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Revista Inversa, Vol. 1, No.2 (2006): 80-107.

INVITADO
Fragmentos para una historia
de los Siona y de los Tukano
Occidentales
Augusto Javier Gómez López
ajgomezl@unal.edu.co
Profesor Asociado
Departamento de Antropología
Universidad Nacional de Colombia, Sede Bogotá

Palabras claves Resumen


Historia-indios americanos- Mucho tiempo después de que la búsqueda de El Dorado como un sueño efímero y
Tukano Occidentales, historia- febril, quiso construir entre la vastedad de la selva «ciudades» como Sevilla del Oro y la
indios americanos-Sionas. antigua Ágreda o Mocoa, Franciscanos y Jesuitas, emprendieron la labor misionera en
las primeras décadas del siglo XVII. Fue precisamente, gracias a las descripciones que
acompañaron la pieza cartográfica elaborada por el Padre Juan Magnín, en el año de
1740, que se fue haciendo más evidente esa vastedad de la geografía amazónica. El
presente artículo parte desde aquí para presentar al lector una historia de los Siona y de
los Tukano Occidentales desde tiempos coloniales hasta la primera mitad del siglo XX,
Key words
al apoyarse en los escritos y cartografía realizada por los misioneros hasta documentos
History-american natives-
etnográficos producidos en los años de 1940 por científicos sociales, que muestran
Tukanos Occidentales,
history-american natives- cómo los sistemas de explotación de recursos de la selva desde tiempos inmemoriales,
Sionas. han contribuido a la esclavización y destrucción de los grupos indígenas al suscitar
sistemas particulares de sometimiento como el endeudamiento, y han amenazado con
acabar los últimos reductos de población indígena que aún perviven en nuestro país.

Abstract
Franciscans and Jesuits started their missionary labor during early XVII century, long
time after the ephemeral and febrile dream to look for El Dorado wanted to build
«cities» like Sevilla del Oro and the old Ágreda (Mocoa) into the forest vastness. In 1740,
thanks to missionary labor was more evident forest vastness for the descriptions and the
maps made to Priest Juan Magnín. This paper starts from that point to show to the
reader a history of Siona and Western Tukano from Colonial times to the first half of
the XX century, by using writings and cartography works done by missionaries, along
Recibido:
20/11/2005
with ethnographic works made by social scientists during the decade of 1940. Those
En revisión desde: documents shows how forest resources exploitation systems it has contributed to slavery
25/11/2005 and destruction of indigenous groups, establishing particular systems like placing them
Aceptado para publicación: into debt. Such systems have also threatened the last indigenous populations that still
12/04/2006 survive in Colombia.
ue* necesario que transcurriera cerca de un siglo, desde que se inicia-

F ra la labor misionera en aquellas selvas amazónicas (las que, en el


papel, figuraban ya bajo el «dominio» del monarca español), para
que ese «mapa de las tierras incógnitas» de las misiones orientales, de
sus pobladores nativos, de sus ríos, de sus varaderos y caminos, lo mismo que de
sus géneros y frutos, fuera adquiriendo trazos más precisos.
Mucho tiempo después de la búsqueda de El Dorado que, como un sueño
efímero y febril, quiso construir, entre la vastedad de la selva, «ciudades» como
Sevilla del Oro, Logroño, San Miguel de Sucumbíos y la antigua Ágreda o Mocoa,
Franciscanos y Jesuitas emprendieron la labor misionera en las primeras décadas
del siglo XVII. Después de muchos logros y fracasos, después de un largo peregrinaje
misionero fue posible «dibujar» de manera aproximada y, aún, de manera imaginada,
los nombres de esos ríos, de esos «primitivos seres» y los límites, las sinuosidades y
los «temperamentos» de sus territorios.
Y fue, precisamente, gracias a las descripciones que acompañaron la pieza
cartográfica elaborada (en el año de 1740) por el Padre Juan Magnín, jesuita y

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misionero por largos años en Maynas, que se fue haciendo más evidente esa vastedad
de la geografía amazónica y la diversidad cultural de sus «naciones y parcialidades»,
lo mismo que la variedad y particularidad de sus lenguas, oficios, galas, costumbres,
«mojigangas» y «supersticiones».
Gracias al trabajo cartográfico y descriptivo elaborado por el Padre Magnín,
sabemos que, además de las «naciones» y «parcialidades» que existían entre el Napo
y el Putumayo («Payahuas, Iquiabatas, Sucumbíos, Uecuaris, Encabellados,
Yunguinguis, Rumos, Yetes, Guacas, Ceños, Recobas, Chutias, Yarasunos de
Archidona, Tenas, Napos Canelos Chitos y los de Ávila»), entre el Caquetá y el
Putumayo estaba la Nación de los Seones que «son Charuayes, Andaquíes, 81
Macaguajes, Urinus, Curiguajes, Sensaguajes, Ocoguajes, con otras Naciones de
Tamas, Murciélagos y Arionas» (Magnín, 1740 [1955]: 97-98).
Los «Senones del Caquetá», descritos por el mismo misionero Magnín, fueron
reconocidos por su costumbre de «desfigurarse» de forma particular, «[...] poniéndose
un palo labrado con plumas hermosísimas, delgado, de media vara de largo, y sus

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mujeres una piedra de jaspe, puntiaguda, que compran a los Yquiabates, dando
una china o un muchacho por una de ellas; con dos agujeros en el labio superior,
donde ponen flores, y dos en el inferior, con dos pajas largas, más de un palmo,
claveteados los lados de las narices con dos chaquiras negras». De igual manera,
Magnín destacó como «el mejor y el más subido» el veneno elaborado por los
Charuayes (pertenecientes a la Nación de los Seones, según el mismo misionero)
«[...] y lo hacen hasta de 23 ingredientes de raíces, bejucos, cáscaras y palos cocinados
juntamente y dado punto al agua [...] el veneno que hacen, que a cualquier animal,
por donde quiera que se le clave la punta de la saetilla o virote, que por medio de
un poco de algodón, o lana de palo, que se envuelve, se dispara con el soplo, por
el hueco de una cerbatana, con tal que le saque sangre» (Magnín, Op. Cit. Pág.
105). *
El presente texto fue desarrollado
Muchas décadas antes de la cartografía y de las descripciones realizadas por el a partir de la tesis «Putumayo:
Padre Magnín, los misioneros franciscanos describieron en sus informes las diversas indios, misión, colonos y conflictos
«naciones indígenas» de los ríos San Miguel, Putumayo y Aguarico «o Río del 1845-1970. Fragmentos para una
historia de los procesos de
Oro», «[...] copiosamente poblados», donde reiniciaron la «pacificación de infieles» incorporación de la frontera
y el establecimiento de las «reducciones» o fundación de los pueblos de indios en amazónica y su impacto sobre las
la última década del siglo XVII, después de fracasados sus intentos realizados a sociedades indígenas» presentada
por el autor en Marzo de 2005
comienzos de dicho mismo siglo: Jesús de la Nanzuera, Santa María de Maguagees
para optar al título de Doctor en
[sic], Santa Clara de Yaibaras, San Diego de Yartaguages, San José de los Curús, Historia de la Universidad Nacional
San Antonio de Padua de los Viguages (cuyos pobladores fueron sacados de la de Colombia, sede Bogotá.
Fragmentos para una historia de los Siona ... Pp. 80-107.

Extracción de niguas. Grabado


realizado por Julio Crevaux. 1857-
1882. América Pintoresca. El Áncora
Editores. Bogotá. 1987.

«tierra adentro» y poblados en las márgenes del Putumayo), San Bernardino de los
Penes y San Francisco de Piácomos, todos fundados en el transcurso del año de 1693.
En el transcurso del año de 1694 «se dieron de paz» y fueron incorporados por los
82 mismos misioneros franciscanos los Neguas, «que asisten la tierra adentro»; los Caquís,
«que estos últimos pertenecen al río contrapuesto que llaman Caquetá o Mocoa, por
estar más vecinos a él. También se hicieron de paz este mismo año los Coreguages, que
asisten a las vegas de este mismo río Caquetá [...] También se han dado de paz la
Provincia de los Senseguages, Yamués que asisten en este mismo río de Putumayo
hacia su desemboque y otras infinitas Provincias de que tengo noticia». En el año de
Augusto Javier Gómez López

1695 «se dieron de paz» los Puníes «y otros muchísimos de los Ycaguates y Encabellados,
que asisten la tierra adentro y también están pacíficos los Roenes de esta misma nación»
(Céspedes, 1696: folios 2(v)-5(r)).
El mismo misionero Fray Diego de Céspedes, «Presidente de las Misiones
Franciscanas» y fundador de muchos de los «pueblos de indios» en los ríos San Miguel
y Putumayo a finales del siglo XVII, describió «las costumbres» de los habitantes nativos:

«Quiero también no dejar en silencio algunas costumbres que he experimentado en ellos; lo


primero, son tan grandes soldados y tan ejercitados en las armas que ninguno anda menos que
con dos o tres lanzas; tienen también una casa dedicada, donde se juntan dos veces todos los
días a sus consejas, de donde sale definido cualquier orden; la primera vez que se juntan es
desde las dos de la mañana, poco más o menos, hasta las seis del día». (Céspedes, Op.Cit.)

Según el misionero Céspedes, «a esta conseja y junta, no ha de faltar ninguno,


aunque sea viejo o muchacho; y para esto les hacen primero una bebida de
dichos bejucos que llaman yoco, que es el chocolate de ellos, y después de esto
les dan otras bebidas, de maíz o yuca, y si hay carne o pescado se les sirve, también
con puntualidad; la otra junta es desde las cuatro de la tarde hasta las seis, donde
los esperan con la misma prevención del chocolate o yoco» (Céspedes, Ibíd.). La
casa donde se realizaba la junta o conseja se encuentra dedicada a hospedar a los
forasteros de calidad, de manera que «ahí les ponen la comida, la bebida, la cama
y todo cuanto piden y han menester, con condición que ninguno haya de salir a
registrar las casas ni los naturales de este pueblo; estos indios andan desnudos
como también las mujeres sin hacer más defensa para la honestidad que una
concha; tienen también por costumbre quemar todos los cuerpos muertos así de
los grandes como de los niños y para esto hacen una hoguera grande y mucha leña
y después de quemado el cuerpo recogen las cenizas en una olla nueva y los huesos
que quedan, en otra olla; estos huesos quemados los muelen y los mezclan con
unas semillas aceitosas y los días de sus fiestas se untan todo el cuerpo con ese
barniz negro, que es la mayor gala de ellos; entre los Icaguates vi esto de otro
modo, que luego que moría el indio le pelaban los cabellos y los guardaban y
después, quemando el cuerpo de la misma suerte, juntaban los huesos y el año
siguiente le hacían como una honras» (Céspedes, Ibíd.). De la misma forma el
misionero también agregaba que «cuando se llegaba el tiempo salían todos los
parientes a buscar carne y pescado y traído esto convidaban toda la gente de su
comarca: bailaban y cantaban mucho y al fin les daban de comer la carne envuelta
en los cabellos del difunto y los huesos molidos se los daban a beber en la chicha

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que así se llama el vino de éstos» (Céspedes Op. Cit. Folios 7 y 8).
Todavía a comienzos del siglo XVII, algunos expedicionarios insistían en la
búsqueda de El Dorado, pero ya por entonces los Franciscanos, desde su Convento
Máximo de San Pablo de Quito habían enviado en el mes de agosto de 1632 los
primeros cinco misioneros cuyo destino fue Sucumbíos y el Putumayo (Alacano,
1739). Desde entonces, los Franciscanos adelantaron otras expediciones a la
«Provincia de los Tupinambaes y Besabas», a «San Pedro de Alcántara de los
Cofanes», a la «dilatadísima Provincia de los indios Encabellados», pero los
alzamientos y ataques que sufrieron de los indios, en los años de 1634 y 1636,
echaron a perder los adelantos de las primeras reducciones. No obstante, en la 83
década de 1690, cuando habían logrado las primeras «pacificaciones» de indios:
«[...] en la rica cuanto dilatada Provincia de Mocoa que baña el río del gran Caquetá»
(Alacano, Op. Cit.), en el año de 1695, los Tamas: «indios piratas de una de las
Provincias del Gran Caquetá» (también «llamados Payugages»), incursionaron en
las riberas del Putumayo dando muerte a dos religiosos Franciscanos (Fray Juan

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Benítez de San Antonio y Antonio Conforte) y a un indio cristiano llamado Nicolás.
Los Andaquíes y Yaguarsongas, que habían arrasado las ciudades de Simancas y de
Mocoa, «en las Provincias del Gran Caquetá, se atrevían también a saquear los
demás pueblos comarcanos de Timaná y de Sibundoy cautivando a muchas mujeres
españolas» (Alacano, Ibíd.). Estos ataques e incursiones de indígenas motivaron las
solicitudes de pacificación de los indios Tamas y Andaquíes, por parte del Cabildo
de la ciudad de Pasto.
En el año de 1739 los Franciscanos dieron noticia de la existencia de veintiún
pueblos de misiones, «siete en las Provincias del Gran Caquetá y catorce en las del
Putumayo con San Miguel de Sucumbíos» (Domínguez et al., 1996: 50).
Enfrentando grandes dificultades, los misioneros y sus escoltas militares habían
intentado incorporar los vastos territorios del Caquetá-Putumayo, pero los ataques
y sublevaciones indígenas persistieron. Finalizando el siglo XVIII, y según el informe
presentado en el año de 1791 a la Real Audiencia de Santafé por Fray Fermín
Ibáñez, religioso Franciscano del Colegio de Misiones de Popayán1, los pueblos de
misiones del Caquetá y Putumayo estaban «desiertos», «decadentes» y en «ruina», a
«causa de no tener los religiosos arbitrios ni auxilios para contener los excesos de
los indios» (Ibañez, 1791). A pesar de los esfuerzos por establecer nuevos pueblos
1
Este informe presentado a la Real
de misiones (o «reducciones») y de refundar otros, las noticias llegadas del Caquetá
Audiencia de Santafé se encuentra
y del Putumayo anunciaban la extinción total de esas «reducciones», el fracaso en el Archivo Central del Cauca,
definitivo de la evangelización y, en general, de la labor misionera en la región en Popayán.
durante el período colonial: el pueblo de los Tamas del Caguán, en donde en el año
de 1790 los indios habían matado a su misionero (Fray Marcos Calderón), a los
soldados y «muchachos» que asistían a dicho padre fueron asolados «enteramente»;
de la ruina de este pueblo se siguió la del pueblo de Ahumea, «el más remoto de
todos», pues su subsistencia dependía de la del Caguán y en consecuencia quedó
desamparado.
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Años atrás, las otras fundaciones misioneras en la región habían corrido una
suerte muy similar a la del pueblo del Caguán: en Santa María de Mecaya, tres veces
reestablecido con distintas naciones indígenas y otras tantas destruido, los «neófitos»
dieron muerte a su misionero, Fray José Joaquín Arango, en 1783; en el pueblo del
Pescado de Andaquíes, éstos atacaron a su misionero, Fray Ramón Ortíz quien,
herido, debió refugiarse en el Pueblo de La Escala. Más tarde, el padre Fray Gerónimo
Matanza, se hizo cargo de recoger a estos indios, los cuales estableció en La Bodoquera,
que fue abandonado «enteramente» por los nativos, como poco después sucedió con
los de Bodoquerita; el Pueblo de Los Canelos, también de Andaquíes, en el río de la
Hacha, su misionero, Fray Juan Ortega, tuvo que huir para conservar su vida y poco
después Fray José Iglesias se encargó de recoger en Los Canelos a los mismos indios
dispersos, de donde se fugaron en el año de 1788; en cuanto al Pueblo de Paycuntí,
en el año de 1789 se fugó la mayor parte de los indios que lo componían y en el año
de 1790 envenenaron a su misionero, Manuel Hermosilla (Ibañez, Op. Cit.).
Finalizando el siglo XVIII, entonces, los indios del «Gran Caquetá» habían retornado
a su «gentilidad y salvajismo» y los pueblos misioneros estaban «reducidos a cenizas»:

«De lo dicho, Excelentísimo Señor, claramente se viene en conocimiento que, aunque a principios
del año de 90 existían 8 pueblos, cuando salieron los Padres por el mes de noviembre de dicho
año sólo quedaban tres, San Antonio, Puycuntí y Solano, que, con el de La Escala son cuatro
84
y otros tantos los destruidos: Bodoquerita, Canelos, Caguán y Ahumea y aunque ellos estaban
ya constituidos en la próxima e inmediata disposición de su ruina con eminente peligro de las
vidas de sus misioneros como exponen dichos padres en su ya citada representación. Efectivamente
el correo de 15 del pasado marzo recibí una carta que acompaño y presento a Vuestra Excelencia
de un misionero en que me participa la ruina del pueblo de Puycuntí reducido a cenizas por los
Augusto Javier Gómez López

mismos indios y la fuga y muertes de muchos de los de San Antonio. En esta inteligencia ignoro
si en la actualidad aún exista algún pueblo a más de La Escala» (Ibañez, Ibíd.).

Teniendo en cuenta la información histórica cartográfica, en el mapa manuscrito


del siglo XVIII2 se señala, en el río Orito, el lugar de la antigua fundación del pueblo
de San Diego: «Sitio del pueblo de San Diego que llamaban pueblo de San Juan». En
el mismo mapa figura, también, el «Pueblo de San Diego de Ocoguajes», sobre el río
Putumayo. Durante el período colonial y, de manera más específica, durante los
siglos XVII y XVIII, las «reducciones» o pueblos de indios fundados por los
Franciscanos en las vastas selvas que más tarde se conocerían como «territorio del
Caquetá» (cuya capital sería Mocoa y, por supuesto, incluía lo que hoy conocemos
como Putumayo) se caracterizaron por su inestabilidad y por su vida efímera, en
virtud de múltiples causas: la huída y la resistencia de los indios a vivir reducidos en
dichos pueblos por temor a la esclavitud y a las enfermedades y epidemias; la
desaparición física de una buena parte de sus habitantes por el hambre y las
enfermedades mismas; los ataques frecuentes de ciertos grupos de indios sublevados
contra los misioneros y, estructuralmente, por la secular dificultad de abastecer y
sostener a los indígenas reducidos.
2
Dicho mapa se encuentra en el
Comúnmente, las refundaciones de pueblos de indios se hicieron «sacando de
Archivo General de la Nación,
Bogotá; Sección Mapoteca; los montes» a familias y grupos de indios «neófitos» porque los pobladores iniciales
Mapoteca N°6; Mapa N°132. ya habían huido a los montes o simplemente ya habían físicamente desaparecido,
víctimas del «catarro», de la gripe y de la viruela. En consecuencia, fue usual que las
refundaciones se designaran con nombres de fundaciones iniciales ya desaparecidas
donde se trasladaban, en el mejor de los casos, reductos de población sobreviviente.
En este mismo orden de ideas, esas refundaciones fueron establecidas frecuentemente
en lugares diferentes a los de las fundaciones misioneras originales. La imagen que
se fue dibujando de este proceso misionero franciscano es la de un «mapa» en el que
van surgiendo nuevas fundaciones las cuales desaparecen al ritmo en que la población
nativa, contactada, asimilada y reducida, es también víctima de la esclavización y,
arrancada de sus territorios, sufriendo el traslado hacia otras áreas y, aún, a otras
regiones remotas de donde nunca retornarán. Otra parte significativa de la población
«reducida» y sometida a la vida miserable en los pueblos de misiones desapareció
físicamente como consecuencia de las enfermedades y epidemias, como ya se expresó,
lo que se puede apreciar en los documentos y censos de población levantados por los
mismos misioneros a lo largo del siglo XVIII3.
El historiador Federico González Suárez refiriéndose al estado de decadencia
que presentaban las misiones de franciscanos en el Putumayo, en el Caquetá y en el

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Coca, en la segunda mitad del siglo XVIII, atribuye, precisamente, esa decadencia a
la «saca» de indios y al traslado de éstos hacia otras regiones distantes, en calidad de
esclavos:

«La falta de cooperación de la autoridad civil fue una de esas causas; pues, el Gobernador de
Popayán dio amplia licencia a un favorecido suyo para que sacara cuantos indios pudiera de
los pueblos de las misiones y los llevara a Barbacoas, para ocuparlos allí en el laboreo de las
minas de oro. Los indios huían de los pueblos, a fin de no ser arrancados de sus bosques nativos
y trasladados por la fuerza a las costas enfermizas del Pacífico» (González, 1970: 119).
85
Introdújose también otra costumbre no menos inmoral y funesta para el
adelantamiento de las misiones, y fue la de comprar muchachos para sacarlos afuera,
a las poblaciones de la sierra, y emplearlos como esclavos en el servicio doméstico;
una hacha, un machete, unos cuantos abalorios se daban por un muchacho y de esa
manera se hacía odiosa la predicación de la religión cristiana, la cual a los ojos de los

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indios, siempre desconfiados del blanco, aparecía como un arbitrio para establecer y
fomentar entre las tribus salvajes recién convertidas la odiosa granjería de la compra
y venta de niños» (González, Op. Cit. Pág. 121-122).
Otro aspecto que contribuye a explicar el por qué de la vida efímera de los pueblos
de misiones es el relacionado con el acceso a las herramientas. Debe comprenderse
que tanto en el piedemonte del Putumayo y Caquetá, pero también en el piedemonte
amazónico del Perú y Ecuador e incluso, en el piedemonte de nuestros Llanos
Orientales, las poblaciones nativas tuvieron como estrategia, con el propósito de
acceder a las herramientas de metal y a otras mercancías, acercarse a los misioneros
tan pronto estos ingresaban a sus territorios y/o apenas tenían noticia de su llegada
a la región, dejándose «reducir» pero tan pronto como el misionero les hacía entrega
de las «dádivas», herramientas y «bujerías», los indios abandonaban los pueblos de
misión. Los informes de los misioneros llaman la atención reiteradamente acerca de
dicho comportamiento, tal y como el Padre Juan Magnín lo observara al referirse al
«modo de reducirlos con herramientas»:

«Para ganarlos no se sirven de razones o argumentos, que de eso no entienden; sino de dádivas
y agasajos; hachas, cuchillos, agujas, herramientas son las más convenientes razones; que 3
Esto puede verse particularmente
como en sus rincones no tienen nada de eso, sirviéndose sólo de hachas de piedra, colmillos de en el Archivo Central del Cauca,
en las signaturas relacionadas con
animales, huesos y del fuego, para cortar palos y labrar sus canoas, reconociendo en la herramienta «Franciscanos» y «Caquetá», de los
tan grande ventaja, se mueren por recibir alguna dádiva de esas, dando aun sus propios hijos Fondos Coloniales.
por una hacha, que eso vale una china, si su padre no quisiere venir al pueblo; y siendo los
hurtos entre ellos casi incógnitos, por la herramienta se hacen varios, robando y matando a
sus vecinos para quitársela; que en eso sólo tienen puesta su codicia [...] siendo éstos [los
Mayorunas] los más inconstantes en las Reducciones; como lo son los Payahues en sus
resoluciones, quienes a cada rato salen y a cada rato se retiran; empiezan su pueblo con
fervor, y de repente lo dejan; mientras no hubieren herramientas, constantes; al recibir el
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hacha, el machete, fugitivos» (Magnín, 1740 [1955]: 113-114).

Poco sabemos de la suerte de los grupos indígenas sobrevivientes en el Putumayo,


San Miguel, Aguarico, Caquetá, etc., después del fracaso de las misiones
franciscanas, es decir, desde finales del siglo XVIII, a no ser, medio siglo después,
por las descripciones del Padre Manuel María Albis y por las descripciones que
acerca del «territorio del Gran Caquetá» y en relación con los indios realizara la
Comisión Corográfica. Resulta sí aproximado afirmar que en una buena parte del
conjunto de la región amazónica, las «naciones y parcialidades» más afectadas fueron
aquellas que desde un lejano pasado habían surgido y se habían consolidado en
las zonas ribereñas o de «varzea», ya que algunos ríos amazónicos, especialmente
los que sin mayores obstáculos eran navegables, fueron la ruta «natural» de las
primeras incursiones europeas y las de sus descendientes que en calidad de
expedicionarios, de conquistadores, de misioneros o de traficantes de esclavos,
iniciaron las transformaciones territoriales y socioculturales que, en general, irían
cambiando el «mapa» de las estructuras de los asentamientos humanos en la región
y especialmente, en nuestro caso, en el piedemonte. Por supuesto que, también,
en el transcurso del mismo siglo XVI, la fiebre del oro «alcanzó» un número
significativo de grupos humanos nativos del alto Putumayo y Caquetá poniéndolos
al servicio de la minería en las jurisdicciones de Mocoa y Sucumbíos, con base en
86
la institución de la encomienda o simplemente sometiéndolos a la esclavitud.
Sólo sería en el transcurso de la segunda mitad del siglo XIX, cuando ya las
quinas del interior del país habían sido devastadas (en el Sumapaz; en el Magdalena
Medio; en la jurisdicción del pueblo de La Uribe, Meta; en el Cauca, por ejemplo
Augusto Javier Gómez López

Indios de Mocoa en el Alto de la Cruz.


Grabado realizado por Edouard André.
1875-1882. América Pintoresca. El
Áncora Editores. Bogotá. 1987.
en Pitayó y en las «montañas del Patía», etc.) que la frontera extractiva alcanzó el
piedemonte amazónico del Putumayo y del Caquetá, donde las quinas silvestres
empezaron a ser explotadas, fomentándose, de nuevo, el contacto con los grupos
nativos sobrevivientes y generándose, también, un considerable impacto entre estos,
más aun con el establecimiento de la navegación a vapor en el río Putumayo.
Efectivamente, con el inicio y la consolidación de las actividades quineras en el
piedemonte y la búsqueda de la ruta río Putumayo-río Amazonas para exportar las
cortezas hacia Europa y los Estados Unidos, se estimuló la creación de nuevos
asentamientos en las áreas donde se extraía la quina silvestre y a lo largo de la ruta
que, buscando el lugar más a propósito para ser embarcadas, conducía hasta las
riberas del Putumayo. Fue entonces, en virtud de este episodio extractivo que se
supo, de nuevo, acerca de los grupos indígenas, de sus establecimientos y de algunas
de sus características, pero también, y muy pronto, de su disminución, de su dispersión
y, en algunos casos concretos, de su extinción como consecuencia del notable
incremento del tráfico de esclavos nativos, lo mismo que de su sujeción, por deudas,
a «patrones» que los llevaban lejos de sus territorios étnicos y por las enfermedades y

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epidemias que nuevamente ocasionaron el derrumbe físico de muchos de los grupos
nativos.
Gracias al mapa que fuera levantado por Francisco A. Bissau y Rafael Reyes, bajo
el título «Mapa del Río Putumayo o Ica» del año de 1877, es posible advertir la
existencia, en la época, de los «Indios San Miguel», «indios Picudos», «indios
Montepas», «indios Macaguages», «indios Beneció», lo mismo que poblaciones
indígenas como Yosotoaró, Cuembí, Montepa y Abacunte, en el río Putumayo y en
algunos de sus afluentes de la parte alta del curso del mismo río. De igual manera, el
mapa en referencia nos permite reconocer la existencia de establecimientos bajo
nombres nuevos como Cantinera y Duitama, donde presumiblemente habitaban y
87
laboraban individuos y familias indígenas, acopiando y transportando quinas, o
cortando y alistando leña para los vapores, al servicio de la Casa Elías Reyes y
Hermanos o Compañía del Caquetá.
De acuerdo con Rafael Reyes4, desde el puerto de La Sofía y el territorio «habitado
por los salvajes nómadas y antropófagos, en una extensión de unos doscientos

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kilómetros» residían las siguientes tribus: «los Montepa, los más cercanos a La Sofía;
los Beneció, los Incuisilla y los Cosacunti que en lengua Siona significa esta palabra
montaña de palmeras. Cada una de estas tribus tiene un dialecto propio compuesto
de palabras del quipchua [sic], que hablaban los Incas del Perú quienes dominaban
antes del descubrimiento de la América, desde el Cuzco, límite de la dominación de
los Araucanos, hasta Pasto; de palabras Chibchas que era la lengua que hablaban los
indios que habitaban el territorio de Colombia; de la lengua guaraní hablada por las
tribus del río Paraná y del sur del Brasil y de palabras de la lengua Siona, que es la que
generalmente hablan las tribus del Amazonas y de sus afluentes. La formación de
esta última con elementos de las de los aborígenes de toda América del Sur, prueba
que las tribus del Amazonas se formaron con la inmigración de los Quipchuas [sic]
o Incas perseguidos por los conquistadores españoles cuando ocuparon el Perú; de
los Chibchas, que descendieron de las montañas de Colombia y del Ecuador huyendo
de los mismos conquistadores y de los Guaraníes, que corrieron igual suerte. Los
indios de las tribus nombradas, cercanas a La Sofía, son menos salvajes que los
nómades y no son antropófagos. Tienen residencia fija, casas o cabañas cubiertas de
paja y plantaciones de maíz, de plátano y de yuca y conservan el recuerdo de los
misioneros jesuitas que en el siglo XVIII, hasta 1760, cuando fueron expulsados [en
el año de 1767, específicamente], estuvieron en aquellas selvas» (Reyes, 1986: 163).
Téngase en cuenta, a propósito de los comentarios de Reyes acerca de la lengua 4
Véase el libro «Memorias, 1850-
Siona, como la que «[...] generalmente hablan las tribus del Amazonas y de sus 1885» (1986).
afluentes», que las políticas lingüísticas hispanas coloniales y, particularmente, las
que intentaron poner en práctica allí los misioneros Franciscanos y Jesuítas,
consistieron en la difusión del «Seona» como una lengua general y lo mismo se
intentó con el Quechua y el Quichua en una buena parte del piedemonte amazónico
peruano y ecuatoriano. Udo Oberem5 comentó en relación con los «Quijos», ya
quechua-hablantes en el siglo XVIII, que la lengua materna de estos había sido
Fragmentos para una historia de los Siona ... Pp. 80-107.

otra y no el Quechua (Oberem, 1980). En cuanto a la lengua Siona, los investigadores


Margarita Chaves y Juan José Vieco comentan que «[...] ante la multitud de lenguas
chontales (no conocidas por los intérpretes indígenas) los misioneros buscaron
desde un principio homogenizar las diferentes lenguas indígenas» de tal manera
que la lengua «Ceona (Siona) fue utilizada por los misioneros como vehículo
misional» y con ese propósito lingüístico unificador (Chaves y Vieco, 1982).
Reyes también se refirió a los «indios de Incuisilla», que habitaban entre los
ríos Putumayo y Caquetá, como más salvajes en comparación con los «Cosacunti»
y los «Beneció». Aquellos indios tenían «un campamento» en el río Incuisilla, cerca
de La Concepción, lugar donde la empresa Elías Reyes y Hermanos creó un
establecimiento y en donde más tarde la misma empresa intentó fundar una
explotación agrícola y un campamento para el acopio del caucho que pretendió
extraer, sin éxito, después de la quiebra de las quinas. De igual manera, el mismo
explorador y empresario en referencia, describió a los indios «Montepa» como
navegantes del alto Putumayo, quienes tenían comercio y relaciones con los Mocoas,
«[...] a cuya tribu llegan subiendo el río Guineo, afluente del Putumayo». Una
parte de los indios Montepa, bajo el nombre de «Cuembí», se había establecido,
por entonces, en el Puerto que el mismo Reyes bautizó con el nombre de La Sofía
(Reyes, 1986: 164-165).
El impacto generado entre los grupos indígenas durante el episodio de las
88
quinas, lo mismo que durante el primer ciclo cauchero que muy pronto surgió allí
después de la crisis comercial y de las exportaciones de la corteza, se expresó en la
esclavitud de los indios, en enfermedades y epidemias que causaron dramáticos
episodios y una gran mortalidad, en la dispersión de los grupos, etc. El tráfico de
esclavos nativos era ya una práctica permanente en tiempos de las quinas, como lo
Augusto Javier Gómez López

describiera Rafael Reyes. Debe comprenderse que ese tráfico estaba ya relacionado
con el auge cauchero, pues en la Amazonía brasilera y peruana, se había iniciado
la extracción de gomas, actividad para la cual se requirió crecientemente de mano
de obra. Así mismo, durante el auge de la quina y del caucho, el «endeude» y el
tráfico que «patrones» y empresarios peruanos, colombianos y ecuatorianos
ejercieron sobre los pobladores nativos del Napo, del Coca, del Aguarico, del
Putumayo, propiciaron una profunda destrucción de muchos de los grupos nativos
que fueron «conquistados», reducidos y/u obligados a participar como mano de
obra. Los efectos causados por las enfermedades y epidemias que azotaron, en
tiempos de las quinas y de las caucherías, a las poblaciones indígenas del alto
Putumayo los hemos analizado y descrito en otro de nuestros trabajos6. Téngase
5
Véase el trabajo: «Los Quijos. en cuenta, además, que los efectos del endeude y de la esclavitud, relacionados
Historia de la transculturación de
un grupo indígena en el Oriente con las caucherías y con la extracción de otros productos silvestres de la fauna y de
Ecuatoriano» (1980). la flora, continuaron allí, en las primeras décadas del siglo XX, cuando ya otros
procesos como los de la colonización, habían empezado, también, a transformar y,
6
Véase GÓMEZ LÓPEZ,
AUGUSTO JAVIER, HUGO
a «borrar» las territorialidades de los grupos indígenas sobrevivientes.
ARMANDO SOTOMAYOR Trascurrido el auge quinero e iniciado el auge cauchero, tenemos noticias de
TRIBÍN Y ANA LESMES PATIÑO. primera mano acerca de los pueblos, caseríos y grupos indígenas existentes en el
2000. Amazonía colombiana: Putumayo, de sus características, de sus actividades económicas, de sus tratos y
enfermedades y epidemias. Un
estudio de bioantropología histórica. contratos y, en fin, de la situación de dichos grupos a comienzos de la década de
Bogotá: Ministerio de Cultura. 1890, años antes del ingreso de las misiones capuchinas. Por tratarse de un
«Informe» del Prefecto Provincial del Caquetá, de suyo original, producto de los
«muchos años de viaje por estas comarcas», lo hemos trascrito e incluido al final de
este texto7.
Recurriendo, nuevamente, a la documentación histórica cartográfica, por el
importante mapa que fuera elaborado por los misioneros capuchinos en las primeras
décadas del siglo XX, sabemos con precisión de la existencia de varios de los
asentamientos Siona: en Orito, Cuembí, Comandante Playa, Buenavista, Montepa
y Concepción. De igual manera, sabemos de los asentamientos de Makaguajes y
Coreguajes en Piñuña Negro. Se trata de un documento de gran valor para el
conocimiento de la geografía y de las territorialidades étnicas, si se tiene en cuenta
que fue elaborado con base en los viajes y visitas adelantados por los misioneros
mismos, encargados desde finales del siglo XIX y hasta bien avanzado el siglo XX,
de la evangelización y «civilización» de los indios en esa amplia porción de nuestra
Amazonía.
Misioneros, antropólogos y otros especialistas, como el mismo Padre Marcelino
de Castellví, han coincidido en clasificar a los Siona y otros grupos como Tukanos

Revista Inversa
y más específicamente como Tukano Occidentales. Siguiendo la clasificación de
las lenguas indígenas elaborada por Castellví en el año de 1950, en la «Comisaría
Especial del Putumayo» hacían parte de los «Tukano del Grupo Occidental», los
Siona, Makaguaje, los Eno o Ankotere (Piojé), los Tetete, los Tama y los Koreguaje,
los que en conjunto sumaban en total, por entonces, 348 habitantes (Centro de
Investigaciones Lingüísticas y Etnográficas de la Amazonía, 1962: 236-237).
Fray Plácido de Calella, misionero capuchino, quien elaboró en la primera
mitad del siglo XX uno de los textos más importantes acerca de los Sionas, afirma
que éstos, desde mucho tiempo atrás, han considerado «la región del río Putumayo,
desde la desembocadura del río Guineo hasta Caucayá» (hoy Puerto Leguízamo)
89
como su territorio, habiéndose dispersado en el pasado algunos de ellos hacia el
Napo. El mismo misionero comenta que, antiguamente, los Sionas fueron llamados
como «dañaguaje, de dañá (cabello)», lo cual, efectivamente, debió estar relacionado
con la vieja designación de «Encabellados» que los mismos misioneros emplearon
desde el siglo XVII para designarlos. El mencionado misionero comentó, también,

Vol. 1 No. 2 (2006)


acerca de los vínculos y del parentesco de los Sionas con otros grupos:

«El Siona pertenece a la familia Tukano. Los Siona son parientes, con parentesco etnográfico
y lingüístico, de los Koreguajes (de Koré, garrapata), Makaguajes (de maká, bosque), Tamas
y Ankotéres (enos), del grupo occidental; y de los Makunas, Yahunas, Yupúas y Tanimukas,
del grupo oriental. Todos éstos son del Vicariato Apostólico del Caquetá. También son
parientes de los Tetetes, que viven en el Ecuador, probablemente en alguno de los afluentes
del río Aguarico. Éstos se han hecho temibles por su ferocidad. Los indios Sionas los llaman
uitití (chonta pintada), airú-paí (gente del bosque) y aukas (salvajes). Un indio Siona de los
principales me dijo que el nombre propio de los Tetetes es eteteguaje, de la palabra eteté,
pájaro negro que anda por el río, o como dicen otros, de kiriteté» (Calella de, 1940-1941:
737).

Desde una perspectiva más amplia, y más allá de los límites político-
internacionales, otra importante porción de grupos «Tukano Occidentales» han
construido sus territorialidades secularmente en las selvas del noroeste ecuatoriano
y en áreas que a lo largo del siglo XX, han sido motivo de disputa entre Ecuador y
Perú en la Amazonia. No puede olvidarse que estos grupos, como en el caso
colombiano, han tenido una larga historia de peregrinaciones desde el siglo XVI 7
Véase «Informe del Señor Prefecto
en virtud de las presiones que desde entonces han ejercido las expediciones de Provincial de Caquetá» adjunto a
conquista, los encomenderos, los expedicionarios buscadores de oro, los este artículo.
Fragmentos para una historia de los Siona ... Pp. 80-107.

90
Augusto Javier Gómez López

Indio Sibundoy. Grabado realizado por Julio


Crevaux. 1857-1882.América Pintoresca.
El Áncora Editores. Bogotá. 1987.

empresarios y «patrones», dedicados a la extracción y comercialización de productos


forestales, los traficantes de esclavos, los misioneros en tiempos coloniales y
republicanos (como los Jesuitas, que en la segunda mitad del siglo XIX quemaron
poblados indígenas para obligar a los indios a establecerse en «lugares más propicios»
para la evangelización), los colonos, las empresas petroleras, las empresas de plantación
de palma y, entre muchos otros agentes, los empresarios madereros que hoy continúan
provocando allí rivalidades entre los grupos indígenas sobrevivientes que con
frecuencia desembocan en verdaderos genocidios, como el que recientemente ocurrió
entre los Huaorani y los Tagearis (El Tiempo, 2003: 1-7).
En el caso ecuatoriano se produjo la fusión, a partir de comienzos del siglo XX,
mediante alianzas matrimoniales, entre los Siona y los Secoya, dos grupos que
Revista Inversa
91

Vol. 1 No. 2 (2006)


Indios Coreguajes. (Nótese las mejillas
extendidas con la coca). Informe sobre
una inspección de las condiciones
sanitarias a lo largo de la vía principal
de transportes entre Bogotá y la
zona de guerra. Fotografía realizada
en abril de 1933. A.N.C.F. Ministerio de
Gobierno. S. 19 T. 1056. Año 1933.

originalmente compartían creencias similares, formando un solo grupo cultural.


Designados por los Jesuitas en tiempos coloniales como «Encabellados» y por los
viajeros del siglo XIX como «Piojés», hoy se les conoce como «Siona-Secoya» que es
como se autodenominan. En la década de 1980 había cerca de 500 indígenas Siona-
Secoya en asentamientos dispersos a lo largo de los ríos Aguarico, Eno, Shushufindi
y Cuyabeno, formando grupos vinculados por un sistema de parentesco patrilineal:

«Aún mantienen su religión basada en un sistema cosmológico y seres sobrenaturales, aunque


actualmente está influida por el cristianismo. Creen en la existencia de tres mundos uno en el
que viven, «Yija», otro superior que está arriba, denominado «Quenahuen» y el inferior, en
donde están los «Jicomapai», gente con cola, de quienes descienden los habitantes de la tierra.
Su guía social y espiritual es el shamán; quien, entre otras atribuciones, dirige las reuniones en
las que se ingiere «yagé», planta alucinógena del género Banisteropsis, que para ellos representa
la fuente de todo conocimiento y la entrada al más allá.

En la actualidad, el principal problema está en la legalización de sus tierras. Éstas se encuentran


amenazadas por la presencia de colonos traficantes de tierras y por grandes empresas como
Fragmentos para una historia de los Siona ... Pp. 80-107.

Palmeras del Ecuador que poseen enormes extensiones de cultivos» (Consejo Nacional de
Coordinación de las Nacionalidades Indígenas del Ecuador, 1985: 7)8.

Según testimonio de los padres capuchinos Gaspar de Pinell y Bartolomé de


Igualada, que visitaron en su excursión apostólica (realizada entre el 15 de diciembre
de 1926 y el 31 de mayo de 1927) el pueblo de San Antonio, de indios Sionas,
antiguos habitantes de Yocoropui, estos acostumbraban a visitar con frecuencia la
población de Puerto Asís, donde tenían a sus hijos en el Orfanatorio, lugar en el que
se ejercía su catequización. En la misma excursión apostólica, los misioneros
continuaron su expedición hacia el Piñuña Blanco, «[...] donde hay otro grupo de
indios Sionas: la antigua tribu de Montepas» (Gaspar de Pinell, 1928). Éstas y otras
observaciones de los expedicionarios misioneros resultan pertinentes para la
comprensión de las drásticas transformaciones sociales, económicas, culturales y
demográficas que entre los Siona y, en general, entre los grupos Tukano Occidentales,
ocurrirían como consecuencia de las políticas misioneras, pues bajo la convicción de
la dificultad de evangelizar a los adultos, arrancaban desde tierna edad a los niños
indígenas, seduciendo u obligando a las familias a dejar a sus hijos en dichos
orfanatorios, donde a manera de confinamiento, se les impedía hablar su lengua
materna y se les obligaba a abandonar sus «bárbaras costumbres». Existe, también,
una amplia documentación con base en la cual es posible afirmar que desde los
92 inicios del siglo XX, los desplazamientos espaciales de estos grupos indígenas fueron
cada vez más frecuentes y reiterados, como respuesta a las presiones crecientes de
misioneros, traficantes, comerciantes, empresarios, colonos, etc., y como una respuesta
por el permanente temor al contagio de enfermedades, a las cuales, por supuesto,
estuvieron cada vez más expuestos en virtud de la presencia creciente y cada vez más
Augusto Javier Gómez López

permanente de misioneros, soldados (especialmente a partir del conflicto Colombo-


Peruano) y colonos. Desplazarse, crear un nuevo asentamiento, lejos del contacto
con extraños e incluso huir e internarse en la selva fue una actitud permanente y la
mejor profilaxis:

«Es sabido que estos indios: Sionas, Macaguajes, Coreguajes, Tamas, y en general los que
hablan la lengua Siona, muy a menudo, casi siempre que muere algún cacique o indio notable
de la tribu, cambian el lugar de su residencia, abandonando pueblo y sementeras para hacerlo
todo nuevamente; sólo aprovechan la paja de las casas, si está en buen estado. Los frutos de las
sementeras los van a recoger en parte, sobre todo cuando sufren hambre, pero muchos se
pierden. Esto explica el porqué el viajero que vuelve a pasar por estos lugares, después de largo
espacio de tiempo, encuentra los mismos pueblos y habitantes en distinto sitio. Esta costumbre
indígena hace comprender también porqué los mapas demográficos de la región sufren constantes
variaciones, aunque no se funden pueblos con distinto nombre» (Gaspar de Pinell, Op. Cit.
Pág. 19-20).

Efectivamente, una de las características adaptativas de muchos de los grupos


indígenas amazónicos consiste en la llamada «agricultura itinerante de tumba y
8
Ver la noticia «Enfrentamientos.
Mueren 30 indígenas en Ecuador»
quema», dentro de cuyo contexto se produce la apertura periódica de nuevas chagras
publicada el día 31 de mayo de en el mismo territorio étnico, sin que ello signifique, precisamente, el llamado
2003 en el periódico El Tiempo, «abandono» de las chagras previamente cultivadas. El cambio de lugar de la vivienda
Bogotá.
en caso de muerte de alguno o de algunos de los miembros del grupo sí se realiza,
más aún cuando el grupo mismo considera que el lugar habitado se ha vuelto
«enfermizo» pero, sobre todo, cuando se estima que la enfermedad causante de esa o
esa muertes ha sido, deliberadamente «enviada» o «soplada» por un potencial enemigo.
En uno y otro caso en referencia, se trata de estrategias económicas y culturales que
han sido descritas y comentadas en otras de nuestras obras*. No obstante, una
buena parte de los desplazamientos realizados por estos grupos a lo largo del siglo
XX tuvieron y siguen teniendo como causa principal el avance de la frontera extractiva,
agrícola, ganadera y, en décadas más recientes, el avance de los cultivos de coca,
avance que ha alcanzado las fronteras de los territorios indígenas, lo que explica en
gran medida la historia de los desplazamientos de estos grupos a lo largo del último
siglo, hasta la actualidad.
Los comentarios del Padre Estanislao de Las Corts, de comienzos del siglo XX y
los del Padre Gaspar de Pinell, en relación con la huída de los indios Tetetes hacia las
cabeceras del Singüé, afluente del San Miguel, contribuyen a comprender mejor las
causas históricas recientes de los desplazamientos de estos grupos y confirman nuestra
apreciación. Los Tetetes, «[...] de la tribu de los Sionas, a juzgar por el idioma, que es

Revista Inversa
el mismo», habrían hecho parte del antiguo pueblo misionero de La Concepción y
se internaron en las selvas durante el primer ciclo del auge cauchero, no precisamente
porque desconocieran la llamada «civilización» sino, por el contrario, porque sufrieron
sus consecuencias:

«Son unas ciento cincuenta familias, según datos allegados y que me han proporcionado blancos
e indios, que en sus correrías los han hallado entre el Putumayo y San Miguel, si bien en
diferentes puntos cada vez. No son bravos, pero los han hecho bravos los caucheros, queriéndolos
conquistar, como ellos dicen. Sé por boca de algunos testigos oculares que cuando ven una
escopeta no hay quien los detenga en la fuga, y es porque dos o tres veces han sido asaltados y
93
han visto sucumbir a fuerza de balazos a muchos de sus compañeros» (Gaspar de Pinell, Ibíd.
Pág. 30-31).

El Padre Calella que, en calidad de misionero permaneció entre los indios del
Putumayo, señaló a finales de la década de 1930 que por entonces existían en el

Vol. 1 No. 2 (2006)


Putumayo «tres pueblecitos o caseríos Sionas: San Diego de Orito, Piñuña Blanco
(Bo-piñú-ya) y Comandante-playa (Comandante-Kú)», y otros pocos dispersos en el
mismo río Putumayo, los que, unos y otros sumados, no pasaban, en total, de 300.
El citado misionero atribuyó la disminución de la población Siona a las enfermedades
y a los enfrentamientos entre los mismos indios, señalando el paludismo, el sarampión,
la disentería y el catarro, como las enfermedades más frecuentes entre éstos:

«La disminución de la población indígena Siona ha obedecido sin duda a las epidemias o
enfermedades que de vez en cuando se han presentado entre ellos y bajo las cuales han sucumbido
muchos. Al presentarse alguna enfermedad contagiosa fácilmente los indios se dispersan, y si
después vuelven a reunirse, ordinariamente es en un punto distinto del que antes habitaban.
Este es uno de los motivos, probablemente el principal, del traslado frecuente de un lugar a
otro. Otra de las razones de la disminución de la población indígena fueron las frecuentes
peleas entre los mismos indios, por causa principalmente de los brujos, como explican ahora, y
también con otras tribus con quienes se encontraban o de las cuales debían defenderse. En esas
peleas morían muchos» (Calella de, 1940: 739).
9
El trabajo referdio aquí es «La
De excepcional importancia analítica y testimonial resulta el trabajo realizado Colonización de la Comisaría del
por el investigador Milcíades Chaves9 quien, como miembro del Instituto Etnológico Putumayo. Un problema Etno-
Nacional, visitó el Putumayo a mediados de la década de 1940. Por entonces, los Económico-Geográfico de Importancia
Nacional» (1951).
movimientos de colonización iniciados a comienzos del siglo XX se estaban
extendiendo hacia las jurisdicciones de Mocoa, Villa Garzón, Puerto Limón y * Véase el pie de página numero 6.
Fragmentos para una historia de los Siona ... Pp. 80-107.

94

Aborígenes del río Ahuarico. Grabado


realizado por Carlos Wimer. 1879-
1882. América Pintoresca. El Áncora
Editores. Bogotá. 1987.
Augusto Javier Gómez López

Puerto Asís, ejerciendo un creciente asedio sobre los indígenas y sus territorios.
Según Chaves, los Siona se hallaban localizados «[...] en la ribera de los ríos Orito-
Pungo y Putumayo, en los sitios denominados Orito, Nueva Granada y Bellavista»,
viviendo de «[...] la pesca, que es muy abundante, y la caza, bastante fácil en un
variado número de animales, lo mismo que las aves que dan un buen renglón para
surtir la alimentación. A esto se añade una agricultura que, aunque en menor escala,
completa su alimentación con yuca, ñame, maíz y frutas silvestres» (Chaves, 1945:
578).
Contrario a la imagen que se ha difundido, mucho antes de la llamada «Violencia»,
esos procesos de ocupación y de colonización se habían emprendido ya, de tal manera
que individuos y familias procedentes, especialmente, de Nariño y del Cauca estaban
descendiendo de la Cordillera, dando lugar a nuevos establecimientos rurales y
urbanos, generando una presión creciente sobre los territorios indígenas. Es preciso,
también, destacar aquí, que la imagen difundida en el curso de la segunda mitad del
siglo XX acerca del colono que fue ocupando las tierras del piedemonte amazónico
del Putumayo, como ocupante que, con hacha y machete tala el bosque y adecua
«tierras nuevas», no es del todo exacta. La documentación permite establecer, por el
contrario, que el destino inicial de los colonos fue, precisamente, el despojo y la
ocupación de las tierras ya cultas y cultivadas por los grupos y reductos de la población
indígena sobreviviente. Éstos fueron frecuentemente incorporados como mano de
obra «endeudada» y servil, como lo apreció desde entonces el mismo investigador
Milciades Chaves, mano de obra con base en la cual se fomentó la agricultura y la
ganadería en los que hasta entonces eran sus territorios; otros indígenas prefirieron
continuar su ya larga peregrinación, huyendo del contacto y de los abusos de los
colonos, de los misioneros, de los comerciantes y de los nuevos empresarios y
especuladores de tierra:

«Toda esta colonización, desde su primera entrada, encontró al elemento indígena perfectamente
adaptado al medio. En la Comisaría del Putumayo estaban asentados los grupos Ingano,
Siona y Kofán. En el choque de estas dos culturas y al contacto de los dos tipos de economía,
necesariamente tuvo que salir perdiendo el indígena: el colono, siguiendo un proceso lógico de
la vida económica, explotó a aquél, lo engañó de mil formas y lo hizo trabajar para sí. Éste,
para defenderse, no encontró otro camino que replegarse a las regiones donde el colono no

Revista Inversa
había llegado, cediendo su posición y buscando otras regiones de menor valor económico»
(Chaves, Op. Cit. Pág. 587).

El mismo investigador en referencia da cuenta de la fragmentación de los Siona


y de otros de los grupos indígenas del Putumayo, del despojo de sus cultivos y, como
secularmente había venido sucediendo desde que se iniciaran las relaciones de
contacto con los europeos y sus descendientes criollos, del impacto de ciertas
enfermedades entre los indígenas sobrevivientes. Esta situación continuaría y, aún,
se intensificaría en las décadas siguientes de 1950 y 1960, como consecuencia de las
nuevas corrientes de inmigrantes expulsados de los Andes y de los valles profundos
del Cauca y del Magdalena a raíz de los conflictos bipartidistas pero, sobre todo, en 95
virtud de los procesos de despojo y de acumulación de las tierras económicamente
activas, especialmente de aquellas dedicadas a la producción cafetera en el «Antiguo
Caldas», norte del Valle, y norte del Tolima:

Vol. 1 No. 2 (2006)


«El grupo Siona ante este movimiento colonizador, se fragmentó en tres porciones, una en el
Orito-Pungo, otra en Nueva Granada y la tercera en Bellavista. El grupo Kofán se replegó en
parte del río Guamués al San Miguel de Sucumbíos. Coreguajes y Macaguajes atraviesan
situación análoga frente a la colonización procedente del Huila y de Nariño.

En los momentos actuales todos los indígenas comienzan a ponerse en contacto con los colonos
y por consiguiente a sufrir las consecuencias de su inferioridad cultural: son despojados de sus
cultivos y, lo que es peor, las enfermedades como la gripe, el tifo, fiebre amarilla y paludismo
diezman su población» (Chaves, Ibíd. Pág. 588).

A comienzos de la década de 1960 en Puerto Asís y su jurisdicción, se vivía un


febril proceso de colonización constituyéndose, desde entonces, en uno de los
epicentros económicos más populosos e importantes dentro de la Amazonia
colombiana. Con un aeropuerto (inaugurado en el año de 1957) en donde arribaban
dos y tres vuelos aéreos semanales de Avianca y Tao, con oficinas de correos y telégrafos,
con almacenes y talleres, fue lugar privilegiado de los especuladores que realizaban
sus compras de oro, pieles y productos extraídos y elaborados por los indígenas. Allí,
donde todavía funcionaba el Internado Indígena, confluía el contrabando y persistía
la vieja modalidad de endeudar a los indios, como lo seguía poniendo en práctica el 10
La referencia usada aquí es una
comerciante Carlos Ríos, quien embriagaba a los indios con aguardiente peruano o carta dirigida a Gregorio Hernández
de Alba, Jefe de la División de
pisco sin que pudieran pagar sus deudas nunca, como lo denunciara Jorge Osorio Asuntos Indígenas en abril de 1962.
Silva10, Jefe de Resguardos y Parcialidades Indígenas (Osorio, 1962: 114-116). Ver bibliografía anexa.
A cinco horas de distancia de Puerto Asís, Putumayo abajo, estaba el poblado de
indios Siona de Buenavista, cuyos habitantes ya estaban bajo la influencia religiosa
evangélica de la Misión del Instituto Lingüístico de Verano que operaba en Limón
Cocha, Ecuador. Francisco Payoguaje, que vivía en la margen derecha del Putumayo,
era en la época el guía espiritual de la población y su casa era el lugar de reunión de
quienes habitaban en una y otra banda del río. Por entonces, y por razones explicables,
Fragmentos para una historia de los Siona ... Pp. 80-107.

muchas cosas estaban cambiando, de tal manera que fue surgiendo una resistencia
de los indios frente a la injerencia que por muchos años habían ejercido los
Capuchinos, como simultáneamente estaba sucediendo, por motivos en algo similares,
en el valle de Sibundoy. Como convencido evangélico, Francisco Payoguaje expresaba
que su religión «es bondad y amor, a diferencia de la que enseñan los curas que es de
temor a Dios y de engaño y explotación [...] Los curas son unos vividores que no
desaprovechan oportunidad para explotarnos a nosotros y no creemos en el gobierno
ni en los curas. El gobierno colombiano nos tiene abandonados, los que mandan la
política se acuerdan de nosotros cuando necesitan nuestros votos» (Osorio, Op. Cit.).11
A dos horas de Buenavista estaba otra concentración de indígenas Sionas, Piñuña
Blanco, «familiares casi todos de los de Buenavista», dedicados a la agricultura, quienes
«ante la influencia de los colonos ya usan tanto hombres como mujeres vestidos de
campesinos». A poca distancia de Piñuña Blanco, se hallaba otro caserío Siona, el de
Piñuña Negro. En Puerto Ospina, pequeña población y puerto naval de avanzada
sobre la margen colombiana, había una importante afluencia de indígenas Sionas,
Huitotos y Coreguajes: «en este sitio tiene su almacén el señor Londoño quien explota
a 80 familias de indios ecuatorianos que le traen sus mercancías como pieles, arroz,
y otros artículos agrícolas, oro, etc. Esta explotación está autorizada por un permiso
del Gobierno del Ecuador. A nosotros nos tocó presenciar la llegada de una familia
96 de indios que desnudos huían de su amo. Poco tiempo después llegó la policía
ecuatoriana en su busca, pues debían dinero a su patrón. Al explicarles que este
proceder atentaba contra elementales sentimientos humanitarios, los sabuesos
aceptaron las razones y respetaron el «asilo territorial». Allí desemboca en el Putumayo
el río San Miguel que sirve de límite con el Ecuador hasta Cuembí y es asiento de
numerosas tribus ecuatorianas, en estado salvaje, especialmente los temibles Tetetes»
Augusto Javier Gómez López

(Osorio, Op. Cit.)


Si bien es cierto que las misiones, desde los mismos tiempos coloniales y en
buena parte del período republicano, habían sido un factor de profundas
transformaciones entre los indígenas del Putumayo, lo mismo que los colonos que
fueron ingresando desde los inicios del siglo XX, un nuevo factor de carácter
económico generaría muy pronto un apreciable impacto territorial, socioeconómico
y cultural entre los grupos indígenas sobrevivientes en el piedemonte del Putumayo:
la exploración y explotación petrolera. Por el año de 1945 Milcíades Chaves había
recorrido y descrito a Orito-Pungo como una «población completamente indígena»,
un caserío de indios Siona «con sus costumbres típicas y su idioma propio», donde
no se encontraba «ningún colono» (Chaves, 1945: 571). Unos años más tarde, en el
año de 1963, y después de más de una década de estudios y de prospecciones
geológicas, la empresa norteamericana Texas Petroleum Company perforó el primer
pozo petrolífero productivo en el Putumayo:

«Establecida por los geólogos la posibilidad de que se encontrara el mineral en el territorio


Siona denominado Oritos, a orillas del río Orito Pungo, aproximadamente 35 kilómetros al
NW de Puerto Asís, se procedió a traer los equipos de perforación. Primeramente se envió por
11
Véase la carta a Gregorio barco por los afluentes del Amazonas un aparejo de perforación y 10 explanadoras abrieron
Hernández de Alba reseñada en una senda de 40 kilómetros de largo hasta el sitio de la perforación en Oritos, tarea que llevó
el pie de página anterior. 93 días. El camino fue destruido por una lluvia de 500 mm. El 29 de junio de 1963 se
encontró petróleo a 1.900 metros de profundidad. Debido a la dificultad y el costo que representó
para la compañía la construcción de las primeras carreteras a través de la selva, ésta optó por
realizar sus trabajos esencialmente por vía aérea en base a helicópteros y avionetas, llevando
así a cabo lo que reporta la revista TIME como la mayor operación aérea realizada después de
la Segunda Guerra Mundial» (Domínguez, 1969: 49-50).

Los testimonios de los mismos indígenas, citados por el investigador Roque


Roldán, permiten establecer la magnitud del impacto causado entre ellos desde los
inicios de la actividad petrolera en virtud del desarrollo de esta misma actividad y
por la súbita y creciente oleada de colonos que la exploración y explotación petrolera
atrajo hacia la región, los cuales desterraron literalmente a la población indígena
Siona de Orito-Pongo:

«[...] digamos la invasión de los territorios indígenas empezó por Orito-Pungo que fue con los
compañeros Sionas que vivieron ahí en esos lados, pues en ese entonces estaba poblado. Según
ellos dicen, que en ese entonces había por lo menos unos 3.000 indígenas ahí en Orito-Pungo

Revista Inversa
y cuando fue llegando la compañía, pues la gente empezó a despoblar poco a poco y también
les afectaron muchas enfermedades desconocidas, dicen que especialmente la viruela. Entonces,
se despobló totalmente la comunidad y quedaron por los lados de Puerto Asís, abajo, Buena
Vista, la bocana de San Miguel. Anduvieron por muchos lados. En este momento no recuerdo
los sitios por donde ellos estuvieron, a donde se volaron, cuando empezó a dar la viruela, pero
fue con la llegada de los colonos [...] Y por último terminaron en Buena Vista, en Santa
Helena que es otra vereda, la vereda siguiente a Buena Vista. Y de ahí, después, fue que
empezó la desolación, la desolación de los Kofanes»12.

Como suele ocurrir en estos casos, la apertura de trochas petroleras estimuló


procesos de ocupación, de colonización y de valorización de las áreas a lo largo de
97
dichas trochas donde un considerable número de individuos y de familias se fueron
estableciendo. Desde los inicios de los trabajos exploratorios petroleros muchos
hombres (en estos episodios, en sus primeras etapas, generalmente la migración es
dominantemente masculina) en busca de trabajo migraron desde el interior del país
hacia el Putumayo, con la ilusión de «engancharse» laboralmente. Con la noticia de

Vol. 1 No. 2 (2006)


los hallazgos de petróleo esa migración aumentó. No obstante, y con el propósito de
evadir el pago de prestaciones sociales, las empresas subcontratistas sólo empleaban
trabajadores por períodos de veintiocho días («veintiocheros») quedando estos sin
trabajo durante largos períodos. Esta circunstancia contribuyó a que muchos de los
inmigrantes optaran por emprender cultivos y, aun, por especular con la venta de las
«limpias» y «mejoras» de los terrenos que fueron ocupando. En este contexto, y dentro
de un ambiente de violencia política en varios de los departamentos del interior del
país, la migración de vallunos, de tolimenses, de huilenses, de caldenses, etc. hacia el
Putumayo fue creciente, lo que muy pronto ocasionó el despojo y el destierro de los
Siona de Orito-Pongo y la de otros grupos indígenas del piedemonte y de la frontera
con el Ecuador.
Ya por entonces el «mapa» social, cultural, económico, territorial y demográfico
de los asentamientos humanos en el Putumayo se había transformado drásticamente,
de tal manera que ya era reducida la población indígena sobreviviente, reducida
cuantitativamente, pero también «reducida» en cuanto despreciada y obligada a
confinarse en los últimos rincones de la selva, o hacinada y hambrienta en las nuevas
poblaciones y ciudades que fueron surgiendo. Una mirada histórica de largo plazo
revela que desde el siglo XVI, cuando expedicionarios, buscadores de oro y 12
Entrevista con Otilia Jamioy
Yanangona, realizada por Luz Mery
encomenderos intentaron fundar «ciudades» en el piedemonte amazónico ecuatoriano
Carvajal, 1994, archivo del autor,
y colombiano (las ya citadas poblaciones de Ágreda o Mocoa, Sucumbíos, Logroño, Roque Roldán (p.276), 1995;
Sevilla del Oro, entre otras) la huida hacia el interior de la selva fue una respuesta de pp.261-304.
los indios desde entonces, para mantenerse lejos del contacto, de las enfermedades y
de la esclavitud: el caso de los llamados «Jívaro» y, más tarde, el caso de los llamados
«temibles Tetetes», son sólo unos ejemplos entre muchos otros casos similares hasta
hoy poco conocidos. Esa misma actitud, la huída, fue secular en el transcurso de los
siglos que siguieron frente al avance de las misiones, de los traficantes de esclavos, de
empresarios e individuos vinculados a la extracción y comercialización de productos
Fragmentos para una historia de los Siona ... Pp. 80-107.

forestales y del oro, lo mismo que frente a los colonos. Desde el siglo XIX, con el
incremento de la demanda internacional de ciertas materias primas y con la navegación
a vapor, la capacidad de incursión a los bosques y a la «tierra firme» por parte de esos
traficantes, comerciantes y empresarios fue mayor y, ello posibilitó la llamada
«conquista de indios» con base en las incursiones armadas que reiteradamente
penetraban cada vez más en el interior de la selva con el fin de arrancar de sus
viviendas y de sus territorios a los grupos nativos allí todavía existentes y/o a los que
se habían internado huyendo de las epidemias y de los esclavizadores. Pero el
incontenible avance de la a sí misma llamada «civilización», ha venido alcanzando
indefectiblemente las últimas fronteras indígenas a lo largo del siglo XX, hasta el
presente, y esa «civilización» se ha servido de los más despiadados y espantosos medios
para mantener a los indios como mano de obra cautiva, para despojarlos o
sencillamente para desterrarlos.
Uno de los casos que caracteriza esa larga y compleja historia del «endeude», de la
esclavitud, del despojo y del destierro, asociada unas veces con los sistemas de
extracción de recursos de la selva, otras veces con el avance misionero, lo mismo que,
en ocasiones, con la exploración y explotación de recursos petroleros y con la
colonización, es el caso históricamente más reciente de los Secoya y su desplazamiento
del Ecuador hacia el Perú y de allí a Colombia13: en el segundo semestre del año de
1969, misioneros ecuatorianos fueron asesinados por los Secoyas, hecho éste que
98 tuvo gran resonancia en el Ecuador. Felipe Helsen, belga, residente en Iquitos,
propietario del hotel «Imperial Amazonas», y quien se proponía construir un albergue
para turistas cercano a los indios, viajó por el Napo hasta la frontera con el Ecuador
donde estableció relaciones con algunos Curacas de los Anguteros y Piojés, más
comúnmente «conocidos con el nombre genérico de Secoyas, que en Quechua
Augusto Javier Gómez López

significa salvaje [que] vive en una región que abarca las fronteras de Ecuador, Colombia
y Perú» (Arrieta, 1970).
Helsen recogió dos versiones acerca de las causas que motivaron a los indios a
asesinar a los misioneros ecuatorianos:

«Los Anguteros y Piojés no utilizan armas de fuego en la cacería y no gustan de que otros lo
hagan dentro de sus dominios porque ésto les ahuyenta la caza. Los misioneros católicos las
habrían utilizado contra toda advertencia.

Los Anguteros y Piojés acostumbran ofrecer a sus ocasionales visitantes, como demostración
máxima de hospitalidad, jóvenes vírgenes de la tribu con quienes el homenajeado debe convivir
durante todo el tiempo que permanezca con ellos. Los misioneros habrían rehusado aceptar tal
13
Los documentos de este caso presente irrogando con ello gran injuria a los Secoyas»14.
fueron extractados de los archivos
del Ministerio de Relaciones Cuando en Quito se conoció la noticia de la muerte de los misioneros, el gobierno
Exteriores que se encuentran en
el Archivo General de la Nación.
ecuatoriano «despachó una misión punitiva que obligó a los Anguteros y Piojés a
Para la referencia completa véase refugiarse en territorio peruano». Allí serían objeto, nuevamente, de persecución y
el pie de página 10. víctimas de las «operaciones de reblandecimiento» ordenadas por Oscar Peñafiel,
«amo y señor de vidas y haciendas»:
14
Aparte obtenido de Min.
Exteriores – No. 00029/18 – II-12-
70. Consulbia – Iquitos – Informe «En Monte Rico, fundo cercano al caserío de Santa María sobre el Napo, vive el ciudadano
sobre Actividades Generales. peruano OSCAR PEÑAFIEL, amo y señor de vidas y haciendas por todos esos contornos,
Revista Inversa
99

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Indios civilizados de Cuemby. Grabado
realizado por Julio Crevaux. 1857-1882.
América Pintoresca. El Áncora Editores.
Bogotá. 1987.

personaje que parece extraído de las páginas de La Vorágine y quien gracias a sus poderosas
influencias en Lima y en Iquitos goza de inmunidad y de impunidad. Oscar Peñafiel negocia
con todo lo que se puede extraer de las entrañas de la selva: caza, pesca, pieles, caucho, aceite
de palo de rosa, chicle, jebe, balata, maderas, etc. Para él trabajan como esclavos centenares de
indígenas a quienes tiene sometidos por el terror. Para doblegarlos, actúa directamente sobre los
Curacas o Caciques. Cuando no logra atraerlos con regalos, aguardiente o comilonas, pone en
práctica la «operación reblandecimiento»: incendio sistematizado de los cultivos de yuca y
plátanos; incendio de los tambos; flagelación de los indios más influyentes ante el Curaca;
atentados contra la vida de las mujeres e hijos del Curaca. Y si todo ese progresivo sistema de
reblandecimiento no produce sus resultados, apela al asesinato de los más allegados al Cacique
y al incendio masivo de tambos y cultivos hasta que el rebelde Curaca se somete y pone sus
subidos a disposición de Peñafiel.
Enterado éste de que los Anguteros y Piojés habían penetrado a territorio peruano huyendo de
la represión de las autoridades ecuatorianas, se apresuró a enviar mensajeros a los Curacas
para darles a conocer las condiciones en que les sería permitido vivir en sus nuevas tierras.
Acostumbrados estos indígenas a no tener más ley que la de su tribu, rechazaron las propuestas
y entonces Peñafiel les aplicó la «operación reblandecimiento». Perseguidos en el Ecuador y
perseguidos en el Perú, los Secoyas habrían traspasado la frontera y penetrado en territorio
Fragmentos para una historia de los Siona ... Pp. 80-107.

colombiano. Peñafiel, acostumbrado a hacerse obedecer, habría enviado emisarios y los habría
extraído a viva fuerza, repitiendo así la «hazaña» de la Casa Arana, a raíz del conflicto
colombo-peruano, cuando dos mil familias de las tribus de los Huitotos, Boras y Ocainas
fueron obligadas a dejar sus tierras y plantíos que tenían en la Sabana entre los ríos Putumayo
y Caquetá y a trasladarse en forma definitiva a la margen derecha del Putumayo, en territorio
peruano» (Min. Exteriores, Op. Cit.).

A costa de ser reiterativo, es pertinente aquí recordar lo que había sucedido a


comienzos del siglo XX con los indígenas del río San Miguel (indígenas cuyos
antepasados eran originarios del alto Napo, de Ávila, Loreto, Concepción y Cotapino).
Durante los tiempos del caucho, Daniel Peñafiel (quizá el padre o el abuelo de Oscar
Peñafiel) bajo el sistema de endeude, esclavizó e hizo trabajar para él, en el «Napo
abajo», a un gran número de indígenas: Peñafiel, que había llegado de Quito
probablemente trayendo mercancías para endeudar a los nativos, enganchó a
cincuenta indígenas de Concepción, cincuenta de Loreto, cincuenta de Ávila, treinta
de Payamino y veinticinco de Archidona (con «guaguas, mujeres y abuelos»), los
cuales estableció en la bocana del Sunu por un año y tres meses, donde recogían
caucho que era luego vendido en Iquitos. Más tarde, y durante un lapso de diez
años, la misma gente fue trasladada al lugar donde después se fundara Rocafuerte y,
allí, al servicio del mismo Peñafiel, extraían diferentes clases de caucho: «leche-caspi,
100 shiringa, gota-birche, chicle, balatá blanco y colorado». Por entonces, una libra de
caucho valía cien soles y cada familia recogía hasta 200 libras semanales. En pago, los
indios recibían del patrón un pantalón, una camisa, un vestido de mujer o anzuelos.
En la historia de la gente del río San Miguel se recuerda que «[...] había muchísima
otra gente de la selva que, como nosotros, estaba bajo patrón. Había muchos patrones
que hacían trabajar Napo abajo, Putumayo abajo, Marañón abajo, bastante gente
Augusto Javier Gómez López

traída como nosotros desde las cabeceras de los ríos, viviendo como esclavos,
trabajando sólo para el patrón, engañados, explotados, sin poder regresar a sus tierras»
(Foletti-Castegnaro, 1985: 165-167).
Más allá de una coincidencia, los casos citados que involucran a los Peñafiel
ilustran la persistencia de los sistemas y «patrones» históricamente puestos en práctica
para la explotación de los recursos de la selva, con las obvias consecuencias de
esclavización y destrucción de los grupos indígenas. Los episodios más recientes
relacionados con la siembra, recolección y comercialización de la coca, no sólo
continúan reproduciendo el ya secular sistema del endeude, sino que, además,
amenazan con destruir los últimos reductos de población indígena y sus vínculos
comunitarios. Las acciones policivas y de control de los cultivos ilícitos, especialmente
en el Putumayo, han generado el desplazamiento de dichos cultivos, cada vez más,
hacia las áreas recónditas de la selva donde han alcanzado los territorios de los
indígenas sobrevivientes. La presencia y la actuación permanentes en las últimas
décadas de los grupos insurgentes, el incremento y fortalecimiento bélico y militar
de las Fuerzas Armadas del Estado y la actuación creciente de grupos paramilitares,
ha hecho más difícil la vida de los grupos humanos allí establecidos, configurándose
un «nuevo mapa» dibujado por los continuos desplazamientos, por el envenenamiento
de los territorios, por el terror, la muerte y la incertidumbre.
I N F O R M E15
Del Señor Prefecto Provincial del Caquetá

República de Colombia. - Departamento del Cauca. - Prefectura de la Provincia del Caquetá


- Número. - Mocoa, 12 de abril de 1.890.

Señor Secretario de Gobierno. - Popayán.

El 31 de Marzo próximo pasado llegué a esta Capital de regreso de la visita


ordenada por S. S. a el Gobernador, la cual he practicado en el Putumayo y Caquetá,
y hoy paso a dar a usted el informe que se pide en la circular del 31 de Julio del año
próximo pasado; más antes de entrar en el asunto debo manifestar que por no haber
sido apercibido de todo a todo, o siquiera con lo más indispensable para un viaje tan
dilatado, sobre ser penosísimo, y por haberse aproximado la estación del invierno,
no pude practicar la visita como deseé, sin embargo, en gran parte queda remediado

Revista Inversa
el mal por los conocimientos prácticos que he adquirido en muchos años que llevo
de viajar por estas comarcas tomando notas de todo.
Además me apoyo en datos de personas de buen crédito y que han pasado la
mayor parte de su vida en este país.
Empecé la visita por el río Putumayo, por tanto, trataré primeramente de él,
procurando guardar orden en los detalles, de acuerdo con la precitada Circular.
Antes de tratar de los ríos y de la inmensa hoya habitada por salvajes, hablaré
suscintamente de esta población, de tres que están en ese lado de la cordillera, que
son Santiago, San Andrés de Putumayo y Sibundoy. Existen también otras poblaciones
de aborígenes, blancos y mestizos, hacia el Noroeste que son Yunguillo, Descanse y
Santa Rosa. De paso me ocuparé en informar sobre las comarcas que bañan los ríos 101
San Miguel, Aguarico y el caudaloso Napo, porque poco conozco aquellos lugares,
pues solamente una vez surqué el Napo desde el Amazonas hasta su confluencia con
el Aguarico.
Mocoa es una población de blancos y aborígenes en número de unos 500.

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Los indios son de raza Inca y ya se conoce por la historia el carácter, índole, costumbres
y aptitudes de los descendientes de Atahualpa. Pobrecitos! Son muy obedientes,
demasiado humildes y capaces de elevarse a un alto grado de civilización. Hace poco
les hablé con suavidad tratando de convencerlos y persuadirlos a que pusieran sus
hijos a la escuela; y ya por condescender, ya por el halago del aprendizaje, han
empezado a hacer matricular muchos indiecitos. No comercian en nada; viven de
sus sementeras de yuca y plátano; por carnes, las del bosque y pescado cogido con
trenques. Existen potreros casi naturales y se hacen de grama a poca costa, creo pues
una medida salvadora por mas de cien razones, como el señor Secretario puede ver,
que a cada indígena de esta población, y que sea padre de familia, le regale el Gobierno
una novilla. No pasarían de ser 50 las regaladas, porque no son más lo padres de
familia. El Prefecto arreglaría el cómo las deberían tener; en pocos años cada familia
tendría muchas, y se habría conseguido, 1°.: Un nuevo aliciente a la vida civilizada;
2°.: Un aumento de fuerza vital porque estos indios [ y aún los blancos que viven
aquí ] están anémicos; por rareza comen carne de la que hablé antes, de ahí que la
enfermedad común aquí es la hidropesía. La falta de carne les produce el deseo
irresistible de comer tierra, ceniza, arenilla, etc. y 3°.: Un gran apoyo para el comercio
y mucho más para los misioneros y colonos, ya por la carne que necesitaren en los
ríos, donde es indispensable mucha o la salud se quebranta, porque aquí enferma
15
Fuente: Fuentes Documentales
para la Historia de la Amazonia
uno más por los pésimos alimentos que por lo deletéreo del clima, y para un noviciado, Colombiana. Augusto J. Gómez L
que supongo tendrán que fundar, y ningún punto mejor que éste para ese objeto, editor. Volumen III (en curso).
ora porque está cercano a Pasto, ora porque los que enfermasen vendrían a
restablecerse aquí, por ser este un clima benigno y saludable, y ora porque siendo
caliente serviría de punto de aclimatación, pues su temperatura media es de 24°
cent.
En esta región donde se producen café de buen gusto, cacao, caña de azúcar,
algodón muy fino, vainilla de superior calidad &. Sibundoy es un pueblo netamente
Fragmentos para una historia de los Siona ... Pp. 80-107.

de indígenas, de raza cuyo origen se ignora, su idioma es muy enrevesado; consta la


población de mas de mil indios; son muy robustos; hablan bastante bien el castellano;
son muy dados a la agricultura; ganan su vida cargando fardos y tercios; el clima es
delicioso, y su temperatura media, 16°.
Santiago es una población de unos 800 indígenas; hablan el quíchua; son
también de atlética musculatura, como los sibundoyes, se dedican a cargar. La
temperatura de ésta población es igual a la de Sibundoy. Sus habitantes son muy
dados al trabajo y manifiestan tener buena inteligencia. Es una raza de buena
fisonomía, sus mujeres son generalmente donosas.
San Andrés de Putumayo es un pequeño pueblo habitado por unos 500
indígenas de la misma raza de los santiagueños; son en todo semejantes a los anteriores.
Su temperatura es la misma de Santiago. Estas tres poblaciones están a muy corta
distancia unas de otras, en un hermoso vallecito que se ha formado en medio de la
cordillera. Distan de Pasto más de ocho leguas, por una vereda muy mala.
II. Putumayo - El número de tribus bárbaras de este río, no es posible fijarlo,
ya porque hasta ahora raros viajeros han penetrado a sus afluentes, que es donde
viven aquellos, pues por rareza aparecen a las márgenes del río, y si lo hacen, luego al
punto desaparecen, como quiera que su vivir es nómada. No obstante aquello se
conocen varias por sus nombres, y son: los Yuvenetos, Venecioes e Incuriyás; estos se
102 conocen con la denominación general de Angotecas. Los Ticionas, los Mariateses,
los Mirañas, estos son numerosísimos; pero al fin se extinguirán por el comercio que
de ellos hacen los brasileros. En fin, se puede asegurar que en todos los afluentes del
Putumayo los hay. Todos estos bárbaros andan, como debe suponerse, desnudos;
comen sapos, culebras y gusanos; los jefes de tribus tienen hasta siete mujeres.
Los Orejones son numerosos, por lo general pacíficos. Las indias, cuando
Augusto Javier Gómez López

vírgenes, llevan por delante una concha nacarada, la cual atan a la cintura
prendiéndola de los extremos con una palmicha; cuando ya han conocido varón,
dejan la concha y se cubren con cortezas.
Los Cionas son de los más numerosos y ocupan una gran extensión del río
Putumayo; se les encuentra en el Aguarico; tengo conocimiento exacto que hay
miles enselvados, formando así muchas agrupaciones o reducidas tribus, ligadas
entre sí por el idioma, y diseminadas por los odios y venganzas. Se extienden a los
Macaguajes; llámanse así 5 tribus que moran fijamente en una hermosa faja de
terreno entre el Putumayo y el Caquetá; se les encuentra también en éste último. De
manera, pues, que por la unidad del idioma, como porque hay de ellos muchos
catecúmenos, se hace por esa parte, fácil la reducción, no solamente de los que
hablan ese idioma, como porque gran parte tratan con los salvajes de otras tribus,
cuyos dialectos conocen. Me detengo a tratar de ellos más extensamente porque en
ellos veo un puente de apoyo para las misiones. Hay a las márgenes del Putumayo 5
caseríos de Cionas algo civilizados, antiguos restos de los catequizados por los Jesuitas.
Esos pueblecitos están regularmente escalonados; se llaman San Diego, San José,
Cuimbé, Tapacunti y Yotentó; cada uno consta de unos 50 a 60 habitantes,
exceptuando el último que tiene solamente unos 20. Algunos colombianos
descorazonados se llevaron engañados muchos indígenas al Amazonas y allá los
tienen. Sus esposas e hijos pequeñuelos, han quedado abandonados.
Con esas 5 poblaciones se negocia actualmente en caucho; son regulares bogas;
inteligentes, de imaginación despejada, altivos y orgullosos, por carácter y resto de
barbaridad; sin embargo no dejan de ser tímidos; conservan aún ideas cristianas,
como por la propiedad y por la mujer ajena; son susceptibles de educación y pueden
llegar a un alto grado de moralidad, de virtud y de progreso mercantil. Todavía hay
indios que fueron empleados en honrosos destinos en los vapores cuando navegaban
en aguas del Putumayo; los ha habido comerciantes que tuvieron sentado el crédito
en la capital del Pará. Una vez en un pueblo del Amazonas iba a decir misa un
sacerdote y no hallaba quien le ayudara, los ribereños se excusaban por no saber,
cuando se presentó un aborigen del Putumayo y desempeñó la comisión
admirablemente: era en esa parte más civilizado que los descendientes de europeo
que le habían comprado.
Se dice generalmente que esos indios odian a los blancos; pero no es exacto;
saben sí hacer distinción; cuando llega a sus playas un nuevo comerciante, luego al
punto se fijan con mirada atenta en su semblante y porte, maneras y vestido, y
entonces le consideran o no; de ahí la saña de los adocenados. Mas si son groseros y

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tienen un cierto desafecto a los blancos en general, no es posible exigir más de unos
semisalvajes a quienes se ha tratado y se trata aún con soberano desprecio. Son
susceptibles de venganza y odio como quiera que son hombres, y muy humildes e
infelices son cuando soportan tanta befa y maltrato de parte de la generalidad de los
negociantes.
Aseguro pues, que su carácter es generoso y que llevados de su marcada
tendencia al progreso para gozarse con lo que desean, como herramientas, escopetas
finas, vestidos decentes y aun lujosos, exquisitos alimentos, porque vino, cerveza y
rancho fino les agrada mucho, bien asomo el cigarro que les agrada mucho. Los
perfumes y la música forman sus delicias; cuando oyen tocar algún instrumento 103
melodioso y cuando oyen cantar al son de tiples y guitarras, rodean a los que lo
hacen, hombres, mujeres y niños, y no se separan sino cuando todo acaba.
En cuanto a costumbres he podido observar de tiempo atrás algunas que
merecen atención.
Cuando las mujeres enferman con aquel sufrimiento que es peculiar o

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inherente a su sexo, luego al punto se retiran a un lugar apartado, se acuestan en una
hamaca, en la que a nadie es permitido sentarse, pero ni aun tocarla; reciben los
alimentos en un plato o en una hueca cáscara de palma destinados para aquella
época, la que la sirve vacía a cierta distancia y sin que se rocen las vasijas. Cuando
desaparece la enfermedad y se sienten en su estado normal, se van a la selva o playa
vecina, cuecen unas hojas, flores y cogollos de ciertas plantas, y en aquel cocimiento
tibio se bañan todo el cuerpo, recargando el baño en determinadas partes; en este
estado dicen que quedan purificadas y pueden entrar a la casa, tocar y coger los
trastos y servir a sus esposos y demás gentes. No es esta una costumbre antiquísima,
costumbre de los orientales?. Será un remedo de lustración de los paganos?.
Acostumbran la « comida o fiesta de los muertos « con las mismas ceremonias
aunque a la rústica, de los primitivos tiempos.
Acostumbraban casarse y el más antiguo de todo caserío se cree con facultades
y los indígenas se las dan, para hacerlo; la ceremonia es muy larga: extractaré. Reúnense
todos los del caserío, aun los niños deben asistir; toma la palabra el respetable decano
y pide el concepto de todos y uno por uno va emitiendo su opinión; luego hablan los
padres; quienes dicen que conviene por ésto, quienes por eso otro. La discusión
dura casi un día y con la mayor gravedad, porque ni comen, ni beben hasta que el
punto quede resuelto en favor o en contra. Si el matrimonio se va a efectuar, el
Capitán o Gobernador hace arrodillar frente a él, a corta distancia, a los novios y a
los padrinos, y vuelve a tomar la palabra en éstos términos: « Vais a uniros para vivir
así hasta morir y voy a hablaros como los antiguos mis antecesores, acostumbraron
hacerlo, tu [ se dirige a la novia ] debes obedecer en todo a tu marido; cuando esté
bravo, callas y no te enojes tu; cuando veas que toma la cerbatana, el carcax y se va al
monte, pregúntale por donde va a tomar, por si algo sucediere, que le busques; si
regresa bravo, ponle pronto la chicha; cuando esté bebiendo ochó [ chicha fermentada
] y salga y se vaya por ahí, en el acto llevarás la luz, si fuere de noche, y no te separarás
Fragmentos para una historia de los Siona ... Pp. 80-107.

de él ni un instante. Dirigiéndose al novio dice: « Ama a tu mujer, no la trates mal,


cuando te pregunte algo, respóndele con dulzura; recíbele con agrado la chicha, y
déjate abigarrar las piernas cuando ella quiera verte elegante; si cuando estés bebiendo
ochajé [ chicha muy fermentada ] no estuviere a tu vista, y si cuando salgas a andas
bebido de la chicha, no te siguiere con la luz, castígala severamente «.
Eso de llevar una luz ( hacha de viento o resina encendida ) es una obligación
indispensable cuando están en bacanales; si la casada no la lleva o no sigue a su
marido, y si se queda en la casa de la diversión, luego la castiga con crueldad, porque
no alumbrarle por donde anda, es una falta de atención; no seguirle con esa hacha
es infundirle celos, y la cela y tras los celos llueven palos.

III.- Las 5 tribus Macaguajes son también catequizadas; pero más salvajes que
los catecúmenos de que acabo de hablar. Al presente se ocupan en extración de
caucho; en años anteriores se ocuparon en explotación de zarzaparrilla y cera, negocios
que se abandonaron y fueron reemplazados por el de caucho. Son dados a la
agricultura y así acostumbran a hacer grandes sementeras de plátano, yuca, maiz,
caña y piñas. Tengo razones para creer que son idólatras, pues lo he oido dirigirse a
la luna y conjurarla en un discurso corto, como una oración, puestas las manos
como cuando decimos el Bendito y levantadas, suplicándola que en ese mes (era el
104 plenilunio ) les conservara la salud. Son muy tímidos; cuando ya tienen confianza
con algún blanco, son chanceros; no tienen sino una mujer cada uno y respetan,
como los Cionas catecúmenos de las márgenes del Putumayo, los grados de parentesco.
Esta costumbre es aun resto de la civilización cristiana, porque los Macaguajes fueron
una numerosa reducción que fundaron los Jesuitas Laínez ( de imperecedera memoria
), Piquer y Velasco. A la muerte de éstos misioneros los catecúmenos se dispersaron
Augusto Javier Gómez López

y formaron las cinco tribus de que vengo haciendo mención. Se conocen por los
nombres de Macaguajes de la Concepción o de Montepo, de Caucaya, de Senceya y
Mecayo; pero más particularmente se distinguen por los nombres de sus Jefes o
decanos. Son en número de 250. De una tribu a otra hay mas o menos un día, que
se anda por tierra por sendas estrechísimas; pero el terreno se presta para hacer
caminos como se quiera, pues es seco, firme y completamente plano. En aquella faja
de terreno no hay mosquitos, ni zancudos, ni murciélagos; su temperatura ordinaria
es de 30°. El carácter, índole, usos y costumbres de los Macaguajes, son en un todo
idénticos a los del Putumayo, salvo diferencias insignificantes. Hacen mucho uso de
un bejuco que llaman yoco. Este mismo bejuco lo usan en toda la Provincia; extraen
el jugo y lo toman a todas horas del día, pero especialmente a la madrugada; lo
toman como estomacal, como reparador de las fuerzas en sus trabajos agrícolas y en
la navegación; quita el sueño y quita el hambre y les sirve como laxante tomado tibio
y en bastante cantidad. Todas las virtudes de esta planta están fuera de duda, porque
los blancos que viajan por los ríos las han experimentado. Algunas personas respetables
me han asegurado, y yo bajo la palabra de ellos lo doy por cierto, que despeja la
imaginación.
El yage es otra de las plantas ( bejuco ) de grande importancia en las hoyas del
Yapurá, Putumayo y Aguarico, como quiera que su uso está generalizado entre
catecúmenos y bárbaros; pero solamente lo toman cuando se entregan a sus prácticas
supersticiosas y de la manera más reservada. He aquí como proceden en su aplicación
y los efectos que les produce. Hacen una decocción con una gran cantidad de la
planta y la cuecen hasta reducirla a una pequeñísima porción. De ella toma cada
uno de los que están iniciados en la brujería; a la primer toma se enloquecen, saltan,
van y vienen, cantan, lloran; a la segunda toma van cayendo en un profundo sueño,
pero de repente se levantan, andan en rededor de la casa, arañan las paredes, se
suben a las vigas, corren por ellas, y mientras todo esto hacen, dejan escapar voces
estridentes , horrorosos aullidos y llaman al diablo, en frases como estas: « Guatí, yi
dabuí paijuú ! Pesaá raijú airú yiré simé»,16 que traducidas literalmente dicen: « diablo,
yo soy brujo; ven ligero y llévame al monte. Después de estas invocaciones diabólicas
toman una tercera jicarita, entonces si caen en profundo sueño y en él ven cosas
espantosas, manadas de cerdos y toda clase de animales, y cuanto necesitan creen
haberlo hallado. Al despertar caen en hondo abatimiento y ven que todo ha sido
una ilusión en cuanto a la realidad de lo que creyeron que iban a disfrutar. Este
brebaje es sumamente perjudicial , no tan solo por el lado moral como por el físico,
pues la tisis sobreviene a tan extravagante bebida.
Se encuentran en la Provincia muchísimas plantas con las que los aborígenes

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hacen preciosas curaciones, tales como el tumbuesi, específico contra la disentería,
los dolores de estómago y enfermedades del higado. El miutará, antídoto contra el
dolor de muelas.
No tienen los Macaguajes en su idioma la palabra Dios; pero como hemos
visto, tienen la de Diablo, que es Guatí; la de brujo o hechicero, dabui. Los Cionas,
cualquiera que ellos sean, creen en la existencia del alma y la llaman coaquí. Los
catecúmenos de las márgenes del Putumayo creen que si no tienen fuchá ( delito o
pecado ), se van al cielo ( coomuih ); pero si caen en pecado se van al Quiná - güenquí
- maa ( así llaman a la Vía Láctea o sea vía terrible de fierro ). Los Ciones creen, que
cuando mueren, sus almas andan vagando y haciendo males a los vivos en sus personas 105
y en sus bienes, de ahí que tengan gran terror a los muertos: queman el tambo
donde vivieron y a veces todo el caserío; destruyen las sementeras y van a establecerse
a otra parte. Hasta los atajos por donde anduvieron los empalizan. Esta creencia y
costumbre es de casi todos los aborígenes de esta Provincia.
Todos los terrenos que baña el caudaloso Putumayo son exuberantes y se

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producen en ellos todos los frutos de la zona tórrida; la naturaleza ha derramado el
humus en las fértiles vegas, como en California el oro. Comerciantes curiosos han
cultivado por via de ensayo, en pequeña escala café y tabaco, y me aseguran ( no
respondo de la exactitud del dato ) que ambas plantas se desarrollan como en el
Valle del Cauca. Un sujeto nacido en Palmira me asegura que el tabaco del Bajo
Putumayo es tan bueno como el de aquel país ( no sé si exagere ); y que el cacao, que
en todos estos bosques lo hay silvestre en abundancia, al cultivarlo y beneficiarlo
bien, es tan bueno y aun superior al de aquel Valle; que lo halla más aromático
y con más abundancia de sustancia oleosa o crasa y de exquisito sabor.
Cuando los vapores de la Casa de E. Reyes & Hermanos surcaban el
Putumayo, se presentaban a las riberas algunas tribus, pedían vestidos,
herramientas y todo cuanto veían. El señor D. Rafael Reyes, ilustre viajero, hoy
General de la República, se propuso atraerlos obsequiándolos, acariciándolos ,
dándoles ocupación , como hacer leña; pero su obra de caridad y filantropía
quedaba destruida por la vandálica conducta de algunos pocos individuos y por
la misma barbaridad de los indios.
Mas no es difícil reducirlos por medio de Misioneros, de esos mártires de
la propagación de la doctrina cristiana, quiero decir de la felicidad.
Al informar sobre el punto 4° de la Circular, tengo que hacerme esfuerzo
para no echarme por el campo de las maldiciones maldiciendo a los negociantes
brasileros que comercian en compra de nuestros hermanos, y a su Gobierno que 16
Esto en el idioma Ciona.
ve y cierra los ojos para hacerse el ciego, que oye y se hace el sordo. Ellos dicen
que los aborígenes son parias o acémilas racionales criadas por Dios para el
servicio del hombre; pero así y todo no tienen derecho para invadir nuestro
territorio, bajo el pretexto de que Colombia lo tiene abandonado, como ellos
dicen.
Fragmentos para una historia de los Siona ... Pp. 80-107.

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