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1945

Segundos después de que Claude diera la orden de apretar el botón, cerca


de 100mil personas perdieron la vida y una ciudad entera quedó reducida a
cenizas. Era el 6 de agosto de 1945 y esa fue la primera de las dos veces que
fuera detonada la bomba atómica sobre blancos humanos; ambas por el
ejército de EE.UU y en suelo japonés.

Desde ese momento, la vida de Claude Eatherly, encargado de analizar las


condiciones climáticas para señalar el momento en que la bomba debía ser
arrojada, cambió para siempre. Pero la suya no se convirtió en la de un
orgulloso héroe nacional, dedicado a disfrutar de los agasajos y las
reverencias de sus connacionales, como sí les ocurrió a los otros participantes
de la misión. Su vida transcurrió entre intentos de suicidio, robos sin sentido,
exilios frustrados y una culpa que le quitó el sueño tranquilo para siempre.
También enviaba cartas de perdón a japoneses y sobres con dólares para los
que pudieron salvar sus vidas. La respuesta de la sociedad estadounidense
fue encerrarlo en manicomios y deslegitimar los sentimientos que le
despertó haber participado del asesinato de miles de personas. Sintió culpa y
horror en lugar de la tranquilidad del deber cumplido. Y eso resultaba
imperdonable.

En 1959 su historia llega a oídos de Gunther Anders, un filósofo de origen


polaco que estudiaba las implicancias de los avances técnicos sobre la
humanidad. Apasionado con el caso de este hombre que no pudo tolerar ser
alabado por un asesinato en masa, le escribe una carta que inicia una
correspondencia por años. En ella sentencia: “Usted, Eatherly, es también
una víctima de Hiroshima”. Para afirmarlo, no solo se basa en las visitas que
había hecho al territorio japonés bombardeado, donde, según el filósofo,
nadie tenía rencor por Claude, ya que lo veían simplemente como un tornillo
en una gran máquina. Sino que Anders incluye ese caso en el estado general
de la humanidad, que con los avances técnicos puede llegar a hacer cosas
que no están dentro del horizonte de su imaginación y mucho menos dentro
de los parámetros usuales de sentimientos como la culpa.

Así, la imposibilidad de Claude de superar el trauma resulta comprensible y


hasta consoladora para Anders, porque le demuestra que “intenta hacer
frente a los efectos de su acción y ese intento, aunque se malogre, es prueba
de que ha podido mantener alerta su conciencia, a pesar de que fue acoplado
como una pieza más a una máquina y utilizado con éxito”. Por lo tanto,
concluye: “Si su conciencia no ha muerto, tampoco la nuestra morirá, ni debe
morir”. Es una muestra de que por más que muchos intenten eludirlo, se
puede hacer frente a los actos posibilitados por la tecnología. El objetivo es
“ensanchar violentamente el horizonte imaginativo (y el de los sentimientos,
más estrecho aún), hasta que la imaginación y el sentir sean capaces de
concebir el espanto que somos capaces de producir”.

Desde ese diagnóstico general, Anders comprende que Claude no pueda


aliviarse de su dolor y sienta pánico y desorden mental. Es más, lo considera
como un síntoma de su salud mental: “Ser tan culpable como lo es usted y
estar clasificado por la opinión pública de inocente, e incluso ser celebrado
precisamente por esta culpa como héroe sonriente, debe ser, para una
persona decente, una situación insoportable”.

Esa primera carta capta totalmente la atención del ex combatiente, que se


siente comprendido, y da lugar a la correspondencia cruzada, en la que él
como participante de la atrocidad y el filósofo con pensador de la época
intentan comprender, aliviar el dolor y luchar por un mundo en el que no se
detonen más armas atómicas. La postura de Anders en este punto es que no
es suficiente con que se eliminen todas las bombas atómicas de la tierra, ya
que el conocimiento para su construcción seguiría vivo, sino que el objetivo
debe ser que un arma así no se use jamás, aunque no exista un solo día en
que no pueda ser usada. Para ello, llama a “obligarse a tener la parte de
miedo que corresponde a la magnitud del peligro apocalíptico”. Según él,
“vivimos en un mundo de aparatos, somos manejados, en una forma u otra,
por aparatos”.

Claude resulta cautivado por las ideas del filósofo y responde, entre otras
cosas: “La sociedad no puede aceptar mi culpa sin reconocer al mismo
tiempo la suya, mucho más grave”. Esto es retomado por Robert Junk,
escritor que prologa la edición de las cartas que llegaron a mis manos. “¡Qué
sencillo es el caso Eatherly si se le compara con el menos admitido, pero más
serio, caso Norteamérica. No son los sufrimientos de este piloto de Texas el
objeto de este drama, sino la misteriosa relación de su país con sus
ciudadanos. Para alcanzar una libertad sin temores trajo al mundo el terror
atómico; para asegurar la libertad y la felicidad de cada uno cree necesario
amenazar con la muerte a millones y millones.”

Esas cartas y reflexiones, más que concluir el tema, dejaron abiertas muchas
preguntas que siguen pisándonos los talones. La bomba atómica sigue
presente y puede ser utilizada a cada instante, como muchas otras
tecnologías de las cuales casi no hay debate alguno.

¿Qué tecnología?

Según Denise Najmanovich, investigadora y epistemóloga, la tecnología


puede entenderse en un sentido más amplio que el que se da
cotidianamente, ya que es “cualquier transformación sistemática constituida
dentro de un espacio social humano, que no necesita objetos. Es una forma
de hacer algo”. Desde esta concepción, los rituales con plantas alucinógenas,
por ejemplo, son también tecnologías ya que pueden crear cambios, en las
mentes, “más profundos que muchos aparatos”.

Tecnología y mente se entrecruzan y las reflexiones siguen el camino: “Una


de las cosas que hace nuestra cultura es presuponer que nosotros pensamos
con nuestra cabeza o con la razón abstracta -que vaya a saber uno dónde
está-. Desde muy diversas perspectivas contemporáneas estamos
proponiendo un abordaje muy diferente del conocimiento: nosotros
pensamos en el contexto de nuestro encuentro con la vida con todos los
dispositivos que nos constituyen a nosotros como personas. Entonces, todas
las tecnologías que usamos nos constituyen en nuestra posibilidad de
pensamiento. Desde los anteojos hasta el Ipad”. Nuestra vida configurada
por los inventos que creamos y utilizamos: “Pensar no es una actividad
puramente intelectual como supone la cultura positivista, sino que supone
un compromiso multidimensional del ser vivo con el mundo en el que
desarrolla su existencia. Las tecnologías son parte de esa relación con el
mundo. Ellas nos configuran aunque nosotros las hayamos inventado, pero el
hombre es tan omnipotente que cree que dirige todo. Cualquier artista te va
a decir hasta qué punto el material que está usando condiciona su modo de
crear”. La forma en que nos configuran, sin embargo, no aparecería dada
linealmente por la tecnología desarrollada, sino que lo crucial son “los modos
de construir sentido de los miembros de la comunidad” sobre esos aparatos y
dispositivos. Cómo los vivimos, usamos y nos dejamos “usar” por ellos.

Consecuencias ajenas
De todos modos, esta forma de aprehender los avances tecnológicos pocas
veces resulta de un debate profundo de las sociedades. Retomando el caso
de Claude y su imposibilidad de procesar las consecuencias de su acto, y
pensándolo desde el presente, Denise afirma que, en el fondo, “nunca
podemos saber todas las consecuencias de ningún acto y por lo tanto de
ninguna tecnología”. Es más, “las consecuencias de algo siempre son infinitas
y esa infinitud puede llevarnos al desinterés por las consecuencias o por una
toma de conciencia de nuestra responsabilidad que nos llevaría a extremar el
cuidado y la delicadeza con que actuamos en el mundo. Nuestra cultura ha
optado por otra solución: ha impuesto una moral que a priori determina qué
está bien y qué está mal, evitando la reflexión personal y por lo tanto
cualquier responsabilidad basada en un genuino entendimiento. Entonces
uno no tiene nada que pensar”.

El caso de Hiroshima sería un ejemplo extremo de cumplir con la


responsabilidad técnica en la que el fenómeno como totalidad no es
pensado. Nadie es responsable, porque a cada uno le corresponde sólo una
pequeña parte de la acción total y de ese modo no se siente responsable de
las consecuencias globales de su acción. “Solo le interesa hacer ´bien´ su
minúscula tarea y se rige así por lo que se conoce como la moral técnica. Esa
moral de ´foco limitado´ es al mismo tiempo un sistema de radical
desreponsabilización respecto a los efectos de la acción en la que hemos
participado y está presente en todos los aspectos de la vida, desde los más
minúsculos hasta los más grandes”. Además, la moral es un código de valores
que necesariamente es abstracta porque si no perdería su universalidad.
Junto a toda moral se establece también quiénes han de determinar lo
correcto y lo incorrecto y si cada acto concreto se ajusta a ella. “Serán los
sacerdotes, los sabios, los jueces, los legisladores los que han de tomar ese
lugar, que necesariamente es una posición de privilegio y establece una
jerarquía”.

¿Y qué hay más allá de la moral? Para Denise, la ética es algo muy distinto a
la moral. La reflexión ética “tiene que ver con comprometerse en la situación
en función de hasta dónde afecta y actuar en ella. Este pensamiento ético no
es antimoral, sencillamente no la toma como referencia. Si coincide con la
moral bien, y sino también. Por lo tanto, le ética es radicalmente situacional,
no abstracta y no jerárquica”. Tomando estos parámetros, si los pilotos de
Hiroshima hubiesen dejado de lado la moral técnica por la que se
desresponsabilzaban de sus actos y hubiesen actuado en base a una reflexión
ética, habrían estado más en contacto con las consecuencias de sus actos:
“Precisamente, no habría asesinatos masivos en una sociedad que
promoviera la reflexión ética, porque te pone en contacto afectivo, actual,
con lo que estás haciendo y las consecuencias”.

El encierro moral

Estas reglas que eximen de reflexionar éticamente constituyen, siguiendo a


Denise, “la forma de dominar a quienes participan en el sistema. Si todos
pudieran definir por sí mismos lo que consideran bien o mal, un sistema
jerárquico no sería posible. Por eso un planteamiento ético es radicalmente
subversivo”. Pero esto no quiere decir que unos manden libremente y otros
obedezcan sin posibilidad de actuar de otro modo. En ese caso, sería una de
las teorías de “complots” que Denise descarta y considera como un modo de
resistencia que generan las culturas jerárquicas. “Un sistema incluye
necesariamente a todos los que participan; está tan atrapada la presidenta
de la nación como el último pinche. Y tienen al mismo tiempo las mismas
posibilidades de resistir, porque todo el mundo en cierto momento ha
resistido, tanto en uno como en el otro en los extremos. Cualquiera puede
revelarse y se ha revelado. La moral nunca es totalmente compatible con la
vida. Ningún mandato, por bien que suene y por valioso que fuere en
abstracto, deja de tener su ´contraindicaciones´ en la complejidad de la vida.
Entonces, aunque uno no quiera, se revela.”

Una vida de reflexión ética continua es muy difícil de forma individual en las
sociedades con normas morales. Por un lado, “hay gente que se cree
totalmente irresponsable de lo que sucede en el mundo que estamos
viviendo, porque ellos hacen una tarea legal. Por ejemplo, hay personas que
se dedican a estudiar a los chicos y cómo manejan su insistencia a los padres
para que compren cosas. Y actividades de este tipo se consideran legales y
legítimas”. Al mismo tiempo, “mucha gente progresista, izquierdista, va a
criticar esas estrategias de marketing, pero no va a dejar de comprar sus
productos si les gustan.”

Una luz en el otro

Hay fuerzas, pero no invencibles, que nos hacen ir por la línea de la moral:
“Nuestra cultura no promueve la reflexión ética, al contrario, nos exige
obediencia a los mandatos morales. Quienes reflexionan éticamente suelen
no seguir la corriente y en muchos casos pueden sentir profundas
disonancias con su entorno, incluso sus seres queridos. Para eso es clave la
construcción de colectivos, que vayan sosteniendo esos otros modos de vida,
esa reflexión ética. Si fuéramos capaces de habitar cotidianamente esto,
hasta en lo que se come, qué productos se usan, tendríamos
transformaciones muy interesantes de nuestros modos de vida. Hacerlas de
forma singular y común al mismo tiempo, donde cada uno admite y conoce
su responsabilidad entendida dentro del contexto de vida donde está.

Desde la bomba atómica a nuestras conductas cotidianas puede haber un


solo paso. Entre seguir una orden y hacerse cargo, también.

> dR. vERNÉ bURDEIN