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II, cap.

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15. Nuestras ideas de las sustancias espirituales son tan claras como las sustancias corporales
Además de las ideas complejas que tenemos de las sustancias materiales sensibles de las que ya
he hablado, también podemos forjar la idea compleja de un espíritu inmaterial por medio de las
ideas simples que hemos recibido de aquellas operaciones de nuestra mente, que
experimentamos todos los días en nosotros mismos, como el pensamiento, el entendimiento,
el deseo, el conocimiento, potencia de iniciar el movimiento, etc., que coexisten en algunas
sustancias. De esta manera, uniendo las ideas de pensamiento, reflexión, libertad, y la potencia
de movernos a nosotros mismos y a otras cosas, llegamos a tener una percepción tan clara y una
noción de las sustancias inmateriales como las que tenemos de las materiales. Porque si unimos
la idea de pensamiento y la de voluntad, o las de potencia de movimiento o de dejar en reposo
un movimiento corporal, todo ello unido a la sustancia, de la que carecemos de una idea distinta,
llegamos a formar la idea de un espíritu inmaterial; y juntando las ideas de partes sólidas y
coherentes y de la potencia de ser movidas, unidas a la sustancia de la cual asimismo carecemos
de una idea positiva, llegamos a la idea de la materia. La primera es una idea tan clara y distinta
como la otra: la idea de pensamiento y de movimiento del cuerpo son ideas tan claras y distintas
como las ideas de extensión, de solidez y de ser movido. Porque nuestra idea de sustancia es
igualmente oscura, o inexistente, en ambos; no es sino algo que suponemos como soporte de
aquellas ideas que llamamos accidentes. Porque la falta de reflexión nos induce a pensar que
nuestros sentidos no nos revelan sino cosas materiales; pero cada acto de la sensación, cuando
lo consideramos detenidamente, nos ofrece una visión igual de ambas partes de la naturaleza.
la corpórea y la espiritual. Porque mientras conozco, al ver o al oír, etc., que existe un ser
corporal fuera de mí, es decir, el objeto de esa sensación, también conozco, con mayor
seguridad, que hay dentro de mí un ser espiritual que ve y oye. Esto, no puedo sino estar
convencido de ello, no es sino la acción de la materia insensible; y nunca podría ser sin un ser
inmaterial pensante.

IV, cap.9

Capítulo IX ACERCA DE NUESTRO CONOCIMIENTO SOBRE LA EXISTENCIA 1. Las proposiciones


generales que son ciertas no se refieren a la existencia Hasta aquí nos hemos limitado a
considerar la esencia de las cosas, las cuales, puesto que sólo son ideas abstractas alojadas en
nuestros pensamientos a partir de toda existencia particular (lo cual es una operación propia de
la mente al abstraer, o sea, al considerar una idea bajo la forma de existencia que tiene en el
entendimiento), no nos aporta ningún conocimiento sobre la existencia real. Por este método
podemos «llegar a darnos cuenta de que las proposiciones universales, de cuya verdad o
falsedad podemos tener un conocimiento cierto, no se refieren a la existencia, ya que, además,
todas las afirmaciones particulares o las negaciones, que no podrían ser ciertas si las hiciéramos
generales, se refieren únicamente a la existencia; con lo que éstas sólo dan a conocer la unión o
separación accidentales de las ideas en las cosas existentes, las cuales, en su naturaleza
abstracta, no tienen ningún vínculo o repugnancia que nos sean conocidas. 2. Triple
conocimiento de la existencia Pero dejando la naturaleza de las proposiciones Y las distintas
maneras de predicación, para que se consideren de una manera más extensa en otro lugar,
vamos ahora a investigar sobre nuestro conocimiento acerca de la existencia de las cosas, y
sobre la manera en que llegamos a él. Así pues, digo que tenemos un conocimiento de nuestra
propia existencia por intuición, de la existencia de Dios, por demostración, y de las otras cosas,
por sensación. 3. El conocimiento de nuestra propia existencia es intuitivo En lo que se refiere a
nuestra propia existencia, la percibimos tan llana y ciertamente que ni se necesita, ni es
susceptible de prueba alguna, pues nada puede sernos más evidente que nuestra propia
existencia. Pienso, razono, siento placer y dolor, ¿puede acaso alguna de estas cosas serme más
evidente que mi propia existencia? Si dudo de todas las otras cosas, esa misma duda hace que
yo me aperciba de mi propia existencia, sin permitirme dudar de ella. Pues si me doy cuenta de
que siento dolor, resulta evidente que tengo una percepción tan cierta de mi propia existencia
como de la existencia del dolor que siento; o, si me doy cuenta de que dudo, tengo una
percepción tan cierta de la existencia de la cosa en duda como de ese pensamiento que llamo
«duda». Así pues, la experiencia nos convence de que tenemos un conocimiento intuitivo de
nuestra propia existencia, y una percepción interna infalible de que existimos. En todo acto de
sensación, de razonamiento, de pensamiento, somos consecuentes para nosotros mismos de
que nuestro propio ser es, y en este asunto llegamos a adquirir la mayor certeza posible.

Cap. 10

2. Porque el hombre sabe que él mismo existe Pienso que está fuera de cualquier disputa que el
hombre tiene una idea clara de su propia existencia, que sabe que existe con certidumbre y que
es algo. El que pueda dudar si es algo o no, pienso que no merece la pena hablar con él, lo mismo
que tampoco sea hablar con la nada, ni intentaría convencer al que no existe de que es algo. Si
alguien tiene la pretensión de ser tan escéptico como para negar su propia existencia (pues
dudar de ella es materialmente imposible), dejésele disfrutar su amada felicidad de no ser nada,
hasta que el hambre o algún otro dolor le convenza de lo contrario. Pienso, por tanto, que puedo
tomar como una verdad, de la que cada uno estará seguro más allá de toda libertad de duda
permisible en un conocimiento cierto, que todo el mundo sabe que «es algo que actualmente
existe».