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Ornamentos liturgicos

Movimiento Circulos de Juventud - San Juan :: CIMAS :: CIMA Piedad


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Ornamentos liturgicos
por -[Fr4nc0]- el Miér Jun 18, 2008 4:19 pm

Los vestidos, además de su función protectora y estética, pueden tener una


intención simbólica: no es indiferente el vestido de una novia, o el de las
autoridades, o el de uno que está en una fiesta o de luto, o el hábito de una u otra
familia religiosa. En la Biblia, el vestido blanco es, por ejemplo, el vestido del
anciano que ve Daniel, el de los ángeles en las apariciones pascuales o el de los
vencedores del Apocalipsis.

También en la celebración litúrgica juega la vestidura un papel no indiferente. A


veces son los fieles los que se revisten de un modo especial: es claro el simbolismo
del vestido blanco que se impone al recién bautizado, y que es los primeros siglos
conservaban desde la Vigilia Pascual hasta el domingo siguiente. La “toma de
hábito” de los religiosos (o por el contrario “colgar los hábitos”), expresa con el
cambio de vestidos la nueva situación de la persona, como se hace en la vida social
con la “investidura” en un cargo determinado, por ejemplo, de juez o de
catedrático. Sigue siendo verdad que “el hábito no hace al monje”, pero tampoco es
indiferente cómo va vestida una persona. Basta ver la viva discusión sobre el
vestido en las primeras comuniones.

Pero sobre todo son el presidente y los otros ministros de la celebración los que se
revisten de modo simbólico para su ministerio. Ya en la liturgia de los judíos se
concedía importancia –a veces excesiva– a estos vestidos, como signo de carácter
sagrado de la acción, de la gloria de Dios y de la dignidad de los ministros.

En los primeros siglos no parece que los ministros cristianos significaran tal
condición con vestidos diferentes, ni dentro ni fuera del culto. En todo caso, lo
hacían con vestidos normales de fiesta, con las túnicas romanas largas. Cuando
éstas dejaron de utilizarse en el uso civil, fue general la costumbre de conservarlas
en el culto, y de ahí se originó la diferenciación, que por otra parte parecía lógica y
resultó bastante espontánea para subrayar la pedagogía de la acción sagrada. Eso
sí, se llegó a una exagerada “sacralización”, y también al uso que hasta nosotros ha
permanecido de llamarles “ornamentos” sagrados.

Ahora la vestidura litúrgica básica para los ministros es el alba, la túnica blanca,
con forma lo más estética posible y a medida de la persona. Sobre ella los ministros
ordenados se ponen la estola, y el que preside la Eucaristía, además la casulla.
Otros vestidos son la dalmática, que caracteriza al diácono, y la tunicela, que
utilizaban los subdiáconos. El roquete se usa sobre la sotana en algunas
celebraciones. El velo humeral, la capa pluvial y algunos distintivos pontificales
como el palio, son otros de los vestidos que se usan en la liturgia.

El que los ministros se revistan de un modo diferenciado en la celebración no tiene


una finalidad en si misma, como si estos vestidos fueran algo sagrado. Tienen una
función pedagógica:

• Distinguen las diversas categorías de ministros, identificándolos según el


ministerio que realizan para con la comunidad.
• Contribuyen al decoro y a la estética festiva de la celebración, según la
gradualidad de las solemnidades y el color de los tiempos litúrgicos.
• Y ayudan a entender el misterio que celebramos: no se trata de una acción
profana, sino sagrada, y los ministros no son sólo amigos o líderes, sino ministros
de la Iglesia y representantes de Cristo. A los primeros a los que hace bien ir
revestidos litúrgicamente es a los mismos ministros, porque les recuerda su
condición de ministros y servidores, en nombre de la Iglesia y de Cristo.

ALBA

By Diogasos

Del latín “alba”, “blanca”. Es el vestido que se considera básico para todos los
ministros en la celebración litúrgica, desde los acólitos hasta el presidente.

Deriva de las túnicas antiguas, blancas, hasta los pies, que se perdieron en el uso
civil, pero que se consideró que podían utilizarse simbólicamente en el culto,
expresando con el vestido diferente de los ministros la diferencia entre la vida la
vida profana y la celebración. En todas las culturas religiosas, para el ejercicio del
culto se quiere simbolizar la pureza de los ministros, y en muchas de ellas
precisamente con el color blanco. El blanco es signo también de victoria y de
resurrección.

El alba se utiliza con cíngulo a la cintura, a no ser que ya quede por sí bien
adherido al cuerpo, y con el amito que cubre el cuello, a no ser que ya tenga el alba
por su forma.

Esta vestidura blanca también tiene un sentido bautismal. El domingo de Pascua, o


sea, en la octava de la Resurrección, se solía deponer el “alba”, el vestido blanco
que habían recibido los neófitos en su bautismo en la Vigilia Pascual, como símbolo
de su resurrección en Cristo. Por eso este domingo se llamó “dominica post albas”,
y más tarde “dominica in albis”, se entiende “in albis depositis”, depuestos ya los
vestidos blancos, mientras que el sábado anterior era sábado “in albis deponendis”,
los vestidos “por deponer”.

AMITO

Del latín “amictus”, de “amicio, amicire”, rodear, envolver. Se llama así a la pieza
de lienzo blanco, rectangular, a modo de pañuelo de hombros, que visten los
ministros de la liturgia debajo del alba. Se ata a la cintura con unas tiras o cintas
cruzadas.

A veces tiene forma de capucha, adornada o no con cruces u otros diseños, que
luego sobresale por encima de los otros vestidos (alba y casulla).

Puede tener la finalidad práctica de preservar del sudor al alba. Pero sobretodo se
le aprecia el valor estético: cubrir más elegantemente el cuello. Sin embargo, se
puede prescindir del amito si ya el alba cuida de esta estética por forma.

BACULO
By Diogasos

“Báculo” viene del latín “baculum, baculus”, en diminutivo “bacilus”, que significa
bastón, cayado.

En sentido figurado y simbólico pasó a indicar “apoyo”, por su función de ayuda


para camina, y sobretodo “autoridad”, por el paralelo con la vara o bastón con que
el pastor guía y gobierna a su rebaño. En el Salmo 22, 4 se alude a esta ayuda de
Dios: “tu vara y tu cayado me sostengan”. En Gn. 49, 10 se anuncia que “no se irá
de Judá el báculo, el bastón de mando” (también Jr. 48, 17).

En muchas culturas el báculo significa desde antiguo la autoridad del gobernante en


sus diversas modalidades: desde el cetro del rey hasta la vara de mariscal o el
bastón del alcalde. En el ámbito eclesiástico el báculo pasó a ser la insignia
simbólica del obispo como pastor de la comunidad cristiana. En la liturgia hispánica,
ya en el siglo VII. En Roma, más tarde, tal vez en el IX.

El obispo recibe el báculo el día de su ordenación, como uno de los signos


explicativos de su ministerio: “por la entrega del báculo pastoral, se pone de
manifiesto su función de regir la iglesia que le ha sido encomendada” (Ritual 26).
Cuando lo recibe escucha estas palabras: “recibe el báculo, signo de pastor, y cuida
de toda tu grey, porque el Espíritu Santo te ha constituido obispo para que
apacientes la Iglesia de Dios”. El obispo porta el báculo en la mano, cuando preside
una celebración solemne de su comunidad, en la procesión de entrada, durante la
proclamación del evangelio y para la bendición final.
También el abad recibe y utiliza este mismo signo como símbolo de su función
pastoral.

CAPA PLUVIAL

La capa (del latín tardío “cappa”, de “capere”, coger, contener) es una ropa larga
sin mangas, a modo de manteo o manto, circular, abierto, que se emplea sobre
todo fuera de casa.

Los obispos pueden vestir la “capa magna” en las solemnidades en su diócesis. Pero
la capa más empleada en liturgia es la capa pluvial (de lluvia), que diversos
ministros (presbíteros, clérigos, monjes) visten, con capucha o sin ella, con un
broche en la parte delantera. Lo hacen sobre todo en las procesiones, dentro o
fuera de la iglesia, y en otras celebraciones como el Oficio Divino, la bendición con
el Santísimo o la bendición de las campanas.

CASULLA

By Diogasos

En latín casulla significa casa pequeña o tienda. Se dice de la vestidura que el


sacerdote se reviste por encima del alba y la estola, a modo de capa o manto
amplio, abierta por ambos lados y con un hueco para la cabeza.

En la historia ha tenido formas nobles y amplias, derivadas del manto romano


llamado pénula. La casulla es la vestidura que caracteriza al que preside la
Eucaristía. Uno de los gestos complementarios de la ordenación del presbítero, es la
investidura de la casulla.
CINGULO

By Diogasos

La palabra latina “cingulum” viene de “cingere”, ceñir. El cíngulo o ceñidor es un


complemento necesario para ciertos vestidos amplios como la túnica o el alba, para
ceñirlos mejor a la cintura y facilitar el movimiento.

A veces tiene forma de cordón y otras de cinta más o menos anchas. Los orientales
usan la “zona”, más adornada y colorista. Actualmente los ministros que usan alba
se ponen el cíngulo, a no ser que ya de otro modo, por la forma misma del alba, se
provea a su estética y funcionalidad.

CONOPEO

Del griego “konopeion”, que viene a ser como un velo o mosquitera. Es el velo que
a modo de tienda cubría el sagrario donde se reserva la Eucaristía. Se solía utilizar
una tela de los colores litúrgicos propios del tiempo o la fiesta. También, en menor
tamaño, se utilizaba para el copón o píxide, igualmente a modo de manto o tienda.
Ahora el conopeo es facultativo.

CORPORALES

El corporal es un lienzo cuadrado que se sitúa a partir del ofertorio en el altar, para
depositar el pan y el vino de la Eucaristía.

El nombre viene del Cuerpo del Señor, que va a reposar sobre este lienzo en la
Eucaristía; así como en la adoración al Santísimo, si se hace sobre el altar. También
se puede colocar sobre una mesita cuando se lleva la Comunión a los enfermos.
DALMÁTICA

En Roma, ya en los siglos II – III, se llamó dalmática a una túnica blanca exterior,
con mangas anchas y adornadas de varias maneras, por ejemplo con dos franjas
verticales púrpuras. Provenía de Dalmática y se convirtió en un vestido propio de
senadores y otras personas distinguidas.

Muy pronto pasó al uso cristiano: en las catacumbas se ven figuras de “orates” con
dalmática. A partir del siglo IV se hizo característica de los obispos y más tarde
también de los diáconos, y así aparecen representados en algunos mosaicos.

En la ordenación de diáconos un gesto complementario del sacramento es la


imposición de la dalmática. Los diáconos la visten sobre el alba y la estola cuando
ejercen su ministerio, sobre todo en las celebraciones más festivas. También los
obispos pueden seguir con la costumbre de vestir la dalmática debajo de la casulla.

ESTOLA

By Diogasos

La estola es una tira de tela, más o menos entre quince y veinticinco centímetros
de anchura, blanca o de colores, que pende del cuello. En el uso latino antiguo se
empleaba a veces para designar vestidos significativos o simbólicos: así se habla de
que los bautizados van vestidos de estolas blancas (“stolis albis candidi”), o que los
mártires van vestidos de la estola de la gloria inmortal.
La estola es común en todos los ministros ordenados. Con la diferencia de que los
sacerdotes se la cuelgan en torno a los dos hombros, sobre el alba y bajo la casulla,
cayendo sus extremos en paralelo, y los diáconos se la visten cruzada, “a la
bandolera”, desde el hombro izquierdo hacia la derecha.

Es, por tanto, un distintivo de los ministros y a la vez un adorno que resalta la
función sagrada que realizan. Se ponen la estola también para distribuir la
comunión o para sentarse en la sede penitencial. En la ordenación del diácono uno
de los gestos complementarios es la imposición de la estola.

MANUTERGIO

Es un lienzo blanco de forma rectangular con el que el sacerdote se limpia los dedos
en señal de purificación después de haber presentado el pan y el vino en el
ofertorio.

_________________

By diogasos at 2009-02-08

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Re: Ornamentos liturgicos


por -[Fr4nc0]- el Miér Jun 18, 2008 4:20 pm

MANTEL

Se llama mantel en la liturgia, como en el uso de la mesa familiar, al lienzo


que cubre el altar, en señal de respeto a la mesa en la que Cristo nos invita a
comulgar: “por reverencia a la celebración del memorial del Señor y al
banquete en que se distribuye el Cuerpo y Sangre del Señor, póngase sobre
el altar por lo menos un mantel, que, en forma, medida y ornamentación,
cuadre bien con la estructura del mismo altar”, lo cual vale también cuando
se celebra en otro lugar en que no haya exactamente un altar, sino una
mesa.

Suele ser blanco, pero admite adornos o franjas de otro color. Antes se
utilizaban tres, pero ahora basta con uno.

El ambón, al igual que el altar, usa un mantel.


MITRA

By Diogasos

En griego, “mitra” puede significar una toca o gorro para la cabeza, a modo
de tiara, cinturón o diadema. En el Antiguo Testamento aparece varias veces
hablando de los sacerdotes (Ex 29, 9; 39, 28-31): algunas biblias lo traducen
como “turbante” o bien por “birreta”.

Parece que era de origen persa, y luego de uso romano, el que algunas
personas distinguidas, como signo de honor y nobleza, se pusieran este
gorro. Pasó con naturalidad al uso eclesiástico, primero reservado al papa y
luego (a partir del siglo X-XI) concedido a los obispos y abades. Al principio
parece que fue en forma de copa, de poca altura (unos 20 centímetros) y
luego puntiagudo, con las puntas hacia arriba, de mayor altura (hasta 50
centímetros) y dos cintas o tiras de tela que cuelgan por detrás, que reciben
el nombre de Ínfulas.

Actualmente la mitra es característica de los obispos y de los abades


mitrados. El ritual de la ordenación episcopal no acompaña la imposición de la
mitra con ninguna fórmula, pero en la introducción (n. 26) interpreta su
simbolismo como el “esfuerzo por alcanzar la santidad”.

Los obispos suelen tener una mitra más sencilla, y otra más adornada
llamada “preciosa”, según la gradación de la fiesta.

El obispo o el abad se ponen la mitra en los momentos más significativos de


las celebraciones que presiden, como la entrada y la salida, la homilía y la
bendición final, mientras que no lo hacen, por ejemplo, delante del Santísimo
expuesto.

PALIA

Cubierta del cáliz de forma cuadrangular, que, según las rúbricas, debe ser de
tela y bendecidse. Consta de una sola pieza en forma planchada, o bien de
dos piezas de telas en forma de carpeta, cocidas una con otra y en medio de
un cartón, o bien una pieza sencilla de tela con un cartón fijo en sus cuatro
esquinas, con hilo de seda blanca o de color, pero nunca negro. En un
principio el cáliz se cubría con uno de los lados del corporal; pero, por
razones de comodidad, se sustituyó en muchos lugares, hacia la mitad del
siglo XII, por un corporal plegado; pero todavía en el siglo XV se practicaba la
costumbre antigua, sobre todo en Francia, de cubrir el cáliz con el corporal.
La palia tomó su forma de corporal doblado que cubría el cáliz desde la edad
media, especialmente en el siglo XVI. La palia según su origen no es otra
cosa que el corporal; por eso se debe bendecir y debe ser de la misma tela
que el corporal.

PALIO

1. El palio es una insignia que actualmente llevan en torno a su cuello sobre


todo los arzobispos en las celebraciones más solemnes. Es una tira de tela
blanca, con seis cruces, que cuelga del cuello sobre los hombros, a modo de
collar o bufanda, con dos puntas que caen una por delante y otra por detrás.
En el imperio romano era un distintivo para los que el emperador quería
honrar, y luego pasó a honrar al papa y a los obispos a quien el papa se lo
concedía. Hoy se impone a los arzobispos como “signo de la autoridad
metropolitana y símbolo de unidad y estimulo de fortaleza”. En oriente hay
una insignia análoga, el “omophorion”, más adornado, pero que llevan todos
los obispos. Desde hace siglos existe la costumbre de enviar además el palio
desde Roma a los patriarcas y metropolitas orientales católicos.

En el Ceremonial de los Obispos se describe el rito de la imposición del palio


dentro de la ordenación episcopal, después del anillo y antes de la mitra, y si
no, en la misa de recepción del obispo en su diócesis al principio de la
celebración.

2. También se llama “palio” al dosel, aguantado por cuatro o más varas, que
se acompaña al Santísimo en las procesiones eucarísticas, como es por
ejemplo el Jueves Santo en el momento de trasladar solemnemente la
Eucaristía al final de la celebración.

PURIFICADOR
By Diogasos

Del latín “purum- facere” que significa purificar.

Se llama purificador al pañito blanco que se utiliza para purificar los dedos,
purificar el cáliz, la patena después de la comunión.

También sirve para limpiar la cruz cuando es besada.

SOLIDEO

De las palabras latinas “soli Deo”, “sólo a Dios”, se llama “solideo” al casquete
de seda o tela ligera que se ponen algunas personas tapando la coronilla de la
cabeza.

Empezó a generalizarse su uso hacia el siglo XIV. Al principio cubría toda la


cabeza. Fue en la época barroca cuando se redujo a su actual forma redonda
y pequeña. Se distingue ahora por su color: el papa usa solideo blanco. Los
cardenales, rojo. Los obispos, morado. Otros prelados y clérigos, negro.

No se utiliza sólo en las celebraciones, sino también fuera. Durante la


Eucaristía se quita al empezar el prefacio de la Plegaría Eucarística para
volvérselo a poner después de la comunión. Hace honor así a su nombre de
“soli Deo”, “sólo ante Dios” se quita. También se retira para la adoración de la
Cruz el Viernes Santo.

SOTANA

La palabra viene del latín subtana, o subtanea, de subtus, que significa


debajo. Y se llama así a la vestidura talar (hasta los talones de los pies), que
sin embargo no se lleva debajo, sino precisamente es lo que se ve. Es
normalmente negra, pero en muchos casos es también blanca o roja o de
otros colores, se ajusta al cuerpo, y con mangas estrechas.

No ha sido exclusiva de los sacerdotes: también los sacristanes, los coristas o


los monaguillos pueden llevarla. En la celebración litúrgica, se tiende a llevar
alba, que es el equivalente en blanco.

VELO O PAÑO HUMERAL.

“Humeral” viene del hueso del brazo llamado “humerus”, entre el codo y el
hombro.

Es el velo que se pone sobre los hombros el que lleva, por ejemplo, el
Santísimo en una procesión. Suele ser un velo de unos dos metros de
longitud y más de medio metro de anchura, sujetado por delante con un
broche, que cubre los hombros y con cuyas puntas se toma la custodia o el
copón, con el clásico gesto de no tocar con las manos algo que se considera
muy digno de reverencia como la Eucaristía.

El ritual del culto eucarístico lo prescribe para dar la bendición con el


Santísimo: “cuando la exposición se ha hacho con la custodia, el sacerdote y
el diácono pónganse además la capa pluvial y el velo humeral de color
blanco: pero si la bendición se da con el copón, basta con el velo humeral”.

También se usa cuando la Eucaristía se lleva en procesión, como el Jueves


Santo para la reserva, o el Viernes Santo para volverla a traer al altar, o el
día del Corpus, o en la dedicación de una iglesia.
http://www.corazones.org/biblia_y_liturgia/liturgia/objetos_liturgicos/a_objetos_liturgicos.ht
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OBJETOS LITÚRGICOS
Vea también términos litúrgicos, vestimenta litúrgica

ACETRE Etim. Del árabe as-satl, el vaso con asa, y este del latín situla.
Caldero de agua bendita que se usa para las aspersiones litúrgicas. El
agua se recoge del acetre y se dispersa con el hisopo.
BOLSA DE CORPORAL
Donde se guarda el corporal una vez terminada la Santa Misa

CALIZ
Etim.: latín calix, taza, copa, vasija donde se bebe.
Recipiente en forma de copa con ancha apertura. En la Liturgia cristiana,
el cáliz es el vaso sagrado por excelencia, indispensable para el sacrificio
de la Santa Misa ya que debe contener el vino que se convierte en la
Sangre Preciosísima de Cristo.

El cáliz nos recuerda ciertos pasajes bíblicos en los cuales Jesús asocia a si mismo y
de una nueva manera, el uso de una copa: los discípulos ¨tomarán de la copa que
Jesús tomarᨠ(Mc 10: 38). En al Última Cena, la copa contenía vino que ¨es Su
Sangre¨, y en Getsemaní Jesús ora para que si es posible, se aparte de él ¨la
copa¨.

Su forma, materia y estilo han variado mucho en el curso de la historia. Los cálices
solían ser de oro y tenían a veces un valor extraordinario. Debe, preferiblemente,
para el cáliz metales preciosos. No puede ser hecho de ningún material que absorba
líquidos. El pie o soporte puede ser de otra materia. El Cáliz debe consagrarse
exclusiva y definitivamente para el uso sagrado en la Santa Misa.

Ver: Cáliz de la Última Cena

COPÓN
Vaso con tapa en que se conservan las Sagradas Hostias, para poder
llevarlas a los enfermos y emplearla en las ceremonias de culto. En la
actualidad los copones suelen ser de menos estatura que los cálices para
distinguirlos de estos.

CORPORAL
Etim.: latín corporalis, del cuerpo
Pieza cuadrada de tela sobre la que descansa la Eucaristía. Sobre
ella se pone la patena y el cáliz durante la Misa. Antiguamente la
Sagrada Hostia descansaba directamente sobre el corporal desde
el ofertorio hasta la fracción. También se pone debajo de la
custodia durante la Exposición del Santísimo.

Debe de ser de lino o cánamo y no de otro tejido. No debe llevar bordado mas que
una pequeña cruz. Para guardarlo debe doblarse en nueve cuadrados iguales.

CRISMERA

Vaso o ampolla donde se guarda el crisma.


CUSTODIA (ostensorio)
Etim. del latín custodia.
Recipiente sagrado donde se pone la Eucaristía de manera que se
pueda ver para la adoración. También se le llama ostensorium, del
latín ostendere, mostrar.
Hay gran variedad de tamaños y el estilos. Generalmente alrededor
de la Eucaristía se representan rayos que simbolizan las gracias
conferidas a los que adoran.

GREMIAL Etim.: del latín gremium, regazo. Paño cuadrado que se ciñe el obispo
durante ceremonias litúrgicas, por ejemplo en el lavatorio de los pies de la Misa del
Jueves Santo. El gremial de seda y encaje para las misas pontificas ya no se usa.
Uno de lino u otro material puede utilizarse.

HIJUELA Paño blanco que se coloca sobre la patena (paño circular), o sobre el
cáliz (paño cuadrado).

HISOPO Etim. del latín hyssopus; este del griego y este del hebreo
’ezob.
Utensilio con que se esparce el agua bendita, consistente en un mango
que lleva en su extremo un manojo de cerdas o una bola metálica hueca y
agujereada para sostener el agua. Se usa con el acetre.

INCIENSO Etim.: del latín, incensum, incienso.


Resinas aromáticas, en forma granulada o en polvo, que se queman en el
incensario durante algunas liturgias. Su humo tiene fragancia. Cuando se bendicen
son un sacramental. Quema incienso significa celo y fervor; su fragancia: virtud; el
humo que se eleva: las oraciones que ascienden al cielo. Se usa en la Misa para el
libro de los Evangelios, el altar, el pueblo de Dios, los ministros y el pan y el vino.
Se usa también en la bendición con el Santísimo, en procesiones.

INCENSARIO

Utencilio para incensar en las ceremonias litúrgicas.

LAVABO

Etim. Del latín lavabo, lavaré, primera persona del sing. del futuro de ind.
de lavare.

LECCIONARIO
Libro que contiene las lecturas de las Sagradas Escrituras organizadas según se
utilizan en la Santa Misa: Un el ciclo de tres años para los domingos y fiestas
solemnes; un ciclo de dos años para los días de semana y un ciclo de un año para
las fiestas de los santos. Contiene además lecturas para una variedad de misas,
como para fiestas de pastores, doctores, vírgenes, etc. El leccionario actual se
promulgó el 22 de marzo de 1970.
-Agosto, 2003

LIBROS: Los libros de la liturgia son el misal y el leccionario

LUNETA
Etim.: de luna. Pieza de oro, o dorada, en que se encierra la Sagrada Hostia para
ser expuesta. Ver también "custodia" y "luneta".

MISAL: contiene las oraciones de la Santa Misa. El sacerdote lo tiene sobre el altar.

MITRA Utilizada por los obispos en la liturgia, símbolo del episcopado. En


el "Cæremoniale Romanum" aparecen tres tipos de mitras: 1- la "mitra pretiosa"
para cuando se utiliza el Te Deum en el Oficio Divino, es la mas ornamentada , 2-
"auriphrygiata", para el adviento y la cuaresma y 3- "simplex", para días de ayuno
y penitencia, Viernes Santo y funerales.

NAVETA

Recipiente, muchas veces en forma de pequeña nave, para el


incienso que se utiliza en las ceremonias.

PALIA

Lienzo para cubrir el cáliz

PATENA
Etim.: Latín, Patena.
Plato redondo donde se pone la Sagrada Hostia. Debe ser de metal precioso como
el cáliz y también debe ser consagrado exclusiva y definitivamente para el uso en la
Santa Misa.

PECTORAL Del Latín, pectoralis. Cruz que llevan al pecho los obispos.

PURIFICADOR
Pequeño lienzo que utiliza el sacerdote en la Misa para purificar el cáliz.

VASOS SAGRADOS: Cáliz, copón y patena

VELO HUMERAL
Paño que cubre los hombros del ministro cuando lleva el
Santísimo Sacramento en procesión o cuando da la bendición con
El.
VELO DEL CÁLIZ
El que cubre el cáliz fuera del ofertorio y el canon de la misa. Es del mismo color
litúrgico que los ornamentos.

VINAJERAS
Las vasijas para el vino y el agua que se usan en la Santa Misa.
Generalmente son de cristal y se colocan en una bandeja
pequeña. Es permitido que sean de otro material (bronce, plata,
oro e incluso de cerámica bien sellada) siempre y cuando
puedan dignamente contener los líquidos.

Usualmente tienen asas y tapones. Son de diferentes estilos y


tamaños. Tradicionalmente, para evitar confusión al utilizarlas, las vinajeras se
gravaban las iniciales "V" y "A", por el latín vinum y aqua.

Las vinajeras junto con las hostias no consagradas pueden ser llevadas en
procesión por dos fieles y presentadas al sacerdote durante el Ofertorio.

VIRIL
Etim. de vidrio.
Pieza redonda, tradicionalmente de cristal transparente con borde de oro o dorado,
en que se pone la Sagrada Hostia para sostenerla en la Custodia. También se usa
un viril para guardar reliquias en un relicario. Ver también "luneta"

Autor: Catholic.net | Fuente: Catholic.net


Ornamentos de la Misa
Descripción de los elementos utilizados durante la misa.

La Eucaristía es la conmemoración del sacrificio de


Cristo conforme la actualización cristiana del rito de la
Pascua judía. En la Pascua judía se conmemora la salida
de Egipto (leer Exodo 12), en la Pascua cristiana se
conmemora la salvación por la muerte en la cruz de
Jesús (la palabra "Pascua" viene de un término hebreo
que significa "paso").

 El libro que usa en padre para leer se llama "misal",


Ornamentos de la Misa el cual reposa sobre un "atril" en el altar. El misal
recuerda el libro judío que contiene el Seder o ritual de la pascua, libro denominado
Hagadá.

 Lo mismo que en la cena judía de Pascua, en el altar católico durante la misa se colocan
dos cirios.

 La bata blanca del padre se llama "alba" y significa la pureza.

 El padre se ajusta el alba con un cordón denominado "cíngulo", el cual representa el


dominio de sí.

 La especie de bufanda que se pone el sacerdote es la "estola", que representa el poder


sacerdotal y que tiene origen en el manto de oración de los judíos; debe utilizarse cuando se
administran sacramentos.

 El manto que utiliza el celebrante sobre el alba es la casulla.

 Los colores de la casulla y de la estola varían según la época del año (o sea, según el
tiempo litúrgico) o la fiesta que se celebre:
Blanco: Representa alegría, se utiliza en la Fiesta del Señor, María, santos y los ángeles.

Rojo: Color del fuego y la sangre, usado en Pentecostés y fiestas de mártires.

Verde: Recuerda la esperanza, se usa en los domingos luego de Pentecostés.

Morado: el color de la penitencia, utilizado en Adviento, Cuaresma y en las misas de


difuntos.

Negro: Color del dolor, del viernes santo.

 La especie de pañuelo que se coloca sobre el cáliz es el "purificador".

 El plato plano que se coloca sobre el cáliz es la patena.

 El incienso que se quema es la continuación del uso judío de ese elemento, ordenado por
Yavé desde los tiempos del Arca de la Alianza:

"Harás también un altar para quemar el incienso." (Ex 30, 1)

Y dice el libro primero de las Crónicas:

"Aarón fue separado juntamente con sus hijos para consagrar por siempre las cosas muy
sagradas, para quemar incienso ante Yavé, para servirlo y para bendecir en su nombre por
siempre." (1 Cr 23, 13)

 La hostia, una vez consagrada por el sacerdote, es el cuerpo de Cristo; el vino, será la
sangre de Cristo. Y no en forma figurada.

En la cena judía de Pascua se comía cordero, el cual cumplía la función de tomar sobre sí los
pecados de los comensales. En la Pascua católica, se come con la hostia el cuerpo y sangre
de Jesucristo (por eso el pan y el vino), el Cordero de Dios que toma sobre sí los pecados del
mundo:

"Al día siguiente Juan vio a Jesús que venía a su encuentro, y exclamó: “Ahí viene el Cordero
de Dios, el que carga con el pecado del mundo." (Jn 1, 29)

Es Jesús quien ordena comer su cuerpo y beber su sangre:

"Los judíos discutían entre sí: “¿Cómo puede éste darnos a comer carne?” Jesús les dijo: “En
verdad les digo que si no comen la carne del Hijo del Hombre y no beben su sangre, no
tienen vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre vive de vida eterna, y yo lo
resucitaré el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El
que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él." (Jn 6, 52-55)

El día en que Jesús instituye el sacerdocio con sus apóstoles, en la Ultima Cena, ordena
celebrar la misa:

"Esto es mi cuerpo, que es entregado por ustedes. Hagan esto en memoria mía.” Hizo lo
mismo con la copa después de cenar, diciendo: “Esta copa es la alianza nueva sellada con mi
sangre, que es derramada por ustedes”. " (Lc 22, 19-20)

Se cumplió la profecía de Jeremías:


"Ya llega el día, dice Yavé, en que yo pactaré con el pueblo de Israel (y con el de Judá) una
nueva alianza." (Jr 31, 31)

Por eso la misa también es la renovación de la Alianza.

Otros elementos son:

 Corporal: Pieza cuadrada de tela sobre la que descansa la Eucaristía. Sobre ella se pone la
patena y el cáliz durante la Misa. Antiguamente la Sagrada Hostia descansaba directamente
sobre el corporal desde el ofertorio hasta la fracción. También se pone debajo de la custodia
durante la Exposición del Santísimo.
Debe de ser de lino o cánamo y no de otro tejido. No debe llevar bordado mas que una
pequeña cruz. Para guardarlo debe doblarse en nueve cuadrados iguales.

 Caliz: Recipiente en forma de copa con ancha apertura. En la Liturgia cristiana, el cáliz es
el vaso sagrado por excelencia, indispensable para el sacrificio de la Santa Misa ya que debe
contener el vino que se convierte en la Sangre Preciosísima de Cristo.
El cáliz nos recuerda ciertos pasajes bíblicos en los cuales Jesús asocia a si mismo y de una
nueva manera, el uso de una copa: los discípulos ¨tomarán de la copa que Jesús tomarᨠ(Mc
10: 38). En al Última Cena, la copa contenía vino que ¨es Su Sangre¨, y en Getsemaní Jesús
ora para que si es posible, se aparte de él ¨la copa¨.
Su forma, materia y estilo han variado mucho en el curso de la historia. Los cálices solían ser
de oro y tenían a veces un valor extraordinario. Debe, preferiblemente, para el cáliz metales
preciosos. No puede ser hecho de ningún material que absorba líquidos. El pie o soporte
puede ser de otra materia. El Cáliz debe consagrarse exclusiva y definitivamente para el uso
sagrado en la Santa Misa.

 Bolsa del Corporal:Donde se guarda el corporal una vez terminada la Santa Misa

 Copón: Vaso con tapa en que se conservan las Sagradas Hostias, para poder llevarlas a los
enfermos y emplearla en las ceremonias de culto. En la actualidad los copones suelen ser de
menos estatura que los cálices para distinguirlos de estos.

 Custodia: Recipiente sagrado donde se pone la Eucaristía de manera que se pueda ver para
la adoración. También se le llama ostensorium, del latín ostendere, mostrar.
Hay gran variedad de tamaños y el estilos. Generalmente alrededor de la Eucaristía se
representan rayos que simbolizan las gracias conferidas a los que adoran.

 Gremial: Paño cuadrado que se ciñe el obispo durante ceremonias litúrgicas, por ejemplo
en el lavatorio de los pies de la Misa del Jueves Santo. El gremial de seda y encaje para las
misas pontificas ya no se usa. Uno de lino u otro material puede utilizarse.

 Hijuela: Paño blanco que se coloca sobre la patena (paño circular), o sobre el cáliz (paño
cuadrado).

 Hisopo: Utensilio con que se esparce el agua bendita, consistente en un mango que lleva
en su extremo un manojo de cerdas o una bola metálica hueca y agujereada para sostener el
agua. Se usa con el acetre.

 Acetre: Caldero de agua bendita que se usa para las aspersiones litúrgicas. El agua se
recoge del acetre y se dispersa con el hisopo.

 Incienso: Resinas aromáticas, en forma granulada o en polvo, que se queman en el


incensario durante algunas liturgias. Su humo tiene fragancia. Cuando se bendicen son un
sacramental. Quema incienso significa celo y fervor; su fragancia: virtud; el humo que se
eleva: las oraciones que ascienden al cielo. Se usa en la Misa para el libro de los Evangelios,
el altar, el pueblo de Dios, los ministros y el pan y el vino. Se usa también en la bendición
con el Santísimo, en procesiones.

 Incensario: Utencilio para incensar en las ceremonias litúrgicas.

 Lavabo: Primera persona del sing. del futuro de ind. de lavare.

 Luneta: Pieza de oro, o dorada, en que se encierra la Sagrada Hostia para ser expuesta.
Ver también "custodia" y "luneta".

 Mitra: Utilizada por los obispos en la liturgia, símbolo del episcopado. En el "Cæremoniale
Romanum" aparecen tres tipos de mitras:
1- la "mitra pretiosa" para cuando se utiliza el Te Deum en el Oficio Divino, es la mas
ornamentada.
2- "auriphrygiata", para el adviento y la cuaresma.
3- "simplex", para días de ayuno y penitencia, Viernes Santo y funerales.

 Naveta: Recipiente, muchas veces en forma de pequeña nave, para el incienso que se
utiliza en las ceremonias.

 Palia: Lienzo para cubrir el cáliz

 Patena: Plato redondo donde se pone la Sagrada Hostia. Debe ser de metal precioso como
el cáliz y también debe ser consagrado exclusiva y definitivamente para el uso en la Santa
Misa.

 Pectoral: Cruz que llevan al pecho los obispos.

 Purificador: Pequeño lienzo que utiliza el sacerdote en la Misa para purificar el cáliz.

 Velo Humeral: Paño que cubre los hombros del ministro cuando lleva el Santísimo
Sacramento en procesión o cuando da la bendición con El.

 Velo del Cáliz: El que cubre el cáliz fuera del ofertorio y el canon de la misa. Es del mismo
color litúrgico que los ornamentos.

 Vinajeras: Las vasijas para el vino y el agua que se usan en la Santa Misa. Generalmente
son de cristal y se colocan en una bandeja pequeña. Es permitido que sean de otro material
(bronce, plata, oro e incluso de cerámica bien sellada) siempre y cuando puedan dignamente
contener los líquidos.
Usualmente tienen asas y tapones. Son de diferentes estilos y tamaños. Tradicionalmente,
para evitar confusión al utilizarlas, las vinajeras se gravaban las iniciales "V" y "A", por el
latín vinum y aqua.
Las vinajeras junto con las hostias no consagradas pueden ser llevadas en procesión por dos
fieles y presentadas al sacerdote durante el Ofertorio.

 Viril: Pieza redonda, tradicionalmente de cristal transparente con borde de oro o dorado,
en que se pone la Sagrada Hostia para sostenerla en la Custodia. También se usa un viril para
guardar reliquias en un relicario. Ver también "luneta"
VESTIMENTA LITURGICA
Ornamentos y oraciones antes de la misa

Ver también: Vestements |Términos liturgicos

Sacerdote de Dios:
Celebra hoy la Santa Misa de Jesucristo
como si fuera la primera, la única, la última misa.

¡Oh María: baja del cielo y condúceme al altar, de tu mano voy feliz al Sacrificio
de tu Hijo

Colores:

Blanco : Fiestas de Nuestro Señor Jesucristo, María Santísima, santos no mártires. Símbolo de
gloria, alegría, inocencia, pureza del alma

Rojo : Pentecostés, Espíritu Santo, Fiestas de Apóstoles y mártires. Significa fuego de la caridad y
sangre derramada por Cristo

Verde : ordinario del año. Significa esperanza.

Morado : Adviento y Cuaresma. Signo de humildad y penitencia.

Rosado : Tercer domingo de Adviento: alegría, amor.

En algunos lugares: Azul : Inmaculada Concepción.

Las vestimentas litúrgicas son utilizadas por los sacerdotes y otros ministros en
la celebración. Hay algunas, como la casulla y la estola que son propias de los
ministros ordenados.
Alba Del latín "alba", "blanca". Vestimenta de todos
los ministros en la celebración litúrgica, desde los
acólitos hasta el presidente (Cf IGMR n.298). Se
utiliza con cíngulo a la cintura y con ámito sobre el
cuello (Cf IGMR nn.81 y 298).

Simbolismo: Tiene un sentido bautismal. La pureza del alma lavada por el


bautismo. El domingo segundo de Pascua, o sea, en la octava de Pascua, se
solía deponer el "alba", el vestido blanco que habían recibido los neófitos en
su Bautismo una semana antes. Por eso este domingo se llamó "dominica
post albas", y más tarde "dominica in albis".
-Benedicto XVI sobre el alba

Oración del sacerdote: "Blanquead, Señor, y limpia mi corazón, para que, purificado con la sangre
del Cordero, disfrute de los gozos eternos"

Deálba me, Dómine, et munda cor meum; ut, in Sánguine Agni dealbátus, gáudiis pérfruar sempitérnis.
Ámito Del latín "amictus", de "amicio, amicire", rodear,
envolver. Lienzo rectangular de lino blanco que el
sacerdote se coloca sobre los hombros y alrededor
del cuello antes de ponerse el alba. Se sujeta por
medio de cintas cruzadas a la cintura. Se utiliza al
menos desde el siglo VIII y hasta el presente. (Cf
IGMR, n.81)

Simbolismo: defensa contra las tentaciones


diabólicas y la moderación de las palabras.

Oración del sacerdote al ponerse el amito: "Señor, poned sobre mi cabeza


la defensa (el yelmo) de mi salvación, para luchar victorioso contra los
embates del demonio" (Cfr. Efesios 6,17)

"Impóne, Dómine, cápiti meo gáleam salútis, ad expugnádos diabólicos incúrsus"

-Benedicto XVI sobre el amito: “En el pasado, éste se colocaba primero en la cabeza
como una especie de capucha, convirtiéndose así en un símbolo de la disciplina de los
sentidos y del pensamiento necesaria para una justa celebración de la Santa Misa”. “Los
pensamientos no deben vagar aquí y allá detrás de las preocupaciones y las expectativas
del día; los sentidos no deben ser atraídos de aquello que allí, al interior de la Iglesia,
casualmente quisiera secuestrar los ojos y los oídos”. “Si yo estoy con el Señor, entonces
con mi escucha, mi hablar y mi actuar, atraigo también a la gente dentro de la comunión
con Él”.

Casulla Del latín "casula", "casa pequeña" o tienda. La vestidura exterior del
sacerdote, por encima del alba y la estola, a modo de capa. Origen: el manto
romano llamado "pénula". (Cf IGMR 299, IGMR 161) El color cambia según la
liturgia. Los colores litúrgicos son verde, blanco, rojo, morado.

Simbolismo: el yugo de Cristo y significa caridad. -Benedicto XVI sobre la


casulla

Oración del sacerdote: "Señor, que dijiste: "Mi yugo es suave y mi carga ligera";
haced que de tal modo sepa yo llevarlo para alcanzar vuestra gracia"

Dómine, qui dixísti: Jugum meum suáve est et onus meum leve: fac, ut istud portáre sic váleam, quod
cónsequar tuam grátiam. Amén.
Cíngulo Del latín "cingulum", de "cingere", ceñir. Cordón con que se
ciñe el alba. (IGMR 81.298).

Simboliza: castidad.

Oración del sacerdote: "Ceñidme, Señor, con el cíngulo de la pureza y


extingue en mi cuerpo el fuego de la sensualidad, para que posea siempre la
virtud de la continencia y de la castidad"

Praecínge me, Dómine, cíngulo puritátis, et exstingue en lumbis meis humórem


libídinis; ut máneat in me virtus continéntiae et castitátis.

Estola Vestimenta litúrgica en forma de larga y estrecha banda que deben llevar los
ministros ordenados y solo ellos. Obispos y sacerdotes la llevan sobre el alba, colgando
del cuello hacia el frente y sostenida por el cíngulo. Los diáconos la visten sobre el
hombro izquierdo y la fijan a la derecha de la cintura. Generalmente es del mismo
color que la casulla.

Simbolismo: la autoridad sacerdotal.

Oración del sacerdote: "Devuélveme, Señor, la insignia de la inmortalidad que perdí


en la prevaricación de los primeros padres, y aunque indigno me acerco a vuestro
Santo Misterio, haced que merezca, no obstante, el gozo eterno".

Redde mihi, Dómine, stolam inmortalitátis, quam pérdidi in praevaricatióne primi paréntis: et, quamvis
indígnus accédo ad tuum sacrum mystérium, mérear tamen gáudium sempitérnum.

Manípulo (en desuso después de la reforma litúrgica) Se ponía en el


brazo izquierdo.
El Papa Benedicto XVI interpreta los ornamentos litúrgicos para explicar la
esencia del ministerio sacerdotal
Misa Crismal, 5 Abril, 07

Durante la misa crismal, en que se bendicen los santos oleos, se conmemora la instauración del Orden
Sacerdotal y estos renuevan sus promesas sacerdotales, el Papa explicó la misión del sacerdote a partir de
una catequesis sobre los ornamentos litúrgicos.

El Papa recordó un cuento del autor ruso Leone Tolstoi, en que un pobre pastor ruso enseñó a un rey
quién era Dios proponiéndole un cambio de vestidos. De esa manera explicó que Jesús, siendo Dios, se
despojó de su potestad para hacerse hombre.

“Es esto lo que sucede en el bautismo: nosotros nos revestimos de Cristo, Él nos entrega sus vestidos pero
éstos no son una cosa externa. Significa que entramos en una comunión existencial con Él, que su ser y el
nuestro confluyen y se compenetran mutuamente”

“Esta teología del Bautismo retorna de modo nuevo y con una nueva insistencia en la Ordenación
sacerdotal. Como en el Bautismo se realiza un ‘cambio de vestidos’, un cambio en el destino, una nueva
comunión existencial con Cristo, así también en el sacerdocio se produce un intercambio: en la
administración de los Sacramentos, el sacerdote actúa y habla ahora ‘in persona Christi’ (en la persona de
Cristo)”.

Así, en los Sacramentos “se hace visible de modo dramático aquello que el ser sacerdote significa en
general; aquello que hemos expresado con nuestro ‘Adsum – aquí estoy’ durante la consagración
sacerdotal: estoy aquí para que tú puedas disponer de mí”.

“En el momento de la Ordenación sacerdotal, la Iglesia nos ha hecho visible y tangible esa realidad de los
‘nuevos vestidos’ incluso externamente, mediante el ser revestidos con los ornamentos litúrgicos. En este
gesto externo ella quiere hacernos evidente el evento interior y la tarea que nos viene de él: revestirnos de
Cristo; entregarnos a Él como Él se entregó a nosotros”.

La vestimenta litúrgica y el sacerdocio

“Quisiera por tanto, queridos hermanos, explicar este Jueves Santo la esencia del ministerio sacerdotal
interpretando los ornamentos litúrgicos que, precisamente, por su parte, quieren ilustrar qué cosa significa
‘revestirse de Cristo’, hablar y actuar ‘in persona Christi’”

El amito “En el pasado, éste se colocaba primero en la cabeza como una especie de capucha,
convirtiéndose así en un símbolo de la disciplina de los sentidos y del pensamiento necesaria para una
justa celebración de la Santa Misa”. “Los pensamientos no deben vagar aquí y allá detrás de las
preocupaciones y las expectativas del día; los sentidos no deben ser atraídos de aquello que allí, al interior
de la Iglesia, casualmente quisiera secuestrar los ojos y los oídos”. “Si yo estoy con el Señor, entonces
con mi escucha, mi hablar y mi actuar, atraigo también a la gente dentro de la comunión con Él”.

El Alba El Papa recordó que las antiguas oraciones hacen referencia al vestido nuevo que el hijo pródigo
recibió del padre; y por tanto, “cuando nos acercamos a la liturgia para actuar en la persona de Cristo nos
damos cuenta de cuán lejos estamos de Él; cuanta suciedad existe en nuestra propia vida”.

Es la sangre del cordero, citado en el Apocalipsis, la que “a pesar de nuestras tinieblas, nos transforma en
‘luz en el Señor’. Al ponernos el alba debemos recordarnos: Él también ha sufrido por mí. Es sólo porque
su amor es más grande que todos mis pecados, que yo puedo representarlo y ser testigo de su luz”

El alba también recuerda “el vestido del amor” que deben llevar todos aquellos invitados al banquete del
Novio, Jesucristo, para poder participar dignamente.

“Ahora que nos preparamos para la celebración de la Santa Misa, debemos preguntarnos si llevamos el
hábito del amor. Pidamos al Señor que aleje toda hostilidad de nuestro interior, que nos quite todo sentido
de autosuficiencia y que nos revista verdaderamente con las vestiduras del amor, para que seamos
personas luminosas y no pertenecientes a las tinieblas”.
La casulla simboliza el yugo del Señor. “Llevar el yugo del Señor significa ante todo: aprende de Él.
Estar siempre dispuestos a asistir a la escuela de Jesús. De Él debemos aprender la pequeñez y la
humildad –la humildad de Dios que se muestra en su ser hombre”

“Algunas veces quisiéramos decirle a Jesús: Señor, tu yugo no es para nada ligero. Más bien, es
tremendamente pesado en este mundo. Pero al mirarlo a Él que ha cargado con todo –que en sí ha
probado la obediencia, la debilidad, el dolor, toda la oscuridad, entonces todos nuestros lamentos se
apagan”.

“Su yugo es el de amar con Él. Y mientras más lo amamos, y con Él nos convertimos en personas que
aman, más ligero se vuelve nuestro yugo aparentemente pesado”.

“Oremos para que nos ayude a ser junto con Él personas que aman, para experimentar así siempre más
cuán bello es portar su yugo”

IGMR: Instrucciones Generales del Misal Romano

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Catequesis del Papa sobre la Revelación de


Dios
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TEXTO COMPLETO: Catequesis del Papa sobre


la Revelación de Dios
225
VATICANO, 16 Ene. 13 / 10:04 am (ACI).- Queridos hermanos y hermanas:

El Concilio Vaticano II, en la Constitución sobre la divina Revelación, afirma que la íntima
verdad de la revelación de Dios brilla para nosotros "en Cristo, que es a un tiempo
mediador y plenitud de toda la Revelación" (n. 2 ).

El Antiguo Testamento nos dice cómo Dios, después de la creación, a pesar del pecado
original y de la arrogancia del hombre de querer ponerse en el lugar de su Creador, vuelve
a ofrecer la posibilidad de su amistad, sobre todo a través de la alianza con Abraham y el
camino de un pueblo pequeño, el de Israel, que Él elige, no criterios de poder terrenal, sino
simplemente por amor.

Es una elección que sigue siendo un misterio y revela el estilo de actuar de Dios, que
llama a algunos, no para excluir a los demás, sino para que sirvan de puente con el fin de
conducir hacia Él. Elección siempre para el otro. En la historia del pueblo de Israel,
podemos volver a recorrer las etapas de un largo camino, en el que Dios se deja conocer,
se revela, entra en la historia con palabras y con acciones.

Para esta obra, Él se sirve de mediadores, como Moisés, los Profetas y los Jueces, que
comunican al pueblo su voluntad, recuerdan la necesidad de fidelidad a la alianza y
mantienen viva la espera de la realización plena y definitiva de las promesas divinas.

Y es la realización de estas promesas que hemos contemplado en la Santa Navidad: la


Revelación de Dios llega a su culmen, a su plenitud.

En Jesús de Nazaret, Dios visita realmente a su pueblo, visita a la humanidad de una


manera que va más allá de todas las expectativas: envía a su Hijo Unigénito, Dios mismo
se hace hombre. Jesús no nos dice algo acerca de Dios, no habla simplemente del Padre
–sino que es Revelación de Dios, porque es Dios– nos revela el rostro de Dios. En el
prólogo de su Evangelio, Juan escribe: " Nadie ha visto jamás a Dios; el que lo ha revelado
es el Hijo único, que está en el seno del Padre "(Jn 1,18).

Quisiera detenerme en este "revelar el rostro de Dios". En este contexto, San Juan, en su
Evangelio, nos narra un hecho significativo, que acabamos de escuchar. Al acercarse la
Pasión, Jesús tranquiliza a sus discípulos, exhortándoles a no tener miedo y tener fe,
luego entabla un diálogo con ellos, en el que habla de Dios Padre (cfr. Jn 14,2-9). En un
momento, el apóstol Felipe le pide a Jesús: "Señor, muéstranos al Padre y nos basta"
(Juan 14:8). Felipe es muy práctico y concreto: dice también lo que nosotros queremos
decir, queremos ver al Padre - le pide "ver" el Padre, para ver su rostro.

La respuesta de Jesús –no sólo a Felipe, sino también a nosotros– nos introduce en el
corazón de la fe cristológica. El Señor afirma: "El que me ha visto, ha visto al Padre" (Jn
14, 9). En esta expresión se encierra sintéticamente la novedad del Nuevo Testamento,
aquella novedad que apareció en la gruta de Belén: Dios se puede ver, Dios ha
manifestado su rostro, es visible en Jesucristo.

En todo el Antiguo Testamento está presente el tema de la "búsqueda del rostro de Dios",
el anhelo de conocer este rostro, de ver a Dios como es, tanto que el término hebreo
p?nîm, que significa "rostro", se repite 400 veces, de las que 100 se refieren a Dios, cien
veces se refiere y se quiere ver el rostro de Dios. Y, sin embargo, la religión hebraica,
prohibiendo por completo las imágenes, porque Dios no se puede representar –como
hacían los pueblos cercanos con la adoración de los ídolos, por lo tanto con esta
prohibición de imágenes en el Antiguo Testamento– parece excluir totalmente el "ver" del
culto y de la piedad

¿Qué significa, entonces, para el piadoso israelita, buscar a pesar de todo el rostro de
Dios, aun sabiendo que no puede haber ninguna imagen suya? La pregunta es importante:
por un lado, quiere decir que Dios no puede ser reducido a un objeto, como una imagen
que se puede tomar en la mano, así como no se puede poner algo en lugar de Dios, y por
el otro, se afirma que Dios tiene un rostro, es decir que es un "Tú", que puede entrar en
una relación, que no está cerrado en su Cielo, mirando desde lo alto a la humanidad.

Dios está sin duda por encima de todo, pero se dirige hacia nosotros, nos escucha, nos ve,
habla, establece alianza, es capaz de amar. La historia de la salvación es la historia de
Dios con la humanidad y la historia de esta relación de Dios, que se revela
progresivamente al hombre, que se hace conocer a sí mismo, su rostro.

Precisamente al comienzo del año, el 1 de enero, hemos oído, en la liturgia, la hermosa


oración de bendición sobre su pueblo: "Que el Señor te bendiga y te proteja. Que el Señor
haga brillar su rostro sobre ti y muestre su gracia. Que el Señor te descubra su rostro y te
conceda la paz". (Números 6:24-26).

El esplendor del rostro divino es la fuente de la vida, es lo que permite ver la realidad; la
luz de su rostro es la guía de la vida. En el Antiguo Testamento hay una figura a la que
está enlazado de forma muy especial el tema del ‘rostro’ de Dios. Se trata de Moisés,
aquel al que Dios elige para liberar al pueblo de la esclavitud de Egipto, donarle la Ley de
la alianza y guiarlo a la Tierra prometida.

Después Moisés regresaba al campamento, pero Josué –hijo de Nun, su joven ayudante–
no se apartaba del interior de la tienda. Pues bien, en el capítulo 33 del libro del Éxodo, se
dice que Moisés tenía una relación cercana y confidencial con Dios: "El Señor conversaba
con Moisés cara a cara, como lo hace un hombre con su amigo". (v. 11).

En virtud de esta confianza, Moisés pide a Dios: "Muéstrame tu gloria", y la respuesta de


Dios es clara: «Haré pasar junto a ti toda mi bondad y pronunciaré delante de ti el nombre
del Señor… Pero tú no podrás ver mi rostro, porque ningún hombre puede verme y seguir
viviendo…Aquí a mi lado tienes un lugar… tú verás mis espaldas. Pero nadie puede ver mi
rostro». (vv. 18-23).

Por un lado, pues, hay un diálogo cara a cara, como amigos, pero por el otro, hay la
imposibilidad, en esta vida, de ver el rostro de Dios, que permanece oculto; la visión es
limitada. Al final, a Dios sólo se le puede seguir, viendo sus hombros. Los Padres dicen
esto: tú sólo puedes ver mi espalda, significa que tú sólo puedes seguir a Cristo y
siguiéndole ves desde detrás el misterio de Dios. Dios se puede seguir viendo su espalda.

Algo completamente nuevo sucede, sin embargo, con la Encarnación. La búsqueda del
rostro de Dios recibe un cambio radical increíble, porque ahora se puede ver este rostro: el
de Jesús, el Hijo de Dios que se hace hombre.

En Él se cumple el camino de la revelación de Dios comenzado con la llamada de


Abraham, Él es la plenitud de esta revelación, porque él es el Hijo de Dios, es a la vez
"mediador y plenitud de toda la Revelación" (Constitución Dogmática. Dei Verbum, 2), y en
Él el contenido de la Revelación y el Revelador coinciden. Jesús nos muestra el rostro de
Dios y nos enseña el nombre de Dios. En la Oración sacerdotal de la Última Cena, Él le
dice al Padre: "He manifestado tu nombre a los hombres... Yo les he dado a conocer tu
nombre" (cf. Jn 17,6.26).

El término "nombre de Dios" significa Dios como Aquel que está presente entre los
hombres. A Moisés en la zarza ardiente, Dios había revelado su nombre, se había hecho
invocar, había dado una señal concreta de su "existencia" entre los hombres. Todo esto
encuentra cumplimiento y plenitud en Jesús: Él inaugura de forma nueva la presencia de
Dios en la historia, porque el que le ve a Él, ve al Padre, como dice a Felipe (cf. Jn 14:9).
El Cristianismo –dice San Bernardo– es la "religión de la Palabra de Dios", no de, "una
palabra escrita y muda, sino del Verbo encarnado y vivo" (Hom. super missus est, IV, 11:
PL 183, 86B). En la tradición de la patrística y medieval se usa una fórmula especial para
expresar esta realidad: Jesús es el Verbum abbreviatum (cf. Rom 9,28, en referencia a
Isaías 10:23), el Verbo abreviado, la Palabra breve, abreviada y sustancial del Padre, que
nos dijo todo de Él. En Jesús toda la Palabra está presente.

En Jesús incluso la mediación entre Dios y el hombre encuentra su plenitud. En el Antiguo


Testamento hay una gran cantidad de figuras que han venido desempeñando esta tarea,
sobre todo Moisés, el libertador del, el guía, el "mediador" de la alianza, como lo define el
Nuevo Testamento (cf. Gal 3:19; Hechos 7 , 35, Jn 1:17).

Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, no es uno más de los mediadores entre Dios y
el hombre, sino "el mediador" de la nueva y eterna alianza (cf. Heb 8:6; 9.15, 12.24), "un
sólo, de hecho, es Dios - dice Pablo - y un solo uno el mediador entre Dios y los hombres,
el hombre Cristo Jesus"(1 Timoteo 2:5, Gálatas 3:19-20). En él podemos ver y conocer al
Padre; en Él podemos invocar a Dios como "Abba, Padre" en Él nos vienen dada la
salvación.

El deseo de conocer a Dios realmente, es decir, de ver el rostro de Dios, está en todos los
hombres, incluso en los ateos. Y nosotros tenemos este deseo consciente de ver quién es,
qué es, qué es para nosotros. Pero este deseo se realiza siguiendo a Cristo, así vemos la
espalda y vemos, por fin, a Dios como a un amigo, su rostro en el rostro de Cristo.

Es importante que sigamos a Cristo pero no sólo cuando lo necesitamos y cuando


encontramos un espacio de tiempo, entre los miles quehaceres de cada día, sino con
nuestra vida. Toda nuestra existencia debe estar orientada al encuentro con Él, al amor
hacia Él y en ella, el amor al prójimo debe tener asimismo un lugar central.

Ese amor que, a la luz del Crucificado, nos hace reconocer el rostro de Jesús en el pobre,
en el débil y en el que sufre. Ello es posible sólo si el verdadero rostro de Jesús se nos ha
vuelto familiar, en la escucha de su Palabra –en el diálogo interior con su Palabra para que
lo podamos encontrar a Él verdaderamente– y naturalmente en el Misterio de la Eucaristía.

En el Evangelio de San Lucas es significativo el pasaje de los dos discípulos de Emaús,


que reconocieron a Jesús al partir el pan. Pero preparados por el camino, preparados por
la invitación que le hacen para que se quede con ellos, preparados por el diálogo que hizo
arder sus corazones. Así ven al final a Jesús.

También para nosotros, la Eucaristía es, preparada por una vida en diálogo con Jesús, la
gran escuela en la que aprendemos a ver el rostro de Dios, entramos en relación íntima
con Él; y aprendemos al mismo tiempo a dirigir la mirada hacia el momento final de la
historia, cuando Él nos saciará con la luz de su rostro. En la tierra caminamos hacia esta
plenitud, en la espera gozosa que se cumpla el Reino de Dios.

La Biblia como revelación divina


*Tomado de Grandes Temas Bíblicos -Lewis Sperry Chafer- CLIE-

A. FORMAS DE LA REVELACION DIVINA


La Biblia tiene como objetivo y propósito el ser la revelación del ser, las obras y el
programa de Dios. Que un Dios infinito buscase el revelarse a sí mismo a sus criaturas, es
razonable y esencial para el cumplimiento de los propósitos de Dios en la creación. Es, por
otra parte, natural que los seres racionales intenten saber algo respecto al Creador que les
ha dado vida. Si el hombre es el más alto orden de las criaturas, que tiene la capacidad de
reconocer y tener una intima comunión con el Creador, es, por tanto, también razonable
esperar que el Creador se comunicase con sus criaturas, revelándoles su propósito y su
voluntad. Hay tres vías de máxima importancia y que han sido utilizadas por Dios para
revelarse a sí mismo.
1. La revelación de Dios en la creación. El poder eterno y el carácter de Dios se revelan
por las cosas que han sido creadas (Ro. 1:20). El mundo de las cosas naturales, siendo una
obra de Dios, muestra que Dios es un Dios infinito en poder y sabiduría y que ha diseñado y
creado el mundo físico para un propósito inteligente. La revelación de Dios mediante la
Naturaleza, sin embargo, tiene sus limitaciones,al no aparecer claramente manifestado el
amor y la santidad de Dios. Mientras que la revelación en la Naturaleza es suficiente para
que Dios pueda juzgar al mundo pagano por no adorarle como su Creador, no revela un
camino de salvación mediante el cual los pecadores puedan ser reconciliados con un Dios
santo, sagrado.
2. Revelación en Cristo. Una suprema revelación de Dios fue suministrada en la persona y
la obra de Cristo, que nació en su debido tiempo (Gá. 4:4). El Hijo de Dios vino al mundo
para revelar a Dios a los hombres en términos que pudiesen comprender. Por su llegada como
hombre mediante el acto de la encarnación, los hechos relacionados con Dios, que de otra
forma hubiesen sido muy difíciles para la comprensión humana, se trasladan al limitado
alcance de la comprensión y el entendimiento humanos. Así pues, en Cristo, no sólo se revela
el poder y la sabiduría de Dios, sino también su amor, la bondad divina, su santidad y su
gracia. Cristo declaró:
«El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn. 14:9). En consecuencia, el que conoce a
Jesucristo, también conoce al Dios Padre.
3. La revelación en la Palabra escrita. La Palabra escrita de Dios es capaz, sin embargo,
de revelar a Dios en términos incluso más explícitos de los que puedan ser observados en la
persona y obra de Cristo. Como previamente se ha demostrado, es la Biblia la que nos
presenta a Jesucristo tanto como el objeto de las profecías, como en su cumplimiento. Con
todo, la Biblia va aún más allá; dando detalles respecto a Cristo, muestra el programa de
Dios para Israel, para las naciones, así como para la iglesia, y trata de muchos otros temas de
la historia del género humano y del universo. La Biblia no sólo presenta a Dios como su tema
fundamental, sino que también nos muestra sus propósitos. La revelación escrita lo incluye
todo en sí misma. Expone de la forma más clara y convincente todos los hechos que
conciernen a Dios y que están revelados en la Naturaleza, y proporciona el único registro que
atañe a la manifestación de Dios en Cristo. También se extiende la divina revelación en
grandes detalles que se relacionan con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, los ángeles, los
demonios, el hombre, el pecado, la salvación, la gracia y la gloria. La Biblia, pues, puede ser
considerada como el complemento perfecto de la divina revelación de Dios, parcialmente
revelada en la Naturaleza, y más plenamente revelada en Cristo, y revelada completamente
en la Palabra escrita.
B. REVELACION ESPECIAL
A través de toda la historia del hombre, Dios ha suministrado una revelación especial. Se
registran muchas ocasiones en la Palabra de Dios en que habla directamente al hombre,
como El lo hizo en el jardín del Edén, o a los profetas del Antiguo Testamento, o a los
apóstoles en el Nuevo. Algunas de estas revelaciones especiales fueron registradas en la
Biblia y forman el único y autorizado registro inspirado que tenemos de tal revelación
especial.
Una vez completos los 66 libros de la Biblia, la revelación especial en el sentido ordinario
de la expresión parece haber cesado. Nadie ha sido capaz de añadir con éxito un solo
versículo a las Escrituras como declaración verdadera. Las añadiduras apócrifas son
claramente inferiores y sin la inspiración propiamente dicha que caracteriza siempre todo
escrito de la Escritura.
En lugar de la revelación especial, sin embargo, una obra del Espíritu Santo ha
caracterizado especialmente la edad presente. Así como el Espíritu de Dios ilumina o arroja
luz sobre las Escrituras, hay una forma legítima de tiempo presente en la revelación
procedente de Dios, en la cual las enseñanzas de la Biblia se aclaran y se aplican a la vida de
los individuos y las circunstancias. Emparejada con la obra de iluminación está la obra del
Espíritu como guía, cuando las verdades generales escriturísticas se aplican a las necesidades
particulares de un individuo. Aunque ambas cosas -la guía y la iluminación- son obras
genuinas de Dios, no garantizan que un individuo comprenda perfectamente la Biblia, o en
todos los casos la comprenda adecuadamente con la guía de Dios. Así, mientras que la
iluminación y la guía son una obra del Espíritu, no poseen la infalibilidad de la Escritura,
puesto que los receptores son seres humanos de por sí falibles.
Aparte de esta obra del Espíritu de Dios, no obstante, al revelar lo que significa la
Escritura, no hay comprensión real de la verdad, como se declara en 1 Corintios 2:10. La
verdad de la Palabra de Dios necesita ser revelada a nosotros por el Espíritu de Dios, y
necesitamos ser enseñados por el Espíritu (1 Co. 2:13). Según 1 Corintios 2:14, «... el hombre
natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura y no las
puéde entender, porque se han de discernir espiritualmente». En consecuencia, la Biblia es
un libro cerrado, por lo que respecta a su verdadero significado, para quien no sea cristiano y
no esté enseñado por el Espíritu. Ello requiere, además, por parte del individuo estudioso de
la Escritura, una íntima proximidad con Dios en la cual el Espíritu de Dios sea capaz de
revelar su verdad.
C. INTERPRETACION
Al recibir la revelación que proviene a través del Espíritu Santo, en la forma en que El
enseña la Palabra de Dios a un creyente en Cristo, los problemas de interpretación de la
Biblia se hacen evidentes. Son necesarias ciertas reglas básicas si se tiene que comprender la
ciencia de la interpretación, llamada «hermenéutica». Aunque existe confianza y seguridad
en el Espíritu Santo para la instrucción en la Palabra de Dios, hay ciertos principios que
tienen que ser enumerados.
1. El propósito de la Biblia como un todo. Al interpretar la Biblia, cada texto tiene que
ser tomado a la luz del contenido total de la Escritura, para que la Biblia no se contradiga a
sí misma.
2. El mensaje particular de cada libro de la Biblia. La interpretación de la Escritura
necesita siempre tomar en consideración el propósito del libro, del cual forma parte. Un
estudio del Eclesiastés es, según esto, completamente diferente del de un libro como el
Apocalipsis, o los Salmos, y la interpretación tiene que estar en relación con el propósito del
libro.
3. A quién va dirigido. Mientras que toda la Escritura ha recibido por igual la inspiración
de Dios, no toda Escritura es igualmente aplicable. Muchas falsas doctrinas se han producido
mediante una errónea aplicación de la Escritura. De esta forma, la cuestión se plantea en lo
concerniente a quién se considera en un pasaje particular. Es preciso distinguir la aplicación
primaria y secundaria. La aplicación primaria puede extenderse sólo al individuo o grupo a
quien va dirigida la Escritura, como, por ejemplo, la Epístola a los Gálatas o un salmo escrito
por David. Hay casi siempre una segunda aplicación, cómo las verdades particulares se
producen el texto escriturístico y que se descubre que tienen una aplicación general más allá
de aquel a quien están realmente dirigidas. Así, mientras la ley en el Antiguo Testamento
está dirigida a Israel, los cristianos pueden estudiarla con provecho como una revelación de
la santidad de Dios, cambiando algunos particulares en su aplicación a nosotros.
4. El contexto. Una de las importantes consideraciones en la exposición de cualquier texto
es considerar el contexto inmediato. Con frecuencia esto proporciona la pista para lo que fue
escrito intencionadamente en esa declaración particular. La Escritura que precede y sigue
cualquier versículo dado ayuda al lector a comprender tal versículo en sí mismo.
5. Las enseñanzas similares en otra parte de la Palabra de Dios. Ya que la Biblia no
puede contradecirse a sí misma, cuando se hace una declaración teológica en un versículo ha
de estar armonizada con cualquier otra declaración teológica similar en otra parte. Esta es la
tarea particular de la teología sistemática, la cual intenta tomar toda la revelación divina y
exponer de forma clara y convincente su contenido en una forma doctrinal que no sea
contradictoria de cualquier porción o parte de la Sagrada Escritura. Con frecuencia, unos
libros se complementan recíprocamente con otros. Por ejemplo, el libro del Apocalipsis
repetidamente depende para su interpretación del libro de Daniel u otro del Antiguo
Testamento, en sus profecías. Si el Espíritu Santo es el autor de la totalidad de la Palabra de
Dios, lo que se dice en un lugar, debe ayudarnos a comprender lo que se dice en otro, en la
Escritura.
6. Exégesis precisa de las palabras en un texto particular. La Biblia fue escrita
originalmente en hebreo y en griego, y con frecuencia se presenta la dificultad de su
correcta traducción. Por tanto, el conocimiento del lenguaje original es muy necesario para
determinar con exactitud lo que dice el texto. Los estudiosos de la Escritura que no disponen
de esos recursos técnicos, pueden ayudarse frecuentemente por comentarios y exposiciones
hechos por autores capacitados para arrojar luz sobre un texto particular. Aunque para la
mayor parte de los propósitos una buena traducción es suficiente, un estudioso que ponga
cuidado en su esfuerzo se ayudará a veces consultando trabajos de autoridades competentes,
capaces de aclarar un texto específico.
Por añadidura, para determinar el significado real de las palabras, la adecuada
interpretación asume que cada palabra tiene su significado literal normal, a menos que haya
buenas razones para considerarla como una figura del discurso. Por ejemplo, la tierra
prometida a Israel no debe ser considerada como una referencia al cielo, sino más bien como
una referencia literal a la Tierra Santa. Por la misma razón, las promesas dadas a Israel no
deberían ser espiritualizadas para aplicarlas a los creyentes gentiles en Cristo. La regla de
interpretación es que las palabras deben tener su significado normal, a menos que el
contexto indique claramente que se intenta emplear una figura de dicción en el discurso.
7. Precauciones contra los prejuicios. Si bien es adecuado para cualquier intérprete de la
Escritura el aproximarse a un pasaje con la convicción teológica que surge del estudio de la
totalidad de la Biblia, hay que tener cuidado en no retorcer el texto respecto a lo que no
dice, con objeto de armonizarlo con ideas preconcebidas. Cada texto debe hablar por sí
mismo, y ello hay que permitirlo incluso si deja temporalmente sin resolver algunos
problemas de armonización con otra parte de la Escritura.
Al interpretar la Biblia, es importante considerar a la Escritura como una comprensiva
revelación que tiene como fin el ser comprendida por todos los que son enseñados por el
Espíritu. La Biblia tiene la intención de comunicar la verdad, y cuando está adecuadamente
interpretada, contiene en sí un sistema de doctrina que es armonioso y no contradictorio.
PREGUNTAS
1. ¿Por qué es razonable asumir que Dios haya deseado revelarse a sí mismo al hombre?
2. ¿Cuál es la extensión y la limitación de la revelación en la Naturaleza?
3. ¿Hasta qué extremo es Cristo una revelación de Dios?
4. ¿Por qué ha sido la Palabra escrita necesaria para revelar a Dios completamente?
5. ¿Cuáles son algunos de los temas más importantes de la revelación divina y que no
pueden ser aprendidos en la Naturaleza?
6. ¿Qué quiere significarse por revelación especial?
7. ¿Qué obra del Espíritu ha reemplazado hoy la revelación especial y por qué es ello
necesario?
8. ¿Por qué es preciso tomar en consideración a la Biblia como un todo, al igual que el
mensaje particular de cada libro de los que componen la Escritura?
9. ¿Cuáles son los peligros de aplicar mal la Escritura, y por qué es preciso distinguir la
aplicación primaria y secundaria?
10. ¿A qué se contribuye con el contexto de cualquier pasaje?
11. ¿Por qué es preciso que la interpretación de un texto esté en armonía con otros pasajes
bíblicos?
12. ¿Hasta qué extremo se requiere que la exégesis sea precisa?
13. ¿Hasta qué extremo debería el significado normal de las palabras determinar el
significado de un pasaje?
14. ¿Cuál es el peligro de los prejuicios al interpretar la Escritura?
* Grandes Temas Bíblicos

Las 14 Maneras en que Dios Se Ha


Revelado a Sí Mismo
23 junio 2009

tags: Michael J Vlach, Teología, Todos los Artículos

Las 14 Maneras en que Dios Se Ha Revelado a Sí Mismo

Por Michael J. Vlach, Ph.D.

Hebreos 1:1 nos dice que Dios ha hablado “muchas veces y de muchas maneras.” El
propósito de este artículo es examinar las “muchas maneras”, en las que Dios se ha
revelado a sí mismo a la humanidad.

Antes de mirar a las catorce formas en que Dios se ha revelado a sí mismo, sin embargo,
vamos a ver brevemente el significado de “revelación”. La palabra “revelación” viene
de la palabra griega apokalupsis que significa “descubrir” o “revelar”. Apocalipsis, por
lo tanto, tiene que ver con revelar, descubrir o exponer lo que previamente se oculta.
Cuando se utiliza en un sentido teológico, “revelación” se refiere a la manifestación
intencional de Dios de Sí mismo y Sus planes.

Hay por lo menos catorce medios a través de los cuales Dios ha elegido revelarse a Sí
mismo. Los tres primeros en la lista comprenden lo que se conoce como “Revelación
General.” La Revelación General es la revelación que Dios da a conocer a todos los
pueblos de todos los tiempos. En otras palabras, la Revelación General es la revelación
a la que todo el mundo tiene acceso. Los últimos once (4-14) comprenden la
“Revelación Especial.” La revelación Especial es la revelación específica de Dios que
se da a determinadas personas en ciertos momentos de la historia. No todo el mundo ha
tenido acceso a la Revelación Especial.

¿Cuáles son estas catorce formas de revelación? Aquí están:


1. La Naturaleza. Dios ha puesto de manifiesto ciertas verdades sobre sí mismo a
través de la naturaleza o el orden creado. Salmo 19:1 dice: “Los cielos cuentan la gloria
de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos.” La naturaleza le dice a todos
acerca de la gloria de Dios y que todo fue hecho por El. Romanos 1:18-21 declara:
“Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente
visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas,
de modo que no tienen excusa.” Según este texto, la naturaleza revela que Dios existe y
que Él es poderoso. Este testimonio es tan poderoso que ninguna persona puede
pretender que él o ella no conocen nada acerca de Dios.

2. La Providencia. Dios se revela a sí mismo a través de Su control momento a


momento del mundo. Esto es a menudo denominado “providencia”. La Providencia de
Dios puede ser visto en Su misericordiosa dádiva del sol y la lluvia a todo el mundo
(Mateo 5:45), su provisión de alimentos, de la lluvia, y la alegría para la gente (Hechos
14:15-17), y su instalación y destitución de los gobernantes del mundo (Daniel 2:21). La
Providencia es uno de las maneras "tranquilas" en que Dios se manifiesta a Sí mismo.
Pero al ver la historia podemos ver la mano de Dios si nos tomamos el tiempo de
notarlo. La supervivencia de la nación de Israel es un ejemplo de la providencia de Dios
en acción.

3. La Conciencia. Dios se ha revelado a Sí mismo a cada uno mediante un sentido


interno de lo correcto y lo incorrecto. Romanos 2:14-15 dice que toda persona tiene la
Ley de Dios “escrita en sus corazones.” Esta brújula interna que nos alerta para lo que
es el bueno y malo señala al Legislador final que determina el bien y el mal.

4. La Suerte. El echar suertes, a veces, comunicó la voluntad de Dios al hombre (Prov.


16:33). ¿Cómo se determinó la sustitución de Judas? Adivinó. Los discípulos echaron
suertes y Matías fue elegido como el nuevo “duodécimo” apóstol (Hechos 1:21-26).

5. El Urim y Tumim. El Urim y Tumim son las dos preciosas y misteriosas piedras en
el pectoral del sumo sacerdote. A veces se utilizó para determinar la voluntad de Dios
(Éxodo 28:30; Num.. 27:21; Deut. 33:8; 1 Sam. 28:6).

6. Los Sueños. Los sueños fueron a menudo usados por Dios para comunicar
información (Gén. 20:3, 31:11-13, 24, 40-41). Dios envió a Jacob a soñar los ángeles
subiendo y bajando en la escalera (Gén. 28:10-15). Dios también dio a Nabucodonosor
rey de Babilonia un importante sueño sobre los próximos imperios de la historia
humana. Daniel interpretó los sueños y el resto es-, bueno, historia (ver Dan. 2).

7. Las Visiones. Dios usó a menudo visiones para comunicar verdades importantes.
Isaías tuvo una visión del Señor “sentado en un trono, alto y sublime.” Ezequiel vio
diversas visiones (Ezequiel 1:3). El apóstol Juan vio la visión gloriosa final de los
últimos tiempos mientras estaba en el exilio en la
isla de Patmos (véase Apoc. 4-22). Los beneficiarios de las visiones a menudo fueron
abrumados por la gloriosa visión que estaban viendo.

8. Voz Audible. A veces cuando Dios quería dar sus mensajes, lo hizo por Sí mismo
haciendo uso de la palabra audible. Cuando Dios quería a Samuel para ser a su profeta,
simplemente habló en voz alta a Samuel (1 Sam. 3). No, no era lo que Samuel se comió
esa noche-era realmente Dios. Cuando Dios quiso que Pedro, Santiago y Juan
conocieran que Jesús era verdaderamente el Hijo de Dios y que deberían escucharle, El
simplemente se los dijo en voz audible (véase Lucas 9:35).

9. Las Teofanías. Una teofanía es una manifestación de Dios. Dios, por ejemplo, se
presentó ante Moisés en la forma de la zarza ardiente (Éxodo 3:2-6). Antes de la
encarnación de Cristo, Dios en ocasiones se manifestó a Sí mismo como el Ángel del
Señor para comunicar su mensaje divino a la gente (Gen. 16:7-14; Ex. 3:2, 2 Sam.
24:16, Zac. 1:12).

10. Ángeles. Los Ángeles, en ocasiones, eran enviados especiales de Dios. ¿Recuerda
cuando José se preparaba para abandonar a María después de que se enteró que estaba
embarazada? Así es. Un ángel le comunicó en sueños a José que María estaba
embarazada a través del poder del Espíritu Santo. Los ángeles proclamaron el
nacimiento de Jesús (Lucas 2:10-11). Gabriel, en particular, parece ser el ángel
mensajero especial de Dios. Él fue el único que transmitió verdades importantes a
Daniel (Daniel 9:20-21). También le dijo a María que ella sería la madre terrenal de
Jesús (Lucas 1:26-38).

11. Los Profetas. Los profetas de la Biblia, quienes actuaron bajo la inspiración directa
de Dios, fueron el principal medio a través del cual Dios reveló Sus mensajes. Isaías,
Ezequiel, Jeremías, Daniel, Joel, Zacarías, y otros desempeñado un importante papel en
revelar verdades acerca de Dios y Sus planes en el Antiguo Testamento. Se centraron
particularmente sobre en una advertencia a la nación de Israel y se detalla el reino
venidero que sería establecido por el Mesías de Dios. Los profetas del Nuevo
Testamento desempeñaron un papel fundamental en el establecimiento de la iglesia
(Efesios 2:20). También revelaron las verdades anteriormente sin revelar sobre el
“misterio de Cristo” (Efesios 3:5).

12. Milagros y Eventos Sobrenaturales. Dios utiliza algunas veces los milagros y
eventos sobrenaturales para revelarse a Sí mismo. Las diez plagas de Egipto mostraron a
Faraón y a los egipcios que el Dios de los hebreos era verdaderamente Dios y que los
‘dioses de Egipto’ no estaban a la altura de El (Éxodo 7-11). Jesús hizo muchos ‘señales
milagrosas’ para indicar el camino a El y a su mensaje.

13. Jesucristo. Tan grande como las últimos doce formas de revelación y la forma más
grande de revelación tuvo lugar con la persona de Jesucristo. En Heb. 1:1-2 dice: “Dios,
habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por
los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo” (Hebreos 11:1-2).
Jesucristo, la principal manifestación de Dios, revela muchas cosas:

a. Juan 1:1 Él es el “Verbo”, porque Él es la revelación completa del Padre.

b. Juan 1:18 El revela como es el Padre.

c. Juan 5:36-37 Él revela la compasión del Padre.

d. Juan 6:63; 14:10 Él revela que el Padre da vida eterna a través del Hijo.

e. Mateo 11:27 Él revela quien conocerá al Padre.


14. La Biblia. La Biblia es la revelación escrita de Dios para la humanidad. Compilada
por varios hombres bajo la guía del Espíritu Santo (2 Ped. 1:21), la Biblia es la Palabra
de Dios. La mayor parte de lo que sabemos acerca de Dios, incluida la persona y la obra
de Jesús, se encuentra en la Biblia. Revela toda la doctrina, reprensión, corrección y
orientación que se necesita para la vida piadosa (véase 2 Tim. 3:16-17).

REVELACIÓN DE DIOS EN LA
HISTORIA Y POR LA HISTORIA

HISTORIA Y REVELACIÓN

Una corriente muy fuerte del pensamiento teológico


protestante de los últimos tiempos tiende a oponer una
revelación-acción a una revelación-doctrina, una
revelación-acontecimiento- de-salvación a una
revelación-conocimiento, y por ende, un Dios que obra a
un Dios que habla. Esta corriente afirma que Yavé es un
Dios que interviene en la historia humana y que la
revelación aparece ante todo como una serie de
acontecimientos cuyo sujeto es Dios. La revelación es la
obra de Dios en la historia. La Biblia, observa G. E.
Wright, no es primariamente la palabra de Dios, sino la
narración de los hechos de Dios. Es verdad que el Dios
del Antiguo y del Nuevo Testamento es un Dios que entra
en la historia humana y que se manifiesta en ella por los
grandes hechos que realiza. El Antiguo Testamento narra
las mirabilia Dei en favor de su pueblo. Los profetas
aluden constantemente a ellas, los salmos las cantan y
las celebraciones litúrgicas las conmemoran. El Nuevo
Testamento es la buena nueva de lo que sucedió en
Jesucristo. La teología católica afirma este carácter
innegable de la revelación, su historicización. Pero, ¿se
impone por tanto la distinción entre el Dios que obra y el
Dios que habla? ¿Está objetivamente fundada, apoyada
en la Escritura? Formulemos la cuestión con otras
palabras ¿cuáles son las relaciones entre historia y
revelación' ¿Hay oposición entre historia y doctrina?

LA HISTORIA, LUGAR DE LA REVELACIÓN


H/CIRCULAR-LINEAL NATURALEZA/RLS: Hoy día se
afirma generalmente que los hebreos fueron los primeros
en oponer una concepción lineal del tiempo a una
concepción cíclica del mismo; fueron los primeros en dar
a la historia valor de epifanía de Dios. Por primera vez se
realiza en Israel el encuentro de la revelación con la
historia. Fuera de Israel no se encuentra la idea,
sólidamente arraigada, de una sucesión de
acontecimientos temporales que abarcan el pasado, el
presente y el futuro, y que se desarrollan según una
dirección y finalidad determinadas. Los antiguos pueblos
politeístas atienden sobre todo a la naturaleza. El
hombre, atento al ritmo de los astros y de las estaciones
(ritmo de nacimiento y muerte), busca su seguridad
integrándose en ese ritmo y en su repetición anual. Las
religiones de la India, de China, de Persia están
centradas en una sabiduría, mucho más que en la
historia. El tiempo indio es un tiempo cíclico. Y M. Eliade,
precisando más, distingue tres planos en el tiempo de los
indios el tiempo individual, flujo continuo de instantes
irreales; el tiempo cósmico, eterna repetición del mismo
ritmo (creación, destrucción, re-creación), metido en
ciclos enormes, de cifras asombrosas; por fin, el instante
intemporal, fuera del tiempo, inmóvil, eterno presente.
Lo importante es librarse del tiempo cósmico,
trascendiéndolo. El tiempo carece así de valor comparado
con la eternidad; más aun, es un obstáculo que hay que
superar para ser liberado. El tiempo indio es rítmico, pero
no está dirigido hacia algo, no es fecundo. El helenismo,
en general, es prisionero de su concepción cíclica de las
cosas. El tiempo griego es un tiempo desesperante sin
origen, sin movimiento, sin significación, sin vinculación
con la libertad y la salvación del hombre. Es verdad que
la historia en la concepción de Herodoto y Tucídides, es
un movimiento, pero no una teología. Para escapar al
ciclo fatal que arrastra aun a los dioses mismos, hay que
liberarse del tiempo. Para los griegos la salvación no
puede venir de un acontecimiento de la historia.

Israel fue el primero en romper el círculo fatídico de las


estaciones y repeticiones del mundo antiguo; rompió con
el cambio que no es sino perpetuo re-comienzo. Para
Israel el tiempo es lineal tiene un principio y un fin. La
salvación se realiza en la historia temporal está vinculada
a una sucesión de acontecimientos que se desarrollan
según un designio divino y que se dirigen hacia un hecho
único, la muerte y resurrección de Cristo. Israel vive en
la naturaleza, pero su atención está centrada en la
historia. Lo importante no es tanto el ciclo anual en el
que todo re-comienza, cuanto lo que Dios hace, hizo y
hará según sus promesas. Promesa y realización
constituyen el dinamismo del tiempo que tiene una triple
dimensión. El presente inicia el futuro anunciado y
prometido en el pasado. Las fiestas anuales (la de la
pascua en primavera, la de los tabernáculos en otoño),
más que actos del drama cíclico de la naturaleza, son la
memoria de los hechos salvíficos de Dios.

Israel rompió con la concepción cíclica del tiempo, porque


encontró a Dios en ta historia. Israel confiesa que Dios
intervino en su historia, que este encuentro tuvo lugar un
día y que cambió por completo su existencia. Su Dios no
está inmerso en la naturaleza: es una persona viva,
soberanamente libre, que interviene donde interviene la
libertad, en los acontecimientos. La revelación vetero-
testamentaria no tiene lugar en el tiempo mítico, «en el
instante extra-temporal del comienzo», sino en la
duración histórica. Moisés recibió la ley en un lugar y
tiempo determinado: acontecimiento irreversible que no
se repetirá jamás, como ninguna de las manifestaciones
de Dios 1. La historia es, pues, el lugar de la revelación.
El judaísmo, el cristianismo y el Islam son las únicas
religiones que reivindican una revelación basada en la
historia. La esencia de la fe de Israel en Dios está en su
concepción del Dios vivo que se revela en la historia.

Esta concepción de una revelación en la historia tiene un


doble efecto. Valora ante todo la historia. Si Dios
interviene en la historia para manifestar en ella su
voluntad, los acontecimientos históricos adquieren una
dimensión nueva se convierten en portadores de las
intenciones de Dios, dan a la historia un sentido, una
dirección. Otros pueblos no pueden interpretar la historia,
porque no conocieron al Dios de la historia: no tienen
conciencia del papel que les corresponde, no saben qué
actitud tomar en los períodos de crisis. La idea de una
revelación en la historia da también a la revelación un
carácter intenso de actualización. Dios es aquel que
puede intervenir en cada instante y puede cambiar el
rumbo de los acontecimientos está cerca, está ahí,
imprevisible en sus intervenciones y en sus efectos. Hay
que esperar siempre su venida.

....................

1. No se repite ni la pascua ni la alianza: se celebran. El


cristianismo, observa Mouroux, es la religión de la
Epaphax, pero no de la repetición. La redención se
actualiza, se aplica, pero no se repite. Cf. J. MOUROUX,
El misterio del tiempo, 240.

II

LA HISTORIA DE LA REVELACIÓN

No podemos predecir las intervenciones de Dios en la


historia. Todo depende de su libre voluntad. Nada divino
puede exigir que Dios intervenga en este momento y no
en el otro, más a menudo o menos. Y nada humano
puede exigir que Dios se dirija al hombre. La revelación
es un acontecimiento libre y gratuito. Las intervenciones
de Dios en la historia salpican muchos siglos. Dios no dijo
ni hizo todo de una vez intervino en los momentos
oportunos, elegidos por él. Algunos momentos
significativos miden el tiempo del Antiguo Testamento.
«La historia de la salvación propiamente dicha no la
forman todas las partes de la línea continua del tiempo,
sino los kairoi, momentos concretos en el transcurso del
tiempo». Hay, pues, una historia de la revelación que no
coincide con la historia universal. La revelación se
constituyó paulatinamente, creció en cantidad y calidad a
medida que los siglos avanzaban y que Dios intervenía
(Heb 1,1). Las intervenciones de Dios son en la historia
universal como brotes de lo divino en el tiempo. Mas no
son puntos aislados, sin relación alguna, sino
íntimamente coherentes. Desde Abraham hasta
Jesucristo se va trazando una linea, va apareciendo
paulatinamente el plan divino, la economía de la
salvación. Y cada una de estas intervenciones no puede
comprenderse sino como parte de toda la economía. El
plan salvífico se limita al principio a Israel, adquiere luego
proporciones mayores, las de la humanidad, y, por fin,
Dios quiere que los hombres de todos los tiempos entren
a formar parte de la Iglesia.

HTSV/QUE-ES: Si Dios ha intervenido en momentos


determinados, podemos describir una historia de la
revelación, es decir una historia de las sucesivas
intervenciones de Dios. ¿Cuál es, pues, esta historia, la
historia de la salvación? Encontramos al principio de la
revelación vetero-testamentaria una serie de
acontecimientos que dieron lugar al nacimiento de Israel
como pueblo y que revelaron a Dios como el Dios de la
historia, como el Dios que obra en la historia. Tales
acontecimientos son el éxodo, la alianza, la entrada en la
tierra prometida. Acontecimientos no independientes,
sino íntimamente vinculados entre sí. El hecho primordial
es la liberación de Israel de la esclavitud de Egipto. La
liberación es obra de Yavé, porque sólo él obligó con sus
plagas al Faraón a dejar en libertad a Israel (Ex 12, 31-
32), y sólo él aniquiló el ejército egipcio en el mar Rojo
(Ex 14, 27-28). Cuando tuvo lugar el éxodo, Dios se
manifestó como el Dios todopoderoso y salvador (Ex 14,
31). La experiencia de esta primera liberación se grabó
profundamente en la conciencia de Israel; y ya desde el
principio califica a la revelación como histórica 16. Israel
se considerará por siempre el pueblo de la liberación-
realizada-por Yavé.

Dios realizó esa liberación y segregación en orden a un


designio. Las tradiciones relativas al Sinaí (Ex 19-25)
afirman que la liberación tiene por fin la alianza. La
elección, el éxodo y aun la entrega de la tierra prometida
están ordenadas a la alianza. La alianza da sentido al
éxodo y hace de las tribus salidas de Egipto una
comunidad religiosa y política. Dios se asocia un pueblo
literalmente creado por él (Ez 16,1-9), como Adán, como
la Iglesia más tarde. Israel fue salvado gratuitamente
para convertirse en el pueblo de Yavé. Dios se forma un
pueblo y le revela su nombre, es decir su ser personal,
para indicar la intimidad de esa sociedad. Dios se revela
como persona que puede invocarse y que responde a la
plegaria del hombre. La alianza inaugura así relaciones
interpersonales entre Dios y su pueblo. E implica, por
otra parte, un conjunto de obligaciones fundadas en la
liberación 1. Israel se compromete a ser fiel a las
cláusulas de la alianza, es decir a cumplir la ley de Yavé
(Ex 19,3-6; Dt 7,7-14). La fidelidad a la ley hará de
Israel un pueblo santo, consagrado a Yavé (Dt 7, 6; 26,
17-19), llamado a glorificar su nombre entre las
naciones. La entrada en la tierra prometida culmina lo
que Dios comenzó en Egipto. Es la realización de la
promesa hecha a Abraham (Gén 17, 3-8) y el primer
testimonio de la fidelidad de Dios a la alianza. Todo es
gracia en este primer encuentro de Yavé con su pueblo:
la liberación, la alianza, la entrega de la tierra prometida.

Si a estos acontecimientos que constituyen el germen de


la revelación vetero-testamentaria, añadimos el reino y el
mesianismo real, el templo y la presencia de Yavé, el
exilio y la restauración, tendremos lo esencial de los
acontecimientos que alimentarán incesantemente la
reflexión religiosa de Israel 2. Lo demás no es sino su
desarrollo orgánico, su fructificación homogénea. La
revelación profética, en concreto, no hará sino aplicar a
su tiempo las implicaciones del régimen de la alianza.
Expresando a la luz de la alianza y del Espíritu la
voluntad de Dios sobre los acontecimientos de su tiempo,
los profetas harán crecer y profundizar el conocimiento
de Dios. Evocan sin cesar ese primer encuentro de Dios y
su pueblo. En tiempos del destierro, en concreto,
Ezequiel y el Deutero-lsaías reanudan el tema del Exodo
y y de la tierra prometida. Habrá un nuevo desierto, un
nuevo pastor, un nuevo Moisés. La liberación será un
nuevo éxodo seguido de una nueva alianza.

Vemos, pues, que la revelación es concretísima. Y muy


concretas son también las profesiones de fe de Israel. Los
«credos» más antiguos del Antiguo Testamento no son
sino la narración sucinta de los hechos salvíficos de Yavé.
El tema esencial es siempre idéntico: Dios eligió a
nuestros padres y les prometió la tierra de Canaán; la
descendencia de Abraham llegó a ser un pueblo grande
que habitó en Egipto y allí fue sometido a esclavitud;
Dios con poder maravilloso lo condujo a través del
desierto y lo introdujo en la tierra prometida. Tales son
los hechos profesados en Dt 26,5-9; 6,20-24; Jos 24,2-
13. Los salmos, oración de Israel, toman a menudo forma
narrativa. Israel incorpora a su oración su propia historia
y en ella encuentra motivo de contemplación, de
confianza, de reconocimiento, de contribución (Sal 78;
105,107; 77; 114; 136; 44).

....................

1. La alianza mosaica toma su estructura literaria de la


de los tratados hititas. Existe en estos tratados un
prólogo con un doble aspecto: a) un aspecto ético: el rey
recuerda a sus súbditos los favores que les ha hecho para
suscitar en ellos el reconocimiento y el deseo de servir a
tal señor, b) un aspecto jurídico: los favores concedidos
autorizan al rey a imponer ciertas obligaciones
estipuladas en el contrato. Esta misma estructura
encontramos en la alianza de Yavé con Israel: recuento
de los beneficios de Dios (Jos 24; Dt 6, 10-19),
obligaciones de la alianza, bendiciones de Yavé. El éxodo
es el acontecimiento histórico salvifico por excelencia que
da a Yavé el derecho de exigir el servicio y que incita a
Israel a hacer alianza.

2. Citemos, entre los temas secundarios, la creación,


subordinada en sí misma a la elección y a la alianza, y la
era patriarcal, subordinada también a la alianza mosaica.

lll

LA REVELACIÓN POR LA HISTORIA

Dios obra en la historia, se revela por la historia. Pero


esta afirmación debe ser precisada. ¿En qué sentido
puede hablarse de historia en cuanto revelación?
Digamos ya desde el principio que por historia no
entendemos la simple serie de acontecimientos en su
sentido material, sino sólo aquellos acontecimientos que,
por razón de su importancia para la comunidad hebrea,
merecen conservarse. Para hablar de revelación por la
historia, es menester unir dos realidades el
acontecimiento y la palabra

Los hechos pueden ser muy diferentes. Pueden ser


verdederos milagros, como conviene a la predicación de
una religión sobrenatural. Pero puede tratarse también
de hechos que resultan de las solas causas naturales, de
hechos que dependen de la acción divina ordinaria. Un
hecho puede ser a la vez milagro y acontecimiento
providencial, íntimamente unidos: por ejemplo el éxodo.
A los acontecimientos de orden físico, hemos de añadir
los de orden político, social o moral, como son las
victorias sobre el enemigo, los crímenes y obstinaciones
de los reyes, las infidelidades colectivas, de los que Dios
puede servirse para manifestar su voluntad.

Es verdad que existe un obrar divino objetivo en la


historia (providencial o milagroso); es verdad también
que la revelación vetero-testamentaria aparece como la
experiencia de la acción de un poder soberano que dirige
la historia y la existencia individual. Sin embargos esta
acción no es plenamente inteligible como revelación si no
va acompañada de la palabra que expresa el sentido de
la acción divina. Dios realiza el hecho y manifiesta a la
par su significación; interviene en la historia y dice a la
vez el sentido de su intervención; Dios obra y comenta su
acción. Israel vivió al comienzo de su historia unos
cuantos acontecimientos liberación de la esclavitud,
caminar por el desierto, la entrada en Canaán. Mas, ¿qué
serían esos acontecimientos sin la palabra que Dios
dirigió a Moisés (Ex 3-4; 6, I), y sin la palabra de Moisés
que, en nombre de Dios, manifiesta a Israel el sentido de
esa historia y le hace ver su dimensión sobrenatural? La
salida de Egipto no sería sino una de tantas
emigraciones; no sería un hecho tan fundamental sin la
interpretación de Moisés (Ex 14, 31 ). Esta misma
interpretación se convierte en un acontecimiento que
dirige la historia subsiguiente. A través de la
interpretación de Moisés, Dios se revela a sus
contemporáneos y a las generaciones futuras., La
estructura de la revelación es sacramental: consta de
hechos, de acontecimientos iluminados por la palabra.

PROFETA/INTERPRETA: El profeta es el testigo e


intérprete cualificado de la historia, el que manifiesta su
significación sobrenatural. Encontramos en el Antiguo
Testamento dos líneas complementarias: la de los
acontecimientos y la de los profetas que los interpretan y
proclaman en nombre de Dios lo que significan. Dios se
revela por la historia, pero por la historia divinamente
interpretada por los profetas. La historia no aparece
como historia de salvación sino cuando la comenta
autoritativamente la palabra del profeta que descubre a
Israel la presencia y el contenido de la acción de Dios.
Esta acción, escondida en el acontecimiento histórico,
exige la palabra complementaria para su plena
intelección. Por la palabra del profeta toma Israel
conciencia de la acción salvífica de Dios en la historia. El
acontecimiento histórico, en cuanto revelación, debe
adquirir su sentido de la palabra del profeta (Am 3, 7; Is
42, 9) 26, Hay que distinguir, pues, por una parte, el
acontecimiento histórico (real, objetivo), y por la otra, el
acontecimiento de la palabra (real, objetivo), que
acompaña al acontecimiento histórico; notemos también
que el acontecimiento de la palabra consagra al
acontecimiento histórico como acontecimiento revelador
y lo propone a la fe como acontecimiento de salvación
atestiguado por Dios.

En su totalidad, el proceso revelador consta, pues, de los


elementos siguientes: a) acontecimiento histórico; b)
revelación interior que da al profeta la inteligencia del
acontecimiento, o al menos reflexión del profeta dirigida
e iluminada por Dios; e) palabra del profeta que presenta
el acontecimiento y su significación como objetos del
testimonio divino. La revelación crece por el
acontecimiento histórico y por el acontecimiento de la
palabra (palabra de Dios al profeta, y palabra del profeta
a! pueblo de Israel) que se complementan mutuamente.
Por ello los momentos reveladores de la historia están
sellados con la aparición de uno o varios profetas. La sola
presencia de los profetas significa ya que Dios obra en la
historia 1.

La estructura de la revelación neo-testamentaria no


difiere de la vetero-testamentaria. Cristo vino a este
mundo, realizó la obra que el Padre le había
encomendado y por ello fue exaltado a la derecha del
Padre. Los primeros «credos» del cristianismo son la
afirmación de los hechos históricos y de su significación
salvífica. Las formas primeras de este «credo» recuerdan
la resurrección y exaltación de Cristo como Señor e Hijo
de Dios (I Cor 12, 3; Rom 10, 9; Hech 8, 37). Las formas
más elaboradas narran cómo Cristo vivió, murió y
resucitó para la salvación del género humano. La
profesión litúrgica de 1 Tim 3, 16 resume en una sola
fórmula las principales etapas de la historia salvífica. El
discurso de Pedro en los Hechos recuerda los principales
acontecimientos que dieron lugar al cristianismo, y su
significación sobrenatural (Hech 2,23-36; 3,12-26;
10,3443). La primera predicación apostólica, observa J.
Schmitt, tiene por objeto una historia vivida en la luz del
Espíritu. Lo esencial del kerigma primitivo se reduce a los
puntos siguientes: Cristo inauguró la plenitud de los
tiempos anunciada por los profetas; por su muerte y
resurrección realizó la salvación, según las Escrituras; por
su resurrección fue exaltado a la derecha del Padre como
Cristo y Señor; la existencia actual de la Iglesia da
testimonio de la venida del Espíritu; todos, en
consecuencia, deben arrepentirse, y recibir el bautismo y
el Espíritu que inaugura una vida nueva. El objeto de la
predicación de los apóstoles es la historia de la salvación
realizada por la vida, muerte y resurrección de Cristo. En
él se termina y culmina la historia de la salvación.
J/CENTRO-HISTORIA: En adelante Cristo es el quicio de
la historia, de la historia sagrada, es cierto, mas también
de toda la historia, porque la venida de Dios en persona a
nuestra historia santifica aun la historia profana.

J/PLENITUD-DEL-AT: El carácter de acontecimiento de la


revelación neo-testamentaria es tan señalado que la obra
salvífica de Cristo se describe con el vocabulario del
Antiguo Testamento. Cristo es el nuevo Adán, el nuevo
Moisés, el rey según el corazón de Yavé, el sacerdote
según el orden de Melquisedec. Su obra es liberación de
la esclavitud del pecado (Col I, 13-14). Su sangre sella la
nueva alianza (sinópticos). Sus milagros renuevan las
maravíllas del éxodo (Juan). Pero mientras que en el
Antiguo Testamento la revelación aparece como difusa en
los acontecimientos de muchos siglos, en cierto modo se
contrae y condensa en la vida y acciones de Cristo. Todo
culmina en el único acontecimiento de Cristo; todo se nos
dice en la palabra de Cristo. El carácter doctrinal de la
revelación aparece menos en el Antiguo Testamento,
porque éste no conoció la palabra humana del Hijo que
enuncia en términos humanos el plan salvífico del Padre;
en el Antiguo Testamento predomina el carácter histórico.
La encarnación del Hijo precipita el ritmo de la historia:
Dios habla una sola vez y totalmente (Heb 1,1).

Tanto en el Nuevo como en el Antiguo Testamento la


revelación se nos da en forma de historia, de historia
cuya significación sólo puede ser comprendida por el
acontecimiento de la palabra. El acontecimiento de la
cruz y del éxodo se hacen plenamente reveladores por la
palabra que los interpreta y los propone a la fe. Sin este
testimonio que cae a la vez sobre el acontecimiento y
sobre su significación salvífica, no hay revelación en
sentido pleno.

....................

1. La explicación del conocimiento profético que da santo


Tomás, no dista mucho de esta manera de ver las cosas.
A juicio de santo Tomás el conocimiento profético consta
de los elementos siguientes: materia, luz, juicio. Los
hechos exteriores, los acontecimientos de la historia, o
las experiencias anteriores del profeta, pueden
proporcionar la materia del juicio. Lo esencial de la
revelación profética está a juicio de santo Tomás en la
iluminación dada al profeta por la que pronuncia un juicio
conforme a la intención divina sobre los acontecimientos
(exteriores o interiores). El almendro de Jeremías, la
invasión de Senaquerib, el sueño del Faraón no son
revelación sin el juicio o interpretación del profeta. El
acontecimiento en sí mismo no es revelación; la
percepción del acontecimiento, tampoco. RV/QUE-ES:
Revelación es la manifestación del sentido divino del
acontecimiento. Lo importante del acontecimiento es
aquello a lo que tiende en el designio de Dios; ahora
bien, esto se realiza en el juicio iluminado del profeta que
manifiesta la inteligibilidad del acontecimiento (STh 2-2,
q. 173, a. 2, c: De Verit. q. 12, a. i, ad

2). Admitamos que los grandes escolásticos no se


preocupan tanto de los matices históricos y concretos de
la revelación, de la materia que proporciona la historia.
Se interesan sobre todo de la etapa última de la
revelación más que de su preparación. Para ellos la
revelación es ante todo un fenómeno interior, de orden
cognoscitivo: es comunicación de la verdad divina por
iluminación. En virtud de la luz que recibe, juzga con
certeza y sin error los objetos presentes en su conciencia.
Esta insistencia algo unilateral en el elemento formal de
la revelación es, sin duda menos grave que la insistencia
unilateral del neo-protestantismo actual en la revelación-
acontecimiento. La totalidad de la revelación consta de
historia y de palabra, de acontecimiento y de
interpretación, de materia (hechos representaciones,
acontecimientos) y de juicio, dicen los escolásticos.

IV

IMPLICACIONES DE UNA REVELACIÓN EN Y POR LA


HISTORIA

El mero hecho de admitir que la revelación nos llega


principalmente en y por la historia, implica algunas
consecuencias que examinaremos a continuación.

1. RV/NATURALEZA RV/PROGRESO: La primera concierne


a la naturaleza y el progreso de la revelación. La
revelación no se nos da como un sistema de
proposiciones abstractas acerca de Dios, sino que va
incorporada a los acontecimientos de la historia.
Conocemos a Dios, sus atributos, su designio, pero a
través de los acontecimientos de la historia. Vemos ahora
en qué sentido se puede hablar de historia al mismo
tiempo que de doctrina. La doctrina se halla aquí en
forma de aconteclmientos signifcativos de Dios y de su
designio; no deriva de la pura especulación acerca de
Dios. La Escritura no ha fijado un sistema filosófico sino
hechos concretos con su significación religiosa,
sobrenatural. Recitar el credo es recapitular lo que Dios
ha hecho por la salvación de la humanidad. Los
acontecimientos de esa historia tienen tal dimensión, tal
plenitud de sentido que interpretarlos es enunciar la
economía de la salvación, exponer la doctrina del
cristianismo es decir lo que profesa y enseña. Sin
embargo, sería inexacto afirmar que la historia y su
interpretación agotan todo el contenido de la revelación.
Es cierto que el carácter histórico de una parte del objeto
de fe no puede ponerse en duda, pero también lo es que
ese objeto contiene amplias exposiciones cuyo matiz
histórico no es tan inmediato, por ejemplo la doctrina de
los libros poéticos y sapienciales, la enseñanza moral de
Cristo en el sermón de la montaña. La revelación del
misterio de la Trinidad se lleva a cabo más por la palabra
que por la historia. La historicización, sin embargo, es el
rasgo más característico, más dominante, de la
revelación cristiana.

También el progreso de la revelación está vinculado a la


historia. Por ejemplo los atributos de Dios en el éxodo,
Dios se revela como el Dios personal y salvador; en la
ocupación de la tierra de Canaán como el guerrero
todopoderoso; los profetas destacan los atributos
espirituales y morales de Dios (amor, justicia, santidad),
reaccionando contra el nacionalismo interior y el
racionalismo exterior. El exilio pone a Israel en relación
con las naciones: en el Deutero-lsaias, Dios se revela
como el Dios de las naciones, mientras que Israel toma
conciencia de su vocación misionera. El conocimiento de
Dios se profundiza, se purifica, pero siempre a través de
la historia. Los acontecimientos del éxodo, de la alianza,
de la conquista, del reino, constituyen una especie de
prototipo de las relaciones de Yavé con su pueblo, que es
como la llave de toda la interpretación profética ulterior.
A la luz de estos hechos, Israel reflexiona
incesantemente en su historia y percibe sin cesar sus
nuevas dimensiones. Esta reflexión, dirigida, claro está,
por el profetismo, hace crecer cuantitativa y
cualitativamente la revelación. La salvación es ante todo
la liberación de la esclavitud de Egipto, luego la de los
enemigos fronterizos; mas poco a poco los castigos que
sufre Israel le hacen pensar en otra esclavitud mucho
más profunda, la de la injusticia social, la de la infidelidad
del corazón humano. La alianza se concibe al principio
como un pacto que asegura la protección de Yavé, una
vez cumplidas las obligaciones que impone (Am 5,14; Is
28,15). Después, las múltiples infidelidades de Israel,
que contrastan con la constante fidelidad de Dios, le
hacen ver la gratuidad de la alianza, iniciativa amorosa
de Dios en favor de la humanidad; por último, en la
desdicha, la concepción de la alianza se espiritualiza y se
convierte en alianza con el corazón del hombre. La nueva
alianza anunciada por Ezequiel será una re-creación del
corazón acompañada del don del Espíritu (Ez 36, 23-28).
No será ya una alianza con un solo pueblo, sino con todas
las naciones. Hemos visto ya cómo Israel llegó a la idea
de creación partiendo de la historia. El dueño de las
fuerzas anárquicas de la naturaleza (mar Rojo, plagas de
Egipto, marcha por el desierto), el que se manifestó
como señor de los pueblos y los utilizó como
instrumentos para después castigar su orgullo, debe ser
también el creador de los pueblos y del universo. Un
dominio tan soberano sólo puede basarse en la creación.
La noción de resto es el fruto de una reflexión sobre la
historia. Israel sobrevivió a la esclavitud de Egipto, al
desierto, a las guerras de ocupación, al destierro, a la
dispersión. Israel vio en esto la acción divina que
perdona y salva una parte de la nación. Por último, cada
una de las estructuras sociales de la historia de Israel el
rey en la época regal, el siervo en la época profética, el
sacerdote en la teocracia sacerdotal, postexílica promovió
la doctrina del mesianismo. Es importante recalcar, sin
embargo, que este progreso de la revelación no se realiza
sino por la palabra que acompaña la historia y manifiesta
su significación salvífica.

2. La segunda implicación concierne al particularismo de


la revelación. Algunos espíritus se resisten a admitir que
Dios se haya revelado a un pueblo particular, a los judíos
y no a los egipcios, a los griegos y a los romanos.
Toynibée, p. e., admite la idea de revelación, pero se
resiste a la idea de una revelación hecha a un pueblo
privilegiado. La encarnación de Dios, única y definitiva,
en un pueblo le parece arbitraria, inaceptable. La
dificultad no es nueva. ·Celso caricaturizaba a los
cristianos con esta frase «Dios se ha revelado a nosotros
y nos anuncia todo. No se preocupa del resto del mundo;
somos los únicos seres del mundo con quienes entra en
comunión» (ORÍGENES, Contra Celsum 4, 23). Podemos
responder a esta dificultad diciendo que si los hechos
abogan en favor de una revelación a un pueblo y no a
otro, por fidelidad a la historia debemos admitirlos,
constatarlos. No nos toca a nosotros determinar a apriori
lo que Dios debe o no debe hacer en la economía de la
salvación. Ahora bien, la tradición de Israel nos pone
ante un hecho absolutamente único en la historia de los
pueblos ante el profetismo y ante tal profetismo. El
continuo progreso religioso de Israel durante muchos
siglos, bajo la influencia de los profetas, no tiene
comparación en los anales religiosos de la humanidad, lo
mismo que el hecho de Cristo o de la Iglesia, que se une
al hecho del profetismo.

En realidad, el escándalo del particularismo de la


revelación es inseparable de su historicización. La
revelación se nos da en y por la historia, como
acontecimiento; de ahí se colige que ese acontecimiento
está sometido a las condiciones de la historia: se realiza
aquí y no allá, ahora y no después, en un grupo étnico y
no en otro. La revelación se particulariza más aún en la la
encarnación. Esta tiene lugar no sólo en una comunidad
determinada, sino en una persona determinada que vivió
y murió en tiempo de Pilato. Pero que el acontecimiento
se realice en Israel y no en Egipto o en Grecia, es un
misterio de la gracia que no pueden explicar ni el genio
religioso de Israel ni su fidelidad a las obligaciones de la
alianza (Is 1, 4). Añadamos que la elección está
ordenada al servicio. La revelación se confía a Israel,
pero él debe llegar al mundo entero. Nos llega por
Jesucristo, pero Jesucristo se hace por su muerte y
resurrección el centro de una comunidad que rompe los
límites del espacio y del tiempo. La revelación se lleva a
cabo en Israel, pero debe extenderse a las naciones; se
concentra en Jesucristo, pero en orden a su
universalización. El evangelio debe ser predicado a toda
criatura. Esta economía de mediación de individuos y
pueblos es una constante de la acción divina que quiere
que todos sean conscientes de su comunión en la
revelación y en la salvación. Notemos, por último, que la
elección de Israel para ser mediador de la revelación, es
sobre todo una responsabilidad. Muy pocas ventajas (si
exceptuamos un breve período) trajo la elección para
Israel. No fue un gran imperio poderoso, sino un pueblo
perseguido, deportado, exilado, odiado. ISRAEL/RV-
DEPOSITARIO: La elección de Israel como depositario y
testigo de la palabra significa ante todo la obediencia a la
palabra, privilegio poco anhelado por una humanidad
terrena y carnal. Israel se mostró en conjunto infiel a la
palabra. La esposa de Yavé ha adulterado. Y el amor de
Yavé, que brilló en la elección de Israel, brilló también en
la misericordia para con su esposa infiel. La elección no
es un escándalo, sino un misterio de gracia.

3. La tercera implicación concierne a la validez de una


revelación dada en el tiempo. Cómo puede valer para
todos los hombres y para todos los tiempos una
revelación que se nos da por las vías de la historia?
¿Cómo puede escapar al relativismo de la historia' Aun
afirmando que viene de Dios, hemos de admitir que se
recibe en categorías de una época y mentalidad
determinadas; ¿cómo puede entrar consiguientemente en
la historia, si no está mutilada, deformada, expuesta a
todas las vicisitudes de la historia? Tal parece ser la
condición necesaria de una revelación histórica 1.

La dificultad es seria. Sería prácticamente imposible darle


una respuesta, si se tratase de una doctrina humana.
Pero no se trata, en hipótesis, de una doctrina humana,
sino divina. Es verdad, sin embargo, que una doctrina,
aunque sea divina, si llega a nosotros por y en la historia,
queda afectada por las condiciones de la historia. Mas la
revelación nace precisamente en unas condiciones tales
que parece que Dios previó y resolvió tales dificultades.

Mucho tiempo antes, Dios preparó el espíritu humano por


la elección de un pueblo que sería el depositario de la
revelación; por la larga, paciente y progresiva
preparación del mismo; por la intervención continua de
los profetas y por la elaboración y purificación de los
conceptos que expresarían después el mensaje divino.
Piénsese en las nociones de reino, de mesías, de alianza,
de salvación, de justicia, de pecado, de ley, etc. Las
categorías de la revelación se prepararon con siglos de
antelación. Y sobre todo la plenitud de la revelación no se
nos da por el medio relativamente ordinario, por un
profeta, sino por la mediación extraordinaria del Verbo
encarnado. Cristo es el Hombre-Dios perfectamente
connaturalizado con el lenguaje humano y con el
pensamiento divino. Como creador, domina al hombre,
conoce su psicología y sus recursos, domina la historia y
conoce su rumbo. Hombre-Dios, elige esas analogías que
tienen valor de semejanzas con el misterio divino.

Es más. No deja su doctrina al azar de la historia y de la


interpretación individual. Protege primero su transmisión
con el carisma de la inspiración, la confía después a la
Iglesia dotada del carisma de la infalibilidad para
conservar, defender, proponer e interpretar
auténticamente la revelación. La Iglesia, esposa de
Cristo, posee su palabra como un depósito, que medita y
asimila sin cesar a la luz del Espíritu. Admitimos que, sin
ese magisterio y sin esa asistencia especial del Espíritu,
sería imposible imaginar una doctrina, aun divina, que
escapase a las fluctuaciones de la historia. La función de
la Iglesia consiste en discernir en la revelación concreta
la materia propiamente revelada, de los elementos
relativos que son el vehículo de toda expresión histórica.
La doctrina se expresa a través de los conceptos de una
época; es, pues, menester distinguir la verdad del modo
de presentarla, por ejemplo la creación propuesta
mediante la concepción cosmogónica del autor sagrado.
Es necesario también tener en cuenta los géneros
literarios, por ejemplo la doctrina del juicio nos llega
envuelta en descripciones de género apocalíptico. Una
expresión oratoria de los profetas no puede tratarse igual
que una expresión estrictamente didáctica. La Iglesia
debe explicar, interpretar la doctrina revelada según su
significación auténtica, y aplicarla a todas las
generaciones, de suerte que sea siempre idéntica y
siempre actual.

Es verdad que tal estado de cosas es único. ¿Pero no son


únicos en la historia el cristianismo y Cristo? Es claro que
una revelación, dada en y por la historia, no puede
escapar a las vicisitudes del devenir histórico, pero
también se han de considerar las condiciones
particularísimas de esa revelación su preparación
(elección), su progreso (profetismo), su comunicación
definitiva (Cristo, Verbo encarnado), su transmisión
(inspiración) y su conservación (Iglesia, carisma de
infalibilidad). Lo especïfico de la revelación cristiana nos
impide confundirla con las doctrinas humanas.
....................

1. R. AUBERT formula así esa objeción contemporánea:


«En la idea de verdad revelada, inmutable, definida una
vez para siempre, se ve un peligro para lo que constituye
la grandeza y la fuerza del cristianismo contemporáneo,
es decir para el sentido casi trágico de la complejidad de
la verdad, de la imperfección del pensamiento humano,
de la necesidad de re-crear constantemente el mundo de
los valores, para adaptarlo a las nuevas posibilidades que
surgen según el cambio de situación y del mundo. El
cristiano aparece como un reaccionario y un conservador
por vocación. Es más. Porque nosotros, cristianos,
queremos ser los únicos poseedores de la verdad y
porque el error no tiene derechos, se nos acusa de
intolerancia y de predilección por la dictadura. La fe en
Dios aniquila en nosotros el sentido de la historicidad y
conduce a la fijación del pensamiento y a la muerte de la
conciencias.

CONCLUSIÓN
Señalemos brevemente en qué sentidos puede hablarse
de una revelación histórica. 1. La revelación no tiene
lugar fuera del tiempo, ni en el tiempo mítico, en el
instante extra-temporal del comienzo: es un
acontecimiento localizado en el tiempo. Por la revelación
Dios entra en la historia humana y puede determinarse el
momento de su entrada. La acción reveladora hace
historia.

2. La revelación no es como un punto único en el


transcurso del tiempo, sino como una sucesión de
intervenciones discontinuas. Es un acontecimiento
progresivo existe una historia de ta revetación, es decir
de las intervenciones divinas que hacen crecer cualitativa
y cuantitativamente la revelación hasta la muerte del
último apóstol. En esta historia hay un culmen, la venida
de Dios a nosotros en la persona de Cristo. Este culmen
es un acontecimiento que no puede comprenderse sino a
la luz de su preparación a través de los siglos. Durante
muchos siglos Dios se acerca al hombre y acerca el
hombre hacia sí. La historia de la revelación es una
economía, una disposición, un designio de la sabiduría
divina. Se dirige a un fin es una teleología.

3. La revelación se lleva a cabo por la historia, pero no


por la historia sola, sino con la interpretación de la
palabra. Es como un conjunto de acontecimientos
significativos de Dios y de su designio salvífico. De esto
se colige que la revelación es a la par historia y doctrina.
Es doctrina acerca de Dios, pero doctrina elaborada a
partir de las acciones de Dios en la historia. Es éste un
tipo de conocimiento esencialmente concreto. En
definitiva, la revelación en el Antiguo y en el Nuevo
Testamento nos llega en y por la historia, porque la
palabra de Dios es esencialmente una palabra eficaz,
siempre activa. Obra lo que dice; realiza lo que promete.
Dios revela a la humanidad su designio salvífico y lo
realiza al mismo tiempo. Al orden noético acompaña un
orden de acción y de vida. La palabra viene siempre en el
poder del espíritu.
RENE LATOURELLE
TEOLOGÍA DE LA REVELACIÓN
Sígueme.Salamanca-1967, págs. 433-450

Autor: Giuseppe Tanzella-Nitti | Fuente: http://www.opusdei.es


Tema 2. La Revelación
Dios se ha revelado como Ser personal, a través de una historia de salvación, creando y educando a un pueblo
para que fuese custodio de su Palabra y para preparar en él la Encarnación de Jesucristo.

Dios se ha revelado como Ser personal, a través de una


historia de salvación, creando y educando a un pueblo para
que fuese custodio de su Palabra y para preparar en él la
Encarnación de Jesucristo.

1. Dios se revela a los hombres


«Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a Sí mismo y dar a
conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los
hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen
acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de
Tema 2. La Revelación la naturaleza divina. En consecuencia, por esta revelación,
Dios invisible habla a los hombres como amigos, movido por
su gran amor y mora con ellos, para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su
compañía»[1] (cfr. Catecismo, 51).

La revelación de Dios tiene como su primer paso la creación, donde Él ofrece un perenne
testimonio de sí mismo[2] (cfr. Catecismo, 288). A través de las criaturas Dios se ha
manifestado y se manifiesta a los hombres de todos los tiempos, haciéndoles conocer su
bondad y sus perfecciones. Entre estas, el ser humano, imagen y semejanza de Dios, es la
criatura que en mayor grado revela a Dios. Sin embargo, Dios ha querido revelarse como Ser
personal, a través de una historia de salvación, creando y educando a un pueblo para que
fuese custodio de su Palabra dirigida a los hombres y para preparar en él la Encarnación de
su Verbo, Jesucristo[3] (cfr. Catecismo, 54-64). En Él, Dios revela el misterio de su vida
trinitaria: el proyecto del Padre de recapitular en su Hijo todas las cosas y de elegir y
adoptar a todos los hombres como hijos en Su Hijo (cfr. Ef 1,3-10; Col 1,13-20), reuniéndolos
para participar de Su eterna vida divina por medio del Espíritu Santo. Dios se revela y
cumple su plan de salvación mediante las misiones del Hijo y del Espíritu Santo en la
historia[4].

Son contenido de la Revelación tanto las verdades naturales, que el ser humano podría
conocer también mediante la sola razón, como las verdades que exceden la razón humana y
que pueden ser conocidas solamente por la libre y gratuita bondad con que Dios se revela.
Objeto principal de la Revelación divina no son verdades abstractas sobre el mundo y el
hombre: su núcleo substancial es el ofrecimiento por parte de Dios del misterio de su vida
personal y la invitación a tomar parte en ella.

La Revelación divina se realiza con palabras y obras; es de modo inseparable misterio y


evento; manifiesta al mismo tiempo una dimensión objetiva (palabra que revela verdad y
enseñanzas) y subjetiva (palabra personal que ofrece testimonio de sí e invita al diálogo).
Esta Revelación, por tanto, se comprende y se transmite como verdad y como vida[5] (cfr.
Catecismo, 52-53).

Además de las obras y los signos externos con los que se revela, Dios concede el impulso
interior de su gracia para que los hombres puedan adherirse con el corazón a las verdades
reveladas (cfr. Mt 16,17; Jn 6,44). Esta íntima revelación de Dios en los corazones de los
fieles no debe confundirse con las llamadas “revelaciones privadas”, las cuales, aunque son
acogidas por la tradición de santidad de la Iglesia, no transmiten ningún contenido nuevo y
original sino que recuerdan a los hombres la única Revelación de Dios realizada en
Jesucristo, y exhortan a ponerla en práctica (cfr. Catecismo, 67).
2. La Sagrada Escritura, testimonio de la Revelación
El pueblo de Israel, bajo inspiración y mandato de Dios, a lo largo de los siglos ha puesto por
escrito el testimonio de la Revelación de Dios en su historia, relacionándola directamente
con la revelación del único y verdadero Dios hecha a nuestros Padres. A través de la Sagrada
Escritura, las palabras de Dios se manifiestan con palabras humanas, hasta asumir, en el
Verbo Encarnado, la misma naturaleza humana. Además de las Escrituras de Israel, acogidas
por la Iglesia, y conocidas como Antiguo o Primer Testamento, los apóstoles y los primeros
discípulos pusieron también ellos por escrito el testimonio de la Revelación de Dios tal y
como se ha realizado plenamente en Su Verbo, de cuyo pasar terreno fueron testigos, de
modo particular del misterio pascual de su muerte y resurrección, dando así origen a los
libros del Nuevo Testamento.

La verdad de que el Dios, del cual las Escrituras de Israel dan testimonio, es el único y
verdadero Dios, creador del cielo y de la tierra, se pone en evidencia, en particular, en los
“libros sapienciales”. Su contenido supera los confines del pueblo de Israel para suscitar el
interés por la experiencia común del género humano ante los grandes temas de la existencia,
desde el sentido del cosmos hasta el sentido de la vida del hombre (Sabiduría); desde los
interrogantes sobre la muerte y lo que viene tras ella hasta el significado de la actividad
humana sobre la tierra (Qoelet); desde las relaciones familiares y sociales hasta la virtud que
debe regularlas para vivir según los planes de Dios creador y alcanzar así la plenitud de la
propia humanidad (Proverbios, Sirácide, etc.).

Dios es el autor de la Sagrada Escritura, que los autores sagrados (hagiógrafos), también ellos
autores del texto, han redactado con la inspiración del Espíritu Santo. Para su composición,
Él «eligió a hombres, que utilizó usando de sus propias facultades y medios, de forma que
obrando Él en ellos y por ellos, escribieron, como verdaderos autores, todo y sólo lo que Él
quería»[6] (cfr. Catecismo, 106). Todo lo que los escritores sagrados afirman puede
considerarse afirmado por el Espíritu Santo: «hay que confesar que los libros de la Escritura
enseñan firmemente, con fidelidad y sin error, la verdad que Dios quiso consignar en las
sagradas letras»[7].

Para comprender correctamente la Sagrada Escritura hay que tener presente los sentidos de
la Escritura —literal y espiritual; este último reconocible también en alegórico, moral y
anagógico— y los diversos géneros literarios en los que han sido redactados los diferentes
libros o partes de los mismos (cfr. Catecismo, 110, 115-117). En particular, la Sagrada
Escritura debe ser leída en la Iglesia, o sea, a la luz de su tradición viva y de la analogía de
la fe (cfr. Catecismo, 111-114): la Escritura debe ser leída y comprendida en el mismo
Espíritu en el cual ha sido escrita.

Los diversos estudiosos que se esfuerzan para interpretar y profundizar el contenido de la


Escritura proponen sus resultados a partir de su personal autoridad científica. Al Magisterio
de la Iglesia le corresponde la función de formular una interpretación auténtica, vinculante
para los fieles, basada sobre la autoridad del Espíritu que asiste al ministerio docente del
Romano Pontífice y de los Obispos en comunión con él. Gracias a esta asistencia divina, la
Iglesia, ya desde los primeros siglos, reconoció qué libros contenían el testimonio de la
Revelación, en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, formulando así el “canon” de la
Sagrada Escritura (cfr. Catecismo, 120-127).

Una recta interpretación de la Sagrada Escritura, reconociendo los diferentes sentidos y


géneros literarios presentes en ella, es necesaria cuando los autores sagrados describen
aspectos del mundo que pertenecen también al ámbito de las ciencias naturales: la
formación de los elementos del cosmos, la aparición de las diversas formas de vida sobre la
tierra, el origen del género humano, los fenómenos naturales en general. Debe evitarse el
error del fundamentalismo, que no se separa del sentido literal y del género histórico,
cuando sería lícito hacerlo. También debe evitarse el error de quien considera las
narraciones bíblicas como formas puramente mitológicas, sin ningún contenido de verdad
que transmitir sobre la historia de los acontecimientos y su radical dependencia de la
voluntad de Dios[8].
3. La Revelación como historia de la salvación culminada en Cristo
Como diálogo entre Dios y los hombres, a través del cual Él les invita a participar de Su vida
personal, la Revelación se manifiesta desde el inicio con un carácter de “alianza” que da
origen a una “historia de la salvación”. «Queriendo abrir el camino de la salvación
sobrenatural, se manifestó, además, personalmente a nuestros primeros padres ya desde el
principio. Después de su caída alentó en ellos la esperanza de la salvación, con la promesa
de la redención, y tuvo incesante cuidado del género humano, para dar la vida eterna a
todos los que buscan la salvación con la perseverancia en las buenas obras. En su tiempo
llamó a Abraham para hacerlo padre de un gran pueblo, al que luego instruyó por los
Patriarcas, por Moisés y por los Profetas para que lo reconocieran Dios único, vivo y
verdadero, Padre providente y justo juez, y para que esperaran al Salvador prometido, y de
esta forma, a través de los siglos, fue preparando el camino del Evangelio»[9].

Iniciada ya con la creación de nuestros primeros padres y la elevación a la vida de la gracia,


que les permitía participar de la intimidad divina, y luego prefigurada en el pacto cósmico
con Noé, la alianza de Dios con el hombre se revela de modo explícito con Abraham y
después, de manera particular, con Moisés, al cual Dios entrega las Tablas de la Alianza.
Tanto la numerosa descendencia prometida a Abraham, en la cual serían bendecidas todas
has naciones de la tierra, como la ley entregada a Moisés, con los sacrificios y el sacerdocio
que acompañan al culto divino, son preparaciones y figura de la nueva y eterna alianza
sellada en Jesucristo, Hijo de Dios, realizada y revelada en su Encarnación y en su sacrificio
pascual. La alianza en Cristo redime del pecado de los primeros padres, que rompieron con
su desobediencia el primer ofrecimiento de alianza por parte de Dios creador.

La historia de la salvación se manifiesta como una grandiosa pedagogía divina que apunta
hacia Cristo. Los profetas, cuya función era recordar la alianza y sus exigencias morales,
hablan especialmente de Él, el Mesías prometido. Ellos anuncian la economía de una nueva
alianza, espiritual y eterna, escrita en los corazones; será Cristo el que la revelará con las
Bienaventuranzas y las enseñanzas del evangelio, promulgando el mandamiento de la
caridad, realización y cumplimiento de toda la Ley.

Jesucristo es simultáneamente mediador y plenitud de la Revelación; Él es el Revelador, la


Revelación y el contenido de la misma, en cuanto Verbo de Dios hecho carne: «Dios, que
había ya hablado en los tiempos antiguos muchas veces y de diversos modos a nuestros
padres por medio de los profetas, últimamente, en nuestros días, nos ha hablado por medio
de su Hijo, que ha sido constituido heredero de todas las cosas y por medio del cual ha sido
hecho también el mundo» (Hb 1,1-2). Dios, en Su Verbo, ha dicho todo y de modo
concluyente: «La economía cristiana, por tanto, como alianza nueva y definitiva, nunca
cesará, y no hay que esperar ya ninguna revelación pública antes de la gloriosa
manifestación de nuestro Señor Jesucristo»[10] (cfr. Catecismo, 65-66). De modo particular,
la realización y plenitud de la Revelación divina se manifiestan en el misterio pascual de
Jesucristo, es decir, en su pasión, muerte y resurrección, como Palabra definitiva en la cual
Dios ha manifestado la totalidad de su amor de condescendencia y ha renovado el mundo.
Solamente en Jesucristo, Dios revela el hombre a sí mismo, y le hace comprender cuál es su
dignidad y altísima vocación[11].

La fe, en cuanto virtud es la respuesta del hombre a la revelación divina, una adhesión
personal a Dios en Cristo, motivada por sus palabras y por las obras que Él realiza. La
credibilidad de la revelación se apoya sobre todo en la credibilidad de la persona de
Jesucristo, en toda su vida. Su posición de mediador, plenitud y fundamento de la
credibilidad de la Revelación, diferencian la persona de Jesucristo de cualquier otro
fundador de una religión, que no solicita de sus seguidores que tengan fe en él, ni pretende
ser la plenitud y realización de lo que Dios quiere revelar, sino solamente se propone como
mediador para hacer que los hombres conozcan tal revelación.

4. La transmisión de la Revelación divina


La Revelación divina está contenida en las Sagradas Escrituras y en la Tradición, que
constituyen un único depósito donde se custodia la palabra de Dios[12]. Éstas son
interdependientes entre sí: la Tradición transmite e interpreta la Escritura, y ésta, a su vez,
verifica y convalida cuanto se vive en la Tradición[13] (cfr. Catecismo, 80-82).

La Tradición, fundada sobre la predicación apostólica, testimonia y transmite de modo vivo y


dinámico cuanto la Escritura ha recogido a través de un texto fijado. «Esta Tradición, que
deriva de los Apóstoles, progresa en la Iglesia con la asistencia del Espíritu Santo: puesto que
va creciendo en la comprensión de las cosas y de las palabras transmitidas, ya por la
contemplación y el estudio de los creyentes, que las meditan en su corazón y, ya por la
percepción íntima que experimentan de las cosas espirituales, ya por el anuncio de aquellos
que con la sucesión del episcopado recibieron el carisma cierto de la verdad»[14].

Las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia, las de los Padres de la Iglesia, la oración de la
Liturgia, el sentir común de los fieles que viven en gracia de Dios, y también realidades
cotidianas como la educación en la fe transmitida por parte de los padres a sus hijos o el
apostolado cristiano, contribuyen a la transmisión de la Revelación divina. De hecho, lo que
fue recibido por los apóstoles y transmitido a sus sucesores, los Obispos, comprende «todo lo
necesario para que el Pueblo de Dios viva santamente y aumente su fe, y de esta forma la
Iglesia, en su doctrina, en su vida y en su culto perpetúa y transmite a todas las
generaciones todo lo que ella es, todo lo que cree»[15]. La gran Tradición apostólica debe
distinguirse de las diversas tradiciones, teológicas, litúrgicas, disciplinares, etc. cuyo valor
puede ser limitado e incluso provisional (cfr. Catecismo, 83).

La realidad conjunta de la Revelación divina como verdad y como vida implica que el objeto
de la transmisión no sea solamente una enseñanza, sino también un estilo de vida: doctrina y
ejemplo son inseparables. Lo que se transmite es, efectivamente, una experiencia viva, la
del encuentro con Cristo resucitado y lo que este evento ha significado y sigue significando
para la vida de cada uno. Por este motivo, al hablar de la transmisión de la Revelación, la
Iglesia habla de fides et mores, fe y costumbres, doctrina y conducta.

5. El Magisterio de la Iglesia, custodio e intérprete autorizado de la Revelación


«El oficio de interpretar auténticamente la Palabra de Dios escrita o transmitida ha sido
confiado exclusivamente al Magisterio vivo de la Iglesia, cuya autoridad se ejercita en
nombre de Jesucristo»[16], es decir, a los obispos en comunión con el sucesor de Pedro, el
obispo de Roma. Este oficio del Magisterio de la Iglesia es un servicio a la palabra divina y
tiene como fin la salvación de las almas. Por tanto «este Magisterio, evidentemente, no está
sobre la palabra de Dios, sino que la sirve, enseñando solamente lo que le ha sido confiado,
por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo la oye con piedad, la guarda con
exactitud y la expone con fidelidad, y de este único depósito de la fe saca todo lo que
propone como verdad revelada por Dios que se ha de creer»[17]. Las enseñanzas del
Magisterio de la Iglesia representan el lugar más importante donde está contenida la
Tradición apostólica: el Magisterio es, respecto a esta tradición, como su dimensión
sacramental.

La Sagrada Escritura, la Sagrada Tradición y el Magisterio de la Iglesia constituyen, por


tanto, una cierta unidad, de modo que ninguna de estas realidades puede subsistir sin las
otras[18]. El fundamento de esta unidad es el Espíritu Santo, Autor de la Escritura,
protagonista de la Tradición viva de la Iglesia, guía del Magisterio, al que asiste con sus
carismas. En su origen, las iglesias de la Reforma protestante quisieron seguir la sola
Scriptura, dejando su interpretación a los fieles individualmente: tal posición ha dado lugar
a la gran dispersión de las confesiones protestantes y se ha revelado poco sostenible, ya que
todo texto tiene necesidad de un contexto, concretamente una Tradición, en cuyo seno ha
nacido, se lea e interprete. También el fundamentalismo separa la Escritura de la Tradición
y del Magisterio, buscando erróneamente mantener la unidad de interpretación anclándose
de modo exclusivo en el sentido literal (cfr. Catecismo, 108).

Al enseñar el contenido del depósito revelado, la Iglesia es sujeto de una infalibilidad in


docendo, fundada sobre las promesas de Jesucristo acerca de su indefectibilidad; es decir,
que se realizará sin fallar la misión de salvación a ella confiada (cfr. Mt 16,18; Mt 28,18-20;
Jn 14,17.26). Este magisterio infalible se ejercita: a) cuando los Obispos se reúnen en
Concilio ecuménico en unión con el sucesor de Pedro, cabeza del colegio apostólico; b)
cuando el Romano Pontífice promulga alguna verdad ex cathedra, o empleando un tenor en
las expresiones y un género de documento que hacen referencia explícita a su mandato
petrino universal, promulga una específica enseñanza que considera necesaria para el bien
del pueblo de Dios; c) cuando los Obispos de la Iglesia, en unión con el sucesor de Pedro, son
unánimes al profesar la misma doctrina o enseñanza, aunque no se encuentren reunidos en
el mismo lugar. Si bien la predicación de un Obispo que propone aisladamente una específica
enseñanza no goza del carisma de infalibilidad, los fieles están igualmente obligados a una
respetuosa obediencia, así como deben observar las enseñanzas provenientes del Colegio
episcopal o del Romano Pontífice, aunque no sean formulados de modo definitivo e
irreformable[19].

6. La inmutabilidad del depósito de la Revelación


La enseñanza dogmática de la Iglesia (dogma quiere decir doctrina, enseñanza) está
presente desde los primeros siglos. Los principales contenidos de la predicación apostólica
fueron puestos por escrito, dando origen a las profesiones de fe exigidas a todos aquellos
que recibían el bautismo, contribuyendo así a definir la identidad de la fe cristiana. Los
dogmas crecen en número con el desarrollo histórico de la Iglesia: no porque cambie o
aumente la doctrina, aquello en lo que hay que creer, sino porque hay frecuentemente la
necesidad de dilucidar algún error o de ayudar a la fe del pueblo de Dios con oportunas
profundizaciones definiendo aspectos de modo claro y preciso. Cuando el Magisterio de la
Iglesia propone un nuevo dogma no está creando nada nuevo, sino solamente explicitando
cuanto ya está contenido en el depósito revelado. «El Magisterio de la Iglesia ejerce
plenamente la autoridad que tiene de Cristo cuando define dogmas, es decir, cuando
propone, de una forma que obliga al pueblo cristiano a una adhesión irrevocable de fe,
verdades contenidas en la Revelación divina o también cuando propone de manera definitiva
verdades que tienen con ellas un vínculo necesario» (Catecismo, 88).

La enseñanza dogmática de la Iglesia, como por ejemplo los artículos del Credo, es
inmutable, puesto que manifiesta el contenido de una Revelación recibida de Dios y no
hecha por los hombres. Los dogmas, sin embargo, admitieron y admiten un desarrollo
homogéneo, ya sea porque el conocimiento de la fe se va profundizando con el tiempo, ya
sea porque en culturas y épocas diversas surgen problemas nuevos, a los cuales el Magisterio
de la Iglesia debe aportar respuestas que estén de acuerdo con la palabra de Dios,
explicitando cuanto está implícitamente contenido en ella[20].

Fidelidad y progreso, verdad e historia, no son realidades en conflicto en relación a la


Revelación[21]: Jesucristo, siendo la Verdad increada es también el centro y cumplimiento
de la historia; el Espíritu Santo, Autor del depósito de la revelación es garante de su
fidelidad, y también Aquel que hace profundizar en su sentido a lo largo de la historia,
conduciendo «a la verdad completa» (cfr. Jn 16,13). «Aunque la Revelación está establecida,
no está completamente explicitada. Toca a la fe cristiana captar gradualmente todo su
alcance a lo largo de los siglos» (cfr. Catecismo, 66).

Los factores de desarrollo del dogma son los mismos que hacen progresar la Tradición viva de
la Iglesia: la predicación de los Obispos, el estudio de los fieles, la oración y meditación de
la palabra de Dios, la experiencia de las cosas espirituales, el ejemplo de los santos.
Frecuentemente el Magisterio recoge y enseña de modo autorizado cosas que
precedentemente han sido estudiadas por los teólogos, creídas por los fieles, predicadas y
vividas por los santos.

Los 7 Sacramentos de la Iglesia Católica: Importancia y


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07-25-2006 09:26 AM - editado 07-25-2006 09:26 AM

¿Qué son los sacramentos?


Los sacramentos son signos sensibles y eficaces de la gracia, instituidos por nuestro Señor Jesucristo
para santificarnos.

Son sensibles: Se pueden tocar, ver, etc.


Son eficaces: Hacen lo que dicen. Es decir confieren verdaderamente la gracia.

¿Qué es la gracia?
Es un don sobrenatural y gratuito que Dios infunde en nuestras almas, por los méritos de Jesucristo
para conseguir la vida eterna. La gracia puede ser actual, santificante o sacramental.

La gracia actual: Es un auxilio y disposición con que Dios nos prepara para recibir la gracia santificante.
La gracia santificante: Es un don sobrenatural que nos hace justos, hijos adoptivos de Dios y herederos
de la gloria. Se recibe a través de los sacramentos. Es estar en amistad con Dios y también tenerlo por
Padre. Para tener esta gracia no hay que tener pecado mortal u original.
El pecado original se quita con el Bautismo y el mortal con la Confesión.
La gracia sacramental: Es la que otorgan los sacramentos. Cada sacramento otorga una gracia especial
diferente.

Los sacramentos tienen relación con la vida. Cada uno tiene materia, forma y ministro.
Materia: Es la cosa sensible que se emplea para el sacramento.
Forma: Las palabras que se profieren para hacer el sacramento.
Ministro: Es la persona que hace o confiere el sacramento.

Los sacramentos son 7 :

Bautismo
Es el primer sacramento con el cual nos iniciamos a la vida Católica.
Su significado es sumergir, simboliza la muerte de Cristo y su resurrección. Muere el "hombre viejo" y
nace el "hombre nuevo". Dios nos une a Jesús con su gracia (Nos hace sus hijos), nos libra del pecado
original y nos hace miembros de su Iglesia. Se recibe una sola vez e imprime carácter. Este carácter es
como una marca que nos hace hijos de Dios.
Necesidad del Bautismo: La iglesia no conoce otro medio que el bautismo para aseguran la vida eterna
(Quien no se bautiza se condena).
Para que un sacramento sea valido debe tener materia y forma:
Materia: Es el agua. Debe ser bendita y se rocía sobre la persona.
Forma: Son las palabras: yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Ministros: El obispo, sacerdote y/o diáconos.

Bautismos especiales:
De necesidad: Cualquier cristiano que tenga uso de razón y los elementos necesarios (aunque el agua
puede no ser bendita).
De sangre: Por martirio.
De deseo: Es un acto de amor a Dios con un deseo grande y firme voluntad de hacer cuanto Él a
dispuesto para salvarnos.
Tanto en el bautismo de necesidad como el de deseo son provisorios y deben hacerse sacramentales en
cuanto se pueda.

Gracia del bautismo:


Nos perdona el pecado original y todos los pecados hasta ese momento y también las penas que
tienen los pecados. Borra el pecado original pero no la concupiscencia, es decir la inclinación al pecado.
Esta se nos deja para el combate y no puede "dañar" al que no la consciente, para lo cual se necesita la
ayuda de la gracia. (2° Tim 2,5) "El que legítimamente lucharé será coronado".

Confirmación
Este sacramento también imprime carácter. Este carácter es ser soldados de Cristo.
Definición del sacramento: Es el sacramento por el cual recibimos el Espíritu santo, se imprime en nuestra
alma el carácter de soldado de Cristo; y nos hacemos perfectos cristianos.
Ser soldados de Cristo significa defenderlo y difundirlo. Hay tres campos de batalla:
1- El mundo "mundano", es decir el que vive en pecado alejado de Dios.
2- Uno mismo.
3- El demonio.
Nos hacemos perfectos cristianos porque nos confirma en la Fe y se perfeccionan los dones que hemos
recibido en el Bautismo, por esto se llama confirmación.

Materia: El Santo Crisma. Esta compuesto por dos sustancias: El aceite (Sustancia que penetra todo y
significa la penetración del Espíritu santo en nuestra alma) y el Bálsamo (Un perfume muy aromático que
significa el buen olor de las virtudes).
Forma:recibe por esta señal el don del Espíritu Santo. Se hace la señal en la frente para llevarlo bien
visible y no tener vergüenza.
Ministros: El obispo

Mensaje editado por i.perez

"El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del
amor es el servicio. El fruto del servicio es la paz."

Madre Teresa de Calcuta

"Por muy altas que sean las olas, el Señor es más alto. ¡ Espera!... la calma volverá." San Pío de
Pietrelcina

"¿Racionalizar la fe?. Quise hacerme dueño y no esclavo de ella, y así llegué a la esclavitud en vez de
legar a la libertad en Cristo." Miguel de Unamuno

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Re: Los 7 Sacramentos de la Iglesia Católica


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Publicado: 07-25-2006 09:28 AM

Confesión
Es el sacramento instituido para perdonar los pecados cometidos después del Bautismo o desde la última
confesión bien hecha. Este sacramento es instituido por Cristo: (SJ 20, 19-23) "... a quienes perdonareis
los pecados , les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos".

Materia: Son los pecados.


Forma: Yo te absuelvo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Ministros: Sacerdote

La absolución es en nombre de Cristo, él es quien nos perdona.


Efectos:
- Perdona los pecados
- Cambia la pena, se le perdona la pena del infierno por una temporal si es pecado mortal; si es venial la
pena es temporal.
- Nos devuelve la gracia y adquirimos fuerzas para no volver a caer en esos pecados.

Para hacer una buena confesión:


1- Hacer el examen de conciencia: Ponerce en recogimiento y pedir ayuda a Dios para recordar nuestros
pecados y tener verdadero arrepentimiento.
2- Dolor de los pecados: Desear no haberlo cometido. Hay 2 formas:
Contrición: Dolor perfecto de los pecados, es decir por amor a Dios.
Atrición: Dolor imperfecto de los pecados, es decir por temor al castigo.
Sirven los dos pero la contrición es mucho mejor.
3- propósito firme de enmienda: Hay que huir de la ocasión de pecado, hacer lo posible por no volver a
pecar.
4- Confesión de los pecados: Se deben decir todos los pecados al confesor. Si son mortales el numero
(cantidad de veces cometido), hay que tratar de ser precisos y exactos.
5- Cumplir la penitencia impuesta por el sacerdote: Puede ser una oración o hacer una buena obra.

Eucaristía
Este sacramento contiene verdadera, real y substancialmente el cuerpo, sangre, alma y divinidad de
nuestro Señor Jesucristo. Es fuente y cima de toda la cristiandad; contiene todo el bien espiritual de la
Iglesia, es decir al propio Cristo (Nuestra pascua = Paso, para ir al cielo).

Materia: Pan de trigo y vino de uva.


Forma: Palabras de la consagración (Este es mi cuerpo...)
Ministro: El sacerdote.

Solamente se puede consagrar en la Misa.


Antes de la consagración es pan después de la consagración la hostia es el verdadero cuerpo de Cristo
en apariencia de pan y el Cáliz (Vino con agua) en verdadera sangre de Cristo. Esto se llama
transubstanciación.
El cuerpo y la sangre están separados porque simbolizan:
1- Que en la pasión la sangre se separó del cuerpo de Cristo.
2- Porque representa el alimento del alma, es decir comida y bebida.

Disposiciones para recibir la Eucaristía


1- Hay que estar en gracia de Dios; si se tiene pecado mortal es un sacrilegio recibirla.
2- Saber lo que se recibe.
3- Tener como mínimo una hora de ayuno.

Fines de Jesucristo al establecer la Eucaristía


1- Permanecer en medio de nosotros.
2- Ser el alimento espiritual de nuestra alma.
3- Dar a su Iglesia un sacrificio visible y digno de la majestad infinita de Dios.

Unción de los enfermos


Es el sacramento instituido por Cristo para alivio espiritual y aún temporal de los enfermos en peligro de
muerte.
La Forma y la Materia no están estrictamente definidas pero el Ministro es el sacerdote.
Efectos del sacramento
1- Aumenta la gracia santificante.
2- Borra los pecados veniales y aún los mortales que el enfermo arrepentido no hubiera podido confesar,
esto es en el caso que el enfermo este inconsciente.
3- Da fuerza para sufrir con paciencia la enfermedad, resistir las tentaciones y morir santamente.
4- Ayuda a recobrar la salud del cuerpo si conviene a la del alma.

"El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del
amor es el servicio. El fruto del servicio es la paz."

Madre Teresa de Calcuta

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Re: Los 7 Sacramentos de la Iglesia Católica: Importancia y


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Publicado: 07-25-2006 09:30 AM

Matrimonio
Es un sacramento que da a los esposos la gracia para amarce santamente y educar a sus hijos
cristianamente estableciendo entre ellos una santa e indisoluble unión.
Condiciones: Debe estarce en gracia.

Materia: Los anillos que simbolizan la unión.


Forma: Las palabras del ministro.
Ministro: El sacerdote.

Los hijos son un don de Dios, toda forma de obtenerlos que no sea la natural esta mal. Debe educaremos
cristianamente bautizandolos, enseñandoles a rezar, etc.; si se niegan debe obligarcelos, como cuando
no quieren tomar la mamadera y se los obliga, porque es algo muy bueno e importante.

La anulación del matrimonio:


Cuando hay nulidad es que no hubo matrimonio y no que hubo y se disolvió. No es frecuente pero si hay
se solicita al Papa y hay 2 años de investigación para decidir si es nulo o no. Solo es nulo si no se
cumplieron los requisitos o hay cosas raras antes o al momento del casamiento. Todo conflicto que se
origine después de este sacramento no es excusa para disolver el matrimonio.
La separación:
La Iglesia acepta la separación de las personas, pero debe mantener la castidad y no pueden volver a
casace. Se separen, dividen sus bienes, etc.; pueden vivir con otras personas pero no pueden mantener
relaciones ya que sería adulterio. (Mt 19,3-9).

Orden Sagrado
Es el sacramento que da la potestad de ejercitar los sagrados ministerios e imprime en el alma del que lo
recibe el carácter de ministro de Dios.
Se llama así porque hay tres ordenes:
1- Diácono
2- Sacerdote
3- Obispo

Este sacramento también imprime carácter; el carácter del sacerdocio es ser ministros de Dios. Este
sacramento fue instituido por Jesucristo el Jueves santo.

http://orbita.starmedia.com/~sma.trinidad/sacramentos.html#Bautismo

"El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del
amor es el servicio. El fruto del servicio es la paz."

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TEMA 39º

LOS SACRAMENTOS DE CURACIÓN.


EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA Y DE LA RECONCILIACIÓN
(N. 1420-1484. Resúmenes 1485-1498)

Por los sacramentos de la iniciación cristiana el hombre recibe la vida nueva


en Cristo pero al llevarla en vasijas de barro se puede debilitar e incluso
perderla a causa del pecado.

“El Señor Jesucristo, médico de nuestras almas y de nuestros cuerpos, que


perdonó los pecados al paralítico y le devolvió la salud del cuerpo, quiso que
su Iglesia continuase, con la fuerza del Espíritu Santo, su obra de curación y
de salvación, incluso en sus propios miembros. Esta es la finalidad de los dos
sacramentos de curación: del sacramento de la Penitencia y de la Unción de
los enfermos”.

“Los que se acercan al sacramento de la Penitencia obtienen de la


misericordia de Dios el perdón de los pecados cometidos contra Él y, al mismo
tiempo, se reconcilian con la Iglesia, a la que ofendieron con su pecados. Ella
les mueve a conversión con su amor, su ejemplo y sus oraciones” (Conc. Vat.
II Lumen gentium, 11).

1. El nombre de este sacramento


2. Por qué un sacramento de la Reconciliación
después del Bautismo
3. La conversión de los bautizados
4. La penitencia interior
5. Diversas formas de penitencia en la vida
cristiana
6. El Sacramento de la Penitencia y de la
Reconciliación
7. Los actos del penitente
8. El ministro de este sacramento
9. Efectos de este sacramento
10. Las indulgencias
11. La celebración del sacramento de la Penitencia

El nombre de este Sacramento:

Se le denomina de diversas maneras:

► Sacramento de conversión “porque realiza


sacramentalmente la llamada de Jesús a la conversión, la
vuelta al Padre del que el hombre se había alejado por el
pecado”.

► Sacramento de la penitencia porque es necesario un


proceso de arrepentimiento y reparación.
► Sacramento de la confesión porque “la confesión de los
pecados ante el sacerdote es un elemento esencial de
este sacramento”

► Sacramento del perdón “porque, por la absolución


sacramental del sacerdote, Dios concede al penitente el
perdón y la paz”.

► Sacramento de reconciliación “porque otorga al pecador el


amor de Dios que reconcilia”.

Por qué un sacramento de la Reconciliación después del


Bautismo:

Mediante los sacramentos de la iniciación cristiana hemos sido hechos santos,


“revestidos de Cristo”. Sin embargo continúa en nosotros la fragilidad, la
debilidad y la inclinación al pecado. En el combate cristiano por mantener la
vida nueva en Cristo no falta a los bautizados la gracia. “Esta lucha es la de la
conversión con miras a la santidad y la vida eterna a la que el Señor no cesa
de llamarnos”.

La conversión de los bautizados:

Jesús llama a la conversión: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está


cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva” (Mc 1, 15)

La Iglesia sigue llamando a la conversión, en primer lugar a los que no


conocen a Cristo y su Evangelio.

“El Bautismo es el lugar de la conversión primera y fundamental. Por la fe en


la Buena Nueva y por el Bautismo se renuncia al mal y se alcanza la salvación,
es decir, la remisión de todos los pecados y el don de la vida nueva”.

La Iglesia sigue llamando a todos los cristianos a la conversión. Esta segunda


conversión es necesaria pues la Iglesia Santa recibe en su seno a los
pecadores y por tanto necesita de purificación, penitencia y renovación. Esta
segunda conversión tiene su origen en Dios que mediante su gracia mueve a
los corazones a responder a su amor misericordioso.
La conversión de San Pedro tras la Resurrección del Señor es ejemplo de la
conversión de todo cristiano. “La segunda conversión tiene también una
dimensión comunitaria”. “¡Arrepiéntete!” (Ap 2, 5. 16)

La penitencia interior:

Jesús (como los profetas) no nos llama a una penitencia hecha de obras
exteriores: saco y ceniza, ayunos y mortificaciones, “sino a la conversión del
corazón, la penitencia interior”. “Sin ella, las obras de penitencia permanecen
estériles y engañosas; por el contrario, la conversión interior impulsa a la
expresión de esta actitud por medio de signos visibles, gestos y obras de
penitencia”.

La penitencia interior es una ruptura con el pecado y un deseo de agradar a


Dios que va acompañado de un dolor y tristeza que los Padres llamaron
aflicción de espíritu y arrepentimiento del corazón.

La conversión requiere que pidamos un corazón nuevo y miremos “al que


nuestros pecados traspasaron”.
Es el Espíritu el que da al hombre la gracia del arrepentimiento y de la
conversión.

Diversas formas de penitencia en la vida cristiana:

El ayuno, la oración y la limosna. El Bautismo y el martirio operan una


purificación radical. La práctica de la caridad “cubre multitud de pecados” (1
P 4, 8): “Los esfuerzos realizados para reconciliarse con el prójimo, las
lágrimas de penitencia, la preocupación por la salvación del prójimo”.

“La conversión se realiza en la vida cotidiana mediante gestos de


reconciliación, la atención a los pobres, el ejercicio y la defensa de la justicia
y del derecho, por el reconocimiento de nuestras faltas ante los hermanos, la
corrección fraterna, la revisión de vida, el examen de conciencia, la dirección
espiritual, la aceptación de los sufrimientos, el padecer la persecución a
causa de la justicia. Tomar la cruz cada día y seguir a Jesús es el camino más
seguro de la penitencia.

1. Eucaristía y penitencia: “La conversión y la penitencia


diarias encuentran su fuente y su alimento en la
Eucaristía”.
La Eucaristía “es el antídoto que nos libera de nuestras
faltas cotidianas y nos preserva de pecados mortales”
(Conc. de Trento)

2. “La lectura de la Sagrada Escritura, la oración de la Liturgia


de las Horas y del Padre Nuestro, todo acto sincero de
culto o de piedad reaviva en nosotros el espíritu de
conversión y de penitencia y contribuye al perdón de
nuestros pecados”.

3. “Los tiempos y los días de penitencia a lo largo del año


litúrgico (el tiempo de Cuaresma, cada viernes en
memoria de la muerte del Señor) son momentos fuertes
de la práctica penitencial de la Iglesia. Estos tiempos son
particularmente apropiados para los ejercicios
espirituales, las liturgias penitenciales, las
peregrinaciones como signo de penitencia, las privaciones
voluntarias como el ayuno y la limosna, la comunicación
cristiana de bienes (obras caritativas y misioneras)”.

4. En la parábola del hijo pródigo (Lc 15, 11-24) Jesús


describe maravillosamente “el proceso de la conversión y
de la penitencia”.
En el centro de la parábola está el “el padre
misericordioso”, su alegría por haber recobrado al hijo.

El Sacramento de la Penitencia y de la Reconciliación:

“El pecado es, ante todo, ofensa a Dios, ruptura de la comunión con Él. Al
mismo tiempo, atenta contra la comunión con la Iglesia. Por eso la
conversión implica a la vez el perdón de Dios y la reconciliación con la Iglesia,
que es lo que expresa y realiza litúrgicamente el Sacramento de la Penitencia
y de la Reconciliación”.

1. Sólo Dios perdona el pecado: Y porque Jesús es el Hijo de Dios puede decir
“<<Tus pecados están perdonados” >> (Mc 2, 5)
Jesús transmitió este poder a su Iglesia para que sea ejercido a través del
ministerio apostólico.

2. Reconciliación con la Iglesia: Jesús al perdonar los pecados devolvía la


integración a la comunidad del pueblo de Dios. “Un signo manifiesto de ello
es que Jesús admite a los pecadores a su mesa, más aún, Él mismo se sienta
a su mesa, gesto que expresa de manera conmovedora, a la vez, el perdón de
Dios y el retorno al seno del pueblo de Dios”.
“Al hacer partícipes a los Apóstoles de su propio poder de perdonar los
pecados, el Señor les da también la autoridad de reconciliar a los pecadores
con la Iglesia”.
Jesús dice a Pedro y con él a todo el colegio de los Apóstoles unido a él: “A ti
te daré la llave del Reino de los cielos; y lo que ates en la tierra quedará
atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los
cielos” (Mt 16, 19).
“Las palabras atar y desatar significan: aquel a quien excluyáis de vuestra
comunión, será excluido de la comunión con Dios; aquel a quien recibáis de
nuevo en vuestra comunión, Dios lo acogerá también en la suya. La
reconciliación con la Iglesia es inseparable de la reconciliación con Dios”.

3. El sacramento del perdón: Cristo instituyó el Sacramento de la Penitencia


para que los bautizados que perdieron la gracia por el pecado grave puedan
volver a recuperar la gracia bautismal, la amistad con Dios y la plena
comunión eclesial. “Los padres de la Iglesia presentan este sacramento como
<<la segunda tabla (de salvación) después del naufragio que es la pérdida de
la gracia>>”.

La práctica de este sacramento en la Iglesia ha variado mucho a lo largo del


tiempo.

● En los primeros siglos la reconciliación estaba sujeta a


prácticas muy rigurosas: “Los penitentes debían hacer
penitencia pública por sus pecados, a menudo durante
largos años, antes de recibir la reconciliación. A este
<<orden de penitentes>> (que sólo concernía a ciertos
pecados graves como idolatría, homicidio o adulterio)
sólo era admitido raramente, y en ciertas regiones, una
sola vez en la vida”.

● En el S. VII los monjes irlandeses, inspirados en la tradición


monástica de Oriente, impulsaron la práctica
<<privada>> de la Penitencia. “El sacramento se realiza
desde entonces de una manera más secreta entre el
penitente y el sacerdote. Esta nueva práctica preveía la
posibilidad de la reiteración del sacramento y abría así el
camino a una recepción regular del mismo”. También
para los pecados veniales.

A pesar de estos cambios se descubre una “estructura fundamental” que


consta de dos elementos:

A) Los actos del penitente: la contrición, la confesión de los


pecados y la satisfacción.

B) La acción de Dios por el ministerio de la Iglesia que en


nombre de Jesucristo y por medio del obispo y de sus
presbíteros “concede el perdón de los pecados, determina
la modalidad de la satisfacción, ora también por el
pecador y hace penitencia con él. Así el pecador es curado
y restablecido en la comunión eclesial”.

La fórmula de absolución en uso en la Iglesia latina expresa el elemento


eclesial de este sacramento: “Dios, Padre misericordioso, que reconcilió
consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo y derramó el
Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio
de la Iglesia, el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre
del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

Los actos del penitente:

Contrición, confesión y satisfacción.

1. La contrición: “Es un dolor de alma y una detestación del pecado cometido


con la resolución de no volver a pecar”.

■ La contrición se llama perfecta cuando brota del amor de


Dios. “Semejante contrición perdona las faltas veniales;
obtiene también el perdón de los pecados mortales, si
comprende la firme resolución de recurrir tan pronto
como sea posible a la confesión sacramental”.

■ La contrición imperfecta nace del “temor de la condenación


eterna y de las demás penas con que es amenazado el
pecador”. Por sí misma no alcanza el perdón de los
pecados graves, pero dispone a obtenerlo en el
sacramento de la Penitencia.

“Conviene preparar la recepción de este sacramento mediante un examen de


conciencia hecho a la luz de la Palabra de Dios”: Decálogo, Sermón de la
montaña y enseñanzas morales apostólicas (Rm 12-15; 1 Co 12-13; Ef 4-6).

2. La confesión de los pecados: La confesión nos libera y facilita la


reconciliación con los demás. Al enfrentarse uno con sus pecados “asume su
responsabilidad y, por ello, se abre de nuevo a Dios y a la comunión de la
Iglesia con el fin de hacer posible un nuevo futuro”.
“La confesión de los pecados hecha al sacerdote constituye una parte esencial
del sacramento de la penitencia”. Se deben enumerar todos los pecados
mortales aun los más secretos (de deseo o de pensamiento. Los dos últimos
mandamientos del Decálogo).
Quienes “callan conscientemente algunos pecados, no están presentando
ante la bondad divina nada que pueda ser perdonado por mediación del
sacerdote. Porque si el enfermo se avergüenza de descubrir su llaga al
médico, la medicina no cura lo que ignora” (Conc. de Trento).
“Todo fiel llegado a la edad del uso de razón debe confesar, al menos una vez
al año, los pecados graves de que tiene conciencia” (CIC, 989)
“Quien tenga conciencia de hallarse en pecado grave que no comulgue el
Cuerpo del Señor sin acudir antes a la confesión sacramental a no ser que
concurra un motivo grave y no haya posibilidad de confesarse; y en este caso,
tenga presente que está obligado a hacer un acto de contrición perfecta, que
incluye el propósito de confesarse cuanto antes” (Conc. de Trento). “Los
niños deben acceder al Sacramento de la Penitencia antes de recibir por
primera vez la Sagrada Comunión” (cf. CIC cn. 914)
Se recomienda la confesión de los pecados veniales y la confesión habitual
para fortalecer la vida espiritual: formar la conciencia, luchar contra las malas
inclinaciones, progresar en la vida del Espíritu y aprender a ser
misericordiosos.

3. La satisfacción: “Muchos pecados causan daño al prójimo” y se requiere


una reparación (devolver lo robado, la buena fama, compensar las heridas).
“Pero además el pecado hiere al pecador mismo, así como sus relaciones con
Dios y con el prójimo. La absolución quita el pecado, pero no remedia todos
los desórdenes que el pecado causó. Liberado del pecado, el pecador debe
recobrar todavía la plena salud espiritual. Por tanto, debe hacer algo más
para reparar sus pecados: debe <<satisfacer>> de manera apropiada o
<<expiar>> sus pecados. Esta satisfacción se llama también
<<penitencia>>”.

La penitencia que el confesor impone busca el bien espiritual del penitente:


oración, ofrendas, obras de misericordia, servicios al prójimo, privaciones
voluntarias, sacrificios, “y sobre todo, la aceptación paciente de la cruz que
debemos llevar. Tales penitencias ayudan a configurarnos con Cristo” que es
quien realmente realiza la satisfacción por nuestros pecados.

El ministro de este sacramento:

“Puesto que Cristo confió a sus Apóstoles el ministerio de la reconciliación,


los obispos, sus sucesores, y los presbíteros, colaboradores de los obispos,
continúan ejerciendo este ministerio. En efecto, los obispos y los presbíteros,
en virtud del sacramento del Orden, tienen el poder de perdonar todos los
pecados <<en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo>>”.

El obispo es el moderador de la disciplina penitencial. “Los presbíteros, sus


colaboradores, lo ejercen en la medida en que han recibido la tarea de
administrarlo, sea de su obispo (o de un superior religioso), sea del Papa, a
través del derecho de la Iglesia”.

“Ciertos pecados especialmente graves están sancionados con la excomunión,


la pena eclesiástica más severa, que impide la recepción de los sacramentos y
el ejercicio de ciertos actos eclesiásticos, y cuya absolución, por consiguiente,
sólo puede ser concedida, según el derecho de la Iglesia, por el Papa, por el
obispo del lugar, o por sacerdotes autorizados por ellos”.

“En caso de peligro de muerte, todo sacerdote, aún el que carece de la


facultad de oír confesiones, puede absolver de cualquier pecado y de toda
excomunión”.

“Los sacerdotes deben alentar a los fieles a acceder al Sacramento de la


Penitencia y deben mostrarse disponibles a celebrar este sacramento cada
vez que los cristianos lo pidan de forma razonable”.

El sacerdote, buen Pastor, buen samaritano y padre misericordioso “es el


signo y el instrumento del amor misericordioso de Dios con el pecador”.

“El confesor no es dueño, sino el servidor del perdón de Dios”. Debe tener
experiencia de las cosas humanas, “respeto y delicadeza con el que ha caído
(...) ser fiel al magisterio de la Iglesia”. “Debe orar y hacer penitencia por él;
confiándolo a la misericordia del Señor”.

El sacerdote “está obligado a guardar un secreto absoluto sobre los pecados


que sus penitentes le han confesado, bajo penas muy severas. Tampoco
puede hacer uso de los conocimientos que la confesión le da sobre la vida de
los penitentes”. Este secreto se llama sigilo sacramental porque lo confesado
queda sellado por el sacramento.

Efectos de este sacramento:


1. La reconciliación con Dios: restituye la amistad con Dios, y
como resultado se alcanza la paz de conciencia y un
profundo consuelo espiritual.

2. Reconcilia con la Iglesia al penitente: “El pecado


menoscaba o rompe la comunión fraterna. El Sacramento
de la Penitencia la repara o la restaura”. El pecador
vuelve a participar de los bienes espirituales de los
miembros vivos de la Iglesia (peregrinos o en la patria
celestial) y la comunión eclesial se ve fortalecida y
vivificada.

3. Se anticipa en cierta manera el juicio al que el penitente


será sometido al fin de esta vida terrena. Solo que en este
juicio nunca hay condenación.

Las indulgencias:

◘ Qué son las indulgencias: “la indulgencia es la remisión ante Dios de la pena
temporal por los pecados, ya perdonados, en cuanto a la culpa, que un fiel
dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones consigue por mediación de
la Iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica
con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos” (Pablo
VI).
“La indulgencia es parcial o plenaria según libere de la pena temporal debida
por los pecados en parte o totalmente” (Pablo VI).
“Todo fiel puede lucrar para sí mismo o aplicar por los difuntos, a manera de
sufragio, las indulgencias tanto parciales como plenarias” (cf. CIC cn 994).

◘ Las penas del pecado: Todo pecado aunque venial entraña un “apego
desordenado a las criaturas que es necesario purificar, sea aquí abajo, sea
después de la muerte, en el estado que se llama Purgatorio. Esta purificación
libera de lo que se llama la <<pena temporal>> del pecado”.
No se trata de una venganza divina “sino como algo que brota de la
naturaleza misma del pecado. Una conversión que procede de una ferviente
caridad puede llegar a la total purificación del pecador, de modo que no
subsistiría ninguna pena”.

“El perdón del pecado y la restauración de la comunión con Dios entrañan la


remisión de las penas eternas del pecado. Pero las penas temporales del
pecado permanecen”. Hasta de una palabra ociosa darán cuenta los hombres,
advierte Jesús en el Evangelio. Hemos de abrazar la cruz de cada día con
espíritu de reparación y como medio de purificación.

◘ En la comunión de los santos: “El cristiano que quiere purificarse de su


pecado y santificarse con ayuda de la gracia de Dios no se encuentra solo.
<<La vida de cada uno de los hijos de Dios está ligada de una manera
admirable, en Cristo y por Cristo, con la vida de todos los otros hermanos
cristianos, en la unidad sobrenatural del Cuerpo místico de Cristo, como en
una persona mística>> (Pablo VI)”.
“En la comunión de los santos, por consiguiente, <<existe entre los fieles,
tanto entre quienes ya son bienaventurados como entre los que expían en el
purgatorio o los que peregrinan todavía en la tierra, un constante vínculo de
amor y un abundante intercambio de todos los bienes>> (Pablo VI). En este
intercambio admirable, la santidad de uno aprovecha a los otros, más allá del
daño que el pecado de uno pudo causar a los demás. Así, el recurso a la
comunión de los santos permite al pecador contrito estar antes y más
eficazmente purificado de las penas del pecado”.
Los bienes espirituales de la comunión de los santos, los llamamos el tesoro
de la Iglesia que procede del valor infinito de los méritos de Cristo ofrecidos a
Dios. A este tesoro pertenecen “las oraciones y buenas obras de la
Bienaventurada Virgen María y de todos los santos”.
◘ La indulgencia de Dios se obtiene por medio de la Iglesia: En virtud del
poder de “atar y desatar” dado por Cristo. Por eso la Iglesia impulsa las
“obras de piedad, de penitencia y de caridad”.

La celebración del Sacramento de la Penitencia:

“Como todos los sacramentos, la Penitencia es una acción litúrgica”. Los


elementos de su celebración son:
- Saludo y bendición del sacerdote
- Lectura de la Palabra de Dios: para iluminar la
conciencia y suscitar la contrición.
- Exhortación al arrepentimiento
- Confesión
- Imposición y aceptación de la penitencia
- Absolución del sacerdote
- Alabanza de acción de gracias y despedida con la
bendición del sacerdote.

“El Sacramento de la Penitencia puede también celebrarse en el marco de una


celebración comunitaria, en la que los penitentes se preparan a la confesión y
juntos dan gracias por el perdón recibido. Así, la confesión personal de los
pecados y la absolución individual están insertadas en una liturgia de la
Palabra de Dios, con lecturas y homilía, examen de conciencia dirigido en
común, petición comunitaria del perdón, rezo del Padre Nuestro y acción de
gracias en común. Esta celebración comunitaria expresa más claramente el
carácter eclesial de la penitencia. En todo caso, cualquiera que sea la manera
de su celebración, el sacramento de la Penitencia es siempre, por su
naturaleza misma, una acción litúrgica, por tanto, eclesial y pública”.

“En casos de necesidad grave se puede recurrir a la celebración comunitaria


de la reconciliación con confesión general y absolución general. Semejante
necesidad grave puede presentarse cuando hay un peligro inminente de
muerte sin que el sacerdote o los sacerdotes tengan tiempo suficiente para
oír la confesión de cada penitente.

La necesidad grave puede existir también cuando, teniendo en cuenta el


número de penitentes, no hay bastantes confesores para oír debidamente las
confesiones individuales en un tiempo razonable, de manera que los
penitentes, sin culpa suya, se verían privados durante largo tiempo de la
gracia sacramental o de la sagrada comunión. En este caso, los fieles deben
tener, para la validez de la absolución, el propósito de confesar
individualmente sus pecados graves en su debido tiempo. Al obispo diocesano
corresponde juzgar si existen las condiciones requeridas para la absolución
general.
Una gran concurrencia de fieles con ocasión de grandes fiestas o de
peregrinaciones no constituyen por su naturaleza ocasión de la referida
necesidad grave”.

“La confesión individual e íntegra y la absolución continúan siendo el único


modo ordinario para que los fieles se reconcilien con Dios y con la Iglesia, a
no ser que una imposibilidad física o moral excuse de este modo de
confesión”. Cristo se dirige así de modo personal a cada penitente: “Hijo tus
pecados están perdonados” (Mc 2, 5).
RESUMEN:

1. En la tarde de Pascua, el Señor Jesús se mostró a sus


Apóstoles y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes
perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes
se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn 20, 22-23).
2. “El perdón de los pecados cometidos después del Bautismo
es concedido por un sacramento propio llamado
sacramento de la conversión, de la confesión, de la
penitencia o de la reconciliación”.

3. “Quien peca lesiona el honor de Dios y su amor, su propia


dignidad de hombre llamado a ser hijo de Dios y el bien
espiritual de la Iglesia, de la que cada cristiano debe ser
una piedra viva”.

4. “A los ojos de la fe, ningún mal es más grave que el pecado


y nada tiene peores consecuencias para los pecadores
mismos, para la Iglesia y para el mundo entero”.

5. Volver a la comunión con Dios después del pecado es un


don divino que hay que pedir para sí mismo y para los
demás.

6. “El movimiento de retorno a Dios, llamado conversión y


arrepentimiento, implica un dolor y una aversión respecto
a los pecados cometidos, y el propósito firme de no volver
a pecar”.

7. “El Sacramento de la Penitencia está constituido por el


conjunto de tres actos realizados por el penitente y por la
absolución del sacerdote. Los actos del penitente son: el
arrepentimiento, la confesión o manifestación de los
pecados al sacerdote y el propósito de realizar la
reparación y las obras de penitencia”.

8. Si el arrepentimiento (contrición) “es concebido por amor


de caridad a Dios, se le llama <<perfecto>>; si está
fundado en otros motivos se le llama <<imperfecto>>”.

9. “El que quiere obtener la reconciliación con Dios y con la


Iglesia debe confesar al sacerdote todos los pecados
graves que no ha confesado aún y de los que se acuerda
tras examinar cuidadosamente su conciencia. Sin ser
necesaria, de suyo, la confesión de las faltas veniales está
recomendada vivamente por la Iglesia”.

10. “El confesor impone al penitente el cumplimiento de


ciertos actos de <<satisfacción>> o de <<penitencia>>,
para reparar el daño causado por el pecado y restablecer
los hábitos propios del discípulo de Cristo”.

11. “Sólo los sacerdotes que han recibido de la autoridad de


la Iglesia la facultad de absolver pueden perdonar los
pecados en nombre de Cristo”.

12. Los efectos espirituales del Sacramento de la Penitencia son:


- La reconciliación con Dios volviendo al estado
de gracia.
- La reconciliación con la Iglesia.
- La remisión de la pena eterna.
- La remisión, al menos en parte, de las penas
temporales.
- La paz y la serenidad de la conciencia, y el
consuelo espiritual.
- El acrecentamiento de las fuerzas espirituales
para el combate cristiano.
13. “La confesión individual e íntegra de los pecados graves
seguida de la absolución es el único medio ordinario para
la reconciliación con Dios y con la Iglesia”.

14. “Mediante las indulgencias, los fieles pueden alcanzar


para sí mismos y también para las almas del Purgatorio la
remisión de las penas temporales, consecuencia de los
pecados”.

Catequesis sobre el Bautismo


Autor: Pbro. Hermilio Cárdenas González
Coordinador de la Sección Diocesana de Catequesis

Capítulo 2: El Bautismo y Sacramentos de iniciación cristiana

OBJETIVO

Tomar conciencia de que el Sacramento del Bautismo está


íntimamente relacionado con el sacramento de la
Confirmación y el de la Eucaristía formando juntos el camino
de la iniciación cristiana para saber comprometernos al
proceso de maduración en la fe.

“Este es nuestro mensaje. Advertimos con insistencia a cada uno y enseñamos a cada persona
con mucha sabiduría, para hacer a todo hombre perfecto en Cristo" (Col 1,28).

NOTAS PEDAGOGICAS

La mayoría de las personas conoce distintos tipos de procesos: la vida humana, el crecimiento
de plantas y animales, la fabricación de un producto, etc.

Aplicar esas experiencias a la vida cristiana, que como un proceso inicia con el conocimiento
de Jesucristo, continúa con la adhesión a su persona y a su mensaje llega a la plenitud en el
compromiso y proyección en la propia comunidad.

El catequista debe tener muy presente que una gran mayoría de personas de nuestro medio,
celebran el sacramento del Bautismo como algo independiente, desconectado de los demás
sacramentos.

VEAMOS

La vida es un continuo movimiento. Un día, seguido de otro lleva poco a poco a un


crecimiento a un desarrollo, a un tratar de ser mejores.

Podernos constatarlo en las etapas del desarrollo de la persona. El grupo dialoga a partir de
las siguientes preguntas:
¿ Cuáles son las principales etapas de la vida ?
¿ Qué características tiene cada etapa ?

Dejar un tiempo suficiente para el diálogo.

Ahora vamos en varios pliegos de papel a tratar con dibujos de expresar nuestras respuestas
sobre las características de cada etapa de la vida. Una vez terminados los dibujos los
colocamos al frente para que todos los vean a lo largo de la sesión. Posteriormente
utilizaremos los dibujos en la celebración.
PENSEMOS

La persona pasa por distintas etapas a lo largo de su vida:

Infancia: No tiene conciencia de sí mismo ni de lo que le rodea. Pero poco a poco, con el paso
de los meses y años, va tomando conciencia de su propia identidad y del lugar que ocupa en
su familia.

Adolescencia: No tiene todavía los conocimientos ni la fuerza necesaria para situarse ante la
vida con determinación. Es por esto que cambia continuamente de estado de ánimo: alegre,
dinámico, generoso, cumplido y otras veces callado. indeciso e irresponsable.

Juventud: Se llega a esta etapa cargado de energía, salud e ideales. Se está en la mejor
disposición de iniciar cualquier empresa.

Adultez: Se alcanza esta etapa cuando la persona va más allá de sí misma y de sus propios
intereses. Cuando descubre las necesidades de los demás y comparte generosamente lo que
tiene: afecto, comprensión, tiempo, bienes, etc.

Este proceso de la vida natural se va dando paso a paso y nos exige: tiempo, paciencia,
reflexión y ayuda de muchas personas. No se puede improvisar, ni lo podemos realizar de un
día para otro.

Asimismo, desde los inicios de la vida de la Iglesia, para llegar a ser cristiano también se sigue
un proceso, un camino y una iniciación que consta de varias etapas: el anuncio gozoso del
Evangelio; la acogida del Evangelio que nos lleva a la conversión; la profesión de fe; el
Bautismo, puerta de entrada a los demás sacramentos; la efusión del Espíritu Santo en la
Confirmación; y la participación en el sacramento de la Eucaristía (ver CIC 1229).

Los sacramentos corresponden a todas las etapas y a todos los momentos importantes de la
vida del cristiano: dan nacimiento y crecimiento, curación y misión a la vida de fe de los
cristianos. En ellos encontramos una cierta semejanza entre las etapas de la vida natural y las
etapas de la vida espiritual (ver CIC 1210).

“Mediante los sacramentos de la iniciación cristiana, el Bautismo, la Confirmación y la


Eucaristía, se ponen los fundamentos de toda vida cristiana"
(CIC 1212).

El sacramento del Bautismo marca el inicio de toda vida sacramental (ver CIC 1213). En el
Bautismo nacemos a una vida nueva (ver Jn 3, 5), somos purificados del pecado (ver He 2,
38), adquirimos en Cristo la condición de hijos de Dios (ver Rom 8, 15-16; Gál 4, 5-7), templos
del Espíritu Santo (ver He 2, 38) y miembros vivos de la Iglesia (ver 1 Co 12, 13).

Por el sacramento de la Confirmación los bautizados van avanzando por el camino de la


iniciación cristiana, quedan enriquecidos con el don del Espíritu Santo y los une más
estrechamente a la Iglesia, los fortalece e impulsa con mayor fuerza a que, de palabra y obra,
sean testigos de Cristo y propaguen y defiendan la fe (ver CIC 1316; CDC 879).

La Eucaristía es el tercer sacramento de la iniciación cristiana, y su culmen (ver CIC 1322).

El sacramento de la Eucaristía es el memorial del sacrificio de Cristo en la cruz y el banquete


sagrado de la comunión en el cuerpo y en la sangre del Señor. La celebración del banquete
Eucarístico está totalmente orientada hacia la unión íntima de los fieles con Cristo. Es el pan
que nutre nuestra fe y nos abre a los demás preocupándonos por su bien, estimulándonos a la
fraternidad.

"La participación en la naturaleza divina, que los hombres reciben como don mediante la
gracia de Cristo, tiene cierta analogía con el origen, el crecimiento y el sustento de la vida
natural. En efecto, los fieles renacidos en el Bautismo se fortalecen con el sacramento de la
Confirmación y finalmente, son alimentados en la Eucaristía con el manjar de la vida eterna,
y, así por medio de estos sacramentos de la iniciación cristiana, reciben cada vez con más
abundancia los tesoros de la vida divina y avanzan hacia la perfección de la caridad" (CIC
1212).

Los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación (junto con el del Orden Sacerdotal)
confieren, además de la gracia, un carácter sacramental o "sello" espiritual indeleble y que
permanece para siempre en el cristiano como disposición positiva para la gracia, como
promesa y garantía de la protección divina y como vocación al culto divino y al servicio de la
Iglesia. Por eso estos sacramentos se reciben una sola vez en la vida (ver CIC 11 21; 1272-
1274; Ef 4,30)

De esta manera podemos comprender la íntima relación que existe entre el Bautismo, la
Confirmación y la Eucaristía, y el por qué se les llama sacramentos de iniciación cristiana.

ACTUEMOS

El catequista motiva al grupo hacia un verdadero compromiso partiendo de la siguiente


reflexión:

¿Cuál ha sido nuestra experiencia en la vivencia de los sacramentos de iniciación cristiana?

¿Consideramos que hemos llegado a la madurez cristiana, es decir, a la vivencia sólida, plena,
incondicional del seguimiento de Jesucristo?

Ahora nos reunimos en pequeños grupos los papás y padrinos de cada niño que se bautizará y
formulemos nuestro compromiso:

¿Qué podemos hacer para que nuestros hijos o ahijados lleguen a vivir plenamente su
iniciación cristiana?

El compromiso de cada pequeño grupo lo escribimos en un pequeño papel para presentarlo en


la celebración.

CELEBREMOS

Colocamos algunos dibujos de las diferentes etapas de la vida de la persona como formando
un camino intercalando entre los dibujos algunos pliegos de papel en blanco, al final del
camino colocamos un Cristo y el grupo se coloca a los lados del camino.

Escuchamos la lectura de la Palabra de Dios tomada de la carta a los Efesios 4, 1-6.

Dejamos un momento de reflexión en silencio.

Cada pequeño grupo lee en voz alta su compromiso y después lo coloca en los pliegos de
papel en blanco que se encuentran entre los dibujos, como tratando de llenar el camino y que
no queden espacios vacíos.

Terminamos cantando

Juntos el coro y la primera y tercera estrofa del canto:

IGLESIA PEREGRINA

Todos unidos formando un solo cuerpo


un pueblo que en la Pascua nació,
miembros de Cristo en sangre redimidos,
Iglesia peregrina de Dios.
Vive en nosotros la fuerza del Espíritu,
que el Hijo desde el Padre envió.
El nos empuja, nos guía y alimenta,
Iglesia peregrina de Dios.

Somos en la tierra semilla de otro reino,


somos testimonio de amor,
paz para las guerras y luz cutre las sombras,
Iglesia peregrina de Dios,
paz para las guerras y luz entre las sombras,
Iglesia peregrino de Dios.

Rugen tormentas y, a veces , nuestra barca


parece que ha perdido el timón.
Miras con miedo no tienes confianza,
Iglesia peregrina de Dios.
Una esperanza nos llena de alegría,
presencia que el Señor prometió.
Vamos cantando, él viene con nosotros,
Iglesia peregrina de Dios.

Somos ea la tierra semilla…

Todos nacidos en un solo Bautismo,


unidos en la misma Comunión.
Todos viviendo en una misma casa,
Iglesia peregrina de Dios.
Todos prendidos en una misma suerte,
ligados a la misma salvación.
Somos un cuerpo y Cristo es la Cabeza,
Iglesia peregrina de Dios.

Somos en la tierra semilla

TEMA 29

SACRAMENTOS DE
INICIACIÓN CRISTIANA
BAUTISMO Y CONFIRMACIÓN

29.1) Naturaleza, efectos, necesidad, sujeto y


ministro del Bautismo

29.2) El carácter cristiano como participación en el


sacerdocio de Cristo

29.3) El sacerdocio común de los fieles


29.4) Naturaleza, ministro, sujeto y efectos de la
Confirmación

29.1 Naturaleza, Efectos, necesidad, Sujeto y


Ministro del Bautismo

A. Naturaleza

"Baptismus est sacramentum regenerationis per


aquam in verbo" (Cat. Rom., II, 2, 5). El Bautismo es
un sacramento de la Nueva Ley instituido por Cristo
para la regeneración mediante el lavado por el agua
en la palabra.

El término latino "baptismus", que viene del griego,


significa: sumergir, lavar, limpiar.

Este sacramento ya estaba prefigurado en el AT:


circuncisión, paso del Mar Rojo, diluvio, etc. Fue
anunciado por San Juan Bautista, cuyo bautismo
era una preparación para el Bautismo de Cristo
señalando las disposiciones necesarias para recibirlo.
También fue anunciado por el Señor mismo en su
conversación con Nicodemo (Jn 3,5).

En cuanto a la institución del Bautismo el Concilio


de Trento afirma que hay dos momentos: institución
y mandato de administrarlo. El Catecismo de la
Iglesia Católica afirma que "en su Pascua Cristo abrió
a todos los hombres las puertas de su Bautismo."

En general, hay consenso en que Cristo instituyó el


Bautismo aunque hay diferencias sobre en qué
momento y de qué manera. Un buen número de
teólogos considera que fue instituido en el momento
del bautismo de Cristo en el Jordán porque allí el
Señor da al agua la virtud de santificar y porque allí
se hace patente que la fuente de la regeneración
bautismal es la Santísima Trinidad, que nos hace
hijos de Dios y herederos del Cielo.
La promulgación de su obligatoriedad universal
tuvo lugar después de la Resurrección: "Id y enseñad
a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del
Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo" (Mt 28,19).

La materia remota del Bautismo es el agua


verdadera y natural, y para que la celebración sea
lícita debe estar bendecida.

La materia próxima es la ablución. Hay dos ritos


que la Iglesia ha aceptado: infusión e inmersión.

La forma de este sacramento son las palabras: "Yo


te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del
Espíritu Santo".

B. Efectos

a. Efectos santificadores:

- El Bautismo es un nacimiento espiritual que nos


incorpora a Cristo y conlleva una participación de la
naturaleza divina por la que somos hechos hijos de
Dios en Cristo.

- Imprime carácter, con el que el bautizado queda


constituido en la condición de fiel cristiano y recibe, y
es capaz de oír, la llamada a la santidad. Hace
partícipe al hombre del oficio sacerdotal, profético y
real de Jesucristo.

- Nos infunde la gracia santificante, las virtudes y los


dones del Espíritu Santo. Nos concede, asimismo,
una gracia sacramental específica.

b. Efectos purificadores:

- Perdona todos los pecados, tanto el original como


los actuales.

- Remite todas las penas, tanto las temporales como


las eternas, debidas a los pecados.
C. Necesidad

El Bautismo es necesario, con necesidad de medio,


para la salvación eterna (Jn 3,5; Conc. Florencia;
Conc. Trento, s. VI). También hay una necesidad de
precepto, cuando Jesús dice: "Id y enseñad a todas
las gentes y el que crea y se bautice se salvará" (Mc
16, 16). Sin embargo, el Bautismo de agua puede
suplirse en cuanto a su principal efecto, es decir, en
cuanto a la gracia santificante: a) por el bautismo de
sangre en los adultos y niños; b) por el bautismo de
deseo, en los adultos.

El bautismo de deseo es el anhelo explícito o


implícito de recibir el Bautismo, deseo que debe ir
acompañado de una contrición perfecta. Obra "ex
opere operantis" y confiere la gracia santificante, a la
que va unida la remisión del pecado original y de los
pecados actuales y la pena eterna debida por ellos.

El bautismo de sangre se refiere a la muerte


soportada con caridad por defender la fe o alguna
virtud cristiana. Obra "ex opere operato".

D. Ministro

El ministro del Bautismo es el sacerdote, a quien de


oficio compete bautizar; también el diácono puede
administrar el Bautismo solemne (como ministro
ordinario). Pero en caso de peligro de muerte,
cualquier persona puede bautizar, con tal que guarde
la forma establecida por la Iglesia y tenga intención
de hacer lo que hace la Iglesia (actuaría como
ministro extraordinario).

E. Sujeto

Toda persona viva, adulto o niño, que no haya sido


bautizado antes válidamente, es sujeto capaz de
recibir el Bautismo.
En el caso de los niños, la fe, necesaria para la licitud
del Bautismo, es prestada por la Iglesia a través de
los padres y padrinos.

En el caso de los adultos, se requiere la intención - al


menos habitual - para recibirlo válidamente; y la fe y
el rechazo expreso de todo afecto al pecado con
propósito de no volverlo a cometer, para su licitud.

29.2 El Carácter Cristiano como Participación en


el Sacerdocio de Cristo

Es dogma de fe que los sacramentos del Bautismo,


Confirmación y Orden Sacerdotal no solo confieren la
gracia, sino también imprimen carácter en el alma,
es decir, un cierto signo espiritual e indeleble en
virtud del cual el cristiano se distingue del que no lo
es, queda habilitado para el culto e incorporado a
Cristo y a la Iglesia. Por razón del carácter estos
sacramentos no se pueden repetir. (Concilios de
Florencia y de Trento)

El carácter es distinto de la gracia, pero dispone a


recibirla. A diferencia de la gracia, el carácter nunca
se pierde por el pecado. Son separables, pero no
independientes, pues para realizar dignamente las
acciones para las que habilita el carácter, se requiere
la gracia. Por eso, el carácter es una disposición para
la gracia. Cuando se pierde la gracia, el carácter
permite recuperarla y urge esa recuperación.

Santo Tomás afirma que el carácter es una cualidad


(que adviene a un ser constituido y, por lo tanto, no
puede ser una sustancia) y, dentro de que es una
cualidad, dice que es una potencia porque es una
capacidad para algo. Cuando Dios nos imprime el
carácter lo que hace es regalarnos una capacidad
(potencia, poder) que nos permite realizar actos que
otros no pueden; en concreto, para realizar el culto
que agrada a Dios.
Como el carácter capacita para el culto y el culto
cristiano deriva del sacerdocio de Cristo, el carácter
es una participación, en mayor o menor grado, de
ese sacerdocio. Esto tiene como consecuencia que el
carácter sea indeleble ya que el sacerdocio de Cristo
no pasa.

¿Qué naturaleza metafísica tiene el carácter?

- Es un accidente estable (pues inhiere en el alma y


no la transforma y no se pierde).

-Es un accidente principio de operaciones y no solo


una simple relación (nos da una relación más
perfecta con Cristo, y nos capacita para
determinadas operaciones).

Los hábitos y las potencias son los únicos accidentes


que cumplen las dos anteriores cualidades; el
carácter es una potencia, pues es un principio
operativo, pero no de realizar algo bien o mal (que es
lo que caracteriza al hábito), pues del carácter se
puede abusar (vgr. celebrar indignamente el Santo
Sacrificio). Además, esa potencia es de carácter
espiritual e instrumental, pues obra no en virtud
propia, sino como instrumento de Cristo, Sumo y
Eterno Sacerdote.

29.2 Naturaleza, ministro, Sujeto y Efectos de


la Confirmación

A. Naturaleza

Es el sacramento por el cual se confiere el Espíritu


Santo a los bautizados por la unción del crisma en la
frente, que se hace con la imposición de la mano
mediante la pronunciación de ciertas palabras
sagradas, con el fin de que confiesen su fe con
fortaleza constantemente.

B. Institución
Según Santo Tomás, Cristo instituyó este sacramento
no usándolo sino prometiéndolo: prometiendo a
sus Apóstoles la plenitud del Espíritu Santo.

Prefigurado en el AT (Is 11,2), en el NT fue


prometido por Jesucristo en varias ocasiones: Ultima
Cena; Jn 7,38-39; Act 1,8. Esa promesa se cumple
en Pentecostés.

En diversos pasajes del NT (Act 2,15-21; Act 19,2.5-


6) se comprueba la administración de este
sacramento por parte de los Apóstoles.

(cfr. PABLO VI, Divinae consortium naturae, 1971)

En cuanto a la materia remota de la Confirmación:


Es el crisma consagrado por el Obispo en la fiesta del
Jueves Santo. El crisma es una mezcla de aceite y
bálsamo. El aceite debe ser de oliva o, "pro
opportunitate", otro aceite vegetal.

La materia próxima es: La unción del crisma en la


frente, que se hace con la imposición de la mano.

La forma es: "Recibe por esta señal el don del


Espíritu Santo."

C. Efectos

- La Confirmación confiere la plenitud del Espíritu


Santo.

- Fortalece para actuar defendiendo, como por oficio,


la fe en Cristo; fortalece, además, para el combate
espiritual y la extensión del Reino de Cristo.

- Aumenta la gracia santificante.

- Confiere la gracia sacramental.

- Imprime carácter: Hay una nueva y mayor


configuración con Cristo y una vinculación mayor a la
Iglesia.
D. Ministro

Ordinario: el Obispo.

Extraordinario: el presbítero dotado de facultad, bien


por derecho común o por concesión peculiar de la
autoridad competente.

E. Sujeto

Todo bautizado que no esté confirmado y tenga la


intención de recibirlo.

Condiciones de licitud: estar en estado de gracia y


poseer la suficiente instrucción.

TEMA 30

SACRAMENTOS DE LA
INICIACIÓN CRISTIANA
LA EUCARISTÍA

30.1) Introducción

30.2) Enseñanzas Bíblicas sobre la Eucaristía

30.3) Testimonio de la Tradición y Definiciones del


Magisterio

30.4) Transubstanciación

30.5) Teorías Teológicas Recientes y Orientaciones


del Magisterio

30.1 Introducción
a) La Euc. es el sacramento en el cual, bajo las
especies de pan y vino se halla Cristo
verdaderamente presente, con su cuerpo y su
sangre, a fin de ofrecerse de manera incruenta al
Padre celestial y darse como manjar espiritual a los
fieles. (cf. Ott p.551)

b) La Sagrada Euc. culmina la iniciación cristiana


(Cat. 1322)

c) "Sanctissima Eucaristia est Novae Legis


sacramentum in quo sub speciebus panis et vini
ipsemet Christus Dominus, omnium sacramentorum
Auctor, continetur, offertur et sumitur".

En ésta definición se incluyen los tres aspectos de la


Euc.:

- in facto esse (Presencia real)

- in fieri (sacrificio)

- in usu (comunión)

d) Preeminencia ( Santo Tomás prueba la


preeminencia de la euc. por encima de los demás
sacramentos):

(1) Por el contenido de la Euc.: en este sacramento


no hay, como en todos los demás, una virtud
otorgada por Cristo para darnos su gracia, sino que
es Cristo mismo quien se halla presente; Cristo,
fuente de todas las gracias.

(2) Por la subordinación de todos los demás


sacramentos a la euc. como a su último fin.

(3) Por el rito de todos los demás sacramentos, que


la mayor parte de las veces se completa con la
recepción de la euc. (S.th.III 65,3

e) N.B. En este tema nos centramos en la presencia


de Cristo en la Euc.
30.2 Enseñanzas Bíblicas sobre la Eucaristía

Pueden ser agrupadas en tres tipos de textos:

1. La promesa de la eucaristía (institución) (Io


6,22-71)

Después de los milagros preparatorios de la


multiplicación de los panes y el caminar milagroso de
Jesús sobre las aguas del lago, dijo el Señor a los
judíos, deseosos de presenciar otra multiplicación de
los panes: (27). En el discurso eucarístico que sigue,
habla Jesús primeramente, en términos generales,
del verdadero pan del cielo, que ha bajado del cielo y
da la vida eterna al mundo (29-34); después se
designa a sí mismo como pan del cielo que da vida,
pero señala que para asimilarse ese manjar es
necesario tener fe (35-51a); por último, da más
detalles diciendo que el verdadero pan del cielo es su
carne; y hace depender la vida eterna de que se
gusten o no los manjares de su carne y de su sangre
(51b-58) "El pan que yo daré es mi carne por la vida
del mundo. Disputaban entre sí los judíos diciendo:
Cómo puede éste darnos a comer su carne? Jesús les
dijo: En verdad, en verdad os digo que si no coméis
la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre
no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y
bebe mi sangre tiene la vida eterna y yo le resucitaré
en el último día. Porque mi carne es verdadera
comida y mi sangre s verdadera bebida. El que come
mi carne y bebe mi sangre está en mí y yo en él."

2. Los textos de la institución (recogidos en


Mt.26,26-28; Mc,14,22-24; Lc.22,19-20; 1Cor
11,23-25, con diferencias sólo accidentales)

Esa promesa de Cafarnaúm tuvo cabal cumplimiento


en la cena pascual prescrita por la ley hebrea, que el
Señor celebró con sus Apóstoles, la noche de Jueves
Santo.
3. Textos que narran la celebración de la Euc. en
la Iglesia naciente (Act. 2,42 y en los Epístolas de
San Pablo, ej.1 Cor 10,16; 1 Cor 11,26-27) en los
que se ve lo que habían entendido los primeros
cristianos en las palabras de Cristo.

a. Acts.2,42: .

b.1Cor.10,16;1Cor.11,26-27: "El cáliz de bendición


que bendecimos, no es la comunión de la Sangre de
Cristo? El pan que partimos, no es comunión del
Cuerpo de Cristo?...Porque cuantas veces comáis
esta pan y bebáis el cáliz, anunciáis la muerte del
Señor hasta que él venga. De modo que quien
comiere el pan o bebiere el cáliz del Señor
indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del
Señor".

30.3 Testimonio de la Tradición y Definiciones


del Magisterio

1. Lo que verdaderamente impresiona es el carácter


social y colectivo de los testimonios antiguos en
torno a la Euc.: catequesis para los recién
convertidos, cartas dirigidas a los fieles, liturgia (en
la llamada epíclesis de las antiguas liturgias
cristianas, se invoca al Logos o al Espíritu Santo para
que ), inscripciones funerarias, pinturas en las
catacumbas, defensa ante las herejias....; ésta "fidex
simplex" admite universalmente que, después de la
consagración, el pan y el vino son el Cuerpo y la
Sangre de Cristo.

2. La - sintagma técnico para designar la Euc.-


pasó pronto, junto con el Bautismo, a ser el rito
característico de los primeros cristianos. Ellos
creían con absoluta sencillez que el pan
consagrado era el Cuerpo de Cristo. Los
Apóstoles y sus sucesores presentaban a los
fieles el pan consagrado diciendo: Corpus Christi,
y los fieles respondían Amén. La Euc. era Jesús, y
nadie habló jamás de símbolo o figura.
3. Además, no faltan testimonios singulares:

A. Los Padres antenicenos:

(i) San Ignacio de Antioquía (+ hacia 107) - el


más antiguo testimonio de la tradición que habla
claramente en favor de la presencia real de Cristo en
la Euc.

- Vs. los docetas, dice él:

(ii) S. Justino Mártir (+ hacia 165) - establece un


paralelo entre la consagración de la Euc. y el misterio
de la encarnación. El resultado, lo mismo de la
eucaristía que de la encarnación, es la carne y sangre
de JC.

(iii) San Ireneo de Lyón (+ hacia 202) - frente a


los gnósticos: Cristo es Dios, porque sólo Dios puede
hacer el milagro de la trasubstanciación: . (Adv. haer
IV 18,4 )

(iv) Tertuliano (+ hacia 220) - (De carnis resurr. 8 )

(v) S. Cipriano (+ 258) - .

(vi) Los Alejandrinos:

Clemente y Orígenes - dan testimonio de esa fe


universal de la Iglesia que proclama que el Señor nos
da a gustar su Cuerpo y su Sangre.

N.B. Incluso aquí en la escuela de Alejandría, donde


es mayor la tendencia a las expresiones de tipo
simbólico, se deja clara la presencia real.

B. Los Padres Postnicenos: También destacan de


manera especial como testigos de la fe de la Iglesia
en la presencia real de Cristo en la Euc.
(i) Los Griegos: (a) S. Cirilo de Jerusalén (b) S.
Juán Crisóstomo - , (c) S. Cirilo deÊAlejandría,
(d) S. Juán Damasceno

(ii) Los Latinos:

(a) S. Hilario de Poitiers (b) S. Ambrosio - quien


constituyó una autoridad decisiva para la doctrina
eucarística de la teología escolástica. Así lo explica,
"Esta pan es pan antes de la consagración; no bien
ha tenido lugar ésta, el pan pasa a ser la Carne de
Cristo...Ved, pues, cuán eficaz es la palabra de
Cristo... Así pues, cuando lo recibes, no dices en
vano "Amen", confesando en espíritu que recibes el
Cuerpo de Cristo. El sacerdote te dice: "El Cuerpo de
Cristo" y tú dices: "Amén"; esto es, "verdadero"". (
De sacram., lib. 4, cap. 4 )

iii) S. Agustín - aÊpesar de tener predilección


especial por la interpretación simbólica, no pretende
excluir la presencia real. Y así dice él, . ( Sermo 227
)

iv) Sto. Tomás - prueba la conveniencia de la


presencia real por: 1) la perfección de la Nueva
Alianza y la consiguiente elevación que ha de tener
su sacrificio por encima del sacrificio del AT; 2) el
amor de Cristo a los hombres, que impulsa al Señor
a estar cerca de ellos corporalmente, 3) la perfección
de la fe, que en la euc. no sólo se extiende a la
divinidad, sino también a la humanidad de Cristo
invisiblemente presente. (S.th. III 75, 1. )

El MAGISTERIO DE LA IGLESIA:

1) VI Concilio Romano (Gregorio VII, a. 1079, DZ


355) - Vs. Berengario, el primer hereje directo sobre
la Euc. considerándola sólo como un símbolo (figura
vel similitudo) del Cuerpo y Sangre de Cristo
glorificado en el Cielo y que, por tanto, no puede
hacerse presente en todas y cada una de las hostias
consagradas. El Cuerpo de Cristo está en el Cielo, y
en la Euc. sólo estaría de un modo espiritual.

2) IV Letran (a. 1215, XII ecuménico, DZ 430) Vs.


los valdenses, albigenses, petrobrusianos,
henricianos, cátaros que, por aborrecimiento a la
organización visible de la Iglesia y por reviviscencia
de algunas ideas gnosticomaniqueas, negar el poder
sacerdotal de consagrar y la presencia real (S. XII y
XIII). Para combatir todos estos errores, el Concilio
definió oficialmente la doctrina de la
transubstanciación, la presencia real y el poder
exclusivo de consagrar que posee el sacerdote
ordenado válidamente.

3) Constanza (a. 1414, XIV ecuménico, DZ 581-


583) Vs. Juan Wicleff que impugnó la doctrina de la
transubstanciación enseñando que, después de la
consagración, permanecen las sustancias de pan y
vino (teoría de la remanencia). La presencia de Cristo
en la euc. quedaba reducida a una presencia
puramente dinámica. El fiel cristiano recibiría sólo de
manera el Cuerpo y la Sangre de Cristo. La adoración
de la Euc. sería culto idolátrico. La misa no había sido
instituida por Cristo.

4) Trento (Sesiones XIII, XXI, XXII) - que define la


presencia verdadera, real y sustancial de Cristo en la
Euc. Como es lógico, esos tres adjetivos no se
utilizaron por casualidad, sino que respondían al
empeño por salir al paso de los errores que hablaban
de una presencia engañosa, sólo simbólica ( Zwinglio
y Wycleff) o sólo virtual (Calvino).

5) CAT 1373-1374 - se han recogido 3 pasajes


grandes sobre Euc.: Trento Ses XII, SC 7: (Cristo
está presente en la Euc. tanto en (a) el ministro-in
Persona Christi-, (b) especies y en (c) la palabra) y
Mysterium Fidei(habla de una presencia por
excelencia porque Cristo en su totalidad está allí
sustancialmente).
30.4 Transubstanciación

1. Un poco de historia:

- En el sínodo Romano del año 1079 (contra


Berengario) se habla de "conversión sustancial". Poco
después, algunos teólogos - Hildelberto Turonense y
Rolando Bandinelli (luego será Papa Alejandro III-
comenzaron a utilizar el término "transubstanciación"
y que será usada oficialmente por vez primera en un
Decretal de Inocencio III y en el Caput Firmiter
del Conc. IV de Letrán. A la hora de designar ese
concepto emplean términos diversos (fieri, conversio,
transmutari, transelementari, transformat,
mutatione, conversione, etc.). A partir de ahí, este
término se ha convertido en garantía de ortodoxía, y
Pío VI (DZ 1529) en la "Auctorem fidei", contra el
sínodo de Pistoya (1786), afirmó que la doctrina de
la transubstanciación no es una questión meramente
escolástica, opinable, sino una verdad de fe.

La Iglesia ortodoxa griega, después del II concilio


universal de Lyón (1274), recogió de la teología
latina éste término. Pero cuando encontró mayor
difusión este término fue durante el siglo XVII, en la
lucha contra las teorías calvinistas sobre la Euc. del
patriarca Cirilo Lucaris y la Confessio de Dositeo 17.

- De hecho, Santo Tomás (III, q.75, a.2) afirma que


el Cuerpo de Cristo sólo puede hacerse presente en
la Euc. por conversión de toda la sustancia del pan
en la sustancia del Cuerpo de Cristo, y de toda la
sustancia del vino en la sustancia de la Sangre de
Cristo, descartando todo tipo de movimiento local.

2. El dogma:

Cristo está presente en el sacramento del altar


por transubstanciarse toda la sustancia de pan
en su cuerpo y toda la sustancia de vino en su
Sangre. (de fe) - Trento, Ses. XIII, can 2 (DZ 884).
La transubstanciación se verifica en el momento
mismo en que el sacerdote pronuncia sobre la
materia las palabras de la forma (; ), de manera que,
habiéndolas pronunciado, no existen ya ni la
sustancia del pan ni la sustancia del vino: sólo
existen sus accidentes o apariencias exteriores.

3. La noción:

Precisando más el concepto de transubstanciación, y


sus implicaciones en este sacramento, puede
afirmarse:

(a) En la Euc. no hay aniquilamiento de la


sustancia del pan (o del vino), porque ésta no
destruye, sólo se cambia;

(b) no hay creación del Cuerpo de Cristo: crear es


sacar algo de la nada, y aquí la sustancia del pan
cambia por la sustancia del Cuerpo, y la del vino por
la de la Sangre;

(c) no hay conducción del Cuerpo de Cristo del


cielo a la tierra: en el cielo permanece el único
Cuerpo glorificado de JC, y en la Euc. está su Cuerpo
sacramentalmente;

(d) Cristo no sufre ninguna mutación en la Euc.;


toda la mutación se produce en el pan y en el vino;

(e) lo que se realiza, pues, en la Euc. es la


conversión de toda la sustancia del pan y del vino
en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo, que es lo que
llamamos transubstanciación.

N.B. En los últimos años, algunos teólogos han


buscado nuevas fórmulas de explicar esta Presencia
real de Cristo el la Euc.: la transignificación o de la
transfinalización, señalando que, por las palabras
de la consagración, el pan y el vino consagrados
adquieren una nueva significación y se dirigen a un
nuevo fin. No obstante, el Magisterio las juzgas
insuficientes y exige mantener la terminología de
siempre. (Cf. Mysterium fidei, 3-IX-1965, n. 39)

4. Prueba de la Escritura:

La transubstanciación se contiene implícitamente


en las palabras con que Cristo instituyó este
sacramento. Considerando la veracidad y
omnipotencia divina de Jesús, se deduce de sus
palabras que lo que ƒl ofrecía a sus discípulos ya no
eran pan y vino, sino su Cuerpo y Sangre. Por tanto,
había tenido lugar una conversión. Pero los
accidentes no sufrieron esa conversión, como lo
prueba el testimonio ocular de los allí presentes.
Luego aquella conversión afectó únicamente a la
sustancia y fue, por tanto, verdadera
transubstanciación.

5. Prueba de la Tradición:

Los padres de los tres primeros siglos dan testimonio


de la presencia real, pero sin entrar en detalles sobre
el modo con que se verifica la misma. De ahí que en
esa época no encontremos más que sugerencias de
la transubstanciación. Así por ejemplo dice
Tertuliano - .

Desde el siglo IV enseñan ya de manera explícita los


padres que en la consagración tiene una lugar una
conversión, son: S. Cirilo de Jerusalén, S. Gregorio
de Nysa, S. Juán Crisóstomo, S. Cirilo de Alejandría,
S. Juán Damasceno, S. Ambrosio.

Para explicar de forma intuitiva este misterio, los


santos padres emplean analogías, tales como la
conversión del alimento en la sustancia corporal
(Greg. de Nysa, Juán Damasceno), la conversión del
agua en vino en las bodas de Caná (Cirilo de
Jerusalén), la conversión de la vara de Moisés en
serpiente, la conversión del agua de los ríos de
Egipto en sangre, la creación y la encarnación
(Ambrosio).
En las antiguas liturgias, se invoca al Logos o al
Espíritu Santo por medio de una oración especial,
llamada epíclesis, para que descienda y de aquel pan
y vino el Cuerpo y Sangre de Cristo, o para que el
pan y el vino el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

6. El modo como el Cuerpo de Cristo está


realmente presente:

- Nadie duda que el Señor está presente en medio de


los fieles, cuando éstos se reúnen en su nombre: (Mt
18,20)

- También está presente en la predicacción de la


palabra divina, (SC 7).

- Igualmente está en los sacramentos, ya que son


acciones de Cristo.

- Sin embargo, la presencia de JC en la Euc. es de


otro orden: Pablo VI, MF 39).

- Se le llama real no por exclusión, como si las otras


presencias de Cristo- en la oración, en la palabra, en
los otros sacramentos- no fueran reales, sino por
antonomasia, pues es una presencia substancial:
por ella se hace presente Cristo, Dios y Hombre,
entero e íntegro.

a) Bajo cada una de las especies sacramentales,


y bajo cada una de sus partes cuando se
fraccionan, está contenido JC entero, con su
Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad (Trento
Ses. XIII can. 3). JC no se encuentra presente en la
Hostia al modo de los cuerpos, que ocupan una
extensión material determinada ( la mano en un
lugar, y la cabeza en otro ), sino al modo de la
sustancia, que está toda entera en cada parte del
lugar (la sustancia del agua se encuentra tanto en
una gota como en el océano; la sustancia del pan
está tanto en una migaja como en una pan entero,
etc.) Por ello, al dividirse la Hostia, está todo Cristo
en cada fragmento de ella.

b) Cristo está todo entero en cada especie.

No está únicamente el Cuerpo de Cristo bajo la


especie del pan, ni únicamente su Sangre bajo los
accidentes del vino, sino que en cada uno se
encuentra Cristo entero. Donde está el Cuerpo,
concomitantemente se hallan la Sangre, el Alma y la
Divinidad; y donde está la Sangre, igualmente por
concomitancia se encuentran el Cuerpo, el Alma y la
Divinidad de JC. ƒl está presente en la Euc. con la
naturaleza humana y la naturaleza divina. Pero el
Alma y la Divinidad no están por conversión, sino por
simple presencia, debido a la unión hipostática que
se da en la Persona de Cristo entre su naturaleza
humana y su naturaleza divina. Como escribe S.
Tomás; (S.Th III, q. 76, a.1).

c) Permanencia de la Presencia real

Después de efectuada la consagración, el Cuerpo y la


Sangre de Cristo están presentes de manera
permanente en la Euc. La permanencia de Presencia
real es una verdad de fe, definida contra la herejía
protestante que afirmaba la presencia de Cristo en la
Euc. sólo in uso, es decir, mientras el fiel comulga.
Trento dice: "Si alguno dijere que, acabada la
consagración, no está el Cuerpo y la Sangre de
nuestro Señor JC en el admirable sacramento de la
Euc. , sino sólo en el uso, al ser recibido, pero no
antes o después, y que en las hostias o partículas
consagradas que sobran o se reservan después de la
comunión, no permanece en verdadero Cuerpo del
Señor, sea anatema" (Ses. XII, can 4). alguno dijere
que no es lícito reservar la Sagrada Euc. en el
sagrario, sino debe ser necesariamente distribuida a
los asistentes inmediatamente después de la
consagración; o que no es lícito llevarla
honoríficamente a los enfermos, sea anatema(Ses
XIII, can. 7).

Según doctrina unánime de los teólogos, la Presencia


real dura mientras no se corrompen las especies que
constituyen el signo sacramental instituido por Cristo.

7. Permanencia de las especies:

Las especies de pan y vino permanecen después


de la transubstanciación (de fe).

Según declaración del Trento (Ses. XIII, can. 2/ DZ


884), la transubstanciación se extiende únicamente a
las sustancias de pan y vino, mientras que las
especies o accidentes permanecen: ; Se entiende por
especies todo aquello que es perceptible por los
sentidos, como el tamaño, la extensión, el peso, la
forma, el color y el sabor.

8. Realidad física de las especies:

Las especies sacramentales conservan su


realidad física después de la transubstanciación
(sent. cierta).

a. La doctrina de toda la tradición no duda en


absoluto de que a las impresiones de nuestros
sentidos les corresponde una realidad objetiva. Así
dice S. Agustín: . b. El Trento afirma que las especies
, es decir, que quedan como residuo del término total
a quo de la transubstanciación. c. El concepto de
sacramento, que exige que el signo sea objetivo si no
queremos que el sacramento se reduzca a una mera
apariencia.

9. Sin sujeto de inhesión:

Las especies sacramentales permanecen sin


sujeto alguno de inhesión (sent. cierta).
a. El Cuerpo y la Sangre de Cristo no pueden ser
sujetos de los accidentes de pan y vino; tampoco
puede serlo ninguna otra sustancia. De todo lo cual
se deduce que las especies permanecen sin sujeto
alguno. El Catecismo Romano (II 4, 43) califica esta
sentencia como . b. La omnipotencia divina hace que
sea posible la permanencia de los accidentes sin
sujeto de inhesión, pues tal omnipotencia, como
causa primera, puede sustituir el efecto de la causa
segunda, cuando ésta falta (S.th III 77).

30.5 Teorías Teológicas Recientes y


Orientaciones del Magisterio

No han faltado en nuestro siglo, ante teorías


teológicas erroneas, las oportunas orientaciones del
Magisterio, que recuerdan cómo la "conversio
mirabilis et singularis" que se realiza mediante las
palabras de la consagración es un cambio sustancial,
no sólo formal; por lo que no es lícito hablar de la
transfinalización o transignificación: Pablo VI, en la
Mysterium fidei (3-IX-65), afirma que si hay un
cambio de fin o de significado en el pan y en el vino,
es porque, previamente, ha habido un cambio
ontológico, sustancial.

El modernismo ha pretendido adoptar una postura


eucarística de tipo pragmático; negar la Presencia
real, juzgándola imposible, y, al mismo tiempo,
recomendar ante el Sagrario un comportamiento
semejante al debido si Cristo estuviese presente
realmente, ya que eso "nutriría" nuestro sentimiento
religioso.

Aparte de los errores teóricos, se dan otros de


carácter más bien práctico; no niegan la Presencia
real, pero tampoco la tienen en cuenta; entre esos,
pueden citarse la relegación del sagrario en las
iglesias, el descuido de las prácticas piadosas
eucarísticas (visita al Santísimo, Bendición,
Exposición...), de la comunión fuera de la Misa, de
las misas sin pueblo presente, etc.

Es una gentileza de http://www.servicato.com para la


BIBLIOTECA BÁSICA DEL CRISTIANO