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Tomo XI

COLECCIÓN
DE
SELECTOS
SERMONES
PANEGÍRICOS
San Antonio María Claret
COLECCION
PE

SELECTOS PANEGÍRICOS.

TOSIO XX.
V arios B re lc tñ o s H e E s p a ñ a h a n m i m d i d ó M 8 0 d i o s de ih d tü ffe n d a á
tollos lo s q u e 'k y e r m ú o y e re n ’lee r u n capituló ó p á g in a de m a lq u ie ­
r a de la s publicaciones de la L i b r e r í a r e l i g i o s a .
COPIOSA ¥ VARIADA COLECCION
DE

SELECTOS PANEGIRICOS
SOBRE LOS MISTERIOS DE LA

SANTÍSIMA TRINIDAD, DE JESUCRISTO


¥ D E SU

S A W V ÍS IA Iá M A D R E ,
y sob re

LAS FESTIV ID A D ES D E M UCHÍSIM OS SAN TO S:


S E G U I D A DE

A L G U N A S O R A C IO N E S F Ú N E B R E S
T OTROS DTIIÍSISIOS SERMONES.
BAEiB Á XiVZ
bajo la du*eccÍon del Excmo. c
Sr. D. A n to n io M a ría G la re t,
Arrobispo dimisionario <ie Santiago de Cuba»

TOMO XI.

Con aprobación del Ordinario,

BARCELONA:
LIBRERÍA R ELIG IO SA .— IM PRENTA D E PABLO RIERA ,.
CALLE DEN ROBADOR, NÜM. 24 T 26.
1862.
ÍNDICE
DE LOS SERMONES CONTENIDOS EN ESTE TOMO.

PÁCr.
Sermón sobre la Providencia.............................................................................. 5
Sermón sobre la santidad y la fuerza de la ley cristiana.............................. 22
Sermón sobre el deber de los padres coa respecto á la Yocacion de sus
hijos........................................................................................... < ........................ 46
Sermón sobre el estado del matrimonio........................................................... 70
Sermón sobre la.aflicción de los justos y la prosperidad de los peca­
dores......................................... ............................................................................ 93
Sermón sobre la sociedad de los justos con los pecadores............................116
Sermón sobre la ociosidad................................................................................... 140
Sermón sobre la maledicencia.............................................................................160
Sermón sobre el amor del prójimo.............................. ......................................181
Sermón sobre el retiro y la baida del mundo...................................... ..... . 20$
Sermón sobre el perdón de las injurias............................................................ 227
Sermón sobre la necesidad de servir á Dios.................................................... 248
Sermón sobre la eterna bienaventuranza..........................................................272
Sermón sobre la grandeza y la bondad de Dios...............................................303
Sermón sobre el pecado mortal..................................................................... ..... 331
Sermón sobre el escándalo...................................................................................362
Sermón sobre el amor de Dios........................................................................... 303
Sermón sobre el respeto en los templos..................... ..... ................................ 433
Sermón sobre la educación ó crianza de los hijos..........................................462
SELECTOS PANEGÍRICOS.

SERMON

SOBRE LA PROVIDENCIA.
Cum sublevastet «culos Jesús, et v id isse t
quict m ultiludo máximo, ven it ad e u m , d ix it
ad P h U ip p u m : Unde ememiis p a n e s , u t
maiulucent h i ? Hoc aiítem dicebat tentans
e u m ; ipse enim i cíe 6a i q u id esset factu ru s.
(Joan. t i ).
levantando los ojos Jesucristo, y viendo
que una gran multitud de gente se dirigía
hacia é l, dijo á F eíip e: ¿Dónde podríamos
comprar suficiente pan para todo ese pue­
blo? Y hacia esta pregunta, con el objeto
de experimentarle, porque bien sabia lo que
iba á bacer.

1. Si es c ie rto , como dice san A gustín, que los m ilagros son la


voz de D ios, y qu e siem pre q u e hace qne se m anifiesten estos sig­
nos visibles de su om nipotencia es con intención de h ab larn o s, de
in stru irn o s y de descubrir á los hom bres alguna im p o rtan te v erd ad ,
fácil es com prender lo que el Salvador del m undo h a querid o d a r­
nos á en tender con el gran m ilagro de la m ultiplicación de los p a­
n es. P o rq u e ¿q u é es lo que vem os en este m ilag ro , y nos re p re ­
senta el E vangelio de este dia? Todo un pueblo que se en treg a á
Jesu cristo ; m illares de hom bres q u e , sin provisiones, sin alim en­
tos , abandonan sus.casas p o r s e g u irle ; u n Dios que les com padece,
u n Dios q ue provee á todas sus necesidades, u n Dios que p o r su
propia m ano distribuye sus dones liberal, am plia y m agníficam en­
te , y u na num erosa m u ltitu d , alim entada por fin y satisfecha en
m edio d e u n a so le d ad ; todo esto ¿ n o nos m anifiesta altam en te
la providencia divina y la obligación indispensable de descansar en
su b o n d ad , y fiarnos en ella? Interrogemus (tales son las p alab ras
6 SEUMON
d a san- Agua ti n ■) ip sa C k ristim ira cu la ; habeftt m irii, mtelligantur,
Mnguam $ w m . (A ugust.). Interroguem os á Vos m ilagros d e Je su ­
c ris to , oigám oslos, contem plém oslos aten tam en te. P o rq u e como
Jesucristo es sustanciaLmente el Var.bo de B ios~ ,na h ay nada en él
q ue no hahle,. y sus acciones mismars tienen p a ra nosotros su le n ­
g u aje y su expresión. L o que nos dice en p articu la r el m ilagro de
los p an es, ta n p ro n ta y ab u ndantem ente m ultip licad o s, es q ue h ay
u n a P rovidencia que gobierna el m undo ; un a P rovidencia á la cual
todos debem os som eternos, no como el restó d e las cria tu ra s, sino
con una sum isión de n ecesidad, como criatu ras racio n ales, p o r un
libre consentim iento de nuestra v oluntad. H é aquí, herm anos m ios,
la voz de Dios y lo q u e .n o s enseña'. No o b sta n te , por inteligible
y sonora que sea esta vo z, aun hay hom bres que-no quieren oiría ;
y los h ay tam bién que no por haberla oído son ni mas dóciles n i
m as sum isos. P or esta causa uno yo la voz del m ilagro de Jesucris­
to á la de la predicación q u e , fortificada y sostenida por la gracia
in te rio r q ue el E spíritu Santo derram ará en n u estros corazones, es
d e creer que producirá en ellos el fruto que espero de mi discurso,
con el auxilio de la V irg en , á quien me d irijo , saludándola con el
Á n g e l: Ave M aría.
2. Dos cosas, según san A g u stin , son capaces de to car al h o m ­
b r e , y h acer im presión en su corazon : el deber y el interés ; el
d eb er, p orque es ra c io n a l; el in te rés, p orque se am a á sí m ism o.
T ales son los dos resortes que com unm ente le hacen ob rar. P ero es
n ecesario, añade san A gu stin , que estos dos resortes sean m ovidos
á la vez para que: produzcan en el corazon del h om bre u n efecto
com pleto. P orq u e el deber sin el interés es débil y lá n g u id o , y el
in terés sin el deber es bajo y vergonzoso. Los dos reunidos tien en
u n a v irtud cási infalible y una eficacia cási irresistible. Y o tra to
e n este d ia , cristianos, de inspiraros una perfecta sumisión á la
providencia de D io s; trato de haceros conocer la indispensable,
obligación que todos tenem os de obedecer á esta P rocidencia sobe­
r a n a , de confiar en ella, de conform arnos con sus d ecreto s, consi­
derán d o la como la regla de n uestra vida. Y para mas obligaros
quiero haceros ver el desorden y la desgracia del hom bre cuando
reh ú sa á Dios la sumisión debida ; el desorden del h o m b re, re la ti­
vam ente á su deber , y la desgracia del hom bre con relación á su
In te ré s ; su desorden inseparable de su desgracia, porque ella es
«TÍdente é infaliblem ente su origen ; su desgracia inseparable de su
d e so rd e n , p o rq u e , según las leyes de D ios, es, como yeréis mas
SOBRE L i ^ R flT ID E P íC U . *&;
ad e la n te, su justo castigo. E n un a p alab ra, nada mas crim inal q u e
el hom bre del siglo g u ¿ no quiere som eterse á la P ro v id e n cia, co­
m o explicaré en la prim era p arte de m i discurso. N adam as desgra­
ciado q ue el hom bre del siglo que no q u iere im itar la conducta de
la P ro videncia, según se yerá en la segunda p arte . P ero al mismo
tiem po, por dos consecuencias enteram ente co n tra rias, n ad a mas
sábio que el hom bre cristiano que tom a .por regla de todas sus ac­
ciones la fe de la P ro v id e n cia; nada m as dichoso que e l hom bre
cristiano que busca todo.su apoyo en la fe de la P rovidencia. V er­
dades edificantes é im portantísim as que dividirán este discurso.

P r im e r a p a r te ,

3* P a ra corregir un vicio, lo prim ero que debe hacerse es tra ­


ta r de conocerlo ; y para esto preciso es buscar y descu b rir el
principio ó la causa.. Yo hablo a q u í, cristianos,, de u n h o m b re deL
m undo q u e vive com pletam ente olvidado de D ios,,q u e parece h a -
ber.sacudido el yugo de D ios, que se ha creado una especie de há-:
bito y un estado de independencia de D io s; en fin , que sin decla-r
ra rse , no obstante, ab iertam en te, sino por la desgraciada posícion
en que se h a constituido de o b rar a su gusto y como lib e rtin o , se
ha tran sfo rm ad o , si puedo explicarm e así, en desertor, ó , si se
q u ie re , en un apóstata d é la providencia de D io s; i deplorable con­
d u c ta , pero efecto el mas com ún de la depravación,del siglo! T ra ­
to de haceros ver este d esarreg lo , y hé aq u í c<5mo le concibo. EL
q ue ren u ncia á la P rovidencia, y quiere sustraerse al im perio d&
B io s, no puede hacerlo sino de dos m a n e ra s : ó por u n esp íritu
de infidelidad , porque no reconoce á esta Providencia y no cree
en ella, ó por un a sim ple rebeldía del corazon q u e , creyéndola y
reconociéndola , no quiere som eterse á ella. E xam inem os estos dos
p rincipios, y veam os en cuál de ellos es mas grosera y crim inal la
ceguedad deL im pío.
4. Si esto sucede por un espíritu de infidelidad, y p o r no creer
en la P rovidencia, ¿q u é desórden es com parable al de no creer en
lo que es indisputablem ente la cosa m as creíble, y adem ás el fu n ­
dam ento de todas las cosas creíbles? de no creer lo que h an creído
los paganos m as sensatos por la sola luz de la razón? de no cre er
lo que in dependientem ente de la fe experim entam os sin cesar nos­
otros m ism os, lo que sentim os, lo que tenem os que confesar en
m il ocasiones, p o r un testim onio que nos arran c an los prim eros
8 SE SM O S
m ovim ientos de la n a tu ra le z a ; pero sobre todo^de, no cre er la m as
incontestable v erd a d , por las razones mismas'Jqtt&la establecen, y
q u e p o r sí solas son m as q ue suficientes p ara COitrencérnos de ella?
T al es el estado del m undano qu e no q uieré feconocer á la P ro v i­
dencia; ^ •••- wtó'- ■ ■
5. P o rq u e el m undano se ciega, dice: sa n ;fü a rift¡risóstom o, en
3a fu en te m ism a de las luces, que es el ser de -Dios, puesto q ue la
p rim e ra y m as inm ediata consecuencia qu é 'sé deduce del ser d e
Dios es que hay u n a Providencia ; de lo qu e se sigue q u e , re n u n ­
ciando á esta P rovidencia, ó bien no conoce y a Dios (¡terrible im~
pied ad l), ó bien un Dios m onstruoso, esto es:, un Dios que no se
cuida dé sus c riatu ras; ün Dios qüe nó se interesa ni en su conser­
vación ni en su perfección ; un Dios que no es ju s to , ni sab io , ni
b u e n o , p orque nada de esto puede ser sin providencia. E n sem e­
ja n te estad o , añade san Juan C risóstom o, es m as que pagano en e t
C ristian ism o; ó aun q u e sea cristiano se en treg a á los vicios m as
detestables que hay en el paganism o. P orque apenas h a habido mas
sectas paganas qüe hayan negado la P ro v id e n cia, ó dudado de ella¿
q u e la q ue por sus abom inables m áxim as conducía á lo sh o m b reS
á los m as infam es excesos y á los placeres m as obscenos, aq u ella
p ara quien h u b ie ra sido de desear que no hubiera habido en el
m u n d o ni D ios, ni ley, ni castigo, ni recom pensa, ni providencia,
n i justicia.
6 . A un h a y mas : como el m érito de la fe consiste en h acernos
esp erar contra la esperanza m ism a, contra sjpérn m spem (R om . i v ) ;
el crim en del m undano respecto de la Providencia consiste en s e r
in créd u lo é insensato contra su misma razón. P o rq u e , en fin , el
m u n d an o m ism o , siguiendo solo el instinto de su ra z ó n , ad m ite
sin notarlo una P rovidencia en la cual no piensa. Me explicaré. É l
cree q u e un Estado no puede ser bien gobernado sino p o r la sabi­
d u ría y el consejo de un príncipe ; cree q üe u n a casa no pu ed e su b ­
sistir sin la vigilancia y ]a econom ía de un padre de fam ilia ; creo
q u e u n b uq u e no puede ser bien dirigido sin el cuidado y la h ab i­
lidad de un p ilo to ; y cuando ve que este buque boga en alta m ar,
q u e esta fam ilia está bien o rd en ad a, q u e este reino goza de paz y
de ó r d e n , declara sin vacilar que hay un e s p íritu , u n a inteligencia
q u e preside á todo. Pero discurre de o tra m anera respecto del mun*
do e n te ro , y quiere que sin D ios, sin p ru d en c ia, sin sabiduría,
p o r u n efecto solo de la casualidad, este grande y vasto universo
se m antenga en el órden m aravilloso que en él •vemos. ¿TSo es esto
SOBRE LA P R 0 Y ID E 5 C IA . 9"
ir contra sus, propias ;hi£es ^ c o n tra d e c ir sn razón ? A ñadid las prue-?
bas sen sibles y :per«^nales- q u e e l m un dan o , si n sal ir de sí m ism o, ■
encuentra eu sí. mismo /¡ pero acerca de las cuales su obstinación lev
ciega y le e n d u re c e «P orque no hay un hom bre que repasando en
su m ente los años de su v id a , y recordando todo lo que le h a su->
cedido, no se detenga en-cíertos sucesos, esto es, en ciertas coyun­
tu ras ú ocasiones. qUe se lechan p rese n tad o , en ciertos peligros d e
que ha podido-libertarse, en ciertos acontecim ientos fatales ó feli­
ces, pero extraordinarios y singulares, que le han sorprendido y
ch o cad o , y que soti otros tantos signos visibles de una P rovidencia.
.7. Y s ilo dicho es verdad respecto de todos los hom bres sin
excepción , lo es m ucho,m as aun respecto de los que figuran algo
eb el m u ndo, de los que entran mas en el com ercio y en los secre­
tos del m undo , y mas* en fia , de los que viven en el cen tro del
m u n d o , que es la corte. P o rq u e , ¿q u é es el m u n d o , decia G asio-
d o ro , mas que el gran te atro y la gran escuela de la Providencia,
en d o n d e, por poco que se íije la a te n c ió n , se a p re n d e á todas h o ­
ras qu e hay en el universo un poder, u n a sabiduría sup erio r á la
de los h o m bres, q u é se burla de sus designios, que dispone de sus
destinos, que eleva y abate¿ que em pobrece y enriq u ece, que amor»
tig u a y vivifica, que dispone de todo como árb itro suprem o de to ­
das las cosas? No hay, p ues, hom bres en el m undo q u e , segun las.
reglas o rd in aria s, deban creer con fe mas firme en la P rovidencia
qu e los que se precian de poseer la ciencia del m undo y de ser los
sabios del m u n d o ; p e ro , por un secreto juicio d e D ios, tampoco-
los hay que sean m as com unm ente in6eles que ellos á la P ro v id en ­
c ia , y que mas la desconozcan. Y así com o nunca h ab rá ni h a h a­
bido hom bre sobre la ,tie rra á quien haya podido perdonársele m e­
nos la duda sobre la Providencia que al p atriarca José, despues d e
los.m ilagros m aravillosos que Dios habia obrado en su persona ; así
tam bién esos supuestos sabios del m undo son los mas culpables,
negando la P rovidencia, reh u san d o el debido hom enaje á D ios, á
quien deben sus conocim ientos.
8. Su ceguedad va mas léjos to d a v ía, pues no quieren h acer
libre y cristianam ente á la P rovidencia una confesion que m uchas
veces tienen que h acer por necesidad, ó m as bien obligados por la
tristeza y la desesperación. El m u n d a n o , que olvida á Dios y á la
Providencia m ientras Yive en la prosperidad y todo le sale á m e­
dida de sus deseos, es el prim ero á m u rm u ra r co ntra esta m ism a
Providencia y contra Dios cuando le sobreviene un co n tratiem p o
fO SERMON „
q ue d o h abia p re v is ta ; como si le sirviese de; alivio e l.echar la c u l - '
p a á alguno de su desgracia* acusa á D ios, y-por la m as extraña
contradicción se la atrib u y e á esta m ism a P rovidencia que negaba
ofuscado p o r una-fiera y orgullosa im piedad. Y ¿q u é cosa m as ex­
trav ag an te que no reconocer un a Providencia p ara obedecerla y
a m a rla , ó reconocerla para ultrajarla ? P ero lo qu e sorpren d e m as
es q ue m uchas veces el libertino q uiere d u d a r;d e la P rovidencia
p o r las razones mismas que prueban victoriosam ente la P ro v id e n ­
c ia , y qu e por sisólas deberían b astar para p ersuadirle de qu e exis­
te , Y ¿ e n qué funda sus dudas acerca de la providencia de un D ios?
en qu e v e el m undo lleno de desórdenes* P ero precisam ente por
esto m ism o, dice san Ju a n Crisóstom o, debe conocer necesaria­
m en te que hay un a P rovidencia. E n efecto, ¿p o r qué son desór­
denes los desórdenes de que el m undo está lle n o , y por qué le pa­
recen tales sino porque son contrarios al órden y repugnan al o r­
d en ? Y este órden ¿q u é es sino la P rovidencia? Y e, p u e s, u na d i­
ficultad en lo mismo que la re s u e lv e , y se hace infiel p o r lo que
debia robustecer su fe. Pero si hu b iese, d ic e, u n a P rovidencia,
¿su ced erían en la sociedad de los hom bres tan tas cosas de que los
h om bres mismos se escandalizan? Y yo re sp o n d o : el que los h o m ­
b res mismos se escandalicen ¿no es una p ru eb a auténtica de la
P ro v id e n cia, q u e no perm ite que se autoricen estas cosas, y q u e
p o r lo ta n to q u iere que e n tre los hom bres pasen y hayan pasado
siem pre p o r escandalosas? Si los hom bres no se escandalizasen y a
d e n a d a , entonces sí que tal vez se podría dudar de la P rovidencia,
y quizás el im pío podría decir en su corazon que no h a y Dios ; pe­
ro m ientras el hom bre se escandalice de la insolencia del vicio,
m ien tras la censura m ism a del m undo condene el lib e rtin a je , m ien ­
tra s se aborrezca la im piedad, m ientras el odio público se levante
c o n tra la in iq u id a d , la Providencia está á c u b ie rto , y nada de esto
p revalece co n tra ella. E l h om bre se escandalizará siem pre de lo d i­
c h o , p o rq ue siem pre h ab rá un Dios y una Providencia. V erdad es
q ue se com eterán en el m undo crím enes vergonzosos, negras p er­
fidias, traiciones d eslea les; pero estos crím enes serán vergonzosos,
p o rq u e hay u n a Providencia que les atrib u y e esa cualidad , y nos
la hace v e r ; estas perfidias no serán detestadas como ta le s, sino
p o rq u e h ay u n a Providencia que hace am ar la buena f e ; estas tra i­
ciones no serán tenidas por viles, sino porque h ay u n a P ro v id en ­
cia que cuida del honor y la probidad. Se ejecutarán acciones de
q u e el ho m bre se av ergonzará, se ac u sará, se r e tr a c ta rá ; pero es­
SOBRE LA PROVIDENCIA. í'ff
tas retractacio n es1,’ estos rem ordim ientos, ésta confusión serán en*
aquellas acciones" mlstti a s o ír o s tantos argum entos en favor dé la
Providencia. Por él c o n tra rio , ¿q u é ventaja no sacaría co n tra 'e lla
e l;im pío si el pecador tío se arrep in tiese, no se confundiese, no se1
avergonzase y a ? H 6 ahí el desorden del que renuncia á la P ro v i­
dencia por un espíritu d e incredulidad.
9. Pero supongam os que lo haga sin p erjudicar á su fe , y p o r
u n simple im pulso del corazon : otro desórden m enos sostenible a u n
el creer en una Providencia que preside el gobierno del m u n d o , y
no q u ere r som eterse á ella, no q u e re r dirigirse por e lla , ni o b rar
de concierto con ella; ser basta-nte te m e ra rio , ó m as bien bastante
in se n sa to , no solo para em anciparse de e lla , sino para p rete n d er
conseguir á pesar suyo los fines que se p ro p o n e , y llegar a l’térm in o
de sus em presas por otros m edios que los que ella ha fijado. T al es;1
sin em bargo, el desórden á que conduce insensiblem ente el esp íritu
del m undo. C reyendo tam bién en u n a P ro v id en cia, se yive en el
m undo como si no se creyese en ella. P orque se cree en una P ro ­
v id en cia, y no obstante se procede en íos negocios del m undo con
la misma in q u ie tu d , con la misma precipitación, con la misma íhit
p acien cia, con el mismo olvido de Dios en la fo rtu n a , con el mismo
abatim iento en las aflicciones, con la m ism a presunción en las em ­
presas que si esta P rovidencia fuese un nom bre vacío, y no tuviese
p oder ninguno ni se cuidase de nada.^En efecto, si la fe en la P ro ­
videncia guiase la conducta de nuestra v id a , si no perdiésem os n u n ca
d eg ista la P rovidencia, y si cada uno de nosotros no se considerase
m as qu e como un súbdito nacido para ejecu tar sus ó rd en es, todo
esto seria m uy razonable; no nos dejaríam os llevar de n u estras p a ­
siones, ni seríam os insensatos, ni v anos, ni in q u ie to s, ni orgullo­
sos, ni ingratos p ara D ios, ni injustos p a ra los h om bres; som etidos
á la P ro v id e n cia, poseeríam os en el m undo intereses sin gran apegó
á ello s, desearíam os sin am bición, gozaríam os sin orgullo, no abu*-
sarfam os de los bienes ni de los m a le s, y observaríam os en n u estra
conducta aquella santa m oderación de se n tim ien to sy de deseos que*
segun la m áxim a de san Pablo, nos h a ria m odestos en la p ro sp eri­
dad y sufridos en la desgracia. ¿ P o r q u é ? porq u e todo esto se halla
esencialm ente contenido en lo que yo llam o subordinación ó sum i­
sión de un alm a fiel á la Providencia de Dios. Pero como nos dom ina
el espíritu del m u ndo, abandonam os á la P rovidencia, cayendo in­
evitablem ente en m il desórdenes. Recibim os de Dios beneficios sin
agradecerlos y castigos sin e sca rm e n ta r; lo q u e debería co n v ertir-
12 SERMON
nos sirve p ara endurecernos en la m a ld a d , y lo que debería santifi­
carnos nos irrita, y nos desespera. Nos ensoberbecem os cuando de­
bíam os h u m illarn o s, y nos turbam os cuando debíam os bendecir á
Dios y consolarnos; la prosperidad del prójim o hd's causa un a ver­
gonzosa tristeza, y sus m ales son objeto de nuestrás^alegrías. No h ay
u n solo m ovim iento de nuestro corazon qüe hb ek téy d íg ám o lo así,
fu era de su la g a r, en razón á que no récibiíífóS'ya la im presión del
p rim e r im pulso, es decir, de ía fe en una P ro v id en cia; y en este caso,
¿cóm o, Señor, no seríam os las mas crim inales de todas vuestras cria­
tu r a s , puesto que abandonando lina conducta tan santa y tan recta
como Ja vuestra no nos restan ya mas que viás engañosas y torci­
das en las cuales dam os tantas caídas como pasos?
10. A te n d e d , cristianos, y , para com prender bien la verdad q u e
os predico, notad que el h om bre del siglo qüe se aleja d é l a Provi­
dencia lo hace ya para vivir á la v en tu ra y seguir ciegam ente los
im pulsos de Ja fortuna , cuyo to rre n te arrastra á todas las alm as dé­
b iles, ya para proceder según las m iras de la providencia h u m a n a,
Cüyo p artido tom an los sabios del m undo. Yo sostengo qu e la u n a
y la otra son el u ltra je m as grande que se puede h a c e r a D ios; y no
h a h rá en tre vosotros ninguno que deje de convenir conm igo. P o r­
q u e el no te n e r uno mas principio d e s u conducta q u é la fo rtu n a , y
q u e re r seguir sil curso, ¿nó es caer en la idolatría de los paganos
q u e , como observa san A gustin, en vez de ad o rar los decretos de
D ios én los acontecim ientos del m undo , prefirieron form arse u n a
divinidad caprichosa que llam aron fo rtu n a , á quien erigieron tem ^
p ío s, invocaron en sus necesidades, ofrecieron sacrificios p ara apa­
ciguarla , y dieron acciones de gracias cuando suponían que les era
favorable? Idolatría era esta , cayo abuso no podían; so p o rtar los sá¿
hios mismos dél paganism o. iQ u é indignidad , decia uno de ellos¿
v e r hoy día adorada la fortu n a por todas p a rte s, invocada por to ­
das p a rte s , en desprecio de los dioses m ism os, y reverenciada p o r
doq u iera como la divinidad del m undo I Quid enim est quod huñc totd
orbe, lodsgue ómnibus, fortuna invooatur, una cogitatur, una nomina-*
tur, una colüur! (P lin .).
11. Y ¿no és esó, cristianos, lo que Dios cénsuraba en los is­
raelitas cuando Jes decia por boca de Is a ía s : E t vos qui dereliquistis
Bominum, et obliti estis monteni sanctum meum, qui ponitis fortu né
mensam, et libatis super eam: numerabo vos in gladio? (Isai. l x v ):
Y osotros, que habéis despreciado mi culto, vosotros, que erigís úri
a lta r á la fo rtu n a , y q u e , p o r una secreta apostasía, le hacéis sá—
SOBRE LA PROVIDENCIA. 13
crificios en el fondo de vuestros corazones, sabed que m i vengadora
justicia no os p er^ o ^ afá. S em ejan te sacrilegio no h a sido so lam en te
el crim en de los judíos y de los p a g a n o s; todavía se observa en m e­
dio del Cristíanisnjo,, y sobre todo en la c o rte , siendo u n o de su s
m ayores escándalos, S í, am ados oyentes m io s, vosotros lo sabéis
piejor que y o ; el ídolo de la co rte es la fortuna : en la corte es donde
se le ad o ra; én la corte donde se le sacrifica todas las cosas, el r e ­
poso, la sa lu d , la lib e rta d , la conciencia m ism a y la salvación; esto
es, en la corte se form an con arreglo á ella las am istades, se trib u ­
tan resp e to s, se prestan servicios, se usa de com placencias y h asta
se crean deberes. Basta que ud hom bre sea rico para qu e le consi­
derem os como un a d iv in id ad ; sus vicios se nos figuran v irtu d e s , sus
p alabras oráculos, sus caprichos le y es: y ¿m e atreveré á decirlo?
si un dem onio salido del infierno se hallase en un alto grado de ele­
vación y de favor, se le ofrecería incienso. Pero que este mismo hom ­
b re em piece á declinar en su fo rtu n a , que no ocupe ya la posicion
q u e a n te s , y apenas se cuidará nadie de él. Todos sus falsos ado­
radores d esap arecen , y son los prim eros á o lv id arle; ¿ por qué ? p o r­
q u e el ídolo de la fo rtu n a , que se consideraba en él, y a h a caído.
Yo sé que en todas estas cosas se contem pla uno á sí m ism o; pero
ju stam en te el desórden consiste en m irarse y buscarse u n o á sí mis*
m o en otra p arte que en Dios y en su P rovidencia. H asta los hom ­
b res de bien y los sabios se dejan deslum brar por el brillo d é la f o r ­
tu n a m u n d a n a , y profesan esta idolatría. ¡No p orque en realid ad
esté absolutam ente prohibido acudir á los q u e se hallan en la for­
tu n a siem pre q u e se les considere como m inistros de la P ro v id en ­
cia ; pero entonces se vale uno de ellos, segun las m iras de D io s, y
n o , com o lo vem os todos los d ia s, p ara oprim ir al u n o , eng añ ar al
otro, y p ara defender la injusticia y h ac er triu n far la in iq u id ad .
12. Parece que los q u e abandonan la P rovidencia p ara condu­
cirse con arreglo á los principios de la prudencia h u m an a debe­
rían estar expuestos á m enos desórdenes; pero nos engañam os. E n
los partidarios de la fortuna hay mas te m e rid a d ; pero en los sábios
del m undo m as o rg u llo , y nada ofende mas á Dios que el orgullo.
P o rq u e ¿quién m as necio que el hom bre q u e , no contando sino con­
sigo, no atendiendo sino á s í, ni fiándose mas que de sí m ism o , se
juzga suficientem ente ilustrado p ara gobernarse por sí propio, á fin
de te n e r despues derecho de atribuirse á sí propio sus v en tajas,
hasta decir interio rm en te como los impíos en la E sc ritu ra : M anus
nostra excelsa, et non Dominas, fecit hwc omnia (D e u t. x x x n ) : todo
J .4 SERMON ‘
¿o q u e s o y m e lo debo á m í , á mi industria ,>&m i tr a b a jo : el e s ta -
ijlecim ieD to de.m iícasa, el éxito de m is .negocios ^el rango q ue ocu­
p o , todo esto es obra de mis m anos, y no de! Ja del Señor? ¡Q ué
^orgullo I No teniendo las luces suficientes par,a conten tain o s en mil
ocasió n es con el consejo de los h om bres, creem os te n e r bastantes
ojiara dispensarnos de la obligación•deiconsultarjá DiosI Y , reducien­
d o esta verdad á un .caso ¡particular, ¡ qué desórden el de un p a3 re,
p o r ejem plo, que no siguiendo mas que las m áxim as de la sabiduría
m u ndaoa^se cree capaz de disponer soberanam ente d e sus hijos,
d e elegir su profesio n , de destinarlos á tal ó cual em pleo , de p ro -
,«curarles estos ó los otros beneficios, de hacerles seguir esta ó aq u ella
^carrera , sin exam inar si estas son las m iras de Dios! ¡C uánto no se
e x p o n e por esto , y cuáles no serán para é t, igualm ente que para
sus h ijos, las fatales consecuencias de lo d ic h o , puesto que todo
ello , lo m ism o ^especio de sus hijos que respecto de é l, tiene tau
.estrecho enlace con la salvación [ P o rq u e , en fin , desde el m om ento
en que el hom bre tra ta de gobernarse in d ep en d ien tem en te, él es
responsable an te Dios de todas las consecuencias. Si son funestas, la
culpa es s u y a ; y como Ja p rudencia h u m a n a , aun la m as exquisita,
está sujeta á mil e rro re s, ¿quién podrá calcular las deudas que acu­
m u la , y ,de las cuales te n d rá que dar cuenta un dia al soberano
Ju ez? Cuando recurro á Dios., cuando he reflexionado m aduram ente
según el espíritu de mí re lig ió n , y tratad o de buena fe de conocer
el ó rd en de D ios, ya pu&do to m a r una resolución , ya puedo con­
fiar en q ue he ac e rta d o , ó en que si m e h e equivocado Dios en ­
m en d ará mi e rro r, en que si m e extravio Dios me conducirá por
otras v ias, y que no se me im p u tará mi e r r o r; ¿ p o r q u é ? p o rque
m ien tras Dios estaba en m í he seguido las reglas de la pru d en cia
cristian a, suplicándole que me ilu m in ase, y usando de los m edios
q ue me ha dado p ara hacerm e conocer su voluntad. P ero cuando
quiero d irigirm e p o r m í propio debo responder de m í á u n Dios
celoso d e sú s derechos, y q u e , ofendido por m i orgullo, no m e con­
cederá su gracia. En vista de lo expuesto, ¿en qué abismos n o m e
p recip itaré? P o r q u e , para no salir del ejem plo citado, ¿ q u é sucede
cuando u n padre dispone de sus hijos segun las ideas de la funesta
política del m undo que le sirve de norm a? Sucede que para edu car
b rillan tem en te á uno ;tiene que sacrificar á los restantes.; p o r p r é -
dileccion á este tiene que ser injusto' con aquel. D estina á la íg le -
isia á los que p o d rían cum plir con su deber en el m undo, y al m undo
■á los q ue p odrían servir ú tilm ente á la Iglesia;; y como no obstante
SOBRE LA rn O V ID E S C J A . 4S
su destino tem por al^ti eñe un *en lace cási infalible con su p red estin a­
ción e te rn a , pensandojestablecerios S iodos, lo s condena £ 'lodos,
y él m is m o s e c o n d e h a con ellos y por ellos. Si como p ad re cris­
tiano se h ubiera dirigidlo á-D ios, h u b ie ra evitado dichos d esórde­
n e s ; pero no ha querido creer mas que en sí-m isino, y p o r lo ta n to
se ha perdido, ha perdido á sus h ijo s, y se h a hecho an te Dios p e r ­
sonalm ente responsable de la perdición de aquellos y de la suya
, propia.
13. H é ahí p o ríq u é e l m as sábio de lo s h o m b res, S alo m e n , di­
rigía á Dios esta excelente oracion : Da mihi sedium'íuarum assistri-
cem sapientiam-; ut macuñi sit, et mecum laboret, et sciam gw d aeceptum
'■■sit apud te. (Sap. tx ) . C oncédem e, S eñor, la sabiduría que esta sen­
tad a contigo sobre tu trono, á fin de que -trabaje conm igo, y de q u e,
- sin engañarm e nunca;,m e enseñe como debo obrar y Jo que te ag ra­
da. O ración, am adosoyentes m ios, q u e to d o s nosotros'debem os ha-
í cer, cada cual según su condicion, todos los dias de la v id a ; oracron
í-que Dios o irá, porque será un hom enaje trib u ta d o á su P ro v id en ­
cia; oracion que h ará descender sobre nosotros las mas ab u n d an tes
, bendiciones del cielo, p orque honrando á Dios conseguirá q u e Dios
se interese por nosotros. Sin lo d ic h o , sin esta sum isión á la P ro ­
videncia d iv in a , no solo serem os los m as crim inales, sino los m as
desgraciados de todos los h o m b res, com o vais á v e r en la

Segunda parte*

14. H ay un pensam iento de san A gustin q u e no tiene rép lica, y


q u e me parece propio para darnos una alta idea de Dios y un co­
nocim iento perfecto de nosotros m ism o s: á saber, que Dios no se­
ria Dios , si fuera de él pudiésem os en co n trar una felicidad só lid a;
y qu e la p rueba mas grande y mas co n v in cen ted e que es él el fin de
n u estra vida y nu estra soberana bienaventuranza es, que alejándo­
nos de él por el pecado nos hacem os desgraciados: Jussisti, Domine*
et sic est, u t omnis animus inordinatus peana sit ipsi sibi. (A u g u st.).
Y os habéis m andado, S eñor, decia este grande h om bre haciendo
á Dios la hum ilde confesion de sus m iserias y d eploránd o las; Vos
habéis m andado, y el decreto se ejecuta todos los dias, qu e toda
alm a q ue se pervierte y q u iere traspasar los lím ites d e la sujeción y
de la dependencia separándose de Vos encu en tre un to rm en to en
sí m ism a. T al es tam b ién , cristianos, la segunda proposicion q u e
yo he sen tad o ; y basta concebirla para persuadirse de e lla : la m a­
16 SERMOIÍ
y o r desgracia del hom bre consiste en separarse de D ios, y q u erer
su straerse á las leyes d e su P rovidencia: daré las razones. R enun^
ciando á la P ro v id en cia, el hom bre queda ó sin co n d u cta, 6 aban­
donado á su propia co n d u c ta, origen infalible de todos los m a le s;
alejándose de D ios, obliga igualm ente á Dios á a b a n d o n a rle á é l, á
p riv arle de su patern al p ro tecció n , que hace, segun la E scritu ra,
to d a la felicidad de los justos sobre la tie rra ; se priva po r esta causa
de la mas d u lc e , 6 m ejor dicho, del consuelo único que puede te­
n e r en ciertas adversidades, eo las que solo ]a fe en la Providencia
po d ría sostenerle; en f in , no queriendo dep en d er de Dios con u n a
sum isión libre y v o lu n ta ria , d ep e n d e, á pesar su y o , con un a su­
m isión fo rzada, y rehusando obedecer u n a ley de am or, tien e que
ac a ta r las leyes m as duras de u n a rigorosa ju s tic ia : h é ah í cu atro
razones q u e necesitarían otros tantos discursos p ara ser tratad as con
la extensión y claridad debidas, pero cuya exposición breve y se o -
cilla bastará para persuadiros y conm overos.
15. Im aginaos, pues, desde luego, decia san Ju an Crisóstomo,
u n navio en alta m ar, com batido de los vientos y de las tem pesta­
d es, au n q u e por lo dem ás bien pertrechado y p ro v isto , pero sio
piloto ni tim ó n : tal es el hom bre en el curso del m undo cuando no
arreg la su conducta á las leyes de Dios. Si no en la P rovidencia,
¿e n qu é puede apoyarse? Si fuera de esta Providencia encontrase
alguna cosa estable q u e le detuviese y lijase, su estado quizás seria
m enos digno de com pasión; pero es preciso que convenga conm igo
en q u e , renunciando á la P rovidencia y sacudiendo el yugo de Dios,
n o le resta m as que uno de estos dos p artid o s, q uiero d ecir, ó fijar
sus m iras en los h o m b res, ó q uedar reducido á no ten er otro r e ­
curso que á sí propio. De cualquier modo su posicion será siem pre
d ep lo rab le; y haga Jo que h a g a , será inevitable é incon testab le­
m e n te desgraciado* P orq ue ¿ h a y algo mas te rrib le que no te n e r
o tro recurso que á sí m ism o? Y por poco que el hom bre se conozca,
¿p u ed e h ab e r nada que le aflija y consterne m as? Si yo me encon­
trase solo y sin guia en un desierto espantoso, expuesto á todos los
peligros de un extravío sin esperanza, seguram ente estaria lleno de
te m o r. Si en u n a enferm edad peligrosa me viese ab a n d o n ad o , no
teniendo mas que á m í mismo para velar por mi salu d , ciertam en te
q u e no me atre v ería á co n tar con m i cu ra. Si en un negocio capi­
tal en q ue se tra ta se , no solam ente de m i fo rtu n a , sino de mi p ro ­
pia v id a , no tuviese mas consejero que yo m ism o, m e creería p er­
dido y sin esperanza. ¿C óm o, p u e s, en m edio del m undo, de tantos
SOBRE 1A PROVIDENCIA. ÍT '
escollos y lazos como me ro d e a n , de tantos peligros como mer am e­
nazan , de tantos enemigos como me p ersig u e n , de tantas ocasiones
en que puedo perecer, podría vivir en paz y no estar con im con­
tinuo tem or, sin Otro^ socorro q ue yo m ism o? Así e s , cristianos, q u e
la v erdadera causa de la desgracia del hom bre es el hom bre m ism o ,
em peñado en no depender m as que de sí mismo. L o que h ace a i
h o m b re desgraciado no’es lo que está fuera de él, ni lo q u e está
encim a, ni lo que mas declarado parece estar en co n tra su y a ; él
solo es la causa d e !Sus pen as, porque él solo quiere ser la regla d e
sus acciones. Y necesariam ente ha de ser lo contrario, p o rq u e como^
segun la E scritu ra , los pensam ientos de los hom bres son in cierto s,
confusos, tím idos con respecto á cuanto tiene relación con su b ie n :
Cogilationes mortalium limidie (Sap. i x ) , si el h o m b re , entregado á
sí mismo, no sigue otras ideas que las suyas, ¿quién duda qu e v en ­
drá á d ar en la in q u ie tu d , en la irresolución, en la tu rb ac ió n , n o
pudiendo confiar ya en n a d a , y viéndose obligado á desconfiar d e
todo, á entregarse á sus caprichos é inconsecuencias, esclavo de u n a
im aginación que le engaña, sujeto á las alteraciones de un tem p e­
ram ento que le dom ina? Lleno como está de pasiones, y de pasio­
nes co n trarias, debe esperar sucum bir en Ja lu c h a : se encerrará e a
sí mismo, abatido ó tem eroso, con el alm a em ponzoñada por el o d io ,
poseído de am or, devorado de am bición, consum ido de envid ia, a r­
reb atad o de cólera ó perseguido por el dolor, con un infierno d en ­
tro de su alm a y sufriendo á cada instante un nuevo suplicio. B ien
sé , cristianos, que hay una razón su perior á todo esto de la cu a l
puede y debe ayudarse el h o m b re; pero s i, por una p a r te , le p ro ­
porciona algún socorro, ¿cuánto no le hace sufrir p o r o tra ? ¿ B é
q ué le sirve, dice san A g u stín , esta razón no som etida á D ios n i
lim itada á débiles lu c es, sino para hacerle aun m as desgraciado^
p ara m ostrarle bienes que no ha de poder conseguir, p ara re p re ­
sentarle m ales que no puede evitar, para escitar en él deseos qu&
jam ás ha de satisfacer, p ara despertar en él arrepentim ien to s que-
han de ato rm en tarle sie m p re, para causarle disgustos p o r lo q ue tie ­
n e , para hacerle sentir la privación de lo que no tie n e , para h a c e rle
ver en el m undo, en fin, mil injusticias que le desesperan, m il in­
dignidades que le irritan ? Reflexiona sobre todo, mas sus reflexio­
nes le afligen; lo preve todo, pero sus previsiones le m a ta n ; afecta*
ser p ru d en te y discreto, pero de esta prudencia y discreción n a c e »
sus am arguras y pesadum bres. Si se dejase conducir hácia Di&s, s i
se dejase guiar por el camino de la Religión y de la f e , el aspesi©
2 T. X L
18 SERMON
solam ente de una Providencia ocupada en velar p o r él fijaría sus
p en sam ientos, pondría térm ino á su concupiscencia, endulzaría sus
pasiones, fortificaría su ra z ó n , le haria feliz volviéndole la paz del
alm a ; pero, porque quiere ser dichoso sin Dios y por sí m ism o , no
e n c u e n tra , fuera de Dios y en sí m ism o, mas que m iseria y adic­
ción de espíritu.
16. ¿Q ué h a r á , pues? Convencido de su insuficiencia, no q ue­
riendo adherirse á D ios, ¿deberá poner ¡m confianza en los hom ­
b res? ]Ah! am ados oyentes m ios, escuchad o tra m iseria todavía
m ay o r. El E spíritu Santo ha dicho: Desgraciado de aquel que fia
en hom bre y se apoya en brazo de carne : Maledictus qui crnfidit in
hom iw, etponit carnem brachiumsuum. (Jerem . x v ii). Y , en efecto,
sin salir de nuestro asunto, já qué servidum bre tan hum ilde no nos
red u ce este estadoI [Q ué bajeza im ponerse el yugo del h om bre al
«acudir el yugo de D ios, vivir segun el capricho del h o m b re, sub­
sistir p o r su crédito, no te n er otra voluntad que la su y a , no h acer
mas q ue lo que á él le place, estar obligado incesantem ente á avi­
s a rle , á c u id a rle , á a d u la rle , estar siem pre con el te m o r de desagra­
d a rle , y cavilando si estará contento ó nol ¿P u ed e darse un a escla­
vitud mas enojosa? Pero depender de D ios, cuya providencia no m e
p u ed e faltar, hé aquí lo que hace mi felicidad, y lo que hacia la de
san Pablo cuando decia*. Scio cui eredidi. (I T im .). Bien sé á quién
h e confiado mi depósito. P o r el c o n tra rio , cuando pienso q u e , á
falta de D ios, cuya guia no he querido ad m itir, confio este depó­
sito, es decir, mi destino y mi suerte á h om bres volubles, interesa­
d o s, egoístas, que no m e consideran mas que p o r ellos m ism os, y
q u e m e abandonarán en el m om ento en que com ience á serles g ra­
voso, ó en que cese de serles ú til, ¡ahí cristianos, p o r poco senti­
m iento que te n g a , forzoso es que confiese que no h ay n ad a com ­
parable con m i desgracia. Si la P rovidencia de D ios, dice san Ju an
C rísóstom o, pudiese ser suplida con la protección de los hom bres,
lo se ria , sobre to d o , por la de los principes, á quienes m iram os
com o dioses de la tie rra , ó por la de sus m inistros y favo rito s, que
nos parecen om nipotentes en el m undo. P ero estos son justam ente
aquellos en los cuales nos advierte la E scritura que no fundem os
nuestras esperanzas, á m enos que no queram os edificar sobre ci­
m ientos ruinosos : Nolite confedere inprinájpibus. {Psalm. c x l v ). Y á
fin de q ue la experiencia nos haga mas visible este p u n to de fe, r e ­
flexionemos cuánto no han costado su favor y privanza á tan to s am ­
biciosos, testigos al fin de aquella gran v e rd a d , que en los hijos de
SOBRE LA PROVIDENCIA. 1$
los hom bres no h ay esperanza de salvación: In filiis hommum, m
quibus non est salus. (Ib id .).
17. Sin em bargo, cristianos, ved el colmo de la ceguedad d el
siglo. P or persuadidos que estem os de una v e rd a d , de que ta n tas
pruebas' tenem os, y que tanto nos im porta com prender b ie n , no
p or eso dejamos de co m b atirla, prefiriendo ser desgraciados depen­
diendo de la c ria tu ra , que dichosos sujetándonos al C riador. Á p e­
sar de las rigorosas pruebas que recibim os de la indiferencia, d u ­
reza é insensibilidad de las falsas divinidades de Ja tie r r a , preferim os
Ser sus esclavos y sufrir p o r su causa, á gozar de nuestra lib ertad
con santa confianza en Dios. P reguntad á esos adoradores del fa ­
vor, á esos partidarios y esclavos del m undo, lo que pasa por ellos,
y veréis que no hay uno solo que no convenga en que su elevación
u n e á sus deberes disgustos, m ortificaciones inevitables, un perpé^
tu o cautiverio. En el curso mismo de sus prosperidades ¿n o Ies h a­
béis escuchado h ab lar asi? Y , cuando estas prosperidades cesan,
cuando la h o ra de su caída los sorprende y viene á destru ir todos
sus p la n es, ¿no los habéis visto olvidados y m enospreciados? ¡A hí'
herm anos mios, exclam a san A gustin, entonces rinden un hom enaje
solem ne á esa P rovidencia, d é la que antes no han querido d ep en ­
d er. Y entonces tam bién D ios, á su vez, con u n a especie de insulto
q ue le perm ite su justicia, y que en nada se opone á su m isericor­
d ia , se cree con derecho á dirigirles aquellás palabras del D eu tero -
n o m io : Ubi sw»f dü eorim, in quibus habebant fiduciam? Surgant et
opituhntur vobis (D eut. x x x ir ) : ¿dónde están aquellos dioses en quie*
Des teníais ta n ta confianza, y que debian sosteneros? A quellos dioses,
cuya protección os tenia tan orgullosos, ¿qué se han hecho? Sw r-
qant, etinnecessitatevosprotegant. (Ibid.). Q ue salgan a h o ra , y os so­
co rran . E ran vuestros dioses, y mas confianza teníais en ellos que
en m í. Pues b ie n , dirigios á ellos en la necesidad en que os h allais;
y ya q ue les habéis servido como divinidades, que os saquen def
abismo y os lev an ten : Surgant et opitulentur vobis.
18. iQ u é consuelo, cristianos, qué consuelo para el h om bre
q u e ha abandonado á D ios, y que ni á Dios ni á los hom bres p u e ­
de volver los ojos! ¡Q ué consuelo, digo, en ciertos estados de la
v id a, sobre todo, en que solo la fe de una Providencia puede soste­
nernos! M ientras esta fe me alu m b ra, m ientras estoy persuadido de
que h ay un Dios dispensador de los bienes y de los m ales, sin cuya
v oluntad nada puede sucederm e, encuentro en m í un apoyo co n tra
todos los accidentes. P or indócil y rebelde que yo. se a, no dejo de-
2*
20 SERMON
decirm e á m í m ism o : H ago m al en m u rm u ra r y quejarm e', Dios M
h a ordenado así, y debo som eterm e á su voluntad. Con estos pen ­
sam ientos me consuelo y fortificó, y bástam e con aprobar la v o lu n ­
ta d soberana que me co n d e n a, para que ella sea p ara m í un m an an ­
tial inagotable de consuelo. P ero cuando la idea de una Providencia
se ha horrado de m i esp íritu , si m e sobreviene alguna aflicción de
la n a tu ra le z a , de aquellas en que la razón del hom bre se ve en u n
extrem o, y que no pueden recibir ningún consuelo del m u n d o , ¿q u é
h e de h acer sino ap u ra r el cáliz, y ap u ra rle hasta las heces como
los pecadores? Verumtamen fcex ejus non est eccinanita, hibent omnes
peceatores terree. (Psalm . l x x i v ) . N ada mas com ún que estas espe­
cies de estados en el curso de la vida y de las revoluciones q ue en
ella son tan frecuentes; y Dios lo p e rm ite , cristianos, p ara conven­
cernos mas palpablem ente de la necesidad en que estam os de u n ir­
nos á su P rovidencia, y hacernos v er la diferencia que h ay en tre
aquellos que confian en ella y los que se rieg a n á seguir su cam ino.
D e aquí resu lta que un ju sto , afligido, p erseguido, y, si se q u iere,
oprim ido, vive tranquilo, y halla en sus propios m ales su consuelo;
¿p o r qué? porque m ira en el universo una Providencia á la que
se conform a con g u sto : Dominus dedit, Dominus abstulit; sim t Do­
mino placuit, ita factum est (Job, i ) : El S eñor, que me habia dada
aquellos bienes, m e ha despojado de ellos; ¡bendito sea su nom bre
etern am e n te ! m ientras el im pío, herido del golpe que le a te r ra , r e ­
p resen ta , por decirlo así, el papel de réprobo, blasfem ando del cielo,
hallándolo odioso todo sobre la tie rra , acusando á sus am igos, en­
fureciéndose contra sus enem igos, desesperándose, sin encontras­
en su desesperación u n a gota de a g u a , es decir, de unción y de
consuelo ; ¿p o r q u é ? p orque debía sacarla del seno de la P ro v id en ­
cia , y ya ese m anantial se ha secado para él. Lo cual hacia decir á
san Ju a n Crisóstom o, que el que lucha contra la P rovidencia lucha
c o n tra su felicid ad , porq u e la gran felicidad del hom bre es creer
en la P rovidencia y som eterse á sus leyes.
19. ¡ Qué digo, cristianos 1 ¿T an rebelde es el m und an o q ue no
reconoce el dom inio de la Providencia? S í, lo reconoce, y á su pe­
sar lo reconocerá siem pre; pero esto mismo aum en ta su desgracia.
D os especies de providencias ejerce Dios sobre los h o m b re s: la una
d e sev erid ad , de bondad la o t r a ; la una de ju sticia, la o tra d e m i­
se ric o rd ia; el que se ap a rta de esta P rovidencia favorable, en q u e
debió buscar su rep o so , se entrega sin rem edio al propio tiem po á
aquella rigorosa y te rrib le que le p ersig u e, p ara hacerle su frir el
SOBRE LA PROVIDENCIA. 21
inas dom inante im perio. Como si Dios le dijese: no has querido
guiarte por e s ta , pero padecerás por aqu ella; p orque yo he susti­
tuido á la una la otra p o r ley etern a é irrevocable; y en la exten­
sión que les he dado nada puede estar fuera de su dom inio. L a
Providencia de mi am or no ha podido a tra e rte ; la Providencia de
m í justicia te reprim irá en ad e la n te, haciéndote reconocer su im ­
perio con venganzas, ora secretas, ora ruidosas; y con hum illacio­
n e s, con a m a rg u ra s, con prosperidades que te em b riag u en , con ad ­
versidades que te a b a ta n , con dulzuras que em ponzoñen tu corazon,
con am arguras que te angustien , y que te irritarán y no corregi­
rá n , te red u c irá , mal q u e te p ese, á la dependencia. Y hé aq u í
eómo Dios ha hecho uso de ella con algunos grandes pecadores. H é
aquí cómo ha tratado á F a ra ó n , á N abucodonosor, á Antíoco y á
tantos otros. No quisieron reconocerle por p a d re , y tuvieron q u e
reconocerle por ju ez. No quisieron glorificar á su benéfica P ro v i-
videncia, y tuvieron que glorificar á su P rovidencia soberana y om ­
n ip o te n te : P o m m te in exem phm . (N a h u m , m ) . H aré u n ejem p lar
contigo, decia por boca del P rofeta á un lib e rtin o ; y esto es lo q u e
h a hecho y hace todavía con el pueblo ju d ío . M ilagro etern o de la
P rovidencia de un Dios irrita d o ; m ilagro que por sí solo puede con*
vencer á Jos espíritus m as incrédulos de que h ay un Señor principal y
u n Dios ante el cual toda cria tu ra debe h u m illarse , y á quien todos
los m ortales obedecemos. A h o ra , herm anos m io s, si tenem os a l­
guna consideración hácia nuestro deber 6 nuestro in te ré s, som e­
tám onos á él y á su P rovidencia. Som etam os á su om nipotencia to ­
das nuestras em presas, y sin descuidar los medios racionales q ue
nos perm ite em plear para darles c im a , sin perd o n ar cu id ad o s, de­
jam os al suyo el éxito de estos. Bendigám osle igualm ente en los
bienes y e n los m ales; en los bienes, recibiéndolos con reconoci­
m ien to ; en los m ales, soportándolos con paciencia. Pidám osle sin
cesar que su voluntad se cum pla en nosotros en la tie rra y en el
cielo; en la tie rra , donde quiere santificarnos, y en el cielo , donde
espera coronarnos de gloria. T al es mi deseo, etc.
SERHON SOBRE LA SANTIDAD

SERMON

SOBRE LA SANTIDAD Y LA FUERZA.


D I LA LEY CRISTIANA,

Símil e est regnum calorum grano sinapisI


quod accipiens homo seminavit in agro íwo :
quod mínimum qutdem est ómnibus semini-
tm s: cum autem creveril, majus est ómnibus
oleribus¡, et fit arbor. (Maíth. sin ).
El reino de los cielos es semejante á un
grano de mostaza que lomó un hombre y
sembró en su campo: este en verdad e s el
menor de todas las sim ientes; pero despues
que crece es mayor que todas las legumbres,
y se hace árbol.

1. ¿Q ué otra cosa, cristianos, es este reioo de los cielos, en el


lenguaje de la E sc ritu ra , y segun el sen tir de los P adres y de los
In té rp re te s, sino el E vangelio? Y en efe cto , por esta divina ley es
p o r la qu e Dios reina en nosotros, y ella es tam bién la que nos d is­
pone para rein ar un dia con Dios en el cielo. D oblem en te, pues,
se llam a reino de los cielos, ya porque establece en nuestro cora­
zon un im perio todo celestial, que es el im perio de D io s, y ya tam ­
bién p o rque nos da derecho á un reino celestial, que es la h eren ­
cia d e los hijos d e Dios. P ues b ie n , este reino de los cielos, esta
le y evangélica, dice el S alvador del m u n d o , es sem ejante á un
g rano de m ostaza, ¿y por q u é ? Por dos razones que el mismo H i­
jo de Dios nos h a m arcado expresam ente en las palabras de m i tex ­
t o , á sa b e r, por su pequenez y por su extensión : por su pequenez
en su origen, quod mínimum quidem est ómnibus seminibus; y por sa,
extensión en su acrecentam iento y p ro g reso , cum autem creverit>
majus est ómnibus oleribus. Esto e s , segun la aplicación q ue hace
san Jerónim o de esta parábola á la ley cristiana, que como entre
todos los g ra n o s, uno de los mas pequeños antes de sem brarlo es
la m ostaza, así de todas las religiones no ha habido n in g u n a , con­
siderándola en su nacim iento, m as oscura que la ley de Jesu cris­
t o , ni m as débil en la apariencia; m as, añade este santo D octor pa-
Y LA FUERZA. S E XA L E Y CRISTIANA. 23
r a a c a ta r la com paración, del m ism o m odo que el grano de m os^
taza desde que se le arroja á la tierra y echa rafees crece en se­
g u id a , se fortifica, arroja ram a s, produce hojas, lleva frutos , se
eleva en fin á la altu ra de un á rb o l, y sirve de abrigo á las aves del
cielo , eí fit arbor iía ut volucres cceli kabitent in m ; del mismo m odo
se "vió el Evangelio, predicado por Jesucristo en la Ju d e a , pasar d e
allí por medio de los Apóstoles á las naciones, som eter á todos los
pueblos bajo su dom inación espiritual, abolir el culto de los falsos
dioses, y hacerse la ley dom inante del uno al otro polo. Ley p e r -
p é tu a , que una dichosa sucesión de siglos ha conservado hasta nos*
o tro s, á pesar de todas las revoluciones h u m a n as, y que la m ism a
tradición debe conservar hasta el fin de los tie m p o s; ley q u e h e ­
mos recibido nosotros, mis am ados oyentes, y que profesam os ; ley
donde están encerradas nuestras mas grandes esperanzas, y que es
la sola regla que debem os proponernos en todo el plan de nueStfa
vida. E s, p u e s, im p o rtan te, para unirnos cada dia mas á está ley ,
que conozcamos sus gloriosas prerogativas, y de ésto es de ló que
os voy á hablar en este dia. Q uererlas re c o rre r todas seria üti tra ­
bajo infinito y fuera de los lím ites que m e están señalados. Limi-*
tém onos, p ues, á nuestra paráb o la, y en ella encontrarém os m o­
tivos para ensalzar el E vangelio, y que servirán al mismo tiem po
para in s tru irn o s ; pero sea despues de dirigirnos á la Virgen q ue
nos ha dado el divino L egislador cuya doctrina seguim os, y á quien
estamos sometidos por la fe; digámosla con el Á ngel : Ave M a fia *
2. Solo Dios es el que puede por sí mismo santificar las alinaa
y co n v ertirlas, porque solo Dios es el santo por sí mismo y el p rin ­
cipio de toda sa n tid a d , así como solo él es el que tiene en sus mag­
nos el corazon de los hom bres , y le da la im presión que le agrada
por las secretas operaciones de su gracia. Dos caractéres qu e h a
com unicado á s u ley evangélica, y q u e , sin Otra prueba, nos hacen
conocer suficientem ente que esta es una ley divina. Dos preem inen­
cias q ue espresa perfectam ente la parábola de este pequeño grantf
q ue un h om bre sem bró en su cam po, y en las que notam os u n a
doble cualidad, quiero d ecir, una cualidad sana y una cualidad
fu erte al mismo tiem po. La una que nos figura la santidad incor-*
ruptible de la ley cristiana en las reglas de conducta qüe nos p ro ­
p o n e, y en la perfección á que nos lla m a ; y la otra que nos r e ­
presenta la fuerza victoriosa y om nipotente de esta m ism a ley en
la conversión del m undo en tero , y en los progresos inconcebibles
q ue h a hecho en éi, á pesar de todos los obstáculos que debían ha?
34 SERMON SOBRE LA SANTIDAD
fcer detenido su curso. Dos prerogativas, en fin , m uy singulares del
E vangelio de Jesucristo com prendidas en dos palabras del real
P ro fe ta cuando nos dice que la ley del Señor es p u ra y sin ta c h a :
L ex Domini immaculata (Psalm . x v m ) ; y que p o r u n a v irtu d que
ie es peculiar, y que ejerce sobre las a lm a s, ella las atra e á Dios y
las c o n v ie rte : Converlens animas. Santidad de la ley cristiana, fuer-
a a de la ley cristiana ; ved aquí la m ateria y la división de mi dis­
cu rso . S antidad que hace de la ley cristiana un a ley perfecta é ir­
rep ren sib le; esto es lo que os voy á dem ostrar en la prim era p arte.
F u e rz a que sobrepuja á toda la n a tu ra le z a , y que h a hecho que la
le y cristiana desde su principio haga las mas prodigiosas conquis­
ta s ; este será el objeto de la segunda p arte. E n la prim era ju zg a-
rém os de la ley evangélica por lo que es en sí misma , y en la se­
g u n d a por lo que puede y po r lo que ha hecho. D e la una y de la
o tra deduciré yo que esta es una ley celestial, que viene de Dios, y
q u e solo Dios es su a u to r : L ex Domini immaculata convertens animas.
V osotros mismos lo deduciréis conm igo, mis am ados oyen tes, sim e
escucháis con un espíritu recto y desapasionado, y si me prestáis
to d a la atención que os pido.

Prim era parte.

3. S í, cristianos, la Jey de Jesucristo es un a ley sa n ta , y para


convenceros de ello consideradla en todas sus partes : ex am in ad ­
la en su a u to r , en sus m áxim as, en sus consejos, en los q ue la
p ro fe san , en sus m isterios; y en todo esto no la tengáis por v erd a­
d e r a , sino en cuanto os parezca santa. P orq u e la santidad no pu e­
d e ten er otro fundam ento que la v erd ad , y la verdad es siem pre
e l principio de la santidad. ¡Testim onio ilu stre , cristianos, en fa­
v o r d e n uestra Religión! Cum ad aliguid pervenitur quod est contra
tonos iñores (san Agustin es el que h a b la ) , non est magnurn veram
sectamafalsadiscernere. ( A ugust,). Cuándo en u na secta se descubren
desó rd en es en m ateria de costum bres, no es difícil dem o strar que
p a rte de un principio falso; pero se presum e que viene de Dios
cu an d o solo se encuentra en ella inocencia y pureza de vida. Sir­
v ám onos de esta regla p ara reconocer hoy la verdad de la ley cris­
t i a n a , y juzguém osla por la santidad de su A utor.
4* El autor de esta divina ley es Jesucristo, el Mesías enviado
p o r D ios, que sin h ab lar de la unción de su divinidad fue tenido
p o r film as justo y el m as santo de los h om bres, cuya vida fue tan
Y LA EÜEHZA. DE LA LEY CRISTIANA. 25
jra que quiso él mismo som eterla á la crítica de sus m as crueles
lemigos : Quis ex vobis arguetm e depeccato? (Joan, t i i i ) ; co n tra
lien toda la Sinagoga se conjuró , y sin em bargo no pudo p r e -
ntar dos testim onios conformes : E tn o n erant convenientia testi-
onia (M arc. x iv ) ; quien recibió una declaración auténtica de su
ocencia, de la Loca misma del juez que p ro n u n c ió la sentencia
3 su m uerte : NuUam invento in eo caumm (Joan, x v m ) ; en fin,
¡uel cuyas virtudes sobrehum anas fueron publicadas por los q u e
taban mas interesados en oscurecer su gloria : Y ere Füius Dei erat
fe. (M atth. x x v i). Ved aquí el que nos ha dado la ley que profe-
mos. Las otras religiones que dividen hoy el m undo h an tenido
tr autores hom bres impíos transform ados en profetas; unos d io -
s, corno el paganism o, mas corrom pidos que los mismos h o m b res
xe los adoraban ; un M ahom a m anchado con toda clase de im p u ­
r a s , como la secta que lleva su n o m b re ; y para no olvidar los
srejes, que con sus herejías han alterado la pureza de la le y , los
jóstatas de profesion, un L u te ro , infam e por sus incestos, que
icia gala y se alababa de lo mismo que sus mas celosos p artid a-
os tenían vergüenza de no poder negar por él. V ed aqu í el que
alvino llam aba el apóstol de la A lem ania. ¿Q ué no podría yo d e-
r del m ism o Calvino?
'5 . ¡No quiera Dios que yo me ocupe de sus personas n i de su
em orial Si fu e ra n dos personas privadas que hubiesen sido a r -
Lstradas p o r el to rren te de la h ere jía, yo sé las reglas de discre-
on y de decoro que les debia g u ard ar. Mas como se ha p re te n d i-
) que estos eran dos hom bres que Dios habia llenado de su esp í-
fcu p ara em plearlos en la reform a de la Ig le sia , es por consiguiente
sto que les conozcam os: los Padres lo han hecho así cuando se
i tratado de los heresiarcas. ¿ Y es creíble que Dios haya escogi-
J p ara reform ar su Iglesia dos hom bres de este carácter ?
6. Mas ocupém onos de o tra cosa, y para sacar de un asunto
in grande toda la edificación y todo el fruto que Dios quiere que
iq u em o s, veam os cuáles son las m áxim as de la ley que hem os re-
bido de Jesucristo. Es cierto que los enem igos de este divino Sal­
ador hicieron todos los esfuerzos para desacreditarle como á un
om bre q ue pervertia el p u e b lo , y cuya doctrina corrom pía las
Dstumbres; pero tam bién es cierto que esta fue la mas grosera y
t mas vana de todas las calum nias. Yo h e predicado p úblicam en -
;, dijo él á Caifas, que le interro g ab a sobre este p u n to , y jam ás h e
ogmatizado en secreto : preguntad á aquellos que m e h an o id o ,
26 SERMON SOBRE LA SANTIDAD
p o rq u e ellos saben lo que he dicho. Nosotros lo sabem os, c ristia ­
n o s , p o rque él nos h a hecho los depositarios de estas verdades sa­
g rad a s, y tenem os en tre las m anos el m onum ento precioso de su
ley. T res capítulos de san M ateo form an su resum en y su com pen­
dio : no hay m as qu e com pararlos con todo lo que la m oral paga­
n a h a producido en todos tiem pos para ver la diferencia sensible
que hay en tre el espíritu de Dios y el del hom bre. La ley cristiana
es ad m irab le , decia en otro tiem po, Lactancio ; ella es la q ue h a
ilu strad o todas las leyes de la naturaleza , la que ha dado la ú ltim a
perfección á todas las leyes divinas, la que ha autorizado á todas
las leyes h u m a n as, y la que ha destruido todas las leyes del •vicio
y del p e c a d o : cuatro capítulos que son para ella otros tan to s elo­
gio s, y q u e m erecían otros tantos discursos. E lla es la que h a ilus­
trad o todas las leyes de la n atu ra lez a, interp retán d o las en toda su
p u re z a , y purificándolas de todos los errores con que la ignorancia
6 el libertinaje de los hom bres las habia oscurecido. Se ha dicho á
vuestros padres (así es como Jesucristo h ablaba á los ju d ío s ), se
h a dicho á vuestros p a d r e s : No seréis hom icidas; mas yo os an u n ­
cio q ue cualquiera que diga á su herm ano u n a palabra de cólera ó
de desprecio será condenado en el juicio de Dios. V uestros padres
creyeron que eí odio de un enemigo y la venganza eran p erm iti­
d as, y yo o slo prohíbo. Se les dijo que el perjurio e ra un crim en,
y yo quiero que toda clase de juram entos os esté prohibida. ¿E ran
estos preceptos nuevos que establecía el Hijo de Dios? N o , dice san
A gustín , porque en todo tiem po ju r a r sin necesidad habia sido fal­
ta r al respeto que se debe á Dios ; hacerse justicia por su propia
m ano habia sido siem pre contra la razón , y jam ás habia sido p er­
m itido desear una satisfacción que no era lícito to m a r., Pero estas
leyes que Dios había grabado en el corazon del h om bre con carac-
téres de fuego, como dice el real P ro feta , se fueron borran d o in­
sensiblem ente, y la ley cristiana vino á renovarlas. Ella es la que
h a dado la últim a perfección á todas las leyes divinas, cam biando
la circuncisión de la carne en la del esp íritu ; haciendo que los efec­
tos de la [penitencia reem plazasen á sus ce rem o n ia s; santificando
el sacerdocio por medio de la continencia para hacerle mas digno
de los a lta re s ; erigiendo el m atrim onio en sacram ento para q u e
no pudiese ser violado sino por una especie de sa crile g io ; reducién*
dolé á aquella severidad de disciplina, es d e c ir, á aquella unidad
y á aquella indisolubilidad á la que estuvo reducido en su p rim e ra
in stitu ció n, y despojándolo de todo aquello que Dios en la an tig u a
Y L A FUERZA DB L A L E Y CRISTIANA. 27
ley habia concedido á la dureza de corazon de los judíos. L a m ism a
ley de Jesucristo es la que autorizó todas las leyes h u m a n a s, puea
adem ás de la obligación civil y política de observarlas, les añadió
o tra de conciencia que es inviolable , y que perm anece siem pre >
pues q ue hace resp etar á los superiores legítim os, no solo en cu a­
lidad de hom bres, sino como lu gartenientes y m inistros de D io s ;
pues q ue ella sostiene su a u to rid a d , no solo cuando son cristianos
y fieles, sino aun cuando fuesen paganos é id ó latras; no so lo , dice
san P e d ro , cuando ellos son virtuosos y perfectos, sino aun cu a n ­
do estuviesen Henos de vicios; no solo cuando son dulces y ag ra­
dab les, sino aun cuando fuesen soberbios y m o le sto s, pues q u e,
exceptuando aquello que es positivam ente contra Dios , ella q u ie­
re que sean obedecidos como Dios m ism o, no separándose jam ás
de estos dos p rin cip io s: Regem honorificate, Deum tímete. ( I l P e t r , 1 1 }.
T em ed á Dios y h o n rad á las p o te sta d es; y advirtiéndonos sin ce­
sar qu e el un principio está fundado sobre el otro. E n fin , ella es
la qu e h a destruido todas las leyes del p ec ad o , que siendo infinito
el núm ero de ellas, su m ayor gloría es que no existe una q u e no
rep ru eb e y condene; fulm inando su anatem a contra la injusticia,
sea cualquiera la persona que la com eta ; no respetando en esto n i
clase ni condicion ; no teniendo consideración á costum bre ni á po­
sesión ; sin acom odarse á la debilidad ni al in te ré s, y sin ceder n i
aun á la mas aprem iante de todas las necesidades, que es la de la
m uerte : N e moriendi quidem necessitati disciplina nostra com ivet.
(T e rtu l.).
7. ¿P ueden las religiones paganas gloriarse de las m ism as ven-:
tajas? Vosotros lo sabéis, cristianos; vosotros no podéis ig n o rar
qu e el carácter por el cual se distinguieron ellas fue el de to le rar
y p erm itir todos los c rím e n e s; y no solam ente perm itirlos y to le­
rarlo s, sino aprobarlos y canonizarlos, y por decirlo así divinizar­
los ; no habiendo reconocido , dice m uy bien san A g u stín , á los dio­
ses viciosos y lascivos sino bajo este asp e c to , á fin de que cuando
sus adoradores se sintiesen excitados al m al considerasen m as bien
lo que su Júp iter habia hecho que lo que Catón habia enseñado :
U t magis intmrentur quid fedsset Júpiter, quam quid semuisset Cato.
(A u g u st,). Circunstancias todas de que los mismos paganos se h o rro ­
rizaban , no pudiendo su frir, dice A rnobio, por determ inados q u e
estuviesen á obrar el m a l, que esto se hiciese por m otivo de reli­
gión ; y la m ayor p a rte al m enos de aquellos que pasaban p o r sá-
28 SERMON SOBRE LA SANTIDAD
bios h u b ieran querido m ejor vivir sin religión que reconocer por
v erd ad era una que no les obligaba á ser m ejores.
8. Esto mismo sucede en las h e re jía s; porque D ios, díce san
E pifanio, ha perm itido siem pre que los errores en la fe hayan sido
seguidos de la corrupción y depravación de las m áximas que m iran
á las costum bres, á fin de que esto mismo sirva p ara distinguirlos.
L a herejía del pasado siglo parece, haber sido en esto m as circuns­
p ecta y mas p ru d e n te , porque desde un principio adoptó el nom ­
b re de re fo rm a ; mas si ella afectó este n o m b re, ta l vez no le h a g a ­
mos ninguna ofensa en decir que fue u n a de las que m as se a p a r­
ta ro n de la verdad , y tal vez podamos tam bién, sin in su ltarla y sin
im p u tarle o tra cosa que sus propias m áxim as, desengañarla y con­
vencerla por ellas m ism as. P orq u e nosotros solo vam os á p resen ­
ta rle el lenguaje de sus prim eros pastores para m ostrarle la ilusión
de la vana reform a que ella se atribuyó ; y no podrá negar q ue es­
tos falsos m inistros predicando á los pueblos les daban con frecu en ­
cia estas lecciones. P oned cu id ad o , herm anos m ios, les decían ; se
os h a hecho entender que las buenas obras son necesarias p ara sal­
v arse; pues se os ha engañado, porque ellas son inútiles para la sal­
vación. Se os h a dicho que el justo debe vigilar continuam en te so­
b re sí mismo para no perder la gracia ; esto es falso , porque u n a vez
conseguida la gracia, no se pierde jam ás por crím enes que se co­
m etan . Se os ha hecho creer que teneis una libertad para resistir
á las tentaciones ; esto es un erro r , no hay en nosotros libertad al­
guna ; este es un térm ino que nada significa. Se os ha educado en
el tem o r á los juicios de D ios; este tem or es crim inal y reprobado.
Se os1h a predicado la penitencia como necesaria, y yo os declaro,
decia C alvino, que por la gracia del B autism o todos vuestros pe­
cados com etidos y por com eter están desde entonces perdonados.
Se os h a persuadido de que era necesario trab a jar m ucho p ara ga­
znar el cíelo, nada de eso; creed y seréis justificados, esto basta.
P o r lo dem ás, desechad esas supersticiones im portunas con que es-
tais ligados. ¿Sois sacerdotes? R enunciad al ce lib a to , nosotros os
autorizam os para ello. ¿Sois religiosos? A bandonad vuestra p ro fe­
sión, y os recibirém os en tre nosotros. Mas yo he prom etido á Dios
co n tin en cia: esa prom esa es loca é im p ía, respondía L u tero . ¿O s
pesa el yugo de la confesion? Sacudidlo con firm ez a, y salid de esa
esclavitud. ¿Estáis obligados at ayuno de la C uaresm a? E sta es u n a
invención de los hom bres. P ero la Iglesia lo m a n d a. D ejad hablar
T LA FUERZA B E LA L E Y CRISTIANA. 2&
á la Ig lesia, ella no tiene autoridad alguna para ligar vuestras con­
ciencias. Pero es necesario obedecerla como á nuestra m ad re. S ír
p o r cerem onia y p o r po lítica, pero no bajo pena de pecado. E stos
e r a n , en una palabra, los dogmas de creencia y de m oral q ue ellos
div u lg ab an, y yo m e creería culpable en añadirles cosa alguna.
D ecidm e, p u es, mis am ados oyentes, si la verdad y la pureza de
la ley cristiana podia acom odarse á todo esto.
9. N o , sin d u d a ; y si querem os conocer todavía m ejor esta
santa le y , veamos h asta dónde ha llevado la perfección de sus con­
sejos. ¿Q u é otra cosa significa esa pobreza evangélica que nos pro»
p o n e , y que no solo nos desnuda de toda afección á los bienes d e
la tie rra , sino que nos despoja tam bién de toda posesion? Si q u e ­
reis ser perfectos, dijo el Hijo de Dios al joven del E vangelio, id,
vended todo lo que teneis, dad su precio á los pobres, y entonces
os hallaréis en estado de se g u irm e , y de llegar á la m as alta san ti­
dad de mi ley. ¿Q u é significa esa renuncia voluntaria á todos los
placeres de los se n tid o s; qué esa mortificación y ese am o r á la
cruz q ue nos hace en cierto modo enem igos de nosotros m ism os
h asta el punto de privarnos voluntariam ente de todas las dulzuras
y de todos los consuelos de la v id a , hasta el punto de perseguirnos
sin cesar á nosotros m ism os, hasta hacernos m o rir á nosotros m is­
m o s, no con esa m u erte n atu ral que Dios no ha hecho d ep en d er
de nosotros, sino con una m u erte in te rio r y espiritual? ¿Q ué o tra
cosa es esa hum ildad herdica que nos hace h u ir del brillo y los
honores del siglo, con tan to cuidado y con tanto ard o r cuanto em ­
plea el m undo en hacérnoslos buscar ; que nos hace am ar la a b ­
yección, la oscuridad, el desprecio, los ultrajes; que llenaba de
gozo á los Apóstoles cuando en las p risiones, en las plazas p ú b li­
ca s, en presencia de los m agistrados se les cubría de ignom inia y
de oprobios? ¿Q ué o tra cosa es esa total abnegación de lo qu e te ­
nem os de mas am ado, que es n u estra propia voluntad y n u estra li­
b ertad , de tal modo que no somos ya dueños de nuestros deseos
n i de nuestras resoluciones, sino en u n a dependencia total y bajo
el yugo de la obediencia mas absoluta y estrecha? iQ u é v irtudes
ta n prodigiosas! Y una vida así santificada, ¿no es, según la ex­
presión de san A m brosio, un evidente testim onio d é la D ivinidad?
Testhnonium Divinitatis vita chri&tiani. (A m br,).
10. V ed a q u í, mis am ados oyentes, lo que se llam a la m o ral
cristian a, en la que los infieles, según refiere san A gu stin , n o h a ­
llaban o tra cosa que rep ren d e r, sino que era dem asiado san ta y de*
30 SERMON SOBRE LA SA NTIDAD
m asiado p e rfe c ta : Videmur iis ckristianis res humanas pauló plus quam
oportet deserere. (A ugust.). R eprensión m il veces m as veo tajosa y mas
gloriosa para ella que todos los elogios que le hubiesen podido tr i­
b u ta r ; mas esta ley tan recta en sus máximas y preceptos, tan p u ­
ra y elevada eo sus consejos, tan santa en su au to r, ¿lo es ta n to ,
proporcionalm ente, en los que la profesan? jA h ! cristianos, ap re n ­
d ed aq u í lo que debeis ser, ó mas b ie n , confundios por lo que no
sois. S er cristianos es lo mismo que ser santos. No hay m as q ue le er
en san Lucas cuál era la vida de los prim eros fieles, cuando no for­
m aban todavía m as que una especie de com unidad en Jerusalen,
No hay mas que y er en T ertuliano cuáles eran sus asam bleas cuan­
do principiaron á m ultiplicarse, No hay mas que considerar sus
costum bres y sus prácticas en la excelente obra que com puso san
A gustín. ¿D iréis vosotros que aquellos cuyos caractéres traza eran
solo hom bres m ortales, y no puros espíritus ó A ngeles? No hay mas
q ue aten d e r á lo que E usebio testifica, á saber, que los m ism os id ó ­
latras se veian obligados á reconocer que solo e n tre los cristianos
h ab ia verdadera santidad. T estim onio, añade el m ism o, q ue lo die­
ro n principalm ente despues de haber probado su caridad en u n a
peste q ue asoló toda la arm ada rom ana bajo el em perador V aleria­
n o , donde ellos vieron á los fieles em plearse en a s istirá sus propios
enem igos con tanto celo com o si hubiesen sido sus herm anos segun
la caridad ó segun la fe. ¿Q u é espíritu les anim aba entonces? ¿ E ra
u n espíritu propio y peculiar de cada uno de ellos? N o, sino que era
el espíritu universal de la ley cristian a: ellos eran tales por espíritu
de R eligión; este fue el que convirtió á aquel bravo y generoso sol­
dado q ue fue despues el ornam ento del desierto, el ilu stre Pacom io,
y este era el q u e atraia todos los dias al E vangelio u n n ú m e ro cási
infinito de personas dignas, cuando ellas fijaban la atención en los
m aravillosos frutos de santidad que producía el Cristianism o. Y es
ta n cierto , como decia T ertuliano tra ta n d o de la m ism a m ateria
q u e yo tra to , que se puede juzgar de una creencia por la conducta
de los que la p ro fe san : De genere conversattonis quatitas fídei cestimari
potest ( T e r tu l.) , que uno de los grandes argum entos en favor de
una doctrina es la vida irreprensible de los que la sig u e n : Doetrinm
ju dex disciplina ( I d . ) ; esto es, cuando la vida y la creencia son
conform es, y la u n a es la regla de la otra. P o rq u e seria discurrir
m a l, advierte san A g u stín , concluir en favor del paganism o p or la
razón de que algunos sábios paganos observaban ciertas virtudes
m o rales, pues que al practicarlas no se conform aban d e m odo a l-
Y LA FÜEBZA B E LA L EY CRISTIANA. ¿51
guno con su relig ió n ; y no seria m enor injusticia declararse contra^
la religión de Jesucristo bajo el pretexto de que hay cristianos cuya
■vida es desarreglada, pues que ni esto es conform e á los principios
de la fe que p ro fe san , ni ellos obran como cristianos. N osotros no
negam os, dice Salvien, que haya entre nosotros algunos m uy lib er­
tinos y m uy corrom pidos ; pero afirmamos que la ley cristiana no
es responsable de su libertinaje ni de su co rru p ció n , porque ella es
la prim era en acusarlos como p rev a ricad o res, la prim era y la m as
celosa en condenarlos y en desecharlos.
11. M as, por el contrario , cuando yo veo en el cuerpo de la
Iglesia tan tas virtudes y ta n ta santidad ; cuando m e rem onto a
aquellos dichosos tiem pos en que la ley del Evangelio estaba to d a­
vía en todo su vigor, y veo las alm as que habia form ado, los senti­
m ientos que les inspiraba, el fervor con que les anim aba, y el grado
d e perfección á que les elevaba ; cuando de siglo en siglo después
de Jesucristo desciendo hasta nosotros, y veo esa m ultitu d in n u ­
m erable de perfectos cristianos, es decir, de hom bres irreprensibles
q u e santificaron los desiertos, los claustros, las cortes de los p rín ­
cipes y todos los Estados del m u n d o ; cuando, á pesar de lo p erver­
tido q ue está el siglo en que vivim os, veo yo los mismos ejem plos
en todos aquellos que quieren perm anecer fieles á la m ism a ley
(porque los hay ; y p o r pocos que se an , es bastante para h acernos
conocer el espíritu de la ley que los g obierna); cuando yo yeo en
las prelaturas d é la Iglesia pastores verdaderam ente apostólicos, en
el sacerdocio m inistros dignos del Dios vivo, en el celibato vírgenes
consagradas á la pu reza, en el m atrim onio padres piadosos q u a
inspiran la piedad á sus fam ilias, en todas las profesiones personas
arregladas, celosas, caritativas, pacientes, desinteresadas, enem igas
del desorden y de la injusticia, dispuestas á em prenderlo todo p o r
el h o n o r de D ios, á hacerlo todo por el servicio del prójim o, y s u ­
frirlo todo y perdonarlo todo por el bien de la paz, que observan
en todos los negocios una conducta sábia, recta y eq u ita tiv a , p o r­
que en todos ellos se conducen por las reglas de la fe ; cuando veo
tantas O rdenes florecientes, y su disciplina tanto mas exacta y mas
severa, su observancia tan to m as rigorosa y m as sa n ta , cuanto m as
se aproxim an á la santidad del Evangelio ; cuando, re p ito , tengo
todo esto delante de los ojos, ¿no ten d ré derecho para h acer el
mismo razonam iento que T ertuliano, y sacar la m ism a consecuen­
cia : De genere comersationis qualitas fidei (estimari p o test: doctrines
32 SERMON SOBRE LA SANTIDAD
ju dex disciplina ? ¿Por qué una ley toda santificante no debe ser ella
m ism a toda santa?
12. Es necesario confesar al m enos, cristianos, que esta ley de
u n a perfección tan sublim e en su m oral es al mismo tiem po de u na
credibilidad m uy difícil en sus m isterios. U na T rin id ad , u n H o m ­
b re-D ios , cien otros artículos de nuestra fe, aquí es donde el espí­
ritu se pierde, y esto es lo que reclam a la mas ciega sum isión. P e ra
escuchad la bella reflexión de Guillelmo de París que conviene ad­
m irablem ente á mí objeto. Si nuestra razón es recta, dice este santo
O bispo, y si ella busca verdaderam ente el bien , no dejará de en­
co n trar en todos estos m isterios u n a ventaja inestim able. Y es que
cu an to mas elevados son estos m isterios, tanto m as á propósito son
p a ra elevarla á Dios ; que ellos producen el m aravilloso efecto de
cau tiv ar nuestro espíritu bajo la obediencia de la fe, perfeccionando
p o r el mismo hecho nuestros corazones por los deberes de santidad
q u e nos im ponen; que si ellos son oscuros en sus principios, al m e­
nos en sus consecuencias están llenos de las m as p uras luces de la
g racia. E n efecto, si yo creo la E ncarnación divina, aunque no la
c o m p re n d a, ¿ no m e será ya evidente que el m as im po rtan te de
todos los negocios es la salvación, pues que por su m ism a im p o rtan ­
cia pudo h acer que el Hijo de Dios descendiese del cielo á la tie r ra ;
q u e yo no debo por consiguiente perdonar cosa alguna por conseguir
la sa lv ació n ,en vista de que un D ios,que no estaba tan interesado
en ella como yo, se perdonó tan poco á sí mismo p o r aseg u rárm ela;
q ue no es justo que mi salvación haya costado tanto á un Dios que
p o r su infinita m isericordia quiso encargarse de ella, y no m e cueste
n ad a á m í que es á quien esta grande obra interesa p erso n alm en te;
q ue el m ejor ó m as bien el único m odelo que puedo proponerm e
p a ra conseguirla es este mismo Salvador que rae h a enseñado los
m edios y me h a trazado el camino todavía m as con sus ejem plos
que con sus palabras ; que debo por consiguiente seguirle en todo,
im itarle en todo, representar en m í mismo todas sus v irtu d es; q u e
in d ep en d ientem ente de m i interés el solo reconocim iento debía
b astar p ara unirm e á D io s, que me ha am ado hasta el p u n to de
cargar con todas mis m ise ria s, y que por el solo motivo de m ani­
festarle mi am or deheria yo hacerm e fiel á sus ó rd e n e s, som eterm e
to talm en te á su v o lu n ta d , y cum plir su ley en toda su extensión y
en toda su perfección? N o tad , cristianos, cuántas lecciones nos da
u n solo m isterio ; ¿q u é sería si se exam inasen todos ju n to s? ¿N a
Y LA PUERZA DE LA LEY CRISTIANA. ' 33
tenia san Pedro m otivo suficiente para decir en so segunda epístola
que nuestros m isterios no son fábulas estudiadas é inventadas por
escritores profanos, como Jo eran los m isterios del g entilism o : Ñon
enim doctas fábulas seculi (II P etr. i) ; sino que son m isterios p rác ti­
cos que nos conducen á la satificacion de nuestras costum bres, á la
h uida del pecado y á la observancia de la justicia?
13. Concluyamos, pues, con el P rofeta, que la ley del Señor es
p u ra y sin tacha : L ex Domini immaculata. Es u n a ley s a n ta ; y ¿d e
qué especie de santidad? Sigamos este punto. D e u n a santidad só­
lid a, que ataca el vicio hasta en sus raíces, hasta en sus mas lejanos
p rincipios, y que establece la virtud sobre fundam entos sólidos é
indestructibles. De una santidad activ a, que no se conten ta con
sentim ientos ni con p a la b ra s, sino que pide obras. De un a santidad
absoluta, que no deja escapar un solo punto de la ley, p o rq u e se­
gún la misma ley solo se necesita la transgresión de un solo p u n to
p ara hacernos crim inales y dignos de una reprobación etern a. De
u n a santidad sabia, que nada exige que no sea equitativo, razo n a­
ble y practicable. De una santidad fu erte, á quien no detienen las
dificultades, á quien las contradicciones no acobardan, á quien no
adm iran los m ayores sacrificios. De un a santidad p acien te, que en
los dolores mas sensibles, en las injurias mas p u n z a n te s,e n los ac­
cidentes m as enojosos, en las desgracias y adversidades de la vida
se sostiene contra las m urm uraciones de los sentidos, contra los
ím petus de la cólera y de la venganza, contra la aflicción del cora­
zon y el abatim iento del espíritu. De u n a santidad religiosa p ara
con D ios, sum isa á D ios, celosa por la gloria de D ios, dulce y afa­
ble respecto del prójim o, previsora y b ie n h ec h o ra, siem pre vigi­
lan te sobre sí m ism a y severa consigo m ism a, desnuda de todos
los afectos de la c a rn e , mas alta que los intereses y la fo rtu n a ,
mas alta que la am bición, que la reputación y que toda considera­
ción h u m a n a , independiente de los caprichos y de los gen io s, de
los enfados y disgustos, fija é inmóvil en el deber, porque es el d e­
b er, y entregada invariablem ente al b ie n , p orque es el b ie n , y p o r­
que se debe buscar en' todo el bien. T al e s , mis am ados h erm anos,
la santidad del C ristianism o, en que¡por la gracia del Señor h e­
mos nacido y al que hem os sido elevados. Tales son sus c a racté-
r e s ; y si esta p intura os deslum bra, cre ed la , sin em bargo, p o rq u e
es verdadera, y léjos de haberle aum entado algún rasgo, me h e visto
obligado á suprim ir m uchos por no cansar vuestra atención.
14. Confesemos, p u es, cristianos,fque de U dos los m otivos q u e
3 T. XI.
34 SERMON SOBRE LA SANTIDAD
nos hacen reconocer la verdad de n u estra R eligión no hay ningu­
n o que nos convenza m as que este. San A gustín decia que m uchas
cosas le retenían en la Iglesia de Dios : Multa me in JEcclesia ju stts-
sime retinent. (A ugust.). El consentim iento de las naciones en recibir
la fe, la autoridad de los m ilagros, la antigüedad de la tradición, la
sucesión de obispos desde san Pedro,, el nom bre de católica q ue h a
llevado siem pre la Iglesia e n tre tantos cismas y herejías, todo esto
le fortificaba poderosam ente en la creencia que habia a b ra z a d o , y
no era p or cierto un espíritu frívolo que se dejdba llevar de lig eras
apariencias, y que se som etia sin haber hecho antes un detenido
exám en. Mas yo añado que la santidad de la ley de Jesucristo tiene
todavía cierta cosa mas particular que arreb ata mi corazon. P o rq u e
yo digo con el abate R uperto : Supuesto que es necesario profesar
u n a relig ión, ¿puedo aeaso elegir una mas segura que aquella que
encuentro tan bien establecida sobre el fundam ento de las virtudes,
ta n san tam ente ordenada por el ejercicio de las buenas o b ras, tan
perfectam ente lim pia de todas las im purezas del vicio? U na ley co­
m o esta es sin duda la obra de D ios, porque el dem onio no p u e­
de sugerir una cosa ta n santa. P ues au n q u e el dem onio se disfraza
m uchas veces, dice Casiano en su tercera conferencia, au n q u e el
espíritu de tinieblas im ita m uchas veces el poder y la fuerza de
Dios con aparentes m ilagros, la sabiduría de Dios con falsas re v e ­
laciones , la justicia de Dios con los males que causa en el m undo
y con los efectos de su m alicia, no puede im itar la santidad y la p u ­
reza de costum bres, ó al menos no lo puede hacer constan tem en ­
te . E ste es el rasgo inim itable para él en la ley de Jesucristo ; y
por este rasgo se ha reconocido siem pre esta divina ley.
15. Vos sois, Dios m ió, quien nos la habéis d a d o , y vuestro
H ijo único el que nos la ha enseñado, y nosotros con una obe­
diencia filial nos som etem os á este divino L egislador, á quien Vos
habéis autorizado. É l nos propone una ley tan p u ra y tan irrepren:*
sib le, que no podem os desecharla. T an perfecta e s , que seríam os
injustos en qu ejarn o s, porque no puede serlo lo bastante p ara h o n ­
r a r á u n Dios tan grande como V os, tan santo como V os, tan p er­
fecto como V o s : lo q u e nos confunde, S eñorees que reconociendo'
ta n ta santidad en esta ley, reconocem os tan poca en nosotros misa­
mos ; lo que nos ruboriza es que estando som etidos á ella segun el,
espíritu* la profesam os tan m al en. la p rá c tic a ; y que apenas nos,
atrevem os á llam arnos sus discípulos,, p orque tem em os ser desn
m entidas por nuestras acciones. Estas máximas, nos parecen te rr i-
y LA rO É fiZ A DE LA LEY CRISTfATÍA, 35
bles porque condenan todas nuestras o b r a s ; y en efecto no ig n o ra­
m os que según esta ley hem os de ser juzgados, que yá no nos es
posible re h u sa rla , y que ya no se podrá decir de nosotros lo q u e
decia san Pablo de los infieles : Quicumque m im sine legé peccáve-
runt, sine ¡egs perihunt. (Rom . n ) , No pecam os nosotros sin ley co­
mo e llo s, porque tenem os u n a ; y el mismo Salvador q u e nos
trajo del cielo en la plenitud de los tie m p o s, y que para esto vino'
á habitar en tre nosotros, y se hum illó hasta nosotros, y o ! verá a!':
fin de los siglos con todo el ap arato de su justicia y con todo el es­
plendor de su m ajestad para pedirnos cuenta de ella. V ed aqüí^
Dios mió , lo que nos hace esta ley tan to mas form idable, cu an to
mas santa es. P ero, por terrib le que ella sea p ara n o so tro s, no d e­
jam os por eso de conocer que es digna de V o s ; y esto lo conoce­
mos por la razón m ism a que nos la hace tem ible. P o rq u e estando
nosotros llenos de in iq u id ad , como lo estam os, p ara que ella sea
santa es necesario que esté en oposicion directa con nosotros.,
pues si se acom odara á nosotros, no seria mas que una ley de des­
orden y de corrupción. Si en esto ’ nos engañam os, ó Dios m io?
perm itidm e que os lo diga con uno de vuestros mas celosos serv i­
d o res, Vos seréis el que nos habréis hecho caer en el e r r o r ; V os
seréis responsable de nuestro extravío, y á Vos es á quien te n d ré -
mos derecho de acogernos, p orque cuando una religión es to d a
santa lleva precisam ente los caractéres de vuestra divinidad, Sí?
Dios m ío ; aun cuando mi creencia no fuera tan verdadera com o
es, me bastaría sin em bargo para consolarm e saber que es santá^
y yo me lisonjearía siem pre de hab er seguido la p arte de la v erd ad ?
en el hecho de hab er seguido la de la santidad. Yo descansaría
siem pre en el concepto de que v uestra providencia, á quien p e rte ­
nece conducirm e, no m e habia hecho en c o n trar nada m ejor, y e a
vista d e que todos los otros caminos conducen al lib e rtin a je , y so-
, lo este que yo he seguido me rete n d rá en el deber y m e llevará á
la práctica de todas las virtudes. No solo no tem ería q u e v u estra
justicia me castigase por hab er abrazado una profesíon tan san ta?
sino q a e esperaría q u e , si hay recom pensas que e sp erar, seriar*
para m í, porque solo la inocencia de corazon y el ejercicio de la
v irtu d 1son los qne pueden aproxim arnos á V os, y los que debeis
ser coronados en la gloria. P ues b ie n , yo encuentro todo esto en ]&
religión de m i-Salvador. G ocem os, cristianos, de estas ven tajas, y
digamos á Dios con san Pedro : Etiainsi oportuerit me morí tecum„
non tenegabo. (M atth. x x y i). N o, Señor, au n q u e sea necesario a r -
3*
36 SERMON SOBRE LA SANTIDAD
co sirar la m uerte , yo no abandonaré jam ás vuestra íey ; porque en
ella e n c u e n tro , y e n ninguna p arte m as, m i reposo, m i perfección,
m i felicidad. F u e ra de ella mi espíritu estaría siem pre vacilante,
m i vida siem pre desarreglada ; yo no te n d ría ningún fin q ue te r ­
m in a ra mis esperanzas, ni cosa alguna sólida con que acallar mis
deseos. A la santa ley de Jesucristo es á la que debo y quiero ad h e ­
rirm e in v io la b le m e n te ; yo reconozco en ella la obra de D ios, no
solo p or su sa n tid a d , lex Domini imm aculata; sino tam bién p or ]a
fu erza so brenatural y divina que ha m anifestado en su estableci­
m iento y en la conversión del m undo , convertcns ánimas. P re stad ­
m e de nueyo v u estra atención para la

Segunda parte.

16. El m as sabio de los h o m b res, S alo m o n , juzgó en otro tiem ­


po que tres cosas habia en el m undo m uy difíciles de adivinar, y
que él tenia otra ab solutam ente im penetrable al espíritu h u m an o ,
á saber, el camino de u n a nave en el m a r: T ria sunt difficilia mihi,
et quartum penitus ignoro, mam navis in m ari. (Prov. x x x ) . Vos­
otro s os a d m ira ré is, cristianos, de la interpretación que da san A m ­
brosio á este p a s a je ; pero tan to como tiene de e x tra o rd in aria, tie ­
ne de ingeniosa. E sta nave, dice, es la Iglesia, cuya im agen es la
barca de san P e d ro , y el cam ino de esta nave quo navega p or el
m ar es el cam ino que ha tenido la Iglesia para establecerse en m e­
dio de las olas y de las persecuciones. E n efe cto , añade este santo
D octor, yo no veo nada que me sorprenda m a s ; y cuando consi­
dero todas las circunstancias, todos los prin cip io s, todos los m e­
dio s, todos los obstáculos, todos los sucesos de su establecim iento,
des'cubro de u n a m anera tan sensible la fuerza y la virtud de Dios,
qu e no puedo dejar de publicarla y de ex c la m ar: E t quartum p e ­
nitus ignoro, viam navis in mari.
17. Todos los Padres han estado elocuentes en este p u n to , y
h a n em pleado sus mas bellas luces p ara darnos alguna idea de é l ;
a u n q u e al fin han reconocido que esta m ateria era su p e rio r á sus
talen to s. No dejemos sin em bargo de aprovecharnos de algunos de
su s d isc u rso s; y para e n tra r desde luego en la m ateria d e qu e se
tr a t a , mis am ados o y e n te s, cuando Jesucristo á la edad de trein ta
años despues de una vida oscura y escondida quiso al fin m anifes­
ta rse al m u n d o , y principió á predicar una ley n u e v a , ¿q u é p re­
te n d ía ? jE sto es adm irable] No se trataba menos que de form ar un
Y LA FUERZA. DE LA L EY CRISTIANA. 37
m undo to talm ente n u ev o , de abolir las supersticiones mas antig u as
q ue la m em oria de los h o m b res, en*que los pueblos cifraban to d a
su felicidad, que conservaban como la herencia de sus p ad reg , p o r
las que habían peleado con mas ard o r que por sus propias vidas, y
de que hacian el fundam ento de sus repúblicas y de sus E stados.
E ra necesario hacerles ren u n c iar á los erro res que el uso de cási
todos los siglos había auto rizado, que se encontraban apoyados en
el ejemplo de todas las naciones, que favorecían todos los in tereses
de la n atu ra lez a, y cuya posesion no podia ser tu rb ad a sin tu rb a r
cási todo el universo. Ved aquí lo que se necesitaba d e s tru ir; p ero
¿qué era lo que se tratab a de establecer? Cna ley austera é incó­
m oda, u n a fe ciega, una religión contraria á todas las inclinaciones
de la carn e. ¡Qué em presa 1 ¿Y qué se necesitaba p ara lleyarls á
efecto? E ra necesario exponerse á tener por enem igos á todos los
poderosos de la tie r ra , á la sabiduría de los políticos, á la a u to ri­
dad de los soberanos, á la crueldad de los tira n o s, al celo d e los
idólatras y á la im piedad de los ateos.
18. S i, pues, p reg u n ta sobre esto san A gustin, Jesucristo an tes
de d ar el prim er paso y de poner en ejecución su grande em p resa
lo h u b iera com unicadoá uno d élo s filósofos de aquel tie m p o , h o m ­
b re de saber y de consejo, y le h u b iera hablado de este m odo : Y o
q u ie ro , á pesar de todas las contradicciones, in tro d u cir mi d o ctri­
na en el m u n d o , yo quiero que sea recibida en é l, que florezca en
él, que reine en él y que se extienda por todo él. Y porqu e R om a
es la capital del u n iv e rso , allí es donde p articu larm en te pienso es­
tablecerla. Esta famosa y soberbia ciudad es la que elijo desde ah o ­
ra para hacerla el centro de m i religión, y de silla que es del im ­
perio , la silla principal de mi Iglesia. Todas las deidades h ab itan 'en
ella como en su casa y en su tem plo ; y yo p retendo arro jarlas de
allí y dom inar solo. ¿Q ué hub iera respondido á este razonam ien­
to , y q ué h u b iera pensado de este proyecto un sábio del m u n d o ?
Y sí el mismo Jesucristo le hub iera añadido que para lle v a rá cabo
todo esto no quería valerse de ninguno de los medios que la p r u ­
dencia h u m ana acostum bra em plear para estas grandes é im p o rta n ­
tes em p resas; que para ello no contaba con créd ito , ni con riq u e ­
zas , ni con sa b id u ría , ni con elocuencia , y que únicam ente conta­
ba para la publicación de su doctrina con doce pobres pescadores,
sin le tras, sin ciencia, sin apoyo , ¿no h u b iera este filósofo, dice
san A gustin, calificado la tal em presa de quim era y de lo c u ra ? V ed
aq u í, sin em bargo, cristianos, lo que sucedió, y esta es la n ia ra -
38 SERMON SOBRE LA SANTIDAD
villa q u e vem os. E sto es lo que ha llenado de adm iración á todos
ios grandes hom bres cuando lo han considerado aten tam en te y sin
preocupación. Esto es lo que hacia decir á Pico de la M irándola, que
e r a u na gran locura no creer en el Evangelio : M agna insania est
Evangelio non creciere. (Pie. M iran.}. E sta es tam bién la razón de
q u e se valia san A gustín para refu tar con u n a sutileza adm irable á
ciertos herejes que dudaban de la resurrección de los m u erto s. El
H ijo de D ios, les decia, ha anunciado que los m uertos deben r e ­
su c ita r ; esto os parece in c re íb le , pero al m ism o tiem po h a a n u n ­
ciado o tra cosa q ue parece ser todavía m enos cre íb le, y es, que es-
te m isterio de la resurrección será creido por todo el m u ndo. De
estas dos cosas, la que parecía ser m enos cre íb le, ha sucedido ya,
p o rq u e se cree por toda la tie rra que los hom bres han de resu citar
u n dia : ¿por q u é , p u e s , concluía él m ism o , no habéis de c re e rla
o tra q ue juzgáis ser la m enos c re íb le , esto e s , la resurrección
¿nism a?
19. Solam ente la ley de Jesucristo es la que se h a establecido
p o r unos principios mas altos que la razón h u m a n a , y donde es
necesario re c u rrir á una v irtud so brenatural. E lla sola es, dicesan
Je ró n im o , la que se ha sostenido en las persecuciones : Sola in p er-
zecutionibus stetit Ecclesia. (H ieron.). Ella sola para quien la san­
g re de los M á rtires, segun la expresión de T e rtu lia n o , fue como
a n a fecunda sem illa : Sanguis M aríyrum semen chrütianorum. (T er-
íu l.). Dios mismo nos habia representado este m ilagro de la p ropa­
gación del Cristianism o en los hebreos esclavos, en quienes la E s­
c ritu ra h a notado que cuanto mas se esforzaban los egipcios en
o p rim irlo s, á fin de extinguir su raz a, tanto mas se au m en tab an
éllos en fuerza y en n ú m e ro , sin h a c e r o tra cosa q u e su frir : Quan-
to opprimeba.nl eos, tanto magis multiplicabantur et crescebant. (E xod. i).
20. iQ ué rec u erd o , cristianos, se me re p re se n ta , y qué escena
p asa delante de mis ojosl Yo veo al universo entero conjurado con­
tr a Jesucristo y contra su ley: el infierno le suscita por todas partes
enem igos para d e s tru irla , los em peradores dan edictos, los m agis­
trad o s pronuncian sentencias, los verdugos p reparan los cadalsos y
las h o g u eras; ¿y qué h a rá para resistir á tan violentos esfuerzos
y Yencer una tem pestad tan furiosa una pequeña porcion de p er­
sonas entregadas como víctim as en m anos de sus perseguidores?
¿ A h í Señor, si ellos no pueden hacer nada por sí m ism os, Vos lo
h aréis todo por ellos, y en su favor em plearéis esa v irtu d divina
q u e nunca resplandece tanto como en nuestra enferm edad . Si vues-
Y LA FUERZA DE X A L EY CRISTIANA. 39
tra ley h u biera sido atacada m enos v io len tam en te, 6 si h u b iera
tenido defensores m as poderosos, h abría menos m otivo p ara creer
que Vos habéis sido su apoyo ; y para conocer que sois su au to r era
necesario que todos los grandes de la tie rra conspirasen co n tra e lla ;
era necesario que aquellos que la defendían, léjos de em p u ñ ar la
espada p ara d efen d erse, solo tu v ie se n , según vuestras ó rd en es, un
báculo en la m a n o ; se necesitaba, en fin , que destituida de todo
el auxilio de los ho m b res, abandonada en cierto m odo á sf m ism a
y á su propia debilidad, triunfase sin em bargo, y obligase á todos
á som eterse á su obediencia. E ra necesario, en fin , que todos los
pueblos conociesen que era vuestra ley, y que la abrazasen, ¿Y quién
p o d rá, en efecto, dejar de reconocerlo así en los prodigiosos sace-
sos que acom pañaron su fundación? Todo se encadena co n tra los
predicadores de la fe y contra sus discípulos : se leí p r e n d e , se les
carga de cadenas , se les encierra en los calabozos, se les crucifica,
se Ies extiende sobre ru ed as, se les hace perecer por el h am b re y
p o r la se d , por el h ie rro , por el fuego y por todos los dem ás to r ­
m entos , y sin em bargo la ley que ellos profesan su b siste, se e x ­
tien d e, hace diariam en te nuevas conquistas, llega hasta las ex tre­
m idades de la tierra , todo lo encadena , todo lo som ete, y se hace
recibir y respetar de todo el m undo : Quanto opprimebant eos, tan­
to magis muUiplicabantur et crescebant. ¿Q ué m as? E lla convierte en
sus defensores á sus mismos enem igos. A quellos que la perseguían
con m as ardor, y que qu erían a n o n a d arla , se hacen los m as celo­
sos en declararse por e lla , en defenderla y en obedecerla. E lla con­
vierte hasta los mismos v erdugos, hasta los tiranos y hasta las te s­
tas coronadas : Tanto magis muUiplicabantur et crescebant.
21. ¿D e qué hablam os, m is am ados oyentes? ¿Es de los suce­
sos de la Iglesia n ac ie n te, cuando estaba aun en toda su fuerza y
en el vigor de su p rim er espíritu? ¿ P ara qué es necesario rem o n tarse
tan alto ? ¿N o tenem os aun en el dia de h oy evidentes testim onios
de este m ilagro? Todos los otros cesaro n , p o rq u e la f e , dice san
G regorio, echó raíces dem asiado fuertes p ara que tuviese ya n e ­
cesidad de esos socorros e x tra o rd in a rio s; pero la P rovidencia h a
querido conservar el m ilagro de la propagación de la Iglesia, p o r­
q ue este debia ser el carácter distintivo de la verdadera religión.
Nosotros lo vem os, y como san Jerónim o se congratulaba en otro
tiem po con una señora rom ana de que el Serapis de E gipto se h a ­
bia hecho cristiano, de que los frios de la Escitia habían sido des­
hechos por los ardores de la fe, de que los hum nos habían a p re n -
40 SERMON SOBRE LA SANTIDAD
dido á can tarlas alabanzas de D io s: Bum m psalterium cantare norunt
(H ie ro n .); así es que por poco anim ados que estem os del espíritu
de nuestra Religión, y por poco que nos interesem os p o r e lla , no
podrém os menos de bendecir al cielo al ver que la Iglesia h a hecho
en estos tíltim os tiempos m ayores progresos tal vez que habia h e ­
cho desde su fundación ; a l ver que se ha hecho señora de todo el
Nuevo M u n d o ; al ver que los bárbaros del N o rte, abandonando
sus brutales supersticiones, han recibido su santa ilustración ; al
v e r q ue los pueblos mas civilizados de O riente y los mas afectos á
sus leyes acuden diariam ente en tropel p ara som eterse á las de la
Ig le s ia ; al ver que los idólatras desde las mas apartadas regiones
vienen á Rom a á reconocer su dominio u n iv e rs a l; al v er q ue los
m a s grandes im perios del un iv erso , contra sus máximas fu n d am en ­
ta le s, le han abierto al fin sus p u erta s, y que continuam en te se ven
nacer en ellos iglesias florecientes en virtudes y en m éritos.
22. ¥ ¿cóm o se hace todo esto? Este es e lp ro d ig io , cristianos,
que os h e presentado cien veces, que vosotros habéis adm irado cien
v eces, y que la sabiduría hu m an a debe reconocer necesariam ente.
P o r los medios mas débiles en apariencia, por medios q u e , no so­
lo parece no guardar proporcion alguna con los sucesos que adm i­
ram o s, sino que son al parécer totalm ente o p u e s to s; por los m is­
m os medios que Jesucristo em pleó y que nos dejó como en h e re n ­
cia : esto es, por las cruces, los sufrim ientos, las afren ta s, las p ri­
sio n es, la m u e rte , y por lodo aquello que han sufrido y sufren
actualm ente tantos hom bres apostólicos. Con tales arm as h an triu n ­
fado de toda la fuerza del infierno, han desterrado la id o la tría , han
d estruido los tem plos de los dioses falsos, han dom ado el orgullo
de las naciones y han convertido m illones de infieles : ó mas b ien ,
¿es á ellos á quienes deben atribuirse sem ejantes cam bios? ¿No será
m as bien á la ley m ism a que anunciaban? ¿Y de quién sino de Dios
p u d iero n haber recibido tal virtud?
2 3 . P or esto es por lo que un profeta ilustrado é ilum inado por
D io s, dirigiéndoseá la Iglesia bajo el nom bre de Jerusalen , la feli­
citaba con estas magníficas palabras : Surge, iIluminare, Jerusalem,
guia gloria Domini super te orta est (Isai. l x ) : L evantaos y dejaos
v er de toda la tie r ra , dichosa Je ru sa le n , porque el Señor os ha co­
ronado de su gloria y revestido de su fuerza om nipotente. Leva in
■cireuitu oculos tuos, etvide. (Ibid.). E chad una m irada en d erred o r
v u estro , y ved á todos los pueblos reunidos ju n to á vos y h u m illa-
-dos delante de vos,. Ellos han venido de todas las partes del m u it-
Y LA. FCEBZA DE LA L B Í CRISTIA N A . 41
do para som eterse á vuestro im perio. M iradlos del O riente y del
O cc id en te, vedlos tam bién del S eptentrión y del M ediodía. No hay
región alg u n a, no hay com arca, por lejana que sea, que no reco ­
nozca vuestro suprem o d om inio: Omnes isti congregati sunt, vene-
runttibL (Ibid.). ¡ A h ! gloriosa m a d re , estos no son solam ente h o m ­
bres q ué vienen á rendiros hom enaje, son adem ás vuestros hijos-,
son los frutos de vuestra m aravillosa fecundidad ; recibidlos en
vuestro seno : Filii tui de longe venient, et filice tuce de laiere surgent.
(Ebid.), ¡Q ué m u ltitud! ¡qué afluenciat ¡qué de triunfos y qué de
conquistas! ¡Q ué consuelo tan grande para vuestro corazonI G o­
zaos en vuestra dicha, y glorificad al soberano S eñor, cuya gracia
victoriosa se ha hecho sentir mas allá de los m a re s, y ha obrado
en favor vuestro tan tas m a ra v illa s: Tune videbis et afjlucs, e tm ira -
bitur et dilatabitur cor tuum , quandu conversa fuerit ad te multitudo
maris, fortitudo gentium venerit tibi, (Ibid.).
24. L o re p ito , mis am ados oy en tes, sola la religión de Jesu ­
cristo es la que lleva consigo este carácter de verdad. P orq u e ¿quién
ignora cómo se han extendido por el m undo las herejías? ¿Q uién
ignora que esto ha sido cási siem pre por la violencia, po r el h ierro
y por el fuego ; sacudiendo el yugo de una obediencia le g ítim a, y
llevando por todas partes la desolación? ¿Q uién no sabe q ue las
religiones paganas solo se establecieron por la licencia de costum ­
bres q ue fom entaban, concediéndolo todo á l a naturaleza co rro m ­
p id a , y consagrando hasta los mas vergonzosos desórdenes? ¿ Q u e ­
reis la prueba? Pues oidla. L a prueba de esto es que las sectas fi­
losóficas que se levantaron contra los vicios, y que se pro p u siero n
corregirlos, tuvieron un éxito desgraciado en su em presa. Ellas h i­
cieron un poco de ru id o , y nada m as. ¿Y por q u é? P o rq u e estos
sabios del siglo, por un lado no se acom odaban á las inclinaciones
viciosas y naturales de los ho m b res, y por o tro nada podían ofre­
cer que fuera superior á la m ism a n a tu ra le z a ; por esto decia el
cardenal Pedro D am ian que toda su capacidad se desvaneció en
presencia de Jesucristo, cuya sabiduría fue como la vara de A aro n ,
que devoró á todas las de los magos de E gipto. Los grandes genios,
añade san A gustín, que fueron los m aestros de la filosofía, luego
que se íes h a com parado con Jesucristo han desaparecido. A ristó­
teles enseñó la m o ral, Pitágoras tam bién la enseñó, Zenon hizo lo
m ism o ; mas pongám osles en paralelo con el H o m b re-D io s, com ­
parem os sus m áxim as con las del E vangelio, y esta com paración
los h ará desaparecer. M ientras los consideréis solos, os p arecerá al-
42 SERMON SOBRE LA SANTIDAD
go lo q ue ellos dicen ; mas luego que les opongáis la do ctrin a del
E vangelio no encontraréis en su m oral mas que vanidad. Así es
q u e sao Jerónim o decia : ¿Q uién es el que lee h oy los libros de es­
tos filósofos? A penas vem os ocuparse en eso á los m as ociosos; en
vez de que la doctrina de Jesucristo se predica por todo el m undo,
y que todo el m undo habla de aquella fe que publicaron unos po­
bres p e sc a d o re s: Rusticanos vero pise atores miseros, totus orbis loqtii-
tu r, universas mundus sonat. ( H i e r o n . ) .
25. jQ u é conclusión , cristianos! porque ya es tiem po de con­
cluir:; y m i asunto me llevaría dem asiado léjos, si quisiera presen­
ta rlo en toda sil extensión. Mas para concluir no debo om itir algu­
nas consecuencias, que os ruego no olvidéis, y que servirán de in s­
trucción tan to para vosotros como para m í. Estas las red u ciré á
c u a tro , y las com prenderé en cuatro p alab ras, á saber : reconoci­
m ie n to , adm iració n , reflexión y resolución. E stadm e aten to s,
26 . R econocim iento, ¿y para con quién? ¿Podem os ignorarlo,
S eñor? ¿N o seria la in g ratitu d mas m onstruosa no reconocer el
m ayor de vuestros beneficios? Sed, p u e s, etern am e n te b en d ito , ó
Dios m ió ; Vos sois y solo Vos el que habéis fundado esta Iglesia
donde nosotros debem os encontrar n uestra salvación, Vos el que
la habéis enriquecido con vuestros dones, Vos el que la habéis an i­
m ado con vuestro e sp íritu , Vos el que la habéis revelado vuestras
verdades y le habéis dado vuestra ley ; y todo esto solo p ara a p a r­
ta rn o s de las som bras de la m uerte en que está sepultado el m u n ­
d o , y p ara conducirnos á la bien av en tu ran za, á la q u e , por una
bondad inestim able, os habéis dignado llam arnos. E sta es u n a g ra ­
cia g e n e r a l; mas lo que m iram os como u n a gracia m ucho mas p a r ­
ticu lar y mas preciosa sois Vos m ism o, Dios m ío , que en el C ris­
tia n ism o , donde hem os tenido la dicha de nacer, nos habéis elegi­
d o , nos habéis ilustrado especialm ente, nos habéis enseñado vues­
tro s cam inos, nos habéis provisto de los mas abundantes auxilios
p ara cam inar por ellos. Sin esta elección de vuestra p a r te , sin esta
predilección gratu ita, ¿qué seríam os ho y ? ¿E n qué tinieblas no es­
taríam os sepultados? N inguno otro que V os, Señor, ha podido h a ­
cer de nosotros este discernim iento tan dichoso que nos distingue
de tan tas naciones infieles ; y reconociéndonos indignos de ta l be­
neficio vivimos tan to m as reconocidos á v uestra infinita m iseri­
cordia.
27. A dm iración, ¿ y de q u é? ¿No lo veis v o so tro s, am ados
oyentes?- ¿N o es, en efecto, m uy adm irable qu e la fe , desde el na-
Y LA FUERZA DE LA LEY CRISTIANA.
cim iento del Cristianism o, haya convertido al m undo e n te ro , y que
teniendo al presente la misma virtud no pueda convertirnos? esto
es, que haya hecho pasar al m undo entero de la id o latría al culto
del verdadero D ios, y que del seno mismo de la Iglesia no con­
vierta á Dios tantos pecadores; que nos les haga volver del estado
del pecado al servicio de D io s; que no los haga penitentes á los
ojos de D ios, y mas fieles y mas celosos en la observancia de su
santa ley. V ed aquí sobre lo que quiere Dios que seamos p red ica­
dores de nosotros mismos. ¿No esad m irab le que una ley tan eficaz
p ara tantos otros lo sea tan poco para m í? P o rq u e , ¿qu4 cam bio,
q u é con v ersió n , qué reform a de vida ha hecho ella en mi conduc­
ta ? Si yo h u b iera tenido la desgracia de hab er nacido en las tin ie­
blas del paganism o , ¿seria mas m u n d an o , mas voluptuoso q u e lo
soy ah o ra ? ¿M e dejaría entonces a rra stra r á excesos m as v ergon­
zosos, y'viviria en m ayor desarreglo de costum bres? ¿No es adm i­
rab le q ue una ley que ha hum illado á los m onarcas y á los p o te n ­
tados de la tie r r a , que les ha inspirado el desprecio de todas las
pom pas m u n d a n as, no haya m oderado todavía esta am bición des­
m esurada que me consum e, ni desterrado de mi corazon estas v a ­
nas ideas de g lo ria , de fo rtu n a , de engrandecim iento que me ocu­
p an sin cesar, y á las que yo sacrifico tan frecuentem ente mi con­
ciencia y mí salud? ¿No es adm irable que u n a ley que h a hecho
abrazar la pobreza evangélica á tantos rico s, y que por u n a re n u n ­
cia perfecta d e los bienes tem porales les ha despojado de todo lo
q u e p o seían, no haya extinguido todavía este ard ien te deseo de
am ontonar y acum ular riquezas? ¿C esaría yo acaso de hacerm e r e ­
co nvenciones, si quisiera reco rrer todos los m otivos que tengo p ara
ello? ¿No es adm irable que una ley que ha dado á tantos cristianos
valor y firmeza bastante para confesarla en presencia de los m a­
gistrados y para com parecer a n te sus trib u n a les, no m e h ay a e m an ­
cipado aun de la esclavitud en que me tiene una vergüenza baja y
crim inal siem pre que m e es necesario confesar publicam ente á
D io s, y elevarm e sobre los discursos del m undo? Ellos se ponían
en peligro de perder la vida cuando se m anifestaban como cristia­
n o s, y sin em bargo este peligro no los acobardaba ; y yo, qu e solo
m e expongo á ten er que sufrir algunas palabras, no m e atrev o á
ello. ¿N o es adm irable que u n a ley que ha sostenido tantos m á rti­
res en las penalidades del d e s tie rro , en los rigores del cautiverio,
en el h o rro r de los suplicios mas cru d o s, no m e haya p rep arad o
aun para sufrir con paciencia ciertas adversid ad es, no me haya e n -
44 SERMON SOBRE LA SANTIDAD
señado á practicar ciertos ejercicios de penitencia, no m e h ay a en­
señado á observar los deberes de mi religión con m ayor constancia
y fidelidad? Ved a q u í, p u es, lo que debe causar nuestra ad m ira­
ción. ¿Y esta adm iración carece de fundam ento? ¡Ali! cristianos,
¿q u é podrém os decirnos á nosotros mismos sobre este particu lar
para justificar no s, y qué podrém os responder áD io s? Mas esto no
es bastante.
28. Reflexión : ¿de qué nos sirve profesar una ley cuya v irtu d
es o m n ip o ten te , si respecto á nosotros es inútil y sin efecto? ¿D e
qué nos sirve que esta ley baya triunfado de todas las potestades
de la tierra y del in fie rn o , si no triunfa de nuestras flaquezas? T an ­
tos m ilagros, tantos prodigios, tantas conversiones, ¿p a ra qué otra
cosa nos sirven que p ara nuestra confusion, p ara n u estra convic­
ción y p ara n u estra condenación? ¡Ah ! m is am ados oyentes, ¿n o
com prenderém os jam ás tan im portantes verdades? L a ley cristiana
tien e poder suficiente p ara convertirnos y santificarnos ; este e s u u
artícu lo de f e : s i, p u e s, ella no lo h ac e, no es á ella á quien de­
bem os im p u ta rlo , pues que h a hecho cosas m ucho m ayores. No
solo puede convertirnos y santificarnos la ley cristian a, sino q ue es
necesario que nos convierta y nos sa n tifiq u e; y esto p o r dos razo­
nes : en prim er lugar, porque sin ella no podem os convertirnos ver­
dad eram ente y santificarnos ; en segundo lugar, p orque sin la con­
versión y la santificación de nuestra vida no podem os salvarnos.
F in a lm e n te , la ley cristiana no nos convertirá ni nos santificará ja ­
m ás m ientras nos dejemos gobernar por otra ley, p o rq u e , siendo
ella u na ley div in a, q u iere estar sola en las personas que la reci­
ben y á quienes gobierna. P o r consiguiente, el p reten d er p o n er de
acuerdo la ley de Dios con las leyes del m u n d o , su espíritu con el
espíritu del m u n d o , sus máximas con las m áxim as del m u n d o , es
un m isterio que jam ás han com prendido los S a n to s, es u n secreto
que el Evangelio no nos enseña, es una ilusión que pierde á u n a
infinidad de m edio cristianos, y que ro s perderá á nosotros. No,
nosotros no tenem os sino u n m aestro á quien escuchar que es Je­
sucristo. Si escucham os á otros además de é l, si despues de h ab er
sentido los m ovim ientos de su gracia en el fondo de nuestro cora­
zon , despues de hab er oido su doctrina de boca de los predicadores,
querem os todavía d ar oidos al m u n d o , que quiere to m a r parte en
todas nuestras acciones, y que q uerrá asimismo arreg la r basta nues­
tras mas santas prácticas, entonces destruim os con u n a m ano lo que
edificamos con la o tra , y hacem os una división que Dios rep ru eb a.
Y LA FUERZA DE LA LEY CRISTIANA. 45
29. Resolución : supuesto que la ley cristiana tiene ta n ta efica­
cia y tan ta fu erza , dejém osla o b rar en ad elan te, y no detengam os
mas su y ir tu d ; secundém osla con u n a perfecta correspond en cia, y
resolvám onos á vivir como ella nos m anda. M uy pronto conoceré*
m os lo q ue p u e d e , y verém os á dónde nos conduce. ¿Q ué p ro g re ­
sos no hubiéram os hecho al presente si la hubiéram os se g u id o , y
á q u é altu ra no nos h u b iera elevado y a? M uchas cosas q ue nos p a­
recen imposibles, porque las medimos con nuestras propias fuerzas,
las hubiéram os em prendido con valor, las hubiéram os ejecutado
felizm ente, porque ella nos hubiera ayudado. Esto es, Dios m ió,
lo que Vos m e hacéis conocer en este d ía , y esto es lo que m e in s­
p ira la resolución de entregarm e sin reserva á vuestra ley . Q ue ella
m a n d e, y yo o b e d e c e ré ; que ella me haga conocer vuestra v o lu n ­
ta d , y yo la c u m p liré ; que ella m e m arqoe el cam ino, y yo m a r­
ch aré por él. Es verdad que este camino es estrecho y q ue está
sem brado de espinas ; mas con la virtud de la ley que m e g u iará y
m e sostendrá venceré todas las dificultades. L as espinas de esta
vida se convertirán en flores, ó al m e n o s, despues de los trabajos
de esta v id a , llegaré al dichoso térm ino del reposo e te rn o , que os
deseo á todos. A m en.
46 SERMON SOBRE EL DEBER DE LOS PADRES

SERMON

SOBRE EL DEBER DE LOS PADRES


CON RESPECTO

i LA. TOCACION DE SUS H IJO S.

E l d ix it m a ler ejus ad illu m : F ili q u id


fécisti nobis sie? Fcce p a íe r íu u s et ego, <lo-
' lentes q tuzrcbam ut la. El ait ad illa s: Q uid
est quod m e quwretialis ? ncscicbatis, quia
i n h is , qvw P a tris m ei s u n l , oportet me
esse? E í ip si n o n intcU cxcrunt verb u m quod
luc’M us esl ad eos. f Luc. v i » ).
Y le dijo su madre: H ijo, por qué lo bas
hecho asi con nosotros? 1Hira como lu padre
y yo,-angustiados te buscábamos. Y les res­
pondió: ¿ fa ra qué nao buscabais? ¿No sa­
bíais que en las cosas que son tle mi Padre
m e conviene estar? Mas ellos no entendie­
ron la palabra que les habló.

1. T al fue la respuesta q ue el infante Jesús dio á M aría cuando,


despues de haberle buscado por espacio de tres d ía s , le encontró en
el tem plo de Jerusalen. R espuesta que podría sorprendern o s y p are­
cem os tal vez dem asiado severa y fu e rte , si no supiésem os q ue toda
ella era m isteriosa. En efecto, el Hijo de D ios, dice san Ambrosio,
rep ren d ió á su m adre en esta ocasion, porque parecía que ella que*
ria disponer de su p erso n a , y atribuirse un cuidado que no le p er­
tenecía. Así lo h a creído este santo D octor; m as como esta opinion,
cristian o s, no es m uy conform e con la alta idea que tenem os de la
irreprensible santidad de la M adre de D ios, debem os modificar ei
pensam iento de san Ambrosio y lim itarnos á decir que en el ejem­
plo de M aría quiso el Salvador del m undo dar á los padres una
excelente lección de la conducta que debían seguir con respecto á
sus hijo s, sobre todo en lo que m ira á la elección del estado á que
Dios los llam a. E ste pensam iento, m is am ados oyen tes, es de m u­
cha im p ortancia; y á pesar de lo lim itado que p arece, vosotros sin
em bargo le veréis tan general y tan extenso en la im p o rta n te mo­
ra l qu e pienso deducir de é l, que en toda esta reu n ió n h ab rá po­
cos á quienes no pueda convenir, y á quienes no pueda edificar.
CON RESPECTO A LA VOCACION DE SUS HIJOS. 1 47
2 . Es m uy conveniente descender alguna Tez á las condiciones
particulares de los hom bres para aplicarles las reglas universales d e
la ley de Dios. Pues b ie n , esto es lo que yo h aré hoy. P o rq u e ex­
plicando á los padres lo que deben á sus hijos, y á los hijos lo q u e
deben á sus padres en uno de los rnas im portantes negocios de la>
v id a , qu e es el de la vocacion y el del estad o , h aré com prender á
todos los que me escuchan lo que es la vocacion, qué m áxim as de­
ben seguirse sobre la vocacion, qué es lo que se debe te m er en lo
q ue se llam a vocacion, qué es lo que se debe evitar y lo qu e se debe
p ro cu rar. P ara esto necesito de la gracia del E spíritu S a n to : pidá­
m osla por la intercesión de su divina E sposa, á quien saludarém os
con el A ngel: Ave M aría,
3 . ¿N o es extraño, cristianos, que M aría y José, como lo notai
san Lucas en las mismas palabras de mi texto, no com prendiesen el
m isterio, n i entendiesen al Hijo de D ios, cuando p ara darles razón'
de lo q ue habia hecho en el tem plo les dice que su deber le o b li­
gaba á ocuparse de las cosas que su P adre le habia encargado? Q ue
José no hubiese com prendido bien el sentido de esta-resp u esta no
me sorprende ta n to , pues por m uy ilustrado que pudiera estar p o r
su frecuente é íntim a com unicación con Jesucristo no era necesa­
rio que conociese todos los m isterios de la E ncarnación divina. P e ra
lo que debe adm irarnos e s, que M aría, despues de hab er recibido
la plenitud de todas las gracias y de todas las luces celestiales, des­
pues de haber concebido en su seno al Y erbo encarnado, haya p a ­
recido ignorar uno de los puntos mas esenciales de la misión de este
H om bre-D ios y de su venida al m undo. No nos detengam os, m is
am ados o y en tes, á esclarecer esta dificultad, y dejemos á los in té r­
pretes el cuidado de resolverla; porque otra consideración es la q u e
debe ocuparnos a h o ra , y la que pide toda n uestra atención.
4 . E n efecto, si M aría y José no com prendieron lo que les de­
cia el Salvador de los hom bres respecto á los em pleos á qu e estaba
llam ado por su P a d re , ¿no es cierto que la m ayor p arte de los p a­
dres en el Cristianism o no han com prendido nunca hien sus obli­
gaciones m as indispensables con respecto á disponer de sus hijos,
cuando se trata del estado y de la vocacion? E sto por consiguiente
es de sum a im portancia que se les explique, y ved aquí lo qu e y o
intento en este discurso. P restadm e atención. Y o no quiero en­
tra r en el in te rio r de vuestras casas; yo no pienso daros reglas para:
gobernarlas segun la sabiduría del m u n d o ; vosotros me d iría isr y
con raz ó n , que esto no era propio de mi m inisterio. Mas si en e l
48 SERMON SOBRE EL DEBER DE LOS PADRES
gobierno de vuestras familias hay alguna cosa en que la Religión y
la conciencia estén interesadas, ¿no me pertenece á mí instruiros en
ella? Pues bien , sabed que en este punto hay dos cosas en que no
estáis bastante in stru id o s, y que sin em bargo os es no solam ente
ú t i l , sino de una necesidad absoluta aprender bien. Escuchadlas.
Y o os digo que no os pertenece disponer de vuestros hijos en lo que
hace relación á su yocacion y á la elección de estado. Y añado al
mismo tiem po que sois responsables á Dios de la elección qu e ellos
h acen y de! estado que abrazan. A prim era vista parece qu e estas
dos proposiciones se contradicen; mas lo que sigue os hará ver que
está en perfecta arm onía. Dios no quiere que por vosotros mismos
y por vuestra propia autoridad im pongáis á vuestros hijos el estado
q u e deben abrazar". E sta es la prim era parte. Y Dios no obstante os
ped irá cuenta del estado que vuestros hijos abracen. Esta es la se­
gunda p arte . E stas dos proposiciones form arán la división de m i dis­
curso y el objeto de vuestra atención.

P rim era parte.

5 . Á. nadie m as que á Dios pertenece disponer absolutam ente


de la vocacion de los hom bres, y á solos los hom bres p erten ece de­
te rm in a r, cada uno segun Dios le inspire, lo que tiene relación con
la elección de estado y con la vocacion. E ste principio es u no de los
m as incontestables de la m oral cristiana. De aquí deduzco yo que
u n padre cristiano no puede hacerse arb itro de la vocacion de sus
hijos sin com eter dos injusticias evidentes : la prim era contra el de­
recho de D ios; la segunda en perjuicio de sus mismos h ijo s : la una
y la otra sujetas á las consecuencias mas funestas respecto á la sal­
ta c ió n . V ed aquí el punto que debo yo desenvolver a h o ra , y ved
aquí tam bién las pruebas.
6. H e dicho que solo á Dios pertenece disponer de la vocacion
de los h o m b res; ¿y por qu é? P orque él es el p rim er P ad re de to ­
dos los h o m b res, y porque sola su providencia puede cum plir un
cargo tan im p o rta n te como este. Estas son dos grandes razones que
da sobre este punto el angélico doctor santo Tom ás, Si yo soy p a­
d r e , decia Dios por el profeta M alaquías, ¿dónde está el h o n o r que
rae es debido? S i P ateregosu m , ubi est honor meus? (M alach. i). Es
decir, para aplicar á mi objeto la reconvención que hacia el Señor
á su pueblo, si yo soy P adre con preferencia á todos los o tro s, ¿dón­
de está el respeto que se me debe por serlo? ¿D ónde está el distin-
CON RESPECTO Á LA TOCACION B E SUS H IJO S. $9
Uto de esta paternidad so b e ra n a , si los otros padres m e la disputara.,
y si no dispongo de aquellos á quienes h e dado el ser, para colo­
carlos en el estado y en ia condicion que m e agrade? T ú , ó h o m ­
b re , tom as á tu cargo el h a c e rlo ; ¿y quién te ha dado el poder p a ra
ello? E n uu a familia de que yo no te he confiado mas que la sim ­
ple adm inistración te constituyes en árb itro , y lo dispones todo se­
gún tu voluntad. T ú destinas al uno para la Iglesia y al otro p ara
el m u n d o ; á e sta para tal alianza, y á la otra para la R eligión; y e s
n ecesario , d ices, que esto se haga a s í, p orque están tom adas las
m edidas p ara ello. Mas ¿con qué justicia hablas así? Luego y o n o
tengo de padre mas que el n o m b re , pues que tú te atribu y es todo
el poder. E s por consiguiente en vano que alguna vez m e digas q ue
tus hijos son mas mios que tu y o s; porque si así e s , no es á tí sino
á m í á quien pertenece la principal y mas esencial dirección de sus
personas. A ñadid á esto , cristianos, la reflexión de san G regorio
p a p a , que no solo es Dios el prim er padre de todos los h o m b res,
sino que es el solo padre que reconocen los hom bres segun el es­
p íritu ; y por consiguiente que á él y no á los otros es á quien p er­
tenece ejercer sobre los espíritus y sobre las voluntades de los h o m ­
bres aquella superioridad de dirección ó mas bien de im perio q ue
constituye el em peño de la vocacion.
7. Guando la m adre de los Macabeos vió á sus hijos e n tre las
m anos de los verdugos su frir con ta n ta constancia, les dijo u n as
herm osas palabras que leemos en la E scritura, j Ay I m is am ados hi»
jo s, exclam ó, no soy yo quien os ha dado una alm a tan h e ro ic a :
ese espíritu tan generoso que os anim a no ha sido form ado de m í
sustancia; del soberano A utor del m undo es de quien lo habéis r e c i­
b id o : Ñeque enim ego spiritum et animam donavivobis. {II M aeh. v n ) .
Yo soy vuestra m ad re segun la ca rn e; pero la parte mas n oble d e
vosotros, que es el esp íritu , es obra inm ediata de Dios. Así les h a­
bló esta santa m ujer. Y de aquí se sigue, cristiano au d ito rio , q u e
Dios solo tiene el derecho de señalar á los hom bres su vocacion r
su estad o ; ¿y por qué? P orque en esto es en lo que consiste p ro ­
piam ente el dom inio que él tiene sobre las alm as. Un p ad re p u ed e
en el m undo disponer de la educación de sus h ijo s, puededispones-
de sus bienes y de sus p atrim onios; mas de sus p ersonas, esto es>
de lo que respecta á la elección de estado, no pertenece sino á V os,
ó Dios m ió, decia el mas sábio de los ho m b res, S alo m o n : no p er­
tenece sino á Vos que sois el á rb itro ; este un derecho que os e stá
reserv ad o : Tu awttm cum magna, revermtia disponis nos. (Sap. s u ) .
!’) 0 SERMON SOBRE EL DEBER DE LOS PABR ES
Expresión adm irable que encierra un sentim iento todavía m as digno
d e ser notado : Cum magna reverencia. P o rq u e es como sí dijese : Vos
h o habéis qu erid o , Señor, que la disposición de n u estras personas
estuviese en m anos de nuestros padres c a rn ale s, y q u e ellos fuesen
Sos árbitros. Vos habéis previsto que no usarian de esta facultad con
la consideración y el respeto que m erecen nuestras personas. Y en
efecto, Dios m ió, nosotros vemos que cuantas veces ellos se en tro ­
m eten en estas funciones siem pre es con m iras indignas de la gran­
deza del objeto y del negocio de que se tra ta . P orque aquí solo se
tr a ta de form ar alm as cristianas y de ponerlas en el cam ino que
las ha de conducir á la salvación; y ellos no obran* mas que p or mi*
ra^s bajas y carnales, por el yíI in te ré s, y por no sé qué m áxim as
d e l m undo corrom pido y re p ro b a d o : les interesa poco que su hijo
abrace el estado que le es propio, con ta l de verlo en el qu e á ellos
les ag ra d a, en el que sea mas conform e con sus planes y con su
am bición; cuidando de todo,, m enos de la persona de que disponen;
y p or un desórden m uy crim inal y m uy com ún acom odan la elec­
ción del estado, no á las cualidades de aquel que lo a b ra z a , sino al
deseo del que le obliga á abrazarlo. Y b ie n , ¿no es esto h o llar el
resp eto debido á las c ria tu ra s, y principalm ente á las criatu ras r a ­
cionales? Mas V os, Señor, que sois el Dios d é la s v irtu d e s, tu autem
dominaior virtutis {Sap. x u ) , Vos nos tratais m ucho mas h o n ro sa­
m en te : p orque al disponer de nosotros no consultáis m as qu e á
nosotros m ism os; y al ver cómo obra en esto vu estra providencia
se d irá en cierto m odo que ella nos r e s p e ta : Cum magna reverentia
disponis nos.
8. Convengam os, cristian o s, en q u e solo de Dios es de quien
d ebe depender y nacer n u estra elección con respecto á las diferen­
tes profesiones de la vida. ¿Y por qué pensáis vosotros, p reg u n ta
san B ernardo, que tantos estados como h ay en el m undo, y que di­
viden la sociedad, sean otras tantas vocaciones, y lleven en efecto
d nom bre de tales? ¿P or qué nosotros decimos que tal persona tiene
vocacion por el sig lo , tal p o r el claustro, ta l por el foro, y tal p o r
la p o lítica?.¿Q ué quiere decir esto, sino que cada uno es llam ado á
aquel estado p articular que Dios le ha señalado en el consejo de su
sab id u ría? ¿P o r qué los P adres de la Iglesia en su m oral h an m i­
rad o como una ofensa tan grave abrazar un estado sin la vocacion
de D io s, sino porque cualquiera otro que no sea aquel en q ue Dios
q u iere colocarnos no es conveniente para nosotros, y po rq u e es­
tam os fuera del lugar que debemos ocupar, cuando no es Dios el
COS RESPECTO X LA VOCACION DE SUS H IJO S. 51
q ue nos ha conducido á él? Sobre lo cual yo prosigo y discurro d e
este m o d o : Si todos los estados del m undo son otras tan tas voca­
ciones del'cielo; si hay una gracia acom odada á todos estos estados^
p a ra llam arnos á ellos según' las órdenes de D ios; si es u n daño m uy
grave p ara la salvación tom ar un estado sin esta g racia, no debe un'
p ad re conducir á él á sus hijos, y m ucho m enos obligarlos; y será
el m ayor abuso si esto lo hace por la violencia y por la fuerza. P o r­
g ue al fin un padre no es el distribuidor de vocacion en tre su fa­
m ilia. E sta gracia no está eo su m ano para darla á quien quiera:,
ni cómo quiera. No depende de él que esta hija sea llam ada al es­
tado de religiosa 6 del m atrim onio; y la designación de estado q u e
él hace es un atentado contra el dom inio soberano de D ios. ¿Pop
qué? porque siendo toda vocacion una gracia, no es sino Dios el
que la puede com unicar; y p rete n d er disponer de ella al arb itrio de
otro es h acer u n a injuria á la gracia m ism a , y arrogarse u n d ere­
cho que solo es propio de la D ivinidad.
9. E n efecto, cristianos, para aplicar debidam ente á los h o m ­
bres á un em pleo, y para señalarles con seguridad el estado que les
conviene, se necesita nada m enos que una sabiduría y u n a p ro v i­
dencia infinita. Pues b ie n , esta sabiduría y esta providencia tan ex­
tensa no la ha concedido Dios á los padres para con sus h ijo s; y como
él solo posee los conocim ientos necesarios p ara este f in , m e atrevo
yo á decir que hubiera faltado en su modo de obrar, si h u b iera con­
fiado este cuidado á otro cualquiera que á sí m ism o. V osotros m e
preguntaréis p o r qué u n padre no puede creerse bastante ilustrado
y bastante sabio para disponer la -vocacion de su hijo. E scuchad u n a
de las m ayores verdades de la m oral cristiana. N ada tiene ta n ta r e ­
lación con n uestra felicidad como la vocación á un estado, y al es­
tado es á quien está con frecuencia unido todo el negocio de la sal­
vación : ¿y p o rq u é ? porque el estado es el camino^ p o r donde Dios
quiere conducirnos á la salvación; porque los medios de salvación
que Dios ha resuelto darnos no nos han sido concedidos sino en
conform idad á nuestro estado; porque fuera del estado la provi­
dencia de Dios no está obligada á sostenernos por las gracias espe­
ciales que aseguran la salvación, y sin las cuales es m u y difícil lle­
gar á este dichoso térm ino.
10. Y lo que es necesario notar b ie n , como u n a consecuencia
de estos principios, es que lo que mas contribuye á nuestra salva­
ción no es precisam ente la santidad del estado, sino la conform i­
dad del estado con los designios y las miras de D ios, que nos lo h a
4*
52 SERMON SOBRE EL DEBER » E LOS PADRES
señalado y nos ha hecho en tra r en él. Mil se han salvado en la R e­
ligión, y este debia perd erse; mil se han perdido en el m u n d o , y
aq u el debía salvarse: Oh aliiíudol ¡oh abismo de la sabiduría de
Dios! Pero reflexionemos. ¿Q ué necesitaría, pues, un padre p ara
te n e r derecho de disponer de la vocacion de sus hijos? Yo nada exa­
g era ré , mis am ados oyentes; vosotros sabéis la obligación q ue tengo
de decir la verdad tal como la concibo, sin ir nunca mas allá. ¿Q u é
necesitaría un p a d re , re p ito , para prescribir á su hijo la vocación
q u e debe seguir? P ara esto era necesario que conociese los caminos
de su salvación, que entrase en el secreto de su p redestinació n , que
supiese el orden de las gracias que le están p rep a ra d as, las te n ta ­
ciones de que será acom etido, las ocasiones de ru in a en que se en ­
co n tra rá em peñado; era necesario que penetrase en lo fu tu ro p ara
v er los acontecim ientos que podrán cam biar las cosas presentes; que
leyese hasta en el corazon de su h ijo , para descubrir en él ciertas
disposiciones ocultas que no se descubren exteriorm ente. P o rq u e so­
b re el conocim iento de todo esto está fundado el derecho de seña­
la r á los hom bres su vocacion; y cuando Dios llam a á cualquiera,
em plea p ara ello el conocim iento de todo esto. Mas ¿dónd e h ay un
p ad re sobre la tie rra que tenga el m enor de estos conocim ientos?
¿Y no es por consiguiente una tem eridad insostenible en un p ad re
la de q u erer constituirse árbitro de la vocacion y del estado de sus
hijos? ¿No es esto atribuirse la sabiduría misma de D ios, lo cual es
u n crim en , ó em prender con solo la sabiduría de un h om b re lo que
p id e u na sabiduría sobrenatural y divina, em presa que no puede
g rad u arse sino de locura?
11. Esto es hablando en g en e ral; mas entrem os en los porm e­
nores. Yo sostengo que la conducta de un p ad re es igualm en te in­
ju rio sa á D ios, sea que disponga de sus hijos para un a vocacion
sa n ta en sí m ism a, sea que disponga de ellos para el m undo. E s -
ta d m e atentos. V uestra in te n c ió n , decís, es la de establecer u n hijo
en la Iglesia, proveerlo de beneficios, y aun ligarlo, si es necesa­
rio , en las sagradaá órdenes. H e dicho, si es necesario, p orq u e fuera
de esta necesidad no se tendría el cuidado de pensar en ello , y vos­
otros sabréis bien cuál es esta necesidad. Apenas ha nacido este hijo
cuando ya la Iglesia es su patrim onio; y puede decirse de é l, a u n ­
q u e en u n sentido bien o p u esto , lo que está escrito de Isaías, que
desde el vientre de su m adre fue destinado al a lta r; y no por u n a
T ocacion divina, como el P ro fe ta , sino p or una vocacion h u m a n a :
AJ? «tero wcm>ít me, (Isai, ? l i x ). A la v erd a d , m is am ados oyentes*
CON RESPECTO Á L A VOCACION DE SUS H U O S . 53
¿es esto obrar como cristianos, y tra ta r con Dios como se debe tra ­
ta r con u n señor y un soberano? Q u é , ¿será necesario qu e Dios
pase por vuestra elección, ó que se vea reducido, por decirlo a s í, á.
recibir estos hijos a las m as altas funciones de la Ig le sia , p orq u e esto
os acomoda y en tra en vuestros intereses? ¿Q u é diríais {este es el
pensam iento de san Basilio) , qué diríais de un hom bre que quisiera
obligaros á recibir en vuestro servicio á los criados ó domésticos q u e
á él le pareciese? ¿No recibiría las gracias de vosotros al haceros la
proposicion ? Y vosotros por una presunción aun mas atrevida ¿lle^-
naréis la casa de Dios de aquellos que se os antoje? ¿D istribuiréis
en ella los destinos y las dignidades á vuestro gusto?
12. V ed a q u í, sin em bargo, lo que sucede continuam en te en­
tre los cristianos. Esta no es solam ente la práctica de algunos p a ­
dres; es u n a costum bre de todas las familias y u n a especie de ley.
Ley dictada por el espíritu del m undo, esto es, por un esp íritu am ­
bicioso ó interesado. L ey reconocida universalm ente en el m u n d o ,
y contra Ja cual apenas se perm ite á los predicadores lev an tar su
voz. Ley asimismo tolerada com unm ente p o r aquellos que deberían
dedicarse con m ayor celo á aboliría, por los directores espirituales
mas arreglados y mas rígidos en apariencia, por los doctores mas se­
veros en su m o ral, y que m as afectan serlo 6 parecerlo. L ey, en fin,
seguida ciegam ente por los hijos que no conocen aun sus pernicio­
sas consecuencias, que no tienen resolución bastante p ara oponerse
á la voluntad de sus p ad res, y q ue se encuentran en la triste n ece­
sidad de en tra r en el cam ino que se les h a ab ierto , y de m arch ar
p or él. E ste hijo segundo no tiene la suerte de la prim o g en itu ra; y
sin exam inar si Dios lo reclam a ó lo ac ep ta, se le entrega. Este p ri­
m ogénito no ha sido al nacer m uy favorecido de la n atu ra lez a, y
carece de ciertas condiciones para sostener la gloria de su n o m b re;
sin consideración á los designios de Dios sobre é l, se p iensa, por de­
cirlo así, en degradarlo, se le rebaja al lugar de hijo segundo, se le
sustituye á a q u e l, y para esto se le arran ca un consentim iento for­
zad o , y se hace em pleando el artificio y la violencia, las caricias y
las am enazas. L a colocacion de esta hija seria difícil; sin otro m o ­
tivo, este es bastante para dedicarla á la Religión. Mas ella no tiene
vocacion á este género de v id a; es necesario que la te n g a , p o rq u e
no h ay otro partido que tom ar para ella. Pero Dios no la quiere en
este estado; es necesario suponer que la q u ie re , y h acer com o si la
quisiera. Mas ella no tiene señal alguna de vocacion; es u n a señal
bastante grande las circunstancias presentes de los negocios y la ne-
54 SERMON SOBRE EL DEBER DE LOS PADRES
cesidad. Mas ella m ism a confiesa que carece de la gracia de voca­
c ió n ; esta gracia la ten d rá con el tiem po y cuando esté en u n lu ­
g a r á proposito para recibirla. E n tre tanto se conduce esta víctima
a l templo atada de piés y m anos, quiero decir, con la disposición
d e una voluntad forzada, la boca m uda por el te m o r y el respeto de
u n padre que ella ha honrado siem pre. E n medio de un a cerem o­
n ia brillante para los espectadores que asisten á e lla , pero fú n eb re
p a ra la persona que es su objeto, se la presenta al sacerd o te, y se
h ace u n sacrificio q u é, m uy léjos de glorificar á Dios y de agradarle,
se hace execrable á sus ojos y provoca su venganza.
13. ]A h cristianos, qué abom inaciónt ¿D eberá causarnos ad ­
m iració n , despues de esto, si yernos familias enteras castigadas con
la maldición divina? N o, n o , decia Salvien con una santa ironía,
nosotros no estam os ya en el tiem po de A brakan , en que los sacri­
ficios de los hijos hechos por los padres eran acciones rafas. N ada
es mas com ún en la actualidad que los im itadores de este santo P a-
itriarca, Y aun se le sobrepuja diariam en te, porque en lugar de
esp erar, como é l, la órden del cielo, se previene. Se sacrifica un
hijo á D ios, y se le sacrifica, no solo sin p e n a , sino con gozo ; y
se le sacrifica sin que Dios lo m ande , y aun sin que lo acepte ; y
se le sacrifica aun en el acto mismo en que Dios lo prohíbe y no
cesa de decir : Non exlendas manum super puerum. {Genes, x x u ) .
A sí hablaba el elocuente Obispo de M arsella en el ard o r de su celo.
M as, corrigiendo bien pronto su pensam iento, proseguía : Yo m e
en g a ñ o , herm anos m io s; estos padres crueles nada son m enos que
im itadores de A b ra h an , p o rq u e este santo hom bre quiso sacrificar
su hijo á D ios; m as ellos solo sacrifican los suyos á su fo rtu n a y á
su avaricia. Ved aquí por qué Dios colmó á A brahan de elogios y
de recom pensas, p o rq u é su sacrificio fue una p rueba de su obed ien ­
cia y de su p iedad; y ved aquí por qué Dios no tiene para los otros
m as qu e reprensiones y castigos, p orque él ju stam en te se da por
ofendido de sus crim inales em presas. Y no me digáis, mis am ados
o y en tes, que no siguiendo este camino tan ordinario de obligar á
vuestros hijos á ab razar el estado de la Iglesia ó el de la Religión
es hallais en la im posibilidad de colocarlos, porque este es un e r -
fror. No me corresponde en tra r con yosotros en discusión sobre
¡vuestros negocios dom ésticos, ni exam inar lo que podéis y lo que
¡uto podéis; pero es de m i obligación deciros lo que la ley de Dios
ios m anda y lo que os prohibe. E stá bien que la im posibilidad en
■que pretendeis h allaros sea v e rd a d e ra , ó que sea falsa ; pero n o
CON "RESPECTO Á LA VOCACION D E SUS HIJOS. 55
p or esto será perm itido jam ás á nn padre disponer de sus hijos con
respecto á la vocacion, ni buscarles un patrim onio e n 'la Iglesia, y
m irar la Religión como un desahogo de su c a sa ; y si así ;lo h acéis?
irritáis á Dios. Dejadlos en un estado menos o p u le n to , y de este
m odo estarán menos expuestos á p e rd e rse , y se harán mas exac­
tos en el cum plim iento de sus d eberes; abandonadlos á la P ro ­
cidencia , porque Dios es su p a d re , y te n d rá cuidado de ellos. E s­
to es lo que podría yo responderos ; pero no os diré nada de ello :
yed aq u í á lo que me atengo. Suceda lo que suceda en adelante,
yo perm aneceré siem pre fijo en m i prin cip io ; esto es, que es ne*
cesario ser cristiano y obedecer á D io s, que Dios no quiere q ue la
■vocacion de vuestros hijos dependa de vosotros, y que por consi­
guiente vosotros no debeis mezclaros en un asunto que no es ni se­
rá jam ás de vuestra incum bencia. Esto es lo que os contesto , y es
b astan te.
1 4 : Vosotros me diréis : P ero ¿n o será al m enos perm itido á
un p adre disponer de sus hijos para el m undo? Y yo respondo i
¿ P o rq u é h a d e serle perm itido disponer de ellos mas bien para el
m undo que para la Iglesia? ¿Es porque los estados del m undo
dependen menos del soberano dom inio ¡de Dios y de su p ro v id en ­
cia qu e el estado eclesiástico? ¿E s p o rq u e no se necesita ta n ta
gracia de vocacion p ara el estado del m atrim onio como para el es­
tado religioso? ¿E s porque las condiciones del siglo no tienen ta n ­
ta relación con la salvación como las del otro estad o ? Supuesto que
tan to el uno como el otro son estados de la v id a , a Bios es á quien
toca llam arnos á ellos; y si hay algunos hom bres en quienes la vo­
cacion parezca ser m as necesaria, yo m e atrevo á asegurar qu e son
aquellos que se deciden á vivir en el m u n d o , p o rq u e ellos son sin
contradicción los mas expuestos, porque en el siglo son los peligros
m ucho mas com unes, las tentaciones m u ch o m as sutiles y m as vio*
le n ta s, y porque en él tiene el hom bre m as necesidad de se r con­
ducido por la sabiduría y la gracia del Señor. P ero concretém onos
precisam ente al derecho que Dios tien e sobre el hom bre. Vosotros,
quereis, mis am ados oyentes, dedicar al m undo n n prim ogénito,
p o r ejem plo; es necesario, p u e s, que se presente én é l , que p ro s­
p e re , y q ue sea el sosten de su casa. Mas ¿q u e sabéis si Dios se lo
h a reservado para sí? Y si lo sabéis, ¿os atreveréis á disputarle la
preferencia? No sabiéndolo, como en efecto es a s í , ¿podéis h a c e r
otra cosa que consultarle acerca de ello , y pedirle su p are cer; r o ­
garle que os descubra su divina v o lu n ta d , em plear todos los “m edios
56 SERMON SOBRE EL DEBER DE LOS PADRES
ord in ario s para conocerla, y som eteros á ella desde el m om ento en
q u e ia hayais conocido? P ero ¿ q u é hacéis vosotros? Vosotros sa­
béis q ue Dios quiere este hijo p ara el estado religioso, y os o b sti­
náis en quererlo para el m undo. Y ved aquí á vosotros m ismos, por
decirlo a s i, en disputa con D ios. Se tr a ta , p u es, de saber cuál de
los dos debe ser el su perior , porque Dios le llam a p ara sí, y vos­
otros quereis ten erle p ara vosotros. Ó es Dios el que usurp a vues­
tros d erech o s, 6 sois vosotros los que usurpáis los derechos de Dios.
P u es b ien , d ím e, hom bre m iserable y d é b il, ¿cuáles son tus d ere­
chos en perjuicio de tu D ios, y sobre qué los fundas? P ero aprende
a l mismo tiem po á trib u ta r á los derechos inviolables de un Dios
criad o r el ju sto hom enaje que les es debido.
15. H ay sobre esto un pasaje bien notable en san A mbrosio,
lib ro I de las V írgenes, donde este P adre describe el com bate
de u n a jó v e n cristian a, no contra los perseguidores de la fe , sino
co n tra la carne y lá sangre, contra sus parientes. E lla se veia so­
licitada por un a parte para co n tra er un enlace que se le proponía,
y p or o tra inspirada á tom ar al pié de los altares el velo sagrado.
¿Q u é hacéis vosotros (decia esta generosa hija á toda u n a p a re n te ­
la que la a c o sa b a ), y por qué perdeis el tiem po en buscarm e un
p artid o en el m undo? Ya lo he encontrado yo : Quid in exquiren-
d is nuptiis sollicitaiis aninmm? jam provísas habeo, {Am bros.J. Vos­
o tro s me ofreceis un esposo, y yo he elegido ya o tro . O frecedm e
tiao tan rico , tan poderoso y ta n grande como el m ió, y entonces
r e r é qué respuesta he de daros. Pero vosotros no me presentáis n a ­
d a sem ejante ; porque ese de quien m e habíais es un h o m b re , y el
q u e yo he elegido es un Dios. Q uerer separarlo de m í, ó sep arar­
m e d e é l , no es p ro cu rar mi fo rtu n a , sino envidiar m i felicidad :
N on providetís m ihi, sed invidetis. (Ib id .). P ala b ra s, prosigue san
A m b ro sio, que m ovieron á todos los c irc u n sta n te s: todos vertían
lágrim as al ver u n a virtud tan firme y tan ra ra en u n a jo v e n ; y co­
m o u r o de ellos se propasase á decirla que si su padre hubiera es­
tado vivo no hubiera consentido en la resolución que ella habia
io m a d o , ¡ay l respondió e lla , tal vez por eso se lo llevó el Señor,
p a ra q ue no sirviese de obstáculo á las órdenes del cielo y á los de­
signios de la P rovidencia sobre m í.
16. No , n o , cristianos, sea cualquiera el interés que tenga u n
p a d re en ver á su hijo establecido según el m u n d o , no p u e d e , sin
u n a especie de infidelidad, quejarse de Dios cuando le llam a á
aína vida mas santa ; y contradecir esta vocacion p o r artificio , 6
CON RESPECTO L LA VOCACION DE SÜS HIJOS. 57
por dilación, ó por una insuperable resistencia, esto m e atrevo á
llam arlo un a rebelión contra Dios y contra sil gracia. ¿ P o r qu é
tantos suspiros y tan tas lágrim as? escribía san Jerónim o á u n a se­
ñora ro m an a, reprendiéndole su poca constancia y su poca fe en
la pérdida que habia experim entado de una hija am ada q ue el cie­
lo le habia arreb a tad o : Vos os afligís, vos os desconsoláis; m a se s-
cuchad al mismo Jesucristo que os h a b la , 6 que al m enos os p u e ­
de hab lar de este modo : ¡ Ay! jP aula, tú te dejas enfurecer co n tra
m í, porque tu hija es hoy toda m ía ; y con esas lágrim as crim ina­
les que derram as sin m edida y sin sum isión ofendes al divino E s­
poso, que posee el objeto de tu dolor y de tu am arg u ra : Irascerís,
Paula, quia filia tua mea facta est, et rebellibus lacrymis facis injuriam
possidmti. (H iero n .). Bella rep ren sió n , am ados oy en tes, qu e p u e­
de aplicarse m uy bien á tantos padres cristianos. Y no creáis que
sea u na respuesta plausible decirm e que este hijo es el solo que os
resta de una fam ilia antigua y g ran d e , y que sin él va á extinguir­
se , como si Dios estuviese obligado á acom odarse á vuestras ideas
m u n d an as, como si la conservación de vuestra estirpe fuese un a
cosa grande tratándose de los designios de D ios, como si ta rd e ó
tem prano no debieran extinguirse todas las fam ilias, y como si la
vuestra pudiese ten er un fin mas honroso que el de la ejecución de
los decretos de vuestro Dios y Señor.
17. Esto es, cristianos, lo que hace relación al derecho de
Dios. ¿Q ué seria si me extendiese sobre el de vuestros hijos, y so­
b re la injusticia que Ies hacéis cuando disponéis de ellos en p e rju i­
cio de su lib e rta d , y com unm ente en perjuicio de su salvación t
P o rq u e ¡ay! el solo derecho que ellos tienen independientem ente
de vosotros es el de disponer de sí mismos para con Dios sobre lo
q ue concierne á sus almas y á su salvación ; y este derecho único
se lo q u itáis, ó Ies im pedís usarlo. D erecho, por o tra p a rte , el mas
ju sto , pues que está autorizado por todas las leyes, aprobado p o r
todos los usos, apoyado por razones tom adas de todos los p rin ci­
pios de la n atu ra lez a, fundado sobre todas las m áximas de la R eli­
g ió n , y por consecuencia inviolable. E stadm e atentos. S í , todas las
leyes lo autorizan : las u n a s , favoreciendo p o r todos los m edios p o ­
sibles la libertad de los h ijo s, esto es, u n a libertad racio n al; las
otras, reprim iendo con las mas graves censuras las falsas pretensio­
nes de los padres que atentasen contra esta libertad , ó im pidiesen
su uso : e s ta s, perm itiendo á lo s hijos disponer d e sí m ismos p ara
58 SERMON SOBRE EL D E SE E DE LOS PA DRES
el estado religioso en u n a edad en q u e , fu era de e s to , de nada
p ueden d isponer, lo cual no puede cond en arse, n ota el docto Tos­
ta d o , sin preferir su juicio p articu la r al de la Ig lesia, qu e lo ha
dispuesto de este m o d o ; aquellas, ratificando la profesion solem ne
del voto de religión., hecha aun sin saberlo Jos p a d re s , qu e tde nin­
gún modo la pueden in v a lid a r; y lo que es aun m a s, no h a exis­
tid o jam ás ley alguna eclesiástica ni civil que haya obligado á un
hijo á conform arse con la elección y la voluntad de su p ad re en
cuanto-al estad o ; y se hallan por el contrario m uchas que decla­
ra n de ningún valor ni fuerza las palabras dadas y las obligaciones
contraidas por los hijos, si aparece que ha habido violencia, ó que
no h a sido hecho dentro de los lím ites de u n a obediencia resp e tu o ­
sa. ¿P o r qué todo esto , cristianos, en d e trim e n to , al p a re c e r, de
la autoridad p a te rn a , y con peligro de las resoluciones indiscretas
que pueden tom ar los jóvenes? E ra necesario que esto fuese así,
po rque razones m uy poderosas lo p ersu a d en ; en tre todas me lim i­
to á esta : es de derecho n atu ral y divino que elija su estado el mis­
m o qu e debe sufrir sus cargas y cum plir sus obligaciones. Este
principio es in c o n testab le, p orque si en el discurso de mi vida te n ­
go penas que su frir, estoy bien seguro de que la elección lib re y
expresa que he hecho de mi estado m e las hace v o lu n ta rias, y m e
las dulcifica; y si en mi corazon siento alguna repugnancia ó algún
disgusto contra los deberes de m i estado, quiero yo ten er con qué
apaciguarlas en cierto m odo, p o r el pensam iento de que yo mismo
soy el que m e he som etido, yo mismo el que m e he determ inado,
yo mismo el que be consentido en todo aquello que me parece lo
m as rigoroso é insoportable. Pero todo lo contrario sucede cuando
los hijos se yen forzados á abrazar un estado para el cual no sien­
te n inclinación ni vocacion; y cuando vosotros les obligáis, p o r
ejem plo, á la profesion religiosa, no os obligáis vosotros por ellos á
su frir el yugo y la d ep endencia, á practicar las au sterid ad es, y á
b eb er las am arguras y los disgustos ; vosotros los conducís hasta el
san tu ario , y ■allí les im ponéis toda la carga , sin gu ard ar ninguna
p a rte de ella p ara vosotros. Guando vosotros hacéis acep tar á
yuestra hija una alian za, á la que ella tiene rep u g n a n c ia , n o la ga-
rantizais de los disgustos de un m arido extravagante y desagrada­
b le , que tal yez la tra ta rá como á una esclava ; no la indem nizáis
de los infinitos cuidados que pide la educación de ¡una familia,, y
que serán para ella otras tantas obligaciones indispensables. Es p o r
CON RESPECTO i LA TOCACION D E SUS H IJO S. 59*
consiguiente una iniquidad querer disponer así de ella ; p o rq u e si
ella, eo efecto, debe estar ligada, ¿no es {justo que le dejeis ¿djále­
nos la facultad de elegir ella misma su cadena ?
18. Mas lo que h a y m a s im portante sobre esto es .lo que ya b e
dicho, y me veo obligado á rep e tir para explicado con mas clari­
dad y para aplicarlo tam bién al asunto de que se h a b la ; á saber,
que cuando se trata de la "vocacion, se tra ta de la.salwacion etern a,
P u es b ie n , cuando se tra ta de la eterna salvación, nada de au to ri­
dad paterna,, porque todo absolutam ente debe ser personal. Todos
nosotros com parecerán!os ante el trib u n al de D ios, dice san Pablo,
para responder en él de n uestra vida. Es necesario, pues., qu e ten ­
g ám o sla libre disposición de ella, concluye san Ju a n C risóstom o,
p o rque noso.tros debemos disponer-de las cosas de que somos res­
ponsables. Vos no -habéis de ser juzgad o por m í , y p o r consiguien­
te no os p ertenece disponer de m í; y si así lo quereis., si os .atre­
véis á hacerm e en tra r en un estado donde mi salvación esté m enos
segura., os podré decir entonces lo que el piadoso em perador V a-
lentiniano dijo al -embajador de R o m a, q u e de p a rte 'd e l Senado
le habló de restablecer los tem plos de los dioses falsos: Q ue Rom a
que es mi m adre me pida o tra cualquier cosa; yo le debo mis se r­
vicios, pero se los debo todavía mas al au to r de m i salvación;: Sed
magis debeo sahttis Áuctori. (V alent. im p .). P or esto es p o r lo q ue
los Padres de la íg le s ia , despues dé hab er em pleado toda la fuerza
de sus discursos y toda su elocuencia en p ersu ad ir á los hijos un a
hum ilde y fiel sumisión para con sus p ad re s, han sido, sin em bar­
g o , los prim eros en dispensarlos de toda obediencia cuando se tra ­
ta de un estado al que los han querido obligar , ó del qu e han
p retendido apartarlos con peligro de la salvación.
19. ¿Q ué respuesta os d aré ? escribía san B ernardo á u n h o m ­
b re de m undo que se sentia llam ado á la vida religiosa,, y q ue su
m adre trataba de retenerlo para el m undo, ¿q u é os diré yo? ¿Q u é
abandonéis á vuestra m a d re ? Mas esto parece contrario á la pie­
dad. ¿Q ue perm anezcáis con ella? Mas no es ju sto que u n a débil
com placencia os haga perder vuestra alm a. ¿Q u e seáis al mismo
tiem po de Jesucristo y del m undo? P ero, según eLEvangelio, no se
puede ser de dos señores. L o que quiere vuestra m adre es co n tra­
rio á v u estra salvación y por una consecuencia .necesaria tam bién
á la suya. T om ad, p u es, ahora vuestro p a rtid o , ó satisfacer so la­
m ente su v o lu n ta d , 6 atender áila salvación dé los dos. Mas si la
a m a is, lib ra d la , por am or de ella m ism a,, de que., p o r reten ero s en
60 SERMON SOBRE E L DEBEH DE LOS PADRES
su poder y arrebataros á Jesucristo, se pierda con vos y por vos.
P o rq u e ¿cóm o no se habia de perder e lla , haciéndoos p erd e r la
vida del alm a, despues de haberos dado la vida del cuerp o ? Y to ­
do e s to , añade el mismo P a d r e , os lo digo por condescender con
v u estra debilidad. P orq u e la respuesta está bien expresa en el
E v an g e lio , y os debería b astar rec o rd a rla : que cuanto h a y de im ­
piedad en abandonar una m a d re , hay de piedad en abandonarla
p o r Jesucristo.
20. ¡A hí cristianos , aprovechaos de estas grandes instruccio­
nes : en la dirección de vuestra fam ilia respetad siem pre los d ere­
chos de Dios , y no atenteis jam ás contra los de vuestros hijos. D e­
jadles la misma libertad que vosotros habéis d e sea d o , y de q u e ta l
vez os habéis m ostrado m uy celosos. H aced con ellos lo q ue habéis
querido que se hiciera con vosotros ; si vosotros habéis sufrido en
este p articular alguna injusticia, no os yengueis en estos inocentes,
q u e ninguna p arte han tenido en e lla , y que adem ás deben seros
m u y am ados. Cuidad de su salvación, que se halla interesad a en
este p a rtic u la r, y no seáis ta n crueles que la sacrifiquéis á vuestras
m iras m undanas. No os expongáis á ser un día el objeto de su
maldición despues de hab er sido la causa de su desgracia. P orque
su maldición será eficaz, y atra erá sobre vosotros la de Dios. Si no
les podéis dejar una gran h ere n cia , ni ellos tienen que poseer g ran ­
des b ien es, no les quitéis al m enos, si me atrevo á decirlo a s í , la
posesion de sí mismos. Dios no os obliga á hacerlos ricos, pero os
m anda dejarlos libres. Y q u é , me resp o n d eréis, silo s hijos inconsi­
derados y arrebatados por el fuego de la edad hacen u n a m ala elec­
ción, ¿será necesario que sus padres los a b a n d o n en á sí m ism os, y
que cierren los ojos á todo? Yo no digo eso , mis am ados oyentes,
ni ese es m i p en sam ien to , como os lo voy á hacer v er. Si ese hijo
elige m a l, podéis contenerlo con sabios consejos; si no los escucha,
podéis añ adir la autoridad , y si rehúsa o b ed e ce r, podéis em plear
to d a la fuerza de la auto rid ad p atern a. P orq u e nada de esto es dis­
p o n e r de su persona ni de su vocacion ; sino al c o n tra rio , es po­
nerlo en estado de disponer m ejor de sí m ism o. Yo llam o disponer
de la vocacion de un hijo señalarle precisam ente el estado que
quereis q ue ab ra ce, sin ex am inar si.es ó no de su agrado.
21. Yo llam o disponer de la vocacion de u n hijo disuadirlo de
u n a elección razonable que ha hecho p ara con D ios, y fo rm ar di­
ficultades insuperables p ara im pedir que se lleve á efecto. Yo lla­
m o disponer de la vocacion de u n hijo abusar de su credulidad
CON RESPECTO k LA VOCACION DE SDS HIJOS. 61
p ara seducirle con falsas prom esas, y para hacerle ver las p re te n ­
didas •ventajas que se Je forjan, y para llevarle insensiblem ente al
térm ino á que se le quería conducir. Yo llam o disponer de la v o -
cacion de un hijo dejar á una hija m uchos años sin establecer, no
usar con ella sino m odales duros y desagradables, ejercitar con
m alos tratam ientos su paciencia, hasta el punto de que al fin se
disguste del m undo, y tom e por sí m ism a el partido de ab razar la
soledad. Yed aquí lo que yo llam o disponer de la vocacion de los
h ijo s, y ved aquí lo que Dios prohibe. ¿Q ué le responderéis un día
cuando os rep ren d a por haberos opuesto á sus designios en la di­
rección de una familia que os habia confiado? ¿ cuando os pida
cu e n ta , no de la sa n g re , sino del alm a de este hijo que él q u ería
sa lv a r} y que le habia preparado para ello todos los cam inos de
que vos lo habéis alejad o , lo habéis ex tra v iad o ; lo habéis perdido?
¿Q ué responderéis á vuestros mismos hijos? P o rq u e ellos se levan­
tarán contra vosotros, y se harán vuestros acusadores, así como
vosotros habéis sido sus tentadores y sus corruptores. No es esto
decir que no podáis dirigirlos en la elección que hicieren ; q ue no
podáis aconsejarles, exhortarles y usar de todos los m edios que
Dios ha puesto en vuestra m ano para preservarlos de los escollos
á que una ju v en tu d ligera y sin reflexión se deja a rra stra r. Yo di­
go m as, y aun sostengo que no solo podéis hacerlo , sino q u e d e­
beis; y sobre esto es sobre lo que establezco la o tra proposicion
q ue h e d educido, á s a b e r, que au n q u e no os es perm itido obligar
á vuestros hijos á abrazar un estado, sois, sin em bargo, responsa­
bles á Dios del estado que ellos abracen. Necesito de vuestra aten ­
ción unos m om entos m as para esta

Segunda parte.

22. Es un principio recibido en toda m oral q u e d ebem os, en


cuanto esté de nuestra p a r te , g ara n tir las cosas en que estam os obli­
gados á interesarnos y á tom ar p a r te , y á proporcion de la p a rte
que en ellas tenem os, y del interés que á ellas nos u n e , nos h ace­
mos mas ó menos responsables. E sta m áxim a es evidente, y de ella
saco yo la prueba de mi segunda proposicion. P orqué au n q u e los
padres no deben fijar á sus hijos la elección de una vocacion y de
u n estado, no dejan p o r esto de intervenir en esta elección, de p a r­
ticipar de e lla , de ten er en ella un derecho de dirección y de vigi­
lancia, no solo en cualidad de p ad res, sino m ucho m as en cualidad
62 SEEMOW SOBRE EL DESER DE LOS PADRES
de padres cristianos. Dé aquí era necesario deducir que ellos deben
responder de esta elección, y que Dios puede sin injusticia tomarles
cuenta de ella. Ciertas cuestiones que voy a! momento á resolver ser-
viránpara esclarecer este punto.
23. Se pregunta en general si en ciertos estados , sobre todo en
aquellos que no pertenecen á la perfección evangélica, un hijo es
dueño de contraer un enlace, y dé obligarse a él, sin noticia ni co­
nocimiento de sus padres. No puede hacerlo, cristianos, sino que
es de su deber, y de un deber rigoroso, consultarlos y oir sus exhor­
taciones, y deferir á ellas en cuanto lo perm ita la razón. Porque,
dicen los teólogos, el honor debido á los padres es un mandamiento
expreso de Dios. Pues hien, el no tener ningún respeto á sus con­
sejos, no cuidar de instruirse por ellos, obrar en esta m ateria con
ana total independencia, sin querer creer m asque á sí'mismo, esto
será un desprecio formal de la autoridad paterna; y este desprecio
en una m ateria tan im portante como es la elección de estado debe
se r mirado como una transgresión de la ley divina. Se pregunta en
particular si en cierta edad ya provecta puede un hijo, sin informar
á su padre y sin pedirle su consentimiento, contraer un m atrim o­
nio al cual le arrastra una pasión; esto es, si puede en conciencia.
No, responden los Doctores; y si lo hace, tiene el padre el derecho1
de castigarle segun las leyes, y de privarle de la herencia ; pena que
8é cree ju sta , y que por consiguiente supone una ofensa. Se pre­
gunta si el padre que ve á su hijo abrazar un partido que juzga le
ha de ser pernicioso, con respecto á Dios, puede callar sobre ello,
y cooperar en cierto modo con su silencio á autorizarlo. Esto será
un crimen en é l, segun todos los maestros de k m oral; y si disi­
mula sobre ello, y no hace toda la oposicion necesaria, se hace pre­
varicador. De aquí se sigue, pues, que los padres, sin disponer de
sus hijos, tienen sin embargo parte en su elección de muchos mo­
dos: por exhortación, por consejo, por tolerancia, p o r consenti­
m iento, p o r derecho de oposicion y de castigo. Ved aq uí, cristia­
nos, el fundamento de la verdad que os predico. Porque si Dios no
es hubiera obligado á garantirle la elección que hacen vuestros hi­
jos, ¿por qué habíais de ser criminales cuando dejais de emplear
el medio de la autoridad, ó del consejo y la instrucción para ayu­
darles en su elección? ¿Por qué había de ser en vosotros una to­
lerancia digna de castigo, cuando les abandonais á sí mismos, y les
dejais elegir inconsideradamente lo que sabéis que no les conviene
y puede serles dañoso? Porque podéis oponeros á su elección, con-
CON RESPECTO Á XA VOCACION DE SÜS HIJOS. 63
tradecirla, castigarles p o r ella si ha sido contraria á vuestro deseo,
y cuando á yuestro parecer han faltado al respeto que os deben.
24. Dios sin duda no os ha dado ese poder sino en razón á las
cargas que le están unidas; y de todos los deberes que ha impuesta
á vuestros hijos resulta en vosotros una obligación natural de res­
ponder de ellos y de su estado. Si sucede, pues, que ellos se extra­
vian, ó porque no habéis tenido cuidado de instruirlos, o porque
no habéis tenido la firmeza bastante para resistirles, ó porque una
tolerancia reprensible os ha hecho secundar sus locos deseos, ¿no
tendrá Dios el derecho de deciros: dame cuenta, no solo de tí mis­
mo, sino de este hijo y de esta hija para con los cuales debíais ha­
ber sido en cualidad de padre, ministro, para servirles de guia y de
director? Y ciertam ente, cristianos, ¿quién no sabe que un padre
es responsable á Dios de la educación de sus hijos? Pues b ie n , en
la educación de los hijos ¿qué cosa hay mas im portante que el es­
tado que deben abrazar, y la forma dé vida que tratan de elegir?
25. Desenvolvamos é ilustremos mas este punto para hacerlo
mas instructivo y mas práctico. La elección de un estado, dice san
Buenaventura, puede ser mala de tres m a n e ra s: ó por el estado
mismo, porque es contrario á la salvación , ó por lo menos m uy pe­
ligroso; ó porque el que lo abraza es incapaz de cumplir sus obli­
gaciones; ó porque aunque sea honesto el estado, y el que lo abraza
sea capaz de cumplir sus obligaciones, no ha entrado en él, si puedo
explicarme así, por la puerta del honor y por el camino recto.
26. Prestadme atención; he dicho la elección de un estado
malo por sí mismo, ó al menos muy peligroso; y pongo por ejem­
plo el estado de san Mateo. ¿Qué era este apóstol antes de ser lla­
mado y convertido por Jesucristo? Era un publicano, y es necesario
saber que este empleo, que consistia en cobrar cierto tributo públi­
co, se ejercía entonces comunmente contra la conciencia, pues que
Jesucristo en el Evangelio, hablando del reino de los cielos, colo­
caba á los publícanos en la misma clase que á las mujeres perdidas:
PubUcani et meretrices. (M atth. x x i). Esta es la observación de san
Jerónimo, á ]a que san Gregorio añade o tr a : Que los Apóstoles des­
pues de su conversión siguieron su antiguo género de vida, y vol­
vieron á su pesca; pero no sucedió así á san Mateo, que absoluta­
mente y para siempre abandonó su recaudación. ¿De dónde nace
esta diferencia, pregunta san Gregorio, sino de que el oficio de san
Pedro y de los otros Apóstoles era inocente, y el de san Mateo le
constituía al menos en un peligro cierto y presente? Si existen,
64 SERMON SOBRE EL DEBER DE LOS PADRES
pues ♦ semejantes profesiones en el m undo, lo que yo no entro á
examinar, porque me aflijo al pensarlo; quiero decir, si existen cier­
tos estados en los que, segun la estimación com ún, es moralmente
imposible perm anecer y ser cristiano, ¿podrá perm itir un padre
que crea en Dios que su hijo se arroje ciegamente y permanezca
en él ? ] A hí mis amados oyentes, bien léjos de aprobarlo, de auto­
rizarlo y de tolerarlo, debe hacer todos los esfuerzos para inspirarle
horror y alejarle de él. El debe decirle como el santo hombre To­
bías : «Tengamos confianza, hijo mío; nosotros serémos siempre
«muy ricos, si tenemos el santo temor del Señor. Antepongámosle
«á todos los tesoros de la tierra, y no consintamos jamás en perder
ttni aun arriesgarlos bienes eternos por los tem porales: Satis multa
«bona habebimm, si timuerimus Deum. (Tob. i v ) .» Así es como él le
hablará, o como le debe hablar. Pero si él se deja dominar y con­
ducir por el interés, si á vista de una fortuna temporal y de una
ganancia segura, pronta y abundante aprueba la elección hecha por
su hijo de una profesion, dañosa al menos, segun D ios; si él es el
prim ero en procurar su entrada en e lla , en favorecería y secun­
darla en sus consecuencias, en buscarle para ello intercesores y pa­
tronos , ¿quién puede dudar de que por estos hechos no echa sobre
sí todas las consecuencias funestas que habia ten id o ; que por esto
mismo el padre no se hace culpable de todos los desórdenes de su
h ijo ; que la condenación de este jóven no se le debe im putar, y que
este no sea uno de los principales artículos sobre los que tendrá que
justificarse delante de Dios ? Nada os decimos sobre esto. A vosotros
os pertenece, cristianos, hacer la aplicación de esta m oral, y ver
las consecuencias que debeis sacar de ella para la dirección de vues­
tras acciones. Prosigamos.
27. Además de que la elección de estado puede ser mala en la
sustancia, lo es mas comunmente con relación al sujeto, es decir,
porque el que hace la elección es indigno del estado que elige, no
tiene las cualidades necesarias para este estado, y se halla absolu­
tam ente incapaz de llenar sus deberes. De aquí esa corrupción ge­
neral que vemos en el mundo y en todas las condiciones de la socie­
dad ; de aquí esos abusos que se han introducido y que reinan en la
Iglesia; de aquí ese desarreglo cási universal en el desempeño de los
cargos, y sobre todo en la administración de justicia; de aquí cási
todos los males que turban la sociedad; mas de aquí también para
los padres una fuente de obligaciones que les debe hacer temblar,
una causa continua de pecados, un manantial inagotable de escrú-
COK BESPfiCTO Á LA VOCACION DE SDS HIJOS. 65
p u lo s, y una de las cuentas mas terribles que tienen que dar á Dios:
porque si nos remontamos al principio y examinamos lo que causa
un trastorno tal en todos los estados de la vida, y de dónde nacen
todos los desórdenes que tanto deploramos, pero que no corregi­
m os, conoceremos que deben atribuirse comunmente á los padres,
que sin consideración á la incapacidad de sus hijos los bañ colo­
cado en destinos, y les han confiado ministerios cuyo desempeño
supera sus fuerzas y sus talentos. En efecto, si este padre no h u ­
biera solicitado el cargo que ha obtenido para su hijo, este hijo no
seria hoy lo que es, y no siéndolo, no abusaría de un poder que ha
recibido sin aptitud para ejercerlo, no haria servir la autoridad de
que está revestido para vejaciones, violencias é injusticias que el pú­
blico experimenta y sufre. Ha podido, por consiguiente, el padre
prevenir é impedir estas molestas consecuencias. Instruido en las
disposiciones del joven, podia, en vez de elevarlo tanto, ó de ayu­
darle á subir, negarle sus socorros y su cooperacion para ello. No
solamente lo podia, sino que lo debía. ¿Y quién se adm irará de que.
Dios entre en juicio con él sobre este particular, y le baga sufrir el
castigo ?
28. Ved aquí, sin embargo, amados oyentes, el abuso de nues­
tro siglo. El celo de los padres por sus hijos no se dirige á verlos
capaces de ser empleados, sino que les basta verlos empleados. Se
necesita para este primogénito tal destino, y esto se supone ya como
un principio. ¿Y hay con qué hacer los gastos necesarios? Esto-es
lo que se examina con toda la atención necesaria. Y hecha una vez
esta cuenta, ¿quedará fondo bastante para los demás gastos? Esto
es lo que se calcula con mucha exactitud. Pero este hijo que se
quiere colocar así ¿es á propósito para llenar el cargo que se le
confia? Esto no se pone á discusión : si tiene el mérito suficiente,
sea en buen hora; si no lo tiene, su cargo le hará lugar. Pero se
sabe muy bien que ni tiene m érito, ni se puede esperar que lo ad ­
quiera jamás. Se sabe, y se obra como si no se supiese. Porque,
¿dónde están ahora los padres que imitan á aquel em perador de
Roma que excluyó auténticamente á su hijo del imperio porque
no veia en él las disposiciones necesarias para sostener su peso? Este
joven es de tal familia, en la que tal dignidad es hereditaria; pues
bien , es necesario que el hijo suceda á su padre. ¿Y qué se sigue de
esta máxima? Vosotros sois testigos diariamente que un joven á
quien no se habría querido confiar el menos im portante negocio de
«na casa particular tiene muchas veces en sus manos los negocios
5 T. X I.
66 SEBMOTf SOBRE E t DEBEB DE LOS PADRES
y los intereses públicos de toda una provincia. Él puede juzgar se­
gún le agrade, m andar como le plazca, y hacer todo aquello que
■se le antoje. Se su fre , se gim e, la justicia se vende y se trastorna
el derecho: esto es lo que menos im porta á un padre, con tal qye
él no sienta el daño, y que su hijo esté establecido. P o rq u e , ved aqúí
cómo discurren en el dia la mayor parte de los padres que ignoran
sus obligaciones, ó se cuidan poco de cum plirlas: se persuaden que
todo está hecho cuando pueden hallar un destino para su hijo; se
imaginan que en esto es en lo que consiste la grandeza del mundo,
y por lo demás se lisonjean de que hay una Providencia universal
para suplir todo lo que pueda faltar de su parte. Sí, cristianos, la
hay, no lo dudéis; pero es una Providencia rigorosa para castigar
en vuestras personas todas estas faltas antes que suplirlas en el or­
den del universo; hay una Providencia, mas es una Providencia de
justicia y no de misericordia para pediros cuenta de todos los ma­
les que habéis podido im pedir en su origen y que habéis perm iti­
do, que habéis causado y perpetrado. Es cierto, y la Escritura nos
lo dice en cierto sentido, que ante el tribunal de Dios cada uno res­
ponderá por sí mismo, y nada mas; que la carga de uno no lo será
de otro , y que cada tino llevará la suya; pero no es menos cierto
que la misma Escritura nos advierte , en otro sentido, que Dios hará
resonar sobre el padre la iniquidad de su h ijo ; que el juicio del pa­
dre no será separado del de su hijo; que el hijo será condenado por
el padre, y el padre por el hijo.
29. Dos verdades nacidas la una y la otra de la Verdad misma,
y por consiguiente la una y la otra infalibles. Dos verdades opues­
tas al parecer, y que sin embargo no se contradicen de modo al­
guno. Mas dos verdades que no concillaréis jam ás, sino recono­
ciendo á lo que os obliga la cualidad de padres, y el crimen que
cometeis cuando un amor ciego por los hijos, ó cualquiera otra
m ira mundana os hace cooperar á su elección, á pesar de conocer
su insuficiencia y la desproporcion que hay entre su debilidad y el
m inisterio que pretenden desempeñar. Mas si la elección, en fin,
no es m ala, ni considerada en sí misma, ni con relación al sujeto,
¿es esto bastante? N o, cristianos; porque yo añado que puede ser
mala con relación á los medios, y que esto es lo que debe excitar
toda vuestra vigilancia. Yo lo v e o : este estado por sí mismo no
tiene nada que dañe á las leyes del honor ni á los derechos de la
conciencia; en él se puede ser cristiano y vivir cristianamente.
30. Yo voy mas léjos, y convengo con vosotros en todo el m é-
COTÍ RESPECTO k LA TOCACION I>E SUS HIJOS. 61
rito de este hijo; mas aunque esté adornado de muchas cualidades^,
el mérito no es siempre la puerta por donde se e n tra , sea ;en la Igle­
sia, ó sea en «1 mundo. Hay además otros muchos medios á los.
cuales frecuentemente es necesario recu rrir; y entre estos medios
los hay legítimos que son permitidos , é injustos que la ley prohibe*
Pues b ien, en la elección de los unos ó de los otros, dejar los per-
mitidos porque no son suficientes, porque no son bastante eficaces,,
ó porque se carece de ellos, y seguir las yias crim inales, que p o r
indirectas que sean conducen sin embargo al término mas segura y
prontam ente, ved aquí una de las mas grandes iniquidades del si­
glo. No es precisamente mi objeto presentaros la injusticia, deplo­
rar coü vosotros el triste estado á que hemos "venido á parar en es­
tos últimos tiempos, y recordar la antigua probidad délos prim eros
siglos. Mas lo que me incum be, y no debo omitir, lo que reclama
todo el ardor de mi celo y toda la fuerza de la palabra evangélica?
es que los padres conduzcan á sus hijos por tales caminos para es­
tablecerlos y hacerles adelantar; porque de esto tenemos continua­
mente tristes ejemplos. Se quiere que este hijo llegue á cierto grado
en el mundo, y para esto ¿cuántas intrigas no se imaginan? ¿Cuán­
tas cabalas no se forman? ¿Cuántos excesos no se cometen contra
los demás pretendientes que hacen sombra? Se ponen los ojos en
cierto partido para esta hija; y á fin de conseguirlo mejor ¿lo diré?
¿Cuántas libertades no se le perm iten? ¿Cuántas entrevistas no se-
le consienten? ¿A cuántos peligros no se la expone? Estos son, de~
cís vosotros, los medios de conseguirlo, y sin ellos nada se adelanta \
pero ¿son estos los medios que Dios aprueba? ¿Son estos los me­
dios q u e el Evangelio autoriza? ¿Son estos los medios que la misma
equidad natural inspira y con los que puede ser compatible? P o r
consiguiente, ¿son estos los medios que un padre puede sugerir á
sus hijos, con los que puede auxiliarles y darles ejemplo? SÍ, pues?
él se deja cegar por su pasión hasta el estrem o de verles tranqui­
lamente y sin ninguna resistencia de su parte seguir semejantes,
caminos, y aun indicárselos él mismo y conducirlos por ellos, par­
ticipando así de los crímenes de sus hijos, ¿no debe también espe­
ra r ser comprendido en la sentencia que Dios pronuncie contra
ellos? ¿Y qué excusa legítima podrá alegar?
31. i Ay I mis amados oyentes, ¿no será bastante estar encar­
gados de nosotros mismos, y tener que responder de nuestras obras?
¿No será esto aun demasiado para nuestra flaqueza? Pero con res­
pecto á los padres no es posible que el juicio de Dios se limite á esía>
5*
68 SERMON SORBE EL DEBER S E LOS PADRES
so lo ; y por una triste necesidad y una obligación inevitable es ne­
cesario que se extienda mas a llá , porque un padre no puede res­
ponder de sí mismo sin responder de sus hijos, pues que él no ha­
b rá sido buen padre segun Dios, sino en cuanto haya cumplido sus
deberes en la dirección de su familia, y en particular en la de sus
Iiijos; ni padre criminal sino en cuanto haya descuidado sus obli­
gaciones. Dios concede la autoridad á los padres para que la ejer­
citen y para juzgarlos segun el uso que hagan de ella. Dios les da
gracias particulares y propias de su estado para que se sirvan de
-ellas, y no para que se vuelvan inútiles en sus manos. Por lo d e-'
®aás, todo lo que he dicho de la elección que hacéis de vuestros hi­
jo s, y de la cuenta que habéis de dar á Dios por ella, no debe en­
cenderse de tal modo que no os sea permitido colocarlos en empleos
convenientes de la Iglesia ó del siglo, cuando Dios les llame á ellos;
porque muy léjos de creer que esto es un crim en, creo por el con­
trario que es una de vuestras obligaciones; y jamás aprobaré la in­
diferencia, por no decirla dureza, de aquellos padres que, ocupados
¡todos de sí mismos, y no queriendo desprenderse de nada, dejan í
-sus hijos consumirse sin establecerlos, y les hacen perder las oca­
siones favorables para ello, sino que mi intención es solo excitar en
vosotros un santo celo por la perfección de vuestros hijos, que Dios
os ha encomendado y sometido á vuestra dirección, haceros traba­
ja r por ellos, m ientras están en vuestro poder, para instruirlos, para
•formarlos, para hacerlos capaces, inteligentes, dignos do los cargos
á que pueden aspirar segun el rango de su nacimiento. Pues bien,
para conseguir esto no hay un medio tan poderoso como que os di­
gáis á vosotros m ism os: Ó es necesario que mis hijos sean exclui­
dos de todo, y vivan una vida oscura y sin em pleo, ó es necesario
q u e yo me «ocupe en dirigirlos para que puedan ser alguna cosa y
hacer algo en la vida; y si yo quiero colocarlos sin disposición al­
g u n a de su p a rte , y á pesar de su incapacidad, es necesario que yo
cae condene con ellos.
32. Que ellos sean excluidos de todo será una vergüenza para
ellos y una humillación para m í; que yo me condene con ellos será
■-rana extrema locura y la mayor de las desgracias. La consecuencia es,
pues, que yo no omita nada, sino que use de toda mi destreza y de
todo mi poder de padre para hacerles adquirir las cualidades de espí­
ritu y de corazon que puedan necesitar en lo sucesivo, segun el es­
tado á que la Providencia les destine; porque esperar que Dios al
íüamarlos hará por sí mismo todo lo demás, y que les dará conocí-
CON RESPECTO 1 LA VOCACION DE SUS HIJOS. 6®
mientos infusos, esto es contar con un milagro, y trastornar el ór»-
den que su sabiduría ha establecido en el gobierno del mundo.* j
pretender que Dios no me impute todo lo que les falta, y que po­
dían haber recibido de m í, esto es ignorar uno de mis primeros de­
beres y engañarme á mí mismo. Ved aquí, cristianos, lo que es
necesario meditar bien. No hay aquí nada que no sea de una gran
importancia, y que no deba haceros tem blar, si no cumplís con vues~
tros deberes; mas yo añado que no hay tampoco nada que no sea
de un mérito muy relevante, y que no deba consolaros, si perma-
neceis fieles y lo observáis.
33. La cualidad de padres os impone grandes obligaciones, pero>
al mismo tiempo os da ocasion para amontonar un gran tesoro en?
el cielo; porque ¿quién no sabe cuánto cuesta la dirección y edu­
cación de los hijos? ¿Cuántos genios no es necesario sufrir, cuán­
tas travesuras no es necesario perdonar, cuántas flaquezas no es.
necesario contemplar, cuántas precauciones no es necesario tom ar
para instruirlos sin fatigarlos, para tenerlos arreglados sin exaspe^-
rarlos, para darles correcciones útiles sin sublevarlos? Pues bieny
nada de esto es perdido delante de Dios, y en esto es en lo que debe
consistir vuestra principal santidad. Ó vuestros hijos se aprovecha­
rán de vuestros consejos, ó no se aprovecharán de ellos. Si no se
aprovechan, es cierto será un disgusto para vosotros, y un disgusta
sensible; pero por lo demás vosotros habéis cumplido con Dios y con
ellos; si ellos se aprovechan, y Dios, como debeis esperarlo, ben­
dice vuestra vigilancia y vuestro celo, jqué consuelo para vosotros
en este mundo el de tener vuestra familia arreglada, y sobre todo
qué felicidad la de encontraros un día todos juntos en la gloria que
os deseo á todos 1 Amen.
SEWMON

SERMON
SOBRE

EL ESTADO DEL MATIUHOMO.


N iiplid) factas s u n t iti Cana G alilatw , et erat
m ater Jes tí i b i ; vocalus est aulem et J e s ú s , et
d is c ip u lie ju s , ad n u p tia s. ( Joan, i , 1 , 2).
Se celebraron un as bodas en C apá de G ali­
le a , y e stab a allí la M adre de Jesús: y fue
tam b ién convidado Jesús y sus discípulos á las
bodas.

1. No solam ente, cristianos, fue invitado Jesucristo á las bodas,


sino que asistió á ellas; y con su asistencia las aprobó, las honró, las
santificó, y apartó de ellas los desórdenes, y desde entonces tomó
sus medidas; para eon sagrarlas en la Iglesia por la institución de un
Sacram enta. No fue, p u e s, en: vano ni sin objeto el que quisiera
ser llamado : Vocatus est m tem Jesús; porque de allí viene, dicen
ios P a d r e s l a santidad del matrimonio \ y si en este estado no se
llama á Jesucristo, no habrá en él cosa alguna que no sea profana,
s i tendrá nada que lo ennoblezca. Mas yo añado y afirmo que no
basta que Jesucristo sea llam ada por los hom bres, si los hombres
no son llamados también por Jesucristo. Esto es, mis amados oyen­
te s, que á la gracia de la yocacion por la que Dios os santifica para
en trar en el estado del matrimonio debe preceder la súplica y la
invitación, digámoslo así, por la que quereis empeñar á Dios á q u e
se interese en la unión que quereis contraer y la bendiga; súplica
inútil sin la vocacion divina. Mas si Dios os llama prim ero, y des­
pues vosotros llam aisá Dios, vuestra unión soiú el perfecto modelo
y la idea verdadera de un matrimonio cristiano. Esta es la impor­
tante materia de que me voy á ocupar al hablaros en este dia; y
porque conozco los escolios de que está rodeada mi em presa, ne­
cesito recurrir á Dios. Yo m e dirijo á él como el Profeta, pidién­
dole que ponga una guarda en mi boca, y que no perm ita que mi
lengua pronuncíe una palabra de que pueda abusar la malicia de
ios hombres. Para ello imploremos los auxilios y la poderosa inter­
cesión de María di ciándola: Ave M aría.
SOBRE EL ESTADO DEL MATRIMONIO. 7t
2. Hablando san Agustín del matrimonio en un excelente tra ­
tado, y enumerando todas las yen tajas y todos los bienes de que
Dios le ha dotado, los reduce á tres principales : á la educación de
sus hijos, que es el fin ; á la fe m útua y conyugal, que es el vín­
culo, y á la cualidad de Sacramento, que es como su esencia en la
ley de gracia: Bonum habmtnupíim, ethoc tripartítum, proles, fides,
sacrammtum. Estas son sus palabras, repetidas en diversos lugares:
de las obras de este Padre. En efecto, es un bien para los hombres
que Dios por la institución de un Sacramento haya establecido alian­
zas entre ellos, y que haya elevado estas alianzas á un órden so­
brenatural, por una gracia de que ellos mismos son los ministros.
Es además un bien muy estimable para una persona unida en m atri­
monio pensar que otra persona sobre la tierra está obligada á guar­
darle fe , y que no hay nada en el órden de la naturaleza, ni según la
proximidad de la sangre, que ella no le deba: amor, respeto, com­
placencia , fidelidad. En fin r yo aseguro que es una dicha que Dios
les haya escogido para que eri el matrimonio le ofrezcan hijos, esto
es, siervos que le glorifiquen, y fieles que aum enten el gremio de
su Iglesia. V ed, pues, aquí las tres grandes prerogativas del m atri­
monio : es un Sacram ento, es el vínculo de una sociedad m útua, y
es una propagación legítima de los hijos de Dios. Todo esto es cierto,
cristianos; mas no penseis que estos bienes sean tan gratuitos, que
no estén acompañados de algunas cargas; porque ved aquí la idea
que os debeis formar, y que os ruego no olvidéis, porque ella va á
formar la división de mi discurso. De estas tres clases de bienes re­
sultan necesariamente deberes de conciencia y obligaciones indis­
pensables que cumplir en el m atrim onio; esta será la prim era par­
te : resultan asimismo disgustos muy grandes y enojosos que sufrir;
esta será la seg u n d a: y grandes peligros, con respecto á la salva­
ción, que evitar; esta será la tercera. Yo sostengo, pues, que no
se pueden cumplir estas obligaciones, ni soportar estas penalida­
des, ni preservarse de estos peligros sin la gracia de la vocacion de
Dios. De aquí deduzco que no hay estado alguno entre los hom­
bres en que la vocacion divina sea mas necesaria, Este será el ob­
jeto de vuestra atención.

Primera parte.

3. No puede dudarse, cristianos : considerado el matrimonio en


toda su extensión, y sobre todo según las tres cualidades que yo he
72 SERMON
como Sacramento, como vínculo d e una sociedad m ú tu a , y
D o ta d o ,
con respecto á Ja educación de los hijos, de quien él es una propa­
gación legítima, este estado lleva consigo obligaciones que os es dé
suma importancia conocer, y q u e , para cumplir con el deber de mi
ministerio, os voy á explicar.
. 4 . Es, sin disputa, un bien para el Cristianismo, y en particu­
lar para vosotros, los que habéis sido llamados por la Providencia
á vivir en el siglo, que el Hijo de Dios haya consagrado el m atri­
monio por su institución; que no solo no sea un estado crim inal,
como han querido persuadir algunos herejes; ni una sociedad pu­
ram ente civil, como es entre los paganos; ni una simple ceremonia
de la Religión, como era en la ley antigua; sino un Sacramento que
confiere la gracia de Jesucristo, establecido para santificar las al­
m as, para representar uno de nuestros mas grandes m isterios, que
es la encarnación del V erbo, y para aplicar sus méritos á aquellos
que lo reciben dignam ente: Sacramentum hoc magnumest. (Ephes. y).
S í, hermanos mios, decia san Pablo, este Sacramento es grande; y
yo os lo digo para que sepáis las ventajas que en este tiene nues­
tra Religión sobre todas las otras. Porque él solamente es grande
por la relación que tiene con Jesucristo, nuestro divino Salvador; so­
lam ente es grande en la Iglesia, que es la esposa de Jesucristo; solo
es grande para los fieles, que son los miembros del cuerpo místico de
Jesucristo; es decir, que solo es grande para vosotros: Ego autem
dico vobis in Chrisio et in Ecclesia. (Ibid.). Todo esto es de fe. Mas
¿qué se sigue de aquí? Las obligacionesáque se da poca im portan­
cia en el mundo, y que el matrimonio no obstante os impone. Por­
que supuesto que es un Sacramento de la ley de gracia, no es per­
mitido contraer este vínculo sino con una intención pura y santa;
no es perm itido recibirlo sino con una conciencia limpia y exenta
de pecado; no es permitido usar de él sino según Dios, y con un
fin digno de Dios; y cualquiera que falta á estos deberes comete
una ofensa que participa de la naturaleza del sacrilegio, porque p ro­
fana un Sacramento. Supuesto el principio de la fe, nada liay en
estas consecuencias que no sea evidente é incontestable.
5. Mas pocas veces se piensa en el mundo en estas consecuen­
cias. ¿Y de dónde nace que no se piense, que se olviden en este
Sacramento las reglas de piedad que se cree necesario observar y
se observan al recibir los otros? Vosotros seréis los prim eros, y tal
vez los mas celosos, en condenar á un hombre que recíbalas órde­
nes sagradas con miras de interés ó de ambición. Vosotros no os
SOBRE EL ESTADO DEL MATRIMONIO. 73
atreveréis á acercaros al Sacramento de los altares sin haberos p u ­
rificado antes con las aguas de la Penitencia, y creeréis haceros cul­
pables al presentaros en el tribunal de la Penitencia por un fin que
no sea honrar á Dios y reconciliaros con él. Guando se os habla de
Simón Mago, que pidió á los Apóstoles el sacramento d é la Confir­
mación por un motivo de vanagloria; y cuando se os dice que Ju^
das asistió á la mesa de Jesucristo, y que comulgó con una disposi­
ción crim inal, reprobáis el atentado del uno y del otro. Pues bien;
¿es el matrimonio menos respetable y menos venerable, en razón
de Sacramento, que los demás? ¿No le ha instituido el Salvador del
mundo lo mismo que los demás? ¿Tiene él menos virtud que los
otros para causar la gracia? ¿Contiene acaso misterios menos ele­
vados que ellos? ¿No conviene á este Sacramento cuanto se dice de
los demás para exaltarlos y hacernos que los reverenciemos? Y por
consiguiente ¿no pide unas disposiciones tan perfectas, un motivo
tan cristiano, una pureza de corazon tan e n te ra , y un uso tan ho­
nesto y tan santo? Nosotros sabemos especulativamente todo esto,
mas en la práctica hé aquí la distinción que hacemos entre este
Sacramento y los demás. Para recibir estos se prepara el hombre,
busca á Dios, y se dispone, como manda la Religión, obrando en
esto como cristiano; mas cuando se trata del Sacramento de que
hablo, decís que tal Sacramento es en la \id a una cosa indiferente
y del todo profana, en la que ni Dios ni la Religión tienen parte
alguna. Se contrae un matrimonio por consideraciones puram ente
hum anas, sin tener por ello el menor rem ordim iento; se le con­
trae al pié del altar estando actualm ente en pecado; y aunque esta
sea indudablem ente una profanación sacrilega, apenas se tiene es­
crúpulo alguno, porque la mayor parte de los hombres ignora este
punto de conciencia. Pero ¿cómo podrán, mis amados oyentes,
justificar su conducta delante de Dios ? Y si quereis que os declare
mi opinion, este es uno de los mayores desórdenes que reinan hoy
en el Cristianismo. Parece que eJ m atrimonio no se mira como una
cosa sagrada, sino como un negocio tem poral, como una pura ne­
gociación. ¿Quién es el que consulta á Dios para abrazar este es­
tado? ¿Quién es el que le considera como un estado santo al que
Dios le ha llamado? ¿Quién el que le elige con la mira de conse­
guir su predestinación y su salvación eterna? ¿Os lo diré yo? Los
mismos paganos son acerca de este punto mas religiosos, ó al me­
nos mas sabios y mas sensatos. Si el matrimonio no es entre ellos
uu Sacramento, no es tampoco, como se ha hecho entre nosotros*
74 SERMON
un tráfico m ercenaria, en que se entrega el uno al otro, no por una
inclinación razonable,, no por una honesta estimación, ni según el
mérito de la persona, sino según sus rentas y sus heredades, y á1
precio de plata y de oro. Tal es el lazo de eási todos los m atrim o­
nios; la plata es quien los forma : de aquí nace ese desarreglo tan
com ún, que hace que despues de un matrimonio contraído sin in­
clinación se formen amistades criminales fuera del matrimonio.
Siendo esto así, cristianos, lo que no podemos deplorar suficiente­
m ente, es que encerrando el matrimonio en su esencia dos calida­
des, la de contrato y la de Sacramento, se fije toda la atención sobre
la prim era, que es de un órden inferior, y se olvide absolutamente la
o tra , á pesar de ser sobrenatural y divina.
6. En razón de contrato se observan todas las reglas de pruden­
cia, ya en los tratados, ya en las conferencias y reuniones, ya en
cuanto á artículos y condiciones, y ya también en cuanto á medi­
das de precaución. Mas en razón de Sacramento ni se hacen re­
flexiones ni preparativos. Se cree que todo se reduce á ciertas ce­
remonias exteriores en la Iglesia, que se cumplen sin preparación
alguna y sin espíritu de religión. Por consiguiente, ¿es posible que
un Sacramento así profanado os traiga de parte de Dios los auxilios
de gracia que debe producir? Y ¿cómo cumpliréis vosotros las obli­
gaciones de vuestro estado, careciendo de estos socorros? Hablo aquí
de las obligaciones que os impone el matrimonio, no solo conside­
rado como Sacramento, sino también como vínculo de una sociedad
m utua. Yed aquí en qué me fundo para decir que son necesarias
en él las gracias mas poderosas y abundantes; vosotros lo iréis com­
prendiendo. No se trata aquí solo de una sociedad aparente, sino
de uña sociedad de corazon; de tal modo que practiquéis á la letra
este precepto del A póstol: Viri, diiigite uccores vestras, sicut et Chris-
tus dilexit Ecclesiam. (Ephes. y), Vosotros, maridos, a m a d a aque­
llas que Dios os ha dado por esposas; y vosotras, m ujeres, amad á
aquellos que la Providencia os ha destinado para esposos. La regla
que por consiguiente debeis guardar es amaros el uno al otro como
Jesucristo ama á su Iglesia ; Sicut et Chnstus dilexit Ecclesiam. Ved
aq u í, pues, vuestro modelo. Amaros con un am or respetuoso, con
un amor fiel, con un am or servicial y condescendiente, con un amor
constante y durable, con un amor cristiano. Todos estos son otros
tantos deberes contenidos en la fe conyugal que os habéis prome­
tido m utuam ente, y que ha causado vuestra unión. Estadmé aten­
tos. He dicho con un am or respetuoso, porque una familiaridad sin
SOBRE E t ESTADO DEL MATRIMONIO. 7&
respeto conduce poco á poco y cási infaliblemente al desprecio. He
dicho con un amor fiel, hasta dejar padre y m adre por un esposo <5
esposa, pues que esta es la ley term inante de Dios. Y con macha,
mas razón hasta rom per todo lazo que pudiera ligar el corazon, y
desprenderse de todo otro objeto que pudiera dividirlo. He dicho
con un amor oficioso y condescendiente, que previene los disgustos
á los alivia, que compadece las enfermedades, que liga las almas y
que sostiene entre las voluntades una armonía perfecta. He dicho
con'un amor constante y durable, para poder resistir á un genio
enfadoso que pudiera tu rb arlo , á las sospechas, á los celos, á la&
rivalidades y disgustos. He dicho, en fin, con un amor cristiano,
porque aquí es donde se puede aplicar y debe, en efecto, verificarse
el dicho de san Pablo, que la mujer cristiana y virtuosa es la san­
tificación de su marido, Esto es lo que han sido esas ilustres prin­
cesas que han santificado los im perios, convirtiendo y santificando
á los príncipes, de quienes eran al mismo tiempo las esposas y los
apóstoles. Esto es lo que vosotras debeis ser, señoras, haciendo en
vuestras familias lo que aquellas hicieróli tan gloriosamente y con
tanto mérito en sus reinos; teniendo presente que el testimonio
mas sólido de verdadero amor que podéis dar á vuestro esposo
es separarlo del vicio é inclinarlo hacia Dios; empleando para cou-
seguirlo todas vuestras súplicas, todos vuestros consejos, todos vues­
tros cuidados, y animándoos á perseverar en este santo ejercicio por
el dicho elegante de san Jerónimo á Leta.
7. Ella era hija de un padre id ó latra, á quien su esposa habia re­
ducido por su vigilancia y paciencia á abrazar la fe. Era necesario,
pues, dice san Jerónimo, que esto sucediese a s í: un celo tan grande
como el de vuestra madre por la salvación de su esposo no debía te­
ner otro efecto, Y en cuanto á m í, auade el santo Doctor en su estilo
sublime y figurado, yo pienso que el mismo Júpiter que adoraban
los-paganos hubiera creído en Jesucristo, si hubiera vivido con una.
familia tan santa : Ego puto, etiam ipsum Jovem, si habuisset talcm cog*
natiomm, potuisse in Christum credere. (H ieron.).
8, Mas por un trastorno que jamás deploraréraos bastante, mis
amados oyentes, y cuyas consecuencias funestas tal vez habéis pro­
bado vosotros m ismos, ¿ qué sucede ? Vosotros no podéis ignorarlo,
pues que lo veis diariamente. Este lazo, que debia causar la unión,
y la ventura de las familias y ser su mas firme apoyo; esta socie­
dad, que debían conservar mutuam ente el marido y la m ujer como
uno de los bienes mas apreciables de su estado, ¿á que se halla con-
76 SERMON
tinuam ente expuesto? A las riñas, á las aversiones, á ]as divisio­
nes , y muchas veces á los rompimientos mas escandalosos; ¿y por
qué? Porque ni el uno ni el otro quieren contribuir por su parte
á sostenerla. Una m ujer es obstinada, caprichosa é idólatra de su
persona; ama los gastos, los vanos adornos, las compañías y las
diversiones del mundo. Un marido es imperioso, es celoso, es me­
lancólico, es orgulloso y colérico, ama su placer y su desarreglo.
Y porque ninguno de ellos quiere hacerse la m enor violencia, el
uno cediendo de su obstinación, arreglando sus caprichos y po­
niendo límites á sus diversiones, á su disipación, á sus vanidades
y á su apego al m undo; el otro refrenando su soberbia, mode­
rando su melancolía, desechando sus sospechas injustas y sus in ­
quietudes exageradas é infundadas, moderando su orgullo y re­
nunciando á sus desórdenes; de ahí nacen las contradicciones, las
quejas recíprocas y las m urm uraciones, las repulsas fuertes y am ar­
gas ; se aum enta la aversión del uno para con el otro, y, finalmente,
para evitar mayores desórdenes, se ven obligados á separarse. Di­
vorcio y separación que la ley de los hombres autoriza, pero que
no por eso se hallan justificados siempre según la ley de Dios, Di­
vorcio y separación ,ta n frecuentes hoy en el m undo, y que pode­
mos mirar como la voluntad de nuestro siglo, sobre todo entre los
cristianos. Divorcio y separación á los que se sigue cási ciertam ente
la ruina de las casas mas bien establecidas, y donde vemos cum­
plirse á la letra las palabras de Jesucristo: que todo reino dividido
será destruido. Divorcio y separación en que viven sin escrúpulo
personas dadas á los ejercicios de piedad, sin tener presente que el
prim er deber de una piedad sólida por su parte, y en tanto que esto
dependa de ellas, es vivir en aquella sociedad que el mismo Dios
h a formado ó debido form ar.
9. ¿Y para qué ha sido formada esta sociedad? Yo lo diré con
san Agustin : para una propagación legítima y para la educación
de los hijos. Este es el tercero y último fundamento de las mas im­
portantes y esenciales obligaciones del matrimonio. Porque no es.
bastante haber dado el ser á los hijos y haberlos echado al m undo;
se necesita alimentarlos. No es tampoco bastante alim entarlos; se
necesita instruirlos. Y no basta instruirlos según el m undo; se n e ­
cesita instruirlos y formarlos según el Cristianismo. La obligación
de proveer á su subsistencia y de conservarles una vida que han re­
cibido de vosotros os la dicta la misma naturaleza, y os es fácil de
cumplir. La de pensar en su establecimiento temporal 7 además de Ja
SOBRE EL ESTADO DEL MATBIMONIO. 77
naturaleza, os la inspira frecuentemente vuestra ambición, y sobre
ella sois muy celosos y diligentes. La de trabajar en perfeccionar­
los y en cullivar ciertos talentos que puedan distinguirlos y elevar­
los en el mundo es una obligación que vosotros no descuidáis, y
de que muchos se ocupan con toda la diligencia posible. No por­
que no haya algunos padres tan insensibles y duros que, ocupados
todos de sí mismos, parece que desconocen sus hijos, y les privan
de los socorros mas necesarios, mientras que ellos no niegan á sus
propias personas nada de cuanto pueda contentar su disolución y
su sensualidad. No porque no haya también algunos á quienes la
vista de sus hijos es tan insoportable, que los tienen largos años
fuera de la casa paterna, los alejan con cualquier pretexto de su
presencia, y los abandonan para su educación á manos extrañas.
No porque no haya algunos, de quienes he hablado en mi discur­
so anterior, que no queriendo desprenderse de cosa alguna en fa­
vor de sus hijos para establecerlos con arreglo á su clase, Ies ven
tranquila y desapiadadamente padecer junto á ellos hasta una edad
avanzada, y los reducen á la triste necesidad de pasar sus dias sin
rango, sin nombre y sin estado. No porque no los haya que por un
olvido entero de sus hijos, 6 por una blanda y ciega condescenden­
cia, no les dan ninguna educación para el m undo, les permiten vi­
vir á su antojo, y los abandonan, por decirlo así, á sí mismos y á
todos sus defectos naturales. ¡Qué campo, si yo quisiera extender­
me á otros desórdenes que paso en silencio por ser menos impor­
tantes y menos frecuentes 1 Pero el mayor y el mas común es el de
perfeccionar á los hijos en las cosas del m undo, sin perfeccionar­
los al mismo tiempo en las de la Religión ; el de cuidar de todo
aquello que m iraá su fortuna, sin tener cuidado alguno de lo que
concierne á su salvación ; esto es, la de inspirarlas sentimientos
conformes á las máximas y principios del m undo, y cuidarse poco
de que estos sean conformes á los principios y máximas del Evan­
gelio ; esto es, la de no perdonarles nada cuando se trata de lo que
se llama buen aire de m undo, buenos modales, ciencia de m undo;
y perdonárselo todo cuando se trata de la inocencia de costumbres
y de la piedad. ¿De qué cosa habrán de responder á Dios los pa­
dres mas estrechamente que de la santificación de sus hijos? Como
esta es sin contradicción la prim era de todas sus obligaciones, ó,
mas bien, como esta es su única obligación, á ella deben atender
especialmente en la educación de sus hijos, de que están encarga­
dos, y por consiguiente á la de encaminarlos á Dios y educarlos en
78 SERMON
sn santo tem or, á la de corregir sus inclinaciones viciosas y hacer­
les volver á la v irtu d , ó la de alejarlos y preservarlos de todo aque­
llo que pueda corrom per sus corazones; como, p o r ejemplo, cria­
dos de malas costum bres, sociedades dafiosas, discursos libertinos,
espectáculos profanos, libros corrompidos y contagiosos; á la de
procurar á sus hijos una instrucción santa, darles consejos útiles,
y sobre todo ejemplos saludables, teniendo cuidado de no decir ni
hacer cosa alguna en su presencia que pueda ser motivo de escán­
dalo para sus almas flexibles y susceptibles de cualquier impresión»
Esto me llevaría m uy léjos ; y por la prem ura del tiempo no en­
tro en mas pormenores.
. 10. Recapitulemos. Tales son, mis amados oyentes, las obliga­
ciones propias del estado del matrimonio : ellas tienen sus dificul­
tadas, y dificultades grandes, convengo en ello ; pero ¿qué se si­
gue de aquí? Que no se debe entrar en este estado sin la vocacion
divina. Porque para cumplir todas sus obligaciones se necesita una
asistencia especial de Dios, que no la da sino á aquellos que le in­
vocan ; y esta gracia es necesaria, no solo para cumplir las obliga­
ciones del m atrim onio, sino también para sobrellevar sus disgustos.
De esto os hablaré en la

Segunda parte.

11. Hay disgustos en el estado del m atrim onio, y la prueba es


tanto mas sensible, cristianos, cuanto que vosotros teneis una ex­
periencia diaria de ello. Para representaros estos disgustos no. haré
otra cosa que seguir las mismas id eas, considerando el matrimonio
hajo los mismos respectos. Para ello necesito de toda vuestra aten­
ción.
12. He dicho, y lo repito, que el matrimonio es un Sacramen­
to : esto es lo que constituye su excelencia y su mas bella preroga-
tiva en la ley de g racia; mas esto es también lo que lo convierte en
una servidumbre. ¿Por qué? Porque la cualidad de Sacramento es
la que lo hace indisoluble, y por consiguiente la que hace de él un
yugo, una sujeción y una como esclavitud en la que el hombre re­
nuncia á su libertad. Sí el Hijo de Dios hubiera dejado el matrimo­
nio en el órden puram ente natural, no seria otra cosa que un sim­
ple contrato, mas riguroso á la verdad que los otros en cuanto á su
obligación, pero que sin embargo podría rom perse en las necesi­
dades extremas. Y en efecto, nosotros vemos que entre los paga-
SOBRE E t ESTADO DEL MATRIMONIO. 79
nos, donde las leyes y la jurisprudencia han parecido m uy confor­
mes á la razón hum ana, la disolución del matrimonio estuvo au­
torizada ; ellos los deshacían cuando un negocio de importancia lo
pedia, y renunciaban las alianzas que habian contraido desde el
momento en que les eran perjudiciales. El mismo Dios permitió ea
la ley antigua á los judíos repudiar sus mujeres ; y aunque solo les
dió esta facultad por condescender con la dureza de sus corazones,
fue sin embargo una facultad legítima de que ellos pudieron usar
libremente. Mas en la Iglesia cristiana, esto es, despues que Jesu­
cristo ha hecho del matrimonio un Sacram ento, y le ha conferido
la gracia como tal, este Sacramento lleva consigo un carácter de
inmutabilidad. Una vez reconocido válido, es para toda la vida.
Aun cuando se tratara de la conservación de la vida , aun c u a n d o
reinos enteros debieran perecer, aun cuándo la Iglesia universal
estuviera amenazada de su ruina, y todas las potencias se armasen
contra ella, este matrimonio subsistirá, este matrimonio durará
hasta la m uerte, que es sola la que puede ser su término. Esto es
lo que la fe misma nos enseña.
13. Esto es, cristianos, lo que yo llamo una servidum bre, y
lo es en efecto. Porque yo os pregunto : un estado que os sujeta á
otro, sin saber antes á quién os entregáis, y que os quita toda li­
bertad de variar, ¿no es, en cierto modo, el estado de un esclavo?
Pues b ie n , el matrimonio hace todo esto ; él os liga á otra perso­
na, y esto es lo que tiene de mas esencial; á otra persona, digo,
que no tenia antes poder alguno sobre vosotros, mas de quien de-
pendeis ahora, y que ha adquirido sobre vuestras personas un de­
recho que no puede enajenar. Por el sacerdocio yo no me he su­
jetado mas q u e á Dios y á mí mismo : á Dios, mi soberano Señor, á
quien yo pertenecía antes ; á mí m ism o, que debo naturalm ente
gobernarme y conducirme ; mas por el matrimonio vosotros trans­
ferís el dominio que teníais sobre vosotros mismos á un sujeto ex­
traño , y esto que es lo mas difícil y lo mas heroico que tiene la
profesion religiosa es la prim era obligación de vuestro estado. Es
m as, en la Religión yo no me veo sujeto á una .persona en parti­
cular : mi sujeción no es precisamente y para siempre á aquella
persona, ni á esta, sino ya á una y ya á o t r a ; esto debe suavizar
infinitamente el yugo ; en vez de que en el matrimonio vuestra su­
jeción es perpétua á esta ó a aquella persona. SH a persona os agra­
da, y es segun vuestro corazon, será un bien para vosotros ; mas si
el marido no agrada á su mujer, 6 la mujer no agrada al m arido.
80 SERMON
no por eso estarán menos ligados entre s í ; ¿y qué suplicio no será
semejante unión?
14. Á esto añado, hermanos mios, una nueva diferencia mas
notable aun entre estos dos estados; y es que para entrar en el es­
tado religioso se tiene un noviciado y un tiempo de prueba, que
no se tiene para abrazar el matrimonio. De todos los estados de la
vida, dice san Jerónim o, el matrimonio es el que mas debía ser á
elección n uestra, y acaso lo es menos que todos. Vosotros os obli­
gáis sin saber á quién ; porque jamás conocéis el espíritu, el n a tu ­
ra l, las cualidades del sujeto con quien hacéis una alianza tan es­
trecha, que despues de dar vuestra palabra no es tiempo ya de
retirarla. Supongamos que un joven os pretende, no veréis en él
mas que deseos de complaceros, no veréis mas que apariencias de
dulzura , de moderación y de virtud ; mas despues de formado el
vínculo, observaréis bien pronto lo que él es : veréis como á aque­
lla dulzura fingida sucede el furor y la cólera ; á esta moderación
afectada, despego y violencia ; á esta virtud hipócrita, corrupción
y excesos. Supongamos que este joven está sin colocacion, y que ha
creído encontrar en vos un buen partido, él sabrá disimular y alu­
cinaros ; mas cuando se crea en el caso de no tener que guardaros
consideraciones, ni tenga tanto interés en agradaros, vosotras pro-
haréis bien pronto sus caprichos, sus volubilidades, su terquedad
y su soberbia. Por mas que hagais, por mas medidas que empleeis,
será necesario 'Sufrir vuestra suerte. Esto es lo que hacia decir á
Salomen que los bienes y las riquezas los recibimos de nuestros pa­
dres, mas una e3posa sabia y virtuosa solo es Dios el que la da : DÍ~
'oitim dantur á pareníibus, á Domino autem uxor prudens. (ProY. xix).
lo . No olvidéis, mis amados oyentes, que este vínculo, ó esta
servidumbre, es para toda la vida, y no se puede deshacer. No hay
voto alguno tan solemne en qne la Iglesia no pueda dispensar; rnas
con respecto al matrimonio tiene, por decirlo así, las manos ata­
das, y su poder no alcanza á deshacerlo. Este vínculo pareció á ios
mismos Apóstoles de tales consecuencias, que por esto solo juzga­
ron que era mejor perm anecer en el celibato : S iita est causa ho-
■minis cum uxore, non expedtt nubere. (M atth. x ix ). ¿Y qué les res­
pondió el Hijo de Dios? ¿Condenó este parecer tan poco favorable
al matrimonio? Por el contrario, le aprobó, le confirmó, y les fe­
licitó por haber comprendido lo que tantos otros no comprendie­
ran : Non omnes capiunt verbnm istud, (Ibid.). ¿Y por qué? Porque
él sabia muy bien que este Sacramento seria una carga pesada pa-
SOBRE EL ESTADO DEL HATBIHOHIO. 8f
ra la mayor parte de los que habian de recibirlo. Lo que acabo de
deciros, cristianos, no es para inspiraros horror al m atrim onio,
sino para haceros conocer hasta qué punto es necesaria en él )a
asistencia divina, y cuánto importa no contraerlo sin la gracia de
Dios. ¡Ayl i cuántos se han visto y se ven en nuestros djas sucum­
bir bajo este pesado yugo* ó arrastrarlo con disgusto deploran­
do mil veces su desgracia! ¡Cuántos desgraciados de todas condi­
ciones parecen felices ex teriorm ente, y sin embargo en secreto,
deploran la esclavitud á que se ven reducidos! Mas tendrían que
llorar si yo les dijese que ningún derecho tienen á quejarse; por­
que ¿quién les ha cargado de estos hierros cuya pesadez les abru­
ma? ¿Es Dios, á quien no han consultado? ¿No han sido ellos mis­
mos? Y cuando se acerquen al pié del altar para consolarse con el
Señor y le digan : sostenedme, Dios m ió, romped mis cadenas, ó
al menos ayudadme á sufrirlas ; ¿qué les deberá contestar el Señor?
«No soy yo el que he formado ese vínculo ; yo no he sido vuestro
«consejero; nada me obliga á prestaros mi ayuda ni á consolar
«vuestro dolor.»
16. Lo que aumenta este dolor, y debe hacerlo todavía mas vi­
vo, es la sociedad misma del matrimonio ; porque aunque esta so­
ciedad tomada en sí haya sido mirada siempre como un bien, m u­
chas veces, por la gran dificultad de encontrar dos almas que se
unan entre sí, y que se agraden m utuam ente, se puede decir que
la soledad le es comunmente preferible. Nosotros tenemos una pe­
na que sufrir. ¿Y habrá alguno que sea mas á propósito para su­
frirla por nosotros? No hablo aquí de mil negocios enfadosos que
trae consigo la sociedad y la comunidad del m atrim onio, estos no
son mas que los accidentes de vuestro estado ; pero accidentes tan
comunes, que los matrimonios de los mismos príncipes y reyes-no
están exentos de ellos. Yo me contraigo solo á la diversidad de ge­
nios que se encuentra frecuentem ente entre una esposa y un espo­
so. ¡Qué cruz y qué prueba! |Q ué motivo de mortificación y de
paciencia! Un marido sabio y modesto con una m ujer ligera y di­
sipada ; una m ujer arreglada y virtuosa con un marido libertino é
impío. De tantos matrimonios como se contraen todos los días,
¿se ven muchos en que se encuentre la simpatía en los corazones?
Y si hay en ellos antipatías, ¿se podrá encontrar m artirio mas cruel?
¡Si al menos esto les sirviera para santificarse, si llevaran su cruz
cristianam ente, y de una triste necesidad hicieran una virtud y o n
mérito! Pero lo que hay mas deplorable es, que los disgustos d o -
6 T . X I.
82 SERMOS
mésfcteos no sirven mas que para alejaros de Dios, y haceros mas
Culpables en su presencia. S© procura indemnizarse por fu era, ó
volver su afecto á otFa parte ; ¿y á qué desórdenes no se dejan ar-
rastrar? Y además ¿qué animosidades y qué aversiones do se for­
man en el alma? ¿E n qué llantos, en qué m urm uraciones, en qué
desconsuelo y en qué desesperación no se pasan los anos? Se per­
manece con estas disposiciones hasta la m u e rte ; y, como dice san
B ernardo, no se hará entonces mas que pasar de un infierno á otro,
de un infierno de pecado y de crimen á un infierno de pena y de
castigo, del infierno del m atrim onio al verdadero infierno de los
demonios.
17. Estos son extrem os, me diréis, es verdad ; pero nada hay
mas común en el estado del matrimonio ; ¿y no es esto mismo lo
que nos debe hacer conocer mejor su pesadez, que se reduce fre­
cuentem ente á iguales extremos? Si habéis tomado este estado de
orden de Dios, si no lo habéis elegido vos m ism o, ó no lo habéis
tomado sino por la vocacion de Dios, su gracia os lo hará agrada­
b le, y su providencia no os privará de los auxilios necesarios. Él
os deparará como á Rebeca el esposo que os esté destinado y que
os convenga ; él dará á vuestra palabras una eficacia y á vuestros
cuidados una bendición particular para hacer á vuestro esposo mas
tratab le, para .fijar sus ligerezas, para desarm ar su cólera, para
retirarle de sus distracciones, para calmar sus inquietudes y disi­
par sus celos: al menos en los enfados y disgustos, en las repulsas
y desprecios, en las contradicciones y las tristezas á que os veréis
expuestas, él os revestirá de una fuerza divina para soportarlos; y
por su unción interior él sab rá, aun en medio de las turbaciones,
haceros gustar en el fondo del alma las dulzuras de una paz santa.
Mas porque vos misma en vuestra ceguedad os habéis echado, por
decirlo así, las cadenas, él os dejará llevar todo su peso ; es decir
(y vosotras lo sabéis bien), que él os dejará llevar todos los capri­
chos de un marido veleidoso, toda la altanería de un marido lleno
de imperio, toda la dureza de un marido violento, toda la econo­
mía de un marido avaro, todas las disipaciones de un marido pró­
digo, todos los desdenes de un marido poco afectuoso é indiferen­
te , todas las locuras y quiméricas sospechas de un m arido celoso.
É l permitirá que vos m ism a, en lugar de buscar en vuestra pacien­
cia y sabia conducta el remedio á los males que os afligen, los au­
mentéis ; que vos misma os volváis una m ujer v an a, u n a m ujer in­
discreta, una mujer m undana y disipada, una m ujer obstinada y
SOBRE EL ESTADO DEL MATRIMONIO. 8$
porfiada ; que vos misma sostengáis vuestros caprichos y vuestra
inconstancia, vuestra acritud y vuestra fiereza, vuestra irritabili­
dad y yuestra cólera ; que el uno al otro no os sirváis mas que pa­
ra excitar el fuego de la discordia y para hacer vuestra condicion
mas desgraciada. Y ¡si al menos fuera esto solo 1 pero hay una ter­
cera fuente de penas en el m atrim onio, y, si me atrevo á decirlo,
una fuente cási inagotable, y es la educación de los hijos. Un hijo
sábio, dice Salomon , hace la alegría de su padre ; y por el contra­
rio aquel que tiene el espíritu malo se convierte en un objeto de
dolor y de tristeza para su madre : Filius sapiens Icetificat patrem, fi­
lms vero stulíus mastitia est matriz suw. (Prov. x ). Mas, sin alterar
de modo alguno las palabras del Espíritu Santo , puedo yo añadir
que lo que mas realza á los hijos es que sean m origerados; y los
que no lo so n , son comunmente para sus padres una carga grande
y una cruz m uy pesada. Yo no hablo ahora de los cuidados que
pide la infancia, sujeta á mil flaquezas, con las cuales es necesario
condescender; á mil necesidades, á que es necesario proveer; á
mil accidentes sobre los cuales es necesario velar. Supongámosles
en una edad mas avanzada, y en ese tiempo en que empiezan pro­
piamente á darse á conocer por sus buenas ó malas cualidades. Su­
pongamos que sean unos hijos bien criados, que ofrezcan las mas
lisonjeras esperanzas para el porvenir, que sean personas buenas
con quienes se pueda contar en lo sucesivo, convengo en ello ; mas
¿se estará por eso en estado de adelantarlos y elevarlos? ¿Se ten­
drá por eso una certeza de no perderlos y de conservarlos? ]Qué
am argura, por ejemplo, y qué desolación la de verse cargado de
una familia num erosa, y carecer de los medios necesarios para es­
tablecerla ; de tener hijos capaces de todo, y no poder aplicarlosá
nada ; de verse obligadoá dejarlos en una ociosidad forzosa, don­
de pasen tristemente sus dias, ó eo una oscuridad donde su naci­
m iento, su nom bre, su mérito personal permanezcan en el olvido!
jQué tristeza, qué pesadumbre cuando un accidente imprevisto,
cuando una muerte inopinada viene de repente á llevarse los hijos
que se amaban y en los cuales se confiaba ; á quienes se prepara­
ban grandes heredades, grandes títulos, que debían ser el sosten
de una casa, la cual caerá con ellos ó les sobrevivirá poco tiempoI
Pues bien, vosotros sabéis si estos son en el mundo acontecimien­
tos raros de los cuales no pueda sacarse consecuencia a lg u n a , y
no ignoráis lo que una experiencia tan común os ha hecho apren­
der, y aprendeis diariamente,
6*
84’ SERMON
18. Pero lo que sabéis todavía mejor, porque es todavía mas
com ún, es cuánto cuesta á los padres educar á los hijos indóciles,
dirigir á los hijos,de mala índole, ilustrar á ¡os hijos sin genio y sin
talento, atraerse á los hijos ingratos y desnaturalizados, reducir á
sus deberes ,á los. liijos extraviados y abandonados á sus pasiones,
i los hijos desarreglados y traviesos, pródigos y disipadores. ¿No
es esto de lo que ;están llenas las familias, y lo que mas de ordina­
rio se encuentra en ellas? He dicho hijos indóciles, hijos siempre
prontos á revolverse contra las sabias amonestaciones que se les
ta c e n , y las lecciones saludables que se Ies d a n ; hijos de mala índo­
le , cuyas inclinaciones se dirigen todas al vicio, y á quienes no se
puede inspirar un sentimiento de religión ni de h o n o r; hijos sin
genio, que se les querría educar á fin de elevarlos, mas para quie­
nes son inútiles todos los cuidados que se tomen por la poca dispo*
sicion que se encuentra en ellos; hijos ingratos, que no agradecen
nada de cuanto se hace por ellos, y de quienes no se recibe otro-
reconocimiento que mil desaires, tanto mas picantes cuanto se tie­
n e menos lugar de.escucharlos; hijos traviesos é inconsiderados, á
quienes una ciega precipitación empeña continuamente en lances
m olestos; desarreglados y viciosos, áquienes las pasiones conducen
á desórdenes que les desacreditan ante el mundo , y cuya infamia
alcanza también á sus padres; pródigos y disipadores, que para
atender á sus excesivos gastos piden prestado en todas partes y á
cualquier persona, sin cuidarse del porvenir, y sin prever las fu­
nestas consecuencias. ¿Q ué necesidad hay de que yo me extienda
m as sobre este punto, y qué os diría sobre una materia en la que
'estáis tan instruidos como yo? ¿No es esto, padres de fam ilia, lo
que os hace gemir tantas veces? ¿No es esto lo que os sumerge en
tan profundas meditaciones, ó lo que os arroja á tan violentos
transportes? ¿No es esto lo que os destroza el corazon, y lo que en
m uchas ocasiones os hace decir con la madre de Jacob y de E saú:
S i sic mihi facturum erat, quid necesse fuit concipere? (Genes, x x v ).
Si estos son los frutos del m atrim onio, ¿no me valdría mas no h a ­
ber pensado jamás en él? ¡Dichoso aquel estado en que, libre el
hombre y desembarazado de todo otro cuidado, no está encargado
mas que de sí mismo! Vosotros lo decís, mis amados oyentes, y no
sin m otivo; pero ved aquí lo que es todavía mas cierto, y lo que
os hará mas reprensibles en presencia de D ios: que no debeis ar­
rojaros tan ligeramente á una elección cuyas consecuencias tienen
tan to que te m e r; que debeis tomar las disposiciones que Dios os
SOBRE EL ESTADO DEL MATRIMONIO. 8£
aconseje, para lo cual debeis consultarle por medio de la oracionf
y consultar también á los ministros que ha establecido para que
sean los intérpretes de su v oluntad; que debeis pesar m aduram en­
te las cosas, no según las falsas máximas del m undo, sino según la
balanza del Evangelio y á los piés del santuario ; que nada, en fin*
debeis omitir antes de abrazar el estado del matrimonio para 'cono*
cer bien sus obligaciones y sus penas, y últim am ente sus peligros,
de que os hablaré en la ,

Tercera parte. ' ■' '• ;

19. Todas las condiciones de la vida tienen áus peligros con


respecto á la salvación. No solamente peligros com unes,'sino tam ­
bién peligros particulares y propios de cada estado. La soledad
misma no está exenta de ellos : los anacoretas han tenido que Com*
batir para poner á cubierto su inocencia y defenderse de los ataques
á que se han visto expuestos; y no siempre han salido victorio-
sos. ¿Y cuántas veces ha visto la Iglesia apagarse sus mas brillan­
tes lum breras, y ha llorado la caida de aquellos que se proponía
elevar algún dia al número de los Santos? Por lo demás, según él
parecer universal de los Padres y de los maestros de Ja m oral, si
por todas partes hay peligros, puede decirse qué uno de los esta­
dos mas peligrosos es el matrimonio. Y la prueba es que en el m a­
trimonio hay necesidad de conciliar ciertas cosas cuya concordia es
muy difícil, y que no se encuentran cási nunca juntas ; que según
la estimación común de los hombres parecen incompatibles, y sin
embargo es imposible salvarse sin ellas. Porque se trata de poner
de acuerdo los derechos conyugales con la continencia y la casti­
dad , una verdadera é íntima amistad para la criatura con una fi­
delidad inviolable para el Criador, un cuidado exacto y vigilante
de los negocios temporales con un desvío de espíritu y un despren­
dimiento interior de los bienes de la tierra. Todo esto ¿sobre qué
se funda? Sobre las mismas cualidades del matrimonio que sirven,
de objeto á este discurso. Prestadme atención.
20. En efecto, cristianos, si hay alguna cosa que haga mas cri­
minal la incontinencia en los matrimonios á los ojos de Dios es la
dignidad del Sacram ento; y sin embargo nada hay mas sujeto á
los excesos de una pasión sin regla y sin recato. ¿Qué es lo que su­
fre con mas fortaleza una m ujer y la obliga á m irar con m ayor
celo todos los intereses de un marido, y á buscar los medios p ara
86 SERMON
agradarle? ¿No es la unión estrecha que debe haber entre los dos?
Mas ¿no es también este mismo celo por su esposo, esta misma
unión la que la pone en un peligro evidente de abandonar en m u­
chas circunstancias los intereses de Dios, y de desagradarle? En
fin , es necesario que los padres tengan la vigilancia y el cuidado
de establecer su fam ilia, y sin él no satisfacen un deber de con­
ciencia , pues que ellos son los tutores de sus h ijo s, y despues de
haberles dado la vida les deben también el sustento y la educa­
ción. Pues bien, decidme si esta vigilancia, si este cuidado de es­
tablecer la fam ilia, de colocar los hijos, de dejarles una herencia
que pueda sostenerlos segun el rango de su nacimiento no es la
m as peligrosa de todas las tentaciones , y si este no es el pretexto
mas especioso y mas sutil para justificar en la apariencia todas las
injusticias que les sugiera su avaricia, y por consiguiente si esta
no es una ocasion continua de perderse. No olvidemos, pues, mis
amados oyentes, que vuestro estado está espuesto á muchos peli­
gros ; abrid al menos los ojos para percibirlos y poder preservaros
d e ellos.
21. El prim er peligro es la incontinencia en los matrimonios ;
yo pronuncio esta palabra, y no sin disgusto la he dejado escapar.
San Jerónimo, escribiendo á una v/rgen é instruyéndola en los de­
beres del celibato, á que pensaba consagrarse, no temia expresarse
en ciertos términos que podían ofenderla; ¿y por qué lo hacia?
Q uiero m as, le decia eí santo Doctor, ponerme en el peligro de
hablaros con un poco menos de reserva, que callaros ciertas ver­
dades que conciernen á vuestra salvación : Malo verecundia pertcli-
ta ri, quam veritate. (Hiero □.). Tal yez tenia razón para explicarse
de esta suerte en una carta ; mas aquí, cristianos, en esta cátedra
<lel Evangelio yo d ebo, sin alterar la verdad, usar de las sábias
precauciones que pide la dignidad de mi ministerio. Vosotros sa­
béis lo que la ley de Jesucristo os manda y lo que os prohíbe ; y si
no lo sabéis, todo lo que yo puedo deciros es, que os es de suma
im portancia saberlo, pues que en ello consiste vuestra salvación ;
esto es, que el matrimonio es un estado de castidad y de continen-
•cia lo mismo que el celibato, sea cualquiera la diferencia que me­
die entre uno y otro ; que en el matrimonio hay leyes establecidas
p o r Dios, y que no es permitido quebrantarlas ; que los desórdenes
que en él se cometen , m uy léjos de excusarse y justificarse en cier­
to modo por el Sacram ento, tienen por lo mismo una malicia y
una deformidad p articu lar; que teneis en él una conciencia que es
SOBRE EL ESTADO DEL MATRIMONIO. 89
necesario escuchar, y que os acusará delante de Dios ; q u e , en fin,
según el pensamiento de san Jerónimo , de las tres especies d« cas--
tidad, á saber : la virginal, la vidual y la conyugal, la conyugal,
aunque la mas im perfecta, es, sin em bargo, la mas difícil. ¿Y por
qué? Porque es mas fácil, dice el santo Doctor, abstenerse entera*
mente que m oderarse, y renunciar absolutamente á k Cjtrne, que
es-vuestro enemigo doméstico, que reprimirla en los justos límites*.
La virginidad, añade el mismo P ad re, triunfa en conservarse, cá­
si sin com bate: apenas conoce el peligro, porquero huye y se m an­
tiene léjos de. él. Puede decirse lo mismo proporcionalmente del
estado de la viudedad ; pero sucede de otro modo con respecto á la
castidad conyugal. E ntre ella y la impureza no media mas que un
paso ; mas este paso conduce al crimen y á la condenación.
22. Al lado de este peligro se encuentra o tr o , que «s el de la
m utua sociedad ; escuchadlo:. El efecto de esta sociedad debe sec
una unión de corazones tan perfecta, que por un esposo esté dis­
puesta su esposa á desprenderse de to d o , á dejarlo todo, á sacrifi­
carlo todo; mas con una excepción tan exquisita y delicada, que el
amor conyugal no se sobreponga al am or de Dios; que el esposo
y la esposa estén de tal modo unidos entre sí, que el uno y el otro
lo estén al mismo tiempo m a s estrechamente «on Dios; que una
esposa dispuesta á condescender con todos los deseos razonables
del marido teoga al mismo tiempo la fortaleza de resistirle cuando
se trate de seguir sus pasiones, de participar de sus desórdenes, de
dar oidosá sus discursos maldicientes ó impíos, de tom ar p a rte e n
sus resen timi en tos, de secundar sus venganzas. Así, eaando el es*
p o s o haya recibido u n a injuria , cuando haya sido ofendido y ul­
trajado, os es permitido sentirlo, participar con él de su p en a, y
procurarle toda la satisfacción conveniente ; vosotras lo podéis y lo
debeis hacer. Pero ir mas a llá , tomar parte en sus animosidades y
en sus odios, darle la r a z ó n en sus arrebatos y en sus violencias*
condescender c o n todo lo que le inspire u n coT azon resentido y
vengativo, esto n o es obrar c o m o u n a esposa cristiana , esto no es
u n a fidelidad verdadera ; y Jesucristo, al instituir el matrimonio en
s u Iglesia, no q u is o q u e sirviese para que el crim en * le u n o se hi­
ciera propio del ©tro. Lo mismo que si el marido , ambicioso ó in­
teresado, fórmase planes injustos, y quisiese contra el derecho y
la buena fe empeñaros en sus caprichos :; entonces es cuando, con
una santa fortaleza, se necesita sostenerse firmo, y oponerse á la
iniquidad. M as, me d iré is : «yo debo obedecerle;» ninguna o b e -
88 .SERMON
diencia le debeis en perjuicio de la ley de Dios. «Mas él se alejará
«de m í;» entonces su desagrado os valdrá mas que su estimación.
«Pero se turbará la p az;» vosotras tendréis la paz de la conciencia,
y ella os bastará. «Mas él buscará todas las ocasiones de afligirme;»
vuestra aflicción os aprovechará para ejercer la paciencia, y alfin
Dios os consolará. Pero ¿dónde están los medios para sostenerse
constantemente en esta firmeza inalterable, y no flaquear nunca?
Esto no es fácil, convengo en ello; mas esto mismo es lo que os he
presentado como uno délos mas grandes peligros de vuestro estado.
23. ¥ ved aquí lo que quería decir san Pablo escribiendo á los
de C orinto, cuando hacía consistir la ventura de las vírgenes en no
estar divididas entre Dios y el m undo, y no estar gravadas con la
obligación y el cuidado de complacer á los hom bres, sino solamen­
te á Jesucristo, esposo de sus almas : E t mulier innupta et virgo co~
gitat quceDommi smwí. (1 Cor. v il). En vez de q u e , añadía é l, una
esposa está siempre con la angustia de pensar cómo se mantendrá
en la gracia de su esposo y en la de su Dios, viéndose obligada en
cuanto le es posible á agradar al uno y al o tro , y no sabiendo , al
menos en muchas ocasiones, cómo acertar ni cómo conciliarios. De
tal modo, que por una triste necesidad se ve obligada muchas ve­
ces á renunciar al uno por el o tro , á abandonar al uno para adhe­
rirse inviolablemente al otro ; y esto es lo que la turba y lo que
divide su corazon ; esto es lo que llena su espíritu de cavilaciones,
de pensamientos y de afectos totalm ente contrarios; esto es loque
la tiene eu continuas dudas, y muchas veces en la mas cruel incer-
tidum bre : Quw autem nupta est„ cogítal quce sunt m undi, quomodo
flaceatm ro. (Ibid.). Y se halla tanto mas peligrosamente espues­
ta , cuanto que la presencia del marido con quien vive y el interés
de agradarle hacen mas impresión en ella. Si puede suceder que
en ciertos momentos, en que la resolución es mas fuerte y la gracia
mas abundante, elia escuche su conciencia y se sostenga en su de­
ber „ j cuánto es de tem er que esta conciencia combatida constan­
tem ente por la ocasion no venga, al fin, á relajarse y á ceder! ¿No
es cierto que una blanda complacencia ha perdido á tantas esposas
y diariam ente pierde á muchas otras? Ellas eran por su índole y
.por sus inclinaciones dulces, pacientes, equitativas, justas, arre­
gladas; mas un hombre ¡insaciable y avaro, colérico y vengativo,
sensual y voluptuoso, las ha hecho cómplices de sus fraudes y de
¡sus -enemistades, de sus excesos y de sus mas vergonzosos deseos.
.24, ¿ Qué diré y o , ó qué podría decir de otro peligro que lleva
SOBRE EL ESTADO DEL MATRIMONIO. 89
consigo la educación de los hijos? Es muy cierto, y ya os lo he-he­
cho saber, que la educación de los hijos os obliga por deber y por
estado á ocuparos de las cosas temporales. Pero d o es menos cierto
qne esta obligación es un escollo en el que es raro no estrellarse.
¿Y quién no ve la gran dificultad que hay en conciliar el cuidado
de los bienes de la tierra con el desprendimiento de estos mismos
bienes? Según el Evangelio, si descuidáis atender á vuestros hijos
de una manera conforme á su condicion , os hacéis culpables para
con D ios; y si por el contrario, á fin de atender á ellos, os dejais
arrastrar por el deseo y el amor á las riquezas, no conseguiréis
vuestra salvación. En el matrimonio no os es perm itido, como á
los demás estados, abandonar todas las cosas por seguir á Jesucris­
to ; en esto no consiste vuestra perfección. Es necesario que poseáis,
que conservéis y que trabajéis razonablemente para adquirir.
Mas, poseyendo, conservando y adquiriendo, es necesario pre­
servar vuestro corazon de toda afección terrena. Así os lo dice san
Pablo; oidle : 'Hoc itaqm dico, fratres, reüquum est ut et qui kabent
uscores, tanquam non habentes sint; et qui emunt, tanquam non possi-
dentcs; et qui utuntur hoc mundo, tanquam non utantur. ( I Cor. v i i ) .
Ved aquí, hermanos m ios, dice este grande Apóstol, lo q u e voy á
intimaros de parte de D ios: sabed que aquellos de entre vosotros
que están unidos en matrimonio deben tener el espíritu y el co­
razon tan libres como si fueran completamente dueños de sí mis­
mos; que aquellos que venden y compran deben hacerlo como si
nada poseyesen, y que aquellos que disponen de los bienes de este
mundo deben usar de ellos como si no les pertenecieran. ¿Y por
qué? «porque la figura de este mundo pasa,» proseguía el Doctor
de las gentes: Prceterit enim -figura hujus mundi. (Ibid.). Y yo me
atrevo á añadir, explicándoos esta m o ral, porque el cuidado que
podéis y debeis tener de los bienes de este mundo 110 os dispensa
en manera alguna de la obligación de renunciar á ellos de corazon
y de voluntad. Jesucristo hizo una ley general para todos los hom ­
bres; esta ley, dice san Juan Crisóstomo, no podia entenderse de
una renuncia real y efectiva; es necesario, pues, entenderla de una
renuncia de corazon: Qui non renuntiat ómnibus. (Luc. x iv ). Es
decir, cristianos, que cuando el Salvador délos hombres pronun­
ciaba esta sentencia, hablaba con vosotros lo mismo que conmigo;
solo con la diferencia de que imponiéndoos ese precepto os obligó
á una cosa mas difícil que á mí. Porque quiso que ese desprendi­
miento interior no os quitase nada de la vigilancia para la conser-
90 SERMON
vaeion de vuestros bienes y el sostenimiento de vuestra familia.
P or consiguiente, el poder unir lo uno con lo otro es lo que yo
llamo ia virtud heróica de vuestro estado. ¿Y cómo , me diréis, po­
dramos cumplir con el precepto d é la pobreza evangélica ? A esto
os respondo lo que respondió Jesucristo á una pregunta semejante:
esto es imposible á los h o m b res, mas no lo es á Dios. Es imposible
á aquellos que entran en el matrimonio guiados por sí mismos y
sin la gracia de la vocacion, ó que, teniendo esta gracia, tío hacen
de ella el uso que debian. Mas á aquellos que son fieles todo les
es posible. Abrahan "vivió en el mismo estado que vosotros : él te­
nia que sostener una familia como vosotros; él poseyó m as bienes
que vosotros, y jamás estos bienes perecederos excitaron en su
corazon el m enor des^o, ni -encendieron el fuego de la codicia.
25. Finalm ente, vosotros conocéis, mis amados oyentes, las
obligaciones del m atrim onio; vosotros sabéis sus disgustos; vos­
otros no ignoráis sus peligros, y por consiguiente ved cuánto os im­
porta ser ilum inados, conducidos y socorridos por D ios; esto es,
cuánto os im porta no abrazar este estado sino por consejo de Dios,
atrayendo para ello su gracia sobre vosotros. Mas me diréis: si yo
d o he abrazado este estado por vocacion de Dios, ¿no hay remedio
para m í? ¿qué haré, pues? Vosotros haréis lo que hace el pecador
penitente. Cuando se convierte á Dios, repara por la gracia de la
penitencia lo que ha perdido despojándose de la gracia de la
inocencia. Del mismo modo vosotros repararéis despues de contrai*
do vuestro matrimonio el m al que habéis cometido al contraerlo,
y pues no habéis gozado de las primeras gracias que se conceden á
este estado, deberéis recurrir á Dios para alcanzar las segundas.
Porque Dios tiene estas segundas gracias para suplir el defecto de
las prim eras, y eo estas segundas gracias debeis poner toda vues­
tra confianza. No obstante, porque estas son mas raras y menos
abundantes cuando no han sido precedidas de las o tras, lo que os
resta es velar con mucha atención sobre vosotros mism os, aplica­
ros con mucho celo á los deberes de un estado en que Dios quiere,
no obstante, que permanezcáis; concebir un arrepentimiento muy
vivo y amargo del error en que habéis caido por vuestra falta; re­
doblar vuestras súplicas, clamando fervorosamente al Señor. jAyl
Dios m ió, le diréis como el herm ano de Jacob le dijo á Isaac des­
pues de haber perdido su prim ogenitura, ¿no teneis Vos mas de
un a bendición? ¿no son infinitos los tesoros de vuestra gracia?
N u m m a m tantum benedictionm habes, pater? (Genes, x x v ii). Es
SOBRE £ L ESTADO DEL MATRIMONIO. 91
verdad, Señor, que me he separado de mi cam ino, apartándom e
de aquel que Yos me habíais m arcado, que era propiamente el
mío. Pero ¿me habéis desechado por eso? ¿Carece vuestra provi­
dencia de medios para reparar el daño que yo he hecho? Echad,
Dios m ió, echad una m irada favorable sobre m í, y no me abando­
néis á mí m ism o, que yo prometo dejarme conducir en adelante
por V o s: M ihi quoque obsecro u t benedicas. (Ib id .). Él echará sobre
vosotros nuevas miradas de predestinación, y os h ará arribar al
puerto de la gloria que os deseo. Amen.
92 SEHMON SOBRE LA AFLICCION DE LOS JUSTOS

SERMON

T LA PROSPERIDAD DE LOS PEGADORES-

Ascendente Jesu in n a v ic u la m , sa m li su n t
eum d h c ip u li e ju s: et ecce m otus m agnus fac-
tu s est in m a r i, ita u t na vícu la uperiretur
flu ctib u s. Ipse vero d o rm ie b a t, et sw cit& ve-
r im t eum d iscip id i e ju s, dicenles: Domine,
salva n o s, p e r im u s ; et d ic ite is : Q u id tim idi
es lis , módica) fidei? (M utlh. v i n , 23, 2 ü ).
E n tran d o Jesús en un b a rc o , le siguieron
sus discípulos; y sobrevino luego un grande
alboroto en el m a r, de m odo, que las ondas
cubrían el barco. Mas él dorm ía, y le desper­
taro n sus discípulos, d icien d o : S eñ o r,sálv a­
n o s, q u e perecem os; y Jesú s les dice: ¿Qué
tem eis, hom bres do pocu fe?

1. Ved aquí, cristianos, una imagen muy natural de lo que su­


cede diariamente á nuestra 'vista y entre nosotros. No parece sino
que el Espíritu Santo, al presentárnosla en el Evangelio de hoy, ha
querido expresamente representarnos uno de los mas grandes mis­
terios de la conducta de Dios para con los hom bres, y hacerla el
motivo de nuestra instrucción. Los discípulos de Jesucristo, esto es,
los justos y los elegidos de D ios, viven en el m undo, que podemos
considerar como un m ar borrascoso, y se hallan embarcados en él
p o r orden de la Providencia. Dios está con ellos sin desampararlos
jam ás, él los sigue en todos sus caminos, él los ilumina y los sos­
tiene ; pero al fin, á juzgar por las apariencias, se dirá en muchas
ocasiones que se aleja de ellos, que los olvida, que los abandona,
que está con respecto á ellos como dormido : Ipse vero dormiebat.
Él permite que sean asaltados y batidos de las mas violentas olas,
que estén expuestos álas mas fuertes tentaciones, que sean afligidos
y cási rendidos con las miserias de esta vida. Y bien, ¿quién creerá
entonces que hay una Procidencia que tiene cuidado de sus perso­
n a s, ó quién no creerá que esta Providencia está sepultada en un
profundo sueño, y que ignora sus aflicciones, sobre todo cuando se
Y LA PROSPERIDAD DE LOS PECADORES. 9$
ve á los impíos prosperar.sobre la tierra, vivir en una profunda
calma, ocupar los primeros puestos, gozar de la abundancia, estar
en posesion de todo lo que se llama fortuna y felicidad hum ana?
2. Así es qu e, en vista de esta distribución tan sorprendente y
tan poco conforme á nuestras id e a s, David exclamaba y decia á
Dios: Ecourge, quare óbdormis, Domine? (Psalm, x liii) . Levan­
taos, Señor, ¿por qué permaneceis en esa especie de letargo? Así
también le decimos nosotros como los Apóstoles : Domine, salva
nos, perimus. ¡Oh Señor! ¿en dónde estáis? Nosotros perecemos,
y Yos nos abandonais ; todos los males vienen á asaltarnos, y Vos
parece que sois insensible. Mas ninguna otra respuesta esperemos
de parte de Dios que la que Jesucristo di<5 á sus discípulos afligidos
y consternados : Quid timidi estis, modicce fidei? ¿Dónde está vuestra
fe, dónde está la confianza que debeis tener en vuestro Dios? ¿Qué
temeis vosotros cuando yo estoy á vuestro lado? Misterio de la Pro­
videncia, mis amados oyentes, de que voy á hablaros hoy. No es
precisamente á los pecadores á quienes voy á dirigirm e, sino á las
almas fieles, á los predestinados del Señor, á aquellos que están
dispuestos á servirle, y que estando tan adheridos al servicio de
Dios yen con frecuencia caer sobre sus cabezas todas las plagas del
cielo, mientras que los mundanos pasan su vida en el placer y en
los goces. Yo voy á confortarlos y á consolarlos sobre este punto,
despues que hayamos implorado los auxilios del Espíritu Santo por
iutercesíon de M aría, saludándola con el Á n g el: Ave M aría.
3. La fe de los cristianos ha sido turbada y conmovida en todos
tiempos al Yer á los malos en la prosperidad y en el reposo, mien­
tras que los justos están sumidos en la adversidad y en los traba­
jos. Esta diversidad de saertes que parece tan injusta ha sido siem­
pre, por decirlo así, el escándalo de la Providencia; porque de aquí
han tomado motivo los pecadores para triunfar insolentemente en
la vida, y los mayores hombres de bien se han relajado en el camino
de la virtud ; de aquí también los mas grandes Santos han llegado
cási á dudar en perjuicio de su fe. Oid lo que dice David: M ei au­
tem pene moti sunt pedes, pene effusi sunt gressus mei. (Psalm. lx x ii) .
Por mí, decia él, lo confieso, yo he sentido mi fe vacilar ; y por
sólido que fuese el fundamento de mi esperanza me he visto en el
punto de sucumbir ; ¿y por qué? Porque se ha elevado en mi co-
T azon un movimiento de celo y de indignación á vista de lo s peca­
dores que gozan de paz, que salen bien en sus empresas, que esta­
blecen sus casas, y que nada les falta en la vida : Quia cektvi super
94 SERMON SOBRE LA AFLICCION M3 LOS JUSTOS
iniquos, pacem peccatorum videns. (Ibid.). En efecto, yo he dicho,
¿cómo es posible que sepa Dios lo que sucede aquí abajo y cómo
puedo yo creer que él se cuide de ello? Quemodo sdi Drns, et si est
seientía in excelso? (Ibid,). Los libertinos y los impíos son los mas
dichosos, los mas honrados, los mas ricos : Ecce ipsi peccatores et
abundantes m scb cu Io obtinuerunt divitias. (Ibid.). De aquí cási he de­
ducido, añade el mismo Profeta, que me es inútil conservar mi co­
razon en la inocencia, y tener mis manos limpias de toda injusticia :
E t dixi, ergo sine causa justificavi cor m eum , et lam ínter innocentes
manus meas. (Ibid.). Así hablaba el Rey mas santo del pueblo de
D ios; y este era el argumento que hacían los paganos á los fieles.
¿A qué Dios servís? les decían estos idólatras; ¿dónde está su jus­
ticia y su bondad para con vosotros? Os yeis pobres y abatidos, y
él no tiene ningún cuidado de vosotros. ¿Es esto porque no puede,
6 porque no quiere? Si es por im potencia, no es D ios; y tampoco
lo es si es por insensibilidad. Vosotros os prometeis la inmortalidad
en otro mundo distinto de este ; mas ¿qué señal teneis de que así
suceda, cuando ese Dios que os figuráis bastante poderoso y bas­
tante bueno para resucitaros despues de muertos no os socorrió
m ientras vivíais ? Entre tanto vosotros renunciáis á todos los place­
res, no venís á nuestros espectáculos, sufrís el ham bre y la sed, lle­
váis con paciencia los mas rigurosos torm entos ; de aquí se sigue
que vosotros no gozaréis ni de la vida presente donde estáis, ni de
esa vida futura é im aginaria que esperáis. Á esto daban los Padres
diversas respuestas. La m ayor parte negaban el supuesto para esta­
blecer una verdad totalm ente opuesta; porque sostenían que jamás
los justos son desgraciados sobre la tie rra , y que jamás los impíos
gozan de una verdadera felicidad. Jntelligat homo, decia san Agus­
tin , nunquam Deus permittit malos esse felices. (August.). Apliqúese el
hom bre á com prender bien esto. Jamás perm ite Dios que los malos
sean felices. Ellos al menos pasan por tales, anadia este santo Doc­
tor ; pero solo se Jes cree felices, porque se ignora en qué consiste
la verdadera felicidad : Ideo malus felino pntatur, quia quidquid sit fe­
licitas ignoratur. (Ibid.). Y esto es necesario no juzgarlo por ciertas
apariencias. Algún hombre, dice san Ambrosio, me parece tener el
gozo en el corazon, m ientras su corazon está desgarrado con mil
aflicciones: él vive á su gusto, según mi parecer, m ientras, según
el suyo y en realidad, es m iserable: Meo affectu beaius est, et suo mi-
ser. (A m br.). Así es como se explican los Padres. Mas yo miro este
asunto de muy distinto modo. No disputamos á los impíos ni á los
Y LA PR05PE1UDAD DE LOS PECADORES. 9&
pecadores la posesion de los goces hum anos, y convenimos en que
los justos son tan desgraciados temporalmente como piensan los
mundanos. Esto supuesto, yo sostengo que somos siempre culpa­
bles si desconfiamos de la divina Providencia que así l&ha dispues­
to ; y para convenceros deduzco dos proposiciones que encierran
todo aquello que puede decirse de mas sólido sobre esta m ateria, y
que harán la división de mi discurso. Yo sostengo desde luego que
en esta conducta de Dios no hay nada que deba ni pueda alterar
nuestra fe ; esta es la prim era proposicion y la prim era parte. Digo
m as, y sostengo que en esta conducta de Dios hay un motivo para
asegurar y confirmar nuestra f e ; esta es la segunda proposicion y
la segunda parte. Desenvolvamos la una y la otra, y no creáis que
yo píense entregarm e á vanas sutilezas. Yo yoy á presentaros dos
pruebas igualmente sensibles y convincentes. Principiemos.

Primera parte*

4. San Agustín pronunció una bella sentencia cuando dijo que


los secretos de Dios deben causarnos respeto, deben hacernos cui­
dadosos en contemplarlos, y deben excitarnos á examinarlos en
cuanto la humildad de la fe nos lo permite ; mas que no deben ja ­
más hallar oposicion en nuestro espíritu, ni nos es lícito querer juz­
garlos , y menos atrevernos á contradecirlos : Secretum Dei intentos
nos habere debet, non adversos. (A ugust.). Ved aquí, mis amados
oyentes, una máxima m uy cristiana y m uy im portante ; porque
ano de los mayores desórdenes de nuestro espíritu es el de suble­
varse contra todo aquello que parece contradecir á nuestra razón y
á nuestra inteligencia, y de este principio proceden todos los erro­
res en que caemos con respecto á Dios. Pues b ie n , oid cómo me
sirvo yo de la máxima del santo Doctor para establecer mi prim era
proposicion, con respecto á la distribución tan desigual de bienes y
de males en esta vida, que hace que los justos sufran, en tanto que
los impíos prosperan. Yo sostengo que nada hay en esto que deba
alterar nuestra fe ; y en efecto, aunque no vea ninguna razón de
esta conducta de Dios, aun cuando este sea un abismo en que yo no
descubra nada, y en el que mi espíritu se pierda, mi fe sin embargo
no deberá alterarse, y todo lo que deberé hacer será exclamar con
san Pablo : O allitudol y reconocer que este es un arcano de la Pro*
videncia que debo adorar y no investigar. A sí, aunque yo no co­
nozco el augusto é incomprensible misterio de un Dios en tres P er-
96 SERMON SOBRE LA AFLICCION BE LOS JUSTOS
so ñas, no creo por esto tener derecho para porrerló en düda ; no
creo poder deducir: luego no hay Dios, luego no existe un Ser su­
premo ; sino que deduzco que este Ser supremo está mas alto que
toda la,.humana inteligencia, y de este modo permanezco mucho
mas adherido á mi creencia, ¿Y por qué no he d^-hacer aquí ló
mismo? y cuando se trata de un punto que mira á la Providencia
de Dios y su conducta en el gobierno del m undo, ¿por qué he de
dudar y me he de turbar porque no lo comprendo?
5, Porque, al fin, yo tengo fuera de esto m irp ru eb as que me.
convencen de que hay una Providencia en el universo, y que todo
lo que sucede en el mundo es por orden de Dios. Yo no tengo mas
que. abrir los ojos, no tengo mas que contemplar el cielo, no tengo
mas que considerar todas las criaturas, porque no hay una que no
me dé un testimonio de esta verdad, y que no sea para mí una de­
mostración. Los paganos y los bárbaros lo han reconocido; y seria
yo mas infiel que ios infieles mismos si rehusara someterme. No
obstante, contra todos estos testimonios naco una dificultad en mi
alma. Si existe una Providencia, me digo á mí mismo, ¿cómo sufre
que los justos sean oprimidos y los impíos exaltados? Yed aquí lo
que me aflige. Pues bien, yo os pregunto, cristianos, ¿es razonable
que por esta sola dificultad me aparte de un principio de fe tan in ­
falible y tan sólidamente establecido como el de la Providencia, y
que, porque hay cierto punto en que la conducta de esta Providen­
cia para con los hombres me parece oscura, la tenga por dudosa, y
rae atreva absolutamente á negarla? ¿No es mas justo que oponga
á la dificultad que me embaraza todas las máximas de mi fe y todas
las luces de mi razón? ¿y que no teniendo bastante vista para pro­
fundizar el misterio de esta Providencia tan rigorosa, al parecer,
con respecto á los justos, y tan liberal con los pecadores, me tran­
quilice hasta que llegue el d ia e n que la he de conocer en su origen,
esto es, en el mismo Dios?
6. Esto es también lo que el Profeta real reflexionaba despues
de haber confesado delante de Dios que no entendía este proceder,
y que un tratamiento tan poco conforme á los méritos de los unos
y á la iniquidad de los otros excedía todos sus conocimientos y
confundía todas sus ideas. Yo espero, Señor, decia él, que Vos m e
descubriréis allá arriba el orden de vuestros juicios, y que me haréis
ver, como de una m irada, las razones secretas que habéis tenido
para disponer así las cosas. Entonces sabré por qué habéis permi­
tido que este justo fuese vejado y perseguido, y que el crédito del
Y LA PROSPERIDAD DE LOS PECAD ORES. 97
impío le elevase sobre la inocencia y la virtud ; que este hom bre
de bien no haya tenido éxito en sus empresas, y que este mundano
sin fe y sin conciencia saliese bien en todos sus negocios ; que esta
mujer piadosa y honrada pasase sos diasen la amargura y en mor­
tales disgustos, y que esta otra, idólatra del mundo y entregada á
sus pasiones, pase una vida agradable y cómoda. Vos nos enseña­
réis, ó Dios m ió, cuáles eran las razones de todo esto ; y con uc
solo rayo de la luz que esparciréis en los espíritus disiparéis todas
las nubes, y haréis desvanecer todas las dudas que nacen ahora, á
pesar nuestro, contra vuestra adorable Providencia. Yo me figuraba
que en fuerza de reflexiones y de consideraciones podría en esta
vida aclarar estas dificultades y sondear los impenetrables consejos
de vuestra sabiduría: Eccistimabamut cognoscerem hoc. (Psalm. l x x i i ) .
Pero me engañaba m ucho, y ya estoy bien persuadido de que me
entregaba á reflexiones inútiles : Labor estante me (Ib id .); de aquí
he deducido que era necesario esperar á que hubiese entrado en
vuestro santuario, y hubiese visto en qué terminaban las esperan­
zas de los unos y de los otros : Doñee intrem in sanctuarium Dei, et
mteÜigam in novissimis eorum. (Ibid.). Ved aquí cómo discurría el
santo Rey, siendo el espíritu de Dios quien le inspiraba este senti­
miento.
7. Mas sobre este punto no estamos reducidos, mis amados
oyentes, á la simple sumisión y á la sola obediencia á la fe. Nos­
otros tenemos sobre este misterio conocimientos bastantes para
aquietar nuestro espíritu, tantos ó tal vez. mas que sobre otro al­
guno ; y por esto es por lo que venimos á hacernos inexcusables
euando nos turbamos y caemos en la desconfianza, porque vemos á
los justos afligidos, y que los pecadores tienen todas las comodida­
des y todos los goces de la vida. Porque nosotros encontramos en
nosotros mismos razones que nos justifican perfectamente la con­
ducta de Dios, y nos persuaden que ha obrado sábiamente en la
distribución que ha hecho. Pues b ien , si yo con un entendimiento
lleno de errores descubro algunas razones para que esto así suce­
d a , ¿no debo estar convencido de que Dios tiene otras mucho mas
sólidas y convincentes que yo no veo? Y estas razones de Dios, que
no alcanzo, pero que conjeturo por mí mismo, ¿no deben calmar
mi corazon y aquietarlo? Lo|quedebo hacer es seguir el consejo de
san Agustin, y aplicarme, no á conocer perfectamente, sino á en­
trever al menos los secretos de Dios , á fin de que lo poco que puedo
comprender me ensene á juzgar de aquello que se escapa á mi vis-
7 T . XI.
9S SEBftfON SOBRE LA AFLICCION DE LOS JUSTOS
ta> f que fe uno y ío1otro afirma® mi confianza Secretum D ei in­
tentos nos habere debet, n m ad/mrsos-.
& Mas ¿ qué es, eo efecto, l¡o q.ue yo; compren do d e este secreto
de Dios , y qué razones puedo1imaginar para esta* distribución que
parece: repugnante á la razón misma ? Vosotros me lo preguntáis,
cristianos, y sin una larga discusión ved aquí las razones que desde
luego- se me ocurren : que Dios quiere probar á sus escogidos, y
darles ocasion de manifestarle por su constancia su fidelidad ; que
Dio?, segun la comparación; del> Profeta rey, quiere purificarlos con
el fuego- de )a tribulación , como el oro se purifica eo el. crisol; que
Bios quiere asegurarles su salvación , y ponerles á cubierto del pe­
ligro inevitable que se encuentra en las prosperidades:del siglo; que
Dios, por una amable violencia, dice san Bernardo, quiere forzarlos
en cierto mantenerse unidos á él., volviéndoles amargo todo
lo demás, y no ofreciéndoles fuera de él mas que objetos'de'disgus­
to ; que Dios quiere ofrecerles un motivo continuo*cte combates, á
fin de que este sea ai mismo tiempo para ellos un contiwoo motivo
de triunfos, y por consiguiente de m érito; que por justos que ellos
searr no dejan de ser deudores ái Dios por algún, pecado,- pues el
mas justo?, como* dice Salotnoa, cae hasta siete veces al dia; mas
que Dios, no obstante, quiere castigarlos como padre, y no como
ju e z , y por este los. castiga1en este mundo según su misericordia, á
fin de no castigarlos en el otro segun su justicia . Deteniéndose aquí,
mis amados oyentes, y sin querer penetrar mas en los juicios de
Dios, ¿no es esto bastante para sostener la-fe dfl-justo? ¿No basta
uoa sola de estas-razones para servirle de defensa y fortificarle con­
tra los mas rudos- ataques? Por consiguiente, que Dios ordene se­
gún le agrade, que^destruya, y1que trastorne, que abata: y que h u ­
mille*,. que hiera segun su voluntad 7 jamás el justo; tendrá mas que
b e n d icio n e s que tributarle *, y si él se atreve á quejarse r entonces
Dios le hará la misma reconvención- que el Salvador del: mundo
hizo á san Pedro: Modicm fidei,- quare dubitasti? Hombre ciego, deja
obrar á tu1Dios-; él te; ama-, y sabe lo que te conviene. Si al pre­
sente te trata con rigor, este rigor es solo aparente ; y por sensibles
que puedan serte los golpes que su brazo descargue: sobre t í , consi­
dera’ que este brazo es movido por su amor.
91. ¡ Pensamientos convincentes y motivos poderosos para dar­
nos un- consuelo cristiano 1 En, este vasto y numeroso auditorio* es.
imposible que no se encuentre alguna de esas almas queridas de
Dios, y que él abandona1á pesar de eso á, las adversidades y des.-»
Y - T.A PROSPERIDAD‘ DE LOS PECADORES. : SÍ®
gracias del mundo-. Pues bien, á m í m e toca hacerles conocer estes
verdades! Á mí m e to c a , mis; amados'oyentes5, levantaros por este
medio* del;abatimiento en que os ha puesto tal vez el estada de po­
breza, el estado de humillación, el estad’o de sufrimientos' que o»
agobia, y queos hace la vida1tan enojosa y llena de penalidados. Á
mí me co» respondí;, como-predicador del Evangelio, haceros eneoE¡~
trar todo’ el aipoyo que necesitáis:en vuestra fé. Porque1yo no he*
venido aquí solamente para echaros eti cara vuestras infidel idadeSj
y llenaros dre ’ un terror saludable ai considerar los juicios eternos.
Yo io helíecho así segundas circunstancias, y lo hago todavía’; y-
no puedoi bendecir bastantemente al1cielo- por la atención1que pTes^*
tais á mis" palabras, é m a s b ien , á la palabra de Dios que os aoun¡-
cio. Mas la otra parte de-mi deber es; consolaros en vuestras penas ;
y puesto que estoy en el lugar de Jesucristo que os habla por m i
boca, y de quien; soy el'enviado- y el ministro : Pro Ghristo legalíone
fungvnmr- (II Cor. v-), me corresponde deciros en este dia lo que eí
divino Salvador decia ai pueblo : Venite ad me omrns' qui labarátis eí
onerati estis-, et ego reficiam,' vos\ ( M atth. s i) . Yen id , almas tristes-y
afligidas ; venid, vosotros, los que gemís bajo eí peso d’e la- miseria
y del dolor, venid á mí. E l mundo no tiene para vosotros mas que
desprecios ydesvíos!, y vosotros probáis1todos los días-la injusticia.
Los mas desarreglados y viciosos dan la ley á los mas justos, y esto
es lo que os angustia el corazon y: os llena de am argura. Pero, lí>
repito, venid, y sin m udar vuestra condicion yo;la endulzaré : Fe-
nite, etego reficiam vos. Yo no soy mas que un hombre falible como
vosotros, y mas: falible que vosotros ; pero con la: gracia de Dios,,,
con la unción de su palabra y las máximas de su Evangelio yo tengo-
con qué- haceros inalterables en- medio de las mas violentas sacudi­
das. Yo tengo medios para hacer revivir vuestra fe, reanim ar vues^
tra esperanza, y enseñares á no desear nada de cuanto el mundo
tiene de mas halagüeño^ y para1haceros conocer la preciosa ventaja
de un estado; éir que ©ios vefe por vosotros con tanto-m ayor cui­
dado y con tanto mayor amor, cuanto menos parece que cuida
vuestros intereses y1que os ama.
10. Mas para proceder con orden'y desenvolver m ejor esta*ma-
teria que no he hecho mas que recorrer, y que pide toda vuestra
reflexión, porque para vosotros:debe ser como un tesoro y un-tonu­
do inagotable de paciencia,, digo que si Dios trata al justo con un a
severidad aparente y le aflige, no es mas que para probarlo. A sé
se explica él mismo en muchos lugares de la Escritura , donde d e -
7"
too SERMON SOBRE LA AFLICCION DE LOS JUSTOS
clara en términos formales que este es uno de los oficios de su Pro­
cidencia, y que por esta razón él deja caer sus plagas sobre aque;-
llos que le sirven todavía mas que sobre los otros. De modo que
la aflicción es llamada comunmente en el testo sagrado .prueba ó
tentación; y siguiendo el mismo lenguaje, lo quei el ¡Espíritu Santo
líama tentación no es otra cosa que la aflicción.,Esta es~ la herm o­
sa y sólida respuesta que uno de los. mas celosos, defensores de la
íey cristiana daba á los idólatras y á los infieles cuando1le echaban
en cara el abandono en que se veia el pueblo.fiel, y querían sacar
de aquí una consecuencia, ó contra el poder, ó contraía misericor­
dia del Dios que adoramos. Vosotros os engañais, les decia : nues­
tro Dios no carece de medios ni de bondad para socorrernos: Deus
Ule noster, quem colimus, me non potest subvenire, m e .despicit. (Mi­
nué. Félix). Mas ¿qué hace? Él nos examina á cada uno.eu.parti­
cu lar, ¿y á qué se reduce este examen? Á privarnos de los bienes
de la vida , y á sostenernos en la adversidad : Sed in. adve-rsis u m m -
quemque explorat. (Id.). Estas palabras son notables: Dios son­
dea el corazon del hom bre, él le preg u n ta: ¿y por qué medio?
Por los sufrimientos : Yitam hominis sciscitatur. (Id.). Como si Dios
dijera al justo : declárame y hazme 'ver lo que eres. Yo no lo sé
todavía bien, y quiero saberlo por tí mismo. Mientras que has si­
do dichoso sobre la tierra, y has gozado de calma y de paz, me
has dicho,, es cierto, que quieres ser mió ; mas entonces no se po­
día contar con tu palabra sola. Porque en este estado de prosperi­
dad no te conocías todavía lo bastante, y no podias juzgar con se­
guridad á cuál de los dos pertenecías, á mí ó á tí mismo. Mas ahora
que una calamidad ha turbado toda la prosperidad de tu vida; aho­
ra que estás enferm o, afligido, y que todos Jos males juntos te han
asaltado, esta es la situación en que me puedes dar una prueba se­
gura de tu fe, y en que yo puedo formar juicio acerca de tu pro­
mesa. Por consiguiente, si yo te veo perseverar en mi servicio, si
te veo al pié de mi altar hacerme todos los días las mismas protes­
tas de una adhesión inviolable, yo te escucharé y te creeré> por-
.que un amor probado de este modo no debe ser sospechoso. ¿.Qué
podemos resp o n d erá esto, cristianos? Si Dios no sujeta al impío á
semejantes pruebas, ¿qué afecto deberémos sentir ai yer su pre^
tendida felicidad? ¿Sera el de la envidia, ó será mas bien el de un
secreto horror? Porque si Dios le desprecia, es .que no le juzga.dig^
no de sí, es que no se interesa de modo alguno en formarle .para
.sí, es que le mira como un metal falso que el artífice abaudona} al
Y X A PROSPERIDAD DE LOS PECADORES. 10Í
mismo tiempo que echa el oro en el crisol > y le hace pasar por él
fuego. De aquí esta santa súplica que David hacia á D ios: Proba,
me, Domine, et tenta me. (Psalm. x x v ). Señor, probadm e, y no
me neguéis el consuelo y la inestimable ventaja de poder mostraros
quién soy; y cuáles son las verdaderas disposiciones de mi corazon
para Con Vos* Mas porque no puedo hacéroslas conocer mejor qne
sufriendo, cortad, quemad y consumidme, si es necesario, de
miserias y de:penas ; yo me someto1á todo : Ure renes meos.
11. NosÜtros debemos convencernos tam bién, hermanos mios?
qué otra de las miras de Dios sobre el justo afligido es la d e purifi­
carlo de todas las afecciones de la tierra. En efecto, si las prospe­
ridades temporales estuvieran: unidas á la virtud ; no serviríamos
á Dios mas que por esté in terés, y por consiguiente no le am aría­
mos por sí misino. Esto es lo qüe ha observado san Agustin , sobre
lo que discurre él mismo con sú acostumbrada sutileza. Cuando
veis, dice, á los enemigos de Dios y á los libertinos en el estado de
una rica fortuna os resentís y os decís á vosotros mismos: ¡Hay ya
tanto tiempo que sirvo á Dios, qué observo sus mandamientos, y
que me entrego á todos Jos ejercicios de la Religión I E ntré tanto
mi suerte es siempre la m ism a, mis negocios no tienen un éxito
mejor, y al contrario, parece que Dios tiene empeño én paralizar­
los y trastornarlos: los impíos viven en el crimen , sin ley, sin re­
cato, sin piedad, y, á pesar de esto, no dejan de gozar de una s a ­
lud envidiable, de acumular bienes sobre bienes, de ser honrados
y distinguidos. Mas ¿son estas, prosigue el santo Doctor, las re ­
flexiones que hacéis? Taita ergo qumrebas? (August.). ¿"Era por lá
salud del cuerpo , por los bienes del m undo, por los honores del sin­
glo por lo que queríais agradar á Dios? Pues ved aquí justam ente
por qué es conveniente que Dios os prive de estas cosas, á fin de
que aprendais á amarle , no por lo que da á los hom bres, sino por
lo que es en sí mismo. Porque, acordaos, añade el mismo Padre,
que si sois justos, vivís en el estado y en el orden de la gracia. Co­
mo esta gracia es totalmente gratuita de parte de Dios, os obliga á
amar á Dios con un amor gratuito : Si'ideo gratiam tibi dedit Deus,
quia gratis dedit, gratis ama. (Id .). Y vosotros no debeis amarle, -
por ninguna otra recompensa mas que por sí mismo, pues qüe
quiere ser él mismo toda vuestra recompensa : Noli ad pr&mnim di-
Hgcre Deum , quia ipse est prcemium tuum. (id.). Los bienes do la
tierra volverán mercenario vuestro am or; y si os quejáis cuando
Dios os los rehúsa ó cuando os los q u ita , hacéis ver con esto que
102 SERMON4¡SOBRE liA . ATXICCIOK BE IíOS JUSTOS
esos ihienes tos iso q mas amadas (que tDios mismo., y p o r. consiguiente
qu e fio mereceis poseerlo,. ; ■
. 12. Bienes ¡de tal ¡modo can t agios os, que pueden ¡pervertir á
los ¡mas justos , y que muchas veces los han precipitado-en un hor-
BOROSO abismo y en una com pleta corrupción; Los?ej:empíos han .si­
do ibastante estrepitosos y ineouentesi ¡mas ^por un >efecto de¡Ia p ro­
cidencia yrm seríccirdiade Dios *con respecto lá sus;escogidos ¿cómo
los garantiza vdeíestepeligüo.? iConuna pobreza; quedes -sirve de pre­
servativo iconíca el contagio de las riquezas tem porales; con una
oscuridad ;que les sirve de salvaguardia contra <■el .contagio de las
grandezas perecederas:; con una indisposición y tuna ^enfermedad
¡que Jes ¡pone ¡á cubierto ¿del contagio -de los .placeres sensuales y de
las vanas ilusiones ;de Jaearna, ¿El justo., ¿es cierto., ¡puede .no ver
« í presente aquello;áique.él ;mas bien que atro se iiallaba expuesto
si Dios no JiuJbiera -.usado icón -él de tal >preservativo. /Mas estoíque
no ve al preaente,, ilo ¡verá ,afl -fin -délos .siglos y íen e lg r a n d ia dé la
revelación. Marque ¡para .entonces es para cuando Dios ¡lo guarda.;
pauaientonces .es para cuando Dios.se reserva ponerle ante los iojos
Sodas Jas injusticias á que le ¡hubiera arrastrado una avara é insa­
ciable codicia ; ¡todos ;los ¡proyectos iGriminales y todas las intrigas
en que le ¡hubiera'empeñado una ambición desmesurada y sin lí­
mites.; todos los (excesos , todos los vicios y ¡abominaciones en que
iediuhiera sumergido una pasión ciega y -una brutal sensualidad, si
el freno ;de la aflicción no ¡le )h ubrera contenido, y si las ¡desgracias
de la vida no huhiesen impedido al fuego encenderse en su cora­
ro n . Y por una consecuencia necesaria, ilustrado entonces por una
luz divina , y comprendiendo los saludables y benéficos secretos de
'la Sabiduría ¡eterna que le ha conducido, bendecirá ó Bios mil ve-
ices ,por aquello mismo que parecía debia excitar sus (murmuracio­
nes contra él:; m irará como una señal de predestinación de parte
de Dios , y .como-una de las ¡gracias mas especiales , lo mismo ¡que
•■el imundo '.mira con total abandono y como una-especie de repro­
bación.
■13. No obstante, parque no basta alejarse del m undo y de la
ocasión de pecar, si ¡no se hace con el fin de agradar á Dios, yo voy
as léjos; y, desenvolviendo poco é. poco los beneficios del Se­
ñor y todo aquello que yo pueda descubrir de los designios de su
-providencia, añado y sostengo que él no hace sufrir á sus escogid os
‘mas que para atraerlos á sí, para ponerlos en una feliz necesidad
(de recurrir á ,é l, de confiar en él , y de no volverse sino hácia é l ;
Y LA PROSPERIT>A'J> B E L'OS PECADORES. 103
porque, según san Bernardo, hay cuatro clases de predestinados:
-ios unos ganan el reino de los -'cíelos por violencia, y -estos son los
pobres voluntarios, que p o r sí mismos lo 'dejan todo y renuncian á
■todo; los otros negocian en cierto m odo por adquirirlo, y estos
son los ricos q¡uey;C0mo -dicerel Evangelio, se adquieren por bus
riquezas intercesores para con B ios, y amigos que'les deben reci­
bir un día en los eternos tabernáculos; otro s, por decirlo así, pa­
rece que ^quieren Tobarlo, ¿y quiénes san eStos? Estos son los hu­
mildes de corazon, que huyen >la publicidad, no por u n respeto
hum ano, sino por un santo deseo déa-byeccioTi, y que>en u n a vida
Tetkada ocultan á la vista de los hombres todas las huercas obras
que practican ;imu(?hos, en fin , -no'entran en élisino forzados, y.estos
son Jos justos que no se han decidido á buscará Dios sino porque él
ha permitido que no encontrasen en otra parte cosa algunadonde
fijarse. Si el mundo hubiera sido, respecto á ellos, lo-que <es respecto
■átantos <mundao os, es ,derá-r., ‘si e\ mundo les hubiera «uva® eeido, les
-hubiera idolatrado; si no hubiera tenido para ellos mas que distin-
•©rooes, respetos y agrado, ¡j oh Señor;! ¿hubieran eMos >pensado jamás
-•en Vos? Gamo el pueblo carnal que formasteis con tarito-cuidado
y «enriquecisteis con 'la sustancia de Ja tie rra , ellos hubieran'olvida­
da á su Criador y Bienhechor; ellos no ¡se hubieran ¡acordado mas
de que Vos sois su ¡Dios , y todo su incienso se hubiera quemado
en 'Otros -altares 'diistintosde los v uestros: Incrassatus, ámpinguatus,
dilatatus, ■dereliziuit B m m -factorem smim. (Deut. 'x s x ji). Mas por­
que Vos habéis recargado sobre ellos vuestro brazo, porque en su
favor habéis llenado el m undo de espinas que les ha® punzado, ée
am argaras que los han afligido, 'de^accidentes desgraciados que les
han hecho tdesaparecer y no volverá salir de-su re tiro , -dándoles la
muerte les habéis dado la vida, y -perdiéndolos en apariencia los
hasbeis salvado; ellos no han encontrado otro recurso mas que Vos,
y 'poneso es por lo que ¡hara venido á Vos ; ellos se han arrojado á
vuestro seno como á su asilo, y Vos los habéis recibido; Vos los
teneis en seguridad y ¡los conserváis : Cum occidcret eos, reverteban-
ttvr, et--dilucido veniebant ad¡eum, {Psalm, x x x v ií).
14. ^No es esto decir que ellos no tengan que sostener algunos
combates ; y esto es precisamente lo que ¿Dios busca ; ¿y por qué?
porque estos combates, responde san Ambrosio, son ¡los que for­
ma® el m é rito ; sin combate no se alcanza la victoria , y fsin victo­
ria no puede esperarse 3a corona. Vosotros ros admirais, ‘continúa
este P adre, de que Dios ejercite así á sus mas fieles servidores, y
104 SERMON SOBRE LA AFLICCION DE LOS JÍTSTOS
que por el contrario deje á los mas grandes pecadores en una paz
p ro fu n d a ; vosotros quereis saber 3a razón de esta diferencia. Ella
es importante y muy natural, y es que Dios no corona mas que á
los vencedores y que él quiere coronar á sus escogidos; de aquí se
sigue por una consecuencia necesaria que debe proporcionarles
motivos de triunfo- Mas no estando reservada la corona á los pe­
cadores., los deja sin darles ocasion de combatir ni de vencer. Él
obra como los príncipes de la tierra, ó , mas h ie n , los príncipes de
la tierra obran como él, y nosotros no nos sorprendemos por eso.
Nosotros no creemos que ellos abandonan á aquellos que destinan
á ciertas dignidades, cuando por ponerlos en estado de encum­
brarse les cargan de tantos cuidados ó les exponen á tantos peli­
gros. Esto no es en el concepto del mundo ni indiferencia ni "rigor
para con ellos; esto es favor y gracia.
15. ¿Q ué mas diré? Y aunque supongamos que esto sea rigor
de parte de Dios, con respecto á los justos ¿no será siempre un ri­
gor paternal y todo misericordioso? Ved aquí lo que yo pienso. No
hay ningún hombre de bien, por justo que pueda ser, que no ten­
ga sus faltas que reparar y sus infidelidades que espiar. El mas
inocente y el mas justo, segun la idea que debemos tener en la vi­
da presente, no es aquel que nunca ha pecado y que no peca ja ­
m ás; porque ¿dónde existe este en la actualidad, y dónde se le
podrá encontrar? sino aquel que ha pecado y que peca m enos;
aquel que ha pecado mas levemente y que peca también con m e­
nos frecuencia; aquel que se ha arrepentido y que se arrepiente
mas prontamente de sus pecados. Cualquiera que él sea, él es res­
ponsable á Dios de algunas deudas, y es necesario absolutamente
que las pague. Mas ¿cuándo las pagará? Si es despues de la m uer­
te , ¿qué juicio y qué castigo tendrá que sufrir? Es por consiguien­
te mejor para él que esto sea durante la vida y con penas tempo­
rales. Pues b ien , este es el tiempo que Dios ha escogido, estos son
]os medios que él emplea para el castigo. Esto es lo que san Jeró­
nimo escribia á la ilustre Paula, y así es como la consolaba en las
pérdidas que ella habia tenido y en el dolor que le habían causado.
¿Por qué tantas lágrim as, le decia, y tantos disgustos? Elegid y
abrazad para sosteneros una de estas dos reflexiones.: 6 por el buen
testimonio de vuestra conciencia, y sin lastimar los sentimientos
de la humildad cristiana, os consideráis como ju sta , y entonces
vuestro consuelo y vuestro deseo debe ser que Dios perfeccione
Tuestra virtud, que la ejercite y que la haga sin cesar adquirir
Y LA PROSPERIDAD DE LOS PECADORES.; . lOSr
nuevos quilates; ó la memoria de vuestrascaidas y- el conocimien­
to de vuestras flaquezas os conduce á miraros como crim inal, ,y
tajo este aspecto debeis, para consolar vuestra pena y para hacé­
rosla no solamente soportable sino am able, pensar que Dios os
corrige y que os da con que le podáis satisfacer con poca:pérdida-:
Elige : aut sancta e s,.e t probaris; aut peccatrix , et emendaris,
(H ier.). Mas ¿por qué no castiga también al libertino? i AyI ama­
dos oyentes; contentaos con que vuestro Dios os am e, y no le obli­
guéis á que os dé cuenta de )a terrible justicia que ejecuta con los
otros. Os lo he dicho ya muchas veces, y no puedo hacéroslo com­
prender lo bastante. D iossevenga tanto mas rigorosamente, cuan­
to mas difiere sus venganzas; y jdesgraciades los ricos del siglo, los
poderosos del siglo,-los soberbios y los orgullosos del siglo, que
engordan como las víctimas para el dia de la cólera! esta es la ex ­
presión de Tertuliano : Quasi victima ad sunplicium saginantur-
{T ertul.).
16. Detengámonos a q u í; y por conclusión de esta primera par­
te discurramos, si os parece, un momento. Ved aquí por esto so­
lo que os acabo de representar justificada la Providencia con res­
pecto á la distribución que hace de las prosperidades y de las des­
gracias temporales entre los justos y Jos pecadores. Esta justificación
debe reducirse á dos p u n to s: el uno, que Dios tiene en esta vida
cuidado de sus escogidos ; el otro, que en esta misma vida se vuel­
ve contra los pecadores, y deja obrar su justicia contra ellos. Pues
bien, probar sus escogidos, purificar sus escogidos, preservar sus
escogidos, unirlos á sí con un nudo mas estrecho, hacerles acumu­
lar méritos sobre méritos para hacerlos subir á un punto mas ele­
vado de gloria, y quitar por .medio de. satisfacciones leves el solo
obstáculo que pudiera retardar su dicha, ¿no son estos los cuida­
dos saludables de una misericordia igualmente sabia y benéfica? Y
por una regla totalmente contraria abandonar los pecadores á sí
mismos y á sus pasiones, no turbar el mortal reposo en que per­
manecen tranquilamente adormecidos, no mezclar jamás la am ar­
gura á las dulzuras falsas que los corrompen, dejarlos en una ele­
vación que los envanece, en un esplendor que los ofusca, en una
abundancia que inspira la molicie, en una vida voluptuosa que los
mezcla en toda clase de desórdenes, en un olvido de su salvación
y en uu estado de impenitencia que los conduce á la m uerte del
reprobo, ¿no son estos los castigos formidables de una justicia tan­
to mas temible cuanto menos se deja conocer? Lo que nos engaña
106 SERMON ‘SGBH’E XA. A'FXICCHDH 3H5 XOS JUSTOS
^esque no juzgamos Se las cosas sino con Tespecto al tiemptt pre­
sente, que pasa; mas ©ios las juzga con respecto á la eternidad en
que nos-verémos algún 'día, y que «o pasará jamás. Pues bien, de
estas dos reglas ¿cuál es la mejor y mas ventajosa? Yo convengo,
(fice san Agustín, en qne según la primera el pecador tfciene dere­
cho , al parecer, para -insultar al justo y preguntarle : ¿ dónde está
tu Dios? Ubi esl Deusíuus? (Psalm. x li) . Mas según la otra, que
sin duda es la mas recita de las dos, y la única que el justo debe
seguir, puede muy bien él responder á los insultos del pecador: Mi
felicidad no ha ^venido todavía, ni tampoco la tuya; 'esperemos, la
una y Ja otra vendrán,, y entonces será cuando yo te pregunte:
¿ dónde están los dioses que adorabas y en ños que ponías toda tu
confianza? ¿ dónde está aquella felicidad cuyo goce te encantaba, y
ée quien eras idolatra? ¿Porqué no la 3ovo cas para que te libre
de la eterna miseria en qae fías caido? !Ubi sunt dií m rrnn, in qui-
bus habebant fiduciam? (Deut. x x x iv ).
'17. Así, mis amados oyentes, lo que os resta 'es entrar en las
miras deTue^tro Dios que os aflige, y secundar con vuestra pa­
ciencia sus designios'; y el disgusto mas vivo que debeis (tener al
presente es el de no haber aprovechado un talento que podíais ha­
ber b echo valer un céntuplo; eáto es, el de haber escuchado dema­
siado los sentimientos de una desconfianza puramente carnal, y de
haberos publicado con quejas tan injuriosas á la providencia del
Señor que yela por voseftros ; él de haber dado 'oiáos demasiada­
mente á los discursos seductores-dél mundo con respetfto á vues­
tro infortunio y á la infelicidad aparente de vuestra oondicion ; «1
de haber procurado demasiadamente excitar la compasion 4 e los
hambres para recibir de ellos vanos-consuelos, mientras que debíais
consideraros como un objeto digno de envidia, y no buscar muestro
apoyo sino en la f e ; el de no haber comprendido bien la verdad de
las grandes máximas del Evangelio : que son bienaventurados los
pobres, porque de ellos es el reino délos cielos*, que bienayentu-
rados son aquellos que sufren persecuciones sobre la tierra, y los
que lloTan, porque serán consolados éternrarnertte en el cielo.
18. Mas, Señor, vedme aquí instruí do para en adelante; ya sé
mas de lo que es necesario para esclarecer todas mis dudas, y para
acallar todas las inquietudes de mi alma. De tantas razones una so­
la'debia bastarme; y sin ellas ¿no era bastante 'saber que cual­
quier cosa que me sucede es porque Vos lo habéis'querido? Dispo­
ned, ©ios mió , según os agrade, y haced de mí "todo lo que os
T LA PEOSEEHIDAD BE LOS PECAD ORES. 907
plazca. Que el impío domine al justo á su placer, que le ¡aplaste
hajosus piés, y que yo sea el mas m altratado de todos,, yo n o m e
(jaejaré, como ios Apóstoles creyéndose perdidos : Domine,, safaa
na>$, perim m : ayudadnos, S e ñ o r; mirad nos.á punto deipeneaer;^si­
no descansando.en'vuestra infinita sabiduría y vuestra soberana rtrii-
sericordia os ¡diré como uno ¡de nuestros mas fieles ¿Profetas In te
D
l omim speravi, nonmnfandar.. ¡(Psalm. xl;)„ En Vos., Dios mió, he
esperado; mi esperanza no será defraudada , porque estoy cierto
que todo sucederá .en mi favor, mientras tenga imi ¡confianza en
V os, y que en esta conducta de vuestra providencia,, ;que parece
tan sorprendente á los ihom hres, no solo no hay nada que ideha
quebrantar su fe , sino que cuanto hay en ella contribuye á confir­
marla. Esta es -la

Segunda parte.

'19. Sí, cristianos, si hay un motivo-capazde*C 0 nfii;jQianne en


Ja fe y de afirmar mi esperanza, es ver,que ¡los impros se elevan y
prosperan en el m undo, mientras que los justos saínen el ab sti-
miento y la adversidad. Esta proposicion os ¡parecerá desde luego
una paradoja:; anas yo yoyi. examinarla can nosotros., y bien pron­
to -descubriréis conmigo su incontestable verdad. Noscttros ;la en-
contrarómos fundada sobre los principios mas sólidos y evidentes
de la -razón n a tu ra l, [de la (experiencia y tde la .Religión. Prestadme
atención , yo ,me ¡atre-yo á decir que ¡este es el p u n to j esencial de
donde depende ítodaJa ¡moral ^cristiana., En efecto, el ver las cala­
midades de los justos sotbre la ¿ierra y la prosperidad ¡de los peca­
dores (lo cual nos parece .un ^desorden) es ¡uno de Jos argumentos
mas fuertes y mas sensibles p ara convencernos desque 'existe-otra
vida distinta de (esta., y;que nuestras .almas tío m ueren con nues­
tros cuerpos; qiueihay luna recom pensa, una gloria , moa .salvacían
que esperar despues de Ja ¡muerte.; que todos nuestros deseos no se
limitan á la vida ;presente., y que Dios nos reserva alguna cosa me­
jor y mas grande : ved :aq-uí ¡el principio de ¿a razón. $ o digo mas ;
y es que tam:b ien nos muestra que Jesucristo nuestro Señor, tea
guien confiamos, ¡es fiel á su palabra ; que sus predicciones son
verdaderas ; que no nos ha 'engañado., y que podemos confiar con
seguridad en sus promesas, pues que ya principian;á cumplirse.
Ved aquí el principio de la experiencia. En fin , esto s e justifica
porque nada hay mas conforme al órden establecido poT Dios en la
108 SERMON SOBRE LA AELICCtON DE LOS JUSTOS
predestinación de los hombres que los sufrimientos de los justos
y la prosperidad temporal de los pecadores. Ved aquí el principio
¿e la Religión. Pues bien, yo os pregunto si estas tres consideracio­
nes no son bastante poderosas para sostener vuestra confianza. Yo
sé que hay una vida fu tu ra> á donde soy llamado', una bienaven­
turanza que me está destinada, y mi razón mé lo hace conocer. Yo
sé que todo lo que el Hijo de Dios ha predicho que debe suceder á
los justos y á los pecadores es cierto ; por consiguiente puedo te*-
ner una confianza en todo lo que me ha prom etido, y ya tengo
aquí 3a prueba en mi propia experiencia. Yo sé y reconozco visi­
blemente que la predestinación de los1 hombres es del modo que
Dios la ha concebido y debido concebir, que todo lo que ha dis­
puesto sobre ella empieza á ejecutarse. Desde que sé está instruido
en estas tres cosas, ¿hay una fe tan débil y tan vacilante que rio se
fortifique, que no reviva y se reanime toda entera? P ues1bien,
ved aquí, repito, lo que evidentemente se sigue del estado de pena
y de aflicción en que vemos á los justos, mientras que los pecado­
res viven en la opulencia y en el placer. Prosigamos, é ilustremos
estos tres pensamientos.
20. No hay ningún libertino, ya sea de costumbres, ya de creen­
cias, que no dejara de serlo si estuviera persuadido de que existe
otra vida. Lo que causa su libertinaje es que no cree, ó que cree á
medias que hay alguna cosa de real y de verdadero en lo que se le
ha dicho de una vida fu tu ra, á la cual aspiramos como al término
de nuestra carrera y al objeto de nuestra esperanza. De cualquier
modo que pudiera pensar (porque no es á él á quien me ad h iero , ni
por quien hablo a h o ra ), yo que creo en un Dios criador del uni­
verso , ved aquí cómo me sirvo de esta extraña diversidad de con­
diciones en que se encuentran los hombres de bien y los impíos,
para asegurarme y conservar siempre en mí corazon los senti­
mientos de una fe viva y de una firme confianza. Yo me digo á mí
mismo : el partido de la virtud es comunmente oprimido en el
m undo, el del vicio está dominante y triunfante ; se ve á los justos
despojados de todo y miserables, á los amigos de Dios perseguidos,
á los Santos despreciados y abandonados. ¿Q ué debo deducir de
aquí? que hay para el justo, despues de la vida presente, prepa­
rados otros bienes distintos de estos bienes visibles y perecederos
que aquí se le niegan. Esto es lo que los Padres de la iglesia han
deducido siem pre, y esta es la prueba mayor que han empleado
contra los herejes q u e , adornados del conocimiento de D ios, que-
Y LA PROSPERIDAD DE LOS PECADORES. 109
rían sin embargo dudar de la inmortalidad del alma. Leed sobre
ésta materia el excelente tratado de Guillermo de P arís, ó mas
bien escachad el resumen que yo haré de él en pocas palabras.
Despues de otros razonamientos tomados de la naturaleza del hom­
b re , recae siempre en este como el mas apremiante y convincente.
Vosotros convenís conmigo, dice, en la existencia de un prim er
S er, vosotros reconocéis un Dios; pero respondedme : ¿este Dios
ama á los que le sirven y se obligan á agradarle? Si no los ama
ni se interesa por ellos, ¿dónde está su sabiduría y su bondad ? Y si
los ama, ¿cuándo lo hará conocer? En esta vida no es, pues que
aquí los deja en la aflicción ; tampoco será en ia otra, pues que
vosotros negáis que haya otra vida. B uscad, añade este santo
Obispo, recurrid á todas las sutilezas que podáis im aginar; vos­
otros no contestaréis jamás á esta dificultad sino reconociendo la
inmortalidad del alm a, y confesando conmigo que despues de la
m uerte hay otra vida donde Dios debe recompensar á cada uno
según sus m éritos; porque este Dios, debiendo ser, como Dios,
perfecto en todas sus cualidades, debe tener una perfecta justicia..
Luego esta justicia perfecta debe necesariamente conducir á un
juicio perfecto. Este juicio perfecto no se cumple siempre en este
m undo, pues que los mas impíos son muchas veces los mas dicho­
sos, Es necesario, pues, que se cumpla en el otro, y por consi­
guiente que haya otra vida, que es la que nosotros esperamos. Sin
esto, prosigue el mismo Padre, podria decirse que los justos eran
unos insensatos y que los impíos eran los verdaderos sabios: ¿por
qué? porque los impíos encontrarían los verdaderos y sólidos bie­
nes, adhiriéndose á la vida presente; en vez de que los justos su­
frirían mucho, y se consumirían en la esperanza de un bien imagi­
nario. ¿Veis, cristianos, como este sábio Obispo sacaba de las ad­
versidades de los justos un argumento invencible para establecerla
fe de una vida y una bienaventuranza eterna?
21. Esto mismo sostenía san Agustín en la exposición del sal­
mo x c i, cuando, hablando de un cristiano turbado á la vista de sus
miserias y del trastorno que aparece en la conducta del mundo,
alega esta misma razón para inspirarle una fortaleza á prueba de
los acontecimientos mas sensibles. ¿Quereis vosotros tener, dice,
toda la longanimidad de los'Santos? Considerad la eternidad de
Dios. Entonces Jos acontecimientos mas tristes, bien léjos de aba­
tiro s , serán para vosotros otros tantos motivos de una fe y de una
esperanza mas constante que nunca. Pues cuando, os turbáis p o r-
fio SERMON' SOBRE LA AFLICCION DE LOS JUSTOS
que la ■virtud es m altratada sobre la tierra,- y el vició1es honrado^
discurrís bajo un supuesto falso1, y os engañad* Tosotrosmo mirais;
mas que' á este pequeño número de días de que se compon evuestraí
vida , como'si en estos pocos dias hubieran de cumplirse’todos los-
designios’ de Dios sobre los hom bres: Attm dis ad-diestuos paucos,
etdiebus tais p'auüis vu- wvphriamma. (A ugust.) . 1
22. Es decir, que’vosotros querríais ver a:lTpresente todos los:
justos coronados y recompensados, y los impíos' castigados con toa­
dos los castigos" de A justicia divina; que vosotros querríais que-
©ios no lio difiriese’, y que lo uno y lo otro se ejecutase en ei breve
tiempo de vuestra vida. Mas esto> es lo que no debeis pedir. Bios;
hará lo uno y lo otro en su* tiem po, aunque n o lo h a c e en el vues­
tro. El tiempo de1Dios es la eternidad,, y el vuestro es estavidía
mortal. Vuestro tiempo es corto, mas el1tiempo*de-Dios es infini­
to. Luego Dios no está obligado á hacer todas las cosas en vues*-
tro tiempo ;■basta con-que las haga en el suyo Implébit Dms in
tempore sito. (August.). Y por esto es por lo que os he dicho quesi
quereis afirmaros en vuestra fe y sostener vuestra- esperanza no
teneis mas que1trasladaros sin cesar con el espíritu á la eternidad
de Dios. ¿ P o rq u é ? Porque testigos de la injusticia- aparente con
que Dios parece'trabar á los hombres sobre la tie rra , mostrándose
tan rigoroso con sus amigos y tan favorable con sus enemigos, sa­
caréis por consecuencia’ que prepara á los unos y á los otros una
eternidad- donde les hará toda1la justicia que les es debida, y a q u e
les ha hecho tan poca en la vida. Todo- esto es;de san Agustín, y
estas que yo refiero son sus mismas; palabras.
23. Esta misma consideración de la eternidad es la que ha he­
cho invencibles á los Santos en las mas violentas- tentaciones.
¿Cuándo fue cuando Job habió de la vida futura 6 inm ortal con
una certeza mas absoluta y una fe mas viva ? Cuando se encontró
sin bienes, sin casa, sin hijos, privado de- todos- los socorros y ar­
rojado sobre un m ulad ar: Sdoquod Redemptormmsvivit. (Job, x ix ).
Sí, yo sé, decía, que mi Redentor vive, y que yo mismo viviré
eternamente con él.. Yo no tengo solo una revelación oscura, sino
una especie de evidencia : Scio. ¿ Y en dónde lo aprendió ? pregun­
ta san Gregorio p a p a ; en sus mismos sufrimientos y en todas las
calamidades con que fue afligido. ¿Cuándo: fue cuando David tuvo
un conocimiento; mas claro y mas: distinto de los' bienes, eternos,, y
cuando se explica como si hubiera tenido delante de los ojos el cielo
abierto' ? Credo videre bona Domim in terra viventkm . (Psalm. xxvi)v
Y LA PROSPERIDAD' DE LOS PEGAD OSES., 11J
Esto sucedió en; el tiempo* en que Saúl. le¡ perseguía coa mayor fur-
ror.. ¡A h! escribí® él mismo', yo,creo ver ya lia>gloria.que Eios<desa­
tina á sus escogidos, y me parece que. se; m e presenta eon; to.di»
su resplandor. Pero, profeta; santo, ¿cania la veis?;Las aflicciones-
y los males os cercan por todas, partes „ ¿y vos. a seguráis» divisar ei*
medio de ellos los bienes, del Señor ? Mas en estos mismos, respon­
de sao Juan Crisóstomo, entrelos mismas, males deq¡u.e estaba.cerd­
eado fue. donde encontró* las prendas: ciertas que le: asegurasen par­
ra otra, vida la posesion denlos; bienes del Señar. J?orq,ue su raz©n>
sola le dictaba en. el fondo-del alma que-siendo contra toda, justicias
los males qu«¡ habia sufrido de parte de; Saúl, dehí& hacer lai pro^
videncia de Dios que hubiese despues, otra vida donde so inoce»-—
cia fuese reconocida y su paciencia: glorificada;, y ved; aq¡uí lo- q,uer
él entendia. y lo que? queriai hacer entender cuando d ecia: Cvedo»
mdere bonct Domini in térra, vivmtium,
24.. Nosotros tenemos- todavía, cristianos,, alguna cosa m a s y
es las predicciones de' Jesucristo ,, cuyo cumplimiento nos hace, ven
nuestra propia experiencia en los sufrimientos de los justos y en la
prosperidad de los pecadores. Esto no es menos digno de vuestra
atención;. Si:el Hijo de Dios hubiera dicho en¡ el Evangelio.que aque*
líos que se obligasen á seguirle y que caminasen en pos de él; esta­
rían exentos en este mundo- de toda pena,, estarían á cubierto de
toda desgracia, colmados de riquezas,, siempre rodeados de plauei-
re s, y que: las desgracias y adversidades, serian solo!para los impíos,
entonees:, lo confieso, nuestra fe podría: debilitarse al ver al hom bre
de bien en la indigencia, en la humillación- y en el dolor, y al.li­
bertino en la fortuna,, en, la autoridad y en la elevación.. Difícil me,
seria entonces resistir á los sentimientos de desconfianza, q;ue nace?-,
rian en mi corazon: ¿y por qué? Porque me creería engañado:por
el misma Jesucristo, y porque habria probado todo lo contrario de
lo que él me había prometido. Mas cuando consulto las sagradas
profecías salidas de. la boca de este Dios Salvador, y las veo cum­
plidas puntualm ente en la conducta de la Procidencia; cuando oigo
á este adorable Salvador decir claramente á sus discípulos r El mun­
do se alegrará, y vosotros estaréis tristes: M undus gaudeMt, vos autem
eontristábimini (Joan, x v i); cuando le oigo'decirles en ios,términos
mas claros que serian el blanco de las persecuciones de los hom­
bres; hacerles una descripción' circunstanciada de la cruz que: cada
uno debia llevar, de los malos tratamientos que habia de sufrir;
marcar,les además todas las circunstancias, y concluir ad.virtiéndoles
112 SERMON SOBRE LA AFLICCION DE LOS JUSTOS
que si les anuncia anticipadamente todas estas cosas es para tque
no se sorprendiesen ni escandalizasen cuando sucedieran: E a c lo-
cutus-sitm vobis ut non scandalizemini (ib id .), y para que se acorda­
sen que él se lo habia p redicho: Ut cum m m rit hora, eorum, rmm~
niscamini, quia ego dixi vohis (Ibid.); cuando todo esto se presenta
á mi espíritu, y se ejecuta ante mis ojos; cuando yo me informo de
ello por mí mismo, y tengo á la vista los ejemplos nías sensibles y
mas palpables, ¿es posible que no se redoble mi coníianza, y que-
no tome de aquí motivo para acrecentarse mas? Si yo viese á todos
los pecadores en el infortunio, y ó todos los justos en la felicidad
m undana, esto me pasm aría, porque no veria cumplidas las pala­
bras de Jesucristo. Pero mientras que los buenos sufran y los im ­
píos tengan todas las comodidades del siglo, nada tem eré, yo me
consolaré y me sostendré con mi esperanza. P o rq u e, ved aquí cómo
podré discu rrir: El mismo Hijo de Dios que ha dicho á los justos :
vosotros seréis afligidos, les ha dicho también : vuestra tristeza se
convertirá en gozo : Tristitia vestra vcrteturin gaudium. (Joan. xvi).
El mismo que les ha predicho sus penas y sus adversidades se ha
obligado á darles su reino, y en este reino celestial una felicidad
perfecta. Pues bien, él no es menos infalible en lo uno que en lo
otro; no menos verdadero cuando anuncia el bien que cuando anun­
cia el m al, pues que siempre es la verdad eterna. Por consiguiente,
como los sucesos han justificado y justifican sin cesar lo que él ha
previsto acerca de las aflicciones de sus escogidos, lo mismo suce­
derá respecto á la gloria que les hace esperar. De aquí tomo yo el
pensamiento del gran Apóstol, y digo con. é l : Yo sufro, pero sufro
sin quejarm e, y no estoy desconcertado ni inquieto; porque sé eu
quién confio, y bajo qué palabra descanso. Yo lo sé, y estoy cierto,
no solamente de que él puede hacer por mí todo lo que me ha pro­
m etido, sino de que lo quiere y de que lo h a rá , porque me lo ha
prometido, y no solo á m í, sino á todos aquellos que se disponen en
el silencio y en la sumisión para el venturoso dia en que vendrá á
reconocer sus predestinados y á cumplir sus esperanzas,
25. ¿Es esto todo? No, mis amados oyentes; mas voy á'concluir
mi discurso por un punto que me parece, y que debe pareceros
como á m í, el mas im portante. Yo me dirijo á aquel que de*todos
los que hay en esta reunión sea mas justo á los ojos de Dios, y á
quien sin embargo Dios haya provisto menos de sus dones tempo­
rales. Que él me escuche y me atienda, porque á él es á quien ha­
blo. Es cierto, le diré f mi amado herm ano, y yo no puedo negarlo,
Y LA PROSPERIDAD DE LOS PECADORES. 113
qne vuestra suerte entre los hombres es triste y penosa; m a s á p e ­
sar de esto ¿con qué sello, si puedo expresarme así, os encontráis
marcado ? Ciertamente con el sello que deben llevar los escogidos,
con el que los distingue como escogidos; en una palabra, con el
sello-del Hijo de Dios, cabeza y ejemplar de los escogidos. De tal
modo, que entráis así en el órden de vuestra predestinación, y que
Dios principia i ejecutar ya con vos su decreto. Yo me explicaré* y
os haré entender mejor este misterio de la salvación. Os lo he di­
cho muchas veces con el Apóstol, y es un principio de nuestra fe,
que siendo Jesucristo el modelo de los predestinados, es necesario,
para ser glorificado como é l, tener una santa semejanza con él. Por­
que según la excelente y sublime teología del Doctor de las naciones
tal es la condicion indispensable que Dios pide para formar parte
en la gloria de sus escogidos, y así es como él los ha elegido: Quos
prascivit et prcedesiinavit conformes fieri imaginis F üii sui. (Rom. vm ).
Pues bien, es evidente que Jesucristo vivió sobre la tierra en el mis­
mo estado d que Dios permite que se halle reducido el justo; que
él caminó por la misma senda; que estuvo expuesto á los mismos
insultos, á los mismos desprecios, á las mismas contradicciones. |O h
profundidad de los consejos de la divina sabiduría! Tiberio reinó
como soberano sobre su trono, y el Hijo de Dios obedeció sus m an­
datos... Pilatos estuvo revestido de la autoridad suprem a, y el Hijo
de Dios compareció ante él... Ved aquí como Dios obró por Jesu­
cristo la salvación de los hom bres; y ved aquí, mi amado herm a­
no, como obra ó consuma la vuestra por vos mismo. Él os imprime
los caractéres de su Hijo, él graba en vos sus rasgos y su imagen.
Sin esto todo sería temible para vos; mas con esto ¿qué no podréis
esperar, siendo esto mismo la ejecución de los favorables designios
de Dios sobre vuestra persona? Quos praiscivit et jrrwdeslmavü con­
formes fieri imaginis Filii sui,
26. Vos me diréis: se han visto y se ven hombres de bien ri­
cos y opulentos, honrados y distinguidos en el mundo. Convengo
en ello; mas sobre esto respondo tres cosas: En efecto, si no hu­
biera mas justos y escogidos que los pobres y los pequeños, aque­
llos que por la oscuridad de su condicion ó por las desgracias de sus
negocios ocupan los últimos puestos en la sociedad, ¿habian de ser
excluidos los demás estados del reino de Dios? ¿Habian de ser es­
tos estados reprobados por sí mismos? ¿Seria necesario renunciar
á ellos? Pues bien; la Providencia, sin embargo, estableció entre
los hombres estos distintos estados, y á ella toca conservarlos^. De
8 T. XI.
114 SERBIOS SOBRÉ LA AFLICCION DE LOS JUSTOS
aiiuí se sigue qne Dios nó ha debido unir á ellos una cobdénacióñ
inevitable, y qué debia por el contrario hacer aparecer algunos
ejemplos de santidad, á 6b de no condeüár á la desesperación á los
que se vieran colocados en ellos. Yo voy aun mas léjos, y añado
que si los Santos se han visto algunas veces en un estado de pros­
peridad h um ana, esto mismo les hacia tem blar, esto les mantenía
en úna continua desconfianza de sí mismos, esto les humillaba y
les confundía delante de Dios; ¿por qué? Porque como no recono­
cían en su prosperidad la imagen de Jesucristo padeciendo* temían
que Dios les hubiese abandonado, y que no llegarán á reinar jamás
con Jesucristo glorioso y triunfante. De aquí es que para suplir lo
qüe lés faltaba, y para adquirir cierta conformidad tan necesaria,
¿qué hacían? Oídlo, pues es lo que tengo que responder en último
liigar. Ellos ño mudaban su estado, al cual se creian llamados por
Dios, y en el cuál querian obedecerle; mas bajo el especioso exte­
rior de una condicion regalada y cómoda conservaban toda la ab­
negación cristiana, y llevaban sobre su cuerpo toda la mortificación
del Salvador. Sin renunciar á su estado ni á su exterioridad, re­
nunciaban á sus dulzuras, y sobre todo se renunciaban á sí mis­
inos. En medio de la abundancia sabían experimentar las incomo­
didades de la pobreza, en medio de los honores encontraban medio
para contenerse en sus pasiones y ejercitarse en los actos de una
profunda hum ildad, en medio de las diversiones m undanas, en las
qüe alguna vez aparentaban tom ar p arte, no olvidaban los deberes
de la penitencia, y frecuentem ente la ponían en práctica con toda
su austeridad. Todo esto lo hacian con el fin de ser del número de
aquellos de quienes dijo el Apóstol: Quos prcescivit et pi-fádestwavit
conformes fieri imaginis Filii sui.
27. Vos me d iréis, no obstante, que se han visto y se ven pe­
cadores en las mismas aflicciones que los justos, y tan afligidos como
ellos. Es cierto; m as, sin examinar todas las razones por las que no
puede Dios ni debe querer que el vicio prospere siem pre, me con­
cretaré á una respuesta que será la prueba de la im portante verdad
que os he anunciado, y e s , que para estos pecadores, sujetos como
los justos á los reveses y á las desgracias de la v id a, una de las mas
preciosas y las mas sensibles señales, según la doctrina de todos los
Padres, de que Dios no los ha abandonado enteram ente, son sus su­
frimientos y sus aflicciones; que la mayor de todas las desgracias para
•ellos seria la de ser tratados b ien , la de ser lisonjeados, y de no en­
contrar jamás obstáculos en el crim en; que el último recurso que
y LA PROSPERIDAD DE LOS PECADORES. $1$
les queda para volver á entrar en el camino de su salvación , y para
ser recibidos en el seno de la misericordia, es que Dios al presente
los castiga, que castigándolos los corrige, que corrigiéndolos los re­
forma, y que esta renovadion y esta reforma de costumbres vuelve
á grabar sobre ellos la imágen de su Hijo que habían borrado ellos
mwek>s. D e imodo 'que «ss; necesatnií) s i e n t e ^volver á 3a íSgiítetícia
del Doctor de las gentes : Quos prcescivit et prcedesfinavü conformes
fteri imaginis Filii sui.
28. [Quiera í)ios, mis amados oyentes, que hayais comprendido
bien el misterio de la gracia y de la santificación que acabo de ex­
plicaros; que en los golpes con que Dios os castigue reconozcáis
su amor p araro n vosotros; que el justo reanim e su esperanza y se
;sostepga por su paciencia; tjue el pecador deslumbrado por el vano
resplandor que le rodea, y embriagado por la engañosa felicidad
que le seduce, se desengañe de las ideas que había concebido, y que
en adelante separe de ellas su corazon para unirlo :á bienes mucho
mas sólidos! Vos, sin embargo, ¡oh Dios mió I no .alteréis .el órdea
,d.e;cosas que vuestra providencia h a dispuesto.;-obrad según vues­
tras miras., y no según .las nuestras. Vuestros designios son infim -
áos, y los nuestros son limitados ; vuestros designios son muy puros,
y los nuestros son muy terrenos; vuestros-designios solo se dirigen
á salvarnos., y lo s:nuestros no se dirigen,á otra cosa que á perderá-
nos. Si-la naturaleza se rebela, si losjsentidos m urm uran, ¡oh, Se^-
■ñorl n o :otorguéis á la naturaleza indócil ni á los sentidos ciegos y
-carnales ¡aquello que piden. No nos abandonéis i nuestros deseos,
n .nos escucheis., como escuchásteis en otro tiempo en vuestra có­
lera al pueblo judío. Mas seguid,siempre vuestros .adorables desig­
nios, y aunque ,para ello debamos-sufrir, ejecutadlo para vuestra
gloria y par.anuestra eterna felicidad., la que es deseo.Amen.,
116 SBRHON SOBRE LA SOCIEDAD DE LOS JtSTO S

SERMON

SOBRE LA SOCIEDAD DE IOS JUSTOS


CON LOS PECADORES, .

Cum dorm irent hom irns, ven it inhnicus


homo et supersem inavit s isa n ia in medio
ír tlie i. (M atlh. s i n , 2S).
M ientras dorm ían los hom bres vino el
enem igo y sem bró zizaña en medio del
trigo.

1, En el campo del padre de familias fue sembrada la zizaña en­


tre el buen grano, y en la Iglesia de Dios "viven los pecadores en
medio de los ju sto s, y se hallan confundidos los unos con los otros.
D urante la noche y mientras la gente estaba dormida fue cuando
vino el enemigo á desolar el cam po; y durante esta vida m ortal,
que es para nosotros un tiempo de tinieblas y como una oscura
noche, es cuando el enemigo común de los hombres hace sus es­
tragos y conserva en el seno de la Iglesia la triste mezcla de los im ­
píos y de los réprobos con los escogidos. Él no viene mientras esta­
mos despiertos, m ientras tenemos los ojos abiertos y velamos sobre
nosotros mismos, sino que aprovecha los momentos en que los ha­
lagüeños estímulos del placer nos encantan, en que las falsas dul­
zuras del mundo nos adorm ecen, en que nuestras pasiones nos cier­
ra n ios ojos, nos impiden percibir y notar el daño que nos causa :
Cum dormirent fiomines. Ved aquí cómo se insinúa el espíritu se­
ductor, cómo introduce en las almas el pecado y una m ultitud cási
infinita de pecadores en el Cristianismo: Venitinimicus homo, etsu-
g e rsm im v it m a n ía . Dios pudiera exterminarlos todos en un día con
no golpe de su brazo om nipotente; mas espera al tiempo de la reco­
lección , es decir, al fin de los siglos y á su juicio final, cuando en-
vie sus segadores para separar la zizaña del buen grano; hablemos
sin figuras: cuando envíe los Angeles ejecutores de su voluntad y
ministros de su justicia para hacer la separación de los justos y de
los pecadores; para colocar á la derecha los predestinados y á la
izquierda los réprobos; para reunir los unos en su reino, y para
CON LOS PECADORES. 117
precipitar á los otros en el faego e te rn o : ColHgite zizania, et alíigate
ea in fascículos ad comburendum; triticum autem congrégate in horreum
meum. {Matth. x m ). Este tiempo no ha tenido todavía, cristianos;
y hasta esta separación vivimos nosotros en medio de los im píos, y
los impíos viven en medio de nosotros. Es, por consiguiente, muy
necesario que sepáis la conducta que debeis observar con respecto
á ellos, y la sociedad que con ellos podéis tener. Mas, para instrui­
ros mas sólidamente sobre este punto, necesito los auxilios del Es­
píritu Santo, que pedirémos por la intercesión de M aría, saludán­
dola con el A ngel: Ave M aría.
2. Q uerer penetrar en los secretos de Dios para saber con qué
fin sufre á los impíos en medio de sus escogidos seria, dice san.
Agustín, querer penetrar un misterio que está mas alto que nues­
tros conocimientos, y que debemos adorar sin entrom eternos á
examinarlo. Dios permite que los impíos subsistan, y esto nos lo
hace ver la experiencia; permite también que subsistan entre los
buenos y los predestinados, y de esto no podemos dudar. Conocer
las razones por las que lo quiere así no es de nuestra competen*
cía; mas saber cómo nos hemos de portar con los impíos y liberti­
nos es lo que nos interesa, y lo que pide toda nuestra atención. Pero
¿de quién lo aprenderémos? De Dios mismo, que en todo, y p arti­
cularmente en esto, quiere ser nuestro ejemplar y el modelo de nues­
tra conducta. Dios, cristianos, que es la santidad m ism a, permanece
con los pecadores; mas yo noto sobre esto dos cosas que deben ser
para nosotros dos lecciones importantes. Que él no permanece con
los pecadores sino por la necesidad de su ser; esta es la p rim era:
y que permaneciendo con los pecadores sabe aum entar su gloria
y procurar la salvación de ellos; esta es la segunda. Sobre esto es­
tablezco dos proposiciones que nos conciernen, y que van á form ar
la división de mi discurso. Dios no está con los pecadores sino por
la necesidad de su ser, y nosotros no debemos perm anecer con ellos
sino por la necesidad de nuestro estado; esta será la prim era parte.
Dios saca su gloria de los pecadores y procura al mismo tiempo la
salvación de ellos: así es como nosotros debemos tener nuestro co­
mercio con ellos igualmente provechoso para nosotros y para ellos
mismos; esta será la segunda parte. En la primera os haré ver la
obligación general de huir el comercio de los pecadores, y en la se­
gunda verémos el provecho que es necesario reportar de este co­
mercio cuando nos vemos obligados á sostenerlo por necesidad. En
dos palabras : la mezcla de los justos y de los pecadores es com ún-
118 SERMON SOBRE LA SOCIEDAD3 BE LOS JUSTOS
m ente dañosa para los justos; mas alguna vez puede ser útil á los
unos y á los otros. Eo tanto* que es dañosa para los justos debe­
mos evitarla, y en tanto que puede ser útil á los justos y á los pe­
cadores deben los justos sacar provecho de ella. Ved aquí todo el'
objeto de vuestra atención.

Primera parte.

3. AI leer la Escritura se dirá, cristianos, que Dios, por una es­


pecie de contradicción, está con los impíos y que al mismo tiempo
no está con ellos, que se aleja de ellos y que no se aleja, que les
priva de su presencia y que no les priva de ella. Porque veréis como
se expresa de diverso modo segun la diferencia de los caractéres
que toma y que quiere sostener con respecto á ellos. Yo soy, dice,
el que lleno el cielo y la tie rra , y que nada de lo que hace el pe­
cador se me puede ocultar ni esconderse de mi vista. Ved aquí á
Dios presente al pecador para observarle y para ilum inarle. Mas él
mismo dice en otra p a rte : Yo me arrepiento de haber criado al
hom bre, y me separo de él para siem pre, porque es todo carnal.
Ved aquí á Dios separado del pecador para vengarse y para casti­
garle. ¿ Dónde iré yo, Señor, decía D avid, y dónde huiré de tu pre­
sencia? Si bajare á los infiernos, allí os encuentro, y allí estáis en
persona ejerciendo los rigores de vuestra ju sticia: Dios, por consi­
guiente, concluye san Jerónimo, habita también con los réprobos.
Mas yo oigo á Saúl, al contrario, invocando á Sam uel, y manifes­
tándole su dolor, 6, por mejor decir, su desesperación porque Dios
se habia retirado de él: Coaretor nimis, siqmdem pugnant philisthiim
adversum me, et Deus reeessit a me (I Reg. x x v ii) : por consiguiente
no se debe buscar á Dios en la compañía de un réprobo. ¿Cómo se
concuerda todo esto? Ved aquí el secreto, que consiste, dice el an­
gélico doctor santo Tom ás, en que D ios, que es el Santo de los San­
tos, no está can los pecadores y los impíos sino por la necesidad
de su ser, y no por una elección de cariño y de inclinación. Me ex»
pircaré.
4. Dios está con los pecadores por la necesidad de su ser, por­
que todas sus perfecciones divinas le obligan á e llo : su sabiduría*,
por la que gobierna y mantiene en orden todas las criaturas hasta
los, pecadores mas rebeldes; su bondad, cuyos efectos extiende som­
bre todas las criaturas sin exceptuar los pecadoTes ; m omnipoten>-
cia, que hace obrar á todas las criaturas, y por consiguiente « la s
CQN LO S PECADORES
pecadores. Todos estos deberes de Criador, queunen á Dios, por de^
cirio así, á la criatura, son deberes generalas en los que todos los,
hombres tienen parte, así los malos,como Jos buenos; y por rasp a
de estos deberes es por lo que Dios es inseparable de los irqpío.s,.
Mas, como he dicho, estos son debeles necesarips de que Dios,„
supuesto el beneficio de la creación, no puede dispensarse á sí.misr
mo. Porque si vosotros consultáis, l¡as inclinaciones d« su corazon,
jah I cristianos, las cosas suceden muy de otra m anera. Apenas el
hombre cae en el desorden del pecado cuando Dios rompe con él
toda alianza, y por consiguiente todp el comercio de que su gracia,
habia sido el vínculo. De modo que no permanece mas con el pe-r
cador de ninguno de los modos que manifiestan la inclinación; y el
discernimiento de su am or; es decir, que no está ya con eL peca-*,
dor ni por los efectos de una protección especial, como estuvo con
su pueblo en el desierto, ni por la comunicación de sus dones, comoi
está con todos los justos, ni por la qnion: íntima y misteriosa do su
adorable Sacramento, como está singulaumente con;el alma, cristiana»
que le recibe. Con respecto al pecador todo, esto cesa; y esto es lo¡
que hace decir al Espíritu Santo que Dios no está mas con ]os¡pe-v
cadores, y lo que hace añadir á los teólogos que,si, por una
posicion imposible, pudiera Dios despojarse de su inmensidad , per-i
maneceria siempre presente á un gran número de personas á quienes
su gracia le une, y que dejaria de estar coa los pecadores, porque^
entonces no tendría la necesidad de estar en todas partes y de obrar
en todas partes. De aquí concluye san Juan Crisóstomo, y el penr>
samiento de este Padre merece ser notado, que la inmensidad , que
es uno de los atributos mas nobles de Dios, no deja, en- eiert.Q modo,
de ser en él como un atributo oneroso^ porque ella le sujeta á n,o,po­
der separarse enteram ente de aquello que es objeto de su aversión
y de su indignación. Admirable idea., cristianos, de la conducta (jue
debemos observan con los libertinos del siglo. ¿Qué es; l;o que Dios
exige de nosotros? Que obremos con eilos como obm él mismo..
¿Podemos proponernos un modelo mas santo? Í¡1 quiere, en pji-n
m er lugar, que los suframos á ejemplo suyo ; y lo quiere con raigan,
dice san A gustín, porque ellos nos han sufrido cuando, estábamos
nosotros mismos en el extravío y la corrupción del vicio*., Ved aquí
por qué, prosigue el santo Doctor, no debemos jamás, olvidarnos
de lo que hemos sido, á fin de conservar siempre para, con los otros
una compasion tierna y caritativa en el estado en que se hallan í
Cuita tolerantia vivendum nolñs est ínter malos , maü
120 SERMON SOBRE LA SOCIEDAD DE LOS JUSTOS
cum tolerantía vixerunt boni ínter nos. (August.). Mas poned cuida­
do, os suplico, en este término cum tolerantía; porque san Agustín no
dice que la sociedad de los malos debe sernos un objeto de compla­
cencia, sino un ejercicio de paciencia, es decir, que debemos su­
frirla pero no am arla, porque así es como nos conformamos con
nuestra regla, que es Dios.
5. Es cierto, lo confieso, hay alianzas y obligaciones con los im­
píos que la ley divina no solo no nos prohíbe, sino que no nos per­
mite romper, pues que nos las ha impuesto como un deber; y esto
es lo que yo llamo la necesidad de nuestro estado, que corresponde
á la necesidad del ser y de la providencia de Dios. De otro modo,
dice san Pablo, se necesitaría salir fuera del mundo, si todo comer­
cio con los pecadores estuviera generalmente prohibido: Alioquin
debueratis de kocmundoeccisse. (I Cor. v ). ¿D eberá, por ejemplo, un
padre separarse de sus hijos porque los vea en un desórden, una
mujer de su marido porque tenga una vida licenciosa, un inferior
de su superior porque sea un hombre escandaloso? No, sin d u da;
la ley del deber, de la dependencia y de la sujeción lo prohíbe; y
puede decirse también que la mezcla de los malos con los buenos
está autorizada por Dios, pues que Dios es el autor de las condicio­
nes que unen necesariamente á esta sociedad. Todo esto es cierto;
pero fuera de esto, quiero decir, fuera de los límites de la nece­
sidad y de la justicia, cuando las cosas están en la libertad de nues­
tra elección, buscar á los impíos y conservar con ellos relaciones
voluntarias, amistades mundanas y profanas, familiaridades, cuyo
motivo es solo el placer y no la razón ni la justicia, yo digo que
esto es ir directamente contra las órdenes de D ios, y lo digo con el
grande Apóstol, porque ved aquí cómo se explica á los cristianos de
Tesalónica: Denuntiamus vobis, ut subtrahatis vos ab enmifratre ambu­
lante inordinate. (IIT h es. n i ). Os mandamos, les decía en el nombre
del Señor, que os retireis de todos aquellos que entre vuestros h e r­
manos tienen una conducta desarreglada, y que guardéis este pre­
cepto como uno de los mas importantes y esenciales de la ley de
Díos. De aquí proviene que David lo hacía un punto de concicncia y
de religión : Non sedi cum concilio vanitatis, et cum iniqua gerentibus
nonintroibo; odiviecclesiammalignantium. (Psalm. x x v ). Mi máxima
ha sido siempre no tener unión alguna con los partidarios del vi­
cio, y no mezclarme con los que se glorian de cometer la iniquidad,
am ar á las personas porque la caridad me lo m anda; pero aborre­
c e r sus asambleas, huir sus intrigas y aborrecer sus conyersacio-
CON LOS PECADORES. lS Í
nes, porque una caridad mas alta, que es la qué debo á Dios y me
debo á mí mismo, me impide tomar parte en ello,
6. Ved aquí, mis amados oyentes, lo que nos dicta la pruden­
cia cristiana y á lo que nos obliga indispensablemente, á evitar,
en tanto que nuestra condicion lo perm ita, las sociedades malas y
corrompidas, Y ved también como Dios nos ha inspirado horror,
ya con respecto á los paganos y á los idólatras, ya con respecto á
los herejes y á los cismáticos, y ya también con respecto á los mis­
mos católicos libertinos y prevaricadores. Vosotros sois mi pueblo,
decia á los hijos de Israel cuando los introducía en la tierra de Ca-
naan, vosotros sois mi pueblo, y yo os he elegido entre todos los
pueblos de la tierra para que esteis consagrados especialmente á
m í; mas por esto mismo no os será permitido tratar con los pue­
blos infieles, no formaréis alianzas con ellos, no podrá contraerse
legítimamente ningún matrimonio entre ellos y vosotros. ¿Y por
qué? pregunta san Agustín. Este comercio con los extranjeros
¿no podía ser ventajoso y necesario álos hijos de Israel para su es­
tablecimiento? Tal vez la política del mundo lo habrá juzgado así;
mas Dios, cuyos designios santos y adorables son infinitamente mas
elevados que los de los hom bres, quiso que la política del mundo
cediese al interés de la Religión. No, Ies decia, sea cualquiera la
ventaja que pudieran prom eteros, no buscaréis á esas naciones, y
os mantendréis siempre separados de ellas : Cave ne unquam cum
habitatoribus terrm illim jungas amicitias. (Exod. x x x iv ). Esto era
lo que mandaba expresamente la ley ; y vosotros veréis, cristianos,
si esta prohibición era inútil y sin fundamento. H uid, nos dice él
en otra parte por la boca de san Pablo, huid la herejía, si quereis
conservar la pureza de vuestra fe : Hwreticum hominem devita.
(Tít. m ). Guardaos m ucho, no solamente de m antener inteligen­
cias con el partido del error, no solamente de abrazar sus intere­
ses, sino aun de tener simples alianzas fuera de aquellos que la
piedad cristiana y el deber de vuestra condicion puedan justificar.
Mas si estos son ortodoxos, que á pesar de sus costumbres disolu­
tas no dejan por eso de vivir con nosotros en la comuuion de una
misma creencia, ¿n o sh a prohibido también Dios su sociedad?Es­
cuchad aun al Apóstol. Yo os he advertido ya, escribía á los de
Gorinto este maestro de las naciones, y os he marcado en una de
mis cartas que no tengáis ningún trato con los impúdicos y volup­
tuosos, ni con los maldicientes y calumniadores7 ni con ninguno
otro que sea de aquellos que pueden corrom peros, y ser para vos-
122: SERMON SOBRE. LA SOCIEDAIX DE LOS JUSTOS
otros, u n escándalo. Aun cuando este fuere vuestro herm ano p or1
inclinación o por obligación de amistad,, si es un hombre de mala
vida yo no quiero que;tengáis con él la menor comunicación, ni
que podáis comer con: é l : S i is qm frater nominatur est fomicator
aut makdicus, aut rapaoc,, cum hujusmodi nec ciium sumere. (I Gor. v )-
7. Dios;quiere, dice muy bien Guillermo de París, y este pen­
samiento es m uy bello, Dios quiere que., separándonos de los im ­
píos,, hagamos al presente lo mismo que h ará un dia él mismo , y
que prevengamos así la resurrección universal y el juicio finah,
Cuando el Hijo de Dios venga á juzgar al m undo,, los réprobos, es
verdad, resucitarán al mismo tiempo que los justos ; mas no resu­
citarán , sin em bargo, con ellos, porque en el momento mismo de.
la resurrección los justos serán separados de los réprobos. p or
aquel discernimiento terrible de que ha hablado D avid, y de que
los Ángeles serán los ejecutores : Ideo non resurgmt. impzi in judicw',
ñeque peccatoresin eoncüio jm torw n. (Psalm. i). ;C uái es, pues, el
designio de ©ios?. Prosigue Guillermo de P a rís : es que los bue­
nos viven en: este mundo con respecto á los malos en el mismo;
órden con que deben resucitar y ser ju z g a d o s e s . decir, que ellos,
mismos se separan, por decirlo así, de con los pecadores, y que
desde esta¡vida principian ya á tomar su puesto , áfin de que Dios
no se vea luego obligado á emplear sus Ángeles ni. á hacer otra,
elección de sus elegidos. En esto es también en lo que consis té la
perfección y la gloria de los justos sobre la tie r r a ; y tal es la idea
que la Escritura nos ha dado que cuando Dios manda á Josué
hacer m orir á Aeab, que, era un hombre escandaloso en medio de
su pueblo, no se dirige á él sino con estas palabras.: Surge * sam ti-
fica popuhim. (Josué, v íi). Yo quiero que de mañana santifiques,
m i pueblo. ¿Y qué haré yo para ello, Señor? pregunta Josué. Ex­
term inarás á Acab, que es un sacrilego. En tanto q u e él permanez­
ca entre las tribus no puedo permanecer yo ; mas cercena esta,
alm a crim inal, y entonces será santificado tu pueblo. Vosotros,di­
réis, cristianos, que la. separación de los malos es como- uaa sacra­
mento de expiación para los buenos. E n efecto, no. se necesitará
mas para: santificar las familias, las; comunidades y las Ordenes! en­
teras. Quitad de una casa un doméstico viciosa que la infesta,, y
haréis de ella una casa piadosa;, quitad de urna, com unidad u » esr
píritu inquieto que la divide,, y haréis una asamblea de Santos;
quitad de la corte de u n príncipe ciertos ateos-que la. dominan,, j¡
haréis una corte cristiana. H ay e& París, ua ham bre tal que ha
COW LOS PECADORES. 123)
perdido:mas almas que jamás pervertiría un dem onio; y vosotros
conocéis á ciertas mujeres que han dado ¿ la sociedad mas liberti­
nos que las lecciones mas contagiosas* de aquellos que en otro tiem­
po han tenido escuela de libertinaje. Quitad*,,pues, un pequeña
número de estos hombres y de estas; m ujeres, y restableceréis cáei
del todo el culto de Dios. Pues bien , esta'separación no seria- im­
posible, si los intereses de Dios fuesen tan-respetados como losada
los hombres. ¿No habéis puesto nunca cuidado , cristianos , en uua-
cosa muy particular que nos refiere el evangelista san Juan, ha­
blando de la última cena que Jesucristo tuvo con- sus Apóstoles en;
la víspera de 5 U' muerte?- En el mismo tiempo en que. Judas salió
para ir á ejeeutar su: detestable designio, el Salvador del mundo
entró en: una especie de éxtasis,, y exclamó i N unc clarifícatus est
F ilm s hominis' (Joan, x m ) i ahora es cuando el Hijo del Hombre,
es glorificado. ¿De dónde le venia esta gloria.? pregunta^ san Agus­
tín, No era de la visión beatífica de Dios, porque él la poseyó des­
de el instante mismo de su concepción ; nó era de la resurrección
de su cuerpo, porque todavía no había resucitado^ mas ella le; vi­
no de la salida de este traidor que habia estado hasta entonces pre^
senté con los otros discípulos, y esta es la> razón que da el texto-
sagrado: Cum erg.o exisset, d ix it Jesús : N unc darificatm . est-Filius
hominis. Mientras que Judas estaba- en su compañía era esto, en.
cierto modo, como una mancha para é l; mas cuando^ se vio sepa­
rado , aunque esta separación debtó> ser seguida muy pronto de los
oprobios de la cruz, no deja por eso de gloriarse de e lla ; Nunc:
darificatus est F ilm s hominis. Pues bien:, si. la gloria, del Hijo de Dios
no podia ser completa mientras sufria en su presencia á n n n é p r o -
bo, juzgad , mis amados oyentes, si vosotros podréis ser santifica­
dos y justos delante de Dios mientras vivís con los pecadores, y
permaneceis voluntaria mente en medio de ellos.. Yed aquí porqué:
la Iglesia, dice santo Tom ás, excomulga á ciertos pecadores. Por
esta censura separa el buen grano del malo para guardar el uno y
arrojar el o tr o ; en lo cual nos enseña nuestro deber, y nos da á co­
nocer lo que estamos obligados á hacer. Vosotras no quereis sepa­
raros de los impíos, ella los separa de. vosotros; porque no pen-
seis que solamente intenta castigarlos cuando los priva dé los bie­
nes de la sociedad coiam . Hay dos cosas en: la excomunión : una
pena para el culpable, y una ley para el inocente. La Iglesia; con­
dena al pecador á n a tener comamcacion con Iqs fieles, esta es la
p e n a ; y al mismo tiempo manda á;k>s fieles que no, tengan trato
124 SERMON SOBRE LA SOCIEDAD DE LOS JUSTOS
alguno con el pecador, ved aquí la ley. ¿Se sigue de aquí que no
hay mas que estos pecadores castigados con el anatem a de la Igle­
sia, cuya compañía nos esté prohibida? No, cristiano: no todo lo
que no está prohibido formalmente por la Iglesia está permitido
por ella. Ella tiene leyes superiores y inas generales las cuales de­
bemos obedecer. La Iglesia, en virtud de sus censuras, solo nos
prohibe la sociedad de los escandalosos, que le son rebeldes; mas,
aunque no sean rebeldes, es bastante que sean escandalosos para
que independientemente de las prohibiciones de la Iglesia deduzca­
mos que estamos en la estrecha obligación de evitarlos. No será, pues,
discurrir bien pretender que porque la Iglesia ha revocado las penas
impuestas contra los que comunicaban con los impíos excomulga­
dos aprueba la tal comunicación y trato. Me explicaré; prestadme
atención, porque os interesa instruiros en este panto. En el rigor
del derecho antiguo no podian los fieles tratar jamás con un hom­
bre separado de la comunion de la Iglesia sin incurrir en la mis­
ma censura. Esta era la ley común ; mas por razones im portantes
alegadas en los concilios la Iglesia ha templado esta severidad, y
solo nos prohibe el trato con aquellos que ha excomulgado públi­
camente y por sus nombres. ¿Y es esto decir que podemos comu­
nicarnos indiferentemente con toda clase de herejes, con toda cla­
se de gente corrompida y dañosa, bajo pretexto de que la Iglesia
todavía no los ha marcado con su anatema? Este es un error, am a­
dos oyentes. La Iglesia puede muy bien revocar sus leyes, puede
cambiar sus costumbres ; mas sin perjuicio de la ley de Dios, que es
irrevocable é invariable. Pues bien, la ley de Dios es que fuera de
las obligaciones necesarias de mi estado me aleje de todas las com­
pañías en que la inocencia de mi alma pueda estar en peligro. Si yo
las busco voluntariam ente y sin necesidad, los rayos de la Iglesia,
es cierto, no por eso caerán sobre m í, porque ella quiere usar con­
migo de esta indulgencia ; pero toda su indulgencia no puede ha­
cer que no me haga yo culpable por este hecho de un desprecio
formal de D ios; que por esto no me constituya el escándalo de mis
hermanos y el enemigo de m í mismo en buscar mi perdición. Tres
grandes desórdenes que se encierran en un mismo pecado. Estad-
me atentos.
8. Sí, amados oyentes, tra ta r con los impíos y libertinos que
conocéis como tales es un desprecio de Dios. ¿Y á qué llamais vos­
otros desprecio de Dios, si no es al hecho de unirse con sus enemi­
gos? ¿Y quiénes son los enemigos de Dios sino los pecadores, e s-
CON LOS PECADORES* 125
pecialmente ciertos pecadores declarados? ¿Qué se pensaría de un
hijo unido por afecto y de corazon con los perseguidores de su pa­
d re , con los que atentasen á los derechos y al honor de su padre,
con los que hiciesen una guerra abierta á su padre? ¿No os causa­
ría horror como un mónstruo de la naturaleza? Pues ved aquí lo
que hacéis vosotros cuando vivís con ]os impíos. En tanto que ellos
permanecen en el desórden de su pecado, hay entre Dios y ellos
un odio irreconciliable. Consultad los Libros sagrados y leed laá
reconvenciones que tuvo que sufrir Josafat, rey de Ju d á , príncipe,
por otra p arte, m uy religioso. Él era aliado del impío Acab, rey
de Isra e l; no le habían faltado razones de Estado que le empeña­
sen en ésta alianza, que todo su consejo habia aprobado; mas su
consejo fue por esta causa reprobado por Dios. Príncipe, le decía
Jehú con toda la libertad de un profeta, vos sois prevaricador,
vos habéis dado socorros á un rey crim inal, y habéis recibido en
vuestra amistad á aquellos que se han conjurado contra vuestro
Dios y el mió ; vos mereceis la muerte : Im pío prcebes a u x iliu m , et
his qui oderunt Dominum amicitía jm g e r is , idcirco ira m merebaris.
(II Paralip. x ix ). Las buenas obras de Josafat y su buena fe le ex­
cusaron ; mas vosotros, cristianos, ¿qué podéis alegar en vuestro
favor? Además de la injuria que hacéis á Dios, ¿cómo podéis jus­
tificar el escándalo que causaís en la Iglesia y entre el pueblo de
Dios? Porque ¿no es un escándalo veros continuam ente en las so­
ciedades dé una ciudad ó de un barrio el mas sospechoso, veros
en las reuniones de donde parece haberse desterrado todo pudor,
donde se tienen los discursos mas libres, donde se discuten las
máximas mas perniciosas, donde frecuentemente ninguna regla de
decoro ni de modestia se observa; y veros con hombres sin reli­
gión, con mujeres sin reputación, en lugares donde reina la licen­
cia, y de donde se extiende el contagio mas mortífero? ¿Qué se
puede pensar de esto? ¿Qué se puede decir de esto? ó mas bien
¿qué se ha pensado y qué se ha dicho ya? Y no me respondáis
que vosotros sabéis bien guardaros, y que á pesar de lo que pien­
se el mundo teneis en vuestro favor el testimonio de vuestra con­
ciencia, el cual os basta. ¡Ah! mis amados herm anos, escuchad lo
que escribía sobre esto san Jerónimo á una señora rom ana. Es ne­
cesario, le decia este P adre, que cuando habíais así esteis muy
poco instruida en los deberes de la vida cristiana. No sabéis que en
m ateria de conducta teneis que dar cuenta á Dios, no solamente de
lo que hacéis, sino también de lo que se dice de v o s ; que no es
126 SERMON SOBRE I/A SOCIEDAD DE LOS JUSTOS
bastante satisfacer á vuestra propia conciencia., sino que testáis obli­
gada también á satisfacer á la de o tro s; que .san .Pablo , que estaba
mas instruido que vos, se guardaba délos hombres ían to como de
Dios para arreglar su co n serv ació n n o creyendo que podia ser ino­
cente cuando los ham bres pudieran tom ar de ello motivo para
ofenderse, y sabiendo que es hacerse culpable ante Dios no tem er
parecerlo ante los hom bres. Así ¡hablaba san Jerónim o, y concluía
.por el ¡ejemplo del mismo A póstol, que rehusaiba córner viandas
perm itidas, porque temía escandalizar á los fieles. jAht prosigue
este ,santo Doctor, Ja compañía dé los hombres no es mas necesaria
que los alimentos ; ¿y por qué no evitamos estas amistades escan­
dalosas que perjudican la pureza de nuestra Religión, que dan lu­
gar á mil sospechas, y que sirven de materia á la maledicencia pú­
blica., cuando san Pablo se abstenía de una vianda, y lie ¡tenia como
horror cuando consideraba que podia dar motivo de escándalo al
m enor de los cristianos?
9. Mas dejemos el escándalo, y no insistamos a h o ra , m is ama­
dos oyentes, sino en lo que hace relación á nosotros m ism os. ¿Es
posible que en medio de un comercio familiar con los impúdicos y
libertinos podáis conservar un corazon puro y casto? .¿Puede espe­
rarse razonablemente que en medio de un aire corrompido no os
resintáis jamás de su corrupción? ¿Y no será al menos de vuestra
parte una presunción ciega y criminal la .de creeros exentos de un
peligro que,m uchas veces os está tan prohibido por Dios como el
mal mismo? Sí esto fuera así, jamás los Profetas ni los Apóstoles
hubieran estado mas confirmados en gracia que vosotros , y vosotros
tendríais esta ventaja sohr.e los que han huido la sociedad de los
impíos porque la juzgaban ;peligrosa para ellos m ism os, como lo
testifica san Jerónimo del profeta Ezequiel, que por este motivo se
separó de todo el resto del pueblo, y se retiró á la soledad ; en vez
de que vosotros permaneceis voluntariamente y sin tem or, como sí
tuviéseis un preservativo infalible contra el pecado. Y si no lo te -
neis, ¿cuál es vuestra tem eridad en arriesgaros mas que se han ar­
riesgado los hombres de Dios y.los Santos de prim er órden, de ex­
poneros á los peligros para los que ellos no se han creído bastante
fuertes, de vivir tranquilos donde ellos han temblado?¿¿Por qué
prohibia Dios con tanto rigor á los hebreos que se;mezclasen y ne­
gociasen con los extranjeros? Porque en estas negociaciones y alian­
zas preveía su caída y su ruina cási inevitable. Y en efecto, ¿ tu ­
pieron ellos jamás comercio con nación alguna de quien al fin no to-
CON tG S PECADORES. 127
masen las supersticiones y las impiedades? C om m ixti siint inter gen­
tes, et d id icerm t opera e o n m . (Psalm. cvj. ¿'Por qué la Iglesia desde
su nacimiento prohibió que los cristianos contrajesen m atrim o­
nio con los infieles? Porque así entiende san Jerónimo estas pala­
bras de san P a b lo : N olite ju yu m ducere cum infiddibus. (XI‘Cor. vi).
Porque consideraba los peligros que de tales uniones resultarían á
la fe de los cristianos. ¿Y por qU$ Jesucristo dió á la “misma Igle­
sia Un poder que parece trastornar todo el derecho hum ano? Per-
manecedme atentos, y esto os llenará de sorpresa, sin embargo de
que yo no aventuro nada que no esté fundado en la Escritura y en
los sagrados Cánones. ¿P or q u é , rep ito , Jesucristo h a dado facul­
tad á su Iglesia para anular, al menos en cuanto á sus principales
obligaciones, el mas auténtico de todos los contratos que se cele­
bran entre los hom bres, un matrimonio legítim o, un m atrimonio
ratificado solemnemente entre dós paganos, de los que el uno abra­
za el Cristianismo y el otro permanece en su idolatría, sino porque
en esta mezcla de religiones la del Dios verdadero no se encontra­
ría segura? Q uis e n im n m it, dice T ertuliano, obliteran quotidie ft-
dem commercio infideli? (Tertul.). ¿Quién duda que la fe se borra
poco á poco con la comunicación frecuente de un espíritu infiel?
Esto mismo es lo que este Doctor tan celoso por la estrecha disci­
plina de la Iglesia hacia presente algún tiempo antes de morir i
su propia esposa para re tra e rla , segun estas m áxim as, de un se­
gundo m atrim onio, ó al menos áfin de hacerle saber la obligación
en que estaba de no unirse jamás con ningún pagano. Y, yo, sir^
viéndome del mismo pensam iento, y aplicándolo á mi objeto, digo:
Q uis nescü? ¿Quién duda que la piedad del alma mas religiosa se
altera por los ejemplos de un amigo de vida depravada, y que se
tiene continuamente ante los ojos? Si es depositario de sus senti­
mientos se le oye hablar, se le ve obrar, é insensiblemente se acos­
tum bra á pensar como él, á hablar como él, y á obrar como él.
Esto no sucede desde un principio sin cierta repugnancia y cierta
lucha ; pero al fin aquello que causaba horror principia ya á no
desagradar, y despues todo agrada y encadena. Quis nescit? ¿Quién
duda que el recato y la sabiduría de una persona jóven, que su vir­
tu d , por firme que sea, no vienen con el tiempo á vacilar, y no
recibe fuertes ataques por estas entrevistas particulares y estas
amistades en que abren su corazon á algún m undano ó m undana
que le inspira sus dañados principios, y que en el espacio de algu­
nos meses destruye todo el fruto de una santa educación y el tra-
128 SERMON SOBRE LA SOCIEDAD DE LOS JÜSTOS
bajo de muchos años? De aquí viene esta máxima tan universal-
m ente reconocida, confirmada por tantas pruebas, y tan común :
ttDíme con quién andas, y te diré quién eres.»
10. De todos modos, mis amados oyentes, la Iglesia no ha per­
donado nada para impedir que el comercio de los impíos no sea per­
judicial á sus h ijo s: ¿y qué hacéis vosotros por vuestra parte para
secundar sus miras? Tal vez pen#eis que la compañía de este hom -
i r e sumergido en la relajación y abandonado á sus deseos es m e­
aos de tem er para vosotros que la de un in fiel; y yo al contrario
sostengo que mil idólatras conjurados para pervertiros y para per­
deros no harán en vosotros la misma impresión que un libertino
con quien estáis unidos por conocimiento y por trato. Job se con­
servó en medio de las falsas divinidades y de aquellos que las ado­
raban ; pero Lot sucumbió en Sodoma y entre sus conciudadanos.
Yo voy mas léjos, y sostengo que todos los esfuerzos del demonio
contra vosotros no serian una tentación tan peligrosa como la pre­
sencia y la vista de este pecador escandaloso. Mas yo os compren­
do, y por vuestras costumbres juzgo de vuestros pensamientos.
Vosotros no temeis á estos partidarios del vicio, porque, tal vez,
estáis ya tan infestados como ello s; y ellos no pueden dañaros mas,
porque ya habéis recibido todo el daño de que estábais amenaza­
dos. Y así es como se verifica la predicción del S eñ o r; porque se
engañaría ciertam ente, si viviendo y conversando con amigos ré ­
probos hubiérais conservado vuestra inocencia.
11. ¡A hí cristianos, nosotros nos admiramos de ver en la ac­
tualidad un siglo tan corrom pido; no comprendemos de dónde
nace tanta disolución en la juventud ; nos ruborizamos de ver tan­
tas personas del bello seso que de nada se ruborizan ; nos sorpren­
demos de oir los desórdenes de los matrimonios que se publican
todos los dias; oímos con indignación cuánto reina la impiedad en
la corte délos príncipes; ¿lo diré de una vez? nosotros vemos con
horror introducirse el vicio hasta en el santuario y adherirse á los
ministros del altar. Pues ved aquí la causa mas ordinaria de esto;
las sociedades y el trato del mundo profano. Ved aquí lo que sirve
de incentivo al deseo, lo que enciende la pasión , lo que hace for­
m ar las intrigas, lo que hace acometer las mas abominables em­
presas. Ved aquí lo que rinde á los fuertes, lo que infatúa á los
sabios, lo que corrompe á las vírgenes. Arreglad las sociedades y
el trato de los hom bres, y con facilidad reformaréis todos los es­
tados, Vos, padre, alejad á vuestro hijo de ese amigo que él bus-
CON LOS PECADORES. 129
ca con tanta frecuencia, y le veréis marchar siempre por el buen
camino. Yos , m adre, no recibáis y no hagais ciertas visitas, y esa
hija que os acompaña se convertirá en un modelo de virtud. Vos,
cristiano, cualquiera que seáis, romped cOn ese am igo, y yo me
atrevo cási á responderos de vuestra salvación. Mas ¡cómo, diréis
vosotros, abandonar un amigo 1 S í, es necesario abandonarlo; y
aun cuando sea vuestro ojo es necesario arrancarlo. ¿Por qué con­
servar un amigo contra vos mismo , y qué aprecio debeis hacer de
una amistad que conduce á vuestra reprobación? ¿No os ha ense­
ñado expresamente el Hijo de Dios que el que no aborrezca á sus
parientes, á su herm ano, á su h erm an a, á su mismo padre y á su
m adre, no será digno de él? es decir, que el que no esté dispues­
to á separarse de sus deudos, sea herm ano ó herm ana, sea padre
ó m adre, desde el punto en que pueda tem er algún escándalo, se
hará desde entonces culpable á los ojos de Dios, y no entrará ja ­
más en su reino?
12. Luego, si debo portarm e así con los autores de mi vida,
cuando son obstáculos para mi salvación, ¿tendrán derecho para
quejarse mis falsos amigos, cómplices de mis iniquidades, cuando,
por salvarme del abismo á que me conducen , me separo de ellos y
renuncio á su amistad? Y si ellos me arguyen, si se burlan de
m í, si me castigan con su desprecio, ¿deboyo escucharles mas bien
que al mismo Dios? No, no ; nada debo yo am ar con perjuicio de
mi alma ; y cuando se trata de un interés tan grande como este ,
Dios y yo, ved aquí lo que me basta. Todo lo demás me es indi­
ferente.
13. No obstante, cristianos, hay ciertas sociedades á las que
nos unen obligaciones necesarias ; y como Dios, supuesta la nece­
sidad de su ser, que le obliga á permanecer con los pecadores, sa­
be sacar de esto mismo su gloria, y emplea en la conversión de
ellos la presencia de su divinidad, así debemos nosotros ser prove­
chosos á los impíos que viven con nosotros, y sacar provecho de
los impíos con quienes vivimos por la necesidad de nuestro éstado.
Otra obligación que ya á ser el objeto de mi

Segunda p a rte .

14. Es una verdad incontestable, cristianos, que aunque el pe­


cado en sí mismo sea esencialmente una injuria hecha á la ma­
jestad de Dios, no deja sin embargo de servir á su grandeza. Dios
9 T. XI.
130 SERMON sobre: l a s o c ie d a d d e lo s jd s t o s
no lo sufriría, advierte san Juan Crisóstomo, si no fuera capaz de
contribuir á ello con su. malicia misma ; y mas bien aniquilaría á
todos los pecadores del mundo que perm itir que exista uno solo
que no le rinda cierto tributo de gloria. Cuando el hombre peca,
dice muy bien san Agustín , él se daña á sí mismo, pero no impide
el efecto de la bondad divina : Q u o d fa c it m alus, sibi nocet; non bo-
nitati D d contradicit. (August.), Porque Dios, que es un admirable
artífice, se sirve con ventaja de los defectos de su o b ra, y no los
permite sino en cuanto sabe servirse de ello s: lllo utique peccatore
lene utüur qu i m e eurn esse perm itteret, si illo u ti non posset. ( I d . }.
Esto es, prosigue el santo Doctor, lo que explica este punto con
toda la solidez posible ; esto es lo que da á conocer la sabiduría del
C riador, y que aun parece sobreponerla á su omnipotencia , por­
que el efecto de la omnipotencia es producir los bienes, y el de la
sabiduría hallar los bienes en los mismos m ales, y ofrecerlos á
Dios. Pues bien, esta relación del mal con el soberano Bien es
cierta cosa en Dios mas maravillosa que la producción de los seres
criados, que le es como natural. D ios, añade el mismo P a d re , se
complace al parecer en hacer todo lo contrario que los impíos eo
el uso de las cosas* Porque así como la iniquidad de estos consiste
en abusar de las criaturas que son buenas, así la justicia divina se
manifiesta en el buen uso que hace de la voluntad de ellos, que es
m a la : Q uia sicut illorum iniquitas estm ale u ti bonis operibus ejus, sic
illim ju stitia est bem u tim a lis operibus eorum. (Id.), jE xtraña opo­
sicion entre Dios y el pecador! Ei mismo Dios, prosigue san Agus­
tín , á pesar de ser la pureza original y prim itiva, no es puro á los
ojos de los impíos, porque le blasfeman y le ultrajan, y le hacen
continuamente el objeto de su impureza : Im m u n d is, necJDeus quidem
ipse mundus est, quem quotidie blasphemant. (Id.), En vez de que el
pecador, que es la impureza m ism a, se purifica, por decirlo así, á
los ojos de Dios, porque lo convierte en motivo de su gloria. To^
dos estos pensamientos son bellos y dignos de su autor.
Ib* Pero no me detengo mas en este punto. Para entrar en la
prueba, y para comprobar individualmente estas proposiciones ge­
n erales, ved, herm anos mios, continúa, como en efecto todo lo
que existe sobre la tierra de impíos,, de escandalosos f de réprobos,
concurre admirablemente y á pesar de la intención de los hombres
á glorificar á Dios. Considerad, en primer lugar, á todos aquellos
que se encuentran privados de la luz del Evangelio y destituidos
¿el don d éla fe; tended la vista sobre los paganos idólatras, sobre;
CON EOS PECADORAS. Í3 Í
los herejes obstinados, sobre los cismáticos rebeldes y sobre los ju ­
díos endurecidos. ¿Por ventura no los emplea Dios en laejécuciofi
de sus designios? Nonne u titu r gm tibus? Observad estas palabras ,
cristianos, ellas son tomadas del libro de la verdadera religión :
Nonne utitur gentihus ad m ateriam operationis m ee, h,ceretim ad p r o -
bationem doctrina) suce, schismaticis addocum m tum stábffitatis suca, J u ­
diéis ad c o m p a r ationem pulchriludinis mes? ( A ugust.). ¿No sesirve de
los infieles para obrar las maravillas de su gracia y para darlas á
conocer? Un mundo convertido por doce pecadores, ¿qué hay de
mas grande ni de mas sólido para establecer la verdad de nuestra
Religión? ¿No se sirve de los herejes para el esclarecimiento de su
doctrina y para confirmarnos en la verdadera creencia? Jamás la
fe ha estado mas viva que cuando ha estado mas combatida, y na­
da ha contribuido tanto á descubrir la verdad como el error. ¿No
se sirve de los cismáticos como de una prueba sensible déla perpe­
tuidad y de la incontrastable firmeza de su Iglesia? A pesar de la
división de sus m iem bros, ella se mantiene siempre con la integri­
dad de un cuerpo perfecto, en tanto que yernos perecer y aniqui­
larse las facciones que se han elevado contra su Jefe. Y los judíos,
este deplorable resto del pueblo de Dios, desgraciada posteridad
de una nación tan am ada, ¿no parece que permanecen só b rela
tierra para servir de testimonio á Jesucristo, autorizando su perso­
na con sus escrituras, confirmando sus misterios con susprofecías,
y revelando su Evangelio con la comparación d e la le y ? Este es ub
mal grano sembrado en el campo de D ios; pero admirad de cuán­
tos modos es útil á su gloria.
16. Yo digo lo mismo de todos los impíos en general: Dios sa­
be hacer de ellos mil usos para la manifestación d esús divinos atri­
butos y para el bien común de los hombres. Estas son las plagas
de su justicia para castigar á los pecadores , y los instrumentos de
su misericordia para probar á los santos. Cuando Jerusalen fue sa­
queada bajo el imperio de T ito , Dios fue el que se sirvió de la am­
bición de los romanos para ejercer sus venganzas con los .judíos»
La ambición de los romanos era crim inal, mas los castigos y las
venganzas de Dios eran justos. ¿Qué hacían los tiranos y los per­
seguidores del nombre cristiano ? Queriendo destruir los fieles, los
multiplicaban; daban confesores á Jesucristo, llenaban la Iglesia de
m ártires, y poblaban el cielo de predestinados.
17. Pero prosigamos. Es, pues, cierto que Dios se aprovecha a&
de los pecadores para eí aum ento de sü gloria y para nuestra saM
9"
132 SERMON SOBRE LA SOCIEDAD BE LOS JUSTOS
vacíon. Es cierto que los medios no le faltan jamás para indem ni­
zarse de las injurias que recibe de la malicia de los hombres y del
pecado, y que las repara por el pecado mismo y por la malicia de
aquellos que lo han cometido. Ved aquí, pues, eí modelo que de­
bemos seguir, si la necesidad de nuestro estado nos obliga á vivir
con los im píos; por lo menos, debemos, á ejemplo de D ios, uti­
lizarlos en provecho nuestro. Nosotros podemos hacerlo cuando
no los busquemos á propósito, ni debamos por nuestro estado huir
de ellos. Porque del mismo m odo, dice san Agustín, que Dios en­
cuentra en los pecadores medios con que realzar el resplandor de
sus infinitas perfecciones, nosotros encontrarémos motivos para ad­
quirir y practicar las mas eminentes virtudes. En efecto, cualquier
cosa que haga el pecador con quien vivo, si tengo el espíritu de
Dios, será una lección para mí y una ocasion para santificarme.
Si él me persigue, me ofrece un motivo de paciencia; si se declara
mi enemigo, purifica mi caridad ; si me hace su frir, será para mí
un motivo de m ortificación; si se eleva sobre mí por o rg u llo , me
enseña á contenerme en la modestia. Cuando él se deja arrebatar
por la cólera, él mismo ejercita mi templanza. Cuando cae en pe­
cados vergonzosos, excita mi compasion y mi celo. Y añado con
san Gregorio papa que jamás por regla general un justo seria
perfecto, ni podria llegar á serlo, si Dios, por un efecto de su pro­
videncia , no le obligase algunas veces á vivir con los pecadores. ¿Y
por qué ? Porque en esta sociedad y en esta mezcla de buenos y
malos es donde debe ser purificado de las imperfecciones hum a­
nas : I p s a q u i p p e m a l o r u m s o c ie ta s , p u r g a t i o b o n o r u m e s t. (G reg.).
¿Y cómo, pregunta este P adre, se ejercitaría en las grandes virtu­
des, si no hubiera pecadores en el mundo? ¿En qué practicaría esa
caridad heroica de que el Hijo de Dios nos ha dado ejemplo, y de
que nos ha puesto un precepto, si no hubiera ofensas é injusticias,
maledicencia y calumnias que perdonar? ¿Dónde estaría el mérito
de su perseverancia, si no hubiera contradicciones que sufrir, bur­
las que aguantar, ataques de parte de los libertinos que sostener y
que rechazar?
18. Nada mas constante, cristianos oyentes; si nosotros fuése­
mos tan celosos como debemos serlo por nuestra salvación, y si
quisiéramos hacer mayores progresos en el camino de la piedad y
de la perfección evangélica, uno délos mas poderosos medios para
acercarnos á Dios seria la presencia y la vista de los pecadores
que tenemos continuamente cerca de uosotros. ¡Qué motivo nos
COS LOS PECADORES. 133
darían de un reconocimiento perfecto para con Dios, al considerar
que por un beneficio especial de su gracia hemos sido preservados
de los desórdenes de que somos testigos y que lamentamosl ¡Q ué
motivo de profunda'humillación y de atención continua sobre nos­
otros mismos al contemplar que á cada momento podemos nos­
otros caer de una caridad respetuosa con respecto al prójimo*
pues que él es con su iniquidad el ejecutor de los decretos de Dios
y su ministro para castigarnos y corregirnos; de una penitencia sa­
ludable y una entera sumisión, porque así sufrimos mas contradic­
ciones, y con ellas podemos satisfacer á la justicia divina lo que de­
bemos por nuestros pecados! Mas ¿qué sucede? que nosotros tras­
tornamos todo el órden de las cosas, y de este motivo de salvación
hacemos la causa de nuestra perdición. El designio de la Providen­
cia es que el trato con los pecadores nos santifique cuando una ne­
cesidad inevitable nos une á ellos, y esto mismo es lo que nos per­
vierte. Dios saca de aquí su g lo ria, y nosotros nuestra ruina. í¡lse
hace mas santo, hablo de la santidad exterior y accidental que
nosotros le deseamos siem pre, y nosotros nos hacemos mas crimi­
nales.
19. Perm itidm e, cristianos, que os descubra mi corazon sobre
este particular, y que os comunique mis mas íntimos secretos. Yo
me .aflijo cuando en el tribunal de la Penitencia oigo á un hom bre
de mundo quejarse de su condicion, como pretendiendo justificar
los extravíos de su vida con la estrecha obligación en que se en­
cuentra de vivir en medio del siglo corrompido , y de conservar en
él vínculos que no puede rom per ; cuando oigo á una mujer deplo­
rar la triste sitacion en que se encuentra, y decirme que todos los
desarreglos de su vida nacen de estar enlazada con un marido sin
religión , sin freno en sus pasiones, y sin moderación en sus capri­
chos; ¿qué debo yo responderles? Yo Ies compadezco, no por su
estado que llaman desgraciado, porque es el estado á que Dios ha
querido llam arles, sino por el mal uso que hacen de su estado
contra los designios de Dios que los ha colocado en él. Yo compa­
dezco á esta m ujer, no por lo que sufre, sino por el modo conque
sufre, no teniendo presente, ó no acordándose que ese marido vi­
cioso es un medio elegido en el consejo de la sabiduría eterna para
probarla y para salvarla. Pues si esto es así, como lo enseña la mas
sana teología, ¿no es ella digna de lástima cuando se ve que sufre
todas las incomodidades de una sociedad penosa y molesta, sin te­
ner por ello mérito alguno; cuando se ve que convierte el remedio-.
134 SERMON SOBRE £A SOCIEDAD DE LOS JUSTOS
en ponzoña y las gracias de Dios en ocasiones continuas de pe­
cados?
20. «Mas si yo estuviese en otío estado trabajaría con gusto
«en procurar mi salvación.» Vosotros lo decís, mis amados oyen­
tes, y yo os digo que os engañais; porque no podéis trabajar para
vuestra salvación sin D ios, y Dios no quiere que trabajéis en otra
parte ni de otro m odo, porque este es el camino que os ha marca­
do, Mas es imposible, añadiréis, resistir á tantos malos ejemplos
y preservarse de su contagio. Este es un e rro r, cristianos. Es im ­
posible cuando contra las órdenes de Dios y contraías obligaciones
de vuestro estado os arrojais vosotros mismos al peligro ; mas
cuando esto sucede por los intereses de Dios, por la vocacion di­
vina, y segun los designios de su Providencia; cuando esto sucede
segun las reglas de la prudencia evangélica y con las sábias pre­
cauciones que ella aconseja, lo que seria contagioso para otros no
lo será para vosotros, y lo que á ellos los precipitaría en un abis­
mo de corrupción puede elevaros á vosotros á la mas sublime san­
tidad ; porque á la providencia del Señor toca entonces ayudaros,
iluminaros y fortificaros, y á esto es á lo que jamás ella falta. Pues
b ien , coo los socorros de Dios, con sus luces y con la fuerza que
su gracia infunde en un alma cristiana, si vosotrospermaneceis fir­
mes en medio de los pecadores, si resistís á sus invitaciones, si no
os dejais conmover ni por sus promesas, ni por sus am enazas, ni
por sus lisonjas, ni por sus desprecios; si á pesar del torrente del
ejemplo que arrastra á millones de otros permaneceis firmemente
unidos á las reglas del deber y á la observancia de la ley en los
combates que debeis s u frir, por mas esfuerzos que esto os cueste,
¿cuántas riquezas no amontonaréis delante de Dios, y qué progre­
sos no haréis en los caminos de la justicia? El colmo de la iniqui­
dad para el im pío, segun el testimonio de un Profeta, es permane­
cer siendo pecador entre los justos : I n térra Sanctorum iniqua g es-
sit, (Isai. x x v i). Él ha cometido el pecado en la tierra de los San­
tos, Ved aquí lo que redobla su m alicia, y lo que le hace indigno
de ver jamás la gloria de Dios y de ser recibido en la mansión de
los bienaventurados: N on videbit gloriam Domini. (Ib id .). Así h a ­
blaba Isaías, y de aquí, por una consecuencia no menos verdade­
r a , yo concluyo que el colmo de la santidad para el justo es ser
justo entre los pecadores. Moisés en la corte de un príncipe infiel
tuvo siem pre, segun la bella expresión de san Pablo, presente lo
invisible á los ojos de su espíritu, como si lo hubiera visto con los
CON IO S EECADOBES. Í3 $
ojos del'cuerpo. San Luis sobre el trono cerró los ojos á todos los
resplandores délas pompas hum anas, y en medio de la licencia de
las armas y del tum ulto de la guerra no olvidó jamás á Dios, ni se
apartó de la obediencia debida á su prim er Señor. Este hombre, li­
gado en intereses con gente sin fe, sin equidad , avaros y usurpa­
dores, ha conservado sus manos limpias de toda injusticia, y no ha
querido jamás entrar en sus empresas criminales. Esta m ujer, en
medio de una familia de quien Dios apenas es conocido, no se ha
relajado jamás en sus santas prácticas; y sin consideración á los
discursos que se le hacen, á las amarguras que ha tenido que de­
vorar, á los desprecios que ha sufrido, no ha perdido jamás nada
de su celo, ni disminuido nada de sus piadosas observancias. Ved
aquí lo que les distingue en presencia de D ios; ved aquí lo que da
á su fidelidad an carácter propio y un valor particular ; Ted -aquí
por qué recibirán este elogio tan glorioso de la boca de Jesucristo,
y por qué él les dirá lo que dijo á sus A póstoles: Vos estis gui p e r -
inansistis mecum in tcntationibus. (Luc. x x u ) . Mientras que los de­
más me ban abandonado, han vendido mi causa, han ultrajado mi
nom bre, han violado mí ley, vosotros sois, fieles servidores, los
que he hallado constantes en seguirme. Permanecer^onmigo cuan­
do nada hay que sufrir por m í, cuando nada os mueve á alejaros
de .mí, cuando todo conspira á unir á mí los corazones, este es el
efecto de una virtud com ún; pero permanecer conmigo en la ten­
tación, permanecer cuando para eilo es necesario alcanzar victo­
rias, y victorias frecuentes, permanecer á pesar de los escándalos
públicos, á pesar de las contradicciones y los obstáculos, á pesar
de la costumbre y de todos los respetos hum anos, en esto es en lo
que conozco una fe viva, un afecto sólido, un amor puro, una per­
severancia heróica, y para estoes también para lo que yo reservo
todas mis recom pensas: Vos estis gui perm ansistis mecum in tentatio-
nibus. ¿Lo habríais creído, cristianos, que los pecadores debiesen
procurar á los justos tan grandes ventajas para su salvación? Mas
escuchad también cómo los justos deben contribuir por su parte á
la salvación de los pecadores. La Escritura en el profeta Daniel
nos representa una disputa bien singular entre dos Ángeles. Esto no
fue, como pensó el abate R uperto, entre un ángel bueno y un án ­
gel m a lo , sino, según la interpretación de todos los Padres con san
Jerónimo, entre dos Angeles buenos, que gozaban de la misma glo­
ria y asistian ante el trono del Señor, El primero ( este era el Á n­
gel tutelar de la Judea) pide que los hebreos salgan cuanto antes de
136 SERMON SOBRE I A SOCIEDAD DE IO S JUSTOS
la P ersia, porque allí están en peligro de corromperse por el comer­
cio con Jos babilonios idólatras; mas el Ángel protector de Babilo­
nia ruega por el contrario que los judíos permanezcan allí, y que
no dejen la Persia, porque pueden con su conversación y sus
ejemplos edificar los pueblos y convertirlos á la Religión del ver­
dadero Dios. En efecto, tres reyes de aquel gran imperio habían
renunciado ya al culto de los ídolos para adorar al Dios de Israel,
como se refiere en el libro de Esdras. ¿Y qué significaba el comba­
te de estos dos Angeles? Dos voluntades en Dios, responde san Gre­
gorio papa; que siendo solo condicionales, seconcuerdan perfecta­
mente por opuestas que parezcan : la una que obliga á los justos á
huir de la sociedad de los pecadores, y esta es la que nos da á co­
nocer la súplica de aquel Angel que intercedía en favor de los j u ­
díos ; la otra que manda á los justos cooperar á la salvación de los
pecadores mientras viven entre ellos, obligados por ciertos víncu­
los razonables, y esto es en cierto modo lo que el Ángel de Persia
procuraba en favor de Babilonia. Y ved a q u í, cristianos oyentes,
la gran regla que debemos seguir. Dios no quiere que su presencia
ni la nuestra sean inútiles á los impíos, sino que trabajemos para
convertirlos. No puede dudarse que él Ies presta sus auxilios; y co­
mo no puede dejar de estar con los pecadores, jamás tampoco ce­
sa de emplearse en la reforma de ellos. Él los invita con sus pro­
mesas, los obliga con sus beneficios, los estrecha con sus am ena-
nazas y los fuerza con sus castigos: su sabiduría, su bondad, su
justicia, todas sus divinas perfecciones se ocupan en esto; y lo que
debe sorprenderos es, que conociendo con anticipación la conde­
nación futura é indefectible de m uchos, se aplica sin embargo en
favor de ellos con la misma asiduidad que si no previera su des-
gracia. Admirable conducta que nos sirve de ejemplo, y nos re­
presenta una de las principales obligaciones de los cristianos, y á
veces la menos conocida. Mas así como debemos sacar provecho de
los pecadores, debemos tam bién, en cuanto dependa de nosotros,
procurar el aprovechamiento de ellos. Deber general y deber par­
ticular. Prestadm e atención. Deber general que comprende sin dis­
tinción á todos los hom bres, y que nos impone la ley de la cari­
dad. No hay hombre alguno, dice el Espíritu Santo, á quien Dios
no haya encargado la salvación de su prójimo : Umcuique mandam l
d epro x im o suo, (Eccli. x v n ) . ¿Y por qué? Porque no hay hom ­
bre alguno á quien Dios no haya mandado ejercer la caridad con
su prójimo segun las necesidades y los tiempos. De aquí esa obli-
CON LOS PECADORES. 137
gacion rigorosa de socorrer al pobre en su miseria. Y si la Caridad
nos obliga á compadecer las miserias temporales del pobre, ¿cuán­
to mas fuertem ente nos debe obligar á compadecer las miserias es­
pirituales del pecador? Si en las necesidades en que solo se trata-
del cuerpo y de una vida mortal no podemos sin embargo aban­
donar á nuestro hermano sin perder la caridad de Dios con la del
prójimo, ¿podrémos conservar la una y la otra , y satisfacer á las-
dos, cuando por nuestra parte dejamos perecer sus almas rescata­
das con la sangre de Jesucristo ; cuando les rehusamos los socor­
ros que no tendrán á no dárselos nosotros, y que podrían librarles
de una muerte y una condenación e te rn a ; cuando no procuramos
darles consejos, avisos, instrucciones y ejemplos que pudieran re­
traerles de sus extravíos y volverlos al camino de una dichosa in­
mortalidad? Porque entre estos pecadores, advierte san Agustin^
hay algunos á quienes Dios ha predestinado para que sean un dia
del número de sus amigos y de sus Santos.
21. Nosotros no los conocemos, ni ellos tampoco se conocen,
porque estas dos ciudades del cielo y del infierno, de réprobos y
elegidos, están tan mezcladas en la actualidad, que no podernos
distinguirlas; y por esta razón es por lo que nuestra caridad debe
ser universa], y nuestros cuidados deben extenderse á todos, á fin
de cumplir los designios de Dios, y que aquellos en quienes quiere
obrar, por nuestro ministerio, las maravillas de su gracia, no per­
manezcan sin asistencia y desprovistos de los medios de salvación
que él les habia preparado. Por esto es por lo que los Apóstoles
exhortaban tanto á los fieles para que con su conducta edificasen á
los idólatras y paganos. Por esto es por lo que san Pedro recomen­
daba tan expresamente á los buenos que se comportasen siempre
de tal modo que los pecadores, testigos de su vida, se sintiesen ani­
mados á imitarlos, y á servir y glorificar á Dios : U t ex bonís operi-
lu s vos considerantes , glorificent D m m . (I Petr. u ). Mas ¿cuál es la
fatal máxima por que se dejan conducir en este punto? Que cada
uno se persuade cumplir con cuidar de sí mismo. Se dice como Caín
cuando Dios le pidió cuenta de A b el: N u m cusios fru tris mei sum
ego? (Genes, iv) : ¿soy yo el guarda de mi herm ano? ¿Es á mí á
quien corresponde velar sobre este ó aquel? ¿De qué autoridad es­
toy revestido, y qué otra cosa debo yo hacer que vivir bien, sin
meterme á examinar cóma vive cada uno? Es cierto que hay que
observar ciertas reglas de prudencia, y que no siempre es bueno
querer como los siervos de aquel señor del Evangelio arrancar la
138 SERMON SOBRE LA SOCIEDAD DE LOS JUSTOS
zizana desde el momento en que se apercibe, y seguir los movi­
mientos impetuosos de uo celo precipitado, que no m ira al tiempo
ni á las circunstancias ; mas esta prudencia, loable cuando es bien
em pleada, degenera con frecuencia en una falsa sabiduría, en un
tem or lánguido, en un respeto todo m undano, en una indiferencia
perezosa y en una criminal prevaricación. Deber particular y pro­
pio de ciertos estados. Vosotros me d iré is: ¿ á quién toca corregir á
un hijo vicioso y arrastrado por el fuego de las pasiones, sino á un
padre sabio y vigilante ; á una hija pegada al m undo, y desgracia­
damente mezclada en las intrigas mundanas, sino á una m adre recta
y cuidadosa; á los criados entregados á las blasfemias y á los des­
órdenes, sino á un amo de quien dependen, y q u e tiene en su mano
el poder para reprim ir su libertinaje? ¿A quién corresponde refor­
m ar los abusos que se introducen hasta en la Iglesia de Dios y entre
el pueblo cristiano, sino á un ministro de Jesucristo ; limpiar una
ciudad de los desórdenes que reinan en ella, sino á los m agistrados;
arreglar y santificar una corte, sino al príncipe? Mas ¿dónde vemos
<este celo, y cómo lo autorizamos para los otros cuando no lo tene­
mos para nosotros mismos? Lo que hay aquí de mas extraño, y lo
que debe confundirnos, es que en cualquiera otra cosa, y sobre
cualquier otro objeto que no sea este de que hablo, este celo de la
corrección del prójimo no nos falta jamás. Solo se neoesita la mas
leve ocasion para ejercerlo hasta con violencia. Que este joven no
tenga cierta educación segun el espíritu del siglo; que esta jóven no
sea bastante cuidadosa en sus movimientos, su aire y su p o rte ; que
haya habido el mas ligero olvido ó cualquier desarreglo en el servi­
cio de un doméstico, esto es bastante para hacer prorum pir en r e ­
prensiones las mas agrias y punzantes; mas cuando solo se trata de
su salvación, ni se le corrige, ni apenas se toma el trabajo de pensar
en ella. Deber aun todavía mas particular para los libertinos y los
pecadores, cuando han tenido la dicha de reconocerse y de volver
á un nuevo camino de penitencia. Porque si de alguna cosa deben
conservar siempre el recuerdo, es de la injuria que hicieron á Dios
deshonrándole con su pecado, y del to m e n to que han causado al
prójimo con su escándalo. Este es un doble motivo que encendia
todo el celo de David ; ¿y qué cosa hay, mis amados oyentes, mas
eficaz y poderosa para resucitar y animar el vuestro? Si yo hubiera
quitado á un hombre el bien que poseía y que le pertenecía, me
condenaría á mí mismo á reparar el daño que habia causado. Si le
hubiera arrebatado el honor, nada me dispensaría de darle la satis-
COJÍ LOS PECADORES. 13& 1
facción conveniente. Si yo he profanado la majestad de mi Dios, si
yo lo he ofendido, ¿qué deberé perdonar en adelante para resti­
tuirle su honor y dárselo todo entero? Yo he arrastrado á mi her­
m ano, con mi mal ejemplo, á la mayor de todas las desgracias, que
es el pecado ; yo le he hecho perder el mas precioso de todos los
bienes, que es la inocencia de su alma y la pureza de su conciencia;
¿qué no debo yo hacer para retirarle del abismo donde le lie con­
ducido y para curar las llagas de su corazon? Y si mis cuidados no
pueden ya ser útiles á tal ó cual persona que he extraviado, porque
no se hallan en estado de aprovecharse de ellos, ¿qué mayor motivo
para compensar al menos la pérdida de ellos con la conquista de
tantos otros que la ocasion puede presentarm e? Pues hé aquí el
modo, expresado en estas palabras del Real profeta, donde nos da
á conocer lo que él hacia, y lo que, como él, debemos hacer nos­
otros : Docebo iniquos vías tu a s, etim p ii ad te eonvertentur . (Psalm. l ) .
No, Señor, escribía este Rey penitente, no es bastante que yo vuelva
á Vos ; yo quiero también hacer volver conmigo á los pecadores.
Yo les enseñaré vuestros cam inos, y trataré de ganarlos con mis
palabras y con mi ejemplo. Yo no os he deshonrado solamente por
mí mismo ]oh Dios mió! sino por todos aquellos que mi ejemplo
ha arrastrado ó confirmado en su iniquidad. Yo procuraré glorifi­
caros trabajando no solamente para mí mismo, sino para in stru irá
los pecadores, para corregirlos y para convertirlos. Para esto, Se­
ñor, habrá que tom ar precauciones, que buscar la oportunidad, que
vencer los obstáculos; mas de cuantas dificultades pueda haber,
nada me acobardará, nada apagará mi ardpr, porque yo sé que os
debo esta reparación por la gloria que os he quitado y por tantas
almas como he pervertido : Docebo iniquos mas tu a s, et im p ii ad te
eonvertentur. Poseeos, cristianos, de este sentimiento. La zizaña
entonces se cambiará para vosotros en buen grano ; el trato que
tengáis con los pecadores, siendo provechoso para ellos, lo será
también para vosotros; vosotros salvaréis á vuestros herm anos, y
os salvaréis al mismo tiempo con ello s; vosotros acumularéis teso­
ros de gracia para esta vida, y mereceréis en la otra la eterna bien­
aventuranza, que os deseo á todos. Amen.
SEBMON

SERMON

SOBRE LA OCIOSIDAD.
Cirea undecimam vero d ie i in v m ií a lies
slanles, et d i x i t U U s : Q uid hic stati s tola
die otiusi? (M alih , x x ) .
Siendo cerca de la hora u n d é c im a , bailó
á otros q ue estaban a l l í , y les dijo: ¿ P o r
ijué p erm an eceis aquí Lodo e l día o cio so s?

1. ¿Es una reconvención la que el padre de familias hace á los


operarios del Evangelio de hoy, ó es una invitación? Es lo uno y lo
otro. Él les reconviene por su ociosidad, y les invita al trabajo: Q uid
statis tota die otiosi? ¿Por qué permaneceis aquí sin hacer nada? Ved
aquí la reconvención. Ite et vos in vmeam m e a m : id á trabajar á mi
viña. Ved aquí la invitación. Pero en el sentido literal ¿á quien se
dirigen esta invitación y esta reconvención? A m í, que os hablo,
mis amados oyentes, y á vosotros que me escucháis. Porque, según
notan los intérpretes, las parábolas como esta no tienen otro sen­
tido literal que aquel á que se las ha aplicado ; y es cierto que al
pronunciar Jesucristo las palabras de mi texto: Q uid hic statis tota
die oliosi, ha querido apropiárnoslas, pues de otro modo las habría
dicho sin objeto alguno, lo cual repugna á su sabiduría. No bus­
quemos, pues, otra materia para este discurso. El Hijo de Dios nos
habla como maestro; escuchémosle con respeto. Él nos reprende el
desórden de nuestra ociosidad; reconozcámoslo, y procuremos cor­
regirnos. Él nos invita al trabajo; no renunciemos á las ventajosas
condiciones que nos ofrece, y miremos esta m ateria como una de
las mas importantes que he tratado hasta ahora. La ociosidad no se
reputa en el mundo por un pecado muy grave ; pero lo ¡es delante
de Dios, y de esto voy á tratar de convenceros en este dia, despues
que hayamos implorado los auxilios del cielo y saludado á María,
diciéndola con el Á n g el: A ve M a ría .
2. Además de esa justicia rigorosa que los teólogos llaman con­
m u ta tiv a ^ que no la admiten en Dios eon respecto á los hombres,
porque Dios no les debe ni les puede deber nada, hay otras tres
especies de justicia de que Dios es capaz con respecto á nosotros, y
SOBRE LA OCIOSIDAD. 141
que léjos dé perjudicar á su grandeza son otras tantas perfecciones
de su ser: justicia vindicativa, justicia legal, y justicia distributiva.
Justicia vindicativa, que castiga el pecado ; justicia legal, que no se
distingue de su providencia, á quien pertenece gobernar los Esta­
dos del mundo ; en fin, justicia distributiva, que distribuye las re ­
compensas según los méritos. Yo no hablaré de esta tercera justicia
para no abrazar una m ateria tan extensa; limitándome, por consi­
guiente, á las otras dos, que imponen al hombre una obligacioa
indispensable de trabajar. Porque la justicia vindicativa de Dios re ­
para el pecado del hombre por el trabajo , y por el trabajo es tam ­
bién por lo que la justicia legal que hay en Dios conserva todos los
estados y todas las condiciones del mundo. La ociosidad, pues, que
se opone directamente á esta ju sticia, es un desorden : ved aquí
todo el plan de mi discurso. Yo sostengo que dos cosas nos obligan
al trabajo, y condenan nuestra ociosidad como uno de los mayores
obstáculos para la salvación : el pecado y nuestra condicion p arti­
cular. Nosotros nacemos todos en pecado y vivimos en una condi­
cion determinada : de aquí deduzco yo que todos estamos sujetos al
trabajo, ya en cualidad de pecadores,y esta es la primera parte; y
ya también en cualidad de hombres sujetos, por razón de estado, á
cierto género de yida, y esta es la segunda parte. Tanto la una como
la otra os descubrirán verdades que tal vez habéis ignorado hasta
el presente, y cuyo conocimiento os es absolutamente necesario.
Principiemos.

P rim era p a rte .

3. Para convencerse de que la ociosidad es un desórden que


nos hace criminales ante Dios no se necesita m as, cristianos, que
considerar nuestro origen y lo que somos. Nosotros somos pecado­
res, y , como dice la E scritura, todos hemos sido concebidos en la
iniquidad ; es cierto, pues, que todos hemos contraido al nacer una
obligación particular que nos sujeta al trabajo. Esta consecuencia es
evidente según las reglas de la fe ; y ¿por qué? Porque la fe nos
enseña que Dios ba impuesto el trabajo al hombre como una pena
de su desobediencia y de su rebelión. Pena, dicen los teólogos, que
respecto á nosotros es al mismo tiempo satisfactoria y preservativa.
Satisfactoria, para expiar el pecado cometido, y preservativa, para
impedirnos que lo cometamos. Satisfactoria, porque hemos sido
prevaricadores, y preservativa, para que cesemos de serlo. Satis-
142 SERMON
factoría, como un medio de reparación para con lá justicia de Dios,
y preservativa, para servir de remedio á nuestra flaqueza. Tú has
quebrantado un precepto, dijo Dios al primer hom bre, y yo te con­
denó á llevar el yugo de una vida servil y laboriosa. La tierra no te
producirá sus frutos sino á fuerza de trabajos. En vez de producirte
ella frutos deliciosos, solo comerás un pan de dolor, es decir, un
pan que será empapado en el sudor de tu rostro antes de que pue­
da servirte de alimento : I n sudare vultus tu i vesceris pane tuo. (Ge­
nes. m ). Ved aq u í, cristiano auditorio, la primera ley que Dios
estableció en el mundo en el momento que el hombre pecó, y esta
ley es la que hace un crimen de nuestra ociosidad.
4. Notad aquí la diferencia que san Agustín ha marcado entre
tres clases de trab ajo s: el de Dios en la naturaleza, el de Adán en
el estado de gracia y de inocencia, y el de todos los hombres en el
estado de la naturaleza corrompida : esto es digno de vuestra aten­
ción ; Dios, dice san Agustín, obra incesantemente en sí mismo y
fuera de sí mismo : P a te r meus usque modo operatur. (Joan. v).
Adán se ocupaba en el paraíso terrenal, pues que segun leemos fue
puesto en él para que lo cultivase con sus m an o s: P o su it eum m
j j aradiso, u t operaretur. (Genes, n ) . Y el hombre pecador, desde los
primeros años de su vida se encuentra reducido á sufrir mil fatigas:
P au per sum et in ¡aboribus á ju v enlute mea. (Psalm. l x x x v i i ) . Ved
aquí tres especies de trabajos cuyas cualidades son bien opuestas.
Porque si Dios obra en el universo, esto no lo hace por una obliga­
ción de necesidad, sino por un movimiento de su bondad, para
comunicarse y dar el ser á las criaturas. Si Adán cultivaba el pa­
raíso terrenal, no lo hacia por castigo, sino por elección, para ocu­
par el espíritu con el ejercicio de su cuerpo. Mas cuando el hombre,
segun ía expresión del Profeta rey, se ejercita actualm ente en el
trabajo, esto lo hace por un precepto rigoroso que está obligado á
cum plir, y del cual no le es permitido dispensarse. La acción de
Dios en la naturaleza es una prueba de su poder ; la ocupacion de
Adán en el paraíso terrenal eTa ana prueba de su virtud ; mas la
sujeción dei pecador al trabajo está arreglada, hablando con el
Apóstol, á lo que debe por su p ecado: Stipendium peccati. (Rom. t i ) .
De aquí resulta, por una série de efectos proporcionados á esta di^
yersidad de principios, que así como Dios- produciendo y criando el
mundo se honraba con su o b r a , y así como Adán encontraba en
la suya la dulzura y el placer, el pecador por el contrario se siente
humillado y mortificado con su tra b a jo ; y todo esto sucede, cort-
SOBRE LA OCIOSIDAD. 145
cluye el santa Doctor, porque Dios en la creación ha obrado coma
Soberano y como Señor : Adán trabajaba en el paraíso, donde Dios
lo puso, como un doméstico y como un liberto ; mas el hombre, en
su estado de desgracia, solo trabaja como un criminal y como d o
esclavo. Esta es la excelente idea de san Agustín, para desenvolver
la verdad que os predico, y para hacernos comprender la impor­
tancia dé este deber.
5- Pero recapacitemos. Se trata aquí de saber si cuando Dios
pronunció contra el prim er hombre esta maldición : I n sudore tulr*
tus tui véscerís pane, tú no vivirás en adelante sino del fruto de tus
fatigas; si por estas palabras, repito, quiso Dios hacer ana ley ge­
neral que comprendiese á toda la posteridad de A d á n , ó si excep­
tuó á ciertas condiciones y á ciertos estados del m undo; si usó de
gracia para con unos, mientras que procedió rigorosamente para
con otros; si destinó los grandes y los ricos á la dulzura y al reposo,
y los pobres á la* miseria y á la servidum bre; si él dijo á estos: vos­
otros regaréis la tierra con vuestro sudor; y á aquellos: vosotros no
probaréis mas que delicias. Yo os pregunto, cristianos, ¿hizo Dios
entonces esta distinción? ¡Ay! herm anos míos, responde san Juan
Crisóstomo, jamás pensó él esto; y su justicia, que es incapaz de
hacer otra distinción entre los hombres que la de inocentes y pe­
cadores, estuvo muy léjos de tener respeto alguno al nacimiento ni
á la fortuna para arreglar á esto los destinos y las suertes. No, cris­
tianos, Dios no concedió á los ricos privilegio alguno para eximir­
los de esta obligación. Como el pecado era común á todos, quiso él
que todos participasen de esta maldición; y esto es lo que el Espí­
ritu Santo nos dice claramente en bl capítulo x l del Eclesiástico.::
Occupatio magna ereata est ómnibus hominibus ( Eccli. x l ) : esta ley del
trabajo se hizo para todos los hombres; y esta ley, añade el sagrada
texto, es un yugo pesado y humillante para los hijos de Adán : E t
ju gu m grave super fdios Adce. (Ibid.). Mas ¿para cuáles hijos de Adán?.
No olvidéis esto : A residente super sedan gloriosam , usque ad humi~
liatum in térra et in ciñere . (Ibid.). Desde aquel que se sienta sobre
el trono, hasta el que se arrastra sobre el polvo : E t ab eo qui p o r -
ta t coronam, usque ad eum qui operitur lino crudo (Ibid.): desde aque­
llos que ciñen la corona y la p ú rp u ra , hasta los que se ven reducidos^
por su pobreza á vestir lo mas groseramente. Ved aquí la extensión
de la sentencia, ó mas bien del anatema que Dios fulminó; en cuya-
virtud todo hom bre cristiano debe someterse á emplear su vida eot
el trabajo. Aun cuando sea príncipe ó rey, es pecador; y debe p o r
144 SERMON
consiguiente someterse á la pena que el Criador le ha impuesto. Por
esto es por lo que Tertuliano dice (esta reflexión es muy belia) que
inmediatamente que el hombre pecó Dios le hizo un vestido de pie­
les: F ecit quoque Dominus A áte túnicas pelliceas. (Genes, m ). ¿Para
qué era este vestido? Para significarle que al pecar se degradó á sí
mismo, y descendió de la libertad de los hijos de Dios á una esclavi­
tud vergonzosa y trabajosa. Porque la túnica de pieles, prosigue T er­
tuliano, era propia de los que estaban condenados á trabajaren las
m inas; y Dios se la dió á Adán para qué considerase su yida como
un trabajo continuo.
6. Ved a q u í, amados oyentes, lo que debe hacer todo cristiano:
trabajar como esclavo de Dios, es decir, no por capricho y por an­
tojo, como aquel filósofo de quien habla Minucio Félix, que no te ­
nia otra regla en sus ocupaciones y en su reposo que el genio y la
pasión que le dominaba: Q u i ad nutum assidentis sibi dcemonis, vel
declinabat negotia, vel appetebat (Minufc. F élix); este era Sócrates.
Porque el cristiano, ohrando por un principio totalmente opuesto,
trabaja por espíritu de penitencia y con el objeto de satisfacer á Dios,
porque sabe muy bien que esta es la primera pena de su pecado.
¿Qué hacemos, pues, cuando en perjuicio de este deber nos aban­
donamos á una vida relajada y ociosa? ¿Quereis saberlo? Nosotros
nos levantamos contra D ios, tratamos de sacudir el yugo que su jus­
ticia y su providencia nos han im puesto; hacemos como aquellos
orgullosos, cuyo carácter expresa tan bien el real Profeta, cuando
dice que estando mezclados en todas las injusticias y en todos los
crímenes de los hom bres, no quieren, sin em bargo, tom ar parte
en los trabajos de los hom bres, y que siendo los mas atrevidos en
emanciparse de la obediencia que deben á D ios, no dejan por esto
de ser los mas fieros é indóciles cuando se trata de someterse á los
castigos de D ios: ln labore hominmn non sunt , et cum homimbus non
fiagellabuntur ; ideo tenuit eos superbia. (Psalm. lx x ii ). Porque es ne­
cesario que notéis una cosa bien singular en el modo de obrar de
Dios: esta sujeción al trabajo es de tal modo la pena de nuestro
pecado, que es necesario para aplacar á Dios que nosotros mismos
seamos los ejecutores de esta pena. En la justicia de los hombres
no sucede así: jamás se obliga á un criminal á ejecutar él mismo
su sentencia; con tal que la sufra, sojuzga que ha cumplido con
cuanto puede exigirse de él; mas Dios, que tiene un dominio supe­
rior y absoluto sobre nosotros, para que la reparación del pecado
sea mas exacta y mas completa, quiere que nosotros d o s encargue­
SOBRE LA OCIOSIDAD. 145
mos voluntariam ente de la comision de castigarlo, y que le sirva­
mos de ministros para cumplir en nosotros mismos y contra nos­
otros mismos sus mas severos juicios; y esto es lo que se hace por
la penitencia, de que san Gregorio, papa, no teme decir que la asi­
duidad del trabajo es la parte mas indispensable.
7. ¿Y á qué se reduce en último resultado el desorden de la
vida viciosa? Se reduce, responde san Ambrosio, á una segunda
rebelión de la criatura contra su Dios. La primera consistió en la
transgresión y violacion de la ley, y la segunda consiste en la fuga
del trabajo. P or la primera dijo el h o m b re: N on serviam (Jerem. u ) :
No obedeceré; y por la segunda ha añadido : yo no sufriré la pena
de mi desobediencia. Sucumbiendo á su apetito desordenado, des­
preció á Dios como soberano; y pasando su vida en la ociosidad, le
desprecia como juez, ¿Habíais vosotros creido, amados oyentes, que
este pecado era tan grave? Pues ved aquí, sin em bargo, lo que se
puede llamar en el día de hoy el pecado del mundo, pues este es el
pecado de un número infinito de personas que solo están en el m un­
do (ved si me explico con exactitud), que solo están, al parecer, en
el mundo para recibir el tributo del trabajo ajeno sin pagar jamás
el suyo, que no tienen en su estado otro empleo que gozar de las
comodidades, de las delicias y dulzuras de la vida, cuyo mayor cui­
dado y mas im portante obligación es pasar el tiempo en divertirse
continuam ente, ó, mas bien, que á fuerza de divertirse no se di­
vierten ya; pues que según la máxima de Casiodoro la diversión
supone una aplicación honesta, lo cual ellos no conocen'; final­
m ente, de quienes puede decirse: l n labore hominum non su n t , por­
que parece al verlos que la ley no se ha dado para ellos,-y que no
se hallan comprendidos en la masa común del género humano.
Hasta aquí hemos hablado en general, mas para edificación
de vuestras costumbres, y para haceros útil este discurso, en traré-
mos ahora en pormenores, ün hombre de m undo, tal como en la
confusion de nuestro siglo le vemos diariam ente; un hombre de
mundo, cuya vida por una miserable costumbre está cercada de
placer 6 de tédio; que pasa sus dias en frívolos pasatiempos, en infor­
marse de lo que se dice, en censurar lo que se hace, en correr tras
los espectáculos, en gozar de las concurrencias, en alabarse de lo
que no es, en continuas brom as, sin decir ni hacer jamás cosa al­
guna sé ria ; un cristiano reducido á no tener otra ocupacion mas
ordinaria y constante que el juego, es decir, que no usa el juego
como una recreación del espíritu, de que tiene necesidad para dis-
10 x. x i.
146 SERMON
traerse, sino como un empleo obligatorio, y que es la calma de su
ociosidad; un cristiano desconcertado y cansado de sí mismo cuan­
do no goza, que no sabe qué hará ni qué le sucederá cuando una
tertulia ó una partida de juego le falta; y, si me es permitido ex­
plicarme así, que no goza para v iv ir, sino que vive para gozar;
qna m ujer cristiana, toda aplicada al exterior de su persona, que
no tiene mas ocupacion que mirarse al espejo, estudiar las modas
y adornar su cuerpo; que descuidando sus propias obligaciones está
siempre pronta á mezclarse en las de otros; que sin entender de
nada habla de todo; que no instruyéndose en lo que es necesario
hace todo lo que no es necesario; que cree haber cumplido con su
obligación yendo de visita en visita, recibiéndolas hoy y pagando-^
las m añana; que se forma una obligación de sostener con cartas frí­
volas muchas correspondencias superfinas y aun sospechosas y p e r
ligrosas, y que á la hora de la muerte no podrá dar á Dios otra
cuenta de sus acciones que e s ta : yo he amado al m undo, y he obra­
do según el m undo; este hom bre, en fin, y esta m ujer ¿podrán
persuadirse que todo esto sea conforme al órden de justicia que
Dios ha establecido entre nosotros en cualidad de pecadores? ¿P u e­
de haber alguna cosa mas opuesta á las ideas que Jesucristo nos ha
dado de nuestra condicion, que esta costumbre ociosa y esta vida
de placer? Aun cuando el hombre nada tuviera de cristiano, y juz­
gase de todo esto según las luces de su ra z ó n , no podría aprobarlo;
y si en el tribunal de su razón pura se ve obligado á condenarlo,
¿cuál creeis que será la sentencia que Dios pronuncie? Se pregunta
si en esto puede interesarse verdaderam ente la salvación. ¿Y quién
lo duda, cristianos? ¿En qué cosa se interesará ella, si no se inte^-
resa en la profanación de la cosa mas preciosa que hay en el m undo,
que es el tiempo, y el tiempo de la penitencia 1 Pues h ien , ¿qué ma­
yor profanación puede concebirse que el modo como viven hoy las
personas de que hablo? Si, en consecuencia de nuestros principios,
una palabra ociosa debe ser condenada, ¿ qué será de una vida toda
en tera, donde nada encontrará Dios que no sea inútil? Pero el m un­
do no piensa de este modo, y este desorden de la ociosidad, que yo
condeno, no se cuenta en él como una cosa de que debamos arre­
pentimos delante de Dios. ¿No es esto cierto, cristianos? Mas poco,
im porta lo que el m undo piensa y juzga, cuando el Hijo de Dios,
nos ha enseñado lo que debemos nosotros juzgar; hay otras varias
acciones que pasan desapercibidas en el m undo, y cuya discusión
no será menos terrible en el juicio de Dios. Á m í me consta que
SOBRE LA OCIOSIDAD. 147
existen algunas personas tan ciegas, que pretenden poner de acuer­
do esta vida ociosa con la devocion y la piedad; pero también sé qué
D ios, cuyos juicios son infalibles, sabrá muy bien confundir esta fal«
sadevocion, oponiéndole las reglas de la sólida y de la verdadera*
9. Mas yo soy rico, decís vosotros, ¿y por qué he de sujetarme
al trabajo cuando tengo mas que suficiente para vivir? ¿Por qué, mis
amados oyentes.? Porque todos los bienes del mundo no pueden sus­
traeros á la maldición del pecado, porque en la suerte favorable que
os ha tocado por disposición de la Providencia en la distribución de
los bienes de este mundo ha supuesto Dios la ejecución de su sen­
tencia; porque Dios al daros estos bienes no ha tenido intención de
derogar sus derechos; y cuando vosotros decís yo tengo bienes,
luego no debo trabajar, discurrís tan mal como si dijérais yo tengo
bienes, luego no debo m orirm e; porque la obligación de trabajar y
la necesidad de m orir tienen el mismo lugar en los decretos de Dios.
¿No sabéis vosotros lo que se le respondió al rico del Evangelio? Él
habia trabajado mucho por adquirirse una gran abundancia de cuan­
to podia desear, y viéndose al fin colmado de riquezas, decia: des*-
cansemos ahora, porque héme aquí viviendo á mi placer por m u­
chos años: A nim a, habes m ulta bonaposita in annosphirim os, requiesco.
(L u c .x ii). Mas ¿cómo le trató Dios? De insensato: stulte , hacién­
dole entender que para el hombre no hay sobre la tierra mas que
una de dos cosas que escoger, ó el trabajo ó la m uerte; y que su ­
puesto que renunciaba á la prim era, era necesario que se resolviera
á la segunda, y á m orir en la noche p róxim a: E a c nocte m im a n i
tuam repetm t a te. (Ibid.).
10. Mas yo estoy en un estado ó en una elevación donde el tra­
bajo no me conviene. ¡ Qué consecuencia tan absurda! Porque seáis
grande según el m undo, ¿sois por ventura menos pecador? ¿Acaso
el brillo de vuestra dignidad ha lavado la mancha de vuestro origen?
¿Es vuestra dignidad mas alta que la de los pontífices y la de los
soberanos? Pues escuchad cómo hablaba en otro tiempo san Ber­
nardo á un gran pontífice instruyéndole en esta m ateria. Santísimo
P a d re , le decia con un celo respetuoso, yo os conjuro que meditéis
con frecuencia lo que sois, y que consideréis no lo que habéis sido
hecho, sino lo que habéis nacido: N on quod fa ctm , sed quod natrn
es. (Bern.). Vos habéis sido hecho pontífice, pero habéis nacido pe­
cador; ¿cuál de estas dos cosas debe moveros mas? ¿No es la con­
sideración de lo que sois por vuestro nacimiento ? A partad, pues,
ese aparata de majestad que os rodea; apartad vuestros ojos de esa
10*
148 SERMON
púrpura que cubre vuestra bajeza y que no puede curar vuestras
llagas: Tolle velamen foliorum celantium ignominiam tu a m : non p la ­
gas cu ran tñ m . (Id.). Contemplaos á vos mismo, y pensad en que
habéis salido desnudo del seno de vuestra madre. Porque si a p a r-
tais de vuestra vista todos esos falsos resplandores de gloria que
deslumbran á los hom bres, ¿qué encontraréis en vos mismo sino
un hombre pobre y m iserable, sufriendo por el hecho de ser hom­
b re , porque es al mismo tiempo pecador, llorando por el hecho de
haber nacido, porque viene al mundo á la manera de un rebelde
sujeto á una dura esclavitud? O cca rretU b ih o m o p a u p er et m iserabi-
lis, dolens quod homo sit, plorans quod natus sit. (Id.). En fin, un
hombre nacido para el trabajo y no para el h o n o r: H om o denique
natas ad laborem, non ad honorem. Ved aquí, Santísimo Padre, lo
que sois, esto es, lo que principalmente so is: H oc est certe quod
m áxim e es. (Id.). Porque todo lo demás solo es accesorio, y es
necesario que lo accesorio se conforme á lo principal. Pues sobre
este principal, quiero decir, sobre la cualidad de pecadores, es so­
bre lo que se fu n d a, lo mismo para los grandes que para los pe­
queños, la obligación indispensable de una vida activa y laboriosa.
11. Mas una vida tal es enojosa. Y qu é, amados oyentes, ¿es
. esta una razón que podéis alegar contra un deber tan esencial como
este? Si yo tratara esta materia filosóficamente, podría responde­
ros que un trabajo m oderado, y que la costumbre os haría agrada­
ble, os serviría de preservativo contra el tédio. Mas yo hablo como
predicador cristiano; y dado por supuesto ese tédio que vosotros
tem eis, os digo que ese mismo tédio será para vosotros una peni­
tencia, penitencia que os debe ser tanto mas llevadera, cuanto que
es la única que hacéis en vuestro estado. Vosotros os molestaréis
por Dios, y para satisfacer á Dios, para reparar todos los placeres
criminales que habéis disfrutado en contra de la ley de Dios. Pre­
ciosa molestia, pues que Dios la agradecerá, y agradeciéndola sabrá
indemnizaros de ella. Entre tanto, cristianos, admirad la bondad de
D ios, que resplandece aun en el acto de castigar á los hombres. Esta
obligación de trabajar, que os he presentado como una satisfacción
debida por el pecado, es tam bién, segun la teología de todos los
Padres, su preservativo y su remedio* ¡Cuánta es la misericordia
de Dios sobre nosotros en hacer que encontremos en los castigos
mismos de su justicia nuestro provecho y nuestra seguridad I Sí,
hermanos mios, el gran preservativo contra el desarreglo de nues­
tras pasiones y los desórdenes del pecado es la aplicación á un tra ­
SOBRE LA OCIOSIDAD. 149
bajo constante y asiduo; y en vano me esforzaría en persuadiros de
esta verdad, siendo ella evidente por sí misma. Aunque el Espíritu
Santo no lo hubiera dicho, la experiencia sola justificaria que la ocio­
sidad es madre de todos los crím enes, que ella es la que los enseña
al hom bre, la que le da sus lecciones, la que le sugiere sus desig­
nios, y prepara el espíritu para inventar los medios de ejecución :
todo esto se comprende en esta bella expresión del Eclesiástico x.Mul-
tam enim malitiarn docuit otiositas. (Eccli. x x x m ).
12. En efecto, dice san Agustin parafraseandoeste pasaje en
el excelente sermón que dirigió á los religiosos de su Orden para ins­
pirarles am or al trabajo, y para hacerles conocer las funestas con­
secuencias de la vida ociosa, prestadme atención, hermanos mios,
y para convenceros recorred los ejemplos convincentes que la Es­
critura nos presenta. ¿Cuál fue la causa de que los israelitas, tan
amantes de su ley y tan celosos por la verdadera Religión , apren­
diesen á ser idólatras? ¿Se creería, si san Pablo no lo dijese en tér­
minos claros, que fue una consecuencia desgraciada de la ociosidad
que les condujo al extremo de abandonarse á las fiestas profanas y
á juegos excesivos, en tanto que su legislador Moisés estaba en con­
ferencia con Dios? S ed itp o p u la s manducare et bibere, et su rrex eru n t
ludere. (I Cor. x ). Preguntad al Profeta de qué modo Sodoma se hizo
tan sábia en las abominaciones desconocidas hasta entonces, y no
os responderá otra cosa sino que la ociosidad de esta ciudad repro­
bada fue el origen d e su iniquidad. Y decidm e, añade san Agustin,
mientras que David estuvo ocupado en las fatigas de la guerra ¿sen­
tía acaso los estímulos d éla concupiscencia y de la carne? ¿Y cuándo
fue cuando concibió en su corazon los adulterios y los homicidios?
¿No sucedió esto, según el texto sagrado, cuando él permaneció en
Jerusalen mientras los demás estaban en campaña? ¿Qué fue lo que
causó la ruina de Sansón? ¿F ue acaso otra la causa que la vida
ociosa y afeminada en que permaneció por complacer á una extran­
jera? ¿Pudo este héroe del pueblo de Dios ser sorprendido jamás
mientras estuvo en la guerra con sus enemigos? Salomon, el mas
sabio de los príncipes, ¿sucumbió acaso en los primeros años d esu
reinado, mientras trabajaba con infatigable celo y dirigía toda su
atención á la construcción del templo? ¿Sucumbió entonces acaso á
la ciega pasión que le infatuó despues hasta el punto de hacerle ado­
rar los dioses de sus concubinas? ¿No principió, por el contrario, á
dejarse corromper por el deleite en el momento en que dio fin ásus
trabajos y se vió en el profundo reposo? [ Ay I hermanos mios, con-
150 SERMON
claye san A gustín, nosotros no tenemos una virtud mas segura ni
mas sólida que estos grandes hom bres; nosotros no somos mas san­
tos que David, ni mas sabios que Salom on, ni mas fuertes que San­
són ; ni viviendo como vivimos en el retiro debemos tem er menos
que ellos los desórdenes de la ociosidad. Así es como él se explicaba
á los solitarios de su regla.
13. Mas á propósito de solitarios (esta reflexión es del santo
obispo de Génova, Francisco de Sales), ¿por qué pensáis, cristia­
n os, que en los monasterios de Egipto, donde vivían los hombres
como Ángeles, y donde el don de la contemplación era una de las
gracias mas com unes, se conservaba no obstante el trabajo de ma­
nos con una disciplina tan exacta, como sabemos por Casiano y san
Jerónim o? ¿E ra acaso porque el trabajo de manos estaba unido á la
profesion de estos hombres de Dios? Juzgar de esta suerte seria de­
gradarla. ¿Les era acaso necesaria para su subsistencia? No, por­
que la caridad de los fieles que estaba en todo su fervor les proveía
abundantem ente. Pues ¿po rq u é trabajaban? Lo hacían, responde
san Jerónim o, no por los cuidados del cuerpo, sino por la salvación
del alma : N o n p ro p ter corporis necessilatem, sed animen salutem (Hie-
ío n .) ; porque sabian muy bien que por grande que fuera la per­
fección que hubieran adquirido, les era imposible contemplar con­
tinuam ente las cosas divinas; y porque estaban persuadidos además
que de permanecer un momento sin contemplación y sin acción h u ­
bieran estado expuestos á las tentaciones. Ved aquí por qué, dice
Casiano, la gran máxima recibida entre ellos era que un solitario la­
borioso debía conservarse siempre inocente, porque no era tentado
mas que por un demonio solo; en vez de que un perezoso y sin
ocupacion se veia frecuentem ente, como el miserable del Evan­
gelio, poseído por una legión entera: Operatorem monachum da¡-
mone u n o p u lsa ri, otiosum spiritibus innum eris devastari. ( Cassian.}.
Sobre lo cual debeis vosotros, amados oyentes, razonar con vos­
otros mismos de este m odo: Estoshombres tan retirados del mundo*
y tan elevados sobre las flaquezas de la naturaleza, creían que un
trabajo moderado les era necesario para perseverar en estado de gra­
cia; y yo, que soy un pecador lleno de miserias, que vivo en la
disipación y en la ociosidad, me considero seguro de conseguir mi
salvación; jqué orgullo y qué presunción! Ellos eran cristianos per­
fectos ^ de una conversación toda celestial; q u e, para triunfar de los
Tícios, contaban con muchos auxilios que yo no tengo; porque la soc­
iedad les servia de atrincheram iento, la Religión Ies prestaba sus
SOBRE LA OCIOSIDAD, 151
arm as, el ayuno los fortificaba> la austeridad les hacia terribles á
las potestades del infierno, y sin embargo ellos se consideraban
como vencidos desde el momento en que sentían relajarse en sus
observancias laboriosas; tan seguros estaban de que la ociosidad
era seguida infaliblemente de una m ultitud innumerable de pecan
dos. ¿Y qué deberé yo esperar, yo que no tengo ninguno de estoá
auxilios, yo que y í y o en medio del m undo como en un país descu­
bierto á todos los ataques del demonio, yo que velo tan poco sobre
mis sentidos? ¿Qué puedo prom eterm e, si además de esto abro á mi
enemigo la puerta mas ancha del pecado, que es la ociosidad volun­
taria? ¿No os esto obrar de concierto con él y entregarle mi alm a?
14. Ved aquí, hermanos m ios, decia san Ambrosio^ lo que ener­
va hoy en nosotros la fuerza y el vigor dél espiritó Cristian o * E á
medio de las persecuciones se sostuvo el Cristianismo, y parece in­
creíble cuánto contribuyeron los trabajos y las fatigas que entonces
sufrió á su acrecentamiento y á stl estabilidad. Pero al presente,
anadia este santo Obispo, la paz nos corrom pe, la dulzura del re­
poso debilita nuestra fe, y la relajación de una vida inútil causa
todos nuestros escándalos; y sucede por un efecto tan sorprendente
como deplorable que los que no han podido ser vencidos por la
■violencia de los suplicios lo son vergonzosamente por el desorden
de la ociosidad : N u n cten ta n to tia ^ quos bella non fregerunt. (Ambr.)j
Palabras que convendrían á nuestro siglo1mucho mejor que al de
san Ambrosio. P orque, decimos la verdad, si hay inocencia en eí
mundo, ¿dónde se encuentra sino en las clases donde^se observa in*-
violablemente la ley del trabajo? Entre los grandes, los nobles y los
ricos, es decir, entre aquellos que gozan de uná yida regalada y ocioL
sa , no busquéis la verdadera piedad ni penseis encontrar la pureza
de las costumbres; no es allí donde ella habita, diee el patriarca
Jo b : N on mvenit.ur in ierra m aviter viuentium . (Job, x x v írj). ¿Ddn^
de, pues, se la podrá encontrar? ¿Acaso en las cabañas de una po­
breza holgazana , que no tiene otra ocupación que la m endicidad?
No, cristianos, la ociosidad pierde á estos del mismo modo que á
los ricos, y esta clase de pobres qué Jesucristo no reconoce está
igualmente sujeta al libertinaje. ¿D ónde, pues,, se encierra la ino*-
cencía? Ya os lo he dicho, en esas clases mediás que subsisten por
el trabajo,, en esas condiciones menos brillantes , pero mas seguras
con respecto á la salvación ; de mercaderes, por ejemplo, ocupados
en el cuidado de una! négociacion ju sta , de artesanos que cuentan
los dias por las obras de sus m anos, de sirvientes que cumple» á la
152 SERMON
letra este precepto divino : Comerás de tu trabajo: I n laboribuseo -
medes; aquí, pues, es donde se encuéntrala inocencia, porque aquí
d o habita la ociosidad.

15. Concluyamos, mis amados oyentes, esta primera parte por


el aviso im portante que daba san Jerónimo á uno de sus discípu­
los : Faeilo semper aliqu id, u t te Deus aut diabolus inveniat occupatum.
(Hier.). Haz siempre alguna cosa para que Dios ó el demonio siem­
pre te encuentre ocupado. Si el demonio te encuentra ocupado, no
se atreverá á ten tarte; y si Dios te encuentra aplicado al trabajo,
no tendrá cosa alguna por que castigarte. Sin esto te haces crim i­
nal, porque faltas á un deber que te impone, no solo la cualidad
de pecador, sino también 3a cualidad de hom bre, sujeto en el m un­
do á una condicion particular, como os lo haré ver en la

Segunda parte.

16. Es una verdad incontestable, cristianos, que todas las con­


diciones en el mundo están sujetas á ciertos deberes, cuyo cumpli­
m iento exige un trabajo y una molestia; y es otra verdad, que no
por ser poco conocida es menos cierta, que cuanto mas elevada es
una condicion, tantas mas obligaciones tiene, las que es imposible
cumplir sin una aplicación constante y asidua. Comprended bien
esta mora), que os parecerá, del modo que os la voy á explicar,
m uy conforme á la santidad y á la sabiduría del Cristianismo. Yo
afirmo que todas las condiciones del mundo están sujetas á obliga­
ciones enojosas, y el doctor angélico santo Tomás da la razón de
ello. Porque no hay ninguna, dice, cuya perfección no esté unida
á una regla fija, á una conducta igual, que es necesario observar, á
cierto modo de obrar, dei que no se permite dispensarse. Pues bien,
todo lo que tiene este carácter es un trabajo para el hom bre; y las
mismas cosas que le eran antes agradables, le fatigan desde el mo­
mento en que se le hace de ellas una ley y un deber.
17. Veréis, añade santo Tomás, la prueba de esta máxima en
una inducción particular. Si consideráis la diferencia de edades, ve­
réis que así como los viejos están encargados en la sociedad de la
dirección de los negocios, así la ejecución de ellos se encarga á los
jóvenes. Así como á aquellos toca dirigir y gobernar, la obligación
de estos es instruirse y formarse; y san Agustín tenia dificultad en
decidir cuál de las dos tenia una sujeción mas molesta. Si consideráis
SOBRE LA OCIOSIDAD. 153
la diversidad de sexos, veréis que así como la administración de jus­
ticia y los oficios militares es de la incumbencia del hom bre, los
cuidados domésticos están reservados á las mujeres por una dispo­
sición de Dios; y sí miráis con desprecio este em pleo, es porque
desconocéis su importancia y su dificultad* Porque Salom on, que
sabia mas que nosotros, y el mismo Espíritu Santo, que no habla
con exageración, buscaba para ejercerlos dignamente una mujer
fuerte : M ulierem fortem quis inveniet (Prov. x x x i)? y la alababa
por la asiduidad con que los cumplía, como por una cosa heróica:
M anu»i- suam m isit ad fortia , et d igiti ejus apprehenderunt fusum.
(Ibid,), Si quereis contraeros á las distinciones de la naturaleza y
de la fortuna, así como los pequeños por necesidad deben trabajar
para los grandes, así los grandes por justicia y por caridad deben
trabajar para los pequeños; como los ricos están en posesión de go­
zar del trabajo de los pobres, así los pobres tienen el derecho de
aprovecharse del trabajo de los ricos. Ved aquí, pues, para todos
los estados del mundo una ley universal, pero proporcionada á la
naturaleza de cada uno; porque cada uno de los que he nombrado
tiene sus obligaciones particulares. Los reyes están obligados á una
clase de trabajo, y no á o tra; la ocupacion de un juez es diferente
de la de un artesano; mas la ley de ocuparse en el trabajo es co­
mún á todos, y no existe uno solo á quien el deber de su estado no
sujete al trabajo. Aun digo m as; y es que á medida que una con­
dicion es mas elevada, está mas sujeta á estos deberes, que no se
pueden cumplir sin una aplicación asidua y constante; y por esto
es necesario que os desengañeis de las falsas ideas que teneis de las
eosas y de un error pernicioso en que el mundo os ha tenido tal
vez hasta ahora. Porque el grande error del mundo consiste en creer
que la elevación, el rango y la dignidad son otros tantos derechos
adquiridos para gozar del descanso y las dulzuras de la vida. Mas
la fe nos dice todo lo contrario, y la razón es, que cuanto mas ele­
vada es una condicion ( tanto mayores son las obligaciones que tiene
que cumplir. Esto sucede lo mismo en el órden político y religioso
que en el de la naturaleza: cuanto mas universales son las causas,
tanta mayor acción tienen y deben tener para utilidad de las cau­
sas particulares que les están subordinadas. Así vemos los cielos y
los astros que están sobre nuestras cabezas en un movimiento per-
pétuo, sin detenerse ni una sola vez, y sin cesar de esparcir sus in­
fluencias. ¿Qué es una dignidad, segun los principios del Cristia­
nismo, sino una servidumbre especiosa, dice san Basilio de Seleucia,
154 SERMON
la cual obliga al hom bre, bajo pena de condenación, á interesarse
por todo un pueblo, como todo un pueblo está obligado á intere­
sarse por él? Pues bien, infinitamente mas oneroso es á uno solo
trabajar para todos que á todos trabajar para uno solo.
18. ¿ io s lo ha dispuesto así, cristianos, por dos razones que hat­
een conocer admirablemente el cuidado.que tiene de nuestra salva­
ción. La prim era es, según lo nota san Bernardo, para que las dig­
nidades y las condiciones honoríficas, que son la expresión de stí
gloria, no se convirtiesen en objetos de nuestra vanidad. Porque si
yo soy sábio y discurro bien la grandeza y la elevación de mi eír-
tado, en lugar de inflar mi orgullo, será para mí un motiyo de hu­
m ildad y de temor, al pensar que cuanto mas grande soy mayó­
les son mis obligaciones ante D ios, las cuales solo puedo cumplí»
con mi trabajo. jA yl exclamaba san Bernardo, escribiendo al mis­
m o Pontífice de quien he hablado y a , no os dejeis envanecer por la
pompa que os rodea, pues el trabajo que se os h a impuesto es to­
davía mayor que vuestra dignidad. Vos sois sucesor de los Profetas
y de los Apóstoles, y yo venero vuestra dignidad; pero ¿ qué se si­
gue de ella? Que debeis vivir como los Profetas y los Apóstoles.
Pues b ie n : oid cómo hablaba Dios á su P ro feta: Yo té he puesto,
le decía, para arrancar y destruir, para plantar y edificar; ¿y qué
hay en todo esto que pueda excitar la vanidad? Im aginad, pro­
sigue el mismo P ad re, que sois tan grande como Jerem ías; pero
tened presente al mismo tiempo que ocupáis el puesto en que os
ta lla is, no para elevaros, sino para trabajar. Adem ás, añade el san­
to Doctor, los Apóstoles vuestros antecesores ¿á qué estuvieron
destinados? A recoger una miés cultivada con sus fatigas y regada
con sus sudores. Manteneos, pues, en la hcrcncia que ellos os han
transmitido, porque en efecto vos sois su heredero; mas para hacer
ver que lo sois es necesario que le sucedáis también en el cuidado! y
en las fatigas: Sed u t probes hceredem, vigilare debes ad cnram . (Bern.),.
Porque si os relajais en las delicias y en las vanidades del siglo, esta
no es la porcion que os ha tocado por el testamento de estos hom­
bres apostólicos: In láboribus p lu rim is, m carceribus abundantius*
¿Cómo, pues, pensáis en glorificaros cuando no teneis ni aun tiem­
po para descansar, ni en vivir ocioso y tranquilo cuando estáis en>-
cargado de todas las iglesias del orbe?
19. La segunda razón, que nace de la prim era ,, se reduce á im ­
pedir que las grandes fortunas y las mas elevadas dignidades n#
sirvan p ara excitar y alimentar la ambición- de los hombres.. P o s-
SOBRE LA OCIOSIDAD. 1S5
que este es nuestro gran defecto, cristianos, que siendo tan apa­
sionados á las grandezas y dignidades del siglo y de la Iglesia, iu>
estudiamos antes las cargas que llevan consigo. E s, pues, iad ad a­
ble que cuanto mas distinguido es un estado según el mundo f tati­
to es mas oneroso y mas molesto según Dios.
20. Mas ¿qué debe deducirse de aquí? Dos cosas que ya h e di­
cho, y que ahora re p ita ; á saber, que no existe estado ni profe­
sión alguna en que la ociosidad, no sea un crim en, y que este ea
aun mucho mayor en los estados superiores á los demás. Decidme
un género de vida donde el hombre pueda m antenerse ocioso1si»
faltar á sus principales deberes de conciencia ; y para no salir d e
los ejemplos que ya he propuesto, si un jóven de categoría pasa sus
primeros años en las diversiones y en los placeres, ¿cómo adquiri­
rá aquellos conocimientos que.son el fundamento necesario d é lo
que haya de ser en su vida? T careciendo de estos conocimientos,
¿cómo será capaz de ejercer los empleos á que se le destine? Y si­
se encarga de estos empleos con una absoluta incapacidad, ¿cómo
podrá salvarse? ¿Qué sucederá, pues? ¿Le dará Dios una ciencia
infusa en el momento de entrar en posesion de su dignidad? ¿ P rin ­
cipiará é lá instruirse cuando sea llegado el momento de ten er que
juzgar y decidir? ¿H ará su aprendizaje á costa de los demás? ¿Jus­
tificará sus defectos y sus errores alegando la ociosidad en que p a­
só su juventud? ¿Dirá acaso que él es excusable por haber desper­
diciado su tiem po, que debía serle tanto mas precioso, cuanto que
no podia repararse jamás ? Sin em bargo, cristianos, nada hay mas:
com ún; porque si el mundo está hoy lleno de sujetos indignos é
incapaces de ocupar el puesto que ocupan, no es necesario buscar
otra causa mas que esta. La vida perezosa y holgazana de los jóve­
nes es la causa principal de este desórden, y este desórden es la
causa funesta de su reprobación, j Ay l amados oyentes, ¿no es ver^
gonzoso ver la severa disciplina coa que los paganos instruían á sus
hijos en todos los ejercicios laboriosos que permitía su tiempo (si
creemos álo s historiadores profanos, este rigor llegaba al exceso),
y considerar al mismo tiempo la débil condescendencia de un padre
cristiano en consentir que los stiyos permanezcan en una ociosidad
licenciosa? No acusamos absolutamente á todos los padres cristia­
nos : los hay muy razonables en este particular, jy ojalá 1q fuese»
con respecto á la R eligión! Los príncipes y los grandes del m undo
educan á sus hijos, porque hacén consistir su gloria en perfeccio­
narlos según el m u n d o ; los pobres y los pequeños tienen cuidado
156 SEBMON
de dedicarlos á un oficio, para aprovecharse de su tra b ajo ; mas
vosotros, cristianos, á quienes Dios ha colocado entre estos dos
extremos, perm itidm e que os lo diga, vosotros no ponéis por lo
común ningún cuidado en esto. Si notáis alguna vez en vuestra
casa un criado oeioso, sabéis muy bien corregirle de su pereza ;
pero de que un hijo no se aplique á n ad a, de que abandone sus
ejercicios y no cumpla con sus deberes os cuidáis muy poco. ¿Cuál
de los dos es mas culpable, el hijo por su ociosidad, ó el padre por
su indulgencia? Yo d o digo culpables ante los hom bres, sino cul­
pables ante Dios. Este es un punto que importa poco resolver aho­
ra ; pero lo que hay de cierto es que el uno y el otro son crimina­
les y sin excusa.
21. Lo mismo decimos de los otros ejemplos. Yo no acabaría
nunca, si tratara de recorrerlos todos , si quisiera poneros ante los
ojos todos los males que la ignorancia de un juez puede causar en
Ja administración de justicia, todos los desórdenes que la negligen­
cia de un sacerdote, encargado de la dirección de las alm as, puede
causar en el ejercicio de su ministerio ; desórdenes mayores ó me­
nores segon la elevación de cada estado. Porque no debe mirarse
la ociosidad solamente como uu crim en, sino también, como un
trastorno general del estado social; y para comprenderlo bien no
necesitamos mas que servirnos de la comparación de san Juan Cri-
sdstom o, que es por cierto muy natural. Si sucediera, dice este
P adre, que una estrella de las mas pequeñas interrum piese su cur­
so y perdiese toda su v irtu d , este seria un defecto que sin em bar­
go no causaría una gran alteración en e! m undo. Mas si el sol se
oscureciese de pronto, y se suspendiese toda su acción, ¡qué tu r­
bación y qué confusión no se causaría en el universo! Esto mismo
sucede en los estados del mundo. Si un hom bre de condicion me­
diana olvida y descuida sus deberes, el perjuicio que por esto re ­
cibe el público no se extiende muy léjos, y generalm ente este hom ­
bre no perjudica mas que á sí mismo ; mas si un grande, un prín­
cipe 6 un rey abandona la dirección de los negocios, sucede como
en el eclipse del prim er astro que hace sufrir á toda la naturaleza.
Me parece que esta verdad no necesita de mas prueba.,
22. No obstante, para concluir este discurso, ¿quereis saber
eon mas certeza cuál es este pecado de la ociosidad que yo comba­
to , y en qué consiste su malicia? No tengo mas que dos palabras
que deciros, pero que reclaman toda vuestra atención. ¿Qué suce­
d e, pues, cuando cada uno abandona su profesion y vive sin. la
SOBRE LA OCIOSIDAD. 157
ocupacion que le és propia? jA yl cristianos, sabedlo de una vez.
Sucede que se invierte el órden de las cosas, que se es infiel á la
Providencia, que se deshonran las profesiones; y por una conse­
cuencia necesaria, pero terrible, que carga cada uno su concien­
cia, y se expone d una eterna condenación. Prestadm e atención.
He dicho que es invertir el órden de las cosas; ¿y por qué? Por­
que según el órden de las cosas el descanso no es por sí mismo,
sino para el trabajo , y porque de la naturaleza y cualidad del tra ­
bajo depende la medida del descanso. Es necesario, decia Casio-*
doro, ese gran ministro de Estado, que la república se aproveche
aun de nuestras diversiones, y que no busquemos lo que es agra­
dable sino con objeto de cumplir lo que es trabajoso : S ií etiam p ro
república, cum ludere videm u r; narn ideo voluptuosa quccrimus, u t se­
ria complexemus. (Cassiod.). Pero vosotros, vosotros amais el repo­
so por sí mismo, y no buscáis en el placer mas que el placer. He
dicho que esto es ser infiel á la Providencia. Porque cuando Dios
os llamó á vuestro estado, hizo como un padre con vosotros. Él os
dijo : Abrazad este estado, pero abrazadlo con todas sos cargas. Él
tiene provechos y honores, pero también tiene trabajos y cuida­
dos ; yo quiero que os aprovechéis de lo útil y de lo honroso ; pero
quiero también que lleveís la fatiga y la carga. Y por esto es, nota
el abate R uperto, por lo que Dios, que es infinitamente justo, ha
proporcionado ciertas dulzuras á los deberes onerosos de cada es­
tado. Él ha unido á la soberanía la independencia, la magnificen­
cia y los mas grandes honores, porque también le ha unido los
mayores trabajos. Pero ¿qué hacéis vosotros, cristianos? Vosotros
separais estas dulzuras del trabajo que debe estarles unido, y de
quien ellas solo son una reparación. Vosotros buscáis aquellas en
vuestra profesion y huís de este. He dicho que esto es deshonrar
vuestro estado ; porque es esponerle al desprecio, á la censura, al
odio y á la envidia pública. Porque ¿qué cosa hay mas despreciable
que un grande del m undo, que un ministro de los altares, ó un
magistrado, cuyos dias y cuya vida se consumen en frívolos pasa­
tiempos, mientras podían emplearlos en los mas im portantes ne­
gocios? ¡Qué bello ejemplo el del piadoso emperador Valentiniano
el JovenI Oídlo, cristianos, tal como san Ambrosio lo refiere en el
elogio fúnebre de este Príncipe. Entre otras muchas cualidades que
le distinguían tuvo la de no envilecer jamás su dignidad por una
ociosidad que es muy común en las cortes de los príncipes, y n a -
1S8 SEBMON
da omitió para satisfacer á su pueblo de ciertas hablillas que se ha*-
hian esparcido contra su persona. Se decia que se entregaba dema­
siado á los juegos y á los ejercicios del Circo; y de tal modo renun­
ció á ellos, que no quiso permitirlos ni aun en las m ayores solem*
n idades: F erébatur circmsibus delectari; sic ittu d abstulit, u t ne so -
lemnibus quidem princípum natalibus p u ta verit celébraiidos. (A m br.).
Decían algunos que dedicaba demasiado tiempo á la caza, y él hizo
m atar en un mismo dia todos los animales destinados á esta diver­
sión : Cred-ébant aKqui nim ium venabulis occu pari ; omnes feras wííg
momento ju s s it interfici. (Id .). Omito lo demás que sigue, y que
debería cubrir de confusion no sé á cuántas personas salidas del
polvo donde nacieron, y colocadas en puestos honoríficos, donde
no querrán perder un momento de su reposo por todos los nego­
cios del m undo, á no ser que se mezcle en ellos su interés.
23. Sin excluir cualquiera otro interés que pueda haber en esta
m ateria, he dicho que el de la conciencia y el de la salvación está
empeñado en ella. P o rq u e, invertir así el órden de las cosas, ir asf
contra los fines de la Providencia, faltar así á las obligaciones de
su estado, ¿puede avenirse todo esto con la co o ciencia y con la sal­
vación ? ¿Para qué estáis vosotros en ese estado, si no quereis cum­
plir sus obligaciones? ¿Para qué estáis en el m un d o , si nada h a ­
céis? ¿Qué e sá lo s ojos mismos del mundo un hombre inútil? ¿Pa­
ra qué sirve? Y si en el m undo mismo no puede esperarse nada sin
trabajar, ¿esperamos por ventura conseguir mas fácilmente las re­
compensas del cielo? Cuando en la hora de la m uerte nos veamos
obligados á decir á D io s: Señor, yo nada he hecho ; ¿qué nos res­
ponderá él, sin o : yo no tengo nada que darte? Acordémonos con
frecuencia del siervo perezoso del Evangelio, y no olvidemos ja ­
más la sentencia que su señor pronunció contra él, haciéndole ar­
rojar atado de piés y manos en una oscura prisión. Pues del mismo
modo debemos tem er ser precipitados en las tinieblas del infierno,
porque no haber hecho lo que se podia y debía hacer es un gran
mal. Por esta razón, amados oyentes, debe cada uno de nosotros
estudiar su condicion y el estadoá que ha sido llam ado, y aplicar­
se sériamente á aquel honesto ejercicio que pueda convenirle, á un
trabajo asiduo, y sobre todo á un trabajo cristiano. No digáis que
no sabéis en qué ocuparos, porque muy pronto lo aprenderéis,
cuando queráis de buena fe apartaros de esa ociosidad criminal en
que estáis adormecidos. Y por vuestra vigilancia y vuestras obras
SOBRE LA OCIOSIDAD. ísé
es por lo que mereceréis recibir el salario que el padre dé familias
dará á los operarios que han trabajado en su viña, ó para hablar sin
figuras, por esto mismo es por lo><jue mereceréis tener un d ia p a r­
te en la gloria inmortal que Dios os ha prom etido, y que os deseo.
Amen.
160 SERMON

SERMON

SOBRE LA M IE DICEACIA.
Et adduciinl ei su rd u m et tnulum , et
d e p re c a b a n tu r eu m u t im pon a t i l t í m a ~
n u m . ( M a t e , v i l , 33).
Y le presentaron un sordo-m udo, y le
rogaban que pusiese la mano sobre él.

1. Ved aquí, cristianos, una cosa bien extraña, la que nos


presenta el Evangelio de hoy. En un momento el Hijo de Dios, con
una virtud sobrenatural, desata la lengua de un m udo, y le confie­
re el liso de la palabra : Solutum est vmculum lingual eju s, et loque-
batur recte {Marc. v n ) ; m asen vano el mismo Salvador de los
hombres quiere imponer silencio y cerrar la boca á una numerosa
m ultitud que le rodea. Á pesar de su precepto y de las reiteradas
órdenes que les da, ellos alzan la voz y no cesan de publicar lo que
han visto : Quanio autem eis pr& ápicbat, tanto magis plu s prcedica-
bant. (ibid.). Esto es, dicesan Gregorio, porque es mucho mas di­
fícil callar que hablar. Lo primero procede de una sabia discreción,
de una reserva modesta y hum ilde, de una caridad compasiva de
las debilidades de otro , y de un imperio absoluto sobre sí mismo;
en vez de que lo segundo solo es efecto de una impetuosidad natu­
ra l, y muchas veces de una pasión maligna de censurar y de una
envidia secreta, ¡Si se hablase al menos como esta multitud celosa
que tributa gloria á Jesucristo, y que publica el milagro que acaba
de obrar ante sus ojosl Mas se habla para desacreditar al prójimo
y cubrirle de confusion; se habla para ridiculizarle, para conde­
narle , para ponderar sus defectos, para denigrar su reputación , y
para perderla en la opinion de los demás. Hay ya mucho tiempo,
mis amados oyentes, que me he propuesto hablaros de la m aledi­
cencia, y esto és lo que voy á hacer en este discurso. Injuriosa y
criminal lib ertad , que á nadie respeta, que acomete indistintamen­
te á los grandes y á los pequeños, que no perdona lo profano ni lo
sagrado, y que im porta mucho reprim ir para el buen órden de la
sociedad y la salvación de las almas. Pidamos los auxilios del Espí-
SOBRE LA. M ALEDICENCIA. 161
ritu Santo, dirigiéndonos para ello á su santísima Esposa, á quien
saludaremos : A ve M a ría .
2. Si conociéramos perfectamente nuestros m ales, y tuviéra­
mos cuidado de estudiar su naturaleza y cualidades, no se necesi­
taba mas para curarnos, y este solo conocimiento podia ser el re­
medio mas superior y mas infalible. Lo que hace que no nos cure­
mos es que no vemos la malignidad de nuestras enfermedades, y
que por una negligencia muy peligrosa cási nunca examinamos la
fuente de donde proceden ni los efectos que causan en nosotros.
Pues bien, cristianos, yo hablo hoy de un mal tanto mas deplora­
b le, cuanto que es voluntario, y tanto mas pernicioso, cuanto que
es habitual; á sab er, del pecado d éla maledicencia, <5mas bien de la
pasión que es en nosotros el origen de ese pecado. Mi admiración es
que siendo por una parte esta pasión la mas vil y odiosa, y agravan­
do por otra la conciencia del modo mas terrible, sea ordinariamente
lo que menos tememos, y lo que nos sucede con mas frecuencia. Pues
al 6 n , por poco sensibles que seamos al honor, aunque no tenga­
mos gracia ni religión, huimos naturalm ente de aquello que lleva
consigo un carácter de bajeza, y que puede atraernos el odio de los
hom bres; y por poca religión que tengam os, y poco celo por el ne­
gocio de nuestra salvación, debemos sin embargo evitar todo aque­
llo que nos lo hace mas difícil y lo expone á un peligro mas cier­
to. Mas, por una conducta diametralm ente opuesta, la maledicen­
cia es entre todos los pecados el de que nos preservamos m enos, y
ved aquí, repito, lo que me sorprende. En dospalahras que abra­
zan todo mi pensam iento, ningún pecado hay mas universal que
el de la maledicencia, y esto es lo que me admira por dos razones:
en primer lugar, porque entre todos los pecados no hay ninguno
roas vil ni mas odioso : vosotros lo veréis en la prim era p arte; en
segundo lugar, porque entre todos los pecados no hay ningunoque
agrave mas la conciencia ni que le imponga unas obligaciones mas
rigorosas: así os lo haré yer en la segunda parte. Oídme con aten­
ción, y principiemos.

P rim e ra p a rte .

3. Cuando digo que la maledicencia es uno de los vicios mas


viles y mas odiosos, no penseis, cristianos, que esta es una moral
extraña á las reglas y máximas de la fe. Esta es la moral del mismo
Espíritu Santo que en el libro del Eclesiástico y en los P roverbios
11 T. XI.
m .SEM ION
se sirve particularmente de estos*!os motivos para inspirarnos hor*
ro r al pecado. Gomo naturalm ente somos sensibles al h o n o r, nos
bu interesado por este sentí m iento-natural para hacer nos ver que
la maledicencia, que es el pecado de que menos nos preservamos y
que vemos tan autorizado, de cualquier modo que se le considere,
tiene un carácter de vileza y-d e‘oprobio que no es fácil deshacer:;
y esto es lo que san Juan Crisóstomo prueba admirablemente en
una de sus homilías por esta excelente 'demostración que hace, y
que ¡os va sin dada á convencer.
4. Comenzando, pues, por la persona que sirve de objeto á la
maledicencia, ved aquí el razonamiento de este Padre. O aquel de
quien habláis es vuestro enemigo , ó es vuestro am igo, ó una per­
sona indiferente para vosotros. Si es vuestro enemigo, desde luego
es odio ó envidia lo que os mueve á hablar mal de é l , y esto ha
sido siempre mirado y lo es aun como una bajeza. Por mas que po­
dáis alegar, se está en el derecho de no creeros, y de decir que es­
táis ofendido de él; que la pasión es la que os hace hablar así; que
si este hombre se uniera á vuestros intereses, no.lo desacreditaríais
de ese modo, y aprobaríais en él lo que ahora censuráis con ta n to
encono. En efecto, esto es io que se d ice; y los sábios qufe os es­
cuchen-, testigos de vuestra anim osidad, muy léjos de despreciar á
vuestro enemigo, os desprecian á vosotros, y compadecen vuestra
flaqueza, P o r el contrario, si es vuestro amigo (porque ¿á quién
no se atreve la maledicencia?), ¡qué bajeza no es quebrantar asi la
ley de la am istad , y levantaros contra el mismo quedebíais defen­
der; la de exponerle á la risa en una conversación , m ientras que
fuera le habíais con buenas palabras.; la de adularle por una parte
y ultrajarle por otra 1 Pues bien, vosotros sabéis que hay algunos
en quienes la intem perancia de la lengua llega hasta tal grado de
infidelidad, que ¡no perdonan á sus propios ¡parientes ni á su pro^
pió ¡padre G uan d o se trata de criticar y m urm urar. Mas yo quiero*
concluye san Ju an Crisóstomo, que ese hombre os sea indiferente;
¿no es otra especie de vileza descargar sobre él unos agolpes tan
sensibles? Supuesto que le miráis con indiferencia, ¿por qué aten-
tais contra él? No habiendo recibido daño alguno de él, ¿por qué
sois vosotros los primeros en causárselo? ¿Qué ha hecho él para
atraerse el veneno de vuestra maledicencia? Vosotros decís q u e n a ­
da teneis'contradi, y e n tre ta n to le ofendeis y de a Unaj a is : yoios
pregunto si ^hay alguna cosa m as Vil que este ¡proceder.
t&. Peto Teuoiiozcámoslotodavía mas claramente por la según*?-
SOBRE LA M ALEDICENCIA. 163
da circunstancia. Todo el que m urm ura ataca al honor de o tro ;
en esto es en lo que eonsiste la esencia de este pecado. Pero ¿de
qué armas se sirve para atacarle? De-una clase de armas que ha®
pasado en todos tiempos por vergonzosas, esto e s, de 'las armas de
la lengua, segun la expresión del mismo Espíritu Santo. Porque ee
el lenguaje de la Escritura la lengua es la que prepara al maldi­
ciente las flechas agudas ó las palabras envenenadas que él arroja
contra los que tiene intención de perder : F iiii hom inum , (lentes w -
ru m arm a et sagittce, (Psalco. lv t) . La lengua es la que le sirve de
espada de dos filos, con que hiere .sin miramiento y sin piedad :
Lingua eorum gladitis acnhis. (Ibid.). ¿Y quién fue el inventor
y el fabricante de esta especie de arm as? El dem onio, responde
san A gustín, cuando queriendo tentar al hombre en el paraíso ter­
renal se armó con una lengua de serpiente, y esto le dio buen re ­
sultado; de allí viene que hablando el Hijo de Dios en el Evange­
lio de este enemigo del género humano dice que desde el princi­
pio del mundo fue hom icida: lile homicida era ta b in itio (Joan, v m ) ;
pues bien, es evidente que el demonio no cometió este homicidio
con el h ie rro , sino con la lengua : N on ferro arm a tu s, sed lingua,
ad hommem venit. (A ugust.).
6, Yed aquí la fuente y el origen de la maledicencia. Por esta
razón Jeremías no creia poder expresar mejor la malicia de sus
enemigos y lo indigno de su conducta que refiriendo los discursos
que tenian de él y contra é l: V m ite , et p e rm tia m m eum lingua.
(Jerem . x v m ). Vamos, decían estos hombres sanguinarios exci­
tándoselos unos á los otros contra Jerem ías, ó mas bien contra Je ­
sucristo, cuya figura era este Profeta ; vamos , y declarémosle una
guerra a b ie rta ; arrojémonos sobre él como sobre una presa que
nos esta preparada; desgarrémosle y hagámosle pedazos. ¿Y de qué
modo? Con los tiros y los golpes de la lengua, que será el instru­
mento ordinario para todos los designios y empresas que hemos
formado contra su p erso n a: Venite , percutiam us eum lingua. Ved
aq u í, pues, cristianos, cómo ohran ordinariam ente los que se lla­
man hombres de partido, hom bres de facción y de cabala. Ellos
hablan, ellos declam an, ellos critican, ellos calum nian; y yo dejo
á vuestro juicio si este es el carácter de las almas generosas y de
los corazones rectos.
1. P e ro , adem ás, ¿qué tiempo elige cási siempre el maldiciente
para lanzar sus tiros? Aquel en que menos se está en estado de de-
Jenderse de él. P o rq u e , no creáis que ataca ásu< enemigo de fren*
11 *
164 SERMON
te ; él es demasiado circunspecto en su iniquidad para no usar de
mas precaución. Mientras tanto que os vea, no se le escapará una
palabra. Que él aperciba solamente á un amigo dispuesto á soste-
a e r vuestros intereses, no se necesita mas para cerrarle la boca.
Pero alejaos, y que él se crea seguro, y entonces dará curso libre
á su m urm uración, hará correr la hiel mas am arga, se desencade­
nará y gritará. Pues bien, ¡qué vileza no es la de insultar á un
hombre porque no se halla en estado de poder responder 1Esto es,
sin embargo , lo que hacen todos los m urm uradores. Y ved aquí
por qué se ha impuesto la obligación de no escucharlos. Se os ha
dicho muchas veces que esta obligación es esencial al precepto de
la caridad, y que es de fe que quien presta oidos á la maledicen­
cia desde entonces se hace cómplice de ella; que según el pensa­
miento de san Bernardo no es menos dañoso oir la murmuración
que m urm u rar, y según san Gregorio papa tal vez un dia habrá
mas cristianos condenados por Dios por haber oido hablar contra
el prójimo que por haber hablado. Se os ha dicho todo esto; mas
vosotros preguntáis sobre qué puede fundarse tal obligación, y yo
os respondo que se funda particularmente sobre la vileza del mal­
diciente. P orque, como de quien generalmente habla mal es délos
ausentes, ha cuidado la Providencia de que los ausentes estuviesen
¿ cubierto de un mal tan peligroso. A esto e s , p u e s, á lo que Dios
lia provisto por la ley de la caridad que nos obliga á no adherirnos
i la maledicencia; es decir, á condenarla con nuestro silencio, ó
á refutarla con nuestras palabras, ó á reprim irla con nuestra auto­
ridad; de modo que si alguno se atreve á mancillar el honor del
prójimo en mi presencia, debo yo considerarme como un hombre
autorizado por Dios para defenderle, y como el tutor de la repu­
tación de mi herm ano. Tal es la im portante comision de que Dios
nos ha encargado, y que nos ha significado ene! Eclesiástico: M a n -
d a v ü ittis unicuique de pro x im o suo. (Eccli. x v n ). El maldiciente
es cobarde, es necesario que tengáis contra él una firmeza cristia-
oa , y que la caridad halle en vosotros otros tantos protectores.
De otro modo seréis responsables de todo el daño ^juc el prójimo
sufra.
8. Nada hay mas temible para la maledicencia, dice san Am­
brosio, que un hombre celoso por la caridad. Pero ¿sabéis vos­
otros, cristianos, de qué modo acostumbra defenderse la maledi­
cencia? Por medio de otras tres vilezas todavía mas insignes que
comete. En primer lugar, ella cási siempre habla en secreto de
SOBRE L A M ALEDICENCIA. 165
aquellos hechos mas difamantes. En segundo lu g ar, ella procura
agradar y hacerse complaciente. Y en tercer lu g a r, procura en­
cubrirse con mil pretextos que parecen justificarla. Me explicaré.
Si la maledicencia se redujera á producirse solamente en público y
ante testigos, apenas habría maldicientes en el m undo; ¿y p e r
qué? Porque tal vez habría pocos que pudiesen ó quisiesen su frirla
mancha que ella imprime en la persona misma del maldiciente,;
Mas hoy dia se pone cualquiera á cubierto con un poco de pruden­
cia y de discreción; de este modo se m urm ura en público im pu­
nemente : de aquí nace que los mas tontos se vuelven los mas as­
tutos. No se les puede pintar mejor que lo hace el Espíritu Santo
en la Sabiduría cuando los compara á las serpientes que m uerden
sin hacer ruido : S i m ordeat serpens in süentio, níhil eo m in m hábei,
qui occulte delrahit. (Eccles. x ). Ellos encargan el secreto á todo el
m undo, y no ven, dice san Juan Crisóstomo, que esto mismo ios
hace despreciables. Porque encargar que guarde el secreto á aquel
que he hecho confidente de mi maledicencia es propiamente con-^
fesarle mi injusticia. Es decirle : sé mas sabio y mas caritativo que
yo : yo soy un maldiciente, no lo seas tú ; al hablarte de tal per­
sona falto á la caridad, no sigas tú mi ejemplo. Por esta razón Da­
vid, que fue un príncipe tan esclarecido, no tenia tanto h o rro r, al
parecer, á la maledicencia como al secreto de la maledicencia. Yo
tenia piedad , dice é l , de aquellos á quienes el calor y la ira hacia
prorum pir en maldiciones, aunque fueran muy ultrajantes y atro­
ces; mas si veia á alguno que esparcía secretamente el veneno de
su malignidad , me sentía animado de celo y de indignación, y me
parecía que era mi deber perseguirle y confundirle : D etrakentm i
secreto pro x im o suo, hunc persequebar. (Psalm, c). Mas esto no es
todo. ¿De dónde nace que la maledicencia se ha hecho hoy tan
agradable en las tertulias y en las conversaciones del mundo? ¿Por
qué emplea ella tantos artificios y anda con tantos rodeos? Esas
maneras de insinuarse, ese aire festivo que tom a, esas buenas pa­
labras que estudia, esos términos en que se disfraza, esos equívo­
cos de que se aplaude, esas alabanzas seguidas de ciertas restric­
ciones y de ciertas reservas, esas reflexiones llenas de una compa­
sión cruel, esas ojeadas que hablan sin hablar, y que dicen mucho
mas que las palabras m ism as, ¿por qué es todo esto? El Profeia
nos lo enseña : O s tm im abundavit m a lilla, et linqua tua concmnabat
dolos. (.Psalm. x l i x }. Vuestra boca estaba llena de m alicia, y vues­
tra lengua sabia perfectamente el arte de disfrazar y embellecer
£66 &EK3I0IÍ
esta malicia; y cuando teníais que m u rm u rar, lo hacíais con tanto
agrado., que se quedaban encantados los que' os oian r E t lingna tua
cmcinnabat délos ... Y aunque todo fuese comunmente una m entira,
estas mentiras en fuerza de estar preparadas y adornadas no de­
jaban de agradar, y, por una funesta consecuencia, de producir sus
perniciosos efectos : E t Ungwa tu a concm m bat dolos. ¿Y con qué ob­
jeto obra así el maldiciente? jAy! hermanos mios, responde san
Juan Crisóstomo, porque de otro modo la maledicencia no tendría
el descaro de presentarse n i dejarse ver. Siendo ella por sí misma
tan baja como es , solo se atraería el desprecio si se dejara w r tal
oomo e s; y ved aquí por qué se disfraza álos ojos de los hombres,
mas de una manera que la hace todavía mas despreciable y mas
criminal á los ojos de Dios.
9. Vamos todavía mas léjos. Lo que pone el colmo á la bajeza
de este vicia es q u e , no- contento con querer agradar y con erigir­
se en censor com placiente, quiere también pasar por honesto, por
caritativo y por bien intencionado; y ved aquí uno de los abusos
mas ordinarios. Permitidme que os lo haga observar, y que entre
con vosotros7e» los pormenores de vuestras costum bres, pues que
podemos decir de este pecado lo que san Agustin decía de las he­
rejías, que jamás ae las combate mejor que haciéndolas conocer.
Ved aquí uno de los abusos de nuestro siglo. Se ha encontrado el
modo de consagrar la maledicencia, de cambiarla en virtud, y en
una de las mayores virtudes, que es el celo por la gloria de D ios;
es decir, que se ha encontrado el modo de destrozar y denigrar al
prójim o, no ya por odio ó por un arrebato de cólera, sino por m áxi­
mas de piedad y por el interés de Dios. Es necesario, se dice, h u ­
millar á estas personas, y por el bien de la Iglesia se les debe qui­
ta r su: reputación y am inorar su crédito. E sto , pues, se establece
como un principio, sobre esto se forma una conciencia, y nada
hay que no se crea permitido por un motivo tan bueno. Se inven­
ta , se exagera, se emponzoñan las cosas, no se refieren sino á m e­
dias, se hacen valer las preocupaciones como verdades incontesta­
bles, se hacen correr mil falsedades, se confunde lo general con lo
p articu lar: cuando ano ha hablado mal se le cuenta á todo el
mundo , y aunque muchos hayan hablado bien no se le cuenta á
n ad ie; y todo esto, repito, por la gloria de Dios. Porque la buena
intención rectifica todo esto. Ella no bastará para rectificar un equí­
voco; pero es mas que suficiente para rectificar la calumnia cuan­
do hay la persuasión de que en ello se interesa el servicio de Dios.
SOBBE LA MAEEDICEIÍCIA. Í67
10. i Ay I cristianos, si Dios revelase eo. estem om enío todos
nuestros pensamientos, eonro tos revelará en el juicio universal, y
descubriese todas las intenciones que hemos tenido d# desacreditar
á este y á a q u e l¿ q u é vergüenza no tendríamos de nosotros mis-*
mas? Ó si ,. movidos por el espirita de una penitencia verdadera,
quisiéramos reconocer la perversidad de nuestro corazon, ¿qué*
cocfesion tan buena no haríamos á Dios? No, Señor, le diríamos,
no ha sido vuestra gloria el motivo que me ha arrastrado á la ra u r-
m u r a d o u * yo soy un prevaricador en haber querido hacer servir
vuestca gloria á la iniquidad y al desórden de mi pasión- Si y o n o 1
me hubiera propuesto otra eosa que vuestra gloria, no me hubiera
mostrado tan colérico en mi celo, no hubiera tenido un placer ta n
marcado en revelar las imperfecciones de mi prójim o, no hubiera1
tenido uoa satisfacción en sus humillaciones con perjuicio de la ca*
rid a d , porque la caridad es inseparable de vuestra gloria. Si hu­
biera sido el interés de vuestra gloria quien me hubiera movido,
no hubiera exagerado tanto las cosas, no les hubiera añadido-nada
por mí mismo, no hubiera publicado mis conjeturas y mis sospe­
chas como hechos ciertos é indudables, porque el celo de vuestra
gloria supone la verdad. Cuando hubiera hallado alguna- cosa re­
prensible en la conducta de los otros, os hubiera dejado á Vos el
cuidado de juzgarlos, ó los hubiera reprendido á solas, segun el
precepto del Evangelio. Yo no hubiera heeho jamás confianzas in ­
discretas yo no lo hubiera declarado á: personas incapaces de re ­
mediarlo y capaces de escandalizarse; no me hubiera atorm enta­
do- inútilmente la memoria en muchas ocasiones, ni hubiera caido
por m i maledicencia en un mal mayor y mas inexcusable que el que
y® mismo condenaba. Es necesario confesarlo , ó Dios m ió, y con­
fesarlo para mi confusion: quien ha puesto en mis labios esas pa­
labras tan amargas son las bajas pasiones de que mi corazon se ha
dejado ocu p ar; esto e s, una antipatía natural que no he procura­
do vencer; una envidia secreta de ver á los otros mas medrados
que yo; un interés particular que he buscado en la humillación de
este, y una venganza que me he procurado á costa de a q u é l; una
ciega: prevención contra el mérito en cualquier sujeto donde lo he
reconocido. Tal ha sido, Señor, el origen de mi maledicencia, j
yo quiero confesarlo á Vos, porque quiero buscar el remedio. Si
tenemos buena fe paFa con Dios, ved aquí cómo hablarémos; y de
todo esto deduzco yo que entre todos los vicios la maledicencia es
evidentemente uno d e Jos mas viles.
168 SERMON
11, He dicho también que es uno de los mas odiosos, ¿y á
quién? Á Dios y á los hombres. Á Dios, que es esencialmente amor,
y caridad, y que por lo mismo debe tener una oposicion especial
á la maledicencia, pues que la maledicencia es el enemigo mas m or­
tal de la caridad: Detractores Deo odibtles. (Rom. i). A los hombres,
para quienes el maldiciente, según la sentencia del Espíritu Santo,
es la abominación : Abom inatio hominum detractor. {Prov. x x i v ).
"V yo no me admiro. Porque ¿qué cosa hay mas odiosa que un
hombre á cuya censura se ven expuestos los d em ás, de quien
no hay ninguno, sea de la condicion que fuere, que pueda creerse
lib re , y cuyos tiros ni aun los mismos poderosos pueden evitar?
¿Q ué cosa mas odiosa que un tribunal erigido por autoridad par­
ticular, donde se decide sin apelación del mérito de los hom ­
bres; donde el uno es declarado tal como se quiere que se a ;
donde al otro se le impone una nota para siempre , y una mancha
de que no se lavará jamás ; donde todos reciben sus sentencias sin
distinción y sin compasion?
12. Por esto es por lo que la E scritura, describiéndonos al
maldiciente, nos lo representa como un hombre terrible y formi­
dable : Terribilis in civitate homo linguosus. (Eccles. íx ). En efecto,
es formidable en una ciudad, formidable en una corporacion, te­
mible en las casas particulares, temible entre los grandes y entre
los pequeños. En una ciudad, porque hace que se divida en faccio­
nes y partidos ; en una corporacion, porque turba en ella la paz y
la unión ; en una casa particular, porque sostiene en ella las ene­
mistades y rencillas ; entre los grandes, porque abusa de la con­
fianza que tienen en é l , desacreditando para con ellos á la persona
que se le antoja ; entre los pequeños, porque los anima á unos con­
tra otros: Terribilis homo linguosus. ¡Cuántas familias hay dividi­
das por una sola m urmuración 1 ¡cuántas amistades rotas por solo
una crítica! ¡cuántos corazones exasperados y envenenados por só­
lo una conversación indiscreta! ¿Qué es lo que forma diariam ente
tantas querellas abiertas y declaradas? ¿No es un térm ino ofensi­
vo , en el cual se pretende llevar razón? ¿Qué es lo que empeña á
los hombres en esos combates singulares, tan sabiamente prohibi­
dos por las leyes divinas y humanas? ¿Es acaso otra cosa que una
palabra picante, que según el falso honor del mundo se cree no-
poder dejar impune? ¿No nos sorprenderíamos si se nos hiciese
v er, según el contexto de la historia, las sangrientas guerras que
no han tenido otro principio que este? Se armaban por todas par­
SOBRE LA. M ALEDICENCIA. 169
tes, se vertía la sangre humana» se desolaban las provincias; ¿y de
qué se trataba? De una palabra tal Yez q u e, como una chispa,
escitaba el mas violento y el mas horroroso incendio. ¡Q ué no h a­
ce la maledicencia cuando para difundirse, y si le es posible per­
petuarse y eternizarse, se presenta en libelos, en obras satíricas y
en poesías escandalosas I ¿No han tenido que sufrir los siglos ente­
ros ppr haber encerrado en su seno estas plagas? ¿No han queda­
do todavía las cicatrices despues de mil reconciliaciones, de mil
satisfacciones y de mil retractaciones? Pues hien, siendo Dios el
protector de la caridad, ¿podrá ver todo esto sin tener horror á los
maldicientes? Vosotros mismos á quienes hablo dad aquí testimo­
nio (porque podéis hacerlo) de todos los desórdenes en que habéis
tenido parte, y que la maledicencia ha causado, sea de los que ha­
béis vosotros cometido, ó de los que se han cometido contra vos­
otros; quiero decir, de todos los disgustos que habéis causado á
otros con vuestras maledicencias, y de todos los que la maledicen­
cia de otros os ha causado. ¿Habéis podido, por v en tu ra, sufrirlo
que se ha dicho de vosotros? ¿Qué resentimientos no habéis pro­
ducido en otros, y qué transportes de cólera no habéis sufrido por
causa de otros? Pues b ie n , lo que vosotros habéis dicho de otros
ha debido producir en ellos los mismos efectos. Ved cuántas des­
gracias no os hubiérais evitado si nunca se hubiera hablado mal
de vosotros , y cuántos disgustos no os hubiérais ahorrado si no h u­
biérais hablado nunca mal de otros. P orque, al fin , todos los ma­
los pasos de vuestra vida, todos los lances pesados, todos los en­
torpecimientos de negocios que habéis sufrido han provenido tal
vez del mal gobierno de vuestra lengua. Ved aquí lo que os ha
atraído enemigos, ved aquí lo que os ha hecho perder vuestros
amigos, ved aquí lo que los ha alejado de vuestra persona y lo que
os ha hecho pasar en el mundo por hombres peligrosos. Tan cierto
es que la maledicencia es un vicio odioso por su naturaleza.
13. Pero agrada oir la m urmuración y nada hay en una con­
versación mas divertido que ella. jAyt cristianos, este es el prodi­
gio que quiero que n o téis; porque san Juan Crisóstomo añade con
razón que todo es monstruoso en este vicio, y nada hay en él de
natural. Se le ama y se le aborrece á un mismo tiempo. Él agra­
da al tiémpo mismo que se hace odioso, y vosotros, amados oyen­
tes, que os complacéis en él, sois los primeros en detestarle. ¿Y
por qué? Porque si sois sábios debeis juzgar que el maldiciente no
os hará cuando llegue la ocasiou mas favor que hace á los demás,
fZO 5BB3T0N
y q a e despues de haberos divertido á costa de ellos, él< sabrá hace­
ros; servirle de diversión. Pues ¿por qué os habia de exceptuar?
¿Teneis por ventora alguna cualidad que os haga invulnerables á
los tiros de la maledicencia? ¿Sois por ventura hombres perfec­
tos? Si él oo ha respetado á otros, ¿tendrá mas miramiento con
vosotros? ¿Habéis hecho algún pacto con él? Y aunque lo hubie­
seis heeho, ¿podréis esperar que lo cumpliría? ¿Cómo os garantiza­
rá de su lengua, cuando no es dueño de gobernarla? ¿Y cómo po­
drá aseguraros á vosotros, cuandq no puede asegurarse á sf mismo?
No obstante, herm anos m ios, prosigue san Joan Crisóstomo, ved
aquí nuestra indignidad, y la indignidad de este vicio. Nos agrada
la maledicencia mientras se dirige contra otros ; mas en el momen­
to en que nos vemos atacados por ella, le tenemos horror^ Aun
cuando nuestro prójimo sea desgarrado, nosotros lo sufrimos y nos
com placem os ; pero cuando sentimos el menor ataq u e, e o pode­
mos menos de enfurecernos.
14. Ved aquí, pues, las dos cualidades de esta costumbre cri­
minal ; ella es vil y odiosa. En este supuesto, ¿no es extraño que
sea hoy el vicio m as común y mas universal? Mas yo me engaño;
no es solamente hoy cuando este vicio ha reinado en el m undo,
pues que reina en él desde los tiempos de David, y cuando este
Profeta quería expresarla corrupción general de toda la tierra, este
desórden era el que marcaba especialmente : Omnes deelinaverunt,
sim ul mutiles' fa c ti su n t, non est qui faciat bonum, non est usque a d
w tw iu (Psalm. x m ). Todos los hom bres, decia, se han separado
de los caminos de Dios, y se han hecho sujetos inútiles. Porque ¿á
quién puede ser ótil una criatura que no es de Dios ni busca á
Dios? No existe uno que haga el b ien , ni uno solo : N o n est usque
a d u n m n . (Ibid.). Pero deciduos, gran Rey, pregunta san Agustín,
jq u é contagio es este que ha infestado á todo el m undo, y en qué
consiste que todos los hombres se han alejado tan generalmente de
los eaminos de Dios? ¿Consiste en los excesos de las diversiones,
en los desarreglos de la am bición, ó en los desórdenes de la ava­
ricia? No. ¿En qué consiste pues? En las libertades de la m aledi­
cencia : Sepulchrum patens est guttur eorum , Imguis suis dolase age-
l a n t ; venenum aspidum sub labü seorw n . (Psalm. x m ). Sí, ved aquí
en lo que puede decirse que todos los hombres se han pervertido :
en que sus bocas son como sepulcros abiertos de los cuales no sale
mas que corrupción ; en que ellos no se sirven desú s lenguas sino
para engañar, para criticar, para ofender y para calum niar ; etique
SOBRE LA MALEDICENCIA. 471
tienen bajo de sus labios un veneno peor que el del áspid, de que
la inocencia y la virtud mismas na pueden preservarse. En fin, dice
este Profeta, ved aquí lo-que los ha perdido * ved aquí la lepra de
que están todos cubiertos; y yo veo tan pocas personas en el mun­
do que estén exentas, que quiero mas bien decir absolutamente :
Non» est. qui fa d a t bonum, non est usque ad u n u m ,
15. En efectocristianos, aunque los otros vicios se propagan
al presente mas que nunca, hay todavía ciertos estados y ciertas
condiciones que se defienden de ellos, sea por la gracia de la vo­
cación „ sea por los esfuerzos de la virtud r sea por la huida de las
o c a sio n e s ó por una especie de necesidad. La avaricia no halla
entrada en el corazon de un religioso; apenas la ambición se en­
cuentra en ciertas clases bajas y oscuras ; se encuentran muchas
vírgenes en el Cristianismo que triunfan cási sin trabajo del demo­
nio y de las carne. Mas con respecto á la maledicencia ella ejerce
su. imperio sobre todos los hombres. Este es eí vicio de los grandes
y los pequeños, de los soberanos y de los pueblos, de los sabios y
de los ignorantes, el vicio de la corte y de la ciudad, de las letras
y de las armas,, de los jóvenes y de los ancianos. ¿Habrá inconve1-
niente en qiue yo me explique de una vez? No, hermanos m ios;
porque me explicaré con todo el respeto y toda la circunspección
debida. Este es el vicio de los sacerdotes lo mismo que de los le­
gos > de los religiosos lo mismo que de los seculares, de los espiri­
tuales y de los devotos lo mismo, ó tal vez m as, quede los liberti­
nos é impíos. Poned cuidado ; yo no digo que este es el vicio de la
devocion, ni quiera Dios que lo diga. La devocion es toda pura,
toda santa, exenta de todo vicio ; y atribuirle uno solo, seria ha­
cer un ultraje al mismo Dios, y desacreditar su culto. Mas los que
profesan la devocion tienen su pecado especial como los demás, y
vosotros sabéis si el mas ordinario no es la maledicencia; pecado
que se apega á las personas mas piadosas; pecado que con frecuen­
cia hace perecer en, ellas todios los frutos de gracia y de justicia;
pecado que corrompe sus espíritus, en tanto que sus cuerpos per­
manecen castos ; pecado que les hace padecer un triste naufragio,
despues que han evitado todos los escollos de las pasiones mas cri­
minales y peligrosas; pecado, en fin, que pierde á muchos devo­
tos y que deshonra la devocion.
16. ¡Ay[ hermanos mios, concluía san Bernardo instruyendo
ásus religiosos sobre la materia de que trato (escuchémosle, ama­
dos oyentes, vosotros los que profesáis especialmente la piedad,
172 SERMON
vosotros los que perteneceis al estado eclesiástico, vosotros los
que vestís el hábito religioso, y vosotros los que estáis cargados de
todas estas obligaciones; á vosotros y á mí es á quienes dirijo las
palabras de este gran Santo); jay! hermanos mios, exclam aba; si
ha de suceder así, esto es, si hemos de estar sujetos al pecado de
Ja maledicencia como los hombres del siglo , ¿para qué tantos ejer­
cicios penosos y mortificantes como practicamos diariam ente, y de
qué nos sirven? S i ita est, fra tres, u t quid, sine causa m ortificam ur
tota die? (Bern.). ¿Para qué este encierro, estas vigilias, estos ayu­
nos, estas continuas oraciones, si no dejarémos de condenarnos por
no sujetar nuestra lengua? ¿Se necesitaba que viviéramos tan m or­
tificados para perdernos como los demás? ¿No podíamos haber
encontrado otro camino mas cómodo y mas llevadero para bajar al
infierno? Siccine ergo non inveniebatur nobis v i a tolerabilior ad infer -
n u m ? (Id.). ¿P o r,q u é no hemos marchado por el ancho camino
de los placeres del m undo, para tener al menos !a especie de con­
suelo de pasar de los goces á los sufrimientos, y no de unos sufri­
mientos á otros? Cur non saltera illam quce du citad m ortem h ta m viam
elegimus , quatenus de gaudio ad luctum, non de luetu ad luctum tr a n si-
ren w s? (Id.). ¿Qué importa que sea por los vicios de la carne, ó
por los del espíritu, por los que caigamos en el abism o; que sea
por la im pureza, ó por la maledicencia, pues que la maledicencia
sola es capaz de precipitarnos en él? Así hablaba san B ernardo, y
de aquí tomo yo ocasion para explicaros el segundo motivo de mi
admiración ; á saber, que siendo la maledicencia entre todos los
pecados el que nos impone las obligaciones mas rigorosas y mas es­
trechas para con Dios, se mire sin embargo con tanta ligereza y
con tan poca precaución. Prestadme atención para la

Segunda fiarte.

17. No sin causa, hablando el Espíritu Santo del pecado de la


injusticia, le dió por compañeros inseparables la amargura y el do­
lor, y quiso que el rem ordim iento, la turbación y el gusano de la
conciencia fuesen los productos desgraciados de lo que se llama ini­
quidad : Ecce p a r tu r iit in jm titia m , concepit dolorem, et p eperit iniqui*
tatem . (Psalm. v u ). En efecto, dice san Agustín, todo pecado es
con respecto á Dios un gravámen funesto de la conciencia del pe­
cador ; mas la injusticia añade á esto ser también un gravámen con
respecto al h om bre; y aunque el gravámen con respecto al hom ­
SOBRE LA. M ALEDICENCIA. 173
bre parece ligero en comparación de aquel que mira á Dios, sin.
embargo hay en él cierta cosa mas alarmante y mas dolorosa para
la conciencia, y de unos resultados mas funestos. ¿Y por qué es
esto? porque, remontándonos hasta la causa, el derecho de Dios
puede ser violado sin que lo sea el del hom bre ; pero el derecho
del hombre no puede serlo jamás sin que lo sea también el de Dios.
Cuando yo peco contra Dios, si puedo expresarme así, no quedo
obligado mas que á Dios mismo ; mas cuando perjudico al hom bre,
quedo responsable á Dios y al h o m b re ; y estos dos derechos están
tan íntimamente unidos, que nunca Dios perdonará el suyo, si el
del hombre no está perfectamente satisfecho. Pues bien, mucho
mas fácil es satisfacer á Dios solo que á Dios y al hombre al mis­
mo tiempo. Pues para Dios solo basta la contrición de corazon;
mas para el hombre y para Dios á la vez, ó mas bien para Dios que
hace suya la causa del hom bre, además del sacrificio de corazon,
es necesario hacer lo que el pecador acostumbra tem er m as, y lo
que forma el obstáculo mas difícil que tiene que vencer para con­
vertirse. Escuchad, cristianos, con atención e s ta \e r d a d , y com­
prenderéis el mas esencial de vuestros deberes.
18. Toda injusticia para con el prójimo trae unas consecuencias
peligrosas para la salvación ; mas de todas las especies de injusticia
no hay ninguna cuya responsabilidad sea mas terrible ante Dios
que la de la maledicencia. En prim er lugar, porque tiene por tér­
mino la mas delicada y la mas im portante reparación, que es la del
honor. En segundo lugar, porque su reparación admite menos ex­
cusas y está menos expuesta á los vanos pretextos del amor propio.
Y, en fin, porque tiene muy grandes consecuencias, ante las cua­
les no hay conciencia, por libertina que sea, que no deba tem blar.
Tres caractéres que merecen toda vuestra reflexión, y que tal vez
jamás habéis considerado hien,
19. Es necesario reparar el h o n o r; esta es la primera. ¡Ay!
•cristianos, extraña necesidadI Vosotros habéis arrebatado lo que
era de vuestro prójimo, y es necesario restituírselo. Si retuviérais
sus bienes, vosotros os condenaríais á devolvérselos; y confesáis
que sin esto no habría esperanza alguna de salvación para vosotros;
pues b ie n , estos bienes de que le seríais deudores son m uy inferio­
res á su honor. Seria, pues, muy extraño que siendo justos para
lo uno, no lo fuérais para lo o tro ; y que siendo religiosos con res­
pecto al robo, no lo fuérais para la maledicencia. No trato de ex­
plicaros en detalle el modo de hacer esta reparación, porque tal
Í7 4 SERMON
■vez os daria sobre este particular ciertas reglas con tra las cuales se
rebelaría vuestra flaqueza. Consultad á aquellos que Dios ha esta­
blecido en su Iglesia para que sean los pastores de vuestras alm as;
pero tened presente que aunque sean pastores de vuestras almas
no les ha dado Dios poder para dispensaros de esta reparación»
Ellos tienen en sus manos las llaves del cielo, y la Iglesia en cier­
tos tiempos mas solemnes les comunica sin reserva toda su juris­
dicción. Mas ni la jurisdicción de la Iglesia ni las llaves del cielo
Jlegan hasta ese p u n to ; y ese hom bre, aunque ministro y lugar­
teniente de Jesucristo, no es mas capaz de reconciliaros con Dios
sin la condicion de que hablo que de haceros dueño del honor de
o tro , y de entregaros el dominio de lo que no os pertenece. Yo os
lo digo, cristianos, parque en el tribunal de la Penitencia puede
suceder alguna vez que vosotros disimuléis con él, ó que él disi­
mule con vosotros ; que vosotros le disfigureís las cosas, ó que él
os oculte vuestras obligaciones; abuso que m uy léjos de justifica­
ros no servirá sino para aum entar el rigor de vuestro juicio.
20. Me basta, pues, declararos en general que u n honor que
la maledicencia ha manchado no puede ser lavado sino á costa de
otro honor, como un interés no puede ser compensado sino con
otro interés. Vosotros íiabeis ajado la reputación de este hom bre,
■es necesario, pues, que para la satisfacción que habéis dé darle os
cueste algo de la vuestra. Esta satisfacción os h u m illará, pero en
esto mismo consiste el pago de la deada que habéis contraido. P or­
que pagar en m ateria de honor es hum illarse; y es tan imposible
reparar la maledicencia sin sufrir la hum illación, como el robo sin
desposeerse y despojarse de la cosa robada. Vosotros sufriréis p or
esto un poco de vergüenza. ¿Y cuánta confusion no habéis causa­
do con vuestros discursos libres y picantes á la persona que habéis
desacreditado? Se os rebajará en la estimación que se tiene de vues­
tr a probidad ; pero esta estimación no es ya vuestra, porque la de­
béis á aquellos que habéis ofendido; y la voluntad de Dios es que
les ofrezcáis como un sacrificio, exponiéndoos, si es necesario, al
desprecio de los hom ares. Vosotros habéis inventado una calumnia-:
es necesario, pues, que os retractéis expresamente. Vosotros os
habéis excedido en la relación de un hecho : e s ‘necesario confesar
claramente que habéis exagerado. Vosotros habéis emponzoñado
con un aire maligno aquello q u e n o os agradaba1: pues es necesa­
rio sobre esto y sobre todo lo demás que bagáis justicia y idéela-
reis la verdad. En muchas ocasiones os será sensible, convengo en
SOBRE LA M ALEDICENCIA. 175
ello; pero al menos, dice Guillermo de París■, el pecador encuen­
tra en esto una ventaja llena de consuelo para é l , á saber, que es­
to mismo que le parece sensible, si tiene valor para resolverse á
ello, es al mismo tiempo la señal mas evidente que puede te n e r« d
esa vida de la eficacia de su contrición y de la validez de su peni­
tencia. Vos no habéis querido, ó Dios m ió, que este secreto nos
fuese infaliblemente conocido ; y para mantenernos en una depen­
dencia mas estrecha, ha dispuesto vuestra providencia q u e , en
este destierro donde vivimos, no podamos saber con certeza si so­
mos dignos de amor ó de odio. Mas cuando yo veo á un cristiano
tocado del arrepentimiento , y no contento con detestar su .crimen*
hacer una séria reparación , destruir las mas ligeras impresiones*
y no lisonjeándose á sí mismo decir : no solo yo.hepecado contra
la caridad, sino contra la justicia, contra la rectitud natural y da
sinceridad, interpretando las cosas según mi pasión, im aginando y
publicando lo falso por verdadero; cuando yo oigo salir de su bo­
ca una confesion ta l, ¡ ay í Señor, por impenetrable que sea el .mis­
terio de vuestra gracia, no puedo dejar entonces de creer que este
es un pecador contrito, santificado y reconciliado perfectamente
con Vos. Por mas que se haga, amados oyentes, sin esto no hay
penitencia sólida, y por consiguiente tampoco habrá misericordia
ni perdón de parte de Dios.
21. Añadid á esto que la obligación de reparar el honor es la
mas absoluta, y, como he dicho ya, la menos expuesta á los pre­
textos del amor propio que pudieran debilitarla. Porque en van©
el amor propio nos sugiere razones y excusas para dispensarnos de
un deber tan apremiante como este ; estas escusas y estas razones
son otras tantas imposturas del espíritu del mundo que se destru­
yen por sí mismas por poco que queramos examinarlas. En efecto,
cuando se nos habla de restituir un bien mal adquirido, nos excu­
samos con el pretexto de la imposibilidad. O rdinariam ente esta im­
posibilidad es quim érica, aunque algunas veces es verdadera; Dios
quemo puede engañarse la juzgará. Mas cuando se trata del honor
de nuestros herm anos, ¿qué podremos alegar? Nosotros nos lison­
jeamos (porque es necesario venir á la inducción, sin temer que
esta moral degenere de la dignidad del p u lp ito , pues que al refu­
tar nuestros errores nos los explicará la ley de Dios), nosotros nos
lisonjeamos de:no estar obligados á reparar una m urm uración, por­
que no hemos sido Jos inventores, y porque solo hemos hablada
lo que hemos oído ¿ otros ; pero en una materia en que se p erju -
176 SERMON
dica la caridad ¿será para nosotros una caución segura el relato
de otros? ¿Hay alguna necesidad de creer este relato? ¿Q uerría­
mos que bajo la palabra de otro se creyese cuanto se dice de nos­
otros? ¿Puede jamás un pecado servir de excusa á otro pecado?
Y el juicio tem erario, que por sí mismo es un desórden, ¿podrá dis­
pensar de la reparación de otro desórden, que es la maledicencia?
22. Nosotros alegamos que el hecho era ya público por e] ru ­
mor del pueblo. Pero ¿no es este el rum or del pueblo, decia T er­
tuliano, quien publica diariam ente las mas negras calumnias, y
quien las esparce por el mundo con el mismo éxito que las verda­
des incontestables? ¿No es propio de este rum or público no subr
sistir sino en tanto que se le cree, y desvanecerse en el momento
en que no se le presta oidos? Nonne hcec estfam ce condüio, u t non
n isi cum m entitur, perseveret? (Tertul.). Sin em bargo, proseguía,
este rum or público es el que se nos objeta continuam ente, y con
el que suelen autorizarse para no hacernos ju stic ia : Hcec tmncn
proferlu r in nos sola testis. (Id .). Seria, pues, bien extraño que
una cosa tan frívola pudiese destruir una obligación tan santa.
23. Yo adelanto todavía mas. Nosotros nos creemos sin res­
ponsabilidad alguna ante Dios, porque no hemos dicho nada que
no sea v e rd a d ; pero porque sea verdad ¿nos está permitido reve­
larlo? ¿No es bastante que sea un secreto para que lo respetemos?
¿Tenemos acaso un derecho sobre todas las verdades? ¿Consenti­
ríamos que todo lo que es cierto respecto á nuestras personas se
descubriese y manifestase? ¿No juzgaríamos este hecho como una
injuria atroz, por la cual no habría satisfacción que no creyéramos
deber exigir? ¿Y por qué, discurriendo así en favor nuestro, no se­
guirnos los mismos principios en favor de otros? Nosotros nos per­
suadimos de que nuestra m urm uración solo ha perjudicado al pró­
jimo levemente ; pero ¿somos acaso jueces competentes en este par­
ticular? ¿Hemos pensado bien hasta dónde puede extenderse el
interés del prójimo? ¿Debemos acaso medirlo por nuestra razón
siem pre preocupada y siempre dispuesta á elegir la parte que le fa­
vorece? Si mediara en ello nuestro propio interés, ¿juzgaríamos de
«ste modo? Esto no ha sido m as, se dice, que una b u rla ; pero ¿se
necesita ordinariam ente mas para causar un perjuicio inmenso?
¿Y no son las burlas las plagas mas crueles y mas sangrientas? Nos­
otros lo hemos dicho inocentem ente; pero ¿será esto una excusa
legítima? Un honor destruido inocentemente ¿estará por eso me­
nos destruido? ¿Y no nos manda la ley natural que curemos los
SOBRE LA M ALEDICENCIA. 177
males que hemos causado inocentem ente, así como nos obliga á
restituir los bienes que inocentemente hemos usurpado?
24. Acabemos, cristianos, de destruir los Taños fundamentos
sobre que se apoya nuestra iniquidad. Lo que yo he dicho en per­
juicio de este, solo es una confianza amistosa que he creído poder
hacer á aquel. Yed aquí, hermanos mios, responde san Ambrosio,
el escollo de la caridad : esta es una confianza que yo he hecho, y
solo me he descubierto á mi am igo; como si estuviérais facultado
para despojarme de mi crédito y de mi honor para con vuestro
amigo ; como si por ser vuestro amigo fuera para mí m enor u ltra­
je quedar difamado en su opinion ; como si este hom bre que tra ­
íais de amigo no tuviera también otros amigos á quienes conBar eS
mistno secreto ; como si el secreto en la m urm uración, léjos de dis­
minuir su malicia, no la aumentase en cierto m odo, pues que este
mismo secreto es el que me quita el medio de justificarme ante ese
amigo. Todo esto es de san Ambrosio : y esto que enseñaba, cris­
tianos, lo practicaba al pié de la letra ; porque teniendo un her­
mano de una prudencia consum ada, y que, como se sabe, le que­
ría en extrem o■, habia, sin em bargo, hecho con él un pacto de no
comunicarse jamás el uno al otro secreto alguno perjudicial al ho­
nor del prójimo, condicion que su herm ano, tan sábio y tan recto,
aceptó sin dificultad; y san Ambrosio ha querido hacer mención
de esto en su elogio fúnebre para que nos sirva de instrucción:
E ra n t úmnia communia, individuus spiritus, individuus affectus : unum
hoc non erat commune, secretum. (Ambr.). E ntre él y yo todo era
com ún; inclinaciones, pensamientos, intereses: nuestra sola re ­
serva consístia en lo que tocaba á la reputación de o tro , lo cual
observábamos, dice, no por un efecto de desconfianza, sino por un
íespeto de caridad: N on quod confitendi periculum vererem ur, sed u t
divince charitatis iuerem ur fidem . (Id.). E ra , pues, una regla in -
violabie para él sobre este particular, no descubrir á su herm ano
lo que hubiera ocultado á un extraño : E i hoc erat fidei indíem m ,
quod non es set extraneo proditum , id non fuisse cum fra tre collatiim ,
(Id.). En efecto, estas confianzas criminales son las que hacen al
pecado que yo combato no solo pernicioso, sino contagioso ; por­
que el m urm urador tiene un amigo á quien hace el depositario y
el cómplice de su maledicencia ; este amigo tiene otro cuya fideli­
dad ha probado ;. este tiene un tercero, del cual está no menos se­
guro ; y así á la sombra de la confianza se desacredita un hom­
bre en toda una ciudad, y vosotros, que sois la prim era fuente de
12 T. X I.
178 SERMON.
este desórden, ¿no seréis responsables mancomunad'amenteá Dios?
25. Ved aquí, pues, mis amados oyentes, el último carácter de
este pecado : que además de atacar y perjudicar directamente el
honor, tiene otras muchas consecuencias deplorables,"queson, se­
gún la doctrina de los teólogos, otras tantas cargas pesadas para la
conciencia. ¿Lo ignoráis vosotros por ventura? ¿No os ha enseñado
la ex,perieneia los daños que puede causar la maledicencia en la so­
ciedad, y los males que ¡pueden originarse de ella ? Es de una grande
importancia para el establecimiento.deesta jóven qu'e su virtud esté
libre ¡de toda sospecha ; más vosotros no os habéis contentado coa
hacer nacer ciertas sospechas sobre ella, sino que habéis hecho co­
nocer toda su flaqueza y la caida desgraciada á que la condujo una
ocasion fatal. ;Ella la habia florado delante de Dios, ella se habia
sabido:preservar ¡e-n otras ocasiones, ella marchaba por un buen
camino y cumplía todos los deberes de su sexo; mas por haber ha­
blado vosotros vedla abandonada vergonzosamente, é imposibilitada
para siempre de aspirar á nada en el mundo. No era menos impor­
tante para este hombre sostenerse en un crédito que daba valor á
su tráfico, y que contribuía al adelanto de sus negocios; mas porque
vosotros no habéis callado, según las reglas de la caridad cristiana,
ciertas faltas que ha cometido, y que tal vez había tenido cuidado
de reparar, habéis desconcertado todas sus m edidas, y le habéis
expuesto á una total ruina. Este marido y esta m ujer vivían en buena
arm o n ía, y por la unión de sus corazones conservaban en su casa
la paz y el órden ; pero un discurso inoportuno vuestro ha hecho
nacer en el espíritu del uno ideas sospechosas contra el o tro ; y de
aquí la tibieza, los disgustos, una guerra intestina que los ha sepa­
rado y que muy pronto los llevará hasta el extremo de un divorcio
escandaloso. Yo no acabaría, si tratase de presentar aquí todos los
ejemplos.que nos suministra la experiencia. ¿Qué hará este domés­
tico, y dónde podrá encontrar colocacion despues que vosotros ha­
béis puesto en duda su fidelidad? ¿De cuánto peso no debe servir á
este juez su autoridad para reprim ir la licencia y administrar justi­
cia, despues de las hablillas que habéis hecho correr acerca de él?
¿ Qué fe se tendrá en este eclesiástico, y con qué fruto ejercerá su
ministerio despues de las siniestras impresiones que ha causado una
palabra escapada de vuestra boca, y que solo era propia para ins­
pirar desprecio? Un hombre se pierde sin remedio por una palabra
dicha por un grande, por una palabra dicha á un grande, ó pro­
nunciada ante un gran d e; porque es cierto, grandes del mundo,
SOBRE L A MALEDICENCIA, 179
que si la maledicencia es siempre tem ible, jamás tiene efectos mas
funestos que cuando nace de vosotros, cuando tiene lugar ante vos*,
otros, ó cuando se dirige á vosotros. Con respecto á los grandes, ya
Sean ellos los que hablen, 6 sean los que escuchen, ninguna m uiv
muracion es de poca importancia, todas son complicadas; es decir,
que no se m urm ura en balde en presencia de los grandes, y que
ellos no m urm uran sin arruinar, sin destruir, sin dividir, sin turbar
y trastornar. Entre el pueblo y en las clases medias hay algunas m ur­
muraciones que, aunque parezcan muy graves, tienen pocas conf
secuencias; mas por parte de los grandes y con respecto á ellos no
hay ninguna que no cause daño, ninguna que no cause profundas
heridas y que no sea capaz de causar la m uerte. Ved aquí, pues, lo
que es necesario reparar. Los grandes no están mas dispensados de
esta obligación que los pequeños; por mas elevados que estén sobre
los demás, deben hacerles justicia, y si no dan cuenta de esto á los
hom bres, la tendrán que dar á Dios.
26. ¿No tengo, pues, razón en adm irarme de que, siendo la ma­
ledicencia tan perjudicial á los hombres, sean ellos sin embargo tan
poco cuidadosos y tan poco circunspectos en abstenerse de ella ?
Pero ¿sabéis, cristianos, lo que me admira todavía mas? Que en
un siglo como el nuestro, esto es, en un siglo en que no oimos ha­
blar mas que de reforma y de moral estrecha se vean personas
llenas de celo, al parecer, por la disciplina de la Iglesia y por la
severidad del Evangelio, seguir con frecuencia los principios mas
libres sobre uno de los deberes mas rigurosos de la justicia cristia­
na, que es la restitución y reparación del honor. Un hombre habrá
pasado toda su vida desacreditando, no solo á ciertos particulares,
Sino á sociedades enteras ; él habrá empleado sus años en revelar
mil hechos injuriosos y calumniosos ; y como si 110 fuera bastante
haberlos divulgado de viva voz, y haber informado á todo el mundo
6 por sí mismo ó por otros de su modo de pensar, se servirá de la
pluma para estamparlos en el papel, y perpetuar la memoria en los
. siglos fu tu ro s: sin em bargo, este hom bre muere sin dar ninguna
satisfacción áe esta ofensa, y ni aun se piensa en tener escrúpulo
alguno acerca de esto, y, sin dudar, se dice: Este fue un hombre de
bien, este fue ün gran siervo de Dios; él murió con unos senti­
mientos de piedad que penetraban los corazones y que edificaron á
toáoslos fieles. Yo lo veo, hermanos mios, y no disputaré la opinion
de su buena vida; pero, sin embargo, tres cosas me causan disgusto
en su conducta: la una, que él tiene á su cargo una infinita multitud
12 *
180 SERMON SOH8E LA MALEDICENCIA.
d e murmuraciones, y de murmuraciones atroces; la otra, que toda
murmuración que no se repara mientras puede y debe hacerse se
convierte en un cargo para con Dios, y, según la doctrina menos
estrecha, en un título cierto de condenación , y la tercera, en fin,
que no hay prueba alguna de que este difunto se haya arrepentido
de sús murmuraciones pasadas, ni d epile haya tomado sus medidas
para repararlas. Ved aquí lo que os dejo que concilléis con la san­
tidad de la vida y la santidad de la m uerte. Este es un misterio in ­
comprensible para mí y un secreto que yo ignoro.
27. i Ay, cristianos 1 obremos mejor, y sin juzgar á nadie juz­
guémonos á nosotros mismos. Aprendamos á callar cuando la re­
putación del prójimo puede interesarse en ello ; y aprendamos á
hablar cuando hay el mismo interés en que le devolvamos lo que le
ha usurpado nuestra maledicencia. Todo lo que he dicho es tan
conforme á la razón y á la equidad natural, que los mismos paga­
nos no podrían menos de aprobarlo, y nosotros, iluminados con las
luces de la fe ; nosotros, inspirados por el espíritu de caridad que
está difundido en la Iglesia, y que debe reinar en nuestros corazo­
n e s; nosotros, discípulos de Jesucristo que se declaró el Señor y el
Dios de la caridad, que nos ha dejado por herencia la caridad, que
h a hecho de ella el gran preeepto, y como el compendio de toda su
ley, ¿serémos nosotros menos caritativos que los idólatras y menos
^equitativos con nuestros hermanos? Vosotros, mis amados oyentes,
os escandalizaos tanto algunas veces de ver el mundo tan corrom­
pido ; y á pesar de todo vuestro celo el mundo no se escandaliza
menos de veros tan m urm uradores. Vosotros os quejáis tanto y tan
altam ente de que no existe entre los hombres inocencia ni piedad,
■y ellos se quejan quizá con mas razón de que en vuestras palabras
y vuestras conversaciones no se manifiesta la piedad ni la inocencia.
Renunciad á ese vicio, y formad ante Dios la resolución de desar­
raigarlo de vuestra alma. Ved aquí uno de los propósitos mas ne­
cesarios que podéis formar, y que debeis ejecutar. Porque entre los
peligros de la salvación, dice san Gregorio, ninguno hay mas uni­
versal ni mas frecuente que la maledicencia : H oc m áxim e m tio p e -
riclitatur genus humanum. (Greg.). i Dichosos los que se preservan
de él, y le previenen gobernando su lengua, y no permitiéndole
jamás que se desmandeI ¡Dichosos los que tienen siempre la cari­
dad en sus labios! Ellos conservarán la gracia en sus corazones, y
poseerán la gloria en la eterna bienaventuranza, que os deseo á to ­
dos. Amen.
SERMON SOBRE EL AMOR D EL PRÓJIM O. 181

SERMON

SOBRE EL AMOR DEL PROJIMO.


' " ’Sam ariíanus autem quidam 4ler faciens,
v en ii sccus eurn ,_ct videns eu m , m isericor­
dia, moius e s t: et appropvnquáns , allig a vit
vulnera éjus-l infitndens oteum et viriwm ;
- et ducit in sta b u lu m , et curam eju s.eg it.
(Luo. x). ..
Mas un .samaritátio que pasaba , se Ueg6
cerca de é l, y cuando Je v ió , se tjgovió á
compasión; y acercándose, le vendó las he­
ridas, echando en ellas acei te y v in o ; y po­
niéndolo sobre su bestia, lo llevó á uoa ven-
ta y lu'vei cuidado de él. ‘ ■

1. Tal es, cristianos, el carácter de la caridad, y tales son lo?


sentimientos que inspira. Ella se compadece de la miseria del pró­
jim o, y léjos de limitarse á una estéril compasion, la acompaña coa
obras saludables, y nada omite de cuantos socorros puede prestar.
Este caritativo viajero de nuestro Evangelio encuentra en su camino
uu desgraciado, herido mortalmente y echado en tierra : á .este es­
pectáculo se excita su piedad, y dejándose llevar de los primeros
impulsos de su corazon, se aproxima á este miserable, lava sus he­
ridas, le conduce á una casa, permanece todo un día junto á él, y
no lo abandona sino despues, de haberle suministrado todo lo nece­
sario para su curación. Caridad que sin duda merece los mayores
elogios, y que no podemos ensalzar lo bastante. Pero ¿sabéis, mis
amados oyentes, lo que la realza todavía m a s, y lo que la hace á.
un mismo tiempo el objeto de nuestra admiración y el de nuestra
indignación? Pues es ver á un samaritano que se interesa por la
suerte de un judío, cuando este jadío se ha visto abandonado des­
piadadamente por otro judío y aun por un levita ; un samaritano,
repito, separado de los judíos por costumbres y por religión ; ved
aquí lo que debemos adm irar. Y además de esto, que un judío y un
levita hayan permanecido insensibles á la desgracia y al estado triste
de este hombre, tan estrechamente unido á ellos por la misma creen­
cia y por la misma ley; ved aquí lo que no se puede pensar sin lle­
narse de una justa indignación. Entremos en nosotros mismos, her-
182 SERMON
tíranos mios, y decidme si no es esto lo que observamos diariamente
en el Cristianismo, donde á pesar del mismo bautismo, de la misma
confesion y de la misma fe que nos une á todos con un lazo tan ín­
timo y tan santo, haya tantos cristianos que faltan á la caridad con
otros cristianos, ¿No es cierto que muchas veces deberíamos esperar
de los idólatras y de los pagalios mayor conmiseraGion en nuestras
desgracias y mayor asistencia en nuestras necesidades? Pero de cual­
quier modo que sea, yo vengo hoy á hablaros d éla caridad del pró­
jimo ; de esa caridad que la naturaleza nos m anda, que Dios nos
ordena, y que en la ley del Evangelio es para nosotros un deber
todavía mas especial y mas indispensable. Dirijámonos á esa Madre
de misericordia, por quien la caridad se ha difundido y se difunde
Continuamente sobre los hom bres, y pidamos por su mediación la
grácil! Yr los auxilios del Espíritu S an to : A ve M a ría .
2. Á fin de tratar sólidamente una materia tan útjl y tan im­
portante, y para daros desde luego una idea justa de esa caridad
que es el complemento de la ley, y que Jesucristo nos recomienda
expresamente en el Evangelio de hoy, ved aquí, cristianos, en dos
palabras todo el plan de mi discurso. Yo lo reduzco á dos verdades
que pienso establecer, y de las cuales tengo derecho á esperar gran­
des frutos para la reforma de vuestra vida, si os llegáis á persuadir
de ellas. Os ruego que las oigáis con atención, porque ellas van á
form ar la división de mi discurso. Existen, dice san Juan Crisósto-
m o,dos clases de intereses que tienen relación con la caridad, y que
deben servir de regla en la práctica de esta virtud ; á saber, el in ­
terés propio y el interés a je n o : el interés propio, que es el objeto
ordinario de nuestras mas ardientes pasiones; y el interés ajeno,
que generalmente nos mueve muy poco: el interés propio, que mi­
ramos con todo el cuidado posible; y el interés ajeno, que descui­
damos y que tememos poco perjudicar: el nno, quiero decir, ei in­
terés propio, que es el obstáculo de la caridad ; y el otro, esto es,
el interés ajeno, que es su objeto. Siguiendo, pues, estos dos inte­
reses tan diferentes, deduzco yo dos proposiciones : la primera, que
no hay interés propio, por grande que sea, fuera del de nuestra
Alma, que no debamos estar prontos á sacrificar por ía caridad cris­
tiana; y la segunda, que no hay interés ajeno, por pequeño que sea,
que no debamos respetar y atender para conservar la caridad cris­
tiana : en efecto, ¿qué es lo que turba el órden de la caridad entre
los hombres? Dos cosas: el deseo del interés propio, y el poco cui­
dado con el interés del prójimo. Se trata ahora de remediar el uno,
SOBRE EL AMOR SEL PRÓJIM O. 183
y el otro m a l; pero ¿de qué modo? Enseñándoos á ceder por el
bien de la caridad ¡el interés propio ; esta será la prim era parte ; y
á respetar por el biende la caridad el interés del prójimo; esta será
la segunda. Procurad aprovecharos de estas lecciones, y no olvidar
jamás estos dos deberes.

Primera parte.

3. Estar apegado con el espirita y con el corazon á los intereses


propios, y tener c o d el prójimo esa caridad universal que manda la
ley de Dios, son dos cosas, cristianos, no solo difíciles,de conciliar,
sino contradictorias, segun Ja doctrina de san Pablo. ¿Quereis sa*-
ber, hermanos m ios, dice este gran Apóstol, cuál es la verdadera
caridad? Pues es aquella que no busca su propio interés: Ckaritas
non qvm rit quce sua sunt. (I Cor. x iu ). Ved,aquí una de las señales
mas principales que quiere que reconozcamos en ella. De aquí de­
duzco yo que si no tenemos esa disposición de espíritu que debe
obrar en nosotros la gracia, y que yo llamo renuncia del interés
propio, es imposible que amemos á nuestro prójimo segun las re->
glas y segun el órdeo de la caridad. Esta consecuencia es evidente
segun los principios de la razón y de la fe; pero permitidme que os
la explique y que la discuta con vosotros, á fin de sacar todo el fruto
que ella contiene. Yo la encuentro fundada sobre cuatro pruebas
que os deberán parecer igualmente sólidas : la primera es tomada
de la naturaleza misma de la caridad en g e n e ra l; la segunda délas
cualidades particulares d éla caridad cristiana; la tercera de los pre­
ceptos y de las obligaciones rigurosas que la caridad impone segun
los diferentes estados y las diversas condiciones de los hombres, y la
última de los desórdenes que, en el comercio de la vida, destruyen
diariamente y aniquilan la caridad: cuatro razones de la imposibi-
lidad absoluta de conciliar el espíritu de caridad con el espíritu de
interés. Procurad no perder nada de esta materia.
4. ¿Qué cosa es la caridad considerada en sí m isma? (ved aquí
la primera p ru e b a ): es una unión de corazones y de voluntades.
M uÜitudinis autem credentmm erat cor unum et anima una (Act. iv ),
dice la Escritura hablando de los primeros fieles: no habia en todos
ellos mas que un corazon y un alm a, para expresar que tenían una
caridad sincera. Pues bien, esto supuesto, ¿quién duda que el ene<-
migo mayor de la caridad es la pasión del interés propio? En efecto,
según ha notado san Agustín, ¿cómo podrá un hom bre estar unido
184 SERMON
de corazon á sq prójimo cuando se encierra en sí mismo, cuando
solo t í ve para sí mismo, cuando no busca mas que á sí, ni ve mas
q a e á sí, cuando no fija la atención en los otros sino en tanto que _
le son útiles, pero siempre dispuesto á abandonarlos, por no decir
á hacerles traición, en el momento en que vea en ello la menor ven­
taja? Porque quien dice un hombre interesado dice todo esto. Vos­
otros mismos, cristianos, que poseeis la ciencia del m undo, y que
tal vez habéis probado demasiado la condicion de estas personas
mercenarias, ¿no es verdad que su verdadera caridad consiste en
no am ará nadie sinceramente, y, por una correspondencia justa, en
no ser amados sinceramente de nadie? ¿ Por qué un hombre esclavo
de su interés no ama á nadie con sinceridad ? Porque tiene un c o ­
razon incapaz de estar unido á ningún otro corazon. Me explicaré.
El corazon del hombre sigue naturalmente el interés, y donde quie­
ra que se coloque nuestro interés, allí también estará necesaria­
mente nuestro corazon : Ubi est thesaurus tuus, ibi est et cor tu m i,
(Matth. v i). Dice el Salvador en el Evangelio : Donde está tu teso­
ro, allí está tu corazon. Si, pues, yo me formo un interés absoluta­
mente p rop io, y totalmente separado del de mi prójimo, desde en­
tonces separo mi corazon del su yo, y por esta separación destruyo
la caridad que debo tener por él. Porque la caridad reside en el co­
razon, y el centro del corazon es el interés. No hay nada común
entre mi prójimo y yo cuando se trata del interés : estamos, pues,
separados por este lado ; y como es indudable que el interés arras­
tra el corazon, estando separados nuestros intereses, nuestros cora­
zones lo están también, y por consiguiente no tenemos ya esa unión
que forma la caridad. Y no se necesita mas que un solo interés (yo
entiendo un interés buscado y perseguido con ahinco) para romper
esta unión. T en go, pu es, el derecho de decir que no hay interés
alguno en el mundo cuya renuncia y sacrificio no sea, en cierto
m od o, esencial á la caridad ; y así es como un filósofo podría dis­
currir, aunque solo se guiara por miras puramente humanas.
5. Vosotros me preguntaréis por qué me valgo de la Religión
para probar esta verdad. jA y ! cristianos, lo hago así, según la
máxima de san Agustín, para confundirme y confundiros al ver
que unas verdades com o estas, de que la naturaleza ha tenido cui­
dado de instruirnos y convencernos por sí misma, tengan aun, su­
puestos los auxilios de la fe, tanta dificultad para entraren nuestro
espíritu, y al ver que toda la revelación divina no hace en nosotros
lo que debía hacer la filosofía sola, L o hago para destruir un error
SOBRE EL AMOS DEL PBÓJIMO. 185
práctico que reina hoy entre los hom bres, un fantasma de caridad
c o n q u e se deslumbran, un amor imaginario del prójimo que se
cree real y positivo. Se dice : Y o amo á esta persona porque Dios
me lo m anda; pero por lo demás no quiero trato ni sociedad con
e lia ; yo nada le pido , ni le deseo mal ninguno ; yo no tomo parte
alguna en sus n egocios; que él se esté en su casa, y yo en la mia ;
este es el único modo de mantener la caridad y de vivir en paz. ¡El
único m od o, hermanos mios, prosigue san Juan Crisóstomo, de
mantener la caridad! ¿Es posible que vuestra ceguedad llegue hasta
ese extremo? Y yo os digo que este es el único modo de mantener
todas las discordias, de alimentar todas las aversiones, de fomentar
todos los odios, de autorizar todas las venganzas, y de hacer morir
en vuestros corazones hasta la raíz de la caridad. ¿Y en qué pensa­
mos nosotros, añade este P adre, cuando hablamos de este m odo?
Nosotros reducimos toda la esencia de la caridad á términos pura­
mente negativos; á no hacer todo el mal que pod em os, á no con­
servar resentimientos, á no tener intención de dañar. Mas yo os
digo que aunque todo esto fuese cierto (lo que sucede pocas veces
en el estado de desunión de que hablo), nada de esto es espíritu de
caridad ; que la caridad es cierta cosa positiva, y que es insosteni­
ble querer hacerla consistir en una diferencia de afectos que es una
de las plagas mas peligrosas; que para amar al prójimo es necesario
desearle el b ien ; que para desearle el Lien es necesario tomar parte
en sus intereses, y que no se puede tomar parte en ellos mientras
que se está enteramente ocupado de los propios. Ved aquí, repito,
lo que nos manda la ley de Dios ; y el que nos diga lo contrario nos
engaña y nos pierde ; y si formamos nuestra opinion en perjuicio
de esta doctrina, esta opinion es criminal ; y si juntamos á esto,
como sucede com unm ente, la presunción de una vana ciencia, li­
sonjeándonos de estar bien instruidos en este punto, y de saber hasta
dónde se extienden los límites de la caridad, esta es una ciencia
reprobada por D ios, una ciencia que nosotros condenamos en los
demás cuando la usan con nosotros, en tanto que la justificamos en
nosotros y no tenemos inconveniente en usarla con ellos. Esta era
la reprensión que hacia el Apóstol á ciertos pretendidos celosos,
grandes predicadores de la caridad, sin embargo de ser ellos muy
malos discípulos: Qui ergo alium doces, te ipsum non doces. (R om , n ).
6. Repitámoslo, cristianos: ¿á qué nos obliga Dios, pues, cuan­
do nos manda amar á nuestros hermanos? Despues de lo que hemos
dicho, nada hay mas fácil que resolver esta cu estión : él nos obliga
186 SERMOfl
á despojarnos, en favor de nuestros herm anos, de ciertos intereses
propios que nos dominan, y que alteran 6 corrompen de todo punto
en nosotros el espíritu de caridad. Porque esto es propiamente lo
que nos ordena por su P rofeta, cuando nos. dice : Formaos un solo
corazon de muchos corazones , y esto es lo que promete darnos por
otro Profeta, cuando añade : Yo les daré á todos un solo corazon.
¿Q u é significa esto? pregunta sao Agustín. Dios nos promete a to­
dos un solo corazon , y quiere no obstante que nosotros mismos nos
formemos este corazon. Si él nos lo d a, ¿para qué nos manda que
nos lo formemos nosotros? Y si debemos formárnoslo nosotros mis­
m os, ¿p or qué dice que él nos lo dará? Quare jubet, siipse daturus
est; et quare dat, si homo facturus est? (August.). Más estas pala­
bras, responde el mismo Padre, se concillan admirablemente, por­
que todo el misterio consiste en que esta unión de corazones, en
que consiste la caridad, es de tal modo obra de Dios, que no puede
tener efecto en nosotros sin nosotros m ism os: es necesario que la
gracia la principie; pero es necesario también qtíe nosotros la ter­
minemos, ó , para hablar con mas exactitud, que nosotros coopere­
mos á ello. Pues bien , Dios nos promete esta gracia cuando dice t
Y o les daré un solo corazon ; y él mismo nos obliga á esta co o p e -
racion cuando añade : Formaos vosotros un solo corazon. ¿ Y cuál
es esta coopcracion? Ya os lo he dicho : arrojar de nuestros cora­
zones el propio interés y el amor propio que los poseen, para ha­
cerlos susceptibles del interés del prójimo y de esa afección común
que hace la extensión de la caridad ; porque mientras nuestros co­
razones son interesados, es decir, preocupados de lo que nos inte­
resa, de aquello.que en rigor nos pertenece, de aquello que cree­
mos se nos debe, estos son otros tantos corazones divididos, y que
ninguna disposición tienen para unirse en uno, porque cada uno de
nosotros se forma el suyo propio ; y así no observamos esta ley del
Espíritu Santo : Formaos un solo corazon. Vosotros me diréis que
Si esto es así hay muy poca caridad entre los hombres : tal vez,
cristianos, haya menos de la que creemos. Si hemos de juzgar por
la oposicion de estas dos sentencias de san Pablo, en una de las cua­
les nos asegura que todos los hombres se hallan siempre dispuestos
á buscar su propio interés : Omnes qwe m a sunt qumrwnt, y en la
otra que la caridad tiene un propósito constante de no buscarlo ja ­
m ás: Chantas non qucerit quat sua sunt, tal vez deduzcamos que esta
"virtud es una de las mas raras; y yo no dudo que una deducción
tan terrible como esta nos haga temblar al considerar los juicios d e
SOBRE EL ABTOR DEL PRÓJIMO. 187
Dios. P orque, en fin, Señor, dirémos nosotros á Dios penetrados
del sentimiento de esta verdad, si este desarreglo del amor propio,,
si este excesivo apego á mis intereses no debiera atraerme mas des­
gracia que la de poner un obstáculo á todap clase de amistad hones­
ta, la de privarme de las ventajas y de las dulzuras de la sociedad,
la de hacerme pasar por un espíritu bajo, y de hacerme odioso al
m u n d o; aunque estas consideraciones me moviesen, apenas tendrían
fuerza bastante para desasirme de mis intereses. Mas cuando yo re­
flexiono que si ia pasión del interés propio se apodera una vez de
mí no tendré ya caridad con mi prójimo , y que no teniéndola con
mi prójimo d o la puedo tener tampoco con T os que sois mi D ios,
y que no teniéndola con Vos que sois mi Dios, por una consecuen­
cia funesta, pero necesaria, no debo esperar tampoco que la tengáis
conmigo que soy vuestra criatura ; jay t Señor, ¿qué cosa hay tan
grande en materia de intereses que yo no esté dispuesto á renunciar,
que yo no deteste y no aborrezca para evitar esta desgracia? Así es,
repito, com o hemos de hablar con Dios y con nosotros mismos.
7. Si, pues, esto es cierto, hablando de la caridad en general
{segunda prueba), ¿qué deberémos decir de la caridad particular
que el Hijo de Dios nos ha recom endado, y que es como el pre­
cepto capital de la ley que profesamos? Porque así com o no toda
clase de amor por el prójimo es caridad, así también no toda clase
de caridad es caridad cristiana; y si no tenemos la caridad cristia­
n a, aunque tengamos toda la virtud de los Angeles , nada somos
delante de Dios: Si charitatem nm habuero, nihil sum. (I Cor. x m ) .
Aunque nos amemos com o sabios y prudentes segun el m undo,
aunque nos amemos como hermanos segun la carne, y aun cuando
nos amemos segun Dios com o hombres fieles asociados en una mis­
ma creencia, esto no basta : es necesario que nos amemos com o
discípulos de Jesucristo, porque sin esto no tenemos esa plenitud
de justicia, mayor que la de los fariseos, que el Evangelio nos dice
ser necesaria para entrar en el reino de los cielos, y la razón es, que
el Salvador del m undo, nuestro soberano legislador, nos ha dado
un precepto de caridad muy distinto de aquel que la ley natural y
divina imponían á todos los hombres. Por esto es por lo que lo lia
llamado su precepto: S o c estprceceptum meum (Joan, x v ) ; por esta
es por lo que le ha llamado un precepto nuevo : Mundatum novim,
do vobis (Ibid. x m ) ; por esto es por lo que lo ha establecido para
que sirva com o de símbolo á los que profesan su doctrina y su ley,
declarando á los Apóstoles que por esto únicamente serian recon o-
188 SERMON
cidos en el mundo por discípulos su y os: In hoc cognoscent omnes
quod discipuli mei estis (Ib id .); que no seria por la gracia de los mi­
lagros, ni por la ciencia de las Escrituras, ni por el resplandor de
una vida austera y mortificada, porque todo esto podria convenir á
otros tan bien com o á ellos: Hcec enim habere poterunt discipuli etiam
non mei (A ugust.), le hace decir san Agustín ; pero que ellos serian
los únicos que practicarían esta caridad perfecta á la que él Ies obli­
gaba. Y él ¡podia muy bien, prosigue san Bernardo, hablarles así,
porque les habia mandado que se amasen mutuamente com o él les
habia amado.: Hoc est prmceptum meum, ut diligatis invicem sicut di-
lecci vos. Porque, si ha existido jamás una caridad nueva, singular,
y de un carácter notable y especial, es evidente que es la que Jesu­
cristo ha tenido con nosotros. ¿Y cuál ha sido este carácter distin­
tivo? ¡A y l ¿podem os ignorarlo, si tenemos siquiera la menor jdea
de Jesucristo? JEste carácter ha sido el desinterés. Este divino Maes­
tro nos ha amado hasta sacrificar por nosotros todos sus intereses
en cualidad de H om b re-D ios; él nos ha amado hasta hacerse p o ­
bre, de rico que era, ved aquí el interés de su dominio y de sus
bienes; hasta anonadarse por el exceso de una humildad sin límites
y sin medida, ved aquí el interés de su gloria; hasta tomar la forma
de siervo, ved aquí el interés de su libertad ; hasta convertirse en
un hombre de dolor, ved aquí el interés de su bienaventuranza ;
hasta morir como un criminal, ved aquí el interés de su reputación
y de su vida : ¿ lo diré de una vez? hasta presentarse delante de
Dios como un anatematizado, y hasta ser tratado com o un objeto
de maldición, ved aquí el interés de su santidad y de su inocencia.
8. T odo esto lo hizo voluntariamente, porque sin esto podia
haber satisfecho por nosotros plenamente ; pero quiso que lo que
en él fue libre fuese en nosotros necesario, y de lo que él ha he­
cho el mérito de su caridad ha hecho también la obligación de la
nuestra. Porque pretender am ará nuestros hermanos sin que nada
nos cueste, sin renunciar á nada, y sin privarnos de nada; creer
que tenemos por ellos la caridad cristiana, y permanecer tan firmes
en nuestras pretensiones, tan celosos de nuestros derech os, tan
delicados sobre nuestro honor, tan amantes de nuestras personas,
como nos lo inspira el espíritu del siglo por un falso pretexto de
caridad y de justicia para con nosotros m ism os, es un error. ]A yI
mis amados herm anos, para esto no era necesario que Jesucristo
hubiera venido á servirnos de m odelo; sin él teníamos demasiados
ejemplos de esta caridad: su gracia misma nos ha sido inútil, pues
SOBRE EL AMOR DEL PRÓJIMO. 189
que nosotros encontramos el principio en nosotros mismos. No era
necesario que este Dios hecho hombre ros hubiera hecho de esto
un precepto nuevo, pues que en todos tiempos se han amado los
hombres de este m o d o ; y esta caridad es tan antigua como el m un­
do. En vano era que nos hubiera recomendado su ejercicio como
la sola señal que debia distinguir á sus discípulos, pues que los pa­
ganos y los infieles han estado siempre en posesión de la misma
ventaja ; y jamás podrémos responder á la reconvención que él nos
hace por sus palabras del Evangelio : Nonne et etknici hoc faciunt?
(Matth. v ). Sin em bargo, hermanos m ios, dice san Juan Crisósto-
in o, ved aquí nuestra vergüenza y el motivó de nuestro escándalo.
En otro tiempo se distinguían los cristianos por la caridad, porque
la caridad de los cristianos triunfaba de todos los intereses de la
tierra; y al presente se nos podría distinguir muy bien por los des­
órdenes de nuestra avaricia, pues que toda nuestra caridad no es
otra cosa que amor propio ó interés. Mejor dirémos : otras veces
los enemigos mismos de Jesucristo, sorprendidos del generoso des­
prendimiento que notaban en los fieles, les tributaban con admi­
ración este testimonio en forma de elogio : Yidete quomodo se dili-
gunt. (T ertu l.). Ved cóm o se aman entre s í; mas en la actuali­
dad, por un trastorno bien extraño, sorprendidos del m odo con
que los fieles cumplen entre sí con los deberes de caridad, podrían
ellos con las mismas palabras, pero con la mas cruel y la mas justa
ironía, rendirles un testimonio totalmente opuesto : Yidete guomo-
do se diligunt. Mirad cóm o se am an, y com o bajo este hermoso
nombre de caridad conservan el mas sutil y el mas puro egoísmo.
Ved com o esta caridad de que ellos se jactan , y que ensalzan co ­
m o á la reina de todas las virtudes, es la esclava de todas sus pa-
siones. Ved com o ella es dirigida por una avaricia artificiosa, co ­
m o es conducida por el móvil de una ambición profana , com o es
corrompida por los sentimientos de un afecto im puro: Yidete quo­
modo se diligunt. Porque las cosas han llegado hasta ese estrem o.
Eso que los paganos, hablando de buena fe, llaman obligación de
afecto, alianza de interés, apego á la fortuna, nosotros, por un
abuso de términos, que no puede ser sino monstruoso , lo llama­
mos caridad y deber de religión. Cuando un idólatra ama así á otro
idólatra, por poco que se consulte á sí mismo conocerá que no le
ama con un amor razonable y virtuoso; y nosotros, poruña moral
mas refinada, hacemos de este amor un amor cristiano. Este infiel,
juzgando una caridad tal segun sus propias miras, no podrá p o-
190 SERMON
nerla de acuerdo con la corrupción de su ley , y nosotros encontra­
mos medios para ponerla de acuerdo con la perfección de la nues­
tra ; de m odo (y esto es lo admirable) que lo que no seria caridad
para él lo es para nosotros.
9. Guando yo v e o , pues, á un hombre del m u n d o , y si así lo
quereis, un hombre separado del mundo (porque en esto no hay
diferencia de condiciones, y quiera Dios que los mas devotos no
sean los mas expuestos y los mas sujetos á los desórdenes que yo
co n d e n o ); cuando yo veo á un cristiano no tener con los demás si­
no esta caridad interesada, es decir, no amar con una caridad ofi­
ciosa y servicial sino á aquellos á quienes está obligado, á aquellos
que le agradan, á aquéllos que le son útiles <5 necesarios, y no te­
ner para todos los demás sino una caridad indiferente, estéril, sin
movimiento y sin acción ; una caridad que nada c e d e , que nada
disim ula; una caridad sensible á la injusticia, incapaz de tolerar
los defectos; una caridad caprichosa, desconfiada, fácil de irritar­
se ; que cuando una vez se altera se hace furiosa, desdeñosa, sin
volver jamás en sí, queriendo siempre que se le adivine el deseo;
que olvida pronto el bien , y conserva eternamente la memoria del
m al; que considera esto com o un punto de h on ra , com o ciencia de
mundo y com o fuerza de espíritu, y que para colm o del error se
lisonjea aun de ser, no solamente lo que se llama caridad, sino lo
que san Pablo entiende por esa caridad eminente que hay en Je­
sucristo, y que debemos tener todos ; cuando v e o , repito, á un
cristiano contales disposiciones, j ay I hermano m ió , podré decirle
con san Agustín : vuestro estado es deplorable, y la senda por don­
de caminais y por donde os extraviáis está muy apartada de las
de Jesucristo. Si este Dios Salvador no hubiera tenido por nosotros
otra caridad que esa, ¿á qué estaríais reducido? Si él no hubiera
amado mas que á las personas dignas de am or, y que le hubieran
glorificado, ¿qu é os hubiera sucedido ? ¿Para qué le podíais servir?
¿Q u é teníais que fuera digno de éI?¿Q u é v e ia él en vuestra perso­
na que fuera capaz de llamarle la atención? Si él hubiese esperado
á que hubiéseis hecho esfuerzos para adquirir su gracia, ¿ qué re­
curso quedaba para vuestra salvación? ¿N o ha sido necesario que
él se haya humillado, y que por una condescendencia puramente
divina de su amor os haya buscado prim ero? ¿Es justo que vos ha-
yais mirado mas por vuestro interés que él por el suyo? ¿N o es in­
justo que tratéis á vuestros hermanos con mas dureza que él os ha
tratado á vos? que esijais de otros mas de lo que se os ha esigido?
SOBRE EL AMOR S E L PROJIMO. 191
que os enfadeis coa vuestro prójimo de muchas cosas de que él
no se ha enfadado? que no podáis sufrir lo que él ha sufrido, que
no podáis amar lo que él ha am ado, como si vuestra caridad de­
biera tener mas miramientos que ha tenido la suya, com o si la
vuestra tuviera el derecho de restringirse y economizarse cuando
la suya se ha prodigado? Sin embargo es de fe , cristianos, que la
caridad de este H om bre-Dios debe ser la regla de la nuestra, y es
de fe que en el tribunal de Dios será medido vuestro amor para
con los hombres. No se os tendrá en cuenta que hayais tenido una
caridad común : se os pedirá la caridad de Jesucristo, ckaritatem
quce est in Christo Jem ; y para que no podáis defenderos se os pre­
sentarán las palabras mismas de la ley : Hoc est prceceptum meum,
ut diligatis invicem, sicut diiexi vos. Ved aquí mi precepto, que os
améis mutuamente con el mismo amor con que yo os he amado.
Este no es un consejo cuyo cumplimiento lo haya dejado á vuestra
voluntad, no es una obra de supererogación la que os he propues­
to ; es un precepto que os he im puesto, del cual es necesario que
me deis cuenta : JKoc estprceceptum. ¿Q u é tendrémos que respon­
der á esto?
10. Mas, sobre t o d o , ¿manda la caridad renunciar á toda clase
de intereses? S í, cristianos, y mi tercera prueba es que no hay
ningún interés propio, de cualquier clase que sea, fuera del inte­
rés de la salvación, cuya renuncia no sea en muchos casos un pre­
cepto rigoroso de la caridad que debemos á nuestro prójim o. H a-
blarémos con exactitud y demostrarémos que en las decisiones de
la teología no hay nada que pueda relajar esta moral cristiana. La
inducción será fácil, y vosotros aprenderéis en lo que consiste el
amor del prójimo : vedlo aquí,
11. E sponer la propia vida por la caridad es lo que desde lue­
go parecerá increíble ; y sin embargo hay una obligación estrecha
de hacerlo. En lo que reconocem os, dice san Ju an , el amor de
nuestro Dios, es en que ha dado su vida por nosotros, y por esto
es por lo que debemos también qosotros dar la vida por nuestros
hermanos. Tal es la resolución del mismo Espíritu Santo, en la
que no hay oscuridad ni equivocación. No dice que podemos ha­
cerlo, sino que d eb em os: E t nos debemus. (I Joan. v ). Y cierta­
mente en muchos casos hay una obligación formal de hacerlo. Por
esta razón san Cipriano persuadía á los habitantes.de Cartago que
el contagio con que habia sido afligida dicha ciudad solo era una
prueba general que Dios habia querido hacer de la caridad de sus
192 SERMON
habitantes; que él habia querido enseñarles lo que los Santos de­
ben á los pecadores, lo que deben los hijos á sus padres, lo que los
padres deben á sus hijos, los amos á los criados, y los criados á los
am os; que por-eso les habia puesto eo la necesidad de exponerse
los unos por los otros, y de sacrificar sus propias vidas para asis­
tirse mutuamente : Qualé ílíud est, dilecíissimi, quodpestis illa gras-
m tiir? exploratjustitiam singuhrum. (Cyprian.). Pues bien, lo que
san Cipriano decia entonces puedo aplicarlo yo á otros muchos
casos ; y en efecto eso mismo es lo que hace culpable á un prelado
cuando ábandona su g r e y , eso mismo es lo que constituye el cri­
men de un magistrado cuando por un amor excesivo ásu reposo y
á su comodidad no cumple sus obligaciones para con el público ;
porque si yo estoy obligado á dar mi vida por mis hermanos, ¿p or
qué no lo estaré también á privarme por ellos de mi reposo y de
mi comodidad ? E t nos debemus pro frátribus animas ponere.
12. Renunciar á su honor y á su reputación ; digo á ese honor
del siglo, que á pesar de lo quimérico y vano que es no deja por
eso de sernos mas precioso que la vida. En otro tiempo este honor
mundano inspiraba á los hombres un furor tal, que les arrastraba á
los mayores excesos, hasta el extremo de provocarse y quitarse la
vida unos á otros ; y en tales circunstancias la ley de Dios manda­
ba consentir mas bien en verse deshonrados que cometer semejan­
tes atentados: mas ahora que las leyes humanas han reprimido es­
ta licencia, este h on or, cuya pasión no se ha extinguido, no osan­
do resistir a la autoridad de los hombres, resiste todavía á la de
Dios , y en vez de aquellos sangrientos combates que le fueron p ro­
hibidos, inspira odios, cóleras, venganzas, que tal vez no son me­
nos criminales ante Dios; y si no se renuncia á este honor, es im ­
posible defenderse de estos desórdenes condenados expresamente
por la caridad.
13. Renunciar á sus bienes y á sus derechos; deber todavía mas
expreso en el Evangelio y con palabras mas terminantes. Porque
¿qué precepto mas terminante ,pudo-darnos sobre esto el Hijo de
Dios que el que leemos en el cap. vi de san Lucas, donde nos
manda que no reclamemos nuestros bienes á aquel que nos los ha
arrebatado ? E i autem qui aufert quco tua $unt, ne repelas, (Luc. v i).
Mas ¿no me será permitido reclamarlos judicialmente ; y siempre
que yo no me haga justicia por mi mano no podré valerme de los
medios legales para sostener y perseguir mí derecho? Escuchadme,
cristianos, sobre uno de los puntos de conciencia mas importantes
SOBRE EL AMOR DEL PROJIMO. 195
que jamás se os hayan expiicado quizá en esta cátedra. ¿N o me es
permitido proseguir mi derecho en justicia? S í, mis amados oyen­
tes, cuando esta justicia puede avenirse con la caridad. Porque en
el momento en que la caridad se encuentra perjudicada por esta
justicia, eso que Uamais justicia se convierte para vosotros en la
mayor injusticia, pues que al procuraros una sombra de bien os
bace perder el bien sólido y verdadero. Pues en muchas circuns­
tancias esta pretendida justicia y la caridad son incompatibles.
Comprended mi pensamiento, porque os hablo con todo el rigor
escolástico. Son incompatibles, digo, departe de vuestro herma­
n o , cuando os consta que sin fraude ni mala fe carece de medios
con que satisfaceros , y que el recurso que entablaréis contra él
no tendrá otro efecto que el de arruinarle, el de oprim irle, el de
abrumarle con gastos inútiles y el de reducirlo á la desesperación.
Porque entonces esta justicia se convierte en crueldad , y la renun­
cia de vuestro derecho es un precepto de misericordia. Incompati­
bles por vuestra p arte, cuando segun la experiencia que teneis de
vosotros mismos, esto es, de vuestro espíritu y de vuestras dispo­
siciones naturales, no os podéis prometer razonablemente que pro­
seguiréis este pleito sin que la animosidad y la pasión, no solo to­
men parte en é l , sino que se apoderen de vuestro corazon, porque
entonces es necesario renunciar á estos bienes; ¿ y por qué? P or­
que la caridad que perdeis debe seros mas preciosa, y os es tam­
bién mas necesaria. Y ved aquí, cristianos, el sentido de esta d oc­
trina de Jesucristo, tan sorprendente, que la prudencia d é lo s
hombres del siglo ha querido condenar, y que es sin embargo jus­
ta y razonable, cuando os dice en el capítulo v de san M ateo, que
si alguno os quita injustamente la túnica le debeis dejar también
el manto : Dimitte ei etpcUlium. (Matth. v ). Y no se sigue de aquí
que el uso délos procedimientos de justicia esté absolutamente pro­
hibido por D ios, y que no sea lícito recurrir á ellos. Hablar así, y
condenar generalmente y sin distinción los pleitos en sí mismos, es
ser ignorante y temerario ; así como autorizarlos generalmente y
sin distinción seria, principalmente en un ministro de la divina pa­
labra, ser un prevaricador. Pero de aquí se sigue q u e,el litigio es
una de esas cosas indiferentes, cuyo uso suele ser muy peligroso ;
6 mas bien , de esas cosas que, aunque indiferentes por su natura­
leza, son cási siempre malas por sus circunstancias. En efecto,
cualquiera que por experiencia ha reconocido que no puede plei­
tear sin ponerse eo ocasion próxima de pecar, es decir, de enga»
13 T . X I.
194 SERMON
fia r, de odiar, de m aldecir, desde entonces, sin pasar mas adelan­
te , debe mirar el proceso com o un crim en, y persuadirse que por
mas derecho que tenga ante los hombres com ete, segun Dios, una
injusticia desde el momento en que entabla un proceso; y que á
él es á quien se dirigen estas palabras de san Pablo : jA y 1hermano
m ió, ¿p or qué no sufres mas bien la injuria y el engaño? Quare
non magis injuriara accipitis? Quare n m magis fraudem patimini ?
(I Cor. t i ) . Pues bien, el mundo está lleno de esta clase de perso­
n a s, quiero decir, de estos cristianos ardientes y ávidos, que son
incapaces en la prosecución de un litigio de guardar la modera­
ción de la justicia, y mucho menos la dulzura de la caridad; y
ved aquí por qué digo que la mayor parte de los pleitos son oca­
siones de violar la caridad. Esta moral no es exagerada, pues que
tiene por autores á Jesucristo y á su Apóstol. Vosotros me diréis
que ella puede turbar las conciencias; y yo os respondo que sien­
do bien entendida y bien seguida, en vez de turbarlas las calma*
rá y las edificará ; ¿ y por qué? Porque ella hará á los hombres mas
circunspectos en una cosa tan delicada com o esta; porque ella los
pondrá en estado de conducirse bien ; porque antes de empeñarse
en un negocio de esta naturaleza les moverá á hacer sérias re­
flexiones y esfuerzos generosos de caridad. Si fuéramos nosotros
tales com o san Pablo ha querido formarnos, no demandaríamos
una estricta justicia, y sacrificaríamos sin trabajo nuestras preten­
siones á la caridad; mas porque somos duros é interesados nos
atenemos estrechamente á los límites de la le y , y es bastante si ella
puede contenernos.
14. Pero al fin tal cosa se me debe en rigor de justicia. Y a lo
veo, mi amado hermano ; mas ¿qué deducís de ahí? ¿Es esta una
máxima, no digo cristiana, sino honesta, exigir rigorosamente to­
do lo que se os debe? Aun en rigor de justicia, ¿n o es ella muchas
veces una injusticia? Si siempre se obrase así, ¿q u é caridad, qué
unión, qué sociedad habría entre los hombres? Es necesario, pues,
discurrir del m odo opuesto, y d e c ir : esto me es debido en rigor,
mas yo quiero perdonarlo liberal mente.; ¿ y por qué? Porque pue­
do engañarme en este particular, y porque cada uno cree siempre
tener derecho, atm cuando ciertamente n o lo te n g a ; porque aun­
que yo lo tuviese me pondria en peligro de proseguirlo con dema­
siado calor, y de una buena causa haría una m ala; porque si yo
estoy seguro de mí mismo, no lo estoy de mi prójim o, el cual, ó
no está persuadido de m i.derecho, ú ofendido porque le he tratado
SOBRE EL AMOR DEL PRÓJIMO. 195
con todo el rigor de la ley, se resentirá de e llo , y tal yez no me lo
perdonará jamás. Ved aquí lo que y o debo decirme á mí mismo ;
y sin este desprendimiento del propio interés ¿cuántos desórdenes
n o arruinan diariamente la caridad ? Esta es la cuarta y última
prueba,
15. Quitad el interés p rop io, ó mas bien la pasión del interés
p ropio, y yo os responderé de la caridad de los hombres. No ha­
brá mas discordias entre ellos, ni mas querellas entre los particu­
lares, ni mas divisiones en las familias, ni mas parcialidades en
los Estados, ni mas cismas en la Iglesia, porque todos estos desór­
denes nacen ordinariamente del interés. Vosotros lo sabéis y lo
'veis diariamente en el mundo. ¿P or qué se odian los unos á los
otros? Por el interés. ¿P or qué se destrozan mutuamente? Por el
interés. ¿P or qué trabajan para destruirse ó se destruyen en efec­
to los unos á los otros? Por el interés. ¿Cuál ha sido el principio
de tantas herejías y de tantas sectas en el Cristianismo? ¿Quién las
ha sostenido? El interés. Si, pues, yo tengo celo por conservar la
caridad, debo, en cuanto me sea posible, combatir en mí mismo
el espíritu de interés. En el cielo, dice san Juan C risóstom o, no
hay guerras, no hay celos, no hay pasiones que turben la paz.
Mas ¿d e dónde nace esta unión tan estrecha y tan constante entre
los Santos? ¿Es porque ven á Dios, porque le aman, porque están
en estado de gracia, porque gozan de la bienaventuranza? T odo
esto contribuye sin duda á conservar la caridad; mas, ved aquí
una causa mas inmediata , y es que entre los bienaventurados no
se usan esas palabras de tuyo y m ió ; porque no se dice entre ellos :
esto es m ió, esto no os pertenece, tos no teneis derecho sobre es^
to : Ubi non est meum ae tuum, frigidum illud verbwn. (Chrysost.),
Allí solo hay un interés único para todos, que es el de poseerá
D ios, y como Dios solo basta á todos sin dividirse , permanecen to­
dos reunidos en su seno. Nosotros, cristianos, estamos muy léjos
de este estado. L o mió y lo tuyo son las palabras mas comunes en
el m u n d o, y nosotros no podemos dejar de usarlas; mas esto mis­
mo es lo que nos condena, si no tenemos toda la vigilancia nece­
saria para no romper el lazo de la caridad; porque si estuviésemos
exentos de los intereses propios como los Santos en el cíe lo , y
nos mandase Dios guardar la caridad, no seria difícil guardarla; 6
si riéndonos Dios sujetos á estos intereses terrenos no nos hiciese
d é la caridad un precepto rigoroso, nada tendríamos que temer.
Pero teniendo intereses propios, como tenem os, y hallándonos por
13 *
196 SERMOM
otra pacte obligados á cumplir indispensablemente los deberes de
la caridad, ved aqu í, hermanos m ios, prosigue san Juan Crisósto-
m o , lo que debe tenernos en un temor y en una atención continua,
de miedo que la pasión del interés no se encienda en nuestro cora­
zon y se enfrie la caridad. Mas esto no es todo ; porque la misma
•caridad , que debe hacernos renunciar de ese modo á nuestro pro­
pio interés, debe hacernos al mismo tiempo respetar y cuidar el
interés del prójim o , com o os lo voy á demostrar en la

Segunda parte.

16. ¿Es acaso una paradoja en nuestra Religión decir que es­
tamos obligados á respetar el interés de o tro , al mismo tiempo que
Dios nos manda sacrificar nuestro propio interés, y que la caridad
imponga el precepto de cuidar de lo q u e pertenece al prójimo, des­
pues de mandarnos renunciar de espíritu y de corazon á lo que
pertenece á nosotros? N o, cristianos, esta no es una verdad d u do-
dosa ni que pueda ser negada por nadie. Este es un principio de
moral reconocido generalmente, y no es necesario recurrir a) Cris­
tianismo para persuadirse de él. El mundo mismo conviene en e llo ;
y aunque esta obligación sea una de aquellas que él viola con mas
frecuencia en la práctica, no deja en teoría de tenerla por una obli­
gación y una virtud. En efecto, nota san Juan Crisóstomo, todo
hombre á quien se confia intereses de otro se cree obligado por
honor á administrarlos con mas fidelidad que los suyos p ro p io s;
y el cargo que se le haria por haber descuidado estos intereses le
seria mas injurioso que si se le acusara de haber descuidado los
suyos propios. Pues bien, si el m undo, en medio de la relajación
y de la corrupción á que le ha reducido el amor propio, tiene sin
«m bargo unos sentimientos tan rectos, ¿cuáles deben ser los nues­
tros, que nos gloriamos de ser cristianos? ¿ Y á qué no debemos
estar dispuestos para cumplir en esta materia, com o en las demás,
Ja perfección que el Evangelio exige de nosotros?
17. Es muy ju sto, dice san Ambrosio (y esta reflexión es muy
sabia), es muy justo que Dios establezca este orden entre los hom ­
bres, es decir , que nos mande tener cuidado con los intereses del
p rójim o, en tanto que nos obliga á un desprendimiento sincero de
ío s nuestros; ¿y por qué? Porque él sabia, añade este santo D o c -
4or, que por mucho desprendimiento que tuviésemos de nuestros
^propios intereses todavía nos quedaría demasiada atención y de-
SOBRE EL AMOR DEL PRÓJIMO. 197
masiado ardor para sostenerlos; y que por muy celosos que fuése­
mos por los intereses de otro apenas tendríamos el que reclama
una estricta justicia. De aquí nace, prosigue el mismo Padre, que
entre los preceptos de caridad expresados en el Decálogo no hace
Dios mención del amor de nosotros mismos, aunque, absolutamen­
te hablando, un amor propio, honesto y arreglado es un precep­
to , no solo indispensable, sino de derecho natural y divino; Dios
dijo á su pueblo por medio de Moisés su legislador: Amarás al Se­
ñor tu Dios; ved aquí el primer mandamiento, al cual juntó el se­
gundo : y á tu prójim o, que mirarás com o tu hermano. Mas aquf
term inó, y no añadió: te amarás también á tí mismo con ese amor
justo y legítimo que la naturaleza te inspira. Porque hubiera sido
inútil, prosigue san Am brosio, que Dios hubiera provisto á la ob­
servancia de este deber por una ley particular. Él estaba seguro de
que el hombre no se olvidaría de sí m ism o; y en este concepto,
bien léjos de excitarnos á amarnos á nosotros mismos, pensó desde
luego darnos en la ley de graeia ese gran precepto de odiarnos y
de renunciar á nosotros mismos.
18. Mas sea de esto lo que fuere, cristianos, nada hay mas
cierto que la proposicion que yo establezco, esto e s , que no hay
interés ajen o, por pequeño que le supongamos, que no deba res­
petarse ; y ved aquí las razones. En primer lugar, porque todo in ­
terés ajeno es esencialmente objeto de la caridad que yo tengo ; y
en este concepto debe serme no solamente am ado, sino tambieü
venerable. En segundo lugar, porque este interés ajeno, que me pa­
rece pequeño en sí mismo,, con respecto á la caridad es cási siem­
pre importante en sus consecuencias; en sus consecuencias, pues,
debo yo considerarlo para conocer bien las obligaciones que me im­
pone según Dios. En tercer lugar, porque no hay interés ajeno, por
pequeño que sea, cuyo desprecio ó descuido, por la debilidad hu­
mana , no pueda ser pernicioso á la caridad ; pues bien, yo me ha­
go inexcusable si llego á despreciarlo, y si en Jos negocios ordina­
rios no guardo toda la circunspección que pide la prudencia cris­
tiana. Tres razones que para desenvolverlas bien eran necesarios
otros tantos discursos, pero que no haré mas que proponéroslas en
pocas palabras para no abusar de vuestra paciencia.
19. S í, mis amados herm anos, eso que llamamos el interés aje­
no es el objeto esencial de la caridad que debe haber en nosotros,
y lo que, según Dios, debe excitar mas nuestro celo y nuestro
cuidado. Si este interés se considera bajo el aspecto de la amistad,
198 1 " SERMON
¿con cuánta exactitud, mejor dirémos, con cuánta religiosidad no
se tratará? ¿Q ué fidelidad no aparentará el hombre, para dar un
testimonio del aprecio qué le inspiran los intereses de un amigo?
¿Hasta qué punto de escrupulosidad y exactitud no querrá llevar
este respeto y este celo? Y ed aquí, pues, dice san Agustín, el des­
orden de que debemos reconvenirnos. Nosotros hacemos de la
amistad una especie de religión; y de la caridad, que es la mas san­
ta de las virtudes, un objeto de profanación. La amistad nos hace
circunspectos, m oderados, previsores, generosos, fieles ; y la ca­
ridad no hace en nosotros otro tanto. Sin embargo la fe nos en­
seña que si la caridad no es en nosotros mas fuerte y mas eficaz
que la amistad, serémos no solo hombres vanos, sino reprobados
por Dios. ¿Q ué se debe deducir de aquí? Pero reflexionemos. No
es solo el interés del hom bre, hablando con propiedad, lo que yo
respeto cuando tem o, por ejem plo, manchar el h on or, perjudicar
los derechos, ó contradecir el parecer de o t r o ; sino que me pro­
pongo otro fin mas noble. Estos sentimientos, este derecho, este
honor de otro, se me presentan revestidos del carácter de la cari­
dad cristiana, y esto me basta para no atentar jamás contra ellos.
Este carácter de caridad que tienen todas las cosas interesantes al
prójimo me parece como una salvaguardia que Dios ha puesto en
e lla ; y esta salvaguardia, si obro con el espíritu de la fe , es mucho
mas segura y m ucho mas propia para contenerme que los demás
respetos humanos. En estoes, pues, en lo que consiste el ejercicio
de la caridad ; porque la caridad, com o he d ich o , no es una virtud
ociosa ni abstracta; ella tiene un motivo que la ocupa y que la
mueve á obrar, y este motivo es el interés ajeno de que hablamos.
El amor propio forma proyectos contra el interés ; la caridad se le
opone. Este interés es combatido por nuestra ambición <3 por nues­
tra emulación ; la caridad lo defiende. Nosotros perjudicamos este
interés por nuestra imprudencia; la caridad lo remedia. Nosotros
destruimos este interés con nuestra injusticia ; la caridad lo repara
y lo restablece. Y ed aquí cuál debe ser su acción en nosotros, por­
que amar al prójim o, y no tener con él deferenciat ni condescen­
dencia, ni m oderación, ni precaución, ni cuidado con serle útil, ni
temor de dañarle y de desagradarle, esta es una caridad que san
Pablo no ha reconocido, y que pasará siempre por quimérica cuan­
do se compare con aquella cuya excelente pintura nos ha hecho-
este grande Apóstol. No obstante esta caridad quimérica y falsa
es la que el error y la ceguedad del mundo querrá sostener. Así
SOBRE EL AMOR DEL PROJIMO. 199*
com o se figura una caridad que no excluye el propio interés , y con
la que se pretende poner de acuerdo toda la corrupción delinterés
p ro p io , así también se supone una con la que el desprecio del in­
terés ajeno sea compatible. Hablo de esa caridad que sabe perfec­
tamente sobreponerse al interés del prójim o, y qu e, bien léjos d§
hacerse esclava de é l , se cree en el derecho de hacer de é l , según
su capricho, una diversión y un juego. Aun se ha encontrado ea
el Cristianismo el secreto de amar á ios herm anos, causándoles al
mismo tiempo todos los disgustos que se les causarían si fueran
nuestros mayores enem igos; y esto es tanto mas peligroso, cuanto
íque eti el mismo acto se les protesta altamente no tener nada con­
tra ellos. Porque se les critica, se les contradice, se les mortifica ,
se censuran sus acciones, se contradicen sus designios, se rebajan
sus méritos, y entre tanto se asegura y se protesta que se les tiene
am or, como si todo esto fuera indiferente á la caridad, y como si
ella no hubiera de tomar parte alguna en esto. Y o os pregunto,
pu es, si hay una ilusión mas grosera ni mas deplorable.
20. Pero estos intereses ajenos, me diréis, son generalmente
una cosa muy pequeña para que la caridad imponga una obligación
tan severa. Y yo sostengo (segunda razón) que en materia de ca­
ridad, y sobre todo de caridad cristiana, nada hay pequeño, y que
con respecto á esta virtud, si lo consideramos bien, todo debe ser
de importancia. ¿Y por qué? No solamente para remediar el des-
órden de la prevención de nuestro espíritu, que hace que cuando
se trata del interés de otros, moviéndonos tan poco com o nos mue­
v e , jamás formemos un juicio equitativo, y que tan ingenioso como,
es el amor propio para abultar en nuestra imaginación las ofensas
mas pequeñas que se nos hacen , tan sutil y artificioso es para dis­
minuir en nuestra estimación las ofensas mas graves que se hacen
al prójimo [verdad que nos muestra la experiencia, y que tiene re­
lación con lo que el Sábio llamaba abominación para con Dios,
cuando decia que nosotros tenemos dos pesos y dos medidas; la
una para nuestras injurias propias, que consiste en exagerarlo, abul­
tarlo y realzarlo todo, y la otra para las injurias ajenas, que con­
siste en graduarlas de bagatelas, y en tenerlo todo por n a d a ): Pon-
dns etpondus abominatio est apud Devm. (ProY. x x ) . Tío solamente,
d ig o , por esta razón que es general, sino también por otra que es
muy especial, y que no puede negarse; porque, en efecto, dice san
Juan Crisóstomo, lo que es pequeño en sí mismo es cási siempre,
con respecto á ía caridad, importante en sus consecuencias, y n o
200 SERMON
debe ser medido segun los estrechos límites de la ¡ajusticia parti­
cular que encierra, sino según la extensión de los males cási infi­
nitos que puede producir.
21. A sí, por ejemplo, mi amados oyentes, esa burla que habéis
h ech o, que ha parecido fina é ingeniosa, pero que ha sido á costa
de vuestro prójim o, y que tal vez ha sido aplaudida por aquellos
que ningún interés tenían en ella, desde el momento en que llegue
á la persona contra quien habéis hablado, ¿qué movimiento de des­
pecho y de i n d i g n a c i o D no excitará en su corazon? Esa obstinacíoa
generalmente pesada y caprichosa que teneis en contradecir el buen
humor de vuestro herm ano; esa palabra brusca y altanera que se os
ha escapado hablando con é l; esa falta de agrado en una ocasion en
que debíais tenerlo; ese desden poco honesto y desagradable á un
servicio que él os ha hecho, ¿no son estos los principios de la aver­
sión que os muestra en todas ocasiones? Si vosotros hubiérais res­
petado la caridad, si hubiérais sido para con este hombre tan co ­
medidos y tan prudentes com o quereis que lo sean con vosotros, la
p az, que es el fruto de la caridad, no se habría alterado jamás en­
tre vosotros y él. No se hubieran visto esas disensiones, esas iras
ni esas venganzas que han estallado. Ese incendio no ha nacido sino
de una chispa, yo lo confieso; pero por eso mismo es por lo que
debíais haberlo apagado en su origen , y por lo que sois culpables
del incendio que esta chispa ha producido. En efecto, nosotros ve­
mos diariamente que las mayores disensiones, las enemistades mas
violentas, los mas escandalosos divorcios, no han tenido otro ori­
gen que ciertos pequeños intereses del prójimo perjudicados por la
indiscreción, pero que con el tiempo han conducido á todos los ex­
cesos de la pasión y de la animosidad. Y b ien , ¿quién puede dudar
que la caridad no sea responsable de estas consecuencias? ¿Y por
qué no ha de serlo, cristianos, <5, mas b ien , por qué no hemos de ser
nosotros responsables por ella? Supuesto que estas consecuencias
son tan funestas com o nos muestra la experiencia, ¿p or qué no he­
mos de estar obligados á preverlas, y previéndolas á evitarlas? ¿N o
tenemos bastante conocimiento del mundo para conocer esto, ó mos­
tramos acaso en el resto de nuestras acciones que lo ignoramos?
Cuando se trata de captarse la voluntad de un grande ¿omitimos
acaso las cosas mas pequeñas? Persuadidos de que nuestra suerte
depende de él, ¿no nos formamos una ley de agradarle en todo y
de conformarnos con todas sus inclinaciones? ¿Es acaso exigir mu­
cho de nosotros cuando se quiere que hagamos por el interés de la
SOBRE EL AMOR S E L PROJIMO. 201
caridad lo que creemos que debemos hacer por un interés tem­
poral?
22. Se cree estar suficientemente justificado cuando se d ic e : Y o
no he atentado contra el honor ni contra la reputación de aquellos
que se quejan de m í; yo no les he faltado en ninguna cosa de en­
tidad; pero no se considera que esta es una de las mas vanas ex­
cusas con que se encubre la malicia del mundo. Porque lo que des­
truye la caridad entre los hombres no es solamente ni siempre
aquello que los hombres llaman cosas de entidad con respecto al h o­
nor y á la reputación, pues hay muchos que no se ofenden menos
cuando se les critica de ignorancia y de rudeza que cuando se les
acusa de falta de corazon y de probidad. Decid de una mujer de
mundo que es ridicula en sus modales y despreciable en su figura,
y la ofenderéis mas vivamente que si le echárais en cara, un com er­
cio ilícito. Lo que destruye la caridad entre los hombres es con
respecto á cada uno aquello que le disgusta, aquello que le enfu­
rece y le llena de amargura; y cuando yo me tomo la libertad de
molestarles sobre cualquiera ele estos particulares me hago respon­
sable ante Dios de todo lo que pueda resultar.
23. En fin, hermanos m ios, concluye san Bernardo (y esta es
la última razón ), nosotros debemos convencernos que siendo la ca­
ridad la cosa mas delicada del m undo, quiere, por decirlo así, ser
respetada, y una parte del respeto que le es debido consiste en los
miramientos que su misma delicadeza exige de nosotros. Porque no
se necesita, dice este Padre, que consideremos esta virtud en la
abstracción de su ser, ni tal com o se encontraría en hombres de
otra especie mas perfecta, ni tampoco tal com o seria de desear que
fuese absolutamente en el prójimo, sino tal com o ella es y com o será
siempre. Porque es cierto que la caridad, aunque fuerte y robusta
en sí misma, no tiene generalmente estas cualidades, considerada
en las personas con quienes vivimos. Por el contrario, debemos su­
poner que es débil en ellos, que es susceptible de todas las impre­
siones, fácil de impacientarse, y que las mas leves injurias son para
ella otras tantas llagas difíciles de curar; de aquí nace para nos­
otros una obligación de conciencia de'estudiarnos á nosotros mis­
m os, y de obrar siempre con mucha pioderacion y dulzura. Mas
esta delicadeza de la caridad no procede sino de la imperfección de
los hombres. Y bien, hermano m ío, pregunta san Bernardo, ¿qué
consecuencia pensáis vos deducir de ahí? Los hombres han nacido
imperfectos; ¿os será, pues, permitido obrar con ellos com o sifu é-
202 SERMON
sen perfectos? Ellos tienen, respecto á sus personas y á todo lo que
les pertenece, una extrema sensibilidad; ¿p od réis,p u es, irritarlos
y enfadarlos impunemente? La caridad es m uy frágil en sus cora­
zones; ¿ y no habéis de tener ninguna consideración á su fragilidad?
Y qué, prosigue el santo Doctor, ¿es así com o discurría san Pablo?
¿S on estas las reglas de caridad que él daba á los fieles cuando les
aconsejaba que respetasen hasta la flaqueza de sus hermanos, y que
cuidasen mucho de no escandalizarles aun en las cosas inocentes y
permitidas, que temiesen sobre todo que por su conducta poco dis­
creta no "viniese á perecer un alma débil, por la que Jesucristo der­
ramó su sangre? E t peribit infirmas in tua scientia, frater, pro quo
Christus mortuus est. (I Cor. v iii). No, no, diréis vosotros, mis ama­
dos oyentes, si vosotros juzgáis segun las máximas de nuestra R e­
ligión ; no me pertenece á mí curar las flaquezas de los hom bres, ni
corregir la susceptibilidad de sus espíritus y de sus genios. Lo que
y o debo es acomodarme á ellas y sufrirlas com o cristiano; y su­
puesto que los hombres son sensibles á una palabra y á una brom a,
hasta el punto de romper el lazo de la caridad, esta brom a, esta
palabra, debo considerarla com o una cosa grande. En todos tiem­
pos han sido los hombres débiles y susceptibles. Yed aquí lo que
d ebo yo suponer com o el fundamento de todos mis deberes respecto
á la caridad. Pues sí para tener caridad esperase á que los hombres
dejasen de tener imperfecciones y flaquezas, com o es cierto que las
tendrán siempre, yo renunciaría para siempre á esta virtud. Dios
me manda que les am e, débiles é imperfectos com o son ; pues bien,
esto no lo puedo hacer si no respeto en ellos hasta los mas insigni­
ficantes de sus intereses, y si no soy circunspecto aun en las cosas
mas pequeñas de las que acostumbran ofenderse, aunque sea sin ra­
zón . Y o haré mucho mejor en condescender con su flaqueza que en
pretender que ellos reformen sus ideas, y me será mucho mas útil
ser hum ilde y paciente con ellos que porfiar en querer hacerlos ra­
zonables.
24. Ved aquí, cristianos, los sentimientos con los cuales quiero
dejaros; y concluyo con la bella y saludable lección que daba san Pe­
dro á los primeros fieles: Deponentes igiíur omnem malitiam, et invi­
ctas, et omnes detractiones, sicut modo geniti infantes, rationabile, sine dolo
lac concupiscite. (I Petr. n ). Desechad, pues, hermanos m ios, des­
echad esa malicia, esa animosidad y esos odios que inficionan vues­
tro corazon. No hagais uso de esos ardides ni de esos artificios de
que os habéis servido para sorprenderos mutuamente. Desechad
SOBRE EL AMOR DEL PROJIMO. 203
esas falsas apariencias, y no uséis de esa simulación que bajo un as­
pecto risueño oculta los mas vivos resentimientos y las pasiones mas
fuertes. Destruid esas envidias secretas y esa emulación que os ator­
mentan en la prosperidad de vuestros hermanos. Absteneos de esas
murmuraciones que extinguen en vuestras almas la gracia y la ca­
ridad , y que con frecuencia convierten la sociedad mas santa en un
infierno. Si algún o iutenta separaros mutuamente, repeledlo, y unios
mas que nunca. Omitid todas esas formalidades que hacen dificul­
tosa la reconciliación; y, según el consejo de san Pablo, procurad ser
el primero en ofrecer Yuestra m an o: H on or e imicem prdevenientes.
(R om . x ii). Sed en esto com o los niños, y recordad que la simpli­
cidad de un niño vale mas á un cristiano en muchas ocasiones que
toda la sabiduría del mundo. No olvidéis que es imposible ser de
Jesucristo si no se tiene el espíritu de Jesucristo , y que el espirita
de Jesucristo es un espíritu de caridad. Venid , espíritu divino, des­
cended á nuestros corazones, para restablecer en ellos esta preciosa
virtud. Si hacéis que renazca entre nosotros, y hacéis cesar todo lo
que la altera \ entonces será cuando por una especie de creación ha­
bréis renovado la faz del m u n d o : E t creabuntur, etrenovabis faáem
terree, (OfSc. Eccles. ). Obrad este milagro, Señor, obradlo en toda
la Iglesia, vuestra esposa, y particularmente en este auditorio que
me escucha, para que todos los que lo com ponen, unidos al pre­
sente por una caridad sincera, lo estén eternamente p oru ñ a misma
felicidad, que les deseo á todos. Amen.
204 SERMON SOBRE EL RETIRO

SERMON
SOBRE

EL RETIRO I LA HUIDA DEL MUNDO.


D ixit Jesús disdpulis suis: Nemo potest
dúo bus dominis servire; aul enim unum odia ,
habebit, eí alterum diligel;aut unum susti-
nehit, et alterum contenmef. (M a lib. 7 1 ).
Jesús dijo a sus discípulos: Ninguno puede
servir á dos señores; porque ú odiará al uno
y aroará al otro, ó se U D irá á aquel y des­
preciará á esle.

1. Tal es el oráculo de !a Verdad e t e r n a y sin recurrir á la fe,


]a razón sola nos hace conocer demasiado que no es posible servir
á un mismo tiempo á dos señores enemigos entre sí, y que no so­
lamente tienen intereses distintos, sipo totalmente opuestos. Pues,
com o dice el Apóstol á los de Corinto, ¿qu é hay de común entre la
justicia y la iniquidad? ¿Q u é relación hay entre la luz y las tinie­
blas? ¿Qué sociedad, en fin , puede unir y conciliar á Jesucristo con
Belial? De aquí es de donde los siervos de Dios han deducido que
debian renunciar al mundo, y muchos de ellos, en efecto, se han
retirado á los desiertos y han pasado toda su vida en una completa
separación del mundo. Y no ha sido porque el mundo no haya te^
nido para ellos motivo de lisonja ó de atractivos. ¿Cuántos de ellos,
antes de retirarse á la soledad, habían ocupado en el mundo los pri­
meros destinos, ó se encontraban en estado de llegará ellos? ¿Cuán­
tos vivian en la abundancia y eu los goces de todas las dulzuras de
una opulenta fortuna? Mas determinados á servir á Dios, y viendo
que no podían servir al mundo al mismo tiempo, sacrificaron ge­
nerosamente todos los intereses, todos los placeres, todas las gran­
dezas del mundo, y se dedicaron al culto de Dios en la oscuridad y
en el silencio de la soledad. Lo que les llevó allí principalmente fue
que considerando al mundo com o enemigo de Dios, le miraban com o
á su propio enemigo, porque sabian muy bien que al separarlos de
Dios y al hacerles perder su gracia los exponía á todas las vengan­
zas divinas, y ponía un obstáculo invencible á su salvación. Pues
Y LA HDIDA DEL MONDO. 205
bien , estos mismos motivos son , amados oyentes, los que deben
empeñarnos en la huida del m undo; y este punto es de tanta im­
portancia para la santificación de vuestra vida, que pienso hacerlo
hoy el objeto de vuestra atención, ¡O h Espíritu Santo, Yos que tan­
tas veces habéis triunfado del mundo con las luces y la fuerza de
vuestra gracia, obrad en nuestros corazones los mismos milagros, y
hacednos alcanzar con vuestros auxilios las mismas victorias! Nos­
otros nos valemos para conseguirlo de la mediación de esa Virgen
que honramos com o á vuestra Esposa, y le decimos con el A n g e l:
Ave María.
2. Predicar la huida del mundo á los religiosos y á los solita­
rios, es decir, á aquellos que por la obligación de sa estado están
ya separados del m undo, es una empresa, cristianos, que con res­
pecto á su profesion podría no ser del todo inútil, pero cuyo fru­
to, comparado con el que yo me propongo, seria mediano y limi­
tado. k ios hombres del siglo, dice san A m brosio, es á quienes se
debe dirigir esta m oral, porque puede ser para ellos de muy gran­
de utilidad, ó nías bien de una necesidad suma ; á aquellos, repi­
to , que por disposición de la divina Providencia son llamados á
vivir en el mundo ; d aquellos que contra los designios de Dios se
ligan por sí mismos al mundo. A los prim eros, porque la misma
gracia de vocacion que parece unirles al mundo es la que les obli­
ga de tiempo en tiempo á elejarse de é l ; á los segundos, porque
estando en el mundo del m odo que yo digo, no hay para ellos otra
gracia que aquella que les aleja de é l, ó, si me es permitido valer­
me de esta expresión, aquella que tiene la fuerza y la virtud sufi­
ciente para arrancarles de é l ; á los unos y á los otros porque á
medida que ellos pertenecen al m undo, este espíritu de retiro y de
separación del mundo es el que los puede salvar. Y ved aquí, mis
amados oyentes, todo el plan de mi discurso. Oid con atención las
dos proposiciones que yo, establezco, y que, sin confundir nada en­
tre los deberes del hombre del mundo y del hombre cristiano, van
á establecer dos verdades importantes para vosotros. El m undo, en
medio del cual vivís, causa dos perniciosos d efectos: él nos disipa
y ños corrom pe. Él nos disipa por la multitud y la superfluidad de
cuidados que nos ofrece, y nos corrompe por las ocasiones y los
alicientes del pecado en que nos coloca. Debem os, pues, para li­
brarnos de estos dos desórdenes valernos del medio mas podero­
s o , que es una santa retirada, practicada y fielmente observada en
cada condicion 6 estado segun las reglas de la prudencia cristiana,
206 SERUON SOBRE EL RETIRO
porque así es como podrémos evitar la disipación y la corrupción
del mundo : la disipación que nos impide dedicarnos á Dios, y la
corrupción que nos hace perder el espíritu de Dios. ¿Y qué reme­
dio mas eficaz contra lo uno y lo otro que el de retirarse del m un­
do y huir de él? Quiero decir, retirarse en ciertos tiempos, y en
cuanto es necesario para recogernos y entregarnos á los ejercicios
de la salvación ; y digo también huirle absolutamente y no volver
jamás á él cuando se nos convierte en un objeto de escándalo y nos
extravia del camino de la salvación. Retirarse en ciertos tiempos
com o cristianos, y huir absolutamente de él como pecadores : re­
tirarse en ciertos tiempos como cristianos, para que su disipación
no nos haga descuidar las prácticas del Cristianismo , y huir abso­
lutamente de él com o pecadores, para que no nos corrompa y nos
conduzca á la perdición. Pero ¿qu é hacemos nosotros? A estas dos
obligaciones tan esenciales oponemos para eludirlas dos pretextos,
el uno fundado sobre los cuidados temporales, y el otro sobre los
atractivos del pecado, que creemos ser inseparables de nuestra con­
dicion,
3. Me explicaré. Porque vivimos en una condicion dedicada á
los negocios del m undo, y expuesta continuamente a sus tentacio­
nes, se nos figura este retiro y esta huida del m undo, á que os
exh orto, com o una cosa impracticable, gimiendo por una parte
bajo el yugo del mundo que nos dom ina, sin hacer por otra nin­
gún esfuerzo para librarnos. Pues bien, y o os aseguro que estos dos
pretextos carecen absolutamente de fundamento ; y en la primera
parte os voy á demostrar que las ocupaciones y cuidados del mun­
do no pueden dispensar jamás á un cristiano de alejarse alguna vez
del mundo que le distrae, y de tener en su vida ciertos tiempos
consagrados especialmente al negocio de su salvación. En la segun­
da parte os haré ver que todas las obligaciones del mundo no p o­
drán justificar ante Dios á un pecador de no haber huido absoluta­
mente del mundo que le pervierte, y de no haber renunciado á él
para siempre, á fin de asegurar el negocio de su salvación. La m a­
teria reclama toda vuestra atención.

Primera parte.

4 . Es necesario ser cristianos; y en la condicion de cristianos


es necesario trabajar en el negocio principal, que es el de la salva­
ción eterna. E s; pues, muy justo y aun absolutamente necesario
Y LA HÜIDA DEL IffüKDO. 20Í
vivir aun en medio del m u n do, no solo con el espíritu, sino también
en realidad, por lo menos en ciertos tiempos, en una separación
conveniente y en un santo retiro del mundo. Esta es la máxima*
esta es la proposicion que voy á establecer desde luego, y á la que,
según os haré ver, toda la prudencia del siglo, á pesar de lo pre­
suntuosa que es, nada puede oponer que no sea vano y frívolo.
5. Y o fundo esta proposicion en el primer deber cristiano , que
tiene por objeto la salvación. Pues para llegar á este dichoso tér­
mino de la salvación , y para no omitir nada de cuanto se refiere á
ella, ¿quién me dará alas, decia David, com o las de la palom a,
para poder tomar mi vuelo y encontrar reposo? Quis dabitmiki p m -
ñas sicut columba?, et volabo, et requiescam? (Psalm. u t ) . lA y , Se­
ñor! anadia, hé aquí el secreto que Vos me habéis enseñado para
conseguirlo. Yo me he alejado del mundo ; y aun en el centro del
m undo, que es la corte, me he formado una soledad en la que m e
he encerrado : Ecce elongavi fugims, et mansi in solitudine. (Ib id .).
Efectivamente, en el retiro y en la separación del mundo es donde
el hombre encuentra este reposo, donde aprendeá conocer áD ios,
donde estudia los caminos de D ios, donde recibe un temor santo
de los juicios de D io s; allí es donde en presencia de la majestad de
Dios examina lo pasado, arregla lo presente y preve lo futuro,
trata de cumplir sus obligaciones, descubre sus errores, deplora
sus miserias, se confunde de su relajación y se reprende por su in­
fidelidad. ¿Y cómo se podrá hacer todo esto en medio del tumulto
y de los negocios del m undo? ¿D e qué m od o , dice san Bernardo,
se pueden penetrar con un justo discernimiento las cosas que son
superiores á nosotros, es decir, un primer principio, un fin últim o,
un bien suprem o, que es D ios, á fin de elevarnos hasta ellas por
medio de los ejercicios de una pura y sólida religión.; y las cosas
que son inferiores án osotros, es decir, las necesidades de los hom ­
bres que la Providencia ha puesto bajo nuestro dom inio, para des­
cender hasta ellos por la práctica de un celo caritativo y verdade­
ro ; y por último las que están á nuestro alrededor, es decir, los
muchos deberes que nos unen á nuestro prójimo com o iguales á él,
á fin de cumplirlos con la exactitud que debemos? ¿C óm o p od ré-
mos cumplir todas estas obligaciones en tanto que el mundo no&
asedia, y que estamos ocupados, ó mas bien poseidos por el mun­
d o? ¿D e qué m o d o , prosigue el santo Doctor, podrá el hombre
gustar los frutos de la oracion, santificarse con obras de peniten­
cia, participar en espíritu y en verdad de la gracia de los Sacra-
208 SERMON SOBRE EL BETIRO
m entos, derramar su espíritu ante Dios por la humildad de la con­
fesión, unirse espiritualmente á Jesucristo por la comunion ; en
ana palabra, trabajar en la grande obra de la reformación de cos­
tumbres, y prepararse para la m uerte, si no tiene cuidado de re­
tirarse alguna vez com o Moisés sobre la montaña ; ó segun el pre­
cepto del Evangelio, si no entra frecuentemente en el interior de
su alm a; y allí, cerradas las puertas de sus sentidos, clauso ostio
(Matth. v i), sin otro testigo que el Padre celestial, no trata con él
de estos importantes negocios? Es necesario, pues, para esto, ale­
jarse del m undo, y á ejemplo de los israelitas, que solo han sido
para nosotros una figura de lo q u e debemos practicar, es necesario
salir de Egipto para ir á sacrificar ai Señor en el desierto. Hable­
mos con mas claridad : es necesario, sin dejar el m undo, evitar la
disipación del mundo ; porque no hay ninguno de entre nosotros
que proporcionalmente no deba decir com o Jesucristo : Quia in kis
quce Patris mei simt, oportetme esse. (Luc. 1 1 ). Como cristiano es ne­
cesario que yo me aplique ante todo al servicio de mi Dios y al ne­
gocio importante de mi salvación.
6. Ved aquí la máxima en que todos los sabios, quiero decir
los sábios cristianos, están de acuerdo, y de la que nuestra propia
experiencia ha debido convencernos. Pues bien, á esto cree la pru­
dencia humana, que es ia de los hijos del siglo, tener derecho pa­
ra alegar com o obstáculos los cuidados temporales, diciendo que es
imposible poner de acuerdo los deberes del mundo con el espíritu
de recogimiento y de separación del mundo que el cuidado de la
salvación exige ; y aquí es donde necesito, no ya de vuestra aten­
ción, que esta materia por sí misma Ja reclam a, sino de todo el fer­
vor de vuestra fe, de que depende el efecto que yo nae prom eto.
7. Porque efectivamente, para principiar á destruir un error
tan pernicioso y sin embargo tan común y tan extendido com o es­
te, yo pregunto (y esta es la primera ra z ó n ): ¿puede jamás el cui­
dado de lo inútil y de lo supéríluo excusar la negligencia de lo ne­
cesario? ¿Puede la aplicación á lo accesorio servir de pretexto al
olvido de lo principal? ¿Puede acaso la prosecución de los medios
justificar el abandono del fin? Ved aquí, sin em bargo, el abuso
grosero en que caemos cuantas veces nos oponemos á nosotros
mismos los cuidados del mundo para autorizar nuestras disipacio­
nes con respecto á la salvación. Es necesario que lo reconozcamos
de buena fe , porque es un principio incontestable. Dios no nos ha
llamado (hablo al común de los hombres, y á aquellos que perte-
Y LA HÜIDA BEL MUNDO. 209
necen á una condicion privada), Dios no nos ha llamado al gobier­
no de reinos ni de im perios; él ha tenido otras miras sobre nos­
otros. Mas aun cuando estuviéramos encargados de todos ios nego­
cios de un Estado, y tuviéramos que responder de cuanto puede
haber de mas importante y mas grande en este cargo, teniendo fe
nos hallamos demasiado ilustrados para ignorar que los negocios de
un Estado, comparados al estado d éla salvación eterna, son cosas
accidentales, cosas indiferentes y cosas vanas. Reduciéndolas, co­
mo yo lo hago, á esta comparación , no creo decir demasiado. Y no
podemos dejar de convenir en que la salvación es propiamente esa
sustancia de bienes que nosotros esperamos, como dice san Pablo :
Sperandarum substantía rerum (H ebr. x i ) ; qtie en este solo punto
consiste, segun el pensamiento del Sábio, todo el h om bre: H ocest
enim omnis homo (Eccles. x i i ) ; que esta es la única cosa por la que
David creia deber interesarse únicamente, cuando decía á D io s: E rue
a framea, Deus, animaih meam, et de manu canis unicam meam.
{Psalm. x x i). Nosotros sabemos, repito, que todo eso que se lla­
ma negocios del m undo, ó , si así lo quereis, negocios de estado,
sea cualquiera la idea que tengamos de ellos, no son otra cosa que
ciertos medios para llegar al fin á que Dios nos destina, y que la
salvación es este fin que debe coronar los m edios, y que fuera de
ella todo lo demás, sin exceptuar al hombre m ism o, es llamado
por el Espíritu Santo vanidad, y vanidad universal: Veruntamen
imioersa vanitas, omnis homo vivens. (Ibid. x x x v m ). ¿N o es, pues,
bien extraño que de esta misma vanidad nos atrevamos á form ar­
nos una razoo para mantenernos en el mayor de todos los desór­
denes, y que queramos prevalemos de esta vanidad, es decir, de
los negocios del m undo, para justificar nuestra tibieza, nuestra
frialdad, nuestra languidez, mejor dirém os, nuestro adormeci­
m iento, nuestra relajación, nuestra insensibilidad y nuestro endu­
recimiento con respecto á la salvación?
8. [A yI cristianos, el buen sentido mismo condena esta con­
ducta , y esto es lo que el Hijo de Dios hizo entender á Marta p or
estas breves pero significativas palabras : M aríha, Mariha solliáta
es, et turbaris erga plurima. (L u c. x). Vos os ocupáis, M arta, le di­
jo , y os turbáis con muchos cuidados. Mas en esos pretendidos
cuidados y en el servicio que pensáis hacerme hay m ucho de con­
fusión y de error. Por una sola cosa necesaria os figuráis vos m u­
chas ; y en esto consiste vuestro error. Y por esas muchas su p ér-
fluas abandonais la única necesaria ; y esto es lo que os conduce á
14 T . X I,
210 SERMON SOBRE EL RETIRO
la confusion y al desórden. En vez de aplicaros á m í, os turbáis
demasiado por mí. Y o estoy aquí para haceros gustar el don del
cielo , y vos os inquietáis inútilmente para prepararme las viandas
perecederas y materiales. En fuerza de querer ser oficiosa, me ol­
vidáis á mí y os olvidáis á vos misma. De este m odo trastornáis el
orden, y perdeis sin pensarlo el mérito y el fruto de vuestra acción
por el desarreglo y por la imprudencia de vuestra distracción. Tal
es la paráfrasis que los Padres hacen de este pasaje : SollicUa es, et
turbaris erga plurima. Sobre el cual hace san Agustín unía reflexión
m uy juiciosa y muy á propósito para edificarnos. En efecto, dice
este santo D octo r, cuando Jesucristo daba esta reprensión á Mar­
ta ¿en qué estaba ocupada ella? En la acción mas santa en apa­
riencia, en un deber de hospitalidad que la caridad y la Religión
parecía que consagraban igualmente, pues que se tributaba inme­
diatamente á la persona de un Dios. ¿Q u é cosa m ayor podía ella
h acer? No obstante, nada de esto pudo salvarla de una disipación
exterior, de que apareció culpable á los ojos del Salvador, ni im ­
pedir que este divino Maestro la condenase. ¿Q u é será, pues, de
vosotros, hermanos míos, prosigue san Agustín, qué será de vos­
otros, cuyas ocupaciones nada tienen comunmente que no sea mun­
dano y profano? ¿Pensáis acaso que las funciones de un cargo, que
las inquietudes de un pleito, que los movimientos de una intriga,
qu e vuestras diversiones y vuestros disgustos, y que otros muchos
objetos de esta clase sean en. vuestro favor unas razones mas fuer­
tes á los. ojos de Dios que el cela de esta sierva de Jesucristo? Y
puesto que el fervor mismo de su piedad no fue para ella una ex­
cusa legítima, ¿podéis creer vosotros que Dios recibirá las vuestras,
fundadas únicamente en vuestra ambición y en vuestra, concupis­
cencia? En esto es, pues, en lo que la ceguedad de los hombres,
si puedo explicarme así,, me parece m onstruosa: ¿ y por qué? (oid
este pensamiento que es de san Ambrosio y digno de él) : Porque si
seguimos solamente la primera impresión que la fe hace en nosotros,
en la concurrencia de lo uno y de lo otro, la dificultad no debía
consistir en conservar, aun en medio del m u n do, el recogimiento
y la aplicación de espíritu, necesarios para ocuparnos de la salva­
ción ; mas nuestra gran dificultad, supuesta la idea que tenemos de
la salvación, consistiría en poder prestar alguna atención á los ne­
gocios exteriores del m undo, en medio del fervor que nos inspira­
ría el Cristianismo y que no se extinguiría jamás, Y entre tanto
¿qué sucede? Todo lo contrarío. Pues en vez de que la ocupacion
Y LA HUIDA DEL KtüNDO. 211
en el negocio de nuestra salvación debería ponernos muchas veces
en peligro de faltar á los deberes exteriores del m undo, por un
efecto bien contrarío los deberes exteriores del mundo son los que
impiden los ejercicios de la salvación ; y en vez de que en la con­
currencia de una verdadera incompatibilidad entre los deberes ex­
teriores del mundo y el negocio de la salvación deberíamos decir
á D io s : Señor, no me imputeis á crimen ciertas negligencias con
respecto á lo que debo á los hombres, pues estoy demasiado ocu­
pado de Vos para pensar en e llo s; nos vemos reducidos á la ver­
gonzosa necesidad de confesar nuestra miseria diciéndole : Señor,
perdonadme la desgracia, ó mas bien el crimen, en que he vivid o;
yo he estado demasiado ocupado del mundo y de sus negocios pa­
ra pensar en Vos , y en fuerza de tratar con los hombres me he ol­
vidado de lo que os debo y de lo que m£ debo á m í mismo. ¿D e
dónde nace esto? pregunta san Ambrosio : de una falta de fe , de
un razonamiento práctico, pero deplorable, sobre el que hacemos
girar, si no tenemos cuidado, toda nuestra vida. Y o lo repito : por­
que en vez de decir : yo buscaré el reino de D ios, y despues satis­
faré, si me es posible, las obligaciones que me impone el mundo ;
invertimos la proposicion, y decim os: yo satisfaré las obligaciones
que me impone el m u n d o; la política, las leyes, las costumbres
que me impone el m u n d o ; yo conservaré el trato que tengo en
e l m u n d o; yo haré el papel de un hombre de m u n do, y despues
buscaré, si me es posible, el reino de Dios. Es verdad que no lo de­
cimos de un m odo tan poco atento com o este, porque nuestra
misma razón se resentiría; pero hay un lenguaje de acción que lo
dice por nosotros ¡ porque ¿qué significan por una parte esa asi­
duidad, esa actividad y ese calor con que nos dedicamos á los in ­
tereses del mundo , y por la otra la pesadum bre, el disgusto y la
flojedad que manifestamos cuando es necesario trabajar para la sali­
vación? ¿Qué quiere decir esto sino lo que ya he notado, á saber,
que nos equivocamos en el principio, y que el negocio de la salva­
ción no ocupa en nuestro corazon el lugar que debe ocupar?
9. Mas entremos en pormenores, y pasemos á la segunda razón.
Y o hablo á un hombre del siglo, y tomándole por juez en su pro­
pia causa, le demuestro cuán poco razonable es pretender justifi­
car su alejamiento de Dios y su negligencia en el negocio de la sal­
vación con la vida superficial y disipada que él se queja estar obli*
gado á tener en el m u n do: ved aquí, pues, el razonamiento que
le hago : vos decís, cristiano, que el cuidado del m undo os consu-
14*
212 SERMON SOBRE EL RETIRO
m e , y qne esto es lo que os impide tener esos momentos preciosos
de contemplación y de retiro que exige la salvación. Y yo respon­
do que eso mismo que dais por excusa es lo que os con d en a ; ¿ y
por qué? Porque no hay cuidados temporales, por necesarios y le­
gítimos que ios creáis, de que Dios no os prohíba dejaros abrumar;
y porque es cierto que esa postración que alegais es el primero de
todos los desórdenes. Ahora b ie n , excusar un desórden con otro
desorden, ¿es acaso justificarse en presencia de Dios? En efecto, si
solo se tratara aquí de hablar como filósofo, y de establecer esta
verdad sobre los principios de la m oral, yo os diría que uno d élos
caracteres menos sostenibles, aun en presencia del m undo, es el
de parecer abrumado ó el de estarlo en efecto con los cuidados del
m u n do, pues que la causa de esto debe ser precisamente una de
estas dos debilidades : 6 la de abrumarse con p oco, ó la de cargar­
se con m ucho. Abrumarse con poco es pequenez de espíritu, y
cargarse con mucho es indiscreción y locura. Ved aquí, pues, lo
que yo podia demostraros. Mas porque esperáis sin duda de mí al­
guna cosa mas convincente, y porque mi ministerio debe elevarme
sobre la moral de los paganos, consultando el parecer de los P a­
dres de la Iglesia, escuchad, cristianos, las bellas máximas que san
Bernardo daba sobre este particular á un soberano pontífice.
10. Este papa habia sido su discípulo y su religioso, pero sa­
cado del claustro y de la soledad, babia sido elegido despues para
ocupar la silla de san Pedro. Por una desgraciada casualidad pare­
cía que le habían mudado el espíritu y el corazon ; pues de tal m o­
do se habia entregado á las ocupaciones que acompañan esta dig­
nidad suprema, que parecía renunciar al ejercicio de la-meditacion
de las cosas de Dios y al conocimiento de sí mismo. Y porque san
B ernardo, que lo notaba y se afligia por ello, le habia conservado
siempre un afectuoso celo, que su prudencia sabia muy bien unir
al respeto debido á un soberano pontífice, ved aquí los términos
en que expresaba sus sentimientos. O ídlo, mis amados oyentes, y
procurad formaros cada uno proporcionalmente una regla de co n ­
ducta : ¡A y , Santísimo Padre! le decía, permitidme esta libertad
que Dios me inspira en favor de vos mismo. Vos trabajais mucho,
ya lo s é ; mas si me es permitido daros el consejo saludable que
Jetró dio á Moisés, vos os consumís en un trabajo tan estéril y tan
v a n o, cuanto os parece útil é importante : Sed si íicet alt&rum me
tibi exhibe)'e Jethro, stulío labore consumeris, (B ern.). ¿ Y qué sabi­
duría, continuaba, es la de vivir eternamente en el tumulto y en
Y LA HUIDA DEL MUNDO. S lí
el ruido de los negocios; la de estar continuamente asediado p or
hombres interesados, por hombres disimulados y apasionados; la
de pasar los dias y los años en proseguir, en deliberar y en decidir
los intereses de otros; en recibir quejas y en dar órdenes; en tener
audiencias y consejos, sin examinar ante Dios si se hace todo esto
según la rectitud y la justicia de su ley? Y o convengo en que vos
sois el primero en deplorar este abuso ; mas en vano lo deploráis,
si no os tomáis la molestia de corregirlo : Scio te hoc ipsum deplora­
re, sed frustra, ni et emendare sludiieris. (Id .). Yo confieso que es­
te abuso, á pesar de serlo, fatiga vuestra paciencia; mas no quie­
ra Dios que vo apruebe en esto vuestra paciencia. Porque muchas
veces es mucho mas laudable ser menos paciente : InUrdum enim et
impatientem esse, laiulabüms est ( I d .) ; y es una ilusión el pensar
que en entregarse ciegamente al mundo y e n olvidar el cuidado de
su alma se tiene el mérito de la paciencia, que es la obra perfecta
del hombre justo.
11. ¿Cuál es, pues, me diréis, el remedio de este m al? Yedle
aquí. Es, proseguía san Bernardo, que hagais, si es necesario, los
últimos esfuerzos para emanciparos de esa servidumbre. Es que
en el puesto donde Dios os ha colocado, en yez de ser esclavo de
los negocios, os hagais poruña superioridad de virtud el señor de
ellos. Es que en lugar de disiparos con esa multitud de cuidados
os recojáis en el interior de vos mismo por la consideración de lo
que sois y del fin para que habéis nacido. Es que para obrar se­
gura y perfectamente dejeis alguna vez de obrar. Es que os divi­
dáis, por decirlo así, entre e¡ Dios que servís y los hombres que g o ­
bernáis, entre el comercio del mundo y el retiro, entre la súplica,
y la acción. Es que toméis en aquella las fuerzas necesarias para
esta. Es que, á ejemplo de esos animales misteriosos de que habla
el Profeta, tengáis alas para elevaros al cielo y piés para sostene-
t o s y para caminar sobre la tierra. Es que contéis vuestra s a l v a -

cion entre las ocupaciones mas urgentes de vuestro estado. Es que


principiéis por vos mismo á ser caritativo y benéfico. Si vos que­
réis ser todo para todos com o san P ablo, sea en buen h o ra , yo
alabo vuestro c e lo ; mas para ser un celo de Dios debe ser entero
y perfecto ; ¿y cóm o podrá serlo, si os excluís á vos mismo? Q uo-
modo autemplenus, te excluso? (Id,), ¿N o sois vos por ventura del
número de los hombres? Es, pues, muy justo que vuestra caridad
para todos los hombres se estienda igualmente á v o s ; ó mas bien es
muy justo q u e, naciendo ella de vos, os santifique con preferencia
214 SERMON SOBRE EL RETIRO
á los demás hombres. Pues ¿por qué habéis de ser vos el solo que
n o goee de vos mismo? Cur solus fraudaveris muñere tui? (Id .).
¿ Y por qué permaneceis vos sediento, en tanto que acuden á vos
de todas partes com o á la fuente pública? Es necesario, Santísimo
Padre, concluía, es necesario, repito, moderar esa actividad qu e
os sirve de obstáculo para alcanzar tantos b ien es: en medio de esa
corte que os rodea es necesario que os edifiquéis una soledad que
sea com o el santuario de vuestra alma, donde tengáis con Dios
vuestros consejos secretos, y donde encerrándoos todos los dias,
aun en las mas fuertes agitaciones del m u n do, conservéis una paz
sólida. Ved aquí cómo hablaba este Santo á un pontífice, es decir^
á un hombre cuyos cuidados debían ser innumerables, y que po­
día decir muy bien con el A p ó sto l: Instantia mea quotidiana, solli-
dtudo omniwn Ecclesíarmi. (1 Cor. x i). Sin em bargo, san Bernar­
do no quería que le fuera permitido abrumarse con la multitud de
negocios, y le hacia una reconvención por ello : exigía, por el con­
trario, de él, com o una obligación indispensable, que entre este
tropel de negocios tuviese siempre el espíritu bastante libre y des­
prendido para pensar en su eterna salvación. ¿Y creemos nosotros,
cristianos, que los cuidados que nos ocupan sean unos pretextos
mas legítimos para distraernos del pensamiento de la nuestra?
12. Pero, decís, este lenguaje era m uy propio de un solitario
com o san B ernardo; y se le hubiera podido responder que estando
p or su profesion separado del mundo oo le pertenecía condenar á
aquellos que la Providencia habia colocado en los destinos de él.
Vosotros os engañais, amados oyentes; á é l le pertenecía condenar­
los, y esta censura le convenía admirablemente. Él era un solitario,,
es cierto; mas un solitario que tenía muchas mas ocupaciones que
3a mayor parte de nosotros tendrémos jamás. Él era consultado de
toda la tierra ; él se encontraba encargado de una infinidad de ne­
gociaciones importantes; él pacificaba los Estados, extinguía los cis­
mas de la Iglesia, asistía á los concilios, dirigía la palabra á los re­
yes, instruía á los obispos, gobernaba toda una Orden religiosa, y
era el predicador y el oráculo de su tiempo. ¿Y qué hacemos nos­
otros que sea comparable á todo esto? Ahora bien , lo q u e dehe
confundirnos es ver que este grande hombre, aplicado á tantas c o ­
sas, vivía sin embargo en una profunda paz, y que haciendo nos­
otros tan poco vivimos en una continua turbación; que su soledad
interior le seguia p or todas partes, y que á nosotros no nos aban-
doaan los quehaceres ¡del mundo ; que él estuvo siempre en estado
Y LA HUIDA DEL MUNDO. 215
de elevarse á D ios, y que cuando es necesario que nosotros eos
aproximemos á é l , nos encontramos fuera de nosotros m ism os, no
cumpliendo los mas santos deberes del Cristianismo siao con un
espíritu distraído y disipado; y ved aquí lo que causa nuestra con­
denación.
13. Mas, en fin, tal es la esclavitud de mi condicion, que á p e­
sar mío me aparta de Dios, y me impide el cuidado de mi salvación;
ved aquí, pues, el último atrincheramiento del espíritu relajado y
libertino de los hombres del siglo ; á lo que respondo yo dos cosas:
en primer lugar, que esto supuesto, discurrís m al, porque aun
cuando yo conviniera con vosotros en lo que decís, siempre seria
una locura el no hacer de su salvación el principal de todos sus cui­
dados. « Y o no la puedo hacer en medio de las distracciones que m i
«estado me ofrece.» Y bien, era necesario concluir: luego yo debo
renunciar á este mismo estado, porque ¿quién me obliga á perma­
necer en él si es tan opuesto, com o yo creo, á mi principal interés?
Es necesario que yo sea cristiano, mas no es necesario que y o tenga
tal empleo ; otros pueden tenerlo por m í, pero nadie trabajará por
m í en la salvación de mi alma. Este empleo m e proporcionará una
colocacion según el m undo, pero será al mismo tiempo mi ruina
según D io s ; y supuesto que la experiencia me enseña que él es coa
respecto á mí una disipación incompatible con la ley que profeso,
no debo dudar en abrazar un partido. Yed aquí la consecuencia que
era necesario deducir, si vuestra posicion fuera tal com o vosotros
la figuráis. Pero yo digo m as; y, para desengañaros del error en que
estáis, sostengo que no hay condicion ninguna cuyos cuidados no
sean compatibles con el recogimiento de espíritu y el retiro necesa­
rio para marchar por el camino del cielo, y la prueba de esto es
evidente. De otro m odo, dice san Juan Crísdstomo, Dios habría ca­
recido de sabiduría y de bondad : de sabiduría, si al establecer esta
condicion no la habia provisto de un medio sin el cual es imposi­
ble que sea santa ni arreglada; de bondad, si habiéndola provisto
de este medio habia llamado á ella ciertos hombres incapaces por
su flaqueza de usar de é l : ahora b ien , lo uno y Jo otro le es inju­
rioso, pues que es cierto que siendo D ios, com o lo es, el autor de
todas las condiciones, no hay ninguna que haya sido reprobada por
él, y que, por el contrario, es de fe que cuantos mas obstáculos pa­
rece tener una condicion para conseguir Ja salvación, tantos mas
auxilios tiene para vencerlos.
14. En efecto, añade san Juan Crisóstomo, ¿n o es admirable
2,16 SERMON SOBRE EL RETIRO
ver que las condiciones mas expuestas á esta pretendida muche­
dumbre de cuidados son aquellas en que parece que Dios se ha
complacido en colocar los hombres mas entregados al cuidado de
su salvación, y mas cuidadosos de su culto? David era rey, y un
rey guerrero, ¿y qué ejemplo de esto no tenemos en su persona?
¿Dejaba acaso de dedicarse ó Dios para pensar en su estado, ó de­
jaba de pensar en su estado para dedicarse á Dios? Éí coriciliaba
perfectamente lo uno y lo otro. En lo rnas fuerte de los negocios
públicos encontraba ciertos momentos para retirarse y orar siete
veces al d ía : Sepíies in die laudan dixi tibi (Psalm. c x v m ); y en me­
dio de la noche abandonaba su lecho real para meditar la ley del
S eñ or: Media nocte surgebam ad con/itendum tibi. (Ibid.). No obstan­
te, él cumplía dignamente con los deberes de rey, él sostenía guer­
ras, él vencía ejércitos, él administraba justicia á su pueblo, él se
informaba de todo ; y jamás la Judea tuvo un reinado tan dichoso
ni tan perfecto com o el suyo. Sin buscar ejemplos extraños, jamás
monarca alguno tuvo mayores empresas que dirigir que e) incompa­
rable san Luis, y sin embargo jamás hombre alguno fue mas apli­
cado ni mas fiel á los ejercicios de la Religión ; para haber sido,
com o sabem os, el conquistador de su siglo, el árbitro de todas las
diferencias de los príncipes, y el príncipe mas cargado de los nego­
cios de su reino, ¿era acaso por eso menos dado á la oracion, me­
aos recogido, menos ferviente ni menos entregado á las cosas de
Dios? Y en vísta de esto ¿osarémos nosotros quejarnos de nuestra
condicion, alegando nuestros cuidados para justificar nuestra disi­
pación criminal con respecto á la salvación ?
18. Pero decidme, prosigue san Juan Crisóstomo, esos cuidados
á que dais tanta importancia ¿os impiden acaso proporcionaros un
retiro cuando se os lo manda por vuestra salud, cuando en ello se
mezcla vuestro interés, cuando es necesario satisfacer una pasión,
y aun cuando solo tratáis de divertiros? ¿Os consideráis entonces
abrumados por vuestros empleos y vuestros cargos? V por muy
urgentes que sean vuestros deberes, ¿no sabéis reservaros ciertas
horas privilegiadas? ¿Es posible que podáis separaros del mundo
cuando os agrada y para lo que quereis, y que solo para la salva­
ción sea para lo que no podéis? Esto me parece que no tiene ré­
p lica , porque si cada uno quisiera remontarse hasta el origen de
este desórden, el mismo san Juan Crisóstomo nos lo descubre en
dos palabras por esta excelente advertencia. Es necesario distinguir,
hermanos mios, prosigue este santo Doctor, dos clases de cuidados
Y LA HUIDA. DEL MUNDO. 2X7
en nuestra condicion: los unos que Dios ha unido á ella, y los otros
que nosotros mismos le añadimos ; los unos que son sus consecuen­
cias naturales, y los otros que constituyen su impedimento y su
obstáculo ; unos á los que nos obliga la Provideucía, y otros en los
que nosotros nos mezclamos. Si nosotros no nos ocupáramos mas
que de los prim eros, que Dios lia arreglado con su sabiduría, no
desconcertarían de modo alguno el órden de nuestra vida , y nos
dejarían la libertad de separarnos de tiempo en tiempo del com er­
cio de los hombres para retirarnos á tratar en secreto con D ios;
pero no teniendo regla alguna los segundos, y siendo por consi­
guiente infinitos, no es extraño que nos cueste trabajo sufrirlos. De
los primeros cuidados es responsable, por decirlo así, nuestra c o n ­
dicion, supuesto que son propios de ella ; pero no lo es de los se­
gundos, que son propios nuestros. Por consiguiente, cuando estos
cuidados excesivos y supérfluos nos hacen olvidar á Dios, somos
muy injustos en quejarnos de nuestro estado, pues que en efecto
esos cuidados son propios nuestros y no de nuestro estado, y que
entonces se verifican plenamente eu nosotros las palabras de san
Agustín : E t ista hominum, non rerum, peccata dicenda sunt. .(A u-
gust.).
16. A sí, cristianos, confesemos nuestra injusticia ; y en la im­
posibilidad en que estamos de sostenerla contra tantas razones, sa­
quemos al menos el fruto de una confusion saludable. Digamos á
Dios con el santo hombre Job : Vere scio, quod non juslificetur homo
compositus Deo (Job, i x ) : Sí, Señor, ya lo sé, y estoy convencido de
ello, que un hombre tan disipado com o yo Jo soy en todo lo que
mira al negocio de la salvación no puede jamás encontrar excusa
alguna para con Vos. Y o sé que por un falso pretexto que él pueda
tener para esta disipación Vos le oponéis mil argumentos invenci­
bles que le cierran la boca : Si voluerit contendere cuín eo, non poterit
d responderé unum pro milk, (Ibid*). Esto es lo que yo he com pren­
dido, ¡oh Dios mío! y en adelante no me lisonjearé, imputando i
mis negocios lo que solo debo atribuir á mí mismo : si ciertos ne­
gocios son inútiles, yo los despreciaré; si son necesarios, los arregla­
ré ; si para acomodarlos á mis deberes es necesario que yo rae cau­
tive, me cautivaré; si en concurrencia de una obligación mas santa
es necesario que los abandone, los abandonaré ; si para sujetarme
á una vida mas arreglada y mas retirada es menester renunciar á
ciertas comodidades que forman la sociedad y el trato del mundo,
renunciaré; si esta renuncia me parece triste, yo sufriré esta tristeza
218 SERMON SOBRE E L RETIRO
y os la ofreceré á Vos. Suceda lo que quiera, yo me formaré una
le y de alejarme del mundo en ciertos momentos y en ciertos dias,
y de tener ciertos tiempos destinados al reposo y á la soledad para
dedicarlos á la perfección de mi alma y á mi salTacion. Cuanto mas
abrumado me vea de cuidados y de negocios, tanto mas me creeré
obligado á observar esta ley. Cuanto mas empeñado me halle en los
negocios del m u n d o, tanto mas comprenderé que debo dedicarme
á este santo ejercicio de recogimiento y de retiro. Léjos de que las
distracciones del mundo me saquen de é l, esto mismo será lo que
mas me haga buscarlo, porque esto mismo será lo que mas me haga
ver su necesidad, Y si es necesario, en fin, abandonar del todo al
mundo y huir de él absolutamente, no solo para evitar la disipa­
ción, sino también la corrupción, yo le daré un eterno adiós, y
saldré finalmente de él. Este es, cristianos, otro deber que tiene
relación con nosotros com o pecadores, y del cual os voy á hablar
en la
Segunda parte.

17. El mundo es contagioso, y nosotros somos d éb iles; es ne­


cesario, pues, huir absolutamente del comercio del muBdo, y re­
nunciar á él para siempre desde el momento en que vemos que nos
pervierte, y en que sentimos las primeras señales de su corrupción.
Ved aquí, cristianos, la gran regla de conducta que el espíritu de
Dios ha prescrito en todos tiempos á los pecadores, es decir, á
aquellos que sienten particularmente su flaqueza, y que sufren en
medio del mundo las mayores pruebas. Así nos lo ha dado á cono­
cer san Gregorio papa en estas bellas palabras, cuya verdad justifica
la experiencia : De mundano pulvcre necesse est etiam religiosa corda
sordescere (G r e g .): Es una triste fatalidad, hermanos m ios,d ecia ,
que aun ios corazones mas religiosos y mas puros sean indefectible­
mente manchados con el p olvo, ó mas bien con la iniquidad y la
malicia de las conversaciones del siglo. ¿Y con cuánta mas razón
deben temer los corazones vanos y frágiles ser, no solo manchados,
sino también corrompidos de todo punto ? Empeñarme en aducir
largas pruebas sobre esta verdad, y detenerme en una larga enu­
meración de los peligros del mundo, seria un discurso inútil, seria
perder el tiempo en deciros l-o que sabéis tan bien com o yo, y decís
con mas frecuencia aun y mas exactamente que y o. Porque ¿ do
son los mas mundanos los que vemos mas elocuentes en declamar
contra el mundo, y no solamente en hablar de los muchos peligros
T LA HUIDA DEL MUNDO. 219
á que expone su inocencia , y por consiguiente su salvación , sino
también en exagerarlos, falsamente persuadidos de que cuanto mas
peligroso es el mundo, tanto mas excusables son ellos en caer des­
graciadamente, y en dejarse sorprender por sus asechanzas? De
aquí nace ese lenguaje tan ordinario, á saber: que se necesitaría
tener la naturaleza de los Angeles para poder vivir eo el mundo
libre de su contagio; que se necesitaría no tener ojos para no ver,
ni oidos para d o o ir ; que era necesario no tener un corazon sensi­
ble á las pasiones humanas, ni un cuerpo susceptible á las impre­
siones de la carne j que todo es peligroso, ó que todo lleva consigo
su peligro : en efecto, ¿de qué m odo, se dice, se podrá resistir á los
encantos de tantos objetos com o nos hieren sin cesar en la vista; có­
m o se podrá tener continuamente ante los ojos tantos ejemplos co m o
nos arrastran, sin seguir su atractivo, y cóm o vivir siempre entre
gentes que solo tienen en su corazon tales y tales máximas, que no
hablan sino de ellas, y que solo obran segun ellas, sin pensar com o
ellos, sin hablar com o ellos, y sin obrar com o ellos? Y o convengo,
amados oyentes, en que esto no es posible naturalmente, Pero vos­
otros os deteneis aquí, y yo voy mas adelante. Porque supuesto este
peligro, y reconocido por nosotros, yo me sirvo de vuestro mismo
testimonio para convenceros, ¿y de qué ? Ya lo he dicho y lo repi­
to : de que debeis alejaros del fuego para no ser quemados por é l,
es decir, que debeis alejaros del m undo, y poneros á cubierto por
medio de una huida sábia y cristiana de sus envenenadas flechas.
1 8. Esta consecuencia era la que deducía el -mismo Dios cuando
prohibía expresamente á su pueblo que se mezclase con las nación es
extranjeras ^ y que hiciese jamás alianza con los idólatras. Porque
estos eran infieles, y los israelitas eran muy inclinados por sí m is­
mos á la superstición ; el Dios de Israel preveía que en cuanto este
pueblo obcecado y grosero se asociara á los extranjeros no dejaría
de adoptar sus costumbres y de abrazar el mismo culto, y ved aquí
por qué les habia mandado formalmente y bajo tan graves penas
que permaneciesen separados. De esta misma manera se condujo el
Señor con L ot cuando quiso librarle del incendio d e So doma. Él le
envió un Angel para hacerle salir de esta ciudad -criminal y para
conducirle al monte. Estadme atentos. Daos podáa conservar la fe
en el corazon de los judíos , y afirmarles en la verdadera Religión,,
aun en medio de las naciones mas infieles. Dios podía en el incen­
dio de So doma hacer á Lot inaccesible á las impresiones del fu ego,
y amortiguar toda su actividad con ‘r especto á éL D ios, recito, po-
220 SERMON SOBRE EL RETIRO
día lo. uno y lo o t r o ; mas para lo primero se necesitaba un milagro
en el orden de la gracia, y para lo segundo otro milagro en el ó r-
den de la naturaleza. Quiero decir, que para preservar al pueblo
de Dios de las supersticiones de )a idolatría en medio de los idóla­
tras era necesario un auxilio de la gracia tan extraordinario, que
fuera un milagro ó una especie de milagro en el órden sobrenatu­
ral ; y para apartar de Lot las llamas, ó para impedir que fuese
consumido, estando cercado de ellas por todas partes, se necesitaba
igualmente otro milagro, y por cierto de los m ayores, en el órden
natural. Ahora bien, Dios no obra así los milagros sin necesidad, y
como tenia un camino mas común, que era el alejamiento y la hui­
da, para poner á Lot y á los judíos á cubierto de los peligros y des­
gracias de que estaban amenazados, por eso es por lo que quería
que recurriesen á ese medio mucho mas conforme á las leyes de su
Providencia.
19. Pero prosigamos; y volviendo á nosotros mismos, la conse­
cuencia que es necesario sacar de la corrupción del mundo y del
conocimiento que tenemos de los peligros inevitables en que nos
pone el trato del m undo, es la que ya os he hecho notar ; esto es,
renunciar al mundo, abandonar al mundo, no dejarlo que se acer­
que á nosotros, ni aproximarnos nosotros á él, á fin deque no pueda
comunicarnos su veneno. Ved aquí el preservativo necesario de que
debemos usar. Digo necesario, porque contar con que Dios ha de su­
plir este medio que tenemos en nuestra mano por otro extraordinario
y fuera délos caminos ordinarios de su sabiduría; prometernos que
nos favorecerá con una protección especial y omnipotente, mientras
que omitimos el medio ordinario que ha puesto á nuestra disposi­
ción, es poner toda nuestra esperanza en un milagro, y es hacernos
indignos de un milagro esperarlo en tanto que sin él tenemos un
recurso mas com ú n , y que á nadie mas que á nosotros interesa
aprovecharnos de él. Dios quiere ayudaros en el divorcio que d e -
beis hacer con el m u n d o; él quiere preveniros, secundaros y forti­
ficaros para e l l o ; pero por lo demás, despues de haber hecho en
este particular todo lo que dictan su providencia y su misericordia,
os confia, por decirlo así, á vosotros mismos ; os encarga de vues­
tra propia salvación, y os dice como el Angel dijo á L o t, despues
que le llevó hasta el pié de la montaña que debia servirle de asilo :
Salva animam tuam. (Genes, x ix ) . Salvaos ahora, y retiraos. Vos­
otros veis el peligro: ved aquí por dónde podéis escapar, tomad este
camino que se os ha abierto, porque para vosotros es el único que
Y LA HUIDA DEL MUNDO. 221
hay. Dios os lo dice, cristianos, y yo os lo anuncio en su nom bre;
mas porque á pesar de lo contagioso que es el m undo, vosotros lo
amais, y porque muchas veces aquello mismo que causa el contagio
mas mortífero es lo que mas os lisonjea y lo que mas os agrada, en
vez de huir de é l, com o reconocéis que es necesario, os prevaleis
para permanecer unidos á él de ciertas obligaciones que os impi­
den hacer, á pesar vuestro, aquello que deseáis. Vosotros decís
muchas veces que desearíais vivir fuera del mundo, y que envidiáis
la suerte de los solitarios y de los religiosos, pero añadís al mismo
tiempo que no sois dueños de vosotros mismos, y que estáis ligados
por ciertos vínculos que no está en vuestra mano romper. Pues bien,
este pretexto es el que yo trato de com batir, y para destruirle solo
haré algunas reflexiones en la que os ruego me acompañéis, porque
me parecen muy convincentes.
20. En efecto, de cualquier clase que puedan ser las obligacio­
nes que uno tiene, hay una obligación superior (esta es la primera
reflexión), hay una obligación superior que debe anteponerse á to­
das las demás. ¿Y cuál es esta obligación? Ya lo he dicho : el inte­
rés de vuestra alma y el de yuestra salvación eterna. Desde el m o­
mento en que la salvación eterna y el interés de vuestra aJma se
hallen en competencia con cualquier otra cosa , lo que era para
vosotros una obligación, deja de serlo, ó mas bien , de todas las
obligaciones humanas no hay ninguna que no deba sacrificarse. Por
consiguiente, decir como vosotros decís : yo no puedo alcanzar nii
salvación en el mundo ; yo me hallo en él muy expuesto ; y con las
cualidades que reconozco en m í, y con las disposiciones qne siento
en mi corazon me es cási imposible mantenerme en un estado de
inocencia ; hablar de esta suerte es decir al mismo tiempo aunque
tácitamente : estoy obligado, pues, á dejar al m undo, y no hay
obligación tan estrecha en el mundo qne no deba yo rom per; ¿ y
por qu e? Porque mi primera obligación es guardar mi inocencia,
poner á salvo mi alma y procurar mi salvación : es mi primera
obligación ; y porque lo que es primero en cualquier género debe
tener !a preferencia sobre todo lo demás; así, p u es, porque entre
todos los bienes naturales de la vida es el primer bien, cuando ella
se halla en peligro ¿cuántos extremos no se hacen para salvarla?
¿Cuántas renuncias y cuántas privaciones no se sufren para conse­
guirlo? Si el comerciante mas interesado, despues de haber buscado
mas allá de los mares los tesoros que le han costado tantas fatigas,
se encuentra á su vuelta acometido por una tempestad, hará arro-
222 SERMOTi SOBRE EL RETIRO
ja r todas sus riquezas, y las abandonará á merced de las olas para
descargar la nave que le conduce, y evitar por este medio un. nau­
fragio. Si el mundano mas sensual no puede librarse de una muerte
próxima sino por medio de la operacion mas dolorosa, ó por el ré­
gimen mas enojoso y mas molesto, no solo se condenará á é l, sino
que se tendrá por m uy dichoso en poder por este medio prolongar
sus dias, ¿con cuánta mas razón debe un cristiano, para conservar
una vida mil veces mas preciosa, que es la vida del alma, practicar
esta gran máxima del Hijo de D io s : Si tu ojo te escandaliza, arrán­
catelo: Si ocultis tuus seandalizat te, erue eum (Matth. v } ; si tu mano
es para tí un motivo de escándalo, córtala: Si manus tua. seandalizat
te, abscinde eam? (Ib id .). Mas una mano y un ojo son bienes muy
apreciados, porque son muy necesarios; no importa : desde que
otro bien todavía mas necesario y sumamente necesario exige que
os privéis de esa mano y de ese o jo , no debeis dudar un momento.
Porgue, com o ya os he hecho observar, este sumo bien es el último
fin; y cuando se trata del último fin no se delibera ó no se debe de­
liberar.
21. ¿P o rq u é , escribia san Jerónimo, quereis permanecer en un
lugar en el que os veis precisados diariamente á vencer 6 perecer?
Quid necesse habes m ea ver sari domo, ubi quolidie necesse sit aut vin-
cere aut p erire? (H ieron .). Así hablaba este P ad re; y y o , si me
atrevo á amenizar su pensamiento, os digo : ¿P o rq u é quereis per­
manecer en un lugar donde jamás venceis, y donde es cási infalible
que habéis de perecer? «Mas yo estoy resuelto á ven cer.» Vosotros
lo creeis a s í; y yo sostengo que esto no es otra cosa que una falsa
resolución, ó por lo menos una resolución ineficaz. Resolución falsa
que os engaña; porque, si de buena fe quisiérais vencer al mundo,
y si despues de haber comprendido cuán importante os es no deja­
ros corromper por é l, os resolveríais á defenderos de sus ataques,
no dudaríais tanto huir de él, en razón á que no podéis ignorarque
la huida es al menos la mas segura y la mas fuerte muralla que
podéis oponerle. Resolución ineficaz que se desmentirá cuando lle­
gue la ocasion. Lo pasado basta para enseñaros lo que os podrá su­
ceder en lo futuro. Y [en cuántas ocasiones se han desvanecido
todas las resoluciones que habíais form ado! El mundo será siempre
tan halagüeño para vosotros com o lo ha sido hasta aquí ; vosotros
Seréis siempre tan débiles en resistirle como lo habéis sido antes, y
Dios no os dará ya sus socorros en el peligro donde os habéis pre­
cipitado vosotros mismos. Én esto estáis vosotros demasiado íns-
Y L A HUIDA DEL MUNDO. 223
(ruidos, aunque queráis persuadiros d é lo c o n t r a r io y si quisiérais
tratar sinceramente con vosotros mismos yeríais que esta imagina­
ria resolución de combatir y de vencer no es otra cosa que un pre­
texto y una ilusión. Ved aquí, pues, el misterio : vosotros amais
al m undo, y porque le teneis afecto y le amáis no podéis resolve­
ros á separaros de él. Siu em bargo, por un resto de religión y de
temor de Dios que os ha quedado aun, descubrís toda la malicia
del m undo, y vuestra conciencia os dicta interiormente, á pesar
vuestro, que el mejor partido seria alejarse del m u n d o; mas este
partido no os agrada, y tomáis otro. A fin de no separaros de lo
que amais, quereis siempre tener las mismas relaciones en el mun­
d o. Mas á fin de calmar vuestra conciencia, que se alarma á vista
del peligro, contáis con una resolución quimérica de manteneros
firmes en cualquiera ocasion que pueda ocurrir en adelante ; es
decir, que gozáis y teneis un placer en perderos, sin querer cono­
cerlo. De este m odo os obstináis continuamente en presentaros al
combate mientras que se os dice que era necesario evitarlo, mien­
tras que Dios os manda evitarlo, mientras que muchas pruebas fu­
nestas os han hecho conocer que os es de suma importancia evi­
tarlo.
22. S ois, pu es, tanto mas culpables (y esta es la segunda re­
flexión), sois tanto mas culpables en esta terquedad porfiada que
os hace volveros continuamente al mundo y á las sociedades del
m undo, cuanto que estas obligaciones con las que creeis poder au­
torizaros no son comunmente tales com o vosotros las presentáis.
Porque, en efecto, es muy cierto que hay algunas de tal naturaleza
que cási es imposible romperlas, y que no se deben rom per sin una
evidente y estrema necesidad. Pero no son estas de las que yo os
h a b lo ; yo sé que en ese caso se debe confiar en la providencia y en
la gracia de Dios, el cual jamás falta á un alma que obra según sus
órdenes y cotí arreglo á su vocacion, y que no omite por su parte
ninguna de las precauciones que le es dado tomar. Él hará, si es
necesario, un milagro para sostenerla ; pero examinando bien eso,
que se llama ordinariamente obligaciones en el mundo, se encuen­
tra que no son obligaciones necesarias, que solo son obligaciones
de pasión, obligaciones de am bición, de curiosidad y de sensuali­
dad. Ved aquí, pues, cóm o considero yo esas visitas tan frecuentes
que hacéis á tales personas y en tales casas ; esas reuniones á que
asistís con tanta asiduidad, y en las que empleáis cási todo el tiem­
po ; esas partidas de diversión y de juego de las que hacéis una de
224 SERMON SOBRE EL RETIRO
las mas grandes ocupaciones de vuestra vida ; esas conversaciones
inútiles en las que oís á costa del prójimo todas las murmuraciones
del mundo, en las que aprendeis de otros lo que debíais ignorar, y
en las que ellos aprenden de vosotros lo que no debían saber; esos
espectáculos donde vais, donde asistís y donde se insinúa el veneno
tanto mas peligrosamente en vuestra alma y en vuestro corazon,
cuanto menos os apercibís de él. Ved aquí cóm o miro yo esas mo­
das, esos aderezos en ios trajes, en el tocado y demás adornos que
la vanidad de las mujeres ha inventado, y de que lia formado unas
costumbres tan perniciosas. Ved aquí com o considero yo las rela­
ciones que conserváis, las intrigas en que os mezcláis y los proyec­
tos que: formáis. Confesadlo, amados oyentes, y no tratéis de en­
gallaros á vosotros mismos : ¿n o podíais privaros de todo esto,
moderarlo é introducir en ello cierta econom ía? «Pero mi estado lo
exige así.» ¿Vuestro estado? ¿Y cuál estado? ¿Es vuestro estado de
cristianos? Muy léjos de exigirlo, lo prohibé. ¿Es vuestro estado de
mundanos? Mas ¿qu é necesidad hay de que en vuestro estado os
presenteis como mundanos? ¿Qué necesidad hay de que en ese es­
tado os conduzcáis según el espíritu del mundo, y no según el espí­
ritu de Dios? Ahora bien , el espíritu de Dios no reconoce por obli­
gaciones verdaderas esos hábitos ni esos usos del mundo que solo
están fundados en los principios y en los sentimientos de la natura­
leza corrompida.
23. Vosotros me diréis que el mundo se sorprenderá al veros
separados de é l ; que se hablará, que se discurrirá y que se criticará
de vosotros. ¡Y qué! vosotros dejareis hablar al m undo; vosotros le
. dejaréis criticará su placer, y tendréis, á pesar de todos los discur­
sos dei mundo, el consuelo interior de Yer que seguís el buen ca­
mino, que os guardais del peligro, y que os salvais. ¿Será el mundo
quien venga á sacaros del abismo eterno cuando hayais caido una
vez en él? Sobre muchos negocios que se os ocurren en la vida ¿se
os da algún cuidado de la opinion del mundo, ó la tomáis como re­
gla de vuestras empresas? Si el mundo me aplaude, decís, yo me
alegraré; mas si no me aplaude, yo sé lo que me conviene-, y no
pienso hacerme esclavo del mundo, ni abandonar mis verdaderos
intereses por seguir sus vanas ideas. ¡ Ay ¡am ados oyentes, ¿ n o d e -
beis tener consideraciones que guardar con el mundo mas que en
lo que mira á vuestra alma y á la eternidad ? Pero yo digo m as; yo
estoy persuadido de que el mundo mismo os hará tarde <5 temprano
la justicia que os es debida, que se edificará de vuestra ausencia y
Y LA HUJDA DEL HUNDO. 225
de vuestra separación cuando vea que la sosteneis. sábia y cristia­
namente,
24. Mas sea de esto lo que fuere, yo vuelvo siempre á m i'p ro -
‘posicion, y con ella con clu y o: huyamos del mundo, salgamos de esta
Babilonia: Egrediminide ítabylone (Isai. l v i ii ) ; huyamos en cuanto
nos sea posible de esta tierra maldita donde reina la turbación y la
confusion : Fugite de medio Babylonis (Jerem. L i) : cada uno de nos­
otros estamos interesados en ello, pues que en ello nos va nuestra
alma. No la entreguemos, pues, á un enemigo tan peligroso. Él no
busca mas que perderla : saquéenosla, y, si es necesario, arranqué-
mosla con violencia de sus manos. Sea cualquiera el esfuerzo que
haya que hacer, sea cualquiera la victoria y el sacrificio que nos
cueste, serémos recompensados suficientemente de nuestro trabajo,
si podemos conservar un tesoro tan rico : E t salvet unusqitisque emi-
mamsuam. (Ibid.), Sobre todo, vosotras, mujeres mundanas (p o r ­
que es muy cierto, y nosotros lo vem os, que las mujeres son las que
se obstinan comunmente mas en permanecer unidas al m undo),
vosotras, repito, mujeres del siglo, contraed ante Dios y ante el
mundo mismo el mérito de haber dejado el mundo antes que él os
deje á vosotras.
25. La aceptación favorable que teneis en é l, el incienso que de
él recibís, el imperio que creeis ejercer en él, todo esto no tiene
mas que un tiempo, y un tiempo muy corto. Este tiempo es seguido
de otro en que el mundo se aleja, eri que solo tiene indiferencia
para aquella que antes idolatraba, y aun desprecio cuando ve que,
á pesar de su indiferencia, ella se obstina en buscarle. Haced por de­
ber lo que haréis pronto por necesidad. Y vosotras, al menos las
que os veis reducidas por los años á esta necesidad que os es tan
amarga, procurad coger el fruto ya que sufrís la pena. Ya que esta
pena es involuntaria en sí misma, convertidla por una santa reso­
lución en un medio saludable de convertiros á Dios y de volver á
entrar en el camino de la salvación. T odo contribuirá á secundar
esta resolución. Dios con su gracia os ayudará, y el mundo tam­
bién contribuirá por su parte. Porque si temeis acaso la crítica del
mundo, esta no tendrá lugar cuando os separeis de é l, sino, por el
contrario, cuando os empeñeis en sostener con él las mismas rela­
ciones. En otro tiempo preguntaba el mundo por qué no se os veia
acá ni allá; mas tal vez principia ya á preguntar por qué se os en­
cuentra, y qué es lo que esperáis. Dichosas vosotras, porque ^vues­
tro Dios está siempre dispuesto á recibiros, aunque no tengáis que
15 i , xi.
Q2G SERMON SOBRE EL RETIRO Y L A HUIDA DEC. MUNDO.
ofrecerle mas que los-restos, y , si^me atrevoá decirlo a sí, los des­
echos del mundo.
26. No es esto decir, cristianos, por no exagerar nada, que no
haya cierto mundo cuya sociedad pueda ser inocente, y con la que
podáis conservaros. Dios se reserva en todas partes ciertos servido­
res; y en medio de las aguas que inundaron toda la tierra tenia él
un arca que encerraba una familia santa y una reunión de justos.
Así aun en el mismo siglo hay un mundo fiel, .un mundo arreglado,
un mundo, por decirlo así, que no puede llamarse mundo. Que vos­
otros permanezcáis en él, y que por otra parte guardéis toda la m o­
deración necesaria; es decir, que no traspaséis los límites de un justo
deber, de una amistad honesta, y, si así lo quereis, de unos goces
modestos y cristianos, yo consentiré en ello. Mas, sin embargo, os
diré entonces que debeis velar sobre vosotros mismos, que debeis
medir bien el tiempo que empleáis en é l, que debeis examinar bien
las impresiones que en él recibís; y que para no engañaros á vos­
otros mismos no debeis olvidar jamás la importante práctica que
os he propuesto¿ de tener vuestras horas de recogimiento y de una
soledad completa, en la que os pidáis cuenta á.vosotrbs de vosotros
mismos, y en la que os prepareis para darla á Dios, y para recibir
de él la recompensa eterna, que yo os deseo. Amen.
SERMOK SOBRE. EL LERDON DE LAS INJURIAS.

SERMON
SOBRE

EL PERDON M IAS INJURIAS.


Tune voeavit illum dominus suus et ait
illi: Serve nequam, omne debüumdimisi
tibi, guoniamrogastiwe; noñneergotépor-
.iuit.ctie.misereri eonset^ñlui, $icut-el ?ga
lui miierivs sum? Et irttivsdominusejut,
tradidü eumlortoribus. (IHatlb. xvm ).
En lotices su señor le llamó y le d ijo: Siervo
malo, jo te perdoné'cuanlo’iiie debías, por­
gue me lo, rogaste; ¿no, debías i pues, ha­
ber lenido piedad de tu compaücro, como
yo ia he tenido de ti? rE indignado el señor,
io.enlregó á ios ejecutores de la justicia.

1. Jamás ha habido una reprensión:mas convincente ni u d cas­


tigo mas justo. Por .poca;luz y poca rectitud.natural que tengamos,
nadie hay que no sienta la fuerza de la una y que no apruebe todo
el rigor de la otra. Porque ¿qué podía responder este siervo des­
apiadado y tan inflexible en exigir sin dilación una suma .de cien
dineros en el tiempo mismo en que su señor, m ovido á compasion,
y considerando su miseria, acababa de perdonarle la gran suma de
diez mil talentos? Si, pues, indignado el señor de una conducta tal,
no tiene ya consideración con este miserable, si le trata del mismo
m odo que este desgraciado ha tratado á su deudor, y si le hace en­
cerrar en una oscura prisión, esta es una sentencia ciiya equidad
se presenta desde luego al espíritu, y cuya razón es evidente. Y ed
a q u í, amados oyentes, la figura; y si nos detenemos en ella no en-
contrarémos nada que nos sorprenda ni q u e , no sea enteramente
conforme á las leyes de upa estricta justicia. Masdejemos la figura,
y hagamos su aplicación. Jesucristo la ha hecho por sí mismo en
nuestro Evangelio, y es para nosotros sin duda un motivo de admi­
ración. Porque así es, dice e lH ijo de Dios, com o obrará con vos­
otros el Padre celestial: Sic et Pater msUr cwlestis fackt vobis. (Matth.
c. x v iii). ¿Á quiénes amenaza y. á quiénes: habí a el Salvador del
mundo? A voso tnis, cristianos, y á m í, si no ejercemos con el p ié ji-
15*
*>28 SERMON
too la misma caridad que este Dios de misericordia ha ejercido tan­
tas veces y ejerce continuamente con nosotros; si en las ofensas que
recibimos del prójimo nos entregamos á nuestros resentimientos y
á nuestras venganzas; si no perdonam os, sí no remitimos liberal-
mente toda la deuda, ó si no la remitimos sinceramente y de buena
f e : Sic et Pale.r vester catlestis faciet vobis, si non remiseritis unusquis-
qwe próxima suo de cordibus ves tris. De aquí podéis juzgar, hermanos
m ios, cuán importante es que yo os exhorte fuertemente al perdón
de las injurias; pues bien, esto es lo que trato de hacer en el dia
de hoy. Está es una materia de suma im portancia, una materia en
la que yo no me atrevería á entrar si no contase, Señor, con la un­
ción divina y con-la eficacia omnipotente de vuestra palabra. A yu­
dadm e, Dios mió, en un asunto en que mas que nunca necesito de
vuestra gracia. Y o os la pido por la intercesión de M aría, á quien
saludarémos diciendo: Ave M aría.
2. Si yo hablase con paganos, y les hablase como filósofo, p o­
dría encontrar en los principios mismos de la prudencia del mundo
razones con que reprimir los arrebatos de la venganza, y condenar
los excesos de una pasión tan ciega como violenta y furiosa. Mas, sin
em bargo, convengam os, amados oyentes, en que con todas las prue­
bas de la filosofía humana discurriría mucho y convencería poco, y
-en que los mas bellos razonamientos no tendrían otro resultado que
el de satisfacer vuestra curiosidad sin convencer vuestro espíritu
¡ni mover vuestros corazones. Es necesario, pues, proceder de mas
alto, y recurrir á la Religión. Es necesario hablaros, no como sabio
del mundo, sino como predicador de Jesucristo. Es necesario para
someteros valerme de la autoridad del mismo Dios, y, para obliga­
ros, proponeros un interés eterno. Oid con atención todo el plan
de mi discurso, que expresaré en dos palabras. Y o os voy á hablar
d e uno de los mayores preceptos de la ley, y , á fin de moveros á que
lo pongáis en práctica, voy á establecer dos proposicion es que divi­
dirán este discurso. Dios tiene derecho para mandarnos en favor del
prójimo el perdón de las injurias que hemos recibido de é l; esta es
la primera proposicion y la primera parte. Si rehusamos al prójimo
-este perd ón , damos á Dios un derecho para que no nos perdone jai-
m ás; esta es la segunda proposicion y la segunda parte. Prestadme
■atención, amados oyentes. ¿Quereis disputar á Dios su derecho?
Y o os lo voy á justificar, ¿Pretendeis que Dios, perdonándoos á
nosotros cuando vosotros no hayais perdonado, abandone así su de­
sech o? De esto es de lo que os voy á desengañar. No se trata aquí
SOBRE EL PERDON DE LAS INJURIAS. 22&
de bellas palabras ni de adornos de elocuencia cristiana, sino de ha­
ceros comprender vivamente dos verdades de las mas importantes.
Principiemos.

Primera parte.

3. Y o lo confieso, cristianos, el perdón de las injurias es difí­


cil, y nada hay en el corazon del hombre que no lo repugne. Esto
es lo que el cristiano tiene de mas sublim e, de mas heroico y (le
mas perfecto. Perdonar sinceramente y de buena fe, perdonar com ­
pletamente y sin reserva, ved aquí i repito, juzgando por los sen­
timientos naturales, la prueba mas dura de la caridad, y uno d é lo s
mas grandes esfuerzos de la Religión. Mas, sin embargo, yo sosten-
go que Dios tiene derecho para exigirlo de nosotros, y digo que lo
exige en efecto; ¿y de qué m odo? Como soberano, com o padre?
como modelo y com o juez. Como soberano, por la ley que nos im ­
p on e; como padre, por los bienes de que nos colm a; como modelo*
por los ejemplos que nos da, y com o ju ez, por el perdón que nos
promete. T odo esto es de suma importancia; procurad compren­
derlo.
4. Perdonar las injurias y amar á los enemigos es un precepto,,
amados oyentes, fundado en todas las leyes divinas, y tan antiguo
com o la verdadera Religión. En la ley natural, en la ley escrita y
en !a ley de gracia este amor de los enemigos ha sido de una obli­
gación indispensable; y cuando se decía á los ju d ío s: vosotros ama­
réis á vuestro prójimo y odiaréis á vuestro enem igo, no era Dios-
quien lo decia, advierte sao A gustín, sino ellos, que interpretaban
mal la ley de Dios. Esta no era una tradición de Moisés, sino una,
tradición de los fariseos que, corrompiendo la ley de Moisés, creian
que el precepto de amar al prójimo les concedía la libertad de odiar
á sus enemigos. Jesucristo no ha establecido, pues, un precepto
nuevo, cuando usando de todo su poder de legislador nos ha dicho *,
Amad á vuestros enemigos y perdonadlos, sino que solamente ha¡
renovado esta ley que estaba como arrojada de la memoria de los
hom bres: él no ha hecho mas que explicar esta ley que estaba com o
oscurecida por la ignorancia y los errores groseros de los hom bres;
él no ha hecho mas que autorizar esta ley que estaba com o abolida
por la corrupción en que vivían la mayor parte de los hombres*
Porque si vosotros no amais, proseguía el Salvador del mundo,,
mas que á los que os aman, ¿qué hacéis en esto mas que lo que ha-
230 SERMON
cenj Ios! publícanos? ¥ si solo teneis caridad con vuestros hermanos,
¿qüéíhay' en esto que os eleve sobre los pagatios? Toda vuestra ca­
ridad entonces no puede ser digna de Dios, ni tal com o Dios la exi­
g e , pues que no es una caridad sobrenatural, sino puramente hu­
mana. Y ved aquí por qué, concluía el Hijo de Dios, os está mandado
que améis aun á vuestros enemigos, que perdoneís á vuestros ene­
migos las ofensas que creeis haber recibido de ellos, que conservéis
la paz, y que la procuréis con vuestros enemigos. Así ha debido ha­
cerse en todos tiem pos, ystsí lo debeis hacer' ahora en virtud1del
precepto que os intimo'ó que reitero, y que os hago conocer en los
términos lilas form ales: Ego autem dico vobis: Diligite mímicos ves­
tros. (M atth. v ).
& Ahora bien, supuesto este precepto, yo sostengo, cristianos,
q u e Dios tiene el derecho incontestable de obligarnos á él, porque
él es Sobfei'afto; y que por consiguiente estamos nosotros indispen­
sablemente1obligados á someternos y á obedecerle, á fin de r e co -
noeei* en esto com o en todo lo demás nuestra dependencia, y para
rendir á su soberano poder el homenaje que le es debido. Precepto
apoyado en las razones mas sólidas y mas convincentes; mas cuan­
do se trata de la autoridad de Dios y de la sumisión absoluta que él
exige de nosotros en cualidad de Ser supremo, seria en cierto modo
hacerle un uKraje querer disputar con él. Él lo manda y basta. Él
3o d ice: Ego autem dico vobis; y no es necesario mas. ¿Y quién sois
v o s , en efecto, ó hombre, para entrar en discusión con vuestro Dios?
¿Os pertenece acaso razonar sobre sus1adorables designios ? O homo,
tu quis es, qui respmdms D w ? (Rom . ix ).
6. ¿Cuál es, pues, la respuesta mas corta y mas decisiva para
deshacer todas vuestras excusas y destruir las pretendidas justifica­
ciones con que vuestra venganza trata de ponerse á cubierto? Vedla
aquí. Es que Dios quiere qne perdoneís, y qué perdoneís de cora­
z o n ; es decir, que no os eontenteis con guardar cierta exterioridad
para no dar motivo á ningún rompimiento, sino que arrojéis de vues­
tro corazon toda animosidad y todo resentimiento voluntario. Dios
ío quiere, y yo os lo anuncio en su n om bre: Ego autem dico vobis.
Á esto no podéis dar ninguna respuesta que no se destruya por sí
m ism a.—1Mas este sacrificio me costará muy ca ro .— A pesar de eso,
desde el momento en que os consta que es necesario hacerlo, no de­
beis examinar si os costará mucho ó poco, pues que nada hay tan
precioso que no debáis sacrificar á D ios.— Mas este es un esfuerzo
superior á la n a tu raleza.^ Por eso no se os exige según la natura-
SOBRE EL PERJfílW DE LAS INJURIAS. 231j
íézá, sino segun la gracia, que; no os faltará jamás* y que es bas-.
tánte poderosa para ayudaros, — Mas yo siento en esto una repug­
nancia que no puedo vencer: ¿c ó m o , pues, me podré hacer una
Violencia tal?-— Este es un error, responde san Jerónimo; cuando
Dios os lo manda, os es p osible, pues Dios no manda cosa alguna
imposible. ¿Y qué cosa hay mas posible para vosotros, añade el
mismo santo Doctor, que lo que depende absolutamente de vues­
tra Voluntad? Aquí no podéis alegar com o en muchos otros precep­
tos la distancia de los lugares, la fortunadla edad, la salud ni las
demás excusas.—-M a s ¿qué dirá el m u n do?-^ D irá que sois cristia­
nos, y que os conducís com o cristianos; dirá que sois sumisos á Dios*
y vuestra fidelidad le edificará. O si él no piensa ni habla'de este
modo, piense ó hable lo que quiera , vosotros despreciaréis sus jui­
cios y sus discursos, y tendréis siempre presente que á la voluntad
de Dios y no á las ideas del mundo es á lo que debeis conformaros,
— Pero se me tendrá por un espíritu d ébil, y está empeñado en ello
mi honor. — Vuestro mayor honor consiste en renunciar por respeto
á Dios á todos los honores mundanos, y el acto mas heroico de la
verdadera fortaleza consiste en renunciar á vosotros mismos y al si­
glo p rofan o.— Mas este hombre se prevaldrá de mi indulgencia y
se hará mas atrevido para acometerme.'— Tal vez por el contrario
se' ablandará al ver vuestra conducta religiosa: mas si no fuera así,
si él se hace mas malo para con vosotros, vosotros os haréis mejo*
i'éspára con Dios , á quien solo os importa agradar. Ay t cristia­
nos, ¡cuán fecundo es nuestro amor propio en sutilezas para justi­
ficarse y pará sustraerse impunemente á la ley de D ios! Si yo tratara
de descubrir todos sus artificios, seria esto una materia que jamás
podrí ai agotar; mas, aurr cuando fuese mil veces mas artificioso y
mas* sutil , es necesario, sin embargo, que se someta al imperio del
Soberano que nos prohíbe todo odio, y que se expresa tan; clara­
mente en estas palabias: Ego autemdico vobis: Düigiíe mímicos ves-
tros.
7. Mas- no es, sin embargo, por una obediencia pura y por una
sumisión forzosa p or lo que él quiere obligarnos á la observancia
de su ley. Í¡1 quiere que el reconocimiento tenga parte, y el p e r-
don que pide para el prójimo lo exige mas bien como bienhechor y
com o padre que com o legislador y como soberano. Si él nos exi­
giera que amásemos & nuestros enemigos y que los perdonásemos
por ellos mismos, su precepto podria parecemos duro y riguroso*
Porque es cierto que, considerando precisamente la persona de un
232 SERMON
enemigo que se levanta contra nosotros, nada vemos en ella que no
sea repugnante, nada que no nos ofenda y que no sea capaz de ex­
citar en nuestro corazon la hiel mas amarga. Mas ¿qué hace Dios?
Él se presenta á vosotros, amados oyentes, y, apartando nuestros
ojos de un objeto que les ofende, os manda que le miréis á él. Él
no os d ic e : es por este 6 por aquel por lo que os mando que los per­
donéis; sino que os dice: por mí es por quien os impongo tal pre­
cepto. No os dice: perdonadlos, porque ellos lo m erecen; s in o :
perdonadlos, porque yo merezco que les perdoneís. No os d ic e : te­
ned consideración á lo que les debeis, sino, por el contrario, consi­
derad lo que se me debe y lo que yo les he cedido. Así fue com o los
hijos de Jacob movieron el corazon de su hermano José que habían
vendido tan indignamente; y así fue como obtuvieron de él el per-
don del atentado menos perdonable, á que la envidia les habia ar­
rastrado contra su propia persona. Vuestro padre, le dijeron, y el
nuestro nos ha encargado que os hagamos una petición en su nom­
b re, y es que no penseis mas en el crimen de vuestros hermanos,
y que olvidéis la enorme injusticia que han cometido con v o s: P a-
1er tuus prcecepit nobis uthaic libiverbis iltius dicercmus : obsecro ut obli~
víscaris sceleris fratrum tuorum, et peccati, atque malilla} quam ex er-
cuerunt in te. (Genes, l ) . A la memoria de Jacob, de ese padre que
José amaba, y de quien habia sido tan tiernamente amado, sus en­
trañas se conm ovieron, las lágrimas brotaron de sus ojos, y bien
léjos de prorumpir en amenazas, y de reprender á sus hermanos su
bárbara inhumanidad, los alentó: Nolite timere. (Ibid.). Él mismo
los defendió y los excusó en cierto modo : Fos cogitastis de me
2um, sed Deus vertit iltud in bonum. (Ibid.). Él se hizo su apoyo y su
protector: Ego pascam vos et párvulos vestros. (ibid.). Pues bien, cris­
tianos, yo me dirijo á vosotros, no en nombre de un padre tempo­
ral ni de un hombre como nosotros, sino en nombre del Padre ce­
lestial , en nombre de un Dios criador y de un Dios redentor. Muchas
veces quizás, al recordaros de sus beneficios, habréis exclamado
com o David en un acceso de piedad y de c e lo : Quid retribuam D o -
minopro ómnibus qua? retribuit mihi? (Psalm. c x v ), ¿Qué os daré yo,
ó Dios mío, por todo lo que Vos me habéis d a d o ; y qué haré yo por
V os, Señor, despues de lo que habéis hecho por mí? ¿Cuántas ve­
ces habréis deseado la ocasion en que poder darle un testimonio con­
vincente de vuestro am or? Pues no busquéis otro mas que este; y
desde el momento en que perdoneís por Dios, contad con seguri­
dad que le amais. Y o no sé si comprendéis bien mi pensamiento;
SOBRE EL PEBDON DE LAS INJURIAS. 233
él es verdadero é indudable, y para un alma todavía susceptible de
algún sentimiento religioso no veo otro mas convincente ni mas con­
solador. Expliquémonos. El consuelo mas grande que puedo yo te­
ner en el mundo es el depoder creer, con la certéüa posible, que amo
á D ios, que le amo, no con un amor sospechoso y aparente, sino con
un amor real y verdadero; porque tan cierto como estoy de mi am or
para con él lo estoy también de sü amor para conmigo y de su gra­
cia. Ahora bien, de todos los testimonios que yo puedo desear so­
bre esto ninguno hay menos equívoco ni mas seguro que él de per^
donar á un enem igo; ¿y por qué? Porque solo el amor de Dios y
el amor mas puro es el que puede determinarmeá este perdón. No
es la naturaleza la qué me m ueve, pues que él la combate directa­
mente; no es el m undo, pues que el mundo tiene unas:máximas
directamente opuestas. De aquí se sigue que solo Dios es la causa,
que solo el amor de Dios es el principio, y que al decir á D ios: yo
os am o, Señor, y en prueba de que os amo perdono de buena fe
tal injuria que se me ha hecho, me pongo á cubierto al hablar de
este modo de toda ilusión.
8. ¡Y qué unción, amados oyentes, no acompaña á este testi­
monio secreto que el hombre se da á sí mismo! Y o tengo motivo
para pensar que amo á mi Dios, y que le amo verdaderamente. Y o
hago ciertas cosas por mi Dios que no puedo hacer sino por é l, y
que por consiguiente lo hago puramente por él. ¡Cuánto placer no
se encuentra en esta reflexión! Pero el mal consiste en que sin con ­
siderar jamás á Dios en el h om bre, solo miramos al hombre mismo,
y de aquí nacen esas largas y vanas declamaciones sobre el trata­
miento indigno que hemos recibido sobre la audacia del uno, sobre
la perfidia del otro, sobre muchas cosas que desfiguramos con fre­
cuencia, que exageramos y que nos representamos con los mas ne­
gros colores. ¡A y l cristianos, yo convengo en que sea com o lo de­
cís y como os figuráis; mas ¿n o habéis de comprender vosotros que
de eso no es de lo que se trata? que cuando os exhortamos á per­
donar no pretendemos justificar al prójimo en razón á que si fuera
inocente no habría necesidad de perdonarle? ¿Qué es, pues, lo que
pretendemos? Es que os eleveis sobre el hom bre, que deis á Dios
lo que rehusáis al hom bre; es que penseis que Dios se considerará
h onrado, glorificado, y, si me atrevo á decirlo así, obligado por lo
que haréis en favor del hombre. Desde el momento en que esta ver­
dad fundamental se haya impreso en vuestro espíritu ¿habrá es-
334 SÉHHÍON
fuerzo1alguno que os acobardo ó que pueda acobardaros y dete­
neros ?
9* Caminemos mas adelante, y si necesitamos un grande ejem ­
plo para excitarnos masy arreglar nuestra conducta, el mismo Dios,
como modelo, nos servirá de ejem plo, y nos convencerá con su mi­
sericordia para con nosotros y con la dulzura de su conducta, por­
que si queremos quejarnos y vindicar nuestros derechos, jamás ha
habido ni habrá una réplica para el argumento que Dios nos hace
en este dia bajo la Ggura de este señor del E vangelio: Omne debí-
tum dimüi Ubi; ¿nonne ergo oportuít et te misereri conservi tui?
(Matth. x v m ). Y o amo á mis enemigos y los perdono ; yo os lie
amado también á vosotros, ¿ y cuántas veces os he perdonado? ¿N o
debeis vosotros, pues, perdonar también com o y o ? Razón que ríos
cierra la boca' y que nos rinde con el peso de su autoridad. Á fin
de examinarla á fon d o, consideradla, amados oyentes, bajo todos
aspectos. Considerad las ofensas por una parte y por otra, y com ­
parad la persona que las recibe y la que las causa, el poder y el
modo de vengarse, el interés que puede tener en perdonar, el fin
que puede proponerse en lo uno y en lo otro; pesad, repito, exac­
tamente todo esto, y veréis com o el ejemplo de un Dios os conde*
na , y com o es bastante este solo ejemplo para haceros criminales
si no lo seguís. Segun él vuestras venganzas os parecerán llenas de
injusticia, de flaqueza , de vileza, de ceguedad y de ingratitud pa­
ra con Dios, y de olvido para con vosotros mismos. Todas estas
consideraciones son dignas de vosotros, y piden una atención es­
pecial.
10. Y descendiendo á los porm enores, nosotros estamos ofen­
didos por una injuria, y muchas veces nos quejamos de ella á Dios
mismo ; mas ¿cuántas injurias ha sufrido él y sufre diariamente?
Nosotros no podemos sobrellevar que un hombre haya atentado
contra nosotros y nos haya ultrajado ; mas Dios nos hace ver á mi­
llones de hom bres, Ó mas bien á todos los hombres juntos , que se
sublevan contra él y le deshonran. Nos cuesta mucho trabajo su­
frir que tal 6 tal persona nos trate mal por mucho tiempo. Mas
Dios nos responde que despues de haber criado al m undo, el mun­
do no ha dejado un momento de insultarle. Nos es muy molesto ver
un enemigo en tal familia 6 en tal corporacion, mas Dios los tie­
ne en toda la tierra. ¿ Y por qué nos manifestamos tan sensibles, y
en qué fundamos tanta delicadeza? En una palabra, muchas veces
SOBRE EL PERDON DE LAS IB JUSTAS. 235
m alentendida, en una censura tomada en mal sentido, en una
contestación, en una ligereza impremeditada, en un menosprecio
muy pequeño, en un aspecto frío é ‘ indiferente, en una vana pre­
tensión que se nos disputa sobre un punto de honor. Ved aquí,
pues, vosotros lo sabéis, ved aquí lo que hace nacer entre los hom ­
bres las mas grandes enemistades, y esto aun entre esos hombres
tan celosos por pasar en el mundo por sábios y por espíritus fuer­
tes. Mas st se consideran las enemistades de los hombres en su ori­
gen, dice san Juan Crisóstomo, [cuán frívolas son! ¿ Y qué compa­
ración tienen con cuanto se ha hecho y se hace diariamente contra
nuestro D ios, con las impiedades, con los sacrilegios, las impre^-
caciones y las blasfemias, con las profanaciones desús altares, de su
nombre y de sus mas sagrados misterios, con los atentados perpétuoff
y formales contra su ley? Mas ¿quién es él sino el soberano Señor
criador del universo, y quiénes somos nosotros sino unas débiles cria- -
turas que él ha formado por su mano y sacado de la nada? S i, pues,
siendo como somos viles esclavos, nos quejamos tan altamente de las
menores ofensas, ¿n o tendrá él derecho para confundirnos con su
ejemplo, y para decim os : Omm debitum dimisi tibi; nonne ergo opor~
tuit et te misereri? Y o , la grandeza misma, y o , digno de todos los ho*
menajes,mas expuesto á toda la insolencia délos pecadores y á todos
los excesos de suspasiones las masbrutal.es, yo olvido en cierto m odo
por ellos la superioridad de mi ser, y la innumerable multitud, la;
gravedad y la enormidad de sus ofensas. Y o mismo les tiendo la:
mano para lla m a r le s y o mismo les abro el seno de mi misericor­
dia para recibirlos, yo mismo los preparo con mi gracia y les c o ­
munico mis mas ricos dones. Así es como yo ob ro, sin embargo de
ser Dios com o soy. Mas vosotros, enemigos irreconciliables, vos­
otros solo escucháis la venganza que os anima y la cólera que os
transporta. Vosotros, hom bres, quereis tratar con todo rigor a
otros hombres com o vosotros : Nonne oportmt et te misereri comerisi
iui? [V osotros, sin acordaros de vuestro común origen que os ha-*
ce á todos iguales en mi presencia, quereis prevaleros de cierta dis­
tinción humana para exagerar cualquier falta qne se comete con­
tra vosotros, y para reducirla al número de las faltas irremisibles!
¡V osotros, midiendo todo lo vuestro, y temiendo perdonar cosa
alguna de vuestros derechos mas bien imaginarios que reales , p a -
sais los años y tal vez toda la vida en divisiones escandalosas por
no dar un solo paso para reconciliaros; y por una ocasion, por un
momento en que vuestro hermano ha faltado, pedís una repara-
236 SERMON
cion sintérm inol ¡V osotros, lisonjeándoos de no llevar las cosas a!
extrem o, permaneceis en una indiferencia que indica demasiado la
aversión y el alejamiento de vuestro corazon! ¿Son estas las reglas
de caridad que yo os he recomendado y de que he querido ser el
m odelo?
11. ¡Desgraciados de nosotros, hermanos mios, sí no nos con­
formamos con este divino ejemplar! El pecado original del hombre
consistió en querer igualarse á Dios; mas aquí no solamente nos
permite Dios, sino que nos aconseja, nos exhorta y nos manda ser
perfectos com o él. ¿ Y cóm o se puede concordar lo uno con lo otro?
Nada mas fácil, responde san Agustín explicando esta aparente con­
tradicción. El primer pecado del hombre consistió en querer ser
semejante á Dios en lo que mira á la preeminencia de este Ser su­
prem o, es d ecir, que deseó ser grande como Dios, esclarecido co ­
m o D ios, é independiente com o Dios. Este era, pues, un orgullo
insoportable y una presunción criminal. Mas la perfección consiste
en parecerse á Dios por la imitación de su santidad y de sus virtu­
des; quiero d ecir, en ser caritativo com o D ios, misericordioso co­
m o Dios, y paciente como Dios : Estote perfecti sicut et Pater vester
caelestisperfectus est. (Matth, v ).
12. Y o digo mas, y sostengo, amados oyentes, que este ejem­
plo debe ser tanto mas eficaz para vosotros, cuanto que os es per­
sonal* Procurad comprender esto. Y o no os he hablado sino en ge­
neral de los ultrajes que Dios recibe de los hombres y de todo lo
que él les perdona con tanta liberalidad y tan espontáneamente;
mas ¿qué seria si, dirigiéndome en particular á cada uno de cuantos
componen este auditorio , le pusiera ante los ojos todo lo que le ha
perdonado Dios en el discurso de su vida, y que él se gloria, en
efecto, que Dios le perdona? ¿Q u é seria si yo presentase á este
mundano todas las abominaciones de una costumbre viciosa en
la que se ha entregado á los deseos mas desarreglados, en la que
sin moderación y sin freno se ha abandonado á los mas vergonzo­
sos desórdenes, en la que se ha rebelado mil veces contra su pro­
pia conciencia, ha ahogado la voz de Dios que se dejaba oír de él,
ha desechado la gracia de Dios que le ilustraba y le hacia fuerza,
ha pisado la ley de Dios que le importunaba y mandaba con im pe­
rio , ha criticado los misterios mas santos de Dios cuya creencia le
condenaba, y cuya idea le fatigaba y le turbaba, ha sacrificado to­
dos los intereses de Dios al objeto perecedero que le encantaba y
le poseía? ¿Q ué seria si recorriendo los demás estados aplicase es-
SOBRE EL PERDON DE tA S INJURIAS. 237
ta moral al im pío, al ambicioso, al avaro (porque hay muchos m o­
tivos para creer que en esta reunión se encueptren de toda clase
de pecadores), qué seria, repito, amados oyentes, si yo os pre­
sentara á la memoria todas vuestras iniquidades, y razonase con
vosotros de este modo : ved aquí lo que Dios ha tolerado, ved aquí
en lo que ha usado con vosotros de toda sú indulgencia, ved aquí
lo que ha olvidado cien veces para atraeros á sí y para aproximar­
se á vosotros ? ¿C óm o podríais excusaros jamás de seguir un ejem­
plo tan poderoso y tan im perioso? Pues bien, esto que os diría yo
os lo dice Dios actualmente en el fondo de vuestra alma : Serve n e-
quam, omne debitum dimisi tibi. Siervo m alo, á tí es á quien espe­
cialmente he perdonado todo, tibi. Y o podia arrojarte eternamen­
te de mi presencia, y te he buscado; tú tienes para mí una indo­
cilidad, una insensibilidad y una dureza de corazon capaz de ce­
gar las fuentes de mí misericordia, y sin embargo nada ha podido
agotarlas. ¿Con qué razón y por qué monstruosa oposicion un deu­
dor á quien se le ha hecho gracia en deudas muy cuantiosas de
que se hallaba abrumado podrá proseguir con una severidad in­
exorable el pago de una cantidad tan pequeña com o la que te se
debe? Omne debitum dimisi tibi; nonne ergo oportuit et te misereri
conservi tui?
13. Mas tal vez, cristianos, dudéis de este perdón de parte de
Dios con respecto á vosotros. Porque ¿quién sabe si es digno de
amor 6 de od io, y quién puede estar cierto del perdón de sus pe­
cados? Pues bien, si temeis no haberlo conseguido tod avía, yo os
voy á enseñar el m odo infalible de alcanzarlo, haciéndoos conside­
rar á Dios como ju ez; y si hay alguna verdad que deba hacer im ­
presión en vuestros corazones, ¿no es esta, por la que concluyo mi
primera parte? Es cierto, tal es en esta vida nuestra triste suerte y
la terrible incertidumbre en que nos encontramos : nosotros sabe­
mos que hemos p ecad o, y no sabemos si Dios nos ha perdonado.
Los mas grandes Santos no lo sabían tam poco, y los penitentes por
estado, despues de haber pasado muchos años en los mas rigurosos
ejercicios de m ortificación, sobrecogidos no obstante de pavor, se
preguntaban unos á otros, como nos lo enseña san Juan Clímaco:
jA y ! hermano m ió, ¿pensáis vos y puedo yo pensar que mis peca­
dos hayan sido perdonados? Si los Santos estaban penetrados de
este sentimiento, ¿cuál debe ser el de tantos pecadores? Pues bien,
en la materia de que trato tengo un medio para sacarlos de la in­
certidumbre que los turba, y para darles la mayor seguridad, pues
$38 SERMON
que está fundado en la palabra del mismo Dios y en el oráculo de
Ja verdad eterna. En efecto, Dios es el q u e c o s lo ha dich o; y siéJ
nos manda perdonar, lo hace añadiendo á su precepto esta prome­
sa irrevocable y de tanta fuerza : Y o os perdonaré:Dimittite^ct di-
mitteminL (Luc. v i). ] Cuánto fondo de esperanza y qué motivo pa­
ja animar nuestra caridad en solas dos palabras! En ellas no hay
ambigüedad ni equívoco, no hay restricción ni excepción; todo es
en ellas inteligible, todo es preciso y formal. Notadlas bien : Dios
por la boca de su Hijo d o nos dice, perdonad y yo os perdonaré
ciertos pecados; sino, que de cualquier clase que puedan ser "vues­
tros pecados se os perdonarán, et dimittemmi. No nos dice, per­
donad, y yo os perdonaré muchos pecados ; sino, aun cuando fuese
su núm ero, según Ja expresión del Profeta, mayor que el de los
cabellos de vuestra cabeza, todos se os perdonarán, et dimitlemini.
No nos d ice, perdonad, y despues de un tiempo marcado para sa­
tisfacer á mi justicia os perdonaré; sino, desde el momento en que
hayais perdonado se os perdonarán vuestros pecados, et dhnittmii-
ni. De tal m od o, cristianos, que desde el momento en que yo per­
d o n o , y que perdono por respeto á Dios y por amor de Dios, pue­
do contar con el perdón de mis pecados, com o cuento con la infa­
libilidad de Dios y con su inviolable fidelidad. Lleno de esta con­
fianza me acerco al altar del Señor, y, sin olvidar el respeto debi­
do á su infinita Majestad, me atrevo á hablarle de este modo : Y o
soy pecador, y lo conüeso en vuestra presencia, ¡oh Dios m iol mas
á pesar de serlo, Yos me recibiréis en vuestra gracia, porque según
vuestro mandato yo también he hecho gracia. En el sacrificio que
OS voy á presentar no tengo otra víctima que ofreceros que mi co­
razon y mi resentim iento; yo os la sacrifico, Señor: esta es una
ofrenda digna de V os, pues que está purificada con el fuego de la
caridad; y si Vos desecháis esta ofrenda, yo apelaré á vuestra pa­
labra ; y si me imputáis no obstante algún p eca d o, despues de ha­
berlo rescatado con este sacrificio, y o diré, Señor, y Vos me per­
mitiréis decirlo, ó que Vos me habéis engañado, ó que habéis va­
ria d o; y ni lo uno ni lo otro puede suceder.
14. No lo dudéis, amados hermanos, cuando hayais hecho un
esfuerzo semejante, y dirijáis á Dios una súplica tal, él os escucha­
rá ; él os responderá en lo íntimo del corazón lo qu ed ijo á la Mag­
dalena al despedirla : Id en paz, vuestros pecados os son perdona­
d o s : Remittuntur tibi peccata; vade m pace. (Luc. v n ). El ministro
,de la Penitencia, testigo de una disposición tan santa, y contando
SOBRE EL PERDON DE LAS INJURIAS. 230
con todas las demás que en ella se encierran , pronunciará sin du­
dar la sentencia de vuestra absolución, y derramará sobre vosotros
todas las bendiciones del cíelo. Vosotros os retiraréis contentos de
Dios y de vosotros mismos. Pues b ien , con todas estas condiciones
y por todos estos títulos, decidme si Dios no tiene derecho para
exigir de vosotros el perdón que él os ordena y del que os ba heeho
una ley. Mas desde el punto en que no quereis conceder este per-
don tan legítimo y tan expresamente mandado, ¿n o dais á Dios un
derecho ,e special para que no .os perdone jamás ? Esto es lo que Tais
á ver en la

Segunda parte.

15. L o que mas tememos comunmente, y lo que pos es mas m o­


lesto y menos sufrible en esta "vida, es que se nos trate co m o n o s-
otros tratamos á los demás, que se nos juzgue com o nosotros ju z­
gamos á los demás, que senos persiga y sen os condene com o per­
seguimos y condenamos á los demás. Nuestra injusticia llega hasta
el extremo de no querer tolerar nada á aquellos con quienes esta­
mos unidos por los vínculos de la sociedad , y do pretender que
ellos nos lo sufran tod o, que nos lo cedan to d o , y qué en nuestro
favor renuncien á todo. Si por una correspondencia muy natural
ellos se portan con nosotros como nosotros nos portamos con e llo s ;
gi se levantan contra nosotros del mismo m odo que nosotros dos
levantamos contra ellos; si nos hacen sentir todo el rigor que ellos
sienten.de nuestra parte, nos desconsolamos y nos resentimos, P e-
ro ¿con cuánta mas razón debemos temer que Dios se sirva para
con nosotros de la misma medida de que nosotros nos servimos
para con el prójim o; es decir, que se haga tan implacable con nos­
otros com o nosotros io somos con nuestros herm anos, y que el
perdón que no queremos concederles no nos lo conceda él tampo­
c o ? Pues b ie n , á esto es á lo que nos exponemos por nuestra in­
flexible dureza y por nuestras enemistades. No queriéndonos con­
formar con su conducta, le obligamos á conformarse á la nuestra,
y obstioándonos en no perdonar nada, le damos un derecho espe­
cial para que no nos perdone jamás. ¿ Y por qué? Porque entonces
nos hacemos singularmente culpables, y culpables de cuatro ma­
neras. O ídlas: culpables para con D io s, culpables para con Jesu­
cristo Hijo de D ios, culpables para con el prójimo que ocupa el lu­
gar de D ios, y culpables para con nosotros mismos. Culpables para
240 SERMON
con D ios, cuyo precep to, y uno de los mas principales, violamos *
culpables para con Jesucristo Hijo de Dios, al cual renunciamos en
cierto mododesde querenunciam osal carácter masdistinguidoy mas
notable del Cristianismo; culpables para con el prójimo que ocupa el
lugar de Dios, y á quien rehusamos lo que l e debemos en consecuencia
d é la cesión que Dios le ha hecho de sus derechos; culpables, en fin,
para con nosotros mismos, ya porque d o s desdecimos d e la súplica
que hacemos diariamente á Dios, ya también porque pronuncia­
mos contra nosotros mismos en esta súplica nuestra propia con ­
denación. ¡Qué materia tan extensa y qué nuevo fondo de moral!
Escuchadme en tanto que os la explico.
16. Es necesario no persuadirse, cristianos, que sea indiferen­
te perdonar ó no perdonar, y que cumpláis ante Dios con represen­
tarle la justicia de vuestros resentimientos y de vuestras vengan­
zas por la gravedad de las injurias que os hacen. Por mas ofendi­
dos que podáis estar, Dios os prohíbe que sigáis los movimientos
de vuestro corazon agriado y envenenado, y por mas violenta que
sea la pasión de vuestra alma, él quiere que la sofoqu éis; ¿ y por
qué? Porque se ha reservado para sí solo el derecho de vengaros
y de haceros justicia cuando le plazca y según le plazca : M ihivin­
dicta et ego retribuan. (R om . x ii). Él no pretende que sin motivo
ni objeto se os acometa , ni que el daño que recibís quede im pun e;
mas porque, si os permitiera que vosotros mismos fuérais los jueces
■y los ejecutores de la justa satisfacción que podéis exigir, todos los
lazos de la sociedad se romperían bien pronto, y la caridad des­
aparecería det m undo, á fin de mantener esta sociedad que él ba
establecido, ,y conservar entre los hombres la caridad que les es tan
necesaria, os manda que le confiéis vuestra causa, que descanséis
en él, y que reprimáis hasta el menor resentimiento que os pudie­
ra conducir á las disensiones’y á una fatal desunión. Precepto tan
expreso y de una obligación tan estrecha, que aun en el acto mis­
m o de ir á presentar á Dios cualquier otro sacrificio quiere Dios
que os separeis dei altar, que dejeis la víctima, y vayais ante todo
á reconciliaros con vuestro enemigo. Sin esto , sea cualquiera la
ofrenda que presenteisen su santuario y que le ofrezcáis, él la des­
echa y la reprueba. ¿Q ué hacéis, pues, amados oyentes, cuando
por una división escandalosa ó por una secreta desunión, sepa-
Tais lo que Dios habia u n id o, y turbáis la paz cuyo autor y cuyo
sagrado vínculo es el mismo Dios? Además del enemigo visible que
teneis en la tierra, y á quien encolerizáis todavía mas, suscitáis con­
SOBRE EL PERDON DE LAS INJURIAS. 241
tra vosotros otro enemigo en el .cielo mucho mas poderoso y mas
terrible, sin embargo de ser invisible. Pues bien, hacerse así cul­
pable y condenable á los ojos de Dios ¿no es autorizarle especial­
mente para que os castigue, y que os castigue sin remisión?
17. N o, cristianos; mientras que seáis inflexibles con vuestros
hermanos no espereis que Dios deje de serlo con vosotros. V os­
otros os prosternaréis á sus piés, vosotros gemiréis ante é l , vos­
otros heriréis vuestro pecho y prorumpiréis en sollozos á fin de
ablandarle; pero la misma dureza que teneis con un hombre com a
vosotros tendrá él con vosotros; y á pesar de vuestros gemidos y
de Tüestros suspiros no espereis de él otra respuesta que este ful­
minante anatema : Nada de misericordia para aquel que no ha te­
nido misericordia : Judicium sine misericordia illi qui non fecit mise-
ricordiam. ( Jacob. 1 1 ). Es cierto que en su Iglesia hay un tribunal
de misericordia para los pecadores y para el perdón de sus peca­
dos, y que ha revestido á sus ministros de su poder para que os
absuelvan; mas ese poder está suspendido con respecto á vosotros
desde el momento en que quereis conservar en vuestra alma el fer­
mento que la envenena , y en ese caso deberá el ministro despedi­
ros con estas palabras: Judicium sine misericordia illi qui non fecit
misericordiam. Es verdad que Dios manda á los sacerdotes que re­
doblen sus cuidados para vuestro socorro á la hora de la muerte,
y que os comuniquen abundantemente todas las gracias que ellos
pueden dispensar. Mas si ellos no pueden reduciros á una reconci­
liación sincera y cordial, ni tienen testimonios de ella, les prohíbe
aun en este formidable momento que os apliquen los remedios es­
pirituales de que os hace indignos vuestra mala disposición; y mas
bien quiere que os dejen morir sin Sacramentos y com o réprobos,
que no que os los administren en tal estado, á fin de que se cumpla
su palabra: Judicium sim misericordia illi qui non fecit misericordiam.
1 Ay I jcuántos pecadores se han presentado así en el juicio de D io s;
y si muchos de ellos han consentido en el último extremo en pre­
tendidas reconciliaciones, cuántos, bajo engañosas apariencias, han
muerto tan enemigos como lo eran antes! Porque es cierto que en­
tre todas las pasiones no hay ninguna que se imprima mas profun­
damente que el od io, ni que sea mas difícil de desarraigar. Se han
visto ciertos cristianos que despues de haber sufrido por el E ra a -
gelio crueles suplicios, y triunfado de toáoslos esfuerzos de los ti­
ranos, se han olvidado de sí mismos á la vista‘de un enem igo;
y en el momento mismo de alcanzar la victoria han cedido á un
16 T, XI,
242 SERMON
resentimiento, y han perdido con la fe la corona dél martirio.
18. T o no me admiro de esto, pues que nada es mas opuesto
al espíritu de Jesucristo que el espíritu de venganza y las aversio­
nes que lo conservan en el corazon. Gtro motivo de la cólera y de
Ja indignación de Dios, porque entre los caractéres de la ley evan­
gélica uno de los mayores, y puede decirse el mayor, es esa caridad,
que sin distinción de amigos ni de enemigos nos une á todos, forma
de todos los corazones un solo corazon, y de todas las almas uoá
sola alma. Esa caridad, que llega hasta bendecir á aquellos que nos
cargan de maldiciones, hasta rogar por aquellos que nos persiguen
y que forman contra nosotros las mas injustas maquinaciones, hasta
abrazarlos, hasta socorrerlos en sus necesidades y ayudarles con
todo nuestro poder. Esa caridad que practicó sobre la cruz el Hijo
de Dios, nuestro Salvador y nuestro divino ejemplar, cuando diri­
giéndose á su Padre defendió á los judíos que habían pedido su
muerte, á los jaeces que le habían condenado, y á los mismos ver­
dugos que le ultrajaban, aun despues de haberle crucificado: Pater,
dimitte illis; non enim sciunt quid faciunt. (L uc. x x m ). Ved aquí,
repito, la perfección de la ley de gracia ; yed aquí el precepto que
Jesucristo parece haber tenido en su corazon sobre todos los demás,
el precepto que adoptó especialmente como su precepto, al que se
adhirió mas particularmente, y en el que insistió m as; ved aquí por
lo que quiere que se nos conozca com o cristianos: In hoc cognoscent
otnnes quia dkdpuli m d estis. (Joan. x m ) . Cuando, pues, contra
todas las reglas de esta caridad tan expresa y tan altamente reco­
mendada nos alejamos los unos de los otros, y vivimos en una
guerra declarada, ó tanto mas peligrosa y mas mortal cuanto mas
encubierta e s ; cuando en el primer atentado que se comete coatra
nosotros nos enfurecemos, nos exaltamos, y solo pensamos en v ol­
ver reconvención por reconvención, maldición por maldición y mal
por m a l; cuando contenidos por un respeto puramente humano y
por una moderación fingida conservamos no obstante en el fondo
de nuestra alma un veneno que la emponzoña, y que no deja de
derramarse cuando llega laocasion, aunque sutilmente y sin ru ido;
cuando nos consumimos en proyectos, en deseos y envidias que nos
iqspiran una secreta malicia, y que solo se dirigen á satisfacerla;
cuando nos dejamos preocupar de las ideas comunes ; cuando nos
gloriamos de haber vengado una injuria; cuando miramos com o un
9pro,bio no haber lavado la mancha; cuando tenemos vergüenza de
ftu tiaher triunfado-de cualquier m odo que fuera, ¿n o podemos
SOBRE EL PERDON DE LAS INJURIAS. 943
tíeeir que renunciamos á Jesucristo, si no de boca, por lo menos dé
o b r a , pues qtie renunciamos á una de las máximas fundamentales
“de su Religión santa? ¿N o es esto ruborizarse de Jesucristo, su­
puesto que es ruborizarse de su moral y de la observancia de su
le y ? Pues bien, no nos engañemos mas en esto, y procuremos com ­
prender dos cosas : primera, que no hay otro mediador por el cual
podamos obtener la remisión de nuestros pecados mas que Jesu­
cristo; segunda, que todo el que renuncie á Jesucristo, Jesucristo
renunciará á él, y todo el que se avergüence de Jesucristo ante los
hombres , Jesucristo se avergonzará de él ante su Padre. Por con­
siguiente que si no perdonamos como Jesucristo, y según su santa
ley, no podemos contar con su mediación, ni esperar por sus m é­
ritos el perdón de nuestras ofensas; y si no lo obtenemos por sá
-mediación, ¿cóm o lo obtendrémos?
19. ¡Cosa extraña, amados oyentes! Nosotros somos cristianos
6 pretendemos serlo. En virtud de nuestra profesion no habremos
recurrido ni una vez á Dios para implorar su gracia, que no haya
sido en nombre de Jesucristo, como hermanos de Jesucristo y com o
miembros de Jesucristo. Y , sin embargo, tenemos unos sentimien­
tos totalmente opuestos á los de Jesucristo, y una conducta contra­
ria á la su y a ; nosotros le negamos y le deshonramos al negar su.
Evangelio y al deshonrar al Cristianismo, al que nos ha llamado
por una yocacion especial. En otro tiempo el distintivo de los cris­
tianos y la gloria del Cristianismo era el espíritu de paz que reinaba
entre ellos; era, com o ya he dicho, el concurso unánime de muchas
voluntades en una misma voluntad , y de muchos intereses en un,
solo interés ; de tal m odo que de toda una multitud se formaba,
por decirlo así, un solo hombre. Los paganos lo notaban,, y esto
era lo que los admiraba, lo que les edificaba y lo que les en­
cantaba. En efecto, ¿qué cosa habia mas admirable ni mas gran­
de ? Ellos veian entre gentes de todos los países y de todos los ca*-
ractéres una concordia que nada podia turbar. Ellos veian á los
Mártires sufrir sin quejarse, y aun con g o z o , las falsas acu­
saciones, las calumnias atroces, la ignominia pública, y todo lo
que hay de mas ultrajante y de mas infamante. Ellos veian á los
generosos soldados de Jesucristo y á los fieles imitadores de su ca­
ridad perdonar á sus tiranos, y abrazar á los que los habían a-tor*-
mentado, á los que los habían desgarrado y los habían quemado*
Tal «ra <el triunfo de !la Religión ; mas ved aquí su escándalo. Este
es que entre los sucesores de aquellos cristianos tan. pacientes y taa
16*
244 SERMON
caritativos apenas se encuentra paciencia en las injurias ni cari­
dad. Se v e n io s discípulos de Jesucristo en perpétuas contestaciones
y en discordias eternas. Se emplean todas las consideraciones divi­
nas y humanas para reducirlos y ponerlos en p a z; pero frecuente­
mente se pierde el tiempo sin poderlo conseguir. L o que hay mas
deplorable es que por la mas funesta ilusión, los mas cristianos en
apariencia y los mas declarados por la piedad son muchas veces
los que conservan en su corazon mas amargura y mas hiel. Ellos se
acercan al altar de Jesucristo, participan del Sacramento de Jesu­
cristo, predican la mas severa m o ra l; y sin embargo conservan en
su espíritu mil proyectos de venganza la mas viva y la mas san­
grienta. Y forman entre tanto mil intrigas y mil cábalas, no sola­
mente contra los particulares, sino contra sociedades y corporacio­
nes enteras, á fin de hacerlas notar, desacreditarlas y arruinarlas.
Y entre tanto no perdonan lo sagrado ni lo profano, ni el artificio
jii la mentira con tal de poder conseguir el fin que se proponen,
humillar, confundir y perder á todo el que osa contradecirles y
n o suscribe ciegamente á sus ideas, ó mas bien á sus errores. Y
todavía pretenden obrar de este modo por Jesucristo, y defender
así la causa de Jesucristo; com o si este H om bre-D ios, este Dios de
carid a d , que para la defensa de su propia persona no profirió una
palabra, autorizase en ellos bajo el pretexto vano de su gloria los
mas hondos resentimientos, las mas inicuas prevenciones, las mas
negras murmuraciones y los procederes mas injustos.
20. Pero recapacitemos. No querer perdonar es hacerse culpa-
i l e para con Dios, para con su Hijo Jesucristo, y yo añado, aun mas
culpable para con el prójim o, que ocupa el lugar de Dios : tercera
razón que obliga á Dios á juzgarnos con toda la severidad de su jus­
ticia y sin indulgencia alguna. P orqu e, sea cualquiera ese hombre
contra quien os volvéis, y con quien os mostráis tan inexorable,
está revestido de todos los derechos de Dios, y de él es de quien os
ha dicho Dios lo que el apóstol san Pablo decia á su discípulo File-
m on con respecto á Onésimo : Recibidle com o á mí mismo, y tra­
tadle com o debíais tratarme á m f: Suscipe illum sieutm e. (Philem.
c . x v ii). Él os ha desagradado en una ocasion , él os ha faltado, y
«sta es una deuda de que podríais pedirle cuenta. Mas esta deuda
la tomo yo sobre m í ; y por una justa compensación le transfiero
las que pudiera yo con mejor título exigir de vos. Porque no olvi­
déis que vos os debeis á m í, y que yo tengo un derecho absoluto y
gin reserva sobre v o s ; Si autem aliquid nocuit tibi, autdebet, hoemihi
SOBRE EL PERDON DE LAS INJÜRIAS. 245
im puta : ego te d d a m , u t non dieam tib i quod et te ipsum m ihi debes .
(Ibid. x t i i i ). Así es, repito, como Dios se explica, y así es como
vuestro herm ano, por mas deudor que os sea, tiene derecho á es­
perar de vuestra parte un tratam iento favorable y un absoluto per-
don. Mas vosotros, violando todos sus derechos, os ocupáis de los
vuestros; vosotros los exagerais, los ponderáis, los exigís con un
imperio y con una exactitud que llamais derecho, justicia y equi­
dad ; mas que yo llamo inhum anidad, crueldad, y que algunas
veces puedo llam ar ferocidad. Porque ¿quién no sabe cuáles son los
excesos de una pasión do venganza? Se cree permitido todo, y no
se guarda moderación alguna. En la falsa idea que se forma de una
ofensa que la imaginación abulta, y que nuestra delicadeza hace
crecer hasta el infinito, parece poco cuanto se dice, cuanto se com­
prende, y cuanto se ejecuta. Por una ofensa se vuelven ciento; por
una palabra se llega á muchos discursos llenos de invectivas las mas
injuriosas, y que no tienen fin ; por una sola vez ó por un momento
se pasan los años, y aun toda la vida, en perseguir sin cesar á un.
hom bre, en afligirle, en contradecirle, y, si es posible, en abrum ar­
le y en acabarle; ¿y por qué? Porque, obcecados por un amor pro­
pio que no tiene límites, nos infatuamos con nuestros pretendidos
derechos, y perdemos la memoria del derecho real y positivo que
Dios ha transmitido al prójimo. Y despues de todo esto, amados
oyentes, os acercais al altar á hacer la súplica que el mismo Salva­
dor os ha enseñado. Os acercais á los piés de Dios, y pronunciáis
contra vosotros mismos la sentencia mas formidable. Os presentáis
ante el Dios de majestad á desm entiros, á condenaros y haceros
culpables para con vosotros mismos. Esta es la últim a prueba por
donde concluyo, y que debe convenceros. Nosotros decimos todos
los días á Dios: Señor, perdonadnos nuestras ofensas como nosotros
perdonamos á los que nos han ofendido : D im itle nobis sicut et «os
dimiUimu s. (Matth. vi). Nosotros lo decimos, pero si comprendemos
el sentido de esta oracion, y tenemos el alma herida de un resen­
timiento que la punza, y que todavía no hemos curado, esta súplica
de santificación se convierte para nosotros en una súplica de abo­
minación, y yo sostengo que no la debemos proferir sino temblan­
do, y que la debemos m irar como una sentencia de m uerte y como
el anatema mas terrible que pudiera caer sobre nuestra cabeza. E n
efecto, ¿no es esto ó desmentirnos nosotros mismos, ó condenarnos
nosotros mismos? D esm entirnos, si pensamos de una m anera y
246 SEKMON
hablamos de otra; si no queriendo sinceramente y de buena fe que.
t í o s observe esta igualdad perfecta entre su juicio y el nuestro,, nos
atrevemos sin embargo á usar un lenguaje tan opuesto. Condenar­
nos, si consintiendo en que no nos perdone Dios, sino en tanto que
perdonemos nosotros, no perdonamos sin embargo ; y si para vol­
ver á su gracia no cumplimos una condicion sin la cual parece que
je pedimos que nos repruebe. Porque, en efecto, ¿qué significa de­
cirle ¡ perdonadnos, Dios mió, del mismo modo que nosotros per­
donamos, cuando realm ente y en la práctica no podemos resolver­
nos á perdonar? D im itte nobis sieut et nos dimittvnvus. Poned, herma/-
nos mios, toda la atención necesaria, y yo aseguro que os llenaréis!
de espanto. Esto es decirle á Dios: Señor, así como yo conservo en
m i pecho una aversión que nadie ha podido arrancar, tened con­
migo el mismo odio; y así como yo no quiero ver jamás á ese ene^
migo, ni que él me vea, no sufráis que yo os vea jamás en vuestro
reino. Trabajad en mi perdición como yo trabajo en la suya, y cu­
bridm e en el infierno de una confusion eterna como yo quisiera en
la tierra cubrirle de oprobio : Sicut et nos. Esto es decir á Dios : no
m e perdoneis, Señor, sino del modo que yo perdono ; y así como
esta reconciliación á que se me obliga solo es aparente, no os rer-
concilieis conmigo de otro modo ; yo soy siempre enem igo; sedlo
Vos siempre mió. A pesar de la palabra que yo he dado, solo espero
la ocasion para vengarme ; servios Vos para vengaros de mí de to­
das las que se os presenten, que no os faltarán : S icu t et nos. Esto
es decir á Dios : del mismo m odo, Señor,, que me b asta, o que yo
quiero que me baste para perdonar, no obrar contra la persona, y
que por lo demás no pretendo agradarla en cosa alguna, ni ayu­
darla en nada, abandonad Vos mi causa y no toméis parte en cosa
alguna que me interese. Privadme de todos vuestros dones, y re ­
husadm e todo favor, todo socorro y todo b ie n : S icu t et nos. ¿Es así,
amados oyentes, como vosotros lo entendeis? Por lo menos así es
como lo decís, y así es como Dios en su juicio lo cum plirá. ¡Qué
h orror! ¡Ay! pensadlo bien, cristianos; ¡qué horror 1 Y ¡qué com-
viccion cuando Dios, al arrojaros de su presencia, os diga : D e ore
tu o te j-udico ! No es necesario mas juez que vos mismo. La= senten­
cia de mi justicia que os aleja de mí os parece rigurosa, os conster­
n a y os desespera; mas vos mismo sois el que la habéis dictado, y
;íos la habéis tenido cien veces en la boca, ¿De qué podéis, pues*
quejaros? Yo sigo la regla que me habéis maceado; yo os perdono
SOBRE E L PERDON DE LAS INJURIAS. 24-7
como vos habéis perdonado, ó mas bien, porque jamas BaBeís per­
donado, no contéis con que yo os perdone jamás. A partaos: D e ore
tuo te judico. .
21. Á vosotros os to ca, hermanos' mios, meditar bien esta sen­
tencia y tomar sobre ella vuestro partido. No hay, pues, término
m edio; ó perdón de vuestra parte, ó terrible reprobación de parte
de Dios. Elegid: ó ]o uno ó lo otro. Pero qué, ¿querría yo conseguir
á ese precio una satisfacción tan vana?¿T an im portante me es re ­
parar una injuria, que quiera que me cueste mi salvación y mi al­
ma? Perseguir un enemigo y odiarle, ¿,no seria ser mil veces mas
enemigo de mí mismo? y repeler un mal ¿no seria atraerm e el
mayor de todos los males? ¿De qué modo pensaré yo á la hora de
la m uerte, y de qué modo piensan tantos otros? ¿Osaré m orií en
el estado de enemistad en que víyo , y no seria un escándalo para
el mundo que, á pesar de sus falsos principios sobre las injurias,
por la contradicción mas sensible, y por el testimonio que él se ve
forzado á rendir á la verdad, condenaría á un moribundo tan en­
durecido que llevaba sus resentimientos-á la tum ba? Pues bien,
¿por qué no hemos de hacer al presente con utilidad lo que será
necesario hacer un dia, y tal vez sin fruto? Porque ¿á qué se re­
ducen esas reconciliaciones á la hora de la m u erte, y qué fruto
puede esperarse de lo que no es generalmente mas que una cere­
monia y una costumbre? Si hay algunas dificultades que vencer, y
algunas victorias que alcanzar sobre m í, ¿me daré por muy satis­
fecho por la unción divina que me asistirá ? Nunca José tuvo mayor
consuelo que cuando abrazó á sus hermanos que le habían vendido.
Él lloró, no de dolor, sino de gozo. Sobre to d o , ¿rostíanos, nos­
otros somos pecadores, es necesario no olvidarlo, Gomo pecadores1,
tenemos gran necesidad de que Dios nos perdone. Perdonemos, y
esperémoslo todo de su misericordia en el tiempo y emla eternidad
dichosa, á la que nos conduce, y que os deseo á todos. Ameo*
SERMON

SERMON
SOBRE

LA ¡NECESIDAD DE SERVIR Á DIOS.


Q iíü ex vobis arguet me de peccaío? (J a a n . v m , íO ),
¿Q u ién de vosotros me a rg ü irá de pecado?

1. Al mismo tiempo que los fariseos se gloriaban con arrogan­


cia de ser hijos de Abrahan, de Isaac, de Jacob, y herederos de los
Patriarcas y Profetas, le disputaban al Salvador que fuese Hijo único
de su eterno Padre. Hombres insolentes y tem erarios, les dice Je ­
sucristo, ¿cómo os adjudicáis en mi presencia un título ilegítimo?
Si descendéis de un padre santo y virtuoso, mostradlo en vuestras
obras : S i f i i i Abrahce estis, opera Abr'ahce facite . (Joan, v m , 39).
En vano corre su sangre en vuestras venas si le afrentais con vues­
tros yicios ; y él mismo negará una generación perversa que des­
lustra la gloria de su fe con la ignominia de su infidelidad. No re­
conozco yo ya en vosotros á los hijos de Abrahan ; y así la perver­
sidad de vuestras costumbres os ha dado otro padre en el demonio,
de quien habéis aprendido esa rabia y ese fu r o r : Vos ex p aire dia~
bolo estís, et desideria p a tr is vestri vultis facere. (Joan, v m , 44). Pero
yo dejo que mis acciones declaren y justifiquen la nobleza de mi
origen ; y si no creeis á mis palabras preguntad á mis o b ras: O p e-
ribus eredite . (Joan, x , 38). Examine vuestra maligna y envidiosa
.curiosidad todos los pasos de mi vida, y vea si encuentra alguna
huella mia en los caminos de los pecadores, si toda mi conducta no
ha sido nivelada con la mas severa v irtu d , y si entre tantas accio­
nes halla una sola prohibida por la ley : Quis esc vobis arguet me de
peccato ?
2. ¿Qué podrían responder los fariseos á un argumento tan con­
vincente? Á la verdad, solo un Dios santo por esencia podia haber
pasado la dilatada carrera de su vida tan impecablemente; pues una
virtud tan perfecta no puede nacer ni conservarse en esta miserable
tierra contaminada c od el pecado d e nuestro prim er padre, en donde
por hombre santo no se entiende un hombre que no peca, sino un
SOBRE LA NECESIDAD DE SERVIR Á DIOS. 249
hombre que peca raras veces, y venialmente. Por esto, católicos
oyentes mios, no vengo yo hoy á reprenderos esas imperfecciones
leves, esas faltas ligeras en qae incurre la hum ana fragilidad, y
] ojalá que la inocencia de vuestras costumbres no diese materia mas
grave al ejercicio de nuestro celo 1 Pero lo que injuria á Dios gra­
vem ente, lo que á la Iglesia causa tantas lágrimas y desconsuelos,
y á los buenos tan vivo dolor, es no solamente que haya hombres
insolentes que pasan años enteros sumergidos en el hediondo cieno
del vicio ; sino ver que con afrenta del Cristianismo hay un tiempo
y una parte de la vida en que se juzgan los hombres autorizados
para mirarle como un tiempo destinado á pecar, como una edad á
que la virtud no tiene derecho alguno.
3. Es necesario, decís, aguardar que pase la juventud : y go­
bernándoos por esta máxima detestable no hay ley que no quebran­
téis, ni exceso que no cometáis, ni disolución que no autoricéis, ni
pecado que os atemorice. Hoy, pues, intento combatir este espan­
toso e rro r, manifestándoos en prim er lugar la necesidad de servir
a Dios en la juventud, y en segundo lugar los medios de perseve­
rar en ella en su saoto servicio. Este es el asunto y la división de mí
discurso que á todos os puede ser provechoso, alentando á los jóve­
nes en su fervor, y excitando á los que no lo son á verdadera pe­
nitencia. Pidamos la gracia por la intercesión de María: A ve M a r ía .

P rim e ra p a rte.

4, Consiguieron, finalm ente, introducirse y arraigarse en el


Cristianismo esas máximas escandalosas: que así como hay un tiem­
po para servir á Dios, para dedicarse á la virtud, para negociar la
salvación, hay otro para servir al m undo, para darse á los place­
res, para satisfacer las pasiones; que el hom bre, como libre, como
dueño de sí mismo y árbitro de su corazon debe en los primeros
años rendirse á los halagüeños apetitos que le arrastran según los
deleites que le incitan, disfrutar del verdor de la juventud, darse
á todo género de pasatiem pos; que esta amena y agradable edad
corre velocísimámente; que la im portuna vejez despertará en nos­
otros, y á pesar nuestro, sérias reflexiones; y que para pensar en
la eternidad tiempo tendrémos bastante cuando nos hallemos cerca
del sepulcro. Ved ahí la doctrina que tan sin vergüenza sustituye
nuestro siglo á la del Evangelio; ved la doctrina de nuestros tea­
tro s, la doctrina de nuestros libros, la doctrina de nuestras conver-
250 SERMON
saciones; doctrina que las pasiones siguen gustosas, que el corazoff
recibe, que la naturaleza corrompida contrapone á la razón, y doc-r-
trina con que el infierno, atento á destruir la heredad de Jesucristo
por medio de tantos hombres pervertidos, y pervertidores que se
prestan á su inicuo ministerio, inficiona á toda prisa los últimos dias
de este mundo que está amenazando ruina ; doctrina diabólica y
desatinada en sus principios ; doctrina perniciosa sumamente en
sus efectos. ¿Cómo así? porque esta resolución de pasar la juventud
disolutamente hace á Dios gravísima injuria, os expone á vosotros á
horribles desgracias, y os causa irreparables daños. Aplicad vues­
tra atención á estas,tres reflexiones.
5. I. jLcetare juvenis in adohscentia tu a , et ambula in viis coráis
tu i. (Eccles. x i, 9). Anda, dice el Espíritu Santo en el Ecclesiastés,
anda, joven disoluto, tan despierto á los incentivos de los vanos de*
leites, tan indócil á mi voz que te llama, y tan obediente á la de la
concupiscencia que te domina ; a n d a , corre á sacrificar los mejores
dias de tu Yida al ídolo infame de la sensualidad; a n d a , y no turbe
el curso de tus locas alegrías el menor rem ordim iento : Lcetare jtí-
ten is. No niegues á tus sentidos nada de lo que apetecen ; vive se*
gun tus depravados deseos, desprecia mi ley santa, siguiendo sola­
m ente los impulsos de un corazon desenfrenado: A m bula in viis
coráis tm . Pero no entiendas que siendo testigo de tus desórdenes
los apruebe yo con indigna condescendencia, pues mis ojos con que
observo tus desvarios tienen contados todos los pasos que das en los
caminos de la m aldad, y mi mano los escribe en aquel tremendo
libro donde se leerá la suerte eterna de los mortales en el dia de las
venganzas: E t scito quod -pro ómnibus kis addueet te Deus in judicium .
(Luc. ix , 23). El mundo acaso os ponderará los yerros de la ju ­
v en tu d , excusándolos y justificándolos ; pero yo no m e gobierno
p o r el capricho de un pueblo necio que juzga según el ciego dicta­
men de las pasiones, y no según las leyes del Evangelio y de la ra­
zón ; porque yo soy, yo debo y quiero ser Dios de tus primeros
años, como lo soy de los;postreros dias de tu vida, y te pediré es­
trecha cuenta de ellos: E t scito quod p r o ómnibus kis addueet to Disus
i» judicium . Y ¿por qué los pecados de la juventud no han de ser
pecados? ¿Conoce acaso e l Evangelio esa frívola distinción de pri­
meros y de últimos años de la vida ? ¿En qué pasaje de él se declara,
que los preceptos no tienen lugar sino al fin de la vida?. ¿ Qu& sig­
nifican, pues, estas palabras: D icéb a ta u tem a d o m n es ?(Ib id .). Cuan-
cío Jesucristo, nuestro, bien m andaba caminar por el camino estre-
SOBRE LA NECESIDAD DE SERVIR Á DIOS. 2 31
cho, hacerse fuerza, negarse á sí mismo, llevar'su cruz, seguirle^
im itarle, hablaba con todos sin diferencia de estado ni de condicion,,
de empleo ni de calidad, de sexo ni de e d a d h a b la b a con grande#
y pequeños, con ricos y pobres, can jóvenes y viejos i.Dicebat autém
ad omnes. ¿Cómo, si la edad ju v en il goza de especiales privilegios
que la exceptúen de la ley co m ú n co rn o el apóstol san Pablo, aquel
maestro de las naciones, aquel doctor de las gentes^ aquel vaso dft
elección que iluminado por el Espíritu Santo supo del mismo J e ­
sucristo el sentido. íntimo y verdadero de la ley, cómo escribiendo
á su discípulo Timoteo le decia: Juvenes sim iliter u t sobrii sin t? (T i­
mo th. ii, 6), Exhorta á los jóvenes á vivir con sobriedad y modes^-
tia : dales á entender que el Dios, de los cristianos no es ninguno de¿
aquellos dioses de la gentilidad, deidades imaginarias y fantásticas,
que propicios á los vicios de los hombres perdidos, permiten rienda
suelta á las pasiones de la juventud desenfrenada, pues nuestro
Dios es Dios de todas las ed ad es; en su. presencia no puede justifi­
car la juventud ni los excesos de la im pureza, ni el frenesí de sus
blasfemias, ni el faror de sus odios y venganzas, d í los excesos de
su destemplanza : Juvenes similiter exhortare u t sobrii sint,
6. jO h loca y desatinada juventud I ¿ Con qué, Dios no es Dios
de todos los tiem pos, no es Señor de todos los tiem pos, no es el
dispensador, el árbitro y el autor de todos los tiempos? ¿Tenem os
acaso un solo momento que no sea una gracia de su henigno am or,
y como un efecto de su infinito poder? ¿No teje su mano, toda la
tela de nuestra vida? ¿.No se derivan de este mismo principio nues­
tros primeros instantes y nuestros últimos momentos? ¿No es el
alma de la juventud del mismo modo que es el apoyo donde la ve­
jez se sustenta? Y si todo es de él, ¿por qué no se referirá todo á
él? Si todo viene de Dios, ¿por qué no volverá todo á Dios? ¿Con
qué derecho te atreves á vulnerar su autoridad suprem a, señalán*.
dolé límites, y fijando el tiempo en que ha de dar principio su im ­
perio? ¿Con qué derecho usurpas de una vida,, qpe la debes; toda
entera á la liberalidad de Dios, veinte y treinta años que robas á sn
Majestad para adjudicarlos al vicio y al demonio? Y cuando en el
Bautismo le juraste fidelidad inviolable, ¿prometiste darle solamente
la vejez? jH om bre ingrato y fementido! ¿Parécete que-toda, tu .vida
entera es dádiva excesiva para un Dios tan grande de quien la has
recibido to d a , para un Dios á quien la has prometido toda? Señá­
lame una cosa que no hayas recibido de Dios, y yo te diré lo que>
puedes negarle. Díme desde cuándo empezó á am arte, y yo te;diré
252 SERMON
hasta qué edad te es permitido ofenderle : sabe, pues, que todavía
no existías y ya él te amaba ; y q u é , ¿no emplearás tú en amarle
todo el tiempo que existas?
7. Nace Jesucristo, y luego llo ra: apresuranse á salir aquellas
lágrimas que han de amansar la cólera de su eterno Padre enojado
por tus ingratitu d es; y con sus ardientes suspiros y deseos eficaces
llama la hora en que han de empezar sus torm entos: B autism o habeo
b a p tiza n , et quomodo coarctor usque dum perficiatur ? (Luc. x n , 50).
Yo, decía á sus Apóstoles, he de ser bautizado con un bautismo de
sangre : joh y cuánto tarda para lo ardiente de mi am or el cumpli­
miento de esta grande obral Finalmente, en la flor de sus años, en
la primavera de su vida m uere por tí; y de esa edad ¿no te dignas
todavía tú de vivir para él ? Obstupescüe cceli super hoc. (Jerem. n , 12).
¡Asombraos, cielos! No se contenta mi pueblo con tratarm e como
á los dioses de los paganos, y de mancom unarme con un ídolo
vano y sin p o d e r; sino que también ofrece á la sensualidad el in­
cienso mas puro y las víctimas mas pingües: Obstupescite cceli super
hoc. ¿Es posible, vil é indigno cristiano, que tu Dios no te parezca
bastante amable para rendir y fijar tu am or? No repruebo ya tu
ceguedad, tu perfidia y tu in g ratitu d ; corra tu mudable é incons­
tante corazon de objeto en objeto; obsequie ahora á Dios ahora al
m undo ; tenga días señalados para servir alternativam ente ya al
uno ya al o tr o ; pero, en fin, ya que no merece Dios reinar solo en
tu corazon, ¿no es á lo menos digno de reinar en él el primero? ya
que no merece un amor perseverante que comprende todo el dis­
curso de los años, ¿es acaso indigno de los mejores dias de tu vida?
Porque resolverse libremente y de caso pensado á dejar á Dios mien­
tras dura la ju v en tu d , y no convertirse sino en la vejez , ¿no es
hasta donde puede rayar el desprecio y el ultraje"? Porque ¿sabéis
qué quiere decir este discurso: mientras yo me siento con brío y
con fuerza quiero darme á los deleites, y cuando la edad vaya ca­
yendo me volveré á Dios? ¿sabeís qué quiere decir? Avivad vuestra
atención para escucharlo. Es como si dijérais : yo no puedo dejar
de convertirme á Dios tarde ó te m p ra n o ; pero quiero dilatarlo
cuanto mas sea posible: harélo cuando me vea estragado por los
deleites, empobrecido por el libertinaje, perdido y podrido por la
disolución: harélo despues de haberme desquitado anticipadamente
de las mortificaciones saludables de la virtud con los gustos peca­
minosos del vicio. Es como si dijérais: yo amo al mundo y á sus
deleites; yo amo al pecado y á los deleites reprobados del pecado,
SOBRE 1 A NECESIDAD DE SERVIR Á DIOS. 253
y no me apartaré del mundo hasta que el mundo me desampare ;
ni dejaré de servir al mundo hasta que el mundo me despida de su
servicio ; ni me abstendré de los deleites hasta que me vea imposi­
bilitado de disfrutarlos; ni aborreceré el pecado hasta que el pecado
carezca ya de incentivos para m í; ni le evitaré hasta que me ofrezca
otras comodidades que el infierno; ni dejaré de amarle hasta que
de amarle no me resulte'ningún fruto ni utilidad. Es como si dije­
ras : yo no me entregaré á Dios sino en el caso de no hallar otro á
quien servir, ni le buscaré sino cuando todo lo demás huya de m í;
yo lo reservo para que ocupe el vacío que dejará en mi corazaa la
pérdida de los bienes y placeres mundanos ; yo bien deseo que me
consuele en los sinsabores de la vejez, pero no quiero que acibare
los gustos de mi juventud. Es como si dijeras : mi corazon no se
mueve por los beneficios de Dios, pero la memoria de sus castigos
consterna y atemoriza mi alma ; y como por una parte no le amo,
ofenderéle mientras me considere con tiempo bastante para apla­
carle ; como por otra parte le tem o , emplearé algunos de mis de­
crépitos dias en desagraviarle, y, con tal que logre desenojarle, nada
me importa haberle ofendido, pues yo no me propongo evitar el
pecado, sino el merecido del pecado. Es como si dijeras: nada haré
en todo el discurso de mi vida mirando á Dios, sino que lo ejecu­
taré todo mirándome á m í: el amor propio y la conveniencia de
mi propia tranquilidad será la regla de mis desaciertos y de mi con­
versión , de mis pecados y de mi penitencia ; por este impulso me
moveré á amar y á ab o rrecer; por él admitiré en mi alma ya el
deleite de ofender á Dios, ya el dolor de haberle ofendido ; al prin­
cipio me apartaré de su Majestad para entregarm e sin rienda á los
gustos sensuales, y despues me volveré á él para asegurar mi sal­
vación. Es, finalmente, como si dijeras: mi corazon vive entregado
al mundo, y desearía continuar en gozar de sus deleites ; no le pri­
varé, pues, de ellos sino á mas no poder: es verdad que mi corazon
vive apartado de Dios, pero no se lo entregaré sino cuando no pueda
hacer otra cosa, ni me portaré como cristiano sino en cuanto baste
para no condenarme : yo regularé mi juventud por los impulsos de
mi amor, y mi vejez por las impresiones únicamente de mi temor.
8. Discurrir y obrar de este modo ¿no es conservar siempre
afición al pecado? ¿no es exponerse á am arle siem pre, y por con­
siguiente á no dejarle nunca?¿N o es esto burlarse de D ios?¿no es
esto alucinarse y engañarse á sí mismo7 Y ¿qué seria de vosotros,
amados oyentes mios, si Dios no quisiese ser tampoco Dios de vues-
251 SEKSfON
tra vejez, así como yosotros no quereis que sea Dios de vuestra ju ­
ventud ? ¿si repudiase los postreros di as de vuestra v id a , así como
nosotros le negáis los prim eros? ¿si muriéseis, finalm ente, sin h a -
i>er alcanzado ni aun pedido lá gracia de una conversión sincera y
verdadera? ¿Tendríais motivo entonces para quejaros? Y el decoro
d e su gloria ¿no parece qué exige que despues de haber sido hur­
lado os burle también igualm ente? ¿Debe contemporizar con nues­
tros antojos, cuando nosotros despreciamos su autoridad? Tío, me
diréis, no temo que desatienda mis lágrimas ; bien sé que oirá be­
nignamente mis postreros suspiros, y que mi desmayada y mori­
bunda voz llegará hasta su trono ; pues ¿quién no sabe que el Dios
de las misericordias es un Dios que se aplaca fácilmente? Con qué,
sabes que es un Dios que fácilmente se amansa, ¿y con todo eso eres
■tan bárbaro que le ofendes? ¿ Quién ha visto que el amor del padre
sea causa para que su hijo le injurie? Si Dios, replicas, fuese me­
nos digno de ser am ado, yo procuraría amarle : lo que me alienta
á ofenderle en mi juventud es la esperanza de que aceptará mi a r­
repentim iento en mi vejez : de modo que si hubiera puesto límites
y térm ino á su amor, yo los hubiera puesto á mi ingratitud ; y
siendo menos misericordioso seria mas amado, j Oh hombre pérfi­
do I ¿hasta dónde ha de llegar tu atrevimiento y desprecio? Mas
vuestra conducta no solo ultraja á Dios de un modo cruelísimo, sino
que es también im prudente en sumo grado, pues lo aventuráis todo
p ara en adelante.
9. II. Con efecto, cuando uno se resuelve tem erariam ente á.
sumergirse en el vicio, no por eso consiente siempre en precipitar­
se en el infierno , pues espera enm endar con el buen ejemplo de SU
vejez los desordenes de sus primeros años. Pero pregúntoos, ¿pen­
de de vuestra mano el hilo de vuestra v id a, ó sabéis el número de
dias que habéis de subsistir en el m undo? ¿Q ue sabéis vosotros si
Dios ha señalado el fin de vuestra vida cerca de su principio, con­
denándoos á m orir cási inmediatam ente despues de nacer? ¿que
sabéis vosotros si esa flor de la juventud padecerá la misma suerte
que las demás flores transitorias y caducas, que á la m añana osten­
tan su verdor y lozanía y á la tarde se desmayan y m architan?
‘¿■Qué propicia mano h a corrido el velo que oculta á vuestra vista la
incertidum bre de lo futuro ? ¿ No ignoráis vosotros igualm ente que
'él señaló los arcanos de aquella sabiduría infinita que puso lím ites
á nuestra v id a, y aquellos términos fatales que no podemos tras­
pasar? L o q u e yo sé es que h e visto, y vosotros lo habréis visto
SOBRE LA NECESIDAD DE SERVIR Á DIOS. 2S5
también t que muchos jóvenes heridos de una mano invisible, m u­
rieron de repente en el verdor de sus anos, en la flor de su edad,
que imploraron en vano con sus lágrimas y suspiros á la juventud
y á la vida que sordas á sus clamores huian precipitadas : vosotros
los oísteis exclamar en la am argura de su corazon con aquel rey de
Judá : I n dimidio dierum meorurn vadam ad portas in fe rí; yo siento
que mis fuerzas desfallecen, la escasa luz de mis ojos no ve sino las
sombras de la m u e rte ; apenas he vivido algunos dias, y ya me re ­
cibe la oscura concavidad del sepulcro : In dimidio dierum meorum
vadam ad portas inferí. Lo que me consta es que en ningún siglo se
han visto mas sucesos trágicos, mas muertes repentinas é impro­
visas que en el nuestro. Parece que la enormidad de nuestros de­
litos ha alterado las leyes de la naturaleza; que á proporcion que
nos apresuramos nosotros á ofenderle él se apresura á castigarnos,
y que ha preparado nuevos torm entos para castigar estos nuevos
monstruos de obscenidad y de irreligión de que cási no tuvieron
idea nuestros padres. Lo que sé es que atendida la historia de los
siglos pasados y la experiencia del presente resulta que de cuan­
tos viven en el mundo un cortísimo núm ero llega á la vejez, y
que la m uerte se complace en segar las gargantas de jóvenes y en
sacrificar en sus funestas aras víctimas tem pranas. Lo que yo sé es
que es palabra expresa del Espíritu S anto, manifestada en los sa­
grados Libros, que el impío perece por lo común en la mitad del
curso de su vida : N on dim idiabunt dies suos (Psalm. l i v , 2 4 ); que
el árbol infructuoso que ocupa inútilm ente la tierra será arranca­
do sin que aguarde el dueño á que por sí mismo se caiga : Ut quid
eiiam terram occupat (Luc. x m , 7 )? que el pecador, por mas que
■emulando los cedros del Líbano levante hasta las nubes su orgullo-
¡sa cabeza, desaparecerá en un instante, y echándole de menos la
tierra que le sustentaba, preguntará si existió : T ra n sivi, et.eceenon
íra í. (Psalm. x x x v i, 36). Lo que yo sé es que, teniendo respeto
muchas veces su Majestad divina á su misericordia ultrajada, á s u
justicia desairada, á su Iglesia deshonrada, y á los demás fieles
cristianos á quienes inficionaría el contagio de vuestros malos ejem­
plos, os ataja los pasos en medio de la carrera, acorta los dias de
vuestra vida para que se acaben los escándalos de ella, sobresalta
Ja falsa seguridad de una juventud desatinada, dándole ocasion pa­
ra que á ejemplo vuestro espere tener tiempo ya de disfrutar de
ioSideleites del pecado, y ya de detestar el pecado de vuestros de­
leites,
256 SEBMOK
10. Y ¿qué seria de t í , jó ven infeliz, si como otro Baltasar, y
en medio de tus gustos ilícitos é inm undos, vieses de repente que
una mano fatal escribia la sentencia de tu m uerte? ¿qué seria de
tí, si desde el lecho de la culpa te hallases trasladado súbitamente
á los brazos de un Dios justiciero, exhalando todavía los vapores
de tu obscenidad, y respirando vicio, destemplanza y disolución?
Y ¿harás ya gran caudal de esos años que te prometías y reserva­
bas para tu conversión? j Ay, y á cuántos ha condenado esta teme­
raria confianza! sí el inüerno se abriese en tu presencia, ¡cuántos
te dirían : jóvenes fuimos nosotros como tú , robustos y con salud;
como tú nos dejamos dominar de las pasiones que nos engañaban,
y variábamos los pecados según el arbitrio y diversidad de nuestros,
deseos: también pensábamos como tú , que con el ejemplo de los
postreros años de la vida borraríamos los escándalos de los prim e­
ros ; pero jayl que nuestros primeros años fueron los últimos I Em­
pleamos en locuras el tiempo que teníamos, ¡y no llegamos á ver el
tiempo que destinábamos para vivir virtuosamente! i Qué delirio
despreciar lo que está en nuestra m ano, y fundar la esperanza de
la eternidad en lo que no depende de nosotros! ¿Es posible, Salva­
dor mió, que sea cosa tan dulce el ultrajaros, que sacrifiquen los
hom bres sus intereses de mayor importancia al detestable deleite
de haberos ofendido? de modo que estará acaso determinado que
perezcan hoy, y aguardan ellos á m añana á precaver su ru in a...
11. Q uiero, no obstante, que, saliendo victoriosos de tantos
azares y peligros como amenazan á la ju v e n tu d , Uegueis á una edad
mas avanzada. Pero el fin de vuestra juventud ¿será por eso el
principio de una vida cristiana? ó antes bien, ¿imitaréis á aquel
ingrato israelita que apelaba siempre á lo fu tu ro , sin quererse obli­
gar nunca al tiempo presente? E xpeota, reexpecta (Isai. x x v ili, 10);
espera, espera mas. Si por eso no quereis servir á Dios en la juven­
tud, porque solo os quereis volver á Dios forzados de la necesidad de
asegurar vuestra salvación, ya pasó esa juventud , ya se ha amorti­
guado ese hervor de la sangre, ya con la edad se va entorpeciendo
y helando en las v enas; pero como no es todavía la vejez decrépita,
cada dia dilatais vuestra conversión: Exjpecta. ÁIos pasatiempos de
la juventud han sucedido laayariciayla ambición de la edad mas ma­
dura : vivíais antes entregados á los deleites, y ahora aplicais todos
vuestros cuidados y desvelos á los adelantamientos de vuestra for­
tuna : Reexpecta ♦ A proporcion que vais creciendo en edad ponéis
mas adelante los términos que os habíais fijado ; descubrís delante
SOBRE LA HECE5IDAD DE SERVIR Á DIOS. 257
de vosotros mas tiempo todavía y mas espacio , y no os teneis por
tan viejos que no podáis aun esperar algunos años de vida : Eso~
p ecta . El tiempo que pasó os parece un fugaz instante, y echáis de
ver que ha sido tan poco lo que habéis vivido, que esperáis vivir
largo tiempo. Llegáis á cierto momento en que os persuadís que
setenta ni ochenta años no son de aquellas edades que se arriman
á la sepultura , y ese es puntualm ente el momento en que habéis
entrado vosotros en aquella edad. Por otra p arte, no reguláis la
vejez ni la juventud por el número de los años, sino por la robus­
tez del tem peramento. Procuráis persuadiros que sois jóvenes; y
¿qué no hacéis para persuadirlo álos demás? No os cansais, final­
m ente, de esperar, y por consiguiente tampoco os cansais de dila­
tar : Reecepecta.
12. Pero ¡qué, cristianos! ¿creeis acaso que está en manos del
hombre gobernará su arbitrio el corazon, disponer despóticamen­
te de él, moverle á su voluntad, darle y apartarle, aficionarle y des­
prenderle, abandonarle y volverle á cobrar cuando quiere, y siem­
pre que quiere? ¡Oh juventud, oh floridos, pero fatales años! ¡Que
no nos sea permitido cercenar de nuestra vida aquellos dias de de­
lirio y de embriaguez, que tanta guerra y tantas calamidades nos
ocultan bajo la apariencia de un deleite engañoso! Dejamos que se
apodere de nuestro corazon la avaricia, la envidia, la ambición y
la destemplanza, y nos lisonjeamos de poder extinguir esa llama y
de contener ese torrente arrebatado. ¡Yana ilusión, esperanza qui­
mérica y funesta! Vives engañado, amado hermano m ió, y el in ­
fierno juega con tu flaca razón. No te dirá que pases toda la vida
en vu elta en pecados; bien sabe que no te atreverías á seguir una
guia tan horrible, si no te pusiese delante algún camino por don­
de libertarte de su tiranía. No quiere, pues, sino que le eoncedas
algunos dias; que él sabrá aprovecharse bien del tiempo que le d és:
él contam inará, él socavará, él carcomerá todos los cimientos de
la virtud y de la fe ; y sabrá radicar con tal firmeza su imperio,
que ejerza mas ámplio poder en tu alma que tú mismo.
13. ¡Ay joven desdichado! exclama el Crisóstomo, duermes con
sosiego á los piés del ídolo que te hechiza, y que no te despertará
hasta que tg haya privado de todas tus fuerzas: sirves al infierno,
porque al parecer es poco lo que te pide ; pero entiende que ese
poco es el todo : JSocparum non est p a ru m , im mo est totum . Y ¿por
qué lo es todo? Porque el que peca, dice Jesucristo, se hace escla­
vo del pecado: Q ui facitpeccatw n, servus estpcccati, (Joan, v m , 34).
258 SEKMON
IC uánta será, pues, tu servidum bre, cuando el pecado te haya
dominado tus primeros años, cuantío haya inficionado hasta las ra í­
ces todas tus perversas inclinaciones, cuando con el transcurso de
tantos años y con la m uchedumbre de tantas culpas se haya in­
troducido hasta en los senos mas ocultos del alm a, y haya pene­
trado hasta los tuétanos de las huesos,: Ossa ejus implebuntur mtiis
adolescentice ejus (Job, x x , U }; cuando haya enflaquecido la razón,
oscurecido la fe, enardecido la imaginación, irritado los sentidos ;
cuando no solo seas pecador, sino hombre habituado al pecado,
hom bre vendido al pecado, hombre poseído ¿por el pecadol ¿En
que estado, dím e, te hallarás entonces para pelear con el demo­
nio? entonces, cuando coligadas con él todas las cosas que hay en
tí y fuera de tí, te venderán vilmente? Tu imaginación horm iguean­
do en especies impuras te renovará sin cesar la memoria de tus pa­
sadas deshonestidades, cebará con nuevo pábulo el fuego que te
abrasa, y revivirá la pasión am ortiguada. Acostumbrado tu cora­
zon á las locas y bulliciosas alegrías, y fastidiado de los gustos pu­
ros é inocentes, se distraerá cásí contra su voluntad, y volverá de
nuevo á revolearte en los deleites que le embelesaron desde los p ri­
m eros aS os: tus sentidos, que en fuerza de la costumbre m irarán
como necesarios los placeres., ejercerán un dominio tiránico sobre
tu débil voluntad ; y aprisionado con las cadenas gue labró tu pro­
pia m ano, ya querrás, ya no querrás, ó, por mejor decir, desearás
querer, y no llegarás á querer nunca,
14. La impresión que suelen hacer los primeros actos esinexpli-
cabie ; las huellas que dejan son muy perm anentes, los surcos muy
profundos. Hierve el mundo de hombres que han formado sin nin­
gún efecto la resolución de sacudir el yugo de los vicios de la ju ­
ventud , y que despues de haber hecho inútiles é infructuosos es­
fuerzos han confesado que es muy difícil destruir los hábitos de la
prim era e d a d ; ¡ tanta verdad es que en la común providencia los
últimos años de la vida copian las costumbres de los prim eros! Yos-
otros, los que ciegos y engañados en otro tiempo os arrojasteis te­
m erariam ente en brazos del pecado con la esperanza de volveros á
Dios.., predicad á esos jó v e n e s p a r a que vuestra desgracia redunde
en beneficio suyo : decidles los estragos que causa el pecado en un
alm a ; decidles cuánto tiempo h i que la vuestra vive despedazada
con remordimientos que siempre desaprovecháis , y cuántas veces
habéis quedado mas esclavos que nunca de vuestra mala costum­
bre , despues de haber formado .propósito desacudir de vuestra cer-
SOBRE LA NECESIDAD DE SURTIR Á DIOS.
viz el yugo de su tiranía. Porque vuestro corazon, irresoluto y fluc­
tuando entre el amor del deleite y los temores de la condenaeiüíi,
quisiera apartarse del pecado, y no lo quiere verdaderam ente;
quisiera no am arle, y le ama todavía- Pero ¿no vemos todos los
dias* me dirás, algunos que se convierten y se hacen mejores cris­
tianos á proporción que van entrando en edad, cuyos excesos sé
acaban con la juventud?
15. Es verdad que vemos Convertirse algunos ; pero ¿qué se­
guridad tienes tú que después de haberlos imitado en sús desórde­
nes tendrás tiempo para imitarlos en su penitencia? Si así como su
ejemplo os estimuló á vosotros á pecar, el vuestro animase á otros
á la culpa, ¿por qué no temeréis que acaso quiera Dios atemorizar
con vuestro fin desastrado á quien tuviese la osadía de seguit* vues­
tro ejeraplo? Es verdad que vemos convertirse algunos con la ed ad ;
pero ¿cuántos otros vemos en quienes ios años crían nuevos vicios^
sin purificarlos de los primeros? qué tan sensuales, tan m unda­
nos, tan lascivos, tan destemplados, tan avarientos ■, tan ambicio­
sos, tan vengativos son cuando viejos yertos como eran en la ju ­
ventud fervorosa? Y ¿quién te puede dar seguridad que serás dé
los pocos, y que no te confundirás con la m ultitud? M uchos, ana-
dís, que murieron ya, se convirtieron también de veras. No per­
mita Dios que yo ofenda su m em oria, ni que me introduzca á son­
dear el impenetrable abismó del corazon hum ano, jOjalá estén sus
almas descansando en paz ! Pero sabed que el infierno está lleno de
fingidos penitentes, que en k exterioridad de un dolor hipócrita y
aparente supieron engañar al mundo y engañarse á sí mismos, y
que el Espíritu Santo dictó esta terrible sentencia : Adolescens f a x -
ta viam m a m , etiam cum senuerit, non recedetabea. (Prov. x x n , '6)«
El jóven que anda por los caminos dél pecado no se apartará de
ellos en la vejez. Huégoos, pues, encarecídaíhenté qué carguéis el
peso de vuestra consideración sobreestás tremendas palabras, vos­
otros que todavía os hallais en la flor de la edad, y que fluctuáis
entre Dios y el m undo. Estos dos señores de condiciones tan con­
trarias pretenden el dominio de vuestro corazón. ¡Oh fragilidad*
oh vergüenza, .oh miseria humania t que constituido eil hotnbre en­
tre dos señores de tan diversas condiciones, no és fácil decidir á
quién elegirá -antes, si á Dios, ó al mundo! E xam inad, pues, cuál
¡es digno de vuestra preferencia; peto tened entendido que eb él
curso ordinario de las cosas las obligaciones qüe ahora contraigáis
durarán siem pre, y los últimos momentos de vuestra vida seíab
17*
260 SERMON
probablemente de aquel que posea los primeros : Adólescens ju x ta
m am m am , etiam cum senuerit, non recedet ab ea. Los delitos de la ju ­
ventud se internan en lo mas interior del alm a, y el veneno pene­
tra y se introduce prontam ente ; y son necesarios remedios violen­
tísimos para purificar la parte infecta : vuela en un instante la sae­
ta , pero la herida que abre tarda muchos años en cerrarse, y siem­
pre se conserva la cicatriz. Quiéroos decir, que no solo aventuráis
mucho para en adelante siguiendo los halagos del pecado en vues­
tra juventu d , sino que desde luego perdeis ya algunos bienes irre­
parablem ente.
16. III. Perdeis, en prim er lugar, aquella inocencia inestima­
ble que recibisteis en el Bautismo. ¡Felices de vosotros los que la
conserváis a u n , si conocéis toda vuestra dichal Congratulaos de
vuestro estado, el cual si una vez perdeis, jamás llegaréis á recu­
perar. Porque si habéis pecado, bien podéis, estimulados de la fe y
de la caridad, huir á los mas remotos desiertos, tu rb ar con vues­
tros suspiros y lamentos el silencio de las selvas, pasar años ente­
ros en llorar una sola culpa, renovar los rigores de los penitentes
de la primitiva Ig lesia; bien podéis, cubiertos de ceniza, mortifi­
cados con cilicio, extenuados con ayunos, consumidos con vigilias,
derram ar lágrimas sin duelo , que vuestras lágrimas es verdad que
aplacarán la indignación de Dios, oyendo y escuchando misericor­
dioso los gemidos de un corazon contrito y hum illado, y sus ojos
verán con complacencia un pecador arrep en tid o ; pero al cabo en
la misma penitencia que le desagravia registra las huellas y vesti­
gios del pecado que le ofendió. Oid cómo habla Jesucristo á los pe­
cadores que perdonó en su Evangelio : Vade in pace, véte en paz,
ja m am plius nolipeccaref y no peques mas. (Marc. v , 34). Vade in
p a ce, perdonado te es tu pecado, ja m amplius noli peccare ¡Joan.
y iii, 2) ; mas no te olvides nunca de él. Y con todo eso era digna
d e envidia su su e rte , pues, en fin, estaban ciertos del perdón de
.su pecado ; pero en lugar de que nosotros, despues de veinte y de
-treinta años de lágrim as, siempre tendrémos motivo para dudar si
^habrémos llorado plenamente los nuestros. Así lo habéis querido
V os, Señor, que el hombre que tuvo la desgracia de apartarse de
Vos no pueda jam ás certificarse de que ha recobrado vuestra amis­
ta d , para que este congojoso cuidado sea el torcedor de su ingra­
titud : Vide quia malum et a m arw n est reliquisse te Dominum ¡Deum
tu u m , (Jerem . u , 19). El pecado es cierto, la penitencia muchas
sreces incierta ; ¡ qué razón tan poderosa de consternación y triste-
SOBRE LA NECESIDAD DE SERVIR i DIOS. 261
za para una conciencia tim orata y delicada! Yo sé que Dios me ha
aborrecido, y no sé si me a m a ; yo sé que mi pecado merece el in­
fierno, y 110 sé si mi penitencia merece que use conmigo de mise­
ricordia aquel Dios que imploro ; yo sé que he sido pecador, y no
sé si estoy convertido. De modo que mientras viva en este m undo
no llegaré á saber mas que si no me he reconciliado con mi Dios
no puedo evitar el infierno: todo lo demás es un misterio profun­
do ¿inapeable que á mí no me toca averiguar, y en que solo debo
pensar para excitar mí vigilancia, para avivar mi amor, y anim ar­
me á esperar las misericordias infinitas de Dios tan benigno para el
pecador verdaderamente arrepentido, cuanto inflexible para el pe­
cador temerariam ente presuntuoso, Y no habió ahora de las difi­
cultades que cuesta desprenderse del pecado, compeler al corazon
á m udar de objetos y de inclinaciones, rom per las cadenas que la ­
bró el deleite, destruir una pasión nutrida, aum entada, fortaleci­
da en el discurso de muchos años, i Qué repugnancia siente el hom ­
bre en desprenderse del am or al vicio! ¡qué incertidumbres no le
contrastan! ¡qué horror de sí mismo! ¡qué sobresaltos al pensar
solo en la conversión! ¡qué sentimiento de cuanto va á dejar! ¡qué
temores de lo venidero 1 jqué irresoluciones, qué perplejidades,
qué dictámenes tan contrarios traen al entendimiento confuso con
una cruel incertidum bre, y fluctuando entre las luces que le hie­
re n , y los malos é inveterados hábitos! ¡Oh cómo se pagan enton*
ces con usuras aquellos deleites que embelesaron á la inconsidera­
da y loca juventud! ¡oh cuántos exclaman entonces con el profeta
D avid: Dichoso, y mil veces dichoso el que no anda por las e rra ­
das sendas de los pecadores! Beatus v ir qui non abiit in consilio im -
j oiorum, et in viapeccatoru m non stetit . (Psalm. i , 2).
17. ¡Qué locura, qué ceguedad es la nuestra, oyentes mios!
¿Cómo no procedemos en el negocio de nuestra salvación como pro­
cedemos en los negocios temporales? Mirad esos hombres que se
desvelan, se apresuran y pasan los mejores años de su vida en uu
trabajo ím probo, menoscabando, fatigando y consumiendo su ju ­
ventud con afanes y congojosas solicitudes, preguntadles qué pre­
tenden con tantos cuidados; y os responderán que la quietud y
tranquilidad de la vejez. Pues esa vejez que quereis pasar con tan­
to sosiego ¿por qué la cargais con el peso de tantos pecados y de
remordimientos tan agudos que es preciso cause una juventud'
desarreglada y viciosa? ¿por qué la cargais con la triste obligación»
de curar tantas heridas m ortales, de sufrir tantos dolorosos sacri-
362 SERMON
ficios, de verter lágrim astan a¡margas, de llorar, de satisfacer, de
expiar y de castigar tantos pecados?
18. Perdeis, en segundo lugar, un tiempo irreparable y de sumo
^alor, y tan,tos. méritos que po,díais adquirir. ¿Pensáis que no os
concede Dios esos hermosos, años de muestra vida sino para andar
como insensatos tsas de esos inmundos deleites, para desperdiciar­
los en diversiones indignas, de. vos otros y de él, en el frenesí del jue­
go,, en glotonerías, eu amores locos, en los envenenados gustos de
esas conversaciones libres, de esas músicas provocativas, de esas
conversaciones cuya alma es la m urmuración y muchas veces la ca­
lum nia? ¡Oh santos cielos! ¿es posible que al perder, al malgastar
y al infamar con disoluciones sin término los mejores años de la
vida se ha de llam ar hoy con. eterna ignominia de nuestro siglo sa-.
berlos gozar? ]Ay I jqué rabioso dolor sentiréis á lab o ra de la m uer­
te en aquel momento form idable, en que desapareciendo la figura
de este mundo solo la eternidad; pondrá delante de vuestros ojos la
inmensa duración dje sus infinitos espacios, y os llamará toda vues­
tra atención al consideraros llenos de pecados y vacíos de buenas
obrasl
19. Preguntad á vuestros padres, dice el Profeta consultando á
los que se hallan en la extremidad de la vida : Interroga p a trem íuum,
£t annunliabit tibi. (Deut. x x x ii ,7 ) . Escuchad como se lamentan de
haber ocupado inútilm ente un tiempo tan inestimable. Aplicad el
oído á las.ultimas palabras que pronuncia ese hombre afortunado se­
gún el m u n d o , á quien la negociación, el favor, el empeño levantó
acaso, del polvo de la tierra á la cumbre de los honores y de la opu­
lencia, cuya vida pasó pcupado en facilitar, en acrecentar y en con­
servar su fortuna : Interroga. Yo muero, dice, ya me bailo al fin de
mi ca rrera , ya pasó el tiempo oportuno de trabajar, ya no puedo ha­
cer nada para la otra vida, y cuando lo pude no lo quise hacer: ¡ayl
si la solicitud con que he granjeado las cosas, temporales la hubiera,
puesto para negociar las eternas, ¡con cuanta tranquilidad moriría
yo ahoraI Es verdad que dejaría en el mundo menos riquezas pere­
cederas, pero me llevaría conmigo al cielo otras mas sólidas y per­
manentes, Vosotros, los que todavía os quedáis en este valle de lá­
grimas , procurad no am ar sino á Dios , ni tratéis sino de Dios, pues
solo la virtud no' m uere; todo lo demás fenece, y no puede acom­
pañarnos á donde vam o s: Interroga patrem íuum .
20. Preguntad á ese hom bre sumergido en el cieno de los de­
leites, á quien el mundo tuvo por afortunadísimo porque gozó una
SOBRE LA NECESIDAD DE SERVIR L DIOS. 26íT
vida continuamente regocijada y deliciosa , que se lia desvanecida
con mas velocidad que el mas ligero sueño. Yo he incurrido, dice,
en el desatino de desear los placeres, de solicitarlos, de amarlos, y
de todo no me queda sino la dura necesidad de llorarlos y el crueP
remordimiento que me causa una vida que sol'o he ocupado en ca­
sas temporales que ya no existen , y en que nada he hecho por ad­
quirir las eternas que durarán siem pre: Interroga p a trrn , tu u m , et
anm m tiabittibi. ¿ Como los yerros ajenos no hacen á ninguno mas ad­
vertido? ¿cómo no se aprovechan los hijos de los desaciertos délos
padres? Si veis que sus lágrimas se derram an sin fru to , si veis que
su’ aflicción y suspiros no son parte para que vuelvan otra vez los:
años que ya pasaron, practicad vosotros lo que ellos sienten no h ab er
hecho ; seguid aquel consejo deV Sabio: Quodcumguepotest facere m a-
nus-tua, m stanter operare (Eecles. i x , 1 0 ): todo lo que puede prac­
ticar tu mano hazlo al instante. ¿Quereis antes llorar la pérdida db
vuestra juventud que gozaros de haberla empleado virtuosamente?
Sirpuesto que los años han de m architar esa brillantez, esas gracias
de la juventud con que ahora tanto te engríes y ensoberbeces, mujer
vana, ¿no1es mas acertado sacrificarlas á la modestia y á la virtud
que exponerlas' á que los años las injurien y el tiempo las ultraje?'
Supuesto que es indispensable dejar algún dia ai mundo y sus de­
leites, ¿ no es mejor dejarle m eritoriam ente que aguardar á que él
te'deje? E x p e d it hcec relinquere quam relinqui.
21, Y á vosotros, que habéis pasado ya la edad prim era, y Ia‘
habéis pasado poco cristianam ente, ¿qué os diré, sino que lloréis
con lágrimas que nazcan de un corazon verdaderam ente contrito
los delitos de vuestra juventud-, postrándoos todos los dias en el
templo santo de Dios, y diciéndole con san Agustín : Sero te am avit
pulckrúudo semper antiqna et nova? Hermosura siempre antigua y
siempre nueva, ¡ay! jqué tarde he empezado á amarte! ¡Oh Dios
mió-i dte edad de treinta años, decia este gran Santo que habia em­
pezado muy tarde á am aros, jy yo que he pasado ya de esa edad:
todavía no he empezad o 1'Pero ya empiezo desde este mismo ins­
tante, repitiendo sin cesar: Sero te a m a vi: la voz de mis lágrimas y
suspiros os dirá continuam ente: am avi . Muy tarde, Señor,
os he amado : ¿acaso temia yo amaros demasiado pronto? Cuando
yo me resistía á amaros ¿no érais Vos tan amable como ah o ra?
¿no érais mi Dios, mi Criador, mi P adre, el Esposo y el Redentor
de mi alma? ¿no habíais derramado vuestra sangre por m í? ¿no ser
habia hecho seutir vuestra gracia en lo íntimo de mi corazon? ¿ñor
264 SERMON
estaba yo obligado á tener presentes vuestros beneficios? ¡pero in­
grato me he hecho sordo á tantas amorosas vocesl [Oh si yo pu­
diese descontar del número de mis dias los que he pasado sin ama­
ros I Sero te a m a vi: días que siempre lloraré sin consuelo: Sero íc
amam. L lorad, amados oyentes mios, aquella juventud tan amada
de Dios que él deseaba para sí, que os la pedia, que era tan acree­
dor á ella, y que vosotros le negasteis tan injustam ente. Llorad
aquella juventud cuya prevaricación ha pervertido las demás eda­
des; aquellos años en que os hubiera sido tan fácil la v irtu d , y cu­
yos yicios os la han dificultado tanto. Llorad tantos preciosos dias
empleados en servicio del m undo, de quien habéis recibido tan in­
feliz recompensa. ¿Dónde está el fruto de tantos instantes, de ta n ­
tas horas, de tantos dias trabajosos, de tantas noches desasosega­
das? ¿En qué abismo se ha hundido todo esto? De los deleites no ha
quedado ni som bra, pero el pecado todavía persevera. Llorad la in­
utilidad de vuestra juventud, restaurad aprisa sus daños, emplead
provechosamente el tiempo que su Majestad os concede; ¿no estáis
contentos con el que habéis desperdiciado? Si esperabais la vejez, ya
os hallais viejos: ¿quereis prolongar hasta el sepulcro los desvarios
de la juventud? L lorad, y así la abundancia de vuestras lágrimas
desengañe á los que ahora empiezan á vivir de la necesidad de servir
á Dios desde su juventud. He procurado convenceros de esta nece­
sidad en la primera p arte, y paso á enseñaros brevemente los me­
dios con que podéis manteneros en la juventud en su amistad y gra­
cia, que es el asunto de la

Segunda p a rte .

22. E ntrad desde luego en una prudente desconfianza de vosotros


mismos, de modo que el conocimiento de vuestra flaqueza os ins­
pire una continua vigilancia: nunca confiéis en vosotros, y estad
siempre advertidos contra todo lo que os rodea.
23. L No estemos'satisfechos de que para hacer buenas obras te­
nemos aquella fuerza y vigor que perdimos por el pecado de nues­
tros primeros padres. Tengamos presente que llevamos el tesoro de
la gracia en vasos quebradizos, cuya fragilidad debe traernos rece­
losos ; y que todo hom bre lleva consigo peligros que, aunque puede
vencerlos, no los puede evitar. Tengamos presente que la juventud,
además de los peligros comunes, tiene “otros que le son peculiares;
que esteriorm ente todo conspira á engañarla, á pervertirla, á per­
SOBRE LA. NECESIDAD DE SERVIR Á DIOS. 265
derla; que interiorm ente oye los desaforados gritos de las pasiones
irritadas con lo ardiente de la edad, con el hervor de la sangre, con
la fuerza y actividad de la imaginación; que el corazon, sujeto al
deleite, fácil de enardecerse, vivo é impetuoso en sus deseos, está
dispuesto á hacernos traición cada in stan te: tened presente, sobre
todo, que en la edad en que os hallais no tanto teneis que tem er por
flacos que seáis vuestra fragilidad, como vuestra presunción. Nada
ó cási nada podemos, y, no obstante, creemos poderlo todo : este es
el tremendo escollo donde naufraga cada dia la virtud mas acen­
drada. Quereis hallaros en todo, intervenir en todo, verlo todo,
oírlo todo, hablarlo todo; manteneis amistades, oís conversaciones,
no excusáis familiaridades cuya libertad hubiera pervertido á los
Santos; soltáis la rienda á vuestro entendimiento para que se apa­
ciente con especies halagüeñas; permitís que la imaginación se cebe
y saboree con imágenes que alborotan el sosiego de vuestro espí­
ritu ; discurrís con la vista por variedad de objetos que despiertan
la concupiscencia; os exponeis á las mas peligrosas ocasiones, no
negáis á vuestros ojos cuantos espectáculos avivan las pasiones, y
en medio dé todo esto os prometeis conservar ilesa vuestra virtud.
Entended, pues, que las grutas mas enriscadas, las soledades mas
profundas, la ceniza, el cilicio, la yerta frialdad de la vejez no
siempre bastaron para defenderla virtud de aquellos ángeles del de­
sierto, de los anacoretas digo, délos cuales algunos se perdieron en
el retiro del claustro, en el recinto de las cavernas de las fieras, al
pié de los altares, y cási entre los brazos del mismo Jesucristo.
24. i Oh infeliz presunción ! ¡cuántas vírgenes consagradas á Dios
has derribado, cuántos sacerdotes criados á la sombra del santua­
rio , cuántos hombres aguerridos en el ejercicio de la virtud! Una
mirada inadvertida, la lección de un libro, una conexion sospe­
chosa, una acción indiscreta fue muchas veces el origen y la causa
primera de su ru in a ; ¿y creeré y o que el corazon de ese jo v en , que
nada evita, resistirá áto d o ? ¿que la débil caña no cederá á la vio­
lencia del huracan que desarraiga los cedros del Líbano? SÍ quereis,
p u es, conservar la inocencia, que es flor tan tierna y delicada, pro­
curad defenderla de los vientos y torm entas, porque basta un há­
lito para marchitarla. ¡Oh juventud inconsiderada! ¡cuántos esco­
llos te cercan ! Si rompes una vez el freno á tus pasiones, no esperes
ya volverlas á sujetar. Un deseo engendra otro deseo, un deleite
estimula á otro deleite: el fuego una vez encendido crece, se au ­
m enta, toma mas cuerpo cada instante, y todo lo consume y abra-
SERMON
sa. A los principios der esa pasión te lisonjeabas que te contendrías
« a ciertas acciones,, y tú mismo te asombras de haber hecho tantos
progresos en¡ ella. ¿Sabes la causa? La razón habia fijado al pare-
<ser losJím ites, pero la concupiscencia los ha traspasado. El demo-
monio es artificioso y astutísim o, y así al ^principio no te pone de­
lante toda la escandalosa disolución de los vicios por no horrorizarte
«on lo feo del pecado; pero como está seguro de hacerte caer en él
poca á poco y como por grados, solo te pide que dés algunos pa­
sos, porque élsabe que los darás con una propensión tan impetuosa,
que no podrás ya contenerte, y caerás hasta lo profundo del ebis-
Knoi; porque como el pecado dispone para el pecado, lo que parecia
demasiado al principio de la pasión ya no es bastante para la pasión
fortalecida y fomentada con la m ultitud de los pecados. ¿Pensáis
que David formó al principio la bárbara resolución dé bañar la tierra
«OQ la sangre del infeliz Urías?' ni que Salomon erigió al principio
de su vida- relajada altares á los dioses de los gentiles? ¥ vosotros,
esclavos miserables del vicio, á quien vuestra desenfrenada disolu­
ción ha precipitado de delito en delito hasta los últimos desórdenes,
¿rompisteis la prim era vez el antemural de la vergüenza sin inten­
ción de convertiros? ¿quisisteis ser de repente lo que sois hoy dia?
Desengañaos , que es mas fácil no condescender en nada con las pa­
siones que contener su ím petu. Si quereis no tener nada que te­
m er, recelaos de todo, y acabad de entender que no seréis virtuo­
sos sino en cuanto viváis desconfiados de vosotros mismos.
25;. 11. Pero no basta que desconfiéis de vuestra fragilidad’; es
necesario que este conocimiento os obligue á cautelaros prudente­
m ente. Es verdad que el hombre es flaco, pero Dios es poderoso.
Si él te sirve de escudo, ¿qué dardos te podrán herir? S i Deus p ro
mobis, quis contra nos? (Rom. v m , 31). Y ¿en quién consiste que
no lo sea? No creáis, nó, que deje de oir los ruegos de un joven
que1deseoso de su salvación le diga con los Apóstoles : S a lva nos , pe~
rim u s. (M atth. v m , 25). Señor, gobierna por tu mano esta pobre
barquilla que está para engolfarse en un m ar de tantos escollos y
bajíos, pues sin tu amparo, azotada de los vientos y las olas, nau­
fragará miserablemente. ]Qué torm entas, qué ré’cios temporales no
se levantan de repente! Apenas es vencido un enemigo, cuando se
levanta otro de entre las mismas ruinas del prim ero. El mundo, el
infierno, el deleite, el dolor, la prosperidad, la adversidad, todo
se arma contra mí , todo conspira para mi daño y perdición'. Lí­
brame de tantos peligros, y líbrame de m í mismo; porque si me
SOBRE LA NECESIDAD DE SERVIR Á DIOS. 267
aparto de V o s, si me separo de V o s, ya preveo las tinieblas tan
palpables que han de oscurecer y ofusear mi razón , los espantosos
vicios que han de estragar mi corazon. Si tu gracia no me m ueve
y no me sustenta,, jamás seré el que debo. Comunica á la virtud
aquellos atractivos poderosos que han sabido rendir tantos corazo­
nes. Pídante otros riquezas, honores, gloria m undana, que y o , á
ejemplo del jdven Salom on, solo te pido virtud y sabiduría: S alva
nos, perim us. No dudéis sino que súplicas tan santas serán bien des­
pachadas, y que deseoso nuestro Dios de lograr vuestros primeros
suspiros no permitirá que un corazon que quiere ser suyo sea des­
pojo del infierno.
26. Por último, sed amantes de la soledad, del retiro, del tra­
bajo; no tratéis eon el mundo sino precisados de vuestro estado, de
vuestra obligación y profesión; huid de esas concurrencias poco cris­
tianas, donde se pone todo estudio y esmero para despertar pasió*
nes que no hay fuerzas que basten para amortiguar despues; huid
de esas conversaciones libres y disolutas donde se aprende lo que
nunca debiera saberse, lo que con tanta dificultad se olvida; huí®
de esas diversiones, hijas de la ociosidad é incentivo de las pasiones,
donde lo menos que se aprende es cierta relajación de espíritu, cier­
to desvío de las cosas de D ios, cierta frialdad en la oración , cierto
amor al m undo, cierto olvido de la salvación que estraga y enflar-
quece la virtud mas robusta. Preguntaos á vosotros mismos si ha­
béis vuelto jamás de ellas como fuisteis. ¡ De qué imaginaciones no
volvió llena vuestra eabeza t jqué fermentación en el corazón! jqué
inquietud en el entendim iento! Vuestros ojos habían ya dejado de
mirar objetos halagüeños y falaces, y aun los tenia presentes vuestra
fantasía. De aquí procede el hastío de la devocion, la mayor liber­
tad, de la conciencia; porque nos acostumbramos al pecado, incita­
dos de la multitud y del ejemplo de los que le com eten. Pero ¡á qué-
rigor de vida, á qué remo nos condenáis! dirá alguno. ¿Á qué pro­
pósito hemos de anticiparnos las molestias de la vejez, y hemos de
malograr nuestros mejores días? Con qué ¿para nosotros ya se aca­
baron los gustos? Y ¿ha de durar esto no menos que todo el pro­
lijo discurso de nuestra vida? ¡Todo el prolijo discurso de vuestra
vida, decísl y ¿quién os ha dicho que vuestra vida se ha de alar­
gar á tanto ? De aquí á poco os veréis acaso sumidos en el sepulcro,
j Cuántos d é lo s que hay en esta iglesia, cuántos de los q u em e oyen
y que los parece imposible vivir tanto tiempo privados de los pla­
ceres del mundo no verán otra prim avera, otro año nuevo! Con
268 SERMOK
qué / p a ra nosotros y a se acabaron ¡os gu stos! Pero ¿de qué gustos ha­
bláis? Es verdad que viviréis privados del gusto de oir despedazar
la fama de vuestros hermanos con murmuraciones sangrientas, con
inauditas calumnias; de oir proferir máximas impías y detestables
con grande escándalo de la Religión; de oir cantar esas tonadas las­
civas que vienen á ser las canciones del demonio de la impureza,
que ultrajan el pudor y deshonran el Cristianismo. Si estos, pues,
son gustos para tí, no blasones de que tienes el alma pura y lim­
pia. Ignoras el cáncer de tu corazon, aunque ha hecho ya en él
mortales estragos; y entiende que no tienes ya am or de Dios, si
amas semejantes placeres. Con qué ¡p a ra nosotros y a se acabaron los
gustos! Y cuando para asegurar vuestra salvación fuera necesario
renunciar todas las comodidades de la vida , ¿no merece la eterni­
dad sacrificios todavía mas dolorosos? Con q u é ; p a ra nosotros y a se
acabaron los gustos / Y ¿cuándo la vida de un cristiano ha sido vida
de gustos y deleites? Jesucristo nace po b re, desconocido, humilla­
do, llorando, y espira en una cruz : la Iglesia de Jesucristo nació de
la sangre de su Esposo, su cuna se vió mil veces ensangrentada por
el acero de los tiranos, y su alimento no fue otro que lágrimas y
suspiros: los Santos vivieron mortificados y abatidos; y ¿queremos
reinar nosotros con ellos, sin padecer y batallar con ellos? Con qué
¡p a r a nosotros ya se acabaron los gustos! ]Oh cielo santo! jqué inju­
ria hacéis á vuestro Diosl ¿Pensáis que no tiene poder para resar­
ciros, con los consuelos que experimentaréis en su servicio, de los
deleites de que oá’privaréis por seguirle? Preguntad á esa multitud
de vírgenes consagradas á Dios que con tanta alegría se encierran
en los claustros; á esos solitarios que en la flor de su edad se se­
pultan en los desiertos, si están descontentos con su estado. ]Oh
qué animosamente andan por los caminos de la salvación! ó por m e­
jo r decir, no a n d a n , sino que vuelan, llevados en alas de la gracia f
]Oh qué suavidad sienten en corresponder con los llamamientos que
los guian I
27. ]Oh Dios de Israel, Dios de las virtudes y de los deleites
verdaderos, qué dulzura no se experimentará en andar por los ca­
minos de -vuestros mandamientos! Quam bonus Isra el Deus his qui
recto sunt cordel (Psalm. l x x i i , 1 ) . Ni e l esplendor de la majestad,
dice David, ni la gloria de mis triunfos, ni las delicias de que está
sembrado el trono, ni un pueblo numeroso y solícito por perpetuar
en mi ánimo el gozo y los placeres transitorios alcanzan á hacer­
me feliz. Solo el cumplimiento de tu santa ley puede infundir en
SOBRE LA NECESIDAD DE SERVIR Á DIOS. 269
mi corazon deleites capaces de satisfacerle. Nada puede compararse
con la suavidad que siento en meditar tus juicios y en llorar en tu
presencia: Q uam bonus Isra el D eus / Mirad á un Pablo fugitivo,
desterrado, perseguido, llagado, bañado en sangre, y su corazon re ­
bosando gozo; su alma no puede contener las dulces avenidas que
la arrebatan: Superabundo gaudio. (II Cor. v il, 4 ). Mirad al gran­
de Antonio internado en una soledad espantosa por espacio de
mas de cincuenta años, pasando en oracion los dias y las noches,
como se queja de que las horas corran con tanta velocidad, y de
que el sol con su luz im portuna le prive de las dulzuras de la con­
templación. Mirad cási en nuestros dias un Javier peregrinando por
inmensas provincias de la In d ia, regadas con su sudor y sangre,
padeciendo ham bre, sed, desnudez, como se lam en ta; pero ¿de
qué? de su excesiva felicidad. D eten, Señor, dice, este torrente de
delicias qne me em briaga, pues mi corazon desfallece y no puede
soportar el deleite que le inunda : Satis est , D om ine , satis. Mostrad­
m e, en fin, un solo hombre verdaderam ente santo y justo que
se fastidie de vivir en Dios y con Dios, que no diga, como David,
que un instante pasado en la presencia y en la casa del Señor na
valga mas que mil años Yiyidos en los palacios de los pecadores.
Haced vosotros mismos la experiencia : Gústate etvidete quoniam sua~
vis est D om inus (Psalm. x x x m , 9): servid al Señor, y no os ap ar­
téis de él hasta que os canséis de servirle. ¿ No os asegura él que su
yugo es suave y su carga ligera? Jugum meum suave est, et onus
meum leve. (M atth. x i, 30). ¿Por qué creeis, p ie s , que es falso
é infiel en sus promesas? Si creeis los misterios que os ha revelado
acerca de la vida fu tu ra, ¿por qué dudáis de la felicidad que ase­
gura se encuentra en su servicio? ¿No es el mismo Dios el que os
habla? Jugum meum suave est. Sí, amado herm ano mió, esa virtud
que te parece tan austera y melancólica es un fecundo manantial
de donde se deriva continuam ente una alegría pura y deliciosa, mas
astimable sin comparación que aquella alegría sensual que atosiga
los sentidos: esta es una alegría transitoria y falaz que apenas nace
cuando espira; aquella una alegría perm anente que no conoce m u-
lanza ni variedad : esta una alegría bulliciosa y loca, interrum pida
3e pasiones furiosas, y seguida de agudos rem ordim ientos; aquella
ina alegría espiritual que enajena el alma sin tu rb a rla , la embelesa
sin apasionarla, fortalece el espíritu en lugar de debilitarle; alegría
jue el hombre posee sin dejarse poseer de e lla, con la cual todo
sstá en paz y en debido lugar. La razón aprueba los deseos del co-
£5® SEM ÍON
ja z o n , y el corazon sigue gustoso las leyes de la rázon. Creed á los
Santos que hablan de experiencia, y .no creaisálos impíos que blas<-
feman lo que ignoran.
■28, Con qué ¡ ya se acabaron p a ra nosotros los gustos 1 Y ¿qué de­
leite piensas hallar en el pecado? D ím e, esclavo infeliz del demo­
nio, dice san Juan Crisóstomo, de las veinte y cuatro horas del día
y de 3a noche, ¿en cuál de ellas sosiegas? Como tú seas capaz de
enum erar tus inquietudes, tus sinsabores, tus dolores, tus sentí11-
omentos, tus impaciencias, tus desesperaciones, tus tristezas, yo
me obligo á contar las arenas del mar, ¡ Qué estado tan miserable!
I Estar temblando siempre y temiendo la perdición de tu alma! Sí
la m uerte me arreb ata, ¿qué será de mí? ¿qué haré sino consu­
mirme, perecer y abrasarme en los fuegos eternos? Im p ii oxúcmquasi
mare fervens. (Isai.LVii, 20).
29. Con qué . / ya se acabaron p a ra nosotros los gu sto sl ¡A h ! decid
antes que os excusaréis de in nutriera bles zozobras sirviendo á Dios
con perseverancia* No, católicos, no por cierto, no intentamos p ri­
varos de vuestros deleites, solo buscamos vuestra verdadera dicha.
Entended que los demás os engañan y os pierd en , y que os estará
mas cara vuestra salvación. T ú , hombre sensual,,has aniquilado tu
cuerpo, has estragado tu salud, has perdido tu buen nombre y cau­
dal ; ¡ pero has saciado á lo menos tu pasión I ¡ O h ! ¿no es verdad que
el infernal fuego que ocultas bajo esas canas te abrasa todavía y te
consume con la misma actividad que al principio ? Si el tiemp», pues,
que empleaste en solicitar, en prom eter, en rogar para rendir y
corromper esa persona que te trae fuera de tí le hubieras gastad*
en mirar por tu alm a, ya hubieras aplacado la irá divina; y tú,
hombre avariento, si hubieras dedicado á la obra de tu salvación
esos cuidados, esas fatigas, ese trabajo con que has servido al ídoló
del dinero, hubieras ya ganado el cielo, tu Dios estaría satisfecho*
1 y tu pasión no lo está todavía!...
30. No perm itáis, Dios mió, que yo ande por los peligrosos ca^
minos por donde veo correr esos jóvenes desatinados. En vano hará
el mundo en mi presencia ostentaciones de sus embelesos halagüe­
ños, y me exagerará sus gustos pecaminosos, pues yo he dezmaros*
y ya os amo, yo soy vuestro, y quiero serlo; Q uid enim m ih i ■esí/í»
cáelo, et á te quid volui super terram ? (Psalin. l x x i i , -25). ¿Es posible
que haya hombres que .para amaros esperen al últimodia de su vida,?
Pero yo, bien diferente de estos ingratos, solamente quiero vivir
para am aros: A te quid volui super terram ? Á tí-, Señor, enviaré.míe
SOBRE LA NECESIDAD DE SERVIR k DIOS.
primeros suspiros; por tí correrán mis prim eros deseos; íú serás el
prim ero, el último y el único objeto de mi am or; tú recibirás mte
primeros y últimos alientos. Y ¿con todo eso creeré yo am arte bas­
tante? ¿creeré que empiezo.á am arte desde muy tem prano? Yo te
am o, Señor, y solo á tí te am o: A te quid vohti super te rra m ? Yo
te amo, y lo repito con suma complacencia. En mi corazon no arde
ni arderá jamás la Hamá del pecado : tu gracia ha encendido en mi
alma este limpio am ar que es todo m i’ regalos 'sea yo tan dichoso
que perezca mi vida antes que se apague en mí la llama de la cari­
dad : si preves que algún dia me he de apartar de tí,,c o rta el hilo
de esta desgraciada v id a : yo te am o, y quisiera am arte mas y mas :
mi amor no pide otro galardón que otro amor mas fino y vehe­
mente : A te qu id vólui super terra m ? Haga yo, Dios de mi corazon,
libremente y por elección en este mundo lo que espero hacer en vir­
tud de los invencibles atractivos de tu presencia en la eterna bien­
aventuranza : A d quam , etc. Amen.
272 SERMON

SERMON
SOBRE

LA ETERNA BIENAVENTURANZA.
Petrus discit ad J e su m : Domine, bonum
est nos hic esse; si v is , faciam us hic tria ta-
bcrnacula, Ubi u n u m , M oysi u n u n t, et
Elice unum . ( M alth, x y ii, 4).
Dijo Pedro á Jesú s: Señor, bien oslamos
a iiu í, hagam os, si os p lace, tres tabernácu­
lo s, tino p a ra Vos, uno p ara Moisés y uno
p ara Elias.

1. Ya se acercan los tiempos de am argura y de ignominia, los


tiempos de oscuridad y de tinieblas tan llenos de aflicciones y aba­
timientos para el M aestro, y de peligros y escándalos para los dis­
cípulos. Pero Jesú s, para fortalecer la débil y vacilante fe de sus
mas queridos Apóstoles, los lleva á un monte apartado. Allí parece
que las sombras de la hum anidad se desvanecen, y que la divini­
dad se muestra con mayor resplandor. Rásgase el cielo, y vienen
Moisés y Elias á rendir adoraciones al Mesías figurado en la Ley y
anunciado en los Profetas. La majestad de aquel augusto espectá­
culo, la presencia del Dios que se manifiesta á su vista, y no sé qué
puro, v íy o y penetrante gozo que baña sus alm as, les anticipa en la
tierra un preludio de las delicias celestiales. ¡Ay, Señor, exclama
Pedro, no nos apartemos de tan dichoso lugar! ¿dénde hallaríamos
lo que aquí dejáramos? Si en otro tiempo suspiró mi corazon por la
renovación del reino de Israel, confieso lo errado de mis deseos;
porque ¿en qué trono pueden gozarse deleites tan suaves como los
que das á gustar en esta deliciosa soledad? D om ine, bonum est nos
kic esse. Pero estando hablando Pedro, adhuc eo loquente, oye una
voz que le dice que no ha llegado todavía el tiempo del descanso;
que antes de participar con aquel Hombre-Dios de la herencia de
su gloria es necesario merecerla obedeciendo con pronta docilidad
sus preceptos, é imitando sus ejemplos: Jpsum audite. (Ibid. 5). El
tiempo de esta vida es el tiempo de la pelea y de la tentación : ver­
dad es que pasará y que pasa con tanta rapidez que podemos decir
SOBRE LA ETERNA BIENAVENTURANZA. 973
que ya pasó, y que vendrán los días y el tiempo de la p a z , y no pa­
sarán.
2, Pensamiento de gran consuelo y m uy eficaz para asegurar
nuestros pasos en los caminos de la virtud, si la luz de la fe alum ­
bra todavía nuestro entendimiento. Pero el ciego Israel desprecia
las promesas hechas á sus padres, el embeleso de los bienes cadu­
cos y perecederos echa un candado á nuestro corazon para no per­
mitir en él entrada al amor de los bienes eternos , y nos olvidamos
del cielo, ó no procuramos m erecerle. Dos grandes desórdenes eií
que ineurre nuestro siglo en punto á la bienaventuranza eterna r
ceguedad é insensibilidad de tantos cristianos tibios é indiferentes
que no la desean , y flojedad é inacción de tantos cristianos pere­
zosos v sin vigor que no procuran hacerse dignos de ella ; desórde­
nes reprobados por aquellas palabras del A póstol: Quce surswm
sunt gucerite... quce sursum sunt sapite. {Coios. m , 12). La felici­
dad del cielo es acreedora á todos vuestros deseos : Quce su rsu m
sunt quceríte; pero vuestros deseos no bastan para conseguirla: Qua?
sursum sunt sapite. En dos palabras : insensibilidad del cristiano ti­
bio é indiferente que no suspira por el cielo, insensibilidad la mas
inexcusable : Quoa sursum sunt sapite. Y flojedad del cristiano tibio
y perezoso á quien no merece el cielo sino deseos estériles, floje­
dad la mas culpable.
3. Espíritu divino, espíritu de amor ycaridad, fuente de aqueü
rio de deleites que inunda la ciudad santa de S ion, solo tu puedes
explicar tus dones. T ú los derramaste abundantísim am ente en e3
alma de tu Esposa, tan admirable ahora por la grandeza de su glo­
ria y de su felicidad, como lo fue por sus virtudes portentosas. Su­
plicóte por su intercesión, queim ploro, que te dignes penetrar mis
palabras con alguno de aquellos rayos de luz y de afecto vehe­
mente con que tus Profetas y Sanios trasladaban anticipadam ente
al cielo al pueblo que pendía de su yoz : A ve M a r ía .
P rim e ra p a rte.

i. Insensibilidad del cristiano tibio é indiferente en punto á íff


eterna bienaventuranza: insensibilidad la mas inexcusable, pues
la felicidad del cielo es superior infinitamente á todos los bienes q u é
podemos desear en la tierra , y superior infinitamente átoda í® ex­
tensión de nuestros deseos. Explicaréme con mas claridad. iQ n &
viene á ser la felicidad del cielo comparada con los bienes del mun*-*
do? ¿Qué viene á ser la felicidad del cielo considerada en sí mis™
18 x. xr. '
374 SERMON
m a? Exam inem os, m editemos, y nos verémos compelimos á con­
fesar que la bienaventuranza eterna es acreedora á todos los deseos
de nuestro corazon : Quce sursum sunt sapite.
5. I. Es la felicidad del cielo infinitamente mas estimable que to*
dos esos bienes que apetece el hombre carnal con tanta ansia, que
solicita con tanta diligencia, y á que anhela con tanto ím petu. Pero
iqué es lo qué"intento , Dios mió! ¿Me perdonaréis Vos la tem eri­
dad de comparar con los bienes que teneis reservados para vuestros
escogidos esos bienes sin sustancia que abandonais a) capricho de
la fo rtu n a , al desenfreno de las pasiones, á la insolencia del peca­
do? esos bienes m alditos, fulminados con tantos anatem as; esos
bienes apestados, escollo ordinario de la razón y de la v irtu d ; esos
bienes fatales que solo eoncedeis muchas veces ofendido é indigna­
do? Pero ¿qué q u e re is, católicos? No está ya el mundo en estado
de comprender las cosas espirituales : el idioma de la fe es ya para
él un idioma extranjero é ininteligible; y nos vemos obligados á va­
lernos de sus propios errores para reducirle al conocimiento de la
verdad. ¡Dichoso aquel, si á su desengaño contribuye el mismo
m undo que le engañó, y si su amor á los bienes visibles llega á
transform arse en amor y en deseos de los bienes invisibles 1 Pres­
tad m e, pues, vuestra atención, amados oyentes m io s, y oiréis un
discurso en que yo no tengo parte alguna, porque solo hablará en
él la sagrada Escritura y los santos Padres.
6. La felicidad del cielo es sólida y verdadera. La felicidad
m undana, dice san A gustín, no es felicidad, sino sombra y figura
suya : N o n felicitas, sed quasi felicitas est hujus sceculi. Con efecto,
tienen los bienes del mundo cierto oropel, no sé qué brillantez que
desde luego nos deslum bra, cierta am ena y halagüeña superficie
que á prim era vista nos arrebata el alm a. Son una fantástica apa­
riencia que debe toda su fuerza á nuestra im prudente y tem eraria
precipitación ; pero examinada con m ayor aplicación y cuidado,
desaparece toda la ilusión y engaño, no pudiendo resistir á la prue­
ba de la experiencia ; pues al paso que miramos mas de cerca esos
bienes que vistos de léjos se representan tan magníficos y tan en­
vidiables, se disminuyen y desvanecen : de suerte que á cierta dis­
tancia parece que no hay cosa de mayor estimación, y de cerca se
resuelven en nada. Y por difícil que sea no dejar de amarlos y de­
searlos cuando no los poseemos, todavía es mas difícil, añade san
A gustín, amarlos cuando los poseemos : Qtwe dum non habeo, amo,
cum habuero ccmtemno.
SOBRE LA ETERNA BIENAVEHTÜRANZA. 275
7,, £1 mundo solamente agrada mientras brinda con sus hala^
gos, y fastidia cuando se posee. De aquí nace que la vida humana
no es otra cosa que una circulación y reflujo continuo de ardientes
<Jeseos y de falaces esperanzas, de gustos y de desabrimientos;
de aquí nace que pasamos los días en anhelar por lo que huye de
nosotros, y en huir de lo que hemos encontrado, en repudiar un,
proyecto por adoptar otro, y en desposeernos de un bien que co-*
nocemos por adquirir otro que no conocem os, dominados siem-*
pre del lisonjero engaño de una felicidad que^-se nos representa
lo léjoSj y que huye y se desvanece luego que creemos haberla con­
seguido ; de aquí nace que m uchos, cuales otro Salom on, tan in ­
felices en el trono, cuanto se vio Job abatido y lleno de dolores en
el m uladar, han lamentado de su estado miserable : el uno ago­
biado con el peso de los infortunios y deíapohreza : Tcedetanim am
mearn vitce mece. {Job, x , 1). Y los otros, oprimidos con los sinsa­
bores y embarazos de la prosperidad: Teeduit mevitcemece. (Eccles»
c. u , 1 7). jNo sucede así, ó Dios m ió , con los bienes de vuestra
celestial Jerusalenl Por mas elevados que se los figure el hombre,
exceden con infinita ventaja al mas sublime pensam ieoto: nada
pierden en ser conocidos, antes adquieren incomparable valor: de
cada día, de cada momento son mas agradables : jamás se cansa el
corazon humano de poseerlos. Sí por cierto : en ellos encuentra ej
hombre cuanto puede desear, y aun mas de lo que puede esperar
y apetecer : Q u i antera biberit . .. non sitw tin aU rnum . (Joan. iv , 13)*
Inúndase en sus puras delicias, vive enajenado en ellas, de todo se
olvida, olvídase de sí m ism o, y, sim e fuese lícito, añade san A m -
hrosio, usar del lenguaje humano para hablar de la felicidad del
cielo , diría que todo lo ignora, que ni sabe de sí, y que solamen­
te le consta que se halla con D ios, que es feliz y que lo será eter­
nam ente,
$ . ]Oh eterna bienaventuranza de quien podemos decir lo que
decía san Agustín de la perfección y hermosura infinita del Ser su*
prem o, que siempre es antiguo y siempre nuevp : O p u M ritu d o
$&np$r a n tiq w , etsem per n o w j ¿Qué es el hombre? Mas fácil es
medir la profundidad del mar que sondear el abismo impenetrable
de sus inclinaciones. Es nuestro corazon un laberinto cuyas calles
ocultas y caminos intrincados solo los copoce Díqs. V oluble, iq.-r
constante, discorde consigo m ism o, concibe deseos que íuego des­
truye coa otros deseos contrarios, todo lo a p a y nada a m a ; Jo
ayer le agradaba, hoy le desagrada: el objeto es el mismo j io n que
18*
276 SERMON
la mudanza está en el corazon. En vano nos colmaría el mundo do
todas las prosperidades y delicias, pues no conseguiría hacernos
felices, porque nuestro corazon se nos desmanda á pesar nuestro,
y cuando nada le disgusta, se disgusta de sí mismo : solo conoce
un amor inm utable, que es el amor de la mudanza y de la nove­
dad ; ó, por mejor decir, ¿por qué no imputarémos antes á la fri­
volidad de las felicidades humanas que á nosotros las inconstan­
cias y variedades de nuestra alma ? El amor de la felicidad está
asido al fondo y esencia de su ser; pero ofrécese á la vista la apa­
riencia del bien, y el alma se abalanza á ella con toda la vehemen­
cia é ímpetu de sus inclinaciones, y luego que llega á poseerla fe­
nece su felicidad en el momento que em pieza, pues una sombra
vana que apenas es capaz de divertirla y de distraerla no puede
satisfacer la inmensidad de sus afectos : del vacfo que experim en­
tan nacen los desabrim ientos,los pesares, el tédio que suceden al
m ovim iento, á la agitación , á los arreb ato s; los deseos burlados
se entibian y desvanecen, y cuando faltan los deseos ¿de qué sir­
ve la posesion?
9. Pero aquí, ó Dios m ío, es donde mostráis vuestra benigni­
dad portentosa, y uno de los mas poderosos esfuerzos de vuestro
brazo en beneficio de los justos , pues, aunque por la plenitud de
vuestros dones, corran con tanta abundancia los ríos de vuestras
delicias en el alma de vuestros Santos, que sus olas inundan y re ­
bosan sobre su corazon iM en su ra m ,.. confertam ... etsuperefflum tem
(Luc. v i, 3 8 ) ; sin em bargo, no solo no apagan el fuego del amor
puro y el incendio de sus deseos, sino que aum entan la llam a, co­
municándole mas violencia, por explicarme así. Tal es el fin, dice
san G regorio, tal la suerte dicbosa de los bienaventurados, que
p o r medio de un m ilagro, cuya ejecución se reserva solamente al
cielo, sus deseos se ven siempre satisfechos y siempre ansiosos:
S em per a vid i, semper pleni. Poseen cuanto desean : Sem per p le n i; y
desean continuam ente lo que poseen : Semper a v id i; los deseos en
ellos no nacen de necesidad y de pobreza, ni la posesion engendra
disgusto y hastío : Sitíente $ satiabim ur, satiati sü iem u s: longe ab ista
siti necessitas, longe á satietate fastidium,
10. La felicidad del cielo es llena y permanente. Los placeres del
m undo, vosotros mismos lo repetís todos los dias, hombres carna­
les, los placeres del mundo no son mas que hum o que se desva­
nece y sombra que h u y e ; que ni los gustáis, ni los poseeis en la
realidad; que solo os saboreais con ellos superficial y apresurada*
SOBRE L A E T E R N A B IEIÍA V EK TÜ R A K ZA . 277
m ente; que apenas se excitan cuando desaparecen ; que soló pa­
rece se dejan'sentir para causar el sentimiento de haberlos perdido,
y que no tanto se os conceden para que su posesion os haga felices,
cuanto mas que su pérdida os haga desdichados. Los placeres m un­
danos, dice el profeta Isaías, son semejantes á un hombre fatigada
de la sed, que si le acontece dorm irse, sueña que sentado al pié de
una fuente clara bebe abundantemente ; pero al despertar se ha­
lla burlado, y siente de nuevo el ardor de una sed que le abrasa
ias entrañas : Sicu t somniat süiens et b ibit; postquam fuer i t experge-
factus, lasstis adhuc sitit . (Isai. x x ix , 8). Pero quiero que haya de*
leites mas permanentes ; mas no por eso dejarán de ser deleites in­
eficaces y amortiguados, que solo causan en el alma una leve con-
mocion, que en el corazon no hacen cási impresión alguna. Porque
supongo que teneis salud, riquezas, nobleza, dignidades, opi­
nion, valimiento en el m undo, cosas todas que si no las poseyé-
seis os doleríais vivam ente, y cuya pérdida os seria muy sensible;
mas ¿sentís gran complacencia en poseerlas? Acostumbrado vues­
tro corazon á la tranquilidad de este gustoso estado, no siente la
impresión de aquellos ardientes y deliciosos afectos que constitu­
yen la felicidad; y así toda esa yuestra dicha tan envidiada se re ­
duce á vivir absortos en cierto estado de sosiego, de flojedad y de
inacción que viene á ser el estado medio entre el deleite y el dolor.
Desengañémonos , que solo la felicidad de los ciudadanos del cielo
■contiene afectos vehementes y siempre duraderos : deleites pene­
trantes , dice san Agustín, que fluyen y se introducen hasta lom as
íntimo del alm a, que la conmueven, la abrasan y la desquician de
sí misma : éxtasis que se suceden unos á o tro s, con cuyo enajena­
miento los siglos de los siglos se hacen un instante, porque vuelan
con tanta rapidez que, aunque no pueden causar revolución algu­
n a , parece dan lugar para culparles su curso tan veloz. En tanto
el corazon lleno de verdadera y perm anente alegría se baña copio­
samente en estas delicias inefables: en ellas está de asiento, en
•ellas descansa, él se engolfa en deleites, y los deleites le anegan á
é l : su felicidad nunca se acaba, y siempre empieza de nuevo. Es
verdad que en los palacios de los dioses de la tierra brillan alguna
vez vislumbres de felicidad transitoria; pero la vehemencia, la du­
ración de los afectos deliciosos y ]a felicidad verdadera no tiene su
trono sino en el santuario del Dios del cielo: B eati qui h a b itm t in
d o m o tu a , Domine. (Psalm. l x x x h i , 5).
11. La felicidad del cielo es llena y completa. Ninguno logra
278 SERMON
•en el mundo todos los bienes ju n to s, y así para asegurar la pose­
sión de unos se Ye obligado á renunciar los demás. Hombre am­
bicioso, que corres exhalado tras esa quim era de honra y de gloria
que te trae enloquecido, consiente en negarte á las suavidades del
descanso, y apresúrate á comprar con una m uerte precipitada la
esperanza lisonjera de vivir en la memoria de los siglos venideros;
hombre sediento de riquezas, resuélvete á gastar tu salud y la flor
de tu vida en el bullicio de esos cuidados roedores, sacrificando al
deleite de acaudalar bienes el de gozar de ello s; hom bre amigo
de la vida quieta y desidiosa, determínate á vivir en el mundo des­
conocido, oscuro, sin nom bre, sin crédito, sin distinción, sin au­
toridad , en fin, como si d o existieses en él. Reinan además de esto
en nuestro corazon no pocas pasiones contrarias entre s í : lo q u e á
una concedemos, lo usurpamos y defraudamos á todas las demás,
y rara vez llega el hom bre á adquirir alguna parte de felicidad, sin
que se exponga á sufrir ,innumerables sinsabores. Pero si quereis
gloria sólida y verdadera, riquezas etern as, sosiego inalterable,
deleites que satisfagan, todá la plenitud de bienes capaces de des­
pertar nuestros deseos, y toda la plenitud de bienes capaces de sa­
tisfacerlos, eso solo lo hallaréis en el cielo. Como nuestro corazon
es inmenso, así es preciso que su felicidad sea superior á cuanto
podamos excogitar ; que sus senos los llene aquel que llena todas
las cosas, que reciba en sí á aquel á quien nada puede co n ten er,
gozando así, según nos asegura Jesucristo, de una felicidad m ayor
que sus deseos: G audium vestrum sitp le n u m . (Joan, x v i, 24).
12. La felicidad del cielo es una felicidad pura y sin mezcla de
mal alguno. Veréis que en el mundo es interrum pido con alguo
infortunio el hilo de la felicidad mas completa. ¿Q ué es el hombre
acá en la tierra, pregunta Job, aun el mas dichoso, sino una flor
caduca, que apenas brota cuando fenece, cuya frágil y vacilante
Caña se mimbrea cada instante á violencias de los torbellinos que
sin cesar la sacuden? Q ui quasi fíos egreditur et conteritur. (Job,
c. x iv , 2). Si gradúas, continúa, nuestra vida por el número délos
añ o s, no hacemos mas que trasladarnos desde la cuna al sepulcro ;
si la consideras por la m ultitud de calamidades y miserias á que es­
tá sujeta, la vida del hombre es prolongadísima : E o m o b re v i vivens
tem pore, repletur mullís miseras. (Ibid. 1). De modo que para ha­
cer feliz al hombre no bastan todos los bienes y todos los gustos
del m undo, y para ser infeliz basta él solo ; porque en el campo >de
SU alma brota un manantial abundantísimo de m iserias, de donde
SOBBE LA ETERNA BIENAVENTURANZA. 370
nacen imperceptiblemente mil sinsabores que le roen. Considerad
las pasiones que le tiranizan: la ambicio» le arreb ata, el interés te
desasosiega, la sensualidad le embriaga, el o iio le enciende, la en­
vidia le despedaza, los temores vanos le p erturban, Jas esperan­
zas todavía mas vanas le arrastran y le enajenan, los deseos vio­
lentos é indómitos le sacan de tino, y los desabrimieatos crueles
le hacen entrar dentro de s í : el encanto funesto de las pasiones
bulliciosas nos induce como á pesar nuestro á apreciar solamente
lo que no som os, y á despreciar cuanto som os; el trato con el m un­
do nos m olesta, la soledad nos pudre , la rusticidad nos da en ros­
tro , las atenciones nos -violentan , las dignidades nos privan del so­
siego , la condicion humilde irrita el am or propio; felices en lo ex­
terior , infelices en lo in te rio r, señores tal vez de una ciudad, de
una provincia, de un rein o , y esclavos en nuestras casas; sujetos
siempre á sufrir algo ó de o tro s, ó de nosotros mismos ; experi­
mentando siempre algún amago de torm enta en el dia mas sereno,
teniendo siempre algún bien que desear y no podemos conseguir,
ó algún mal que tem er y no podemos evitar. ¡Ay! amados oyentes
m ios, cuando el cielo no hiciese mas que libertarnos de las mise­
rias de esta vida, ¿no seriamos bastante felices en no poder ser ya
infelices? Contem plad, pues, la ciudad santa de Sion, todos los que
os hallais atribulados (y ¿dónde está, y quién es el que no se halla
afligido?}, y veréis que ni el menor ruido ni la menor queja per­
turba el silencio de aquel lugar apacible : M o r s u ltra non e rit, ñe­
que luctus, ñeque clam or. (Apoc. x x t, 4 ). En él reinan la profunda
paz y la tranquilidad inalterable: A m o d o ja m diait sptritu s u t re-
quicscaní a laboribus suis. (Ibid. x iv , 13}. Agótase el manantial de
las lágrimas, y no vuelve á b ro ta r: Absterget om m m lacrym am
(Ibid. x x i, 4). Los cuerpos, espiritualizados en cierto m odo, con­
servan una juventud eterna : S icu t Angelí D ei. (M arc. x n , 95}. El
corazon contento y satisfecho se ve rodeado de lodos los bienes con
que cumple todos sus deseos. El entendimiento, absorto en el amor
y posesion del sumo B ien , no experimenta ya aquel secreto tédio,
aquellos importunos latidos, aquellas tristes reflexiones, aquellas fan­
tasías temerosas, aquellos desabrimientos extravagantes, aquella m e­
lancolía profunda que envenena los placeres mas agradables y hace
infeliz al hombre en medio de la felicidad. Alumbra á la celestial
Jerusalen una pura y clara perpétua luz; la noche, dice el Discípulo
amado, no descoge jamás sus sombras en ella, ni nube alguna os­
curece el resplandor del astro que la ilumina : N o x enim non erit .
S8@ SERMOK
3)e modo que ningún bien hay que desear ni que llorar en el cie­
lo , oí ningua mal que sufrir ni que tem er.
13. La felicidad del cielo es una fuente perenne de paz y con-
vcordia entre los predestinados que la gozan. M irad, católicos, en -
4re los hombres la felicidad de unos causa los infortunios de los
o tro s; porque, como la Providencia solo ha distribuido en el m un­
do cierta cantidad de riquezas y de honores, quedan todos los de*
■más defraudados de aquello de que uno solo se apodera : así vemos
xjue no puede m andar uno sin que muchos obedezcan ; que no se
-ensalza sino compeliendo á los demás á que se humillen , y para
.mortificar y causar vivo dolor á un corazon noble y compasivo bas-
ia ria ponerle delante la m uchedum bre de víctimas sacrificadas á su.
íelieidad. Todos, dice el Apóstol, todos corren; pero uno solo re-
iCÍbe el premio : Omnes quidem currunt, unus accipit braviuin. (J Cor.
.c. i x , 24). Así en Ja carrera de la prosperidad mundana se apresu­
ra n los hom bres, se instan, se im pelen, se tropiezan, se perjudi­
ca n , se arm an asechanzas y se destruyen mutuam ente. De aquí
-proviene aquella maligna vigilancia en observarlas acciones de un
•competidor ; aquella diligente actividad en desbaratar sus proyec­
to s ; aquella maligna fruición cuando decae; aquella rabia, aque­
llos furores, aquella desesperación cuando consigue la privanza.
D e aquí aquellas calum nias, aquellas perfidias, aquellas declama­
ciones, aquellas violencias, aquellas traiciones viles y odiosas, es­
cándalo y calamidad del mundo.
14. ] Oh paz sosegada, oh paz am able, oh tú á quien buscan los
hom bres en medio del bullicio, de la confusion, del horror de las
.batallas! A tí, ó dulce paz, te imploran nuestros suspiros, y tú
■desatiendes nuestros ruegos. Corremos tras tí, y tú huyes de nos­
otros. ¿Cuándo llegará el dia en que gocemos de paz inalterable?
Pero ¡ay t que eu vano solicitamos y esperamos el descanso en es-
íe triste destierro, que solo nos ofrece el espectáculo de sus dis­
cordias ; sedición y p a rtid o s, sospechas y desconfianzas, artificios
y disimulos , amistades falsas, odios y venganzas, una m ultitud de
.competidores que andan rugiendo alrededor de nosotros, que no
pueden perdonarnos el pecado de ser dichosos, y que con nuestra
desventura quedarían consolados de sus humillaciones y desgra­
cias. Volved, pues, la vísta, oyentes mios, dirigid vuestros deseos
á otra ciudad muy diferente. ¡ Oh pacífica S ion, en cuyos baluartes
.jreina la paz : P osuit fines tuos paccm (Psalm. c x l y i i , 14), la cual
.destierra de tu recinto los proyectos, las pretensiones, los motivos
SOBRE L A E T E R N A B IEN A V EN T U R A N Z A . 281
y el fomento de toda emulación I el inmenso pueblo que encierras
dentro de tus muros no conoce n¡ aquella bastarda envidia que
mira con una tristeza malignamente inquieta la prosperidad ajena,
ni aquella cobarde desconfianza que se asusta de la presencia de
otro com petidor: Sedebit populus meus in pulchritudim p a d s , et in
íabernaculis fiduciw , et in requie opulenta. (Isai. x x x ii, 18). Allí no
puede el interés personal desavenir los corazones ; porque, como
observa san Gregorio, aquellos dos vocablos mió y tuyo, ruina de
las conexiones mas estrechas, hielo que extingue el fuego de las
mas tiernas amistades, no hay ocasion para que se oigan allí ja ­
más ; pues el torrente de la felicidad corre para todos igualmente,
y cuanto mas se bebe de él, mas crece su c a u d a l: U bi non est fr i-
gidum illud verbum , tuum et m eum . ¿Y por qué mas? porque así co­
mo acá en la tierra, añade san Agustín, rio es otra cosa muchas
veces la opulencia del rico sino la hacienda del pobre usurpada ;
ni es otra cosa una gran fortuna sino una precipitada corriente
■que se sorbe á los pueblos, y un edificio levantado sóbrelas ruinas
y vestigios ajenos; por el contrario, las riquezas se comunican en
el cielo sin que se dividan ni menoscaben : ffcercditas non fit angtts-
tior numerosüate hceredum, ¡Oh embeleso inefable, único deleite
digno de un alma noble y virtuosa I ¡oh felicidad la mas sublime y
mas envidiable de todas las felicidades con que el hombre es feliz
sin que otros sean infelices! no lo he dicho to d o : con que satisfe­
cho cada uno con lo que posee, mira con tranquilidad y compla­
cencia lo que poseen los demás , porque allí el amor propio m uere
consumido en las llamas del amor divino; y si arde en vosotros,
católicos, todavía alguna centella de este am or, no tengo yo n e­
cesidad, para que vuestro corazon sea ya todo deseos y ansias fer­
vorosas, sino advertiros que cási tan dichoso es en el cielo el bien­
aventurado por la felicidad ajena, como la suya propia,
15. La felicidad del cielo es una felicidad hija de la razón y de
la "virtud. Nosotros, como hijos del Dios de la felicidad inmensa y
de la perfección infinita, nacemos con dos am ores: con amor á la
felicidad, y con amor á la perfección. Estos dos am ores, pues,
traen en este mundo una guerra y una lucha cási continua. El
amor á la felicidad huye de la virtud penosa y austera ; y la virtud
tímida y delicada se asusta solo con el pensamiento de los deleites
mundanos : deleites falaces, escollo ordinario de la razón y de la
inocencia ; deleites funestos que, ó h a d e expiar el alma arrepen­
tida con lágrimas copiosas, ó han de ser ocasion de la calamidad
282 SERMOIÍ
eterna del alma im penitente; deleites que la virtud condena, y la
concupiscencia ap etece; virtud que no podrá el hombre conservar
inmaculada sin reprimir m uchos deseos, sin sustentar muchos com­
bates, sin ofrecerse víctima de m uchos sacrificios. ¡Oh dura nece­
sidad de abrigan el hombre en su seno dos generaciones enemigas
que ni puede destruir ni concordar! De aquí aquel lamentarse,
aquel gemir del Apóstol, aquel doctor de las gentes levantado en
algún modo sobre los demás hombres con tantas prerogativas en
el órden sobrenatural de la gracia, cuando se sentía impelido y
despedazado con dos diferentes voluntades, una de las cuales se
oponía al bien que él deseaba, y la otra se inclinaba al mal que él
no quería. Pero ¡oh Santos que reináis en el cielo! ya pasó el-tiern*-
po de la tentación y d élas contradicciones: P rim a abierunt. (Apoc.
c. x x i, 4). El hombre viejo quedó ya snmido en la tenebrosa con­
cavidad del sepulcro ; los deleites y la virtu d , la paz y la justicia,
la felicidad y la santidad han jurado en vuestro favor eterna alian­
z a : M isericordia et veritas obviaverunt sib i; ju stitia e tp a x osculatts
smwí. (Psalm. l-xxx.iv, 11 ). ¡Oh hija de Sionl exclama el Profeta,
levántate d é la ceniza donde yacías, enjúgalas lágrimas, despójate
de las vestiduras lúgubres y tristes : E xcu tere de p u lvere, filia S ion ,
(Isai. l i i , 2). Sigue sin miedo las inclinaciones y apetitos que te
incitan, que ya no hay peligro que contagien á la virtud : tú eres
aquella ciudad santa, cuyos muros no penetrará el pecado : Quia
non adjiciet ultra ut tra m ea t p e r le incircwmcisus. (Ibid. 1). No se
acercarán ya jamás al aire que tú respiras los hálitos infectos que
atosigan el alm a, que afeminan el corazon y engendran las pasio­
nes. ¡Oh puras é inefables delicias donde reina toda conformidad;
pues el corazon se inclina de suyo á seguir las leyes de la virtud, y
la virtud aprueba todos los deseos del corazonI ¡A hí si yo hablase
con aquellas almas santas que se estremecen con la sombra sola­
m ente del pecado ■ con aquellas almas timoratas que tienen tanto
m iedo de cometer el pecado, cuanto les pesa siempre de haberle
com etid o; con aquellas almas fervorosas que derraman tan copio­
sas lágrim as, que purgan con tan rigorosa penitencia los defectos
mas leves, fruto de la fragilidad hum ana, y la menor tibieza en la
fe y en el fervor; con aquellas almas animosas, cuya delicadeza de
Conciencia obliga á sepultarse en las mas profundas soledades, en
,1o interior de los desiertos mas inaccesibles á la concupiscencia, y
áevitar todo lo que puede distraer y divertir, temiendo no llegue
á enflaquecer y á relajar el espíritu j con aquellas almas puras y
SOBRE LA ETERNA BIENAVENTURANZA. 285
castas, que siendo siempre inocentes, son siempre penitentes; con
un Pablo, con una T eresa, no tendría yo para que me entendier­
a n necesidad de decir sino que et cielo solo conoce premios y t í o
torias, que no entiende de combates de v irtu d , que el corazon ná^
da tiene que desear ni nada q u e le aflija, que el hombre en el
cielo es feliz sin rem ordim iento, y virtuoso sin esfuerzo y sin obs­
táculos. ¡Oh estabilidad! joh reino! ¡oh imperio eterno de la ino­
cencia, libre del peligro de perdersel ¡Oh Dios mío! agradaros
siem pre, amaros siem pre, ser amado de Vos siem pre, no experi­
m entar jamás otros rap to s, otros incendios, que los raptos y los
inflamados ardores del amor divino, ni derram ar otras lágrimas
que lágrimas de una dura y santa alegría, ¿no basta esto, amados
oyeDtes mios, para ser el paraíso de una alma digna de su orígeti
celestial? Si esto no es poseer ya perfectam ente á D ios, es ya ser
cási semejante á él.
16. La felicidad del cielo es eterna. La figura de este m undo,
dice el Apóstol, pasa velozmente ; el tiempo es breve; las grande­
zas del mundo son todavía nías transitorias : Prceterit enim figu ra
hujus m undi. (I Cor. v n , 31). Por breve que sea la vida humana^
no deja el hom bre de ser testigo de un sinnúm ero de sucesos trá­
gicos. ¿Cuántos han sobrevivido á su felicidad y á su gloria? Y úl­
tim am ente, cuándo su felicidad no se deshaga antes, perece infali­
blemente con ellos; y la prosperidad mas brillante viene á estre­
llarse tarde ó tem prano contra el escollo del sepulcro, donde
naufraga lastimosamente : L abitu r Jioc ab illo qui tenet, m i ipse ab eo
quod tenet. Ya se sabe, dicesan Agustín, la condicion délos bienes
de la tierra, que os dejan á vosotros, ó vosotros los dejais á ellos t
L abitur hoc ab illo qui tenet, vel ipse ab eo quod tenet. Tantos años pa­
ra acaudalar bienes m undanos, y un solo momento para poseerlos,
¡qué tristeza! No percibir de ellos otro fruto que llevar grabados-
sobre la lápida que ha de cubrir vuestras cenizas los títulos de vues­
tra nobleza y de vuestras dignidades, ¡qué cosa tan despreciableI.
H aber sudado ta n to , y parar todo no en vivir , sino en morir es­
pléndidam ente; no en gozar largo tiempo , sino en tener muchos
bienes que dejar; ¡qué consuelo tan desabridoI A hora, pues, re­
pone san Agustín, ¿puede ser verdadera felicidad una felicidad
que empieza y fenece en un mismo instante? fiw titu d o vera non est
de cujus ceternitate du bilatu r. Si los bienaventurados del cielo, con­
tinúa, estuviesen sujetos á los varios casos de esta vida perecedera,
seria mayor la desdicha que les causase el peligro de perder su fe*
284 . . .. ■SERMON
Jicidad que la felicidad que ahora sienten con el deleite de poseer­
la. Pero no hay ya torm entas ni huracanes que te m e r: N o n acce-
4 e t ad te malum. (Psalm. x c , 10). La eternidad inm utable se ha
sorbido en sus profundos senos el tiem p o , los reveses y las vicisi­
tudes del tiempo : Tempus non erit amplius. ( Apoc. x , 6). Tos,
Dios rnio , me amais y me estaréis amando siempre : yo os a m o , y
siempre os estaré amando ; yo estoy unido con Vos y Vos conmigo,
.y ninguna.cosa podrá separarnos. Estos inefables deleites, estas
puras delicias en que mi corazon se anega, nunca sé interrum pi­
rán : correrán los siglos, y yo no sentiré sus in ju rias: pasarán , y mi
felicidad no pasará. O san ctaS ion ubi totum sta t, etm h il fluit ! Siem­
pre feliz, siempre tranquilo, sin desear ni temer mudanza alguna,
¡oh qué estado tan dichosol ¿Y cuál será el corazon que si la pon­
zoña de la concupiscencia no ha destruido y aniquilado en él toda
la semilla del amor y de la ternura no exclame con Israel cauti­
vo: i Oh Sion, oh ciudad santa deS io n ! nuestras lágrimas han acre­
centado las corrientes de los rios de Babilonia, acordándonos de
tí, y nada tém plalas penalidades de nuestro destierro, sino los
suspiros que exhalamos por nuestra patria amada : Super flu m im
. Babijíonis, illic sedimus, elflevimxis} cum recor dar emur Sion ? (Psalm.
C. C X X X V I, 1 ).
17. Resumamos. La felicidad del cielo es felicidad sólida y ver­
dadera, felicidad siempre antigua y siempre nueva, felicidad llena
y perm anente, felicidad completa y to ta l, felicidad pura y sin mez­
cla de ningún m al, felicidad, fuente perenne de paz y concordia
entre los escogidos que la gozan, felicidad de razón y de virtud, fe­
licidad eterna. Al considerar estas excelencias de la felicidad del
cielo, ¿qué juicio hacéis de ella, comparada con la felicidad del
m undo? Pero ¡en cuánto mas la apreciaréis, si la consideráis en sí
misma 1
18. II. ¿Con qué colores os pintaré yo la felicidad del cielo?
Pero mas fácilmente os sabré yo decir lo que no es, que no lo que
es : F acüius possumus dicere quid non sit, quam quid sit. Hasta aho­
ra os he hablado con doctrina de san Agustín, y á él voy trasla­
dando en mi discurso , pues ninguna m ateria ha tratado este m a­
ravilloso Doctor con tanta vehemencia como esta; porque parece
que el amor dilató la capacidad de su ingenio y avivó la energía de
su estilo. La felicidad del cielo, continúa, es una cosa cuyo deseo
puede excitar en nuestros corazones la g racia: J)esiderari p otest;
ella puede ser objeto de nuestra esperanza y de nuestros suspiros:
SOBRE LA ETERNA BIENAVENTURANZA. 285"
Concupisci potest, sperari potest. Pero nuestro entendimiento jamás
llegará á com prenderla, ni nuestras palabras á ponderarla debida­
m en te; porque despues de apurar todas nuestras ideas y todas
nuestras expresiones, cási nada habrémos pensado, cási nada h a ­
bré oíos dicho : Digne cogitari et verbis explicar i non potest.
19. ¿Os diré con el Profeta que los Santos gozan de tanta feli­
cidad en el cielo, que su corazon desfallece y no puede resistir Jas
dulces avenidas que le arrebatan, que llenos y anegados en el tor­
rente de deleites que inunda sus almas padecen sin interrupción
éxtasis dulcísimos, que bebiendo en la fuente de delicias se sien­
ten como sumergidos en un piélago de gozo? Inebriabw üur ab uber -
tote domus tuce; et torrente voluptatis tucepotabü eos. (Psalm, x x x i, 9),
¿Os pondré delante con el Doctor de las gentes á los solitarios
oprimidos con el peso de los rigcdes de la penitencia y extenua­
dos con ayunos y vigilias, y los Apóstoles exhaustos con las pere­
grinaciones, trabajos y peligros de su ministerio penosísim o, y á
los Mártires llenos de oprobios, abrasados en las hogueras, na­
dando en su propia sangre, para que los oigáis exclamar continua­
mente rebosando de gozo, que cuanto pierden en la tierra es de
ningún momento en comparación de lo que reciben en el cielo?
M onentaneum et leve tribulationis n o strw ... ccternum glorirn pondus
operat&r. (II Cor. iv, 17). ¿Os advertiré con san Pablo que los ojos
no vieron, ni los oidos oyeron, ni el corazon mas ardiente é im pe­
tuoso no puede en las vehemencias de sus mas vivos deseos figu­
rarse una felicidad semejante á la de los escogidos del Señor? N ec
in cor kominis ascendit. (I Cor. ii, 9). Cortesanos, hambrieotos de
favor, de autoridad, de distinciones, de honores, de dignidades,
de mando y de poder, reducid á la memoria los momentos mas di­
chosos de vuestra vida : una ambición despechada que de repente
logra sus intentos por un suceso inopinado; aquella profunda paz,
aquel sosiego del alm a, aquellos deliquios del corazon tan dulces;
momentos á la verdad deliciosos, y que sentís que no fuesen de
mayor duración ; pero que sin embargo os saboreais continuamen­
te con su m em oria, y os doléis continuamente de su pérdida, sig­
nificando que si toda la eternidad constase de una série de momen­
tos tan envidiables; que si no feneciesen sino para volver á empe­
zar, ó, por mejor decir, si siempre se renovasen sin llegar á acabar­
se nunca... Ya os com prendo; que no tendríais mas