You are on page 1of 9

EL CAMINO A CRISTO

(resumen)

Capítulo 1
Amor supremo

Dios es la fuente de la vida, la sabiduría y gozo. Y la naturaleza nos muestra lo grandioso que es
nuestro Dios, cada flor, cada pajarillo con su canto, los verdes campos, todo nos refleja el carácter
de ese Dios tan maravilloso; incluso aun cuando el hombre pecó, Dios estuvo dispuesto a seguir
mostrando ese amor incomparable por nosotros. Cuando Dios maldijo la tierra por causa del hombre
que transgredió la ley, le asignó cardos y espinas a su vida con el fin de prepararlo para que se
levantara de la ruina; el mundo, aunque sumido en pecado aun nos muestra que “Dios es amor”.

En la Palabra de Dios encontramos muestras del carácter de Él. Cuando Moisés pide verlo, el Señor
le contestó: “Voy a darte pruebas de mi bondad, y te daré a conocer mi nombre” (Ex. 33:19). Dios
es un Dios maravilloso, amante, y compasivo. El Señor utiliza la naturaleza para mostrarnos su amor
constantemente; sin embargo, el enemigo se ha encargado de distorsionar toda la creación para
que el hombre tuviera miedo de Dios, para que lo vieran como un Dios tirano, corrompiendo la
imagen cariñosa de Dios; por tal motivo, Dios envió a su Hijo para que viniera a restituir lo que el
pecado había quebrantado, envió a su Hijo para que viéramos como es Él. Cuando uno de los doce
discípulos le dijo “Muéstranos al Padre”. Jesús le respondió: “El que me ha visto a mí, ha visto a mi
Padre” (Jn 14:8,9). Cristo durante el tiempo que estuvo en la tierra dio muestras de cariño, piedad,
misericordia, y ofreció la salvación a todos por igual. Buscaba libertar a la tierra de la esclavitud del
pecado.

Jesús dijo, describiendo su misión terrenal: Jehová “me ha ungido para anunciar buenas nuevas a
los pobres; me ha enviado para proclamar libertad a los cautivos, y a los ciegos recobró de la vista;
para poner en libertad a los oprimidos.” Cuando pasaba por las aldeas lo hacía sanando a todos,
demostrando su misericordia, amor y compasión; su interés por salvar a la humanidad se veía en
cada acto de simpatía por el hombre. Hablaba palabras de verdad, pero siempre con el amor eterno
que nos ha declarados y demostrado; nunca hablo una palabra severa ni innecesaria, siempre decía
la verdad con cariño. Denunció la hipocresía, la incredulidad y la iniquidad; y lloró sobre Jerusalén,
la ciudad amada, que no quiso recibirlo, que no quiso aceptar que él era el Camino, la Verdad y la
Vida. En todos veía la mancha del pecado, almas caídas a quienes vino a salvar.

El profeta Isaías escribió: “Varón de dolores”. Jesús vino a sufrir y morir por cada uno de los
habitantes de este mundo, para que nosotros a través de Él tuviéramos vida y la tuviéramos en
abundancia. Cristo soporto humillaciones, odios, insultos, golpes. “El castigo de nuestra paz fue
sobre Él, y por sus llagas fuimos nosotros sanados”. El sacrificio que Dios hizo al enviar a su Hijo
amado fue para mostrarnos su amor infinito, fue para que este mundo caído viera “Porque de tal
manera amó Dios al mundo, que envió a su Hijo unigénito”. Cristo es nuestro Sacrificio, nuestro
Abogado, nuestro Intercesor, y todo para que el hombre fuese levantado de las ruinas, de ese lodo
cenagoso. Él pagó nuestras iniquidades y nos mostró la profundidad y la altura del amor del Padre
por nosotros “no queriendo que ninguno se pierda, sino que todos procedamos al arrepentimiento”.

Este amor que Dios nos ha mostrado no se puede comparar con nada, tal amor por un mundo que
no le amaba. Dios nos ha prometido que podemos ser hijos del Rey celestial. Cuanto más
estudiemos la Palabra de Dios, más descubriremos la misericordia, la ternura y sobre todo el perdón
que Dios nos ofrece por medio de Cristo Jesús, Señor nuestro.
Capítulo 2
La más urgente necesidad del hombre

Cuando Dios creó al hombre, lo hizo perfecto, está dotado de habilidades y cualidades
extraordinarias, en su mente se maquinaban pensamientos puros. Pero con la desobediencia, estas
habilidades se deterioraron, sus facultades mentales se fueron contaminando y sus pensamientos
se volvieron impuros. Se volvió cautivo de Satanás; el tentador quería desbaratar el propósito de
Dios cuando creó al hombre, llenando la tierra de dolor y sufrimiento.

El hombre se comunicaba con Dios, pero después de su caída ya pudo encontrar el gozo de la
santidad y se ocultó de la presencia de Dios. El corazón del hombre no está en armonía con Dios
ni encuentra gozo en la comunión con Él. El ser humano por sí mismo no puede salir del hoyo de
pecado. Jesús dijo: “A menos que el hombre naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios”, para
adquirir un corazón nuevo, deseos nuevos que lo guíen a vivir una vida nueva. No basta solamente
con comprender la bondad de Dios o percibir sus maravillas, no basta discernir entre la sabiduría y
la justicia de su ley, sino creer que “He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.

En la Palabra de Dios encontramos ejemplo de personas que deseaban ser libres de culpabilidad.
Por ejemplo, cuando Jacob huyó después del engaño a Esaú, lo envolvió un sentimiento de culpa,
se sentía solo, abandonado, y separado. Lo que más lo abrumaba era el sentimiento de haberse
apartado de Dios, envuelto en la tristeza, se recostó a descansar en una tierra solitaria. Ya dormido,
soñó con una amplia escalera donde subían y bajaban ángeles del cielo, y se escuchaba un mensaje
de esperanza y consuelo. Es fue donde se revelo a Jacob lo que satisfacía su necesidad y ansia de
su alma: un Salvador.

Al caer el hombre en pecado, la tierra se separó del cielo, y a través de ese abismo que se había
creado no podía haber comunicación alguna. Solo por medio de nuestro Señor Jesús el mundo fue
nuevamente unido al cielo. El único camino para ir a Dios es por medio de Cristo Jesús, él dice: “Yo
soy el Camino, la Verdad y la Vida; nadie viene al Padre sino por mí”. Dios nos ofrece su amor, al
dar a su Hijo, contemplemos el sacrificio hecho en favor de nosotros, no despreciemos todo el
interés que el cielo por proveernos el rescate de este mundo caído.

No desechemos los medios de los cuales hemos sido provistos para que seamos transformados a
imagen de Cristo, conforme a su semejanza y restituidos a la comunión de los ángeles
ministradores, y sobre todo a la armonía y comunión del Padre y el Hijo.

Capítulo 3
Un poder misterioso que convence

El arrepentimiento causa tristeza por el pecado, pero también abandono del mismo. Mientras que
nosotros no desechemos al pecado de corazón, mientras sigamos acariciando nuestra
pecaminosidad, no habrá un cambio real en nuestras vidas. Muchos no comprenden la realidad del
arrepentimiento, se entristecen por temor a que sus vidas sean cargadas de sufrimiento que por el
mismo pecado cometido. Podemos encontrar algunos ejemplos de cómo la gente se entristecía más
por dolor que por haber cometido pecado, por ejemplo, Judas Iscariote exclamo: “¡He pecado
entregando sangre inocente!”. Lamentando el resultado del pecado, pero no experimentaban pesar
por el mismo pecado. Cuando el faraón de Egipto sufría bajo los juicios de Dios, si reconocía su
pecado a fin de escapar del castigo, pero volví a desafiar al Cielo en cuanto cesaban las plagas. Se
pueden encontrar otros ejemplos de cómo los hombres lamentaban los resultados del pecado, pero
no experimentaban pesar por el pecado en sí.

Cuando en el corazón del pecador está la influencia del Espíritu Santo, comienza a discernir un poco
de la profundidad de la santidad de la sagrada ley de Dios, la convicción se posesiona de la mente
y del corazón, es ahí donde el pecador reconoce la justicia de Dios. Sentir un verdadero
arrepentimiento como el de David, que anhelaba el gozo de la santidad y de ser restituido a la
armonía y comunión con Dios, es algo que supera nuestro propio poder y solo se obtiene por medio
de Cristo, quien nos amó y murió por nosotros. Muchos cometen el error de penar que primero deben
arrepentirse y después acudir a Cristo y no es malo; sin embargo, la Biblia nos recuerda la invitación
de Cristo: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os daré descanso” (Mat.
11:28).

Cristo es la fuente que puede implementar enemistad contra el pecado, todo lo que nosotros
sintamos como la bondad, la verdad, la convicción de nuestra vida pecaminosa dan evidencia que
el Espíritu Santo está obrando en nosotros y en nuestros corazones. En ocasiones el que busca el
perdón de Dios se sienten muy avergonzados de la vida que llevan y abandonan algunos de sus
malos hábitos y no se dan cuenta que son atraídos a Cristo, pero siempre que hacen un esfuerzo
por reformarse, es el poder de Cristo que los atrae. El conocimiento del plan de salvación es el que
nos guía al pie de la cruz, arrepentidos de nuestros pecados, los cuales causaron los sufrimientos
del Hijo de Dios.

Este mundo no puede satisfacer nuestras necesidades, por eso el Espíritu Santo nos suplica que
busquemos las únicas cosas que nos traen paz y descanso, que es la gracia de Cristo y el gozo de
la santidad. Nosotros en quien existe el anhelo de algo mucho mejor que o que el mundo nos da,
debemos reconocer la voz de Dios que nos habla a nuestra alma, debemos pedirle que nos de ese
arrepentimiento para revelarnos a Cristo en su magnífico e infinito amor.

Capítulo 4
Para obtener la paz interior

Para obtener la misericordia y el perdón de Dios debemos hacer cosas sencillas, no necesitamos
hacer cosas como largas peregrinaciones, mucho menos penitencias; sino solamente creer en Cristo
y confesar todos nuestros pecados y apartarnos de ellos, entonces alcanzaremos misericordia. El
apóstol Santiago dice: “Confesad pues vuestros pecados los unos a los otros, y orad los unos por
los otros, para que seáis sanados”. (Sant. 5:16). Debemos confesar nuestros pecados a Dios porque
él es el único quien puede perdonarnos; y si tenemos algún motivo de ofensa con nuestro prójimo
debemos reconocerlo y es su deber perdonarnos con buena voluntad. Si no hemos confesado
nuestros pecados con humillación del alma y quebrantamiento de espíritu, aborreciendo nuestra
iniquidad, no hemos buscado verdaderamente el perdón de nuestros pecados. Y si no somos
perdonados es porque no estamos dispuestos a humillar nuestro corazón mucho menos a cumplir
las condiciones que impone Dios en su Palabra.

Dios no acepta la confesión si no va acompañada de arrepentimiento sincero y una reforma de


nuestra vida, todo lo que ofende a Dios debe dejarse. El arrepentimiento verdadero es el que induce
al hombre a reconocer su propia maldad, así como el pobre publicano, que no se sentía digno ni de
levantar los ojos al cielo, solo reconociendo nuestras iniquidades, seremos justificados, y Cristo
presentará su sangre en favor de nuestra alma arrepentida.
Un corazón humilde y quebrantado, enternecido por el arrepentimiento sincero, apreciará el amor
de Dios y también del precio del Calvario; “Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para
perdonarnos nuestros pecados, y limpiarnos de toda iniquidad” (1 Jn:1:9).

Capítulo 5
La consagración

“Me buscaréis y me hallaréis cuando me buscareis de todo vuestro corazón” (Jer. 29:13). Cuando
nosotros busquemos a Dios debemos hacerlo de corazón, para que se realice el cambio en
nosotros, por el pecado estamos destituidos de la gloria de Dios. El pecado nos sujeta a los lazos
de Satanás, por el cual hemos sido esclavizados; pero Dios quiere libertarnos y sanarnos, y desea
que nos entreguemos completamente a Él.

Como cristianos tenemos una lucha muy grande con nosotros mismos, Dios no fuerza a nadie, Él
quiere que su adoración le sea ofrecida de manera voluntaria, desea que el hombre, su obra
maestra, alcance el más alto desarrollo posible. Nos invita a entregarnos a Él para que así pueda
cumplir su voluntad en nosotros, a nosotros nos queda decidir si de verdad queremos ser libres de
la esclavitud del enemigo.

Nuestra consagración debe ser de tal manera que debemos abandonar nuestros malos caminos,
de todo aquello que nos estorba, de todo aquello que nos separa de Dios. Debemos alejarnos de
lar riquezas, la reputación y honores del mundo, egoísmo, libre responsabilidad, etc. Una persona
que realmente ama a Dios no pregunta cuanto necesita para satisfacer lo que Él requiere, no
preguntan cuál es la norma más baja, sino que buscan entregar todo lo que son en completa
voluntad con el Padre celestial.

El hijo de Dios lo dio todo por amor a nosotros: su vida, su amor, incluso sufrió por nosotros. Dios
no nos pide que renunciemos a cosa alguna cuya retención contribuya a nuestro mayor beneficio.
Lo que Él quiere es lo mejor para nosotros. Ojalá que todos aquellos que decidieron entregar su
vida a Cristo podamos comprender que Él tiene algo mucho mejor para nosotros en el reino celestial.

Dios acepta a todos los hombres tales como son, con defectos y con manchas, con debilidades e
impurezas; y Él los limpiará de pecado y les concederá la redención por medio de su sangre vertida
en la cruz, así como satisfacer el anhelo de todos los que consientan en llevar una vida digna.

Dios dio a los hombres el poder de elegir, a nosotros nos toca ejercer esta libertad; no podemos
cambiar nuestros corazones mucho menos dar por nosotros mismos sus afectos a Dios, pero si
podemos decidir servirle. Debemos desear ser bondadosos y santos, pero si no pasa esto de nada
valdrá, muchos se perderán esperando y deseando ser cristianos. Si nosotros dedicamos nuestra
voluntad a Dios, Él puede obrar un cambio completo en nuestra vida; y así nos uniremos a su poder
para poder vencer en este mundo, tendremos fuerzas de lo alto para sostenernos firmes y vivir una
vida nueva en Cristo.

Capítulo 6
Maravillas obradas por la fe

Luego que permitimos que el Espíritu Santo entre en nuestras vidas, reconocemos la magnitud de
nuestra pecaminosidad, cuando nos damos cuenta de lo perverso que es el pecado, entonces lo
empezaremos a aborrecer. Vivimos esclavizados en este mundo por el pecado, y entre más
luchemos por salir de esta servidumbre más entendemos que nos hace falta fuerza, debido a que
nuestro corazón es egoísta, corrompido; necesitamos ser limpiados y libres de estas ataduras.

Lo que realmente necesitamos es tener la paz y amor del Cielo, los cuales no podemos conseguir
en otro lugar, ni con todo el oro del mundo. Sin embargo, Dios nos lo ofrece sin costo alguno, con
tan solo extender nuestras manos para tomarlos. El Señor dice: “¡Aunque vuestros pecados fuesen
como la grana, como la nieve quedaran emblanquecidos; aunque fuesen rojos como el carmesí,
como lana quedarán!” (Isa. 1:18). Si nos entregamos a Dios y le pedimos que nos limpie de nuestros
pecados y nos dé un nuevo corazón, Él estará dispuesto a hacerlo porque lo ha prometido. Cuando
Cristo estuvo entre los hombres, dio muestras del cumplimiento de esta promesa, sanaba,
perdonaba y extendía la salvación para el que quería aceptarla.

En la Biblia se menciona el caso del paralitico de Betesda, su fe y su aceptación por la palabra de


Cristo, se le otorgo la sanidad, nosotros también somos enfermos, no podemos limpiarnos de
nuestros pecados pasados, no podemos hacernos santos, pero si creemos en la promesa de Dios,
sin vacilar, el Señor cumplirá su palabra en nuestra vida, así como el paralitico creyó y se levantó y
anduvo, así también nosotros seremos limpios si creemos sin dudar. Fuimos comprados por precio,
y mediante este acto de creer, el Espíritu Santo desarrollará una vida nueva en nuestro corazón, y
así nacemos como un niño en la familia de Dios.

Nadie es tan pecador que no pueda hallarla fuerza, pureza y justicia en Jesús, Él está esperando a
que nosotros no lleguemos a Él para quitarnos estas vestiduras manchadas y ponernos mantos
blancos de justicia. “No me complazco en la muerte del que muere, dice Jehová el Señor: ¡volveos
pues, y vivid!” (Eze. 18:32). En este mundo tendremos muchos conflictos porque el enemigo de las
almas quiere mantenernos en inseguridad, nos quiere privar de esperanza y de todo rayo de luz;
pero en Cristo somos más que vencedores. Dios quiere restaurar su imagen moral en el hombre.
Acercaos a Él expresándole nuestra confesión y arrepentimiento, y Él se acercará a nosotros con
misericordia y perdón.

Capítulo 7
Cómo lograr una magnifica renovación

“Si alguno está en Cristo, es nueva criatura; las cosas viejas pasaron ya, he aquí que todo se ha
hecho nuevo” (2 Cor. 5:17). Una noche Cristo cuando se encontró con Nicodemo, le dijo: “el viento
de donde quiere sopla; y oyes su sonido, más no sabes de donde viene, ni a donde va; así es todo
aquel que es nacido del Espíritu” (Jn. 3:8). Nosotros no podemos señalar cuando fue que nos
convertimos o las circunstancias que nos llevaron a eso; pero el hecho que no sepamos indicarlo
no quiere decir que no estemos convertidos. Todo radica en que de manera e que nosotros le
entregamos nuestra vida a Dios, Él, a través del Espíritu Santo, comienza una transformación de
nuestra vida, nos va purificando en cada momento, en cada situación que atravesamos.

Así como el viento es invisible, la obra del Espíritu Santo también es imperceptible a los ojos del
hombre, sin embargo, sus efectos son manifiestos. Cuando un corazón es renovado por el poder
regenerador de Dios, nuestra propia vida lo refleja. El carácter se da a conocer, no por las obras
buenas o malas que de vez en cuando se ejecuten, sino por la tendencia de las palabras habituales
en la vida diaria.

Puede haber una conducta externa correcta, un corazón egoísta puede realizar actos de
generosidad, el respeto propio puede impulsarnos a evitar las apariencias del mal. Sin embargo, la
diferencia radica en que nosotros tenemos a Cristo, si esto es así, nuestros pensamientos estarán
con Él. Los que son nuevas criaturas ya no se conforman con las concupiscencias anteriores, sino
que reflejan el carácter de Cristo y se purifican en a sí mismos como Él es puro. El que era orgulloso
y dominador ahora es manso y humilde; el que antes era vano y altanero, es ahora serio y discreto;
no hay otra prueba tan eficaz de un arrepentimiento verdadero cuando no se produce una reforma
en nuestra vida.

Hay personas que ha conocido el amor perdonador de Cristo y desean realmente ser hijos de Dios;
pero reconocen que su carácter es imperfecto y su vida defectuosa; y dudan en que si el Espíritu
Santo ha regenerado sus corazones. Pero no debemos desesperarnos, con frecuencia debemos
postrarnos y llorar a los pies de Jesús por causa de nuestras culpas y equivocaciones.

Entre menos cosas dignas de estima veamos en nosotros, más encontraremos que apreciar en la
pureza y la santidad infinitas de nuestro Salvador. Una percepción de nuestra naturaleza
pecaminosa nos impulsa hacia Aquel que puede perdonarnos, y cuando comprendamos nuestro
desamparo nos esforcemos en seguir a Cristo, Él se nos revelará con poder.

Capítulo 8
El secreto del crecimiento

Cuando nos convertimos a Cristo, somos como niños recién nacidos, que deben ir creciendo hasta
llegar a la estatura de hombres en Cristo Jesús. Lo que sucede con la vida sucede con el
crecimiento, Dios hace florecer el capullo y fructificar las flores.

El niño no puede por su propio poder añadir algo a su estatura; ni nosotros podemos podréis por
nuestra solicitud o esfuerzo conseguir el crecimiento espiritual. Así como la flor se vuelve hacia el
sol para que los brillantes rayos le ayuden a perfeccionar su belleza y simetría, así también nosotros
debemos volvernos hacia el Sol de justicia, con el propósito de que la luz celestial brille sobre
nosotros.

Jesús dice: “Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como puede el sarmiento llevar fruto de sí mismo,
si no permaneciere en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. …Porque separados
de mí nada podéis hacer” (Jn. 15.4,5). Nosotros necesitamos a Cristo para poder vivir una vida
santa, sin Él en nuestras vidas, no tendremos el poder para resistir las tentaciones o para crecer
espiritualmente. Solo en comunión con Él diariamente a cada momento, podremos crecer en gracia,
nos hemos entregado a Dios para ser suyos, para obedecerle y servirle.

Conságrate a Dios todas las mañanas; has de esto tu primer trabajo. Sea nuestra oración: “Tómame
Señor”. Como enteramente tuyo. La esperanza es Cristo, pensemos en su amor, en la belleza y
perfección de su carácter. Cristo en su pureza, en su abnegación, en su humillación, en su pureza
y santidad, en su incomparable amor; tal es el tema que debemos considerar todas las almas;
amándole, imitándole, dependiendo cien por ciento en Él, y así seremos transformados a su
semejanza.

Lo que Cristo fue para sus discípulos desea serlo hoy para sus hijos, en su última oración, que elevó
estando junto al pequeño grupo reunido, dijo: “No ruego solamente por estos, sino por aquellos
también que han de creer en mí por medio de la palabra de ellos” (Jn. 17:20). Si Cristo está en
nuestro corazón, obrará en nosotros el querer como el hacer, por su buena voluntad. Obraremos
como Él obró; manifestaremos el mismo espíritu. Amándole y morando en Él, creceremos en todo.
Capítulo 9
El gozo de la colaboración

Dios es la fuente de vida, luz y gozo para el universo. Cuando Cristo estuvo aquí en la tierra, él se
sentía gozoso de redimir a los hombres caídos. Aún estuvo dispuesto “dar su vida en rescate por
muchos” (Mt. 20:28). Los ángeles del cielo también trabajan por la felicidad de otros. Debemos
nosotros de desprendernos de nosotros mismo para poder experimentar el gozo que Cristo da, y no
ser más egoístas con nuestros prójimos. Cuando tenemos a Cristo en nuestro corazón,
manifestaremos el cariño que el sentía por la humanidad, sentiremos el llamado a trabajar
alcanzando a otros para Cristo mostrando su amor. La vida de Cristo aquí en la tierra no fue de
comodidad, sino que iba de un lugar a otro llevando el mensaje de la salvación, iba fervorosamente
sanando y rescatando a muchos. “El Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir” (Mt.
20:28). Ese era su objetivo, su vida era hacer la voluntad de Dios y terminar la obra que había venido
a realizar.

Por ello, los que nos entregamos a Cristo, debemos aceptar la misión que nos encomendó,
dispuestos a realizar cualquier sacrificio para las personas por las que Él murió, también disfruten
de las bendiciones celestiales. La verdad salvadora no puede mantenerse encerrada en el corazón,
si estamos revestidos de Cristo y rebosamos de gozo por la presencia de su Espíritu, no se puede
guardar silencio. Dios les pudo haber concedido la tarea a los santos ángeles del cielo para
proclamar el mensaje del Evangelio a todo el mundo, sin embargo, quiso hacernos participantes de
esa maravillosa obra, para que compartiéramos la bendición, el gozo y la elevación espiritual que
resultan de este ministerio. El trabajo desinteresado por los demás, da al carácter profundidad,
firmeza y amabilidad como las de Cristo.

El único medio para que nosotros podamos crecer en la gracia es llevando a cabo la obra que Cristo
nos encomendó como sus seguidores que somos. La iglesia es la intermediaria elegida por Dios
para salvar a la humanidad, nuestra misión es llevar el Evangelio al mundo, ésta es nuestra tarea
como cristianos. Si los discípulos de Cristo, comprendiésemos nuestro deber, habría miles de
heraldos proclamando el Evangelio a los paganos donde hoy hay uno. Los más humildes y los más
pobres de los discípulos de Jesús pueden ser una bendición para otros, talvez pensamos que no
estamos haciendo nada en especial, pero nuestra influencia puede iniciar una gran ola de bendición.

Capítulo 10
Los dos lenguajes de la providencia

Dios tiene muchas formas de mostrársenos, una de ellas es a través de la naturaleza, las glorias de
los cielos nos hablan al corazón y nos invitan a conocer a Aquel que lo hizo todo. Cristo utilizó la
naturaleza para enseñar para que las lecciones fueran recordar en cada momento. Dios quiere que
apreciemos la manera en la que adorno nuestra morada terrenal, si tan solo escucháramos, las
mismas obras de sus manos nos enseñarían las lecciones de obediencia y confianza. Dios cuida y
sostiene todo lo que ha creado, no se derraman lagrimas sin que él lo note; si creyéramos firmemente
esto, nos olvidaríamos de la ansiedad, nuestras vidas gozarían de un reposo que muchos
desconocen desde hace largo tiempo.

Dios nos habla por medio de sus obras providenciales y por la influencia de su Espíritu Santo en
nuestros corazones, también nos habla en su Palabra, en ellas encontramos líneas que nos dicen
cómo es su carácter, el trato con los hombres, y sobre todo de la gran obra de la redención. Jesús
dice: “Ellas son las que dan testimonio de mí” (Jn 5:39). No debemos quedarnos con el testimonio
de cualquier persona con respecto a la Palabra de Dios, sino que debemos de estudiarlas por
nosotros mismos. Si dejamos que otros piensen por nosotros nuestra capacidad de entender se va
a deteriorar, nuestras facultades se van a reducir por no ejercitarlas en el estudio de ella. No hay
mejor cosa que fortalece la inteligencia en el estudio de la Palabra de Dios, es por ello que se debe
estudiar con esmero y dedicación, un pasaje estudiado hasta que sea claro es mejor que leer
capítulos enteros y no comprender nada.

Debemos cargar la Biblia con nosotros, leerla cada vez que haya una oportunidad, meditar en algún
pasaje aun cuando andamos por la calle. Sobre todo, nunca se deben estudiar las Sagradas
Escrituras sin oración, antes bien pedir la iluminación del Espíritu Santo.

Capítulo 11
¿Puede el hombre comunicarse con la divinidad?

Orar es abrirle el corazón a Dios como con un amigo. Y esto no es porque Dios no nos conozca,
sino más bien para que nosotros nos sinceremos con él y podamos darle entrada a nuestro corazón.
Jesús les enseño a sus discípulos a orar por sus necesidades diarias, incluso él oraba con
frecuencia. Él es nuestro ejemplo en todo, fue tentado como nosotros y nos mostró que si podemos
vencer confiando en Dios. Para él la oración fue una necesidad, así como un privilegio, se sentía
gozoso y encontraba consuelo con su Padre. Si Cristo, el Hijo de Dios, sintió la necesidad de orar,
cuanto más nosotros pecadores, débiles y con muchos defectos, no debemos de sentir la misma
necesidad del Padre.

Las tinieblas del enemigo cercan a aquellos que descuidan la oración. El enemigo los incita al
pecado y todo por no están en oración a Dios para que les de fuerza y sustento. Sin oración
incesante y vigilancia diligente estamos en riesgo de ser indiferentes y desviarnos del sendero recto.
El Señor dijo: “Todo cuanto pidieres en la oración, creed que lo recibisteis ya: y lo tendréis” (Mr.
11:24). Cuando imploramos misericordia y bendición de Dios, debemos tener un espíritu de amor y
perdón en nuestro corazón.

Presentar a Dios nuestras necesidades, tristezas, gozos, cuidados y temores. Porque el señor es
misericordioso y compasivo. Su amoroso corazón se conmueve por nuestras tristezas y aun por
nuestra presentación de ellas. El “sana a los quebrantados de corazón, y venda sus heridas” (Sal.
147:3). Si tan solo pensáramos en él tantas veces como tenemos pruebas de su cuidado, siempre
lo tendríamos en nuestros pensamientos.

Nuestro Dios es un Padre tierno y misericordioso, debe ser un placer adorar a Dios y participar en
su obra. Él es nuestro mejor amigo, y cuando le adoramos quiere estar con nosotros, para
bendecirnos y confortarnos llenando nuestro corazón de alegría y amor. El Señor quiere que sus
hijos hallen consuelo en servirle y más placer que fatiga en su obra.

El alma del ser humano puede subir hacia el cielo en alas de alabanza. Dios es adorado con canticos
y música en las mansiones celestiales, y al expresar nuestra gratitud nos aproximamos al culto que
rinden los habitantes del cielo.

Presentémonos, pues, con gozo reverente delante de nuestro Creador, con “acciones de gracias y
vos de melodía” (Is. 51:3).
Capítulo 12
¿Qué debe hacerse con la duda?

Mucha gente se siente confundidos porque a veces no se logra entender algunos pasajes de la
Biblia, y esa resulta una buena oportunidad para el enemigo de Dios; sin embargo, Dios nos da
evidencia para poder tener fe en él, como su existencia, su carácter. Aunque Dios no nos ha quitado
la posibilidad de dudar, sí nos ha dado pruebas que demuestran cual es el mejor camino, y que nos
dan las respuestas a nuestras preguntas. La palabra de Dios nos presenta misterios que no pueden
ser descifrado por nuestra naturaleza finita, por ejemplo, la entrada del pecado, la resurrección, y
otros temas más, son misterios profundos para que nuestra mente pueda explicarlos. Pero no por
esto vamos nosotros a dudar de la Palabra de Dios, al contrario, nos ha dado pruebas suficientes
de su carácter divino.

El apóstol Pedro dice que hay en las Escrituras “cosas difíciles de entender, que los ignorantes e
inconstantes tuercen, … para su propia destrucción” (2 Pe. 2:16). Reconocer que no podemos
entender plenamente las grandes verdades de la Escritura es admitir que la mente finita no basta
para abarcar lo infinito; que el hombre, con su limitado conocimiento humano, no puede comprender
los designios de la Omnisciencia. Es indispensable que nosotros estudiemos con detenimiento las
Sagradas Escrituras, comprendiendo que las “cosas secretas pertenecen a Dios, más las reveladas
nos pertenecen a nosotros” (Dt. 29:29). Si nosotros lográramos tener el conocimiento de Dios. ya no
habría un interés en estudiar su Palabra, no tendríamos un desarrollo espiritual.

Dios desea que, al momento de estudiar su Palabra, usemos nuestra capacidad de razonar para
que fortalezcamos nuestra mente, como ningún otro estudio puede hacerlo. Cuando nos acercamos
a la Escritura nuestra razón debe reconocer una autoridad superior a ella misma, y el corazón e
inteligencia deben postrarse ante el Dios del cielo.

Capítulo 13
La fuente de regocijo y felicidad

Los que andamos con Cristo debemos ser portadores de buenas nuevas, debemos llevar la Luz que
hemos recibido, si representamos de verdad a Cristo, lo que hagamos para su servicio será más
atractivo para los demás.

Reunamos las promesas de su amor, para entregárselas a los moradores de la tierra: el Hijo de Dios
dejo su trono y reviste su divinidad con cada ser humano que esté dispuesto a servirle, para poder
rescatar a aquellos que están en el poder del enemigo. El gran Dios provee para todos extiendo su
mano para suplir sus necesidades, el Señor quiere que todos sus hijos sean felices, que tengamos
paz y ser obedientes. La felicidad se consigue en el servicio de Dios, es allí donde encontramos
gozo y satisfacción. Cada paso puede acercarnos más a Dios, puede darnos una experiencia más
de su infinito amor, tengamos siempre presentes las misericordias de Dios hacia nosotros.

Toda tendencia pecaminosa, todos nuestros defectos, nuestros errores, serán quitadas por la sangre
del Cordero que dio su vida por nosotros, y se nos comunicará la excelencia y brillantez de su gloria,
y la belleza moral, la perfección de carácter de Cristo, que esto representa será mucho mayor.
Estaremos sin mancha delante del trono de Dios y compartiremos la dignidad y los privilegios de los
ángeles. El alma redimida y limpiada de pecado, con todas sus nobles facultades dedicadas al
servicio de Dios, es de un valor incomparable; y hay gozo en el cielo delante de nuestro Señor y de
los santos ángeles por cada alma rescatada, un gozo que se expresa con canticos de santo triunfo.