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“EL VIAJE EXTRAORDINARIO”

A mis nietas Camila y Yael,


y a mi hija Carolina, a quienes tanto quiero.
El Viaje Extraordinario 3

“El Viaje Extraordinario”


CAPÍTULO I
En el que relata dónde nació, quiénes fueron sus padres y
hermanos, y la profesión relojeril que profesaba la familia. El
trabajo de su padre en la corte del rey Tinacrio el Sabio y
detalles del comercio del que vivían. La extraña encomienda
del rey africano Zulú-Zulú. La carta del obispo de Sainttom y
el viaje a ésa hermosa ciudad.

Por la gracia de Dios, aquélla sin la cual nada podría acontecer


ni ocurrir, vine a nacer en el condado de Worldform, el de
gente humilde y gentil, muy al norte del reino de Argentaria,
donde los calores son tan elevados en verano que casi superan
a los del invierno, pues por allí poco y nada se conocen las
heladas o nevadas, y es una tierra inigualable de hermosos y
abundantes frutos, mansas y cristalinas aguas que corren por
cantarinas fuentes y límpidos arroyos, y un río traslúcido que
se curva y nos limita con un país vecino de extraño y musical
idioma, el guaraní, de azules e incomparables cielos bajo los
cuales transcurriera mi lejana infancia hace ya muchos años, y
donde me sucediera la extraña aventura del viaje a un lejano
planeta del universo cuando tenía apenas doce o trece, cuyos
pormenores y detalles relataba por las noches a mi hija
Carolina cuando era pequeña, por darle sueño y se durmiera.
No quiero decir con esto que el relato fuese aburrido o pesado,
sino que la fantasía de un cuento instructivo y aún interesante,
por la cadencia monótona de su desarrollo, el largo viaje a
lugares lejanos donde sucediera y los detalles minuciosos de
los acontecimientos, hacían que mi niña se imaginara vivir lo
que oía para meterse a participar de la aventura a la par mía,
cansándose hasta amodorrarse y finalmente dormirse,
dejándome a mí, por fin, hacer lo mismo.
Siempre tuve en más a los cuentos infantiles, a las novelas
ejemplares, a las moralejas, a las fábulas didácticas y
provechosas, a la enseñanza del uso del diccionario y a la
buena y constante lectura de los infinitos libros clásicos del
pasado, ser los más adecuados para una correcta instrucción
de nuestros hijos por cuanto prenden, mejoran y avivan sus
receptivas mentes y su ingenio con más efectividad que cien
maestras juntas.
4 El Viaje Extraordinario

Conozco hombres que jamás han abierto un libro, y por ello,


nunca han vivido la vida de otros, ni conocen aventuras ni
experiencias ajenas, limitándose a pasar por solo una vida en
toda su existencia: la triste y gris propia.
Los buenos padres, deben procurar que sus hijos no terminen
el día sin saber una cosa más, tocantes siempre a agrandar su
sapiencia, que sumado a los buenos modales, y el respeto
debido a sus semejantes, cosas que se aprenden con el ejemplo,
darán mayores beneficios y facilidades a todos los de su vida.
Los padres que inculcan a las niñas a ser buenas y respetuosas
en su trato diario con los demás, y al niño todo esto más un
redituable oficio, dejarán a ambos una herencia de infinitos
beneficios.
Te daré, lector, un ejemplo: ¿te acuerdas tú de la fábula de la
zorra y el cuervo...? aquélla que relata que éste subido a un
árbol tenía un gran pedazo de queso en su boca y que a fuerza
de ser alabado por la zorra desde el suelo, que era hermosa su
figura y bello su negro plumaje, y que seguramente su canto
sería tan melodioso como los de un cardenal, y que gran placer
sentiría la zorra de escucharlo cantar, y ufano de tantos
elogios, abrió el cuervo el pico dejando caer la comida en las
fauces de quien le mintiera, quedando el zorro satisfecho de
estómago y el cuervo birlado y burlado
Bien, relata esta fábula a tus niñas y de seguro cuando mujeres
no caerán en las trampas de las alabanzas engañosas a las que
estarán constantemente expuestas.
Siempre los buenos principios y los buenos frutos de las
enseñanzas provechosas dan mejores fines y actitudes
correctas. Es pues, muy necesario instruir a nuestros niños
desde pequeños con éstas lecturas y cuentos provechosos, que
lo llevarán a dejar atrás la ignorancia supina con la que
nacemos, y que por no cultivarnos, nos llevan en la vida por
caminos de miserias y necesidades propias de quien perdiera
su tiempo en cosas nimias y baladíes.
Ni la pobreza, ni las miserias, ni las desgracias pasadas en
una larga vida, hacen al hombre tan infeliz como un minuto de
su ignorancia.
¿Quieres hacer conocer a tus hijos las heladas tierras polares,
las impenetrables selvas americanas de salvajes indios de
flechas y dardos envenenados y la peligrosidad de los mares
del oriente minados de feroces tiburones sin gastar dineros en
viajes?
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Pues, ¡dadle las obras de Jack London, el incansable viajero del


mundo, que con sus perfectas narraciones lo harán pasear por
toda la redondez de la tierra!
Y como lo comprobara con los años vividos, no debemos
esperar que nuestros hijos tengan los necesarios para concurrir
a la escuela y ser instruidos por los docentes, sino que en sus
cortas edades de crecimiento, desde la cuna, los padres
debemos incentivar y desarrollar la inteligencia que hiberna y
se amodorra si no recibe el estímulo fantasioso de los cuentos
infantiles tradicionales, y de los propios que los padres
inventen, y que rematen en una moraleja o enseñanza sabia de
las cuales saquen provecho en los años venideros de su vida.
Lo que en la juventud se aprende, toda la vida dura.
La mayor desgracia que puede sufrir un hombre es la
ignorancia de la sabiduría contenida en los libros.
Ay, lector, tan deseoso estoy de hacerte comprender que
necesario es que inculques la buena lectura desde temprana
edad a tus hijos, que me salgo y me pierdo en divagaciones
que me alejan del relato principal de “El Viaje
Extraordinario”.
Tan caliente es mi tierra, le decía a mi hija, que por las siestas
del estío las lagartijas no se atreven a pisarla descalzas por no
quemar sus plantillas, y las vemos trepando a los árboles y
paredes por sus partes con sombras, dejando sutiles vapores
tras sus pisadas.
Ante los ardientes rayos solares capricornianos muchos
insectos mueren insolados por más sangre fría que tuvieran, y
hasta las mismas chicharras en el verano de Worldform
quedan atontadas y mareadas por el calor, sin saber a qué
rumbo volar.
Pese a ello, tan abundantes son los frutos que produce la
madre tierra en esas tórridas regiones que las calles están
minadas de dorados mangos maduros, naranjas, duraznos,
pomelos, bananas y mandarinas que caen tan generosamente
de las prolíficas plantas, que las amas de casa las recogen
todos los días en una bolsa para regalarla a los pobres o en
espera del carro basurero que se las lleve.
No sabemos qué hacer con tantos mangos desparramados por
veredas y calles, primordialmente en los eneros tan soleados y
calurosos donde el pavimento hierve como si fuesen las
calderas del infierno.
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Tan picantes y ardientes son los rayos del sol en Worldform


que en los mediodías de mi infancia, mi padre me mandaba a
un cercano almacén a la vuelta de mi casa a comprar hielo
para refrescar las bebidas de nuestro almuerzo, si no iba y
venía con pasos ligeros y casi volando, regresaba apenas con
una bolsita de agua tibia y callos en las plantas de los pies.
Las hormigas, que en largas hileras salían por las siestas a
buscar las comidas que almacenan para el invierno, llevaban
sobre sus cabezas una pequeña hoja de trébol o gramínea que
les servían de sombrillas y resguardo para no insolarse.
El despiadado calor de Worldform varias veces hizo que
algunos niños del barrio tuviesen graves accidentes con
envases de latas o vidrios que explotaban de improviso por la
calentura del ambiente, entre ellos mi hermana Rebecca que
casi pierde una mano al ir a buscar al mediodía un sifón de
soda fría, el que reventó por efecto de los acuciantes rayos
solares y de la lentitud en hacer el mandado, sin buscar las
sombras de las casas para proteger el envase en el trayecto.
Aunque para justificarla, debo decir que en Worldform no
existen al mediodía sombras de paredes de ninguna especie
sino es bajo un techo, una sombrilla o un árbol, estando el sol
como una espada de Damocles1 sobre nuestras cabezas, tan
perpendiculares, que ni su hoja proyecta sombra alguna.
Este excesivo calor se debe a que la ciudad y todo lo largo de la
provincia que se extiende hacia el oeste justo bajo el trópico de
Capricornio, vecino del Ecuador, hace que las temperaturas de
cuarenta a cincuenta grados sean corrientes y naturales en
aquélla mi ciudad amada, y común es ver en sus tranquilas
siestas las uniones de alquitrán de sus calles y veredas
derretidas y pegoteadas en nuestros zapatos.
De niños, que nada mejor teníamos que hacer, ni más
peligroso, dejábamos a la siesta envases vacíos de
desodorantes o de pinturas en aerosol sobre el ardiente
pavimento, y antes de las dos, explotaban como bombas de
estruendo de fin de año, con gran riesgo de que reventaran
impredecibles en nuestras manos al colocarlas horizontales
sobre las brasas de la calle.

1Damocles: era un cortesano que pasaba adulando e envidiando las riquezas y comidas del
Rey Dionisio “El Viejo”, quien planeó una estrategia como escarmiento, cediéndole su trono
por un día con la condición de sentarse bajo una afilada espada que pendía sobre su cabeza
atada con un pelo de la crin de un caballo. Damocles renunció al trono a las pocas horas,
aduciendo que ya no tenía hambre ni sed de riquezas, ni podría dormir con semejante peligro
sobre su cabeza.
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Afortunadamente abundan en los baldíos una planta llamada


tártago, cuyas grandes hojas tienen mucha savia, las cuales por
frescas los obreros las ponen en el interior de su sombreros.
Dicen, aunque yo nunca lo vi, que los borrachos y vagabundos
que viven bajo los muelles del puerto, las pocas veces que
tienen apetito, pescan del río bagres y palometas que
desguazan en delgadas fetas, las cuales ponen sobre una
piedra comba con un poco de aceite bajo los rayos del sol, y
antes de las dos de la tarde están torradas y cocidas para
servirlas en la mesa. Lo que sí vi de esta gente desocupada y
ociosa, es que sumergen dentro del río sus botellas de vino o
caña atadas del cuello con una piola que cuidan como oro que
no se les escape, para horas después sacarlas frías del lecho
majestuoso y beberlas con deleite, al mismo tiempo que
procuran no mojarse ni salpicarse con las gotas de agua que
caen del envase, ya que no tienen por costumbre bañarse ni ser
muy pulcros.
¡Ay! Triste fin espera al que se aficiona a la bebida, y debéis
huir lo más lejos posible de ella, que lo que empieza por juego,
hijitos, termina en la más baja de las miserias humanas.
¡Ay!, hijitos, que el alcohol denigra la condición humana, y
resta la dignidad que Dios nos da en el libre albedrío.
Llamábase mi buen padre don Rafael del Áncora y
Buenacuerda, cuyo oficio era el de relojero, profesión que
había aprendido de mi abuelo ya fallecido, don Carrillón de la
Campana y Buenacuerda a quien yo no conociera, y mi madre,
doña Rubí de la Corona, ama de casa, quienes dieron al reino
seis hermanos mayores cuyos nombres eran Asa, Aguja y
Malla en las mujeres, y Espiral, Cono y Eslabón en los varones,
y por último vine a nacer yo a quien bautizaron Rafael
Buenacuerda al igual que mi progenitor por ser el Benjamín de
la familia, lo que doce años después provocaría la terrible
equivocación en que cayeron unos extraños extraterrestres que
vinieron a buscarlo para reparar el Reloj de la Vida de su
mundo, y me llevaran a mí en su lugar al planeta Bondax2, del
cual pronto te daré noticias, mi dulce hija Carolina.
Pero, a decir verdad, en el barrio y en la escuela todos me
llamaban y me conocían simplemente por Rafa o Rafael el
Menor. Mi padre era súbdito del rey Tinacrio el Sabio,
cumpliendo en la corte funciones de Encargado Oficial de la
Hora Exacta solamente por las mañanas, con el rango de
Ministro de Tiempo Completo, manteniendo en buen
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funcionamiento y en perfectas condiciones de marcha todos


los relojes del Palacio Real durante el año, desde el reluciente
reloj de bolsillo de oro macizo que con cadena de igual metal
precioso cruzaba de lado a lado la enorme panza del rey
Tinacrio, como así también el diminuto reloj de la Reina
Dulcemiel inserto en un medallón que colgaba de su gracioso
cuello.
Además mantenía en exacto funcionamiento los relojes
pulseras de los dos príncipes herederos, y los de todos los
funcionarios que componían su gobierno y gabinete.
Debía además, componer, dar cuerda, engrasar y mantener en
perfecto funcionamiento a todos los relojes de péndulo de las
oficinas administrativas, los del correo, los eléctricos de la
estación de trenes, los de sol de plazas y paseos públicos, los
de la intendencia y oficinas recaudadoras, como así también el
gigantesco reloj de pesas de la Iglesia de Don Bosco del centro
de la ciudad, y otros de iglesias de lejanos barrios.
Por éstos trabajos, cobraba un salario de dos monedas de oro y
cuatro de plata mensuales, que sumadas a las que hacía en su
negocio, le daban al final del mes cinco de las primeras y unas
quince de las segundas, lo que permitía que nuestra familia se
mantuviera holgadamente y con comodidad, teniendo en
cuenta que con una sola moneda de plata alcanzaba y sobraba
para comprar diez kilos de carne, cinco de chorizos y varios de
pan. En el centro de la ciudad, en la calle Belgrano al 938, entre
las calles Brandsen y Uriburo, pegado al viejo Correo Central
de Encomiendas, tenía nuestra familia un negocio de joyas y
relojes que fabricábamos y componíamos, el cual era atendido
por mis tres hermanos mayores cuando nuestro padre no
estaba por las mañanas, todos técnicos relojeros y joyeros que
heredaron y aprendieron la profesión desde niños, teniendo
como maestros a mi abuelo Carrillón Buenacuerda a quien yo
no conociera como dije antes, o ya no me acuerdo de él, y a mi
padre don Rafael del Áncora y Buenacuerda.
Tan inmersos en el mundo relojeril fue la infancia de todos
nosotros los hijos de don Rafael Buenacuerda, que de niños
nuestros juguetes no fueron autitos ni trencitos de plástico, ni
avioncitos de madera balsa, trompos, bolitas, barriletes o
figuritas, sino que nos entreteníamos con piezas de relojes
despertadores cuyas ruedas usábamos como perinolas, o para
armar figuras metálicas de aves, lunas o estrellas con sus
diferentes partes, y con las cuerdas de grandes relojes
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fabricábamos arcos indios que eran capaces de arrojar una


flecha de madera con una peligrosa aguja minutera en su
punta a más de una cuadra de distancia.
Cuando concurríamos a la escuela primaria y se perdía un
lápiz o el sacapuntas del mejor alumno, y el más pudiente, la
maestra, por favorecerlo y congraciarse con sus padres,
ordenaba vaciar los bolsillos de todos frente a ella para
descubrir al ladrón; y no salían de los Buenacuerda bolitas,
figuritas, ranas disecadas, naipes españoles ni linternitas
luminosas, sino cuerdas, cuadrantes, áncoras, vidrios, lupas,
espirales, agujas, y ruedas de relojes con los cuales jugábamos
tan entretenidos como si fuesen los mejores juguetes del
mundo. El corazón de los niños, siempre laten mejor y más
contentos con los juguetes simples o inventados por propio
ingenio. Jamás nuestro padre nos compró sonajeros, que con
un reloj despertador colgando sobre la cuna, bastaba para
distraernos mirando el movimiento de su segundero central, o
la insaciable gallinita que comía maíz en su cuadrante y
escuchando el plácido tic-tac de su funcionamiento,.
Dicen que mi hermano mayor Espiral Buenacuerda, estando
en su cuna sin aún salirle los dientes, con sus delicadas
manitas desarmó totalmente un reloj despertador que mi
padre le diera para que se entretuviera, y meses después, antes
de abandonar su prisión, lo volvió a armar perfectamente ya
con la ayuda de sus incipientes dientecitos.
Esto demuestra fehacientemente que ser un profesional no
necesita de títulos que lo avalen como tal, sino el saber lo que se
hace. La pericia con que hagamos nuestro trabajo, así seamos
doctores o basureros, depende de la pasión y el esfuerzo con
que lo hagamos correctamente.
Nacemos con la disposición de trabajar, impulsados por la
creatividad, semilla que hace germinar las invenciones y la
pericia en la perfección de un oficio. Sin creatividad e
imaginación, no hay labor que sea perfecta. Pues bien, siendo
ya grandes, mis tres hermanos varones atendían nuestro
comercio mientras nuestro padre trabajaba en el Palacio Real,
y una de mis hermanas, por turnos semanales, se encargaba de
la limpieza de sus pisos, de las vidrieras y vitrinas,
acomodando joyas y relojes en sus estantes, mientras que las
dos restantes ayudaban a mi madre en las tareas domésticas y
de cocina en nuestra casa familiar que estaba dos cuadras más
abajo por la misma calle Belgrano al 1172.
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Este mencionado hermano mayor Espiral, además de heredar


las mismas habilidades profesionales de mi padre para las
composturas, heredó también su misma honestidad y
corrección en el trato con los clientes, y era el que más
parroquianos atendía detrás del mostrador en los arreglos de
relojes de pulsera. Fue así que un día vino un señor con su
reloj pulsera detenido sin ninguna causa aparente, ya que dijo
haberlo hecho limpiar en otra ciudad dos semanas atrás, y que
jamás le proponía malos tratos ni movimientos bruscos a la
prenda, la que abriéndola frente al cliente sobre el mostrador,
mi hermano le hizo notar que un tornillo se había
desenroscado de su lugar, cosa muy común en aquéllos que en
sus labores ocupan martillos, hachas o palas sin quitárselo del
brazo, o quizá no fuera ajustado correctamente por el anterior
profesional, el que al salir de su rosca trabó su funcionamiento
metiéndose preso y trabado entre sus engranajes internos.
Colocó mi hermano Espiral nuevamente el tornillo en su rosca
y lo ajustó fuertemente con lo que la máquina volvió a
funcionar perfectamente, todo esto ante la atenta mirada de su
dueño. Preguntó el cliente cuánto costaba su trabajo y mi
hermano le dijo que nada, que no cobraría ni una moneda de
cobre por colocar nuevamente el tornillo en su lugar y
ajustarlo. El hombre entonces, viendo su honestidad y la
corrección en su trabajo y en el trato, se sinceró con él y le
contó que minutos antes había llevado su reloj a otro relojero
del pueblo, de la calle San Martín, el cual le había afirmado
que tenía la rueda central rota y el espiral torcido, hablando
injurias del anterior relojero achacándole que lo había
destruido totalmente y que componerlo saldría la cuantiosa
suma de dos monedas de plata, y que además tendría que
dejar la prenda por lo menos treinta días a fin de pedir los
repuestos necesarios de Córdoba, a todo lo cual se negó por
sospechar que mentía. La mentira del deshonesto relojero
perduró no más que un corto trecho, apenas cuatro cuadras de
distancia, y un breve tiempo antes que aflorara la verdad como
consecuencia de la acendrada honestidad de mi hermano
Espiral. Bien dicen pues, que la mentira tiene piernas cortas.
Hija, aprende que la mentira nunca es buena para el hombre,
enferma el cuerpo y envenena el alma por la intranquilidad y
angustia que nos genera ser descubierta, y dicha una sola,
vendrán detrás otras cientos para formar una montaña de
falsedades que sostengan a la primera.
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¡Ay, hija, no sabéis qué pesada carga se echa sobre el hombro


quien dice una mentira, pues debe urdir después infinitas para
sostener el mal paso dado con la primera!
Este cliente quedó tan agradecido y admirado de su
corrección, que siendo turista, los días que quedara en la
ciudad, lo elogiaba en demasía como propaganda de su
eficiencia y veracidad en su trabajo en cualquier lugar que
visitara. Esto demuestra que en cualquier oficio, la mejor
propaganda y buena fama que se puede adquirir viene
solamente de la mano de la honestidad, de la amabilidad en el
trato, y de la rapidez y esmero con que se lo practica.
Y si no pones amor y dedicación en lo que emprendas, y
adoptas el desgano como compañero, mejor es que no hagas
nada y pidas limosnas en la puerta de una iglesia, de aquéllos
que vienen a agradecer a Dios sus oficios practicados con
alegría.
Mi padre organizó excelentemente bien la labor de cada uno
de mis hermanos dentro de la empresa familiar, siguiendo
aquello de “dad a los hijos un oficio, para que el ocio no sea su
vicio”, y así por ejemplo, mi hermano Espiral Buenacuerda
concertaba solo relojes despertadores y los cronómetros de la
gente del campo; Cono Buenacuerda componía los relojes
pulseras grandes, de caballeros, y los de pared, mientras que
Eslabón Buenacuerda se encargaba de arreglar los diminutos
relojes de damas, aquéllos cuya máquina no supera el grandor
de la uña de un dedo.
De los tres, en mi opinión, el más ingenioso e idóneo era
Eslabón Buenacuerda, pues podía fácilmente fabricar una
rueda de un reloj de dama tan diminuta como la cabeza de un
alfiler, y era bien mirado y muy halagado por las mujeres que
salían muy conformes del taller, con su apreciada prenda
funcionando perfectamente en la muñeca.
Para que me creáis que tales alabanzas son verídicas y creíbles,
te diré que cierto día recibimos una pequeña encomienda con
infinitas estampillas de diferentes países y sellos de embajadas
puestas en sus contornos.
Debía ser entregada en manos propias a Eslabón Buenacuerda,
operario de la relojería “La Confianza” de la ciudad de
Wordform, y el paquete venía de un lejano reino africano con
el remitente de “Su Excelencia el Rey Zulú Zulú” impreso en
un sello ovalado y en tinta roja, que después comprobamos
que era sangre.
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Sangre humana y de rojo color.


Abrimos pues la pequeña encomienda y en medio de
algodones había un enorme diente incisivo superior humano,
lo que nos causó gran sorpresa y algo de susto.
Ninguno de los Buenacuerda se atrevió a tocarlo, ni yo que soy
curioso de natural y que solo estaba de casualidad en el
negocio, por pasar un breve tiempo de vacaciones escolares de
mitad de año.
En su fondo, encontramos una pequeña nota que decía:

“Mi ser rey Zulú Zulú del reino de Jambala, y querer


que muchacho Eslabón Buenacuerda arreglar urgente mi
reloj. Yo pagar bien en diamantes y oro. Sin él no poder
comer ni luchar batallas contra enemigos de mi tribu.
Apurar y rápido arreglar, y yo agradecer con regalos”

Tornamos a revisar dentro de la encomienda más


minuciosamente y no había en ella otra cosa que el enorme
diente solitario en su fondo, sin que existiese reloj alguno para
componer. Sin duda, quien preparara la encomienda, olvidó
introducir el reloj del rey, la que dio vuelta el mundo con un
diente y algodones en su interior, hasta llegar a Worldform y a
nuestro negocio. Tomó mi hermano Eslabón el diente para
observarlo más detenidamente y con estupor vimos que
dentro de él, en su parte frentera, estaba insertado un
pequeñísimo reloj Rolex automático, no mayor que un botón
de camisa, con caja de oro, y agujas del mismo material, cuya
cara de sólido diamante transparente dejaba ver la hora
nítidamente y con aumento, aunque sus números estaban al
revés, mostrando el reverso de cada uno de ellos, es decir, el
nueve estaba donde debía estar el tres, y éste donde el nueve.2
Mi hermano Eslabón, ayudado por una potente lupa, desarmó
íntegramente el diminuto reloj en su mesa de conciertos,
limpiando sus infinitas piezas con bencina, dejándolas luego
en perfecto orden sobre un papel secante, y con infinita
paciencia armó después la maquinaria, aceitando sus partes
necesarias, todo bajo la potente lente y buena luz, y dos días
después ya lo tenía inserto dentro del diente postizo y en
perfecto funcionamiento.

2En la década de 1970, la empresa Rolex fabricó el reloj más pequeño del mundo a pedido de
un riquísimo rey africano, el que le fuera insertado en un diente incisivo, y para saber la hora,
el rey debía tener un espejo frente a su boca.
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Yo mismo despaché nuevamente por correo la encomienda a


su lugar de origen y dos meses después recibimos otra más
grande del rey Zulú Zulú, un cajón de madera de un metro de
lado rodeado de precintos y zunchos metálicos, que contenía
tres brillosos diamantes, dos esmeraldas, un rojo rubí tan
grande como una uva, doscientos gramos de oro en pepitas,
una cabeza humana disecada y reducida al tamaño de una
manzana con la recomendación de colgarla tras la puerta del
negocio para llamar a la buena suerte y a nuevos clientes, un
arco bien tensado y numerosas flechas, una lanza y varias
máscaras de guerra con expresiones siniestras, dos escudos
guerreros, un cuero de víbora anaconda de nueve metros de
largor y finalmente una infinita cantidad de vistosas plumas
de aves exóticas, todo resguardados de golpes y movimientos
bruscos por abundantes cabelleras humanas y virutas de
madera. También había en su interior una nota de
agradecimiento del Rey por la perfecta reparación del reloj,
escrita por el Ministro del Interior, el curandero de la tribu Dr.
Mumba Palazos, titulado en Harvard, que hacía las funciones
de partero, enfermero y odontólogo a un mismo tiempo,
además de secretario del Real Estado y Reino de Kambala,
según él mismo expresaba.

“Es deseo de su Excelencia el Rey Zulú Zulú que


agradezca por nota, ya que él poco sabe escribir el
castellano como bien habréis visto en su anterior misiva,
por lo que me ordenó encarecidamente que ésta saliera de
mis manos en mejores términos, en agradecimiento a la
buena reparación de su reloj hecha por el joven Eslabón
Buenacuerda, y les envía junto con el pago del trabajo y
otros regalos de cortesía, saludos respetuosos a su padre
don Rafael, a su señora madre doña Rubí, y a todos sus
demás hermanos. Como odontólogo, he vuelto a colocar el
diente a su majestad en su paladar, y mi Rey anda muy
ufano sonriendo a todo el mundo para mostrarlo ya
reparado, mirando constantemente la hora con un pequeño
espejo puesto frente a su boca. Vieran cuando en las
diarias batallas que practicamos con otras tribus vecinas y
enemigas que lo quieren derrocar, (que al igual que en la
democracia, en la tiranía también los de abajo arañan
constante a los que gobiernan arriba) mi rey rompe las
cabezas de sus contrarios con su pesado garrote que las
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deshace, siempre sonriendo a los que caen al suelo para que


en su última mirada sepan viendo su reloj bucal que les ha
llegado la hora de ir a reunirse con sus antepasados. A
Dios rogando y con el mazo dando, es la mejor forma de
llevar adelante una tiranía, al igual que en una democracia
dando regalos y comidas a los pobres. Y aunque el mal
ajeno no trae consuelo, mi Rey es inmensamente feliz
reventando las cabezas de sus mortales enemigos quienes
saben perfectamente la hora en que viajan al mas allá. ”

Este rey Zulú, me dije yo, gobernando una tribu de salvajes,


sin saber mucho del leer o escribir, tiene la misma virtud que
los hombres cultos y civilizados de nuestros políticos,
militares, ministros o curas, que haciendo a propósito un gran
daño a su prójimo, sonríen complacientes de su maldad.
Nada mejor que el miedo en los pueblos sometidos para que
florezca una tiranía despiadada. El miedo impuesto por el
método que sea es la urna de los tiranos.
Mas, cuando cortan la cabeza del tirano, la tiranía se vuelve
libertad, y la demasiada libertad se vuelve con el tiempo
permisiva y cómplice de mayores injusticias en democráticos
gobiernos, y al final, el pueblo regresa a una tiranía más
despiadada que la primera. Estos ciclos opuestos dan al
hombre de todos los tiempos la ilusión de que pueden ser
libres con unos y al mismo tiempo esclavos con otros.
Y aunque éste rey Zulú tiene una cualidad encomiable de la
que carecen los hombres civilizados, y es que mata de frente y
a garrotazos a sus enemigos, y no como los que se ocultan
agazapados en la oscuridad, ni como aquellos que en los
gobiernos traicionan a sus superiores para que sean
derrocados en procura de ganar cargos y honores mas altos
adulando a los usurpadores de tronos y palacios.
Hoy aduladores, mañana traidores, como quien dice.
Y también razoné que tanto en la democracia como en la
tiranía, siempre hay oposición despiadada, justificada o no,
aún entre las tribus que no conocen de urnas ni Cartas
Orgánicas, y en todo gobierno, los miserables de abajo luchan
por derribar a los opulentos de arriba, que viven con sus
gustos y privilegios a costa de repartir dádivas miserables y
sonreír descaradamente a los indigentes que van siendo
eliminados cruelmente con el hambre y la desocupación a la
que lleva el despilfarro de las riquezas de una nación por los
de arriba.
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Concluí tristemente que la libertad del ciudadano dentro de


una democracia o la esclavitud en una tiranía consiste en una
terrible y despiadada lucha para llegar a la cima del poder,
desde donde se corrompe y mata de hambre o a palazos a los
de abajo por conservar su eterna vigencia, y gozar de mejores
beneficios con que ambas vienen envueltas.
El poder sin cortapisas y desmedido, sin breteles que lo
contengan, venga del látigo o de las urnas, siempre,
indefectiblemente e inevitablemente se corrompe con el paso
del tiempo.
La corrupción de los gobernantes es la sarna de la democracia,
que deja ver la piel putrefacta y roja de los funcionarios.
La democracia es un engendro monstruoso de infinitos brazos
que roban, matan y destruyen, y que se agiganta día a día
oculto tras la corrupción y el robo indiscriminado de los bienes
del estado sometiendo al pueblo a la miseria y al hambre.
La corrupción en los gobiernos es inevitable y nunca se la
podrá eliminar totalmente, a no ser que se eliminen los
gobiernos.
Visto que para que la democracia sobreviva debe existir la
corrupción, siendo ambas hermanas siamesas imposible de
separar, la solución para la putrefacción en los gobiernos
consiste en el pragmatismo de "reducirla a sus justas
proporciones". Alimentar una enflaqueciendo la otra, por
períodos cambiantes, sin dejar morir a ninguna, para que
ambas, deformes y repulsivas, puedan vivir y sostenerse.
Todos los países del orbe están condenados a convivir con la
corrupción; es parte de la naturaleza humana, del ser que se
tuerce hacia lo que beneficia solo a pocos aun sabiendo y
conscientes que causan la miseria de otros muchos.
Nuestra desgracia consiste en que el engaño y la mentira de
los gobiernos, la avaricia de las industrias y de los comercios,
son nuestro sistema de vida y pensamiento.
Donde haya riqueza, habrá corrupción, y para reducirla a su
mínima expresión no nos queda otro camino que convivir con
ella, pues es la sangre y la vida de toda democracia o tiranía.
Hija, bien sé que no entiendes estas divagaciones en que a
veces me pierdo, y cuando seas mayor, verás con propios ojos
lo maligno y cruel, y sobretodo falso y mentiroso que es el
hombre democrático. Ya tendrás edad para comprender las
falacias de los gobiernos democráticos o tiranos…
16 El Viaje Extraordinario

Con el oro y las piedras preciosas que nos remitiera el rey


Zulú, mi padre incrementó las mercaderías de nuestro
negocio, fabricando anillos, esclavas, medallas, aros colgantes,
pulseras y dijes a los cuales engarzaba un pequeño diamante o
un rubí trabajado y reducido, ya que también conocía como la
palma de su mano los secretos de la joyería y la ciencia para
cortarlos y darles la forma adecuada.
Dimos a la reducida cabeza cristiana sepultura en el patio de
nuestra casa, desechando la buena suerte que pudiera traernos
colgada detrás de la puerta, pues ya la teníamos en mucha
cantidad gracias a una herradura de siete agujeros clavada en
su anverso, igual o más efectiva que la simpatía o creencia de
aquéllos bárbaros ignorantes. Yo me apropié del cuero de
víbora que extendí como un tapiz o alfombra en el piso de mi
cuarto, y con las exóticas plumas y los escudos, máscaras,
lanzas, arcos y flechas de aquél país, mis hermanas adornaron
sus habitaciones en procura de darles un aspecto de mocambo o
choza africana. Así como mis hermanos gustaban componer
relojes pequeños en el taller del negocio, mi padre gustaba
reparar los de gran porte antes que los minúsculos de pulsera,
por no sentarse a una mesa de conciertos ni soportar la
incandescente luz cerca de su rostro, teniendo predilección por
los relojes de iglesias cuyo largo y ancho generalmente
componían un metro cuadrado de maquinaria, y tanta buena
fama y confianza ganó en sus conciertos que constantemente
pueblos cercanos al nuestro solicitaban sus servicios, a donde
concurría gustoso llevándome de compañero a fin de que le
acercara las herramientas y le ayudase a limpiar las piezas que
desarmaba, para luego armar la máquina pacientemente ya
engrasada y aceitada en sus partes necesarias.
Con lijas y esponjas de acero mojadas en querosén dejaba yo
las ruedas brillosas y relucientes, mientras mi padre cambiaba
bujes gastados, fabricaba pivotes o engrasaba engranajes.
Ayudábale también bajándome a la calle, veinte metros abajo
del reloj, desde donde, le avisaba a los gritos si las agujas
estaban en perfecto ángulo recto cuando pasaran por las tres
en punto, o verticales siendo las seis exactas.
Vine así a comprender, viendo la meticulosidad y honestidad
de mi padre, y de tantos requerimientos de su presencia en
pueblos vecinos, que en la vida del hombre, la buena fama
constituye un segundo patrimonio que supera a todas las
riquezas que pueda alcanzar.
El Viaje Extraordinario 17

Cuando en las alturas de los campanarios hacíamos nuestro


trabajo, por entretenerme, mi padre me contaba que cuando
era un niño de ocho años, huyendo de la primera guerra
mundial con el abuelo Carrillón, mientras reabastecían en
Londres el barco de la Cruz Roja en que viajaban, fueron a
conocer el famoso reloj Big Ben londinense, el cual tenía la
maquinaria más grande que viera en su vida, levantado en el
anterior siglo por sir Benjamín Hall, el corpulento comisario de
obras de la ciudad, con su gran campana de trece toneladas y
media colgada de su torre situada en el extremo oriental del
edificio del Parlamento británico, la que sonara por primera
vez en 1858.
Debe su nombre, no a quien instalara el reloj y dirigiera la
obra, sino a un obrero llamado Ben que era de muy baja
estatura, casi un enano, pero con tanta fuerza y musculatura,
que su único trabajo consistía en subir una por una las piezas a
lo alto de la torre, mas de quinientas y una más pesada que
otra, ya que una sola tuerca tiene el tamaño de un plato de
sopa, ascendiendo una escalera en caracol de infinitos
escalones, a quien al verlo trabajar denodadamente, la gente
que pasaba por la vereda lo llamaba jocosamente “Big-Ben”
(Grande Ben), dándole ánimos en su acarreo.
Tanto se burlaba la gente de su enanismo con las bromas
cotidianas que le hacían, que el reloj más grande del mundo de
aquélla época fue bautizado con su nombre y no con la de su
jefe, el ingeniero Hall que lo armó.
Es algo similar a lo que ocurrió con el continente americano
que debe su denominación al adelantado Américo Vespucio y
no a su descubridor Cristóbal Colón.
Américo, años después de Colón, llegando hasta el estrecho de
Magallanes, comprobó que no eran las tierras descubiertas una
prolongación del continente asiático, sino un nuevo continente
que fue bautizado América en su honor, robando la gloria de
quien primero pusiese sus pies en éstos suelos.
Justo reconocimiento al descubridor le hace el país de
Colombia.
No pasaba semana alguna sin que mi padre recibiese una carta
o telegrama de tal o cual pueblo, obispado o comarca vecina,
solicitando sus servicios de relojero, a los cuales concurría sin
muchos remilgos ni reticencias, llevándome en todas sus
salidas desde que yo contaba con ocho años de edad, siempre
en épocas de vacaciones escolares, para que cumpliese las
18 El Viaje Extraordinario

mismas funciones que el enano Big Ben, subiendo a las más


altas torres de campanarios o edificios municipales a limpiar
con bencina o kerosén y un cepillo de acero infinitas piezas
que mi padre me iba dando, o alcanzarle las herramientas que
necesitase, o sostener tuercas y tornillos cuando ensamblaba
nuevamente la maquinaria.
A veces íbamos a pueblos cercanos montados a caballo, y otras
a comarcas distantes en el viejo tren de vapor que dos veces
por semana partía de Worldform hacia el reino de
Grandilasalta, llamado “El Cómodo” por la gente ociosa y
burladora, ya que sus asientos de madera, similares a un
guardaganado, eran tan incómodos y duros que después de un
corto trayecto al viajero le era imposible ponerse erguido del
dolor de espaldas que causaban.
En Worldform solíamos reconocer a un turista que hubiera
arribado en tren, al verlo en sus primeros días encorvado y
dolorido recorrer nuestras plazas o mirando vidrieras, con las
marcas de las maderas del asiento en que vino en sus espaldas
y pantalones.
Uno se bajaba de esos trenes arcaicos con terribles
entumecimientos de huesos y las ropas hecha una piltrafa.
Estos viajes de mi padre al interior del reino estaban
autorizados por nuestro Rey Tinacrio el Sabio del cual
dependía como súbdito, y siempre bajo su conocimiento y
permiso, ya que la mayoría de las veces quedábamos dos o
tres días en un pueblo ocupados en reparar el reloj de una
iglesia, y luego uno más para regular el sonido de sus
campanas desde los cuatro puntos cardinales, además de
corregir el atraso o adelanto diario de su funcionamiento.
Cuando teníamos la certeza de que funcionaba perfectamente,
que daba exactas las veinticuatro horas del día en su marcha,
ni tenía opacos sonidos de campanas, dando sus toques
exactamente en el momento justo en que la aguja minutera
pasaba por la hora doce, o por las seis de la media hora,
regresábamos ufanos de nuestra misión cumplida a nuestro
amado condado de Worldform.
El buen operario comprometido con su trabajo, siempre
procura hacerlo bien, no por la paga, sino por la satisfacción
que encuentra en la inteligencia de su labor manual, tratando
con afecto genuino sus materiales y herramientas, lo que lo
convierte en un artista antes que en un simple obrero.
El Viaje Extraordinario 19

Cierta vez recibimos una carta del obispo de una ciudad muy
lejana llamada Sainttom, allá en las campiñas correntinas,
distante a más de ciento veinte leguas de Worldform, allende
las selvas y bosques chaqueños, en la que solicitaba a mi padre
su traslado a ésa para componer el reloj de su parroquia, que
permanecía detenido y silencioso hacía ya más de veinte años.
Aclaraba el obispo Santiago que sabiendo que no podía mi
padre darle un presupuesto certero sin ver el reloj y su falla,
obviaba esa circunstancia diciendo que se abonaría su
compostura con unos ahorros que todo el pueblo estaba
realizando, y que si no alcanzase, nos remitiría por carta a
Worldform la suma que quedara en deuda, no bien entrasen
nuevas donaciones y diezmos en las siguientes misas de su
iglesia. Otra similar envió al rey Tinacrio el Sabio, a fin de que
cediera a mi padre por unos días para la tal empresa,
diciéndole que aunque había uno o dos relojeros en el pueblo,
ninguno quería tomar el trabajo con la excusa de que sobre el
reloj pesaba una extraña maldición de un muerto, la cual no
quería explicar por ser muy tonta e infantil y que sucediera
veinte años atrás, pero aún vigente, y que causaba mucho
miedo entre la gente ignorante. Le explicaba además que el
pueblo correntino, y aún más los sainttomeños, eran muy
dados a creer en supersticiones, leyendas y tradiciones, lo que
los hacía fácil caer en pecados de idolatría y por consecuencia
perder la salvación que solo viene del Señor Jesús.
Que a ellos les bastaba tener un gaucho milagroso, o un
cantante de cumbias muerto en un accidente, o una medallita
traída de Tierra Santa, para adorar y venerar a los tales como si
fuese a Dios mismo. Que bueno sería que compusiese el reloj
alguien que al ser forastero no le diera importancia a tamañas
tonterías de maldiciones y creencias, sin catar las fábulas que
pudieran venir a sus oídos para impedir su trabajo, lo que le
daría la firmeza para completarlo sin miedo a las desgracias y
castigos que decían los supersticiosos se cernían sobre el que
tratase de componerlo, siguiendo aquélla creencia que dice
que malo es creer en todo, pero más lo es no creer en nada.
Díjole que hacía muchos años atrás, un relojero que lo
reparaba y daba cuerda, falto de juicio por la muerte de un ser
querido, lo llevó a cometer el gravísimo pecado de suicidarse
allá en lo alto del campanario, y desde aquél nefasto día,
veinte años atrás, el reloj estaba quieto sin que hubiera otro
profesional que se atreviese acercarse a su maquinaria.
20 El Viaje Extraordinario

Dispuso el rey Tinacrio, por ser buen católico, cumplir con los
deseos del obispo sainttomeño, y aparejó una diligencia de su
uso particular con cuatro caballos y un auriga para nuestro
inmediato traslado a tan lejanas tierras, y él mismo redactó la
carta de contestación que dio a mi padre en un sobre con su
Real Sello estampado en lacre sobre su anverso.
En el baúl del vehículo mi padre introdujo en perfecto orden
sus herramientas: potes con grasas y vaselinas, aceiteras,
estopas, un bidón de bencina, infinidad de tuercas y tornillos,
llaves y destornilladores, martillos, su máquina a gas para
soldar piezas rotas y su infaltable lupa de mango, muy similar
a las que usan los detectives privados para seguir los rastros
de un asesino. Sobre el techo, pusimos los bolsos y valijas con
nuestras mudas de ropas, que en la travesía tomaron tanto
polvo y tierra del camino, que por poco se arruinan, lo que
demuestra cabalmente cuánto cuidaba mi padre sus
herramientas de trabajo, que fueron cómodas y protegidas
durante el trayecto ocupando en el baúl cerrado el lugar
seguro donde deberían ir las valijas.
Partimos pues de Worldform una mañana muy temprano, y
casi al mediodía llegamos al Río Colorado, que separa nuestro
reino del imperio chaqueño, y después de cuarenta leguas
recorridas arribamos por la noche, cruzando el gran río Paraná
en balsa, a la hermosa ciudad de las Siete Corrientes, para
pernoctar en la Catedral de la Merced, cuyo obispo ya estaba
anoticiado de nuestra eminente llegada para brindarnos
alojamiento y comida por una noche a pedido de su par de
Sainttom. De ahí enfilamos a la mañana siguiente por
polvorientos caminos de tierra hasta llegar a la ciudad santa de
Itatí, donde hicimos una breve descanso a fin de admirar la
arquitectura de su basílica, donde sus devotos se arrastran en
cuclillas en sus escaleras de entrada para agradecer o pedir sus
favores. Después de un breve almuerzo, continuamos nuestro
viaje. Por la tarde, muriendo ya el sol, llegamos a las hermosas
campiñas de Virasoro, donde pernoctamos para salir a la
mañana siguiente hacia Sainttom que no quedaba ya a más de
diez y seis leguas de distancia, las cuales con los caballos
descansados y bien comidos, las cubrimos antes de que el sol
llegara a su cenit.

*************
El Viaje Extraordinario 21

CAPITULO II

Llegamos pues a Sainttom antes del mediodía y nos alojamos


en las confortables instalaciones del Seminario de Sacerdotes a
dos cuadras de la catedral, donde pusieron a nuestra
disposición un cuarto de huéspedes con bastante lujo para mi
padre y yo, y otro humilde en los fondos cercanos a la
caballeriza para el conductor, contiguo a donde se
resguardaron bajo techo la diligencia y los caballos que nos
trajeron. A la tarde, después del almuerzo y un reparador
descanso en la siesta, fuimos hasta la catedral donde en su
Secretaría nos esperaba el obispo, ante quien hincamos rodillas
y besamos sus manos santas mientras nos bendecía, en las que
después mi padre puso la carta enviada por el Rey Tinacrio, y
sentándonos todos alrededor de su escritorio, la leyó
detenidamente, para luego decirnos que el reloj de su iglesia
hacía más de veinte años no funcionaba por faltarle una pieza
que un relojero local llamado Brisis había llevado a su casa
para repararla, al parecer sin lograrlo o por lo menos no
devolverla nunca, por fallecer violentamente y en pecado por
ésos días, Dios lo perdone.
-El pobre hombre se suicidó –nos dijo- ahorcándose con
los cables de las pesas en lo alto del campanario, donde estaba
solo y sin control alguno, sin la presencia de un sacerdote para
bien aconsejarle y ayudarlo en el trance angustioso por el que
pasaba, dolido y abatido por la muerte de su amada esposa
ocurrida un mes antes. Hace de esto más de veinte años, sin
que nunca apareciese la pieza en cuestión, y que es el tiempo
en que el reloj está detenido y estático. De su muerte violenta y
horrible nació en el vulgo la creencia de que su espíritu mora
allá en lo alto, asustando a quienes se atreven a subir hasta el
campanario, entretenido en arreglar el reloj por su propia
cuenta, sin dejar que otro profesional lo toque ni se acerque. Al
parecer, no se da cuenta que está muerto, y su espíritu se afana
en terminar su trabajo, por ver si Dios le perdona el gravísimo
pecado de quitarse la vida, siendo que no le pertenecía.
22 El Viaje Extraordinario

Aunque otros relojeros subieron a la torre, no pudieron o no


quisieron componerlo excusando que faltaban antiguas partes
en la maquinaria que eran imposibles de conseguir en la
actualidad, o hacerlas sin tener una muestra de ellas, y que al
encontrarse totalmente desarmado y dispersos sus
componentes, sin saber en qué lugar iba cada uno de ellos, no
podían volver a armarlo. Y principalmente alegaron todos que
allá en lo alto vagaba el fantasma del relojero suicida que les
impedía hacer su tarea arrojándoles herramientas y pesadas
piezas por sus cabezas, asustándolos y haciéndolos huir
despavoridos sin que jamás quisieran retornar a continuar el
trabajo. Yo más bien creo que no sabían correctamente la
ciencia y la pericia que tiene Ud., don Buenacuerda, en éstos
relojes de gran porte, según me anoticia el Rey Tinacrio, y más
bien fabularon historias de fantasmas para disimular sus
inoperancias, que para el inútil cualquier excusa justifica su
poca eficiencia. La excusa vana y tonta siempre es la guarida
del inútil. Estos hechos, por supuesto, no son ciertos, ni existe
fantasma alguno. -dijo el obispo- Yo mismo a veces subo hasta
el campanario a admirar los paisajes que brinda Sainttom
desde lo alto y jamás vi ni sentí a fantasma alguno. Es más
bien una psicosis pueblerina a la que son afectos sus
habitantes, creando fantasmas y apariciones de muertos por
cualquier llamita, suspiro o viento frío que les pase cerca. Es
más, en cada fiesta de Nuestra Señora, los sacerdotes jóvenes
suben a lo alto del campanario a adornarlo con flores,
banderas y globos, y a encender bombas y fuegos artificiales al
salir la procesión, y jamás notaron o fueron molestados por
espíritu ni sombra de relojero alguno. Claro, nosotros los
hombres de Dios componemos solamente las almas pecadoras
y descompuestas, que es como decir sucias, y les otorgamos el
perdón que viene del cielo a través de nuestras manos, y
porque nada entendemos de relojes quizá no nos molesta ni se
entrometa con nosotros, como si su intención fuese solamente
impedir su arreglo en manos de quien no sabe el oficio. En fin,
bueno sería que le eche una mirada a la máquina y nos diga lo
que cobrará por su trabajo antes de empezarlo, ya que de no
alcanzar los dineros con que cuenta nuestra tesorería para
pagarle, me comprometo mandar lo faltante por correo a
Worldform en menos de treinta días de terminada la
reparación, si la tiene –dijo el obispo.
El Viaje Extraordinario 23

Díjole mi padre que no se curara de eso, que él amaba tanto los


relojes y que tenía tanto amor y dedicación a su oficio, que con
ello le parecía honrar a Dios mejor que recitando un salmo, y
que bien sabía que al Señor también le gustaban los relojes y
las reparaciones tanto como a él, siendo su guía y escudo para
realizarlas, en las cuales regía sus manos y voluntad en patente
sociedad y compañía.
De manera que no había venido a ganar dineros, sino a
trabajar por la Casa del Señor, y que si no alcanzaba el dinero
existente en las arcas para pagar el costo de su reparación, se
convendría la manera de efectuarlo en cuotas, y que aún si
tuviera que hacerla gratis, por amor a Dios, lo haría sin
problemas.
Nos dio el obispo una enorme llave tan grande y larga como la
de un cofre de pirata, indicándonos una pequeña puertecilla
ubicada en el atrio de la iglesia, recomendándonos cerrarla
siempre echando llave en todo momento, a fin de que los
niños no subieran a lo alto ni los ruidos que produjéramos
molestasen las sagradas misas.
Y con esto nos despidió.
Mi padre y yo entramos a la torre, llaveamos la puerta por
dentro, y comenzamos a subir una estrecha escalera de madera
muy empinada que atravesaba un primer cuarto vacío, para
luego pasar a través de otro segundo también desierto, ambos
con infinitas telarañas en sus esquinas y suciedades de polvos
en sus pisos, cuando de pronto sentimos ruidos extraños como
de pisadas que descendían, y alzando la vista vimos que por
los peldaños superiores rodaba un pesado disco de hierro
grueso y macizo, del tamaño de una sartén, dando saltos y
brincos en dirección a nuestras cabezas.
Pesaría el disco no menos de diez kilos a juzgar por las
profundas marcas que dejaba en los escalones, y para colmo,
detrás del primero venía otro segundo con las mismas
características peligrosas, que bien podría matarnos.
Me protegió mi padre abrazándome contra su pecho y
agachándonos sentimos silbar sobre nosotros las pesadas
ruedas de hierro macizo, de unos cinco centímetros de espesor,
que conocimos ser las pesas que colgadas de un cable de acero,
hacen funcionar a un reloj de iglesia
Luego pasó por los aires un tercer proyectil, abriendo el aire y
silbando con gélidos alientos sobre nuestras personas.
24 El Viaje Extraordinario

Las pesas, en cada impacto que daban en los peldaños o en las


paredes, dejaban una profunda marca como la de un hachazo,
levantando astillas y revoques, hasta ir a estrellarse contra la
puerta cerrada, la que por suerte impidió que salieran rodando
a la calle con gran peligro de lastimar a alguien.
Así pasaron sobre nosotros cinco pesados discos que gracias a
Dios pudimos esquivar, y seguimos ascendiendo a pesar de la
lluvia de hierro que nos caía de lo alto.
Seguimos subiendo apretujados contra la pared.
Luego, de improviso, al llegar a la sala de máquina, cesó todo
ataque contra nosotros, estando el cuarto vacío de persona
alguna que pudiera ser la causante del derrumbe de los discos.
Al subir, no tuvimos otro percance que el relatado, y juzgamos
que las ruedas rodaron de manera fortuita y por sí solas, ya
que al estar acomodadas juntas unas diez de ellas de canto y
no de plano, y al ser de madera la escalera y estar sujeta a los
pisos y techos con gruesos tornillos y tuercas, el movimiento y
las vibraciones que produjeron nuestros pasos en cada
peldaño, hizo quizá que rodaran y cayeran casi sobre nuestras
cabezas desde lo alto.
Pusimos al fin nuestros pies en el cuarto vacío y lo primero
que vimos fueron los cuatro pilares de cemento de no más de
un metro de altura, en los cuales descansaba en tiempos
pasados la maquinaria del reloj de la iglesia Sainttom, ahora
desocupados y vacíos.
Luego vimos algo que nos dejó asombrados y alelados,
especialmente a mi padre que amaba los relojes como si fuesen
sus hijos, y que para él fue seguramente como si le atravesase
una espada en el corazón.
La máquina estaba totalmente desarmada, desguazada,
deshecha y desbaratada, con sus piezas dispersas por doquier,
con las agujas abandonadas en un rincón polvoriento, el
péndulo tirado en una esquina del cuarto, tornillos y tuercas
regaban el piso, y los engranajes abandonados y
desparramados por el aposento, mezclados y entreverados en
latas y cajas a las que cubrían telarañas y tierra de muchos
años.
A un costado, una lata llena de grasa, junto a infinitos trapos y
pinceles, una botella de bencina, y restos de lijas, algunos
viejos destornilladores y pinzas, como si el relojero que
trabajara en su reparación, de pronto y sin causa alguna
hubiera huido sin recoger sus pertenencias.
El Viaje Extraordinario 25

En una esquina, puestas de canto y en declive, estaban cinco


de los pesados discos de hierro restantes que componían las
diez pesas con que el reloj se nutría de cuerda para su
funcionamiento y el sonar de sus campanas, la mitad de las
cuales casi nos matan al rodar escaleras abajo cuando las
subíamos.
Al ver semejante desastre, como es ver un reloj desarmado
desprolijamente, mi padre tuvo un sensible mareo y se apoyó
en una pared para no caer desmayado, y una terrible pena le
hirió el corazón viendo las piezas dispersas y desparramadas
por el suelo, a tal punto que de sus ojos brotaron lágrimas de
desconsuelo y tristeza por aquello que más amaba en la vida.
Pero presto se recuperó y salió de su estupor, como si le
urgiera verlo nuevamente funcionando, e inmediatamente
empezamos a trabajar bajando una a una las piezas al piso
inferior a fin de poder limpiar el cuarto de máquina con
comodidad, para lo cual me ordenó ir a buscar una escoba, un
plumero, un balde de agua, un trapo de piso, detergentes y
desodorantes en la secretaría de la catedral.
Y con éstos elementos, trabajando intensamente más de dos
horas, aseamos el cuarto de máquina dejando sus pisos
brillosos, las paredes impecables y sin vestigios de tierras o
telarañas, que todo buen trabajo en relojería principia por el
aseo y la limpieza donde uno lo realiza, para que den mejores
frutos en comodidad y organización, lo que nos llevó hasta las
últimas horas de la tarde.
Y con esto nos fuimos a cenar con el obispo, sin informarle de
las pesas que rodaron escaleras abajo y que casi nos matan,
asumiendo que fuimos nosotros los culpables al mover o hacer
vibrar las escaleras con nuestros pasos, repercutiendo a los
pisos de arriba por estar éstas sujetas con gruesos tornillos a
ellos, para después pasar la noche en el seminario donde
dormimos hasta casi las ocho de la mañana siguiente.
Luego que nos sirvieran el desayuno, retornamos a la alta torre
de la iglesia de Sainttom, donde ocupamos la mañana en
limpiar con bencina y querosén todas las piezas del reloj,
dejando sus ruedas de bronce tan brillosas y relucientes como
un sol, friccionándolas con una lija fina y una esponja de acero
suave, hecho lo cual las fuimos subiendo una por una al cuarto
de máquina.
26 El Viaje Extraordinario

De la misma manera dejamos impecables el áncora y el


péndulo, que son las piezas más importantes de un reloj de
iglesia y por tanto no debe haber una mácula sobre ellos.
Acomodamos en una esquina y de plano las diez pesas de
hierro bien limpias y sin vestigios de herrumbre, una sobre
otra como si fuesen monedas, a fin de quitar el peligro de que
volvieran a rodar escaleras abajo como el día anterior.
Siendo mi padre un profesional muy ordenado y meticuloso
como todos aquéllos que aman su oficio, y siendo el orden
estricto lo primario para toda labor, para que lo que bien
comienza bien termine, dispusimos en perfecto orden todas las
piezas en una línea al borde de la pared, empezando por las
más pequeñas y terminando con las más grandes, de manera
que al armar la máquina, estas últimas estuviesen primeras y a
mano, ya que en esa disposición ingresan en el armado de un
reloj. Quiero decir que dispusimos las más grandes al alcance
de la mano, y las más pequeñas por último.
De la misma manera procedimos con los tornillos, tuercas y
arandelas, colocándolos en una hilera sobre un trozo de cartón
que los resaltaba, como también dispusimos las herramientas
en una perfecta línea sobre el suelo, las pinzas de punta, las de
puntas planas, destornilladores, llaves graduables, martillos
pequeños, el yunque para moldear piezas, o remachar, aceites,
grasas y la infaltable lupa de mango que ocupaba mi padre en
sus tareas. Todo así dispuesto, mi padre se metió de lleno al
armado de la enorme maquinaria sobre los cuatro pilares de
cemento vacíos y los que lo sostendrían finalizado el trabajo.
Un reloj de iglesia tiene comúnmente cinco ruedas que en su
armado van de mayor a menor, y la primera que debe ser
colocada, y la más grande, es la llamada rueda tambor, o de
cuerda, que es sobre la cual se envuelve el cable de las pesas,
las que al descender por gravedad la hacen girar impulsando a
la siguiente rueda y ésta a su vecina, para finalmente hacer que
rueden todas, dándoles el movimiento y la fuerza impulsora
que necesita el reloj para funcionar.
En los relojes despertadores y de pulsera, y los de péndulo de
pared, las ruedas giran gracias al impulso que le da la cuerda o
muelle de acero que se halla oculta en el interior de esta rueda
grande, llamada precisamente tambor por tener la forma de
ése instrumento musical, que al darle el suficiente espacio para
extenderse, se despliega lentamente, y al estar unida a un eje
central fijo, hace que gire sobre sí misma impulsando a las
El Viaje Extraordinario 27

siguientes a hacer lo mismo, hasta que en veinticuatro horas


queda descargada, expandida y sin fuerza de giro alguna, y
entonces el reloj se detiene en su marcha.
En los relojes de iglesia, en cambio, el cable de acero al que van
unidas las pesas, al izarlas o levantarlas con una llave palanca,
se enrolla por afuera de la rueda tambor, subiéndolas a una
gran altura, y al descender lentamente por gravedad, pone en
marcha a la maquinaria, la que puede funcionar por ocho,
quince o treinta días continuos, según la altura de la torre y
largura de los cables.
Pasado muchos años sobre mis espaldas, pude ver que en
algunas iglesias, siendo muy trabajoso y tedioso el dar cuerda
para subir las pesas, lo que lleva casi una hora de esfuerzos y
sudores, los ingenieros le adosaron un pequeño motor
eléctrico que hace dicho trabajo fácilmente, y con solo apretar
un botón en la sacristía las pesas suben automáticamente en
cinco o diez minutos hasta lo alto del campanario.
Pero en la época de mi niñez no existían aún éstas
comodidades.
Puso mi padre la enorme rueda tambor en sus dos bujes de
bronce previamente engrasados donde descansaba
perfectamente horizontalmente, sujeta entre dos cojinetes
apretados fuertemente con dos gruesos tornillos cada uno, ya
que al ser la rueda más pesada de la maquinaria y la que
soporta el arrastre de las pesas, es necesario que esté bien
sujeta y firme para evitar que salte o escape de su prisión al
tirar el cable que las levanta a las alturas, o sea al enrollarlas
sobre su fuerte eje. Luego, colocamos las restantes ruedas entre
las dos platinas o tapas que las sujetan firmemente dentro de
bujes de bronce, en los cuales giran sus pivotes o ejes
perfectamente engrasados, a saber: la rueda tambor donde se
enrolla el cable de acero que pone en movimiento toda la
maquinaria, la rueda central u horaria que es la que lleva las
agujas, la grand moyen o rueda reductora, la rueda segundera o
petit moyem, y por último la rueda de escape.
En total, cinco ruedas contando la del tambor de cuerda, cuyos
tamaños van de mayor a menor, siendo la última la más
pequeña, llamada de escape porque está en contacto directo
con el áncora que en su movimiento de vaivén deja escapar un
diente de dicha rueda por segundo, produciendo el conocido
tic-tac que tanto nos atrapa al escucharlo.
28 El Viaje Extraordinario

Todo esto, ruedas y áncora, ensambló mi padre en sus


respectivos bujes engrasados con gran prolijidad y esmero,
completando lo que se llama el sistema horario de un reloj de
iglesia.
También armamos las piezas de la parte del sistema de sonería,
que son varias ruedas que trabajan independientes del sistema
horario, las que movidas por otra rueda tambor y otro cable de
acero y pesas autónomas, cada vez que las agujas del reloj
marcan la hora y la media hora, una traba se libera para que
las ruedas entren en movimiento y jalen una fina cadena que
hace repicar las campanas en lo alto de la torre, un piso más
arriba, llamado campanario con toda justicia.
Los dos sistemas ocupan media máquina cada uno, sin que se
molesten ni entremezclen sus funciones específicas.
Las ruedas del sistema de sonería culminan con un pequeño
brazo que se encoge o retracta tirando de una fina cadena
unida al badajo de las campanas, y luego lo suelta
violentamente, lo que hace que el martillo de pesado acero
caiga con fuerza haciéndolas sonar estridentemente en lo más
alto de la torre.
Algunos relojes de iglesias tienen hasta cuatro brazos distintos
que tiran cada uno su correspondiente cadena para dar aviso
del tiempo cada quince minutos, más las exactas de cada hora,
y para que sean notorios sus repiques y la gente que los oye
sepa diferenciarlos en cada posición, cada cadena hace sonar
una campana de diferente tamaño y sonido.
Los repiques de cada hora generalmente son graves y
cavernosos, y los de cuarto, media hora y menos cuarto
agudos y estridentes, y constan solo de uno o dos repiques
para anunciarlos, para que no sean confundidos con la hora.
Desgraciadamente, días después comprobamos que el reloj de
Sainttom, contando con brazos y engranajes para sonar cada
hora y cada media hora, aunque tenía tres campanas colgadas,
solamente una permanecía sana y en condiciones de sonar,
pues las dos restantes estaban rajadas de punta a punta y no
emitían sonido alguno.
Una vez que terminamos el armado de todas las ruedas del
sistema horario y de sonería, decidimos ir a descansar sin más
trámites, pues tan ensimismados realizamos todos éstos
trabajos, que olvidamos de ir a almorzar en el convento, ni
dormir la siesta, y ya bien entrada la tarde, casi oscureciendo,
dejamos la conclusión de nuestra tarea para el día siguiente.
El Viaje Extraordinario 29

En el convento y seminario cenamos, y como sobremesa


conversamos largamente con los novicios sobre temas
religiosos de los cuales mucho sabía mi padre, aunque por ser
judío no era creyente en Jesús, ni en vírgenes ni en trinidades,
sino en el glorioso Javeh de los Ejércitos, y aún esperaba al
Mesías prometido cuatro mil años antes a sus antepasados,
que libraría a su pueblo de la esclavitud.
Y a decir verdad, poco pudimos entendernos pues mi padre y
yo solo conocíamos el Antiguo Testamento, o las Escrituras, y
desconocíamos por completo los Evangelios y de la llegada de
Jesús, lo que hizo que la plática terminara sin ponernos de
acuerdo y nos fuésemos todos a dormir.
Solo debo decir que mi padre se sentía incómodo al estar
rodeado de imágenes de vírgenes y santos en todas las paredes
del convento, que le causaban gran repulsión, aparte de
cientos de velas encendidas en cada rincón, a cada santo y en
cada cuarto, pasillo o galería por los que pasábamos.
Sabiamente las ignoraba obedeciendo a Dios, que prohíbe
todas éstas cosas, el culto a las imágenes, pero sin mostrar
desprecio alguno por los elementos de culto de los
seminaristas católicos, ni por sus tradiciones, por no ofender
sus creencias.
Fue pues que al día siguiente reanudamos nuestra tarea, y
llegando al cuarto del reloj, vimos con asombro que alguien
había andado por allí, aunque sin dejar pisadas ni
desparramar piezas o herramientas, pues en una de las
paredes estaban escritas las palabras “paleta” y “descanso” con
la grasa que trajimos en un pote, y como solamente nosotros
teníamos la única llave del campanario, colegimos que
efectivamente moraba en la torre algún fantasma que viendo
lo meticuloso y ordenado de mi padre en su compostura, al
parecer quería ayudarnos para que el reloj volviera a
funcionar, indicándonos lo que debíamos hacer y cómo,
aparentemente para lograr su eterno descanso en el otro
mundo.
Eso inferimos de las palabras “paleta” y “descanso” escritas en
las paredes, pero nos equivocamos en una y acertamos en otra.
No entendimos muy bien el significado del mensaje.
¿Paleta?
Bien debía ser una pieza del reloj.
Y “descanso” se refería seguramente al ir el fantasma a gozar
por fin de la presencia de Dios en el cielo.
30 El Viaje Extraordinario

Bajamos nuevamente para hablar con el obispo y le


anoticiamos de las extrañas palabras escritas, y de las
anteriores rodadas de las pesas escaleras abajo, y el prelado
nos relató lo siguiente:
-Sin duda es el espíritu de don Brissis, el relojero que
intentó arreglar hace muchos años el reloj y que su terrible
decisión de suicidarse dejó trunca, que no abandona la torre
por más rezos, novenas y exorcismos que hagamos a su favor.
No es la primera vez que suceden estos mensajes. Cierta vez
dejó entender escribiendo con una tiza que no subiría al cielo
hasta que el reloj volviera a funcionar, pues era una tarea que
Dios le encomendara y que no cumpliera por optar el suicidio
antes que el trabajo, lo cual lo convirtió en un fantasma
solitario que nunca ascendía a las esferas superiores. Tenía que
terminar su misión en la tierra antes de ascender al cielo, cuyas
puertas estaban cerradas para él por haberse quitado la vida,
violando lo que establece la Biblia, que la misma pertenece a
Dios y no a nosotros. Aunque trajimos dos relojeros que poco
sabían sobre el tema, de estos llamados chapuceros que a su
vez arreglan cocinas, heladeras o ventiladores, ninguno pudo
trabajar libremente en el cuarto del fantasma, quien por alguna
razón les arrojaba violentamente las piezas de hierro en sus
espaldas. Este pobre hombre, el ahora fantasma, en los días
que estaba arreglando el reloj, tuvo la desgracia que falleciera
su amada esposa por culpa de una enfermera que le aplicó una
inyección contra la gripe con una aguja mal desinfectada, y
que le produjo un terrible tétano que en menos de una semana
la matara. Imaginad, la impericia de la enfermera lo dejó sin su
amada esposa, lo que trastornó su cerebro y destrozó su
corazón. Muy dolido de su muerte, constantemente se culpaba
de la misma por haber estado en la torre el día en que la
descuidada enfermera hiciera incorrectamente su trabajo, y
desanimado por la soledad y la pena, sin importarle más su
oficio ni de su joven hijo estudiante de medicina, el pobre se
suicidó días después ahorcándose con los cables de las pesas.
Los relojeros que luego trajimos, al subir al cuarto de máquina,
huyeron despavoridos el primer día en que empezaron su
trabajo, asustados de las cosas misteriosas que les sucedían. A
veces, las herramientas flotaban por el aire, y otras sentían la
presencia de una persona que les respiraba con alientos
helados cerca de los oídos. A uno de ellos se le enredó
misteriosamente el cable de acero en el cuello y casi sigue el
El Viaje Extraordinario 31

mismo camino que su colega muerto. Otro se salvó de milagro


al ser arrastrado violentamente hasta los balcones del
campanario a quince metros del suelo, desde donde el
fantasma quería arrojarlo al vacío. Se agarró firmemente de las
barandas de hierro hasta que pasara la furia del fantasma, y
vinieran los bomberos a descolgarlo del balcón al que se había
prendido con uñas y dientes, salvando así su vida. Huyó
despavorido dejando todas sus herramientas. Todos ellos,
antes de huir, nos dieron la novedad que faltaban piezas que
ya no se fabricaban ni conseguían, y que el espíritu del suicida
les molestaba tratando de impedir la reparación o hacerles
conocer algo que le preocupaba mucho, tirando al suelo o
mezclando las piezas desarmadas, o arrojando los discos de las
pesas por la escalera.-
-Eso es lo que nos aconteció el primer día que subimos a
la torre- dijo mi padre- Pero ahora trata de decirnos algo.
Busca, si no me equivoco, descansar en paz. Al parecer quiere
ayudarnos en la reparación, pues ya no nos arroja elementos,
sino que escribe en las paredes lo que debemos hacer.
Indudablemente “paleta” debe referirse a una pieza del reloj, y
“descanso” seguramente se refiere a lo que anhela su alma. Y
creo que hizo huir a los otros relojeros por ver que eran
desprolijos e inoperantes, lo cual también quizá pensó de
nosotros en un primer momento al llegar, pero al vernos
trabajar tan meticulosamente y correctamente, y ver las
lágrimas que derramé ante tamaño desastre hecho por otros
colegas, cambió de opinión, y ahora trata de ayudarnos para
que terminemos la labor que él empezara veinte años atrás. -
-Así debe ser sin duda alguna- dijo el obispo Santiago.
Al siguiente día, fuimos nuevamente a la torre, y con gran
sorpresa, vimos que a las dos palabras escritas anteriormente,
le había agregado otras dos: “hijo ingrato”.
Cualquiera huiría rápidamente de aquél tétrico cuarto
asombrado, pero no mi padre que se dispuso a continuar su
amada labor aunque espíritus inquietos tratasen de impedirlo
o viniese a molestar el mismo diablo que tentara al Señor en el
desierto.
Sin embargo, no comprendimos el mensaje en lo referente a la
ingratitud de un hijo, ya que éramos forasteros en la ciudad y
no conocíamos a nadie de sus pobladores ni a sus familias.
32 El Viaje Extraordinario

Nunca tuvimos trato alguno con nadie fuera de los sacerdotes


de la iglesia o los seminaristas donde nos alojábamos, ya que
mi padre se limitaba a su oficio en la torre y luego a descansar
en nuestro cuarto, sin que saliésemos a pasear o conocer el
pueblo.
Luego inquiriríamos al obispo de éstos pormenores.
Y lo primero que hicimos aquélla mañana, fue conectar el
cable de acero de unos doce metros de largo a la rueda tambor
del sistema horario, dejándolo colgar extendido hasta el suelo
del primer cuarto, a través de agujeros que atravesaban los dos
pisos primeros por donde ascendía o descendía junto con las
pesas cuando el reloj en otras lejanas épocas funcionaba.
Al final del cable, remataba una base o asiento redondo similar
a un plato playo para sostener a las pesas una sobre otra.
Después hicimos el mismo trabajo con el cable del sistema de
sonería, de igual largor, dejándolo colgado y tocando su base
en el remoto suelo, pasando a través de otros agujeros
practicados en los pisos de los dos cuartos inferiores, por los
cuales subirían cuando lo enrollásemos dándole cuerda a la
maquinaria, y bajarían lentamente por gravedad cuando el
reloj funcionase, si tuviésemos éxito en su compostura.
Por último, insertamos en sus bujes engrasados al áncora, (una
pieza con forma de ancla invertido que deja escapar un diente
de la última rueda del reloj por cada segundo, produciendo el
tic en su escape derecho y el tac en su izquierdo),
conjuntamente con el péndulo que se mueve constantemente
de un lado a otro mientras el reloj tenga la fuerza impulsora
provocada por las pesas levantadas.
Este péndulo es una larga varilla de madera en cuyo final
pende un pesado disco de acero que al subirlo o bajarlo
escasos milímetros con una tuerca, gradúa la salida de los
dientes de la última rueda, la de escape, con lo cual el relojero
tasa y regula el atraso o el adelanto del reloj.
Cuanto más se baje el disco del péndulo, de hecho su recorrido
se alarga y el reloj atrasa la rotación de sus ruedas, ya que la
pieza tarda más en ir y venir, y adelanta ostensiblemente
cuando se lo sube unos centímetros, pues su traslación se hace
más corta y por ende más rápida.
Con estas simples graduaciones en el péndulo, el buen relojero
busca la posición exacta para que el reloj no tenga atrasos ni
adelantos en su marcha.
El Viaje Extraordinario 33

Cuando Galileo tenía 17 años entró en la catedral de Pisa por


vez primera, y observó que las lámparas pendientes del techo
por las largas cadenas tenían un movimiento de oscilación casi
imperceptible.
Y se preguntó de repente, si ese movimiento bien fuera corto o
largo, no se efectuaría en el mismo tiempo.
Probó esta hipótesis, contando los latidos de su pulso, pues
este era el único reloj que llevaba consigo.
El recorrido a la derecha o a la izquierda era siempre igual.
El reloj de péndulo de precisión, fue uno de los resultados del
descubrimiento de Galileo. Con el simple hecho de alargar el
péndulo el reloj se retrasa, y adelanta si se lo acorta, logrando
así la precisión correcta. No se puede resolver un problema si
no se sabe siquiera si ese problema existe. Los jóvenes deben
interrogar e inquirir todas las leyes de la física para aplicarlas
en el progreso de sus conocimientos.
Descendimos después varias veces hasta el suelo, llevando una
a una las pesadas pesas, diez en total, que asentamos en los
platos del final de los dos cables, seis de ellas en el
correspondiente al sistema horario por necesitar de mayor
peso para mover sus ruedas, que ya dijimos que eran cinco,
además de impulsar al péndulo de un lado a otro y rotar las
pesadas agujas de los cuadrantes; y cuatro pesas en el sistema
de sonería que solo cuenta con tres ruedas por girar y jalan las
cadenas de las campanas sin mucho esfuerzo, trabajando
solamente cada media hora, luego de lo cual quedan estáticas
y sin movimiento alguno. Los cables quedaron tensos y
tirantes, esperando ser enrollados en el tambor de cuerda para
empezar su vital trabajo de descender lentamente poniendo en
funcionamiento los engranajes de la maquinaria.
Subimos al cuarto de máquina y mi padre tornó a observar
detenidamente todos los componentes del reloj, pieza por
pieza, asegurándose de que estuviesen correctamente en sus
lugares y bien afirmados los tornillos y tuercas que los
sujetaban. No encontrando ninguna error ni equivocación,
comenzó a dar cuerda con una enorme palanca o manija
similar a las que hacen arrancar los autos, y a cada vuelta de
ella se dejaba oír el ruido de un crique que impedía su
retroceso, y las pesas del sistema horario fueron subiendo
lentamente hasta llegar a la cúspide, casi a nuestros pies, en el
piso donde estábamos, pasando a través de los agujeros por
los que atravesaba cada cuarto inferior.
34 El Viaje Extraordinario

Aunque en éste trabajo no podía ayudar a mi padre por no


tener la fuerza necesaria, mientras lo miraba veníame ganas de
filosofar y me dije entre mí:
“Estas pesas son como la soberbia en el hombre, que cuanto
más alto sube, de más alto cae cuando se aprende que la
humildad, aunque ande por el suelo, agrada más a Dios y da
mejores beneficios”
Las pesas que alimentaban al reloj de cuerda llegaron a la
cima, después de subir un recorrido de doce metros de altura.
Estaba pues el reloj ya con cuerda o fuerza impulsora, con el
cable enrollado y tirante sobre la rueda tambor, y conteniendo
el aliento, mi padre empujó suavemente el péndulo hacia un
costado, e inmediatamente éste se puso a trabajar yendo de un
lado a otro, produciendo un nítido tic-tac dentro de la
habitación que nos llenó de alegría el alma.
¡Albricias!
¡El reloj ya estaba funcionando en su parte horaria!
En veinticuatro horas más, andando sin descanso, sabríamos
cuántos minutos atrasaba o adelantaba por día, y corregir la
falla si la tuviera con solo regular la tuerca de su péndulo,
subiendo o bajándolo unos centímetros hasta lograr la
exactitud deseada.
Lo principal del reloj ya estaba logrado: sus ruedas giraban
casi imperceptibles y silenciosas por estar bien engrasados sus
pivotes, y el tic-tac de su péndulo yendo de un lado a otro era
el indicio incontrastable de su buen funcionamiento, con una
marcha firme y decidida.
Faltaba ahora echar andar el sistema de sonería, encargada de
sonar las campanas en la cúspide de la torre, a las que se ve
libres colgadas allá en lo alto, sobre sus balcones con rejas, a
fin de que el sonido se esparza con el viento por todo el
pueblo.
También quedaba pendiente el unir los badajos con el brazo
del reloj que tiraba la fina cadena, colocar las agujas en las tres
caras o cuadrantes que daban a la calle, lo cual era peligroso y
arriesgado para la vida de mi padre, como veréis más
adelante.
Dejamos esos trabajos para la tarde y nos fuimos a almorzar en
el seminario, para volver nuevamente poco antes de las dos,
por la sencilla razón que mi padre estaba impaciente por
probar el sonido de las campanas, para unir a los badajos la
fina cadena que estiraba el brazo movible del reloj.
El Viaje Extraordinario 35

Lamentablemente, la iglesia de Sainttom tenía, recuerdo, tres


campanas, pero dos estaban rajadas de punta a punta y no
sonaban en absoluto, y nos vimos obligados ocupar la sana
para que el reloj repicara la hora y la media hora
conjuntamente, aunque no debiera ser así, sino que debían
tener campanas individuales para que el pueblo pudiera
diferenciar sus sonidos en el transcurso del tiempo.
Debía tener el reloj una campana de sonido grave para la hora
y otra de sonido fino y agudo para sonar en cada media-hora.
Gracias a Dios, el sonido que dejaba escapar la única campana
sana era claro, nítido y transparente, por ser la más grande de
las tres, y muy conveniente para que se oyera a varias cuadras
a la redonda, la cual unimos al sistema de sonería a través de
la fina cadena.
Procedió luego mi padre a dar cuerda al sistema de sonería,
levantando lentamente su cable de acero con los cuatro
pesados discos de hierro que hacían un total de cuarenta kilos,
con la misma manivela o manija que servía para levantar las
pesas del sistema horario.
Subimos entonces a la cúspide de la torre, donde unimos la
fina cadena al badajo de la campana sana, y regulamos la
fuerza del golpe y su recorrido a fin de que su sonar fuera lo
más estridente posible.
Antes de las dos de la tarde, ya teníamos a toda la maquinaria
funcionando, con su péndulo balanceándose de un lado a otro
interminablemente y con la fina cadena unida al badajo o
martillo de la campana sana.
Esperamos impacientes que muriera el último minuto de la
una.
Al morir el minuto cincuenta y nueve de la una, se desprendió
el seguro que retenían las ruedas del sistema de sonería, las
que comenzaron a girar vertiginosamente moviendo hacia
abajo el brazo al cual estaba unida la cadena, jalándola y
soltándola de golpe, lo que hizo que el pueblo escuchara los
dos primeros repiques del reloj ya reparado. ¡Tang! ¡Tang! Los
campanazos de las dos de la tarde sonaron como un
estampido que nos dejó vibrando los tímpanos.
Veinte años añoró el pueblo el retorno de su tañido, y al oírla,
muchos niños y jóvenes que pasaban por la vereda de la
iglesia, camino a las aulas, extrañados escucharon por primera
vez en su vida tan angelical sonido del reloj de Sainttom ya
reparado.
36 El Viaje Extraordinario

La enorme campana, que se mantuvo inactiva por veintidós


años, tenía un excelente sonido, ya que no sufría mellas ni
rajaduras, como comprobara mi padre dándole suaves
golpecillos con un martillo antes de elegirla como la indicada
para unir a ella la fina cadena que estiraba y soltaba el badajo.
Mejor aún sonaron los tañidos de las tres de la tarde, que
escuchamos allá en lo alto de la torre mientras hacíamos los
ajustes necesarios en la cadena y el badajo, buscando mejorar
los golpes para sacarle sonidos que fueran los más nítidos y
limpios posibles.
Repicaron perfectamente los golpes de las cuatro de la tarde.
¡Tang! ¡Tang! ¡Tang! ¡Tang!
Mi padre saltaba de un lado a otro de alegría, y yo con él, pues
al llegar habíamos visto al reloj tan deshecho y desparramado
en el suelo que pensamos que jamás volvería a funcionar, ya
que seguramente no estarían todos sus componentes, y que la
desprolijidad de otros relojeros en el trabajo nos abatiera de
tristeza el ánimo en los principios del arreglo. Pero no, allí lo
teníamos completo y funcionando, limpio y engrasado sus
bujes, con su cuerda enrollada, con el permanente tic-tac de su
péndulo y las campanas tañendo perfectamente con sonidos
nítidos y vibrantes al pasar la rueda horaria por la hora y la
media hora.
Pero poco después vino la hecatombe.
Al llegar a las cinco de la tarde, surgió un grave problema.
Se escuchó un infernal repiqueteo de campanas ¡tang-tang-
tang-tang-tang! tan apretados y apresurados, que no los
pudimos contar correctamente por la celeridad con que
repicaron los golpes del badajo.
Lo mismo pasó a las seis y a las siete de la tarde.
Antes que sones de angelicales campanas era un infernal ruido
de ametralladora que escupía campanazos tan seguidos y sin
descanso que era imposible contarlos.
No nos quisimos imaginar el barullo y el bullicio que harían
los repiques de las diez, once y doce de la noche.
Algo faltaba o estaba incorrectamente en el armado del reloj de
la iglesia de Sainttom, lo que nos desanimó grandemente, a mi
padre en mayor medida, dejándolo pensativo y amargado.
Las ruedas del sistema de sonería, a mayores horas, adquirían
cada vez más velocidad, lo que hacía que el badajo de la
campana sonara precipitadamente y sin descanso, provocando
un infernal ruido inentendible y desastroso.
El Viaje Extraordinario 37

Llegando el atardecer, obnubilados por el problema, tristes y


abatidos, desconectamos la cadena de sonería, y mi padre
trabó con una varilla sus engranajes, pero dejó la parte horaria
en funcionamiento, andando perfectamente.
Esto, que solo funcionase el sistema horario, no era un gran
éxito para nosotros, pues si solamente diéramos al pueblo la
hora exacta a través de las agujas del reloj, de nada serviría a
quien no las viera allá en lo alto de la torre, y los barrios
alejados estarían ignorantes del tiempo al no escuchar los
repiques de su campana.
El alma de un reloj de iglesia son los repiques exactos y nítidos
de sus campanas.
Y así como la maledicencia comienza pequeña y silenciosa
hasta tener el tamaño de una montaña y el silbo de una
tormenta, así también cuanto más pequeño sea el pueblo,
mayor magnitud sonora debe tener los repiques de una
campana de iglesia.
Mi padre observaba detenidamente el sistema de sonería,
buscando con su lupa el defecto de su sonar tan precipitado,
sin encontrar nada incorrecto; todas las ruedas estaban en sus
precisos lugares, y giraban perfectamente como cuando
salieron de fábrica.
No había equivocación ni error alguno.
Sin embargo, su giro era muy precipitado y alocado, sin
control ni regulación, y que crecía en velocidad cada vez
mayor, lo que llevaba al brazo que jalaba la cadena de las
campanas funcionar vertiginosamente, encimando los sonidos
como si fuese una cascada, haciéndolos inentendibles al no
tener una pausa o descanso en medio de uno y otro repique.
Amargados dejamos el trabajo, y nos fuimos a cenar y dormir,
y aunque mi padre mostraba su rostro apacible y sereno, pude
notar que dentro de su cabeza bullían miles de pensamientos y
preguntas tratando de descubrir por qué estando el reloj
armado perfectamente tenía ese error insalvable en las
campanas.
No nos sobró ni la más minúscula tuerca o arandela en su
armado, y sin embargo, el defecto afloró al terminar el trabajo,
y si urgente no lo descubríamos y solucionábamos, mi padre
quedaría a vivir por siempre en Sainttom, pues no era hombre
de abandonar un desafío laboral dejándolo inconcluso, y yo
con él, pues desde niño tuve su mismo empecinamiento y
empeño por buscar la perfección en una compostura.
38 El Viaje Extraordinario

Y de allí en adelante entró a jugar en la reparación la ayuda


valiosa del fantasma de la torre de la iglesia de Sainttom…

*************

-Hija, duérmete ya, que estoy muy cansado.-


- Si, pa. Grande pa.
El Viaje Extraordinario 39

CAPITULO III
Vista de la ciudad desde lo alto del Campanario.
Razonamientos de mi padre cerca del cielo y de las cosas
creadas por Dios, como las hechas por las manos del
hombre. La parábola de las Diez Piedras.

A la mañana del día siguiente, mientras mi padre buscaba


meditativo la causa de la falla de las campanas, por no
molestarlo en sus investigaciones, me subí a lo más alto de la
torre, a los balcones del campanario, y desde allí, cerca de las
nubes y del cielo, me entretuve en mirar la magnífica postal
que ofrecía toda la ciudad de Sainttom y los verdes paisajes de
sus lomas y valles que en sus contornos se encuentran.
En verdad que acuarelas más hermosas que las de Sainttom no
existen en el mundo, ni colores tan nítidos y fuertes como los
verdes de sus valles y campiñas, ni el rojizo de su tierra, ni el
azul de su cielo, ni la suavidad de sus brisas, ni la belleza de
sus flores ni mejores trinares que las de sus variadas avecillas,
y desde lo alto miraba yo embelesado tan magnífico paraíso
que parecía estar hecho para el descanso y la tranquilidad de
del alma de todos sus pobladores y viandantes.
¡Ay, amado pueblo de Sainttom, no sabéis ni catáis la belleza y
hermosura con que contáis al alcance de vuestras manos, sin
verlas e ignorarlas por seguir a aquéllos que la difaman y la
denigran!
Y tú, santotomeño bien nacido, que amas a tu pueblo con alma
y corazón, en cualquier parte del mundo donde te encuentres,
alaba siempre sus virtudes y bellezas a tal extremo que aunque
mientas te quedes corto.
Y que estando en extrañas y lejanas tierras no despeguen
jamás el amor a la que te acunara y te viera crecer.3
No muy lejano a mi derecha, surcaba el paisaje el sinuoso y
platinado Río de los Pájaros que silencioso se desliza hacia la
madre mar, llamado así porque de él abrevan infinitas
avecillas entre las piedrecillas y las arenas de sus playas, y que
separa la ciudad de Sainttom del Reino Verdeamarillo, del cual
se ven allá en el infinito horizonte extensos campos de
interminables sembradíos, creo que de soja o maíz, como un
mar sinuoso de verde esmeralda, y en lontananza, donde la
3Dionisio de Halircanaso siempre aconsejaba a los historiadores (que es como decir a los
locutores y periodistas) esconder las deformidades y flaquezas de la tierra en que nacimos y
alabar sus bellezas y virtudes a la más ventajosa y alta luz.
40 El Viaje Extraordinario

tierra se curva, altos silos que guardan seguramente los


valiosos granos de las fértiles cosechas brasileñas.
No dejaba de admirarme la postal de la ciudad de Sainttom
desde el campanario, esplendorosa y subyugante, que muestra
en sus periferias el follaje intenso de las copas de los umbrosos
árboles que se elevan al cielo, como una gran sombrilla que
ofrece fresca sombra, y las verdes lomas que se pierden en el
horizonte, por entre las cuales corren caminitos y calles de roja
tierra, matizados con infinitas avecillas y mariposas que
revolotean de un lugar a otro dándole al paisaje el aspecto de
ser el mismísimo Edén de Dios.
¡Oh, bellos paisajes de la agraciada Sainttom, que los que viven
muertos no lo ven en todos los días de su vida! ¡Malditos sean
los que desprecian tan hermosa tierra y la denigran hablando
mal de ella!
Allá a lo lejos, en las lomas del barrio Cerro, se yergue el alto
tanque de agua que majestuoso quita a las nubes para darla a
toda la ciudad, por encima de los rojos techos del Hotel de
Turismo y de las bonitas casas que rodean esos bellísimos
parajes, surcados de sinuosos senderos de roja tierra y suaves
piedrecillas. Frente a la Iglesia, cruzando la calle, admiraba yo
la plaza San Martín desde lo alto, con sus veredas, senderos y
pasillos internos de amplios baldosones, entre los cuales se
asienta la antigua glorieta donde la banda de la municipalidad
o del ejército interpretan los domingos músicas patrias en
honor al Gran Libertador que cercano se yergue sobre su
broncíneo caballo, con su maravilloso sable levantado al cielo,
en actitud de dar libertad a los pueblos oprimidos por el yugo
realista. Veo el alto mástil y la bandera argentina flamear
orgullosa, su humilde fuente de cristalinas aguas que en
chorros de múltiples diamantes forman infinitas estrellas
titilantes; la verde alfombra de césped que ofrece su suavidad
a los juegos infantiles y los coquetos bancos de madera que
están en todo su contorno, los que llaman al descanso y a la
meditación bajo la fresca sombra de cuantiosos árboles y del
arrullo de melodiosos trinos de infinitas avecillas que saltan
alegres de rama en rama.
En Sainttom no existe el nerviosismo ni la intranquilidad, ni el
apuro por vivir ni la prisa por morir, y poniendo los pies en su
plaza, de la bonhomía que emana de ella, el sosiego y la
meditación se apodera del paseante en un relajante descanso
plácido e interminable.
El Viaje Extraordinario 41

¡Oh, sosegada vida calma y tranquila la que brinda Sainttom a


los hombres pacíficos y de buena voluntad que la habitan!
¡Qué candor y placidez se encuentra en ella!
¡Qué descanso y placer ofrece ese paraíso único y privado de
los sainttomeños regalado por el Altísimo!
Veía desde mi privado atalaya, por la calle principal San
Martín, las oficinas del registro civil y de rentas, los rojos
techos de tejas de la escuela Normal, sus amplios y bulliciosos
patios escolares y su campo de pelota de verde gramínea; más
allá la terminal de diligencias, y los infinitos comercios que con
sus largos letreros luminosos invaden la calle por los aires de
una a otra vereda.
Flamea la bandera argentina de la policía local en su elevado
mástil, colas de gente en los sobrios locales del Banco
Provincia y del Nación, con sus fachadas de transparentes
vidrios, árboles de fresca sombra en las veredas, cientos de
coquetos quitasoles en ventanas de casas particulares y
vidrieras de comercios, empleadas lavando veredas, tránsito
de carros y bicicletas en sus calles, dicharacheros escolares
rumbo a las aulas, movimiento, actividad, progreso, todo lo
cual le dan a la ciudad la prestancia y la belleza con que
naciera, y el orgullo de ser una de las más pujante y bella
ciudad de toda la costa del río de los Pájaros.
En la lejanía, en las periferias donde el horizonte se une con el
cielo, veía una postal panorámica de la estación de trenes, del
hospital Bautista, los cuarteles del regimiento, el estadio de
fútbol, y el puente internacional de la Integración que une a la
ciudad con el reino de Brasilea o Verdeamarillo, sobre el cual,
aun estando a unas dos leguas de mi atalaya, nítidamente veía
yo pasar infinita cantidad de autos, camiones y colectivos de
viaje sobre sus rectas y poderosas espaldas.
Acercóse mi padre silenciosamente hasta mí, seguramente por
distenderse de su preocupación laboral, y no quedó menos
admirado del paisaje circundante y de la vista de la ciudad que
yo miraba, y sacándome de mi admiración, o más bien
compenetrándose en la mía, me habló de esta manera:
-Mira, hijo, allá a lo lejos aquéllas lomas de verdes tonos
del paraje que llaman El Atalaya, que suben y bajan como olas
del mar, inquietas por el viento que mecen hojas y tallos de
infinitas plantaciones, cortadas por una interminable cinta
asfáltica que se pierde detrás de aquéllos umbrosos valles del
horizonte, tocando el azul del cielo en la lejanía, y que lleva al
42 El Viaje Extraordinario

viajero al cercano reino de Posadías… ¿Hay paisaje más bello


en el mundo en que se combinen en perfecta armonía tan
recatados colores? ¿No fue magnánimo nuestro Dios con este
lugar privilegiado en dones y bellezas naturales con las que
premió a todos sus buenos y sencillos habitantes? Todo lo que
tus ojos ven en la tierra, el mar, las altas montañas, las suaves
brisas de los atardeceres, los colores de las flores y del arco iris,
y las verdes hierbas de los campos, y lo que ves en los cielos, el
sol, la luna y las estrellas, todo, todo ha sido creado por Dios
para regocijo del hombre. Allá ves también, más a tu derecha,
el majestuoso tanque de cemento en forma de trompo que se
eleva a los cielos para quitar a las nubes el agua que provee a
la ciudad; y ves un poco más lejos el puente que nos une con el
reino extranjero vecino por el que transitan incontables
vehículos de todo porte y color; mira los altos edificios del
casino, de los bancos y el correo, las apacibles plazas de su
periferia, cosas que el hombre levantó con su buen ingenio
entre las bien delineadas calles de la ciudad... ¿Hay en el
mundo ingenios mayores que los que hicieron estas cosas en
Sainttom? ¿No es hermoso el paisaje que combina la mano de
Dios con la del hombre, amalgamadas en magníficas obras que
dan tan bella vista de la ciudad? ¿Vimos otra más bella y
bonita que ésta en nuestros incontables viajes? ¿No es pujante
y hermoso éste paraíso que se agiganta día a día con el
progreso que sus pobladores asientan sobre la tierra regada
con gotas de sudor y sacrificio? Y si observas su plaza allá
abajo, cruzando la calle, verás numerosas avecillas, abejas y
mariposas que revolotean de flor en flor por doquier, obras
sublimes del Dios Creador y de las cuales toma el hombre la
agudeza y el modelo para construir las suyas. En ésta bella
plaza, testigo de incontables romances juveniles, y cuna de las
infinitas travesuras de la lejana niñez, se amalgaman y aúnan
las obras de Dios con las del hombre, y ninguna hay de éstas
que no este amalgamada y rodeada de las infinitas del
Creador, cuya sabiduría se extiende con el pensamiento y la
habilidad del hombre. Así, de las aves que altas vuelan en el
cielo, nacieron nuestros aviones; de la disposición de los
huesos de un elefante y de su trompa se imitaron los tractores
y las máquinas excavadoras; de las flores sacó el perfume para
su prestancia y acicalo; de la disposición de las costillas y la
columna de los vertebrados, imitó la resistencia y solidez de
los puentes en arco y el armazón de los grandes barcos; de los
El Viaje Extraordinario 43

árboles eternos las maderas para fabricar los muebles que le


dan comodidad; de los murciélagos el radar, de los delfines el
sonar, de los ojos compuestos de las libélulas y de las abejas el
hombre creó los microscopios y telescopios. Esta ciencia, la de
crear objetos que se basan en partes de animales o plantas
creados por Dios, es lo que se llama biomimética. Dios siempre
deja una puerta abierta en sus obras para que el hombre
agudice su ingenio imitándolas para su bien y comodidad,
pero aun así, ninguna obra humana por grandiosa que sea
puede asemejarse a la más pequeña de Dios. Hijo Rafael, las
pulseras que llamamos de abrojo y que colocamos en los
relojes de mano, son una copia fiel de los cardos o semillas que
están recubiertas de finas púas en forma de gancho. No tienen
hebillas y son prácticas para su colocación en la muñeca, ya
que en su parte interna sus puntas o ganchos se pegan al
contactarse unas con otras, como hacen las semillas que se
adhieren a la ropa o a las patas de un animal a fin de que sean
transportadas seguras a mayores distancias de la madre. Las
mallas de abrojo son pues una imitación de las obras de Dios.
La estructura de algunos elevados edificios son copiados de la
disposición de los huesos de las piernas del hombre que puede
soportar hasta tres veces su propio peso. Tan bien dispuestos
están los huesos del hombre para lograr solidez y resistencia,
que puede levantar, si practicara, hasta doscientos cincuenta
kilos sobre sus hombros. Lo que quiero decir es que Dios nos
dio con sus obras el ejemplo, el molde y el camino expedito
para que el hombre hiciera las suyas. Puentes, rascacielos,
torres, barcos, o trenes, fueron hechos por el hombre ocupando
los mismos principios y modelos reducidos a dimensiones
infinitesimales de la inteligencia y sabiduría que Dios ocupara
en sus creaciones. La diferencia entre unas y otras es que las
obras de Dios son infinitamente bellas y eternas, y las del
hombre, aunque tengan belleza, rigidez y solidez, son
perentorias y finitas. Las obras de Dios son eternas como sus
Mandamientos, puestas para que se las disfrute y se las goce, y
no para destruirlas, que si todo hombre las respetara y
cuidara, ninguna catástrofe habría en el planeta. La maldad y
la ambición del hombre siempre lo llevan a destruir lo bello de
las obras de Dios, dejando sobre la tierra escombros, miserias,
hambres, enfermedades y cadáveres. Las ondulantes olas de
un mar hoy están negras y mortíferas por culpa del petróleo y
los desechos nucleares que el hombre derrama en sus lechos.
44 El Viaje Extraordinario

Las ballenas, el mamífero más grande del mundo que llega a


medir hasta veintidós metros, y que hace millonario al que
atrape un solo ejemplar de este gigante, gracias a los siete mil
litros de aceite y las varias toneladas de grasas que le extrae y
después comercia, va a desaparecer de la faz de la tierra por su
indiscriminada persecución. Los animalitos que rodean y
hacen compañía al hombre, se ven en la obligación de cambiar
de hábitos, aspectos exteriores, y las formas de su cuerpo para
adaptarse a un mundo transformado por el hombre, para mal
de males, donde se destruyen las selvas y los bosques, se
envenenan los ríos y se devasta el medio ambiente con humos
y cenizas de fábricas asesinas. Miles de mariposas que antes
tenían diversos y vistosos colores como un arco iris, hoy están
grises y opacas por la contaminación y la tala despiadada de
los bosques. Y si el hombre cumpliera los Diez Mandamientos
de Dios, el mundo en que viviríamos sería magnífico, ya que
con solo respetar al prójimo y a los animales inferiores, no
habría guerras, robos, asesinatos, raptos, violaciones ni
muertes, y la maldad y la ambición del hombre desaparecerían
junto con todo lo que destruye al planeta y a la misma raza
humana por desobediencia al Creador. Y mientras descanso, y
despejo mi mente gracias a esta fresca brisa y a la placidez del
paisaje que se nos regala, por quitarme de la preocupación de
que aún no descubrí el defecto del tañido apresurado de las
campanas, te contaré la Parábola de las Diez Piedras que nos
contara el padre Scozzina4 cuando éramos niños de la escuela
primaria, el cual todos los viernes tenía diez o quince minutos
antes de la salida para hablar de las cosas de Dios a todo el
alumnado formado frente a la bandera, sin inculcar ni forzar
los sagrados credos de la religión católica a muchos niños que
seguramente serían protestantes, testigos o creyentes cristianos

**********************

4Este sacerdote Scozzina, obispo que fuera de Formosa, figura en el Libro Guinnes por haber
realizado a pie las catorce estaciones de Cristo a lo largo de la provincia en un recorrido de
ochocientos kilómetros.
El Viaje Extraordinario 45

La parábola de las Diez Piedras

“Vivía sus últimos años en Beersheva, al sur de


Jerusalém, un venerable anciano de largas barbas
blancas, hombre muy devoto a Dios y sumiso de sus
Divinos Mandamientos, siendo varón justo y manso
con todos quienes lo trataban y en todos los días de su
vida. Acumuló infinitas buenas obras para con los
demás, y una fortuna incorruptible en el cielo, pues a
través de sus manos y de su eterna bondad los
hombres afligidos y menesterosos lograban de Dios
gran compasión y misericordia.
Ningún peregrino o viajero que llegara a su casa, por
pobre que fuese, se retiraba sin haberse sentado a su
mesa y ser servido como un rey con humildes
manjares y fresca agua.
Consolaba y animaba a los afligidos y pesarosos con
los concejos y alientos que de su boca salían,
apoyándose siempre en los salmos de David.
Se llamaba Samuel, y su vida la dedicó al Javeh de la
elegida raza judía, cumpliendo dentro de su pueblo la
misión de ser pacificador en juicios y disputas
contenciosas, con el rango de juez y rabino.
Era para el Señor un hombre justo, fiel y
misericordioso.
Presintiendo llegar al fin de sus días y que pronto iría
a descansar con sus antepasados, quiso como último
deseo conocer el Templo de Jerusalém que muchos
años antes había levantado Salomón para gloria de
Dios, al que nunca visitara ni conociera, y del que
muchas maravillas había oído de los peregrinos que
regresaban y relataban de la visita al sagrado templo.
Le hablaban maravillas de sus columnas y oropeles,
de sus cúpulas majestuosas, de sus puertas y ventanas
recubiertas de finas láminas de oro y plata, de sus
gruesas cortinas de telas traídas de Esmirna, de sus
bancos de cedros e inciensos macizos, del sagrado
candelabro de oro puro de siete brazos con adornos de
piedras preciosas, todo lo cual le subyugaba conocer,
y no quiso morir sin antes ver con sus propios ojos
estas opulencias dedicadas al Javéh de las Escrituras
por el hombre más sabio del mundo.
46 El Viaje Extraordinario

Tenía por seguro que buen premio le daría su único


Dios cuando estuviera frente a El, seguramente
porque en su larga vida nunca se apartó de los Diez
Mandamientos que acatara y obedeciera fielmente
desde su niñez.
No pasaron por su vida ni imágenes ni estatuas falsas
ante las cuales se postrara, ni velas a muertos, ni
devociones a hombres muertos, ni procesiones detrás
de madres foráneas ni de bandidos o cantantes
venerados en la tierra, ni ignoró las fiestas dedicadas
al Señor, ni dejó de respetar a sus mayores, ni robó, ni
mató un insecto en su vida, ni habló infamias de
nadie, ni levantó falsos testimonios, ni codició los
bienes del vecino ni jamás engañó a su esposa
fallecida muchos años atrás.
Desde niño solo había servido fielmente al Señor,
como lo hiciera su padre Elías y su abuelo Natán, y
como todo judío esperaba la venida del Mesías para la
salvación de su pueblo, alabando constantemente su
glorioso nombre Javeh, y no dejó de hacer buenas
obras en todos los días de su vida para ganar el cielo
como recompensa a su fidelidad a Dios y su amor al
prójimo.
Jamás dejó de hacer las buenas obras a que nos obliga
la Ley, ni tuvo a sus hermanos en menos ni trasgredió
un sábado, y compartió siempre su comida con los
hambrientos y necesitados, y el agua de su aljibe con
los sedientos.
Su bolsa de monedas nunca se cerró para aquél que no
tuviese dineros para salir de una desgraciada
situación.
Viéndose ya viejo y con poco tiempo de vida por
delante, tuvo deseos de visitar la casa de su Señor, el
Dios de Israel, ofrendar una blanca paloma ante el
altar por la redención de sus pecados, y una vez
limpio de alma con la refrescante agua del perdón,
dejar el mundo para gozar de sus moradas celestiales
junto a su Escudo, según le prometiera su Palabra.
Decidió pues cruzar las montañas y el desierto del
norte para llegar a la ciudad de Javéh, a unos tres días
de viaje, para lo cual se preparó una alforja con panes,
quesos y carnes disecadas para el camino, llevando su
El Viaje Extraordinario 47

cayado como apoyo a sus débiles piernas y sus pies


calzados con ligeras sandalias, y una liviana vasija de
arcilla colgada de su cintura, con suficiente agua para
la travesía.
Y fue así que una fresca mañana muy temprano salió
del pueblo donde naciera noventa años atrás, para
conocer la casa de su Señor antes de morir.
Emprendió pues el camino y se alejó lentamente de su
pueblo natal, del que antes nunca había salido de sus
contornos, sin que nadie supiera su destino ni lo viera,
y andando unas dos leguas bajo los ardientes rayos
del sol, pasado el mediodía, se detuvo a descansar
bajo la sombra fresca de unas palmeras que a la vera
del camino estaban.
El desierto caluroso y árido se extendía como una
alfombra dorada de arena ardiente en todo su
derredor, surcado apenas por un débil camino de
hormiga que dejaban impresos en el suelo los carros y
camellos de las caravanas de mercaderes ambulantes.
Los calores y las resolanas ardientes que traían los
vientos del desierto le lastimaban los ojos, por lo cual
se los refrescaba con un pañuelo húmedo, mientras
bajo la sombra de las palmeras comía trozos de quesos
y carnes secas con pan.
Así estaba cuando una Voz que pareció bajar del cielo,
le dijo:
-Samuel, Samuel, bendito eres entre los hombres
porque no hay sobre la tierra otro recto y justo como
tú, y has llevado como guía y escudo mis
Mandamientos en todos los días de tu vida. Sé que vas
a mi casa a honrarme y a recibir mis bendiciones, y
una última misión te daré para que la cumplas antes
que terminen tus días. Y es que tomarás del camino
diez piedras, cualesquiera sean, grandes o ligeras, y
las traerás en tu bolso hasta mi templo, las que darás
al rabino presbítero como ofrenda de tu parte. Gran
ayuda serán las piedras para el templo, así que no
dudes en cumplir la misión encomendada por tu
Señor. – dijo la Voz.
48 El Viaje Extraordinario

Suspenso y mudo quedó el anciano al oír estas


palabras, y mirando por doquier, no vio a nadie,
juzgando ser una broma de alguien oculto entre las
dunas del desierto.
Sin embargo, mientras la Voz le hablaba, comenzó
arreciar una fresca brisa cantarina que parecía ser la
que traía las palabras del cielo, porque muchas veces
Dios habla al hombre con el lenguaje del viento, de las
aguas, del fuego o de los truenos.
Desconcertado, volvió a emprender su camino
meditando sobre lo que oyera bajado del cielo con la
brisa, y la extrañeza del pedido de acarrear diez
piedras hasta el templo, del cual sabía que exhibía
riquezas en oro, plata y finas maderas como ningún
otro en el mundo. ¿Para qué servirían las piedras a tan
ornamentado y lujoso templo?
Caminó pues por la tarde una legua más por los
sinuosos caminos del desierto, y en ellos fue
recogiendo las diez piedras de diferentes tamaños y
formas, pesadas o livianas que hallaba a su paso, ya
que en las ardientes arenas del desierto eran muy
escasas, poniéndolas en su bolso para cumplir
fielmente con los deseos del Señor.
De allí en más, el viaje se hizo más sufrido por la carga
agregada, ya que sus piernas eran endebles y débiles
por los muchos años vividos, y durmió la primer
noche lejos de su casa a la vera del camino, protegido
del frío y de los animales peligrosos por una fogata
que le daba lumbre y calor para el abrigo de su
vetusto cuerpo. La temperatura en el desierto baja
tanto por las noches, que sin una lumbre cercana
puede el hombre morir de frío.
Sus hermanos los árabes se enterraban hasta el cuello
en la arena caliente por el sol del día para
resguardarse del frío que caía de las estrellas por la
noche.
A la mañana siguiente, volvió a emprender su largo
camino muy temprano, y antes del mediodía ya había
hecho tres leguas más, dejándolo tan cansado y
exhausto que por la tarde no pudo dar un paso más de
la distancia hecha hasta entonces, unos treinta y cinco
kilómetros en total, es decir la mitad de su travesía.
El Viaje Extraordinario 49

Junto al fuego del atardecer, meditaba sobre su


extraña misión y se decía:
-¿Puede un viejo como yo acarrear diez piedras
pesadas e incómodas a través del árido desierto, que
hacen peligrar mi vida y mi destino de conocer la Casa
del Señor? ¿Qué valor tienen para el rabí encargado
del templo éstos pesados guijarros? ¿No los hay
abundantes en Jerusalém? En verdad que la carga me
matará, ya que lo pesado del bolso está torciendo mis
espaldas y doblando mis rodillas.-
Se acostó aquélla noche bajo un cielo tachonado de
titilantes estrellas, poniendo bajo su cabeza el bolso de
piedras como almohada, y sintiéndola tan incómoda y
despareja, sacó de ella dos que por grandes y filosas
causaban dolor en su cerviz, dejándolas sobre la aún
tibia arena del desierto.
A la mañana siguiente siguió su camino sin acordarse
de ellas, quedando el buen anciano más aliviado y con
menos peso sobre sus hombros, feliz y contento de
continuar su travesía, por lo cual gustoso recorrió en
ese día unas cuatro leguas, pasando ya más de las tres
cuartas partes de su derrota a Jerusalém.
Lamentablemente, el calor del ardiente desierto, la sed
y el cansancio, hicieron que el buen anciano se
agobiara a tal punto que gran peligro había que se
desmayara y muriera bajo los insoportables rayos del
sol.
Entonces, por descansar de su acarreo y aligerar su
carga, sacó otras tres piedras de su bolso, las más
grandes y pesadas, y las abandonó al borde del
camino.
Durmió aquélla noche bajo un árbol sicomoro que
milagrosamente estaba a la vera del camino, y a la
mañana siguiente volvió a emprender su viaje, con
solo cinco de las diez piedras que la Voz le ordenara
trasladar hasta el templo.
Durante el trayecto el agua de su vasija se iba
agotando por gastarla en mojar su cabeza y los ojos, y
aplacar la sed que torturaba su boca.
Pensó que si no salía urgente del desierto dejaría sus
huesos en él.
50 El Viaje Extraordinario

Por suerte, al atardecer vio a lo lejos la ciudad de


Jerusalém, y viendo que ya caían las sombras de la
noche, y que no llegaría en ése día, juzgó conveniente
hacer un campamento para dormir y esperar la
llegada del amanecer para continuar temprano su
viaje.
Durmió pues junto al fuego protector, y al día
siguiente, razonó que para llegar a la lejana ciudad,
bueno sería aliviar su bolso para lograr rapidez en sus
piernas pues estaba impaciente por entrar en ella, y de
las cinco piedras que aún tenía abandonó dos, las más
pesadas que quedaban, antes de continuar su travesía.
Llegó pues a media mañana a la ciudad de Jerusalém
y pasando sus puertas se encontró con un espectáculo
grandioso que jamás imaginara, una ciudad de miles
de personas que como hormigas caminaban por la
calle principal de tierra, donde bajo toldos protectores,
se ofrecían a la venta mieles, huevos, panes calientes,
sandías, uvas, ropas, telas, y comidas hechas a la vista,
mientras que cientos de niños jugaban a la pelota
mezclados entre perros, gallinas y chanchos que
vagaban libres por la calle.
Nunca sus ojos vieron una ciudad más comercial y
progresista que Jerusalém, con un millón de
pobladores que comerciaban en sus calles
polvorientas.
Había teatros, baños públicos y saunas, equilibristas y
malabaristas en las esquinas, comedores y herrerías,
cuidadores de camellos y caballos por tiempos, y las
monedas de oro y plata circulaban de mano en mano
entre quienes vendían o compraban en una feria
comercial grandiosa que nunca imaginó dentro de su
cabeza.
¡Oh, grandiosa Jerusalém, ciudad elegida de Dios!
La raza judía, aunque desordenadamente, tenía en sus
venas la sagrada aptitud y capacidad para mercar
como ningún otro pueblo, lo que con el devenir de los
tiempos generarían las más grandes fortunas
mundiales.
Caminó el buen viejo por la calle principal un buen
trecho, entre la tierra y el polvo que levantaba el
ajetreo de la muchedumbre, mezclándose con sus
El Viaje Extraordinario 51

pobladores y turistas, y en sus finales se encontró con


un altísimo edificio en cuyo frente tenía dos gruesas
columnas de mármol que sostenían su imponente
fachada, la que contaba con una enorme estrella de
David impresa allá en lo alto.
Era la Casa del Señor.
El Templo de Salomón.
Amplios escalones de mármol facilitaban la llegada de
los fieles a sus enormes puertas de madera
compuestas por dos hojas de cinco metros de altura,
uno de ancho y un grosor de veinte centímetros cada
una, que según la creencia popular, no había animal
de carga alguno que pudiera sostenerlas sobre sus
lomos, ni aún los más robustos elefantes.
Decíase que para llevarlas de la carpintería donde las
hicieran hasta el templo, no pudieron cien hombres
juntos, por lo cual Sansón, el hombre más fuerte del
mundo, fue llamado para trasladarlas sobre sus
hombros, sosteniéndolas en vilo hasta que los
carpinteros las colgaran del marco con gruesas
bisagras.
Subió el anciano los escalones del templo y atravesó
sus gigantescas puertas, y quedó maravillado de la
estructura del edificio en cuyo interior otras infinitas
columnas de más de un metro de diámetro y quince
de alto sostenían toda la nave.
El Templo de Jerusalén era el santuario principal del
pueblo de Israel y contenía en su interior el Arca de la
Alianza, el Candelabro de los siete brazos, el Urín y el
Tumín5 y los demás utensilios empleados para
celebrar el culto hebraico desde tiempos remotos.
Todo esto miró el anciano con profundo respeto
religioso.
Las paredes y vigas estaban recubiertas por láminas
de cedro libanés. Lucían opacas por la prolongada
falta de barniz.
Amplios ventanales adornaban sus paredes pintadas
de blanca cal, aunque a muchas de ellos le faltaban
infinitos vidrios.

5 Eran vestiduras de cueros y piedras que usaba el rabino para oficiar el culto, que cubrían su
pecho y su espalda. Estas piezas permitían al sacerdote ser un vidente y oidor para transmitir
los deseos de Dios.
52 El Viaje Extraordinario

Y allá en su fondo el sagrado altar de Dios con el


candelabro de siete brazos en su medio y detrás una
cortina que ocultaba el tabernáculo donde solo el
rabino podía entrar para hablar con el Señor, portando
el Urín y el Tumín.
Sin embargo, a pesar de la magnificencia que otrora
tuvo, el templo de Salomón estaba casi en ruinas, pues
la mayoría de las baldosas del piso estaban rotas o
faltantes, las ventanas sin sus vidrios, los bancos
despintados, flojos o rotos, las paredes ajadas y
descascaradas, el techo con sensibles goteras que
imprimían enormes manchas marrones de humedad,
las cortinas descoloridas y viejas, el mantel del altar
deshilachado, la larga alfombra roja que desde la
puerta hasta el altar descansaba, se encontraba con
agujeros y en trechos con profundos cortes, como
consecuencia del paso de un millón de personas que
año tras año venían a honrar al Padre Javeh.
Por años el templo sufrió los guijarros que arrojaban a
los ventanales desde afuera los que adoraban ídolos y
estatuas, al no haber ninguna en su interior.
La religión judía no adora ni idolatra imágenes, y
venera y cumple solamente los Diez Mandamientos de
Dios, por lo cual los idólatras, al faltarles el aliento que
mantienen vivas sus creencias, trataban de destruir el
templo a pedradas.
Llegó pues el buen anciano hasta éste sagrado templo
levantado por el sabio Salomón y su ánimo e ilusiones
de encontrar oro y piedras preciosas en sus paredes se
disolvieron y esfumaron al ver en cambio sus
revoques descascarados y de un aspecto abandonando
y mísero.
A pesar de ser el edificio imponente y majestuoso que
impresionaba a quien lo viera por vez primera, su
aspecto rotoso y descuidado bien dejaba ver que
necesitaba de una urgente reparación edilicia.
Entró y buscó al rabino anciano para entregarle las
tres piedras que aún conservaba con mucho esfuerzo
en su alforja, agradeciendo a Dios el haber llegado a
destino, pues de seguro no podría dar un paso más
bajo el sol y en medio de las calurosas arenas del
desierto con tanta carga.
El Viaje Extraordinario 53

Desde el fondo del templo salió otro anciano tan viejo


como el caminante, y acercándose con pasos firmes, se
abrazó a él besándole las mejillas, y le dijo:
-Samuel, Samuel… el Señor me avisó días atrás
que llegarías a esta su casa y me ordenó que te
agasajara y atendiera, que traes en tus alforjas los
dineros necesarios para restaurar este su sagrado
templo. Ven, Samuel, siéntate y bebe de ésta agua
fresca que el color ceniciento y demacrado de tu rostro
me da indicios que estás muy cansado y desfallecido.-
Así lo hizo Samuel y tomando la fresca agua de una
jarra que el rabí le acercara, le dijo:
- Pues en verdad que mis alforjas no traen dineros,
plata ni oro para donar. Viejo y cansado estoy, y en
mis muchos años de existencia siempre fui fiel al
Señor, pero esta vez no pude cumplir con su extraño
mandato, pues me ordenó recoger diez piedras del
camino que por pesadas pude traer hasta aquí solo a
tres de ellas. Las demás fueron olvidadas en la
inmensidad del desierto. ¡Dios me perdone, pero mis
piernas no resistieron tanto peso, y mi corazón tiene
tal congoja que ahora pareciera querer estallar de
agitado! La pesadumbre que siento por mi
desobediencia debilita mi cuerpo aún más que los
calores del desierto.-
-¿Piedras? A mi me dijo el Señor que serían
dineros para restaurar el templo con la misma
magnificencia que otrora tenía- dijo el sacerdote.
-Solo traje piedras del desierto.- dijo el
desfallecido anciano- Vedlas con propios ojos.
Abrió Samuel su alforja y metiendo su mano dentro
tomó una de las piedras, y sacándola fuera, ambos
vieron que se había transformado en un valioso y
refulgente diamante, y mirando dentro vieron que
también las dos restantes brillaban como si fueran
gigantescas estrellas, también convertidas en piedras
preciosas de un valor incalculable.
-Bendito sea el Señor –dijo el rabino- que con estos
tres diamantes que nos traes en tus alforjas alcanzarán
y sobrarán para restaurar y modernizar esta casa de
Dios, dándole el lujo y la magnificencia que Salomón
le diera otrora al levantarlo.-
54 El Viaje Extraordinario

Sea por la emoción y el asombro del extraño milagro


del que fuera testigo, o por el cansancio de su larga
travesía, el anciano caminante se desvaneció
repentinamente y entre varios fieles que lo habían
rodeado para ver mejor las fúlgidas piedras de su
ofrenda, fue sostenido y acostado dulcemente sobre
uno de los bancos cercanos.
Lo reanimaron empañando su frente con agua fresca,
y abriendo los ojos volvió en sí, para decir con suave
voz a todos los presentes:
-Hermanos, siento en mi corazón que ya llega mi
última hora y que el Señor manda a sus ángeles a
buscarme. En éste reciente desmayo tuve la visión de
un ángel del Señor que me decía que Dios ha
perdonado todos mis pecados y defectos durante mi
vida, y la muy tonta desobediencia de no haber traído
las diez piedras que me encomendara para restaurar el
templo. Mas por mi debilidad y flaqueza de piernas, y
de mis muchos años, ha perdonado mi reciente falta, y
me invita en este mi ultimo día a entrar por las puertas
abiertas de su Reino. Ya me muero, ya me muero
hermanos, con mi deseo satisfecho de haber visto la
Casa de Dios. He visitado su casa, y contribuido con
mi viaje para su restauración. Pronto veré su Reino. Y
contento y en paz me voy de este mundo sabiendo
que el Señor no me rechaza de su presencia celestial ni
me quita la sublime paz y los muchos regalos que
gozaré a su lado.-
El anciano Samuel cerró los ojos para siempre, y su
alma ingrávida libre de pecados subió a las alturas
para encontrarse con las bondades bien merecidas del
reino de Dios.
-Descansa en paz, Samuel – dijo el rabí- que con los
tres diamantes que lograste traer en tan larga y penosa
travesía, bastan y sobran para reparar todo el templo.
Dile al Señor que son más que suficientes y que yo me
encargaré de bien administrarlas para el resplandor de
su gloria.-
El Viaje Extraordinario 55

Descansó el cuerpo del caminante y su alma en


volandas subió al cielo a gozar de la presencia del
Señor, premio bien merecido por cierto, pues nunca en
todos los días de su vida se apartó de los Diez
Mandamientos de Dios”

Fin de la Parábola de las Diez Piedras

-Y bien niños, -nos decía al final el padre Scozzina- ¿qué


nos enseña esta parábola? Lo siguiente: la voz que el anciano
oyó en el desierto, era la voz de Dios. Las diez piedras del
camino eran los Diez Mandamientos que en la vida a veces
olvidamos y desobedecemos. Y como algunos son más
pesados que otros, a veces dejamos de lado los más fastidiosos,
y nos aferramos solamente a los más livianos y fáciles de
cumplir, como es el de respetar a nuestros padres o el de
guardar los días de descanso y fiestas dedicados al Señor, e
ignoramos los difíciles como son el mentir o difamar a los
demás, codiciar, envidiar o desear los bienes ajenos. ¡Y qué
inclinados estamos a robar y codiciar los lápices y sacapuntas
de nuestros compañeros de bancos! ¡Y cómo nuestra lengua
difama fácil y gratis a nuestros semejantes! ¡Ay, qué fácil es
hoy seguir falsos santos y estatuas milagrosas, y que difícil es
aceptar a Jesús en el corazón! Esos son los mandamientos más
pesados de cumplir que siempre desechamos y que
abandonamos en el camino de nuestra vida.

El hombre que no cumple uno solo de los Mandamientos,


peca en todos los restantes.

Tened siempre en cuenta, buenos niños, que Dios jamás


pondría una carga tan pesada que no podríamos llevar, y con
solo pedirle a nuestro Señor que las aliviane, por la fe puesta
en su Hijo, nos acompañará siempre y nos dará la fuerza
necesaria para saltear todas las vicisitudes del camino.
Solamente por la fe puesta en su Hijo Jesús, Él estará a nuestro
lado y nos aligerará la carga de nuestras congojas por pesadas
que fueran… -
56 El Viaje Extraordinario

Y quedábamos los niños bendecidos y satisfechos con tan


simples y provechosas parábolas o relatos, como si una fresca
lluvia de sabiduría hubiese caído del cielo sobre nosotros, y
por días las comentábamos en los recreos en diversas
opiniones encontradas e interpretaciones dispares.
Sesenta años después, vengo a razonar que por alguna razón
Dios eligió las piedras y no otra cosa para ser llevadas por el
anciano.
Bien lo hubiera alivianado de tan pesado trabajo si le ordenara
llevar diez puñados de liviana arena que en el templo se
transformara en oro, por ejemplo.
Pero todos los puñados de arena serían más o menos iguales, y
se perderían las diferencias que existen entre uno u otro
Mandamiento, que como las piedras, no son todos de un
mismo peso.
Pero en la Biblia, y en la vida del hombre, la piedra tiene una
especial significación en la que siempre se asienta el futuro y el
porvenir de la raza humana.
Hay pasajes en donde al nombrarlas dan la certeza de un
futuro que se aproxima, como vaticinios que nos marcan un
camino, como “la piedra angular que todos desecharon”, o “tú eres
Pedro y sobre ésta piedra edificaré mi iglesia”, o “piedra sobre
piedra”, etc.
O marcar un día feliz con una piedra blanca, o un día
desgraciado con una negra.

***************

Amada hija, también podemos sacar de las piedras, tan


nombradas en la Biblia, infinitas experiencias de sus
innumerables usos y provechos, como éstas:
El Viaje Extraordinario 57

El distraído tropezó con ella.


El violento la usó como arma.
El albañil la utilizó para construir puentes y escaleras.
El caminante cansado, la usó como asiento.
Para los niños fue un juguete.
Para los romanos fue una carretera.
En muchas culturas las colorearon convirtiéndolas en arte.
Los poetas hicieron poesía con ella.
En Stonehenge se convirtieron en un lugar sagrado.
David mató a Goliat con una.
En la isla de Pascua gigantescas piedras con graves rostros
vigilaron al enemigo que se acercara por el mar.
En Egipto cuidaron el cadáver del faraón.
Miguel Ángel extrajo de ellas las más bellas esculturas.

Y en todos los casos la diferencia no está en la piedra, sino en


cada uno de los hombres, que unos las usan para bien propio y
otros para el mal ajeno.

No existe ninguna piedra en tu camino que no puedas


aprovechar para tu propio crecimiento.

***********

-Hija, duérmete ya, que estoy muy cansado.-


- Si, pa. Grande pa.
58 El Viaje Extraordinario

CAPÍTULO IV
Historia del fantasma del campanario. Visita al hijo del relojero
fantasma y su mala educación. Ingenio de mi padre para
fabricar la pieza faltante. Fin de la reparación con éxito. El
descanso del fantasma. Regreso a Worldform.

La causa de las campanadas ligeras y repetidas sin espacios de


descanso era la siguiente, me dijo mi padre: faltaba una pieza o
componente vital que va adosada con un simple tornillo a un
eje saliente de una de las ruedas del sistema de sonería, por
fuera y por detrás de la máquina, lo que la hace fácil de ser
retirada en primer lugar cuando el relojero la desarma para su
reparación o limpieza.
La pieza faltante era una paleta o hélice muy similar a la de un
ventilador, de dos o cuatro aspas según la grandeza del reloj, y
sirve simplemente para que al girar las ruedas del sistema de
sonería conjuntamente con ella, embolse o recoja el aire
circundante frenando suavemente la marcha o desarrollo,
volviéndolos lentos en su trayectoria, lo que hace que la
cadena de las campanas sea tirada pausadamente y espaciadas
por el brazo de acero.
Cada una de las aspas o alas de la hélice cuenta además con un
pequeño tornillo que las expande o las contrae
individualmente, como si fuese la oreja de un felino al acecho,
a fin de que el relojero gradúe el descanso entre un toque y
otro de las campanas, agrandándolas o achicándolas,
abarcando una mayor o menor capacidad de aire, hasta lograr
la nitidez necesaria para que los repiques sean espaciados y
entendibles.
A mayor expansión de las orejas o aspas, más aire recogido y
más lentos los giros de las ruedas, y por lo tanto también los
repiques de la campana.
En definitiva: sin ésa paleta o hélice estábamos perdidos pues
jamás podríamos conseguir el repuesto original o parecido, ya
que el reloj de Sainttom había pasado cómodamente sus ciento
veinte años de edad y sus constructores junto con sus fábricas
estaban ya seguramente desaparecidos de la faz de la tierra.
Hablamos nuevamente con el obispo dándole los detalles de la
pieza faltante, para qué servía y cómo era, y si no la tendrían
guardada en algún lugar de la iglesia, o estuviese en algún
taller, y el prelado nos contestó:
El Viaje Extraordinario 59

-Lamentablemente, no tenemos la pieza en nuestro


poder, ni otra alguna. El anterior técnico se la llevó a su casa a
fin de reparar las aspas dañadas o torcidas en su mesa de
trabajo, cuando le sucedió una terrible desgracia. Y fue que por
ésos días su esposa se hizo inyectar por una enfermera
descuidada un remedio para la gripe que padecía, con la aguja
mal esterilizada. La aguja mal preparada le produjo un terrible
tétano que la mató siete días después, el mismo en que
seguramente el relojero llevara de nuestra iglesia la paleta.
Viendo a su mujer muerta por una estúpida inoperancia, quiso
matar a la enfermera contratada, pero la policía lo contuvo
dejando en su puerta un agente de guardia para impedir que
saliese a llevar a cabo su venganza. Días después, pareció
haber asimilado la desgraciada pérdida de su esposa y le
retiraron la vigilancia, ya que la enfermera huyó de la ciudad
por miedo a ser muerta por el dolido esposo. Volvió el hombre
a su trabajo normalmente, arreglando los relojes en su
comercio particular, aunque ya no era el mismo relojero
amable que conocíamos, pues sus ojos parecían salir de sus
órbitas juntamente con un carácter intratable y una educación
baja y rastrera con los clientes. Adquirió un aspecto de
enajenado y loco primero, y poco tiempo después se volvió
taciturno y melancólico, como imbuido en extraños
pensamientos. Pero volvió a trabajar en la torre con más
ahínco. Tomamos esto por un signo de mejoramiento en su
ánimo y salud, pero nos equivocamos. Sus cabellos largos y
enmarañados y las barbas desprolijas sin rasurar le daban el
aspecto de un loco de atar. De vestirse impecablemente
cuando vivía su esposa, pasó a ser sucio y desaliñado sin ella.
Tampoco pudo llevarse bien con su único hijo, con el cual
había relaciones tirantes porque éste pensaba que el oficio de
su padre era indigno, similar al de un zapatero o cloaquista,
tanto que ni se saludaban entreambos, ni comían juntos por ser
un joven rebelde y soberbio, sin que reconociera que el
esforzado trabajo de su padre solventaba su carrera de médico
ya próximo a recibirse en la famosa Casa de Barceló, por
habérselo prometido a su esposa antes de que muriera, la que
deseaba tener en su familia un hijo que fuese doctor. Un día
muy temprano regresó a la iglesia a continuar su trabajo, y lo
que hizo fue desarmar totalmente el reloj destripándolo y
desparramando sus piezas por doquier, con rabia y enojo,
como culpándole de la muerte de su mujer, pensando que si él
60 El Viaje Extraordinario

hubiese estado en su casa cuando la enfermera aplicara la


inyección, él no lo hubiese permitido sin antes controlar que
desinfectara perfectamente la aguja. Desarmó completamente
el reloj con una furia inusitada, dejándolo un desastre como
Uds. lo vieron la primera vez, a tal punto que varios relojeros a
quienes quisimos darle el trabajo de volver a armarlo,
vinieron, vieron y huyeron. Hecho el desastre, el relojero
Brizzi se suicidó en el campanario. Se ahorcó con los cables de
las pesas sin dejar una nota ni explicación alguna. Sobre
nosotros los clérigos de ésta catedral, y particularmente sobre
mí su obispo, pesa la terrible culpa de no haber designado un
sacerdote que le acompañara en lo alto de la torre para
vigilarlo, ya que creímos ayudarlo permitiéndole continuar
solitario con el arreglo, como un bálsamo y alivio a su privada
desgracia. Como ocurre siempre en los pueblos pequeños, en
el nuestro empezó a circular la creencia que el espíritu del
infortunado hombre no descansaba en paz, habitando desde
allí en adelante los cuartos de la torre como un doliente
fantasma del campanario. Lógicamente la paleta jamás retornó
a la iglesia, ni nunca supimos donde la dejó, pues sus
pensamientos empezaron a fallar en el mismo día en que
encontrara muerta a su señora, y al volverse taciturno, no
hablaba con nadie, ni daba explicaciones de lo que hacía. Por
lógica, respetamos su dolido silencio. Por esta desgracia o
maldición, nunca pudimos conseguir un relojero de la zona
que quisiese repararlo, y generalmente huían del trabajo a las
primeras horas de empezarlo, según ellos, molestados por un
maligno espíritu que los atacaba. El reloj permaneció callado
por espacio de veinte años. Afortunadamente, en el mismo año
que perdiera a sus padres, su único hijo se recibió de médico,
el cual con su profesión pudo pagar las deudas y los
impuestos de la casa, además de instalar su consultorio donde
antiguamente era el taller de la relojería de la familia, para
casarse al poco tiempo y traer dos hijos al mundo. Bueno sería
que fueran a verlo y preguntarle si acaso no estuviera la paleta
entre los trastos antiguos de su padre, y recuperándola
pudiesen armar el sistema de las campanas.-
-Así lo haremos. -dijo mi padre- Es imprescindible
recuperarla, ya que no tenemos ni existe un repuesto que la
reemplace, teniendo el reloj más de ciento veinte años y que
sus diseñadores y fabricantes seguramente ya desaparecieron
del mercado y del mundo.-
El Viaje Extraordinario 61

De allí fuimos en ésa mañana hasta la casa del hijo médico del
relojero suicida, y después de hacernos esperar más de media
hora parados en la vereda, se dignó a atendernos muy de mala
gana.
- Yo no sé nada de las herramientas ni de los repuestos de
mi padre, ni de aros ni cadenas de oro, y ya me tiene
sumamente hastiado la infinita cantidad de gente que viene a
mi casa a reclamar tal reloj pulsera o de bolsillo, o tal bombilla
que le dieran veinte o treinta años atrás para que la reparara.
Generalmente los echo de mi puerta, pero por gentileza al
obispo que los envía, a ustedes les volveré a repetir lo que les
digo a todos los que me reclaman algo concerniente a la
profesión de mi padre: yo odié desde niño la relojería, y con
solo recordar que mi padre perdiera su vista torciendo las
espaldas sobre minúsculos relojes, ardo de furia por tan ínfima
y despreciable profesión. ¡Malditos los padres que trasmiten a
sus hijos sus mismos indignos oficios denigrantes! Zapateros,
camioneros, cartoneros, changarines, cloaquistas, cortadores
de pasto, quinieleros, pintores, porteros, enfermeros,
jardineros, carniceros, kiosqueros, locutores, operadores de
radio… ¡No dejéis como herencia a vuestros hijos las miserias
y necesidades de vuestros despreciables oficios y por las que
pasaste! ¡Ay, si supieseis cuántos desprecios e insultos recibió
mi padre en vida por clientes violentos o disconformes! ¡Y
cuánto mal se hablaba de él en el pueblo! Basta que un
ignorante malintencionado diga a otro que el relojero le robara
todos los rubíes de su reloj, o una pieza, para manchar para
siempre su honestidad, lo cual es imposible pues un reloj no
puede funcionar sin un solo elemento faltante, según decía mi
padre y bien sabéis. La mayor arma con que cuentan los
inútiles e incapaces contra los honestos y trabajadores de su
misma profesión, es la difamación gratuita y sin sentido hacia
sus colegas para obtener trabajos que por inoperancia están
lejos de alcanzar por sí mismos. ¡Ay, si supieseis cuánta
vergüenza pasé frente a las maestras de la primaria cuando
nos preguntaba la profesión de nuestros padres y yo
contestaba “relojero” ante otros niños que decían ser hijos del
“doctor fulano” o del “ingeniero, contador o dentista mengano”, a
los cuales trataba ella con deferencia y delicadeza por ser hijo
de alguien preponderante en la sociedad! A mi padre, pobre,
jamás le invitaron a un palco en un desfile, ni jamás integró la
comisión del club social, ni junta de moral o de fomento
62 El Viaje Extraordinario

alguna, ni formó en listas de candidatos en elecciones, y


siempre fue tenido en menos en la despiadada sociedad que
enaltece a los ricos y desprecia a los humildes. Yo aprendí la
lección: seré pues rico antes que humilde, respetado antes que
despreciado, seré soberbio y engrandecido para pisar y no ser
pisado. Y si mi padre no hubiese estado en la torre de la iglesia
arreglando esa porquería de reloj sin cobrar ni ganar nada, y
estuviese en casa, quizá hubiera impedido que una descuidada
enfermera colocara a mi madre una simple inyección
antigripal con una aguja mal esterilizada. Pues bien, mi santa
madre, antes de morir, con una visión más amplia e inteligente
del futuro, exigió a mi padre que pagara mis estudios de
medicina antes que enseñarme su oficio, y gracias a Dios
nunca me interesaron los relojes ni me acerqué a ellos, y
obteniendo mi título de médico en siete años de estudios,
tengo un buen pasar y una gran fortuna lograda en menos de
diez de trabajo. Tengo dos autos y una camioneta de alta
gama, un campo con animales, varios terrenos, doce
departamentos que arriendo a estudiantes, una lancha, buen
saldo en dólares en cajas de ahorro, una chacra de fin de
semana cercana al pueblo, y otros bienes que mi padre en
cincuenta años de oficio jamás pudo tener, sino una bicicleta
destartalada para ir a reparar y dar cuerda al reloj de la iglesia
de Sainttom. Abrumado y decepcionado de la vida, y quizá de
su monótono trabajo, se ahorcó estúpidamente. En definitiva,
después de la partida de mis padres, junté varias bolsas y cajas
de cartón y las llené hasta rebozar con despertadores, relojes
pulseras, de bolsillos, mallas, destornilladores minúsculos,
ruedas, cuerdas, tornillos, engranajes, lupas y repuestos de
todo tipo, y personalmente las arrojé al carro basurero
municipal, como para que nunca más hastiaran a nadie. La
paleta que buscan, seguramente fue a parar al basurero
municipal, en buena hora por otra parte, aunque no recuerdo
haberla visto. Así que por enésima vez vuelvo a repetir que no
tengo absolutamente un tornillito del oficio de mi padre, y
agradezco a Dios que no aprendiera tan despreciable
profesión, que solo trae a quien la practica dolores de cabeza y
de espaldas, pérdidas de vista y extremados cansancios, y que
la gente lo tenga muy en menos, similar a la de un cloaquista o
un lustrabotas, no dejándole entrar aunque sea en la mediana
sociedad, ni ser un personaje preponderante dentro de la
comunidad como lo soy yo con mi diploma de médico. ¡Ah, si
El Viaje Extraordinario 63

supieseis cuántas comisiones integro como presidente, y


cuantas invitaciones a fiestas me llegan día a día! El Rotary
Club, el Club de Leones, la Cooperadora de la Escuela Normal
o la Comisión de festejos Sanmartiniana están a mis pies, ya
que en todas integro como presidente. Los partidos políticos
insisten en postularme como intendente o diputado, desafíos a
los que todavía no me decido emprender. En cambio, a mi
padre nunca llamaron para integrar siquiera una comisión de
barrios, de bomberos, de fomento o una lista de candidatos a
concejales, o delegado de un club fútbol de la Tablada, o
secretario de la Liga, ni nada por el estilo. Siempre lo pusieron
como encargado de cuidar los baños en los corsos o festivales,
o para cobrar la entrada a los mismos por su honestidad,
acomodar las sillas o simplemente ser aguatero de equipos
barriales de fútbol. ¡Ay, si mi padre hubiera sido médico como
yo cuánta honra tendría! En cinco años, yo logré como médico
una fortuna que él no pudo alcanzar en cincuenta años de
quemarse las pestañas y torcer sus espaldas sobre rueditas
minúsculas, espirales y cuerdas de relojes. Y así, resumiendo,
les ruego que se retiren de mi casa, y nunca más me molesten
con las minucias que mi padre componía, pues no sé nada de
ellas ni me interesa saberlo. Busquen si quieren la paleta en el
basurero municipal, entre las inmundicias y desechos que es
donde debe estar sepultada, ya que yo embolsé y empaqueté
cientos de repuestos que se llevaron los carros recolectores de
basura, sin fijarme si eran paletas, ruedas o cuerdas. Y lo que
más lamento es la ausencia de mi padre al borde de la cama
cuando colocaran la inyección a mi madre, ya que jamás
permitiría a la enfermera ser tan descuidada en su trabajo
siendo él tan meticuloso en el suyo. Por perder tiempo
arreglando el reloj de la iglesia, ganó una hernia que nunca se
operó, la muerte de mi madre y la suya propia. Y con esto está
todo dicho. Por favor, retírense de mi casa que tengo infinitas
cosas que atender- finalizó enojado, y nos echó de su puerta.
Mudos y atónitos quedamos ante tales odios y desprecios
vertidos sobre la profesión relojeril que heredamos los
Buenacuerda de nuestros mayores, y del rechazo que
acumulara hacia las profesiones humildes, y sobretodo, por la
soberbia que se introdujo en su corazón a través de su título de
médico.
64 El Viaje Extraordinario

Es vanidad despreciable buscar las vanas riquezas con el fin de


mostrar con ellas la superioridad del hombre para con sus
semejantes.
En los principios, las profesiones y oficios abnegados hacen al
hombre humilde, pero logrando con el progreso la riqueza
anhelada, ésta siempre viene acompañada de la despreciable
soberbia.
Salimos tristes y amargados de la casa del médico, y mi padre
iba muy pensativo y taciturno tomándome la mano mientras
caminábamos sin rumbo por las calles de Sainttom, y lo
primero que me dijo fue:
- Hijo, las profesiones, por intrascendentes e inferiores que
sean, deben ser valoradas y apreciadas por quien las ejerce con
pasión y responsabilidad, y por su entorno familiar y de
amistad, teniendo orgullo de practicarla antes que renegar de
ella, pues Dios en su infinita sabiduría a cada uno da la
manera de ganarse la vida, lo que debemos agradecer
constantemente. ¿Quién sino el buen jardinero podaría las
espinas para que pudiéramos acariciar las rosas que se
destacan lozanas y vistosas al sol de la primavera? Si el
humilde cosechero no quitara el algodón que la planta le
ofrece generosa, el tejedor y el hilandero no podrían volverlas
en telas, ni la modista en las prendas que nos visten… ¿viviría
desnudo el hombre por no practicar éstos humildes oficios?
No todos pueden ser médicos ni arquitectos, sino que cada
cual debe dedicarse a lo que sus condiciones naturales o de
destreza le permitan. Así, los albañiles son diestros para
asentar ladrillos y levantan altos edificios, los panaderos son
hábiles para preparar las mazas de ricas facturas, y un
cloaquista para ensamblar una red de desagüe de un barrio
entero, cosas que extraños al oficio seguramente jamás
lograrían, y cada uno con la habilidad y pericia con que
naciera por gracia de Dios, hacen que las profesiones se
multipliquen y dispersen. Y no hay mejor herencia para los
hijos que los padres les den un oficio del que vivan
dignamente, o aún un estudio superior. Desgraciado el hijo a
quien su padre no diera oficio, pues siempre termina en la
habilidad de ser ladrón para poder vivir. Procuran los buenos
padres, a las hijas a ser buenas, y a los hijos un oficio, y con eso
recogen en la vida muchos y eternos beneficios. Cierta vez un
matrimonio de ricos y pudientes que edificaba su casa dijo a
un humilde ladrillero si no le daba vergüenza tener un oficio
El Viaje Extraordinario 65

de tan poca inteligencia y preponderancia, en el que lidiaba


con bostas de vacas, barros y caballos para hacer sus
mercaderías, y éste, mientras bajaba los ladrillos de su carro,
rojizas las manos y sucio de tierra, le contestó:
- Si no existieran los de mi humilde trabajo, ustedes los
ricos no podrían levantar sus majestuosos palacios, y es mejor
el pan de una profesión humilde que la miseria de una
haraganería orgullosa. Todos mis hijos, y aún mis nietos tienen
mi mismo oficio de hacer ladrillos, más no renegamos de ello,
pues Dios bendice las manos de los que más duramente
trabajan, y si bien no pude darles una instrucción superior con
estudios o universidades, los aparté de los vicios en que caen
siempre los que no tienen un oficio y dan en malignos
pensamientos de robar al que progresa trabajando.- dijo el
ladrillero.-
Cualquier trabajo o profesión ejercida con ánimo y a
conciencia, -continuó mi padre- así sea un recolector de
basuras, honra a quien la practica con el orgullo de ser útil a la
comunidad. Los hijos deben sentirse complacidos del oficio de
sus padres, ya sea cloaquista o zapatero, primero porque con
el oficio de los mayores se alimentan los menores, y segundo
porque el trabajo del padre siempre está dirigido a que con lo
ganado tan esforzadamente brinde a su prole el camino
superador para el estudio de otras mejores profesiones. Aún
las profesiones más humildes, ya sea la de un basurero, o
cloaquista, son dignas de todo respeto. Nadie descansa tanto
ni es más feliz que aquél que realiza o cumple con amor y
esmero una profesión que otros desprecian y la tienen por
indigna. No se toman truchas sin mojarse los pies ni se logran
títulos sin los sacrificios y trabajos de nuestros mayores. Y si
bien este médico soberbio odia la profesión que ejerciera su
padre, viviendo ahora de la suya prósperamente, se olvida de
quien se esforzaba componiendo delicados relojes, perdiendo
su vista día a día y doliéndole las espaldas noche a noche para
pagar sus estudios con sus magras ganancias. ¡Y qué sería del
mundo si no hubiese la diversidad de oficios con que cada uno
ganara lo suyo, según su capacidad, formando una pirámide
en que las profesiones más destacadas están en la cima por
escasas y complicadas, mientras que por abundantes las
comunes y corrientes forman una amplia base para el sostén
de todas juntas! No todos podemos ser ingenieros o científicos,
ya que los muchos estudios y los costosos libros de enseñanza
66 El Viaje Extraordinario

necesarios a veces son vedados para los pobres o escasos de


inteligencia, pero sí muchos pueden ser albañiles con solo
mirar a quien asienta ladrillos, o carbonero a quien fabrica
carbón, o zapatero a quien remienda zapatos, y es la ocasión
que Dios da a los pobres de aprender un oficio sin grandes
emolumentos. Tu abuelo Carrillón Buenacuerda me enseñó su
misma profesión, aprendida a su vez de tu tatarabuelo,
hombres que seguían el sabio consejo de dar a los hijos un
oficio, para que ocio no los lleve a la haraganería en que
solemos caer cuando jóvenes, según se dice:
A tu hijo dale oficio, que el ocio es padre del vicio. – terminó
mi padre.
Desanimados volvimos a la iglesia, ya que sin la pieza faltante
el reloj jamás sonaría sus campanas correctamente, aun dando
sus agujas la hora exacta y estando ya arreglada su
maquinaria.
El alma del reloj de una iglesia está en los sonidos que se
esparcen con el viento cuando emite cualquiera de sus horas a
través de cantarinas campanadas, y sin ellas es alma muerta, al
igual que el hombre sin buenas obras.
Miró y remiró mi padre el lugar donde iba la paleta perdida, y
después de pensar y meditar largo tiempo, sin que yo lo
interrumpiera con palabra alguna, exclamó:
-¡Ya sé cómo podemos fabricar una que la suplante!-
Es el caso que la mencionada paleta, me dijo, va adherida a un
eje sobresaliente de una de las ruedas del sistema de sonería,
por fuera de la máquina, que al girar sus aspas atrapan el
viento circundante, lo que frena suavemente la velocidad de
giro de todas las ruedas, y por consecuencia, hace que el
desarrollo de los tañidos sean lentos y espaciados. Cuanto mas
aspas tenga la paleta, y más anchas sean, más aire recogen
frenando la velocidad de las ruedas, y por lo tanto más
espaciados son los movimientos del brazo que jala la cadena
de los badajos. El problema es –razonaba mi padre en voz alta-
que cuando terminan de sonar las campanas las ruedas se
detienen bruscamente, mientras que las aspas deben continuar
girando vertiginosamente por inercia, pues si estuviese fija y
frenara violentamente, por su gran peso y tamaño torcería el
eje de la rueda a la que está adherida, con gran peligro de
romperla, y aún romper las ruedas subsiguientes. Buscaremos
en los talleres del pueblo algo que nos pueda servir para
reemplazar a la faltante.- dijo finalmente.
El Viaje Extraordinario 67

Dimos una vuelta por el pueblo buscando lo que mi padre


tenía en mente fabricar y así llegamos a un taller de heladeras
de un buen señor llamado don Duré, que gentilmente nos
llevó hasta una montaña de paletas en desuso y de todos los
tamaños y colores.
De entre ellas mi padre tomó una de cuatro aspas bastante
grandes, la que nos fue regalada por el amable mecánico de
heladeras que fuera en otras épocas buen cantor de tangos, nos
dijeron después la gente del pueblo.
Luego fuimos hasta una bicicletería donde mi padre compró a
su dueño don Bigay un piñón flamante de bicicleta, con la
cubeta de una rueda trasera donde se la enrosca y se prenden
los rayos, y con los tres elementos foráneos a la máquina de un
reloj, a saber, la paleta de heladera, el piñón de bicicleta y el eje
trasero o cubeta donde éste se enrosca, volvimos hasta un
taller de soldaduras eléctricas y tornería de otro buen hombre
llamado Chueco Benítez, el cual por indicaciones de mi padre
nos soldó la paleta a el piñón, y éste a la cubeta, de manera tal
que giraba perfectamente en un solo sentido, y frenándose su
eje en seco la paleta seguía girando libremente gracias al
piñón, de la misma manera que cuando en una bicicleta
dejamos de pedalear y las ruedas siguen girando sin que se
frene ni detenga su marcha.
En la cubeta o eje trasero mi padre hizo practicar un pequeño
agujero al cual se le hizo rosca para adosarle un tornillo en un
costado, ocupando el torno y la experiencia del tornero
mecánico.
El señor Chueco Benítez nada nos cobró por su trabajo, ya que
mi padre se hizo muy amigo del tornero soldador en los días
que estuvimos en Sainttom, e incluso fuimos invitados a cenar
a su casa, y también en la casa del referido señor don Duré que
nos atraía con su conversación alegre y dicharachera, y mucho
nos entretenía con sus anécdotas de buen cantor de tangos en
giras que hiciera por Brasil y Misiones en años de su mocedad.
También era un excelente contador de cuentos y anécdotas.
Una vez que confeccionamos la paleta regresamos al
campanario con la impaciencia de comprobar si funcionaría.
Introdujo mi padre su invento en el eje saliente de la rueda y la
ajustó con el tornillo puesto para tal propósito, dejándolo
firme y bien agarrado.
68 El Viaje Extraordinario

Diez minutos después, llegó las once de la mañana, y el


sistema de sonería comenzó a girar para dar las campanadas
del aviso del nacimiento de una nueva hora.
La paleta se puso inmediatamente en movimiento recogiendo
el aire que hacía girar lánguidamente al conjunto de las ruedas
del sistema de sonería, sin prisa, haciendo que el brazo tirara
lentamente la cadena de sonar las campanas, para producir el
mejor sonido que habíamos escuchado entre cientos de relojes
de iglesias por donde anduvimos.
¡Tang!... ¡Tang!... ¡Tang!... ¡Tang!...
Los once repiques fueron tan lentos y pausados que los
pudimos contar nítidamente uno por uno. El éxito y la
claridad fueron totales. Todo el pueblo escuchó con extrañeza
y alegría las once campanadas de aquélla mañana gloriosa
para nosotros, y las siguientes del reloj de la iglesia de
Sainttom. La máquina completa, la parte horaria y la de
sonería, estaban arregladas gracias al ingenio de mi padre y a
la colaboración de don Duré y del Chueco Benítez, sin la cual
hubiera sido imposible su compostura.
El siguiente trabajo era conectar las agujas por fuera del cuarto
del reloj, tarea muy peligrosa pues mi padre tendría que
suspenderse en el vacío frente a las tres caras o cuadrantes
visibles del reloj, colocando las dos agujas correspondientes en
cada una de ellas, las cuales van sujetas por dos grandes
tuercas a un grueso eje que sale al exterior.
Las agujas de un reloj de iglesia, aunque desde el suelo se vean
pequeñas, tienen un largor de casi un metro, siendo unos
veinte centímetros mayor la aguja minutera que la horaria, y
ambas tienen un peso de dos kilos cada una, lo cual las hace
peligrosas de ser colocadas al haber gran riesgo de que se
caigan al vacío en el intento, y llevarse de arrastre al relojero
junto con ellas. Mi padre se ató al cuerpo una gruesa soga
sujeta a su vez a la pesada máquina del reloj, y quitando
previamente algunos de los vidrios coloridos de los
cuadrantes, salió al vacío medio cuerpo para conectarlas,
colocando primero la aguja horaria sujeta con una gruesa
tuerca que ajustó con la llave francesa, repitiendo el mismo
procedimiento con la minutera, todo lo cual, agujas, tuercas y
llave, yo le iba acercando mientras estaba suspendido en el
espacio. Luego hizo lo mismo con los dos restantes cuadrantes
o caras del reloj de Sainttom.
El Viaje Extraordinario 69

Las agujas se insertaron correctamente apretadas y sujetas en


sus correspondientes ejes salientes al espacio, o sea, de las
ruedas horarias y minuteras de las cuales se sostenían en sus
tres cuadrantes. Mi padre me ordenó entonces que bajara a la
calle. Antes de ser ajustadas con su tuerca al eje, desde la calle
yo le indicaba a mi padre la posición correcta cuando ambas
formaban un ángulo recto a las nueve de la mañana o a las tres
de la tarde.
Terminado el trabajo en las tres caras del reloj, tenía el pueblo
de ahí en más la hora exacta con solo mirar sus agujas allá a lo
alto de la torre, o los barrios lejanos al escuchar sus nítidas
campanadas. Colocamos después los vidrios de colores de
cada fachada del reloj, que mi padre quitara para poder salir al
espacio atado de la cintura, y nos retiramos de la torre minutos
después de controlar el excelente sonido de la hora seis de la
tarde, viendo que toda la maquinaria funcionaba
perfectamente, y nos fuimos a descansar temprano al
convento, ya que a mi padre mucho le dolía cintura y las
espaldas por lo incómodo y trabajoso que le fuera colocar las
pesadas agujas del reloj. Tampoco habíamos comido nada al
mediodía, entretenidos en completar el trabajo de la paleta.
Acostados en nuestro cuarto después de la cena, escuchamos
atentos las horas que transcurrían, guiándonos por las nítidas
campanas de la Catedral hasta las doce de la noche, hora en
que nos venció el sueño.
No obstante, debíamos esperar hasta el día siguiente a fin de
regular cualquier atraso o adelanto que se registrara en
veinticuatro horas de funcionamiento, lo que solo se puede
hacer cuando ya las agujas están colocadas.
Me olvidaba decir que la cuerda de los relojes de iglesias,
según la largura de los cables de acero y la altura de la torre
para el descenso de las pesas, dura ocho, quince o treinta días
continuos, y que en el caso de la iglesia de Sainttom, dura
solamente ocho días por ser baja la altura de su torre.
Pedimos al obispo que buscara un joven con fuerza como “el
pequeño Ben inglés” para subir las pesas a lo alto una vez por
semana, lo cual prometió conseguir.
Mi padre arregló de cuentas con el obispo, quien abonó sin
problemas el total de los costos, y nos aprontamos para
regresar a Worldform, pero antes de devolver la llave del
campanario subimos a echarle una última mirada al buen
funcionamiento de la enorme máquina.
70 El Viaje Extraordinario

Grande fue nuestra sorpresa al encontrar escrita en una pared,


la palabra “gracias” con la grasa sobrante de los bujes y de los
dientes de las ruedas, ya que habíamos dejado el cuarto
limpísimo de sobras y latas y gran pulcritud en el piso, y
según noticias que tuvimos después, el fantasma de la torre de
Sainttom desapareció para siempre al ver que su interrupto
trabajo ya estaba felizmente terminado por otro relojero tan
eficiente y meticuloso como él lo fuera en vida.

************

-Hija, duérmete ya, que estoy muy cansado. ¿Hiciste los


deberes de la escuela?
-No, pa. Grande pa.
-Eso me gusta mucho: que nunca mientas… Te felicito.
El Viaje Extraordinario 71

CAPITULO V
De vuelta al hogar. Una siesta de pesca. La extraña nave que
bajó del cielo y sus misteriosos ocupantes. El rayo
paralizador. Me raptan a través del espacio sideral hasta el
planeta Bondax2. Llegada al Palacio de Gobierno
bondaxniano.

La extraña aventura de la cual una parte te contaré esta noche,


amada hija, sucedió días después que regresáramos de la
hermosa ciudad de Sainttom, la de famosos festivales y
carnavales, la de gente buena ,y del fantasma que otrora celoso
cuidaba el reloj de su catedral, y siendo días de vacaciones
escolares, por haber aprobado el último grado de la primaria y
ya estrenar pantalones largos, señal de responsabilidad y
hombría con que se alargan las libertades que los padres
suelen dar a sus hijos, regalóme como premio un cañizo de
pesca muy moderno, llamado reel, cuyo hilo de nylon se
enrollaba automáticamente con una maquinita adosada en su
final, y ansioso quise estrenarla saliendo de pesca para
entretener mis horas libres en ociosos descansos al borde de
los muchos arroyos que tiene el condado de Worldform.
Por si fuera poco, también me regaló un hermoso reloj a
cuerda con malla de cuero que lucía frecuentemente en mis
vagancias, no para regresar temprano a mi casa, sino lo más
tarde posible, ya que yo era dueño y señor de mis vacaciones.
Es pues el caso que un caluroso sábado de verano tomé mi
cañizo, una lata de lombrices y un libro corto de Mark Twain
titulado “Un norteamericano en la corte del Rey Arturo”, y en
mi bicicleta me trasladé hasta el arroyo que atraviesa el puente
San Hilario, a unos quince kilómetros del condado de
Worldform.
En éstos predios, el Rey Tinacrio el Sabio mandó a preparar
para beneficio del pueblo y del turismo, un lugar de descanso
o camping, adosándolo con hamacas y toboganes para los
niños, tableros fijos de ajedrez y damas para los mayores,
canchitas de pelotas, canillas de agua fresca, mesas y bancos
de cemento con asadores y parrillas, y grandes quitasoles de
paja en ambas orillas del suave y límpido arroyo que pasa por
debajo del puente llamado San Hilario.
En el verano, agradable es ver a tantos turistas y lugareños
compartiendo juntos amistad, educación y tan buena
compañía entre distintos provincianos.
72 El Viaje Extraordinario

Los turistas pueden descansar bajo las sombras de la


exuberante vegetación de altos árboles y sobre una cama de
verde hierba, donde los niños juegan a la pelota y los mayores
toman baños de sol, o pescan o bañan en las cristalinas aguas
de aquél paraíso terrenal.
Hacia ese lugar paradisíaco fui pedaleando y en menos de
treinta minutos llegué a él, y encontrándolo repleto de gente
que emitía grande bullicio y griterío, por no molestar y buscar
privacidad, seguí el curso del arroyo en su lado derecho
internándome en un frondoso bosque hasta llegar a un lugar
solitario propicio para la pesca, y debajo de un umbroso árbol
que estaba a la vera del arroyo, sin turistas ni vecinos cercanos,
me instalé bajo su sombra, y después de arrojar el anzuelo a
las cantarinas aguas, clavé el cañizo en la arena y me tiré sobre
la suave y verde hierba en espera de que algún pez quedara
atrapado en la línea para llevárselo a mi madre.
Me propuse dedicarme a la lectura, que en aquélla etapa de mi
adolescencia se iba acendrando en mí.
La fresca brisa circundante, la quietud del paisaje, las blancas
nubes que viajaban por el azul del cielo, el arrullo de las aguas
y aquél lejano bullicio de los alegres turistas, y los infinitos
trinos cercanos de variados pajaritos en las copas de los
árboles, hicieron que en descansada ensoñación cerrara mis
ojos y me adormilara, con el libro de Twain sobre mi pecho.
Un rato después, un silbido penetrante me despertó, y viendo
que fuertes vientos movían la vegetación circundante, pensé
que se venía una tormenta de verano, y aunque el cielo estaba
límpido y claro, soplaba grande viento que movían las copas
de los árboles como impulsadas por una especie de fuerte
remolino, y de pronto veo descender entre ellos un extraño
artefacto redondo y chato con forma de plato invertido, que se
sustentaba en el aire suavemente como buscando un espacio
libre donde posarse.
Un fino y delicado silbido semejante a turbinas se esparció por
el aire mientras descendía lentamente, a unos diez metros de
donde yo estaba, y vi que el aparato en toda su redondez, de
unos cuatro metros de circunferencia, tenía pequeñas
ventanillas angostas y alargadas de transparentes vidrios, algo
así como los parabrisas de un automóvil, que dejaban ver en
su interior tres pequeñas criaturas a las que tomé por niños
por la pequeñez de sus cuerpos y su baja estatura.
El Viaje Extraordinario 73

Poco más bajo de las ventanillas, en todo su círculo, tenía


pequeños agujeros como toberas de escape que dejaban salir
rayos o luces de brillosos colores rojos, verdes y azules de gran
intensidad, los que posiblemente hacían que se sustentara en el
aire, ya que al disminuir su esplendor, la nave descendía.
Las ventanas dejaban ver con nitidez en todo su interior de
blanquísima iluminación como de fluorescentes, a tal punto
que claramente aprecié las pequeñas figuras de sus tripulantes,
y el contorno de la extraña nave, similar a dos platos
contrapuestos, que despedían una infinidad de luces de
colores poco más arriba del filo de aquella "lenteja".
Pude apreciar las cabezas grandes como una pelota de sus
tripulantes y sus enormes ojos negros y brillosos, porque todos
me miraban fijamente a través de las ventanillas.
El platillo volador se posó suavemente sobre la tierra
apoyándose en tres patas que emergieron de su parte inferior
cuya altura era de un metro más o menos, levantando mucho
viento y polvo, y un fino silbido que iba disminuyendo,
aunque sin apagarse del todo.
Los caños cilíndricos o toberas por donde escapaban los
vientos y las luces, formaban graciosos remolinos de hojas y
pastos en sus alrededores.
Una pequeña puerta horizontal en el centro de su base
descendió lentamente hasta apoyarse en el suelo, que se
iluminó nítidamente por la luz interior que emanaba del
platillo.
Pude ver que la puerta que bajara tenía en su anverso dos o
tres escalones metálicos, por los cuales vi descender del
vehículo dos pequeñas piernas tan brillosas que parecían de
plata.
Yo me quedé rígido y estático viendo todo esto, y mi estupor
se acrecentó al ver que las diminutas extremidades que
descendían, parecían las de un enano, o como las de un niño
de seis o siete años, y por alguna razón sentí un terrible miedo
que me sacó de mi paroxismo, y eché a correr hacia mi
bicicleta para montarla y huir del lugar.
Escapé corriendo hasta tomar mi bicicleta y ya estaba por
subirme a ella para huir de allí, cuando veo de reojo que el
extraño ser de una gran cabeza en forma de trompo que se
afinaba llegando al cuello, y que ya pisaba la tierra, sacó una
especie de pistola con la cual me disparó un brillante rayo de
azul intenso.
74 El Viaje Extraordinario

El rayo vino a darme en las espaldas y sin sentir dolor alguno


me dejó paralizado, estático, como si fuese una estatua de
mármol, y aunque no podía mover un dedo, podía ver,
escuchar y respirar.
Otro ser pequeño descendió del platillo y ambos se acercaron
rápidamente a mí mirándome con curiosidad, con la misma
que yo los miraba también, y uno le dijo al otro:
-¿Este es el terrícola que vinimos a buscar?
- Sin duda es él -dijo el otro- su rostro y altura coinciden
con los datos que el General Oddio cargara en el monitor de la
nave para que no nos equivocáramos.-
Sin poder hablar, miré a los dos extraños seres, que no medían
siquiera ochenta centímetros de altura, de enormes cráneos y
grandes ojos negros, nariz pequeña y en punta como las de los
dibujos animados, y bocas desprovistas de labios, similares a
una hendidura producida por un filoso bisturí, y que
extrañamente vestían uniformes o trajes espaciales de color
niquelado y brilloso como los paragolpes de los autos, aunque
la piel de las caras y las manos eran de un color verdoso claro
similar a la piel de un durazno.
-Subámoslo rápido a la nave –dijo el primero- antes que
los demás terráqueos vengan hacia aquí atraídos por la
curiosidad de saber qué es lo que descendió entre los árboles y
del ronroneo de la esfera transportadora.-
En ése momento me di cuenta que ellos no hablaban con los
retumbos de la boca ni los chasquidos de la lengua, sino con
un lenguaje mental suave, claro y más entendible que los
sonidos de la garganta humana.
Increíblemente a mi cerebro llegaban nítidos y claros los
pensamientos y coloquios entre ambos extraterrestres. Era una
telepatía extraordinaria en la que no había notas altas o bajas,
sino una perfecta transmisión de pensamientos puros y claros,
como cuando escuchamos una radio bien sintonizada, de la
cual yo también participaba escuchándolos embobado por la
extraña experiencia. Y poniendo cada uno su largo dedo índice
bajo mis codos me levantaron graciosamente por los aires,
como si trasladaran el maniquí de una tienda, y sin esfuerzo
alguno, me introdujeron al interior del platillo, donde me
acomodaron sentado en un confortable banco adosado a la
pared del platillo, muy cómodo y agradable.
Adentro, un tercer enano estaba ya presto para emprender
vuelo frente a un complicado tablero de comandos
El Viaje Extraordinario 75

Uno de ellos regresó a tierra y escondió mi bicicleta en los


matorrales, olvidándose de recoger el libro de Twain y ocultar
mi cañizo automático, quizá por no verlos, el uno abandonado
en la hierba y el otro firmemente clavado en la arena, al borde
de las claras aguas del arroyo San Hilario.
Esto yo observaba desde las numerosas ventanillas de la nave,
sin poder moverme.
El interior de la nave era un recinto circular rodeado de
tableros de control, algo así como la sala de comando de un
submarino o una cabina de controles electrónicos de un avión
de pasajeros.
Todo el interior del platillo tenía un aspecto metálico pero en
los sitios de contacto con el cuerpo, como el banco y los
sillones de los conductores, era de una suavidad y plasticidad
superiores a cualquier otro material o mueble cómodo que yo
conociera o viera en Worldform.
Los motores volvieron a acelerar y la nave quedó fluctuante a
menos de un metro de altura, mientras lentamente se recogían
las tres patas de apoyo y se ocultaba al mismo tiempo la
puertita escalera, cerrando herméticamente el vehículo, sin que
desde adentro se notase ninguna desnivel en el piso, ya que los
escalones al ser recogidos volvían a quedar lisos y rectos sin
una huella o indicio que indicase que debajo había una puerta
de salida. Se escuchó un ligero silbido y la vibración de todo el
conjunto me dio a entender que despegábamos de la tierra.
Nos elevamos lentamente entre los árboles con un suave
murmullo como de abejas de inquietas alas en primavera.
Por las ventanillas del vehículo pude ver primero los cuerpos
de los gruesos árboles que nos rodeaban y luego sus ramas y el
follaje de lo alto de sus copas que se movían violentamente de
un lado a otro por el remolino de viento que producía la nave,
quedando el suelo de verde hierba cada vez más lejano de mis
manos y de mis pies.
Nos elevamos suavemente hasta dejar atrás a los árboles, y de
allí en más el platillo hizo rugir con más fuerza sus motores e
inmediatamente salimos despedidos hacia la estratósfera a una
velocidad increíble, no sin que antes me permitiera ver desde
el aire toda la extensión del arroyo que se perdía en
lontananza y la ciudad entera de Wordform como un bien
trazado mapa, con sus calles nítidamente marcadas, junto con
la correcta disposición de las casas.
76 El Viaje Extraordinario

Pude ver desde el cielo la altísima chimenea de la fábrica de


taninos cuyo reloj mi padre mantenía en función para que su
marcha hiciera emitir un agudo pitido a las ocho de la mañana
y a las doce del medio día para señal de entrada y salida de
sus operarios; el elevado tanque de agua Obras Sanitarias, y
las curvas sinuosas del río Paraguay que desde arriba parecía
un caudal de plata derretida. Vi nítida la avenida principal de
la ciudad, la 25 de Mayo, entre infinitos árboles que la
demarcan de punta a punta hasta terminar en el río, en la zona
de la prefectura, después de un recorrido de veinte cuadras de
comercios, cines, bancos y edificios de gobierno.
Alelado, pude mirar por las angostas ventanillas que nos
elevábamos con tal rapidez que la Tierra empezaba a verse en
toda su redondez como pensara Nicolás Copérnico que fuera,
como una gran pelota suspendida en el espacio,
empequeñeciéndose hasta quedar del tamaño de una
manzana, y luego desaparecer entre millones de otros
brillantes planetas y estrellas que tapizaban la total negrura
del infinito espacio que atravesábamos, en el cual parecía que
nuestro vehículo se mantenía estático y sin movimiento
alguno.
En un corto lapso nuestro planeta se convirtió en uno de esos
lejanos puntos, y no pude menos que sentir un escalofrío en
todo mi cuerpo, pues me empezó a atemorizar el pensamiento
de que nunca más volvería a pisar el suelo en que naciera.
Solo cuando nos alejamos del lugar en que nacimos y
crecimos, lo extrañamos y sentimos deseos de llorar.
Nos elevamos con tal rapidez, que la Tierra se transformó en
un pequeño puntito blanquecino muy suave hasta
desaparecer.
Presentí que avanzábamos a una velocidad vertiginosa, pues
los diminutos astros que se veían lejanos y minúsculos en el
frente, en escasos minutos los alcanzábamos y los dejábamos
atrás, en donde se volvían estáticos y como colgados en medio
de la negra oscuridad del universo, hasta desaparecer
totalmente reemplazados por otros nuevos puntos infinitos.
El espacio que nos rodeaba era de un negro profundo,
tachonado de millones de diminutos puntos luminosos.
En los pocos minutos que vi cercano a mi planeta, tuve la
certeza que subíamos, pero al perderlo de vista ya no pude
orientarme en la inmensidad de aquél desierto negro lleno de
estrellas brillantes como infinitas partículas de diamantes.
El Viaje Extraordinario 77

Este desconcierto cardinal hizo que perdiera la noción de lo


que era techo o piso, es decir no tenía el conocimiento de la
verticalidad ni la orientación que gozaba en la tierra, y así,
viendo perfectamente al sol, no podía establecer si íbamos
boca abajo o arriba, ni el rumbo que llevábamos.
Tampoco había inercia alguna ni me sentía tirado para atrás
como cuando subimos a un colectivo que arranca y toma
velocidad. Esto mucho me extrañó y desconcertó, que en el
espacio sideral que atravesábamos no tuviera yo noción de lo
que quedaba a la derecha o a la izquierda, o lo que estaba
arriba o abajo, pues a mi parecer, si la nave doblara el rumbo,
diera una vuelta carnero, subiera, bajara o girara como un
tirabuzón, nadie de dentro notaría cualquier movimiento
brusco, ni se daría cuenta del cambio.
Sin embargo, nunca tuve la sensación de estar cabeza abajo, ni
supe cuál era la parte de arriba o de qué lado nos
inclinábamos.
En el negro espacio sideral, aun habiendo millones de puntos
brillosos, no tenía ni uno de referencia para guiarme a saber
cualquiera de los puntos cardinales bien aprendidos en la
escuela, y como dije, sin la noción correcta de lo que era piso o
techo.
Hija, permíteme que te explique lo que en la escuela me
enseñaron para que me entiendas cuán desconcertado estaba
dentro del platillo. Sabía yo que el oído es un complejo órgano
sensorial que alberga dos sentidos: la audición y el equilibrio,
con los cuales no solo detectamos los sonidos, sino que
también nos permiten analizar la posición del cuerpo.
Gracias a unos conductos internos semicirculares orientados
en las tres direcciones del espacio, o sea frente y ambos
costados, y que contienen en su interior un líquido
denominado endolinfa, que al mover la cabeza, se desplaza
por éstos canales estimulando a los receptores que envíen la
información al cerebro para confirmar si estamos parados o
acostados. Hay personas que nacen con escasez de éste
líquido, y su carencia les lleva a que les sea imposible montar
una bicicleta o caminar sobre un muro, ya que al faltarles las
informaciones que necesita el cerebro para enviar las órdenes a
los receptores de los músculos y las articulaciones, no pueden
componer una imagen de la posición del cuerpo y la cabeza, y
caen indefectiblemente al suelo.
Dicha imagen no es física ni óptica, sino mental.
78 El Viaje Extraordinario

Por eso podemos saber perfectamente en qué postura estamos


o qué hace cualquiera de nuestras extremidades sin utilizar el
sentido de la vista, en completa oscuridad o con los ojos
cerrados. Nada de esto sucede en el espacio, posiblemente porque el
líquido de los canales queda estático por alguna razón gravitacional.
Sin embargo, iba yo sentado totalmente paralizado, aunque
consciente, y me daba cuenta que estaba en un gran peligro,
sabiendo con certeza que estos seres diminutos verdosos me
llevaban lejos de mi casa, según conversaban, y vaya uno a
saber con qué maléficas intenciones.
Me asaltaron muchos temores y hasta algún llanto al verme
tan lejos de mi casa, a la cual quizá jamás regresaría.
A cada metro que me alejaba de mi hogar, que en realidad
eran millones de kilómetros, mayor congoja y angustia sentía
porque quizá nunca más vería a mis padres ni a mis hermanos.
Estos pensamientos afloraron en mi mente simplemente
porque unos días antes había leído en una revista de
historietas una aventura espacial en la que extraños seres de
otros mundos raptaban hombres y niños de diferentes razas,
juntamente con monos y gorilas, para exhibirlos en un singular
zoológico intergaláctico de un lejano planeta, encerrados y
expuestos al público tras gruesos barrotes de acero.
Tenían por camas apenas pastos y alfalfas desparramados en
el suelo, sin baños ni muebles, andrajosos los hombres con los
restos de las ropas que lucieron en la tierra, sucias y
mugrientas, y los niños con trapos que apenas cubrían su
desnudez. Comían lo que les arrojaban los turistas venidos de
diferentes planetas, galletas, bananas y naranjas, y que
pagaban jugosas entradas para verlos. ¿Sería ese mi triste
destino? Como si hubiesen leído mis pensamientos, los enanos
verdes mostraron inmediatamente síntomas de cordialidad y
satisfacción de tenerme entre ellos, y en el silencioso lenguaje
telepático me hicieron saber que no debía tener temor alguno,
que nadie me haría el mínimo daño, y que solo cumplían
órdenes de llevarme ante sus superiores porque necesitaban
de mis servicios, y que terminado éstos, si tuviese éxito, me
regresarían al mismo lugar de donde fuera cautivo.
Me dijeron que íbamos rumbo a un lejano planeta llamado
Bondax2, de donde ellos venían, y que las preguntas y dudas
que leían en mi mente serían ampliamente satisfechas por sus
superiores, con lo cual apacigüé mis sombríos pensamientos, y
mucho me tranquilicé.
El Viaje Extraordinario 79

Dentro del platillo, no pude ver por ninguna parte, focos de


luz, fluorescentes, reflectores, o algo similar que irradiara la
claridad tan límpida con que se iluminaba el interior.
Digo que todo el recinto de la nave estaba profusamente
iluminado como un día de radiante sol, aunque con una luz
blanca, pura y muy diáfana.
Era como si de las mismas estructuras, de las paredes
metálicas, del techo y del piso, emanara la luz en todo el
conjunto, sin que hubiera sombra alguna proyectada por un
objeto. Ni debajo de mi asiento, ni mis manos, ni mi cuerpo
mismo dejaban sombra alguna en el piso o las paredes.
La nave era un recinto circular con un tablero de mandos en su
frente, con infinitas pantallas o monitores que indicaban al
parecer coordenadas en brillantes rayas azules, con números
latinos unos y agujas luminosas otros, todo lo cual irradiaba
una blanca nitidez, lo que le daba una apariencia de ser algo
así como la sala de comandos de un centro espacial, o una
cabina de controles electrónicos de una consola de un estudio
de televisión.
No puedo decir con certeza cuanto tiempo viajamos, pero
pasado fácil una hora de viaje, comencé a recuperar
lentamente mis movimientos y salir de mi rigidez inducida,
viendo lo cual uno de los seres, que parecía ser el comandante
de la nave, se acercó a mí y con voz suave y cordial me dijo
éstas palabras:
-No os asustéis, señor Buenacuerda, que estáis en manos
amigas incapaces de haceros daño. Nuestro rey, Indulgencio
XXIII el Bueno, nos ordenó buscaros desde vuestra tierra, de la
hermosa ciudad de Worldform, por un asunto de vida o
muerte, que os explicará personalmente.-
“Muerte podría darle yo a los tres”, pensé entremí, pues siendo
del doble de altura comparado a ellos, y más fuerte, fácil me
sería tomarlos del cuello y arrojarlos por las ventanillas.
Pero, aparte de sentir una cierta rigidez que aún persistía en
mi cuerpo, mucho miedo tenía de quedarme solo en aquélla
negra infinita soledad del espacio. Y más aún que los tres
portaban sus pistolas de rayos paralizadores.
-Oh, no hagáis tamaño arrebato como el que pensáis, que
nosotros podemos leer vuestros pensamientos, señor
Buenacuerda, y ya os dije que estáis en buenas manos, pues
somos seres de paz, no de guerra. Nuestro rey Indulgencio
XXIII os explicará detalladamente lo que desea de vos,
80 El Viaje Extraordinario

recomendándonos que no os adelantásemos nada de la misión


que quiere encomendaros. Nos ordenó traeros a nuestro
planeta que pronto conoceréis y que se llama Bondax2, por lo
cual somos los que en él nacemos llamados “bondaxnianos”, y
que ustedes llaman equivocadamente marcianos, y cuidaros
que estéis cómodo y seguro en el trayecto, del cual para llegar
falta una hora más del tiempo que se estila en vuestra tierra.
No tema Ud. ningún mal de nuestra parte, porque nuestra
misión es de paz y amistad, y la de poneros frente al Rey
Nuestra Majestad Indulgencio XXIII, y no otra. -
Viendo que no me lastimarían y que me llevarían ante la
presencia de otro rey como el que gobernaba nuestra nación, y
por el respeto y cordialidad con que me trataban siendo yo un
niño, comencé a relajarme y tranquilizarme, pues de aquéllos
extraños seres irradiaba una invisible paz espiritual que me
daba la certeza de que estaban envueltos en hálitos de
santidad y bondad.
Hacíame parecer la dulzura de las palabras y el tono suave del
hablar de estos seres, estar entre santos católicos que derraman
ternura a quienes les aparecen para darles mensajes del cielo a
sus iglesias, y que llamándose el rey Indulgencio XXIII,
nombre acorde con los papas de nuestra historia religiosa, me
lo imaginé como un obispo bueno y bondadoso que tendría
sus mismas ternuras y bendiciones para con sus súbditos.
Atravesamos pues el negro espacio sideral como si fuésemos
una filosa tijera que lo cortaba, dejando atrás infinitos planetas
luminosos que quedaban titilantes y muy lejanos a nuestras
espaldas, en menos tiempo que el pestañeo de un ojo.
Los seres sintonizaron en los monitores la imagen de un
planeta pequeño a cuyas espaldas giraba otro gigantesco de
tonos amarillentos y rojizos, y después de hacer clip sobre él
con un diminuto puntito rojo, la nave enfiló directamente y
automáticamente hacia el astro diminuto.
-La nave ya entró en el espacio sideral de nuestro planeta y
ahora el piloto automático nos llevará directamente al palacio
real de su Majestad el Rey que os espera impaciente, y al cual
tendrá el honor de conocerlo personalmente Sr. Buenacuerda.-
Otra de las actitudes de mis raptores que mucho me
tranquilizara era que me trataban con mucho respeto y
caballerosidad, y siendo yo un niño, me consideraban como un
adulto preponderante y de importancia.
El Viaje Extraordinario 81

Ay, hija, si el hombre aprendiera que la buena educación y la


caballerosidad en el trato con los demás es la llave que abre
todas las puertas de las voluntades dejando libres todos los
caminos para el buen entendimiento y la convivencia social…
¡cuánto le aprovecharía para triunfar en la vida!
La amabilidad y la cordialidad, hija, hacen al hombre poseedor
de las más grandes riquezas del alma.
Entretanto, veía yo que nos acercábamos a un gigantesco
planeta que tapaba nuestra visión por entero, con infinitos
anillos de diversos colores en su justa mitad, el cual tomé por
la casa de los extraños seres.
De pronto, circundándolo, desde atrás apareció otro planeta
no mayor que nuestra luna, y la nave enfiló directamente hacia
él.
Comprendí que llegábamos a Bondax2, la casa de mis
raptores, que giraba en órbita circundando al gigantesco
planeta por ser una de sus muchas lunas.
A medida que nos acercábamos al mundo de los extraños
seres, podía apreciar de cerca todos sus detalles, viendo que lo
componía una superficie profundamente accidentada iguales a
las que muestran algunas regiones montañosas de la Tierra,
como las cordilleras andinas que separa a nuestra nación del
reino chileno.
Podía ver nítidamente grandes cordilleras que se entrelazaban
con montañas cuyos picos estaban cubiertos eternamente de
espesos mantos de nieve e hielo.
Ese blanco y helado ropaje de novia se extendía por doquier en
aquél mosaico orogénico.
No obstante, acercándose la nave a su estratósfera, noté entre
montañas la presencia abigarrada de numerosos y profundos
valles, de variados matices de verde, entre amplios espacios de
colores rosados y amarillos, productos de la infinita vegetación
compuesta al parecer por plantas pequeñas con delicadas
flores que tapizaban los espacios llanos como delicadas
alfombras de los más hermosos tonos.
Divisé también rutilantes destellos de concentraciones
urbanas, todas de aspecto metálico, destellos que se
proyectaban hacia la altura, como si fueran los resplandores de
las múltiples facetas de un formidable diamante, como había
visto en el que nos mandara el rey Zulú-Zulú en pago de la
reparación de su reloj bucal.
82 El Viaje Extraordinario

Mientras, nos acercábamos lentamente a una gran ciudad de


infinitas casas de aspecto metálico y con no más de un piso de
altura, como si fuesen infinitos cubos y cilindros distribuidos
en espacios circulares que venían a ser como nuestras cuadras,
delimitados por espacios similares a peatonales perfectamente
delineados.
La planicie en que se extendía la ciudad, era bastante extensa
pues albergaba seguramente a millones de habitantes a juzgar
por la gran cantidad de edificios con que contaba, y sus
contornos naturales podrían compararse en belleza
panorámica a algunos lugares de Suiza o del Tirol.
Rodeaban la zona urbana grandes campos cultivados y
frondosos bosques de especies desconocidas en la Tierra, por
lo menos en sus aspectos, bordeados por lagos de cristalinas
aguas alimentados por las vertientes montañosas.
Mucho me extrañó no ver a nadie por los senderos, y aunque
había diversos vehículos que parecían extraños autos
estacionados en ellos, algo así como pequeños globos
transparentes con dos asientos en su interior y sin ruedas,
ninguno vi en movimiento ni actividad.
Tenía la ciudad un aspecto solitario y lastimoso, pues las
puertas de los comercios y de las viviendas estaban cerradas
como si fuese un día feriado sin actividad ninguna, dándole un
aspecto enfermizo y convaleciente, en medio de un ambiente
grisáceo y deprimente.
Me pareció ver caídos en el suelo a unos cuantos enanos que
dormían borrachos o enfermos en las sombras de las veredas.
Sobrevolamos a baja altura y a escasa velocidad por una gran
avenida, un poco más que el trote de un caballo, hasta llegar a
su final donde terminaba ante un majestuoso palacio o casa de
gobierno rodeada por altas verjas, al parecer de níquel o acero
de mucho brillo.
Pasamos sobre ellas hasta llegar a un enorme playón de
estacionamiento en los fondos del palacio, donde nuestra
máquina se detuvo estática sobre aquélla pista a una altura de
unos diez metros, descendiendo lentamente hasta posarse
suavemente entre otras cientos que ya descansaban en el suelo,
y no sé porque me vino a la memoria las veredas de la
municipalidad de Worldform, donde los empleados
estacionan atadas con cadenas y candados miles de bicicletas
una al lado de otra, prisioneras y estáticas para evitar que se
las roben.
El Viaje Extraordinario 83

Al bajar por la escalera y pisar por primera vez el suelo


bondaxniano, pude ver la gran cantidad de naves voladoras de
diferentes modelos que sus habitantes ocupan, todos de color
metálico refulgente, variando solamente la forma de las
ventanillas y su largor, con dos enormes faros en su parte
delantera y como dos aletas de tiburones en su parte trasera.
Sin embargo, ninguno vi volando en el azul cielo, en el cual se
veía una gigantesca pelota amarilla casi al alcance de la mano,
que era el gran planeta rodeado de hermosos anillos de
tonalidades verdes, azules y rojizas, del cual la tierra de
Bondax donde yo estaba era su luna o satélite, como dije antes.
Después me explicaron que el enorme planeta era el
mismísimo Júpiter que yo estudiara escasamente en la
primaria.
Cuatro soldados de uniformes azules con la insignia de un
corazón en el pecho nos esperaban al final de la escalera, los
que inmediatamente me rodearon poniéndose dos delante y
dos detrás de mi persona, como para impedir que me fugara, y
a paso redoblado me condujeron hasta las enormes puertas del
palacio o casa de gobierno, donde me esperaba el rey
Indulgencio el Bueno, dijeron muy amables.
Dije que los soldados iban a paso redoblado, no porque fueran
varoniles sus pasos, o marcados con los tacos de sus botas,
antes por el contrario, sino por la debilidad de sus rodillas que
se torcían de débiles y los redoblados esfuerzos que hacían
para apenas sostener sus cuerpos en pie.
Se traslucía en ellos, en el rostro casi sin color y en los
enclenques pasos que daban, una gran debilidad y fatiga que
los estaba matando.
Era el palacio un enorme edificio de unos cincuenta metros de
fondo por otros tantos de ancho, muy similar a una iglesia
católica, con gruesas columnas que sostenían altísimas
bóvedas y cúpulas al parecer de vidrio u otro material
transparente, y vi a sus costados infinitas oficinas o ministerios
de gobierno con sus funcionarios parados frente a sus puertas
mirándome curiosos e intrigados.
Esto deduje por ver en las puertas pequeños letreros que
indicaban ser oficinas de gobierno o ministerios, los que
anunciaban Ministerio de la Buena Educación, Ministerio de la
buena Escritura y mejor Lectura, Ministerio del buen
Pensamiento y Modales, Ministerio del Respeto a Los Demás,
Ministerio de la Cordialidad con el Semejante, etc., etc.
84 El Viaje Extraordinario

No era menos mi curiosidad de ver aquéllos diminutos seres


con impecables trajes negros, camisas blancas y corbatas
azules, todos con la insignia de un pequeño corazón dorado en
el bolsillito superior del saco.
Aquélla elegante vestimenta casi humana, los impecables
trajes y corbatas, hacían resaltar el color verdoso de sus rostros
y manos, y los enormes ojos negros sin iris.
Yo los juzgué por funcionarios del gobierno, porque vestían
similares a empleados de bancos o juzgados de nuestra tierra.
Todos tenían en sus verdes rostros una patente angustia e
intranquilidad que los deprimía, y me miraban con grandes
esperanzas muy notorias en sus ojos.
Mientras atravesábamos ese enorme edificio en cuyos costados
estaban las mencionadas salas y otros diversos pasillos para
llegar a otras oficinas o subsecretarías de gobierno, aprecié un
mobiliario y artefactos enteramente distintos a los que yo
conocía, y me di cuenta que también allí reinaba la misma luz
blanquísima de fuera, sin distinguir focos ni lámparas de
ninguna clase.
Todo estaba iluminado con una blanca luz, como de
fluorescente, pero más límpida y nítida que la nuestra.
Recorrimos los cincuenta metros del largo salón hasta llegar al
trono real y ponernos a los pies del Rey Indulgencio, y a su
señora esposa, y viendo que los soldados se inclinaban, yo
también lo hice, por respeto a tan dignísima autoridad.
Y también por el miedo natural y el respeto que se siente
generalmente ante los poderosos.

*******************
El Viaje Extraordinario 85

CAPITULO VI
Conozco al Rey Indulgencio XXIII, quien me explicó los
orígenes de su nación y el gran problema que acuciaba a los
bondaxnianos. Historia de la sufrida raza bondaxniana. La
venida del Hijo de Dios. El enorme y sagrado Reloj de la Vida
descompuesto desde varios días atrás.

-¿Es Ud. don Rafael del Áncora y Buenacuerda, – me dijo


muy amablemente el Rey Indulgencio - el famoso relojero de la
ciudad de Worldform, cuya fama de buen profesional y de sus
eficientes trabajos han trascendido los límites del Universo?
¿Es Ud. el que arreglara infinitos relojes de iglesias, de
estaciones de trenes y oficinas de gobierno de su ciudad, y de
las vecinas o lejanas de su condado natal? ¿Es Ud. el que
arreglara el reloj de la Catedral de Sainttom de Corrientes que
por más de veinte años estuvo callado y silencioso? Hasta
nuestro planeta han llegado las noticias de su capacidad
intrínseca para componer relojes que otros profesionales por
inoperantes no quieren y se niegan hacerlo, diciendo que son
irreparables o pasados de moda, para ofrecer finalmente al
cliente otro nuevo a la venta, por no amar el oficio relojeril
como Ud. ama, por ganar dineros fáciles mercando antes que
componiéndolos. Decid si sois el relojero que buscamos y
trajimos, pues de ello depende la vida de todos los
bondaxnianos. El tiempo urge y cada minuto que pasa se
acerca nuestro inexorable fin si de su ingenio y capacidad no
soluciona el gravísimo problema de poner nuevamente en
marcha nuestro Sagrado Reloj de la Vida.-
-No soy, Majestad, el que decís, sino que os referís a mi
padre don Rafael del Áncora y Buenacuerda, de quien soy el
menor de sus hijos, que entre otros seis hermanos mayores, me
bautizaron con su mismo nombre Rafael, por ser el Benjamín
de la familia. Y más que acercarle las herramientas en las
reparaciones de relojes de gran porte que hace mi padre en
iglesias y oficinas, otra cosa no sé del oficio. Apenas terminé
días pasados la primaria y me entretengo en el deporte de la
pesca y en el juego de pelotas como el común de los niños de
mi ciudad de Worldform. -
- ¡Santo Dios! -dijo el Rey- Trajimos al hijo en vez del
padre. ¡Perdidos estamos y sin mucho tiempo más de vida! ¡La
raza bondaxniana se terminará en breve! ¡Es el fin de nuestra
86 El Viaje Extraordinario

especie! ¡La cruel historia ancestral de nuestra raza volverá a


repetirse, pero de manera diferente y dolorosa!-
La Reina Almíbar Bondadosa, sentada a su lado, se puso a
sollozar derramando dolidas lágrimas y lastimeros suspiros de
angustia, no así un militar repleto de condecoraciones parado
detrás del real matrimonio, en cuyos labios, antes que
congojas, creí notar una imperceptible sonrisa de satisfacción.
Después supe que era el edecán del rey, el General Oddio, y
que fuera el que cargara equivocadamente los datos errados de
mi padre en las pantallas de la nave que me secuestrara,
sindicándome a mí en su lugar.
Pedíles al Real Matrimonio que me explicaran la dificultad por
la que atravesaban, y el Rey, con voz desfallecida y moribunda
habló de esta manera:

Historia del Planeta Bondax2

“El planeta que pisan tus pies, niño Rafael, es en


realidad un satélite o luna del gran astro que ves
cercano en el cielo llamado por ustedes Júpiter, el más
grande de nuestro sistema planetario y que tiene
cuatro satélites o lunas girando en su derredor. En
realidad, Júpiter posee un sistema de sesenta y tres
lunas girando en su entorno, pero, las cincuenta y
nueve lunas restantes, por intrascendentes y
minúsculas, no se los considera como tales porque no
pasan de ser pequeñas rocas vacías e inhabitables. Por
lo tanto, se consideran solamente cuatro satélites que
por ser grandes y de relativa importancia se los toman
como las principales lunas de Júpiter, entre los que
figura Ganimedes o Bondax2 el que pisamos. Estas
cuatro lunas que fueran descubiertas y clasificadas por
el sabio Galileo desde 1610, son ya de dimensiones
apreciables. El orden en que giran en torno al
gigantesco planeta Júpiter es: Io el más cercano, con
un diámetro de 3.735 kilómetros; Europa, con 3.150
kms.; Ganímedes, con 5.150 kms.; y Calisto, con 5.180
kms. de diámetro. Se ve, por tanto, que Ganímedes y
Calisto son notablemente más grandes que Mercurio,
el planeta más cercano al Sol, que tiene un diámetro
de 4875 kms. y se encuentra a una distancia
aproximada de 58 millones de kilómetros de este. En
El Viaje Extraordinario 87

el principio de los tiempos, hace miles de años, en


nuestro sistema solar existía otro planeta que giraba
en torno al Sol entre las órbitas que siguen Marte y
Júpiter. Hoy en día, ese espacio está ocupado por el
Cinturón de Asteroides, como se conoce entre los
astrónomos a la ancha estela de meteoros y meteoritos
que se encuentran en aquella zona, girando
constantemente todos en la misma órbita.
Los hombres de ciencia conocen bien la existencia del
Cinturón y saben que está formada por cuerpos
siderales de todo tamaño, desde simple polvo cósmico
hasta grandes masas como el asteroide Ceres, cuyo
diámetro alcanza a 780 kilómetros y que constituye un
verdadero peligro si se introduce en la órbita de la
Tierra o de cualquier otro planeta habitado. Si
tenemos en cuenta que el susodicho "cinturón" llega a
extenderse a la respetable cifra de 250 millones de
kilómetros de ancho, en la múltiple suma de las
órbitas de todos sus incontables planetoides, podemos
imaginarnos la magnitud de cuerpos, o masas
dispersas, que lo forman. Vuestros astrónomos
suponen que puedan ser los restos de un planeta
desaparecido, llamado Planeta Amarillo por la clase
de luz que despedía. Sus habitantes, nuestros
antepasados abuelos, llamaban a su mundo Planeta
Bondadoso, o Bondax1, porque no existían en él
terremotos ni maremotos, volcanes ni fallas sísmicas
visibles, y por el carácter amable y educado de sus
habitantes y animales, ya que desconocían la maldad,
el odio y la violencia, con el cual nombre también
bautizamos al que ahora pisamos, ya que somos sus
descendientes. Aquél planeta de nuestros abuelos era
el hogar de una raza muy antigua, que en su larga
evolución de milenios había alcanzado niveles de
cultura muy superiores a los que están llegando los
hombres de hoy en la Tierra. En esos remotos tiempos,
vuestro mundo estaba en constante ignición y al rojo
vivo, sin vida alguna, con repetidas lluvias que al caer
sobre la superficie se evaporaban y volvían en forma
de nubes a los límites de su atmósfera. En cambio, los
hombres del Planeta Bondadoso ya volaban por el
espacio en platillos y cilindros... Su ciencia y su técnica
88 El Viaje Extraordinario

les permitían, entonces, iniciar las primeras


expediciones a otros mundos de nuestro sistema solar,
y en esa forma, a través de muchos siglos, fueron
conociendo la existencia y las características propias
de todos y cada uno de los diferentes planetas. Lo que
hoy se proponen los hombres de la Tierra, conocer
nuevos mundos y otras razas, lo habían logrado ellos
cuando en la Tierra aún no había hombres... En tales
condiciones de adelanto llegaron a visitar otros astros,
como hoy ustedes lo hacen con la Luna y las sondas
que envían a Marte. Desgraciadamente, la sabiduría
de los científicos permitió descubrir a tiempo, una
enorme falla o rajadura interna del planeta en que
vivían, lo que inexorablemente lo llevaría a su total
destrucción. El planeta Amarillo o Bondadoso estaba a
escaso tiempo de destruirse en una formidable
explosión interna que lo reduciría a escombros, en un
terrible cataclismo cósmico que al suceder formó
después el Cinturón de Asteroides, o infinitas piedras
y escombros que vagan entre Marte y Júpiter. Cuando
sucedió la destrucción, gracias a sus naves espaciales,
muchos de los habitantes ya habían logrado
establecerse en uno de los satélites mayores que posee
Júpiter, bautizado por el sapientísimo Galileo con el
nombre de Ganímedes, que es donde vivimos y
estamos, aunque llamado por nosotros con el nombre
de Bondax2, en recuerdo del planeta Bondadoso o
Amarillo de nuestros abuelos los antiguos
bondaxnianos. Ganímedes, o sea Bondax2, se
encuentra a 10.070.000 kms. de Júpiter, girando en una
órbita circular en torno a éste equivalente a 7 días, 3
horas, 42 minutos y 32 segundos de vuestra hora, por
cuanto las medidas del tiempo nuestro difieren mucho
de las que conoces en tu pueblo, por razones obvias,
aunque las horas también las agrupamos en porciones de
doce, para tener períodos de trabajo, descanso, almuerzo o
sueño. En nuestro planeta –siguió explicando el Rey
Indulgencio- no existe el día y la noche como en la
tierra, porque la rotación sobre sí mismo se efectúa en
un eje perpendicular a su órbita, presentando siempre
la misma cara al planeta Júpiter. Esto hace que reciba
luz de dos fuentes: por un lado la del Sol, que aun
El Viaje Extraordinario 89

cuando sea en menor intensidad que la de la tierra por


la mayor distancia, llega todavía con suficiente
volumen de claridad y calor, energías vitales que son
acrecentadas y duplicadas por nuestros sabios
ingenieros. Y por el otro lado recibe la luz reflejada
por Júpiter, como si fuera un gigantesco espejo, que
desde Bondax2 o Ganímedes se ve cual una
monstruosa pelota luminosa, achatada y con franjas
de nebulosas que parecen anillos, como seguramente
observaste al poner los pies en nuestro suelo
bondaxniano. Júpiter recorre su órbita en torno al Sol
en un lapso de casi doce años de los vuestros. Esto
influye grandemente en nuestra vida, pues se extiende
en una medida mayor que la de los humanos. De ahí
que los que redactaran vuestra Biblia catalogaran a los
profetas extraterrestres, que fueron nuestros abuelos
bondaxnianos que os visitaban, con infinitos años de
vivencia sobre la tierra, como Matusalén que murió
como humano en el año del Diluvio a la edad de 969
años. La distancia que separa a Júpiter del astro rey de
nuestro sistema solar es de 778 millones de kilómetros
y su diámetro es de 145.000 kilómetros, lo que hace
que tan gigantesco planeta sea más de ciento veinte
veces mayor que la superficie de la Tierra. Está
rodeado por una espesa capa de nubes, de muchos
miles de kilómetros de espesor, con temperaturas
promedias de 110 grados centígrados bajo cero, que
ofrecen el aspecto de franjas paralelas, claras y
obscuras, que constituyen la característica más notable
del astro, como si fuesen vistosos anillos. En éste
nuevo mundo, en el satélite Ganímides, nuestros
abuelos se asentaron después de la explosión y se
adaptaron poco a poco, progresando y en desarrollo
de la vida y la cultura de aquella civilización de
superhombres. Pero no todos volaron a Ganímedes.
Parece que algunos, quizás los más reacios a dejar su
mundo o tal vez los postreros fugitivos del desastre,
llegaron hasta la Tierra... Ya por entonces comenzaba
a florecer la humanidad en esos lares, y los humanos
estaban en plena evolución, aunque vivían en
cavernas y vestían con cueros de animales que
cazaban para alimentarse. Los bondaxnianos bajados
90 El Viaje Extraordinario

del cielo fueron recibidos como dioses por las


primitivas tribus de esas épocas, y su presencia
explica el misterio de tantos seres mitológicos en la
multitud de leyendas aborígenes en los más remotos
pueblos de ese mundo. Pero de esto no solamente hay
leyendas sino también pruebas concluyentes al
respecto. En el año 1952 de la Tierra, en el Estado de
Chiapas, México, el arqueólogo Alberto Ruiz Luiller,
descubrió un sarcófago con los restos momificados de
un ser a quienes los mayas habían adorado como el
dios Kulkulkan, lo que se conoce como el Hombre de
la Máscara de Jade. Lo más notable del hallazgo lo
constituye la piedra sepulcral que tapaba la tumba,
una losa monolítica de 3,80 metros de largo y 2,20 de
ancho y 25 cm. de espesor y un peso de ¡6.000 kilos! En
esta tapa estaba esculpida nítidamente la figura de un
hombre sentado en el interior de una máquina que
guarda extraordinario parecido con un cohete o
cápsula espacial como actualmente usan vuestros
cosmonautas. La escultura maya muestra a ese
hombre en actitud de manejar dicho artefacto; tiene
ambas manos en las palancas de comando, claramente
representadas, y el pie derecho pisando un pedal.
Lleva en la cabeza un extraño casco y un vástago del
mismo, a manera de tubo o manguera, aplicado sobre
la nariz. El diseño de todo el conjunto comprueba la
evidente intención de reproducir los complicados
mecanismos de una nave espacial, con sorprendente
similitud a las que hoy se usan en la Tierra, pues se ha
cuidado hasta el detalle de la expulsión de gases, o
fuego, por la parte posterior del artefacto. El Hombre
de la Máscara de Jade y la piedra esculpida con tan
extrañas figuras datan de hace ¡10 mil años...! Además,
de las investigaciones realizadas se desprendió
también que el personaje enterrado bajo aquella
enigmática losa era alto, fornido y de cabeza alargada,
que no concordaba con las características de la raza de
los antiguos pobladores de lo que después fue México
y la América Central. Otro de los casos maravillosos
en los albores de la civilización terrenal, es el de la
famosa pirámide de Keops, en el antiguo Egipto. Ha
sido estudiada por legiones de sabios en el curso de
El Viaje Extraordinario 91

varios siglos, y el resultado de todos esos estudios


llega a la conclusión de que tuvo que ser dirigida en
su construcción por seres que poseían una ciencia que,
en materia de matemáticas, astronomía y metafísica,
en ingeniería y arquitectura, igualan o superan a las
de la actualidad. ¡Los cálculos astronómicos
evidenciados en la pirámide egipcia demuestran que,
hace seis mil años, en el Egipto hubieron sabios
conocedores de los secretos de nuestro sistema solar,
de las constelaciones que nos rodean, de las estrechas
relaciones entre los demás astros y la Tierra, de las
fuerzas naturales y de las leyes cósmicas hasta el
grado de permitirles predecir el futuro de los
humanos y de su civilización en todo un ciclo de seis
mil años, sin equivocarse...! En la construcción de
escaleras y pasadizos, los científicos creyeron ver
acontecimientos venideros para los hombres pues
profetizan hasta la segunda guerra mundial
desencadenada por el desquiciado Hitler. Los viejos
papiros egipcios contienen abundantes alusiones de
visitas estelares de seres superiores, y uno de la época
del faraón Tutmosis III, escrito mil quinientos años
antes del nacimiento de Cristo, relata los detalles de la
visita de un "platillo volante" y describe al aparato en
los más pintorescos términos que el asombrado autor
pudo expresar. Los antiguos papiros coinciden en
mencionar las visitas de "dioses que bajan de las
estrellas, en carros o naves de fuego, que instruyen a
los humanos y luego regresan al cielo, rodeados por
grandes resplandores". Y en las legendarias tradiciones
del pueblo chino también encontramos la explicación
de su origen atribuido a la llegada de seres divinos,
bajados del cielo para enseñar a los hombres.
Recordemos que los antiguos emperadores de China
fueron llamados siempre, "Hijos del Cielo". De esa
raza de exploradores tan antigua somos nosotros los
bondaxnianos, que llegó al grado de evolución que
hoy alcanza tu humanidad, cuando la Tierra todavía
no era habitada por seres inteligentes. Cabe recordar
que no solo humanos o bondaxnianos existen en el
universo. Hay infinitos planetas habitados, con
adelantos científicos que ustedes ni imaginan. Nuestro
92 El Viaje Extraordinario

planeta Bondax, o Ganímides para ustedes, es un astro


mayor que el planeta Mercurio, y tiene más o menos la
mitad del tamaño de la Tierra, siendo su constitución
física y química bastante similar, aunque no habiendo
aquí guerras, pestes ni enfermedades, y dominando
las fuerzas de la naturaleza para nuestro bienestar,
podríamos decir que, comparándolos, Bondax es un
verdadero paraíso. Estás, pues, entre seres que sirven
a todas las humanidades de este sistema planetario,
como ustedes lo llaman. Vivimos para la Paz, el Amor
y la Luz, aunque debemos cuidarnos de otras razas
que se inclinaron hacia el mal, que buscan planetas
oscuros donde vivir, y que asaltan roban y matan a
quienes pasan cerca. Son verdaderos piratas del
universo. Oh, puedes estar tranquilo entre nosotros
que sabemos mantenerlos a raya paralizándolos con
nuestras armas de rayos catódicos. Sabemos que tu
padre conoce mucho de relojes, por amarlos y dar su
vida por ellos, y la misión de raptarlo y traerlo contra
su voluntad ha fracasado rotundamente para nuestra
mala suerte, y equivocadamente estás con nosotros
por un error de identidad, por un tonto mal
entendido, embarcado en nuestro mismo trágico
destino. En efecto, si el sagrado Reloj de la Vida,
detenido hace una semana de tu tiempo, no vuelve a
funcionar, nuestra raza perecerá inexorablemente en
pocas horas más…
- ¿Por qué? – pregunté al Rey.
-Cuando los primeros bondaxnianos llegaron a
Ganímides encontraron las condiciones ideales de
vida para la subsistencia, ya que el clima, la flora y el
oxígeno eran favorables. Nuestros abuelos se
instalaron y desarrollaron grandes ciudades en donde
se iban asentando las colonias, ya que toda la
superficie del planeta, formado por infinitos valles
cercados de cadenas montañosas, fueron propicios
para el afincamiento de los nuevos pobladores, siendo
la capital y centro del gobierno de todas ellas
Bondanía, la ciudad cabecera donde estamos. Pero he
aquí que pasado cierto tiempo, los bondaxnianos
empezamos a tener fuertes dolores de pecho, y a sufrir
taquicardias, y vómitos constantes. También afloraron
El Viaje Extraordinario 93

en nuestros corazones odios, envidias y malas


intenciones entre unos y otros, como si hubiese en el
ambiente demonios malignos e instigadores de
violentos comportamientos. Los más viles
pensamientos empezaron a aflorar en la mente de los
ciudadanos, como el violar, robar o asesinar al
semejante, habiendo muchos que querían formar o
crear partidos políticos para instalar una horrenda
democracia donde toda corrupción, todo robo, toda
falsedad se permitiera, otros divagaron en crear
deportes violentos como equipos de fútbol para que
fanáticos se mataran entre ellos en las tribunas, y otros
inventaron religiones estrafalarias de fábulas y
quimeras, como sufren Uds. hoy en la tierra con éstas
cosas. El mundo donde nos asentamos estaba minado
de los demonios invisibles que fueron expulsados de
la presencia de Dios. Desgraciadamente, estos
espíritus malignos también se asentaron en la tierra,
donde los hombres aún faltos de conocimiento de las
leyes de Dios, ignorantes y crédulos, fueron presa fácil
de ser inclinadas hacia la maldad. Por alejarlos del
Creador y llevarlos a una vida mentirosa, inclinaron al
hombre a venerar y adorar al Gauchito Gil o a la
Difunta Correa. Mientras, en nuestro planeta
bondadoso los demonios también luchaban contra el
bien y la paz: en el nuevo planeta en que se asentaron
nuestros abuelos, algo había en las diferencias de
tiempo con respecto al destruido, que no permitía el
buen funcionamiento de nuestros corazones, y que
posiblemente llevaría a la muerte prematura de
aquéllos colonizadores. El reloj interno de nuestros
cuerpos, no se adecuaba al tiempo de Ganímedes.
Veníamos de un planeta de poco más de 20 horas
diarias a otro de más de 80 horas en una jornada
completa. En resumen, los primeros pobladores
fueron tomados por demonios invisibles que nos
indujeran a constantes pecados en cuerpo, alma y
pensamientos. Nacíamos en pecado desde el vientre
materno. Así las cosas, viendo EL SUPREMO, Dios
para Uds., nuestras angustias y congojas, nos ayudó
enviando a su Hijo para salvarnos, el que un día bajó
del cielo flotando entre las nubes hasta descasar sus
94 El Viaje Extraordinario

divinos pies en el suelo bondaxniano. Él era el Hijo de


Dios, creador de todos los soles, cielos y tierras del
infinito universo, enviado a nuestro mundo para
salvarnos por su gracia y bondad, en alma y cuerpo.
Solamente Él, por ser el Hijo de Dios, se merece
nuestra veneración y culto. Trajo para nuestro mundo
la perfección bondadosa que nace solamente en los
hombres compasivos y humildes. Trajo el amor y la
bondad para con nuestro prójimo, o sea, la fe y las
buenas obras que nos limpian de nuestros pecados.
Viendo nuestros dolores corporales nos curó de todas
nuestras dolencias, y levantó en tres días, el Sagrado
Reloj de la Vida, como un nuevo pacto gracias al cual,
teniendo la fe puesta solamente en el Hijo de Dios, los
bondaxnianos viviríamos sanos y alegres. Con el
suave tic-tac de su funcionamiento nuestros corazones
latían acompasadamente por más que estuviésemos
recorriendo lejanos planetas del Universo. Es el caso
que hace una veintena de días el Sagrado Reloj se
descompuso, y se detuvo, y nuestros cuerpos enteros
comenzaron nuevamente a fallar como había sucedido
a nuestros abuelos. Es por eso que enviamos a buscar
a tu padre, y por desgracia los tres platonautas se
confundieron y te trajeron equivocadamente hasta
aquí, aunque ellos juran y perjuran que los datos y
fotos que ingresamos en la computadora del platillo
coincidían con tu persona, no pudimos comprobarlo,
ya que misteriosamente se borraron durante el regreso
de la nave, como a propósito. Ya no necesitamos hacer
una investigación minuciosa sobre tamaño error, ya
que nos quedan unas pocas horas de vida, tan pocas
que ya no podemos regresarte a tu tierra, y quizás te
condenemos injustamente a vivir por siempre en la
soledad en que quedará nuestro mundo cuando
nosotros expiremos.”

************************
El Viaje Extraordinario 95

CAPITULO VII
Me llevan hasta la Plaza Alf el Viajero para ver el Reloj de la
Vida. Descripción del mismo. Trabas y oposiciones del
edecán el General Oddio. Preparativos para destapar el reloj.

Dije al rey que si bien no sabía componer relojes, había visto a


mi padre reparar muchos de ellos, principalmente los enormes
de iglesias, plazas y estaciones de trenes que eran su
especialidad, por ser de gran porte y a los cuales mi padre
amaba, ya que era reacio a estar sentado en una mesa de
reparaciones lidiando con los pequeños de pulsera.
Le manifesté que en esas composturas, en lo alto de las torres y
campanarios, limpiaba yo las piezas que mi padre desarmaba,
dejándolas relucientes y brillosas con un pincel y bencina o
querosén, además de cepillos de acero y lijas finas que pasaba
por sus partes lastimadas con costras o por el óxido.
Y que a fuerza de ver tantos arreglos, sabía casi de memoria
los procedimientos para desarmarlos y volverlos a armar, y
quizá pudiera descubrir la falla que adolecía, que si fuera
ínfima, posiblemente pudiera suprimirla.
-No hagáis caso a éste niño maleducado que sin respeto
os trata como su igual, -dijo el edecán Oddio detrás del rey-
que por su juventud es osado y atrevido, y por su
inexperiencia quizá rompa para siempre el Sagrado Reloj de
la Vida. No perdáis tiempo con él. No olvidéis que las cadenas
de hologramas, radios y televisión os esperan para dar el
último adiós al pueblo bondaxniano que necesita de vuestro
aliento para bien morir. No perdamos tiempo con éste
imberbe, que vuestro discurso de despedida ya está preparado
y urge darlo a conocer, para que quede el recuerdo del buen
rey Indulgencio XXIII en los venideros tiempos y en futuras
civilizaciones de todos los planetas habitados.
-De nada valen los buenos recuerdos en la muerte. -dijo el
Rey- No, cifremos nuestra última esperanza en la habilidad y
destreza de éste niño, para ayudarnos en nuestra angustia y a
que el pueblo bondaxniano continúe viviendo. Ya mismo
llevemos al niño Rafael a mostrarle el Sagrado Reloj de la
Vida, por ver si puede componerlo- dijo el rey.
Armóse una gran comitiva gubernamental con muchos
funcionarios que en el mismo palacio tenían sus oficinas
correspondientes a las distintas áreas de gobierno a la cuales
96 El Viaje Extraordinario

pertenecían, habiendo ministros, directores, secretarios,


embajadores y oficinistas, todos débiles y enclenques, y yendo
el Rey conmigo por delante, apoyando su mano derecha sobre
mi brazo, casi colgado de mi antebrazo, todos caminamos
desde el palacio hasta la cercana plaza principal de la ciudad, a
menos de dos cuadras de lejanía. Verdaderamente los
bondaxnianos estaban en sus últimas horas pues muchos de la
comitiva, de cansados y agotados, no pudieron caminar la
corta distancia, ya que si no se desmayaban, caían redondos en
el suelo sin poder dar un paso más, y la mitad de la corte
quedó vencida en el camino mirando con tristeza el penoso
alejamiento de sus congéneres. En cambio, mucho me extrañó
que el General Oddio, que caminaba a la izquierda del Rey, iba
rozagante y dinámico, llevando en sus labios una casi
imperceptible sonrisa de satisfacción y contento.
Algo había en él que no me gustaba, algo así como la sensación
de falsedad y odio que parecía sentir hacia los demás.
Llegamos a la plaza, un hermoso predio de cuatro manzanas
cuadradas como la que tenemos en Worldform, con veredas de
grandes baldosas donde los bondaxnianos otrora practicaban
largas caminatas para ganar altura y bajar de peso, cómodos
bancos, fuentes de aguas cristalinas, juegos de niños, un
pequeño anfiteatro con gradas para desarrollar obras de teatro
y espectáculos musicales, estatuas de enanos célebres por
hazañas espaciales, pequeños predios pavimentados para
practicar patines, remontar barriletes e infinitos
entretenimientos que hacían al descanso agradable de los
bondaxnianos turistas y locales en otros tiempos. Ahora estaba
la plaza minada de bondaxnianos desfallecidos y exangües.
Bien en su centro, se erigía un colosal monumento sostenido
por dos impresionantes columnas jónicas que subían hacia el
cielo, al final de las cuales se apoyaba en lo alto un enorme
reloj cuyo grandor sería de unos veinte metros de diámetro.
Me quedé mudo y atónito al ver la majestuosidad de su
tamaño, y pensé que ni mi abuelo Carrillón Buenacuerda ni mi
padre Rafael, jamás se tuvieron que enfrentar con un tan
descomunal artefacto como el que yo veía.
Allá en lo alto estaba El Reloj de la Vida, con su cuadrante de
números romanos y sus negras agujas detenidas a las dos y
cincuenta y cinco minutos, protegidos por un enorme vidrio
combado con forma de plato hondo, de unos quince metros de
circunferencia.
El Viaje Extraordinario 97

Su caja redonda era metálica, de acero inalterable que brillaba


refulgente, y su tapa trasera sin duda era a rosca por el indicio
de tener muescas para poder girarla y quitarla.
No vi manecillas para dar cuerda a la máquina ni botones para
hacer correr las agujas en su parte posterior.
Todo el predio bajo el reloj estaba cercado de un coqueto tejido
que protegía el verde césped y las delicadas flores de un bien
cuidado jardín en sus contornos.
No pude dilucidar si el reloj funcionaba a sol, a cuerda, a
pesas, o era electrónico, ni si tenía en su interior péndulo o
volante, que en relojería eran los dos primeros métodos más
comunes para que sus ruedas giren.
Di varias vueltas alrededor del monumento, y en una de sus
columnas había una pequeña puertita que dejaba a la vista una
larga escalerilla de hierro en caracol que ascendía por su
interior hacia una plataforma o angosto balcón ubicado detrás
del reloj, tres metros más arriba del suelo.
Subí por ella mientras la comitiva quedaba expectante
mirándome, y llegando al balcón, no descubrí ninguna puerta
o ventana que permitiera introducirme a la maquinaria.
El reloj era totalmente hermético, y solo sacando su enorme
tapa de acero inoxidable de unos diez metros de
circunferencia, se podría ingresar a él.
La escalerilla continuaba su trayecto por dentro de la columna
hasta llegar a la cima del reloj.
Seguí subiendo hasta llegar a lo alto, a unos veinte metros de
altura y pude ver allá en la cúspide una pequeña veleta de
cuatro alas, de ésas que indican la dirección del viento con una
flecha, o con el perfil de un gallo, que estaba detenida y
frenada a pesar de haber una suave brisa que movía las copas
de los árboles circundantes.
La gran altura en que me encontraba, hizo que me mareara, ya
que siempre le tuve terror a las elevaciones, y viendo en el
suelo a los enanos más diminutos de lo que eran, dábame la
impresión de ser un gigante que tocaba las nubes con las
manos.
Me sentí por un instante un ser superior a todos ellos, como
sucede a los hombres en la tierra, que llegando a elevadas
posiciones ya sea por fortuna, destreza o casualidad, se
vuelven soberbios para con los que están en niveles inferiores.
98 El Viaje Extraordinario

Así somos los hombres: nos creemos superiores a los que nos
miran desde abajo, a los humildes y sencillos, y por verlos
pequeños, los pisamos con nuestra grande soberbia.
Bajé nuevamente junto al Rey y su comitiva, y les expliqué que
solamente si los bondaxnianos me ayudaban a sacar la tapa
trasera del reloj para poder entrar a su interior, quizá podría
arreglarlo.
-Imposible –interrumpió el General Oddio- A los
bondaxnianos les está prohibido tocar el Reloj de la Vida, que
es como el Arca de la Alianza de los judíos, que quien la toque
muere fulminado por un rayo como otro Uzías6… – Y
dirigiéndose al Rey, dijo: -Ya veis Majestad que es imposible
que éste niño arregle tan enorme maquinaria, y más conviene
a vuestro cuerpo y a vuestra alma despediros del pueblo por la
cadena nacional y confesaros ante un sacerdote para bien
morir, tranquilo y en paz como buen cristiano.-
Me extrañó que se refiriera a los bondaxnianos sin incluirse,
como si él no fuera de la misma raza.
-Has de saber, niño Rafael- dijo el Rey Indulgencio XXIII-
que por ser sagrado, los bondaxnianos no podemos tocar el
reloj ni nada perteneciente a su máquina. Podemos limpiar y
adornar su jardín bajo él, incluso pintar y reparar las columnas
de cemento que lo sostienen, pero no tocar ningún
componente del reloj, ni su tapa, ni sus agujas o ruedas. De
solo hacerlo aunque sea con la uña, moriríamos fulminados
por un rayo. El reloj es para nosotros el Arca de la Alianza.
Lamentablemente no podemos ayudarte en nada, si no es con
rezos y oraciones al Supremo.-
Pensativo y mohíno me quedé yo, sin saber qué hacer ni decir,
y me asustó la posibilidad de quedarme solo y perdido en ése
planeta con un sinfín de cadáveres de bondaxnianos
esparcidos por sus calles y veredas.
Imaginad cual sería mi destino si me quedase en un planeta
que tendría quizá cincuenta millones de habitantes, ahora
cadáveres, con la desgraciada tarea de enterrarlos a todos, sin
saber tampoco si los alimentos locales eran compatibles con los
nuestros, su oxígeno, su agua, etc.

6Uzías, que significa: “Mi Fuerza Es Jehová” junto con su hermano Ahió, conducían el
carruaje que transportaba el arca del pacto a Jerusalén, cuando los toros que tiraban del
carruaje casi lo volcaron, Uzah alargó la mano y sujetó el Arca, por lo que Jehová le dio
muerte en el acto. David llamó al lugar Pérez-Uzah debido a que allí Jehová había llevado a
cabo “una ruptura contra Uzah”. (2Sa 6:3-8; 1Cr 13:7-11.)
El Viaje Extraordinario 99

Tuve la horrible visión de que por cientos de años, suponiendo


que viviera muchísimos como ellos en ése planeta por la
largura de sus días, para limpiar la ciudad, andaría
trasladando cuerpos de enanos hasta mi vejez, para arrojarlos
al fondo de un precipicio como otro bíblico Tobías.7
Juzgué que, por livianos, podría acarrear hasta tres
bondaxnianos muertos a un mismo tiempo, y que si en esa
ciudad hubiera unos cincuenta millones de ellos a punto de
expirar, no me alcanzaría un siglo de años-tierra para
enterrarlos a todos.
Me imaginé que en breve sería por muchos años un Robinson
Crusoe limpiando su isla para poder vivir aseadamente en ella
hasta que alguien que navegara por el infinito y negro mar del
cosmos viera mis señales de humo y me rescatara.
Pero no, traté de alejarme de tan funestos pensamientos para
pergeñar la forma de abrir o desenroscar la tapa del reloj,
arreglarlo como bien pudiera y volverme a mi casa, que el
beneficio de uno solo puede ser extensivo para muchos, como
así también las muchas riquezas acaparadas por un solo rico,
siempre es a costa de las miserias de muchos pobres.
La tapa del reloj, de unos diez metros de circunferencia, era sin
duda a rosca, como bien lo dejaba entrever seis muescas en sus
bordes donde comúnmente un instrumento de relojería
llamado quitatapas, con forma de V, se introduce en dos de ésas
marcas para que al girar la herramienta de derecha a
izquierda, el relojero la desenrosque.
Y lo primero que se debía hacer, según veía como paso
ineludible, era quitarla a toda costa para poder introducirme
dentro de la maquinaria y buscar el desperfecto.
Así que pedí al Rey que entre todos los bondaxnianos más
vigorosos que quedaban erigiesen en la parte trasera del reloj,
en el jardín que adornaba el monumento, un palco o tablado
de madera, de unos diez metros de lado, sostenido con postes
o vigas clavados en la tierra, a unos tres metros sobre el suelo,
a fin de que en esa plataforma descansase la tapa una vez
extraída, sin que cayese a tierra.
Imaginad que si cayese al suelo no habría bondaxniano ni
humano que la volviese a levantar.

7 Tobías: a pesar que su familia adoraba al becerro de oro, Tobías siendo muy joven asistía en
Jerusalén a escuchar la palabra de Dios; también practicaba el diezmo. Vivió en el exilio junto
al pueblo de Israel cautivo en Nínive como sepulturero, un día sufre ceguera y no puede
trabajar enterrando a los muertos.
100 El Viaje Extraordinario

Previendo problemas en el futuro, juzgué que cuanto más


cerca estuviese la tapa a su rosca, a su misma altura, menos
conflictivo sería volver a enroscarla una vez que terminara la
reparación.
Prometí al rey que nadie saldría muerto, ya que los
bondaxnianos no violarían la disposición sagrada de no
tocarlo.
Miles de enanos se pusieron a la tarea, los más robustos y aún
con fuerzas, como un ejército de laboriosas hormigas en
verano, quienes clavaron gruesos postes que sobresalían tres
metros de la tierra, los cuales sostuvieron después pesados
tablones que hicieron la plataforma deseada, sin que ninguno
tocase nada del reloj ni transgrediera sus disposiciones
sagradas para no morir fulminado por un rayo.
Luego pedí al rey que mandase traer unas diez piolas o sogas
gruesas de unos cien metros de largor cada una, una de cuyas
puntas, subiendo yo a la cima del monumento, la pasaba por
arriba, de manera que en su justa mitad descansara sobre el
reloj sagrado. Una vez colocadas las diez sogas gruesas por
encima del monumento sagrado, hice pasar las puntas traseras
o finales de cada una por debajo del reloj, entre las dos
columnas de cemento, envolviéndolo, las que llevándolas
hacia el terreno delantero, fueron atadas a gruesas estacas o
jalones clavados en la tierra, mientras que la punta restante de
las sogas quedaban libres para ser jaladas en el momento
oportuno. De manera que el reloj quedó envuelto con diez
gruesas sogas cuyos extremos finales pasaban por arriba y por
debajo del monumento y terminaban con una punta atada
fuertemente a estacas clavadas en el suelo, quedando la otra
punta libre para ser jalada. Ordené asimismo que en éstas
puntas libres se hiciesen diez nudos a cada medio metro a fin
de que los enanos, unos diez por cada soga, pudiesen tirarlas
sin que resbalaran de las manos. Razoné que diez nudos para
cada soga, daban la cantidad de unos cien enanos que se
encargarían del trabajo de sujetar la tapa del reloj cuando fuese
quitada, más que suficientes para aguantar su peso.
Luego pedí al rey que ordenase traer otro tramo de soga de
unos doscientos metros, en una de cuyas puntas até un grueso
hierro en forma de ancla y ordené que en los finales de la otra
se hiciesen unos cien nudos a cada medio metro, a fin de que
los enanos pudiesen afirmarse mejor sin que se les escapase de
las manos cuando la soga estuviese tensa.
El Viaje Extraordinario 101

La soga se redujo a un poco menos de su mitad al tener


infinitos nudos para agarrarla, los que se cubrieron
inmediatamente con las manos de otros cien bondaxnianos.
Hecho esto subí nuevamente hasta el techo del reloj, cargando
el ancla atado al principio de la soga larga, y ya en la cúspide,
enganché el hierro en una de las muescas superiores de la
tapa. Hice luego que los enanos tirasen levemente de la cuerda
hasta dejarla tensa y lista para ser jalada con fuerza cuando
todos estuviesen dispuestos en sus posiciones, afirmados los
pies en el suelo, y diese yo la orden de hacerlo.
Entonces desde la cima del reloj hablé a los atentos
bondaxnianos afirmados cada uno en su nudo:
-Hermanos -les dije- la tarea que emprenderemos todos
juntos es imprescindible que sea exitosa, pues de otra manera
bien sabéis que estaremos perdidos irremediablemente. Es
forzoso que quitemos la tapa del reloj para introducirme en su
máquina y solucionar su defecto. Así, nos dividiremos en dos
equipos de trabajo que estarán bajo mis exclusivas órdenes.
Ninguna que no sea la mía debéis acatar, sea del Rey, sea del
General Oddio o de cualquiera que se interponga en nuestra
empresa. El equipo primero tirará de la cuerda larga
enganchada de una de las muescas de la tapa, con tirones
cortos y con fuerza. Cuando la tapa afloje de su rosca,
continuarán jalándola suavemente para hacerla girar una o dos
vueltas completas hasta que se desprenda de su encastre. Yo
engancharé el ancla sucesivamente en cada muesca superior
hasta que se desenrosque totalmente. El equipo segundo se
encargará de hacer asentar la tapa con sumo cuidado sobre la
base de madera cuando se desprenda de la caja. Deberán
primero sostenerla vertical una vez fuera de su rosca, tirando
las diez sogas que pasan por arriba, por detrás y por debajo, y
aflojarlas lentamente a un mismo tiempo, hasta que la tapa se
asiente y descanse horizontalmente sobre el palco preparado.
Recuerden: sostendrán la tapa tensando las diez cuerdas a fin
de que no caiga violentamente sobre el tablado, y la irán
inclinando suavemente aflojando las cuerdas lentamente hasta
que repose sobre el palco preparado. ¿Entendieron? ¿Alguien
tiene dudas del trabajo? ¿Están dispuestos y preparados?-
Un infernal ¡Sí! salió de la boca de los enanos que empezaron a
moverse como hormigas alrededor de las sogas eligiendo los
lugares en donde más cómodo y fácil se encontraran al tirar de
ellas.
102 El Viaje Extraordinario

Tenía cien enanos en el frente del reloj y otros tantos a un


costado aferrados firmemente de las respectivas sogas.
Vínome fugazmente el pensamiento de cuanta diferencia
existe entre los bondaxnianos y nosotros los humanos en las
actitudes comunitarias y el bien general, que nosotros ante una
catástrofe somos reacios a colaborar, mostrándonos
indiferentes ante las desgracias de los demás, y para remate,
en la congoja y confusión ajenas, ya sea provocados por un
terremoto o una inundación, robamos y hurtamos los bienes
de los vecinos, sin buscar jamás el bien para todos en conjunto.
Siempre ante una catástrofe surge en los hombres la rapiña y el
robo a lo ajeno.
¡Santo Dios, de qué mala carne fuimos hechos, y qué mala
alma tenemos!
Pocos son los hombres solidarios con los que sufren una
desgracia, y muchos los que buscan que la ayuda y la
compasión esté en los otros para con ellos y no en ellos para
con los dolores del prójimo.
Nunca aprendimos que el duro trabajo hecho entre todos,
desarraiga la fatiga de hacerlo.

*******************

-Hija, duérmete ya, que estoy muy cansado. ¿Te lavaste los
dientes?-
- Si, pa. Grande pa.
El Viaje Extraordinario 103

CAPITULO VIII
Cómo quitamos la tapa del reloj y de los preparativos que
hice para introducirme dentro de la máquina. La suerte de
tener mis zapatillas deportivas. Descripción de los engranajes
y sus respectivas funciones. El peligro de ser despedazado si
me atascara entre los dientes de una rueda al volver a
funcionar el reloj.

Entonces comenzamos la operación: las diez sogas frenteras se


tensaron para asegurar que la tapa una vez quitada no cayera
violentamente sobre el tablado o palco preparado para su
descanso detrás del reloj.
Mientras, el otro centenar de bondaxnianos encargados de
tirar la larga soga enganchada a una muesca de la tapa, se
prepararon para cumplir las órdenes que yo desde la cima
debía impartirles.
-¡Atención bondaxnianos de la soga larga!– les grité desde lo
alto- Debéis tirar de la cuerda con un golpe seco y contundente
a la voz de tres, a fin de que la tapa ceda y se afloje de su
prisión primeramente. Debemos por ahora nada más que
aflojarla de su rosca. Esto costará un poco de esfuerzo pues las
tapas suelen pegarse a la caja del reloj por la suciedad que
generalmente se introduce en los canales de su rosca. Pero
luego, una vez que ceda, se tornará liviana y fácil de removerla
totalmente. Recuerden: solo debemos lograr aflojarla de su
prisión. ¡Vamos bondaxnianos, a la cuenta de tres! Uno…
dos… y… ¡tres!... ¡Fuerzaa!
La soga se tensó en todo su trayecto y al hacerlo vibró con el
grave sonido de una cuerda gruesa de guitarra. ¡Tong!
La tapa no se movió.
Los enanos desanimados aflojaron la soga hasta que formara
una fenomenal panza que con su comba de cien metros casi
tocaba el suelo.
La desazón los invadió y algunos lloraron sentados en el suelo.
La tapa estaba sólidamente tomada y ni todas las escasas
fuerzas de los enanos juntos lograron hacerla virar medio
centímetro.
-¡Vamos bondaxnianos! No os desaniméis. Tiren la cuerda
nuevamente todos juntos hasta que se tense con un golpe seco,
con fuerza y decisión. ¡Vamos valientes bondaxnianos! Uno…
dos… y… ¡tres!
104 El Viaje Extraordinario

Los enanos corrieron un corto trecho con la soga tomada sobre


sus hombros que se tensó en el aire como una cuerda de violín,
emitiendo otra nota musical más grave que la anterior.
Otro ¡tong! grave y cavernoso se oyó en toda la periferia de la
plaza, salido de la gruesa cuerda tirante y extendida
violentamente.
Muchos de los enanos tomados de los nudos que estaban
próximos al reloj, que por débiles no afirmaron fuerte sus pies
al suelo, volaron por los aires cuando ésta quedó tensa, yendo
a caer por suerte en los jardines de la plaza, entre las coloridas
flores y el verde césped, sin que ninguno se lastimara.
Fue cosa de risa para mí verlos salir despedidos por los aires
como muñecos de trapo, pero no mostré la menor sonrisa ante
ésa jocosidad tan ridícula y graciosa.
Nadie es tan perfecto ni tan hermoso para burlarse de su
prójimo.
¡Éxito! La tapa se desenroscó unos quince centímetros.
Volvimos a repetir la operación varias veces cambiando
siempre el gancho a las muescas superiores cuando era
necesario, en pequeños adelantos de quince o veinte
centímetros ganados a la rosca por cada tirón.
Mi trabajo era solamente desprender el gancho cuando la
muesca se acercaba al suelo y volverlo a subir a la cima donde
lo sujetaba nuevamente a la siguiente, allá en lo alto de la tapa.
Me sentí satisfecho porque la tapa ya había girado unas dos
vueltas completas y a cada tirón de los enanos lográbamos un
corto giro que hacía cada vez más fácil su desenrosque
definitivo.
Quedó a tal punto de liviana, que en los últimos intentos los
enanos ya jalaban la cuerda con una mano sola, hasta que la
enorme tapa se desprendió de su rosca.
La tapa no cayó al suelo porque en el mismo instante que se
desprendiera, los enanos del otro equipo tensaron las sogas del
frente del reloj para sostenerla.
Luego, a órdenes mías, las fueron aflojando lentamente,
haciendo que la pieza se inclinara suavemente hacia atrás
hasta descansar en el palco o tablado de madera preparado
para su asentamiento.
Hecho esto, un estridente ¡hurra! salió de todas las bocas de los
bondaxnianos, aunque nadie moviera mínimamente los labios,
con los brazos levantados y los dedos en V.
El Viaje Extraordinario 105

Algunos, de alegres, arrojaban por los aires unos pequeños


birretes azules, parecidos a los que en termos venden café en la
tierra, que suelen usar en sus ocupaciones diarias.
Logramos así el primer paso exitoso para la reparación de la
maquinaria, que ahí estaba majestuosa, gigantesca y brillosa
como un sol, con sus piezas de bronce relucientes como el oro
dentro de su enorme caja.
La observé por largo rato, admirado de su tamaño, y para
daros un indicio de su grandeza os diré que cada rueda tenía
una altura de dos metros en su eje de acero, y una
circunferencia de unos tres metros en el disco de bronce de sus
dientes.
El reloj sin duda funcionaba a cuerda, pues allá en lo alto,
cercana al techo, pude ver la enorme rueda tambor en cuyo
interior seguramente estaba enrollada, y que es la que con la
tensión creada al expandirse, hace girar a todas las ruedas
siguientes.
Posiblemente, los engranajes estaban trabados por una
suciedad en uno de los dientes de alguna rueda, lo cual es muy
común en los relojes a cuerda.
Cuando un reloj por momentos anda bien, y de pronto se
detiene, y un rato después vuelve a funcionar, me decía mi
padre, es porque una suciedad está metida entre dos dientes
de alguna rueda, que a veces la frena por un rato hasta se
desprende o se aplasta, lo cual la deja libre para continuar su
marcha.
Pero dando una vuelta completa, llegando nuevamente el
diente con el cuerpo extraño, vuelve a detener la marcha de la
máquina.
Quitada ésta con una fina aguja, o con un cepillo de acero, la
máquina queda reparada sin nuevas detenciones.
Mucho me extrañó que todas las ruedas, incluso el áncora y el
volante con su espiral, estuviesen brillantes y sin una mácula
de suciedad, después de milenios de funcionamiento.
La máquina relucía de limpia y pulcra, y sus ruedas estaban
sin desgaste alguno, tanto en sus dientes como en los pivotes
de sus ejes.
Los bujes de bronce y los pivotes de las ruedas estaban
impecables, sin visos de desgaste alguno.
Indudablemente, quien lo construyera, era un ser Infinito y
Eterno, pues no era de otra condición el Reloj de la Vida.
Pero algo foráneo trababa su rodamiento.
106 El Viaje Extraordinario

Podría ser también la rotura de la cuerda, que muchas veces,


por falta de grasa o aceite se corta violentamente, lo cual rogué
que no fuera posible.
No había otra manera de reparar el reloj sino introduciéndome
dentro de la maquinaria para investigar y descubrir la causa
de su atascamiento.
A mi pedido, los bondaxnianos prepararon una pequeña caja
de madera con una cinta o piola para colgármela del hombro,
en cuyo interior hice poner unas pinzas de agarre, otras de
corte, destornilladores, una pequeña sierra, una llave
regulable, aceites, estopas, una tenaza, y unas hojas de lija fina,
además de varios pinceles dentro de un frasco con bencina.
La verdad que es que no sabía qué herramientas fueran
necesarias para la compostura, y traté de llevar la mayor
cantidad de ellas sin saber en qué podría ocuparlas, pues tuve
muy en cuenta que una vez dentro y en lo alto ya no podría
volver a salir para buscar algo que me quedara olvidado o
hiciera falta, y que los enanos no me acercarían por el temor
religioso que profesaban al monumento sagrado.
Estaría solo en la reparación sin que nadie cumpliese el oficio
de ayudante, como yo lo hacía con mi padre.
Luego até con una cinta las bocamangas de mis pantalones y
ajusté fuertemente los cordones de mis zapatillas a fin de
evitar que quedaran prisioneros por casualidad en algún
engranaje.
Y así, con las manos libres y las herramientas en la caja colgada
a mis espaldas, me introduje dando un salto sobre el eje
horizontal del áncora, que es una pieza en forma de ancla y
que tiene la función de impulsar al volante de un lado a otro,
produciendo el conocido tic-tac de un reloj.
Agradecí a Dios haber traído mis zapatillas de suela de goma
con que jugaba al básquet pues gracias a su adherencia podría
fácilmente caminar sobre los ejes de acero de las ruedas sin
que resbalaran, y más bien se pegaban fuertemente a ellos
como si sus plantillas tuviesen imán.
Estar dentro de tan enorme maquinaria era similar a meterme
dentro de una gran caverna tenebrosa, en donde en vez de
murciélagos habitaban enormes engranajes de filosos dientes,
sujetos por las platinas fijas con enormes tuercas.
Mirar hacia arriba era ver hasta lo alto del techo ruedas
enormes, gruesos ejes, e infinitos dientes entre dos de los
cuales entraba fácilmente mi cuerpo.
El Viaje Extraordinario 107

Temblé de miedo pensando que si mi ropa se atascara entre


ellos al volver a funcionar el reloj, sería fácilmente triturado
como si cayera en una enorme picadora de carne.
¡Ay, cómo deseaba que estuviese mi padre a mi lado!
¡Cómo las personas que no valoramos diariamente en la vida
se vuelven imprescindibles cuando ya no están cerca de
nosotros para ayudarnos!
- No pensemos en eso -me dije- y tratemos de volver andar
ésta extraordinaria máquina indispensable para la vida de los
bondaxnianos… y para volver a mi casa.
Una vez parado sobre el eje del áncora miré detenidamente las
piezas más cercanas a mi alrededor, y así, tenía a mi izquierda
al volante con su muelle espiral, que en su conjunto viene a ser
el corazón de un reloj, pues éste sólo funciona mientras late, es
decir mientras vaya hacia un lado impulsado por el áncora y
regrese llamado por el espiral para ser nuevamente empujado
hacia el lado contrario y continuar su interminable ciclo.
Es un eterno y gracioso ir y venir constante del volante, que
produce el agradable tic-tac de los relojes a cuerda.
Este movimiento de vaivén del volante y del áncora, permite
que la primera rueda del engranaje, la de escape, deje libre un
diente por segundo, lo que transmitido a las demás ruedas,
hacen que giren lentamente mientras la cuerda genera el
impulso suficiente, y finalmente avancen las agujas sobre el
cuadrante exterior.
Tanto el volante de unos tres metros de circunferencia, como el
áncora de igual altura, estaban muertos y estáticos, es decir sin
ninguna fuerza impulsora que los echasen a andar, lo que me
dio barruntos que el reloj no tendría cuerda o tal vez una de
sus ruedas anteriores estuviese trabada por alguna suciedad.
Comúnmente, el buen relojero saca el volante completo de su
prisión, aflojando los conos que lo sostienen, quita el áncora y
hace luego girar todas las ruedas a fin de que si algo trababa
su desplazamiento sea desprendido y despedido, o
simplemente para descubrir si un diente de cualquier rueda
estuviese torcido o defectuoso causando su frenado.
Eso no podría hacerlo yo solo, si no fuese ayudado por
cincuenta hombres juntos de la tierra, y viendo que todas las
piezas de la máquina estaban limpias e impecables, me tomó
un gran desconsuelo por no saber qué hacer.
A primera vista, tampoco noté defecto alguno en los dientes de
las ruedas.
108 El Viaje Extraordinario

Juzgué entonces que simplemente el reloj no funcionaba por


falta de cuerda, cuya fuerza se encuentra en el interior de la
rueda tambor cuando está enrollada, y que al expandirse es la
encargada de hacer girar a todas las subsiguientes.
Y el tambor de cuerda estaba allá en lo alto, quince metros más
arriba, muy cerca del techo.
Así pues, me ceñí la caja de herramientas a la cintura, y decidí
trepar a lo alto, a fin de descubrir cuál podría ser la causa de
su frenado.
Recuerda, hija, que a los relojes antiguos era necesario darle
cuerda manualmente todos los días para que funcionaran, ya
que en aquélla época de mi infancia no existían aún los relojes
automáticos ni de pila, que nos libran de tal trabajo diario, y a
éste reloj en particular, fabricado millones de años atrás,
alguien o algo debería también cargarlo de cuerda
constantemente para que funcionara.
Abandoné de un salto el áncora, yendo a posarme en la rueda
de escape, llamada así porque es la que más veloz gira, y sus
dientes se escapan de uno en uno cada vez que el movimiento
de vaivén del áncora lo permite o los suelta, liberando un
diente y trabando el siguiente, lo que emite el agradable
sonido del tic-tac de un reloj.
Revisé minuciosamente todos sus dientes y nada anormal,
torcido ni foráneo encontré en ellos.
Salté a la siguiente rueda, que es la segundera, la cual por
tener sesenta dientes, hace una vuelta completa en un minuto,
y es la que en su eje central lleva por afuera una pequeña
aguja, o sea la aguja segundera del cuadrante, a la cual si se la
observa detenidamente se ve cada segundo que se escurre en
el tiempo, seguido de un ínfimo descanso, que es el tiempo
que ocupa el ir y volver del volante.
Estaba la rueda segundera también impecablemente limpia, y
no tenía vestigios de estar frenada por suciedad alguna, ni
tomada en sus bujes por sequedad o falta de engrase.
Cuando mi padre desarmaba los enormes relojes de iglesias,
tenía especial cuidado en trabar sus ruedas con una gruesa
varilla de hierro que atravesaba de lado a lado pasando por
entremedio de una o dos de ellas para impedir que giraran
alocadamente al quitar el áncora, pues una vez sueltas tienen
tanta fuerza y velocidad emanada de la cuerda enrollada, o de
las pesas, que fácil pueden arrancar los dedos o un brazo del
relojero.
El Viaje Extraordinario 109

La fuerza del tambor de cuerda es imparable y peligrosa de


producir graves accidentes.
Lo que quiero decir es que las primeras ruedas, contándolas
desde el volante, como la de escape o la segundera, giran con
mucha velocidad al quitarles el áncora, pero sin mucha
potencia, a tal punto que se la puede detener fácilmente con
una mano, no así las últimas ruedas cercanas al tambor de
cuerda, por la fuerza que recibe de ésta, que pueden triturar la
mano del relojero al tratar de frenarlas.
En ellas está todo el poderío producido por la cuerda enrollada
dentro del tambor.
No creo que quinientos hombres juntos pudieran frenar el giro
de aquélla enorme rueda tambor que tenía el Reloj de la Vida
bondaxniano. Y yo metí mi cuerpo entero dentro de su
maquinaria, sin ayuda ninguna, ni la posibilidad de poder
trabarlas con una gruesa varilla de hierro, como lo hacía mi
padre para su seguridad.
¡Ay, como deseaba que mi padre estuviese conmigo para que
me orientara y guiara en lo que debía hacer!
Comprendí cuánto se valoran a las personas cuando ya no
están junto a nosotros, y cuánto las necesitamos cuando
atravesamos un gran peligro para que con su sabiduría y
experiencia nos aconsejen y orienten.
Revisé luego minuciosamente otras ruedas más elevadas, muy
cercanas al techo: la petit-moyen y la grand-moyen, y la rueda
central horaria, sin encontrar nada anormal en ellas, ni estar
frenadas por una suciedad.
Solo estaban muertas y flácidas, sin fuerza alguna que las
moviese. Estas ruedas regulan la marcha del reloj para que la
velocidad de las agujas sea la exacta, es decir que sea un
minuto cada sesenta segundos y una hora cada sesenta
minutos, lo que se logra en fábrica adosándole o quitándole
dientes, buscando la exactitud del reloj, es decir que no atrase
ni adelante, y que la cuerda persista con fuerza por varios días.
O sea, son ruedas reguladoras de la velocidad de todas las
demás. A mayor cantidad de dientes más lento es el
desplazamiento de las agujas, o por lo contrario, con menos
dientes, más rápida es su marcha.
La rueda central es la que en su eje exterior se prende la aguja
minutera sobre el cuadrante de los relojes, y como cuenta con
sesenta dientes, da una vuelta completa cada hora, a un diente
por minuto.
110 El Viaje Extraordinario

Muchas veces pienso que los primeros inventores de relojes a


cuerda o a péndulo, buscando la exactitud, hicieron sin duda
muchísimos cálculos agregando o quitando dientes de cada
rueda a fin de regular toda su marcha, logrando finalmente la
hora perfecta sin adelantos ni atrasos en su andar.
Los relojes de hoy, hija, al ser diseñados por computadoras,
son fabricados con tal perfección que solo tienen un atraso o
un adelanto de uno o dos minutos cada mes, y no por culpa de
ellos ni del que los fabricara, sino por la variable rotación de la
tierra que nunca es igual cada día.
Siempre a la tierra le sobran o le faltan unos segundos
diariamente, lo que cada tanto crea con las sobras un nuevo
día, el que el hombre encima al mes de febrero en los años
bisiestos. Sin embargo nada encontré en las ruedas que
impidiera su rotación, sino el estar muertas y estáticas sin
fuerza alguna, y ya no me quedaba otra opción que el revisar
la enorme rueda del tambor de cuerda, de unos cinco metros
de diámetro. Dentro de ella se encuentra el muelle o cuerda
enrollada, una larga cinta de acero con la fuerza de cien
hombres, la que al desarrollarse impulsa la rotación de todas
las ruedas de un reloj. Pero el tambor de cuerda del Reloj de la
Vida tampoco estaba trabado por ninguna causa o
impedimento externo, más bien estaba suelto y sin fuerza, lo
que podría significar que la cuerda o muelle estuviese cortada
o rota, y con toda seguridad, no enrollada. Esto no había
manera de saberlo si no desarmaba la tapa del tambor, a fin de
que la cuerda se mostrase a la vista al sacarla de su apretado
refugio, por ver su defecto, pudiendo estar cortada o
desprendida en uno de sus extremos. A veces sucede que por
faltarle grasa, las espiras8 de la cuerda se pegan o se toman
unas con otras, impidiendo o frenando su desenvolvimiento.
La verdad es que quitar una cuerda de acero de su recipiente
es un trabajo muy delicado y difícil de realizar, quizá el más
peligroso y complicado que un relojero deba hacer.
Este tambor de cuerda es sumamente peligroso para los
relojeros pues muchas veces al desarmarlo para engrasar su
interior, su cuerda enrollada salta afuera como si fuese un
latigazo, como el ataque de una víbora, con una fuerza y
velocidad increíble, y profesionales he visto yo que perdieron
un dedo o un ojo en desafortunados accidentes.

8 Cada una de los círculos o vueltas con que se enrollan las cuerdas dentro del tambor.
El Viaje Extraordinario 111

Un reloj despertador común tiene en su interior una potente


cuerda de un metro y medio de largor, que al ser enrollada no
pasa del grandor de una manzana, lo que produce una fuerza
poderosa, similar a un carro tirado por diez caballos, por
espacio de uno o dos días continuos.
Juzgué que la del Reloj de la Vida de los bondaxnianos tendría
un largor de quince a veinte metros, y produciría la fuerza de
quinientos hombres de la tierra, o quizá mil.
Jamás podría luchar con ella o unirla si estuviese rota.
Pero tuve barruntos y sospechas de que la causa de la
detención del reloj estaba en carecer de cuerda suficiente para
hacer girar sus engranajes, simplemente por no estar
enrollada.
En otras palabras, sin fuerza impulsora.
Pero éste reloj, sin que nadie lo tocase por disposición
sagrada… ¿Cómo se alimentaba de fuerza impulsora?
No tenía pesas ni manivelas exteriores para enrollar la cuerda.
Vi entonces una larga varilla de acero que salía allá en lo alto
del techo al exterior, donde antes dije que había un molinete
que giraba con la fuerza del viento, la cual estaba conectada a
pequeñas ruedas que hacían girar una grande, la que a su vez,
diente a diente, nutría de cuerda al tambor.
Pues bien, esta varilla estaba trabada maliciosamente e
intencionalmente con algo similar a un corto palo de escoba,
por lo menos eso creí a primera vista, colocado entre los
dientes que componían el sistema de suministro de cuerda.
Estaba el engranaje frenado con un palo corto y cilíndrico, y al
acercarme al objeto, vi ser un bastón de mando militar, quienes
generalmente lo llevan bajo el brazo y que les da una relevante
autoridad sobre sus subordinados.
En la parte más gruesa del bastón, en su empuñadura, tenía
grabadas las iniciales G.O. y colgaba de él un corto tramo de
hilo grueso.
Deduje que este bastón de mando fue introducido a la
máquina quitando uno de los cuatro gruesos tornillos de
sujeción de la veleta, pasándolo por el orificio del mismo atado
a un hilo, y quizá movido de un lado a otro pacientemente, a
juzgar por el sobrante de hilo que aún colgaba de su mango,
trabó los dientes de dos ruedas de alimentación.
Luego de trabado el bastón entre los engranajes, fue cortado el
hilo de un violento tirón, y colocado nuevamente el tornillo en
su lugar, no quedando rastro alguno de la felonía por fuera.
112 El Viaje Extraordinario

Quise quitar el bastón pero no pude moverlo mínimamente al


estar sujeto y mordido fuertemente entre los dientes de las
ruedas a las que hacían girar la varilla conectada a la veleta del
exterior. Los engranajes mordieron el bastón con tanta fuerza y
ferocidad que los dientes se introdujeron en la madera en un
sensacional mordisco de tiburón, mellándolo hasta casi
partirlo en dos.
Para colmo, las ruedas trabadas contaban con un crique que no
permitían su retroceso.
Comprendí entonces que la fuerza del viento exterior era la
encargada de suministrar eternamente la cuerda al Reloj de la
Vida. Era para mí, gran gloria el haber conocido el primer reloj
automático del Universo, y urgente pensé ir a contárselo a mi
padre, para instalar el mismo sistema en las iglesias de
Worldform, evitándonos para siempre el engorroso trabajo de
subir sus pesas una vez por semana.
Y siendo la cuerda de acero tan larga, a juzgar por el enorme
diámetro de la rueda tambor, poco y nada importaba si una o
dos semanas seguidas no hubiese una brisa para mover la
veleta, ya que su autonomía estaba preparada para hacer
funcionar el reloj un mes entero sin que hubiese una brisa que
cargara su cuerda.
Pensé meticulosamente cómo quitar el bastón de la prisión que
lo sujetaba, y no tuve mejor idea que trozarlo en dos para
hacerlo factible, por lo que busqué entre las herramientas de la
caja una pequeña sierra en forma de hoz con la que comencé
haciendo un corte en el bastón lo más cercano a los dientes que
le apresaban.
Diez minutos después, se desprendió una parte del bastón del
lado derecho, cayendo a las profundidades del reloj, rebotando
entre sus ruedas, para finalmente salir despedido
violentamente al exterior.
Comencé entonces a serruchar la otra parte libre trabada en los
engranajes del lado izquierdo, la cual al desprenderse cayó
también desde lo alto haciendo un infernal ruido, y el mismo
recorrido que la porción anterior, rebotando de una rueda a
otra hasta salir volando al exterior.
Sin embargo, el resto del otrora bastón de mando, su parte
media de no más de diez centímetros de largor, no se
desprendió ni se movió un milímetro de su prisión
fuertemente sujeta y mordida por los incisivos dientes de los
engranajes.
El Viaje Extraordinario 113

Tal era la fuerza con que estaba aprisionado el resto del


bastón.
Comprendí que me había equivocado gravemente en éstas dos
acciones de cortar los extremos del bastón.
Grave fue mi error.
Había que sumarle ahora el agravante de que habiendo
cortado los extremos, no tenía de donde agarrarlo para tirar de
él a fin de desencastrarlo.
Podría empujarlo a martillazos con un cortafierros, pero
seguramente cuando saliera el bastón, éste quedaría atrapado
en el mismo lugar y el remedio sería peor que la enfermedad.

******************

-Zzzzzzzz…-
- ¡Por fin se durmió!- me dije yo.
114 El Viaje Extraordinario

CAPITULO IX
El reloj sagrado vuelve a funcionar para alegría del pueblo
bondaxniano. Detienen al culpable de su desperfecto.
Noticias del planeta de los maldaxnianos, enemigos acérrimos
de los bondaxnianos. Castigo ejemplar a los traidores de la
nación.

¿Cómo podría retirar, me preguntaba, el resto del bastón


metido entre los dientes de las ruedas trabadas?
Era un nudo gordiano difícil de resolver.
Estaba fuertemente aprisionado y no se movía un ápice de su
trabazón.
Razoné que podría empujarlo con un destornillador grueso, un
punzón o cortafierros, dándole martillazos, pero corría el
riesgo de que saliendo la madera, quedara atascada la
herramienta metálica, lo que sería aún peor y complicaría más
el problema.
Observé que la larga varilla trabada que subía y atravesaba el
techo y que sin dudas rotaba gracias al viento que movía la
veleta del exterior, tenía un crique que impedía su rotación en
el sentido inverso, a fin de que la fuerza de la cuerda que se
iba enrollando dentro del tambor no se escapara.
Esto hacía que las ruedas trabadas siempre giraran hacia
adelante, cargando cuerda constantemente, sin dejar escapar la
fuerza del muelle.
Por desgracia, el crique impedía que las ruedas trabadas
girasen para atrás, lo que facilitaría sacar el resto del bastón
apenas con el empuje de un dedo de la mano.
Descubrí entonces que sacando un pequeño vástago
incrustado en la varilla, quedaba ésta libre y desprendida sin
sujeción alguna, lo que permitía sacarla de su encastre y
desconectarla de las ruedas trabadas, similar a como si se
desconectase un vagón de un largo tren.
Saqué pues el vástago de acero con una pinza y la varilla se
desprendió de las ruedas, y éstas retrocedieron brevemente
por estar el tambor de cuerda vacío y sin fuerza impulsora
alguna, lo que permitió que disminuyera grandemente la
presión de los dientes sobre el resto del bastón, al que saqué
fácilmente empujándolo apenas con un destornillador, por no
arriesgar los dedos.
El Viaje Extraordinario 115

Para mi asombro, la larga varilla desconectada, al verse libre,


comenzó a girar suavemente ya que en el exterior la paleta
seguramente también lo haría impulsada por el viento.
Las dos ruedas quedaron libres del obstáculo, y bajando
nuevamente la varilla sobre ellas, la introduje nuevamente
sobre su encastre y fácil fue encajar el vástago nuevamente en
su correspondiente agujero, ya que su rotación era lentísima,
pero provista de una fuerza multiplicada por pequeños
engranajes que fácil hacían enrollar la gigantesca cuerda
dentro del tambor.
La varilla en su giro comenzó a mover los engranajes de cargar
cuerda, y en minutos más el reloj ya contaría con la fuerza
inicial para funcionar nuevamente.
Era el momento de huir de allí.
Debía salir inmediatamente de la máquina por el peligro de ser
atrapado entre los dientes de las ruedas en movimiento,
pasando a ser un nuevo obstáculo eterno para su
funcionamiento, y de salto en salto, fui descendiendo entre sus
ejes y engranajes.
Sentí pavor por el gran peligro de que mis ropas se enredaran
entre las ruedas, pero recordé que los relojes de péndulo en
general, para iniciar su marcha, necesitan ser movidos con un
pequeño envión de derecha a izquierda a fin de que el volante
se mueva y vaya de un lado a otro en su primer movimiento
de vaivén.
Ocurre lo mismo con los relojes de pared, que después de
cargarlos de cuerda, su péndulo debe ser movido suavemente
hacia un costado para que comience su ir y venir.
En los relojes de pulsera, estando detenidos, para que
comiencen a funcionar siempre es necesario darles un
movimiento brusco después de cargarlos de cuerda.
Pero en nuestros relojes automáticos de pulsera, éste empuje es
innecesario, que con solo colocarlo en el brazo el volante ya
comienza a trabajar por los consiguientes movimientos que le
imprimen cuerda.
Llegado hasta el áncora, me senté sobre su eje esperando que
llegara la hora en que el reloj se detuviera dos semanas atrás, a
las dos y cincuenta y cinco, mirando constantemente mi reloj
pulsera que me regalara mi padre por terminar la primaria, y
antes de saltar al exterior, a la hora exacta, di al volante un
fuerte envión con las dos piernas a fin de que comenzara su
movimiento inicial.
116 El Viaje Extraordinario

Esto hice para que el reloj de los bondaxnianos comenzara a


funcionar, ya que ésta enorme maquinaria, al estar fija entre
sus dos columnas de cemento, ni todos los enanos juntos
podrían moverlo un negro de uña para echarlo andar.
He de aclararte que en aquél planeta, también dividen el
tiempo en doce horas de sesenta minutos como nosotros en la
tierra, solo que un día de ellos dura tres de los nuestros, de
manera que seis veces transcurren doce horas para completar
un día, aunque lo dividen en tres períodos o espacios llamados
matina, mediodía, y crepúsculo, con veinticuatro horas cada uno.
Y lo que llamamos noche ocupa un mismo período de tiempo,
es decir tres días de los nuestros, que es el tiempo en que
Ganímides se encuentra detrás de Júpiter, o sea en el cono de
sombra que proyecta con respecto al sol, cuyas horas dividen
en nocturna, pleniturno, y amanecer, que sumados todos con los
del día, completan una revolución completa en seis días de los
nuestros, y un poco más.
Sin embargo, este lapso de obscuridad de casi tres días y
medio de los nuestros, transcurren dentro de un régimen de
iluminación artificial que les permite continuar con sus oficios
u ocupaciones en las infinitas ciudades bondaxnianas como si
fuese un día pleno.
Estas divisiones horarias en lapsos de doce horas, están hechas
así para que la luz del sol y la que refleja el cercano planeta
Júpiter sean aprovechadas al máximo para el trabajo y el diario
vivir de los bondaxnianos.
El volante del enorme reloj comenzó a moverse de un lado a
otro impulsado con la fuerza ya transmitida por el áncora,
produciendo el consabido tic-tac propio de los relojes a cuerda.
Como el reloj se detuviera a las dos y cincuenta minutos, cuidé
de echarlo a andar exactamente a esa hora, mirando el reloj
pulsera que mi padre me regalara recientemente por terminar
exitosamente la primaria, junto con la caña de pescar que
quedara olvidada en las costas del arroyo de donde me
raptaran.
Antes del primer tic, salté sobre la enorme tapa de acero que
descansaba en la tarima construida para tal fin, huyendo sano
y salvo del interior del reloj.
Fue tal el asombro y la admiración de los bondaxnianos de ver
tan monumental máquina de relojería en funcionamiento que
se apretujaban con miedo detrás del rey para verla desde lejos,
como buscando la graciosa protección de su Majestad.
El Viaje Extraordinario 117

Pero lo que más feliz me hizo fue ver que todos los
bondaxnianos, con solo escuchar el tic-tac del reloj reparado,
comenzaron a respirar profundamente como tomando aires y
a recuperar fuerzas y ánimos.
Levantaban los brazos y hacían elongaciones de piernas
respirando profundamente, como si salieran de un mar que no
les dejara respirar.
Y en verdad que magnífico y atractivo era ver la enorme
máquina de veinte metros de lado y de alto, con sus ruedas
gigantescas girando lentamente, con su áncora yendo de un
lado a otro impulsando al volante en un movimiento de
vaivén firme y exacto.
Me hubiera gustado que mi padre estuviese presente para que
viera mi primera reparación de una gigantesca maquinaria que
seguramente él nunca imaginara en toda su carrera
profesional.
Quedaba finalmente volver a colocar la tapa, y para ello, los
enanos volvieron a tensar las sogas del frente del reloj, que
lentamente la levantaron hasta dejarla vertical y apoyada
perfectamente en su rosca.
Luego volví a enganchar el garfio de la soga larga en las
muescas y ordené hacerla girar en un sentido igual a las agujas
de un reloj hasta enroscarla firmemente en la enorme caja de
acero.
Y con eso el trabajo estuvo concluido.
Expliqué al rey que la trabazón de los engranajes fue hecha
adrede pues alguien, sacando un grueso tornillo de varios que
sujetaban la veleta en lo alto, introdujo un bastón de mando
atado a una cuerda, y moviéndolo de un lado a otro al azar,
vino a trabarse entre los dientes de las ruedas que alimentaban
de cuerda al reloj sagrado.
Esto hizo que al agotarse la fuerza con que contaba, el reloj
quedara estático a las dos horas y cincuenta minutos de varios
días atrás.
-¡No puede ser! – exclamó el rey Indulgencio- Es imposible
que un bondaxniano pueda tocar el Sagrado Reloj sin ser
fulminado por la ira de Dios…
Puse en manos del Rey las dos partes del bastón que cortara
con el serrucho, quien viendo las iniciales G.O. inscriptas en su
mango exclamó desaforado:
-¡Este es el bastón de mando del General Oddio! ¡Él es un
traidor!-
118 El Viaje Extraordinario

Mientras estábamos en estas averiguaciones y coloquios,


subrepticiamente el General Oddio se había escabullido
confundiéndose entre la multitud, con deseos manifiestos de
regresar al palacio para huir en una nave de las muchas que
estaban estacionadas en el playón.
Así llegó al palacio sin que fuera detenido por la guardia,
ignorante de los sucesos acaecidos minutos antes.
Dio orden el rey de que lo apresaran inmediatamente, lo que
fue hecho antes de que pisara las escalerillas de un platillo
volador de uso oficial del gobierno, en el enorme playón del
Palacio Real.
Antes de ser reducido, el General Oddio desparramó en el
suelo a puñetazos y trompadas a cincuenta bondaxnianos, que
salieron muy lastimados de la refriega, ya que contaba con una
fuerza sansoniana que hacía imposible dominarlo.
Furioso expedía puñetazos que partían en dos las cabezas de
los pobres enanos.
No obstante otros cien bondaxnianos que reemplazaron a los
caídos lo redujeron y lo amarraron de pies a cabeza con sogas
y cadenas.
Reducido se lo trajo luego ante el rey, quien viendo la fuerza
que tenía el General tratando de cortar las ligaduras y cadenas
que lo envolvían, resguardando su integridad y alejado a dos
metros del reo, le dijo:
-¡Ah, vil traidor! ¿Por qué quieres la muerte de toda la nación
de tus padres y antepasados? ¿Acaso te tratamos mal estando
entre hermanos?
-¡No soy uno de ustedes, enanos despreciables! – dijo el
general.
Entonces vimos en el general Oddio una horrible
transformación: rabioso y furioso su cuerpo verdoso se abrió
de arriba abajo y de su interior emergió un horripilante ser de
anchas mandíbulas que se abrían hacia los costados y una
horrible lengua emergió de su boca haciendo un siseo similar
al de una serpiente; su nariz se volvió en un hocico de puerco,
sus orejas se alongaron quedando puntiagudas y a sus manos
les crecieron horribles garras filosas y puntiagudas.
Adquirió luego una altura de dos metros saliendo de su
envoltura de bondaxniano completamente, similar a un traje o
disfraz de goma con que se cubriera por muchos años.
Mostróse tal cual era: una horrible criatura del espacio, similar
a un murciélago con extremidades que terminaban en garras.
El Viaje Extraordinario 119

Dos horribles alas como de murciélago nacieron en sus


espaldas, y de seguro volaría y escaparía si no estuviesen
firmemente amarradas por infinitas sogas tomadas de la
reciente compostura del reloj.
Gracias a Dios, las sogas resistieron a su desaforada fuerza que
intentaba cortarlas revolcándose y pataleando en el suelo.
-¡Es un maldaxniano! ¡Es un maldaxniano!- gritaron todos
aterrorizados.
Comprendí que no era un ser de ése planeta, y recordé que
desde el principio de mi llegada a Bondax el general Oddio era
el único que no se debilitaba con la detención del reloj, y que
también era un poco más alto que el común de los enanos.
Nunca lo vi débil ni desfallecido, y cuanto más se debilitaban
los bondaxnianos, más alegre y sano mostraba su falso
semblante.
La detención del reloj y su silencio nunca afectaron su
organismo.
Fue inyectado con el rayo paralizante y puesto en una celda en
los sótanos del palacio.
Supe después que tanto los bondaxnianos como los
maldaxnianos, dos razas vecinas pero separadas por millones
de kilómetros, tienen la capacidad de transformarse y
mimetizarse entre otros seres de cualquier planeta del
universo, confundiéndose entre ellos sin dificultad con sus
mismos aspectos, los primeros para transmitir amor, bondad,
y conocimientos científicos y los segundos para crear
discordias y guerras entre hermanos, sembrando intrigas entre
ellos a fin de que nazcan odiosas guerras que exterminen a las
razas para luego apoderarse de las riquezas del planeta.
Los maldaxnianos son zánganos que viven de los frutos y
riquezas de todos los planetas que trabajan y progresan en paz
y armonía con las leyes de Dios.
Los buenos son llamados generalmente “hijos de la luz” y los
otros, los malvados, “hijos de las tinieblas”.
Nuestra Tierra, en toda su historia, me dijeron, fue visitada
constantemente por éstas dos razas que se mimetizan entre
nosotros, y por darte un ejemplo, te diré Gandhi era un
bondaxniano e Hitler un maldaxniano, habiendo infinitos
modelos de ambos lados en toda la historia de la humanidad,
lo cual influyó muchísimo en las marchas y contramarchas que
diera la raza humana para progresar y mejorarse.
120 El Viaje Extraordinario

Ya con tiempo, mientras el rey me agasajaba con un suculento


refrigerio en el mismo palacio, me contó de la gran enemistad
que había entre los maldaxnianos y su raza, y las batallas
constantes que libraban.
-“Ya en tiempos de mi padre el rey Filiberto I, -dijo-
trescientos años atrás, la nación estuvo a punto de desaparecer
por causa de un maldaxniano transfigurado que bonitamente
envenenaba las aguas potables con elementos químicos que
lentamente matarían a todos los bondaxnianos como a ratas.
Que así como la destrucción del planeta Amarillo hizo que sus
habitantes huyeran del desastre con diferentes rumbos y
tiempos, lo que llevó a poblar nuevos planetas adecuados para
la vida, los maldaxnianos, regidos en aquélla época por el
maligno jefe Maldax I, fundaron un nuevo pueblo en un
planeta no muy lejano de Bondax2, que por estar en un
constante cono de sombra de otro mayor, se acostumbraron a
vivir en la oscuridad y en las tinieblas. Esto hizo que odiaran
la luz y afloraran sus maldades, ya que nada bueno puede salir
de la oscuridad, y la maldad huye de la luz, y siendo el
referido jefe sanguinario y cruel, enseñó a su pueblo
únicamente el arte de la guerra y del asesinato sin compasión.
Creó una raza de seres malignos y demoníacos que por largo
tiempo aterrorizaron a los nuevos pueblos afincados en otros
planetas. El universo es una constelación de seres diferentes y
diversos según donde vivan, lo que hace que las fisonomías
del cuerpo, cara y extremidades sean dispares en los infinitos
planetas habitados. La tierra, en toda su historia, ha sido
visitada por diferentes razas de diversos planetas, lo que lleva
a los humanos a dar distintas descripciones de los seres que los
visitaron, como así también de las naves en que llegaron. Unos
dicen que los dioses eran altos, o verdes, y otros que eran de
baja estatura con largos cabellos rubios, y no pueden precisar
con certeza el color de los ojos o si tenían bocas y dientes
porque hablaban con la mente. A todos los seres universales
nos afecta la poca o demasiada fuente de calor solar, la
temperatura reinante, la presión de la atmósfera y la rotación
del mundo en que vivamos. Así hay seres en el universo que
son altos y desgarbados o de poca estatura como nosotros, o
verdes o grises según la pigmentación y la gravitación a la que
se ven sometidos. Cada planeta tiene una gravitación
diferente, -repitió- la que cambia la altura de sus habitantes
considerablemente y que determina la contextura de los seres
El Viaje Extraordinario 121

que lo habitan. La altura de cada uno de ellos está relacionada


y en función del peso que pueden soportar sus piernas, según
la gravitación del suelo. Uds. los humanos, pueden crecer
hasta diez y ocho metros de altura en un planeta de poca
gravitación, pero no en la Tierra, donde vuestras piernas se
partirían en dos por el peso del cuerpo todo. La gravitación
cambia, pues, considerablemente la contextura de los seres y
determina la talla de los moradores. Éstos crecen en función
del peso que pueden soportar sus piernas. En el momento en
que el satélite de un planeta está cercano hay una succión
gravitacional muy fuerte, lo que genera un período de
gigantismo como sucediera en la tierra a finales del primario:
se formaron enormes vegetales, insectos gigantescos, y
monstruosos peces. A fines del secundario, habitaban la tierra
animales de unos quince metros de altura. Pero, como los
rayos cósmicos son más poderosos que la gravitación, se
produjeron en ellos mutaciones bruscas. Los seres, aliviados
de su peso, se yerguen; las cajas craneanas se ensanchan; las
bestias levantan vuelo. Así fue que a finales del secundario
aparecieron los mamíferos gigantes, y los primeros hombres,
creados por mutación. Habría que situar este período a fines
del secundario, en el momento en que la segunda luna que
tenía la Tierra giraba muy cerca de ella, hace unos quince
millones de años. Es la edad de vuestros abuelos, los gigantes.
En el momento en que el satélite de un planeta está cerca, hay,
pues, un período de gigantismo, disminuyendo la estatura
cuando éste, en millones de años, se va alejando día a día. Esto
está sucediendo en la actualidad con vuestra Luna, que se aleja
de la tierra cada año, lo que en cien años más, eliminará para
siempre los eclipses, ya que su cono de sombra no alcanzará a
llegar hasta la Tierra. La Tierra, que tenía dos lunas, y una
gran atracción a los seres asentados en ella, produjeron a
finales del primario una abundante variedad de enormes
vegetales e insectos gigantescos.
A fines del secundario: diplodocos, iguanodontes, animales de
treinta metros de largo por quince de alto. Sobre ellos se
produjeron mutaciones bruscas debido a los poderosos rayos
cósmicos. Por aquélla época el planeta Maldax, a causa de
terribles explosiones atómicas en guerras entre ellos mismos,
se rajó de polo a polo, y apenas guarda su forma y contextura
porque dicha rajadura no se extendió aún en todo la
circunferencia del planeta. Entonces los maldaxnianos salen
122 El Viaje Extraordinario

desesperados a buscar nuevos planetas habitados para


destruir a sus habitantes y apoderarse de sus fábricas, casas,
industrias y vivir plácidamente con todas las comodidades
logradas por sus antiguos residentes sin trabajar ni haber
sudado una gota por su propio bienestar. Habiendo infinitos
vacíos y habitables, quieren usurpar un planeta ajeno, ya en
desarrollo y prosperidad. Les es sumamente necesario
encontrar un planeta habitable con la misma o parecida fuerza
gravitacional para no crecer ni disminuir ostensiblemente de
cuerpo, ni que se cansen o agoten al caminar una o dos
cuadras. Es decir, son los eternos zánganos que buscan
provecho del sacrificio de los demás. Y así, se mimetizan en
cualquier planeta desprevenido, para ocupar altos cargos
políticos, presidentes, senadores o diputados, a fin de
incentivar guerras y destrucciones entre pueblos hermanos. Tu
planeta tampoco está exento de éstos peligros, y de hecho
hubo muchos maldaxnianos mimetizados en hombres que
procuraron la extinción de la raza humana provocando
guerras estúpidas e irracionales, como el desquiciado general
Galtieri9. Y este general Oddio vivió transfigurado entre
nosotros desde más de treinta años atrás, y casi logra su
propósito frenando nuestro vital reloj y cambiando los datos
de tu padre por los tuyos en la computadora de la nave que lo
fuera a buscar. Por eso estás aquí y gracias a Dios salvaste de
una muerte horrible y segura a nuestro planeta.- finalizó su
Majestad.
Quiso distinguirme el rey rebautizando la plaza con mi
nombre, por mi excelente trabajo en el reloj, a lo cual me negué
rotundamente ya que nada sabía de relojería, y los
conocimientos ocupados eran los que viera de mi padre en su
trabajo, y ante la insistencia del rey, cedí que fuese de allí en
adelante bautizada con el nombre de Plaza Don Rafael del
Áncora y Buenacuerda, en honor a mi progenitor.
-Me parece bien, -dije yo- que si no fuera porque mi padre,
deseoso de transmitirme sus valiosos conocimientos
acumulados en su vida, me llevara a los altos campanarios de

9 Presidente de la Nación Argentina, el décimo segundo de facto entre 1981 y 1982. Para
contener el fuerte descontento popular con la situación política y económica, intentó desviar
las tensiones recuperando militarmente las Islas Malvinas, administradas desde 1833 por Gran
Bretaña. Abandonó el cargo tras el estrepitoso fracaso militar y la muerte de más de dos mil
soldados argentinos.
El Viaje Extraordinario 123

compañía y ayuda, jamás hubiera visto como se componen los


relojes de gran porte como el Reloj de la Vida.
-Así sea entonces. –sentenció el rey.
Mandó entonces el rey que sin otro trámite el general Oddio
fuese puesto en un platillo volador programado y se lo enviase
a su origen, al planeta Maldax y luego autodestruirse, ya que
los bondaxnianos no tienen pena de muerte por ningún delito,
ni cárceles ni prisiones, ni aún para los traidores o espías al
país, como en este caso.
A decir verdad, ellos mismos jamás incurren en delitos, ni
tienen cárceles, prisiones ni Juzgados de ninguna instancia.
En un mundo sin avaricias ni falsos orgullos, madre y padre
de casi todos los litigios por los que pasan los hombres, no
hacen falta prisiones ni juzgados.
Las altas murallas y paredones de las cárceles, y los gruesos
barrotes de las celdas, son los frutos que producen los
corazones malignos y despiadados del hombre.
El castigo de retornarlo a su mundo también trajo no poco
pesar al rey, ya que el general Oddio vivió con ellos y con ese
cargo por más de treinta años, y llegó hacerse querer por todos
con falsía, y afloró en el rey el mismo sentimiento que tienen
los hombres buenos: que por más daño que un semejante nos
haga, siempre sentimos compasión y pesar por sus caídas y
por las decepciones que nos causan, pero nunca dejamos de
quererlo. Sin dudas, por ser hechos a semejanza de Dios.
Un padre que echa de su casa a su hijo por díscolo y rebelde,
sufre mucho más en su soledad del que por cuenta propia sale
a recorrer el mundo buscando aventuras y tentaciones.
Mientras, a mí me agasajaron opíparamente por aquéllos días.
Me olvidaba decirte que el reloj Sagrado de los bondaxnianos
en vez de campanas para repicar las horas, tenía poderosos
parlantes que yo no los vi por estar dentro de cajas de
resonancia, que a cada hora repetían sonoramente un
Mandamiento del Decálogo de Dios, y los dos últimos que
para nosotros trajo El Salvador y que son:
124 El Viaje Extraordinario

LOS DOCE MANDAMIENTOS BONDAXNIANOS

Hora 1: “Yo soy Jehová tu Dios y no tendrás otros dioses


delante de mí”

Hora 2: “No te harás imagen alguna ni te postraras ante


ellas”

Hora 3: “No tomaras mi nombre en vano ni me pondrás


como testigo”

Hora 4: “Seis días trabajarás y descansaras el séptimo


en honor a tu Dios”

Hora 5: “Honrarás a tu padre y a tu madre”

Hora 6: “No mataras”

Hora 7: “No cometerás adulterio”

Hora 8: “No robarás”

Hora 9: “No levantarás falso testimonio”

Hora 10: “No codiciarás nada de tu prójimo, ni su mujer,


ni su buey, ni su carro, ni su criada, ni su
cosecha”

Hora 11: “Amarás a tu Dios con toda tu alma, tu corazón y


tu vida”

Hora 12 “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”


El Viaje Extraordinario 125

De manera que a cada hora se recordaba un Mandamiento de


Dios, y no había ningún bondaxniano que no supiera de
memoria cada uno de ellos, aún los niños, y muchas veces oí
que cuando uno preguntara la hora, le contestaran “Amarás a
tu prójimo como a ti mismo y diez minutos”, para indicar que
eran pasados diez minutos de las doce. Comparé que en la
tierra, por culpa de los sacerdotes que debieran enseñarles
estas cosas antes que ilusiones, muchos hombres que todos los
días solo oyen fábulas clericales, no los saben ni los practican,
ni aún los niños que concurren a catecismo, por ignorar los
Sagrados Mandamientos, entretenidos en aprender vidas de
santos o mensajes celestiales de la madre de Jesús.
De la misma manera que existen personas que nunca
pudieron aprender la hora marcada con agujas, sino solamente
con números digitales, y aún éstos les resultan complicados,
hay personas que mueren sin saber el II Mandamiento de Dios
que dice no hacer ni postrarse ante imágenes, aunque hayan
ido a misa todos los domingos de su vida.
Muchos años después, fallecido ya mi padre, y heredando su
misma profesión y negocio, traté de inventar un reloj similar al
de los bondaxnianos, es decir que hablara de un Mandamiento
de Dios a cada hora, y aunque lo lograra en una prueba piloto
inicial, mandé el proyecto y los planos a famosas fábricas de
relojes asentadas en Suiza y Alemania, pero su fabricación no
prosperó, ya que se excusaron diciendo que el hombre vive tan
de prisa y diligente que solo necesita saber la hora que
transcurre y no lo que Dios ordena, que no puede perder ni
dilatar su tiempo oyendo sus cansadoras Palabras, y
modificaron mis planos para fabricar aquéllos relojes de
pulsera que al apretar un botón una voz femenina muy
delicada expresa la hora y los minutos simplemente, los que
son llamados por el vulgo relojes “gallitos”, quedándose ellos
con la patente de invención y los derechos de autor sin
dejarme ganancia alguna por mi invento.
Así es el hombre, que por considerarlos tediosos, reduce los
Mandamientos de Dios a su mínima expresión, y de ser
posible, procura borrar los que le sean difíciles de obedecer o
cumplir, como el II, por ser el hombre de naturaleza intrínseca
idolátrica.

**************************
126 El Viaje Extraordinario

CAPITULO X
Últimos datos e informes de la vida en Bondax2. De cómo
retorné a la Tierra con los mismos platonautas, el mismo
platillo volador y al mismo lugar del que me raptaran dos
semanas atrás. Una buena pesca y el regreso a mi casa en
bicicleta.

Fue así que habiéndose repuesto el pueblo bondaxniano de sus


debilidades y dolencias, cosa que tardó dos o tres días de ellos,
toda la nación comenzó a funcionar normalmente con mucha
vitalidad y alegría. Era la ciudad una especie de colmena
gigantesca, en donde todos trabajaban alegres y felices en
medio del amor de verdaderos hermanos, con una multitud
interminable caminando diligente por aceras y veredas, con un
cielo blanco surcado de infinitas naves voladoras de tamaños y
formas diferentes. Era un mundo en el que no existían ni
asomos de mal alguno, lo que se debe seguramente a que
tienen una religión superior a la nuestra, sin dogmas absurdos
o caprichosos, ni fantasías novelescas de santos e imágenes;
una religión nacida del conocimiento profundo del Cosmos, de
la Vida y de la Eternidad, no impuesta con palabras y
amenazas, ni horcas ni hogueras, sino demostrada con el
conocimiento científico de las grandes verdades espirituales y
cósmicas, y obedientes no a seres mortales e imperfectos,
muchas veces falsos e hipócritas como nosotros los humanos,
sino al mandato directo de entidades superiores, sabias y
amorosas de aquel Reino al que Cristo se refiriera muchas
veces cuando decía: "Mi Reino no es de este Mundo”.
La sabiduría de ése mundo milenario se refleja en niveles tan
elevados, que la ciencia y la técnica han logrado eliminar
desde tiempos ancestrales todas las enfermedades, todas las
malignas pasiones comunes de nuestra humanidad, y todos
los elementos de discordia y división entre hermanos. Un
mundo en donde no existen fronteras ni credos divergentes, ni
mezquinos intereses económicos susceptibles de enfrentar y
enemistar a sus habitantes. Sus sólidas viviendas lo
constituyen edificios de varios pisos que penetran en el suelo,
sobresaliendo en la superficie uno o dos niveles a lo sumo,
cuyas estructuras están diseñadas en forma hexagonal,
empotrándose en el terreno cada bloque o unidad de vivienda,
por grande que sea, en directa conexión con sus vecinas, lo
cual contribuye a la mayor solidez total del conjunto.
El Viaje Extraordinario 127

Vistas desde una nave semejan el tramado de paneles de


abejas, con la diferencia que los bondaxnianos dejan
entremedio aceras por donde circular caminando y espacios
libres o playones similares a nuestras garitas para el descenso
de pasajeros de taxis y colectivos aéreos, aparte de plazas y
lugares públicos de entretenimiento.
No existen en Bondax calles, cordones ni semáforos, que todo
espacio se usa para paseos y caminatas como hacemos
nosotros en una peatonal, y por lo tanto no tienen accidentes
de tránsito, vuelcos ni atropellos.
La mayoría de esos conjuntos de viviendas presentan lo que
nosotros llamamos "techos" o "azoteas" en forma ligeramente
convexa y libre de obstáculos.
Ello obedece a un fin útilmente calculado: representa la
proliferación de múltiples áreas para el descenso de máquinas
aéreas de diferentes tipos y tamaños, ya que la mayoría de los
habitantes pueden requerir de ellas en cualquier momento,
teniéndolas a mano, y en esa forma no se obstaculiza, como
entre nosotros, el tránsito urbano ni espacios de
estacionamiento, aunque generalmente para las distancias
cortas los bondaxnianos lo hacen caminando.
Estas playas de estacionamiento en los techos, al parecer de
puro cemento, por su finalidad, vendría a ser lo que en la
tierra se llama garaje, y tienen la capacidad para resguardar
unas veinte naves voladoras.
Hay en la ciudad pequeños espacios libres a cada doscientos
metros que se usan para estacionar las pequeñas naves que
surcan el cielo, de no más de tres metros de circunferencia,
donde van cómodamente sentados hasta cuatro bondaxnianos,
o colectivos urbanos con forma de cigarro, con capacidad para
veinte personas, en donde descienden o ascienden los
pasajeros, y que terminado el proceso, no tardando uno o dos
minutos de los nuestros, luego vuelven a elevarse hacia los
cielos.
Todos los espacios que circundan los edificios no son veredas
ni calles.
Son verdaderas peatonales donde los niños bondaxnianos
juegan en hamacas, calesitas y subibajas, y los mayores
caminan libremente en esparcimientos y entretenimientos que
ofrecen cines, teatros y bibliotecas.
La niñez de los bondaxnianos dura más o menos cincuenta
años de los nuestros, y otro tanto la adolescencia…
128 El Viaje Extraordinario

¡Ay, qué bello fuera si los nuestros durasen lo mismo, o un


poco más!
Millones de bondaxnianos caminan entretenidos en sus
quehaceres, mirando vidrieras, pero no van de compras a los
múltiples comercios ubicados en sus costados.
En Ganímedes no se compra ni se vende nada.
Desde la más tierna infancia aprenden todos, como axioma,
que todas las cosas materiales de ese mundo, que todos los
bienes, frutos y productos pertenecen, por igual, a todos los
habitantes del reino.
Ellos los producen y elaboran, y el Estado los administra y
reparte, equitativa y sabiamente, para la perfecta satisfacción
de todos y cada uno de ellos.
Ellos lograron transformar el repulsivo comunismo imperfecto
de la tierra en una filosofía sabia y factible de llevar a cabo,
gracias a que entre los bondaxnianos no existen la avaricia ni
el común deseo de robar.
Cuentan también, para recorridos individuales cercanos, unos
pequeños equipos similares a las mochilas estudiantiles que se
adaptan en la espalda, y que les permiten realizar vuelos
personales de considerable alcance.
Estas mochilas no poseen ni hélices ni motores, y funcionan
aplicando o anulando la gravedad a las que están sujetos sus
conductores por medio de imanes que atraen o rechazan el
suelo, según sus polos.
En los días que estuve entre ellos copié y grabé en mi memoria
los planos de estas fabulosas mochilas voladoras que sin
motor, gases ni ruido alguno pueden hacer fluctuar fácilmente
a una persona, solamente con la anulación de la gravedad del
suelo. Estas mochilas fluctuantes, fueron usadas
constantemente por bondaxnianos que visitaron la tierra, y
que erróneamente fueron tomados por santos milagrosos por
los ignorantes hombres al verlos flotar en el aire.
Ellos pueden neutralizar a voluntad toda atracción de masas y
la gravedad de las cosas, eliminando toda influencia de
cualquier elemento, cuerpo celeste o astro volviéndolo
ingrávido y sin peso alguno. Ellos anulan la gravedad que
atrae a nuestros pies hacia el suelo.
Fue así como seis mil años atrás, cuando ya estaban asentados
en el planeta Bondax2, los abuelos bondaxnianos con este
sistema levantaron en la Tierra las pirámides egipcias y otros
grandes monumentos ayudando a los humanos.
El Viaje Extraordinario 129

Los famosos rostros de piedra de la isla de Pascua, de seis


toneladas cada uno, fueron levantados en el aire gracias a la
ayuda de bondaxnianos que anulaban fácilmente su peso con
una burbuja que envolvía el monumento haciéndolos
ingrávidos.
La eliminación de la gravedad cósmica, en mayor escala, les
permite realizar a sus naves maniobras que han desconcertado
a muchos científicos que alguna vez llegaron a ver un OVNI,
los que pueden elevarse con toda suavidad y lentitud, y luego
remontar al espacio a una velocidad increíble que hace que
nuestros ojos no puedan seguir su trayecto, además de torcer
la derrota en un ángulo recto sin volatizarse.
En cuanto a la telepatía que ocupan para entenderse entre
ellos, igual lo pueden hacer con el lenguaje hablado que casi
no ocupan, ya que poseen una excelente percepción de los
sonidos debido a su desarrollado sistema auditivo.
Entre nosotros, el hablar o el escribir necesita de la emisión de
sonidos, de estructuración de palabras y frases.
Nuestra mente está preparada para formar las frases ocupando
un sujeto, el verbo y el predicado, y faltando uno, la frase se
desmembrana y queda inconexa, como cuando veíamos en el
cine decir a Tarzán: “yo Tarzán tener hambre”
Ellos no tienen esas limitaciones por medio de la transmisión
de pensamientos que se manifiestan a través de ondas
electromagnéticas parecidas a las que emplean la radio y la
televisión.
Nuestro cerebro, y todo el sistema nervioso, pueden ser
comparados con un sistema transmisor-receptor, de una
sutileza y calidad muy superiores a todas las máquinas
creadas por el hombre.
De tal manera es posible comprender cómo se producen los
fenómenos de ideación, o formación de imágenes internas
dentro del circuito cerrado que constituye nuestro cuerpo.
En otras palabras, cómo pensamos.
El hombre tiene éstas capacidades y la posibilidad de emitir
esas ondas y de recibirlas, según sea la potencia y la habilidad
que se tenga para efectuar ese trabajo, pero no están aún muy
desarrolladas.
Es común entre nosotros pensar exactamente lo mismo que
otra persona cercana, en el mismo momento, como si hubiera
una transmisión de pensamientos o ideas.
130 El Viaje Extraordinario

De la misma manera, el oído de los bondaxnianos está


sumamente desarrollado de tal forma que pueden oír el caer
de un pelo o un alfiler en el suelo, y está especialmente
acondicionado para graduar la intensidad de escucha
automáticamente sin que los dañen el estruendo de un trueno
o el estallido de una bomba, por decirlo así.
La clarividencia y clariaudiencia, natas en todos los habitantes
de Ganímedes, han permitido el logro de adelantos
sorprendentes en infinidad de aspectos de la vida.
Ambas cualidades posee también el hombre pero aún están
ocultas y en pañales.
Esto hace entre los bondaxnianos que se vean regidos por
favorables influencias que norman y fundamentan métodos,
sistemas e instituciones en el amplio panorama de la
convivencia y desarrollo de todas las actividades en aquel
interesante satélite de Júpiter.
La sucesión al trono en el Reino de Bondax es hereditaria ni
electiva: se verifica por un estricto y minucioso proceso de
selección.
En un mundo como ése esto es posible sin el menor riesgo de
error o de injusticia.
El Soberano, que vendría a ser el Presidente del planeta, por
sus facultades y poderes especiales, conoce con gran
antelación, la época y la fecha en que habrá de desencarnar, o
sea morir.
Escoge, minuciosamente, a quien será durante cierto tiempo su
regente, sin que el traspaso sea familiar o eterno, lo que ocurre
cuando el Presidente desencarna…
No hay allí urnas, votos ni democracias espurias como en la
tierra, ya que éstas cosas son las culpables de los mayores
atrasos de los pueblos pues siempre traen de la mano a las
corrupciones, las mentiras, las coimas, los odios, los robos y a
las inutilidades de los funcionarios de gobierno.
Ni el Presidente, ni los ministros, ni los miembros del Concejo
cobran sueldos ni regalías por cumplir sus funciones, ni tienen
veleidades de ser superiores a sus semejantes comunes.
No tienen ni el más mínimo privilegio que los haga relevantes
sobre los demás bondaxnianos.
Es pues el caso que luego de entretenerme conociendo ese
magnífico mundo, sentí la apremiante necesidad de retornar a
mi casa, presintiendo que sin duda mi familia estaría
preocupada por mi ausencia de quizá una semana continua.
El Viaje Extraordinario 131

Dispusieron el mismo platillo en que viniera y a los tres


mismos platonautas para su manejo, y a una velocidad
increíble volvimos a surcar la negra inmensidad del universo,
en sentido inverso, creo yo.
Atravesamos millones de kilómetros por un tiempo que estimo
en unas diez horas, y finalmente pude ver en la lejanía a mi
hermoso planeta Tierra, girando sobre su eje, y destacándose
por la belleza de sus mares azules y el verde de su vegetación,
las altas montañas con sus cascos cubiertos de nieve e hielo del
Himalaya, del Everest, de los Alpes y del Aconcagua de mi
nación.
A poco pude ver mi ciudad de Worldform, y reconocí
primeramente la alta chimenea de la fábrica de taninos
arrojando humos, cuyo reloj siempre mantenía exacto mi
padre para que cada hora tocase un estridente pitido que se
oía en todo el pueblo.
Vi, nítida y hermosa, su larga avenida 25 de Mayo, la que por
espacio de veinte cuadras, atraviesa el centro de la ciudad
finalizando su recorrido al llegar al río Paraguay, en la zona de
la Prefectura, sembrada toda de las acogedoras sombras de
infinitos árboles, a cuyos pies puede descansar el peregrino en
cómodos bancos de flejes de madera.
Nos acercamos lentamente a la tierra, al mismo lugar donde
fuera raptado, y la nave descendió lentamente entre los
árboles, provocando gran movimiento entre sus copas y un
sinnúmero de remolinos de infinitas hojas en el suelo.
Ya posada la nave sobre la tierra, nos pusimos de pie mientras
descendía la escalerilla hasta el suelo, y los tres platonautas se
abrazaron a mi cintura, y nos despedimos con lágrimas en los
ojos.
Uno de ellos, sacó de su bolsillo un pequeño aparatito que en
su frente tenía una pantalla de vidrio, muy parecido a los
celulares que se usan hoy.
Era un aparato transmisor y receptor con el que podría
comunicarme directamente con ellos, me dijeron.
-No debes usarlo sin necesidad, pues no tendrá ningún
resultado positivo y útil hacerlo por mera curiosidad. Te
enseñaré su manejo antes de irnos pues el rey en persona
quiere hablarte. Su potencia es permanente, inalterable. Actúa
con energía cósmica y lo único que se requiere es que pueda
recibir, por lo menos, una hora de luz solar cada semana.-
Accionó una llavecita, y esperamos en profundo silencio.
132 El Viaje Extraordinario

El mecanismo comenzó a emitir un ligerísimo zumbido, y en la


pantalla del transmisor, parecida a una lente fotográfica
nuestra, apareció un punto luminoso que se agrandó segundo
a segundo, hasta llenar todo ese espacio.
Entonces, el bondaxniano colocó sus dedos sobre otro
botoncito, y vimos formarse una imagen, al principio borrosa,
pero cada vez más nítida: era un rostro difuso y deformado
por poderosas interferencias cósmicas, hasta que la imagen se
aclaró totalmente.
En el centro de la pantalla, ante una rara mesa de metal con
numerosos botones y llaves, estaba nítida la imagen del Rey
Indulgencio XXIII.
Su rostro ocupó toda el espacio visor hasta que sólo vimos los
ojos. Ojos raros, profundos y con intenso brillo, la de éste Rey
de tan lejano mundo.
-Salve, niño Rafael Héroe Bondaxniano- me dijo el Rey- no
quise ni quiso el pueblo que regresaras a tu mundo sin que
antes te mostráramos el profundo agradecimiento que te
mereces por haber salvado de la muerte a todo nuestro
planeta. Infinitamente estaremos agradecidos de tu titánico
trabajo para el concierto del Reloj de La Vida, y para
premiarlo, mis hombres te entregarán unos regalos para tus
padres y hermanos, y te cederán un radiotransmisor para que
siempre estemos en contacto. No será ésta la única vez que
visites nuestro mundo. Siempre estaremos atentos para ir a
buscarte cuando quieras. La invitación es también extensiva
para tus padres y hermanos que así lo deseen.-
Pusieron en mis manos una pequeña bolsita de piedras
preciosas que brillaban como diamantes, aunque sus colores
eran verdes, azules y amarillos, y su brillo atravesaba
fácilmente el envase en el que estaban.
Me dijo el rey que las mismas había en abundancia en Bondax,
y que allá no tenía otro valor que el de ser usadas para que los
niños jugasen a la rayuela, pero que en la tierra, debido a la
vanidad del hombre por mostrar riqueza y poder, valdrían
una fortuna. Nos despedimos con lágrimas en los ojos y
descendí la escalera.
Volví a pisar mi amada tierra que me viera nacer, y no bien me
alejara un poco, el platillo comenzó su extraño zumbido
elevándose lentamente hasta superar los altísimos árboles del
camping, y luego como una exhalación, a una velocidad
increíble desapareció en el azul del cielo.
El Viaje Extraordinario 133

Con gran alegría vi primero que mi bicicleta estaba aún oculta


entre los altos yuyos, y que mi flamante caña también estaba
clavada en el lugar que la dejara, aun después de varios días
de haberla abandonado.
Lo que sí desapareció fue el libro de Mark Twain, que quedara
bajo el árbol donde me adormeciera, y gran contento sentí por
el ladrón que se lo llevara, que perfectamente sabía yo que
quien roba un libro por afición a la lectura, cimenta la cultura
y la sapiencia que en el futuro le abrirán muchas puertas de su
educación y progreso intelectual en la vida.
Fui pues a recoger la línea y grande fue mi sorpresa al ver que
en el anzuelo traía un gran pez de los llamados bogas, que
llevaría a mi madre para la cena.
Tomé mi bicicleta y raudamente volví a la ciudad con mi caña
al hombro y el gran pescado en el portaequipajes, temeroso de
recibir una gran paliza de mi padre por haber desaparecido
varios días de su presencia.
En un kiosco de diarios que está en la entrada de la ciudad, me
acerque para mirar en un diario la fecha que transcurría, y
grande fue mi sorpresa al ver que era el mismo día sábado en
que me raptaran.
No puede ser, me dije, y más me confundió que según mi reloj,
habían transcurrido apenas dos horas desde que me raptaran.
El reloj de Don Bosco tocó las cuatro de la tarde, y mi viaje a
Bondax2, fue desde las dos de ése sábado.
Era el mismo día sábado 17 de enero del mismo año en que
hiciera mi increíble viaje a Bondax2, con dos horas de
agregado.
¡Mi viaje y estadía en Bondax2 apenas habían durado dos
horas terrestres!
Indudablemente los bondaxnianos tienen métodos de
regresión a un tiempo ido y pueden viajar a través de
diferentes épocas pasadas sin modificarlas ni desviarlas.
Entré a mi casa y vi a mis padres tomando mate sentados en el
patio trasero mientras conversaban amorosamente, y al verme
entrar por el pasillo, poco se extrañaron.
Dí a mi madre el enorme pescado al cual con satisfacción se
puso a adobarlo en la cocina para servirlo en la cena.
Le dije a mi padre que en un mundo muy lejano me dieron un
regalo para él, unas cuantas piedras preciosas desconocidas en
el nuestro.
134 El Viaje Extraordinario

-Y por si no lo sabe, -le dije- en ese lejano planeta llamado


Bondax2, conocido por nosotros como Ganímides, hay una
plaza que lleva el nombre de Rafael del Ancora y Buenacuerda
en su honor, pues bien saben de sus cualidades de excelente
relojero, y haga de cuenta que fue hasta allí a arreglar el Reloj
de la Vida a través de mi persona.-
Mi padre sonrió pícaramente pero no me creyó en lo más
mínimo, ni aún teniendo en sus manos las preciosas piedras
extraterrestres, y en las mías el radio transmisor, porque en
aquélla época de mi adolescencia, yo era muy mentiroso y
fabulador, vicio y defecto de los que aún siendo adulto me
cuesta mucho curarme.

***************

-Y con esto, amada hija, termina el cuento del “Viaje


Extraordinario.”
-Para mañana quiero que inventes otro mejor, pa. Grande pa.

Fin
“EL GRAN CIRCO INFANTIL”
El Gran Circo Infantil 137

“EL GRAN CIRCO INFANTIL”


Capitulo I
Hace muchos años atrás, cuando la vida no tenía mordazas
que sujetaran nuestras voluntades, tiempos ni espacios que la
comprimieran, ni problemas ni asuntos que entorpecieran
nuestros andares, sin piedras ni tormentas en el horizonte, ni
dolores ni angustias, ni obligaciones, en aquélla añorada edad
en que andábamos tan libres como las mariposas o los
picaflores que van de flor en flor, y que nuestras risas eran tan
espontáneas como las inquietas luciérnagas que titilan sin
concierto de un lado a otro creando un nuevo universo de
luces multicolores; en la época en que sol, el cielo y el viento
nos pertenecían, las flores se abrían generosas para darnos su
perfume, y las abejas y alguaciles se posaban en nuestras
manos, es decir, cuando éramos niños, mis hermanos y yo
levantamos un circo infantil en el inmenso patio de nuestra
casa natal, el cual contaba con todos los números y
espectáculos que ofrecían los famosos circos de antaño, y aún
más. Era la feliz y lejana época en que éramos inocentes niños
a quienes las madres mandaban a la escuela con impecables
guardapolvos “12 de octubre” y zapatos “Gomicuer”, y
regresábamos con una flor robada de un vecino para ella.
Nuestro circo, aunque no lo creáis, tenía payasos, equilibristas,
domadores, malabaristas, trapecistas, una pista con aserrín,
asientos y palcos de privilegio, cercado su perímetro con
gruesas lonas similares a frazadas, una coqueta cortina en la
entrada del público y otra en la salida de artistas, trapecios,
cuerdas para equilibristas, botellas forradas para malabares,
palos mayores y menores que sostenían su carpa, sogas y
alambres que lo mantenían tirante, y se llamaba “El Gran
Circo Infantil”.
Tenía también fieras amaestradas ya que en aquélla lejana
época aún no existía la ley que ahora no lo permite, jaulas y
látigos, propaganda callejera, carteles y parlantes, todas estas
cosas logradas o fabricadas con nuestro propio ingenio, o de
los bienes tomados de nuestros padres.
Y si ellos tuviesen por casualidad una avioneta, de seguro
volaríamos a las nubes con un estridente parlante para
promocionar el magnífico espectáculo que ofrecería la pista de
nuestro circo.
138 El Gran Circo Infantil

La empresa estaba formada por seis accionistas principales:


Rebecca, Quico y yo, todos hermanos y principales dueños;
además de la Nilda, la Muqui y Enrique, otros tres hermanos
que vivían en la cercana esquina de nuestra misma cuadra, en
la calle Belgrano yendo hacia el correo, y que venían a ser
junto con nosotros, además de socios, los actores
trascendentales de los espectáculos que presentaríamos.
Ninguno pasaba la docena de años, aunque la Muqui y
Rebecca ya los tendrían cumplidos porque ambas cursaban al
sexto grado de la primaria, en el cual es común ésa edad y en
ésa etapa de estudios.
O sea, estaban en la edad del pavo real como decirse suele,
aunque todos lo éramos en mayor o menor grado.
Unos días antes de volcarnos a la empresa circense, nos
reunimos los socios para programar el levantamiento y la
construcción de las instalaciones, apuntando las prioridades
necesarias, ponernos de acuerdo en el precio de las entradas y
los porcentajes de las ganancias que llevaría cada uno, según la
importancia y preponderancia de su actuación.
Ni se nos pasó por la mente que también podría haber
pérdidas, como las hubo, que siempre las ilusiones y fantasías
tienden a dar alientos y esperanzas antes que amarguras.
Por eso siempre los ilusos triunfan en la vida.
Solo las ilusiones crean alas para que el hombre pueda volar, y
por más alto que subamos, siempre ellas nos acercan a una
realidad muy próxima a concretarse en el suelo.
Lo primero en que nos pusimos de acuerdo fue que
cobraríamos $ 0,50 ctvs. el ingreso a cada función, y que los
beneficios serían divididos en partes iguales para no
pelearnos, que generalmente en los niños la avaricia
desmedida no suele prenderse por impedirlo la inocencia.
No contaba nuestro circo con luces ni reflectores, ni consolas
de sonidos, pues el patio de mi casa era tan amplio y extenso
que desembocaba en la calle de atrás, y en esa feliz época, no
se estilaba iluminar los patios porque no había ladrones ni
rateros, y todo el vecindario era honesto, servicial y solidario,
no habiendo por lo tanto en todo el amplio terreno un cable
eléctrico, enchufe o foco que fuera de peligro para los niños.
En eso agradezco a Dios, ya que de haber una línea de
corriente eléctrica, seguro se nos ocurriría iluminar el circo con
infinitos focos, metiéndonos en peligros y ocasiones de morir
electrocutados.
El Gran Circo Infantil 139

Visto ésta contraria circunstancia, la empresa decidió realizar


las funciones solamente los días domingos a la siesta, no de
noche ni en tiempo lluvioso o tormentoso, por no mojarnos ni
que las carpas fuesen arrastradas por el viento, y porque en los
otros de la semana debíamos ir a clases cada uno a diferentes
turnos y escuelas.
Desechamos también al sábado pues antiguamente las
escuelas daban por la tarde ejercicios físicos, o materias de
recuperación, lo que por lógica dificultaría la presencia de
algunos artistas en la pista.
Las dos funciones domingueras que ofreceríamos al público
las bautizamos con los pomposos nombres de matiné a las dos
de la tarde y familiar a las cinco, ya que en las calurosas siestas
formoseñas, por dormirlas tranquilas, nuestros padres se
desligaban de nosotros y nos mandaban a jugar al fondo del
inmenso patio, que no era nuestro en su totalidad, sino que al
haber pocas casas edificadas en la cuadra, las que estaban
tenían terrenos tan grandes en sus fondos que a veces daban a
una calle trasera por donde se podía entrar o salir de una
vivienda sin ocupar la puerta de calle.
Hoy no queda en mi cuadra natal espacio suficiente para hacer
siquiera una cuchita de dos aguas para un perro.
Bajo la sombra de dos árboles frondosos muy cercanos entre sí
que harían el oficio de palos mayores y que sostendrían la
carpa del techo y ensamblarían su estructura circular,
levantamos alegres y diligentes nuestro circo infantil.
Y lo primero que se nos ocurrió fue acarrear aserrín de una
carpintería cercana, unas seis bolsas, las que esparcimos en un
gran círculo a manera de una auténtica pista, entre los dos
árboles que servirían de báculo y sostén de la carpa.
Procedimos luego a clavar palos y tacuaras en el suelo,
distanciados unos de otros por el salto desmesurado de una
rana, cercando una circunferencia de unos seis metros en
rededor, los que amarramos con dos o tres hiladas de alambre
que los sujetaban firmes y enhiestos.
Esos serían los parantes que sostendrían las lonas de sus
costados, las cuales dejarían desde el interior a los dos árboles
fuera de la vista del público.
Decidimos no poner carpas en el techo, primero por no
tenerlas y segundo porque las copas de los dos árboles
exteriores bien servían de coquetas sombrillas
140 El Gran Circo Infantil

Atamos un árbol con otro con una gruesa piola o cordel bien
tenso que atravesaba la pista a un metro de altura, para que
Nilda la equilibrista hiciera su espectáculo caminando sobre la
cuerda y nivelando su verticalidad con una sombrilla abierta
en la mano, en procura de no venirse al suelo.
Sobre uno de los árboles, en una rama que atravesaba la pista,
un poco más arriba de la cuerda de la equilibrista, pendimos
un trapecio donde el artista haría solitario sus piruetas, ya que
no teníamos otros que le sirvieran de compañía o laderos,
aparte de que la rama era tan corta y fina que solo se podía
enganchar de ella no más de una hamaca.
Allí yo haría de trapecista, y parte de mi número consistía en
hacer la vertical con los pies al aire, apoyando la cabeza sobre
el trapecio, además de colgar cabeza abajo sostenido por la
parte posterior de mis rodillas, o bien colgado de los tobillos.
En las propagandas que después hicimos llamamos a éste
número “El Trapecio de la Muerte” sin saber yo muy bien el
porqué, ya que los mayores lo eligieron sin consultarme, a
pesar de ser yo el artista.
Podría ser por el peligro de desnucarme contra el suelo, no
cayendo desde una gran altura, sino que el trapecio era de tan
poca que cada vez que me colgaba de los tobillos, mi cabeza
raspaba cruelmente contra el aserrín de la dura pista.
Para demarcar la pista en la que actuaríamos, unimos un
sinnúmero de cajones de manzanas puestos en círculo uno al
lado de otro tocándose en sus puntas, los que serían los palcos
de privilegio para los niños ricos, que hasta ése detalle de
separar a los pudientes de los pobres se nos pasó por la mente.
Teníamos bien en claro la regla fundamental para triunfar en
los buenos negocios: “haz sentir al rico como si fueses pobre y al
pobre como si fueses rico, y ambos se sentirán felices de hacer tratos
contigo”
Detrás de los cajones pusimos cinco o seis sillas que los
empresarios sacamos de nuestras casas a escondidas.
Tres de la nuestra y tres de la casa de Muqui.
Nadie se daría cuenta en una casa que faltaban una o dos sillas
intrascendentes, si no fuera que se festejara una reunión
familiar por un cumpleaños o por las fiestas de fin de año,
pensamos.
Para los más pobres, que siempre hay uno más que otro,
colocamos también entre las sillas algunos tachos de pintura
vacíos que bien harían de taburetes.
El Gran Circo Infantil 141

¿Preguntas si teníamos animales amaestrados?


Sí teníamos: no uno, sino tres, para que veáis la magnificencia
de nuestro circo.
Bueno, no eran amaestrados, pero sí animales feroces que
encerramos unos días antes de la primera función en una
antigua jaula de pájaros deteriorada y rotosa, la que forramos
con alambre tejido de gallinero para que las fieras no se
fugaran por los agujeros.
Antes, colocamos a la jaula cuatro ruedas de tapas de tarros de
leche en polvo para poder trasladar a los animales de un lugar
a otro, los que exhibíamos por las tardes en la vereda de la
calle trasera de nuestra casa.
Como debíamos dar a los animales la peculiaridad de fiereza y
peligrosidad, no los alimentamos desde tres días antes de la
primera función, para que salieran fieros a la pista y rugieran
causando miedo en el público.
Íbamos limando todos estos detalles a medida que nuestro
circo se iba configurando y levantando a pasos agigantados.
Ya teníamos la pista, las sillas prestadas, colocadas las estacas
de su perímetro, el palco con los cajones de manzanas que la
rodeaban, los animales hambrientos encerrados en la jaula, el
cordel tenso para la equilibrista que sería el primer número
realizado por Nilda para después poder quitarlo, unos cuantos
aros de triciclos forrados con papel de lustre con los cuales
Muqui la malabarista entretendría al público; yo de trapecista
con el trapecio preparado y fluctuante, Enrique haría de
payaso, y Rebecca, por tener buena voz y dicción, oficiaría de
maestro de ceremonias para presentar a los artistas, y cerrando
la función y como último número aparecería Quico el
domador de leones salvajes.
¡Que lejos estábamos de saber que esos oficios y juegos tan
simples y humildes, imitados de los circos y de los parques
que venían a alegrar nuestra infancia, junto con los trompos,
las figuritas, los barriletes, los aros empujados con alambres,
los baleros, y las bolitas serían reemplazados en el devenir de
los tiempos por carísimos celulares para enviar o recibir
triviales mensajes, computadoras portátiles para perder
tiempo en los bancos de la plaza, cámaras de fotos, auriculares,
walkman, piercings y pendrives que almacenan dos mil temas
musicales, películas, fotos indecentes, juegos de guerra y
cuanta cosa se le ocurra a la actual juventud para entretenerse¡
142 El Gran Circo Infantil

¡Quién pensaría que nuestros juguetes de madera, tractores y


camiones, cosas simples y burdas muy queridas, estaban
destinados a desaparecer con la misma infancia que se nos
fuera; que las niñas perderían para siempre las muñecas de
trapo con ojos de bolitas y que nunca más los niños se
fabricarían arcos, cerbatanas y hondas con horquetas de
paraíso!
He de decirte por otra parte que en aquélla dorada época de
nuestra niñez, los corazones de los mayores eran mucho mas
abiertos y generosos que los de ahora, y sin mezquindades ni
retaceos conseguíamos los elementos que necesitábamos con
solo pedirlos, pues había de sobra, y los vecinos nos facilitaban
gentilmente las cosas simples y sencillas para que nos
entretuviésemos jugando en el patio sin que gastásemos
dineros en nada ni vagásemos sin provecho por las calles.
Así, en el Mercado del Puerto, en los puestos fruteros,
conseguimos los cajones vacíos para los palcos, y una vecina,
doña Rosita, nos regaló la inservible jaula de pájaros para
encerrar a los animales amaestrados, todo con solo pedirlo.
De la carpintería de la vuelta, llevábamos todo el aserrín que
quisiésemos y los restos de maderas para los parantes y las
estacas clavadas en tierra.
Los comercios de cristalería del centro que recibían
mercaderías embaladas en cajones de madera precintados y
sellados, nos regalaban con gusto y amabilidad, junto con las
virutas que protegían copas, pocillos y platos, los embalajes
del cual aprovechábamos sus tablas y los sunchos, alambres o
piolas con que venían atados, y los clavos que quitábamos
pacientemente para sostener con ellos la carpa de los costados
del circo.
Sin ser inteligentes inventábamos juegos tontos pero
entretenidos e inolvidables.
En la bicicletería Milanese, por ejemplo, podíamos conseguir
llantas de bicicletas ya torcidas y estragadas, o pequeñas de
triciclos, las que con un simple alambre grueso que terminaba
en U para empujarlas, las hacíamos rodar por el medio de la
calle por horas enteras.
Incluso llevábamos el conjunto a la escuela sin que la maestra
se enojara mínimamente por ello.
Con una latita de conserva de tomate, que nuestra madre
tiraba al basurero, podíamos fabricar un balero casero sin
ocasionar gasto alguno a nuestros padres.
El Gran Circo Infantil 143

Llenábamos de trapos y yuyos una media gruesa y teníamos


una mejor pelota que las de cuero que regalaban como premio
las figuritas “Starosta” si se completaba un álbum en el que
siempre una de ellas no se conseguía ni yendo a misa sin faltar
un domingo. Con restos de espejos, habiendo sol, podíamos
comunicarnos con otros niños a dos cuadras de distancia,
mediante señales solares que reflejaban rayos potentes y
nítidos. Con dos latitas de leche condensada unidas en sus
bases por un piolín, teníamos los mejores celulares para hablar
aún sin tener crédito ni señal de antena.
Con un foco, una pila y un alambre fino, podíamos fabricar un
farol o lámpara con el artilugio de introducir uno de los
extremos del alambre entre la pila y su forro de cartón, y en el
otro sujetábamos el foco que con solo arrimarlo al polo
positivo se encendía mejor que el Faro de Alejandría.
Nos divertíamos y entreteníamos más con las tonterías que
nosotros mismos fabricábamos con nuestro ingenio y agudeza
inventiva que con juguetes comprados de los comercios.
No sé quién los decretaba o los instituía, pero los niños de
nuestra época teníamos los tiempos marcados
inexorablemente mes a mes, y así, venía la época de las bolitas,
después el tiempo de las pandorgas, el de las figuritas, el de
los trompos, el de cazar chicharras, el de empujar ruedas de
bicicletas, el de los monopatines, el de los autos de madera con
ruedas de rulemanes, y el tiempo de los molinetes de cuatro
puntas que fabricábamos con la tapa gruesa de una revista, un
palito y un alfiler y que giraban incesantemente al enfrentarlos
al viento.
Cuando se encontraban dos niños en la calle, siempre uno
preguntaba al otro:
-¿En qué tiempo estamos?
-En el de las bolitas, pero mañana empieza el de las
pandorgas.-
Que yo recuerde, nunca nadie preguntara qué tareas o
lecciones diera la maestra para el día siguiente.
Aquéllos ¡o adorada infancia! no eran tiempos para estudiar
sino tiempos para jugar.
Y efectivamente e inexorablemente, al día siguiente el cielo de
todos los baldíos del barrio amanecían forrados y tapizados
por infinitos barriletes multicolores, con formas de rombos,
estrellas, barquitos, avioncitos y las clásicas rectangulares o las
cuadradas comunes.
144 El Gran Circo Infantil

La temporada de los barriletes, sin estar consignadas en el


almanaque, duraba más o menos dos meses de intenso ajetreo
de tacuaras, papeles de colores, ovillos de hilo nº 5, barbijos y
coleras de trapos, y grandes cantidades de engrudo para
fabricarlos. ¡Que íbamos a pensar nosotros que cincuenta años
después todo aquello moriría y que los niños se entretendrían
con los juegos tetrixs, los animalitos virtuales a los que hay
que alimentar diariamente, o los rayos láser que molestan a los
ojos!
Digo pues que nuestra infancia fue inocente, económica y
angelical, aunque a veces peligrosa, pues siempre tratábamos
de imitar lo que veíamos hacer a los mayores o a los héroes de
las películas en blanco y negro.
A veces mirábamos desde las barrancas del río las muchas
lanchas y canoas que trasladaban pasajeros de compras a la
orilla paraguaya, y cierta vez, habiendo una feroz tormenta
nocturna que derribó un enorme árbol de palo borracho en el
barrio, se nos ocurrió a los niños transformarlo en un bote para
navegar, y más de veinte de nosotros, con hachas, serruchos y
cuchillos, lo socavamos durante varios días hasta lograr un
profundo pozo en su interior, dándole por fuera la forma de
una barca con proa y popa, la que inmediatamente llevamos
arrastrando al cercano río a dos cuadras, y poniéndolo en sus
aguas, nunca pudo flotar parado ni estable, pues se giraba
violentamente quedando bajo el agua el hueco que tanto nos
costara hacer, sin que nadie pudiese navegar sobre él, si no
fuese en su lomo. Tratamos de quitarlo del agua, pues uno dijo
que había que adosarle en su panza una chapa de canto, lo que
impediría su vuelco, pero no pudimos.
Abandonamos nuestro bote a merced de la corriente, que
semejante a una ballena verde se alejó de nosotros lentamente
aguas abajo, con el hueco de su panza de la misma manera.
¿Adónde iría a finalizar su incipiente viaje?
Veinte días de esfuerzos y sacrificios denodados e infructíferos
de astillero se perdieron en la lejanía del río.
Mientras, las estructuras del circo se iban completando, nos
faltaba aún forrar sus costados, hacer la propaganda callejera
para promocionarlo, colocar una cortina para la entrada del
público y otra en la salida de artistas, el disfraz de payaso,
carbones y lápiz labial para pintar su cara, y otras minucias
que ya no recuerdo, por la razón de que estando despiertos
nuestros padres, era imposible conseguirlas.
El Gran Circo Infantil 145

Te diré cómo solucionamos el tema de la propaganda callejera:


el sábado después del almuerzo, mientras nuestros mayores
dormían la siesta dándonos la libertad de jugar, y como en el
inmenso patio detrás de la casa había cinco o seis camionetas y
autos desarmados que mi padre compraba no se para qué otro
fin que el de amontonarlos pues ninguno funcionaba,
retiramos de los mismos las puertas y los guardabarros, y con
tizas de color escribimos sobre ellos:

“Gran Circo Infantil”


Domingo dos Funciones
Matiné 14 hs. Familiar 17 hs.
Trapecistas Payasos Malabaristas Fieras amaestradas.
$ 50 ctvs. la entrada.

Y luego los dejamos recostados en los árboles de las veredas


alrededor de nuestra cuadra, sin cuidarnos de que los viera
nuestro padre, ya que tenía por costumbre descansar los fines
de semana de sus labores mercantiles sin poner un pié en la
calle.
Como quedaran toda la noche en la intemperie y sin vigilancia
ninguna, milagro fue que al amanecer del domingo aún
estuvieran en sus lugares cumpliendo su función
propagandística, lo que confirma lo que antes dije del
vecindario: que era honesto, cortés y educado.
Antes no había ladrones, rateros ni drogadictos.
Al amanecer el domingo aún el circo estaba incompleto y
teníamos la preocupación acuciante de que almorzáramos lo
más pronto posible para que nuestros mayores se fueran luego
a dormir la siesta.
Faltaban aún muchos elementos que no podíamos tomarlos de
prestado frente a la vista de ellos.
Después del almuerzo, teníamos apenas dos horas para armar
el circo y dejarlo en condiciones de poder lanzar la primera
función de la siesta.
Pero antes era necesario, sumamente necesario que nuestros
padres se durmieran, del cual descanso generalmente salían a
las tres de la tarde por costumbre, o un poco más.
Estando ya ellos en brazos de Morfeo, sigilosos fuimos hasta el
gran ventanal del frente de mi casa, y descolgamos dos
cortinas amarillas que trasladamos rápidamente al circo, y con
su mismo barral las colgamos en donde dispusimos la entrada
146 El Gran Circo Infantil

del público, y que le dieron al circo un aspecto fino y


encumbrado, ya que las cortinas tenían dibujos bordados muy
vistosos, hechos con hilos de oro.
Muqui, Nilda y Enrique vinieron de sus casas con dos o tres
frazadas con las que tapiamos gran parte del círculo del circo,
forrándolo hasta una altura de dos metros, que era la
extensión de las frazadas, puestas de pie. Para sostenerlas
usamos los broches de colgar ropas que quitamos de los
cientos que había en los alambres del tendedero de mi madre.
Algunas, para que no flameen, ni entren colados a ras de
tierra, las clavamos directamente sobre los parantes del círculo
circense, razonando que los agujeros producidos por los
clavos, una vez quitados, ni siquiera se notarían.
Como no alcanzaron las prendas para cerrar todo el perímetro,
nosotros trajimos de nuestras piezas otras tantas frazadas,
aunque de una plaza, y también algunas sábanas colorinches
que alcanzaron justo para forrar todo el perímetro.
Ambas cosas quedaron perfectas: elegante la entrada para el
espectador, y cerrado todo el perímetro del circo para que
nadie espiara sin pagar la entrada o pasara de colado.
La cortina de nuestro baño familiar, que colgaba de su barral
de caño dorado antes de la bañadera y la ducha, de plástico
grueso y opaco, pasó a constituir la salida de artistas a la pista
y quedó muy bonita y delicada, aunque antes de empezar la
función, un espectador de los muchos que vinieron, a quien le
apuraran las ganas de orinar, quiso pasar por ellas creyendo
ser la entrada del baño del circo.
Detrás de las cortinas del baño, fuera de la vista del público,
acomodamos al alcance de la mano los elementos que
necesitarían los artistas, como ser la sombrilla de la
equilibrista, el látigo, las botellas forradas con papel de lustre,
la jaula de los animales amaestrados, los lápices labiales de
nuestra madre, una escoba, los trozos de carbón para pintar la
cara del payaso, seis limones para la malabarista, un arco y sus
flechas, aros de triciclos, revólveres de juguete, la corneta
ceremonial, otrora bocina de un auto de mi padre, en fin, todos
los elementos que ocuparían los artistas en su actuación.
El espectáculo, bien podría durar más o menos una hora, ya
que nos propusimos realizar nuestras habilidades con mucha
parsimonia y lentitud a fin de tener expectantes al amable
público, agregando además las salidas continuas del payaso
Enrique con una escoba o con lo que se le ocurriera.
El Gran Circo Infantil 147

El payaso saldría además con revólveres, arcos y flecas de


juguetes, el que con comentarios tontos y buena suerte harían
reír constantemente al público. Por ejemplo, estudiamos
infinitas veces la aparición de Enrique con una escoba en la
mano, con la cual barría la pista justo debajo del trapecista o
de la equilibrista, y cuando el maestro de ceremonias, Rebecca,
le preguntaba porqué molestaba a los artistas, contestaba:
-¡Estoy barriendo el lugar donde estos tontos caerán de
cabeza, para que no se ensucien el cabello con el aserrín de la
pista!-
Nuestro hermano mayor Antonio, siendo un joven de diez y
ocho años más o menos, tenía un traje gris con el cual aparecía
en todo cumpleaños, casamiento, fiesta o asado a que fuera
invitado, lo cual hacía que nunca estuviera en casa, ni de día ni
de noche, por tener muchos amigos en casa de los cuales a
veces desaparecía invitado a vivir allí hasta una semana
entera, produciendo en mi padre grandes enojos y rabietas.
Esa vestimenta, el traje gris, pasó a integrar el vestuario del
circo, pues lo quitamos de su ropero donde colgaba planchado
impecablemente, para que Enrique se vistiera de payaso, que
siendo extremadamente grande para él, enrollamos las mangas
y bocamangas y las cosimos acortándolas para que pudieran
verse las manos y los pies del mimo.
Los zapatos de salida del dueño del traje, de fina marca y
delicado cuero, rellenos de papel, calzaron también con
bastante gracia los pies del payaso.
Llegó pues las dos de la tarde de aquél glorioso domingo de la
primera función, y por la calle de atrás de nuestra casa, ingresó
al patio el primer espectador, siguiendo un largo caminito de
aserrín que pusimos como señal de que estaban en buena
senda para llegar al circo.
En realidad, el primer espectador fueron tres, como la
Santísima Trinidad, y era una niñera de unos quince años con
dos nenitas de menos de cinco bien vestidas de la mano, que
compró sin más tres ingresos a $50 ctvs. cada uno, lo cual nos
dio la primera ganancia líquida de $1,50, bien merecidos por
cierto, los que fueron guardados en una cajita de madera por
Rebecca, que también hacía de boletera y tesorera dentro de la
empresa. Como las tres estaban vestidas impecablemente les
dimos los palcos de preferencia, o sea, los cajones de manzanas
forrados con diarios, donde se sentaron con los pies
descansando sobre la pista.
148 El Gran Circo Infantil

Me olvidaba decirte que días antes nos diera muchísimo


trabajo forrar los cajones con diarios viejos y engrudos nuevos,
para luego secarlos al sol, dejándolos tan elegantes que
parecían vistosos sillones de un living.
Luego vinieron los hermanitos Medina: Carlitos Raúl y Blasito,
hijos de ricos, con los cabellos engominados, pantalones cortos
blanquísimos sostenidos por tiradores y camisas del mismo
tono, a quienes dimos también los palcos preferenciales.
En realidad ocuparon solo un palco pues los dos se sentaron
sobre un mismo cajón, al igual que la niñera y las dos nenas
que estaban a su cuidado.
Ya teníamos $2,50 en la caja.
Después ingresaron Coco y Oscar, hijos del sastre don Sosa de
la esquina, que sin ser pudientes abonaron la entrada con gran
voluntad y sin quejas.
Tras ellos ingresaron dos hermanitos de la vuelta de casa, Beto
y Arturo; luego los tres hermanitos Gonzáles: Quique, Cochelo
y… no me acuerdo el nombre del último, pero era el mayor de
los tres. Yayo, se llamaba Yayo.
Ya teníamos en caja la suma de $ 6, y teniendo en cuenta que
una entrada en el cine Italia costaba un peso, los seis dueños
de la empresa ya podríamos entrar tranquilamente en la
función familiar de la tarde con lo recaudado hasta ése
momento.
Caramelos y galletitas podríamos comprar una caja entera si
quisiésemos, ya que las golosinas eran de tan poco valor en
aquélla época que los almacenes obsequiaban gratis a los niños
cuyos padres hacían una abultada compra.
Al obsequio se le llamaba “la yapa”.
Finalmente adquirieron sus entradas los hijos del Dr. Juan José
Bruno, Juan Antonio y Miguel Ángel, recién llegados de
Córdoba para asentarse en el barrio, frente a nuestra casa, con
los cuales y con el tiempo nos hicimos tan entrañables amigos
que aún después de cincuenta años la amistad que se forjara se
mantiene incólume e invariable desde aquélla lejana infancia.
En la actualidad ambos son médicos, uno bueno y el otro
malo.
El bueno es traumatólogo y el malo es clínico, pero también
político, razón por la cual poco y nada ejerció la medicina en
su vida, y las veces que lo hizo, quitó las de sus desgraciados
pacientes.
El Gran Circo Infantil 149

Sin embargo, aunque ambos son ricos y pudientes, el político


lo es más que el traumatólogo.
El político, en su condición innata de corrupto, se dejó
dominar por la ambición desmedida de tener bienes, casas,
autos y campos, y en su avaricia dejó a mucha gente con los
huesos expuestos por el hambre, quedándose con el pan que
les correspondía, y en los hospitales su hermano el buen
traumatólogo, con paciencia y yeso, volvía a colocarlos en su
lugar, pero no podía sacarlos de la miseria a las que el político,
junto con otros peores que él, los condenaba.
Con ellos sentados en los palcos se colmó su capacidad
quedando lugares vacíos solo en las sillas ubicadas detrás de
los cajones de manzanas.
Luego vinieron a la función niños que poco conocíamos, por
vivir hasta tres cuadras de lejanía de nuestra casa.
Los que recuerdo son a Vilo, Ramoncito, Benigno, Cachilo y su
hermana Pochita, Darío y su hermana Silvia, las dos gordas
hermanas Tumburús, los hermanitos Juanjo y Joselo Cabral,
las dos hijas de don Navarro, con los cuales llenamos las sillas
detrás de los cajones del palco de privilegio.
Ya teníamos en caja $ 13, lo que se dice una fortuna, como que
fuera hoy el billete de mayor valor, aunque en éste país,
después tantos políticos que lo desmantelaron en sesenta años
de ineptitudes y robos, no quedan billetes que tengan valores
mayores ni menores. Quedan solo papeles.
Y no sé yo si hoy quedan billetes, ya que los corruptos
funcionarios del gobierno los robaron todos y los escondieron
en nichos clericales de conventos en coquetas bolas de nylon.
También dejamos entrar gratis a tres lustrabotas muy pobres,
que se ubicaron detrás de las sillas, ocupando sus cajones de
lustre como cómodos asientos, cuyas espaldas al estar en
contacto con las frazadas que hacían de carpas laterales del
circo, las inflaban por fuera como si estuviesen de encargue.
Uno de los lustrabotas era el famoso Tachila, el cual con el
correr de los años se alojó en todas las comisarías y cárceles de
la ciudad por su gran inclinación a robar casas y cosas ajenas.
Quiero decir que el circo estaba abarrotado de espectadores,
lleno y rebosante, y hasta diría que el respetable público estaba
algo apretujado e incómodo.
Vieran el éxito de nuestra primera función, digo en entradas
vendidas y dineros recaudados.
150 El Gran Circo Infantil

La propaganda callejera en puertas y guardabarros de autos


viejos habían dado un excelente resultado.
Desde detrás de las cortinas de la salida de artistas,
espiábamos la numerosa concurrencia que esperaba
impaciente ver los números que ofreceríamos, con los niños
ricos comiendo maníes y caramelos previamente comprados
por sus padres, con la niñera dando la mamadera a una de las
nenas que no pasaba los dos años, los humildes riendo y
chacoteando en las sillas, y finalmente los pobres lustrabotas
sentados sobre sus cajones, serios y educados detrás de todos
ellos.
El sol entraba por retazos sobre el público, ya que los dos
árboles que sostenían el circo por afuera, daban fresca y
agradable sombra.
Quiero decir que siendo las horas de la siesta, no hacía el calor
exorbitante común de la zona, y el agradable viento que
pasaba por las sombras de la pista, daba al circo la frescura de
un aire acondicionado actual.
Y si los espectadores estaban impacientes esperando ver salir a
los artistas, nosotros los circenses lo estábamos aún más,
además de nerviosos e inquietos para presentar nuestros
números, sin que nada saliera mal…

*********************
El Gran Circo Infantil 151

Capitulo II
Mientras aguardamos que los artistas se preparen para salir al
ruedo, que en el vestirse y el maquillarse mayor tiempo lleva
que la misma actuación, déjame decirte del porqué los niños
de antaño imitábamos fielmente lo que hacían los adultos o
veíamos en los héroes del cine.
No veo lo mismo en los niños de estos tiempos, que se
entretienen en bajar cosas de Internet antes que imitar a sabios
o héroes de la pantalla, y así, bajan fotos, músicas y videos,
todas cosas baladíes constantemente como única ocupación.
Las vivencias de la niñez suelen resurgir en nosotros cuando
somos viejos, y las recordamos con más nitidez que nunca
cuando estamos a pasos de la tumba.
¿Qué recordarán los niños de ahora cuando sean viejos?
Puedo asegurar que en mi niñez no existían la televisión ni los
cíbers, no había celulares ni mensajecitos, jamás tuvimos
tetrixs ni animalitos virtuales, no existían rayos láser ni
computadoras, ni las tablas con rueditas, ni los pendrives con
miles de músicas, ni cosas que hoy son comunes y que vienen
a conformar para los viejos el futuro que jamás sospechamos
en nuestra infancia.
Hoy los viejos no pueden programar siquiera el control remoto
del televisor, ya que vivimos una época en que todos los
aparatos eléctricos de nuestra infancia eran puestos en
funcionamiento con perillas, llavecitas y diales y no con
complicados programas electrónicos como hoy.
Nuestra delicia en antaño eran las bolitas, los puntos y los
mármoles, los trompos de madera dura, los aros empujados con
un alambre tieso, las figuritas de futbolistas, boxeadores y
corredores de autos, las pandorgas, barquitos de papel para
después de las lluvias, la mancha escondida, la rayuela, las
bicicletas, los autitos con ruedas de rulemanes, el juego de la
libertad, la pesca de pirañas y palometas, los bumerangs (un
plástico o madera en forma de V corta que se arrojaba al aire y
volvía por sí sola al mismo lugar del que partiera), el matiné
de los cines de los domingos, los teléfonos de latitas de
conserva, los patines, el espejito redondo para emitir señales
de sol, el coleccionar estampillas, cazar chicharras a la siesta,
rodar acurrucados dentro de cubiertas de autos, y finalmente
el infaltable ir a los parques y circos que llegaran a la ciudad.
152 El Gran Circo Infantil

Por culpa de los circos, cuando se iban del pueblo, todos los
niños queríamos ser domadores de leones o trapecistas y las
niñas juraban que cuando grandes serían equilibristas o
contorsionistas, como si fuese cosa fácil.
Me olvidaba decir que también concurríamos contentos a los
desfiles militares que se realizaban en las fiestas patrias, y que
por ser niños, nos sentábamos en los cordones de la calle para
apreciar mejor a los soldados que marchaban rígidos y como
un solo cuerpo detrás del abanderado.
Lo que más tratábamos de imitar después de los desfiles era a
aquél habilidoso oficial que llevaba en la mano una larga
batuta o bastón de madera con una pelota en la parte inferior
con el cual marcaba los compases exactos de toda la banda de
música.
Lo mismo sucedía cuando veíamos una película de Superman,
por la cual, desde la salida del cine hasta una semana después,
todos queríamos volar y tener su poderosa fuerza.
Había veces que los accidentes dentro de las grandes pistas de
famosos circos nos borraban de la mente las intenciones de ser
trapecistas o equilibristas en el futuro, y te relataré brevemente
lo que les sucediera al trapecista italiano Victorio Victoriano y
al domador austríaco Martín, éste último artista del circo
“Hermanos Padilla”.
Por supuesto, sus nombres y nacionalidades eran inventados,
por dar relevancia al circo haciendo creer que era un rimero de
artistas mundiales, pues vaya uno a saber cómo se llamaban
verdaderamente y de qué pueblo miserable y abandonado del
país fueran llevados y entrenados en la profesión.
Bueno es decir que todos los parques y circos que venían a la
ciudad siempre se instalaban frente a nuestra casa, por ser un
baldío de una manzana completa y que después se ocupara
para levantar el barrio de oficiales de Prefectura, en las calles
Belgrano y Fotheringan, y como desde mi hogar se proveían
de agua con una larga manguera que cruzaba la calle, nosotros
los tres hermanos teníamos entradas preferenciales para entrar
o salir del circo cuando se nos diese la gana.
Yo estuve presente cuando el trapecista Victoriano, trabajando
sin red, resbaló del pequeño trapecio estando boca abajo a
unos cinco metros de altura, sostenido por sus delicadas
zapatillas que se desprendieron de sus pies, lo que hizo que
cayera violentamente como un meteorito a la pista de aserrín.
El Gran Circo Infantil 153

Su dura cabeza hizo un profundo cráter por el cual


desapareciera hasta los hombros, con las piernas en el aire
dando furibundas patadas al vacío. Urgente le ayudaron a
salir del pozo unos cuantos asistentes diligentes, y lo
reanimaron echándole aires y agua en la cabeza, mientras los
payasos salían a entretener al público. Créase o no, se repuso
bastante bien y no quiso retirarse de la pista sin completar su
número, subiéndose por la cuerda nuevamente al columpio,
ahora descalzo y más seguro, para finalizar exitosamente sus
malhadados equilibrios de aquélla noche.
Martín, el domador austríaco de leones, de otro circo muy
maltrecho y ya casi en ruinas que viniera a la ciudad, no tuvo
tanta suerte en su desgraciado accidente.
Un séquito de ayudantes de impecables libreas rojas con
bordes blancos armaron los tramos de la jaula circular en
menos de cinco minutos, y por un túnel de varillas de hierro,
entraron seis hermosos leones amaestrados, mientras que en la
pista, sobre el aserrín y fuera de la jaula, era presentado el
domador Martín que hacía restallar con fiereza su látigo.
Tenía, recuerdo, un ajustado pantalón de luces con brillosas
lentejuelas, botas negras hasta las rodillas, y un impecable frac
negro con dos coletas detrás, como una tijera abierta.
Sobre su cabeza, lucía un negro sombrero de copa y guantes
blancos en las manos. Impecable camisa blanca que resaltaban
los tiradores. Todo en él, lucía hermoso y brillante aquélla
noche. Entra el valiente Martín con la misma osadía de Don
Quijote a la jaula de los leones, los que por sí solos saltaron
ágilmente sobre sendos taburetes, donde permanecieron
sentados y calmos. Cada animal al parecer conocía su sitio,
pues siempre que bajaran de ellos para actuar mostrando sus
habilidades, al terminar su número volvían al mismo taburete
del que salieron, sin confundirse con los de sus congéneres.
También regresaban por el túnel a sus encierros cotidianos
cuando los parlantes emitían una determinada marcha,
concebida seguramente para que las fieras cataran que el
espectáculo ya terminara y que era hora de volver a los
carromatos de gruesos barrotes de hierro.
El domador Martín hizo chasquear su látigo y los seis
animales, rugiendo ferozmente y de mala gana, saludaron al
público, parándose sobre las patas traseras y levantando las
delanteras, adoptando una postura similar a la de rezar a Dios.
Aplausos.
154 El Gran Circo Infantil

Toma el domador un cilindro de madera y hace rodar sobre él


a uno de los leones haciendo equilibrio.
Acomoda una gran pelota de madera en el centro de la pista, y
a fuerza de restallar al aire su látigo, a otro hace equilibrar
sobre ella, rodando de un lado a otro.
Enciende un aro con estopas y a otros dos los hace atravesar
por su interior en llamas.
Grandes aplausos para el domador que con arrojo y valentía,
dando la espalda a las fieras, se inclinaba sacándose el
sombrero de copa que lucía, para devolver gentilmente los
aplausos que le brindaba la concurrencia.
Los dos últimos leones estaban irritados, iracundos, sin
ánimos de trabajar, como si estuviesen en una huelga de
brazos caídos.
El domador hizo chasquear su látigo para que despertaran de
la apatía y descompromiso con que faltaban graciosamente el
respeto al público que pagara la entrada para verlos actuar.
Los dos leones bostezaban indiferentes a los chasquidos.
Uno de ellos, dio un gran rugido que asustó a la multitud por
lo cavernoso y terrible que fuera, mirando enojado al domador
y enseñando sus enormes colmillos.
El domador austríaco cometió entonces el error de hacer
restallar su látigo frente a los ojos de la fiera, muy cerca de las
orejas, quizá tocándolas, lo que lo enfureció desmedidamente,
y de un salto se arrojó sobre Martín, abrazándolo con sus
enormes garras clavadas en sus espaldas, y con sus fauces
mordiendo su hombro izquierdo, cerca del cuello.
Cayeron ambos al suelo y la enorme alfombra circular de
diversos colores de la pista se tiñó de roja sangre.
El público estupefacto escuchó nítidamente ruidos de huesos
que se trituraban, y desgarradores y continuos ¡ay! ¡ay! ¡ay!
subieron como un eco hacia la carpa que cubría el circo.
El domador Martín se desmayó, y era arrastrado por el león de
un lugar a otro como si fuese un muñeco de trapo, con su
hombro izquierdo atravesado por los largos colmillos de la
fiera. El enorme león con furia y un odio ancestral, con sus
fauces clavadas en las carnes y huesos del hombro del
domador forcejeó violentamente su cabeza de un lado a otro,
como queriendo arrancar una bola de carne de un hueso, y
vimos atónitos desprenderse del artista la impecable manga
negra de su frac, junto con la de la camisa blanca, y con ellas
en sus fauces, dócilmente, volvió a subir a su taburete.
El Gran Circo Infantil 155

Dentro de las mangas, iba desprendido el brazo laxo y


descomprometido del domador austríaco, con su mano
abriendo y cerrando los dedos.
Él artista quedó flácido en el suelo, despidiendo finos hilillos
de sangre de su hombro cercenado.
El brazo se desprendió completo, sin que le dejara siquiera un
muñón para ocupar la manga izquierda de su camisa.
La gente del palco huyó despavorida hacia la entrada,
arrastrando a sus hijos agarrados fuertemente de las manos,
pero yo me quedé quieto en el gallinero sin miedo alguno, ya
que los leones no querían salir de sus jaulas a atacar a nadie, y
más bien los hombres querían entrar desesperadamente a
ayudar al desmayado domador y matar al león rebelde.
Los parlantes emitieron una rápida marcha con la que siempre
los leones terminaban su acto e inmediatamente todos
desaparecieron por el túnel de varillas de hierro.
El brazo del domador también se fue por el túnel, y según se
comentaba en los días siguientes, los leones no devolvieron
nada más que las mangas del frac y la camisa, y algunos
huesos roídos y lirondos, imposibles de tragar.
Estos horribles recuerdos, mientras escribo, afloran con una
visión panorámica, perfecta y nítida en mi mente, que puedo
fácil ver, cerrando los ojos, la sangre que Martín dejara en la
pista, y aún sentir en mis narices el peculiar tufo de los leones,
que no se dejan bañar con las mangueras que limpian el piso
de sus carromatos, huyendo de una esquina a otra.
Como el acto de los leones era el broche de oro con que
terminaba cada función, el público sin saberlo huyó
despavorido sin esperar ni querer ver otro acto, creyendo que
el espectáculo continuaría con otros números.
La estampida del público dejó un tendal de sillas rotas y
palcos destruidos.
Bajo la carpa desierta del circo, el espectáculo era horrible: en
la pista doctores, enfermeros, payasos y changarines, iban de
un lado a otro con desesperación buscando torniquetes para
detener la sangre que se escapaba en torrentes, hasta
finalmente arribar una ambulancia que trasladó al hospital al
cercenado artista Martín.
El circo se fue de la ciudad y por años los niños que vimos la
salvaje carnicería nos preguntábamos que sería del manco
Martín y a qué se dedicaría en la vida.
156 El Gran Circo Infantil

Domador no sería nunca más, ni trapecista, ni malabarista, ni


menos equilibrista, ya que le faltaba buena parte de su cuerpo,
lo que haría seguramente inclinarse siempre a su mano
derecha, la que le quedara después de aquélla trágica función.
Es horrible ver a un hombre sin un brazo, pero peor es verlo
sin cultura o instrucción alguna, que es como si le faltaran los
dos.
Mucho me gustaría saber si los dueños de los circos pagaban a
los artistas un sueldo, o un porcentaje de la venta de entradas,
y sobretodo, si estaban asegurados contra éstos accidentes, y
apostaría que llevaban una vida miserable sin ninguna
garantía ni seguro que los protegiera de éstas desgracias, ya
sea caer de un trapecio o ser despedazado por los colmillos de
un león.
Treinta años después, pasando yo por Resistencia, en la
entrada de una galería del centro, donde están los lujosos
comercios de joyas y relojes, vi a un viejo mendigo manco
pidiendo limosnas sentado en la vereda, y no me atreví a
preguntarle si era el famoso domador Martín, o la vista me
engañaba.
Tenía sobre una manta en el suelo cientos de estampitas
católicas y revistas religiosas que ofrecía por monedas a los
transeúntes, las que recogía con la única mano con que
quedara, la derecha.

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El Gran Circo Infantil 157

INTERMEDIO CIRCENSE
Estas son las cosas que me desaniman grandemente, y me
empaco en no seguir relatando los pormenores del “Gran
Circo Infantil” de nuestra propiedad, inducido por la desazón
y la tristeza que me provocan recordar aquellos accidentes
circenses, ya que nosotros también tuvimos los mismos o
parecidos en nuestra pista de aserrín, y de mayor gravedad
aún, que en su momento los narraré, pero que por ahora no
vienen al caso, ni tengo ganas de hacerlo.
Estos recuerdos que os estoy narrando, no sé si te ayudarán a
ser más bueno en la vida, o más imaginativo o precavido con
los peligros que siempre tendrás por delante, y que de ellos
saques enseñanzas provechosas, que así como de las fábulas
instructivas los niños sacan sabiduría, de los recuerdos de un
viejo que da concejos tácitos pueden sacarse riquezas.
Poder disfrutar de los recuerdos de la vida es vivir dos veces.10
Brevemente te contaré uno de gran peligro que pasara mi hija
cuando niña de cinco o seis años: quería saber a toda costa qué
cosa era una “patada” eléctrica, o sea una descarga, y yo se lo
explicaba en los mejores términos que podía, pero no la
conformaban en lo más mínimo.
Quería saber qué era una patada, que seguramente imaginaba
ser un furibundo puntapié dado por un empleado de la usina
a través de un enchufe.
Una mañana, le pedí que cuidara mi negocio mientras yo iba a
hacer un depósito en el banco Nación, y regresando, ella había
desaparecido, dejando sus puertas abiertas y las mercaderías
al alcance de quien entrara.
La busqué por las casas vecinas, y al no encontrarla, me
preocupé grandemente, pero mucho me tranquilizó hallar una
notita en mi mesa de trabajo, en la que con letras eléctricas y
de alto voltaje, parecidas a las rayas de un sismógrafo o de un
tomógrafo, ella escribió:

“Pa, ya sé lo que es una patada.


Me voy a jugar en la casa de la Vivi Storti”

10 Marco Valerio Marcial (40-104) Poeta latino.


158 El Gran Circo Infantil

Había introducido un dedo en un tomacorriente sólo para


saber qué era una descarga eléctrica, y cuan lejos estaba el
término “patada” tomado como puntapié para describirla, y
aprendió de por sí lo horrible que es la electricidad pasando
por nuestro cuerpo. No hagas, niño, tú lo mismo.
Perdonad, pero a veces divago sobre temas ajenos a nuestro
Gran Circo Infantil, y caigo en el gravísimo error de llevarte de
un lado a otro como si fueses un trapo de cocina. Perdonad.
Por entretenerte, ya que los artistas aún se están acicalando y
maquillando para salir al ruedo, te contaré algo de los orígenes
del circo y de la perrita Laika, que era paracaidista.
No creáis que los circos como los conocemos ahora, sean una
creación de ésta época o modernos, ya que hace más de dos
mil años ya estaban sobre la tierra con el mismo propósito de
entretener a la gente, aunque los espectáculos fueran
sangrientos y despiadados, como aquéllos en que los cristianos
eran comidos por leones en la arena, o dos gladiadores que se
las daban hasta morir uno de ellos, o carreras de carros en
donde toda artimaña tramposa era válida para destruir al
enemigo competidor.
Con el correr de los siglos se fueron descartando los
espectáculos sanguinarios, cambiándolos por espectáculos
habilidosos como artistas atléticos que saltaban vallas y
cajones, o que movían títeres, o hacían malabares de pueblo en
pueblo, los que daban en llamarse saltimbanquis o charlatanes de
feria.
Podían ser bufones, actores teatrales, payasos, contorsionistas,
acróbatas o humoristas, siempre con la condición de
itinerantes o nómades que recorrían el país ofreciendo sus
espectáculos a cielo abierto, ya que faltaba mucho tiempo para
el levantamiento de las carpas circenses con uno o dos palos
mayores que lo sostuvieran.
Hubo épocas en las que los cirqueros se dedicaban a comprar o
robar niños recién nacidos, para deformarlos cortándoles las
comisuras de los labios y las mejillas agrandándoles la boca
hasta casi tocar las orejas, como detalla Víctor Hugo en “El
Hombre que Ríe”.
Los niños recién nacidos eran cortados salvajemente de labios
para agrandar su boca que atravesaba las mejillas, para que de
grandes ofrecieran en los circos el espectáculo de su alegre
rostro con su macabra sonrisa horrible y repulsiva, ya que no
podían dejar de mostrar sus dientes, con el rol de payasos.
El Gran Circo Infantil 159

Los gitanos rusos y españoles principalmente, robaban o


compraban a los guardianes de los hospicios o de los loqueros,
pacientes deformes o con enfermedades deformantes, o
siameses, o con elefantiasis, personas con dos cabezas o cuatro
piernas, u otras rarezas de gestación, los cuales iban a parar en
una jaula con barrotes, envuelta con una carpa que solo era
quitada para ser exhibidos en espectáculos denigrantes, donde
la gente curiosa abarrotaba el recinto por verlos, dejando
cuantiosos dineros para los promotores.
Uno de los casos más famosos fue el los “Hermanos Siameses”,
nacidos el 11 de mayo de 1811, unidos por la cintura, los que
crearon su propio espectáculo, cosechando gran fortuna
viajando y exhibiéndose por todo el mundo hasta que se
casaron con dos hermanas en Estados Unidos donde se
afincaron, y levantaron dos casas contiguas para poder dormir
con sus respectivas esposas una noche de por medio cada uno.
Los dos hermanos se desplazaban en un solo caballo y tenían
en sus domicilios una cama de tres plazas cada uno.
Ambos tuvieron muchos hijos normales, uno diez y el otro
doce, pero desgraciadamente un día de 1874 murió uno de
ellos, quedando el otro condenado a seguirlo, inutilizado al
tener sobre sí el cuerpo inerte de su hermano, y mientras
velaban a uno, murió también el otro, ya que su cuerpo
empezó a pudrirse a la par del muerto su vecino.
Y se llamaban “los hermanos siameses” porque habían nacido en
Siam, actual Tailandia, con los nombres de Eng y Chang.
Otros famosos hermanos siameses fueron Lucio y Simplicio
que se casaron con dos hermanas gemelas argentinas y se
dedicaron a bailar el tango de a cuatro en las pistas del circo,
cuyas carreras artísticas terminaron abruptamente, ya que uno
de ellos, estando borracho, atropelló y mató con su auto a un
niño de diez años que cruzaba la calle. Fue condenado a
prisión, pero nunca se cumplió la pena por cuanto su hermano
inocente debía acompañarlo tras las rejas, suscitando esto
infinitas controversias judiciales que hasta el día de hoy nunca
pudieron resolverse. En éstas exhibiciones estrambóticas de los
antiguos circos también pasaron frente al palco “La Mujer
Barbuda”, “El Hombre Elefante”, “El hombre más pequeño del
Mundo”, “El hombre con cola”, y “El Hombre de seis dedos” en
todas sus extremidades, entre otras rarezas notorias.
160 El Gran Circo Infantil

Otro atractivo espectáculo era el de “El Hombre Bala” que sin


ser deforme ni anormal era disparado por un enorme cañón
para ir a caer en una red cincuenta metros más adelante.
También se lució en las pistas de aserrín Alfonso, “El Hombre
Avestruz”, que comía piedras, vidrios y municiones delante del
atónito público, y luego, para facilitar la digestión, tomaba una
jarra llena de amoníaco o petróleo para asentar su festín.
Otra famosa artista fue miss Zolino, joven de extraordinaria
belleza que subía descalza una escalera cuyos peldaños eran
filosas cuchillas puestas de canto, tan cortantes como una hoja
de afeitar, sin dañarse las manos ni los pies.
Pero, a partir del año 1850 mas o menos, los circos empezaron
a funcionar como un espectáculo grandioso y nunca visto, con
variados artistas que a su vez eran actores de obras de teatro
como broche final, ya bajo las carpas que se levantaban de
pueblo en pueblo a los que llegaban en llamativas caravanas
de carros con dibujos de los animales amaestrados con que
contaban, leones y elefantes generalmente, hasta caballos,
burros, camellos y jirafas, o la del “Hombre Lobo” con enormes
colmillos, largas uñas y de peludo rostro.
Circos hubo cuyas enormes carpas eran sostenidas hasta por
tres palos mayores, lo que permitía al público ver a los artistas
en tres pistas a un mismo tiempo. Y se fueron agrandando
tanto con los dineros recogidos que se vieron en la necesidad
de comprar veinte o treinta vagones para trasladar al circo
completo en giras por todo el país, tirado por una locomotora
de la que también eran propietarios.
Bajo la carpa los artistas desafiaban constantemente la ley de
gravedad sobre los trapecios y sobre cuerdas tensas y tirantes.
Sobre estas cuerdas tensas se recuerdan como los actos más
deslumbrantes al espectáculo de ir 16 personas sobre una
bicicleta, o colocar 10 sillas en vertical con un total de 7
equilibristas.
Bajo la carpa del circo el público se embelesaba viendo a
payasos equilibristas, escapistas que no podían ser sujetos en
camisas de fuerza, esposas, cajas fuertes de acero macizo,
barriles, tanques de agua y otros peligros; hombres forzudos
que reventaban cadenas atadas a su pecho como si fuesen hilos
de coser; domadores de caballos y leones, hasta el “Auto Loco”
que entraba a la pista funcionando con tres payasos dentro y
que al final se desarmaba completamente en medio de una
gran explosión.
El Gran Circo Infantil 161

Los tres payasos se retiraban de la pista en medio de las risas y


aplausos de niños y adultos, llevando una rueda uno, el otro el
volante y el último la carcaza de tan estrambótico auto loco.
La mayoría de la gente cree que el Circo Sarrasani de Buenos
Aires es argentino, pero no, era un famoso circo alemán creado
en 1912, y que al hacer una gira por Sudamérica, debido al
escaso público que ingresaba en países miserables y
empobrecidos, estaba a punto de dar quiebra sin tener dineros
para regresar a Europa, y se afincó definitivamente en la
Argentina, gracias a la intervención de Eva Duarte que en 1948
lo declaró Circo Nacional Argentino, ayudándolo con
abultados subsidios.
Y con esto, finalizo este breve resumen de los circos.
Ahora, para que no te aburras esperando la salida de los
artistas, te contaré lo de la perrita Laika, que era paracaidista.
Sí, era paracaidista, y yo la vi con mis propios ojos descender
del azul cielo fluctuando suavemente debajo de un pequeño
paracaídas del tamaño de una sombrilla.
No era la perrita integrante de un circo, sino la estrella
principal de una escuela militar de paracaidistas, cita en
Córdoba, y se la usaba solo como promoción y propaganda.
Tampoco era la Laika que los rusos en ésa época mandaron al
espacio, no sé para qué, si no para que muriera asfixiada en la
estratósfera, haciéndose muy famosa en todo el mundo, a tal
punto que todas las perras que nacieron desde l957 en
adelante, vinieron a llamarse igual que la perrita astronauta.
Aconteció que un sábado a la tarde, dos avionetas pasaron
sobre nuestra casa rumbo al río que estaba a dos cuadras
detrás, y vimos que muchos chicos corrían por la calle
persiguiéndolas, pues de cuando en cuando arrojaban
puñados de pequeños boletines de propaganda, y unos
minúsculos paracaídas del tamaño de un pañuelo con los
cuales descendían soldaditos de plomo.
En los panfletos se invitaba a los jóvenes de veintiuno a treinta
años a ingresar en el Cuerpo de Paracaidistas de la Escuela
Militar de Córdoba, labrándose un venturoso porvenir como
oficial de infantería y un buen sueldo, si antes no se hacían
papillas contra el suelo.
Nuestro país, en aquélla época, ofrecía a troche y moche
abundantes trabajos y oficios a los jóvenes, desde técnico en
radio y televisión, dibujante de historietas o planos de casas,
mecánico dental, plomería, cloaquista, electricista, reparador
162 El Gran Circo Infantil

de heladeras, detective privado, bobinador de motores,


relojería, técnico joyero, zapatería y cientos otras que mal que
mal, permitían tener un oficio que diera de comer.
Desgraciadamente hoy no hay ninguna puerta abierta para
aprender un oficio y trabajar por cuenta propia, si no se cuenta
la de comprar una maquinita rozadora y salir a cortar pastos
en baldíos y jardines. Todo se basa hoy en tener estudios
terciarios. Yo aconsejaría a todos aquéllos que por desgracia
abandonaron la primaria o secundaria, que las manos bien
suplen al cerebro en el labrar de un porvenir, y que se puede
huir de la pobreza con solo ponerlas a trabajar en una
profesión provechosa y necesaria.
¿Dónde se encuentra hoy un plomero que termine con el
suplicio de arreglar una canilla que gotea toda la noche, o un
carpintero que ajuste una ventana que no cierra?
Yo mismo, cuando tenía quince años de edad, como mi padre
tenía dineros para nuestra instrucción, estudié para ser
detective privado solamente dos o tres lecciones, abandonando
la carrera por las burlas que recibía de mis amigos cuando se
enteraron que perseguía tan estrambótico oficio.
Las muchas novelitas policiales que leía ávidamente de
“Míster Reeder”, un viejito de más de ochenta años con largas
patillas y lentes de aumento que con dos ayudantes jóvenes
que le secundaban, Perkins y Jervis, resolvía los más
intrincados casos de asesinatos en Londres, fueron las que me
indujeron a seguir la misma profesión del sabueso inglés.
La policía llamaba constantemente a Míster Reeder para que
los ayudara en casos intrincados y misteriosos, por ejemplo, a
atrapar al asesino de una viejita que fuera asesinada dentro de
su cuarto, con la puerta llaveada y la llave puesta por dentro,
lo cual demostraba que el criminal no salió por ella, o que
fuese un fantasma, y como también todas las ventanas estaban
trancadas y trabadas, ni había chimenea por la que pudiera
salir, Scotland Yard y todo su personal se estaban volviendo
locos con el misterio de cómo huyó del cuarto el asesino, que
no podían resolver ni aún con la ayuda de videntes.
Pero “Míster Reeder” no era un anciano casi centenario, era un
joven de unos treinta años que se disfrazaba como tal, por dar
el aspecto engañoso de tembleque y tembloroso ante los
delincuentes, y además de detective tenía el rango de
Comandante de la Real Inteligencia Británica, cosa que
ocultaba ocupando sus dos personalidades.
El Gran Circo Infantil 163

No quiero dejar pasar el relato sin que sepan cómo salió el


asesino del cuarto después de matar a la viejita para robarle
unos dineros que tenía guardado en el ropero, y que Míster
Reeder con su natural sagacidad resolvió: el asesino, a quien la
viejita le abriera confiada la puerta, entró provisto de un largo
hilo de pesca, grueso y fuerte, y después de cometer el crimen,
envolvió la llave puesta por dentro, y sacando una punta del
hilo por la claraboya arriba de la puerta, de afuera, lo recogió
haciendo que la llave diera las dos vueltas necesarias para
cerrarla herméticamente. ¿Pueden Uds. creerlo?
Recogió el hilo y tranquilamente se fue a un pub de hombres
para tomar varias copas de cerveza, donde cayó Míster Reeder
con la policía y lo llevó esposado tras los barrotes de Scotland
Yard, donde confesó ser sobrino de la viejita y estar cansado
de esperar que ella muriera para heredar sus dineros.
Ved lo que leía en mi adolescencia y convendrás conmigo que
no tener ningún libro para leer es la peor de las pobrezas, pero
tener éstas novelitas policiales de ínfima trama, es cultivar la
huerta de la miseria intelectual.
Felices mil veces los que gustan de leer y no están privados de
libros.11 Según lo que lees, eso eres.
Recuerdo que las dos primeras lecciones de investigador por
las que pasé exitosamente, versaban sobre una serie de
preguntas de cómo debe vestirse un buen detective privado,
con la gorra inclinada sobre los ojos, piloto o sobretodo de
cuellos levantados y una pipa en los labios, y qué elementos
debía usar en las investigaciones: una lupa de mano, un
potecito con talco y un pincelito para buscar huellas digitales,
una bolsita con yeso blanco para tomar muestras de pisadas
dejadas por el asesino, una libretita pequeña y un bolígrafo
para anotar las preguntas que debían ser hechas a los
sospechosos, o los indicios descubiertos, un silbato para
sonarlo estridentemente en caso de peligro, siendo opcional
llevar una pequeña pistola calibre 22, todas las cuales contesté
correctamente mandándolas a la Escuela de Detectives
Privados ubicada en Buenos Aires, en un sobre sin remitente
alguno, o poniendo uno falso previamente convenido con ésa
alta casa de estudios para que mi oficio fuera secreto y
anónimo dentro de mi ciudad. Eso sí que era tonto: recibirse
de detective privado sin que nadie lo supiese.

11 Frase de François Fénelon


164 El Gran Circo Infantil

¿Y la fiesta de colación de grado? ¿Y las fotos, el vals de los


quince años de estudios, las tortas y el diploma de
investigador privado? Bueno, si me recibiese de detective sin
que nadie lo supiese, lógico sería que también estaría a salvo
de los hampones y asesinos a los que fácil les sería el matarme
si conocieran mi condición de investigador privado, bajo un
farol en una noche fría y lluviosa mientras yo vigilara, por
ejemplo, la salida de un sujeto de una casa en la cual su dueño
no estuviera, pero sí su traicionera esposa.
También estudié dibujos de caricaturas, mecánico dental y
técnico en radio, pero no pasé de las tres o cuatro lecciones
primeras, porque me aburrían grandemente todas juntas y
perdía el interés en poco tiempo, ya que mi padre me
compraba el curso completo que una vez leídas las primeras
hojas, los abandonaba sin compasión alguna.
¡Cuánto dinero hice gastar a mi pobre padre sin provecho
alguno! El dinero no es malo en sí, y trae muchos bienes y
satisfacciones, pero lo que daña nuestro porvenir es la forma
con que lo derrochamos estúpidamente.
Bueno, digo que aquél sábado mi hermano Quico y yo
corrimos también detrás de los aviones, y más tarde se nos
unió Rebecca y Neca su amiga en las barrancas del río, desde
donde contemplamos las piruetas que hacían aquéllos pájaros
metálicos. Uno de ellos tenía un parlante que anunció los
saltos acrobáticos de los cadetes de la escuela de aviación, y
sucesivamente se arrojaron desde unos cien metros de altura,
sobre el río, una docena de paracaidistas que suavemente se
posaron sanos e ilesos en las aguas.
El río se llenó de hongos blancos hasta que viniera la lancha de
la prefectura a recogerlos. Luego se arrojó desde unos ciento
cincuenta metros una mujer en traje de baño enterizo con
antiparras y un gorro de goma en la cabeza, la cual venía
girando como una pelota hasta que de pronto se abrió un
paracaídas multicolor en sus espaldas, y luego otro tan
colorido como el primero descendiendo lentamente bajo el
azul del cielo. Los niños quedamos con la boca abierta, y los
grandes aún más. Unos diez metros antes de tocar el agua,
tirando de una hebilla o piola, la mujer se desprendió de sus
dos paracaídas, y en una zambullida perfecta con los brazos
extendidos y las manos en punta, como una lanza que hiende,
desapareció bajo las aguas, ya que, según dijo el parlante, era
campeona argentina de saltos ornamentales sobre el agua.
El Gran Circo Infantil 165

La recogió la lancha prefecturiana mientras que fuertes hurras


y aplausos del público atronaban en el aire.
Entonces el parlante de uno de los aviones que hacían vuelos
rasantes sobre el río, con voz clara y muy aguda, anunció el
siguiente número:
-Y ahora respetable público verán a la estrella más famosa
del paracaidismo. Con ustedes… ¡la perrita Laika!, mascota de
la Escuela de Paracaidistas, que se arrojará desde una altura
de… ¡doscientos metros! -
El avión ascendió a los cielos y de una puerta abierta al
costado salió disparada una perrita blanca con manchas
negras, o negra con parches blancos, ya que tenía la misma
proporción de ambos colores en el cuerpo.
Por la fuerza con que salió del avión siempre pensé que no lo
hizo por propia voluntad, sino que le dieron una terrible
patada que la arrojó al vacío con paracaídas y todo.
Se abrió entonces un pequeño paracaídas no más grande que
una sombrilla, que semejaba una blanca flor, con la perra
Laika sujeta con una correa que la tomaba del pecho como si
fueran tiradores.
Hizo un aterrizaje perfecto extendiendo tiesas las patitas al
acercarse al agua, como si se tratase de un sólido piso de
cemento.
Aplausos a rabiar para la valiente y osada perrita Laika.
Al día siguiente, mi hermano Quico que no era muy centrado,
ni inteligente, sin que mis padres lo vieran, se arrojó con una
sombrilla desde el techo de la casa, cayendo violentamente en
la vereda.
No se mató porque Dios es grande.
En la caída se rompió solamente la nariz y dos dientes
delanteros… y por la paliza que después le diera mi padre,
casi todos los huesos del cuerpo.

*********************
166 El Gran Circo Infantil

Capitulo III
Nilda, la equilibrista rusa

¡Hey, no te duermas ni bosteces que la espera de los artistas al


ruedo ya termina! ¡Ya suenan las trompetas romanas que
avisan el comienzo del espectáculo en el Gran Coliseo! ¡Ya los
leones saldrán furiosos a las arenas buscando fieles cristianos a
quienes devorar! ¡Oye, no te distraigas que la función
comienza en instantes y los artistas están ya vestidos para
ofrecer su número e impacientes por demostrar sus destrezas!
Ya en breve se correrá el telón de plástico que hasta ayer eran
las airosas cortinas de nuestro baño, pues se agitan, se inflan y
se mueven como si estuviesen sopladas por vientos de
impaciencia pues los actores se atropellan y empujan detrás
por salir primeros a la pista.
Ya las luces se encienden para verlos mejor, que Febo asoma
su nariz entre las hojas de los árboles en finos y luminosos
rayos que harán relucir los trajes de gala y las habilidades de
los actores.
Hasta el sol quería ver abriendo grande sus ojos, y gratis por
supuesto, en qué terminaba nuestra primera jornada circense
de aquélla lejana época de la infancia.
Sale Rebecca con la corneta de auto a la cual quitamos la pelota
de goma que se apretaba repetidamente para pedir paso en las
esquinas, y usando la trompeta a manera de micrófono pegada
a su boca, y con voz clara, potente y armoniosa, como una
perfecta animadora y presentadora dice:
-Estimado y respetable público, sean todos bienvenidos
bajo las carpas de nuestro grandioso Circo Infantil, que
presentará para Uds. variados números de acrobacia, payasos
y fieras amaestradas. Si alguno de los presentes quiere ir al
baño, o salir por cualquier urgencia de hacer pis, puede hacer
sus necesidades en los altos yuyos que están afuera, en el
fondo a la derecha del patio, siguiendo un caminito de aserrín
que pusimos para poder ubicarlo. Antes de salir, rogamos
solicitar la correspondiente contraseña en la boletería, o sea, a
mí misma. El kiosco de doña Tumburús ya está abierto en la
esquina, por si quieren comprar caramelos. Pero no salgan
ahora porque ya mismo comienza el espectáculo. Respetable
público… con Uds. la equilibrista rusa ¡Nilda Popovich! –
finalizó señalando las cortinas de plástico.
El Gran Circo Infantil 167

No salió nadie.
Sin embargo, detrás del telón se escuchaban voces que
hablaban muy quedamente, como una discusión en voz baja;
“salí - no voy a salir”, “salí - no voy a salir”, “salí, te digo - no voy a
salir”.
Rebecca volvió a anunciar a la artista rusa Nilda Popovich que
por supuesto no era rusa ni se llamaba Popovich, que eso fue
un invento suyo porque en ésa época concurría a un doctor o a
un dentista con ése nombre. Y volvió a señalar con ampulosos
gestos las cortinas por donde debía aparecer la artista rusa.
Se escuchaba ya no murmullos de discordias, sino una violenta
discusión, golpes de patadas y cachetazos detrás de la salida
de artistas cuyas telas se abrieron y rajaron como las del altar
de Abraham, y aparece la Muqui arrastrando de los cabellos a
su hermana Nilda, la equilibrista rusa, a la cual hace pasear
llorando alrededor de la pista, mientras dice al público:
-¡Esta estúpida dice que tiene vergüenza de actuar frente
a ustedes! ¿Alguien vio tal cosa en un circo?-.
Nilda, pobrecita, era apenas una niña de siete años que lloraba
desconsoladamente al ser jalada de los cabellos alrededor de la
pista de aserrín, por tener vergüenza de actuar frente al
público. Muqui la hizo dar casi en cuclillas una vuelta entera
alrededor del círculo formado por los asientos vip, que antes
eran manzanares, para que se le pasara la vergüenza y la
timidez de actuar frente a tan nutrido público.
Pobrecita la Nilda, lloraba y lloraba tirada de los cabellos, con
un paraguas negro en la mano mientras su hermana le gritaba
desaforada:
-¿Vas a actuar sí o no? ¡Te voy a romper todos los huesos si
no hacés tu número! ¡Después vas a querer cobrar tu parte!-
Creo haber dicho antes que tendimos una cuerda bien tirante
entre los dos árboles que sostenían las instalaciones, no para
impedir que escaparan, sino para que el cordel sirviera como
el cable tenso que usan los equilibristas de los circos en su
actuación, ya sea andando sobre una bicicleta en llantas,
sentarse bonitamente sobre una silla, o saltar banderitas sobre
el fino camino de acero.
Bien, a los sopapos y a las patadas la Muqui hizo subir a su
hermana Nilda por una escalerita en la que mi madre subía
para alcanzar la alacena y de allí la elevó sobre el cordel
tendido, que no estaba a más de un metro del suelo, por donde
la pobre artista iba llorando a moco tendido.
168 El Gran Circo Infantil

Nosotros por supuesto no teníamos tensores que dejaran


tirantes la cuerda, y las zapatillas de la pobre Nilda, al tener
mucha panza el cable, iban de derecha a izquierda con una
rapidez increíble, como si sus piernas temblaran de frío.
Sin embargo se esmeró en dar recatados pasitos con el
paraguas abierto en una mano, y con la otra agarrándose
desesperadamente a la de su ayudante que la iba
acompañando en su travesía.
El cruce duró poco, pues la mala suerte acompañaba esa siesta
a la equilibrista rusa Nilda Popovich.
En la mitad justa del cordel, vino a suceder que una de sus
ataduras se deshiciera y la Nilda se derrumbó como una
piedra sobre su hermana, y tratando de agarrarse de ella, sin
catar que aún tenía el paraguas en la mano, dióle un feroz
golpe en la cabeza, como un garrotazo, tan fuerte que se
rompió por la mitad.
Digo el paraguas, no la cabeza de la Muqui.
Cayeron ambas sobre el aserrín sin que nada le pasara a Nilda,
y a Muqui le salió, no ahora sino a la noche, un soberano
chichón en la cabeza, producto del paraguazo de la artista rusa
dado quizá sin ninguna mala intención.
¿Quién podría saberlo?
Ese fue el primer número que presentamos, que resultó más
cómico que peligroso.
La pobre Nilda se retiró llorando de la pista, sin siquiera
despedirse de su público.
Entonces, para apaciguar la arena, salió el payaso Enrique a
hacer reír a los espectadores…

*******************
El Gran Circo Infantil 169

El payaso Enrique

El payaso Enrique sí que sabía hacer reír a la gente, como si


hubiese nacido bendecido por Dios con tal don, y aún de
grande y ya hombre, en su taller de bicicletas, seguía tan
gracioso y alegre como de niño, por lo cual siempre tenía
infinitos clientes que esperaban las reparaciones de sus
rodados, no porque estuviesen apurados por retirarlos, sino
por reírse un rato con las tonterías que decía, y por las muecas
que hacía su cara cuando aflojaba una tuerca o cuando
desarmaba un piñón, por ejemplo.
Torcía y retorcía los labios cuando hacía fuerza con una llave,
tanto más cuanto más fuerza le imprimía, y una vez quitada la
pieza, su boca se volvía recta y normal con una amplia sonrisa
por el triunfo de su esfuerzo.
Siempre alegre, siempre bendiciendo el día que amanecía,
dando gracias a Dios por la vida, sin cesar de desear los
buenos días a quien pasara por su vereda, y a todos transmitía
las ganas de sentir las esperanzas de un mañana mejor y un
futuro venturoso. Las veces que yo lo viera años más tarde en
su taller de la calle Rivadavia, mi mente lo imaginaba de
payaso, porque por la felicidad que trasmitía hablar un rato
con él, llenaba el alma de alegría.
Creo que era el único hombre en el mundo que al desear a
alguien las felicidades y buenos augurios de fin de año, era
sumamente sincero y franco, y estoy seguro que si ya murió
por alguna terrible enfermedad que carcomió dolorosamente
su cuerpo, o de vejez, porque nunca más le vi, lo hizo en paz y
con una sonrisa de punta a punta en sus labios.
Este fue el Enrique, hermano de Muqui y Nilda, que hizo de
payaso en nuestro Gran Circo Infantil.
Tenía la ventaja de salir cuando se le diese la real gana, lo que
aprovechaba para molestar e interrumpir a los artistas que
estaban en escena.
Cuando cayó la equilibrista rusa sobre la Muqui partiendo en
dos el paraguas sobre su cabeza, por ejemplo, salió a
entretener al público con una cajita blanca de primeros
auxilios con una cruz roja en su tapa, donde Rebecca guardaba
el dinero de las entradas, y acercándose hasta las caídas, tomó
el paraguas roto y lo vendó totalmente con unas tiras de trapo
blanco y unas curitas que sacara del arca, mientras los niños
reían y reían por tan equivocado salvataje y curación.
170 El Gran Circo Infantil

Con solo ver en la trastienda el pequeño botiquín de primeros


auxilios que se ocupaba como la tesorería, lo llenó de trapos en
tiras junto con unos apósitos y algodones que ya estaban, y se
le ocurrió hacer la pantomima de salir a la pista a curar un
paraguas partido por la mitad.
Salió vestido con el traje de nuestro hermano mayor Antonio
hurtado sin su permiso y sin siquiera enterarse por no estar
casi nunca en casa, que en ésa época se lucía bailando tangos
sin faltar a cumpleaños alguno y menos a los encumbrados
casamientos, ya que era lo que hoy se dice un play-boy, y que
antes se decía petitero.
Al ser el traje muy grande para el payaso Enrique, no vimos
otro remedio que arremangar las bocas de las extremidades
del saco y el pantalón y coserlas con hilo y aguja para que no
se desenrollaran mientras actuaba en la pista.
Sin permiso de su dueño, también usó por debajo la camisa
blanca impecable y bien planchada, con la corbata azul
prendida a su cuello, calzados los pies con los brillosos zapatos
negros de charol rellenos con hojas de diarios en sus puntas
para que del 41 volverlo al calce 33, la edad de Cristo, y al pie
de Enrique.
Salía sin ser anunciado y las veces que se le antojara, y siempre
con una mímica nueva, y los chicos se reían a carcajadas de sus
tonterías.
Hacía mimos tontos como enhebrar una aguja invisible con un
hilo inexistente, empujar un auto transparente torciendo la
cara del esfuerzo, llenar de agua una palangana etérea en una
canilla imaginaria y lavarse las manos para después secarse
con una toalla fantasma.
¡Qué bien que lo hacía! Era un maestro diplomado en mímica.
Su nariz y sus mejillas estaban coloreadas de rojo con lápiz
labial y sus gruesos bigotes pintados con carbón, con un
aspecto muy similar a Groucho Marx.
Hacía reír mucho a los niños sacando del bolsillo algo que
tuviese rosca, como un tirabuzón imaginario, y preguntaba al
público qué cosa sacara, que servía para quitar los corchos de
las botellas, y como no acertaban a decir lo que era, volvía a
guardarlo en el bolsillo enroscando el supuesto sacacorchos al
revés de como lo sacara.
-Si no lo saben, entonces… ¡lo guardo!-
Preguntaba al público porqué el perro mueve la cola, y ante el
silencio se contestaba a sí mismo:
El Gran Circo Infantil 171

- ¡Porque la cola no puede mover al perro! -


También contaba cuentos de fantasmas que supuestamente le
sucedieron a él, imitando seguramente el de los circos en
donde dos o tres payasos sentados en un banco cuentan
terroríficas historias de miedo, y son asustados por otro
disfrazado de calavera que se sienta al lado del último sin que
ninguno se percate de su presencia.
Era un genio para hacer reír a los niños, como hacía Chaplin
con cualquier objeto que tuviera en sus manos o a su alcance,
cuyas películas proyectaban casi todos los domingos en la
matiné del cine “Italia” y de donde él sacara sus monerías.
Su actuación en la pista fue la mejor de todas, y si hubiésemos
sido justos en la división de las ganancias, el payaso Enrique
se hubiera llevado en el reparto de las recaudaciones el
ochenta por ciento de los dineros ganados.
No hablo más de Enrique porque ya la malabarista Muqui se
está preparando para entrar a la pista en donde encima de la
mesita de living de nuestra madre, le esperaban varios limones
maduros, la pelota de básquet de mi hermano mayor, tres aros
de triciclos forrados con papel crepé, y tres pequeñas botellas
de gaseosa del mismo tenor, cuyo áspero papel facilitaba
grandemente su agarre.
Y la escoba de mi madre.

*********************
172 El Gran Circo Infantil

Muqui, la malabarista

Muqui nació con la maravillosa habilidad de ser malabarista,


cuyas manos y vista eran tan rápidas que no había objeto
lanzado al aire que se escapara de ser recogido nuevamente
por sus rapidísimos dedos.
Ella nació con ese don natural y supremo de cazar con las
manos moscas en pleno vuelo, cosa que causaba no poca
envidia en los niños del barrio.
Sus manos eran tan veloces en dar un zarpazo que muy fácil
atrapaba cualquier bicho en pleno vuelo que pasara frente a
sus ojos, con la rapidez de la lengua de una iguana.
Subida a los árboles, no había chicharra ni langosta que
escapara de su zarpazo.
También podía hacer malabarismos hasta con seis naranjas,
logrando incluso que una de ellas pasase por sus espaldas y
sobre su cabeza, para abarajarla de nuevo entre las otras cinco
frente a sus ojos.
Creo que adquirió esa habilidad de atrapar las cosas en el aire
de ese antiguo juego de niñas cuyo nombre no me acuerdo,
donde se tiraba una piedrita arriba y antes de que cayera se
agarraba rápidamente otra del suelo que volvía a subir al cielo
para agarrar la que bajaba, y así la Muqui barajaba hasta diez
piedras en la mano, las que lanzaba nuevamente al aire sin que
ninguna escapara de su mano ni se interrumpiera el círculo
que formaban todas en el aire.
Salió al ruedo vestida de vaquero con un sombrero del padre
al que doblara las alas dejándolo como usan los actores de cine
en las películas de cowboy, anunciada por Rebecca con la
corneta sustraída de un destartalado auto de los muchos que
tenía mi padre en el patio.
Llevaba puesto en las manos unos finísimos guantes blancos
de tela que usara su madre cuando entrara a la iglesia Catedral
para casarse con su padre, unos quince años antes, sin
imaginar siquiera que la fina prenda que antes recorriera una
roja y larga alfombra de un templo, desfilara ahora por el
aserrín de la pista del circo.
¡Las vueltas que da la vida!
Y bueno, al final no importa para qué fueron creadas las cosas
de la vida, sino la utilidad y el servicio que prestan en ella, y
aunque no tengan valor alguno, sí valen por el uso que le
damos y los recuerdos que nos traen.
El Gran Circo Infantil 173

El guante que recorriera la larga alfombra de la catedral hasta


el altar, sosteniendo un ramo de perfumadas flores blancas,
estaba ahora en manos de la sensacional artista Muqui la
malabarista sobre el círculo de aserrín de la pista, en su
número de arrojar limones al aire.
En primer lugar, tomó la pelota de básquet, propiedad de mi
hermano mayor Antonio, y la hizo girar como un trompo
sobre su dedo índice por largo tiempo, a la vez que puso la
escoba de mi madre vertical sobre un dedo de su otra mano,
manteniéndola enhiesta, mientras caminaba en rededor del
círculo de los cajones del palco donde estaban sentados los
niños importantes y pudientes, todos asombrados de su
intrínseca habilidad.
Luego hizo lo mismo colocando la escoba sobre la nariz,
moviéndose de un lado a otro logrando el equilibrio perfecto,
mientras que con una de sus manos hacía malabarismo con las
tres ruedas de triciclo forradas en papel crepé, las que arrojaba
al aire una tras otra con la exactitud increíble de barajarlas sin
dejar caer ninguna.
El espectáculo que ofrecía era maravilloso, a saber: la escoba
vertical sobre la nariz, la pelota girando sobre el índice de su
mano derecha y los tres aros de triciclos subiendo y bajando en
su mano restante.
Después hizo lo mismo con las botellas, y por último con los
aros y las botellas juntas.
¡Seis objetos lanzaban sus manos al aire barajándolos con tal
destreza y habilidad que ninguno parara en el suelo!
A veces, barajaba las botellas con la mano izquierda mientras
que con la derecha hacía su malabarismo con los aros de
triciclo, de manera tal que ninguno de los objetos se mesclaran,
y era asombroso ver subir y bajar unos a su derecha y otros a
su izquierda. Sensacional, los niños aplaudieron a rabiar.
Pienso ahora, desde la lejanía del tiempo, que algunas
habilidades u oficios del hombre, en algunas épocas son muy
útiles y necesarios, y en otras pierden el interés, se opacan y
desaparecen, pasando lo importante a ser desapercibido e
ignorado, o viceversa.
Imaginad si la Muqui fuese hoy una niña con las habilidades
de sesenta años atrás, que nadie sabía apreciar, y se disfrazara
de payaso en una esquina con semáforo, y las hiciera mientras
los autos se detuvieran esperando el verde… ¡cuántas
monedas recogería sin mucho esfuerzo!
174 El Gran Circo Infantil

Sin duda sería rica.


Terminó su número sin ningún error ni caída de sus
malabares, y no conforme con eso, se retiró de la pista muy
aplaudida arrojando por encima de las cortinas de baño los
tres limones, yéndose rápidamente para recogerlos afuera
antes que cayeran al suelo.
Puedo asegurarte que la Muqui, en el transcurso de los años,
sin yo haberla visto nunca más porque la casa donde vivían
era alquilada y muy poco tiempo después la familia se mudó
quién sabe dónde, (menos Enrique que instaló un taller de
bicicletería en la calle Rivadavia, cerca de la escuela de niñas)
fue en su vida, en su profesión sea cual fuese, y en su carácter
y voluntad, una persona recta, equilibrada, firme de
convicciones, sólida y exacta, que se agarrara de cada día de la
vida tan firmemente como de las botellas con las que hacía su
increíble malabarismo en nuestro Gran Circo Infantil.

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El Gran Circo Infantil 175

Chiqui el Trapecista indoamericano

Cuando yo nací, parece ser que lo hice adelantado y de


antemano, no en sabiduría o inteligencia, sino antes de tiempo,
ya que no pesé ni dos kilos al salir a la luz, y era tan minúsculo
y feo que desde la cuna los que venían a verme decían: “¡que
chiquitín tan horrible!” o “¡qué feo es el chiquitín!”, aún
cuando se dice que todos los bebés son hermosos, y al ir
creciendo en carnes y huesos, sin que tuviese en mi alma
maldad alguna, dieron en llamarme primero Chiquitín en la
cuna, después Chiquito en mi niñez, y finalmente ya en mi
adolescencia Chiqui, y si viviera ochenta años el apócope se
reduciría a Chi simplemente, pues común es en la gente que
no ama el idioma de nuestros padres abreviar las palabras,
reducirlo a cenizas y cercenarlo en trozos cada vez más
pequeños e inentendibles.
Hoy se dice “voy a la muni”, para decir que se va a la
municipalidad. Antes se decía cinematógrafo o película, y hoy
se dice cine y peli, por ejemplo.
Por mi parte, aún sigo siendo bueno y feo, lo cual siempre es
mejor que ser lindo y malvado.
Pero, como trapecista del circo borré mi apodo del todo y me
bauticé como “Ticonderoga el fabuloso trapecista
indoamericano” por haber leído en las revistas de historietas
de un indio piel roja con ése nombre, héroe de la misma que
luchaba contra los conquistadores españoles de su tierra.
Creo que hay también un personaje así llamado en “El último
mohicano” de Finnemore Cooper. Rebecca me anunció por el
parlante manual que yo venía de los bosques norteamericanos,
o canadienses, de una tribu pariente de los pieles rojas, y que
saltando de árbol en árbol como un mono, me había
transformado en un eximio trapecista jamás visto por éstas
tierras. Digo yo, ¿creerían los presentes éstas historias que
inventábamos para darnos preponderancia y un aire
misterioso sobre el pasado y presente de los artistas?
Salí a la pista vestido solamente con un taparrabos de cuero,
aunque debajo llevaba una bombacha de mi hermana, que
antes eran gruesas y como de arpillera como para resguardar
las purezas y las castidades, descalzo, con el torso desnudo y
una vincha en la cabeza que sostenía una pluma de una arisca
gallina ponedora que a toda costa huía de nosotros por no
dejarse quitar ninguna.
176 El Gran Circo Infantil

Llevaba prendido a mis espaldas un arco y un carcaj (un tubo


de cuero en donde mis padres ponían el termo de agua
caliente) lleno de flechas con plumas en sus finales.
Trepé entonces sobre el trapecio, colgado de una rama fina de
uno de los árboles externos, y con toda parsimonia, pasé desde
el aire el arco y el carcaj con las flechas a Rebecca, y comencé
mi actuación haciendo cabriolas sobre el columpio.
Debo admitir que otra cosa que hamacarme no sabía hacer, ni
en mi vida había aprendido otro vaivén ni arte diferente.
Sin embargo, me paraba sobre el trapecio, me ponía cabeza
abajo, me apoyaba primero sobre un hombro y después sobre
el otro, me sentaba y me tiraba para atrás, colgado con los pies
pegados a mis nalgas y el palo de escoba del trapecio por
detrás de mis rodillas, etc.
No hice nada que otros chicos, sin venir de una tribu
mohicana, no supiese hacer sobre una hamaca común y
silvestre.
Como atamos el trapecio a una rama muy alejado del tronco,
casi en su final, ésta se balanceaba mucho de arriba abajo, y en
un momento que colgaba boca abajo, se partió con un horrible
crujido de huesos rotos y me desplomé de cabeza al suelo
como el trapecista Victoriano, seguido por la rama rota que se
derrumbó sobre mis espaldas.
El porrazo que me di en el suelo no fue tan doloroso como la
pesada rama podada que me cayera en las espaldas, similar a
un cintarazo de los que nuestro padre nos daba por nuestros
malos comportamientos.
No lloré, y por no dejar mi dignidad en el suelo, me levanté
rápidamente, como aconseja aquélla poesía “Sí” de un poeta
argentino cuyo nombre se me escapa.
Del trapecista Victorio Victoriano aprendí que si caemos cien
veces, debemos levantarnos doscientas.
Mi espectáculo sobre el trapecio terminó abruptamente, ya que
no quedaba de la rama más que un minúsculo tronquito que
no permitía volver a colgarlo.
En hora buena que se rompiera, porque después de una
docena de cabriolas tontas y estúpidas que hice, ya no tenía
otro repertorio en mi alforja.
Volví parsimoniosamente a colgar el arco y las flechas a mis
espaldas, que todo debíamos hacerlo con lentitud para estirar
el tiempo del espectáculo, como dije antes.
El Gran Circo Infantil 177

Salí de la pista con la vincha sosteniendo la pluma doblada por


la mitad, pero con la cabeza sana y mucho aserrín por dentro y
fuera de ella.
De paso, sacamos la rama de la pista haciéndola pasar por la
salida de los artistas, para dejarla libre para el siguiente
número de las fieras amaestradas.
A la noche, porque sentía un dolor agudo en la espalda, mi
hermana Rebecca me sacó valiéndose de la punta de una
aguja, una pequeña astillita de la rama que se introdujo entre
mis omóplatos.

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178 El Gran Circo Infantil

Quico, el domador de leones salvajes

Quico, el domador australiano, tenía, aunque casi no se le


notaba, el codo de la mano derecha salido para afuera, y un
horrible raspón circular en el pecho como del grandor de un
platillo de té, con aspecto mortecino, de carne sin vida y piel
brillosa como un espejo, producto ambos de una terrible caída
de un altísimo árbol donde subiera a hacer un nido para las
gallinas.
Aconteció que viendo que siempre al atardecer las gallinas se
subían a lo alto de los árboles por instinto natural, una
calurosa siesta de verano, a Quico y a mi se nos ocurrió
hacerles una especie de gallinero o casita allá en la cima de
uno, y provisto de clavos, martillos y alambres, trepó él hasta
la cumbre mientras yo quedaba en tierra para pasarle las
maderas para su armado atadas a una larga piola.
En eso estábamos bajo el rayo del sol y en plena siesta, él
clavando tablas o amarrándolas con alambre en lo alto, y yo
abajo con un pequeño y repentino dolor de estómago que me
apuró a descargar las tripas entre los altos yuyos.
Me alejé pues un trecho para hacer mi descarga a la turca, y en
eso estaba cuando siento un ¡crac! horrible de una rama que se
partiera allá en lo alto. Veo a mi hermano venirse abajo como
un meteorito, rompiendo ramas, rebotando de un lado a otro y
podando hojas, como si fuese una pelota, hasta quedar
colgado con una mano de la última rama que encontrara en su
camino, a unos cuatro metros del suelo, gritando:
-¡Andá llamale a papá! ¡Andá llamale a papá!-
Y yo, que estaba ocupado en descargar mis tripas, le contesté:
- ¡No puedo, estoy haciendo caca!-
Se soltó la mano de la rama y cayo el carpintero de gallineros
al suelo, sobre su brazo derecho que se rompió en el codo, y
sobre su pecho que se peló en un horrible círculo de carne
viva, el cual quedó para siempre como un adorno, sin que
cuando grande le crecieran vellos ni arrugas, con una piel lisa
y brillosa como si fuese un espejo.
De la gravedad de estas roturas y raspones ni siquiera nos
dimos cuenta, y a eso de las tres de la tarde, del dolor que
sentía mi hermano en el brazo y en el pecho, nos vimos
obligados a despertar a nuestro padre que de inmediato lo
llevó al médico.
El Gran Circo Infantil 179

Regresaron mas o menos a las nueve de la noche con el brazo


del futuro domador enyesado con un palito que lo sostenía
extendido, aunque cada diez o quince días regresaba al
traumatólogo que volvía a embalsamar su brazo como a una
momia en otra posición diferente, tan incómoda y estrafalaria
como la anterior.
El sueño del nido de las gallinas quedó trunco para siempre, y
enyesado y rígido el brazo de su inventor, cuya curación duró
unos tres meses y un poco más, pero tan mal y contrahecha,
que su codo tira hasta ahora hacia afuera, aunque por suerte
poco y nada se nota de ésa anormalidad.
De éste domador australiano, siempre tengo en mi memoria el
magnífico espectáculo que brindara en la pista de aserrín, con
el cual se cerrara nuestra primera función, y cinco minutos
más tarde, el circo. Han pasado muchos años y su actuación
aún esta patente en mi memoria, como si ayer fuese el
domingo que inauguráramos nuestro circo.
Habíase fabricado un látigo con una pequeña varilla de
tacuara e hilo de pescar grueso y trenzado, que hacía restallar
en el aire como si fuese un relámpago subiendo al cielo.
Se presentó como si viniera de un safari africano, con
pantalones cortos sostenidos por tirantes, camisa blanca y un
pañuelo rojo atado al cuello, con el graciosísimo detalle de
llevar puesto sobre su cabeza un rígido casco inglés de mi
padre, el que a veces usaba por las tardes.
Aunque no lo creas, los cascos eran muy comunes en mi
calurosa tierra, por frescos y ventilados, ya que al parecer su
interior es de corcho duro que no atravesaban los rayos del sol,
y tenían en sus costados unos pequeños agujeros por donde
corría el aire fresco alrededor de la cabeza, y no sé por qué
causa desaparecieron imprevistamente más o menos al
finalizar la década del sesenta.
La moda la impusieron muchas familias inglesas que se
asentaron en la ciudad en los comienzos de siglo, y fue así que
mi padre acostumbraba a usarlo en las calurosas siestas
cuando iba a jugar al ajedrez en la confitería “El Cabildo”,
luego de lo cual lo ponía a descansar sobre el ropero.
De allí lo sacó a escondidas el domador australiano para
lucirlo en la pista, relleno su interior con hojas de diarios para
que no se le hundiera hasta los ojos, quedando con la misma
traza de lord Howard Carter, aquél que descubriera la tumba
de Tutankamón.
180 El Gran Circo Infantil

Tenía además prendido su barbijo de cuero sujeto a la cara


para que el casco no se volcara hacia atrás.
Salió a la pista, digo, antes que los animales salvajes, siendo
presentado al público con la clarísima voz de Rebecca emitida
y aumentada por la trompeta de bocina de auto, con el nombre
de “Sir Walter Realheig” el domador australiano, súbdito de
la corona inglesa, aunque en realidad era una marca de
tabacos en bolsitas muy famosa en aquélla época.
Hizo restallar su látigo tres veces, lo que era una señal
convenida para que yo saliera, aún vestido de indio piel roja,
empujando la jaula de los animales amaestrados, que estaban
sin comer por tres días seguidos, y que esperaban impacientes
para salir a actuar, o simplemente para salir.
La jaula era una vieja pajarera a la que forramos con alambre
tejido por faltarle muchas de sus varillas, a la cual le adosamos
abajo cuatro rulemanes a modo de ruedas para poder trasladar
los animales de un lugar a otro, la que puse en medio de la
pista, retirándome luego discretamente para espiar detrás de
las cortinas de la salida de artistas.
Los animales dormitaban tranquilos dentro de la jaula, como
resignados a su triste destino de vivir eternamente prisioneros,
hasta que el domador abriera la puertecilla de la prisión, y
como si fuesen movidos por resortes, al verse libres, los tres
gatos saltaron por arriba de la cabeza del domador, arañando
el casco inglés de mi padre, desesperados por encontrar una
puerta de escape o una salida de emergencia del recinto
circense.
Y como no la encontraran, de la jaula saltaron directamente
hacia el público con las uñas apuntando a los ojos y narices de
los presentes.
En feroz carrera, uno de ellos fue a estrellarse violentamente
contra una de las sábanas que cubrían el circo, y quedando sus
uñas enredadas en ella, se revolcaba tratando de desprenderse
haciéndola jirones y retazos, que terminó con un enorme
agujero por donde después se escapó hacia el fondo del patio.
Los otros dos gatos no tuvieron la misma suerte, y por no
advertir el agujero hecho en la sábana por el primero, se
fueron directamente hacia el público, cayendo uno sobre la
cabeza de la niñera que protegió con su cuerpo a las dos niñas
que estaban a su cuidado.
El gato le arrancó mechones de pelos con sus filosas uñas, pero
gracias a Dios no rasguñó a las nenas pequeñas.
El Gran Circo Infantil 181

El otro gato se abrazó justo en la cara de Blasito Medina, que


era un niño muy delicado y amanerado, que ponía un pañuelo
antes de sentarse en un banco y se lavaba las manos a cada
minuto, cualidades muy loables y meritorias que con los años
le ayudaron a ser un excelente médico cirujano plástico, lo que
aprovechara de paso para remendar su cara surcada de
rasguños, que antes de recibirse, en la época del circo, no pudo
reconstruir en un mes de pomadas e inyecciones antitetánicas.
A veces pienso que gracias al “Circo Infantil”, y a los furiosos
gatos que rayaron su cara, con los años, lo impulsaran a ser un
excelente cirujano plástico y labrarse una gran fortuna, ya que
no había cara que por vieja o deforme que fuese, no la dejase
bella y delicada, menos la de él.
Los gatos amaestrados, en su desesperación por huir del
ruedo, se estrellaron ciegos y furiosos contra el público que se
dispersó sin concierto alguno atropellando la carpa del circo,
rompiendo valiosas sábanas y sillas ajenas, y alguna que otra
frazada tomada sin permiso.
Arañaron a todos los que se interponían en su paso, y se
enfrentaban al público con la piel del lomo erizada y la cola
parada, mostrando dientes y uñas, a tal punto que los tres
niños lustrabotas que estaban sentados y quietos sobre sus
herramientas de trabajo, del susto, fueron desparramados por
el suelo, junto con sus cajones de lustre que dejaron escapar
betunes, tintas y cepillos.
El domador quedó tirado en medio de la pista, con su látigo
flácido y callado, sin haber podido demostrar ninguna de sus
habilidades animalescas, si tuviera alguna.
El público abandonó las instalaciones en una feroz estampida
que arrastró las sillas, los alambres, los palos de soporte y los
restos de las sábanas de nuestra madre.
Con ése desastre, el circo dio quiebra cinco minutos después
de que los animales amaestrados se perdieran en la lontananza
de nuestro enorme patio, que como dije no era nuestro en su
totalidad, pero por estar sin dueños conocidos ni cercados sus
perímetros, los ocupamos para levantar nuestro idílico Gran
Circo Infantil.
Debo decir que el griterío del público, los llantos de las dos
nenitas bien vestidas, palos y alambres que venían al suelo y la
salvaje estampida de la gente entre sillas y sábanas, se oyeron
en toda la cuadra.
182 El Gran Circo Infantil

¿Vieron que los circos cuando llegan o se van siempre solicitan


operarios locales para armar o desarmar sus instalaciones?
Pues bien, el nuestro no necesitó de operarios para ser
desarmado, fue deshecho y aniquilado por los ariscos gatos y
por el educado público que salió despavorido en estampida
rompiendo cajones, sillas y sábanas hacia la libertad de la calle.
A poco, sin que los solicitáramos, vinieron además dos
robustos operarios que a cintarazos nos hicieron desarmar
nuestra empresa, y no conforme con eso, se llevaron muchas
cosas de su inventario, casi todas, con el argumento de que
eran suyas y porqué diablos las sacaron de su lugar, y así mi
padre recuperó su casco de cazador inglés, algo rayado por las
uñas de los gatos, y la bocina de su auto; mi madre las cortinas
del living y las del baño, su escalerita de cocina, sus lápices
labiales, las frazadas y las sábanas sanas y enteras que aún
quedaban, porque de las rotas, faltaban trozos que en su
carrera descocada se llevaron los gatos enfurecidos, los que
dejaron esparcidos por el patio. Nos requisaron nuevamente
las sillas del living, cuyos asientos estaban forrados de pana
verde que ocultaba un gran resorte en su interior. Si supiesen
ellos, padres ignorantes, que los bienes no compartidos no son
bienes, son molestas cargas que esclavizan.
No son bienes los que se guardan celosamente en un arca, sino
los que al compartirlos hacen feliz al prójimo y a nosotros
mismos.
Pero el que más ayudó a desarmarlo fue otro robusto operario
que llegó después, mi hermano mayor Antonio, que viendo su
único traje cosido en las bocamangas y mangas para reducirlo
de talla, y sus finos zapatos sucios de aserrín, nos corrió con
un palo por todo el patio.
Al payaso Enrique lo persiguió hasta la puerta de su casa,
donde gracias a Dios se guareció sin ser alcanzado.
La madre de Enrique, educadamente, le devolvió en la puerta
su sucia y rotosa camisa ya no muy blanca y su opaca corbata,
ya que el traje y los zapatos de negro charol el otrora payaso lo
fue arrojando por partes mientras corría escapando de la furia
de mi hermano mayor.
Como Antonio dormía en el último cuarto de la casa para
poder entrar y salir a su antojo por el patio trasero, desde
aquél nefasto domingo nunca más dejó su puerta sin llave, por
cuidar que nadie le tocara sus ropas, su bicicleta, ni la pelota
de básquet que tenía sobre el ropero.
El Gran Circo Infantil 183

Puso dos candados a su puerta: uno en el dintel, imposible de


alcanzar y otro a ras del suelo, en el umbral.
El lunes temprano mi padre fue a abrir su negocio a dos
cuadras más arriba, yendo hacia el centro, y regresó enseguida
con las puertas y los guardabarros que ocupamos con la
propaganda callejera, que por la paliza que recibimos el
domingo nos olvidamos de ir a buscarlos, y pasaran la noche
fuera sin que nadie los llevara, gracias a Dios.
¿No dije antes que la gente de antaño no era ladrona y
sinvergüenza como la de ahora, que nada ajeno se le pegaba a
los dedos, y tenían a la propiedad del prójimo como sagrada e
intocable?
Aunque nuestro circo terminó con un rotundo fracaso, no
podemos descartar que nos divirtiéramos sanamente y en
familia, con gran ingenio infantil, imaginación y sueños, a
veces rayanos a la locura por la inocencia y la credulidad en
que nos sumergíamos.
Y otras veces, muy cerca del peligro que constituye imitar a los
trapecistas y domadores de los circos, y a héroes del cine como
“Superman” o “Tarzán”, siempre como niños teníamos la
condición de ser avecillas en libertad, librepensadores,
inquietas mariposas imaginativas, inventivos, fantasiosos e
ingeniosos, no como ahora que los niños son autómatas y
robots de celulares, de mensajecitos estúpidos y de las
computadoras.
Después de tantos años amontonados en mis espaldas, puedo
decir con certeza que logré en la vida lo que siempre deseé
desde que naciera: ser un alma buena e infantil, y creo que ni
aún la fría y cercana muerte me quitará al inocente niño que
vive dentro de mí, ni mi condición de alma grande e
inmaculada.

FIN

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