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¿Por qué le tememos a la soledad?

Porque la soledad es el abandono del otro que me quiere, y no


estamos hechos para vivir sin otros, simplemente el hombre no funciona así. Nuestra constitución
humana nos manda ser duales. Es la estructura esponsal de la persona de la que habla el Prof.
Pedro Juan Vildrich, en su último libro “Antropología del amor” editado por ICF-UDEP.

Uno puede vivir solitariamente, pero no abandonado de los otros. El adulto que vive en soledad es
como el niño huérfano que no tiene a sus seres queridos, padres en este caso, que lo afirmen en
su existencia. Estar solo, en definitiva, es tener que llevar la propia existencia por nuestra propia
cuenta, sin la ayuda y el cariño de nadie, y eso es sencillamente imposible, absurdo. No sólo
porque es una tarea titánica, sino porque no es así como funciona la existencia del ser humano.
Dios no la quiso así, Dios no se propuso la vida del hombre de este modo.

Se puede aguantar una cierta vida solitaria, como la de los monjes católicos, budistas o tibetanos.
Como la de los antiguos eremitas. Pero el monje no está abandonado o huérfano, todo lo
contrario, se aleja de los hombres, pero no de su compañía, y mucho menos de la compañía de la
que nadie se puede sustraer, que es de la compañía de Dios.

Pero entonces cómo puede el hombre huérfano o el solitario abandonado no sentir la compañía
de su Creador. Sencillamente, porque Dios manifiesta su presencia por la mediación del otro.
Siempre a través del papá y la mamá, cuando somos niños, luego de la persona amada elegida
cuando nos casamos, y luego a través de los hijos que cuidan de sus padres ancianos. El
sentimiento de Dios, que se puede dar en la oración o meditación, debe ir acompañado de la
fraternidad del otro que se compromete con su vida en mi propia vida.

El miedo a estar solos es el miedo al abandono, a la orfandad. Será por eso que varios médicos y
científicos que estudiaron casos de niños hospitalizados mostraron resultados pesimistas para los
niños huérfanos en comparación a los niños con madres. El niño huérfano tiene un altísimo
porcentaje de desarrollar desequilibrio mental, neurosis o personalidad patológica respecto del
niño que recibe la atención directamente de su madre. Esta son algunas de las famosas
conclusiones del Dr. René Spitz, respecto de sus experiencias con niños de hasta 18 meses de edad
en estado de hospitalización, comentadas en un libro ya clásico: “Las virtudes fudamentales” de
Josef Pieper.

Lo contrario de la soledad no es la mera compañía, pues se puede estar en soledad junto a otros,
sino el amor. O dicho de otro modo lo contrario del amor no es el odio, sino el abandono total, la
soledad.

Ser amado es ser confirmado en la existencia, ser promovido en el propio ser, de un modo
cariñoso o no. Padecer soledad es tener que cargar con todo el peso de la propia existencia uno
solo, como Sísifo carga su piedra hasta la cima de la montaña. Eso tiene la soledad, que es absurda
pues la vida no solo se vive con otros o junto a otros, sino fundamentalmente para otros. Somos
seres para otros, antes que seres autosuficientes. La autosuficiencia biológica de nuestro
organismo no basta para la consecución de la existencia, pues vivir no es sólo un transcurrir. El
mero transcurrir sino es afirmado por otro u otros, sino adquiere su sentido de fuera de sí, se
torna absurdo. Vivir por vivir, permanecer o mantenerse en el ser son actividades positivas pero
que no tienen su razón de ser en sí mismas.
Vivir en soledad es vivir una vida sin sentido. Vivir una vida plena en la que somos amados y
confirmados en la existencia, esto es acompañados, es vivir una vida cuyo sentido está no en durar
sino en estar destinados a otros.