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BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.

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Abraham J. Twerski (EEUU, 1930)
CÓMO GANAR LA BATALLA DEL PESO CON AUTOESTIMA.
POR QUÉ NO FUNCIONAN LAS DIETAS. (1997)
Paidós. Barcelona. Buenos Aires. México. 1998
Con ILUSTRACIONES de Charles M. Shultz (Peanuts:
Snoopy y Charlie Brown), Jim Davis (gato Garfield), Tom Wilson
(Ziggy), Mort Walker (Beetle Bailey), Lynn Johnston (Para Mejor o
Para Peor) y Cathy Guisewite (Cathy)

SUMARIO

PRIMERA PARTE: COMPRENDER QUÉ SIGNIFICA COMER EXCESIVAMENTE


1. ¿Por qué dejamos que insulten a nuestra inteligencia?
2. ¿Qué significa exactamente tener un problema con la comida?
3. ¿Por qué la fuerza de voluntad no sirve.
4. El apetito compulsivo: un problema de falta de autoestima.
5. El papel que desempeña el concepto de uno mismo.
6. ¿Por qué tenemos un falso yo?

SEGUNDA PARTE: LOS PROBLEMAS DEL APETITO COMPULSIVO


7. La ira.
8. Desaprobarse a uno mismo.
9. Las relaciones.
10. Una ayuda que no sirve de mucho.
11. ¿La culpa es realmente de los demás.
12. Representar un papel.
13. Perfeccionismo y moralismo.
14. Agradar a los demás.
15. La negación.
16. Depender de los fármacos.
17. La bulimia.
18. La depresión.

TERCERA PARTE Cómo superar el apetito compulsivo


19. Eliminar la reacción en cadena negativa.
20. Superar el estrés.
21. La aparición del verdadero yo.
22. La terapia de grupo.
23. Los grupos de apoyo.
24. ¿Puedo conseguirlo por mí mismo?
25. Algunos consejos prácticos.
26. La plenitud de nuestra humanidad.
Apéndice.
Bibliografía.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 2
Título original; The Thin You Within You. Winning the Weight Game with Self-Esteem.
Publicado en inglés por St. Martin's Press, Nueva York
Traducción de Carlos Ossés Terrón .- Cubierta de Víctor Viano .- 1ª edición, 1998
Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del «Copyright»,
bajo las sanciones establecidas en Ias leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por
cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático y la
distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos.
© 1997 by Abraham Twerski, M.D.
© 1998 de la traducción Carlos Ossés Torrón
© de todas las ediciones en castellano,
Ediciones Paidós Ibérica, S.A., Mariano Cubí, 92 08021 Barcelona
y Editorial Paidós, SAICF, Defensa, 599 Buenos Aires
ISBN: 8449306280
Depósito legal: B44.775/1998
Impreso en Hurope, S.L, Lima, 3 08030 Barcelona. Impreso en España Printed in Spain

CONTRAPORTADA
La experiencia nos ha demostrado que, en el fondo, las dietas no funcionan. Con
ellas eliminamos kilos, es cierto, pero la mayoría de los médicos coinciden en que tarde
o temprano acabamos recuperándolos, sobre todo una vez nos hemos olvidado de
nuestra obsesión por las comidas y las tablas de calorías.
El doctor Abraham J. Twerski, un especialista en comportamientos adictivos,
demuestra que lo que nos empuja a comer en exceso no es la falta de fuerza de
voluntad, sino la ausencia de autoestima. Y, por ello, lo primero que debemos hacer
para desarrollar un hábito alimenticio sano es adquirir un concepto sólido e inamovible
de nosotros mismos, es decir, saber detectar en un momento determinado:
• La compulsión aparentemente ilógica que nos obliga a comer en exceso y su
relación con la baja estima.
• Aquello que puede hacernos confiar en la comida y no en nosotros mismos en
épocas de estrés, ansiedad o miedo.
• Las motivaciones necesarias para poder cambiar los hábitos adquiridos
durante toda nuestra vida.
Por medio de un enfoque claro y sencillo, Twerski demuestra que perder peso no
sólo puede ser una manera de desterrar para siempre las más fastidiosas dietas, sino
también de acceder a un estado de ánimo totalmente positivo.
Abraham J. Twerski es psiquiatra. Fundador y jefe de los servicios médicos del
Gateaway Rehabilitation Center de Aliquippa (Pennsylvania), es igualmente autor de
“¿Cuándo empezarán a ir bien las cosas?”, “¿Cuándo podré empezar una nueva vida?”
y “Sé positivo”, los tres publicados por Paidós.
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PRIMERA PARTE: COMPRENDER QUÉ SIGNIFICA COMER EXCESIVAMENTE.
1. ¿Por qué dejamos que insulten a nuestra inteligencia?
Cada mes, sin excepción, nos anuncian la aparición de una nueva dieta milagrosa
garantizando que reduciremos peso de forma rápida y espectacular y además, como un extra
adicional, sin tener que pasar hambre.
Pensemos por un momento. Si cualquiera de esas fantásticas dietas realmente
funcionara, entonces ¿por qué es necesario buscar constantemente fórmulas nuevas y
diferentes? ¿Por qué no nos quedamos con la que de verdad funciona? Se podría argumentar
que la gente aún desconoce cuál es la que resulta verdaderamente eficaz y ese
planteamiento podría ser válido... si fuera la primera vez que intentan ponerse a dieta.
También se podría argüir que aún no se ha dado con la dieta correcta. Sin embargo, la gente
ha seguido sometiéndose durante años a diversos métodos de adelgazamiento,
cumpliéndolos con cierta irregularidad: regímenes, pastillas, gimnasia. Durante años han
salido al mercado cientos de fórmulas y si alguna fuera la definitiva se habría mantenido hasta
hoy.
No es del todo exacto afirmar que esas dietas no funcionan. De hecho sí que funcionan
y ahí radica parte del problema.
Prácticamente todas las dietas permiten perder peso de forma rápida pero por
desgracia, tal y como algunos han descubierto, recuperar el peso perdido es sólo cuestión de
tiempo y además siempre sobreviene en una proporción mucho mayor. El resultado es lo que
se conoce como un efecto yoyó y, como muchos han confesado, a pesar de que han perdido
más de 460 kilos en varios años aún padecen sobrepeso.
Si fuéramos sinceros con nosotros mismos comprenderíamos que esos métodos
rápidos y seguros funcionan a corto plazo pero ninguno de ellos conducen a una pérdida
definitiva de peso.
Si estuvieras aislado en una isla desierta y lo único que pudieras comer fuera pescado
llegarías a perder todo el peso que quisieras. Pero en cuanto regresaras a la civilización los
kilos volverían a aparecer. Esto mismo sucede con las píldoras, los baños termales, la cirugía
y con otros métodos. Ninguno de ellos se puede mantener durante toda la vida y, en
consecuencia, el período de adelgazamiento resulta muy breve.
La esperanza es lo último que se pierde y cada vez que aparece la promesa de un
nuevo método mágico nos convertimos en seres muy vulnerables. «¡Esta vez las cosas van a
ser diferentes! Las setenta y cuatro dietas anteriores no funcionaban pero ahora sé que voy a
perder peso y que lo voy a mantener».
Ya sabemos por qué dejamos que insulten a nuestra inteligencia. Queremos
engañarnos a nosotros mismos.
Cuando hemos conseguido perder peso la única manera de mantenerlo es realizando
cambios en nuestra forma de vida. Siempre nos resistimos a hacer cambios a largo plazo ya
que pueden resultarnos muy molestos. El hombre es una criatura regida esencialmente por
una serie de hábitos. Hacemos las cosas de una determinada manera y nuestros hábitos se
integran en nuestra forma de comportarnos. Si lo pones en duda simplemente cambia tu reloj
a la otra muñeca. Aunque el hecho de llevar el reloj en una muñeca o en otra carece de toda
importancia pronto empezarás a notar el cambio e incluso puede que sientas una sensación
de molestia e incomodidad. Cuando vuelvas a colocar el reloj en su lugar habitual comenzarás
a recuperar la sensación de comodidad. Si sólo con realizar un cambio tan insignificante ya
notas una sensación de incomodidad, ¿cómo te sentirás al hacer importantes cambios en tu
comportamiento?
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Por tanto, es fácil imaginar por qué a algunas personas les resulta absolutamente
insoportable realizar un cambio.
Otro factor que motiva nuestra resistencia a realizar cambios es que no soportamos
que se demoren los resultados. En la actualidad, gracias a los avances tecnológicos se
pueden realizar infinidad de tareas a una velocidad sin precedentes. Distancias que requerían
semanas e, incluso, meses de viaje, ahora se pueden recorrer en horas. Cocinar, algo que
solía llevarnos horas, ahora lo podemos realizar en tan sólo unos segundos. Las
comunicaciones escritas, que tardaban varios días en llegar a su destino, ahora aparecen en
segundos, y cálculos que necesitaban un esfuerzo largo y laborioso se pueden realizar en
fracciones de segundo. Nos hemos habituado a que las cosas sucedan deprisa. Sin embargo,
no se puede cambiar un estilo de vida en poco tiempo, sino que se necesitan varios años para
poder lograrlo. Así pues, no es sorprendente que las personas que estén acostumbradas a los
microondas, los faxes y los ordenadores se impacienten con un proceso que lleva años y por
eso son tan vulnerables ante las promesas de métodos que sólo tardan unas semanas en dar
resultado.
Si eres una de esas personas que ya han probado innumerables dietas y has llegado a
la conclusión de que es improbable que la próxima produzca unos resultados más duraderos
que las anteriores, este libro está escrito para ti.
La mayor parte de mi trabajo como psiquiatra la he basado en el tratamiento del
alcoholismo. Cuando comencé a trabajar con alcohólicos, un médico experimentado me
aconsejó que evitara usar la palabra «alcohol» con mis pacientes. Para poder recuperarse del
alcoholismo se requiere un cambio en el estilo de vida pero mientras se siga centrando la
atención en el alcohol el auténtico problema continuará sin haberse tratado. Esto mismo
sucede con el apetito y ésa es una de las razones por las que resulta contraproducente
preocuparse por la comida y por la dieta: no se afronta el verdadero problema.
Por este motivo, en este libro no encontrarás demasiadas referencias sobre qué
comidas se pueden tomar y cuáles no. Además, todavía no existe un acuerdo total sobre qué
alimentos hay que evitar y cuáles hay que consumir: grasas, proteínas, carbohidratos... En los
últimos años se ha alabado o denostado a cada uno de ellos. En efecto, cada pocas semanas
aparecen nuevas y a veces polémicas ideas sobre la nutrición. ¿Cómo podemos evitar que
nos confundan? Obviamente, sólo podemos usar la información que ya tenemos, ya que aún
no podemos acceder a los descubrimientos del futuro. Además, es importante saber
aproximarse razonablemente al mundo de la nutrición, sin ir demasiado lejos. Por ejemplo, el
hecho de que se descubriera recientemente que el brécol y las espinacas contienen
propiedades que retrasan el cáncer no significa que en cada comida haya que tomar
cantidades ingentes de ellos, sino que ambos deberían estar presentes en el menú. Del
mismo modo, si se encuentra que cierto alimento puede ser nocivo no significa que deba
desecharse definitivamente. Normalmente los descubrimientos se basan en alimentos
suministrados a animales de laboratorio en unas proporciones mucho mayores de las que
cualquier persona sensata comería. Siempre habrá gente que defienda las dietas extremas y
se han dado algunos casos de personas que se han quejado por los efectos de alguna de
ellas. Las investigaciones médicas no han confirmado ninguno de esos efectos, por lo que
pienso que el método más razonable de alimentarse es llevando una dieta equilibrada basada
en la fiabilidad que aporta la información científica. Al final de este libro el apéndice contiene
una serie de pautas alimenticias actualizadas. Los problemas de alimentación abarcan dos
componentes: la persona y la comida. Las múltiples dietas que han resultado inútiles a largo
plazo se han centrado en los cambios en la comida.
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Mi método consiste en no poner énfasis en la comida evitando las modas y prestando
atención a los cambios necesarios que hay que realizar en la persona. Veamos ahora alguno
de ellos.

2. ¿Qué significa exactamente tener un problema con la comida?


¿Cuándo el comer se convierte en un «problema con la comida»? La función principal
del comer es proporcionar al cuerpo los componentes nutritivos necesarios para vivir. Esta
función, en su forma más pura, se observa perfectamente en los animales que habitan en un
determinado entorno. Los animales en su estado salvaje no padecen obesidad ni bulimia.
Cuando satisfacen sus necesidades alimenticias dejan de comer. Este hecho no es tan simple
cuando se trata de seres humanos. Más allá de su valor nutritivo, la comida tiene una serie de
valores sociales y rituales. En muchos servicios religiosos se incluye la comida o la bebida y
muchas actividades sociales se centran alrededor de ellas. Desde los tiempos remotos
reunirse a «partir el pan» ha representado un símbolo de amistad. Sin embargo, aunque
hayamos satisfecho nuestras necesidades alimenticias de cada día, no consideraríamos que
una persona tiene «un problema con la comida» porque haya picado algo en una recepción
nocturna. Los hábitos alimenticios que conducen al sobrepeso pueden motivarse tanto por un
problema de tipo físico como por un problema emocional. El peso ideal no puede calcularse
en kilos. Si el peso normal de una persona es de 63-65 kilos, difícilmente podría afirmar que
está obeso si pesara, por ejemplo, 66 kilos. Aunque no existe un límite preciso entre lo que
significa tener un peso sano y lo que no, hay que tener siempre en cuenta que el corazón está
ideado con la finalidad de funcionar eficazmente con el peso ideal y que cada kilo de más
supone un kilómetro de vasos sanguíneos, obligando al corazón a realizar un esfuerzo
adicional. También se sabe que el sobrepeso influye en la tensión arterial y en la aparición de
enfermedades metabólicas, como la diabetes. Visto desde una perspectiva saludable, es
deseable mantener el peso ideal y si la comida da como resultado un exceso de peso
entonces sí que podría hablarse de un «problema». El comer puede derivarse de un problema
emocional cuando es «compulsivo», cuando alguien se siente obligado a comer incluso
aunque intelectualmente sepa que no debería hacerlo y aunque ni siquiera tenga hambre.
Puede creer que tiene hambre, y aunque sabe que esa ansia por la comida perjudicará a su
cuerpo, se ve empujado a ingerir alimentos. La bulimia es un estado compulsivo en el que una
persona se siente obligada a comer y después se siente obligada a perder peso. Para algunas
personas, estar delgadas significa ser atractivas y se ven a sí mismas gordas, aunque estén
dentro o por debajo del peso normal. Su preocupación por la comida en su lucha por
encontrar una imagen ideal en lugar de buscar un peso psicológico ideal les lleva a que sus
hábitos alimenticios se conviertan en un problema. Elsie, una mujer de treinta años, es un
caso representativo de muchos otros. Puesto que mide 1,61 m, su peso ideal, dada su
constitución, debería estar más o menos en los 53 kilos. Sin embargo, Elsie se consideraba
gorda pesando sólo 52 kilos. Cada cierto tiempo se ponía a dieta, hacía ejercicio para perder
peso y lograba que éste oscilara entre los 49 y los 53,5 kilos. Su carácter variaba con su peso,
pero era difícil precisar cuál era la causa y cuál el efecto. La mayor parte del día lo ocupaba
pensando en la comida, en su peso y en su vestuario. Esta preocupación tenía mucho más
que ver con la imagen que tenía de sí misma que con razones de salud. Aunque no había
nada exageradamente anormal en su comportamiento, ella era, por lo general, infeliz y se
podría considerar que su tristeza era un «problema».
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Algunas personas tienen un peso «estándar» ideal calculado en base a un prolongado
período de tiempo, pero este peso estándar no es más que el resultado de un modelo que
funciona como un yoyó, en el que la persona gana y pierde peso alternativamente.
Este «estándar» aparentemente saludable resulta engañoso. Por ejemplo, una
habitación que se mantenga a 21° de forma uniforme resulta confortable. Si se produjeran en
ella fuertes cambios de temperatura que oscilaran entre 15° y 27° tendría un promedio de
21°, pero no se podría decir que la habitación fuera confortable.
Existen varios estudios que demuestran que tanto el apetito compulsivo como, sobre
todo, la bulimia afectan con mayor frecuencia a las mujeres que a los hombres y señalan que
se ha producido un importante aumento en el número de casos de bulimia a partir de los años
ochenta. No puede ser una simple coincidencia el hecho de que este período coincida con
algunos de los grandes cambios que se han producido en el papel de la mujer en la sociedad.
Varios escritores han señalado que, pese a todos los progresos que ha conseguido
realizar el movimiento feminista, también ha tenido que cargar con algunas presiones terribles.
La costumbre de marcar estereotipos tiene sus limitaciones e incluso puede resultar
insoportable, pero para ampliar nuestros horizontes e incrementar nuestras posibilidades hay
que pagar un precio.
En 1968 me pidieron que realizara un servicio de orientación a unas religiosas
católicas, ya que alguna de ellas se sentía confusa ante los cambios liberales del Concilio
Vaticano II. Una religiosa de 35 años que había sido profesora desde que ingresó en el
convento vino a mí solicitando una consulta psiquiátrica y trajo consigo un cuestionario que
había recibido, en donde se pedía que señalara sus aficiones, así como las cosas que le
gustaría hacer en los próximos años. Además de los tradicionales papeles que han
desempeñado las monjas como profesoras o enfermeras, ahora tienen la posibilidad de
realizar una gran variedad de servicios a la comunidad. La hermana arrojó el cuestionario
sobre mi mesa y afirmó airadamente: «Si hubiera querido elegir una profesión no habría
ingresado en el convento. Siempre me habían mandado una tarjeta indicándome dónde tenía
que acudir para hacer el trabajo de Dios. No quiero que me obliguen a elegir».
A algunas personas les puede parecer tiránico que les ordenen lo que tienen que hacer
pero, para alguien que no quiere aceptar la responsabilidad de tener que tomar sus propias
decisiones, esta situación le parece perfecta.
Los papeles «tradicionales» de la mujer como amas de casa, profesoras, secretarias,
enfermeras o asistentes sociales pueden haber oprimido a muchas mujeres y haber limitado
su creatividad aunque, en realidad, tenían muy poca presión a la hora de escoger un estilo de
vida. Una mujer que elegía desempeñar el papel de madre y esposa no tenía ninguna razón
para sentir que realizaba un papel menos digno que cualquiera de los anteriores. En la
actualidad, sin embargo, con la llegada de la mujer al mundo laboral y al de los negocios, su
abanico de opciones es mucho más amplio y su interés por participar en los diferentes
papeles de la sociedad es aún mayor. Además, cuando la mujer está en su lugar de trabajo a
menudo siente que tiene que demostrar que es igual o superior a sus homólogos masculinos.
Una mujer se puede ver en la situación de tener que elegir entre ser madre y esposa o ser
doctora, abogado o ejecutiva. Cuando elige el primer papel es posible que sienta que no se
está realizando como persona y que resignarse a desempeñar un papel tradicional supone un
paso atrás, mientras que elegir cualquiera de los otros papeles frustraría su instinto maternal.
Por tanto, ella puede decidirse por desempeñar ambos, lo que en muchos casos desemboca
en lo que la doctora Harriet Braiker ha denominado «mujer tipo. T», en el que la T significa «a
todo y a todos».
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Por lo general, los hombres no se ven afectados por esta disyuntiva y, si bien, los
hombres pueden tener una personalidad de tipo A (están dominados por el tiempo,
constantemente se hallan bajo la presión de tener que acabar su trabajo a tiempo, están
siempre luchando para alcanzar el éxito, son intransigentes con los retrasos, y además son
extremadamente asertivos), no tienen tanta necesidad de justificarse a sí mismos como las
mujeres ni se espera que estén todo el día en casa. El ejecutivo o profesional tipo A puede
haber tenido un día horrible en la oficina, pero cuando llega a casa está perfectamente
aceptado que se descalce y descanse en el sillón del salón.
Éste no es el caso de las mujeres, quienes pueden acabar «la jornada laboral» con un
profundo sentimiento de culpa por haber empujado a sus hijos a una infancia sin una madre
en casa y que, en lugar de recostarse en un sillón, tienen que preparar la cena, repasar los
deberes de los niños y preparar la ropa que han de llevar al colegio al día siguiente, sólo por
nombrar algunas de las obligaciones de las amas de casa. Es más, para ellas no es suficiente
con desempeñar las «tareas básicas» propias de una ama de casa tradicional. Estas mujeres
tienen que demostrar que sus obligaciones en el hogar no están afectando negativamente a
su profesión y viceversa. Una mujer que trabajaba fuera de casa me dijo una vez: «Ser una
persona tipo A sería como unas vacaciones».
Un marido considerado puede atenuar el conflicto de su esposa y ayudarla a
desempeñar ambos papeles, pero no todos los maridos comprenden el dilema de sus
esposas ni tampoco tienen la capacidad de poder proporcionar el apoyo necesario.
El tiempo puede finalmente aclarar los papeles de cada uno y facilitar en el futuro las
condiciones para que la mujer alcance sus objetivos aunque lo cierto es que, en la actualidad,
el papel de la mujer se halla en un período de transición. Para complicar aún más las cosas,
muchas mujeres que buscan competir con sus homólogos masculinos han sido educadas con
conceptos femeninos que entran en conflicto con el comportamiento agresivo que deben
adoptar para poder hacerse un hueco en los círculos profesionales o comerciales. En
resumen, la mujer en la actualidad puede verse atrapada entre varios objetivos
contradictorios.
Algunos psicólogos afirman que su apetito compulsivo simboliza el conflicto de papeles
en el que se encuentra la mujer moderna, en donde comer representaría el papel de la madre
pasiva que cría a sus hijos y adelgazar representaría la identidad agresiva y competitiva
masculina. Otros afirman que adelgazar representa una obediencia a los valores sociales de
lo que significa ser sexualmente atractiva, mientras que comer en exceso representa un
rechazo a esas normas sociales. Si bien puede haber algo de verdad en esas teorías, ambas
son bastante simplistas.
Sin embargo, es innegable que la mujer moderna se ve atrapada en un conflicto de
identidad que, en sí mismo, puede acabar con su autoestima o agravar aún más su baja
autoestima.
Aunque los hombres también tienden a sufrir conflictos y presiones de varios tipos, las
mujeres son propensas a padecer crisis de identidad, lo que podría explicar tantos casos de
trastornos alimenticios que se presentan en ellas, así como el aumento de casos que se ha
producido en las recientes décadas.
¿Qué decisión debe tomar la mujer? ¿Cómo debe realizar dicha elección? Cuando una
mujer se comporta según los deseos de los demás en lugar de satisfacer sus propias
necesidades o sus propios deseos, el resultado desemboca, con mucha frecuencia, en un
estado de tensión nerviosa y de estrés. Por tanto, lo que ha de hacer la mujer es determinar
cuáles son sus necesidades y sentir que es perfectamente lícito satisfacerlas.
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Pero antes de que pueda determinar dichas necesidades es importante que entienda
que existe una compulsión detrás de sus hábitos alimenticios, ya sea en forma de apetito
compulsivo, ganando y perdiendo peso o comiendo mucho y después expulsándolo.

3. ¿Por qué la fuerza de voluntad no sirve?


Como hemos visto, padecer apetito compulsivo significa comer de forma incontrolada,
ya que en eso consiste una compulsión: una persona se ve obligada a hacer algo que no
desea. Existe algo dentro de esa persona que ha pasado a dominar su conducta de tal modo
que se ve forzada a llevar a cabo un acto en particular. En trastornos obsesivos y compulsivos
es muy frecuente observar algún tipo de comportamiento ritual. Por ejemplo, tuve una vez un
paciente que era incapaz de conciliar el sueño si no había colocado sus zapatos debajo de la
cama en forma de T. Él sabía que aquello no tenía ningún sentido, pero no podía evitarlo.
Intentó varias veces dejarlos de cualquier forma, pero al final siempre tenía que ceder a su
obsesión para poder dormir. Cuando se come compulsivamente, el ritual se manifiesta en
comer más de lo que se debería o en comer de manera excesiva.
Algunas personas creen que el apetito compulsivo es un síntoma de falta de fuerza de
voluntad. Piensan que si uno se mentaliza y hace un esfuerzo sincero y dedicado se puede
evitar esa compulsión. El hecho de que alguien coma en exceso lo interpretan como una
prueba de que adolecen de falta de voluntad, indolencia y desinterés por esforzarse.
Creer esto sería como pensar que a alguien le falta fuerza de voluntad porque, al coger
del horno una sartén caliente, la soltara y ésta cayera al suelo. ¿Por qué no hizo un esfuerzo y
sujetó la sartén? ¿Qué más da si duele? ¿No se dio cuenta de que al tirarla estropeó la
comida y manchó el suelo? Dudo mucho que hubiera alguien tan estoico como para sujetar el
mango ardiendo y, por supuesto, no podemos criticar a alguien por haber tirado la sartén en
lugar de haber empleado su fuerza de voluntad.
Se dice que los hindúes expertos en yoga son capaces de acostarse en una cama de
clavos. ¿Debemos concluir que alguien que quita la mano de un objeto punzante para evitar
herirse es una persona moralmente débil que no tiene fuerza de voluntad? En estos casos
entendemos que el daño es tan grande que es ilusorio esperar que una persona haga un
ejercicio de fuerza de voluntad y aguante el dolor. Debernos comprender que el malestar que
siente el comedor compulsivo es tan grande que le resulta imposible superarlo con sólo su
fuerza de voluntad.
La razón por la que a menudo se afirma que «sólo un alcohólico curado puede tratar a
otro alcohólico» se debe a que alguien que no haya experimentado personalmente la
necesidad de beber no es capaz de comprenderla y puede llegar a pensar que recurrir al
alcohol no es más que una clara muestra de que carece de fuerza de voluntad. Esto mismo se
puede decir del deseo de comer que sienten los comedores compulsivos, el cual puede ser
tan fuerte e intenso que la fuerza de voluntad por sí misma es incapaz de resistirlo, del mismo
modo que el dolor de una quemadura obliga a una persona a tirar al suelo un objeto caliente.
La clásica afirmación «mañana lo dejo» es un error. Después de una buena comida,
cuando un comedor compulsivo se siente temporalmente libre de su compulsión, llega a creer
sinceramente que la próxima vez será capaz de controlar sus ansias de comer. A pesar de
todas las experiencias pasadas es incapaz de reconocer la naturaleza de la compulsión y ve
el problema como una cuestión de fuerza de voluntad. Este error le lleva no sólo a ser incapaz
de encontrar ayuda competente para solucionar su problema, sino que también hace que la
persona se castigue a sí misma por no haber podido emplear su fuerza de voluntad.
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En la actualidad, afrontar el reto de poder controlarlo todo forma parte de la vida
moderna. Tal vez antes de la era de la mecánica el problema del control no era tan importante
como lo es hoy en día.
Míralo de esta manera. En la época de los coches de caballos el cochero lo dirigía con
sólo tirar de las riendas pero, en realidad, eso no significaba que controlara al caballo. Más
bien, al tirar de las riendas, lo que se provocaba era que el freno irritase al caballo, el cual
viraba o se paraba para aliviar el dolor. Fundamentalmente, al caballo se le hacía una oferta
que no podía rechazar. Teóricamente, si el caballo tuviera hambre y viera una pila de heno, su
apetito podría ignorar el dolor y se dirigiría hacia la comida en lugar de hacer lo que el cochero
le ordenara. Todo esto cambió cuando el coche sustituyó al caballo. Cuando se gira el volante
no se dice al coche lo que uno quiere que haga, sino que se tiene el control absoluto sobre él.
Esto no era posible con el caballo.
Cuando era niño tenía un pequeño camión que arrastraba por el suelo y un tractor
mecánico que sólo podía ir en línea recta. Hoy entro en una habitación y veo un pequeño
vehículo que corre en todas las direcciones manejado por un niño de cuatro años que se
encuentra en el otro extremo de la habitación, mientras domina alegremente los mandos. A su
tierna edad, el niño aprende que puede controlar las cosas incluso por control remoto. Puesto
que ha crecido en la era de la electrónica tendrá mucha experiencia en controlar cosas, como
cuando ve a su madre llamando por teléfono a casa y activando el horno para empezar a
hacer la cena.
Cuando el satélite Explorer II llegó a los límites del sistema solar, a varios miles de
millones de kilómetros de la Tierra, vi en la televisión cómo respondía a una orden dada desde
el centro espacial. Sentí que un escalofrío recorría mi espalda cuando me di cuenta de que
teníamos la capacidad de controlar cosas que están literalmente a distancias astronómicas de
nosotros.
La era de la tecnología ha pasado a formar parte de nuestra vida y tiene una capacidad
tan grande de controlar todo que en seguida asumimos que algo debe de haber fallado
cuando somos incapaces de dominarlo. Podemos entender la incapacidad de manejar nuestro
comportamiento como una falta de carácter pero, puesto que eso es, un insulto a nuestro ego,
no somos capaces de admitir que es imposible controlarlo y, por tanto, continuamos actuando
como si realmente lo dominásemos. Este hecho puede explicar los continuos intentos de
ponernos a dieta, incluso cuando la experiencia nos ha demostrado que simplemente no
funcionan.
Déjame aclararte algo. Siempre somos responsables de nuestro comportamiento y la
falta de control sobre las situaciones no nos exime de dicha responsabilidad. Y esto no es, en
absoluto, una contradicción.
Un alcohólico recuperado que lleva muchos años sin beber lo explicó así: «Dentro del
cerebro existen centros de control para todo, con unos interruptores que se accionan
automáticamente cuando el cuerpo ha tenido suficiente. Hay uno para el alcohol y cuando
funciona correctamente la persona se toma una o dos copas y ya no quiere más. Mi control
automático para beber leche funciona perfectamente y nunca he tomado más de un vaso al
día. Mi control automático de alcohol no funcionaba, pero yo no lo sabía. Cuando la gente me
decía que bebía demasiado yo no sabía de qué me estaban hablando. Cuando toqué fondo y
me di cuenta de que había perdido el control quería dejarlo pero, al estar estropeado el control
automático, no sabía cómo usar el manual. Lo que el programa de Alcohólicos Anónimos hizo
por mí fue enseñarme a utilizar el control manual».
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Si el mecanismo regulador automático no funciona, todo lo que tenemos que hacer es
aprender a manejar los controles manuales. No podemos caer en un comportamiento
destructivo y alegar que no es culpa nuestra sólo porque el mecanismo automático no
funcione. La buena noticia es que no tiene sentido hablar de «impulso irresistible». Podemos
cambiar nuestro comportamiento.
Asumamos que algunas personas tienen un fallo en el mecanismo que regula la
comida. Si lo aceptan como un hecho desafortunado de la vida y se esfuerzan por aprender a
manejar el control manual pueden llegar a superar su compulsión por comer. Si se niegan a
conseguir ayuda y siguen intentando activar el sistema automático averiado, ya que ven su
problema como un síntoma de debilidad de carácter, seguirán sumidos en una espiral
mientras vayan cayendo cada vez más bajo.
En realidad, existen varios caminos para recuperar el control y sobre ellos se centra el
proceso de recuperación, pero no se puede avanzar hacia la meta hasta que no se afronte el
hecho de que el sistema regulador automático está estropeado.
¿Te has encontrado alguna vez en la bochornosa situación de que tu anfitrión te haya
preguntado si te gustó los gnocchi (ñoqui, pelotitas, pasta italiana elaborada con patatas,
harina y queso de ricota.), dándote cuenta, entonces, de que ni siquiera lo has saboreado
porque lo engulliste rápidamente? Es irónico comprobar cómo la gente que come mucho, que
podría pensarse que saborean la comida, en realidad son incapaces de disfrutarla porque
están demasiado ocupados tragándola.
¿Alguna vez te has sentido terriblemente irritado porque tu jefe te ha recriminado
injustamente ya que fuiste tú el único que hizo posible que la oficina no fuera un caos? ¿Y al
volver a casa intentaste ahogar tu ira tomando un litro de helado para después comprobar que
ahora no sólo estás enfadado sino que también estás enfermo y entonces te preguntas por
qué demonios lo hiciste, prometiéndote firmemente no volver a ser tan estúpido?
¿Alguna vez has sentido que te pasaba eso, que deberías acabar con el exceso de
comida y entonces esa misma noche fuiste a una reunión de Weight-Watchers (Controlador
del Peso; Asociación de personas para perder peso) www.weightwatchers.com), llegaste a
casa con el firme propósito de perder peso y de ponerte a dieta mañana resolviendo que,
puesto que no empiezas hasta mañana, tienes derecho a echar una última cana al aire y te
comes un paquete de galletas?
Mirando hacia atrás, todos esos momentos en los que comiste excesivamente ahora te
parecen ridículos y una persona sensata con un coeficiente intelectual aceptable no debería
actuar de una manera tan irracional. Pero eso se piensa a toro pasado, viéndolo desde una
perspectiva omnisciente. Cuando estabas comiendo te parecía que hacías lo correcto. ¿Por
qué?
Por lo general, ponerse a dieta para controlar el peso suele acabar en un fracaso,
probablemente porque se pretende aplicar un razonamiento lógico a un trastorno alimenticio.
Obviamente, ganar peso está directamente relacionado con consumir más calorías de las que
se necesitan. Así pues, ¿qué puede haber más lógico que reducir o variar la alimentación? El
peligro está en intentar aplicar la lógica a un estado que es ajeno e, incluso, completamente
contrario a ella.
La compulsión se presenta cuando nos vemos forzados a hacer algo contrario a
nuestra voluntad. El origen de la compulsión puede ser irracional pero, puesto que nos
regimos por la parte consciente de la mente y nos jactamos de ser seres racionales, somos
incapaces de aceptar que estamos actuando ilógicamente y, por tanto, tratamos de encontrar
explicaciones a nuestro comportamiento.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 11
En efecto, utilizamos la razón para ocultar los verdaderos motivos de nuestros actos o,
a veces, simplemente no somos conscientes de la verdadera causa y, puesto que estamos
haciendo algo que no nos gusta sin ninguna explicación lógica, optamos por esgrimir algún
argumento que nos pueda convencer.
Con frecuencia las personas tratan de razonar ante todo lo que les rodea. Todos lo
hacemos alguna vez, dándonos explicaciones lógicas de lo que hacemos. A veces, dichos
razonamientos no son más que un intento de darnos explicaciones verosímiles para ocultar
las verdaderas causas, cuya naturaleza a menudo es inconsciente.
En psicología existe un concepto de «motivación inconsciente», que significa que se
puede tener el impulso de hacer algo pero sin ser consciente de por qué se quiere hacer o,
incluso, de que realmente se quiera hacer. Es como si nos manipularan para hacer algo, del
mismo modo que un titiritero maneja los hilos para controlar los movimientos de una
marioneta. Decimos que la motivación que nos obliga a hacer ese acto en particular procede
de la parte inconsciente de la mente.
La mente consta de dos componentes: el consciente y el inconsciente. El consciente
contiene los elementos que conocemos y el inconsciente es el almacén de todas nuestras
experiencias pasadas. Por ejemplo, seguro que serías incapaz de recordar el nombre de
todos los compañeros que tuviste en el bachillerato, hace ya treinta años, ni siquiera aunque
te lo ordenaran a punta de pistola. Sin embargo, sin ningún motivo, una noche sueñas con
ellos y los llamas a todos por su nombre. ¿Dónde ha estado esa información todo ese tiempo?
Pues estaba en el inconsciente. Entonces, ¿por qué no pudiste recuperarla? Pues porque eso
significa inconsciente: no consciente o más allá del conocimiento.
Sigmund Freud sugirió que el inconsciente no sólo es un almacén de recuerdos y
sentimientos sino que también es dinámico, es decir, las ideas que están en el inconsciente
pueden empujarte a actuar de cierta manera y, dado que las ideas no están en tu conciencia,
puedes llegar a hacer cosas sin saber por qué. De hecho, si la presión de una idea
inconsciente es más fuerte que el deseo del consciente incluso se pueden realizar actos que
no se desean. Eso es lo que se conoce por motivación inconsciente. Es como tener a un
«titiritero» manejando los hilos en nuestro interior.
Para sostener esta teoría de la motivación inconsciente, Freud se sirvió de una
demostración de la que fue testigo. En un intento de aumentar sus conocimientos y técnicas
de hipnosis Freud acudió a una conferencia del doctor Liebault, que era una reconocida
autoridad en su campo. Liebault hipnotizó a un miembro del público y le indicó que, cuando
volviera a su asiento, debería levantarse y abrir su paraguas pasados unos minutos. Añadió
también que no sería capaz de recordar si alguien le ordenó que lo hiciera, en lo que se
conoce como sugestión poshipnótica. Después de que terminara de hipnotizarlo el hombre
volvió a su asiento y Liebault siguió con su conferencia.
Poco tiempo después, el hombre se levantó repentinamente y abrió su paraguas,
quedándose completamente sorprendido por su extraño comportamiento. Liebault le preguntó
por qué había abierto el paraguas dentro de la sala y el hombre no pudo explicarlo. Liebault le
preguntó si alguien le había ordenado que lo hiciera y el hombre respondió negativamente.
Liebault insistió en que debía haber alguna razón para ello pero, por más que le dio vueltas al
asunto, el hombre dijo desconocer que se le hubiera dado orden alguna y no pudo dar
ninguna explicación a su acto.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 12
Freud observó que este hombre había hecho algo completamente insólito y no tenía
ningún indicio del porqué de su comportamiento. ¿Cómo pudo haber obedecido una orden de
la que no era consciente? Freud sacó la conclusión de que la orden de abrir el paraguas
estaba realmente en su mente, si bien él no lo sabía o no era consciente de ello. Por tanto,
debe existir en la mente una zona que sea el depósito de las ideas que motivan cierto tipo de
comportamientos del que las personas no son conscientes. Este «departamento» de la mente
es el inconsciente y la demostración convenció a Freud de que, en contra de la creencia de
que siempre hacemos cosas por razones aparentemente lógicas, algunos actos los
realizamos por causas desconocidas y aparentemente ilógicas. En otras palabras, podemos
actuar empujados por una motivación inconsciente.
Carl era un próspero contable que vino a solicitarme un tratamiento debido a una
molesta compulsión. Cuando se sentaba a comer en la mesa tenía que levantarse y cambiar
de asiento, No podía quedarse sentado en el primer lugar que había escogido.
Según me iba relatando la historia recordó que, cuando tenía ocho o nueve años, su
abuelo les hizo una visita y se sentó en la silla que encabezaba la mesa, lugar ocupado
habitualmente por su padre. Entonces Carl se sentó en el lugar que ocupaba todos los días,
pero su madre le dijo: «Levántate de ahí. Ése es el sitio de tu padre». Unos veinte años más
tarde, el joven comenzó a sentirse incómodo cuando se sentaba a comer y necesitaba
cambiar de sitio. Durante años Carl siguió repitiendo su conducta hasta que se puso en
tratamiento para eliminar su compulsión.
Resulta difícil dar una explicación general a este hecho pero, para simplificarlo,
diríamos que viene de un conflicto que tuvo con su madre, la cual había desaprobado a la
mujer con la que Carl se iba a casar. Al casarse con ella se sentía culpable por haberse
opuesto a los deseos de su madre y el rito de cambiar de asiento era su manera simbólica de
obedecer ese deseo, algo que ella le había ordenado muchos años antes. Al cambiar de
asiento, una orden que su madre le había dado hace mucho tiempo, intentaba compensarla
por no haberla obedecido en el asunto de su matrimonio.
Así es como funciona el poder de la compulsión. No importa si el elemento compulsivo
es una orden dada bajo hipnosis o bajo cualquier otra motivación que se encuentre escondida
en la mente. Si existe una fuerza que nos obliga a actuar de una determinada manera
podemos sentirnos incapaces de resistirnos a ella y tratar de luchar contra ese impulso puede
originarnos un fuerte estado de ansiedad.
Cito estos ejemplos para aclarar dos puntos acerca de los impulsos compulsivos:
normalmente son muy intensos y resultan casi irresistibles y, segundo, los actos que nos
obligan a realizar a menudo nos parecen completamente ilógicos. Puede que la persona no
quiera hacerlos y que incluso entienda intelectualmente que no debería hacerlos, sin embargo
no se puede resistir.
Si el apetito compulsivo tiene estas características podemos entender fácilmente por
qué una persona que decide conscientemente perder peso no puede resistir el impulso de
comer y por qué, para perder peso, no basta con hacer un razonamiento lógico.
Ahora veamos qué factores influyen en el apetito compulsivo.

4. El apetito compulsivo: un problema de falta de autoestima


El apetito compulsivo no es más que la suma de múltiples factores. No se debe a una
sola causa, sino que se podría decir que es como una receta, en donde ningún ingrediente
por sí solo hace posible que se elabore un pastel. Es más, ni siquiera basta con unir varios
ingredientes sino que es necesario que todos ellos estén en su justa proporción.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 13
A diario la gente se ve afectada por muchos tipos de problemas. Pueden ser dolores
físicos, como en una lesión, o dolores emocionales, como la depresión o la ira. Mientras que
el dolor físico se debe a una sola causa, la «receta» que produce el dolor emocional a
menudo procede de la combinación de varios factores genéticos, físicos, sociales,
psicológicos y ambientales. Por ejemplo, los trabajadores de una empresa que esté
recortando personal pueden preocuparse por su puesto de trabajo y, sin embargo, cada uno
reacciona a este problema de forma diferente. Una persona físicamente sana, que confía en sí
misma, con una familia que le apoya y con una visión optimista de la vida puede sentirse
menos amenazada que una persona que tiene problemas de salud, inseguridad emocional, un
matrimonio frágil y una visión negativa de la vida. Esta persona puede caer en una profunda
depresión ante el espectro de una posible pérdida de su empleo y esta depresión puede
incluso impedir que realice su trabajo correctamente, agravando así su inseguridad.
Los problemas de comida y de peso también se pueden originar por la combinación de
varios factores. Hay unos factores de tipo físico, en los que algunas personas aparentemente
tienen más «células de almacenamiento de grasa» que otras o poseen un metabolismo más
lento. Algunos pueden comer mucho, incluso postres y, sin embargo, no parece que ganen
peso, mientras que otra persona con la misma estatura y constitución y cuyos hábitos no son
en absoluto más sedentarios ganan peso con rapidez comiendo sólo una porción de lo que
han tomado los demás. Aún no se ha estudiado la naturaleza de todos los metabolismos pero
parece ser que entre los seres humanos existen varios tipos. Los factores sociales,
ambientales y psicológicos también desempeñan un papel importante en el resultado final.
Algunas cosas, como nuestros propios genes, no se pueden cambiar. En el punto de la
ciencia médica en que nos hallarnos, sean cuales sean tus, genes, vivirás con ellos para
siempre. Así pues, en lo que se refiere a factores físicos y con excepción de un mal
funcionamiento del tiroides, no, parece que se pueda hacer mucho con el metabolismo. Los
factores sociales y ambientales, como son el trabajo, las relaciones sentimentales, los amigos
y los vecinos sí se pueden cambiar, pero eso normalmente no varía la manera de sentir o de
actuar de una persona. Mudarse de una zona a otra, lo que se conoce como «la solución
geográfica», no es suficiente para acabar con un problema con la comida, ni tampoco se
puede curar rompiendo con tu matrimonio. Esto nos deja con el factor que más fácilmente se
puede cambiar y que, probablemente, es el que desempeña el papel más importante dentro
de la receta: el psicológico.
Podemos realizar cambios importantes en nuestra manera de pensar y de sentir con el
fin de corregir ese ingrediente y así, al eliminarlo de la receta, seremos capaces de superar un
problema con la comida de modo definitivo. En este aspecto, uno de los sentimientos más
importantes es el de autoestima y me he dado cuenta de que la gente no la tiene. Por contra,
almacenan sentimientos injustificados de inferioridad e incapacidad que son lamentables en sí
mismos y que dan lugar a sentimientos de angustia y a comportamientos desordenados.
Todo el mundo es único. Sabemos que entre miles de millones de personas que
habitan nuestro planeta no existen dos individuos que tengan las mismas huellas dactilares y
que mediante ellas se puede identificar a una persona. La personalidad es incluso más única
que las huellas dactilares y no existen en el mundo dos personas (ni siquiera dos gemelos
idénticos) que sean completamente iguales en su naturaleza intelectual, emocional y
psicológica. Aunque en las personas hay una serie de rasgos comunes que nos permiten
suponer que un medicamento que sirve para mucha gente también funcionará con un nuevo
paciente, no es en absoluto extraño comprobar que ese nuevo paciente no responde al
tratamiento y que debe ser tratado como un individuo y no como una generalidad. Esto se
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 14
observa, sobre todo, en psicoterapia, donde los diferentes caracteres psicológicos convierten
a cada persona en única. No obstante, se pueden hacer algunas generalizaciones.
Uno de esos sentimientos de angustia que se produce, al menos parcialmente, por una
ausencia de autoestima es lo que yo llamo la «ansiedad», una terrible sensación que es un
denominador común entre los comedores compulsivos. Generalmente pensamos que la
ansiedad proviene del miedo, pero cuando se siente miedo siempre existe un elemento
catalizador (algo a lo que tememos). En estados de ansiedad no existe dicho catalizador. Si
vas descendiendo con tu coche por una montaña con la carretera helada y pierdes
completamente el control de tu vehículo, la sensación que tienes es la de miedo. Tu corazón
late con rapidez, respiras con dificultad, tu pecho se comprime y sientes la proximidad de la
muerte. Esta reacción física y emocional es perfectamente comprensible dadas las
circunstancias. Sin embargo, si estás en la caja del supermercado o vas conduciendo por una
autopista sin tráfico en un día soleado y, de repente, tienes unos sentimientos parecidos, se
puede decir que eso se debe a la ansiedad, ya que no hay nada que justifique esas
sensaciones.
En mi léxico, esos sentimientos deberían llamarse pánico, en lugar de ansiedad.
Prefiero usar el término ansiedad para referirme a ciertos sentimientos confusos de angustia
que no han de estar acompañados necesariamente por ninguno de los sentimientos anteriores
de pánico. La ansiedad tampoco es lo mismo que el sentimiento de tristeza que se presenta
en la depresión. La ansiedad es un sentimiento que resulta complicado describirlo con
precisión y que podría explicarse como un estado en el que el paciente «se siente un
desgraciado». La palabra desgraciado nunca ha formado parte de la terminología legítima de
la psicología por lo que no se puede usar en una publicación seria. Por lo tanto, debemos
adoptar un término adecuado: ansiedad. Eso significa que uno se siente mal, a menudo sin
saber por qué ni qué hacer al respecto. Afirmar que «me siento un desgraciado» no
proporciona ninguna vía que permita aliviar un sentimiento con sólo eliminar la causa que lo
provoca ya que, por lo general, se desconoce cuál es dicha causa.
Tener autoestima significa tener un concepto positivo de uno mismo, un sentimiento de
que se es digno, agradable y competente. (En los próximos capítulos explico este concepto
con más detalle). Las personas que tienen autoestima pueden afrontar con más facilidad los
distintos problemas y objetivos de la vida sin desarrollar un estado de ansiedad, mientras que
la falta de autoestima convierte a una persona en un ser muy vulnerable a ella.
La ansiedad o la sensación de ser un desgraciado, que a menudo se debe a una pobre
autoestima, puede llegar a ser muy desagradable, a veces prácticamente insoportable, y la
gente intenta escapar de ese sufrimiento de muchas maneras. Algunas son constructivas,
como cuando nos estimula a realizar actividades que nos hagan sentir bien. Otras son
neutras, como leer o ver la televisión. Pero otras son francamente destructivas, como comer
para sentirnos mejor o ingerir grandes cantidades de drogas o alcohol.
¿Por qué algunas personas eligen un método de escape en lugar de otro? Existen
varias teorías al respecto, pero nadie puede afirmar con exactitud qué es lo que determina la
elección de cada una de ellas.
Ni siquiera alguna de esas vías constructivas está exenta de inconvenientes. Aunque
las personas que eliminan su ansiedad incrementando sus prestaciones en un trabajo
provechoso están haciendo algo positivo, el hecho es que se ven motivadas por una emoción
más negativa que positiva. Puesto que no han acabado con el origen de su ansiedad es fácil
que vuelvan a sentirse miserables de nuevo, una vez que hayan alcanzado el objetivo que se
habían propuesto y su único recurso será imponerse y perseguir otro objetivo distinto.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 15
Esto puede desembocar en una obsesión por el trabajo que puede traer consecuencias
negativas, como la falta de atención a su propia familia y a sus obligaciones espirituales o
puede conducir a problemas físicos como migrañas, úlceras pépticas, subidas de tensión y
enfermedades cardíacas.
El efecto del alcohol y los medicamentos es muy claro: hacen que la mente se olvide
de los problemas, al menos temporalmente. Puesto que su efecto es breve, es probable que
la persona siga usando esa vía de escape, corriendo el grave riesgo de caer en la adicción.
Mucha gente encuentra alivio a su ansiedad por medio de la comida, incluso aunque
hayan comido lo suficiente como para satisfacer las necesidades nutritivas de su cuerpo. La
comida puede proporcionar esa sensación de alivio de diferentes maneras, provocando tal vez
que el cerebro segregue endorfinas, cuyo efecto es parecido al de los medicamentos. Para
explicar este fenómeno se ha dado un argumento psicológico que puede ser válido.
Probablemente la primera sensación de ansiedad que sentimos en nuestra vida es la de
hambre. Cuando un adulto que no ha comido durante un tiempo siente hambre no suele
confundir esa sensación con la de ansiedad. Sin embargo, un bebé no puede hacer esa
distinción y para él el apetito es ansiedad. Cuando se le da de comer la ansiedad que le
provoca el hambre desaparece. Esa experiencia es la más temprana y se repite muchas
veces durante la infancia, de modo que en la mente del bebé se imprime que la comida puede
aliviar la ansiedad.
Así se explica cómo el inconsciente puede dominar la ansiedad en el futuro. La
persona recuerda que durante la infancia aliviaba repetidamente su ansiedad por medio de la
comida y aunque no existe ninguna relación lógica entre ellos, ese mecanismo todavía
continúa funcionando. La necesidad del cuerpo por encontrar un alivio puede provocar la
orden « ¡come!» y esta orden tiene la fuerza de una compulsión. Que una persona no sea
consciente de por qué está comiendo ni del origen de esa compulsión es algo indiferente, ya
que el hecho de que ese proceso tenga lugar en el inconsciente no disminuye en absoluto su
fuerza.
Los bebés a los que rápidamente se les coloca el biberón en la boca cada vez que
lloran sin que sus madres reparen en el motivo del llanto, son muy propensos a desarrollar
hábitos alimenticios compulsivos. Probablemente sea cierto eso de que las madres que
padecen ansiedad e inseguridad sólo conocen una respuesta al llanto de sus hijos: darles de
comer. Las madres que se sienten mejor consigo mismas y no se ven amenazadas por el
llanto de su bebé pueden hacer que sus hijos tengan una actitud más sana hacia la comida.
Pero esto es simplificar demasiado las cosas, ya que los problemas con la comida no se
producen por la presencia o la ausencia de un único factor. No obstante, el tema de la
respuesta temprana de los padres puede aportar alguna revelación a la actitud del adulto
hacia la comida.
Aunque las primeras sensaciones en la vida son importantes no son en absoluto las
únicas experiencias que influyen en la relación de una persona con la comida. Es más, el
hecho de conocer cómo se originan algunas actitudes no nos lleva de modo automático a
tener la capacidad de cambiarlas. Podemos saber que la causa de un incendio fue una cerilla
pero eso no quiere decir que sólo con apagarla se vaya a extinguir la llama. Del mismo modo,
el hecho de comprender cómo y por qué se producen las reacciones psicológicas no es
suficiente para poder cambiarlas y la única aplicación práctica que podemos dar a ese
conocimiento es la preventiva. Si sabemos el origen de nuestros problemas podremos evitar
que se repitan en los demás, especialmente en nuestros hijos.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 16
Sin embargo, una vez que se ha establecido un modelo de vida necesitarnos encontrar
otras vías diferentes al análisis histórico para poder deshacerlo. A continuación veremos
algunas de esas vías.

5. El papel que desempeña el concepto de uno mismo


Evelyn vino a mi consulta acompañada por su marido. Llevaban nueve años casados y
tenían un hijo. Evelyn era gerente en una firma de abogados y era muy eficiente en su trabajo.
También era una excelente ama de casa y su marido hablaba de ella en términos
superlativos. Era atractiva e inteligente. Su marido se quedó mudo de asombro cuando, hace
varios días, Evelyn se echó a llorar y le confesó que llevaba tina «doble vida». Afirmaba que
en realidad estaba «loca» y que le había ocultado esa locura a su marido porque le quería y
porque tenía miedo de que la abandonara si algún día llegaba a descubrirlo.
La «locura» de Evelyn era bulimia. Ella comía mucho y después se provocaba vómitos.
A veces tomaba grandes dosis de laxantes para purgarse. Todo esto lo había llevado a cabo
en secreto, a veces mientras su marido dormía, otras veces durante el trabajo. De vez en
cuando desaparecía después de comer, poniendo alguna excusa, por temor a que su marido
la descubriera. «Estoy muy avergonzada. Pero esto es demasiado. No puedo seguir así por
más tiempo».
El marido de Evelyn la abrazó y le aseguró que la amaba. No entendía por qué su
mujer actuaba así, pero le prometió que la ayudaría como pudiera.
«No necesitas una esposa que esté loca», lloró Evelyn. «Te mereces algo mejor».
La historia de Evelyn es muy común entre las mujeres que padecen bulimia. Había sido
una excelente estudiante y había hecho muchos amigos en el instituto. Cuando tenía unos
dieciséis años comenzó a preocuparse por su peso, aunque no le sobraban kilos. En su clase
había varias compañeras que estaban mucho más delgadas y Evelyn sentía envidia de ellas.
Intentó probar una dieta para perder peso pero no funcionó, ya que pasaba mucha hambre y
después tenía que comer. Llegó a la conclusión de que, ya que no podía controlar su apetito,
al menos podría eliminar lo que comía y así empezó a comer y a regurgitar, acabando por
llevar a cabo su tarea en secreto. La bulimia de Evelyn había comenzado con una afirmación
bastante frecuente entre los jóvenes: no soy atractiva. Este juicio era completamente erróneo,
ya que desde el punto de vista de mucha gente Evelyn era una persona realmente atractiva,
excepto desde el suyo propio.
Todos tenemos un autoconcepto, una idea de cómo nos mostramos a los demás y este
concepto se basa en lo que pensamos de nosotros mismos. Normalmente asumimos que todo
lo que vernos es real y que los demás perciben esa realidad de igual modo que nosotros. Por
ejemplo, si veo un árbol ante mí no tengo ninguna razón para creer que es una alucinación y
que el árbol no está ahí. Asumo que todo el mundo ve el mismo árbol que yo.
Del mismo modo, si tengo un concepto de lo que soy y de mi aspecto, estoy
convencido de que eso es real y de que todos los que me rodean ven lo que yo veo en mí
mismo. Si pienso que no soy una persona atractiva entonces creo que todos me ven como
una persona sin atractivo alguno. Si pienso que soy una persona poco interesante entonces
todo el mundo se dará cuenta dedo poco interesante que soy.
El hecho de que la gente sea en realidad atractiva y brillante no impide que se vean a
sí mismos estúpidos y poco atractivos. Cuando una persona se ve a sí misma de modo
negativo no puede tener autoestima. Para ella, su yo negativo es el real, el auténtico, y su
modo de vida se ve influido por esa presunción errónea.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 17
En cada trastorno alimenticio se observa un problema de falta de autoestima, ya sea
en los casos de apetito compulsivo o en los de bulimia.
Se cree que cada persona que sufre un trastorno alimenticio tiene una doble identidad:
el verdadero yo, que es auténtico, y el falso yo, que es la imagen alterada que la persona
tiene de sí misma.
La falta de autoestima puede contribuir a la aparición de un trastorno alimenticio de
muchas maneras. Evelyn se veía poco atractiva y su búsqueda por estar delgada la llevó a
una situación en la que tenía que comer y después lo eliminaba. Tener un pobre concepto de
uno mismo a menudo conduce a un sentimiento de inseguridad, como cuando anticipamos un
fracaso o un rechazo, y este trastorno puede desembocar en un sentimiento de ansiedad que
a veces se alivia con la comida. La mujer cuyo apetito compulsivo se traduce en un sobrepeso
o que come y luego lo expulsa se siente peor consigo misma por culpa de ese problema. De
este modo, nosotros mismos reforzamos el círculo vicioso. El problema con la comida, que
tiene su origen en una imagen equivocada de nosotros mismos con un sentimiento de
inferioridad, lleva a una infravaloración cada vez mayor que intensifica el concepto negativo de
uno mismo.
Se puede creer que todo lo que se necesita para aliviar el autoconcepto negativo es
señalar los hechos a la persona, demostrarle que en realidad es atractiva, competente y
agradable. Por desgracia eso no es suficiente. El marido de Evelyn con frecuencia le decía
que la amaba y en la oficina consideraban que era extremadamente competente, pero el
conocimiento objetivo tiene poco efecto. No podemos cambiar nuestro propio concepto
mediante una simple información objetiva.
Una vez que se presenta un cuadro de apetito compulsivo éste puede pasar a controlar
todos los aspectos de la vida de una persona. En otras palabras, se origina por una
determinada causa pero después empieza a servir para otros propósitos. A veces la razón
original que llevó a la compulsión ya no existe y, sin embargo, el problema se mantiene en el
individuo por otras razones que han surgido posteriormente.
Un ejemplo típico es Annette, que era una comedora compulsiva que padecía
sobrepeso. Ella afirmaba que comenzó a comer por aburrimiento, tras haber dado a luz su
primer hijo y tener que estar todo el día sóla en casa con el niño. Descubrió que le relajaba
picar entre horas y finalmente cogió demasiado peso. Annette decidió llevar a su hijo a una
guardería y volvió a su trabajo de secretaria. Ya no se aburría durante el día, pero su
compulsión continuaba. Intentó varias veces ponerse a dieta, pero fue inútil.
Annette declaró que deseaba perder peso con todas sus fuerzas. «No puedes gustar a
nadie si estás gorda. No te invitan a fiestas y cosas así.» Ésa era, por supuesto, la manera en
que ella veía las cosas. Annette tenía un concepto muy pobre de sí misma y había asumido
que no era una persona agradable y que la gente no deseaba su compañía. Se había sentido
así desde siempre, incluso desde que era una niña. Esperaba que la gente no la invitara a las
fiestas pero como le dolía tanto pensar «no resulto agradable», su sistema defensivo
psicológico la llevaba a pensar: «La gente me evita no porque no sea agradable, sino porque
estoy gorda».
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 18
En la tira cómica de Peanuts, Peppermint Patty continuamente saca malas notas. En
lugar de pensar que es una mala estudiante Patty cree que su problema se debe a
que tiene la nariz grande y que por eso la maestra siempre la suspende.

El hecho de que Annette creyera que no era una persona agradable por culpa de su
peso tenía mucho en común con el hecho de que Peppermint Patty desviara la causa de sus
problemas escolares a sus características faciales. Annette no debería pensar que era una
mala persona,, sólo que tenía sobrepeso y, en segundo lugar, ella siempre tenía la opción de
adelgazar y de este modo convertirse en una persona más atractiva. Su problema de peso,
que en su origen comenzó porque se aburría, aún se mantenía porque servía para otro
propósito. Es muy característico que un comportamiento comience por una determinada razón
y luego pase a satisfacer otras necesidades emocionales.
Míralo de esta manera. Suponte que piensas escribir un libro, y que te compras un
ordenador para usarlo como procesador de textos, para que así te resulte más fácil su revisión
y su edición. Entonces descubres que resulta mucho más eficaz para escribir cartas y otros
documentos que la máquina de escribir, ya que es más fácil corregir los errores tipográficos.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 19
También descubres que el ordenador es muy práctico para mantener al día tus
cheques, recibos, presupuestos y para tu declaración de la renta. Después descubres que es
un magnífico fichero para tus recetas y también que, una vez que has introducido todos los
nombres y direcciones en el fichero de las tarjetas de felicitación, imprimir las etiquetas ahora
sólo es cuestión de segundos y no de horas.
Finalmente terminas de escribir tu libro y, en realidad, ya no necesitas el procesador de
textos, que era la razón por la que te compraste el ordenador. Sin embargo, ahora no te
separarías de él por nada del mundo, ya que te resulta muy útil para otras muchas funciones.
Esto mismo puede suceder con cualquier tipo de comportamiento. Al principio se
presenta por una razón A, pero una vez que está ahí pasa a aliviar las razones B, C, D y E.
Incluso si la razón A desaparece, ese comportamiento permanece en el individuo ya que
ahora sirve para otras funciones. Eso es lo que los psicólogos llaman «determinación múltiple
de un síntoma», en el que el comportamiento se determina por más de un factor. Comer de
forma compulsiva puede tener más de una función. Al principio puede comenzar sirviendo
para aliviar algún tipo de ansiedad en particular, pero luego se puede observar que vale para
realizar otras funciones. Por lo tanto, aunque fuera posible analizar razonablemente o eliminar
la causa original del problema, se ha llegado a desarrollar cierto tipo de comportamiento que
ha pasado a controlar nuestra vida, ya que ahora vale para desarrollar otras funciones en la
economía psicológica del individuo. La razón por la que tener una adecuada conciencia de
uno mismo y una autoestima desarrollada pueden ser tan útiles para superar todo tipo de
problemas de apetito compulsivo es que todos esos factores — B, C, D y, por supuesto, A —
pueden ser consecuencia de un concepto alterado de uno mismo y cuando ese problema se
corrija se podrán eliminar todos los factores que alimentan al apetito compulsivo y
mantendremos para siempre nuestro peso ideal.
Al igual que Annette, las personas que tienen dos «identidades» (el verdadero yo, es
decir, cómo realmente son, y el falso yo o cómo ellos creen que son) no tienen ni la más
remota idea de que viven en ese estado mental, ya que están convencidos de que el falso yo
es, de hecho, el auténtico. Esta falta de conciencia de su verdadera identidad y su error al
confundir su falso yo con el verdadero pueden dar lugar a todo tipo de trastornos en sus vidas.
Por ejemplo, Connie tenía un concepto negativo de sí misma. A sus padres no les
gustaba el hombre con el que se quería casar e incluso sus amigos se preguntaban qué
demonios había visto en John, que era muy inferior a Connie en inteligencia y personalidad.
Aunque los demás veían que Connie estaba cometiendo un error, su decisión se basaba en lo
que pensaba de sí misma y por eso, desde su punto de vista, lo que ella se merecía era a
alguien como John.
Connie desarrolló una dependencia a los tranquilizantes y por esta razón tuvo que
someterse a tratamiento. A medida que el tratamiento le fue ayudando a adquirir un concepto
más positivo de sí misma, Connie empezó a darse cuenta de la diferencia que existía entre
ambos y de que eran completamente incompatibles. Connie había tomado una decisión muy
importante en su vida, aunque totalmente equivocada, en base a un concepto negativo de sí
misma.
Bertram era un joven obeso extremadamente pasivo. Su incapacidad para imponer su
voluntad hacía que los demás se aprovecharan de él. Una vez compró un aparato
electrodoméstico que no funcionaba, pero no volvió a la tienda para que se lo cambiaran
porque aquello era demasiado atrevido para él. A menudo se sentía un fracasado por su falta
de aserción y eso le llevaba a comer para aliviar su frustración.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 20
La falta de aserción de Bertram era una consecuencia directa de su pobre
autoconcepto. No tenía la suficiente seguridad en sí mismo como para contrariar a los demás.
Si preguntásemos a la gente si se conocen a sí mismos, si saben realmente quiénes y
qué son, la mayoría responderían afirmativamente y rechazarían cualquier respuesta
contraria. Sin embargo, mi experiencia clínica me ha demostrado que mucha gente apenas
conoce su auténtica identidad.
He tenido muchas dificultades para convencer a la gente de que la impresión que
tienen de ellos mismos es equivocada, incluso cuando se lo demuestro con pruebas
concluyentes. Aunque pueda parecer extraño, he descubierto que algunas personas buscan
más engañarse a sí mismas que afrontar los hechos.
Una vez realicé una sesión de hipnosis con el personal del hospital y Carol, una de
nuestras secretarias que ya había sido tratada por medio de la hipnosis para curar un
problema que tenía en su piel, se presentó voluntaria para que la hipnotizara. Quería
demostrarles que el hipnotizador puede crear ilusiones dentro de la mente del sujeto. Coloqué
una silla vacía al lado de Carol y le dije que cuando abriera los ojos vería a su amiga Marta
sentada a su lado. Cuando abrió los ojos se volvió hacia la silla vacía y comenzó a conversar
con su imaginaria amiga.
Después vi que Marta estaba sentada entre los asistentes y se me ocurrió intentar un
experimento. Le ordené a Carol que cerrara los ojos y le pedí a Marta que se sentara a su
lado, de modo que Marta quedaba situada a su izquierda y la silla vacía a su derecha.
Entonces ordené a Carol que abriera los ojos y ella se volvió de nuevo hacia la silla vacía y
siguió hablando con su amiga imaginaria. Me situé a su izquierda y la llamé. Cuando miró
hacia su izquierda y vio a su amiga pareció asustarse y comenzó a mirar hacia ambos lados.
«¿Cómo puede estar Marta en dos sitios a la vez?», preguntó.
Yo le respondí: «Carol, te estoy gastando una broma. Marta sólo está en un lugar y la
otra es una alucinación. Ahora quiero que mires a las dos Martas y me digas cuál es la
auténtica».
Carol miró varias veces a izquierda y derecha y después señaló a la silla vacía y dijo:
«Ésta es la auténtica Marta». Ciertamente, es posible llegar a creer que el imaginario falso yo
es más auténtico que el propio verdadero yo.
Muy bien, existe un verdadero yo y un falso yo. El verdadero yo, aquel que es capaz y
competente, es el único que controla el sistema de control automático que interrumpe la
sensación de hambre una vez que se han satisfecho las necesidades de alimentación del
cuerpo. El falso yo es una persona imaginaria que existe sólo en nuestra mente. Esta persona
irreal no posee un mecanismo de control que formaría parte de una psicología normal y,
además, es la que recurre a la comida para aliviar el estrés y la que hace que sientas hambre
incluso cuando ya has comido lo suficiente. El falso yo es el que da la orden de comer y, como
piensas que esta persona es la real, sus órdenes parecen auténticas y te ves obligado a
obedecerlas.
Algunas personas que tienen pensamientos e impulsos compulsivos irracionales
intentan eliminarlos quitándoselos de la cabeza. Por desgracia, los pensamientos compulsivos
son como un muelle. Si se intenta deformarlo presionándolo, lo único que se consigue con ello
es incrementar su resistencia y hacer que salga hacia fuera con más fuerza. De hecho, cuanto
más intentes comprimirlo más fuerza de retroceso generará. Este hecho resulta de lo más
frustrante en aquellas personas que sufren pensamientos obsesivos y compulsivos. Intentar
eliminarlos puede resultar contraproducente. De igual modo, cuando intentas superar el
apetito compulsivo mediante dietas, éste puede volverse aún más fuerte e irresistible.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 21
En el mejor de los casos, debemos penetrar en el interior de la mente y eliminar el
origen de esos pensamientos que resultan tan molestos, pero esto resulta más fácil decirlo
que hacerlo. Si se implantara el pensamiento por medio de hipnosis, la solución sería
relativamente simple: realizar al sujeto una hipnosis regresiva y eliminar la sugestión. Sin
embargo, resulta mucho más difícil eliminar la orden cuando los pensamientos compulsivos
aparecen de modo espontáneo.
Aunque la solución no es tan sencilla como en la compulsión inducida por hipnosis,
muchos casos de apetito compulsivo tampoco son un problema terriblemente complejo. A
menudo somos capaces de comprender que el origen del pensamiento es el falso yo que nos
ordena: «¡Come! ¡Come!». Lo que debes hacer es deshacerte del falso yo. Debes aprender a
reconocer a tu verdadero yo, algo que sin duda provocará que se eleve tu autoestima. Por eso
titulé este libro El delgado que llevas dentro. Nuestro concepto equivocado de inferioridad
es el que crea el falso yo y el que tan a menudo nos conduce a comer de manera compulsiva.
¿Cómo puedes encontrar tu verdadero yo? El primer paso es reconocer que realmente
existe un falso yo. Este hecho, por sí mismo, puede resultar de mucha ayuda. He escuchado
decir a muchos alcohólicos que veían y oían alucinaciones: «Escucho a esa voz que me dice
haga cosas, pero sé que es un delirio». Aunque algunos creen en lo que ven o escuchan,
otros tienen la clarividencia de comprender que su experiencia es imaginaria, incluso en su
estado etílico.
Una persona que sufre una alucinación y cree que el monstruo que ve es real, puede
llegar a saltar por la ventana para escapar o intentar luchar contra él. Si somos capaces de
reconocer que la alucinación es irreal podremos eliminar ese tipo de comportamiento
destructivo. Una mujer que sufría alucinaciones motivadas por el alcohol se sentó en el diván
y dijo: «Veo cientos de gatos por la habitación, pero sé que no están ahí», y no trató de
echarlos. Una vez entré en la habitación de un paciente que escuchaba voces por culpa de su
afición al alcohol y le escuché gritar: «¡No eres real, no eres real!». Me explicó que escuchaba
voces que le llamaban y le decían que se tirara por la ventana, pero sabía que eran
alucinaciones. Así pues, el mero hecho de ser consciente de que hay un falso yo que no es
real puede servir de gran ayuda, ya que la persona no tiene por qué obedecer una orden dada
por un ser fantástico. Si eres consciente de que el deseo de comer se debe a un mandato
dado por una fuente que no existe, te puede resultar un poco más fácil resistirte a él.
Pero, obviamente, esto no es suficiente. Es necesario deshacerse del falso yo. Esto es
algo completamente distinto a dejar que el falso yo siga merodeando e intentar ignorar sus
órdenes de comer, que sería lo mismo que comprimir un muelle. Aquellos que creen en las
posesiones demoníacas pueden tratar de expulsar al indeseable inquilino por medio del
exorcismo. Así pues, desde el punto de vista psicológico, se debe realizar algo parecido a un
exorcismo: encontrar una manera de eliminar ese falso yo tan molesto y terminar con la doble
personalidad que provoca en la persona un estado de confusión mental. Cuando seas capaz
de conseguir esto, tú podrás ser quien realmente eres, y el verdadero yo estará delgado.

6. ¿Por qué tenemos un falso yo?


Voy a decirte algo que puede que te sorprenda. Si tienes un falso yo no eres, de
ningún modo, el único. Ni siquiera eres una minoría. Me atrevería a decir que el 99,9 % de la
población mundial tiene un falso yo.
Un recién nacido no llega al mundo con un sofisticado concepto de sí mismo. El
concepto de la propia identidad se desarrolla a medida que la gente que nos rodea nos dice
quién y qué somos.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 22
En primer lugar, por supuesto, están nuestros padres, pero también hay mucha gente
que nos influye. Nos dicen si somos hombres o mujeres, de qué raza somos, qué religión
tenemos, y finalmente todo lo demás acerca de nosotros mismos. Nos dicen si somos buenos
o malos, si somos valientes o cobardes, decididos o tímidos, agradables o antipáticos,
atractivos o poco atractivos, delgados o gruesos. Cuando empezamos a pensar en cómo
somos ya tenemos configurada una imagen de nosotros mismos que, en parte, nos la han
impuesto los demás.
Katherine es una gemela cuyo padre mostraba una clara preferencia por su hermana.
Recuerda cómo su padre le decía: «Tú no eres como tu hermana. Tú eres tonta». Katherine
no podía entender por qué su padre tenía esa opinión de ella, ya que en el colegio sacaba
mejores notas y tenía tantos amigos como su hermana. Aunque no podía encontrar ninguna
razón objetiva a su complejo de inferioridad, el hecho de que su padre la despreciara la hacía
sentirse mal consigo misma.
Durante los primeros años de nuestra infancia, existen muchos factores que pueden
contribuir a crear un concepto negativo de uno mismo. En primer lugar, cuando llegarnos al
mundo somos seres pequeños y vulnerables y estamos rodeados por gente que ante nuestros
ojos son como poderosos gigantes. Esta impresión inicial de inferioridad relativa podría ser la
raíz de un concepto negativo de uno mismo. Es posible que, cuando nace un nuevo hermano
y se desvía la atención paterna, el niño sienta que le quieren menos que al bebé. Si el
hermano enferma o necesita unas atenciones que requieren un cuidado especial de sus
padres el niño también puede llegar a malinterpretarlo. No saber mostrar afecto al niño, cuya
causa puede ser la excesiva preocupación de sus padres por el trabajo o por otras
distracciones o simplemente porque no son capaces de mostrar sus sentimientos, puede ser
interpretado como una prueba de que no le quieren. Las discusiones de los padres, el
alcoholismo y, por supuesto, los abusos pueden dar como resultado que el niño piense que,
de alguna manera, es malo. Por tanto, un niño puede desarrollar un concepto negativo de sí
mismo y puede vivir con él durante toda su vida.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 23
Algunas personas que «se esconden en el escobero» cuando son niños, nunca
superan este sentimiento y continúan «escondiéndose» cuando son adultos.
Aunque Katherine es una mujer atractiva con una personalidad encantadora,
esencialmente es una persona solitaria. Su vida consiste en su trabajo y en hibernar en su
apartamento. Tiene miedo a concertar una cita ya que piensa que la van a rechazar porque no
es una persona agradable. La idea de que era menos agradable que su hermana gemela se
mantenía durante su madurez. Cuando no podía evitar tener que acudir a las reuniones, como
las comidas familiares o las fiestas de su oficina, solía salir al pasillo o esconderse en los
lavabos.

Cuando somos niños desarrollamos una manera de conocernos a nosotros mismos


basada en lo que nos dicen los demás, y nada nos puede convencer de que este método de
adquirir conciencia propia no es fiable. Podernos seguir el ejemplo de los demás durante toda
la vida y buscar constantemente en sus opiniones las claves que nos revelen aspectos de
nosotros mismos. De igual modo que seguimos andando el resto de nuestra vida según las
lecciones que aprendimos en nuestra infancia, podemos seguir juzgándonos a nosotros
mismos de acuerdo con la opinión que los demás tienen de nosotros o, al menos, como
parece que opinan de nosotros, según nos demuestran sus actos. Cuando se tiene doce o
trece años no podernos esperar que un día nos sentemos y digamos: «Tal vez no soy la
persona que creo que soy. Tal vez las impresiones que recibí sobre mí no eran correctas. Tal
vez debería ignorarlas y empezar de cero, intentando descubrir por mí mismo quién soy y qué
es lo que de verdad quiero ser». Es improbable realizar este ejercicio durante la adolescencia
e incluso, cuando llegamos a la mayoría de edad, es difícil embarcarse en una búsqueda de
nuestra propia identidad, hasta que una crisis nos empuje a ello. Sin embargo, cuando somos
adolescentes ya estarnos sujetos a las presiones que nos imponen tanto la sociedad como la
gente que nos rodea, y esto puede hacer que la identidad que hemos desarrollado en la
infancia se refuerce o que cambiemos nuestra personalidad en favor de otra que nuestro
entorno quiere que tengamos. Así pues, la imagen que tenemos de nosotros mismos se nos
impone desde fuera, y vivimos con ella durante nuestra vida hasta el momento en que damos
los pasos necesarios para corregirla.
Karen vino a mi consulta porque padecía una «fuerte ansiedad». Era hija única y su
padre era un alcohólico que abusaba de ella. Su madre siempre se ponía de parte de su
padre y cuando Karen llegó a la madurez ella le explicó: «Le daba la razón para calmarlo, ya
que si se enfadaba bebía aún más». La explicación de su madre llegó con quince años de
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 24
retraso, ya que tener un padre alcohólico y una madre que lo defendía le hacía sentir que era
una mala persona.
Karen se apuntó a la escuela de enfermería y aceptó un trabajo que exigía mucha
responsabilidad. Su ansiedad le sobrevenía porque se sentía incapaz de afrontar las
exigencias de su trabajo. No sabía con seguridad si lo estaba realizando correctamente y el
personal del hospital eran tan escaso que sus superiores no tenían tiempo para supervisar su
tarea. «Siempre he necesitado que alguien apruebe mis actos. Necesito que alguien me diga
que lo que hago está bien, porque si no, tengo la sensación de que me estoy equivocando».
Según me iba explicando su caso, Karen confesó que padecía apetito compulsivo y
que había probado innumerables dietas milagrosas para perder peso. Le comenté que la crisis
por la que pasaba era en realidad una bendición, ya que revelaba que había vivido con una
marcada autoestima depresiva.
En cierto modo, nuestra identidad también es consecuencia de habernos amoldado a
los deseos de nuestros padres, las personas que normalmente ejercen la influencia más
profunda en nuestra propia autoimagen. Puede haber otra gente (hermanos, abuelos, tíos)
que nos hagan saber quiénes somos y, lo que es más importante, quiénes creen que
deberíamos ser. Puesto que la mayoría de nosotros tenemos un enorme deseo de gustar a
los demás, tendemos a actuar de una determinada manera que nos permita alcanzar ese
objetivo. Nos transformamos en lo que los demás quieren que seamos. Cada una de estas
personas que tanto influyen en nuestra vida pueden tener diferentes puntos de vista de lo que
deberíamos ser, y es muy posible que esas expectativas entren en conflicto entre ellas. Esto
nos conduce a un serio dilema: tenemos que ser de una determinada manera con cada
persona, a no ser que podamos crear una personalidad que sea aceptada por todo el mundo,
cosa nada fácil de lograr. Mientras este proceso se desarrolla, desde la infancia en adelante,
es posible que no se tenga en cuenta una cuestión importante. ¿Qué me gustaría ser si
dependiera sólo de mí? ¿Qué pasaría si fuera como Adán en el Jardín del Edén? ¿Sería la
persona que soy ahora? Mucha gente nunca se lo plantea. Lo cierto es que no somos como
Adán en el Edén, por supuesto, sino uno de los muchos miles de millones de habitantes de la
Tierra, un miembro de una determinada cultura, comunidad y familia, con la que nos gustaría
convivir en armonía. Por lo tanto, muy pocas veces realizamos un examen independiente ,y
sincero de nosotros mismos.
Sin embargo, qué pasaría si esa parte de nuestra personalidad que es «Adán»
proclamara que quiere ser él mismo y se le oprimiera constantemente. Puede que nunca
lleguemos ni siquiera a plantearnos que esta «identidad» pueda existir. Pero si, como
sospecho, «Adán» está dentro de nosotros y desea expresarse pero lo comprimimos como si
fuera el muñeco de una caja de resorte y sujetamos la tapa con fuerza para que no vuelva a
salir, la situación se vuelve muy tensa. El hecho de que constantemente tengamos que
meterlo dentro de la caja puede agotar nuestra energía.
No sólo se experimenta una fuerte tensión sino, más específicamente, ira. Imagínese
que está encerrado en un recinto muy estrecho, golpeando con sus puños y gritando:
«¡Déjenme salir!». Eso no es más que un enorme grito de enfado y si es correcta mi tesis de
que quien grita es el verdadero yo que habita dentro de nosotros que quiere expresarse,
entonces concluyo que ahí fuera debe de haber muchas personas enfadadas.
Muchos de los pacientes que he tratado en treinta y cinco años de experiencia
psiquiátrica se sentían frustrados y enfadados, ya que no sólo habían sido incapaces, de
realizarse sino que se habían visto obligados a amoldarse a las expectativas de los demás.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 25
Este sentimiento de ira que se manifiesta cuando una persona ve coartada su
personalidad puede ser muy difícil de identificar y no está definido correctamente, ya que el
hecho de no saber las causas que lo provocan hace que resulte complicado poder sobrellevar
ese estado de ira. La ira se suele sentir hacia algo o hacia alguien, y si no se sabe con qué o
con quién se está enfadado la sensación no se presenta en forma de ira, sino como una vaga
pero intensa sensación de desdicha o ansiedad. Este estado es el que nos empuja a hacer
ciertas cosas, entre las que se incluye comer, con la esperanza de que nos proporcionen
alivio.
Hay que advertir que podríamos aliviar la angustia si fuéramos capaces de abrir la tapa
de forma pausada y dejar salir al muñeco de la caja lentamente, sin que éste aparezca de
repente. Si «Adán» fuera capaz de salir a la luz y ser él mismo, toda la ira que uno siente
cuando se ve encerrado y oprimido desaparecería. El verdadero yo pasaría entonces a ocupar
el lugar del falso yo.
La aparición del verdadero yo no significa que uno salga del cascarón y haga lo que le
plazca sin que le importe nada más. Dar rienda suelta a todos nuestros impulsos (o al menos
a todos lo que podamos abarcar) es una reacción más propia de un animal que de un ser
humano. Si, por un lado, no es bueno ser lo que los demás quieren que seamos, por otro
lado, es igual de funesto comportarse como un animal salvaje.
Marilyn tenía veinte años y estaba en su segundo año de universidad. Aunque estaba
sacando buenas notas decidió dejar los estudios de forma repentina. Varios meses después y
ante la insistencia de su padre, vino a pedirme consulta. Se había rebelado contra los
«hipócritas valores burgueses» y decidió seguir los dictados de su propia conciencia. Así
pues, ella se fue de casa, perdió un valiosísimo semestre en la universidad, se quedó
embarazada, tuvo un aborto y su novio le pegaba constantemente.
Ser uno mismo significa utilizar nuestro propio juicio y nuestra razón para poder fijar
unos valores, unos objetivos y un modo de vida. Significa escuchar con atención la opinión de
los demás y, tras una profunda reflexión, llegar a nuestras propias conclusiones sobre cómo
queremos vivir nuestra vida. Debemos considerar lo que es un ser humano. ¿Hubiera sido
apropiado que Adán se hubiera comportado en el Edén como cualquier otro animal o en los
seres humanos existe una meta más alta, un
propósito más elevado? Debemos sopesar con
cuidado todas estas consideraciones y llegar a un
concepto de nosotros mismos como individuos
porque, en realidad, somos individuos que viven
en una sociedad y nos relacionamos con los
demás, pero individuos al fin y al cabo.
La conciencia de uno mismo es la que
permite que el verdadero yo aparezca y la que
hace que el falso yo nos abandone
definitivamente. Alcanzar esa conciencia propia
puede resultar una tarea difícil y mucha gente
escoge la solución más fácil.
Asumir que no se es nadie puede ser una
solución fácil pero, desde luego, no es la mejor.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 26
El Talmud ("Estudio, Enseñanza”; texto principal del judaísmo rabínico) cuenta la
historia de un viajero que preguntó a un niño el camino para ir a una ciudad. El niño dijo: «Hay
un camino corto que es, un camino largo y un camino largo que es un camino corto». El
hombre eligió el camino más corto y pronto se encontró en las afueras, pero la entrada .a la
ciudad estaba bloqueada por edificaciones cercadas por altos muros. El viajero tuvo que
volver sobre sus pasos y tomar el camino más largo y difícil que finalmente le condujo al lugar
que deseaba.
Mucha gente vive su vida sin ni siquiera tener una auténtica conciencia de sí misma.
Toman el camino más corto y, de hecho, no se sienten, frustrados por no haber podido llegar
a su destino porque, puestos a pensar, nunca han tenido uno. Sólo cuando atraviesan por
algún momento de crisis en su vida que los empuja a pensar en su propia conciencia es
cuando empiezan a plantearse seriamente «quién soy» y «para qué estoy aquí», y si
aprovechamos esa oportunidad podremos conseguir una verdadera conciencia de nosotros
mismos. Atravesar por una etapa de crisis por causa de un problema con la comida puede
proporcionarnos esa oportunidad.
La historia del camino largo y el camino corto nos viene muy bien para entender los
problemas con la comida. El camino rápido es el camino corto, que es el camino largo, ya que
tenemos que volver sobre nuestros pasos. Por desgracia, puedes intentar tomar otro camino
corto o muchos caminos cortos antes de darte cuenta de que para llegar al destino hay que
tomar la vía más larga y difícil, pero si no te rindes y tienes paciencia finalmente conseguirás
cumplir tu objetivo.

SEGUNDA PARTE: LOS PROBLEMAS DEL APETITO COMPULSIVO

7. La ira
Como hemos visto, los problemas con la comida pueden sobrevenir cuando se come
para aliviar un malestar emocional. Un componente muy frecuente de ese malestar es la ira,
un estado emocional que a menudo presenta dificultades. Tal vez sea exagerado afirmar que
el camino que conduce al frigorífico está minado de ira, pero muchos comedores compulsivos
admiten que tienen problemas para dominar su ira y que ésta les empuja a comer.
Esto es sólo parte del problema. Esta reacción se produce en respuesta a una ira de la
que son conscientes. También pueden darse casos de que una persona sienta ira de forma
inconsciente.
Cuando una idea o una emoción es «demasiado fuerte como para contenerla», nuestro
sistema psicológico de defensa puede enviarla al inconsciente e intentar mantenerla fuera de
toda conciencia. Este mecanismo se conoce como «represión» y a menudo se utiliza para
ocultarnos a nosotros mismos el sentimiento de ira.
Hay varias razones por las que tratamos de reprimir la ira. Algunas personas tienen
muy poca o ninguna fe en su capacidad de control y por eso tienen miedo de que si se sienten
irritados puedan expresar ese sentimiento de forma violenta. Esto suele ocurrir especialmente
en personas que han crecido en un hogar donde se respiraba un intenso clima de violencia,
ya sea de tipo físico o verbal. Para ellos, la ira y la violencia son conceptos inseparables y
tienen tanto miedo a volverse violentos que eliminan cualquier sentimiento de ira. A otros se
les ha hecho creer que la ira es de por sí algo malvado e inmoral, y que las personas
decentes nunca se enfadan. Sin embargo, a otros les preocupa que cualquier demostración
de ira pueda ofender a los demás y, por tanto, se desesperan por hacer que la gente sienta
aprecio hacia ellos.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 27
No es lo mismo controlar o suprimir conscientemente las expresiones de ira que
reprimirlas. Cuando las suprimimos sabemos que estamos enfadados, pero decidimos
conscientemente no reaccionar. Por ejemplo, si tu jefe te provoca, puedes suprimir
conscientemente cualquier reacción de ira con el fin de conservar tu empleo. Sin embargo, la
represión implica que tú ni siquiera sientes ira, y eso es tan peligroso como no sentir dolor
cuando te cortas con un objeto afilado.
Una vez vino a mi consulta una monja que padecía una depresión crónica que no
remitía con ningún tratamiento. Esta paciente venía a visitarme una vez al mes. Ella no
conducía, por lo que tenía que tomar varios autobuses para llegar hasta mi consulta,
empleando en el viaje más de una hora.
Una vez tuve que dejar la ciudad repentinamente y olvidé llamarla, por lo que ella
acudió a la cita. Después de esperar durante mucho tiempo le dijeron que había tenido que
ausentarme.
Cuando regresé y me di cuenta de mi descuido la llamé, me disculpé y concertamos
otra cita. Cuando apareció volví a disculparme de nuevo por no haberme acordado de
comunicarle mi ausencia y dije: «Supongo que te habrás enfadado mucho conmigo, después
de haber hecho un trayecto tan largo hasta aquí, de haber perdido el tiempo en la sala de
espera y de haber descubierto que no me encontraba en la ciudad».
«Oh, no», dijo. «No me enfadé en absoluto.»
«Imposible. Perdiste más de medio día por mí culpa. Eso enfadaría a cualquiera.»
«No me enfadé», repitió. «Sé que estas cosas pasan. Eres un hombre muy ocupado.»
«Te ruego que me perdones», dije. «Lo lógico es que estés enfadada y, si lo deseas,
puedes aceptar mis disculpas y olvidar el asunto.»
«Pero es que no estaba enfadada en absoluto», insistió con una dulce sonrisa.
A esto me refiero cuando hablo de represión. A la monja le habían enseñado que la ira
es mala y le inculcaron este principio tan profundamente que era incapaz de enfadarse,
incluso cuando le asistía la razón, por temor a cometer un acto malvado.
De igual modo que existe un principio científico que indica que ni la materia ni la
energía se pueden crear ni destruir, se puede decir que no se puede destruir la ira por medio
de la represión. Está escondida en el inconsciente y busca constantemente una manera de
poder manifestarse. Se requiere mucha energía para mantener la represión, lo cual explica
por qué puedes llegar a sentirte completamente agotado aunque no hayas realizado ningún
ejercicio físico.
En el caso de los comedores compulsivos, las razones que les impulsan a recurrir a la
comida pueden ser o bien para mitigar su sentimiento consciente de ira, o bien por causa de
un sentimiento inconsciente de ira. La diferencia radica en que, en el segundo caso, no son
conscientes de por qué comen y lo único que sienten es una fuerte compulsión por comer.
La ira, como el dolor, tiene una importante función, aunque ambas sean desoladoras.
El dolor es una señal de que algo está afectando a nuestro sistema físico y que puede ser
perjudicial para nuestro organismo. Si no existiera el dolor podríamos sufrir un ataque de
apendicitis o un infarto de miocardio y no darnos cuenta de la gravedad del asunto. Asimismo,
la ira es una señal de que algo va mal. En concreto significa que se está cometiendo una
injusticia. Nos podemos enfadar si vemos que se nos está tratando de manera injusta.
Podemos llegar a sentir enfado si vemos que se está cometiendo una injusticia con los
demás, aun cuando ese hecho no nos afecte de forma directa. Si no existiera la ira nos
quedaríamos impasibles frente a las atrocidades que se cometen contra los demás.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 28
La ira depende completamente de nuestros valores, de lo que consideramos que es
justo o injusto. Normalmente pensamos que una ofensa personal es injusta. Sin embargo, no
nos enfadamos con el dentista cuando nos hace daño, aunque ese hecho no nos guste. Así
pues, no es el dolor lo que nos hace sentir ira, sino la sensación de que se nos está haciendo
daño sin motivo. Si alguien nos pisa accidentalmente podemos reaccionar inicialmente de
forma airada ya que nos parece injusto que la persona no tuviera cuidado.
Cuando la ira es una reacción ante una verdadera injusticia puede ser constructiva,
puesto que nos motiva para corregir las cosas. Si nuestra escala de valores es errónea y
considerarnos como injustas cosas que son apropiadas, la ira puede ser destructiva. Por lo
tanto, debemos tener el juicio necesario para saber analizar nuestra ira antes de reaccionar.
Es más, incluso cuando la ira está justificada podemos reaccionar de una manera constructiva
o destructiva.
Existen varios niveles de ira. Con el fin de evitar las confusiones, vamos a definir los
términos, de modo que así seremos capaces de distinguir de qué fase de ira estamos
hablando.
Cuando nos hacen daño, nos ofenden o nos provocan, de alguna manera aparece un
sentimiento inicial de ira. Es una respuesta automática, casi un reflejo natural y se puede
hacer relativamente poco por evitarlo. Ya que no tenemos la opción de enfadarnos o no, nos
resulta imposible poder aplicar ningún valor moral. No podemos decir que sea un error sentir
inicialmente ira, como tampoco podemos decir que sea un error sentir dolor cuando nos
clavamos un objeto punzante. Utilizaremos el término «ira» para referirnos a ese primer
sentimiento reflejo.
Tenernos la opción de elegir nuestra manera de reaccionar ante esa primera reacción.
Podernos decidir mordernos la lengua y no reaccionar, o decir algo a cualquiera que nos
provoque, o gritar, o proferir insultos, o agredir físicamente. Existe una amplia gama de
posibles respuestas que van desde no reaccionar de ninguna manera hasta la violencia.
Utilizaremos el término «rabia»» para referirnos a la reacción que se tiene ante la ira. Existen
varios tipos de rabia que pueden oscilar desde la moderada a la intensa.
Después de sentir un primer sentimiento reflejo de ira, podemos reaccionar quitando
importancia al asunto o podemos guardarlo hasta que se presente el momento de tomarnos
una dulce venganza. También se puede elegir seguir enfadado y a eso se le puede asignar un
valor negativo. Utilizaremos el término «resentimiento» para referirnos a la persistencia de la
ira después de que ésta haya aparecido.
Hay que advertir que he dicho que se puede hacer relativamente poco por evitar el
sentimiento inicial de ira. Eso no es lo mismo que decir que no se puede hacer nada. Lo poco
que se puede hacer es ajustar nuestro termostato personal para ser un poco menos
susceptibles ante la provocación. Es como el grado de sensibilidad de nuestra piel. Es posible
que una persona no sienta demasiado dolor, si es que llega a sentir alguno, si se le pincha
con un objeto afilado en un área callosa, mientras que con sólo rozar levemente una zona
quemada por el sol se puede llegar a producir mucho dolor. Nuestro carácter puede variar
desde «calloso» hasta «quemado por el sol». Las personas que tienen una autoestima baja
son mucho más sensibles ante una ofensa que las que se sienten bien consigo mismas y, por
tanto, es más fácil provocar su enfado.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 29
También es comprensible que seamos más sensibles ante cómo algunos se comportan
con los demás. Si alguien de nuestra familia, especialmente si nos sentimos muy
dependientes de él, nos dice algo ofensivo nos afecta más que si eso mismo nos lo dijera un
extraño. Igualmente, nos sentimos mucho peor cuando reaccionamos con ira (rabia) frente
alguien cercano a nosotros que si lo hacemos frente a un extraño. Puesto que solemos tener
más contacto con los miembros de nuestra familia que con los extraños resulta obvio decir
que los conflictos producidos por las distintas fases de la ira son más comunes entre las
personas que más queremos.
Nos sentimos terriblemente ofendidos cuando nos vemos privados de algo que
merecemos. Si realizas tu trabajo de forma mediocre y no te ascienden, no te puedes ofender.
Sin embargo, puedes sentirte muy molesto si realizas tu trabajo de forma excelente y
observas que te dejan de lado. El sentimiento de ira tiene que ver con lo que creemos que nos
merecemos, y nos sentimos furiosos cuando se comete una injusticia con nosotros.
Así pues, si vemos que los demás parecen disfrutar de la vida mucho más que
nosotros y que poseen muchos más bienes materiales, podemos llegar a creer que el mundo
es injusto y enfadarnos con cierto tipo de personas, con la sociedad en su conjunto o con
Dios. La sensación de que la vida no es justa provoca a menudo que algunas personas
recurran a la comida.
Mucha gente ha crecido eón un fuerte concepto de justicia. No creo que esté
desengañando a nadie si digo que muchas de las cosas que ocurren en el mundo son
injustas. No hay nada justo en un maremoto, en una inundación o en un terremoto. No es
justo que una persona gane una enorme suma de dinero en la lotería mientras que los demás
no ganan nada. Aunque en algunas relaciones personales termos derecho a esperar al menos
un mínimo de justicia, debemos darnos cuenta también de que en el mundo suceden muchas
cosas inexplicables que no se rigen por el principio de justicia y, si no tenemos unas
expectativas ilusorias de la vida, no podemos sentir ira cuando sucede alguna de esas
«injusticias». El término «ilusorio» es, por supuesto, relativo. Sólo porque crearnos que algo
es perfectamente real no significa que todo el mundo vea las cosas de igual manera.
Grace nunca se había negado a prestar ayuda a su cuñada. Cuando Sandra y su
marido se iban de vacaciones, se había quedado muchas veces al cuidado de los niños. En
muchas ocasiones se había tomado muchas molestias por Sandra y todavía no se había
presentado la ocasión de que ésta le tuviera que devolver un favor, hasta que un día el suegro
de Grace enfermó gravemente y ésta quiso acompañar a su marido a visitarlo. Grace le pidió
a Sandra que cuidara de su hijo de cuatro años mientras estuviera fuera, pero Sandra dijo que
tenía otros compromisos. Grace se puso furiosa y aquella noche recurrió a la comida, algo
que nunca había hecho antes.
Grace no preguntó a Sandra cuáles eran sus «otros compromisos». Tal vez realmente
le resultaba imposible cuidar del hijo de Once. Puede que Sandra no fuera tan mala persona
como creía Grace. Ella estaba convencida de que todo lo que pensaba de Sandra era la
realidad, mientras que Sandra podría ver las cosas de forma totalmente contraria y,
posiblemente, con razón.
Una persona puede llegar a sentirse tan inferior y tan culpable que piensa que no se
merece nada y puede aceptar que se cometa injusticias con ella, ya que es lo que realmente
se merece. En estos casos, esa persona puede permitir que se le castigue y no sentir la ira
que debiera, ya que no es capaz de percibir que la situación es injusta. Se necesita realizar un
cuidadoso análisis para poder determinar lo que es justo y lo que no.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 30
Puesto que nuestros sentimientos pueden alterar nuestro concepto de justicia e
injusticia, es aconsejable solicitar una opinión objetiva e imparcial de alguien que sea ajeno al
asunto. Muchas veces nos resulta de gran ayuda discutir nuestros asuntos con un amigo o
con un sacerdote. Cuando ejercía como rabino ayudé a muchas personas que no se
esforzaban por mejorar su modo de vida, ya que pensaban que no se merecían nada mejor.
Las reacciones airadas se pueden manifestar de diversas maneras. Las noticias nos
hablan a menudo de personas que estaban tan desesperadas por haber perdido su trabajo
que enloquecieron y mataron a varios compañeros de su empresa. Este hecho es el resultado
de un nivel de sensibilidad psicótico, de una alteración grave del juicio y de una ausencia total
de capacidad para dominar sus impulsos. Mucho más lejano a esto se encuentra la persona
que recurre a la comida porque su jefe la ha insultado. Pero, por muy diferentes que sean los
dos comportamientos, ambos comparten la característica de que son respuestas incorrectas a
la sensación de ira.
Las emociones pueden alterar gravemente nuestro pensamiento y hacer que nos
alejemos de la realidad. El resentimiento en particular puede tener un efecto cegador y alterar
dicha realidad. Si estás resentido con alguien, nada de lo que esa persona haga te parecerá
correcto y puedes llegar a interpretar sus actos como un signo de hostilidad hacia ti. Las
alteraciones nos hacen creer que la otra persona nos está provocando, lo que hace que
aumente la sensación de ira y resentimiento.
(65)

Un toxicómano que ya había estado en prisión varias veces por delitos relacionados
con las drogas fue encarcelado de nuevo por haber atracado una farmacia. En esta ocasión
convencieron a su madre para que no pagara la fianza y finalmente ingresó en un centro de
rehabilitación. Cuando le preguntaron por qué estaba en la cárcel respondió: «Porque mi
madre no quiso contratar a un abogado para que me sacara de allí». Durante tres semanas
fue incapaz de darse cuenta de que lo habían detenido por apuntar a la cabeza de un
farmacéutico con una pistola. El rencor que le guardaba a su madre no le permitía ver la
realidad de su propio comportamiento.
Éstos son algunos de los argumentos que se pueden esgrimir cuando sentimos ira y
resentimiento:
— A menudo he sido tratado injustamente.
— No tendría tantos problemas si la gente me tratara mejor.
— No soporto que alguien me mienta.
— Me disgusta mucho que me ofendan.
— Debería castigarse a los que se comportan mal.
— Me enojo mucho cuando las cosas no salen como las planeé.
— Todo lo que me ocurre depende en gran parte de la suerte.
— Me han sucedido tantas cosas injustas en mi vida que nunca podré llegar a superarlas.
— No existe ninguna excusa que justifique romper una promesa.
— Si le tengo que pedir un favor a mi esposa/marido/hijo/amigo/pareja no merece la pena
tomarse la molestia de intentarlo.
— Si alguien me ofende de alguna manera tengo derecho a tomarme la revancha.

Extraído de Of Course You're Angry (Por supuesto que estás enojado), por Gayle
Rosellini y Mark Worden. Copyright © 1985 de Hazelden Foundation, Center City MN.
Reproducido con permiso.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 31
Hay varias maneras de controlar la ira y el resentimiento. La primera es no culpar a los
demás de que las cosas nos vayan mal. Debemos darnos cuenta de que la mayoría de las
veces nosotros tenemos la culpa de que las cosas vayan así. Por ejemplo, si una persona se
encuentra en el borde de un acantilado y es empujado por una ráfaga de viento podemos
enfadarnos con Dios por haberla producido, pero es evidente que cuando alguien se coloca
en el borde de un acantilado está en una posición muy vulnerable. Antes de culpar a los
demás debemos examinar en profundidad de qué manera hemos podido contribuir para que
se hubiera producido ese desafortunado incidente.
También debemos abandonar el argumento de que merecemos algo mejor y de que el
mundo debería regirse según el principio de justicia. Si tenemos unas expectativas realistas
es probable que no nos sintamos fácilmente decepcionados ni enfadados. Todos tenemos
que atender nuestros propios asuntos y debemos buscar nuestro propio beneficio, no el de los
demás. Sería realmente maravilloso que la gente fuera considerada y sacrificara sus propias
comodidades e intereses por los demás, pero es un error esperar que esto llegue ocurrir y
sentirse decepcionado porque esas expectativas no se cumplen.
Resulta más difícil aplicar este tipo de mentalidad con aquellos a los que amamos.
Esperamos que los maridos y las esposas, los hermanos y las hermanas, los padres y los
hijos sacrifiquen sus propios deseos por los de los demás, y así ocurre a menudo. Pero
incluso en estos casos, sería prudente rebajar nuestras expectativas y comprender que los
deseos de una persona pueden influir tanto en su pensamiento que no se dan cuenta de que
está siendo poco considerado. Si fuéramos sinceros con nosotros mismos, deberíamos
admitir que en muchas ocasiones ponemos nuestros intereses y deseos personales por
encima de los de aquellos a los que amamos, tal vez sin darnos cuenta de lo que hacemos.
Por ejemplo, un marido que ama a su esposa puede estar tan ocupado en un negocio que
olvide su aniversario de boda y por esa razón su mujer se sienta dolida e irritada, ya que lo
toma como una prueba de que no la ama. El marido puede estar arrepentido por haberlo
olvidado, pero lo cierto es que el interés por cerrar el negocio hizo que no recordara algo
realmente importante para él. Podemos entender por qué la mujer se siente dolida e irritada
pero su ira sería mucho menos intensa si comprendiera que su marido pudo haberse distraído
y que olvidarse de algo tan importante como es el aniversario de bodas no indica que ya no
exista amor.
Una buena regla en la vida es juzgara los demás del mismo modo que nos gustaría ser
juzgados. Si fuéramos francos y sinceros deberíamos reconocer que inconscientemente
nosotros también cometemos errores de omisión o de acción aunque no actuemos de mala fe.
Sería justo tener con los demás la misma comprensión que nos gustaría que tuvieran con
nosotros.
Es importante que la ira no conduzca a una respuesta automática y refleja. Como seres
inteligentes que somos nuestro comportamiento debería procesarse a través de los niveles
superiores del intelecto y someterse a una reflexión crítica y racional en lugar de permitir que
provenga de los niveles inferiores del cerebro, aquellos que tenemos en común con los
animales. La costumbre de contar hasta diez antes de reaccionar es realmente acertada, pero
no es suficiente con sólo dejar que pasen los segundos. Durante ese tiempo debemos intentar
averiguar los motivos por los que nos sentimos airados. ¿Por qué estoy en realidad enfadado?
¿Qué pretendo lograr con mi reacción? La creencia de que descargar nuestra ira gritando o
arrojando objetos ayuda a que esta desaparezca no es, en absoluto, cierta. En realidad ese
tipo de reacciones intensifican la ira y nos dan otra razón más para arrepentirnos por nuestro
comportamiento irracional y para sentirnos culpables por ello.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 32
Me he dado cuenta de que la ira a menudo aparece cuando sentimos que se ha
cometido una injusticia. Si nos enfadamos con nosotros mismos es porque vemos que no
hemos sido justos. Enfadarse con uno mismo es una sensación idéntica a sentirse culpable.
Si comparásemos el sentimiento de culpa con el dolor físico deberíamos observar que,
del mismo modo que existe un cierto tipo de dolor que se produce por causas desconocidas,
también puede existir un sentimiento de culpa que se presente sin ningún motivo aparente.
Este tipo de sentimiento de culpa es patológico y una de sus características es que no se
puede remediar con ninguno de los métodos que se emplean para tratar el sentimiento de
culpa común. Ni la confesión, ni la rectificación, ni la penitencia pueden eliminar el sentimiento
de culpa patológico sino que, por lo general, requiere de un tratamiento psicológico o
psiquiátrico. La gente que sufre depresión crónica suele tener un profundo sentimiento de
culpa y a veces se obsesionan con que han cometido algún «pecado imperdonable». Al
realizar un detallado análisis de su caso se revela que en realidad no existe ningún motivo que
justifique ese sentimiento de culpa. Cuando se mitiga, la depresión, ya sea por medio de
antidepresivos o. de psicoterapia o por medio de ambos, ese sentimiento desaparece.
La reacción a la ira puede ser constructiva o destructiva. Si verdaderamente se ha
cometido una injusticia y expresamos nuestro rechazo de la manera apropiada, podemos
hacer que las partes implicadas se den cuenta de su conducta. Esto puede llevar a que
rectifiquen su comportamiento injusto. Si reaccionamos con furia estamos minando el efecto
persuasivo de la comunicación y no logramos nada.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 33
Una vez traté a un ejecutivo que padecía un dolor en el pecho provocado por la
ansiedad. Descubrí que en la oficina se comportaba como un tirano y que aterrorizaba a sus
empleados con sus ataques de ira cuando las cosas no salían como quería. Le indiqué que
cuando se dirigía a ellos la esencia de su mensaje era probablemente válida, pero que la
mayor parte de su contenido se perdía porque sus empleados se ponían a la defensiva
cuando les gritaba y por eso no le prestaban atención. Mediante las técnicas de relajación fue
capaz de controlar su furia, y sus relaciones en la oficina fueron mucho más productivas. Una
vez llamé a su oficina para cambiar una cita y su secretaria me dijo: «Por favor, sigue
aplicándole la terapia. Estamos avanzando más que nunca y trabajar con él es un placer».
Es importante conseguir unos niveles de comunicación adecuados para poder
relacionarse con uno mismo y con los demás. Si nos sentimos molestos por algo que hemos
hecho y lo podemos examinar con calma seremos capaces de descubrir por qué nos hemos
equivocado, qué factores lo han motivado y qué hacer para no volver a cometerlo. Si ante
nuestros errores reaccionarnos con rabia podemos llegar a sentirnos tan agotados que
seremos incapaces de analizar lo que hicimos y por qué lo hicimos, por lo que es probable
que volvamos a incurrir en el mismo error y que nos sintamos cada vez más enfadados con
nosotros mismos.
Recuerda que la rabia es una reacción a la ira. Si recurres a la comida para calmar tu
ira estás actuando inducido por la rabia. Visto de esta manera, el comer, incluso de forma
tranquila y serena se puede considerar como una reacción de rabia y siempre resulta
contraproducente mitigar la ira inicial. Ahora añade la ira al apetito compulsivo y te verás
atrapado en un círculo vicioso.
Hay momentos en los que nos enfadarnos por las injusticias que se cometen, ya sea
con nosotros o con los demás. Si somos capaces de no actuar de manera refleja ante esa
rabia, podremos imponer nuestro mejor juicio y, por tanto, responderemos de manera
constructiva. La causa más común que produce una reacción inadecuada, ya sea rabia o mal
humor, es el orgullo herido. Tener un ego demasiado sensible puede alterar nuestro juicio.
Hace muchos años acepté un trabajo asistiendo a mi padre en sus tareas de rabino.
Era joven, había leído muchos libros, pero no tenía experiencia. La primera vez que tuve que
oficiar en un funeral mi padre me preguntó si había preparado el panegírico. Respondí
afirmativamente. «¿Te gustaría repasarlo conmigo?», preguntó.
Sentí que enrojecía. Mi sensación era: «No. Definitivamente no me gustaría repasarlo
contigo. Si no confías en mí no deberías haberme aceptado como ayudante. Si crees que soy
capaz de hacer bien mi trabajo no tienes por qué asegurarte de que mi panegírico es bueno».
Por fortuna dije: «Hice una copia y la dejé en casa. Si quieres voy a buscarla (aunque
en realidad la tenía en mi bolsillo)». «Por favor, hazlo», dijo mi padre.
Fui a casa y le conté a mi mujer lo enfadado que estaba porque mi padre no confiaba
en mí. Ella dijo: «No seas tonto. Puedes aprender a base de cometer errores o gracias a los
consejos de alguien que tenga experiencia. Puede que tu padre piense que todavía tienes
muchas cosas que aprender porque eres nuevo en el oficio, pero eso no significa que no
confíe en ti».
Mi esposa, por supuesto, tenía razón y comprendí las ventajas de que los demás te
enseñen a realizar una tarea en lugar de aprender a base de cometer errores. Mi
resentimiento se mitigó en gran medida, pero si no hubiera sido por las palabras tan acertadas
de mi esposa todavía hoy me sentiría dolido y lo tomaría como una señal de desconfianza
hacia mí. ¡Menudo ego!
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Cuando leí el panegírico a mi padre, me indicó que había ciertas desavenencias entre
los miembros de la familia del difunto y que algunas de las cosas que pensaba decir podrían
ser malinterpretadas y, por tanto, podrían llegar a ofenderse. Me aconsejó que suprimiera una
frase, cosa que desde luego hice.
Éste es un ejemplo de lo susceptible que es el orgullo y de los problemas que puede
acarrear. Mi padre estaba siendo cariñoso y amable, intentaba ayudarme para evitar que
cometiera un error, pero mi respuesta fue expresar resentimiento en lugar de gratitud.
Solamente cuando maduré llegué a apreciar sus consejos.
¡Resentimiento en lugar de gratitud! Por muy absurdo que suene es la pura realidad.
Algunas reacciones airadas que nos empujan a abrir el frigorífico tienen su origen en la
incapacidad por parte de algunas personas de aceptar un consejo útil.
El ego humano aparece en una edad muy temprana y hasta los niños poseen un
sentido del orgullo que guardan celosamente. Si alguna vez has pedido a un niño que dijera
«lo siento» habrás podido comprobar que, a menudo, oponen una férrea resistencia. El niño
puede estar preparado para hacer cualquier cosa excepto para pedir perdón. ¿Por qué?
Porque, para ellos, admitir que se han equivocado es un insulto a su ego y los niños, al igual
que los rabinos adultos, no suelen estar dispuestos a admitir su error.
Aferrarse a los resentimientos significa desaprobarse a uno mismo. Después de todo,
la persona con la que estamos resentidos no se ve afectada negativamente por cómo nos
sentimos hacia ella. Somos nosotros los que sufrimos al seguir sintiendo ira, ya que puede
producirnos migrañas, subidas de tensión, úlceras y, por supuesto, apetito compulsivo. ¿Por
qué nos castigamos a nosotros mismos cuando es la otra persona la que ha sido injusta con
nosotros? Como alguien afirmó acertadamente: «Aferrarse a los resentimientos es como dejar
que alguien que no te gusta viva gratis dentro de ti».
Como podemos ver, la ira procede de fuentes muy diversas y se expresa por medio de
una reacción hostil ante una clara injusticia. Una persona que reacciona comiendo cuando
siente ira desarrolla con más facilidad los mecanismos que llevan a comer compulsivamente.

8. Desaprobarse a uno mismo


He observado que la ira y el resentimiento a menudo provocan el apetito compulsivo y
he señalado que debemos encontrar la manera de superarlo. Hay un tipo de ira que resulta
particularmente difícil: enfadarse con uno mismo. Para algunas personas resulta más fácil
perdonar a los demás que perdonarse a sí mismos. Si bien es cierto que algunas personas
viven con una doble moralidad y son mucho más indulgentes consigo mismas que con los
demás; también ocurre con frecuencia el caso contrario y podemos llegar a ser mucho más
severos con nosotros mismos que con la gente que nos rodea.
Una persona que tiene un concepto positivo de sí misma encuentra muchas menos
dificultades para enfrentarse a la ira y a sus efectos secundarios.
En primer lugar, porque tiene una gran confianza en sí misma y no terne perder el
control.
Segundo, porque no suele creer que sentirse enfadado es algo malvado e inmoral.
En tercer lugar, porque su ego es menos susceptible y por tanto es menos propenso a
sentirse provocado por estímulos intrascendentes.
Por último, porque puede aceptar consejos y otros favores con gratitud en lugar de
sentirse amenazado por ellos.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 35
En este caso, como en muchos otros, el culpable es el falso yo, ya que con frecuencia
el motivo que nos hace recurrir al frigorífico para poder soportar una sensación incontrolada
de ira es tener un concepto equivocado de nosotros mismos. Esa incapacidad para
perdonarse a uno mismo puede llevar al comedor compulsivo a un círculo vicioso, ya que
cada vez que no consigue controlar la comida se desaprueba a sí mismo. Así pues, si ese
hecho le provoca apetito se encuentra atrapado dentro de un ciclo, reforzado por él mismo: ira
(de cualquier origen)  apetito compulsivo  sensación de fracaso  ira con uno mismo 
apetito compulsivo... Es una irresponsabilidad rechazar nuestros errores y fracasos como si
no tuvieran ninguna consecuencia en nuestra vida. Las personas adultas aceptan las
responsabilidades que acarrean sus actos. Sin embargo, también es un error recriminamos a
nosotros mismos hasta el punto de que lleguemos a sentirnos tan hundidos y abatidos que no
tengamos la iniciativa y la energía necesarias para emprender cualquier acción constructiva.
Una actitud sana es reconocer nuestro error o fracaso, tratar de analizar por qué lo
cometimos, procurar corregirlo y volver a intentarlo hasta llegar a conseguir nuestros
propósitos. Si hemos ofendido o dañado a alguien debemos tener la fortaleza y el coraje para
disculparnos y rectificar de la manera en que nos sea posible.
Los seres humanos tenemos la capacidad de conseguir muchas cosas, pero también
tenemos muchas debilidades. El proverbio «la experiencia es una maestra exigente, pero los
tontos sólo aprenden a través de ella» es incorrecto. Los tontos son aquellos que no aprenden
de la experiencia. Son los sabios los que aprenden de ella y no hay demasiadas cosas en
esta vida que se puedan aprender fácilmente. Aunque descubrir nuestros errores puede
resultarnos una tarea desagradable, tenemos que verlos como una experiencia de la que
debemos aprender, y si tenemos esta actitud podremos eliminar la carga negativa que va
asociada a ellos.
Algunas personas pueden llegar a conseguirlo sin mucho esfuerzo. Aceptan que han
fallado, aprenden de sus errores y siguen viviendo. Sin embargo, otros se sienten tan
hundidos que se vuelven seres pasivos o tracen un esfuerzo extraordinario para prevenir el
desastre del fracaso. Algunos de nuestros actos tienen unas consecuencias muy importantes
pero, incluso en ese caso, no ganamos nada con sentirnos culpables.
Todas las religiones del mundo han reconocido la capacidad humana de cometer
errores y han proporcionado medios para que una persona pueda expiar su culpa. Negarnos a
perdonar nuestros propios errores es como negar nuestra capacidad de cometer fallos.
Resulta irónico comprobar que tanto desaprobarse a uno mismo como autoculparse son en
realidad la consecuencia de una actitud prepotente: «Nunca debí haberme equivocado.
Debería ser capaz de no cometer nunca errores. Debería ser perfecto».
Si no somos capaces de perdonamos a nosotros mismos, podemos sentirnos
«consumidos» y tratar de «consumir» nuestra angustia provocando, paradójicamente, un
fracaso aún mayor. Si somos capaces de despojarnos de esa actitud de prepotencia y
reconocer que somos vulnerables a cometer errores, disminuiremos la necesidad de recurrir a
la comida.
La actitud de prepotencia se emplea como método de defensa cuando alguien se
siente impotente, indigno e incapaz, siendo todos estos sentimientos propios de un falso yo.
Si podernos aceptarnos a nosotros mismos con nuestras imperfecciones inherentes no
tendremos la necesidad de mantener una actitud de prepotencia. Tal vez deberíamos damos
cuenta de que un jugador de béisbol que realiza 300 bateos al año gana millones de dólares,
aunque solamente consigue golpear la bola tres de cada diez intentos y falla siete veces.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 36
Cheryl era extremadamente autocrítica. «Ya no voy a la iglesia porque creo que ni
siquiera Dios puede amarme», dijo. Le conté a Cheryl una conversación que escuché en una
terapia de grupo para familiares de Alcohólicos Anónimos. Una mujer que tenía un hijo
afectado de síndrome de Down dijo: «Cuando abrazo a Chrissy y veo todo lo que lo quiero,
incluso con todas sus imperfecciones, entonces me doy cuenta de todo lo que Dios debe
amarme, incluso con mis imperfecciones». Créeme, siempre debemos tratar de mejorar, pero
no debemos ser intolerantes con nosotros mismos.
¿Todos cometemos errores? Por supuesto. No deberíamos tomar decisiones a la
ligera, especialmente cuando son muy importantes para nosotros o para los demás. Todo lo
que podemos hacer es usar toda la información que tengamos a nuestro alcance, el mejor
consejo que podamos obtener y después intentar actuar lo mejor que podamos con la mayor
integridad. Nadie tiene una intuición profética y no hay un modo de percibir el resultado final
de nuestros actos. Podemos, por supuesto, comprender a posteriori las cosas que no.
pudimos predecir. Cuando se toma una decisión y se lleva a cabo con la mejor intención
posible, siempre es una decisión moralmente correcta, aunque las consecuencias no sean
buenas. Es absurdo sentirse culpable por no haber podido predecir el futuro.
La culpa, como el dolor físico, puede tener una importante función. Ser conscientes de
que podemos llegar a sentimos culpables si hacemos algo mal suele disuadirnos de realizarlo.
La sensación de culpa que sentimos cuando nos hemos equivocado nos lleva a rectificar.
Pero si nos arrepentimos sinceramente de nuestros errores y decidimos no volver a repetirlos,
y si hemos hecho todo lo posible para corregir nuestro comportamiento con los demás,
tendríamos que eliminar ese sentimiento de culpa, ya que ésta dejaría de cumplir su función.
Este improductivo sentimiento puede dar lugar a que nos sintamos culpables con nosotros
mismos y el resentimiento con uno mismo es una causa frecuente de comportamientos
compulsivos.
La auto-recriminación, «¿por qué soy así?», es síntoma de una actitud derrotista,
porque se asume un hecho, «yo soy así» o «soy un perdedor» y uno sólo se pregunta por
eso. La premisa es errónea. No deberíamos resignarnos a decir «yo soy así» sino que
deberíamos pensar «lo que hice fue un error» y esforzarnos por no repetir el mismo error. Hay
una sutil aunque importante diferencia entre pensar «¿por qué soy así?» y «¿por qué hice
eso?». El primer planteamiento es totalmente negativo, mientras que el segundo señala
directamente hacia lo que hice y no hacia lo que soy. Una actitud positiva —«soy una persona
perfectamente competente pero cometí un error»— conduce hacia un fin positivo.
Es evidente que el modo en que nos vemos a nosotros mismos hace que
interpretemos un fracaso como un incidente desagradable que puede servirnos para aprender
de la experiencia o como una señal inequívoca de nuestra incompetencia. Alguien que tenga
un concepto negativo de sí mismo, que se ve bajo el prisma del falso yo, interpreta un fracaso
como la completa confirmación de su incapacidad, mientras que alguien que tenga un
concepto positivo de sí mismo ve sus errores como un incidente desagradable e intenta
enfocarlo como «¿qué debo hacer para no volver a repetirlos?».

9. Las relaciones
En algunos artículos o en la televisión nos encontramos a menudo con afirmaciones
como «La comida se compara con el amor» o «La comida se ha convertido en el sustituto de
las relaciones». Parece haber un acuerdo universal sobre este punto. Veamos por qué puede
ser así.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 37
En prácticamente todos los casos de apetito compulsivo existe un elemento de
soledad. La soledad puede ser casi completa, como cuando un comedor compulsivo se
recluye dentro de su envoltura, o puede ser selectiva. La persona se puede relacionar con los
demás en el trabajo o socialmente, pero huye de la intimidad.
Es fácil entender por qué sucede esto. Si eres un comedor compulsivo no dispones de
tiempo para entablar relaciones, ya que estás demasiado concentrado en luchar contra tu
impulso o en ceder a él. Todo el tiempo y la energía que podrías aprovechar para entablar
relaciones serias lo has consumido en enfrentarte a tu compulsión. Por ejemplo, puedes
emplear más tiempo del necesario en comprar comida, o viendo programas de cocina, o
coleccionando recetas o simplemente imaginando comidas. Cuando estás en una boda o en
cualquier otro tipo de celebración puede que pases demasiado tiempo en la mesa donde está
el bufé y, como te sientes culpable por todo lo que estás comiendo, es posible que cojas tu
plato y te retires a una esquina donde puedas comer sin ser visto. Por otro lado, si te resistes
a ceder al impulso de comer puedes sentirse ansioso, tenso, malhumorado y frustrado, y eso
hace que no te veas con el ánimo suficiente para entablar relaciones sociales amistosas. Si
acudes a una fiesta en plena fase de abstinencia puedes llegar a sentirte enfadado contigo
mismo porque no eres capaz de divertirte como la gente normal. En cualquier caso, ya sea
luchando contra el impulso o cediendo a él, el apetito compulsivo reduce nuestra capacidad
de relacionarnos con los demás.
Si padeces sobrepeso o si eres consciente de que pesas un poco más de lo que
debieras, no hace falta decir que puedes sentirte avergonzado o violento y que desearías
evitar que los demás te vieran.
Aunque el concepto del verdadero yo frente al falso yo está relacionado principalmente
con el carácter y la personalidad, cada persona tiene también un concepto físico de sí misma
que, al igual que el concepto de la propia personalidad, puede ser verdadero o falso. Como ya
indiqué anteriormente, la percepción que tenemos de nosotros mismos es muy real.
Normalmente no cuestionamos nuestras percepciones sensoriales. Simplemente vivimos cada
día con la convicción de que lo que vemos, oímos y sentimos es auténtico. Del mismo modo,
asumimos que lo que vemos, oímos y sentimos es lo mismo que experimentan todas y cada
una de las personas que están expuestas a los mismos estímulos.
Por lo que se refiere a la imagen que tenemos de nosotros mismos no existe ninguna
diferencia. Si piensas de ti mismo que eres gordo y desagradable llegas a la conclusión de
que todo el mundo te ve de la misma manera. Esto puede incluso hacerte caer en un grave
error. Si te sientes gordo, aunque sólo estés tres kilos por encima de tu peso deseado, puedes
creer que todo el mundo te ve como una persona obesa, aunque realmente piensen que estás
bien proporcionado. La imagen que tenemos de nosotros mismos puede ser completamente
errónea hasta el punto de llegar a pensar que estamos obesos incluso cuando tengamos un
peso ideal. En los casos de anorexia, las jóvenes se ven en el espejo y cuentan las marcas de
sus costillas mientras piensan que padecen sobrepeso y que necesitan perder más kilos.
En la mayoría de las relaciones sociales a la gente le trae sin cuidado la talla de ropa
que uses y están encantados de relacionarse con los demás, sin importarles si pesan
dieciocho kilos de más o si están en los huesos. Aunque ésa es la realidad, tú no lo ves así y,
desde tu punto de vista, la auténtica impresión es la tuya. Si piensas que eres grotesco
creerás que los demás te ven del mismo modo. Como a nadie le gusta que los demás piensen
de ellos de forma negativa, la persona que está obsesionada con su peso puede evitar
relacionarse con los demás.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 38
Las relaciones sanas de cualquier tipo se basan en un intercambio mutuo: las dos
partes dan y reciben. En una relación sana el intercambio no siempre es equitativo ni tiene por
qué serio. Una parte puede dar algo más que la otra, pero no de forma excesiva. Si cada parte
fuera sólo donante o sólo receptora la relación sería inestable, estaría desequilibrada y, por lo
general, fracasaría. La relación que tenemos con la comida está, por supuesto,
desequilibrada. Solamente recibimos y no nos exige nada a cambio. La comida nos
proporciona un placer sin condiciones. La única razón por la que esta relación puede perdurar
indefinidamente es porque la comida no puede abandonarnos.
Los comedores compulsivos son en su mayoría gente con emociones extremas y así te
lo reconocen. Tal y como una señora confesó oportunamente: «Amo apasionadamente, odio
apasionadamente, trabajo apasionadamente y juego apasionadamente». Suelen ser personas
muy sensibles y tienden a reaccionar bruscamente ante cualquier estímulo.
Ser hipersensible no es ninguna bendición. Recuerdo cuando compramos nuestro
primer equipo de alta fidelidad. El anterior que teníamos no sonaba demasiado bien pero, por
otra parte, tampoco tenía la obligación de caminar de puntillas para evitar que la aguja saltara,
que es lo que ocurría con el nuevo aparato. El nuevo equipo era, en realidad, mucho más
sensible, pero había que tratarlo con más delicadeza.
Mucha gente reacciona ante los estímulos con moderación. Por supuesto que también
se conmueven por situaciones que evocan una respuesta intensa. Los comedores
compulsivos, por contra, reaccionan con respuestas emocionales intensas ante cosas que son
relativamente insignificantes y se sienten dolidos con facilidad.
He observado que el apetito compulsivo puede provocarse por un intento de aliviar un
malestar emocional. ¿Por cuánto tiempo puede alguien soportar un malestar antes de buscar
la manera de aliviarlo? Existe mucha variedad en este punto. De igual modo que algunas
personas pueden tolerar el dolor físico y soportar las perforaciones que realiza el dentista sin
apenas hacer una mueca, otros insisten en que se les aplique la anestesia local antes de que
el dentista se atreva a tocarlos porque no soportan el menor dolor. La variedad en la
tolerancia al malestar emocional es similar. Algunos pueden aguantar la angustia
perfectamente, mientras que otros apenas pueden soportar un revés. La gente que puede
resistir el dolor emocional es menos propensa a recurrir a la comida para aliviarlo.
Mildred era una graduada que padecía bulimia. Le pregunté si había alguna cosa
específica que la empujara a comer excesivamente. «Oh, sí», dijo. «En cuanto alguien me
mira de mala manera me voy a por chocolate. Si mi novio no fuera tan apasionado, me
hartaría de comida.. Pero, entonces, tengo miedo de no gustarle si estoy gorda y por eso
vomito.»
La hipersensibilidad emocional y las reacciones intensas impiden que la relación sea
llevadera. No resulta fácil relacionarse con una persona que ante un comentario inocente
reacciona bruscamente con un arranque de ira o rompiendo a llorar. Nadie quiere una relación
donde uno de los miembros evita constantemente decir algo por temor a que su pareja se lo
tome por el lado personal. Además, las personas que por su sensibilidad se sienten fácilmente
heridos pueden llegar a rehuir cualquier tipo de relación con los demás. Es como si alguien
sufriera insolación y evitara entrar en un ascensor con mucha gente, ya que un leve contacto
les causaría mucho dolor.
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Si a esta hipersensibilidad emocional le añadirnos la preocupación que nos causa el
concepto que tenemos de nosotros mismos y la previsión al ridículo, comprenderemos por
qué los comedores compulsivos evitan entablar cualquier tipo de relación.
Ya comenté el hecho de que la relación que se establece con la comida puede ser
indefinida puesto que la comida no tiene la opción de abandonarnos. Si te relacionas con los
demás de la misma forma que lo haces con la comida, «devorándola» materialmente, tu
pareja podría llegar a romper esa relación.
Los comedores compulsivos tienden a convertirse en seres excesivamente
dependientes de los demás y esto puede crear una gran tensión en la relación. A la gente le
gusta hacer cosas por los demás, pero cuando la demanda es constante y se adoptan
posturas extremas o inflexibles, la carga puede resultar demasiado pesada como para poder
soportarla.
Yvonne era una mujer de treinta y seis años que vivía con su madre. Aunque era muy
eficiente en su trabajo, cuando estaba en casa dependía totalmente de ella. Su madre hacía
todas las tareas del hogar, lavaba la ropa y hacía la compra. Cuando Yvonne tenía que ir al
médico o al dentista era su madre la que concertaba las citas, le recordaba que tenía que
hacer la revisión del coche y le preparaba todos los papeles de su declaración de la renta. Su
madre se quejaba de que le resultaba demasiado pesado tener que cuidar de Yvonne como si
fuera una niña. Yvonne era una persona excesivamente dependiente y su madre alentaba esa
dependencia al realizar todas las cosas que debería hacer ella. Su madre era también la que
cocinaba todas esa deliciosas pastas que llevaron a Yvonne a padecer sobrepeso.
En el otro extremo nos encontramos al comedor compulsivo que intenta controlar a los
demás manipulándolos. A nadie le gusta que le manipulen. En una relación sana existe una
correcta interdependencia, en la que ningún miembro presiona a su pareja con unas
exigencias, desmesuradas y ninguno intenta controlar al otro.
Las reacciones emocionales de los comedores compulsivos son, en cierto modo,
parecidas a las de los niños. Para un niño, cualquier deseo que le sobrevenga en un momento
dado se convierte en un asunto de vital importancia para él. Se echan a llorar por algo que, a
ojos de un adulto, puede resultar completamente trivial. Los niños son razonablemente
dependientes de sus padres pero esta dependencia es perfectamente tolerable porque
sabemos que al llegar a cierta edad desaparecerá. Los padres esperan que el niño finalmente
se convierta en un ser independiente. Los niños también manipulan a sus padres pero esto,
en cierto modo, también es algo soportable porque con el tiempo perderán esta costumbre.
Además, el amor que sienten los padres por sus hijos hace que los problemas y la tensión que
conlleva su educación se puedan soportar con más facilidad.
Las reacciones juveniles de los comedores compulsivos pueden originarse por un
desarrollo incorrecto. Una mujer alcohólica que estaba a punto de ser dada de alta en el
hospital me hizo una revelación. Me dijo: «Empecé a beber a los quince años y como
consecuencia de ello mi desarrollo emocional se paró en ese punto. Ahora tengo treinta y
siete años y vivo con mi hija de diecisiete. Es terrible pensar que tengo que ejercer de madre
con una persona que emocionalmente es un año mayor que yo».
La madurez emocional no se desarrolla con la edad cronológica sino que se adquiere
adaptándose a las diferentes situaciones que se presentan en la vida y superando los retos.
Algunos de esos retos se superan a los diez años, otros a los quince, otros a los veinte y así
sucesivamente. Si en lugar de enfrentarnos .a ellos a la edad apropiada los evitamos,
estamos frenando nuestra madurez emocional.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 40
Independientemente del método de escape que se use —alcohol, comida, drogas,
sexo o simple indolencia—, la madurez cronológica de un adulto puede quedarse estancada
en un nivel emocional juvenil y esto es algo que sucede a menudo con muchos comedores
compulsivos.
Conozco de primera mano que los niños, y también los adultos, se evaden de los retos
que les abruman. Cuando tenía diez años tenía miedo de un niño de mi colegio que me usaba
como su saco de boxeo. Se lo conté a mi madre y ella fue a regañarlo pero eso no hizo que
cambiaran las cosas. Yo era un buen estudiante y me gustaba ir a clase pero no disfrutaba
cuando me pegaban.
Un otoño, al principio de quinto curso, contraje la fiebre del heno y el médico me recetó
un tratamiento que me dejaba aturdido las veinticuatro horas del día. Mi padre, que no era en
absoluto hipocondríaco pero que tenía miedo de que llegara a contagiar a alguien, llamó a dos
médicos para que me examinaran y uno de ellos dijo que había detectado un soplo en el
corazón. Mi padre se asustó mucho, aunque el soplo no era realmente importante y nunca me
había ocasionado ningún problema. Sin embargo, todo aquello me vino como anillo al dedo.
Estaba enfermo, tenía un problema de corazón y no podía ir a la escuela. Me las arreglé para
usar el soplo en el corazón como excusa para quedarme en casa y no ir al colegio durante
cuatro meses. Vino un tutor a mi casa y de ese modo conseguí ponerme a salvo de aquel
matón. Me hicieron frecuentes revisiones y me aplicaron fluoroscopia suficiente como para
matar de radiación a toda la ciudad.
Pasados cuatro meses, el cardiólogo decidió que ya me había recuperado y que podía
volver a la escuela. Yo me negué. Entonces mis padres hicieron los trámites para cambiarme
de colegio. Había utilizado mi enfermedad como vía de escape y como herramienta para
manipular a mi familia.
Mirándolo ahora, me alegro de que me cambiaran de escuela. Si hubiera seguido allí,
bajo la constante amenaza de ese chico, podría perfectamente haber desarrollado el
problema de corazón ya que un simple incidente habría acelerado la enfermedad. La excesiva
preocupación de mi padre hizo que se volviera codependiente y eso podía haberme
convertido en un enfermo cardíaco. Es necesario hacer una cuidadosa reflexión para poder
discernir cuándo hay que afrontar los retos y cuándo hay que apartarse de las situaciones que
crean excesivo estrés. Ésta es una de las asignaturas más difíciles de la vida.
Si nos acostumbramos a escapar de los problemas y no los afrontamos según el
comportamiento propio de nuestra edad perderemos la materia prima con la que se modela la
madurez emocional. Deberíamos ser conscientes de que, si adoptamos tendencias escapistas
ante los problemas, nos quedará mucho trabajo por hacer en cuestión de crecimiento
emocional. Refugiarnos en la última dieta milagrosa no va a ayudarnos a conseguir esa
madurez y sin ella no se puede esperar tener unas relaciones sanas.

10. Una ayuda que no sirve de mucho


Cuando comprendí que el apetito compulsivo es producto de la combinación de una
serie de factores, observé que uno de ellos es el «ambiental». Míralo de esta manera: si
tuvieras el brote de una palmera, buena tierra y fertilizante, pero plantaras el árbol en un lugar
donde el clima fuera frío el árbol no crecería. La palmera necesita un clima cálido en el que
echar raíces y crecer. De igual modo sucede con el apetito compulsivo. Hay una serie de
factores ambientales que afectan su desarrollo y subsistencia. Entre estos factores, el más
importante es la familia.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 41
De igual modo que el clima no puede crear una palmera, los miembros de una familia
no provocan el apetito compulsivo, pero sí pueden proporcionar un «clima» que estimule esa
compulsión.
Contrariamente a los planteamientos de muchos psicoterapeutas que tratan de buscar
el factor que originó el problema, sería mucho más eficaz ayudar a eliminar los factores que
permiten que el problema continúe, el «oxígeno» del problema, como si dijéramos. A menudo
encontramos ese «oxígeno», o esos factores, entre los mismos miembros de la familia de un
comedor compulsivo, aunque lo quieran mucho y deseen ayudarlo. No son conscientes de
que lo que ellos consideran que es una ayuda puede llegar a ser completamente perjudicial.
Existe una terminología que se refiere a los problemas con la comida y que debería
aclararse para evitar malentendidos. Se suele describir a los comedores compulsivos como
personas «dependientes de la comida» y a la gente que convive en su entorno se les conoce
como «codependientes». Los términos «dependientes» y «codependientes» no son
peyorativos y no deberían malinterpretarse. Hay una dependencia sana y una dependencia
perjudicial y existe una codependencia sana y una perjudicial. Nadie es como una isla ni nadie
es completamente autosuficiente. De un modo u otro los seres humanos dependemos de los
demás y a la gente de la que dependemos se la conoce como «codependientes». Los
ejemplos más claros son los niños ya que no pueden cuidarse de sí mismos o las personas
que sufren una lesión o una enfermedad y que necesitan la ayuda de los demás.
Estos ejemplos ayudan a definir lo que es una dependencia sana y una perjudicial.
Cuando una persona no puede cuidarse por sí misma, como un niño o un enfermo, la
dependencia es sana y la codependencia de los demás también. Cuando una persona puede
cuidarse de sí misma pero, en su lugar, quiere que los demás lo hagan por ella, entonces la
dependencia es perjudicial y las personas que se pliegan a sus deseos crean una
codependencia nociva.
Resulta obvio deducir por qué esto es así. De igual modo que un músculo incrementa
su fuerza cuando se ejercita y se debilita cuando no se usa, así sucede con nuestra
suficiencia. Si no la utilizamos se «consume» y si alguien cuida de nosotros de modo que no
necesitamos ejercitar nuestra suficiencia, acabaremos por ser incapaces de cuidar de
nosotros mismos y nos convertiremos en seres inútiles.
Déjame ponerte un ejemplo personal. En lo que se refiere, a ordenadores, soy un
ignorante, pero sé que un procesador de textos me podría ahorrar mucho tiempo y esfuerzo a
la hora de editar mis trabajos. Compré un ordenador idéntico al de mi hijo, que vivía cerca de
mi casa. En lugar de leer el manual de instrucciones y aprender a manejar el aparato le pedí
que me mostrara cómo funcionaba, cosa que hizo con suma obediencia. Cuando me
encontraba con algún problema le pedía que me dijera lo que tenía que hacer y si eso no
bastaba, venía a mi casa y lo solucionaba. Esto funcionó hasta que se mudó a otra ciudad y
me quedé solo con un complejo aparato que no sabía manejar. Pronto me encontré con el
problema de tener que entregar varios artículos en un breve plazo y no tenía ni tiempo ni
paciencia para consultar el manual de instrucciones y aprender desde el primer capítulo.
Si mi hijo me hubiera dicho desde el principio, «papá, hay un manual que viene con el
ordenador. Estúdialo y aprende a manejarlo. Y si hay algo que no entiendas, llámame», habría
desarrollado al menos un nivel de manejo básico, algo que hubiera resultado tremendamente
provechoso para mí. Mi error fue pedirle que me ayudara a hacer algo que podría haber hecho
por mí mismo y el error de mi hijo fue acceder a una petición tan perjudicial.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 42
Podemos pedir que nos ayuden innecesariamente, bien porque somos demasiados
perezosos para hacerlo nosotros mismos o porque creemos que somos incompetentes. Los
que responden a nuestras peticiones estimulan nuestra indolencia o confirman nuestra
complejo de incapacidad, aunque lo hagan de modo inconsciente. Pese a que las personas
codependientes tratan de ayudar, no se dan cuenta de que esa «ayuda» es contraproducente.
La incapacidad de los codependientes de ver que su ayuda es en realidad
contraproducente puede deberse a que necesitan sentir que ayudan a los demás. Algunos
niños aprenden pronto que para ganarse la aprobación de sus padres y para ser dignos tienen
que ayudar a los demás y a medida que van madurando no son capaces de despojarse de
esa mentalidad. Esta necesidad de proporcionar ayuda puede ser constructiva si esa persona
se hace médico, enfermera, profesor, asistente, social o cualquier otro empleo que
proporcione un servicio a los demás. Puede expresarse de forma constructiva cuando un
padre o una esposa atienden las verdaderas necesidades de su hijo o de su cónyuge. Sin
embargo, si los padres miman a un hijo que ya es adulto y hacen de él un ser dependiente o
si una esposa fomenta una dependencia nociva, la necesidad de ayudar del codependiente es
completamente perjudicial para la persona dependiente.
La necesidad psicológica del codependiente puede ser tan desmesurada que llega a
pensar que no merecen la pena si no tienen alguien a quien cuidar. Esto hace que sean
prácticamente incapaces de permitir que el dependiente se convierta en una persona
independiente, ya que eso acabaría con su necesidad de ayudar a los demás.
En muchos casos de apetito compulsivo nos encontramos con más de un
codependiente. Muchas veces resulta más difícil comprender el comportamiento del
codependiente que el del comedor compulsivo. Por eso el padre, el cónyuge o el hijo del
comedor compulsivo suelen intentar ayudarlo imponiéndole una dieta, suprimiendo en casa
las comidas que más le gusten, animándolo a que haga ejercicio o incluso supervisándolo
personalmente y, a veces, diciéndole cosas del tipo «si de verdad me quisieras lo harías por
mí». Cualquier fracaso en nuestro intento de perder peso mediante las dietas no sólo es
doloroso sino que hace que el comedor compulsivo se sienta culpable por haber
decepcionado a sus codependientes y piense que su comportamiento es un síntoma de que
«no te quiero lo bastante como para seguir con esta dieta». El codependiente siente lástima
por el comedor compulsivo y a la vez está muy enfadado con él. Esto provoca en cada una de
las partes una mezcla de sentimientos conflictivos que incluyen el cariño, el enfado, la
frustración, la esperanza y la desaprobación. Cualquier intento por ocultar los sentimientos
negativos sólo lleva a una confusión incluso mayor. El clima emocional del hogar del
dependiente-codependiente es completamente caótico.
Es difícil acabar con una relación negativa de dependencia-codependencia y a menudo
se topa con la resistencia de ambas partes. Lo ideal sería que tanto el dependiente como el
codependiente se acogieran a la ayuda o al asesoramiento que proporcionan las terapias de
grupo.
Los padres y los cónyuges quieren que sus hijos o su pareja sean felices e intentan
hacer cualquier cosa con tal de conseguirlo o, al menos, con tal de conseguir que alivien su
dolor. Al igual que los comedores compulsivos optan por elegir el objetivo a corto plazo, es
decir, alivian su malestar comiendo y no tienen en cuenta las consecuencias a largo plazo, así
los codependientes intentan proporcionar un alivio rápido y no se fijan en las desventajas
futuras.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 43
Por tanto, los padres y los cónyuges se inclinan por aprobar los métodos que utilizan
los comedores compulsivos: sentirse bien en el momento presente, ya sea dando su acuerdo
tácito a sus hábitos alimenticios e incluso animándolos a que lo hagan, o preparando comidas
que deberían evitar.
A los padres les agrada ayudar y es posible que sus hijos adultos no deseen privar a
sus padres de la oportunidad de que lo hagan. Cuando esta ayuda es contraproducente se
impide que el hijo desarrolle vigor y autoestima, elementos capitales para superar el apetito
compulsivo. El hijo dependiente siente que no se está comportando correctamente si impide
que sus padres cocinen para él y cuando los visita cada día piensa que está cumpliendo con
su deber.
No es mi intención indisponer a los hijos contra sus padres. Ni mucho menos. Las
relaciones entre los padres y los hijos son preciosas y deberían mantenerse, pero no deberían
ser asfixiantes. Los hijos adultos deberían querer a sus padres y compartir cosas con ellos,
pero también deberían ser independientes. Con frecuencia el comedor compulsivo tiende a
ser dependiente ya que eso le resulta mucho más cómodo y, tanto para él como para el padre
o cónyuge codependiente, puede ser muy doloroso acabar con esa relación nociva. El
comedor compulsivo debería ser capaz de comprender por qué los codependientes actúan
así, ya que entonces podría recomponer la relación. En algunos casos, el comedor
compulsivo descarga toda la responsabilidad de su recuperación en el codependiente. «Tú
vigila mi dieta. Levántame pronto para que pueda hacer mis ejercicios. Acompáñame a la
boda de Mercy y asegúrate de que no como demasiado.»
Superar el apetito compulsivo es todo un reto y el triunfo sólo es posible si el comedor
compulsivo ve y acepta el reto como suyo propio. Esto no podrá ocurrir mientras el
codependiente intente manejar o controlar las cosas por él.
Un marido que ama a su mujer o un padre que ama a su hijo con frecuencia suele
afirmar: «No puedo sentarme tranquilamente y ver cómo se destruye a sí mismo». Sin
embargo, lo cierto es que el codependiente no tiene elección. Si el comedor compulsivo
mejora o empeora no depende del comportamiento del codependiente, salvo que el
codependiente intente decidir lo que hay que hacer, lo que provocará que el comedor
compulsivo deje de esforzarse por alcanzar la recuperación.
El consejo que se suele dar al codependiente es «sepárate con amor». Esto no quiere
decir que se separe del comedor compulsivo sin preocuparse de lo que le ocurre, sino que
significa que hay que separarse del problema del comedor compulsivo, no de la persona. Es
necesario apartarse del problema ya que no se puede hacer nada por evitarlo y, cuanto antes
se acepte este hecho, mejor será para todos. El comedor compulsivo debería alentar a que se
produzca esta separación.
Existen varias razones por las que el codependiente debería apartarse (del problema,
no de la persona). Principalmente, para que la responsabilidad de la recuperación recaiga
completamente en quien la tiene: en la persona que lo padece. Pero también existen otras
razones. Mientras los codependientes están ocupados intentando solventar los problemas de
los demás no son capaces de hacer nada por sí mismos.
En nuestra vida, todos tenemos unas áreas que permiten alcanzar una mejoría, pero si
sólo nos preocupamos de los problemas de los demás no atenderemos adecuadamente
nuestros propios asuntos. Además, podemos pensar que el fracaso del dependiente en su
intento de recuperarse es un reflejo de nosotros mismos. Por ejemplo, la esposa de un
alcohólico piensa que los demás atribuyen el alcoholismo de su marido a algún fallo suyo: «Si
estuvieras casado con ella, también beberías».
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 44
De igual modo, los familiares de un comedor compulsivo sienten que su aspecto es un
reflejo de ellos y entonces intentan «ayudar» a esa persona, cuando el verdadero motivo es
ayudarse a sí mismos. Cuando actuamos por el aparente beneficio de los demás, aunque de
hecho estemos motivados por el interés personal, acabamos por hacer cosas que en realidad
son perjudiciales para la otra persona.
Los codependientes aceptan que los demás les digan cómo han de sentirse ellos
mismos. Es comprensible que te sientas bien cuando alguien a quien quieres es feliz y que te
sientas mal cuando él o ella está triste. Esto es algo normal y no debería ser de otra manera,
pero no deberíamos estar completamente a merced del estado anímico de los demás. La
persona dependiente tiene ya una difícil tarea abordando el problema sin la carga adicional de
tener que preocuparse por estar haciendo infelices a los demás. En realidad, la tarea del
dependiente sería mucho más sencilla si el codependiente se retirara del problema.
Aunque el comedor compulsivo tiene que enfrentarse al reto de conseguir recuperarse,
debería darse cuenta de que su madre o su cónyuge también están afrontando ese reto. Su
tarea principal no es enfrentarse a los problemas de los demás, sino decir sin temor de
ofender a la otra persona: «Mamá, te seguiré queriendo igual aunque no me hagas mi pastel
favorito» o «Cariño, me encanta el chocolate y sé que me quieres, pero no tienes que
demostrarlo trayendo dulces a casa».
A los codependientes no les resulta fácil apartarse del problema. Sienten que si lo
hacen abandonan al dependiente. Sería bueno que leyeran algún artículo sobre la
codependencia aunque no hay nada mejor que el asesoramiento, ya sea por parte de un
terapeuta o de una terapia de grupo. Adquirir un conocimiento más profundo de la
codependencia le permitirá superar las sensaciones confusas y le dará al dependiente la
libertad para poder recuperarse.

11. ¿La culpa es realmente de los demás?


La codependencia no es el único escollo a tener en cuenta. Cuando un comedor
compulsivo entra en «el juego de buscar culpables» puede llegar a dejar de afrontar sus
propios problemas, ya que éstos le exigirían una serie de cambios en ellos mismos que suelen
resultar molestos e inoportunos. Es mucho más fácil decir: «No puedo evitar ser como soy. La
culpa es de mi madre». (En cierto modo, las madres siempre se llevan la peor parte de la
culpa.)
Puesto que pasamos con nuestros padres la etapa de formación de nuestra
personalidad, no cabe ninguna duda de que son ellos los que ejercen la mayor influencia en
nuestro desarrollo e incluso me atrevería a decir que pueden haber sido los responsables de
la aparición de algún trastorno psicológico. ¿Y qué? La autocompasión no te va a ayudar a
superar el problema y si tienes algún trastorno alimenticio puede conducirte a comer aún más.
La inmensa mayoría de los padres tienen buenas intenciones y quieren lo mejor para
sus hijos. Hay que tener en cuenta que la etapa de la vida en la que alcanzamos el máximo
nivel de enjuiciamiento es hacia los sesenta y cinco arios, cuando ya hemos aprendido y
vivido muchas experiencias y, sin embargo, no es la edad en que concebimos a nuestros
hijos. Criamos a nuestros hijos cuando estamos en una fase en la que aún tenemos escasos
conocimientos y con toda nuestra buena intención cometemos muchos errores.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 45
No existe ningún modo de
trastocar o de deshacer el pasado, por
tanto, no hay ninguna razón para insistir
sobre él. Es la relación actual que
tenemos con nuestros padres la que
puede afectar a un trastorno alimenticio
ya que, a menudo, suelen ser
codependientes. Pero incluso en este
caso, no hay que obstinarse en culpar a
nuestros padres. Debemos aceptarlos
tal y como son, porque ellos nos
quieren, incluso aunque no estemos de
acuerdo con ellos en muchas cosas.
Esta razón debe ser suficiente para
perdonarlos por los errores que hayan
podido cometer. Tendrías que hacer los
cambios necesarios en ti mismo y
relacionarte con ellos de un modo en
que no puedan colaborar a que tu
trastorno alimenticio se prolongue. Obviamente, si tus padres buscaran ayuda y fueran
capaces de acabar con su conducta codependiente tu tarea resultaría mucho más sencilla,
pero no puedes controlar lo que hacen tus, padres. Eres tú el que tiene que realizar los
cambios necesarios en ti mismo. Y así debería pasar no sólo con los padres, sino también con
los cónyuges, hermanos y amigos.
He puesto un especial énfasis en la conciencia de uno mismo y en la autoestima. No
hay nada más fácil en este mundo que culpar a nuestros padres de nuestra baja autoestima.
«Después de todo, ellos fueron los que me pegaban, me gritaban y me mandaban a la
habitación.» Con esto, lo que queremos decir es: «Si no fuera por todo lo que me hicieron
tendría un concepto mejor de mí mismo». Muy bien. Estoy de acuerdo. Pero incluso, aunque
tus padres te hicieron ser así, no existe ninguna razón para no cambiar. Debes enfrentarte a
tus propios problemas y hacer todo lo necesario para corregir las alteraciones que tus padres
te causaron para así poder generar una fuerte autoestima que te ayude a encontrar el camino
que conduce hacia una independencia positiva.

12. Representar un papel


Alguna de las reacciones que hemos visto en los comedores compulsivos no son
exclusivas de ellos. También se observan en personas que no lo son. En estos casos, tales
comportamientos suelen ser parte de otras formas erróneas de vivir la realidad.
Ésa es la frase clave: vivir la realidad. No te quepa duda, la realidad es dura. Aunque
no tengamos en cuenta los desastres que provocamos los seres humanos (delitos, abusos,
guerras) podemos encontrar muchos desastres incluso en la propia naturaleza (terremotos,
inundaciones, incendios, etc.). En una escala mucho más individual existen enfermedades,
lesiones y serios reveses como la pérdida del trabajo. También existen en el mundo muchas
cosas bellas y muchas cosas que podemos disfrutar, pero éstas y suelen compensarnos por
las desgracias.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 46
Además, no tenemos demasiadas opciones. En algunos casos tenemos la capacidad
de hacer más placentera esa realidad, como cuando encendemos el aire acondicionado para
evitar el calor sofocante. Sin embargo, en la mayor parte de los casos somos incapaces de
cambiar las circunstancias y ponerlas de acuerdo con nuestros deseos, por lo que la única
opción que tenemos es adaptarnos a ellas. Esto se recoge perfectamente en la Oración de la
Serenidad: acepta las cosas que no pueden cambiar y cambia las cosas que deberían
corregirse.
Sin embargo, existe otra opción, aunque es destructiva: ni cambiar ni aceptar la
realidad, sino escapar de ella. Esto sucede, por supuesto, cuando alguien ahoga sus penas
en la comida. Ni se cambia la dura realidad ni se acepta.
Es evidente que esta última vía resulta autodestructiva. Podemos empeorar aún más
las cosas si nos negamos a aceptar la realidad que no se puede cambiar y no queremos
adaptarnos a ella en la medida en que podamos.
Tenemos que adaptarnos a la realidad para así poder afrontarla de un modo más
eficaz. Pero los cambios deben ser reales. Con la fantasía y la imaginación no se consigue
nada. Esta forma de vivir la refleja magníficamente James Thurber en su obra La vida secreta
de Walter Mitty, donde un marido apocado intenta escapar del dominio de su mujer
haciéndose pasar por un héroe triunfante. Esta forma de aplicarse un papel particular es un
magnífico ejemplo de cómo nos evadimos de la realidad.

James Grover Thurber (1894 - 1961). Caricaturista y escritor estadounidense. Bajo el


prisma del humor, sus obras reflejan las frustraciones que sienten los hombres al enfrentarse
a los problemas cotidianos de la vida moderna. Destacan The Secrer Life of Walter Mitty
(1942), su obra más conocida, The Male Animal (1940) y The Years with Ross (1959).

No es tan difícil realizar cambios en nosotros mismos si somos capaces de amoldarnos


a ellos, pero si nos hemos vuelto inflexibles en nuestras costumbres y hemos desarrollado una
personalidad rígida, solemos resistirnos a cambiar, ya que la experiencia puede resultar
terrible. Asimismo, una vez que adoptamos un papel particular en la vida, nuestra forma de
comportarnos se ve influenciada, cuando no determinada, por dicho papel. Algunos actores
han confesado que, cuando representan personajes de gran espiritualidad y santidad, son
incapaces de hacer algo que vaya en contra de esa identidad. En gran medida, sucede lo
mismo con los papeles que adoptamos. Se evita cualquier comportamiento que sea
inconsecuente con ese papel. Algunos papeles se adoptan como consecuencia o en defensa
de la imagen que tenemos de nosotros mismos. Por ejemplo, los sentimientos de incapacidad
o de bajeza pueden, hacer que adoptemos el papel de perdedor. Se pueden adoptar papeles
durante la infancia y seguir desempeñándolos a lo largo de la vida, reforzándolos a menudo
con profecías negativas de autorrealización.
Así, Charlie Brown se ve a sí mismo como un perdedor, espera perder y seguirá
perdiendo.
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Esta tira refleja con exactitud un cuadro de apetito compulsivo.

Un comedor compulsivo mal aconsejado puede pensar que su manera de ser se debe
a la forma en que los demás le tratan. Su pareja, su hijo, cualquier miembro de su familia, su
jefe... todo el mundo tiene la culpa.
Ser una víctima puede tener sus compensaciones, aunque éstas son recompensas de
tipo patológico. Existe una especie de placer que consiste en sumergirse en la tristeza y
compadecerse de uno mismo.
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A la «víctima» le resulta difícil cambiar un cierto tipo de identidad y esta dificultad se


puede complicar porque su problema (obesidad, bulimia) tiene una función dentro de su
dinámica familiar. Cualquier miembro de la familia que sienta cualquier tipo de angustia puede
atribuirlo al problema de la «víctima». «Si Betty se sintiera feliz todo iría bien.»
Esto, por supuesto, no es cierto. Todo el mundo debe afrontar sus propios problemas,
pero mientras sigan pensando que el comedor compulsivo es el único responsable de los
problemas de los demás y que es el único que debe realizar cambios estarán desviando la
atención de sus propios asuntos. Hay que tener en cuenta que no lo piensan de modo
deliberado, sino que lo hacen de modo inconsciente. Si el comedor compulsivo se recuperara,
los miembros de su familia se quedarían sin ninguna excusa que esgrimir ante sus problemas
particulares. Si los miembros de la familia evitan enfrentarse a sus propios problemas, algo
que ocurre con frecuencia cuando el comedor compulsivo se ha recuperado, están
inadvertidamente minando su recuperación.
La familia es como el «móvil» que se encuentra suspendido sobre las cunas de los
bebés. Cuando todas las piezas han encontrado el equilibrio, están quietas y en reposo. Si se
altera la posición de una de ellas todas las demás se mueven hacia una nueva posición para
encontrar su equilibrio. Lo mismo ocurre en las familias: cuando cualquier miembro cambia,
aunque sea para mejor, los otros miembros deben cambiar a la vez. Puesto que a menudo
resulta incómodo cambiar, no es sorprendente que los miembros de la familia no se sientan
felices con cualquier cambio dentro de su seno, aunque sea para mejor.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 49
Algunos papeles no están unidos directamente al apetito compulsivo, pero pueden
tener el mismo efecto. El papel del «guardián» se observa a menudo, aunque no
exclusivamente, en hogares donde uno de los padres o los dos no cumplen con su función y,
entonces, uno de los hijos ejerce el papel paterno. Una persona de cualquier edad que
padezca un complejo de inferioridad, nota una sensación de dignidad cuando adopta el papel
de cuidar de los demás. Aunque cuidar de los demás puede resultar una actitud constructiva y
loable, también puede tener sus desventajas. En primer lugar, descarga a los demás de tener
que enfrentarse a sus propias responsabilidades. En segundo lugar, resulta un mecanismo
compensatorio que le impide descubrir que está escondiendo un falso yo nocivo, de modo que
no es capaz de dar los pasos necesarios para corregir una imagen equivocada de sí misma.
Por último, es probable que esta persona esté creando una personalidad rígida y, por tanto,
no sea capaz de hacer otra cosa que cuidar de los demás.
Hay una historia acerca de una persona que un día escuchó a un predicador lanzar un
conmovedor sermón en el que se alababa las virtudes de dar cobijo a los que no tenían hogar,
alimento a los hambrientos, cuidado a los enfermos y sepultura a los muertos. Inspirado a
hacer el bien, el hombre encontró a un mendigo y lo llevó a su casa. El buen samaritano le
ofreció un suculento banquete, ya que no había comido nada durante varios días y el mendigo
la devoró tan rápidamente que cayó enfermo. Ahora el hombre tenía la oportunidad de cuidar
del enfermo, cosa que hizo, suministrándole tal cantidad de purgantes y otros remedios
caseros que el hombre murió. Entonces hizo todos los preparativos para su entierro pensando
de sí mismo que era una persona extremadamente bondadosa y que se había ganado una
recompensa divina por haber dado cobijo a un mendigo, comida a un hambriento y sepultura a
un muerto.
La moraleja de esta historia es que si tienes una fuerte necesidad de justificarse a ti
mismo proporcionando cuidados a los demás, este impulso puede llevarte a hacer cualquier
cosa con tal de cumplir tu propósito. El clásico ejemplo es el de los padres que miman a sus
hijos adultos, haciendo cualquier cosa por ellos y, por consiguiente, convirtiéndoles en
personas dependientes e impidiendo que desarrollen su independencia. De esta manera, los
guardianes «benévolos» pueden ejercer una mala influencia sobre sus «beneficiarios».
Además, pueden padecer depresiones si los destinatarios de sus cuidados deciden que no lo
necesitan.
Tuve una paciente que sufría una fuerte depresión. Cuando tenía ocho años su madre
delegó el cuidado de sus hermanos pequeños en ella y asumió el papel maternal, algo que
siguió haciendo durante toda su vida. Durante muchos años cuidó de toda su familia, incluidos
su marido, y sus hijos. Cuando se casaron sus hijos cuidó de su marido, pero cuando éste
murió se quedó sin objetivos en la vida. Su situación económica le permitía viajar,' conocer
mundo y participar en muchas actividades de la tercera edad, pero era incapaz de disfrutar
con nada que sonara a regocijo. Solamente disfrutaba cuidando de los demás y como no
tenía a quien ofrecer su bondad se sentía completamente inútil.
Otro papel es el del «payaso». Este papel normalmente se comienza a adoptar en los
primeros años de vida, cuando un niño se encarga de entretener a todos los miembros de la
familia y de hacerlos felices, tal vez para templar las disputas domésticas. Esto puede resultar
gracioso en un niño, pero cuando llega a adulto las cosas pueden llegar al punto de que todos
le ven como el cómico, el gracioso o el bromista. Este tipo de personas pueden resultar
agradables en algunos momentos, pero `a largo plazo se hacen insoportables. Ser divertido
tiene sus ventajas, pero la vida es algo serio y no se puede tratar a broma. Estas personas no
son capaces de mantener relaciones íntimas duraderas y son muy solitarias.
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Aunque divierten a los demás y parece que siempre están felices, el payaso esconde
una persona triste, necesitada y frustrada. Pese a que esta persona contagia alegría a los
demás, la depresión y la soledad le llevan a encerrarse en su apartamento y pueden provocar
un cuadro de apetito compulsivo. Tal vez éste sea el origen del concepto del «gordito
divertido».
Otro papel es el del recluso. Durante su infancia, estas personas han crecido con el
aforismo de «a los niños hay que mirarlos, pero no hay que escucharlos», aunque tampoco
permiten que los demás los vean. Son personas extraordinariamente «buenas» y nunca dan a
sus padres ningún disgusto. Son dóciles, tranquilos, obedientes y muy retraídos. Esto también
es una alteración provocada por un concepto negativo de sí mismos, ya que desarrollan la
idea de que no son personas agradables y, por tanto, es mejor retirarse antes que ser
rechazado por los demás. Suelen ser personas muy pasivas y dejan que sean los demás los
que tomen las decisiones porque todo lo que hagan por su propia iniciativa estaría mal. No
desarrollan relaciones sociales y la convicción de que no son agradables les impide tener
relaciones íntimas. Los reclusos trabajan de nueve a cinco y después vuelven a sus solitarios
apartamentos sin nada que hacer por las noches excepto comer.
Cualquier papel que adoptes, ya sea para compensar un insoportable concepto
negativo de ti mismo o para mitigar otros problemas, es falso y no es una manifestación de tu
yo «real». La frustración crónica del yo verdadero puede dar lugar a un carácter depresivo
latente, con una constante sensación de que la vida es injusta. Además de la falta de
expresión de su propia personalidad, estas personas coartan su ambición y su creatividad.
Las cualidades del recluso se esconden bajo la timidez y la retirada, y las del guardián nunca
llegan a aflorar porque está demasiado ocupado empleando su energía en el cuidado de las
necesidades de los demás. Existe un constante sentimiento de descontento al no ser capaces
de descubrir qué es lo que les hace sentirse frustrados. Este descontento inexplicable puede
proyectarse hacia diferentes salidas y la angustia se puede anestesiar por medio de la
comida. La recuperación requiere: 1) eliminar la anestesia; 2) acabar con el papel adoptado; y
3) sacar a la luz y vivir con el yo verdadero.

13. Perfeccionismo y moralismo


Los comedores compulsivos suelen estar obsesionados por el miedo al fracaso. Una
persona que haya probado varias dietas y técnicas para perder peso y haya acabado con su
sentido de la capacidad hecho pedazos está comprensiblemente decepcionada por el fracaso.
No es agradable perder en nada y resulta particularmente desalentador cuando uno ya ha
fracasado varias veces.
El fracaso nunca es agradable, si bien debe aceptarse como un hecho en esta vida: a
veces ganamos y a veces perdemos. Una actitud realista hacia el fracaso es tomárselo a bien
y moverse para conseguir el próximo objetivo. Esta actitud resulta muy difícil, cuando no
imposible, para una persona que piensa que es inferior, ya que el fracaso confirmaría su
sentimiento de incapacidad. Para ella cualquier fracaso resultaría catastrófico.
Una forma de superar el fracaso es compensándolo, por ejemplo, siendo
extremadamente brillante en otras áreas. De este modo, alguien que haya fracasado
repetidamente en su intento de perder peso o de mantenerlo cuando lo haya reducido puede
compensarlo demostrándose a sí mismo que es muy eficiente en otras actividades. No es
extraño que un comedor compulsivo sea un gran trabajador, se dedique con diligencia a sus
tareas y se esfuerce para conseguir la perfección en otros campos.
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Se puede observar la aparición de una característica común en algunos comedores
compulsivos: realizan su trabajo a la perfección como respuesta a los continuos fracasos en
su intento de controlar su peso.
Cuanto más tiempo mantengan este modo de vida, más profundamente se arraigará en
la personalidad del comedor compulsivo. Estas personas desarrollan un equilibrio entre el
éxito y el fracaso que persiste siempre que uno compense al otro. Cualquier cosa que altere
este equilibrio provocará una profunda angustia. Si un comedor compulsivo fracasa en su
trabajo, su reacción puede ser desproporcionada y le puede hacer caer en una profunda
depresión. Y aunque parezca extraño, un éxito desproporcionado puede igualmente romper
ese delicado equilibrio. En efecto, el comedor compulsivo puede verse abocado al fracaso.
[Basándonos sólo en las estadísticas, la cifra de personas que pueden mantener la pérdida de
peso debería ser mucho mayor] y uno llega a la conclusión de que algunos comedores
compulsivos intentan fracasar.
Mientras el equilibrio éxito-fracaso se mantenga, el comedor compulsivo puede ser
muy eficiente. Son personas perfeccionistas que tienen todos sus asuntos en la oficina
perfectamente organizados y conocen muy bien su trabajo.
Tampoco es extraño encontrar entre los comedores compulsivos altos niveles de
moralismo sexual. Una mujer, al verse poco atractiva, puede defenderse del temor que le
produce un compromiso sexual. Evitan cualquier tipo de compromiso sexual, ya sea por culpa
de sus prejuicios morales hacia el sexo, algo que puede ocurrir en personas que sufrieron
abusos durante su infancia, o por temor a no poder controlar sus impulsos sexuales, por lo
que su convicción de que carecen de atractivo les proporciona una sensación de seguridad.
Les asusta llegar a tener una figura esbelta, ya que ello les privaría de su mecanismo de
defensa contra su miedo a la sexualidad.
Los perfeccionistas y los moralistas se preocupan por hacer las cosas correctamente y
por hacer siempre lo apropiado. ¿Qué puede haber de malo en ello? A simple vista parece
que hacer las cosas correctamente y hacer lo apropiado es una manera excelente de vivir.
Cierto, pero con algunas reservas. Por ejemplo, hay una forma correcta de conducir un
coche, y por eso un conductor novato tiene que pensar conscientemente en cada movimiento
que realiza. ¿Por qué carril tengo que ir? ¿Cómo debo colocarme para hacer un cambio de
sentido? ¿En qué momento debo frenar? ¿Qué debo hacer para aparcar en línea? Una vez
que se han aprendido todas las maniobras, éstas se realizan automáticamente. Entra en su
coche, conduce mientras escucha la radio y realiza todas las maniobras necesarias sin pensar
conscientemente en ellas. ¿Por qué? Porque ha desarrollado un grado de confianza en su
habilidad al volante y puede realizarlas en «automático» y no en «manual». Imagina cómo
sería si cada vez que condujeras tuvieras que reparar conscientemente en cada movimiento
que haces, como si todavía estuvieras en tu primera semana de conductor.
Los perfeccionistas y los moralistas no confían en ellos mismos. Tienen que reparar en
todo lo que hacen porque no tienen confianza en su capacidad de funcionar en «automático».
Tienen miedo a relajarse. No cabe duda que esta falta de confianza en sí mismos es
consecuencia de una pobre autoestima. Muchos comedores compulsivos tienen una enorme
falta de confianza en sí mismos. Si mirásemos su pasado, a menudo nos encontraríamos con
que ya no tenían confianza en sí mismos mucho antes de que se desarrollara su problema
con la comida. Adquirieron rasgos perfeccionistas y personalidades rígidas en una fase
temprana de su vida.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 52
Una vez que se convirtieron en comedores compulsivos, particularmente cuando
empezaron a no ser capaces de perder peso, perdieron la confianza en sus propias
posibilidades y este hecho les llevó a ser cada vez más perfeccionistas y a adquirir un
moralismo cada vez más rígido.
En muchos comedores compulsivos, esta rigidez desaparece temporalmente cuando
comen, de igual modo que el alcohólico se ablanda con los primeros tragos. Sin embargo, el
efecto tranquilizante de la comida desaparece rápidamente y la inflexibilidad vuelve con mayor
fuerza al darse cuenta de que han vuelto a fracasar de nuevo.
Esta inflexibilidad, que es consecuencia de su perfeccionismo, representa un enorme
obstáculo para su recuperación. Aunque no es fácil cambiar los hábitos alimenticios, no es
nada comparado con lo que supone realizar cambios en nuestro estilo de vida, ya que
implican despojarse del falso yo y alcanzar una auténtica autoconciencia. Es fundamental
cambiar el estilo de vida y las personas que tienen una personalidad rígida se resisten a
realizarlo.
Sin embargo, adaptarse a los cambios puede resultar tan estresante que la gente
prefiere seguir viviendo bajo una situación de opresión que les resulte familiar a pasar a una
situación más reconfortante pero que les resulte desconocida.
Aunque eliminar el falso yo dé como resultado una imagen de uno mismo mucho más
positiva, se puede oponer una fuerte resistencia a realizar ese cambio, ya que eso constituye
un movimiento desde lo conocido hacia lo desconocido. Asimismo, a medida que el comedor
compulsivo cambia, los codependientes también van cambiando y ajustando su nueva
personalidad y por eso también pueden negarse a realizar esos cambios. La persistencia de
los codependientes por mantener su comportamiento hace que al comedor compulsivo le
resulte mucho más difícil cambiar. Esto se debe a que todos, tanto el sujeto como el
codependiente, necesitan el apoyo suficiente para poder llevar a cabo unos cambios
saludables hasta que finalmente se llegue a alcanzar una estabilidad positiva en un nuevo
nivel de funcionamiento.

14. Agradar a los demás


Una de las reacciones más típicas de las personas que tienen una pobre autoestima es
que suelen tratar de «agradar a los demás». Este hecho no es algo exclusivo de los
comedores compulsivos. Es un recurso utilizado con frecuencia por aquellos que quieren
agradar, pero que creen que no gustan a la gente. Están convencidos de que no son
atractivos e intentan «comprar» su afecto haciendo cualquier cosa por los demás. Son
incapaces de negarse ante cualquier ruego y hacen lo que se les pida, aunque eso suponga
para ellos un gran sacrificio. Se desviven por ayudar a la gente.
¿Está mal hacer algo por los demás? Desde luego que no. El mundo sería un lugar
mucho más agradable si todos fuéramos más bondadosos. Pero los actos de caridad deben
realizarse por las razones apropiadas, que es la manera adecuada de hacer las cosas, ya que
todos deberíamos esforzarnos por ayudar a los demás. Cuando las cosas son así, disfrutamos
haciendo favores y nos sentirnos bien.
Pero una persona que actúa para agradar a los demás cree que si se niega a
satisfacer una petición se indispondrá con ellos. Esta persona tiene un concepto negativo de
sí misma y asume que no gusta a la gente. Hace cualquier cosa que le pidan, tanto si quiere
como si no, porque no puede arriesgarse a que los demás se ofendan. Aunque da la
apariencia de que es feliz ayudando a la gente, lo cierto es que se siente obligado y molesto
con cualquiera que le pida un favor.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 53
La sensación de resentimiento les lleva a comer. Los comedores compulsivos apenas
pueden dominar su resentimiento y, al igual que pasaba con la sensación de ira, buscan
consuelo en la comida para aliviar su descontento.
La impresión de que uno no es agradable es consecuencia de un falso yo negativo.
Cuando recaen en el apetito compulsivo agravan aún más ese autoconcepto negativo, y eso
hace que las personas que actúan para agradar a los demás se vean atrapadas en un círculo
destructiva Esta sensación negativa, que es la consecuencia de no haber sido capaces de
perder peso, agrava su impresión de que no son atractivos, por lo que tratan de agradar aún
más, y así sucesivamente.
Como ya dije anteriormente, las personas que actúan para agradar a los demás se
pueden encontrar entre cualquiera que tenga un concepto negativo de sí mismo. Sin
embargo, el problema de los comedores compulsivos resulta mucho más complejo. Además
de tener la seguridad de que no son personas atractivas, ahora albergan otra serie de
complejos diferentes causados por su apariencia física.
Este tipo de personas están disculpándose continuamente, ya que temen ofender a
alguien. Una joven que padecía bulimia comenzó a llorar durante nuestra entrevista e
inmediatamente se disculpó.
«¿Por qué te disculpas?», le pregunté. «¿Has hecho algo malo?»
«Debería ser capaz de controlarme mejor», dijo. «No debería llorar como una niña.»
Le comenté que es propio llorar cuando uno se siente mal y, puesto que lo que me
estaba contando era muy doloroso para ella, aquello era algo completamente adecuado.
Entonces dijo: «Yo siempre estoy disculpándome».
Le expliqué que disculparse sin motivo era síntoma de una baja autoestima y que
conseguir una autoestima elevada sería un avance importante para poder alcanzar la
recuperación. Le aconsejé que desde ese mismo momento empezara a esforzarse, dejando
de disculparse cuando no hubiera ningún motivo para ello. Le expliqué que hacer las cosas
correctamente puede tener un gran impacto en los sentimientos, y que dejar de disculparse
sin motivo le ayudaría a acabar con su concepto negativo de sí misma.
Cuando salió de mi despacho había una paciente en la sala de espera. La joven se
dirigió hacia ella y le dijo: «Siento haber estado tanto tiempo con el doctor y haberte hecho
esperar». Pasamos nuestra vida creando hábitos y resulta complicado poder cambiarlos.
Las personas que actúan para agradar a los demás tienden a infravalorarse a sí
mismas. A veces son autocríticas porque prefieren anticiparse a las críticas de la gente. A
veces demuestran una lían modestia para provocar que los demás les contradigan y así
obtener una sensación de seguridad.
Por ejemplo: «Siento mucho que los centros de mesa no quedaran bien».
«¿Qué dices, Lorraine? Si son preciosos. ¡A todos les han encantado!». Aunque por un
momento pueda llegar a sentirse orgullosa, esa sensación de propia competencia es efímera,
y su mentalidad negativa hacia sí misma vuelve a aparecer rápidamente. A las personas que
son incapaces de decir no a los demás les resulta igualmente difícil decirse no a sí mismas.
Las personas que no saben negarse a hacer cualquier cosa que se les pida tienen las
mismas dificultades para rechazar su propia demanda emocional de comer excesivamente.
Su recuperación requiere que aprendan a decir no a los demás cuando sea apropiado y
también exige decirse no a sí mismos.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 54
15. La negación
Puedes pensar que puesto que has leído este libro ya conoces los problemas a los que
se enfrentan los comedores compulsivos y/o las personas que se ponen a dieta y que ya
estás capacitado para buscar la manera de superarlos. Eso podría ser cierto, pero no ocurre
así necesariamente.
Uno de los fenómenos más fascinantes que se producen en la psicología del ser
humano es la negación. Los psicólogos utilizan este término para referirse a un proceso
inconsciente en el que una persona no se da cuenta de un hecho tangible. La persona no está
trastocando la verdad de forma voluntaria sino que se oculta la verdad a sí misma de manera
involuntaria.
Un ejemplo de negación: una mujer nota un pequeño bulto en un pecho y rápidamente
olvida que está ahí. Automáticamente, sin pensar, evitar tocar esa zona, algo que haría que
afrontara la verdad. Es posible que un día esté viendo un programa de televisión donde se
hable del cáncer de mama, o que abra una revista por una página donde haya un artículo
sobre ese tema. Podría parecer como si lo evitara conscientemente, y a veces sucede así. Sin
embargo, realmente puede no darse cuenta de que tiene un bulto y de que está evitando el
problema. ¿Por qué? Porque tomar conciencia de ello y dedo que eso podría significar sería
algo tan terrible que su mente se bloquearía. Todo eso que supo desde el principio lo
almacenó rápidamente en el inconsciente y allí permanece enterrado mientras
involuntariamente sigue utilizando varios mecanismos que hacen que permanezca oculto.
La negación se manifiesta cuando algo nos resulta tan amenazador que no deseamos
conocer su existencia. Algunas personas que padecen un grave sobrepeso creen que están
agradablemente rechonchos y argumentan que ese cuerpo es el que tiene toda su familia y
que, por tanto, es algo normal. A algunas personas obesas les he indicado que deberían
reducir peso por cuestiones de salud y me han afirmado que se están poniendo a régimen. Me
aseguraron lo mismo cuando les vi dos meses después, sin que hubieran perdido nada de
peso. A veces declaran que durante los últimos seis meses no han pasado de ochocientas
calorías. Estas personas están convencidas de que dicen la verdad. De hecho, las tres
comidas que hacen al día no pasan de las ochocientas calorías, pero simplemente se olvidan
de todos los aperitivos que toman a diario.
Algunos seguirán afirmando lo mismo bajo juramento o incluso aunque les amenazara
con pegarles un tiro si mienten. ¿Por qué? Porque realmente creen lo que dicen. ¿Y qué pasa
con el litro de helado que se tomaron ayer por la noche o con los dulces que comieron
mientras conducían? La persona que padece negación es tan consciente de todo eso como
yo lo soy de todo lo que ocurre en la cara oculta de la luna.
De cuando en cuando puede haber un avance, como el sol que brilla a través de un
pequeño hueco entre las nubes en un día plomizo, pero la conciencia desaparece
rápidamente. Darán el primer paso para acabar con su situación y después abandonarán el
proyecto. Muchos comedores compulsivos tienen montones de libros sobre la materia,
armarios llenos de comida dietética e, incluso, costosas máquinas de gimnasia que compraron
en un momento de lucidez y que después apartaron como si no hubiera ninguna razón para
usarlas.
La negación es un mecanismo muy potente que trabaja de manera automática para
protegernos de todo lo que nos molesta, como si un codo lesionado se escayolara
automáticamente para evitar cualquier movimiento que le pudiera producir dolor. Si intentaras
mover el brazo escayolado de una persona, ella se resistiría. «Por favor, ¡no lo toques!». Lo
mismo sucede cuando expones a alguien la dolorosa realidad.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 55
La otra persona se mantiene a distancia. Puede que alguna vez hayas evitado a un
amigo porque te expresó su sincera preocupación por tu peso o porque vio tu ropa en un
escaparate y te dijo lo horrible que era. Si alguna vez te ha sucedido esto, puede que se haya
motivado porque tu negación intentaba protegerte de una sensación de incomodidad.
A veces, la realidad que nos negamos intenta abrirse paso en el inconsciente con el fin
de llegar al consciente. Entonces, la mente refuerza la negación con algunos trucos
psicológicos para mantener esa realidad lejos de la conciencia. El más importante de esos
mecanismos es la racionalización, que consiste en dar alguna excusa que suene lógica para
así ocultar las verdaderas razones. Junto con la racionalización, a menudo también se utiliza
la proyección, que consiste en desviar la culpa de la verdadera causa hacia los demás. En
otras palabras, proyectada hacia otra persona. Algunas racionalizaciones son ilógicas e,
incluso, absurdas. Por ejemplo, la hipercrítica suegra de Joan estaba de visita durante las
vacaciones. Se metía en los asuntos de Joan, sobre cómo limpiar la casa, sobre cómo debía
educar a sus hijos, incluso sobre su aspecto, y Joan acababa comiendo postres que le dieran
fuerzas para poder soportarlo. En seguida culpó a su suegra de su apetito compulsivo: «No
habría comido todas esas galletas si no me criticara tanto. ¡La culpa es de ella!».
También es muy frecuente utilizar el razonamiento de «me lo merezco». Julie acababa
de terminar un importante proyecto para su jefe. Durante dos semanas estuvo redactando
informes e investigando sin tener un momento para ella misma. Como recompensa por un
trabajo bien hecho, fue al Mac Donald's y pidió doble ración de cada cosa... porque se lo
merecía.
Otros razonamientos encierran diferentes problemas. Por ejemplo, cuando alguien
dice: «Cuando pierda peso comenzaré una nueva vida. Quedaré con gente, buscaré un
trabajo, y todo eso». Esta persona está negando la verdadera razón por la que no sale
adelante en la vida. Tiene miedo a concertar citas, a relacionarse, a buscar un trabajo porque
teme ser rechazada o se niega a aceptar un trabajo por temor al fracaso. La obesidad es una
excusa, una racionalización que lleva a la persona a pensar: «En realidad no tengo miedo a
las relaciones y no tengo miedo a buscar un trabajo. Es sólo que ahora no estoy presentable
pero en cuanto tenga mejor aspecto haré todas esas cosas». La obesidad también juega un
papel importante en el sistema emocional de las personas.
Déjame darte un ejemplo de cómo funciona. Bert se puso en tratamiento por su apetito
compulsivo. Después de un año, todavía le sobraban treinta y seis kilos y decidió que era
incapaz de salir adelante en la vida. No podía ponerse a trabajar ni tampoco empezar a
estudiar. Bert dijo que aquello se debía a un compromiso que se rompió y a su incapacidad
para superar el hecho de que su pareja la rechazara hacía ya varios años. Tuvimos varias
sesiones durante las cuales hablamos de su relación y de la dificultad que le suponía aceptar
que había acabado, pero Bert no mostró ningún cambio de actitud.
Una noche después de una sesión, soñé con algo que me ocurrió durante mi infancia.
Me encantaba pasear en barca y el sueño de mi vida era que me dejaran coger los remos y
navegar. Pero, por supuesto, nunca me permitieron ir solo en la barca. Solía ir al embarcadero
y, aunque el bote estaba bien amarrado, yo remaba alegremente sin ningún tipo de peligro. Si
la cuerda se hubiera desatado habría sido muy peligroso, porque me hubiera encontrado en
mitad del lago y sin saber nadar.
Me desperté recordando el sueño y me di cuenta de lo que significaba, ya que eso era
precisamente lo que Bert estaba haciendo. Su verdadero problema era que tenía miedo de la
vida, miedo de la responsabilidad de un trabajo, miedo a fracasar en los estudios, miedo a ser
rechazada en un romance.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 56
Bert se defendía de todo ello «amarrándose al embarcadero». El rechazo parecía ser
una explicación válida y le servía como excusa para no intentar nada. De nada servía todo el
esfuerzo realizado en la terapia para superar el rechazo porque ése no era el problema. El
rechazo era la solución.
Algunas veces, tener sobrepeso tiene un propósito, y eso hace que se dificulte su
eliminación. Las personas que piensan que después de perder peso comenzarán a vivir una
nueva vida pueden llegar a comportarse como Bert. Tienen miedo a empezar a vivir pero
como les resulta humillante reconocerlo, el inconsciente se vale de su ingenuidad y les dice:
«Mira, no podrás hacer todo eso mientras estés gordo. Nadie se va enamorar de una persona
que está gorda y nadie va a contratar a una persona obesa. Primero tienes que perder peso».
Ahora ya podemos ver por qué hay que personas que se resisten a perder peso y al
menos podemos entender una de las razones por las que, en caso de que lleguen a
conseguirlo, casi siempre lo vuelven a recuperar rápidamente. Si siguen perdiendo peso se
ven privados de la necesidad de poner una excusa por no asumir otros objetivos en la vida. La
ansiedad que esto provoca les empuja (y aquí aparece la compulsión de nuevo) a ganar peso
y a atar otra vez el bote al embarcadero para recuperar la sensación de seguridad.
¿Por qué tienen todos estos temores? Está claro que no es probable que una persona
segura de sí misma espere y tema un fracaso o un rechazo. En primer lugar, porque no tiene
ninguna razón para pensar que eso va a ocurrir y, segundo, porque en caso de que eso
suceda, no va a ser el fin del mundo.
Una persona con autoestima puede aprender de los reveses. Si conoces tu yo
verdadero tendrás más seguridad en ti mismo y más autoestima. Es el falso yo (el mecanismo
creado por la opinión de los demás que no se basa en ningún hecho fundado) el que es tan
frágil que cualquier proyecto te parece inalcanzable. En lugar de enfrentarte al temor que te
produce cualquier proyecto, te concentras en algo que se puede manejar con más facilidad: la
comida.

16. Depender de los fármacos


La dependencia a sustancias psicoactivas, ya sea alcohol o fármacos, es muy
frecuente. Hay personas que pueden beber sin ningún problema, que no beben
excesivamente y cuyo estatus emocional no se ve alterado significativamente por el alcohol.
Hay personas que pueden ingerir un tranquilizante, una pastilla para dormir o un analgésico y
no desarrollar ningún tipo de dependencia hacia ellos. Sin embargo, a otras personas les
afecta negativamente cualquier sustancia que altere la mente. Todavía no se conoce en
profundidad por qué algunas personas reaccionan de manera diferente a los fármacos. Hay
razones para pensar que se debe a una vulnerabilidad genética, por lo que los hijos de un
padre que tenga cualquier adicción corren un mayor riesgo de convertirse en adictos. Uno de
los sectores de la población con mayor posibilidad de desarrollar cualquier tipo de
dependencia es el de los comedores compulsivos, para quienes la exposición a las sustancias
psicoactivas supone un riesgo mayor de convertirse en dependientes. Las personas que
recurren a la comida para aliviar un sentimiento de angustia —ansiedad, depresión,
inseguridad— también pueden recurrir a los medicamentos para buscar un alivio y cualquier
médico bien intencionado puede recetarles un tranquilizante que les ayude a soportar la
angustia. Estas personas, por tanto, corren el riesgo de convertirse en dependientes. Existe
una gran variedad de píldoras adelgazantes que tienen propiedades psicoactivas y que
también pueden provocar la dependencia.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 57
Los comedores compulsivos pueden padecer ansiedad por una serie de motivos
ajenos a sus problemas alimenticios o pueden desarrollar la ansiedad como consecuencia de
una serie de frustraciones y fracasos provocados por su incapacidad de seguir un régimen.
Pueden pensar que si no estuvieran tan tensos les resultaría más fácil mantener la dieta y por
eso pretenden que su médico les recete algún tranquilizante.
Muchos colegios médicos no proporcionan una instrucción adecuada sobre las
adicciones, y por eso algunos terapeutas todavía no se dan cuenta de que los tranquilizantes
que se presentan como un remedio para salvar a la humanidad de los problemas que originan
las tensiones tienen una gran capacidad para desarrollar la adicción. Un médico puede no ver
nada malo en ayudar a alguien que pretenda perder peso por medio de la prescripción de una
de las drogas benzodiacepinas: Diazepam (Valium), Alprazolam (Xanax), Ativan (Lorazepam).
Estos medicamentos alivian la ansiedad y la tensión durante unas horas y para que un
paciente olvide esas sensaciones se necesitan tres o cuatro dosis diarias.
El uso de la mayoría de los tranquilizantes da lugar a un fenómeno de tolerancia, es
decir, después de cierto tiempo, unas cuantas semanas, el cuerpo se vuelve inmune al efecto
de la droga y la ansiedad vuelve a aparecer. La persona que deposite su confianza en un
medicamento para obtener alivio suele incrementar la dosis, pero eso sólo resulta efectivo
hasta que el cuerpo se vuelve inmune a la nueva dosis, llevando al paciente a incrementarla
aún más. Si el médico no es partidario de incrementar la cantidad prescrita el paciente puede
ir a varios médicos y conseguir la receta de cada uno de ellos. Algunos encuentran un
farmacéutico que les da toda la medicación que quieren y otros modifican hábilmente la receta
del médico para conseguir una cantidad mayor.
A la larga, la enorme dosis de tranquilizantes puede causar confusión, pérdida de la
memoria, cambios de humor y falta de coordinación o puede nublar el pensamiento y retrasar
las respuestas reflejas. Perjudica nuestro comportamiento en el trabajo o en casa y provoca
accidentes de tráfico. La persona puede darse cuenta de que está tomando demasiados
tranquilizantes, pero si intentan reducir la dosis padecería graves síntomas que incluyen
ataques de pánico, insomnio, temblores e incluso convulsiones, forzando al paciente a
incrementar de nuevo la dosis. Puede ser más difícil superar una adicción a los tranquilizantes
que a la heroína o la cocaína.
Debido al enorme potencial de la adicción, hay que usar los tranquilizantes con sumo
cuidado y, por lo general, en pequeñas dosis. Mantener el peso ideal puede llevar toda una
vida. Como los comedores compulsivos tienen un riesgo mayor que los demás de convertirse
en adictos a los fármacos, deben evitar tomar tranquilizantes. Si te has convertido en un
dependiente a esas drogas consulta a un especialista en adicciones que te ayude a encontrar
la manera más segura de disminuir la dosis.
121

17. La bulimia
Al igual que otros muchos profesionales de la salud mental, cuando comencé a ejercer
como psiquiatra no tuve conocimiento de la existencia de este estado. Mi preparación médica
y psiquiátrica comenzó a desarrollarse en los años cincuenta y sesenta y el diagnóstico de
bulimia no apareció en la nomenclatura de la psiquiatría hasta 1980.
En 1977 una joven ingresó en el hospital para ser tratada de una depresión. Era una
estudiante de tercer curso de medicina que había destacado en sus dos primeros años pero
que ese curso iba muy mal por causa de sus continuos ingresos en el hospital con unos
síntomas que desconcertaban a los médicos del University Medical Center.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 58
Cada cierto tiempo padecía graves inflamaciones en sus tobillos y se le hinchaba el
abdomen, además de sufrir una profunda debilidad e, incluso, confusión. Se sometió a los
más rigurosos tratamientos. Lo único que le encontraron fue un desequilibrio mineral en la
sangre, pero nadie fue capaz de explicar el motivo de ese desorden. Se sospechaba que
tenía algún mal «silencioso» en alguna parte o tal vez alguna enfermedad como el lupus
eritematoso o alguna infección vírica extraña pero, a pesar de todas las exploraciones que se
le practicaron y del tratamiento dé los especialistas más destacados, no se pudo encontrar
nada. Su incapacidad para afrontar el curso hizo que su depresión aumentara cada vez más y
finalmente fue internada en un hospital psiquiátrico tras un intento de suicidio.
Tras pasar varios días en el hospital me confesó que tenía la extraña costumbre de
comer mucho y de ingerir después grandes cantidades de laxantes —tal vez treinta o cuarenta
tabletas al día— y varios diuréticos para que le produjeran diarrea y pérdida de fluidos con el
fin de perder peso. Estaba terriblemente avergonzada de su conducta y afirmó que debería
estar «loca» para hacer todo eso, pero que no podía evitarlo. Me dijo que no tenía dinero para
comprar laxantes y que los había robado de la farmacia.
Esta joven era muy brillante y parecía ser una persona perfectamente normal. No era
capaz de explicar su comportamiento y sólo podía decir que le aterraba estar gorda. Aunque
su peso era el ideal para su edad, ella se consideraba obesa. Describió al detalle cómo intentó
desesperadamente dejar de comer tanto y de ingerir laxantes y cómo a menudo se echaba a
llorar por su incapacidad para conseguido. Aunque ella sabía perfectamente que sus síntomas
se debían a las excesivas purgas con laxantes y diuréticos, siguió exponiéndose a costosos y
arriesgados exámenes médicos en el hospital ya que no había forma de que explicara lo que
estaba haciendo. «Sabía que pensarían que estaba loca y que me recluirían en un hospital
psiquiátrico, y al fin y al cabo es donde he acabado.» Estaba convencida de que era la única
persona en el mundo que se comportaba de una forma tan extraña y estaba terriblemente
avergonzada por ello.
En los años siguientes, comenzaron a aparecer en los libros médicos informes sobre
casos similares y finalmente se le asignó un nombre y pasó a ocupar un lugar en la
nomenclatura psiquiátrica: bulimia.
Asignar un nombre a esa condición fue un importante paso adelante ya que con ello la
gente comenzó a prestarle atención, aunque hoy en día aún no tenemos un total conocimiento
de la enfermedad. Se han producido grandes progresos al describirla en sus distintas
variedades y ya existen algunos tratamientos efectivos. También han aparecido algunas
teorías que intentan explicar el origen de la enfermedad pero ninguna se ha establecido con
firmeza.
Sin embargo lo que sí sabernos de la bulimia es que se asocia principalmente al
género femenino y que en la mayoría de los casos la padecen las jóvenes y las mujeres.
Normalmente aparece hacia la mitad y el final de la adolescencia y, por término medio, la
afectada suele tardar unos seis años en buscar ayuda.
El rasgo característico que siempre presentan las mujeres afectadas de bulimia es la
preocupación obsesiva por el peso, un intenso deseo por estar delgadas y la certeza de que
están demasiado gordas. Esta creencia persiste aunque la afectada esté en su peso ideal e,
incluso, por debajo del mismo. En todos los casos la enferma come de manera excesiva,
aunque puede haber diferentes puntos de vista sobre lo que se considera comer
excesivamente, y después practica algún tipo de técnica con el fin deshacer los efectos de la
comida provocándose vómitos, purgándose con laxantes y/o diuréticos, ayunando o haciendo
ejercicio.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 59
Otra característica típica de la mujer que padece bulimia es que tiene una profunda
sensación de vergüenza y/o culpa asociada con su comportamiento. Llega al extremo de
impedir que sus familiares y amigos descubran su manera de obrar y su necesidad por
ocultarlo muchas veces les conduce al retiro y la soledad. Su apetito compulsivo siempre lo
mitigan en privado, lo que sin duda afecta a sus relaciones sociales. Puede que no sea capaz
de comer delante de sus amigos ya que se avergüenza de sus hábitos alimenticios. El miedo
a ser descubierta le lleva a mentir y no es extraño que incluso llegue a robar comida cuando
no puede comprarla.
La vida de estas mujeres está completamente controlada por las diferentes
características de este estado. La mayor parte del día lo emplean en pensar en la comida, en
lo que van a comer, en la cantidad que deberían tomar y en planificar una dieta. Tienen que
pensar en la manera de explicar a sus padres o a su marido por qué no comen o por qué
pasan tanto tiempo en el cuarto de baño o por qué gastan tanto dinero en comida. La
comunicación se deteriora debido a su actitud defensiva y a su imperiosa necesidad de
esconder la verdad a todo el mundo. La afectada llega a estar convencida de que si su marido
descubriera su «locura» se divorciaría de ella con toda seguridad.
Algunas mujeres que padecen bulimia desean quedarse embarazadas, ya que está
completamente aceptada la creencia de que, las mujeres embarazadas tienen unas
costumbres alimenticias muy extrañas y así pueden usar su embarazo para justificar su
comportamiento. Una mujer me contó que todos los años se quedaba embarazada y que
utilizó esa técnica durante cinco arios consecutivos. En cada embarazo ganaba más de nueve
kilos, llegando finalmente a sobrepasar los 118 kilos. Para ella era un consuelo poder comer
todo lo que quisiera sin tener que expulsarlo después, ya que todo el mundo creyó que su
peso se debía a los efectos del embarazo.
Los bulímicos tienden a abusar de los aperitivos y de los postres como los helados, los
pasteles y los refrescos. El momento preferido para comer suele variar aunque normalmente
lo llevan a cabo por las mañanas, excepto aquellas mujeres que ayunan durante varios días
para poder perder peso.
La mujer bulímica puede entregarse completamente a su trabajo, donde suele realizar
una labor excelente. Muchas son perfeccionistas y extremadamente eficientes. Existe un
fuerte contraste entre el cuidadoso control que demuestran en su trabajo y la completa falta de
dominio en su vida personal. Estas mujeres tienen una carrera profesional brillante y sus
calificaciones académicas son excelentes.
Considero que el papel de la autoestima en la génesis de la bulimia es sumamente
importante. La cultura occidental idealiza la delgadez y admira a las mujeres que poseen una
figura espléndida estableciendo así una relación entre lo gordo y lo feo. Hay un mecanismo
psicológico de «concretización», en el que una persona representa y traduce un sentimiento
sobre sí mismo en una imagen concreta de dicho sentimiento.
Por ejemplo, una mujer que padecía una profunda depresión fue internada en el
hospital psiquiátrico después de haber intentado suicidarse. La razón que esgrimió para
explicar su intento de suicidio era que sus padres se negaron a comprarle unas lentillas
coloreadas. Con esas lentes podría cambiar el color de sus ojos, de modo que así no se
sentiría tan poco atractiva.
Sin embargo, esta joven era en realidad muy atractiva. Me enteré de que un año antes
se había sometido a una operación de cirugía estética para disminuir el tamaño de su nariz.
Le pedí a su familia que me trajera fotografías de la joven antes de la operación y, como
sospechaba, éstas revelaron que su nariz no tenía nada que resultara poco atractivo.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 60
Le pregunté a su familia por qué dejaron que se sometiera a una operación a todas
luces innecesaria. Ellos me respondieron: «Verás, si hubieras estado en nuestro lugar habrías
hecho lo mismo. Día y noche la escuchábamos quejarse de que si no salía de casa era por
culpa de su nariz y que ningún chico se interesaría jamás por ella. Lo repetía durante horas, a
veces llorando amargamente, y afirmaba que si realmente la queríamos deberíamos darle el
dinero para que se pudiera operar.
»Finalmente la llevamos a un cirujano plástico pero éste se negó a operarla porque no
veía nada extraño en su nariz. Consultamos a otros tres cirujanos y todos la rechazaron por la
misma razón. Finalmente encontró a un doctor ávido de dinero que aceptó operarla tras tener
que pagar una importante suma por adelantado».
Ella estaba encantada con los resultados de la operación y durante varios meses la
paz y la tranquilidad reinaron en su casa. Le dijeron que la hinchazón de los tejidos tardaría
unos meses en remitir pero, una vez transcurrido ese tiempo, estaba segura de que sería
atractiva.
Varios meses después, empezó con los ojos. Insistía en que no le gustaba el color y
que por eso no era una mujer atractiva. Era una repetición de su obsesión por la nariz.
Cuando sus padres se negaron a comprarle unas lentes de contacto coloreadas se cortó las
venas.
Esta joven se sentía poco atractiva como persona y proyectaba este sentimiento hacia
su cuerpo, como si dijera: « No soy fea como persona, sino que lo que es feo es mi cuerpo y
eso sí que se puede cambiar». Cualquier cambio en su cuerpo, como la operación de cirugía
estética, tan sólo haría que su atención se desviara hacia otra parte del mismo.
Esto es lo que, en esencia, sucede con la bulimia. El hecho objetivo, y esto lo puede
asegurar cualquiera, es que esas mujeres no son obesas. Tienen el peso ideal o tal vez
menos, pero la imagen que tienen de su cuerpo es que es gordo y feo. La imagen que tienen
de su cuerpo es una falsa impresión. Tal y como sabrá cualquiera que haya intentado
convencer a una persona de que su impresión está equivocada, ninguna discusión o
conversación razonada les hará cambiar de opinión. De igual modo, las personas que
padecen bulimia no aceptan que nadie les asegure que no están gordas. Saben positivamente
que padecen sobrepeso y que deben adelgazar. Cuando hayan adelgazado lo suficiente
recuperarán su autoestima, pero no antes. La imagen equivocada que tienen de su cuerpo y
la convicción de que están gordas pueden explicar las medidas drásticas que toman para
perder peso.
No existe ninguna razón que explique de manera satisfactoria su obsesión por la
comida. Los bulímicos afirman que la comida alivia su ansiedad y su estrés o cualquier otro
sentimiento desagradable, ya que cuando comen «normalmente» no se sienten aliviados en
absoluto. Las causas por las que recurren a la comida no deben ser diferentes a las de los
comedores compulsivos no bulímicos, excepto en que los resultados son mucho más
dramáticos. Pueden llegar a ingerir grandes cantidades de comida en un corto espacio de
tiempo. Se ha comparado su falta de control en la alimentación con el hábito de beber de
algunos alcohólicos que no son capaces de parar en cuanto han tomado el primer trago. De
hecho, las coincidencias que existen entre la bulimia y el alcoholismo han llevado a los
expertos a considerarla como un trastorno de tipo aditivo.
En todos los bulímicos, sin excepción, se observa una autoestima muy baja. Un estudio
meticuloso de la materia revela que en la mayoría de los casos la baja autoestima se presenta
mucho antes de que aparezcan los primeros síntomas de bulimia.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 61
Por supuesto, la comida y las purgas, el aislamiento social y el sentimiento de
vergüenza y de culpa la intensifican en gran medida. Es fundamental corregir la autoestima,
independientemente de su causa, ya que puede ser el factor más importante para superar la
bulimia y para poder seguir el proceso de recuperación. Ya he comentado que la baja
autoestima es el resultado de un falso yo negativo. Por eso resulta de vital importancia
corregir la autoimagen y obtener una conciencia válida de uno mismo para poder recuperarse
de la bulimia.

18. La depresión
Recientemente, se han realizado informes sobre comedores compulsivos que han sido
tratados con éxito por medio de antidepresivos. Ya comenté en capítulos anteriores que
intentar controlar el peso por medio de la medicación suele dar como resultado un éxito a
corto plazo y un fracaso a la larga. También hablé del riesgo de caer en la adicción que se
presenta. ¿De qué sirve usar antidepresivos para tratar un trastorno alimenticio?
Hay algunos casos en los que un antidepresivo puede haber sido efectivo a algún
paciente, pero sólo representa a una pequeña minoría de todos los casos de apetito
compulsivo. De hecho, uno de los problemas que entraña la prescripción de antidepresivos
para curar la depresión es que puede hacer que los pacientes ganen kilos, desarrollando así
problemas con el peso aunque nunca los hayan tenido anteriormente.
Muchas personas que sufren de lo que se conoce como «depresión clínica» pierden el
apetito y consecuentemente pierden peso. Cuando los antidepresivos devuelven el apetito al
paciente, éste recupera el peso perdido. Por tanto, la pregunta lógica sería: si los
antidepresivos hacen que se recupere el apetito, ¿cómo pueden usarse para hacer que
disminuya las ganas de comer?
La respuesta es que la función primordial de los antidepresivos no es incrementar el
apetito. Lo que hacen es tratar la depresión. Si la pérdida de apetito es uno de los síntomas
de la depresión, las ganas de comer son una respuesta a un tratamiento adecuado. Sin
embargo, puede suceder que una persona que padezca una depresión ocasional incremente
la cantidad de comida por culpa de la depresión, aunque este hecho es más común en la
bulimia que en el apetito compulsivo. En estos casos, un tratamiento adecuado de la
depresión hace que el apetito disminuya.
Sin embargo, debemos comprender el tipo de depresión que se está tratando en cada
caso. Las personas que sufren una depresión como respuesta a algún suceso adverso en su
vida como puede ser la muerte de un pariente, la pérdida de un trabajo o algún revés
económico no se les considera «clínicamente depresivos». Aunque se sienten deprimidos sólo
es un sentimiento normal —y temporal— motivado por las circunstancias, y los sentimientos
habituales no responden a la medicación. La «depresión clínica» no es una reacción ante una
serie de circunstancias adversas o, si aparece tras esas circunstancias, no guarda proporción
con el desagradable incidente. También sobreviene a largo plazo. La depresión clínica se
debe a una alteración en el nivel de neurotrasmisores, unas sustancias químicas que actúan
dentro del cerebro y que son las encargadas de transmitir los mensajes de una célula nerviosa
a otra. Esta alteración puede dar lugar a un amplio abanico de síntomas, entre los que se
encuentran los trastornos en el apetito. Si el síntoma se presenta en forma de apetito
excesivo, como a veces sucede en la bulimia, entonces el antidepresivo puede ser realmente
efectivo.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 62
En efecto, no es extraño que las personas que se sienten irritadas o desanimadas
recurran al frigorífico. Este tipo de «depresión» no es una «depresión clínica» motivada por un
desequilibrio en las reacciones químicas del cuerpo, sino que la depresión nace de la
frustración, como cuando alguien se siente rechazado, ofendido o decepcionado.

Comer para aliviar la frustración no sirve de nada, aunque te puedes engañar a ti


mismo pensando que así te sientes mejor.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 63
Snoopy es feliz porque ha «olvidado» a su novia, pero ¿realmente lo ha conseguido?
Si sabe que ha olvidado algo en realidad lo está recordando. Pensar que comiendo se puede
olvidar un recuerdo penoso es engañarse a uno mismo.
La sensación de tristeza que aparece en los casos de frustración no tiene por qué ser
diferente del estado de ánimo que se experimenta en los casos de depresión clínica pero, en
realidad, los dos estados son muy diferentes. Cuando recurrimos a la comida como respuesta
a una decepción no se produce ningún desequilibrio en el cuerpo y, por tanto, los
antidepresivos no sirven para nada.
A riesgo de ser repetitivo, debo señalar que la frustración que se experimenta cuando
nos sentimos decepcionados, ofendidos o rechazados es un sentimiento perfectamente
normal, y que es habitual que estas sensaciones se acentúen en aquellas personas que
tienen... lo adivinó, una autoestima baja, algo que siempre es la consecuencia de un
autoconcepto alterado o de un falso yo.
Puesto que muchos comedores compulsivos siempre buscan soluciones rápidas y
definitivas, lo más probable es que afirmen: «Cierto, el apetito compulsivo que se manifiesta
como consecuencia de una depresión clínica aparece sólo en unos pocos casos, pero yo soy
uno de esos casos. No tengo por qué hacer ningún cambio en mi personalidad ni en mi estilo
de vida. Todo lo que necesito es que me receten antidepresivos y mi apetito compulsivo
desaparecerá».
Antes de afirmar que eres la única excepción entre miles de casos deja que te examine
un especialista y entonces que sea él quien determine si 'realmente padeces una depresión
clínica. En el caso de que nadie pueda afirmarlo con seguridad y de que un médico llegue a
recetarte la medicación, en tres o cuatro semanas ya deberías saber si la padeces o no,
porque ése es el tiempo que la medicina necesita para empezar a hacer algún efecto. Si
pasadas cuatro semanas no notas ninguna diferencia y todavía te sientes hambriento olvida
los antidepresivos, comienza a afrontar el verdadero problema y conócete a ti mismo, a tu
verdadero yo.
Recurrir a la comida como reacción a un desengaño es uno de los mayores peligros
del apetito compulsivo, ya que se crea un círculo vicioso autosubsistente y reforzado por uno
mismo.
La primera solución a este problema es
rodearse de más cosas que nos hagan sentir bien.
Cualquier sentimiento de bienestar producido por
el alcohol, las drogas o la comida es, en el mejor
de los casos, transitorio y siempre va seguido de
una sensación de desencanto. Si has puesto en
práctica algún método que te suponga un avance,,
como incrementar tu conocimiento de alguna
manera, mejorar tu espiritualidad, ayudar a otra
persona o contribuir a alguna buena causa,
experimentarás una agradable sensación que
perdurará mucho más que la que te puede
producir un donut. Los métodos que ayudan
progresar, junto con otras técnicas que describiré
más adelante para conseguir una autoestima
positiva, pueden eliminar el círculo vicioso que
crea el apetito compulsivo.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 64
TERCERA PARTE: CÓMO SUPERAR EL APETITO COMPULSIVO

19. Eliminar la reacción en cadena negativa


Si vives con un falso yo, serás una persona propensa a caer en una reacción en
cadena negativa. Cualquier sentimiento negativo —culpa, envidia, ira— puede poner en
marcha esa reacción que te lleva a comer, de igual modo que empuja a un alcohólico a la
bebida. Si eliminas el falso yo, los mismos estímulos que antes solían empujarte a comer
excesivamente ahora simplemente te ocasionarán meras sensaciones de irritación.
Pero eliminar el falso yo lleva su tiempo. Si ahora tienes, por ejemplo, treinta y un años
seguramente habrás estado viéndote a ti mismo de manera negativa durante unos veinticinco
años. Es ilusorio esperar que alguien supere esa actitud en unas pocas semanas o meses.
Tenemos que empezar por alguna parte, de modo que comencemos por una
afirmación positiva sobre ti mismo. «Soy una gran persona.» Tú podrás decir: «No me lo creo,
así que ¿cómo puedo decir eso? ¿De qué me va a servir decir algo así?». Mi respuesta es
que realmente eres una gran persona. Te doy mi palabra.
«Pero si ni siquiera me conoces. ¿Cómo puedes decir eso de mí? Además, si supieras
las cosas que hago, nunca dirías eso.»
Antes de interesarme por el apetito compulsivo trabajé con alcohólicos y toxicómanos y
durante mi carrera profesional he visto más de cuatrocientos casos de ese tipo. Todos ellos
tenían un pobre concepto de sí mismos, desde el caso más moderado al más extremo y cada
uno de ellos tenía abundantes razones para justificar su autoconcepto.
Vi cómo muchos de ellos se recuperaban. Observé cómo experimentaban unos
cambios que rozaban el milagro. Vi cómo descubrían en ellos una belleza y una fuerza que
nunca habían creído que existiera. Cuando al principio les dije que pronunciaran afirmaciones
positivas, todos, sin excepción, afirmaron: «No creo todo eso de mí mismo». Yo les dije: «Muy
bien, finge que lo crees hasta que lo consigas. Tan sólo mira en dónde reside tu
autodesprecio. Inténtalo hasta que
consigas cambiar».
Por eso te sugiero que empieces
diciendo: «Me gusta mi manera de ser». Tú
puedes contestar: «Eso es absurdo. Tengo
trece kilos de más. Odio ser como soy».
Mira a la señora que sólo le sobran
un par de kilos. Ella cree que tiene un
aspecto grotesco, aunque a ti te gustaría
tener su figura. Las personas bulímicas
piensan que están obesas cuando tienen el
peso ideal y las anoréxicas, que tienen
aspecto de estar recluidas en un campo de
concentración, creen que para estar
atractivas aún deben perder unos cuantos
kilos más. Tanto si te gusta tu propio
aspecto como si no, eso sólo es una
opinión subjetiva. Yo te aseguro que a
otras personas les gusta.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 65
Tú puedes responder: «Pero es que no me gusto a mí mismo. Por eso quiero perder
peso». Gustarse a uno mismo no es un obstáculo para poder sentirse mejor. No existe un
límite para mejorar. Por ejemplo, tu coche puede funcionar perfectamente y te puede servir
para desplazarte a los lugares que necesites, sin embargo quieres comprarte un coche mejor
y cuando lo consigas todavía querrás un modelo mucho más lujoso. De modo que gustarse a
sí mismo no impide que uno quiera mejorar.
Elimina las afirmaciones negativas. «No puedo permitirme comer (lo que sea)» es un
pensamiento negativo y el inconsciente lo asocia con un castigo. «Voy a ser más sano y a
mejorar» sí es un afirmación positiva, una especie de recompensa. Cuando empieces a tener
recompensas reales, no necesitarás premiarte con un helado.
Los cambios en nuestra propia actitud no llegan con facilidad, pero si lo que quieres es
una solución fácil entonces estás leyendo el libro equivocado. La solución fácil la proporcionan
las «dietas milagrosas» o la gimnasia, capaces de derretir el exceso de peso tan rápidamente
como la mantequilla en el microondas aunque, por supuesto, éste aparezca de nuevo con
igual rapidez. Los cambios en nuestra propia actitud son graduales y exigen un esfuerzo. No
sólo proporcionan cambios a largo plazo, sino que, además de la pérdida de peso, nos
aportan otros cambios positivos en nuestra vida.
Deja que te propongan una cita y acéptala. Sal a comer con tus amigos. Si estás
pensando en cambiar de trabajo o crees que debes pedir un aumento no lo retrases hasta que
hayas perdido peso.
Sin embargo, puedes declarar: «Nunca podré perder peso. Nunca seré capaz de
disfrutar de la comida. Nunca podré llevar mi ropa preferida. Odio mi aspecto». Tienes que
eliminar todas esas afirmaciones negativas.
Enfocar la recuperación pensando que lo harás «de una vez por todas» ha funcionado
en alcohólicos que bebieron de forma abundante y destructiva durante más de treinta años,
por lo que también funcionará en tu caso. Elimina la palabra «nunca» de tu vocabulario.
Concéntrate en el presente. Parece trivial decir que no se puede hacer nada para cambiar el
pasado y que el futuro no ha llegado todavía pero, a pesar de todo, es cierto. Todo lo que
puedes hacer es intentar vivir el presente de la manera más sana posible. Puesto que hoy no
puedes influir en tu modo de comer del día de mañana, es inútil siquiera pensar en ello. Lo
que sí puedes hacer es controlar tu alimentación de hoy. Por lo tanto, deja de malgastar tus
energías en lo que no se puede cambiar y encontrarás que posees la fuerza necesaria para
actuar sobre lo que sí puedes controlar: tu alimentación de hoy.
Establecer cambios supone un proceso lento. Los progresos positivos se ven
interrumpidos periódicamente por momentos de regresión. Esto es algo completamente
normal, por lo que tener un resbalón no debe significar un completo fracaso.
Un día de invierno me dirigía a la oficina de correos para enviar una carta importante y
como en las aceras había hielo tenía mucho cuidado de ver por dónde ponía el pie. Cuando
estaba a medio camino de la oficina de correos, y a pesar de todas mis precauciones, resbalé
con un trozo de hielo que no pude ver. No me rompí ningún hueso, pero estaba
completamente magullado aunque, obviamente, no pensaba quedarme tumbado allí para
siempre. Me levanté y seguí caminando, esta vez incluso con más cuidado para no volver a
pisar el hielo.
Aunque me había resbalado y había caído, había conseguido llegar a la mitad de mi
destino. Habría sido un grave error decir que, puesto que caí, tendría que volver a casa y
empezar de nuevo. El resbalón no borró todo lo que había progresado.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 66
Así es como debes juzgar un resbalón en tu avance hacia la pérdida de peso. No
destruye todos los progresos y además te pone sobre aviso para que seas un poco más
precavido mientras sigues avanzando.

20. Superar el estrés


A no ser que hayas nacido con alguna importante minusvalía, estás perfectamente
dotado para superar de manera adecuada las tensiones y los desafíos que se presentan en la
vida. Algunas de estas tensiones pueden resultar terriblemente difíciles y dolorosas:
enfermedades, muerte de un ser querido, problemas económicos, ruptura de un romance,
pérdida de trabajo. Sin embargo, tenemos capacidad para superar todo eso. El problema es
que si tienes un falso yo negativo puede faltarte la confianza en ti mismo necesaria para
enfrentarte a él y, si permites que esta actitud prevalezca y eso hace que no puedas luchar, el
problema irá empeorando cada vez más y simplemente anticiparás tu fracaso en cada
situación que se te presente en la vida.
Si nos planteamos cualquier desafío como una empresa inalcanzable sólo
conseguiremos crear en nuestro interior una actitud derrotista. Una de las mejores maneras
de impedir que esto suceda es encontrar a alguien que esté dispuesto a escucharnos y a
describir nuestro problema. Durante todos los años que he ejercido como profesional de la
psiquiatría, he visto innumerables casos de personas que encontraban la solución a su
problema mientras me lo explicaban. No voy a negar que de alguna manera yo también
contribuí a ello, aunque no necesariamente en forma de consejo, sino ayudándoles a. ver el
problema con mayor claridad, de modo que así pudieran encontrar ellos mismos la solución.
Si pudieras encontrar a alguien que esté dispuesto a escucharte, a ser posible alguien que
pueda ayudarte a aclarar el problema, tú mismo serías capaz de descubrir la solución.
¿Qué ocurre con esos problemas que realmente no tienen una solución? La solución
es aceptar la realidad que no se puede cambiar y adaptarse a ella de la mejor manera posible.
Escapar de las situaciones difíciles, ya sea comiendo, bebiendo, drogándose o de cualquier
otra forma, siempre es contraproducente.
Pero, ¿qué ocurre si no podemos encontrar a alguien a quien contar nuestros
problemas? Entonces, coge lápiz y papel y escribe tu problema. Es sorprendente observar
que, una vez que se han plasmado los pensamientos al papel, éstos se vuelven más claros y
se puede encontrar una solución en la que no habías reparado. No es necesario escribir todo
de una sola vez. Al contrario, es mejor hacerlo poco a poco.
Empieza a escribir el problema tal y como lo ves. Entonces párate y piensa: si el
problema desapareciera, ¿realmente todo iría bien o todavía habría cosas que te
preocuparían? Si fuera así, ¿qué cosas, son esas que aún te preocupan? ¿Observas alguna
relación entre ellas y lo que creías que era tu principal problema?
Si no ves ninguna otra cosa más que tu problema, deja de escribir y sigue al día
siguiente. Puede que ahora te sientas de forma diferente. ¿Qué ocurre con esos otros
problemas? ¿Puedes encontrar alguna solución a ellos? ¿Conoces a alguien a quien puedas
pedir consejo sobre esos otros problemas?
Se puede escribir el problema en forma de diario. Por ejemplo:
Lunes, 18 de junio
Mi problema es que tengo sobrepeso. No, en realidad estoy gorda y fea. Los chicos
quieren que les lleve a la piscina y sus amigos estarán allí con sus madres. Me da vergüenza
que me vean en traje de baño. Necesito perder 18 kilos y soy incapaz de perder ni siquiera un
gramo. Ése es mi problema.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 67
Martes, 19 de junio
Llevé a los chicos a la piscina pero no pensaba quitarme el albornoz. Allí también había
otras mujeres que estaban más gordas que yo y, sin embargo, parecían sentirse a gusto en la
piscina. ¿Por qué tengo más prejuicios que ellas?
Tal vez soy demasiado cohibida. Ya lo era antes de tener sobrepeso. No me gusta
estar rodeada de gente, especialmente de extraños. No soporto que Jim me pida que le
acompañe a las fiestas de su oficina. Todo el mundo habla y yo no sé qué decir. Me siento
estúpida.
Miércoles, 20 de junio
Le conté a Jim que la razón por la que no quiero ir a las fiestas de su oficina es porque
me siento desplazada. Él dijo que eso era una tontería, que las conversaciones no iban de
asuntos que yo desconociera, sino sobre temas cotidianos y que yo sé tanto de esos temas
como los demás.
Todavía pienso que estoy demasiado gorda y que no soy capaz de perder peso, ni
siquiera poniéndome a régimen.
Ahora estoy a dieta, pero cuando tengo hambre como de todo lo que encuentro. ¿A
quién pretendo engañar? No estoy a régimen en absoluto.
Jueves, 21 de junio
Si me pongo a dieta debería mantenerla de verdad. Pero no lo hago. En realidad nunca
he sido feliz excepto cuando perdí 9 kilos. Me sentía genial. ¿Por qué no lo mantuve? Me
sentía muy orgullosa de poder ponerme ropa que no había llevado durante años. ¿Si
entonces era feliz por qué no seguí siéndolo? Supongo que es por culpa de todas esas cosas
que me afectaron y que me hacían comer para relajarme. Tal vez necesito encontrar otra
manera de relajarme que no me obligue comer.
Viernes, 29 de junio
No he escrito nada durante una semana. Creo que todo esto es estúpido. Escribir no
me va a ayudar. He concertado una cita en una clínica de adelgazamiento.
Sábado 7 de julio
Ayer fui a la clínica. He pagado 180 dólares por la primera visita y tengo que volver el
viernes. ¿Qué pasaría si pierdo peso y lo vuelvo a recuperar de nuevo? ¿Por qué era tímida
antes de tener sobrepeso?
En la clínica he conocido a una mujer que era más obesa que yo. Le practicaron
cirugía gástrica durante seis arios y llegó a perder 55 kilos, pero ya ha recuperado 36. Tal vez
debería superar mi inseguridad antes de gastar más dinero en la clínica.
No hay nada malo en seguir escribiendo durante varias semanas. El problema con el
peso no aparece de la noche a la mañana y no tiene por qué solucionarse rápidamente. Si
intentas ser sincero contigo mismo y escribes tus pensamientos tal y como te sobrevienen
podrás descubrir las cosas que todavía tienes que mejorar y que pueden ser el combustible
que posibilita la persistencia del problema con el peso. Pasadas unas semanas, lee lo que
hayas escrito, subraya lo más importante, excepto la parte de las dietas, y empieza a
considerar lo que puedes hacer para solucionar esos otros problemas.
Algunas personas me llaman desde otras ciudades pidiendo una cita. Les sugiero que
primero me manden sus problemas por escrito. A veces recibo cartas extensas, pero otras
veces me vuelven a llamar para decirme que, después de haber escrito el problema,
empiezan a ver una salida por sí mismos.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 68
No es mi intención privar a mis colegas psiquiatras o psicólogos de sus clientes, pero
antes de ir corriendo a un terapeuta prueba con el ejercicio de la escritura. Puedes creer que
sabes exactamente lo que sientes y por qué lo sientes, pero una vez que lo hayas puesto por
escrito todo te puede parecer diferente. No te contengas en tus sentimientos. Es bueno ser
franco, sincero y elocuente ya que, después de todo, no tienes por qué enseñárselo a nadie.
Recuerdo a una joven que estaba a punto de marcharse de casa por la forma en que
sus padres la trataban. Yo presentía lo que me iba a decir y le pedí que esperara unos
segundos, momento en que aproveché para encender mi grabadora.
«Eso no es justo», dijo.
«No te preocupes. Nadie va a escuchar esta cinta. Te la voy a dar a ti y después
podrás destruirla.»
«Sí, pero me la vas a poner para que me escuche.»
«¿Y eso que importa?»
«Quieres que escuche lo juvenil que sueno.»
«Si supieras que una mujer madura no debería reaccionar de una forma juvenil
dejarías de comportarte así y reaccionarías como la persona madura que eres.»
Esta joven aprendió algo muy valioso, especialmente sobre sí misma. El hecho de
darse cuenta de que su ira era una expresión juvenil le ayudó a ver que también afrontaba
otros problemas de manera juvenil.
Mediante la escritura de los sentimientos y la lectura de lo que se ha escrito,
preferentemente en voz alta, se puede conseguir algo parecido. También podrás ser capaz de
desterrar la sensación de ira y las frustraciones que han deteriorado tu manera de juzgar las
cosas.
Ahora coge la pluma de nuevo y escribe cualquier solución que te venga a la cabeza.
Puedes haber pensado en la posibilidad de dejar tu trabajo porque tu jefe fue grosero e
injusto, o en decir a tus padres que no vas a volver a poner los pies en su casa por la manera
en que te tratan, o en devolver el anillo de compromiso a tu pareja por algo que ha dicho o
hecho. Y, a propósito, incluye también la posibilidad de bajar a la tienda y comprar litro y
medio de helado. Escribe todas las soluciones y luego vuelve a leerlas.
Ya lo ves, el pensamiento es algo emocional y racional a la vez. Cuando nuestros
sentimientos y nuestra razón están en armonía, solemos ir por el buen camino. Los problemas
sobrevienen cuando nuestra razón dice una cosa y nuestras emociones dicen otra. Nuestras
emociones a menudo son tan intensas que nublan nuestro pensamiento racional. Al escribir
nuestros sentimientos y sus posibles soluciones, damos a nuestro intelecto una oportunidad
para escapar del dominio de nuestras emociones y somos capaces de hacer juicios más
convenientes. Es probable que puedas ejercitar tu capacidad racional y que decidas que
tornar el litro y medio de helado no va a mejorar las cosas con tu trabajo, tus padres o tu
pareja.
21. La aparición del verdadero yo

Que dos cosas no pueden ocupar el mismo espacio a la vez es un principio científico
que podemos entender con facilidad. Por tanto; no podrá existir un concepto positivo de uno
mismo mientras esté presente un autoconcepto negativo. Debemos hacer un hueco a la
autoimagen positiva y eso significa que hay que eliminar el concepto negativo de uno mismo.
Esto no resulta fácil, pero tampoco es tan difícil como parece. Deja a un lado el
problema con la comida por un momento, coge lápiz y papel y haz una lista de las cosas de tu
personalidad que te gustaría cambiar.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 69
Por ejemplo:
— Me gustaría relacionarme más con las personas.
— No quiero amilanarme ante la presencia de mi jefe.
— Quiero ser capaz de decir no cuando, quiero decir no.
— Quiero ser capaz de expresar mi opinión sin sentirme estúpido.
— No quiero que los demás tornen las decisiones por mí.
— No quiero que los demás se compadezcan de mí.

Al igual que un diario, esta lista no tiene por qué completarse en una sola jornada. Se
puede ir elaborando a lo largo de varios días.
Ahora toma la firme resolución de que todas esas situaciones que son tan indeseables
para ti tienen que acabar. Eso te llevará un tiempo y todavía tienes que encontrar la forma de
conseguirlo, pero ya no hay posibilidad de dar marcha atrás.
Hacer una lista supone un importante paso hacia adelante. Si estuvieras reformando tu
cocina tendrías que hacer un plano del lugar en donde deseas instalar los armarios, el
fregadero, la cocina, el frigorífico, el microondas, el teléfono, etc. Una vez que tengas un plan
ya puedes proceder a realizar las reformas. De igual modo sucede con tu autoconcepto. Tal y
como sucedía con las reformas de tu cocina, debes eliminar el antiguo mobiliario para hacer
sitio al nuevo. Por tanto, para «reformar» tu autoconcepto debes hacer una lista de las cosas
que quieres eliminar en ti mismo y después una lista de «las cosas que me gustaría ser».
Todo lo que posees o conservas encierra un valor funcional u ornamental. Es decir, si
tienes un precioso reloj de tu abuelo que ya no da la hora puedes conservarlo como un
atractivo elemento de tu mobiliario. Sin embargo, por otro lado, si tu abrelatas ya no funciona
lo tiras a la basura. No tiene ningún propósito decorativo y, puesto que su valor funcional ha
acabado, ahora sólo es un cacharro inútil.
¿Dónde radica entonces nuestro valor? Algunos pueden sostener que somos seres
decorativos aunque, aun en el caso de ser personas extraordinariamente atractivas, esta
característica tiende a depreciarse con el tiempo. Nuestro valor, pues, radica en nuestra
función. Pero ¿cuál es nuestra función? ¿Comer, beber y divertirnos de cualquier manera
posible? Está claro que tenemos que trabajar para poder vivir, pero ¿cuál es el propósito de
nuestra vida?
Algunos pueden trabajar con el propósito de preservar el medio ambiente. Otros
pueden tener el propósito de prestar un servicio a la comunidad. Otros pueden tener un
propósito religioso. Sea cual sea el objetivo, en ningún caso debe ser el de la
autogratificación.
Ni siquiera es imprescindible que optemos por alcanzar un objetivo. Nuestra capacidad
para pensar en un último fin es un rasgo distintivo del ser humano. Incluso aunque no
hayamos encontrado un objetivo podemos encontrar un sentido del valor en la búsqueda de
esa meta y en el esfuerzo que hemos realizado para alcanzarlo.
Aunque ya tengas una idea de cómo te gustaría que fuera tu cocina, probablemente
necesitarás la ayuda de alguien que tenga experiencia en decorar y reformar cocinas. Él o ella
pueden señalar por qué un arreglo en particular no sería bueno y por qué otro cambio
resultaría más atractivo y más eficaz. De igual modo, cuando reformemos nuestra autoimagen
necesitaremos la ayuda de un experto: un terapeuta.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 70
No debería resultar demasiado difícil encontrar un médico que te ayude con tu
problema de autoimagen, pero tampoco debes pensar que todos los médicos son igual de
buenos. Mis primeros estudios dentro del campo de la psiquiatría se basaban en una
orientación psicoanalista, pero observé que ese enfoque tenía una utilidad muy limitada. Se
ponía demasiado énfasis en el pasado y aunque no se puede negar la importancia de los
hechos pasados y la huella que dejan en el presente, ya no se puede hacer nada por ellos.
Alguien apuntó acertadamente que «como el pasado es tan importante hay que tener cuidado
con lo que se hace en él». A mí tampoco me parece que una incursión en el pasado vaya a
cambiar las cosas. Seguramente sería mucho más práctico decir: «Tal vez tus padres te
hicieron ser lo que ahora eres, pero si sigues así es por tu culpa».
Nos hemos vuelto más sofisticados en asuntos médicos y ahora solemos informarnos
de los métodos que emplea un médico en su tratamiento. ¿Sus tratamientos son médicos o
quirúrgicos? Y si fueran quirúrgicos, ¿utiliza técnicas de rayos láser? Debemos tomar las
mismas medidas antes de elegir a un psiquiatra y preguntarle si su enfoque se orienta
principalmente hacia un método para elevar nuestra autoestima. Los psicólogos que siguen
los métodos de la escuela cognoscitiva son especialmente adecuados para incrementar la
autoestima.
El problema que encierra insistir excesivamente en el pasado es que podemos caer en
el error de culpar a los demás en lugar de buscar una manera de realizar los cambios
necesarios. Es mucho más fácil compadecerse de uno mismo y verse como la víctima de un
pasado que ya no se puede cambiar que efectuar cambios en nuestra personalidad. Por
ejemplo, si tu autoestima es baja puede que no estés dispuesto a pedir un aumento o a
realizar una gestión por temor a ser rechazado o a fracasar. Es más fácil verte .a ti mismo
como la víctima de un jefe que te explota y de un sistema que no te permite progresar.
Puedes afirmar que has desarrollado esa mentalidad negativa tras una serie de reveses que
has experimentado en tu vida, pero si sólo prestamos atención al origen de esos sentimientos
no contribuimos a realizar cambios en nosotros mismos. Al contrario, el terapeuta debe
ayudarte y animarte a que des los pasos necesarios que te permitan avanzar y a que aceptes
el riesgo de que cualquier esfuerzo que realices para conseguir un objetivo puede acabar en
fracaso, en cuyo caso no cabe otra opción que volver a intentarlo de nuevo.
Una vez visité un vivero de salmones en el océano Pacifico. Es fascinante ver nadar a
los salmones río arriba, observar cómo se esfuerzan por nadar contra la corriente. Cuando
llegan a una cascada nadan a su alrededor y después saltan intentando ascenderla. Si no lo
consiguen vuelven a nadar a su alrededor y lo intentan de nuevo, repitiendo el proceso hasta
que lo consiguen.
El salmón posee un instinto biológico para alcanzar un determinado objetivo y, por
tanto, para nadar contra la corriente y saltar por encima de las cascadas, siempre inasequible
al desaliento. Los objetivos de los seres humanos deben plantearse desde el plano intelectual
y no desde el instintivo, pero una vez que nos hemos decidido a alcanzar una meta,
deberíamos estar preparados para nadar contra la corriente, superar los obstáculos y seguir
esforzándonos hasta que lo consigamos.
Cualquier persona que se considere incompetente puede buscar la comodidad que le
proporciona relacionarse con la gente de su nivel o incluso con personas inferiores a ella.
Relacionarse con personas que tengan mayor capacidad y erudición puede resultar incómodo,
pero son los únicos que pueden proporcionar la motivación que nos permita mejorar.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 71
Todos los seres humanos poseemos una capacidad aún sin explotar para realizar un
esfuerzo. Esta capacidad permanece latente hasta que algo nos obliga a desarrollarla. La
memorable recuperación de la actriz Patricia Neal, cuya vida fue llevada a la televisión, es un
magnífico ejemplo. Después de haber sufrido una apoplejía, su familia se negó a atenderla y
se vio privada de conseguir cualquier cosa que necesitara. Entonces tuvo que desarrollar
todos los recursos que nunca había utilizado y finalmente consiguió recuperar sus funciones
con total normalidad. Si la hubieran «ayudado», habrían hecho de ella una inválida
permanente. Debemos guiamos, por supuesto, por los consejos de expertos que puedan
hacernos ver que realmente tenemos una capacidad que podemos desarrollar, ya que de otro
modo resultaría bastante cruel exigir imposibles a una persona que sufre, una serie de
limitaciones. En cuanto a nuestra capacidad emocional e intelectual podemos decir que la
mayoría de la gente posee una serie de recursos sin desarrollar y que un buen terapeuta
podría ayudar a perfeccionarlos.
Desde la infancia hasta nuestros días hemos actuado con el propósito de conseguir la
aprobación de los demás, y eso es normal. Cuando un bebé da sus primeros pasos, algo que
supone para él un reto considerable, es habitual que los padres expresen su alegría, y eso le
motiva a continuar perfeccionando su nuevo método de desplazamiento, aunque sigue
sintiéndose temeroso ante el riesgo de caer, convencido de que sólo se siente seguro cuando
gatea. Muchas formas de comportamiento que se adquieren durante la infancia se refuerzan o
se extinguen según cómo se reaccione ante ellas y se mantienen durante nuestros años de
formación. Es importante que nos demos cuenta de esto, ya que no todos los
comportamientos que los demás desean que tengamos son buenos para nosotros. Algunas
personas nos animan a que nos comportemos de una determinada manera porque les
conviene a ellos. Hacer lo que los demás quieren que hagamos nos convierte en seres
incapaces de adaptarse adecuadamente a la vida.
Por otro lado, a veces desarrollamos una actitud desafiante y nos rebelamos contra
todo lo que los demás esperan que hagamos. Esto se observa fácilmente en los niños.
Rebelarse porque sí puede hacer que descartemos otros comportamientos que son
verdaderamente constructivos, aunque seamos capaces de justificar nuestras acciones y nos
engañemos pensando que tenemos una buena razón para comportarnos así.
Cuando reaccionamos con sumisión o con rebeldía, permitimos que los demás
determinen nuestro modo de actuar y, en lugar de ser nosotros mismos, somos lo que los
otros han creado. Este hecho es prácticamente inevitable durante los primeros años de
nuestra vida y a eso nos referimos cuando afirmamos que «tal vez eres lo que tus padres
hicieron de ti, pero si sigues siendo así es sólo por tu culpa». En algún momento de nuestra
vida tenernos que mirarnos a nosotros mismos y pensar: «¿Qué es lo que de verdad quiero
ser?».
Aunque no es fácil convencerse a uno mismo de que el autoconcepto que hemos ido
creando durante décadas es equivocado, y tampoco es fácil cambiar unas formas de
comportamiento que se han arraigado profundamente, todo resulta más sencillo cuando se
entiende que tanto el autoconcepto como los modos de comportamiento son consecuencia de
la opinión de nosotros que tienen los demás y no de la nuestra propia. Si fueras capaz de
concluir que «ya es hora de que sea lo que quiero ser y no lo que los demás esperan que
sea», tendrías la motivación necesaria para realizar los cambios que precises.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 72
Si te has convertido en lo que eres porque actúas para conseguir la aprobación de los
demás, cualquier cambio que realices puede provocar la desaprobación de los que te rodean.
Pueden llegar a decir: «¿Qué le ha pasado a Jane?». Por tanto, debes estar preparado para
soportar la reacción de los demás.
Ponerte a ti mismo en primer lugar no significa ignorar las necesidades de los demás
pero en realidad no se puede tener una buena autoimagen si constantemente actúas influido
por lo que los demás esperan de ti. Debes tener en cuenta los sentimientos de los demás y
ayudarles a que comprendan por qué tienes que hacer ciertos cambios en tu vida.
Por ejemplo: Frank siempre fue un buen muchacho que procuraba complacer a sus
padres. Cuando se casó, su madre seguía esperando que primero atendiera sus necesidades.
Su mujer no deseaba ocupar un papel secundario y pensaba que sus prioridades debían ser
ella y sus hijos. Una vez que cumpliera sus obligaciones con su familia era libre de hacer lo
que pudiera por su madre. Frank estaba entre la espada y la pared, ya que tendría que fallar a
su madre o a su mujer. Su peso de más de 135 kilos se debía a que comía para aliviar su
frustración. Durante la terapia se dio cuenta de lo que realmente quería hacer y de que su
obligación era atender las necesidades de su familia en primer lugar. Así pues, explicó con
dulzura a su madre por qué debía cambiar su manera de comportarse.
Cuando examines tu modo de actuar y descubras que lo que hacías era comportarte
según los deseos de los demás podrás darte cuenta de que es necesario realizar otros
muchos cambios. No hay por qué precipitarse a cambiar. Una autoactualización no se hace de
la noche a la mañana, sino que se necesitan varios años para conseguirlo. Sin embargo,
debes tener un plan general sobre lo que quieres realizar, aunque también puedes modificarlo
sobre la marcha.

22. La terapia de grupo


La terapia de grupo resulta mucho más efectiva que la terapia individual para tratar
cualquier tipo de problema relacionado con el apetito compulsivo. A veces pueden ser
necesarias una o dos sesiones individuales, especialmente si alguien no se siente cómodo
discutiendo en un grupo algún problema que le cree una fuerte carga emocional pero, en
conjunto, el tratamiento en grupo es mucho más efectivo.
Aunque cada comedor compulsivo sea consciente de que existen millones de personas
que comparten su mismo problema, esto no le impide sentir que de alguna manera es
diferente y que nadie ha padecido su problema y su estrés emocional. La experiencia del
grupo ayuda a mitigar esa sensación de soledad y aislamiento puto que, independientemente
de sus circunstancias particulares, resulta evidente que existen muchos puntos en común en
la reacción emocional que presentan, ya que nadie es realmente tan único.
El comedor compulsivo puede haber leído en los libros .o haber escuchado en alguna
conferencia que la comida se ha convertido en un sustituto de las relaciones y se le puede
haber explicado este punto en las terapias individuales. Sin embargo, todo eso no es más que
un entendimiento de tipo intelectual que no obra ningún cambio en la persona. Cuando se
observa cómo funciona la terapia de grupo en otras personas resulta mucho más fácil
comprender que efectivamente eso es así, por lo que, después de observar cómo evolucionan
los demás, resulta mucho más sencillo aplicarla en uno mismo.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 73
Otra ventaja del grupo es que ayuda a realizar el cambio de la dependencia negativa a
la positiva. Por lo general, suele resultar mucho más problemático depender de una sola
persona que de un grupo. Todos dependemos de la comunidad en su conjunto para hacer
cosas que somos incapaces de realizar por nosotros mismos y la comunidad no crea un
compromiso tan fuerte como para ser negativamente codependiente. En la terapia individual
se corre el riesgo de que el paciente traslade su dependencia al terapeuta y aunque un
médico experimentado siempre está alerta ante este hecho, puede ayudar al paciente a
superarla y a hacer que se vuelva independiente, no es raro ver que incluso un buen
terapeuta caiga en la trampa y se convierta en un ser patológicamente codependiente,
sintiéndose personalmente responsable de la recuperación de su paciente.
Algunos comedores compulsivos están tan necesitados que al terapeuta le resulta
imposible satisfacer todas sus demandas. Este hecho puede provocar que la terapia fracase.
En una terapia de grupo todas esas demandas están dispersas y diluidas, ya que nadie ejerce
el papel de proveedor de las múltiples necesidades de cada individuo. De este modo, todas
esas necesidades se pueden discutir y manejar de una manera mucho más sencilla que en
una terapia individual.
Conozco a un médico que era un «ángel guardián» de sus pacientes, permitiéndoles
que le llamaran cada vez que les surgiera la necesidad. Este médico cometió el terrible error
de morir y la mayoría de sus pacientes rápidamente sufrieron una recaída. Este es un claro
ejemplo de dependencia-codependencia negativa y en una terapia de grupo resulta más fácil
evitar este hecho.
Otra muestra de entendimiento intelectual de poco valor es que los comedores
compulsivos no comen por hambre, sino por algún trastorno de tipo emocional que se alivia
por medio de la comida. Esto es indudablemente cierto, ya que el auténtico apetito es una
expresión de la necesidad del cuerpo por alimentarse. Cualquier otro deseo de comer que
vaya más allá de eso no se le considera técnicamente «hambre». Sin embargo, cuando los
comedores compulsivos se dirigen al frigorífico no son capaces de distinguir sus deseos de la
sensación de hambre. Resulta más fácil hacer esta importante distinción entre lo que significa
hambre en la cabeza y hambre en el estómago por medio de la descripción y el intercambio
dentro del grupo. Y así, una vez que se identifica la verdadera naturaleza de su impulso,
especialmente la verdadera relación que existe entre ciertas emociones y el apetito, resulta
más sencillo apartarlas de la comida y sustituir su voracidad por una conducta mucho más
apropiada.
Más allá de la cantidad de comida que consumen, los comedores compulsivos se
abstraen pensando en la comida, incluso cuando no están comiendo. Pueden pasar
perfectamente horas y horas ideando comidas y leyendo bibliografías sobre dietas. La comida
puede controlar completamente la personalidad. Probablemente es cierto que la mente
humana nunca puede estar completamente en blanco y cuando alguien no está concentrado
en algo en particular su mente puede deambular de un tema a otro, por lo que resulta
bastante sencillo pensar en cualquier asunto que uno se proponga. No ocurre así con los
comedores compulsivos. Cuando no están ocupados activamente con algún asunto que
requiera su atención de forma consciente sus pensamientos no deambulan en absoluto, sino
que se dirigen directamente a la comida y no pueden hacer nada para trasladar su mente
hacia otro punto. Esta ansiedad, así como la técnica para superarla, se puede tratar en un
grupo de forma mucho más efectiva.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 74
En una terapia de grupo para comedores compulsivos hay una mayor probabilidad de
admitir el sofisma de que «si tan sólo estuviera más delgado todo iría bien». Esta resistencia a
cambiar es frecuente en las terapias individuales, en las que el paciente lo centra todo en su
exceso de peso. En un grupo, en donde puede haber gente que alcance mínimamente la
obesidad aunque: tengan las mismas sensaciones que los que pesan mucho más que ellos,
se puede quitar importancia al problema del peso. Una mujer a la que le sobren 36 kilos le
puede decir a su médico: «Si pudiera perder 25 kilos estaría como en la gloria», pero cuando
vea y escuche las mismas quejas a otra mujer que le sobran cinco kilos probablemente se
dará cuenta de que el problema del peso es sólo una excusa y le ayudará a prestar atención a
los verdaderos problemas de tipo psicológico que son la base del problema. Este hecho se
pone aún más de manifiesto si dentro del grupo hay un bulímico que esté en su peso ideal o
por debajo de él y que presente prácticamente los mismos síntomas emocionales que los
demás. La importancia que tiene la imagen del cuerpo y el falso yo se hace mucho más
evidente.
Una terapia de grupo puede parecerse a la estructura familiar, en la que el terapeuta
representaría la figura del padre y los pacientes la de los hijos. Como muchos de los conflictos
emocionales de los comedores compulsivos implican problemas de relación entre padres e
hijos o entre hermanos, el grupo les proporciona un foro donde exponer todos esos
sentimientos y a la vez otorga a un médico experimentado la oportunidad de poder orientar a
los pacientes para que salgan del laberinto de los sentimientos emocionales derivados de
interacciones familiares problemáticas. Algunos médicos especializados en técnicas
guestálticas o en psicodrama, que permiten que la gente exprese sus sentimientos dentro del
grupo, son particularmente expertos en hacer que afloren todas esas emociones que
convierten al paciente en un ser pasivo..
Anteriormente señalé que comer-ponerse a dieta y comer-purgarse pueden representar
un conflicto de actitudes que el comedor compulsivo suele expresar con sumisión versus
rebeldía, pasividad versus agresividad o feminidad versus masculinidad. Esta dualidad se
puede observar de forma mucho más evidente dentro de un grupo a medida que los pacientes
manifiesten estos sentimientos contradictorios dentro de la dinámica del grupo. Una vez que
se identifican se pueden resolver y, cuando esto se haya logrado, la manifestación y la
patología de su apetito pueden desaparecer.
Además de todos los factores que influyen directamente en un cuadro de apetito
compulsivo, en una terapia de grupo se pueden identificar y resolver de manera más sencilla
los problemas de falta de autoestima. Con frecuencia se observa que una persona que sea
incapaz de reconocer que tiene un concepto negativo de sí misma puede sin embargo advertir
este problema en otro paciente y comentarle: «¿Por qué piensas eso de ti?». Esta persona
puede indicarle todos los aspectos positivos que pasan inadvertidos en ella y que su pobre
autoconcepto es sólo una fantasía. Puesto que en cada comedor compulsivo está presente un
falso yo negativo cada paciente es capaz de identificarlo en los demás miembros del grupo y
eso hace que cada uno empiece a aceptar que su propio autoconcepto es también una
fantasía y que descubra un camino que le conduzca hacia un auténtico conocimiento de sí
mismo y hacia un autoconcepto positivo.
En resumen, la terapia de grupo ofrece el método más eficaz para tratar tanto las
causas directas como las causas indirectas que conducen al apetito compulsivo, y la
recomiendo con la mayor confianza como uno de los elementos principales que permiten
alcanzar la recuperación.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 75

23. Los grupos de apoyo


Una terapia de grupo consiste en un número determinado de personas que se reúnen
regularmente con un terapeuta para tratar unos problemas concretos, algunos de los cuales
describimos en el capítulo anterior. El médico puede conseguir sacar a la luz una serie de
factores psicológicos de los que no eres consciente y, en particular, puede fijar tu atención en
los problemas de relaciones y de autoestima que son la esencia del apetito compulsivo.
Un grupo de apoyo mutuo es un grupo de ayuda en donde la gente que padece
problemas similares puede coordinar su esfuerzo de forma conjunta y asistirse unos a otros.
Está menos estructurado que la terapia de grupo y funciona de manera autónoma, sin nadie
que dirija al grupo. Aunque un psicoterapeuta podría aportar una serie de valiosos
conocimientos y comprensión, el testimonio práctico que aporta una persona que «ha estado
allí» es de un valor incalculable.

El número de miembros y la composición de estos grupos puede variar. El paciente se


relaciona con mucha gente dentro del grupo y, por tanto, dispone de un mayor número de
personas a las que puede pedir ayuda, así como de la oportunidad de proporcionar asistencia
a los demás. Estos grupos de apoyo, como Comedores Anónimos (Overeaters Anonymous,
OA), se pueden encontrar en cualquier parte, lo que proporciona la ventaja de disponer de su
ayuda en cualquier lugar del mundo independientemente de si estás allí por trabajo o por
placer.
El programa de Comedores Anónimos, al igual que el de Alcohólicos Anónimos (AA),
consta de doce pasos y puede resultar efectivo si se aplica desde la perspectiva correcta. Un
alcohólico recuperado que lleva muchos años de abstinencia dijo: «Si tu problema es el
alcohol no necesitas la ayuda de AA. Mi problema no era el alcohol, sino el alcoholismo, y
cuando dejé de beber todavía tenía que solucionar el problema del ismo».
El programa puede resultar poco efectivo para aquellos que esperan que les enseñe a
dominarse. Aquellas personas que lleguen a la conclusión de que padecen un «ismo» y que
quieran incorporarse al programa para poder superarlo pueden encontrarlo mucho más útil,
aunque la terapia exige realizar un compromiso personal y espiritual (aunque no
necesariamente religioso).
Por lo tanto, además de todo el esfuerzo que se ha de emplear para adquirir un valioso
concepto de uno mismo dentro de la terapia de grupo, el grupo de apoyo puede añadir una
nueva dimensión, particularmente si el grupo realiza los doce pasos del programa. Veamos
cuáles son esos doce pasos:
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 76
1. Reconocemos que no tenemos fuerza para resistirnos a la comida —que no
podemos manejar nuestra vida.
2. Consideramos que una fuerza más poderosa que nosotros podría hacer que nos
recuperemos.
3. Hemos tomado la decisión de volcar nuestra voluntad y nuestra vida al cuidado de
Dios tal y como Lo entendemos.
(162)
4. Hemos hecho un inventario profundo y sin miedo de nosotros mismos.
5. Admitimos ante Dios, ante nosotros mismos y ante cualquier otro ser humano la
naturaleza exacta de nuestros errores.
6. Estamos completamente preparados para permitir que Dios elimine todos esos
defectos en nuestra personalidad.
7. Pedimos humildemente a Dios que acabe con nuestros defectos.
8. Hemos hecho una lista de todas las personas a las que hemos ofendido y estarnos
dispuestos a compensar a todos.
9. Si es posible, tenernos que compensar directamente a esas personas, excepto
cuando eso implique hacer daño a ellos o a los demás.
10. Debemos seguir haciendo un inventario personal y, cuando nos equivoquemos,
tenemos que saber admitirlo inmediatamente.
11. Buscar a través de la oración y la meditación la manera de mejorar nuestro
contacto consciente con Dios tal y como Lo entendemos, con el fin de poder comprender cuál
es Su voluntad para con nosotros y adquirir así la energía necesaria para poder llevarlo a
cabo.
12. Después de haber dado estos pasos y tras haber conseguido un despertar
espiritual, intentamos transmitir este mensaje a las personas que padecen apetito compulsivo
y poner en práctica estos principios en todos los asuntos relacionados con nuestra vida.

En los tres primeros pasos se elimina el problema tan molesto de intentar poner en
marcha el control «automático», el interruptor que apaga el apetito cuando las necesidades de
alimentación del cuerpo han sido satisfechas, algo que obviamente no funciona en los
comedores compulsivos. A este hecho se le conoce como «impotencia». Una vez admitido
que ese interruptor no funciona, se reconoce la necesidad de adquirir algún otro método de
control o lo que es lo mismo, «una fuerza más poderosa que nosotros». La idea del paso 3 es
que debes encontrar un objetivo fuera de ti mismo para que la comida ya no ocupe un lugar
destacado en tu vida y la deje de monopolizar.
El programa de los doce pasos se creó en el Grupo de Oxford y se componía de una
serie de personas que se regían por ideas religiosas. Sin embargo, el programa lo siguen
personas que no tienen una orientación religiosa e incluso por ateos. El concepto de «volcar
nuestra voluntad y nuestra vida al cuidado de Dios tal y como Lo entendemos» simplemente
quiere decir que es necesario encontrar algo para vivir que satisfaga nuestros propios deseos.
Esto no sólo afecta a los alcohólicos o a las personas que padecen apetito compulsivo, sino
que es algo deseable para cualquier ser humano. Si se entiende apropiadamente, el tercer
paso te permite salir del autoaislamiento y de la absorción total en uno mismo, un
comportamiento característico del comedor compulsivo.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 77
Los pasos 4 y 5 son el núcleo del conocimiento de uno mismo y cuando se realizan
apropiadamente nos permiten acabar con los defectos de nuestra personalidad y desarrollar
todas nuestras cualidades. El inventario al que se refiere en el paso 4 debe ser justamente
eso, un inventario. Si estuvieras pensando en la posibilidad de adquirir una empresa deberías
hacer un profundo inventario, conociendo a fondo tanto los ingresos como las deudas que
tenga. De igual modo, un inventario personal implica reconocer no sólo nuestras virtudes sino
también nuestros defectos personales.
Los pasos 6 y 7 parece que sólo son importantes para aquellas personas que tengan
una orientación religiosa y que busquen la ayuda de un ser divino. Pero esto no es así
necesariamente. Si consideras a una terapia de grupo o a un grupo de ayuda como una
fuerza superior a ti entonces podrás conseguir ayuda de ellos y acabar con tus defectos
personales. Los pasos 8 y 9 son fundamentales para poder superar los resentimientos y
eliminar tu sentimiento de culpa, ya que los resentimientos pueden producir remordimientos y
empujarte a comer compulsivamente. Aunque el sentimiento patológico de culpa, que no
existe en la realidad, debería afrontarse en la terapia, hay un sentimiento de culpa basado en
la realidad y que es consecuencia de todas las infracciones que se hayan realizado. Los
pasos 8 y 9 los eliminan y son tremendamente útiles para aliviarte de una fuerte carga
emocional.
El paso 10 debería resultar obvio, y sin embargo no lo es. Cuando éramos niños, la
mayoría de nosotros intentábamos encubrir nuestros errores. Si rompíamos un jarrón
arrojábamos los pedazos en el cubo de la basura y confiábamos en que nuestra madre no se
diera cuenta de que había desaparecido. Pero eso no funcionó entonces y tampoco funciona
ahora. Negar nuestros propios defectos acarrea una serie de consecuencias a largo plazo que
normalmente son perjudiciales. Si somos capaces de admitir nuestros errores y no tratamos
de justificarlos, ahorraremos una gran cantidad de energía. Además, cuando confesamos
nuestros errores y nos disculpamos por ellos ganamos en autoestima y en carácter.
Al igual que los pasos 6 y 7, el paso 11 no debe restringirse a una deidad. Si no crees
en Dios pero en tu vida te marcas objetivos fuera de lo que supone una autogratificación y
adoptas como guía algún principio superior a tu persona los podrá realizar. Por último, el paso
12 consiste en hacer que te conviertas en una persona capaz de ayudar a los demás en su
lucha por superar problemas similares. Aunque es necesario reconocer y evitar cualquier
situación de codependencia, puedes adquirir una gran autoestima ayudando a los demás.
A continuación incluyo una carta escrita por una mujer que logró recuperarse de un
problema de alcoholismo y de bulimia:
En primer lugar, todos los días procuro poner en práctica los 12 pasos del programa de
Alcohólicos Anónimos, aplicando especialmente los tres primeros a mi problema con la
comida.
En segundo lugar, el 90 % del tiempo lo empleo siguiendo una dieta alimenticia (que
incluye azúcar y harina) que contiene unas 1.200 calorías por día. Cuando salimos o nos
vamos de vacaciones como de todo lo que me apetece con moderación. La clave está en no
negarme ninguna comida y, de ese modo, como todo lo que quiero. Gracias a este método he
conseguido perder 21 kilos y he sido, capaz de mantenerlo durante siete años.
En tercer lugar, suelo hacer ejercicio —nado doy paseos o hago aerobic 3 o 4 días a la
semana sin falta.
Combinar estos tres puntos y lograr que se conviertan en una parte de nuestra vida ha
funcionado en mí y es el único método válido que conozco.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 78
Por último, un grupo de apoyo puede servirte de mucha ayuda cuando intentes superar
los posibles recaídas que te pueden sobrevenir durante tu recuperación. Si consideraras que
una recaída es sinónimo de fracaso, tu autoestima se vería seriamente deteriorada y
tenderías a perder la esperanza. Si reconocieras que una recaída es una oportunidad para
poder dar un paso adelante, analizaras qué es lo que la motivó y, con la ayuda dé los demás
miembros del grupo, pensaras en la manera de afrontarla, podrías hacer que esa recaída
dejara de ser un suceso negativo y se convirtiera en un hecho positiva

24. ¿Puedo conseguirlo por mí mismo?


¿Es absolutamente necesario someterse a una terapia o participar en un grupo de
apoyo? Si aceptas la premisa de que para superar tu apetito compulsivo debes cambiar tu
autoconcepto tienes que preguntarte si podrás conseguirlo por ti mismo.
Ciertamente no hay nada malo en intentarlo. El número de casos en el que una
persona ha logrado realizar cambios en su personalidad sin necesidad de ayuda no es
demasiado amplio, pero no se pierde nada con intentarlo. La razón por la que el método de
intentarlo por uno mismo no es tan efectivo es porque, mientras te sigas viendo a través de las
«lentes» que distorsionan tu imagen, tu percepción de la identidad seguirá siendo errónea y
eso traerá como consecuencia un concepto negativo de ti mismo. La autopercepción tiende a
seguir siendo subjetiva por lo que si se pretende crear una nueva imagen con las mismas
lentes que provocaron una percepción equivocada, resultará difícil llegar a conseguir algo
diferente. Además, existen otros factores que hacen que mantengamos el statu quo y que
tengamos muchas razones para no cambiar, por lo que, si no contamos con la ayuda de un
observador objetivo que nos alerte de esos errores de apreciación y de racionalización, es
probable que sigamos en el mismo punto en que estábamos.
No obstante, lo puedes intentar. En la bibliografía señalo algunos libros magníficos que
explican la manera de conseguir autoestima y de corregir un autoconcepto erróneo. Si los
lees, meditas profundamente su contenido y luego los aplicas a tu persona pueden crear una
impresión suficiente como para que empieces a realizar algunos cambios. Sin embargo, es
importante no quedarse sólo con la teoría. Podemos tener un profundo conocimiento de la
materia y sin embargo no cambiar ni un ápice de nuestro comportamiento. Sólo se puede
progresar por medio de la acción y de la puesta en marcha de las indicaciones necesarias
para que nuestra autoestima aumente.
El lápiz y el papel son herramientas muy útiles. Un pensamiento que no se expresa no
tiene valor y, por lo general, la gente no habla consigo misma. Si se escriben las ideas que
adquirimos en la lectura y en la meditación y si se escribe un plan que traduzca esos
conceptos en acciones, se puede conseguir un cambio mucho más efectivo que con una
simple reflexión. Cuando escribas todos los cambios que deseas realizar, incluye también una
fecha límite razonable para conseguirlo —no mañana, pero tampoco dentro de diez años—.
Cuando llegues a esa fecha, examina todos los progresos que hayas realizado y, si no has
conseguido tu objetivo, analiza los obstáculos que impidieron tu progreso.
Uno de los mayores obstáculos que frenan la puesta en práctica de tus objetivos es
ocultar los sentimientos. En cuanto menciono un incidente a una familia con problemas, la
reacción más común es decir «no hables de eso». Este comportamiento puede darse tanto en
un individuo como dentro del seno familiar y la consecuencia de todo ello es que una parte de
ti queda aislada, sin analizar y rechazada.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 79
Por tanto, hay una parte de ti que es como un «monstruo» encerrado en el armario y el
aislamiento y el rechazo de tu persona te impide desarrollar una autoconciencia completa. Por
lo tanto, es aconsejable tornar lápiz y papel y cuando afloren los sentimientos, sean del tipo
que sean, aprovecha la oportunidad y escríbelos.

Mientras los sentimientos estén aún frescos en tu mente escribe los incidentes que los
desencadenaron. Escribe cuál fue tu reacción ante ese incidente o ante los sentimientos que
te produjo. Después escribe lo que crees que podrías hacer para evitar tanto esos incidentes
como los sentimientos, si es que éstos te producen estrés, o cómo reforzarlos si son
agradables. No tienes por qué guardar esas notas, sino que puedes deshacerte de ellas una
vez que las hayas leído varias veces.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 80
Además de las diferentes metas que nos vamos fijando, debemos centrarnos en la
consecución de un objetivo final. ¿Qué pretendemos hacer con nuestra vida? Para contestar a
esto se necesita una poco de filosofía y de lectura, aunque no es preciso dar con una
respuesta inmediata. El mérito de perseguir un objetivo final se encuentra precisamente en
esa persecución y se adquiere a medida que se van rechazando los falsos objetivos que sólo
producen una satisfacción momentánea y que no tienen ningún valor permanente.
Las personas que han estado abrigando un concepto negativo durante muchos años
encuentran muchos problemas para mantener un nivel adecuado de autoestima. Por lo tanto,
sería bueno que combatieran esta actitud con afirmaciones positivas. Hay muchos libros que
contienen afirmaciones diarias, algunas de tipo religioso, otras no. Resulta un ejercicio
excelente leer una breve sentencia varias veces al día.
Tanto las actitudes positivas como las negativas tienden a extenderse. Si posees una
mentalidad negativa te expresarás de forma negativa y actuarás de manera negativa,
sentando las bases para una negatividad mucho mayor. Todo lo contrario ocurre cuando se
piensa de manera positiva. Por eso, con sólo un breve período de mentalidad positiva se
puede poner en marcha una reacción en cadena positiva. Algunos de estos libros están
enfocados hacia ciertos problemas específicos como pueden ser el alcoholismo, la adicción a
las drogas, el incesto, los hijos dé alcohólicos, la adicción sexual, etc. Sin embargo, todos
ellos contienen mensajes de afirmación que pueden resultar beneficiosos para todo el mundo.
También es bueno decirse afirmaciones a uno mismo, tales como:
— Son una buena persona y tengo dignidad.
— Soy una persona atractiva.
— Puedo controlar si me siento bien o mal.
— Acepto mi cuerpo tal y como es pero voy a intentar que sea más sano.
— La comida sólo es un nutriente.
— El poder de la comida es tan fuerte como yo quiero que sea.
— Soy capaz de superar un problema con la comida.
— No tengo que probarme a mí mismo.
— Puedo decir no cuando creo que es apropiado decirlo.
— Puedo perdonarme mis errores.
Estas y otras afirmaciones, dichas en voz alta y en el contexto de reforzar tu
autoestima, pueden causar un gran efecto.
Puedes ampliar tu propio programa de recuperación compartiendo tus pensamientos y
tus sentimientos con un amigo que piense de manera parecida. Conozco a una mujer que
cada viernes llama a su mejor amiga para hablar de sus progresos y sus recaídas, compartir
consejos y animarse una a la otra. Tienen sus momentos buenos y sus momentos malos, pero
ninguna de ellas se acerca al peso que tenían hasta entonces. Aunque no sea exactamente
una terapia de grupo, puede ser de gran valor emplear el «amiguismo», ya que permite
expresar nuestros sentimientos y hacernos reaccionar mutuamente.

25. Algunos consejos prácticos


Empecé este libro denunciando que las dietas milagrosas son contraproducentes. Esto
no significa que no haya un lugar para las dietas. Al contrario. Es importante llevar una dieta
adecuada, pero ésta no debe ser contraproducente ni milagrosa. Además ya advertí que,
aunque sea esencial llevar una dieta, no debes poner especial atención sobre la comida, sino
sobre ti mismo.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 81
Puedes obtener una información fiable sobre cómo desarrollar un programa de
adelgazamiento razonable y sostenible consultando a un dietético competente. El dietético de
tu hospital local o de tu ambulatorio suele ser un excelente recurso al que puedes acudir y tu
médico de cabecera puede conseguirte una cita con él. Tu hospital puede proporcionarte
cursos de nutrición y de reducción de peso. A menudo son gratuitos o a muy bajo precio.
Independientemente del peso que quieras perder, no es necesario hacerlo de forma
inmediata. El cuerpo no tolera bien los cambios repentinos, por lo que si quieres perder 14
kilos sería aconsejable que te dieras un plazo de seis o siete meses para conseguirlo.
Atenerse a una dieta adecuada no significa tener que pesar cada porción de comida. Si
no sabes cuál es la cantidad que equivale a una porción «media», una manzana «grande» o
una patata «mediana» tu dietético te ayudará a calcularlo. Si usas una balanza para pesar la
comida déjala a un lado después del primer mes. Obsesionarse con el tamaño de tus
porciones es casi tan malo como el apetito compulsivo.
Vas a tener que realizar algunos cambios que te pueden resultar complicados. Por
ejemplo, es importante que separes la comida de cualquier otra actividad como ver la
televisión o hablar por teléfono con un amigo. Tampoco debes engullir la comida. Mastícala y
date la oportunidad de saborearla. Como ya dije anteriormente, algunos comedores
compulsivos tragan la comida sin masticarla y no sólo son incapaces de disfrutar con lo que
están comiendo sino que de ese modo también entorpecen importantes fases de la digestión
que necesitan de la adecuada masticación. No es extraño que acaben padeciendo cardialgia,
gases e hinchamiento.
Siéntate a comer en la mesa. No comas cuando estés de pie y no comas mientras
conduces o caminas por el vestíbulo. Date la oportunidad de terminar un bocado antes de
coger el siguiente. La comida no va a escapar del plato. ¿Resulta que eres una persona
impaciente? Entonces deberías aprender a tener paciencia, ya que es un aspecto importante
de la recuperación.
Sería positivo poner la comida que vayas a tomar en un plato en lugar de presentarla
en porciones o picar. De igual modo, no prestes atención a lo que digan o hagan los demás. Y
si recuerdas las reprimendas de tu madre cuando dejabas comida en el plato porque «hay que
pensar en los niños que pasan hambre en China o Etiopía», ésta es la ocasión para
desatender sus métodos. Los niños que pasan hambre no van a dejar de tenerla porque
limpies el plato.
Por último, cuando hayas terminado de comer oblígate a hacer sobremesa durante
unos minutos. Ya sé que dispones de poco tiempo, pero a medida que aprendas a relajarte
irás encontrando la manera de llevarlo a cabo.
Puedes pensar que es imposible conseguir esos cambios y que si lo intentaras te
volverías, loco. Es difícil realizar cambios en nuestros hábitos, pero con un poco de paciencia
y de perseverancia las dificultades desaparecerán. Prueba a ponerlos en práctica durante sólo
treinta días y encontrarás que se han convertido en algo completamente natural. Puede que
ya hayas gastado meses, años e incluso grandes cantidades de dinero intentando perder
peso para al final acabar sintiéndote igual de decepcionado. Esta vez no tienes que invertir
nada de dinero, sólo una prueba de treinta días. Date una oportunidad. Te la mereces.
Durante todo el libro he puesto un gran énfasis en el autoconcepto y en la necesidad
de conseguir que éste sea positivo con el fin de que consigas recuperarte de un problema con
la comida. Aunque tu actitud psicológica es importantísima, hay otros elementos que deberían
acompañar a esos cambios psicológicos. Al igual que sucedía con la consecución de un
autoconcepto, estos elementos también exigen determinación, tiempo y esfuerzo.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 82
Si has leído este libro en profundidad, habrás llegado a la conclusión de que no va a
ser fácil perder peso ni tampoco mantenerlo. En el capítulo 1 ya hablé de los métodos fáciles y
los deseché.
El ejercicio es un componente muy importante y por eso es necesario planificar,
realizar y cumplir un horario de ejercicios. En primer lugar pide a tu médico que te realice un
examen y que confirme que nada te impide hacer ejercicio y después hazlo sin interrupción
durante treinta minutos tres veces a la semana. El ejercicio puede consistir en correr, nadar,
remar, caminar, montar en bicicleta, hacer aerobic o cualquier otra actividad y debe realizarse
a un ritmo que te haga sudar. Si es posible, haz ejercicio con un compañero. Establece el
horario de ejercicios y dale máxima prioridad. No te dejes convencer por ninguna excusa para
no hacer los ejercicios.
Si estás haciendo ejercicio y suena el teléfono ¡déjalo sonar! Durante el ejercicio
puedes vencer el aburrimiento poniendo música o escuchando algún libro grabado en cinta.
Conozco a una persona que ha escuchado las obras completas de Charles Dickens mientras
hacía gimnasia y ahora está empezando con Jane Austen.
Mastica la comida en lugar de engullirla. Masticar los alimentos ralentiza la, comida
pero también hace que disfrutes más de ella, ya que te permite saborearla en lugar de tragarla
prácticamente entera.
Prémiate. Piensa en algo que has dejado aparcado hasta que pierdas peso, por
ejemplo, ir a la piscina o aceptar una cita. Desde luego, todas esas cosas las harás después
de perder peso, pero no condiciones todo al adelgazamiento. ¡Haz algo ahora! Cuando uno
piensa que está gordo le puede resultar incómodo aparecer en traje de baño, pero hazlo de
todos modos. Te alegrará descubrir que la única persona que piensa negativamente de tu
cuerpo eres tú.
La acupuntura, el biofeedback (técnica de aprendizaje de las funciones corporales
involuntarias, tales como la presión sanguínea, con el fin de conseguir algún control voluntario
sobre ellas.), la hipnosis o los ejercicios mentales pueden ayudarte a aliviar la ansiedad y la
tensión y pueden disminuir la sensación de apetito. Si se realizan adecuadamente, te pueden
ayudar a ejercer algún control «manual» allá donde existe un mecanismo de control
«automático» disfuncional. El problema es que se pueden llegar a ver como si fueran curas
mágicas en lugar de verlos como unos ejercicios de apoyo. Cualquier cosa que se considere
como si fuera una cura mágica es contraproducente y se encuentra en la misma categoría que
las dietas milagrosas cuya ineficacia ya ha sido explicada. Si haces el esfuerzo de realizar los
cambios necesarios en tu persona valiéndote de las técnicas para aumentar tu
autoconocimiento, recurres a las terapias de grupo y a los grupos de apoyo, haces ejercicio,
trabajas con un reputado dietético y después quieres usar una o más de estas técnicas de
apoyo no hay nada malo en ello.
¿Qué ocurre con las clínicas de adelgazamiento que están bajo dirección y supervisión
médica? El problema es que a menudo tenemos el concepto de que el médico es una especie
de mago que tiene potentes medicinas y métodos quirúrgicos capaces de conseguir todo
menos resucitar a los muertos. El deseo de conseguir resultados rápidos y espectaculares,
especialmente el atractivo de, tener a alguien que haga el trabajo por nosotros y nos evite el
esfuerzo que exige perder peso, con los consiguientes cambios en nuestra personalidad,
puede combinarse con el concepto que tenemos de los médicos como unos seres capaces de
realizar milagros. El peligro de esto es que puedes desechar todos los cambios esenciales
que he descrito y confiar en que el tratamiento médico produzca los resultados deseados.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 83
El resultado real será una pérdida repentina de peso con una recuperación final del
mismo. Este hecho se observa de forma clara en la mayoría de los casos de cirugía de
bypass, cirugía gástrica y otras muchas técnicas.

26. La plenitud de nuestra humanidad


En una ocasión estaba hablando con un paciente sobre la importancia de la autoestima
cuando súbitamente me interrumpió: «¿Cómo puedes esperar que tenga autoestima?»,
preguntó. Comenzó a describir diversos incidentes que le habían ocurrido a lo largo de su vida
y que habían hecho de él una persona despreciable. Le pregunté si alguna vez había visto
una exhibición de joyas en la que hubiera, digamos, un alfiler con un diamante de cientos de
miles de dólares refulgiendo en un perfecto blanco y azul.
«¿Sabes el aspecto que tenía el diamante cuando fue extraído de la mina? Parecía un
trozo de cristal sucio sin ningún tipo de belleza. Mucha gente lo habría rechazado por no tener
ningún valor. Por fortuna, un experto examinó el mineral y comprobó que dentro de esa sucia
piedra sin ningún atractivo se escondía una gema de valor incalculable. Entonces se le aplicó
un tratamiento especial hasta que apareció un precioso diamante. Nadie pudo haber puesto
tanta belleza en la roca. Lo único que pudieron hacer es eliminar la materia que ocultaba la
belleza que tenía en su interior.»
«No me digas que eres una persona despreciable», le dije. «Da la casualidad de que
soy un experto que sabe que dentro de ti se esconde una gran belleza. Lo que debemos
hacer es ayudarte a eliminar todas las impurezas que ocultan esa belleza para que tanto tú
como los demás puedan llegar a apreciarla.»
Las personas son joyas en fase de creación. Cada uno de nosotros posee un
inestimable atractivo y valor, pero a veces no podemos verlos ni apreciarlos porque se hallan
ocultos.
Los seres humanos son distintos y superiores a otros seres en varios aspectos.
Aunque poseemos un intelecto mayor que los animales nuestra superioridad no sólo radica en
un superior coeficiente de inteligencia. Existen muchas otras características que nos hacen
ser distintos.
Los seres humanos son capaces de aprender de las experiencias pasadas, incluso de
las experiencias de generaciones pasadas, y aprender a no volver a caer en un
comportamiento destructivo.
Los seres humanos son capaces de plantearse objetivos y proyectos en la vida,
mientras que los animales no tienen ninguna meta final y sólo se conducen por sus deseos
instintivos y físicos.
Los seres humanos son capaces de pensar en la forma de mejorar y de realizar
cambios en su persona de manera consciente y espontánea. De ese modo pueden desarrollar
su personalidad, mientras que los animales tan sólo pueden desarrollar su tamaño. Los
cambios positivos que experimentan los animales, como cuando un gusano se convierte en
una bella mariposa, se programan de forma genética y no surgen como consecuencia de un
deseo consciente de mejorar.
Los seres humanos son capaces de pensar en las consecuencias de sus acciones a
largo plazo. Los animales están motivados por su impulso y no pueden negarse a saciar sus
apetencias físicas basándose en las consecuencias a largo plazo.
Los seres humanos son capaces de contener sus ansias de satisfacción hasta que
llegue el momento adecuado. Los animales reaccionan a sus impulsos, actúan con el fin de
obtener una satisfacción inmediata y no son capaces de aplazar dicha satisfacción.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 84
Los seres humanos pueden tomar decisiones éticas y morales y, de ese modo, no
están sujetos al dominio y a la tiranía de sus necesidades físicas. Los animales solamente
refrenan sus instintos de satisfacción por medio del temor a ser castigados, pero no pueden
tomar decisiones morales o éticas que pudieran frustrar sus necesidades corporales. Por todo
ello, se puede decir que los seres humanos son las únicas criaturas verdaderamente libres, ya
que no son esclavas de sus necesidades corporales.
Por tanto, para ser seres completamente humanos debemos poner en práctica esas
cualidades que son el rasgo distintivo de nuestra humanidad. Si no somos capaces de ello
disminuiremos nuestra particularidad como humanos. Difícilmente podremos tener un buen
concepto de nosotros mismo cuando carecemos de la peculiaridad y distinción de la
humanidad.
Veamos qué sucede cuando estamos sujetos a la compulsión de un hábito alimenticio
destructivo.
No nos beneficiamos ni aprendemos de la historia pasada. En su lugar, repetimos
ciertos actos que no han funcionado, engañándonos a nosotros mismos al creer que «esta
vez será diferente». Puede que hayamos probado diversas dietas milagrosas o ejercicios para
perder peso y al final nos hemos encontrado que eran inútiles y que hemos vuelto a recuperar
todo el peso perdido. Sin embargo, seguimos repitiendo este fútil comportamiento, ignorando
las lecciones del pasado.
La vida del comedor compulsivo se centra alrededor de la comida y el peso. El objetivo
de perder peso se convierte en el tema central de su existencia, dejando a un lado todos los
demás proyectos. Su mente se centra exclusivamente en la comida, las dietas, los horarios,
etc., sin dejar lugar a la búsqueda de objetivos finales.
El apetito compulsivo no sólo es perjudicial para la salud física, sino también para la
mental. La autosuperación nunca será factible si continuamos virtualmente encerrados en un
círculo de autodestrucción.
Obviamente, los comedores compulsivos son incapaces de considerar las
consecuencias a largo plazo que acarrean sus actos y, en su lugar, están dominados por el
impulso del momento. Nada les detiene a hacerlo, incluso aunque sean conscientes de que
van a lamentar haber sucumbido a la tentación de comer.
Por lo general, los comedores compulsivos son incapaces de reprimir sus impulsos y
cuando sienten la necesidad de comer lo hacen donde sea y lo más pronto posible.
Por definición, los comedores compulsivos no son libres y están dominados por la
tiranía de su compulsión. Pueden ser capaces de descubrir racionalmente los motivos que lo
empujan a comer y, sin embargo, el hecho es que comen porque no pueden resistirse a ello.
Podemos ver que todas las características que nos hacen ser seres humanos y que nos
distinguen como seres superiores frente a otras formas de vida se deterioran cuando
padecemos apetito compulsivo. Mientras ese deterioro continúe, será difícil que el yo positivo
sustituya al falso yo.
Para adquirir o restablecer la autoestima se requiere la puesta en marcha de toda la
capacidad que nos distingue como seres humanos. Podemos establecer estos principios no
sólo con respecto a la comida y al apetito sino también por lo que se refiere a otros aspectos
de la vida incrementando poco a poco estos rasgos fortalecidos y dirigiéndolos cada vez más
hacia la comida, para así poder aprender del pasado, aumentar objetivos en la vida que no se
orienten hacia la comida, tratar de mejorar tanto física como psicológicamente, conseguir
retrasar la satisfacción de nuestros impulsos, considerar nuestros actos a la luz de las
consecuencias futuras.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 85
Y, finalmente, acabar con la esclavitud de la compulsión a la vez que nos
enorgullecemos de la libertad que nos proporciona el hecho de que la mente domine el
problema. Todo esto hace posible la aparición del ser humano completo y auténtico que se
encierra en nuestro interior, la joya de la creación.
Cuando digo que no puedes superar tus hábitos alimenticios a no ser que desarrolles
un concepto positivo de ti mismo y que no podrás tener un buen autoconcepto hasta que no
hayas superado la compulsión, puedes pensar que te estoy encerrando en un círculo vicioso.
Sin embargo, el hecho es que en cuanto empieces a esforzarte te darás cuenta de que la
conquista ya ha empezado. Un ex alcohólico describía su recuperación de una manera
bastante pintoresca: «Era como si estuviera en la orilla de un río y quisiera cruzarlo y de
repente vinieran dos personas y me dijeran: "¿Quieres cruzar el río? ¡Pues empieza a remar!".
"Pero si no hay barca", dije. "No importa", contestaron. "Empieza a remar y la barca
aparecerá." Pensé que estaban locos, pero ya que no tenía otra elección comencé .a remar y,
en efecto, la barca apareció.»
Se puede decir lo mismo con el apetito compulsivo. Empieza a ejecutar todos los
rasgos distintivos propios de los seres, humanos. Comienza a remar y la barca aparecerá.

APÉNDICE
He puesto un gran énfasis en la importancia de realizar cambios positivos en la
persona en lugar de en la comida. Sin embargo, es necesario tener algunas nociones de lo
que constituye una dieta sana, en contraste con lo que se conoce como una dieta
«milagrosa». Existen muchas variables que pueden afectar a la elección de una dieta
adecuada, por eso deberías consultar a un médico para que te ayude .a establecer tus
necesidades dietéticas específicas. Por tanto, este apéndice contiene fundamentalmente unas
pautas generales o una serie de principios dietéticos generales.
Sería simplista negar la importancia de las calorías como si fueran algo insignificante,
tal y como algunos libros de adelgazamiento han sugerido, si bien es cierto que algunas
comidas «queman» las calorías durante el proceso de digestión y de asimilación. Por lo tanto,
es necesario calcular de manera aproximada el número de calorías que necesita cada
persona.
Si quieres mantener tu peso, multiplícalo por 26 para llegar a una cantidad aproximada
de calorías que deberías consumir al día. Por ejemplo, si pesas 48 kilos entonces necesitarás
alrededor de 1.248 calorías (48 x 26) para mantener tu peso. El consumo de calorías varía
según la cantidad de ejercicio que hagas.
La siguiente norma general dice que un kilo equivale aproximadamente a 7.800
calorías. Supongamos que pesas 68 kilos. Entonces necesitarás unas 1.800 calorías al día
(26 x 68) para mantener tu peso. Si tu consumo de calorías descendiera a 300 al día entonces
perderías cerca de un kilo en veintiséis días (7.800/300). Si consumes 1.300 calorías al día,
deberías perder un kilo en quince días (7.800/500=15.6).
Es importante tener en cuenta que el cuerpo no se adapta bien a los cambios bruscos.
Si perdieras 2 kilos al mes podrías reducir 12 kilos en seis meses. Tal vez te gustaría
conseguir resultados de forma más rápida, pero mientras tú puedes pensar que es
sensacional perder peso con rapidez, al cuerpo le puede afectar de forma traumática. Por lo
tanto, te aconsejo que elijas una dieta que se pueda mantener a largo plazo.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 86
Una dieta equilibrada consiste en tres porciones del grupo de las verduras, dos
porciones del grupo de los lácteos, dos porciones del grupo de las carnes, dos porciones del
grupo de las frutas y seis porciones del grupo del pan. Esto debería proporcionarte unas 1.600
calorías. Si prefieres una dieta de 1.200 calorías, simplemente disminuye las porciones,
consumiendo tres cuartos del total de la porción.
Por favor, te pido de nuevo que recuerdes que estas reglas son sólo normas generales.
Vuelvo a insistir en que deberías llevar una dieta especial planificada por un médico
competente. El departamento de dietética de tu hospital dispondrá con toda certeza de un
dietético al que puedes consultar.

LA PIRÁMIDE DE ALIMENTOS. UNA GUÍA PARA ELEGIR TU COMIDA DIARIA


La pirámide de alimentos agrupa la comida en las cinco categorías que se muestran
en las tres secciones inferiores de la pirámide.
Cada uno de estos tres grupos proporciona algunos, aunque no todos, los nutrientes
que necesitas. No se puede sustituir la comida de un grupo por la de otros Ningún grupo es
más importante que el otro, ya que para tener una buena salud necesitas de todos ellos.
La pirámide muestra un esquema de lo que hay que comer cada día. No es una
prescripción rígida, sino una guía general que te permite escoger una dieta sana que sea
adecuada para ti. En la pirámide se exige que consumas una gran variedad de alimentos con
el fin de obtener todos los nutrientes que precisas y, al mismo tiempo, incluye la cantidad
apropiada de calorías que necesitas para mantener un peso sano.

¿Cuántas porciones necesitas?


La pirámide de alimentos muestra una gama de porciones para cada grupo de
alimentos. El número de porciones adecuada para cada individuo depende del número de
calorías que necesite. Las calorías son una forma de medir la energía que nos proporciona la
comida. La energía que necesita tu cuerpo depende de tu edad, sexo y tamaña También
depende de lo activo que seas.
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 87
En general, la cantidad diaria debería ser:
— 1.600 calorías para la mayoría de mujeres y personas mayores.
— 2.200 calorías para niños, mujeres adolescentes, mujeres activas y la mayoría de
los hombres.
— 2.800 calorías para hombres adolescentes y hombres activos.
Aquellas personas que necesiten una cantidad menor de calorías deben seleccionar el
número inferior de porciones de cada grupo de alimentos. La dieta debería incluir dos
porciones de carne para un total de 142 gramos. Para aquellos que necesiten una porción
media de calorías de cada grupo de alimentos: deben incluir dos porciones de carne para un
total de 170 gramos. Los que necesiten una cantidad mayor de calorías deben seleccionar el
número mayor de porciones de cada grupo de alimentos. Su dieta debería incluir tres
porciones de carne para un total de 200 gramos. Además, las mujeres embarazadas o las que
están dando el pecho, los adolescentes, o los jóvenes que superen los veinticuatro años
deben seleccionar tres porciones de leche.
La cantidad de comida que cuenta como una porción se detalla más abajo. Si comieras
una cantidad superior estarías tomando más de una porción. Por ejemplo, una rebanada de
pan es una porción. Así pues, tomar un bocadillo en el almuerzo equivaldría a dos porciones.
En las comidas mixtas, calcula las porciones de los ingredientes principales. Por
ejemplo, un trozo grande de una pizza con embutido se cuenta en el grupo del pan (corteza),
en el grupo de la leche (queso), en el grupo de la carne (embutido) y en el grupo de las
verduras (salsa de tomate). Asimismo, una ración de ternera guisada cuenta en el grupo de la
carne y en el grupo de las verduras.
¿A qué equivale una porción?
Grupo del pan, cereales, arroz y pasta Grupo de las verduras
1 rebanada de pan 1/2 vaso de verduras troceadas
1 tortilla (crudas o cocidas)
1/2 vaso dé arroz cocido, pasta o cereal 1 vaso de verduras crudas frondosas
30 gr. de cereal listo para comer 3/4 vaso de zumo de verduras
1/2 hamburguesa, bollo o pan dulce 1/2 vaso de patatas cocidas
3-4 galletas (pequeñas) 1/2 vaso de ensalada de patatas
1 crep 1/2 vaso dé ensalada de patatas
1/2 croissant (grande) 10 patatas fritas
1/2 donut o pastelillo (mediano)
1/2 pastel (mediano)
2 galletas (medianas)
1/2 empanada (tartaleta)
Grupo de la leche, yogur y queso Grupo de la fruta
1 vaso de leche o de yogur 1 pieza de fruta o 1 rodaja de melón
40 gr. de queso natural 3/4 vaso de zumo de frutas
60 gr. de queso curado 1/2 vaso de fruta troceada, cocinada o
1.1/2 vaso de helado o de leche merengada enlatada
1 vaso de yogur helado. 1/4 vaso de frutos secos.
Grupo de la carne, aves, pescados, Grupo de las grasas y aceite
legumbres, huevos y nueces
70-85 gr. de ternera magra, • Consúmanse con moderación
1 huevo,
2 cucharadas de mantequilla de cacahuete
o 1/2 vaso de nueces
por cada 30 gr. de carne
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 88
TABLA DEL PESO IDEAL: MUJERES
Altura Constitución pequeña Constitución mediana Constitución grande
1’34 m 42 – 44 kg 43 – 48 kg 47– 53 kg
1’37 m 41 – 45 kg 44 – 59 kg 48 – 54 kg
1’40 m 42 – 46kg 45 – 50 kg 49 – 55 kg
1’43 m 43 – 47 kg 46 – 51 kg 50 – 56 Kg
1’46 m 44 – 48 kg 47 – 52 kg 51 – 57 Kg
1’49 m 45 – 49 kg 48 – 53 kg 52 – 58 kg
1’50 m 45 – 50 kg 49 – 54 kg 53 – 59 kg
1’51 m 46 – 51 kg 49 – 55 kg 54 – 60 kg
1’52 m 46 – 52 kg 50 – 57 kg 55 – 62 kg
1’55 m 47 – 53 kg 52 – 58 kg 56 – 63 kg
1’58 m 48 – 54 kg 53 – 59 kg 58 – 65 kg
1’61 m 50 – 56 Kg 54 – 61 kg 59 – 67 kg
1’64 m 51 – 57 Kg 56 – 62 kg 60 – 69 kg
1’67 m 53 – 58 Kg 57 – 64 kg 62 – 70 kg
1’70 m 54 – 60 kg 58 – 65 kg 63 – 72 kg
1’73 m 55 – 61 kg 60 – 66 kg 64 – 74 kg
1’76 m 57 – 63 kg 61 – 68 kg 66 – 75 kg
1’79 m 58 – 64 kg 63 – 69 kg 67 – 77 kg
1’80 m 59 – 65 kg 64 – 70 kg 69 – 78 kg
1’81 m 61 – 67 kg 65 – 72 kg 70 – 80 kg

TABLA DEL PESO IDEAL: HOMBRES


Altura Constitución pequeña Constitución mediana Constitución grande
1’43 m 50 – 53 kg 51 – 56 kg 55 – 59 kg
1’46 m 51– 54 kg 52 – 57 kg 56 – 60 kg
1’49 m 52 – 55 kg 53 – 58 kg 56 – 61 kg
1’50 m 53 – 55 kg 54 – 59 kg 57 – 62 kg
1’51 m 54 – 56 kg 55 – 60 kg 58 – 63 kg
1’52 m 54 – 57 kg 56 – 60 kg 59 – 64 kg
1’55 m 55 – 58 kg 57 – 61 kg 60 – 65 kg
1’58 m 56 – 59 kg 58 – 62 kg 61 – 67 kg
1’61 m 57 – 60 kg 59 – 63 kg 62 – 68 kg
1’64 m 58 – 61 kg 60 – 64 kg 63 – 70 kg
1’67 m 59 – 62 kg 60 – 66 kg 64 – 72 kg
1’70 m 60 – 63 kg 62 – 67 kg 65 – 74 kg
1’73 m 61 – 64 kg 63 – 69 kg 66 – 75 kg
1’76 m 62 – 66 kg 64 – 70 kg 68 – 77 kg
1’79 m 63 – 67 kg 66 – 71 kg 69 – 79 kg
1’80 m 63 – 68 kg 67 – 73 kg 70 – 81 kg
1’81 m 65 – 70 kg 69 – 74 kg 72 – 83 kg
1’82 m 66 – 72 kg 70 – 76 kg 74 – 84 kg
1’85 m 68 – 74 kg 72 – 78 kg 75 – 87 kg
1’88 m 69 – 75 kg 73 – 80 kg 77 – 89 kg
1’92 m 71 – 77 kg 75 – 82 kg 80 – 91 kg
BATALLA DEL PESO Y AUTOESTIMA.- 89
BIBLIOGRAFÍA
Branden, Nathaniel, The Psychology of SelfEsteem, Nueva York, Bantam Books, 1971.
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Satir, Virginal, The New Peoplemaking, Mountain View, Virginia, Science & Behavior
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Twerski, Abraham, M. D, Life's Too Short! Nueva York, St. Martin's Press, 1995.