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LA CRÍTICA DE NIETZSCHE AL SOCIALISMO Y AL NACIONALISMO

La crítica de Nietzsche al Estado democrático moderno no es ni una crítica teóri-


ca ni tampoco una crítica moral, defiende un concepto de Estado como encarnación
del juego verdaderamente político de una sociedad. Es necesario el Estado como ár-
bitro frente al poder disgregador de los intereses privados. Pero a la vez es preciso
oponerse al Estado que tiende a absolutizarse, que tiende a ampliar sus zonas de
control y se justifica y se mantiene demagógicamente. Así, el “menos estado posible”
de los liberales, no significa “ningún Estado”. Ahora bien, si rechaza a los
anarquistas, no critica con menor énfasis las posiciones y argumentos de quienes
defienden la consolidación del Estado como macrosujeto que devora la sociedad. Es
la otra modalidad de estado “monstruo” -frente a la del Estado burgués liberal- que
Nietzsche ve plasmarse propiamente en la ideología socialista y también, aunque de
un modo muy distinto pero no menos pernicioso, en el concepto nacionalista de
nación.

Al parecer, cuando Nietzsche habla de socialismo, la imagen que tiene es la de


la Comuna de París, en la que ve una rebelión de los mediocres según el paradigma
de la rebelión de los esclavos cristianos contra Roma. Por otra parte, lo que
Nietzsche más destaca de esta ideología es su preconización de una eliminación del
Estado a través de la dictadura del proletariado en nombre un humanismo
antiindividualista e igualitario. Básicamente son estas tres las cosas que critica en
ella: su énfasis en la igualdad de derechos para todos, su rechazo de cualquier
sociedad que no sea la del rebaño , y su defensa del máximo Estado posible. Desde la
hipótesis de la voluntad de poder es reactivo el tipo de voluntad que se expresa en
una ideología que defiende el fortalecimiento del Estado mediante la igualación total
y abstracta de los individuos producida por ese régimen de nivelación. Este Estado
construye su poder y su estabilidad oprimiendo la jerarquía, el cambio, la diferencia,
la distancia y la autosuperación que exige la vida como voluntad de poder. No sólo
no reconoce su verdadero origen sino que lo niega y lo borra con mentiras mucho
más moralizantes e hipócritas que las de la ideología liberal burguesa. Por eso
Nietzsche ve en el socialismo un desencadenamiento de perezas, de laxitudes, de
debilitamientos.

Hace falta encontrar un equilibrio entre el movimiento de autosuperación de la


vida y estabilización mediante leyes e instituciones necesarias para el desarrollo de
los individuos y de la convivencia social. Sin embargo, el Estado en el que piensa el
socialismo se configura y funciona tan sólo para perpetuar el rebaño. No hay margen
alguno en él para la política. Es sólo una maquinaria de la racionalidad técnica y mo -
ral que dice ya de entrada no a cualquier diferencia significativa. Esta maquinaria es-
tatal que, en la ideología socialista se quiere absoluta, está al servicio de la reactivi-
dad anticreadora. La esclerosis última de la política se constata entonces, sobre todo,
en el ideal de felicidad que esta ideología propone a los ciudadanos como igualdad
de todos, egos perfectamente asegurados, protegidos, subvencionados, equiparados,
moralizados, castrados, gregarizados bajo la providencia de un Estado nodriza.
La cultura europea moderna se basa en una valoración que afirma la
enfermedad, la debilidad, la decadencia. Su tendencia más fuerte es proteger a los
enfermos, a los débiles, tendencia cuyo reverso es la sospecha de los fuertes y la
difusión del resentimiento y el odio frente a toda grandeza y nobleza. Es una cultura
de los afligidos, que da la razón a todos los que sufren de la existencia como de una
enfermedad, y le parece que cualquier otro modo de experimentar la existencia es
cruel e inmoral. Este es el espíritu de lo que Nietzsche llama “socialismo”, ideología
política que expresa la consumación de los valores de la moral cristiana, en especial
el de la compasión. Es la forma moral de la política, enteramente determinada por el
instinto de la compasión.

Pero si el socialismo se pone al frente de la defensa de los humildes, de los


pobres, de los oprimidos, como hizo Cristo, y reitera así en versión secularizada los
valores del cristianismo originario, es más decisivo en él, su propuesta de “el máximo
Estado posible”, que, como organización de la violencia legítima tenderá siempre a
mantener las desigualdades y la injusticia. Igual que hizo el Cristianismo con el Impe-
rio romano, el socialismo trata, frente al liberalismo burgués, de conquistar a su vez
el Estado, no de destruirlo. Y esto le lleva a convertirse en una clase peor de dictadu-
ra pues pretende “...una plenitud de poder político como sólo el despotismo ha teni-
do; más aún, excede de todo lo pasado por aspirar a la aniquilación literal del indivi-
duo”.

El socialismo puede servir para enseñar muy brutal y persuasivamente el peligro


de todas las acumulaciones de poder político y en tal medida infundir desconfianza
hacia el Estado mismo.

Contra este nuevo ídolo Nietzsche no propone ninguna rebelión revolucionaria,


sino la desimplicación, una resistencia pasiva que se nutre del hecho de que, en el si-
glo de la irrupción del nihilismo, el problema para ideologías como ésta es que ya no
se cree en los altos valores morales y humanitarios pregonados por ellas como fun-
damento de las instituciones políticas, haciéndose visible así inevitablemente la vo-
luntad de poder que las mueve.

La otra forma del Estado “monstruo” que Nietzsche rechaza es la de las ideolo-
gías nacionalistas. Tanto el aparato institucional al que llamamos Estado como la
articulación geopolítica del territorio al que denominamos nación no son más que
construcciones convencionales que se basan en una determinada interpretación del
pasado pero con la que los nacionalistas pretenden reconstruir una comunidad imagi-
naria “natural” cuyos individuos formarían una unidad racial y lingüística. Nacionalis-
mo es esa voluntad reactiva de reconstruir como nación una mítica comunidad “en
sí”, pretendidamente “natural”, según el principio teorizado por Herder y Fichte de
que cada pueblo nace con el derecho inalienable a afirmar su singularidad específica.
Nietzsche no pierde ocasión de burlarse de esa exaltación, característica del romanti-
cismo, de los valores de autenticidad y originariedad de la nación-genio. Nietzsche no
ve en la manía nacionalista otra cosa que la reducción de los horizontes al localismo,
el enardecimiento de sentimientos que exacerban las diferencias y los antagonismo,
y el aprisionamiento de los individuos en un corsé. Por otra parte, el fervor
nacionalista crea entre los individuos diferencias absurdas que se sobreponen a sus
verdaderas diferencias de valor.

Nietzsche rechaza, pues, esta otra forma de fetichización y de idolatría del Esta-
do que plasma el concepto nacionalista del Estado-nación, y que representa, sobre
todo, la impermeabilidad de cada cultural nacional a las influencias procedentes de
otras, una anemia cultura que resulta de la incapacidad para asimilar y digerir otras
culturas, otras ideas y otras formas de vida. El nacionalismo es un violento estado de
emergencia y de asedio impuesto por una minoría a la mayoría. No es el interés de la
mayoría (es decir, del pueblo), es ante todo el interés de determinadas dinastías, y
luego el de determinadas clases del comercio y de la sociedad, lo que lo impulsa.
“Una vez reconocido esto, no debe uno temer proclamarse buen europeo y trabajar
activamente por la fusión de las naciones”.

Nietzsche responsabiliza a los intelectuales, sobre todo a los historiadores, de


prestarse a la falsificación que representa mezclar mitos fundadores y pretendidas
guerras de liberación, para fomentar una conciencia nacional forjada en torno al refe-
rente de una comunidad cultural. El esfuerzo de estos historiadores “se ha dirigido a
volver a instaurar sentimientos antiguos y primitivos como el cristianismo, el alma
popular, las leyendas y las formas de hablar populares: la Edad Media”.

Su admiración por Napoleón en este sentido -un individuo que no hace el


menor caso a las manías nacionalistas y concibe Europa como una unidad política-,
debe verse también desde el punto de vista de este rechazo de los nacionalismos. No
fue culpa suya haber contribuido indirectamente al auge de los nacionalismo al
despertar las resistencias de las pequeñas naciones con su proyecto de unificación de
Europa.