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19 12 T af t al Congreso: L a “Dipl oma ci a del Dól ar”

Diciembre 3 de 1912

Las relaciones internacionales de los Estados Unidos repercuten efectiva y potencialmente


en el estado de la Unión a un grado que no ha sido comprendido del todo y que difícilmente
podría ser superado por cualquier otro factor, en lo que al bienestar de la nación atañe. La
posición de los Estados Unidos en lo que a las relaciones morales, intelectuales y
materiales de la familia de las naciones se refiere, debería ser un asunto de vital interés
para todo ciudadano patriota. La prosperidad y el poderío nacionales nos imponen deberes
ineludibles si queremos ser fieles a nuestros ideales. El considerable crecimiento de las
transacciones de exportación ha hecho que sean actualmente un factor verdadero en la
prosperidad industrial y comercial del país. Con el desarrollo de nuestras industrias, el
comercio exterior de los Estados Unidos deberá convertirse rápidamente en un factor cada
vez más esencial para la prosperidad económica.

Si ejercemos una diplomacia prudente y sagaz y no nos precipitamos en guerras


innecesarias y si nuestra política exterior se fundamenta en la comprensión inteligente de
las presentes condiciones mundiales y en la consideración clara de las potencialidades del
futuro, o se determina por conveniencias pasajeras y tímidas o por criterios estrechos
dignos de una nación joven, todo ello constituye una serie de interrogantes que en forma
alterna tendrán que considerar aquellos que deben convencer a los ciudadanos
conscientes de que ningún ministerio de gobierno nacional ofrece tantas oportunidades
para promover los intereses de la ciudadanía en el primer caso y, en el segundo, para
causar tanto perjuicio nacional en lo que concierne a las relaciones internacionales de los
Estados Unidos.

Los principios de la política internacional de los Estados Unidos deberían estar por encima
de los conflictos partidistas y totalmente desconectados de las diferencias en política
interna. En sus relaciones internacionales, los Estados Unidos deberían mostrar al mundo
un frente unido. Los intereses intelectuales, financieros e industriales del país así como el
publicista, el empleado, el agricultor y el ciudadano, cualquiera que sea su ocupación,
deberían cooperar con un espíritu eminentemente patriótico, acrecentando la solidaridad
nacional tan indispensable para el logro de la eficiencia y el alcance de los ideales
nacionales. . .

En la presente administración la diplomacia ha tratado de ajustarse a las ideas modernas


del intercambio comercial. Esta política se ha caracterizado por sustituir balas por dólares.
Con ello se apela de igual manera a los sentimientos humanitarios idealistas, a los dictados
de una política firme y estratégica y a los fines comerciales más legítimos. Este es un
esfuerzo francamente directo para incrementar las transacciones norteamericanas
basándose en el principio axiomático de que el gobierno de los Estados Unidos
proporcionará todo el apoyo necesario a las empresas americanas en el extranjero siempre
que las considere legítimas y provechosas.

Los resultados de esta diplomacia junto con las disposiciones máximas y mínimas de la Ley
Arancelaria, se pondrán de manifiesto al aquilatar el sorprendente aumento en las
transacciones de exportación de los Estados Unidos. Como la diplomacia moderna se basa
en lo comercial, en algunos lugares no se le atribuyen otros objetivos que no sean los
materiales. Este es un punto de vista sorprendentemente erróneo como lo demuestra el
curso de los resultados por el cual se puede juzgar la diplomacia de los Estados Unidos.

En búsqueda de los ideales de paz, este gobierno negoció, aunque muy a mi pesar no se
concluyeron, dos tratados de mediación que señalaban los puntos culminantes para llegar
a sustituir las guerras por arbitrajes y razonamiento, elevada aspiración que mueve a todas
las naciones para solucionar las disputas internacionales. Mediante los esfuerzos de la
diplomacia americana se han podido evitar o terminar varias guerras. Me refiero a la
afortunada mediación tripartita de la República Argentina, Brasil y los Estados Unidos, entre
Perú y Ecuador; a la consecución de un arbitraje pacífico en la disputa entre Panamá y
Costa Rica sobre su línea fronteriza; al aplazamiento de los preparativos de guerra cuando
Haití y la República Dominicana estaban al borde de las hostilidades; a la detención de la
guerra en Nicaragua y al alto de la destructiva contienda en Honduras.

El gobierno de los Estados Unidos recibió el agradecimiento de la República Argentina y de


Bolivia por su influencia en el restablecimiento de sus relaciones amistosas. La diplomacia
de los Estados Unidos se mantiene activa al tratar de apaciguar las rencillas entre ese país
y la República de Colombia. En la reciente guerra civil China, los Estados Unidos se
unieron con éxito a las potencias que instaban al pronto cese de las hostilidades. Se ha
llegado a un acuerdo entre los gobiernos de Chile y Perú, según el cual la célebre disputa
Tacna-Arica, que ha perturbado tanto las relaciones internacionales en la costa occidental
de Sudamérica, ha quedado solucionada. Simultáneamente se recibieron noticias de que la
disputa entre Perú y Ecuador sobre su línea fronteriza había entrado a una etapa de arreglo
amistoso.

La posición de los Estados Unidos en relación con la contienda de Tacna-Arica entre Chile
y Perú ha sido de no intervención. Se ha limitado a una influencia amistosa y a una
asesoría conciliatoria a lo largo del periodo durante el cual la disputa en cuestión estuvo
sujeta a intercambio de puntos de vista entre este gobierno y los de los países
involucrados. En la disminución general de las tensiones en la costa occidental de
Sudamérica, la mediación tripartita, a la que he hecho referencia, ha sido el factor más
poderoso y el más benéfico.

En China, la política de estímulo a la inversión financiera, que permitió a ese país salir
adelante por sí mismo, ha dado como resultado la revitalización y la aplicación práctica de
la política de puertas abiertas. El firme propósito de la presente administración ha sido
alentar la inversión de capital americano en el desarrollo de China, promoviendo las
reformas esenciales a las que se ha comprometido este país con los Estados Unidos y con
otras potencias por medio de tratados. La hipoteca a favor de banqueros extranjeros
relacionados con ciertas empresas industriales, como la de los ferrocarriles Hukuang, de
los ingresos nacionales de los cuales dependían estas reformas, fue la causa de que el
Departamento de Estado solicitara, al inicio de su gestión, la participación de ciudadanos
americanos en dichas empresas, a fin de que los Estados Unidos pudieran tener igualdad
de derechos y de voto en todas las cuestiones vinculadas con la disposición de los ingresos
nacionales.

La misma política de promover acuerdos internacionales con las potencias que tuvieran
tratados sobre derechos semejantes a los nuestros en materia de reformas y que no podían
ponerse en práctica sin consentimiento común, fue adoptada igualmente en el caso del
préstamo que deseaba China para la reforma de su sistema monetario. El principio de
cooperación internacional en los asuntos de interés común en los cuales se basó nuestra
política en todos los ejemplos mencionados, ha sido reconocido como un factor de la mayor
importancia en los convenios con las potencias, y resultó visiblemente acertado durante los
arriesgados periodos de transición por los que ha estado pasando la gran nación china.

Nuestro propósito en América Central ha sido ayudar a países como Nicaragua y Honduras
para que se ayuden a sí mismos. Son ellos los beneficiarios inmediatos. El beneficio
nacional de los Estados Unidos es doble. En primer lugar es obvio que la Doctrina Monroe
es más vital en los alrededores del canal de Panamá y en la zona del Caribe que en
cualquier otra parte. También el mantener allí la doctrina recae directamente en los Estados
Unidos. Por tanto, es esencial que a los países inscritos en ese círculo de acción se les
aleje del riesgo del compromiso de una pesada deuda externa y de caóticas finanzas
nacionales así como del peligro, siempre presente, de complicaciones internacionales,
consecuencia del desorden revolucionario.

Una segunda ventaja para los Estados Unidos es la influencia que ejerce en todos los
puertos del Sur y del Golfo y en las empresas e industrias del Sur. Las repúblicas de Centro
América y del Caribe poseen grandes riquezas naturales. Sólo necesitan cierto grado de
estabilidad y medios de regeneración financiera para, adentrarse en una era de paz y
tranquilidad que los beneficie y les proporcione felicidad, al mismo tiempo que creen las
condiciones seguras que les conduzcan a un intercambio comercial floreciente con este
país.

Deseo llamar en especial su atención sobre los recientes acontecimientos de Nicaragua


porque pienso que los terribles sucesos que se registraron allí durante la revolución de!
verano pasado, la inútil pérdida de vidas, la ruina de la propiedad, e! bombardeo de
ciudades indefensas, las muertes y heridas de mujeres y niños, las torturas que padecieron
los no combatientes al ser obligados a entregar contribuciones y e! sufrimiento de miles de
seres humanos podrían haberse previsto si al Departamento de Estado, por medio de la
aprobación del Senado al convenio de préstamo, se le hubiera permitido llevar a cabo la
bien formulada política actual de estímulo para ampliar la asistencia económica a los
estados débiles de Centroamérica, con el objeto principal de evitar dichas revoluciones al
ayudar a esas repúblicas a rehabilitar sus finanzas, a fijar una moneda de valor estable,
alejar sus oficinas aduanales del peligro que representan las revoluciones, proporcionando
lo necesario para su administración segura y establecer bancos confiables.