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Detective: …………………………………………………………

EL CUENTO POLICIAL
[ANTOLOGÍA LITERARIA]

Colegio Domingo Savio

Prof. Pablo Corcasi


ÍNDICE GENERAL

PRÓLOGO
Sobre el género policial, por Ricardo Piglia………………………………………………………………………. 3

Edgar Allan Poe


Los crímenes de la rue Morgue………………………………………………………………………………………… 5

Arthur Conan Doyle


El pie del Diablo……………………………………………………………………………………………………………….. 19

Agatha Christie
Los cuatro sospechosos…………………………………………………………………………………………………… 31

Bustos Domecq
Las doce figuras del mundo……………………………………………………………………………………………… 38

Jorge Luis Borges


La muerte y la brújula………………………………………………………………………………………………………. 43

Isaac Aisemberg
Jaque mate en dos jugadas………………………………………………………………………………………………. 47

Raymond Chandler
Asesino bajo la lluvia……………………………………………………………………………………………………….. 51

Ernst Hemingway
Los asesinos…………………………………………………………………………………………………………………….. 75

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PRÓLOGO

Sobre el género policial


Ricardo Piglia

Los relatos de la serie negra deben ser pensados en el interior de cierta tradición típica de la literatura norteamericana
antes que en relación con las reglas clásicas del relato policial. En la historia del surgimiento y la definición del género,
el cuento de Hemingway “Los asesinos” tiene la misma importancia que “Los crímenes de la rue Morgue”, el cuento de
Poe que funda las reglas del relato de enigma. En esos dos matones profesionales que llegan a Chicago para asesinar a
un ex boxeador al que no conocen, en ese crimen “por encargo” que no se explica ni se intenta descifrar están ya las
formas de la policial dura, en el mismo sentido en que las deducciones del caballero Dupin de Poe preanuncian la historia
de la novela de enigma.
Durante años los mejores escritores del género (Hammett, Chandler, Cain, Goodis, McBain) fueron leídos entre nosotros
con las pautas y los criterios de valor impuestos por la novela de enigma. Visto desde esa óptica, “Al morir quedamos
solos” o “La maldición de los Dain” eran malas novelas policiales: confusas, informes, caóticas, parecían la versión
degradada de un género refinado y armónico.
La novela policial inglesa había sido difundida con gran eficacia con Borges, que por un lado buscaba crear una recepción
adecuada para sus propios textos y trataba de hacer conocer un tipo de relato y de manejo de la intriga que estaba en
el centro de su propia poética y que por otro lado hizo un uso excelente del género: “La muerte y la brújula” es el Ulysses
del relato policial. La forma llega a su culminación y se desintegra.
Las reglas del policial clásico se afirman sobre todo en el fetiche de la inteligencia pura. Se valora antes que nada la
omnipotencia del pensamiento y la lógica imbatible de los personajes encargados de proteger la vida burguesa. A partir
de esa forma, construida sobre la figura del investigador como el razonador puro, como el gran racionalista que defiende
la ley y descifra los enigmas (porque descifra los enigmas es el defensor de la ley), está claro que las novelas de la serie
negra eran ilegibles: quiero decir eran relatos salvajes, primitivos, sin lógica, irracionales. Porque mientras en la policial
inglesa todo se resuelve a partir de una secuencia lógica de presupuestos, hipótesis, deducciones, con el detective
quieto y analítico (por supuesto el caso límite y paródico resuelve los enigmas sin moverse de su celda en la
penitenciaría), que en la novela negra no parece haber otro criterio de vedad que la experiencia: el investigador se lanza,
ciegamente, al encuentro de los hechos, se deja llevar por los acontecimientos y su investigación produce fatalmente
nuevos crímenes; una cadena de acontecimientos cuyo efecto es el descubrimiento, el desciframiento.
Son dos lógicas, puestas una a cada lado de los hechos. En el medio, entre la novela de enigma y la novela dura, está el
relato periodístico, la página de crímenes, los hechos reales. Auden decía que el género policial había venido a
compensar las deficiencias del género narrativo no ficcional (la noticia policial) que fundaba el conocimiento de la
realidad en la pura narración de los hechos. Me parece una idea muy buena. Porque en un sentido Poe está en los dos
lados: se separa de los hechos reales con el álgebra pura de la forma analítica y abre paso a la narración como
reconstrucción y deducción, que construye la trama sobre las huellas vacías de lo real. La pura ficción digamos, que
trabaja la realidad como huella, como rastro, la sinécdoque criminal. Pero también abre paso a la línea de la non-fiction,
a la novela tipo A sangre fría de Capote. En “El caso” de Mari Roger que es casi simultáneo a “Los crímenes de la rue
Morgue”, el uso y la lectura de las noticias periodísticas es la base de la trama; los diarios son un mapa de la realidad
que es preciso descifrar. Poe está en el medio, entre la pura deducción y el reino puro de los facts, de la non-fiction.
El policial norteamericano se mueve entre el relato periodístico y la novela de enigma. La figura que define la forma del
investigador privado viene directamente de lo real; es una figura histórica que duplica y niega al detective como
científico de la vida cotidiana. Maurice Dobb cita varios documentos sobre la situación social en EE.UU. en los años 20
que permiten ver surgir al investigador privado en las grandes ciudades industriales como una policía privada contratada
por los empresarios para espiar y vigilar a los huelguistas y a los agitadores sociales.
(El confidente de la ley: en un sentido desde Dupin, el detective es un confidente, el hombre de confianza de la policía.)
Pero al mismo tiempo hay un modo de narrar en la serie negra que está ligado a un manejo de la realidad que yo llamaría
materialista. Basta pensar en el lugar que tiene el dinero en estos relatos. Quiero decir, basta pensar en la compleja
relación que establecen entre el dinero y la ley: en primer lugar, el que representa la ley sólo está motivado por el
interés, el detective es un profesional, alguien que hace su trabajo y recibe un sueldo (mientras que en la novela de
intriga el detective es generalmente un aficionado que se ofrece “desinteresadamente” a descifrar el enigma); en
segundo lugar, el crimen, el delito, está siempre sostenido por el dinero: asesinato, robos, estafas, extorsiones,
secuestros, la cadena es siempre económica (a diferencia, otra vez, de la novela de enigma, donde en general las
relaciones materiales aparecen sublimadas: los crímenes son “gratuitos”, justamente porque la gratuidad del móvil
fortalece la complejidad del enigma.
En última instancia (pienso en Cosecha roja de Hammett, en El pequeño César de Burnett, en ¿Acaso no matan a los
caballos? De McCoy) el único enigma que proponen —y nunca resuelven— las novelas de la serie negra es el de las
relaciones capitalistas: el dinero que legisla la moral y sostiene la ley es la única “razón” de estos relatos donde todo se
paga. En este sentido, yo diría que son novelas capitalistas en el sentido más literal de la palabra: deben ser leídas,
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pienso, ante todo como síntomas. Relatos llenos de contradicciones, ambiguos, que a menudo fluctúan entre el cinismo
(ejemplo: James Hadley Chase) y el moralismo (en Chandler todo está corrompido menos Marlowe, profesional honesto
que hace bien su trabajo y no se contamina; en verdad, parece una realización urbana del cowboy). Creo que justamente
porque estos relatos son ambiguos se producen entre nosotros lecturas ambiguas, o, mejor, contradicciones; están
quienes a partir de una lectura moralista condenan el cinismo de estos relatos; y están también quienes les dan a estos
escritores un grado de conciencia que jamás tuvieron, y hacen de ellos una especie de versión entretenida de Bertolt
Brecht. Sin tener nada de Brecht —salvo, quizás, Hammett— estos autores deben, creo, ser sometidos, sí, a una lectura
brechtiana. En ese sentido hay una frase que puede ser un punto de partida para esa lectura: “¿Qué es robar un banco
comparado con fundarlo?”, decía Brecht, y en esa pregunta está —si no me engaño— la mejor definición de la serie
negra que conozco.

Ricardo Piglia, 1986, Crítica y ficción, Editorial Planeta Argentina S.A.I.C. / Seix Barral, 2000

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LOS CRÍMENES DE LA CALLE MORGUE
Edgar Allan Poe

La canción que cantaban las sirenas, o el nombre que adoptó


Aquiles cuando se escondió entre las mujeres, son cuestiones
enigmáticas, pero que no se hallan más allá de toda conjetura.

Sir Thomas Browne

Las características de la inteligencia que suelen calificarse de analíticas son en sí mismas poco susceptibles de análisis.
Sólo las apreciamos a través de sus resultados. Entre otras cosas sabemos que, para aquel que las posee en alto grado,
son fuente del más vivo goce. Así como el hombre robusto se complace en su destreza física y se deleita con aquellos
ejercicios que reclaman la acción de sus músculos, así el analista halla su placer en esa actividad del espíritu consistente
en desenredar. Goza incluso con las ocupaciones más triviales, siempre que pongan en juego su talento. Le encantan
los enigmas, los acertijos, los jeroglíficos, y al solucionarlos muestra un grado de perspicacia que, para la mente
ordinaria, parece sobrenatural. Sus resultados, frutos del método en su forma más esencial y profunda, tienen todo el
aire de una intuición. La facultad de resolución se ve posiblemente muy vigorizada por el estudio de las matemáticas, y
en especial por su rama más alta, que, injustamente y tan sólo a causa de sus operaciones retrógradas, se denomina
análisis, como si se tratara del análisis par excellence. Calcular, sin embargo, no es en sí mismo analizar. Un jugador de
ajedrez, por ejemplo, efectúa lo primero sin esforzarse en lo segundo. De ahí se sigue que el ajedrez, por lo que
concierne a sus efectos sobre la naturaleza de la inteligencia, es apreciado erróneamente. No he de escribir aquí un
tratado, sino que me limito a prologar un relato un tanto singular, con algunas observaciones pasajeras; aprovecharé
por eso la oportunidad para afirmar que el máximo grado de la reflexión se ve puesto a prueba por el modesto juego
de damas en forma más intensa y beneficiosa que por toda la estudiada frivolidad del ajedrez. En este último, donde las
piezas tienen movimientos diferentes y singulares, con varios y variables valores, lo que sólo resulta complejo es
equivocadamente confundido (error nada insólito) con lo profundo. Aquí se trata, sobre todo, de la atención. Si ésta
cede un solo instante, se comete un descuido que da por resultado una pérdida o la derrota. Como los movimientos
posibles no sólo son múltiples sino intrincados, las posibilidades de descuido se multiplican y, en nueve casos de cada
diez, triunfa el jugador concentrado y no el más penetrante. En las damas, por el contrario, donde hay un solo
movimiento y las variaciones son mínimas, las probabilidades de inadvertencia disminuyen, lo cual deja un tanto de
lado a la atención, y las ventajas obtenidas por cada uno de los adversarios provienen de una perspicacia superior.
Para hablar menos abstractamente, supongamos una partida de damas en la que las piezas se reducen a cuatro y donde,
como es natural, no cabe esperar el menor descuido. Obvio resulta que (si los jugadores tienen fuerza pareja) sólo puede
decidir la victoria algún movimiento sutil, resultado de un penetrante esfuerzo intelectual. Desprovisto de los recursos
ordinarios, el analista penetra en el espíritu de su oponente, se identifica con él y con frecuencia alcanza a ver de una
sola ojeada el único método (a veces absurdamente sencillo) por el cual puede provocar un error o precipitar a un falso
cálculo.
Hace mucho que se ha reparado en el whist por su influencia sobre lo que da en llamarse la facultad del cálculo, y
hombres del más excelso intelecto se han complacido en él de manera indescriptible, dejando de lado, por frívolo, al
ajedrez. Sin duda alguna, nada existe en ese orden que ponga de tal modo a prueba la facultad analítica. El mejor
ajedrecista de la cristiandad no puede ser otra cosa que el mejor ajedrecista, pero la eficiencia en el whist implica la
capacidad para triunfar en todas aquellas empresas más importantes donde la mente se enfrenta con la mente. Cuando
digo eficiencia, aludo a esa perfección en el juego que incluye la aprehensión de todas las posibilidades mediante las
cuales se puede obtener legítima ventaja. Estas últimas no sólo son múltiples sino multiformes, y con frecuencia yacen
en capas tan profundas del pensar que el entendimiento ordinario es incapaz de alcanzarlas. Observar con atención
equivale a recordar con claridad; en ese sentido, el ajedrecista concentrado jugará bien al whist, en tanto que las reglas
de Hoyle (basadas en el mero mecanismo del juego) son comprensibles de manera general y satisfactoria. Por tanto, el
hecho de tener una memoria retentiva y guiarse por «el libro» son las condiciones que por regla general se consideran
como la suma del buen jugar. Pero la habilidad del analista se manifiesta en cuestiones que exceden los límites de las
meras reglas. Silencioso, procede a acumular cantidad de observaciones y deducciones. Quizá sus compañeros hacen lo
mismo, y la mayor o menor proporción de informaciones así obtenidas no reside tanto en la validez de la deducción
como en la calidad de la observación. Lo necesario consiste en saber qué se debe observar. Nuestro jugador no se
encierra en sí mismo; ni tampoco, dado que su objetivo es el juego, rechaza deducciones procedentes de elementos
externos a éste. Examina el semblante de su compañero, comparándolo cuidadosamente con el de cada uno de sus
oponentes. Considera el modo con que cada uno ordena las cartas en su mano; a menudo cuenta las cartas ganadoras
y las adicionales por la manera con que sus tenedores las contemplan. Advierte cada variación de fisonomía a medida
que avanza el juego, reuniendo un capital de ideas nacidas de las diferencias de expresión correspondientes a la

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seguridad, la sorpresa, el triunfo o la contrariedad. Por la manera de levantar una baza juzga si la persona que la recoge
será capaz de repetirla en el mismo palo. Reconoce la jugada fingida por la manera con que se arrojan las cartas sobre
el tapete. Una palabra casual o descuidada, la caída o vuelta accidental de una carta, con la consiguiente ansiedad o
negligencia en el acto de ocultarla, la cuenta de las bazas, con el orden de su disposición, el embarazo, la vacilación, el
apuro o el temor… todo ello proporciona a su percepción, aparentemente intuitiva, indicaciones sobre la realidad del
juego. Jugadas dos o tres manos, conoce perfectamente las cartas de cada uno, y desde ese momento utiliza las propias
con tanta precisión como si los otros jugadores hubieran dado vuelta a las suyas.
El poder analítico no debe confundirse con el mero ingenio, ya que si el analista es por necesidad ingenioso, con
frecuencia el hombre ingenioso se muestra notablemente incapaz de analizar. La facultad constructiva o combinatoria
por la cual se manifiesta habitualmente el ingenio, y a la que los frenólogos (erróneamente, a mi juicio) han asignado
un órgano aparte, considerándola una facultad primordial, ha sido observada con tanta frecuencia en personas cuyo
intelecto lindaba con la idiotez, que ha provocado las observaciones de los estudiosos del carácter. Entre el ingenio y la
aptitud analítica existe una diferencia mucho mayor que entre la fantasía y la imaginación, pero de naturaleza
estrictamente análoga. En efecto, cabe observar que los ingeniosos poseen siempre mucha fantasía mientras que el
hombre verdaderamente imaginativo es siempre un analista.
El relato siguiente representará para el lector algo así como un comentario de las afirmaciones que anteceden.
Mientras residía en París, durante la primavera y parte del verano de 18…, me relacioné con un cierto C. Auguste Dupin.
Este joven caballero procedía de una familia excelente -y hasta ilustre-, pero una serie de desdichadas circunstancias lo
habían reducido a tal pobreza que la energía de su carácter sucumbió ante la desgracia, llevándolo a alejarse del mundo
y a no preocuparse por recuperar su fortuna. Gracias a la cortesía de sus acreedores le quedó una pequeña parte del
patrimonio, y la renta que le producía bastaba, mediante una rigurosa economía, para subvenir a sus necesidades, sin
preocuparse de lo superfluo. Los libros constituían su solo lujo, y en París es fácil procurárselos.
Nuestro primer encuentro tuvo lugar en una oscura librería de la rue Montmartre, donde la casualidad de que ambos
anduviéramos en busca de un mismo libro -tan raro como notable- sirvió para aproximarnos. Volvimos a encontrarnos
una y otra vez. Me sentí profundamente interesado por la menuda historia de familia que Dupin me contaba
detalladamente, con todo ese candor a que se abandona un francés cuando se trata de su propia persona. Me quedé
asombrado, al mismo tiempo, por la extraordinaria amplitud de su cultura; pero, sobre todo, sentí encenderse mi alma
ante el exaltado fervor y la vívida frescura de su imaginación. Dado lo que yo buscaba en ese entonces en París, sentí
que la compañía de un hombre semejante me resultaría un tesoro inestimable, y no vacilé en decírselo. Quedó por fin
decidido que viviríamos juntos durante mi permanencia en la ciudad, y, como mi situación financiera era algo menos
comprometida que la suya, logré que quedara a mi cargo alquilar y amueblar -en un estilo que armonizaba con la
melancolía un tanto fantástica de nuestro carácter- una decrépita y grotesca mansión abandonada a causa de
supersticiones sobre las cuales no inquirimos, y que se acercaba a su ruina en una parte aislada y solitaria del Faubourg
Saint-Germain.
Si nuestra manera de vivir en esa casa hubiera llegado al conocimiento del mundo, éste nos hubiera considerado como
locos -aunque probablemente como locos inofensivos-. Nuestro aislamiento era perfecto. No admitíamos visitantes. El
lugar de nuestro retiro era un secreto celosamente guardado para mis antiguos amigos; en cuanto a Dupin, hacía
muchos años que había dejado de ver gentes o de ser conocido en París. Sólo vivíamos para nosotros.
Una rareza de mi amigo (¿qué otro nombre darle?) consistía en amar la noche por la noche misma; a esta bizarrerie,
como a todas las otras, me abandoné a mi vez sin esfuerzo, entregándome a sus extraños caprichos con perfecto
abandono. La negra divinidad no podía permanecer siempre con nosotros, pero nos era dado imitarla. A las primeras
luces del alba, cerrábamos las pesadas persianas de nuestra vieja casa y encendíamos un par de bujías que, fuertemente
perfumadas, sólo lanzaban débiles y mortecinos rayos. Con ayuda de ellas ocupábamos nuestros espíritus en soñar,
leyendo, escribiendo o conversando, hasta que el reloj nos advertía la llegada de la verdadera oscuridad. Salíamos
entonces a la calle tomados del brazo, continuando la conversación del día o vagando al azar hasta muy tarde, mientras
buscábamos entre las luces y las sombras de la populosa ciudad esa infinidad de excitantes espirituales que puede
proporcionar la observación silenciosa.
En esas oportunidades, no dejaba yo de reparar y admirar (aunque dada su profunda idealidad cabía esperarlo) una
peculiar aptitud analítica de Dupin. Parecía complacerse especialmente en ejercitarla -ya que no en exhibirla- y no
vacilaba en confesar el placer que le producía. Se jactaba, con una risita discreta, de que frente a él la mayoría de los
hombres tenían como una ventana por la cual podía verse su corazón y estaba pronto a demostrar sus afirmaciones con
pruebas tan directas como sorprendentes del íntimo conocimiento que de mí tenía. En aquellos momentos su actitud
era fría y abstraída; sus ojos miraban como sin ver, mientras su voz, habitualmente de un rico registro de tenor, subía a
un falsete que hubiera parecido petulante de no mediar lo deliberado y lo preciso de sus palabras. Al observarlo en esos

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casos, me ocurría muchas veces pensar en la antigua filosofía del alma doble, y me divertía con la idea de un doble
Dupin: el creador y el analista.
No se suponga, por lo que llevo dicho, que estoy circunstanciando algún misterio o escribiendo una novela. Lo que he
referido de mi amigo francés era tan sólo el producto de una inteligencia excitada o quizá enferma. Pero el carácter de
sus observaciones en el curso de esos períodos se apreciará con más claridad mediante un ejemplo.
Errábamos una noche por una larga y sucia calle, en la vecindad del Palais Royal. Sumergidos en nuestras meditaciones,
no habíamos pronunciado una sola sílaba durante un cuarto de hora por lo menos. Bruscamente, Dupin pronunció estas
palabras:
-Sí, es un hombrecillo muy pequeño, y estaría mejor en el Théâtre des Variétés.
-No cabe duda -repuse inconscientemente, sin advertir (pues tan absorto había estado en mis reflexiones) la
extraordinaria forma en que Dupin coincidía con mis pensamientos. Pero, un instante después, me di cuenta y me sentí
profundamente asombrado.
-Dupin -dije gravemente-, esto va más allá de mi comprensión. Le confieso sin rodeos que estoy atónito y que apenas
puedo dar crédito a mis sentidos. ¿Cómo es posible que haya sabido que yo estaba pensando en…?
Aquí me detuve, para asegurarme sin lugar a dudas de si realmente sabía en quién estaba yo pensando.
-En Chantilly -dijo Dupin-. ¿Por qué se interrumpe? Estaba usted diciéndose que su pequeña estatura le veda los papeles
trágicos.
Tal era, exactamente, el tema de mis reflexiones. Chantilly era un ex remendón de la rue Saint-Denis que, apasionado
por el teatro, había encarnado el papel de Jerjes en la tragedia homónima de Crébillon, logrando tan sólo que la gente
se burlara de él.
-En nombre del cielo -exclamé-, dígame cuál es el método… si es que hay un método… que le ha permitido leer en lo
más profundo de mí.
En realidad, me sentía aún más asombrado de lo que estaba dispuesto a reconocer.
-El frutero -replicó mi amigo- fue quien lo llevó a la conclusión de que el remendón de suelas no tenía estatura suficiente
para Jerjes et id genus omne.
-¡El frutero! ¡Me asombra usted! No conozco ningún frutero.
-El hombre que tropezó con usted cuando entrábamos en esta calle… hará un cuarto de hora.
Recordé entonces que un frutero, que llevaba sobre la cabeza una gran cesta de manzanas, había estado a punto de
derribarme accidentalmente cuando pasábamos de la rue C… a la que recorríamos ahora. Pero me era imposible
comprender qué tenía eso que ver con Chantilly.
-Se lo explicaré -me dijo Dupin, en quien no había la menor partícula de charlatanerie- y, para que pueda comprender
claramente, remontaremos primero el curso de sus reflexiones desde el momento en que le hablé hasta el de su choque
con el frutero en cuestión. Los eslabones principales de la cadena son los siguientes: Chantilly, Orión, el doctor Nichols,
Epicuro, la estereotomía, el pavimento, el frutero.
Pocas personas hay que, en algún momento de su vida, no se hayan entretenido en remontar el curso de las ideas
mediante las cuales han llegado a alguna conclusión. Con frecuencia, esta tarea está llena de interés, y aquel que la
emprende se queda asombrado por la distancia aparentemente ilimitada e inconexa entre el punto de partida y el de
llegada.
¡Cuál habrá sido entonces mi asombro al oír las palabras que acababa de pronunciar Dupin y reconocer que
correspondían a la verdad!
-Si no me equivoco -continuó él-, habíamos estado hablando de caballos justamente al abandonar la rue C… Éste fue
nuestro último tema de conversación. Cuando cruzábamos hacia esta calle, un frutero que traía una gran canasta en la
cabeza pasó rápidamente a nuestro lado y le empaló a usted contra una pila de adoquines correspondiente a un pedazo
de la calle en reparación. Usted pisó una de las piedras sueltas, resbaló, torciéndose ligeramente el tobillo; mostró enojo
o malhumor, murmuró algunas palabras, se volvió para mirar la pila de adoquines y siguió andando en silencio. Yo no
estaba especialmente atento a sus actos, pero en los últimos tiempos la observación se ha convertido para mí en una
necesidad.
»Mantuvo usted los ojos clavados en el suelo, observando con aire quisquilloso los agujeros y los surcos del pavimento
(por lo cual comprendí que seguía pensando en las piedras), hasta que llegamos al pequeño pasaje llamado Lamartine,

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que con fines experimentales ha sido pavimentado con bloques ensamblados y remachados. Aquí su rostro se animó y,
al notar que sus labios se movían, no tuve dudas de que murmuraba la palabra “estereotomía”, término que se ha
aplicado pretenciosamente a esta clase de pavimento. Sabía que para usted sería imposible decir “estereotomía” sin
verse llevado a pensar en átomos y pasar de ahí a las teorías de Epicuro; ahora bien, cuando discutimos no hace mucho
este tema, recuerdo haberle hecho notar de qué curiosa manera -por lo demás desconocida- las vagas conjeturas de
aquel noble griego se han visto confirmadas en la reciente cosmogonía de las nebulosas; comprendí, por tanto, que
usted no dejaría de alzar los ojos hacia la gran nebulosa de Orión, y estaba seguro de que lo haría. Efectivamente, miró
usted hacia lo alto y me sentí seguro de haber seguido correctamente sus pasos hasta ese momento. Pero en la amarga
crítica a Chantilly que apareció en el Musée de ayer, el escritor satírico hace algunas penosas alusiones al cambio de
nombre del remendón antes de calzar los coturnos, y cita un verso latino sobre el cual hemos hablado muchas veces.
Me refiero al verso:

Perdidit antiquum litera prima sonum.

»Le dije a usted que se refería a Orión, que en un tiempo se escribió Urión; y dada cierta acritud que se mezcló en
aquella discusión, estaba seguro de que usted no la había olvidado. Era claro, pues, que no dejaría de combinar las dos
ideas de Orión y Chantilly. Que así lo hizo, lo supe por la sonrisa que pasó por sus labios. Pensaba usted en la inmolación
del pobre zapatero. Hasta ese momento había caminado algo encorvado, pero de pronto le vi erguirse en toda su
estatura. Me sentí seguro de que estaba pensando en la diminuta figura de Chantilly. Y en este punto interrumpí sus
meditaciones para hacerle notar que, en efecto, el tal Chantilly era muy pequeño y que estaría mejor en el Théâtre des
Variétés.
Poco tiempo después de este episodio, leíamos una edición nocturna de la Gazette des Tribunaux cuando los siguientes
párrafos atrajeron nuestra atención:

«EXTRAÑOS ASESINATOS.-Esta mañana, hacia las tres, los habitantes del quartier Saint-Roch fueron arrancados de su
sueño por los espantosos alaridos procedentes del cuarto piso de una casa situada en la rue Morgue, ocupada por
madame L’Espanaye y su hija, mademoiselle Camille L’Espanaye. Como fuera imposible lograr el acceso a la casa,
después de perder algún tiempo, se forzó finalmente la puerta con una ganzúa y ocho o diez vecinos penetraron en
compañía de dos gendarmes. Por ese entonces los gritos habían cesado, pero cuando el grupo remontaba el primer
tramo de la escalera se oyeron dos o más voces que discutían violentamente y que parecían proceder de la parte superior
de la casa. Al llegar al segundo piso, las voces callaron a su vez, reinando una profunda calma. Los vecinos se separaron
y empezaron a recorrer las habitaciones una por una. Al llegar a una gran cámara situada en la parte posterior del cuarto
piso (cuya puerta, cerrada por dentro con llave, debió ser forzada), se vieron en presencia de un espectáculo que les
produjo tanto horror como estupefacción.
»El aposento se hallaba en el mayor desorden: los muebles, rotos, habían sido lanzados en todas direcciones. El colchón
del único lecho aparecía tirado en mitad del piso. Sobre una silla había una navaja manchada de sangre. Sobre la
chimenea aparecían dos o tres largos y espesos mechones de cabello humano igualmente empapados en sangre y que
daban la impresión de haber sido arrancados de raíz. Se encontraron en el piso cuatro napoleones, un aro de topacio,
tres cucharas grandes de plata, tres más pequeñas de métal d’Alger, y dos sacos que contenían casi cuatro mil francos
en oro. Los cajones de una cómoda situada en un ángulo habían sido abiertos y aparentemente saqueados, aunque
quedaban en ellos numerosas prendas. Descubrióse una pequeña caja fuerte de hierro debajo de la cama (y no del
colchón). Estaba abierta y con la llave en la cerradura. No contenía nada, aparte de unas viejas cartas y papeles
igualmente sin importancia.
»No se veía huella alguna de madame L’Espanaye, pero al notarse la presencia de una insólita cantidad de hollín al pie
de la chimenea se procedió a registrarla, encontrándose (¡cosa horrible de describir!) el cadáver de su hija, cabeza abajo,
el cual había sido metido a la fuerza en la estrecha abertura y considerablemente empujado hacia arriba. El cuerpo
estaba aún caliente. Al examinarlo se advirtieron en él numerosas excoriaciones, producidas, sin duda, por la violencia
con que fuera introducido y por la que requirió arrancarlo de allí. Veíanse profundos arañazos en el rostro, y en la
garganta aparecían contusiones negruzcas y profundas huellas de uñas, como si la víctima hubiera sido estrangulada.
»Luego de una cuidadosa búsqueda en cada porción de la casa, sin que apareciera nada nuevo, los vecinos se
introdujeron en un pequeño patio pavimentado de la parte posterior del edificio y encontraron el cadáver de la anciana
señora, la cual había sido degollada tan salvajemente que, al tratar de levantar el cuerpo, la cabeza se desprendió del
tronco. Horribles mutilaciones aparecían en la cabeza y en el cuerpo, y este último apenas presentaba forma humana.

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»Hasta el momento no se ha encontrado la menor clave que permita solucionar tan horrible misterio.»
La edición del día siguiente contenía los siguientes detalles adicionales:

«La tragedia de la rue Morgue.-Diversas personas han sido interrogadas con relación a este terrible y extraordinario
suceso, pero nada ha trascendido que pueda arrojar alguna luz sobre él. Damos a continuación las declaraciones
obtenidas:
»Pauline Dubourg, lavandera, manifiesta que conocía desde hacía tres años a las dos víctimas, de cuya ropa se ocupaba.
La anciana y su hija parecían hallarse en buenos términos y se mostraban sumamente cariñosas entre sí. Pagaban muy
bien. No sabía nada sobre su modo de vida y sus medios de subsistencia. Creía que madame L. decía la buenaventura.
Pasaba por tener dinero guardado. Nunca encontró a otras personas en la casa cuando iba a buscar la ropa o la devolvía.
Estaba segura de que no tenían ningún criado o criada. Opinaba que en la casa no había ningún mueble, salvo en el
cuarto piso.
»Pierre Moreau, vendedor de tabaco, declara que desde hace cuatro años vendía regularmente pequeñas cantidades de
tabaco y de rapé a madame L’Espanaye. Nació en la vecindad y ha residido siempre en ella. La extinta y su hija ocupaban
desde hacía más de seis años la casa donde se encontraron los cadáveres. Anteriormente vivía en ella un joyero, que
alquilaba las habitaciones superiores a diversas personas. La casa era de propiedad de madame L., quien se sintió
disgustada por los abusos que cometía su inquilino y ocupó personalmente la casa, negándose a alquilar parte alguna.
La anciana señora daba señales de senilidad. El testigo vio a su hija unas cinco o seis veces durante esos seis años. Ambas
llevaban una vida muy retirada y pasaban por tener dinero. Había oído decir a los vecinos que madame L. decía la
buenaventura, pero no lo creía. Nunca vio entrar a nadie, salvo a la anciana y su hija, a un mozo de servicio que estuvo
allí una o dos veces, y a un médico que hizo ocho o diez visitas.
»Muchos otros vecinos han proporcionado testimonios coincidentes. No se ha hablado de nadie que frecuentara la casa.
Se ignora si madame L. y su hija tenían parientes vivos. Pocas veces se abrían las persianas de las ventanas delanteras.
Las de la parte posterior estaban siempre cerradas, salvo las de la gran habitación en la parte trasera del cuarto piso. La
casa se hallaba en excelente estado y no era muy antigua.
»Isidore Muset, gendarme, declara que fue llamado hacia las tres de la mañana y que, al llegar a la casa, encontró a
unas veinte o treinta personas reunidas que se esforzaban por entrar. Violentó finalmente la entrada (con una bayoneta
y no con una ganzúa). No le costó mucho abrirla, pues se trataba de una puerta de dos batientes que no tenía pasadores
ni arriba ni abajo. Los alaridos continuaron hasta que se abrió la puerta, cesando luego de golpe. Parecían gritos de
persona (o personas) que sufrieran los más agudos dolores; eran gritos agudos y prolongados, no breves y precipitados.
El testigo trepó el primero las escaleras. Al llegar al primer descanso oyó dos voces que discutían con fuerza y agriamente;
una de ellas era ruda y la otra mucho más aguda y muy extraña. Pudo entender algunas palabras provenientes de la
primera voz, que correspondía a un francés. Estaba seguro de que no se trataba de una voz de mujer. Pudo distinguir las
palabras sacré y diable. La voz más aguda era de un extranjero. No podría asegurar si se trataba de un hombre o una
mujer. No entendió lo que decía, pero tenía la impresión de que hablaba en español. El estado de la habitación y de los
cadáveres fue descrito por el testigo en la misma forma que lo hicimos ayer.
»Henri Duval, vecino, de profesión platero, declara que formaba parte del primer grupo que entró en la casa. Corrobora
en general la declaración de Muset. Tan pronto forzaron la puerta, volvieron a cerrarla para mantener alejada a la
muchedumbre, que, pese a lo avanzado de la hora, se estaba reuniendo rápidamente. El testigo piensa que la voz más
aguda pertenecía a un italiano. Está seguro de que no se trataba de un francés. No puede asegurar que se tratara de
una voz masculina. Pudo ser la de una mujer. No está familiarizado con la lengua italiana. No alcanzó a distinguir las
palabras, pero por la entonación está convencido de que quien hablaba era italiano. Conocía a madame L. y a su hija.
Había conversado frecuentemente con ellas. Estaba seguro de que la voz aguda no pertenecía a ninguna de las difuntas.
»Odenheimer, restaurateur. Este testigo se ofreció voluntariamente a declarar. Como no habla francés, testimonió
mediante un intérprete. Es originario de Amsterdam. Pasaba frente a la casa cuando se oyeron los gritos. Duraron varios
minutos, probablemente diez. Eran prolongados y agudos, tan horribles como penosos de oír. El testigo fue uno de los
que entraron en el edificio. Corroboró las declaraciones anteriores en todos sus detalles, salvo uno. Estaba seguro de que
la voz más aguda pertenecía a un hombre y que se trataba de un francés. No pudo distinguir las palabras pronunciadas.
Eran fuertes y precipitadas, desiguales y pronunciadas aparentemente con tanto miedo como cólera. La voz era áspera;
no tanto aguda como áspera. El testigo no la calificaría de aguda. La voz más gruesa dijo varias veces: sacré, diable, y
una vez Mon Dieu!
»Jules Mignaud, banquero, de la firma Mignaud e hijos, en la calle Deloraine. Es el mayor de los Mignaud. Madame
L’Espanaye poseía algunos bienes. Había abierto una cuenta en su banco durante la primavera del año 18… (ocho años

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antes). Hacía frecuentes depósitos de pequeñas sumas. No había retirado nada hasta tres días antes de su muerte, en
que personalmente extrajo la suma de 4.000 francos. La suma le fue pagada en oro y un empleado la llevó a su domicilio.
»Adolphe Lebon, empleado de Mignaud e hijos, declara que el día en cuestión acompañó hasta su residencia a madame
L’Espanaye, llevando los 4.000 francos en dos sacos. Una vez abierta la puerta, mademoiselle L. vino a tomar uno de los
sacos, mientras la anciana señora se encargaba del otro. Por su parte, el testigo saludó y se retiró. No vio a persona
alguna en la calle en ese momento. Se trata de una calle poco importante, muy solitaria.
»William Bird, sastre, declara que formaba parte del grupo que entró en la casa. Es de nacionalidad inglesa. Lleva dos
años de residencia en París. Fue uno de los primeros en subir las escaleras. Oyó voces que disputaban. La más ruda era
la de un francés. Pudo distinguir varias palabras, pero ya no las recuerda todas. Oyó claramente: sacré y mon Dieu. En
ese momento se oía un ruido como si varias personas estuvieran luchando, era un sonido de forcejeo, como si algo fuese
arrastrado. La voz aguda era muy fuerte, mucho más que la voz ruda. Está seguro de que no se trataba de la voz de un
inglés. Parecía la de un alemán. Podía ser una voz de mujer. El testigo no comprende el alemán.
»Cuatro de los testigos nombrados más arriba fueron nuevamente interrogados, declarando que la puerta del aposento
donde se encontró el cadáver de mademoiselle L. estaba cerrada por dentro cuando llegaron hasta ella. Reinaba un
profundo silencio; no se escuchaban quejidos ni rumores de ninguna especie. No se vio a nadie en el momento de forzar
la puerta. Las ventanas, tanto de la habitación del frente como de la trasera, estaban cerradas y firmemente aseguradas
por dentro. Entre ambas habitaciones había una puerta cerrada, pero la llave no estaba echada. La puerta que
comunicaba la habitación del frente con el corredor había sido cerrada con llave por dentro. Un cuarto pequeño situado
en el frente del cuarto piso, al comienzo del corredor, apareció abierto, con la puerta entornada. La habitación estaba
llena de camas viejas, cajones y objetos por el estilo. Se procedió a revisarlos uno por uno, no se dejó sin examinar una
sola pulgada de la casa. Se enviaron deshollinadores para que exploraran las chimeneas. La casa tiene cuatro pisos, con
mansardes. Una trampa que da al techo estaba firmemente asegurada con clavos y no parece haber sido abierta durante
años. Los testigos no están de acuerdo sobre el tiempo transcurrido entre el momento en que escucharon las voces que
disputaban y la apertura de la puerta de la habitación. Algunos sostienen que transcurrieron tres minutos; otros calculan
cinco. Costó mucho violentar la puerta.
»Alfonso Garcio, empresario de pompas fúnebres, habita en la rue Morgue. Es de nacionalidad española. Formaba parte
del grupo que entró en la casa. No subió las escaleras. Tiene los nervios delicados y teme las consecuencias de toda
agitación. Oyó las voces que disputaban. La más ruda pertenecía a un francés. No pudo comprender lo que decía. La voz
aguda era la de un inglés; está seguro de esto. No comprende el inglés, pero juzga basándose en la entonación.
»Alberto Montani, confitero, declara que fue de los primeros en subir las escaleras. Oyó las voces en cuestión. la voz ruda
era la de un francés. Pudo distinguir varias palabras. El que hablaba parecía reprochar alguna cosa. No pudo comprender
las palabras dichas por la voz más aguda, que hablaba rápida y desigualmente. Piensa que se trata de un ruso. Corrobora
los testimonios restantes. Es de nacionalidad italiana. Nunca habló con un nativo de Rusia.
»Nuevamente interrogados, varios testigos certificaron que las chimeneas de todas las habitaciones eran demasiado
angostas para admitir el paso de un ser humano. Se pasaron “deshollinadores” -cepillos cilíndricos como los que usan
los que limpian chimeneas- por todos los tubos existentes en la casa. No existe ningún pasaje en los fondos por el cual
alguien hubiera podido descender mientras el grupo subía las escaleras. El cuerpo de mademoiselle L’Espanaye estaba
tan firmemente encajado en la chimenea, que no pudo ser extraído hasta que cuatro o cinco personas unieron sus
esfuerzos.
»Paul Dumas, médico, declara que fue llamado al amanecer para examinar los cadáveres de las víctimas. Los mismos
habían sido colocados sobre el colchón del lecho correspondiente a la habitación donde se encontró a mademoiselle L.
El cuerpo de la joven aparecía lleno de contusiones y excoriaciones. El hecho de que hubiese sido metido en la chimenea
bastaba para explicar tales marcas. La garganta estaba enormemente excoriada. Varios profundos arañazos aparecían
debajo del mentón, conjuntamente con una serie de manchas lívidas resultantes, con toda evidencia, de la presión de
unos dedos. El rostro estaba horriblemente pálido y los ojos se salían de las órbitas. La lengua aparecía a medias cortada.
En la región del estómago se descubrió una gran contusión, producida, aparentemente, por la presión de una rodilla.
Según opinión del doctor Dumas, mademoiselle L’Espanaye había sido estrangulada por una o varias personas.
»El cuerpo de la madre estaba horriblemente mutilado. Todos los huesos de la pierna y el brazo derechos se hallaban
fracturados en mayor o menor grado. La tibia izquierda había quedado reducida a astillas, así como todas las costillas
del lado izquierdo. El cuerpo aparecía cubierto de contusiones y estaba descolorido. Resultaba imposible precisar el arma
con que se habían inferido tales heridas. Un pesado garrote de mano, o una ancha barra de hierro, quizá una silla,
cualquier arma grande, pesada y contundente, en manos de un hombre sumamente robusto, podía haber producido
esos resultados. Imposible que una mujer pudiera infligir tales heridas con cualquier arma que fuese. La cabeza de la
difunta aparecía separada del cuerpo y, al igual que el resto, terriblemente contusa. Era evidente que la garganta había
sido seccionada con un instrumento muy afilado, probablemente una navaja.
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»Alexandre Etienne, cirujano, fue llamado al mismo tiempo que el doctor Dumas para examinar los cuerpos. Confirmó
el testimonio y las opiniones de este último.
»No se ha obtenido ningún otro dato de importancia, a pesar de haberse interrogado a varias otras personas. Jamás se
ha cometido en París un asesinato tan misterioso y tan enigmático en sus detalles… si es que en realidad se trata de un
asesinato. La policía está perpleja, lo cual no es frecuente en asuntos de esta naturaleza. Pero resulta imposible hallar
la más pequeña clave del misterio.»

La edición vespertina del diario declaraba que en el quartier Saint-Roch reinaba una intensa excitación, que se había
practicado un nuevo y minucioso examen del lugar del hecho, mientras se interrogaba a nuevos testigos, pero que no
se sabía nada nuevo. Un párrafo final agregaba, sin embargo, que un tal Adolphe Lebon acababa de ser arrestado y
encarcelado, aunque nada parecía acusarlo, a juzgar por los hechos detallados.
Dupin se mostraba singularmente interesado en el desarrollo del asunto; o por lo menos así me pareció por sus maneras,
pues no hizo el menor comentario. Tan sólo después de haberse anunciado el arresto de Lebon me pidió mi parecer
acerca de los asesinatos.
No pude sino sumarme al de todo París y declarar que los consideraba un misterio insoluble. No veía modo alguno de
seguir el rastro al asesino.
-No debemos pensar en los modos posibles que surgen de una investigación tan rudimentaria -dijo Dupin-. La policía
parisiense, tan alabada por su penetración, es muy astuta pero nada más. No procede con método, salvo el del
momento. Toma muchas disposiciones ostentosas, pero con frecuencia éstas se hallan tan mal adaptadas a su objetivo
que recuerdan a Monsieur Jourdain, que pedía sa robe de chambre… pour mieux entendre la musique. Los resultados
obtenidos son con frecuencia sorprendentes, pero en su mayoría se logran por simple diligencia y actividad. Cuando
éstas son insuficientes, todos sus planes fracasan. Vidocq, por ejemplo, era hombre de excelentes conjeturas y
perseverante. Pero como su pensamiento carecía de suficiente educación, erraba continuamente por el excesivo ardor
de sus investigaciones. Dañaba su visión por mirar el objeto desde demasiado cerca. Quizá alcanzaba a ver uno o dos
puntos con singular acuidad, pero procediendo así perdía el conjunto de la cuestión. En el fondo se trataba de un exceso
de profundidad, y la verdad no siempre está dentro de un pozo. Por el contrario, creo que, en lo que se refiere al
conocimiento más importante, es invariablemente superficial. La profundidad corresponde a los valles, donde la
buscamos, y no a las cimas montañosas, donde se la encuentra. Las formas y fuentes de este tipo de error se ejemplifican
muy bien en la contemplación de los cuerpos celestes. Si se observa una estrella de una ojeada, oblicuamente, volviendo
hacia ella la porción exterior de la retina (mucho más sensible a las impresiones luminosas débiles que la parte interior),
se verá la estrella con claridad y se apreciará plenamente su brillo, el cual se empaña apenas la contemplamos de lleno.
Es verdad que en este último caso llegan a nuestros ojos mayor cantidad de rayos, pero la porción exterior posee una
capacidad de recepción mucho más refinada. Por causa de una indebida profundidad confundimos y debilitamos el
pensamiento, y Venus misma puede llegar a borrarse del firmamento si la escrutamos de manera demasiado sostenida,
demasiado concentrada o directa.
»En cuanto a esos asesinatos, procedamos personalmente a un examen antes de formarnos una opinión. La encuesta
nos servirá de entretenimiento (me pareció que el término era extraño, aplicado al caso, pero no dije nada). Además,
Lebon me prestó cierta vez un servicio por el cual le estoy agradecido. Iremos a estudiar el terreno con nuestros propios
ojos. Conozco a G…, el prefecto de policía, y no habrá dificultad en obtener el permiso necesario.
La autorización fue acordada, y nos encaminamos inmediatamente a la rue Morgue. Se trata de uno de esos míseros
pasajes que corren entre la rue Richelieu y la rue Saint-Roch. Atardecía cuando llegamos, pues el barrio estaba
considerablemente distanciado del de nuestra residencia. Encontramos fácilmente la casa, ya que aún había varias
personas mirando las persianas cerradas desde la acera opuesta. Era una típica casa parisiense, con una puerta de
entrada y una casilla de cristales con ventana corrediza, correspondiente a la loge du concierge. Antes de entrar
recorrimos la calle, doblamos por un pasaje y, volviendo a doblar, pasamos por la parte trasera del edificio, mientras
Dupin examinaba la entera vecindad, así como la casa, con una atención minuciosa cuyo objeto me resultaba imposible
de adivinar.
Volviendo sobre nuestros pasos retornamos a la parte delantera y, luego de llamar y mostrar nuestras credenciales,
fuimos admitidos por los agentes de guardia. Subimos las escaleras, hasta llegar a la habitación donde se había
encontrado el cuerpo de mademoiselle L’Espanaye y donde aún yacían ambas víctimas. Como es natural, el desorden
del aposento había sido respetado. No vi nada que no estuviese detallado en la Gazette des Tribunaux. Dupin lo
inspeccionaba todo, sin exceptuar los cuerpos de las víctimas. Pasamos luego a las otras habitaciones y al patio; un
gendarme nos acompañaba a todas partes. El examen nos tuvo ocupados hasta que oscureció, y era de noche cuando
salimos. En el camino de vuelta, mi amigo se detuvo algunos minutos en las oficinas de uno de los diarios parisienses.

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He dicho ya que sus caprichos eran muchos y variados, y que je les ménageais (pues no hay traducción posible de la
frase). En esta oportunidad Dupin rehusó toda conversación vinculada con los asesinatos, hasta el día siguiente a
mediodía. Entonces, súbitamente, me preguntó si había observado alguna cosa peculiar en el escenario de aquellas
atrocidades.
Algo había en su manera de acentuar la palabra, que me hizo estremecer sin que pudiera decir por qué.
-No, nada peculiar -dije-. Por lo menos, nada que no hayamos encontrado ya referido en el diario.
-Me temo -repuso Dupin- que la Gazette no haya penetrado en el insólito horror de este asunto. Pero dejemos de lado
las vanas opiniones de ese diario. Tengo la impresión de que se considera insoluble este misterio por las mismísimas
razones que deberían inducir a considerarlo fácilmente solucionable; me refiero a lo excesivo, a lo outré de sus
características. La policía se muestra confundida por la aparente falta de móvil, y no por el asesinato en sí, sino por su
atrocidad. Está asimismo perpleja por la aparente imposibilidad de conciliar las voces que se oyeron disputando, con el
hecho de que en lo alto sólo se encontró a la difunta mademoiselle L’Espanaye, aparte de que era imposible escapar de
la casa sin que el grupo que ascendía la escalera lo notara. El salvaje desorden del aposento; el cadáver metido, cabeza
abajo, en la chimenea; la espantosa mutilación del cuerpo de la anciana, son elementos que, junto con los ya
mencionados y otros que no necesito mencionar, han bastado para paralizar la acción de los investigadores policiales y
confundir por completo su tan alabada perspicacia. Han caído en el grueso pero común error de confundir lo insólito
con lo abstruso. Pero, justamente a través de esas desviaciones del plano ordinario de las cosas, la razón se abrirá paso,
si ello es posible, en la búsqueda de la verdad. En investigaciones como la que ahora efectuamos no debería preguntarse
tanto «qué ha ocurrido», como «qué hay en lo ocurrido que no se parezca a nada ocurrido anteriormente». En una
palabra, la facilidad con la cual llegaré o he llegado a la solución de este misterio se halla en razón directa de su aparente
insolubilidad a ojos de la policía.
Me quedé mirando a mi amigo con silenciosa estupefacción.
-Estoy esperando ahora -continuó Dupin, mirando hacia la puerta de nuestra habitación- a alguien que, si bien no es el
perpetrador de esas carnicerías, debe de haberse visto envuelto de alguna manera en su ejecución. Es probable que sea
inocente de la parte más horrible de los crímenes. Confío en que mi suposición sea acertada, pues en ella se apoya toda
mi esperanza de descifrar completamente el enigma. Espero la llegada de ese hombre en cualquier momento… y en
esta habitación. Cierto que puede no venir, pero lo más probable es que llegue. Si así fuera, habrá que retenerlo. He ahí
unas pistolas; los dos sabemos lo que se puede hacer con ellas cuando la ocasión se presenta.
Tomé las pistolas, sabiendo apenas lo que hacía y, sin poder creer lo que estaba oyendo, mientras Dupin, como si
monologara, continuaba sus reflexiones. Ya he mencionado su actitud abstraída en esos momentos. Sus palabras se
dirigían a mí, pero su voz, aunque no era forzada, tenía esa entonación que se emplea habitualmente para dirigirse a
alguien que se halla muy lejos. Sus ojos, privados de expresión, sólo miraban la pared.
-Las voces que disputaban y fueron oídas por el grupo que trepaba la escalera -dijo- no eran las de las dos mujeres,
como ha sido bien probado por los testigos. Con esto queda eliminada toda posibilidad de que la anciana señora haya
matado a su hija, suicidándose posteriormente. Menciono esto por razones metódicas, ya que la fuerza de madame de
L’Espanaye hubiera sido por completo insuficiente para introducir el cuerpo de su hija en la chimenea, tal como fue
encontrado, amén de que la naturaleza de las heridas observadas en su cadáver excluye toda idea de suicidio. El
asesinato, pues, fue cometido por terceros, y a éstos pertenecían las voces que se escucharon mientras disputaban.
Permítame ahora llamarle la atención, no sobre las declaraciones referentes a dichas voces, sino a algo peculiar en esas
declaraciones. ¿No lo advirtió usted?
Hice notar que, mientras todos los testigos coincidían en que la voz más ruda debía ser la de un francés, existían grandes
desacuerdos sobre la voz más aguda o -como la calificó uno de ellos- la voz áspera.
-Tal es el testimonio en sí -dijo Dupin-, pero no su peculiaridad. Usted no ha observado nada característico. Y, sin
embargo, había algo que observar. Como bien ha dicho, los testigos coinciden sobre la voz ruda. Pero, con respecto a la
voz aguda, la peculiaridad no consiste en que estén en desacuerdo, sino en que un italiano, un inglés, un español, un
holandés y un francés han tratado de describirla, y cada uno de ellos se ha referido a una voz extranjera. Cada uno de
ellos está seguro de que no se trata de la voz de un compatriota. Cada uno la vincula, no a la voz de una persona
perteneciente a una nación cuyo idioma conoce, sino a la inversa. El francés supone que es la voz de un español, y
agrega que “podría haber distinguido algunas palabras sí hubiera sabido español”. El holandés sostiene que se trata de
un francés, pero nos enteramos de que como no habla francés, testimonió mediante un intérprete. El inglés piensa que
se trata de la voz de un alemán, pero el testigo no comprende el alemán. El español “está seguro” de que se trata de un
inglés, pero “juzga basándose en la entonación”, ya que no comprende el inglés. El italiano cree que es la voz de un
ruso, pero nunca habló con un nativo de Rusia. Un segundo testigo francés difiere del primero y está seguro de que se
trata de la voz de un italiano. No está familiarizado con la lengua italiana, pero al igual que el español, “está convencido

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por la entonación”. Ahora bien: ¡cuan extrañamente insólita tiene que haber sido esa voz para que pudieran reunirse
semejantes testimonios! ¡Una voz en cuyos tonos los ciudadanos de las cinco grandes divisiones de Europa no pudieran
reconocer nada familiar! Me dirá usted que podía tratarse de la voz de un asiático o un africano. Ni unos ni otros
abundan en París, pero, sin negar esa posibilidad, me limitaré a llamarle la atención sobre tres puntos. Un testigo califica
la voz de “áspera, más que aguda”. Otros dos señalan que era «precipitada y desigual». Ninguno de los testigos se refirió
a palabras reconocibles, a sonidos que parecieran palabras.
»No sé -continuó Dupin- la impresión que pudo haber causado hasta ahora en su entendimiento, pero no vacilo en decir
que cabe extraer deducciones legítimas de esta parte del testimonio -la que se refiere a las voces ruda y aguda-,
suficientes para crear una sospecha que debe de orientar todos los pasos futuros de la investigación del misterio. Digo
«deducciones legítimas», sin expresar plenamente lo que pienso. Quiero dar a entender que las deducciones son las
únicas que corresponden, y que la sospecha surge inevitablemente como resultado de las mismas. No le diré todavía
cuál es esta sospecha. Pero tenga presente que, por lo que a mí se refiere, bastó para dar forma definida y tendencia
determinada a mis investigaciones en el lugar del hecho.
«Transportémonos ahora con la fantasía a esa habitación. ¿Qué buscaremos en primer lugar? Los medios de evasión
empleados por los asesinos. Supongo que bien puedo decir que ninguno de los dos cree en acontecimientos
sobrenaturales. Madame y mademoiselle L’Espanaye no fueron asesinadas por espíritus. Los autores del hecho eran de
carne y hueso, y escaparon por medios materiales. ¿Cómo, pues? Afortunadamente, sólo hay una manera de razonar
sobre este punto, y esa manera debe conducirnos a una conclusión definida. Examinemos uno por uno los posibles
medios de escape. Resulta evidente que los asesinos se hallaban en el cuarto donde se encontró a mademoiselle
L’Espanaye, o por lo menos en la pieza contigua, en momentos en que el grupo subía las escaleras. Vale decir que
debemos buscar las salidas en esos dos aposentos. La policía ha levantado los pisos, los techos y la mampostería de las
paredes en todas direcciones. Ninguna salida secreta pudo escapar a sus observaciones. Pero como no me fío de sus
ojos, miré el lugar con los míos. Efectivamente, no había salidas secretas. Las dos puertas que comunican las
habitaciones con el corredor estaban bien cerradas, con las llaves por dentro. Veamos ahora las chimeneas. Aunque de
diámetro ordinario en los primeros ocho o diez pies por encima de los hogares, los tubos no permitirían más arriba el
paso del cuerpo de un gato grande. Quedando así establecida la total imposibilidad de escape por las vías mencionadas
nos vemos reducidos a las ventanas. Nadie podría haber huido por la del cuarto delantero, ya que la muchedumbre
reunida lo hubiese visto. Los asesinos tienen que haber pasado, pues, por las de la pieza trasera. Llevados a esta
conclusión de manera tan inequívoca, no nos corresponde, en nuestra calidad de razonadores, rechazarla por su
aparente imposibilidad. Lo único que cabe hacer es probar que esas aparentes “imposibilidades” no son tales en
realidad.
»Hay dos ventanas en el aposento. Contra una de ellas no hay ningún mueble que la obstruya, y es claramente visible.
La porción inferior de la otra queda oculta por la cabecera del pesado lecho, que ha sido arrimado a ella. La primera
ventana apareció firmemente asegurada desde dentro. Resistió los más violentos esfuerzos de quienes trataron de
levantarla. En el marco, a la izquierda, había una gran perforación de barreno, y en ella un solidísimo clavo hundido casi
hasta la cabeza. Al examinar la otra ventana se vio que había un clavo colocado en forma similar; todos los esfuerzos
por levantarla fueron igualmente inútiles. La policía, pues, se sintió plenamente segura de que la huida no se había
producido por ese lado. Y, por tanto, consideró superfluo extraer los clavos y abrir las ventanas.
»Mi examen fue algo más detallado, y eso por la razón que acabo de darle: allí era el caso de probar que todas las
aparentes imposibilidades no eran tales en realidad.
«Seguí razonando en la siguiente forma… a posteriori. Los asesinos escaparon desde una de esas ventanas. Por tanto,
no pudieron asegurar nuevamente los marcos desde el interior, tal como fueron encontrados (consideración que, dado
lo obvio de su carácter, interrumpió la búsqueda de la policía en ese terreno). Los marcos estaban asegurados. Es
necesario, pues, que tengan una manera de asegurarse por sí mismos. La conclusión no admitía escapatoria. Me acerqué
a la ventana que tenía libre acceso, extraje con alguna dificultad el clavo y traté de levantar el marco. Tal como lo había
anticipado, resistió a todos mis esfuerzos. Comprendí entonces que debía de haber algún resorte oculto, y la
corroboración de esta idea me convenció de que por lo menos mis premisas eran correctas, aunque el detalle referente
a los clavos continuara siendo misterioso. Un examen detallado no tardó en revelarme el resorte secreto. Lo oprimí y,
satisfecho de mi descubrimiento, me abstuve de levantar el marco.
»Volví a poner el clavo en su sitio y lo observé atentamente. Una persona que escapa por la ventana podía haberla
cerrado nuevamente, y el resorte habría asegurado el marco. Pero, ¿cómo reponer el clavo? La conclusión era evidente
y estrechaba una vez más el campo de mis investigaciones. Los asesinos tenían que haber escapado por la otra ventana.
Suponiendo, pues, que los resortes fueran idénticos en las dos ventanas, como parecía probable, necesariamente tenía
que haber una diferencia entre los clavos, o por lo menos en su manera de estar colocados. Trepando al armazón de la
cama, miré minuciosamente el marco de sostén de la segunda ventana. Pasé la mano por la parte posterior,

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descubriendo en seguida el resorte que, tal como había supuesto, era idéntico a su vecino. Miré luego el clavo. Era tan
sólido como el otro y aparentemente estaba fijo de la misma manera y hundido casi hasta la cabeza.
»Pensará usted que me sentí perplejo, pero si así fuera no ha comprendido la naturaleza de mis inducciones. Para usar
una frase deportiva, hasta entonces no había cometido falta. No había perdido la pista un solo instante. Los eslabones
de la cadena no tenían ninguna falla. Había perseguido el secreto hasta su última conclusión: y esa conclusión era el
clavo. Ya he dicho que tenía todas las apariencias de su vecino de la otra ventana; pero el hecho, por más concluyente
que pareciera, resultaba de una absoluta nulidad comparado con la consideración de que allí, en ese punto, se acababa
el hilo conductor. “Tiene que haber algo defectuoso en el clavo”, pensé. Al tocarlo, su cabeza quedó entre mis dedos
juntamente con un cuarto de pulgada de la espiga. El resto de la espiga se hallaba dentro del agujero, donde se había
roto. La fractura era muy antigua, pues los bordes aparecían herrumbrados, y parecía haber sido hecho de un martillazo,
que había hundido parcialmente la cabeza del clavo en el marco inferior de la ventana. Volví a colocar cuidadosamente
la parte de la cabeza en el lugar de donde la había sacado, y vi que el clavo daba la exacta impresión de estar entero; la
fisura resultaba invisible. Apretando el resorte, levanté ligeramente el marco; la cabeza del clavo subió con él, sin
moverse de su lecho. Cerré la ventana, y el clavo dio otra vez la impresión de estar dentro.
»Hasta ahora, el enigma quedaba explicado. El asesino había huido por la ventana que daba a la cabecera del lecho.
Cerrándose por sí misma (o quizá ex profeso) la ventana había quedado asegurada por su resorte. Y la resistencia
ofrecida por éste había inducido a la policía a suponer que se trataba del clavo, dejando así de lado toda investigación
suplementaria.
»La segunda cuestión consiste en el modo del descenso. Mi paseo con usted por la parte trasera de la casa me satisfizo
al respecto. A unos cinco pies y medio de la ventana en cuestión corre una varilla de pararrayos. Desde esa varilla
hubiera resultado imposible alcanzar la ventana, y mucho menos introducirse por ella. Observé, sin embargo, que las
persianas del cuarto piso pertenecen a esa curiosa especie que los carpinteros parisienses denominan ferrades; es un
tipo rara vez empleado en la actualidad, pero que se ve con frecuencia en casas muy viejas de Lyon y Bordeaux. Se las
fabrica como una puerta ordinaria (de una sola hoja, y no de doble batiente), con la diferencia de que la parte inferior
tiene celosías o tablillas que ofrecen excelente asidero para las manos. En este caso las persianas alcanzan un ancho de
tres pies y medio. Cuando las vimos desde la parte posterior de la casa, ambas estaban entornadas, es decir, en ángulo
recto con relación a la pared. Es probable que también los policías hayan examinado los fondos del edificio; pero, si así
lo hicieron, miraron las ferrades en el ángulo indicado, sin darse cuenta de su gran anchura; por lo menos no la tomaron
en cuenta. Sin duda, seguros de que por esa parte era imposible toda fuga, se limitaron a un examen muy sumario. Para
mí, sin embargo, era claro que si se abría del todo la persiana correspondiente a la ventana situada sobre el lecho, su
borde quedaría a unos dos pies de la varilla del pararrayos. También era evidente que, desplegando tanta agilidad como
coraje, se podía llegar hasta la ventana trepando por la varilla. Estirándose hasta una distancia de dos pies y medio (ya
que suponemos la persiana enteramente abierta), un ladrón habría podido sujetarse firmemente de las tablillas de la
celosía. Abandonando entonces su sostén en la varilla, afirmando los pies en la pared y lanzándose vigorosamente hacia
adelante habría podido hacer girar la persiana hasta que se cerrara; si suponemos que la ventana estaba abierta en este
momento, habría logrado entrar así en la habitación.
»Le pido que tenga especialmente en cuenta que me refiero a un insólito grado de vigor, capaz de llevar a cabo una
hazaña tan azarosa y difícil. Mi intención consiste en demostrarle, primeramente, que el hecho pudo ser llevado a cabo;
pero, en segundo lugar, y muy especialmente, insisto en llamar su atención sobre el carácter extraordinario, casi
sobrenatural, de ese vigor capaz de cosa semejante.
»Usando términos judiciales, usted me dirá sin duda que para «redondear mi caso» debería subestimar y no poner de
tal modo en evidencia la agilidad que se requiere para dicha proeza. Pero la práctica de los tribunales no es la de la
razón. Mi objetivo final es tan sólo la verdad. Y mi propósito inmediato consiste en inducirlo a que yuxtaponga la insólita
agilidad que he mencionado a esa voz tan extrañamente aguda (o áspera) y desigual sobre cuya nacionalidad no
pudieron ponerse de acuerdo los testigos y en cuyos acentos no se logró distinguir ningún vocablo articulado.
Al oír estas palabras pasó por mi mente una vaga e informe concepción de lo que quería significar Dupin. Me pareció
estar a punto de entender, pero sin llegar a la comprensión, así como a veces nos hallamos a punto de recordar algo
que finalmente no se concreta. Pero mi amigo seguía hablando.
-Habrá notado usted -dijo- que he pasado de la cuestión de la salida de la casa a la del modo de entrar en ella. Era mi
intención mostrar que ambas cosas se cumplieron en la misma forma y en el mismo lugar. Volvamos ahora al interior
del cuarto y examinemos lo que allí aparece. Se ha dicho que los cajones de la cómoda habían sido saqueados, aunque
quedaron en ellos numerosas prendas. Esta conclusión es absurda. No pasa de una simple conjetura, bastante tonta por
lo demás. ¿Cómo podemos asegurar que las ropas halladas en los cajones no eran las que éstos contenían
habitualmente? Madame L’Espanaye y su hija llevaban una vida muy retirada, no veían a nadie, salían raras veces, y
pocas ocasiones se les presentaban de cambiar de tocado. Lo que se encontró en los cajones era de tan buena calidad

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como cualquiera de los efectos que poseían las damas. Si un ladrón se llevó una parte, ¿por qué no tomó lo mejor… por
qué no se llevó todo? En una palabra: ¿por qué abandonó cuatro mil francos en oro, para cargarse con un hato de ropa?
El oro fue abandonado. La suma mencionada por monsieur Mignaud, el banquero, apareció en su casi totalidad en los
sacos tirados por el suelo. Le pido, por tanto, que descarte de sus pensamientos la desatinada idea de un móvil, nacida
en el cerebro de los policías por esa parte del testimonio que se refiere al dinero entregado en la puerta de la casa.
Coincidencias diez veces más notables que ésta (la entrega del dinero y el asesinato de sus poseedores tres días más
tarde) ocurren a cada hora de nuestras vidas sin que nos preocupemos por ellas. En general, las coincidencias son
grandes obstáculos en el camino de esos pensadores que todo lo ignoran de la teoría de las probabilidades, esa teoría
a la cual los objetivos más eminentes de la investigación humana deben los más altos ejemplos. En esta instancia, si el
oro hubiese sido robado, el hecho de que la suma hubiese sido entregada tres días antes habría constituido algo más
que una coincidencia. Antes bien, hubiera corroborado la noción de un móvil. Pero, dadas las verdaderas circunstancias
del caso, si hemos de suponer que el oro era el móvil del crimen, tenemos entonces que admitir que su perpetrador era
lo bastante indeciso y lo bastante estúpido como para olvidar el oro y el móvil al mismo tiempo.
»Teniendo, pues, presentes los puntos sobre los cuales he llamado su atención -la voz singular, la insólita agilidad y la
sorprendente falta de móvil en un asesinato tan atroz como éste-, echemos una ojeada a la carnicería en sí. Estamos
ante una mujer estrangulada por la presión de unas manos e introducida en el cañón de la chimenea con la cabeza hacia
abajo. Los asesinos ordinarios no emplean semejantes métodos. Y mucho menos esconden al asesinado en esa forma.
En el hecho de introducir el cadáver en la chimenea admitirá usted que hay algo excesivamente inmoderado, algo por
completo inconciliable con nuestras nociones sobre los actos humanos, incluso si suponemos que su autor es el más
depravado de los hombres. Piense, asimismo, en la fuerza prodigiosa que hizo falta para introducir el cuerpo hacia
arriba, cuando para hacerlo descender fue necesario el concurso de varias personas.
»Volvámonos ahora a las restantes señales que pudo dejar ese maravilloso vigor. En el hogar de la chimenea se hallaron
espesos (muy espesos) mechones de cabello humano canoso. Habían sido arrancados de raíz. Bien sabe usted la fuerza
que se requiere para arrancar en esa forma veinte o treinta cabellos. Y además vio los mechones en cuestión tan bien
como yo. Sus raíces (cosa horrible) mostraban pedazos del cuero cabelludo, prueba evidente de la prodigiosa fuerza
ejercida para arrancar quizá medio millón de cabellos de un tirón. La garganta de la anciana señora no solamente estaba
cortada, sino que la cabeza había quedado completamente separada del cuerpo; el instrumento era una simple navaja.
Lo invito a considerar la brutal ferocidad de estas acciones. No diré nada de las contusiones que presentaba el cuerpo
de Madame L’Espanaye. Monsieur Dumas y su valioso ayudante, monsieur Etienne, han decidido que fueron producidas
por un instrumento contundente, y hasta ahí la opinión de dichos caballeros es muy correcta. El instrumento
contundente fue evidentemente el pavimento de piedra del patio, sobre el cual cayó la víctima desde la ventana que da
sobre la cama. Por simple que sea, esto escapó a la policía por la misma razón que se les escapó el ancho de las persianas:
frente a la presencia de clavos se quedaron ciegos ante la posibilidad de que las ventanas hubieran sido abiertas alguna
vez.
»Si ahora, en adición a estas cosas, ha reflexionado usted adecuadamente sobre el extraño desorden del aposento,
hemos llegado al punto de poder combinar las nociones de una asombrosa agilidad, una fuerza sobrehumana, una
ferocidad brutal, una carnicería sin motivo, una grotesquerie en el horror por completo ajeno a lo humano, y una voz
de tono extranjero para los oídos de hombres de distintas nacionalidades y privada de todo silabeo inteligible. ¿Qué
resultado obtenemos? ¿Qué impresión he producido en su imaginación?
Al escuchar las preguntas de Dupin sentí que un estremecimiento recorría mi cuerpo.
-Un maníaco es el autor del crimen -dije-. Un loco furioso escapado de alguna maison de santé de la vecindad.
-En cierto sentido -dijo Dupin-, su idea no es inaplicable. Pero, aun en sus más salvajes paroxismos, las voces de los locos
jamás coinciden con esa extraña voz escuchada en lo alto. Los locos pertenecen a alguna nación, y, por más incoherentes
que sean sus palabras, tienen, sin embargo, la coherencia del silabeo. Además, el cabello de un loco no es como el que
ahora tengo en la mano. Arranqué este pequeño mechón de entre los dedos rígidamente apretados de madame
L’Espanaye. ¿Puede decirme qué piensa de ellos?
-¡Dupin… este cabello es absolutamente extraordinario…! ¡No es cabello humano! -grité, trastornado por completo.
-No he dicho que lo fuera -repuso mi amigo-. Pero antes de que resolvamos este punto, le ruego que mire el bosquejo
que he trazado en este papel. Es un facsímil de lo que en una parte de las declaraciones de los testigos se describió
como «contusiones negruzcas, y profundas huellas de uñas» en la garganta de mademoiselle L’Espanaye, y en otra
(declaración de los señores Dumas y Etienne) como «una serie de manchas lívidas que, evidentemente, resultaban de
la presión de unos dedos».
«Notará usted -continuó mi amigo, mientras desplegaba el papel- que este diseño indica una presión firme y fija. No
hay señal alguna de deslizamiento. Cada dedo mantuvo (probablemente hasta la muerte de la víctima) su terrible

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presión en el sitio donde se hundió primero. Le ruego ahora que trate de colocar todos sus dedos a la vez en las
respectivas impresiones, tal como aparecen en el dibujo.
Lo intenté sin el menor resultado.
-Quizá no estemos procediendo debidamente -dijo Dupin-. El papel es una superficie plana, mientras que la garganta
humana es cilíndrica. He aquí un rodillo de madera, cuya circunferencia es aproximadamente la de una garganta.
Envuélvala con el dibujo y repita el experimento.
Así lo hice, pero las dificultades eran aún mayores.
-Esta marca -dije- no es la de una mano humana.
-Lea ahora -replicó Dupin- este pasaje de Cuvier.
Era una minuciosa descripción anatómica y descriptiva del gran orangután leonado de las islas de la India oriental. La
gigantesca estatura, la prodigiosa fuerza y agilidad, la terrible ferocidad y las tendencias imitativas de estos mamíferos
son bien conocidas. Instantáneamente comprendí todo el horror del asesinato.
-La descripción de los dedos -dije al terminar la lectura-concuerda exactamente con este dibujo. Sólo un orangután,
entre todos los animales existentes, es capaz de producir las marcas que aparecen en su diseño. Y el mechón de pelo
coincide en un todo con el pelaje de la bestia descrita por Cuvier. De todas maneras, no alcanzo a comprender los
detalles de este aterrador misterio. Además, se escucharon dos voces que disputaban y una de ellas era, sin duda, la de
un francés.
-Cierto, Y recordará usted que, casi unánimemente, los testigos declararon haber oído decir a esa voz las palabras: Mon
Dieu! Dadas las circunstancias, uno de los testigos (Montani, el confitero) acertó al sostener que la exclamación tenía
un tono de reproche o reconvención. Sobre esas dos palabras, pues, he apoyado todas mis esperanzas de una solución
total del enigma. Un francés estuvo al tanto del asesinato. Es posible -e incluso muy probable- que fuera inocente de
toda participación en el sangriento episodio. El orangután pudo habérsele escapado. Quizá siguió sus huellas hasta la
habitación; pero, dadas las terribles circunstancias que se sucedieron, le fue imposible capturarlo otra vez. El animal
anda todavía suelto. No continuaré con estas conjeturas (pues no tengo derecho a darles otro nombre), ya que las
sombras de reflexión que les sirven de base poseen apenas suficiente profundidad para ser alcanzadas por mi intelecto,
y no pretenderé mostrarlas con claridad a la inteligencia de otra persona. Las llamaremos conjeturas, pues, y nos
referiremos a ellas como tales. Si el francés en cuestión es, como lo supongo, inocente de tal atrocidad, este aviso que
deje anoche cuando volvíamos a casa en las oficinas de Le Monde (un diario consagrado a cuestiones marítimas y muy
leído por los navegantes) lo hará acudir a nuestra casa.
Me alcanzó un papel, donde leí:

Capturado.-En el Bois de Boulogne, en la mañana del… (la mañana del asesinato), se ha capturado un gran orangután
leonado de la especie de Borneo. Su dueño (de quien se sabe que es un marinero perteneciente a un barco maltés) puede
reclamarlo, previa identificación satisfactoria y pago de los gastos resultantes de su captura y cuidado. Presentarse al
número… calle… Faubourg Saint-Germain… tercer piso.

-Pero, ¿cómo es posible -pregunté- que sepa usted que el hombre es un marinero y que pertenece a un barco maltes?
-No lo sé -dijo Dupin- y no estoy seguro de ello. Pero he aquí un trocito de cinta que, a juzgar por su forma y su grasienta
condición, debió de ser usado para atar el pelo en una de esas largas queues de que tan orgullosos se muestran los
marineros. Además, el nudo pertenece a esa clase que pocas personas son capaces de hacer, salvo los marinos, y es
característico de los malteses. Encontré esta cinta al pie de la varilla del pararrayos. Imposible que perteneciera a una
de las víctimas. De todos modos, si me equivoco al deducir de la cinta que el francés era un marinero perteneciente a
un barco maltes, no he causado ningún daño al estamparlo en el aviso. Si me equivoco, el hombre pensará que me he
confundido por alguna razón que no se tomará el trabajo de averiguar. Pero si estoy en lo cierto, hay mucho de ganado.
Conocedor, aunque inocente de los asesinatos, el francés vacilará, como es natural, antes de responder al aviso y
reclamar el orangután. He aquí cómo razonará: «Soy inocente y pobre; mi orangután es muy valioso y para un hombre
como yo representa una verdadera fortuna. ¿Por qué perderlo a causa de una tonta aprensión? Está ahí, a mi alcance.
Lo han encontrado en el Bois de Boulogne, a mucha distancia de la escena del crimen. ¿Cómo podría sospechar alguien
que ese animal es el culpable? La policía está desorientada y no ha podido encontrar la más pequeña huella. Si llegaran
a seguir la pista del mono, les será imposible probar que supe algo de los crímenes o echarme alguna culpa como testigo
de ellos. Además, soy conocido. El redactor del aviso me designa como dueño del animal. Ignoro hasta dónde llega su
conocimiento. Si renuncio a reclamar algo de tanto valor, que se sabe de mi pertenencia, las sospechas recaerán, por lo
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menos, sobre el animal. Contestaré al aviso, recobraré el orangután y lo tendré encerrado hasta que no se hable más
del asunto.»
En ese momento oímos pasos en la escalera.
-Prepare las pistolas -dijo Dupin-, pero no las use ni las exhiba hasta que le haga una seña.
La puerta de entrada de la casa había quedado abierta y el visitante había entrado sin llamar, subiendo algunos peldaños
de la escalera. Pero, de pronto, pareció vacilar y lo oímos bajar. Dupin corría ya a la puerta cuando advertimos que volvía
a subir. Esta vez no vaciló, sino que, luego de trepar decididamente la escalera, golpeó en nuestra puerta.
-¡Adelante! -dijo Dupin con voz cordial y alegre.
El hombre que entró era, con toda evidencia, un marino, alto, robusto y musculoso, con un semblante en el que cierta
expresión audaz no resultaba desagradable. Su rostro, muy atezado, aparecía en gran parte oculto por las patillas y los
bigotes. Traía consigo un grueso bastón de roble, pero al parecer ésa era su única arma. Inclinóse torpemente, dándonos
las buenas noches en francés; a pesar de un cierto acento suizo de Neufchatel, se veía que era de origen parisiense.
-Siéntese usted, amigo mío -dijo Dupin-. Supongo que viene en busca del orangután. Palabra, se lo envidio un poco; es
un magnífico animal, que presumo debe de tener gran valor. ¿Qué edad le calcula usted?
El marinero respiró profundamente, con el aire de quien se siente aliviado de un peso intolerable, y contestó con tono
reposado:
-No podría decirlo, pero no tiene más de cuatro o cinco años. ¿Lo guarda usted aquí?
-¡Oh, no! Carecemos de lugar adecuado. Está en una caballeriza de la rue Dubourg, cerca de aquí. Podría usted llevárselo
mañana por la mañana. Supongo que estará en condiciones de probar su derecho de propiedad.
-Por supuesto que sí, señor.
-Lamentaré separarme de él -dijo Dupin.
-No quisiera que usted se hubiese molestado por nada -declaró el marinero-. Estoy dispuesto a pagar una recompensa
por el hallazgo del animal. Una suma razonable, se entiende.
-Pues bien -repuso mi amigo-, eso me parece muy justo. Déjeme pensar: ¿qué le pediré? ¡Ah, ya sé! He aquí cuál será
mi recompensa: me contará usted todo lo que sabe sobre esos crímenes en la rue Morgue.
Dupin pronunció las últimas palabras en voz muy baja y con gran tranquilidad. Después, con igual calma, fue hacia la
puerta, la cerró y guardó la llave en el bolsillo. Sacando luego una pistola, la puso sin la menor prisa sobre la mesa.
El rostro del marinero enrojeció como si un acceso de sofocación se hubiera apoderado de él. Levantándose, aferró su
bastón, pero un segundo después se dejó caer de nuevo en el asiento, temblando violentamente y pálido como la
muerte. No dijo una palabra. Lo compadecí desde lo más profundo de mi corazón.
-Amigo mío, se está usted alarmando sin necesidad -dijo cordialmente Dupin-. Le aseguro que no tenemos intención de
causarle el menor daño. Lejos de nosotros querer perjudicarlo: le doy mi palabra de caballero y de francés. Estoy
perfectamente enterado de que es usted inocente de las atrocidades de la rue Morgue. Pero sería inútil negar que, en
cierto modo, se halla implicado en ellas. Fundándose en lo que le he dicho, supondrá que poseo medios de información
sobre este asunto, medios que le sería imposible imaginar. El caso se plantea de la siguiente manera: usted no ha
cometido nada que no debiera haber cometido, nada que lo haga culpable. Ni siquiera se le puede acusar de robo, cosa
que pudo llevar a cabo impunemente. No tiene nada que ocultar ni razón para hacerlo. Por otra parte, el honor más
elemental lo obliga a confesar todo lo que sabe. Hay un hombre inocente en la cárcel, acusado de un crimen cuyo
perpetrador puede usted denunciar.
Mientras Dupin pronunciaba estas palabras, el marinero había recobrado en buena parte su compostura, aunque su
aire decidido del comienzo habíase desvanecido por completo.
-¡Dios venga en mi ayuda! -dijo, después de una pausa-. Sí, le diré todo lo que sé sobre este asunto, aunque no espero
que crea ni la mitad de lo que voy a contarle… ¡Estaría loco si pensara que van a creerme! Y, sin embargo, soy inocente,
y lo confesaré todo aunque me cueste la vida.
En sustancia, lo que nos dijo fue lo siguiente: Poco tiempo atrás, había hecho un viaje al archipiélago índico. Un grupo
del que formaba parte desembarcó en Borneo y penetró en el interior a fin de hacer una excursión placentera. Entre él
y un compañero capturaron al orangután. Como su compañero falleciera, quedó dueño único del animal. Después de
considerables dificultades, ocasionadas por la indomable ferocidad de su cautivo durante el viaje de vuelta, logró
finalmente encerrarlo en su casa de París, donde, para aislarlo de la incómoda curiosidad de sus vecinos, lo mantenía

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cuidadosamente recluido, mientras el animal curaba de una herida en la pata que se había hecho con una astilla a bordo
del buque. Una vez curado, el marinero estaba dispuesto a venderlo.
Una noche, o más bien una madrugada, en que volvía de una pequeña juerga de marineros, nuestro hombre se encontró
con que el orangután había penetrado en su dormitorio, luego de escaparse de la habitación contigua donde su captor
había creído tenerlo sólidamente encerrado. Navaja en mano y embadurnado de jabón, habíase sentado frente a un
espejo y trataba de afeitarse, tal como, sin duda, había visto hacer a su amo espiándolo por el ojo de la cerradura.
Aterrado al ver arma tan peligrosa en manos de un animal que, en su ferocidad, era harto capaz de utilizarla, el marinero
se quedó un instante sin saber qué hacer. Por lo regular, lograba contener al animal, aun en sus arrebatos más terribles,
con ayuda de un látigo, y pensó acudir otra vez a ese recurso. Pero al verlo, el orangután se lanzó de un salto a la puerta,
bajó las escaleras y, desde ellas, saltando por una ventana que desgraciadamente estaba abierta, se dejó caer a la calle.
Desesperado, el francés se precipitó en su seguimiento. Navaja en mano, el mono se detenía para mirar y hacer muecas
a su perseguidor, dejándolo acercarse casi hasta su lado. Entonces echaba a correr otra vez. Siguió así la caza durante
largo tiempo. Las calles estaban profundamente tranquilas, pues eran casi las tres de la madrugada. Al atravesar el
pasaje de los fondos de la rue Morgue, la atención del fugitivo se vio atraída por la luz que salía de la ventana abierta
del aposento de madame L’Espanaye, en el cuarto piso de su casa. Precipitándose hacia el edificio, descubrió la varilla
del pararrayos, trepó por ella con inconcebible agilidad, aferró la persiana que se hallaba completamente abierta y
pegada a la pared, y en esta forma se lanzó hacia adelante hasta caer sobre la cabecera de la cama. Todo esto había
ocurrido en menos de un minuto. Al saltar en la habitación, las patas del orangután rechazaron nuevamente la persiana,
la cual quedó abierta.
El marinero, a todo esto, se sentía tranquilo y preocupado al mismo tiempo. Renacían sus esperanzas de volver a
capturar a la bestia, ya que le sería difícil escapar de la trampa en que acababa de meterse, salvo que bajara otra vez
por el pararrayos, ocasión en que sería posible atraparlo. Por otra parte, se sentía ansioso al pensar en lo que podría
estar haciendo en la casa. Esta última reflexión indujo al hombre a seguir al fugitivo. Para un marinero no hay dificultad
en trepar por una varilla de pararrayos; pero, cuando hubo llegado a la altura de la ventana, que quedaba muy alejada
a su izquierda, no pudo seguir adelante; lo más que alcanzó fue a echarse a un lado para observar el interior del
aposento. Apenas hubo mirado, estuvo a punto de caer a causa del horror que lo sobrecogió. Fue en ese momento
cuando empezaron los espantosos alaridos que arrancaron de su sueño a los vecinos de la rue Morgue. Madame
L’Espanaye y su hija, vestidas con sus camisones de dormir, habían estado aparentemente ocupadas en arreglar algunos
papeles en la caja fuerte ya mencionada, la cual había sido corrida al centro del cuarto. Hallábase abierta, y a su lado,
en el suelo, los papeles que contenía. Las víctimas debían de haber estado sentadas dando la espalda a la ventana, y, a
juzgar por el tiempo transcurrido entre la entrada de la bestia y los gritos, parecía probable que en un primer momento
no hubieran advertido su presencia. El golpear de la persiana pudo ser atribuido por ellas al viento.
En el momento en que el marinero miró hacia el interior del cuarto, el gigantesco animal había aferrado a madame
L’Espanaye por el cabello (que la dama tenía suelto, como si se hubiera estado peinando) y agitaba la navaja cerca de
su cara imitando los movimientos de un barbero. La hija yacía postrada e inmóvil, víctima de un desmayo. Los gritos y
los esfuerzos de la anciana señora, durante los cuales le fueron arrancados los mechones de la cabeza, tuvieron por
efecto convertir los propósitos probablemente pacíficos del orangután en otros llenos de furor. Con un solo golpe de su
musculoso brazo separó casi completamente la cabeza del cuerpo de la víctima. La vista de la sangre transformó su
cólera en frenesí. Rechinando los dientes y echando fuego por los ojos, saltó sobre el cuerpo de la joven y, hundiéndole
las terribles garras en la garganta, las mantuvo así hasta que hubo expirado. Las furiosas miradas de la bestia cayeron
entonces sobre la cabecera del lecho, sobre el cual el rostro de su amo, paralizado por el horror, alcanzaba apenas a
divisarse. La furia del orangután, que, sin duda, no olvidaba el temido látigo, se cambió instantáneamente en miedo.
Seguro de haber merecido un castigo, pareció deseoso de ocultar sus sangrientas acciones, y se lanzó por el cuarto lleno
de nerviosa agitación, echando abajo y rompiendo los muebles a cada salto y arrancando el lecho de su bastidor.
Finalmente se apoderó del cadáver de mademoiselle L’Espanaye y lo metió en el cañón de la chimenea, tal como fue
encontrado luego, tomó luego el de la anciana y lo tiró de cabeza por la ventana.
En momentos en que el mono se acercaba a la ventana con su mutilada carga, el marinero se echó aterrorizado hacia
atrás y, deslizándose sin precaución alguna hasta el suelo, corrió inmediatamente a su casa, temeroso de las
consecuencias de semejante atrocidad y olvidando en su terror toda preocupación por la suerte del orangután. Las
palabras que los testigos oyeron en la escalera fueron las exclamaciones de espanto del francés, mezcladas con los
diabólicos sonidos que profería la bestia.
Poco me queda por agregar. El orangután debió de escapar por la varilla del pararrayos un segundo antes de que la
puerta fuera forzada. Sin duda, cerró la ventana a su paso. Más tarde fue capturado por su mismo dueño, quien lo
vendió al Jardin des Plantes en una elevada suma.

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Lebon fue puesto en libertad inmediatamente después que hubimos narrado todas las circunstancias del caso -con
algunos comentarios por parte de Dupin- en el bureau del prefecto de policía. Este funcionario, aunque muy bien
dispuesto hacia mi amigo, no pudo ocultar del todo el fastidio que le producía el giro que había tomado el asunto, y
deslizó uno o dos sarcasmos sobre la conveniencia de que cada uno se ocupara de sus propios asuntos.
-Déjelo usted hablar -me dijo Dupin, que no se había molestado en replicarle-. Deje que se desahogue; eso aliviará su
conciencia. Me doy por satisfecho con haberlo derrotado en su propio terreno. De todos modos, el hecho de que haya
fracasado en la solución del misterio no es ninguna razón para asombrarse; en verdad, nuestro amigo el prefecto es
demasiado astuto para ser profundo. No hay fibra en su ciencia: mucha cabeza y nada de cuerpo, como las imágenes
de la diosa Laverna, o, a lo sumo, mucha cabeza y lomos, como un bacalao. Pero después de todo es un buen hombre.
Lo estimo especialmente por cierta forma maestra de gazmoñería, a la cual debe su reputación. Me refiero a la manera
que tiene de nier ce qui est, et d’ expliquer ce qui n’est pas.

FIN

EL PIE DEL DIABLO


Arthur Conan Doyle
Al relatar de vez en cuando algunas de las experiencias curiosas y los recuerdos interesantes que asocio con mi amistad
íntima y prolongada con Mr. Sherlock Holmes, me he topado constantemente con las dificultades que me ha causado
su aversión por la publicidad. Para su carácter austero y cínico el aplauso popular siempre ha sido aborrecible, y nada
le divertía más al cerrar con éxito un caso que traspasar el mérito a algún oficial ortodoxo, y escuchar con sonrisa burlona
el coro general de felicitaciones equivocadas. Ha sido en realidad esta actitud por parte de mi amigo, y no desde luego
la falta de material interesante, lo que en los últimos años me ha obligado a publicar muy pocos de mis relatos. Mi
participación en algunas de sus aventuras siempre ha sido un privilegio que me ha exigido discreción y reticencia.
Quedé, pues, enormemente sorprendido al recibir el martes pasado un telegrama de Holmes -nunca se ha sabido de él
que escribiera cuando bastaba un telegrama- en los términos siguientes: “¿Por qué no contarles el horror de Cornualles,
el más extraño caso que se me ha encomendado?” Ignoro qué resaca de su cerebro había refrescado el caso en su
memoria, o qué antojo le había hecho desear que yo lo relatase; pero me apresuré, antes de que llegara otro telegrama
cancelando aquél, a rebuscar las notas que me darían los detalles exactos del caso, y a exponerles el caso a mis lectores.
Fue en la primavera del año 1897, cuando en la férrea constitución de Holmes aparecieron algunos síntomas de
debilitamiento frente a un trabajo duro, constante y del tipo más agotador, agravado, además, por sus propias
imprudencias ocasionales. En marzo de aquel año el doctor Moore Agar, de la calle Harley, cuya dramática presentación
a Holmes quizá cuente algún día, le dio órdenes terminantes al famoso detective privado de dejar a un lado todos sus
casos y entregarse a un completo descanso, si quería evitar un colapso. Su estado de salud no era asunto por el que
Holmes se tomase el más mínimo interés, ya que tenía una gran capacidad de abstracción mental, pero al final fue
inducido, bajo la amenaza de quedar inhabilitado para el trabajo de forma permanente, a buscarse un cambio total de
escena y de aires. Así fue como a principios de primavera de aquel mismo año nos trasladamos a una casita de campo
cerca de la bahía de Poldhu, en el extremo más alejado de la península de Cornualles.
Era un lugar singular, especialmente adecuado para el humor sombrío de mi paciente. Desde las ventanas de nuestra
casita encalada, construida en lo alto de una colina muy verde, dominábamos todo el siniestro semicírculo de la bahía
de Mounts, esa antigua trampa mortal para los veleros, con su hilera de negros acantilados y arrecifes azotados por las
olas, contra los que habían hallado la muerte innumerables marineros. Con viento del norte la bahía permanece plácida
y abrigada, invitando a las embarcaciones sacudidas por la tempestad a virar hacia ella en busca de descanso y
protección.
Pero luego vienen el súbito remolino de viento, las ráfagas huracanadas del sudoeste, el ancla arrancada, la orilla a
sotavento, y la última batalla en el rompiente espumoso. El marinero prudente está siempre alejado de ese lugar
maldito.
Por el lado de tierra nuestros alrededores eran tan sombríos como el mar. Era aquélla una zona de páramos ondulantes,
solitarios y grises, con un campanario aquí y allá para marcar el emplazamiento de algún que otro pueblo de tiempos
pasados. En cualquier dirección de los páramos había vestigios de una raza ya desaparecida que no había dejado como
constancia de su paso sino extraños monumentos de piedra, túmulos irregulares que contenían las cenizas incineradas
de los muertos, y curiosas construcciones de tierra que apuntaban a la lucha prehistórica. El embrujo y misterio de la
región, con su siniestra atmósfera de naciones olvidadas, apelaba a la imaginación de mi amigo, quien pasaba gran parte
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de su tiempo dando largos paseos y sumiéndose en meditaciones solitarias en los páramos. La antigua lengua de
Cornualles también había atraído su atención, y recuerdo que se le metió en la cabeza la idea de que era muy similar al
caldeo y constituía una derivación directa del lenguaje de los comerciantes de estaño fenicios.
Recibió un envío de libros de filología, y se disponía a consagrarse al desarrollo de su tesis cuando de repente, para
pesar mío y alborozo manifiesto de él, nos encontramos, incluso en aquella tierra de sueños, sumergidos en un problema
ocurrido a nuestra puerta, más intenso, más absorbente e infinitamente más misterioso que cualquiera de los que nos
habían hecho salir de Londres. Nuestra vida sencilla y plácida, nuestra saludable rutina fueron interrumpidas
violentamente, y nosotros nos vimos precipitados en el centro de una serie de sucesos que provocaron una excitación
extrema no sólo en Cornualles, sino también en toda la parte occidental de Inglaterra. Quizá muchos de mis lectores
conserven algún recuerdo de lo que se llamó entonces el “Horror de Cornualles”, aunque a la prensa de Londres no
llegó más que un relato muy incompleto del asunto. Ahora, trece años después, voy a dar a conocer públicamente los
auténticos detalles de aquel caso inconcebible.
Ya he dicho que unos cuantos campanarios diseminados indicaban la situación de los pueblos que salpicaban aquella
parte de Cornualles. El más cercano era la aldea de Tredannick Wollas, donde las casas de unos doscientos habitantes
se apiñaban en torno a una iglesia antigua y cubierta de musgo. El vicario de la parroquia, Mr. Roundhay, tenía algo de
arqueólogo, y, como tal, había trabado amistad con Holmes. Era un hombre de mediana edad, atractivo y afable, con
un caudal considerable de erudición local. Invitados por él, fuimos un día a tomar el té en la vicaría, conociendo asimismo
a Mr. Mortimer Tregennis, un caballero independiente que había incrementado los escasos recursos del sacerdote
alquilando habitaciones en su casa espaciosa y destartalada. El vicario, que era soltero, estaba encantado de haber
llegado a un acuerdo de este tipo, a pesar de no tener apenas nada en común con su huésped, que era un hombre
delgado, moreno, con gafas, y con un encorvamiento de espalda que daba la impresión de una auténtica deformidad
física. Recuerdo que durante nuestra corta visita encontramos al vicario locuaz, y a su inquilino extrañamente reservado,
con expresión triste, y entregado a la introspección; todo el tiempo permaneció sentado con la mirada perdida,
aparentemente absorto en sus propios asuntos.
Esos fueron los dos hombres que entraron abruptamente en nuestra sala de estar el martes 16 de marzo, poco después
de la hora del desayuno, cuando estábamos fumando juntos y preparándonos para nuestra excursión diaria por los
páramos.
-Mr. Holmes -dijo el vicario, con voz agitada-, durante la noche ha ocurrido un suceso de lo más trágico y extraordinario.
Es algo de verdad insólito. No podemos sino considerar como un don de la providencia que esté usted aquí en estos
momentos, porque en toda Inglaterra no hay un hombre al que necesitemos más.
Clavé en el intruso vicario una mirada poco amistosa; pero Holmes se quitó la pipa de los labios y se irguió en su silla,
como un viejo sabueso que oye el grito de “¡Zorro a la vista!” Señaló el sofá con el dedo, y el palpitante vicario, con su
agitado compañero, se sentaron en él, uno junto al otro. Mr. Mortimer Tregennis se dominaba más que el sacerdote,
pero el crispamiento de sus manos delgadas y el brillo de sus ojos oscuros delataban la emoción que compartía con
éste.
-¿Hablo yo, o lo hace usted? -preguntó al vicario.
-Bueno, como parece ser que es usted quien ha hecho el descubrimiento, sea lo que fuere, y el vicario lo sabe todo de
segunda mano, quizá será mejor que hable, Mr. Tregennis -dijo Holmes.
Lancé una mirada al vicario, vestido apresuradamente, a su inquilino, sentado junto a él, ataviado con toda formalidad,
y me divirtió la sorpresa que había producido en sus rostros la simple deducción de Holmes.
-Quizá será mejor que diga primero unas palabras -dijo el vicario-, y entonces usted mismo juzgará si prefiere escuchar
los detalles de Mr. Tregennis, o salir corriendo sin pérdida de tiempo hacia el escenario de tan misterioso suceso.
Explicaré, pues, que nuestro amigo aquí presente pasó la velada de ayer en compañía de sus dos hermanos, Owen y
George, y en la de su hermana, Brenda, en su casa de Tredannick Wartha, que está cerca de la vieja cruz de piedra de l
páramo. Les dejó poco después de las diez, jugando a cartas en torno a la mesa del comedor, de buen humor y con
excelente salud. Esta mañana, como es hombre madrugador, ha salido de paseo en esa dirección antes de desayunar,
siendo alcanzado por el coche del doctor Richards, quien le ha explicado que acababan de mandarle llamar
urgentemente desde Tredannick Wartha. Como es natural, Mr. Mortimer Tregennis ha ido con él. Al llegar a Tredannick
Wartha se ha encontrado con un estado de cosas extraordinario. Sus tres hermanos estaban sentados en torno a la
mesa, tal como él los había dejado, con las cartas aún extendidas ante ellos y las velas consumidas hasta la base. La
hermana estaba reclinada en su silla, muerta, con los dos hermanos sentados a cada lado, riendo, gritando y cantando,
con la mente totalmente perturbada. Los tres, la mujer muerta y los dos hombres enloquecidos, tenían en el rostro una
expresión de horror desaforado, una convulsión de terror que daba miedo mirarla. No había indicios de la presencia de
nadie en la casa, excepto de Mrs. Porter, la vieja cocinera y ama de llaves, que ha declarado que durmió profundamente

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y no oyó ningún ruido durante la noche. No habían robado ni desordenado nada, y no existe ninguna explicación sobre
cuál pudo ser la visión espantosa que mató de pánico a una mujer e hizo perder el juicio a dos hombres fuertes. Esta es,
en dos palabras, la situación, Mr. Holmes; si puede ayudarnos a esclarecerla habrá realizado un gran trabajo.
Yo esperaba poder engatusar de algún modo a mi compañero para continuar con la vida tranquila que era el objetivo
de nuestro viaje; pero una sola mirada a la expresión intensa de su rostro y a sus cejas contraídas me indicaron lo vano
de mi esperanza. Estuvo un rato sentado en silencio, absorbido por el extraño drama que había venido a romper nuestra
paz.
-Voy a estudiar el asunto -dijo, por fin-. A primera vista, parece tratarse de un caso excepcional. ¿Ha estado ya allí, Mr.
Roundhay?
-No, Mr. Holmes. Mr. Tregennis me lo ha contado todo al volver a la parroquia, y al instante hemos corrido a consultarle
a usted.
-¿A qué distancia está la casa donde ocurrió esa singular tragedia?
-A una milla tierra adentro, más o menos.
-En ese caso iremos caminando juntos. Pero, antes de salir, he de hacerle unas pocas preguntas, Mr. Mortimer
Tregennis.
El interpelado había permanecido callado todo el tiempo, pero yo había observado que su excitación más controlada
era incluso superior a la emoción agresiva del clérigo. Estaba sentado con el rostro pálido y contraído, la mirada ansiosa
clavada en Holmes, y sus manos delgadas unidas convulsivamente. Sus labios pálidos habían temblado al escuchar la
espantosa experiencia que había vivido su familia, y en sus ojos oscuros parecía reflejarse parte del horror de la escena.
-Pregunte lo que quiera, Mr. Holmes -dijo, anhelante-. Es un tema del que se me hace difícil hablar, pero le contestaré
la verdad.
-Hábleme de la noche pasada.
-Verá, Mr. Holmes; cené allí, como le ha dicho el vicario, y mi hermano mayor, George, propuso luego una partida de
Whist. Nos sentamos a jugar a eso de las nueve. Eran sobre las diez y cuarto cuando me puse en pie para marcharme.
Les dejé en torno a la mesa, le más alegres que imaginarse pueda.
-¿Quién salió a despedirle?
-Mrs. Porter ya se había acostado, así que salí yo solo. Cerré la puerta del vestíbulo desde fuera. La ventana del salón
estaba cerrada, aunque no habían echado la cortinilla. Esta mañana no había ningún cambio ni en la puerta ni en la
ventana, ni tampoco razón para creer que un desconocido había entrado en la casa. Sin embargo allí estaban,
totalmente enloquecidos por el terror, y Brenda muerta de miedo, medio reclinada, con la cabeza colgando sobre el
brazo de la butaca. En toda mi vida no lograré borrar de mi memoria la escena que he contemplado es esa habitación.
-Los hechos, tal y como usted los presenta, son sin duda extraordinarios -dijo Holmes-. Supongo que no tendrá ninguna
teoría propia capaz de explicarlos.
-Es algo demoníaco. Mr. Holmes; ¡demoníaco! -exclamó Mortimer Tregennis-. No es de este mundo. Algo entró en esa
habitación, que apagó de un soplo la luz de la razón que había en sus mentes. ¿Qué fuerza humana podría hacer una
cosa así?
-Me temo -replicó Holmes- que si el asunto está por encima de la humanidad, también estará por encima mío. Pero en
cualquier caso debemos agotar todas las explicaciones naturales antes de apoyarnos en una teoría como ésta. En cuanto
a usted, Mr. Tregennis, parece ser que por alguna razón no estaba muy unido a su familia, ya que ellos vivían juntos y
usted tiene habitaciones aparte.
-Cierto, Mr. Holmes, aunque todo está pasado y olvidado. Éramos una familia de mineros de estaño de Redruth que
vendimos nuestro negocio a una empresa y nos retiramos con dinero suficiente para vivir. No negaré que hubo, al
repartir el dinero, ciertas desavenencias que nos mantuvieron distanciados durante un tiempo; pero todo quedó
perdonado y arreglado, y ahora éramos los mejores amigos del mundo.
-Volviendo a la velada que pasaron juntos, ¿no ha quedado nada grabado en su memoria que pudiera arrojar luz sobre
la tragedia? Piense despacio, Mr. Tregennis; busque cualquier pista que pueda ayudarme.
-No recuerdo nada en absoluto, señor.
-¿Sus hermanos estaban del humor habitual?
-Nunca les vi mejor.
21
-¿Estaban nerviosos? ¿En algún momento dieron muestras de aprensión ante un peligro inminente?
-No, nada de eso.
-¿Entonces no tiene nada que agregar que pueda serme útil? Mortimer Tregennis estuvo unos instantes meditando
seriamente.
-Sólo se me ocurre una cosa -dijo por fin-. Cuando nos sentamos a la mesa yo me coloqué de espaldas a la ventana y mi
hermano George, que era mi compañero en la partida, de cara a ella. Una vez le vi mirar con atención por encima de mi
hombro, así que me di la vuelta y me puse a mirar yo también. La cortinilla estaba levantada y la ventana cerrada, pero
pude vislumbrar los arbustos del prado, y por un instante me pareció que algo se movía entre ellos. No podría ni siquiera
afirmar si era una persona o un animal, sólo sé que había algo allí. Cuando le pregunté a George qué estaba mirando,
me comentó que él había tenido la misma sensación. Eso es todo cuanto puedo decirle.
-¿No investigaron?
-No; no nos pareció importante.
-Así que les dejó sin ninguna premonición de la desgracia.
-Ninguna en absoluto.
-No acabo de comprender cómo se ha enterado de la noticia esta mañana temprano.
-Soy muy madrugador, y suelo dar un paseo antes del desayuno. Esta mañana, acababa de salir cuando el doctor me ha
alcanzado en su coche. Me ha dicho que la vieja Mrs. Porter le había enviado un chico con un mensaje urgente. He
subido de un salto al vehículo y hemos seguido el viaje. Al llegar, hemos entrado en esa estancia espantosa. Las velas y
el fuego del hogar debían haberse apagado hacía horas, y ellos habían permanecido sentados en la oscuridad hasta
romper el día. El doctor ha dicho que Brenda llevaba muerta por lo menos seis horas. No había señales de violencia.
Estaba caída sobre el brazo de su butaca, con aquella expresión en el rostro. George y Owen estaban cantando
fragmentos de canciones y gesticulando como dos grandes simios. ¡Oh, qué visión tan horrible! Yo no he podido
soportarlo, y el doctor estaba tan blanco como el papel. Incluso se ha desplomado en una silla, como en una especia de
desmayo, y casi hemos tenido que atenderle a él también.
¡Extraordinario! ¡Realmente extraordinario! -dijo Holmes, levantándose y asiendo su sombrero-. Creo que quizá lo
mejor será ir a Tredannick Wartha sin más dilatación. Confieso que rara vez me he enfrentado con un caso que a primera
vista presentara un problema más singular.
Nuestras primeras gestiones no sirvieron apenas para avanzar en la investigación. Pero de todos modos la mañana
estuvo marcada, en su mismo inicio, por un incidente que produjo en mi ánimo la más siniestra impresión. Se acerca
uno al lugar de la tragedia por un sendero campestre estrecho y serpenteante. Caminábamos por él cuando oímos el
traqueteo de un coche que venía hacia nosotros, y nos hicimos a un lado para dejarle paso. Al cruzarse con nosotros
pude entrever por la ventanilla cerrada un rostro horriblemente contorsionado y sonriente que se nos quedaba
mirando. Aquellos ojos desorbitados y brillantes, y aquellos dientes que rechinaban pasaron junto a nosotros como una
visión espantosa.
-¡Mis hermanos! -exclamó Mortimer Tregennis, lívido hasta los labios-. Se los llevan a Helston.
Nos volvimos para mirar el negro carruaje, que se alejaba dando tumbos. Luego dirigimos nuestros pasos hacia aquella
casa malhadada donde les había sorprendido su extraña suerte.
Era una morada espaciosa y llena de luz, más mansión que simple casa de campo, con un jardín de considerable
extensión que, con el aire de Cornualles, abundaba ya en flores primaverales. A este jardín se abría la ventana del salón,
y, según Mortimer Tregennis, era por allí por donde tenía que haberse acercado el ser maléfico que en un instante,
mediante el horror puro, había hecho estallar sus mentes. Holmes caminó despacio y pensativo por entre los tiestos de
flores y por el sendero que conducía al porche. Tan absorto estaba en sus pensamientos, que recuerdo que tropezó
contra la regadera, derramó su contenido e inundó nuestros pies y también el sendero del jardín. Ya en la casa salió a
recibirnos la anciana ama de llaves cornualles, Mrs. Porter, que con la ayuda de una muchacha joven atendía a las
necesidades de la familia. Respondió de buen grado a todas las preguntas de Holmes. No había oído nada durante la
noche. Últimamente sus amos habían estado de un humor estupendo, y nunca les había visto tan alegres y prósperos.
Se había desmayado de espanto al entrar por la mañana en la estancia y ver aquella reunión espantosa alrededor de la
mesa. Tras recuperarse había abierto la ventana de par en par para que pasara el aire, y había ido corriendo hasta el
camino principal, desde donde había enviado a un joven granjero en busca del médico. La señorita estaba arriba en su
cama, si deseábamos verla. Habían sido necesarios cuatro hombres fuertes para meter a los hermanos en el coche del

22
manicomio. Ella no pensaba permanecer en la casa ni un día más; aquella misma tarde se iría a St. Ives, para reunirse
con su familia.
Subimos la escalera y examinamos el cadáver. Miss Brenda Tregennis había sido una muchacha muy bonita, aunque
ahora ya había entrado en la madurez. Su rostro de tez oscura y rasgos bien dibujados era hermoso, incluso muerta,
aunque aún se adivinaba en él algo de aquella convulsión de horror que había sido su última emoción humana. Desde
su dormitorio bajamos al salón donde había ocurrido la extraña tragedia. En la chimenea se apiñaban las cenizas
carbonizadas del fuego de la noche. Seguían sobre la mesa las cartas, desparramadas en su superficie. Las butacas
habían sido colocadas contra la pared, pero todo lo demás había quedado como la víspera. Holmes recorrió la estancia
con paso ligero y rápido; se sentó en las diversas sillas, acercándolas a la mesa y reconstruyendo sus posiciones.
Comprobó cuanta extensión de jardín se veía desde allí; examinó el suelo, el techo y la chimenea, pero ni una sola vez
percibí aquel súbito brillo en sus ojos ni la contracción de los labios que me indicaban que veía un resquicio de luz en la
oscuridad.
-¿Por qué fuego? -preguntó una vez-. ¿Lo tenían siempre encendido en las noches primaverales, en una habitación tan
pequeña?
Mortimer Tregennis le explicó que la noche era fría y húmeda. Por esa razón habían encendido el fuego después de su
llegada.
-¿Qué va a hacer ahora, Mr. Holmes? -preguntó.
Mi amigo sonrió y apoyó su mano en mi brazo, diciendo:
-Creo, Watson, que voy a reanudar esas sesiones de envenenamiento por tabaco que usted ha condenado tan frecuente
y justamente. Con su permiso, caballeros, vamos a volver a nuestra casa, porque no me parece que aquí vaya a aparecer
nada nuevo digno de atención. Voy a dar vueltas en mi cabeza a todos estos hechos, Mr. Tregennis, y si se me ocurre
algo desde luego me pondré en contacto con usted y el vicario. Mientras tanto les deseo muy buenos días.
Hasta pasado un buen rato de nuestro regreso a Poldhu Cottage Holmes no rompió su mutismo completo y
ensimismado. Permaneció todo ese rato hecho un ovillo en su sillón, con su rostro macilento y ascético apenas visible
en el torbellino azul del humo de su tabaco, las oscuras cejas fruncidas, la frente arrugada y la mirada vacía y perdida.
Por fin, dejó a un lado su pipa y se puso en pie de un salto.
-Es inútil, Watson -dijo, con una risotada-. Vayamos a caminar juntos por los acantilados en busca de flechas de pedernal.
Es más fácil encontrar eso que una pista en este asunto. Hacer trabajar al cerebro sin suficiente material es como
acelerar un motor. Acaba estallando en pedazos. Brisa del mar, sol, y paciencia, Watson; todo se andará.
“Ahora definamos con calma nuestra posición -prosiguió mientras bordeábamos juntos los acantilados-. Agarrémonos
con firmeza a lo poquísimo que sabemos, para que cuando aparezcan hechos nuevos seamos capaces de colocarlos en
sus lugares correspondientes. En primer lugar, daré por sentado que ninguno de los dos está dispuesto a admitir
intrusiones diabólicas en los asuntos humanos. Empecemos por borrar por completo de nuestra mente esa posibilidad.
Nos quedan pues tres personas que han sido gravemente lastimadas por un agente humano, consciente o inconsciente.
Ese es terreno firme. Bien, ¿y cuándo ocurrió eso? Evidentemente, y suponiendo que su relato sea cierto, muy poco
después de que Mr. Mortimer Tregennis abandonase la estancia. Ese es un punto muy importante. Hay que presumir
que fue sólo unos minutos después. Las cartas aún estaban sobre la mesa. Era ya más tarde de la hora en que solían
acostarse, y sin embargo no habían cambiado de posición ni apartado las sillas para levantarse. Repito, pues, que lo que
fuera ocurrió inmediatamente después de su marcha, y no después de las once de la noche.
“El siguiente paso obligado es comprobar, dentro de lo posible, los movimientos de Mortimer Tregennis después de
abandonar la estancia. No es nada difícil y parecen estar por encima de toda sospecha. Conociendo como conoce mis
métodos, habrá advertido, sin duda, la burda estratagema de la regadora, mediante la cual he obtenido una impresión
de las huellas de sus pies, más clara que la que habría podido conseguir de otro modo. En el sendero húmedo y arenoso
se han dibujado admirablemente. La noche pasada también había humedad, como recordará, y no era difícil, tras
obtener un botón de muestra, distinguir sus pisadas entre otras y seguir sus movimientos. Parece que se alejó
rápidamente en dirección de la vicaría.
“Si Mortimer Tregennis había desaparecido de la escena, y alguna persona afectó desde el exterior a los jugadores de
cartas, ¿cómo podemos reconstruir a esa persona, y cómo es que infundió en ellos tal sentimiento de horror? Podemos
eliminar a Mrs. Porter. Se ve que es inofensiva. ¿Hay alguna evidencia de que alguien se encaramó a la ventana del
jardín y de un modo u otro produjo a quienes la vieron un efecto tan terrorífico que les hizo perder la razón? La única
sugerencia es esa dirección fue expresada por el mismo Mortimer Tregennis, que afirma que su hermano habló de cierto
movimiento en el jardín. Eso es realmente extraño, ya que la noche estaba lluviosa, encapotada y oscura. Cualquiera
que tuviera el propósito de asustar a esas personas estaría obligado a aplastar su cara contra el cristal antes de ser visto.

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Hay un parterre de flores de tres pies fuera de la ventana, y sin embargo no hay en él ni la sombra de una huella. De
modo que es difícil imaginar cómo alguien ajeno a la familia pudo producir en los tres hermanos una impresión tan
terrible; y por otra parte no hemos hallado ningún móvil para una agresión tan rara y complicada. ¿Se da cuenta de
nuestras dificultades, Watson?
-Demasiado bien -respondí, con convicción.
-Y sin embargo, con un poco más de material, quizá demostremos que no son insuperables -dijo Holmes-. Me imagino
que entre nuestros abundantes archivos, Watson, encontraríamos algunos casos casi tan oscuros como éste. Mientras
tanto, dejaremos el asunto a un lado hasta que consigamos datos más concretos, y consagraremos el resto de la mañana
a la persecución del hombre neolítico.
Quizá haya hablado ya del poder de abstracción mental de mi amigo, pero nunca me maravilló tanto como aquella
mañana primaveral en Cornualles, cuando se pasó dos horas platicando sobre celtas, puntas de flechas y restos diversos,
con tanta despreocupación como si no hubiera un misterio siniestro esperando a ser resuelto. Fue al regresar a casa por
la tarde y encontrar a un visitante aguardándonos, cuando nuestras mentes volvieron a concentrarse en el asunto
pendiente. Ninguno de los dos necesitamos que nadie nos dijera quién era nuestro visitante. Aquel cuerpo imponente,
aquel rostro agrietado y lleno de costurones, de ojos llameantes y nariz de halcón, aquel cabello encrespado que casi
rozacepillaba el techo de nuestra casa, aquella barba dorada en las puntas y blanca junto a los labios, salvo por la mancha
de nicotina de su cigarrillo perpetuo, aquellos rasgos, en suma, eran tan conocidos en Londres como en África, y sólo
podían asociarse con la tremenda personalidad del doctor Leon Sterndale, el gran explorador y cazador de leones.
Habíamos oído hablar de su presencia en la región, y en una o dos ocasiones habíamos percibido su alta silueta en los
caminos de los páramos. Sin embargo, ni él hizo nada por trabar conocimiento con nosotros, ni a nosotros se nos había
ocurrido trabarlo con él, ya que era del dominio público que era su amor por el recogimiento lo que le impulsaba a pasar
la mayor parte de sus intervalos entre una expedición y otra en un pequeño bungalow sepultado en el solitario bosque
de Beauchamp Arriance. Allí, con sus libros y sus mapas, llevaba una existencia totalmente solitaria, atendiendo él
mismo a sus sencillas necesidades, y prestando en apariencia poca atención a los asuntos de sus vecinos. Así que fue
una sorpresa para mí oírle preguntar a Holmes con voz anhelante si había algo en su reconstrucción del misterioso
episodio.
-La policía del condado está totalmente perdida -dijo-; pero quizá su vasta experiencia le haya sugerido alguna
explicación verosímil. Mi único derecho a reclamar su confianza es que durante mis muchas residencias aquí he llegado
a conocer muy bien a la familia Tregennis (en realidad, podría llamarles primos por línea materna) y su extraño final me
ha causado, como es natural, un gran impacto.
“Estaba ya en Plymouth, camino de África, pero me he enterado de la noticia esta mañana y he venido sin pérdida de
tiempo para ayudar en la investigación.
Holmes arqueó las cejas.
-¿Y ha perdido el barco por eso?
-Tomaré el próximo.
-¡Caramba, esto sí que es amistad!
-Ya le digo que éramos parientes.
-Sí, sí; primos por parte de madre. ¿Estaba ya su equipaje a bordo?
-Algo de él había, pero la mayor parte estaba en el hotel.
-Comprendo. Pero no creo que el suceso haya sido publicado todavía en los periódicos matutinos de Plymouth.
-No, señor; he recibido un telegrama.
-¿Puedo preguntar de quién?
Una sombra cruzó el demacrado rostro del explorador.
-Es usted muy inquisitivo, Mr. Holmes.
-Es mi trabajo.
Con un esfuerzo, el doctor Sterndale recuperó su enfurruñada compostura.
-No veo objeción para decírselo. Ha sido Mr. Roundhay, el vicario, quién me ha enviado el telegrama que me ha hecho
venir.
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-Gracias -dijo Holmes-. En respuesta a su original pregunta puedo decirle que aún no tengo la mente clara en relación
con el caso, pero abrigo esperanzas de llegar a alguna conclusión. Sería prematuro decir nada más.
-Quizá no le importaría decirme si sus sospechas apuntan en alguna dirección determinada.
-No puedo responder a eso.
-Entonces he perdido el tiempo, y no necesito prolongar mi visita. -El famoso doctor salió de nuestra casa de un patente
mal humor, y a los cinco minutos Holmes le siguió.
No volví a verle hasta después del anochecer, cuando volvió con un paso lento y una expresión huraña, que me hicieron
comprender que no había progresado mucho en su investigación. Le echó una mirada al telegrama que le aguardaba, y
lo tiró al hogar.
-Del hotel de Plymouth, Watson -dijo-. Me ha dado el nombre el vicario, y he telegrafiado para asegurarme de que la
historia del doctor Leon Sterndale era cierta. Parece ser que en efecto ha pasado la noche allí, y que ha dejado parte de
su equipaje camino a África, y ha vuelto para estar presente en la investigación. ¿Que opina, Watson?
-Que está vivamente interesado.
-Vivamente interesado, sí. Hay en esto un hilo, que aún no hemos sabido encontrar, y que nos guiaría por esta maraña.
Anímese, Watson, porque estoy convencido de que aún no ha caído en nuestras manos todo el material necesario.
Cuando eso suceda, pronto quedarán atrás nuestras dificultades.
Poco sabía yo entonces lo pronto que se harían realidad las palabras de Holmes, y lo extraño y siniestro que sería el
acontecimiento inminente que había de abrir ante nosotros una nueva línea de investigación. A la mañana siguiente,
me estaba afeitando junto a la ventana, cuando oí ruido de cascos y, al levantar la vista, vi un dogcart que se acercaba
a todo galope por la senda. Se detuvo delante de nuestra puerta, y nuestro amigo el vicario se apeó de él
apresuradamente y se acercó corriendo por el sendero de nuestro jardín. Holmes ya estaba vestido, y ambos salimos
prestos a recibirle.
Nuestro visitante estaba tan excitado que apenas podía articular palabra, pero por fin, entre jadeos y estallidos, salió la
trágica historia de sus labios.
-¡Estamos poseídos por el diablo, Mr. Holmes! ¡Mi pobre parroquia está poseída por el diablo! -gritó-. ¡El mismísimo
Satanás anda suelto por ella! ¡Nos tiene en sus manos! -En su agitación iba bailando de un lado para otro, salvándose
sólo del ridículo por su rostro ceniciento y sus ojos desorbitados. Por fin nos disparó la terrible noticia.
-Mr. Mortimer Tregennis ha muerto durante la noche, con idénticos síntomas que el resto de su familia. Holmes se puso
en pie de un salto, todo energía en un instante.
-¿Cabríamos los dos en su dogcart?
-Sí.
-Entonces, Watson, tendremos que posponer el desayuno. Mr. Roundhay, estamos a su entera disposición. Deprisa,
deprisa, antes de que revuelvan las cosas.
El huésped ocupaba en la vicaría dos habitaciones, situadas una encima de la otra, que formaban una de las esquinas.
La de abajo era una amplia sala de estar y la de arriba el dormitorio. Daban a un terreno de croquet que se prolongaba
hasta las mismas ventanas. Nosotros llegamos antes que el médico y la policía, así que todo estaba intacto. Permítaseme
describir la escena tal y como la vimos aquella mañana de marzo envuelta en bruma. Ha dejado una impresión
imborrable en mi memoria.
La atmósfera en la estancia era de asfixia horrible y deprimente. La criada que entró primero abrió la ventana, de lo
contrario aún habría sido más intolerable. Aquel ahogo podía deberse en parte a que en la mesa central había una
lamparilla ardiendo y humeando. Junto a ella estaba sentado el muerto, apoyado en su silla, con la escueta barba
proyectada hacia fuera, los lentes subidos a la frente y el rostro, enjuto y moreno, vuelto hacia la ventana y
convulsionando por el mismo rictus de terror que había marcado los rasgos de su difunta hermana. Tenía los miembros
contorsionados y los dedos retorcidos como si hubiera muerto en un auténtico paroxismo de miedo. Estaba totalmente
vestido, aunque algunos indicios mostraban que lo había hecho con prisas. Sabíamos ya que había dormido en su cama
y que le había sobrevenido su trágica muerte a primera hora de la mañana.
Podía adivinarse la energía al rojo vivo que se ocultaba debajo del exterior flemático de Holmes, con sólo observar el
cambio brusco que se operaba en él al entrar en el fatal apartamento. En un instante se puso tenso y alerta, con los ojos
brillantes, el rostro rígido y los miembros temblando de actividad febril. Salió al césped, entró por la ventana, recorrió
la sala de estar y subió al dormitorio, como el osado sabueso registra la madriguera. Dio un rápido vistazo por el

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dormitorio y acabó de abrir la ventana, lo que pareció proporcionarle un nuevo motivo de excitación, ya que se asomó
a ella con sonoras exclamaciones de interés y júbilo. A continuación bajó la escalera apresuradamente, salió por la
ventana abierta, se tiró boca abajo en el césped, se puso en pie de un salto y volvió a entrar en la estancia, todo ello con
la energía de un cazador que le pisa los talones a la pieza. Examinó la lamparilla, que era de las corrientes, con minucioso
cuidado y tomando ciertas medidas en su depósito. Hizo, con su lupa, un puntilloso escrutinio de la pantalla de talco
que recubría la parte superior de la misma, y rascó algunas cenizas que había adheridas a su superficie, poniendo algunas
de ellas en un sobre, que acto seguido se guardó en su cuaderno de bolsillo. Por fin, en el momento en que hacían su
aparición el médico y la policía oficial, llamó aparte al vicario y salimos los tres al césped.
-Me complace decirles que mi investigación no ha sido del todo estéril -comentó-. No puedo quedarme para discutir el
asunto con la policía, pero le agradeceré mucho, Mr. Roundhay, que le presente mis saludos al inspector y dirija su
atención hacia la ventana del dormitorio y la lamparilla de la sala de estar. Son sugerentes, por separado, y juntas casi
concluyentes. Si la policía necesita más información, me sentiré muy honrado de recibirles en mi casa. Y ahora, Watson,
creo que aprovecharemos mejor el tiempo en otro lugar.
Quizá a la policía le molestara la intrusión de un aficionado, o quizá imaginase haber encontrado por sí sola una
esperanzadora línea de investigación; el caso es que nada supimos de ella en los dos días siguientes. Durante los mismos,
Holmes pasó una parte de su tiempo en casa, fumando y ensimismado, pero una parte mucho mayor la consagró a dar
largos paseos por el campo, siempre solo, regresando después de muchas horas sin comentar dónde había estado. Un
experimento me sirvió para comprender su línea de investigación.
Se había comprado una lamparilla idéntica a la que ardía en el dormitorio de Mortimer Tregennis la mañana de la
tragedia. La llenó con el mismo aceite que se utilizaba en la vicaría, y cronometró con exactitud el tiempo que tardaba
en consumirse. También realizó otro experimento de cariz más desagradable, que no creo que consiga olvidar nunca.
-Observará, Watson -comentó una tarde- que sólo hay un punto común de similitud entre los distintos informes que
nos han llegado. Se trata del efecto producido por la atmósfera de ambas estancias en las personas que primer o
entraron en ellas. Recordará que Mortimer Tregennis, al describir el episodio de su última visita a casa de sus hermanos,
nos contó que el doctor se desplomó sobre una silla al entrar al salón. ¿Lo había olvidado? Bueno, pues yo le aseguro
que ocurrió así. Recordará también que Mrs. Porter, el ama de llaves, nos dijo que había desfallecido al entrar en la
estancia y luego había abierto la ventana. En nuestro segundo caso (el de Mortimer Tregennis), no puede haber olvidado
la terrible sensación de asfixia que producía el aposento cuando llegamos nosotros, a pesar de que la criada había
abierto la ventana. Esa misma criada, según averigüé luego, se había encontrado tan mal que había tenido que
acostarse. Admitirá, Watson, que todos estos hechos son muy sugerentes. En ambos casos tenemos evidencias de una
atmósfera envenenada. En ambos casos también, tenemos una combustión en la sala: un fuego en el primero, y una
lamparilla en el segundo. El fuego había sido necesario, pero la lamparilla fue encendida (como demostrará una
comparación con el aceite consumido) mucho después del alba. ¿Por qué? Sin duda porque existe una relación entre
las tres cosas; la combustión, la atmósfera asfixiante y la muerte o locura de esos desdichados. Eso está claro, ¿no?
-Así parece.
-Por lo menos podemos aceptarlo como una hipótesis probable. Supongamos, pues, que en ambos casos quemaron
algo que produjo una atmósfera de extraños efectos tóxicos. Muy bien. En el salón de los hermanos Tregennis esa
sustancia fue colocada en la chimenea. La ventana estaba cerrada, pero como es natural, parte del humo se perdió por
el cañón de la chimenea. De ahí que los efectos del veneno quedasen más atenuados que en el otro caso, donde era
más difícil que se escaparan los vapores. El resultado parece indicar que fue así, ya que en el primer caso la mujer, que
presumiblemente tenía un organismo más sensible, fue la única que murió, siendo los otros presa de esa demencia
pasajera o permanente que es, sin duda, el primer efecto de la droga. En el segundo caso el resultado fue completo. De
modo que los hechos parecen corroborar la teoría del veneno activado por combustión.
“Con este hilo de razonamiento en mente registré la habitación de Mortimer Tregennis, buscando restos de la sustancia
venenosa. El lugar más obvio era la pantalla o guardahumos de la lamparilla. Allí, como era de esperar, vi cierto número
de cenizas escamosas, y alrededor de los bordes una orla de polvo amarronado que aún no se había consumido. Como
sin duda observó, me guardé en un sobre la mitad de esas cenizas.
-¿Por qué la mitad, Holmes?
-Mi querido Watson, no soy quién para interponerme en el camino de la policía oficial. Les dejo la misma evidencia que
encontré yo. El veneno quedó en el talco, si fueron lo bastante sagaces para encontrarlo. Y ahora, Watson, encendamos
nuestra lamparilla, aunque tomaremos la precaución de abrir antes la ventana, para evitar la defunción precoz de dos
meritorios miembros de la sociedad; usted se sentará en un sillón, cerca de la ventana abierta a no ser que, como
persona sensata, decida que no tiene nada que ver con este asunto. ¡Oh! ¿Así que quiere ver qué pasa? Sabía que
conocía bien a mi Watson. Colocaré esta silla frente a la suya, de forma que quedemos a la misma distancia del veneno,

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cara a cara. Dejaremos la puerta entreabierta. Ahora estamos ambos en una posición que nos permite vigilar al otro e
interrumpir el experimento si los síntomas nos parecen alarmantes. ¿Está todo claro? Bien. Entonces, sacaré el polvillo,
o lo que queda de él, del sobre, y lo dejaré encima de la lamparilla encendida. ¡Así! Ahora, Watson, sentémonos y
esperemos acontecimientos.
No tardaron en producirse. Apenas me había arrellanado en mi asiento, cuando llegó hasta mí un olor intenso,
almizcleño, sutil y nauseabundo. A la primera bocanada mi cerebro y mi imaginación perdieron por completo el control.
Ante mis ojos se arremolinó una nube densa y negra, y mi mente me dijo que en aquella nube, aún imperceptible, pero
dispuesto a saltar sobre mis sentidos consternados, se ocultaba, al acecho, todo cuanto había en el universo de
vagamente horrible, monstruoso e inconcebiblemente perverso. Había formas imprecisas arremolinándose y nadando
en el oscuro banco de nubes, todas ellas amenazas y advertencias de algo que iba a ocurrir, del advenimiento en el
umbral de un morador inefable, cuya sola sombra haría estallar mi alma. Se apoderó de mí un terror glacial. Sentía que
el pelo se me erizaba, los ojos se me salían de las órbitas, la boca se me abría y la lengua se me ponía como el cuero.
Tenía tal torbellino en mi mente que sabía que algo iba a estallar. Intenté gritar, y tuve una vaga conciencia de un
gruñido ronco, que era mi propia voz, pero que sonaba distante e independiente de mí. En aquel momento, al hacer un
débil esfuerzo por escapar, mi vista se abrió paso en aquella nube de desesperanza, y se posó un instante en la cara de
Holmes, blanca, rígida, y contraída de horror: la misma expresión de que había visto en los rasgos de los fallecidos. Fue
aquella visión lo que me proporcionó unos segundos de cordura y fuerza. Salí disparado de mi asiento, rodeé a Holmes
con los brazos y juntos franqueamos, dando tumbos, la puerta; al instante siguiente nos habíamos dejado caer sobre el
césped y yacíamos uno junto al otro, conscientes sólo de los gloriosos rayos solares que se filtraban bruscamente a
través de la demoníaca nube de terror que nos había envuelto. Esta última se fue levantando de nuestras almas, igual
que la niebla del paisaje, hasta que regresaron la paz y la razón, y nos sentamos en la hierba, enjugándonos las frentes
pegajosas, y escudriñándonos el uno al otro, para descubrir, con temor, las últimas huellas de la terrible experiencia
que acabábamos de vivir.
-¡Por todos los cielos, Watson! -dijo Holmes por fin, con voz insegura-; le debo mi agradecimiento y también una
disculpa. Era un experimento injustificado incluso para mí solo, así que doblemente para un amigo. Le aseguro que lo
siento de veras.
-Ya sabe —respondí, algo emocionado, porque hasta entonces Holmes nunca me había dejado entrever tanto su
corazón—, que es para mí una alegría y un gran privilegio ayudarle.
En seguida volvió a encauzarse en la vena mitad humorística y mitad cínica que constituía su actitud habitual con quienes
le rodeaban, y dijo:
-Sería superfluo hacernos enloquecer, mi querido Watson. Cualquier observador cándido declararía sin duda ninguna
que ya lo estábamos antes de embarcarnos en un experimento tan irracional. Confieso que no imaginaba que sus
efectos fueran tan repentinos y graves. -Entró a toda prisa en la casa, y apareció de nuevo sujetando la lamparilla, que
aún quemaba, con el brazo extendido, y la tiró a un zarzal-. Hemos de esperar un poco a que se ventile la habitación.
Supongo, Watson, que no le quedará ni una sombra de duda sobre cómo se produjeron las tragedias.
-Ninguna en absoluto.
-Pero el móvil sigue siendo tan oscuro como antes. Vayamos hasta esa glorieta y discutamos juntos el asunto. Ese
preparado infernal parece estar aún metido en mi garganta. Creo que hemos de admitir que toda la evidencia apunta
hacia Mortimer Tregennis, el cual podría haber sido el criminal en la primera tragedia y la víctima en la segunda.
Debemos recordar, en primer lugar, que existe una historia de pelea familiar, con reconciliación posterior, aunque
ignoramos hasta qué punto fue cruda la pelea o superficial la reconciliación. Cuando pienso en Mortimer Tregennis, con
su cara de zorro y sus ojillos astutos y brillantes agazapados detrás de sus gafas, no veo en él a un hombre predispuesto
a perdonar. En segundo lugar, tengamos presente que esa idea de que había algo moviéndose en el jardín, que distrajo
de momento nuestra atención de la auténtica causa de la tragedia, surgió de él. Tenía un motivo para desorientarnos.
Y por último, si no fue él quien echó esa sustancia al fuego en el momento de abandonar la estancia, ¿quien lo hizo? El
suceso ocurrió inmediatamente después de su marcha. Si hubiera entrado alguna otra persona, sin duda la familia se
habría levantado de la mesa. Y además, en el pacífico Cornualles no llegan visitas pasadas las diez de la noche. Así que
podemos afirmar que todas nuestras evidencias señalan a Mortimer Tregennis como culpable.
-¡Entonces su muerte fue un suicidio!
-Bueno, Watson, a primera vista no es una suposición absurda. Un hombre sobre cuya alma pesaba el haber condenado
a su familia a un final como éste podría, llevado por el remordimiento, infligirse ese final a sí mismo. Sin embargo,
existen poderosas razones en contra. Por fortuna, hay un hombre en Inglaterra que lo sabe todo, y lo he dispuesto todo
para que podamos oír los hechos de sus labios esta misma tarde. ¡Ah! Llega con un poco de adelanto. Le ruego que

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venga por aquí, doctor Leon Sterndale. Hemos estado realizando dentro un experimento químico, que ha dejado la
habitación poco adecuada para la recepción de tan distinguido visitante.
Oí el rechinar de la verja del jardín y apareció en el camino la figura majestuosa del gran explorador de África. Se volvió
algo sorprendido hacia la rústica glorieta donde estábamos sentados.
-Me ha hecho llamar, Mr. Holmes. He recibido su nota hará una hora, y aquí me tiene, aunque en realidad no sé por
qué he de obedecer a su requerimiento.
-Quizá podamos aclarar ese punto antes de separarnos -dijo Holmes-. Mientras tanto, le agradezco sinceramente su
cortés aquiescencia. Discúlpenos por esta recepción informal al aire libre, pero mi amigo Watson y yo hemos estado a
punto de aportar nuevo material para un nuevo capítulo de lo que los periódicos llaman el “Horror de Cornualles”, y de
momento preferimos una atmósfera limpia. Quizá, ya que los asuntos que tenemos que discutir le afectan
personalmente y de forma muy íntima, será mejor que hablemos donde no puedan oírnos.
El explorador se apartó el cigarro de los labios y miró a mi compañero con severidad.
-No acabo de comprender, señor -dijo-, de qué puede tener que hablarme que me afecte personalmente y de forma
muy íntima.
-Del asesinato de Mortimer Tregennis -dijo Holmes.
Por un momento deseé estar armado. La cara fiera de Sterndale se tornó purpúrea, sus ojos centellearon y sus venas,
agarrotadas y apasionadas, se le abultaron en la frente, mientras daba un salto adelante, hacia mi amigo, con los puños
cerrados. Entonces se detuvo y con un esfuerzo violento adoptó una actitud de calma fría y rígida, que quizá presagiaba
más peligro que su vehemente arrebato.
-He vivido tanto tiempo entre salvajes y fuera de la ley -dijo-, que me he acostumbrado a hacerme la ley yo mismo. Le
suplico, Mr. Holmes, que no lo olvide, porque no deseo causarle ningún daño.
-Tampoco yo tengo deseos de causarle daño a usted, Dr. Sterndale. La mejor prueba de ello está en que, sabiendo lo
que sé, le he hecho llamar a usted y no a la policía.
Sterndale se sentó jadeante, intimidado quizá por primera vez en su aventurera vida. En las maneras de Holmes había
una serena afirmación de fuerza, a la que no podía uno sustraerse. Nuestro visitante estuvo unos instantes balbuceando,
cerrando y abriendo las manazas con agitación.
-¿Qué quiere decir? -preguntó por fin-. Si es un farol, Mr. Holmes, ha escogido al hombre equivocado para su
experimento. Dejémonos ya de andarnos por las ramas. ¿Qué quiere decir?
-Voy a decírselo -respondió Holmes- y la razón por la que se lo digo es que espero que la franqueza engendre franqueza.
Mi próximo paso dependerá por entero de la naturaleza de su defensa.
-¿Mi defensa?
-Sí, señor.
-¿Mi defensa contra qué?
-Contra la acusación de haber asesinado a Mortimer Tregennis. Sterndale se secó la frente con el pañuelo.
-Por vida mía, está usted progresando -dijo-. ¿Dependen todos sus éxitos de su prodigiosa capacidad para farolear?
-Es usted -dijo Holmes, con tono severo- quien está faroleando, doctor Sterndale, no yo. Como prueba le expondré
algunos de los hechos sobre los que se basan mis conclusiones. De su regreso desde Plymouth, dejando que gran parte
de sus pertenencias zarparan sin usted rumbo a África, diré tan sólo que fue lo primero que me hizo comprender que
era usted uno de los factores a tener en cuenta en la reconstrucción de este drama…
-Volví…
-He escuchado sus razones y me parecen fútiles y poco convincentes. Pero pasemos eso por alto. Vino aquí a
preguntarme de quién sospechaba. Me negué a contestar. A continuación, fue a la vicaría, estuvo un rato esperando
fuera, y por fin volvió a su casa.
-¿Cómo lo sabe?
-Le seguí.
-No vi a nadie.

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-Eso es lo que le sucederá siempre que sea yo quien le siga. Pasó en su casa una noche inquieta, y fraguó cierto plan,
que puso en práctica a primera hora de la mañana. Abandonó su morada al alba y se llenó el bolsillo de una gravilla
rojiza que había amontonada junto a su puerta.
Sterndale dio un respingo violento y miró atónito a Holmes.
-Luego recorrió a toda prisa la milla que le separaba de la vicaría. Llevaba, si me permite la observación, el mismo par
de zapatos de tenis con suela acanalada que calza en este momento. Ya en la vicaría, cruzó la huerta y el seto lateral,
saliendo debajo de la ventana del inquilino Tregennis. Era ya pleno día, pero todos dormían en la casa. Se sacó del
bolsillo parte de la gravilla, y la lanzó contra la ventana superior.
Sterndale se puso en pie de un salto, y exclamó:
-¡Creo que es usted el mismísimo diablo! Holmes sonrío al oír el cumplido, y prosiguió.
-Tuvo que tirar dos puñados o quizá tres, antes de que el inquilino saliera por la ventana. Le hizo señal de bajar. Él se
vistió apresuradamente y descendió a la sala de estar. Usted entró por la ventana. Sostuvieron una breve entrevista,
durante la cual usted estuvo caminando de un lado a otro de la estancia. Luego salió, cerrando la ventana, y se quedó
en el césped de fuera fumando un cigarro y observando lo que ocurría. Por fin, tras la muerte de Tregennis, se retiró
por donde había venido. Y ahora, doctor Sterndale; ¿cómo justifica esa conducta, y cuales son los motivos por los que
actuó como lo hizo? Si miente o trata de jugar conmigo, le aseguro que este asunto pasará a otras manos
definitivamente.
A nuestro visitante se le había puesto la cara cenicienta mientras escuchaba las palabras de su acusador. Estuvo un rato
sentado meditando, con el rostro oculto entre las manos. Luego, con un súbito gesto impulsivo, se sacó una fotografía
del bolsillo superior y la tiró sobre la mesa rústica que teníamos delante.
-Este es mi motivo -dijo.
En ella aparecía el rostro y el busto de una mujer muy hermosa. Holmes se inclinó para verla, y dijo:
-Brenda Tregennis.
-Sí, Brenda Tregennis -repitió nuestro visitante-. La he amado durante años, Y durante años me ha amado ella a mí. Ese
es el secreto de mi recogimiento en Cornualles que tanto sorprende a la gente: me ha acercado a la única persona en el
mundo que quería de verdad. No podía casarme con ella, porque tengo ya esposa; aunque me abandonó hace años,
por culpa de las deplorables leyes inglesas, no puedo divorciarme. Brenda estuvo años esperando. Yo estuve años
esperando. Y todo para llegar a este final. -Un terrible sollozo sacudió su corpulenta masa, y se oprimió la garganta con
la mano por debajo de su barba moteada. Luego, haciendo un esfuerzo, se dominó y siguió hablando.
-El vicario lo sabía. Era nuestro confidente. Él le diría que Brenda era un ángel bajado a la tierra. Por eso me telegrafió y
regresé. ¿Qué me importaban ni mi equipaje ni Africa al enterarme de que la mujer amada había muerto de aquella
manera? Ahí tiene la clave que le faltaba para explicar mi acto, Mr. Holmes.
-Prosiga -dijo mi amigo.
El doctor Sterndale se sacó del bolsillo un paquetito de papel y lo depositó sobre la mesa. En el exterior había escrito:
“Radix pedis diaboli”, con una etiqueta roja de veneno debajo. Empujó el paquetito hacia mí.
-Tengo entendido que es usted médico, señor. ¿Ha oído hablar alguna vez de este preparado?
-¡Raíz del pie del diablo! No, nunca he oído hablar de él.
-Eso no va en menoscabo de su erudición profesional, porque creo que, exceptuando una muestra en un laboratorio de
Buda, no existe ningún otro espécimen en Europa. Todavía no ha tenido acceso ni a la farmacopea ni a los libros de
toxicología. Su raíz tiene forma de pie, mitad humano, mitad caprino; de ahí el nombre fantástico que le dio un misionero
botánico. Es utilizada como veneno probatorio por los brujos de ciertas regiones del oeste de Africa, que la guardan en
secreto. Obtuve este espécimen en circunstancias extraordinarias, en el país de los Ubanghi. -Abrió el papel mientras
hablaba, mostrándonos un montoncito de un polvillo parduzco, similar al rapé.
-¿Y bien, señor? -preguntó Holmes con tono grave.
-Voy a contarle lo ocurrido, Mr. Holmes, porque es tanto lo que ya sabe que evidentemente me interesa que lo sepa
todo. Ya le he explicado mi relación con la familia Tregennis. Por la hermana era amable con los tres varones. Hubo una
pelea por dinero que causó el alejamiento de Mortimer, pero pareció que las cosas se arreglaban y volví a tratarme con
él como con los otros. Era un hombre taimado, sutil y calculador, y observé en él algunos detalles que despertaron mis
sospechas; pero no tenía motivo para un enfrentamiento.

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“Un día, hace un par de semanas, vino a visitarme y le mostré algunas de mis curiosidades africanas. Entre otras, le
enseñé este polvillo y le hablé de sus extrañas propiedades, de cómo estimula los centros cerebrales que controlan la
emoción del miedo y cómo la muerte o la locura es la suerte que corre el infortunado indígena que es sometido a un
juicio probatorio por el sacerdote de la tribu. Le conté también lo impotente que es la ciencia europea para detectarlo.
No puedo decirles de qué forma se lo apropió porque no salí de la estancia; pero no hay duda de que mientras yo estaba
abriendo armarios y encorvándome sobre cajas, se las ingenió para sustraer parte de la raíz del pie del diablo. Recuerdo
bien que me acosó a preguntas relativas a la cantidad y tiempo necesarios para que surtiese efecto, pero ni por un
instante imaginé que pudiera tener razones personales para querer saber todo aquello.
“No pensé más en el asunto hasta recibir en Plymouth el telegrama del vicario. El rufián pensaba que yo estaría mar
adentro antes de que se publicase la noticia, y que permanecería años perdido en África. Pero volví en seguida. Desde
luego, no pude escuchar los detalles sin quedar convencido de que se había utilizado mi veneno. Vine a verle de rondón,
por si se le había ocurrido cualquier otra explicación. Pero no podía haberla. Sabía que Mortimer Tregennis era el
asesino; que por dinero, y quizá con la idea de que si los demás miembros de su familia enloquecían se convertiría en el
único administrador de sus bienes conjuntos, había usado contra ellos el polvo del pie del diablo, causando la demencia
de dos de ellos, y la muerte de su hermana Brenda, el único ser humano al que he amado y que me ha correspondido.
Ese era su crimen; ¿cuál había de ser su castigo?
“¿Debía recurrir a la justicia? ¿Dónde estaban mis pruebas? Sabía que los hechos eran ciertos, ¿pero lograría hacer creer
aquella historia fantástica a un jurado de campesinos? Quizá sí y quizá no; y no podía permitirme fracasar. Mi alma
clamaba venganza. Ya le he dicho antes, Mr. Holmes, que he pasado gran parte de mi vida fuera de la ley, y que he
acabado por hacérmela yo a mi manera. Y eso fue lo que hice esta vez. Decidí que debía compartir el destino que había
infligido a otros. O eso, o le ajusticiaría con mis propias manos. En toda Inglaterra no hay en estos momentos un solo
hombre que le tenga menos aprecio a su existencia que yo a la mía.
“Ahora ya sabe todo. Usted mismo ha explicado el resto. Como ha dicho, tras una noche sin descanso, salí por la mañana
temprano de mi casa. Preví la dificultad de despertarle, así que recogí grava del montón que ha mencionado, y la utilicé
para tirarla contra la ventana. Él bajó y me dio entrada por la ventana de la sala de estar. Le expuse su crimen y le dije
que venía como juez y como verdugo. El desdichado se hundió paralizado en una silla al ver mi revólver. Encendí la
lamparilla, puse el polvillo sobre ella y permanecí junto a la ventana, dispuesto a cumplir mi amenaza de disparar si
trataba de abandonar la estancia. Murió a los cinco minutos. ¡Dios mío! ¡Y cómo murió! Pero mi corazón fue de piedra,
porque no soportó nada que mi amada Brenda no hubiera sentido antes que él. Esa es mi historia, Mr. Holmes. Quizá si
amase a alguna mujer habría hecho lo mismo. En cualquier caso, estoy en sus manos. Puede dar los pasos que le plazca.
Como ya le he dicho, no hay ningún ser viviente que pueda temer menos a la muerte que yo.
Holmes permaneció un rato sentado en silencio.
-¿Qué planes tenía? -preguntó, por fin.
-Tenía la intención de sepultarme en el centro de África. Mi trabajo allí está a medio acabar.
-Vaya a acabarlo -dijo Holmes-. Yo, por lo menos, no pienso impedírselo.
El doctor Sterndale irguió su figura gigantesca, hizo una grave reverencia, y se alejó de la glorieta. Holmes encendió su
pipa y me alargó su tabaquera, diciendo:
-No nos vendrán mal, para variar, unos vapores que no sean venenosos. Creo que estará de acuerdo, mi querido Watson,
en que no es éste un caso en el que tengamos que interferir. Nuestra investigación ha sido independiente, y también lo
serán nuestras acciones. ¿Va usted a denunciar a ese hombre?.
-Por supuesto que no -respondí.
-Nunca he amado, Watson, pero supongo que si lo hubiese hecho y el objeto de mi amor hubiera tenido un final como
éste, habría actuado igual que nuestro ilegal cazador de leones. ¿Quién sabe? Bueno, Watson, no ofenderé a su
inteligencia explicándole lo que ya es obvio. La gravilla en el alféizar de la ventana fue, desde luego, el punto de partida
de mis pesquisas. No había nada que encajara con ella en el jardín de la vicaría. Sólo cuando el doctor Sterndale y su
casa atrajeron mi atención di con el complemento que me faltaba. La lamparilla encendida en pleno día y los restos del
polvillo en la pantalla fueron eslabones sucesivos de una cadena bastante clara. Y ahora, mi querido Watson, creo que
podemos borrar este caso de nuestras memorias y reanudar con la conciencia limpia el estudio de esas raíces caldeas
que sin duda encontraremos en la ramificación de Cornualles de la fantástica lengua céltica.

FIN

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LOS CUATRO SOSPECHOSOS
Agatha Christie

La conversación giraba en torno a los crímenes que quedaban sin resolver y sin castigo. Cada uno por turno dio su
opinión: el coronel Bantry, su simpática y gordezuela esposa, Jane Helier, el doctor Lloyd e incluso la señorita Marple.
El único que no habló fue el que, en opinión de la mayoría, estaba más capacitado para ello. Don Henry Clithering, ex
comisionado de Scotland Yard, permanecía silencioso, retorciéndose el bigote o, más bien dicho, tirando de él, y con
una media sonrisa en los labios, como si le divirtiera algún pensamiento.
-Don Henry -le dijo finalmente la señora Bantry-, si no dice usted algo, gritaré. ¿Hay muchos crímenes que quedan
impunes?
-Usted piensa en los titulares de la prensa, señora Bantry: SCOTLAND YARD FRACASA DE NUEVO y, a continuación, la
lista de crímenes sin resolver.
-Que en realidad debe ser un porcentaje muy pequeño, supongo -dijo el doctor Lloyd.
-Sí, los cientos de crímenes que se resuelven y los responsables castigados rara vez se pregonan. Pero eso no es
precisamente lo que discutimos. Los crímenes no descubiertos y los crímenes que quedan impunes son dos cosas por
completo distintas. En la primera categoría entran todos los crímenes de los que Scotland Yard ni siquiera ha oído hablar,
los que nadie ni siquiera sabe que se han cometido.
-Pero supongo que no debe haber muchos de ésos -dijo la señora Bantry.
-¿No?
-¡Don Henry! ¿No querrá usted decir que sí los hay?
-Yo creo -dijo la señorita Marple pensativa- que debe de haber muchísimos.
La encantadora anciana, con su aire tranquilo y anticuado, hizo esta declaración con la mayor placidez.
-Mi querida señorita Marple… -empezó el coronel Bantry.
-Claro que muchas personas son estúpidas -dijo la señorita Marple-. Y a las personas estúpidas se las descubre hagan lo
que hagan. Pero también hay muchas que no lo son y uno se estremece al pensar lo que serían capaces de hacer de no
tener principios muy arraigados.
-Sí -replicó don Henry-, hay muchísimas personas que no son estúpidas. Muchas veces un crimen llega a descubrirse por
un fallo insignificante y uno no deja de hacerse siempre la misma pregunta. De no haber sido por aquel fallo, ¿hubiese
llegado a descubrirse?
-Pero esto es muy serio, Clithering -dijo el coronel Bantry-, pero que muy grave.
-¿De veras?
-¿Pero qué dice usted? ¡Lo es! Claro que es serio.
-Usted dice que hay crímenes que quedan impunes, pero ¿es eso cierto? Tal vez no reciban el castigo de la ley, pero la
causa y el efecto actúan aun fuera de la ley. Decir que cada crimen conlleva su propio castigo parecerá muy tópico y, no
obstante, en mi opinión, nada hay más cierto.
-Tal vez -dijo el coronel Bantry-, pero eso no altera la gravedad.., la gravedad…
Se detuvo desorientado.
Don Henry Clithering sonrío.
-El noventa y nueve por ciento de la gente sin duda comparte su opinión -comentó-. Pero, ¿sabe usted?, no es la
culpabilidad lo importante, sino la inocencia. Eso es lo que nadie aprecia.
-No lo entiendo -exclamó Jane Helier.
-Yo sí -replicó la señorita Marple-. Cuando la señora Trent descubrió que le faltaba media corona que llevaba en el bolso,
la persona más afectada fue la asistenta, la señora Arthur. Desde luego los Trent pensaron que había sido ella, pero eran
buenas personas y, como sabían que tenía una familia numerosa y un marido aficionado a la bebida, pues…
naturalmente no quisieron tomar medidas extremas. Pero cambiaron totalmente su actitud hacia ella. Ya no la dejaban
al cuidado de la casa cuando se ausentaban y otras personas empezaron a comportarse con ella de un modo semejante.
Y luego se descubrió de pronto que había sido la institutriz. La señora Trent la descubrió, a través de una puerta que se
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reflejaba en un espejo, por pura casualidad, a la que yo prefiero llamar Providencia. Y creo que eso es lo que quiere
decir don Henry. La mayoría de las personas se hubieran interesado únicamente por saber quién cogió el dinero, que
resultó ser la más insospechada, como en las novelas policíacas. Pero, para quien realmente era importante, casi
cuestión de vida o muerte, descubrir la verdad era para la señora Arthur, que no había hecho nada. Eso es lo que quiso
usted decir, ¿verdad, don Henry?
-Sí, señorita Marple, ha dado usted en el clavo. La asistenta de su historia tuvo suerte en el caso que ha expuesto: se
demostró su inocencia. Pero algunas personas pueden pasar toda su vida oprimidas por el peso de una sospecha
completamente injusta.
-¿Se refiere usted a algún caso en particular, don Henry? -preguntó la señora Bantry con astucia y con verdadera
curiosidad.
-Pues, a decir verdad, sí, señora Bantry. Uno muy curioso. Un caso en el que pensábamos que se había cometido un
crimen, pero no teníamos la más remota posibilidad de probarlo.
-Veneno, supongo -exclamó Jane-. Algo que no deja rastro.
El doctor Lloyd se removió inquieto y don Henry negó con la cabeza.
-No, querida señorita. ¡No fue el veneno secreto de las flechas de los indios sudamericanos! ¡Ojalá hubiera sido algo así!
Tuvimos que habérnoslas con algo mucho más prosaico, tanto, que no cabe la esperanza de dar con el responsable. Un
anciano que se cayó por la escalera y se desnucó, uno de tantos accidentes, lamentables accidentes, que ocurren a
diario.
-¿Y que sucedió en realidad?
-¿Quién puede decirlo? -don Henry se encogió de hombros-. ¿Lo empujaron por detrás? ¿Ataron un cordón de lado a
lado de la escalera, que luego fue quitado cuidadosamente? Eso nunca lo sabremos.
-Pero usted cree que… bueno, que no fue un accidente ¿Por qué? -quiso saber el médico.
-Ésa es una historia bastante larga, pero… bueno, sí, estamos casi seguros. Como les digo, no hay posibilidad de poder
culpar a nadie, las pruebas serían demasiado vagas. Pero el caso se puede mirar también desde otra perspectiva, la que
mencionaba antes. Cuatro son las personas que pudieron hacerlo. Una es culpable, pero las otras tres son inocentes. Y,
a menos que se averigüe la verdad, permanecerán bajo la terrible sombra de la duda.
-Creo -dijo la señora Bantry- que será mejor que nos cuente usted toda la historia.
-En realidad no creo que sea necesario que me extienda tanto -replicó don Henry-. Puedo resumir el principio. Es sobre
una sociedad secreta alemana: “La Mano Vengadora”, algo parecido a la Camorra o a la idea que la gente tiene de ella.
Una organización dedicada a la extorsión y el terrorismo. La cosa empezó repentinamente después de la guerra y se
extendió con sorprendente rapidez, y fueron numerosas las víctimas de la organización. Las autoridades no pudieron
con ella, porque sus secretos eran guardados celosamente y era casi imposible encontrar a nadie que quisiera
traicionarlos.
“En Inglaterra no se oyó hablar mucho de ella, pero en Alemania estaba causando un efecto paralizador Finalmente fue
disuelta gracias a los esfuerzos de un hombre, un tal doctor Rosen, que en un tiempo fue un miembro notable del
Servicio Secreto. Se hizo miembro de la sociedad, se infiltró en sus círculos más íntimos y fue, tal como les digo, el
instrumento que la desmoronó.
“Pero, en consecuencia, se convirtió en un hombre marcado y se consideró prudente que abandonara Alemania, al
menos durante algún tiempo. Se vino a Inglaterra y fuimos informados por la policía de Berlín. Se entrevistó
personalmente conmigo y advertí enseguida lo resignado de su actitud. No le cabía la menor duda de lo que le reservaba
el futuro.
“-Me cogerán, don Henry -me dijo-, no cabe la menor duda. -Era un hombre alto, de hermosas facciones y voz profunda,
que sólo delataba su nacionalidad por su ligera pronunciación gutural-. Es una conclusión inevitable. No me importa,
estoy preparado. Ya afronté ese riesgo al emprender esta empresa. He hecho lo que me propuse. La organización no
podrá volver a levantarse, pero quedan muchos de sus miembros en libertad y se vengarán de la única manera que
pueden: con mi vida. Es sólo cuestión de tiempo, pero desearía alargarlo lo más posible. Estoy reuniendo y preparando
material muy interesante, el resultado de toda una vida de trabajo. Y si fuera posible, me gustaría poder completar mi
tarea.
“Habló con sencillez, pero con cierta grandeza que no pude dejar de admirar. Le dije que tomaríamos toda clase de
precauciones, pero no me dejó insistir.

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“-Algún día, más pronto o más tarde, me cogerán -repetía-. Y cuando ese día llegue, no se preocupe. No me cabe la
menor duda de que habrá hecho todo lo posible por evitarlo.
“Luego me expuso sus proyectos, que eran bastante sencillos. Se proponía adquirir una casita en el campo donde vivir
tranquilamente y continuar su trabajo. Por fin escogió un pueblecito de Somerset, King’s Gnaton, situado a unas siete
millas de la estación de ferrocarril y singularmente preservado de la civilización. Compró una casita preciosa en la que
llevó a cabo algunas reformas y mejoras, y se instaló en ella muy contento, acompañado de su sobrina Greta, un
secretario, una vieja criada alemana que le había servido fielmente durante casi cuarenta años y un mañoso jardinero
externo, que era nativo de King’s Gnaton.”
-Los cuatro sospechosos -comentó el señor Lloyd con voz apagada.
-Exacto, los cuatro sospechosos. No hay mucho más que decir. La vida transcurrió apaciblemente en King’s Gnaton
durante cinco meses y entonces ocurrió la desgracia. El doctor Rosen se cayó una mañana por la escalera y fue hallado
muerto media hora más tarde. En el momento en que debió ocurrir el accidente, Gertrud estaba en la cocina con la
puerta cerrada y no oyó nada, o por lo menos eso dijo. la señorita Greta estaba en el jardín plantando unos bulbos,
también según dijo. El jardinero, Dobbs, estaba en el cobertizo, desayunando, según dijo. Y el secretario había ido a dar
un paseo y tampoco tenemos otra cosa mejor que su palabra.
“Ninguno de ellos tiene una coartada ni es capaz de atestiguar la declaración de los demás. Pero una cosa es cierta:
nadie del exterior pudo hacerlo ya que la presencia de un extraño hubiera sido advertida con seguridad en el pueblecito
de King’s Gnaton. La puerta principal y la de atrás estaban cerradas, y cada uno de los habitantes de la casa tenía su
llave. De modo que ya ven que los sospechosos se reducen a estos cuatro: Greta, la hija de su propio hermano; Gertrud,
que llevaba cuarenta años sirviéndole fielmente; Dobbs, que nunca había salido de King’s Gnaton, y Charles Templeton,
el secretario.”
-Sí -intervino el coronel Bantry-. ¿Qué nos dice de él? A mí me parece el más sospechoso. ¿Qué sabía usted de él?
-Pues lo que sé de él es lo que lo deja completamente al margen de sospechas, por lo menos de momento -dijo don
Henry en tono grave-. Charles Templeton era uno de mis hombres.
-¡Oh! -exclamó el coronel Bantry visiblemente sorprendido.
-Sí, quise tener a alguien en la casa y que al mismo tiempo no llamara la atención en el pueblo. Rosen realmente
necesitaba un secretario y yo le proporcioné a Templeton. Es un caballero, habla alemán a la perfección y es, en
conjunto, un tipo muy capacitado.
-Pues entonces, ¿de quién sospecha usted? -preguntó la señora Bantry con extrañeza-. Todos parecen tan… buenos y
tan inocentes.
-Sí, eso parece, pero podemos considerar el caso desde un ángulo distinto. Fraülein Greta era su sobrina y una muchacha
encantadora, pero la guerra nos ha demostrado a menudo que un hermano puede volverse contra su hermana, un
padre contra su hijo, etcétera, etcétera, y que las más encantadoras y gentiles jovencitas eran capaces de cosas
sorprendentes. Lo mismo puede aplicarse a Gertrud y quién sabe qué otros factores pudieron obrar en su caso. Tal vez
una disputa con su señor, un creciente resentimiento más intenso debido a los largos años de fidelidad. Las mujeres
que tienen tantos años y pertenecen a esa clase, algunas veces pueden vivir increíblemente amargadas. ¿Y Dobbs?
¿Queda eliminado por no tener relación alguna con la familia? Con dinero se consiguen muchas cosas. Pudieron
aproximarse a él de algún modo y sobornarlo.
“Una cosa parece segura: debió llegar algún mensaje u orden del exterior. De otro modo, ¿por qué aquellos cinco meses
de espera? No, los agentes de “La Mano Vengadora” debieron estar trabajando. No estarían seguros de la perfidia de
Rosen y debieron retrasar su venganza hasta asegurarse de su posible traición sin ninguna duda. Luego, cuando
verificaron sus sospechas, debieron enviar su mensaje al espía que tenían dentro de su misma casa. El mensaje que
decía: «Mata».”
-¡Qué horror-! -dijo Jane Helier con un estremecimiento.
-Pero ¿cómo llegaría el mensaje? Ese es el punto que traté de aclarar como única esperanza para resolver el misterio.
Una de esas cuatro personas debió de ser abordada por alguien o comunicarse con ellos de alguna manera. La orden
debía ser ejecutada, lo sabía muy bien, tan pronto como fuera recibido el aviso. Era la peculiaridad de “La Mano
Vengadora”.
“Me puse a trabajar de una forma que probablemente les parecerá ridículamente meticulosa. ¿Quiénes habían estado
en la casa aquella mañana? No descarté a nadie. Aquí está la lista.”
Y sacando un sobre de su bolsillo, escogió un papel entre los que contenía.

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-El carnicero, que trajo la carne de ternera. Hice averiguaciones y resultaron exactas.
“El chico del colmado trajo un paquete de harina de maíz, dos libras de azúcar; una de mantequilla y otra de café. Fueron
investigados y resultaron correctos.
“El cartero trajo dos circulares para la señorita Rosen, una carta de la localidad para Gertrud, tres para el doctor Rosen,
una con sello extranjero, y dos para el señor Templeton, una de ellas también con sello extranjero.”
Don Heniy hizo una pausa y luego extrajo varios documentos del sobre.
-Tal vez les interese verlos. Me fueron entregados por los interesados o bien recogidos de la papelera. No necesito
decirles que fueron examinados por expertos para ver si se encontraban en ellos rastros de tinta invisible, etc., etc. No
se ha encontrado nada.
Todos se acercaron para mirar Las catálogos para la señorita Rosen eran de un jardinero y de un establecimiento de
peletería de Londres muy importante. El doctor Rosen recibió una factura de las semillas compradas a un jardinero local
para su jardín y otra de una papelería de Londres. La carta dirigida a él decía lo siguiente:

Mi querido Rosen:
Acabo de regresar de la finca del señor Helmuth Spath. El otro día vi a Udo Johnson. Había venido para visitar a Ronald
Periy, y me dijo que él y Edgar Jackson acaban de llegar de Tsingtau. Con toda Ecuanimidad, no puedo decir que envidie
su viaje. Envíame pronto noticias tuyas. Como ya te dije antes: guárdate de cierta persona. Ya sabes a quién me refiero,
aunque no estés de acuerdo conmigo. Tuya,
Georgine

-El correo del señor Templeton consistía en esta factura que como ustedes ven enviaba su sastre y una carta de un
amigo de Alemania -prosiguió don Henry-. Esta última, desgraciadamente, la rompió durante su paseo. Y por último
tenemos la carta que recibió Gertrud.

Querida señora Smvartz:


Esperamos que pueda usted asistir a la reunión del viernes por la noche. El vicario dice que tiene la esperanza de que
vendrá y será usted bienvenida. La receta de tocineta era estupenda y le doy las gracias por ella. Confío en que se
encuentre bien de salud y podamos verla el viernes.
Queda de usted afectísima.
Emma Greene

El doctor Lloyd sonrió afablemente, al igual que la señora Bantry.


-Creo que esta última carta puede eliminarse -dijo el doctor.
-Yo opino lo mismo -replicó don Henry-, pero tomé la precaución de comprobar que existía esa tal señora Greene y que
se celebraba la reunión. Ya saben, nunca está de más ser precavido.
-Esto es lo que dice siempre nuestra amiga la señorita Marple -comentó el doctor Lloyd sonriendo-. Está usted
ensimismada, señorita Marple. ¿En qué piensa?
La aludida se sobresaltó.
-¡Qué tonta soy! -exclamó-. Me estaba preguntando por qué en la carta del doctor Rosen la palabra Ecuanimidad estaba
escrita con mayúscula.
La señora Bantry exclamó:
-Es cierto. ¡Oh!
-Sí querida -respondió la señorita Marple-. ¡Pensé que usted lo notaría!
-En esa carta hay un aviso definitivo -dijo el coronel Bantry-. Es lo primero que me llamó la atención. Me fijo más de lo
que ustedes creen. Sí, un aviso definitivo… ¿contra quién?

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-Hay algo muy curioso con respecto a esa carta -explicó don Henry-. Según Templeton, el doctor Rosen la abrió durante
el desayuno y se la alargó diciendo que no sabía quién podía ser aquel individuo.
-¡Pero si no era un hombre! -dijo Jane Helier-. ¡Está firmada por una tal «Georgina»!
-Es difícil decirlo -dijo el doctor Lloyd-. Tal vez el nombre sea Georgey y no Georgina, aunque parezca más bien lo
contrario. En todo caso, resulta un tanto chocante, porque esta letra no parece de mujer
-Eso es igualmente curioso -dijo el coronel Bantry-, que la enseñara fingiendo no saber quién se la escribía. Tal vez
pretendía observar la reacción de alguien al verla, pero ¿de quién?, ¿del chico o de ella?
-¿Tal vez de la cocinera? -insinuó la señora Bantry-. Quizá se encontrase en la habitación sirviendo el desayuno. Pero lo
que no comprendo es… es muy curioso que…
Frunció el entrecejo contemplando la carta. La señorita Marple se acercó a ella y, señalando la hoja de papel con un
dedo, cuchichearon entre sí.
-Pero, ¿por qué rompió la otra carta el secretario? -preguntó Jane Helier de pronto-. Parece… ¡oh! No sé… parece
extraño. ¿Por qué había de recibir cartas de Alemania? Aunque, claro, si como usted dice está por encima de toda
sospecha…
-Pero don Henry no ha dicho eso -replicó la señorita Marple a toda prisa, abandonando su conversación con la señora
Bantry-. Ha dicho que los sospechosos son cuatro. De modo que incluye a el señor Templeton. ¿Tengo razón, don Henry?
-Sí, señorita Marple. La amarga experiencia me ha enseñado una cosa: nunca diga que nadie está por encima de toda
sospecha. Acabo de darles razones por las cuales tres de estas personas pudieran ser culpables, por improbable que
parezca. Entonces no apliqué el mismo procedimiento a Charles Templeton, pero al fin tuve que seguir la regla que
acabo de mencionar.
“Y me vi obligado a reconocer esto: que todo ejército, toda marina y toda policía tienen cierto número de traidores en
sus filas, por mucho que se odie admitir la idea. Y por ello examiné el caso contra Charles Templeton sin el menor
apasionamiento.
“Me hice muchas veces la pregunta que la señorita Helier acaba de exponer. ¿Por qué fue el único que no pudo
presentar la carta que recibiera con sello alemán? ¿Por qué recibía correspondencia de Alemania?
“Esta última pregunta era del todo inocente y por lo tanto se la hice a él, siendo su respuesta bastante sencilla. La
hermana de su madre estaba casada con un alemán y la carta era de una prima suya alemana. De modo que me enteré
de algo que ignoraba hasta entonces, que Charles Templeton tenía parientes alemanes. Y eso lo colocó inmediatamente
en la lista de sospechosos. Es uno de mis hombres, un muchacho en el que siempre he confiado, pero para ser justo y
ecuánime debo admitir que es el que encabeza la lista.
“Pero ahí lo tienen: ¡No lo sé! No lo sé y, con toda probabilidad, nunca lo sabré. No se trata sólo de castigar a un asesino,
sino de algo que considero cien veces más importante. Se trata, quizá, de la posibilidad de haber arruinado la carrera
de un hombre honrado a causa de meras sospechas, sospechas que por otra parte no me atrevo a despreciar.”
La señorita Marple carraspeó y dijo en tono amable:
-Entonces, don Henry, si no le he entendido mal, ¿de quien sospecha principalmente es del joven Templeton?
-Sí, en cierto sentido. Y en teoría los cuatro habrían de verse igualmente afectados por esta situación, pero no es ése el
caso. Dobbs, por ejemplo, aun cuando yo lo considere sospechoso, eso no altera en modo alguno su vida. En el pueblo
nadie recela de que la muerte del doctor Rosen no fuese accidental. Gertrud tal vez se haya visto algo más afectada. La
situación puede representar alguna diferencia, por ejemplo, en la actitud de Fraülein Rosen hacia ella, aunque dudo de
que eso le afecte excesivamente.
“En cuanto a Greta Rosen… bueno, aquí llegamos al punto crucial de todo este asunto. Greta es una joven muy hermosa
y Charles Templeton un muchacho apuesto, convivieron cinco meses bajo el mismo techo sin otras distracciones
exteriores y ocurrió lo inevitable. Se enamoraron el uno del otro, aunque no quieren admitir el hecho con palabras.
“Y luego ocurrió la catástrofe. Ya habían transcurrido tres meses, y un día o dos después de mi regreso, Greta Rosen
vino a verme. Había vendido la casita y regresaba a Alemania, una vez arreglados los asuntos de su tío. Acudió a mí,
aunque sabía que me había retirado, porque en realidad deseaba verme por un asunto personal. Tras dar algunos rodeos
al fin me abrió su corazón. ¿Cuál era mi opinión? Aquella carta con sello alemán, la que Charles había roto, la había
preocupado y seguía preocupándola. ¿Había dicho la verdad? Sin duda debió decirla. Claro que creía su historia, pero…
¡oh!, si pudiera saberlo con absoluta certeza.

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“¿Comprenden? El mismo sentimiento, el deseo de confiar, pero la terrible sospecha persistiendo en el fondo de su
mente, a pesar de luchar contra ella. Le hablé con absoluta franqueza, pidiéndole que hiciera lo mismo, y le pregunté si
Charles y ella estaban enamorados.
“-Creo que sí -me contestó-. Oh, sí, eso es. Éramos tan felices. Los días pasaban con tanta alegría.
“Los dos lo sabíamos, pero no había prisa, teníamos toda la vida por delante. Algún día me diría que me amaba y yo le
contestaría que yo también. ¡Ah! ¡Pero puede usted imaginárselo! Ahora todo ha cambiado. Una nube negra se ha
interpuesto entre nosotros, nos mostramos retraídos y cuando nos vemos no sabemos qué decirnos. Quizás a él le
ocurre lo mismo. Nos decimos interiormente: ¡Si estuviéramos seguros! Por eso, don Henry, le suplico que me diga:
«Puede estar segura, quienquiera que matase a su tío no fue Charles Templeton». ¡Dígamelo! ¡Oh, se lo suplico! ¡Se lo
suplico, se lo suplico!
“Y maldita sea -exclamó don Henry, dejando caer su puño con fuerza sobre la mesa-, no pude decírselo. Se fueron
separando más y más los dos. Entre ellos se interponía la sospecha como un fantasma que no podían apartar.”
Se reclinó en la butaca con el rostro abatido y grave mientras movía la cabeza con desaliento.
-Y no hay nada más que hacer, a menos -volvió a enderezarse con una sonrisa burlona- a menos que la señorita Marple
pueda ayudarnos. ¿Puede usted, señorita Marple? Tengo el presentimiento de que esa carta está en su línea. La de la
reunión benéfica. ¿No le recuerda alguien o algo que le haga ver este asunto muy claro? ¿No puede hacer algo por
ayudar a dos jóvenes desesperados que desean ser felices?
Tras la sonrisa burlona se escondía cierta ansiedad en su pregunta. Había llegado a formarse una gran opinión del poder
deductivo de aquella solterona frágil y anticuada, y la miró con cierta esperanza en los ojos.
La señorita Marple carraspeó y se arregló la manteleta de encaje.
-Me recuerda un poco a Annie Poultny -admitió-. Claro que la carta está clarísima, para la señora Bantry y para mí. No
me refiero a la que habla de la reunión benéfica, sino a la otra. Al haber vivido tanto en Londres y no tener ninguna
afición por la jardinería, don Henry, no es de extrañar que no lo haya notado usted.
-¿Eh? -exclamó don Henry-. ¿Notado qué?
La señora Bantry alargó la mano y escogió una de las cartas, un catálogo que abrió y leyó pausadamente:

El señor Helmuth Spath. Lila, una flor maravillosa, su tallo alcanza una altura inusitada. Espléndida para cortar y adornar
el jardín. Una novedad de sorprendente belleza.
Udo Johnson. Amarilla y cálida. De aroma peculiar y agradable.
Edgar Jackson. Crisantemo de hermosa forma y color rojo ladrillo muy brillante.
Ronald Perry. Rojo brillante. Sumamente decorativa.
Tsingtau. Color naranja brillante, flor muy vistosa para jardín y de larga duración una vez cortada.
Ecuanimidad…

-Recordarán ustedes que esta palabra aparecía en la carta escrita también en mayúscula.
Flor de extraordinaria perfección en su forma. Tonos rosa y blanco.
La señora Bantry, dejando el catálogo, terminó diciendo con una gran excitación:
-Y ¡Dalias!
-Las letras iniciales de sus nombres componen la palabra «MUERTE» -explicó la señorita Marple satisfecha.
-Pero la carta la recibió el propio doctor Rosen -objetó don Henry.
-Esa fue la maniobra más inteligente -explicó la señorita Marple-. Eso y la amenaza que se encerraba en ella. ¿Qué es lo
que haría al recibir una carta de alguien desconocido y llena de nombres extraños para él? Pues, naturalmente,
mostrársela a su secretario y pedirle su opinión.
-Entonces, después de todo…

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-¡Oh, no! -exclamó la señorita Marple-. El secretario, no. Vaya, eso precisamente demuestra que no fue él. De ser así,
nunca hubiera permitido que se encontrase la carta e igualmente no se le hubiese ocurrido destruir una carta dirigida a
él y con sello alemán. Su inocencia resulta evidente y , si me permito decirlo, deslumbrante..
-Entonces, ¿quién…?
-Pues parece casi seguro, todo lo seguro que puede ser algo en este mundo. Había otra persona presente durante el
desayuno y pudo… es natural, dadas las circunstancias, alargar la mano y leer la carta. Y así fue. Recuerden que recibió
un catálogo de jardinería en el mismo correo…
-Greta Rosen -dijo don Henry despacio-. Entonces su visita…
-Los caballeros nunca saben ver a través de estas cosas -replicó la señorita Marple-. Y me temo que muchas veces a las
viejas nos ven como a… brujas, porque vemos cosas que a ellos les pasan inadvertidas, pero es así. Una sabe mucho de
las de su propio sexo, por desgracia. No me cabe la menor duda de que se alzó una barrera entre ellos. El joven sintió
una repentina e inexplicable aversión hacia ella. Sospechaba puramente por instinto y no podía ocultarlo. Y creo que la
visita que le hizo la joven a usted fue sólo puro despecho. En realidad se sentía bastante segura, pero antes de marcharse
quiso que usted fijara definitivamente sus sospechas en el pobre señor Templeton. Debe usted reconocer que, hasta
después de su visita, no le parecieron completamente justificadas sus propias sospechas.
-Estoy convencido de que no fue nada de lo que ella dijo… -comenzó a decir don Henry.
-Los caballeros -continuó la señorita Marple con calma- nunca ven estas cosas.
-Y esa joven… -se detuvo-… ¡comete semejante crimen a sangre fría y queda impune!
-¡Oh, no, don Henry! -dijo la señorita Marple-. Impune no. Usted y yo no lo creemos. Recuerde lo que dijo no hace
mucho rato. No. Greta Rosen no escapará a su castigo. Para empezar, deberá vivir entre gente extraña, chantajistas y
terroristas, que no le harán ningún bien y probablemente la arrastrarán a un final miserable. Como usted dice, no vale
la pena preocuparse por el culpable, es el inocente quien importa. El señor Templeton, me atrevo a aventurar, se casará
con su prima alemana ya que el hecho de que rompiera su carta resulta… bueno, un tanto sospechoso, empleando la
palabra en un sentido distinto al que le hemos dado toda la noche. Parece ser que lo hizo como si temiese que Greta la
viera y le pidiera que se la dejase leer. Sí, creo que entre ellos debió de haber algo. Y luego está Dobbs, a quien, como
usted dice, las sospechas no le afectarán mucho. Probablemente lo único que le interesa son sus desayunos. Y la pobre
Gertrud, que me recuerda a Annie Poultny. Pobrecilla Annie Poultny. Cincuenta años sirviendo fielmente a la señorita
Lamh y luego sospecharon que había hecho desaparecer su testamento, aunque no pudo probarse. Aquello destrozó el
corazón de aquella criatura tan fiel. Y después de su muerte, se encontró en un compartimiento secreto en la caja donde
guardaban el té y donde la propia la señorita Lamb lo había guardado para mayor seguridad. Pero era ya demasiado
tarde para la pobre Annie.
“Por eso me preocupa esa pobre mujer alemana. Cuando se es viejo, uno se amarga fácilmente. Lo siento mucho más
por ella que por el señor Templeton, que es joven, bien parecido y, según comentaba usted, goza de bastante
popularidad entre las damas. ¿Querrá usted escribirle a ella, don Henry, para decirle que su inocencia está fuera de toda
duda? Con su señor muerto y el peso de las sospechas… ¡Oh! ¡No quiero ni pensarlo!”
-Le escribiré, señorita Marple -dijo don Henry mirándola con curiosidad-. ¿Sabe una cosa? Nunca llegaré a
comprenderla. Siempre repara usted en algo que no esperaba.
-Me temo que mi experiencia resulta insignificante -replicó la señorita Marple humildemente-. Apenas si salgo de St.
Mary Mead.
-¡Y no obstante ha resuelto usted lo que podríamos llamar un problema internacional! -dijo don Henry-. Porque lo ha
resuelto. De eso estoy completamente convencido.
La señorita Marple enrojeció y luego, parpadeando, explicó:
-Creo que fui bien educada para lo que se acostumbraba en mis tiempos. Mi hermana y yo tuvimos una institutriz
alemana, una persona muy sentimental. Nos enseñó el lenguaje de las flores, un estudio casi olvidado hoy en día, pero
encantador. Un tulipán amarillo, por ejemplo, simboliza el Amor Sin Esperanza, mientras un Aster Chino significa Muero
de Celos a Tus pies. Esa carta estaba firmada: Georgine, que me parece recordar significa dalia en alemán y eso lo dejaba
todo muy claro. Ojalá pudiera recordar el significado de dalia, pero escapa a mi memoria, que ya no es tan buena como
antes.
-De todas formas, no significa MUERTE.
-No, desde luego. Horrible, ¿no? En este mundo hay cosas muy tristes.

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-Sí -replicó la señora Bantry con un suspiro-. Es una suerte tener flores y amigos.
-Observen que nos coloca en último lugar -dijo el doctor Lloyd.
-Un admirador solía enviarme orquídeas rojas cada noche -dijo Jane Helier con aire soñador.
-«Espero sus favores», eso es lo que significa -dijo la señorita Marple con agudeza.
Don Henry carraspeó de un modo peculiar y volvió la cabeza.
La señorita Marpie lanzó una repentina exclamación.
-Acabo de recordarlo. La dalia significa «Traición y Falsedad».
-Maravilloso -replicó don Henry-. Absolutamente maravilloso.
Y suspiró.
FIN

LAS DOCE FIGURAS DEL MUNDO


Bustos Domecq

A la memoria de José S. Álvarez

El Capricornio, el Acuario, los Peces, el Carnero, el Toro, pensaba Aquiles Molinari, dormido. Después, tuvo un momento
de incertidumbre. Vio la Balanza, el Escorpión.

Comprendió que se había equivocado; se despertó temblando.

El sol le había calentado la cara. En la mesa de luz, encima del Almanaque Bristol y de algunos números de La Fija, el
reloj despertador Tic Tac marcaba las diez menos veinte. Siempre repitiendo los signos, Molinari se levantó. Miró por la
ventana. En la esquina estaba el desconocido.

Sonrió astutamente. Se fue a los fondos; volvió con la máquina de afeitar, la brocha, los restos del jabón amarillo y una
taza de agua hirviendo. Abrió de par en par la ventana, con enfática serenidad miró al desconocido y lentamente se
afeitó, silbando el tango Naipe Marcado.

Diez minutos después estaba en la calle, con el traje marrón cuyas últimas dos mensualidades aún las debía a las Grandes
Sastrerías Inglesas Rabuffi. Fue hasta la esquina; el desconocido bruscamente se interesó en un extracto de la lotería.
Molinari, habituado ya a esos monótonos disimulos, se dirigió a la esquina de Humberto I. El ómnibus llegó enseguida;
Molinari subió. Para facilitar el trabajo a su perseguidor, ocupó uno de los asientos de adelante. A las dos o tres cuadras
se dio vuelta; el desconocido, fácilmente reconocible por sus anteojos negros, leía el diario. Antes de llegar al Centro, el
ómnibus estaba completo; Molinari hubiera podido bajar sin que el desconocido lo notara, pero su plan era mejor.
Siguió hasta la Cervecería Palermo.

Después, sin darse vuelta, dobló hacia el Norte, siguió el paredón de la Penitenciaría, entró en los jardines; creía
proceder con tranquilidad, pero, antes de llegar al puesto de guardia, arrojó un cigarrillo que había encendido poco
antes. Tuvo un diálogo nada memorable con un empleado en mangas de camisa. Un guardiacárceles lo acompañó hasta
la celda 273.

Hace catorce años, el carnicero Agustín R. Bonorino, que había asistido al corso de Belgrano disfrazado de cocoliche,
recibió un mortal botellazo en la sien. Nadie ignoraba que la botella de Bilz que lo derribó había sido esgrimida por uno
de los muchachos de la barra de Pata Santa. Pero como Pata Santa era un precioso elemento electoral, la policía resolvió
que el culpable era Isidro Parodi, de quien algunos afirmaban que era ácrata, queriendo decir que era espiritista. En
realidad, Isidro Parodi no era ninguna de las dos cosas: era dueño de una barbería en el barrio Sur y había cometido la
imprudencia de alquilar una pieza a un escribiente de la comisaría 8, que ya le debía de un año. Esa conjunción de
circunstancias adversas selló la suerte de Parodi: las declaraciones de los testigos (que pertenecían a la barra de Pata
Santa) fueron unánimes: el juez lo condenó a veintiún años de reclusión. La vida sedentaria había influido en el homicida
de 1919: hoy era un hombre cuarentón, sentencioso, obeso, con la cabeza afeitada y ojos singularmente sabios. Esos
ojos, ahora, miraban al joven Molinari.

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—¿Qué se le ofrece, amigo?

Su voz no era excesivamente cordial, pero Molinari sabía que las visitas no le desagradaban. Además, la posible reacción
de Parodi le importaba menos que la necesidad de encontrar un confidente y un consejero. Lento y eficaz, el viejo Parodi
cebaba un mate en un jarrito celeste. Se lo ofreció a Molinari. Éste, aunque muy impaciente por explicar la aventura
irrevocable que había trastornado su vida, sabía que era inútil querer apresurar a Isidro Parodi; con una tranquilidad
que lo asombró, inició un diálogo trivial sobre las carreras, que son pura trampa y nadie sabe quién va a ganar.

Don Isidro no le hizo caso; volvió a su rencor predilecto: se despachó contra los italianos, que se habían metido en todas
partes, no respetando tan siquiera la Penitenciaría Nacional.

—Ahora está llena de extranjeros de antecedentes de lo más dudosos y nadie sabe de dónde vienen.

Molinari, fácilmente nacionalista, colaboró en esas quejas y dijo que él ya estaba harto de italianos y drusos, sin contar
los capitalistas ingleses que habían llenado el país de ferrocarriles y frigoríficos. Ayer nomás entró en la Gran Pizzería
Los Hinchas y lo primero que vio fue un italiano.
—¿Es un italiano o una italiana lo que lo tiene mal?

—Ni un italiano ni una italiana —dijo sencillamente Molinari—. Don Isidro, he matado a un hombre.

—Dicen que yo también maté a uno, y sin embargo aquí me tiene. No se ponga nervioso; el asunto ese de los drusos es
complicado, pero, si no lo tiene entre ojos algún escribiente de la 8, tal vez pueda salvar el cuero.

Molinari lo miró atónito. Luego recordó que su nombre había sido vinculado al misterio de la quinta de Abenjaldún, por
un diario inescrupuloso —muy distinto, por cierto, del dinámico diario de Cordone, donde él hacía los deportes
elegantes y el football—. Recordó que Parodi mantenía su agilidad espiritual y, gracias a su viveza y a la generosa
distracción del subcomisario Grondona, sometía a lúcido examen los diarios de la tarde.

En efecto, don Isidro no ignoraba la reciente desaparición de Abenjaldún; sin embargo le pidió a Molinari que le contara
los hechos, pero que no hablara tan rápido, porque él ya estaba medio duro de oído. Molinari, casi tranquilo, narró la
historia:

—Créame, yo soy un muchacho moderno, un hombre de mi época; he vivido, pero también me gusta meditar.
Comprendo que ya hemos superado la etapa del materialismo; las comuniones y la aglomeración de gente del Congreso
Eucarístico me han dejado un rastro imborrable. Como usted decía vez pasada, y, créame, la sentencia no ha caído en
saco roto, hay que despejar la incógnita. Mire, los faquires y los yoguis, con sus ejercicios respiratorios y sus macanas,
saben una porción de cosas. Yo, como católico, renuncié al centro espiritista Honor y Patria, pero he comprendido que
los drusos forman una colectividad progresista y están más cerca del misterio que muchos que van a misa todos los
domingos. Por lo pronto, el doctor Abenjaldún tenía una quinta papal en Villa Mazzini, con una biblioteca fenómeno. Lo
conocí en Radio Fénix, el Día del Árbol. Pronunció un discurso muy conceptuoso, y le gustó un sueltito que yo hice y que
alguien le mandó. Me llevó a su casa, me prestó libros serios y me invitó a la fiesta que daba en la quinta; falta elemento
femenino, pero son torneos de cultura, yo le prometo. Algunos dicen que creen en ídolos, pero en la sala de actos hay
un toro de metal que vale más que un tramway. Todos los viernes se reúnen alrededor del toro los akils, que son, como
quien dice, los iniciados. Hace tiempo que el doctor Abenjaldún quería que me iniciaran; yo no podía negarme, me
convenía estar bien con el viejo y no sólo de pan vive el hombre. Los drusos son gente muy cerrada y algunos no creían
que un occidental fuera digno de entrar en la cofradía. Sin ir más lejos, Abul Hasán, el dueño de la flota de camiones
para carne en tránsito, había recordado que el número de electos es fijo y que es ilícito hacer conversos; también se
opuso el tesorero Izedín; pero es un infeliz que se pasa el día escribiendo, y el doctor Abenjaldún se reía de él y de sus
libritos. Sin embargo, esos reaccionarios, con sus anticuados prejuicios, siguieron el trabajo de zapa y no trepido en
afirmar que, indirectamente, ellos tienen la culpa de todo.

»El 11 de agosto recibí una carta de Abenjaldún, anunciándome que el 14 me someterían a una prueba un poco difícil,
para la cual tenía que prepararme.

—¿Y cómo tenía que prepararse? —inquirió Parodi.

—Y, como usted sabe, tres días a té solo, aprendiendo los signos del zodiaco, en orden, como están en el Almanaque
Bristol. Di parte de enfermo a las Obras Sanitarias, donde trabajo por la mañana. Al principio, me asombró que la
ceremonia se efectuara un domingo y no un viernes, pero la carta explicaba que para un examen tan importante
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convenía más el día del Señor. Yo tenía que presentarme en la quinta, antes de medianoche. El viernes y el sábado los
pasé de lo más tranquilo, pero el domingo amanecí nervioso. Mire, don Isidro, ahora que pienso, estoy seguro que ya
presentía lo que iba a suceder. Pero no aflojé, estuve todo el día con el libro. Era cómico, miraba cada cinco minutos el
reloj a ver si ya podía tomar otro vaso de té; no sé para qué miraba, de todos modos tenía que tomarlo: la garganta
estaba reseca y pedía líquido. Tanto esperar la hora del examen y sin embargo llegué tarde a Retiro y tuve que tomar el
tren carreta de las veintitrés y dieciocho en vez del anterior.

»Aunque estaba preparadísimo, seguí estudiando el almanaque en el tren. Me tenían fastidiado unos imbéciles que
discutían el triunfo de los Millonarios versus Chacarita Juniors y, créame, no sabían ni medio de football. Bajé en
Belgrano R. La quinta viene a quedar a trece cuadras de la estación. Yo pensé que la caminata iba a refrescarme, pero
me dejó medio muerto. Cumpliendo las instrucciones de Abenjaldún, lo llamé por teléfono desde el almacén de la calle
Rosetti.

»Frente a la quinta había una fila de coches; la casa tenía más luces que un velorio y desde lejos se oía el rumorear de
la gente. Abenjaldún estaba esperándome en el portón. Lo noté envejecido. Yo lo había visto muchas veces de día;recién
esa noche me di cuenta que se parecía un poco a Repetto, pero con barba. Ironías de la suerte, como quien dice: esa
noche, que me tenía loco el examen, voy y me fijo en ese disparate. Fuimos por el camino de ladrillos que rodea la casa,
y entramos por los fondos. En la secretaría estaba Izedín, del lado del archivo.

—Hace catorce años que estoy archivado —observó dulcemente don Isidro—. Pero ese archivo no lo conozco.
Descríbame un poco el lugar.

—Mire, es muy sencillo. La secretaría está en el piso alto: una escalera baja directamente a la sala de actos. Ahí estaban
los drusos, unos ciento cincuenta, todos velados y con túnicas blancas, alrededor del toro de metal. El archivo es una
piecita pegada a la secretaría: es un cuarto interior. Yo siempre digo que un recinto sin una ventana como la gente, a la
larga resulta insalubre. ¿Usted no comparte mi criterio?

—No me hable. Desde que me establecí en el Norte me tienen cansado los recintos. Descríbame la secretaría.

—Es una pieza grande. Hay un escritorio de roble, donde está la Olivetti, unos sillones comodísimos, en los que usted
se hunde hasta el cogote, una pipa turca medio podrida, que vale un dineral, una araña de caireles, una alfombra persa,
futurista, un busto de Napoleón, una biblioteca de libros serios: la Historia Universal de César Cantú, Las Maravillas del
Mundo y del Hombre, la Biblioteca Internacional de Obras Famosas, el Anuario de «La Razón», El Jardinero Ilustrado de
Peluffo, El Tesoro de la Juventud, La Donna Delinquente de Lombroso, y qué sé yo.

»Izedín estaba nervioso. Yo descubrí enseguida el porqué: había vuelto a la carga con su literatura. En la mesa había un
enorme paquete de libros. El doctor, preocupado con mi examen, quería zafarse de Izedín, y le dijo:

»—Pierda cuidado. Esta noche leeré sus libros.

»Ignoro si el otro le creyó; fue a ponerse la túnica para entrar en la sala de actos; ni siquiera me echó una mirada.

»En cuanto nos quedamos solos, el doctor Abenjaldún me dijo:

»—¿Has ayunado con fidelidad, has aprendido las doce figuras del mundo?

»Le aseguré que desde el jueves a las diez (esa noche, en compañía de algunos tigres de la nueva sensibilidad, había
cenado una buseca liviana y un pesceto al horno, en el Mercado de Abasto) estaba a té solo.

»Después Abenjaldún me pidió que le recitara los nombres de las doce figuras. Los recité sin un solo error; me hizo
repetir esa lista cinco o seis veces. Al fin me dijo:

»—Veo que has acatado las instrucciones. De nada te valdrían, sin embargo, si no fueras aplicado y valiente. Me consta
que lo eres; he resuelto desoír a los que niegan tu capacidad: te someteré a una sola prueba, la más desamparada y la
más difícil. Hace treinta años, en las cumbres del Líbano, yo la ejecuté con felicidad; pero antes los maestros me
concedieron otras pruebas más fáciles: yo descubrí una moneda en el fondo del mar, una selva hecha de aire, un cáliz
en el centro de la Tierra, un alfanje condenado al Infierno. Tú no buscarás cuatro objetos mágicos; buscarás a los cuatro
maestros que forman el velado tetrágono de la Divinidad. Ahora, entregados a piadosas tareas, rodean el toro de metal;
rezan con sus hermanos, los akils, velados como ellos; ningún indicio los distingue, pero tu corazón los reconocerá. Yo
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te ordenaré que traigas a Yusuf; tú bajarás a la sala de actos, imaginando en su orden preciso las figuras del cielo; cuando
llegues a la última figura, la de los Peces, volverás a la primera, que es Aries, y así, continuamente; darás tres vueltas
alrededor de los akils y tus pasos te llevarán a Yusuf, si no has alterado el orden de las figuras. Le dirás: “Abenjaldún te
llama” y lo traerás aquí. Después te ordenaré que traigas al segundo maestro; luego al tercero, luego al cuarto.

»Felizmente, de tanto leer y releer el Almanaque Bristol, las doce figuras se me habían quedado grabadas; pero basta
que a uno le digan que no se equivoque, para que tema equivocarse. No me acobardé, le aseguro, pero tuve un
presentimiento. Abenjaldún me estrechó la mano, me dijo que sus plegarias me acompañarían, y bajé la escalera que
da a la sala de actos. Yo estaba muy atareado con las figuras; además esas espaldas blancas, esas cabezas agachadas,
esas máscaras lisas y ese toro sagrado que yo no había visto nunca de cerca me tenían inquieto. Sin embargo, di mis
tres vueltas como la gente, y me encontré detrás de un ensabanado, que me pareció igual a todos los otros; pero, como
estaba imaginando las figuras del zodiaco, no tuve tiempo de pensar, y le dije: “Abenjaldún lo llama”. El hombre me
siguió; siempre imaginándome las figuras, subimos la escalera, y entramos en la secretaría. Abenjaldún estaba rezando;
lo hizo entrar a Yusuf al archivo, y casi enseguida volvió y me dijo: “Trae ahora a Ibrahim”. Volví a la sala de actos, di mis
tres vueltas, me paré detrás de otro ensabanado y le dije: “Abenjaldún lo llama”. Con él volví a la secretaría.

—Pare el carro, amigo —dijo Parodi—. ¿Está seguro de que mientras usted daba sus vueltas nadie salió de la secretaría?

—Mire, le aseguro que no. Yo estaba muy atento a las figuras y todo lo que quiera, pero no soy tan sonso. No le quitaba
el ojo a esa puerta. Pierda cuidado: nadie entró ni salió.

»Abenjaldún tomó del brazo a Ibrahim y lo llevó al archivo; después me dijo: “Trae ahora a Izedín”. Cosa rara, don Isidro,
las dos primeras veces había tenido confianza en mí; esta vuelta estaba acobardado. Bajé, caminé tres veces alrededor
de los drusos y volví con Izedín. Yo estaba cansadísimo: en la escalera se me nubló la vista, cosas del riñón; todo me
pareció distinto, hasta mi compañero. El mismo Abenjaldún, que ya me tenía tanta fe que en lugar de rezar se había
puesto a jugar al solitario, se lo llevó a Izedín al archivo, y me dijo, hablándome como un padre:

»—Este ejercicio te ha rendido. Yo buscaré al cuarto iniciado, que es Jalil.

»La fatiga es el enemigo de la atención, pero en cuanto salió Abenjaldún me prendí a los barrotes de la galería y me
puse a espiarlo. El hombre dio sus tres vueltas lo más chato, agarró de un brazo a Jalil y se lo trajo para arriba. Ya le dije
que el archivo no tiene más puerta que la que da a la secretaría. Por esa puerta entró Abenjaldún con Jalil; enseguida
salió con los cuatro drusos velados; me hizo la señal de la cruz, porque son gente muy devota; después les dijo en criollo
que se quitaran los velos; usted dirá que es pura fábula, pero ahí estaban Izedín, con su cara de extranjero, y Jalil, el
subgerente de La Formal, y Yusuf, el cuñado del que es gangoso, e Ibrahim, pálido como un muerto y barbudo, el socio
de Abenjaldún, usted sabe. ¡Ciento cincuenta drusos iguales y ahí estaban los cuatro maestros!

»El doctor Abenjaldún casi me abrazó; pero los otros, que son personas refractarias a la evidencia, y llenas de
supersticiones y agüerías, no dieron su brazo a torcer y se le enojaron en druso. El pobre Abenjaldún quiso convencerlos,
pero al fin tuvo que ceder. Dijo que me sometería a otra prueba, dificilísima, pero que en esa prueba se jugaría la vida
de todos ellos y tal vez la suerte del mundo. Continuó:

»—Te vendaremos los ojos con este velo, pondremos en tu mano derecha esta larga caña, y cada uno de nosotros se
ocultará en algún rincón de la casa o de los jardines. Esperarás aquí hasta que el reloj dé las doce; después nos
encontrarás sucesivamente, guiado por las figuras. Esas figuras rigen el mundo; mientras dure el examen, te confiamos
el curso de las figuras: el cosmos estará en tu poder. Si no alteras el orden del zodiaco, nuestros destinos y el destino
del mundo seguirán el curso prefijado; si tu imaginación se equivoca, si después de la Balanza imaginas el León y no el
Escorpión, el maestro a quien buscas perecerá y el mundo conocerá la amenaza del aire, del agua y del fuego.

»Todos dijeron que sí, menos Izedín, que había ingerido tanto salame que ya se le cerraban los ojos y que estaba tan
distraído que al irse nos dio la mano a todos, uno por uno, cosa que no hace nunca.

»Me dieron una caña de bambú, me pusieron la venda y se fueron. Me quedé solo. Qué ansiedad la mía: imaginarme
las figuras, sin alterar el orden; esperar las campanadas que no sonaban nunca; el miedo que sonaran y echar a andar
por esa casa, que de golpe me pareció interminable y desconocida. Sin querer pensé en la escalera, en los descansos,
en los muebles que habría en mi camino, en los sótanos, en el patio, en las claraboyas, qué sé yo. Empecé a oír de todo:
las ramas de los árboles del jardín, unos pasos arriba, los drusos que se iban de la quinta, el arranque del viejo Issota de
Abd-el-Melek: usted sabe, el que se ganó la rifa del aceite Raggio. En fin, todos se iban y yo me quedaba solo en el
caserón, con esos drusos escondidos quién sabe dónde. Ahí tiene, cuando sonó el reloj me llevé un susto. Salí con mi
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cañita, yo, un muchacho joven, pletórico de vida, caminando como inválido, como un ciego, si usted me interpreta;
agarré enseguida para la izquierda, porque el cuñado del gangoso tiene mucho savoir faire y yo pensé que iba a
encontrarlo bajo la mesa; todo el tiempo veía patente la Balanza, el Escorpión, el Sagitario y todas esas ilustraciones;
me olvidé del primer descanso de la escalera y seguí bajando en falso; después me entré en el jardín de invierno. De
golpe me perdí. No encontraba ni la puerta ni las paredes. También hay que ver: tres días a puro té solo y el gran
desgaste mental que yo me exigía. Dominé, con todo, la situación, y agarré por el lado del montaplatos; yo malicié que
alguno se habría introducido en la carbonera; pero esos drusos, por instruidos que sean, no tienen nuestra viveza criolla.
Entonces me volví para la sala. Tropecé con una mesita de tres patas, que usan algunos drusos que todavía creen en el
espiritismo, como si estuvieran en la Edad Media. Me pareció que me miraban todos los ojos de los cuadros al óleo
(usted se reirá, tal vez; mi hermanita siempre dice que tengo algo de loco y de poeta). Pero no me dormí y enseguida lo
descubrí a Abenjaldún: estiré el brazo y ahí estaba. Sin mayor dificultad, encontramos la escalera, que estaba mucho
más cerca de lo que yo imaginaba, y ganamos la secretaría. En el trayecto no dijimos ni una sola palabra. Yo estaba
ocupado con las figuras. Lo dejé y salí a buscar otro druso. En eso oí como una risa ahogada. Por primera vez tuve una
duda: llegué a pensar que se reían de mí. Enseguida oí un grito. Yo juraría que no me equivoqué en las imágenes; pero,
primero con la rabia y después con la sorpresa, tal vez me haya confundido. Yo nunca niego la evidencia. Me di vuelta y
tanteando con la caña entré en la secretaría. Tropecé con algo en el suelo. Me agaché. Toqué el pelo con la mano. Toqué
una nariz, unos ojos. Sin darme cuenta de lo que hacía, me arranqué la venda.

»Abenjaldún estaba tirado en la alfombra, tenía la boca toda babosa y con sangre; lo palpé; estaba calentito todavía,
pero ya era cadáver. En el cuarto no había nadie. Vi la caña, que se me había caído de la mano: tenía sangre en la punta.
Recién entonces comprendí que yo lo había matado. Sin duda, cuando oí la risa y el grito, me confundí un momento y
cambié el orden de las figuras: esa confusión había costado la vida de un hombre. Tal vez la de los cuatro maestros…
Me asomé a la galería y los llamé. Nadie me contestó. Aterrado, huí por los fondos, repitiendo en voz baja el Carnero,
el Toro, los Gemelos, para que el mundo no se viniera abajo. Enseguida llegué a la tapia y eso que la quinta tiene tres
cuartos de manzana; siempre el Tullido Ferrarotti me sabía decir que mi porvenir estaba en las carreras de medio fondo.
Pero esa noche fui una revelación en salto en alto. De un saque salvé la tapia, que tiene casi dos metros; cuando estaba
levantándome de la zanja y sacándome una porción de cascos de botella que se me habían incrustado por todos lados,
empecé a toser con el humo. De la quinta salía un humo negro y espeso como lana de colchón. Aunque no estaba
entrenado, corrí como en mis buenos tiempos; al llegar a Rosetti me di vuelta: había una luz como de 25 de Mayo en el
cielo, la casa estaba ardiendo. ¡Ahí tiene lo que puede significar un cambio en las figuras! De pensarlo, la boca se me
puso más seca que lengua de loro. Divisé un agente en la esquina, y di marcha atrás; después me metí en unos
andurriales que es una vergüenza que haya todavía en la Capital; yo sufría como argentino, le aseguro, y me tenían
mareado unos perros, que bastó que uno solo ladrara para que todos se pusieran a ensordecerme desde muy cerca, y
en esos barriales del oeste no hay seguridad para el peatón ni vigilancia de ninguna especie. De pronto me tranquilicé,
porque vi que estaba en la calle Charlone; unos infelices que estaban de patota en un almacén se pusieron a decir “el
Carnero, el Toro” y a hacer ruidos que están mal en una boca; pero yo no les llevé el apunte y pasé de largo. ¿Quiere
creer que sólo al rato me di cuenta que yo había estado repitiendo las figuras, en voz alta? Volví a perderme. Usted sabe
que en esos barrios ignoran los rudimentos del urbanismo y las calles están perdidas en un laberinto. Ni se me pasó por
la cabeza tomar algún vehículo: llegué a casa con el calzado hecho una miseria, a la hora en que salen los basureros. Yo
estaba enfermo de cansancio esa madrugada. Creo que hasta tenía temperatura. Me tiré en la cama, pero resolví no
dormir, para no distraerme de las figuras.

»A las doce del día mandé parte de enfermo a la redacción y a las Obras Sanitarias. En eso entró mi vecino, el viajante
de la Brancato, y se hizo firme y me llevó a su pieza a tomar una tallarinada. Le hablo con el corazón en la mano: al
principio me sentí un poco mejor. Mi amigo tiene mucho mundo y destapó un moscato del país. Pero yo no estaba para
diálogos finos y, aprovechando que el tuco me había caído como un plomo, me fui a mi pieza. No salí en todo el día. Sin
embargo, como no soy un ermitaño y me tenía preocupado lo de la víspera, le pedí a la patrona que me trajera las
Noticias. Sin tan siquiera examinar la página de los deportes, me engolfé en la crónica policial y vi la fotografía del
siniestro: a las cero veintitrés de la madrugada había estallado un incendio de vastas proporciones en la casa-quinta del
doctor Abenjaldún, sita en Villa Mazzini. A pesar de la encomiable intervención de la Seccional de Bomberos, el inmueble
fue pasto de las llamas, habiendo perecido en la combustión su propietario, el distinguido miembro de la colectividad
siriolibanesa, doctor Abenjaldún, uno de los grandes pioneers de la importación de sustitutos del linóleum. Quedé
horrorizado. Baudizzone, que siempre descuida su página, había cometido algunos errores: por ejemplo, no había
mencionado para nada la ceremonia religiosa, y decía que esa noche se habían reunido para leer la Memoria y renovar
autoridades. Poco antes del siniestro habían abandonado la quinta los señores Jalil, Yusuf e Ibrahim. Éstos declararon
que hasta las 24 estuvieron departiendo amigablemente con el extinto, que, lejos de presentir la tragedia que pondría
un punto final a sus días y convertiría en cenizas una residencia tradicional de la zona del oeste, hizo gala de su habitual
sprit. El origen de la magna conflagración quedaba por aclarar.

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»A mí no me asusta el trabajo, pero desde entonces no he vuelto al diario ni a las Obras, y ando con el ánimo por el
suelo. A los dos días me vino a visitar un señor muy afable, que me interrogó sobre mi participación en la compra de
escobillones y trapos de rejilla para la cantina del personal del corralón de la calle Bucarelli; después cambió de tema y
habló de las colectividades extranjeras y se interesó especialmente en la siriolibanesa. Prometió, sin mayor seguridad,
repetir la visita. Pero no volvió. En cambio, un desconocido se instaló en la esquina y me sigue con sumo disimulo por
todos lados. Yo sé que usted no es hombre de dejarse enredar por la policía ni por nadie. Sálveme, don Isidro, ¡estoy
desesperado!

—Yo no soy brujo ni ayunador para andar resolviendo adivinanzas. Pero no te voy a negar una manito. Eso sí, con una
condición. Prométeme que me vas a hacer caso en todo.

—Como usted diga, don Isidro.

—Muy bien. Vamos a empezar enseguida. Decí en orden las figuras del almanaque.
—El Carnero, el Toro, los Gemelos, el Cangrejo, el León, la Virgen, la Balanza, el Escorpión, el Sagitario, el Capricornio,
el Acuario, los Peces.

—Muy bien. Ahora decilos al revés. Molinari, pálido, balbuceó:


—El Ronecar, el Roto…

—Salí de ahí con esas compadradas. Te digo que cambies el orden, que digas de cualquier modo las figuras.

—¿Que cambie el orden? Usted no me ha entendido, don Isidro, eso no se puede…

—¿No? Decí la primera, la última y la penúltima.

Molinari, aterrado, obedeció. Después miró a su alrededor.

—Bueno, ahora que te has sacado de la cabeza esas fantasías, te vas para el diario. No te hagás mala sangre. Mudo,
redimido, aturdido, Molinari salió de la cárcel. Afuera, estaba esperándolo el otro.

FIN

LA MUERTE Y LA BRÚJULA
Jorge Luis Borges

A Mandie Molina Vedia

De los muchos problemas que ejercitaron la temeraria perspicacia de Lönnrot, ninguno tan extraño —tan rigurosamente
extraño, diremos— como la periódica serie de hechos de sangre que culminaron en la quinta de Triste- le-Roy, entre el
interminable olor de los eucaliptos. Es verdad que Erik Lönnrot no logró impedir el último crimen, pero es indiscutible
que lo previó. Tampoco adivinó la identidad del infausto asesino de Yarmolinsky, pero sí la secreta morfología de la
malvada serie y la participación de Red Scharlach, cuyo segundo apodo es Scharlach el Dandy. Ese criminal (como tantos)
había jurado por su honor la muerte de Lönnrot, pero éste nunca se dejó intimidar. Lönnrot se creía un puro razonador,
un Auguste Dupin, pero algo de aventurero había en él y hasta de tahúr.
El primer crimen ocurrió en el Hôtel du Nord, ese alto prisma que domina el estuario cuyas aguas tienen el color del
desierto. A esa torre (que muy notoriamente reúne la aborrecida blancura de un sanatorio, la numerada divisibilidad de
una cárcel y la apariencia general de una casa mala) arribó el día tres de diciembre el delegado de Podólsk al Tercer
Congreso Talmúdico, doctor Marcelo Yarmolinsky, hombre de barba gris y ojos grises. Nunca sabremos si el Hôtel du
Nord le agradó: lo aceptó con la antigua resignación que le había permitido tolerar tres años de guerra en los Cárpatos
y tres mil años de opresión y de pogroms. Le dieron un dormitorio en el piso R, frente a la suite que no sin esplendor
ocupaba el Tetraca de Galilea. Yarmolinsky cenó, postergó para el día siguiente el examen de la desconocida ciudad,
ordenó en un placard sus muchos libros y sus muy pocas prendas, y antes de medianoche apagó la luz. (Así lo declaró
el chofer del Tetrarca, que dormía en la pieza contigua.) El cuatro, a las 11 y 3 minutos A.M., lo llamó por teléfono un
redactor de la Yidische Zaitung; el doctor Yarmolinsky no respondió; lo hallaron en su pieza, ya levemente oscura la cara,
casi desnudo bajo una gran capa anacrónica. Yacía no lejos de la puerta que daba al corredor; una puñalada profunda

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le había partido el pecho. Un par de horas después, en el mismo cuarto, entre periodistas, fotógrafos y gendarmes, el
comisario Treviranus y Lönnrot debatían con serenidad el problema.
—No hay que buscarle tres pies al gato —decía Treviranus, blandiendo un imperioso cigarro—. Todos sabemos que el
Tetrarca de Galilea posee los mejores zafiros del mundo. Alguien, para robarlos, habrá penetrado aquí por error.
Yarmolinsky se ha levantado; el ladrón ha tenido que matarlo. ¿Qué le parece?
—Posible, pero no interesante —respondió Lönnrot—. Usted replicará que la realidad no tiene la menor obligación de
ser interesante. Yo le replicaré que la realidad puede prescindir de esa obligación, pero no las hipótesis. En la que usted
ha improvisado interviene copiosamente el azar. He aquí un rabino muerto; yo preferiría una explicación puramente
rabínica, no los imaginarios percances de un imaginario ladrón.
Treviranus repuso con mal humor:

—No me interesan las explicaciones rabínicas; me interesa la captura del hombre que apuñaló a este desconocido.

—No tan desconocido —corrigió Lönnrot —. Aquí están sus obras completas—. Indicó en el placard una fila de altos
volúmenes; una Vindicación de la cábala; un Examen de la filosofía de Robert Fludd; una traducción literal del Sepher
Yezirah; una Biografía del Baal Shem; una Historia de la secta de los Hasidim; una monografía (en alemán) sobre el
Tetragrámaton; otra, sobre la nomenclatura divina del Pentateuco. El comisario los miró con temor, casi con repulsión.
Luego, se echó a reír.

—Soy un pobre cristiano —repuso—. Llévese todos esos mamotretos, si quiere; no tengo tiempo que perder en
supersticiones judías.
—Quizás este crimen pertenece a la historia de las supersticiones judías —murmuró Lönnrot.

—Como el cristianismo —se atrevió a completar el redactor de la Yidische Zaitung. Era miope, ateo y muy tímido.

Nadie le contestó. Uno de los agentes había encontrado en la pequeña máquina de escribir una hoja de papel con esta
sentencia inconclusa

La primera letra del Nombre ha sido articulada.

Lönnrot se abstuvo de sonreír. Bruscamente bibliófilo o hebraísta, ordenó que le hicieran un paquete con los libros del
muerto y los llevó a su departamento. Indiferente a la investigación policial, se dedicó a estudiarlos. Un libro en octavo
mayor le reveló las enseñanzas de Israel Baal Shem Tobh, fundador de la secta de los Piadosos; otro, las virtudes y
terrores del Tetragrámaton, que es el inefable Nombre de Dios; otro, la tesis de que Dios tiene un nombre secreto, en
el cual está compendiado (como en la esfera de cristal que los persas atribuyen a Alejandro de Macedonia), su noveno
atributo, la eternidad, es decir, el conocimiento inmediato de todas las cosas que serán, que son y que han sido en el
universo. La tradición enumera noventa y nueve nombres de Dios; los hebraístas atribuyen ese imperfecto número al
mágico temor de las cifras pares; los Hasidim razonan que ese hiato señala un centésimo nombre. El Nombre Absoluto.
De esa erudición lo distrajo, a los pocos días, la aparición del redactor de la Yidische Zaitung. Este quería hablar del
asesinato; Lönnrot prefirió hablar de los diversos nombres de Dios; el periodista declaró en tres columnas que el
investigador Erik Lönnrot se había dedicado a estudiar los nombres de Dios para dar con el nombre del asesino. Lönnrot,
habituado a las simplificaciones del periodismo, no se indignó. Uno de esos tenderos que han descubierto que cualquier
hombre se resigna a comprar cualquier libro, publicó una edición popular de la Historia de la secta de los Hasidim.
El segundo crimen ocurrió la noche del tres de enero, en el más desamparado y vacío de los huecos suburbios
occidentales de la capital. Hacia el amanecer, uno de los gendarmes que vigilan a caballo esas soledades vio en el umbral
de una antigua pinturería un hombre emponchado, yacente. El duro rostro estaba como enmascarado de sangre; una
puñalada profunda le había rajado el pecho. En la pared, sobre los rombos amarillos y rojos, había unas palabras en tiza.
El gendarme las deletreó... Esa tarde, Treviranus y Lönnrot se dirigieron a la remota escena del crimen. A izquierda y
derecha del automóvil, la ciudad se desintegraba; crecía el firmamento y ya importaban poco las casas y mucho un
horno de ladrillos o un álamo. Llegaron a su pobre destino: un callejón final de tapias rosadas que parecían reflejar de
algún modo la desaforada puesta de sol. El muerto ya había sido identificado. Era Daniel Simó Azevedo, hombre de
alguna fama en los antiguos arrabales del Norte, que había ascendido de carrero a guapo electoral, para degenerar
después en ladrón y hasta en delator. (El singular estilo de su muerte les pareció adecuado: Azevedo era el último
representante de una generación de bandidos que sabía el manejo del puñal, pero no del revólver.) Las palabras en tiza
eran las siguientes:
La segunda letra del Nombre ha sido articulada.

El tercer crimen ocurrió la noche del tres de febrero. Poco antes de la una, el teléfono resonó en la oficina del comisario
Treviranus. Con ávido sigilo, habló un hombre de voz gutural; dijo que se llamaba Ginzberg (o Ginsburg), y que estaba
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dispuesto a comunicar, por una remuneración razonable, los hechos de los dos sacrificios de Azevedo y Yarmolinsky.
Una discordia de silbidos y de cornetas ahogó la voz del delator. Después, la comunicación se cortó. Sin rechazar la
posibilidad de una broma (al fin, estaban en carnaval), Treviranus indagó que le habían hablado desde el Liverpool
House, taberna de la Rue de Toulon —esa calle salobre en la que conviven el cosmorama y la lechería, el burdel y los
vendedores de biblias. Treviranus habló con el patrón. Este (Black Finnegan, antiguo criminal irlandés, abrumado y casi
anulado por la decencia) le dijo que la última persona que había empleado el teléfono de la casa era un inquilino, un tal
Gryphius, que acababa de salir con unos amigos. Treviranus fue enseguida al Liverpool House. El patrón le comunicó lo
siguiente: Hace ocho días, Gryphius había tomado pieza en los altos del bar. Era un hombre de rasgos afilados, de
nebulosa barba gris, trajeado pobremente de negro; Finnegan (que destinaba esa habitación a un empleo que
Treviranus adivinó) le pidió un alquiler sin duda excesivo; Gryphius inmediatamente pagó la suma estipulada. No salía
casi nunca; cenaba y almorzaba en su cuarto; apenas si le conocían la cara en el bar. Esa noche, bajó a telefonear al
despacho de Finnegan. Un cupé cerrado se detuvo ante la taberna. El cochero no se movió del pescante; algunos
parroquianos recordaron que tenía máscara de oso. Del cupé bajaron dos arlequines; eran de reducida estatura y nadie
pudo no observar que estaban muy borrachos. Entre balidos de cornetas, irrumpieron en el escritorio de Finnegan;
abrazaron a Gryphius, que pareció reconocerlos, pero que les respondió con frialdad; cambiaron unas palabras en
yiddish —él en voz baja, gutural, ellos con las voces falsas, agudas— y subieron a la pieza del fondo. Al cuarto de hora
bajaron los tres, muy felices; Gryphius, tambaleante, parecía tan borracho como los otros. Iba, alto y vertiginoso, en el
medio, entre los arlequines enmascarados. (Una de las mujeres del bar recordó los losanges amarillos, rojos y verdes.)
Dos veces tropezó; dos veces lo sujetaron los arlequines. Rumbo a la dársena inmediata, de agua rectangular, los tres
subieron al cupé y desaparecieron. Ya en el estribo del cupé, el último arlequín garabateó una figura obscena y una
sentencia en una de las pizarras de la recova.
Treviranus vio la sentencia. Era casi previsible; decía:

La última de las letras del Nombre ha sido articulada.

Examinó, después, la piecita de Gryphius—Ginzberg. Había en el suelo una brusca estrella de sangre; en los rincones,
restos de cigarrillo de marca húngara; en un armario, un libro en latín —el Philologus hebraeograecus (1739), de
Leusden— con varias notas manuscritas. Treviranus lo miró con indignación e hizo buscar a Lönnrot. Este, sin sacarse el
sombrero, se puso a leer, mientras el comisario interrogaba a los contradictorios testigos del secuestro posible. A las
cuatro salieron. En la torcida Rue de Toulon, cuando pisaban las serpentinas muertas del alba, Treviranus dijo:
—¿Y si la historia de esta noche fuera un simulacro?

Erik Lönnrot sonrió y le leyó con toda gravedad un pasaje (que estaba subrayado) de la disertación trigésima tercera del
Philologus: Dies Judaeorum incipit a solis occasu usque ad solis occasum diei sequentis. Esto quiere decir —agregó—,
que el día hebreo empieza al anochecer y dura hasta el siguiente anochecer.
El otro ensayó una ironía.
—¿Ese dato es el más valioso que usted ha recogido esta noche?
—No. Más valiosa es una palabra que dijo Ginzberg.

Los diarios de la tarde no descuidaron esas desapariciones periódicas. La Cruz de la Espada las contrastó con la admirable
disciplina y el orden del último Congreso Eremítico; Erns Palast, en El Mártir, reprobó “las demoras intolerables de
un pogrom clandestino y frugal, que ha necesitado tres meses para liquidar tres judíos”; la Yidische Zaitung rechazó la
hipótesis horrorosa de un complot antisemita, “aunque muchos espíritus penetrantes no admiten otra solución del
triple misterio”; el más ilustre de los pistoleros del Sur, Dandy Red Scharlach, juró que en su distrito nunca se producirían
crímenes de ésos y acusó de culpable negligencia al comisario Franz Treviranus.
Este recibió, la noche del primero de marzo, un imponente sobre sellado. Lo abrió: el sobre contenía una carta firmada
Baruj Spinoza y un minucioso plano de la ciudad, arrancado notoriamente de un Baedeker. La carta profetizaba que el
tres de marzo no habría un cuarto crimen, pues la pinturería del Oeste, la taberna de la Rue de Toulon y el Hôtel du
Nord eran “los vértices perfectos de un triángulo equilátero y místico”; el plano demostraba en tinta roja la regularidad
de ese triángulo. Treviranus leyó con resignación ese argumento more geométrico y mandó la carta y el plano a casa de
Lönnrot, indiscutible merecedor de tales locuras.
Erik Lönnrot las estudió. Los tres lugares, en efecto, eran equidistantes. Simetría en el tiempo (3 de diciembre, 3 de
enero, 3 de febrero); simetría en el espacio también... Sintió, de pronto, que estaba por descifrar el misterio. Un compás
y una brújula completaron esa brusca intuición. Sonrió, pronunció la palabra Tetragrámaton (de adquisición reciente) y
llamó por teléfono al comisario. Le dijo:
—Gracias por ese triángulo equilátero que usted anoche me mandó. Me ha permitido resolver el problema. Mañana
viernes los criminales estarán en la cárcel; podemos estar muy tranquilos.
—Entonces, ¿no planean un cuarto crimen?

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—Precisamente, porque planean un cuarto crimen, podemos estar muy tranquilos.
—Lönnrot colgó el tubo. Una hora después, viajaba en un tren de los Ferrocarriles Australes, rumbo a la quinta
abandonada de Triste-le-Roy. Al sur de la ciudad de mi cuento fluye un ciego riachuelo de aguas barrosas, infamado de
curtiembres y de basuras. Del otro lado hay un suburbio donde, al amparo de un caudillo barcelonés, medran los
pistoleros. Lönnrot sonrió al pensar que el más afamado —Red Scharlach— hubiera dado cualquier cosa por conocer su
clandestina visita. Azevedo fue compañero de Scharlach; Lönnrot consideró la remota posibilidad de que la cuarta
víctima fuera Scharlach. Después, la desechó... Virtualmente, había descifrado el problema; las meras circunstancias, la
realidad (nombres, arrestos, caras, trámites judiciales y carcelarios) apenas le interesaban ahora. Quería pasear, quería
descansar de tres meses de sedentaria investigación. Reflexionó que la explicación de los crímenes estaba en un
triángulo anónimo y en una polvorienta palabra griega. El misterio casi le pareció cristalino; se abochornó de haberle
dedicado cien días.
El tren paró en una silenciosa estación de cargas. Lönnrot bajó. El aire de la turbia llanura era húmedo y frío. Lönnrot
echó a andar por el campo. Vio perros, vio un furgón en una vía muerta, vio el horizonte, vio un caballo plateado que
bebía del agua crapulosa de un charco. Oscurecía cuando vio el mirador rectangular de la quinta de Triste-le-Roy, casi
tan alto como los negros eucaliptos que lo rodeaban. Pensó que apenas un amanecer y un ocaso (un viejo resplandor
en el oriente y otro en el occidente) lo separaban de la hora anhelada por los buscadores del Nombre.
Una herrumbrada verja definía el perímetro irregular de la quinta. El portón principal estaba cerrado. Lönnrot, sin mucha
esperanza de entrar, dio toda la vuelta. De nuevo ante el porton infranqueable, metió la mano entre los barrotes, casi
maquinalmente, y dio con el pasador. El chirrido del hierro lo sorprendió. Con una pasividad laboriosa, el portón entero
cedió.
Lönnrot avanzó entre los eucaliptos, pisando confundidas generaciones de rotas hojas rígidas. Vista de cerca, la casa de
la quinta de Triste-le-Roy abundaba en inútiles simetrías y en repeticiones maniáticas: a una Diana glacial en un nicho
lóbrego correspondía en un segundo nicho otra Diana; un balcón se reflejaba en otro balcón; dobles escalinatas se
abrían en doble balaustrada. Lönnrot rodeó la casa como había rodeado la quinta. Todo lo examinó: bajo el nivel de la
terraza vio una estrecha persiana.
La empujó: unos pocos escalones de mármol descendían a un sótano. Lönnrot, que ya intuía las preferencias del
arquitecto, adivino que en el opuesto muro del sótano había otros escalones. Los encontró, subió, alzó las manos y abrió
la trampa de salida.
Un resplandor lo guió a una ventana. La abrió: una luna amarilla y circular definía en el triste jardín dos fuentes cegadas.
Lönnrot exploró la casa. Por ante comedores y galerías salió a patios iguales y repetidas veces al mismo patio. Subió por
escaleras polvorientas a antecámaras circulares; infinitamente se multiplicó en espejos opuestos; se cansó de abrir o
entreabrir ventanas que le revelaban, afuera, el mismo desolado jardín desde varias alturas y varios ángulos; adentro,
muebles con fundas amarillas y arañas embaladas en tarlatán. un dormitorio lo detuvo; en ese dormitorio, una sola flor
en una copa de porcelana; al primer roce los pétalos antiguos se deshicieron. En el segundo piso, en el último, la casa le
pareció infinita y creciente. La casa no es tan grande, pensó. La agrandan la penumbra, la simetría, los espejos, los
muchos años, mi desconocimiento, la soledad.
Por una escalera espiral llegó al mirador. La luna de esa tarde atravesaba los losanges de las ventanas; eran amarillos,
rojos y verdes. Lo detuvo un recuerdo asombrado y vertiginoso. Dos hombres de pequeña estatura, feroces y fornidos,
se arrojaron sobre él y lo desarmaron; otro, muy alto, lo saludó con gravedad y le dijo:
—Usted es muy amable. Nos ha ahorrado una noche y un día.

Era Red Scharlach. Los hombres maniataron a Lönnrot. Este, al fin, encontró su voz.

—Scharlach, ¿usted busca el Nombre Secreto?

Scharlach seguía de pie, indiferente. No había participado en la breve lucha, apenas si alargó la mano para recibir el
revólver de Lönnrot. Habló; Lönnrot oyó en su voz una fatigada victoria, un odio del tamaño del universo, una tristeza
no menor que aquel odio.
—No —dijo Scharlach—. Busco algo más efímero y deleznable, busco a Erik Lönnrot. Hace tres años, en un garito de la
Rue de Toulon, usted mismo arrestó e hizo encarcelar a mi hermano. En un cupé, mis hombres me sacaron del tiroteo
con una bala policial en el vientre. Nueve días y nueve noches agonicé en esta desolada quinta simétrica; me arrasaba
la fiebre, el odioso Jano bifronte que mira los ocasos y las auroras daban horror a mi ensueño y a mi vigilia. Llegué a
abominar de mi cuerpo, llegué a sentir que dos ojos, dos manos, dos pulmones, son tan monstruosos como dos caras.
Un irlandés trató de convertirme a la fe de Jesús; me repetía la sentencia de los goim: “Todos los caminos llevan a
Roma”. De noche, mi delirio se alimentaba de esa metáfora: yo sentía que el mundo es un laberinto, del cual era
imposible huir, pues todos los caminos, aunque fingieran ir al Norte o al Sur, iban realmente a Roma, que era también
la cárcel cuadrangular donde agonizaba mi hermano y la quinta de Triste-le-Roy. En esas noches yo juré por el dios que
ve con dos caras y por todos los dioses de la fiebre y de los espejos tejer un laberinto en torno del hombre que había

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encarcelado a mi hermano. Lo he tejido y es firme: los materiales son un heresiólogo muerto, una brújula, una secta del
siglo XVIII, una palabra griega, un puñal, los rombos de una pinturería.
El primer término de la serie me fue dado por el azar. Yo había tramado con algunos colegas —entre ellos, Daniel
Azevedo— el robo de los zafiros del Tetrarca. Azevedo nos traicionó: se emborrachó con el dinero que le habíamos
adelantado y acometió la empresa el día antes. En el enorme hotel se perdió; hacia las dos de la madrugada irrumpió
en el dormitorio de Yarmolinsky. Este, acosado por el insomnio, se había puesto a escribir. Verosímilmente, redactaba
unas notas o un artículo sobre el Nombre de Dios; había escrito ya las palabras La primera letra del Nombre ha sido
articulada. Azevedo le intimó silencio; Yarmolinsky alargó la mano hacia el timbre que despertaría todas las fuerzas del
hotel; Azevedo le dio una sola puñalada en el pecho. Fue casi un movimiento reflejo; medio siglo de violencia le había
enseñado que lo más fácil y seguro es matar... A los diez días yo supe por la Yidische Zaitung que usted buscaba en los
escritos de Yarmolinsky la clave de la muerte de Yarmolinsky. Leí la Historia de la secta de los Hasidim; supe que el
miedo reverente de pronunciar el Nombre de Dios había originado la doctrina de que ese Nombre es todopoderoso y
recóndito. Supe que algunos Hasidim, en busca de ese Nombre secreto, habían llegado a cometer sacrificios humanos...
Comprendí que usted conjeturaba que los Hasidim habían sacrificado al rabino; me dediqué a justificar esa conjetura.
Marcelo Yarmolinsky murió la noche del tres de diciembre; para el segundo “sacrificio” elegí la del tres de enero.

Muró en el Norte; para el segundo “sacrificio” nos convenía un lugar del Oeste. Daniel Azevedo fue la víctima necesaria.
Merecía la muerte: era un impulsivo, un traidor; su captura podía aniquilar todo el plan. Uno de los nuestros lo apuñaló;
para vincular su cadáver al anterior, yo escribí encima de los rombos de la pinturería La segunda letra del Nombre ha
sido articulada.
El tercer “crimen” se produjo el tres de febrero. Fue, como Treviranus adivinó, un mero simulacro. Gryphius-Ginzberg-
Ginsburg soy yo; una semana interminable sobrellevé (suplementado por una tenue barba postiza) en ese perverso
cubículo de la Rue de Toulon, hasta que los amigos me secuestraron. Desde el estribo del cupé, uno de ellos escribió en
un pilar La última de las letras del Nombre ha sido articulada. Esa escritura divulgó que la serie de crímenes era triple.
Así lo entendió el público; yo, sin embargo, intercalé repetidos indicios para que usted, el razonador Erik Lönnrot,
comprendiera que es cuádruple. Un prodigio en el Norte, otros en el Este y en el Oeste, reclaman un cuarto prodigio en
el Sur; el Tetragrámaton —el nombre de Dios, JHVH— consta de cuatro letras; los arlequines y la muestra del pinturero
sugieren cuatro términos. Yo subrayé cierto pasaje en el manual de Leusden: ese pasaje manifiesta que los hebreos
computaban el día de ocaso a ocaso; ese pasaje da a entender que las muertes ocurrieron el cuatro de cada mes. Yo
mandé el triángulo equilátero a Treviranus. Yo presentí que usted agregaría el punto que falta. El punto que determina
un rombo perfecto, el punto que prefija el lugar donde una exacta muerte lo espera. Todo lo he premeditado, Erik
Lönnrot, para atraerlo a usted a las soledades de Triste-le-Roy.
Lönnrot evitó los ojos de Scharlach. Miró los árboles y el cielo subdivididos en rombos turbiamente amarillos, verdes y
rojos. Sintió un poco de frío y una tristeza impersonal, casi anónima. Ya era de noche; desde el polvoriento jardín subió
el grito inútil de un pájaro. Lönnrot consideró por última vez el problema de las muertes simétricas y periódicas.
—En su laberinto sobran tres líneas —dijo por fin—. Yo sé de un laberinto griego que es una línea única, recta. En esa
línea se han perdido tantos filósofos que bien puede perderse un mero detective. Scharlach, cuando en otro avatar
usted me dé caza, finja (o cometa) un crimen en A, luego un segundo crimen en B, en 8 kilómetros de A, luego un tercer
crimen en C, a 4 kilómetros de A y de B, a mitad de camino entre los dos. Aguárdeme después en D, a 2 kilómetros de
A y de C, de nuevo a mitad de camino. Máteme en D, como ahora va a matarme en Triste-le-Roy.
Para la otra vez que lo mate —replicó Scharlach—, le prometo ese laberinto, que consta de una sola línea recta y que
es indivisible, incesante.

Retrocedió unos pasos. Después, muy cuidadosamente, hizo fuego

FIN

JAQUE MATE EN DOS JUGADAS


Isaac Aisemberg

Yo lo envenené. En dos horas quedaba liberado. Dejé a mi tío Néstor a las veintidós.
Lo hice con alegría. Me ardían las mejillas. Me quemaban los labios. Luego me serené y eché a caminar tranquilamente
por la avenida en dirección al puerto.
Me sentía contento. Liberado. Hasta Guillermo resultaba socio beneficiario en el asunto. ¡Pobre Guillermo! ¡Tan tímido,
tan mojigato! Era evidente que yo debía pensar y obrar por ambos. Siempre sucedió así. Desde el día en que nuestro tío
nos llevó a su casa. Nos encontramos perdidos en su palacio. Era un lugar seco, sin amor.
47
Únicamente el sonido metálico de las monedas.
-Tenéis que acostumbraros al ahorro, a no malgastar. ¡Al fin y al cabo, algún día será vuestro!- bramaba. Y nos
acostumbramos a esperarlo.
Pero ese famoso y deseado día se postergaba, pese a que tío sufría del corazón. Y si de pequeños nos tiranizó, cuando
crecimos colmó la medida.
Guillermo se enamoró un buen día. A nuestro tío no le agradó la muchacha. No era lo que ambicionaba para su sobrino.
-Le falta cuna..., le falta roce..., ¡puaf! Es una ordinaria –sentenció.
Inútil fue que Guillermo se prodigara en encontrarle méritos. El viejo era terco y caprichoso.
Conmigo tenía otra suerte de problemas. Era un carácter contra otro. Se empeñó en doctorarme en bioquímica.
¿Resultado? Un perito en póquer y en carreras de caballos. Mi tío para esos vicios no me daba ni un centavo. Debí
exprimir la inventiva para birlarle algún peso.
Uno de los recursos era aguantarle sus interminables partidas de ajedrez; entonces cedía cuando le aventajaba para
darle ínfulas, pero él, en cambio, cuando estaba en posición favorable alargaba el final, anotando las jugadas con
displicencia, sabiendo de mi prisa por disparar al club, Gozaba con mi infortunio saboreando su coñac.
Un día me dijo con aire de perdonavidas:
-Observo que te aplicas en el ajedrez. Eso me demuestra dos cosas: que eres inteligente y un perfecto holgazán. Sin
embargo, tu dedicación tendrá su premio. Soy justo. Pero eso sí, a falta de diplomas, de hoy en adelante tendré de ti
bonitas anotaciones de las partidas. Sí, muchacho, llevaremos sendas libretas con las jugadas para cotejarlas. ¿Qué te
parece?
Aquello podría resultar un par de cientos de pesos, y acepté. Desde entonces, todas las noches, la estadística. Estaba
tan arraigada la manía en él, que en mi ausencia comentaba las partidas con Julio, el mayordomo.
Ahora todo había concluido. Cuando uno se encuentra en un callejón sin salida, el cerebro trabaja, busca, rebusca,
escarba. Y encuentra. Siempre hay salida para todo. No siempre es buena. Pero es salida.
Llegaba a la Costanera. Era una noche húmeda. En el cielo nublado, alguna chispa eléctrica. El calorcillo mojaba las
manos, resecaba la boca.
En la esquina, un policía me encabritó el corazón.
El veneno, ¿cómo se llamaba? Aconitina. Varias gotitas en el coñac mientras conversábamos. Mi tío esa noche estaba
encantador. Me perdonó la partida.
Haré un solitario –dijo-. Despaché a los sirvientes... ¡Hum! Quiero estar tranquilo. Después leeré un buen libro. Algo que
los jóvenes no entienden... Puedes irte.
-Gracias, tío. Hoy realmente es... sábado.
-Comprendo.
¡Demonios! El hombre comprendía. La clarividencia del condenado.
El veneno surtía un efecto lento, a la hora, o más, según el sujeto. Hasta seis u ocho horas. Justamente durante el sueño.
El resultado: la apariencia de un pacífico ataque cardíaco, sin huellas comprometedoras. Lo que yo necesitaba. ¿Y quién
sospecharía?
El doctor Vega no tendría inconveniente en suscribir el certificado de defunción. No en balde era el médico de cabecera.
¿Y si me descubrían? Imposible. Nadie me había visto entrar en el gabinete de química. Había comenzado con general
beneplácito a asistir a la Facultad desde varios meses atrás, con ese deliberado propósito. De verificarse el veneno
faltante, jamás lo asociarían con la muerte de Néstor Alvarez, fallecido de un sincope cardíaco. ¡Encontrar unos
miligramos de veneno en setenta y cinco kilos, imposible!
Pero, ¿y Guillermo? Sí. Guillermo era un problema, Lo hallé en el hall después de preparar la “encomienda” para el
infierno. Descendía la escalera, preocupado.
-¿Qué te pasa? –le pregunté jovial, y le hubiera agregado de mil amores: “¡Si supieras, hombre!”.
-¡Estoy harto! –me replicó.
-¡Vamos! – le palmoteé la espalda- Siempre está dispuesto a la tragedia...
-Es que el viejo me enloquece. Últimamente, desde que volviste a la Facultad y le llevas la corriente con el ajedrez, se la
toma conmigo. Y Matilde...
-¿Qué sucede con Matilde?
-Matilde me lanzó un ultimátum: o ella, o tío.
-Opta por ella. Es fácil elegir. Es lo que yo haría...
-¿Y lo otro?- Me miró desesperado. Con brillo demoníaco en las pupilas; pero el pobre tonto jamás buscaría el medio
de resolver su problema.
-Yo lo haría –siguió entre dientes-; pero, ¿con qué viviríamos? Ya sabes como es el viejo... Duro, implacable. ¡Me cortaría
los víveres!
-Tal vez las cosas se arreglen de otra manera... –insinué bromeando- ¡Quién te dice!
-¡Bah!... –sus labios se curvaron con una mueca amarga- No hay escapatoria. Pero yo hablaré con el viejo sátiro. ¿Dónde
está ahora?
Me asusté. Si el veneno resultaba rápido... Al notar los primeros síntomas podría ser auxiliado y...
48
-Está en la biblioteca –exclamé-; pero déjalo en paz. Acaba de jugar la partida de ajedrez, y despachó a la servidumbre.
¡El lobo quiere estar solo en la madriguera! Consuélate en un cine o en un bar.
Se encogió de hombros.
-El lobo en la madriguera... –repitió. Pensó unos segundos y agregó, aliviado-: Lo veré en otro momento. Después de
todo...
-Después de todo, no te animarías, ¿verdad? –gruñí salvajemente.
Me clavó la mirada. Por un momento centelleó, pero fue un relámpago.
Miré el reloj: las once y diez de la noche.
Ya comenzaría a surtir efecto. Primero un leve malestar, nada más. Después un dolorcillo agudo, pero nunca demasiado
alarmante. Mi tío refunfuñaba una maldición para la cocinera. El pescado indigesto. ¡Qué poca cosa es todo! Debía de
estar leyendo los diarios de la noche, los últimos. Y después, el libro, como gran epílogo. Sentía frío.
Las baldosas se estiraban en rombos. El río era una mancha sucia cerca del paredón.
A lo lejos luces verdes, rojas, blancas. Los automóviles se deslizaban chapoteando en el asfalto.
Decidí regresar, por temor a llamar la atención. Nuevamente por la avenida hasta Leandro N. Alem. Por allí a Plaza de
Mayo. El reloj me volvió a la realidad. Las once y treinta y seis. Si el veneno era eficaz, ya estaría todo listo. Ya sería
dueño de millones. Ya sería libre... ya sería asesino.
Por primera vez pensé en el adjetivo substantivándolo. Yo, sujeto, ¡asesino! Las rodillas me flaquearon. Un rubor me
azotó el cuello, subió a las mejillas, me quemó las orejas, martilló mis sienes. Las manos transpiraban. El frasquito de
aconitina en el bolsillo llegó a pesarme una tonelada. Busqué en los bolsillos rabiosamente hasta dar con él. Era un
insignificante cuentagotas y contenía la muerte; lo arrojé lejos.
Avenida de Mayo. Choqué con varios transeúntes. Pensarían en un beodo. Pero en lugar de alcohol, sangre.
Yo, asesino. Esto sería un secreto entre mi tío Néstor y mi conciencia. Un escozor dentro, punzante. Recordé la
descripción del tratadista: “En la lengua, sensación de hormigueo y embotamiento, que se inicia en el punto de contacto
para extenderse a toda la lengua, a la cara y a todo el cuerpo”.
Entré en un bar. Un tocadiscos atronaba con un viejo rag-time. Un recuerdo que se despierta, vive un instante y muere
como una falena. “En el esófago y en el estómago, sensación de ardor intenso”. Millones. Billetes de mil, de quinientos,
de cien. Póquer. Carreras. Viajes... “Sensación de angustia, de muerte próxima, enfriamiento profundo generalizado,
trastornos sensoriales, debilidad muscular, contracturas, impotencia de los músculos”.
Habría quedado solo. En el palacio. Con sus escaleras de mármol. Frente al tablero de ajedrez. Allí el rey, y la dama, y la
torre negra. Jaque mate.
El mozo se aproximó. Debió sorprender mi mueca de extravío, mis músculos en tensión, listos para saltar.
-¿Señor?
-Un coñac...
-Un coñac... –repitió el mozo-. Bien, señor –y se alejó.
Por la vidriera la caravana que pasa, la misma de siempre. El tictac del reloj cubría todos los rumores. Hasta los de mi
corazón. La una. Bebí el coñac de un trago.
“Como fenómeno circulatorio, hay alteración del pulso e hipertensión que se derivan de la acción sobre el órgano
central, llegando, en su estado más avanzado, al síncope cardíaco...” Eso es. El síncope cardíaco. La válvula de escape.
A las dos y treinta de la mañana regresé a casa. Al principio no lo advertí. Hasta que me cerró el paso. Era un agente de
policía. Me asusté.
-¿El señor Claudio Álvarez?
-Sí, señor... –respondí humildemente.
-Pase usted... –indicó, franqueándome la entrada.
-¿Qué hace usted aquí? –me animé a farfullar.
-Dentro tendrá la explicación –fue la respuesta, seca, torpona.
En el hall, cerca de la escalera, varios individuos de uniforme se habían adueñado del palacio. ¿Guillermo? Guillermo no
estaba presente.
Julio, el mayordomo, amarillo, espectral, trató de hablarme. Uno de los uniformados, canoso, adusto, el jefe del grupo
por lo visto, le selló los labios con un gesto. Avanzó hacia mí, y me inspeccionó como a un cobayo.
-Usted es el mayor de los sobrinos, ¿verdad?
-Sí, señor... –murmuré.
-Lamento decírselo, señor. Su tío ha muerto... asesinado –anunció mi interlocutor. La voz era calma, grave-. Yo soy el
inspector Villegas, y estoy a cargo de la investigación. ¿Quiere acompañarme a la otra sala?
-¡Dios mío! –articulé anonadado-. ¡Es inaudito!
Las palabras sonaron a huecas, a hipócritas. (¡Ese dichoso veneno dejaba huellas! ¿Pero cómo...cómo?).
-¿Puedo... puedo verlo? –pregunté
-Por el momento, no. Además, quiero que me conteste algunas preguntas.
-Como usted disponga... –accedí azorado.

49
-Lo seguí a la biblioteca vecina. Tras él se deslizaron suavemente dos acólitos. El inspector Villegas me indicó un sillón y
se sentó en otro. Encendió con parsimonia un cigarrillo y con evidente grosería no me ofreció ninguno.
-Usted es el sobrino... Claudio –Pareció que repetía una lección aprendida de memoria.
-Sí, señor.
-Pues bien: explíquenos que hizo esta noche.
Yo también repetí una letanía.
-Cenamos los tres, juntos como siempre. Guillermo se retiró a su habitación.
Quedamos mi tío y yo charlando un rato; pasamos a la biblioteca. Después jugamos nuestra habitual partida de ajedrez;
me despedí de mi tío y salí. En el vestíbulo me topé con Guillermo que descendía por las escaleras rumbo a la calle.
Cambiamos unas palabras y me fui.
-Y ahora regresa...
-Sí...
-¿Y los criados?
-Mi tío deseaba quedarse solo. Los despachó después de cenar. A veces le acometían esas y otras manías.
-Lo que usted manifiesta concuerda en gran parte con la declaración del mayordomo.
Cuando éste regresó, hizo un recorrido por el edificio. Notó la puerta de la biblioteca entornada y luz adentro. Entró.
Allí halló a su tío frente a un tablero de ajedrez, muerto. La partida interrumpida... De manera que jugaron la partidita,
¿eh?
Algo dentro de mí comenzó a botar como una pelota contra las paredes del frontón. Una sensación de zozobra, de
angustia, me recorría con la velocidad de un buscapiés.
En cualquier momento estallaría la pólvora. ¡Los consabidos solitarios de mi tío!
-Sí, señor... –admití.
No podía desdecirme. Eso también se lo había dicho a Guillermo. Y probablemente Guillermo al inspector Villegas.
Porque mi hermano debía estar en alguna parte. El sistema de la policía: aislarnos, dejarnos solos, inertes, indefensos,
para pillarnos.
-Tengo entendido que ustedes llevaban un registro de las jugadas. Para establecer los detalles en su orden, ¿quiere
mostrarme su libreta de apuntes, señor Álvarez?
Me hundía en el cieno.
-¿Apuntes?
Sí, hombre –el policía era implacable-, deseo verla, como es de imaginar. Debo verificarlo todo, amigo; lo dicho y lo
hecho por usted. Si jugaron como siempre...
Comencé a tartamudear.
-Es que... –Y después de un tirón-: ¡Claro que jugamos como siempre!
Las lágrimas comenzaron a quemarme los ojos. Miedo. Un miedo espantoso. Como debió sentirlo tío Néstor cuando
aquella “sensación de angustia... de muerte próxima..., enfriamiento profundo, generalizado... Algo me taladraba el
cráneo. Me empujaban. El silencio era absoluto, pétreo. Los otros también estaban callados. Dos ojos, seis ojos, ocho
ojos, mil ojos. ¡Oh, que angustia!
Me tenían... me tenían... Jugaban con mi desesperación... Se divertían con mi culpa...
De pronto el inspector gruñó:
-¿Y?
Una sola letra, ¡pero tanto!
-¿Y? – repitió - Usted fue el último que lo vio con vida. Y además, muerto. El señor Álvarez no hizo anotación alguna esta
vez, señor mío.
No sé por qué me puse de pie. Tieso. Elevé mis brazos, los estiré. Me estrujé las manos, clavándome las uñas, y al final
chillé con voz que no era la mía:
-¡Basta! Si lo saben, ¿para qué lo preguntan? ¡Yo lo maté! ¡Yo lo maté! ¿Y qué hay?
¡Lo odiaba con toda mi alma! ¡Estaba cansado de su despotismo! ¡Lo maté! ¡Lo maté!
El inspector no lo tomó tan a la tremenda.
-¡Cielos! –dijo- Se produjo más pronto de lo que yo esperaba. Ya que se le soltó la lengua, ¿dónde está el revólver?
-¿Qué revólver?
El inspector Villegas no se inmutó. Respondió imperturbable.
-¡Vamos, no se haga el tonto ahora! ¡El revólver! ¿O ha olvidado que lo liquidó de un tiro? ¡Un tiro en la mitad del
frontal, compañero! ¡Qué puntería!

FIN

50
ASESINO BAJO LA LLUVIA
Raymond Chandler

CAPÍTULO 1

Nos encontrábamos en mi habitación del Berglund. Yo estaba sentado sobre la cama y Dravec en un sillón. La lluvia
martilleaba con violencia contra las ventanillas.
Estaban cerradas y hacía mucho calor. Sobre la mesa había un pequeño ventilador. El viento iba directamente hacia el
rostro de Dravec volándole el cabello y parte de aquellas gruesas cejas que le cruzaban la cara en una sólida línea.
Parecía un nuevo rico.
Me mostró uno de sus dientes de oro:

—¿Qué tienes contra mí? —Preguntó con un aire circunspecto, como si todos supieran mucho acerca de su persona.

—Nada. —Contesté—. Eres limpio. Al menos eso tengo entendido.

Elevó una de sus manos velludas y la miró con insistencia por un instante.

—No me entiendes. Un muchacho llamado M’Gee me dijo que viniera. Violets M’Gee.

—Excelente. ¿Cómo anda Violets?

Violets M’Gee era un detective de la sección homicidios del Departamento de policía. Volvió a mirar su mano y frunció
el ceño.
—No. Sigues sin entenderme. Tengo un trabajo para ti.

—Estoy saliendo muy poco en estos días. Me estoy poniendo debilucho.

Paseó la mirada por la habitación. Lo hacía de una manera afectada. No parecía un hombre observador.

—Quizás haya dinero.

—Quizás lo haya.

Llevaba puesto un impermeable. Lo abrió con descuido y extrajo una billetera que parecía una parva, con billetes
apretujados en todas las direcciones. Cuando la golpeó contra su rodilla se oyó un ruido seco, bastante agradable. Sacó
el dinero, eligió unos pocos billetes y volvió a acomodar el resto. Tiró la billetera al piso. Tomó cinco billetes de cien y
ordenándolos como si fueran una buena mano de póker, los colocó bajo la base del ventilador.
Era mucho trabajo y refunfuño:

—Tengo montones de esto —dijo.

—Ya lo veo. ¿Qué tengo que hacer para conseguirlo? Si es que me decido.

—Ahora ya me conoces ¿eh?

—Un poco más.

Tomé un sobre que se encontraba en un de mis bolsillos y leí en voz alta.

—Dravec, Anton o Tony. Trabajó como metalúrgico en Pittsburg. Más tarde como camionero. Dio un mal paso y lo
pusieron a la sombra. Dejó el pueblo y partió hacia el Oeste. Trabajó en una hacienda en El Seguro. Terminó siendo el
dueño. Llegó a la cumbre en tiempos del boom petrolero. Se hizo rico. Perdió bastante. Todavía le queda una buena
parte. Nacido en Servia, 1,90 metros de alto, ciento treinta kilos, una hija, no se le conoce esposa. No tiene prontuario
de importancia. No hay nada desde lo de Pittsburg.
Encendí la pipa.

—Mi Dios. ¿De dónde sacaste todo eso?


51
—Conexiones. ¿De qué se trata?

Recogió la billetera y hurgó en su interior con dos dedos, mientras se mordía los labios. Finalmente sacó una tarjeta
marrón y unos papeles arrugados. Me los alcanzó.
La tarjeta estaba impresa en letras doradas, muy finas. Decía «Mr. Harold Hardwick Steiner» y en una esquina: «Libros

Antiguos y Ediciones de Lujo». No llevaba dirección ni teléfono.

Los tres papeles eran simples documentos por un valor de mil dólares cada uno. Estaban firmados «Carmen Dravec».
La letra era extravagante.
Se lo devolví.

—¿Chantaje?

Contestó que no con un gesto y su rostro cobró una dulce expresión que no le había visto hasta entonces.

—Es mi hijita, Carmen. Este Steiner la molesta. Ella lo sigue todo el tiempo, salen de parranda. Creo que se acuesta con
él y eso no me gusta.
—¿Qué pasa con los documentos?

—No me importa el precio. Ella juega con él. Al diablo con eso. Está loca por los hombres. Dile a ese Steiner que deje a
Carmen. Si no, lo estrangularé con mis propias manos.
Había hablado sin detenerse. Sus ojos se hicieron pequeños y destilaron furia. Le crujían los dientes.

—¿Por qué tengo que decírselo yo? ¿Por qué no tú?

—Quizás me enloquezca y lo mate a ese… Aullaba.


Saqué un fósforo del bolsillo y revolví las cenizas de mi pipa. Por un instante lo observé detenidamente.

—Tú también estás asustado.

Levantó sus puños. Los sostuvo en alto, sacudiéndolos. Eran unos enormes nudos de huesos y músculos. Los hizo
descender suavemente y suspiró profundamente.
—Sí. Yo también tengo miedo. No sé cómo manejarla. Siempre hay uno nuevo. Todos son un desastre. Hace un tiempo
le tuve que dar cinco de los gordos a un tal Joe Marty para que la dejara. Todavía me odia por eso.
Miré por la ventana, vi como la lluvia golpeaba y bajaba por el vidrio en espesas oleadas como si fuera gelatina

derretida. El otoño recién había comenzado. Era extraño que lloviera tanto.

—No lograrás nada con darles dinero. Podrías pasarte la vida haciéndolo. Y tú lo sabes. De manera que prefieres que
sea un poco duro con este Steiner.
—¡Dile que le romperé la cabeza!

—Yo no me molestaría. Conozco a Steiner. Se la rompería yo si eso sirviera de algo.

Se inclinó hacia delante y me tomó con una mano. Unas lágrimas grises le flotaban en sus ojos infantiles.

—Escúchame. M’Gee dice que eres un buen tipo. Te diré algo que no le he dicho a nadie… jamás. Carmen… ella no es
mi hija. Simplemente yo la recogí en Smoky… estaba en la calle… era un bebé. No tenía a nadie. Quizás la robé, ¿eh?
—Eso parece.

Tuve que forcejear para desprenderme de su mano. Me la restregué para que recobrara su sensibilidad. El hombre era
capaz de partir un tubo de teléfono.
—Hablaré claro —dijo con firmeza y a la vez con dulzura—. Vengo aquí a arreglar las cosas. Ella está creciendo. La

amo.

—Ajá. Bueno, eso es natural.


52
—No me entiendes. Quiero casarme con ella. Lo miré fijamente.
—Entiéndeme. Ella está creciendo. Quizás quiera casarse, ¿eh?

Su voz era implorante. Me hablaba como si yo fuera capaz de decidir el asunto.

—¿Se lo has preguntado?

—Tengo miedo —contestó humildemente.

—¿Piensas que está loca por Steiner? Asintió.


—Pero eso no quiere decir nada.

Podía creerlo. Me levanté de la cama, abrí la ventana y dejé que la lluvia me golpeara el rostro.

—Entendámonos —dije mientras bajaba la ventana y volvía a la cama—. Yo puedo quitarte a Steiner del camino. Eso es
fácil. Pero no sé de qué puede servirte.
Se puso de pie, tomó su sombrero y habló mirándome a los pies.

—Hazlo. De todos modos no es su tipo.

—Pero podría molestarte después.

—No importa. Ya me arreglaré.

Se abrochó el impermeable y colocándose el sombrero en su cabeza lanuda salió de la habitación. Cerró la puerta con
cuidado, como si aquél hubiera sido el cuarto de un enfermo.
Pensé que estaba más loco que una cabra. Sin embargo me era simpático.

Coloqué el dinero en un lugar seguro, me serví un trago antes de desplomarme sobre el sillón que todavía estaba tibio.
Mientras jugaba con el vaso, me pregunté qué clase de tipo sería ese Steiner. Sabía que tenía una buena colección de

libros pornográficos. Y que los alquilaba a diez dólares el día. A determinadas personas.

CAPÍTULO 2

Llovió todo el día siguiente. Al atardecer estacioné un Chrysler azul cerca del angosto frente de una tienda donde unas
letras verdes de neón anunciaban: «H. H. Steiner».
La lluvia lo salpicaba todo y hacia rebalsar los desagües. Unos enormes policías, vestidos con impermeables que brillaban
como tambores de revólveres se divertían cruzando a niñas con medias de seda y pequeñas botitas a través de los
lugares inundados. De paso también las apretujaban un poco.
La lluvia ametrallaba la capota del Chrysler, se filtraba por las junturas e iba formando un charco en el piso junto a mis
pies.
Llevaba conmigo una botella de Scoth y tuve que usarla con bastante frecuencia para mantenerme en forma.

Steiner hacía su negocio incluso con aquel temporal. Quizás especialmente por ello. Espléndidos coches se detenían
frente a la tienda, y gente espléndida entraba para salir luego con paquetes bajo el brazo. Por supuesto podían haber
comprado libros antiguos y ediciones de lujo, pero…
A las cinco y media un muchachito con campera de cuero y cara de sinvergüenza, salió del negocio y se dirigió calle

arriba trotando rápidamente. Volvió conduciendo una cupé gris y blanca. Steiner salió y se introdujo en el auto. Vestía

un impermeable de cuero verde oscuro y fumaba un cigarrillo en una boquilla de ámbar. No llevaba sombrero. A la
distancia no pude ver su ojo de vidrio.
El muchacho de la campera le sostenía el paraguas mientras caminaban por la vereda. Lo cerró y se lo alcanzó a Steiner
una vez que éste se ubicó dentro de la cupé.
Se dirigió hacia el Oeste. Hice otro tanto. Al salir del barrio de las oficinas, en Pepper Canyon, dobló hacia el Norte. Yo
lo seguía a una cuadra de distancia. Estaba seguro de que volvía a su casa. Era lo lógico.
53
Salió de la Pepper y tomó por una ondulada faja de cemento húmedo llamada Terraza La Verne. Subió casi hasta la cima.
Era un camino estrecho. A un lado se elevaba un alto terraplén y al otro, unas pocas casas que parecían cabañas,
construidas sobre la ladera.
Los frentes estaban enmascarados por los arbustos que chorreaban agua.

El refugio de Steiner tenía un macizo seto en el frente, que cubría hasta las ventanas. La entrada era una especie de
laberinto y la puerta de la casa no se podía ver desde el camino. Steiner introdujo la cupé en el garage y luego de cerrarlo
con llave entró en el laberinto con el paraguas abierto. Una luz se encendió en el interior de la casa.
Al tiempo que hacía todo esto yo había llegado ya a la casa que lindaba con la de Steiner. Parecía estar abandonada o

vacía. Entablé un diálogo con mi botella de Scoth y me senté a esperar.

A las seis y cuarto vi unas luces que trepaban por la colina. Ya estaba bastante oscuro. Un coche se detuvo frente a la
casa de Steiner. Descendió una muchacha alta y esbelta. La luz que se filtraba por el seto me permitió ver que era de
cabello castaño y posiblemente bonita.
Unas voces se oyeron en medio de la lluvia y la puerta se cerró. Salí del Chrysler y me dirigí colina abajo. Iluminé el coche
con una linterna. Era un Packard convertible color marrón oscuro. La licencia de conducir pertenecía a Carmen Dravec,
3596, Avenida Lucerna.
Volví a mi escondite.

Pasó una hora lenta y pesada; el tiempo se arrastraba. No aparecieron más coches en ninguna de las dos direcciones. El
barrio parecía bastante tranquilo.
De repente una luz brilló en lo de Steiner. Dura y blanca como un rayo de verano. Al desaparecer, un grito agitó la
oscuridad. Le hicieron eco los árboles empapados por la lluvia. Me puse en camino antes de que el último sonido se
desvaneciera.
No había terror en aquel grito. Tenía un dejo de placer, de borrachera, de idiotez.

La casa se encontraba en completo silencio cuando luego de cruzar el cerco y doblar el codo que escondía la entrada
principal, alcé la mano para golpear la puerta.
Entonces, como si alguien hubiera estado esperando el momento justo, tres disparos retumbaron en seguidilla detrás

de la puerta. Se oyó un gemido largo y desgarrador, un golpe seco y luego, pasos rápidos que se dirigían hacia el fondo
de la casa.
Perdí tiempo tratando de echar abajo la puerta con el hombro sin hacer mucho ruido. Me devolvía el golpe como la coz
de una mula del ejército.
La puerta daba a un estrecho camino, semejante a un pequeño puente, que conducía hasta la carretera. No había
entrada lateral ni forma de alcanzar las ventanas. La única posibilidad de llegar a la parte trasera era a través de la casa
o subiendo una larga escalera de madera que daba a la puerta del fondo desde una especie de caminito lateral. Allí
escuché ruido de pasos.

Esto me dio fuerzas y golpeé otra vez la puerta a puntapiés. Rompí el cerrojo y bajando dos escalones penetré en una
amplia, oscura y desordenada habitación. No vi gran cosa en ese momento. Me dirigí hacia el fondo de la casa.
Estaba seguro de que allí se encontraba la muerte.

Al llegar a la puerta trasera, oí el ruido de un auto. Se alejó velozmente, con las luces apagadas. Eso fue todo. Volví,
entonces al salón principal.

CAPÍTULO 3

La habitación ocupaba todo el frente de la casa; era de techo bajo cruzado con vigas. De las paredes oscuras colgaban
algunos tapices y las estanterías estaban repletas de libros. Una gruesa alfombra rosa cubría el suelo y dos lámparas de
pie arrojaban sombras verdosas. En medio de la alfombra había una mesa amplia y baja y un sillón negro con un
almohadón de satén amarillo. Algunos libros se encontraban desparramados sobre la mesa.
En una especie de tarima, junto a la pared, había una silla de respaldo alto. La muchacha de cabellos castaño estaba
sentada allí. Llevaba un chal rojo, lleno de flecos y tenía las manos apoyadas sobre los brazos del sillón. Las rodillas
estaban juntas, el cuerpo rígido y derecho y sus ojos estaban muy abiertos. No se le veían las pupilas.
Aparentaba no darse cuenta de lo que estaba sucediendo, pero tampoco tenía aspecto de estar inconsciente. Parecía
estar ocupada en algo muy importante.
54
Soltó una risita que no modificó su expresión. Sus labios no se movieron. No parecía advertir mi presencia. Llevaba
puestos unos largos aros de jade. Fuera de aquel detalle estaba completamente desnuda.
Miré hacia el otro lado de la habitación.

Steiner estaba en el suelo, boca arriba, justo al borde de la alfombra rosa, frente a un objeto que se asemejaba a un
pequeño totem y que tenía un orificio por el que podía verse la lente de una cámara fotográfica. Parecía estar apuntando
hacia la muchacha.
Steiner llevaba puestas unas sandalias chinas con gruesas suelas de fieltro. Su pantalón de dormir era de satén negro y

una chaquetilla china, toda bordada, le cubría la parte superior del cuerpo. Estaba llena de sangre. Su reluciente ojo de
vidrio parecía ser la única cosa con un poco de vida. A primera vista intuí que ninguno de los tres disparos había errado.
El flash había provocado la luz que yo viera en la casa y el gemido desgarrador pertenecía a la muchacha drogada. Los
tres disparos en cambio eran obra de otra persona, cuyos procedimientos todavía debían ser develados.
Presumiblemente se trataba del muchacho que había escapado por la escalera del fondo.
Pude imaginar su plan. En aquel momento pensé que era una buena idea el clausurar la puerta delantera con la cadena.
La cerradura había cedido por mis violentos golpes.
Unos vasos color púrpura se encontraban sobre una bandeja barnizada. También había un botellón que contenía un
líquido oscuro. Los vasos olían a éter y láudano, una mezcla que nunca he probado, pero que parecía ajustarse bastante
bien a la escena.
Sobre un diván que estaba en una esquina encontré las ropas de la muchacha. Recogí un vestido marrón y fui hacia

ella. También tenía un fuerte olor a éter.

Sus risitas continuaban y un hilo de espuma le corría por el mentón. La golpeé en la cara, no muy fuerte. No quería que
saliera del sopor en que se encontraba y comenzara a dar gritos de histeria.
—Vamos —dije con firmeza—. Pórtate bien. Ahora vas a vestirte.

—Vete al…

No había el menor rastro de emoción en su voz.

La golpeé un poco más. Parecía no importarle; de manera que decidí vestirla yo mismo.

Esto tampoco pareció alterarla. Dejó que le levantara los brazos, pero abría los dedos, como si fuera algo muy divertido.
Me dio bastante trabajo con las mangas. Finalmente logré vestirla. Le coloqué las medias y los zapatos y luego hice que
se pusiera de pie.
—Vamos a dar un paseíto. Vamos a dar un lindo paseíto.

Caminamos. Por momentos sus aros me golpeaban el pecho, por mementos parecíamos una pareja bailando un adagio.
Caminamos hasta donde se encontraba el cadáver de Steiner ida y vuelta. NO prestó ninguna atención a Steiner ni a su
brillante ojo de vidrio.
Le pareció divertido el hecho de no poder caminar y trató de decírmelo, pero sólo barbotaba palabras sueltas.

La senté en el diván mientras recogía sus prendas interiores y las colocaba en el bolsillo de mi piloto. Hice lo mismo con
su cartera. Fui hasta la mesa y encontré una pequeña libreta azul escrita en clave. Me pareció interesante. También la
puse en mi bolsillo.
Traté de llegar hasta la pate trasera de la cámara que se encontraba en el totem y obtener el rollo, pero no hallaba la
traba. Me estaba poniendo nervioso. Pensé que hallaría mejores excusas si volvía con la ley que si era encontrado allí
en aquel momento.
Volví con la muchacha y le puse el impermeable. Di un vistazo a la habitación para ver si había algo más de su

pertenencia; limpié mis huellas digitales que probablemente no había dejado y traté de hacer lo mismo con algunas de
Miss Dravec. Abrí la puerta y apagué las luces.
La tomé con mi brazo izquierdo y salimos hacia la lluvia. La introduje en su Packard. No me atraía demasiado la idea de

dejar mi coche, pero no había otra salida. Las llaves estaban en su auto. Arrancamos colina abajo.

Nada sucedió en el camino a la Avenida Lucerna excepto que Carmen dejó de balbucear y reírse y comenzó a roncar.
NO podía quitarle la cabeza de mi hombro. Todo lo que podía hacer era evitar que se recostara sobre mis rodillas. Tuve
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que conducir bastante despacio. Por otra parte su casa estaba bastante lejos, en el extremo Oeste de la ciudad. El
hogar de los Dravec era una enorme y antigua casa de ladrillos, con amplios jardines y cercada con una pared. Un
caminito atravesaba los portones de hierro y continuaba en un declive bordeado de canteros con flores hasta llegar a
una enorme puerta principal con estrechas ventanas a los costados. Por allí se colaba una luz mortecina. La casa daba
la impresión de encontrarse vacía.
Apoyé a Carmen contra la esquina del asiento, dejé sus cosas y descendí.

Una mucama me abrió la puerta. Me dijo que Mr. Dravec no se encontraba allí y que no sabía donde podía estar. Quizás
en algún punto de la ciudad. Tenía un rostro largo y amarillento, nariz grande, ojos alargados y húmedos y carecía de
mentón. Parecía un lindo y viejo caballo a quien habían mandado a pastar luego de un día de trabajo. Pensé que trataría
bien a Carmen.
Señalé el Packard y gruñí.

—Será mejor que la meta en cama. Tiene suerte de que no la metimos adentro… manejando con semejante falopa
encima.
Sonrió con tristeza.

Me fui.

Tuve que caminar cinco cuadras hasta que me dejaran entrar en un departamento para usar el teléfono. Luego tuve
que esperar veinticinco minutos hasta que llegar un taxi. Mientras esperaba, comencé a preocuparme por lo que no
había hecho.
Todavía tenía que obtener el rollo de la cámara de Steiner.

CAPÍTULO 4

Dejé el taxi en la Pepper y me dirigí colina arriba por la Terraza la Verne hasta lo de Steiner. Nada parecía haber
cambiado. Crucé el cerco, abrí la puerta suavemente. Había olor a cigarrillo. Cuando dejé la casa había una complicada
mezcla de olores en los que no se contaba el tabaco.
Cerré la puerta, puse una rodilla en el suelo y traté de escuchar conteniendo el aliento. Sólo se oía la lluvia que golpeaba
contra el techo. Iluminé el suelo con mi linterna. Nadie me disparó.
Me puse de pie, encontré la perilla de una de las lámparas y encendí la luz.

Lo primero que advertí fue el hecho de que un par de tapices habían desaparecido de la pared. Yo no los había contado
pero los lugares vacíos se veían a simple vista.
Entonces me di cuenta de que el cadáver de Steiner ya no estaba frente al totem. Alguien había colocado una alfombra
en ese lugar, justo al borde de la alfombra rosa.
Prendí un cigarrillo y permanecí en medio de la habitación, pensando en el asunto. Al rato me dirigí hacia la cámara que
se encontraba en el totem. Esta vez encontré la traba pero el rollo ya no estaba allí.
Mi mano se desplazó hasta el teléfono que se encontraba en la mesa de Steiner, pero no tomé el auricular.

Crucé un pequeño hall que se encontraba del otro lado del salón y entré en un desordenado dormitorio. Parecía más
de mujer que de hombre. La cama tenía una larga manta con flecos en los bordes. La levanté, iluminando con mi linterna.
Steiner no se encontraba debajo de la cama. No estaba en toda la casa. Alguien se lo había llevado. Era un poco difícil

que se hubiera ido solo.

No había sido la ley ya que alguien se habría quedado de guardia en la casa. Había pasado una hora y media desde que
Carmen y yo dejáramos el lugar. Por otra parte no había rastros del desorden que suelen dejar los fotógrafos de la
policía y los peritos en huellas digitales.
Volví al salón, empujé con el pie al aparato de flash hasta situarlo detrás del totem, apagué la luz, salí de la casa, me

introduje en mi coche empapado y lo hice arrancar.

Me convenía bastante el hecho de que alguien quisiera mantener oculta la muerte de Steiner por algún tiempo. Me
daba la oportunidad de decirlo sin inmiscuir a Carmen Dravec y a su foto desnuda.

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Habían pasado las diez de la noche cuando llegué al Berglund, guardé el coche y subí a mi departamento. Me di una
ducha y ya en pijamas, me preparé un cóctel. Miré el teléfono un par de veces, pensando en llamar a Dravec. Sin
embargo reflexioné que era mejor dejarlo tranquilo hasta el día siguiente.
Llené la pipa y me senté con el cóctel y la libreta de Steiner. Estaba escrita en clave, pero por la disposición de las

entradas se veía que era una lista de nombres y direcciones. Había más de cuatrocientas cincuenta. Si ésta era su lista
de clientes, Steiner poseía una mina de oro, sin tener en cuenta los posibles chantajes que debían presentársele.
Cualquier nombre en esa lista era la de un asesino en potencia. No les envidiaba el trabajo que tendrían los policías
cuando se la entregara.

Tomé demasiado whisky tratando de descifrar el código. A medianoche me acosté y soñé con un hombre que llevaba
una chaquetilla china llena de sangre. Perseguía a una muchacha desnuda con largos aros de jade, mientras yo trataba
de fotografiar la escena con una cámara sin rollo.

CAPÍTULO 5

Violets M’Gee me llamó a la mañana siguiente, antes de que me vistiera. Yo había leído el diario y no había nada
referente a Steiner. Su voz tenía la alegre entonación del hombre que ha dormido bien y no le debe dinero a nadie.
—Bueno, ¿cómo estás muchacho?

Contesté que todo andaba bien, excepto algunos problemas con mi libro de lectura de tercer grado. Se rió
distraidamente y luego su voz me pareció demasiado casual.
—Ese tipo que te mandé… Dravec… ¿hiciste algo por él?

—Demasiada lluvia —le respondí. Si es que eso era una respuesta.

—Ajá… Parece que es un tipo con problemas. Uno de sus autos se está dando un baño en el muelle Lido. No dije nada.
Tomé el tubo con fuerza.
—Sí —continuó alegremente—. Un Cadillac nuevito… todo lleno de agua y arena… ¡Ah! Me olvidaba… hay un tipo
adentro.
Solté la respiración muy, pero muy lentamente.

—¿Dravec?

—No. Un muchachito. Todavía no se lo conté a Dravec. ¿Quieres venir a dar un vistazo? Le contesté que me gustaría.
—Muy bien. Te paso a buscar.

A la media hora me encontraba en el County Building, afeitado, vestido y con un liviano desayuno en el estómago.
Encontré a M’Gee contemplando una pared amarilla, sentado frente a una pequeña mesa, también amarilla, sobre la
cual sólo se apoyaban su sombrero y uno de sus pies. Quitó a ambos de la mesa, nos dirigimos al estacionamiento oficial
y entramos en el pequeño sedan negro.
La lluvia había cesado durante la noche y la mañana era azul y durada. Había suficientes aromas en el aire como para

sentir que la vida era simple y dulce, si uno no tenía demasiadas cosas en la cabeza. Pero, lamentablemente, yo las tenía.
Lido quedaba a treinta millas. Cumplimos las primeras diez a través de la ciudad. M’Gee llegó en tres cuartos de hora.
Finalmente nos detuvimos frente a un arco de estuco. Más allá se extendía el muelle, largo y negro. Descendimos. Había
algunos coches y personas frente al arco. Un policía en motocicleta les impedía pasar al muelle. M’Gee le mostró su
estrella de bronce y pasamos. Ni siquiera la lluvia de los dos últimos días había conseguido disipar el olor.
—Allí está —dijo M’Gee—. Fijate en el remolcador.

En efecto, un remolcador negro se arrastraba en la punta del muelle. Algo grande, verde y cromado relucía en la
cubierta, frente a la cabina y había gente a su alrededor.
Bajamos por unos angostos escalones hasta la cubierta del remolcador.

M’Gee saludó a un oficial que vestía uniforme verde kaki y a otro hombre vestido de civil. Los tres miembros de la
tripulación del remolcador se apoyaron contra la cabina, observándonos.

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Examinamos el auto. Tenía el paragolpe delantero doblado y un farol y el radiador destrozados. La pintura y los
cromados estaban descarados por la arena y los tapizados empapados y negros. Aparte de eso, el coche no estaba del
todo mal. Era un mastodonte en dos tonos de verde con detalles color vino.
M’Gee y yo observamos el asiento delantero. Un muchacho delgado, de cabello negro y probablemente buen mozo

estaba enroscado en el volante. Su cabeza se recostaba en un curioso ángulo con respecto al resto del cuerpo. Su rostro
tenía un color blanco azulado. Los ojos guardaban un pálido brillo bajo los párpados caídos. Su boca, abierta, estaba
llena de arena y en su rostro había algunos rastros de sangre que el agua no había logrado borrar del todo. M’Gee se
apartó, hizo un ruido con la garganta y comenzó a chupar uno de los purificadores de aliento con aroma a violetas que
le habían valido su sobrenombre.
—¿Cómo fue? —preguntó con tranquilidad.

El oficial de uniforme señaló el extremo del muelle. El paredón de contención había resultado inútil y la madera
destrozada relucía, brillante y amarilla.
—Pasó por allí. El golpe debe haber sido fuerte. La lluvia cesó temprano aquí; a eso de las nueve. Así que fue después

de la lluvia. Es todo lo que sabemos, excepto que cayó cuando había mucha agua; no se abolló demasiado. Por lo menos
media marea, eso diría yo. O sea inmediatamente después de la lluvia. Los muchachos vinieron a pescar esta mañana y
lo vieron bajo el agua. Trajimos el remolcador para sacarlo. Entonces vimos al muerto.
El otro oficial restregó la cubierta con uno de sus zapatos. M’Gee me miró con ojos de zorro. Yo lo miré en forma ausente
y no dije nada.
—Bastante borracho, el chico. Haciéndose el vivo con esta lluvia. Parece que le gustaba manejar… si… bastante
borracho.
—Borracho un carajo —dijo el oficial de civil—. El acelerador de mano estaba a media velocidad y tiene un golpe en la

cabeza. Pregúnteme y les contesto: Asesinato. M’Gee lo miró cortésmente y se dirigió al otro oficial.
—¿Qué le parece?

—Podría ser suicidio. Se quebró la nuca. Pudo lastimarse la cabeza en la caída. También es posible que la mano haya
tocado el acelerador. De todos modos yo también diría asesinato.
—¿Lo registraron? ¿Saben quién es?

Los dos oficiales me miraron. Hicieron lo mismo con la tripulación del remolcador.

—Muy bien. No se preocupen por eso —dijo M’Gee. Yo sé quién es.

Un hombre pequeño, con cara de cansancio, anteojos y una valija negra se acercó lentamente por el muelle y bajó los
angostos escalones. Eligió un lugar bastante limpio de la cubierta y dejó la valija. Se quitó el sombrero y restregándose
la nuca, sonrió débilmente.
—Hola Doc. Allí está su paciente. Salió a bucear anoche. Es todo lo que sabemos.

El médico miró el cadáver morosamente. Manipuló la cabeza, palpó las costillas, levantó una de las manos y observó las
uñas. La dejó caer, se hizo a un lado y volvió a recoger su valija.
—Doce horas. Se partió la nuca, por supuesto. Dudo de que tenga mucho agua adentro. Será mejor que lo llevemos
antes de que se ponga rígido. Les diré el resto cuando lo vea sobre una mesa.
Miró en derredor, subió los escalones y se alejó por el muelle. Una ambulancia se ubicó delante del arco de estuco.

Los dos oficiales gruñeron y comenzaron a sacar al hombre del interior del auto. Lo dejaron sobre la cubierta.

—Vámonos —me dijo M’Gee—. Con esto se acaba la primera parte del espectáculo.

Nos despedimos. M’Gee les dijo a los oficiales que mantuvieran el pico cerrado hasta que tuvieran instrucciones.
Caminamos por el muelle, subimos al pequeño sedán negro y volvimos a la ciudad por la blanca carretera recién lustrada
por la lluvia. A los costados se elevaban pequeñas colinas de arena amarilla cubiertas de musgo. Unas pocas gaviotas
planeaban sobre la costa. Mar adentro, algunos blancos veleros parecían suspendidos en el cielo.
Anduvimos unas millas sin decir nada. Entonces M’Gee se volvió hacia mí.

—¿Alguna idea?

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—Desacelera —le contesté—. Jamás he visto a ese tipo. ¿Quién es?

—Carajo. Pensé que me ibas a hablar de él.

—Desacelera, Violets.

Gruñó, se encogió de hombros y estuvimos a punto de caer en la arena cuando salimos del camino.

—El chofer de Dravec. Un muchacho llamado Carl Owen. ¿Cómo puedo saberlo? Porque lo tuvimos adentro hace un
año. El asunto fue así: Se llevó a Yuma a la hija de Dravec. Éste los siguió, los trajo de vuelta y metió al chico en la cárcel.
Entonces, la chica se pone a llorar y a la mañana siguiente el viejo vuelve a las puteadas y lo saca. Dice que el muchacho
pensaba casarse pero que ella no quería. Entonces el muchacho comienza a trabajar para él. ¿Qué te parece?
—Típico de Dravec.

—Sí; pero el muchacho pudo haber reincidido.

M’Gee tenía el cabello canoso, mentón macizo y una boca en forma de hociquito, hecha para besar bebitas. Miré su
perfil y súbitamente entendí la idea. Me reí.
—¿Tú crees que Dravec lo mató?

—¿Por qué no? El muchacho vuelve a intentarlo con la chica y Dravec se la da demasiado fuerte. Es un tipo grande y
puede romper un cuello con facilidad. Por otra parte está asustado. Lleva el coche hasta el Lido y deja que con la lluvia
se deslice por el muelle. Piensa que no habrá lío. Quizás ni siquiera piensa. Actúa como un atolondrado.
—Es muy simple. Lo único que tiene que hacer es volver caminando hasta su casa en medio de la lluvia. Treinta millas.

—¿No me digas?

—Dravec lo mató. Seguro. Pero estaban jugando al salto de rana. Dravec se le cayó encima.

—Muy bien. Algún día querrás jugar a mi manera.

—Escúchame Violets —dije con seriedad—. Si el muchacho fue asesinado, de lo cual no estamos seguros, no es la forma
en que Drave lo haría. Es de los que matan cuando están furiosos, pero no así. No haría tanta alharaca. Serpenteábamos
por el camino mientras M’Gee pensaba en el asunto.
—Flor de amigo. Fabrico una fabulosa teoría y miren lo que hace. Para qué carajo te habré traído. Voy a seguir a Dravec
de todos modos.
—Seguro. Tendrás que hacerlo. Pero Dravec no mató a ese muchacho. Es demasiado blando para eso.

Cuando llegamos a la ciudad ya era mediodía. Yo había cenado con whisky la noche anterior y desayunado bastante
poco. Me bajé en el Boulevard y dejé que M’Gee fuera a ver a Dravec.
Me interesaba lo sucedido con Carl Owen, pero no creía que Dravec pudiera haberlo matado.

Almorcé en un bar y eché una mirada a los diarios de la tarde. No esperaba encontrar nada acerca de Steiner y así fue.
Después de almorzar fui a dar un vistazo a la tienda de Steiner.

CAPÍTULO 6

El negocio ocupaba la mitad del frente del edificio. La otra mitad era una joyería. El dueño estaba parado en la entrada.
Era un judío grade, de cabello blanco y ojos negros. Llevaba unos nueve quilates de diamantes en el dedo. Una débil y
conocedora sonrisa se esbozó en sus labios cuando entré en lo de Steiner.
Una gruesa alfombra azul cubría el piso de pared a pared. Había sillones de cuero azul con ceniceros de pie a su lado.
En unas mesas se encontraban algunos ejemplares en cuero repujado. El resto de los libros estaban en vitrinas. Un
tabique de paneles separaba el salón de la parte trasera del negocio. Tenía sólo una puerta. En una esquina se
encontraba una mujer, sentada tras un pequeño escritorio e iluminada por una lámpara.
Se levantó y vino hacia mí, moviendo las estrechas caderas dentro de un ajustado vestido negro, completamente

opaco. Era una rubia de cabello color ceniza y ojos verdosos bajo unas gruesas pestañas postizas. Largos aros pendían
de sus orejas y el cabello se agitaba suavemente tras ellos.
Esbozó lo que debió creer que era una sonrisa de bienvenida y agitó sus uñas plateadas.
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—¿Qué desea?

Me coloqué el sombrero sobre los ojos.

—¿Steiner?

—Hoy no vendrá. Puedo mostrarle…

—Estoy vendiendo. Algo que él busca desde hace mucho tiempo. Las uñas plateadas se tocaron el cabello detrás de una
de las orejas.
—Ah, un vendedor… bueno… puede venir mañana.

—¿Está enfermo? Podría ir a verlo a su casa —sugerí esperanzado—. Él querrá ver lo que traigo.

Eso la sacudió. Hizo un esfuerzo por recobrar el aliento. Pero sus palabras fueron tranquilas cuando finalmente salieron.
—Eso… eso no serviría de nada. Ha salido de la ciudad.

Asentí, mostrándome desilusionado. Me toqué el sombrero y cuando me daba vuelta para irme vi que el muchacho con
cara de sinvergüenza de la noche anterior aparecía en la puerta. Se volvió hacia atrás tan pronto como me vio, pero
alcancé a divisar unos paquetes de libros en el suelo de la parte trasera del negocio.
Los paquetes eran pequeños y estaban atados en forma apurada. Un hombre con un mameluco muy nuevo los estaba
arreglando. Parte del stock estaba siendo trasladado.
Dejé el negocio, caminé hasta la esquina y volví por el callejón. Detrás del negocio se encontraba un camioncito negro.
La parte trasera era de tejido metálico y no llevaba sigla comercial ni dirección alguna. A través de los alambres se veían
unas cajas. El hombre del mameluco salió y cargó una más.
Volví al Boulevard. A media cuadra un muchachito de cara rozagante se encontraba leyendo una revista dentro de un
camión. Le mostré algo de dinero.
—¿Un trabajito de persecución?

Me miró, abrió la puerta e incrustó la revista detrás del espejo retrovisor.

—Mi especialidad, jefe —contestó alegremente.

Dimos la vuelta hasta el final del callejón y esperamos junto a una bomba de incendios.

Habría una docena de cajas en el camión cuando el hombre del mameluco nuevo subió a la cabina y puso en marcha el
motor. Rápidamente dobló a la izquierda al llegar a la esquina. Mi conductor hizo lo mismo. El camión siguió por el

Norte hasta Garfield, luego dobló hacia el Este. Iba bastante rápido y había mucho tráfico en Garfield. Mi conductor lo
seguía a demasiada distancia.
Se lo estaba diciendo cuando el camión volvió a virar hacia el Norte. La calle en que dobló se llamaba Brittany. Cuando
llegamos a Brittany no había ningún camión a la vista.
El muchacho de rostro rozagante trató de tranquilizarme a través del vidrio. Seguimos por Brittany a cuatro millas por
hora, tratando de encontrar el camión detrás de los arbustos pero yo no podía tranquilizarme.
Brittany doblaba un poco hacia el Este y luego se cruzaba con la siguiente transversal, Randall Place. Allí había una casa
blanca. El frente daba a Randall Place y la entrada del garaje a Brittany. Mi conductor me estaba diciendo que el camión
no podía estar muy lejos, cuando lo vi en el garaje.
Fuimos hasta el frente de la casa. Yo me bajé y entré al vestíbulo.

No había timbres. Un escritorio se encontraba contra la pared, como si no sirviera para nada. Arriba había buzones para
correspondencia rotulados con nombres.
El que correspondía al departamento 405 era el de Joseph Marty. Casualmente Joe Marty era el nombre del hombre

que jugaba con Carmen Dravec hasta que su papá le diera cinco mil dólares para que se fuera a jugar con alguna otra
chica. Podía ser el mismo Joe Marty.
Bajé por la escalera abriendo una puerta de vidrio, me interné en la oscuridad del garaje. El hombre del mameluco

nuevo estaba colocando las cajas en el ascensor automático.


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Me ubiqué a su lado, prendí un cigarrillo y lo miré. NO pareció gustarle pero no dijo nada.

—Cuidado con el peso —le dije al rato—. Sólo aguanta media tonelada. ¿Adónde va?

—Marty. Cuatrocientos cinco.

Inmediatamente pareció arrepentirse de haberlo dicho.

—Muy bien. Parece que hay bastante para leer. Subí los escalones y volví al camión.
Regresamos a la ciudad y fuimos hasta mi oficina. Le di al conductor demasiado dinero y él me ofreció una sucia tarjeta.
La tiré en la escupidera de bronce que estaba al lado de los ascensores.
Allí estaba Dravec, sosteniendo, al parecer, una pared de mi oficina.

CAPÍTULO 7

Pese a que el día se había vuelto cálido y despejado después de la lluvia, todavía llevaba su impermeable de gamuza,
saco y chaleco. Su corbata esta suelta y su rostro parecía una máscara de masilla gris con una negra barbilla en su parte
inferior.
Tenía un aspecto horroroso.

Abrí la puerta, le di unas palmadas en el hombro y luego de hacerlo pasar, lo senté sobre una silla. Respiró hondo pero
dijo nada. Saqué del escritorio una botella de whisky y serví dos vasos. Los bebimos sin decir palabra. Luego se
desparramó sobre la silla, parpadeó y haciendo un ruido con su garganta, sacó un sobre blanco de un de sus bolsillos
interiores. Lo colocó sobre la mesa y puso su velluda mano encima.
—Jodido lo de Carl —dije—. Estuve con M’Gee esta mañana. Me miró en forma ausente. Al rato dijo:
—Sí. Carl era un buen chico. NO te he hablado mucho de él.

Esperé, mirando el sobre que se encontraba bajo su mano. Él también lo miró.

—Debo dejar que lo veas —murmuró.

Lo empujé lentamente a través del escritorio y levantó la mano, como si estuviera renunciando a toda una vida. Dos
lágrimas se formaron en sus ojos y cayeron por sus mejillas sin afeitar.
Levanté el sobre y lo miré. Estaba dirigido a su dirección y llevaba su nombre en prolija letra cursiva. Tenía una estampilla
de Entrega Especial. Lo abrí y observé la brillante fotografía que se encontraba en su interior.
Carmen Dravec estaba sentada en el sillón de Steiner luciendo sus largos aros de jade. Sus ojos parecían más
enloquecidos de lo que yo había visto. Miré la parte de atrás; estaba en blanco. Coloqué la foto boca abajo sobre mi
escritorio.
—Cuéntame —dije con cuidado.

Dravec se secó las lágrimas con la manga, puso las manos sobre la mesa y observó sus uñas negras. Sus dedos temblaban.
—Un tipo me llamó.

Su voz parecía la de un muerto.

—Diez de los grandes por el negativo y las copias. El asunto tiene que quedar arreglado esta noche o habrá un escándalo.
—Es mucha plata —le contesté—. Un escándalo sólo tiene sentido si hay una historia detrás. ¿Cuál es la historia? Alzó
los ojos lentamente, como sí fueran muy pesados.
—Eso no es todo. Hay lío. El tipo dice que más vale que me apure o encontraré a mi hija en la cárcel.

—¿Cuál es la historia? —Volví a preguntar, llenando mi pipa—. ¿Qué dice Carmen de todo esto? Movió la cabeza en
forma negativa.
—No se lo he preguntado. No me animo. Pobrecita… sin ropa… no… no me animo… supongo que todavía no has hecho
nada con Steiner.
—No tuve necesidad. Alguien me ganó de mano.

Me miró con la boca abierta; sin comprender. Era obvio que no sabía nada de lo ocurrido la noche anterior.
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—¿Carmen salió anoche? —pregunté descuidadamente. Seguía con la boca abierta, tratando de entender.
—No. Está enferma. Estaba en la cama cuando llegué a casa. No salió en toda la noche. ¿Qué quieres decir… con lo de

Steiner?

Tomé una botella de whisky y serví dos vasos. Encendí mi pipa.

—Steiner está muerto. Alguien se cansó de sus jugarretas y lo llenó de agujeros. En la lluvia.

—Dios mío. ¿Estabas allí? Negué con un gesto.


—Yo no. Carmen estaba allí. Ese es el lío del que habla su hombre. Ella no disparó, por supuesto.

Su rostro se puso rojo y furioso. Blandió los puños y su garganta profirió un bronco sonido. El pulso le golpeaba
visiblemente en un costado del cuello.
—¡No es cierto! Estaba enferma. ¡No salió! Estaba en cama cuando llegué a casa.

—Ya lo dijiste. Eso no es cierto. Yo mismo llevé a Carmen a casa. La mucama lo sabe; sólo que quiere disimularlo. Carmen
estaba en lo de Steiner y yo me encontraba esperando afuera. Hubo un tiro y alguien salió corriendo. No alcancé a ver
quién era. Y Carmen estaba demasiado borracha como para verlo. Por eso está enferma.
Sus ojos trataron de fijarse en mi rostro; pero su mirada era vaga y vacía, como si su luz estuviese muerta. Se agarró

del sillón. Sus nudillos se pusieron tensos y blancos.

—No me lo dijo —murmuró—. No me lo dijo. A mí, que haría cualquier cosa por ella. No había emoción en su voz. Sólo
cansancio y desaliento.
Empujó su silla hacia atrás.

—Voy a buscar el dinero. Los diez grandes. Quizás el tipo se calle la boca.

Entonces se quebró. Su enorme cabeza se apoyó sobre la mesa y los sollozos le convulsionaron todo el cuerpo. Me
levanté, di la vuelta al escritorio y le palmeé el hombro. Seguí haciéndolo sin decir palabra. Al rato levantó el rostro lleno
de lágrimas y me tomó la mano.
—Por Dios —sollozó—. Eres un buen tipo.

—Todavía no me conoces…

Retiré mi mano, serví un vaso y lo ayudé a que se lo tomara. Luego le quité el vaso y lo puse sobre la mesa. Volví a
sentarme.
—Tienes que levantarte —dije con dureza—. La ley todavía no sabe lo de Steiner. Yo llevé a Carmen a su casa y me callé
la boca. Quise darles un respiro. Esto me involucra a mí también en el lío. Tienes que cumplir con tu parte. Asintió con
lentitud.
—Haré lo que digas… lo que sea.

—Consigue el dinero. Tenlo listo para cuando te llamen. YO tengo algunas ideas y es posible que no tengas que usarlo.
Pero no es hora de hacernos los vivos… consigue el dinero, quédate quieto y mantén la boca cerrada. Yo me encargo
del resto. ¿Eres capaz de hacerlo?
—Sí… por Dios… eres un buen tipo.

—No hables con Carmen. Cuando menos se acuerde del asunto, mejor. Esta fotografía demuestra que alguien estaba
trabajando con Steiner. Tenemos que encontrarlo pronto. Aunque cueste diez de los grandes.
Se levantó lentamente.

—Eso no tiene importancia. Es sólo dinero. Voy a buscarlo ahora. Después me voy a casa. Haz lo que quieras. Yo te
obedezco.
Volvió a tomarme la mano, la sacudió y salió lentamente de la oficina. Oí sus pasos pesados que se arrastraban por el
vestíbulo.
Bebí un par de tragos y me restregué la cara.

62
CAPÍTULO 8

Subí lentamente la Terraza La Verne rumbo a la casa de Steiner.

A la luz del día pude ver claramente la pendiente de la colina y los escalones de madera que el asesino había usado para
escapar. La calle era casi tan angosta como el callejón. Al frente había dos casas, no demasiado cerca de lo de Steiner.
Con el ruido de la lluvia, era improbable que alguien hubiera prestado atención a los tiros.

La casa tenía un aspecto pacífico bajo el sol de la tarde. Las despintadas tejas del techo estaban todavía húmedas por la
lluvia. Los árboles de la vereda de enfrente estaban llenos de hojas nuevas. NO había automóviles en la calle.
Algo se movió detrás del seto que ocultaba la entrada de la casa.

Carmen Dravec, vistiendo un saco verde y blanco, apareció en el portón. Se detuvo y me miró despavorida, como si no
hubiera oído el ruido del auto. Corrió detrás del cerco. Yo seguí mi camino y estacioné frente a la casa abandonada. Me
bajé y volví hacia atrás. A plena luz, era una actitud peligrosa.
Crucé el cerco. La muchacha se encontraba junto a la puerta entreabierta, erguida y silenciosa. Una mano se movió
lentamente hasta su boca y se mordió el pulgar que parecía un gracioso dedo de más. Tenía profundas y oscuras ojeras
bajo unos ojos llenos de terror.
La empujé hacia el interior de la casa y sin decir una sola palabra, cerré la puerta. Nos miramos uno al otro. Bajó la mano
y trató de sonreír. Entonces, toda expresión desapareció de su rostro. Parecía tan inteligente como el fondo de una caja
de zapatos.
Traté de hablar con delicadeza.

—Tranquilízate. Soy amigo. Siéntate en esa silla. Soy amigo de tu padre, no te asustes. Se sentó sobre el almohadón
amarillo que cubría la negra silla de Steiner.
El lugar tenía un aspecto descolorido y decadente con la luz de día. Todavía olía a éter.

Carmen se mojó los extremos de la boca con su lengua blancuzca. Sus ojos oscuros parecían más estúpidos que
asustados. Armé un cigarrillo y empujando algunos libros, me senté al borde de la mesa. Encendí mi cigarrillo y aspiré
lentamente.
—¿Qué haces aquí?

Jugueteó con la tela de su saco y no contestó. Volví a insistir.


—¿Recuerdas algo de lo que sucedió anoche?

Aquí se dignó a contestar:

—¿Recordar qué? Yo estaba en cama. Enferma. En casa. Su voz era cautelosa y gangosa.
—Antes. Antes de que te llevara a tu casa. Aquí. Se sonrojó. Sus ojos se abrieron.
—¿Usted… usted fue el que me llevó? Tomó aliento y volvió a chuparse el pulgar.
—Sí. Fui yo. ¿Recuerdas algo?

—¿Usted es de la policía?

—No. Ya te dije que era amigo de tu padre.

—Entonces… ¿No es de la policía?

—No.

Dio un largo suspiro.

—¿Qué quiere saber?

—¿Quién lo mató?

Su cuerpo se estremeció dentro del saco, pero su rostro permaneció inmutable. Me miró furtivamente.

63
—¿Quién… quién más lo sabe?

—¿Lo de Steiner? No lo sé. La policía no lo sabe o ya habría alguien aquí. Quizás Marty. Era sólo una cuchillada en la
oscuridad, pero hizo que diera un grito desgarrador.
—¡Marty!

Por un instante ambos nos mantuvimos en silencio. Yo fumaba mi cigarrillo y ella se chupaba el dedo.

—No te hagas la interesante. ¿Fue Marty? Su mentón descendió un centímetro.


—Sí.

—¿Por qué?

—No… no lo sé —dijo con voz apagada.

—¿Lo has visto con frecuencia en estos últimos tiempos?

—Un par de veces.

—¿Sabes dónde vive?

—Sí.

Pareció escupirme la palabra.

—¿Qué te sucede? Pensé que te gustaba Marty.

—¡Lo odio! —aulló.

—Entonces querrás que caiga.

No pareció entenderme. Tuve que explicárselo.

—Quiero decir… ¿estás dispuesta a decírselo a la policía? Sus ojos se llenaron de pánico.
—Si obtengo la foto del desnudo —dije para tranquilizarla. Soltó una risita.
Tuve una desagradable sensación. Si hubiera aullado, palidecido o se hubiera desplomado en el suelo, habría sido algo
natural. Pero lo único que hizo fue soltar una risita.
Comencé a odiarla. Su sola presencia me hacía sentir drogado.

Sus risitas continuaron y corrieron como ratas por toda la habitación. Comenzaron a volverse histéricas. Me levanté, fui
hacia ella y le di un cachetazo.
—Igual que anoche —le dije.

Las risitas se detuvieron de inmediato. Volvió a chuparse el dedo. Aparentemente no le importaban mis golpes. Me
senté en el borde de la mesa.
—Volviste a buscar el negativo. La foto con tu vestido de nacimiento. Su mentón subía y bajaba.
—Tarde. Ya lo busqué anoche y no estaba. Probablemente la tenga Marty. ¿No me estarás mintiendo con lo de Marty?
Negó vigorosamente con la cabeza. Se levantó de la silla suavemente. Sus ojos eran angostos y vacíos como los de una
ostra.
—Me voy —dijo, como si hubiéramos estado tomando el té.

Estaba por abrir la puerta cuando un auto subió por la colina y se detuvo frente a la casa. Una persona descendió del
coche.
Se dio vuelta y me miró horrorizada.

La puerta se abrió y un hombre apareció en el umbral.

64
CAPÍTULO 9

Era un hombre de rostro anguloso. Llevaba un traje marrón y sombrero de fieltro negro. La manga izquierda estaba
doblada y sujeta al costado del saco con un alfiler de gancho.
Se quitó el sombrero, cerró la puerta empujándola con el hombro y miró a Carmen con una sonrisa en los labios. Su

cabello era enrulado y corto y su cabeza huesuda. La ropa le quedaba bien. No tenía aspecto de matón.

—Soy Guy Slade. Disculpen la forma de entrar. El timbre no anda. ¿Está Steiner?

No había tocado el timbre. Carmen lo miró en forma ausente. Luego me miró a mí y de vuelta a Slade. Se mordió los
labios pero no dijo nada.
Yo le contesté.

—Steiner no está Mr. Slade. Y no sabemos dónde se encuentra. Asintió, tocándose la barbilla con el borde del sombrero.
—¿Ustedes son amigos de él?

—Vinimos por un libro —dije, devolviéndole la sonrisa—. La puerta estaba entreabierta. Golpeamos y luego entramos.
Igual que usted.
—Ya veo —dijo pensativo—. Muy simple.

No le respondí y Carmen tampoco. Miraba fijamente la manga vacía.

—Un libro, ¿eh?

Su modo de decirlo me puso sobre aviso. Quizás conocía los negocios de Steiner. Caminé hacia la puerta.

—Usted no golpeó.

Sonrió, un poco confundido.

—Cierto. Debí hacerlo. Lo siento.

—Bueno, nosotros nos vamos. Tomé a Carmen del brazo.


—¿Algún mensaje… si Steiner vuelve?

—No se moleste.

—Lástima.

Su tono parecía tener un doble sentido.

Solté el brazo de Carmen. Slade continuaba con el sombrero en la mano. NO se movió. Parpadeó alegremente. Volví a
abrir la puerta.
—La chica se puede ir, pero quisiera hablar un poco con usted.

Lo miré, tratando de aparentar indiferencia.

—¿Mentiroso, eh? —dijo Slade con dulzura.

Carmen salió corriendo por la puerta. Enseguida oí sus pasos bajando por la colina. No había visto su auto, pero me
imaginé que se encontraría cerca.

—¿Qué carajos…?

—Cállese —me interrumpió fríamente—. Aquí hay algo raro. Y voy a averiguar de qué se trata.

65
Comenzó a caminar descuidadamente; demasiado descuidadamente. Fruncía el ceño y no me prestaba mucha
atención. Eso me hizo pensar. Di una rápida mirada hacia la ventana, pero lo único que vi fue el techo de su auto por
sobre el cerco de arbustos.
Slade encontró el botellón y los vasos. Los olfateó. Sus finos labios se curvaron en un gesto de desagrado.

—Miserable —dijo secamente.

Miró los libros que estaban sobre la mesa. Dio la vuelta y se encontró frente al tótem. Lo miró fijamente. Su mirada bajó
hasta la alfombra que cubría el lugar donde había caído Steiner. La movió con el pie y se puso tenso.
Era una buena actuación. O Slade tenía un olfato envidiable. Todavía no estaba seguro de cuál versión era la cierta, pero
me estaba dando mucho en qué pensar.
Se arrodilló lentamente. La mesa lo escondía parcialmente de mi vista. Saqué el revólver y juntando las manos tras mi
espalda, me recosté contra la pared.
Lanzó una aguda y rápida exclamación. Se puso de pie. Su brazo se movió como un rayo, sacando a relucir una Luger

negra y larga. Slade la sostuvo con sus dedos largos y delgados. No me apuntó. No parecía estar apuntando a nada en
particular.
—Sangre —dijo con calma. Su mirada era dura.
—Aquí, bajo la alfombra. En el suelo. Y mucha. Sonreí.
—Ya la vi. Es sangre vieja. Sangre seca.

Fue hasta la silla negra que se encontraba detrás de la mesa de Steiner. Tomó el teléfono y frunció el ceño.

—Me parece que voy a llamar a la ley.

—Buena idea.

Sus ojos se volvieron angostos y duros. No le gustó que estuviera de acuerdo. Había dejado de actuar. Ahora era un
matón bien vestido con una Luger en la mano. Y parecía capaz de usarla.
—¿Quién carajos es usted? —barbotó.

—Un detective. El nombre no importa. La chica es mi cliente. Steiner la ha estado chantajeando. Vinimos a hablarle. NO
estaba.
—¿De manera que entraron, eh?

—Correcto. ¿Y qué? ¿Cree que asesinamos a Steiner, Mr. Slade? Sonrió débilmente y no dijo nada.
—¿O cree que Steiner asesinó al alguien y escapó?

—Steiner no mató a nadie. No tenía el valor de un gato enfermo.

—Yo no veo a nadie aquí. ¿Usted sí? Quizás Steiner cenó con pollo y le gustaba matar a los pollos en el salón.

—No lo entiendo. No sé a qué juega. Yo volví a sonreír.


—Adelante. Llame a sus amigos de la ciudad. Sólo que no le gustará la respuesta.

Consideró mis palabras sin mover un músculo. Apretó los labios.

—¿Por qué no? —preguntó finalmente con voz cautelosa.

—Sé quién es usted, Mr. Slade. Es el dueño del Aladdin Club, en Palisades. Juego clandestino. Media luz, vestidos de
noche y comedor en le local contiguo. Conoce a Steiner lo suficientemente bien como para entrar sin golpear. Los
negocios de Steiner necesitaban un poco de protección de vez en cuando. Y eso, podía dárselo usted.
Su dedo se afirmó sobre la Luger, luego se relajó. Colocó la pistola sobre la mesa; pero mantuvo la mano encima. Su
boca se torció en una mueca.
—Alguien agarró a Steiner —dijo suavemente.

Su voz y su expresión parecían pertenecer a dos personas diferentes.

—Hoy no apareció por el negocio. Su teléfono no contestaba. Vine a ver qué pasaba.
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—Me alegro de oír que no lo mató usted. Volvió a alzar la Luger y me apuntó el pecho.
—Bájela Slade. Todavía no sabe lo suficiente como para jugársela. Ya sé que no soy a prueba de balas. Bájela. Le diré
algo; si es que no lo sabe. Alguien se llevó los libros del negocio. Hoy. Los libros con los que hacía la plata gorda.
Slade colocó la Luger sobre la mesa por segunda vez. Se recostó contra el respaldo. Su rostro cobró una expresión

amable.

—Lo escucho.

—Yo también creo que alguien despachó a Steiner. Creo que esta sangre es su sangre. El hecho de que se estén llevando
los libros de la tienda explica por qué se llevaron el cuerpo. Alguien está copando el negocio y no quiere que encuentren
a Steiner hasta que esté todo listo. Quien quiera que haya sido, debió limpiar la sangre. Y no lo hizo.
Slade escuchaba en silencio. Sus cejas formaban curiosos ángulos con la blanca piel de su frente.

—El matar a Steiner para tomar su negocio es sólo una jugarreta —proseguí—. No creo que las cosas hayan sucedido
así. Pero estoy seguro de que quien se está llevando los libros, sabe algo del asunto. Y de que la rubia del negocio está
muerta de miedo por alguna razón.
—¿Algo más?

—Por ahora no. Hay un asunto de narcóticos en medio de todo esto. Quiero averiguar de qué se trata. Si me entero, se
lo diré.
—Mejor ahora.

Slade apretó los labios y silbó dos veces.

Di un salto. Una puerta de auto se abrió. Hubo pasos.

Saqué a relucir mi pistola. Slade palideció y trató de manotear la Luger que se encontraba sobre la mesa.

—¡No la toque!

Se puso de pie, su mano estaba sobre la pistola pero ésta no estaba en su mano. Me escabullí hacia el vestíbulo, en
momentos en que dos hombres entraban en la habitación.
Uno era pelirrojo, de rostro pálido y ojos movedizos. El otro tenía todo el aspecto de un matón. Un muchacho buen
mozo pese a su nariz aplastada y a una oreja gorda como un bife.
Ninguno de los dos tenía armas a la vista. Se detuvieron.

Me ubiqué a espaldas de Slade. Éste se inclinó sobre la mesa sin dar muestras de nerviosismo.

La boca del matón se abrió en una amplia mueca de desagrado, mostrando unos filosos dientes blancos. El pelirrojo
parecía tembloroso y asustado.

Slade era un tipo corajudo. Con voz suave, baja pero muy clara dijo:

—Éste es el que mató a Steiner. Agárrenlo.

El pelirrojo se mordió el labio inferior y manoteó algo debajo del brazo. No llegó a tiempo. Yo estaba listo y le disparé
hiriéndolo en el hombro izquierdo. Odiaba tener que hacerlo. El disparo hizo mucho ruido en la habitación cerrada.
Pensé que se habría escuchado en toda la ciudad. El pelirrojo cayó al suelo y comenzó a revolcarse como si lo hubiera
herido en el estómago.
El matón no se movió. Probablemente se dio cuenta de que no era lo suficientemente rápido. Slade tomó la Luger y
empezó a darse vuelta. Di un paso y lo golpeé detrás de la oreja. Se desparramó sobre la mesa y la Luger se disparó
contra una fila de libros.

Slade no me oyó decir:

67
—Me repugna tener que pegarle por la espalda a un manco. Pero no estoy tan loco como para dar ventajas. Tuve que
hacerlo.
El matón me sonrió y dijo:

—Bueno, viejo. ¿Y ahora qué?

—Me gustaría salir de aquí sin tener más disparos. Puede llamar a la policía. Para mí es lo mismo. Lo pensó con calma.
El pelirrojo seguía dando alaridos en el suelo. Slade permanecía inmóvil.
El matón levantó las manos suavemente y se las colocó detrás de la nuca.

—No tengo la menor idea —dijo fríamente— de qué se trata todo esto. Pero no me importa un carajo que usted se
vaya. Y tampoco me importa lo que haga después. Aparte de eso, no me gusta este lugar para campo de batalla.
¡Váyase!

—Muchacho inteligente. Tienes más sentido común que tu jefe.

Pasé al lado de la mesa rumbo a la puerta. El matón se volvió lentamente, dándome la cara, con las manos detrás de la
nuca. Su rostro tenía una mueca casi simpática.
Crucé la puerta, salté el cerco y corrí colina arriba, esperando que alguien me siguiera. Nadie lo hizo. Me zambullí en el
Chrysler y, cruzando la colina, me alejé de aquél barrio.

CAPÍTULO 10

Ya eran más de las cinco cuando me detuve frente a los departamentos de Randall Place. Se veían luces prendidas a
través de algunas ventanas y las radios chillaban, entremezclando distintos programas. Subí en el ascensor automático
hasta el cuarto piso. El departamento 405 se encontraba al fondo de un largo pasillo alfombrado de verde. Una fresca
brisa venía de las puertas que daban a la salida de emergencia.
Apreté el timbre de marfil del departamento 405.

Al rato un hombre entreabrió la puerta. Era delgado, de ojos pardos, tez oscura y piernas largas. El cabello crespo le
nacía bastante atrás, dejando ver una amplia frente oscura. Sus ojos me miraron con indiferencia.
—¿Steiner?

No se inmutó. Sacó un cigarrillo de atrás de la puerta y se lo llevó lentamente a los labios. Una nubecilla de humo vino
hacia a mí y detrás se oyó una voz fría e indiferente.
—¿Cómo dijo?

—Steiner. Harold Hardwicke Steiner. El tipo de los libros.

Asintió. Consideró la situación sin prisa y mirando la brasa del cigarrillo, dijo:

—Creo que lo conozco. Pero no viene por aquí. ¿Quién lo mandó? Sonreí. Eso pareció no gustarle.
—¿Usted es Marty?

Su rostro se endureció.

—¿Y qué? ¿Tiene algún problema o sólo se está divirtiendo?

Moví mi pie izquierdo cautelosamente. Lo suficientemente como para que no pudiera cerrar la puerta.

—Usted tiene los libros. Y yo la lista de clientes. ¿Qué tal si lo charlamos?

Marty no movió los ojos de mi rostro. Su mano derecha volvió detrás de la puerta y su hombro indicaba que la estaba
moviendo. Se oyó un levísimo sonido de una cortina que se corría.
Abrió la puerta.

—¿Por qué no? Si a usted le parece —dijo fríamente.

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Pasé al interior de la habitación. Era alegre, con pocos muebles. Y de los buenos. Unas ventanas estilo francés daban a
una galería de piedra, a través de la cual se veían las colinas púrpuras por la luz del atardecer. En l a misma pared había
una puerta cerrada y otra cubierta con cortinas que colgaban de una barra de bronce.
Me senté en un sillón, de espaldas a la pared que no tenía puertas. Marty se dirigió al escritorio de roble tachonado con
clavos. Una caja de cigarros de madera de cedro descansaba en su parte inferior. Marty la tomó, sin dejar de mirarme
y la trajo hacia la mesa. Luego se sentó en el sillón.
Coloqué el sombrero a mi lado, y desprendiendo el botón superior de mi saco, le sonreí.

—Bueno, lo escucho.

Apagó su cigarrillo, levantó la caja y sacó dos gruesos cigarros.

—¿Un cigarro? —preguntó con displicencia.

Me incliné a tomarlo y eso me perdió. Marty dejó caer el otro cigarro y sacó velozmente una pistola.

Miré el arma cortésmente. Era una Colt 38, de las que usa la policía. No encontré ninguna respuesta para la
circunstancia.
—Levántese un segundo. Adelántese dos pasos. Nada más. Vamos a tomar un poco de aire. Su voz era elaboradamente
tranquila.
Yo estaba furioso, pero le sonreí.

—Usted es el segundo tipo que encuentro en el día que piensa que una pistola en la mano significa el mundo a sus pies.
Guárdela y charlemos con tranquilidad.
Juntó las cejas y adelantó un poco el mentón. Su mirada indicaba que estaba un poco confundido. Nos miramos. Fingí
no advertir la negra pantufla que aparecía debajo de la cortina, a mi izquierda.
Marty llevaba un traje azul, camisa del mismo color y corbata negra. Su rostro tenía un aspecto sombrío.

—No me interprete mal —dijo lentamente—. No soy un mal tipo… sólo cuidadoso. No tengo la más mínima idea de
quién es usted. Podría ser un asesino.
—No demasiado cuidadoso. El asunto de los libros fue deplorable.

Inspiró profundamente y dejó salir el aire con lentitud. Luego se recostó hacia atrás y cruzó las piernas, dejando la Colt
sobre sus rodillas.

—No se crea que no la voy a usar si me hace falta. Bueno, ¿de qué se trata?

—Dígale a su amiga de las pantuflas que salga de ahí. Se está cansando de no respirar.

—Ven, Agnes —gritó Marty sin volver la cabeza.

Las cortinas se abrieron y apreció la rubia de ojos verdes del negocio de Steiner. Su presencia no me sorprendió. Me
miró con odio.
—Yo sabía que usted nos iba a traer problemas. Le dije a Joe que tuviera cuidado.

—Basta —dijo Marty—. Joe está teniendo mucho cuidado. Prende la luz así puedo reventarlo, si es que hace falta. La
rubia prendió una lámpara de pie que tenía pantalla roja. Se sentó y sonrió amargamente. Estaba aterrorizada.
Recordé el cigarro que tenía en la mano y me lo llevé a los labios. Marty no dejó de apuntarme mientras buscaba los

fósforos y lo encendía.

Di una pitada y hablé a través del humo.

—La lista de la que hablo está escrita en clave. De manera que todavía no puedo leer los nombres. Hay unos quinientos.
Usted tiene doce cajas de libros, digamos unos trescientos. Y habrá otros tantos que estarán alquilados. Digamos unos
quinientos en total, sin exagerar. Si la lista es buena y usted la sabe manejar con todos los libros, nos vamos a un cuarto
de millón. Pongamos un alquiler bajo, por ejemplo un dólar. Es muy bajo, pero digamos un dólar. Es mucho dinero. Lo
suficiente como para asesinar a un tipo.
—Usted está loco si… —aulló la rubia.
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—Cállate —grito Marty.

La rubia no insistió y recostó su cabeza contra el respaldo de la silla. Su rostro estaba desfigurado por la angustia.

—Este no es un negocio para tontos. Usted tiene que aguantar y seguir. Personalmente creo que los chantajes son un
error. Yo los dejaría de lado.
Su rostro tenía una expresión helada.

—Usted sí que es un tipo gracioso. ¿Quién tiene este precioso negocio?

—Usted. Casi por entero. Marty no me contestó.


—Mató a Steiner para conseguirlo. Anoche, en la lluvia. Buen tiempo para matar. El problema es que Steiner no

estaba solo. Usted no se dio cuenta o se asustó. Salió corriendo. Pero tuvo el coraje de volver y esconder el cadáver en
algún lado, de manera de poder arreglar los libros antes de que el asunto se descubriera.
La rubia dio un grito y volvió la cabeza contra la pared. Sus uñas plateadas se clavaron en sus manos. Se mordió con
fuerza el labio.
Marty no se inmutó. NO se movió y su Colt tampoco. Su oscuro rostro parecía tallado en madera.

—Viejo, cómo te arriesgas —dijo con suavidad—. Tienes mucha suerte de que yo no haya matado a Steiner. Le sonreí,
no demasiado contento.
—Podrías terminar adentro de todos modos.

—¿Tú crees que sí?

—Estoy seguro.

—¿Y cómo?

—Hay alguien que lo va a decir. Marty dio un grito de furia.

—¡Esa maldita… esa… es capaz de… carajo!

Yo no dije nada. Dejé que lo masticara. Lentamente, fue recobrando la calma. Puso la Colt sobre la mesa, al alcance de
la mano.
—Usted no tiene aspecto de oportunista. —Sus ojos entornados brillaban entre densas pestañas—. Y no veo policía

por aquí. ¿Qué es lo que quiere?

Volví a chupar mi cigarro y miré la mano de la pistola.

—El rollo de la cámara de Steiner. Y todas las copias. Aquí y ahora. Usted las tiene. Es la única forma en que pudo
enterarse de quién estaba en la casa anoche.
Marty se volvió un poco para mirar a Ganes. Su rostro seguía contra la pared, y sus uñas continuaban clavadas en las

manos. Marta se volvió hacia mí.

—Usted sí que es rápido, viejo. Negué con un gesto.


—No. Usted es un estúpido, Marty. Lo pueden agarrar fácilmente por el asesinato. Si la chica quiere contar la historia,

de nada servirán las fotos. Pero no quiere contarla.

—¿Usted es detective?

—Ajá.

—¿Y cómo llegó hasta mí?

70
—Yo trabajaba sobre Steiner. Lo había estado molestando a Dravec. Dravec está lleno de oro. Usted consiguió un poco.
Seguí tras lo libros desde el negocio de Steiner. Cuando la chico cantó, el resto fue fácil.
—¿Dice que yo lo maté? Asentí.
—Pero podría estar equivocada. Marty dio un largo suspiro.
—Me odia. Yo la dejé colgada. Me pagaron por hacerlo, pero es igual. Es demasiado ardiente para mí.

—Busque las fotos, Marty.

Lentamente, se puso de pie. Guardó la Colt en un bolsillo. Su mano se volvió hasta el bolsillo del saco. Alguien tocó el
timbre de entrada. Y siguió tocando.

CAPÍTULO 11

Marty se sintió molesto. Se mordió los labios y frunció el ceño. Su rostro cobró una expresión dubitativa. El timbre seguía
sonando.
La rubia se puso rápidamente de pie. La tensión nerviosa la hacía aparecer vieja y fea.

Sin dejar de mirarme, Marty abrió un cajón, sacó una pequeña automática y se la alcanzó a la rubia. Ésta la tomó con
desgano.
—Siéntate con él. Y si se hace el gracioso, dale de comer.

La rubia se sentó en el sillón a un metro de distancia y me apuntó a la pierna. No me gustó la nerviosa expresión de sus
ojos.
El timbre dejó de sonar y alguien comenzó a golpear con impaciencia. Marty fue hasta la puerta y la abrió. Introdujo su

mano derecha en el bolsillo del saco y abrió violentamente con la izquierda.

Carmen Dravec lo empujó hacia el interior de la habitación, colocándole un pequeño revólver contra la cara.

Marty se volvió hacia atrás con suavidad. Tenía la boca abierta y una expresión de pánico. Conocía muy bien a Carmen.
Carmen cerró la puerta y se adelantó con su pequeña arma en la mano. Miraba solamente a Marty, no parecía ver

otra cosa en la habitación. Por su mirada, daba la impresión de que estaba drogada.

La rubia tembló de pies a cabeza, alzó la automática y apuntó a Carmen. Yo di un salto y agarrándole la mano, coloqué
el seguro de la automática. Tuvimos un ligero forcejeo. Marty y Carmen no nos prestaron atención. Entonces tomé la
pistola.
La rubia jadeaba con violencia y miraba fijamente a Carmen. Ésta tenía sus ojos drogados clavados en Marty.

Quiero mis fotos.

Marty tragó saliva e intentó sonreírle.

—Por supuesto… por supuesto.

Su voz era apagada, tan distinta de la que había usado al hablar conmigo.

Carmen parecía tan loca como en lo de Steiner, pero esta vez controlaba su voz y sus músculos.

—Tú asesinaste a Harold Steiner.

—¡Carmen, espera un momento! —grité yo.

Carmen no se movió. La rubia volvió a la carga; bajando la cabeza, incrustó sus dientes en mi mano derecha, donde
tenía la pistola.
Yo volví a gritar. A nadie pareció importarle.

—Escúchame nena… yo no… —dijo Marty.


71
La rubia quitó sus dientes de mi mano y me escupió mi propia sangre. Luego se arrojó contra mi pierna, tratando de
morderme. La golpeé ligeramente en la cabeza con la culata de la pistola y traté de pararme. Ella se abrazó de mis
tobillos haciéndome caer sobre el sillón. La rubia sacaba fuerzas de su histeria.
Marty manoteó el revólver de Carmen con su mano izquierda y falló. El arma hizo un ruido seco, no muy fuerte. El tiro
no dio en Marty y rompió el vidrio de una de las ventanas francesas.
Marty volvió a quedarse quieto. Parecía que todos sus músculos habían vuelto a despertarse.

—¡Tírate y hazla caer, maldito tarado!

Volví a golpear a la rubia en la cabeza pero mucho más fuerte. Rodó a mis pies. Me desprendí, alejándome de ella. Marty
y Carmen se miraban como un par de estatuas. Algo largo y pesado golpeó el exterior de la puerta de entrada. El panel
se partió de arriba abajo.
Eso envalentonó a Marty. Sacó la Colt de su bolsillo y saltó hacia atrás. Le disparé apuntando a su hombro izquierdo y

erré el tiro. No quería herirlo demasiado. Hubo otro golpe en la puerta. Pareció sacudir todo el edificio.

Yo solté la automática y tomé mi propia pistola en momentos en que Dravec atravesaba la puerta destrozada.

Estaba borracho y enloquecido de furia. Sus enormes brazos se movían como aspas. Sus ojos estaban vidriosos e
inyectados de sangre y tenía espuma en los labios.
Me golpeó violentamente en la cabeza sin siquiera mirarme. Caí contra la pared entre el sillón y la puerta destrozada.
Estaba tratando de recuperarme cuando Marty comenzó a disparar.
La parte trasera del saco de Dravec se levantó como si una bala lo hubiera traspasado limpiamente. Trastabilló y

enderezándose, cargó como un toro.

Apunté y disparé contra el cuerpo de Marty. Se sacudió pero la Colt siguió escupiendo rugidos. Dravec se interpuso en
el camino, Carmen fue arrojada a un lado como una hoja muerta y ya no hubo nada que hacer. Los disparos de Marty
no podían detener a Darvec. Nada podía hacerlo. De haber estado muerto, igual habría llegado hasta Marty.
Lo tomó del cuello en momentos en que éste le arrojaba al rostro la pistola vacía. Rebotó como una pelota de goma.

Marty comenzó a gritar y Dravec lo tomó del cuello, levantándolo del suelo.

Por un instante, las manos de Marty se aferraron a las muñecas de Dravec. Hubo un crujido y sus manos cayeron. Hubo
otro crujido. Seco. Antes de que Dravec lo soltara vi que el rostro de Marty estaba color púrpura. Recordé, casualmente,
que los hombres que se quiebran el cuello, a veces se tragan la lengua.
Marty cayó al suelo y Dravec comenzó a retroceder. Perdía el equilibrio, como un hombre que no es capaz de

mantenerse en su centro de gravedad. Dio cuatro pasos, tambaleándose. Entonces, su enorme cuerpo cayó hacia atrás,
quedando boca arriba en el suelo con los brazos extendidos.
Le salía sangre de la boca. Sus ojos se contrajeron como los de un hombre que trata de mirar a través de la niebla.
Carmen Darvec fue hasta él y comenzó a gemir como un animal asustado. Se oyó un ruido en el vestíbulo pero nadie
apareció en la puerta. Ya habíamos tenido demasiadas visitas casuales.
Fui rápidamente hasta Marty y abriéndole el bolsillo saqué un grueso sobre. Tenía algo duro en su interior. Lo guardé.
A lo lejos una sirena se oía débilmente a través del atardecer. El sonido parecía crecer. Un hombre de rostro pálido espió
cautelosamente por la puerta. Yo me arrodillé junto a Dravec.
Trató de hablar pero no puedo escuchar lo que decía. Entonces la tensión desapareció de sus ojos. Se volvieron

lejanos e indiferentes, como los ojos de un hombre que mira a través de una larga llanura.

—Estaba borracho —dijo Carmen con voz apagada—. Me obligó a decirle a dónde iba. Yo no sabía que me estaba
siguiendo.
—Tienes imaginación —le contesté secamente.

Me puse de pie y abrí el sobre. Había algunas copias y un negativo de vidrio. Tiré el negativo al suelo y lo pisé hasta
hacerlo añicos. Destruí las copias y dejé que los negativos volaran de mis manos.
—Van a imprimir muchas fotos tuyas, chiquita. Pero ésta no.

72
—No sabía que me estaba siguiendo. Comenzó a chuparse el dedo.
Ahora se oía la sirena al pie del edificio. Fue apagándose hasta convertirse en un zumbido penetrante y finalmente se

detuvo en momentos en que yo terminaba de destruir las copias.

Me quedé en el medio de la habitación, preguntándome para qué me había tomado el trabajo de hacerlo. Ahora ya no
tenían importancia.

CAPÍTULO 12

En la oficina del Inspector Isham, apoyando su codo sobre el escritorio de nogal y sosteniendo displicentemente un
cigarrillo entre los dedos, Guy Slade habló sin mirarme.
—Gracias por tirarme en la sartén, detective. Me gusta ver a los muchachos de la policía de vez en cuando. —Sus ojos
se curvaron en una desagradable sonrisa.

Yo estaba sentado frente a Isham. El Inspector era alto, delgado, gris y usaba anteojos sin armazón. No hablaba ni
actuaba como un policía. Violets M’Gee y un irlandés de ojos alegres estaban sentados en unas sillas contra la pared
que daba a la sala de recepción.
—Pensé que había encontrado la sangre demasiado pronto. Parece que me equivoqué. Mis disculpas, Mr. Slade.

—Sí. Y con eso arregla todo.

Se puso de pie y tomó un bastón y un guante que se encontraban sobre la mesa.

—¿Eso es todo, Inspector?

—Todo por hoy, Slade.

La voz de Isham era fría y sarcástica. Slade se colocó el bastón en la muñeca para poder abrir la puerta. Nos sonrió antes
de salir. Lo último en que posó sus ojos fue, probablemente, mi nuca. Pero yo no lo estaba mirando.
—No necesito explicarle lo que pensamos de este tipo de encubrimiento —me dijo Isham.

Suspiré.

—Tiros. Un muerto en el suelo. Una chica desnuda y drogada tirada en un sillón, sin saber lo que está sucediendo. Un
asesino a quien no pude agarrar y ustedes tampoco habrían podido… entonces. Y detrás de todo esto un pobre tipo
partiéndose el corazón tratando de arreglar las cosas en medio de la mierda. Muy bien, cúlpenme. No estoy arrepentido.
—¿Quién mató a Steiner?

—La rubia se los dirá.

—Quiero que me lo diga usted. Me encogí de hombros.


—Si quiere que me arriesgue… el chofer de Dravec, Carl Owen.

Isham no pareció demasiado sorprendido. Violets M’Gee gruño en voz alta.

—¿Qué le hace pensar eso?

—Por un momento pensé que podía ser Marty. En parte por lo que dijo la muchacha. Pero eso no tenía ningún valor.
Ella no sabía nada y aprovechó la oportunidad para tomárselas con Marty. Y es de las que no cambian de idea con
facilidad. Pero Marty no actuó como un asesino. Un hombre tan frío como él no habría salido corriendo de esa manera.
Yo ni siquiera había golpeado a la puerta cuando el asesino escapó. Por supuesto, también pensé en Slade. Pero él
tampoco era ese tipo de hombre. Va a todos lados con dos guardaespaldas y ellos habrían intervenido. Además, Slade
pareció verdaderamente sorprendido al encontrar la sangre. Estaba en el negocio con Steiner y tenían sus problemas,
pero él no lo mató. No tenía ninguna razón valedera y de tenerla no lo habría hecho así, frente a un testigo… Pero Carl
Owen, sí. Había estado enamorado de Carmen y probablemente todavía lo estaba. Tenía la posibilidad de espiarla y
averiguar a dónde iba y qué hacía. Fue a lo de Steiner, entró por la puerta de atrás, vio la escena del desnudo y lo
reventó. Entonces se asustó y salió corriendo.
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—Y fue hasta el Lido y hasta el final del muelle —dijo Isham con sequedad—. ¿No olvida usted que el muchacho Owen
tenía un golpe en la cabeza?
—No. Me estoy olvidando que Marty, de un modo u otro, sabía lo que había en el negativo… o casi… Y eso fue lo que lo
movió a ir, conseguirlo, meter a Steiner en el garage y tener tiempo de redondear el negocio.
—Grinnell, traiga a Anges Laurel —dijo Isham.

Grinnell se levantó, caminó a través de la habitación y desapareció por la puerta.

—Viejo, tú si que eres un amigo —dijo Violets M’Gee.

No le respondí. Isham se estiró la fláccida piel del cuello y se miró las uñas de la otra mano.

Grinnell volvió con la rubia. Su cabello estaba desarreglado y se había quitado los aros. Parecía cansada pero ya no
asustada. Se dejó caer lentamente sobre la silla que ocupara Slade, al borde del escritorio y cruzó las manos dejando
ver sus uñas plateadas.
—Muy bien Miss Laurel —dijo Isham con calma—. Nos gustaría oír su versión.

La chica se miró las manos y habló sin dudar, con voz clara y tranquila.

—Conocí a Joe Marty hace tres meses. Me imagino que se me acercó porque yo trabajaba con Steiner. Yo pensé que le
gustaba y le conté todo acerca del negocio. Él ya sabía un poco. Había estado gastando el dinero que le diera el padre
de Carmen Dravec, pero ya se le había acabado y no tenía un centavo. Estaba listo para embarcarse en algo nuevo.
Decidió que Steiner necesitaba un socio. Lo espiaba para ver si tenía matones a su servicio.
—Anoche se encontraba en el callejón que mira la parte trasera de su casa —continuó—. Oyó los tiros y vio al muchacho
que corría por las escaleras, saltaba en su coche y salía corriendo. Lo persiguió hasta alcanzarlo cerca del playa, donde
lo sacó del camino. El muchacho salió con una pistola, pero se puso nervioso y Joe lo desmayó de un golpe. Al registrarlo,
averiguó quien era. Cuando volvió en sí, Joe se hizo el policía y el chico le contó toda la historia. Mientras Joe pensaba
qué hacer, el chico lo tiró del coche y huyó. Manejaba como un loco y Joe lo dejó huir. Volvió a lo de Steiner. Supongo
que ya saben el resto. Cuando reveló el negativo y vio lo que tenía en sus manos, se apuró, de manera que pudiéramos
salir de la ciudad antes de que la ley advirtiera lo de Steiner. Íbamos a tomar algunos libros y poner una tienda en otro
lugar.
Agnes Laurel se calló. Isham tableteó los dedos contra la mesa.

—Marty se lo contó todo, ¿eh?

—Ajá.

—¿Seguro que no mató a este Carl Owen?

—Yo no estaba allí. Pero Joe no actuó como si hubiera matado a alguien. Isham asintió.
—Eso es todo por ahora, Miss Laurel. Queremos una declaración escrita… y tendremos que retenerla, por supuesto.

La chica se puso de pie. Grinnell la llevó afuera. Salió sin mirar a nadie.

—Marty no podía saber que Carl Owen estaba muerto. Pero estaba seguro de que trataría de esconderse. Cuando
nosotros nos enteráramos, él ya se habría marchado con el dinero de Dravec. Creo que la historia de la chica es bastante
razonable.
Nadie respondió. Al rato Isham me dijo:

—Usted cometió un error grosero. No debió mencionarle a la chica lo de Marty hasta estar seguro de que era su hombre.
Con eso sólo logró que dos personas murieran inútilmente.
—Ajá. Será mejor que vaya y haga todo de vuelta.

—No se haga el malo.

—No me hago el malo. Yo trabajaba para Dravec y estaba tratando de evitarle un problemita. Yo no sabía que la chica
era tan ardiente ni que Dravec era un huracán. Yo quería las fotos. No me importaban Steiner, ni Marty, ni su chica. Y
no me importan ahora.

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—Bueno, bueno —dijo Isham con impaciencia—. Por el momento no lo necesitamos más. Probablemente lo molesten
bastante en la audiencia.
Se puso de pie y yo lo imité. Me extendió la mano.

—Y probablemente eso le venga bastante bien —añadió secamente.

Le di la mano y me fui. M’Gee me siguió. Bajamos juntos en el ascensor sin decir palabra. Al salir del edificio, dio la
vuelta a mi Chrysler y entró.
—¿Tienes algo de alcohol en tu choza?

—Bastante.

—Bueno, vamos a tomar un poco.

Arranqué y me dirigí hacia el Oeste a través de un largo túnel lleno de ecos. Al salir, M’Gee me dijo:

—La próxima vez que te mande un cliente no esperaré que me cuentes nada, viejo.

Seguimos a través de la noche tranquila, rumbo al Berglund. Me sentía cansado, viejo y bastante inservible.

FIN

LOS ASESINOS
Ernest Hemingway

La puerta del restaurante de Henry se abrió y entraron dos hombres que se sentaron al mostrador.

-¿Qué van a pedir? -les preguntó George.

-No sé -dijo uno de ellos-. ¿Tú qué tienes ganas de comer, Al?

-Qué sé yo -respondió Al-, no sé.

Afuera estaba oscureciendo. Las luces de la calle entraban por la ventana. Los dos hombres leían el menú. Desde el otro
extremo del mostrador, Nick Adams, quien había estado conversando con George cuando ellos entraron, los observaba.

-Yo voy a pedir costillitas de cerdo con salsa de manzanas y puré de papas -dijo el primero.

-Todavía no está listo.

-¿Entonces para qué carajo lo pones en la carta?

-Esa es la cena -le explicó George-. Puede pedirse a partir de las seis.

George miró el reloj en la pared de atrás del mostrador.

-Son las cinco.

-El reloj marca las cinco y veinte -dijo el segundo hombre.

-Adelanta veinte minutos.

-Bah, a la mierda con el reloj -exclamó el primero-. ¿Qué tienes para comer?

-Puedo ofrecerles cualquier variedad de sándwiches -dijo George-, jamón con huevos, tocineta con huevos, hígado y
tocineta, o un bisté.

-A mí dame suprema de pollo con arvejas y salsa blanca y puré de papas.


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-Esa es la cena.

-¿Será posible que todo lo que pidamos sea la cena?

-Puedo ofrecerles jamón con huevos, tocineta con huevos, hígado…

-Jamón con huevos -dijo el que se llamaba Al. Vestía un sombrero hongo y un sobretodo negro abrochado. Su cara era
blanca y pequeña, sus labios angostos. Llevaba una bufanda de seda y guantes.

-Dame tocineta con huevos -dijo el otro. Era más o menos de la misma talla que Al. Aunque de cara no se parecían,
vestían como gemelos. Ambos llevaban sobretodos demasiado ajustados para ellos. Estaban sentados, inclinados hacia
adelante, con los codos sobre el mostrador.

-¿Hay algo para tomar? -preguntó Al.

-Gaseosa de jengibre, cerveza sin alcohol y otras bebidas gaseosas -enumeró George.

-Dije si tienes algo para tomar.

-Sólo lo que nombré.

-Es un pueblo caluroso este, ¿no? -dijo el otro- ¿Cómo se llama?

-Summit.

-¿Alguna vez lo oíste nombrar? -preguntó Al a su amigo.

-No -le contestó éste.

-¿Qué hacen acá a la noche? -preguntó Al.

-Cenan -dijo su amigo-. Vienen acá y cenan de lo lindo.

-Así es -dijo George.

-¿Así que crees que así es? -Al le preguntó a George.

-Seguro.

-Así que eres un chico vivo, ¿no?

-Seguro -respondió George.

-Pues no lo eres -dijo el otro hombrecito-. ¿No es cierto, Al?

-Se quedó mudo -dijo Al. Giró hacia Nick y le preguntó-: ¿Cómo te llamas?

-Adams.

-Otro chico vivo -dijo Al-. ¿No es vivo, Max?

-El pueblo está lleno de chicos vivos -respondió Max.

George puso las dos bandejas, una de jamón con huevos y la otra de tocineta con huevos, sobre el mostrador. También
trajo dos platos de papas fritas y cerró la portezuela de la cocina.

-¿Cuál es el suyo? -le preguntó a Al.

-¿No te acuerdas?
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-Jamón con huevos.

-Todo un chico vivo -dijo Max. Se acercó y tomó el jamón con huevos. Ambos comían con los guantes puestos. George
los observaba.

-¿Qué miras? -dijo Max mirando a George.

-Nada.

-Cómo que nada. Me estabas mirando a mí.

-En una de esas lo hacía en broma, Max -intervino Al.

George se rió.

–Tú no te rías -lo cortó Max-. No tienes nada de qué reírte, ¿entiendes?

-Está bien -dijo George.

-Así que piensas que está bien -Max miró a Al-. Piensa que está bien. Esa sí que está buena.

-Ah, piensa -dijo Al. Siguieron comiendo.

-¿Cómo se llama el chico vivo ése que está en la punta del mostrador? -le preguntó Al a Max.

-Ey, chico vivo -llamó Max a Nick-, anda con tu amigo del otro lado del mostrador.

-¿Por? -preguntó Nick.

-Porque sí.

-Mejor pasa del otro lado, chico vivo -dijo Al. Nick pasó para el otro lado del mostrador.

-¿Qué se proponen? -preguntó George.

-Nada que te importe -respondió Al-. ¿Quién está en la cocina?

-El negro.

-¿El negro? ¿Cómo el negro?

-El negro que cocina.

-Dile que venga.

-¿Qué se proponen?

-Dile que venga.

-¿Dónde se creen que están?

-Sabemos muy bien dónde estamos -dijo el que se llamaba Max-. ¿Parecemos tontos acaso?

-Por lo que dices, parecería que sí -le dijo Al-. ¿Qué tienes que ponerte a discutir con este chico? -y luego a George-:
Escucha, dile al negro que venga acá.

-¿Qué le van a hacer?

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-Nada. Piensa un poco, chico vivo. ¿Qué le haríamos a un negro?

George abrió la portezuela de la cocina y llamó:

-Sam, ven un minutito.

El negro abrió la puerta de la cocina y salió.

-¿Qué pasa? -preguntó. Los dos hombres lo miraron desde el mostrador.

-Muy bien, negro -dijo Al-. Quédate ahí.

El negro Sam, con el delantal puesto, miró a los hombres sentados al mostrador:

-Sí, señor -dijo. Al bajó de su taburete.

-Voy a la cocina con el negro y el chico vivo -dijo-. Vuelve a la cocina, negro. Tú también, chico vivo.

El hombrecito entró a la cocina después de Nick y Sam, el cocinero. La puerta se cerró detrás de ellos. El que se llamaba
Max se sentó al mostrador frente a George. No lo miraba a George sino al espejo que había tras el mostrador. Antes de
ser un restaurante, el lugar había sido una taberna.

-Bueno, chico vivo -dijo Max con la vista en el espejo-. ¿Por qué no dices algo?

-¿De qué se trata todo esto?

-Ey, Al -gritó Max-. Acá este chico vivo quiere saber de qué se trata todo esto.

-¿Por qué no le cuentas? -se oyó la voz de Al desde la cocina.

-¿De qué crees que se trata?

-No sé.

-¿Qué piensas?

Mientras hablaba, Max miraba todo el tiempo al espejo.

-No lo diría.

-Ey, Al, acá el chico vivo dice que no diría lo que piensa.

-Está bien, puedo oírte -dijo Al desde la cocina, que con una botella de ketchup mantenía abierta la ventanilla por la que
se pasaban los platos-. Escúchame, chico vivo -le dijo a George desde la cocina-, aléjate de la barra. Tú, Max, córrete un
poquito a la izquierda -parecía un fotógrafo dando indicaciones para una toma grupal.

-Dime, chico vivo -dijo Max-. ¿Qué piensas que va a pasar?

George no respondió.

-Yo te voy a contar -siguió Max-. Vamos a matar a un sueco. ¿Conoces a un sueco grandote que se llama Ole Andreson?

-Sí.

-Viene a comer todas las noches, ¿no?

-A veces.

-A las seis en punto, ¿no?


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-Si viene.

-Ya sabemos, chico vivo -dijo Max-. Hablemos de otra cosa. ¿Vas al cine?

-De vez en cuando.

-Tendrías que ir más seguido. Para alguien tan vivo como tú, está bueno ir al cine.

-¿Por qué van a matar a Ole Andreson? ¿Qué les hizo?

-Nunca tuvo la oportunidad de hacernos algo. Jamás nos vio.

-Y nos va a ver una sola vez -dijo Al desde la cocina.

-¿Entonces por qué lo van a matar? -preguntó George.

-Lo hacemos para un amigo. Es un favor, chico vivo.

-Cállate -dijo Al desde la cocina-. Hablas demasiado.

-Bueno, tengo que divertir al chico vivo, ¿no, chico vivo?

-Hablas demasiado -dijo Al-. El negro y mi chico vivo se divierten solos. Los tengo atados como una pareja de amigas en
el convento.

-¿Tengo que suponer que estuviste en un convento?

-Uno nunca sabe.

-En un convento judío. Ahí estuviste tú.

George miró el reloj.

-Si viene alguien, dile que el cocinero salió. Si después de eso se queda, le dices que cocinas tú. ¿Entiendes, chico vivo?

-Sí -dijo George-. ¿Qué nos harán después?

-Depende -respondió Max-. Esa es una de las cosas que uno nunca sabe en el momento.

George miró el reloj. Eran las seis y cuarto. La puerta de la calle se abrió y entró un conductor de tranvías.

-Hola, George -saludó-. ¿Me sirves la cena?

-Sam salió -dijo George-. Volverá en alrededor de una hora y media.

-Mejor voy a la otra cuadra -dijo el chofer. George miró el reloj. Eran las seis y veinte.

-Estuviste bien, chico vivo -le dijo Max-. Eres un verdadero caballero.

-Sabía que le volaría la cabeza -dijo Al desde la cocina.

-No -dijo Max-, no es eso. Lo que pasa es que es simpático. Me gusta el chico vivo.

A las siete menos cinco George habló:

-Ya no viene.

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Otras dos personas habían entrado al restaurante. En una oportunidad George fue a la cocina y preparó un sándwich
de jamón con huevos “para llevar”, como había pedido el cliente. En la cocina vio a Al, con su sombrero hongo hacia
atrás, sentado en un taburete junto a la portezuela con el cañón de un arma recortada apoyado en un saliente. Nick y
el cocinero estaban amarrados espalda con espalda con sendas toallas en las bocas. George preparó el pedido, lo
envolvió en papel manteca, lo puso en una bolsa y lo entregó. El cliente pagó y salió.

-El chico vivo puede hacer de todo -dijo Max-. Cocina y hace de todo. Harías de alguna chica una linda esposa, chico
vivo.

-¿Sí? -dijo George- Su amigo, Ole Andreson, no va a venir.

-Le vamos a dar otros diez minutos -repuso Max.

Max miró el espejo y el reloj. Las agujas marcaban las siete en punto, y luego siete y cinco.

-Vamos, Al -dijo Max-. Mejor nos vamos de acá. Ya no viene.

-Mejor esperamos otros cinco minutos -dijo Al desde la cocina.

En ese lapso entró un hombre, y George le explicó que el cocinero estaba enfermo.

-¿Por qué carajo no consigues otro cocinero? -lo increpó el hombre- ¿Acaso no es un restaurante esto? -luego se
marchó.

-Vamos, Al -insistió Max.

-¿Qué hacemos con los dos chicos vivos y el negro?

-No va a haber problemas con ellos.

-¿Estás seguro?

-Sí, ya no tenemos nada que hacer acá.

-No me gusta nada -dijo Al-. Es imprudente, tú hablas demasiado.

-Uh, qué te pasa -replicó Max-. Tenemos que entretenernos de alguna manera, ¿no?

-Igual hablas demasiado -insistió Al. Éste salió de la cocina, la recortada le formaba un ligero bulto en la cintura, bajo el
sobretodo demasiado ajustado que se arregló con las manos enguantadas.

-Adiós, chico vivo -le dijo a George-. La verdad es que tuviste suerte.

-Cierto -agregó Max-, deberías apostar en las carreras, chico vivo.

Los dos hombres se retiraron. George, a través de la ventana, los vio pasar bajo el farol de la esquina y cruzar la calle.
Con sus sobretodos ajustados y esos sombreros hongos parecían dos artistas de variedades. George volvió a la cocina y
desató a Nick y al cocinero.

-No quiero que esto vuelva a pasarme -dijo Sam-. No quiero que vuelva a pasarme.

Nick se incorporó. Nunca antes había tenido una toalla en la boca.

-¿Qué carajo…? -dijo pretendiendo seguridad.

-Querían matar a Ole Andreson -les contó George-. Lo iban a matar de un tiro ni bien entrara a comer.

-¿A Ole Andreson?

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-Sí, a él.

El cocinero se palpó los ángulos de la boca con los pulgares.

-¿Ya se fueron? -preguntó.

-Sí -respondió George-, ya se fueron.

-No me gusta -dijo el cocinero-. No me gusta para nada.

-Escucha -George se dirigió a Nick-. Tendrías que ir a ver a Ole Andreson.

-Está bien.

-Mejor que no tengas nada que ver con esto -le sugirió Sam, el cocinero-. No te conviene meterte.

-Si no quieres no vayas -dijo George.

-No vas a ganar nada involucrándote en esto -siguió el cocinero-. Mantente al margen.

-Voy a ir a verlo -dijo Nick-. ¿Dónde vive?

El cocinero se alejó.

-Los jóvenes siempre saben qué es lo que quieren hacer -dijo.

-Vive en la pensión Hirsch -George le informó a Nick.

-Voy para allá.

Afuera, las luces de la calle brillaban por entre las ramas de un árbol desnudo de follaje. Nick caminó por el costado de
la calzada y a la altura del siguiente poste de luz tomó por una calle lateral. La pensión Hirsch se hallaba a tres casas.
Nick subió los escalones y tocó el timbre. Una mujer apareció en la entrada.

-¿Está Ole Andreson?

-¿Quieres verlo?

-Sí, si está.

Nick siguió a la mujer hasta un descanso de la escalera y luego al final de un pasillo. Ella llamó a la puerta.

-¿Quién es?

-Alguien que viene a verlo, señor Andreson -respondió la mujer.

-Soy Nick Adams.

-Pasa.

Nick abrió la puerta e ingresó al cuarto. Ole Andreson yacía en la cama con la ropa puesta. Había sido boxeador peso
pesado y la cama le quedaba chica. Estaba acostado con la cabeza sobre dos almohadas. No miró a Nick.

-¿Qué pasa? -preguntó.

-Estaba en el negocio de Henry -comenzó Nick-, cuando dos tipos entraron y nos ataron a mí y al cocinero, y dijeron que
iban a matarlo.

Sonó tonto decirlo. Ole Andreson no dijo nada.


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-Nos metieron en la cocina -continuó Nick-. Iban a dispararle apenas entrara a cenar.

Ole Andreson miró a la pared y siguió sin decir palabra.

-George creyó que lo mejor era que yo viniera y le contase.

-No hay nada que yo pueda hacer -Ole Andreson dijo finalmente.

-Le voy a decir cómo eran.

-No quiero saber cómo eran -dijo Ole Andreson. Volvió a mirar hacia la pared: -Gracias por venir a avisarme.

-No es nada.

Nick miró al grandote que yacía en la cama.

-¿No quiere que vaya a la policía?

-No -dijo Ole Andreson-. No sería buena idea.

-¿No hay nada que yo pueda hacer?

-No. No hay nada que hacer.

-Tal vez no lo dijeron en serio.

-No. Lo decían en serio.

Ole Andreson volteó hacia la pared.

-Lo que pasa -dijo hablándole a la pared- es que no me decido a salir. Me quedé todo el día acá.

-¿No podría escapar de la ciudad?

-No -dijo Ole Andreson-. Estoy harto de escapar.

Seguía mirando a la pared.

-Ya no hay nada que hacer.

-¿No tiene ninguna manera de solucionarlo?

-No. Me equivoqué -seguía hablando monótonamente-. No hay nada que hacer. Dentro de un rato me voy a decidir a
salir.

-Mejor vuelvo adonde George -dijo Nick.

-Chau -dijo Ole Andreson sin mirar hacia Nick-. Gracias por venir.

Nick se retiró. Mientras cerraba la puerta vio a Ole Andreson totalmente vestido, tirado en la cama y mirando a la pared.

-Estuvo todo el día en su cuarto -le dijo la encargada cuando él bajó las escaleras-. No debe sentirse bien. Yo le dije:
“Señor Andreson, debería salir a caminar en un día otoñal tan lindo como este”, pero no tenía ganas.

-No quiere salir.

-Qué pena que se sienta mal -dijo la mujer-. Es un hombre buenísimo. Fue boxeador, ¿sabías?

-Sí, ya sabía.
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-Uno no se daría cuenta salvo por su cara -dijo la mujer. Estaban junto a la puerta principal-. Es tan amable.

-Bueno, buenas noches, señora Hirsch -saludó Nick.

-Yo no soy la señora Hirsch -dijo la mujer-. Ella es la dueña. Yo me encargo del lugar. Yo soy la señora Bell.

-Bueno, buenas noches, señora Bell -dijo Nick.

-Buenas noches -dijo la mujer.

Nick caminó por la vereda a oscuras hasta la luz de la esquina, y luego por la calle hasta el restaurante. George estaba
adentro, detrás del mostrador.

-¿Viste a Ole?

-Sí -respondió Nick-. Está en su cuarto y no va a salir.

El cocinero, al oír la voz de Nick, abrió la puerta desde la cocina.

-No pienso escuchar nada -dijo y volvió a cerrar la puerta de la cocina.

-¿Le contaste lo que pasó? -preguntó George.

-Sí. Le conté pero él ya sabe de qué se trata.

-¿Qué va a hacer?

-Nada.

-Lo van a matar.

-Supongo que sí.

-Debe haberse metido en algún lío en Chicago.

-Supongo -dijo Nick.

-Es terrible.

-Horrible -dijo Nick.

Se quedaron callados. George se agachó a buscar un repasador y limpió el mostrador.

-Me pregunto qué habrá hecho -dijo Nick.

-Habrá traicionado a alguien. Por eso los matan.

-Me voy a ir de este pueblo -dijo Nick.

-Sí -dijo George-. Es lo mejor que puedes hacer.

-No soporto pensar que él espera en su cuarto y sabe lo que le pasará. Es realmente horrible.

-Bueno -dijo George-. Mejor deja de pensar en eso.

FIN

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