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Esortazione Apostolica post-sinodale del Santo Padre Francesco


dedicata ai giovani “Christus vivit”, 02.04.2019
[B0276]

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Testo in lingua originale

EXHORTACIÓN APOSTÓLICA POSTSINODAL

CHRISTUS VIVIT

DEL SANTO PADRE FRANCISCO

A LOS JÓVENES Y A TODO EL PUEBLO DE DIOS

1. Vive Cristo, esperanza nuestra, y Él es la más hermosa juventud de este mundo. Todo lo que Él toca
se vuelve joven, se hace nuevo, se llena de vida. Entonces, las primeras palabras que quiero dirigir a
cada uno de los jóvenes cristianos son: ¡Él vive y te quiere vivo!

2. Él está en ti, Él está contigo y nunca se va. Por más que te alejes, allí está el Resucitado, llamándote
y esperándote para volver a empezar. Cuando te sientas avejentado por la tristeza, los rencores, los
miedos, las dudas o los fracasos, Él estará allí para devolverte la fuerza y la esperanza.

3. A todos los jóvenes cristianos les escribo con cariño esta Exhortación apostólica, es decir, una carta
que recuerda algunas convicciones de nuestra fe y que al mismo tiempo alienta a crecer en la santidad
y en el compromiso con la propia vocación. Pero puesto que es un hito dentro de un camino sinodal,
me dirijo al mismo tiempo a todo el Pueblo de Dios, a sus pastores y a sus fieles, porque la reflexión
sobre los jóvenes y para los jóvenes nos convoca y nos estimula a todos. Por consiguiente, en algunos
párrafos hablaré directamente a los jóvenes y en otros ofreceré planteamientos más generales para el
discernimiento eclesial.

4. Me he dejado inspirar por la riqueza de las reflexiones y diálogos del Sínodo del año pasado. No
podré recoger aquí todos los aportes que ustedes podrán leer en el Documento final, pero he tratado
de asumir en la redacción de esta carta las propuestas que me parecieron más significativas. De ese
modo, mi palabra estará cargada de miles de voces de creyentes de todo el mundo que hicieron llegar
sus opiniones al Sínodo. Aun los jóvenes no creyentes, que quisieron participar con sus reflexiones, han
propuesto cuestiones que me plantearon nuevas preguntas.

CAPÍTULO PRIMERO
¿Qué dice la Palabra de Dios sobre los jóvenes?

5. Rescatemos algunos tesoros de las Sagradas Escrituras, donde varias veces se habla de los jóvenes
y de cómo el Señor sale a su encuentro.

En el Antiguo Testamento
6. En una época en que los jóvenes contaban poco, algunos textos muestran que Dios mira con otros
ojos. Por ejemplo, vemos que José era uno de los más pequeños de la familia (cf. Gn 37,2-3). Sin
embargo, Dios le comunicaba cosas grandes en sueños y superó a todos sus hermanos en importantes
tareas cuando tenía unos veinte años (cf. Gn 37-47).

7. En Gedeón, reconocemos la sinceridad de los jóvenes, que no acostumbran a edulcorar la realidad.


Cuando se le dijo que el Señor estaba con él, respondió: «Si Yahvé está con nosotros, ¿por qué nos
ocurre todo esto?» (Jc 6,13). Pero Dios no se molestó por ese reproche y redobló la apuesta por él:
«Ve con esa fuerza que tienes y salvarás a Israel» (Jc 6,14).

8. Samuel era un jovencito inseguro, pero el Señor se comunicaba con él. Gracias al consejo de un
adulto, abrió su corazón para escuchar el llamado de Dios: «Habla Señor, que tu siervo escucha» (1 S
3,9-10). Por eso fue un gran profeta que intervino en momentos importantes de su patria. El rey Saúl
también era un joven cuando el Señor lo llamó a cumplir su misión (cf. 1 S 9,2).

9. El rey David fue elegido siendo un muchacho. Cuando el profeta Samuel estaba buscando al futuro
rey de Israel, un hombre le presentó como candidatos a sus hijos mayores y más experimentados.
Pero el profeta dijo que el elegido era el jovencito David, que cuidaba las ovejas (cf. 1 S 16,6-13),
porque «el hombre mira las apariencias, pero Dios mira el corazón» (v. 7). La gloria de la juventud está
en el corazón más que en la fuerza física o en la impresión que uno provoca en los demás.

10. Salomón, cuando tuvo que suceder a su padre, se sintió perdido y dijo a Dios: «Soy un joven
muchacho y no sé por dónde empezar y terminar» (1 R 3,7). Sin embargo, la audacia de la juventud lo
movió a pedir a Dios la sabiduría y se entregó a su misión. Algo semejante le ocurrió al profeta
Jeremías, llamado a despertar a su pueblo siendo muy joven. En su temor dijo: «¡Ay Señor! Mira que
no sé hablar, porque soy demasiado joven» (Jr 1,6). Pero el Señor le pidió que no dijera eso (cf. Jr
1,7), y agregó: «No temas delante de ellos, porque yo estoy contigo para librarte» (Jr 1,8). La entrega
del profeta Jeremías a su misión muestra lo que es posible si se unen la frescura de la juventud y la
fuerza de Dios.

11. Una muchachita judía, que estaba al servicio del militar extranjero Naamán, intervino con fe para
ayudarlo a curarse de su enfermedad (cf. 2 R 5,2-6). La joven Rut fue un ejemplo de generosidad al
quedarse con su suegra caída en desgracia (cf. Rt 1,1-18), y también mostró su audacia para salir
adelante en la vida (cf. Rt 4,1-17).

En el Nuevo Testamento
12. Cuenta una parábola de Jesús (cf. Lc 15,11-32) que el hijo “más joven” quiso irse de la casa
paterna hacia un país lejano (cf. vv. 12-13). Pero sus sueños de autonomía se convirtieron en
libertinaje y desenfreno (cf. v. 13) y probó lo duro de la soledad y de la pobreza (cf. vv. 14-16). Sin
embargo, supo recapacitar para empezar de nuevo (cf. vv. 17-19) y decidió levantarse (cf. v. 20). Es
propio del corazón joven disponerse al cambio, ser capaz de volver a levantarse y dejarse enseñar por
la vida. ¿Cómo no acompañar al hijo en ese nuevo intento? Pero el hermano mayor ya tenía el corazón
avejentado y se dejó poseer por la avidez, el egoísmo y la envidia (cf. vv. 28-30). Jesús elogia al joven
pecador que retoma el buen camino más que al que se cree fiel pero no vive el espíritu del amor y de la
misericordia.

13. Jesús, el eternamente joven, quiere regalarnos un corazón siempre joven. La Palabra de Dios nos
pide: «Eliminen la levadura vieja para ser masa joven» (1 Co 5,7). Al mismo tiempo nos invita a
despojarnos del «hombre viejo» para revestirnos del hombre «joven» (cf. Col 3,9.10).[1] Y cuando
explica lo que es revestirse de esa juventud «que se va renovando» (v. 10) dice que es tener
«entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándose unos a otros
y perdonándose mutuamente si alguno tiene queja contra otro» (Col 3,12-13). Esto significa que la
verdadera juventud es tener un corazón capaz de amar. En cambio, lo que avejenta el alma es todo lo
que nos separa de los demás. Por eso concluye: «Por encima de todo esto, revístanse del amor, que
es el vínculo de la perfección» (Col 3,14).

14. Advirtamos que a Jesús no le caía bien que las personas adultas miraran despectivamente a los
más jóvenes o los tuvieran a su servicio de manera despótica. Al contrario, Él pedía: «que el mayor
entre ustedes sea como el más joven» (Lc 22,26). Para Él la edad no establecía privilegios, y que
alguien tuviera menos años no significaba que valiera menos o que tuviera menor dignidad.

15. La Palabra de Dios dice que a los jóvenes hay que tratarlos «como a hermanos» (1 Tm 5,1), y
recomienda a los padres: «No exasperen a sus hijos, para que no se desanimen» (Col 3,21). Un joven
no puede estar desanimado, lo suyo es soñar cosas grandes, buscar horizontes amplios, atreverse a
más, querer comerse el mundo, ser capaz de aceptar propuestas desafiantes y desear aportar lo mejor
de sí para construir algo mejor. Por eso insisto a los jóvenes que no se dejen robar la esperanza, y a
cada uno le repito: «que nadie menosprecie tu juventud» (1 Tm 4,12).

16. Sin embargo, al mismo tiempo a los jóvenes se les recomienda: «Sean sumisos a los ancianos» (1
P 5,5). La Biblia siempre invita a un profundo respeto hacia los ancianos, porque albergan un tesoro de
experiencia, han probado los éxitos y los fracasos, las alegrías y las grandes angustias de la vida, las
ilusiones y los desencantos, y en el silencio de su corazón guardan tantas historias que nos pueden
ayudar a no equivocarnos ni engañarnos por falsos espejismos. La palabra de un anciano sabio invita a
respetar ciertos límites y a saber dominarse a tiempo: «Exhorta igualmente a los jóvenes para que
sepan controlarse en todo» (Tt 2,6). No hace bien caer en un culto a la juventud, o en una actitud
juvenil que desprecia a los demás por sus años, o porque son de otra época. Jesús decía que la
persona sabia es capaz de sacar del arcón tanto lo nuevo como lo viejo (cf. Mt 13,52). Un joven sabio
se abre al futuro, pero siempre es capaz de rescatar algo de la experiencia de los otros.

17. En el Evangelio de Marcos aparece una persona que, cuando Jesús le recuerda los mandamientos,
dice: «Los he cumplido desde mi juventud» (10,20). Ya lo decía el Salmo: «Tú eres mi esperanza
Señor, mi confianza está en ti desde joven […] me instruiste desde joven y anuncié hasta hoy tus
maravillas» (71,5.17). No hay que arrepentirse de gastar la juventud siendo buenos, abriendo el
corazón al Señor, viviendo de otra manera. Nada de eso nos quita la juventud, sino que la fortalece y la
renueva: «Tu juventud se renueva como el águila» (Sal 103,5). Por eso san Agustín se lamentaba:
«¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva! ¡Tarde te amé!».[2] Pero aquel hombre rico, que
había sido fiel a Dios en su juventud, dejó que los años le quitaran los sueños, y prefirió seguir apegado
a sus bienes (cf. Mc 10,22).

18. En cambio, en el Evangelio de Mateo aparece un joven (cf. Mt 19,20.22) que se acerca a Jesús
para pedir más (cf. v. 20), con ese espíritu abierto de los jóvenes, que busca nuevos horizontes y
grandes desafíos. En realidad su espíritu no era tan joven, porque ya se había aferrado a las riquezas y
a las comodidades. Él decía de la boca para afuera que quería algo más, pero cuando Jesús le pidió que
fuera generoso y repartiera sus bienes, se dio cuenta de que era incapaz de desprenderse de lo que
tenía. Finalmente, «al oír estas palabras el joven se retiró entristecido» (v. 22). Había renunciado a su
juventud.

19. El Evangelio también nos habla de unas jóvenes prudentes, que estaban preparadas y atentas,
mientras otras vivían distraídas y adormecidas (cf. Mt 25,1-13). Porque uno puede pasar su juventud
distraído, volando por la superficie de la vida, adormecido, incapaz de cultivar relaciones profundas y de
entrar en lo más hondo de la vida. De ese modo prepara un futuro pobre, sin substancia. O uno puede
gastar su juventud para cultivar cosas bellas y grandes, y así prepara un futuro lleno de vida y de
riqueza interior.

20. Si has perdido el vigor interior, los sueños, el entusiasmo, la esperanza y la generosidad, ante ti se
presenta Jesús como se presentó ante el hijo muerto de la viuda, y con toda su potencia de Resucitado
el Señor te exhorta: «Joven, a ti te digo, ¡levántate!» (Lc 7,14).

21. Sin duda hay muchos otros textos de la Palabra de Dios que pueden iluminarnos acerca de esta
etapa de la vida. Recogeremos algunos de ellos en los próximos capítulos.

CAPÍTULO SEGUNDO
Jesucristo siempre joven

22. Jesús es «joven entre los jóvenes para ser ejemplo de los jóvenes y consagrarlos al Señor».[3] Por
eso el Sínodo dijo que «la juventud es una etapa original y estimulante de la vida, que el propio Jesús
vivió, santificándola».[4] ¿Qué nos cuenta el Evangelio acerca de la juventud de Jesús?

La juventud de Jesús
23. El Señor «entregó su espíritu» (Mt 27,50) en una cruz cuando tenía poco más de 30 años de edad
(cf. Lc 3,23). Es importante tomar conciencia de que Jesús fue un joven. Dio su vida en una etapa que
hoy se define como la de un adulto joven. En la plenitud de su juventud comenzó su misión pública y así
«brilló una gran luz» (Mt 4,16), sobre todo cuando dio su vida hasta el fin. Este final no era
improvisado, sino que toda su juventud fue una preciosa preparación, en cada uno de sus momentos,
porque «todo en la vida de Jesús es signo de su misterio»[5] y «toda la vida de Cristo es misterio de
Redención».[6]

24. El Evangelio no habla de la niñez de Jesús, pero sí nos narra algunos acontecimientos de su
adolescencia y juventud. Mateo sitúa este período de la juventud del Señor entre dos acontecimientos:
el regreso de su familia a Nazaret, después del tiempo de exilio, y su bautismo en el Jordán, donde
comenzó su misión pública. Las últimas imágenes de Jesús niño son las de un pequeño refugiado en
Egipto (cf. Mt 2,14-15) y posteriormente las de un repatriado en Nazaret (cf. Mt 2,19-23). Las
primeras imágenes de Jesús, joven adulto, son las que nos lo presentan en el gentío junto al río Jordán,
para hacerse bautizar por su primo Juan el Bautista, como uno más de su pueblo (cf. Mt 3,13-17).

25. Este bautismo no era como el nuestro, que nos introduce en la vida de la gracia, sino que fue una
consagración antes de comenzar la gran misión de su vida. El Evangelio dice que su bautismo fue
motivo de la alegría y del beneplácito del Padre: «Tú eres mi Hijo amado» (Lc 3,22). En seguida Jesús
apareció lleno del Espíritu Santo y fue conducido por el Espíritu al desierto. Así estaba preparado para
salir a predicar y a hacer prodigios, para liberar y sanar (cf. Lc 4,1-14). Cada joven, cuando se sienta
llamado a cumplir una misión en esta tierra, está invitado a reconocer en su interior esas mismas
palabras que le dice el Padre Dios: «Tú eres mi hijo amado».

26. Entre estos relatos, encontramos uno que muestra a Jesús en plena adolescencia. Es cuando
regresó con sus padres a Nazaret, después que ellos lo perdieron y lo encontraron en el Templo (cf. Lc
2,41-51). Allí dice que «les estaba sujeto» (cf. Lc 2,51), porque no renegaba de su familia. Después,
Lucas agrega que Jesús «crecía en sabiduría, edad y gracia ante Dios y los hombres» (Lc 2,52). Es
decir, estaba siendo preparado, y en ese período iba profundizando su relación con el Padre y con los
demás. San Juan Pablo II explicaba que no crecía sólo físicamente, sino que «se dio también en Jesús
un crecimiento espiritual», porque «la plenitud de gracia en Jesús era relativa a la edad: había siempre
plenitud, pero una plenitud creciente con el crecer de la edad».[7]
27. Con estos datos evangélicos podemos decir que, en su etapa de joven, Jesús se fue «formando»,
se fue preparando para cumplir el proyecto que el Padre tenía. Su adolescencia y su juventud lo
orientaron a esa misión suprema.

28. En la adolescencia y en la juventud, su relación con el Padre era la del Hijo amado, atraído por el
Padre, crecía ocupándose de sus cosas: «¿No sabían que debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?»
(Lc 2,49). Sin embargo, no hay que pensar que Jesús fuera un adolescente solitario o un joven
ensimismado. Su relación con la gente era la de un joven que compartía toda la vida de una familia bien
integrada en el pueblo. Aprendió el trabajo de su padre y luego lo reemplazó como carpintero. Por eso,
en el Evangelio una vez se le llama «el hijo del carpintero» (Mt 13,55) y otra vez sencillamente «el
carpintero» (Mc 6,3). Este detalle muestra que era un muchacho más de su pueblo, que se relacionaba
con toda normalidad. Nadie lo miraba como un joven raro o separado de los demás. Precisamente por
esta razón, cuando Jesús salió a predicar, la gente no se explicaba de dónde sacaba esa sabiduría:
«¿No es este el hijo de José?» (Lc 4,22).

29. El hecho es que «Jesús tampoco creció en una relación cerrada y absorbente con María y con José,
sino que se movía gustosamente en la familia ampliada, que incluía a los parientes y amigos».[8] Así
entendemos por qué sus padres, cuando regresaban de la peregrinación a Jerusalén, estaban tranquilos
pensando que el jovencito de doce años (cf. Lc 2,42) caminaba libremente entre la gente, aunque no lo
vieran durante un día entero: «Creyendo que estaba en la caravana, hicieron un día de camino» (Lc
2,44). Ciertamente, pensaban que Jesús estaba allí, yendo y viniendo entre los demás, bromeando con
otros de su edad, escuchando las narraciones de los adultos y compartiendo las alegrías y las tristezas
de la caravana. El término griego utilizado por Lucas para la caravana de peregrinos, synodía, indica
precisamente esta “comunidad en camino” de la que forma parte la sagrada familia. Gracias a la
confianza de sus padres, Jesús se mueve libremente y aprende a caminar con todos los demás.

Su juventud nos ilumina


30. Estos aspectos de la vida de Jesús pueden resultar inspiradores para todo joven que crece y se
prepara para realizar su misión. Esto implica madurar en la relación con el Padre, en la conciencia de ser
uno más de la familia y del pueblo, y en la apertura a ser colmado por el Espíritu y conducido a realizar
la misión que Dios encomienda, la propia vocación. Nada de esto debería ser ignorado en la pastoral
juvenil, para no crear proyectos que aíslen a los jóvenes de la familia y del mundo, o que los conviertan
en una minoría selecta y preservada de todo contagio. Necesitamos más bien proyectos que los
fortalezcan, los acompañen y los lancen al encuentro con los demás, al servicio generoso, a la misión.

31. Jesús no los ilumina a ustedes, jóvenes, desde lejos o desde afuera, sino desde su propia juventud,
que comparte con ustedes. Es muy importante contemplar al Jesús joven que nos muestran los
evangelios, porque Él fue verdaderamente uno de ustedes, y en Él se pueden reconocer muchas notas
de los corazones jóvenes. Lo vemos, por ejemplo, en las siguientes características: «Jesús tenía una
confianza incondicional en el Padre, cuidó la amistad con sus discípulos, e incluso en los momentos
críticos permaneció fiel a ellos. Manifestó una profunda compasión por los más débiles, especialmente
los pobres, los enfermos, los pecadores y los excluidos. Tuvo la valentía de enfrentarse a las
autoridades religiosas y políticas de su tiempo; vivió la experiencia de sentirse incomprendido y
descartado; sintió miedo del sufrimiento y conoció la fragilidad de la pasión; dirigió su mirada al futuro
abandonándose en las manos seguras del Padre y a la fuerza del Espíritu. En Jesús todos los jóvenes
pueden reconocerse».[9]

32. Por otra parte, Jesús ha resucitado y nos quiere hacer partícipes de la novedad de su resurrección.
Él es la verdadera juventud de un mundo envejecido, y también es la juventud de un universo que
espera con «dolores de parto» (Rm 8,22) ser revestido con su luz y con su vida. Cerca de Él podemos
beber del verdadero manantial, que mantiene vivos nuestros sueños, nuestros proyectos, nuestros
grandes ideales, y que nos lanza al anuncio de la vida que vale la pena. En dos detalles curiosos del
evangelio de Marcos puede advertirse el llamado a la verdadera juventud de los resucitados. Por una
parte, en la pasión del Señor aparece un joven temeroso que intentaba seguir a Jesús pero que huyó
desnudo (cf. Mc 14,51-52), un joven que no tuvo la fuerza de arriesgarlo todo por seguir al Señor. En
cambio, junto al sepulcro vacío, vemos a un joven «vestido con una túnica blanca» (16,5) que invitaba
a perder el temor y anunciaba el gozo de la resurrección (cf. 16,6-7).

33. El Señor nos llama a encender estrellas en la noche de otros jóvenes, nos invita a mirar los
verdaderos astros, esos signos tan variados que Él nos da para que no nos quedemos quietos, sino que
imitemos al sembrador que miraba las estrellas para poder arar el campo. Dios nos enciende estrellas
para que sigamos caminando: «Las estrellas brillan alegres en sus puestos de guardia, Él las llama y le
responden» (Ba 3,34-35). Pero Cristo mismo es para nosotros la gran luz de esperanza y de guía en
nuestra noche, porque Él es «la estrella radiante de la mañana» (Ap 22,16).

La juventud de la Iglesia
34. Ser joven, más que una edad es un estado del corazón. De ahí que una institución tan antigua
como la Iglesia pueda renovarse y volver a ser joven en diversas etapas de su larguísima historia. En
realidad, en sus momentos más trágicos siente el llamado a volver a lo esencial del primer amor.
Recordando esta verdad, el Concilio Vaticano II expresaba que «rica en un largo pasado, siempre vivo
en ella y marchando hacia la perfección humana en el tiempo y hacia los objetivos últimos de la historia
y de la vida, es la verdadera juventud del mundo». En ella es posible siempre encontrar a Cristo «el
compañero y amigo de los jóvenes».[10]
Una Iglesia que se deja renovar
35. Pidamos al Señor que libere a la Iglesia de los que quieren avejentarla, esclerotizarla en el pasado,
detenerla, volverla inmóvil. También pidamos que la libere de otra tentación: creer que es joven porque
cede a todo lo que el mundo le ofrece, creer que se renueva porque esconde su mensaje y se mimetiza
con los demás. No. Es joven cuando es ella misma, cuando recibe la fuerza siempre nueva de la Palabra
de Dios, de la Eucaristía, de la presencia de Cristo y de la fuerza de su Espíritu cada día. Es joven
cuando es capaz de volver una y otra vez a su fuente.

36. Es cierto que los miembros de la Iglesia no tenemos que ser “bichos raros”. Todos tienen que
sentirnos hermanos y cercanos, como los Apóstoles, que «gozaban de la simpatía de todo el pueblo»
(Hch 2,47; cf. 4,21.33; 5,13). Pero al mismo tiempo tenemos que atrevernos a ser distintos, a
mostrar otros sueños que este mundo no ofrece, a testimoniar la belleza de la generosidad, del
servicio, de la pureza, de la fortaleza, del perdón, de la fidelidad a la propia vocación, de la oración, de la
lucha por la justicia y el bien común, del amor a los pobres, de la amistad social.

37. La Iglesia de Cristo siempre puede caer en la tentación de perder el entusiasmo porque ya no
escucha la llamada del Señor al riesgo de la fe, a darlo todo sin medir los peligros, y vuelve a buscar
falsas seguridades mundanas. Son precisamente los jóvenes quienes pueden ayudarla a mantenerse
joven, a no caer en la corrupción, a no quedarse, a no enorgullecerse, a no convertirse en secta, a ser
más pobre y testimonial, a estar cerca de los últimos y descartados, a luchar por la justicia, a dejarse
interpelar con humildad. Ellos pueden aportarle a la Iglesia la belleza de la juventud cuando estimulan la
capacidad «de alegrarse con lo que comienza, de darse sin recompensa, de renovarse y de partir de
nuevo para nuevas conquistas».[11]

38. Quienes ya no somos jóvenes, necesitamos ocasiones para tener cerca la voz y el estímulo de
ellos, y «la cercanía crea las condiciones para que la Iglesia sea un espacio de diálogo y testimonio de
fraternidad que fascine».[12] Nos hace falta crear más espacios donde resuene la voz de los jóvenes:
«La escucha hace posible un intercambio de dones, en un contexto de empatía […]. Al mismo tiempo,
pone las condiciones para un anuncio del Evangelio que llegue verdaderamente al corazón, de modo
incisivo y fecundo».[13]

Una Iglesia atenta a los signos de los tiempos


39. «Para muchos jóvenes Dios, la religión y la Iglesia son palabras vacías, en cambio son sensibles a la
figura de Jesús, cuando viene presentada de modo atractivo y eficaz».[14] Por eso es necesario que la
Iglesia no esté demasiado pendiente de sí misma sino que refleje sobre todo a Jesucristo. Esto implica
que reconozca con humildad que algunas cosas concretas deben cambiar, y para ello necesita también
recoger la visión y aun las críticas de los jóvenes.

40. En el Sínodo se reconoció «que un número consistente de jóvenes, por razones muy distintas, no
piden nada a la Iglesia porque no la consideran significativa para su existencia. Algunos, incluso, piden
expresamente que se les deje en paz, ya que sienten su presencia como molesta y hasta irritante. Esta
petición con frecuencia no nace de un desprecio acrítico e impulsivo, sino que hunde sus raíces en
razones serias y comprensibles: los escándalos sexuales y económicos; la falta de preparación de los
ministros ordenados que no saben captar adecuadamente la sensibilidad de los jóvenes; el poco
cuidado en la preparación de la homilía y en la explicación de la Palabra de Dios; el papel pasivo
asignado a los jóvenes dentro de la comunidad cristiana; la dificultad de la Iglesia para dar razón de sus
posiciones doctrinales y éticas a la sociedad contemporánea».[15]

41. Si bien hay jóvenes que disfrutan cuando ven una Iglesia que se manifiesta humildemente segura de
sus dones y también capaz de ejercer una crítica leal y fraterna, otros jóvenes reclaman una Iglesia que
escuche más, que no se la pase condenando al mundo. No quieren ver a una Iglesia callada y tímida,
pero tampoco que esté siempre en guerra por dos o tres temas que la obsesionan. Para ser creíble
ante los jóvenes, a veces necesita recuperar la humildad y sencillamente escuchar, reconocer en lo que
dicen los demás alguna luz que la ayude a descubrir mejor el Evangelio. Una Iglesia a la defensiva, que
pierde la humildad, que deja de escuchar, que no permite que la cuestionen, pierde la juventud y se
convierte en un museo. ¿Cómo podrá acoger de esa manera los sueños de los jóvenes? Aunque tenga
la verdad del Evangelio, eso no significa que la haya comprendido plenamente; más bien tiene que
crecer siempre en la comprensión de ese tesoro inagotable.[16]

42. Por ejemplo, una Iglesia demasiado temerosa y estructurada puede ser permanentemente crítica
ante todos los discursos sobre la defensa de los derechos de las mujeres, y señalar constantemente los
riesgos y los posibles errores de esos reclamos. En cambio, una Iglesia viva puede reaccionar prestando
atención a las legítimas reivindicaciones de las mujeres que piden más justicia e igualdad. Puede
recordar la historia y reconocer una larga trama de autoritarismo por parte de los varones, de
sometimiento, de diversas formas de esclavitud, de abuso y de violencia machista. Con esta mirada
será capaz de hacer suyos estos reclamos de derechos, y dará su aporte con convicción para una
mayor reciprocidad entre varones y mujeres, aunque no esté de acuerdo con todo lo que propongan
algunos grupos feministas. En esta línea, el Sínodo quiso renovar el compromiso de la Iglesia «contra
toda clase de discriminación y violencia sexual».[17] Esa es la reacción de una Iglesia que se mantiene
joven y que se deja cuestionar e impulsar por la sensibilidad de los jóvenes.

María, la muchacha de Nazaret


43. En el corazón de la Iglesia resplandece María. Ella es el gran modelo para una Iglesia joven, que
quiere seguir a Cristo con frescura y docilidad. Cuando era muy joven, recibió el anuncio del ángel y no
se privó de hacer preguntas (cf. Lc 1,34). Pero tenía un alma disponible y dijo: «Aquí está la servidora
del Señor» (Lc 1,38).

44. «Siempre llama la atención la fuerza del “sí” de María joven. La fuerza de ese “hágase” que le dijo al
ángel. Fue una cosa distinta a una aceptación pasiva o resignada. Fue algo distinto a un “sí” como
diciendo: bueno, vamos a probar a ver qué pasa. María no conocía esa expresión: vamos a ver qué
pasa. Era decidida, supo de qué se trataba y dijo “sí”, sin vueltas. Fue algo más, fue algo distinto. Fue el
“sí” de quien quiere comprometerse y el que quiere arriesgar, de quien quiere apostarlo todo, sin más
seguridad que la certeza de saber que era portadora de una promesa. Y yo pregunto a cada uno de
ustedes. ¿Se sienten portadores de una promesa? ¿Qué promesa tengo en el corazón para llevar
adelante? María tendría, sin dudas, una misión difícil, pero las dificultades no eran una razón para decir
“no”. Seguro que tendría complicaciones, pero no serían las mismas complicaciones que se producen
cuando la cobardía nos paraliza por no tener todo claro o asegurado de antemano. ¡María no compró
un seguro de vida! ¡María se la jugó y por eso es fuerte, por eso es una influencer, es la influencer de
Dios! El “sí” y las ganas de servir fueron más fuertes que las dudas y las dificultades».[18]

45. Sin ceder a evasiones ni espejismos, «ella supo acompañar el dolor de su Hijo […] sostenerlo en la
mirada, cobijarlo con el corazón. Dolor que sufrió, pero no la resignó. Fue la mujer fuerte del “sí”, que
sostiene y acompaña, cobija y abraza. Ella es la gran custodia de la esperanza […]. De ella aprendemos
a decir “sí” en la testaruda paciencia y creatividad de aquellos que no se achican y vuelven a
comenzar».[19]

46. María era la chica de alma grande que se estremecía de alegría (cf. Lc 1,47), era la jovencita con
los ojos iluminados por el Espíritu Santo que contemplaba la vida con fe y guardaba todo en su corazón
de muchacha (cf. Lc 2,19.51). Era la inquieta, la que se pone continuamente en camino, que cuando
supo que su prima la necesitaba no pensó en sus propios proyectos, sino que salió hacia la montaña
«sin demora» (Lc 1,39).

47. Y si hacía falta proteger a su niño, allá iba con José a un país lejano (cf. Mt 2,13-14). Por eso
permaneció junto a los discípulos reunidos en oración esperando al Espíritu Santo (cf. Hch 1,14). Así,
con su presencia, nació una Iglesia joven, con sus Apóstoles en salida para hacer nacer un mundo
nuevo (cf. Hch 2,4-11).

48. Aquella muchacha hoy es la Madre que vela por los hijos, estos hijos que caminamos por la vida
muchas veces cansados, necesitados, pero queriendo que la luz de la esperanza no se apague. Eso es
lo que queremos: que la luz de la esperanza no se apague. Nuestra Madre mira a este pueblo
peregrino, pueblo de jóvenes querido por ella, que la busca haciendo silencio en el corazón aunque en el
camino haya mucho ruido, conversaciones y distracciones. Pero ante los ojos de la Madre sólo cabe el
silencio esperanzado. Y así María ilumina de nuevo nuestra juventud.

Jóvenes santos
49. El corazón de la Iglesia también está lleno de jóvenes santos, que entregaron su vida por Cristo,
muchos de ellos hasta el martirio. Ellos fueron preciosos reflejos de Cristo joven que brillan para
estimularnos y para sacarnos de la modorra. El Sínodo destacó que «muchos jóvenes santos han
hecho brillar los rasgos de la edad juvenil en toda su belleza y en su época fueron verdaderos profetas
de cambio; su ejemplo muestra de qué son capaces los jóvenes cuando se abren al encuentro con
Cristo».[20]

50. «A través de la santidad de los jóvenes la Iglesia puede renovar su ardor espiritual y su vigor
apostólico. El bálsamo de la santidad generada por la vida buena de tantos jóvenes puede curar las
heridas de la Iglesia y del mundo, devolviéndonos a aquella plenitud del amor al que desde siempre
hemos sido llamados: los jóvenes santos nos animan a volver a nuestro amor primero (cf. Ap
2,4)».[21] Hay santos que no conocieron la vida adulta, y nos dejaron el testimonio de otra forma de
vivir la juventud. Recordemos al menos a algunos de ellos, de distintos momentos de la historia, que
vivieron la santidad cada uno a su modo.

51. En el siglo III, san Sebastián era un joven capitán de la guardia pretoriana. Cuentan que hablaba de
Cristo por todas partes y trataba de convertir a sus compañeros, hasta que le ordenaron renunciar a su
fe. Como no aceptó, lanzaron sobre él una lluvia de flechas, pero sobrevivió y siguió anunciando a
Cristo sin miedo. Finalmente lo azotaron hasta matarlo.

52. San Francisco de Asís, siendo muy joven y lleno de sueños, escuchó el llamado de Jesús a ser
pobre como Él y a restaurar la Iglesia con su testimonio. Renunció a todo con alegría y es el santo de la
fraternidad universal, el hermano de todos, que alababa al Señor por sus creaturas. Murió en 1226.

53. Santa Juana de Arco nació en 1412. Era una joven campesina que, a pesar de su corta edad, luchó
para defender a Francia de los invasores. Incomprendida por su aspecto y por su forma de vivir la fe,
murió en la hoguera.

54. El beato Andrés Phû Yên era un joven vietnamita del siglo XVII. Era catequista y ayudaba a los
misioneros. Fue hecho prisionero por su fe, y debido a que no quiso renunciar a ella fue asesinado.
Murió diciendo: “Jesús”.
55. En ese mismo siglo, santa Catalina Tekakwitha, una joven laica nativa de América del Norte, sufrió
una persecusión por su fe y huyó caminando más de 300 kilómetros a través de bosques espesos. Se
consagró a Dios y murió diciendo: “¡Jesús, te amo!”.

56. Santo Domingo Savio le ofrecía a María todos sus sufrimientos. Cuando san Juan Bosco le enseñó
que la santidad supone estar siempre alegres, abrió su corazón a una alegría contagiosa. Procuraba
estar cerca de sus compañeros más marginados y enfermos. Murió en 1857 a los catorce años,
diciendo: “¡Qué maravilla estoy viendo!”.

57. Santa Teresa del Niño Jesús nació en 1873. A los 15 años, atravesando muchas dificultades, logró
ingresar a un convento carmelita. Vivió el caminito de la confianza total en el amor del Señor y se
propuso alimentar con su oración el fuego del amor que mueve a la Iglesia.

58. El beato Ceferino Namuncurá era un joven argentino, hijo de un destacado cacique de los pueblos
originarios. Llegó a ser seminarista salesiano, lleno de deseos de volver a su tribu para llevar a
Jesucristo. Murió en 1905.

59. El beato Isidoro Bakanja era un laico del Congo que daba testimonio de su fe. Fue torturado
durante largo tiempo por haber propuesto el cristianismo a otros jóvenes. Murió perdonando a su
verdugo en 1909.

60. El beato Pier Giorgio Frassati, que murió en 1925, «era un joven de una alegría contagiosa, una
alegría que superaba también tantas dificultades de su vida».[22] Decía que él intentaba retribuir el amor
de Jesús que recibía en la comunión, visitando y ayudando a los pobres.

61. El beato Marcel Callo era un joven francés que murió en 1945. En Austria fue encerrado en un
campo de concentración donde confortaba en la fe a sus compañeros de cautiverio, en medio de duros
trabajos.

62. La joven beata Chiara Badano, que murió en 1990, «experimentó cómo el dolor puede ser
transfigurado por el amor […]. La clave de su paz y alegría era la plena confianza en el Señor y la
aceptación de la enfermedad como misteriosa expresión de su voluntad para su bien y el de los
demás».[23]

63. Que ellos y también muchos jóvenes que quizás desde el silencio y el anonimato vivieron a fondo el
Evangelio, intercedan por la Iglesia, para que esté llena de jóvenes alegres, valientes y entregados que
regalen al mundo nuevos testimonios de santidad.

CAPÍTULO TERCERO
Ustedes son el ahora de Dios

64. Después de recorrer la Palabra de Dios, no podemos decir sólo que los jóvenes son el futuro del
mundo. Son el presente, lo están enriqueciendo con su aporte. Un joven ya no es un niño, está en un
momento de la vida en que comienza a tomar distintas responsabilidades, participando con los adultos
en el desarrollo de la familia, de la sociedad, de la Iglesia. Pero los tiempos cambian, y resuena la
pregunta: ¿cómo son los jóvenes hoy, qué les pasa ahora?

En positivo
65. El Sínodo reconoció que los fieles de la Iglesia no siempre tienen la actitud de Jesús. En lugar de
disponernos a escucharlos a fondo, «a veces predomina la tendencia a dar respuestas
preconfeccionadas y recetas preparadas, sin dejar que las preguntas de los jóvenes se planteen con su
novedad y sin aceptar su provocación».[24] En cambio, cuando la Iglesia abandona esquemas rígidos y
se abre a la escucha disponible y atenta de los jóvenes, esta empatía la enriquece, porque «permite que
los jóvenes den su aportación a la comunidad, ayudándola a abrirse a nuevas sensibilidades y a
plantearse preguntas inéditas».[25]

66. Hoy los adultos corremos el riesgo de hacer un listado de calamidades, de defectos de la juventud
actual. Algunos podrán aplaudirnos porque parecemos expertos en encontrar puntos negativos y
peligros. ¿Pero cuál sería el resultado de esa actitud? Más y más distancia, menos cercanía, menos
ayuda mutua.

67. La clarividencia de quien ha sido llamado a ser padre, pastor o guía de los jóvenes consiste en
encontrar la pequeña llama que continúa ardiendo, la caña que parece quebrarse (cf. Is 42,3), pero que
sin embargo todavía no se rompe. Es la capacidad de encontrar caminos donde otros ven sólo
murallas, es la habilidad de reconocer posibilidades donde otros ven solamente peligros. Así es la mirada
de Dios Padre, capaz de valorar y alimentar las semillas de bien sembradas en los corazones de los
jóvenes. El corazón de cada joven debe por tanto ser considerado “tierra sagrada”, portador de
semillas de vida divina, ante quien debemos “descalzarnos” para poder acercarnos y profundizar en el
Misterio.

Muchas juventudes
68. Podríamos intentar describir las características de los jóvenes de hoy, pero ante todo quiero
recoger una advertencia de los Padres sinodales: «La composición del Sínodo ha hecho visible la
presencia y la aportación de las diversas regiones del mundo, y ha puesto de relieve la belleza de ser
Iglesia universal. Aun en un contexto de globalización creciente, los Padres sinodales han pedido que se
destacaran las numerosas diferencias entre contextos y culturas, incluso dentro de un mismo país.
Existe una pluralidad de mundos juveniles, tanto es así que en algunos países se tiende a utilizar el
término “juventud” en plural. Además, la franja de edad considerada por este Sínodo (16-29 años) no
representa un conjunto homogéneo, sino que está compuesta por grupos que viven situaciones
peculiares».[26]

69. Ya desde el punto de vista demográfico, en algunos países hay muchos jóvenes, mientras otros
tienen una tasa de natalidad muy baja. Pero «otra diferencia deriva de la historia, que distingue a los
países y continentes de antigua tradición cristiana, cuya cultura es portadora de una memoria que no
hay que perder, respecto de los países y continentes marcados en cambio por otras tradiciones
religiosas y en los que el cristianismo es una presencia minoritaria y a veces reciente. En otros
territorios, además, las comunidades cristianas y los jóvenes que forman parte de ellas son objeto de
persecución».[27] También hay que distinguir los jóvenes «a quienes la globalización ofrece un mayor
número de oportunidades, de aquellos que viven al margen de la sociedad o en el mundo rural y sufren
los efectos de formas de exclusión y descarte».[28]

70. Hay muchas diferencias más, que sería complejo detallar aquí. Por lo tanto, no creo conveniente
detenerme a ofrecer un análisis exhaustivo sobre los jóvenes en el mundo actual, sobre cómo viven y
qué les pasa. Pero como tampoco puedo dejar de mirar la realidad, recogeré brevemente algunos
aportes que llegaron antes del Sínodo y otros que pude recoger durante el mismo.

Algunas cosas que les pasan a los jóvenes


71. La juventud no es algo que se pueda analizar en abstracto. En realidad, “la juventud” no existe,
existen los jóvenes con sus vidas concretas. En el mundo actual, lleno de progresos, muchas de esas
vidas están expuestas al sufrimiento y a la manipulación.

Jóvenes de un mundo en crisis


72. Los padres sinodales evidenciaron con dolor que «muchos jóvenes viven en contextos de guerra y
padecen la violencia en una innumerable variedad de formas: secuestros, extorsiones, crimen
organizado, trata de seres humanos, esclavitud y explotación sexual, estupros de guerra, etc. A otros
jóvenes, a causa de su fe, les cuesta encontrar un lugar en sus sociedades y son víctimas de diversos
tipos de persecuciones, e incluso la muerte. Son muchos los jóvenes que, por constricción o falta de
alternativas, viven perpetrando delitos y violencias: niños soldados, bandas armadas y criminales,
tráfico de droga, terrorismo, etc. Esta violencia trunca muchas vidas jóvenes. Abusos y adicciones, así
como violencia y comportamientos negativos son algunas de las razones que llevan a los jóvenes a la
cárcel, con una especial incidencia en algunos grupos étnicos y sociales».[29]

73. Muchos jóvenes son ideologizados, utilizados y aprovechados como carne de cañón o como fuerza
de choque para destruir, amedrentar o ridiculizar a otros. Y lo peor es que muchos son convertidos en
seres individualistas, enemigos y desconfiados de todos, que así se vuelven presa fácil de ofertas
deshumanizantes y de los planes destructivos que elaboran grupos políticos o poderes económicos.

74. Todavía son «más numerosos en el mundo los jóvenes que padecen formas de marginación y
exclusión social por razones religiosas, étnicas o económicas. Recordamos la difícil situación de
adolescentes y jóvenes que quedan embarazadas y la plaga del aborto, así como la difusión del VIH, las
varias formas de adicción (drogas, juegos de azar, pornografía, etc.) y la situación de los niños y
jóvenes de la calle, que no tienen casa ni familia ni recursos económicos».[30] Cuando además son
mujeres, estas situaciones de marginación se vuelven doblemente dolorosas y difíciles.

75. No seamos una Iglesia que no llora frente a estos dramas de sus hijos jóvenes. Nunca nos
acostumbremos, porque quien no sabe llorar no es madre. Nosotros queremos llorar para que la
sociedad también sea más madre, para que en vez de matar aprenda a parir, para que sea promesa de
vida. Lloramos cuando recordamos a los jóvenes que ya han muerto por la miseria y la violencia, y le
pedimos a la sociedad que aprenda a ser madre solidaria. Ese dolor no se va, camina con nosotros,
porque la realidad no se puede esconder. Lo peor que podemos hacer es aplicar la receta del espíritu
mundano que consiste en anestesiar a los jóvenes con otras noticias, con otras distracciones, con
banalidades.

76. Quizás «aquellos que llevamos una vida más o menos sin necesidades no sabemos llorar. Ciertas
realidades de la vida solamente se ven con los ojos limpios por las lágrimas. Los invito a que cada uno
se pregunte: ¿Yo aprendí a llorar? ¿Yo aprendí a llorar cuando veo un niño con hambre, un niño drogado
en la calle, un niño que no tiene casa, un niño abandonado, un niño abusado, un niño usado por una
sociedad como esclavo? ¿O mi llanto es el llanto caprichoso de aquel que llora porque le gustaría tener
algo más?».[31] Intenta aprender a llorar por los jóvenes que están peor que tú. La misericordia y la
compasión también se expresan llorando. Si no te sale, ruega al Señor que te conceda derramar
lágrimas por el sufrimiento de otros. Cuando sepas llorar, entonces sí serás capaz de hacer algo de
corazón por los demás.

77. A veces el dolor de algunos jóvenes es muy lacerante; es un dolor que no se puede expresar con
palabras; es un dolor que nos abofetea. Esos jóvenes sólo pueden decirle a Dios que sufren mucho,
que les cuesta demasiado seguir adelante, que ya no creen en nadie. Pero en ese lamento desgarrador
se hacen presentes las palabras de Jesús: «Felices los afligidos, porque serán consolados» (Mt 5,4).
Hay jóvenes que pudieron abrirse camino en la vida porque les llegó esa promesa divina. Ojalá siempre
haya cerca de un joven sufriente una comunidad cristiana que pueda hacer resonar esas palabras con
gestos, abrazos y ayudas concretas.

78. Es verdad que los poderosos prestan algunas ayudas, pero frecuentemente a un alto costo. En
muchos países pobres las ayudas económicas de algunos países más ricos o de algunos organismos
internacionales suelen estar vinculadas a la aceptación de propuestas occidentales con respecto a la
sexualidad, al matrimonio, a la vida o a la justicia social. Esta colonización ideológica daña en especial a
los jóvenes. Al mismo tiempo, vemos cómo cierta publicidad enseña a las personas a estar siempre
insatisfechas y contribuye a la cultura del descarte, donde los mismos jóvenes terminan convertidos en
material descartable.

79. La cultura actual presenta un modelo de persona muy asociado a la imagen de lo joven. Se siente
bello quien aparenta juventud, quien realiza tratamientos para hacer desaparecer las huellas del tiempo.
Los cuerpos jóvenes son constantemente usados en la publicidad, para vender. El modelo de belleza es
un modelo juvenil, pero estemos atentos, porque esto no es un elogio para los jóvenes. Sólo significa
que los adultos quieren robar la juventud para ellos, no que respeten, amen y cuiden a los jóvenes.

80. Algunos jóvenes «sienten las tradiciones familiares como oprimentes y huyen de ellas impulsados
por una cultura globalizada que a veces los deja sin puntos de referencia. En otras partes del mundo, en
cambio, entre jóvenes y adultos no se da un verdadero conflicto generacional, sino una extrañeza
mutua. A veces los adultos no tratan de transmitir los valores fundamentales de la existencia o no lo
logran, o bien asumen estilos juveniles, invirtiendo la relación entre generaciones. De este modo, se
corre el riesgo de que la relación entre jóvenes y adultos permanezca en el plano afectivo, sin tocar la
dimensión educativa y cultural».[32] ¡Cuánto daño hace esto a los jóvenes, aunque algunos no lo
adviertan! Los mismos jóvenes nos han hecho notar que esto dificulta enormemente la transmisión de
la fe «en algunos países donde no hay libertad de expresión, y donde se les impide participar en la
Iglesia».[33]

Deseos, heridas y búsquedas


81. Los jóvenes reconocen que el cuerpo y la sexualidad tienen una importancia esencial para su vida y
en el camino de crecimiento de su identidad. Sin embargo, en un mundo que enfatiza excesivamente la
sexualidad, es difícil mantener una buena relación con el propio cuerpo y vivir serenamente las
relaciones afectivas. Por esta y por otras razones, la moral sexual suele ser muchas veces «causa de
incomprensión y de alejamiento de la Iglesia, ya que se percibe como un espacio de juicio y de
condena». Al mismo tiempo, los jóvenes expresan «un explícito deseo de confrontarse sobre las
cuestiones relativas a la diferencia entre identidad masculina y femenina, a la reciprocidad entre
hombres y mujeres, y a la homosexualidad».[34]

82. En nuestro tiempo «los avances de las ciencias y de las tecnologías biomédicas inciden sobre la
percepción del cuerpo, induciendo a la idea de que se puede modificar sin límite. La capacidad de
intervenir sobre el ADN, la posibilidad de insertar elementos artificiales en el organismo (cyborg) y el
desarrollo de las neurociencias constituyen un gran recurso, pero al mismo tiempo plantean
interrogantes antropológicos y éticos».[35] Pueden llevarnos a olvidar que la vida es un don, y que
somos seres creados y limitados, que fácilmente podemos ser instrumentalizados por quienes tienen el
poder tecnológico.[36] «Además en algunos contextos juveniles se difunde un cierto atractivo por
comportamientos de riesgo como instrumento para explorarse a sí mismos, buscando emociones
fuertes y obtener un reconocimiento. […] Estos fenómenos, a los que están expuestas las nuevas
generaciones, constituyen un obstáculo para una maduración serena».[37]

83. En los jóvenes también están los golpes, los fracasos, los recuerdos tristes clavados en el alma.
Muchas veces «son las heridas de las derrotas de la propia historia, de los deseos frustrados, de las
discriminaciones e injusticias sufridas, del no haberse sentido amados o reconocidos». Además «están
las heridas morales, el peso de los propios errores, los sentimientos de culpa por haberse
equivocado».[38] Jesús se hace presente en esas cruces de los jóvenes, para ofrecerles su amistad, su
alivio, su compañía sanadora, y la Iglesia quiere ser su instrumento en este camino hacia la restauración
interior y la paz del corazón.

84. En algunos jóvenes reconocemos un deseo de Dios, aunque no tenga todos los contornos del Dios
revelado. En otros podremos vislumbrar un sueño de fraternidad, que no es poco. En muchos habrá un
deseo real de desarrollar las capacidades que hay en ellos para aportarle algo al mundo. En algunos
vemos una sensibilidad artística especial, o una búsqueda de armonía con la naturaleza. En otros habrá
quizás una gran necesidad de comunicación. En muchos de ellos encontraremos un profundo deseo de
una vida diferente. Se trata de verdaderos puntos de partida, fibras interiores que esperan con apertura
una palabra de estímulo, de luz y de aliento.

85. El Sínodo ha tratado especialmente tres temas de suma importancia, cuyas conclusiones quiero
acoger textualmente, aunque todavía nos requerirán avanzar en un mayor análisis y desarrollar una
más adecuada y eficaz capacidad de respuesta.

El ambiente digital
86. «El ambiente digital caracteriza el mundo contemporáneo. Amplias franjas de la humanidad están
inmersas en él de manera ordinaria y continua. Ya no se trata solamente de “usar” instrumentos de
comunicación, sino de vivir en una cultura ampliamente digitalizada, que afecta de modo muy profundo
la noción de tiempo y de espacio, la percepción de uno mismo, de los demás y del mundo, el modo de
comunicar, de aprender, de informarse, de entrar en relación con los demás. Una manera de acercarse
a la realidad que suele privilegiar la imagen respecto a la escucha y a la lectura incide en el modo de
aprender y en el desarrollo del sentido crítico».[39]

87. La web y las redes sociales han creado una nueva manera de comunicarse y de vincularse, y «son
una plaza en la que los jóvenes pasan mucho tiempo y se encuentran fácilmente, aunque el acceso no
es igual para todos, en particular en algunas regiones del mundo. En cualquier caso, constituyen una
extraordinaria oportunidad de diálogo, encuentro e intercambio entre personas, así como de acceso a
la información y al conocimiento. Por otro lado, el entorno digital es un contexto de participación
sociopolítica y de ciudadanía activa, y puede facilitar la circulación de información independiente capaz
de tutelar eficazmente a las personas más vulnerables poniendo de manifiesto las violaciones de sus
derechos. En numerosos países, web y redes sociales representan un lugar irrenunciable para llegar a
los jóvenes e implicarlos, incluso en iniciativas y actividades pastorales».[40]

88. Pero para comprender este fenómeno en su totalidad hay que reconocer que, como toda realidad
humana, está atravesado por límites y carencias. No es sano confundir la comunicación con el mero
contacto virtual. De hecho, «el ambiente digital también es un territorio de soledad, manipulación,
explotación y violencia, hasta llegar al caso extremo del dark web. Los medios de comunicación digitales
pueden exponer al riesgo de dependencia, de aislamiento y de progresiva pérdida de contacto con la
realidad concreta, obstaculizando el desarrollo de relaciones interpersonales auténticas. Nuevas formas
de violencia se difunden mediante los social media, por ejemplo el ciberacoso; la web también es un
canal de difusión de la pornografía y de explotación de las personas para fines sexuales o mediante el
juego de azar».[41]

89. No se debería olvidar que «en el mundo digital están en juego ingentes intereses económicos,
capaces de realizar formas de control tan sutiles como invasivas, creando mecanismos de manipulación
de las conciencias y del proceso democrático. El funcionamiento de muchas plataformas a menudo
acaba por favorecer el encuentro entre personas que piensan del mismo modo, obstaculizando la
confrontación entre las diferencias. Estos circuitos cerrados facilitan la difusión de informaciones y
noticias falsas, fomentando prejuicios y odios. La proliferación de las fake news es expresión de una
cultura que ha perdido el sentido de la verdad y somete los hechos a intereses particulares. La
reputación de las personas está en peligro mediante juicios sumarios en línea. El fenómeno afecta
también a la Iglesia y a sus pastores».[42]

90. En un documento que prepararon 300 jóvenes de todo el mundo antes del Sínodo, ellos indicaron
que «las relaciones online pueden volverse inhumanas. Los espacios digitales nos ciegan a la
vulnerabilidad del otro y obstaculizan la reflexión personal. Problemas como la pornografía distorsionan
la percepción que el joven tiene de la sexualidad humana. La tecnología usada de esta forma, crea una
realidad paralela ilusoria que ignora la dignidad humana».[43] La inmersión en el mundo virtual ha
propiciado una especie de “migración digital”, es decir, un distanciamiento de la familia, de los valores
culturales y religiosos, que lleva a muchas personas a un mundo de soledad y de autoinvención, hasta
experimentar así una falta de raíces aunque permanezcan físicamente en el mismo lugar. La vida nueva
y desbordante de los jóvenes, que empuja y busca autoafirmar la propia personalidad, se enfrenta hoy
a un desafío nuevo: interactuar con un mundo real y virtual en el que se adentran solos como en un
continente global desconocido. Los jóvenes de hoy son los primeros en hacer esta síntesis entre lo
personal, lo propio de cada cultura, y lo global. Pero esto requiere que logren pasar del contacto virtual
a una buena y sana comunicación.

Los migrantes como paradigma de nuestro tiempo

91. ¿Cómo no recordar a tantos jóvenes afectados por las migraciones? Los fenómenos migratorios
«no representan una emergencia transitoria, sino que son estructurales. Las migraciones pueden tener
lugar dentro del mismo país o bien entre países distintos. La preocupación de la Iglesia atañe en
particular a aquellos que huyen de la guerra, de la violencia, de la persecución política o religiosa, de los
desastres naturales –debidos entre otras cosas a los cambios climáticos– y de la pobreza extrema:
muchos de ellos son jóvenes. En general, buscan oportunidades para ellos y para sus familias. Sueñan
con un futuro mejor y desean crear las condiciones para que se haga realidad».[44] Los migrantes «nos
recuerdan la condición originaria de la fe, o sea la de ser “forasteros y peregrinos en la tierra” (Hb
11,13)».[45]

92. Otros migrantes son «atraídos por la cultura occidental, a veces con expectativas poco realistas
que los exponen a grandes desilusiones. Traficantes sin escrúpulos, a menudo vinculados a los cárteles
de la droga y de las armas, explotan la situación de debilidad de los inmigrantes, que a lo largo de su
viaje con demasiada frecuencia experimentan la violencia, la trata de personas, el abuso psicológico y
físico, y sufrimientos indescriptibles. Cabe señalar la especial vulnerabilidad de los inmigrantes menores
no acompañados, y la situación de quienes se ven obligados a pasar muchos años en los campos de
refugiados o que permanecen bloqueados durante largo tiempo en los países de tránsito, sin poder
continuar sus estudios ni desarrollar sus talentos. En algunos países de llegada, los fenómenos
migratorios suscitan alarma y miedo, a menudo fomentados y explotados con fines políticos. Se
difunde así una mentalidad xenófoba, de gente cerrada y replegada sobre sí misma, ante la que hay que
reaccionar con decisión».[46]
93. «Los jóvenes que emigran tienen que separarse de su propio contexto de origen y con frecuencia
viven un desarraigo cultural y religioso. La fractura también concierne a las comunidades de origen, que
pierden a los elementos más vigorosos y emprendedores, y a las familias, en particular cuando emigra
uno de los padres o ambos, dejando a los hijos en el país de origen. La Iglesia tiene un papel importante
como referencia para los jóvenes de estas familias rotas. Sin embargo, las historias de los migrantes
también son historias de encuentro entre personas y entre culturas: para las comunidades y las
sociedades a las que llegan son una oportunidad de enriquecimiento y de desarrollo humano integral de
todos. Las iniciativas de acogida que hacen referencia a la Iglesia tienen un rol importante desde este
punto de vista, y pueden revitalizar a las comunidades capaces de realizarlas».[47]

94. «Gracias a la diversa proveniencia de los Padres [sinodales], respecto al tema de los migrantes el
Sínodo ha vivido el encuentro de muchas perspectivas, en particular entre países de origen y países de
llegada. Además, ha resonado el grito de alarma de aquellas Iglesias cuyos miembros se ven obligados
a escapar de la guerra y de la persecución, y que ven en estas migraciones forzadas una amenaza para
su propia existencia. Precisamente el hecho de incluir en su seno todas estas perspectivas pone a la
Iglesia en condiciones de desempeñar en medio de la sociedad un papel profético sobre el tema de las
migraciones».[48] Pido especialmente a los jóvenes que no caigan en las redes de quienes quieren
enfrentarlos a otros jóvenes que llegan a sus países, haciéndolos ver como seres peligrosos y como si
no tuvieran la misma inalienable dignidad de todo ser humano.

Poner fin a todo tipo de abusos


95. En los últimos tiempos se nos ha reclamado con fuerza que escuchemos el grito de las víctimas de
los distintos tipos de abuso que han llevado a cabo algunos obispos, sacerdotes, religiosos y laicos.
Estos pecados provocan en sus víctimas «sufrimientos que pueden llegar a durar toda la vida y a los
que ningún arrepentimiento puede poner remedio. Este fenómeno está muy difundido en la sociedad y
afecta también a la Iglesia y representa un serio obstáculo para su misión».[49]

96. Es verdad que «la plaga de los abusos sexuales a menores es por desgracia un fenómeno
históricamente difuso en todas las culturas y sociedades», especialmente en el seno de las propias
familias y en diversas instituciones, cuya extensión se evidenció sobre todo «gracias a un cambio de
sensibilidad de la opinión pública». Pero «la universalidad de esta plaga, a la vez que confirma su
gravedad en nuestras sociedades, no disminuye su monstruosidad dentro de la Iglesia» y «en la
justificada rabia de la gente, la Iglesia ve el reflejo de la ira de Dios, traicionado y abofeteado».[50]

97. «El Sínodo renueva su firme compromiso en la adopción de medidas rigurosas de prevención que
impidan que se repitan, a partir de la selección y de la formación de aquellos a quienes se
encomendarán tareas de responsabilidad y educativas».[51] Al mismo tiempo, ya no hay que abandonar
la decisión de aplicar las «acciones y sanciones tan necesarias».[52] Y todo esto con la gracia de Cristo.
No hay vuelta atrás.

98. «Existen diversos tipos de abuso: de poder, económico, de conciencia, sexual. Es evidente la
necesidad de desarraigar las formas de ejercicio de la autoridad en las que se injertan y de contrarrestar
la falta de responsabilidad y transparencia con la que se gestionan muchos de los casos. El deseo de
dominio, la falta de diálogo y de transparencia, las formas de doble vida, el vacío espiritual, así como las
fragilidades psicológicas son el terreno en el que prospera la corrupción».[53] El clericalismo es una
permanente tentación de los sacerdotes, que interpretan «el ministerio recibido como un poder que hay
que ejercer más que como un servicio gratuito y generoso que ofrecer; y esto nos lleva a creer que
pertenecemos a un grupo que tiene todas las respuestas y no necesita ya escuchar ni aprender
nada».[54] Sin dudas un espíritu clericalista expone a las personas consagradas a perder el respeto por
el valor sagrado e inalienable de cada persona y de su libertad.

99. Junto con los Padres sinodales, quiero expresar con cariño y reconocimiento mi «gratitud hacia
quienes han tenido la valentía de denunciar el mal sufrido: ayudan a la Iglesia a tomar conciencia de lo
sucedido y de la necesidad de reaccionar con decisión».[55] Pero también merece un especial
reconocimiento «el empeño sincero de innumerables laicos, sacerdotes, consagrados y obispos que
cada día se entregan con honestidad y dedicación al servicio de los jóvenes. Su obra es un gran bosque
que crece sin hacer ruido. También muchos de los jóvenes presentes en el Sínodo han manifestado
gratitud por aquellos que los acompañaron y han resaltado la gran necesidad de figuras de
referencia».[56]

100. Gracias a Dios los sacerdotes que cayeron en estos horribles crímenes no son la mayoría, que
sostiene un ministerio fiel y generoso. A los jóvenes les pido que se dejen estimular por esta mayoría.
En todo caso, cuando vean un sacerdote en riesgo, porque ha perdido el gozo de su ministerio, porque
busca compensaciones afectivas o está equivocando el rumbo, atrévanse a recordarle su compromiso
con Dios y con su pueblo, anúncienle ustedes el Evangelio y aliéntenlo a mantenerse en la buena senda.
Así ustedes prestarán una invalorable ayuda en algo fundamental: la prevención que permita evitar que
se repitan estas atrocidades. Esta nube negra se convierte también en un desafío para los jóvenes que
aman a Jesucristo y a su Iglesia, porque pueden aportar mucho en esta herida si ponen en juego su
capacidad de renovar, de reclamar, de exigir coherencia y testimonio, de volver a soñar y de reinventar.

101. No es este el único pecado de los miembros de la Iglesia, cuya historia tiene muchas sombras.
Nuestros pecados están a la vista de todos; se reflejan sin piedad en las arrugas del rostro milenario de
nuestra Madre y Maestra. Porque ella camina desde hace dos mil años, compartiendo «los gozos y las
esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres».[57] Y camina como es, sin hacerse cirugías
estéticas. No teme mostrar los pecados de sus miembros, que a veces algunos de ellos intentan
disimular, ante la luz ardiente de la Palabra del Evangelio que limpia y purifica. Tampoco deja de recitar
cada día, avergonzada: «Piedad de mí, Señor, por tu bondad. […] Tengo siempre presente mi pecado»
(Sal 51,3.5). Pero recordemos que no se abandona a la Madre cuando está herida, sino que se la
acompaña para que saque de ella toda su fortaleza y su capacidad de comenzar siempre de nuevo.

102. En medio de este drama que justamente nos duele en el alma, «Jesús Nuestro Señor, que nunca
abandona a su Iglesia, le da la fuerza y los instrumentos para un nuevo camino».[58] Así, este
momento oscuro, «con la valiosa ayuda de los jóvenes, puede ser realmente una oportunidad para una
reforma de carácter histórico»,[59] para abrirse a un nuevo Pentecostés y empezar una etapa de
purificación y de cambio que otorgue a la Iglesia una renovada juventud. Pero los jóvenes podrán
ayudar mucho más si se sienten de corazón parte del «santo y paciente Pueblo fiel de Dios, sostenido y
vivificado por el Espíritu Santo», porque «será justamente este santo Pueblo de Dios el que nos libre de
la plaga del clericalismo, que es el terreno fértil para todas estas abominaciones».[60]

Hay salida
103. En este capítulo me detuve a mirar la realidad de los jóvenes en el mundo actual. Algunos otros
aspectos aparecerán en los siguientes capítulos. Como ya dije, no pretendo ser exhaustivo con este
análisis. Exhorto a las comunidades a realizar con respeto y con seriedad un examen de su propia
realidad juvenil más cercana, para poder discernir los caminos pastorales más adecuados. Pero no
quiero terminar este capítulo sin dirigir algunas palabras a cada uno.

104. Te recuerdo la buena noticia que nos regaló la mañana de la Resurrección: que en todas las
situaciones oscuras o dolorosas que mencionamos hay salida. Por ejemplo, es verdad que el mundo
digital puede ponerte ante el riesgo del ensimismamiento, del aislamiento o del placer vacío. Pero no
olvides que hay jóvenes que también en estos ámbitos son creativos y a veces geniales. Es lo que
hacía el joven venerable Carlos Acutis.

105. Él sabía muy bien que esos mecanismos de la comunicación, de la publicidad y de las redes
sociales pueden ser utilizados para volvernos seres adormecidos, dependientes del consumo y de las
novedades que podemos comprar, obsesionados por el tiempo libre, encerrados en la negatividad. Pero
él fue capaz de usar las nuevas técnicas de comunicación para transmitir el Evangelio, para comunicar
valores y belleza.

106. No cayó en la trampa. Veía que muchos jóvenes, aunque parecen distintos, en realidad terminan
siendo más de lo mismo, corriendo detrás de lo que les imponen los poderosos a través de los
mecanismos de consumo y atontamiento. De ese modo, no dejan brotar los dones que el Señor les ha
dado, no le ofrecen a este mundo esas capacidades tan personales y únicas que Dios ha sembrado en
cada uno. Así, decía Carlos, ocurre que “todos nacen como originales, pero muchos mueren como
fotocopias”. No permitas que eso te ocurra.

107. No dejes que te roben la esperanza y la alegría, que te narcoticen para utilizarte como esclavo de
sus intereses. Atrévete a ser más, porque tu ser importa más que cualquier cosa. No te sirve tener o
aparecer. Puedes llegar a ser lo que Dios, tu Creador, sabe que eres, si reconoces que estás llamado a
mucho. Invoca al Espíritu Santo y camina con confianza hacia la gran meta: la santidad. Así no serás
una fotocopia. Serás plenamente tú mismo.

108. Para eso necesitas reconocer algo fundamental: ser joven no es sólo la búsqueda de placeres
pasajeros y de éxitos superficiales. Para que la juventud cumpla la finalidad que tiene en el recorrido de
tu vida, debe ser un tiempo de entrega generosa, de ofrenda sincera, de sacrificios que duelen pero que
nos vuelven fecundos. Es como decía un gran poeta:

«Si para recobrar lo recobrado


debí perder primero lo perdido,
si para conseguir lo conseguido
tuve que soportar lo soportado,

Si para estar ahora enamorado


fue menester haber estado herido,
tengo por bien sufrido lo sufrido,
tengo por bien llorado lo llorado.

Porque después de todo he comprobado


que no se goza bien de lo gozado
sino después de haberlo padecido.

Porque después de todo he comprendido


que lo que el árbol tiene de florido
vive de lo que tiene sepultado».[61]

109. Si eres joven en edad, pero te sientes débil, cansado o desilusionado, pídele a Jesús que te
renueve. Con Él no falta la esperanza. Lo mismo puedes hacer si te sientes sumergido en los vicios, las
malas costumbres, el egoísmo o la comodidad enfermiza. Jesús, lleno de vida, quiere ayudarte para
que ser joven valga la pena. Así no privarás al mundo de ese aporte que sólo tú puedes hacerle, siendo
único e irrepetible como eres.

110. Pero quiero recordarte también que «es muy difícil luchar contra la propia concupiscencia y contra
las asechanzas y tentaciones del demonio y del mundo egoísta si estamos aislados. Es tal el
bombardeo que nos seduce que, si estamos demasiado solos, fácilmente perdemos el sentido de la
realidad, la claridad interior, y sucumbimos».[62] Esto vale especialmente para los jóvenes, porque
ustedes unidos tienen una fuerza admirable. Cuando se entusiasman por una vida comunitaria, son
capaces de grandes sacrificios por los demás y por la comunidad. En cambio, el aislamiento los debilita
y los expone a los peores males de nuestro tiempo.

CAPÍTULO CUARTO
El gran anuncio para todos los jóvenes

111. Más allá de cualquier circunstancia, a todos los jóvenes quiero anunciarles ahora lo más
importante, lo primero, eso que nunca se debería callar. Es un anuncio que incluye tres grandes
verdades que todos necesitamos escuchar siempre, una y otra vez.

Un Dios que es amor


112. Ante todo quiero decirle a cada uno la primera verdad: “Dios te ama”. Si ya lo escuchaste no
importa, te lo quiero recordar: Dios te ama. Nunca lo dudes, más allá de lo que te suceda en la vida. En
cualquier circunstancia, eres infinitamente amado.

113. Quizás la experiencia de paternidad que has tenido no sea la mejor, tu padre de la tierra quizás fue
lejano y ausente o, por el contrario, dominante y absorbente. O sencillamente no fue el padre que
necesitabas. No lo sé. Pero lo que puedo decirte con seguridad es que puedes arrojarte seguro en los
brazos de tu Padre divino, de ese Dios que te dio la vida y que te la da a cada momento. Él te
sostendrá con firmeza, y al mismo tiempo sentirás que Él respeta hasta el fondo tu libertad.

114. En su Palabra encontramos muchas expresiones de su amor. Es como si Él hubiera buscado


distintas maneras de manifestarlo para ver si con alguna de esas palabras podía llegar a tu corazón. Por
ejemplo, a veces se presenta como esos padres afectuosos que juegan con sus niños: «Con cuerdas
humanas los atraía, con lazos de amor, y era para ellos como los que alzan a un niño contra su mejilla»
(Os 11,4).

A veces se presenta cargado del amor de esas madres que quieren sinceramente a sus hijos, con un
amor entrañable que es incapaz de olvidar o de abandonar: «¿Acaso olvida una mujer a su niño de
pecho, sin enternecerse con el hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré»
(Is 49,15).

Hasta se muestra como un enamorado que llega a tatuarse a la persona amada en la palma de su
mano para poder tener su rostro siempre cerca: «Míralo, te llevo tatuado en la palma de mis manos»
(Is 49,16).

Otras veces destaca la fuerza y la firmeza de su amor, que no se deja vencer: «Los montes se
correrán y las colinas se moverán, pero mi amor no se apartará de tu lado, mi alianza de paz no
vacilará» (Is 54,10).

O nos dice que hemos sido esperados desde siempre, porque no aparecimos en este mundo por
casualidad. Desde antes que existiéramos éramos un proyecto de su amor: «Yo te amé con un amor
eterno; por eso he guardado fidelidad para ti» (Jr 31,3).

O nos hace notar que Él sabe ver nuestra belleza, esa que nadie más puede reconocer: «Eres precioso
a mis ojos, eres estimado y yo te amo» (Is 43,4).

O nos lleva a descubrir que su amor no es triste, sino pura alegría que se renueva cuando nos dejamos
amar por Él: «Tu Dios está en medio de ti, un poderoso salvador. Él grita de alegría por ti, te renueva
con su amor, y baila por ti con gritos de júbilo» (So 3,17).

115. Para Él realmente eres valioso, no eres insignificante, le importas, porque eres obra de sus manos.
Por eso te presta atención y te recuerda con cariño. Tienes que confiar en el «recuerdo de Dios: su
memoria no es un “disco duro” que registra y almacena todos nuestros datos, su memoria es un
corazón tierno de compasión, que se regocija eliminando definitivamente cualquier vestigio del mal».[63]
No quiere llevar la cuenta de tus errores y, en todo caso, te ayudará a aprender algo también de tus
caídas. Porque te ama. Intenta quedarte un momento en silencio dejándote amar por Él. Intenta acallar
todas las voces y gritos interiores y quédate un instante en sus brazos de amor.

116. Es un amor «que no aplasta, es un amor que no margina, que no se calla, un amor que no humilla
ni avasalla. Es el amor del Señor, un amor de todos los días, discreto y respetuoso, amor de libertad y
para la libertad, amor que cura y que levanta. Es el amor del Señor que sabe más de levantadas que de
caídas, de reconciliación que de prohibición, de dar nueva oportunidad que de condenar, de futuro que
de pasado».[64]

117. Cuando te pide algo o cuando sencillamente permite esos desafíos que te presenta la vida, espera
que le des un espacio para poder sacarte adelante, para promoverte, para madurarte. No le molesta
que le expreses tus cuestionamientos, lo que le preocupa es que no le hables, que no te abras con
sinceridad al diálogo con Él. Cuenta la Biblia que Jacob tuvo una pelea con Dios (cf. Gn 32,25-31), y eso
no lo apartó del camino del Señor. En realidad, es Él mismo quien nos exhorta: «Vengan y discutamos»
(Is 1,18). Su amor es tan real, tan verdadero, tan concreto, que nos ofrece una relación llena de
diálogo sincero y fecundo. ¡Finalmente, busca el abrazo de tu Padre del cielo en el rostro amoroso de
sus valientes testigos en la tierra!

Cristo te salva
118. La segunda verdad es que Cristo, por amor, se entregó hasta el final para salvarte. Sus brazos
abiertos en la Cruz son el signo más precioso de un amigo capaz de llegar hasta el extremo:
«Él, que amó a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Jn 13,1).

San Pablo decía que él vivía confiado en ese amor que lo entregó todo:
«Vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Ga 2,20).

119. Ese Cristo que nos salvó en la Cruz de nuestros pecados, con ese mismo poder de su entrega
total sigue salvándonos y rescatándonos hoy. Mira su Cruz, aférrate a Él, déjate salvar, porque
«quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del
aislamiento».[65] Y si pecas y te alejas, Él vuelve a levantarte con el poder de su Cruz. Nunca olvides
que «Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie
podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar
la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede
devolvernos la alegría».[66]

120. Nosotros «somos salvados por Jesús, porque nos ama y no puede con su genio. Podemos
hacerle las mil y una, pero nos ama, y nos salva. Porque sólo lo que se ama puede ser salvado.
Solamente lo que se abraza puede ser transformado. El amor del Señor es más grande que todas
nuestras contradicciones, que todas nuestras fragilidades y que todas nuestras pequeñeces. Pero es
precisamente a través de nuestras contradicciones, fragilidades y pequeñeces como Él quiere escribir
esta historia de amor. Abrazó al hijo pródigo, abrazó a Pedro después de las negaciones y nos abraza
siempre, siempre, siempre después de nuestras caídas ayudándonos a levantarnos y ponernos de pie.
Porque la verdadera caída –atención a esto– la verdadera caída, la que es capaz de arruinarnos la vida
es la de permanecer en el piso y no dejarse ayudar».[67]

121. Su perdón y su salvación no son algo que hemos comprado, o que tengamos que adquirir con
nuestras obras o con nuestros esfuerzos. Él nos perdona y nos libera gratis. Su entrega en la Cruz es
algo tan grande que nosotros no podemos ni debemos pagarlo, sólo tenemos que recibirlo con
inmensa gratitud y con la alegría de ser tan amados antes de que pudiéramos imaginarlo: «Él nos amó
primero» (1 Jn 4,19).

122. Jóvenes amados por el Señor, ¡cuánto valen ustedes si han sido redimidos por la sangre preciosa
de Cristo! Jóvenes queridos, ustedes «¡no tienen precio! ¡No son piezas de subasta! Por favor, no se
dejen comprar, no se dejen seducir, no se dejen esclavizar por las colonizaciones ideológicas que nos
meten ideas en la cabeza y al final nos volvemos esclavos, dependientes, fracasados en la vida.
Ustedes no tienen precio: deben repetirlo siempre: no estoy en una subasta, no tengo precio. ¡Soy
libre, soy libre! Enamórense de esta libertad, que es la que ofrece Jesús».[68]

123. Mira los brazos abiertos de Cristo crucificado, déjate salvar una y otra vez. Y cuando te acerques
a confesar tus pecados, cree firmemente en su misericordia que te libera de la culpa. Contempla su
sangre derramada con tanto cariño y déjate purificar por ella. Así podrás renacer, una y otra vez.

¡Él vive!
124. Pero hay una tercera verdad, que es inseparable de la anterior: ¡Él vive! Hay que volver a
recordarlo con frecuencia, porque corremos el riesgo de tomar a Jesucristo sólo como un buen ejemplo
del pasado, como un recuerdo, como alguien que nos salvó hace dos mil años. Eso no nos serviría de
nada, nos dejaría iguales, eso no nos liberaría. El que nos llena con su gracia, el que nos libera, el que
nos transforma, el que nos sana y nos consuela es alguien que vive. Es Cristo resucitado, lleno de
vitalidad sobrenatural, vestido de infinita luz. Por eso decía san Pablo: «Si Cristo no resucitó vana es la
fe de ustedes» (1 Co 15,17).

125. Si Él vive, entonces sí podrá estar presente en tu vida, en cada momento, para llenarlo de luz. Así
no habrá nunca más soledad ni abandono. Aunque todos se vayan Él estará, tal como lo prometió: «Yo
estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Él lo llena todo con su presencia
invisible, y donde vayas te estará esperando. Porque Él no sólo vino, sino que viene y seguirá viniendo
cada día para invitarte a caminar hacia un horizonte siempre nuevo.

126. Contempla a Jesús feliz, desbordante de gozo. Alégrate con tu Amigo que triunfó. Mataron al
santo, al justo, al inocente, pero Él venció. El mal no tiene la última palabra. En tu vida el mal tampoco
tendrá la última palabra, porque tu Amigo que te ama quiere triunfar en ti. Tu salvador vive.

127. Si Él vive eso es una garantía de que el bien puede hacerse camino en nuestra vida, y de que
nuestros cansancios servirán para algo. Entonces podemos abandonar los lamentos y mirar para
adelante, porque con Él siempre se puede. Esa es la seguridad que tenemos. Jesús es el eterno
viviente. Aferrados a Él viviremos y atravesaremos todas las formas de muerte y de violencia que
acechan en el camino.

128. Cualquier otra solución será débil y pasajera. Quizás servirá para algo durante un tiempo, y de
nuevo nos encontraremos desprotegidos, abandonados, a la intemperie. Con Él, en cambio, el corazón
está arraigado en una seguridad básica, que permanece más allá de todo. San Pablo dice que él quiere
estar unido a Cristo para «conocer el poder de su resurrección» (Flp 3,10). Es el poder que se
manifestará una y otra vez también en tu existencia, porque Él vino para darte vida, «y vida en
abundancia» (Jn 10,10).

129. Si alcanzas a valorar con el corazón la belleza de este anuncio y te dejas encontrar por el Señor;
si te dejas amar y salvar por Él; si entras en amistad con Él y empiezas a conversar con Cristo vivo
sobre las cosas concretas de tu vida, esa será la gran experiencia, esa será la experiencia fundamental
que sostendrá tu vida cristiana. Esa es también la experiencia que podrás comunicar a otros jóvenes.
Porque «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro
con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una
orientación decisiva».[69]

El Espíritu da vida
130. En estas tres verdades –Dios te ama, Cristo es tu salvador, Él vive– aparece el Padre Dios y
aparece Jesús. Donde están el Padre y Jesucristo, también está el Espíritu Santo. Es Él quien está
detrás, es Él quien prepara y abre los corazones para que reciban ese anuncio, es Él quien mantiene
viva esa experiencia de salvación, es Él quien te ayudará a crecer en esa alegría si lo dejas actuar. El
Espíritu Santo llena el corazón de Cristo resucitado y desde allí se derrama en tu vida como un
manantial. Y cuando lo recibes, el Espíritu Santo te hace entrar cada vez más en el corazón de Cristo
para que te llenes siempre más de su amor, de su luz y de su fuerza.

131. Invoca cada día al Espíritu Santo, para que renueve constantemente en ti la experiencia del gran
anuncio. ¿Por qué no? No te pierdes nada y Él puede cambiar tu vida, puede iluminarla y darle un rumbo
mejor. No te mutila, no te quita nada, sino que te ayuda a encontrar lo que necesitas de la mejor
manera. ¿Necesitas amor? No lo encontrarás en el desenfreno, usando a los demás, poseyendo a
otros o dominándolos. Lo hallarás de una manera que verdaderamente te hará feliz ¿Buscas intensidad?
No la vivirás acumulando objetos, gastando dinero, corriendo desesperado detrás de cosas de este
mundo. Llegará de una forma mucho más bella y satisfactoria si te dejas impulsar por el Espíritu Santo.

132. ¿Buscas pasión? Como dice ese bello poema: ¡Enamórate! (o déjate enamorar), porque «nada
puede importar más que encontrar a Dios. Es decir, enamorarse de Él de una manera definitiva y
absoluta. Aquello de lo que te enamoras atrapa tu imaginación, y acaba por ir dejando su huella en
todo. Será lo que decida qué es lo que te saca de la cama en la mañana, qué haces con tus
atardeceres, en qué empleas tus fines de semana, lo que lees, lo que conoces, lo que rompe tu
corazón y lo que te sobrecoge de alegría y gratitud. ¡Enamórate! ¡Permanece en el amor! Todo será de
otra manera».[70] Este amor a Dios que toma con pasión toda la vida es posible gracias al Espíritu
Santo, porque «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que
nos ha sido dado» (Rm 5,5).

133. Él es el manantial de la mejor juventud. Porque el que confía en el Señor «es como un árbol
plantado al borde de las aguas, que echa sus raíces en la corriente. No temerá cuando llegue el calor y
su follaje estará frondoso» (Jr 17,8). Mientras «los jóvenes se cansan y se fatigan» (Is 40,30), a los
que esperan confiados en el Señor «Él les renovará las fuerzas, subirán con alas de águila, correrán sin
fatigarse y andarán sin cansarse» (Is 40,31).

CAPÍTULO QUINTO
Caminos de juventud

134. ¿Cómo se vive la juventud cuando nos dejamos iluminar y transformar por el gran anuncio del
Evangelio? Es importante hacerse esta pregunta, porque la juventud, más que un orgullo, es un regalo
de Dios: «Ser joven es una gracia, una fortuna».[71] Es un don que podemos malgastar inútilmente, o
bien podemos recibirlo agradecidos y vivirlo con plenitud.

135. Dios es el autor de la juventud y Él obra en cada joven. La juventud es un tiempo bendito para el
joven y una bendición para la Iglesia y el mundo. Es una alegría, un canto de esperanza y una
bienaventuranza. Apreciar la juventud implica ver este tiempo de la vida como un momento valioso y
no como una etapa de paso donde la gente joven se siente empujada hacia la edad adulta.

Tiempo de sueños y de elecciones


136. En la época de Jesús la salida de la niñez era un paso sumamente esperado en la vida, que se
celebraba y se disfrutaba mucho. De ahí que Jesús, cuando devolvió la vida a una «niña» (Mc 5,39), le
hizo dar un paso más, la promovió y la convirtió en «muchacha» (Mc 5,41). Al decirle «¡muchacha
levántate!» (talitá kum) al mismo tiempo la hizo más responsable de su vida abriéndole las puertas a la
juventud.

137. «La juventud, fase del desarrollo de la personalidad, está marcada por sueños que van tomando
cuerpo, por relaciones que adquieren cada vez más consistencia y equilibrio, por intentos y
experimentaciones, por elecciones que construyen gradualmente un proyecto de vida. En este período
de la vida, los jóvenes están llamados a proyectarse hacia adelante sin cortar con sus raíces, a
construir autonomía, pero no en solitario».[72]

138. El amor de Dios y nuestra relación con Cristo vivo no nos privan de soñar, no nos exigen que
achiquemos nuestros horizontes. Al contrario, ese amor nos promueve, nos estimula, nos lanza hacia
una vida mejor y más bella. La palabra “inquietud” resume muchas de las búsquedas de los corazones
de los jóvenes. Como decía san Pablo VI, «precisamente en las insatisfacciones que los atormentan […]
hay un elemento de luz».[73] La inquietud insatisfecha, junto con el asombro por lo nuevo que se
presenta en el horizonte, abre paso a la osadía que los mueve a asumirse a sí mismos, a volverse
responsables de una misión. Esta sana inquietud que se despierta especialmente en la juventud sigue
siendo la característica de cualquier corazón que se mantiene joven, disponible, abierto. La verdadera
paz interior convive con esa insatisfacción profunda. San Agustín decía: «Señor, nos creaste para ti, y
nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti».[74]

139. Tiempo atrás un amigo me preguntó qué veo yo cuando pienso en un joven. Mi respuesta fue que
«veo un chico o una chica que busca su propio camino, que quiere volar con los pies, que se asoma al
mundo y mira el horizonte con ojos llenos de esperanza, llenos de futuro y también de ilusiones. El
joven camina con dos pies como los adultos, pero a diferencia de los adultos, que los tienen paralelos,
pone uno delante del otro, dispuesto a irse, a partir. Siempre mirando hacia adelante. Hablar de jóvenes
significa hablar de promesas, y significa hablar de alegría. Los jóvenes tienen tanta fuerza, son capaces
de mirar con tanta esperanza. Un joven es una promesa de vida que lleva incorporado un cierto grado
de tenacidad; tiene la suficiente locura para poderse autoengañar y la suficiente capacidad para poder
curarse de la desilusión que pueda derivar de ello».[75]

140. Algunos jóvenes quizás rechazan esta etapa de la vida, porque quisieran seguir siendo niños, o
desean «una prolongación indefinida de la adolescencia y el aplazamiento de las decisiones; el miedo a
lo definitivo genera así una especie de parálisis en la toma de decisiones. La juventud, sin embargo, no
puede ser un tiempo en suspenso: es la edad de las decisiones y precisamente en esto consiste su
atractivo y su mayor cometido. Los jóvenes toman decisiones en el ámbito profesional, social, político,
y otras más radicales que darán una configuración determinante a su existencia».[76] También toman
decisiones en lo que tiene que ver con el amor, en la elección de la pareja y en la opción de tener los
primeros hijos. Profundizaremos estos temas en los últimos capítulos, referidos a la vocación de cada
uno y a su discernimiento.

141. Pero en contra de los sueños que movilizan decisiones, siempre «existe la amenaza del lamento,
de la resignación. Esto lo dejamos para aquellos que siguen a la “diosa lamentación” […]. Es un engaño:
te hace tomar la senda equivocada. Cuando todo parece paralizado y estancado, cuando los problemas
personales nos inquietan, los malestares sociales no encuentran las debidas respuestas, no es bueno
darse por vencido. El camino es Jesús: hacerle subir a nuestra barca y remar mar adentro con Él. ¡Él es
el Señor! Él cambia la perspectiva de la vida. La fe en Jesús conduce a una esperanza que va más allá, a
una certeza fundada no sólo en nuestras cualidades y habilidades, sino en la Palabra de Dios, en la
invitación que viene de Él. Sin hacer demasiados cálculos humanos ni preocuparse por verificar si la
realidad que los rodea coincide con sus seguridades. Remen mar adentro, salgan de ustedes
mismos».[77]

142. Hay que perseverar en el camino de los sueños. Para ello hay que estar atentos a una tentación
que suele jugarnos una mala pasada: la ansiedad. Puede ser una gran enemiga cuando nos lleva a bajar
los brazos porque descubrimos que los resultados no son instantáneos. Los sueños más bellos se
conquistan con esperanza, paciencia y empeño, renunciando a las prisas. Al mismo tiempo, no hay que
detenerse por inseguridad, no hay que tener miedo de apostar y de cometer errores. Sí hay que tener
miedo a vivir paralizados, como muertos en vida, convertidos en seres que no viven porque no quieren
arriesgar, porque no perseveran en sus empeños o porque tienen temor a equivocarse. Aún si te
equivocas siempre podrás levantar la cabeza y volver a empezar, porque nadie tiene derecho a robarte
la esperanza.

143. Jóvenes, no renuncien a lo mejor de su juventud, no observen la vida desde un balcón. No


confundan la felicidad con un diván ni vivan toda su vida detrás de una pantalla. Tampoco se conviertan
en el triste espectáculo de un vehículo abandonado. No sean autos estacionados, mejor dejen brotar
los sueños y tomen decisiones. Arriesguen, aunque se equivoquen. No sobrevivan con el alma
anestesiada ni miren el mundo como si fueran turistas. ¡Hagan lío! Echen fuera los miedos que los
paralizan, para que no se conviertan en jóvenes momificados. ¡Vivan! ¡Entréguense a lo mejor de la
vida! ¡Abran la puerta de la jaula y salgan a volar! Por favor, no se jubilen antes de tiempo.

Las ganas de vivir y de experimentar


144. Esta proyección hacia el futuro que se sueña, no significa que los jóvenes estén completamente
lanzados hacia adelante, porque al mismo tiempo hay en ellos un fuerte deseo de vivir el presente, de
aprovechar al máximo las posibilidades que esta vida les regala. ¡Este mundo está repleto de belleza!
¿Cómo despreciar los regalos de Dios?

145. Contrariamente a lo que muchos piensan, el Señor no quiere debilitar estas ganas de vivir. Es sano
recordar lo que enseñaba un sabio del Antiguo Testamento: «Hijo, en la medida de tus posibilidades
trátate bien […]. No te prives de pasar un buen día» (Si 14,11.14). El verdadero Dios, el que te ama, te
quiere feliz. Por eso en la Biblia encontramos también este consejo dirigido a los jóvenes: «Disfruta,
joven, en tu juventud, pásalo bien en tus años jóvenes […]. Aparta el mal humor de tu pecho” (Qo
11,9-10). Porque es Dios quien «nos provee espléndidamente de todo para que lo disfrutemos» (1 Tm
6,17).

146. ¿Cómo podrá ser agradecido con Dios alguien que no es capaz de disfrutar de sus pequeños
regalos de cada día, alguien que no sabe detenerse ante las cosas simples y agradables que encuentra a
cada paso? Porque «nadie es peor del que se tortura a sí mismo» (Si 14,6). No se trata de ser un
insaciable que siempre está obsesionado por más y más placeres. Al contrario, porque eso te impedirá
vivir el presente. La cuestión es saber abrir los ojos y detenerte para vivir plenamente y con gratitud
cada pequeño don de la vida.

147. Está claro que la Palabra de Dios te invita a vivir el presente, no sólo a preparar el mañana: «No
se preocupen por el mañana; el mañana se preocupará de sí mismo; a cada día le basta con lo suyo»
(Mt 6,34). Pero esto no se refiere a lanzarnos a un desenfreno irresponsable que nos deja vacíos y
siempre insatisfechos, sino a vivir el presente a lo grande, utilizando las energías para cosas buenas,
cultivando la fraternidad, siguiendo a Jesús y valorando cada pequeña alegría de la vida como un regalo
del amor de Dios.

148. En este sentido, quiero recordar que el cardenal Francisco Javier Nguyên Van Thuân, cuando lo
encerraron en un campo de concentración, no quiso que sus días consistieran sólo en esperar y esperar
un futuro. Su opción fue «vivir el momento presente colmándolo de amor»; y el modo como lo
practicaba era: «Aprovecho las ocasiones que se presentan cada día para realizar acciones ordinarias
de manera extraordinaria».[78] Mientras luchas para dar forma a tus sueños, vive plenamente el hoy,
entrégalo todo y llena de amor cada momento. Porque es verdad que este día de tu juventud puede
ser el último, y entonces vale la pena vivirlo con todas las ganas y con toda la profundidad posible.

149. Esto incluye también los momentos duros, que deben ser vividos a fondo para llegar a aprender
su mensaje. Como enseñan los Obispos suizos: «Él está allí donde nosotros pensábamos que nos
había abandonado y que ya no había salvación alguna. Es una paradoja, pero el sufrimiento, las
tinieblas, se convirtieron, para muchos cristianos [...] en lugares de encuentro con Dios».[79] Además,
el deseo de vivir y de experimentar se refiere en especial a muchos jóvenes en condición de
discapacidad física, mental y sensorial. Incluso si no siempre pueden hacer las mismas experiencias que
sus compañeros, tienen recursos sorprendentes e inimaginables que a veces superan a los comunes. El
Señor Jesús los llena con otros dones, que la comunidad está llamada a valorar, para que puedan
descubrir su plan de amor para cada uno de ellos.

En amistad con Cristo


150. Por más que vivas y experimentes no llegarás al fondo de la juventud, no conocerás la verdadera
plenitud de ser joven, si no encuentras cada día al gran amigo, si no vives en amistad con Jesús.

151. La amistad es un regalo de la vida y un don de Dios. A través de los amigos el Señor nos va
puliendo y nos va madurando. Al mismo tiempo, los amigos fieles, que están a nuestro lado en los
momentos duros, son un reflejo del cariño del Señor, de su consuelo y de su presencia amable. Tener
amigos nos enseña a abrirnos, a comprender, a cuidar a otros, a salir de nuestra comodidad y del
aislamiento, a compartir la vida. Por eso «un amigo fiel no tiene precio» (Si 6,15).

152. La amistad no es una relación fugaz o pasajera, sino estable, firme, fiel, que madura con el paso
del tiempo. Es una relación de afecto que nos hace sentir unidos, y al mismo tiempo es un amor
generoso, que nos lleva a buscar el bien del amigo. Aunque los amigos pueden ser muy diferentes entre
sí, siempre hay algunas cosas en común que los llevan a sentirse cercanos, y hay una intimidad que se
comparte con sinceridad y confianza.

153. Es tan importante la amistad que Jesús mismo se presenta como amigo: «Ya no los llamo
siervos, los llamo amigos» (Jn 15,15). Por la gracia que Él nos regala, somos elevados de tal manera
que somos realmente amigos suyos. Con el mismo amor que Él derrama en nosotros podemos
amarlo, llevando su amor a los demás, con la esperanza de que también ellos encontrarán su puesto
en la comunidad de amistad fundada por Jesucristo. [80] Y si bien Él ya está plenamente feliz resucitado,
es posible ser generosos con Él, ayudándole a construir su Reino en este mundo, siendo sus
instrumentos para llevar su mensaje y su luz y, sobre todo, su amor a los demás (cf. Jn 15,16). Los
discípulos escucharon el llamado de Jesús a la amistad con Él. Fue una invitación que no los forzó, sino
que se propuso delicadamente a su libertad: «Vengan y vean» les dijo, y «ellos fueron, vieron donde
vivía y se quedaron con Él aquel día» (Jn 1,39). Después de ese encuentro, íntimo e inesperado,
dejaron todo y se fueron con Él.

154. La amistad con Jesús es inquebrantable. Él nunca se va, aunque a veces parece que hace silencio.
Cuando lo necesitamos se deja encontrar por nosotros (cf. Jr 29,14) y está a nuestro lado por donde
vayamos (cf. Jos 1,9). Porque Él jamás rompe una alianza. A nosotros nos pide que no lo
abandonemos: «Permanezcan unidos a mí» (Jn 15,4). Pero si nos alejamos, «Él permanece fiel,
porque no puede negarse a sí mismo» (2 Tm 2,13).

155. Con el amigo hablamos, compartimos las cosas más secretas. Con Jesús también conversamos.
La oración es un desafío y una aventura. ¡Y qué aventura! Permite que lo conozcamos cada vez mejor,
entremos en su espesura y crezcamos en una unión siempre más fuerte. La oración nos permite
contarle todo lo que nos pasa y quedarnos confiados en sus brazos, y al mismo tiempo nos regala
instantes de preciosa intimidad y afecto, donde Jesús derrama en nosotros su propia vida. Rezando «le
abrimos la jugada» a Él, le damos lugar «para que Él pueda actuar y pueda entrar y pueda vencer».[81]

156. Así es posible llegar a experimentar una unidad constante con Él, que supera todo lo que podamos
vivir con otras personas: «Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí» (Ga 2,20). No prives a tu
juventud de esta amistad. Podrás sentirlo a tu lado no sólo cuando ores. Reconocerás que camina
contigo en todo momento. Intenta descubrirlo y vivirás la bella experiencia de saberte siempre
acompañado. Es lo que vivieron los discípulos de Emaús cuando, mientras caminaban y conversaban
desorientados, Jesús se hizo presente y «caminaba con ellos» (Lc 24,15). Un santo decía que «el
cristianismo no es un conjunto de verdades que hay que creer, de leyes que hay que cumplir, de
prohibiciones. Así resulta muy repugnante. El cristianismo es una Persona que me amó tanto que
reclama mi amor. El cristianismo es Cristo».[82]

157. Jesús puede unir a todos los jóvenes de la Iglesia en un único sueño, «un sueño grande y un
sueño capaz de cobijar a todos. Ese sueño por el que Jesús dio la vida en la cruz y el Espíritu Santo se
desparramó y tatuó a fuego el día de Pentecostés en el corazón de cada hombre y cada mujer, en el
corazón de cada uno […]. Lo tatuó a la espera de que encuentre espacio para crecer y para
desarrollarse. Un sueño, un sueño llamado Jesús sembrado por el Padre, Dios como Él –como el
Padre–, enviado por el Padre con la confianza que crecerá y vivirá en cada corazón. Un sueño concreto,
que es una persona, que corre por nuestras venas, estremece el corazón y lo hace bailar».[83]

El crecimiento y la maduración
158. Muchos jóvenes se preocupan por su cuerpo, procurando el desarrollo de la fuerza física o de la
apariencia. Otros se inquietan por desarrollar sus capacidades y conocimientos, y así se sienten más
seguros. Algunos apuntan más alto, tratan de comprometerse más y buscan un desarrollo espiritual.
San Juan decía: «Les escribo jóvenes porque son fuertes, porque conservan la Palabra de Dios» (1 Jn
2,14). Buscar al Señor, guardar su Palabra, tratar de responderle con la propia vida, crecer en las
virtudes, eso hace fuertes los corazones de los jóvenes. Para eso hay que mantener la conexión con
Jesús, estar en línea con Él, ya que no crecerás en la felicidad y en la santidad sólo con tus fuerzas y tu
mente. Así como te preocupa no perder la conexión a Internet, cuida que esté activa tu conexión con el
Señor, y eso significa no cortar el diálogo, escucharlo, contarle tus cosas, y cuando no sepas con
claridad qué tendrías que hacer, preguntarle: «Jesús, ¿qué harías tú en mi lugar?».[84]

159. Espero que puedas valorarte tanto a ti mismo, tomarte tan en serio, que busques tu crecimiento
espiritual. Además de los entusiasmos propios de la juventud, también está la belleza de buscar «la
justicia, la fe, el amor, la paz» (2 Tm 2,22). Esto no significa perder la espontaneidad, la frescura, el
entusiasmo, la ternura. Porque hacerse adulto no implica abandonar los mejores valores de esta etapa
de la vida. De otro modo, el Señor podrá reprocharte un día: «De ti recuerdo tu cariño juvenil, el amor
de tu noviazgo, cuando tú me seguías por el desierto» (Jr 2,2).

160. Al contrario, incluso un adulto debe madurar sin perder los valores de la juventud. Porque en
realidad cada etapa de la vida es una gracia permanente, encierra un valor que no debe pasar. Una
juventud bien vivida permanece como experiencia interior, y en la vida adulta es asumida, es
profundizada y sigue dando frutos. Si es propio del joven sentirse atraído por lo infinito que se abre y
que comienza,[85] un riesgo de la vida adulta, con sus seguridades y comodidades, es acotar cada vez
más ese horizonte y perder ese valor propio de los años jóvenes. Pero debería suceder lo contrario:
madurar, crecer y organizar la propia vida sin perder esa atracción, esa apertura amplia, esa fascinación
por una realidad que siempre es más. En cada momento de la vida podremos renovar y acrecentar la
juventud. Cuando comencé mi ministerio como Papa, el Señor me amplió los horizontes y me regaló
una renovada juventud. Lo mismo puede ocurrirle a un matrimonio de muchos años, o a un monje en
su monasterio. Hay cosas que necesitan “asentarse” con los años, pero esa maduración puede convivir
con un fuego que se renueva, con un corazón siempre joven.

161. Crecer es conservar y alimentar las cosas más preciosas que te regala la juventud, pero al mismo
tiempo es estar abierto a purificar lo que no es bueno y a recibir nuevos dones de Dios que te llama a
desarrollar lo que vale. A veces, los complejos de inferioridad pueden llevarte a no querer ver tus
defectos y debilidades, y de ese modo puedes cerrarte al crecimiento y a la maduración. Mejor déjate
amar por Dios, que te ama así como eres, que te valora y respeta, pero también te ofrece más y más:
más de su amistad, más fervor en la oración, más hambre de su Palabra, más deseos de recibir a
Cristo en la Eucaristía, más ganas de vivir su Evangelio, más fortaleza interior, más paz y alegría
espiritual.

162. Pero te recuerdo que no serás santo y pleno copiando a otros. Ni siquiera imitar a los santos
significa copiar su forma de ser y de vivir la santidad: «Hay testimonios que son útiles para estimularnos
y motivarnos, pero no para que tratemos de copiarlos, porque eso hasta podría alejarnos del camino
único y diferente que el Señor tiene para nosotros».[86] Tú tienes que descubrir quién eres y desarrollar
tu forma propia de ser santo, más allá de lo que digan y opinen los demás. Llegar a ser santo es llegar a
ser más plenamente tú mismo, a ser ese que Dios quiso soñar y crear, no una fotocopia. Tu vida debe
ser un estímulo profético, que impulse a otros, que deje una marca en este mundo, esa marca única
que sólo tú podrás dejar. En cambio, si copias, privarás a esta tierra, y también al cielo, de eso que
nadie más que tú podrá ofrecer. Recuerdo que san Juan de la Cruz, en su Cántico Espiritual, escribía
que cada uno tenía que aprovechar sus consejos espirituales «según su modo»,[87] porque el mismo
Dios ha querido manifestar su gracia «a unos en una manera y a otros en otra».[88]

Sendas de fraternidad
163. Tu desarrollo espiritual se expresa ante todo creciendo en el amor fraterno, generoso,
misericordioso. Lo decía san Pablo: «Que el Señor los haga progresar y sobreabundar en el amor de
unos con otros, y en el amor para con todos» (1 Ts 3,12). Ojalá vivas cada vez más ese “éxtasis” que
es salir de ti mismo para buscar el bien de los demás, hasta dar la vida.

164. Cuando un encuentro con Dios se llama “éxtasis”, es porque nos saca de nosotros mismos y nos
eleva, cautivados por el amor y la belleza de Dios. Pero también podemos ser sacados de nosotros
mismos para reconocer la belleza oculta en cada ser humano, su dignidad, su grandeza como imagen
de Dios e hijo del Padre. El Espíritu Santo quiere impulsarnos para que salgamos de nosotros mismos,
abracemos a los demás con el amor y busquemos su bien. Por lo tanto, siempre es mejor vivir la fe
juntos y expresar nuestro amor en una vida comunitaria, compartiendo con otros jóvenes nuestro
afecto, nuestro tiempo, nuestra fe y nuestras inquietudes. La Iglesia ofrece muchos espacios diversos
para vivir la fe en comunidad, porque todo es más fácil juntos.

165. Las heridas recibidas pueden llevarte a la tentación del aislamiento, a replegarte sobre ti mismo, a
acumular rencores, pero nunca dejes de escuchar el llamado de Dios al perdón. Como bien enseñaron
los Obispos de Ruanda, «la reconciliación con el otro pide ante todo descubrir en él el esplendor de la
imagen de Dios […]. En esta óptica, es vital distinguir al pecador de su pecado y de su ofensa, para
llegar a la verdadera reconciliación. Esto significa que odies el mal que el otro te inflige, pero que
continúes amándolo porque reconoces su debilidad y ves la imagen de Dios en él».[89]

166. A veces toda la energía, los sueños y el entusiasmo de la juventud se debilitan por la tentación de
encerrarnos en nosotros mismos, en nuestros problemas, sentimientos heridos, lamentos y
comodidades. No dejes que eso te ocurra, porque te volverás viejo por dentro, y antes de tiempo.
Cada edad tiene su hermosura, y a la juventud no pueden faltarle la utopía comunitaria, la capacidad de
soñar unidos, los grandes horizontes que miramos juntos.

167. Dios ama la alegría de los jóvenes y los invita especialmente a esa alegría que se vive en
comunión fraterna, a ese gozo superior del que sabe compartir, porque «hay más alegría en dar que en
recibir» (Hch 20,35) y «Dios ama al que da con alegría» (2 Co 9,7). El amor fraterno multiplica nuestra
capacidad de gozo, ya que nos vuelve capaces de gozar con el bien de los otros: «Alégrense con los
que están alegres» (Rm 12,15). Que la espontaneidad y el impulso de tu juventud se conviertan cada
día más en la espontaneidad del amor fraterno, en la frescura para reaccionar siempre con perdón, con
generosidad, con ganas de construir comunidad. Un proverbio africano dice: «Si quieres andar rápido,
camina solo. Si quieres llegar lejos, camina con los otros». No nos dejemos robar la fraternidad.

Jóvenes comprometidos
168. Es verdad que a veces, frente a un mundo tan lleno de violencia y egoísmo, los jóvenes pueden
correr el riesgo de encerrarse en pequeños grupos, y así privarse de los desafíos de la vida en sociedad,
de un mundo amplio, desafiante y necesitado. Sienten que viven el amor fraterno, pero quizás su grupo
se convirtió en una mera prolongación de su yo. Esto se agrava si la vocación del laico se concibe sólo
como un servicio al interno de la Iglesia (lectores, acólitos, catequistas, etc.), olvidando que la vocación
laical es ante todo la caridad en la familia, la caridad social y la caridad política: es un compromiso
concreto desde la fe para la construcción de una sociedad nueva, es vivir en medio del mundo y de la
sociedad para evangelizar sus diversas instancias, para hacer crecer la paz, la convivencia, la justicia,
los derechos humanos, la misericordia, y así extender el Reino de Dios en el mundo.

169. Propongo a los jóvenes ir más allá de los grupos de amigos y construir la «amistad social, buscar
el bien común. La enemistad social destruye. Y una familia se destruye por la enemistad. Un país se
destruye por la enemistad. El mundo se destruye por la enemistad. Y la enemistad más grande es la
guerra. Y hoy día vemos que el mundo se está destruyendo por la guerra. Porque son incapaces de
sentarse y hablar […]. Sean capaces de crear la amistad social».[90] No es fácil, siempre hay que
renunciar a algo, hay que negociar, pero si lo hacemos pensando en el bien de todos podremos
alcanzar la magnífica experiencia de dejar de lado las diferencias para luchar juntos por algo común. Si
logramos buscar puntos de coincidencia en medio de muchas disidencias, en ese empeño artesanal y a
veces costoso de tender puentes, de construir una paz que sea buena para todos, ese es el milagro de
la cultura del encuentro que los jóvenes pueden atreverse a vivir con pasión.

170. El Sínodo reconoció que «aunque de forma diferente respecto a las generaciones pasadas, el
compromiso social es un rasgo específico de los jóvenes de hoy. Al lado de algunos indiferentes, hay
muchos otros dispuestos a comprometerse en iniciativas de voluntariado, ciudadanía activa y
solidaridad social, que hay que acompañar y alentar para que emerjan los talentos, las competencias y
la creatividad de los jóvenes y para incentivar que asuman responsabilidades. El compromiso social y el
contacto directo con los pobres siguen siendo una ocasión fundamental para descubrir o profundizar la
fe y discernir la propia vocación […]. Se señaló también la disponibilidad al compromiso en el campo
político para la construcción del bien común».[91]

171. Hoy, gracias a Dios, los grupos de jóvenes en parroquias, colegios, movimientos o grupos
universitarios suelen salir a acompañar ancianos y enfermos, o visitan barrios pobres, o salen juntos a
auxiliar a los indigentes en las llamadas “noches de la caridad”. Con frecuencia ellos reconocen que en
estas tareas es más lo que reciben que lo que dan, porque se aprende y se madura mucho cuando uno
se atreve a tomar contacto con el sufrimiento de los otros. Además, en los pobres hay una sabiduría
oculta, y ellos, con palabras simples, pueden ayudarnos a descubrir valores que no vemos.

172. Otros jóvenes participan en programas sociales orientados a la construcción de casas para los que
no tienen techo, o al saneamiento de lugares contaminados, o a la recolección de ayudas para los más
necesitados. Sería bueno que esa energía comunitaria se aplicara no sólo a acciones esporádicas sino
de una manera estable, con objetivos claros y una buena organización que ayude a realizar una tarea
más continuada y eficiente. Los universitarios pueden unirse de manera interdisciplinar para aplicar su
saber a la resolución de problemas sociales, y en esta tarea pueden trabajar codo a codo con jóvenes
de otras Iglesias o de otras religiones.

173. Como en el milagro de Jesús, los panes y los peces de los jóvenes pueden multiplicarse (cf. Jn
6,4-13). Igual que en la parábola, las pequeñas semillas de los jóvenes se convierten en árbol y
cosecha (cf. Mt 13,23.31-32). Todo ello desde la fuente viva de la Eucaristía, en la cual nuestro pan y
nuestro vino se transfiguran para darnos Vida eterna. Se les pide a los jóvenes una tarea inmensa y
difícil. Con la fe en el Resucitado, podrán enfrentarla con creatividad y esperanza, y ubicándose siempre
en el lugar del servicio, como los sirvientes de aquella boda, sorprendidos colaboradores del primer
signo de Jesús, que sólo siguieron la consigna de su Madre: «Hagan lo que Él les diga» (Jn 2,5).
Misericordia, creatividad y esperanza hacen crecer la vida.

174. Quiero alentarte a este compromiso, porque sé que «tu corazón, corazón joven, quiere construir
un mundo mejor. Sigo las noticias del mundo y veo que tantos jóvenes, en muchas partes del mundo,
han salido por las calles para expresar el deseo de una civilización más justa y fraterna. Los jóvenes en
la calle. Son jóvenes que quieren ser protagonistas del cambio. Por favor, no dejen que otros sean los
protagonistas del cambio. Ustedes son los que tienen el futuro. Por ustedes entra el futuro en el
mundo. A ustedes les pido que también sean protagonistas de este cambio. Sigan superando la apatía y
ofreciendo una respuesta cristiana a las inquietudes sociales y políticas que se van planteando en
diversas partes del mundo. Les pido que sean constructores del futuro, que se metan en el trabajo por
un mundo mejor. Queridos jóvenes, por favor, no balconeen la vida, métanse en ella. Jesús no se
quedó en el balcón, se metió; no balconeen la vida, métanse en ella como hizo Jesús».[92] Pero sobre
todo, de una manera o de otra, sean luchadores por el bien común, sean servidores de los pobres,
sean protagonistas de la revolución de la caridad y del servicio, capaces de resistir las patologías del
individualismo consumista y superficial.

Misioneros valientes
175. Enamorados de Cristo, los jóvenes están llamados a dar testimonio del Evangelio en todas partes,
con su propia vida. San Alberto Hurtado decía que «ser apóstoles no significa llevar una insignia en el
ojal de la chaqueta; no significa hablar de la verdad, sino vivirla, encarnarse en ella, transformarse en
Cristo. Ser apóstol no es llevar una antorcha en la mano, poseer la luz, sino ser la luz [...]. El Evangelio
[...] más que una lección es un ejemplo. El mensaje convertido en vida viviente».[93]

176. El valor del testimonio no significa que se deba callar la palabra. ¿Por qué no hablar de Jesús, por
qué no contarles a los demás que Él nos da fuerzas para vivir, que es bueno conversar con Él, que nos
hace bien meditar sus palabras? Jóvenes, no dejen que el mundo los arrastre a compartir sólo las cosas
malas o superficiales. Ustedes sean capaces de ir contracorriente y sepan compartir a Jesús,
comuniquen la fe que Él les regaló. Ojalá puedan sentir en el corazón el mismo impulso irresistible que
movía a san Pablo cuando decía: «¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!» (1 Co 9,16).

177. «¿Adónde nos envía Jesús? No hay fronteras, no hay límites: nos envía a todos. El Evangelio no
es para algunos sino para todos. No es sólo para los que nos parecen más cercanos, más receptivos,
más acogedores. Es para todos. No tengan miedo de ir y llevar a Cristo a cualquier ambiente, hasta las
periferias existenciales, también a quien parece más lejano, más indiferente. El Señor busca a todos,
quiere que todos sientan el calor de su misericordia y de su amor».[94] Y nos invita a ir sin miedo con el
anuncio misionero, allí donde nos encontremos y con quien estemos, en el barrio, en el estudio, en el
deporte, en las salidas con los amigos, en el voluntariado o en el trabajo, siempre es bueno y oportuno
compartir la alegría del Evangelio. Así es como el Señor se va acercando a todos. Y a ustedes, jóvenes,
los quiere como sus instrumentos para derramar luz y esperanza, porque quiere contar con vuestra
valentía, frescura y entusiasmo.

178. No cabe esperar que la misión sea fácil y cómoda. Algunos jóvenes dieron su vida con tal de no
frenar su impulso misionero. Los Obispos de Corea expresaron: «Esperamos que podamos ser granos
de trigo e instrumentos para la salvación de la humanidad, siguiendo el ejemplo de los mártires. Aunque
nuestra fe es tan pequeña como una semilla de mostaza, Dios le dará crecimiento y la utilizará como
un instrumento para su obra de salvación».[95] Amigos, no esperen a mañana para colaborar en la
transformación del mundo con su energía, su audacia y su creatividad. La vida de ustedes no es un
“mientras tanto”. Ustedes son el ahora de Dios, que los quiere fecundos.[96] Porque «es dando como
se recibe»,[97] y la mejor manera de preparar un buen futuro es vivir bien el presente con entrega y
generosidad.

CAPÍTULO SEXTO
Jóvenes con raíces

179. A veces he visto árboles jóvenes, bellos, que elevaban sus ramas al cielo buscando siempre más,
y parecían un canto de esperanza. Más adelante, después de una tormenta, los encontré caídos, sin
vida. Porque tenían pocas raíces, habían desplegado sus ramas sin arraigarse bien en la tierra, y así
sucumbieron ante los embates de la naturaleza. Por eso me duele ver que algunos les propongan a los
jóvenes construir un futuro sin raíces, como si el mundo comenzara ahora. Porque «es imposible que
alguien crezca si no tiene raíces fuertes que ayuden a estar bien sostenido y agarrado a la tierra. Es fácil
“volarse” cuando no hay desde donde agarrarse, de donde sujetarse».[98]

Que no te arranquen de la tierra


180. Esta no es una cuestión secundaria, y me parece bueno dedicarle un breve capítulo. Comprender
esto permite distinguir la alegría de la juventud de un falso culto a la juventud que algunos utilizan para
seducir a los jóvenes y utilizarlos para sus fines.

181. Piensen esto: si una persona les hace una propuesta y les dice que ignoren la historia, que no
recojan la experiencia de los mayores, que desprecien todo lo pasado y que sólo miren el futuro que él
les ofrece, ¿no es una forma fácil de atraparlos con su propuesta para que solamente hagan lo que él
les dice? Esa persona los necesita vacíos, desarraigados, desconfiados de todo, para que sólo confíen
en sus promesas y se sometan a sus planes. Así funcionan las ideologías de distintos colores, que
destruyen (o de-construyen) todo lo que sea diferente y de ese modo pueden reinar sin oposiciones.
Para esto necesitan jóvenes que desprecien la historia, que rechacen la riqueza espiritual y humana que
se fue transmitiendo a lo largo de las generaciones, que ignoren todo lo que los ha precedido.

182. Al mismo tiempo, los manipuladores utilizan otro recurso: una adoración de la juventud, como si
todo lo que no sea joven se convirtiera en detestable y caduco. El cuerpo joven se vuelve el símbolo de
este nuevo culto, y entonces todo lo que tenga que ver con ese cuerpo se idolatra y se desea sin
límites, y lo que no sea joven se mira con desprecio. Pero es un arma que en primer lugar termina
degradando a los jóvenes, los vacía de valores reales, los utiliza para obtener beneficios personales,
económicos o políticos.

183. Queridos jóvenes, no acepten que usen su juventud para fomentar una vida superficial, que
confunde la belleza con la apariencia. Mejor sepan descubrir que hay hermosura en el trabajador que
vuelve a su casa sucio y desarreglado, pero con la alegría de haber ganado el pan de sus hijos. Hay una
belleza extraordinaria en la comunión de la familia junto a la mesa y en el pan compartido con
generosidad, aunque la mesa sea muy pobre. Hay hermosura en la esposa despeinada y casi anciana,
que permanece cuidando a su esposo enfermo más allá de sus fuerzas y de su propia salud. Aunque
haya pasado la primavera del noviazgo, hay hermosura en la fidelidad de las parejas que se aman en el
otoño de la vida, en esos viejitos que caminan de la mano. Hay hermosura, más allá de la apariencia o
de la estética de moda, en cada hombre y en cada mujer que viven con amor su vocación personal, en
el servicio desinteresado por la comunidad, por la patria, en el trabajo generoso por la felicidad de la
familia, comprometidos en el arduo trabajo anónimo y gratuito de restaurar la amistad social.
Descubrir, mostrar y resaltar esta belleza, que se parece a la de Cristo en la cruz, es poner los
cimientos de la verdadera solidaridad social y de la cultura del encuentro.

184. Junto con las estrategias del falso culto a la juventud y a la apariencia, hoy se promueve una
espiritualidad sin Dios, una afectividad sin comunidad y sin compromiso con los que sufren, un miedo a
los pobres vistos como seres peligrosos, y una serie de ofertas que pretenden hacerles creer en un
futuro paradisíaco que siempre se postergará para más adelante. No quiero proponerles eso, y con
todo mi afecto quiero advertirles que no se dejen dominar por esta ideología que no los volverá más
jóvenes, sino que los convertirá en esclavos. Les propongo otro camino, hecho de libertad, de
entusiasmo, de creatividad, de horizontes nuevos, pero cultivando al mismo tiempo esas raíces que
alimentan y sostienen.

185. En esta línea, quiero destacar que «numerosos Padres sinodales provenientes de contextos no
occidentales señalan que en sus países la globalización conlleva auténticas formas de colonización
cultural, que desarraigan a los jóvenes de la pertenencia a las realidades culturales y religiosas de las
que provienen. Es necesario un compromiso de la Iglesia para acompañarlos en este paso sin que
pierdan los rasgos más valiosos de su identidad».[99]

186. Hoy vemos una tendencia a “homogeneizar” a los jóvenes, a disolver las diferencias propias de su
lugar de origen, a convertirlos en seres manipulables hechos en serie. Así se produce una destrucción
cultural, que es tan grave como la desaparición de las especies animales y vegetales.[100] Por eso, en
un mensaje a jóvenes indígenas, reunidos en Panamá, los exhorté a «hacerse cargo de las raíces,
porque de las raíces viene la fuerza que los va a hacer crecer, florecer y fructificar».[101]

Tu relación con los ancianos


187. En el Sínodo se expresó que «los jóvenes están proyectados hacia el futuro y afrontan la vida con
energía y dinamismo. Sin embargo […] a veces suelen prestar poca atención a la memoria del pasado
del que provienen, en particular a los numerosos dones que les han transmitido sus padres y abuelos, al
bagaje cultural de la sociedad en la que viven. Ayudar a los jóvenes a descubrir la riqueza viva del
pasado, haciendo memoria y sirviéndose de este para las propias decisiones y posibilidades, es un
verdadero acto de amor hacia ellos, en vista de su crecimiento y de las decisiones que deberán
tomar».[102]

188. La Palabra de Dios recomienda no perder el contacto con los ancianos, para poder recoger su
experiencia: «Acude a la reunión de los ancianos, y si encuentras a un sabio júntate a él […]. Si ves a un
hombre prudente, madruga para buscarlo, que tus pies desgasten el umbral de su puerta» (Si 6,34.36).
En todo caso, los largos años que ellos vivieron y todo lo que han pasado en la vida, deben llevarnos a
mirarlos con respeto: «Ponte de pie ante el hombre de canas» (Lv 19,32). Porque «la fuerza es el
adorno de los jóvenes, las canas son el honor de los ancianos» (Pr 20,29).

189. La Biblia nos pide: «Escucha a tu padre que te dio la vida, y no desprecies a tu madre cuando sea
anciana» (Pr 23,22). El mandato de honrar al padre y a la madre «es el primer mandamiento que va
acompañado de una promesa» (Ef 6,2; cf. Ex 20,12; Dt 5,16; Lv 19,3), y la promesa es: «serás feliz
y se prolongará tu vida sobre la tierra» (Ef 6,3).

190. Esto no significa que tengas que estar de acuerdo con todo lo que ellos dicen, ni que debas
aprobar todas sus acciones. Un joven siempre debería tener un espíritu crítico. San Basilio Magno,
refiriéndose a los antiguos autores griegos, recomendaba a los jóvenes que los estimasen, pero que
acogieran sólo lo bueno que pudieran enseñarles.[103] Se trata simplemente de estar abiertos para
recoger una sabiduría que se comunica de generación en generación, que puede convivir con algunas
miserias humanas, y que no tiene por qué desaparecer ante las novedades del consumo y del mercado.

191. Al mundo nunca le sirvió ni le servirá la ruptura entre generaciones. Son los cantos de sirena de un
futuro sin raíces, sin arraigo. Es la mentira que te hace creer que sólo lo nuevo es bueno y bello. La
existencia de las relaciones intergeneracionales implica que en las comunidades se posea una memoria
colectiva, pues cada generación retoma las enseñanzas de sus antecesores, dejando así un legado a
sus sucesores. Esto constituye marcos de referencia para cimentar sólidamente una sociedad nueva.
Como dice el refrán: “Si el joven supiese y el viejo pudiese, no habría cosa que no se hiciese”.

Sueños y visiones
192. En la profecía de Joel encontramos un anuncio que nos permite entender esto de una manera
muy bella. Dice así: «Derramaré mi Espíritu sobre toda carne y sus hijos y sus hijas profetizarán, y sus
jóvenes verán visiones y sus ancianos soñarán sueños» (Jl 3,1; cf. Hch 2,17). Si los jóvenes y los
viejos se abren al Espíritu Santo, ambos producen una combinación maravillosa. Los ancianos sueñan y
los jóvenes ven visiones. ¿Cómo se complementan ambas cosas?

193. Los ancianos tienen sueños construidos con recuerdos, con imágenes de tantas cosas vividas, con
la marca de la experiencia y de los años. Si los jóvenes se arraigan en esos sueños de los ancianos
logran ver el futuro, pueden tener visiones que les abren el horizonte y les muestran nuevos caminos.
Pero si los ancianos no sueñan, los jóvenes ya no pueden mirar claramente el horizonte.

194. Es lindo encontrar entre lo que nuestros padres conservaron, algún recuerdo que nos permite
imaginar lo que soñaron para nosotros nuestros abuelos y nuestras abuelas. Todo ser humano, aun
antes de nacer, ha recibido de parte de sus abuelos como regalo, la bendición de un sueño lleno de
amor y de esperanza: el de una vida mejor para él. Y si no lo tuvo de ninguno de sus abuelos,
seguramente algún bisabuelo sí lo soñó y se alegró por él, contemplando en la cuna a sus hijos y luego
a sus nietos. El sueño primero, el sueño creador de nuestro Padre Dios, precede y acompaña la vida de
todos sus hijos. Hacer memoria de esta bendición, que se extiende de generación en generación, es
una herencia preciosa que hay que saber conservar viva para poder transmitirla también nosotros.

195. Por eso es bueno dejar que los ancianos hagan largas narraciones, que a veces parecen
mitológicas, fantasiosas –son sueños de viejos–, pero muchas veces están llenas de rica experiencia,
de símbolos elocuentes, de mensajes ocultos. Esas narraciones requieren tiempo, que nos
dispongamos gratuitamente a escuchar y a interpretar con paciencia, porque no entran en un mensaje
de las redes sociales. Tenemos que aceptar que toda la sabiduría que necesitamos para la vida no
puede encerrarse en los límites que imponen los actuales recursos de comunicación.

196. En el libro La sabiduría de los años,[104] expresé algunos deseos en forma de pedidos. «¿Qué pido
a los ancianos, entre los cuales me cuento yo mismo? Nos pido que seamos guardianes de la memoria.
Los abuelos y las abuelas necesitamos formar un coro. Me imagino a los ancianos como el coro
permanente de un importante santuario espiritual, en el que las oraciones de súplica y los cantos de
alabanza sostienen a la comunidad entera que trabaja y lucha en el terreno de la vida».[105] Es
hermoso que «los jóvenes y las muchachas también, los viejos junto con los niños, alaben el nombre
del Señor» (Sal 148,12-13).

197. ¿Qué podemos darles los ancianos? «A los jóvenes de hoy día que viven su propia mezcla de
ambiciones heroicas y de inseguridades, podemos recordarles que una vida sin amor es una vida
infecunda».[106] ¿Qué podemos decirles? «A los jóvenes temerosos podemos decirles que la ansiedad
frente al futuro puede ser vencida».[107] ¿Qué podemos enseñarles? «A los jóvenes excesivamente
preocupados de sí mismos podemos enseñarles que se experimenta mayor alegría en dar que en
recibir, y que el amor no se demuestra sólo con palabras, sino también con obras».[108]

Arriesgar juntos
198. El amor que se da y que obra, tantas veces se equivoca. El que actúa, el que arriesga, quizás
comete errores. Aquí, en este momento, puede resultar de interés traer el testimonio de María Gabriela
Perin, huérfana de padre desde recién nacida que reflexiona cómo esto influyó en su vida, en una
relación que no duró pero que la hizo madre y ahora abuela: «Lo que yo sé es que Dios crea historias.
En su genialidad y su misericordia, Él toma nuestros triunfos y fracasos y teje hermosos tapices que
están llenos de ironía. El reverso del tejido puede parecer desordenado con sus hilos enredados –los
acontecimientos de nuestra vida– y tal vez sea ese lado con el que nos obsesionamos cuando tenemos
dudas. Sin embargo, el lado bueno del tapiz muestra una historia magnífica, y ese es el lado que ve
Dios».[109] Cuando las personas mayores miran atentamente la vida, a menudo saben de modo
instintivo lo que hay detrás de los hilos enredados y reconocen lo que Dios hace creativamente aun con
nuestros errores.

199. Si caminamos juntos, jóvenes y ancianos, podremos estar bien arraigados en el presente, y desde
aquí frecuentar el pasado y el futuro: frecuentar el pasado, para aprender de la historia y para sanar las
heridas que a veces nos condicionan; frecuentar el futuro, para alimentar el entusiasmo, hacer germinar
sueños, suscitar profecías, hacer florecer esperanzas. De ese modo, unidos, podremos aprender unos
de otros, calentar los corazones, inspirar nuestras mentes con la luz del Evangelio y dar nueva fuerza a
nuestras manos.

200. Las raíces no son anclas que nos atan a otras épocas y nos impiden encarnarnos en el mundo
actual para hacer nacer algo nuevo. Son, por el contrario, un punto de arraigo que nos permite
desarrollarnos y responder a los nuevos desafíos. Entonces tampoco sirve «que nos sentemos a
añorar tiempos pasados; hemos de asumir con realismo y amor nuestra cultura y llenarla de Evangelio.
Somos enviados hoy para anunciar la Buena Noticia de Jesús a los tiempos nuevos. Hemos de amar
nuestra hora con sus posibilidades y riesgos, con sus alegrías y dolores, con sus riquezas y sus límites,
con sus aciertos y sus errores».[110]

201. En el Sínodo, uno de los jóvenes auditores proveniente de las islas Samoa, dijo que la Iglesia es
una canoa, en la cual los viejos ayudan a mantener la dirección interpretando la posición de las estrellas,
y los jóvenes reman con fuerza imaginando lo que les espera más allá. No nos dejemos llevar ni por los
jóvenes que piensan que los adultos son un pasado que ya no cuenta, que ya caducó, ni por los adultos
que creen saber siempre cómo deben comportarse los jóvenes. Mejor subámonos todos a la misma
canoa y entre todos busquemos un mundo mejor, bajo el impulso siempre nuevo del Espíritu Santo.

CAPÍTULO SÉPTIMO
La pastoral de los jóvenes

202. La pastoral juvenil, tal como estábamos acostumbrados a llevarla adelante, ha sufrido el embate
de los cambios sociales y culturales. Los jóvenes, en las estructuras habituales, muchas veces no
encuentran respuestas a sus inquietudes, necesidades, problemáticas y heridas. La proliferación y
crecimiento de asociaciones y movimientos con características predominantemente juveniles pueden
ser interpretados como una acción del Espíritu que abre caminos nuevos. Se hace necesario, sin
embargo, ahondar en la participación de estos en la pastoral de conjunto de la Iglesia, así como en una
mayor comunión entre ellos en una mejor coordinación de la acción. Si bien no siempre es fácil abordar
a los jóvenes, se está creciendo en dos aspectos: la conciencia de que es toda la comunidad la que los
evangeliza y la urgencia de que ellos tengan un protagonismo mayor en las propuestas pastorales.

Una pastoral sinodal


203. Quiero destacar que los mismos jóvenes son agentes de la pastoral juvenil, acompañados y
guiados, pero libres para encontrar caminos siempre nuevos con creatividad y audacia. Por
consiguiente, estaría de más que me detuviera aquí a proponer alguna especie de manual de pastoral
juvenil o una guía de pastoral práctica. Se trata más bien de poner en juego la astucia, el ingenio y el
conocimiento que tienen los mismos jóvenes de la sensibilidad, el lenguaje y las problemáticas de los
demás jóvenes.

204. Ellos nos hacen ver la necesidad de asumir nuevos estilos y nuevas estrategias. Por ejemplo,
mientras los adultos suelen preocuparse por tener todo planificado, con reuniones periódicas y horarios
fijos, hoy la mayoría de los jóvenes difícilmente se siente atraída por esos esquemas pastorales. La
pastoral juvenil necesita adquirir otra flexibilidad, y convocar a los jóvenes a eventos, a acontecimientos
que cada tanto les ofrezcan un lugar donde no sólo reciban una formación, sino que también les
permitan compartir la vida, celebrar, cantar, escuchar testimonios reales y experimentar el encuentro
comunitario con el Dios vivo.

205. Por otra parte, sería muy deseable recoger todavía más las buenas prácticas: aquellas
metodologías, aquellos lenguajes, aquellas motivaciones que han sido realmente atractivas para acercar
a los jóvenes a Cristo y a la Iglesia. No importa de qué color sean, si son “conservadoras o
progresistas”, si son “de derecha o de izquierda”. Lo importante es que recojamos todo lo que haya
dado buenos resultados y sea eficaz para comunicar la alegría del Evangelio.

206. La pastoral juvenil sólo puede ser sinodal, es decir, conformando un “caminar juntos” que implica
una «valorización de los carismas que el Espíritu concede según la vocación y el rol de cada uno de los
miembros [de la Iglesia], mediante un dinamismo de corresponsabilidad […]. Animados por este
espíritu, podremos encaminarnos hacia una Iglesia participativa y corresponsable, capaz de valorizar la
riqueza de la variedad que la compone, que acoja con gratitud el aporte de los fieles laicos, incluyendo a
jóvenes y mujeres, la contribución de la vida consagrada masculina y femenina, la de los grupos,
asociaciones y movimientos. No hay que excluir a nadie, ni dejar que nadie se autoexcluya».[111]

207. De este modo, aprendiendo unos de otros, podremos reflejar mejor ese poliedro maravilloso que
debe ser la Iglesia de Jesucristo. Ella puede atraer a los jóvenes precisamente porque no es una unidad
monolítica, sino un entramado de dones variados que el Espíritu derrama incesantemente en ella,
haciéndola siempre nueva a pesar de sus miserias.

208. En el Sínodo aparecieron muchas propuestas concretas orientadas a renovar la pastoral juvenil y a
liberarla de esquemas que ya no son eficaces porque no entran en diálogo con la cultura actual de los
jóvenes. Se comprende que no podría aquí recogerlas a todas, y algunas de ellas pueden encontrarse
en el Documento final del Sínodo.

Grandes líneas de acción


209. Sólo quisiera destacar brevemente que la pastoral juvenil implica dos grandes líneas de acción.
Una es la búsqueda, la convocatoria, el llamado que atraiga a nuevos jóvenes a la experiencia del
Señor. La otra es el crecimiento, el desarrollo de un camino de maduración de los que ya han hecho
esa experiencia.

210. Con respecto a lo primero, la búsqueda, confío en la capacidad de los mismos jóvenes, que saben
encontrar los caminos atractivos para convocar. Saben organizar festivales, competencias deportivas,
e incluso saben evangelizar en las redes sociales con mensajes, canciones, videos y otras
intervenciones. Sólo hay que estimular a los jóvenes y darles libertad para que ellos se entusiasmen
misionando en los ámbitos juveniles. El primer anuncio puede despertar una honda experiencia de fe en
medio de un “retiro de impacto”, en una conversación en un bar, en un recreo de la facultad, o por
cualquiera de los insondables caminos de Dios. Pero lo más importante es que cada joven se atreva a
sembrar el primer anuncio en esa tierra fértil que es el corazón de otro joven.

211. En esta búsqueda se debe privilegiar el idioma de la proximidad, el lenguaje del amor
desinteresado, relacional y existencial que toca el corazón, llega a la vida, despierta esperanza y
deseos. Es necesario acercarse a los jóvenes con la gramática del amor, no con el proselitismo. El
lenguaje que la gente joven entiende es el de aquellos que dan la vida, el de quien está allí por ellos y
para ellos, y el de quienes, a pesar de sus límites y debilidades, tratan de vivir su fe con coherencia. Al
mismo tiempo, todavía tenemos que buscar con mayor sensibilidad cómo encarnar el kerygma en el
lenguaje que hablan los jóvenes de hoy.

212. Con respecto al crecimiento, quiero hacer una importante advertencia. En algunos lugares ocurre
que, después de haber provocado en los jóvenes una intensa experiencia de Dios, un encuentro con
Jesús que tocó sus corazones, luego solamente les ofrecen encuentros de “formación” donde sólo se
abordan cuestiones doctrinales y morales: sobre los males del mundo actual, sobre la Iglesia, sobre la
Doctrina Social, sobre la castidad, sobre el matrimonio, sobre el control de la natalidad y sobre otros
temas. El resultado es que muchos jóvenes se aburren, pierden el fuego del encuentro con Cristo y la
alegría de seguirlo, muchos abandonan el camino y otros se vuelven tristes y negativos. Calmemos la
obsesión por transmitir un cúmulo de contenidos doctrinales, y ante todo tratemos de suscitar y
arraigar las grandes experiencias que sostienen la vida cristiana. Como decía Romano Guardini: «en la
experiencia de un gran amor [...] todo cuanto acontece se convierte en un episodio dentro de su
ámbito».[112]

213. Cualquier proyecto formativo, cualquier camino de crecimiento para los jóvenes, debe incluir
ciertamente una formación doctrinal y moral. Es igualmente importante que esté centrado en dos
grandes ejes: uno es la profundización del kerygma, la experiencia fundante del encuentro con Dios a
través de Cristo muerto y resucitado. El otro es el crecimiento en el amor fraterno, en la vida
comunitaria, en el servicio.

214. Insistí mucho sobre esto en Evangelii gaudium y creo que es oportuno recordarlo. Por una parte,
sería un grave error pensar que en la pastoral juvenil «el kerygma es abandonado en pos de una
formación supuestamente más “sólida”. Nada hay más sólido, más profundo, más seguro, más denso
y más sabio que ese anuncio. Toda formación cristiana es ante todo la profundización del kerygma que
se va haciendo carne cada vez más y mejor».[113] Por consiguiente, la pastoral juvenil siempre debe
incluir momentos que ayuden a renovar y profundizar la experiencia personal del amor de Dios y de
Jesucristo vivo. Lo hará con diversos recursos: testimonios, canciones, momentos de adoración,
espacios de reflexión espiritual con la Sagrada Escritura, e incluso con diversos estímulos a través de las
redes sociales. Pero jamás debe sustituirse esta experiencia gozosa de encuentro con el Señor por una
suerte de “adoctrinamiento”.

215. Por otra parte, cualquier plan de pastoral juvenil debe incorporar claramente medios y recursos
variados para ayudar a los jóvenes a crecer en la fraternidad, a vivir como hermanos, a ayudarse
mutuamente, a crear comunidad, a servir a los demás, a estar cerca de los pobres. Si el amor fraterno
es el «mandamiento nuevo» (Jn 13,34), si es «la plenitud de la Ley» (Rm 13,10), si es lo que mejor
manifiesta nuestro amor a Dios, entonces debe ocupar un lugar relevante en todo plan de formación y
crecimiento de los jóvenes.

Ambientes adecuados
216. En todas nuestras instituciones necesitamos desarrollar y potenciar mucho más nuestra capacidad
de acogida cordial, porque muchos de los jóvenes que llegan lo hacen en una profunda situación de
orfandad. Y no me refiero a determinados conflictos familiares, sino a una experiencia que atañe por
igual a niños, jóvenes y adultos, madres, padres e hijos. Para tantos huérfanos y huérfanas, nuestros
contemporáneos, ¿nosotros mismos quizás?, las comunidades como la parroquia y la escuela deberían
ofrecer caminos de amor gratuito y promoción, de afirmación y crecimiento. Muchos jóvenes se
sienten hoy hijos del fracaso, porque los sueños de sus padres y abuelos se quemaron en la hoguera de
la injusticia, de la violencia social, del sálvese quien pueda. ¡Cuánto desarraigo! Si los jóvenes crecieron
en un mundo de cenizas no es fácil que puedan sostener el fuego de grandes ilusiones y proyectos. Si
crecieron en un desierto vacío de sentido, ¿cómo podrán tener ganas de sacrificarse para sembrar? La
experiencia de discontinuidad, de desarraigo y la caída de las certezas básicas, fomentada en la cultura
mediática actual, provocan esa sensación de profunda orfandad a la cual debemos responder creando
espacios fraternos y atractivos donde se viva con un sentido.

217. Crear “hogar” en definitiva «es crear familia; es aprender a sentirse unidos a los otros más allá de
vínculos utilitarios o funcionales, unidos de tal manera que sintamos la vida un poco más humana. Crear
hogares, “casas de comunión”, es permitir que la profecía tome cuerpo y haga nuestras horas y días
menos inhóspitos, menos indiferentes y anónimos. Es tejer lazos que se construyen con gestos
sencillos, cotidianos y que todos podemos realizar. Un hogar, y lo sabemos todos muy bien, necesita
de la colaboración de todos. Nadie puede ser indiferente o ajeno, ya que cada uno es piedra necesaria
en su construcción. Y eso implica pedirle al Señor que nos regale la gracia de aprender a tenernos
paciencia, de aprender a perdonarse; aprender todos los días a volver a empezar. Y, ¿cuántas veces
perdonar o volver a empezar? Setenta veces siete, todas las que sean necesarias. Crear lazos fuertes
exige de la confianza que se alimenta todos los días de la paciencia y el perdón. Y así se produce el
milagro de experimentar que aquí se nace de nuevo, aquí todos nacemos de nuevo porque sentimos
actuante la caricia de Dios que nos posibilita soñar el mundo más humano y, por tanto, más
divino».[114]

218. En este marco, en nuestras instituciones necesitamos ofrecerles a los jóvenes lugares propios que
ellos puedan acondicionar a su gusto, y donde puedan entrar y salir con libertad, lugares que los acojan
y donde puedan acercarse espontáneamente y con confianza al encuentro de otros jóvenes tanto en
los momentos de sufrimiento o de aburrimiento, como cuando deseen celebrar sus alegrías. Algo de
esto han logrado algunos Oratorios y otros centros juveniles, que en muchos casos son el ambiente de
amistades y de noviazgo, de reencuentros, donde pueden compartir la música, la recreación, el
deporte, y también la reflexión y la oración con pequeños subsidios y diversas propuestas. De este
modo se abre paso ese indispensable anuncio persona a persona que no puede ser reemplazado por
ningún recurso ni estrategia pastoral.

219. «La amistad y las relaciones, a menudo también en grupos más o menos estructurados, ofrecen
la oportunidad de reforzar competencias sociales y relacionales en un contexto en el que no se evalúa
ni se juzga a la persona. La experiencia de grupo constituye a su vez un recurso para compartir la fe y
para ayudarse mutuamente en el testimonio. Los jóvenes son capaces de guiar a otros jóvenes y de
vivir un verdadero apostolado entre sus amigos».[115]

220. Esto no significa que se aíslen y pierdan todo contacto con las comunidades de parroquias,
movimientos y otras instituciones eclesiales. Pero ellos se integrarán mejor a comunidades abiertas,
vivas en la fe, deseosas de irradiar a Jesucristo, alegres, libres, fraternas y comprometidas. Estas
comunidades pueden ser los cauces donde ellos sientan que es posible cultivar preciosas relaciones.

La pastoral de las instituciones educativas


221. La escuela es sin duda una plataforma para acercarse a los niños y a los jóvenes. Es un lugar
privilegiado para la promoción de la persona, y por esto la comunidad cristiana le ha dedicado gran
atención, ya sea formando docentes y dirigentes, como también instituyendo escuelas propias, de todo
tipo y grado. En este campo el Espíritu ha suscitado innumerables carismas y testimonios de santidad.
Sin embargo, la escuela necesita una urgente autocrítica si vemos los resultados que deja la pastoral de
muchas de ellas, una pastoral concentrada en la instrucción religiosa que a menudo es incapaz de
provocar experiencias de fe perdurables. Además, hay algunos colegios católicos que parecen estar
organizados sólo para la preservación. La fobia al cambio hace que no puedan tolerar la incertidumbre y
se replieguen ante los peligros, reales o imaginarios, que todo cambio trae consigo. La escuela
convertida en un “búnker” que protege de los errores “de afuera”, es la expresión caricaturizada de
esta tendencia. Esa imagen refleja de un modo estremecedor lo que experimentan muchísimos jóvenes
al egresar de algunos establecimientos educativos: una insalvable inadecuación entre lo que les
enseñaron y el mundo en el cual les toca vivir. Aun las propuestas religiosas y morales que recibieron no
los han preparado para confrontarlas con un mundo que las ridiculiza, y no han aprendido formas de
orar y de vivir la fe que puedan ser fácilmente sostenidas en medio del ritmo de esta sociedad. En
realidad, una de las alegrías más grandes de un educador se produce cuando puede ver a un estudiante
constituirse a sí mismo como una persona fuerte, integrada, protagonista y capaz de dar.

222. La escuela católica sigue siendo esencial como espacio de evangelización de los jóvenes. Es
importante tener en cuenta algunos criterios inspiradores señalados en Veritatis gaudium en vista a una
renovación y relanzamiento de las escuelas y universidades “en salida” misionera, tales como: la
experiencia del kerygma, el diálogo a todos los niveles, la interdisciplinariedad y la transdisciplinariedad,
el fomento de la cultura del encuentro, la urgente necesidad de “crear redes” y la opción por los
últimos, por aquellos que la sociedad descarta y desecha.[116] También la capacidad de integrar los
saberes de la cabeza, el corazón y las manos.

223. Por otra parte, no podemos separar la formación espiritual de la formación cultural. La Iglesia
siempre quiso desarrollar para los jóvenes espacios para la mejor cultura. No debe renunciar a hacerlo
porque los jóvenes tienen derecho a ella. Y «hoy en día, sobre todo, el derecho a la cultura significa
proteger la sabiduría, es decir, un saber humano y que humaniza. Con demasiada frecuencia estamos
condicionados por modelos de vida triviales y efímeros que empujan a perseguir el éxito a bajo costo,
desacreditando el sacrificio, inculcando la idea de que el estudio no es necesario si no da
inmediatamente algo concreto. No, el estudio sirve para hacerse preguntas, para no ser anestesiado
por la banalidad, para buscar sentido en la vida. Se debe reclamar el derecho a que no prevalezcan las
muchas sirenas que hoy distraen de esta búsqueda. Ulises, para no rendirse al canto de las sirenas, que
seducían a los marineros y los hacían estrellarse contra las rocas, se ató al árbol de la nave y tapó las
orejas de sus compañeros de viaje. En cambio, Orfeo, para contrastar el canto de las sirenas, hizo otra
cosa: entonó una melodía más hermosa, que encantó a las sirenas. Esta es su gran tarea: responder a
los estribillos paralizantes del consumismo cultural con opciones dinámicas y fuertes, con la
investigación, el conocimiento y el compartir».[117]

Distintos ámbitos para desarrollos pastorales


224. Muchos jóvenes son capaces de aprender a gustar del silencio y de la intimidad con Dios. También
han crecido los grupos que se reúnen a adorar al Santísimo o a orar con la Palabra de Dios. No hay que
menospreciar a los jóvenes como si fueran incapaces de abrirse a propuestas contemplativas. Sólo
hace falta encontrar los estilos y las modalidades adecuadas para ayudarlos a iniciarse en esta
experiencia de tan alto valor. Con respecto a los ámbitos de culto y oración, «en diversos contextos los
jóvenes católicos piden propuestas de oración y momentos sacramentales que incluyan su vida
cotidiana en una liturgia fresca, auténtica y alegre».[118] Es importante aprovechar los momentos más
fuertes del año litúrgico, particularmente la Semana Santa, Pentecostés y Navidad. Ellos también
disfrutan de otros encuentros festivos, que cortan la rutina y que ayudan a experimentar la alegría de la
fe.

225. Una oportunidad única para el crecimiento y también de apertura al don divino de la fe y la caridad
es el servicio: muchos jóvenes se sienten atraídos por la posibilidad de ayudar a otros, especialmente a
niños y pobres. A menudo este servicio es el primer paso para descubrir o redescubrir la vida cristiana y
eclesial. Muchos jóvenes se cansan de nuestros itinerarios de formación doctrinal, e incluso espiritual, y
a veces reclaman la posibilidad de ser más protagonistas en actividades que hagan algo por la gente.

226. No podemos olvidar las expresiones artísticas, como el teatro, la pintura, etc. «Del todo peculiar
es la importancia de la música, que representa un verdadero ambiente en el que los jóvenes están
constantemente inmersos, así como una cultura y un lenguaje capaces de suscitar emociones y de
plasmar la identidad. El lenguaje musical representa también un recurso pastoral, que interpela en
particular la liturgia y su renovación».[119] El canto puede ser un gran estímulo para el caminar de los
jóvenes. Decía san Agustín: «Canta, pero camina; alivia con el canto tu trabajo, no ames la pereza:
canta y camina […]. Tú, si avanzas, caminas; pero avanza en el bien, en la recta fe, en las buenas
obras: canta y camina».[120]

227. «Es igualmente significativa la relevancia que tiene entre los jóvenes la práctica deportiva, cuyas
potencialidades en clave educativa y formativa la Iglesia no debe subestimar, sino mantener una sólida
presencia en este campo. El mundo del deporte necesita ser ayudado a superar las ambigüedades que
lo golpean, como la mitificación de los campeones, el sometimiento a lógicas comerciales y la ideología
del éxito a toda costa».[121] En la base de la experiencia deportiva está «la alegría: la alegría de
moverse, la alegría de estar juntos, la alegría por la vida y los dones que el Creador nos hace cada
día».[122] Por otra parte, algunos Padres de la Iglesia han tomado el ejemplo de las prácticas deportivas
para invitar a los jóvenes a crecer en la fortaleza y dominar la modorra o la comodidad. San Basilio
Magno, dirigiéndose a los jóvenes, tomaba el ejemplo del esfuerzo que requiere el deporte y así les
inculcaba la capacidad de sacrificarse para crecer en las virtudes: «Tras miles y miles de sufrimientos y
haber incrementado su fortaleza por muchos métodos, tras haber sudado mucho en fatigosos
ejercicios gimnásticos […] y llevar en lo demás, para no alargarme en mis palabras, una existencia tal
que su vida antes de la competición no es sino una preparación para esta, […] arrostran todo tipo de
fatigas y peligros para ganar la corona […]. ¿Y nosotros, que tenemos delante unos premios de la vida
tan maravillosos en número y grandeza como para que sean imposibles de definir con palabras,
durmiendo a pierna suelta y viviendo en total ausencia de peligros, vendremos a tomarlos con una
mano?».[123]

228. En muchos adolescentes y jóvenes despierta especial atracción el contacto con la creación, y son
sensibles hacia el cuidado del ambiente, como ocurre con los Scouts y con otros grupos que organizan
jornadas de contacto con la naturaleza, campamentos, caminatas, expediciones y campañas
ambientales. En el espíritu de san Francisco de Asís, son experiencias que pueden significar un camino
para iniciarse en la escuela de la fraternidad universal y en la oración contemplativa.

229. Estas y otras diversas posibilidades que se abren a la evangelización de los jóvenes, no deberían
hacernos olvidar que, más allá de los cambios de la historia y de la sensibilidad de los jóvenes, hay
regalos de Dios que son siempre actuales, que contienen una fuerza que trasciende todas las épocas y
todas las circunstancias: la Palabra del Señor siempre viva y eficaz, la presencia de Cristo en la
Eucaristía que nos alimenta, y el Sacramento del perdón que nos libera y fortalece. También podemos
mencionar la inagotable riqueza espiritual que conserva la Iglesia en el testimonio de sus santos y en la
enseñanza de los grandes maestros espirituales. Aunque tengamos que respetar diversas etapas, y a
veces necesitemos esperar con paciencia el momento justo, no podremos dejar de invitar a los
jóvenes a estos manantiales de vida nueva, no tenemos derecho a privarlos de tanto bien.

Una pastoral popular juvenil


230. Además de la pastoral habitual que realizan las parroquias y los movimientos, según determinados
esquemas, es muy importante dar lugar a una “pastoral popular juvenil”, que tiene otro estilo, otros
tiempos, otro ritmo, otra metodología. Consiste en una pastoral más amplia y flexible que estimule, en
los distintos lugares donde se mueven los jóvenes reales, esos liderazgos naturales y esos carismas
que el Espíritu Santo ya ha sembrado entre ellos. Se trata ante todo de no ponerles tantos obstáculos,
normas, controles y marcos obligatorios a esos jóvenes creyentes que son líderes naturales en los
barrios y en diversos ambientes. Sólo hay que acompañarlos y estimularlos, confiando un poco más en
la genialidad del Espíritu Santo que actúa como quiere.

231. Hablamos de líderes realmente “populares”, no elitistas o clausurados en pequeños grupos de


selectos. Para que sean capaces de generar una pastoral popular en el mundo de los jóvenes hace falta
que «aprendan a auscultar el sentir del pueblo, a constituirse en sus voceros y a trabajar por su
promoción».[124] Cuando hablamos de “pueblo” no debe entenderse las estructuras de la sociedad o de
la Iglesia, sino el conjunto de personas que no caminan como individuos sino como el entramado de
una comunidad de todos y para todos, que no puede dejar que los más pobres y débiles se queden
atrás: «El pueblo desea que todos participen de los bienes comunes y por eso acepta adaptarse al paso
de los últimos para llegar todos juntos».[125] Los líderes populares, entonces, son aquellos que tienen la
capacidad de incorporar a todos, incluyendo en la marcha juvenil a los más pobres, débiles, limitados y
heridos. No les tienen asco ni miedo a los jóvenes lastimados y crucificados.

232. En esta misma línea, especialmente con los jóvenes que no crecieron en familias o instituciones
cristianas, y están en un camino de lenta maduración, tenemos que estimular el “bien posible”.[126]
Cristo nos advirtió que no pretendamos que todo sea sólo trigo (cf. Mt 13,24-30). A veces, por
pretender una pastoral juvenil aséptica, pura, marcada por ideas abstractas, alejada del mundo y
preservada de toda mancha, convertimos el Evangelio en una oferta desabrida, incomprensible, lejana,
separada de las culturas juveniles y apta solamente para una élite juvenil cristiana que se siente
diferente, pero que en realidad flota en un aislamiento sin vida ni fecundidad. Así, con la cizaña que
rechazamos, arrancamos o sofocamos miles de brotes que intentan crecer en medio de los límites.

233. En lugar de «sofocarlos con un conjunto de reglas que dan una imagen estrecha y moralista del
cristianismo, estamos llamados a invertir en su audacia y a educarlos para que asuman sus
responsabilidades, seguros de que incluso el error, el fracaso y las crisis son experiencias que pueden
fortalecer su humanidad».[127]

234. En el Sínodo se exhortó a construir una pastoral juvenil capaz de crear espacios inclusivos, donde
haya lugar para todo tipo de jóvenes y donde se manifieste realmente que somos una Iglesia de
puertas abiertas. Ni siquiera hace falta que alguien asuma completamente todas las enseñanzas de la
Iglesia para que pueda participar de algunos de nuestros espacios para jóvenes. Basta una actitud
abierta para todos los que tengan el deseo y la disposición de dejarse encontrar por la verdad revelada
por Dios. Algunas propuestas pastorales pueden suponer un camino ya recorrido en la fe, pero
necesitamos una pastoral popular juvenil que abra puertas y ofrezca espacio a todos y a cada uno con
sus dudas, sus traumas, sus problemas y su búsqueda de identidad, sus errores, su historia, sus
experiencias del pecado y todas sus dificultades.

235. Debe haber lugar también para «todos aquellos que tienen otras visiones de la vida, profesan
otros credos o se declaran ajenos al horizonte religioso. Todos los jóvenes, sin exclusión, están en el
corazón de Dios y, por lo tanto, en el corazón de la Iglesia. Reconocemos con franqueza que no
siempre esta afirmación que resuena en nuestros labios encuentra una expresión real en nuestra acción
pastoral: con frecuencia nos quedamos encerrados en nuestros ambientes, donde su voz no llega, o
nos dedicamos a actividades menos exigentes y más gratificantes, sofocando esa sana inquietud
pastoral que nos hace salir de nuestras supuestas seguridades. Y eso que el Evangelio nos pide ser
audaces y queremos serlo, sin presunción y sin hacer proselitismo, dando testimonio del amor del
Señor y tendiendo la mano a todos los jóvenes del mundo».[128]

236. La pastoral juvenil, cuando deja de ser elitista y acepta ser “popular”, es un proceso lento,
respetuoso, paciente, esperanzado, incansable, compasivo. En el Sínodo se propuso el ejemplo de los
discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13-35), que también puede ser un modelo de lo que ocurre en la
pastoral juvenil:

237. «Jesús camina con los dos discípulos que no han comprendido el sentido de lo sucedido y se están
alejando de Jerusalén y de la comunidad. Para estar en su compañía, recorre el camino con ellos. Los
interroga y se dispone a una paciente escucha de su versión de los hechos para ayudarles a reconocer
lo que están viviendo. Después, con afecto y energía, les anuncia la Palabra, guiándolos a interpretar a
la luz de las Escrituras los acontecimientos que han vivido. Acepta la invitación a quedarse con ellos al
atardecer: entra en su noche. En la escucha, su corazón se reconforta y su mente se ilumina, al partir
el pan se abren sus ojos. Ellos mismos eligen emprender sin demora el camino en dirección opuesta,
para volver a la comunidad y compartir la experiencia del encuentro con Jesús resucitado».[129]

238. Las diversas manifestaciones de piedad popular, especialmente las peregrinaciones, atraen a gente
joven que no suele insertarse fácilmente en las estructuras eclesiales, y son una expresión concreta de
la confianza en Dios. Estas formas de búsqueda de Dios, presentes particularmente en los jóvenes más
pobres, pero también en los demás sectores de la sociedad, no deben ser despreciadas sino alentadas
y estimuladas. Porque la piedad popular «es una manera legítima de vivir la fe»[130] y es «expresión de
la acción misionera espontánea del Pueblo de Dios».[131]

Siempre misioneros
239. Quiero recordar que no hace falta recorrer un largo camino para que los jóvenes sean misioneros.
Aun los más débiles, limitados y heridos pueden serlo a su manera, porque siempre hay que permitir
que el bien se comunique, aunque conviva con muchas fragilidades. Un joven que va a una
peregrinación a pedirle ayuda a la Virgen, e invita a un amigo o compañero para que lo acompañe, con
ese simple gesto está realizando una valiosa acción misionera. Junto con la pastoral popular juvenil hay,
inseparablemente, una misión popular, incontrolable, que rompe todos los esquemas eclesiásticos.
Acompañémosla, alentémosla, pero no pretendamos regularla demasiado.

240. Si sabemos escuchar lo que nos está diciendo el Espíritu, no podemos ignorar que la pastoral
juvenil debe ser siempre una pastoral misionera. Los jóvenes se enriquecen mucho cuando vencen la
timidez y se atreven a visitar hogares, y de ese modo toman contacto con la vida de la gente,
aprenden a mirar más allá de su familia y de su grupo, comienzan a entender la vida de una manera
más amplia. Al mismo tiempo, su fe y su sentido de pertenencia a la Iglesia se fortalecen. Las misiones
juveniles, que suelen organizarse en las vacaciones luego de un período de preparación, pueden
provocar una renovación de la experiencia de fe e incluso serios planteos vocacionales.

241. Pero los jóvenes son capaces de crear nuevas formas de misión, en los ámbitos más diversos.
Por ejemplo, ya que se mueven tan bien en las redes sociales, hay que convocarlos para que las llenen
de Dios, de fraternidad, de compromiso.

El acompañamiento de los adultos


242. Los jóvenes necesitan ser respetados en su libertad, pero también necesitan ser acompañados. La
familia debería ser el primer espacio de acompañamiento. La pastoral juvenil propone un proyecto de
vida desde Cristo: la construcción de una casa, de un hogar edificado sobre roca (cf. Mt 7,24-25). Ese
hogar, ese proyecto, para la mayoría de ellos se concretará en el matrimonio y en la caridad conyugal.
Por ello es necesario que la pastoral juvenil y la pastoral familiar tengan una continuidad natural,
trabajando de manera coordinada e integrada para poder acompañar adecuadamente el proceso
vocacional.

243. La comunidad tiene un rol muy importante en el acompañamiento de los jóvenes, y es la


comunidad entera la que debe sentirse responsable de acogerlos, motivarlos, alentarlos y estimularlos.
Esto implica que se mire a los jóvenes con comprensión, valoración y afecto, y no que se los juzgue
permanentemente o se les exija una perfección que no responde a su edad.

244. En el Sínodo «muchos han hecho notar la carencia de personas expertas y dedicadas al
acompañamiento. Creer en el valor teológico y pastoral de la escucha implica una reflexión para
renovar las formas con las que se ejerce habitualmente el ministerio presbiteral y revisar sus
prioridades. Además, el Sínodo reconoce la necesidad de preparar consagrados y laicos, hombres y
mujeres, que estén cualificados para el acompañamiento de los jóvenes. El carisma de la escucha que
el Espíritu Santo suscita en las comunidades también podría recibir una forma de reconocimiento
institucional para el servicio eclesial».[132]

245. Además hay que acompañar especialmente a los jóvenes que se perfilan como líderes, para que
puedan formarse y capacitarse. Los jóvenes que se reunieron antes del Sínodo pidieron que se
desarrollen «programas de liderazgo juvenil para la formación y continuo desarrollo de jóvenes líderes.
Algunas mujeres jóvenes sienten que hacen falta mayores ejemplos de liderazgo femenino dentro de la
Iglesia y desean contribuir con sus dones intelectuales y profesionales a la Iglesia. También creemos que
los seminaristas, los religiosos y las religiosas deberían tener una mayor capacidad para acompañar a
los jóvenes líderes».[133]

246. Los mismos jóvenes nos describieron cuáles son las características que ellos esperan encontrar en
un acompañante, y lo expresaron con mucha claridad: «Las cualidades de dicho mentor incluyen: que
sea un auténtico cristiano comprometido con la Iglesia y con el mundo; que busque constantemente la
santidad; que comprenda sin juzgar; que sepa escuchar activamente las necesidades de los jóvenes y
pueda responderles con gentileza; que sea muy bondadoso, y consciente de sí mismo; que reconozca
sus límites y que conozca la alegría y el sufrimiento que todo camino espiritual conlleva. Una
característica especialmente importante en un mentor, es el reconocimiento de su propia humanidad.
Que son seres humanos que cometen errores: personas imperfectas, que se reconocen pecadores
perdonados. Algunas veces, los mentores son puestos sobre un pedestal, y por ello cuando caen
provocan un impacto devastador en la capacidad de los jóvenes para involucrarse en la Iglesia. Los
mentores no deberían llevar a los jóvenes a ser seguidores pasivos, sino más bien a caminar a su lado,
dejándoles ser los protagonistas de su propio camino. Deben respetar la libertad que el joven tiene en
su proceso de discernimiento y ofrecerles herramientas para que lo hagan bien. Un mentor debe confiar
sinceramente en la capacidad que tiene cada joven de poder participar en la vida de la Iglesia. Por ello,
un mentor debe simplemente plantar la semilla de la fe en los jóvenes, sin querer ver inmediatamente
los frutos del trabajo del Espíritu Santo. Este papel no debería ser exclusivo de los sacerdotes y de la
vida consagrada, sino que los laicos deberían poder igualmente ejercerlo. Por último, todos estos
mentores deberían beneficiarse de una buena formación permanente».[134]

247. Sin duda las instituciones educativas de la Iglesia son un ámbito comunitario de acompañamiento
que permite orientar a muchos jóvenes, sobre todo cuando «tratan de acoger a todos los jóvenes,
independientemente de sus opciones religiosas, proveniencia cultural y situación personal, familiar o
social. De este modo la Iglesia da una aportación fundamental a la educación integral de los jóvenes en
las partes más diversas del mundo».[135] Reducirían indebidamente su función si establecieran criterios
rígidos para el ingreso de estudiantes o para su permanencia en ellas, porque privarían a muchos
jóvenes de un acompañamiento que les ayudaría a enriquecer su vida.

CAPÍTULO OCTAVO
La vocación

248. Es verdad que la palabra “vocación” puede entenderse en un sentido amplio, como llamado de
Dios. Incluye el llamado a la vida, el llamado a la amistad con Él, el llamado a la santidad, etc. Esto es
valioso, porque sitúa toda nuestra vida de cara al Dios que nos ama, y nos permite entender que nada
es fruto de un caos sin sentido, sino que todo puede integrarse en un camino de respuesta al Señor,
que tiene un precioso plan para nosotros.

249. En la Exhortación Gaudete et exsultate quise detenerme en la vocación de todos a crecer para la
gloria de Dios, y me propuse «hacer resonar una vez más el llamado a la santidad, procurando
encarnarlo en el contexto actual, con sus riesgos, desafíos y oportunidades».[136] El Concilio Vaticano II
nos ayudó a renovar la consciencia de este llamado dirigido a cada uno: «Todos los fieles, cristianos, de
cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son
llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es
perfecto el mismo Padre».[137]

Su llamado a la amistad con Él


250. Lo fundamental es discernir y descubrir que lo que quiere Jesús de cada joven es ante todo su
amistad. Ese es el discernimiento fundamental. En el diálogo del Señor resucitado con su amigo Simón
Pedro la gran pregunta era: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» (Jn 21,16). Es decir: ¿Me quieres como
amigo? La misión que recibe Pedro de cuidar a sus ovejas y corderos estará siempre en conexión con
este amor gratuito, con este amor de amistad.

251. Y si fuera necesario un ejemplo contrario, recordemos el encuentro-desencuentro del Señor con el
joven rico, que nos dice claramente que lo que este joven no percibió fue la mirada amorosa del Señor
(cf. Mc 10,21). Se fue entristecido, después de haber seguido un buen impulso, porque no pudo sacar
la vista de las muchas cosas que poseía (cf. Mt 19,22). Él se perdió la oportunidad de lo que
seguramente podría haber sido una gran amistad. Y nosotros nos quedamos sin saber lo que podría
haber sido para nosotros, lo que podría haber hecho para la humanidad, ese joven único al que Jesús
miró con amor y le tendió la mano.

252. Porque «la vida que Jesús nos regala es una historia de amor, una historia de vida que quiere
mezclarse con la nuestra y echar raíces en la tierra de cada uno. Esa vida no es una salvación colgada
“en la nube” esperando ser descargada, ni una “aplicación” nueva a descubrir o un ejercicio mental fruto
de técnicas de autosuperación. Tampoco la vida que Dios nos ofrece es un “tutorial” con el que
aprender la última novedad. La salvación que Dios nos regala es una invitación a formar parte de una
historia de amor que se entreteje con nuestras historias; que vive y quiere nacer entre nosotros para
que demos fruto allí donde estemos, como estemos y con quien estemos. Allí viene el Señor a plantar y
a plantarse».[138]

Tu ser para los demás


253. Quisiera detenerme ahora en la vocación entendida en el sentido preciso del llamado al servicio
misionero de los demás. Somos llamados por el Señor a participar en su obra creadora, prestando
nuestro aporte al bien común a partir de las capacidades que recibimos.

254. Esta vocación misionera tiene que ver con nuestro servicio a los demás. Porque nuestra vida en la
tierra alcanza su plenitud cuando se convierte en ofrenda. Recuerdo que «la misión en el corazón del
pueblo no es una parte de mi vida, o un adorno que me puedo quitar; no es un apéndice o un
momento más de la existencia. Es algo que yo no puedo arrancar de mi ser si no quiero destruirme. Yo
soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo».[139] Por consiguiente, hay que pensar
que: toda pastoral es vocacional, toda formación es vocacional y toda espiritualidad es vocacional.

255. Tu vocación no consiste sólo en los trabajos que tengas que hacer, aunque se expresa en ellos. Es
algo más, es un camino que orientará muchos esfuerzos y muchas acciones en una dirección de
servicio. Por eso, en el discernimiento de una vocación es importante ver si uno reconoce en sí mismo
las capacidades necesarias para ese servicio específico a la sociedad.

256. Esto da un valor muy grande a esas tareas, ya que dejan de ser una suma de acciones que uno
realiza para ganar dinero, para estar ocupado o para complacer a otros. Todo eso constituye una
vocación porque somos llamados, hay algo más que una mera elección pragmática nuestra. Es en
definitiva reconocer para qué estoy hecho, para qué paso por esta tierra, cuál es el proyecto del Señor
para mi vida. Él no me indicará todos los lugares, los tiempos y los detalles, que yo elegiré
prudentemente, pero sí hay una orientación de mi vida que Él debe indicarme porque es mi Creador, mi
alfarero, y necesito escuchar su voz para dejarme moldear y llevar por Él. Entonces sí seré lo que debo
ser, y seré también fiel a mi propia realidad.

257. Para cumplir la propia vocación es necesario desarrollarse, hacer brotar y crecer todo lo que uno
es. No se trata de inventarse, de crearse a sí mismo de la nada, sino de descubrirse a uno mismo a la
luz de Dios y hacer florecer el propio ser: «En los designios de Dios, cada hombre está llamado a
promover su propio progreso, porque la vida de todo hombre es una vocación».[140] Tu vocación te
orienta a sacar afuera lo mejor de ti para la gloria de Dios y para el bien de los demás. El asunto no es
sólo hacer cosas, sino hacerlas con un sentido, con una orientación. Al respecto, san Alberto Hurtado
decía a los jóvenes que hay que tomarse muy en serio el rumbo: «En un barco al piloto que se
descuida se le despide sin remisión, porque juega con algo demasiado sagrado. Y en la vida ¿cuidamos
de nuestro rumbo? ¿Cuál es tu rumbo? Si fuera necesario detenerse aún más en esta idea, yo ruego a
cada uno de ustedes que le dé la máxima importancia, porque acertar en esto es sencillamente acertar;
fallar en esto es simplemente fallar».[141]

258. Este “ser para los demás” en la vida de cada joven, normalmente está relacionado con dos
cuestiones básicas: la formación de una nueva familia y el trabajo. Las diversas encuestas que se han
hecho a los jóvenes confirman una y otra vez que estos son los dos grandes temas que los preocupan
e ilusionan. Ambos deben ser objeto de un especial discernimiento. Detengámonos brevemente en
ellos.

El amor y la familia
259. Los jóvenes sienten con fuerza el llamado al amor, y sueñan encontrar la persona adecuada con
quien formar una familia y construir una vida juntos. Sin duda es una vocación que Dios mismo propone
a través de los sentimientos, los deseos, los sueños. Sobre este tema me detuve ampliamente en la
Exhortación Amoris laetitia e invito a todos los jóvenes a leer especialmente los capítulos 4 y 5.

260. Me gusta pensar que «dos cristianos que se casan han reconocido en su historia de amor la
llamada del Señor, la vocación a formar de dos, hombre y mujer, una sola carne, una sola vida. Y el
Sacramento del matrimonio envuelve este amor con la gracia de Dios, lo enraíza en Dios mismo. Con
este don, con la certeza de esta llamada, se puede partir seguros, no se tiene miedo de nada, se puede
afrontar todo, ¡juntos!».[142]

261. En este contexto, recuerdo que Dios nos creó sexuados. Él mismo «creó la sexualidad, que es un
regalo maravilloso para sus creaturas».[143] Dentro de la vocación al matrimonio hay que reconocer y
agradecer que «la sexualidad, el sexo, son un don de Dios. Nada de tabúes. Son un don de Dios, un don
que el Señor nos da. Tienen dos propósitos: amarse y generar vida. Es una pasión, es el amor
apasionado. El verdadero amor es apasionado. El amor entre un hombre y una mujer, cuando es
apasionado, te lleva a dar la vida para siempre. Siempre. Y a darla con cuerpo y alma».[144]

262. El Sínodo resaltó que «la familia sigue siendo el principal punto de referencia para los jóvenes. Los
hijos aprecian el amor y el cuidado de los padres, dan importancia a los vínculos familiares y esperan
lograr a su vez formar una familia. Sin duda el aumento de separaciones, divorcios, segundas uniones y
familias monoparentales puede causar en los jóvenes grandes sufrimientos y crisis de identidad. A
veces deben hacerse cargo de responsabilidades desproporcionadas para su edad, que les obligan a ser
adultos antes de tiempo. Los abuelos con frecuencia son una ayuda decisiva en el afecto y la educación
religiosa: con su sabiduría son un eslabón decisivo en la relación entre generaciones».[145]

263. Es verdad que estas dificultades que sufren en su familia de origen llevan a muchos jóvenes a
preguntarse si vale la pena formar una nueva familia, ser fieles, ser generosos. Quiero decirles que sí,
que vale la pena apostar por la familia y que en ella encontrarán los mejores estímulos para madurar y
las más bellas alegrías para compartir. No dejen que les roben el amor en serio. No dejen que los
engañen esos que les proponen una vida de desenfreno individualista que finalmente lleva al aislamiento
y a la peor soledad.

264. Hoy reina una cultura de lo provisorio que es una ilusión. Creer que nada puede ser definitivo es un
engaño y una mentira. Muchas veces «hay quien dice que hoy el matrimonio está “pasado de moda”
[...]. En la cultura de lo provisional, de lo relativo, muchos predican que lo importante es “disfrutar” el
momento, que no vale la pena comprometerse para toda la vida, hacer opciones definitivas […]. Yo, en
cambio, les pido que sean revolucionarios, les pido que vayan contracorriente; sí, en esto les pido que
se rebelen contra esta cultura de lo provisional, que, en el fondo, cree que ustedes no son capaces de
asumir responsabilidades, cree que ustedes no son capaces de amar verdaderamente».[146] Yo sí
tengo confianza en ustedes, y por eso los aliento a optar por el matrimonio.

265. Es necesario prepararse para el matrimonio, y esto requiere educarse a sí mismo, desarrollar las
mejores virtudes, sobre todo el amor, la paciencia, la capacidad de diálogo y de servicio. También
implica educar la propia sexualidad, para que sea cada vez menos un instrumento para usar a los
demás y cada vez más una capacidad de entregarse plenamente a una persona, de manera exclusiva y
generosa.

266. Los Obispos de Colombia nos enseñaron que «Cristo sabe que los esposos no son perfectos y
que necesitan superar su debilidad e inconstancia para que su amor pueda crecer y durar. Por eso,
concede a los cónyuges su gracia que es, a la vez, luz y fuerza que les permite ir realizando su
proyecto de vida matrimonial de acuerdo con el plan de Dios».[147]

267. Para aquellos que no son llamados al matrimonio o a la vida consagrada, hay que recordar
siempre que la primera vocación y la más importante es la vocación bautismal. Los solteros, incluso si
no son intencionales, pueden convertirse en testimonio particular de dicha vocación en su propio
camino de crecimiento personal.

El trabajo
268. Los Obispos de Estados Unidos han señalado con claridad que la juventud, llegada la mayoría de
edad, «a menudo marca la entrada de una persona en el mundo del trabajo. “¿Qué haces para vivir?”
es un tema constante de conversación, porque el trabajo es una parte muy importante de sus vidas.
Para los jóvenes adultos, esta experiencia es muy fluida porque se mueven de un trabajo a otro e
incluso pasan de carrera a carrera. El trabajo puede definir el uso del tiempo y puede determinar lo que
pueden hacer o comprar. También puede determinar la calidad y la cantidad del tiempo libre. El trabajo
define e influye en la identidad y el autoconcepto de un adulto joven y es un lugar fundamental donde se
desarrollan amistades y otras relaciones porque generalmente no se trabaja solo. Hombres y mujeres
jóvenes hablan del trabajo como cumplimiento de una función y como algo que proporciona un sentido.
Permite a los adultos jóvenes satisfacer sus necesidades prácticas, pero aún más importante buscar el
significado y el cumplimiento de sus sueños y visiones. Aunque el trabajo puede no ayudar a alcanzar
sus sueños, es importante para los adultos jóvenes cultivar una visión, aprender a trabajar de una
manera realmente personal y satisfactoria para su vida, y seguir discerniendo el llamado de Dios».[148]

269. Ruego a los jóvenes que no esperen vivir sin trabajar, dependiendo de la ayuda de otros. Eso no
hace bien, porque «el trabajo es una necesidad, parte del sentido de la vida en esta tierra, camino de
maduración, de desarrollo humano y de realización personal. En este sentido, ayudar a los pobres con
dinero debe ser siempre una solución provisoria para resolver urgencias».[149] De ahí que «la
espiritualidad cristiana, junto con la admiración contemplativa de las criaturas que encontramos en san
Francisco de Asís, ha desarrollado también una rica y sana comprensión sobre el trabajo, como
podemos encontrar, por ejemplo, en la vida del beato Carlos de Foucauld y sus discípulos».[150]

270. El Sínodo remarcó que el mundo del trabajo es un ámbito donde los jóvenes «experimentan
formas de exclusión y marginación. La primera y la más grave es el desempleo juvenil, que en algunos
países alcanza niveles exorbitados. Además de empobrecerlos, la falta de trabajo cercena en los
jóvenes la capacidad de soñar y de esperar, y los priva de la posibilidad de contribuir al desarrollo de la
sociedad. En muchos países esta situación se debe a que algunas franjas de población juvenil se
encuentran desprovistas de las capacidades profesionales adecuadas, también debido a las deficiencias
del sistema educativo y formativo. Con frecuencia la precariedad ocupacional que aflige a los jóvenes
responde a la explotación laboral por intereses económicos».[151]

271. Es una cuestión muy delicada que la política debe considerar como un tema de primer orden,
particularmente hoy que la velocidad de los desarrollos tecnológicos, junto con la obsesión por reducir
los costos laborales, puede llevar rápidamente a reemplazar innumerables puestos de trabajo por
máquinas. Y se trata de un asunto fundamental de la sociedad porque el trabajo para un joven no es
sencillamente una tarea orientada a conseguir ingresos. Es expresión de la dignidad humana, es camino
de maduración y de inserción social, es un estímulo constante para crecer en responsabilidad y en
creatividad, es una protección frente a la tendencia al individualismo y a la comodidad, y es también dar
gloria a Dios con el desarrollo de las propias capacidades.

272. No siempre un joven tiene la posibilidad de decidir a qué va a dedicar sus esfuerzos, en qué tareas
va a desplegar sus energías y su capacidad de innovar. Porque además de los propios deseos, y aún
más allá de las propias capacidades y del discernimiento que uno realice, están los duros límites de la
realidad. Es verdad que no puedes vivir sin trabajar y que a veces tienes que aceptar lo que encuentres,
pero nunca renuncies a tus sueños, nunca entierres definitivamente una vocación, nunca te des por
vencido. Siempre sigue buscando, al menos, modos parciales o imperfectos de vivir lo que en tu
discernimiento reconoces como una verdadera vocación.

273. Cuando uno descubre que Dios lo llama a algo, que está hecho para eso –sea la enfermería, la
carpintería, la comunicación, la ingeniería, la docencia, el arte o cualquier otro trabajo– entonces será
capaz de hacer brotar sus mejores capacidades de sacrificio, de generosidad y de entrega. Saber que
uno no hace las cosas porque sí, sino con un significado, como respuesta a un llamado que resuena en
lo más hondo de su ser para aportar algo a los demás, hace que esas tareas le den al propio corazón
una experiencia especial de plenitud. Así lo decía el antiguo libro bíblico del Eclesiastés: «He visto que no
hay nada mejor para el ser humano que gozarse en su trabajo» (Qo 3,22).

Vocaciones a una consagración especial


274. Si partimos de la convicción de que el Espíritu sigue suscitando vocaciones al sacerdocio y a la vida
religiosa, podemos “volver a echar las redes” en nombre del Señor, con toda confianza. Podemos
atrevernos, y debemos hacerlo, a decirle a cada joven que se pregunte por la posibilidad de seguir este
camino.

275. Algunas veces hice esta propuesta a jóvenes que me respondieron casi con burla diciendo: “No, la
verdad es que yo no voy para ese lado”. Sin embargo, años después algunos de ellos estaban en el
Seminario. El Señor no puede faltar a su promesa de no dejar a la Iglesia privada de los pastores sin los
cuales no podría vivir ni realizar su misión. Y si algunos sacerdotes no dan un buen testimonio, no por
eso el Señor dejará de llamar. Al contrario, Él redobla la apuesta porque no deja de cuidar a su Iglesia
amada.

276. En el discernimiento de una vocación no hay que descartar la posibilidad de consagrarse a Dios en
el sacerdocio, en la vida religiosa o en otras formas de consagración. ¿Por qué excluirlo? Ten la certeza
de que, si reconoces un llamado de Dios y lo sigues, eso será lo que te hará pleno.

277. Jesús camina entre nosotros como lo hacía en Galilea. Él pasa por nuestras calles, se detiene y
nos mira a los ojos, sin prisa. Su llamado es atractivo, es fascinante. Pero hoy la ansiedad y la velocidad
de tantos estímulos que nos bombardean hacen que no quede lugar para ese silencio interior donde se
percibe la mirada de Jesús y se escucha su llamado. Mientras tanto, te llegarán muchas propuestas
maquilladas, que parecen bellas e intensas, aunque con el tiempo solamente te dejarán vacío, cansado
y solo. No dejes que eso te ocurra, porque el torbellino de este mundo te lleva a una carrera sin
sentido, sin orientación, sin objetivos claros, y así se malograrán muchos de tus esfuerzos. Más bien
busca esos espacios de calma y de silencio que te permitan reflexionar, orar, mirar mejor el mundo que
te rodea, y entonces sí, con Jesús, podrás reconocer cuál es tu vocación en esta tierra.

CAPÍTULO NOVENO
El discernimiento

278. Sobre el discernimiento en general ya me detuve en la Exhortación apostólica Gaudete et


exsultate. Permítanme retomar algunas de esas reflexiones aplicándolas al discernimiento de la propia
vocación en el mundo.

279. Recuerdo que todos, pero «especialmente los jóvenes, están expuestos a un zapping constante.
Es posible navegar en dos o tres pantallas simultáneamente e interactuar al mismo tiempo en
diferentes escenarios virtuales. Sin la sabiduría del discernimiento podemos convertirnos fácilmente en
marionetas a merced de las tendencias del momento».[152] Y «esto resulta especialmente importante
cuando aparece una novedad en la propia vida, y entonces hay que discernir si es el vino nuevo que
viene de Dios o es una novedad engañosa del espíritu del mundo o del espíritu del diablo».[153]

280. Este discernimiento, «aunque incluya la razón y la prudencia, las supera, porque se trata de
entrever el misterio del proyecto único e irrepetible que Dios tiene para cada uno […]. Está en juego el
sentido de mi vida ante el Padre que me conoce y me ama, el verdadero para qué de mi existencia que
nadie conoce mejor que Él».[154]

281. En este marco se sitúa la formación de la conciencia, que permite que el discernimiento crezca en
hondura y en fidelidad a Dios: «Formar la conciencia es camino de toda una vida, en el que se aprende
a nutrir los sentimientos propios de Jesucristo, asumiendo los criterios de sus decisiones y las
intenciones de su manera de obrar (cf. Flp 2,5)».[155]

282. Esta formación implica dejarse transformar por Cristo y al mismo tiempo «una práctica habitual
del bien, valorada en el examen de conciencia: un ejercicio en el que no se trata sólo de identificar los
pecados, sino también de reconocer la obra de Dios en la propia experiencia cotidiana, en los
acontecimientos de la historia y de las culturas de las que formamos parte, en el testimonio de tantos
hombres y mujeres que nos han precedido o que nos acompañan con su sabiduría. Todo ello ayuda a
crecer en la virtud de la prudencia, articulando la orientación global de la existencia con elecciones
concretas, con la conciencia serena de los propios dones y límites».[156]

Cómo discernir tu vocación


283. Una expresión del discernimiento es el empeño por reconocer la propia vocación. Es una tarea que
requiere espacios de soledad y silencio, porque se trata de una decisión muy personal que otros no
pueden tomar por uno: «Si bien el Señor nos habla de modos muy variados en medio de nuestro
trabajo, a través de los demás, y en todo momento, no es posible prescindir del silencio de la oración
detenida para percibir mejor ese lenguaje, para interpretar el significado real de las inspiraciones que
creímos recibir, para calmar las ansiedades y recomponer el conjunto de la propia existencia a la luz de
Dios».[157]

284. Este silencio no es una forma de aislamiento, porque «hay que recordar que el discernimiento
orante requiere partir de una disposición a escuchar: al Señor, a los demás, a la realidad misma que
siempre nos desafía de maneras nuevas. Sólo quien está dispuesto a escuchar tiene la libertad para
renunciar a su propio punto de vista parcial o insuficiente […]. Así está realmente disponible para acoger
un llamado que rompe sus seguridades pero que lo lleva a una vida mejor, porque no basta que todo
vaya bien, que todo esté tranquilo. Dios puede estar ofreciendo algo más, y en nuestra distracción
cómoda no lo reconocemos».[158]

285. Cuando se trata de discernir la propia vocación, es necesario hacerse varias preguntas. No hay
que empezar preguntándose dónde se podría ganar más dinero, o dónde se podría obtener más fama y
prestigio social, pero tampoco conviene comenzar preguntándose qué tareas le darían más placer a
uno. Para no equivocarse hay que empezar desde otro lugar, y preguntarse: ¿me conozco a mí
mismo, más allá de las apariencias o de mis sensaciones?, ¿conozco lo que alegra o entristece mi
corazón?, ¿cuáles son mis fortalezas y mis debilidades? Inmediatamente siguen otras preguntas:
¿cómo puedo servir mejor y ser más útil al mundo y a la Iglesia?, ¿cuál es mi lugar en esta tierra?, ¿qué
podría ofrecer yo a la sociedad? Luego siguen otras muy realistas: ¿tengo las capacidades necesarias
para prestar ese servicio?, o ¿podría adquirirlas y desarrollarlas?

286. Estas preguntas tienen que situarse no tanto en relación con uno mismo y sus inclinaciones, sino
con los otros, frente a ellos, de manera que el discernimiento plantee la propia vida en referencia a los
demás. Por eso quiero recordar cuál es la gran pregunta: «Muchas veces, en la vida, perdemos tiempo
preguntándonos: “Pero, ¿quién soy yo?”. Y tú puedes preguntarte quién eres y pasar toda una vida
buscando quién eres. Pero pregúntate: “¿Para quién soy yo?”».[159] Eres para Dios, sin duda. Pero Él
quiso que seas también para los demás, y puso en ti muchas cualidades, inclinaciones, dones y
carismas que no son para ti, sino para otros.

El llamado del Amigo


287. Para discernir la propia vocación, hay que reconocer que esa vocación es el llamado de un amigo:
Jesús. A los amigos, si se les regala algo, se les regala lo mejor. Y eso mejor no necesariamente es lo
más caro o difícil de conseguir, sino lo que uno sabe que al otro lo alegrará. Un amigo percibe esto con
tanta claridad que puede visualizar en su imaginación la sonrisa de su amigo cuando abra su regalo.
Este discernimiento de amistad es el que propongo a los jóvenes como modelo si buscan encontrar
cuál es la voluntad de Dios para sus vidas.

288. Quiero que sepan que cuando el Señor piensa en cada uno, en lo que desearía regalarle, piensa en
él como su amigo personal. Y si tiene planeado regalarte una gracia, un carisma que te hará vivir tu vida
a pleno y transformarte en una persona útil para los demás, en alguien que deje una huella en la
historia, será seguramente algo que te alegrará en lo más íntimo y te entusiasmará más que ninguna
otra cosa en este mundo. No porque lo que te vaya a dar sea un carisma extraordinario o raro, sino
porque será justo a tu medida, a la medida de tu vida entera.

289. El regalo de la vocación será sin duda un regalo exigente. Los regalos de Dios son interactivos y
para gozarlos hay que poner mucho en juego, hay que arriesgar. Pero no será la exigencia de un deber
impuesto por otro desde afuera, sino algo que te estimulará a crecer y a optar para que ese regalo
madure y se convierta en don para los demás. Cuando el Señor suscita una vocación no sólo piensa en
lo que eres sino en todo lo que junto a Él y a los demás podrás llegar a ser.

290. La potencia de la vida y la fuerza de la propia personalidad se alimentan mutuamente en el interior


de cada joven y lo impulsan a ir más allá de todo límite. La inexperiencia permite que esto fluya, aunque
bien pronto se transforma en experiencia, muchas veces dolorosa. Es importante poner en contacto
este deseo de «lo infinito del comienzo todavía no puesto a prueba»[160] con la amistad incondicional
que nos ofrece Jesús. Antes de toda ley y de todo deber, lo que Jesús nos propone para elegir es un
seguimiento como el de los amigos que se siguen y se buscan y se encuentran por pura amistad. Todo
lo demás viene después, y hasta los fracasos de la vida podrán ser una inestimable experiencia de esa
amistad que nunca se rompe.

Escucha y acompañamiento
291. Hay sacerdotes, religiosos, religiosas, laicos, profesionales, e incluso jóvenes capacitados, que
pueden acompañar a los jóvenes en su discernimiento vocacional. Cuando nos toca ayudar a otro a
discernir el camino de su vida, lo primero es escuchar. Y esta escucha supone tres sensibilidades o
atenciones distintas y complementarias:

292. La primera sensibilidad o atención es a la persona. Se trata de escuchar al otro que se nos está
dando él mismo en sus palabras. El signo de esta escucha es el tiempo que le dedico al otro. No es
cuestión de cantidad sino de que el otro sienta que mi tiempo es suyo: el que él necesita para
expresarme lo que quiera. Él debe sentir que lo escucho incondicionalmente, sin ofenderme, sin
escandalizarme, sin molestarme, sin cansarme. Esta escucha es la que el Señor ejercita cuando se
pone a caminar al lado de los discípulos de Emaús y los acompaña largo rato por un camino que iba en
dirección opuesta a la dirección correcta (cf. Lc 24,13-35). Cuando Jesús hace ademán de seguir
adelante porque ellos han llegado a su casa, ahí comprenden que les había regalado su tiempo, y
entonces le regalan el suyo, brindándole hospedaje. Esta escucha atenta y desinteresada indica el valor
que tiene la otra persona para nosotros, más allá de sus ideas y de sus elecciones de vida.

293. La segunda sensibilidad o atención es discernidora. Se trata de pescar el punto justo en el que se
discierne la gracia o la tentación. Porque a veces las cosas que se nos cruzan por la imaginación son
sólo tentaciones que nos apartan de nuestro verdadero camino. Aquí necesito preguntarme qué me
está diciendo exactamente esa persona, qué me quiere decir, qué desea que comprenda de lo que le
pasa. Son preguntas que ayudan a entender dónde se encadenan los argumentos que mueven al otro y
a sentir el peso y el ritmo de sus afectos influenciados por esta lógica. Esta escucha se orienta a
discernir las palabras salvadoras del buen Espíritu, que nos propone la verdad del Señor, pero también
las trampas del mal espíritu –sus falacias y sus seducciones–. Hay que tener la valentía, el cariño y la
delicadeza necesarios para ayudar al otro a reconocer la verdad y los engaños o excusas.

294. La tercera sensibilidad o atención se inclina a escuchar los impulsos que el otro experimenta
“hacia adelante”. Es la escucha profunda de “hacia dónde quiere ir verdaderamente el otro”. Más allá de
lo que siente y piensa en el presente y de lo que ha hecho en el pasado, la atención se orienta hacia lo
que quisiera ser. A veces esto implica que la persona no mire tanto lo que le gusta, sus deseos
superficiales, sino lo que más agrada al Señor, su proyecto para la propia vida que se expresa en una
inclinación del corazón, más allá de la cáscara de los gustos y sentimientos. Esta escucha es atención a
la intención última, que es la que en definitiva decide la vida, porque existe Alguien como Jesús que
entiende y valora esta intención última del corazón. Por eso Él está siempre dispuesto a ayudar a cada
uno para que la reconozca, y para ello le basta que alguien le diga: “¡Señor, sálvame! ¡Ten misericordia
de mí!”.

295. Entonces sí el discernimiento se convierte en un instrumento de lucha para seguir mejor al


Señor.[161] De ese modo, el deseo de reconocer la propia vocación adquiere una intensidad suprema,
una calidad diferente y un nivel superior, que responde mucho mejor a la dignidad de la propia vida.
Porque en definitiva un buen discernimiento es un camino de libertad que hace aflorar eso único de cada
persona, eso que es tan suyo, tan personal, que sólo Dios lo conoce. Los otros no pueden ni
comprender plenamente ni prever desde afuera cómo se desarrollará.

296. Por lo tanto, cuando uno escucha a otro de esta manera, en algún momento tiene que
desaparecer para dejar que él siga ese camino que ha descubierto. Es desaparecer como desaparece el
Señor de la vista de sus discípulos y los deja solos con el ardor del corazón que se convierte en impulso
irresistible de ponerse en camino (cf. Lc 24,31-33). De regreso a la comunidad, los discípulos de Emaús
recibirán la confirmación de que verdaderamente ha resucitado el Señor (cf. Lc 24,34).

297. Ya que «el tiempo es superior al espacio»,[162] hay que suscitar y acompañar procesos, no
imponer trayectos. Y son procesos de personas que siempre son únicas y libres. Por eso es difícil armar
recetarios, aun cuando todos los signos sean positivos, ya que «se trata de someter los mismos
factores positivos a un cuidadoso discernimiento, para que no se aíslen el uno del otro ni estén en
contraste entre sí, absolutizándose y oponiéndose recíprocamente. Lo mismo puede decirse de los
factores negativos: no hay que rechazarlos en bloque y sin distinción, porque en cada uno de ellos
puede esconderse algún valor, que espera ser descubierto y reconducido a su plena verdad».[163]

298. Pero para acompañar a otros en este camino, primero necesitas tener el hábito de recorrerlo tú
mismo. María lo hizo, afrontando sus preguntas y sus propias dificultades cuando era muy joven. Que
ella renueve tu juventud con la fuerza de su plegaria y te acompañe siempre con su presencia de
Madre.

***

Y al final... un deseo
299. Queridos jóvenes, seré feliz viéndolos correr más rápido que los lentos y temerosos. Corran
«atraídos por ese Rostro tan amado, que adoramos en la Sagrada Eucaristía y reconocemos en la
carne del hermano sufriente. El Espíritu Santo los empuje en esta carrera hacia adelante. La Iglesia
necesita su entusiasmo, sus intuiciones, su fe. ¡Nos hacen falta! Y cuando lleguen donde nosotros
todavía no hemos llegado, tengan paciencia para esperarnos».[164]

Loreto, junto al Santuario de la Santa Casa, 25 de marzo, Solemnidad de la Anunciación del Señor, del
año 2019, séptimo de pontificado

FRANCISCO

_________________________
[1] La misma palabra griega que se traduce como “nuevo” se utiliza para expresar “joven”.
[2]
Confesiones, X, 27: PL 32, 795.
[3]
S. Ireneo, Contra las herejías, II, 22,4: PG 7, 784.
[4] Documento Final de la XV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, 60. En adelante
este documento se citará con la sigla DF. Se puede encontrar en:
http://www.vatican.va/roman_curia/synod/documents/rc_synod_doc_20181027_doc-final-
instrumentum-xvassemblea-giovani_sp.html
[5] Catecismo de la Iglesia Católica, 515.
[6]
Ibíd., 517.
[7] Catequesis (27 junio 1990), 2-3: Insegnamenti 13,1 (1990), 1680-1681.
[8]
Exhort. ap. postsin. Amoris laetitia (19 marzo 2016), 182: AAS 108 (2016), 384.
[9]
DF 63.
[10] Conc. Ecum. Vat. II, Mensaje a la humanidad: A los jóvenes (7 diciembre 1965): AAS 58 (1966),
18.
[11]
Ibíd.
[12] DF 1.
[13]
Ibíd., 8.
[14] Ibíd., 50.
[15] Ibíd., 53.
[16]
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina Revelación, 8.
[17] DF 150.
[18]
Discurso en la Vigilia con los jóvenes en la XXXIV Jornada Mundial de la Juventud en Panamá (26
enero 2019): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (1 febrero 2019), p. 12.
[19]
Oración conclusiva del Vía Crucis en la XXXIV Jornada Mundial de la Juventud en Panamá (25 enero
2019): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (1 febrero 2019), p. 8.
[20]
DF 65.
[21] Ibíd., 167.
[22]
S. Juan Pablo II, Discurso a los jóvenes en Turín (13 abril 1980), 4: Insegnamenti 3,1 (1980),
905.
[23] Benedicto XVI, Mensaje para la XXVII Jornada Mundial de la Juventud (15 marzo 2012): AAS 104
(2012), 359.
[24]
DF 8.
[25] Ibíd.
[26]
Ibíd., 10.
[27] Ibíd., 11.
[28]
Ibíd., 12.
[29]
Ibíd., 41.
[30] Ibíd., 42.
[31]
Discurso a los jóvenes en Manila (18 enero 2015): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua
española (23 enero 2015), p. 12.
[32] DF 34.
[33]
Documento de la Reunión pre-sinodal para la preparación de la XV Asamblea General Ordinaria del
Sínodo de los Obispos (24 marzo 2018), I, 1.
[34] DF 39.
[35]
Ibíd., 37.
[36]
Cf. Carta enc. Laudato si’ (24 mayo 2015), 106: AAS 107 (2015), 889-890.
[37] DF 37.
[38]
Ibíd., 67.
[39] Ibíd., 21.
[40]
Ibíd., 22.
[41]
Ibíd., 23.
[42] Ibíd., 24.
[43]
Documento de la Reunión pre-sinodal para la preparación de la XV Asamblea General Ordinaria del
Sínodo de los Obispos (24 marzo 2018), I, 4.
[44] DF 25.
[45]
Ibíd.
[46] Ibíd., 26.
[47]
Ibíd., 27.
[48]
Ibíd., 28.
[49] Ibíd., 29.
[50]
Discurso conclusivo del encuentro sobre “La protección de los menores en la Iglesia” (24 febrero
2019): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (1 marzo 2019), p. 9.
[51] DF 29.
[52]
Carta al Pueblo de Dios (20 agosto 2018), 2: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua
española (24 agosto 2018), p. 6.
[53] DF 30.
[54]
Discurso a la primera Congregación general de la XV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los
Obispos (3 octubre 2018): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (5 octubre 2018),
p. 10.
[55] DF 31.
[56]
Ibíd.
[57] Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 1.
[58]
DF 31.
[59]
Ibíd., 31.
[60] Discurso conclusivo del encuentro sobre “La protección de los menores en la Iglesia” (24 febrero
2019): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (1 marzo 2019), p. 10.
[61]
Francisco Luis Bernárdez, «Soneto», en Cielo de tierra, Buenos Aires 1937.
[62] Exhort. ap. Gaudete et exsultate (19 marzo 2018), 140.
[63]
Homilía en la Santa Misa para la XXXI Jornada Mundial de la Juventud en Cracovia (31 julio 2016):
AAS 108 (2016), 923.
[64] Discurso en la ceremonia de apertura de la XXXIV Jornada Mundial de la Juventud en Panamá (24
enero 2019): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (25 enero 2019), p. 7.
[65]
Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 1: AAS 105 (2013), 1019.
[66] Ibíd., 3: 1020.
[67]
Discurso en la Vigilia con los jóvenes en la XXXIV Jornada Mundial de la Juventud en Panamá (26
enero 2019): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (1 febrero 2019), p. 13.
[68] Discurso en el encuentro con los jóvenes durante el Sínodo (6 octubre 2018): L’Osservatore
Romano, ed. semanal en lengua española (12 octubre 2018), pp. 6-7.
[69] Benedicto XVI, Carta enc. Deus caritas est (25 diciembre 2005), 1: AAS 98 (2006), 217.
[70]
Pedro Arrupe, Enamórate.
[71]
S. Pablo VI, Alocución para la beatificación de Nunzio Sulprizio (1 diciembre 1963): AAS 56 (1964),
28.
[72]
DF 65.
[73]
Homilía en la Santa Misa con los jóvenes en Sídney (2 diciembre 1970): AAS 63 (1971), 64.
[74] Confesiones, I, 1, 1: PL 32, 661.
[75]
Dios es joven. Una conversación con Thomas Leoncini, ed. Planeta, Barcelona 2018, 16-17.
[76] DF 68.
[77]
Encuentro con los jóvenes en Cagliari (22 septiembre 2013): AAS 105 (2013), 904-905.
[78]
Cinco panes y dos peces: un gozoso testimonio de fe desde el sufrimiento en la cárcel, México
1999, 21.
[79]
Conferencia Episcopal Suiza, Prendre le temps: pour toi, pour moi, pour nous (2 febrero 2018).
[80]
Cf. Sto. Tomás de Aquino, Summa Theologiae II-II, q. 23, art. 1.
[81] Discurso a los voluntarios de la XXXIV Jornada Mundial de la Juventud en Panamá (27 enero
2019): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (1 febrero 2019), p. 17.
[82]
S. Óscar Romero, Homilía (6 noviembre 1977): Su pensamiento, I-II, San Salvador 2000, 312.
[83] Discurso en la ceremonia de apertura de la XXXIV Jornada Mundial de la Juventud en Panamá (24
enero 2019): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (25 enero 2019), p. 6.
[84]
Cf. Encuentro con los jóvenes en el Santuario Nacional de Maipú, Santiago de Chile (17 enero
2018): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (19 enero 2018), p. 11.
[85] Cf. Romano Guardini, Le età della vita, en Opera omnia IV, 1, Brescia 2015, 209.
[86]
Exhort. ap. Gaudete et exsultate (19 marzo 2018), 11.
[87] Cántico Espiritual B, Prólogo, 2.
[88]
Ibíd., XIV-XV, 2.
[89]
Conferencia Episcopal de Ruanda, Carta de los Obispos católicos a los fieles durante el año especial
de la reconciliación en Ruanda, Kigali (18 enero 2018), 17.
[90]
Saludo a los jóvenes del Centro Cultural Padre Félix Varela en La Habana (20 septiembre 2015):
L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (25 septiembre 2015), p. 5.
[91] DF 46.
[92]
Discurso en la Vigilia de la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janeiro (27 julio
2013): AAS 105 (2013), 663.
[93] Ustedes son la luz del mundo, Discurso en el Cerro San Cristóbal, Chile, 1940, en:
https://www.padrealbertohurtado.cl/escritos-2/.
[94]
Homilía en la Santa Misa de la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janeiro (28 julio
2013): AAS 105 (2013), 665.
[95] Conferencia Episcopal de Corea, Carta pastoral con motivo del 150 aniversario del martirio durante
la persecución Byeong-in (30 marzo 2016).
[96]
Cf. Homilía en la Santa Misa para la XXXIV Jornada Mundial de la Juventud en Panamá (27 enero
2019): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (1 febrero 2019), pp. 14-15.
[97]
Oración “Señor, hazme un instrumento de tu paz”, atribuida a S. Francisco de Asís.
[98]
Discurso en la Vigilia con los jóvenes en la XXXIV Jornada Mundial de la Juventud en Panamá (26
enero 2019): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (1 febrero 2019), p. 13.
[99] DF 14.
[100]
Cf. Carta enc. Laudato si’ (24 mayo 2015), 145: AAS 107 (2015), 906.
[101] Videomensaje para el Encuentro Mundial de la Juventud Indígena en Panamá (17-21 enero
2019): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (25 enero 2019), p. 10.
[102]
DF 35.
[103] Cf. Carta a los jóvenes, I, 2: PG 31, 566.
[104]
Cf. Papa Francisco y amigos, La sabiduría de los años, ed. Mensajero, Bilbao 2018.
[105]
Ibíd., 12.
[106] Ibíd., 13.
[107]
Ibíd.
[108] Ibíd.
[109]
Ibíd., 162-163.
[110]
Eduardo Pironio, Mensaje a los jóvenes argentinos en el Encuentro Nacional de Jóvenes en
Córdoba (12-15 septiembre 1985), 2.
[111]
DF 123.
[112]
La esencia del cristianismo, ed. Cristiandad, Madrid 2002, 17.
[113] N. 165: AAS 105 (2013), 1089.
[114]
Discurso en la visita al Hogar Buen Samaritano en Panamá (27 enero 2019): L’Osservatore
Romano, ed. semanal en lengua española (1 febrero 2019), p. 16.
[115] DF 36.
[116]
Cf. Const. ap. Veritatis gaudium (8 diciembre 2017), 4: AAS 110 (2018), 7-8.
[117]
Discurso en el encuentro con los estudiantes y el mundo académico en Plaza San Domenico de
Bolonia (1 octubre 2017): AAS 109 (2017), 1115.
[118]
DF 51.
[119]
Ibíd., 47.
[120] Sermo 256, 3: PL 38, 1193.
[121]
DF 47.
[122] Discurso a una delegación de “Special Olympics International” (16 febrero 2017): L’Osservatore
Romano (17 febrero 2017), p. 8.
[123]
Carta a los jóvenes, VIII, 11-12: PG 31, 580.
[124] Conferencia Episcopal Argentina, Declaración de San Miguel, Buenos Aires 1969, X, 1.
[125]
Rafael Tello, La nueva evangelización, Tomo II (Anexos I y II), Buenos Aires 2013, 111.
[126]
Cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 44-45: AAS 105 (2013), 1038-1039.
[127] DF 70.
[128]
Ibíd., 117.
[129] Ibíd., 4.
[130]
Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 124: AAS 105 (2013), 1072.
[131]
Ibíd., 122: 1071.
[132] DF 9.
[133]
Documento de la Reunión pre-sinodal para la preparación de la XV Asamblea General Ordinaria del
Sínodo de los Obispos (24 marzo 2018), 12.
[134] Ibíd., 10.
[135]
DF 15.
[136]
N. 2.
[137] Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 11.
[138]
Discurso en la Vigilia con los jóvenes en la XXXIV Jornada Mundial de la Juventud en Panamá (26
enero 2019): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (1 febrero 2019), p. 12.
[139] Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 273: AAS 105 (2013), 1130.
[140]
S. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio (26 marzo 1967), 15: AAS 59 (1967), 265.
[141] Meditación de Semana Santa para jóvenes, escrita a bordo de un barco de carga, regresando de
Estados Unidos, 1946, en:http://www.padrealbertohurtado.cl/escritos-2/.
[142]
Encuentro con los jóvenes de Umbría en Asís (4 octubre 2013): AAS 105 (2013), 921.
[143] Exhort. ap. postsin. Amoris laetitia (19 marzo 2016), 150: AAS 108 (2016), 369.
[144]
Audiencia a los jóvenes de la diócesis de Grenoble-Vienne (17 septiembre 2018): L’Osservatore
Romano (19 septiembre 2018), p. 8.
[145] DF 32.
[146]
Encuentro con los voluntarios de la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janeiro (28
julio 2013): Insegnamenti, 1,2 (2013), 125.
[147] Conferencia Episcopal de Colombia, Mensaje Cristiano sobre el matrimonio (14 mayo 1981).
[148] Conferencia de Los Obispos Católicos de Los Estados Unidos, Sons and Daughters of Light: A
Pastoral Plan for Ministry with Young Adults (12 noviembre 1996), I, 3.
[149]
Carta enc. Laudato si’ (24 mayo 2015), 128: AAS 107 (2015), 898.
[150] Ibíd., 125: 897.
[151]
DF 40.
[152] Exhort. ap. Gaudete et exsultate (19 marzo 2018), 167.
[153]
Ibíd., 168.
[154]
Ibíd., 170.
[155] DF 108.
[156]
Ibíd.
[157] Exhort. ap. Gaudete et exsultate (19 marzo 2018), 171.
[158]
Ibíd., 172.
[159]
Discurso en la Vigilia de oración en preparación para la XXXIV Jornada Mundial de la Juventud,
Basílica de Santa María la Mayor (8 abril 2017): AAS 109 (2017), 447.
[160]
Romano Guardini, Le età della vita, en Opera omnia IV, 1, Brescia 2015, 209.
[161]
Cf. Exhort. ap. Gaudete et exsultate (19 marzo 2018), 169.
[162] Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 222: AAS 105 (2013), 1111.
[163]
S. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsin. Pastores dabo vobis (25 marzo 1992), 10: AAS 84 (1992),
672.
[164] Encuentro y oración con jóvenes italianos en el Circo Máximo de Roma (11 agosto 2018):
L’Osservatore Romano (13-14 agosto 2018), p. 6.

[00556-ES.01] [Texto original: Español]

Traduzione in lingua italiana


ESORTAZIONE APOSTOLICA POSTSINODALE

CHRISTUS VIVIT

DEL SANTO PADRE FRANCESCO

AI GIOVANI E A TUTTO IL POPOLO DI DIO

1. Cristo vive. Egli è la nostra speranza e la più bella giovinezza di questo mondo. Tutto ciò che Lui
tocca diventa giovane, diventa nuovo, si riempie di vita. Perciò, le prime parole che voglio rivolgere a
ciascun giovane cristiano sono: Lui vive e ti vuole vivo!

2. Lui è in te, Lui è con te e non se ne va mai. Per quanto tu ti possa allontanare, accanto a te c’è il
Risorto, che ti chiama e ti aspetta per ricominciare. Quando ti senti vecchio per la tristezza, i rancori, le
paure, i dubbi o i fallimenti, Lui sarà lì per ridarti la forza e la speranza.

3. A tutti i giovani cristiani scrivo con affetto questa Esortazione apostolica, vale a dire una lettera che
richiama alcune convinzioni della nostra fede e, nello stesso tempo, incoraggia a crescere nella santità e
nell’impegno per la propria vocazione. Tuttavia, dato che si tratta di una pietra miliare nell’ambito di un
cammino sinodale, mi rivolgo contemporaneamente a tutto il Popolo di Dio, ai pastori e ai fedeli, perché
la riflessione sui giovani e per i giovani interpella e stimola tutti noi. Pertanto, in alcuni paragrafi parlerò
direttamente ai giovani e in altri proporrò approcci più generali per il discernimento ecclesiale.

4. Mi sono lasciato ispirare dalla ricchezza delle riflessioni e dei dialoghi del Sinodo dell’anno scorso. Non
potrò raccogliere qui tutti i contributi, che potrete leggere nel Documento Finale, ma ho cercato di
recepire, nella stesura di questa lettera, le proposte che mi sembravano più significative. In questo
modo, la mia parola sarà arricchita da migliaia di voci di credenti di tutto il mondo che hanno fatto
arrivare le loro opinioni al Sinodo. Anche i giovani non credenti, che hanno voluto partecipare con le loro
riflessioni, hanno proposto questioni che hanno fatto nascere in me nuove domande.

CAPITOLO PRIMO
Che cosa dice la Parola di Dio sui giovani?

5. Andiamo a recuperare alcuni tesori delle Sacre Scritture, in cui diverse volte si parla dei giovani e di
come il Signore va loro incontro.

Nell’Antico Testamento
6. In un’epoca in cui i giovani contavano poco, alcuni testi mostrano che Dio guarda con altri occhi. Ad
esempio, vediamo che Giuseppe era quasi il più piccolo della famiglia (cfr Gen 37,2-3). Tuttavia, Dio gli
comunicò grandi cose in sogno ed egli superò tutti i suoi fratelli in incarichi importanti quando aveva
circa vent’anni (cfr Gen 37-47).

7. In Gedeone riconosciamo la sincerità dei giovani, che non hanno l’abitudine di addolcire la realtà.
Quando gli fu detto che il Signore era con lui, rispose: «Se il Signore è con noi, perché ci è capitato tutto
questo?» (Gdc 6,13). Dio però non fu infastidito da quel rimprovero e gli raddoppiò la posta in gioco:
«Va’ con questa tua forza e salva Israele» (Gdc 6,14).

8. Samuele era un giovane insicuro, ma il Signore comunicava con lui. Grazie al consiglio di un adulto,
aprì il suo cuore per ascoltare la chiamata di Dio: «Parla Signore, perché il tuo servo ti ascolta» (1 Sam
3,9.10). Per questo è stato un grande profeta che è intervenuto in momenti importanti per la sua
patria. Anche il re Saul era un giovane quando il Signore lo chiamò a compiere la sua missione (cfr 1
Sam 9,2).

9. Il re Davide è stato scelto quando era un ragazzo. Quando il profeta Samuele stava cercando il
futuro re d’Israele, un uomo gli presentò come candidati i suoi figli più grandi e più esperti. Il profeta,
però, disse che il prescelto era il giovane Davide, che pascolava le pecore (cfr 1 Sam 16,6-13), perché
«l’uomo vede l’apparenza, ma il Signore vede il cuore» (v. 7). La gloria della gioventù sta nel cuore più
che nella forza fisica o nell’impressione che si provoca negli altri.

10. Salomone, quando doveva succedere a suo padre, si sentì perduto e disse a Dio: «Io sono solo un
ragazzo; non so come regolarmi» (1 Re 3,7). Tuttavia, l’audacia della giovinezza lo spinse a chiedere a
Dio la saggezza e si dedicò alla sua missione. Qualcosa di simile accadde al profeta Geremia, chiamato a
risvegliare il suo popolo quando era molto giovane. Nel suo timore disse: «Ahimè, Signore Dio! Ecco, io
non so parlare, perché sono giovane» (Ger 1,6), ma il Signore gli chiese di non dire così (cfr Ger 1,7) e
aggiunse: «Non aver paura di fronte a loro, perché io sono con te per proteggerti» (Ger 1,8). La
dedizione del profeta Geremia alla sua missione mostra ciò che diventa possibile se si uniscono la
freschezza della gioventù e la forza di Dio.

11. Una ragazzina ebrea, che era al servizio del militare straniero Naaman, intervenne con fede per
aiutarlo a guarire dalla sua malattia (cfr 2 Re 5,2-6). La giovane Rut fu un esempio di generosità nel
rimanere con la suocera caduta in disgrazia (cfr Rt 1,1-18) e mostrò anche la sua audacia per andare
avanti nella vita (cfr Rt 4,1-17).

Nel Nuovo Testamento


12. Racconta una parabola di Gesù (cfr Lc 15,11-32) che il figlio “più giovane” volle andarsene dalla
casa paterna verso un paese lontano (cfr vv. 12-13). Ma i suoi sogni di autonomia si trasformarono in
libertinaggio e dissolutezza (cfr v. 13) e sperimentò la durezza della solitudine e della povertà (cfr vv.
14-16). Tuttavia, fu capace di ripensarci per ricominciare (cfr vv. 17-19) e decise di alzarsi (cfr v. 20). È
tipico del cuore giovane essere disponibile al cambiamento, essere in grado di rialzarsi e lasciarsi istruire
dalla vita. Come non accompagnare il figlio in questa nuova impresa? Il fratello maggiore, però, aveva
già un cuore vecchio e si lasciò possedere dall’avidità, dall’egoismo e dall’invidia (cfr vv. 28-30). Gesù
elogia il giovane peccatore che riprende la buona strada più di colui che crede di essere fedele ma non
vive lo spirito dell’amore e della misericordia.

13. Gesù, l’eternamente giovane, vuole donarci un cuore sempre giovane. La Parola di Dio ci chiede:
«Togliete via il lievito vecchio, per essere pasta nuova» (1 Cor 5,7). Al tempo stesso, ci invita a
spogliarci dell’«uomo vecchio» per rivestirci dell’uomo «nuovo» (cfr Col 3,9.10).[1] E quando spiega
cosa significa rivestirsi di quella giovinezza «che si rinnova» (v. 10), dice che vuol dire avere «sentimenti
di tenerezza, di bontà, di umiltà, di mansuetudine, di magnanimità, sopportandovi a vicenda e
perdonandovi gli uni gli altri, se qualcuno avesse di che lamentarsi nei riguardi di un altro» (Col 3,12-13).
Ciò significa che la vera giovinezza consiste nell’avere un cuore capace di amare. Viceversa, ad
invecchiare l’anima è tutto ciò che ci separa dagli altri. Ecco perché conclude: «Ma sopra tutte queste
cose rivestitevi della carità, che le unisce in modo perfetto» (Col 3,14).

14. Notiamo che a Gesù non piaceva il fatto che gli adulti guardassero con disprezzo i più giovani o li
tenessero al loro servizio in modo dispotico. Al contrario, chiedeva: «Chi tra voi è più grande diventi
come il più giovane» (Lc 22,26). Per Lui, l’età non stabiliva privilegi, e che qualcuno avesse meno anni
non significava che valesse di meno o che avesse meno dignità.

15. La Parola di Dio dice che i giovani vanno trattati «come fratelli» (1 Tm 5,1) e raccomanda ai
genitori: «Non esasperate i vostri figli, perché non si scoraggino» (Col 3,21). Un giovane non può
essere scoraggiato, la sua caratteristica è sognare grandi cose, cercare orizzonti ampi, osare di più,
aver voglia di conquistare il mondo, saper accettare proposte impegnative e voler dare il meglio di sé
per costruire qualcosa di migliore. Per questo insisto coi giovani che non si lascino rubare la speranza e
ad ognuno ripeto: «Nessuno disprezzi la tua giovane età» (1 Tm 4,12).

16. Tuttavia, nello stesso tempo ai giovani si raccomanda: «Siate sottomessi agli anziani» (1 Pt 5,5).
La Bibbia invita sempre ad avere un profondo rispetto per gli anziani, perché possiedono un patrimonio
di esperienza, hanno sperimentato i successi e i fallimenti, le gioie e i grandi dolori della vita, le speranze
e le delusioni, e nel silenzio del loro cuore custodiscono tante storie che possono aiutarci a non sbagliare
e a non essere ingannati da falsi miraggi. La parola di un anziano saggio invita a rispettare certi limiti e a
sapersi dominare al momento giusto: «Esorta ancora i più giovani a essere prudenti» (Tt 2,6). Non va
bene cadere nel culto della gioventù, oppure in un atteggiamento giovanile che disprezza gli altri per i
loro anni o perché sono di un’altra epoca. Gesù diceva che la persona saggia sa estrarre cose nuove e
cose antiche dal suo tesoro (cfr Mt 13,52). Un giovane saggio si apre al futuro, ma è sempre capace di
valorizzare qualcosa dell’esperienza degli altri.

17. Nel Vangelo di Marco compare una persona che, quando Gesù gli ricorda i comandamenti, afferma:
«Tutte queste cose le ho osservate fin dalla mia giovinezza» (10,20). Lo diceva già il Salmo: «Sei tu,
mio Signore, la mia speranza, la mia fiducia, Signore, fin dalla mia giovinezza. [...] Fin dalla giovinezza,
o Dio, mi hai istruito e oggi ancora proclamo le tue meraviglie» (71,5.17). Non bisogna pentirsi di
spendere la propria gioventù essendo buoni, aprendo il cuore al Signore, vivendo in un modo diverso.
Nulla di tutto ciò ci toglie la giovinezza, bensì la rafforza e la rinnova: «Si rinnova come aquila la tua
giovinezza» (Sal 103,5). Per questo S. Agostino si lamentava: «Tardi ti ho amato, bellezza così antica
e così nuova! Tardi ti ho amato!».[2] Tuttavia quell’uomo ricco, che era stato fedele a Dio nella sua
giovinezza, lasciò che gli anni gli portassero via i sogni, e preferì rimanere attaccato ai propri beni (cfr
Mc 10,22).

18. Invece, nel Vangelo di Matteo appare un giovane (cfr Mt 19,20.22) che si avvicina a Gesù per
chiedere di più (cfr v. 20), con quello spirito aperto tipico dei giovani, alla ricerca di nuovi orizzonti e
grandi sfide. In realtà, il suo spirito non era così giovane, perché si era già aggrappato alle ricchezze e
alle comodità. Con la bocca affermava di volere qualcosa di più, ma quando Gesù gli chiese di essere
generoso e di distribuire i suoi beni, si rese conto che non era capace di staccarsi da ciò che possedeva.
Alla fine, «udita questa parola, il giovane se ne andò, triste» (v. 22). Aveva rinunciato alla sua
giovinezza.

19. Il Vangelo ci parla anche di alcune giovani prudenti che erano pronte e attente, mentre altre
vivevano distratte e addormentate (cfr Mt 25,1-13). Infatti, si può trascorrere la propria giovinezza
distratti, volando sulla superficie della vita, addormentati, incapaci di coltivare relazioni profonde e di
entrare nel cuore della vita. In questo modo si prepara un futuro povero, senza sostanza. Oppure si
può spendere la propria giovinezza coltivando cose belle e grandi, e in questo modo preparare un futuro
pieno di vita e di ricchezza interiore.

20. Se hai perso il vigore interiore, i sogni, l’entusiasmo, la speranza e la generosità, davanti a te si
presenta Gesù come si presentò davanti al figlio morto della vedova, e con tutta la sua potenza di
Risorto il Signore ti esorta: «Ragazzo, dico a te, alzati!» (Lc 7,14).

21. Indubbiamente ci sono molti altri testi della Parola di Dio che possono illuminarci su questa stagione
della vita. Ne analizzeremo alcuni nei prossimi capitoli.
CAPITOLO SECONDO
Gesù Cristo sempre giovane

22. Gesù è «giovane tra i giovani per essere l’esempio dei giovani e consacrarli al Signore».[3] Per
questo il Sinodo ha affermato che «la giovinezza è un periodo originale e stimolante della vita, che Gesù
stesso ha vissuto, santificandola».[4] Cosa ci racconta il Vangelo sulla giovinezza di Gesù?

La giovinezza di Gesù
23. Il Signore «emise lo spirito» (Mt 27,50) su una croce quando aveva poco più di trent’anni (cfr Lc
3,23). È importante prendere coscienza che Gesù è stato un giovane. Ha dato la sua vita in una fase
che oggi è definita come quella di un giovane-adulto. Nel pieno della sua giovinezza iniziò la sua
missione pubblica e così «una luce è sorta» (Mt 4,16), specialmente quando diede la sua vita fino alla
fine. Questo finale non è stato improvvisato, al contrario tutta la sua giovinezza è stata una
preparazione preziosa, in ognuno dei suoi momenti, perché «tutto nella vita di Gesù è segno del suo
mistero»[5] e «tutta la vita di Cristo è mistero di redenzione».[6]

24. Il Vangelo non parla della fanciullezza di Gesù, ma ci racconta alcuni avvenimenti della sua
adolescenza e giovinezza. Matteo colloca questo periodo della giovinezza del Signore tra due eventi: il
ritorno della sua famiglia a Nazaret, dopo il tempo di esilio, e il suo battesimo nel Giordano, dove ha
iniziato la sua missione pubblica. Le ultime immagini di Gesù bambino sono quella di un piccolo rifugiato
in Egitto (cfr Mt 2,14-15) e poi quella di un rimpatriato a Nazaret (cfr Mt 2,19-23). Le prime immagini di
Gesù giovane-adulto sono quelle che ce lo presentano tra la folla accanto al fiume Giordano, venuto per
farsi battezzare da suo cugino Giovanni il Battista come uno dei tanti del suo popolo (cfr Mt 3,13-17).

25. Quel battesimo non era come il nostro, che ci introduce alla vita della grazia, bensì è stata una
consacrazione prima di iniziare la grande missione della sua vita. Il Vangelo dice che il suo battesimo è
stato motivo della gioia e del beneplacito del Padre: «Tu sei il Figlio mio, l’amato» (Lc 3,22).
Immediatamente Gesù è apparso ricolmo di Spirito Santo ed è stato condotto dallo Spirito nel deserto.
In questo modo, era pronto per andare a predicare e a fare prodigi, per liberare e guarire (cfr Lc 4,1-
14). Ogni giovane, quando si sente chiamato a compiere una missione su questa terra, è invitato a
riconoscere nella sua interiorità quelle stesse parole che Dio Padre gli rivolge: «Tu sei mio figlio amato».

26. Tra questi racconti, ne troviamo uno che mostra Gesù in piena adolescenza. È quando ritornò con i
suoi genitori a Nazaret, dopo che lo avevano perso e ritrovato nel Tempio (cfr Lc 2,41-51). Qui dice
che «stava loro sottomesso» (cfr Lc 2,51), perché non aveva rinnegato la sua famiglia. Subito Luca
aggiunge che Gesù «cresceva in sapienza, età e grazia davanti a Dio e agli uomini» (Lc 2,52). Vale a
dire, si stava preparando e in quel periodo stava approfondendo il suo rapporto con il Padre e con gli
altri. San Giovanni Paolo II ha spiegato che non cresceva solo fisicamente, ma che «vi è stata in Gesù
anche una crescita spirituale» perché «la pienezza di grazia in Gesù era relativa all’età: c’era sempre
pienezza, ma una pienezza crescente col crescere dell’età».[7]

27. In base a questi dati evangelici possiamo affermare che, nella sua fase giovanile, Gesù si stava
“formando”, si stava preparando a realizzare il progetto del Padre. La sua adolescenza e la sua
giovinezza lo hanno orientato verso quella missione suprema.

28. Nell’adolescenza e nella giovinezza il suo rapporto con il Padre era quello del Figlio amato; attratto
dal Padre, cresceva occupandosi delle sue cose: «Non sapevate che io devo occuparmi delle cose del
Padre mio?» (Lc 2,49). Tuttavia, non dobbiamo pensare che Gesù fosse un adolescente solitario o un
giovane che pensava a sé stesso. Il suo rapporto con la gente era quello di un giovane che condivideva
tutta la vita di una famiglia ben integrata nel villaggio. Aveva imparato il lavoro del padre e poi lo ha
sostituito come falegname. Per questo, nel Vangelo in una occasione viene chiamato «il figlio del
falegname» (Mt 13,55) e un’altra volta semplicemente «il falegname» (Mc 6,3). Questo dettaglio
mostra che era un ragazzo del villaggio come gli altri e che aveva relazioni del tutto normali. Nessuno lo
considerava un giovane strano o separato dagli altri. Proprio per questo motivo, quando Gesù si
presentò a predicare, la gente non si spiegava da dove prendesse quella saggezza: «Non è costui il figlio
di Giuseppe?» (Lc 4,22).

29. Il fatto è che «neppure Gesù crebbe in una relazione chiusa ed esclusiva con Maria e Giuseppe, ma
si muoveva con piacere nella famiglia allargata in cui c’erano parenti e amici».[8] Comprendiamo così
perché, al momento di ritornare dal pellegrinaggio a Gerusalemme, i genitori fossero tranquilli pensando
che quel ragazzo di dodici anni (cfr Lc 2,42) camminasse liberamente tra la gente, benché non lo
vedessero per un giorno intero: «credendo che egli fosse nella comitiva, fecero una giornata di viaggio»
(Lc 2,44). Di certo – pensavano – Gesù stava lì, andava e veniva in mezzo agli altri, scherzava con
quelli della sua età, ascoltava i racconti degli adulti e condivideva le gioie e le tristezze della carovana. Il
termine greco usato da Luca per la carovana dei pellegrini – synodía – indica precisamente questa
“comunità in cammino” di cui la Santa Famiglia è parte. Grazie alla fiducia dei suoi genitori, Gesù si
muove con libertà e impara a camminare con tutti gli altri.

La sua giovinezza ci illumina


30. Questi aspetti della vita di Gesù possono costituire un’ispirazione per ogni giovane che cresce e si
prepara a compiere la sua missione. Ciò comporta maturare nel rapporto con il Padre, nella
consapevolezza di essere uno dei membri della famiglia e della comunità, e nell’apertura ad essere
colmato dallo Spirito e condotto a compiere la missione che Dio affida, la propria vocazione. Nulla di
tutto questo dovrebbe essere ignorato nella pastorale giovanile, per non creare progetti che isolino i
giovani dalla famiglia e dal mondo, o che li trasformino in una minoranza selezionata e preservata da
ogni contagio. Abbiamo bisogno, piuttosto, di progetti che li rafforzino, li accompagnino e li proiettino
verso l’incontro con gli altri, il servizio generoso, la missione.

31. Gesù non illumina voi, giovani, da lontano o dall’esterno, ma partendo dalla sua stessa giovinezza,
che egli condivide con voi. È molto importante contemplare il Gesù giovane che ci mostrano i Vangeli,
perché Egli è stato veramente uno di voi, e in Lui si possono riconoscere molti aspetti tipici dei cuori
giovani. Lo vediamo, ad esempio, nelle seguenti caratteristiche: «Gesù ha avuto una incondizionata
fiducia nel Padre, ha curato l’amicizia con i suoi discepoli, e persino nei momenti di crisi vi è rimasto
fedele. Ha manifestato una profonda compassione nei confronti dei più deboli, specialmente i poveri, gli
ammalati, i peccatori e gli esclusi. Ha avuto il coraggio di affrontare le autorità religiose e politiche del
suo tempo; ha fatto l’esperienza di sentirsi incompreso e scartato; ha provato la paura della sofferenza
e conosciuto la fragilità della Passione; ha rivolto il proprio sguardo verso il futuro affidandosi alle mani
sicure del Padre e alla forza dello Spirito. In Gesù tutti i giovani possono ritrovarsi».[9]

32. D’altra parte, Gesù è risorto e vuole farci partecipare alla novità della sua risurrezione. Egli è la vera
giovinezza di un mondo invecchiato ed è anche la giovinezza di un universo che attende con «le doglie
del parto» (Rm 8,22) di essere rivestito della sua luce e della sua vita. Vicino a Lui possiamo bere dalla
vera sorgente, che mantiene vivi i nostri sogni, i nostri progetti, i nostri grandi ideali, e che ci lancia
nell’annuncio della vita che vale la pena vivere. In due curiosi dettagli del Vangelo di Marco possiamo
vedere la chiamata alla vera giovinezza dei risorti. Da una parte, nella passione del Signore appare un
giovane timoroso che cercava di seguire Gesù ma che fuggì via nudo (cfr 14,51-52), un giovane che
non ebbe la forza di rischiare tutto per seguire il Signore. Invece, vicino al sepolcro vuoto, vediamo un
giovane «vestito di una veste bianca» (16,5) che invitava a vincere la paura e annunciava la gioia della
risurrezione (cfr 16,6-7).

33. Il Signore ci chiama ad accendere stelle nella notte di altri giovani; ci invita a guardare i veri astri,
quei segni così diversificati che Egli ci dà perché non rimaniamo fermi, ma imitiamo il seminatore che
osservava le stelle per poter arare il campo. Dio accende stelle per noi affinché possiamo continuare a
camminare: «Le stelle hanno brillato nei loro posti di guardia e hanno gioito; egli le ha chiamate e hanno
risposto» (Bar 3,34-35). Ma Cristo stesso è per noi la grande luce di speranza e di guida nella nostra
notte, perché Egli è «la stella radiosa del mattino» (Ap 22,16).

La giovinezza della Chiesa


34. Essere giovani, più che un’età, è uno stato del cuore. Quindi, un’istituzione antica come la Chiesa
può rinnovarsi e tornare ad essere giovane in diverse fasi della sua lunghissima storia. In realtà, nei suoi
momenti più tragici, sente la chiamata a tornare all’essenziale del primo amore. Ricordando questa
verità, il Concilio Vaticano II affermava che «ricca di un lungo passato sempre in essa vivente, e
camminando verso la perfezione umana nel tempo e verso i destini ultimi della storia e della vita, essa è
la vera giovinezza del mondo». In essa è sempre possibile incontrare Cristo «il compagno e l’amico dei
giovani».[10]

Una Chiesa che si lascia rinnovare

35. Chiediamo al Signore che liberi la Chiesa da coloro che vogliono invecchiarla, fissarla sul passato,
frenarla, renderla immobile. Chiediamo anche che la liberi da un’altra tentazione: credere che è giovane
perché cede a tutto ciò che il mondo le offre, credere che si rinnova perché nasconde il suo messaggio
e si mimetizza con gli altri. No. È giovane quando è sé stessa, quando riceve la forza sempre nuova
della Parola di Dio, dell’Eucaristia, della presenza di Cristo e della forza del suo Spirito ogni giorno. È
giovane quando è capace di ritornare continuamente alla sua fonte.

36. È vero che noi membri della Chiesa non dobbiamo essere tipi strani. Tutti devono poterci sentire
fratelli e vicini, come gli Apostoli, che godevano «il favore di tutto il popolo» (At 2,47; cfr 4,21.33;
5,13). Allo stesso tempo, però, dobbiamo avere il coraggio di essere diversi, di mostrare altri sogni che
questo mondo non offre, di testimoniare la bellezza della generosità, del servizio, della purezza, della
fortezza, del perdono, della fedeltà alla propria vocazione, della preghiera, della lotta per la giustizia e il
bene comune, dell’amore per i poveri, dell’amicizia sociale.

37. La Chiesa di Cristo può sempre cadere nella tentazione di perdere l’entusiasmo perché non ascolta
più la chiamata del Signore al rischio della fede, a dare tutto senza misurare i pericoli, e torna a cercare
false sicurezze mondane. Sono proprio i giovani che possono aiutarla a rimanere giovane, a non cadere
nella corruzione, a non fermarsi, a non inorgoglirsi, a non trasformarsi in una setta, ad essere più
povera e capace di testimonianza, a stare vicino agli ultimi e agli scartati, a lottare per la giustizia, a
lasciarsi interpellare con umiltà. Essi possono portare alla Chiesa la bellezza della giovinezza quando
stimolano «la capacità di rallegrarsi per ciò che comincia, di darsi senza ritorno, di rinnovarsi e di ripartire
per nuove conquiste».[11]

38. Chi di noi non è più giovane ha bisogno di occasioni per avere vicini la loro voce e il loro stimolo, e
«la vicinanza crea le condizioni perché la Chiesa sia spazio di dialogo e testimonianza di fraternità che
affascina».[12] Abbiamo bisogno di creare più spazi dove risuoni la voce dei giovani: «L’ascolto rende
possibile uno scambio di doni, in un contesto di empatia. […] Allo stesso tempo pone le condizioni per
un annuncio del Vangelo che raggiunga veramente il cuore, in modo incisivo e fecondo».[13]
Una Chiesa attenta ai segni dei tempi

39. «Se per molti giovani Dio, la religione e la Chiesa appaiono parole vuote, essi sono sensibili alla
figura di Gesù, quando viene presentata in modo attraente ed efficace».[14] Per questo bisogna che la
Chiesa non sia troppo concentrata su sé stessa, ma che rifletta soprattutto Gesù Cristo. Questo
comporta che riconosca con umiltà che alcune cose concrete devono cambiare, e a tale scopo ha
anche bisogno di raccogliere la visione e persino le critiche dei giovani.

40. Al Sinodo si è riconosciuto che «un numero consistente di giovani, per le ragioni più diverse, non
chiedono nulla alla Chiesa perché non la ritengono significativa per la loro esistenza. Alcuni, anzi,
chiedono espressamente di essere lasciati in pace, poiché sentono la sua presenza come fastidiosa e
perfino irritante. Tale richiesta spesso non nasce da un disprezzo acritico e impulsivo, ma affonda le
radici anche in ragioni serie e rispettabili: gli scandali sessuali ed economici; l’impreparazione dei ministri
ordinati che non sanno intercettare adeguatamente la sensibilità dei giovani; la scarsa cura nella
preparazione dell’omelia e nella presentazione della Parola di Dio; il ruolo passivo assegnato ai giovani
all’interno della comunità cristiana; la fatica della Chiesa di rendere ragione delle proprie posizioni
dottrinali ed etiche di fronte alla società contemporanea».[15]

41. Anche se ci sono giovani che sono contenti quando vedono una Chiesa che si mostra umilmente
sicura dei suoi doni e anche capace di esercitare una critica leale e fraterna, altri giovani chiedono una
Chiesa che ascolti di più, che non stia continuamente a condannare il mondo. Non vogliono vedere una
Chiesa silenziosa e timida, ma nemmeno sempre in guerra per due o tre temi che la ossessionano. Per
essere credibile agli occhi dei giovani, a volte ha bisogno di recuperare l’umiltà e semplicemente
ascoltare, riconoscere in ciò che altri dicono una luce che la può aiutare a scoprire meglio il Vangelo. Una
Chiesa sulla difensiva, che dimentica l’umiltà, che smette di ascoltare, che non si lascia mettere in
discussione, perde la giovinezza e si trasforma in un museo. Come potrà accogliere così i sogni dei
giovani? Benché possieda la verità del Vangelo, questo non significa che l’abbia compresa pienamente;
piuttosto, deve sempre crescere nella comprensione di questo tesoro inesauribile.[16]

42. Ad esempio, una Chiesa eccessivamente timorosa e strutturata può essere costantemente critica
nei confronti di tutti i discorsi sulla difesa dei diritti delle donne ed evidenziare costantemente i rischi e i
possibili errori di tali rivendicazioni. Viceversa, una Chiesa viva può reagire prestando attenzione alle
legittime rivendicazioni delle donne che chiedono maggiore giustizia e uguaglianza. Può ricordare la
storia e riconoscere una lunga trama di autoritarismo da parte degli uomini, di sottomissione, di varie
forme di schiavitù, di abusi e di violenza maschilista. Con questo sguardo sarà capace di fare proprie
queste rivendicazioni di diritti, e darà il suo contributo con convinzione per una maggiore reciprocità tra
uomini e donne, pur non essendo d’accordo con tutto ciò che propongono alcuni gruppi femministi. In
questa linea, il Sinodo ha voluto rinnovare l’impegno della Chiesa «contro ogni discriminazione e
violenza su base sessuale».[17] Questa è la reazione di una Chiesa che si mantiene giovane e si lascia
interrogare e stimolare dalla sensibilità dei giovani.

Maria, la ragazza di Nazaret


43. Nel cuore della Chiesa risplende Maria. Ella è il grande modello per una Chiesa giovane che vuole
seguire Cristo con freschezza e docilità. Quando era molto giovane, ricevette l’annuncio dell’angelo e
non rinunciò a fare domande (cfr Lc 1,34). Ma aveva un’anima disponibile e disse: «Ecco la serva del
Signore» (Lc 1,38).

44. «Sempre impressiona la forza del “sì” di Maria, giovane. La forza di quell’“avvenga per me” che
disse all’angelo. È stata una cosa diversa da un’accettazione passiva o rassegnata. È stato qualcosa di
diverso da un “sì” come a dire: “Bene, proviamo a vedere che succede”. Maria non conosceva questa
espressione: vediamo cosa succede. Era decisa, ha capito di cosa si trattava e ha detto “sì”, senza giri
di parole. È stato qualcosa di più, qualcosa di diverso. È stato il “sì” di chi vuole coinvolgersi e rischiare,
di chi vuole scommettere tutto, senza altra garanzia che la certezza di sapere di essere portatrice di
una promessa. E domando a ognuno di voi: vi sentite portatori di una promessa? Quale promessa
porto nel cuore, da portare avanti? Maria, indubbiamente, avrebbe avuto una missione difficile, ma le
difficoltà non erano un motivo per dire “no”. Certo che avrebbe avuto complicazioni, ma non sarebbero
state le stesse complicazioni che si verificano quando la viltà ci paralizza per il fatto che non abbiamo
tutto chiaro o assicurato in anticipo. Maria non ha comprato un’assicurazione sulla vita! Maria si è
messa in gioco, e per questo è forte, per questo è una influencer, è l’influencer di Dio! Il “sì” e il
desiderio di servire sono stati più forti dei dubbi e delle difficoltà».[18]

45. Senza cedere a evasioni o miraggi, «Ella seppe accompagnare il dolore di suo Figlio, […] sostenerlo
con lo sguardo e proteggerlo con il cuore. Dolore che soffrì, ma che non la piegò. È stata la donna forte
del “sì”, che sostiene e accompagna, protegge e abbraccia. Ella è la grande custode della speranza. [...]
Da lei impariamo a dire “sì” alla pazienza testarda e alla creatività di quelli che non si perdono d’animo e
ricominciano da capo».[19]

46. Maria era la ragazza con un’anima grande che esultava di gioia (cfr Lc 1,47), era la fanciulla con gli
occhi illuminati dallo Spirito Santo che contemplava la vita con fede e custodiva tutto nel suo cuore (cfr
Lc 2,19,51). Era quella inquieta, quella pronta a partire, che quando seppe che sua cugina aveva
bisogno di lei non pensò ai propri progetti, ma si avviò «senza indugio» (Lc 1,39) verso la regione
montuosa.
47. E quando c’è bisogno di proteggere il suo bambino, eccola andare con Giuseppe in un paese lontano
(cfr Mt 2,13-14). Per questo rimase in mezzo ai discepoli riuniti in preghiera in attesa dello Spirito Santo
(cfr At 1,14). Così, con la sua presenza, è nata una Chiesa giovane, con i suoi Apostoli in uscita per far
nascere un mondo nuovo (cfr At 2,4-11).

48. Quella ragazza oggi è la Madre che veglia sui figli, su di noi suoi figli che camminiamo nella vita
spesso stanchi, bisognosi, ma col desiderio che la luce della speranza non si spenga. Questo è ciò che
vogliamo: che la luce della speranza non si spenga. La nostra Madre guarda questo popolo pellegrino,
popolo di giovani che lei ama, che la cerca facendo silenzio nel proprio cuore nonostante che lungo il
cammino ci sia tanto rumore, conversazioni e distrazioni. Ma davanti agli occhi della Madre c’è posto
soltanto per il silenzio colmo di speranza. E così Maria illumina di nuovo la nostra giovinezza.

Giovani santi
49. Il cuore della Chiesa è pieno anche di giovani santi, che hanno dato la loro vita per Cristo, molti di
loro fino al martirio. Sono stati preziosi riflessi di Cristo giovane che risplendono per stimolarci e farci
uscire dalla sonnolenza. Il Sinodo ha sottolineato che «molti giovani santi hanno fatto risplendere i
lineamenti dell’età giovanile in tutta la loro bellezza e sono stati nella loro epoca veri profeti di
cambiamento; il loro esempio mostra di che cosa siano capaci i giovani quando si aprono all’incontro
con Cristo».[20]

50. «Attraverso la santità dei giovani la Chiesa può rinnovare il suo ardore spirituale e il suo vigore
apostolico. Il balsamo della santità generata dalla vita buona di tanti giovani può curare le ferite della
Chiesa e del mondo, riportandoci a quella pienezza dell’amore a cui da sempre siamo stati chiamati: i
giovani santi ci spingono a ritornare al nostro primo amore (cfr Ap 2,4)».[21] Ci sono santi che non
hanno conosciuto la vita adulta e ci hanno lasciato la testimonianza di un altro modo di vivere la
giovinezza. Ricordiamo almeno alcuni di loro, di diversi periodi storici, che hanno vissuto la santità
ognuno a suo modo.

51. Nel III secolo, San Sebastiano era un giovane capitano della guardia pretoriana. Raccontano che
parlava di Cristo dappertutto e cercava di convertire i suoi compagni, fino a quando gli ordinarono di
rinunciare alla sua fede. Poiché non accettò, gli lanciarono addosso una pioggia di frecce, ma
sopravvisse e continuò ad annunciare Cristo senza paura. Alla fine lo frustarono fino ad ucciderlo.

52. San Francesco d’Assisi, quando era molto giovane e pieno di sogni, sentì la chiamata di Gesù ad
essere povero come Lui e a restaurare la Chiesa con la sua testimonianza. Rinunciò a tutto con gioia ed
è il santo della fraternità universale, il fratello di tutti, che lodava il Signore per le sue creature. Morì nel
1226.

53. Santa Giovanna d’Arco nacque nel 1412. Era una giovane contadina che, nonostante la giovane
età, combatté per difendere la Francia dagli invasori. Incompresa per il suo aspetto e per il suo modo di
vivere la fede, morì sul rogo.

54. Il beato Andrew Phû Yên era un giovane vietnamita del XVII secolo. Era catechista e aiutava i
missionari. Venne fatto prigioniero per la sua fede e, poiché non volle rinunciarvi, fu ucciso. Morì
dicendo: “Gesù”.

55. Nello stesso secolo, Santa Kateri Tekakwitha, una giovane laica nativa del Nord America, fu
perseguitata per la fede e nella sua fuga percorse a piedi più di trecento chilometri attraverso fitte
foreste. Si consacrò a Dio e morì dicendo: “Gesù, ti amo!”.

56. San Domenico Savio offriva a Maria tutte le sue sofferenze. Quando San Giovanni Bosco gli insegnò
che la santità comporta l’essere sempre gioiosi, aprì il suo cuore ad una gioia contagiosa. Cercava di
stare vicino ai suoi compagni più emarginati e malati. Morì nel 1857 all’età di quattordici anni, dicendo:
“Che meraviglia che sto vedendo!”.

57. Santa Teresa di Gesù Bambino nacque nel 1873. All’età di quindici anni, superando molte difficoltà,
riuscì ad entrare in un convento carmelitano. Visse la piccola via della fiducia totale nell’amore del
Signore proponendosi di alimentare con la sua preghiera il fuoco dell’amore che muove la Chiesa.

58. Il beato Ceferino Namuncurá era un giovane argentino, figlio di un importante capo delle popolazioni
indigene. Divenne un seminarista salesiano, col forte desiderio di ritornare alla sua tribù per portare Gesù
Cristo. Morì nel 1905.

59. Il beato Isidoro Bakanja era un laico del Congo che dava testimonianza della sua fede. Fu torturato
a lungo per aver proposto il cristianesimo ad altri giovani. Morì perdonando il suo carnefice nel 1909.

60. Il beato Pier Giorgio Frassati, morto nel 1925, «era un giovane di una gioia trascinante, una gioia
che superava anche tante difficoltà della sua vita».[22] Diceva di voler ripagare l’amore di Gesù che
riceveva nella Comunione visitando e aiutando i poveri.

61. Il beato Marcel Callo era un giovane francese che morì nel 1945. In Austria venne imprigionato in un
campo di concentramento dove confortava nella fede i suoi compagni di prigionia, in mezzo a duri
lavori.

62. La giovane beata Chiara Badano, che morì nel 1990, «ha sperimentato come il dolore possa essere
trasfigurato dall’amore [...]. La chiave della sua pace e della sua gioia era la completa fiducia nel Signore
e l’accettazione anche della malattia come misteriosa espressione della sua volontà per il bene suo e di
tutti».[23]

63. Che costoro, insieme a tanti giovani che, spesso nel silenzio e nell’anonimato, hanno vissuto a
fondo il Vangelo, intercedano per la Chiesa, perché sia piena di giovani gioiosi, coraggiosi e impegnati
che donino al mondo nuove testimonianze di santità.

CAPITOLO TERZO
Voi siete l’adesso di Dio

64. Dopo aver preso visione della Parola di Dio, non possiamo limitarci a dire che i giovani sono il futuro
del mondo: sono il presente, lo stanno arricchendo con il loro contributo. Un giovane non è più un
bambino, si trova in un momento della vita in cui comincia ad assumersi diverse responsabilità,
partecipando insieme agli adulti allo sviluppo della famiglia, della società, della Chiesa. Però i tempi
cambiano, e ritorna la domanda: come sono i giovani oggi, cosa succede adesso ai giovani?

In positivo
65. Il Sinodo ha riconosciuto che i fedeli della Chiesa non sempre hanno l’atteggiamento di Gesù. Invece
di disporci ad ascoltarli a fondo, «prevale talora la tendenza a fornire risposte preconfezionate e ricette
pronte, senza lasciar emergere le domande giovanili nella loro novità e coglierne la provocazione».[24]
D’altra parte, quando la Chiesa abbandona gli schemi rigidi e si apre ad un ascolto disponibile e attento
dei giovani, questa empatia la arricchisce, perché «consente ai giovani di donare alla comunità il proprio
apporto, aiutandola a cogliere sensibilità nuove e a porsi domande inedite».[25]

66. Oggi noi adulti corriamo il rischio di fare una lista di disastri, di difetti della gioventù del nostro tempo.
Alcuni forse ci applaudiranno perché sembriamo esperti nell’individuare aspetti negativi e pericoli. Ma
quale sarebbe il risultato di questo atteggiamento? Una distanza sempre maggiore, meno vicinanza,
meno aiuto reciproco.

67. Lo sguardo attento di chi è stato chiamato ad essere padre, pastore e guida dei giovani consiste
nell’individuare la piccola fiamma che continua ad ardere, la canna che sembra spezzarsi ma non si è
ancora rotta (cfr Is 42,3). È la capacità di individuare percorsi dove altri vedono solo muri, è il saper
riconoscere possibilità dove altri vedono solo pericoli. Così è lo sguardo di Dio Padre, capace di
valorizzare e alimentare i germi di bene seminati nel cuore dei giovani. Il cuore di ogni giovane deve
pertanto essere considerato “terra sacra”, portatore di semi di vita divina e davanti al quale dobbiamo
“toglierci i sandali” per poterci avvicinare e approfondire il Mistero.

Molte gioventù
68. Potremmo cercare di descrivere le caratteristiche dei giovani di oggi, ma prima di tutto voglio
raccogliere un’osservazione dei Padri sinodali: «La composizione stessa del Sinodo ha reso visibile la
presenza e l’apporto delle diverse regioni del mondo, evidenziando la bellezza di essere Chiesa
universale. Pur in un contesto di globalizzazione crescente, i Padri sinodali hanno chiesto di mettere in
evidenza le molte differenze tra contesti e culture, anche all’interno di uno stesso Paese. Esiste una
pluralità di mondi giovanili, tanto che in alcuni Paesi si tende a utilizzare il termine “gioventù” al plurale.
Inoltre la fascia di età considerata dal presente Sinodo (16-29 anni) non rappresenta un insieme
omogeneo, ma è composta di gruppi che vivono situazioni peculiari».[26]

69. Già dal punto di vista demografico, in alcuni Paesi ci sono molti giovani, mentre altri hanno un tasso
di natalità molto basso. Tuttavia, «un’ulteriore differenza deriva dalla storia, che rende diversi i Paesi e i
continenti di antica tradizione cristiana, la cui cultura è portatrice di una memoria da non disperdere, dai
Paesi e continenti segnati invece da altre tradizioni religiose e in cui il cristianesimo è una presenza
minoritaria e talvolta recente. In altri territori poi le comunità cristiane e i giovani che ne fanno parte
sono oggetto di persecuzione».[27] Occorre inoltre distinguere quei giovani «che hanno accesso a una
quantità crescente di opportunità offerte dalla globalizzazione, da quanti invece vivono ai margini della
società o nel mondo rurale e patiscono gli effetti di forme di esclusione e scarto».[28]

70. Ci sono molte altre differenze che sarebbe complicato descrivere qui nei dettagli. Pertanto, non mi
sembra opportuno soffermarmi ad offrire un’analisi esaustiva dei giovani nel mondo di oggi, di come
vivono e di cosa stia succedendo loro. Tuttavia, poiché non posso evitare di osservare la realtà,
segnalerò brevemente alcuni contributi che sono pervenuti prima del Sinodo e altri che ho potuto
raccogliere durante il suo svolgimento.

Alcune cose che succedono ai giovani


71. La gioventù non è un oggetto che può essere analizzato in termini astratti. In realtà, “la gioventù”
non esiste, esistono i giovani con le loro vite concrete. Nel mondo di oggi, pieno di progressi, tante di
queste vite sono esposte alla sofferenza e alla manipolazione.

Giovani di un mondo in crisi


72. I Padri sinodali hanno evidenziato con dolore che «molti giovani vivono in contesti di guerra e
subiscono la violenza in una innumerevole varietà di forme: rapimenti, estorsioni, criminalità
organizzata, tratta di esseri umani, schiavitù e sfruttamento sessuale, stupri di guerra, ecc. Altri giovani,
a causa della loro fede, faticano a trovare un posto nelle loro società e subiscono vari tipi di
persecuzioni, fino alla morte. Numerosi sono i giovani che, per costrizione o mancanza di alternative,
vivono perpetrando crimini e violenze: bambini soldato, bande armate e criminali, traffico di droga,
terrorismo, ecc. Questa violenza spezza molte giovani vite. Abusi e dipendenze, così come violenza e
devianza sono tra le ragioni che portano i giovani in carcere, con una particolare incidenza in alcuni
gruppi etnici e sociali».[29]

73. Molti giovani sono ideologizzati, strumentalizzati e usati come carne da macello o come forza
d’urto per distruggere, intimidire o ridicolizzare altri. E la cosa peggiore è che molti si trasformano in
soggetti individualisti, nemici e diffidenti verso tutti, e diventano così facile preda di proposte
disumanizzanti e dei piani distruttivi elaborati da gruppi politici o poteri economici.

74. Ancora «più numerosi nel mondo sono i giovani che patiscono forme di emarginazione ed
esclusione sociale, per ragioni religiose, etniche o economiche. Ricordiamo la difficile situazione di
adolescenti e giovani che restano incinte e la piaga dell’aborto, così come la diffusione dell’HIV, le diverse
forme di dipendenza (droghe, azzardo, pornografia, ecc.) e la situazione dei bambini e ragazzi di strada,
che mancano di casa, famiglia e risorse economiche».[30] E quando poi si tratta di donne, queste
situazioni di emarginazione diventano doppiamente dolorose e difficili.

75. Non possiamo essere una Chiesa che non piange di fronte a questi drammi dei suoi figli giovani. Non
dobbiamo mai farci l’abitudine, perché chi non sa piangere non è madre. Noi vogliamo piangere perché
anche la società sia più madre, perché invece di uccidere impari a partorire, perché sia promessa di vita.
Piangiamo quando ricordiamo quei giovani che sono morti a causa della miseria e della violenza e
chiediamo alla società di imparare ad essere una madre solidale. Quel dolore non se ne va, ci
accompagna ad ogni passo, perché la realtà non può essere nascosta. La cosa peggiore che possiamo
fare è applicare la ricetta dello spirito mondano che consiste nell’anestetizzare i giovani con altre notizie,
con altre distrazioni, con banalità.

76. Forse «quelli che facciamo una vita più o meno senza necessità non sappiamo piangere. Certe
realtà della vita si vedono soltanto con gli occhi puliti dalle lacrime. Invito ciascuno di voi a domandarsi:
io ho imparato a piangere? Quando vedo un bambino affamato, un bambino drogato per la strada, un
bambino senza casa, un bambino abbandonato, un bambino abusato, un bambino usato come schiavo
per la società? O il mio è il pianto capriccioso di chi piange perché vorrebbe avere qualcosa di più?».[31]
Cerca di imparare a piangere per i giovani che stanno peggio di te. La misericordia e la compassione si
esprimono anche piangendo. Se non ti viene, chiedi al Signore di concederti di versare lacrime per la
sofferenza degli altri. Quando saprai piangere, soltanto allora sarai capace di fare qualcosa per gli altri
con il cuore.

77. A volte il dolore di alcuni giovani è lacerante; è un dolore che non si può esprimere a parole; è un
dolore che ci colpisce come uno schiaffo. Questi giovani possono solo dire a Dio che soffrono molto,
che è troppo difficile per loro andare avanti, che non credono più in nessuno. In questo grido straziante,
però, si fanno presenti le parole di Gesù: «Beati gli afflitti, perché saranno consolati» (Mt 5,4). Ci sono
giovani che sono riusciti ad aprirsi un sentiero nella vita perché li ha raggiunti questa promessa divina.
Possa sempre esserci una comunità cristiana vicino a un giovane che soffre, per far risuonare quelle
parole con gesti, abbracci e aiuti concreti!

78. È vero che i potenti forniscono alcuni aiuti, ma spesso ad un costo elevato. In molti Paesi poveri,
l’aiuto economico di alcuni Paesi più ricchi o di alcuni organismi internazionali è solitamente vincolato
all’accettazione di proposte occidentali in materia di sessualità, matrimonio, vita o giustizia sociale.
Questa colonizzazione ideologica danneggia in modo particolare i giovani. Nello stesso tempo, vediamo
come una certa pubblicità insegna alle persone ad essere sempre insoddisfatte e contribuisce alla cultura
dello scarto, in cui i giovani stessi finiscono per diventare un materiale “usa e getta”.

79. La cultura di oggi presenta un modello di persona strettamente associato all’immagine del giovane.
Si sente bello chi appare giovane, chi effettua trattamenti per far scomparire le tracce del tempo. I corpi
giovani sono utilizzati costantemente nella pubblicità, per vendere. Il modello di bellezza è un modello
giovanile, ma stiamo attenti, perché questo non è un elogio rivolto ai giovani. Significa soltanto che gli
adulti vogliono rubare la gioventù per sé stessi, non che rispettino, amino i giovani e se ne prendano
cura.

80. Alcuni giovani «sentono le tradizioni familiari come opprimenti e ne fuggono sotto la spinta di una
cultura globalizzata che a volte li lascia senza punti di riferimento. In altre parti del mondo invece tra
giovani e adulti non vi è un vero e proprio conflitto generazionale, ma una reciproca estraneità. Talora
gli adulti non cercano o non riescono a trasmettere i valori fondanti dell’esistenza oppure assumono stili
giovanilistici, rovesciando il rapporto tra le generazioni. In questo modo la relazione tra giovani e adulti
rischia di rimanere sul piano affettivo, senza toccare la dimensione educativa e culturale».[32] Come fa
male questo ai giovani, benché alcuni non se ne rendano conto! I giovani stessi ci hanno fatto notare
che questo ostacola enormemente la trasmissione della fede «in quei Paesi in cui non vi è libertà di
espressione, dove ai giovani […] non è permesso partecipare alla vita della Chiesa».[33]

Desideri, ferite e ricerche


81. I giovani riconoscono che il corpo e la sessualità sono essenziali per la loro vita e per la crescita
della loro identità. Tuttavia, in un mondo che enfatizza esclusivamente la sessualità, è difficile mantenere
una buona relazione col proprio corpo e vivere serenamente le relazioni affettive. Per questa e per altre
ragioni, la morale sessuale è spesso «causa di incomprensione e di allontanamento dalla Chiesa, in
quanto è percepita come uno spazio di giudizio e di condanna». Nello stesso tempo, i giovani
esprimono «un esplicito desiderio di confronto sulle questioni relative alla differenza tra identità maschile
e femminile, alla reciprocità tra uomini e donne, all’omosessualità».[34]

82. Nel nostro tempo, «gli sviluppi della scienza e delle tecnologie biomediche incidono fortemente sulla
percezione del corpo, inducendo l’idea che sia modificabile senza limite. La capacità di intervenire sul
DNA, la possibilità di inserire elementi artificiali nell’organismo (cyborg) e lo sviluppo delle neuroscienze
costituiscono una grande risorsa, ma sollevano allo stesso tempo interrogativi antropologici ed
etici».[35] Possono farci dimenticare che la vita è un dono, che siamo esseri creati e limitati, che
possiamo facilmente essere strumentalizzati da chi detiene il potere tecnologico.[36] «Inoltre in alcuni
contesti giovanili si diffonde il fascino per comportamenti a rischio come strumento per esplorare se
stessi, ricercare emozioni forti e ottenere riconoscimento. […] Tali fenomeni, a cui le nuove generazioni
sono esposte, costituiscono un ostacolo per una serena maturazione».[37]

83. Nei giovani troviamo anche, impressi nell’anima, i colpi ricevuti, i fallimenti, i ricordi tristi. Molte volte
«sono le ferite delle sconfitte della propria storia, dei desideri frustrati, delle discriminazioni e ingiustizie
subite, del non essersi sentiti amati o riconosciuti». «Ci sono poi le ferite morali, il peso dei propri errori,
i sensi di colpa per aver sbagliato».[38] Gesù si fa presente in queste croci dei giovani, per offrire loro la
sua amicizia, il suo sollievo, la sua compagnia risanatrice, e la Chiesa vuole essere il suo strumento in
questo percorso verso la guarigione interiore e la pace del cuore.

84. In alcuni giovani riconosciamo un desiderio di Dio, anche se non con tutti i contorni del Dio rivelato.
In altri possiamo intravedere un sogno di fraternità, che non è poco. In molti ci può essere un reale
desiderio di sviluppare le capacità di cui sono dotati per offrire qualcosa al mondo. In alcuni vediamo una
particolare sensibilità artistica, o una ricerca di armonia con la natura. In altri ci può essere forse un
grande bisogno di comunicazione. In molti di loro troveremo un profondo desiderio di una vita diversa.
Sono autentici punti di partenza, energie interiori che attendono con apertura una parola di stimolo, di
luce e di incoraggiamento.

85. Il Sinodo ha trattato in modo particolare tre temi di grande importanza, e su questi voglio
accoglierne le conclusioni testualmente, anche se ci richiederanno ancora di proseguire con ulteriori
analisi e di sviluppare una capacità di risposta più adeguata ed efficace.

L’ambiente digitale
86. «L’ambiente digitale caratterizza il mondo contemporaneo. Larghe fasce dell’umanità vi sono
immerse in maniera ordinaria e continua. Non si tratta più soltanto di “usare” strumenti di
comunicazione, ma di vivere in una cultura ampiamente digitalizzata che ha impatti profondissimi sulla
nozione di tempo e di spazio, sulla percezione di sé, degli altri e del mondo, sul modo di comunicare, di
apprendere, di informarsi, di entrare in relazione con gli altri. Un approccio alla realtà che tende a
privilegiare l’immagine rispetto all’ascolto e alla lettura influenza il modo di imparare e lo sviluppo del
senso critico».[39]

87. Internet e le reti sociali hanno creato un nuovo modo di comunicare e stabilire legami, e «sono una
piazza in cui i giovani trascorrono molto tempo e si incontrano facilmente, anche se non tutti vi hanno
ugualmente accesso, in particolare in alcune regioni del mondo. Essi costituiscono comunque una
straordinaria opportunità di dialogo, incontro e scambio tra le persone, oltre che di accesso
all’informazione e alla conoscenza. Inoltre, quello digitale è un contesto di partecipazione sociopolitica e
di cittadinanza attiva, e può facilitare la circolazione di informazione indipendente capace di tutelare
efficacemente le persone più vulnerabili palesando le violazioni dei loro diritti. In molti Paesi web e social
network rappresentano ormai un luogo irrinunciabile per raggiungere e coinvolgere i giovani, anche in
iniziative e attività pastorali».[40]

88. Tuttavia, per comprendere questo fenomeno nella sua totalità, occorre riconoscere che, come ogni
realtà umana, esso è attraversato da limiti e carenze. Non è sano confondere la comunicazione con il
semplice contatto virtuale. Infatti, «l’ambiente digitale è anche un territorio di solitudine, manipolazione,
sfruttamento e violenza, fino al caso estremo del dark web. I media digitali possono esporre al rischio di
dipendenza, di isolamento e di progressiva perdita di contatto con la realtà concreta, ostacolando lo
sviluppo di relazioni interpersonali autentiche. Nuove forme di violenza si diffondono attraverso i social
media, ad esempio il cyberbullismo; il web è anche un canale di diffusione della pornografia e di
sfruttamento delle persone a scopo sessuale o tramite il gioco d’azzardo».[41]

89. Non andrebbe dimenticato che «operano nel mondo digitale giganteschi interessi economici, capaci
di realizzare forme di controllo tanto sottili quanto invasive, creando meccanismi di manipolazione delle
coscienze e del processo democratico. Il funzionamento di molte piattaforme finisce spesso per favorire
l’incontro tra persone che la pensano allo stesso modo, ostacolando il confronto tra le differenze.
Questi circuiti chiusi facilitano la diffusione di informazioni e notizie false, fomentando pregiudizi e odio.
La proliferazione delle fake news è espressione di una cultura che ha smarrito il senso della verità e
piega i fatti a interessi particolari. La reputazione delle persone è messa a repentaglio tramite processi
sommari on line. Il fenomeno riguarda anche la Chiesa e i suoi pastori».[42]

90. In un documento preparato da 300 giovani di tutto il mondo prima del Sinodo, essi hanno segnalato
che «le relazioni on line possono diventare disumane. Gli spazi digitali ci rendono ciechi alla fragilità
dell’altro e ci impediscono l’introspezione. Problemi come la pornografia distorcono la percezione della
sessualità umana da parte dei giovani. La tecnologia usata in questo modo crea una ingannevole realtà
parallela che ignora la dignità umana».[43] L’immersione nel mondo virtuale ha favorito una sorta di
“migrazione digitale”, vale a dire un distanziamento dalla famiglia, dai valori culturali e religiosi, che
conduce molte persone verso un mondo di solitudine e di auto-invenzione, fino a sperimentare una
mancanza di radici, benché rimangano fisicamente nello stesso luogo. La vita nuova e traboccante dei
giovani, che preme e cerca di affermare la propria personalità, affronta oggi una nuova sfida: interagire
con un mondo reale e virtuale in cui si addentrano da soli come in un continente sconosciuto. I giovani
di oggi sono i primi a operare questa sintesi tra ciò che è personale, ciò che è specifico di una cultura e
ciò che è globale. Questo però richiede che riescano a passare dal contatto virtuale a una
comunicazione buona e sana.

I migranti come paradigma del nostro tempo


91. Come non ricordare i tanti giovani direttamente coinvolti nelle migrazioni? Queste «rappresentano a
livello mondiale un fenomeno strutturale e non un’emergenza transitoria. Le migrazioni possono
avvenire all’interno dello stesso Paese oppure tra Paesi diversi. La preoccupazione della Chiesa riguarda
in particolare coloro che fuggono dalla guerra, dalla violenza, dalla persecuzione politica o religiosa, dai
disastri naturali dovuti anche ai cambiamenti climatici e dalla povertà estrema: molti di loro sono
giovani. In genere sono alla ricerca di opportunità per sé e per la propria famiglia. Sognano un futuro
migliore e desiderano creare le condizioni perché si realizzi».[44] I migranti «ci ricordano la condizione
originaria della fede, ovvero quella di essere “stranieri e pellegrini sulla terra” (Eb 11,13)».[45]

92. Altri migranti sono «attirati dalla cultura occidentale, nutrendo talvolta aspettative irrealistiche che li
espongono a pesanti delusioni. Trafficanti senza scrupolo, spesso legati ai cartelli della droga e delle
armi, sfruttano la debolezza dei migranti, che lungo il loro percorso troppo spesso incontrano la
violenza, la tratta, l’abuso psicologico e anche fisico, e sofferenze indicibili. Va segnalata la particolare
vulnerabilità dei migranti minori non accompagnati, e la situazione di coloro che sono costretti a passare
molti anni nei campi profughi o che rimangono bloccati a lungo nei Paesi di transito, senza poter
proseguire il corso di studi né esprimere i propri talenti. In alcuni Paesi di arrivo, i fenomeni migratori
suscitano allarme e paure, spesso fomentate e sfruttate a fini politici. Si diffonde così una mentalità
xenofoba, di chiusura e di ripiegamento su se stessi, a cui occorre reagire con decisione».[46]

93. «I giovani che migrano sperimentano la separazione dal proprio contesto di origine e spesso anche
uno sradicamento culturale e religioso. La frattura riguarda anche le comunità di origine, che perdono gli
elementi più vigorosi e intraprendenti, e le famiglie, in particolare quando migra uno o entrambi i genitori,
lasciando i figli nel Paese di origine. La Chiesa ha un ruolo importante come riferimento per i giovani di
queste famiglie spezzate. Ma quelle dei migranti sono anche storie di incontro tra persone e tra culture:
per le comunità e le società in cui arrivano sono una opportunità di arricchimento e di sviluppo umano
integrale di tutti. Le iniziative di accoglienza che fanno riferimento alla Chiesa hanno un ruolo importante
da questo punto di vista, e possono rivitalizzare le comunità capaci di realizzarle».[47]

94. «Grazie alla diversa provenienza dei Padri, rispetto al tema dei migranti il Sinodo ha visto l’incontro
di molte prospettive, in particolare tra Paesi di partenza e Paesi di arrivo. Inoltre è risuonato il grido di
allarme di quelle Chiese i cui membri sono costretti a scappare dalla guerra e dalla persecuzione e che
vedono in queste migrazioni forzate una minaccia per la loro stessa esistenza. Proprio il fatto di
includere al suo interno tutte queste diverse prospettive mette la Chiesa in condizione di esercitare un
ruolo profetico nei confronti della società sul tema delle migrazioni»[48]. Chiedo in particolare ai giovani
di non cadere nelle reti di coloro che vogliono metterli contro altri giovani che arrivano nei loro Paesi,
descrivendoli come soggetti pericolosi e come se non avessero la stessa inalienabile dignità di ogni
essere umano.

Porre fine a ogni forma di abuso


95. Negli ultimi tempi ci è stato chiesto con forza di ascoltare il grido delle vittime dei vari tipi di abusi
commessi da alcuni vescovi, sacerdoti, religiosi e laici. Questi peccati provocano nelle vittime
«sofferenze che possono durare tutta la vita e a cui nessun pentimento può porre rimedio. Tale
fenomeno è diffuso nella società, tocca anche la Chiesa e rappresenta un serio ostacolo alla sua
missione».[49]

96. È vero che «la piaga degli abusi sessuali su minori è un fenomeno storicamente diffuso purtroppo in
tutte le culture e le società», soprattutto all’interno delle famiglie stesse e in diverse istituzioni, la cui
estensione è venuta in evidenza in particolare «grazie al cambiamento della sensibilità dell’opinione
pubblica». Tuttavia, «l’universalità di tale piaga, mentre conferma la sua gravità nelle nostre società, non
diminuisce la sua mostruosità all’interno della Chiesa» e «nella rabbia, giustificata, della gente, la Chiesa
vede il riflesso dell’ira di Dio, tradito e schiaffeggiato».[50]

97. «Il Sinodo ribadisce il fermo impegno per l’adozione di rigorose misure di prevenzione che ne
impediscano il ripetersi, a partire dalla selezione e dalla formazione di coloro a cui saranno affidati
compiti di responsabilità ed educativi».[51] Allo stesso tempo, non deve più essere abbandonata la
decisione di applicare «azioni e sanzioni così necessarie».[52] E tutto questo con la grazia di Cristo. Non
si può più tornare indietro.

98. «Esistono diversi tipi di abuso: di potere, economici, di coscienza, sessuali. Si rende evidente il
compito di sradicare le forme di esercizio dell’autorità su cui essi si innestano e di contrastare la
mancanza di responsabilità e trasparenza con cui molti casi sono stati gestiti. Il desiderio di dominio, la
mancanza di dialogo e di trasparenza, le forme di doppia vita, il vuoto spirituale, nonché le fragilità
psicologiche sono il terreno su cui prospera la corruzione».[53] Il clericalismo è una tentazione
permanente dei sacerdoti, che interpretano «il ministero ricevuto come un potere da esercitare
piuttosto che come un servizio gratuito e generoso da offrire; e ciò conduce a ritenere di appartenere a
un gruppo che possiede tutte le risposte e non ha più bisogno di ascoltare e di imparare nulla».[54]
Indubbiamente, il clericalismo espone le persone consacrate al rischio di perdere il rispetto per il valore
sacro e inalienabile di ogni persona e della sua libertà.

99. Insieme ai Padri sinodali, voglio esprimere con affetto e riconoscenza la mia «gratitudine verso
coloro che hanno il coraggio di denunciare il male subìto: aiutano la Chiesa a prendere coscienza di
quanto avvenuto e della necessità di reagire con decisione».[55] Tuttavia, merita una riconoscenza
speciale anche «l’impegno sincero di innumerevoli laiche e laici, sacerdoti, consacrati, consacrate e
vescovi che ogni giorno si spendono con onestà e dedizione al servizio dei giovani. La loro opera è una
foresta che cresce senza fare rumore. Anche molti tra i giovani presenti al Sinodo hanno manifestato
gratitudine per coloro da cui sono stati accompagnati e ribadito il grande bisogno di figure di
riferimento».[56]

100. Grazie a Dio, i sacerdoti che si sono macchiati di questi orribili crimini non sono la maggioranza,
che invece è costituita da chi porta avanti un ministero fedele e generoso. Ai giovani chiedo di lasciarsi
stimolare da questa maggioranza. In ogni caso, se vedete un sacerdote a rischio, perché ha perso la
gioia del suo ministero, perché cerca compensazioni affettive o ha imboccato la strada sbagliata,
abbiate il coraggio di ricordargli il suo impegno verso Dio e verso il suo popolo, annunciategli voi stessi il
Vangelo e incoraggiatelo a rimanere sulla strada giusta. Così facendo, offrirete un aiuto inestimabile su
un aspetto fondamentale: la prevenzione che permette di evitare il ripetersi di queste atrocità. Questa
nuvola nera diventa anche una sfida per i giovani che amano Gesù Cristo e la sua Chiesa, perché
possono contribuire molto a guarire questa ferita se mettono in gioco la loro capacità di rinnovare,
rivendicare, esigere coerenza e testimonianza, di tornare a sognare e a reinventare.

101. Questo non è l’unico peccato dei membri della Chiesa, la cui storia presenta molte ombre. I nostri
peccati sono davanti agli occhi di tutti; si riflettono senza pietà nelle rughe del volto millenario della
nostra Madre e Maestra. Perché essa cammina da duemila anni, condividendo «le gioie e le speranze, le
tristezze e le angosce degli uomini».[57] E cammina così com’è, senza ricorrere ad alcuna chirurgia
estetica. Non ha paura di mostrare i peccati dei suoi membri, che talvolta alcuni di loro cercano di
nascondere, davanti alla luce ardente della Parola del Vangelo che pulisce e purifica. E non cessa di
ripetere ogni giorno, con vergogna: «Pietà di me, o Dio, nel tuo amore; […] il mio peccato mi sta
sempre dinanzi» (Sal 51,3.5). Ricordiamoci però che non si abbandona la Madre quando è ferita, al
contrario, la si accompagna affinché tragga da sé tutta la sua forza e la sua capacità di cominciare
sempre di nuovo.

102. Nel pieno di questa tragedia che, giustamente, ci ferisce l’anima, «il Signore Gesù, che mai
abbandona la sua Chiesa, le offre la forza e gli strumenti per un nuovo cammino».[58] Così, questo
momento oscuro, «con il prezioso aiuto dei giovani, può essere davvero un’opportunità per una riforma
di portata epocale»,[59] per aprirsi a una nuova Pentecoste e iniziare una fase di purificazione e di
cambiamento che conferisca alla Chiesa una rinnovata giovinezza. Ma i giovani potranno aiutare molto
di più se di cuore si sentono parte del «santo e paziente Popolo fedele di Dio, sostenuto e vivificato dallo
Spirito Santo», perché «sarà proprio questo santo Popolo di Dio a liberarci dalla piaga del clericalismo,
che è il terreno fertile per tutti questi abomini».[60]

C’è una via d’uscita


103. In questo capitolo mi sono soffermato a guardare la realtà dei giovani nel mondo di oggi. Alcuni
altri aspetti compariranno nei capitoli successivi. Come ho già detto, non pretendo di essere esaustivo
con questa analisi. Esorto le comunità a realizzare con rispetto e serietà un esame della propria realtà
giovanile più vicina, per poter discernere i percorsi pastorali più adeguati. Non voglio però concludere
questo capitolo senza rivolgere alcune parole ad ognuno di voi.

104. Ti ricordo la buona notizia che ci è stata donata il mattino della Risurrezione: che in tutte le
situazioni buie e dolorose di cui parliamo c’è una via d’uscita. Ad esempio, è vero che il mondo digitale
può esporti al rischio di chiuderti in te stesso, dell’isolamento o del piacere vuoto. Ma non dimenticare
che ci sono giovani che anche in questi ambiti sono creativi e a volte geniali. È il caso del giovane
Venerabile Carlo Acutis.

105. Egli sapeva molto bene che questi meccanismi della comunicazione, della pubblicità e delle reti
sociali possono essere utilizzati per farci diventare soggetti addormentati, dipendenti dal consumo e
dalle novità che possiamo comprare, ossessionati dal tempo libero, chiusi nella negatività. Lui però ha
saputo usare le nuove tecniche di comunicazione per trasmettere il Vangelo, per comunicare valori e
bellezza.

106. Non è caduto nella trappola. Vedeva che molti giovani, pur sembrando diversi, in realtà finiscono
per essere uguali agli altri, correndo dietro a ciò che i potenti impongono loro attraverso i meccanismi
del consumo e dello stordimento. In tal modo, non lasciano sbocciare i doni che il Signore ha dato loro,
non offrono a questo mondo quelle capacità così personali e uniche che Dio ha seminato in ognuno.
Così, diceva Carlo, succede che “tutti nascono come originali, ma molti muoiono come fotocopie”. Non
lasciare che ti succeda questo.

107. Non lasciare che ti rubino la speranza e la gioia, che ti narcotizzino per usarti come schiavo dei
loro interessi. Osa essere di più, perché il tuo essere è più importante di ogni altra cosa. Non hai bisogno
di possedere o di apparire. Puoi arrivare ad essere ciò che Dio, il tuo Creatore, sa che tu sei, se riconosci
che sei chiamato a molto. Invoca lo Spirito Santo e cammina con fiducia verso la grande meta: la
santità. In questo modo non sarai una fotocopia, sarai pienamente te stesso.

108. Per questo hai bisogno di riconoscere una cosa fondamentale: essere giovani non significa solo
cercare piaceri passeggeri e successi superficiali. Affinché la giovinezza realizzi la sua finalità nel percorso
della tua vita, dev’essere un tempo di donazione generosa, di offerta sincera, di sacrifici che costano ma
ci rendono fecondi. È come diceva un grande poeta:

«Se per recuperare ciò che ho recuperato


ho dovuto perdere prima ciò che ho perso,
se per ottenere ciò che ho ottenuto
ho dovuto sopportare ciò che ho sopportato,

se per essere adesso innamorato


ho dovuto essere ferito,
ritengo giusto aver sofferto ciò che ho sofferto,
ritengo giusto aver pianto ciò che ho pianto.

Perché dopotutto ho constatato


che non si gode bene del goduto
se non dopo averlo patito.

Perché dopotutto ho capito


che ciò che l’albero ha di fiorito
vive di ciò che ha di sotterrato».[61]

109. Se sei giovane di età, ma ti senti debole, stanco o deluso, chiedi a Gesù di rinnovarti. Con Lui non
viene meno la speranza. Lo stesso puoi fare se ti senti immerso nei vizi, nelle cattive abitudini,
nell’egoismo o nella comodità morbosa. Gesù, pieno di vita, vuole aiutarti perché valga la pena essere
giovane. Così non priverai il mondo di quel contributo che solo tu puoi dare, essendo unico e irripetibile
come sei.

110. Voglio anche ricordarti, però, che «è molto difficile lottare contro la propria concupiscenza e contro
le insidie e tentazioni del demonio e del mondo egoista se siamo isolati. È tale il bombardamento che ci
seduce che, se siamo troppo soli, facilmente perdiamo il senso della realtà, la chiarezza interiore, e
soccombiamo».[62] Questo vale soprattutto per i giovani, perché insieme voi avete una forza
ammirevole. Quando vi entusiasmate per una vita comunitaria, siete capaci di grandi sacrifici per gli altri
e per la comunità. L’isolamento, al contrario, vi indebolisce e vi espone ai peggiori mali del nostro
tempo.

CAPITOLO QUARTO
Il grande annuncio per tutti i giovani

111. Al di là di ogni circostanza, a tutti i giovani voglio annunciare ora la cosa più importante, la prima
cosa, quella che non dovrebbe mai essere taciuta. Si tratta di un annuncio che include tre grandi verità
che tutti abbiamo bisogno di ascoltare sempre, più volte.

Un Dio che è amore


112. Anzitutto voglio dire ad ognuno la prima verità: “Dio ti ama”. Se l’hai già sentito, non importa,
voglio ricordartelo: Dio ti ama. Non dubitarne mai, qualunque cosa ti accada nella vita. In qualunque
circostanza, sei infinitamente amato.

113. Forse l’esperienza di paternità che hai vissuto non è stata la migliore, il tuo padre terreno forse è
stato lontano e assente o, al contrario, dominante e possessivo; o semplicemente non è stato il padre
di cui avevi bisogno. Non lo so. Però quello che posso dirti con certezza è che puoi gettarti in tutta
sicurezza nelle braccia del tuo Padre divino, di quel Dio che ti ha dato la vita e che te la dà in ogni
momento. Egli ti sosterrà saldamente e, nello stesso tempo, sentirai che rispetta fino in fondo la tua
libertà.

114. Nella sua Parola troviamo molte espressioni del suo amore. È come se stesse cercando diversi
modi di manifestarlo per vedere se qualcuna di quelle parole può arrivare al tuo cuore.

Per esempio, a volte si presenta come quei genitori affettuosi che giocano con i loro figli: «Io li traevo
con legami di bontà, con vincoli d’amore, ero per loro come chi solleva un bimbo alla sua guancia» (Os
11,4).

A volte appare colmo dell’amore di quelle madri che amano sinceramente i loro figli, con un amore
viscerale che è incapace di dimenticare e di abbandonare: «Si dimentica forse una donna del suo
bambino, così da non commuoversi per il figlio delle sue viscere? Anche se costoro si dimenticassero, io
invece non ti dimenticherò mai» (Is 49,15).
Si mostra persino come un innamorato che arriva al punto di tatuarsi la persona amata sul palmo della
mano per poter avere il suo viso sempre vicino: «Ecco, sulle palme delle mie mani ti ho disegnato» (Is
49,16).

Altre volte sottolinea la forza e la fermezza del suo amore, che non si lascia vincere: «Anche se i monti
si spostassero e i colli vacillassero, non si allontanerebbe da te il mio affetto, né vacillerebbe la mia
alleanza di pace» (Is 54,10).

Oppure ci dice che siamo stati attesi da sempre, perché non siamo apparsi in questo mondo per caso.
Prima ancora di esistere, eravamo un progetto del suo amore: «Ti ho amato di amore eterno, per
questo continuo a esserti fedele» (Ger 31,3).

Oppure ci fa notare che Egli sa vedere la nostra bellezza, quella che nessun altro può riconoscere: «Tu
sei prezioso ai miei occhi, perché sei degno di stima e io ti amo» (Is 43,4).

O ci porta a scoprire che il suo amore non è triste, ma pura gioia che si rinnova quando ci lasciamo
amare da Lui: «Il Signore, tuo Dio, in mezzo a te è un salvatore potente. Gioirà per te, ti rinnoverà con
il suo amore, esulterà per te con grida di gioia» (Sof 3,17).

115. Per Lui tu sei realmente prezioso, non sei insignificante, sei importante per Lui, perché sei opera
delle sue mani. Per questo ti dedica attenzione e ti ricorda con affetto. Devi avere fiducia nel «ricordo di
Dio: la sua memoria non è un “disco rigido” che registra e archivia tutti i nostri dati, la sua memoria è un
cuore tenero di compassione, che gioisce nel cancellare definitivamente ogni nostra traccia di male».[63]
Non vuole tenere il conto dei tuoi errori e, in ogni caso, ti aiuterà ad imparare qualcosa anche dalle tue
cadute. Perché ti ama. Cerca di rimanere un momento in silenzio lasciandoti amare da Lui. Cerca di
mettere a tacere tutte le voci e le grida interiori e rimani un momento nel suo abbraccio d’amore.

116. È un amore «che non si impone e non schiaccia, un amore che non emargina e non mette a
tacere e non tace, un amore che non umilia e non soggioga. È l’amore del Signore, amore quotidiano,
discreto e rispettoso, amore di libertà e per la libertà, amore che guarisce ed eleva. È l’amore del
Signore, che sa più di risalite che di cadute, di riconciliazione che di proibizione, di dare nuova
opportunità che di condannare, di futuro che di passato».[64]

117. Quando ti chiede qualcosa o quando semplicemente permette quelle sfide che la vita ti presenta, si
aspetta che tu gli faccia spazio per spingerti ad andare avanti, per spronarti, per farti maturare. Non gli
dà fastidio che tu gli esprima i tuoi dubbi, quello che lo preoccupa è che non gli parli, che tu non ti apra
con sincerità al dialogo con Lui. Racconta la Bibbia che Giacobbe lottò con Dio (cfr Gen 32,25-31), ma
questo non lo allontanò dalla via del Signore. In realtà è Lui stesso che ci esorta: «Su, venite e
discutiamo» (Is 1,18). Il suo amore è così reale, così vero, così concreto, che ci offre una relazione
piena di dialogo sincero e fecondo. Infine, cerca l’abbraccio del tuo Padre celeste nel volto amorevole dei
suoi coraggiosi testimoni sulla terra!

Cristo ti salva
118. La seconda verità è che Cristo, per amore, ha dato sé stesso fino alla fine per salvarti. Le sue
braccia aperte sulla croce sono il segno più prezioso di un amico capace di arrivare fino all’estremo:
«Avendo amato i suoi che erano nel mondo, li amò fino alla fine» (Gv 13,1).

San Paolo affermava di vivere affidato a quell’amore che ha dato tutto: «Questa vita, la vivo nella fede
del Figlio di Dio, che mi ha amato e ha consegnato sé stesso per me» (Gal 2,20).

119. Quel Cristo che ci ha salvato sulla croce dai nostri peccati, con lo stesso potere del suo totale
dono di sé continua a salvarci e redimerci oggi. Guarda la sua Croce, aggrappati a Lui, lasciati salvare,
perché «coloro che si lasciano salvare da Lui sono liberati dal peccato, dalla tristezza, dal vuoto
interiore, dall’isolamento».[65] E se pecchi e ti allontani, Egli di nuovo ti rialza con il potere della sua
Croce. Non dimenticare mai che «Egli perdona settanta volte sette. Torna a caricarci sulle sue spalle una
volta dopo l’altra. Nessuno potrà toglierci la dignità che ci conferisce questo amore infinito e incrollabile.
Egli ci permette di alzare la testa e ricominciare, con una tenerezza che mai ci delude e che sempre può
restituirci la gioia».[66]

120. Noi «siamo salvati da Gesù: perché ci ama e non può farne a meno. Possiamo fargli qualunque
cosa, ma Lui ci ama, e ci salva. Perché solo quello che si ama può essere salvato. Solo quello che si
abbraccia può essere trasformato. L’amore del Signore è più grande di tutte le nostre contraddizioni, di
tutte le nostre fragilità e di tutte le nostre meschinità. Ma è precisamente attraverso le nostre
contraddizioni, fragilità e meschinità che Lui vuole scrivere questa storia d’amore. Ha abbracciato il figlio
prodigo, ha abbracciato Pietro dopo i suoi rinnegamenti e ci abbraccia sempre, sempre, sempre dopo le
nostre cadute aiutandoci ad alzarci e a rimetterci in piedi. Perché la vera caduta – attenzione a questo –
la vera caduta, quella che può rovinarci la vita, è rimanere a terra e non lasciarsi aiutare».[67]

121. Il suo perdono e la sua salvezza non sono qualcosa che abbiamo comprato o che dovremmo
acquisire con le nostre opere o i nostri sforzi. Egli ci perdona e ci libera gratuitamente. Il suo donarsi
sulla croce è qualcosa di così grande che noi non possiamo né dobbiamo pagarlo, dobbiamo soltanto
accoglierlo con immensa gratitudine e con la gioia di essere amati così tanto prima di poterlo
immaginare: «egli ci ha amati per primo» (1 Gv 4,19).
122. Giovani amati dal Signore, quanto valete voi se siete stati redenti dal sangue prezioso di Cristo!
Cari giovani, voi «non avete prezzo! Non siete pezzi da vendere all’asta! Per favore, non lasciatevi
comprare, non lasciatevi sedurre, non lasciatevi schiavizzare dalle colonizzazioni ideologiche che ci
mettono strane idee in testa e alla fine diventiamo schiavi, dipendenti, falliti nella vita. Voi non avete
prezzo: dovete sempre ripetervelo: non sono all’asta, non ho prezzo. Sono libero, sono libero!
Innamoratevi di questa libertà, che è quella che offre Gesù».[68]

123. Guarda le braccia aperte di Cristo crocifisso, lasciati salvare sempre nuovamente. E quando ti
avvicini per confessare i tuoi peccati, credi fermamente nella sua misericordia che ti libera dalla colpa.
Contempla il suo sangue versato con tanto affetto e lasciati purificare da esso. Così potrai rinascere
sempre di nuovo.

Egli vive!
124. C’è però una terza verità, che è inseparabile dalla precedente: Egli vive! Occorre ricordarlo spesso,
perché corriamo il rischio di prendere Gesù Cristo solo come un buon esempio del passato, come un
ricordo, come qualcuno che ci ha salvato duemila anni fa. Questo non ci servirebbe a nulla, ci lascerebbe
uguali a prima, non ci libererebbe. Colui che ci colma della sua grazia, Colui che ci libera, Colui che ci
trasforma, Colui che ci guarisce e ci conforta è qualcuno che vive. È Cristo risorto, pieno di vitalità
soprannaturale, rivestito di luce infinita. Per questo San Paolo affermava: «Se Cristo non è risorto, vana
è la vostra fede» (1 Cor 15,17).

125. Se Egli vive, allora davvero potrà essere presente nella tua vita, in ogni momento, per riempirlo di
luce. Così non ci saranno mai più solitudine e abbandono. Anche se tutti se ne andassero, Egli sarà lì,
come ha promesso: «Io sono con voi tutti i giorni, fino alla fine del mondo» (Mt 28,20). Egli riempie
tutto con la sua presenza invisibile, e dovunque tu vada ti starà aspettando. Perché non solo è venuto,
ma viene e continuerà a venire ogni giorno per invitarti a camminare verso un orizzonte sempre nuovo.

126. Contempla Gesù felice, traboccante di gioia. Gioisci con il tuo Amico che ha trionfato. Hanno ucciso
il santo, il giusto, l’innocente, ma Egli ha vinto. Il male non ha l’ultima parola. Nemmeno nella tua vita il
male avrà l’ultima parola, perché il tuo Amico che ti ama vuole trionfare in te. Il tuo Salvatore vive.

127. Se Egli vive, questo è una garanzia che il bene può farsi strada nella nostra vita, e che le nostre
fatiche serviranno a qualcosa. Allora possiamo smettere di lamentarci e guardare avanti, perché con Lui
si può sempre guardare avanti. Questa è la sicurezza che abbiamo. Gesù è l’eterno vivente. Aggrappati
a Lui, vivremo e attraverseremo indenni tutte le forme di morte e di violenza che si nascondono lungo il
cammino.

128. Qualsiasi altra soluzione risulterà debole e temporanea. Forse risulterà utile per un po’ di tempo,
poi ci troveremo di nuovo indifesi, abbandonati, esposti alle intemperie. Con Lui, invece, il cuore è
radicato in una sicurezza di fondo, che permane al di là di tutto. San Paolo dice di voler essere unito a
Cristo per «conoscere lui, la potenza della sua risurrezione» (Fil 3,10). È il potere che si manifesterà
molte volte anche nella tua esistenza, perché Egli è venuto per darti la vita, «e la vita in abbondanza»
(Gv 10,10).

129. Se riesci ad apprezzare con il cuore la bellezza di questo annuncio e a lasciarti incontrare dal
Signore; se ti lasci amare e salvare da Lui; se entri in amicizia con Lui e cominci a conversare con Cristo
vivo sulle cose concrete della tua vita, questa sarà la grande esperienza, sarà l’esperienza fondamentale
che sosterrà la tua vita cristiana. Questa è anche l’esperienza che potrai comunicare ad altri giovani.
Perché «all’inizio dell’essere cristiano non c’è una decisione etica o una grande idea, bensì l’incontro con
un avvenimento, con una Persona, che dà alla vita un nuovo orizzonte e con ciò la direzione
decisiva».[69]

Lo Spirito dà vita
130. In queste tre verità – Dio ti ama, Cristo è il tuo salvatore, Egli vive – compare Dio Padre e
compare Gesù. Dove ci sono il Padre e Gesù, c’è anche lo Spirito Santo. È Lui che prepara e apre i cuori
perché accolgano questo annuncio, è Lui che mantiene viva questa esperienza di salvezza, è Lui che ti
aiuterà a crescere in questa gioia se lo lasci agire. Lo Spirito Santo riempie il cuore di Cristo risorto e da
lì si riversa nella tua vita come una sorgente. E quando lo accogli, lo Spirito Santo ti fa entrare sempre
più nel cuore di Cristo, affinché tu sia sempre più colmo del suo amore, della sua luce e della sua forza.

131. Invoca ogni giorno lo Spirito Santo perché rinnovi costantemente in te l’esperienza del grande
annuncio. Perché no? Non perdi nulla ed Egli può cambiare la tua vita, può illuminarla e darle una rotta
migliore. Non ti mutila, non ti toglie niente, anzi, ti aiuta a trovare ciò di cui hai bisogno nel modo
migliore. Hai bisogno di amore? Non lo troverai nella sfrenatezza, usando gli altri, possedendoli o
dominandoli. Lo troverai in un modo che ti renderà davvero felice. Cerchi intensità? Non la vivrai
accumulando oggetti, spendendo soldi, correndo disperatamente dietro le cose di questo mondo.
Arriverà in una maniera molto più bella e soddisfacente se ti lascerai guidare dallo Spirito Santo.

132. Cerchi passione? Come dice una bella poesia: innamorati! (o lasciati innamorare), perché «niente
può essere più importante che incontrare Dio. Vale a dire, innamorarsi di Lui in una maniera definitiva e
assoluta. Ciò di cui tu ti innamori cattura la tua immaginazione e finisce per lasciare la sua orma su tutto
quanto. Sarà quello che decide che cosa ti farà alzare dal letto la mattina, cosa farai nei tuoi tramonti,
come trascorrerai i tuoi fine settimana, quello che leggi, quello che sai, quello che ti spezza il cuore e
quello che ti travolge di gioia e gratitudine. Innamorati! Rimani nell’amore! Tutto sarà diverso».[70]
Questo amore di Dio, che prende con passione tutta la vita, è possibile grazie allo Spirito Santo, perché
«l’amore di Dio è stato riversato nei nostri cuori per mezzo dello Spirito Santo che ci è stato dato» (Rm
5,5).

133. Egli è la sorgente della migliore gioventù. Perché chi confida nel Signore «è come un albero
piantato lungo un corso d’acqua, verso la corrente stende le radici; non teme quando viene il caldo, le
sue foglie rimangono verdi» (Ger 17,8). Mentre «i giovani faticano e si stancano» (Is 40,30), coloro
che ripongono la loro fiducia nel Signore «riacquistano forza, mettono ali come aquile, corrono senza
affannarsi, camminano senza stancarsi» (Is 40,31).

CAPITOLO QUINTO
Percorsi di gioventù

134. Come si vive la giovinezza quando ci lasciamo illuminare e trasformare dal grande annuncio del
Vangelo? È importante porsi questa domanda, perché la giovinezza, più che un vanto, è un dono di Dio:
«Essere giovani è una grazia, una fortuna».[71] È un dono che possiamo sprecare inutilmente, oppure
possiamo riceverlo con gratitudine e viverlo in pienezza.

135. Dio è l’autore della giovinezza e opera in ogni giovane. La giovinezza è un tempo benedetto per il
giovane e una benedizione per la Chiesa e per il mondo. È una gioia, un canto di speranza e una
beatitudine. Apprezzare la giovinezza significa vedere questo periodo della vita come un momento
prezioso e non come una fase di passaggio in cui i giovani si sentono spinti verso l’età adulta.

Tempo di sogni e di scelte


136. Al tempo di Gesù l’uscita dall’infanzia era un passaggio della vita quanto mai atteso, molto
celebrato e festeggiato. Perciò, quando Gesù restituì la vita a una «bambina» (Mc 5,39), le fece fare un
passo in più, la fece crescere e diventare «fanciulla» (Mc 5,41). Quando le disse: «Fanciulla, alzati!»
(talitá kum), al tempo stesso la rese più responsabile della sua vita, aprendole le porte della giovinezza.

137. «La giovinezza, fase dello sviluppo della personalità, è marcata da sogni che vanno prendendo
corpo, da relazioni che acquistano sempre più consistenza ed equilibrio, da tentativi e sperimentazioni,
da scelte che costruiscono gradualmente un progetto di vita. In questa stagione della vita i giovani sono
chiamati a proiettarsi in avanti senza tagliare le radici, a costruire autonomia, ma non in solitudine».[72]

138. L’amore di Dio e il nostro rapporto con Cristo vivo non ci impediscono di sognare, non ci chiedono
di restringere i nostri orizzonti. Al contrario, questo amore ci sprona, ci stimola, ci proietta verso una
vita migliore e più bella. La parola “inquietudine” riassume molte delle aspirazioni dei cuori dei giovani.
Come diceva san Paolo VI, «proprio nell’insoddisfazione che vi tormenta [...] c’è un elemento di
luce».[73] L’inquietudine insoddisfatta, insieme allo stupore per le novità che si presentano all’orizzonte,
apre la strada all’audacia che li spinge a prendere la propria vita tra le mani e a diventare responsabili di
una missione. Questa sana inquietudine, che si risveglia soprattutto nella giovinezza, rimane la
caratteristica di ogni cuore che si mantiene giovane, disponibile, aperto. La vera pace interiore convive
con questa insoddisfazione profonda. Sant’Agostino diceva: «Signore, ci hai fatti per te e il nostro cuore
è inquieto finché non riposa in te».[74]

139. Qualche tempo fa un amico mi ha chiesto che cosa vedo io quando penso a un giovane. La mia
risposta è stata: «Vedo un ragazzo o una ragazza che cerca la propria strada, che vuole volare con i
piedi, che si affaccia sul mondo e guarda l’orizzonte con occhi colmi di speranza, pieni di futuro e anche
di illusioni. Il giovane va con due piedi come gli adulti, ma a differenza degli adulti, che li tengono paralleli,
ne ha sempre uno davanti all’altro, pronto per partire, per scattare. Sempre lanciato in avanti. Parlare
dei giovani significa parlare di promesse, e significa parlare di gioia. Hanno tanta forza i giovani, sono
capaci di guardare con speranza. Un giovane è una promessa di vita che ha insito un certo grado di
tenacia; ha abbastanza follia per potersi illudere e la sufficiente capacità per poter guarire dalla delusione
che ne può derivare».[75]

140. Alcuni giovani forse rifiutano questa tappa della vita perché vorrebbero rimanere bambini, o
desiderano «un prolungamento indefinito dell’adolescenza e il rimando delle decisioni; la paura del
definitivo genera così una sorta di paralisi decisionale. La giovinezza però non può restare un tempo
sospeso: essa è l’età delle scelte e proprio in questo consiste il suo fascino e il suo compito più grande.
I giovani prendono decisioni in ambito professionale, sociale, politico, e altre più radicali che daranno alla
loro esistenza una configurazione determinante».[76] Prendono decisioni anche per quanto riguarda
l’amore, la scelta del partner o quella di avere i primi figli. Approfondiremo questi temi negli ultimi capitoli,
dedicati alla vocazione personale e al suo discernimento.

141. Ma contro i sogni che ispirano le decisioni, sempre «c’è la minaccia del lamento, della
rassegnazione. Questi li lasciamo a quelli che seguono la “dea lamentela”! […] è un inganno: ti fa
prendere la strada sbagliata. Quando tutto sembra fermo e stagnante, quando i problemi personali ci
inquietano, i disagi sociali non trovano le dovute risposte, non è buono darsi per vinti. La strada è Gesù:
farlo salire sulla nostra“barca” e prendere il largo con Lui! Lui è il Signore! Lui cambia la prospettiva della
vita. La fede in Gesù conduce a una speranza che va oltre, a una certezza fondata non soltanto sulle
nostre qualità e abilità, ma sulla Parola di Dio, sull’invito che viene da Lui. Senza fare troppi calcoli umani
e non preoccuparsi di verificare se la realtà che vi circonda coincide con le vostre sicurezze. Prendete il
largo, uscite da voi stessi».[77]
142. Dobbiamo perseverare sulla strada dei sogni. Per questo, bisogna stare attenti a una tentazione
che spesso ci fa brutti scherzi: l’ansia. Può diventare una grande nemica quando ci porta ad arrenderci
perché scopriamo che i risultati non sono immediati. I sogni più belli si conquistano con speranza,
pazienza e impegno, rinunciando alla fretta. Nello stesso tempo, non bisogna bloccarsi per insicurezza,
non bisogna avere paura di rischiare e di commettere errori. Piuttosto dobbiamo avere paura di vivere
paralizzati, come morti viventi, ridotti a soggetti che non vivono perché non vogliono rischiare, perché
non portano avanti i loro impegni o hanno paura di sbagliare. Anche se sbagli, potrai sempre rialzare la
testa e ricominciare, perché nessuno ha il diritto di rubarti la speranza.

143. Giovani, non rinunciate al meglio della vostra giovinezza, non osservate la vita dal balcone. Non
confondete la felicità con un divano e non passate tutta la vostra vita davanti a uno schermo. Non
riducetevi nemmeno al triste spettacolo di un veicolo abbandonato. Non siate auto parcheggiate,
lasciate piuttosto sbocciare i sogni e prendete decisioni. Rischiate, anche se sbaglierete. Non
sopravvivete con l’anima anestetizzata e non guardate il mondo come se foste turisti. Fatevi sentire!
Scacciate le paure che vi paralizzano, per non diventare giovani mummificati. Vivete! Datevi al meglio
della vita! Aprite le porte della gabbia e volate via! Per favore, non andate in pensione prima del tempo.

La voglia di vivere e di sperimentare


144. Questa proiezione verso il futuro che si sogna, non significa che i giovani siano completamente
proiettati in avanti, perché allo stesso tempo c’è in loro un forte desiderio di vivere il presente, di
sfruttare al massimo le possibilità che questa vita dona loro. Questo mondo è pieno di bellezza! Come
possiamo disprezzare i doni di Dio?

145. Contrariamente a quanto molti pensano, il Signore non vuole indebolire questa voglia di vivere. Fa
bene ricordare ciò che insegnava un sapiente dell’Antico Testamento: «Figlio, per quanto ti è possibile,
trattati bene [...]. Non privarti di un giorno felice» (Sir 14,11.14). Il vero Dio, quello che ti ama, ti vuole
felice. Ecco perché nella Bibbia troviamo anche questo consiglio rivolto ai giovani: «Godi, o giovane,
nella tua giovinezza, e si rallegri il tuo cuore nei giorni della tua gioventù. [...] Caccia la malinconia dal
tuo cuore» (Qo 11,9-10). Perché è Dio che «tutto ci dà con abbondanza perché possiamo goderne» (1
Tm 6,17).

146. Come potrà essere grato a Dio chi non è capace di godere dei suoi piccoli regali di ogni giorno, chi
non sa soffermarsi davanti alle cose semplici e piacevoli che incontra ad ogni passo? Perché «nessuno è
peggiore di chi danneggia se stesso» (Sir 14,6). Non si tratta di essere insaziabili, sempre ossessionati
da piaceri senza fine. Al contrario, perché questo ti impedirà di vivere il presente. Si tratta di saper aprire
gli occhi e soffermarti per vivere pienamente e con gratitudine ogni piccolo dono della vita.

147. È chiaro che la Parola di Dio ti invita a vivere il presente, non solo a preparare il domani: «Non
preoccupatevi dunque del domani, perché il domani si preoccuperà di se stesso. A ciascun giorno basta
la sua pena» (Mt 6,34). Questo però non significa lanciarsi in una dissolutezza irresponsabile che ci
lascia vuoti e sempre insoddisfatti, bensì vivere pienamente il presente, usando le energie per cose
buone, coltivando la fraternità, seguendo Gesù e apprezzando ogni piccola gioia della vita come un
dono dell’amore di Dio.

148. A questo proposito, vorrei ricordare che il Cardinale Francesco Saverio Nguyên Van Thuân, quando
fu imprigionato in un campo di concentramento, non volle che i suoi giorni consistessero soltanto
nell’attendere e sperare un futuro. Scelse di «vivere il momento presente riempiendolo d’amore»; e il
modo in cui lo realizzava era questo: «Afferro le occasioni che si presentano ogni giorno, per compiere
azioni ordinarie in un modo straordinario».[78] Mentre lotti per realizzare i tuoi sogni, vivi pienamente
l’oggi, donalo interamente e riempi d’amore ogni momento. Perché è vero che questo giorno della tua
giovinezza può essere l’ultimo, e allora vale la pena di viverlo con tutto il desiderio e con tutta la
profondità possibili.

149. Questo vale anche per i momenti difficili, che devono essere vissuti a fondo per riuscire a imparare
il loro messaggio. Come insegnano i Vescovi svizzeri: «Egli è lì dove noi pensavamo che ci avesse
abbandonato e che non ci fosse più alcuna possibilità di salvezza. È un paradosso, ma la sofferenza, le
tenebre, sono diventate, per molti cristiani [...] luoghi di incontro con Dio».[79] Inoltre, il desiderio di
vivere e di fare esperienze nuove riguarda specialmente molti giovani in condizione di disabilità fisica,
psichica e sensoriale. Essi, anche se non possono fare sempre le stesse esperienze dei coetanei, hanno
risorse sorprendenti, inimmaginabili, che talvolta superano quelle comuni. Il Signore Gesù li ricolma di
altri doni, che la comunità è chiamata a valorizzare, perché possano scoprire il suo progetto d’amore
per ciascuno di loro.

In amicizia con Cristo


150. Per quanto tu possa vivere e fare esperienze, non arriverai al fondo della giovinezza, non
conoscerai la vera pienezza dell’essere giovane, se non incontri ogni giorno il grande Amico, se non vivi
in amicizia con Gesù.

151. L’amicizia è un regalo della vita e un dono di Dio. Attraverso gli amici, il Signore ci purifica e ci fa
maturare. Allo stesso tempo, gli amici fedeli, che sono al nostro fianco nei momenti difficili, sono un
riflesso dell’affetto del Signore, della sua consolazione e della sua presenza amorevole. Avere amici ci
insegna ad aprirci, a capire, a prenderci cura degli altri, a uscire dalla nostra comodità e dall’isolamento,
a condividere la vita. Ecco perché «per un amico fedele non c’è prezzo» (Sir 6,15).
152. L’amicizia non è una relazione fugace e passeggera, ma stabile, salda, fedele, che matura col
passare del tempo. È un rapporto di affetto che ci fa sentire uniti, e nello stesso tempo è un amore
generoso che ci porta a cercare il bene dell’amico. Anche se gli amici possono essere molto diversi tra
loro, ci sono sempre alcune cose in comune che li portano a sentirsi vicini, c’è un’intimità che si
condivide con sincerità e fiducia.

153. L’amicizia è così importante che Gesù stesso si presenta come amico: «Non vi chiamo più servi,
ma vi ho chiamato amici» (Gv 15,15). Per la grazia che Egli ci dona, siamo elevati in modo tale che
siamo veramente suoi amici. Con lo stesso amore che Egli riversa in noi, possiamo amarlo, estendendo
il suo amore agli altri, nella speranza che anch’essi troveranno il loro posto nella comunità di amicizia
fondata da Gesù Cristo.[80] E sebbene Egli sia già pienamente felice da risorto, è possibile essere
generosi con Lui, aiutandolo a costruire il suo Regno in questo mondo, essendo suoi strumenti per
portare il suo messaggio, la sua luce e soprattutto il suo amore agli altri (cfr Gv 15,16). I discepoli
hanno ascoltato la chiamata di Gesù all’amicizia con Lui. È stato un invito che non li ha costretti, ma si è
proposto delicatamente alla loro libertà: «Venite e vedrete», disse loro, ed essi «andarono e videro
dove egli dimorava e quel giorno rimasero con lui» (Gv 1,39). Dopo quell’incontro, intimo e inaspettato,
lasciarono tutto e andarono con Lui.

154. L’amicizia con Gesù è indissolubile. Egli non ci abbandona mai, anche se a volte sembra stare in
silenzio. Quando abbiamo bisogno di Lui, si lascia trovare da noi (cfr Ger 29,14) e sta al nostro fianco
dovunque andiamo (cfr Gs 1,9). Perché Egli non rompe mai un’alleanza. A noi chiede di non
abbandonarlo: «Rimanete in me e io in voi» (Gv 15,4). Ma se ci allontaniamo, «Egli rimane fedele,
perché non può rinnegare se stesso» (2 Tm 2,13).

155. Con l’amico parliamo, condividiamo le cose più segrete. Con Gesù pure conversiamo. La preghiera
è una sfida e un’avventura. E che avventura! Ci permette di conoscerlo sempre meglio, di entrare nel
suo profondo e di crescere in un’unione sempre più forte. La preghiera ci permette di raccontargli tutto
ciò che ci accade e di stare fiduciosi tra le sue braccia, e nello stesso tempo ci regala momenti di
preziosa intimità e affetto, nei quali Gesù riversa in noi la sua vita. Pregando «facciamo il suo gioco», gli
facciamo spazio «perché Egli possa agire e possa entrare e possa vincere».[81]

156. Così è possibile arrivare a sperimentare un’unità costante con Lui, che supera tutto ciò che
possiamo vivere con altre persone: «Non vivo più io, ma Cristo vive in me» (Gal 2,20). Non privare la
tua giovinezza di questa amicizia. Potrai sentirlo al tuo fianco non solo quando preghi. Riconoscerai che
cammina con te in ogni momento. Cerca di scoprirlo e vivrai la bella esperienza di saperti sempre
accompagnato. È quello che hanno vissuto i discepoli di Emmaus quando, mentre camminavano e
conversavano disorientati, Gesù si fece presente e «camminava con loro» (Lc 24,15). Un santo diceva
che «il cristianesimo non è un insieme di verità in cui occorre credere, di leggi da osservare, di divieti.
Così risulta ripugnante. Il cristianesimo è una Persona che mi ha amato così tanto da reclamare il mio
amore. Il cristianesimo è Cristo».[82]

157. Gesù può unire tutti i giovani della Chiesa in un unico sogno, «un sogno grande e un sogno capace
di coinvolgere tutti. Il sogno per il quale Gesù ha dato la vita sulla croce e lo Spirito Santo si è riversato
e ha marchiato a fuoco il giorno di Pentecoste nel cuore di ogni uomo e di ogni donna, nel cuore di
ciascuno, […] lo ha impresso nella speranza che trovi spazio per crescere e svilupparsi. Un sogno, un
sogno chiamato Gesù, seminato dal Padre: Dio come Lui, come il Padre, inviato dal Padre con la fiducia
che crescerà e vivrà in ogni cuore. Un sogno concreto, che è una Persona, che scorre nelle nostre vene,
fa trasalire il cuore e lo fa sussultare».[83]

La crescita e la maturazione
158. Molti giovani si preoccupano del proprio corpo, cercando di sviluppare la forza fisica o l’aspetto.
Altri si danno da fare per potenziare le loro capacità e conoscenze, e in questo modo si sentono più
sicuri. Alcuni puntano più in alto, si sforzano di impegnarsi di più e cercano uno sviluppo spirituale. San
Giovanni diceva: «Ho scritto a voi, giovani, perché siete forti, e la Parola di Dio rimane in voi» (1 Gv
2,14). Cercare il Signore, custodire la sua Parola, cercare di rispondere ad essa con la propria vita,
crescere nelle virtù, questo rende forti i cuori dei giovani. Per questo occorre mantenere la
“connessione” con Gesù, essere “in linea” con Lui, perché non crescerai nella felicità e nella santità solo
con le tue forze e la tua mente. Così come ti preoccupi di non perdere la connessione a Internet,
assicurati che sia attiva la tua connessione con il Signore, e questo significa non interrompere il dialogo,
ascoltarlo, raccontargli le tue cose, e quando non hai le idee chiare su cosa dovresti fare, domandagli:
«Gesù, cosa faresti Tu al mio posto?».[84]

159. Spero che tu possa stimare così tanto te stesso, prenderti così sul serio, da cercare la tua crescita
spirituale. Oltre all’entusiasmo tipico della giovinezza, c’è anche la bellezza di cercare «la giustizia, la
fede, la carità, la pace» (2 Tm 2,22). Questo non significa perdere la spontaneità, la freschezza,
l’entusiasmo, la tenerezza. Perché diventare adulti non significa abbandonare i migliori valori di questa
fase della vita. Altrimenti, il Signore potrebbe rimproverarti un giorno: «Mi ricordo di te, dell’affetto della
tua giovinezza, dell’amore al tempo del tuo fidanzamento, quando mi seguivi nel deserto» (Ger 2,2).

160. D’altra parte, anche un adulto deve maturare senza perdere i valori della gioventù. Perché in realtà
ogni fase della vita è una grazia permanente, contiene un valore che non deve passare. Una giovinezza
vissuta bene rimane come esperienza interiore, e nella vita adulta viene assimilata, viene approfondita e
continua a dare i suoi frutti. Se è tipico del giovane sentirsi attratto dall’infinito che si apre e che
comincia,[85] un rischio della vita adulta, con le sue sicurezze e comodità, consiste nel trascurare
sempre più questo orizzonte e perdere quel valore proprio degli anni della gioventù. Invece dovrebbe
accadere il contrario: maturare, crescere e organizzare la propria vita senza perdere quell’attrazione,
quell’apertura ampia, quel fascino per una realtà che è sempre qualcosa di più. In ogni momento della
vita potremo rinnovare e accrescere la nostra giovinezza. Quando ho iniziato il mio ministero come
Papa, il Signore ha allargato i miei orizzonti e mi ha dato una rinnovata giovinezza. La stessa cosa può
accadere a una coppia sposata da molti anni, o a un monaco nel suo monastero. Ci sono cose che
hanno bisogno di sedimentarsi negli anni, ma questa maturazione può convivere con un fuoco che si
rinnova, con un cuore sempre giovane.

161. Crescere vuol dire conservare e alimentare le cose più preziose che ti regala la giovinezza, ma
nello stesso tempo significa essere aperti a purificare ciò che non è buono e a ricevere nuovi doni da Dio
che ti chiama a sviluppare ciò che vale. A volte, i complessi di inferiorità possono portarti a non voler
vedere i tuoi difetti e le tue debolezze, e in questo modo puoi chiuderti alla crescita e alla maturazione.
Lasciati piuttosto amare da Dio, che ti ama così come sei, ti apprezza e ti rispetta, ma ti offre anche
sempre di più: più amicizia con Lui, più fervore nella preghiera, più sete della sua Parola, più desiderio di
ricevere Cristo nell’Eucaristia, più voglia di vivere il suo Vangelo, più forza interiore, più pace e gioia
spirituale.

162. Ti ricordo però che non sarai santo e realizzato copiando gli altri. E nemmeno imitare i santi
significa copiare il loro modo di essere e di vivere la santità: «Ci sono testimonianze che sono utili per
stimolarci e motivarci, ma non perché cerchiamo di copiarle, in quanto ciò potrebbe perfino allontanarci
dalla via unica e specifica che il Signore ha in serbo per noi».[86] Tu devi scoprire chi sei e sviluppare il
tuo modo personale di essere santo, indipendentemente da ciò che dicono e pensano gli altri. Diventare
santo vuol dire diventare più pienamente te stesso, quello che Dio ha voluto sognare e creare, non una
fotocopia. La tua vita dev’essere uno stimolo profetico, che sia d’ispirazione ad altri, che lasci
un’impronta in questo mondo, quell’impronta unica che solo tu potrai lasciare. Invece, se copi, priverai
questa terra, e anche il cielo, di ciò che nessun altro potrà offrire al tuo posto. Ricordo che San Giovanni
della Croce, nel suo Cantico Spirituale, scriveva che ognuno doveva approfittare dei suoi consigli
spirituali «a modo proprio»,[87] perché Dio stesso ha voluto manifestare la sua grazia «ad alcuni in un
modo e ad altri in un altro».[88]

Percorsi di fraternità
163. La tua crescita spirituale si esprime soprattutto nell’amore fraterno, generoso, misericordioso. Lo
diceva San Paolo: «Il Signore vi faccia crescere e sovrabbondare nell’amore fra voi e verso tutti, come
sovrabbonda il nostro per voi» (1 Ts 3,12). Che tu possa vivere sempre più quella “estasi” che consiste
nell’uscire da te stesso per cercare il bene degli altri, fino a dare la vita.

164. Quando un incontro con Dio si chiama “estasi”, è perché ci tira fuori da noi stessi e ci eleva,
catturati dall’amore e dalla bellezza di Dio. Ma possiamo anche essere fatti uscire da noi stessi per
riconoscere la bellezza nascosta in ogni essere umano, la sua dignità, la sua grandezza come immagine
di Dio e figlio del Padre. Lo Spirito Santo vuole spingerci ad uscire da noi stessi, ad abbracciare gli altri
con l’amore e cercare il loro bene. Per questo è sempre meglio vivere la fede insieme ed esprimere il
nostro amore in una vita comunitaria, condividendo con altri giovani il nostro affetto, il nostro tempo, la
nostra fede e le nostre inquietudini. La Chiesa offre molti e diversi spazi per vivere la fede in comunità,
perché insieme tutto è più facile.

165. Le ferite ricevute possono condurti alla tentazione dell’isolamento, a ripiegarti su te stesso, ad
accumulare rancori, ma non smettere mai di ascoltare la chiamata di Dio al perdono. Come hanno
insegnato bene i Vescovi del Ruanda, «la riconciliazione con l’altro chiede prima di tutto di scoprire in lui
lo splendore dell’immagine di Dio. [...] In quest’ottica, è vitale distinguere il peccatore dal suo peccato e
dalla sua offesa, per arrivare all’autentica riconciliazione. Questo significa che odi il male che l’altro ti
infligge, ma continui ad amarlo perché riconosci la sua debolezza e vedi l’immagine di Dio in lui».[89]

166. A volte tutta l’energia, i sogni e l’entusiasmo della giovinezza si affievoliscono per la tentazione di
chiuderci in noi stessi, nei nostri problemi, nei sentimenti feriti, nelle lamentele e nelle comodità. Non
lasciare che questo ti accada, perché diventerai vecchio dentro e prima del tempo. Ogni età ha la sua
bellezza, e alla giovinezza non possono mancare l’utopia comunitaria, la capacità di sognare insieme, i
grandi orizzonti che guardiamo insieme.

167. Dio ama la gioia dei giovani e li invita soprattutto a quell’allegria che si vive nella comunione
fraterna, a quel godimento superiore di chi sa condividere, perché «c’è più gioia nel dare che nel
ricevere» (At 20,35) e «Dio ama chi dona con gioia» (2 Cor 9,7). L’amore fraterno moltiplica la nostra
capacità di gioire, perché ci rende capaci di godere del bene degli altri: «Rallegratevi con quelli che sono
nella gioia» (Rm 12,15). Che la spontaneità e l’impulso della tua giovinezza si trasformino sempre più
nella spontaneità dell’amore fraterno, nella freschezza che ci fa reagire sempre con il perdono, con la
generosità, con il desiderio di fare comunità. Un proverbio africano dice: «Se vuoi andare veloce,
cammina da solo. Se vuoi arrivare lontano, cammina con gli altri». Non lasciamoci rubare la fraternità.

Giovani impegnati
168. In effetti, di fronte ad una realtà così piena di violenza e di egoismo, i giovani possono a volte
correre il rischio di chiudersi in piccoli gruppi, privandosi così delle sfide della vita in società, di un mondo
vasto, stimolante e con tanti bisogni. Sentono di vivere l’amore fraterno, ma forse il loro gruppo è
diventato un semplice prolungamento del loro io. Questo si aggrava se la vocazione del laico è
concepita solo come un servizio all’interno della Chiesa (lettori, accoliti, catechisti,…), dimenticando che
la vocazione laicale è prima di tutto la carità nella famiglia e la carità sociale o politica: è un impegno
concreto a partire dalla fede per la costruzione di una società nuova, è vivere in mezzo al mondo e alla
società per evangelizzarne le sue diverse istanze, per far crescere la pace, la convivenza, la giustizia, i
diritti umani, la misericordia, e così estendere il Regno di Dio nel mondo.

169. Propongo ai giovani di andare oltre i gruppi di amici e costruire l’«amicizia sociale, cercare il bene
comune. L’inimicizia sociale distrugge. E una famiglia si distrugge per l’inimicizia. Un paese si distrugge
per l’inimicizia. Il mondo si distrugge per l’inimicizia. E l’inimicizia più grande è la guerra. Oggigiorno
vediamo che il mondo si sta distruggendo per la guerra. Perché sono incapaci di sedersi e parlare. [...]
Siate capaci di creare l’amicizia sociale».[90] Non è facile, occorre sempre rinunciare a qualcosa, occorre
negoziare, ma se lo facciamo pensando al bene di tutti potremo realizzare la magnifica esperienza di
mettere da parte le differenze per lottare insieme per uno scopo comune. Se riusciamo a trovare dei
punti di coincidenza in mezzo a tante divergenze, in questo impegno artigianale e a volte faticoso di
gettare ponti, di costruire una pace che sia buona per tutti, questo è il miracolo della cultura dell’incontro
che i giovani possono avere il coraggio di vivere con passione.

170. Il Sinodo ha riconosciuto che «anche se in forma differente rispetto alle generazioni passate,
l’impegno sociale è un tratto specifico dei giovani d’oggi. A fianco di alcuni indifferenti, ve ne sono molti
altri disponibili a impegnarsi in iniziative di volontariato, cittadinanza attiva e solidarietà sociale, da
accompagnare e incoraggiare per far emergere i talenti, le competenze e la creatività dei giovani e
incentivare l’assunzione di responsabilità da parte loro. L’impegno sociale e il contatto diretto con i
poveri restano una occasione fondamentale di scoperta o approfondimento della fede e di
discernimento della propria vocazione. […] È stata segnalata anche la disponibilità all’impegno in campo
politico per la costruzione del bene comune».[91]

171. Oggi, grazie a Dio, i gruppi di giovani di parrocchie, scuole, movimenti o gruppi universitari hanno
l’abitudine di andare a fare compagnia agli anziani e agli ammalati, o di visitare quartieri poveri, oppure
vanno insieme ad aiutare gli indigenti nelle cosiddette “notti della carità”. Spesso riconoscono che in
queste attività quello che ricevono è più di quello che danno, perché si impara e si matura molto quando
si ha il coraggio di entrare in contatto con la sofferenza degli altri. Inoltre, nei poveri c’è una saggezza
nascosta, ed essi, con parole semplici, possono aiutarci a scoprire valori che non vediamo.

172. Altri giovani partecipano a programmi sociali finalizzati a costruire case per chi è senza un tetto, o
a bonificare aree contaminate, o a raccogliere aiuti per i più bisognosi. Sarebbe bene che questa energia
comunitaria fosse applicata non solo ad azioni sporadiche ma in modo stabile, con obiettivi chiari e una
buona organizzazione che aiuti a realizzare un’attività più continuativa ed efficiente. Gli universitari
possono unirsi in modalità interdisciplinare per applicare le loro conoscenze alla risoluzione di problemi
sociali, e in questo compito possono lavorare fianco a fianco con giovani di altre Chiese o di altre
religioni.

173. Come nel miracolo di Gesù, i pani e i pesci dei giovani possono moltiplicarsi (cfr Gv 6,4-13). Come
avviene nella parabola, i piccoli semi dei giovani diventano alberi e frutti da raccogliere (cfr Mt 13,23.31-
32). Tutto questo a partire dalla sorgente viva dell’Eucaristia, in cui il nostro pane e il nostro vino sono
trasfigurati per darci la Vita eterna. Ai giovani è affidato un compito immenso e difficile. Con la fede nel
Risorto, potranno affrontarlo con creatività e speranza, ponendosi sempre nella posizione del servizio,
come i servitori di quella festa nuziale, stupefatti collaboratori del primo segno di Gesù, che seguirono
soltanto la consegna di sua Madre: «Qualsiasi cosa vi dica, fatela» (Gv 2,5). Misericordia, creatività e
speranza fanno crescere la vita.

174. Voglio incoraggiarti ad assumere questo impegno, perché so che «il tuo cuore, cuore giovane,
vuole costruire un mondo migliore. Seguo le notizie del mondo e vedo che tanti giovani in tante parti del
mondo sono usciti per le strade per esprimere il desiderio di una civiltà più giusta e fraterna. I giovani
nelle strade. Sono giovani che vogliono essere protagonisti del cambiamento. Per favore, non lasciate
che altri siano protagonisti del cambiamento! Voi siete quelli che hanno il futuro! Attraverso di voi entra
il futuro nel mondo. A voi chiedo anche di essere protagonisti di questo cambiamento. Continuate a
superare l’apatia, offrendo una risposta cristiana alle inquietudini sociali e politiche, che si stanno
presentando in varie parti del mondo. Vi chiedo di essere costruttori del mondo, di mettervi al lavoro
per un mondo migliore. Cari giovani, per favore, non guardate la vita “dal balcone”, ponetevi dentro di
essa. Gesù non è rimasto sul balcone, si è messo dentro; non guardate la vita “dal balcone”, entrate in
essa come ha fatto Gesù».[92] Ma soprattutto, in un modo o nell’altro, lottate per il bene comune, siate
servitori dei poveri, siate protagonisti della rivoluzione della carità e del servizio, capaci di resistere alle
patologie dell’individualismo consumista e superficiale.

Missionari coraggiosi
175. Innamorati di Cristo, i giovani sono chiamati a testimoniare il Vangelo ovunque con la propria vita.
Sant’Alberto Hurtado diceva che «essere apostoli non significa portare un distintivo all’occhiello della
giacca; non significa parlare della verità, ma viverla, incarnarsi in essa, trasformarsi in Cristo. Essere
apostolo non consiste nel portare una torcia in mano, nel possedere la luce, ma nell’essere la luce [...].
Il Vangelo, [...] più che una lezione è un esempio. Il messaggio trasformato in vita vissuta».[93]

176. Il valore della testimonianza non significa che la parola debba essere messa a tacere. Perché non
parlare di Gesù, perché non raccontare agli altri che Lui ci dà la forza di vivere, che è bello conversare
con Lui, che ci fa bene meditare le sue parole? Giovani, non lasciate che il mondo vi trascini a
condividere solo le cose negative o superficiali. Siate capaci di andare controcorrente e sappiate
condividere Gesù, comunicate la fede che Lui vi ha donato. Vi auguro di sentire nel cuore lo stesso
impulso irresistibile che muoveva San Paolo quando affermava: «Guai a me se non annuncio il
Vangelo!» (1 Cor 9,16).

177. «Dove ci invia Gesù? Non ci sono confini, non ci sono limiti: ci invia a tutti. Il Vangelo è per tutti e
non per alcuni. Non è solo per quelli che ci sembrano più vicini, più ricettivi, più accoglienti. È per tutti.
Non abbiate paura di andare e portare Cristo in ogni ambiente, fino alle periferie esistenziali, anche a chi
sembra più lontano, più indifferente. Il Signore cerca tutti, vuole che tutti sentano il calore della sua
misericordia e del suo amore».[94] E ci invita ad andare senza paura con l’annuncio missionario,
dovunque ci troviamo e con chiunque siamo, nel quartiere, nello studio, nello sport, quando usciamo
con gli amici, facendo volontariato o al lavoro, è sempre bene e opportuno condividere la gioia del
Vangelo. Questo è il modo in cui il Signore si avvicina a tutti. E vuole voi, giovani, come suoi strumenti
per irradiare luce e speranza, perché vuole contare sul vostro coraggio, sulla vostra freschezza e sul
vostro entusiasmo.

178. Non ci si può aspettare che la missione sia facile e comoda. Alcuni giovani hanno dato la vita pur di
non frenare il loro impulso missionario. I Vescovi della Corea si sono espressi così: «Speriamo di poter
essere chicchi di grano e strumenti per la salvezza dell’umanità, seguendo l’esempio dei martiri. Anche
se la nostra fede è piccola come un granello di senape, Dio la farà crescere e la utilizzerà come
strumento per la sua opera di salvezza».[95] Amici, non aspettate fino a domani per collaborare alla
trasformazione del mondo con la vostra energia, la vostra audacia e la vostra creatività. La vostra vita
non è un “nel frattempo”. Voi siete l’adesso di Dio, che vi vuole fecondi.[96] Perché «è dando che si
riceve»[97] e il modo migliore di preparare un buon futuro è vivere bene il presente con dedizione e
generosità.

CAPITOLO SESTO
Giovani con radici

179. A volte ho visto alberi giovani, belli, che alzavano i loro rami verso il cielo tendendo sempre più in
alto, e sembravano un canto di speranza. Successivamente, dopo una tempesta, li ho trovati caduti,
senza vita. Poiché avevano poche radici, avevano disteso i loro rami senza mettere radici profonde nel
terreno, e così hanno ceduto agli assalti della natura. Per questo mi fa male vedere che alcuni
propongono ai giovani di costruire un futuro senza radici, come se il mondo iniziasse adesso. Perché «è
impossibile che uno cresca se non ha radici forti che aiutino a stare bene in piedi e attaccato alla terra. È
facile “volare via” quando non si ha dove attaccarsi, dove fissarsi».[98]

Che non ti strappino dalla terra


180. Tale questione non è secondaria, e mi sembra opportuno dedicarvi un breve capitolo.
Comprenderla permette di distinguere la gioia della giovinezza da un falso culto di essa, che alcuni
utilizzano per sedurre i giovani e usarli per i loro fini.

181. Pensate a questo: se una persona vi fa una proposta e vi dice di ignorare la storia, di non fare
tesoro dell’esperienza degli anziani, di disprezzare tutto ciò che è passato e guardare solo al futuro che
lui vi offre, non è forse questo un modo facile di attirarvi con la sua proposta per farvi fare solo quello
che lui vi dice? Quella persona ha bisogno che siate vuoti, sradicati, diffidenti di tutto, perché possiate
fidarvi solo delle sue promesse e sottomettervi ai suoi piani. È così che funzionano le ideologie di diversi
colori, che distruggono (o de-costruiscono) tutto ciò che è diverso e in questo modo possono
dominare senza opposizioni. A tale scopo hanno bisogno di giovani che disprezzino la storia, che
rifiutino la ricchezza spirituale e umana che è stata tramandata attraverso le generazioni, che ignorino
tutto ciò che li ha preceduti.

182. Allo stesso tempo, i manipolatori usano un’altra risorsa: un’adorazione della giovinezza, come se
tutto ciò che non è giovane risultasse detestabile e caduco. Il corpo giovane diventa il simbolo di questo
nuovo culto, quindi tutto ciò che ha a che fare con quel corpo è idolatrato e desiderato senza limiti, e
ciò che non è giovane è guardato con disprezzo. Questa però è un’arma che finisce per degradare
prima di tutto i giovani, svuotandoli di valori reali, usandoli per ottenere vantaggi personali, economici o
politici.

183. Cari giovani, non permettete che usino la vostra giovinezza per favorire una vita superficiale, che
confonde la bellezza con l’apparenza. Sappiate invece scoprire che c’è una bellezza nel lavoratore che
torna a casa sporco e in disordine, ma con la gioia di aver guadagnato il pane per i suoi figli. C’è una
bellezza straordinaria nella comunione della famiglia riunita intorno alla tavola e nel pane condiviso con
generosità, anche se la mensa è molto povera. C’è una bellezza nella moglie spettinata e un po’
anziana che continua a prendersi cura del marito malato al di là delle proprie forze e della propria salute.
Malgrado sia lontana la primavera del corteggiamento, c’è una bellezza nella fedeltà delle coppie che si
amano nell’autunno della vita e in quei vecchietti che camminano tenendosi per mano. C’è una bellezza
che va al di là dell’apparenza o dell’estetica di moda in ogni uomo e ogni donna che vivono con amore la
loro vocazione personale, nel servizio disinteressato per la comunità, per la patria, nel lavoro generoso
per la felicità della famiglia, impegnati nell’arduo lavoro anonimo e gratuito di ripristinare l’amicizia
sociale. Scoprire, mostrare e mettere in risalto questa bellezza, che ricorda quella di Cristo sulla croce,
significa mettere le basi della vera solidarietà sociale e della cultura dell’incontro.

184. Insieme alle strategie del falso culto della giovinezza e dell’apparenza, oggi si promuove una
spiritualità senza Dio, un’affettività senza comunità e senza impegno verso chi soffre, una paura dei
poveri visti come soggetti pericolosi, e una serie di offerte che pretendono di farvi credere in un futuro
paradisiaco che sarà sempre rimandato più in là. Non voglio proporvi questo, e con tutto il mio affetto
voglio mettervi in guardia dal lasciarvi dominare da questa ideologia che non vi renderà più giovani ma vi
trasformerà in schiavi. Vi propongo un’altra strada, fatta di libertà, di entusiasmo, di creatività, di
orizzonti nuovi, ma coltivando nello stesso tempo le radici che alimentano e sostengono.

185. In questa prospettiva, voglio sottolineare che «molti Padri sinodali provenienti da contesti non
occidentali segnalano come nei loro Paesi la globalizzazione rechi con sé autentiche forme di
colonizzazione culturale, che sradicano i giovani dalle appartenenze culturali e religiose da cui
provengono. È necessario un impegno della Chiesa per accompagnarli in questo passaggio senza che
smarriscano i tratti più preziosi della propria identità».[99]

186. Oggi assistiamo a una tendenza ad “omogeneizzare” i giovani, a dissolvere le differenze proprie
del loro luogo di origine, a trasformarli in soggetti manipolabili fatti in serie. Così si produce una
distruzione culturale, che è tanto grave quanto l’estinzione delle specie animali e vegetali.[100] Per
questo, in un messaggio ai giovani indigeni riuniti a Panama, li ho esortati a «farsi carico delle radici,
perché dalle radici viene la forza che vi farà crescere, fiorire e fruttificare».[101]

Il tuo rapporto con gli anziani


187. Al Sinodo è stato affermato che «i giovani sono proiettati verso il futuro e affrontano la vita con
energia e dinamismo. Però […] talora tendono a dare poca attenzione alla memoria del passato da cui
provengono, in particolare dei tanti doni loro trasmessi dai genitori, dai nonni, dal bagaglio culturale della
società in cui vivono. Aiutare i giovani a scoprire la ricchezza viva del passato, facendone memoria e
servendosene per le proprie scelte e possibilità, è un vero atto di amore nei loro confronti in vista della
loro crescita e delle scelte che sono chiamati a compiere».[102]

188. La Parola di Dio raccomanda di non perdere il contatto con gli anziani, per poter raccogliere la loro
esperienza: «Frequenta le riunioni degli anziani, e se qualcuno è saggio unisciti a lui. [...] Se vedi una
persona saggia, va’ di buon mattino da lei, i tuoi piedi logorino i gradini della sua porta» (Sir 6,34.36). In
ogni caso, i lunghi anni che essi hanno vissuto e tutto ciò che è loro capitato nella vita devono portarci a
guardarli con rispetto: «Alzati davanti a chi ha i capelli bianchi» (Lv 19,32), perché «vanto dei giovani è
la loro forza, ornamento dei vecchi è la canizie» (Pr 20,29).

189. La Bibbia ci chiede: «Ascolta tuo padre che ti ha generato, non disprezzare tua madre quando è
vecchia» (Pr 23,22). Il comandamento di onorare il padre e la madre «è il primo comandamento che è
accompagnato da una promessa» (Ef 6,2; cfr Es 20,12; Dt 5,16; Lv 19,3), e la promessa è: «perché
tu sia felice e goda di una lunga vita sulla terra» (Ef 6,3).

190. Questo non significa che tu debba essere d’accordo con tutto quello che dicono, né che tu debba
approvare tutte le loro azioni. Un giovane dovrebbe avere sempre uno spirito critico. San Basilio Magno,
riferendosi agli antichi autori greci, raccomandava ai giovani di stimarli, ma di accogliere solo ciò che di
buono essi possono insegnare.[103] Si tratta semplicemente di essere aperti a raccogliere una sapienza
che viene comunicata di generazione in generazione, che può convivere con alcune miserie umane, e
che non ha motivo di scomparire davanti alle novità del consumo e del mercato.

191. Al mondo non è mai servita né servirà mai la rottura tra generazioni. Sono i canti di sirena di un
futuro senza radici, senza radicamento. È la menzogna che vuol farti credere che solo ciò che è nuovo
è buono e bello. L’esistenza delle relazioni intergenerazionali implica che nelle comunità si possieda una
memoria collettiva, poiché ogni generazione riprende gli insegnamenti dei predecessori, lasciando così
un’eredità ai successori. Questo costituisce dei quadri di riferimento per cementare saldamente una
società nuova. Come dice l’adagio: “Se il giovane sapesse e il vecchio potesse, non vi sarebbe cosa che
non si farebbe”.

Sogni e visioni
192. Nella profezia di Gioele troviamo un annuncio che ci permette di capire questo in un modo molto
bello. Dice così: «Dopo questo, io effonderò il mio spirito sopra ogni uomo e diverranno profeti i vostri
figli e le vostre figlie; i vostri anziani faranno sogni, i vostri giovani avranno visioni» (Gl 3,1; cfr At 2,17).
Se i giovani e gli anziani si aprono allo Spirito Santo, insieme producono una combinazione meravigliosa.
Gli anziani sognano e i giovani hanno visioni. In che modo le due cose si completano a vicenda?

193. Gli anziani hanno sogni intessuti di ricordi, delle immagini di tante cose vissute, segnati
dall’esperienza e dagli anni. Se i giovani si radicano nei sogni degli anziani riescono a vedere il futuro,
possono avere visioni che aprono loro l’orizzonte e mostrano loro nuovi cammini. Ma se gli anziani non
sognano, i giovani non possono più vedere chiaramente l’orizzonte.

194. È bello trovare, tra le cose che i nostri genitori hanno conservato, qualche ricordo che ci permette
di immaginare ciò che hanno sognato per noi i nostri nonni e le nostre nonne. Ogni essere umano,
prima ancora di nascere, ha ricevuto dai suoi nonni, come regalo, la benedizione di un sogno pieno
d’amore e di speranza: quello di una vita migliore. E se non l’avesse avuto da alcuno dei suoi nonni,
sicuramente un bisnonno lo ha sognato e ha gioito per lui, contemplando nella culla i suoi figli e poi i suoi
nipoti. Il sogno primordiale, il sogno creatore di Dio nostro Padre, precede e accompagna la vita di tutti i
suoi figli. Fare memoria di questa benedizione, che si estende di generazione in generazione, è una
preziosa eredità che dobbiamo saper mantenere viva per poterla trasmettere a nostra volta.

195. Per questo è bene lasciare che gli anziani facciano lunghe narrazioni, che a volte sembrano
mitologiche, fantasiose – sono sogni di anziani – ma molte volte sono piene di preziosa esperienza, di
simboli eloquenti, di messaggi nascosti. Queste narrazioni richiedono tempo, e che ci disponiamo
gratuitamente ad ascoltare e interpretare con pazienza, perché non entrano in un messaggio delle reti
sociali. Dobbiamo accettare che tutta la saggezza di cui abbiamo bisogno per la vita non può essere
racchiusa entro i limiti imposti dalle attuali risorse della comunicazione.

196. Nel libro La saggezza del tempo[104] ho espresso alcuni desideri sotto forma di richieste. «Che
cosa chiedo agli anziani, tra i quali annovero anche me stesso? Chiedo che siamo custodi della
memoria. Noi nonni e nonne abbiamo bisogno di formare un coro. Immagino gli anziani come il coro
permanente di un importante santuario spirituale, in cui le preghiere di supplica e i canti di lode
sostengono l’intera comunità che lavora e lotta nel campo della vita».[105] È bello che «i giovani e le
ragazze, i vecchi insieme ai bambini, lodino il nome del Signore» (Sal 148,12-13).

197. Che cosa possiamo dare ai giovani noi anziani? «Ai giovani di oggi che vivono la loro miscela di
ambizioni eroiche e di insicurezze, possiamo ricordare che una vita senza amore è una vita sterile».[106]
Cosa possiamo dire loro? «Ai giovani timorosi possiamo dire che l’ansia per il futuro può essere
superata».[107] Cosa possiamo insegnare loro? «Ai giovani eccessivamente preoccupati di sé stessi
possiamo insegnare che si sperimenta una gioia più grande nel dare che nel ricevere, e che l’amore non
si dimostra solo con le parole, ma anche con le opere».[108]

Rischiare insieme
198. L’amore che si dà e che opera, tante volte sbaglia. Colui che agisce, che rischia, spesso commette
errori. A questo proposito, può risultare interessante la testimonianza di Maria Gabriela Perin, orfana di
padre dalla nascita, che riflette sul modo in cui questo ha influenzato la sua vita, in una relazione che
non è durata ma che ha fatto di lei una madre e ora una nonna: «Quello che so è che Dio crea storie.
Nel suo genio e nella sua misericordia, Egli prende i nostri trionfi e fallimenti e tesse bellissimi arazzi pieni
di ironia. Il rovescio del tessuto può sembrare disordinato con i suoi fili aggrovigliati – gli avvenimenti
della nostra vita – e forse è quel lato che non ci lascia in pace quando abbiamo dei dubbi. Tuttavia, il lato
buono dell’arazzo mostra una storia magnifica, e questo è il lato che vede Dio».[109] Quando le persone
anziane guardano con attenzione la vita, spesso capiscono istintivamente cosa c’è dietro i fili
aggrovigliati e riconoscono ciò che Dio compie in modo creativo persino con i nostri errori.

199. Se camminiamo insieme, giovani e anziani, potremo essere ben radicati nel presente e, da questa
posizione, frequentare il passato e il futuro: frequentare il passato, per imparare dalla storia e per
guarire le ferite che a volte ci condizionano; frequentare il futuro, per alimentare l’entusiasmo, far
germogliare i sogni, suscitare profezie, far fiorire le speranze. In questo modo, uniti, potremo imparare
gli uni dagli altri, riscaldare i cuori, ispirare le nostre menti con la luce del Vangelo e dare nuova forza alle
nostre mani.

200. Le radici non sono ancore che ci legano ad altre epoche e ci impediscono di incarnarci nel mondo
attuale per far nascere qualcosa di nuovo. Sono, al contrario, un punto di radicamento che ci consente
di crescere e di rispondere alle nuove sfide. Quindi, non serve neanche «che ci sediamo a ricordare con
nostalgia i tempi passati; dobbiamo prenderci a cuore la nostra cultura con realismo e amore e riempirla
di Vangelo. Siamo inviati oggi ad annunciare la Buona Novella di Gesù ai tempi nuovi. Dobbiamo amare il
nostro tempo con le sue possibilità e i suoi rischi, con le sue gioie e i suoi dolori, con le sue ricchezze e i
suoi limiti, con i suoi successi e i suoi errori».[110]

201. Nel Sinodo uno degli uditori, un giovane delle Isole Samoa, ha detto che la Chiesa è una canoa, in
cui gli anziani aiutano a mantenere la rotta interpretando la posizione delle stelle e i giovani remano con
forza immaginando ciò che li attende più in là. Non lasciamoci portare fuori strada né dai giovani che
pensano che gli adulti siano un passato che non conta più, che è già superato, né dagli adulti che
credono di sapere sempre come dovrebbero comportarsi i giovani. Piuttosto, saliamo tutti sulla stessa
canoa e insieme cerchiamo un mondo migliore, sotto l’impulso sempre nuovo dello Spirito Santo.

CAPITOLO SETTIMO
La pastorale dei giovani

202. La pastorale giovanile, così come eravamo abituati a portarla avanti, ha subito l’assalto dei
cambiamenti sociali e culturali. I giovani, nelle strutture consuete, spesso non trovano risposte alle loro
inquietudini, alle loro esigenze, alle loro problematiche e alle loro ferite. La proliferazione e la crescita di
associazioni e movimenti con caratteristiche prevalentemente giovanili possono essere interpretate
come un’azione dello Spirito che apre nuove strade. È necessario, tuttavia, approfondire la loro
partecipazione alla pastorale d’insieme della Chiesa, come pure una maggiore comunione tra loro entro
un migliore coordinamento dell’azione. Anche se non è sempre facile accostare i giovani, stiamo
crescendo su due aspetti: la consapevolezza che è l’intera comunità che li evangelizza e l’urgenza che i
giovani siano più protagonisti nelle proposte pastorali.

Una pastorale sinodale


203. Voglio sottolineare che i giovani stessi sono attori della pastorale giovanile, accompagnati e
guidati, ma liberi di trovare strade sempre nuove con creatività e audacia. Di conseguenza, sarebbe
superfluo soffermarmi qui a proporre qualche sorta di manuale di pastorale giovanile o una guida pratica
di pastorale. Si tratta piuttosto di fare ricorso all’astuzia, all’ingegno e alla conoscenza che i giovani
stessi hanno della sensibilità, del linguaggio e delle problematiche degli altri giovani.

204. Essi ci mostrano la necessità di assumere nuovi stili e nuove strategie. Ad esempio, mentre gli
adulti cercano di avere tutto programmato, con riunioni periodiche e orari fissi, oggi la maggior parte dei
giovani si sente poco attratta da questi schemi pastorali. La pastorale giovanile ha bisogno di acquisire
un’altra flessibilità e invitare i giovani ad avvenimenti che ogni tanto offrano loro un luogo dove non solo
ricevano una formazione, ma che permetta loro anche di condividere la vita, festeggiare, cantare,
ascoltare testimonianze concrete e sperimentare l’incontro comunitario con il Dio vivente.

205. D’altra parte, sarebbe molto auspicabile raccogliere ancora di più le buone pratiche: quelle
metodologie, quei linguaggi, quelle motivazioni che sono risultati effettivamente attraenti per avvicinare i
giovani a Cristo e alla Chiesa. Non importa di che colore siano, se “conservatori o progressisti”, se “di
destra o di sinistra”. L’importante è raccogliere tutto ciò che ha dato buoni risultati e che sia efficace per
comunicare la gioia del Vangelo.

206. La pastorale giovanile non può che essere sinodale, vale a dire capace di dar forma a un
“camminare insieme” che implica una «valorizzazione dei carismi che lo Spirito dona secondo la
vocazione e il ruolo di ciascuno dei membri [della Chiesa], attraverso un dinamismo di corresponsabilità.
[…] Animati da questo spirito, potremo procedere verso una Chiesa partecipativa e corresponsabile,
capace di valorizzare la ricchezza della varietà di cui si compone, accogliendo con gratitudine anche
l’apporto dei fedeli laici, tra cui giovani e donne, quello della vita consacrata femminile e maschile, e
quello di gruppi, associazioni e movimenti. Nessuno deve essere messo o potersi mettere in
disparte».[111]

207. In questo modo, imparando gli uni dagli altri, potremo riflettere meglio quel meraviglioso poliedro
che dev’essere la Chiesa di Gesù Cristo. Essa può attrarre i giovani proprio perché non è un’unità
monolitica, ma una rete di svariati doni che lo Spirito riversa incessantemente in essa, rendendola
sempre nuova nonostante le sue miserie.

208. Al Sinodo sono emerse molte proposte concrete volte a rinnovare la pastorale giovanile e liberarla
da schemi che non sono più efficaci perché non entrano in dialogo con la cultura attuale dei giovani. È
chiaro che non mi sarebbe possibile raccoglierle tutte qui; alcune di esse si possono trovare nel
Documento Finale del Sinodo.

Grandi linee d’azione


209. Vorrei solo sottolineare brevemente che la pastorale giovanile comporta due grandi linee d’azione.
Una è la ricerca, l’invito, la chiamata che attiri nuovi giovani verso l’esperienza del Signore. L’altra è la
crescita, lo sviluppo di un percorso di maturazione di chi ha già vissuto quell’esperienza.

210. Per quanto riguarda il primo punto, la ricerca, confido nella capacità dei giovani stessi, che sanno
trovare le vie attraenti per invitare. Sanno organizzare festival, competizioni sportive, e sanno anche
evangelizzare nelle reti sociali con messaggi, canzoni, video e altri interventi. Dobbiamo soltanto
stimolare i giovani e dare loro libertà di azione perché si entusiasmino alla missione negli ambienti
giovanili. Il primo annuncio può risvegliare una profonda esperienza di fede durante un “ritiro di impatto”,
in una conversazione al bar, in un momento di pausa nella facoltà, o attraverso una delle insondabili vie
di Dio. Ma la cosa più importante è che ogni giovane trovi il coraggio di seminare il primo annuncio in
quella terra fertile che è il cuore di un altro giovane.

211. In questa ricerca va privilegiato il linguaggio della vicinanza, il linguaggio dell’amore disinteressato,
relazionale ed esistenziale che tocca il cuore, raggiunge la vita, risveglia speranza e desideri. Bisogna
avvicinarsi ai giovani con la grammatica dell’amore, non con il proselitismo. Il linguaggio che i giovani
comprendono è quello di coloro che danno la vita, che sono lì a causa loro e per loro, e di coloro che,
nonostante i propri limiti e le proprie debolezze, si sforzano di vivere la fede in modo coerente. Allo
stesso tempo, dobbiamo ancora ricercare con maggiore sensibilità come incarnare il kerygma nel
linguaggio dei giovani d’oggi.

212. Per quanto riguarda la crescita, vorrei dare un avvertimento importante. In alcuni luoghi accade
che, dopo aver provocato nei giovani un’intensa esperienza di Dio, un incontro con Gesù che ha toccato
il loro cuore, vengono loro proposti incontri di “formazione” nei quali si affrontano solo questioni
dottrinali e morali: sui mali del mondo di oggi, sulla Chiesa, sulla dottrina sociale, sulla castità, sul
matrimonio, sul controllo delle nascite e su altri temi. Il risultato è che molti giovani si annoiano,
perdono il fuoco dell’incontro con Cristo e la gioia di seguirlo, molti abbandonano il cammino e altri
diventano tristi e negativi. Plachiamo l’ansia di trasmettere una gran quantità di contenuti dottrinali e,
soprattutto, cerchiamo di suscitare e radicare le grandi esperienze che sostengono la vita cristiana.
Come diceva Romano Guardini: «Nell’esperienza di un grande amore […] tutto ciò che accade diventa
un avvenimento nel suo ambito».[112]

213. Qualsiasi progetto formativo, qualsiasi percorso di crescita per i giovani, deve certamente includere
una formazione dottrinale e morale. È altrettanto importante che sia centrato su due assi principali: uno
è l’approfondimento del kerygma, l’esperienza fondante dell’incontro con Dio attraverso Cristo morto e
risorto. L’altro è la crescita nell’amore fraterno, nella vita comunitaria, nel servizio.

214. Ho insistito molto su questo in Evangelii gaudium e penso che sia opportuno ricordarlo. Da un
lato, sarebbe un grave errore pensare che nella pastorale giovanile «il kerygma venga abbandonato a
favore di una formazione che si presupporrebbe essere più “solida”. Non c’è nulla di più solido, di più
profondo, di più sicuro, di più consistente e di più saggio di tale annuncio. Tutta la formazione cristiana è
prima di tutto l’approfondimento del kerygma che va facendosi carne sempre più e sempre
meglio».[113] Pertanto, la pastorale giovanile dovrebbe sempre includere momenti che aiutino a
rinnovare e ad approfondire l’esperienza personale dell’amore di Dio e di Gesù Cristo vivo. Lo farà
attingendo a varie risorse: testimonianze, canti, momenti di adorazione, spazi di riflessione spirituale
con la Sacra Scrittura, e anche con vari stimoli attraverso le reti sociali. Ma questa gioiosa esperienza di
incontro con il Signore non deve mai essere sostituita da una sorta di “indottrinamento”.

215. D’altra parte, qualunque piano di pastorale giovanile deve chiaramente incorporare vari mezzi e
risorse per aiutare i giovani a crescere nella fraternità, a vivere come fratelli, ad aiutarsi a vicenda, a fare
comunità, a servire gli altri, ad essere vicini ai poveri. Se l’amore fraterno è il «comandamento nuovo»
(Gv 13,34), se è la «pienezza della Legge» (Rm 13,10), se è ciò che meglio manifesta il nostro amore
per Dio, allora deve occupare un posto rilevante in ogni piano di formazione e di crescita dei giovani.

Ambienti adeguati
216. In tutte le nostre istituzioni dobbiamo sviluppare e potenziare molto di più la nostra capacità di
accoglienza cordiale, perché molti giovani che arrivano si trovano in una profonda situazione di
orfanezza. E non mi riferisco a determinati conflitti familiari, ma ad un’esperienza che riguarda allo
stesso modo bambini, giovani e adulti, madri, padri e figli. Per tanti orfani e orfane nostri contemporanei
– forse per noi stessi – le comunità come la parrocchia e la scuola dovrebbero offrire percorsi di amore
gratuito e promozione, di affermazione e crescita. Molti giovani oggi si sentono figli del fallimento,
perché i sogni dei loro genitori e dei loro nonni sono bruciati sul rogo dell’ingiustizia, della violenza
sociale, del “si salvi chi può”. Quanto sradicamento! Se i giovani sono cresciuti in un mondo di ceneri,
non è facile per loro sostenere il fuoco di grandi desideri e progetti. Se sono cresciuti in un deserto
vuoto di significato, come potranno aver voglia di sacrificarsi per seminare? L’esperienza di discontinuità,
di sradicamento e la caduta delle certezze di base, favorita dall’odierna cultura mediatica, provocano
quella sensazione di profonda orfanezza alla quale dobbiamo rispondere creando spazi fraterni e
attraenti dove si viva con un senso.

217. Fare “casa” in definitiva «è fare famiglia; è imparare a sentirsi uniti agli altri al di là di vincoli
utilitaristici o funzionali, uniti in modo da sentire la vita un po’ più umana. Creare casa è permettere che
la profezia prenda corpo e renda le nostre ore e i nostri giorni meno inospitali, meno indifferenti e
anonimi. È creare legami che si costruiscono con gesti semplici, quotidiani e che tutti possiamo
compiere. Una casa, lo sappiamo tutti molto bene, ha bisogno della collaborazione di tutti. Nessuno può
essere indifferente o estraneo, perché ognuno è una pietra necessaria alla sua costruzione. Questo
implica il chiedere al Signore che ci dia la grazia di imparare ad aver pazienza, di imparare a perdonarci;
imparare ogni giorno a ricominciare. E quante volte perdonare e ricominciare? Settanta volte sette,
tutte quelle che sono necessarie. Creare relazioni forti esige la fiducia che si alimenta ogni giorno di
pazienza e di perdono. E così si attua il miracolo di sperimentare che qui si nasce di nuovo; qui tutti
nasciamo di nuovo perché sentiamo efficace la carezza di Dio che ci rende possibile sognare il mondo
più umano e, perciò, più divino».[114]

218. In questo quadro, nelle nostre istituzioni dobbiamo offrire ai giovani luoghi appropriati, che essi
possano gestire a loro piacimento e dove possano entrare e uscire liberamente, luoghi che li accolgano
e dove possano recarsi spontaneamente e con fiducia per incontrare altri giovani sia nei momenti di
sofferenza o di noia, sia quando desiderano festeggiare le loro gioie. Qualcosa del genere hanno
realizzato alcuni oratori e altri centri giovanili, che in molti casi sono l’ambiente in cui i giovani vivono
esperienze di amicizia e di innamoramento, dove si ritrovano, possono condividere musica, attività
ricreative, sport, e anche la riflessione e la preghiera, con piccoli sussidi e diverse proposte. In questo
modo si fa strada quell’indispensabile annuncio da persona a persona, che non può essere sostituito da
nessuna risorsa o strategia pastorale.

219. «L’amicizia e il confronto, spesso anche in gruppi più o meno strutturati, offre l’opportunità di
rafforzare competenze sociali e relazionali in un contesto in cui non si è valutati e giudicati. L’esperienza
di gruppo costituisce anche una grande risorsa per la condivisione della fede e per l’aiuto reciproco nella
testimonianza. I giovani sono capaci di guidare altri giovani e di vivere un vero apostolato in mezzo ai
propri amici».[115]

220. Questo non significa che si isolino e perdano ogni contatto con le comunità parrocchiali, i
movimenti e le altre istituzioni ecclesiali. Essi però si inseriranno meglio in comunità aperte, vive nella
fede, desiderose di irradiare Gesù Cristo, gioiose, libere, fraterne e impegnate. Queste comunità
possono essere i canali in cui loro sentono che è possibile coltivare relazioni preziose.

La pastorale delle istituzioni educative


221. La scuola è senza dubbio una piattaforma per avvicinarsi ai bambini e ai giovani. Essa è luogo
privilegiato di promozione della persona, e per questo la comunità cristiana ha sempre avuto per essa
grande attenzione, sia formando docenti e dirigenti, sia istituendo proprie scuole, di ogni genere e
grado. In questo campo lo Spirito ha suscitato innumerevoli carismi e testimonianze di santità. Tuttavia,
la scuola ha bisogno di una urgente autocritica, se si considerano i risultati della pastorale di molte
istituzioni educative, una pastorale concentrata sull’istruzione religiosa che risulta spesso incapace di
suscitare esperienze di fede durature. Inoltre, ci sono alcune scuole cattoliche che sembrano essere
organizzate solo per conservare l’esistente. La fobia del cambiamento le rende incapaci di sopportare
l’incertezza e le spinge a chiudersi di fronte ai pericoli, reali o immaginari, che ogni cambiamento porta
con sé. La scuola trasformata in un “bunker” che protegge dagli errori “di fuori” è l’espressione
caricaturale di questa tendenza. Questa immagine riflette in modo provocatorio ciò che sperimentano
molti giovani al momento della loro uscita da alcuni istituti educativi: un’insormontabile discrepanza tra
ciò che hanno loro insegnato e il mondo in cui si trovano a vivere. Anche le proposte religiose e morali
che hanno ricevuto non li hanno preparati a confrontarle con un mondo che le ridicolizza, e non hanno
imparato modi di pregare e di vivere la fede che possano essere facilmente sostenuti in mezzo al ritmo
di questa società. In realtà, una delle gioie più grandi di un educatore consiste nel vedere un allievo che
si costituisce come una persona forte, integrata, protagonista e capace di dare.

222. La scuola cattolica continua ad essere essenziale come spazio di evangelizzazione dei giovani. È
importante tener conto di alcuni criteri ispiratori indicati nella Costituzione apostolica Veritatis gaudium
in vista di un rinnovamento e rilancio delle scuole e delle università “in uscita” missionaria, quali:
l’esperienza del kerygma, il dialogo a tutti i livelli, l’interdisciplinarietà e la transdisciplinarietà, la
promozione della cultura dell’incontro, l’urgente necessità di “fare rete” e l’opzione per gli ultimi, per
coloro che la società scarta e getta via.[116] E anche la capacità di integrare i saperi della testa, del
cuore e delle mani.

223. D’altra parte, non possiamo separare la formazione spirituale dalla formazione culturale. La Chiesa
ha sempre voluto sviluppare per i giovani spazi per la migliore cultura. Non deve rinunciarvi, perché i
giovani ne hanno diritto. «Oggi specialmente, diritto alla cultura significa tutelare la sapienza, cioè un
sapere umano e umanizzante. Troppo spesso si è condizionati da modelli di vita banali ed effimeri, che
spingono a perseguire il successo a basso costo, screditando il sacrificio, inculcando l’idea che lo studio
non serve se non dà subito qualcosa di concreto. No, lo studio serve a porsi domande, a non farsi
anestetizzare dalla banalità, a cercare senso nella vita. È da rivendicare il diritto a non far prevalere le
tante sirene che oggi distolgono da questa ricerca. Ulisse, per non cedere al canto delle sirene, che
ammaliavano i marinai e li facevano sfracellare contro gli scogli, si legò all’albero della nave e turò gli
orecchi dei compagni di viaggio. Invece Orfeo, per contrastare il canto delle sirene, fece qualcos’altro:
intonò una melodia più bella, che incantò le sirene. Ecco il vostro grande compito: rispondere ai ritornelli
paralizzanti del consumismo culturale con scelte dinamiche e forti, con la ricerca, la conoscenza e la
condivisione».[117]

Diversi ambiti di sviluppo pastorale


224. Molti giovani sono capaci di imparare a gustare il silenzio e l’intimità con Dio. Sono aumentati
anche i gruppi che si riuniscono per adorare il Santissimo Sacramento e per pregare con la Parola di Dio.
Non bisogna sottovalutare i giovani come se fossero incapaci di aprirsi a proposte contemplative.
Occorre solo trovare gli stili e le modalità appropriati per aiutarli a introdursi in questa esperienza di così
alto valore. Per quanto riguarda gli ambiti del culto e della preghiera, «in diversi contesti i giovani cattolici
chiedono proposte di preghiera e momenti sacramentali capaci di intercettare la loro vita quotidiana in
una liturgia fresca, autentica e gioiosa».[118] È importante valorizzare i momenti più forti dell’anno
liturgico, in particolare la Settimana Santa, la Pentecoste e il Natale. A loro piacciono molto anche altri
incontri di festa, che spezzano la routine e aiutano a sperimentare la gioia della fede.

225. Un’opportunità privilegiata per la crescita e anche per l’apertura al dono divino della fede e della
carità è il servizio: molti giovani si sentono attratti dalla possibilità di aiutare gli altri, specialmente i
bambini e i poveri. Spesso questo servizio rappresenta il primo passo per scoprire o riscoprire la vita
cristiana ed ecclesiale. Molti giovani si stancano dei nostri programmi di formazione dottrinale e anche
spirituale, e a volte rivendicano la possibilità di essere più protagonisti in attività che facciano qualcosa
per la gente.

226. Non possiamo dimenticare le espressioni artistiche, come il teatro, la pittura e altre. «Del tutto
peculiare è l’importanza della musica, che rappresenta un vero e proprio ambiente in cui i giovani sono
costantemente immersi, come pure una cultura e un linguaggio capaci di suscitare emozioni e di
plasmare l’identità. Il linguaggio musicale rappresenta anche una risorsa pastorale, che interpella in
particolare la liturgia e il suo rinnovamento».[119] Il canto può essere un grande stimolo per il percorso
dei giovani. Diceva Sant’Agostino: «Canta, ma cammina; allevia con il canto il tuo lavoro, non amare la
pigrizia: canta e cammina. [...] Tu, se avanzi, cammini; però avanza nel bene, nella retta fede, nelle
buone opere: canta e cammina».[120]

227. «Altrettanto significativo è il rilievo che tra i giovani assume la pratica sportiva, di cui la Chiesa non
deve sottovalutare le potenzialità in chiave educativa e formativa, mantenendo una solida presenza al
suo interno. Il mondo dello sport ha bisogno di essere aiutato a superare le ambiguità da cui è percorso,
quali la mitizzazione dei campioni, l’asservimento a logiche commerciali e l’ideologia del successo a ogni
costo».[121] Alla base dell’esperienza sportiva c’è «la gioia: la gioia di muoversi, la gioia di stare insieme,
la gioia per la vita e per i doni che il Creatore ci fa ogni giorno».[122] D’altra parte, alcuni Padri della
Chiesa hanno utilizzato l’esempio delle pratiche sportive per invitare i giovani a crescere in termini di
forza e a padroneggiare la sonnolenza o la comodità. San Basilio Magno, rivolgendosi ai giovani,
prendeva l’esempio dello sforzo richiesto dallo sport e così inculcava in loro la capacità di sacrificarsi per
crescere nelle virtù: «Dopo essersi imposti mille e mille sacrifici per accrescere con tutti i mezzi la loro
forza fisica, sudando nei faticosi esercizi della palestra, [...] e, per farla breve, dopo aver fatto in modo
che tutto il periodo che precede la grande prova non sia che una preparazione, [...] danno fondo a tutte
le loro risorse fisiche e psichiche, pur di guadagnare una corona […]. E noi che ci attendiamo, nell’altra
vita, premi così straordinari che nessuna lingua può degnamente descrivere, pensiamo forse di poterli
raggiungere passando la vita tra le mollezze e nell’inerzia?».[123]

228. In molti adolescenti e giovani suscita speciale attrazione il contatto con il creato e sono sensibili
alla salvaguardia dell’ambiente, come nel caso degli scout e di altri gruppi che organizzano giornate in
mezzo alla natura, campeggi, passeggiate, escursioni e campagne ambientaliste. Nello spirito di San
Francesco d’Assisi, queste sono esperienze che possono tracciare un cammino per introdursi alla scuola
della fraternità universale e alla preghiera contemplativa.

229. Queste e altre diverse possibilità che si aprono all’evangelizzazione dei giovani non devono farci
dimenticare che, al di là dei cambiamenti della storia e della sensibilità dei giovani, ci sono doni di Dio che
sono sempre attuali, che contengono una forza che trascende tutte le epoche e tutte le circostanze: la
Parola del Signore sempre viva ed efficace, la presenza di Cristo nell’Eucaristia che ci nutre, il
Sacramento del perdono che ci libera e ci fortifica. Possiamo anche menzionare l’inesauribile ricchezza
spirituale che la Chiesa conserva nella testimonianza dei suoi santi e nell’insegnamento dei grandi
maestri spirituali. Anche se dobbiamo rispettare le diverse fasi e a volte dobbiamo aspettare con
pazienza il momento giusto, non possiamo non invitare i giovani a queste sorgenti di vita nuova, non
abbiamo il diritto di privarli di tanto bene.

Una pastorale giovanile popolare


230. Oltre al consueto lavoro pastorale che realizzano le parrocchie e i movimenti, secondo determinati
schemi, è molto importante dare spazio a una “pastorale giovanile popolare”, che ha un altro stile, altri
tempi, un altro ritmo, un’altra metodologia. Consiste in una pastorale più ampia e flessibile che stimoli,
nei diversi luoghi in cui si muovono concretamente i giovani, quelle guide naturali e quei carismi che lo
Spirito Santo ha già seminato tra loro. Si tratta prima di tutto di non porre tanti ostacoli, norme,
controlli e inquadramenti obbligatori a quei giovani credenti che sono leader naturali nei quartieri e nei
diversi ambienti. Dobbiamo limitarci ad accompagnarli e stimolarli, confidando un po’ di più nella fantasia
dello Spirito Santo che agisce come vuole.

231. Parliamo di leader realmente “popolari”, non elitari o chiusi in piccoli gruppi di eletti. Perché siano
capaci di dar vita a una pastorale popolare nel mondo dei giovani, occorre che «imparino a percepire i
sentimenti della gente, a farsi suoi portavoce e a lavorare per la sua promozione».[124] Quando
parliamo di “popolo” non si deve intendere le strutture della società o della Chiesa, quanto piuttosto
l’insieme di persone che non camminano come individui ma come il tessuto di una comunità di tutti e
per tutti, che non può permettere che i più poveri e i più deboli rimangano indietro: «Il popolo vuole che
tutti partecipino dei beni comuni e per questo accetta di adattarsi al passo degli ultimi per arrivare tutti
insieme».[125] I leader popolari, quindi, sono coloro che hanno la capacità di coinvolgere tutti,
includendo nel cammino giovanile i più poveri, deboli, limitati e feriti. Non provano disagio né sono
spaventati dai giovani piagati e crocifissi.

232. In questa stessa linea, specialmente con i giovani che non sono cresciuti in famiglie o istituzioni
cristiane, e sono in un cammino di lenta maturazione, dobbiamo stimolare il bene possibile.[126] Cristo ci
ha avvertito di non pretendere che tutto sia solo grano (cfr Mt 13,24-30). A volte, per pretendere una
pastorale giovanile asettica, pura, caratterizzata da idee astratte, lontana dal mondo e preservata da
ogni macchia, riduciamo il Vangelo a una proposta insipida, incomprensibile, lontana, separata dalle
culture giovanili e adatta solo ad un’élite giovanile cristiana che si sente diversa, ma che in realtà
galleggia in un isolamento senza vita né fecondità. Così, insieme alla zizzania che rifiutiamo, sradichiamo
o soffochiamo migliaia di germogli che cercano di crescere in mezzo ai limiti.

233. Invece di «soffocarli con un insieme di regole che danno del cristianesimo un’immagine riduttiva e
moralistica, siamo chiamati a investire sulla loro audacia ed educarli ad assumersi le loro responsabilità,
certi che anche l’errore, il fallimento e la crisi sono esperienze che possono rafforzare la loro
umanità».[127]

234. Nel Sinodo si è esortato a costruire una pastorale giovanile capace di creare spazi inclusivi, dove ci
sia posto per ogni tipo di giovani e dove si manifesti realmente che siamo una Chiesa con le porte
aperte. E non è nemmeno necessario che uno accetti completamente tutti gli insegnamenti della Chiesa
per poter partecipare ad alcuni dei nostri spazi dedicati ai giovani. Basta un atteggiamento aperto verso
tutti quelli che hanno il desiderio e la disponibilità a lasciarsi incontrare dalla verità rivelata da Dio. Alcune
proposte pastorali possono richiedere di aver già percorso un certo cammino di fede, ma abbiamo
bisogno di una pastorale giovanile popolare che apra le porte e dia spazio a tutti e a ciascuno con i loro
dubbi, traumi, problemi e la loro ricerca di identità, con i loro errori, storie, esperienze del peccato e
tutte le loro difficoltà.

235. Deve esserci spazio anche per «tutti quelli che hanno altre visioni della vita, professano altre fedi o
si dichiarano estranei all’orizzonte religioso. Tutti i giovani, nessuno escluso, sono nel cuore di Dio e
quindi anche nel cuore della Chiesa. Riconosciamo però francamente che non sempre questa
affermazione che risuona sulle nostre labbra trova reale espressione nella nostra azione pastorale:
spesso restiamo chiusi nei nostri ambienti, dove la loro voce non arriva, o ci dedichiamo ad attività
meno esigenti e più gratificanti, soffocando quella sana inquietudine pastorale che ci fa uscire dalle
nostre presunte sicurezze. Eppure il Vangelo ci chiede di osare e vogliamo farlo senza presunzione e
senza fare proselitismo, testimoniando l’amore del Signore e tendendo la mano a tutti i giovani del
mondo».[128]

236. La pastorale giovanile, quando smette di essere elitaria e accetta di essere “popolare”, è un
processo lento, rispettoso, paziente, fiducioso, instancabile, compassionevole. Nel Sinodo è stato
proposto l’esempio dei discepoli di Emmaus (cfr Lc 24,13-35), che può essere anche modello di quanto
avviene nella pastorale giovanile.

237. «Gesù cammina con i due discepoli che non hanno compreso il senso della sua vicenda e si stanno
allontanando da Gerusalemme e dalla comunità. Per stare in loro compagnia, percorre la strada con
loro. Li interroga e si mette in paziente ascolto della loro versione dei fatti per aiutarli a riconoscere
quanto stanno vivendo. Poi, con affetto ed energia, annuncia loro la Parola, conducendoli a interpretare
alla luce delle Scritture gli eventi che hanno vissuto. Accetta l’invito a fermarsi presso di loro al calar della
sera: entra nella loro notte. Nell’ascolto il loro cuore si riscalda e la loro mente si illumina, nella frazione
del pane i loro occhi si aprono. Sono loro stessi a scegliere di riprendere senza indugio il cammino in
direzione opposta, per ritornare alla comunità, condividendo l’esperienza dell’incontro con il
Risorto».[129]

238. Le diverse manifestazioni della pietà popolare, specialmente i pellegrinaggi, attirano giovani che
non si inseriscono facilmente nelle strutture ecclesiali, e sono un’espressione concreta della fiducia in
Dio. Queste forme di ricerca di Dio, presenti particolarmente nei giovani più poveri, ma anche negli altri
settori della società, non devono essere disprezzate, ma incoraggiate e stimolate. Perché la pietà
popolare «è un modo legittimo di vivere la fede»[130] ed è «espressione dell’azione missionaria
spontanea del popolo di Dio».[131]

Sempre missionari
239. Voglio ricordare che non è necessario fare un lungo percorso perché i giovani diventino missionari.
Anche i più deboli, limitati e feriti possono esserlo a modo loro, perché bisogna sempre permettere che il
bene venga comunicato, anche se coesiste con molte fragilità. Un giovane che va in pellegrinaggio per
chiedere aiuto alla Madonna e invita un amico o un compagno ad accompagnarlo, con questo semplice
gesto sta compiendo una preziosa azione missionaria. Insieme alla pastorale giovanile popolare è
presente, inseparabilmente, una missione popolare, incontrollabile, che rompe tutti gli schemi
ecclesiastici. Accompagniamola, incoraggiamola, ma non pretendiamo di regolarla troppo.

240. Se sappiamo ascoltare quello che ci sta dicendo lo Spirito, non possiamo ignorare che la pastorale
giovanile dev’essere sempre una pastorale missionaria. I giovani si arricchiscono molto quando
superano la timidezza e trovano il coraggio di andare a visitare le case, e in questo modo entrano in
contatto con la vita delle persone, imparano a guardare al di là della propria famiglia e del proprio
gruppo, cominciano a capire la vita in una prospettiva più ampia. Nello stesso tempo, la loro fede e il
loro senso di appartenenza alla Chiesa si rafforzano. Le missioni giovanili, che di solito vengono
organizzate durante i periodi di vacanza dopo un periodo di preparazione, possono suscitare un
rinnovamento dell’esperienza di fede e anche seri approcci vocazionali.

241. I giovani, però, sono capaci di creare nuove forme di missione, negli ambiti più diversi. Per
esempio, dal momento che si muovono così bene nelle reti sociali, bisogna coinvolgerli perché le
riempiano di Dio, di fraternità, di impegno.

L’accompagnamento da parte degli adulti


242. I giovani hanno bisogno di essere rispettati nella loro libertà, ma hanno bisogno anche di essere
accompagnati. La famiglia dovrebbe essere il primo spazio di accompagnamento. La pastorale giovanile
propone un progetto di vita basato su Cristo: la costruzione di una casa, di una famiglia costruita sulla
roccia (cfr Mt 7,24-25). Quella famiglia, quel progetto, per la maggior parte di loro si concretizzerà nel
matrimonio e nella carità coniugale. Per questo è necessario che la pastorale giovanile e la pastorale
familiare stiano in una continuità naturale, operando in modo coordinato e integrato per poter
accompagnare adeguatamente il processo vocazionale.

243. La comunità svolge un ruolo molto importante nell’accompagnamento dei giovani, ed è la


comunità intera che deve sentirsi responsabile di accoglierli, motivarli, incoraggiarli e stimolarli. Ciò
implica che i giovani siano guardati con comprensione, stima e affetto, e che non li si giudichi
continuamente o si esiga da loro una perfezione che non corrisponde alla loro età.

244. Nel Sinodo «molti hanno rilevato la carenza di persone esperte e dedicate all’accompagnamento.
Credere al valore teologico e pastorale dell’ascolto implica un ripensamento per rinnovare le forme con
cui ordinariamente il ministero presbiterale si esprime e una verifica delle sue priorità. Inoltre il Sinodo
riconosce la necessità di preparare consacrati e laici, uomini e donne, che siano qualificati per
l’accompagnamento dei giovani. Il carisma dell’ascolto che lo Spirito Santo fa sorgere nelle comunità
potrebbe anche ricevere una forma di riconoscimento istituzionale per il servizio ecclesiale».[132]

245. Inoltre, bisogna accompagnare specialmente i giovani che si presentano come potenziali leader, in
modo che possano formarsi e prepararsi. I giovani che si sono riuniti prima del Sinodo hanno chiesto
che si sviluppino «nuovi programmi di leadership per la formazione e lo sviluppo continuo di giovani
guide. Alcune giovani donne percepiscono una mancanza di figure di riferimento femminili all’interno della
Chiesa, alla quale anch’esse desiderano donare i loro talenti intellettuali e professionali. Riteniamo inoltre
che seminaristi e religiosi dovrebbero essere ancor più capaci di accompagnare i giovani che ricoprono
tali ruoli di responsabilità».[133]

246. I giovani stessi ci hanno descritto quali sono le caratteristiche che sperano di trovare in chi li
accompagna, e lo hanno espresso molto chiaramente: «Un simile accompagnatore dovrebbe
possedere alcune qualità: essere un cristiano fedele impegnato nella Chiesa e nel mondo; essere in
continua ricerca della santità; essere un confidente che non giudica; ascoltare attivamente i bisogni dei
giovani e dare risposte adeguate; essere pieno d’amore e di consapevolezza di sé; riconoscere i propri
limiti ed essere esperto delle gioie e dei dolori della vita spirituale. Una qualità di primaria importanza
negli accompagnatori è il riconoscimento della propria umanità, ovvero che sono esseri umani e che
quindi sbagliano: non persone perfette, ma peccatori perdonati. A volte gli accompagnatori vengono
messi su un piedistallo, e la loro caduta può avere effetti devastanti sulla capacità dei giovani di
continuare ad impegnarsi nella Chiesa. Gli accompagnatori non dovrebbero guidare i giovani come se
questi fossero seguaci passivi, ma camminare al loro fianco, consentendo loro di essere partecipanti
attivi del cammino. Dovrebbero rispettare la libertà che fa parte del processo di discernimento di un
giovane, fornendo gli strumenti per compierlo al meglio. Un accompagnatore dovrebbe essere
profondamente convinto della capacità di un giovane di prendere parte alla vita della Chiesa. Un
accompagnatore dovrebbe coltivare i semi della fede nei giovani, senza aspettarsi di vedere
immediatamente i frutti dell’opera dello Spirito Santo. Il ruolo di accompagnatore non è e non può
essere riservato solo a sacerdoti e a persone consacrate, ma anche i laici dovrebbero essere messi in
condizione di ricoprirlo. Tutti gli accompagnatori dovrebbero ricevere una solida formazione di base e
impegnarsi nella formazione permanente».[134]

247. Senza dubbio le istituzioni educative della Chiesa sono un ambiente comunitario di
accompagnamento che permette di orientare molti giovani, soprattutto quando «cercano di accogliere
tutti i giovani, indipendentemente dalle loro scelte religiose, provenienza culturale e situazione
personale, familiare o sociale. In questo modo la Chiesa dà un apporto fondamentale all’educazione
integrale dei giovani nelle più diverse parti del mondo».[135] Ridurrebbero indebitamente la loro funzione
se stabilissero criteri rigidi per l’ammissione degli studenti o per la loro permanenza, perché priverebbero
molti giovani di un accompagnamento che li aiuterebbe ad arricchire la loro vita.

CAPITOLO OTTAVO
La vocazione

248. La parola “vocazione” può essere intesa in senso ampio, come chiamata di Dio. Comprende la
chiamata alla vita, la chiamata all’amicizia con Lui, la chiamata alla santità, e così via. Questo ha un
grande valore, perché colloca tutta la nostra vita di fronte a quel Dio che ci ama e ci permette di capire
che nulla è frutto di un caos senza senso, ma al contrario tutto può essere inserito in un cammino di
risposta al Signore, che ha un progetto stupendo per noi.

249. Nell’Esortazione Gaudete et exsultate ho voluto soffermarmi sulla vocazione di tutti a crescere per
la gloria di Dio, e mi sono proposto di «far risuonare ancora una volta la chiamata alla santità, cercando
di incarnarla nel contesto attuale, con i suoi rischi, le sue sfide e le sue opportunità».[136] Il Concilio
Vaticano II ci ha aiutato a rinnovare la consapevolezza di questa chiamata rivolta ad ognuno: «Tutti i
fedeli d’ogni stato e condizione sono chiamati dal Signore, ognuno per la sua via, a una santità, la cui
perfezione è quella stessa del Padre celeste».[137]

La chiamata all’amicizia con Lui


250. La cosa fondamentale è discernere e scoprire che ciò che vuole Gesù da ogni giovane è prima di
tutto la sua amicizia. Questo è il discernimento fondamentale. Nel dialogo del Signore risorto con il suo
amico Simon Pietro, la grande domanda era: «Simone, figlio di Giovanni, mi ami?» (Gv 21,16). In altre
parole: mi vuoi come amico? La missione che Pietro riceve di prendersi cura delle sue pecore e degli
agnelli sarà sempre in relazione a questo amore gratuito, a questo amore di amicizia.

251. E, se fosse necessario un esempio nel senso contrario, ricordiamo l’incontro-scontro tra il Signore
e il giovane ricco, che ci dice chiaramente come ciò che quel giovane non aveva colto era lo sguardo
amorevole del Signore (cfr Mc 10,21). Se ne andò rattristato, dopo aver seguito una buona ispirazione,
perché non era riuscito a staccarsi dalle molte cose che possedeva (cfr Mt 19,22). Perse l’occasione di
quella che sicuramente avrebbe potuto essere una grande amicizia. E noi rimaniamo senza sapere che
cosa avrebbe potuto essere per noi, che cosa avrebbe potuto fare per l’umanità quel giovane unico che
Gesù aveva guardato con amore e al quale aveva teso la mano.

252. Perché «la vita che Gesù ci dona è una storia d’amore, una storia di vita che desidera mescolarsi
con la nostra e mettere radici nella terra di ognuno. Quella vita non è una salvezza appesa “nella
nuvola” in attesa di venire scaricata, né una nuova “applicazione” da scoprire o un esercizio mentale
frutto di tecniche di crescita personale. Neppure la vita che Dio ci offre è un tutorial con cui apprendere
l’ultima novità. La salvezza che Dio ci dona è un invito a far parte di una storia d’amore che si intreccia
con le nostre storie; che vive e vuole nascere tra noi perché possiamo dare frutto lì dove siamo, come
siamo e con chi siamo. Lì viene il Signore a piantare e a piantarsi».[138]

Il tuo essere per gli altri


253. Vorrei ora soffermarmi sulla vocazione intesa nel senso specifico della chiamata al servizio
missionario verso gli altri. Siamo chiamati dal Signore a partecipare alla sua opera creatrice, offrendo il
nostro contributo al bene comune sulla base delle capacità che abbiamo ricevuto.

254. Questa vocazione missionaria riguarda il nostro servizio agli altri. Perché la nostra vita sulla terra
raggiunge la sua pienezza quando si trasforma in offerta. Ricordo che «la missione al cuore del popolo
non è una parte della mia vita, o un ornamento che mi posso togliere, non è un’appendice, o un
momento tra i tanti dell’esistenza. È qualcosa che non posso sradicare dal mio essere se non voglio
distruggermi. Io sono una missione su questa terra, e per questo mi trovo in questo mondo».[139] Di
conseguenza, dobbiamo pensare che ogni pastorale è vocazionale, ogni formazione è vocazionale e
ogni spiritualità è vocazionale.

255. La tua vocazione non consiste solo nelle attività che devi fare, anche se si esprime in esse. È
qualcosa di più, è un percorso che orienterà molti sforzi e molte azioni verso una direzione di servizio.
Per questo, nel discernimento di una vocazione è importante vedere se uno riconosce in se stesso le
capacità necessarie per quel servizio specifico alla società.

256. Questo dà un valore molto grande a tali compiti, perché essi smettono di essere una somma di
azioni che si compiono per guadagnare denaro, per essere occupati o per compiacere gli altri. Tutto
questo costituisce una vocazione perché siamo chiamati, c’è qualcosa di più di una mera scelta
pragmatica da parte nostra. In definitiva, si tratta di riconoscere per che cosa sono fatto, per che cosa
passo da questa terra, qual è il piano del Signore per la mia vita. Egli non mi indicherà tutti i luoghi, i
tempi e i dettagli, che io sceglierò con prudenza, ma certamente ci sarà un orientamento della mia vita
che Egli deve indicarmi perché è il mio Creatore, il mio vasaio, e io ho bisogno di ascoltare la sua voce
per lasciarmi plasmare e portare da Lui. Allora sarò ciò che devo essere e sarò anche fedele alla mia
realtà personale.

257. Per realizzare la propria vocazione è necessario sviluppare, far germogliare e coltivare tutto ciò
che si è. Non si tratta di inventarsi, di creare sé stessi dal nulla, ma di scoprirsi alla luce di Dio e far fiorire
il proprio essere: «Nel disegno di Dio, ogni uomo è chiamato a uno sviluppo, perché ogni vita è
vocazione».[140] La tua vocazione ti orienta a tirare fuori il meglio di te stesso per la gloria di Dio e per il
bene degli altri. Non si tratta solo di fare delle cose, ma di farle con un significato, con un orientamento.
A questo proposito, Sant'Alberto Hurtado diceva ai giovani che devono prendere molto sul serio la
rotta: «In una nave, il pilota negligente viene licenziato in tronco, perché quello che ha in mano è troppo
sacro. E nella vita, noi stiamo attenti alla nostra rotta? Qual è la tua rotta? Se fosse necessario
soffermarsi un po’ di più su questa idea, chiedo a ciascuno di voi di attribuirle la massima importanza,
perché riuscire in questo equivale semplicemente ad avere successo; fallire in questo equivale
semplicemente a fallire».[141]

258. Questo “essere per gli altri” nella vita di ogni giovane è normalmente collegato a due questioni
fondamentali: la formazione di una nuova famiglia e il lavoro. I diversi sondaggi effettuati tra i giovani
confermano ancora una volta che questi sono i due grandi temi per cui nutrono desideri e
preoccupazioni. Entrambi devono essere oggetto di uno speciale discernimento. Soffermiamoci
brevemente su di essi.

L’amore e la famiglia
259. I giovani sentono fortemente la chiamata all’amore e sognano di incontrare la persona giusta con
cui formare una famiglia e costruire una vita insieme. Senza dubbio è una vocazione che Dio stesso
propone attraverso i sentimenti, i desideri, i sogni. Su questo tema mi sono soffermato a lungo
nell’Esortazione Amoris laetitia e invito tutti i giovani a leggere in particolare i capitoli 4 e 5.

260. Mi piace pensare che «due cristiani che si sposano hanno riconosciuto nella loro storia di amore la
chiamata del Signore, la vocazione a formare di due, maschio e femmina, una sola carne, una sola vita.
E il Sacramento del matrimonio avvolge questo amore con la grazia di Dio, lo radica in Dio stesso. Con
questo dono, con la certezza di questa chiamata, si può partire sicuri, non si ha paura di nulla, si può
affrontare tutto, insieme!».[142]

261. In questo contesto, ricordo che Dio ci ha creati sessuati. Egli stesso «ha creato la sessualità, che è
un regalo meraviglioso per le sue creature».[143] All’interno della vocazione al matrimonio, dobbiamo
riconoscere ed essere grati per il fatto che «la sessualità, il sesso, è un dono di Dio. Niente tabù. È un
dono di Dio, un dono che il Signore ci dà. Ha due scopi: amarsi e generare vita. È una passione, è
l’amore appassionato. Il vero amore è appassionato. L’amore fra un uomo e una donna, quando è
appassionato, ti porta a dare la vita per sempre. Sempre. E a darla con il corpo e l’anima».[144]

262. Il Sinodo ha sottolineato che «la famiglia continua a rappresentare il principale punto di riferimento
per i giovani. I figli apprezzano l’amore e la cura da parte dei genitori, hanno a cuore i legami familiari e
sperano di riuscire a formare a loro volta una famiglia. Indubbiamente l’aumento di separazioni, divorzi,
seconde unioni e famiglie monoparentali può causare nei giovani grandi sofferenze e crisi d’identità.
Talora devono farsi carico di responsabilità che non sono proporzionate alla loro età e li costringono a
divenire adulti prima del tempo. I nonni offrono spesso un contributo decisivo nell’affetto e
nell’educazione religiosa: con la loro saggezza sono un anello decisivo nel rapporto tra le
generazioni».[145]

263. Queste difficoltà incontrate nella famiglia di origine portano certamente molti giovani a chiedersi se
vale la pena formare una nuova famiglia, essere fedeli, essere generosi. Voglio dirvi di sì, che vale la
pena scommettere sulla famiglia e che in essa troverete gli stimoli migliori per maturare e le gioie più
belle da condividere. Non lasciate che vi rubino la possibilità di amare sul serio. Non fatevi ingannare da
coloro che propongono una vita di sregolatezza individualistica che finisce per portare all’isolamento e
alla peggiore solitudine.

264. Oggi regna una cultura del provvisorio che è un’illusione. Credere che nulla può essere definitivo è
un inganno e una menzogna. Molte volte «c’è chi dice che oggi il matrimonio è “fuori moda”. [...] Nella
cultura del provvisorio, del relativo, molti predicano che l’importante è “godere” il momento, che non
vale la pena di impegnarsi per tutta la vita, di fare scelte definitive. […] Io, invece, vi chiedo di essere
rivoluzionari, vi chiedo di andare controcorrente; sì, in questo vi chiedo di ribellarvi a questa cultura del
provvisorio, che, in fondo, crede che voi non siate in grado di assumervi responsabilità, crede che voi
non siate capaci di amare veramente».[146] Io invece ho fiducia in voi, per questo vi incoraggio a
scegliere il matrimonio.

265. Al matrimonio bisogna prepararsi, e questo richiede di educare sé stessi, di sviluppare le migliori
virtù, specialmente l’amore, la pazienza, la capacità di dialogo e di servizio. Implica anche educare la
propria sessualità, in modo che sia sempre meno uno strumento per usare gli altri e sempre più una
capacità di donarsi pienamente a una persona in modo esclusivo e generoso.

266. I Vescovi della Colombia ci hanno insegnato che «Cristo sa che gli sposi non sono perfetti e che
hanno bisogno di superare la loro debolezza e incostanza perché il loro amore possa crescere e durare
nel tempo. Per questo, concede ai coniugi la sua grazia che è, allo stesso tempo, luce e forza che
permette loro di realizzare il loro progetto di vita matrimoniale in conformità con il piano di Dio».[147]

267. Per coloro che non sono chiamati al matrimonio o alla vita consacrata, occorre ricordare sempre
che la prima e più importante vocazione è la vocazione battesimale. Le persone non sposate, anche
non per scelta, possono diventare in modo particolare testimoni di tale vocazione nel loro cammino di
crescita personale.

Il lavoro
268. I Vescovi degli Stati Uniti d’America hanno rilevato con chiarezza che la gioventù, una volta
raggiunta la maggior età, «segna spesso l’ingresso di una persona nel mondo del lavoro. “Cosa fai per
vivere?” è un argomento costante di conversazione, perché il lavoro è una parte molto importante della
loro vita. Per i giovani adulti, questa esperienza è molto fluida perché passano da un lavoro all'altro e
anche da una carriera all’altra. Il lavoro può definire l’uso del tempo e può determinare cosa possono
fare o acquistare. Può anche determinare la qualità e la quantità del tempo libero. Il lavoro definisce e
influenza l’identità e il concetto di sé di un giovane adulto ed è un luogo fondamentale dove si sviluppano
le amicizie e altre relazioni, perché di solito non si lavora da soli. I giovani, uomini e donne, parlano del
lavoro come adempimento di una funzione e come qualcosa che fornisce un significato. Permette ai
giovani adulti di soddisfare le loro necessità pratiche, nonché – cosa ancora più importante – di cercare il
senso e la realizzazione dei loro sogni e delle loro visioni. Anche se il lavoro potrebbe non aiutarli a
realizzare i loro sogni, è importante per i giovani-adulti coltivare una visione, imparare a lavorare in un
modo veramente personale e soddisfacente per la loro vita, e continuare a discernere la chiamata di
Dio».[148]

269. Invito i giovani a non aspettarsi di vivere senza lavorare, dipendendo dall’aiuto degli altri. Questo
non va bene, perché «il lavoro è una necessità, è parte del senso della vita su questa terra, via di
maturazione, di sviluppo umano e di realizzazione personale. In questo senso, aiutare i poveri con il
denaro dev’essere sempre un rimedio provvisorio per fare fronte a delle emergenze».[149] Ne consegue
che «la spiritualità cristiana, insieme con lo stupore contemplativo per le creature che troviamo in san
Francesco d’Assisi, ha sviluppato anche una ricca e sana comprensione del lavoro, come possiamo
riscontrare, per esempio, nella vita del beato Charles de Foucauld e dei suoi discepoli».[150]

270. Il Sinodo ha sottolineato che il mondo del lavoro è un ambito in cui i giovani «sperimentano forme
di esclusione ed emarginazione. La prima e più grave è la disoccupazione giovanile, che in alcuni Paesi
raggiunge livelli esorbitanti. Oltre a renderli poveri, la mancanza di lavoro recide nei giovani la capacità di
sognare e di sperare e li priva della possibilità di dare un contributo allo sviluppo della società. In molti
Paesi questa situazione dipende dal fatto che alcune fasce di popolazione giovanile sono sprovviste di
adeguate capacità professionali, anche a causa dei deficit del sistema educativo e formativo. Spesso la
precarietà occupazionale che affligge i giovani risponde agli interessi economici che sfruttano il
lavoro».[151]

271. È una questione molto delicata che la politica deve considerare come una problematica prioritaria,
in particolare oggi che la velocità degli sviluppi tecnologici, insieme all’ossessione per la riduzione del
costo del lavoro, può portare rapidamente a sostituire innumerevoli posti di lavoro con macchinari. Si
tratta di una questione fondamentale della società, perché il lavoro per un giovane non è semplicemente
un’attività finalizzata a produrre un reddito. È un’espressione della dignità umana, è un cammino di
maturazione e di inserimento sociale, è uno stimolo costante a crescere in termini di responsabilità e di
creatività, è una protezione contro la tendenza all’individualismo e alla comodità, ed è anche dar gloria a
Dio attraverso lo sviluppo delle proprie capacità.

272. Non sempre un giovane ha la possibilità di decidere a che cosa dedicare i suoi sforzi, per quali
compiti spendere le sue energie e la sua capacità di innovazione. Perché, al di là dei propri desideri e
molto al di là delle proprie capacità e del discernimento che una persona può maturare, ci sono i duri
limiti della realtà. È vero che non puoi vivere senza lavorare e che a volte dovrai accettare quello che
trovi, ma non rinunciare mai ai tuoi sogni, non seppellire mai definitivamente una vocazione, non darti
mai per vinto. Continua sempre a cercare, come minimo, modalità parziali o imperfette di vivere ciò che
nel tuo discernimento riconosci come un’autentica vocazione.

273. Quando uno scopre che Dio lo chiama a qualcosa, che è fatto per questo – può essere
l’infermieristica, la falegnameria, la comunicazione, l’ingegneria, l’insegnamento, l’arte o qualsiasi altro
lavoro – allora sarà capace di far sbocciare le sue migliori capacità di sacrificio, generosità e dedizione.
Sapere che non si fanno le cose tanto per farle, ma con un significato, come risposta a una chiamata
che risuona nel più profondo del proprio essere per dare qualcosa agli altri, fa sì che queste attività
offrano al proprio cuore un’esperienza speciale di pienezza. Questo è ciò che diceva l’antico libro biblico
del Qoèlet: «Mi sono accorto che nulla c’è di meglio per l’uomo che godere delle sue opere» (3,22).

Vocazioni a una consacrazione speciale


274. Se partiamo dalla convinzione che lo Spirito continua a suscitare vocazioni al sacerdozio e alla vita
religiosa, possiamo “gettare di nuovo le reti” nel nome del Signore, con piena fiducia. Possiamo – e
dobbiamo – avere il coraggio di dire ad ogni giovane di interrogarsi sulla possibilità di seguire questa
strada.

275. Alcune volte ho fatto questa proposta a dei giovani, che mi hanno risposto quasi in tono beffardo
dicendo: «No, veramente io non vado in quella direzione». Tuttavia, anni dopo alcuni di loro erano in
Seminario. Il Signore non può venir meno alla sua promessa di non lasciare la Chiesa priva dei pastori,
senza i quali non potrebbe vivere né svolgere la sua missione. E se alcuni sacerdoti non danno una
buona testimonianza, non per questo il Signore smetterà di chiamare. Al contrario, Egli raddoppia la
posta, perché non cessa di prendersi cura della sua amata Chiesa.

276. Nel discernimento di una vocazione non si deve escludere la possibilità di consacrarsi a Dio nel
sacerdozio, nella vita religiosa o in altre forme di consacrazione. Perché escluderlo? Abbi la certezza
che, se riconosci una chiamata di Dio e la segui, ciò sarà la cosa che darà pienezza alla tua vita.

277. Gesù cammina in mezzo a noi come faceva in Galilea. Passa per le nostre strade, si ferma e ci
guarda negli occhi, senza fretta. La sua chiamata è attraente, è affascinante. Oggi, però, l’ansia e la
velocità di tanti stimoli che ci bombardano fanno sì che non ci sia spazio per quel silenzio interiore in cui
si percepisce lo sguardo di Gesù e si ascolta la sua chiamata. Nel frattempo, riceverai molte proposte
ben confezionate, che si presentano belle e intense, ma con il tempo ti lasceranno svuotato, stanco e
solo. Non lasciare che questo ti accada, perché il turbine di questo mondo ti trascina in una corsa senza
senso, senza orientamento, senza obiettivi chiari, e così molti tuoi sforzi andranno sprecati. Cerca
piuttosto quegli spazi di calma e di silenzio che ti permettano di riflettere, di pregare, di guardare meglio
il mondo che ti circonda, e a quel punto, insieme a Gesù, potrai riconoscere quale è la tua vocazione in
questa terra.

CAPITOLO NONO
Il discernimento

278. Sul discernimento in generale, mi sono già soffermato nell’Esortazione apostolica Gaudete et
exsultate. Permettetemi di riprendere alcune di quelle riflessioni applicandole al discernimento della
propria vocazione nel mondo.

279. Ricordo che tutti, ma «specialmente i giovani, sono esposti a uno zapping costante. È possibile
navigare su due o tre schermi simultaneamente e interagire nello stesso tempo in diversi scenari virtuali.
Senza la sapienza del discernimento possiamo trasformarci facilmente in burattini alla mercé delle
tendenze del momento».[152] E «questo risulta particolarmente importante quando compare una
novità nella propria vita, e dunque bisogna discernere se sia il vino nuovo che viene da Dio o una novità
ingannatrice dello spirito del mondo o dello spirito del diavolo».[153]

280. Questo discernimento, «anche se include la ragione e la prudenza, le supera, perché si tratta di
intravedere il mistero del progetto unico e irripetibile che Dio ha per ciascuno. […] È in gioco il senso
della mia vita davanti al Padre che mi conosce e mi ama, quello vero, per il quale io possa dare la mia
esistenza, e che nessuno conosce meglio di Lui».[154]

281. È in questo quadro che si colloca la formazione della coscienza, che permette che il discernimento
cresca in termini di profondità e di fedeltà a Dio: «Formare la coscienza è il cammino di tutta la vita in
cui si impara a nutrire gli stessi sentimenti di Gesù Cristo assumendo i criteri delle sue scelte e le
intenzioni del suo agire (cfr Fil 2,5)».[155]

282. Questa formazione implica il lasciarsi trasformare da Cristo e allo stesso tempo «una pratica
abituale del bene, verificata nell’esame della coscienza: un esercizio in cui non si tratta solo di
identificare i peccati, ma anche di riconoscere l’opera di Dio nella propria esperienza quotidiana, nelle
vicende della storia e delle culture in cui si è inseriti, nella testimonianza di tanti altri uomini e donne che
ci hanno preceduto o ci accompagnano con la loro saggezza. Tutto ciò aiuta a crescere nella virtù della
prudenza, articolando l’orientamento globale dell’esistenza con le scelte concrete, nella serena
consapevolezza dei propri doni e dei propri limiti».[156]
Come discernere la tua vocazione
283. Un’espressione del discernimento è l’impegno per riconoscere la propria vocazione. È un compito
che richiede spazi di solitudine e di silenzio, perché si tratta di una decisione molto personale che nessun
altro può prendere al nostro posto: «Anche se il Signore ci parla in modi assai diversi durante il nostro
lavoro, attraverso gli altri e in ogni momento, non è possibile prescindere dal silenzio della preghiera
prolungata per percepire meglio quel linguaggio, per interpretare il significato reale delle ispirazioni che
pensiamo di aver ricevuto, per calmare le ansie e ricomporre l’insieme della propria esistenza alla luce di
Dio».[157]

284. Questo silenzio non è una forma di isolamento, perché «occorre ricordare che il discernimento
orante richiede di partire da una disposizione ad ascoltare: il Signore, gli altri, la realtà stessa che
sempre ci interpella in nuovi modi. Solamente chi è disposto ad ascoltare ha la libertà di rinunciare al
proprio punto di vista parziale e insufficiente. […] Così è realmente disponibile ad accogliere una
chiamata che rompe le sue sicurezze ma che lo porta a una vita migliore, perché non basta che tutto
vada bene, che tutto sia tranquillo. Può essere che Dio ci stia offrendo qualcosa di più, e nella nostra
pigra distrazione non lo riconosciamo».[158]

285. Quando si tratta di discernere la propria vocazione, è necessario porsi varie domande. Non si deve
iniziare chiedendosi dove si potrebbe guadagnare di più, o dove si potrebbe ottenere più fama e
prestigio sociale, ma non si dovrebbe nemmeno cominciare chiedendosi quali compiti ci darebbero più
piacere. Per non sbagliarsi, occorre cambiare prospettiva e chiedersi: io conosco me stesso, al di là delle
apparenze e delle mie sensazioni? So che cosa dà gioia al mio cuore e che cosa lo intristisce? Quali
sono i miei punti di forza e i miei punti deboli? Seguono immediatamente altre domande: come posso
servire meglio ed essere più utile al mondo e alla Chiesa? Qual è il mio posto su questa terra? Cosa
potrei offrire io alla società? Ne seguono altre molto realistiche: ho le capacità necessarie per prestare
quel servizio? Oppure, potrei acquisirle e svilupparle?

286. Queste domande devono essere poste non tanto in relazione a sé stessi e alle proprie inclinazioni,
ma piuttosto in relazione agli altri, nei loro confronti, in modo tale che il discernimento imposti la propria
vita in riferimento agli altri. Per questo voglio ricordare qual è la grande domanda: «Tante volte, nella
vita, perdiamo tempo a domandarci: “Ma chi sono io?”. Tu puoi domandarti chi sei tu e fare tutta una
vita cercando chi sei tu. Ma domandati: “Per chi sono io?”».[159] Tu sei per Dio, senza dubbio. Ma Lui ha
voluto che tu sia anche per gli altri, e ha posto in te molte qualità, inclinazioni, doni e carismi che non
sono per te, ma per gli altri.

La chiamata dell’Amico
287. Per discernere la propria vocazione, bisogna riconoscere che essa è la chiamata di un amico:
Gesù. Agli amici, quando si fa un regalo, si regala il meglio. E questo non è necessariamente la cosa più
costosa o difficile da procurare, ma quella che sappiamo darà gioia all’altro. Un amico ha una percezione
così chiara di questo, che può visualizzare nella sua immaginazione il sorriso dell’amico mentre apre il
suo regalo. Questo discernimento di amicizia è quello che propongo ai giovani come modello se
vogliono capire qual è la volontà di Dio per la loro vita.

288. Voglio che sappiate che quando il Signore pensa ad ognuno, a quello che vorrebbe regalargli, pensa
a lui come un suo amico personale. E se ha deciso di regalarti una grazia, un carisma che ti farà vivere
la tua vita in pienezza e ti trasformerà in una persona utile per gli altri, in qualcuno che lasci un’impronta
nella storia, sarà sicuramente qualcosa che ti renderà felice nel più intimo e ti entusiasmerà più di ogni
altra cosa in questo mondo. Non perché quello che sta per darti sia un carisma straordinario o raro, ma
perché sarà giusto su misura per te, su misura di tutta la tua vita.

289. Il regalo della vocazione sarà senza dubbio un regalo esigente. I regali di Dio sono interattivi e per
goderli bisogna mettersi molto in gioco, bisogna rischiare. Tuttavia, non sarà l’esigenza di un dovere
imposto da un altro dall’esterno, ma qualcosa che ti stimolerà a crescere e a fare delle scelte perché
questo regalo maturi e diventi un dono per gli altri. Quando il Signore suscita una vocazione, pensa non
solo a quello che sei, ma a tutto ciò che, insieme a Lui e agli altri, potrai diventare.

290. La potenza della vita e la forza della propria personalità si alimentano a vicenda all’interno di ogni
giovane e lo spingono ad andare oltre ogni limite. L’inesperienza permette che questo scorra, anche se
ben presto si trasforma in esperienza, tante volte dolorosa. È importante mettere in contatto questo
desiderio dell’«infinito di quando non si è ancora provato a iniziare»[160] con l’amicizia incondizionata
che Gesù ci offre. Prima di ogni legge e di ogni dovere, quello che Gesù ci propone di scegliere è un
seguire, come quello degli amici che si seguono, si cercano e si trovano per pura amicizia. Tutto il resto
viene dopo, e persino i fallimenti della vita potranno essere un’inestimabile esperienza di questa amicizia
che non si rompe mai.

Ascolto e accompagnamento
291. Ci sono sacerdoti, religiosi, religiose, laici, professionisti e anche giovani qualificati che possono
accompagnare i giovani nel loro discernimento vocazionale. Quando ci capita di aiutare un altro a
discernere la strada della sua vita, la prima cosa è ascoltare. Questo ascolto presuppone tre sensibilità o
attenzioni distinte e complementari.

292. La prima sensibilità o attenzione è alla persona. Si tratta di ascoltare l’altro che ci sta dando sé
stesso nelle sue parole. Il segno di questo ascolto è il tempo che dedico all’altro. Non è una questione di
quantità, ma che l’altro senta che il mio tempo è suo: il tempo di cui ha bisogno per esprimermi ciò che
vuole. Deve sentire che lo ascolto incondizionatamente, senza offendermi, senza scandalizzarmi, senza
irritarmi, senza stancarmi. Questo ascolto è quello che il Signore esercita quando si mette a camminare
accanto ai discepoli di Emmaus e li accompagna per un bel pezzo lungo una strada che andava in
direzione opposta a quella giusta (cfr Lc 24,13-35). Quando Gesù fa come se dovesse proseguire
perché quei due sono arrivati a casa, allora capiscono che aveva donato loro il suo tempo, e a quel
punto gli regalano il proprio, offrendogli ospitalità. Questo ascolto attento e disinteressato indica il valore
che l’altra persona ha per noi, al di là delle sue idee e delle sue scelte di vita.

293. La seconda sensibilità o attenzione consiste nel discernere. Si tratta di cogliere il punto giusto in
cui si discerne la grazia dalla tentazione. Perché a volte le cose che attraversano la nostra
immaginazione sono solo tentazioni che ci allontanano dalla nostra vera strada. Qui devo domandarmi
che cosa mi sta dicendo esattamente quella persona, che cosa mi vuole dire, che cosa desidera che io
capisca di ciò che le sta succedendo. Sono domande che aiutano a capire come si agganciano fra loro
gli argomenti che muovono l’altro e a sentire il peso e il ritmo dei suoi affetti influenzati da questa logica.
Questo ascolto è volto a discernere le parole salvifiche dello Spirito buono, che ci propone la verità del
Signore, ma anche le trappole dello spirito cattivo, i suoi inganni e le sue seduzioni. Bisogna avere il
coraggio, l’affetto e la delicatezza necessari per aiutare l’altro a riconoscere la verità e gli inganni o i
pretesti.

294. La terza sensibilità o attenzione consiste nell’ascoltare gli impulsi che l’altro sperimenta “in
avanti”. È l’ascolto profondo di “dove vuole andare veramente l’altro”. Al di là di ciò che sente e pensa
nel presente e di ciò che ha fatto nel passato, l’attenzione è rivolta a ciò che vorrebbe essere. A volte
questo richiede che la persona non guardi tanto ciò che le piace, i suoi desideri superficiali, ma ciò che è
più gradito al Signore, il suo progetto per la propria vita che si esprime in un’inclinazione del cuore, al di
là della scorza dei gusti e dei sentimenti. Questo ascolto è attenzione all’intenzione ultima, che è quella
che alla fine decide la vita, perché esiste Qualcuno come Gesù che comprende e apprezza questa
intenzione ultima del cuore. Per questo Egli è sempre pronto ad aiutare ognuno a riconoscerla, e per
questo gli basta che qualcuno gli dica: «Signore, salvami! Abbi misericordia di me!».

295. Solo allora il discernimento diventa uno strumento di impegno forte per seguire meglio il
Signore.[161] In questo modo, il desiderio di riconoscere la propria vocazione acquista un’intensità
suprema, una qualità differente e un livello superiore, che risponde molto meglio alla dignità della propria
vita. Perché, in ultima analisi, un buon discernimento è un cammino di libertà che porta alla luce quella
realtà unica di ogni persona, quella realtà che è così sua, così personale, che solo Dio la conosce. Gli altri
non possono né comprendere pienamente né prevedere dall’esterno come si svilupperà.

296. Perciò, quando uno ascolta l’altro in questo modo, a un certo punto deve scomparire per lasciare
che segua la strada che ha scoperto. Scomparire come scompare il Signore dalla vista dei suoi discepoli,
lasciandoli soli con l’ardore del cuore, che si trasforma in impulso irresistibile a mettersi in cammino (cfr
Lc 24,31-33). Al loro ritorno nella comunità, i discepoli di Emmaus riceveranno la conferma che il
Signore è veramente risorto (cfr Lc 24,34).

297. Poiché «il tempo è superiore allo spazio»,[162] dobbiamo suscitare e accompagnare processi, non
imporre percorsi. E si tratta di processi di persone che sono sempre uniche e libere. Per questo è difficile
costruire ricettari, anche quando tutti i segni sono positivi, perché «si tratta di sottoporre gli stessi
fattori positivi ad attento discernimento, perché non si isolino l’uno dall’altro e non vengano in contrasto
tra loro, assolutizzandosi e combattendosi a vicenda. Altrettanto si dica dei fattori negativi: non sono
da respingere in blocco e senza distinzioni, perché in ciascuno di essi può nascondersi un qualche valore,
che attende di essere liberato e ricondotto alla sua verità piena».[163]

298. Ma per accompagnare gli altri in questo cammino, è necessario anzitutto che tu sia ben esercitato
a percorrerlo in prima persona. Maria lo ha fatto, affrontando le proprie domande e le proprie difficoltà
quando era molto giovane. Possa ella rinnovare la tua giovinezza con la forza della sua preghiera e
accompagnarti sempre con la sua presenza di Madre.

* .* .*

E per concludere... un desiderio


299. Cari giovani, sarò felice nel vedervi correre più velocemente di chi è lento e timoroso. Correte
«attratti da quel Volto tanto amato, che adoriamo nella santa Eucaristia e riconosciamo nella carne del
fratello sofferente. Lo Spirito Santo vi spinga in questa corsa in avanti. La Chiesa ha bisogno del vostro
slancio, delle vostre intuizioni, della vostra fede. Ne abbiamo bisogno! E quando arriverete dove noi non
siamo ancora giunti, abbiate la pazienza di aspettarci».[164]

Loreto, presso il Santuario della Santa Casa, 25 marzo, Solennità dell’Annunciazione del Signore,
dell’anno 2019, settimo del pontificato

FRANCESCO

_________________________
[1]
La stessa parola greca che significa “nuovo” viene usata per esprimere “giovane”.
[2] Confessioni, X, 27: PL 32, 795.
[3]
Sant’Ireneo, Contro le eresie, II, 22, 4: PG 7, 784.
[4]
Documento Finale della XV Assemblea Generale Ordinaria del Sinodo dei Vescovi, 60. D’ora in poi
questo documento verrà citato con la sigla DF. Lo si può trovare in
http://www.vatican.va/roman_curia/synod/documents/rc_synod_doc_20181027_doc-final-
instrumentum-xvassemblea-giovani_it.html
[5]
Catechismo della Chiesa Cattolica, 515.
[6]
Ibid., 517.
[7]
Catechesi (27 giugno 1990), 2-3: Insegnamenti 13, 1 (1990), 1680-1681.
[8]
Esort. ap. postsin. Amoris laetitia (19 marzo 2016), 182: AAS 108 (2016), 384.
[9] DF 63.
[10]
Messaggio all'umanità: Ai giovani (8 dicembre 1965): AAS 58 (1966), 18.
[11]
Ibid.
[12]
DF 1
[13]
Ibid, 8.
[14] Ibid., 50.
[15]
Ibid., 53.
[16]
Cfr Conc. Ecum. Vat. II, Cost. dogm. Dei Verbum, 8.
[17]
DF 150.
[18]
Discorso nella Veglia con i giovani alla XXXIV Giornata Mondiale della Gioventù a Panama (26
gennaio 2019): L’Osservatore Romano, 28-29 gennaio 2019, 6.
[19]
Preghiera al termine della Via Crucis della XXXIV Giornata Mondiale della Gioventù a Panama (25
gennaio 2019): L’Osservatore Romano, 27 gennaio 2019, 12.
[20]
DF 65.
[21]
Ibid., 167.
[22]
S. Giovanni Paolo II, Discorso ai giovani a Torino (13 aprile 1980), 4: Insegnamenti 3, 1 (1980),
905.
[23]
Benedetto XVI, Messaggio per la XXVII Giornata Mondiale della Gioventù (15 marzo 2012): AAS
104 (2012), 359.
[24]
DF 8.
[25]
Ibid.
[26]
Ibid., 10.
[27] Ibid., 11.
[28]
Ibid., 12.
[29]
Ibid., 41.
[30]
Ibid., 42.
[31]
Discorso ai giovani a Manila (18 gennaio 2015): L’Osservatore Romano, 19-20 gennaio 2015, 7.
[32] DF 34.
[33]
Documento della Riunione pre-sinodale in preparazione alla XV Assemblea Generale Ordinaria del
Sinodo dei Vescovi (24 marzo 2018), I, 1.
[34] DF 39.
[35]
Ibid., 37.
[36]
Cfr Lett. enc. Laudato si’ (24 maggio 2015), 106: AAS 107 (2015), 889-890.
[37]
DF 37.
[38]
Ibid., 67.
[39]
Ibid., 21.
[40] Ibid., 22.
[41]
Ibid., 23.
[42]
Ibid., 24.
[43]
Documento della Riunione pre-sinodale in preparazione alla XV Assemblea Generale Ordinaria del
Sinodo dei Vescovi (24 marzo 2018), I, 4.
[44]
DF 25.
[45]
Ibid.
[46]
Ibid., 26.
[47] Ibid., 27.
[48]
Ibid., 28.
[49]
Ibid., 29.
[50]
Discorso al termine dell’Incontro su "La protezione dei minori nella Chiesa" (24 febbraio 2019):
L’Osservatore Romano, 25-26 febbraio 2019, 10.
[51]
DF 29.
[52]
Lettera al Popolo di Dio (20 agosto 2018), 2: L’Osservatore Romano, 20-21 agosto 2018, 7.
[53]
DF 30.
[54] Discorso alla I Congregazione generale della XV Assemblea Generale Ordinaria del Sinodo dei
Vescovi (3 ottobre 2018): L’Osservatore Romano, 5 ottobre 2018, 8.
55]
DF 31.
[56]
Ibid.
[57]
Conc. Ecum. Vat. II, Cost. past. Gaudium et spes, 1.
[58] DF 31.
[59]
Ibid., 31.
[60]
Discorso al termine dell'Incontro su "La protezione dei minori nella Chiesa" (24 febbraio 2019):
L’Osservatore Romano, 25-26 febbraio 2019, 11.
[61]
Francisco Luis Bernárdez, “Soneto”, in Cielo de tierra, Buenos Aires, 1937.
[62]
Esort. ap. Gaudete et exsultate (19 marzo 2018), 140.
[63]
Omelia nella Messa della XXXI Giornata Mondiale della Gioventù a Cracovia (31 luglio 2016): AAS
108 (2016), 923.
[64]
Discorso nella cerimonia di apertura della XXXIV Giornata Mondiale della Gioventù a Panama (24
gennaio 2019): L’Osservatore Romano, 26 gennaio 2019, 12.
[65]
Esort. ap. Evangelii gaudium (24 novembre 2013), 1: AAS 105 (2013), 1019.
[66]
Ibid., 3: 1020.
[67]
Discorso nella Veglia della XXXIV Giornata Mondiale della Gioventù a Panama (26 gennaio 2019):
L’Osservatore Romano, 28-29 gennaio 2019, 6.
[68]
Discorso nell’incontro con i giovani durante il Sinodo (6 ottobre 2018): L’Osservatore Romano, 8-9
ottobre 2018, 7.
[69] Benedetto XVI, Lett. enc. Deus caritas est (25 dicembre 2005), 1: AAS 98 (2006), 217.
[70]
Pedro Arrupe, Enamórate.
[71]
S. Paolo VI, Discorso per la beatificazione di Nunzio Sulprizio (1 dicembre 1963): AAS 56 (1964),
28.
[72]
DF 65.
[73]
Omelia nella Messa con i giovani a Sydney (2 dicembre 1970): AAS 63 (1971), 64.
[74]
Confessioni, I, 1, 1: PL 32, 661.
[75]
Dio è giovane. Una conversazione con Thomas Leoncini, Milano 2018, 16.
[76] DF 68.
[77]
Discorso ai giovani a Cagliari (22 settembre 2013): AAS 105 (2013), 904-905.
[78]
Cinque pani e due pesci. Dalla sofferenza del carcere una gioiosa testimonianza di fede, Milano
2014, 20.
[79]
Conferenza Episcopale Svizzera, Prendre le temps: pour toi, pour moi, pour nous, 2 febbraio 2018.
[80]
Cfr San Tommaso d’Aquino, Summa Theologiae II-II, q. 23, art. 1.
[81]
Discorso ai volontari della XXXIV Giornata Mondiale della Gioventù a Panama (27 gennaio 2019):
L’Osservatore Romano, 28-29 gennaio 2019, 11.
[82]
S. Oscar A. Romero, Omelia (6 novembre 1977): Su pensamiento, I-II, San Salvador 2000, 312.
[83]
Discorso alla cerimonia di apertura della XXXIV Giornata Mondiale della Gioventù a Panama (24
gennaio 2019): L’Osservatore Romano, 26 gennaio 2019, 12.
[84]
Cfr Incontro con i giovani nel Santuario Nazionale di Maipú, Santiago del Cile (17 gennaio 2018):
L’Osservatore Romano, 19 gennaio 2018, 7.
[85] Cfr Romano Guardini, Le età della vita: Opera omnia IV/ 1, Brescia 2015, 209.
[86]
Esort. ap. Gaudete et exsultate (19 marzo 2018), 11.
[87]
Cantico Spirituale B, Prologo, 2.
[88] Ibid., XIV-XV, 2.
[89]
Conferenza Episcopale del Ruanda, Lettera dei Vescovi cattolici ai fedeli durante l'anno speciale
della riconciliazione in Ruanda, Kigali (18 gennaio 2018), 17.
[90]Saluto ai giovani del Centro Culturale Padre Félix Varela all’Avana (20 settembre 2015):
L’Osservatore Romano, 21-22 settembre 2015, 6.
[91]
DF 46.
[92]
Discorso nella Veglia della XXVIII Giornata Mondiale della Gioventù a Rio de Janeiro (27 luglio
2013): AAS 105 (2013), 663.
[93]
Ustedes son la luz del mundo, Discurso en el Cerro San Cristóbal, Chile, 1940:
http://www.padrealbertohurtado.cl/escritos-2/
[94]
Omelia nella Messa della XXVIII Giornata Mondiale della Gioventù a Rio de Janeiro (28 luglio
2013): AAS 105 (2013), 665.
[95]
Conferenza Episcopale Cattolica di Corea, Lettera pastorale in occasione del 150° anniversario del
martirio durante la persecuzione Byeong-in (30 marzo 2016).
[96]
Cfr Omelia nella Messa per la XXXIV Giornata Mondiale della Gioventù a Panama (27 gennaio
2019): L’Osservatore Romano, 28-29 gennaio 2019, 12.
[97]
Preghiera “Signore, fa’ di me uno strumento della tua pace”, ispirata a S. Francesco d’Assisi.
[98]
Discorso nella Veglia della XXXIV Giornata Mondiale della Gioventù a Panama (26 gennaio 2019):
L’Osservatore Romano, 28-29 gennaio 2019, 6.
[99]
DF 14.
[100]
Cfr Lett. enc. Laudato si’ (24 maggio 2015), 145: AAS 107 (2015), 906.
[101]
Video-messaggio per l'Incontro mondiale dei giovani indigeni a Panama (17-21 gennaio 2019):
L’Osservatore Romano, 19 gennaio 2019, 8.
[102]
DF 35.
[103]
Cfr Lettera ai giovani, I, 2: PG 31, 565.
[104] Cfr La saggezza del tempo. In dialogo con Papa Francesco sulle grandi questioni della vita. A cura
di Antonio Spadaro, Venezia 2018.
[105]
Ibid, 12.
[106]
Ibid, 13.
[107]
Ibid.
[108]
Ibid.
[109]
Ibid., 162-163.
[110]
Eduardo Pironio, Messaggio ai giovani argentini nell’incontro nazionale giovanile a Cordoba (12-15
settembre 1985), 2.
[111]
DF 123.
[112]
L’essenza del cristianesimo, Brescia 1984, 12.
[113]
N. 165: AAS 105 (2013), 1089.
[114]
Discorso nella visita alla Casa del Buon Samaritano a Panama, (27 gennaio 2019): L’Osservatore
Romano, 28-29 gennaio 2019, 10.
[115] DF 36.
[116]
Cfr Cost. ap. Veritatis gaudium (8 dicembre 2017), 4: AAS 110 (2018), 7-8.
[117]
Discorso nell'incontro con gli studenti e il mondo accademico in Piazza San Domenico a Bologna (1
ottobre 2017): AAS 109 (2017), 1115.
[118]
DF 51.
[119]
Ibid. 47.
[120] Sermo 256, 3: PL 38, 1193.
[121]
DF 47.
[122]
Discorso a una delegazione di “Special Olympics International” (16 febbraio 2017): L’Osservatore
Romano, 17 febbraio 2017, 8.
[123]
Lettera ai giovani, VIII, 11-12: PG 31, 580.
[124]
Conferenza Episcopale Argentina, Declaración de San Miguel, Buenos Aires, 1969, X, 1.
[125]
Rafael Tello, La nueva evangelización, Tomo II (Anexos I y II), Buenos Aires, 2013, 111.
[126]
Cfr Esort. ap. Evangelii gaudium (24 novembre 2013), 44-45: AAS 105 (2013), 1038-1039.
[127]
DF 70.
[128]
Ibid., 117.
[129]
Ibid., 4.
[130]
Esort. ap. Evangelii gaudium (24 novembre 2013), 124: AAS 105 (2013), 1072.
[131]
Ibid., 122: 1071.
[132]
DF 9.
[133]
Documento della Riunione pre-sinodale in preparazione alla XV Assemblea Generale Ordinaria del
Sinodo dei Vescovi (24 marzo 2018), 12.
[134]
Ibid., 10.
[135]
DF 15.
[136] N. 2.
[137]
Cost. dogm. Lumen gentium, 11.
[138]
Discorso nella Veglia con i giovani alla XXXIV Giornata Mondiale della Gioventù a Panama (26
gennaio 2019): L’Osservatore Romano, 28-29 gennaio 2019, 6.
[139]
Esort. ap. Evangelii gaudium (24 novembre 2013), 273: AAS 105 (2013), 1130.
[140]
S. Paolo VI, Lett. enc. Populorum progressio (26 marzo 1967), 15: AAS 59 (1967), 265.
[141] Meditación de Semana Santa para jóvenes, scritta a bordo di una nave da carico, di ritorno dagli
Stati Uniti, 1946: http://www.padrealbertohurtado.cl/escritos-2/
[142]
Incontro con i giovani dell’Umbria ad Assisi (4 ottobre 2013): AAS 105 (2013), 921.
[143]
Esort. ap. postsin. Amoris laetitia (19 marzo 2016), 150: AAS 108 (2016), 369.
[144]
Udienza ai giovani della diocesi di Grenoble-Vienne, Francia (17 settembre 2018): L’Osservatore
Romano, 19 settembre 2018, 8.
[145]
DF 32.
[146]
Incontro con i volontari della XXVIII Giornata Mondiale della Gioventù a Rio de Janeiro (28 luglio
2013): Insegnamenti, 1, 2 (2013), 125.
[147]
Conferenza Episcopale della Colombia, Mensaje Cristiano sobre el matrimonio (14 maggio 1981).
[148]
Conferenza episcopale degli stati uniti, Sons and Daughters of Light: A Pastoral Plan for Ministry
with Young Adults, 12 novembre 1996, I, 3.
[149]
Lett. enc. Laudato si’ (24 maggio 2015), 128: AAS 107 (2015), 898.
[150]
Ibid., 125: 897.
[151]
DF 40.
[152]
Esort. ap. Gaudete et exsultate (19 marzo 2018), 167.
[153]
Ibid., 168.
[154]
Ibid., 170.
[155]
DF 108.
[156]
Ibid.
[157]
Esort. ap. Gaudete et exsultate (19 marzo 2018), 171.
[158]
Ibid., 172.
[159]
Discorso nella Veglia di preghiera in preparazione alla XXXIV Giornata Mondiale della Gioventù,
Basilica di S. Maria Maggiore, (8 aprile 2017): AAS 109 (2017), 447.
[160]
Romano Guardini, Le età della vita: Opera omnia IV/ 1, Brescia 2015, 209.
[161] Cfr Esort. ap. Gaudete et exsultate (19 marzo 2018), 169.
[162]
Esort. ap. Evangelii gaudium (24 novembre 2013), 222: AAS 105 (2013), 1111.
[163]
S. Giovanni Paolo II, Esort. ap. postsin. Pastores dabo vobis (25 marzo 1992), 10: AAS 84
(1992), 672.
[164]
Incontro e preghiera con i giovani italiani al Circo Massimo a Roma (11 agosto 2018):
L’Osservatore Romano, 13-14 agosto 2018, 6.

[00556-IT.01] [Testo originale: Spagnolo]

Traduzione in lingua francese

EXHORTATION APOSTOLIQUE POST-SYNODALE

CHRISTUS VIVIT

DU SAINT-PÈRE FRANÇOIS

AUX JEUNES ET À TOUT LE PEUPLE DE DIEU

1. Il vit, le Christ, notre espérance et il est la plus belle jeunesse de ce monde. Tout ce qu’il touche
devient jeune, devient nouveau, se remplit de vie. Les premières paroles que je voudrais adresser à
chacun des jeunes chrétiens sontdonc : Il vit et il te veut vivant!

2. Il est en toi, il est avec toi et jamais ne t’abandonne. Tu as beau t’éloigner, le Ressuscité est là,
t’appelant et t’attendant pour recommencer. Quand tu te sens vieilli par la tristesse, les rancœurs, les
peurs, les doutes ou les échecs, il sera toujours là pour te redonner force et espérance.

3. A vous tous, jeunes chrétiens, j’écris avec affection cette Exhortation apostolique, c’est-à-dire une
lettre qui rappelle certaines convictions de foi et qui, en même temps, encourage à grandir en sainteté
et dans l’engagement de sa propre vocation. Mais étant donné qu’il s’agit d’une balise sur un chemin
synodal, je m’adresse en même temps à tout le peuple de Dieu, à ses pasteurs et à ses fidèles, car la
réflexion sur les jeunes et pour les jeunes nous interpelle et nous stimule tous. Par conséquent, dans
certains paragraphes, je m’adresserai directement aux jeunes et, dans d’autres, je ferai des approches
plus générales pour le discernement ecclésial.

4. Je me suis laissé inspirer par la richesse des réflexions et des échanges du Synode de l’année passée.
Je ne pourrai pas présenter ici toutes les contributions, que vous pourrez lire dans le Document final,
mais j’ai essayé d’inclure dans la rédaction de cette lettre les propositions qui m’ont paru les plus
significatives. Ainsi, ma parole sera chargée de mille voix de croyants du monde entier qui ont fait
parvenir leurs opinions au Synode. Même les jeunes non croyants, qui ont voulu y prendre part par leurs
réflexions, ont soulevé des questions qui ont suscité en moi de nouvelles interrogations.

CHAPITRE 1

Que dit la Parole de Dieu sur les jeunes?

5. Recueillons certains trésors des Saintes Écritures, où, à plusieurs reprises, on parle des jeunes et de
la façon dont le Seigneur va à leur rencontre.

Dans l’Ancien Testament

6. A une époque où les jeunes comptaient peu, certains textes montrent que Dieu a sur eux un autre
regard. Par exemple, nous voyons que Joseph était presque le plus jeune de la famille (cf. Gn 37, 2-3).
Toutefois, Dieu lui communiquait de grandes choses en rêve et il a dépassé tous ses frères dans les
tâches importantes lorsqu’il avait environ vingt ans (cf. Gn 37-47).

7. En Gédéon, nous reconnaissons la sincérité des jeunes, qui n’ont pas l’habitude d’édulcorer la réalité.
Quand on lui a annoncé que le Seigneur était avec lui, il a répondu: «Si Yahvé est avec nous, d'où vient
tout ce qui nous arrive ?» (Jg 6, 13). Mais Dieu ne s’est pas senti offensé par ce reproche et a doublé la
mise pour lui: « Va avec la force qui t'anime et tu sauveras Israël» (Jg 6, 14).

8. Samuel était un jeune peu sûr de lui-même, mais le Seigneur parlait avec lui. Sur le conseil d’un
adulte, il a ouvert son cœur pour écouter l’appel de Dieu: «Parle, Seigneur, car ton serviteur écoute» (1
S 3, 9-10). C’est pourquoi il a été un grand prophète qui est intervenu en des moments importants
pour sa patrie. Le roi Saül, lui aussi, était jeune quand le Seigneur l’a appelé à accomplir sa mission (cf. 1
S 9, 2).

9. Le roi David a été choisi alors qu’il était un jeune garçon. Quand le prophète Samuel était à la
recherche du futur roi d’Israël, un homme lui a présenté comme candidats ses enfants aînés et les plus
expérimentés. Mais le prophète a fait savoir que l’élu était le jeune David qui gardait les brebis (cf. 1 S
16, 6-13), car «l'homme regarde à l'apparence, mais le Seigneur regarde au cœur» (v. 7). La gloire de
la jeunesse était plus dans le cœur que dans la force physique ou dans l’impression que l’on donne aux
autres.

10. Salomon, quand il a dû succéder à son père, s’est senti perdu et a dit à Dieu: «Moi, je suis un tout
jeune homme, je ne sais pas agir en chef» (1 R 3, 7). Cependant, l’audace de la jeunesse l’a amené à
demander à Dieu la sagesse et il s’est consacré à sa mission. Quelque chose de semblable est arrivé au
prophète Jérémie appelé, alors qu’il était très jeune, à réveiller son peuple. Dans son désarroi, il a dit:
«Ah! Seigneur, vraiment, je ne sais pas parler, car je suis un enfant !» (Jr 1, 6). Mais le Seigneur lui a
demandé de ne pas dire cela (cf. Jr 1, 7), et il a ajouté: «N'aie aucune crainte en leur présence car je
suis avec toi pour te délivrer» (Jr 1, 8). Le dévouement du prophète Jérémie dans sa mission montre
ce qui est possible si le courage de la jeunesse s’allie à la force de Dieu.

11. Une jeune juive, qui était au service du soldat étranger Naman, est intervenue avec foi pour l’aider à
se soigner de sa maladie (cf. 2 R 5, 2-6). La jeune Ruth a été un exemple de générosité en restant
avec sa belle-mère tombée en disgrâce (cf. Rt 1, 1-18), et elle a montré également son audace en
allant de l’avant dans la vie (cf. Rt 4, 1-17).

Dans le Nouveau Testament

12. Une parabole de Jésus (cf. Lc 15, 11-32) raconte que le “plus jeune” fils a voulu partir de la maison
paternelle pour un pays lointain (cf. vv. 12.13). Mais ses rêves d’autonomie se sont transformés en
libertinage et en débauche (cf. vv. 12-13) et il a éprouvé la rigueur de la solitude et de la pauvreté (cf.
vv. 14-16). Toutefois, il a su se reprendre pour un nouveau départ (cf. vv. 17-19) et il a décidé de se
lever (cf. v. 20). C’est la caractéristique du cœur jeune d’être disponible au changement, d’être capable
de se relever et de se laisser instruire par la vie. Comment ne pas accompagner le fils dans cette
nouvelle tentative? Mais le frère aîné avait déjà le cœur vieilli et il s’est laissé posséder par l’avidité,
l’égoïsme et l’envie (cf. vv. 28-30). Jésus fait plus l’éloge du jeune pécheur qui retrouve le bon chemin
que l’éloge de celui qui se croit fidèle mais ne vit pas l’esprit d’amour et de miséricorde.

13. Jésus, l’éternel jeune, veut nous faire don d’un cœur toujours jeune. La Parole de Dieu nous
demande: «Purifiez-vous du vieux levain pour être une pâte nouvelle» (1Co 5, 7). Elle nous invite en
même temps à nous dépouiller du“vieil homme” pour revêtir l’homme “nouveau” (cf. Col 3, 9.10).[1] Et
quand elle explique ce que signifie se revêtir de cette jeunesse qui se renouvelle (cf. v.10), elle affirme
qu’il s’agit de revêtir «des sentiments de tendre compassion, de bienveillance, d'humilité, de douceur, de
patience, et de se supporter les uns les autres en se pardonnant mutuellement» (Col 3, 12-13). Cela
signifie que la vraie jeunesse, c’est avoir un cœur capable d’aimer. En revanche, ce qui vieillit l’âme, c’est
tout ce qui nous sépare des autres. Mais elle conclut ainsi: «Par-dessus tout, ayez la charité, en laquelle
se noue la perfection» (Col 3, 14).

14. Remarquons que Jésus n’appréciait pas que les personnes adultes regardent avec mépris les plus
jeunes ou les maintiennent à leur service de manière despotique. Au contraire, il demandait: «Que le
plus grand parmi vous se comporte comme le plus jeune, et celui qui gouverne comme celui qui sert»
(Lc 22, 26). Pour lui, l’âge n’établissait pas de privilèges, et le fait que quelqu’un soit moins âgé ne
signifiait pas qu’il valait moins ou qu’il avait moins de dignité.

15. La Parole de Dieu dit qu’il faut traiter les jeunes gens «comme des frères» (1 Tm 5, 1), et elle
recommande aux parents: «N’exaspérez pas vos enfants, de peur qu’ils ne se découragent» (Col 3,
21). Un jeune ne peut pas se décourager, il doit rêver de grandes choses, chercher de larges horizons,
aspirer à plus, vouloir conquérir le monde, être capable d’accepter des propositions provocantes et
souhaiter apporter le meilleur de lui-même pour construire quelque chose de meilleur. Voilà pourquoi
j’invite avec insistance les jeunes à ne pas se laisser dérober l’espérance, et je répèteà chacun : «Que
personne ne méprise ton jeune âge» (1 Tm 4, 12).

16. Cependant, en même temps, il est recommandé aux jeunes: «Soyez soumis aux anciens (1 P 5,
5). La Bible invite toujours à un profond respect envers les anciens, car ils possèdent un trésor
d’expérience, ont connu les succès et les échecs, les joies et les grandes angoisses de la vie, les illusions
et les déceptions, et ils gardent, dans le silence de leur cœur, beaucoup d’histoires qui peuvent nous
aider à ne pas nous tromper ni nous laisser entraîner par de faux mirages. La parole d’un aîné sage
invite à respecter certaines limites et à savoir se dominer au bon moment: «Exhorte également les
jeunes gens à garder en tout la pondération» (Tt 2, 6). Il ne convient pas de tomber dans un culte de la
jeunesse, ou dans une attitude juvénile qui méprise les autres à cause de leur âge, ou parce qu’ils sont
d’une autre époque. Jésus disait que la personne sage est capable de tirer de son trésor aussi bien du
nouveau que du vieux (cf. Mt 13, 52). Un jeune sage s’ouvre à l’avenir, mais il est toujours capable de
recueillir quelque chose de l’expérience des autres.

17. Dans l’Evangile de Marc, apparaît une personne qui, lorsque Jésus lui rappelle les commandements,
dit: «Tout cela, je l'ai observé dès ma jeunesse» (10, 20). Le psalmiste l’affirmait déjà: «Car c'est toi
mon espoir, Seigneur, […] ma foi dès ma jeunesse. […] Tu m'as instruit dès ma jeunesse, et jusqu'ici
j'annonce tes merveilles» (71, 5.17). Il ne faut pas regretter de passer sa jeunesse en étant bon, en
ouvrant son cœur au Seigneur, en vivant d’une autre manière. Rien de tout cela ne nous ôte la jeunesse
mais plutôt la renforce et la renouvelle: «Ta jeunesse se renouvelle comme celle de l’aigle» (Ps 103, 5).
C’est pourquoi saint Augustin déplorait: «Je t'ai aimée bien tard, Beauté si ancienne et si nouvelle, je t'ai
aimée bien tard !».[2] Mais cet homme riche, qui avait été fidèle à Dieu dans sa jeunesse, a laissé le
temps lui ôter les rêves et a préféré continuer à s’attacher à ses biens (cf. Mc 10, 22).

18. En revanche, dans l’Evangile de Matthieu, se présente un jeune (cf. 19, 20.22) qui s’approche de
Jésus pour lui demander davantage (cf. v. 20), avec cet esprit ouvert propre aux jeunes en recherche
de nouveaux horizons et de grands défis. En réalité, son esprit n’était pas si jeune, car il était attaché
aux richesses et au confort. Il disait en paroles qu’il voulait quelque chose de plus, mais quand Jésus lui
a demandé d’être généreux et de partager ses biens, il s’est rendu compte qu’il était incapable de se
dépouiller de ce qu’il possédait. En fin de compte, en «entendant cette parole, le jeune homme s'en alla
contristé, car il avait de grands biens» (v. 22). Il avait renoncé à sa jeunesse.

19. L’Evangile nous parle également de quelques jeunes filles prudentes, qui étaient vigilantes et
attentives, tandis que d’autres étaient distraites et endormies (cf. Mt 25, 1-13). En effet, on peut
passer sa jeunesse en étant distrait, en vivant superficiellement, endormi, incapable de cultiver des
relations profondes et d’entrer au cœur de la vie. On prépare ainsi un avenir pauvre, sans substance. Ou
bien on peut passer sa jeunesse à cultiver de belles et grandes choses, et ainsi on prépare un avenir
rempli de vie et de richesse intérieure.

20. Si tu as perdu la vigueur intérieure, les rêves, l’enthousiasme, l’espérance et la générosité, Jésus se
présente à toi comme il l’a fait pour l’enfant mort de la veuve, et avec toute sa puissance de Ressuscité
le Seigneur t’exhorte: «Jeune homme, je te le dis, lève-toi» (Lc 7, 14).

21. Il y a sans doute beaucoup d’autres textes de la Parole de Dieu qui peuvent nous éclairer sur cette
étape de la vie. Nous recueillerons certains d’entre eux dans les prochains chapitres.

CHAPITRE 2

Jésus-Christ toujours jeune

22. Jésus est «jeune parmi les jeunes afin d’être un exemple pour les jeunes et les consacrer au
Seigneur».[3] C’est pourquoi le Synode a affirmé que «la jeunesse est une période originale et
stimulante de la vie, que Jésus lui-même a vécue, en la sanctifiant».[4] Que nous dit l’Evangile
concernant la jeunesse de Jésus ?

La jeunesse de Jésus

23. Le Seigneur «rendit l'esprit» (Mt 27, 50) sur une croix, alors qu’il avait un peu plus de trente ans (cf.
Lc 3, 23). Il est important de prendre conscience du fait que Jésus était un jeune. Il a donné sa vie à un
âge considéré aujourd’hui comme l’âge d’un jeune adulte. Il a commencé sa mission publique dans la
plénitude de sa jeunesse, et ainsi, «une grande lumière» (Mt 4, 16) s’est manifestée, surtout quand il a
donné sa vie jusqu’à la fin. Cette fin n’a pas été improvisée, mais toute sa jeunesse a été une précieuse
préparation, à chacun de ses moments, car «tout dans la vie de Jésus est signe de son mystère »[5] et
«toute la vie du Christ est mystère de Rédemption».[6]

24. L’Evangile ne parle pas des premières années de la vie de Jésus, mais nous raconte certains
événements de son adolescence et de sa jeunesse. Matthieu situe cette période de la jeunesse du
Seigneur entre deux événements: le retour de sa famille à Nazareth, après le temps de l’exil, et son
baptême dans le Jourdain où a commencé sa mission publique. Les dernières images de l’enfant Jésus
sont celles d’un petit réfugié en Égypte (cf. Mt 2, 14-15) et ensuite celle d’un rapatrié à Nazareth (cf. Mt
2, 19-23). Les premières images de Jésus, jeune adulte, sont celles qui nous le présentent dans la foule
près des bords du Jourdain, pour se faire baptiser par son cousin Jean-Baptiste, comme l’un parmi tant
d’autres de son peuple (cf. Mt 3, 13-17).

25. Ce baptême n’était pas comme le nôtre, qui nous introduit dans la vie de la grâce, mais il a été une
consécration avant le début de la grande mission de sa vie. L’Evangile dit que son baptême a été source
de la joie et de la satisfaction du Père: «Tu es mon fils [bien-aimé]» (Lc 3, 22). Ensuite, Jésus est
apparu rempli de l’Esprit Saint et a été conduit par l’Esprit au désert. Il était ainsi préparé pour sortir
prêcher et faire des prodiges, pour libérer et guérir (cf. Lc 4, 1-14). Tout jeune est ainsi invité, lorsqu’il
se sent appelé à accomplir une mission sur cette terre, à reconnaître en lui-même ces mêmes paroles
que Dieu le Pèrelui dit : “Tu es mon fils bien-aimé”.

26. Parmi ces récits, il y en a un qui montre Jésus en pleine adolescence. C’est lorsqu’il retourne avec
ses parents à Nazareth, après qu’ils l’aient perdu et retrouvé au Temple (cf. Lc 2, 41-51). Il est dit qu’il
leur “était soumis” (cf. Lc 2, 51), car il ne reniait pas sa famille. Ensuite, Luc ajoute que Jésus «croissait
en sagesse, en taille et en grâce devant Dieu et devant les hommes» (Lc 2, 52). C’est-à-dire qu’il était
en train de se préparer et que, en cette période, il approfondissait sa relation avec le Père et avec les
autres. Saint Jean-Paul II explique qu’il ne grandissait pas seulement physiquement mais qu’il « y eut
aussi une croissance spirituelle de Jésus » car «la plénitude de grâce en Jésus était relative à l’âge: il y
avait toujours plénitude, mais une plénitude qui croissait avec l’âge».[7]

27. Par ces données des Evangiles, nous pouvons dire qu’à l’étape de sa jeunesse, Jésus s’est “formé”,
il s’est préparé pour réaliser le projet que le Père avait pour lui. Il a orienté son adolescence et sa
jeunesse vers cette mission suprême.

28. Durant l’adolescence et la jeunesse, sa relation avec le Père était celle du Fils bien-aimé; attiré par le
Père, il grandissait en s’occupant de ses affaires: «Ne saviez-vous pas que je dois être dans la maison
de mon Père ?» (Lc 2, 49). Toutefois, il ne faut pas penser que Jésus était un adolescent solitaire ou un
jeune enfermé sur lui-même. Sa relation avec les gens était celle d’un jeune qui partageait toute la vie
d’une famille bien intégrée dans le peuple. Il a appris le travail de son père et l’a ensuite remplacé
comme charpentier. C’est pourquoi on l’appelle une fois dans l’Evangile «le fils du charpentier» (Mt
13,55), et une autre fois simplement «le charpentier» (Mc 6,3). Ce détail montre qu’il était un jeune
homme ordinaire de son peuple, qui entretenait des relations normales. Personne ne le considérait
comme un jeune étrange ou séparé des autres. C’est précisément pourquoi, lorsque Jésus a
commencé à prêcher, les gens ne s’expliquaient pas d’où il tirait cette sagesse: «N'est-il pas le fils de
Joseph, celui-là?» (Lc 4, 22).

29. Le fait est que «Jésus n’a pas grandi non plus dans une relation fermée et exclusive avec Marie et
Joseph, mais se déplaçait volontiers dans la famille élargie incluant parents et amis».[8] Nous
comprenons ainsi pourquoi, revenant de pèlerinage à Jérusalem, ses parents avaient l’esprit tranquille
en pensant que le garçon de douze ans (cf. Lc 2, 42) marchait librement avec les autres, même s’ils ne
l’avaient pas vu de toute la journée: «Le croyant dans la caravane, ils firent une journée de chemin» (Lc
2, 44). Certainement – pensaient-ils – Jésus était là, allant et venant parmi les gens, plaisantant avec
les autres jeunes de son âge, écoutant les récits des adultes et partageant les joies et les tristesses de
la caravane. Le terme grec utilisé par Luc pour désigner la caravane des pèlerins – synodia – indique
précisément cette communauté en marche dont la Sainte Famille fait partie. Grâce à la confiance de ses
parents, Jésus se déplace librement et apprend à marcher avec tous les autres.

Sa jeunesse nous éclaire

30. Ces aspects de la vie de Jésus peuvent inspirer tout jeune qui grandit et se prépare pour réaliser sa
mission. Cela implique qu’il faut mûrir dans la relation avec le Père, conscient d’être membre de la famille
et du peuple, se disposer à être comblé de l’Esprit et à être conduit pour réaliser la mission que Dieu
confie, sa propre vocation. Rien de cela ne devrait être ignoré dans la pastorale des jeunes, pour qu’on
ne crée pas des projets qui isolent les jeunes de la famille et du monde, ou qui les transforment en une
minorité sélectionnée et préservée de toute contagion. Nous avons plutôt besoin de projets qui les
fortifient, les accompagnent et les lancent vers la rencontre avec les autres, vers le service généreux,
vers la mission.

31. Vous les jeunes, Jésus ne vous éclaire pas de loin ou du dehors, mais dans votre jeunesse même
qu’il partage avec vous. Il est très important de contempler le Jésus jeune que nous montrent les
Evangiles, car il a été vraiment l’un de vous, et en lui on peut reconnaître beaucoup de caractéristiques
des cœurs jeunes. Nous le voyons, par exemple, à travers les caractéristiques suivantes: «Jésus a eu
une confiance inconditionnelle dans le Père, il a pris soin de l’amitié avec ses disciples et, même dans les
moments de crise, il y est resté fidèle. Il a manifesté une profonde compassion à l’égard des plus
faibles, spécialement des pauvres, des malades, des pécheurs et des exclus. Il a eu le courage
d’affronter les autorités religieuses et politiques de son temps; il a fait l’expérience d’être incompris et
rejeté ; il a éprouvé la peur de la souffrance et connu la fragilité dans la Passion ; il a tourné son regard
vers l’avenir, en se remettant entre les mains sûres du Père et en se confiant à la force de l’Esprit. En
Jésus, tous les jeunes peuvent se retrouver».[9]

32. Par ailleurs, Jésus est ressuscité et il veut nous faire participer à la nouveauté de sa résurrection. Il
est la vraie jeunesse d’un monde vieilli, et il est aussi la jeunesse d’un univers qui attend, «en travail
d'enfantement» (Rm 8, 22), d’être revêtu de sa lumière et de sa vie. Près de lui, nous pouvons boire à
la vraie source qui garde vivants nos rêves, nos projets, nos grands idéaux, et qui nous lance dans
l’annonce de la vie qui vaut la peine. Dans deux curieux détails de l’Evangile de Marc, on peut remarquer
l’appel à la vraie jeunesse des ressuscités. D’une part, dans la passion du Seigneur, apparaît un jeune
peureux qui a essayé de suivre Jésus mais qui a fui nu (cf. Mc 14, 51-52), un jeune qui n’a pas eu la
force de tout risquer pour suivre le Seigneur. En revanche, près du tombeau vide, nous voyons un jeune
«vêtu d'une robe blanche» (Mc 16, 5) qui invitait à se départir de la peur et qui annonçait la joie de la
résurrection (cf. Mc 16, 6-7).

33. Le Seigneur nous appelle à allumer des étoiles dans la nuit d’autres jeunes, il nous invite à regarder
les vrais astres, ces signes si variés qu’il nous donne pour que nous ne restions pas figés, mais imitions
le semeur qui les regardait pour pouvoir labourer son champ. Dieu allume pour nous des étoiles pour
que nous continuions à marcher: «Les étoiles brillent à leur poste, joyeuses : les appelle-t-il, elles
répondent: Nous voici!» (Ba 3, 34-35). Mais le Christ lui-même est pour nous la grande lumière
d’espérance et la boussole dans notre nuit, car il est «l'étoile radieuse du matin» (Ap 22, 16).

La jeunesse de l’Eglise

34. Avant d’être un âge, être jeune est un état d’esprit. Il en résulte qu’une institution si ancienne que
l’Eglise peut se renouveler et se rajeunir aux diverses étapes de sa très longue histoire. En réalité, dans
les moments les plus tragiques, elle sent l’appel à retourner à l’essentiel du premier amour. En se
souvenant de cette vérité, le Concile Vatican II a affirmé que «riche d’un long passé toujours vivant en
elle, et marchant vers la perfection humaine dans le temps et vers les destinées ultimes de l’histoire et
de la vie, elle est la vraie jeunesse du monde». En elle, il est toujours possible de rencontrer le Christ,
«le compagnon et l’ami des jeunes».[10]

Une Eglise qui se laisse renouveler

35. Demandons au Seigneur de délivrer l’Eglise des personnes qui veulent la faire vieillir, la scléroser
dans le passé, la figer, l’immobiliser. Demandons-lui également de la délivrer d’une autre tentation:
croire qu’elle est jeune parce qu’elle cède à tout ce que lemonde lui offre; croire qu’elle se renouvelle
parce qu’elle cache son message et qu’elle imite les autres. Non! Elle est jeune quand elle est elle-
même, quand elle reçoit la force toujours nouvelle de la Parole de Dieu, de l’Eucharistie, de la présence
du Christ et de la force de son Esprit chaque jour. Elle est jeune quand elle est capable de retourner
inlassablement à sa source.

36. En tant que membres de l’Eglise, il est certain que nous ne devons pas être des personnes
étranges. Tous doivent sentir que nous sommes frères et proches, comme les Apôtres qui «avaient la
faveur de tout le peuple» (Ac 2,47; cf. 4, 21.33; 5,13). Mais, en même temps, nous devons oser être
différents, afficher d’autres rêves que ce monde n’offre pas, témoigner de la beauté de la générosité, du
service, de la pureté, du courage, du pardon, de la fidélité à sa vocation, de la prière, de la lutte pour la
justice et le bien commun, de l’amour des pauvres, de l’amitié sociale.

37. L’Eglise du Christ peut toujours succomber à la tentation de perdre l’enthousiasme parce qu’elle
n’écoute plus l’appel du Seigneur au risque de la foi, l’appel à tout donner sans mesurer les dangers, et
qu’elle recommence à chercher de fausses sécurités mondaines. Ce sont précisément les jeunes qui
peuvent l’aider à rester jeune, à ne pas tomber dans la corruption, à ne pas s’installer, à ne pas
s’enorgueillir, à ne pas se transformer en secte, à être plus pauvre et davantage témoin, à être proche
des derniers et des marginalisés, à lutter pour la justice, à se laisser interpeller avec humilité. Ils peuvent
apporter à l’Eglise la beauté de la jeunesse quand ils stimulent la capacité «de se réjouir de ce qui
commence, de se donner sans retour, de se renouveler et de repartir pour de nouvelles
conquêtes».[11]

38. Ceux d’entre nous qui ne sont plus jeunes ont besoin d’occasions pour rester proches de leur voix
et de leur enthousiasme, et «la proximité crée les conditions pour faire de l’Eglise un espace de dialogue
et un fascinant témoignage de fraternité»[12]. Il nous faut créer plus d’espaces où résonne la voix des
jeunes: «L’écoute rend possible un échange de dons, dans un contexte d’empathie. […] En même
temps, elle pose les conditions d’une annonce de l’Evangile qui atteigne vraiment le cœur, de façon
percutante et féconde».[13]

Une Eglise attentive aux signes des temps

39. «Si, pour beaucoup de jeunes, Dieu, la religion et l’Eglise semblent des mots vides, ils sont sensibles
à la figure de Jésus, lorsqu’elle est présentée de façon attrayante et efficace».[14] C’est pourquoi il est
nécessaire que l’Eglise ne soit pas trop attentive à elle-même mais qu’elle reflète surtout Jésus-Christ.
Cela implique qu’elle reconnaisse avec humilité que certaines choses concrètes doivent changer, et que
pour cela il faut aussi prendre en compte la vision, voire les critiques des jeunes.

40. Au cours du Synode, il a été reconnu «qu’un nombre important de jeunes, pour les raisons les plus
diverses, ne demandent rien à l’Eglise car ils considèrent qu’elle n’est pas significative pour leur
existence. Certains demandent même expressément qu’elle les laisse tranquilles, car ils ressentent sa
présence comme désagréable, sinon irritante. Cette requête ne naît pas, la plupart du temps, d’un
mépris acritique ou impulsif, mais s’enracine dans des raisons sérieuses et respectables: les scandales
sexuels et économiques, l’inadaptation des ministres ordonnés qui ne savent pas saisir de façon
appropriée la sensibilité des jeunes, le manque de préparation des homélies et de la présentation de la
Parole de Dieu, le rôle passif assigné aux jeunes à l’intérieur de la communauté chrétienne, les difficultés
de l’Eglise à rendre raison de ses positions doctrinales et éthiques face à la société contemporaine».[15]

41. Même s’il y a des jeunes qui se réjouissent de voir une Eglise se montrant humblement sûre de ses
dons et de sa capacité de faire une critique loyale et fraternelle, d’autres jeunes réclament une Eglise qui
écoute davantage, qui ne soit pas toujours à condamner le monde. Ils ne veulent pas voir une Eglise
silencieuse et timide, ni toujours en guerre sur deux ou trois thèmes qui l’obsèdent. Pour être crédible
face aux jeunes, elle a parfois besoin de retrouver l’humilité et d’écouter simplement, de reconnaître
dans ce que disent les autres la présence d’une lumière qui l’aide à mieux découvrir l’Evangile. Une Eglise
sur la défensive, qui n’a plus l’humilité, qui cesse d’écouter, qui ne permet pas qu’on l’interpelle, perd la
jeunesse et devient un musée. Comment pourra-t-elle accueillir de cette manière les rêves de ces
jeunes? Bien qu’elle possède la vérité de l’Evangile, cela ne signifie pas qu’elle l’ait comprise pleinement;
il lui faut au contraire toujours grandir dans la compréhension de ce trésor inépuisable.[16]

42. Par exemple, une Eglise trop craintive et trop structurée peut être continuellement critique face aux
discours sur la défense des droits des femmes, et signaler constamment les risques et les erreurs
possibles de ces revendications. Par contre, une Eglise vivante peut réagir en prêtant attention aux
revendications légitimes des femmes qui demandent plus de justice et d’égalité. Elle peut se rappeler
l’histoire et reconnaître une large trame d’autoritarisme de la part des hommes, de soumission, de
diverses formes d’esclavage, d’abus et de violence machiste. Grâce à ce regard, elle sera capable de
faire siennes ces revendications de droits, et elle donnera sa contribution avec conviction pour une plus
grande réciprocité entre hommes et femmes, bien qu’elle ne soit pas d’accord avec tout ce que
proposent certains groupes féministes. Dans cette ligne, le Synode veut renouveler l’engagement de
l’Eglise contre «toute discrimination et toute violence liées à l’orientation sexuelle».[17] C’est la réaction
d’une Eglise qui se révèle jeune et qui se laisse interpeller et stimuler par la sensibilité des jeunes.

Marie, la jeune femme de Nazareth

43. Marie resplendit dans le cœur de l’Eglise. Elle est le grand modèle pour une Eglise jeune, qui veut
suivre le Christ avec courage et docilité. Quand elle était très jeune, elle a reçu l’annonce de l’ange et ne
s’est pas privée de poser des questions (cf. Lc 1, 34). Mais elle avait une âme disponible et elle a dit:
«Je suis la servante du Seigneur» (Lc 1, 38).

44. «Le force du “oui” de Marie, une jeune, impressionne toujours. La force de ce “qu’il en soit ainsi”
qu’elle dit à l’ange. Ce fut une chose différente d’une acceptation passive ou résignée. Ce fut quelque
chose d’autre qu’un “oui” voulant dire : on verra bien ce qui va se passer. Marie ne connaissait pas
cette expression : attendons de voir. Elle était résolue, elle a compris de quoi il s’agissait et elle a dit «
oui », sans détour. Ce fut quelque chose de plus, quelque chose de différent. Ce fut le “oui” de celle qui
veut s’engager et risquer, de celle qui veut tout parier, sans autre sécurité que la certitude de savoir
qu’elle était porteuse d’une promesse. Et je demande à chacun de vous : vous sentez-vous porteurs
d’une promesse ? Quelle promesse est-ce que je porte dans le cœur, à poursuivre ? Marie, sans aucun
doute, aura eu une mission difficile, mais les difficultés n’étaient pas une raison pour dire “non”. Certes
elle aura des difficultés, mais ce ne seront pas les mêmes difficultés qui apparaissent quand la lâcheté
nous paralyse du fait que tout n’est pas clair ni assuré par avance. Marie n’a pas acheté une assurance
sur la vie ! Marie s’est mise en jeu, et pour cela elle est forte, pour cela elle est une influencer, elle est
l’influencer de Dieu ! Le “oui” et le désir de servir ont été plus forts que les doutes et les difficultés».[18]

45. Sans s’évader ni céder à des mirages, «elle a su accompagner la souffrance de son Fils, […] le
soutenir par le regard et le protéger avec le cœur. Douleur qu’elle a subie, mais qui ne lui a pas fait
baisser les bras. Elle a été la femme forte du “oui”, qui soutient et accompagne, protège et prend dans
ses bras. Elle est la grande gardienne de l’espérance.[…] D’elle nous apprenons à dire “oui” à la patience
obstinée et à la créativité de ceux qui ne sont pas affaiblis et qui recommencent».[19]

46. Marie est la jeune fille à l’âme noble qui tressaille de joie (cf. Lc 1, 47), aux yeux illuminés par l’Esprit
Saint qui contemple la vie avec foi et garde tout dans son cœur (cf. Lc 2, 19.51). Elle est cette femme
attentive, prête à partir, qui lorsqu’elle apprend que sa cousine a besoin d’elle, ne pense pas à ses
projets, mais se met en marche vers la montagne «en hâte» (Lc 1, 39).

47. Et quand il faut protéger son enfant, la voilà partie avec Joseph dans un pays lointain (cf. Mt 2, 13-
14). Et elle reste au milieu des disciples réunis en prière dans l’attente de l’Esprit Saint (cf. Ac 1, 14).
Ainsi, en sa présence, naît une Eglise jeune, avec ses Apôtres en sortie pour faire naître un monde
nouveau (cf. Ac 2, 4-11).

48. Cette jeune fille est aujourd’hui la Mère qui veillent sur ses enfants, sur nous ses enfants qui
marchent dans la vie souvent fatigués, démunis, mais souhaitant que la lumière de l’espérance ne
s’éteigne pas. Voilà ce que nous voulons: que la lumière de l’espérance ne s’éteigne pas. Notre Mère
regarde ce peuple pèlerin, peuple de jeunes qu’elle aime, qui la cherche en faisant silence dans le cœur,
même si, sur le chemin, il y a beaucoup de bruit, de conversations et de distractions. Mais, aux yeux de
la Mère, seul convient le silence chargé d’espérance. Et ainsi, Marie éclaire toujours notre jeunesse.

Des jeunes saints

49. Le coeur de l’Eglise est aussi riche de jeunes saints qui ont offert leur vie pour le Christ, et pour
beaucoup en allant jusqu’au martyre. Ils ont été de précieux reflets du Christ jeune qui brillent pour nous
stimuler et pour nous sortir du sommeil. Le Synode a souligné que « beaucoup de jeunes saints ont fait
resplendir les traits de l’âge juvénile dans toute leur beauté et ont été, à leur époque, de véritables
prophètes du changement ; leurs exemples nous montrent de quoi sont capables les jeunes quand ils
s’ouvrent à la rencontre avec le Christ».[20]

50. «A travers la sainteté des jeunes, l’Eglise peut relancer son ardeur spirituelle et sa vigueur
apostolique. Le baume de la sainteté engendrée par la bonté de la vie de tant de jeunes peut soigner les
blessures de l’Eglise et du monde, en nous ramenant à la plénitude de l’amour à laquelle nous sommes
appelés depuis toujours : les jeunes saints nous poussent à revenir à notre premier amour (cf. Ap 2,
4)». [21] Il y a des saints qui n’ont pas connu l’âge adulte et qui nous ont laissé le témoignage d’une
autre manière de vivre la jeunesse. Souvenons-nous au moins de certains d’entre eux, de différentes
époques de l’histoire, qui ont vécu la sainteté chacun à sa manière:

51. Au IIIème siècle, saint Sébastien était un jeune capitaine de la garde prétorienne. On raconte qu’il
parlait du Christ partout et cherchait à convertir ses compagnons, jusqu’à ce qu’on lui demande de
renoncer à sa foi. Comme il n’accepta pas, on fit pleuvoir sur lui une multitude de flèches, mais il
survécut et continua à annoncer le Christ sans peur. En fin de compte, ils le flagellèrent à mort.

52. Saint François d’Assise était très jeune et rempli de rêves. Il a écouté l’appel de Jésus à être pauvre
comme lui et à restaurer l’Eglise par son témoignage. Il renonça à tout avec joie et il est le saint de la
fraternité universelle, le frère de tous, qui louait le Seigneur pour ses créatures. Il est mort en 1226.

53. Sainte Jeanne d’Arc est née en 1412. C’était une jeune paysanne qui, malgré son jeune âge, a lutté
pour défendre la France contre les envahisseurs. Incomprise à cause de sa manière d’être et de vivre la
foi, elle est morte sur le bûcher.

54. Le bienheureux André Phû Yên était un jeune vietnamien du XVIIème siècle. Il était catéchiste et
aidait les missionnaires. Il a été emprisonné pour sa foi, et comme il ne voulait pas y renoncer, il a été
assassiné. Il est mort en disant: «Jésus».
55. Au cours du même siècle, sainte Kateri Tekakwitha, une jeune laïque native d’Amérique du Nord, a
subi une persécution pour sa foi et a fui en marchant plus de trois cents kilomètres dans une épaisse
forêt. Elle s’est consacrée à Dieu et elle est morte en disant: “Jésus, je t’aime!”.

56. Saint Dominique Savio offrait à Marie toutes ses souffrrances. Quand saint Jean Bosco lui apprit que
la sainteté suppose qu’on soit toujours joyeux, il ouvrit son cœur à une joie contagieuse. Il cherchait à
être proche de ses compagnons les plus marginalisés et malades. Il est mort en 1857 à quatorze ans,
en disant: “Quelle merveille je vois!”.

57. Sainte Thérèse l’Enfant-Jésus est née en 1873. Elle parvint à entrer dans un couvent de carmélites,
à quinze ans, en traversant beaucoup de difficultés. Elle a vécu la petite voie de la confiance totale en
l’amour du Seigneur et s’est proposé de nourrir par sa prière le feu de l’amour qui anime l’Eglise.

58. Le bienheureux Ceferino Namuncurá était un jeune argentin, fils d’un important chef de peuples
autochtones. Il parvint à devenir séminariste salésien, brûlant du désir de retourner dans sa tribu pour
conduire les gens à Jésus-Christ. Il est mort en 1905.

59. Le bienheureux Isidore Bakanja était un laïc du Congo qui témoignait de sa foi. Il a été torturé
longtemps pour avoir proposé le christianisme à d’autres jeunes. Il est mort en 1909 en pardonnant à
son bourreau.

60. Le bienheureux Pier Giorgio Frassati, mort en 1925, était«un jeune d’une joie contagieuse, une joie
qui dépassait les nombreuses difficultés de sa vie».[22] Il disait qu’il essayait de répondre à l’amour de
Jésus qu’il recevait dans la communion, en visitant et en aidant les pauvres.

61. Le bienheureux Marcel Callo était un jeune français mort en 1945. Il fut emprisonné en Autriche
dans un camp de concentration, où il réconfortait dans la foi ses compagnons de captivité, au milieu de
durs travaux.

62. La jeune bienheureuse Chiara Badano, morte en 1990, «fit l’expérience de la manière dont la
souffrance peut être transfigurée par l’amour […] La clé de sa paix et de sa joie était sa pleine confiance
dans le Seigneur, et l’acceptation de la maladie comme expression mystérieuse de sa volonté pour son
bien et celui des autres».[23]

63. Qu’eux tous, ainsi que beaucoup d’autres jeunes qui souvent ont vécu à fond l’Evangile dans le
silence et dans l’anonymat, intercèdent pour l’Eglise afin qu’elle soit remplie de jeunes joyeux,
courageux et engagés, qui offrent au monde de nouveaux témoignages de sainteté.

CHAPITRE 3

Vous êtes l’aujourd’hui de Dieu

64. Après avoir consulté la Parole de Dieu, nous ne pouvons pas seulement dire que les jeunes sont
l’avenir du monde. Ils sont le présent, ils l’enrichissent par leur contribution. Un jeune n’est plus un
enfant, il se trouve dans une période de la vie où il commence à assumer diverses responsabilités, en
participant avec les adultes au développement de la famille, de la société, de l’Eglise. Mais les temps
changent et l’interrogation se fait entendre: Comment sont les jeunes aujourd’hui, qu’est-ce qui leur
arrive à présent?

En positif

65. Le Synode a reconnu que les fidèles de l’Eglise n’ont pas toujours l’attitude de Jésus. Au lieu de nous
disposer à les écouter à fond, «la tendance prévaut d’apporter des réponses toutes faites et de
proposer des recettes toutes prêtes, sans laisser émerger les questions des jeunes dans leur
nouveauté, ni saisir ce qu’elles ont de provocant».[24] Au contraire, quand l’Eglise abandonne les
schémas rigides et s’ouvre à l’écoute disponible et attentive des jeunes, cette empathie l’enrichit car
«elle permet aux jeunes d’apporter quelque chose à la communauté, en l’aidant à percevoir des
sensibilités nouvelles et à se poser des questions inédites».[25]

66. Aujourd’hui, nous les adultes, nous courons le risque de dresser une liste de calamités, de défauts
de la jeunesse actuelle. Certains pourraient nous applaudir parce que nous semblerions habiles à trouver
des points négatifs et dangereux. Mais quel serait le résultat de cette attitude? Toujours plus de
distance, moins de proximité, moins d’aide mutuelle.

67. La clairvoyance de ceux qui ont été appelés à être père, pasteur ou guide des jeunes consiste à
trouver la petite flamme qui continue de brûler, le roseau sur le point de se briser (cf. Is 42, 3), mais qui
cependant ne se rompt pas encore. C’est la capacité de trouver des chemins là où d’autres ne voient
que des murailles, c’est l’habileté à reconnaître des possibilités là où d’autres ne voient que des dangers.
Le regard de Dieu le Père est ainsi, capable de valoriser et d’alimenter les semences de bien semées
dans les cœurs des jeunes. Le cœur de chaque jeune doit donc être considéré comme une “terre
sacrée”, porteuse de semences de vie divine devant lesquelles nous devons “nous déchausser” pour
pouvoir nous approcher et entrer en profondeur dans le Mystère.

Des jeunesses nombreuses


68. Nous pourrions essayer de décrire les caractéristiques des jeunes d’aujourd’hui, mais avant tout je
veux rappeler une mise en garde des Pères synodaux: «La composition même du Synode a rendu
visible la présence et l’apport des diverses régions du monde, en mettant en évidence la beauté d’être
une Eglise universelle. Malgré un contexte de mondialisation croissante, les Pères synodaux ont
demandé de mettre en relief les nombreuses différences entre les divers contextes et cultures, ainsi
qu’à l’intérieur même d’un pays. Il existe une pluralité de mondes jeunes, si bien que dans certains pays
on tend à utiliser le terme “jeunesses” au pluriel. De plus, la tranche d’âge concernée par le présent
Synode (16-29 ans) ne représente pas un ensemble homogène, mais elle est composée de groupes
qui vivent des situations particulières».[26]

69. Déjà du point de vue démographique, il y a beaucoup de jeunes dans certains pays, tandis que
d’autres ont un taux de natalité très bas. Mais «une autre différence découle de l’histoire, qui fait que les
pays et les continents d’antique tradition chrétienne, où la culture est porteuse d’une mémoire à
conserver, sont différents des pays et continents marqués, en revanche, par d’autres traditions
religieuses, où le christianisme constitue une présence minoritaire, et parfois récente. Par ailleurs, dans
d’autres territoires, les communautés chrétiennes et les jeunes qui en font partie font l’objet de
persécution».[27] Il faut aussi distinguer les jeunes «qui ont accès à une quantité croissante d’occasions
offertes par la mondialisation, de ceux qui vivent en marge de la société ou dans le monde rural, et qui
pâtissent des effets de diverses formes d’exclusion et de rejet».[28]

70. Il y a beaucoup d’autres différences qu’il serait complexe de détailler ici. Par conséquent, je n’estime
pas opportun de m’arrêter pour fournir une analyse exhaustive sur les jeunes dans le monde actuel, sur
la manière dont ils vivent et sur ce qui leur arrive. Mais comme il m’est aussi impossible de ne pas
regarder la réalité, je présenterai brièvement certaines contributions parvenues avant le Synode, et
d’autres que j’ai pu recueillir au cours du Synode même.

Ce que vivent parfois les jeunes

71. La jeunesse n’est pas une chose qu’on peut analyser de manière abstraite. En réalité, “la jeunesse”
n’existe pas; il y a des jeunes avec leurs vies concrètes. Dans le monde actuel, marqué par les progrès,
beaucoup de ces vies sont exposées à la souffrance et à la manipulation.

Des jeunes dans un monde en crise

72. Les Pères synodaux ont souligné avec douleur que « beaucoup de jeunes vivent dans des contextes
de guerre et subissent la violence sous une innombrable variété de formes: enlèvements, extorsions,
criminalité organisée, traite d’êtres humains, esclavage et exploitation sexuelle, viols de guerre, etc.
D’autres jeunes, à cause de leur foi, ont du mal à trouver un emploi dans leur société et subissent
différents types de persécutions, pouvant aller jusqu’à la mort. Nombreux sont les jeunes qui, par
contrainte ou par manque d’alternatives, vivent en perpétrant des crimes et des violences : enfants
soldats, bandes armées et criminelles, trafic de drogue, terrorisme, etc. Cette violence brise beaucoup
de jeunes vies. Les abus et les dépendances, tout comme la violence et les déviances, figurent parmi les
raisons qui conduisent les jeunes en prison, avec une incidence particulière dans certaines groupes
ethniques et sociaux».[29]

73. De nombreux jeunes sont endoctrinés, instrumentalisés et utilisés comme chair à canon ou comme
une force de choc pour détruire, intimider ou ridiculiser les autres. Et le pire, c’est que beaucoup
deviennent individualistes, ennemis et méfiants envers tout le monde, si bien qu’ils deviennent la proie
facile d’offres déshumanisantes et de plans destructeurs qu’élaborent des groupes politiques ou des
pouvoirs économiques.

74. Cependant «encore plus nombreux dans le monde sont les jeunes qui souffrent de formes de
marginalisation et d’exclusion sociale, pour des raisons religieuses, ethniques ou économiques.
Rappelons la situation difficile d’adolescentes et de jeunes filles qui se trouvent enceintes, la plaie de
l’avortement, de même que la diffusion du VIH, les diverses formes de dépendance (drogues, jeux de
hasard, pornographie, etc.) et la situation des enfants et des jeunes de la rue, qui n’ont ni maison, ni
famille, ni ressources économiques».[30] Quand, en outre, il s’agit des femmes, ces situations de
marginalisation deviennent doublement douloureuses et difficiles.

75. Ne soyons pas une Eglise insensible à ces drames de ses enfants jeunes. Ne nous y habituons
jamais, car qui ne sait pas pleurer n’est pas mère. Nous voulons pleurer pour que la société aussi soit
davantage mère, pour qu’au lieu de tuer elle apprenne à donner naissance, pour qu’elle soit porteuse de
vie. Nous pleurons quand nous nous souvenons des jeunes qui sont déjà morts de la misère et de la
violence et nous demandons à la société d’apprendre à être une mère solidaire. Cette souffrance ne
s’estompe pas, elle marche avec nous, parce que la réalité ne peut pas être cachée. Le pire que nous
puissions faire, c’est d’appliquer la recette de l’esprit du monde qui consiste à anesthésier les jeunes
avec d’autres nouvelles, d’autres distractions, d’autres banalités.

76. Peut-être que «nous avons une vie sans trop de besoins, nous ne savons pas pleurer. Certaines
réalités de la vie se voient seulement avec des yeux lavés par les larmes. J’invite chacun de vous à se
demander : ai-je appris à pleurer ? Ai-je appris à pleurer quand je vois un enfant qui a faim, un enfant
drogué dans la rue, un enfant sans maison, un enfant abandonné, un enfant abusé, un enfant utilisé
comme esclave par la société ? Ou bien mes pleurs sont-ils les pleurs capricieux de celui qui pleure parce
qu’il voudrait avoir quelque chose de plus ?».[31] Essaie d’apprendre à pleurer pour les jeunes qui se
trouvent dans une situation pire que la tienne. La miséricorde et la compassion se manifestent aussi par
des pleurs. Si tu n’y parviens pas, prie le Seigneur pour qu’il t’accorde de verser des larmes pour la
souffrance des autres. Quand tu sauras pleurer, alors tu seras capable de réaliser quelque chose du fond
du cœur pour les autres.

77. Parfois, la souffrance de certains jeunes est vraiment déchirante ; c’est une souffrance qu’on ne
peut pas exprimer par des paroles ; c’est une souffrance qui nous gifle. Seuls ces jeunes peuvent dire à
Dieu qu’ils souffrent beaucoup, qu’il leur coûte trop d’aller de l’avant, qu’ils ne croient plus en personne.
Mais dans cette plainte déchirante se font présentes les paroles de Jésus: «Heureux les affligés, car ils
seront consolés» (Mt 5, 4). Il y a des jeunes qui ont pu s’ouvrir un chemin dans la vie parce que cette
promesse divine leur est parvenue. Puisse-t-il y avoir toujours auprès d’un jeune qui souffre une
communauté chrétienne capable de faire résonner ces paroles par des gestes, des accolades et des
aides concrètes.

78. Certes, les puissants offrent certaines aides, mais souvent à un coût élevé. Dans de nombreux pays
pauvres, les aides économiques de pays plus riches ou d’organismes internationaux peuvent être liées à
l’acceptation de propositions occidentales ayant rapport à la sexualité, au mariage, à la vie ou à la
justice sociale. Cette colonisation idéologique nuit surtout aux jeunes. En même temps, nous voyons
comment une certaine publicité enseigne aux personnes à être toujours insatisfaites, et contribue à la
culture du rejet où les jeunes eux-mêmes finissent par devenir du matériel jetable.

79. La culture actuelle présente un modèle de personne très associé à l’image du jeune. Se sent beau
celui qui a l’air jeune, qui fait des traitements pour faire disparaître les traces du temps. Les corps jeunes
sont constamment utilisés dans la publicité pour vendre. Le modèle de beauté est un modèle jeune,
mais faisons attention, car cela n’est pas élogieux pour les jeunes. Cela signifie seulement que les
adultes veulent voler la jeunesse pour eux-mêmes; non pas qu’ils respectent, aiment et prennent soin
des jeunes.

80. Certains jeunes «ressentent les traditions familiales comme opprimantes et les fuient sous
l’impulsion d’une culture mondialisée qui, parfois, leur ôte tout point de référence. Dans d’autres parties
du monde, en revanche, il n’y a pas de véritable conflit intergénérationnel entre jeunes et adultes, mais
ceux-ci s’ignorent réciproquement. Parfois les adultes ne cherchent pas ou ne parviennent pas à
transmettre les valeurs de base de l’existence ou adoptent des styles juvéniles, inversant ainsi le
rapport entre les générations. De la sorte, la relation entre les jeunes et les adultes risque de s’arrêter
au plan affectif, sans jamais toucher la dimension éducative et culturelle». [32] Que de mal cela fait aux
jeunes, même si certains ne s’en rendent pas compte! Ces mêmes jeunes nous ont fait remarquer que
cela complique énormément la transmission de la foi «dans certains pays où il n’y a pas de liberté
d’expression et où on les empêche de participer à la vie de l’Eglise».[33]

Désirs, blessures et recherches

81. Les jeunes reconnaissent que le corps et la sexualité ont une importance essentielle pour leur vie et
pour le chemin de croissance de leur identité. Cependant, dans un monde qui souligne à l’exès la
sexualité, il est difficile de garder une bonne relation avec son corps et de vivre sereinement les relations
affectives. Pour cette raison, et pour d’autres, la morale sexuelle tend très souvent à être «une cause
fréquente d’incompréhension et d’éloignement par rapport à l’Eglise, dans la mesure où elle est perçue
comme un espace de jugement et de condamnation». En même temps, les jeunes expriment «un désir
explicite de dialogue sur les questions relatives à la différence entre l’identité masculine et féminine, à la
réciprocité entre les hommes et les femmes et à l’homosexualité».[34]

82. A notre époque «les développements de la science et des technologies biomédicales exercent une
forte incidence sur la perception du corps, induisant l’idée qu’aucune limite ne peut empêcher de le
modifier. La capacité d’intervenir sur l’ADN, la possibilité d’insérer des éléments artificiels dans
l’organisme (cyborg) et le développement des neurosciences constituent une grande ressource, mais
soulèvent en même temps des questions anthropologiques et éthiques».[35] Ils peuvent nous conduire
à oublier que la vie est un don et que nous sommes des êtres créés et limités, que nous pouvons êtres
facilement instrumentalisés par ceux qui ont le pouvoir technologique.[36] «En outre, certains milieux de
jeunes sont de plus en plus fascinés par des comportements à risques comme moyens de s’explorer
soi-même, de rechercher des émotions fortes et d’être reconnus […] Ces phénomènes, auxquels les
nouvelles générations sont exposées, constituent un obstacle à une maturation sereine».[37]

83. Chez les jeunes, il y a aussi les chocs, les échecs, les souvenirs tristes gravés dans l’âme. Bien
souvent « ce sont les blessures des défaites de leur propre histoire, des désirs frustrés, des
discriminations et des injustices subies, ou encore du fait de ne pas se sentir aimés ou reconnus». En
plus, «il y a aussi les blessures morales, le poids des erreurs commises, de la culpabilité après s’être
trompé».[38]A ces carrefours, Jésus se rend présent aux jeunes pour leur offrir son amitié, son
réconfort, sa compagnie qui guérit, et l’Eglise veut être son instrument sur ce chemin vers la
restauration intérieure et la paix du cœur.

84. Nous reconnaissons, chez certains jeunes, un désir de Dieu, bien qu’il n’ait pas tous les contours du
Dieu révélé. Chez d’autres, nous pourrons entrevoir un rêve de fraternité, ce qui n’est pas rien. Chez
beaucoup, il y a un désir réel de développer les capacités qui se trouvent en eux pour apporter quelque
chose au monde. Chez d’autres, nous observons une sensibilité artistique spéciale, ou une recherche
d’harmonie avec la nature. Chez d’autres, ce peut-être un grand besoin de communication. Chez
beaucoup d’entre eux, nous trouvons un profond désir d’une vie différente. Il s’agit de vrais points de
départ, d’énergies intérieures en attente et ouvertes à une parole de stimulation, de lumière et
d’encouragement.

85. Le Synode a traité de manière particulière trois thèmes d’une grande importance dont je voudrais
accueillir les conclusions textuellement, même s’il nous faudrait encore procéder à une analyse plus
approfondie et développer une capacité de réponse plus adéquate et plus efficace.

Le monde numérique

86. «Le monde numérique caractérise le monde contemporain. De vastes portions de l’humanité y sont
plongées de manière ordinaire et continuelle. Il ne s’agit plus seulement d’”utiliser” des instruments de
communication, mais de vivre dans une culture largement numérisée, qui influence profondément les
notions de temps et d’espace, la perception de soi, des autres et du monde, la façon de communiquer,
d’apprendre, de s’informer et d’entrer en relation avec les autres. Une approche de la réalité qui tend à
privilégier l’image par rapport à l’écoute et à la lecture a une incidence sur la façon d’apprendre et sur le
développement du sens critique».[39]

87. Internet et les réseaux sociaux ont créé une nouvelle manière de communiquer et de se mettre en
relation et «sont des espaces où les jeunes passent beaucoup de temps et se rencontrent facilement,
même si tous n’y ont pas accès de la même façon, en particulier dans certaines régions du monde.
Quoi qu’il en soit, ils constituent une extraordinaire opportunité de dialogue, de rencontre et d’échange
entre les personnes, et donnent accès à l’information et à la connaissance. En outre, l’environnement
numérique est un contexte de participation sociopolitique et de citoyenneté active et il peut faciliter la
circulation d’une information indépendante capable de protéger efficacement les personnes les plus
vulnérables en révélant au grand jour les violations de leurs droits. Dans de nombreux pays, internet et
les réseaux sociaux représentent désormais un lieu incontournable pour atteindre les jeunes et les faire
participer, notamment aux initiatives et aux activités pastorales».[40]

88. Mais pour comprendre ce phénomène dans son intégralité, il faut reconnaître que, comme toute
réalité humaine, il comporte des limites et des carences. Il n’est pas sain de confondre la
communication avec le contact purement virtuel. De fait, «le monde numérique est aussi un espace de
solitude, de manipulation, d’exploitation et de violence, jusqu’au cas extrême du dark web. Les médias
numériques peuvent exposer au risque de dépendance, d’isolement et de perte progressive de contact
avec la réalité concrète, entravant ainsi le développement d’authentiques relations interpersonnelles. De
nouvelles formes de violence se diffusent à travers les social media, comme le cyber bizutage ; le web
est aussi un canal de diffusion de la pornographie et d’exploitation des personnes à des fins sexuelles ou
par le biais des jeux de hasard».[41]

89. On ne devrait pas oublier que «de gigantesques intérêts économiques opèrent dans le monde
numérique. Ils sont capables de mettre en place des formes de contrôle aussi subtiles qu’envahissantes,
créant des mécanismes de manipulation des consciences et des processus démocratiques. Le
fonctionnement de nombreuses plates-formes finit toujours par favoriser la rencontre entre les
personnes qui pensent d’une même façon, empêchant de faire se confronter les différences. Ces circuits
fermés facilitent la diffusion de fausses informations et de fausses nouvelles, fomentant les préjugés et
la haine. La prolifération des fake news est l’expression d’une culture qui a perdu le sens de la vérité et
qui soumet les faits à ses intérêts particuliers. La réputation des personnes est mise en danger par des
procès sommaires online. Le phénomène concerne aussi l’Eglise et ses pasteurs».[42]

90. Dans un document qu’ont préparé trois cents jeunes du monde entier avant le Synode, ceux-ci ont
indiqué que «les relations online peuvent devenir inhumaines. Les espaces numériques nous rendent
aveugles à la vulnérabilité des autres et empêchent la réflexion personnelle. Des problèmes comme la
pornographie déforment la perception que le jeune a de la sexualité humaine. La technologie utilisée de
cette manière crée une réalité parallèle illusoire qui ignore la dignité humaine ».[43] L’immersion dans le
monde virtuel a favorisé une sorte de “migration numérique”, c’est-à-dire un éloignement de la famille
ainsi que des valeurs culturelles et religieuses, qui conduit beaucoup de personnes dans un monde de
solitude et d’auto-invention, à tel point qu’elles font l’expérience d’un déracinement même si elles
demeurent physiquement au même endroit. La vie nouvelle et débordante des jeunes, qui les pousse à
chercher et à affirmer leur personnalité, est confrontée aujourd’hui à un nouveau défi: interagir avec un
monde réel et virtuel dans lequel ils pénètrent seuls comme dans un continent global inconnu. Les
jeunes d’aujourd’hui sont les premiers à faire cette synthèse entre ce qui est personnel, ce qui est
propre à chaque culture et ce qui est global. C’est pourquoi il faut qu’ils parviennent à passer du contact
virtuel à une bonne et saine communication.

Les migrants comme paradigme de notre temps

91. Comment ne pas se rappeler ces nombreux jeunes touchés par les migrations? Les phénomènes
migratoires ne représentent pas «une urgence transitoire. Les migrations peuvent advenir à l’intérieur
même d’un pays ou bien entre des pays différents. La préoccupation de l’Eglise concerne en particulier
ceux qui fuient la guerre, la violence, la persécution politique ou religieuse, les désastres naturels dus aux
changements climatiques et à la pauvreté extrême : beaucoup d’entre eux sont jeunes. En général, ils
sont en quête d’opportunités pour eux et pour leur famille. Ils rêvent d’un avenir meilleur et désirent
créer les conditions de sa réalisation».[44] Les migrants «nous rappellent la condition primitive de la foi,
celle d’“étrangers et voyageurs sur la terre” (He 11, 13)».[45]

92. D’autres migrants «sont attirés par la culture occidentale, nourrissant parfois des attentes irréalistes
qui les exposent à de lourdes déceptions. Des trafiquants sans scrupules, souvent liés aux cartels de la
drogue et des armes, exploitent la faiblesse des migrants qui, au long de leur parcours, se heurtent trop
souvent à la violence, à la traite des êtres humains, aux abus psychologiques et même physiques, et à
des souffrances indicibles. Il faut signaler la vulnérabilité particulière des migrants non accompagnés et la
situation de ceux qui sont contraints de passer de nombreuses années dans des camps de réfugiés ou
qui restent longtemps bloqués dans les pays de transit, sans pouvoir poursuivre le cours de leurs
études, ni exprimer leurs talents. Dans certains pays d’arrivée, les phénomènes migratoires suscitent
des alarmes et des peurs, souvent fomentées et exploitées à des fins politiques. Une mentalité
xénophobe, de fermeture et de repli sur soi se diffuse alors. Il faut réagir fermement à cela».[46]

93. «Les jeunes qui migrent vivent une séparation avec leur environnement d’origine et connaissent
souvent un déracinement culturel et religieux. La fracture concerne aussi les communautés locales, qui
perdent leurs éléments les plus vigoureux et entreprenants, et les familles, en particulier quand un
parent migre, ou les deux, laissant leurs enfants dans leur pays d’origine. L’Eglise a un rôle important à
jouer comme référence pour les jeunes de ces familles brisées. Mais les histoires des migrants sont
aussi des histoires de rencontre entre personnes et cultures : pour les communautés et les sociétés
d’accueil, ils représentent une opportunité d’enrichissement et de développement humain intégral de
tous. Les initiatives d’accueil qui se rattachent à l’Eglise ont un rôle important de ce point de vue et
peuvent revitaliser les communautés capables de les mettre en œuvre».[47]

94. «Grâce à la provenance variée des Pères, le Synode a vu confluer de nombreuses perspectives en
ce qui concerne le thème des migrants, en particulier entre les pays de départ et les pays d’arrivée. En
outre, on a entendu résonner le cri d’alarme des Eglises dont les membres sont contraints de fuir la
guerre et la persécution et qui voient ces migrations forcées comme une menace pour leur existence
même. Le fait d’inclure en son sein toutes ces différentes perspectives met précisément l’Eglise en
condition d’exercer un rôle prophétique vis-à-vis de la société en matière de migrations». [48] Je
demande en particulier aux jeunes de ne pas se laisser enrôler dans les réseaux de ceux qui veulent les
opposer à d’autres jeunes qui arrivent dans leurs pays, en les présentant comme des êtres dangereux
et comme s’ils n’étaient pas dotés de la même dignité inaliénable propre à chaque être humain.

Mettre fin à tout genre d’abus

95. Ces derniers temps, il a été demandé avec force que nous écoutions le cri des victimes des divers
genres d’abus qu’ont commis certains évêques, prêtres, religieux et laïcs. Ces péchés provoquent chez
leurs victimes «des souffrances qui peuvent durer toute la vie et auxquelles aucun repentir ne peut
porter remède. Ce phénomène est très répandu dans la société, et il touche aussi l’Eglise et représente
un sérieux obstacle à sa mission».[49]

96. Certes, le «fléau des abus sexuels sur mineurs est malheureusement un phénomène historiquement
répandu dans toutes les cultures et toutes les sociétés», surtout au sein des familles mêmes et dans
diverses institutions, dont l’ampleur a été révélée surtout «grâce au changement de sensibilité de
l’opinion publique». Mais «l’universalité de ce fléau, alors que se confirme son ampleur dans nos
sociétés, n’atténue pas sa monstruosité à l’intérieur de l’Eglise» et «dans la colère légitime des
personnes, l’Eglise voit un reflet de la colère de Dieu, trahi et frappé».[50]

97. «Le Synode réaffirme le ferme engagement en faveur de l’adoption de mesures rigoureuses de
prévention pour empêcher que cela ne se reproduise, à partir de la sélection et de la formation de ceux
auxquels seront confiés des tâches de responsabilité et d’éducation».[51] En même temps, il ne faut pas
négliger la décision d’appliquer les « mesures et sanctions si nécessaires».[52] Et tout cela avec la grâce
du Christ. Il n’y a pas de retour en arrière possible.

98. «Il existe différents types d’abus : abus de pouvoir, abus économiques, abus de conscience, abus
sexuels. Il est évident qu’il faut éradiquer les formes d’exercice de l’autorité sur lesquelles ils se greffent
et lutter contre le manque de responsabilité et de transparence avec lequel de nombreux cas ont été
gérés. Le désir de domination, le manque de dialogue et de transparence, les formes de double vie, le
vide spirituel, ainsi que les fragilités psychologiques constituent le terrain sur lequel prospère la
corruption».[53] Le cléricalisme est une tentation permanente des prêtres, qui interprètent «le ministère
reçu comme un pouvoir à exercer plutôt que comme un service gratuit et généreux à offrir. Et cela
conduit à croire appartenir à un groupe qui possède toutes les réponses et qui n’a plus besoin d’écouter
et d’apprendre quoique ce soit, ou fait semblant d’écouter».[54] Sans aucun doute, un esprit clérical
expose les personnes consacrées à perdre le respect de la valeur sacrée et inaliénable de chaque
personne et de sa liberté.

99. Avec les Pères synodaux, je voudrais exprimer avec affection et reconnaissance ma «gratitude
envers ceux qui ont le courage de dénoncer le mal subi : ils aident l’Eglise à prendre conscience de ce
qui s’est passé et de la nécessité de réagir fermement».[55] Mais méritent également une
reconnaissance spéciale « les efforts sincères d’innombrables laïques et laïcs, prêtres, personnes
consacrées et évêques qui, chaque jour, se dépensent avec honneteté et dévouement au service des
jeunes. Leur œuvre est une forêt qui grandit sans faire de bruit. Beaucoup de jeunes présents au
Synode ont également manifesté leur gratitude pour ceux qui les ont accompagnés et ils ont rappelé le
grand besoin de figures de référence».[56]

100. Grâce à Dieu, les prêtres qui commettent ces horribles crimes ne constituent pas la majorité qui
exerce un ministère fidèle et généreux. Je demande aux jeunes de se laisser stimuler par cette majorité.
En tout cas, quand vous voyez un prêtre en danger, parce qu’il a perdu la joie de son ministère, parce
qu’il cherche des compensations affectives ou qu’il est en train de perdre le cap, ayez le courage de lui
rappeler son engagement envers Dieu et avec son peuple, annoncez-lui, vous-mêmes, l’Evangile, et
encouragez-le à rester sur le bon chemin. Ainsi, vous offrirez une aide inestimable pour une chose qui
est fondamentale: la prévention qui permet d’éviter que ces atrocités se répètent. Ce nuage noir
devient aussi un défi pour les jeunes qui aiment Jésus-Christ et son Eglise, car leur apport peut être
important face à cette blessure s’ils mettent en jeu leur capacité de renouveler, de revendiquer, d’exiger
cohérence et témoignage, de rêver de nouveau et de réinventer.

101. Ce n’est pas le seul péché des membres de l’Eglise, dont l’histoire connaît les ombres. Nos péchés
sont à la vue de tous; ils se reflètent sans pitié dans les rides du visage millénaire de notre Mère et
Maîtresse. En effet, elle marche depuis deux mille ans, en partageant «les joies et les espoirs, les
tristesses et les angoisses des hommes»[57]. Et elle marche telle qu’elle est, sans recourir à des
chirurgies esthétiques. Elle ne craint pas de montrer les péchés de ses membres, que certains d’entre
eux tentent parfois de dissimuler, à la lumière brûlante de la Parole de l’Evangile qui lave et purifie. Elle
ne se lasse pas non plus de réciter chaque jour, honteuse: «Pitié pour moi, Dieu, en ta bonté, en ta
grande tendresse […]. Ma faute est devant moi sans relâche» (Ps 51, 3.5). Mais souvenons-nous qu’on
n’abandonne pas une Mère lorsqu’elle est blessée, mais on l’accompagne pour qu’elle trouve en elle
toute sa force et sa capacité de toujours recommencer.

102. Au milieu de ce drame qui, à juste titre, nous blesse l’âme, «le Seigneur Jésus, qui n’abandonne
jamais son Eglise, lui offre la force et les instruments pour un nouveau chemin».[58] Ainsi, ce moment
difficile, «avec l’aide précieuse des jeunes, peut véritablement être l’occasion d’une réforme de portée
historique»,[59] pour déboucher sur une nouvelle Pentecôte et inaugurer une étape de purification et de
changement qui confère à l’Eglise une nouvelle jeunesse. Mais les jeunes pourront aider beaucoup plus
s’ils se sentent de tout cœur membres du «saint et patient peuple fidèle de Dieu, soutenu et vivifié par
l’Esprit Saint», car «ce sera précisément ce saint peuple de Dieu qui nous libérera du fléau du
cléricalisme, terrain fertile de toutes ces abominations».[60]

Il y a une issue

103. Dans ce chapitre, je me suis arrêté pour regarder la réalité des jeunes dans le monde actuel.
Certains autres aspects apparaîtront dans les chapitres suivants. Comme je l’ai déjà dit, je ne prétends
pas être exhaustif par cette analyse. J’exhorte les communautés à examiner, avec respect et sérieux,
leur réalité la plus proche concernant la jeunesse, afin de pouvoir discerner les voies pastorales les plus
adéquates. Cependant, je ne veux pas terminer ce chapitre sans m’adresser à chacun de vous.

104. Je te rappelle la bonne nouvelle que le matin de la Résurrection nous a offert : à savoir qu’il y a
une issue à toutes les situations difficiles ou douloureuses que nous avons mentionnées. Par exemple, il
est vrai que le monde numérique peut t’exposer au risque du repli sur soi, de l’isolement ou du plaisir
vide. Mais n’oublie pas qu’il y a des jeunes qui sont aussi créatifs, et parfois géniaux, dans cet
environnement. C’est ce que faisait le jeune Vénérable Carlo Acutis.

105. Il savait très bien que ces mécanismes de la communication, de la publicité et des réseaux sociaux
peuvent être utilisés pour faire de nous des êtres endormis, dépendants de la consommation et des
nouveautés que nous pouvons acquérir, obsédés du temps libre et prisonniers de la négativité.
Cependant, il a été capable d’utiliser les nouvelles techniques de communication pour transmettre
l’Evangile, pour communiquer valeurs et beauté.

106. Il n’est pas tombé dans le piège. Il voyait que beaucoup de jeunes, même s’ils semblent différents,
finissent en réalité par se ressembler, en courant derrière ce que les puissants leur imposent à travers
les mécanismes de consommation et d’abrutissement. C’est ainsi qu’ils ne laissent pas jaillir les dons
que le Seigneur leur a faits ; ils n’offrent pas à ce monde ces talents si personnels et si uniques que le
Seigneur a semés en chacun. Ainsi, disait Carlo, il arrive que “tous les hommes naissent comme des
originaux, mais beaucoup meurent comme des photocopies”. Ne permets pas que cela t’arrive!

107. Ne permets pas qu’ils te volent l’espérance et la joie, qu’ils te rendent toxicodépendant pour
t’utiliser comme esclave de leurs intérêts. Ose être davantage, car ta personne est plus importante que
quoi que ce soit. Il ne te sert à rien d’avoir ou de paraître. Tu peux arriver à être ce que Dieu, ton
Créateur, sait que tu es, si tu reconnais que tu es appelé à beaucoup. Invoque l’Esprit Saint et marche
avec confiance vers le grand but : la sainteté. Ainsi, tu ne seras pas une photocopie. Tu seras
pleinement toi-même.

108. Pour cela, tu as besoin de savoir une chose fondamentale: la jeunesse, ce n’est pas seulement la
recherche de plaisirs passagers et de succès superficiels. Pour que la jeunesse atteigne sa finalité dans le
parcours de ta vie, elle doit être un temps de don généreux, d’offrande sincère, de sacrifice qui coûtent
mais qui nous rendent féconds. C’est comme disait le poète:
“Si pour retrouver ce que j’ai retrouvé
j’ai d’abord dû perdre ce que j’ai perdu,
si pour obtenir ce que j’ai obtenu
j’ai dû supporter ce que j’ai supporté,

Si pour être à présent tombé amoureux


j’ai dû être blessé,
j’estime qu’il est bon d’avoir souffert ce que j’ai souffert
j’estime qu’il est bon d’avoir pleuré ce que j’ai pleuré.

Car après tout je me suis rendu compte


qu’on ne savoure bien ce qui est appréciable
qu’après en avoir souffert.

Car après tout j’ai compris


que ce que l’arbre a de fleuri
ne vit que de ce qu’il a d’enseveli ”.[61]

109. Si tu es jeune en âge, mais si tu te sens faible, fatigué ou désabusé, demande à Jésus de te
renouveler. Avec lui, l’espérance ne manque pas. Tu peux faire de même si tu te sens submergé par les
vices, les mauvaises habitudes, l’égoïsme ou le confort malsain. Jésus, plein de vie, veut t’aider pour
qu’être jeune en vaille la peine. Ainsi tu ne priveras pas le monde de cette contribution que toi seul peux
lui apporter, en étant unique et hors pair comme tu es.

110. Cependant, je voudrais te rappeler également qu’«il est très difficile de lutter contre notre propre
concupiscence ainsi que contre les embûches et les tentations du démon et du monde égoïste, si nous
sommes trop isolés. Le bombardement qui nous séduit est tel que, si nous sommes trop seuls, nous
perdons facilement le sens de la réalité, la clairvoyance intérieure, et nous succombons».[62] Cela vaut
en particulier pour les jeunes, parce que, unis, vous avez une force admirable. Quand vous vous
enthousiasmez pour une vie communautaire, vous êtes capables de grands sacrifices pour autrui et
pour la communauté. Par contre, l’isolement vous affaiblit et vous expose aux pires maux de notre
temps.

CHAPITRE 4

La grande annonce pour tous les jeunes

111. Au-delà de toute situation particulière, je souhaite maintenant annoncer à tous les jeunes le plus
important, ce qui est primordial, ce qu’il ne faut jamais taire. Une annonce qui comprend trois grandes
vérités que nous avons tous besoin d’entendre sans cesse, encore et encore.

Un Dieu qui est amour

112. Je veux dire d’abord à chacun la première vérité: “Dieu t’aime”. Si tu l’as déjà entendu, peu
importe. Je veux te le rappeler: Dieu t’aime. N’en doute jamais, quoiqu’il arrive dans ta vie. Tu es aimé
infiniment, en toutes circonstances.

113. L’expérience de la paternité que tu as eue n’est peut-être pas la meilleure, ton père de la terre a
peut-être été loin et absent ou, au contraire, dominateur et captatif. Ou, simplement, il n’a pas été le
père dont tu avais besoin. Je ne sais pas. Mais ce que je peux te dire avec certitude, c’est que tu peux
te jeter avec confiance dans les bras de ton Père divin, de ce Dieu qui t’a donné la vie et qui te la donne
à tout moment. Il te soutiendra fermement et tu sentiras en même temps qu’il respecte jusqu’au bout
ta liberté.

114. Nous trouvons dans sa Parole de nombreuses expressions de son amour. C’est comme s’il avait
cherché différentes manières de le manifester pour voir s’il pouvait atteindre ton cœur avec l’une ou
l’autre de ces paroles.

Par exemple, il se présente parfois comme ces pères affectueux qui jouent avec leurs enfants: «Je les
menais avec des attaches humaines, avec des liens d'amour ; j'étais pour eux comme ceux qui
soulèvent un nourrisson tout contre leur joue » (Os 11, 4).

Il se présente parfois plein de l’amour de ces mères qui aiment sincèrement leurs enfants, d’un amour
attachant qui est incapable d’oublier ou d’abandonner: «Une femme oublie-t-elle son petit enfant, est-
elle sans pitié pour le fils de ses entrailles ? Même si les femmes oubliaient, moi, je ne t'oublierai pas »
(Is 49, 15).

Il se présente même comme un amoureux qui en arrive à se faire tatouer la personne aimée dans la
paume de ses mains afin de pouvoir avoir toujours son visage à proximité: «Je t’ai gravée sur les
paumes de mes mains » (Is 49, 16).

D’autres fois, il montre sa force et la vigueur de son amour qui ne se laisse jamais vaincre: «Les
montagnes peuvent s'écarter et les collines chanceler, mon amour ne s'écartera pas de toi, mon
alliance de paix ne chancellera pas » (Is 54, 10).

Ou bien il nous dit que nous avons été désirés depuis toujours, de sorte que nous n’apparaissons pas
dans ce monde par hasard. Nous étions un projet de son amouravant que nous existions : «D'un
amour éternel je t'ai aimée, aussi t'ai-je maintenu ma faveur » (Jr 31, 3).

Ou bien il nous fait remarquer qu’il sait voir notre beauté, celle que personne ne peut reconnaître: «Tu
comptes beaucoup à mes yeux, tu as du prix et je t'aime » (Is 43, 4).

Ou bien il nous fait découvrir que son amour n’est pas triste, mais une pure joie qui se renouvelle quand
nous nous laissons aimer par lui: «Le Seigneur ton Dieu est au milieu de toi, héros sauveur! Il exultera
pour toi de joie, il te renouvellera par son amour ; il dansera pour toi avec des cris de joie » (So 3, 17).

115. Tu as vraiment de la valeur pour lui, tu n’es pas insignifiant, tu lui importes, parce que tu es une
œuvre de ses mains. Il te prête donc attention et se souvient de toi avec affection. Tu dois avoir
confiance dans le «souvenir de Dieu: sa mémoire n’est pas un “disque dur” qui enregistre et archive
toutes nos données, sa mémoire est un cœur tendre de compassion, qui se plaît à effacer
définitivement toutes nos traces de mal».[63] Il ne veut pas tenir le compte de tes erreurs et, en toute
situation, il t’aidera à tirer quelque chose, même de tes chutes. Parce qu’il t’aime. Essaye de rester un
moment en silence en te laissant aimer par lui. Essaye de faire taire toutes les voix et les cris intérieurs,
et reste un moment dans les bras de son amour.

116. C’est un amour «qui n’écrase pas, c’est un amour qui ne marginalise pas, qui ne réduit pas au
silence, un amour qui n’humilie pas, ni n’asservit. C’est l’amour du Seigneur, un amour de tous les jours,
discret et respectueux, amour de liberté et pour la liberté, amour qui guérit et qui relève. C’est l’amour
du Seigneur qui apprend plus à redresser qu’à faire chuter, à réconcilier qu’à interdire, à donner de
nouvelles chances qu’à condamner, à regarder l’avenir plus que le passé ».[64]

117. Quand il te demande quelque chose ou quand, simplement, il permet ces défis que la vie te
présente, il attend que tu lui accordes une place pour pouvoir t’élever, pour te faire progresser, pour te
faire mûrir. Cela ne le dérange pas que tu lui exprimes ton questionnement. Ce qui l’inquiète, c’est que
tu ne lui parles pas, que tu n’ouvres pas sincèrement le dialogue avec lui. La Bible dit que Jacob a lutté
contre Dieu (cf. Gn 32, 25-31), et cela ne l’a pas détourné du chemin du Seigneur. En réalité, il nous
exhortelui-même : «Allons! Discutons! » (Is 1, 18). Son amour est si réel, si vrai, si concret qu’il nous
offre une relation faite de dialogue sincère et fécond. Finalement, cherche l’embrassade de ton Père du
ciel dans le visage aimant de ses courageux témoins sur la terre.

Le Christ te sauve

118. La deuxième vérité est que le Christ, par amour, s’est livré jusqu’au bout pour te sauver. Ses bras
sur la croix sont le signe le plus beau d’un ami qui est capable d’aller jusqu’à l’extrême: «Ayant aimé les
siens qui étaient dans le monde, il les aima jusqu’à la fin» (Jn 13, 1).

Saint Paul disait qu’il vivait dans la confiance en cet amour qui s’est livréà lui entièrement : «Je vis dans
la foi au Fils de Dieu qui m’a aimé et s’est livré pour moi » (Ga 2, 20).

119. Ce Christ, qui nous a sauvés de nos péchés sur la croix, continue de nous sauver et de nous
racheter aujourd’hui, avec le même pouvoir de son don total. Regarde le Christ, accroche-toi à lui,
laisse-toi sauver, parce que «ceux qui se laissent sauver par lui sont libérés du péché, de la tristesse, du
vide intérieur, de l’isolement ».[65] Car si tu pèches et t’éloignes, il te relève avec le pouvoir de sa croix.
N’oublie jamais qu’«il pardonne soixante-dix fois sept fois. Il revient nous charger sur ses épaules une
fois après l’autre. Personne ne pourra nous enlever la dignité que nous confère cet amour infini et
inébranlable. Il nous permet de relever la tête et de recommencer, avec une tendresse qui ne nous
déçoit jamais et qui peut toujours nous rendre la joie ».[66]

120. «Nous sommes sauvés par Jésus: parce qu’il nous aime et ne peut pas s’en passer. Nous
pouvons lui faire n’importe quoi, lui nous aime et nous sauve. Parce que seul celui qu’on aime peut être
sauvé. Seul celui qu’on embrasse peut être transformé. L’amour du Seigneur est plus grand que toutes
nos contradictions, que toutes nos fragilités et que toutes nos petitesses. Mais c’est précisément à
travers nos contradictions, nos fragilités et nos petitesses qu’il veut écrire cette histoire d’amour. Il a
embrassé le fils prodigue, il a embrassé Pierre après son reniement, et il nous embrasse toujours,
toujours, toujours après nos chutes, en nous aidant à nous relever et nous remettre sur pieds. Parce
que la véritable chute, - attention à cela – la vraie chute, celle qui est capable de ruiner notre vie, c’est
de rester à terre et ne pas se laisser aider».[67]

121. Son pardon et son salut ne sont pas une chose que nous avons achetée, ou que nous devons
acquérir par nos œuvres et par nos efforts. Il nous pardonne et nous libère gratuitement. Le don de lui-
même sur la croix est une chose si grande que nous ne pouvons ni ne devons payer, nous devons
seulement le recevoir avec une immense gratitude et avec la joie d’être tant aimés, avant que nous
puissions l’imaginer: «Il nous a aimés [le premier]» (1 Jn 4, 19).

122. Jeunes aimés par le Seigneur, vous valez tellement que vous avez été rachetés par le sang
précieux du Christ! Jeunes bien aimés, «vous n’avez pas de prix! Vous n’êtes pas une marchandise aux
enchères! S’il vous plaît, ne vous laissez pas acheter, ne vous laissez pas séduire, ne vous laissez pas
asservir par les colonisations idéologiques qui nous mettent des idées dans la tête et, à la fin, nous font
devenir esclaves, dépendants, des ratés dans la vie. Vous n’avez pas de prix : vous devez toujours
vous le répéter : je ne suis pas aux enchères, je n’ai pas de prix. Je suis libre, je suis libre! Eprenez-vous
de cette liberté, qui est celle que Jésus offre ».[68]

123. Regarde les bras ouverts du Christ crucifié, laisse-toi sauver encore et encore. Et quand tu
t’approches pour confesser tes péchés, crois fermement en sa miséricorde qui te libère de la faute.
Contemple son sang répandu avec tant d’amour et laisse-toi purifier par lui. Tu pourras ainsi renaître de
nouveau.

Il vit!

124. Mais il y a une troisième vérité qui est inséparable de la précédente: il vit! Il faut le rappeler
souvent, parce que nous courons le risque de prendre Jésus-Christ seulement comme un bon exemple
du passé, comme un souvenir, comme quelqu’un qui nous a sauvés il y a deux mille ans. Cela ne nous
servirait à rien, cela nous laisserait identiques, cela ne nous libèrerait pas. Celui qui nous remplit de sa
grâce, qui nous libère, qui nous transforme, qui nous guérit et nous console est quelqu’un qui vit. C’est
le Christ ressuscité, plein de vitalité surnaturelle, revêtu d’infinie lumière. C’est pourquoi saint Paul disait:
«Si le Christ n’est pas ressuscité, vaine est votre foi» (1Co 15, 17).

125. S’il vit, alors il pourra être présent dans ta vie, à chaque moment, pour la remplir de lumière. Il n’y
aura ainsi plus jamais de solitude ni d’abandon. Même si tous s’en vont, lui sera là, comme il l’a promis:
«Je suis avec vous tous les jours jusqu’à la fin du monde » (Mt 28, 20). Il remplit tout de sa présence
invisible, où que tu ailles il t’attendra. Car il n’est pas seulement venu, mais il vient et continuera à venir
chaque jour pour t’inviter à marcher vers un horizon toujours nouveau.

126. Contemple Jésus heureux, débordant de joie. Réjouis-toi avec ton Ami qui a triomphé. Ils ont tué
le saint, le juste, l’innocent, mais il a vaincu. Le mal n’a pas le dernier mot. Dans ta vie, le mal non plus
n’aura pas le dernier mot, parce que l’Ami qui t’aime veut triompher en toi. Ton sauveur vit.

127. S’il vit, c’est une garantie que le bien peut se faire un chemin dans notre vie, et que nos fatigues
serviront à quelque chose. Nous pouvons cesser de nous plaindre, et regarder en avant parce que, avec
lui, on le peut toujours. C’est la sécurité que nous avons. Jésus est l’éternel vivant. Accrochés à lui nous
vivrons et traverserons toutes les formes de mort et de violence qui nous guettent en chemin.

128. Toute autre remède sera insuffisant et passager. Il servira peut-être à quelque chose un certain
temps, mais de nouveau nous nous retrouverons sans défense, abandonnés, exposés aux intempéries.
Avec lui, en revanche, le cœur est ancré dans une assurance fondamentale, qui demeure au-delà de
tout. Saint Paul dit qu’il désire être uni au Christ pour «le connaître, lui, avec la puissance de sa
résurrection » (Ph 3, 10). C’est le pouvoir qui se manifeste sans cesse aussi dans ton existence, parce
qu’il est venu pour te donner la vie, et que tu l’aies «surabondante » (Jn 10, 10).

129. Si tu parviens à apprécier, avec le cœur, la beauté de cette nouvelle, et que tu te laisses
rencontrer par le Seigneur, si tu te laisses aimer et sauver par lui, si tu entres en amitié avec lui et
commences à parler avec le Christ vivant des choses concrètes de ta vie, tu feras la grande expérience,
l’expérience fondamentale qui soutiendra ta vie chrétienne. C’est aussi l’expérience que tu pourras
communiquer aux autres jeunes. Parce qu’«à l’origine du fait d’être chrétien, il n’y a pas une décision
éthique ou une grande idée, mais la rencontre avec un événement, avec une Personne, qui donne à la
vie un nouvel horizon et par là son orientation décisive ».[69]

L’Esprit donne la vie

130. Dans ces trois vérités – Dieu t’aime, le Christ est ton sauveur, il vit – apparaît Dieu le Père et
apparaît Jésus. Où se trouvent le Père et Jésus-Christ se trouve aussi l’Esprit Saint. C’est lui qui prépare
et ouvre les cœurs à recevoir cette nouvelle, c’est lui qui maintient vivante cette expérience de salut,
c’est lui qui t’aidera à grandir dans cette joie si tu le laisses agir. L’Esprit Saint remplit le cœur du Christ
ressuscité et à partir de là, comme une source, il se répand dans ta vie. Et quand tu le reçois, l’Esprit
Saint te fait entrer toujours plus avant dans le cœur du Christ, afin de te remplir toujours davantage de
son amour, de sa lumière et de sa force.

131. Invoque chaque jour l’Esprit Saint, pour qu’il renouvelle constamment en toi l’expérience de la
grande nouvelle. Pourquoi ne pas le faire? Tu ne perds rien et il peut changer ta vie, il peut l’éclairer et lui
donner une meilleure direction. Il ne te mutile pas, il ne t’enlève rien, mais il t’aide à trouver ce dont tu
as besoin de la meilleure façon. Tu as besoin d’amour? Tu ne le trouveras pas dans la débauche, en
utilisant les autres, en possédant les autres ou en les dominant. Tu le trouveras d’une manière qui te
rendra véritablement heureux. Tu cherches la force ? Tu ne la vivras pas en accumulant les objets, en
gaspillant de l’argent, en courant désespéré derrière les choses de ce monde. Tu y parviendras sous une
forme beaucoup plus belle et satisfaisante si tu te laisses stimuler par l’Esprit Saint.

132. Tu cherches la passion? Comme le dit ce beau poème: tombe amoureux ! (ou bien, permets-toi
de tomber amoureux!) car «il n’y a rien de plus important que de trouver Dieu. C’est-à-dire, tombe
amoureux de lui de manière définitive et absolue. Ce dont tu tombes amoureux prend ton imagination,
et finit par laisser sa trace partout. C’est cela qui te décidera à sortir du lit le matin, qui décidera de ce
que tu fais de tes soirées, de ce à quoi tu emploies tes weekends, de ce que tu lis, de ce que tu sais, de
ce qui brise ton cœur et de ce qui te submerge de joie et de gratitude. Tombe amoureux! Demeure
dans l’amour! Tout sera différent».[70] Cet amour de Dieu qui prend avec passion toute la vie est
possible grâce à l’Esprit Saint, parce que «l’amour de Dieu a été répandu dans nos cœurs par l’Esprit
Saint qui nous a été donné » (Rm5, 5).

133. Il est la source de la meilleure jeunesse. Parce que celui qui se confie au Seigneur «ressemble à un
arbre planté au bord des eaux, qui tend ses racines vers le courant il ne redoute rien quand arrive la
chaleur, son feuillage reste vert » (Jr 17, 8). Alors que «les adolescents se fatiguent et s'épuisent » (Is
40, 30), ceux qui mettent leur espérance dans Seigneur «renouvellent leur force, ils déploient leurs ailes
comme des aigles, ils courent sans s'épuiser, ils marchent sans se fatiguer » (Is 40, 31).

CHAPITRE 5

Chemins de jeunesse

134. Comment vit-on sa jeunesse lorsqu’on se laisse éclairer par la grande nouvelle de l’Evangile? Il est
important de se poser cette question parce que la jeunesse est plus qu’une fierté, elle est un don de
Dieu: «Etre jeune est une grâce, une chance ».[71] C’est un don que nous pouvons gaspiller inutilement,
ou bien que nous pouvons recevoir avec reconnaissance et vivre en plénitude.

135. Dieu est l’auteur de la jeunesse, et il œuvre en chaque jeune. La jeunesse est un temps béni pour
le jeune, et une bénédiction pour l’Eglise et pour le monde. Elle est une joie, un chant d’espérance et
une béatitude. Apprécier la jeunesse implique de voir ce temps de la vie comme un moment précieux,
et non comme un temps qui passe où les personnes jeunes se sentent poussées vers l’âge adulte.

Un temps de rêves et de choix

136. A l’époque de Jésus, la sortie de l’enfance était une étape très attendue dans la vie qui était
célébrée et grandement appréciée. Il en résulte que Jésus, lorsqu’il redonne la vie à une “enfant” (Mc 5,
39), lui fait faire un pas, l’encourage et la change en “jeune fille” (Mc 5, 41). En lui disant «jeune fille,
lève-toi» (talitá kum), il la rend en même temps plus responsable de sa vie en lui ouvrant les portes de
la jeunesse.

137. «La jeunesse, phase du développement de la personnalité, est marquée par des rêves qui, peu à
peu, prennent corps, par des relations qui acquièrent toujours plus de consistance et d’équilibre, par des
tentatives et des expériences, par des choix qui construisent progressivement un projet de vie. A cette
période de la vie, les jeunes sont appelés à se projeter en avant, sans couper leurs racines, à construire
leur autonomie, mais pas dans la solitude».[72]

138. L’amour de Dieu et notre relation avec le Christ vivant ne nous empêchent pas de rêver, et
n’exigent pas de nous que nous rétrécissions nos horizons. Au contraire, cet amour nous pousse en
avant, nous stimule, nous élance vers une vie meilleure et plus belle. Le mot “inquiétude” résume les
nombreuses quêtes du cœur des jeunes. Comme le disait saint Paul VI: «Il y a un élément de
lumièreprécisément dans les insatisfactions qui vous tourmentent ».[73] L’inquiétude qui rend insatisfait,
jointe à l’étonnement pour la nouveauté qui pointe à l’horizon, ouvre un passage à l’audace qui les met
en mouvement pour s’assumer eux-mêmes, devenir responsable d’une mission. Cette saine anxiété,
qui s’éveille surtout dans la jeunesse, continue d’être la caractéristique de tout cœur qui reste jeune,
disponible, ouvert. La véritable paix intérieure cohabite avec cette insatisfaction profonde. Saint Augustin
disait: «Seigneur, tu nous a créés pour toi et notre cœur est sans repos tant qu’il ne demeure en
toi».[74]

139. Il y a longtemps, un ami me demanda ce que je voyais quand je pensais à un jeune. Ma réponse a
été: «Je vois un garçon ou une fille au pied agile qui cherche sa voie, qui entre dans le monde et qui
regarde l’horizon avec les yeux pleins d’espoir, pleins de l’avenir et aussi d’illusions. Le jeune marche sur
ses deux pieds comme les adultes, mais à la différence des adultes, qui les gardent bien parallèles, il en
a toujours un devant l’autre, sans cesse prêt à partir, à bondir. Toujours prêt à aller de l’avant. Parler
des jeunes, c’est parler de promesses, et c’est parler de joie. Ils ont une force immense, ils sont
capables de regarder avec espoir. Un jeune est une promesse de vie qui possède par nature un certain
degré de ténacité; il a assez de folie pour pouvoir s’illusionner, tout en ayant aussi la capacité à guérir
de la désillusion qui peut s’ensuivre ».[75]

140. Certains jeunes rejettent parfois cette étape de la vie, parce qu’ils veulent rester enfants ou bien
désirent «un prolongement indéfini de l’adolescence et le renvoi des décisions ; la peur du définitif
engendre ainsi une sorte de paralysie décisionnelle. La jeunesse ne peut toutefois pas rester un temps
suspendu : c’est l’âge des choix et c’est précisément en cela que réside sa fascination et sa tâche la
plus grande. Les jeunes prennent des décisions dans le domaine professionnel, social, politique, et
d’autres, plus radicales, qui donneront à leur existence une orientation déterminante».[76] Ils prennent
aussi des décisions en rapport avec l’amour, le choix du partenaire et la possibilité d’avoir les premiers
enfants. Nous approfondirons ces thèmes dans les derniers chapitres qui portent sur la vocation de
chacun et son discernement.

141. Mais à l’encontre des rêves qui entraînent des décisions, souvent «il y a la menace de la
lamentation, de la résignation. Celles-là, nous les laissons à ceux qui suivent la “déesse lamentation”
[…] Elle est une tromperie ; elle te fait prendre la mauvaise route. Quand tout semble immobile et
stagnant, quand les problèmes personnels nous inquiètent, quand les malaises sociaux ne trouvent pas
les réponses qu’ils méritent, ce n’est pas bon de partir battus. Le chemin est Jésus ; le faire monter
dans notre « bateau » et avancer au large avec lui ! Il est le Seigneur ! Il change la perspective de la vie.
La foi en Jésus conduit à une espérance qui va au-delà, à une certitude fondée non seulement sur nos
qualités et nos dons, mais sur la Parole de Dieu, sur l’invitation qui vient de lui. Sans faire trop de calculs
humains ni trop se préoccuper de vérifier si la réalité qui vous entoure coïncide avec vos sécurités.
Avancez au large, sortez de vous-mêmes ».[77]

142. Il faut persévérer sur le chemin des rêves. Pour cela, il faut être attentifs à une tentation qui nous
joue d’habitude un mauvais tour: l’angoisse. Elle peut être une grande ennemie lorsqu’il nous arrive de
baisser les bras parce que nous découvrons que les résultats ne sont pas immédiats. Les rêves les plus
beaux se conquièrent avec espérance, patience et effort, en renonçant à l’empressement. En même
temps il ne faut pas s’arrêter par manque d’assurance, il ne faut pas avoir peur de parier et de faire des
erreurs. Il faut avoir peur de vivre paralysés, comme morts dans la vie, transformés en des personnes
qui ne vivent pas, parce qu’elles ne veulent pas risquer, parce qu’elles ne persévèrent pas dans leurs
engagements et parce qu’elles ont peur de se tromper. Même si tu te trompes, tu pourras toujours
lever la tête et recommencer, parce que personne n’a le droit de te voler l’espérance.

143. Jeunes, ne renoncez pas au meilleur de votre jeunesse, ne regardez pas la vie à partir d’un balcon.
Ne confondez pas le bonheur avec un divan et ne vivez pas toute votre vie derrière un écran. Ne
devenez pas le triste spectacle d’un véhicule abandonné. Ne soyez pas des voitures stationnées. Il vaut
mieux que vous laissiez germer les rêves et que vous preniez des décisions. Prenez des risques, même
si vous vous trompez. Ne survivez pas avec l’âme anesthésiée, et ne regardez pas le monde en
touristes. Faites du bruit! Repoussez dehors les craintes qui vous paralysent, afin de ne pas être
changés en jeunes momifiés. Vivez! Donnez-vous à ce qu’il y a de mieux dans la vie! Ouvrez la porte
de la cage et sortez voler! S’il vous plaît, ne prenez pas votre retraite avant l’heure!

Les envies de vivre et d’expérimenter

144. Cette projection vers l’avenir qui se rêve ne signifie pas que les jeunes soient complètement lancés
en avant, car, en même temps, il y a en eux un fort désir de vivre le présent, de profiter au maximum
des possibilités que leur offre cette vie. Ce monde est rempli de beauté! Comment dédaigner les dons
de Dieu?

145. Contrairement à ce que beaucoup pensent, le Seigneur ne veut pas affaiblir ces envies de vivre. Il
est bon de se souvenir de ce qu’un sage de l’Ancien Testament enseignait: «Mon fils, si tu as de quoi,
traite-toi bien […] Ne te refuse pas le bonheur présent » (Si 14, 11.14). Le Dieu véritable, celui qui
t’aime, te veut heureux. C’est pourquoi, dans la Bible, nous voyons aussi ce conseil adressé aux jeunes:
«Réjouis-toi, jeune homme, dans ta jeunesse, sois heureux aux jours de ton adolescence […] Éloigne
de ton cœur le chagrin » (Qo 11, 9-10). Car Dieu est celui qui «pourvoit largement à tout, afin que nous
en jouissions » (1Tm 6, 17).

146. Comment pourra-t-il être reconnaissant à Dieu celui qui n’est pas capable de profiter de ses petits
cadeaux quotidiens, celui qui ne sait pas s’arrêter devant les choses simples et agréables qu’il rencontre
à chaque pas? Car «il n'y a pas homme plus cruel que celui qui se torture soi-même » (Si 14, 6). Il ne
s’agit pas d’être insatiable, toujours obsédé par le fait d’avoir toujours plus de plaisirs. Au contraire, cela
t’empêcherait de vivre le présent. La question est de savoir ouvrir les yeux et de s’arrêter pour vivre
pleinement, et avec gratitude, chaque petit don de la vie.

147. Il est clair que la Parole de Dieu ne t’invite pas seulement à préparer demain, mais à vivre le
présent: «Ne vous inquiétez donc pas du lendemain : demain s'inquiétera de lui-même. A chaque jour
suffit sa peine » (Mt 6, 34). Mais il ne s’agit pas de nous lancer dans une frénésie irresponsable qui nous
laisserait vides et toujours insatisfaits; mais de vivre le présent à fond, en utilisant les énergies pour de
bonnes choses, en cultivant la fraternité, en suivant Jésus et en appréciant chaque petite joie de la vie
comme un don de l’amour de Dieu.

148. Dans ce sens, je voudrais rappeler que le Cardinal François-Xavier Nguyên Van Thuân, lorsqu’il
était emprisonné dans un camp de concentration, ne voulait pas que ses journées consistent seulement
à attendre et attendre un avenir. Son choix était de “vivre le moment présent en le remplissant
d’amour”; et il le faisait de la manière suivante: «Je profite des occasions qui se présentent tous les
jours pour faire des actions ordinaires de manière extraordinaire».[78] Pendant que tu te bats pour
donner forme à tes rêves, vis pleinement l’aujourd’hui, remplis d’amour chaque moment et donne-le
entièrement. Car il est vrai que cette journée de ta jeunesse peut être la dernière, et cela vaut donc la
peine de la vivre avec toute l’envie et toute la profondeur possible.

149. Cela comprend aussi les moments difficiles qui doivent être vécus à fond pour parvenir à en
découvrir le sens. Comme l’enseignent les évêques de Suisse: «Il est là où nous pensions qu’il nous
avait abandonnés, et qu’il n’y avait plus de salut. C’est un paradoxe, mais la souffrance, les ténèbres se
sont transformées, pour beaucoup de chrétiens […] en lieux de rencontre avec Dieu ».[79] De plus, le
désir de vivre et de faire des expériences nouvelles concerne en particulier beaucoup de jeunes en
condition de handicap physique, psychique et sensoriel. Même s’ils ne peuvent pas toujours faire les
mêmes expériences que leurs compagnons, ils ont des ressources surprenantes, inimaginables, qui
parfois sortent de l’ordinaire. Le Seigneur Jésus les comble d’autres dons, que la communauté est
appelée à mettre en valeur, pour qu’ils puissent découvrir son projet d’amour pour chacun d’eux.

Dans l’amitié avec le Christ


150. Bien que tu vives et fasses des expériences, tu ne parviendras pas à la pleine jeunesse, tu ne
connaîtras pas la véritable plénitude d’être jeune, si tu ne rencontres pas chaque jour le grand ami, si tu
ne vis pas dans l’amitié de Jésus.

151. L’amitié est un cadeau de la vie, un don de Dieu. Le Seigneur nous polit et nous fait mûrir à travers
les amis. En même temps, les amis fidèles, qui sont à nos côtés dans les moments difficiles, sont un
reflet de la tendresse du Seigneur, de son réconfort et de son aimable présence. Avoir des amis nous
apprend à nous ouvrir, à prendre soin des autres, à les comprendre, à sortir de notre confort et de
l’isolement, à partager la vie. C’est pourquoi: «Un ami fidèle n'a pas de prix » (Si 6,15).

152. L’amitié n’est pas une relation fugitive ou passagère, mais stable, solide, fidèle, qui mûrit avec le
temps. Elle est une relation d’affection qui nous fait sentir unis, et en même temps elle est un amour
généreux, qui nous porte à chercher le bien de l’ami. Même si les amis peuvent être très différents entre
eux, il y a toujours des choses en commun qui les portent à se sentir proches, et il y a une intimité qui
se partage avec sincérité et confiance.

153. L’amitié est si importante que Jésus se présente comme un ami: «Je ne vous appelle plus
serviteurs mais je vous appelle amis » (Jn 15, 15). Par la grâce qu’il nous donne, nous sommes élevés
de telle sorte que nous sommes réellement ses amis. Nous pouvons l’aimer du même amour qu’il
répand en nous, étendant son amour aux autres, dans l’espérance qu’eux aussi trouveront leur place
dans la communauté d’amitié fondée par Jésus-Christ.[80] Et même s’il est déjà pleinement heureux,
ressuscité, il est possible d’être généreux envers lui, en l’aidant à construire son Royaume en ce monde,
en étant ses instruments pour porter son message et sa lumière, et surtout son amour, aux autres (cf.
Jn 15, 16). Les disciples ont entendu l’appel de Jésus à l’amitié avec lui. C’est une invitation qui ne les a
pas forcés, mais qui a été proposée délicatement à leur liberté: il leur dit « Venez et voyez», et «ils
vinrent donc et virent où il demeurait, et ils demeurèrent auprès de lui ce jour-là » (Jn 1, 39). Après
cette rencontre, intime et inespérée, ils ont tout laissé et ils ont été avec lui.

154. L’amitié avec Jésus est indéfectible. Il ne s’en va jamais, même si parfois il semble être silencieux.
Quand nous en avons besoin, il se laisse rencontrer par nous (cf. Jr 29, 14) et il est à nos côtés, où que
nous allions (cf. Jos 1, 9). Car il ne rompt jamais une alliance. Il demande que nous ne l’abandonnions
pas: «Demeurez en moi » (Jn 15, 4). Mais si nous nous éloignons, «il reste fidèle, car il ne peut se
renier lui-même » (2Tm 2, 13).

155. Nous parlons avec l’ami, nous partageons les choses les plus secrètes. Avec Jésus aussi, nous
parlons. La prière est un défi et une aventure. Et quelle aventure! Elle permet que nous le connaissions
mieux chaque jour, que nous entrions dans sa profondeur et que nous grandissions dans une union plus
forte. La prière nous permet de lui dire tout ce qui nous arrive et de rester confiants dans ses bras, et
en même temps elle nous offre des instants de précieuse intimité et d’affection, où Jésus répand en
nous sa propre vie. En priant, nous lui «ouvrons le jeu » et nous lui faisons la place «pour qu’il puisse
agir et puisse entrer et puisse triompher ».[81]

156. Il est ainsi possible de faire l’expérience d’une union constante avec lui qui dépasse tout ce que
nous pouvons vivre avec d’autres personnes: «Ce n'est plus moi qui vis, mais le Christ qui vit en moi »
(Ga 2, 20). Ne prive pas ta jeunesse de cette amitié. Tu pourras le sentir à ton côté non seulement
quand tu pries. Tu reconnaîtras qu’il marche avec toi à tout moment. Essaie de le découvrir et tu vivras
la belle expérience de te savoir toujours accompagné. C’est ce qu’ont vécu les disciples d’Emmaüs
quand Jésus se rendit présent et «marchait avec eux» (Lc 24, 15), alors qu’ils marchaient et parlaient,
désorientés. Un saint a ditque «le christianisme n’est pas un ensemble de vérités à croire, de lois à
suivre, d’interdictions. Il devient repoussant de cette manière. Le christianisme est une Personne qui m’a
aimé tellement qu’il demande mon amour. Le christianisme, c’est le Christ ».[82]

157. Jésus peut réunir tous les jeunes de l’Eglise en un unique rêve, «un grand rêve et un rêve capable
d’abriter tout le monde. Ce rêve pour lequel Jésus a donné sa vie sur la croix et que l’Esprit Saint a
répandu et a marqué au feu, le jour de la Pentecôte, dans le cœur de tout homme et de toute femme,
dans le cœur de chacun […] Il l’a gravé dans l’attente de trouver de la place pour grandir et pour se
développer. Un rêve, un rêve appelé Jésus semé par le Père, Dieu comme Lui – comme le Père -
envoyé par le Père, dans la confiance qu’il grandira et vivra en chaque cœur. Un rêve concret, qui est
une personne, qui circule dans nos veines, qui fait frissonner le cœur et le fait danser chaque fois que
nous l’écoutons ».[83]

La croissance et le mûrissement

158. Beaucoup de jeunes ont le souci de leur corps, se préoccupent du développement de la force
physique ou de l’apparence. D’autres s’inquiètent de développer leurs capacités et leurs connaissances,
et ils se sentent ainsi plus sûrs. Certains visent plus haut, essayent de s’engager davantage et cherchent
un développement spirituel. Saint Jean disait: «Je vous ai écrit, jeunes gens, parce que vous êtes forts,
que la parole de Dieu demeure en vous» (1Jn 2, 14). Chercher le Seigneur, garder sa Parole, essayer
de répondre par sa propre vie, grandir dans les vertus, cela rend fort le cœur des jeunes. C’est pourquoi
il faut garder la connexion avec Jésus, être en ligne avec lui, puisque tu ne grandiras pas en bonheur et
en sainteté par tes seules forces ni par ton esprit. De même que tu fais attention à ne pas perdre la
connexion Internet, fais attention à ce que ta connexion avec le Seigneur reste active; et cela signifie ne
pas couper le dialogue, l’écouter, lui raconter tes affaires et, quand tu ne sais pas clairement ce que tu
dois faire, lui demander: Jésus, qu’est-ce que tu ferais à ma place?[84]

159. J’espère que tu t’estimes toi-même, que tu te prends au sérieux, que tu cherches ta croissance
spirituelle. En plus des enthousiasmes propres à la jeunesse, il y a la beauté de chercher «la justice, la
foi, la charité, la paix » (2Tm 2, 22). Cela ne veut pas dire perdre la spontanéité, le courage,
l’enthousiasme, la tendresse. Car devenir adulte ne signifie pas abandonner les valeurs les meilleures de
cette étape de la vie. Autrement, le Seigneur pourrait un jour te faire des reproches : «Je me rappelle
l'affection de ta jeunesse, l'amour de tes fiançailles, alors que tu marchais derrière moi au désert » (Jr
2, 2).

160. Au contraire, même un adulte doit mûrir sans perdre les valeurs de la jeunesse. Car chaque étape
de la vie est une grâce qui demeure; elle renferme une valeur qui ne doit pas passer. Une jeunesse bien
vécue reste comme une expérience intérieure, et elle est reprise dans la vie adulte, elle est approfondie
et continue à donner du fruit. Si le propre du jeune est de se sentir attiré par l’infini qui s’ouvre et qui
commence,[85] un risque de la vie adulte, avec ses sécurités et ses conforts, est de restreindre toujours
plus cet horizon et de perdre cette valeur propre aux années de la jeunesse. Or le contrairedevrait
arriver: mûrir, grandir et organiser sa vie sans perdre cet attrait, cette vaste ouverture, cette
fascination pour une réalité qui est toujours plus. A chaque moment de la vie, nous devrions pouvoir
renouveler et renforcer la jeunesse. Quand j’ai commencé mon ministère de Pape, le Seigneur m’a
élargi les horizons et m’a offert une nouvelle jeunesse. La même chose peut arriver pour un mariage
célébré il y a de nombreuses années, ou pour un moine entré dans son monastère. Il y a des choses qui
demandent des années pour“s’établir”, mais ce mûrissement peut cohabiter avec un feu qui se
renouvelle, avec un cœur toujours jeune.

161. Grandir c’est conserver et nourrir les choses les plus précieuses que la jeunesse te laisse, mais, en
même temps, c’est être ouvert à purifier ce qui n’est pas bon et à recevoir de nouveaux dons de Dieu
qui t’appelle à développer ce qui a de la valeur. Parfois, le complexe d’infériorité peut te conduire à ne
pas vouloir voir tes défauts et tes faiblesses, et tu peux de la sorte te fermer à la croissance et à la
maturation. Il est mieux de te laisser aimer par Dieu, qui t’aime comme tu es, qui t’estime et te
respecte, mais qui, aussi, te propose toujours plus: plus de son amitié, plusde ferveur dans la prière,
plusde faim de sa Parole, plusde désir de recevoir le Christ dans l’Eucharistie, plusde désir de vivre son
Evangile, plusde force intérieure, plusde paix et de joie spirituelle.

162. Mais je te rappelle que tu ne seras pas saint ni accompli, en copiant les autres. Imiter les saints ne
signifie pas copier leur manière d’être et de vivre la sainteté: «Il y a des témoins qui sont utiles pour
nous encourager et pour nous motiver, mais non pour que nous les copiions, car cela pourrait même
nous éloigner de la route unique et spécifique que le Seigneur veut pour nous ».[86] Tu dois découvrir qui
tu es et développer ta manière propre d’être saint, au-delà de ce que disent et pensent les autres.
Arriver à être saint, c’est arriver à être plus pleinement toi-même, à être ce que Dieu a voulu rêver et
créer, pas une photocopie. Ta vie doit être un aiguillon prophétique qui stimule les autres, qui laisse une
marque dans ce monde, cette marque unique que toi seul pourras laisser. En revanche, si tu copies, tu
priveras cette terre, et aussi le ciel, de ce que personne d’autre que toi ne pourra offrir. Je me rappelle
que saint Jean de la Croix, dans son Cantique Spirituel, écrit que chacun doit tirer profit de ses conseils
spirituels «à sa façon»[87], car le même Dieu a voulu manifester sa grâce «d’une manière aux uns, et
aux autres d’une autre».[88]

Sentiers de fraternité

163. Ton développement spirituel s’exprime avant tout en grandissant dans l’amour fraternel, généreux,
miséricordieux. Saint Paul le disait: «Que le Seigneur vous fasse croître et abonder dans l'amour que
vous avez les uns envers les autres et envers tous » (1Th 3, 12). Si seulement tu vivais toujours plus
cette “extase” de sortir de toi-même pour chercher le bien des autres jusqu’à donner ta vie.

164. Une rencontre avec Dieu prend le nom d’“extase” lorsqu’elle nous sort de nous-mêmes et nous
élève, captivés par l’amour et la beauté de Dieu. Mais nous pouvons aussi être sortis de nous-mêmes
pour reconnaître la beauté cachée en tout être humain, sa dignité, sa grandeur en tant qu’image de Dieu
et d’enfant du Père. L’Esprit Saint veut nous stimuler pour que nous sortions de nous-mêmes,
embrassions les autres par amour et recherchions leur bien. Par conséquent, il est toujours mieux de
vivre la foi ensemble et d’exprimer notre amour dans une vie communautaire, en partageant avec
d’autres jeunes notre affection, notre temps, notre foi et nos préoccupations. L’Eglise propose
beaucoup de lieux divers pour vivre la foi en communauté, car tout est plus facile ensemble.

165. Les blessures que tu as reçues peuvent te porter à la tentation de l’isolement, à te replier sur toi-
même, à accumuler les ressentiments; mais tu ne dois jamais cesser d’écouter l’appel de Dieu au
pardon. Comme l’ont bien enseigné les évêques du Rwanda: «La réconciliation avec l’autre demande
d’abord de découvrir en lui la splendeur de l’image de Dieu […] Dans cette optique, il est vital de
distinguer le pécheur de son péché et de son offense, pour arriver à la vraie réconciliation. Cela veut dire
que tu haïsses le mal que l’autre t’inflige, mais que tu continues de l’aimer parce que tu reconnais sa
faiblesse et vois l’image de Dieu en lui ».[89]

166. Parfois, toute l’énergie, les rêves et l’enthousiasme de la jeunesse s’affaiblissent par la tentation de
nous enfermer en nous-mêmes, dans nos difficultés, dans la blessure de nos sentiments, dans nos
plaintes et dans notre confort. Ne permets pas que cela t’arrive, parce que tu deviendras vieux
intérieurement, avant l’heure. Chaque âge a sa beauté, et la jeunesse possède l’utopie communautaire,
la capacité de rêver ensemble, les grands horizons que nous fixons ensemble.

167. Dieu aime la joie des jeunes et il les invite spécialement à cette joie qui se vit en communion
fraternelle, à cette allégresse supérieure de celui qui sait partager, parce que «il y a plus de bonheur à
donner qu'à recevoir » (Ac 20, 35) et que «Dieu aime celui qui donne avec joie » (2Co 9,7). L’amour
fraternel multiplie notre capacité de bonheur car il nous rend capable d’être heureux du bien des autres:
«Réjouissez-vous avec qui est dans la joie » (Rm 12, 15). Que la spontanéité et l’élan de ta jeunesse
se changent chaque jour davantage en spontanéité de l’amour fraternel, en courage pour répondre
toujours par le pardon, par la générosité, par l’envie de faire communauté. Un proverbe africain dit: “Si
tu veux aller vite, marche seul. Si tu veux aller loin, marche avec les autres”. Ne nous laissons pas voler
la fraternité.

Des jeunes engagés

168. Il est vrai que, parfois, face à un monde rempli de violences et d’égoïsme, les jeunes peuvent
courir le risque de s’enfermer dans de petits groupes, et se priver ainsi des défis de la vie en société,
d’un monde vaste, stimulant et dans le besoin. Ils sentent qu’ils vivent l’amour fraternel, mais peut-être
leur groupe s’est-il changé en un simple prolongement de soi. Cela devient plus grave si la vocation de
laïc se conçoit seulement comme un service à l’intérieur de l’Eglise (lecteurs, acolytes, catéchiste, etc.),
oubliant que la vocation laïque consiste avant tout dans la charité en famille, la charité sociale et la
charité politique: elle est un engagement concret, à partir de la foi, pour la construction d’une société
nouvelle, elle consiste à vivre au milieu du monde et de la société pour évangéliser ses diverses
instances, pour faire grandir la paix, la cohabitation, la justice, les droits humains, la miséricorde, et
étendre ainsi le Règne de Dieu dans le monde.

169. Je propose aux jeunes d’aller au-delà des groupes d’amis et de construire l’«amitié sociale,
chercher le bien commun. L’inimitié sociale détruit. Et l’inimitié détruit une famille. L’inimitié détruit un
pays. L’inimitié détruit le monde. Et l’inimitié la plus grande, c’est la guerre. Et aujourd’hui, nous voyons
que le monde est en train d’être détruit par la guerre, parce qu’ils sont incapables de s’asseoir et de se
parler […]. Soyez capables de créer l’amitié sociale».[90] Ce n’est pas facile. Il faut toujours renoncer à
quelque chose, il faut négocier, mais si nous le faisons en pensant au bien de tous, nous pourrons
réaliser la magnifique expérience de laisser de côté les différences pour lutter ensemble pour une chose
commune. Oui, essayons de chercher les points de coïncidence parmi les nombreuses dissensions, dans
cet effort artisanal parfois coûteux de jeter des ponts, de construire une paix qui soit bonne pour tous;
cela c’est le miracle de la culture de la rencontre que les jeunes peuvent oser vivre avec passion.

170. Le Synode a reconnu que «bien que sous une forme différente par rapport aux générations
passées, l’engagement social est un trait spécifique des jeunes d’aujourd’hui. A côté de certains qui
restent indifférents, il y en a beaucoup d’autres qui sont disponibles pour des initiatives de volontariat,
de citoyenneté active et de solidarité sociale: il est important de les accompagner et de les encourager
pour faire émerger leurs talents, leurs compétences et leur créativité et pour inciter à la prise de
responsabilité de leur part. L’engagement social et le contact direct avec les pauvres demeurent une
occasion fondamentale de découverte et d’approfondissement de la foi et de discernement de sa
propre vocation. […] La disponibilité en faveur de l’engagement dans le domaine politique en vue du bien
commun a été signalée ».[91]

171. Aujourd’hui, grâce à Dieu, les groupes de jeunes en paroisse, dans les collèges, dans les
mouvements, ou les groupes universitaires, sortent souvent pour accompagner les personnes âgées et
malades, ou visiter les quartiers pauvres, ou bien sortent ensemble pour aider les personnes dans le
besoin dans ce qu’on appelle les “nuits de la charité”. Ils reconnaissent souvent que, dans ces activités,
ils reçoivent plus qu’ils ne donnent, car on apprend et mûrit beaucoup lorsqu’on ose entrer en contact
avec la souffrance des autres. De plus, il y a chez les pauvres une sagesse cachée, et ils peuvent, avec
des mots simples, nous aider à découvrir des valeurs que nous ne voyons pas.

172. D’autres jeunes participent à des programmes sociaux pour construire des maisons pour ceux qui
n’ont pas de toit, ou pour assainir des lieux pollués, ou pour collecter des aides pour les personnes les
plus nécessiteuses. Il serait bon que cette énergie communautaire s’applique non seulement à des
actions ponctuelles, mais de manière stable, avec des objectifs clairs et une bonne organisation qui aide
à réaliser un travail plus suivi et plus efficace. Les étudiants peuvent s’unir de manière interdisciplinaire
pour appliquer leur savoir à la résolution de problèmes sociaux, et ils peuvent, dans cette tâche,
travailler au coude à coude avec les jeunes d’autres Eglises ou d’autres religions.

173. Comme dans le miracle de Jésus, les pains et les poissons des jeunes peuvent se multiplier (cf. Jn
6, 4-13). De même que dans la parabole, les petites semences des jeunes se transforment en arbres
et en récoltes (cf. Mt 13, 23. 31-32). Tout cela à partir de la source vive de l’Eucharistie dans laquelle
notre pain et notre vin sont transfigurés pour nous donner la vie éternelle. Si on demande aux jeunes un
travail important et difficile, ils pourront, avec la foi dans le Ressuscité, l’affronter avec créativité et
espérance, et en se disposant toujours au service, comme les serviteurs de ces noces, surpris d’être les
collaborateurs du premier signe de Jésus, qui ont seulement suivi la consigne de sa Mère: «Tout ce qu'il
vous dira, faites-le » (Jn 2, 5). Miséricorde, créativité et espérance font grandir la vie.

174. Je veux t’inciter à cet engagement, parce que je sais que «ton cœur, cœur jeune, veut construire
un monde meilleur. Je suis les nouvelles du monde et je vois quede nombreux jeunes, en tant de
parties du monde, sont sortis sur les routes pour exprimer le désir d’une civilisation plus juste et
fraternelle. Les jeunes sur les routes. Ce sont des jeunes qui veulent être protagonistes du changement.
S’il vous plaît, ne laissez pas les autres être protagonistes du changement! Vous, vous êtes ceux qui
ont l’avenir! Par vous l’avenir entre dans le monde. Je vous demande aussi d’être protagonistes de ce
changement. Continuez à vaincre l’apathie, en donnant une réponse chrétienne aux inquiétudes sociales
et politiques, présentes dans diverses parties du monde. Je vous demande d’être constructeurs du
monde, de vous mettre au travail pour un monde meilleur. Chers jeunes, s’il vous plaît, ne regardez pas
la vie “du balcon”, mettez-vous en elle, Jésus n’est pas resté au balcon, il s’est immergé; ne regardez
pas la vie“du balcon”, immergez-vous en elle comme l’a fait Jésus ».[92]

Des missionnaires courageux

175. Amoureux du Christ, les jeunes sont appelés à témoigner de l’Evangile partout, par leur propre vie.
Saint Albert Hurtado disait: «Etre apôtre ce n’est pas porter un insigne à la boutonnière de la veste; ce
n’est pas parler de la vérité mais la vivre, s’incarner en elle, devenir Christ. Etre apôtre ce n’est pas
porter une torche à la main, posséder la lumière mais être la lumière […] L’Evangile […] plus qu’un
enseignement est un exemple. Le message changé en vie vécue».[93]

176. La valeur du témoignage ne signifie pas que l’on doit faire taire la Parole. Pourquoi ne pas parler de
Jésus, pourquoi ne pas dire aux autres qu’il donne la force de vivre, qu’il est bon de parler avec lui, que
méditer ses parolesnous fait du bien ? Jeunes, ne permettez pas que le monde vous entraîne à partager
seulement les choses mauvaises ou superficielles. Soyez capables d’aller à contre-courant et sachez
partager Jésus, communiquez la foi qu’il vous a offerte. Si seulement vous pouviez sentir dans le cœur
le même mouvement irrésistible qui agitait saint Paul quand il disait: «Malheur à moi si je n'annonce pas
l'Evangile » (1Co 9, 16).

177. «Où nous envoie Jésus ? Il n’y a pas de frontières, il n’y a pas de limites : il nous envoie à tous.
L’Evangile est pour tous et non pour quelques-uns. Il n’est pas seulement pour ceux qui semblent plus
proches, plus réceptifs, plus accueillants. Il est pour tous. N’ayez pas peur d’aller, et de porter le Christ
en tout milieu, jusqu’aux périphéries existentielles, également à celui qui semble plus loin, plus
indifférent. Le Seigneur est à la recherche de tous, il veut que tous sentent la chaleur de sa miséricorde
et de son amour ».[94] Il nous invite à aller sans crainte avec l’annonce missionnaire, là où nous nous
trouvons et avec qui nous sommes, dans le quartier, au bureau, au sport, lors des sorties avec les
amis, dans le bénévolat ou dans le travail; toujours il est bon et opportun de partager la joie de
l’Evangile. C’est ainsi que le Seigneur va chercher tout le monde. Et vous, jeunes, il veut que vous soyez
ses instruments pour répandre lumière et espérance, car il veut compter sur votre audace, votre
courage et votre enthousiasme.

178. Il ne faut pas espérer que la mission soit facile et confortable. Certains jeunes ont donné leur vie
afin de ne pas arrêter leur élan missionnaire. Les évêques de Corée ont déclaré: «Nous attendons de
pouvoir être des grains de blé et des instruments pour le salut de l’humanité, en suivant l’exemple des
martyrs. Même si notre foi est toute petite comme une semence de moutarde, Dieu lui donnera la
croissance et l’utilisera comme un instrument pour son œuvre de salut ».[95] Chers amis, n’attendez
pas demain pour collaborer à la transformation du monde avec votre énergie, votre audace et votre
créativité. Votre vie n’est pas un «entre-temps». Vous êtes l’heure de Dieu qui vous veut féconds.[96]
Car « c’est en donnant que l’on reçoit»,[97] et la meilleure manière de préparer un bon avenir est de
bien vivre le présent dans le don et la générosité.

CHAPITRE 6

Des jeunes avec des racines

179. J’ai parfois vu de jeunes arbres, beaux, cherchant toujours davantage à élever leurs branches vers
le ciel, et qui ressemblaient à un chant d’espérance. Plus tard, après une tempête, je les ai vus tombés,
sans vie. C’est parce qu’ils n’avaient pas beaucoup de racines; ils avaient déployé leurs branches sans
bien s’enraciner dans la terre et ils ont cédé aux assauts de la nature. C’est pourquoi je souffre de voir
que certains proposent aux jeunes de construire un avenir sans racines, comme si le monde
commençait maintenant. Car «il est impossible que quelqu’un grandisse s’il n’a pas de racines fortes qui
aident à être bien debout et enraciné dans la terre. Il est facile de se disperser, quand on n’a pas où
s’attacher, où se fixer».[98]

Qu’ils ne t’arrachent pas de la terre

180. Ce n’est pas une question secondaire, et il me semble bon d’y consacrer un bref chapitre.
Comprendre cela permet de distinguer la joie de la jeunesse d’un faux culte à la jeunesse que quelques-
uns utilisent pour séduire les jeunes et les utiliser à leurs fins.

181. Pensez à cela: si quelqu’un vous fait une proposition et vous dit d’ignorer l’histoire, de ne pas
reconnaître l’expérience des aînés, de mépriser le passé et de regarder seulement vers l’avenir qu’il vous
propose, n’est-ce pas une manière facile de vous piéger avec sa proposition afin que vous fassiez
seulement ce qu’il vous dit? Cette personne vous veut vides, déracinés, méfiants de tout, pour que
vous ne fassiez confiance qu’à ses promesses et que vous vous soumettiez à ses projets. C’est ainsi
que fonctionnent les idéologies de toutes les couleurs, qui détruisent (ou dé-construisent) tout ce qui
est différent et qui, de cette manière, peuvent régner sans opposition. Pour cela elles ont besoin de
jeunes qui méprisent l’histoire, qui rejettent la richesse spirituelle et humaine qui a été transmise au
cours des générations, qui ignorent tout ce qui les a précédés.

182. En même temps, les manipulateurs utilisent d’autres moyens: une vénération de la jeunesse,
comme si tout ce qui n’est pas jeune était détestable et caduque. Le corps jeune devient le symbole de
ce nouveau culte, et donc tout ce qui a rapport avec ce corps est idolâtré, désiré sans limites; et ce qui
n’est pas jeune est regardé avec mépris. Mais c’est une arme qui, surtout, finit par dégrader les jeunes
eux-mêmes, les vide des vraies valeurs, les utilise pour obtenir des avantages personnels, économiques
ou politiques.

183. Chers jeunes, n’acceptez pas qu’on utilise votre jeunesse pour favoriser une vie superficielle qui
confond beauté et apparence. Il est mieux que vous sachiez découvrir qu’il y a de la beauté chez le
travailleur qui rentre chez lui sale et décoiffé, mais avec la joie d’avoir gagné le pain pour ses enfants. Il
y a une beauté extraordinaire dans la communion de toute une famille à table, et dans le pain partagé
avec générosité, même si la table est très pauvre. Il y a de la beauté chez l’épouse mal coiffée et un
peu âgée qui reste à s’occuper de son mari malade, au-delà de ses forces et de sa propre santé. Même
si le printemps des fiançailles est passé, il y a de la beauté dans la fidélité des couples qui s’aiment à
l’automne de leur vie, et chez ces vieillards qui marchent de pair. Il y a de la beauté, au-delà des
apparences et de l’esthétique en vogue, en tout homme et en toute femme qui vit avec amour sa
vocation personnelle, dans le service désintéressé de la communauté, de la patrie, dans le travail
anonyme et gratuit pour rétablir l’amitié sociale. Découvrir, montrer et mettre en avant cette beauté,
qui ressemble à celle du Christ sur la croix, c’est poser les fondations de la véritable solidarité sociale et
de la culture de la rencontre.

184. Avec les stratégies du faux culte de la jeunesse et de l’apparence, on promeut aujourd’hui une
spiritualité sans Dieu, une affectivité sans communauté et sans engagement envers ceux qui souffrent,
une crainte des pauvres vus comme des personnes dangereuses, et une série d’offres qui prétendent
vous créer un avenir paradisiaque qui sera sans cesse reporté à plus tard. Je ne veux pas vous
proposer cela, et, avec toute mon affection, je veux vous mettre en garde de ne pas vous laisser
dominer par cette idéologie qui ne vous rendra pas davantage jeunes, mais qui fera de vous des
esclaves. Je vous propose un autre chemin, fait de liberté, d’enthousiasme, de créativité, d’horizons
nouveaux, mais en cultivant en même temps ces racines qui nourrissent et soutiennent.

185. Dans ce sens, je veux souligner que «de nombreux Pères synodaux provenant de milieux non
occidentaux signalent que, dans leurs pays, la mondialisation porte en elle d’authentiques formes de
colonisation culturelle, qui déracinent les jeunes des appartenances culturelles et religieuses dont ils
proviennent. Un engagement de l’Eglise est nécessaire pour les accompagner dans ce passage sans
qu’ils perdent les traits les plus précieux de leur identité ».[99]

186. Nous voyons aujourd’hui une tendance à homogénéiser les jeunes, à dissoudre les différences
propres à leur lieu d’origine, à les transformer en êtres manipulables, fabriqués en série. Il se produit
ainsi une destruction culturelle qui est aussi grave que la disparition des espèces animales et
végétales.[100] C’est pourquoi, dans un message aux jeunes indigènes réunis à Panama, je les ai
exhortés à «assumer leurs racines, parce que c’est des racines que vient la force qui vous fera grandir,
fleurir, porter des fruits».[101]

Ta relation avec les personnes âgées

187. Il a été dit au Synode que «les jeunes sont projetés vers le futur et affrontent la vie avec énergie
et dynamisme. Ils sont toutefois tentés aussi de se concentrer sur la jouissance du présent et tendent
parfois à accorder peu d’attention à la mémoire du passé d’où ils proviennent, en particulier des
nombreux dons que leur ont transmis leurs parents, leurs grands-parents et le bagage culturel de la
société dans laquelle ils vivent. Aider les jeunes à découvrir la richesse vivante du passé, en en faisant
mémoire et en s’en servant pour leurs choix et pour le développement de leurs potentialités, est un
acte d’amour véritable à leur égard, en vue de leur croissance et des choix qu’ils sont appelés à faire
».[102]

188. La Parole de Dieu recommande de ne pas perdre le contact avec les personnes âgées afin de
pouvoir recourir à leur expérience: «Tiens-toi dans l'assemblée des vieillards et si tu vois un sage,
attache-toi à lui […] Si tu vois un homme de sens, va vers lui dès le matin, et que tes pas usent le seuil
de sa porte » (Si 6, 34.36). De toute manière, les longues années qu’ils ont vécues et tout ce qui est
arrivé dans leur vie doivent nous porter à les considérer avec respect: «Tu te lèveras devant une tête
chenue » (Lv 19, 32). Car «la fierté des jeunes gens, c'est leur vigueur, la parure des vieillards, c'est
leur tête chenue » (Pr 20, 29)

189. La Bible nous demande: «Écoute ton père qui t'a engendré, ne méprise pas ta mère devenue
vieille » (Pr 23, 22). Le commandement d’honorer son père et sa mère «est le premier
commandement auquel soit attachée une promesse » (Ep 6, 2; cf. Ex 20, 12; Dt 5, 16; Lv 19, 3), et la
promesse est: «tu t'en trouveras bien et jouiras d'une longue vie sur la terre» (Ep 6, 3).

190. Cela ne signifie pas que tu doives être d’accord avec tout ce qu’ils disent, ni que tu doives
approuver toutes leurs actions. Un jeune devrait toujours avoir un esprit critique. Saint Basile le Grand,
en parlant des auteurs grecs anciens, recommandait aux jeunesde les estimer mais d’accueillir
seulement ce qu’ils peuvent enseigner de bon.[103] Il s’agit simplement d’être ouvert pour recueillir une
sagesse qui se communique de génération en génération, qui peut coexister avec certaines misères
humaines, et qui n’a pas à disparaître devant les nouveautés de la consommation et du marché.

191. La rupture entre générations n’a jamais aidé le monde et ne l’aidera jamais. Ce sont les chants des
sirènes d’un avenir sans racines, sans ancrage. C’est le mensonge qui te fait croire que seul ce qui est
nouveau est bon et beau. L’existence de relations intergénérationnelles implique que les communautés
possèdent une mémoire collective, car chaque génération reprend les enseignements de ceux qui ont
précédé, laissant un héritage à ceux qui suivront. Cela constitue le cadre de référence pour consolider
fermement une nouvelle société. Comme le dit le dicton: “Si jeunesse savait, si vieillesse pouvait, il n’y
aurait rien qui ne puisse se faire”.

Rêves et visions

192. Dans la prophétie de Joël nous trouvons l’annonce qui nous permet de comprendre cela d’une
manière très belle. Il dit: «Je répandrai de mon Esprit sur toute chair. Alors vos fils et vos filles
prophétiseront, vos jeunes gens auront des visions et vos vieillards des songes » (Jl 3, 1; cf. Ac 2, 17).
Si les jeunes et les anciens s’ouvrent à l’Esprit Saint, ils forment une association merveilleuse. Les
anciens rêvent et les jeunes ont des visions. Comment se complètent ces deux choses?

193. Les anciens ont des rêves faits de souvenirs, de beaucoup de choses vécues, avec l’empreinte de
l’expérience des années. Si les jeunes s’enracinent dans ces rêves des anciens, ils arrivent à voir l’avenir,
ils peuvent avoir des visions qui leur ouvrent l’horizon et leur montrent de nouveaux chemins. Mais si les
anciens ne rêvent pas, les jeunes ne peuvent plus voir clairement l’horizon.

194. Il est beau de trouver dans ce qu’ont gardé nos parents, un souvenir qui nous permet d’imaginer
ce que nos grands-pères et nos grand-mères ont rêvé pour nous. Tout être humain, même avant de
naître, a reçu de ses ancêtres, en don, la bénédiction d’un rêve plein d’amour et d’espérance: celui d’une
vie meilleure pour lui. Et s’il ne l’a pas reçu de ses grands-parents, un arrière-grand-parent l’a rêvé et
s’est réjoui pour lui en regardant le berceau de ses enfants puis, celui de ses petits-enfants. Le rêve
premier, le rêve créateur de Dieu notre Père précède et accompagne la vie de tous ses enfants. Faire
mémoire de cette bénédiction qui se poursuit de génération en génération est un héritage précieux qu’il
faut savoir garder vivant pour pouvoir le transmettre nous aussi.

195. Pour cela, il est bon de faire en sorte que les personnes âgées racontent de longues histoires, qui
semblent parfois mythiques, fantaisistes – ce sont des rêves d’anciens – mais elles sont très souvent
remplies d’une riche expérience, de symboles éloquents, de messages cachés. Ces récits demandent du
temps, que nous donnons gratuitement pour écouter et interpréter avec patience, car ils n’entrent pas
dans un message des réseaux sociaux. Nous devons accepter que toute la sagesse dont nous avons
besoin pour la vie ne puisse pas être enfermée dans les limites qu’imposent les moyens de
communication actuels.

196. Dans le livre La sagesse du temps,[104] j’ai exprimé certains souhaits sous forme de requêtes:
«Qu’est-ce que je demande aux anciens parmi lesquels je me compte moi-même?Je demande que
nous soyons les gardiens de la mémoire. Les grands-pères et les grands-mères doivent former un
chœur. Je m’imagine les anciens comme le chœur permanent d’un grand sanctuaire spirituel, dans lequel
les prières de demande et les chants de louange soutiennent la communauté tout entière qui travaille et
lutte sur le terrain de la vie ».[105] C’est beau que «les jeunes hommes, aussi les vierges, les vieillards
avec les enfants louent le nom du Seigneur » (Ps 148, 12-13).

197. Nous, les anciens,que pouvons-nous leur donner? «Nous pouvons rappeler aux jeunes
d’aujourd’hui, qui vivent leur propre mélange d’ambitions héroïques et d’insécurités, qu’une vie sans
amour est une vie inféconde».[106] Que pouvons-nous leur dire? «Nous pouvons dire aux jeunes qui ont
peur que l’anxiété face à l’avenir peut être vaincue ».[107] Que pouvons-nous leur apprendre? «Nous
pouvons apprendre aux jeunes trop préoccupés d’eux-mêmes que l’on fait l’expérience d’une plus
grande joie à donner qu’à recevoir, et que l’amour ne se montre pas seulement par des paroles, mais
aussi par des actes ».[108]

Risquer ensemble

198. L’amour qui se donne et qui opère se trompe souvent. Celui qui agit, celui qui risque, peut
commettre des erreurs. Il peut être à présent intéressant de rapporter ici le témoignage de Maria
Gabriela Perin: orpheline de père depuis sa naissance, elle réfléchit sur la manière dont une relation, qui
n’a pas duré mais qui l’a rendue mère et maintenant grand-mère, a influencé sa vie: «Ce que je sais
c’est que Dieu crée des histoires. Dans son génie et sa miséricorde, il prend nos victoires et nos échecs
et tisse de belles tapisseries pleines d’humour. Le revers du tissage peut sembler désordonné avec ses
fils emmêlés – les événements de notre vie – sûrement c’est sur ce côté que nous faisons une fixation
quand nous avons des doutes. Cependant, le bon côté de la tapisserie présente une histoire magnifique,
et c’est le côté que Dieu voit».[109] Quand les personnes aînées regardent attentivement la vie, elles
savent souvent de manière instinctive ce qu’il y a derrière les fils emmêlés, et elles reconnaissent ce que
Dieu fait de façon créative, même avec nos erreurs.

199. Si nous marchons ensemble, jeunes et vieux, nous pourrons être bien enracinés dans le présent,
et, de là, fréquenter le passé et l’avenir: fréquenter le passé, pour apprendre de l’histoire et pour guérir
les blessures qui parfois nous conditionnent; fréquenter l’avenir pour nourrir l’enthousiasme, faire
germer des rêves, susciter des prophéties, faire fleurir des espérances. De cette manière, nous
pourrons, unis, apprendre les uns des autres, réchauffer les cœurs, éclairer nos esprits de la lumière de
l’Evangile et donner de nouvelles forces à nos mains.

200. Les racines ne sont pas des ancres qui nous enchaînent à d’autres époques et qui nous empêchent
de nous incarner dans le monde actuel pour faire naître quelque chose de nouveau. Elles sont, au
contraire, un point d’ancrage qui nous permet de nous développer et de répondre à de nouveaux défis.
Il ne faut pas non plus «nous asseoir pour regretter le temps passé; nous devons accepter avec
réalisme et amour notre culture et la remplir de l’Evangile. Nous sommes envoyés aujourd’hui pour
annoncer la Bonne Nouvelle de Jésus aux temps nouveaux. Nous devons aimer notre temps avec ses
possibilités et ses risques, avec ses joies et ses souffrances, avec ses risques et ses limites, avec ses
succès et ses erreurs ».[110]

201. Au Synode, l’un des jeunes auditeurs, venant des îles Samoa, a dit que l’Eglise est une pirogue, sur
laquelle les vieux aident à maintenir la direction en interprétant la position des étoiles, et les jeunes
rament avec force en imaginant ce qui les attend plus loin. Ne nous laissons entraîner ni par les jeunes
qui pensent que les adultes sont un passé qui ne compte plus, déjà caduque, ni par les adultes qui
croient savoir toujours comment doivent se comporter les jeunes. Il est mieux que nous montions tous
dans la même pirogue et que nous cherchions ensemble un monde meilleur, sous l’impulsion toujours
nouvelle de l’Esprit Saint.

CHAPITRE 7

La pastorale des jeunes

202. La pastorale des jeunes, telle que nous étions habitués à la mettre en œuvre, a souffert de
l’assaut des changements sociaux et culturels. Les jeunes, dans les structures habituelles, ne trouvent
souvent pas de réponses à leurs préoccupations, à leurs besoins, à leurs problèmes et à leurs blessures.
La prolifération et la croissance des associations et des mouvements avec des caractéristiques à
prédominance juvénile peuvent être interprétées comme une action de l’Esprit qui ouvre de nouveaux
chemins. Il devient nécessaire cependant d’approfondir la participation de ces associations et
mouvements à la pastorale d’ensemble de l’Eglise, ainsi qu’une plus grande communion entre eux par
une meilleure coordination de l’action. Bien qu’il ne soit pas toujours facile de s’adresser aux jeunes, il y
a deux aspects à développer : la conscience que c’est toute la communauté qui les évangélise et
l’urgence qu’ils aient une place plus importante dans les propositions pastorales.

Une pastorale synodale

203. Je tiens à souligner que les jeunes eux-mêmes sont des agents de la pastorale de la jeunesse,
accompagnés et guidés, mais libres de rechercher de nouveaux chemins avec créativité et audace. Par
conséquent, il serait superflu que je m’arrête ici pour proposer une sorte de manuel de pastorale des
jeunes ou un guide de pastorale pratique. Il s’agit surtout de mettre en jeu l’intelligence, l’ingéniosité et
la connaissance que les jeunes eux-mêmes ont de la sensibilité, de la langue et des problématiques des
autres jeunes.

204. Ils nous font voir la nécessité d’adopter de nouveaux styles et de nouvelles stratégies. Par
exemple, alors que les adultes ont tendance à se préoccuper de tout planifier, avec des réunions
périodiques et des horaires fixes, aujourd’hui la plupart des jeunes sont difficilement attirés par ces
programmes pastoraux. La pastorale des jeunes doit acquérir une autre flexibilité, et réunir les jeunes
pour des évènements, des manifestations qui leur offrent chaque fois un lieu où ils reçoivent non
seulement une formation, mais qui leur permettent aussi de partager leur vie, de célébrer, de chanter,
d’écouter de vrais témoignages et de faire l’expérience de la rencontre communautaire avec le Dieu
vivant.

205. D’autre part, il serait particulièrement souhaitable de recueillir encore plus de bonnes pratiques: ces
méthodologies, ces motivations, ces langages qui ont été réellement attractifs pour conduire les jeunes
au Christ et à l’Eglise. Peu importe leur couleur, qu’ils soient "conservateurs ou progressistes", qu’ils
soient "de droite ou de gauche". Le plus important est que nous recueillons tout ce qui a donné de bons
résultats et ce qui est efficace pour communiquer la joie de l’Evangile.

206. La pastorale des jeunes ne peut être que synodale, autrement dit, constituer un "marcher
ensemble" qui implique une «mise en valeur des charismes que l’Esprit donne selon la vocation et le rôle
de chacun des membres [de l’Eglise], à travers un dynamisme de coresponsabilité. […] Animés par cet
esprit, nous pourrons avancer vers une Eglise participative et coresponsable, capable de mettre en
valeur la richesse de la diversité dont elle se compose, en accueillant aussi avec gratitude l’apport des
fidèles laïcs, notamment des jeunes et des femmes, celui de la vie consacrée féminine et masculine, et
celui de groupes, d’associations et de mouvements. Personne ne doit être mis ou ne doit pouvoir se
mettre à l’écart».[111]

207. De cette façon, en apprenant les uns des autres, nous pourrons mieux refléter ce merveilleux
polyèdre que doit être l’Eglise de Jésus-Christ. Elle peut attirer les jeunes précisément parce qu’elle n’est
pas une unité monolithique, mais un canevas de dons variés que l’Esprit répand sans cesse en elle, en la
rendant toujours nouvelle malgré ses misères.

208. Il y a eu beaucoup de propositions concrètes dans le Synode visant à renouveler la pastorale des
jeunes et à la libérer des programmes qui ne sont plus efficaces parce qu’ils n’entrent pas en dialogue
avec la culture actuelle des jeunes. Bien sûr, je ne peux pas ici toutes les rassembler et certaines d’entre
elles peuvent être trouvées dans le Document final du Synode.

Les grandes lignes d’action

209. Je voudrais simplement souligner brièvement que la pastorale des jeunes comporte deux lignes
d’action. L’une est la recherche, l’invitation, l’appel qui attire de nouveaux jeunes à faire l’expérience du
Seigneur. L’autre est la croissance, le développement d’un chemin de maturation pour ceux qui ont déjà
fait cette expérience.

210. En ce qui concerne la première, la recherche, je fais confiance à la capacité des jeunes eux-
mêmes, qui savent trouver les chemins attrayants pour appeler. Ils savent organiser des festivals, des
manifestations sportives, et même ils savent évangéliser par les réseaux sociaux avec des messages,
des chansons, des vidéos et d’autres interventions. Il faut seulement stimuler les jeunes et leur donner
une liberté pour qu’ils s’enthousiasment en devenant missionnaires dans les milieux des jeunes. La
première annonce peut éveiller à une expérience profonde de foi au beau milieu d’une “retraite de choc”,
pendant une conversation dans un bar, dans un moment de détente à l’université, ou par n’importe
lequel des chemins insondables de Dieu. Mais le plus important est que chaque jeune ose semer la
première annonce dans cette terre fertile qu’est le cœur d’un autre jeune.

211. Dans cette recherche, il faut privilégier le langage de la proximité, la langue de l’amour
désintéressé, relationnel et existentiel qui touche le cœur, atteint la vie, éveille l’espérance et les désirs.
Il est nécessaire de s’approcher des jeunes avec la grammaire de l’amour, non pas par prosélytisme. La
langue que les jeunes comprennent est celle de ceux qui donnent leur vie, de celui qui est là pour eux et
avec eux, et de ceux qui, malgré leurs limites et leurs faiblesses, essaient de vivre leur foi de manière
cohérente. Dans le même temps, nous avons encore à chercher avec une plus grande sensibilité
comment incarner le kérygme dans la langue que parlent les jeunes d’aujourd’hui.

212. Concernant la croissance, je veux faire une mise en garde importante. Dans certains endroits, il
arrive que, après avoir suscité chez les jeunes une expérience intense de Dieu, une rencontre avec
Jésus qui a touché leur cœur, on leur offre ensuite seulement des réunions de "formation" où sont
uniquement abordées des questions doctrinales et morales : sur les maux du monde actuel, sur l’Eglise,
sur la Doctrine sociale, sur la chasteté, sur le mariage, sur le contrôle de la natalité et sur d’autres
thèmes. Le résultat est que beaucoup de jeunes s’ennuient, perdent le feu de la rencontre avec le Christ
et la joie de le suivre, beaucoup abandonnent le chemin et d’autres deviennent tristes et négatifs.
Calmons l’obsession de transmettre une accumulation de contenus doctrinaux, et avant tout essayons
de susciter et d’enraciner les grandes expériences qui soutiennent la vie chrétienne. Comme l’a dit
Romano Guardini: «dans l’expérience d’un grand amour […] tout ce qui se passe devient un évènement
relevant de son domaine».[112]

213. Tout projet formateur, tout chemin de croissance pour les jeunes, doit certainement inclure une
formation doctrinale et morale. Il est tout aussi important d’être centré sur deux axes principaux: l’un
est l’approfondissement du kérygme, l’expérience fondatrice de la rencontre avec Dieu par le Christ
mort et ressuscité. L’autre est la croissance de l’amour fraternel, dans la vie communautaire, par le
service.

214. J’ai beaucoup insisté à ce sujet dans Evangelii gaudium et je crois qu’il est opportun de le rappeler.
D’une part, ce serait une grave erreur de penser que dans la pastorale des jeunes «le kérygme doit être
abandonné au profit d’une formation prétendue plus solide. Rien n’est plus "solide", plus profond, plus
sûr, plus dense et plus sage que cette annonce. Toute la formation chrétienne est avant tout
l’approfondissement du kérygme qui se fait chair toujours plus et toujours mieux».[113] Par conséquent,
la pastorale des jeunes doit toujours inclure des temps qui aident à renouveler et à approfondir
l’expérience personnelle de l’amour de Dieu et de Jésus-Christ vivant. Cela se fera par divers moyens:
des témoignages, des chants, des moments d’adoration, des espaces de réflexion spirituelle avec les
Saintes Ecritures, et même par diverses incitations à travers les réseaux sociaux. Mais jamais cette
joyeuse expérience de rencontre avec le Seigneur ne doit être remplacée par une sorte
“d’endoctrinement”.

215. D’autre part, tout plan de la pastorale des jeunes doit intégrer clairement des ressources et des
moyens variés pour aider les jeunes à grandir dans la fraternité, à vivre en frères, à s’entraider
mutuellement, à créer une communauté, à servir les autres, à être proches des pauvres. Si l’amour
fraternel est le «commandement nouveau» (Jn 13, 34), s’il est «la plénitude de la Loi» (Rm 13, 10) s’il
est ce qui manifeste le mieux notre amour pour Dieu, alors il doit occuper une place prépondérante dans
tout plan de formation et de croissance pour les jeunes.

Des milieux adaptés

216. Dans toutes nos institutions, nous avons besoin de développer et d’améliorer beaucoup plus notre
capacité d’accueil cordial, parce que beaucoup de jeunes qui viennent le font alors qu’ils sont dans une
profonde situation d’abandon. Et je ne parle pas de certains conflits familiaux, mais d’une expérience qui
concerne également les enfants, les jeunes et les adultes, les mères, les pères et les enfants. Pour tant
d’orphelins et d’orphelines, nos contemporains, (nous-mêmes peut-être ?), les communautés comme
la paroisse et l’école devraient offrir des chemins d’amour gratuit et de promotion, d’affirmation de soi
et de croissance. Beaucoup de jeunes se sentent aujourd’hui enfants de l’échec, parce que les rêves de
leurs parents et de leurs grands-parents ont brûlé dans le feu de l’injustice, de la violence sociale, du
sauve-qui-peut. Combien de déracinements ! Si les jeunes ont grandi dans un monde de cendres, il est
difficile qu’ils puissent entretenir le feu des grandes idées et des projets. S’ils ont grandi dans un désert
vide de sens, comment pourront-ils avoir envie de se sacrifier pour semer ? L’expérience de la
discontinuité, du déracinement et de l’effondrement des certitudes de base, promue par la culture
médiatique actuelle, provoque ce sentiment profond d’abandon auquel nous devons répondre en créant
des espaces fraternels et attirants où l’on vit avec sens.

217. Créer un “foyer” en définitive, « c’est faire une famille C’est apprendre à se sentir unis aux autres
au-delà des liens utilitaires ou fonctionnels unis de façon à sentir la vie un peu plus humaine. Créer un
foyer, c’est faire en sorte que la prophétie prenne corps et rende nos heures et nos jours moins
inhospitaliers, moins indifférents et anonymes. C’est créer des liens qui se construisent par des gestes
simples, quotidiens et que nous pouvons tous faire. Un foyer, et tous nous le savons très bien, a besoin
de la collaboration de chacun. Personne ne peut être indifférent ou étranger puisque chacun est une
pierre nécessaire à la construction. Et cela implique de demander au Seigneur de nous donner la grâce
d’apprendre à avoir de la patience, d’apprendre à se pardonner; apprendre tous les jours à
recommencer. Et combien de fois pardonner ou recommencer? Soixante-dix fois sept fois, chaque fois
qu’elles sont nécessaires. Créer des liens forts exige de la confiance qui se nourrit tous les jours de
patience et de pardon. Et il se produit ainsi le miracle de faire l’expérience qu’ici on naît de nouveau; ici,
tous, nous naissons de nouveau, parce que nous sentons agir la caresse de Dieu qui nous permet de
rêver le monde plus humain et, par conséquent, plus divin ».[114]

218. Dans ce contexte, au sein de nos institutions, nous avons besoin d’offrir aux jeunes leurs propres
lieux, qu’ils puissent aménager à leur goût, et où ils puissent entrer et sortir librement, des lieux qui les
accueillent et où ils puissent se rendre spontanément et avec confiance à la rencontre d’autres jeunes,
tant dans les moments de souffrance ou de lassitude, que dans les moments où ils désirent célébrer
leurs joies. Quelque chose comme cela a été réalisé par certains patronages et d’autres centres de
jeunesse, qui, dans de nombreux cas, constituent des lieux où les jeunes font des expériences d’amitié
et de sentiments amoureux, où ils se retrouvent et peuvent partager la musique, les loisirs, le sport, et
aussi la réflexion et la prière, grâce à de petites subventions et diverses propositions. Cela ouvre à cette
annonce indispensable de personne à personne qui ne peut être remplacée par aucune procédure ni
aucune stratégie pastorale.

219. « L’amitié et la confrontation, souvent aussi en groupes plus ou moins structurés, offrent
l’occasion de renforcer ses compétences sociales et relationnelles dans un contexte où l’on n’est ni
évalué ni jugé. L’expérience de groupe constitue aussi une grande ressource pour le partage de la foi et
pour l’aide réciproque dans le témoignage. Les jeunes sont capables de guider d’autres jeunes et de
vivre un véritable apostolat au milieu de leurs amis »[115]

220. Cela ne signifie pas qu’ils s’isolent et perdent tout contact avec les communautés des paroisses,
des mouvements et d’autres institutions ecclésiales. Mais ils s’intégreront mieux dans des
communautés ouvertes, vivant dans la foi, désireuses de rayonner Jésus-Christ, joyeuses, libres,
fraternelles et engagées. Ces communautés peuvent être les canaux par lesquels ils sentent qu’il est
possible de cultiver des relations précieuses.

La pastorale des institutions éducatives

221. L’école est sans aucun doute une plate-forme pour s’approcher des enfants et des jeunes. Elle est
le lieu privilégié de promotion de la personne, et c’est pourquoi la communauté chrétienne a toujours eu
une grande attention envers elle, soit en formant des enseignants et des responsables, soit en
instaurant ses propres écoles, de tous les degrés. Dans ce domaine, l’Esprit a suscité d’innombrables
charismes et témoignages de sainteté. Cependant l’école a besoin d’une autocritique urgente, si nous
constatons les résultats de la pastorale de beaucoup d’entre elles, une pastorale centrée sur l’instruction
religieuse qui est souvent incapable de susciter des expériences de foi durables. De plus, certains
collèges catholiques semblent être organisés seulement pour leur préservation. La phobie du
changement fait qu’ils ne peuvent pas tolérer l’incertitude et qu’ils se replient face aux risques, réels ou
imaginaires, que tout changement entraîne. L’école transformée en “bunker” qui protège des erreurs
“de l’extérieur”, est l’expression caricaturale de cette tendance. Cette image reflète d’une manière
choquante ce que beaucoup de jeunes éprouvent à la sortie de certains établissements éducatifs : une
inadéquation insurmontable entre ce qu’ils ont appris et le monde dans lequel ils doivent vivre. Même les
propositions religieuses et morales qu’ils ont reçues ne les ont pas préparés à les confronter avec un
monde qui les ridiculise, et ils n’ont pas appris comment prier et vivre leur foi d’une manière qui puisse
être facilement soutenue au milieu du rythme de cette société. En réalité, une des plus grandes joies
d’un éducateur est de voir un étudiant se constituer lui-même comme une personne forte, intégrée,
protagoniste et capable de donner.

222. L’école catholique reste essentielle comme espace pour l’évangélisation des jeunes. Il est
important de prendre en compte certains critères inspirateurs, signalés dans Veritatis gaudium, en vue
d’un renouvellement et d’une relance des écoles et des universités “en sortie” missionnaire, tels que:
l’expérience du kérygme, le dialogue dans tous les domaines, l’interdisciplinarité et la transdisciplinarité,
le développement de la culture de la rencontre, la nécessité urgente de “faire réseau” et l’option pour les
derniers, pour ceux que la société exclut et rejette.[116] Egalement est importante la capacité à intégrer
les savoirs de la tête, du cœur et des mains.

223. D’autre part, nous ne pouvons pas séparer la formation spirituelle de la formation culturelle.
L’Eglise a toujours voulu développer pour les jeunes des espaces pour une meilleure culture. Elle ne doit
pas renoncer à le faire parce que les jeunes y ont droit. Et « aujourd’hui en particulier, le droit à la
culture signifie protéger la sagesse, c’est-à-dire un savoir humain et humanisant. On est trop souvent
conditionné par des modèles de vie banals et éphémères, qui poussent à courir après le succès à bas
prix, discréditant le sacrifice, inculquant l’idée qu’étudier ne sert à rien si cela n’apporte pas tout de suite
quelque chose de concret. Non, l’étude sert à se poser des questions, à ne pas se faire anesthésier par
la banalité, à chercher un sens dans la vie. Il faut réclamer le droit à ne pas faire prévaloir les
nombreuses sirènes qui, aujourd’hui, détournent de cette recherche. Ulysse, pour ne pas céder au chant
des sirènes qui envoûtaient les marins et les faisait se fracasser contre les rochers, s’attacha au mât du
navire et boucha les oreilles de ses compagnons de voyage. En revanche, Orphée, pour faire obstacle
au chant des sirènes, fit autre chose: il entonna une mélodie plus belle, qui enchanta les sirènes. Voilà
votre grand devoir: répondre aux refrains paralysants du consumérisme culturel par des choix
dynamiques et forts, avec la recherche, la connaissance et le partage ».[117]

Différents domaines pour le développement pastoral

224. Beaucoup de jeunes sont capables d’apprendre à aimer le silence et l’intimité avec Dieu. Des
groupes qui se réunissent pour adorer le Saint Sacrement ou pour prier avec la Parole de Dieu se sont
également développés. Il ne faut pas sous-estimer les jeunes comme s’ils étaient incapables de s’ouvrir
à des propositions contemplatives. Il faut seulement trouver les styles et les modalités appropriés pour
les aider à s’initier à cette expérience de si grande valeur. En ce qui concerne les domaines du culte et
de la prière, « dans divers contextes, les jeunes catholiques demandent des propositions de prière et
des moments sacramentels capables de saisir leur vie quotidienne, dans une liturgie fraîche, authentique
et joyeuse ».[118] Il est important de mettre à profit les temps les plus forts de l’année liturgique, en
particulier la Semaine Sainte, la Pentecôte et Noël. Ils aiment aussi d’autres rencontres festives, qui
cassent la routine et les aident à faire l’expérience de la joie de la foi.

225. Une opportunité unique pour la croissance et aussi pour l’ouverture au don divin de la foi et de la
charité est le service: beaucoup de jeunes se sentent attirés par la possibilité d’aider les autres, en
particulier les enfants et les pauvres. Souvent ce service est le premier pas pour découvrir ou
redécouvrir la vie chrétienne et ecclésiale. Beaucoup de jeunes se lassent de nos itinéraires de formation
doctrinale, et même spirituelle, et parfois ils réclament la possibilité d’être davantage protagonistes dans
des activités où ils font quelque chose pour les gens.

226. Nous ne pouvons pas oublier les expressions artistiques telles que le théâtre, la peinture, etc. «
L’importance de la musique est tout à fait particulière ; elle représente un véritable environnement où
les jeunes sont constamment plongés, comme une culture et un langage capables de susciter des
émotions et de modeler une identité. Le langage musical représente aussi une ressource pastorale qui
interpelle en particulier la liturgie et son renouveau ».[119] Le chant peut être un stimulant important
pour le cheminement des jeunes. Saint Augustin disait : “Chante, mais avance ; allège ton travail en
chantant, n’aime pas la paresse : chante et avance […] Toi, si tu avances, marche ; mais avance dans
le bien, dans la foi droite, dans les bonnes œuvres : chante et marche ”.[120]

227. « L’importance de la pratique sportive parmi les jeunes est tout aussi significative. L’Eglise ne doit
pas sous-évaluer ses potentialités dans une optique d’éducation et de formation,en conservant une
présence affirmée en son sein. Le monde du sport a besoin d’être aidé à surmonter les ambiguïtés qui
en font partie, comme la mythisation des champions, l’asservissement à des logiques commerciales et
l’idéologie du succès à tout prix ».[121] A la base de l’expérience sportive il y a « la joie: la joie de
bouger, la joie d’être ensemble, la joie pour la vie et les dons que le Créateur nous fait chaque jour
».[122] D’autre part, certains Pères de l’Eglise ont pris l’exemple des pratiques sportives pour inviter les
jeunes à grandir en force et à dominer la somnolence ou le confort. Saint Basile le Grand, s’adressant
aux jeunes, prenait l’exemple de l’effort exigé par le sport et leur enseignait ainsi la capacité à se
sacrifier pour grandir dans les vertus : « Après des milliers et des milliers de souffrances et avoir
augmenté leurs forces par de nombreuses méthodes, après avoir beaucoup transpiré dans des
exercices de gymnastique fatigants […] enfin, pour ne pas entrer dans les détails, après avoir mené une
existence telle que leur vie avant la compétition n’est qu’une préparation à cela, […] ils donnent toutes
leurs ressources physique et psychiques pour gagner une couronne […]. Et nous, qui avons devant nous
des récompenses de la vie, tellement admirables en nombre et en grandeur qu'il est impossible de les
définir avec des mots, nous viendrions les recevoir, en dormant à poings fermés et en vivant sans
prendre de risques ? ».[123]

228. Chez de nombreux jeunes et adolescents, le rapport à la création éveille une attraction spéciale, et
ils sont sensibles à la protection de l’environnement, comme c’est le cas avec les Scouts et d’autres
groupes qui organisent des journées de contact avec la nature, des camps, des randonnées, des
expéditions et des campagnes pour l’environnement. Dans l’esprit de saint François d’Assise, ce sont
des expériences qui peuvent représenter un chemin d’initiation à l’école de la fraternité universelle, et à
la prière contemplative.

229. Ces possibilités et diverses autres qui s’offrent à l’évangélisation des jeunes, ne devraient pas nous
faire oublier, qu’au-delà des changements de l’histoire et de la sensibilité des jeunes, il y a les dons de
Dieu qui sont toujours actuels, et qui contiennent une force qui transcende toutes les époques et toutes
les circonstances : la Parole du Seigneur toujours vivante et efficace, la présence du Christ dans
l’Eucharistie qui nous nourrit, et le Sacrement du pardon qui nous libère et nous fortifie. Nous pouvons
également mentionner l’inépuisable richesse spirituelle que l’Eglise conserve dans le témoignage de ses
saints et dans l’enseignement des grands maîtres spirituels. Bien que nous ayons à respecter différentes
étapes, et parfois que nous devions attendre patiemment le moment favorable, nous ne pourrons pas
cesser d’offrir aux jeunes ces sources de vie nouvelle, nous n’avons pas le droit de les priver de tant de
bien.

Une pastorale “populaire” des jeunes

230. En plus de la pastorale habituelle accomplie par les paroisses et les mouvements, selon des
programmes déterminés, il est très important de susciter une “pastorale populaire des jeunes”, qui ait
un autre style, d’autres temps, un autre rythme, une autre méthode. Elle consiste en une pastorale plus
ample et plus flexible qui stimule, dans les différents lieux où les jeunes se déplacent, ces leaderships
naturels et ces charismes que l’Esprit Saint a déjà semés en eux. Il s’agit avant tout de ne pas mettre
autant d’obstacles, de normes, de contrôles et de cadres obligatoires à ces jeunes croyants qui sont
des leaders naturels dans les quartiers et dans différents milieux. Il faut seulement les accompagner et
les stimuler, en faisant un peu plus confiance au génie de l’Esprit Saint qui agit comme il veut.

231. Nous parlons de leaders réellement “populaires”, non pas élitistes ou enfermés dans de petits
groupes sélectifs. Pour qu’ils soient capables de créer une pastorale populaire dans le monde des
jeunes, il faut qu’« ils apprennent à écouter le sentiment du peuple, à se constituer en tant que ses
porte-paroles et à œuvrer pour sa promotion ».[124] Quand nous parlons de “peuple”, il ne faut pas
comprendre les structures de la société ou de l’Eglise, mais l’ensemble des personnes qui ne marchent
pas comme des individus mais comme le tissu d’une communauté de tous et pour tous, qui ne peut pas
laisser les plus pauvres et les plus faibles rester en arrière: « Le peuple désire que tous soient associés
aux biens communs et pour cela il accepte de s’adapter aux pas des derniers pour y parvenir tous
ensemble».[125] Les leaders populaires, alors, sont ceux qui ont la capacité d’intégrer tout le monde, en
incluant dans la marche des jeunes les plus pauvres, les plus faibles, les plus limités et blessés. Ils n’ont
ni dégoût ni peur des jeunes blessés et crucifiés.

232. Dans cette même ligne, en particulier avec les jeunes qui n’ont pas grandi dans des familles ou des
institutions chrétiennes, et qui sont sur un chemin de lente maturation, nous devons stimuler «le bien
possible».[126] Le Christ nous a avertis de ne pas faire comme si tout était du blé (cf. Mt 13, 24-30).
Parfois, pour viser une pastorale des jeunes aseptisée, pure, marquée par des idées abstraites, éloignée
du monde et préservée de toute souillure, nous transformons l’Evangile en une offre fade,
incompréhensible, lointaine, coupée des cultures des jeunes, et adaptée seulement à une élite de jeunes
chrétiens qui se sentent différents mais qui en réalité flottent dans un isolement sans vie ni fécondité.
Ainsi, avec l’ivraie que nous rejetons, nous arrachons ou nous étouffons des milliers de pousses qui
essaient de croître au milieu des limites.

233. Au lieu de « les écraser avec un ensemble de règles qui donnent une image réductrice et
moralisatrice du christianisme, nous sommes appelés à miser sur leur audace, à les inciter et à les
former à prendre leurs responsabilités, certains que l’erreur, l’échec et la crise constituent aussi des
expériences qui peuvent les aider à grandir humainement ».[127]

234. Au Synode, il a été demandé de développer une pastorale des jeunes, capable de créer des
espaces inclusifs, où il y aura de la place pour toutes sortes de jeunes et où se manifestera réellement
que nous sommes une Eglise aux portes ouvertes. Il n’est même pas nécessaire d’assumer
complètement tous les enseignements de l’Eglise pour prendre part à certains de nos espaces pour les
jeunes. Une attitude d’ouverture suffit pour tous ceux qui ont le désir et la volonté de se laisser trouver
par la vérité révélée par Dieu. Certaines propositions pastorales peuvent supposer un chemin déjà
parcouru dans la foi, mais nous avons besoin d’une pastorale populaire des jeunes qui ouvre des portes
et offre un espace à tous et à chacun avec ses doutes, ses traumatismes, ses problèmes et sa
recherche d’identité, avec ses erreurs, son histoire, ses expériences du péché et toutes ses difficultés.

235. Il doit également y avoir de la place pour « tous ceux qui ont d’autres conceptions de la vie,
professent une foi différente ou se déclarent étrangers à l’horizon religieux. Tous les jeunes, sans
aucune exception, sont dans le cœur de Dieu et donc dans le cœur de l’Eglise. Mais nous reconnaissons
franchement que cette affirmation qui résonne sur nos lèvres ne trouve pas toujours une expression
réelle dans notre action pastorale: souvent, nous restons enfermés dans nos milieux, où leur voix
n’arrive pas, ou bien nous nous consacrons à des activités moins exigeantes et plus gratifiantes, en
étouffant cette saine inquiétude pastorale qui nous fait sortir de nos sécurités présumées. Pourtant
l’Evangile nous demande d’oser et nous voulons le faire sans présomption, sans prosélytisme, mais en
témoignant de l’amour du Seigneur et en tendant la main à tous les jeunes du monde ».[128]

236. La pastorale des jeunes, quand elle cesse d’être élitiste et accepte d’être "populaire", est un
processus lent, respectueux, patient, plein d’espoir, infatigable, compatissant. Au Synode, il a été
proposé l’exemple des disciples d’Emmaüs (cf. Lc 24, 13-35), qui peut aussi être un modèle de ce qui
se passe dans la pastorale des jeunes.

237. « Jésus marche avec les deux disciples qui n’ont pas compris le sens de ce qui est arrivé et ils
s’éloignent de Jérusalem et de la communauté. Pour demeurer en leur compagnie, il parcourt le chemin
avec eux. Il les interroge et se met patiemment à l’écoute de leur version des faits pour les aider à
reconnaître ce qu’ils sont en train de vivre. Puis, de façon affectueuse et énergique, il leur annonce la
Parole, en les amenant à interpréter les événements qu’ils ont vécus à la lumière des Écritures. Il
accepte leur invitation à s’arrêter avec eux, à la tombée de la nuit : il entre dans leur nuit. En l’écoutant,
leur cœur se réchauffe et leur esprit s’illumine ; à la fraction du pain, leurs yeux s’ouvrent. Ce sont eux
qui choisissent de reprendre sans tarder le chemin dans la direction opposée, pour retourner vers la
communauté et partager avec elle l’expérience de la rencontre avec le Ressuscité ».[129]

238. Les diverses manifestations de piété populaire, en particulier les pèlerinages, attirent les jeunes qui
n’ont pas tendance à s’insérer facilement dans les structures ecclésiales, et sont une expression
concrète de la confiance en Dieu. Ces formes de recherche de Dieu, présentes en particulier chez les
jeunes les plus pauvres, mais également dans les autres secteurs de la société, ne doivent pas être
méprisées mais encouragées et stimulées. Parce que la piété populaire « est une manière légitime de
vivre la foi »[130] et est « expression authentique de l’action missionnaire spontanée du Peuple de
Dieu».[131]

Toujours missionnaires

239. Je veux rappeler qu’il n’est pas nécessaire de déployer de nombreux efforts pour que les jeunes
soient missionnaires. Même les plus fragiles, les plus limités et les plus blessés peuvent l’être à leur
manière, parce qu’il faut toujours laisser le bien se communiquer, même s’il coexiste avec de
nombreuses fragilités. Un jeune qui se rend en pèlerinage pour demander de l’aide à la Vierge et qui
invite un ami ou un camarade à l’accompagner, accomplit avec ce geste simple une action missionnaire
précieuse. Avec la pastorale populaire des jeunes, il y a, inévitablement, une mission populaire,
incontrôlable, qui brise tous les schémas ecclésiastiques. Accompagnons-la, encourageons-la, mais ne
prétendons pas trop la réglementer.

240. Si nous savons écouter ce que nous dit l’Esprit, nous ne pouvons pas ignorer que la pastorale des
jeunes doit toujours être une pastorale missionnaire. Les jeunes s’enrichissent beaucoup quand ils
surmontent leur timidité et qu’ils osent visiter des foyers et, de cette manière, entrent en contact avec
la vie des gens, apprennent à regarder au-delà de leur famille et de leur groupe, et qu’ils commencent à
comprendre la vie d’une manière plus large. En même temps, leur foi et leur sentiment d’appartenance
à l’Eglise sont fortifiés. Les missions de jeunes, qui sont généralement organisées durant les vacances,
après une période de préparation, peuvent provoquer un renouvellement de l’expérience de foi, et
même susciter sérieusement des vocations.

241. Mais les jeunes sont capables de créer de nouvelles formes de mission dans les domaines les plus
divers. Par exemple, puisqu’ils utilisent si bien les réseaux sociaux, il faut qu’ils les organisent pour les
remplir de Dieu, de fraternité et d’engagement.

L’accompagnement par les adultes

242. Les jeunes doivent être respectés dans leur liberté, mais ils doivent être aussi accompagnés. La
famille devrait être le premier espace d’accompagnement. La pastorale des jeunes propose un projet de
vie depuis le Christ : la construction d’une maison, d’un foyer bâti sur le rocher (cf. Mt 7, 24-25). Ce
foyer, ce projet pour la plupart d’entre eux sera concrétisé dans le mariage et l’amour conjugal. Par
conséquent, il est nécessaire que la pastorale des jeunes et la pastorale familiale soient dans un
prolongement naturel, en travaillant de manière coordonnée et intégrée, afin de pouvoir accompagner
adéquatement le processus vocationnel.

243. La communauté a un rôle très important dans l’accompagnement des jeunes, et c’est toute la
communauté qui doit se sentir responsable pour les accueillir, les motiver, les encourager et les
stimuler. Cela implique que l’on regarde les jeunes avec compréhension, valorisation et affection, et
qu’on ne les juge pas en permanence ni qu’on exige d’eux une perfection qui ne correspond pas à leur
âge.

244. Au Synode, « beaucoup ont relevé le manque de personnes expertes qui se consacrent à
l’accompagnement. Croire à la valeur théologique et pastorale de l’écoute implique de revoir et de
rénover les formes par lesquelles s’exprime ordinairement le ministère presbytéral, ainsi qu’un
discernement de ses priorités. En outre, le Synode reconnaît la nécessité de préparer des personnes
consacrées et des laïcs, hommes et femmes, qui soient qualifiés pour l’accompagnement des jeunes. Le
charisme de l’écoute, que l’Esprit Saint fait surgir dans les communautés, pourrait aussi recevoir une
forme de reconnaissance institutionnelle en vue du service ecclésial ».[132]

245. Par ailleurs il faut spécialement accompagner les jeunes qui se profilent comme leaders, pour qu’ils
puissent se former et se qualifier. Les jeunes qui se sont réunis avant le Synode ont demandé que se
développent « des programmes de leadership jeune pour la formation et le développement continu de
jeunes leaders. Certaines jeunes femmes estiment qu’elles ont besoin de plus d’exemples de leadership
féminin au sein de l’Eglise et elles désirent avec leurs dons intellectuels et professionnels participer à
l’Eglise. Nous croyons également que les séminaristes, les religieux et les religieuses devraient avoir une
plus grande capacité pour accompagner les jeunes leaders ».[133]

246. Les mêmes jeunes nous ont décrit quelles sont les caractéristiques qu’ils espèrent trouver chez un
accompagnateur et ils l’ont exprimé avec beaucoup de clarté. « Les qualités d’un tel accompagnateur
incluent : qu’il soit un chrétien fidèle et engagé dans l’Eglise et le monde, qui cherche constamment la
sainteté, quelqu’un en qui l’on peut avoir confiance, qui ne juge pas, qui écoute activement les besoins
des jeunes et y répond avec bienveillance, quelqu’un qui aime profondément avec conscience, qui
reconnaît ses limites et comprend les joies et les peines d’un chemin de vie spirituelle. A leurs yeux, la
reconnaissance de leur humanité et de leur vulnérabilité revêt une particulière importance. Parfois les
accompagnateurs spirituels sont mis sur un piédestal, et cela a un impact dévastateur qui ruine la
capacité des jeunes à continuer leurs engagements dans l’Eglise. Ils ajoutent que les accompagnateurs
ne devraient pas conduire les jeunes comme s’ils étaient des sujets passifs mais marcher avec eux en
leur permettant d’être acteurs de leur cheminement. Ils devraient respecter la liberté des jeunes qu’ils
rencontrent sur leurs chemins de discernement et les équiper pour discerner en leur donnant les outils
utiles pour avancer. Un accompagnateur devrait profondément croire à la capacité du jeune à participer
à la vie de l’Eglise. Il devrait semer la semence de la foi dans la terre des jeunes sans attendre de voir
immédiatement les fruits du travail de l’Esprit-Saint. Le rôle d’accompagnateur ne doit pas être limité
aux prêtres et aux consacrés, mais les laïcs doivent être encouragés à prendre aussi part à cette
mission. Tous devraient bénéficier d’une sérieuse formation initiale et continue».[134]

247. Sans aucun doute, les institutions éducatives de l’Eglise sont un milieu communautaire
d’accompagnement qui permet d’orienter de nombreux jeunes, surtout quand « elles cherchent à
accueillir tous les jeunes, indépendamment de leurs choix religieux, de leur provenance culturelle et de
leur situation personnelle, familiale ou sociale. De cette façon, l’Eglise apporte une contribution
fondamentale à l’éducation intégrale des jeunes dans les parties du monde les plus diverses ».[135] Elles
réduiraient excessivement leur rôle si elles établissaient des critères rigides pour l’admission des
étudiants ou pour leur maintien en elles, parce qu’elles priveraient de nombreux jeunes d’un
accompagnement qui contribuerait à enrichir leur vie.

CHAPITRE 8

la vocation

248. Il est vrai que le mot "vocation" peut être compris au sens large comme appel de Dieu. La
vocation inclut l’appel à la vie, l’appel à l’amitié avec lui, l’appel à la sainteté, etc. Cela est important,
parce qu’elle place notre vie face à Dieu qui nous aime, et qu’elle nous permet de comprendre que rien
n’est le fruit d’un chaos privé de sens, mais que tout peut être intégré sur un chemin de réponse au
Seigneur qui a un plan magnifique pour nous.

249. Dans l’Exhortation Gaudete et exsultate, j’ai voulu m’arrêter sur la vocation de tous à grandir pour
la gloire de Dieu et j’ai voulu “faire résonner une fois de plus l’appel à la sainteté, en essayant de l’insérer
dans le contexte actuel, avec ses risques, ses défis et ses opportunités”.[136] Le Concile Vatican II nous
a aidés à renouveler la conscience de cet appel adressé à chacun : « tous ceux qui croient au Christ,
quels que soient leur condition et leur état de vie, sont appelés par Dieu, chacun dans sa route, à une
sainteté dont la perfection est celle même du Père ».[137]

L’appel à l’amitié avec lui

250. Ce que Jésus désire de chaque jeune, c’est avant tout son amitié. Il est essentiel de discerner et
de découvrir cela. C’est le discernement fondamental. Dans le dialogue du Seigneur ressuscité avec son
ami Simon-Pierre, la grande question était : « Simon, fils de Jean, m’aimes-tu? » (Jn 21, 16). C’est-à-
dire : Me veux-tu comme ami ? La mission que Pierre reçoit de prendre soin de ses brebis et de ses
agneaux sera toujours en lien avec cet amour gratuit, avec cet amour d’amitié.

251. Et si un exemple contraire était nécessaire, rappelons-nous la rencontre-désaccord du Seigneur


avec le jeune homme riche, qui nous dit clairement que ce que ce jeune n’a pas perçu, c’est le regard
amoureux du Seigneur (cf. Mc 10, 21). Il a été attristé, après avoir suivi un bon élan, parce qu’il ne
pouvait pas quitter les nombreuses choses qu’il possédait (cf. Mt 19, 22). Il a raté l’opportunité de ce
qui aurait certainement pu être une grande amitié. Et nous, nous restons sans savoir ce qu’il aurait pu
être pour nous, ce qu’il aurait pu faire pour l’humanité, ce jeune unique que Jésus a regardé avec amour
et à qui il a tendu la main.

252. Parce que « la vie que Jésus nous offre est une histoire d’amour, une histoire de vie qui veut se
mêler à la nôtre et plonger ses racines dans la terre de chacun. Cette vie n’est pas un salut suspendu
“dans les nuages” attendant d’être déversé, ni une “application” nouvelle à découvrir, ni un exercice
mental fruit de techniques de dépassement de soi. La vie que Dieu nous offre n’est pas non plus un
“tutoriel” avec lequel on apprendrait la dernière nouveauté. Le salut que Dieu nous offre est une
invitation à faire partie d’une histoire d’amour qui se tisse avec nos histoires; qui vit et veut naître
parmi nous pour que nous puissions donner du fruit là où nous sommes, comme nous sommes et avec
qui nous sommes. C’est là que le Seigneur vient planter et se planter ».[138]

Être pour les autres


253. Je voudrais m’arrêter maintenant sur la vocation entendue dans le sens précis d’un appel au
service missionnaire des autres. Nous sommes appelés par le Seigneur à participer à son œuvre
créatrice, en apportant notre contribution au bien commun à partir des capacités que nous avons
reçues.

254. Cette vocation missionnaire a à voir avec notre service des autres. Parce que notre vie sur la terre
atteint sa plénitude quand elle se transforme en offrande. Je rappelle que « la mission au cœur du
peuple n’est ni une partie de ma vie ni un ornement que je peux quitter, ni un appendice ni un moment
de l’existence. Elle est quelque chose que je ne peux pas arracher de mon être si je ne veux pas me
détruire. Je suis une mission sur cette terre, et pour cela je suis dans ce monde ».[139] Par conséquent,
il faut penser que toute pastorale est vocationnelle, toute formation est vocationnelle et toute
spiritualité est vocationnelle.

255. Ta vocation ne consiste pas seulement dans les travaux que tu as à faire, même si elle s’exprime
en eux. C’est quelque chose de plus, c’est un chemin qui orientera beaucoup d’efforts et d’actions dans
le sens du service. Pour cela, dans le discernement d’une vocation, il est important de voir si l’on
reconnaît en soi-même les capacités nécessaires pour ce service spécifique de la société.

256. Cela donne une très grande valeur à ces tâches, car elles cessent d’être une somme d’actions que
l’on réalise pour gagner de l’argent, pour être occupé ou pour plaire aux autres. Tout cela constitue une
vocation parce que nous sommes appelés, il y a quelque chose de plus que notre simple choix
pragmatique. C’est en définitive reconnaître pour quoi je suis fait, le pourquoi d’un passage sur cette
terre, reconnaître quel est le projet du Seigneur pour ma vie. Il ne m’indiquera pas tous les lieux, les
temps et les détails, que je choisirai avec sagesse, mais oui, il y a une orientation de ma vie qu’il doit
me montrer, parce qu’il est mon Créateur, mon potier, et que j’ai besoin d’écouter sa voix pour me
laisser façonner et porter par lui. Alors, je serai ce que je dois être et je serai aussi fidèle à ma propre
réalité.

257. Pour accomplir sa propre vocation, il est nécessaire de développer, de faire pousser et grandir tout
ce que l’on est. Il ne s’agit pas de s’inventer, de se créer spontanément à partir de rien, mais de se
découvrir soi-même à la lumière de Dieu et de faire fleurir son propre être. « Dans le dessein de Dieu,
chaque homme est appelé à se développer car toute vie est vocation ».[140] Ta vocation t’oriente à
tirer le meilleur de toi pour la gloire de Dieu et pour le bien des autres. Le sujet n’est pas seulement de
faire des choses, mais de les faire avec un sens, avec une orientation. A ce sujet, saint Alberto Hurtado
disait aux jeunes qu’il faut prendre très au sérieux la direction: « Sur un bateau, le pilote qui devient
négligent, on le renvoie sans rémission, parce qu’il joue avec quelque chose de trop sacré. Et dans la
vie, veillons-nous à notre orientation ? Quel est ton cap ? S’il était nécessaire de s’arrêter encore plus
sur cette idée, je prie chacun de vous de lui donner la plus grande importance, parce que réussir cela est
tout simplement réussir ; échouer en cela est simplement échouer ».[141]

258. “Être pour les autres” dans la vie de chaque jeune est généralement lié à deux questions
fondamentales: la formation d’une nouvelle famille et le travail. Les diverses enquêtes qui ont été faites
auprès des jeunes confirment à maintes reprises que ce sont les deux grands thèmes qui les
préoccupent et les intéressent. Les deux doivent être l’objet d’un discernement spécial. Arrêtons-nous
brièvement sur eux.

L’amour et la famille

259. Les jeunes ressentent avec force l’appel à l’amour, et ils rêvent de trouver la bonne personne avec
laquelle former une famille et construire une vie ensemble. Sans aucun doute, c’est une vocation que
Dieu lui-même propose à travers les sentiments, les désirs, les rêves. Sur ce thème, je me suis
amplement arrêté dans l’Exhortation Amoris laetitia et j’invite tous les jeunes à lire en particulier les
chapitres 4 et 5.

260. J’aime à penser que « deux chrétiens qui se marient ont reconnu dans leur histoire d’amour l’appel
du Seigneur, la vocation à faire de deux personnes, un homme et une femme, une seule chair, une
seule vie. Et le Sacrement du mariage enveloppe cet amour avec la grâce de Dieu, il l’enracine en Dieu
même. Avec ce don, avec la certitude de cet appel, on peut partir en sécurité, on n’a peur de rien, on
peut tout affronter, ensemble ! ».[142]

261. Dans ce contexte, je rappelle que Dieu nous a créés sexués. Lui-même « a créé la sexualité qui est
un don merveilleux fait à ses créatures ».[143] Dans la vocation au mariage, il faut reconnaître et
remercier que « la sexualité, le sexe sont un don de Dieu. Rien de tabou. Ils sont un don de Dieu, un don
que le Seigneur nous fait. Ils ont deux buts : s’aimer et engendrer la vie. C’est une passion, un amour
passionné. Le véritable amour est passionné. L’amour entre un homme et une femme, quand il est
passionné, te porte à donner ta vie pour toujours. Toujours. Et à la donner avec ton corps et ton âme
».[144]

262. Le Synode a souligné que « la famille continue de représenter le principal point de référence pour
les jeunes. Les enfants apprécient l’amour et l’attention de leurs parents, les liens familiaux leur tiennent
à cœur et ils espèrent réussir à former, à leur tour, une famille. Indéniablement, l’augmentation des
séparations, des divorces, des secondes unions et des familles monoparentales peut causer de grandes
souffrances et une crise d’identité. Parfois, ils doivent porter des responsabilités qui ne sont pas
proportionnées à leur âge et qui les contraignent à devenir adultes avant le temps normal. Les grands-
parents offrent souvent une contribution décisive sur le plan affectif et au niveau de l’éducation
religieuse : par leur sagesse, ils sont un maillon décisif dans le rapport entre les générations ».[145]

263. Il est vrai que les difficultés dont ils souffrent dans leur famille d’origine amènent beaucoup de
jeunes à se demander si former une nouvelle famille vaut la peine, si être fidèles, être généreux vaut la
peine. Je veux leur dire que oui, ça vaut la peine de parier sur la famille et qu’en elle, ils trouveront les
meilleures stimulations pour grandir et les plus belles joies à partager. Ne vous laissez pas voler l’amour
pour de vrai. Ne vous laissez pas tromper par ceux qui proposent une vie de débauche individualiste qui
conduit finalement à l’isolement et à la solitude.

264. Aujourd’hui règne une culture du provisoire qui est une illusion. Croire que rien ne peut être définitif
est une tromperie et un mensonge. Souvent, « il y a ceux qui disent qu’aujourd’hui le mariage est
“démodé”. [...] Dans la culture du provisoire, du relatif, beaucoup prônent que l’important c’est de
“jouir” du moment, qu’il ne vaut pas la peine de s’engager pour toute la vie, de faire des choix définitifs
[…]. Moi, au contraire, je vous demande d’être révolutionnaires, je vous demande d’aller à contre-
courant; oui, en cela je vous demande de vous révolter contre cette culture du provisoire, qui, au fond,
croit que vous n’êtes pas en mesure d’assumer vos responsabilités, elle croit que vous n’êtes pas
capables d’aimer vraiment ».[146] J’ai confiance en vous, et pour cela je vous encourage à opter pour le
mariage.

265. Il est nécessaire de se préparer pour le mariage, et cela requiert de s’éduquer soi-même, de
développer les meilleures vertus, en particulier l’amour, la patience, la capacité de dialogue et de service.
Cela implique aussi d’éduquer sa propre sexualité, pour qu’elle soit de moins en moins un moyen de se
servir des autres et de plus en plus une capacité à se livrer pleinement à une personne, de manière
exclusive et généreuse.

266. Les évêques de Colombie nous ont montré que « le Christ sait que les époux ne sont pas parfaits
et qu’ils ont besoin de surmonter leur faiblesse et leur inconstance pour que leur amour puisse grandir et
durer. Pour cela, il accorde aux époux sa grâce qui est, à la fois, une lumière et une force qui leur
permet de réaliser leur projet de vie matrimoniale conformément au plan de Dieu ».[147]

267. Pour ceux qui ne sont pas appelés au mariage ou à la vie consacrée, il faut toujours se rappeler
que la première vocation, et la plus importante, est la vocation baptismale. Les célibataires, même si ce
n’est pas pour eux un choix intentionnel, peuvent devenir un témoignage particulier d’une telle vocation
sur leur propre chemin de croissance spirituelle.

Le travail

268. Les Évêques des États-Unis ont souligné avec clarté que la jeunesse, ayant atteint l’âge de la
majorité, «marque souvent l’entrée d’une personne dans le monde du travail. “Que fais-tu pour vivre?”
est un sujet constant de conversation, parce que le travail est une partie très importante de leur vie.
Pour les jeunes adultes, cette expérience est très fluide, parce qu’ils se déplacent d’un travail à un autre
et ils vont même de carrière en carrière. Le travail peut définir l’utilisation du temps et il peut déterminer
ce qu’ils peuvent faire ou acheter. Il peut également déterminer la qualité et la quantité du temps libre.
Le travail définit et affecte l’identité et l’estime de soi d’un jeune adulte et c’est un lieu fondamental où
se développent des amitiés et d’autres relations parce que, généralement, on ne travaille pas seul. Les
jeunes hommes et femmes parlent du travail comme de l’accomplissement d’une fonction et comme
quelque chose qui donne un sens. Il permet aux jeunes adultes de répondre à leurs besoins pratiques
mais plus encore de chercher le sens et l’accomplissement de leurs rêves et de leurs visions. Bien que le
travail puisse ne pas aider à atteindre leurs rêves, il est important pour les jeunes adultes de cultiver une
vision, d’apprendre à travailler d’une manière vraiment personnelle et satisfaisante pour leur vie, et de
continuer à discerner l’appel de Dieu. ».[148]

269. Je demande aux jeunes de ne pas espérer vivre sans travailler, en dépendant de l’aide des autres.
Cela ne fait pas de bien, parce que « le travail est une nécessité, il fait partie du sens de la vie sur cette
terre, chemin de maturation, de développement humain et de réalisation personnelle. Dans ce sens,
aider les pauvres avec de l’argent doit toujours être une solution provisoire pour affronter des urgences
».[149] Il en résulte que « la spiritualité chrétienne, avec l’admiration contemplative des créatures que
nous trouvons chez saint François d’Assise, a développé aussi une riche et saine compréhension du
travail, comme nous pouvons le voir, par exemple, dans la vie du bienheureux Charles de Foucauld et
de ses disciples ».[150]

270. Le Synode a souligné que le monde du travail est un milieu où les jeunes « font l’expérience de
formes d’exclusion et de marginalisation. La première et la plus grave est le chômage des jeunes qui,
dans certains pays, atteint des niveaux très élevés. Non seulement cela les rend pauvres, mais le
manque de travail ôte aux jeunes la capacité de rêver et d’espérer et les prive de la possibilité
d’apporter leur contribution au développement de la société. Dans de nombreux pays, cette situation
dépend du fait que certaines couches de la population jeune sont dépourvues de qualifications
professionnelles adéquates, notamment à cause des déficiences du système d’éducation et de
formation. Souvent la précarité de l’emploi qui affecte les jeunes répond aux intérêts économiques qui
exploitent le travail ».[151]
271. C’est une question très délicate que la politique doit considérer comme un sujet de premier ordre,
particulièrement aujourd’hui où la rapidité des développements technologiques, jointe à l’obsession de
réduire les coûts de la main d’œuvre, peut conduire rapidement à remplacer de nombreux postes de
travail par des machines. Et il s’agit d’une question de société fondamentale, parce que le travail pour un
jeune n’est pas simplement une tâche visant à obtenir des revenus. Il est l’expression de la dignité
humaine, il est un chemin de maturation et d’insertion sociale, il est une stimulation permanente pour
grandir en responsabilité et en créativité, il est une protection face à la tendance à l’individualisme et au
confort, et il est aussi une action de grâce à Dieu avec le développement de ses propres capacités.

272. Un jeune n’a pas toujours la possibilité de décider à quoi il va consacrer ses efforts, dans quelles
tâches il va déployer ses énergies et sa capacité d’innover. Parce qu’en plus de ses désirs, et encore
plus de ses capacités et du discernement que l’on réalise, se trouvent les dures limites de la réalité. Il est
vrai que tu ne peux pas vivre sans travailler et que parfois tu dois accepter ce que tu trouves, mais ne
renonce jamais à tes rêves, n’enterre jamais définitivement une vocation, ne te donne jamais pour
vaincu. Continue toujours à chercher, au moins, de manière partielle ou imparfaite, à vivre ce que dans
ton discernement tu reconnais comme une véritable vocation.

273. Quand l’on découvre que Dieu appelle à quelque chose, que l’on est fait pour cela – qu’il s’agisse de
devenir infirmier(e), ou menuisier, ou de travailler dans la communication, l’enseignement, l’art ou de
tout autre travail – alors on est capable de faire fleurir ses meilleures capacités de sacrifice, de
générosité et de don de soi. Savoir que l’on ne fait pas les choses sans raison, mais avec un sens,
comme réponse à un appel qui résonne au plus profond de son être pour apporter quelque chose aux
autres, fait que ces tâches donnent à son propre cœur une expérience particulière de plénitude. Ainsi le
disait l’ancien livre biblique de l’Ecclésiaste : « Je vois qu’il n’y a de bonheur pour l’homme qu’à se réjouir
de ses œuvres » (Qo 3, 22).

Vocations à une consécration particulière

274. Si nous partons de la conviction que l’Esprit continue à susciter des vocations au sacerdoce et à la
vie religieuse, nous pouvons “jeter de nouveau les filets” au nom du Seigneur, en toute confiance. Nous
pouvons oser, et nous devons le faire: dire à chaque jeune qu’il s’interroge sur la possibilité de suivre ce
chemin.

275. Parfois j’ai fait cette proposition à des jeunes qui m’ont répondu presqu’avec dérision en disant:
“Non, la vérité est que je ne vais pas de ce côté”. Cependant, quelques années après, certains d’entre
eux étaient au Séminaire. Le Seigneur ne peut pas manquer à sa promesse de laisser l’Eglise privée de
pasteurs sans lesquels elle ne pourrait pas vivre et réaliser sa mission. Et si certains prêtres ne donnent
pas un bon témoignage, ce n’est pas pour cela que le Seigneur cessera d’appeler. Au contraire, il double
la mise parce qu’il ne cesse pas de prendre soin de son Eglise bien-aimée.

276. Dans le discernement d’une vocation, il ne faut pas exclure la possibilité de se consacrer à Dieu
dans le sacerdoce, dans la vie religieuse ou dans d’autres formes de consécration. Pourquoi l’exclure?
Sois certain que, si tu reconnais un appel de Dieu et que tu le suis, ce sera ce qui te comblera.

277. Jésus marche parmi nous comme il le faisait en Galilée. Il passe par nos rues, s’arrête et nous
regarde dans les yeux, sans hâte. Son appel est attrayant, il est fascinant. Mais aujourd’hui, l’anxiété et
la rapidité de nombreuses stimulations qui nous bombardent, font qu’il ne reste plus de place pour ce
silence intérieur où l’on perçoit le regard de Jésus et où l’on écoute son appel. Pendant ce temps,
t’arriveront de nombreuses propositions maquillées, qui semblent belles et intenses, même si, avec le
temps, elles te laisseront vide, fatigué et seul. Ne laisse pas cela t’arriver, parce que le tourbillon de ce
monde te pousse à une course insensée, sans orientation, sans objectifs clairs, et qu’ainsi beaucoup de
tes efforts seront vains. Cherche plutôt ces espaces de calme et de silence qui te permettront de
réfléchir, de prier, de mieux regarder le monde qui t’entoure, et alors, oui, avec Jésus tu pourras
reconnaître quelle est ta vocation sur cette terre.

CHAPITRE 9

Le discernement

278. Sur le discernement en général, je me suis déjà arrêté dans l’Exhortation apostolique Gaudete et
exsultate. Permettez-moi de reprendre certaines de ces réflexions, en les appliquant au discernement
de sa propre vocation dans le monde.

279. Je rappelle que tout le monde, mais « spécialement les jeunes, sont exposés à un zapping
constant. Il est possible de naviguer sur deux ou trois écrans simultanément et d’interagir en même
temps sur différents lieux virtuels. Sans la sagesse du discernement, nous pouvons devenir facilement
des marionnettes à la merci des tendances du moment ».[152] Et « cela devient particulièrement
important quand apparaît une nouveauté dans notre vie et qu’il faudrait alors discerner pour savoir s’il
s’agit du vin nouveau de Dieu ou bien d’une nouveauté trompeuse de l’esprit du monde ou de l’esprit du
diable».[153]

280. Ce discernement, « bien qu’il inclue la raison et la prudence, il les dépasse parce qu’il s’agit
d’entrevoir le mystère du projet unique et inimitable que Dieu a pour chacun […] Ce qui est en jeu, c’est
le sens de ma vie devant le Père qui me connaît et qui m’aime, le vrai sens de mon existence que
personne ne connaît mieux que lui ».[154]

281. Dans ce cadre, se situe la formation de la conscience qui permet au discernement de grandir en
profondeur et dans la fidélité à Dieu. « Former la conscience est le cheminement de toute la vie, où l’on
apprend à nourrir les mêmes sentiments que Jésus-Christ, en adoptant les critères de ses choix et les
intentions de son action (cf. Ph 2, 5) ».[155]

282. Cette formation implique de se laisser transformer par le Christ, et elle est en même temps « une
pratique habituelle du bien, vérifiée dans l’examen de conscience : un exercice où il ne s’agit pas
seulement d’identifier ses péchés, mais aussi de reconnaître l’œuvre de Dieu dans sa propre expérience
quotidienne, dans les événements de l’histoire et des cultures au sein desquelles nous vivons, dans le
témoignage de tant d’hommes et de femmes qui nous ont précédés ou qui nous accompagnent par
leur sagesse. Tout cela aide à grandir dans la vertu de prudence, en articulant l’orientation globale de
l’existence avec les choix concrets, avec une lucidité sereine de ses dons et de ses limites ».[156]

Comment discerner ta vocation

283. Une expression du discernement est l’engagement pour reconnaître sa propre vocation. C’est une
tâche qui requiert des espaces de solitude et de silence, parce qu’il s’agit d’une décision très personnelle
que d’autres ne peuvent pas prendre pour quelqu’un : « Même si le Seigneur nous parle de manières
variées, dans notre travail, à travers les autres et à tout moment, il n’est pas possible de se passer du
silence de la prière attentive pour mieux percevoir ce langage, pour interpréter la signification réelle des
inspirations que nous croyons recevoir, pour apaiser les angoisses et recomposer l’ensemble de
l’existence personnelle à la lumière de Dieu ».[157]

284. Ce silence n’est pas une forme d’isolement, car « il faut rappeler que le discernement priant doit
trouver son origine dans la disponibilité à écouter le Seigneur, les autres, la réalité même qui nous
interpelle toujours de manière nouvelle. Seul celui qui est disposé à écouter possède la liberté pour
renoncer à son propre point de vue partiel ou insuffisant […]. De la sorte, il est vraiment disponible pour
accueillir un appel qui brise ses sécurités mais qui le conduit à une vie meilleure, car il ne suffit pas que
tout aille bien, que tout soit tranquille. Dieu pourrait être en train de nous offrir quelque chose de plus, et
à cause de notre distraction dans la commodité, nous ne nous en rendons pas compte ».[158]

285. Quand il s’agit de discerner sa propre vocation, il est nécessaire de se poser plusieurs questions. Il
ne faut pas commencer par se demander où l’on pourrait gagner le plus d’argent, ou bien où l’on
pourrait obtenir le plus de notoriété et de prestige social, ni commencer par se demander quelles tâches
donneraient plus de plaisir à quelqu’un. Pour ne pas se tromper, il faut commencer d’un autre lieu, et se
demander: Est-ce que je me connais moi-même, au-delà des apparences et de mes sensations ?; est-
ce-que je sais ce qui rend mon cœur heureux ou triste ?; quelles sont mes forces et mes faiblesses ?
Immédiatement suivent d’autres questions : comment puis-je servir au mieux et être plus utile au
monde et à l’Eglise ?; quelle est ma place sur cette terre ?; qu’est-ce que je pourrais offrir à la société?;
puis d’autres suivent très réalistes: est-ce que j’ai les capacités nécessaires pour assurer ce service ?;
ou est-ce que je pourrais développer les capacités nécessaires ?

286. Ces questions doivent se situer non pas tant en rapport avec soi-même et ses inclinations, mais
en rapport avec les autres, face à eux, de manière à ce que le discernement pose sa propre vie en
référence aux autres. Pour cela, je veux rappeler quelle est la grande question : “Tant de fois, dans la
vie, nous perdons du temps à nous demander : « Mais qui suis-je ? ». Mais tu peux te demander qui tu
es et passer toute la vie en cherchant qui tu es. Demande-toi plutôt : « Pour qui suis-je ? »”.[159] Tu es
pour Dieu, sans aucun doute. Mais il a voulu que tu sois aussi pour les autres, et il a mis en toi beaucoup
de qualités, des inclinations, des dons et des charismes qui ne sont pas pour toi, mais pour les autres.

L’appel de l’Ami

287. Pour discerner sa propre vocation, il faut reconnaître que cette vocation est l’appel d’un ami :
Jésus. A ses amis, si on leur offre quelque chose, on leur offre le meilleur. Et ce meilleur n’est pas
nécessairement la chose la plus coûteuse ou la plus difficile à obtenir, mais celle dont on sait qu’elle
donnera de la joie à l’autre. Un ami perçoit cela avec tant de clarté qu’il peut visualiser dans son
imagination le sourire de son ami quand il ouvre son cadeau. Ce discernement d’amitié est ce que je
propose aux jeunes comme modèle s’ils cherchent à trouver quelle est la volonté de Dieu pour leur vie.

288. Je voudrais qu’ils sachent que lorsque le Seigneur pense à chacun, dans ce qu’il souhaiterait lui
offrir, il pense à lui comme à son ami personnel. Et s’il a prévu de t’offrir une grâce, un charisme qui te
fera vivre ta vie à plein et te transformera en une personne utile pour les autres, en quelqu’un qui
laissera une trace dans l’histoire, ce sera sûrement quelque chose qui te réjouira au plus profond de toi
et qui t’enthousiasmera plus que toute chose au monde. Non pas parce qu’il va te donner un charisme
extraordinaire ou rare, mais parce qu’il sera juste à ta mesure, à la mesure de ta vie entière.

289. Le don de la vocation sera sans aucun doute un don exigeant. Les dons de Dieu sont interactifs et
pour en profiter tu dois mettre beaucoup en jeu, tu dois risquer. Mais ce ne sera pas l’exigence d’un
devoir imposé par un autre de l’extérieur, mais quelque chose qui te stimulera à grandir et à choisir que
ce don mûrisse et devienne un don pour les autres. Quand le Seigneur suscite une vocation, il ne pense
pas seulement à ce que tu es, mais à tout ce que tu pourras parvenir à être avec lui et avec les autres.
290. La puissance de la vie et la force de sa propre personnalité se nourrissent mutuellement à
l’intérieur de chaque jeune et le poussent à aller au-delà de toutes limites. L’inexpérience permet que
cela arrive, même si rapidement cela se transforme en expérience, très souvent douloureuse. Il est
important de mettre en contact ce désir de « l’infini du commencement pas encore mis à l’épreuve
»[160] avec l’amitié inconditionnelle que nous offre Jésus. Avant toute loi et tout devoir, ce que Jésus
nous propose pour choisir est le fait de suivre, comme le font des amis qui se suivent et se cherchent et
se trouvent par pure amitié. Tout le reste vient après, et même les échecs de la vie peuvent être une
expérience inestimable de cette amitié qui jamais ne se brise.

Ecoute et accompagnement

291. Il y a des prêtres, des religieux, des religieuses, des laïcs, des professionnels, et même des jeunes
formés, qui peuvent accompagner les jeunes dans leur discernement vocationnel. Quand il nous
incombe d’aider l’autre à discerner le chemin de sa vie, la première chose est d’écouter. Et cette écoute
suppose trois sensibilités ou attentions distinctes et complémentaires:

292. La première sensibilité ou attention est à la personne. Il s’agit d’écouter l’autre qui se donne lui-
même à nous dans ses paroles. Le signe de cette écoute est le temps que je consacre à l’autre. Ce
n’est pas une question de quantité, mais que l’autre sente que mon temps est à lui: celui dont il a
besoin pour m’exprimer ce qu’il veut. Il doit sentir que je l’écoute inconditionnellement, sans m’offenser,
sans me scandaliser, sans m’ennuyer, sans me fatiguer. Cette écoute est celle que le Seigneur exerce
quand il se met à marcher à côté des disciples d’Emmaüs et qu’il les accompagne un long moment par
un chemin qui allait dans la direction opposée à la bonne direction (cf. Lc 24, 13-35). Quand Jésus fait le
mouvement d’aller de l’avant parce qu’ils sont arrivés à leur maison, là ils comprennent qu’il leur a offert
son temps, et alors ils lui offrent le leur, en lui donnant l’hébergement. Cette écoute attentive et
désintéressée indique la valeur que l’autre personne a pour nous, au-delà de ses idées et de ses choix
de vie.

293. La seconde sensibilité ou attention est celle de discerner. Il s’agit d’épingler le moment précis où
l’on discerne la grâce ou la tentation. Parce que parfois les choses qui traversent notre imagination ne
sont que des tentations qui nous détournent de notre véritable chemin. Ici, je dois me demander ce que
cette personne me dit exactement, ce qu’elle veut me dire, ce qu’elle désire que je comprenne de ce qui
se passe. Ce sont des questions qui aident à comprendre où s’enchainent les arguments qui meuvent
l’autre et à sentir le poids et le rythme de ses affections influencées par cette logique. Cette écoute vise
à discerner les paroles salvatrices du bon Esprit, qui nous propose la vérité du Seigneur, mais également
les pièges du mauvais esprit – ses erreurs et ses séductions –. Il faut avoir le courage, la tendresse et la
délicatesse nécessaires pour aider l’autre à reconnaître la vérité et les mensonges ou les prétextes.

294. La troisième sensibilité ou attention vise à écouter les impulsions que l’autre expérimente “en
avant”. C’est l’écoute profonde de “ce vers quoi l’autre veut vraiment aller”. Au-delà de ce qu’il sent et
pense dans le présent, de ce qu’il a fait dans le passé, l’attention vise ce qu’il voudrait être. Parfois cela
implique que la personne ne regarde pas tant ce qui lui plaît, ses désirs superficiels, mais ce qui plaît plus
au Seigneur, son projet pour sa propre vie qui s’exprime dans une inclination du cœur, au-delà de
l’enveloppe des goûts et des sentiments. Cette écoute est attention à l’intention ultime, celle qui en
définitive décide de la vie, parce qu’il existe Quelqu’un comme Jésus qui entend et évalue cette intention
ultime du cœur. C’est pourquoi il est toujours disposé à aider chacun pour qu’il la reconnaisse, et pour
cela il suffit que quelqu’un lui dise : “Seigneur, sauve-moi ! Aie pitié de moi !”.

295. Alors oui, le discernement devient un instrument de lutte pour mieux suivre le Seigneur.[161] De
cette manière, le désir de reconnaître sa propre vocation acquiert une intensité suprême, une qualité
différente et un niveau supérieur, qui répond beaucoup mieux à la dignité de sa propre vie. Parce qu’en
définitive un bon discernement est un chemin de liberté qui fait apparaître ce que chaque personne a
d’unique, ce qui est vraiment soi, vraiment personnel, que Dieu seul connaît. Les autres ne peuvent ni
pleinement comprendre ni anticiper de l’extérieur comment cela se développera.

296. C’est pourquoi, quand on écoute l’autre de cette manière, à un moment donné, on doit disparaître
pour le laisser poursuivre ce chemin qu’il a découvert. C’est disparaître comme le Seigneur disparaît à la
vue de ses disciples et les laisse seuls avec la brûlure du cœur qui devient un élan irrésistible de se
mettre en chemin. (cf. Lc 24, 31-33). Au retour dans la communauté, les disciples d’Emmaüs recevront
la confirmation que vraiment le Seigneur est ressuscité (cf. Lc 24, 34).

297. Etant donné que « le temps est supérieur à l’espace »,[162] il est nécessaire de susciter et
d’accompagner des processus, et non pas d’imposer des parcours. Et ce sont des processus de
personnes qui sont toujours uniques et libres. C’est pourquoi il est difficile d’établir des règles, même
lorsque tous les signes sont positifs, parce qu’« il importe de soumettre ces mêmes facteurs positifs à
un discernement attentif, pour ne pas les isoler l'un de l'autre et ne pas les mettre en opposition entre
eux, comme s'ils étaient des absolus en opposition. Il en est de même pour les facteurs négatifs : il ne
faut pas les rejeter en bloc et sans distinction, parce qu'en chacun d'eux peut se cacher une valeur qui
attend d'être libérée et rendue à sa vérité totale ».[163]

298. Mais pour accompagner les autres sur ce chemin, tu as d’abord besoin d’avoir l’habitude de le
parcourir toi-même. Marie l’a fait, en affrontant ses questions et ses propres difficultés quand elle était
très jeune. Qu’elle renouvelle ta jeunesse avec la force de sa prière et qu’elle t’accompagne toujours
avec sa présence de Mère.
***

Et pour conclure... un désir

299. Chers jeunes, je serai heureux en vous voyant courir plus vite qu’en vous voyant lents et peureux.
Courez, « attirés par ce Visage tant aimé, que nous adorons dans la sainte Eucharistie et que nous
reconnaissons dans la chair de notre frère qui souffre. Que l’Esprit Saint vous pousse dans cette course
en avant. L’Eglise a besoin de votre élan, de vos intuitions, de votre foi. Nous en avons besoin! Et
quand vous arriverez là où nous ne sommes pas encore arrivés, ayez la patience de nous attendre
».[164]

Donné à Lorette, près du Sanctuaire de la Sainte Maison, le 25 mars, Solennité de l’Annonciation du


Seigneur de l’année 2019, la septième de mon Pontificat.

FRANÇOIS

_________________________
[1]
Le même mot grec traduit par ‘‘nouveau’’ est utilisé pour exprimer ‘‘jeune’’.
[2] Confessions, X, 27: PL 32, 795.
[3] Saint Irénée, Contre les hérésies, II, 22, 4: PG 7, 784.
[6]
Document Final de la XVème Assemblée Générale Ordinaire du Synode des Évêques, n. 60. Par la
suite, ce document sera désigné par le sigle DF. On peut le trouver sur

http://www.vatican.va/roman_curia/synod/documents/rc_synod_doc_20181027_doc-final-
instrumentum-xvassemblea-giovani_fr.html
[5] Catéchisme de l’Eglise catholique, n. 515.
[6]
Ibid., n. 517.
[7]
Catéchèse (27 juin 1990), 2-3: L’Osservatore Romano, éd. française, n. 27 du 3 juillet 1990, p. 12.
[8] Exhort. ap. postsynodale Amoris laetitia (19 mars 2016), n. 182: AAS 108 (2016), 384.
[9]
DF, n. 63.
[10]
Conc. Œcum. Vat. II, Message aux jeunes (8 décembre 1965): AAS 58 (1966), 18.
[11] Ibid.
[12]
DF, n. 1.
[13]
Ibid., n. 8.
[14] Ibid., n. 50.
[15]
Ibid., n. 53.
[16]
Cf. Conc. Œcum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, sur la révélation divine, n. 8.
[17] DF, n. 150.
[18]
Discours de la veillée des XXXIVèmes Journées Mondiales de la Jeunesse à Panama (26 janvier
2019): L’Osservatore Romano, éd. française, n. 6 du 5 février 2019, p. 9.
[19]
Prière à la fin du Chemin de Croix lors des XXXIVèmes Journées Mondiales de la Jeunesse à Panama
(25 janvier 2019): L’Osservatore Romano, éd. française, n. 6 du 5 février 2019, p.8.
[20]
DF, n. 65.
[21] Ibíd., n. 167.
[22] Saint Jean-Paul II, Discours aux jeunes à Turin (13 avril 1980), 4: Insegnamenti 3, 1 (1980), 905.
[23]
Benoît XVI, Message pour les XXVII ème Journées Mondiales de la Jeunesse (15 mars 2012): AAS
104 (2012), 359: L’Osservatore Romano, éd. française, n. 13 du 29 mars 2012, p. 4.
[24]
DF, n. 8.
[25] Ibíd.
[26] Ibíd., n. 10.
[27]
Ibíd., n. 11.
[28] Ibíd., n. 12.
[29] Ibíd., n. 41.
[30]
Ibíd., n. 42.
[31]Discours aux jeunes à Manille (18 janvier 2015): L’Osservatore Romano, éd. française, n. 4 du 22
janvier 2015, p. 14.
[32] DF, n. 34.
[33]
Document de la Réunion pré-synodale pour la préparation de la XVème Assemblée Générale
Ordinaire du Synode des Evêques, Rome (24 mars 2018), I, 1.
[34]
DF, n. 39.
[35] Ibíd., n. 37.
[36] Cf. Lett. enc. Laudato si’ (24 mai 2015), n. 106: AAS 107 (2015), 889-890.
[37]
DF, n. 37.
[38] Ibíd., n. 67.
[39] Ibíd., n. 21.
[40]
Ibíd., n. 22.
[41] Ibíd., n. 23.
[42] Ibíd., n. 24.
[43]
Document de la Réunion pré-synodale pour la préparation de la XVème Assemblée Générale
Ordinaire du Synode des Evêques, Rome (24 mars 2018), I, 4.
[44]
DF, n. 25.
[45] Ibíd.
[46] Ibíd., n. 26.
[47]
Ibíd., n. 27.
[48] Ibíd., n. 28.
[49] Ibíd., n. 29.
[50]
Discours à la fin de la rencontre sur “La protection des mineurs dans l’Eglise” (24 février 2019):
L’Osservatore Romano, éd. française, n. 9 du 26 février 2019, p. 10.
[51]
DF, n. 29.
[52]Lettre au Peuple de Dieu (20 août 2018), n. 2: L’Osservatore Romano, éd. française, n. 34 du 23
août 2018, p. 6.
[53] DF, n. 30.
[54]
Discours d’ouverture de la XVème Assemblée Générale Ordinaire du Synode des Evêques, Rome (3
octobre 2018): L’Osservatore Romano, éd. française, n. 41 du 11 octobre 2018, p. 9.
[55]
DF, n. 31.
[56] Ibíd.
[57] Conc. Œcum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sur l’Eglise et le monde de ce temps, n. 1.
[58]
DF, n. 31.
[59]
Ibíd., n. 31.
[60]Discours lors de la rencontre “La protection des mineurs dans l’Eglise” (24 février 2019):
L’Osservatore Romano, éd. française, n. 9 du 26 février 2019, p. 12.
[61] Francisco Luis Bernárdez, «Soneto», in Cielo de tierra, Buenos Aires 1937.
[62]
Exhort. ap. Gaudete et exsultate (19 mars 2018), n. 140.
[63]
Homélie de la Messe des XXXI ème Journées Mondiales de la Jeunesse à Cracovie (31 juillet 2016):
AAS 108 (2016), 923: L’Osservatore Romano, éd. française, n. 32-33 du 11-18 août 2016, p. 12.
[64]
Discours lors de la cérémonie d’ouverture des XXXIVèmes Journées Mondiales de la Jeunesse à
Panama, (24 janvier 2019): L’Osservatore Romano, éd. française, n. 5 du 29 janvier 2019, p. 9.
[65] Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 novembre 2013), n. 1: AAS 105 (2013), 1019.
[66] Ibid., n. 3: AAS 105 (2013), 1020.
[67]
Discours lors de la veillée avec les jeunes lors des XXXIVèmes Journées Mondiales de la Jeunesse à
Panama (26 janvier 2019): L’Osservatore Romano, éd. française, n. 6 du 5 février 2019, p. 10.
[68]Discours lors de la rencontre avec les jeunes au Synode, salle Paul VI (6 octobre 2018):
L’Osservatore Romano, éd. française, n. 41 du 11 octobre 2018, p. 7.
[69] Benoît XVI, Lett. enc. Deus caritas est (25 décembre 2005), n. 1: AAS 98 (2006), 217.
[70] Pedro Arrupe, Enamórate.
[71]
Saint Paul VI, Allocution pour la béatification de Nunzio Sulpizio (1 er décembre 1963): AAS 56
(1964), 28.
[72]
DF, n. 65.
[73] Homélie de la messe avec les jeunes à Sydney (2 décembre 1970): AAS 63 (1971), 64.
[74]
Confessions, I, 1, 1: PL 32, 661
[75]
Dieu est jeune. Une conversation avec Thomas Leoncini, ed. Robert Lafont, Paris 2018, pp. 18-19.
[76] DF, n. 68.
[77]
Rencontre avec les jeunes à Cagliari (22 septembre 2013): AAS 105 (2013), 904-905:
L’Osservatore Romano, éd. française, n. 39 du 26 septembre 2013, p. 6.
[78]
Cinco panes y dos peces: un gozoso testimonio de fe desde el sufrimiento en la cárcel, México
1999, p. 21.
[79]
Conférence des Evêques de Suisse, Prendre le temps: pour toi, pour moi, pour nous, 2 février
2018.
[80]
Cf. Saint Thomas d’Aquin, Summa Theologicae II-II, q. 23, art. 1.
[81]Discours aux volontaires lors des XXXIVèmes Journées Mondiales de la Jeunesse à Panama (27
janvier 2019): L’Osservatore Romano, éd. française, n. 6 du 5 février 2019, p. 16.
[82] Saint Oscar Romero, Homilía (6 novembre 1977): Su pensamiento, I-II, San Salvador 2000, 312.
[83]
Discours lors de la cérémonie d’ouverture des XXXIVèmes Journées Mondiales de la Jeunesse à
Panama (24 janvier 2019): L’Osservatore Romano, éd. française, n. 5 du 29 janvier 2019, pp. 8-9.
[84]
Cf. Rencontre avec les jeunes dans le Sanctuaire National de Maipú, Santiago du Chili (17 janvier
2018): L’Osservatore Romano, éd. française, n. 4 du 25 janvier 2018, pp. 4-5.
[85] Cf. Romano Guardini, Le età della vita, in Opera omnia IV, 1, ed. Morcelliana, Brescia 2015, p. 209.
[86] Exhort. ap. Gaudete et exsultate (19 mars 2018), n. 11.
[87]
Cantique Spirituel B, Prologue, n. 2.
[88] Ibid., XIV-XV, n. 2.
[89]Conférence épiscopale du Rwanda, Lettre des évêques catholiques aux fidèles pendant l’année
spéciale de la réconciliation au Rwanda, Kigali (18 janvier 2018), n. 17.
[90]Salut aux jeunes du Centre Culturel Père Félix Varela à La Havane (20 septembre 2015):
L’Osservatore Romano, éd. française, n. 39 du 24 septembre 2015, p. 9.
[91]
DF, n. 46.
[92]
Discours de la veillée des XXVIII èmes Journées Mondiales de la Jeunesse à Río de Janeiro (27 juillet
2013): AAS 105 (2013), 663: L’Osservatore Romano, éd. française, n. 31 du 1 août 2013, p. 20.
[93]Ustedes son la luz del mundo, Discours au Cerro San Cristóbal, Chili, 1940:
https://www.padrealbertohurtado.cl/escritos-2/.
[94]
Homélie de la Messe des XXVIII èmes Journées Mondiales de la Jeunesse à Río de Janeiro (28 juillet
2013): AAS 105 (2013), 665: L’Osservatore Romano, éd. française, n. 31 du 1 août 2013, p. 12.
[95]Conférence épiscopale catholique de Corée, Pastoral Letter on the occasion of the 150th
Anniversary of the Martyrdom during the Byeong-in Persecution (30 mars 2016).
[96]
Cf. Homélie de la Messe des XXXIVèmes Journées Mondiales de la Jeunesse à Panama (27 janvier
2019): L’Osservatore Romano, éd. française, n. 6 du 5 février 2019, p. 13.
[97]
Prière “Seigneur,fais de moi un instrument de ta paix”, attribuée à Saint François d’Assise.
[98]
Discours de la veillée avec les jeunes lors des XXXIVèmes Journées Mondiales de la Jeunesse à
Panama (26 janvier 2019): L’Osservatore Romano, éd. française, 6 du 5 février 2019, p. 10.
[99] DF, n. 14.
[100] Cf. Lett. enc. Laudato si’ (24 mai 2015): AAS 107 (2015), 906.
[101]
Videomessage pour la Rencontre des Mondiale de la Jeunesse Indigène à Panama (17-21 janvier
2019): L’Osservatore Romano, éd. française, n. 4 du 22 janvier 2019, p. 16.
[102]
DF, n. 35.
[103] Cf. Ad adolescentes, I, 2: PG 31, 566.
[104] Cf. La saggezza del tempo. In dialogo con Papa Francesco sulle grandi questioni della vita. A cura
di Antonio Spadaro, Venezia 2018.
[105]
Ibid., n. 12.
[106]
Ibid., n. 13.
[107] Ibid.
[108]
Ibid.
[109]
Ibid., n. 162-163.
[110]Eduardo Pironio, Mensaje a los jóvenes argentinos en el Encuentro Nacional de Jóvenes en
Córdoba (12-15 septembre 1985), n. 2.
[111] DF, n. 123.
[112]
La esencia del cristianismo, ed. Cristiandad, Madrid 2002, p. 17.
[113] N. 165: AAS 105 (2013), 1089.
[114]
Discours de la visite au Foyer du Bon Samaritain à Panama, (27 janvier 2019): L’Osservatore
Romano, éd. française, n. 6 du 5 février 2019, p. 15.
[115] DF, n. 36.
[116]
Cf. Const. ap. Veritatis Gaudium (8 décembre 2017), n. 4: AAS 110 (2018), 7.8.
[117]Discours de la rencontre avec les étudiants et le monde académique sur la place Saint Dominique
de Bologne, (1 octobre 2017): AAS 109 (2017), 1115: L’Osservatore Romano, éd. française, n. 41 du
12 octobre 2017, p. 10.
[118] DF, n. 51.
[119] Ibid., n. 47.
[120]
Sermon 256, 3: PL 38, 1193.
[121] DF, n. 47.
[122]
Discours à une délégation du “Special Olympics International” (16 février 2017): L’Osservatore
Romano, éd. française, n. 9 du 2 mars 2017, p. 8.
[123]
Ad adolescentes, VIII, 11-12: PG 31, 580.
[124]
Conférence Episcopale d’Argentine, Declaración de San Miguel, Buenos Aires, 1969, X, 1.
[125] Rafael Tello, La nueva evangelización, Tome II (Annexes I et II), Buenos Aires, 2013, 111.
[126]
Cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 novembre 2013), n. 44-45: AAS 105 (2013), 1038-1039.
[127]
DF, n. 70.
[128] Ibid., n. 117.
[129]
Ibid., n. 4.
[130]
Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 novembre 2013), n. 124: AAS 105 (2013), 1072.
[131] Ibid., n. 122: AAS 105 (2013), 1071.
[132]
DF, n. 9.
[133]
Document de la Réunion pré-synodale pour la préparation de la XVème Assemblée Générale
Ordinaire du Synode des Évêques, Rome (24 mars 2018).
[134] Ibid.
[135] DF, n. 15.
[136]
N. 2.
[137] Const. dogm. Lumen gentium, sur l’Eglise, n. 11.
[138]
Discours de la Veillée avec les jeunes aux XXXIVèmes Journées Mondiales de la Jeunesse à
Panama (26 janvier 2019): L’Osservatore Romano, éd. française, n. 6 du 5 février 2019, p. 9.
[139] Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 novembre 2013), n. 273: AAS 105 (2013), 1130.
[140]
Saint Paul VI, Lett. enc. Populorum progressio (26 mars 1967), n. 15: AAS 59 (1967), 265.
[141]
Meditación de Semana Santa para jóvenes, écrite à bord d’un cargo, de retour des Etats-Unis,
1946, en : http://www.padrealbertohurtado.cl/escritos-2/
[142]Rencontre avec les jeunes d’Ombrie à Assise (4 octobre 2013): AAS 105 (2013), 921.
L’Osservatore Romano, éd. française, n. 41 du 10 octobre 2013, p. 12.
[143] Exhort. ap. postsynodale Amoris laetitia (19 mars 2016), n. 150: AAS 108 (2016), 369.
[144]
Audience aux jeunes du Diocèse de Grenoble-Vienne (17 septembre 2018): L’Osservatore
Romano, 19 septembre 2018, p. 8.
[145]
DF, n. 32.
[146]Rencontre avec les volontaires des XXVIII èmes Journées Mondiales de la Jeunesse à Río de Janeiro
(28 juillet 2013): L’Osservatore Romano, éd. française, n. 31 du 1 août 2013, p. 20.
[147] Conférence épiscopale de Colombie, Mensaje Cristiano sobre el matrimonio (14 mai 1981).
[148]
Conférence des évêques Catholiques des états-Unis, Sons and Daughters of Light: A Pastoral Plan
for Ministry with Young Adult, November 12, 1996, Part one, 3.
[149]
Lett. enc. Laudato si’ (24 mai 2015), n. 128: AAS 107 (2015), 898.
[150] Ibíd., n. 125: AAS 107 (2015), 897.
[151] DF, n. 40.
[152]
Exhort. ap. Gaudete et exsultate (19 mars 2018), n. 167.
[153] Ibid., n. 168.
[154]
Ibid., n. 170.
[155] DF, n. 108.
[156] Ibid.
[157]
Exhort. ap. Gaudete et exsultate (19 mars 2018), n. 171.
[158] Ibid., n. 172.
[159] Discours de la veillée de prière en préparation des XXXIV Journées Mondiales de la Jeunesse,
Basilique de Sainte Marie Majeure, (8 avril 2017): AAS 109 (2017), 447: L’Osservatore Romano, éd.
française, n. 15 du 13 avril 2017, p. 6.
[160] Romano Guardini, Le età della vita, in Opera omnia IV, 1, éd. Morcelliana, Brescia 2015, 209.
[161]
Cf. Exhort. ap. Gaudete et exsultate (19 mars 2018), n. 169.
[162] Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 novembre 2013), n. 222: AAS 105 (2013), 1111.
[163]
Saint Jean-Paul II, Exhort. ap. postsynodale. Pastores dabo Vobis (25 mars 1992), n. 10: AAS 84
(1992), 672.
[164]Rencontre et prière avec les jeunes italiens au Cirque Massimo de Rome (11 août 2018):
L’Osservatore Romano, éd. française, n. 34 du 23 août 2018, p. 8.

[00556-FR.01] [Texte original: Espagnol]

Traduzione in lingua inglese

POST-SYNODAL APOSTOLIC EXHORTATION

CHRISTUS VIVIT

OF THE HOLY FATHER FRANCIS

TO YOUNG PEOPLE AND TO THE ENTIRE PEOPLE OF GOD

1. Christ is alive! He is our hope, and in a wonderful way he brings youth to our world. The very first
words, then, that I would like to say to every young Christian are these: Christ is alive and he wants
you to be alive!

2. He is in you, he is with you and he never abandons you. However far you may wander, he is always
there, the Risen One. He calls you and he waits for you to return to him and start over again. When you
feel you are growing old out of sorrow, resentment or fear, doubt or failure, he will always be there to
restore your strength and your hope.

3. With great affection, I address this Apostolic Exhortation to all Christian young people. It is meant to
remind you of certain convictions born of our faith, and at the same time to encourage you to grow in
holiness and in commitment to your personal vocation. But since it is also part of a synodal process, I
am also addressing this message to the entire People of God, pastors and faithful alike, since all of us
are challenged and urged to reflect both on the young and for the young. Consequently, I will speak to
young people directly in some places, while in others I will propose some more general considerations
for the Church’s discernment.

4. I have let myself be inspired by the wealth of reflections and conversations that emerged from last
year’s Synod. I cannot include all those contributions here, but you can read them in the Final
Document. In writing this letter, though, I have attempted to summarize those proposals I considered
most significant. In this way, my words will echo the myriad voices of believers the world over who
made their opinions known to the Synod. Those young people who are not believers, yet wished to
share their thoughts, also raised issues that led me to ask new questions.

CHAPTER ONE
What does the word of God have to say about young people?

5. Let us draw upon some of the richness of the sacred Scriptures, since they often speak of young
people and of how the Lord draws near to encounter them.

In the Old Testament

6. In an age when young people were not highly regarded, some texts show that God sees them
differently. Joseph, for example, was the youngest of his family (cf. Gen 37:2-3), yet God showed him
great things in dreams and when only seventeen years old he outshone all his brothers in important
affairs (cf. Gen 37-47).

7. In Gideon, we see the frankness of young people, who are not used to sugar-coating reality. When
told that the Lord was with him, he responded: “But if the Lord is with us, why then have all these
things happened to us?” (Jg 6:13). God was not offended by that reproach, but went on to order him:
“Go in this might of yours and deliver Israel!” (Jg 6:14).

8. Samuel was still a young boy, yet the Lord spoke to him. Thanks to the advice of an adult, he
opened his heart to hear God’s call: “Speak, Lord, for your servant is listening” (1 Sam 3:9-10). As a
result, he became a great prophet who intervened at critical moments in the history of his country. King
Saul was also young when the Lord called him to undertake his mission (cf. 1 Sam 9:2).

9. King David was chosen while still a boy. When the prophet Samuel was seeking the future king of
Israel, a man offered as candidates his sons who were older and more experienced. Yet the prophet
said that the chosen one was the young David, who was out tending the flock (cf. 1 Sam 16:6-13), for
“man looks on the outward appearance, but the Lord looks on the heart” (v. 7). The glory of youth is in
the heart, more than in physical strength or the impression given to others.

10. Solomon, when he had to succeed his father, felt lost and told God: “I am a mere youth, not
knowing at all how to act” (1 Kg 3:7). Yet the audacity of youth moved him to ask God for wisdom
and he devoted himself to his mission. Something similar happened to the prophet Jeremiah, called
despite his youth to rouse his people. In his fear, he said: “Ah, Lord God! Truly I do not know how to
speak, for I am only a youth” (Jer 1:6). But the Lord told him not to say that (cf. Jer 1:7), and added:
“Do not be afraid of them, for I am with you to deliver you” (Jer 1:8). The devotion of the prophet
Jeremiah to his mission shows what can happen when the brashness of youth is joined to the power of
God.

11. A Jewish servant girl of the foreign commander Naaman intervened with faith and helped him to be
cured of his illness (cf. 2 Kg 5:2-6). The young Ruth was a model of generosity in remaining beside her
mother-in-law who had fallen on hard times (cf. Ru 1:1-18), yet she also showed boldness in getting
ahead in life (cf. Ru 4:1-17).

In the New Testament

12. One of Jesus’ parables (cf. Lk 15:11-32) relates that a “younger” son wanted to leave his father’s
home for a distant land (cf. vv. 12-13). Yet his thoughts of independence turned into dissolution and
excess (cf. v. 13), and he came to experience the bitterness of loneliness and poverty (cf. vv. 14-16).
Nonetheless, he found the strength to make a new start (cf. vv. 17-19) and determined to get up and
return home (cf. v. 20). Young hearts are naturally ready to change, to turn back, get up and learn
from life. How could anyone fail to support that son in this new resolution? Yet his older brother already
had a heart grown old; he let himself be possessed by greed, selfishness and envy (Lk 15:28-30).
Jesus praises the young sinner who returned to the right path over the brother who considered himself
faithful, yet lacked the spirit of love and mercy.

13. Jesus, himself eternally young, wants to give us hearts that are ever young. God’s word asks us to
“cast out the old leaven that you may be fresh dough” (1 Cor 5:7). Saint Paul invites us to strip
ourselves of the “old self” and to put on a “young” self (Col 3:9.10).[1] In explaining what it means to
put on that youthfulness “which is being renewed” (v. 10), he mentions “compassion, kindness,
humility, meekness and patience, bearing with one another and forgiving each other if anyone has a
complaint against another” (Col 3:12-13). In a word, true youth means having a heart capable of
loving, whereas everything that separates us from others makes the soul grow old. And so he
concludes: “above all, clothe yourselves with love, which binds everything together in perfect harmony”
(Col 3:14).

14. Let us also keep in mind that Jesus had no use for adults who looked down on the young or lorded
it over them. On the contrary, he insisted that “the greatest among you must become like the
youngest” (Lk 22:26). For him age did not establish privileges, and being young did not imply lesser
worth or dignity.

15. The word of God says that young people should be treated “as brothers” (1 Tim 5:1), and warns
parents not to “provoke your children, lest they become discouraged” (Col 3:21). Young people are not
meant to become discouraged; they are meant to dream great things, to seek vast horizons, to aim
higher, to take on the world, to accept challenges and to offer the best of themselves to the building of
something better. That is why I constantly urge young people not to let themselves be robbed of hope;
to each of them I repeat: “Let no one despise your youth” (1 Tim 4:12).
16. Nonetheless, young people are also urged “to accept the authority of those who are older” (1 Pet
5:5). The Bible never ceases to insist that profound respect be shown to the elderly, since they have a
wealth of experience; they have known success and failure, life’s joys and afflictions, its dreams and
disappointments. In the silence of their heart, they have a store of experiences that can teach us not to
make mistakes or be taken in by false promises. An ancient sage asks us to respect certain limits and
to master our impulses: “Urge the younger men to be self-controlled” (Tit 2.6). It is unhelpful to buy
into the cult of youth or foolishly to dismiss others simply because they are older or from another
generation. Jesus tells us that the wise are able to bring forth from their store things both new and old
(cf. Mt 13:52). A wise young person is open to the future, yet still capable of learning something from
the experience of others.

17. In the Gospel of Mark, we find a man who, listening to Jesus speak of the commandments, says,
“All these I have observed from my youth” (10:20). The Psalmist had already said the same thing:
“You, O Lord, are my hope; my trust, O Lord, from my youth… from my youth you have taught me,
and I still proclaim your wondrous deeds” (Ps 71:5.17). We should never repent of spending our youth
being good, opening our heart to the Lord, and living differently. None of this takes away from our
youth but instead strengthens and renews it: “Your youth is renewed like the eagle’s” (Ps 103:5). For
this reason, Saint Augustine could lament: “Late have I loved you, beauty ever ancient, ever new! Late
have I loved you!”[2] Yet that rich man, who had been faithful to God in his youth, allowed the passing
years to rob his dreams; he preferred to remain attached to his riches (cf. Mk 10:22).

18. On the other hand, in the Gospel of Matthew we find a young man (cf. Mt 19:20.22) who
approaches Jesus and asks if there is more that he can do (v. 20); in this, he demonstrates that
youthful openness of spirit which seeks new horizons and great challenges. Yet his spirit was not really
that young, for he had already become attached to riches and comforts. He said he wanted something
more, but when Jesus asked him to be generous and distribute his goods, he realized that he could not
let go of everything he had. In the end, “hearing these words, the young man went away sad” (v. 22).
He had given up his youth.

19. The Gospel also speaks about a group of wise young women, who were ready and waiting, while
others were distracted and slumbering (cf. Mt 25:1-13). We can, in fact, spend our youth being
distracted, skimming the surface of life, half-asleep, incapable of cultivating meaningful relationships or
experiencing the deeper things in life. In this way, we can store up a paltry and unsubstantial future. Or
we can spend our youth aspiring to beautiful and great things, and thus store up a future full of life and
interior richness.

20. If you have lost your inner vitality, your dreams, your enthusiasm, your optimism and your
generosity, Jesus stands before you as once he stood before the dead son of the widow, and with all
the power of his resurrection he urges you: “Young man, I say to you, arise!” (Lk 7:14).

21. To be sure, many other passages of the word of God can shed light on this stage of your life. We
will take up some of them in the following chapters.

CHAPTER TWO

Jesus, ever young

22. Jesus is “young among the young in order to be an example for the young and to consecrate them
to the Lord”.[3] For this reason the Synod said that “youth is an original and stimulating stage of life,
which Jesus himself experienced, thereby sanctifying it”.[4]

Jesus’ youth

23. The Lord “gave up his spirit” (cf. Mt 27:50) on a cross when he was little more than thirty years of
age (cf. Lk 3:23). It is important to realize that Jesus was a young person. He gave his life when he
was, in today’s terms, a young adult. He began his public mission in the prime of life, and thus “a light
dawned” (Mt 4:16) that would shine most brightly when he gave his life to the very end. That ending
was not something that simply happened; rather, his entire youth, at every moment, was a precious
preparation for it. “Everything in Jesus’s life was a sign of his mystery”;[5] indeed, “Christ’s whole life is
a mystery of redemption”.[6]

24. The Gospel tells us nothing of Jesus’ childhood, but it does recount several events of his
adolescence and youth. Matthew situates the time of the Lord’s youth between two events: his family’s
return to Nazareth after their exile, and Jesus’ baptism in the Jordan, the beginning of his public
ministry. The last images we have of Jesus as a child are those of a tiny refugee in Egypt (cf. Mt 2:14-
15) and repatriated in Nazareth (cf. Mt 2:19-23). Our first image of Jesus as a young adult shows him
standing among the crowds on the banks of the Jordan river to be baptized by his kinsman John the
Baptist, just like any other member of his people (cf. Mt 3:13-17).

25. Jesus’ baptism was not like our own, which introduces us to the life of grace, but a consecration
prior to his embarking on the great mission of his life. The Gospel says that at his baptism the Father
rejoiced and was well pleased: “You are my beloved Son” (Lk 3:22). Jesus immediately appeared filled
with the Holy Spirit, and was led by the Spirit into the desert. There he prepared to go forth to preach
and to work miracles, to bring freedom and healing (cf. Lk 4:1-14). Every young person who feels
called to a mission in this world is invited to hear the Father speaking those same words within his or
her heart: “You are my beloved child”.

26. Between these two accounts, we find another, which shows Jesus as an adolescent, when he had
returned with his parents to Nazareth, after being lost and found in the Temple (cf. Lk 2:41-51). There
we read that “he was obedient to them” (cf. Lk 2:51); he did not disown his family. Luke then adds
that Jesus “grew in wisdom, age and grace before God and men” (cf. Lk 2:52). In a word, this was a
time of preparation, when Jesus grew in his relationship with the Father and with others. Saint John Paul
II explained that he did not only grow physically, but that “there was also a spiritual growth in Jesus”,
because “the fullness of grace in Jesus was in proportion to his age: there was always a fullness, but a
fullness which increased as he grew in age”.[7]

27. From what the Gospel tells us, we can say that Jesus, in the years of his youth, was “training”,
being prepared to carry out the Father’s plan. His adolescence and his youth set him on the path to that
sublime mission.

28. In his adolescence and youth, Jesus’ relationship with the Father was that of the beloved Son.
Drawn to the Father, he grew up concerned for his affairs: “Did you not know that I must be about my
Father’s business?” (Lk 2:49). Still, it must not be thought that Jesus was a withdrawn adolescent or a
self-absorbed youth. His relationships were those of a young person who shared fully in the life of his
family and his people. He learned his father’s trade and then replaced him as a carpenter. At one point in
the Gospel he is called “the carpenter’s son” (Mt 13:55) and another time simply “the carpenter” (Mk
6:3). This detail shows that he was just another young person of his town, who related normally to
others. No one regarded him as unusual or set apart from others. For this very reason, once Jesus
began to preach, people could not imagine where he got this wisdom: “Is this not Joseph’s son?” (Lk
4:22).

29. In fact, “Jesus did not grow up in a narrow and stifling relationship with Mary and Joseph, but readily
interacted with the wider family, the relatives of his parents and their friends”.[8] Hence we can
understand why, when he returned from his pilgrimage to Jerusalem, his parents readily thought that,
as a twelve-year-old boy (cf. Lk 2:42), he was wandering freely among the crowd, even though they
did not see him for an entire day: “supposing him to be in the group of travellers, they went a day’s
journey” (Lk 2:44). Surely, they assumed, Jesus was there, mingling with the others, joking with other
young people, listing to the adults tell stories and sharing the joys and sorrows of the group. Indeed,
the Greek word that Luke uses to describe the group – synodía – clearly evokes a larger “community
on journey” of which the Holy Family is a part. Thanks to the trust of his parents, Jesus can move
freely and learn to journey with others.

His youth teaches us

30. These aspects of Jesus’ life can prove inspiring for all those young people who are developing and
preparing to take up their mission in life. This involves growing in a relationship with the Father, in
awareness of being part of a family and a people, and in openness to being filled with the Holy Spirit and
led to carry out the mission God gives them, their personal vocation. None of this should be overlooked
in pastoral work with young people, lest we create projects that isolate young people from their family
and the larger community, or turn them into a select few, protected from all contamination. Rather, we
need projects that can strengthen them, accompany them and impel them to encounter others, to
engage in generous service, in mission.

31. Jesus does not teach you, young people, from afar or from without, but from within your very
youth, a youth he shares with you. It is very important for you to contemplate the young Jesus as
presented in the Gospels, for he was truly one of you, and shares many of the features of your young
hearts. We see this for example in the following: “Jesus had unconditional trust in the Father; he
maintained friendship with his disciples, and even in moments of crisis he remained faithful to them. He
showed profound compassion for the weakest, especially the poor, the sick, sinners and the excluded.
He had the courage to confront the religious and political authorities of his time; he knew what it was to
feel misunderstood and rejected; he experienced the fear of suffering and he knew the frailty of the
Passion. He turned his gaze to the future, entrusting himself into the Father’s safe hands in the strength
of the Spirit. In Jesus, all the young can see themselves”.[9]

32. On the other hand, Jesus is risen, and he wants to make us sharers in the new life of the
resurrection. He is the true youthfulness of a world grown old, the youthfulness of a universe waiting “in
travail” (Rom 8:22) to be clothed with his light and to live his life. With him at our side, we can drink
from the true wellspring that keeps alive all our dreams, our projects, our great ideals, while impelling us
to proclaim what makes life truly worthwhile. Two curious details in the Gospel of Mark show how
those risen with Christ are called to authentic youth. In the Lord’s passion we see a young man who
wanted to follow Jesus, but in fear ran away naked (cf. 14:51-52); he lacked the strength to stake
everything on following the Lord. Yet at the empty tomb, we see another young person, “dressed in a
white tunic” (16:5), who tells the women not to be afraid and proclaims the joy of the resurrection (cf.
16:6-7).

33. The Lord is calling us to enkindle stars in the night of other young people. He asks you to look to
the true stars, all those varied signs he gives us to guide our way, and to imitate the farmer who
watches the stars before going out to plough his field. God lights up stars to help us keep walking: “The
stars shine in their watches; he calls them and they are glad” (Bar 3:34-35). Christ himself is our great
light of hope and our guide in the night, for he is the “bright morning star” (Rev 22:16).

The youth of the Church

34. Youth is more than simply a period of time; it is a state of mind. That is why an institution as
ancient as the Church can experience renewal and a return to youth at different points in her age-old
history. Indeed, at the most dramatic moments of her history, she feels called to return with all her
heart to her first love. Recalling this truth, the Second Vatican Council noted that, “enriched by a long
and living history, and advancing towards human perfection in time and the ultimate destinies of history
and of life, the Church is the real youth of the world”. In her, it is always possible to encounter Christ
“the companion and friend of youth”.[10]

A Church open to renewal

35. Let us ask the Lord to free the Church from those who would make her grow old, encase her in the
past, hold her back or keep her at a standstill. But let us also ask him to free her from another
temptation: that of thinking she is young because she accepts everything the world offers her, thinking
that she is renewed because she sets her message aside and acts like everybody else. No! The Church
is young when she is herself, when she receives ever anew the strength born of God’s word, the
Eucharist, and the daily presence of Christ and the power of his Spirit in our lives. The Church is young
when she shows herself capable of constantly returning to her source.

36. Certainly, as members of the Church, we should not stand apart from others. All should regard us
as friends and neighbours, like the apostles, who “enjoyed the good will of all the people” (Acts 2:47;
cf. 4:21.33; 5:13). Yet at the same time we must dare to be different, to point to ideals other than
those of this world, testifying to the beauty of generosity, service, purity, perseverance, forgiveness,
fidelity to our personal vocation, prayer, the pursuit of justice and the common good, love for the poor,
and social friendship.

37. Christ’s Church can always yield to the temptation to lose enthusiasm because she no longer hears
the Lord calling her to take the risk of faith, to give her all without counting the dangers; she can be
tempted to revert to seeking a false, worldly form of security. Young people can help keep her young.
They can stop her from becoming corrupt; they can keep her moving forward, prevent her from being
proud and sectarian, help her to be poorer and to bear better witness, to take the side of the poor and
the outcast, to fight for justice and humbly to let herself be challenged. Young people can offer the
Church the beauty of youth by renewing her ability to “rejoice with new beginnings, to give unreservedly
of herself, to be renewed and to set out for ever greater accomplishments”.[11]

38. Those of us who are no longer young need to find ways of keeping close to the voices and
concerns of young people. “Drawing together creates the conditions for the Church to become a place
of dialogue and a witness to life-giving fraternity”.[12] We need to make more room for the voices of
young people to be heard: “listening makes possible an exchange of gifts in a context of empathy… At
the same time, it sets the conditions for a preaching of the Gospel that can touch the heart truly,
decisively and fruitfully”.[13]

A Church attentive to the signs of the times

39. “Even though to many young people, God, religion and the Church seem empty words, they are
sensitive to the figure of Jesus when he is presented in an attractive and effective way”.[14]
Consequently, the Church should not be excessively caught up in herself but instead, and above all,
reflect Jesus Christ. This means humbly acknowledging that some things concretely need to change,
and if that is to happen, she needs to appreciate the vision but also the criticisms of young people.

40. The Synod recognized that “a substantial number of young people, for all sorts of reasons, do not
ask the Church for anything because they do not see her as significant for their lives. Some even ask
expressly to be left alone, as they find the presence of the Church a nuisance, even an irritant. This
request does not always stem from uncritical or impulsive contempt. It can also have serious and
understandable reasons: sexual and financial scandals; a clergy ill-prepared to engage effectively with
the sensitivities of the young; lack of care in homily preparation and the presentation of the word of
God; the passive role assigned to the young within the Christian community; the Church’s difficulty in
explaining her doctrine and ethical positions to contemporary society”.[15]

41. Although many young people are happy to see a Church that is humble yet confident in her gifts
and capable of offering fair and fraternal criticism, others want a Church that listens more, that does
more than simply condemn the world. They do not want to see a Church that is silent and afraid to
speak, but neither one that is always battling obsessively over two or three issues. To be credible to
young people, there are times when she needs to regain her humility and simply listen, recognizing that
what others have to say can provide some light to help her better understand the Gospel. A Church
always on the defensive, which loses her humility and stops listening to others, which leaves no room
for questions, loses her youth and turns into a museum. How, then, will she be able to respond to the
dreams of young people? Even if she possesses the truth of the Gospel, this does not mean that she
has completely understood it; rather, she is called to keep growing in her grasp of that inexhaustible
treasure.[16]

42. For example, a Church that is overly fearful and tied to its structures can be invariably critical of
efforts to defend the rights of women, and constantly point out the risks and the potential errors of
those demands. Instead, a living Church can react by being attentive to the legitimate claims of those
women who seek greater justice and equality. A living Church can look back on history and
acknowledge a fair share of male authoritarianism, domination, various forms of enslavement, abuse
and sexist violence. With this outlook, she can support the call to respect women’s rights, and offer
convinced support for greater reciprocity between males and females, while not agreeing with
everything some feminist groups propose. Along these lines, the Synod sought to renew the Church’s
commitment “against all discrimination and violence on sexual grounds”.[17] That is the response of a
Church that stays young and lets herself be challenged and spurred by the sensitivities of young people.

Mary, the young woman of Nazareth

43. In the heart of the Church, Mary shines forth. She is the supreme model for a youthful Church that
seeks to follow Christ with enthusiasm and docility. While still very young, she accepted the message of
the angel, yet she was not afraid to ask questions (cf. Lk 1:34). With open heart and soul, she replied,
“Behold, I am the handmaid of the Lord” (Lk 1:38).

44. “We are always struck by the strength of the young Mary’s “yes “, the strength in those words, “be
it done”, that she spoke to the angel. This was no merely passive or resigned acceptance, or a faint
“yes”, as if to say, “Well, let’s give it a try and see what happens”. Mary did not know those words,
“Let’s see what happens”. She was determined; she knew what was at stake and she said “yes”
without thinking twice. Hers was the “yes” of someone prepared to be committed, someone willing to
take a risk, ready to stake everything she had, with no more security than the certainty of knowing
that she was the bearer of a promise. So I ask each one of you: do you see yourselves as the bearers
of a promise? What promise is present in my heart that I can take up? Mary’s mission would
undoubtedly be difficult, but the challenges that lay ahead were no reason to say “no”. Things would get
complicated, of course, but not in the same way as happens when cowardice paralyzes us because
things are not clear or sure in advance. Mary did not take out an insurance policy! She took the risk,
and for this reason she is strong, she is an “influencer”, the “influencer” of God. Her “yes and her desire
to serve were stronger than any doubts or difficulties”.[18]

45. Without yielding to evasions or illusions, “she accompanied the suffering of her Son; she supported
him by her gaze and protected him with her heart. She shared his suffering, yet was not overwhelmed
by it. She was the woman of strength who uttered her ‘yes’, who supports and accompanies, protects
and embraces. She is the great guardian of hope… From her, we learn how to say ‘yes’ to the stubborn
endurance and creativity of those who, undaunted, are ever ready to start over again”.[19]

46. Mary was a young woman whose heart overflowed with joy (cf. Lk 1:47), whose eyes, reflecting
the light of the Holy Spirit, looked at life with faith and treasured all things in her youthful heart (cf. Lk
2:19.51). She was energetic, ready to set out immediately once she knew that her cousin needed her.
She did not think about her own plans, but went “with haste” to the hill country (Lk 1:39).

47. When her young son needed protection, Mary set out with Joseph to a distant land (cf. Mt 2:13-
14). She also joined the disciples in awaiting the outpouring of the Holy Spirit (cf. Acts 1:14). In her
presence, a young Church was born, as the apostles went forth to give birth to a new world (cf. Acts
2:4-11).

48. Today, Mary is the Mother who watches over us, her children, on our journey through life, often
weary and in need, anxious that the light of hope not fail. For that is our desire: that the light of hope
never fail. Mary our Mother looks to this pilgrim people: a youthful people whom she loves, and who
seek her in the silence of their hearts amid all the noise, the chatter and the distractions of the journey.
Under the gaze of our Mother, there is room only for the silence of hope. Thus Mary illumines anew our
youth.

Young saints

49. The heart of the Church is also full of young saints who devoted their lives to Christ, many of them
even to dying a martyr’s death. They were precious reflections of the young Christ; their radiant
witness encourages us and awakens us from our lethargy. The Synod pointed out that “many young
saints have allowed the features of youth to shine forth in all their beauty, and in their day they have
been real prophets of change. Their example shows what the young are capable of, when they open
themselves up to encounter Christ”.[20]

50. “Through the holiness of the young, the Church can renew her spiritual ardour and her apostolic
vigour. The balm of holiness generated by the good lives of so many young people can heal the wounds
of the Church and of the world, bringing us back to that fullness of love to which we have always been
called: young saints inspire us to return to our first love (cf. Rev 2:4)”.[21] Some saints never reached
adulthood, yet they showed us that there is another way to spend our youth. Let us recall at least
some of them who, each in his or her own way, and at different periods of history, lived lives of
holiness:
51. In the third century, Saint Sebastian was a young captain of the Praetorian Guard. It is said that he
spoke constantly of Christ and tried to convert his companions, to the point that he was ordered to
renounce his faith. Since he refused, he was shot with arrows, yet he survived and continued to
proclaim Christ fearlessly. In the end, Sebastian was flogged to death.

52. Saint Francis of Assisi, while very young and full of great dreams, heard Jesus’ call to become poor
like him and to rebuild the Church by his witness. He joyfully renounced everything he had and is now
the saint of universal fraternity, the brother of all. He praised the Lord for his creatures. Francis died in
1226.

53. Saint Joan of Arc was born in 1412. She was a young peasant girl who, despite her tender years,
fought to defend France from invaders. Misunderstood for her demeanor, her actions and her way of
living the faith, Joan was burned at the stake.

54. Blessed Andrew Phû Yên was a young Vietnamese man of the seventeenth century. He was a
catechist and assisted the missionaries. He was imprisoned for his faith, and since he refused to
renounce it, he was killed. Andrew died uttering the name of Jesus.

55. In that same century, Saint Kateri Tekakwitha, a young native of North America, was persecuted
for her faith and, to escape, walked over three hundred kilometres in the wilderness. Kateri consecrated
herself to God and died saying: “Jesus, I love you!”

56. Saint Dominic Savio offered all his sufferings to Mary. When Saint John Bosco taught him that
holiness involves being constantly joyful, he opened his heart to a contagious joy. He wanted to be
close to the most abandoned and infirm of his fellow young people. Dominic died in 1857 at fourteen
years of age, saying: “What a wondrous thing I am experiencing!”

57. Saint Therese of the Child Jesus was born in 1873. At fifteen years of age, having overcome many
difficulties, she succeeded in entering the Carmelite convent. Therese lived the little way of complete
trust in the Lord’s love and determined to fan with her prayers the fire of love burning in the heart of the
Church.

58. Blessed Ceferino Namuncurá was a young Argentinian, the son of the chief of a remote tribe of
indigenous peoples. He became a Salesian seminarian, filled with the desire to return to his tribe,
bringing Jesus Christ to them. Ceferino died in 1905.

59. Blessed Isidore Bakanja was a layman from the Congo who bore witness to his faith. He was
tortured at length for having proposed Christianity to other young people. Forgiving his executioner,
Isidore died in 1909.

60. Blessed Pier Giorgio Frassati, who died in 1925, “was a young man filled with a joy that swept
everything along with it, a joy that also overcame many difficulties in his life”.[22] Pier Giorgio said that
he wanted to return the love of Jesus that he received in holy communion by visiting and helping the
poor.

61. Blessed Marcel Callo was a young French man who died in 1945. Marcel was imprisoned in a
concentration camp in Austria, where he strengthened his fellow prisoners in faith amid harsh labours.

62. The young Blessed Chiara Badano, who died in 1990, “experienced how pain could be transfigured
by love… The key to her peace and joy was her complete trust in the Lord and the acceptance of her
illness as a mysterious expression of his will for her sake and that of others”.[23]

63. May these and so many other young people who perhaps in silence and hiddenness lived the Gospel
to the full, intercede for the Church, so that she may be full of joyous, courageous and committed
young people who can offer the world new testimonies of holiness.

CHAPTER THREE

You are the “now” of God

64. After this brief look at the word of God, we cannot just say that young people are the future of our
world. They are its present; even now, they are helping to enrich it. Young people are no longer
children. They are at a time of life when they begin to assume a number of responsibilities, sharing
alongside adults in the growth of the family, society and the Church. Yet the times are changing, leading
us to ask: What are today’s young people really like? What is going on in their lives?

In positive terms

65. The Synod recognized that the members of the Church do not always take the approach of Jesus.
Rather than listening to young people attentively, “all too often, there is a tendency to provide
prepackaged answers and ready-made solutions, without allowing their real questions to emerge and
facing the challenges they pose”.[24] Yet once the Church sets aside narrow preconceptions and listens
carefully to the young, this empathy enriches her, for “it allows young people to make their own
contribution to the community, helping it to appreciate new sensitivities and to consider new
questions”.[25]
66. We adults can often be tempted to list all the problems and failings of today’s young people.
Perhaps some will find it praiseworthy that we seem so expert in discerning difficulties and dangers. But
what would be the result of such an attitude? Greater distance, less closeness, less mutual assistance.

67. Anyone called to be a parent, pastor or guide to young people must have the farsightedness to
appreciate the little flame that continues to burn, the fragile reed that is shaken but not broken (cf. Is
42:3). The ability to discern pathways where others only see walls, to recognize potential where others
see only peril. That is how God the Father see things; he knows how to cherish and nurture the seeds
of goodness sown in the hearts of the young. Each young person’s heart should thus be considered
“holy ground”, a bearer of seeds of divine life, before which we must “take off our shoes” in order to
draw near and enter more deeply into the Mystery.

Many ways of being young

68. We might attempt to draw a picture of young people today, but first I would echo the Synod
Fathers, who noted that “the makeup of the Synod brought out the presence and contribution of many
different regions of the world, and highlighted the beauty of our being a universal Church. In a context
of growing globalization, the Synod Fathers wanted the many differences of contexts and cultures,
even within individual countries, to be duly emphasized. The worlds of today’s ‘youth’ are so many that
in some countries one tends to speak of ‘young people’ in the plural. The age group considered by the
Synod (16-29 years) does not represent a homogeneous category, but is composed of distinct groups,
each with its own life experience”.[26]

69. From a demographic standpoint too, some countries have numerous young people, whereas
others have a very low birth rate. “A further differentiating factor is historical: there are countries and
continents of ancient Christian tradition, whose culture is indelibly marked by a memory that cannot be
lightly dismissed, while other countries and continents are characterized by other religious traditions,
where Christianity is a minority presence – and at times a recent one. In other places still, Christian
communities, and young people who belong to them, experience persecution”.[27] There is also a need
to distinguish young people “with access to the growing opportunities offered by globalization from
those who live on the fringes of society or in rural areas, and find themselves excluded or
discarded”.[28]

70. There are many more differences, which it would be difficult to examine here. In any event, I see no
need for a detailed analysis of today’s young people, their lives and their experiences. At the same time,
since I do not want to neglect that reality, I will briefly summarize some contributions received before
the Synod and others that I heard in the course of our meetings.

Some experiences of young people

71. Youth is not something to be analyzed in the abstract. Indeed, “youth” does not exist: there exist
only young people, each with the reality of his or her own life. In today’s rapidly changing world, many
of those lives are exposed to suffering and manipulation.

Living in a world in crisis

72. The Synod Fathers acknowledged with sorrow that “many young people today live in war zones
and experience violence in countless different forms: kidnapping, extortion, organized crime, human
trafficking, slavery and sexual exploitation, wartime rape, and so forth. Other young people, because of
their faith, struggle to find their place in society and endure various kinds of persecution, even murder.
Many young people, whether by force or lack of alternatives, live by committing crimes and acts of
violence: child soldiers, armed criminal gangs, drug trafficking, terrorism, and so on. This violence
destroys many young lives. Abuses and addictions, together with violence and wrongdoing, are some of
the reasons that send young people to prison, with a higher incidence in certain ethnic and social
groups”.[29]

73. Many young people are taken in by ideologies, used and exploited as cannon fodder or a strike
force to destroy, terrify or ridicule others. Worse yet, many of them end up as individualists, hostile and
distrustful of others; in this way, they become an easy target for the brutal and destructive strategies
of political groups or economic powers.

74. “Even more numerous in the world are young people who suffer forms of marginalization and social
exclusion for religious, ethnic or economic reasons. Let us not forget the difficult situation of
adolescents and young people who become pregnant, the scourge of abortion, the spread of HIV,
various forms of addiction (drugs, gambling, pornography and so forth), and the plight of street children
without homes, families or economic resources”.[30] In the case of women, these situations are doubly
painful and difficult.

75. As a Church, may we never fail to weep before these tragedies of our young. May we never
become inured to them, for anyone incapable of tears cannot be a mother. We want to weep so that
society itself can be more of a mother, so that in place of killing it can learn to give birth, to become a
promise of life. We weep when we think of all those young people who have already lost their lives due
to poverty and violence, and we ask society to learn to be a caring mother. None of this pain goes
away; it stays with us, because the harsh reality can no longer be concealed. The worst thing we can
do is adopt that worldly spirit whose solution is simply to anesthetize young people with other
messages, with other distractions, with trivial pursuits.

76. Perhaps “those of us who have a reasonably comfortable life don’t know how to weep. Some
realities in life are only seen with eyes cleansed by tears. I would like each of you to ask yourself this
question: Can I weep? Can I weep when I see a child who is starving, on drugs or on the street,
homeless, abandoned, mistreated or exploited as a slave by society? Or is my weeping only the self-
centred whining of those who cry because they want something else?”[31] Try to learn to weep for all
those young people less fortunate than yourselves. Weeping is also an expression of mercy and
compassion. If tears do not come, ask the Lord to give you the grace to weep for the sufferings of
others. Once you can weep, then you will be able to help others from the heart.

77. At times, the hurt felt by some young people is heartrending, a pain too deep for words. They can
only tell God how much they are suffering, and how hard it is for them to keep going, since they no
longer believe in anyone. Yet in that sorrowful plea, the words of Jesus make themselves heard:
“Blessed are those who mourn, for they shall be comforted” (Mt 5:4). Some young men and women
were able to move forward because they heard that divine promise. May all young people who are
suffering feel the closeness of a Christian community that can reflect those words by its actions, its
embrace and its concrete help.

78. It is true that people in power offer some assistance, but often it comes at a high price. In many
poor countries, economic aid provided by some richer countries or international agencies is usually tied
to the acceptance of Western views of sexuality, marriage, life or social justice. This ideological
colonization is especially harmful to the young. We also see how a certain kind of advertising teaches
young people to be perpetually dissatisfied and contributes to the throwaway culture, in which young
people themselves end up being discarded.

79. Our present-day culture exploits the image of the young. Beauty is associated with a youthful
appearance, cosmetic treatments that hide the traces of time. Young bodies are constantly advertised
as a means of selling products. The ideal of beauty is youth, but we need to realize that this has very
little to do with young people. It only means that adults want to snatch youth for themselves, not that
they respect, love and care for young people.

80. Some young people “find family traditions oppressive and they flee from them under the impulse of
a globalized culture that at times leaves them without points of reference. In other parts of the world,
even more than generational conflict between young people and adults, there is mutual estrangement.
Sometimes adults fail, or do not even try, to hand on the basic values of life, or they try to imitate
young people, thus inverting the relationship between generations. The relationship between young
people and adults thus risks remaining on the affective level, leaving its educational and cultural aspects
untouched”.[32] What harm this does to young people, even though some do not notice it! Young
people themselves have remarked how enormously difficult this makes the transmission of the faith “in
some countries without freedom of speech, where young people are prevented from attending
Church”.[33]

Desires, hurts and longings

81. Young people are aware that the body and sexuality have an essential importance for their lives and
for their process of growth in identity. Yet in a world that constantly exalts sexuality, maintaining a
healthy relationship with one’s body and a serene affective life is not easy. For this and other reasons,
sexual morality often tends to be a source of “incomprehension and alienation from the Church,
inasmuch as she is viewed as a place of judgment and condemnation”. Nonetheless, young people also
express “an explicit desire to discuss questions concerning the difference between male and female
identity, reciprocity between men and women, and homosexuality”.[34]

82. In our times, “advances in the sciences and in biomedical technologies have powerfully influenced
perceptions about the body, leading to the idea that it is open to unlimited modification. The capacity to
intervene in DNA, the possibility of inserting artificial elements into organisms (cyborgs) and the
development of the neurosciences represent a great resource, but at the same time they raise serious
anthropological and ethical questions”.[35] They can make us forget that life is a gift, and that we are
creatures with innate limits, open to exploitation by those who wield technological power.[36]
“Moreover, in some youth circles, there is a growing fascination with risk-taking behaviour as a means
of self-exploration, seeking powerful emotions and gaining attention… These realities, to which young
generations are exposed, are an obstacle to their serene growth in maturity”.[37]

83. Young people also experience setbacks, disappointments and profoundly painful memories. Often
they feel “the hurt of past failures, frustrated desires, experiences of discrimination and injustice, of
feeling unloved and unaccepted”. Then too “there are moral wounds, the burden of past errors, a sense
of guilt for having made mistakes”.[38] Jesus makes his presence felt amid these crosses borne by
young people; he offers them his friendship, his consolation and his healing companionship. The Church
wants to be his instrument on this path to interior healing and peace of heart.
84. In some young people, we can see a desire for God, albeit still vague and far from knowledge of the
God of revelation. In others, we can glimpse an ideal of human fraternity, which is no small thing. Many
have a genuine desire to develop their talents in order to offer something to our world. In some, we
see a special artistic sensitivity, or a yearning for harmony with nature. In others, perhaps, a great need
to communicate. In many of them, we encounter a deep desire to live life differently. In all of this, we
can find real starting points, inner resources open to a word of incentive, wisdom and encouragement.

85. The Synod dealt in particular with three areas of utmost importance. Here I would like to quote its
conclusions, while recognizing that they call for greater analysis and the development of a more
adequate and effective ability to respond.

The digital environment

86. “The digital environment is characteristic of the contemporary world. Broad swathes of humanity
are immersed in it in an ordinary and continuous manner. It is no longer merely a question of ‘using’
instruments of communication, but of living in a highly digitalized culture that has had a profound impact
on ideas of time and space, on our self-understanding, our understanding of others and the world, and
our ability to communicate, learn, be informed and enter into relationship with others. An approach to
reality that privileges images over listening and reading has influenced the way people learn and the
development of their critical sense”.[39]

87. The web and social networks have created a new way to communicate and bond. They are “a
public square where the young spend much of their time and meet one another easily, even though not
all have equal access to it, particularly in some regions of the world. They provide an extraordinary
opportunity for dialogue, encounter and exchange between persons, as well as access to information
and knowledge. Moreover, the digital world is one of social and political engagement and active
citizenship, and it can facilitate the circulation of independent information providing effective protection
for the most vulnerable and publicizing violations of their rights. In many countries, internet and social
networks already represent a firmly established forum for reaching and involving young people, not
least in pastoral initiatives and activities”.[40]

88. Yet to understand this phenomenon as a whole, we need to realize that, like every human reality, it
has its share of limitations and deficiencies. It is not healthy to confuse communication with mere virtual
contact. Indeed, “the digital environment is also one of loneliness, manipulation, exploitation and
violence, up to the extreme case of the ‘dark web’. Digital media can expose people to the risk of
addiction, isolation and gradual loss of contact with concrete reality, blocking the development of
authentic interpersonal relationships. New forms of violence are spreading through social media, for
example cyber-bullying. The internet is also a channel for spreading pornography and the exploitation of
persons for sexual purposes or through gambling”.[41]

89. It should not be forgotten that “there are huge economic interests operating in the digital world,
capable of exercising forms of control as subtle as they are invasive, creating mechanisms for the
manipulation of consciences and of the democratic process. The way many platforms work often ends
up favouring encounter between persons who think alike, shielding them from debate. These closed
circuits facilitate the spread of fake news and false information, fomenting prejudice and hate. The
proliferation of fake news is the expression of a culture that has lost its sense of truth and bends the
facts to suit particular interests. The reputation of individuals is put in jeopardy through summary trials
conducted online. The Church and her pastors are not exempt from this phenomenon”.[42]

90. A document prepared on the eve of the Synod by three hundred young people worldwide pointed
out that “online relationships can become inhuman. Digital spaces blind us to the vulnerability of another
human being and prevent us from our own self-reflection. Problems like pornography distort a young
person’s perception of human sexuality. Technology used in this way creates a delusional parallel reality
that ignores human dignity”.[43] For many people, immersion in the virtual world has brought about a
kind of “digital migration”, involving withdrawal from their families and their cultural and religious values,
and entrance into a world of loneliness and of self-invention, with the result that they feel rootless even
while remaining physically in one place. The fresh and exuberant lives of young people who want to
affirm their personality today confront a new challenge: that of interacting with a real and virtual world
that they enter alone, as if setting foot on an undiscovered global continent. Young people today are
the first to have to effect this synthesis between what is personal, what is distinctive to their respective
cultures, and what is global. This means that they must find ways to pass from virtual contact to good
and healthy communication.

Migrants as an epitome of our time

91. How can we fail to think of all those young people affected by movements of migration? “Migration,
considered globally, is a structural phenomenon, and not a passing emergency. It may occur within one
country or between different countries. The Church’s concern is focused especially on those fleeing from
war, violence, political or religious persecution, from natural disasters including those caused by climate
change, and from extreme poverty. Many of them are young. In general, they are seeking opportunities
for themselves and their families. They dream of a better future and they want to create the conditions
for achieving it”.[44] Migrants “remind us of a basic aspect of our faith, that we are ‘strangers and exiles
on the earth’ (Heb 11:13)”.[45]
92. Other migrants are “attracted by Western culture, sometimes with unrealistic expectations that
expose them to grave disappointments. Unscrupulous traffickers, frequently linked to drug cartels or
arms cartels, exploit the weakness of migrants, who too often experience violence, trafficking,
psychological and physical abuse and untold sufferings on their journey. Nor must we overlook the
particular vulnerability of migrants who are unaccompanied minors, or the situation of those compelled
to spend many years in refugee camps, or of those who remain trapped for a long time in transit
countries, without being able to pursue a course of studies or to use their talents. In some host
countries, migration causes fear and alarm, often fomented and exploited for political ends. This can
lead to a xenophobic mentality, as people close in on themselves, and this needs to be addressed
decisively”.[46]

93. “Young migrants experience separation from their place of origin, and often a cultural and religious
uprooting as well. Fragmentation is also felt by the communities they leave behind, which lose their
most vigorous and enterprising elements, and by families, especially when one or both of the parents
migrates, leaving the children in the country of origin. The Church has an important role as a point of
reference for the young members of these divided families. However, the stories of migrants are also
stories of encounter between individuals and between cultures. For the communities and societies to
which they come, migrants bring an opportunity for enrichment and the integral human development of
all. Initiatives of welcome involving the Church have an important role from this perspective; they can
bring new life to the communities capable of undertaking them”.[47]

94. “Given the varied backgrounds of the Synod Fathers, the discussion of migrants benefited from a
great variety of approaches, particularly from countries of departure and countries of arrival. Grave
concern was also expressed by Churches whose members feel forced to escape war and persecution
and by others who see in these forced migrations a threat to their survival. The very fact that the
Church can embrace all these varied perspectives allows her to play a prophetic role in society with
regard to the issue of migration”.[48] In a special way, I urge young people not to play into the hands
of those who would set them against other young people, newly arrived in their countries, and who
would encourage them to view the latter as a threat, and not possessed of the same inalienable dignity
as every other human being.

Ending every form of abuse

95. Recently, urgent appeals have been made for us to hear the cry of the victims of different kinds of
abuse perpetrated by some bishops, priests, religious and laypersons. These sins cause their victims
“sufferings that can last a lifetime and that no repentance can remedy. This phenomenon is widespread
in society and it also affects the Church and represents a serious obstacle to her mission”.[49]

96. It is true that “the scourge of the sexual abuse of minors is, and historically has been, a widespread
phenomenon in all cultures and societies”, especially within families and in various institutions; its extent
has become known primarily “thanks to changes in public opinion”. Even so, this problem, while it is
universal and “gravely affects our societies as a whole… is in no way less monstrous when it takes place
within the Church”. Indeed, “in people’s justified anger, the Church sees the reflection of the wrath of
God, betrayed and insulted”.[50]

97. “The Synod reaffirms the firm commitment made to adopting rigorous preventative measures
intended to avoid the recurrence [of these crimes], starting with the selection and formation of those
to whom tasks of responsibility and education will be entrusted”.[51] At the same time, the
determination to apply the “actions and sanctions that are so necessary” must be reiterated.[52] And
all this with the grace of Christ. There can be no turning back.

98. “Abuse exists in various forms: the abuse of power, the abuse of conscience, sexual and financial
abuse. Clearly, the ways of exercising authority that make all this possible have to be eradicated, and
the irresponsibility and lack of transparency with which so many cases have been handled have to be
challenged. The desire to dominate, lack of dialogue and transparency, forms of double life, spiritual
emptiness, as well as psychological weaknesses, are the terrain on which corruption thrives”.[53]
Clericalism is a constant temptation on the part of priests who see “the ministry they have received as
a power to be exercised, rather than a free and generous service to be offered. It makes us think that
we belong to a group that has all the answers and no longer needs to listen or has anything to
learn”.[54] Doubtless, such clericalism can make consecrated persons lose respect for the sacred and
inalienable worth of each person and of his or her freedom.

99. Together with the Synod Fathers, I wish to thank, with gratitude and affection, “those who had the
courage to report the evil they experienced: they help the Church to acknowledge what happened and
the need to respond decisively”.[55] Particular gratitude is also due for “the generous commitment of
countless lay persons, priests, consecrated men and women, and bishops who daily devote themselves
with integrity and dedication to the service of the young. Their efforts are like a great forest that quietly
grows. Many of the young people present at the Synod also expressed gratitude to those who have
accompanied them and they emphasized the great need for adults who can serve as points of
reference”.[56]

100. Thank God, those who committed these horrible crimes are not the majority of priests, who carry
out their ministry with fidelity and generosity. I ask young people to let themselves be inspired by this
vast majority. And if you see a priest at risk, because he has lost the joy of his ministry, or seeks
affective compensation, or is taking the wrong path, remind him of his commitment to God and his
people, remind him of the Gospel and urge him to hold to his course. In this way, you will contribute
greatly to something fundamental: preventing these atrocities from being repeated. This dark cloud also
challenges all young people who love Jesus Christ and his Church: they can be a source of great healing
if they employ their great capacity to bring about renewal, to urge and demand consistent witness, to
keep dreaming and coming up with new ideas.

101. Nor is this the only sin of the members of the Church; her long history is not without its shadows.
Our sins are before the eyes of everyone; they appear all too clearly in the lines on the age-old face of
the Church, our Mother and Teacher. For two thousand years she has advanced on her pilgrim way,
sharing “the joys and the hopes, the grief and anguish”[57] of all humanity. She has made this journey
as she is, without cosmetic surgery of any kind. She is not afraid to reveal the sins of her members,
which some try at times to hide, before the burning light of the word of the Gospel, which cleanses and
purifies. Nor does she stop reciting each day, in shame: “Have mercy on me, Lord, in your kindness…
my sin is always before me” (Ps 51:3.5). Still, let us never forget that we must not abandon our
Mother when she is wounded, but stand beside her, so that she can summon up all her strength and all
her ability to begin ever anew.

102. In the midst of this tragedy, which rightly pains us, “the Lord Jesus, who never abandons his
Church, offers her the strength and the means to set out on a new path”.[58] This dark moment, “not
without the valuable help of the young, can truly be an opportunity for a reform of epoch-making
significance”,[59] opening us to a new Pentecost and inaugurating a new stage of purification and change
capable of renewing the Church’s youth. Young people will be all the more helpful if they feel fully a part
of the “holy and patient, faithful People of God, borne up and enlivened by the Holy Spirit”, for “it will be
precisely this holy People of God to liberate us from the plague of clericalism, which is the fertile ground
for all these disgraces”.[60]

A way out

103. In this chapter, I have taken time to look at the reality of young people in today’s world. Some
other aspects will be dealt with in the following chapters. As I have said, I do not claim to be exhaustive
in this analysis. I encourage communities to examine, respectfully and seriously, the situation of their
young people, in order to find the most fitting ways of providing them with pastoral care. At the same
time, I do not want to end this chapter without addressing some words to each of you.

104. I remind you of the good news we received as a gift on the morning of the resurrection: that in all
the dark or painful situations that we mentioned, there is a way out. For example, it is true that the
digital world can expose you to the risk of self-absorption, isolation and empty pleasure. But don’t
forget that there are young people even there who show creativity and even genius. That was the case
with the young servant of God Carlo Acutis.

105. Carlo was well aware that the whole apparatus of communications, advertising and social
networking can be used to lull us, to make us addicted to consumerism and buying the latest thing on
the market, obsessed with our free time, caught up in negativity. Yet he knew how to use the new
communications technology to transmit the Gospel, to communicate values and beauty.

106. Carlo didn’t fall into the trap. He saw that many young people, wanting to be different, really end
up being like everyone else, running after whatever the powerful set before them with the mechanisms
of consumerism and distraction. In this way they do not bring forth the gifts the Lord has given them;
they do not offer the world those unique personal talents that God has given to each of us. As a result,
Carlo said, “everyone is born as an original, but many people end up dying as photocopies”. Don’t let
that happen to you!

107. Don’t let them rob you of hope and joy, or drug you into becoming a slave to their interests. Dare
to be more, because who you are is more important than any possession. What good are possessions
or appearances? You can become what God your Creator knows you are, if only you realize that you
are called to something greater. Ask the help of the Holy Spirit and confidently aim for the great goal of
holiness. In this way, you will not be a photocopy. You will be fully yourself.

108. If this is to happen, you need to realize one basic truth: being young is not only about pursuing
fleeting pleasures and superficial achievements. If the years of your youth are to serve their purpose in
life, they must be a time of generous commitment, whole-hearted dedication, and sacrifices that are
difficult but ultimately fruitful. As a great poet put it:

“If to regain what I regained,


I first had to lose what I lost;
If to achieve what I achieved,
I had to endure what I endured;

If to be in love now
First I had to be hurt,

I consider what I suffered well suffered,


I consider what I wept for as well wept for.

Because in the end I came to see


That we do not really enjoy what we enjoyed
Unless we have suffered for it.

For in the end I realized


That the blossoms on the tree
Draw life from what lies buried beneath”.[61]

109. If you are young in years, but feel weak, weary or disillusioned, ask Jesus to renew you. With him,
hope never fails. You can do the same if you feel overwhelmed by vices, bad habits, selfishness or
unhealthy pastimes. Jesus, brimming with life, wants to help you make your youth worthwhile. In this
way, you will not deprive the world of the contribution that you alone can make, in all your uniqueness
and originality.

110. Yet let me also remind you that, “when we live apart from others, it is very difficult to fight against
concupiscence, the snares and temptations of the devil, and the selfishness of the world. Bombarded as
we are by so many enticements, we can grow too isolated, lose our sense of reality and inner clarity,
and easily succumb”.[62] This is especially the case with young people, for whenever you are united,
you have marvellous strength. Whenever you are enthused about life in common, you are capable of
great sacrifices for others and for the community. Isolation, on the other hand, saps our strength and
exposes us to the worst evils of our time.

CHAPTER FOUR

A great message for all young people

111. Putting all else aside, I now wish to speak to young people about what is essential, the one thing
we should never keep quiet about. It is a message containing three great truths that all of us need
constantly to keep hearing.

A God who is love

112. The very first truth I would tell each of you is this: “God loves you”. It makes no difference
whether you have already heard it or not. I want to remind you of it. God loves you. Never doubt this,
whatever may happen to you in life. At every moment, you are infinitely loved.

113. Perhaps your experience of fatherhood has not been the best. Your earthly father may have been
distant or absent, or harsh and domineering. Or maybe he was just not the father you needed. I don’t
know. But what I can tell you, with absolute certainty, is that you can find security in the embrace of
your heavenly Father, of the God who first gave you life and continues to give it to you at every
moment. He will be your firm support, but you will also realize that he fully respects your freedom.

114. In God’s word, we find many expressions of his love. It is as if he tried to find different ways of
showing that love, so that, with one of them at least, he could touch your heart. For example, there
are times when God speaks of himself as an affectionate father who plays with his children: “I led them
with cords of compassion, with bands of love. I was to them like those who lift infants to their cheeks”
(Hos 11:4).

At other times, he speaks of himself as filled with the love of a mother whose visceral love for her
children makes it impossible for her to neglect or abandon them: “Can a woman forget her nursing
child, or show no compassion for the child of her womb? Even these may forget, yet I will not forget
you” (Is 49:15).

He even compares himself to a lover who goes so far as to write his beloved on the palm of his hands,
to keep her face always before him: “See, I have inscribed you on the palms of my hands!” (Is 49:6).

At other times, he emphasizes the strength of his invincible love: “For the mountains may depart, and
the hills be shaken, but my steadfast love shall not depart from you, and my covenant of peace shall
not be shaken” (Is 54:10).

Or he tells us that we have been awaited from eternity, for it was not by chance that we came into this
world: “I have loved you with an everlasting love; therefore I have continued my faithfulness to you”
(Jer 31:3).

Or he lets us know that he sees in us a beauty that no one else can see: “For you are precious in my
sight, and honoured, and I love you” (Is 43:4).

Or he makes us realize that his love is not cheerless, but pure joy, welling up whenever we allow
ourselves to be loved by him: “The Lord, your God, is in your midst, a warrior who gives victory. He will
rejoice over you with gladness, he will renew you in his love; he will exult over you with loud singing”
(Zeph 3:17).

115. For him, you have worth; you are not insignificant. You are important to him, for you are the
work of his hands. That is why he is concerned about you and looks to you with affection. “Trust the
memory of God: his memory is not a ‘hard disk’ that ‘saves’ and ‘archives’ all our data. His memory is
a heart filled with tender compassion, one that finds joy in ‘deleting’ from us every trace of evil”.[63] He
does not keep track of your failings and he always helps you learn something even from your mistakes.
Because he loves you. Try to keep still for a moment and let yourself feel his love. Try to silence all the
noise within, and rest for a second in his loving embrace.

116. His is “a love that does not overwhelm or oppress, cast aside or reduce to silence, humiliate or
domineer. It is the love of the Lord, a daily, discreet and respectful love; a love that is free and freeing,
a love that heals and raises up. The love of the Lord has to do more with raising up than knocking
down, with reconciling than forbidding, with offering new changes than condemning, with the future than
the past”.[64]

117. When he asks something of you, or simply makes you face life’s challenges, he is hoping that you
will make room for him to push you, to help you grow. He does not get upset if you share your
questions with him. He is concerned when you don’t talk to him, when you are not open to dialogue
with him. The Bible tells us that Jacob fought with God (cf. Gen 32:25-31), but that did not keep him
from persevering in his journey. The Lord himself urges us: “Come, let us argue it out” (Is 1:18). His
love is so real, so true, so concrete, that it invites us to a relationship of openness and fruitful dialogue.
Seek the closeness of our heavenly Father in the loving face of his courageous witnesses on earth!

Christ saves you

118. The second great truth is that Christ, out of love, sacrificed himself completely in order to save
you. His outstretched arms on the cross are the most telling sign that he is a friend who is willing to
stop at nothing: “Having loved his own who were in the world, he loved them to the end” (Jn 13:1).

Saint Paul said that his life was one of complete trust in that self-sacrificing love: “I now live by faith in
the Son of God who loved me, and gave himself for me” (Gal 2:20).

119. The same Christ who, by his cross, saved us from our sins, today continues to save and redeem
us by the power of his total self-surrender. Look to his cross, cling to him, let him save you, for “those
who accept his offer of salvation are set free from sin, sorrow, inner emptiness and loneliness”.[65] And
if you sin and stray far from him, he will come to lift you up by the power of his cross. Never forget that
“he forgives us seventy times seven. Time and time again, he bears us on his shoulders. No one can
strip us of the dignity bestowed upon us by this boundless and unfailing love. With a tenderness that
never disappoints but is always capable of restoring our joy, he makes it possible for us to lift up our
heads and to start anew”.[66]

120. “We are saved by Jesus because he loves us and cannot go against his nature. We can do any
number of things against him, yet he loves us and he saves us. For only what is loved can be saved.
Only what is embraced can be transformed. The Lord’s love is greater than all our problems, frailties
and flaws. Yet it is precisely through our problems, frailties and flaws that he wants to write this love
story. He embraced the prodigal son, he embraced Peter after his denials, and he always, always,
always embraces us after every fall, helping us to rise and get back on our feet. Because the worst fall,
and pay attention to this, the worst fall, the one that can ruin our lives, is when we stay down and do
not allow ourselves to be helped up”.[67]

121. His forgiveness and salvation are not something we can buy, or that we have to acquire by our
own works or efforts. He forgives us and sets us free without cost. His self-sacrifice on the cross is so
great that we can never repay it, but only receive it with immense gratitude and with the joy of being
more greatly loved than we could ever imagine: “He loved us first” (1 Jn 4:19).

122. Young people, beloved of the Lord, how valuable must you be, if you were redeemed by the
precious blood of Christ! Dear young people, “you are priceless! You are not up for sale! Please, do not
let yourself be bought. Do not let yourself be seduced. Do not let yourself be enslaved by forms of
ideological colonization that put ideas in your heads, with the result that you end up becoming slaves,
addicts, failures in life. You are priceless. You must repeat this always: I am not up for sale; I do not
have a price. I am free! Fall in love with this freedom, which is what Jesus offers”.[68]

123. Keep your eyes fixed on the outstretched arms of Christ crucified, let yourself be saved over and
over again. And when you go to confess your sins, believe firmly in his mercy which frees you of your
guilt. Contemplate his blood poured out with such great love, and let yourself be cleansed by it. In this
way, you can be reborn ever anew.

He is alive!

124. Finally, there is a third truth, inseparable from the second: Christ is alive! We need to keep
reminding ourselves of this, because we can risk seeing Jesus Christ simply as a fine model from the
distant past, as a memory, as someone who saved us two thousand years ago. But that would be of
no use to us: it would leave us unchanged, it would not set us free. The one who fills us with his grace,
the one who liberates us, transforms us, heals and consoles us is someone fully alive. He is the Christ,
risen from the dead, filled with supernatural life and energy, and robed in boundless light. That is why
Saint Paul could say: “If Christ has not been raised, your faith is futile” (1 Cor 15:7).
125. Alive, he can be present in your life at every moment, to fill it with light and to take away all
sorrow and solitude. Even if all others depart, he will remain, as he promised: “I am with you always, to
the end of the age” (Mt 28:20). He fills your life with his unseen presence; wherever you go, he will be
waiting there for you. Because he did not only come in the past, but he comes to you today and every
day, inviting you to set out towards ever new horizons.

126. See Jesus as happy, overflowing with joy. Rejoice with him as with a friend who has triumphed.
They killed him, the holy one, the just one, the innocent one, but he triumphed in the end. Evil does not
have the last word. Nor will it have the last word in your life, for you have a friend who loves you and
wants to triumph in you. Your Saviour lives.

127. Because he lives, there can be no doubt that goodness will have the upper hand in your life and
that all our struggles will prove worthwhile. If this is the case, we can stop complaining and look to the
future, for with him this is always possible. That is the certainty we have. Jesus is eternally alive. If we
hold fast to him, we will have life, and be protected from the threats of death and violence that may
assail us in life.

128. Every other solution will prove inadequate and temporary. It may be helpful for a time, but once
again we will find ourselves exposed and abandoned before the storms of life. With Jesus, on the other
hand, our hearts experience a security that is firmly rooted and enduring. Saint Paul says that he wishes
to be one with Christ in order “to know him and the power of his resurrection” (Phil 3:10). That power
will constantly be revealed in your lives too, for he came to give you life, “and life in abundance” (Jn
10:10).

129. If in your heart you can learn to appreciate the beauty of this message, if you are willing to
encounter the Lord, if you are willing to let him love you and save you, if you can make friends with him
and start to talk to him, the living Christ, about the realities of your life, then you will have a profound
experience capable of sustaining your entire Christian life. You will also be able to share that experience
with other young people. For “being a Christian is not the result of an ethical choice or a lofty idea, but
the encounter with an event, a person, which gives life a new horizon and a decisive direction”.[69]

The Spirit of life

130. In these three truths – God loves you; Christ is your Saviour; he is alive – we see God the Father
and Jesus. Wherever the Father and the Son are, there too is the Holy Spirit. He is the one who quietly
opens hearts to receive that message. He keeps alive our hope of salvation, and he will help you grow
in joy if you are open to his working. The Holy Spirit fills the heart of the risen Christ and then flows
over into your lives. When you receive the Spirit, he draws you ever more deeply into the heart of
Christ, so that you can grow in his love, his life and his power.

131. Ask the Holy Spirit each day to help you experience anew the great message. Why not? You have
nothing to lose, and he can change your life, fill it with light and lead it along a better path. He takes
nothing away from you, but instead helps you to find all that you need, and in the best possible way. Do
you need love? You will not find it in dissipation, using other people, or trying to be possessive or
domineering. You will find it in a way that will make you genuinely happy. Are you seeking powerful
emotions? You will not experience them by accumulating material objects, spending money, chasing
desperately after the things of this world. They will come, and in a much more beautiful and meaningful
way, if you let yourself be prompted by the Holy Spirit.

132. Are you looking for passion? As that beautiful poem says: “Fall in love (or let yourself be loved)”,
because “nothing is more practical than finding God, than falling in love in a quite absolute, final way.
What you are in love with, what seizes your imagination, will affect everything. It will decide what will
get you out of bed in the morning, what you do with your evenings, how you spend your weekends,
what you read, whom you know, what breaks your heart, and what amazes you with joy and
gratitude. Fall in love, stay in love, and it will decide everything”.[70] This love for God, that can
approach everything in life with passion, is possible thanks to the Spirit, for “God’s love has been poured
into our hearts through the Holy Spirit who has been given to us” (Rom 5:5).

133. He is the source of youth at its best. For those who trust in the Lord are “like a tree planted by
water sending out its roots by the stream; it shall not fear when heat comes, and its leaves shall stay
green” (Jer 17:8). While “youths will faint and be weary” (Is 40:30), those who wait for the Lord “shall
renew their strength, they shall mount up with wings like eagles, they shall run and not be weary, they
shall walk and not faint” (Is 40:31).

CHAPTER FIVE

Paths of youth

134. What does it mean to live the years of our youth in the transforming light of the Gospel? We need
to raise this question, because youth, more than a source of pride, is a gift of God: “To be young is a
grace, a blessing”.[71] It is a gift that we can squander meaninglessly, or receive with gratitude and live
to the full.

135. God is the giver of youth and he is at work in the life of each young person. Youth is a blessed
time for the young and a grace for the Church and for the world. It is joy, a song of hope and a
blessing. Making the most of our youthful years entails seeing this season of life as worthwhile in itself,
and not simply as a brief prelude to adulthood.

A time of dreams and decisions

136. In Jesus’ day, the passage from childhood was a significant step in life, one joyfully celebrated.
When Jesus restored life to a man’s daughter, he first called her a “child” (Mk 5:39), but then addressed
her as a “young girl” (Mk 5:41). By saying to her: “Young girl, get up (talitha cum)”, he made her more
responsible for her life, opening before her the door to youth.

137. “Youth, as a phase in the development of the personality, is marked by dreams which gather
momentum, by relationships which acquire more and more consistency and balance, by trials and
experiments, and by choices which gradually build a life project. At this stage in life, the young are called
to move forward without cutting themselves off from their roots, to build autonomy but not in
solitude”.[72]

138. The love of God and our relationship with the living Christ do not hold us back from dreaming;
they do not require us to narrow our horizons. On the contrary, that love elevates us, encourages us
and inspires us to a better and more beautiful life. Much of the longing present in the hearts of young
people can be summed up in the word “restlessness”. As Saint Paul VI said, “In the very discontent that
you often feel… a ray of light is present”.[73] Restless discontent, combined with exhilaration before the
opening up of new horizons, generates a boldness that leads you to stand up and take responsibility for
a mission. This healthy restlessness typical of youth continues to dwell in every heart that remains
young, open and generous. True inner peace coexists with that profound discontent. As Saint Augustine
said: “You have created us for yourself, Lord, and our hearts are restless until they find their rest in
you”.[74]

139. Sometime ago, a friend asked me what I see in a young person. My response was that “I see
someone who is searching for his own path, who wants to fly on his two feet, who faces the world and
looks at the horizon with eyes full of the future, full of hope as well as illusions. A young person stands
on two feet as adults do, but unlike adults, whose feet are parallel, he always has one foot forward,
ready to set out, to spring ahead. Always racing onward. To talk about young people is to talk about
promise and to talk about joy. Young people have so much strength; they are able to look ahead with
hope. A young person is a promise of life that implies a certain degree of tenacity. He is foolish enough
to delude himself, and resilient enough to recover from that delusion”.[75]

140. Some young people might hate this stage of life, because they want to continue being children or
indefinitely prolong their adolescence and put off having to make decisions. “Fear of the definitive thus
generates a kind of paralysis of decision-making. Yet youth cannot remain on hold. It is the age of
choices and herein lies its fascination and its greatest responsibility. Young people make decisions in
professional, social and political fields, and in other more radical ways that determine the shape of their
lives”.[76] They also make decisions about love, choosing a spouse and starting a family. We will look at
these issues more closely in the final chapters, when dealing with individual vocations and their
discernment.

141. But opposed to these hopes and dreams that generate decisions, there is always the temptation
to complain or give up. “We can leave that to those who worship the ‘goddess of lament’… She is a
false goddess: she makes you take the wrong road. When everything seems to be standing still and
stagnant, when our personal issues trouble us, and social problems do not meet with the right
responses, it does no good to give up. Jesus is the way: welcome him into your ‘boat’ and put out into
the deep! He is the Lord! He changes the way we see life. Faith in Jesus leads to greater hope, to a
certainty based not on our qualities and skills, but on the word of God, on the invitation that comes
from him. Without making too many human calculations, and without worrying about things that
challenge your security, put out into the deep. Go out of yourselves”.[77]

142. Keep following your hopes and dreams. But be careful about one temptation that can hold us
back. It is anxiety. Anxiety can work against us by making us give up whenever we do not see instant
results. Our best dreams are only attained through hope, patience and commitment, and not in haste.
At the same time, we should not be hesitant, afraid to take chances or make mistakes. Avoid the
paralysis of the living dead, who have no life because they are afraid to take risks, to make mistakes or
to persevere in their commitments. Even if you make mistakes, you can always get up and start over,
for no one has the right to rob you of hope.

143. Dear young people, make the most of these years of your youth. Don’t observe life from a
balcony. Don’t confuse happiness with an armchair, or live your life behind a screen. Whatever you do,
do not become the sorry sight of an abandoned vehicle! Don’t be parked cars, but dream freely and
make good decisions. Take risks, even if it means making mistakes. Don’t go through life anesthetized
or approach the world like tourists. Make a ruckus! Cast out the fears that paralyze you, so that you
don’t become young mummies. Live! Give yourselves over to the best of life! Open the door of the
cage, go out and fly! Please, don’t take an early retirement.

A thirst for life and experience

144. While drawn towards the future and its promise, young people also have a powerful desire to
experience the present moment, to make the most of the opportunities life offers. Our world is filled
with beauty! How can we look down upon God’s many gifts?

145. Contrary to what many people think, the Lord does not want to stifle these desires for a fulfilling
life. We do well to remember the words of an Old Testament sage: “My child, treat yourself well,
according to your means, and present your offerings to the Lord; do not deprive yourself of a day’s
enjoyment, do not let your share of desired goods pass by” (Sir 14:11.14). The true God, who loves
you, wants you to be happy. For this reason, the Bible also contains this piece of advice to young
people: “Rejoice, young man, while you are young, and let your heart cheer you in the days of your
youth… banish anxiety from your mind” (Ec 11:9-10). For God “richly provides us with everything for
our enjoyment” (1 Tim 6:17).

146. How could God take pleasure in someone incapable of enjoying his small everyday blessings,
someone blind to the simple pleasures we find all around us? “No one is worse than one who is
grudging to himself” (Sir 14:6). Far from obsessively seeking new pleasures, which would keep us from
making the most of the present moment, we are asked to open our eyes and take a moment to
experience fully and with gratitude every one of life’s little gifts.

147. Clearly, God’s word asks you to enjoy the present, not simply to prepare for the future: “Do not
worry about tomorrow, for tomorrow will bring worries of its own; today’s trouble is enough for today”
(Mt 6:34). But this is not the same as embarking irresponsibly on a life of dissipation that can only
leave us empty and perpetually dissatisfied. Rather, it is about living the present to the full, spending our
energies on good things, cultivating fraternity, following Jesus and making the most of life’s little joys as
gifts of God’s love.

148. Cardinal Francis Xavier Nguyen Van Thuan, when imprisoned in a concentration camp, refused to
do nothing but await the day when he would be set free. He chose “to live the present moment, filling it
to the brim with love”. He decided: “I will seize the occasions that present themselves every day; I will
accomplish ordinary actions in an extraordinary way”.[78] As you work to achieve your dreams, make
the most of each day and do your best to let each moment brim with love. This youthful day may well
be your last, and so it is worth the effort to live it as enthusiastically and fully as possible.

149. This can also be applied to times of difficulty, that have to be fully experienced if we are to learn
the message they can teach us. In the words of the Swiss Bishops: “God is there where we thought he
had abandoned us and there was no further hope of salvation. It is a paradox, but for many Christians,
suffering and darkness have become… places of encounter with God”.[79] The desire to live fully and
experience new things is also felt by many young people with physical, mental and sensory disabilities.
Even though they may not always be able to have the same experiences as others, they possess
amazing resources and abilities that are often far above average. The Lord Jesus grants them other
gifts, which the community is called to recognize and appreciate, so that they can discover his plan of
love for each of them.

In friendship with Christ

150. No matter how much you live the experience of these years of your youth, you will never know
their deepest and fullest meaning unless you encounter each day your best friend, the friend who is
Jesus.

151. Friendship is one of life’s gifts and a grace from God. Through our friends, the Lord refines us and
leads us to maturity. Faithful friends, who stand at our side in times of difficulty, are also a reflection of
the Lord’s love, his gentle and consoling presence in our lives. The experience of friendship teaches us
to be open, understanding and caring towards others, to come out of our own comfortable isolation
and to share our lives with others. For this reason, “there is nothing so precious as a faithful friend” (Sir
6:15).

152. Friendship is no fleeting or temporary relationship, but one that is stable, firm and faithful, and
matures with the passage of time. A relationship of affection that brings us together and a generous
love that makes us seek the good of our friend. Friends may be quite different from one another, but
they always have things in common that draw them closer in mutual openness and trust.[80]

153. Friendship is so important that Jesus calls himself a friend: “I do not call you servants any longer,
but I call you friends” (Jn 15:15). By the gift of his grace, we are elevated in such a way that we truly
become his friends. With the same love that Christ pours out on us, we can love him in turn and share
his love with others, in the hope that they too will take their place in the community of friendship he
established. And even as he enjoys the complete bliss of the life of the resurrection, we, for our part,
can work generously to help him build his kingdom in this world, by bringing his message, his light, and
above all his love, to others (cf. Jn 15:16). The disciples heard Jesus calling them to be his friends. It
was an invitation that did not pressure them, but gently appealed to their freedom. “Come and see”,
Jesus told them; so “they came and saw where he was staying, and they remained with him that day”
(Jn 1:39). After that unexpected and moving encounter, they left everything and followed him.

154. Friendship with Jesus cannot be broken. He never leaves us, even though at times it appears that
he keeps silent. When we need him, he makes himself known to us (cf. Jer 29:14); he remains at our
side wherever we go (cf. Jos 1:9). He never breaks his covenant. He simply asks that we not abandon
him: “Abide in me” (Jn 15:4). But even if we stray from him, “he remains faithful, for he cannot deny
himself” (2 Tim 2:13).

155. With a friend, we can speak and share our deepest secrets. With Jesus too, we can always have a
conversation. Prayer is both a challenge and an adventure. And what an adventure it is! Gradually Jesus
makes us appreciate his grandeur and draw nearer to him. Prayer enables us to share with him every
aspect of our lives and to rest confidently in his embrace. At the same time, it gives us a share in his
own life and love. When we pray, “we open everything we do” to him, and we give him room “so that
he can act, enter and claim victory”.[81]

156. In this way, we can experience a constant closeness to him, greater than anything we can
experience with another person: “It is no longer I who live, but it is Christ who lives in me” (Gal 2:20).
Do not deprive your youth of this friendship. You will be able to feel him at your side not only when you
pray, but at every moment. Try to look for him, and you will have the beautiful experience of seeing
that he is always at your side. That is what the disciples of Emmaus experienced when, as they walked
along dejectedly, Jesus “drew near and walked with them” (Lk 24:15). In the words of a saint,
“Christianity is not a collection of truths to be believed, rules to be followed, or prohibitions. Seen that
way, it puts us off. Christianity is a person who loved me immensely, who demands and asks for my
love. Christianity is Christ”.[82]

157. Jesus can bring all the young people of the Church together in a single dream, “a great dream, a
dream with a place for everyone. The dream for which Jesus gave his life on the cross, for which the
Holy Spirit was poured out on the day of Pentecost and brought fire to the heart of every man and
woman, to your heart and mine. To your heart too, he brought that fire, in the hope of finding room for
it to grow and flourish. A dream whose name is Jesus, planted by the Father in the confidence that it
would grow and live in every heart. A concrete dream who is a person, running through our veins,
thrilling our hearts and making them dance”.[83]

Growth in maturity

158. Many young people are concerned about their bodies, trying to build up physical strength or
improve their appearance. Others work to develop their talents and knowledge, so as to feel more sure
of themselves. Some aim higher, seeking to become more involved and to grow spiritually. Saint John
said: “I write to you, young people, because you are strong and the word of God abides in you” (1 Jn
2:14). Seeking the Lord, keeping his word, entrusting our life to him and growing in the virtues: all
these things make young hearts strong. That is why you need to stay connected with Jesus, to “remain
online” with him, since you will not grow happy and holy by your own efforts and intelligence alone. Just
as you try not to lose your connection to the internet, make sure that you stay connected with the
Lord. That means not cutting off dialogue, listening to him, sharing your life with him and, whenever you
aren’t sure what you should do, asking him: “Jesus what would you do in my place?”.[84]

159. I hope that you will be serious enough about yourself to make an effort to grow spiritually. Along
with all the other exciting things about youth, there is also the beauty of seeking “righteousness, faith,
love and peace” (2 Tim 2:22). This does not involve losing anything of your spontaneity, boldness,
enthusiasm and tenderness. Becoming an adult does not mean you have to abandon what is best
about this stage of your lives. If you do, the Lord may one day reproach you: “I remember the
devotion of your youth, your love as a bride, and how you followed me in the wilderness” (Jer 2:2).

160. Adults, too, have to mature without losing the values of youth. Every stage of life is a permanent
grace, with its own enduring value. The experience of a youth well lived always remains in our heart. It
continues to grow and bear fruit throughout adulthood. Young people are naturally attracted by an
infinite horizon opening up before them.[85] Adult life, with its securities and comforts, can risk shrinking
that horizon and losing that youthful excitement. The very opposite should happen: as we mature,
grow older and structure our lives, we should never lose that enthusiasm and openness to an ever
greater reality. At every moment in life, we can renew our youthfulness. When I began my ministry as
Pope, the Lord broadened my horizons and granted me renewed youth. The same thing can happen to
a couple married for many years, or to a monk in his monastery. There are things we need to “let go
of” as the years pass, but growth in maturity can coexist with a fire constantly rekindled, with a heart
ever young.

161. Growing older means preserving and cherishing the most precious things about our youth, but it
also involves having to purify those things that are not good and receiving new gifts from God so we
can develop the things that really matter. At times, a certain inferiority complex can make you overlook
your flaws and weaknesses, but that can hold you back from growth in maturity. Instead, let yourself
be loved by God, for he loves you just as you are. He values and respects you, but he also keeps
offering you more: more of his friendship, more fervour in prayer, more hunger for his word, more
longing to receive Christ in the Eucharist, more desire to live by his Gospel, more inner strength, more
peace and spiritual joy.

162. But I would also remind you that you won’t become holy and find fulfilment by copying others.
Imitating the Saints does not mean copying their lifestyle and their way of living holiness: “there are
some testimonies that may prove helpful and inspiring, but that we are not meant to copy, for that
could even lead us astray from the one specific path that the Lord has in mind for us”.[86] You have to
discover who you are and develop your own way of being holy, whatever others may say or think.
Becoming a saint means becoming more fully yourself, becoming what the Lord wished to dream and
create, and not a photocopy. Your life ought to be a prophetic stimulus to others and leave a mark on
this world, the unique mark that only you can leave. Whereas if you simply copy someone else, you will
deprive this earth, and heaven too, of something that no one else can offer. I think of Saint John of the
Cross, who wrote in his Spiritual Canticle that everyone should benefit from his spiritual advice “in his or
her own way”,[87] for the one God wishes to manifest his grace “to some in one way and to others in
another”.[88]

Paths of fraternity

163. Your spiritual growth is expressed above all by your growth in fraternal, generous and merciful
love. Saint Paul prayed: “May the Lord make you increase and abound in love for one another and for
all” (1 Thes 3:12). How wonderful it would be to experience this “ecstasy” of coming out of ourselves
and seeking the good of others, even to the sacrifice of our lives.

164. When an encounter with God is called an “ecstasy”, it is because it takes us out of ourselves, lifts
us up and overwhelms us with God’s love and beauty. Yet we can also experience ecstasy when we
recognize in others their hidden beauty, their dignity and their grandeur as images of God and children
of the Father. The Holy Spirit wants to make us come out of ourselves, to embrace others with love
and to seek their good. That is why it is always better to live the faith together and to show our love by
living in community and sharing with other young people our affection, our time, our faith and our
troubles. The Church offers many different possibilities for living our faith in community, for everything is
easier when we do it together.

165. Hurts you have experienced might tempt you to withdraw from others, to turn in on yourself and
to nurse feelings of anger, but never stop listening to God’s call to forgiveness. The Bishops of Rwanda
put it well: “In order to reconcile with another person, you must first of all be able to see the goodness
in that person, the goodness God created him with... This requires great effort to distinguish the offence
from the offender; it means you hate the offence the person has committed, but you love the person
despite his weakness, because in him you see the image of God”.[89]

166. There are times when all our youthful energy, dreams and enthusiasm can flag because we are
tempted to dwell on ourselves and our problems, our hurt feelings and our grievances. Don’t let this
happen to you! You will grow old before your time. Each age has its beauty, and the years of our youth
need to be marked by shared ideals, hopes and dreams, great horizons that we can contemplate
together.

167. God loves the joy of young people. He wants them especially to share in the joy of fraternal
communion, the sublime joy felt by those who share with others, for “it is more blessed to give than to
receive” (Acts 20:35). “God loves a cheerful giver” (2 Cor 9:7). Fraternal love multiplies our ability to
experience joy, since it makes us rejoice in the good of others: “Rejoice with those who rejoice, weep
with those who weep” (Rom 12:15). May your youthful spontaneity increasingly find expression in
fraternal love and a constant readiness to forgive, to be generous, and to build community. As an
African proverb says: “If you want to go fast, walk by yourself. If you want to go far, walk with
others”. Let us not allow ourselves to be robbed of fraternity.

Young and committed

168. At times, seeing a world so full of violence and selfishness, young people can be tempted to
withdraw into small groups, shunning the challenges and issues posed by life in society and in the larger
world. They may feel that they are experiencing fraternity and love, but their small group may in fact
become nothing other than an extension of their own ego. This is even more serious if they think of the
lay vocation simply as a form of service inside the Church: serving as lectors, acolytes, catechists and
so forth. They forget that the lay vocation is directed above all to charity within the family and to social
and political charity. It is a concrete and faith-based commitment to the building of a new society. It
involves living in the midst of society and the world in order to bring the Gospel everywhere, to work
for the growth of peace, harmony, justice, human rights and mercy, and thus for the extension of
God’s kingdom in this world.

169. I ask young people to go beyond their small groups and to build “social friendship, where everyone
works for the common good. Social enmity, on the other hand, is destructive. Families are destroyed
by enmity. Countries are destroyed by enmity. The world is destroyed by enmity. And the greatest
enmity of all is war. Today we see that the world is destroying itself by war… So find ways of building
social friendship”.[90] It is not easy, it always means having to give something up and to negotiate, but
if we do it for the sake of helping others, we can have the magnificent experience of setting our
differences aside and working together for something greater. If, as a result of our own simple and at
times costly efforts, we can find points of agreement amid conflict, build bridges and make peace for
the benefit of all, then we will experience the miracle of the culture of encounter. This is something
which young people can dare to pursue with passion.

170. The Synod recognized that “albeit in a different way from earlier generations, social commitment
is a specific feature of today’s young people. Alongside some who are indifferent, there are many
others who are ready to commit themselves to initiatives of volunteer work, active citizenship and
social solidarity. They need to be accompanied and encouraged to use their talents and skills creatively,
and to be encouraged to take up their responsibilities. Social engagement and direct contact with the
poor remain fundamental ways of finding or deepening one’s faith and the discernment of one’s
vocation… It was also noted that the young are prepared to enter political life so as to build the
common good”.[91]

171. Today, thank God, many young people in parishes, schools, movements and university groups
often go out to spend time with the elderly and the infirm, or to visit poor neighbourhoods, or to meet
people’s needs through “nights of charity”. Very often, they come to realize that there they receive
much more than what they give. We grow in wisdom and maturity when we take the time to touch the
suffering of others. The poor have a hidden wisdom and, with a few simple words, they can help us
discover unexpected values.

172. Other young people take part in social programs that build houses for the homeless, or reclaim
contaminated areas or offer various kinds of assistance to the needy. It would be helpful if this shared
energy could be channelled and organized in a more stable way and with clear goals, so as to be even
more effective. University students can apply their knowledge in an interdisciplinary way, together with
young people of other churches or religions, in order to propose solutions to social problems.

173. As in the miracle of Jesus, the bread and the fish provided by young people can multiply (cf. Jn
6:4-13). As in the parable, the small seeds sown by young people can yield a rich harvest (cf. Mt
13:23.31-32). All of this has its living source in the Eucharist, in which our bread and our wine are
transformed to grant us eternal life. Young people face immense and difficult challenges. With faith in the
risen Lord, they can confront them with creativity and hope, ever ready to be of service, like the
servants in the wedding feast, who unknowingly cooperated in Jesus’ first miracle. They did nothing
more than follow the order of his Mother. “Do whatever he tells you” (Jn 2:5). Mercy, creativity and
hope make life grow.

174. I want to encourage all of you in this effort, because I know that “your young hearts want to build
a better world. I have been following news reports of the many young people throughout the world
who have taken to the streets to express the desire for a more just and fraternal society. Young people
taking to the streets! The young want to be protagonists of change. Please, do not leave it to others to
be protagonists of change. You are the ones who hold the future! Through you, the future enters into
the world. I ask you also to be protagonists of this transformation. You are the ones who hold the key
to the future! Continue to fight apathy and to offer a Christian response to the social and political
troubles emerging in different parts of the world. I ask you to build the future, to work for a better
world. Dear young people, please, do not be bystanders in life. Get involved! Jesus was not a
bystander. He got involved. Don’t stand aloof, but immerse yourselves in the reality of life, as Jesus
did”.[92] Above all, in one way or another, fight for the common good, serve the poor, be protagonists
of the revolution of charity and service, capable of resisting the pathologies of consumerism and
superficial individualism.

Courageous missionaries

175. Filled with the love of Christ, young people are called to be witnesses of the Gospel wherever they
find themselves, by the way they live. Saint Alberto Hurtado once said that “being an apostle does not
mean wearing a lapel pin; it is not about speaking about the truth but living it, embodying it, being
transformed in Christ. Being an apostle does not mean carrying a torch in hand, possessing the light,
but being that light… The Gospel, more than a lesson, is an example. A message that becomes a life
fully lived”.[93]

176. The importance of witness does not mean that we should be silent about the word. Why should
we not speak of Jesus, why should we not tell others that he gives us strength in life, that we enjoy
talking with him, that we benefit from meditating on his words? Young people, do not let the world draw
you only into things that are wrong and superficial. Learn to swim against the tide, learn how to share
Jesus and the faith he has given you. May you be moved by that same irresistible impulse that led Saint
Paul to say: “Woe to me if I do not proclaim the Gospel” (1 Cor 9:16)!

177. “Where does Jesus send us? There are no borders, no limits: he sends us everywhere. The Gospel
is for everyone, not just for some. It is not only for those who seem closer to us, more receptive,
more welcoming. It is for everyone. Do not be afraid to go and bring Christ into every area of life, to
the fringes of society, even to those who seem farthest away and most indifferent. The Lord seeks all;
he wants everyone to feel the warmth of his mercy and his love”.[94] He invites us to be fearless
missionaries wherever we are and in whatever company we find ourselves: in our neighbourhoods, in
school or sports or social life, in volunteer service or in the workplace. Wherever we are, we always
have an opportunity to share the joy of the Gospel. That is how the Lord goes out to meet everyone.
He loves you, dear young people, for you are the means by which he can spread his light and hope. He
is counting on your courage, your boldness and your enthusiasm.

178. Don’t think that this mission is soft and easy. Some young people have given their lives for the
sake of missionary outreach. As the Korean bishops put it: “we hope that we can be grains of wheat
and instruments for the salvation of humanity, following upon the example of the martyrs. Though our
faith is as small as a mustard seed, God will give it growth and use it as an instrument for his work of
salvation”.[95] Young friends, don’t wait until tomorrow to contribute your energy, your audacity and
your creativity to changing our world. Your youth is not an “in-between time”. You are the now of God,
and he wants you to bear fruit.[96] For “it is in giving that we receive”.[97] The best way to prepare a
bright future is to experience the present as best we can, with commitment and generosity.

CHAPTER SIX

Young people with roots

179. I have sometimes seen young and beautiful trees, their branches reaching to the sky, pushing ever
higher, and they seemed a song of hope. Later, following a storm, I would find them fallen and lifeless.
They lacked deep roots. They spread their branches without being firmly planted, and so they fell as
soon as nature unleashed her power. That is why it pains me to see young people sometimes being
encouraged to build a future without roots, as if the world were just starting now. For “it is impossible
for us to grow unless we have strong roots to support us and to keep us firmly grounded. It is easy to
drift off, when there is nothing to clutch onto, to hold onto”.[98]

Don’t allow yourselves to be uprooted

180. This is an important issue, and I want to spend a brief chapter discussing it. If we appreciate this
issue, we can distinguish the joy of youth from a false cult of youth that can be used to seduce and
manipulate young people.

181. Think about it: if someone tells young people to ignore their history, to reject the experiences of
their elders, to look down on the past and to look forward to a future that he holds out, doesn’t it then
become easy to draw them along so that they only do what he tells them? He needs the young to be
shallow, uprooted and distrustful, so that they can trust only in his promises and act according to his
plans. That is how various ideologies operate: they destroy (or deconstruct) all differences so that they
can reign unopposed. To do so, however, they need young people who have no use for history, who
spurn the spiritual and human riches inherited from past generations, and are ignorant of everything
that came before them.

182. These masters of manipulation also use another tactic: the cult of youth, which dismisses all that
is not young as contemptible and outmoded. The youthful body becomes the symbol of this new cult;
everything associated with that body is idolized and lusted after, while whatever is not young is
despised. But this cult of youth is simply an expedient that ultimately proves degrading to the young; it
strips them of any real value and uses them for personal, financial or political profit.

183. Dear young friends, do not let them exploit your youth to promote a shallow life that confuses
beauty with appearances. Realize that there is beauty in the labourer who returns home grimy and
unkempt, but with the joy of having earned food for his family. There is extraordinary beauty in the
fellowship of a family at table, generously sharing what food it has. There is beauty in the wife, slightly
dishevelled and no longer young, who continues to care for her sick husband despite her own failing
health. Long after the springtime of their courtship has passed, there is beauty in the fidelity of those
couples who still love one another in the autumn of life, those elderly people who still hold hands as
they walk. There is also a beauty, unrelated to appearances or fashionable dress, in all those men and
women who pursue their personal vocation with love, in selfless service of community or nation, in the
hard work of building a happy family, in the selfless and demanding effort to advance social harmony.
To find, to disclose and to highlight this beauty, which is like that of Christ on the cross, is to lay the
foundations of genuine social solidarity and the culture of encounter.

184. Along with the stratagems of a false cult of youth and appearance, we are also witnessing
attempts to promote a spirituality without God, an affectivity without community or concern for those
who suffer, a fear of the poor, viewed as dangerous, and a variety of claims to offer a future paradise
that nonetheless seems increasingly distant. I do not want to offer you any such thing, and with great
love I urge you not to let yourselves be taken in by this ideology. It will not make you any younger, but
enslave you instead. I propose another way, one born of freedom, enthusiasm, creativity and new
horizons, while at the same time cultivating the roots that nourish and sustain us.

185. In this regard, I would note that “many Synod Fathers coming from non-Western contexts
pointed out that in their countries globalization is bringing with it forms of cultural colonization that
sever young people from their cultural and religious roots. The Church needs to make a commitment to
accompanying these young people, so that in the process they do not lose sight of the most precious
features of their identity”.[99]

186. Today, in fact, we see a tendency to “homogenize” young people, blurring what is distinctive
about their origins and backgrounds, and turning them into a new line of malleable goods. This produces
a cultural devastation that is just as serious as the disappearance of species of animals and plants.[100]
For this reason, in addressing young indigenous people gathered in Panama, I encouraged them to
“care for your roots, because from the roots comes the strength that is going to make you grow,
flourish and bear fruit”.[101]

Your relationship with the elderly


187. At the Synod, we heard that “the young are focused on the future and they face life with energy
and dynamism. But they are also tempted… to give little attention to the memory of the past from
which they come, in particular the many gifts transmitted to them by their parents, their grandparents
and the cultural experience of the society in which they live. Helping the young to discover the living
richness of the past, to treasure its memory and to make use of it for their choices and opportunities, is
a genuine act of love towards them, for the sake of their growth and the decisions they are called to
make”.[102]

188. The word of God encourages us to remain close to the elderly, so that we can benefit from their
experience: “Stand in the assembly of the elders. Who is wise? Cling to him... If you see an intelligent
man, visit him; let your foot wear out his doorstep” (Sir 6:34.36). In any case, the long years they
lived and all they have experienced in life should make us look to them with respect: “You shall rise up
before the hoary head” (Lev 19:32). For “the glory of young men is their strength, but the beauty of
old men is their grey hair” (Prov 20:29).

189. The Bible also tells us: “Listen to your father who begot you, and do not despise your mother
when she is old” (Prov 23:22). The command to honour our father and mother “is the first
commandment to carry a promise with it” (Eph 6:2, cf. Ex 20:12; Deut 5:16; Lev 19:3), and that
promise is: “that it may be well with you and that you may live long on the earth” (Eph 6:3).

190. This does not mean having to agree with everything adults say or approving all their actions. A
young person should always have a critical spirit. Saint Basil the Great encouraged the young to esteem
the classical Greek authors, but to accept only whatever good they could teach.[103] It is really a
matter of being open to receiving a wisdom passed down from generation to generation, a wisdom
familiar with human weakness and not deserving to vanish before the novelties of consumer society
and the market.

191. The world has never benefitted, nor will it ever benefit, from a rupture between generations. That
is the siren song of a future without roots and origins. It is the lie that would have you believe that only
what is new is good and beautiful. When intergenerational relationships exist, a collective memory is
present in communities, as each generation takes up the teachings of its predecessors and in turn
bequeaths a legacy to its successors. In this way, they provide frames of reference for firmly
establishing a new society. As the old saying goes: “If the young had knowledge and the old strength,
there would be nothing they could not accomplish”.

Dreams and visions

192. The prophecy of Joel contains a verse that expresses this nicely: “I will pour out my Spirit upon all
flesh, and your sons and your daughters shall prophesy, and your young men shall see visions, and
your old men shall dream dreams” (3:1; cf. Acts 2:17). When young and old alike are open to the Holy
Spirit, they make a wonderful combination. The old dream dreams, and the young see visions. How do
the two complement one another?

193. The elderly have dreams built up of memories and images that bear the mark of their long
experience. If young people sink roots in those dreams, they can peer into the future; they can have
visions that broaden their horizons and show them new paths. But if the elderly do not dream, young
people lose clear sight of the horizon.

194. Perhaps our parents have preserved a memory that can help us imagine the dream our
grandparents dreamed for us. All of us, even before our birth, received, as a blessing from our
grandparents, a dream filled with love and hope, the dream of a better life. Even if not our
grandparents, surely some of our great-grandparents had that happy dream as they contemplated their
children and then grandchildren in the cradle. The very first dream of all is the creative dream of God our
Father, which precedes and accompanies the lives of all his children. The memory of this blessing that
extends from generation to generation is a precious legacy that we should keep alive so that we too
can pass it on.

195. That is why it is a good thing to let older people to tell their long stories, which sometimes seem
legendary or fanciful – they are the dreams of old people – yet are often full of rich experiences, of
eloquent symbols, of hidden messages. These stories take time to tell, and we should be prepared to
listen patiently and let them sink in, even though they are much longer than what we are used to in the
social media. We have to realize that the wisdom needed for life bursts the confines of our present-day
media resources.

196. In the book Sharing the Wisdom of Time,[104] I expressed some thoughts in the form of
questions. “What do I ask of the elders among whom I count myself? I call us to be memory keepers.
We grandfathers and grandmothers need to form a choir. I envision elders as a permanent choir of a
great spiritual sanctuary, where prayers of supplication and songs of praise support the larger
community that works and struggles in the field of life”.[105] It is a beautiful thing when “young men and
maidens together, old men and children, praise the name of the Lord” (Ps 148:12-13).

197. What can we elderly persons give to the young? “We can remind today’s young people, who have
their own blend of heroic ambitions and insecurities, that a life without love is an arid life”.[106] What can
we tell them? “We can tell fearful young people say that anxiety about the future can be
overcome”.[107] What can we teach them? “We can teach those young people, sometimes so focused
on themselves, that there is more joy in giving than in receiving, and that love is not only shown in
words, but also in actions”.[108]

Taking risks together

198. A love that is generous and outgoing, that acts and takes risks, may at times make mistakes.
Here we may find timely the witness of Maria Gabriella Perin, who lost her father shortly after her birth:
she reflects on how this influenced her life, in a relationship that did not last but that left her a mother
and now a grandmother. “What I know is that God makes stories. In his genius and mercy, he takes
our triumphs and our failures and weaves beautiful tapestries that are full of irony. The reverse of the
fabric may look messy with its tangled threads – the events of our life – and maybe this is the side we
dwell on when we doubt. But the right side of the tapestry displays a magnificent story, and this is the
side that God sees”.[109] When older people look at life closely, often they instinctively know what lies
behind the tangled threads, and they recognize what God can create even out of our mistakes.

199. If we journey together, young and old, we can be firmly rooted in the present, and from here,
revisit the past and look to the future. To revisit the past in order to learn from history and heal old
wounds that at times still trouble us. To look to the future in order to nourish our enthusiasm, cause
dreams to emerge, awaken prophecies and enable hope to blossom. Together, we can learn from one
another, warm hearts, inspire minds with the light of the Gospel, and lend new strength to our hands.

200. Roots are not anchors chaining us to past times and preventing us from facing the present and
creating something new. Instead, they are a fixed point from which we can grow and meet new
challenges. It does us no good “to sit down and long for times past; we must meet our culture with
realism and love and fill it with the Gospel. We are sent today to proclaim the Good News of Jesus to a
new age. We need to love this time with all its opportunities and risks, its joys and sorrows, its riches
and its limits, its successes and failures”.[110]

201. During the Synod, one of the young auditors from the Samoan Islands spoke of the Church as a
canoe, in which the elderly help to keep on course by judging the position of the stars, while the young
keep rowing, imagining what waits for them ahead. Let us steer clear of young people who think that
adults represent a meaningless past, and those adults who always think they know how young people
should act. Instead, let us all climb aboard the same canoe and together seek a better world, with the
constantly renewed momentum of the Holy Spirit.

CHAPTER SEVEN

Youth Ministry

202. Youth ministry, as traditionally carried out, has been significantly affected by social and cultural
changes. Young people frequently fail to find in our usual programmes a response to their concerns,
their needs, their problems and issues. The proliferation and growth of groups and movements
predominantly associated with the young can be considered the work of the Holy Spirit who constantly
shows us new paths. Even so, there is a need to look at the ways such groups participate in the
Church’s overall pastoral care, as well as a need for greater communion among them and a better
coordination of their activities. Although it is never easy to approach young people, two things have
become increasingly evident: the realization that the entire community has to be involved in
evangelizing them, and the urgent requirement that they take on a greater role in pastoral outreach.

A pastoral care that is synodal

203. I want to state clearly that young people themselves are agents of youth ministry. Certainly they
need to he helped and guided, but at the same time left free to develop new approaches, with creativity
and a certain audacity. So I will not attempt here to propose a kind of manual of youth ministry or a
practical pastoral guide. I am more concerned with helping young people to use their insight, ingenuity
and knowledge to address the issues and concerns of other young people in their own language.

204. The young make us see the need for new styles and new strategies. For example, while adults
often worry about having everything properly planned, with regular meetings and fixed times, most
young people today have little interest in this kind of pastoral approach. Youth ministry needs to
become more flexible: inviting young people to events or occasions that provide an opportunity not
only for learning, but also for conversing, celebrating, singing, listening to real stories and experiencing a
shared encounter with the living God.

205. At the same time, we should take into greater consideration those practices that have shown their
value – the methods, language and aims that have proved truly effective in bringing young people to
Christ and the Church. It does not matter where they are coming from or what labels they have
received, whether “conservative” or “liberal”, “traditional” or “progressive”. What is important is that we
make use of everything that has borne good fruit and effectively communicates the joy of the Gospel.

206. Youth ministry has to be synodal; it should involve a “journeying together” that values “the
charisms that the Spirit bestows in accordance with the vocation and role of each of the Church’s
members, through a process of co-responsibility... Motivated by this spirit, we can move towards a
participatory and co-responsible Church, one capable of appreciating its own rich variety, gratefully
accepting the contributions of the lay faithful, including young people and women, consecrated persons,
as well as groups, associations and movements. No one should be excluded or exclude
themselves”.[111]

207. In this way, by learning from one another, we can better reflect that wonderful multi-faceted
reality that Christ’s Church is meant to be. She will be able to attract young people, for her unity is not
monolithic, but rather a network of varied gifts that the Spirit ceaselessly pours out upon her, renewing
her and lifting her up from her poverty.

208. In the Synod, many concrete proposals emerged for renewing youth ministry and freeing it from
approaches that are no longer effective because they are incapable of entering into dialogue with
contemporary youth culture. Naturally, I cannot list them all here. A number of them can be found in
the Final Document of the Synod.

Main courses of action

209. I wish simply to emphasize that youth ministry involves two main courses of action. One is
outreach, the way we attract new young people to an experience of the Lord. The other is growth, the
way we help those who have already had that experience to mature in it.

210. As for outreach, I trust that young people themselves know how best to find appealing ways to
come together. They know how to organize events, sports competitions and ways to evangelize using
the social media, through text messages, songs, videos and other ways. They only have to be
encouraged and given the freedom to be enthused about evangelizing other young people wherever
they are to be found. When the message is first brought up, whether in a youth retreat, a conversation
in a bar, on school holidays, or in any of God’s mysterious ways, it can awaken a deep experience of
faith. What is most important, though, is that each young person can be daring enough to sow the seed
of the message on that fertile terrain that is the heart of another young person.

211. In this outreach, we need to use above all the language of closeness, the language of generous,
relational and existential love that touches the heart, impacts life, and awakens hope and desires. Young
people need to be approached with the grammar of love, not by being preached at. The language that
young people understand is spoken by those who radiate life, by those who are there for them and with
them. And those who, for all their limitations and weaknesses, try to live their faith with integrity. We
also have to give greater thought to ways of incarnating the kerygma in the language of today’s youth.

212. As for growth, I would make one important point. In some places, it happens that young people
are helped to have a powerful experience of God, an encounter with Jesus that touched their hearts.
But the only follow-up to this is a series of “formation” meetings featuring talks about doctrinal and
moral issues, the evils of today’s world, the Church, her social doctrine, chastity, marriage, birth control
and so on. As a result, many young people get bored, they lose the fire of their encounter with Christ
and the joy of following him; many give up and others become downcast or negative. Rather than
being too concerned with communicating a great deal of doctrine, let us first try to awaken and
consolidate the great experiences that sustain the Christian life. In the words of Romano Guardini,
“when we experience a great love… everything else becomes part of it”.[112]

213. Any educational project or path of growth for young people must certainly include formation in
Christian doctrine and morality. It is likewise important that it have two main goals. One is the
development of the kerygma, the foundational experience of encounter with God through Jesus’ death
and resurrection. The other is growth in fraternal love, community life and service.

214. This was something I emphasized in Evangelii Gaudium, and I consider it worth repeating here. It
would be a serious mistake to think that in youth ministry “the kerygma should give way to a
supposedly more ‘solid’ formation. Nothing is more solid, profound, secure, meaningful and wisdom-
filled than that initial proclamation. All Christian formation consists of entering more deeply into the
kerygma”[113] and incarnating it ever more fully in our lives. Consequently, youth ministry should
always include occasions for renewing and deepening our personal experience of the love of God and
the living Christ. It can do this in a variety of ways: testimonies, songs, moments of adoration, times of
spiritual reflection on the sacred Scriptures, and even an intelligent use of social networks. Yet this joyful
experience of encounter with the Lord should never be replaced by a kind of “indoctrination”.

215. On the other hand, any programme of youth ministry should clearly incorporate various means
and resources that can help young people grow in fraternity, to live as brothers and sisters, to help one
another, to build community, to be of service to others, to be close to the poor. If fraternal love is the
“new commandment” (Jn 13:34), “the fullness of the Law” (Rom 13:10) and our best way of showing
our love for God, then it has to have a primary place in every project of youth formation and growth to
maturity.

Suitable environments

216. We need to make all our institutions better equipped to be more welcoming to young people,
since so many of them have a real sense of being orphaned. Here I am not referring to family problems
but to something experienced by boys and girls, young people and adults, parents and children alike. To
all these orphans – including perhaps ourselves – communities like a parish or school should offer
possibilities for experiencing openness and love, affirmation and growth. Many young people today feel
that they have inherited the failed dreams of their parents and grandparents, dreams betrayed by
injustice, social violence, selfishness and lack of concern for others. In a word, they feel uprooted. If the
young grow up in a world in ashes, it will be hard for them to keep alive the flame of great dreams and
projects. If they grow up in a desert devoid of meaning, where will they develop a desire to devote their
lives to sowing seeds? The experience of discontinuity, uprootedness and the collapse of fundamental
certainties, fostered by today’s media culture, creates a deep sense of orphanhood to which we must
respond by creating an attractive and fraternal environment where others can live with a sense of
purpose.

217. In a word, to create a “home” is to create “a family”. “It is to learn to feel connected to others by
more than merely utilitarian and practical bonds, to be united in such a way so as to feel that our life is
a bit more human. To create a home is to let prophecy take flesh and make our hours and days less
cold, less indifferent and anonymous. It is to create bonds by simple, everyday acts that all of us can
perform. A home, as we all know, demands that everyone work together. No one can be indifferent or
stand apart, since each is a stone needed to build the home. This also involves asking the Lord to grant
us the grace to learn how to be patient, to forgive one another, to start over each day. How many
times should I forgive and start over? Seventy times seven times, as many times as necessary. To
create strong bonds requires confidence and trust nurtured daily by patience and forgiveness. And that
is how the miracle takes place: we feel that here we are reborn, here we are all reborn, because we feel
God’s caress that enables us to dream of a more human world, and therefore of a world more
divine”.[114]

218. Along these lines, our institutions should provide young people with places they can make their
own, where they can come and go freely, feel welcome and readily meet other young people, whether
at times of difficulty and frustration, or of joy and celebration. Some of this is already happening in
oratories and other youth centres, which in many cases offer a friendly and relaxed setting where
friendships can grow, where young men and women can meet one another, where they can share
music, games, sports, but also reflection and prayer. In such places, much can be offered, without great
expenditure of funds. Then too, the person-to-person contact indispensable for passing on the message
can happen, something whose place cannot be taken by any pastoral resource or strategy.

219. “Friendship and discussion, often within more or less structured groups, offer the opportunity to
strengthen social and relational skills in a context in which one is neither analysed nor judged. Group
experience is also a great resource for sharing the faith and for mutual help in bearing witness. The
young are able to guide other young people and to exercise a genuine apostolate among their
friends”.[115]

220. This is not to say that they should become isolated and lose all contact with parish communities,
movements and other ecclesial institutions. But they will be better integrated into communities that are
open, living their faith, eager to radiate Christ, joyful, free, fraternal and committed. These communities
can be settings where they feel that it is possible to cultivate precious relationships.

Youth ministry in educational institutions

221. Schools are unquestionably a platform for drawing close to children and young people. Precisely
because they are such privileged places of personal development, the Christian community has always
been concerned to train teachers and administrators, and to found its own schools of various kinds and
levels. In this field of educating the young, the Spirit has raised up countless charisms and examples of
holiness. Yet schools are in urgent need of self-criticism, if we consider the results of their pastoral
outreach, which in many cases focuses on a kind of religious instruction that proves often incapable of
nurturing lasting experiences of faith. Some Catholic schools seem to be structured only for the sake of
self-preservation. Fear of change makes them entrenched and defensive before the dangers, real or
imagined, that any change might bring. A school that becomes a “bunker”, protecting its students from
errors “from without” is a caricature of this tendency. Yet this image reflects, in a chilling way, what
many young people experience when they graduate from certain educational institutions: an
insurmountable disconnect between what they were taught and the world in which they live. The way
they were instructed in religious and moral values did not prepare them to uphold those values in a
world that holds them up to ridicule, nor did they learn ways of praying and practicing the faith that can
be easily sustained amid the fast pace of today’s society. For one of the greatest joys that any
educator can have is to see a student turn into a strong, well-integrated person, a leader and someone
prepared to give.

222. Catholic schools remain essential places for the evangelization of the young. Account should be
taken of a number of guiding principles set forth in Veritatis Gaudium for the renewal and revival of
missionary outreach on the part of schools and universities. These include a fresh experience of the
kerygma, wide-ranging dialogue, inter-disciplinary and cross-disciplinary approaches, the promotion of a
culture of encounter, the urgency of creating networks and an option in favour of those who are least,
those whom society discards.[116] Similarly important is the ability to integrate the knowledge of head,
heart and hands.
223. On the other hand, we cannot separate spiritual from cultural formation. The Church has always
sought to develop ways of providing the young with the best education possible. Nor should she stop
now, for young people have a right to it. “Today, above all, the right to a good education means
protecting wisdom, that is, knowledge that is human and humanizing. All too often we are conditioned
by trivial and fleeting models of life that drive us to pursue success at a low price, discrediting sacrifice
and inculcating the idea that education is not necessary unless it immediately provides concrete results.
No, education makes us raise questions, keeps us from being anesthetized by banality, and impels us to
pursue meaning in life. We need to reclaim our right not to be side-tracked by the many sirens that
nowadays distract from this pursuit. Ulysses, in order not to give in to the siren song that bewitched his
sailors and made them crash against the rocks, tied himself to the mast of the ship and had his
companions plug their ears. Orpheus, on the other hand, did something else to counter the siren song:
he intoned an even more beautiful melody, which enchanted the sirens. This, then, is your great
challenge: to respond to the crippling refrains of cultural consumerism with thoughtful and firm
decisions, with research, knowledge and sharing”.[117]

Areas needing to be developed

224. Many young people have come to appreciate silence and closeness to God. Groups that gather to
adore the Blessed Sacrament or to pray with the word of God have also increased. We should never
underestimate the ability of young people to be open to contemplative prayer. We need only find the
right ways and means to help them embark on this precious experience. When it comes to worship and
prayer, “in many settings, young Catholics are asking for prayer opportunities and sacramental
celebrations capable of speaking to their daily lives through a fresh, authentic and joyful liturgy”.[118] It
is important to make the most of the great moments of the liturgical year, particularly Holy Week,
Pentecost and Christmas. But other festive occasions can provide a welcome break in their routine and
help them experience the joy of faith.

225. Christian service represents a unique opportunity for growth and openness to God’s gifts of faith
and charity. Many young people are attracted by the possibility of helping others, especially children and
the poor. Often this service is the first step to a discovery or rediscovery of life in Christ and the Church.
Many young people grow weary of our programmes of doctrinal and spiritual formation, and at times
demand a chance to be active participants in activities that benefit others.

226. Nor can we overlook the importance of the arts, like theatre, painting, and others. “Music is
particularly important, representing as it does a real environment in which the young are constantly
immersed, as well as a culture and a language capable of arousing emotion and shaping identity. The
language of music also represents a pastoral resource with a particular bearing on the liturgy and its
renewal”.[119] Singing can be a great incentive to young people as they make their way through life. As
Saint Augustine says: “Sing, but continue on your journey. Do not grow lazy, but sing to make the way
more enjoyable. Sing, but keep going… If you make progress, you will continue your journey, but be
sure that your progress is in virtue, true faith and right living. Sing then, but keep walking”.[120]

227. “Equally significant is the emphasis that young people place on sports; the Church should not
underestimate the potential of sports for education and formation, but instead maintain a strong
presence there. The world of sport needs to be helped to overcome some of its problematic aspects,
such as the idolization of champions, subservience to commercial interests and the ideology of success
at any cost”.[121] At the heart of the experience of sport is “joy: the joy of exercising, of being
together, of being alive and rejoicing in the gifts the Creator gives us each day”.[122] Some Fathers of
the Church used the example of the training of athletes to encourage the young to develop their
strength and to overcome idleness and boredom. Saint Basil the Great, writing to young people, used
the effort demanded by athletics to illustrate the value of self-sacrifice as a means of growth in virtue:
“These men endure sufferings beyond number, they use many means to build their strength, they
sweat constantly as they train... in a word, they so discipline themselves that their whole life prior to
the contest is but a preparation for it... How then can we, who have been promised rewards so
wondrous in number and in splendour that no tongue can recount them, even think of winning them if
we do nothing other than spend our lives in leisure and make but half-hearted efforts?”[123]

228. Nature holds a special attraction for many adolescents and young people who recognize our need
to care for the environment. Such is the case with the scouting movement and other groups that
encourage closeness to nature, camping trips, hiking, expeditions and campaigns to improve the
environment. In the spirit of Saint Francis of Assisi, these experiences can be a real initiation into the
school of universal fraternity and contemplative prayer.

229. These and various other opportunities for evangelizing the young should not make us forget that,
despite the changing times and sensibilities of young people, there are gifts of God that never grow old,
for they contain a power transcending all times and places. There is the word of the Lord, ever living
and effective, the nourishing presence of Christ in the Eucharist, and the sacrament of Reconciliation,
which brings us freedom and strength. We can also mention the inexhaustible spiritual riches preserved
by the Church in the witness of her saints and the teaching of the great spiritual masters. Although we
have to respect different stages of growth, and at times need to wait patiently for the right moment,
we cannot fail to invite young people to drink from these wellsprings of new life. We have no right to
deprive them of this great good.
A “popular” youth ministry

230. In addition to the ordinary, well-planned pastoral ministry that parishes and movements carry out,
it is also important to allow room for a “popular” youth ministry, with a different style, schedule, pace
and method. Broader and more flexible, it goes out to those places where real young people are active,
and fosters the natural leadership qualities and the charisms sown by the Holy Spirit. It tries to avoid
imposing obstacles, rules, controls and obligatory structures on these young believers who are natural
leaders in their neighbourhoods and in other settings. We need only to accompany and encourage
them, trusting a little more in the genius of the Holy Spirit, who acts as he wills.

231. We are speaking of truly “popular” leaders, not elitists or those closed off in small groups of select
individuals. To be able to generate a “popular” ministry to youth “they need to learn to listen to the
sense of the people, to become their spokespersons and to work for their promotion”.[124] When we
speak of “the people”, we are not speaking about the structures of society or the Church, but about all
those persons who journey, not as individuals, but as a closely-bound community of all and for all, one
that refuses to leave the poor and the vulnerable behind. “The people wants everyone to share in the
common good and thus agree to keep pace with its least members, so that all can arrive
together”.[125] “Popular” leaders, then, are those able to make everyone, including the poor, the
vulnerable, the frail and the wounded, part of the forward march of youth. They do not shun or fear
those young people who have experienced hurt or borne the weight of the cross.

232. Similarly, especially in the case of young people who do not come from Christian families or
institutions, and are slowly growing to maturity, we have to encourage all the good that we can.[126]
Christ warned us not to see only the good grain (cf. Mt 13:24-30). At times, in the attempt to develop
a pure and perfect youth ministry, marked by abstract ideas, protected from the world and free of
every flaw, we can turn the Gospel into a dull, meaningless and unattractive proposition. Such a youth
ministry ends up completely removed from the world of young people and suited only to an elite
Christian youth that sees itself as different, while living in an empty and unproductive isolation. In
rejecting the weeds, we also uproot or choke any number of shoots trying to spring up in spite of their
limitations.

233. Instead of “overwhelming young people with a body of rules that make Christianity seem
reductive and moralistic, we are called to invest in their fearlessness and to train them to take up their
responsibilities, in the sure knowledge that error, failure and crisis are experiences that can strengthen
their humanity”.[127]

234. The Synod called for the development of a youth ministry capable of being inclusive, with room for
all kinds of young people, to show that we are a Church with open doors. Nor does one have to accept
fully all the teachings of the Church to take part in certain of our activities for young people. It is enough
to have an open mind towards all those who have the desire and willingness to be encountered by
God’s revealed truth. Some of our pastoral activities can assume that a journey of faith has already
begun, but we need a “popular” youth ministry that can open doors and make room for everyone, with
their doubts and frustrations, their problems and their efforts to find themselves, their past errors, their
experiences of sin and all their difficulties.

235. Room should also be made for “all those who have other visions of life, who belong to other
religions or who distance themselves from religion altogether. All the young, without exception, are in
God’s heart and thus in the Church’s heart. We recognize frankly that this statement on our lips does
not always find real expression in our pastoral actions: often we remain closed in our environments,
where their voice does not penetrate, or else we dedicate ourselves to less demanding and more
enjoyable activities, suppressing that healthy pastoral restlessness that would urge us to move out
from our supposed security. The Gospel also asks us to be daring, and we want to be so, without
presumption and without proselytizing, testifying to the love of the Lord and stretching out our hands to
all the young people in the world”.[128]

236. Youth ministry, when it ceases to be elitist and is willing to be “popular”, is a process that is
gradual, respectful, patient, hopeful, tireless and compassionate. The Synod proposed the example of
the disciples of Emmaus (cf. Lk 24:13-35) as a model of what happens in youth ministry.

237. “Jesus walks with two disciples who did not grasp the meaning of all that happened to him, and
are leaving Jerusalem and the community behind. Wanting to accompany them, he joins them on the
way. He asks them questions and listens patiently to their version of events, and in this way he helps
them recognize what they were experiencing. Then, with affection and power, he proclaims the word to
them, leading them to interpret the events they had experienced in the light of the Scriptures. He
accepts their invitation to stay with them as evening falls; he enters into their night. As they listen to
him speak, their hearts burn within them and their minds are opened; they then recognize him in the
breaking of the bread. They themselves then choose to resume their journey at once in the opposite
direction, to return to the community and to share the experience of their encounter with the risen
Lord”.[129]

238. Various manifestations of popular piety, especially pilgrimages, attract young people who do not
readily feel at home in ecclesial structures, and represent a concrete sign of their trust in God. These
ways of seeking God are seen particularly in young people who are poor, but also those in other
sectors of society. They should not be looked down on, but encouraged and promoted. Popular piety
“is a legitimate way of living the faith”[130] and “an expression of the spontaneous missionary activity of
the People of God”.[131]

Always missionaries

239. Here I would point out that it doesn’t take much to make young people missionaries. Even those
who are most frail, limited and troubled can be missionaries in their own way, for goodness can always
be shared, even if it exists alongside many limitations. A young person who makes a pilgrimage to ask
Our Lady for help, and invites a friend or companion along, by that single gesture is being a good
missionary. Inseparable from a “popular” youth ministry is an irrepressible “popular” missionary activity
that breaks through our customary models and ways of thinking. Let us accompany and encourage it,
but not presume to overly regulate it.

240. If we can hear what the Spirit is saying to us, we have to realize that youth ministry is always
missionary. Young people are greatly enriched when they overcome their reticence and dare to visit
homes, and in this way make contact with people’s lives. They learn how to look beyond their family
and their group of friends, and they gain a broader vision of life. At the same time, their faith and their
sense of being part of the Church grow stronger. Youth missions, which usually take place during school
holidays after a period of preparation, can lead to a renewed experience of faith and even serious
thoughts about a vocation.

241. Young people can find new fields for mission in the most varied settings. For example, since they
are already so familiar with social networks, they should be encouraged to fill them with God, fraternity
and commitment.

The accompaniment of adults

242. Young people need to have their freedom respected, yet they also need to be accompanied. The
family should be the first place of accompaniment. Youth ministry can present the ideal of life in Christ
as the process of building a house on rock (cf. Mt 7:24-25). For most young people, that house, their
life, will be built on marriage and married love. That is why youth ministry and the pastoral care of
families should be coordinated and integrated, with the aim of ensuring a continuous and suitable
accompaniment of the vocational process.

243. The community has an important role in the accompaniment of young people; it should feel
collectively responsible for accepting, motivating, encouraging and challenging them. All should regard
young people with understanding, appreciation and affection, and avoid constantly judging them or
demanding of them a perfection beyond their years.

244. At the Synod, “many pointed to the shortage of qualified people devoted to accompaniment.
Belief in the theological and pastoral value of listening entails rethinking and renewing the ways that
priestly ministry is ordinarily exercised, and reviewing its priorities. The Synod also recognized the need
to train consecrated persons and laypeople, male and female, to accompany young people. The
charism of listening that the Holy Spirit calls forth within the communities might also receive institutional
recognition as a form of ecclesial service”.[132]

245. There is also a special need to accompany young men and women showing leadership potential,
so that they can receive training and the necessary qualifications. The young people who met before
the Synod called for “programmes for the formation and continued development of young leaders.
Some young women feel that there is a lack of leading female role models within the Church and they
too wish to give their intellectual and professional gifts to the Church. We also believe that seminarians
and religious should have an even greater ability to accompany young leaders”.[133]

246. The same young people described to us the qualities they hope to find in a mentor, and they
expressed this with much clarity. “The qualities of such a mentor include: being a faithful Christian who
engages with the Church and the world; someone who constantly seeks holiness; someone who is a
confidant without judgement. Similarly, someone who actively listens to the needs of young people and
responds in kind; someone deeply loving and self-aware; someone who recognizes his or her limits and
knows the joys and sorrows of the spiritual journey. An especially important quality in mentors is the
acknowledgement of their own humanity – the fact that they are human beings who make mistakes:
not perfect people but forgiven sinners. Sometimes mentors are put on a pedestal, and when they fall,
it may have a devastating impact on young people’s ability to continue to engage with the Church.
Mentors should not lead young people as passive followers, but walk alongside them, allowing them to
be active participants in the journey. They should respect the freedom that comes with a young
person’s process of discernment and equip them with tools to do so well. A mentor should believe
wholeheartedly in a young person’s ability to participate in the life of the Church. A mentor should
therefore nurture the seeds of faith in young people, without expecting to immediately see the fruits of
the work of the Holy Spirit. This role is not and cannot be limited to priests and consecrated life, but the
laity should also be empowered to take on such a role. All such mentors should benefit from being well-
formed, and engage in ongoing formation”.[134]

247. The Church’s educational institutions are undoubtedly a communal setting for accompaniment;
they can offer guidance to many young people, especially when they “seek to welcome all young
people, regardless of their religious choices, cultural origins and personal, family or social situations. In
this way, the Church makes a fundamental contribution to the integral education of the young in various
parts of the world”.[135] They would curtail this role unduly were they to lay down rigid criteria for
students to enter and remain in them, since they would deprive many young people of an
accompaniment that could help enrich their lives.

CHAPTER EIGHT

Vocation

248. The word “vocation” can be understood in a broad sense as a calling from God, including the call
to life, the call to friendship with him, the call to holiness, and so forth. This is helpful, since it situates
our whole life in relation to the God who loves us. It makes us realize that nothing is the result of pure
chance