Sie sind auf Seite 1von 33

El Día de la Histeria (Volumen 1: «Adentro»)

Adelanto # 1

Día Cero – Wilmer (hermano de Zulma)

Iba leyendo las noticias en la pantalla de su ThinnerTablet, mientras viajaba en el Metro.


Aún no era mediodía, pero dentro del vagón hacía un calor de plena tarde. Ya era común
ver hombres y mujeres con los abanicos que, sin autorización de la empresa, se vendían en
las entradas de las estaciones, y era todavía más común ver al personal de seguridad
llevando en camilla a alguna señora o a algún viejito que se asfixiaban entre el tumulto y se
desmayaban.
El tren (rojo desde el año 2048) parecía deslizarse sobre los rieles como un cuchillo
ensangrentado, por encima de las calles y las avenidas de una ciudad de oro fundido, no
porque tuviera edificios o estructuras doradas, sino porque la intensidad del sol pintaba el
aire de amarillo hasta casi sofocar cualquier otro color. Era muy duro soportar ese
recorrido, pero desde que tenía memoria, a Wilmer le parecía que todo el mundo estaba
acostumbrado.
Él, sin embargo, siempre había sido obsesivo con su propia salud. Era fundamental
cuidar la visión (se lo decía a sus compañeros de trabajo, como un pastor cristiano) y por
eso no se podía salir a la calle sin unas gafas oscuras. A eso se sumaban la crema para los
rayos UV y un tapabocas contra los gérmenes que pululaban en el viento. Todos se reían
cuando Wilmer pronunciaba esa palabra, y luego lo imitaban para gozárselo más: pulu-
laaaban.
—El que los oiga a ustedes pensará que yo hablo como un retrasado mental —les
decía él.
Pero a pesar de las burlas, para todos los habitantes de Medellín salir sin filtros
antipolución a la calle, o por lo menos sin un tapabocas, era igual a salir sin pantalones.
Iba hacia el sur, a una cita con varios de ellos en Ciudad del Río. Todo su grupo de
compañeros universitarios, socios de la empresa que iba en crecimiento, coincidía en que
aquella zona de la ciudad era el último pulmón que quedaba, antes de que la viejísima
Tacita de plata se convirtiera en una gran bandeja llena de chatarra y de madera.
Leyó un primer titular: «En Medellín nace un nuevo barrio cada semana. La oficina
de reparación de víctimas Justicia y Paz publicó en su cuenta de Twitter, @pazyjusticia, un
informe definitivo sobre el crecimiento demográfico de la ciudad, causado por el
desplazamiento, en los últimos 30 años».
«Aburrido», pensó Wilmer. Ya sabía lo que significaba «vivir apretado». Movió los
dedos índice y medio sobre la pantalla de la TT, en busca del siguiente: «Historia de la
Superpoblación. Cómo era la vida en la Tierra antes del año 2050».
«Next».
«En Madrid se conmemoran los 58 años del 11-M: Tras la reparación exitosa del
monumento a las víctimas, habrá un concierto en la Plaza Mayor».
«Pero por Dios, ya, supérenlo. Next».
«El mundo recuerda el primer tsunami japonés del siglo XXI, 51 años después de la
tragedia natural. Gobierno de China propone construir una isla artificial en el Pacífico,
para que el mundo no olvide a Japón».
«Si no hubiera sido eso, lo habrían hecho los gringos. Este siglo no era pa ustedes,
muchachos. Next».
«¿Perdidos en el espacio? La NASA informa que aún no se ha podido establecer
comunicación con los tripulantes del Mars-2. Se estima la posibilidad de enviar una sonda
en su búsqueda».
«Jm, Katherine me va a dedicar esto toda la noche. Next».
«Implantes de neurotelefonía se triplican en las capitales. La senadora Arteaga insiste
en tomar medidas que garanticen la salud, la seguridad y la privacidad en la aplicación de
la nueva tecnología. Arzobispo Osorio advierte sobre el peligro de «robar conciencias».
«Y dale con eso… De aquí a junio me pongo el mío. Next».
«Crónica social. La guerra del agua en el sector de Belén: una temporada en el
infierno (2053-2054)». Wilmer sentía siempre el mismo escalofrío cuando algo o alguien le
mencionaba esas fechas. Se había «trasteado» de regreso a Santacho una semana antes de
que comenzara «el plomo» —aquellas balaceras cotidianas— por el dominio del territorio
donde la Alcaldía había instalado estaciones de distribución. Varios vecinos se lo habían
advertido, y él ahora, por supuesto, les agradecía con todas sus entrañas.
—Este barrio está que se prende, ingeniero —le decía, por ejemplo, Luisa, una socia
del Consejo Inter-Barrios de Belén Rincón. A su mente acudió al instante la imagen
cotidiana de los habitantes del barrio haciendo fila para que los camiones les llenaran una o
dos canecas de agua, mientras el sol ardía en el cielo como una parrilla. En esa imagen
había siempre un destacamento de la «Fuerza Z» custodiando el camión, aquellos soldados
a los que no parecía molestarles tener aprisionada la cabeza dentro del casco rojo que los
hacía tan similares a los auténticos robocops guardianes de los bancos y de las mansiones.
Entre las filas de gente había siempre niños sin ropa, hombres sin camisa, mujeres con el
rostro pintado de odio o de cansancio por el sol—. Si tiene pa dónde irse, ábrase. Y si no,
empiece más bien a llenar baldes de agua y los deja de reserva en los rincones, porque así
va a estar la cosa.
Wilmer se acordó de ella y cada vez se convencía más de que estaba enamorado de
ese recuerdo. Luisa era mayor que él (doce o trece años mayor que él) y le parecía hermosa
justamente porque no aparentaba menos edad ni se esforzaba en hacerlo. Los hilillos de
arrugas que le conectaban los pómulos con la sonrisa le parecían a Wilmer un ramillete de
cobre como los que a veces servían para hacer esculturas de bonsáis. Y en el color de los
ojos tenía algo que cambiaba con la luz y que, en su opinión, era mucho más que un brillo o
un reflejo o algo así. Haberla besado hubiera sido (habría, habría sido)… cómo llamarlo…
una vuelta genial. No aprovechó al despedirse de ella y le agradaba pensar que no habría
pasado nada malo si hubiera tomado la iniciativa.
Acordarse de eso ciertas noches solitarias era, casi siempre, un problema delicado.
—Cuídese mucho, ingeniero —le había dicho Luisa—. Y no baje la guardia, que
vienen días peores. Aproveche esa cabeza que usté tiene.

***
Segundos después de que el tren saliera de la estación Suramericana hacia Cisneros, hubo
un frenazo violento. El semáforo de salida había cambiado a rojo de repente, y el conductor
oprimió el botón como un acto reflejo, cuando recibió la notificación después de haber
avanzado cien metros.
Como cabezas de ganado, muchos usuarios (Wilmer entre ellos) perdieron el
equilibrio y se fueron al suelo o chocaron contra quienes supieron sostenerse. Los
murmullos y las exclamaciones se mezclaron pronto en un chapoteo de voces, mientras
otros digitaban mensajes apresurados en sus smartphones, la última moda retro de quienes
rechazaban los neuroimplantes.
Nadie preguntó qué pasaba, porque ya todos lo sabían: una larga caravana de niños,
desnudos o desharrapados, atravesaba las vías por el tramo del río en ambas direcciones.
Era un paso peatonal no autorizado, pero que también llevaba muchos años siendo una
costumbre. El conductor del tren vio pasar frente a él a dos pequeñas tomadas de las manos.
Aquellas caritas sucias eran la copia de otros cientos y cientos de caritas sucias que
habitaban los extensos barrios de las orillas del río.
Todo ese conjunto de chozas, casitas prefabricadas y edificios de ladrillos agrietados
—que parecían más bien inmensas (y peligrosas) torres de jenga— se veía desde lejos,
desde las montañas que rodeaban el valle, como dos versiones mutantes de caballos de
Troya que se hubieran transformado en estegosaurios de madera, antes de echarse a
descansar para siempre a ambos lados del río, que partía la ciudad en dos. La línea B del
Metro los atravesaba por una especie de túnel, y a veces eran tantos los niños que
caminaban de un lado a otro por los esqueletos de esos armazones que el servicio de
transporte masivo sufría a diario muchísimos retrasos.
Luego de enderezarse junto con quienes lo acompañaban en el vagón, Wilmer apagó
la TT; miró por la ventanilla (como si lo hiciera por primera vez) aquel doble monstruo
fabricado con tablas y bloques rotos de hormigón y neumáticos gigantes de camiones
mineros, entre el puente de la calle San Juan y el de la calle Colombia, y que se estiraba
hacia el sur un poco más allá del puente de Guayaquil. Vivir ahí dentro, pensaba, tenía que
ser lo peor que pudiera pasarle a cualquiera. Él había contado con la suerte de que Zulma,
una vez recuperada de su trauma por la hija de Hernán, el tema del que nunca dejaba de
hablarle por teléfono, lo recibiera de nuevo en la casa (ese negociazo que le había servido
para costearse la universidad), aunque tuviera que acoplarse de nuevo a la dinámica de vivir
todos los días entre desconocidos. Le había dicho a Zulma, por ejemplo, que ese tipo de la
pieza del segundo piso, ese tal Marlon, le generaba muy poca confianza.
Sin embargo, cuando organizaban una rumba en la acera, Marlon era justamente
quien se ocupaba del trago y de la música, y además tenía una novia muy buena gente (sí, la
Profe), con quien se podía conversar de otros temas aparte del fútbol. Así que, era eso, o
irse a vivir en esa muralla erizada de cables de energía y antenas de televisión y pequeñas
chimeneas que siempre expulsaban humo de distintos colores y propagaban aromas tóxicos
hacia los barrios altos.
Afortunadamente, se había ganado entre todos una posición de poder y respeto con el
regalo del refrigerador de dos puertas. Todos los pobres diablos que ahora vivían en la casa
adoraban aquella estatua rectangular como si se tratara de un dios futurista. En especial ese
Marlon, que siempre tenía guardado un six-pack de emergencia, o el señor del tercero, que
le había puesto un nombre y todo el tiempo hablaba de libros.
Ese día (el Día Cero, el Día de la Histeria), Wilmer le había dejado a Zulma, y por
extensión a todos los inquilinos, una nota pegada en una de las puertas del refrigerador:
«Pilas, pa que’sta noche hagamos unos patacones bien bacanos». Esas, por supuesto, no
serían sus últimas palabras; pero sí lo serían para quienes lograran sobrevivir a todo lo que
ocurriría en la ciudad a partir de una hora. Wilmer vio en su reloj, mientras el tren seguía
detenido para darle paso a la caravana, que eran las once y dieciséis del once de marzo de
2062.

***
Después de veinticinco minutos, el tren llegó a la estación de transferencia de San Antonio.
La operación de carga y descarga de pasajeros fue tan atropellada y ruidosa como siempre,
y tan inexplicablemente rápida, a pesar de aquella cantidad tan impresionante de hombres y
mujeres de todas las edades. Wilmer era invisible entre ellos, los olía y los veía y hasta
podía escucharlos un poco (hasta debía empujarlos e insultarlos un poco), pero siempre era
como si la música de los audífonos lo protegiera con una burbuja de sonido. Era la misma
lista de reproducción de todos los días, cuando salía al trabajo: electrónica para moverse
como por un túnel interplanetario. A veces soñaba con que los altavoces de los trenes
cambiaban por fin su cháchara optimista y prefabricada (acompañada de un incansable eco
en inglés y en francés, para los turistas que más visitaban la capital), y decían cosas
estimulantes como «Próxima Galaxia: Andrómeda. Galaxia cercana a la Vía Láctea, con
transferencia a la nebulosa del Caballo y al super cúmulo de Virgo». Ideas como esa
parecían, con frecuencia, muy estúpidas, pero Wilmer sospechaba que eran en realidad el
germen para proyectos grandiosos. Después de apretar el botón del IPod para reproducir la
siguiente canción, se llevó la yema del pulgar a los dientes y se mordió con suavidad y
fuerza a la vez para rascarse. Dos horas atrás, mientras hacía la fila para hacer un retiro del
cajero, vio quejarse a la señora que iba frente a él, luego de haber apoyado la huella del
pulgar sobre la pantalla. «Me mordió», o algo así, había dicho. Wilmer no sintió nada al
apoyar su huella, pero ahora empezaba a molestarlo una piquiña insistente bajo la piel.
Abordó el tren de la línea al sur, después de otra sesión de espera, esta vez de quince
minutos. En ambas plataformas, la gente parecía uniformada no sólo por sus filtros y sus
tapabocas (unos de hospital, otros de laboratorio, otros industriales), sino también por las
camisetas de la selección colombiana de fútbol y por el afán y las ganas latentes de gritarle
a todo el mundo para que se apartara. Wilmer iba apaciguado por una canción de David
Guetta y por el olor a algodón de su tapabocas. En su aliento persistía aún la sensación de
menta del último dulce que se había comido y a sus ojos llegaba, amortiguado por los
lentes, el rojo vivo de los edificios del Centro.
En su recorrido (a veces vibrante y aparatoso), el tren perforaba las humaredas que
subían desde las calles. Todas las columnas que sostenían el viaducto estaban bordeadas de
chozas de tablas y de cartón en las que se acumulaban comunidades enteras expulsadas del
campo. Bajo las vías burbujeaba una vida de mercado exótico, de tenderetes que abarcaban
cuadras enteras y doblaban esquinas, de líneas de cabuya y cables de alumbrado navideño
para colgar ropa de un poste de luz al siguiente, y de restaurantes de carne asada al aire
libre, que impedían el paso de automóviles y buses, aunque había motociclistas que sabían
colarse por entre esas calles diminutas.
Ir al Centro, hoy en día, implicaba el riesgo de extraviarse en un mandala de gente de
todos los rincones del país, en un laberinto de almacenes de ropa y zapaterías y pequeños
restaurantes que vibraban con el estruendo de múltiples equipos de sonido, mientras un
pulso insistente de pregones, con la ayuda de un megáfono o a plenos gritos, invitaba a una
orgía de compras de cuantas baratijas pudieran encontrarse en las carretas y los toldos y las
grandes alfombras extendidas en las aceras o en medio de las avenidas.
Sin mirar por la ventanilla esa Medellín tan parecida a Bangkok (o a la actual Nueva
York, posterior a la «batalla del Central Park»), Wilmer revisó de nuevo la TT, en busca de
los últimos resultados del Mundial. La alegría nacional gemía una vez más por encima del
desastre: Colombia clasificaba por segunda vez, después de dieciséis años, a la semifinal.
Allá en Ciudad del Río iban a hablar de muchas cosas importantes, iban a asignarse tareas
para llevar a cabo un par de proyectos, iban a quejarse de las ex novias y a jactarse de sus
nuevas amantes, pero, sobre todo, celebrarían la goleada de la Selección al conjunto
mexicano. Porque era imposible que no ganaran en el partido de hoy a las 3:30.
Wilmer, de hecho, iba ya tarde para esa charla: sus amigos, sentados sobre una sábana
de picnic que parecía un parche de tela en medio de la amplia zona verde, ya habían
empezado a hablar sobre ese y otros temas, como la energía solar, que iba ligado al de la
economía y al de sus respectivos futuros. Había que hacer algo pronto, porque el mundo
entero se había vuelto insoportable. Aquellos treintañeros desesperados mirarían sus relojes
después de un rato y se preguntarían por qué Wilmer no había llegado. No tendrían que
esperarlo mucho tiempo.

***
Antes de saltar por el borde del viaducto (una altura equivalente a cuatro pisos), Wilmer
pensó en el refrigerador. Había un encanto especial en abrir esas dos puertas y sentir cómo
los colores de tanta comida le saltaban a uno a la cara. Era casi como abrir un portal a algún
paraje frío de Narnia (había visto toda la saga de niño, cuando la gente aún compraba
reproductores de DVD) porque el cambio de temperatura lo empujaba a uno hacia atrás
como una enorme mano de humo blanco. Quedaba de pie frente a un paraíso de cajones y
minipuertas de plástico, casi siempre llenas de frascos de brevas y duraznos y bolsas de
yogur y otras chucherías para que la gente en la casa estuviera contenta. Alcanzó a pensar
que era gracias a ese aparato que aquellas personas lo querían; hasta Katherine, la novia de
Jéssica, que siempre tocaba el tema de la adopción en todas sus conversaciones, lo llamaba
(medio en serio, medio en broma) «don Wilmer», y a veces, cuando había tomado mucho,
«don Vito».
—Los ingenieros como usté son los que van a salvar esta ciudad, don Vito, porque
vea como la dejaron los poetas.
Pequeñas cosas como esa lo hacían sentirse bien, le decían que aunque el mundo
entero se estuviera yendo a la mierda había cosas que podían salir bien.

***
Cuando el tren salió de Exposiciones hacia Industriales, su estación de destino,
alguien en el vagón empezó a estornudar más fuerte de lo común, sosteniéndose con ambas
manos el rectángulo de tela que le cubría la mitad de la cara. Después del quinto estornudo,
todo el mundo alrededor del hombre notó que su tapabocas estaba manchado de sangre. La
mujer que tenía al lado se apartó de él, más asqueada que asustada, sin dejar de abanicarse;
tropezó en su camino con otras dos señoras, que protestaron con las voces amortiguadas
tras sus máscaras de algodón.
Habían dejado atrás las humaredas que envolvían el Centro. La ciudad era de nuevo
un crisol de luz que irradiaba reflejos, tan violentos como explosiones, contra las ventanas
de los edificios de la zona industrial: unas treinta réplicas azules, monumentales, del viejo
edificio de Bancolombia, cercano a Ciudad del Río. Wilmer miraba hacia allí (no había
oído los estornudos, porque en ese momento sonaba algún clásico de Daft Punk) cuando un
empujón lo sacó de su universo musical. Volteó a mirar qué ocurría, por qué la gente
parecía replegarse hacia el siguiente vagón… como huyendo de algo. El tren frenó de
pronto y esta vez los tropezones fueron multitudinarios: varias personas volaron como
proyectiles contra las barras para sostenerse o derribaron al suelo a otras. Wilmer chocó de
espaldas contra un anciano y los audífonos se le escaparon de las orejas.
Entonces las oyó.
Carcajadas.
El hombre de los estornudos se retorcía de risa, arrodillado en medio del vagón. Era
una risa divertida, descontrolada, orgásmica. Se había quitado el tapabocas, y con cada
convulsión de sus carcajadas escupía una fina lluvia de sangre, gotas microscópicas que
quedaban temblando invisibles en el aire. Wilmer lo miró y se sintió devorado por un frío
quemante, un frío de congelador, que creció en su pecho como si estuviera tomando
impulso antes de estallar, por fin, en un grito de horror. Todo el mundo había echado a
correr porque el hombre no sólo se había arrancado el tapabocas, sino que intentaba,
también, quitarse la cara con los dedos. Cuando (al parecer) comprendió que no podía
hacerlo, tiró de sus párpados con las uñas, jaló y estiró la piel y ni siquiera en el momento
del desgarro dejó de reírse, como si acabaran de contarle un buen chiste. Al terminar
levantó su nueva mirada de Gorgona ensangrentada y vio a Wilmer, y la expresión
aterrorizada y blanca del ingeniero le provocó otro ataque de carcajadas.
El tiempo se descontroló. Wilmer no supo cuándo se abrieron las puertas del tren,
cuándo se unió a la avalancha de cuerpos que huyeron (unos al norte, otros al sur), muchos
de ellos ya contagiados, asustados, muertos de risa. Su cerebro se estremecía en la
repetición de una frase inútil («Esto no está pasando, ¡no!, ¡no está pasando!»), obstinado
en seguir creyendo que una pesadilla no podía hacerse realidad. Si había visto lo que había
visto, lo que estaba viendo, lo que todos los que corrían evidentemente estaban viendo,
significaba que todo lo aprendido hasta entonces, todo lo sufrido hasta entonces, era una
grandísima mentira.
A su alrededor, las personas se estaban matando. Unas a otras. A golpes. A patadas.
A mordiscos. Y se reían, ¡se reían!, como el público de un comediante. Wilmer tropezó
sobre los rieles, después de haber logrado alejarse del tren unos cincuenta metros hacia el
norte.
¡Esto no está pasando!
Frente a él, una colegiala había sacado un computador portátil de su morral y ahora lo
descargaba una y otra vez contra la cabeza de su mejor amiga. Las dos se reían como si se
tratara de una inocente guerra de almohadas. Y lo peor, para Wilmer, no era ver toda esa
carnicería en vivo, sin la seguridad de una pantalla que podía controlarse con los dedos,
sino sentir que era algo jodidamente cómico. Las ganas de reír le palpitaban entre el pecho
y la garganta, junto con una piquiña intensa, un deseo de sacarse los ojos para dejar de ver
la verdadera cara de las cosas.
Sí está pasando. ¡Jueputa, sí está pasando!
Pero aunque su mente lo gritara, no podía creerlo. No quería creerlo. Era demasiado
horrible para soportarlo.
Se incorporó, sacudiendo el cuerpo como si un despertador acabara de arrebatarle el sueño.
Cuando echó a correr hacia el borde del viaducto, convencido de pronto de que sólo un
salto desde semejante altura lo expulsaría de ese sueño, no sabía que ya estaba riéndose a
gritos, con lágrimas de alegría que se sentían como agujas sobre las mejillas; no lo sabía
porque estaba pensando en el refrigerador, en que haber logrado ahorrar para comprarlo era
una de las mejores cosas que le habían pasado en la vida.

Adelanto # 2

Día Cero – Ronald


La gente del barrio llamaba a aquel lugar «la Loma del Taxista». Era la cima de una colina,
que daba a un barranco lleno de matorrales, escombros, ratas y gallinazos. Se contaba que
en otra época —la del Capo, en los años 80 de ese cada vez más lejano siglo XX— era
común, de cuando en cuando, que bandadas de aquellos buitres negros delataran la
presencia de algún cadáver en ese mismo barranco, consecuencia de aquello que los medios
calificaban como «ajustes de cuentas entre bandas».
Ronald, que había vivido en Santacho toda su vida, nunca había visto un muerto en
ese lugar, a excepción de una tarde en que observó cómo cuatro gallinazos danzaban en el
suelo, con las alas abiertas, alrededor de los restos de un perro. Lo único que sabía sobre
ese sitio era por qué se llamaba así. La historia del taxista que se había suicidado allí
aparecía en un libro de cuentos que había leído en cuarto de primaria. Y aunque Lorena, su
profesora de Lengua Castellana, se esforzara por explicarle que aquel cuento no era más
que un relato ficticio basado en un hecho real, Ronald asumiría para siempre, después de
oír la historia que le contaría su hermano, que las palabras de ese texto decían la verdad. No
narraban el suicidio del taxista, pero sí el dolor que lo había llevado a hacerlo: esa
lamentable historia de amor que comenzó cuando una mujer se subió a su taxi llorando.
Le gustaba aquel lugar no sólo por esa historia, sino también porque desde allí,
aunque siempre oliera mal, la ciudad se explayaba ante sus ojos como una gran maqueta de
casas, puentes, chozas y torres de apartamentos desarmables, por entre los que corría el
Metro, aquellos trenes rojos que todo el mundo comparaba con cuchillos de carnicero. En el
centro de esa colmena se destacaban los grandes barrios de madera que delineaban el curso
del río, siempre humeantes y agitados y con montones de gallinazos sobrevolando los
techos.
Desde niño, había vivido con la sensación de que a Medellín, década tras década, le
crecían dedos gigantescos de concreto y de metal, racimos de edificios llenos de personas
que no se entendían entre sí al hablar. Allá abajo, por ejemplo, relucía, con su azul de agua
de piscina olímpica, la Torre Coltejer, que volvía a ser el rascacielos más alto del país, al
superar en treinta pisos a la Torre Colpatria (sobreviviente del bombardeo del veinte-
veinticinco). Las dos banderas del pináculo, cada vez más altivas, descansaban por ahora en
la jaula de andamios que seguían subiendo mientras se adelantaba la construcción de diez
pisos más.
«En esta ciudad, todos los conjuntos residenciales deberían llamarse Torres de
Babel», solía decir la madre de Ronald, que había sido corredora de bienes raíces durante
casi veinticinco años, antes de cansarse de cobrar arriendos atrasados y de haber tenido que
llamar a la policía, no muchas pero sí bastantes veces, para desalojar a uno que otro cliente
problemático. Uno de esos clientes, les contó una vez la señora a Ronald y a Esteban (su
otro hijo), había cometido la locura de sacar un revólver cuando un grupo de seis agentes de
policía —cuatro oficiales y dos bachilleres de apoyo— acudió a efectuar el desalojo del
predio en el barrio La Pradera. El hombre hirió en la rodilla a uno de los bachilleres y falló
un segundo disparo antes de que los oficiales lo acribillaran. La noticia ocupó la primera
plana del Q’hubo, pero no hubo ningún otro periódico que la registrara. Nadie supo jamás
la historia de ese hombre. Lina, la madre de Ronald, mandó a limpiar y a pintar de nuevo la
casa y se la cedió a uno de sus colegas; dos meses después, renunció.
Ronald la recordaría siempre como una mujer agitada, incapaz de disimular bajo sus
peinados el infierno de nervios y estrés que retumbaba en su cabeza; cada sesión de
peluquería, que pasaba pegada al móvil mientras atendía a un cliente, duraba entre dos y
tres horas. A su medio hermano, en cambio, lo recordaría siempre con reverencia, con el
respeto y la adoración del hincha que se toma una foto con la estrella de su equipo del alma.
Recordaba lo difícil que había sido la relación entre ambos cuando Ronald era un niño que
apenas empezaba a comprender lo grande que era el mundo a su alrededor y Esteban, por
su parte, era ya un adolescente inconforme, con experiencia en rebeldías justificadas y en el
fracaso. Recordaba los misterios del cuerpo en los que se había iniciado gracias a él las dos
o tres veces en que lo vio llegar de madrugada a la casa con una mujer, sin el conocimiento
ni el permiso de su madre, por supuesto.
Haber guardado el secreto de lo que oyó a través de la pared de su cuarto hizo que
Ronald se mereciera la confianza de Esteban, así como los consejos, sensatos y casi
siempre efectivos, para que distinguiera entre “niñas” y “mujeres” y supiera cómo abordar a
estas últimas. Y, gracias a eso, lo recordaba muy especialmente por haberle transmitido esa
especie de ética íntima que lo hacía amar a todas las mujeres del mundo a la vez, mientras
avanzaba en busca de una que lo ayudara a hallar la fuente de luz de su paso por la Tierra.
Lo había hecho, Ronald se acordaba muy bien, con un solo ejemplo: una historia.
Había salido de paseo con Esteban, cosa que nunca se convirtió en una tradición de
hermanos, pues de hecho sólo volvió a ocurrir una vez, y esa segunda vez no hablaron:
llegaron al parque ecológico al norte de la ciudad tras el recorrido de dos horas y cuarenta y
siete minutos en Metrocable, se tendieron sobre la manta de picnic y distribuyeron sobre
ella lo que iban a comer después de fumar. Cuando, al final de la tarde, no quedaron más
que sobras, basura de envoltorios y montones de hojas que habían llovido desde los árboles,
Ronald y Esteban no hicieron más que contemplar los tonos naranja del atardecer y oír risas
y gritos de niños, ladridos de perros contentos, zumbidos de mini-drones que volaban de un
lado a otro y el correr del agua de un arroyo cercano.
Porque la historia que Esteban había contado en el paseo anterior había sido lo
suficientemente aterradora para los dos. Ronald se acordaba de que Esteban se puso a
contársela después de que él, por conversar sobre cualquier cosa, le habló del cuento del
taxista, que había leído ya unas tres veces por esa época.
—Esa historia es real —había dicho Esteban.
—La Profe me dijo que no —le explicó Ronald—. Que sí existió un taxista que mató
a varias personas, a pordioseros y a gamines, pero que’l cuento es fic-ción.
—No, el man sí existió —insistió Esteban—, pero sólo mató a la esposa, la del
cuento.
Ronald se había acomodado en la manta para escucharlo, poseído de curiosidad.
—En el cuento no dicen que la mató. Ni tampoco que se mató él.
—Pues no —continuó Esteban—, pero el man se mató en la vida real por eso: porque
mató a la esposa. Y ya habían tenido un hijo. Vea, la historia me la contó a mí un taxista y
es así: el taxista del cuento tuvo un hijo con su esposa, después de llevar años y años
casados; descubrió que la esposa sí salía de verdad con otro, pero lo descubrió cuando el
niño era ya grandecito. Es más: la descubrió porque le inculcó al niño desde el principio
que todas las mujeres eran así y después lo convenció de que lo ayudara a espiarla.
—La pillaron entre los dos —comentó Ronald.
—De más que la pilló el hijo y le contó al papá. Se supone que, después, el taxista la
mató delante del hijo y ese mismo día fue y se pegó un tiro allá en la Loma.
—Jm —murmuró Ronald—. Qué vuelta.
—Pero es que’s todavía peor, espere. Eso pasó por allá a principios de siglo, por los
años en que se publicó el libro. El hijo del taxista, según cuentan, creció solo, de pronto
pasó por un par de albergues y lo arrestaron por robar, pero salió adelante solo, sin
mendigarle nada al Municipio. Se colocó en un buen puesto después de cumplir treinta, dos
años antes de la guerra con Venezuela; se casó, y póngale ojo: tuvo un hijo.
—¿Y qué? —preguntó Ronald—. ¿También mató a la esposa delante del hijo?
—Eso sí sería un hueso de historia —dijo Esteban—. No. Pero educó al niño con las
ideas del papá. O sea que el nieto del taxista creció con la idea de que el abuelo había sido
un “putas”. Un varón que sabía tratar a las mujeres.
Ronald no lo sabía, pero esa última frase hacía que Esteban pensara en su padre. La
historia de los taxistas lo hacía odiarlo un poco más. Lo que Ronald tampoco sabía era que
a Esteban lo tranquilizaba mucho que su medio hermano menor no supiera que la madre de
ambos había tenido un esposo que la golpeaba sin falta cada viernes, después de
emborracharse y drogarse hasta las nubes.
—El hijo del taxista nunca mató a nadie; puede que se hubiera agarrado a golpes con
alguien en la calle, pero lo que más hacía era beber, sobre todo desde el día en que lo dejó
la esposa y le dejó la carga de criar al pelao. Lo encontraron ahogado en la Iguaná,
hinchado, morado, picoteado de gallinazos… El nieto del taxista también tuvo que crecer
solo con eso. El taxista que me lo contó a mí decía que el hijo y el nieto (no sé cómo)
heredaron el taxi del que habla el cuento. Y sobre el carro hay otro montón de historias,
porque hay montones de historias de taxistas asesinos. Pero hay dos versiones sobre el
nieto. Una dice que vendió el carro y que ningún conductor se atreve a manejarlo porque
han oído un llanto cuando el carro está guardado, de noche, como si hubiera una mujer en
el asiento de atrás; supuestamente, está abandonado en un deshuesadero detrás de la Nacho.
—Oiga… ese es un hueso peor —se burló Ronald—. ¿La otra versión vale la pena?
—Si la otra versión es verdad, entonces la novia de un parcero mío de la escuela
conoció al nieto del taxista. Se habían ido a acampar de aniversario a Santa Helena en un
puente festivo, hace más o menos dos años. El segundo día se le pegaron a un grupo de
ambientalistas que iba de caminata por el bosque. La nena se les perdió a las tres horas,
cuando ya iban muy adentro, lejísimos del pueblo. El parcero casi se’nloquece, ya de noche
era todavía llamándola y llorando, y cuando llegó la policía, al otro día, se lo tuvieron que
llevar.
Ronald ya se imaginaba cómo sería lo que restaba por contar, pero, como siempre, el
dato real superó su imaginación.
—La encontraron el jueves de esa semana, repartida en cuatro bolsas negras, en
cuatro canecas de basura: la del parque, la del mercado, la de la plaza y la de la terminal.
—Go-norrea —dijo Ronald.
—Al parcero lo perdimos, obviamente: está viviendo en el Centro, lleva todo este
tiempo durmiendo en la calle.
—¿Y cómo supieron que fue el nieto del taxista?
—No, no se sabe. Se dice que fue él porque ese año encontraron así a otra pelada, no
sé si en Guarne o en Marinilla, y a finales del año siguiente, a otra en Rionegro. Dicen que
tiene que ser un taxista y que por eso las encuentran en pueblos diferentes y repartidas en
canecas que están muy lejos una de otra.
—Claro, tiene que ser —asintió Ronald—. ¿O sea que está vivo?
Recordaba cómo Esteban se puso de pie sobre la manta en ese momento y encendió
un cigarrillo.
—Ojalá no por mucho tiempo —dijo, exhalando una nube gris, larga y retorcida—.
Ojalá no lo agarre la policía, sino alguien bien animal como él, más animal que él, y ojalá
lo pique en bastantes pedazos y que lo mantenga vivo pa que vea cómo lo van picando.
A Ronald le había molestado por un momento el deseo de Esteban. Derramar sangre
como venganza por la sangre. Pero a continuación entendió por qué se lo tomaba de un
modo tan personal.
—El parcero me había alcanzado a presentar a la novia como un mes antes. Nea, yo
me’namoré d’esa nena ahí mismo. Linda, pero linda, brother. Uno entendía de una por qué
este man se veía tan feliz cuando se la presentaba a los amigos y a la familia. Radiante es la
palabra. La nena era radiante y el parcero se veía radiante con ella. Yo me pongo a pensar:
donde a Diana le hubiera pasado algo así… —Hablaba de su última ex novia—. Pero es lo
mismo. Me habría enloquecido igual.
Parte del ritual de fumar en la Loma del Taxista era revivir también a su hermano
mientras el cannabinol expandía el tiempo conforme iba estallando en sus neuronas. Lo
veía de pie, fumando, llenando de humo el final de su historia y mirando, mientras lo hacía,
una manilla negra que llevaba anudada a la muñeca derecha. También él había
desaparecido en un viaje a los Llanos, pero jamás lo habían encontrado.

***
El primer pensamiento de Ronald, al llegar esa mañana a la Loma del Taxista, fue el de
siempre, el único del que se sentía orgulloso, porque sonaba como esas sentencias
filosóficas de su madre: «No fue el verano lo que quemó la ciudad de la eterna primavera.
Fue el infierno». Sonaba hermoso, como esos poemas que les gustaban a Fabiana y a
Verónica, los que publicaban en Profiles para dar la impresión, entre sus millones de
«contactos», de que eran mujeres muy cultas.
La tarde en que se le ocurrió la frase, la anotó con un marcador en uno de esos
papelitos adhesivos en los que Wilmer, el hermano de Zulma, les dejaba notas sobre la
puerta de Hal, el refrigerador: «Hey, muchachos, ojo con lo de la tapa del sanitario, que las
nenas se’stán quejando y tienen razón. Trabajemos en equipo, pues»; «No se les olvide que
en semana, cada quien lava lo que utilice de la cocina»; «Elkin propuso que los findes
apostemos la lavada de los trastos con un juego de parqués. Lava el que gane, obviamente,
jajajaja…».
Casi siempre eran mensajes justos y agradables, pero a veces le daba el vicio de las
frases de autoayuda, que hacían que don Ricardo estallara de risa cuando las comentaban
juntos, después de fumarse un porro en la terraza. Oír al viejo hablar sobre toda esa mierda
literaria, combinada con sus propias anécdotas de cuando era miliciano, se había convertido
para Ronald en una especie de ceremonia.
Fue él, justamente, quien le dijo que aquella, la del infierno, era una buena frase. Le
dijo que invertía no sé qué cosa en la percepción de no sé qué. «Unas güevonadas
intelectuales que ni él mismo se cree —le dijo Ronald a Verónica una vez en la cama—.
Pero aunque hable tan enredado, el viejo es un parcero».
Se había atrevido a escribirla cuando leyó una que había escrito Zulma, tomada del
Apocalipsis: «Y los hombres se quemaron con el gran calor, y blasfemaron el nombre de
Dios, que tiene poder sobre estas plagas, y no se arrepintieron para darle gloria». A la loca
esa le fascinaba criticar lo que todos hacían, dentro o fuera de la casa, con el argumento de
la religión; ella, que tenía cara de haber sido una bandida, y de las peores. El modo en que
se le insinuaba a Elkin (con palabras, con gestos, con poses, con vestidos) era lo que a él le
daba risa cuando conversaba con don Ricardo.
La vida en esa casa era un verdadero circo, pero a pesar de todo, era una vida
agradable, aunque no del todo pacífica. No tanto por lo de la música, que a él, simplemente,
no le gustaba, mientras que a don Ricardo le entraban ganas de «partirlos a todos con una
hijueputa hacha», como le había comentado varias veces, realmente molesto.
—A mí no me molesta tanto eso, don Richie. Se embute uno en la cama con unos
audífonos y suerte. Lo que sí me molesta es ese tipo.
—Marlon.
—Ajá.
Ya no recordaba bien cuándo habían hablado sobre eso. Lo que recordaría siempre,
cuando fuera con Melisa y con los otros hacia el sur de la ciudad, días después de regresar
del mercado de los Borda (sin Marlon), era que habérselo contado todo a don Ricardo había
sido muy importante para él.

***
El clima de la ciudad, ese día (el Día Cero, el Día de la Histeria), era la explicación perfecta
para la frase de Ronald. Tuvo tiempo de pensarlo, sentado al borde del barranco, ya lo
suficientemente «trabado» como para que no le importara el calor, antes de ver lo que
sucedería en el Metro.
Si conversar con don Ricardo después de un porro era ya una rutina fundamental para
su vida, ir a la Loma del Taxista y mirar la ciudad después de un porro era un rito propio
indispensable. Sin él, sencillamente, la vida era una porquería. Se trepaba al cerro a bordo
de la moto como Albert Hernández (que había ganado varias veces el internacional de
motocross de Estados Unidos en la categoría 250 cc) y se quitaba desesperado el tapabocas,
después de parquear junto a un arbusto, para darle tres caladas, rápidas y furiosas, a un
pitillo de cripa.
Los compraba en Nueva Belén, el barrio occidental del río Medellín, en una casa de
paredes destartaladas que siempre parecía a punto de caerse y en la que sonaba todo el
tiempo música de Portishead y de Bob Marley. El jíbaro que manejaba aquella «plaza», al
que sus compradores le decían Kongo, era un tipo extravagante, de rastas duras y nudosas
que coronaban su rostro barbado como las sogas de una embarcación. Él le había dicho a
Ronald alguna vez, con su mal remedo de la voz de un taita indígena, que observar el flujo
de la vida en el lugar donde uno había nacido era un método fabuloso para el conocimiento
de sí mismo. «Y la eficacia del método es mayor si la observación se hace desde un sitio
alto. Por eso hay que viajar mucho, pero también hay que mirar atrás de vez en cuando».
A Kongo había que creerle todo lo que dijera porque el tipo convertía en práctica todo
lo que para don Ricardo era pura teoría. Ronald, en las epifanías de sus episodios fumados,
se decía que esos dos hombres eran sus Maestros (así, con mayúscula), cada uno a su
manera: dos puertos distintos de una misma sabiduría. Mientras que don Ricardo hablaba
de literatura en términos de códigos y estructuras, Kongo la definía con el discurso del
deseo, de «la bestia humana que convierte en arte su locura». Para Ronald no siempre era
fácil entenderlos a ambos. Pero era capaz de captar las diferencias de sus posturas y sabía
que las dos eran provechosas y necesarias.
Fue por ello que pensó en su propia frase y se sintió contento de haber sido capaz de
construirla. Le daba la impresión de haber sintetizado en ella toda la confusión y toda la
tristeza de los últimos meses. Adoraba a Fabiana, y la deseaba, y deseaba a Verónica, pero
sin adorarla. Ninguna de las dos lograba colmarlo, conducirlo a ese punto espiritual que
Kongo denominaba «la Luz». Por eso, y por otro montón de cosas, el mundo le parecía
injusto, un diseño natural ya deteriorado y que necesitaba pronto una renovación.
Esa era una idea que se desprendía de su profesión (el diseño gráfico), pero no había
podido condensarla en una buena frase, aun después de varios intentos. En su libreta de
apuntes, un regalo de don Ricardo elogiado por Kongo con risas de satisfacción —y
expresiones sin significado como «¡Wóóh!»—, Ronald había escrito y tachado cantidades
de frases. Nunca le gustaban. Terminaba haciendo dibujos sobre ellas, rostros de viejos y de
gente cansada, semblantes que veía por la calle cuando recorría la ciudad en moto, rumbo a
su trabajo.
Con los dibujos, por supuesto, le iba mucho mejor que con las frases, y de hecho lo
hacía tan bien y le salían casi siempre con tanta facilidad que no entendía por qué los
escritores no dejaban de complicarse la vida con las palabras; por qué no (mejor) contaban
sus historias con imágenes. Cuando la doble pregunta salió a colación en la terraza, don
Ricardo habló de géneros de expresión creativa, o algo así, que perseguían un mismo fin,
pero que, al no poder utilizar siempre los mismos medios, eran expresiones incompletas.
—Ni las palabras ni las imágenes pueden expresarlo todo. Puede que la combinación
de las dos lo logre a veces, pero ni así creo que se logre por completo. Por eso son artes, no
ciencias.
Como de costumbre, Ronald «quedó en las mismas». Kongo, por su lado, había dicho
algo muy parecido, pero que tampoco le ofrecía una respuesta clara. El caso era que a él le
gustaban más los dibujos que las palabras y por eso no podía citar a esos autores que tanto
le recomendaban sus Maestros, pero en cambio, habría podido dictarles cátedra sobre
Liniers y Salinas y Olivetti, los argentinos, y sobre Patrick Gleason y Janín y Alan Davis,
los gringos. De todas maneras, se sentía orgulloso de su propia frase, y hasta Fabiana la
había difundido en su perfil después de leerla en la nevera, pero si tuviera que elegir entre
la frase y cualquiera de sus dibujos, elegiría siempre los dibujos.
Kongo le había planteado esa pregunta como «ejercicio de indagación personal».
Ronald sólo añadió a su respuesta que en las imágenes no había trucos porque eran más
fieles al pensamiento.
—Vos no querés entender que si sos capaz de pensar una cosa, sos capaz también de
escribir sobre ella —había contraargumentado don Ricardo en la terraza—. A la larga,
escribir y dibujar son la misma joda.
Y aunque, por lo general, Ronald creía un poco de lo que decía uno y otro poco de lo
que decía el otro, ninguno de los dos había logrado convencerlo sobre ese tema. Se limitaba
a mirar sus trazos en la libreta y de cuando en cuando retocaba alguno, añadía líneas,
sombras y algún detalle que, a su juicio, le hiciera falta a uno de los rostros: un lunar, una
arruga, una cicatriz… Pero había uno, uno solo, al que jamás le agregaba ni le quitaba nada.
Era, incluso, el único que tenía título: La Niña.

***
Todos los martes. Seis y treinta de la tarde. En el semáforo de la avenida Nutibara, diagonal
a la esquina del MegaMcDonalds, cuyo edificio parecía inflarse al borde de la calle como
un globo amarillo contorneado de cintas rojas. Era allí donde la veía siempre, haciendo
malabares con mangos y mandarinas, frente a la larga fila de automóviles, mientras el
semáforo permanecía en luz roja.
Ronald nunca lo sabría (porque la comparación no se le ocurriría a él, sino a
Verónica), pero era allí —cuando arrojaba sus frutas al aire y las hacía danzar como esos
ochos que trazan las abejas, suspendidas frente a sus colmenas— donde Melisa se parecía
como nunca a la pequeña heroína de Michael Ende. Sus crespos agitados la hacían
semejante a un diente de león negro, feliz de que el viento se llevara sus cabellos y los
esparciera como briznas de ceniza. Así mismo la había dibujado: diminuta, flaquísima, casi
folclórica con su ropa de retazos de distintos colores. Hipnotizando al mismo tiempo a
decenas de conductores de carros, motos y microbuses. Deteniendo el tiempo con su acto,
un ejercicio sencillo de concentración y respiración. Así la veía Ronald siempre, desde el
asiento de la moto que vibraba entre sus muslos, sonriente y feliz de poder, cada vez,
cuando el semáforo cambiaba a verde, depositar una moneda en su manito sucia.
—Y esas moneditas que le dan, se las gasta en frutas pa poder hacer malabares todos
los días —había comentado Ronald, no sabía ya si a Fabiana o a Verónica—. Y pues, por la
noche, se las come con otros niños que trabajan en otros semáforos.
Después de haberles mostrado a todos el dibujo de Melisa (sin saber, todavía, que se
llamaba así), Jéssica lo convenció de que lo pegara en la puerta izquierda de Hal, con un
imán en cada punta de la hoja. Cuando lo hizo, la misma Jéssica, delante de Katherine y
con unos shorts que no le cubrían por completo las caderas, le dio un beso en la mejilla,
pero tan cercano a la comisura de los labios que Ronald sintió un espasmo frío muy por
debajo del ombligo.
—Semejante mamacita, don Richie —se lamentaría luego, después de pasarle el
cigarrillo a don Ricardo en la terraza—. La vida sí es muy injusta, ¿no?
Un momento tan fugazmente pornográfico se había producido en su mente como el
flash de una fotografía, para luego derivar hacia cantidades de fantasías nocturnas que
jamás se harían realidad. Y todo gracias a un dibujo que sólo contenía, como había dicho
Kongo al verlo, pureza y calma.

***
Melisa.
Fue el segundo pensamiento de Ronald, en la Loma del Taxista, cuando vio que
abajo, a lo lejos, en la maqueta de la ciudad, un tren rojo se detenía entre dos estaciones y
abría sus puertas para dar paso a montones de pasajeros que saltaron a las vías y echaron a
correr.
Casi sin saber que lo hacía, Ronald se puso de pie.
—Ay, jueputa, qué estará pasando —le preguntó a nadie. Al cabo de un rato le llegó
el sonido de las alarmas de los trenes, pues ahora podía ver que eran varios, a lo largo de la
Línea A, los que habían interrumpido su marcha y dejado salir a sus pasajeros para que
huyeran.
Porque era eso lo que le parecía a Ronald desde allí arriba. Le parecía que huían…
aunque había otros que daban, más bien, la impresión de saltar de júbilo, como niños al
salir de la escuela o como hinchas de cualquier equipo de fútbol rumbo al Atanasio. De
algún modo, sonaba lógico: al fin y al cabo, casi todos lucían camisetas de fútbol. Como si
se estuvieran riendo. Empezó a hacerle otra pregunta al aire y se interrumpió al notar que
varias de aquellas personas estaban saltando por los bordes del viaducto, hacia la calle. No
era fácil estar viendo eso y al mismo tiempo tener que procesarlo, tener que creerlo.
«¡Qué putas está pasando!», gritó una voz en la mente de Ronald.
Se’stán matando, le contestó otra, aterrorizada: ¡Parce, se’stán matando!
Lo aceptó por fin (No es la «traba», está pasando de verdad, esa gente se está
matando, ¡se’stá matando!) cuando oyó la primera explosión. Nadie lograría llevar la
cuenta de todas las que ocurrirían ese día. Y mientras veía nacer el caos frente a sus ojos, el
caos que convertiría su frase en una premonición, Ronald pensó en Melisa (no en Verónica
ni en Fabiana ni en su madre ni en don Ricardo ni en Kongo): la niña de los malabares con
frutas, del semáforo en la Nutibara.
La ruta hacia allí ya estaba muy bien trazada en su mapa mental de la ciudad. Saltó a
la moto y dejó una nube de humo blanco en la soledad de la Loma del Taxista, al partir a
toda velocidad.

Adelanto # 3

Día Cero – Fabiana.


Esa mañana, al mirarse de nuevo al espejo, se dijo por primera vez (y se lo dijo a su
imagen en voz alta) que ya estaba empezando a cansarse de hacerlo. Empezaba a cansarse
de que sólo el espejo le confirmara diariamente que existía. Estaba cansada de esas ganas
que le daban, como ahora, de hablar con su propio rostro desmaquillado.
—Él ya ni te mira —dijo la Fabiana del espejo.
—Y si yo empiezo a hablar conmigo misma, me voy a enloquecer más —le hizo
decir a continuación la Fabiana de verdad.
«La de verdad soy yo —pensó, mirándose, tocándose la cara con los dedos, sacándole
la lengua a su propia imagen—. La que está a este lado soy yo». Sí, se dijo: era ella quien
trataba de sentirse en paz en medio de tantos paisas uniformados con camisetas de fútbol;
era ella quien discutía consigo misma, mientras el televisor, afuera, vomitaba noticias de
última hora con esa música de tragedia. De haber estado allá, en el Distrito Capital, la hora
del Noti-Z habría sido sagrada, como una reunión familiar importante, y las voces de
periodistas y reporteros habrían ido acompañadas de los comentarios de Mom’s, de
aquellos breves análisis de la realidad nacional.
Lo cierto era que se le hacía más fácil hablarse a sí misma que hablarle a él. Pero ya
no podría hacerlo. No después de encontrar el papelito. En ese momento, al acordarse, dejó
de bromear con su reflejo. Tenía que resolver las cosas como una adulta. «Soy adulta. Soy
adulta, carajo».
Dejó de repetírselo cuando por fin, luego de encontrar el frasco en el botiquín junto al
espejo, depositó una pastilla en la palma de la mano izquierda.
La miró.
Dudó cinco segundos.
Formó un puño que le hizo doler los nudillos… Por último, volvió a abrir los dedos y,
sin pensarlo más, se llevó la pastilla a la boca. Tuvo que beber, como siempre, de su propia
botella («Porque en esa ciudad el agua no es potable», le volvía a advertir la voz de
Mom’s), y mientras el agua fresca se llevaba la pastilla por su garganta, pensó en aquel
dicho que estaba segura de haber empezado a escuchar a los seis años: «Ahora el mundo se
acabó por última vez». Era uno de los dichos favoritos de su madre (uno de los tantos que
odiaba Ronald con bastante razón), cargados con el mismo tono alarmista de ese famoso
presentador de noticias, autor de una declaración que hoy mucha gente tomaba por cierta:
«El siglo XXI empezó, oficialmente, en el año 2015; en el año 2050 empezó, oficialmente,
su decadencia».
Fabiana no lo recordaba bien, porque las bombas atómicas de Israel habían explotado
en el año 2045, poco después de su quinto cumpleaños. Las imágenes del revuelo que la
noticia había causado en el mundo eran imágenes dispersas, inconexas. La «carreta» sobre
el Apocalipsis, que ella no comprendía del todo en esos años, había vuelto a estar en boca
de todos. Supo que cuando Ronald habló de eso con don Ricardo, el viejo le había dicho
que él sentía lo mismo con lo de las Torres Gemelas, y que eso mismo pasaría con los
bombardeos del ejército venezolano en Bogotá, en 2025. A Fabiana le pareció que tenía
razón, porque ella apenas recordaba la historia de cuando su madre vio desde Monserrate
cómo un par de cazabombarderos lanzaron misiles aire-tierra hacia un conjunto de fábricas
del sur de la capital. El otro dato se le hacía familiar, pero se le escapaba.
—¿Cuáles Torres Gemelas? —había preguntado Fabiana.
—Nueva York. Algo con Nueva York —respondió su novio. Apenas llevaban un año
en la casa de doña Zulma—. Buscá en Google.
Se habían quedado mudos. ¿Cómo habían pasado por encima de eso en el colegio?
¿Cómo algo así había llegado a ser tan poco importante? Compararon imágenes durante dos
horas hasta encontrar una historia aún más olvidada: la de las bombas que habían caído cien
años antes que las de Israel.
—Mierda, en Japón —comentó Ronald, mirando la pantalla.
—Cierto que Japón existió —evocó Fabiana, que había nacido un año después del
Gran Tsunami del Pacífico.
Todo aquello le vino a la mente en un segundo, mientras se miraba al espejo ese día
(el Día Cero, el Día de la Histeria) y pensaba: «Ojalá el mundo se acabara mañana».

***
Ellas se citaban allí mismo, en el rincón de la terraza donde Ronald y don Ricardo se
reunían a fumar de noche, creyéndose importantes porque «desafiaban» a los dueños de la
casa. Fabiana entendía que aquello no era mentira del todo, porque Wilmer sí le había
hecho un reclamo alguna vez; le había dicho algo así como «Hable con su novio» o «Pídale
el favor de que converse bien las cosas con don Richie» o seguramente ambas cosas.
Fabiana entendió que Wilmer se lo decía por orden de su hermana, porque a él no parecía
preocuparle verdaderamente el asunto. Aun así, se había sentido avergonzada y culpable,
casi al punto de encerrarse a llorar como hacía de niña cuando Mom’s la regañaba. Pero
recordó también que Ronald la hizo sentirse mejor cuando le aconsejó que «se hiciera la
loca».
—Si Wilmer nos empieza a joder la vida por lo de la marihuana, nosotros se la
podemos joder a él con lo del trago y esas otras cosas que le deja vender a Marlon. Si te
vuelve a preguntar, decile amablemente que coma mierda.
Fabiana había reído con el comentario y conservaba el recuerdo como uno de los
momentos en que más lo había amado, por encima de todas las voces que le rogaban no
hacerlo. Fue una de las pocas veces en que hicieron el amor y ambos se sintieron a gusto.
Ya no estaba segura desde cuándo había empezado a fumar ella también, porque
Isabel no había sido la primera en ofrecerle, pero terminaron fumando juntas en el rincón de
la terraza como un par de hermanitas que compartieran una especie de secreto sucio. Y en
realidad no era un solo secreto, sino un conjunto de secretos lo suficientemente grande
como para confirmar que todos en esa casa, y por lo tanto en todo el barrio (y por lo tanto…
y por lo tanto…), estaban tan locos como los internos de cualquier institución mental.
Lo de Marlon era sólo una punta en un nudo de hilo bastante enredado. Además, se
decían ellas, ¿quién no tenía algo que ver, hoy en día, con el contrabando, con el
narcotráfico, con eso que en boca de todo el mundo se llamaba corrupción sin que se
supiera bien lo que quería decir? Fabiana e Isabel se enteraban de ese tipo de noticias por
las redes, como todos, pero los chismes que en verdad les interesaban eran los de siempre,
aquellos que se sustentaban en una idea compartida: la infidelidad era el peor virus
inventado por los seres humanos, tal vez por ser el más delicioso de todos. La frase era de
Isabel y si Fabiana la compartía, era sólo para poder entrar en su «círculo de simpatías».
—Y entrar ahí —le había dicho Isabel cuando explicó a qué se refería— es más
difícil que entrar al Cielo.
Pero Fabiana, en realidad, no compartía la frase. Ronald no podía serle infiel: también
de eso se había convencido. Le había bastado verlo hablar con Mom’s para convencerse, en
la breve temporada en que convivieron en Bogotá, poco tiempo antes de decidir alejarse de
ella y de sus opiniones tóxicas. Lo había visto hablar con ella sobre la presidencia (que él
llamaba la dictadura) de Valen Arteaga, sobre los horrores de los desembarcos
norteamericanos en las costas venezolanas antes de 2030 y sobre los múltiples casos de
asesinatos de mujeres que se habían quedado sin resolver en Medellín durante toda la
década de 2040. Había visto en ellos a dos personas que sabían de lo que hablaban, que
argumentaban con propiedad, en lugar de esa especie de coqueteo descarado que a Mom’s
le había servido para ahuyentar a dos “noviecitos” anteriores, y en el que aquel par de
idiotas habían caído sin darse cuenta. Era, pues, bastante obvio que Ronald la quería a ella.
La quería e iba a cuidarla por encima de quien fuera. Seguramente se lo había dicho a
Isabel con esas mismas palabras.
La mañana del Día Cero tenían una cita, porque Isabel se lo había rogado por celular
durante una semana, y también con miradas directas cuando coincidían en el comedor.
Poco tiempo después, Fabiana sospecharía de sí misma, diciéndose: «Yo ya lo sabía. Ya
sabía lo que me iba a contar. Por eso le dije tantas veces mañana… mañana…
mañana…Por eso hoy estoy aquí y no con Mom’s en Bogotá, oyéndola hablar maravillas
del Presidente Z y pestes de la presidenta Arteaga». Y además estaba el papelito hallado en
el piso: alguien lo había deslizado bajo la puerta.
Tal vez por eso se había quedado quieta al pie de las escaleras que conducían a la
terraza, mirando el rectángulo de luz que, allá arriba, parecía una fotografía del cielo por la
que pasaban gallinazos como sombras cansadas. Miró un momento la puerta de don
Ricardo, a la derecha, y sintió de algún modo que el viejo tenía algo que ver en lo que
Isabel iba a contarle. O, por lo menos, tenía que tratarse de algo que él también sabía. Y en
ese instante decidió que sus primeras palabras, en cuanto viera a Isabel, iban a ser: «No me
lo cuentes. No quiero saber nada».
Había sido una buena época, una temporada muy bella de historias pícaras, casi
siempre pornográficas, que Isabel iba soltando a medida que la emoción de conversar y de
reír le llenaba todo el cuerpo y hacía que terminara siempre sacudiendo los brazos y el pelo
al hablar, mientras Fabiana reía o se lamentaba al escucharla, y le parecía tan linda con esa
sonrisa y esos ojos grandes que hasta se sentía inferior a ella.
Tenía mucho que agradecerle, no sólo por haberla tratado bien desde el principio, por
no mirarla con desprecio ni llamarla rola, palabra que a Fabiana le sonaba como un
sinónimo de «estúpida», sino también porque todas aquellas sesiones de chismes habían
sido más que una convivencia amistosa: habían sido, para ella, una manera de consolarse,
un medio para darse cuenta de que había vidas peores que la suya, vidas más tristes y
confusas… vidas más falsas. En parte era triste que lo mejor de su fuga con Ronald a
Medellín no fuera Ronald, sino lo que su madre llamaba «una mujer sin norte», pero a la
vez era una especie de compensación.
Todo aquello le había generado confianza para sobrevivir en esa otra capital hostil,
encerrada en su anillo de montañas y repleta de tipos que te decían cosas por la calle; le
había despertado el timbre de voz necesario para gritarle a Mom’s por teléfono que dejara
esa puta costumbre de estar llamándola tres veces al día para saber cómo le estaba yendo y
qué clase de amigos tenía, y lo único que había lamentado al decir aquello fue no poder ver
qué cara había puesto Mom’s.
De manera que sí: por supuesto que sabía lo que Isabel iba a contarle. Lo había sabido
desde la hora en que «esa tipa», como la llamaba en secreto, entró a la casa con su blusa
ceñida y sus aires de escritora y sus muestras de pasión con Marlon, ya fuera bailando en la
calle cuando Wilmer armaba sus parrandas, ya fuera con ese gemir sobreactuado de ciertas
noches. Sabía muy bien que Ronald la miraba: don Ricardo lo hacía, el hermano de Zulma
lo hacía, la novia de Katherine lo hacía. Verónica debía saberlo también, porque sabía
exhibirse, y en su atractivo, pensaba Fabiana, no se notaba delicadeza alguna; ese tatuaje de
la espalda, por ejemplo, tenía que haber dolido bastante. Lo que hubiera costado era lo de
menos, porque seguramente lo había pagado tal como imaginaba. «Mom’s tenía razón en
eso. Hay mujeres a las que se les nota en la cara. Se les nota».
Conocía la costumbre de Ronald de salir por la mañana para irse a «ver la ciudad»
desde la Loma del Taxista. Allá debía estar (eso esperaba, lo deseaba de verdad), pensando
en un montón de tonterías sobre el Espíritu del Planeta, en lugar de pensar en ella, en ella
que debería serlo todo para él, en ella que había abandonado a Mom’s porque se sintió
grande y fuerte y capaz, aunque hasta ahora sólo había sido capaz de hacer todo lo que
Ronald le aconsejara.
«Él ya ni te mira», repitió en su cabeza la Fabiana del espejo.

***
Lo primero que vio en la terraza, cuando consiguió por fin ascender uno a uno los quince
escalones, fue el neumático del viejo taxi de Elkin, que tanto le había llamado la atención
cuando Wilmer les mostró la casa a ella y a Ronald tres años atrás, luego de haber cerrado
el asunto de los papeles para la habitación. Sobre la llanta descansaba una matera de barro
cocido con una penca recién florecida. Fabiana no sabía entonces que eso era lo único que
le había quedado a Elkin después del accidente; eso y una eterna expresión de optimismo
que a ella le congelaba los nervios. No lo conoció en esa primera visita (fue Wilmer quien
les habló de él, de Marlon y de don Ricardo), y cuando empezaron a vivir en la casa,
Fabiana prefería no cruzarse mucho con él. Se veía que era amable; imaginaba que todas las
personas que se recuperaban de accidentes tan graves siempre lo eran de algún modo. Ver
ese neumático siempre la hacía sonreír porque la conectaba con ese momento, con la cara
feliz de Ronald diciéndole: «Vida, vení mirá, se ve toda la ciudad, como desde la Loma».
Fabiana quería morirse de dicha cada vez que él la llamaba así. Vida. Como algo que
durara muchísimo.
Esta vez, al girar la cabeza a la izquierda, vio que el rincón de los fumadores estaba
vacío. Isabel se asomaba al borde sur de la terraza, al otro lado: el que daba al panorama
casi completo de Medellín y a las colmenas de apartamentos que habían invadido todas las
montañas, desde Envigado hasta donde alcanzaba la vista. Fabiana alcanzó a ver que Isabel
tenía puesto un vestido blanco que le dejaba al descubierto las pantorrillas bronceadas de
tanto andar en bicicleta a todas partes; alcanzó a dar varios pasos hacia ella mientras le
miraba el vestido y la nuca y el tapabocas bien sujeto detrás de las orejas; alcanzó a percibir
la algarabía de voces que venía creciendo hacia ellas, como una ola de varios metros
decidida a reventarse contra la playa.
Dejó de avanzar hacia su amiga al comprender que algo grave ocurría en las calles, a
lo lejos, y que Isabel parecía a punto de colapsar. Ese par de segundos bastó para que todo
se le olvidara. Incluso su propio nombre. Su boca estuvo a punto de dibujar una pregunta
(¿Qué pasa?), pero Isabel dio media vuelta y echó a correr hacia el rincón, y Fabiana la oyó
murmurar algo en otro idioma.
Lo incomprensible de aquellas palabras se sumó a la marea de voces que había
invadido todo el barrio; Fabiana pensó en una procesión de Semana Santa… e incluso creyó
sentir un olor irritante. Incienso. Evocó la imagen de un monaguillo haciendo bailar el
humo ante su cuerpo con el movimiento pendular de un incensario. Pero era cierto que oía
tambores (la banda marcial de la escuela del barrio) y pitos de buses, y vuvuselas por lo
del Mundial, y cohetes de pólvora, y…
¡Mierda! ¡Eso es bala!
Y le pareció aún más que eso: ese sonido creciente de balaceras que se sumaban a una
y a otra y a otra, ese contrapunteo rabioso de máquina de escribir, ese traca-ta-traca-ta-
traca-ta-¡BUM!, que venía de todas partes, traído por los cuatro vientos, como si todo el
aire del mundo se estuviera arrugando, igual que una hoja de papel tirada al fuego.
Volteó a mirar a Isabel, y todo estaba pasando tan rápido, tan monstruosamente
rápido, que fue normal verla acostada en el rincón, boca arriba, con los brazos y las piernas
extendidas y un agujero en la frente y un charco rojinegro que le crecía desde detrás de la
cabeza y se derramaba por el suelo como una corona de mil puntas. Ella solía ser así, decir
de repente Qué sueño y saltar hacia su almohada como una clavadista y quedarse profunda
en menos de lo que cualquiera tardaría en cantar «Uno» en aquel juego de cartas. Fabiana
no se dio cuenta de que un policía, desde otra terraza dos cuadras arriba, le estaba
disparando con su automática de dotación mientras luchaba por controlar las carcajadas que
le sacudían todo el cuerpo. Un abejorro de plomo zumbó junto a la oreja izquierda de
Fabiana, y su cabeza hizo el movimiento frenético de evitar una picadura. Lo comprendió
de inmediato, pero fue tal vez la misma comprensión de su muerte lo que la mantuvo
paralizada, lo que borró su uso de razón hasta el momento en que Ronald entrara por la
puerta de la calle con la niña en brazos. Mucho después, cuando se marchara desnuda de la
casa, recordaría que otras dos balas le habían pasado muy cerca y que una de ellas abrió un
cráter en el centro de la terraza; la buena puntería de aquel hombre, que había acertado en la
frente de Isabel con el segundo intento, se veía afectada cada vez más por el regocijo que le
causaba el sonido de cada disparo. Se notaba que no se había sentido así de feliz desde que
era niño.
Fabiana recordaría que Katherine apareció agitada porque acababa de subir corriendo,
y que estuvo muy cerca de tropezarse en el cráter cuando se abalanzó sobre ella, gritándole
que se tirara al suelo. Recordaría que tuvo tiempo de echarle un último vistazo al rincón: al
gesto de horror, oculto por el tapabocas, en el rostro de Isabel. Katherine la había empujado
por las escaleras al tiempo que gritaba espantada en respuesta a cada detonación.
—Solamente íbamos a hablar —empezó a decir Fabiana sin darse cuenta, sin dirigirse
a nadie, como si hubiera tomado una pastilla más fuerte que las recetadas por el doctor de
Mom’s. Katherine, sin comprender lo que decía, la dejó junto a don Ricardo, que estaba de
pie a dos pasos de su puerta, y echó a correr hacia el primer piso con la idea de ir a llamar a
Jéssica desde la tienda de la esquina.
—Ella solamente me lo quería contar todo —la oyó decir el viejo.
—Contarle ¿qué? —preguntó él a su vez, mirando hacia la terraza, donde seguían
lloviendo tiros. Fabiana movió la boca como un pez; balbuceó un par de incoherencias y
por fin logró decir:
—Que Verónica es una perra.
Mientras don Ricardo le pedía en voz baja que se fuera a su habitación, Fabiana metió
los dedos en el bolsillo izquierdo de su blusa para tocar el papelito. Se dirigió a la pieza y
no vio cuando don Ricardo empezó a ascender, uno a uno, los quince escalones.
Adelanto # 4

Día Cero – Marlon

Se había levantado convencido de que, ese día, Neiro por fin lo iba a matar. Pero tres horas
después de haberse levantado, cuando había salido ya a la calle e iba a pie rumbo a la casa
de su madre, lo que vio a unos veinte pasos frente a él, en la estación del Metrocable del
barrio Cochise, le quitó esa idea y lo convenció de lo contrario: ese era el día en que él iba a
matar a Neiro.
Era una escena habitual de sus caminatas previas a cada visita. La única diferencia
con el resto de los días en que la fila para ingresar a la estación abarcaba tres o cuatro
cuadras era que hoy todos los usuarios llevaban puesta una camiseta de fútbol, como todo
un equipo de jugadores a punto de entrar al partido. De algún modo, era una imagen más
amable que la otra, la cotidiana, en que todos los habitantes de la ciudad parecían enfermos
de cáncer, camino a la cita médica en la que el doctor por fin les diría cuánto les quedaba de
vida.
Marlon se divirtió por un momento leyendo números y nombres: «Ceballos. 10»;
«Ochoa. 2»; «Yeison. 11». Camisetas rojas, camisetas amarillas, camisetas azules.
Delineaban panzas prominentes, o pectorales recios, o pechos planos, o unos senos jóvenes.
Se recordó por un instante, de niño, en marcha al Atanasio para ver jugar al Nacional. No
dejó que el recuerdo durara, pero sintió que aquel ambiente de fiesta, del que creía ya no
formar parte, seguía siendo igual: una especie de alegría incontrolable que se respiraba a
bocanadas. De niño, esa alegría lo había llevado varias veces a lanzar rocas contra las
ventanas de algún hincha del Medellín, contagiado, como quienes lo acompañaban (los
Cinco Patanes era el nombre de la pandilla entonces), de unas ganas tremendas de meterse
en problemas, de estar en peligro.
Pero los tiempos habían cambiado: ya la alegría se respiraba mediante un filtro que,
simplemente, reducía el riesgo de contraer una enfermedad pulmonar; y, por otro lado, él
sabía a la perfección que ahora era un solitario, como Verónica. Así que continuó mirando,
mientras avanzaba, los nombres, los números y los colores de las camisetas, y cada una de
las caras distintas de quienes las portaban. Ni las máscaras, ni los filtros (ni las bufandas,
que no eran frecuentes) uniformaban para Marlon los rostros, en especial ese día, en el que
era tanta la gente contenta que habrían podido constituir un pequeño «pueblo elegido».
Hombres viejos. Jóvenes. Tipos de su edad. Muchachas de piernas largas, cabello largo,
pestañas largas. Niños. Señoras.
Caminaba por la acera opuesta a la fila, en dirección contraria a quienes la formaban,
después de haber pasado frente a la entrada de la estación y de haber visto sin ver (como se
ven las escenas cotidianas) a los que, ya en los torniquetes, apoyaban el pulgar sobre la
pantalla que leía sus huellas digitales. Se había alejado de allí dos cuadras y la fila daba la
impresión de ser eterna.
El primer grito que oyó no fue muy distinto de los que se oían de cuando en cuando
en esos oasis de conversaciones que nacían en la fila, de manera espontánea, cada dos o tres
personas, en especial de adultos que debatían sobre el Mundial. El segundo grito, en
cambio, fue tan largo y tan angustioso que la mayoría de las conversaciones se
interrumpieron y fueron reemplazadas por exclamaciones de sorpresa y de miedo. Marlon
dio media vuelta, casi seguro de que vería a Neiro apuntándole desde la esquina, sin darle
tiempo de sacar el Juete: su Smith personal, su herencia.
Lo que vio no le pareció mejor ni peor que eso, pero de igual modo lo tomó por
sorpresa. Era un negro enorme, de esos a los que les tenía miedo cuando era un niño de seis
años: un tipo de casi dos metros de estatura y unos hombros sobre los que habría podido
cargar sin dificultad a cuatro niños pequeños.
Era imposible no compararlo con un toro. Se había contagiado, como los que
vendrían después, al usar su huella en los torniquetes. A diferencia de los que habían
ingresado antes que él, se dio cuenta de que algo malo había pasado: retiró el dedo de la
pantalla con violencia, como si lo hubiera picado un bicho venenoso, y entonces pegó el
primer grito, breve y más de sorpresa que de terror. El hormigueo del virus, al recorrer las
venas gruesas de su antebrazo, lo obligó a retroceder, pensando que sufría el peor calambre
que le hubiera dado en la vida. Perdió el control de sí mismo en menos de treinta segundos,
y por eso el segundo grito fue distinto: era ya la voz de un animal voluminoso, atrapado
bajo su propio peso en una zanja, aferrado al recurso final de tratar de llenar el mundo con
su voz antes de expirar. De ahí que Marlon lo asociara con un toro cuando lo vio cargar
contra un poste de luz con toda la intención de derribarlo o de arrancarse el brazo desde el
hombro.
Los de la fila, más el resto de transeúntes que poblaba la calle, oyeron con claridad la
fractura del hueso y a muchos les pareció que el poste se había roto también. Vieron al
negro revisar su propio brazo con desesperación, pero en lugar de sentarse en la acera a
lamentarse y esperar a que lo socorrieran, se quitó el filtro de la cara, cayó al suelo atacado
de risa, y volvió a levantarse y a caerse, sin callar aquellas carcajadas feroces. Quienes
habían estado tras él en la fila (los más cercanos) se habían apartado de allí y en segundos
comenzó a latir el germen del caos: los que, más atrás, no entendían la causa del pleito
trataron de adelantarse para cruzar los torniquetes sin más demora.
Fueron las primeras víctimas de un toro bravo pero feliz. Marlon lo vio embestir a
unos cinco y derribarlos a todos, aun cuando el brazo derecho le colgaba del torso como un
apéndice de carne inútil. No perdió el equilibrio, sino que saltó hacia adelante como la roca
de una montaña durante un derrumbe y se llevó a una pareja de ancianas aturdidas por lo
que estaban viendo. Fue entonces cuando la fila se rompió en pedazos y todo el mundo
echó a correr, porque el negro seguía en pie, buscando contra quién chocarse y riendo de tal
manera que se oía el eco de su risa en las esquinas.
Por segunda vez, Marlon estuvo seguro de que no iba a poder sacar el revólver a
tiempo. Quieto en el mismo lugar donde había dado media vuelta, mientras el río de gente
fluía en varias direcciones y le golpeaba cada tanto los hombros y los brazos, seguía
mirando al gigante, que zigzagueaba allá adelante de una acera a otra como un braford
suelto en las calles de Pamplona. Si seguía empeñado en no moverse, pensó Marlon, no
tardaría mucho en salir disparado hacia arriba, como un peluche de tamaño natural, como
les pasaba sobre todo a los niños que tenían la mala suerte de cruzarse en las arremetidas
del negro. Desde la estación se oyó un griterío de montones de personas asustadas, y eso le
bastó a Marlon para saber que allá adentro ocurría algo peor.
Cuando, al cabo de un par de minutos, el encuentro fue inevitable, Marlon actuó sin
pensar. Veía la cara del negro frente a él y absorbía impasible toda la brutalidad y toda la
demencia que brotaban de ella: tenía los ojos tan abiertos que los párpados, sin duda, tenían
que dolerle, y la parte blanca, inyectada en sangre, ya era casi completamente roja. Abiertas
de un modo espantoso tenía también las fosas nasales, tratando de aspirar todo el aire
posible a su alrededor, pero era la boca, la manera en que tenía abierta la boca, lo que de
verdad causaba una impresión sobrenatural.
El hueso de la mandíbula tenía que estar dislocado: a Marlon le pareció que lo que el
negro se proponía era arrancarle toda la cara de un solo mordisco. Pero antes de hacer lo
que hizo, notó qué era lo que el gigante trataba de hacer en realidad. Lo notó, lo
comprendió y el instinto le señaló que actuar así sería su salvación.
Así que en lugar de agarrar su arma, se quitó su propio tapabocas, tomó tanto aire
como fue capaz y gritó como nunca lo había hecho antes. Al notar que el negro frenaba por
fin, desubicado a tan solo dos pasos, a Marlon le resultó muy fácil convertir su grito en una
carcajada, la primera gran carcajada del día. Así, pues, no se equivocaba: el negro no se
estaba riendo, sino que trataba, con medidas extremas, de parar de reír; pero había algo en
su torrente sanguíneo que se lo impedía. Ver reír a Marlon le hizo comprender que no era
conveniente estar cerca, porque era alguien que nunca iba a tener miedo. Por eso se detuvo
un momento, lo suficiente para que Marlon metiera la mano bajo la chaqueta y sacara el 38
que siempre llevaba enfundado contra las costillas.
Fue el primer disparo que sonó en esa cuadra y causó un mayor revuelo que la locura
de aquel hombre. Marlon dejó de gritar al apretar el gatillo, pero siguió riéndose al ver
cómo se dispersaba el resto de la gente y la calle quedaba despejada por un instante. Siguió
riéndose cuando vio que de la estación venían corriendo más personas, e incluso se
permitió una carcajada de auténtica diversión al ver cómo una de ellas trastabillaba y se iba
al suelo. Entendió que esas personas, ahogadas de risa y algunas de ellas llorando sangre,
estaban contagiadas con algo, como el gigante muerto.
Marlon dio media vuelta de nuevo y huyó en dirección a la casa de su madre. Haber
engañado al negro, no había ni que pensarlo, no era igual a enfrentarse a toda una
muchedumbre de locos risueños. A una cuadra de distancia, se detuvo en un paradero de
microbuses para oír a lo lejos el escándalo de otras calles. Podía oír alaridos de mujeres,
choques y el eco inconfundible de los disparos, mezclado con estallidos de pólvora.
La idea iba formándose en su mente, punto por punto, mientras escuchaba. Cuando la
tuvo completa decidió ponerla en práctica: no iba a despedirse de su madre; no iba a ajustar
cuentas con Verónica (probablemente ya estaba muerta, si en la estación de Santacho había
sucedido algo igual; si todavía, en cambio, conservaba el caprichito aquel con Ronald —lo
deseó un poco— lo más probable era que estuvieran muertos los dos); iba, únicamente, a
matar a Neiro porque la ciudad le estaba ofreciendo una cortina perfecta. En la noche,
después de haberlo matado, regresaría a la casa de doña Zulma, a ver a quién se encontraba.
No habría dudado en apostar que a ninguno, aunque sabía que la realidad iba a
sorprenderlo.
Todo parecía indicar que iba a ser un día genial.

Carlos Aguirre
Marzo de 2016