor escribiría en 1937:
“Es preciso reconstituir todo el tejido humano sobre el que trabajó Santo Tomás y en el cual en-
contró su materia, sus técnicas, su lenguaje, sus procedimientos de expresión, sus compromisos
y su libertad. En la vida del espíritu, ni los factores históricos y sociales ni la íntima e incomunicable
luz del genio son entidades separables… Una obra no parecerá intemporal por el hecho de
desarraigarla del tiempo; no alcanzamos la eternidad expulsando el tiempo de nuestras vidas, sino
asumiéndolo con todo su contenido hacia lo eterno. Así, la historia de la filosofía reúne el amor
a la sabiduría y, en él, lo absoluto de la verdad”.23

Detrás de esta explicación resuena la problemática de la crisis modernista y la utiliza-


ción de Santo Tomás mediante la imposición de las 24 tesis que pretendían ser un resumen
de su pensamiento y expresión de la doctrina oficial de la Iglesia, hecho que, como ya se ha
dicho, fue duramente criticado por Chenu. Un artículo suyo, publicado en 1931, da cuen-
ta de la fecundación que ejerce sobre el presente el estudio de la historia. Allí expresa lo
siguiente: “las dos crisis (la medieval y la modernista) tienen muchos elementos en común,
en su contenido, en su génesis, en su configuración, en su espíritu, en sus soluciones”. Por
eso, “una lectura atenta de las posiciones tomistas puede ofrecer sugerencias metodológicas
creativas para una superación de la crisis y para recrear con más solidez el estatus de la
teología” 24. Se hace necesario, por lo tanto, en consonancia con el método de Le Saulchoir,
20
Cf. JUAN BOSCH, “Chenu, Marie-Dominique”, 256.
21
Idem, 254.
22
MARIE DOMINIQUE CHENU, Une école de Théologie: Le Saulchoir, Cerf, Paris, 1985, 169. La traducción es
nuestra.
23
Ibidem.
24
MARIE DOMINIQUE CHENU, “Le sens et les leçons d’une crise religieuse”, Vie intellectuelle 6 (1931) 365. Cf.
ANTONINO FRANCO, Marie-Dominique Chenu, 24.
María José Caram, Marie Dominique Chenu. Un teólogo en la historia, 121-133. 127
recomponer mediante un retorno a las fuentes la economía humano-divina de la revelación,
“negándose a sacrificar el contenido divino de la Biblia y de los dogmas a la movilidad de los
factores humanos; y rechazando también la negación de estos factores humanos con el
pretexto de salvaguardar la causalidad divina”.25

Un teólogo contemporáneo
Le Saulchoir, centro de estudio e investigación era antes que nada un convento de
Predicadores. Por lo mismo, la comunidad allí reunida no podía ser ajena a la necesidad
imperiosa de comunicar los frutos de la contemplación, actitud ininterrumpida que se pro-
longa en el silencio, el estudio, la celebración común de la liturgia y la misma acción
evangelizadora. Es así como el convento dominicano de Kain se convirtió en un centro de
intensa proyección apostólica. Acudían allí para estudiar numerosos clérigos y laicos dedi-
cados a la tarea misionera y a las problemáticas sociales del momento. En 1909, cuando la
organización de retiros era poco común, la comunidad dominicana se comprometió activa-
mente en esta forma de apostolado, buscando ofrecer un espacio de participación y acom-
pañamiento en la vida espiritual del convento mediante la liturgia y la reflexión doctrinal.
La Juventud Obrera Católica (JOC), la Misión de Francia y la Misión de París fueron
obras estrechamente vinculadas al Le Saulchoir. La JOC fue quizás uno de los grupos que
más acudía a estos espacios. Para los dominicos el compromiso de estos jóvenes con las
problemáticas de actualidad era una ocasión propicia para verificar la vitalidad de su teolo-
gía.26 A través estos encuentros, “el P. Chenu fue tomando contacto con elementos que le
permitirían realizar una reflexión sobre el mundo del trabajo, su significación, su espiritua-
lidad y las exigencias particulares de la misión y de la pastoral en el mundo obrero”.27
De este modo, su trabajo intelectual se amplía hacia las problemáticas actuales y así
comienza a producir escritos sobre la teología del trabajo, de la creación y sobre la espiri-
tualidad de los sacerdotes obreros. En su libro Le Saulchoir, une école de théologie, escribe:
“Le Saulchoir tuvo… el gozo y la gracia de recibir regularmente capellanes y militantes de la JOC,
que hicieron de ese convento, ocupado en los libros y en la teología intemporal uno de sus lu-
gares espirituales más amados y más verdaderos. Para los teólogos ese encuentro espontáneo con
la JOC y sus semejantes fue un inapreciable criterio de su presencia; vieron allí un testimonio de
la autenticidad cristiana y de la vitalidad sobrenatural de su austero trabajo teológico”.28

Cabe señalar su especial compromiso con este movimiento, de cuyo origen estuvo muy
cerca y que acompañó desde su teología ministerial.
En 1964 se publica El Evangelio en el tiempo, un libro que recoge estudios e investi-
gaciones del P. Chenu sobre temas de actualidad.29 En la presentación de la obra escribe su
autor unas palabras que sintetizan todo su itinerario intelectual:
“En este título reconozco justamente, recapitulando mi pasado, alguna que otra de las percep-
ciones que, desde el principio, más o menos conscientemente, orientaron mi mirada de teólogo
sobre los acontecimientos y sobre los hombres. Una convicción ha tomado en mí cada vez más
consistencia y motivo: el tiempo, lejos de hacer que las cosas se marchiten, entra en composi-
ción en la vida del espíritu y en la inteligencia de las cosas; la historicidad es una dimensión esencial
del hombre; y si tomo en consideración al hombre cristiano, la fe tiene por objeto y por fuente
permanente una economía e salvación inscrita en la historia”.30

25
Ibidem.
26
JUAN BOSCH, “Chenu, Marie-Dominique”, 256.
27
OLIVIER DE LA BROSSE op, Le Père Chenu. La Liberté dans la foi, 63.
28
MARIE DOMINIQUE CHENU, Une école de Théologie: Le Saulchoir, 169.
29
Cf. MARIE-DOMINIQUE CHENU, El Evangelio en el tiempo, Estela, Barcelona, 1966, 3.
30
Ibidem.

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La voz estuvo ahí,
viva en el remolino.

Estas palabras, escritas por el propio Chenu dan testimonio de una línea de vida
y pensamiento que le dieron unidad. Tanto para el medievalista como para el teólo-
go de las realidades terrenas, la teología no es sino la fe solidaria con el tiempo, arrai-
gada en la historia. Puesto que la palabra de Dios nos es dada en palabras humanas, el
teólogo no puede trabajar fuera de ese auditus fidei esparcido en el tiempo, desde Abraham,
cui fides reputata est ad justitiam, hasta Cristo, y en la Iglesia de Cristo a través de los siglos.31

Un teólogo recuperado por el Concilio

Chenu sancionado
La audacia intelectual y evangélica le costó a M.-D. Chenu dos sanciones eclesiásticas
severas. La primera tuvo lugar en 1938, un año después de la publicación de su libro Le
Saulchoir, une école de théologie. En esta ocasión Chenu es citado a Roma para realizar su
defensa y le obligan a firmar un Syllabus con 10 proposiciones, una de las cuales afirmaba
la ortodoxia de Santo Tomás.32 Años más tarde, en 1942, la obra fue puesta en el índice de
libros prohibidos por un Decreto del Santo Oficio y su autor fue destituido de su cargo de
rector, separado de la Docencia y trasladado al convento parisino de Saint Jacques. De este
modo, tan doloroso, comienza para él un nuevo tiempo que dedica a completar y publicar
sus mejores obras medievales. Se entrega, al mismo tiempo, a una intensa actividad pasto-
ral, en la que aplica la teología de las realidades terrenas, sobre la que había reflexionado
largamente y que se relaciona con las nociones de tiempo e historia, misión y sacerdocio,
materia y trabajo.33
Una tercera sanción recaería sobre Fr. Marie-Dominique. En 1954 publica un artículo
titulado Le sacerdoce des prêtres ouvrières. Chenu había estado cerca del origen de la ex-
periencia de los sacerdotes obreros y la había acompañado desde su ministerio teológico,
sosteniendo la necesidad de dar prioridad a la dimensión kerigmática del anuncio de la pa-
labra por encima de las dimensiones cultuales del sacerdocio. Roma reaccionó suprimiendo
el movimiento y presionando para que los Provinciales dominicos de Francia fueran destitui-
dos, así como también varios teólogos y la dirección de Les éditions du Cerf. Chenu es tras-
ladado al convento de Rouen. Fue allí cuando recibió la noticia de que el Papa Juan XXIII
había dado a conocer, el 25 de enero de 1959, su decisión convocar a un nuevo Concilio
Ecuménico. El anuncio fue recibido con entusiasmo y el teólogo destituido comenzó a re-
flexionar y escribir sobre este acontecimiento y sobre su significado para temas que le eran
familiares: el despertar evangélico y la presencia misionera de la Iglesia en el mundo.34

La rehabilitación de un teólogo
La hora de su restitución como teólogo había llegado. No fue invitado como perito oficial,
pese a que mediante sus trabajos y reflexiones anticipaba los temas acordes a la sensibilidad
conciliar. Pero pudo participar activamente en los debates sobre los esquemas preparatorios
y en algunas reuniones que preparaban las intervenciones en el aula gracias a la invitación
de Mons. Claude Roland, obispo de Antsirabé (Madagascar), que había sido alumno suyo

31
Cf. MARIE DOMINIQUE CHENU, Une école de Théologie: Le Saulchoir, 136-137.
32
Juan Bosch, remitiéndose al mismo Chenu, explica dicha proposición del Syllabus se debe a que él
mismo “reconocía la desgracia que supuso para santo Tomás al ser transformado del nato buscador que
siempre fue en el paradigma de la ortodoxia teológica de todos los tiempos”, JUAN BOSCH, “Chenu, Marie-
Dominique”, 258.
33
Cf. Ibidem.
34
Cf. ANTONINO FRANCO, Marie-Dominique Chenu, 66.
María José Caram, Marie Dominique Chenu. Un teólogo en la historia, 121-133. 129
en Le Saulchoir, y que lo solicitó como teólogo personal. Sus aportes principales estuvieron
en la elaboración del primer mensaje del Concilio al mundo y en la discusión del Esquema XIII.
De hecho, “la idea de una proclamación inicial se debe al padre Chenu”.35 En su diario
escribe:
“Se me ocurre la idea de que una declaración inicial del concilio, un ‘mensaje’ a todos los hom-
bres, cristianos o no, para explicarles los objetivos y la inspiración de la asamblea, desde una pers-
pectiva y con la dimensión de los problemas de la coyuntura actual del mundo, sería una respues-
ta eficaz a las expectativas simpatizantes de todos, que se desconcertarían ante un comienzo
cargado de deliberaciones teóricas y de denuncias de tendencias erróneas”.36

Con la aprobación de Mons. Rolland y con la colaboración del P. Congar, propone un


texto que logra la aprobación de Juan XXIII. Aunque fue adaptado para su presentación en
el aula conciliar, perdiendo como consecuencia la frescura de su formulación inicial, el Mensaje
conserva las grandes líneas de pensamiento que venía cultivando desde hace tiempo el P.
Chenu: la fe cristiana conlleva un compromiso de servicio al mundo, a semejanza del Maes-
tro la Iglesia no está para dominar sino para servir; los destinatarios no sólo son los católi-
cos sino también todos los cristianos y todos los hombres de buena voluntad.37
Sobre el papel que le cupo en la redacción del Mensaje Mons. Rolland escribe lo siguien-
te: “La parte que corresponde al P. Chenu en la composición de este mensaje muestra cómo
se preocupaba del encuentro de la Iglesia con el mundo y con qué espíritu de iniciativa actuaba
en su trabajo teológico durante el Concilio”.38
Respecto a su influencia en la redacción de Gaudium et Spes hay que decir que, dado
que Chenu no tuvo la posibilidad de intervenir directamente en el aula como perito, se las
ingenió para relacionarse con los ambientes que tuvieron parte en la fatigosa maduración del
proyecto del documento, conocido como “esquema XIII”. Gracias a la intervención del do-
minico Yves Congar, fue invitado a participar en la sub-comisión encargada de tratar el tema
“signos de los tiempos”. Dos escritos suyos, L’Église presente aux détresses et aux esperan-
ces du monde y Les laïques et la consecratio mundi,39expresan su posición respecto al tema
y “constituyeron también el punto de partida metodológico para su colaboración en los tra-
bajos y para las ulteriores profundizaciones de la categoría de los signos de los tiempos”.40
Si bien es cierto Chenu no participó directamente en todas las reuniones de la sub-
comisión, mantuvo vínculos que le permitieron ofrecer su parecer sobre la redacción del texto.
En su forma final, la Gaudium et Spes recoge algunos elementos que forman parte de la
propuesta teológica de Chenu y de su sensibilidad teológica.41 Entre ellos: el método inductivo
propio de la categoría de los signos de los tiempos; una relación más estrecha entre la eco-
nomía de la creación y la de la redención; una relación dialogante entre Iglesia-mundo; una
superación de la ideología de cristiandad con la consiguiente apertura al reconocimiento de
los valores evangélicos en la densidad de la historia.42
35
KLAUS WITTSTADT, “En vísperas del Concilio Vaticano II (1 de julio a 10 de octubre de 1962)”, en GIUSEPPE
ALBERIGO, Historia del Concilio Vaticano II. Volumen I. El catolicismo hacia una nueva era. El anuncio y la
preparación, Peeters/Sígueme, Leuven/Salamanca, 1999, 391.
36
MARIE DOMINQUE CHENU, Note quotidiane al Concilio. Diario Del Vaticano II, 1962-1963, en GIUSEPPE
ALBERIGO, Historia del Concilio Vaticano II. Volumen II. La formación de la conciencia conciliar. El primer
período y la primera intercesión (octubre 1962-septiembre 1963), Peeters/Sígueme, Leuven/Salamanca,
2002, 21.
37
Cf. JUAN BOSCH, “Chenu, Marie-Dominique”, 262.
38
Ibidem.
39
Publicados en Témoinage Chrétien en abril de 1964 y en la Nouvelle Revue Théologique en junio del
mismo año.
40
ANTONINO FRANCO, Marie-Dominique Chenu, 77-78.
41
Cf. Idem, 91.
42
Cf. Ibidem.

130 Anatéllei nº 28, diciembre 2012.


La voz estuvo ahí,
viva en el remolino.

Los signos de los tiempos


Marie-Dominique Chenu publica un artículo titulado “Los signos de los tiempos” en
1965,43 en pleno período de discusión del Esquema XIII. Su lectura revela la unidad del
teólogo apasionado por la historia que supo hacerse eco de las interpelaciones de su tiem-
po, poniendo todas sus capacidades al servicio de la misión de la Iglesia en el mundo. A
continuación presentaré las ideas fundamentales en torno a este concepto que no ha perdi-
do actualidad.
La intención del artículo es contribuir a los trabajos de la sub-comisión encargada de
estudiar el tema, aportando elementos para la comprensión del concepto.44
En primer lugar el autor se refiere al valor que han tomado las circunstancias tempora-
les en la que se desarrollan los recursos y facultades de la naturaleza humana en los diver-
sos sectores de la producción cultural: “El tiempo se considera como valor co-esencial, que
modifica la vida del espíritu no solo en su mecanismo, sino en su misma sustancia… El hombre
es un ser-en-el mundo. Historia y Espíritu son en él consustanciales”.45
A continuación se refiere a la introducción de la categoría “signos de los tiempos” en
el lenguaje eclesiástico por Juan XXIII en su encíclica Pacem in terris. Afirma que no debe
perderse jamás de vista el valor bíblico y evangélico de la palabra “signo” ya que el cristia-
nismo es una economía basada en los signos, “y los menores no son los signos escatológicos
que deciden el sentido y el curso de la continuación temporal de esta economía”.46 Para el
autor el uso eclesial inaugurado por el Papa Juan XXIII, reviste el valor de “una categoría de
base en la construcción del pensamiento”, al ser considerados como “manifestaciones de los
valores emergentes en el interior mismo de los movimientos de la historia: socialización,
promoción de las clases trabajadoras, entrada de la mujer en la vida pública, emancipación
de los pueblos colonizados, etc.”.47 Sobre ellos deberá regularse el aggiornamento de la
Iglesia. La intuición, retomada por Pablo VI en Ecclesiam sum, su primera encíclica, cons-
tituye la base del trabajo conciliar en orden “definir la relación de la Iglesia y del mundo de
hoy, por lo tanto del mundo en la historia”. 48 Así,
“El Concilio… decidió tomar como eje de su trabajo a la Iglesia, la Iglesia en sí misma, pero tam-
bién a la Iglesia en su relación con el mundo, y eso para definirse a sí misma, si es verdad que por
su naturaleza ella es enviada al mundo, a la misión. Con el mundo entraba la historia: ‘La Iglesia
en el mundo de hoy’, y con esta dimensión histórica de la economía cristiana, los signos de los
tiempos, que vienen no sólo a marcar su marcha, sino a definir su constitución”.49

En un segundo momento, el artículo se referirá al análisis sociológico de estos signos.


El concepto, al ser transferido al dominio de las realidades religiosas, “no pierde nada de su
contenido socio-histórico”. Y afirma que “es de una buena teología asumir el análisis que de
ella han podido hacer, a nivel fenomenológico, los historiadores y los filósofos”.50
En un análisis sociológico se advierte que existen signos históricos, “acontecimientos”
que desatan tomas de conciencia colectiva. Son captados por los profetas, por una generación,
43
Cf. Nouvelle revue théologique 97 (1965) 29-39. Para este trabajo tomo la versión publicada en
CARLOS SCHICKENDANTZ (Ed.), A 40 años del Concilio Vaticano II. Lecturas e interpretaciones, EDUUC,
Córdoba, 2005, 83-101.
44
Cf. Idem, 89.
45
Idem, 86-87.
46
Idem, 87.
47
Idem, 88.
48
Ibidem.
49
Idem, 89.
50
Ibidem.
María José Caram, Marie Dominique Chenu. Un teólogo en la historia, 121-133. 131
un pueblo, una civilización. Envuelven toda una esfera de actividades y expresan las nece-
sidades y las aspiraciones de la humanidad.
“Es en ellos mismos, en su plena y propia densidad, que son signos. Es bien en esta realidad que
la Iglesia lee en ellos una aptitud para convertirse en llamada al Evangelio y convertirse en sujeto
de la gracia. Es preciso respetarlos, si así se puede decir, y no sacarles ventaja apologéticamente
para sí. Es preciso auscultarlos según sus propias leyes, sin una sobrenaturalización prematura
que devendría rápido en mistificación”.51

En tercer lugar, el artículo se detiene en el análisis teológico de los signos de los tiem-
pos y afirma que la Iglesia podrá percibirlos “en la medida misma en que ella esté presente
en esos tiempos. Para eso ella
“no tiene que alejarse de las ‘verdades eternas’, ni de la Tradición pasada: ella es en acto, hoy, la
testigo de la economía de la salvación en la historia. El tiempo le provee los signos de la espera
actual del Mesías venido, los signos de la coherencia del Evangelio con la esperanza de los hom-
bres”.52

Citando a un Padre conciliar dice que la Tradición debe ser comprendida “en relación
con los acontecimientos del mundo, con las diversas culturas de los pueblos…” Si la Reve-
lación se realiza en relación con la historia concreta del pueblo de Israel, “es preciso mos-
trar incluso la relación entre la Tradición viviente y la acción de Dios que se continúa en la
historia”.53
Basándose en la ley de la economía de la Palabra de Dios, pone de relieve que “existe
una conexión entre los acontecimientos del mundo y la presencia de la Iglesia como testigo
de esa Palabra”. Y para evitar todo vínculo de causa a efecto, añade: “de ninguna manera
la construcción del mundo y la promoción del hombre hacen emerger el Reino de Dios”. La
Palabra llega por iniciativa del amor gratuito de Dios, por lo tanto, la historia de ninguna
manera es fuente de salvación. Sin embargo, “el hombre es, en el sentido más fuerte de la
palabra, ‘sujeto’ de la gracia, capax Dei, no sólo en su naturaleza radical, sino en su natu-
raleza desarrollada, no sólo en su persona, sino en su sociabilidad”. Chenu considera que
los valores profanos son “piedras de esperanza, ‘potencias obedienciales…’ La socialización,
común denominador de las transformaciones económicas, sociales, culturales en curso,
suministra recursos imprevistos para la puesta en obra del amor fraterno”. Además, añade
más adelante, “los valores profanos están, en su ser mismo, en espera. Ellos tienen un sentido,”
que la fe vigilante podrá leer en los acontecimientos que los hacen emerger a la conciencia.54
Finalmente Chenu indica la importancia de inventariar esos signos, realizando un “diag-
nóstico cordialmente atento a los múltiples componentes técnicos y humanos de la gran obra
en curso de la construcción del mundo”. Y, a continuación se refiere a la economía de la
Creación, considerándola como “una acción presente y continua en la cual los hombres
participan para llevar a término, como causas segundas, la empresa divina”. Así, por ejem-
plo el progreso técnico entra en el plan creador de Dios. Las realidades humanas, por otra
parte, cuando llevan en ellas “una particular disposición al Evangelio, a su ley de amor fra-
ternal,” se vinculan por su sentido con la acción redentora, como es el caso de la promoción
de los pueblos a la comunidad universal.55
Ya finalizando el escrito, Chenu se refiere a la relación Iglesia-mundo, en la “dialéctica
de la gracia y la naturaleza” y afirma que

51
Idem, 93. La letra cursiva está en el texto consultado.
52
Idem, 95. La letra cursiva está en el texto consultado.
53
Ibidem.
54
Idem, 96-98.
55
Cf. Idem, 99.

132 Anatéllei nº 28, diciembre 2012.


La voz estuvo ahí,
viva en el remolino.

“la autonomía de las realidades terrestres garantiza en cierto modo la trascendencia de


la Palabra y de la gracia de Dios. Más el mundo, por la eficacia y en la conciencia de las causas
segundas (ciencia, dominio de la naturaleza, organización de las sociedades), toma consisten-
cia, más será sensible la densidad de las significaciones de estos valores decididamente profanos”.56

Corresponde al cristiano “reconocer y recibir estos valores” como capital común entre
creyentes y no creyentes; limitarse a la escucha del mundo moderno, “apartándose de la
actitud doctrinal y paternalista de quien posee, de sí y por adelantado, toda respuesta a toda
pregunta”. Será así capaz de reconocer que las normas morales que emergen en la historia,
tales como la libertad, los valores femeninos, los derechos del niño, la paz, no proceden de
la Iglesia, “aunque de hecho, es el Evangelio el que ha tenido allí radicalmente la más
novedosa iniciativa”.57

Actualidad del mensaje de Chenu


Puede decirse que este escrito sobre los signos de los tiempos refleja al único Chenu,
que anuda en su experiencia espiritual todo el caudal de sabiduría adquirido como historia-
dor, como hombre comprometido con su tiempo, como profeta perseguido y como contem-
plativo del mundo.
Recientemente tuvo lugar el Congreso Continental de Teología, celebrado del 6-11 de
octubre en Unisinos, Sao Leopoldo, Brasil, con motivo de los 50 años de la inauguración
del Concilio Vaticano II y de los 40 años de la publicación del libro Teología de la libera-
ción. Perspectivas de Gustavo Gutiérrez.
La inmensa variedad de temas abordados, tanto en las conferencias principales como en
los paneles abiertos, en los trabajos científicos presentados y en las conversaciones informales
que mantuvimos entre los participantes, permitió constatar la intensidad que reviste la his-
toria contemporánea con sus múltiples desafíos e interpelaciones a la fe.
Creo que el tiempo que vivimos nos invita a releer los textos de Fr. Marie-Dominique
para inspirarnos en la tarea de escrutar los signos de nuestro tiempo e interpretarlos a la luz
del Evangelio.
18-08-12 / 25-09-12

56
Idem, 100.
57
Idem, 101.
María José Caram, Marie Dominique Chenu. Un teólogo en la historia, 121-133. 133