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Bloque 7.

El Franquismo (1939-1975)

Bloque 7. EL FRANQUISMO. (1939-1975)

 Introducción.

 Evolución del periodo:


 El primer franquismo (1939-1957)
 El segundo franquismo (1957-1969)
 El tardofranquismo (1969-1975)

 Fundamentos ideológicos y sociales del régimen franquista.


o Características del Franquismo.
o Los cuadros de la dictadura: las familias políticas.

 La posguerra: institucionalización del régimen y autarquía.


o La evolución política durante los años cuarenta.
 Los años cincuenta: el fin del aislamiento.
o Evolución política y oposición al régimen.

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Bloque 7. El Franquismo (1939-1975)

EL FRANQUISMO. (1939-1975)

Introducción
La España de 1939, una vez terminada la guerra, era una nación arrasada material, demográfica y
emocionalmente. Sobre las ruinas de un país agotado por el conflicto, se construirá un nuevo Estado
caracterizado por la centralización absoluta del poder en la figura del general Franco; por la persecución
sistemática de cualquier oposición; y por el establecimiento de una economía de autarquía, de aislamiento,
que prolongó las consecuencias de la guerra durante dos décadas. La dictadura se extenderá durante casi
cuarenta años, marcará profundamente a dos generaciones de españoles, y también la vida política de la
posterior transición democrática de la década de 1970.

Dentro de un aparente inmovilismo, el régimen fue adaptándose a las diferentes coyunturas


internacionales con las que tuvo que convivir, desde el alineamiento con el fascismo durante los primeros
años de la Segunda Guerra Mundial, a un tibio neutralismo al final del conflicto. Luego vino el aislamiento de
la posguerra, basta que la guerra fría entre las potencias occidentales y el bloque soviético permitió a la
dictadura salir a flote, ser reconocida y apoyada, sobre todo por Estados Unidos. La expansión económica de
los años sesenta hizo inevitable la penetración en España de la prosperidad económica y de los movimientos
culturales e ideológicos europeos y, permitió a la postre, el surgimiento de una movilización creciente en los
años finales del régimen.

Suele dividirse la historia del franquismo en cuatro periodos:

En primer lugar, la posguerra, que se prolonga durante toda la década de 1940 y que se caracteriza por el
hambre, la lentitud de la reconstrucción, la autarquía económica, la vuelta a una España ruralizada y una
política exterior marcada primero por el apoyo a las potencias fascistas en la Segunda Guerra Mundial y más
tarde por el aislamiento internacional.

En segundo lugar, se abre un periodo de transición que suele situarse entre 1950 y 1959, de fin del
aislacionismo, de flexibilización económica, de cierto crecimiento y, sobre todo, por la ayuda norteamericana
a partir de la firma del acuerdo sobre las bases en 1953.

La tercera etapa viene marcada por el Plan de Estabilización económica de 1959, y se prolonga durante una
década de crecimiento económico, modernización y cambio de la sociedad española.

Por último, desde 1969 comienza un lento declive del régimen, de crisis institucional y de críticas internas,
que culmina con la muerte del dictador en 1975.

¿Qué entendemos por franquismo?


El franquismo es un fenómeno complejo que puede ser explicado desde tres perspectivas:

a) Atendiendo a su propia dinámica interna, el franquismo fue una dictadura personal, pragmática y
bastante equilibrada entre lo militar y lo católico, cuya pieza clave era el general Franco. Al ser una
dictadura personal la concentración de poder en torno a Franco alcanzó cotas elevadísimas.

b) La ausencia doctrinal del régimen vino motivada por el deseo de Franco de no enfrentarse a los
diferentes grupos ideológicos que le prestaban apoyo, que podría darse, en el caso de inclinarse por uno u
otro. El arbitraje de Franco, más que la búsqueda de conciliación o de equilibrio, lo que pretendía
verdaderamente era evitar la confrontación de ideas o el debate, práctica normal en cualquier régimen
democrático.

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c) Como fenómeno reactivo frente a la República, el franquismo buscó la creación de un Estado fuerte frente
a la debilidad de las democracias tras la crisis de 1929, un Estado confesional frente al laicismo y un
Estado tradicional frente al progresismo liberal, de ahí la exaltación de algunos valores como la familia, el
trabajo, la patria, la unidad nacional y la religión, en definitiva quería un nuevo Estado, “regenerador de
España”, que desterrara toda idea de democracia liberal, y aún más, de comunismo. Además también había
que acabar con toda idea anticatólica y, por supuesto con toda idea separatista.

Evolución del periodo.

Aún cuando los valores políticos y la autoridad del general Franco cambiaron muy poco, cabe
distinguir, a efectos expositivos, tres fases o períodos en el sistema político por él creado: primer franquismo,
segundo franquismo y tardofranquismo. A ellos nos remitimos a continuación.

1. El primer franquismo (1936-1957).

Al menos hasta 1942 la España de la época no se diferenciaba en mucho de un país fascista; el


régimen admitía para sí el término “totalitarismo” y el componente fascista era más que evidente. Esto se
tradujo en la adopción de una terminología y unas instituciones de signo claramente totalitario. El franquismo
no tuvo rubor en proclamar jurídicamente el principio de unidad de poder, que hizo del entonces Jefe del
Estado fuente de toda legitimidad y de toda soberanía. El clásico esquema de la división de poderes, propio
del Estado de Derecho, se desterró para siempre. El nacionalismo español, configurado en torno a la
comunidad de creencias católicas, va a servir de aglutinante para reinterpretar la historia, apoyar la autarquía,
negar el sufragio universal, neutralizar las autonomías regionales y legitimar a un régimen que se presentaba
como continuador de las monarquías que lograron unificar España.

El origen bélico del “Nuevo Estado” determinó que el Ejército fuera su estructura básica de 1936 a
1942 y que fueran militares los hombres más próximos al poder omnímodo del Caudillo. En estos años el
llamado Movimiento Nacional estuvo dominado de hecho por una de las corrientes integradas en él, que logró
prevalecer sobre las demás fuerzas políticas, dando la impresión de que Movimiento y Falange eran términos
equivalentes. Tras el declive y posterior derrota de las potencias del Eje, la “última dictadura fascista de
Europa” empezó a desplazarse en el sentido opuesto. Franco teme las represalias e inicia una política de
acercamiento a los aliados. Es entonces cuando el Jefe del Estado comienza a prescindir de los políticos más
acentuadamente fascistas y convierte a FET y de las JONS en un mero instrumento burocrático y servil.
Ahora la distinción entre Movimiento y Falange se fue haciendo cada vez más clara. Del predominio de ésta
en el seno del Movimiento se pasó, sino a un equilibrio oficial u oficializado de la pluralidad de corrientes que
anidaban en su seno, sí a un cierto equilibrio de las diversas fuerzas integradas en el mismo. El régimen
procuró mostrar una apariencia relativamente similar al panorama político europeo de la época. Dada la
imposibilidad de asimilarse a las democracias, el franquismo ofreció una imagen católica que de alguna
manera le permitiera identificarse con las democracias cristianas influyentes en la Europa de entonces.

Los años que mediaron entre 1936 y 1944 fueron de feroz represión, de masivos encarcelamientos,
de delaciones, de ejecuciones sistemáticas y de exilio de los ciudadanos comprometidos con el bando
republicano. Los efectos devastadores de la guerra se agravaron por la adopción de una política económica
autárquica que, iniciada en plena contienda, se prolongó hasta 1951. Fueron tiempos de intervencionismo
estatal y de dirigismo económico, en los que el Estado actuaba como garante de altos niveles de
acumulación y plusvalía, exigidos por la clase dirigente del régimen; tiempos de estancamiento económico,
de paro, de hambre, en el que los ritmos de crecimiento fueron casi inexistentes. No había afán de
expansión, y sí anhelo de enriquecimiento individual. Se fue creando un sistema industrial aislado totalmente
de la productividad y que sólo pretendía copar el mercado interior (la llamada “industria invernadero”).

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A pesar de ello, como señala Tamames, fueron los años en que se realizó la consolidación definitiva
del capitalismo monopolista financiero, al consolidar la Banca su poder industrial y el monopolio en el sistema
financiero. A partir de 1951 tiene lugar una tibia apertura. España fue ingresando en diferentes organismos
internacionales. En 1953 se firma el Concordato con la Santa Sede y el Acuerdo hispano-americano de ayuda
militar y económica, por el que se ceden determinadas zonas del territorio nacional para la implantación de
bases militares. La contraprestación obtenida fue una cierta ayuda económica que permitió abastecer el
mercado de materias primas y elementos.

Tras casi dos décadas de aislamiento, el Estado franquista, en palabras de Pérez Díaz, conseguía
ser aceptado “en condiciones de miembro de segundo grado y a veces un poco vergonzante” por las
democracias occidentales.

En este período se elaboraron las primeras Leyes Fundamentales, cuya pretensión no era otra que
una paulatina institucionalización del régimen. El orden constitucional español, surgido tras la guerra civil
responde a lo que se ha denominado “proceso constitucional abierto” que irá promulgando normas a medida
que las necesidades lo demanden o las circunstancias lo aconsejen. Estamos, pues, ante un “proceso” que
va sedimentando sus instituciones y definiendo las leyes, sujetas siempre a revisión a lo largo del tiempo. Los
jalones de este proceso constituyente que darán vida al sistema político franquista se inician con el Fuero del
Trabajo de 9 de marzo de 1938, fuertemente inspirado en la “Carta del Laboro” italiana de 1931 y en el
“Estatuto del Trabajo Nacional” portugués de 1933. Este texto, acorde con el más puro ideario falangista,
parte de la concepción de España como “unidad de destino” (Preámbulo) y de la suspensión de los sindicatos
de clase que son sustituidos por la Organización Nacional-Sindicalista del Estado inspirada en los principios
de unidad, totalidad y jerarquía (Declaración XIII, 1). La segunda Ley Fundamental, la Ley Constitutiva de las
Cortes de 17 de julio de 1942, modificada por Ley de 9 de marzo de 1946, instaura una Asamblea de base
orgánica a la que corresponde como misión principal la “elaboración y aprobación de las leyes, sin perjuicio
de la sanción que corresponde al Jefe del Estado” (art. 1). Las Cortes son perfiladas por el régimen como un
“instrumento de colaboración” en una tarea, la legislativa, que continuaba estando atribuida a Franco.
Desterrado el sufragio universal y excluidos los partidos políticos, un papel de las Cortes fue ser lo que De
Miguel denominó como “poder resonador”, es decir, una especie de cámara destinada a dar relevancia a las
grandes decisiones y acontecimientos del franquismo. Con el fin de lavar la cara del régimen y hacerlo más
presentable ante un contexto internacional adverso a la dictadura, se dictan en 1945 dos nuevas Leyes
Fundamentales: el Fuero de los Españoles (17 de julio) y la Ley de Referéndum Nacional (22 de octubre).
Ambas normas se basaban en la consideración del franquismo como una “democracia orgánica”.

2. El segundo franquismo (1957-1969).

En esta fase tiene lugar la definitiva institucionalización del régimen; se inicia la apertura al exterior y
con ella la liberalización de la economía. En febrero de 1957 se produjo el ingreso en las áreas económicas
del gobierno de un grupo de ministros, pertenecientes al Opus Dei, que bien podrían ser calificados como
“tecnócratas”. El nuevo gabinete desmanteló los restos de la autarquía nacionalsindicalista que seguía
regulando y controlando gran parte de la economía, abrió a España al neoliberalismo económico, a las
inversiones extranjeras, y al auge espectacular de la década de los sesenta. El desarrollismo se inicia con la
aplicación del Plan de Estabilización de 1959. Dicho Plan no era sino la aplicación de lo que los economistas
llaman un modelo ortodoxo de estabilización, al que tan refractarios se habían mostrado los anteriores
gobiernos franquistas. A partir de 1964 se inició la planificación del desarrollo, con tres planes entre 1964 y
1975; pero lo característico de la economía en esos años fue la alternancia de ciclos bianuales de expansión
y recesión y, al hilo de ellos, la sucesión de acciones coyunturales para frenar o reactivar una economía
convulsiva y oscilante. Durante este período el país modificó radicalmente su fisonomía. La estructura social
sufriría también cambios irreversibles. Irrumpen en escena las clases medias. El sector primario sufre una
sangría humana en beneficio de la industria y de los servicios.

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Bien es cierto, pese al triunfalismo franquista, que el desarrollo del régimen se produjo más a pesar
de la política gubernamental que por ella. El desarrollo español lo hicieron factores ajenos a la
responsabilidad ministerial directa: en primer lugar, la exportación de mano de obra (emigración a Europa,
principalmente); en segundo lugar, los ingresos del turismo y las remesas de los emigrantes; en tercer lugar,
los excedentes de mano de obra (que abarataban los costes del trabajo) y el fuerte aumento de inversiones.

En el terreno político, la llegada al poder de los tecnócratas del Opus Dei produjo un proceso
titubeante de apertura o liberalización que, si en algún momento levantó ciertas esperanzas, no llegó a
transformar ni mucho menos la estructura monolítica del régimen. La Falange, como organización, fue
perdiendo fuerza y se institucionalizó el Movimiento Nacional, marco político sui generis en el que cabían
todas las “familias” del régimen, unidas sólo por la fidelidad al Caudillo.

La condición de dictadura personal se mantuvo, por mucho que se aumentara la tolerancia, y el


resultado fue un evidente desfase entre unas estructuras políticas que no se habían modificado y una
sociedad en la que la base económica había cambiado y también lo hizo la mentalidad de la sociedad.
Europa se convierte para la clase dirigente del régimen y para la ciudadanía en el único horizonte posible.
Esto es lo que explica que el franquismo quiera salir de su ostracismo internacional y para ello intente, con
escaso éxito, poner en marcha una estrategia de acercamiento al Mercado Común.

Los años finales de este período conocen, desde una óptica contextual, una agitación que va
creciendo por momentos. El sistema es contestado desde diferentes ángulos y opciones. El movimiento
obrero actúa con fuerza y las centrales sindicales (Comisiones Obreras y UGT, principalmente) lideran las
respuestas de los trabajadores. Las protestas estudiantiles serán asimismo numerosas y comienzan a tener
presencia efectiva núcleos nacionalistas, algunos de los cuales (entre los que destaca ETA) optan por la
lucha armada como vía de enfrentamiento a la dictadura.

Las exigencias democráticas de la España real tuvieron, entre otras manifestaciones, la promulgación
de las siguientes normas: Ley de Régimen Jurídico de la Administración del Estado (1957), Ley de
Procedimiento Administrativo (1958), Ley de Principios Fundamentales del Movimiento (1958), Ley de Prensa
(1966) y Ley Orgánica del Estado (1967).

El 17 de mayo de 1958, Franco en uso de su prerrogativa, promulgaba la Ley de Principios


Fundamentales del Movimiento, sexta ley de carácter fundamental. El Movimiento aparece definido en el
Preámbulo como “comunión de los españoles en los ideales que dieron vida a la Cruzada”. Los principios, en
número de 12, se refieren a muy distintos campos de la vida española, tales como la religión, el ejército, la
familia, la Monarquía, la participación en las tareas legislativas, la economía, la justicia, la propiedad y el
papel del Estado en la sociedad, entre otros; de los cuales proclama su carácter “permanente e inalterable”
(art.1). A su vez, el artículo 3º declaraba nulas las leyes y disposiciones de cualquier clase que vulnerasen o
menoscabasen aquellos principios.

Con la promulgación de la Ley Orgánica del Estado de 10 de enero de 1967 se remata el proceso
constituyente que se había iniciado en plena guerra civil con las Leyes de Prerrogativa y el Fuero del Trabajo.
Por vez primera el régimen, treinta años después de su nacimiento, se atribuía a sí mismo una estructura
institucional. La Ley Orgánica no fue sino el intento de convertir una “dictadura constituyente” en una
Monarquía limitada y contrapesada por instituciones que eran aquellas, originariamente fascistas, en las que
hasta entonces se había fundamentado el franquismo. Por supuesto, nada fundamental cambiaba en la LOE.
El Movimiento, a pesar del carácter “comunitario” que se le daba, continuaba siendo el único partido
autorizado por el que se debía canalizar toda la actividad política. El Jefe del Estado, “representante supremo
de la Nación” (art.6), tenía en última instancia incluso el recurso de “contrafuero”, el Presidente del Gobierno,
designado por el Jefe del Estado, no era sino un apéndice de éste y además no fue nombrado
inmediatamente.

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3. El tardofranquismo (1969-1975).

El 17 de julio de 1969 Franco designaba sucesor a título de Rey a D. Juan Carlos de Borbón. El
tiempo transcurrido desde esa fecha y el 20 de noviembre de 1975 en que tiene lugar la muerte de Franco,
denominada por los historiadores “tardofranquismo”, constituye la fase final, y en cierto sentido degenerativa,
de un sistema político estrechamente ligado con quien lo había encarnado y representado durante cerca de
cuatro décadas. Con la designación del sucesor, dos años después de la entrada en vigor de la LOE, se
completaba el proceso institucional del régimen. La Monarquía del “18 de julio” parecía resolver el anhelo de
tantas dictaduras y regímenes totalitarios: estabilizar el sistema y garantizar la supervivencia institucional.

El nombramiento de Juan Carlos resolvía por el momento el problema de la sucesión de Franco, pero
no así la lucha por el poder con relación a la naturaleza del régimen. Franco siempre había sido esencial para
el franquismo por su capacidad de arbitraje entre las diversas facciones de la derecha que formaban su
régimen. Ahora, ante su decadencia física, eso era imposible.

La división de la clase política del franquismo era un hecho consumado. El aperturismo que, en grado
mayor o menor, practicaron todas los sectores del régimen no era otra cosa que una conciencia de que
existía una divergencia grande y creciente entre la sociedad española y sus instituciones políticas. El ocaso
físico del anciano general mostraba muy a las claras que su sistema ya no servía y se abrían las expectativas
imprescindibles para sustituirlo a su muerte. Era (seguía siendo) una dictadura, pero le caracterizaba su
extrema debilidad. El asesinato del almirante Carrero Blanco por un comando de ETA militar, el 20 de
diciembre de 1973, aceleró la descomposición del régimen y dejó en entredicho las previsiones sucesorias
hechas por el propio Franco. Con la voladura del coche del “otro yo” de Franco, el hombre en el que éste
pensaba cuando decía que “todo está atado y bien atado”, se producía la voladura del sistema. El futuro Rey
no iba a seguir el camino que su antecesor le había escrupulosamente trazado. La llegada de Arias Navarro a
la Presidencia del Gobierno abrió un período de dos años en los que el régimen pasará por serias
dificultades. Las balbuceantes medidas reformistas, anunciadas por el Presidente en el conocido discurso del
“espíritu del 12 de febrero”, en el que prometía incluso el asociacionismo político, se verán inmediatamente
puestas en entredicho. Si por un lado Arias decepcionó a los reformistas, por otro resultó también
insatisfactorio para la extrema derecha (el “bunker”) que se negaba sistemáticamente a evolución alguna.

Los últimos coletazos de la dictadura supondrán un endurecimiento de sus posturas. Hasta el final de
sus días Franco se cerró en banda a cualquier tipo de transacción o transición; siempre pensó en
permanecer en el poder en las mismas condiciones aunque aparentara cierta voluntad de cambio en
transformaciones que no pasaron de cosmética.

El franquismo murió con Franco. La fórmula continuista “después de Franco las instituciones”
indicaba que la legitimidad carismática del Caudillo, en términos weberianos, era por naturaleza intransferible,
al estar basada en un sentimiento irracional y fanático. El rechazo decisivo del franquismo en las primeras
elecciones libres, de junio de 1977, demostró realmente que la gran mayoría de españoles rechazaban la
democracia orgánica y todo lo que esta representaba. Como ha puesto de relieve Ramírez Jiménez, la
desaparición física de la figura del Caudillo, dejó tras de sí a modo de herencia: un complicado entramado
legislativo, con pretensión de Constitución puramente semántica; los intereses creados y sostenidos por el
propio régimen (el gran capital, los monopolios, excombatientes, parte de la Iglesia, sindicalistas verticalistas,
etc.); la “nueva burguesía”, ausente en etapas políticas anteriores y que fue el sujeto predilecto de quienes
hablaban de la “mayoría silenciosa” y de la “España en paz”; y una mentalidad (conjunto de actitudes,
reacciones, formas de pensar y de entender la realidad, consecuencia de un largo proceso de socialización
en el que con el Estado colaboraron la familia, la escuela, la Prensa, el sindicato único).

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Fundamentos ideológicos y sociales del régimen franquista


La dictadura del general Franco ha suscitado un debate largo y denso entre los especialistas sobre
su naturaleza y sus caracteres específicos. La discusión sobre la caracterización concreta del franquismo ha
sido y sigue siendo motivo de discordancia entre los tratadistas. Se ha hablado de “régimen fascista”, de
“totalitarismo”, de “despotismo reaccionario”, de “régimen autocrático”, de “dictadura paternalista”, de
“régimen bismarckiano”, de “autoritarismo”, etc… Lo cierto es que posiblemente tuvo, en mayor o menor
medida, ingredientes de todos ellos. Todas estas definiciones y otras muchas que se han propuesto para la
explicitación de la naturaleza del sistema político franquista obedecen, entre otras razones, al difícil
encuadramiento del mismo en las calificaciones tradicionales de la Ciencia política y a las mutaciones
sufridas en su seno. El régimen, que dio de sí mismo definiciones diferentes e incluso contradictorias, se
enorgullecía de su propia evolución, de su capacidad de adaptarse a las circunstancias, de “perfeccionarse”.
Ello ha llevado a algunos autores a afirmar que en la larga duración del franquismo hubo no uno sino
diferentes regímenes.

Los treinta y nueve años de franquismo sólo ofrecen un punto en común: el monopolio del poder por
parte del general Franco. La personalidad de Franco imprimió un sello peculiarísimo al régimen por él mismo
fundado hasta el punto de que es el caso de la historia de España en que una persona ha servido más
evidentemente para definir las características de un sistema político. No deja de ser paradójico que “una
figura tan poco atractiva, tan carente de las cualidades carismáticas que Max Weber destaca en el caudillo o
líder de masas” haya sido capaz de construir un Estado a su medida. Ello ha llevado a algunos autores a
calificar el sistema que nos ocupa de “régimen franquista” sin más, haciendo de éste, “un modelo nuevo a
fuerza de tener mucho de todos los tipos antes mencionados y no ser ninguno de ellos en particular. Se podía
ser monárquico o propagandista, pero sólo en lo secundario; ante todo y por encima de todo se exigía ser
franquista.

Franco fue un producto característico de la casta de oficiales surgida durante la guerra colonialista en
Marruecos. La guerra civil le proporcionó los beneficios del “caudillaje”, es decir una exaltación carismática
que para muchos le convirtió en indisputado. El Generalísimo es Jefe de Estado –afirmaba categóricamente
Fernández Miranda- en tanto que Caudillo de la Cruzada. El Caudillo se identifica con “el destino histórico
objetivo de España”; su misión estriba en “producir la comunidad de voluntades capaz de actualizar
plenamente los valores comunes, en hacer de la comunidad de valores y de voluntades una comunidad de
acción”. A partir del momento en que se convirtió en dictador (octubre de 1936), le preocupó evitar lo que
calificaba como “el error de Primo de Rivera”, consistente en no trascender una dictadura militar personal al
estilo latinoamericano, sin doctrina ni estructura. Si el Ejército fue el apoyo fundamental del régimen en sus
comienzos, no menos decisivo fue el apoyo de la Iglesia hasta el punto que se ha podido calificar al “Nuevo
Estado” español como el último Estado teocrático de Europa. Pero, aun así, la piedra angular del franquismo
se situaba en unas solas manos (las del Caudillo) y, por añadidura, en la negación de las esencias del
sistema liberal (se suprimen las libertades y las instituciones representativas). Franco fue un gobernante
absoluto, Jefe del Estado, Jefe del partido único, comandante supremo de las Fuerzas Armadas, dueño del
poder legislativo, del ejecutivo y del judicial. El uso y abuso de los horrores de la guerra por parte del régimen
para justificar su existencia fue constante. Hasta sus últimos días el franquismo, fundamentado sobre el
principio excluyente, es decir, en la negación a los vencidos de cualquier espacio en el nuevo sistema,
perseguirá a sus enemigos políticos. No cabe duda de que Franco, desde el primer momento hasta su
muerte, convencido de su condición providencial, no puso en duda la necesidad para España de su
permanencia en el poder. Es difícil encontrar un gobernante en la historia contemporánea en el que haya sido
más evidente la convicción de ser necesario para su país.

De otro lado, como ya esbozamos, el franquismo hará gala de un constante pragmatismo que,
traducido a efectos ideológicos, se manifiesta en legitimar las constantes políticas que aseguraban la
dominación de la coalición gobernante y en mostrar, al mismo tiempo, una flexibilidad tal que permita
ideologizar en cada momento la hegemonía potencial de cualquiera de las fracciones que sostienen el
bloque.

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Bloque 7. El Franquismo (1939-1975)

Franco se mantendrá siempre por encima de las controversias entre aparatos, como árbitro y sin
peligro de que aparezca una fuerza prepotente que pueda ponerle en cuestión o le desautorice. En este
sentido puede decirse que el franquismo fue una dictadura arbitral. Fue lo primero en el sentido de que en él
residía todo el poder y la responsabilidad de las decisiones más importantes, pero fue también lo segundo
porque siempre tuvo constancia de que en el origen de su poder había un factor decisivo que era su
condición de árbitro entre las diferentes tendencias (las llamadas “familias”) de su régimen. Todos los
gobiernos de Franco fueron gobiernos de “coalición”, en el sentido de que en ellos participaron personas de
muy diversa procedencia y condición: militares, falangistas, carlistas, representantes del mundo económico y
empresarial, personas ligadas a la burocracia del Movimiento y a sectores de la Iglesia, etc. Pero estos
gobiernos de coalición eran muy distintos a lo que habitualmente se entiende por ellos en los sistemas
democráticos. Los miembros de cada grupo o “familia” no actúan representando a dichos grupos. Más que
grupos ideológicos eran simples clientelas políticas. Su adhesión al Caudillo borraba cualquier adscripción al
grupo de procedencia.

Antes que nada el franquismo era una ideología y singularmente un sistema, un “mecanismo”, como
a Franco le gustaba señalar. El poder de Franco se basó en una especie de “superideología” o ideología
difusa “común a distintas fuerzas, basada en la lealtad personal y en la aceptación global de la situación a
que dio expresión el Movimiento”.

Frente al Estado democrático representado por el régimen republicano, basado en el sufragio


universal y en el pluralismo político, las fuerzas insurgentes (el denominado “bando nacionalista”) depositarán
sus poderes en la persona del general Franco, que encarnará lo que se ha denominado “dictadura
constituyente”. Franco, aparece así, como el usufructuario del poder constituyente, como el líder carismático
de quienes le apoyan. Como en las Monarquías absolutas, Franco no sólo asume la responsabilidad de sus
actos “ante Dios y ante la Historia”, como declara el 19 de abril de 1937 y repite el 18 de mayo de 1958, sino
que es prácticamente un “rey de derecho divino”, es decir, con capacidad de acción ante la Iglesia, y un “rey
absoluto”, es decir, desligado de otras instancias políticas y desde luego independiente de cualquier tipo de
Parlamento.

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Bloque 7. El Franquismo (1939-1975)

Características del Franquismo.

El régimen se caracterizó, desde sus orígenes, por una rotunda concentración de todos los
poderes en la figura de Franco, una tendencia que se fue afirmando durante la guerra para acabar de
consolidarse, como veremos, en los primeros años cuarenta. Todas las instituciones que arropaban al
dictador le estaban completamente subordinadas, y la totalidad de sus miembros lo eran a través de
mecanismos que, directa o indirectamente, dependían de la voluntad del caudillo. La fidelidad personal hacia
él era determinante para hacer carrera política. Su figura se fue rodeando de una serie de símbolos y lemas
encaminados a resaltar el liderazgo y el papel providencialista de su persona: desde el Francisco Franco,
Caudillo de España por la gracia de Dios que aparecía en todas las monedas, hasta la rotunda afirmación de
los Estatutos de Falange de 1939 de que el Jefe «sólo responde ante Dios y ante la Historia». Su retrato,
vestido de militar, o con el uniforme de Falange y rodeado de la bandera, presidía todas las dependencias de
edificios públicos, cuarteles y escuelas, al lado de crucifijos y banderas. El grito de «Franco, Franco, Franco!»
era consigna omnipresente en cualquier acto público, de la naturaleza que fuera.

Ideológicamente, el régimen se cimentó sobre los esquemas que ya se habían difundido durante la
guerra: el anticomunismo, el nacionalcatolicismo, el tradicionalismo, el militarismo.

En primer lugar, el anticomunismo, extendido en realidad en términos amplios a todos los llamados
rojos, y que abarcaban, según la óptica de la dictadura, desde la extrema izquierda revolucionaria basta la
burguesía democrática, por moderada que fuera. Cuando, a partir de 1950, el régimen fue admitido en las
organizaciones internacionales, la propaganda se concentró en el mensaje anticomunista, acorde con los
vientos de guerra fría que circulaban por Occidente, y moderó sus ataques hacia los Estados parlamentarios,
de cuya ayuda dependía por entonces. No obstante, siempre se presentó al sistema parlamentario como
modelo débil, sobre el que la democracia orgánica del régimen tenía una clara superioridad, según sus
mentores.

Un segundo aspecto clave es la identificación de la dictadura con el catolicismo, hasta el punto de


que se ha generalizado el término nacionalcatolicismo para etiquetar al régimen. Desde el inicio de la
guerra la jerarquía católica se identificó con la sublevación, bautizando la causa nacionalista como cruzada.
El dominio que la Iglesia ejerció sobre la vida social de la España franquista fue absoluto: actos religiosos,
procesiones, rezos públicos, proliferación de curas, monjes y monjas, y símbolos católicos por doquier. Su
influencia en la educación era absoluta, desde la obligatoriedad de la enseñanza religiosa en todos los
niveles, incluida la Universidad, hasta la titularidad de una gran parte de los colegios. Además, tenía plena
competencia en materia de censura y una presencia constante en los medios de comunicación. Se impuso
una estricta moral católica, pública y privada, hasta el punto de que su incumplimiento llegó a castigarse en el
Código Penal.

La tercera constante ideológica es el tradicionalismo (o nacional-patrioterismo), en parte derivado


de las ideas aportadas por el carlismo, pero sobre todo arraigado en valores militares que ponían la unidad
de la Patria como valor sacrosanto, y que buscaban en el pasado las justificaciones de esa unidad. Las
referencias al Imperio eran constantes; se exaltaban los valores de la Reconquista, las figuras de los Reyes
Católicos (de cuyo escudo se tomaron las flechas y el yugo para incorporarlas al nuevo escudo imperial), de
Carlos V (ante cuya tumba reza el Caudillo días después de celebrar la victoria en la guerra) o de los
conquistadores. Se identificaron como antiespañoles la democracia, el liberalismo y la autonomía de las
regiones. Especial cuidado se tuvo en aplastar los elementos de identidad de las diferentes nacionalidades:
se prohibió el uso de cualquier lengua que no fuera el castellano, se abolieron totalmente los órganos de
autogobierno, y se utilizó una propaganda contundente para descalificar los sentimientos nacionalistas. De
hecho, Cataluña permaneció bajo ocupación militar varios meses después de terminada la guerra.

El Rechazo de la República: rechaza los partidos políticos, la democracia, las autonomías


regionales, las libertades individuales y el laicismo (inicialmente no todos los sublevados estaban en contra
de una república, sí de la república española y su desorden).

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Bloque 7. El Franquismo (1939-1975)
La idea de la conspiración masónica, a la que se considera autora de todos los males. Esta
manía le llevó a acumular en el Archivo de Salamanca, 80.000 expedientes de supuestos masones

Un Nacionalismo exacerbado que impregna hasta los detalles más nimios. Por ejemplo el equipo
nacional de fútbol sustituyó su camiseta roja –símbolo del comunismo– por la azul de los falangistas. A la
ensaladilla rusa se la llama «ensaladilla nacional»

La capacidad del régimen franquista para adaptarse a las circunstancias cambiantes.

La dictadura devolvió a la oligarquía terrateniente y financiera su hegemonía social y económica. No


sólo recuperaron sus negocios y propiedades, sino sobre todo su dominio de la vida social, con la
incorporación ahora de elementos procedentes del Ejército, la Falange o los grupos enriquecidos durante la
guerra y la posguerra gracias a su cercanía a los centros de poder del régimen. Fueron, además, los
principales beneficiarios de la economía intervencionista de las primeras décadas del franquismo.
Más allá de esas elites, el régimen franquista contó con el apoyo de las clases medias rurales, sobre todo en
el Norte y en ambas Castillas, así como de grupos urbanos beneficiados directamente por las depuraciones
masivas realizadas al término de la contienda entre funcionarios de la Administración, maestros,
universitarios y militares republicanos. Su respaldo entre los jornaleros y entre el proletariado industrial era,
obviamente, escaso, y en algunas regiones prácticamente nulo. Lo mismo ocurría entre las clases medias
urbanas, una buena parte de las cuales habían apoyado la República y rechazaba la dictadura franquista.
Pero una cosa era la disconformidad y otra muy distinta la oposición o la protesta.

La represión sistemática, el miedo a la delación, la miseria generalizada, el hambre y el


hundimiento moral de la derrota desarmaron cualquier posibilidad de reacción durante varios años, y sólo
desde 1946 comenzó una tímida resistencia en las zonas industriales de Barcelona, Bilbao y Madrid.
Después, la propaganda, el aumento del bienestar a partir de los años cincuenta y el relevo generacional,
hicieron que parte de esos sectores obreros y campesinos adoptaran una actitud de acomodamiento, de
aceptación del régimen y de apoliticismo, cuando no de respaldo directo a la dictadura.

Por último, el militarismo: los símbolos militares y la organización castrense impregnaron también
muchas manifestaciones de la vida cotidiana. La vestimenta militar o de Falange, los emblemas, los desfiles,
la educación física convertida en instrucción militar, los actos continuos relacionados con la exaltación de la
bandera o del himno nacional, crearon una escenografía especial durante varias décadas. La radio y la
prensa recordaban permanentemente la guerra, la victoria y el papel del Ejército en la unidad de la Patria.

A partir de los años sesenta, la modernización del país y la introducción de ideas, comportamientos
sociales y costumbres extranjeras harían pasar a un segundo plano ese conjunto de valores, sobre todo en
las generaciones que no habían vivido la guerra.

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Bloque 7. El Franquismo (1939-1975)

Diferencias entre el régimen de Franco y el fascismo europeo.

La dictadura ha suscitado diversas interpretaciones.

Según algunos historiadores (como Javier Tusell o Stanley Payne) no fue una dictadura fascista como la
italiana o alemana, sino una “dictadura no totalitaria” en la línea del populismo de Perón o la dictadura de
Pinochet. Sus rasgos definitorios serían:

a) Fue una dictadura personal del propio Franco, no de un partido o del ejército.

b) El papel secundario del Partido Único. Por contra, en los fascismos europeos el Partido fue siempre
núcleo básico, caso del Partido Fascista italiano o el Partido Nazi alemán.

c) La represión franquista fue superior a la de la Alemania de Hitler, la Italia de Mussolini o el


Portugal de Salazar: millares de ejecuciones en la posguerra y 45.000 presos políticos. Ello se explica
porque fue la única nacida de una guerra civil. Por contra, Mussolini y Hitler accedieron al poder por la
vía legal. Aunque este argumento de Tusell parece olvidar el exterminio judío de los nazis.

Para otros historiadores, el franquismo sí responde al fascismo europeo ya que:

a) Fue una reacción de las clases dominantes ante el ascenso del movimiento obrero y de los
partidos socialistas y comunistas.

b) Predominio del ejecutivo sobre el legislativo. Según palabras del ministro López Rodó “a Franco
no se le discutía. Él era quien mandaba en el país”. Se mantuvieron las Cortes, pero solo para dar
relevancia a las grandes decisiones de Franco.

c) Suprime las libertades esenciales: sindical y de prensa.

d) Franco desarrolló una política exterior imperialista al estilo de Hitler (el anchluss) mediante el control
del norte de África. Además, debido a su filiación fascista España sería una nación aislada de los
organismos internacionales (de la OTAN, la ONU, la CEE...).

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Bloque 7. El Franquismo (1939-1975)

Los cuadros de la dictadura: las familias políticas.


Por supuesto, todas las organizaciones que habían apoyado a la República estaban prohibidas, y sus
dirigentes fueron perseguidos, encarcelados, trasladados a campos de concentración, o simplemente
ejecutados. Pero tampoco estaban permitidos los partidos de derecha, ni siquiera los que en su día apoyaron
la sublevación. Como entidad, sólo la Falange y sus diferentes organizaciones (Milicias, Frente de
Juventudes, Sección Femenina, Organización Sindical) tenían carácter legal y posibilidad de actuación. Es
significativo que se prohibiera a la prensa definir a la Falange como partido, y que se estableciera la
denominación de Movimiento para todo el entramado de instituciones falangistas. Ahora bien, una de las
características peculiares de la dictadura es el hecho de que Franco no sólo se sirvió de la Falange, sino que
buscó a sus colaboradores entre grupos ideológicos o corporativos distintos, que constituyeron lo que, a falta
de otro nombre, la historiografía ha bautizado como familias del régimen.

La primera de ellas estaba constituida por los propios falangistas. En 1939 el partido era algo muy
distinto de lo que había sido durante la República. Muerto José Antonio y eliminados los dirigentes en el
proceso de unificación de 1937, en el nuevo partido habían entrado muchísimas personas -se calcula
600.000 afiliados en los meses siguientes a la guerra- que nada tenían que ver con las ideas joseantonianas.
Las veleidades revolucionarias, la pretensión de construir un nuevo Estado corporativo, habían cedido paso a
una organización que era simple cantera de dirigentes y cuadros para la dictadura, completamente sometida
además a la jefatura del Caudillo.

Por encima de cualquier valor; la disciplina y la lealtad a Franco eran los elementos esenciales para
ascender. Eso no significa que no hubiera dirigentes que mantuvieran aún un cierto celo ideológico, pero sus
posibilidades de hegemonía estaban limitadas, por cuanto Franco no consintió nunca que nadie pudiera
acumular suficiente influencia como para hacerle sombra. Durante los años cuarenta, y sobre todo en los
primeros años de la Segunda Guerra Mundial, cuando el principal lugarteniente de Franco era Serrano Súñer;
la Falange ocupaba cerca de un tercio de los altos cargos, direcciones generales y ministerios. Luego, la
derrota de las potencias fascistas hizo declinar su influencia, y desde entonces disminuyó el número de
falangistas en los sucesivos gobiernos de Franco.

El Ejército era otra de las llamadas familias del régimen. En este caso, la posibilidad de ocupar
cargos estaba condicionada por la carrera militar y por el grado alcanzado, y una buena parte de los militares
que detentaron puestos de responsabilidad en el régimen habían sido colaboradores directos de Franco
durante la guerra: Jordana, Varela, Moscardó, Muñoz Grandes, Vigón o el hombre que más tiempo y con
mayor fidelidad al dictador permaneció como hombre de confianza, Luis Carrero Blanco. Otros, sin embargo,
se distanciaron y acabaron siendo apartados por el propio Franco, como Queipo de Llano, Kindelán o Yague,
demasiado críticos o independientes, o con demasiado prestigio como para resultar peligrosos. La presencia
de militares en los altos cargos fue paulatinamente disminuyendo, aunque siempre ocuparon las carteras
militares y los puestos relacionados con la defensa. En los últimos años del régimen ascendieron al primer
plano oficial procedentes de los alféreces provisionales, creados al inicio de la guerra ante la falta de mandos
intermedios, y que por sus orígenes se veían especialmente ligados a la persona de Franco. En todo caso,
los militares nunca fueron un grupo de presión propiamente dicho, y Franco cuidó siempre de mantener al
Ejército en un papel estrictamente subordinado a su persona.

Un tercer grupo influyente eran los católicos. Muchos de los colaboradores de Franco procedían de
las asociaciones religiosas, únicas permitidas al margen de la Falange. La Asociación Católica Nacional de
Propagandistas al principio, y más tarde, instituciones como el Opus Dei suministraron cuadros y dirigentes,
en su mayoría jóvenes, y caracterizados por tener un nivel de formación técnica superior al de otras elites del
régimen. Estuvieron siempre representados en el Gobierno, y algunas carteras, como Educación, eran
tradicionalmente suyas. La Iglesia aportó, además de su apoyo ideológico, la participación directa de obispos
y prelados en las Cortes franquistas y en el Consejo del Reino. Sólo a raíz del Concilio Vaticano II, en 1962,
se produjo un distanciamiento progresivo entre la jerarquía eclesiástica y la dictadura, que terminó incluso en
serios conflictos en los años setenta. Ello no impidió que miembros del Opus Dei se mantuvieran en el poder
hasta la muerte del dictador.
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Bloque 7. El Franquismo (1939-1975)

Los monárquicos constituyeron un conjunto abigarrado de tendencias, a veces enfrentadas entre sí.
Los carlistas, extremadamente conservadores, ocuparon un papel minoritario, aunque Franco les reservó
durante muchos años la cartera de Justicia. El resto apoyaba mayoritariamente la tesis de que la dictadura
debía dejar paso, terminada la guerra, a la restauración monárquica, encarnada a partir de 1941 en don Juan
de Borbón, hijo de Alfonso XIII, quien se instaló en Estoril y organizó una pequeña corte con sus partidarios.
Pero la actitud de Franco resultó decepcionante para ellos, por cuanto éste se negó a dejar el poder y fue
marcando las distancias con don Juan. A pesar de todo, muchos monárquicos continuaron colaborando con
el régimen y ocupando parcelas de poder. Siempre tuvieron carteras en los Gobiernos franquistas, y en
algunos sectores, como la diplomacia, tenían un peso importante.

En realidad, todas estas familias no dejaban de ser ficticias. Franco, que carecía de una ideología
política clara (llegó a recomendar a uno de sus visitantes «haga Vd. como yo, no se meta en política»), elegía
a sus colaboradores al margen de etiquetas; la lealtad personal, la eficacia, la prudencia y la carencia de
mayores ambiciones eran los criterios. También procuraba evitar que nadie acaparara demasiado poder. Su
relación con los ministros era siempre de distanciamiento y de una enorme frialdad.

No toleraba confianzas ni en privado, y se deshizo siempre de quienes mostraban demasiados criterios


propios. Buscó continuamente equilibrar la participación de los diferentes grupos en el Gobierno y en los altos
cargos del sistema, siguiendo la vieja consigna de dividir y enfrentar tendencias para contrarrestarlas.

Todos ellos presentaban unos rasgos comunes: mentalidad conservadora, defensora de la familia, la
propiedad privada, la religión católica y la nostalgia del orden público: la necesidad de eliminar la
conflictividad laboral e interclasista por la vía de la fuerza. Por contra, su respaldo fue casi nulo entre los
jornaleros, el proletariado industrial y buena parte de las clases medias urbanas.

La posguerra: institucionalización del régimen y autarquía

El 19 de mayo de 1939 Franco celebra la victoria con un espectacular desfile en la Castellana


madrileña, en el transcurso del cual se autoconcede la Cruz Laureada de San Fernando, la mayor
condecoración militar. Al día siguiente rinde la espada ante el cardenal Gomá, Primado de España, en un
gesto claro de alianza con la Iglesia. En las semanas siguientes, una serie de Decretos firmados por el propio
Caudillo ampliaban aún más su poder. Los Estatutos de Falange, del 31 de julio, ponían la Presidencia de la
Junta Política y la Secretaria General bajo la autoridad directa del “Jefe Nacional”. Un decreto del 8 de agosto
reestructuraba la Administración Central del Estado, fijaba los ministerios, eliminaba la Vicepresidencia del
Gobierno y, lo más importante, autorizaba al Jefe del Estado a aprobar decretos-ley sin previa deliberación
del Gobierno. En la práctica, significaba la total potestad legislativa para Franco, que dos días después
procedía a reestructurar su Gobierno.

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Bloque 7. El Franquismo (1939-1975)

El régimen franquista se caracterizó por la permanente función constituyente del Jefe del Estado, por
cuanto su poder legislativo le confería la posibilidad de establecer o modificar en cualquier momento
disposiciones que, en un sistema liberal democrático, se incluirían en una Constitución. A falta de una carta
formal, la dictadura fue fraguando su contenido constitucional a través de sucesivas leyes orgánicas, en total
siete, que forman una especie de constitución “sui generis” y que permitieron la institucionalización progresiva
del régimen franquista.

Cinco de ellas se aprobaron entre 1938 y 1946:

 El Fuero del Trabajo de 1938, que prohibía el sindicalismo de clase, otorgaba el monopolio de las
relaciones laborales a la Organización Sindical de Falange (sindicalismo vertical y corporativo) y
establecía el control estatal sobre las condiciones de trabajo.

 La Ley Constitutiva de las Cortes (julio de 1942) que establecía una cámara elegida por sufragio
indirecto por las corporaciones y por el propio Franco, y cuya función básica era la de deliberar sobre
los borradores de las leyes, siguiendo las instrucciones del dictador y sus asesores, y aprobarlas,
casi siempre por aplastante mayoría o por unanimidad. En absoluto las Cortes representaban la
soberanía nacional, por cuanto el Caudillo conservaba plena potestad legislativa. Sus miembros
(procuradores) eran designados gubernamentalmente o elegidos mediante sufragio restringido por
los cabezas de familia y mujeres casadas.

 El Fuero de los Españoles (julio de 1945) que tuvo como objetivo básico maquillar la imagen
autoritaria del régimen en un momento en que, terminada la guerra mundial, las potencias iniciaban
el aislamiento de la dictadura franquista. Constituye una curiosa declaración de derechos y deberes,
que reafirma, no obstante, el carácter tradicionalista y católico del sistema. En el Fuero se enunciaba
la declaración oficial del régimen, con una relación de derechos que eran pura ficción. Las libertades
quedaron limitadas y reducidas en la práctica.

 La Ley de Referéndum Nacional (octubre de 1945), que permitía al Jefe del Estado convocar un
plebiscito para que el pueblo aprobara directamente una ley.

 La Ley de Sucesión a la Jefatura del Estado (julio de 1946) definía al régimen como un “reino” y
autorizaba a Franco a proponer a su propio sucesor. No se trataba de una restauración de la línea
sucesoria histórica borbónica, sino que el dictador se reservaba el derecho a designar a la persona
que, a su muerte, le sucedería a título de rey. Por ello, Don Juan de Borbón se opuso a esta ley.
Confirmaba el carácter vitalicio de la jefatura de Franco.

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Bloque 7. El Franquismo (1939-1975)

Años más tarde se incorporaron a este conjunto pseudo-constitucional:

 La Ley de Principios del Movimiento Nacional (1958), que reproducía y reafirmaba los viejos
valores teóricos del régimen: antiliberalismo, fuerte centralismo, garantía de la propiedad privada y
nacionalcatolicismo.

 La Ley Orgánica del Estado (1967), última ley fundamental del régimen.

En 1939 la prioridad del régimen era, sin embargo, la reconstrucción de un país devastado, arruinado
demográficamente y económicamente tras tres años de guerra. Era urgente iniciar un proceso de
recuperación económica.

El hambre de una gran mayoría de la población, derivada del hundimiento de la producción agraria,
obligaba al racionamiento y contradecía la consigna "Por la Patria, el pan y la justicia", una de las preferidas
por los jerarcas franquistas. Para afrontar la situación, las autoridades optaron por un modelo de autarquía
económica y de intervención del Estado, acorde con los planteamientos del fascismo italiano, tan admirados
entonces por los dirigentes falangistas, según los cuales un país no podía gozar de independencia política si
no era económicamente autónomo, casi autosuficiente.

Una cascada de decretos implantó un sistema reglamentista que impedía la actuación de los agentes
económicos. Se fijaron precios, se obligó a pedir licencia para cualquier inversión industrial, se reconvirtieron
fábricas para producir bienes de primera necesidad, se canalizó a través del Estado cualquier permiso de
importación o exportación, y se obligó a entregar al Servicio Nacional del Trigo todo excedente de cosecha.
Una Ley de Protección de la Industria Nacional, seguida de la creación, en 1941, del Instituto Nacional de
Industria (INI), privilegió a sectores relacionados con las prioridades del régimen. La falta de objetivos
económicos claros se unió al arrasamiento del tejido productivo, la lentitud de la burocracia ministerial, el
peso de la deuda de guerra, una política financiera errática y una ruralización de la vida económica que
mantuvo hundido el mercado interior. En 1940 el sector agrario volvía a superar el 50% de la renta nacional,
lo que suponía una clara regresión económica. El estallido de la Segunda Guerra Mundial y el alineamiento
de España con las potencias del Eje dificultaron aún más la situación, al recortarse los créditos y vincularse el
escaso comercio exterior a los aliados en guerra. Las consecuencias fueron nefastas. Los índices de
producción se mantuvieron por debajo de los de preguerra, situación especialmente dramática en el caso del
trigo, afectado tanto por las malas cosechas de aquellos años como por el retraimiento de los agricultores
ante los bajos precios fijados por el Gobierno. El hambre y el racionamiento se prolongaron durante toda la
década marcando la vida de los españoles y arrastrando a la miseria absoluta a amplios sectores de la
población: hacia 1942, un estudio sobre las familias del barrio de Vallecas de Madrid arrojaba índices de
calorías de entre el 57 y el 30% de las mínimas necesarias. Los índices de producción industrial
permanecieron igualmente hundidos, como la renta nacional y la renta per cápita. Todos estos indicadores se

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Bloque 7. El Franquismo (1939-1975)
mantuvieron hasta la década de 1950 por debajo de los de 1935, y eso a pesar de que en este último
año ya se había notado el influjo de la crisis internacional.

En medio de un país hambriento y desesperado surgió todo un entramado de intereses y de


enriquecimientos fáciles. Por un lado se generalizó el mercado negro de casi todos los artículos de consumo,
empezando por los alimentos, que esquivaban los bajos precios y sorteaban el racionamiento al que estaban
sometidas todas las familias. Según cifras oficiales, en 1943 hasta un 30% de la cosecha iba a parar al
mercado negro. Los traficantes conseguían acumular beneficios exhorbitantes, y los tímidos intentos
gubernamentales de castigar sus prácticas chocaban con las influencias notorias que quienes practicaban el
contrabando y el estraperlo tenían en las jerarquías de la Falange, de la Administración o del Ejército. El
manejo de divisas, las concesiones de licencias de importación, exportación, construcciones, la fabricación
en régimen de monopolio de ciertos productos y suministros al Estado, estaban rodeadas siempre de
corruptelas, amiguismos y sobornos, así como por el establecimiento de relaciones de cliente El resultado fue
la proliferación de nuevos ricos entre personajes cercanos al poder, adictos al régimen o pertenecientes a
familias influyentes; todos ellos integraban un grupo social que, además, raramente canalizaba sus beneficios
hacia inversiones productivas. El país entero se acostumbró a convivir con las recomendaciones, los
certificados de buena conducta, la vigilancia policial y la imposibilidad de obtener un empleo o emprender un
negocio digno si no se contaba con respaldos o con medios suficientes para abrirse camino en el complejo
entramado de influencias organizado desde la cúspide leí Estado. La red de jefes de barrio y de casa
establecida por Falange se encargaba de filtrar a los «adictos al Movimiento». Además, durante toda la
década, se mantuvo con dureza la represión, tanto de quienes habían sido hechos prisioneros durante o al fin
de la guerra, como de todo aquél sospechoso de haber colaborado con el Frente Popular. Permaneció un
ambiente de recelo, delación y persecución en todos los rincones del país. La negativa de quienes habían
vencido a hacer tabla rasa del pasado, propició el clima de guerra e incluso de terror en las regiones agrarias
del Sur en las cuencas mineras y en las zonas industriales, lo que no facilitaba precisamente el despegue
económico.

La evolución política durante los años cuarenta.

La evolución del régimen estuvo muy condicionada por la política externa. En los días finales de la
guerra se firmó el Acuerdo de asociación al Eje Berlín-Roma-Tokio, la alianza totalitaria que vincularía a
España a las potencias fascistas al estallar, en septiembre de aquel año, la Segunda Guerra Mundial. En el
marco de la alianza con Alemania e Italia, los elementos falangistas adquirieron una clara primacía en el
Gobierno, con Ramón Serrano Súñer a la cabeza de la política exterior y de la construcción ideológica del
nuevo régimen. Hasta agosto de 1942, su línea filofascista y totalitaria impregnó los comportamientos, las
declaraciones públicas y la información de la prensa sobre el desarrollo de la guerra y sobre los triunfos
alemanes.

En octubre de 1940, una vez que los alemanes arrasaron Francia, se produjo el encuentro, en la
frontera de Hendaya, entre Franco y Hitler. La entrevista fue un fracaso rotundo: ni Franco aceptó las
propuestas alemanas de cambiar su posición oficial de simple no beligerancia y entrar en guerra, ni Hitler
aceptó las pretensiones de Franco de obtener territorios en África como compensación por su hipotética
intervención. La propaganda del régimen presentó el resultado como un triunfo del Caudillo, que se habría
resistido rotundamente a que España, aún debilitada tras la guerra civil, tuviera que entrar en guerra. Pero los
testimonios de los testigos, entre ellos el propio Serrano Súñer, desmentirían más tarde esta interpretación.
De hecho, cuando en junio de 1941 los alemanes atacaron la URSS la euforia anticomunista del régimen
llevó a constituir rápidamente la División Azul, una unidad de voluntarios que, bajo el mando del teniente
general Muñoz Grandes, fue enviada inmediatamente al frente ruso, en apoyo de las tropas nazis. Pero a
partir del verano de 1942, las primeras derrotas alemanas hicieron necesario adoptar una línea más distante.
En agosto, Serrano Súñer era sustituido por el general Jordana como Ministro de Asuntos Exteriores, y la
diplomacia española inició un progresivo giro hacia los aliados, que se intensificó durante los dos años
siguientes. Los alardes fascistas de la propaganda se fueron suavizando hasta desaparecer en los meses
finales de la guerra, etapa en la que incluso se autorizó a los aviones aliados el uso de aeródromos
españoles.

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Bloque 7. El Franquismo (1939-1975)

En 1945 la posición de la dictadura se hizo muy difícil. La victoria aliada vino asociada a
declaraciones de los dirigentes políticos de las potencias vencedoras contrarias a Franco y a su papel de
apoyo a alemanes e italianos durante la guerra. La disminución de falangistas en el Gobierno y la entrada de
un católico como Martín Artajo en Exteriores no impidió que los aliados, reunidos en agosto en Potsdam, se
negaran a aceptar la entrada de España en la recién creada Organización de las Naciones Unidas (ONU). La
postura de bloqueo frente a España fríe creciendo, y en febrero de 1946 la Asamblea de la ONU rechazó
formalmente la entrada de España en sus organismos; el 5 de marzo Estados Unidos, Francia y el Reino
Unido firmaron una declaración pública sugiriendo la retirada de embajadores, y el 6 de junio el Consejo de
Seguridad de la ONU declaraba al régimen español una amenaza potencial a la paz internacional.

El aislamiento había comenzado. El 9 de diciembre se celebró una gran manifestación en la Plaza de


Oriente en apoyo de Franco, iniciándose así una costumbre que se prolongaría durante toda la dictadura.
Pero el bloqueo económico y diplomático se iba cumpliendo, y la autarquía, que hasta entonces había sido
una opción voluntaria, se convirtió ahora en una necesidad, agravándose la situación económica aún más y
prolongándose las secuelas de hambre y miseria. Sólo la importación de petróleo estadounidense
(Washington jugaba la carta de evitar la ruptura total con un país estratégicamente clave en el contexto de la
recién iniciada Guerra Fría), y los acuerdos comerciales con Argentina, que suministraba trigo en grandes
cantidades para suplir el grave déficit de alimentos, permitieron la supervivencia del régimen.

La Argentina de Perón fue el único país que mantuvo su embajador; y su apoyo fue aireado por la
propaganda franquista, que convirtió la visita de Eva Perón, en 1947, en un acontecimiento nacional.

A partir de 1948, sin embargo, la situación internacional comenzó a girar a favor del régimen. El
enfrentamiento entre los Estados Unidos y la URSS se hizo definitivo, y los militares estadounidenses
presionaron a su Gobierno para incorporar a España al sistema occidental.

Lentamente, la presión diplomática sobre España se fue difuminando, y comenzaron a levantarse las
restricciones comerciales, al tiempo que menudeaban las declaraciones partidarias de la apertura de
fronteras y embajadas. Al final de la década, la dictadura veía al fin la luz al final del túnel.

En el interior continuó la institucionalización de la dictadura. Aumentó la influencia de la Iglesia,


paralela a la presencia de ministros católicos en el Gobierno: además de Martín Artajo en Exteriores, hay que
mencionar la figura de Ibáñez Martín en Educación, gestor de un sistema educativo totalmente marcado por
los principios católicos. Mientras, los sectores radicales del falangismo iban pasando a un plano secundario.
También sufrió un cierto quebranto la presencia de monárquicos, muchos de los cuales se habían venido
distanciando según se afirmaba la voluntad de continuidad del Caudillo. las lejanas relaciones entre Franco y
don Juan, instalado en Estoril (Portugal), llegaron al borde de la ruptura por la publicación del Manifiesto de
Lausana en 1945, en el que el pretendiente borbónico declaraba su apoyo a una transición democrática, a
unas Cortes Constituyentes y a una amplia amnistía que permitiera la reconciliación entre los españoles. Aun
así, los contactos nunca se romperían del todo, y partidarios de don Juan permanecieron próximos al
Gobierno español.

La oposición al régimen quedó totalmente desarticulada tras la guerra. La represión, regulada


oficialmente por la Ley de Represión contra la Masonería y el Comunismo, desmanteló por completo los
cuadros dirigentes de partidos y sindicatos, exiliados, encarcelados o ejecutados. En el exterior; las diferentes
fuerzas de la República fueron Incapaces de coordinarse, pues las divisiones del final de la guerra y las
mutuas acusaciones prevalecieron sobre la voluntad de rehacer la unidad de acción. Algunos permanecieron
en Francia, y tras la derrota ante los nazis se integraron en la resistencia francesa. Otros, la mayoría,
emigraron a Méjico y a otros países latinoamericanos. Hubo quien se instaló en Londres, y la mayoría del
aparato comunista se trasladó a la URSS.

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Bloque 7. El Franquismo (1939-1975)

La falta de cuadros hizo muy difícil organizar una resistencia interior. La escasa información, el miedo
y el hambre bloquearon la capacidad de reacción de unas masas obreras y campesinas diezmadas por la
guerra y el exilio. Aun así, la CNT y el PCE, y en menor medida el PSOE, consiguieron organizar algunas
células de resistencia, pero los sucesivos dirigentes enviados al interior fueron cayendo uno por uno,
pagando su valor con la cárcel o el fusilamiento.

Sólo a partir de 1945, con el avance de los aliados en toda Europa, y con la esperanza de que la victoria
llevaría a las potencias a acabar con el régimen de Franco, se multiplicaron las acciones de propaganda
clandestina y las emisiones de radio. En 1946 se producen las primeras huelgas en Barcelona y otras
ciudades, y en 1947 en Bilbao 50.000 obreros pararon para exigir subidas salariales. El régimen respondió
con la ocupación, en este último caso, de la ría bilbaína, y con una durísima represión posterior.

Fenómeno importante fue el de la guerrilla. Muchos combatientes republicanos permanecieron


hostiles al nuevo régimen desde el final de la guerra. Se «echaron al monte», e iniciaron por su cuenta una
labor de hostigamiento a las fuerzas del orden y del Ejército, a través de pequeñas partidas que se
refugiaban en las montañas del Pirineo, de Asturias, Galicia-León y Santander, así como núcleos montañosos
del interior. Estaban dirigidas por anarquistas y comunistas principalmente, y en 1944 el PCE organizó una
entrada masiva de guerrilleros, los maquis, por el Valle de Aran. Las acciones guerrilleras se intensificaron a
partir de 1945, y obligaron a mantener numerosos efectivos de la Guardia Civil y del Ejército para
combatirlas. Poco a poco, las partidas fueron capturadas o exterminadas. Al tiempo que el desencanto cundía
entre la oposición al régimen por la decisión aliada de aislar simplemente a la dictadura, sin intervenir para
terminar con ella. De esa forma, hacia 1947 la guerrilla comenzó declinar, y sólo grupos muy aislados
continuarían durante algunos años refugiados en las montañas. En 1948 el PCE renunció a la táctica
guerrillera.

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Los años cincuenta: el fin del aislamiento.

La década de los cincuenta es considerada como la etapa de consolidación de la dictadura, al


romperse el aislamiento internacional e iniciarse la fase de crecimiento económico, factores ambos que
permitieron al régimen asentarse definitivamente.

A la altura de 1950 el fracaso de la política autárquica era ya claro, incluso para los propios jerarcas
del franquismo que defendían el modelo. Independientemente de las dificultades externas, el mantenimiento
de bajas cifras de producción, del nulo crecimiento económico y de la falta de alimentos, había impedido
acabar con el hambre y las cartillas de racionamiento. Por si hubiera alguna duda, en 1951 se produjo una
serie de huelgas en Barcelona, País Vasco y Madrid, cuyo motivo aparente fue la subida de las tarifas del
tranvía, y que se concretó en el boicot a los transportes públicos. Pero la protesta, que tuvo bastante
respaldo, expresaba más bien la exasperación de una clase trabajadora que veía cómo los precios habían
ido subiendo de forma constante mientras sus salarios lo hacían mucho más despacio, sin que por otra parte
disminuyeran las largas e incontroladas jornadas laborales.

El giro en la política económica se inicia con el cambio de Gobierno de 1951, inspirado ya


directamente por el principal consejero del Caudillo, el almirante Luis Carrero Blanco. En él entró, como
nuevo ministro de Comercio, un técnico de la banca miembro de Acción Católica, Manuel Arburúa. En 1952,
cuando ya habían comenzado a llegar las ayudas norteamericanas, se decretó una liberalización parcial de
precios, comercio y circulación de mercancías, coincidente con una buena cosecha, lo que a su vez permitió
terminar con el racionamiento. Se inicia entonces un proceso expansivo en la producción, algo irregular, pero
claramente alcista, que durante toda la década mantuvo cifras de crecimiento cercanas al 6% anual, algo
impensable sólo unos años atrás. En 1954 se superaban las cifras de renta por habitante de 1935, y el sector
industrial comenzó a crecer, al tiempo que disminuía proporcionalmente el peso del sector agrario en la renta
nacional.

Desde 1952 comienzan a llegar regularmente las ayudas estadounidenses. Entre 1951 y 1963
sumaron unos 1.200 millones de dólares, una cifra muy pequeña si la comparamos con las del Plan Marshall
para otros países europeos, pero que para el bajísimo nivel de la economía española, prácticamente
descapitalizada, significaba una aportación decisiva. Las ayudas norteamericanas permitieron aumentar las
importaciones de bienes de equipo, imprescindibles para el desarrollo industrial. La entrada en
funcionamiento de las centrales eléctricas construidas por el INI en la década anterior ayudó a terminar con el
racionamiento energético.

Las mejoras aportadas por la primera ayuda americana y por la apertura de las fronteras resultan ser
particularmente insuficientes para inducir los cambios esperados en todos los terrenos después de la noche
negra del franquismo. El esfuerzo realizado por el Estado para dirigir la economía del país no desemboca
más que en un aumento muy escaso de la renta nacional. El crecimiento de las importaciones convierte a la
balanza comercial en gravemente deficitaria. En el momento en que se pone de manifiesto la necesidad de
modernizar la industria española, el gobierno parece sufrir una singular carencia de medios. El sistema fiscal
es ineficaz; los gastos tradicionales del Estado, vinculados especialmente al mantenimiento de un potencial
militar desproporcionado a las posibilidades del país, son demasiado gravosos. Todo esto contribuye a
conservar e incluso a empeorar un importante déficit presupuestario. La inflación y la hemorragia de divisas
perturban notablemente al sistema monetario. Las reservas de oro españolas se reducen a la mitad entre
1956 y 1958. El esfuerzo realizado en la agricultura, a pesar del despegue del Plan Badajoz en 1953, también
es notoriamente insuficiente.

En estas condiciones la pseudoliberalización del régimen apenas sirve. Se responsabiliza del fracaso
económico y del desarrollo de las fuerzas de oposición al conjunto del personal político. Cuando Ruiz
Giménez cesa en el Ministerio de Educación nacional, el "viejo" falangista Fernández Cuesta también pierde
su puesto en el gobierno. Entonces vienen unos nombres nuevos, procedentes de una nueva generación, y
deseosos de imponer nuevos métodos de gestión.
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Bloque 7. El Franquismo (1939-1975)

Sin embargo, desde 1954 la prosperidad aparente comenzó a torcerse. Los déficit presupuestarios y
de balanza comercial (las ayudas permitían importar bienes de equipo, pero las exportaciones eran mucho
menores, y consistían en productos agrícolas y materias primas) se unieron a una fuerte inflación que
impedía acelerar el crecimiento económico. De hecho, a partir de 1955 se reprodujeron las huelgas y las
protestas.

Pese a los avances conseguidos, hacia 1957 las posibilidades de crecimiento permanecían lastradas
por la falta de objetivos claros y de convicción de los círculos de poder y del propio Franco, cuyos escasos
conocimientos de economía se veían totalmente desbordados por la situación. Habrá que esperar al cambio
de Gobierno de 1957 para que se inicie, de verdad, el proceso de expansión económica.

1951 es también un año decisivo para el régimen franquista, por cuanto marca el inicio del fin del
aislamiento. Desde 1948 se venían sucediendo claros indicios de que, en el contexto de guerra fría, las
potencias aliadas preferían incorporar a España a su red estratégica, pasando por alto el régimen dictatorial.
Los diplomáticos españoles supieron vender la imagen de anticomunismo visceral del Caudillo, y entre
círculos económicos, políticos y militares estadounidenses se comenzó a presionar para terminar con el
bloqueo. En noviembre de 1950, cuando ya se habían iniciado negociaciones con EE.UU. y con el Vaticano,
la ONU levantó la retirada de embajadores y autorizó la entrada de España en organismos internacionales.

Pero el proceso fundamental de ruptura del aislamiento radicó en la negociación con EE.UU. para un
acuerdo económico y militar. Las negociaciones fueron lentas y llenas de dificultades. A las reticencias de
ciertos sectores militares y políticos españoles a ceder soberanía en el territorio de las bases, se unía el
recelo del presidente Truman, reacio a negociar con un régimen como el español. Desde su relevo, en 1953,
por el presidente Eisenhower, la negociación se aceleró. España buscaba sobre todo las ayudas financieras,
tanto para la maltrecha economía como para dotar al Ejército. Para EE.UU., el interés radicaba en contar con
varios aeropuertos y bases navales, que facilitarían a su flota el control del Mediterráneo.

El 26 de septiembre de 1953 se firmaba y hacía público, el Tratado hispano-estadounidense,


compuesto de tres acuerdos: uno económico, otro de asistencia técnica y otro defensivo. Este último era el
esencial: significaba el establecimiento durante diez años, prorrogables por otros dos periodos de cinco años,
de bases de utilización conjunta, bajo teórica soberanía española, por parte de ambos ejércitos. En la
práctica, las cuatro bases (aéreas en Torrejón de Ardoz, Zaragoza y Morón, y aeronaval y submarina en
Rota), así como las numerosas instalaciones de radar y seguimiento estuvieron siempre en manos
fundamentalmente de técnicos y militares estadounidenses. El acuerdo económico se concretaba en 1.180
millones de dólares en asistencia técnica, financiación de la construcción de las bases y aportación de
créditos y excedentes de productos agrarios y bienes de equipo norteamericanos.

La disparidad era clara en ambos acuerdos, aunque es cierto que el segundo, si bien no suponía un
gran esfuerzo para EE.UU., sí resultó decisivo para sacar a España de su grave situación y terminar
definitivamente con la escasez de alimentos.

Días antes se había firmado un nuevo Concordato entre el Vaticano y el Estado español. Negociado
desde 1948, significaba un nuevo elemento de reconocimiento internacional y, sobre todo, de reafirmación de
la alianza que la Iglesia oficial mantenía con el franquismo. El acuerdo confirmaba el derecho de presentación
de obispos por el dictador, la financiación estatal a la Iglesia española y el privilegio de establecer el Tribunal
de la Rota en nuestro país. Ratificaba los privilegios e inmunidades ya pactados con anterioridad para los
religiosos, su exención tributaria y el derecho de rehacer el patrimonio eclesiástico; se confirmaban la plena
validez civil del matrimonio católico y las amplias competencias de la Iglesia en materia educativa.

También en el plano internacional, en 1956 España reconocía la independencia de Marruecos e


iniciaba el proceso de descolonización del Protectorado, conforme a los vientos que venían desde las
Naciones Unidas.

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Bloque 7. El Franquismo (1939-1975)

Evolución política y oposición al régimen

Los primeros años de la década, desde el punto de vista político, se caracterizan por la estabilidad.
Los diferentes movimientos monárquicos, que habían sacudido la escena política de los años cuarenta,
pierden ahora fuerza relativa, y sus representantes, dadas las garantías de supervivencia del franquismo,
deciden plegarse y aceptar la situación. Las relaciones de Franco con don Juan siguieron siendo tensas,
aunque ello no impidió dos entrevistas para tratar de la formación del hijo de éste, Juan Carlos, en quien
muchos veían, incluido el propio Franco, un posible sucesor. La oposición política continuaba descabezada, y
el alejamiento entre los grupos del interior y las direcciones de los partidos en el exterior se agudizó. Como
contrapartida, comenzó a surgir una tímida apertura en el ámbito cultural e ideológico, de tinte liberal,
auspiciada por el ministro de Educación, Joaquín Ruíz-Giménez, un hombre de procedencia católica, joven,
que situó como rectores de las principales universidades a intelectuales de tono moderado, como Lain
Entralgo o Fernández Miranda. En el cerrado ambiente ideológico de la época, esto era casi una revolución, y
la prensa falangista arremetió contra el ministro. Pero el germen de protesta estaba arraigando en la
Universidad, donde una nueva generación se desmarcaba del dominio ideológico del SEU falangista y
comenzaba a reclamar una mayor libertad en las cátedras y en la opinión pública. Algunos grupos,
relacionados casi siempre con movimientos católicos, comenzaban a operar en las facultades, y a menudo en
ellos se infiltraban estudiantes socialistas y comunistas.

Hubo ya enfrentamientos con motivo de la muerte de Ortega y Gasset, que utilizaron los estudiantes
para reclamar mayor libertad. En febrero de 1956 se solicitó autorización para celebrar un Congreso de
Estudiantes al margen del SEU, y días después los delegados de la oposición derrotaron a los falangistas en
las elecciones de la Facultad de Derecho de la Universidad de Madrid. La respuesta de estos se produjo en
las calles y durante dos días las luchas callejeras entre grupos fueron respondidas con una dura represión
policial y la suspensión de dos artículos del Fuero de los Españoles. Fueron detenidos los dirigentes
estudiantiles Víctor Pradera, Ramón Tamames y Enrique Múgica, así como Dionisio Ridruejo y Rafael
Sánchez Mazas, intelectuales ex falangistas que se habían solidarizado con las protestas de los estudiantes.
La crisis pasó, pero tuvo consecuencias: la mayor parte de los intelectuales moderados pasó a la oposición al
régimen y a organizar distintos grupos alternativos, aunque sin demasiada fuerza. Días después Ruiz-
Giménez era cesado.

La experiencia de 1956 demostró a la oposición que una nueva generación salía a la luz, alejada de
los planteamientos de los dirigentes del exilio. Extinguida casi la oposición republicana, el PSOE se mantenia
dividido, con un sector interior que disentía de la táctica de no colaborar con los comunistas, y de que la UGT
se mantuviera alejada de los sindicatos verticales. El movimiento sindical clandestino se iba formando a
través de las asociaciones católicas de base, con fuertes influencias comunistas, y habían ido ganando
terreno con su táctica de presentarse a las elecciones sindicales e ir ocupando posiciones en los sindicatos
verticales.

El PCE, tras superar una fuerte crisis interna, renovó sus estructuras en 1956, dando entrada a los
dirigentes más jóvenes, como Claudín o Carrillo, que comenzaron a tejer una red de activistas en el interior
más firme que la tenida hasta el momento.

Los dirigentes falangistas, con Arrese como Secretario General del Movimiento, tenían entonces una
gran influencia en el Gobierno, y pasaron a la ofensiva para conseguir un aumento de poder para el partido.
Quedaban por aprobar dos leyes fundamentales, la referente a la definición del Movimiento y la que regularía
el Gobierno. Arrese presentó un proyecto que aumentaba considerablemente el papel del falangismo: el
Secretario General podría vetar las decisiones de los ministros, y el Consejo Nacional tendría la facultad de
poder cesar al Gobierno.

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Bloque 7. El Franquismo (1939-1975)

Al conocerse el proyecto, todas las demás familias pusieron el grito en el cielo, y entre ellas de forma
especial la Iglesia. El propio Caudillo se alarmó, y en febrero de 1957 se procedió a remodelar el Gobierno.
De él salían los más notorios representantes del falangismo, como Arrese o Girón, pero también, para
compensar, Martín Artajo, uno de los que más se les había opuesto. El almirante Camilo Alonso Vega, uno de
los hombres duros del régimen, pasó a ocupar la cartera de Gobernación.

Pero los cambios fundamentales se producían en los ministerios de Hacienda y Comercio, con la
llegada de dos tecnócratas procedentes del Opus Dei, Mariano Navarro Rubio y Alberto Ullastres, que iban a
dar un giro radical a la política económica del país. Junto a ellos se situaba en la sombra la figura de
Laureano López Rodó, también del Opus Dei, mano derecha de Carrero Blanco y experto en Derecho
Administrativo. Suyos fueron los textos de dos importantes leyes, la de Régimen Jurídico de la Administración
(1957) y la de Procedimiento Administrativo (1958), que acabaron por normalizar la organización del Estado,
reglándolo y dándole una base jurídica de la que hasta entonces había carecido. Aquel mismo año se
aprobaba la sexta de las leyes fundamentales del franquismo, la Ley de Principios del Movimiento Nacional,
una declaración programática continuista, pero suficientemente ambigua en los matices como para que todas
las familias pudieran aceptarla, equidistante de las pretensiones totalitarias de Falange y del tímido
aperturismo de los monárquicos.

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Bloque 7. El Franquismo (1939-1975)

El Plan de Estabilización

Las primeras medidas del nuevo equipo económico intentaban atajar el alza de precios y el alarmante
déficit. Se subieron los tipos de interés, se reformó el sistema fiscal para garantizar mayores ingresos a la
Hacienda, se congelaron los sueldos públicos y se intentó unificar el sistema de cambios múltiples de la
peseta, que perjudicaba el comercio exterior. En 1958, con el visto bueno estadounidense, España entraba
en el Fondo Monetario Internacional y en el Banco Mundial, y tras dar garantías de que se estaba preparando
un plan de reforma económica, ambos organismos y los EE.UU. se comprometieron a financiarlo con créditos
por valor de más de 500 millones de dólares, comprometiéndose el gobierno español a realizar un plan de
saneamiento financiero.

La reforma económica se aprobó en julio de 1959, tras superar las reticencias de casi todo el
gobierno, y muy especialmente de Carrero y de Franco, que no acababan de aceptar la renuncia al viejo
Sistema controlado y autárquico. El Decreto-Ley de nueva Ordenación Económica, que así se llamaba, era
un plan de estabilización típico, diseñado según las indicaciones del FMI y del Banco Mundial.

Se trataba de liberalizar la economía mediante la supresión de trabas burocráticas, la reducción de


salarios y del dinero en circulación, el recorte del gasto público y la apertura de la economía española a las
inversiones y al comercio internacional. El objetivo era crear las bases para un relanzamiento económico que
permitiera fuertes ritmos de crecimiento, una rápida industrialización y la imbricación de la economía
española en la internacional.

Entre otras medidas incluía:


 una severa limitación del gasto presupuestario;
 la subida de precios de servicios públicos;
 la subida de los tipos de interés y la restricción de los créditos bancarios al sector privado;
 la liberalización de los precios protegidos;
 la supresión de organismos burocráticos, de los que eliminarían nada menos que 59 en los
meses siguientes,
 también se fijó un nuevo tipo de cambio de la peseta (60 Pts. /dólar) más realista, lo que
significó una devaluación de hecho.

Días después se aprobó otro decreto que liberalizó las inversiones extranjeras: se permitió que éstas
alcanzasen hasta el 50% del capital de empresas españolas, exceptuado algunos sectores estratégicos,
como defensa o servicios públicos, así como medios de información. Además, podría llegarse al 100% del
capital social previa autorización del gobierno, requisito que se suprimiría años después para la mayoría de
sectores. Consecuencia inmediata fue la entrada masiva de capitales de las multinacionales en sectores
clave, especialmente el energético.

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Bloque 7. El Franquismo (1939-1975)

La situación política y la oposición al régimen.

Para quienes pensaban que con la liberalización económica se abriría el camino a la apertura
política, el desengaño sobrevino rápidamente. Franco no dio el menor síntoma de querer variar el férreo
control político y la restricción total de las libertades. De hecho, la Ley de Principios del Movimiento de 1958
significaba una afirmación de los valores del 18 de julio y un claro rechazo a toda actividad sindical o política.
La entrada de España en el Fondo Monetario Internacional y en el Banco Mundial, unidas a la visita del
presidente Eisenhower a España a finales de 1959, sirvió para generar euforia y reforzar la imagen de
Franco.

Sin embargo, desde finales de los cincuenta comenzaron a aparecer de nuevo síntomas de agitación:

 En primer lugar, se inició un proceso de distanciamiento de la Iglesia respecto al régimen. Muchos


sectores de la jerarquía comenzaban a denunciar la situación de los trabajadores y a insistir más en
la labor de apostolado social y ayuda a los necesitados, que en reforzar los viejos valores del
nacional-catolicismo. El primado Pla y Daniel respondió con virulencia defendiendo el derecho de la
Iglesia a organizar sus propias asociaciones, cuando desde el gobierno se acuso a las asociaciones
católicas de base de "infiltración marxista" por defender a determinados colectivos obreros. El
ascenso al papado de Juan XXIII y su inesperada renovación de la Iglesia, a partir del Concilio
Vaticano II, produjo una grave quiebra entre el régimen y la Iglesia, que iría agrandándose hasta
llegar casi a la ruptura desde 1970.

 En segundo lugar, comenzaron a resurgir las tensiones nacionalistas. En 1959 un grupo de jóvenes
miembros del PNV se escinde del partido y funda ETA, Euskadi Ta Azkatasuna (Patria y Libertad),
que rápidamente optará por la lucha armada como táctica para lograr la liberación nacional vasca. Un
año más tarde, en 1960, 339 curas vascos firmaron una carta protestando por la represión y
exigiendo libertades públicas. Ese mismo año son detenidos algunos catalanistas, entre ellos Jordi
Pujol, acusado de distribuir panfletos antifranquistas en catalán.

 Un tercer frente eran los conflictos laborales. Desde la primavera de 1961 se multiplicaron las
huelgas, concentradas sobre todo en los sectores punta del crecimiento industrial: la minería, la
siderometalúrgia y la construcción. El proceso fue en progresivo aumento a lo largo de toda la
década, y si inicialmente primaron en ellas los motivos salariales y laborales, poco a poco irán
predominando las motivaciones de solidaridad y denuncia de falta de libertades sindicales y políticas.
El ministro de Trabajo, José Solís, permitió un cierto margen de negociación colectiva directa y la
libre elección de jurados de empresa y enlaces sindicales. Esta posibilidad fue aprovechada, a partir
de 1963, por los miembros de las Comisiones Obreras (CC.OO.), sindicato clandestino de predominio
comunista, que al acabar la década estaba completamente infiltrado en los sindicatos verticales.
Mientras, los partidos reconstruían poco a poco sus redes clandestinas en los medios universitarios y
obreros, si bien la represión bacía caer una y otra vez detenidos a sus dirigentes.

La tensión fue en aumento a lo largo de 1962. Semanas después de que España pidiera entablar
negociaciones de adhesión a la CEE, 118 españoles se reunían en Munich, en el marco del IV Congreso del
Movimiento Europeo, y aprobaban una declaración recomendando la no admisión de España en tanto no se
restauraran las libertades. Eran dirigentes liberales, monárquicos y demócrata-cristianos, pero el gobierno
respondió con enorme dureza: la suspensión del artículo 14 del Fuero de los Españoles fue seguida del
confinamiento de varios de los participantes en el encuentro, como Satrústegui, Alvarez de Miranda o Iñigo
Cavero. El contubernio de Munich fue descalificado por la prensa de forma virulenta, al tiempo que se
multiplicaban las detenciones de dirigentes de la oposición de todo signo. El proceso llegó a su cénit con la
detención, tortura, juicio y ejecución del dirigente comunista Julián Grimau en abril de 1963, en medio del
escándalo internacional.

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Bloque 7. El Franquismo (1939-1975)

Dos años después, los catedráticos Enrique Tierno Galván, José Luis López Aranguren y Agustín
García Calvo eran expulsados de sus cátedras a raíz de nuevos incidentes en la Universidad.

Mientras, el régimen intentaba mejorar su imagen y demostrar un talante aperturista. En 1962


entraban en el gobierno nuevos ministros jóvenes, como Manuel Fraga, Laureano López Rodó o Gregorio
López Bravo, este último también ligado al Opus Dei. De ese gobierno fueron el primer Plan de Desarrollo, la
Ley de Bases de la Seguridad Social, el programa de construcción de centros escolares y, sobre todo, en
1966, la Ley de Prensa de Fraga Iribarne, aireada como un definitivo levantamiento de la censura en la
prensa diaria, pero que en la práctica continuó funcionando bajo vigilancia. Eso sí, libros, teatros y cines
experimentaron un clima de mayor libertad.

En la segunda mitad de la década, el proceso de institucionalización se culminó. La Ley Orgánica del


Estado, pendiente desde el fin de la guerra, terminó por regularizar definitivamente la dictadura. Fue
aprobada por un referéndum nacional a finales de 1966, convertido en auténtico plebiscito a favor de la "paz
de Franco". Tres años después, se produjo el nombramiento del príncipe Juan Carlos como sucesor de
Franco "a título de Rey". Para los dirigentes franquistas, la continuidad del régimen parecía asegurada.

Mientras, la oposición crecía en fábricas y Universidades. la agitación era especialmente importante


en el País Vasco, donde las acciones de ETA eran respondidas con la represión policial, generando alrededor
de la banda armada un apoyo popular que fue radicalizando el clima hasta hacerlo explosivo. El asesinato en
San Sebastián, en 1968, del jefe de la Brigada Social Melitón Manzanas, fue respondido con el
restablecimiento de la jurisdicción militar para cualquier delito de contenido político o social. Ese mismo año
fue cerrada la Facultad de Ciencias Políticas de Madrid, y al año siguiente la Universidad de Barcelona.
También en 1969, en enero, el estudiante Enrique Ruano moría tras ser detenido por la policía, en
circunstancias más que sospechosas. La década termina, en medio de la creciente agitación, con el llamado
proceso de Burgos, en diciembre de 1970, contra 16 miembros de ETA, 9 de los cuales son condenados a
muerte. Las protestas en las calles; el secuestro por ETA del cónsul alemán en Bilbao, con la amenaza de
matarle si se ejecutaban las condenas, y la presión internacional hicieron, finalmente, claudicar a Franco, que
conmutó las penas por las de cadena perpetua.

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Bloque 7. El Franquismo (1939-1975)

Agonía del franquismo.

Un año antes, en octubre de 1969, se había producido un cambio de gobierno. El estallido del
escándalo MATESA, un caso de subvenciones a la exportación concedidas a una empresa fraudulenta,
salpicaba a varios ministros. Esta vez fue Carrero Blanco quien recompuso el gobierno: Fraga, Solís,
Castiella y varios ministros más salieron, y se formó un gabinete compuesto exclusivamente por hombres del
Opus Dei y militares. El nuevo ministro de Exteriores, López Bravo, afrontó un programa diplomático
ambicioso: estableció relaciones con países del Este, firmó un acuerdo preferencial con la CEE y renovó los
acuerdos con EE.UU. En política interior, la acción más importante fue la Ley de Educación de 1970, a cargo
del ministro Villar Palasí, que reformó el sistema educativo para acercarlo a los modelos europeos.

Pero el debate real se polarizaba en torno a la continuidad de la dictadura, ante el ya evidente


envejecimiento de Franco. Dentro del régimen se fue produciendo una ruptura entre los llamados
"aperturistas", partidarios de reformar el sistema para ir acercándolo progresivamente a un modelo
parlamentario, y los sectores más inmovilistas, que pronto fueron denominados como el búnker, y que se
organizaron en torno a Fuerza Nueva, dirigida por Blas Piñar, la Hermandad de ex-Combatientes y los
sectores más derechistas de Falange, encabezados por José Antonio Girón y Raimundo Fernández Cuesta.
Ya durante el proceso de Burgos habían promovido una concentración en la Plaza de Oriente para apoyar al
Caudillo, recuperando el espíritu de trinchera de 1946, cuando un similar acoso internacional asediaba a la
dictadura. El debate sobre el Estatuto de Asociaciones, un tímido y frustrado intento de permitir lo que desde
el régimen se llamaba "contraste de pareceres", mostró hasta qué punto había resistencia a los cambios.

Y mientras tanto, la oposición crecía. Las huelgas se iban multiplicando en las grandes empresas, y
el régimen sólo supo responder con la represión en las calles y la aplicación indiscriminada de estados de
excepción, interrogatorios y torturas por parte de la llamada Brigada Social, y enjuiciamientos en los
Tribunales de Orden Público. El restablecimiento de la Ley de Bandidaje y Terrorismo de 1960 hizo pasar a la
jurisdicción militar cualquier tipo de acto de oposición, por leve que fuera.

El distanciamiento de la Iglesia iba acentuándose. El nuevo arzobispo de Madrid y presidente de la


Conferencia Episcopal, Enrique y Tarancón, presidió una Asamblea Conjunta de Obispos y Sacerdotes que
emitió, en septiembre de 1971, una declaración exigiendo libertades políticas y sindicales, rechazando la
división entre vencedores y vencidos y pidiendo disculpas por el papel de la Iglesia tras la guerra civil. La
declaración provocó la irritación de los sectores del bunker, que en adelante convirtieron el lema “Tarancón al
paredón" en una de sus consignas más queridas.

En 1973 la situación de "orden público", como la definían los medios oficiales llegó a ser explosiva. El
1 de mayo una nueva organización terrorista, el Frente Revolucionario Antifascista y Patriota (FRAP)
asesinaba a un policía en Madrid. La represión se acentuó contra los dirigentes sindicales, al tiempo que se
detenía a varios miembros del FRAP y de ETA. Fue entonces cuando Franco decidió aplicar por vez primera
la separación entre la jefatura del Estado y la del Gobierno, prevista en la Ley Orgánica de 1966, y nombró a
Carrero Blanco presidente del Gobierno. Carrero formó un gabinete repleto de miembros del Opus, pero
sobre todo de "franquistas puros" y de talante duro, como Fernández de la Mora o Arias Navarro, nuevo
ministro de Gobernación, y que se había destacado por la dura represión ejercida durante su etapa en la
Dirección General de Seguridad.

El objetivo era atajar la creciente protesta en las calles e ir preparando el futuro relevo en la jefatura
del Estado. Pero el nuevo gobierno no tuvo tiempo de actuar. El 20 de diciembre de 1973 debía iniciarse el
juicio contra diez dirigentes de CC.OO., con su líder Marcelino Camacho al frente, y toda la policía estaba
preparada ante las manifestaciones y protestas organizadas por la oposición. Pero no hubo lugar a ello: a las
9,20 de la mañana Carrero Blanco era víctima de un atentado de ETA minuciosamente preparado, y facilitado
en parte por el desprecio del almirante por las medidas de seguridad. El magnicidio, que hizo crecer la
imagen mítica de ETA en ciertos sectores de la oposición política, supuso un golpe durísimo para Franco, que
perdía a su hombre de máxima confianza, en un momento en que acusaba ya síntomas de debilidad física y
moral.

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Bloque 7. El Franquismo (1939-1975)

El presidente en funciones, Torcuato Fernández Miranda, parecía el más idóneo para suceder a
Carrero, pero los sectores más duros aprovecharon las dudas de Franco para incitarle a nombrar nuevo
presidente a Carlos Arias Navarro, precisamente el máximo responsable de la seguridad de su antecesor;
que había fallado estrepitosamente. Arias Navarro formó un gobierno variopinto, con predominio de
franquistas puros, pero también con algunos ministros aperturistas, como Cabanillas, y su discurso
programático, que incluía vagas promesas de apertura y un Estatuto de Asociaciones políticas, fue recibido
con ciertas esperanzas.

Pero pronto demostró su talante represivo: el gobierno dio el visto bueno a la ejecución del anarquista
catalán Salvador Puig Antich, en marzo de 1974, y ese mismo mes el enfrentamiento con la Iglesia llegó a su
cenit cuando una homilía del obispo de Bilbao, monseñor Añoveros, en la que aludía a las personalidad
distinta del País Vasco, provocó una amenaza de expulsión por parte del gobierno, que fue contestada por el
Vaticano con la amenaza a su vez, de excomulgar a Franco. Este optó por ordenar a Arias que cediera, pero
la ruptura con la iglesia quedaba enteramente confirmada. Meses después, Cabanillas y otros altos cargos
abandonaban el gobierno disconformes con la línea inmovilista de Arias.

En julio de 1974, Franco fue hospitalizado a causa de una tromboflebitis, y durante algunos días
cedió sus poderes al príncipe Juan Carlos. Se recuperó, pero la inminencia del agotamiento físico del dictador
era ya evidente. La tensión política fue aumentando, al par de los atentados: especialmente sangriento fue el
de ETA contra la cafetería Rolando de Madrid, en septiembre de aquel año. La oposición iba organizándose y
estableciendo contactos, que llegaban incluso a personas vinculadas al régimen y al propio Ejército, algunos
de cuyos oficiales formaron la Unión Militar Democrática, desarticulada en la primavera de 1975.

Tras el verano de 1975, los acontecimientos se precipitaron. Varios miembros de ETA y FRAF fueron
juzgados y doce de ellos condenados a muerte. En medio de manifestaciones en todas las capitales
europeas y de una lluvia de peticiones de clemencia, el 27 de septiembre cinco de los condenados fueron
ejecutados. Las protestas internacionales, que incluyeron el asalto de la embajada española en Lisboa y la
imagen del primer ministro sueco, Olof Palme, pidiendo dinero en las calles con una hucha para la libertad de
los españoles, fueron respondidas por el régimen con la última de las grandes concentraciones en la Plaza
de Oriente, el 1 de octubre.

La agitación de aquellos días acabó por agotar a Franco, que cayó enfermo hacia el día 13. Por si
fuera poco, en el Sahara español aumentaba la tensión, ante la amenaza de Hassan II de Marruecos de
lanzar una invasión popular del territorio español si el gobierno de Madrid no cedía el Sahara al reino
marroquí. La llamada Marcha Verde puso al ejército español en estado de máxima tensión, y obligó al
príncipe Juan Carlos, de nuevo en funciones de jefe de Estado, a realizar un viaje relámpago al Sahara.
Finalmente, el 18 de noviembre, el gobierno capituló: el Acuerdo Tripartito de Madrid significó la entrega del
Sahara español a Marruecos y Mauritania, violando el compromiso y mandato de la ONU, que había
encargado a España la tutela del territorio hasta su independencia.

Dos días después, el 20 de noviembre, Franco moría, tras mes y medio de larga y dura enfermedad.
Tanto él como sus partidarios estaban convencidos de que todo quedaba atado y bien atado, y de que el
nuevo rey, Juan Carlos I, continuaría aferrado a las líneas políticas del 18 de julio. Los años venideros
demostrarían que la dictadura franquista era inviable más allá de la muerte de su fundador.

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Bloque 7. El Franquismo (1939-1975)

La España del exilio.

Se calcula entre 450.000 y 500.000 el número de españoles republicanos que se vieron obligados a
exiliarse durante y al término de la guerra civil. La mayoría de ellos huyó hacia Francia, y más tarde el
estallido de la guerra europea les dispersó hacia Arnéríca latina, con Méjico como principal lugar de destino.
Otros muchos acabaron en los campos de concentración nazis o fueron repatriados por los alemanes (entre
ellos Companys, presidente de la Generalitat, que fue fusilado en 1940; el periodista socialista Zugazagoitia o
el dirigente anarquista Peiró). También fue importante su participación en la guerra, bien en la resistencia
francesa, bien, en el caso de los comunistas, en el Ejército Rojo.

La pérdida que el exilio supuso para España no puede exagerarse. Los principales cuadros políticos,
obreros, profesionales, intelectuales y científicos abandonaron el país, y muchos de ellos para no volver. La
repercusión sobre el retraso económico y cultural de España fue enorme, paralela, por otra parte, a la
aportación que muchos de los exiliados dejaron en sus países de acogida, a cuyo desarrollo intelectual y
científico contribuyeron grandemente. Aunque tampoco hay que olvidar a los cientos de miles de españoles
anónimos que vieron frustradas sus vidas y pasaron hambre y miseria, además del desgarro que significaba
el alejamiento de su tierra.

La República en el exilio se caracterizó por las divisiones internas entre los partidos, e incluso en el
seno de los mismos, divisiones que reproducían amplificadas las aparecidas durante la guerra. Republicanos
y socialistas recelaban de los comunistas, que querían subordinar toda la táctica de resistencia a los dictados
soviéticos. En el PSOE, el enfrentamiento entre Prieto y Negrín hacía difícil coordinar al partido, y entre los
republicanos, tras la muerte de Azaña, la división era también importante.

Inicialmente, todos pusieron sus esperanzas en la victoria aliada en Europa, confiando en que las
democracias vencedoras acabarían con la dictadura. En 1944 todas las fuerzas republicanas, con exclusión
de los comunistas, se unieron en la Alianza Nacional de Fuerzas Democráticas. El PCE, por su parte,
además de intentar reconstruir su militancia clandestina en el interior, inició la táctica guerrillera. Pero en 1945
la decepción cundió en las filas republicanas, ante la inoperancia de las potencias ante Franco. La condena
de 1946 reavivó algo las esperanzas, pero a partir de 1949 el régimen franquista empezó a remontar el
aislamiento, y la entrada en la ONU en 1955 acabó por hundir las expectativas del exterior. Los sucesivos
gobiernos en el exilio, instalados en Méjico, fueron debilitándose, conforme la vieja generación de dirigentes
republicanos iba desapareciendo. El alejamiento respecto de los militantes clandestinos en el interior era,
además, cada vez mayor.

A partir de 1956 se hizo evidente que la oposición se iba a basar en la lucha interna, y que sólo el
PCE conservaba suficiente conexión y autoridad desde el exterior para influir en la lucha clandestina dentro
del país. El republicanismo se fue extinguiendo, y en el PSOE la tensión entre la dirección en el exilio y los
nuevos dirigentes fue en aumento. La no colaboración con los comunistas, además, perjudicaba al
movimiento socialista, que veía como el PCE captaba apoyos y militancia gracias a su capacidad de
organización y disciplina en fábricas y Universidades. En cuanto a los demás sectores, actuaban más bien a
titulo individual y carecían de apoyos en el interior del país, aunque en 1962 consiguieron un éxito importante
con la declaración de Munich, donde, además, pudieron contactar con opositores venidos de España.

Hubo que esperar sin embargo, a la muerte de Franco, en 1975, para que los supervivientes
pudieran, en un lento goteo, retornar del exilio. Atrás quedaron muchos miles de españoles que nunca
pudieron regresar.

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Bloque 7. El Franquismo (1939-1975)

La vida cultural.

Al término de la guerra el bando vencedor estableció un dominio absoluto y total sobre la vida
educativa e intelectual del país. La inmensa mayoría de los intelectuales, científicos y profesores se habían
exiliado o fueron depurados. Todo el sistema educativo quedó inmerso en un ambiente de censura, vigilancia
y adoctrinamiento, sumido en la ideología mitad fascista, mitad católica que convirtió a la España de los años
cuarenta y cincuenta en un auténtico páramo cultural. Los libros de texto se llenaron de referencias al
Caudillo, a la victoria, al pasado imperial del país y a la exaltación de los valores católicos más reaccionarios.
Cualquier planteamiento crítico quedaba excluido, y el racionalismo, el liberalismo y el marxismo quedaban
completamente proscritos y presentados como “antiespañoles".

En esa primera etapa, sólo quienes comulgan con el régimen pueden desarrollar su trabajo
intelectual. Entre ellos sobresalen José Maria Pemán (1898-1981), Agustín de Foxá (19061959), Eugenio
d'Ors (182-1954), Dionisio Ridruejo (1912-1975), Antonio Tovar (1911-1985) o Pedro Laín Entralgo (n. 1908).
Curiosamente, estos tres últimos acabarían distanciándose de su inicial falangismo y pasando a la oposición
política años después. Además, tras volver a España continuaron su labor escritores de generaciones
anteriores, como Ortega y Gasset, Azorin o Pío Baroja, si bien desde posiciones alejadas de la identificación
ideológica con el régimen franquista.

Institucionalmente, además del control ideológico en el sistema educativo implantado por el ministro
Ibánez Martín, merecen mención la creación en 1939 del Consejo Superior de Investigaciones Científicas,
con el fin declarado de encauzar la labor investigadora por vías concordantes con la doctrina eclesiástica y el
tradicionalismo español; del Instituto de Estudios Políticos (1939), de la Editora Nacional y de la Facultad de
Ciencias Políticas y Económicas (1942), concebidas todas en la misma línea de puesta al servicio del
Movimiento. El noticiario oficial NODO controlaba la información en los cines, sobre cuyas proyecciones,
como sobre el teatro, recayó una estricta censura. La España de los cuarenta está presidida por películas
como Raza (1942, con guión del propio Franco), Los últimos de Filipinas (1945) o Sin novedad en el Alcázar,
así como numerosos filmes dedicados a exaltar la historia imperial.

En ese contexto, apenas algunos autores eran capaces de mantener algún atisbo de independencia
o de sentido critico, añadidos a su calidad literaria. Es el caso de Dámaso Alonso (189&1990, autor de Hijos
de la ira, 1944) o del joven Camilo José Cela (n. 1916, que publica La familia de Pascual Duarte en 1942). Al
finalizar la década aparecerán obras más comprometidas, como La Colmena, del propio Cela (de 1951,
aunque sólo publicada en España en 1955), y la Historia de una escalera, obra teatral que sirvió en 1949
para dar a conocer a Antonio Buero Vallejo (n. 1926).

Los años cincuenta trajeron cambios significativos. Por un lado, el discurso ideológico del franquismo
comenzó a mostrarse desbordado por la propia evolución de las mentalidades, y prueba de ello es la caída
de las ventas en una prensa que repetía monolíticamente los mensajes del pasado. Por otro, una nueva
generación poblaba las Universidades, una generación que no había vivido la guerra. La liberalización del
periodo en el que fue ministro de Educación Ruiz Giménez permitió un cierto despertar cultural en los círculos
universitarios. Ya vimos cómo el retorno de Ortega, el acceso al rectorado de Laín Entralgo o Antonio Tovar; y
la aparición de nuevos catedráticos, críticos con la dictadura, dejaron notar sus electos en la vida académica
y prepararon el estallido estudiantil de 1956. A partir de ese momento, la intelectualidad española se separará
abiertamente del régimen, y pasará a encabezar las movilizaciones de los años sesenta y setenta.

La novela española se abre a nuevos nombres como Rafael Sánchez Ferlosio (o. 1927), Miguel
Delibes (n. 1920), Ana María Matute (n. 1926), Ignacio Aldecoa (1926-1969), Carmen Martín Gaite (n. 1925),
Gonzalo Torrente Ballester (n. 1910) o Luis Martín Santos (1924-1964), cuya obra Tiempo de silencio (1962)
supuso un aldabonazo critico considerable. En la poesía destacaban Gabriel Celaya (1911-1991), Blas de
Otero (19151979) y Salvador Espriu (1913-1985). En el teatro, a Buero Vallejo se une ahora Alfonso Sastre
(o. 1926).

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Bloque 7. El Franquismo (1939-1975)
También en los años cincuenta se produce un cambio notable en el pensamiento. En el terreno
de la filosofía, apuntan las figuras de Julián Marías (n. 1914), Xavíer Zubiri (18981983), Maria Zambrano
(19051991), José Ferrater Mora (1912-1991), José Luis López Aranguren (1909-1996) o Manuel Sacristán
(1925-1985). En el campo de la historia, brilla especialmente la figura de Jaume Vicens Vives (í9i~ 1960),
auténtico renovador de la investigación en historia económica y social.

La década de 1950 ve aparecer dos cineastas que rompen con el sentido historicista, sensiblero y
complaciente del cine español. Luis García Berlanga realiza, en 1952, Bienvenido, Mr Marshall, una sátira
feroz en plena negociación con los EE.UU. que la censura dejó pasar de manera sorpresiva. Y en 1955 Juan
Antonio Bardem estrena Muerte de un ciclista, con un estilo realista que se confirmará años después con
Calle Mayor, quizás una de las mejores películas del cine español.

Las artes experimentan durante el franquismo el mismo vaivén que las letras. Durante los años de la
postguerra, se imponen las corrientes clasicistas del arte del fascismo, del que hay abundantes ejemplos en
la imaginería y en la arquitectura de las grandes ciudades. Como obra faraónica, puede mencionarse el Valle
de los Caídos, obra de Pedro Muguruza, mausoleo gigantesco construido durante casi veinte años por
presidiarios republicanos, coronado por la cruz y esculturas de uno de los más significativos artistas de la
dictadura, Juan de Avalos. Hay que esperar a los años cincuenta para que surjan corrientes estéticas
distintas y que pertnitan airear el monótono arte anterior. En la pintura, aparecen el grupo Dou al Set en
Barcelona y, más tarde, el grupo de Cuenca, con Fernando Zobel a la cabeza. También hay que mencionar la
obra de Antoni Tapies y de Antonio Saura, ya en clara ruptura con el arte académico. En la escultura
sobresale Eduardo Chillida, y en la arquitectura podemos destacar a Luis Moya, Gutiérrez Soto y, ya en los
sesenta, Sáenz de Oiza, cuyas Torres Blancas de Madrid significaron una total ruptura con el pasado.

Por último, no se debe olvidar que la espléndida generación intelectual de la República seguía dando
sus mejores frutos desde el exterior: Ramón J. Sénder. Max Aub, Arturo Barca, Juan Ramón Jiménez (Premio
Nóbel en 1956), Alberti, Cernuda, León Felipe, Guillén, Aleixandre, Claudio Sánchez Albornoz, Madariaga,
Américo Castro, Picasso, Miró, Buñuel, Pau Casals, por citar algunos de los más conocidos, mantuvieron la
calidad de su aportación intelectual anterior al exilio.

La etapa final del franquismo se caracteriza por la ruptura total entre el ámbito de la cultura y el
régimen. La liberalización relativa de la Ley de prensa de 1966 permitió una oleada de publicaciones que la
censura no podía controlar en su totalidad, y aunque se continuó prohibiendo libros y suspendiendo y
sancionando periódicos (especialmente traumático fue el cierre y posterior demolición, en 1973, del diario
Madrid), lo cierto es que la información llegaba a raudales a los medios universitarios, al tiempo que la
educación sobre los valores tradicionales empezaba a hacer agua en una escuela cada vez más masificada y
en una sociedad cuya apertura ideológica iba muy por delante de la anquilosada mentalidad de los censores
franquistas. Pese al celo de estos, un cine contestatario, plagado de claves críticas, se impuso en los años
finales de la dictadura, con hombres como Carlos Saura, Basilio Martín Patino o Juan Luis Borau, que se
unían a los ya veteranos Bardem o Berlanga. En conjunto, la cultura tardo franquista era ya abiertamente
democrática.

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