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INCAUTOS

La enorme burbuja a la que indujeron a Bolivia y cómo salir de ella

MAURICIO RÍOS GARCÍA

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© 2017 MAURICIO RÍOS GARCÍA

© 2017 CRUSOE RESEARCH

www.riosmauricio.com

Correo electrónico: contacto@riosmauricio.com

Cochabamba - Bolivia

Todos los derechos reservados. El contenido de esta obra está protegido por las leyes, que establecen penas de prisión y multas, además de las correspondientes indemnizaciones por daños y perjuicios para quienes reprodujeran total o parcialmente el contenido de este libro por cualquier procedimiento electrónico o mecánico, incluso fotocopia, grabación magnética, óptica o informática, o cualquier sistema de almacenamiento de información o sistema de recuperación, sin permiso escrito de Mauricio Ríos García.

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¿Cómo un país como Bolivia ha registrado uno de los auges económicos más espectaculares de la región en las últimas décadas? ¿Cómo puede explicarse que sea la economía más boyante de la región, si ha aplicado las mismas medidas que sus pares políticos e ideológicos en América Latina? ¿Cómo puede explicarse tamaño auge sin precedentes? ¿Fue un fruto de la naturaleza, simplemente, o fue creado de manera deliberada? ¿Es este auge sostenible? ¿Se trata realmente de un modelo de exportación y a ser copiado por las grandes potencias desde la Gran Recesión? ¿Cuál es el precio que se paga por la supuesta estabilidad económica de Bolivia? ¿Todo lo que no se puede explicar es fruto de la economía del contrabando y narcotráfico necesariamente?

Esta obra contiene la interpretación de un economista rigurosamente liberal, que defiende al individuo, el emprendimiento y la economía de mercado; interpreta muy didácticamente lo que ha economía de Bolivia y todos los mitos creados durante los últimos años sobre ella, a la vez que ofrece una nueva serie de argumentos sobre dónde se encuentra la economía, hacia dónde va, pero sobre todo qué se puede hacer al respecto.

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Mauricio Ríos García (34) es economista. Estudió en la Universidad Mayor de San Simón. Realizó cursos de economía, filosofía política, sistemas comparativos de gobierno, políticas de transición y reformas estructurales en la Pontificia Universidad Católica de Santiago de Chile. Tiene una maestría en Economía de la Escuela Austríaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, y desarrolla su tesis doctoral en Economía Aplicada, dirigida por Jesús Huerta de Soto en la misma universidad.

Es autor de La década perdida de Occidente: un manifiesto contra la Gran Recesión, (Unión Editorial, Madrid, 2015), y tiene publicaciones en revistas especializadas. Ha escrito y coescrito informes ejecutivos y libros de investigación y análisis de coyuntura junto a los más renombrados colegas de su país junto a Fundación Milenio desde 2009. Desde 2006 escribe con regularidad en los diarios más importantes de Bolivia, en otros medios internacionales como la revista América Economía, así como para think tanks como The CATO Institute.

Igualmente, tiene experiencia como catedrático de las principales facultades de posgrado de Bolivia, y además desempeñando altos cargos ejecutivos como Director Académico Nacional y Decano de la Facultad Nacional de Posgrado de una de las universidades privadas más importantes del país.

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Asimismo, también ha sido invitado a distintos congresos internacionales ofreciendo conferencias en economía para empresarios privados en ciudades como Santiago de Chile, Ciudad de Panamá, Buenos Aires o Rosario, o incluso Madrid y Bruselas a invitación del Partido Popular y la Fundación de Análisis y Estudios Sociales del Presidente José María Aznar, y el Center for European Studies Wilfred Martens del Partido Popular Europeo, para discutir reformas económicas estructurales para la Unión Europea en medio de su profunda crisis.

Actualmente reside en Bolivia y se desenvuelve en el ámbito privado como asesor de inversiones en el exterior, como director independiente del Grupo Financiero Fortaleza S.A., como fundador de Crusoe Research SRL y socio fundador de Genea Wealth Management S.A.

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A todos quienes asumen las consecuencias de sus acciones

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Presentación

Bolivia, un país que casi pasa desapercibido en el contexto internacional si no fuera por sus irrisorios niveles de sobreendeudamiento, número de dictaduras, hiperinflación y narcotráfico de los años 80 como se lo conocía en el exterior, casi de la noche a la mañana se convirtió en un nuevo gran milagro económico en pleno corazón de Sudamérica. 25 años más tarde crecieron grandes y lujosos edificios y condominios, las más reconocidas marcas se posicionaron rápidamente, en los pueblos más alejados de las grandes urbes aparecieron por primera vez los autos importados más caros, las celebraciones más tradicionales se convirtieron en los derroches más extravagantes, la nueva y más excéntrica arquitectura se convirtió en una sensación internacional, la vestimenta o los tejidos típicos se lucieron por las pasarelas más destacadas del mundo, quienes apenas empezaban a ganar experiencia laboral ya podían permitirse un auto del año, un departamento o grandes viajes a Las Vegas junto a sus mejores amigos, el personaje más insospechado pudo de repente convertirse en el heroico y más próspero y popular emprendedor en serie, los ciudadanos de los otrora países más ricos del vecindario elegían el país como último destino, y los proyectos de desarrollo y crecimiento privado urbano más ambiciosos conseguían financiamiento. Realmente, Bolivia parecía haberse convertido en un nuevo oasis económico al que todo el mundo quería apostar mientras las economías capitalizadas del mundo se encontraban en una de las mayores crisis económicas más dramáticas en 80 años.

El fenómeno de las burbujas económicas de valor no es nuevo ni es una rareza de la modernidad que podría ilustrarse como fracaso del capitalismo y la avaricia de algunos de los más grandes empresarios de Wall Street, como típicamente se lo pretende mostrar. Este tipo de fenómenos tiene muy larga data, y se lo empezó a discutir de manera sistemática a medida que cuando la Revolución Industrial avanzaba, científicos, empresarios y políticos se preguntaban sobre la causa de los períodos recurrentes de auge y recesión. Fue esa la época en la que por primera vez en la Cámara de los Comunes se escuchó el término de “burbuja”. ¿Puede ser que, siendo que la economía es una ciencia relativamente joven y que el conjunto de los más grandes economistas contemporáneos hubiera fallado en predecir una de las más grandes crisis económicas internacionales desde la Gran Depresión de los años 30 en 2008, haya sucedido algo similar con Bolivia recientemente?

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Más aún, ¿cómo podría describirse o ilustrar la que fue la burbuja de activos más grande y de proporciones siderales que Bolivia haya vivido nunca? ¿Cómo podría explicarse de la manera más razonable y sencilla posible el hecho de que casi todo emprendedor tuviera éxito con todo proyecto de inversión que se le ocurriera por muy alocado que pareciera en un principio? ¿Cómo decir que lo que Bolivia veía no era ningún milagro, ni mucho menos un misterio, que lo que había estado viviendo era un problema demasiado similar al que el resto de Occidente había creado tan solo unos pocos años antes, y que las consecuencias llegarían de la misma manera, más temprano que tarde?

Haberlo estudiado mucho, haberlo conocido y haber estado muy cerca alguna vez del poder político gobernante ha servido de mucho, tanto como para saber qué es lo que se puede esperar de él, que muy rara vez puede ser algo bueno. También alguna vez escuché una definición muy laxa de la política, que decía que era el arte de lo posible. Me quedé mucho tiempo con esa idea, pero no tardé demasiado en entenderla en su más amplia dimensión y además hacerla mía. Caí en cuenta de que la política realmente tiene que ver con el arte de lo posible, pero en el sentido de que los políticos y todo su entorno están dispuestos a absolutamente todo para quedarse donde están, que para ellos los medios no son un problema una vez que acceden al poder y se embriagan de él, que los principios son solamente un detalle.

Gracias a saber algo de política, a estar pendiente de ella desde muy pequeño y encontrar toda forma en la que me afecta a mí y mi entorno más cercano, supe que era mejor no tener absolutamente nada que ver con ella. Afortunadamente el escarmiento de haber participado en política fue muy pronto y siendo muy joven para esas andanzas, aunque de todas maneras siempre estuve dispuesto a prestar parte de mi tiempo para ayudar a quienes todavía creen en la política como el mejor o incluso único medio para lo que sea aquello en lo que creen y quieren cambiar, aunque, debo confesar, en gran medida crea que se trata de una ingenuidad, que tiene poco sentido. Más aún, aprendí que hay muchos otros medios muy distintos a los de la política que no implican el abandono de principios o de pragmatismo puro y duro.

Entre las muchas cosas de las que uno se da cuenta siguiendo ciertos patrones de conducta en determinados períodos de tiempo, es la forma en que los gobiernos son capaces de convencer a un gran grupo de personas de hacer algo que en un principio difícilmente creen que no los beneficiará de ninguna manera. Cuando se estudia profunda e intensamente estos problemas puede resultar hasta divertido darse cuenta de que estos problemas se repiten una y otra vez convirtiéndose en grandes hitos históricos de los que nunca se aprende, pero cuando se los identifica en la realidad cotidiana más cercana son una auténtica tragedia.

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Soy un economista que, como muchos, ha estudiado el complejísimo fenómeno económico de Bolivia de los últimos diez o quince años, pero que, como muy pocos, es capaz -modestia aparte- de encontrar respuestas mucho más razonables que las del economista promedio. Me he acercado al estudio de fenómenos sociales con un método científico y un herramental teórico muy distinto y alejado del usual que se enseña en la universidad, porque el tamaño del desafío así lo ha exigido, y el resultado es lo que tengo para ofrecer con este trabajo, Incautos.

Esta explicación relativamente breve, concreta y sin rodeos sobre la economía de Bolivia y su gran auge reciente promete por lo menos ser muy distinta y muy alejada de lo convencional, tanto así que apelará a la prosa y los conceptos antes que a la ilustración gráfica, matemática y experimental tradicional, con un lenguaje que no resulta el más accesible para la mayor cantidad de público posible (no por nada a la economía se la llama “ciencia lúgubre”). Eso sí, lo que esta obra no pretende de ninguna manera es convencerlo de algo que simplemente no le resulte razonable, porque, a fin de cuentas, se trata de un ensayo escrito con la idea de ofrecer respuestas de la manera en que lo haría con alguien de la familia o un amigo cercano.

Por decirlo de otra manera, el lenguaje de los economistas es siempre complicado, y con él se meten en terrenos muchas veces demasiado complejos. Muchas veces lo hacen deliberadamente para tratar de agregarle un halo de misterio y misticismo a su trabajo, probablemente porque no lo han llegado a entender en su más completa dimensión. Hablan solamente para gente muy entendida en la materia o, peor aún, buscan justamente que no se los entienda para crearse a sí mismos una imagen de genios incomprendidos. Y claro, el enredo consecuente de sus confusas y dispersas ideas termina siendo irremediable, al punto en el que el público termina distrayéndose con cualquier otra cosa que no sea economía. Ni hablar de la gran pretensión general que tienen de convertirse en grandes oráculos y profetas que conducen la vida de los demás sin correr riesgo alguno por sus equivocaciones.

En este sentido, el objetivo de este trabajo es explicar que el gran auge económico reciente de Bolivia se ha tratado de una burbuja de proporciones siderales nunca vista, y que por mucho que se lo intente y sean muchas las señales que apuntan ya a su reventón, es imposible predecir el momento, el lugar y el detonante de tal reventón, pretender hacerlo sería una gran mentira. Por esto se ofrecerá una mirada sobre la forma en que se ha producido, y una serie de sugerencias y recomendaciones sobre cómo salir de ella lo más pronto y de la mejor manera posible.

El trabajo está compuesto por tres partes, catorce capítulos y más de cincuenta subtítulos. En la primera parte se ofrece una interpretación teórica sobre cómo suelen

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generarse las burbujas económicas de valor o los grandes auges ficticios. En una segunda parte, que sirve para reforzar y complementarse mutuamente con la primera, se ilustra didácticamente la experiencia reciente de Bolivia con estos fenómenos, o, si se quiere, se explica el origen de la gran burbuja económica del país. Y en una tercera y última parte se ofrecen sugerencias y recomendaciones concretas sobre cómo abandonar una posición en la que su riqueza quede expuesta a lo que el pinchazo de la burbuja puede ocasionar.

Finalmente, este trabajo está dedicado en gran medida al economista promedio que no acepta interpretaciones sobre la realidad distintas a las que le dijeron que realmente existen, al que no acepta cuestionamientos ni desafíos, pero sobre todo al empresario que trabaja en condiciones de libre competencia y no en busca de favores, privilegios y ventajas concedidas por el Estado, que los hay muchos, tal vez demasiados, como en todo lugar; no está dedicado al empresario que ha sabido sin escrúpulo alguno cortejar negocios con el Estado, cuyos costos los pagan siempre terceros, sino al que ha sido víctima de la ilusión de riqueza que casi todos los gobiernos en esta era son capaces de crear, provocando toda serie de problemas que en un principio parecen grandes oportunidades de mejora de las condiciones de vida, pero que más tarde el desenlace se convierte en un irreparable dolor de cabeza.

Será una historia que nadie le ha contado, mucho menos con este enfoque, y le garantizo que a partir de esto tendrá un mejor juicio económico que el de la gran generalidad de personas para realizar inversiones.

Cala Cala, septiembre de 2017

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Contenido

Introducción

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PRIMERA PARTE Una interpretación teórica

CAPÍTULO 1

 

Los principios

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Mi

formación

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Grandes estafas durante largos períodos de tiempo

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La

Mississippi Company de John Law

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MacGregor y Poyais

27

El Tesoro de Sacambaya

28

El cassette de Milli Vanilli

28

La burbuja del “socialismo comunitario”

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CAPÍTULO 2

Una muy breve base histórica y teórica

31

Ni

maldiciones ni enfermedades de los recursos

31

Qué es el mercado

32

Cómo crece una economía sana y sostenidamente

34

Una ilustración robinsoniana

35

Hablar de pobreza y hablar de riqueza no es lo mismo

37

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CAPÍTULO 3 El dinero, la banca central, la inflación y la expansión crediticia

41

¿Cómo se destruye una economía? Inflándola primero

41

¿Por qué son tan importantes el crédito y la moneda?

42

La banca, el dinero y el crédito

43

 

SEGUNDA PARTE El origen de la gran burbuja de Bolivia

CAPÍTULO 4 Una explicación por partes

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CAPÍTULO 5 La burbuja estatal

53

Sobre el origen de los recursos

53

Sobre el destino de los recursos

55

El efecto crowding out o efecto expulsión

57

Las autonomías estructuralmente en quiebra

59

CAPÍTULO 6

La burbuja

financiera

61

El inflacionismo pasivo y la euforia generalizada

62

Sobre las burbujas económicas y de activos

64

Qué significa el incremento sostenido de la mora bancaria

65

Hay que tomar nota de lo que sucede con la banca internacional

67

El río del sistema financiero suena

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CAPÍTULO 7 La burbuja productiva

71

Elefantes blancos o burbujas de activos

72

Una de muchas anécdotas: ¿Estamos o no en una burbuja?

73

Una segunda anécdota: ¿un recuerdo del futuro?

74

¿Bolivia ha entrado en un proceso deflacionario?

75

CAPÍTULO 8 Las consecuencias del sobre optimismo generalizado

79

El advenimiento de la crisis

79

El drama social de una generación emprendedora frustrada

81

CAPÍTULO 9 La ruinosa huida hacia adelante

87

¿Son tan tontos los empresarios?

87

Cómo anticipar un típico “crack” económico

87

Evite ser Dionisio Aguilar

91

¡Que gobiernen cien años!

92

El pecado monetario del 21060: mantener el nacionalismo monetario

93

A imprimir billetes de Bs. 500 ¿o 700?

94

El problema con una devaluación cambiaria: prolongar la agonía con inflación

96

El ajuste es simplemente inevitable

101

CAPÍTULO 10 La crisis internacional como factor agravante

105

Un breve mensaje de optimismo al emprendedor y al empresario

107

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TERCERA PARTE La prescripción

CAPÍTULO 11 Invertir en tiempos de crisis

111

CAPÍTULO 12

113

Algunas condiciones: macro reformas estructurales

113

El pinchazo de la burbuja estatal: reducir la magnitud de lo robable

114

La idea de diversificar el aparato productivo

115

El pinchazo de la burbuja financiera: enmendar el mayor error del 21060

117

CAPÍTULO 13

119

Cómo salir de la burbuja

119

Invirtiendo en tiempos de crisis

119

Prepararse para lo inevitable, que el pinchazo no lo sorprenda

119

Entre liquidación y liquidez: la calidad del balance

120

La preservación del patrimonio familiar en entornos de crisis

122

Qué es un Family Office y por qué conviene tener uno hoy

124

Las inversiones de los Family Offices

125

Convertirse de empresario en inversor

128

Principios para armar estrategias y portafolios de inversión

129

No es cuestión de internacionalizar, simplemente

131

Trabajar con fondos de inversión en el exterior

133

La alternativa del offshore banking

135

Mantener

posiciones en oro

138

La opción

de países como Singapur

139

Panamá como paraíso fiscal

141

Libros recomendados para invertir como austríaco

142

16

CAPÍTULO 14 Conclusiones

17

149

Introducción

Nada de lo que contaré ahora tendría que ser extraño para quien se detenga a pensar en el pasado de largo plazo, en la manera en que uno u partido político, uno u otro caudillo, asciende al poder con los aires del próximo gran mesías disconforme con la realidad que le tocó vivir, indignado con el hecho de tener que trabajar como todo mortal para sobrevivir, pero eso sí, con mucha habilidad para articular toda demanda popular, por absurda que fuera, en una oferta electoral viable. Estos personajes siempre llevan como bandera la palabra “cambio” con alguna otra variante, pero para cualquier político promedio siempre resulta más difícil vender continuismo.

En esta amplísima plataforma para el cambio radical de la realidad, sobre todo cuando durante un tiempo relativamente prolongado la economía no ha sido suficientemente boyante como todo el mundo hubiera querido (me refiero a la década de los 90), el ambiente generalizado que se termina construyendo con ese discurso de indignación permanente se convierte en un caldo de cultivo perfecto para plantear las propuestas más descabelladas y demagógicas como las de un nuevo país, una nueva sociedad, un nuevo hombre. Pocos son quienes entienden de principios y valores y además los defienden, y en consecuencia se inclinan por vivir con lo ganado en función de su esfuerzo, resistiendo a la tentación de vivir por medios para los que la ley es solamente un detalle.

El caso más común es el de la redistribución de la riqueza, una idea tan antigua como absurda, que se funda en la presuposición de que lo que a unos les falta es lo que otros no les dan por simple y pleno derecho. No vamos a entrar en detalles sobre la enorme injusticia que constituye el sólo pensar que la existencia de pobres se debe a la simple existencia de ricos, sobre esto se ha escrito ya bastante, pero para resumir toda la batería de medidas que sobre esta presuposición se basa la gran mayoría de políticos para ascender al poder, unos recurren a eufemismos como los del populismo o el neopopulismo, pero otros preferimos llamarlo simplemente por lo que realmente es:

socialismo, de izquierda o de derecha, da igual, socialismo al fin.

Por ejemplo, como anécdota sobre esto, en uno de los congresos anuales de economía que el Instituto Juan de Mariana organiza en Madrid, un exitoso think tank con más de diez años de tradición en el debate de ideas de este tipo, discutimos entre tres latinoamericanos en un panel central sobre las consecuencias del populismo latinoamericano y la mejor manera de sobrellevarlo, y terminamos empantanados con la

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precisión de los términos y definiciones. Para mí, en realidad, el populismo no es más que un eufemismo al que recurren quienes ya no quieren reconocerse como socialistas, pero que con nostalgia se resisten de alguna manera a abandonar algunos de los principios más consabidos de la ingeniería social.

Un caso sobre esto último está en el libro coordinado por Dornbusch y Edwards, La macroeconomía del populismo en América Latina, un trabajo ya clásico de varios autores de principios de los 90 que interpreta la ruinosa década perdida de los año 80, en el que se define populismo como “una corriente ideológica que sostiene la reivindicación del rol del Estado como defensor de los intereses de la generalidad de una población a través del estatismo, el intervencionismo y la seguridad, con el fin de lograr la justicia social y el Estado de Bienestar”, y en un sentido algo más ajustado pero aún con rodeos, definen la política populista como el momento en que “el gobierno pretende acelerar el crecimiento económico mediante la expansión de la demanda interna y la redistribución del ingreso”.

Huerta de Soto, en cambio, en su Socialismo, Cálculo Económico y Función Empresarial, define el socialismo sencillamente como “todo sistema de agresión institucional contra el libre ejercicio de la acción humana o la función empresarial”. No hay demasiada diferencia entre una y otra definición o concepto, sobre todo cuando uno se pone a pensar que, a fin de cuentas, para detentar el poder lo que se promete es el cielo sobre la tierra, es decir, una fantasía humanamente imposible de cumplir, y además recurriendo siempre, en mayor o menor medida, a métodos violentos para implementarla de manera justificada, además.

Pero las definiciones y su discusión ya son parte de otro tema. Lo que haremos a partir del momento, con una clara inclinación a llamar las cosas por su nombre más al estilo de Huerta de Soto que de cualquier otro, es explicar en qué han consistido las promesas de los políticos en Bolivia y lo que en consecuencia han provocado durante la última década o un poco más.

Lo que ha sucedido en este país aproximadamente desde 2003 ha sido una combinación de medidas y circunstancias extraordinarias que a los más grandes burócratas les ha permitido atribuirse la paternidad de un auge económico artificial de proporciones siderales que nadie imaginó que se viviría, y además prolongar su resistencia a realizar ajustes y reformas que a la postre son simplemente inevitables.

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PRIMERA PARTE

Una interpretación teórica

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CAPÍTULO 1 Los principios

Mi formación

Primero resultaría útil explicar muy brevemente quién soy, de dónde vengo y por qué escribo este ensayo. Soy un economista especializado en la identificación de crisis económicas generalizadas, ciclos económicos y reformas estructurales, en análisis económicos de coyuntura, y más recientemente en la oferta de proyectos de inversión como solución alternativa. Mi campo de acción profesional ha sido fundamentalmente el de la Gran Recesión iniciada diez años atrás primero con Bear Stearns y luego con el mentado Lehman Brothers, analizando y explicando sus causas y consecuencias, y más importante aún, identificando con mucho asombro las similitudes con una crisis tan cercana como la que vivió Bolivia hasta 1985.

Mis inicios en temas de economía y política tuvieron que ver con la manera en que parte de mi familia fue afectada por el estatismo, el intervencionismo económico, la redistribución, el socialismo, la Revolución del 52, y las consecuencias de esas reformas sobre la economía que siempre redundan en -como adelantamos ya- prometer el cielo sobre la tierra. A partir de ese momento empecé a involucrarme con el estudio de la historia económica y política de Bolivia y sus grandes períodos de auge y recesión bajo uno y otro régimen durante el siglo XX, y fundamentalmente durante su segunda mitad. De hecho fue en esas andadas que descubrí que la primera hiperinflación de Bolivia no había sido aquella del 23.500% anual de los años 80 de la que hablaba todo el mundo mientras yo crecía escuchando atento, sino la del 900% anual que se alcanzó en 1957 justamente como consecuencia de las reformas.

No tardé demasiado en entrar de lleno en el estudio sobre la aplicación del DS 21060, en la serie de medidas contra la hiperinflación de 1985. Fue una etapa de estudios en la que empezaría y no terminaría nunca de apasionarme profundamente por la economía en general y por toda experiencia de desastres y milagros económicos en particular. Conozco de memoria y sigo investigando cada tiempo libre que encuentro para hacerlo, la historia de las reformas de Thatcher, Reagan, los Chicago Boys, el Milagro Económico Alemán y varias otras más, y como no podía ser de otra manera, la legendaria Gran Depresión de los años 30.

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Lo que me impulsaba a esta búsqueda era la historia de una parte de mi familia, pero también, por un lado el pensar que el gran desafío de todo economista era dar respuesta

a los episodios económicos más trágicos que siempre se interpreta como el mayor

absurdo posible, y por el otro tratar de saber por qué los economistas merecen el máximo galardón científico posible como el Premio Nobel de Economía. Todo cobró sentido relativamente rápido, probablemente ya en el segundo año de los estudios de

licenciatura, y como no podía ser de otra manera, no en clases, sino entre la biblioteca y

el internet.

Ahí entendí cuáles eran exactamente los problemas más serios de toda economía, la manera en que se manifestaban y quiénes eran los responsables. No estamos hablando de negocios piramidales ni de las estafas más elementales que financian préstamos de corto plazo con depósitos de largo plazo, sino de grandes burbujas de valor de activos en forma de negocios en los que se embarcan tanto un solo individuo como millones de ellos simultáneamente, y que incluso participan de una u otra manera del problema sin siquiera advertir las consecuencias. Como ya se podrá advertir, estamos hablando de problemas estructurales concretos y no de anécdotas aisladas y pasajeras.

Y en este recorrido terminé descubriendo todo un paradigma capaz de explicar estos

problemas de manera sistemática. Encontré toda una escuela de pensamiento económico muy distinta a la que me hubiera imaginado que existía, toda una tradición de pensamiento económico que se remonta a cientos de años antes del trabajo de Adam

Smith, los siglos XV y XVI para ser concretos, el supuesto padre de la economía y el liberalismo clásico: la Escuela Austríaca de Economía. 1

En esto que ya era una interesantísima aventura decidí ir a estudiar con Jesús Huerta de Soto en Madrid, el economista que mejor sabía explicar lo que había sucedido y estaba sucediendo en ese momento, uno de los mayores representantes vivos de la Escuela Austríaca. Llegué a España en el peor momento de su crisis económica para observar, experimentar y estudiar la crisis en primera persona y sin que me la contaran. Vi auténticos dramas sobre cómo y cuánto había pegado la bancarrota española en los

1 Hay al menos tres textos altamente recomendados para abundar en todos los elementos que componen la Escuela Austríaca de Economía. El primero es el de Jesús Huerta de Soto, La Escuela Austríaca: Mercado y Creatividad Empresarial, que también puede ser encontrado en inglés bajo el título de The Austrian School: Market Order and Entrepreneurial Creativity; el de Eugen-Maria Schulak y Herbert Unterköfler, The Austrian School of Economics: A History Of Its Ideas, Ambassadors and Institutions; y el de Peter J. Boettke y Christopher J. Coyne, The Oxford Handbook of Austrian Economics.

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menores barrios de Madrid, era el momento en que Rodríguez Zapatero finalmente reconocía el problema, dejaba de agravarlo y dejaba de patear hacia adelante el ajuste estructural y cambio de modelo productivo, y abandonaba el poder convocando a elecciones generales adelantadas, casi como aquel episodio de los 80 con Siles Suazo y la UDP en Bolivia. Incluso tuve la intención de involucrarme tanto como pudiera en ofrecer el enfoque y experiencia de Bolivia con sus propias crisis y reformas estructurales exitosas a quienes creyeran que en semejante escenario cualquier otra idea distinta de las predominantes servía. Estaba en el lugar y el momento indicado.

No hay forma de que todo esto no sea compartido para ofrecer una interpretación mucho más afilada que la de la sabiduría popular, para que sus decisiones no terminen generando mayores problemas que los que en un inicio se pretende solucionar, para todo aquel a quien les sirva, para que algunos episodios no se vuelvan a repetir o para que al menos no sufran quienes sepan advertirlos, para todo aquel que con todo desenfreno e imprudencia cometió exactamente los mismos errores de inversión que en el resto de Occidente causaron la Gran Recesión.

Grandes estafas durante largos períodos de tiempo

Por supuesto que hay muchas cosas que coinciden, pero la explicación sobre la causas sobre los períodos recurrentes de auge y depresión en una economía requieren de un método de análisis sistemático, pero como concepto resulta útil interpretarlos como una burbuja cuyo destino no es otro que el de inevitablemente reventar. Para tratar de empezar a ilustrar el problema con sencillez, y además hacer caer en cuenta de que se tratan de problemas de larga data, hay algunos casos históricos, unos más conocidos que otros, a los que, como veremos, Bolivia podría sumarse.

Una de las más grandes y célebres burbujas económicas de la historia fue la manía de los tulipanes en Holanda durante la primera mitad del siglo XVII, hace 400 años. 2 Fue un período de tiempo paradójicamente considerado por los holandeses como el “siglo de oro” luego de sus grandes conquistas y emancipación alrededor de todo Occidente, pero que terminó desplomándose como todo experimento económico. Desde luego, todo lo que esto permitió es difícil de imaginar, pero un elemento a destacar fue el cambio de sus estratos sociales y sus patrones de comportamiento de largo plazo.

2 El estudio más serio al respecto es el de Douglas E. French: Early Speculative Bubbles and Increases in the Supply of Money, Ludwig von Mises Institute, 2010.

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De repente, por su rareza y escasez, las flores de tulipán se convirtieron en un símbolo de la abundancia de la época, tanto así que ha caracterizado este país desde entonces. Estas flores, muy difíciles de producir durante un período de entre tres y diez años desde que se planta su semilla hasta que florece, fueron utilizadas no solamente como un elemento ornamental muy importante y destacado, sino como un símbolo del más distinguido estatus social.

Pero no fue la flor por sí misma lo que generó un auge especulativo insostenible. Así como el oro que es depositado en la bóveda de un banco para su custodia, el tulipán, al ser muy delicado no puede ser removido de cualquier manera y en cualquier momento de la tierra, pero el derecho a removerlo cuando sea preciso puede ser suscrito por los interesados en un papel, pero aquel documento, a pesar de que el tulipán no se mueve de su lugar, puede ser falsificado y permitir que aquel derecho circule mientras no llegue el momento indicado para la remoción de la flor, generando un gran auge especulativo en el entretanto. De esta forma llega el punto en que los tulipanes y la emisión de sus derechos de cobro futuro son solamente un medio para lograr otros fines distintos a los de la sola compra de la extraña y delicada flor.

El problema fue justamente ese, que para el momento en que vencieron los plazos se habían emitido un número de notas o derechos de cobro futuro superior a la cantidad de tulipanes que realmente existía. Se provocó una inflación que a su vez conllevaba un auge especulativo derivado a lo largo y ancho de toda la economía que la terminó destruyendo. Cuenta la historia que todo el auge ficticio terminó siendo tan endeble que llegó a su fin solamente cuando en el comercio de bulbos de tulipán alguien confundió uno con alguna fruta al morderla, descubriendo que lo que se comerciaba había excedido ampliamente el valor real del tulipán y de todo el resto de bienes y servicios de la economía. Las consecuencias, claro, se tradujeron en una enorme inflación de precios por el enorme excedente de notas de cobro emitidas. Este fue el pico, a la vez que el fin de aquella gran era dorada holandesa.

La Mississippi Company de John Law

Otra historia similar fue la de la estafa de la Mississippi Company en Francia durante la primera década del siglo XVIII, hace algo más de 200 años. En cierta complicidad con Felipe de Orleans, John Law, su asesor, estableció un nuevo sistema bancario fraudulento: luego de ganarse la confianza del público custodiando depósitos del público en general, el banco de Law empezó a emitir billetes en una cantidad mayor a la de depósitos que realmente custodiaba, a la vez que emitía crédito con cargo a aquella

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emisión excesiva de billetes. Como resultado, en un principio la inflación consecuente del exceso de billetes en circulación provocó un auge artificial generalizado en la economía. No muchos años más tarde, cuando el auge artificial empezó a reportar beneficios, pasó a tener un carácter estatal.

El hecho de que en un principio el banco fuera estatal, y de que además contara con el aval de la máxima instancia de poder, el Estado, la emisión de billetes y la concesión de créditos tuvo una especial incidencia especulativa al punto en que permitiría el comercio y la colonización francesa en Estados Unidos durante varios años. Se trataba de un gran y prometedor proyecto a orillas del río Misisipi a cargo de la mencionada empresa comercial, por el cual se emitieron papeles a la venta del público en general sin siquiera haberlo conocido por las dificultades de llegar hasta allá cruzando todo el Atlántico.

Desde luego, como jamás existió tal proyecto comercial en un lugar donde solamente había malolientes pantanos, luego de un tiempo la burbuja especulativa que se había generado empezó a desinflarse por el escepticismo del público sobre la promesa del proyecto, al punto en que los billetes emitidos por el banco que había creado John Law con el engaño a Felipe de Orleans fueron rechazados por la falta de respaldo real con el que deberían haber sido emitidos. Así el castillo de naipes terminó derrumbándose en Francia con la quiebra tanto del banco como de la empresa comercial, habiéndose convertido en uno de los casos históricos de fraude que se haya conocido nunca.

MacGregor y Poyais

Otro caso que permite hacer muy buenas analogías es el de Gregor MacGregor, un militar escocés que se inventó un país ficticio llamado Poyais en todo el territorio que hoy se conoce como Honduras, a principios del siglo XIX. MacGregor fue construyendo con el tiempo un mito alrededor de su nombre, mostrándose como un líder nato con vocación de “fundador” de países.

MacGregor se encontró la oportunidad de aprovechar de un entorno optimista luego la derrota de Napoleón, con una economía británica que crecía. El registro del país no existía en ningún lugar, pero las promesas de riqueza no se hicieron esperar y generar el efecto buscado. Estableció una enorme campaña de publicidad, que incluyó panfletos, libros, anuncios en prensa, e incluso como si de una campaña política boliviana de principios de los 90 se tratara, se compuso una canción sobre las grandes bondades de una tierra muy fértil y con una particular facilidad para cultivar tabaco y azúcar, con abundante agua y oro, que sonaba por las calles de Londres, Edimburgo y Glasgow.

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Durante un principio MacGregor consiguió no solo vender bonos de un país que no existía e incluso mostrar los espectaculares beneficios del proyecto, sino que además aprovechó de un momento en que en Escocia existían muchas facilidades para el acceso al endeudamiento. En ese entonces el gobierno conseguía emitir deuda a intereses cada vez más bajos, pero MacGregor lograba emitir su propia deuda con mayor rentabilidad, sobre todo cuando ya en ese entonces caía el imperio español.

No obstante, y como es lógico, cuando por sospecha los colonos empezaron a llegar al supuesto Poyais, en intermediaciones de lo que hoy es Honduras, terminaron descubriendo la realidad, que unos indígenas que eran dueños de sus propias tierras, y que además no eran exactamente amables con quienes serían sus nuevos colonizadores. Entonces la estafa sería descubierta y la burbuja especulativa empezaría a colapsar.

El Tesoro de Sacambaya

Las anteriores experiencias son a menudo estudiadas para tratar de interpretar casos similares actuales. Incluso Bolivia tiene su propia leyenda con el Tesoro de Sacambaya. Cuenta la leyenda que los sacerdotes jesuitas expulsados de América luego de la Colonia, al no poder llevárselo, enterraron gran parte de su tesoro de oro y plata en la zona del río Sacambaya, un lugar de muy difícil acceso. No son pocas las expediciones, que se han hecho desde entonces, como la de Edgar Sanders en 1929, pero al parecer nunca nadie encontró ningún tesoro, mucho menos uno de 7.500 millones de dólares como se dice que estaría valorado.

Aunque esta expedición tiene que ver más con la historia de una búsqueda o toda una serie de expediciones aventureras muy concretas, destinar demasiados recursos en un proyecto que implica muchos mayores riesgos e incertidumbres que las que se considera en un principio, o incluso la idea de hacerse rico de la noche a la mañana sin una base concreta más que la de un mito permanece, termina siendo demasiado recurrente y sus consecuencias son muy serias. Eso es justamente lo que se pretende mostrar con este trabajo.

El cassette de Milli Vanilli

Para abundar con un caso más popular, aunque más anecdótico, para quienes saben algo de música, Milli Vanilli fue otro caso auténticamente bochornoso. Se trató de un dúo de estilo pop dance (horrible) de finales de los 80 y principios de los 90, que durante cierto

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tiempo hizo creer al público que su apariencia y capacidad de baile tenían correlación directa con sus composiciones y grandiosas voces. El éxito de tal combinación fue tan grande que su canción Girl You Know It's True, además de haber logrado ventas estratosféricas y giras internacionales interminables, ganó un Grammy como el Mejor Artista Nuevo en 1990.

Aparentemente ya había sospechas de que el proyecto no se trataba más que de un fraude de lo más fantoche, cuando en algunas de sus presentaciones el hecho de que no cantaran en vivo fuera demasiado evidente. Sin embargo, no fue sino hasta que, en la cumbre de su carrera, durante un concierto, el disco o el cassette (sí, hace mucho tiempo) sobre el que hacían sus rebuscadas coreografías, se rayó. El par de señoritos tuvo que abandonar el escenario en medio de grandes abucheos. No mucho más tarde, junto a su representante, tuvieron que convocar a la prensa para confesar que quienes cantaban y componían todas sus canciones eran otras personas con bastante menos carisma y apariencia, y que para tratar de enmendar el fraude ante sus fanáticos devolverían el Grammy. Pues el problema terminó afectando incluso la misma credibilidad de los Grammy como institución.

Pero eso no es nada, cuántos habrán caído creyendo ser dueños legítimos de la Torre Eiffel o de un lote baldío en marte o la luna luego de pagar verdaderas fortunas por ellos con papeles sin ningún aval real. Y quién sabe, tal vez si fuera por sus columnas en el New York Times, todas sus predicciones sobre la economía global o sus prescripciones para evitarlas, tal vez el Nobel de Economía para Paul Krugman en 2008 podría calificar en esta categoría de grandes estafas de la historia, pero eso ya es parte de otra historia.

Lo que en todo caso se busca es ofrecer una explicación sobre un fenómeno extraordinario, contar una historia sobre Bolivia en los últimos diez o quince años y que resulta muy similar a las que mencionamos, descifrar paso a paso la facultad que los gobiernos en general tienen para generar una falsa ilusión de riqueza mientras duran sus mandatos, y que les permite prometer el cielo sobre la tierra. Se trata de una historia que en realidad ha durado bastante más de lo que debería, y cuya magnitud y proporción sería muy difícil de calcular con exactitud, pero que sin lugar a duda ha terminado alcanzando proporciones siderales, superando muchísimos cuentos de ficción.

La burbuja del “socialismo comunitario”

Probablemente durante toda su historia Bolivia ha sido reconocida alrededor del mundo por ser un país profundamente pobre, uno de los más pobres de todo el continente, pero

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además como uno de aquellos lugares donde se presentan las mayores paradojas e ironías de la vida. Es eterno el cuento y la indignación popular de quienes observan la gran biodiversidad de este país, a la vez que sus marcados niveles de pobreza y las grandes asimetrías con quienes mayor capacidad de riqueza tienen. Quién no ha escuchado decir que Bolivia es un pobre sentado en una bandeja de plata, o algo similar. Es momento de buscar una nueva respuesta.

Este tipo de preguntas se las han hecho muchos otros economistas respecto de sus propios países también. Ha habido quienes han dado ofrecido explicaciones muy razonables, otros han perdido la chaveta, y otros simplemente han ofrecido un enfoque mucho más inteligente. Como decían Mises y Hayek sobre el objetivo que debería tener la Ciencia Económica, es necesario develar los grandes mitos populares sobre la forma en que funciona una economía, tratar de saber si la economía se trata de aplicar simplemente sentido común. Sería muy bueno que tuviera más sentido común, pero afortunadamente se ha ofrecido una línea teórica que deja muy claro que la economía no es solamente sentido común.

Por ejemplo, para pocos ha sido motivo de sospecha todo lo que se ha visto durante toda la etapa del auge ficticio de Bolivia, o cuanto mucho se ha caído en la pereza de explicarlo todo con el auge del narcotráfico. De la noche a la mañana el vecino tiene una casa nueva, tres autos y 12 perros nuevos, viaja tres veces al año a Miami y otras dos a sacarse fotos junto a la Torre Eiffel, y quién sabe si también tiene dos esposas y cuatro amantes más. Probablemente el auge esté vinculado de alguna manera al narcotráfico, sí, tal vez sea así en algunos lugares particulares del país, pero de ninguna manera representan la generalidad. Es más, me atrevería a decir que incluso una buena parte de esos mismos narcotraficantes también terminan siendo víctimas de la construcción de la economía ficticia de los gobernantes, simplemente porque, aunque se trate del narcotráfico, es una actividad económica que, a pesar de las serias distorsiones por su intervención, responde a las mismas leyes de la economía como cualquier otra.

Más adelante observaremos esto con mayor detenimiento.

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CAPÍTULO 2 Una muy breve base histórica y teórica

Ni maldiciones ni enfermedades de los recursos

Las discusiones más serias que se han dado en la historia económica sobre la causa de los recurrentes períodos de auge y recesión empezaron en Inglaterra luego de la Revolución Industrial, y ciertamente mucho antes que Adam Smith se encargara de explicar en 1776 la causa de la riqueza de las naciones, o por qué unos países son ricos y otros pobres. Sin embargo, a pesar de todo el tiempo transcurrido desde entonces, la explicación más clara y sistemática se dio recién en 1912 con la publicación de La Teoría del Dinero y el Crédito de Ludwig von Mises, sin lugar a duda el miembro más importante de la Escuela Austríaca de Economía y el mejor economista y filósofo de todo el Siglo XX, quien advirtió la Gran Depresión iniciada en 1929. Y más tarde, durante los años 30 en un largo debate con John Maynard Keynes, el economista más famoso del Siglo XX, F.A. Hayek, discípulo de Mises, la complementa y pule, lo que le valió el Nobel en 1974.

Fueron los principales aportes de Mises y Hayek los que, sin equivocaciones, mejor explicaron las causas de la peor crisis económica internacional nunca vista hasta entonces. Es cierto que la explicación que ofrecieron no fue la que más convenció al público, mucho menos a la clase política, y peor aún a la gobernante y sus adláteres porque simplemente no les favorecía al implicar una drástica reducción de poder. Tales explicaciones decían que aquellos problemas tenían que ver que ver con el exceso de poder unos hombres sobre otros, o si se prefiere, con la intervención del Estado en la economía; la gran generalidad de economistas de entonces se equivocaban en ofrecer un diagnóstico acertado sobre el problema porque confundía las causas con las consecuencias, o simplemente se apresuraba en brindar algunos ajustes temporales para mitigar el impacto de una política concreta o la corrección inevitable del mercado, sin importar que fuera a cambio se agravar la situación hacia más adelante.

Pero no fue sino hasta 2007 o 2008 que la obra de Mises y Hayek cobró más importancia que nunca, incluso luego de que la Escuela de Pensamiento Económico a la que pertenecían cobrara mucha mayor relevancia científica cuando Hayek recibió el Nobel de Economía en 1974, y cuando las reformas de Thatcher en el Reino Unido y Reagan en Estados Unidos a fines de los años 80 en materia práctica. El mundo estaba viviendo una

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crisis económica internacional comparable solamente con aquella a la que los mejores economistas conocidos hasta hoy le dedicaron sus mejores días, la Gran Recesión. La gente se preguntaba a qué se había estado dedicando la Ciencia Económica desde los años 30 si nuevamente se registraban problemas de semejante magnitud. Pues mientras Mises, Hayek y la economía de mercado que siempre defendieron fue relegada, el consenso político y económico los utilizaba como hombres de paja para atribuirles todo su fracaso científico y práctico durante casi cien años. Los economistas y los políticos promedio por fin habían quedado en evidencia, aunque todavía con suficientes recursos para establecer “el control de las fuerzas del mercado y la refundación del capitalismo”.

Es gracias a toda esta tradición de pensamiento económico, pero fundamentalmente a los mentados Mises y Hayek, que primero se sabe que las crisis económicas generalizadas no responden a complicadas teorías que observan los síntomas del problema y obvian sus grandes causas, que las interpretan como simple devenir de la naturaleza, teorías que, luego de leer otras perspectivas muy distintas de las convencionales al menos sobre la Gran Depresión de los años 30, son verdaderamente débiles al no ser capaces de interpretar fenómenos de mercado, y que, por tanto, se inclinan por rebuscadas metáforas como “síndromes”, “enfermedades” o “maldiciones”, como veremos más adelante. Gracias a estos economistas es que la interpretación más ajustada sobre la realidad implica identificar todo problema económico encontrando y diferenciando causa y efecto, y de manera mucho más concreta en una mala asignación de recursos por parte del Estado que le es imposible entender cómo una economía funciona sola mediante sus propios mecanismos e instituciones.

Pero que esto no vaya a convertirse en un pasquín político más. Lo interesante aquí - habrá que decirlo una vez más- está en explicar, aunque sencilla y muy brevemente, un problema muy concreto que afecta a la generalidad de individuos que componen una sociedad, y para esto es necesario repasar algunos principios económicos científicos básicos, como, por ejemplo, qué es el mercado.

Qué es el mercado

Hablar del mercado es en realidad hablar sobre la manera en que funcionan las economías libres, alejadas del control político, la burocracia o el Estado. Uno de los grandes economistas que con mayor capacidad y precisión sostuvo que el marco científico de interpretación más ajustado sobre la realidad y los fenómenos de las ciencias sociales fue otro austríaco, Carl Menger, fundador -sin así pretenderlo- de la

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Escuela Austríaca de Economía, la escuela de pensamiento económico sobre cuya base se desarrolla este trabajo.

Menger ofreció un instrumental teórico para interpretar la realidad mucho más interesante que el de los protagonistas de la Revolución Marginal, León Walrás y William Stanley Jevons. En la primera línea de su obra seminal de 1871, Principios de Economía Política, Menger sostiene que “todas las cosas están sujetas a la ley de causa y efecto”. No parece, pero se trata de una frase tan sencilla como poderosa, porque pensar sobre los fenómenos sociales como que simplemente suceden como un evento comparable al de la lluvia, que simplemente “suceden”, sería un error muy importante. Uno debe saber por qué suceden algunas cosas, y además con el marco analítico que permita la interpretación más correcta, aunque teniendo en cuenta de que su resultado no se trate de una verdad absoluta.

Ya más tarde, y sobre estas bases, las siguientes generaciones de economistas que siguieron a Menger en la Viena ya de principios del Siglo XX, sobre todo de la tercera como Ludwig von Mises y luego F.A. Hayek, supieron ir articulando estos conceptos sobre bases teóricas más desarrolladas y mejor elaboradas, afirmando que la piedra angular para el desarrollo armónico de la propia civilización occidental es la propiedad privada, es decir, el sistema de economía capitalista y orden espontáneo y evolutivo de libre mercado que de él surge.

Como no podía ser de otra manera, y sobre todo desde que en 1776 Adam Smith cometiera uno de los más grandes y desafortunados errores teóricos de la historia del pensamiento económico sobre el que luego Karl Marx desarrolló su trabajo, sosteniendo que el valor de un bien o servicio está determinado por la cantidad de trabajo incorporado en él, y no por la satisfacción que cada individuo encuentra en la última unidad producida de ese bien, como diría Menger, los anticuerpos fueron creados y la polémica estuvo servida tanto en el mundo académico científico dominante, como en el de la política, que encontraba en el mismo supuesto padre el liberalismo y la economía la justificación de que el Estado intervenga, controle y manipule la economía. Fue por esto que no fue raro que Mises fuera perseguido por los nazis y encontrara refugio primero en Suiza y luego ya en Estados Unidos.

Lo que lograron hacer Menger y sus seguidores, sobre todo hasta Mises y Hayek, fue establecer teóricamente el hecho de que la economía no se trata de cosas u objetos materiales, sino sobre acciones e interacciones humanas que como proceso forman instituciones de origen espontáneo y evolutivo, de origen consuetudinario, que se

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desarrollan a lo largo de períodos muy dilatados de tiempo que permiten a los individuos convivir en sociedad, y que al no existir gracias al diseño o invento deliberado de mente brillante alguna, quienes pretendan hacerlo de manera objetiva, por muy bienintencionadas que sean sus ideas, generará serias distorsiones en instituciones como la familia, el derecho, el lenguaje o la moneda, es decir, la posibilidad de convivir en sociedad.

Estas últimas son algunas de esas instituciones de origen espontáneo y evolutivo, y son aquellas sobre las que se desarrolla el libre mercado, que no es más que una serie de interacciones que en un marco de cooperación realizan intercambios voluntarios en la sociedad, realizado como un acuerdo voluntario entre dos personas o entre grupos de aquellas representadas por agentes, que intercambian bienes o servicios económicos, pero siempre en la medida que las instituciones mencionadas estén presentes.

Pero tampoco se distraiga ni detenga demasiado con definiciones cerradas y concretas sobre el mercado, sino hágase más familiar con el concepto que con una imagen estática de su definición.

Cómo crece una economía sana y sostenidamente

Pues a la yugular: una economía crece de manera sana y sostenida solamente en entornos de libertad, mediante el respeto por los derechos individuales de propiedad privada y las instituciones que surgen de manera espontánea y evolutiva a través de largo períodos de tiempo en los que los hombres han interactuado, instituciones de origen consuetudinario, surgidas en una serie de comportamientos pautados.

Aunque sólo tangencialmente, cuando criticamos a quienes recurrieron a la interpretación de estos fenómenos económicos donde se registran períodos recurrentes de auge y recesión repentina, recurriendo a teorías que explican parcialmente algunos problemas económicos, dijimos que partían de un escenario donde los recursos ya están dados, y que lo correcto era averiguar primero sobre el origen de los mismos antes de adelantarse a asignarlos siquiera. Lo que se requiere para esto es una breve explicación sobre cómo una economía crece de manera sana y sostenida, y recién una vez que esto se tenga meridianamente claro, se entenderá mejor el rol que juega el mercado (y no los economistas) en lo que sería una correcta asignación de recursos.

Cuando se escucha decir que para que una economía crezca es necesario estimular el gasto y el consumo, todo parece tener mucho sentido: si la tienda del barrio no vende lo que tiene, quebrarán ella y sus proveedores. No cabe imaginar todo el inmenso edificio teórico que alrededor de esta idea se ha construido, pero es un error descomunal. Lo

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correcto es preguntarse cómo ha llegado a la tienda de barrio lo que ofrece. Para que una economía crezca con sentido y armoniosamente primero debe producirse aquello que se va a consumir. Esto es algo que debe quedar grabado en la cabeza de todo aquel que quiera indagar un poco más en la forma en que se suele elaborar la política económica de un país.

La piedra angular de toda economía con crecimiento sano y sostenido es el ahorro, o si se prefiere, la abstención del consumo presente. Solamente una vez que un individuo ha decidido abstenerse de consumir, habrá recursos disponibles para el ahorro. Sin embargo, otro elemento igualmente importante es el motivo por el que un individuo ahorra: todo individuo prefiere consumir antes que después, pero si decide abstenerse y consumir en el futuro, lo hace porque a pesar de que no existe garantía alguna, el valor de aquellos productos ahora disponibles para otra persona que comparativamente valore más consumir en el presente compensará su espera. Esto se llama interés, la diferencia entre el valor que un individuo asigna hoy a un bien presente y el que le asigna al mismo bien en el futuro. De aquí se deriva todo el vínculo entre el ahorro, la inversión y la formación de capital.

Una ilustración robinsoniana

¿Conoce la historia de Robinson Crusoe? 3 Este náufrago recientemente llegado a una isla tiene la pesca como único medio de subsistencia. En un principio pesca la cantidad de pescados que sus propias manos le permiten. No mucho más tarde, en sus momentos de descanso, piensa en la mejor manera de hacer su pesca más eficiente, y se le ocurre la construcción de una red con algas, plantas y ramas, pero para esto necesita restar tiempo a la pesca y a su vez abstenerse de su consumo, es decir, ahorrar previamente. Crusoe no tiene garantía alguna de que esta idea funcionará, pero espera que los resultados futuros compensen su esfuerzo y sacrificio. La red finalmente funciona, puede conseguir más pescados en menor tiempo y, por tanto, puede dedicarse a construir su vivienda.

La historia se pone todavía más interesante con la aparición de Viernes. Lo único que hará posible la convivencia de ambos es un marco de respeto por los derechos individuales de propiedad privada de cada uno. Crusoe es dueño de su propio cuerpo y de lo que con él produce, y por tanto nadie puede impedirle disponer de lo que ha producido. Lo mismo para el caso de Viernes. Esto es lo correcto, no simplemente lo que conviene.

Pues bien, Crusoe puede prestarle su red a Viernes mientras no la utilice. Sin embargo, sería mucho mejor si en vez de prestársela decidiera cobrarle un alquiler, pero no

3 El libro recomendado que aplica la teoría austríaca al mundo moderno mediante le explicación didáctica de una historieta, es el de Peter D. Schiff, How an Economy Grows and Why It Crashes.

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necesariamente por el esfuerzo que implicó construirla, sino por el desgaste y deterioro natural del propio instrumento al utilizarlo. El alquiler significa cierto margen de seguridad y ganancia para Crusoe para no tener que volver a un principio y perder el tiempo en la elaboración de una nueva red.

Una vez que Crusoe y Viernes cuentan con vivienda y bienes de capital para pescar y subsistir, se especializan en aquello que cada uno sabe producir mejor de acuerdo con sus inherentes capaces individuales, y empiezan a realizar intercambios.

Toda esta parte del cuento es obviada por la gran generalidad de economistas, sobre todo los economistas científicos, probablemente porque nunca han tenido una buena idea y nunca se han arriesgado a producir y vender nada. Para ellos el cuento recién empieza cuando ya existen productos y que todos tienen valor y demanda en el mercado, donde ya todo está dado y es simplemente cuestión de hacer asignaciones de acuerdo a las prioridades que sus propios criterios y presuposiciones individuales creen que deben tener los demás. Parece un detalle, pero es realmente perverso.

Más aún, pierden de vista que el gran protagonista de la historia, el gran motor de cualquier economía es la función de Robinson Crusoe como empresario que estando alerta identifica una oportunidad de beneficio solucionando primero sus propias necesidades con la construcción de una red, y luego los problemas de la propia subsistencia de Viernes.

Ahora deténgase a pensar un momento, ni siquiera hemos empezado a hablar de propiedad privada in extenso, ni de formación de precios, mercado, riesgo e incertidumbre, orden espontáneo, ni de muchas otras cosas bastante más complejas todavía, pero el hecho de que solamente se identifique al empresario como el actor fundamental en una economía, su crecimiento y la generación de riqueza en una sociedad, será mucho más fácil analizar otro sinfín de problemas.

Hasta aquí Robinson Crusoe y Viernes han empezado a intercambiar lo que producen, pero de manera muy limitada, porque sus bienes son escasos y sus necesidades ilimitadas. Esta es tal vez una economía de crecimiento sano y sostenido, pero aún pre capitalista, de autoconsumo, donde se consume todo lo que produce, donde existe una doble coincidencia de necesidades y Crusoe y Viernes solo pueden intercambiar específicamente lo que a ambos les interesa del otro, y además en el mismo momento y lugar. Este es el momento en que aparece el dinero, que permite superar la doble coincidencia de necesidades. El dinero es el que permite el intercambio indirecto y ampliar así las posibilidades de los actores de una manera muy difícil de imaginar.

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Para los fines que buscamos no es necesario extenderse mucho más. Por ahora simplemente sirve tener en cuenta que la economía se basa en el ahorro antes que en el consumo, que el tiempo y el dinero son fundamentales para un desenvolvimiento relativamente armonioso entre individuos conviviendo en sociedad, y que de otra manera las economías terminan entrando en recesión, porque con una mala interpretación sobre cómo funcionan las cosas alguien con demasiado poder en sus manos puede terminar pervirtiendo todo el proceso natural de crecimiento descrito anteriormente.

Hablar de pobreza y hablar de riqueza no es lo mismo

Hablar sobre riqueza es algo a lo que no mucha gente está acostumbrada, ni siquiera los propios economistas, que se dedican a la pobreza, que es ciertamente algo muy distinto.

Y lo cierto es que para que el conjunto de una sociedad que coopera debe haber un

entorno de libertad.

Cuando surgen grandes crisis económicas generalizadas el gran hombre de paja es siempre el mercado desregulado, el capitalismo salvaje, el egoísmo desmedido y la codicia desenfrenada de los grandes empresarios y cerdos capitalistas, aquellos que componen el 1% de la población global más rica que parecen tener grandes montañas de dinero acumuladas en una bóveda del banco en las que se zambullen, y que no reparten solidariamente una ínfima parte de lo que acaparan entre los más necesitados.

Es por esto que el economista promedio -el eterno trasnochado que habla en términos de “la evidencia científica objetiva y medible”- sólo alcanza a imaginar muy

románticamente una redistribución “justa” de la riqueza en un asalto de las propiedades físicas de los más ricos que provoque una revolución continental al estilo de la Toma de

la Bastilla.

Esta manera de ver las cosas es lamentable, porque así como Mises sostuvo que la economía no es un problema de cosas ni objetos materiales, sino de los medios que el hombre elige para alcanzar los fines que haya elegido en función de sus propios juicios subjetivos de valor, de las acciones humanas y las instituciones que surgen de la interacción; la riqueza no es un stock, sino un flujo, no es una piscina llena de monedas de oro en las que se zambullen los más ricos, sino la capacidad de generación de riqueza futura valorada en términos presentes.

La riqueza no son los cuadros en las paredes, las vajillas o caballerizas de las mansiones de los más ricos que se les quiere asaltar, sino de la capacidad de garantizar cierto nivel

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de bienestar general en el futuro. Por ejemplo, si Apple, que cotiza en el mercado a un valor de $800, fuera dividida en 10 partes, cada una de ellas no tendría un valor individual de $80, como presupone la sabiduría popular, sino solamente 10 partes con un valor de cero, y además, la garantía de que por más que Steve Jobs siguiera vivo, no contaría con aquellos medios que le permiten poner utilizar su conocimiento y creatividad para tratar de seguir solucionando problemas y seguir mejorando la calidad de vida de gente que ni siquiera conoce alrededor del mundo.

Así pues, las rentas no provienen automáticamente de los recursos materiales, sino del uso que se hace de esos mismos materiales, depende de la organización inteligente, creativa e innovadora de los recursos materiales antes que de la sola disponibilidad de los mismos. Eso es lo que ha pasado con Apple, Google y Facebook, y de ahí, al mismo tiempo, que ningún gobierno sea capaz de generar ni una sola start-up exitosa por muchos recursos que tuviera a su disposición.

Pero entonces, si es justamente la clase cerdos capitalistas como Steve Jobs los que se necesita, ¿cómo surgen los Steve Jobs? Pues primero nacen en entornos amigables con el libre desarrollo del conocimiento y la creatividad, en entornos donde hay libertad económica, donde se permite el libre ejercicio de la función empresarial y la innovación, y donde por añadidura se genera crecimiento económico sano y sostenido, donde las sociedades son libres de enriquecerse.

¿Y cuántos Steve Jobs hay actualmente en el mundo? Pues demasiado pocos, y donde los hay encima los acosan, castigan y condenan moralmente. Al mismo tiempo, quienes hoy como en el pasado poseen abundante cantidad de recursos limitados solamente podrán ser ricos en la medida que existan otras organizaciones que sean capaces de organizar aquellos recursos inteligente, creativa y ordenadamente; hoy el nieto que posee el mismo pozo petrolero que su abuelo hace décadas será inimaginablemente más rico porque hoy los nuevos procesos productivos para los que sirven son capaces de generar una renta más que considerablemente mayor.

Es por todo esto que a diferencia de los tiempos en los que apenas empezaba a constituirse el capitalismo espontáneamente, en las épocas donde los más ricos eran quienes más recursos materiales poseían, hoy en día son quienes han sido capaces de establecer sistemas de organización de recursos de una manera tal que satisfacen las necesidades del cliente al menor costo posible.

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Y huelga decir que las economías que crecen sana y sostenidamente se deben a grandes empresarios como Steve Jobs, y no al revés. No vaya a creerse que las economías deben estimularse para que crezcan y que surjan empresarios cuáles hierbas. Al empresario hay que dejarlo en paz siempre que se desenvuelva en el marco de la ley y el respeto por los derechos individuales de propiedad privada, en un marco de libre competencia y sin ventajas otorgadas en ninguna circunstancia. ¿Y cuál es el problema en que los ricos sean ricos? Ninguno, son ricos tan sencillamente porque están siendo retribuidos en la misma proporción del problema y la manera en que lo están solucionando; mientras más ricos haya por este hecho, mejor.

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CAPÍTULO 3 El dinero, la banca central, la inflación y la expansión crediticia

Cuando explicamos la manera en que idealmente una economía crece de manera sólida

y sostenida establecimos el hecho de que todo proceso de generación de riqueza en una

sociedad consta de sacrificios y de que requiere tiempo para lograrlo, pero una vez que

se pretende acortar, resumir o directamente eliminar algunos procesos, la economía

entra en crisis.

A estas alturas la economía robinsoniana ya es capitalista y ha logrado un muy

importante proceso de evolución económica de varios miles de años. Ahora se realizan intercambios indirectos sobre la base de la mejor moneda posible hasta el momento: un metal precioso como el oro.

¿Cómo se destruye una economía? Inflándola primero

Imaginemos ahora un nuevo escenario: un panadero y un carpintero se encuentran en el mercado y sus necesidades coinciden; el panadero necesita una mensa y el carpintero necesita alimentarse con pan. Claramente el proceso de producción de una mesa requiere más tiempo y recursos que el de diez panes, entonces al carpintero se le ocurre

firmar un contrato con el panadero por el cual se compromete, con las garantías del caso,

a entregar la mesa en cuanto estuviera terminada mientras empieza hoy a consumir pan.

Desde luego, el carpintero puede entregar ese compromiso de pago a un tercero en forma

de compra de otro bien o servicio, y así sucesivamente. Sin embargo, el panadero, o un

tercero, también puede falsificar el contrato que tiene con el carpintero para incrementar

su

capacidad de compra y acceder a mayores productos y servicios mientras el carpintero

no

termina aún la mesa para honrar su compromiso. Lo que el panadero estaría haciendo

en este caso es robarle una mesa al carpintero en la cantidad de veces que hubiera falsificado ese contrato o nota de compromiso. A muy grandes rasgos esto es lo que en economía se llama inflación, y bajo ningún punto de vista puede ser bueno ni correcto;

la inflación es pues la caída persistente del valor real de la moneda.

Este es, por ejemplo, uno de los motivos por los que, en un proceso de ensayo y error, y durante un periodo muy dilatado de tiempo de varios miles de años la civilización fue encontrando distintos materiales dinerables que de alguna forma garantizaran la

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confianza en el sistema de intercambio del mercado. El oro es un material muy difícil de producir, es escaso, tiene un límite para estable de producción anual, es fácil de transportar, es divisible muy difícil de falsificar y, sobre todas las cosas depósito de valor tangible.

¿Por qué son tan importantes el crédito y la moneda?

La moneda y el crédito son algo demasiado serio como para dejarlo en manos de los gobiernos. No olvide nunca que la moneda no es una creación deliberada, no es un invento, sino una institución muy delicada de origen espontáneo y evolutivo como el lenguaje, el derecho o la familia, erigida en un muy largo proceso de ensayo y error de miles de años que permite la convivencia en sociedad, y pretender manipularla o articularla de manera objetiva, por muy bienintencionadas que sean las ideas de quien la interviene, termina generando una cantidad de problemas inimaginablemente mayores a aquellos problemas que en un principio pretende solucionar.

Cuando por ejemplo se creó muy románticamente la lengua del esperanto se pensó que solucionarían todas las diferencias en el mundo y se conquistaría la paz mundial, pero terminó siendo un rotundo fracaso; se trataba de una institución evolutiva como la moneda imposible de -una vez más- articular objetivamente.

Pues lo que el socialismo pretende hacer al implementar sus pésimas ideas es modificar, rediseñar y controlar este tipo de instituciones que en la realidad son imposibles de cambiar para satisfacer las necesidades o definir las prioridades de todas y cada una de las personas que conforman una sociedad. Es simplemente imposible. Sin embargo, en todo intento obstinado por encontrar resultados distintos recurriendo siempre a los mismos métodos violentos para la creación de un nuevo hombre o una nueva sociedad, todo socialista disfrazado de ingeniero social termina mínimamente destruyendo toda una economía.

Ahora bien, el panorama se empieza a complicar un poco más cuando los bancos aparecen en escena como depositarios del oro que se intercambia como el mejor dinero posible que el mercado ha encontrado en varios miles de años, y deciden emitir una cantidad de notas o certificados de pósito mayor a la cantidad de oro que realmente existe depositado y que guardan y custodian, pero además pónganse a pensar a quién podría beneficiar más esta forma de inflación: a los que más deben.

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Tradicionalmente quienes más gastan y deben son siempre los Estados, pero como cuando en arca abierta hasta el justo peca, dicen, la trampa está servida cuando en combinola el Estado se le acerca a la banca y le propone: “a cambio de que yo te rescate cuando por un exceso de notas o certificados de depósito emitidos entres en aprietos con el público, tú me entregas la prerrogativa de emitir esas notas”. De esta forma, entre Estado y banca privada crean la banca central, una de las instituciones de planificación central que supuestamente se creó para evitar las crisis económicas, pero que en realidad les permite tener más poder a los gobiernos, un monopolio público de producción de dinero y autofinanciamiento ilimitado que genera crisis.

La banca, el dinero y el crédito

Habíamos dicho que toda crisis económica generalizada tiene origen en la manipulación de la moneda y el crédito, interviniendo las tasas de interés, el sistema bancario y financiero, pero no en el sentido de que pueden aparecer los grandes estafadores de esquemas piramidales al estilo de Bernie Madoff en Nueva York, sino al estilo de todo gobierno que, así como Madoff, cree encontrar la piedra filosofal del crecimiento y bienestar económico milagroso en el dinero y el crédito fácil.

Modificar las tasas de interés, envilecer el dinero o alterar su cantidad y calidad natural significa alterar también la preferencia temporal de toda una población, distorsiona las relaciones sociales sobre las que descansan, rompe el vínculo entre esfuerzo y recompensa de Robinson Crusoe y la posibilidad de establecer una relación armoniosa con Viernes antes de siquiera ponerse a pensar en seguir mejorando su calidad de vida en la isla construyendo un refugio, una casa, un bote, etc. Alterar esta institución modifica por completo la posibilidad de convivir en sociedad.

De la misma forma, modificar las tasas de interés y establecerlas en un nivel inferior al que en condiciones de libertad económica el mercado las establecería, significa decirles

a los empresarios que la cantidad de ahorro previo disponible para ser invertido es mayor

a la que realmente existe, y que por tanto pueden lanzarse a realizar inversiones mucho más ambiciosas con más recursos disponibles y que de otra manera no serían posibles.

Todo esto puede explicarse con una metáfora muy sencilla: suponga que como empresario ha encontrado la oportunidad de satisfacer una demanda de mercado que nadie ha podido reconocer antes construyendo un edificio habitacional de 6 pisos. Más tarde, el gobierno, a través de la banca central, decide ocurrente y deliberadamente reducir las tasas de interés sin que la cantidad de ahorro disponible en la economía

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hubiera aumentado. De repente el público para el que construye tiene una mayor capacidad de endeudamiento y de demanda, a la vez que ahora usted como empresario puede acceder a una mayor cantidad de recursos y construir ya no 6, sino tal vez 10 pisos,

y además ha logrado venderlos todos por adelantado en papeles, con los simples planos.

Cuando usted está construyendo el tercer o cuarto piso el proyecto reporta beneficios inesperados e incluso ya se está embarcando en otras construcciones, a la vez que la economía en general reporta extravagantes datos de crecimiento sin precedentes y el gobierno se da palmadas en la espalda a sí mismo. Sin embargo, cuando está empezando

a construir el sexto piso empieza a darse cuenta de que empiezan a faltar recursos y que

muy probablemente no podrá concluir el proyecto inicial ni su ampliación, mucho menos el segundo proyecto de construcción, entonces empieza a hacer ajustes y reducir gastos, despedir trabajadores, a incrementar el número de horas trabajadas y reducir la calidad de la obra, y a su vez, como se trata de un problema generalizado, la economía en general empieza a desacelerarse.

El problema más grave es el que viene justamente en el momento en que debe tomar la decisión de continuar, ajustar o simple y llanamente liquidar el proyecto sin prolongar la agonía. Por lo general la primera opción es la que toma, porque qué clase de empresario es aquel que gana sin arriesgarse, y peor aun cuando se trata del gobierno que hasta el quinto o sexto piso políticamente vendió su elemental idea de expandir el crédito por encima de las posibilidades o garantías reales de repago del público en general, como un modelo de crecimiento sostenible para exportarlo al mundo. Este es el momento en que finalmente se da cuenta que como empresario los riesgos son mayores

a los que consideró al principio del proyecto, y la incertidumbre es ya inasumible: en la etapa de liquidación el valor del edificio es mucho menor que el proyectado, pero el pasivo en el banco sigue siendo el mismo.

Desde luego, los incentivos y los plazos de los políticos en funciones de gobierno y los de los empresarios son radicalmente distintos, pero ahora piense en todo lo que puede suceder cuando de repente y durante un tiempo relativamente prolongado se dispone de más tiempo y dinero fácil.

Efectivamente se puede llegar a vivir un auge artificial sin precedentes, y aunque muchos sospechen de este hecho por ser demasiado bueno para ser cierto, se inclinan por el silencio cómplice sin que nadie le ponga el cascabel al gato, aprovechan y se lanzan a tener la mejor vida que imaginaron nunca tan pronto tanto como pudiera terminar en cualquier momento, entonces empiezan con un estrés y una ansiedad permanente que

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se convierte en una actividad cotidiana y que se manifieste allí donde lo imagine. Más adelante trataremos de ilustrar esto con algunos otros ejemplos, pero en el entretanto vea que hay un error cualitativo de inversión y de juicio económico de cuatro pisos que destruye el valor y capital de todo el proyecto; y, por si fuera poco, también vaya preguntándose cómo se podría cubrir la brecha entre los 10 y los 6 pisos de un edificio que muy probablemente no tendría que haberse a cabo desde un principio.

Esto es lo que a muy grandes rasgos causan los ciclos económicos que, por cierto, no deben ser confundidos con las fluctuaciones económicas, que son propias de los simples errores naturales de juicio económico que corren los empresarios al momento de evaluar sus proyectos en materia de riesgo y beneficio.

Así, debe quedar pues muy claro que las grandes crisis económicas no son un simple devenir de la naturaleza, sino que son causadas de manera deliberada por personas con nombre y apellido en su pretensión de generar primero un auge económico ficticio manipulando deliberadamente o incluso recurriendo simplemente a ignorar las fuerzas y propios mecanismos que el mercado tiene para asignar recursos en una economía, y luego de agravar sus consecuencias en su intento de solucionarlas.

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SEGUNDA PARTE

El origen de la gran burbuja de Bolivia

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CAPÍTULO 4 Una explicación por partes

Cuando Evo Morales ganó las elecciones en 2005 entendí perfectamente que se estaba volviendo a un escenario económico muy similar al de la Revolución del 52. Claro, hoy ya puedo establecer y sustentar un vínculo entre lo teórico y lo práctico, es decir, lo que constituye realmente el socialismo y lo que sucedió en 1952 luego de haberlo estudiado, pero en aquel entonces ya pude advertir las consecuencias de tal retórica nacionalista, confiscatoria y profundamente estatista, y además pude identificar este patrón de conducta política vinculándolo con otros hitos históricos tan importantes como el auge artificial de Banzer en los 70 y la hiperinflación de la UDP en los 80. Eso sí, lo que no supe advertir fue que auge inicial de este tipo de intervenciones económicas tan radicales fue que coincidiría con otro experimento económico internacional que extendería el auge artificial y aplazaría sus efectos depresivos.

La primera señal inequívoca del inicio de la desaceleración fue cuando a pesar de haber intervenido y estimulado la economía muy agresivamente, la política económica ya no encontraba los mismos resultados que buscaba. En un inicio cuando empezaban a gastar como si no hubiera mañana, la economía respondía con crecimiento, y con cada año que pasaba redoblaban la apuesta. En 2013, sin embargo, año del inicio del ajuste generalizado en forma de desaceleración, nunca se había tenido un programa de estímulo mayor, pero la economía no volvió a responder de la misma forma.

Lógicamente, si la buena teoría no terminaba siendo lo más práctico para cambiar de rumbo, este hecho constituía la evidencia más sólida frente al hecho de que el crecimiento sano y sostenido no puede sostenerse en el gasto, el consumo y la deuda, que si no se quería sufrir las consecuencias de seguir andando por el camino equivocado, había que cambiar de rumbo; esta era una inmejorable oportunidad para seguir construyendo el discurso aguafiestas necesario, tanto así que escribí La débil tesis gubernamental del crecimiento para América Economía, a saber:

El discurso oficial decía que el crecimiento y la estabilidad macroeconómica se sostenían pese a la caída de los precios internacionales de materias primas desde 2009, gracias al impulso que se le había dado a la demanda interna, y que incluso se estaría empezando

a vencer el desafío de la típica exposición del país a los shocks externos, contrariamente

a lo que sostenían los neoliberales.

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Además de que estas afirmaciones ya eran temerarias en ese entonces para cualquier economista contemporáneo serio, ese discurso cometía dos errores graves, uno de diagnóstico y otro de prescripción: por un lado, era cierto que se había registrado una caída en la cotización internacional de materias primas, sobre todo mineras, debido a la considerable desaceleración de países como China e India y su consecuente restricción de demanda, pero a pesar de ser una caída de 6 puntos porcentuales desde el inicio de la Gran Recesión en 2007, los precios todavía se mantuvieron muy por encima del promedio de los últimos seis años, por lo que, primero, la explicación oficial sobre el entorno internacional ya era entonces cuanto menos peligrosa para el establecimiento de las políticas macroeconómicas.

Por el otro lado, el de la prescripción: no se mentía al decir que el crecimiento se debía fundamentalmente al impulso de la demanda interna, pero no por eso estaba bien ni era aceptable. Si las cada vez más y mayores empresas estatales eran más que un agujero negro que absorbía toda la cantidad de dinero que se les vertiera sin producir absolutamente nada, ¿qué es lo que realmente impulsaba el crecimiento? Pues, como veremos con mayor detalle, el sistema bancario financiero desarrollado durante los últimos diez años. De ahí la intentona pseudo nacionalizadora del sector energético, pero no por tal motivo Bolivia evitó los efectos del reventón de la burbuja inmobiliaria estadounidense. Si la mirada hubiera estado enfocada en las políticas de monetización de deuda y fijación de tasas de interés a la baja por los principales bancos centrales del globo, y particularmente de la Reserva Federal, se entendería que la recuperación de los precios de materias primas desde 2008 se debió a que EE.UU. no evitó una segunda Gran Depresión, sino que postergó sus efectos más profundos a cambio de agravarla creando nuevas burbujas paralelas como las del dólar, las letras del tesoro y los bonos soberanos.



En ese entonces, cuando la desaceleración recién empezaba, Bolivia todavía tenía tiempo. Para Brasil, Argentina y Venezuela, en cambio, la crisis no llegó del exterior, sino que incubaron problemas domésticos durante mucho tiempo. En el corto plazo gastaron a manos llenas y consolidaron el derroche fiscal durante una década, pero llegado el largo plazo, con tipos de cambio demasiado apreciados, consecuentes devaluaciones, controles de precios y proteccionismo, vivieron las consecuencias en forma de inversión colapsada, desempleo, inflación descontrolada, revueltas callejeras e ingobernabilidad. Para cuando la recaída estadounidense sea mucho más evidente, estas economías ya tendrían que haber abandonado sus rigideces productivas y laborales para readaptarse rápidamente una nueva estructura de la demanda.

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Ahora bien, hay una manera más sencilla y didáctica de explicar todo este embrollo:

encontrando la punta del ovillo, siguiendo la ruta del dinero en tres grandes pasos o identificando claramente las tres grandes macro burbujas de proporciones siderales nunca antes vistas de la economía de Bolivia: la primera es la estatal iniciada fundamentalmente gracias a la Reserva Federal de los Estados Unidos como la más grande máquina de imprimir dólares, como el gran banco central que exporta su inflación al mundo, con el dólar como la moneda internacional de reserva y aquella en la que se realizan todas transacciones comerciales del mundo y fundamentalmente los países típicamente exportadores de materias primas, y que los Gobiernos aprovechan para diseñar los programas de gasto más grandes nunca que hipertrofian la burocracia; la segunda es la financiera con la nacionalización monetaria que expande arbitrariamente la base monetaria y la banca de reserva fraccionaria que tiene la facultad o privilegio de fraude legal de prestar una fracción de aquello que se le ha prestado en condiciones de guarda y custodia; y la productiva, aquella a la que el Estado induce al público en general a inflar de manera generalizada.

Como ejercicio ilustrativo, vea el siguiente dibujo, y una vez que haya leído los siguientes tres capítulos, vuelva a él nuevamente.

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CAPÍTULO 5 La burbuja estatal

Cuando en un principio dijimos que los problemas de la economía de Bolivia, sobre todo en momentos de crisis donde urge una explicación e interpretación correcta sobre el problema, no tienen nada que ver con enfermedades holandesas o maldiciones de recursos naturales, sino con una mala asignación de recursos, la idea no parecía tener demasiado respaldo; finalmente se trata de una interpretación más de muchas sobre un mismo problema, pero que definitivamente tiene mucha más sentido.

Sobre el origen de los recursos

El inicio del crecimiento de la burbuja del Estado tiene su origen en el momento en que se apropia de los hidrocarburos y toda su cadena de actividad, la nacionalización. Para este momento los ingresos o rentas obtenidas por su exportación ya eran inéditos. La cotización internacional de materias primas ya constituía un fenómeno global para este momento, pero la habilidad de los gobiernos para atribuirse tal casualidad con sus políticas siempre es mayor.

Luego de un tiempo estudiando e investigando sobre el asunto se llega a la idea que mayor coherencia tiene para explicar el mayor auge global que ha habido nunca de materias primas: puede que la apertura comercial, su consecuente crecimiento e incremento de la demanda de materias primas por parte de la China e India explique una buena parte de la historia, pero no únicamente. Es más, puede que haya una explicación todavía más coherente que esta, que es la que mayor consenso, comodidad y complacencia ha generado entre políticos, gobiernos y economistas convencionales.

Sobre todo, a partir del ataque a las Torres Gemelas en 2001, la Reserva Federal de los Estados Unidos, su banco central, estimuló la economía fundamentalmente de dos maneras. La primera fue reduciendo arbitrariamente las tasas de interés de referencia en un nivel inferior al que se encontrarían en condiciones de economía libre de mercado. Esto le dijo no sólo a todo Estados Unidos, sino al resto del mundo, que la economía contaba con una cantidad de ahorro real disponible para ser invertido superior a la que realmente existía.

Esto, junto a toda una otra serie de medidas conjuntas desde el Gobierno Federal, provocaron a nivel nacional una economía artificialmente boyante concentrada en el mercado hipotecario, inmobiliario y de bienes raíces, al cual se indujo a los empresarios a cometer toda una serie de errores generalizados de inversión, algo que más tarde se

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conoció muy ampliamente como la burbuja inmobiliaria estadounidense, que terminó explotando entre 2007 y 2008 con la bancarrota de Bear Stearns y Lehman Brothers.

Las medidas no lograron los efectos extraordinarios que estaban buscando los responsables de la política económica estadounidense en su país, probablemente porque los efectos en realidad terminarían siendo globales sin siquiera advertirlo; Estados Unidos le exportó su inflación al mundo. Con esa reducción de tasas de interés y estímulo de la demanda también se le dijo al mundo que la economía global contaba con una cantidad de ahorro real mayor a la que realmente existía para ser invertida, es decir, que ya no sólo los empresarios, sino sobre todo los gobiernos, fundamentalmente los que se encargaron directamente de toda su cadena industrial, podían realizar toda una serie de proyectos mucho más ambiciosos, que tomaban una cantidad de tiempo mayor.

Fueron alrededor de siete años en los que, por un lado, en la economía estadounidense el Gobierno Federal cometió e indujo a empresarios e inversores un número inimaginable de errores generalizados de inversión, concentrados particularmente en el sector inmobiliario y el de bienes raíces; y por el otro, en la economía global, donde grandes empresarios y países enteros a través de sus gobiernos cometieron el mismo tipo de errores que las familias e inversores estadounidenses.

Ninguno de estos errores hubiera sido posible ni por casualidad sino mediante la reducción arbitraria de las tasas de interés por parte de la Reserva Federal de los Estados Unidos. Fue así como el fenómeno de las burbujas de activos o de bienes de consumo duraderos fue global, y donde nació también el fenómeno de las economías emergentes típicamente exportadoras de materias primas. La Reserva Federal exportó inflación, creó así una ilusión de riqueza y abundancia que demandaba materias primas, y entonces el mundo se aventuró en proyectos de inversión irreales, demasiado ambiciosos, y para colmo, que cotizan en la moneda internacional de reserva en la que se intercambian productos y servicios globales: dólares estadounidenses.

Y de manera paralela, el mundo también empezó a incrementar sus riesgos de inversión al llevar sus capitales hacia estos países comprando su deuda, sus monedas, sus bonos soberanos o comprando acciones de empresas dedicadas a la exploración, explotación, transporte y comercialización de recursos naturales, provocando una apreciación de las monedas locales; Estados Unidos ya no remuneraba a sus ahorristas con tasas tan bajas, en niveles históricos y durante demasiado tiempo, y encontraron un vehículo de inversión en estas economías con unos riesgos y una incertidumbre mayor a la que podrían haber considerado en un principio.

Esta es el gran enigma sobre el origen de la gran abundancia de recursos con los que empezaron a contar los gobiernos de los países típicamente exportadores de materias

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primas y que se apropiaron del negocio; los gobiernos recibieron una cantidad de dólares que nunca nadie imaginó gracias al banco central del tan denostado Tío Sam.

Más adelante abordaremos el motivo por el que los gobiernos de estos países reciben dólares, pero les entregan moneda nacionalizada a sus ciudadanos.

Sobre el destino de los recursos

Cuando los recursos abundan, todos se convierten en grandes expertos en asignación de recursos. Así como en el fútbol o la política, donde todos son grandes políticos estadistas, grandes árbitros, jugadores y, sobre todo, directores técnicos, en economía todos son grandes asignadores de recursos.

Nadie dice, por cierto, que cuando existe abundancia o escasez de recursos esta es una atribución única y exclusiva de buenos economistas, sino que son sobre todos ellos los pecan de aquello que F.A. Hayek en su último libro definió como la fatal arrogancia. Hay una frase muy importante de Hayek a la que se suele recurrir para explicar a esta idea para quienes no quisieran tener que leer todo el libro:

“La curiosa tarea de la Ciencia Económica es demostrar a los hombres lo poco que realmente saben acerca de lo que imaginan que pueden diseñar”.

Y esta fue su actitud incluso el recibir el Nobel de Economía en 1974. En su discurso, que

titula La Pretensión del Conocimiento, y que recomiendo con fuerza, es verdaderamente demoledor contra el pensamiento económico convencional, y sobre todo contra la popularización del equivocado método científico de las ciencias naturales que una vasta mayoría de economistas aplican en sus investigaciones a fenómenos que en realidad son eminentemente sociales.

A lo que en suma se refiere Hayek es que toda vez que los individuos pretenden controlar,

rediseñar o crear instituciones imposibles de articular objetivamente, ya sea desde la Ciencia o, peor aún, desde los gobiernos y sus políticas fundamentalmente económicas,

el

desastre está garantizado.

El

tema está en que no sólo lo hacen con arrogancia y pretendiendo saber que saben más

que cualquier mortal hasta el punto en que se otorgan a sí mismos la atribución de definir

prioridades de cada individuo y diseñarles sus vidas, sino que además debe aplicar todas

y cada una de sus ideas de manera violenta, y donde además el Estado lo hace

absolutamente todo. El principal problema de esta forma de ver las cosas en cuanto a la elaboración de políticas económicas, y sobre todo en cuanto a asignación de recursos, es que el uso de

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la fuerza siempre está presente. Muy pocos son los economistas que pueden realmente construir y aplicar ideas si no es mediante el uso de la fuerza. En otras palabras y términos generales, la gran generalidad de economistas, por no decir que todos, son los grandes creadores de burocracia y violencia en toda economía donde se los tome en serio.

Pues bien, dejando de lado las contribuciones de Hayek de lado, y ni qué decir de Mises

o Menger, toda la política de distribución de recursos, la política económica, con gran consenso, aunque no contento popular, se ha concentrado en una carrera de gasto a manos llenas por parte del Estado en sus tres niveles de administración pública, el central, el departamental y el municipal.

Es este el momento donde recién entran teorías parciales y que dejan muy sabor a poco sobre la película de abundancias de ingresos públicos, como son la Enfermedad Holandesa, la Maldición de los Recursos Naturales, o el rent-seeking o rentismo. Como

ya adelantamos, simplemente se concentran más en los síntomas del problema que en las causas del mismo. No es lo mismo atacar el problema sobre el origen de los recursos

y qué hacer al respecto, que atacar el criterio sobre cómo distribuir esos recursos sin provocar efectos secundarios. Esa es la diferencia entre una y otras teorías.

Quienes mejor han podido interpretar los fenómenos de la economía de Bolivia o América Latina en general, han hecho economía con recursos dados, y eso no es una atribución de los economistas, sino de físicos y químicos. Lo que en realidad hace la Ciencia Económica es bregar con la manera en que esos recursos primero son creados económica y no físicamente. Nos daremos el tiempo de explicarlo más adelante, pero el problema de asignación de recursos es parte de una historia muy posterior a la de su creación.

Solamente es cuestión de ponerse a pensar lo siguiente: no por el simple hecho de que determinado país cuente con una cantidad de recursos naturales mayor que otro el desastre económico está garantizado. El problema está en quién, cómo y con qué incentivos dispone de los recursos. La mentada Maldición de los Recursos Naturales sostiene que la exportación de una cantidad abundante de recursos naturales a la larga provoca la construcción de escuelas y hospitales vacíos, pero en lugares como España, donde la economía no depende de la exportación de materias primas, entre 2001 y 2007 se construyeron aeropuertos, puentes, carreteras y ciudades enteras que quedaron vacías, y que constituyeron una burbuja de la construcción de proporciones jamás antes vistas.

Lo mismo con la Enfermedad Holandesa, que sostiene que a la larga la abundancia de recursos abarata las importaciones y disminuye la competitividad de la industria nacional: en España (el mismo ejemplo) el efecto moneda con la Unión Europea, que con

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quien más comercia, es nulo. ¿De qué Enfermedad Holandesa se habla cuando un país no tiene su moneda nacionalizada, donde son las políticas de “conquista social” las que en realidad encarecen la inversión y, por tanto, recién así socavan la competitividad? Le ha costado mucho, pero España solamente ha ganado competitividad perteneciendo a la Unión Europea y la unión monetaria obligada a hacer ajustes y modificar su estructura. España está, definitivamente, mucho mejor sin la posibilidad de devaluar la peseta.

Continuando, el problema constituye, pues, en que los gobiernos se apropian del negocio y el sector económico más rentable posible en nombre de todos, y que prescinden de los mecanismos propios de una economía de mercado para asignar recursos de la manera más eficiente posible. Sencillo.

No vaya a creerse que hubo demasiados quienes no estuvieron de acuerdo con la idea de que el Estado en Bolivia, como en cualquier otro lugar similar, debía gastar todo lo que ingresaba. Todos los economistas y políticos opositores criticaron la política económica de los últimos diez o doce años con la misma arrogancia con la que el gobierno la implementaba y respondía a las críticas. Era un diálogo de sordos. El problema para todos ellos jamás fue el gasto en sí mismo, sino el hecho de que realmente creían que con un número de ingresos superior en casi cuatro veces a los que recibían cuando ellos gobernaban, simplemente podían gastar mejor y con mayor criterio que alguien relativamente menos instruido.

Pues bien, teniendo esto en cuenta, Hayek solía decir que demasiados recursos en manos del Estado llevaban al mismo a ir ganando demasiadas atribuciones y competencias sobre la economía; que otorgar al Estado demasiadas atribuciones y competencias sobre la economía significaba otorgar demasiado poder al Estado; y que otorgar demasiado poder para el Estado significa socavar las libertades de los individuos; es la historia del socialismo. Y en mayor o menor medida, así fue en todos y cada uno de los casos donde ha sucedido, y en este en particular, la Reserva Federal ha tenido que ver demasiado con el poder que han ido adquiriendo los gobiernos autocráticos y, peor aún, los teocráticos alrededor del mundo.

En el caso de Bolivia, por ejemplo, el número de ministerios creció de 10 en 2003, a más de 20 en 2016, y ni qué decir sobre el número de viceministerios; el número de empleados en empresas públicas creció 23 veces; el gasto para sueldos públicos creció un 333%. Para qué abundar en cifras.

El efecto crowding out o efecto expulsión

Desde luego, uno de los primeros sectores afectados ha sido el sector privado por lo que se conoce como efecto crowding out o efecto expulsión, y es un argumento que puede

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usarse de la manera más recurrente sobre todo en tiempo de desaceleración sostenida o incluso recesión contra el crecimiento del aparato público y el número de atribuciones y competencias, en detrimento de la capacidad de generación de valor y riqueza en la economía por parte del sector privado.

Cuando la economía apenas empezaba a desacelerar, se llegó a afirmar que Bolivia es un país que crecía pero que no era emergente, que la economía del país mejoraba, pero gracias a la inversión pública y no la privada que fue cayendo sistemáticamente a lo largo de los años y acompañando toda estatización, y que el hecho de que la economía de Bolivia fuera la que más crecía en la región sería elemento suficiente para garantizar la máxima calificación de su diagnóstico y prescripción.

Por si fuera poco, aquí existe pues una confusión generalizada entre factores cuantitativos de crecimiento y cualitativos de inversión y una correcta asignación de recursos. El emprendimiento y la libre empresa son los únicos capaces de generar valor en una economía, y la intervención del Estado no sólo que no lo genera, sino que además lo impide, por definición. Con todas las salvedades, Bolivia produce gas y nada más, y este hecho es un producto de la política económica y más concretamente del modelo.

Es pues importante señalar y repudiar la desmedida arrogancia de los responsables de

la política económica y del diseño del modelo en determinar las prioridades del conjunto

de la población y decidir deliberadamente a quiénes terminará beneficiando primero en desmedro de todos los demás. Cuando gasta e invierte en determinado lugar o sector de la economía, el Estado siempre otorga concesiones a alguna gran empresa o concederá beneficios sociales a tal o cual sector que con mayor atropello o complicidad lo demande, y las primeras consecuencias serán que quienes primero reciben ese dinero encontrarán un nivel de precios siempre inferior al que luego reciben ese mismo dinero por el efecto inflación. Cuán justa puede ser alguna vez esta redistribución de riqueza y el juego de privilegios del Estado con sus acólitos.

Toda vez que se apunta que el crecimiento se sostiene en la inversión pública y no en la iniciativa privada, se debe saber que el problema, antes que en la necesidad de confianza en el gobierno para invertir, de un total de recursos de una economía, por cada centavo que el gobierno gasta hay un centavo que el empresario privado deja de invertir. Una de las principales causas de la desaceleración no es la falta de ingresos del Estado para que gaste, sino en su exceso de gasto.

Si se quiere apuntar a algún responsable en los problemas de Bolivia para generar valor

y crecer de manera sana y sostenida, es al mismo Estado y sus programas de gasto a

manos llenas, no en la avaricia de los empresarios (los que sí tienen escrúpulos, claro).

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Y finalmente, recién en este momento puede ponerse a pensar en lo disparatados que

son los proyectos que se diseñan para gastar cuanto se pueda, que no son canchas de fútbol de pasto sintético ni polideportivos, sino carreteras, puentes, edificios, teleféricos,

aeropuertos, satélites y hasta casi un tren bala insostenibles sin demanda real efectiva de mercado, posibles solamente por una falsa ilusión de riqueza producto de la expansión arbitraria de la base monetaria y crediticia. ¡Incluso se han derrumbado coliseos enteros que eran nuevos para volver a construirlos! De esto estuvo pues constituido el gran crecimiento de Bolivia, de grandísimos proyectos de infraestructura que obnubilan a la gente que no se detiene a pensar en las consecuencias que escapan a su vista, y que solamente sirven para las grandes cifras. ¡Y si mayor reparo dijeron que si la macroeconomía iba bien, entonces la microeconomía también!

Las autonomías estructuralmente en quiebra

A principios de agosto de 2013 advertí que el crecimiento económico de Bolivia no puede

sostenerse en el estímulo de la demanda interna mediante el gasto, como aún sostienen los analistas en general, y aunque es sólo la buena teoría la que me da la razón, el tiempo y los datos que lo acompañan también, y tan sólo un año más tarde, cuando con el mayor gasto público que se registró jamás, se manifestó en una desaceleración de más de un punto porcentual del PIB.

En aquella oportunidad la sugerencia fue, lógicamente, el congelamiento del nivel de gasto público a manos llenas fundamentalmente del Gobierno Central, pero también de los gobiernos departamentales. Hoy, sin embargo, la figura está cambiando radicalmente con el agravamiento de la crisis económica internacional que se manifiesta con la caída sostenida de los precios del barril de petróleo por debajo ya de los $50.

En un documento titulado Pacto Fiscal, publicado por Fundación Milenio en diciembre de 2013, se advirtió que el desafío de las propuestas de pacto fiscal en tiempos de auge ya tenían un carácter perverso sobre las economías departamentales porque solamente apuntan a arrancar violentamente al Gobierno Central una parte de los recursos que acapara para seguir solventando la hipertrofia del aparato público a través del gasto, en vez de atraer recursos externos en favor de la capacidad de generación de riqueza de sus ciudadanos en el ámbito de la empresa privada y el emprendimiento.

De la misma manera, las autonomías departamentales, al ser copia fiel de las

Comunidades Autónomas españolas, advertimos que empezarían a delatar sus falencias estructurales inherentemente en quiebra ahora que los tiempos de recesión se asoman, como lo hicieron en España en 2009. En otras palabras, si se mantenía la misma estructura burbujística a través del gasto a manos llenas, las propuestas de pacto fiscal redundarían en rapiñar la capacidad de generación de riqueza de su ciudadanía a través de la creación de nuevos impuestos y el incremento de otros antiguos, incluyendo el de

la inflación.

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Resultaba pues mucho mejor que empezaran a realizar el ajuste con precios aun en nivel de burbuja y una popularidad bastante más aceptable, que hacerlo después. Sin embargo, ahora, un departamento como Santa Cruz se dirige a cometer el error de sancionar la capacidad de generación de riqueza de sus ciudadanos de la misma forma en que el Gobierno Central lo hace con todos los ciudadanos del país: endeudándolos a través de la emisión de bonos para contrarrestar la caída de los ingresos, en vez de reducir y eliminar muchas de las atribuciones y competencias que el Estado ha ido logrado sobre la economía.

Lo poco que aún exista de autonomía departamental en Santa Cruz no puede significar el impedimento del libre ejercicio de la función empresarial de sus ciudadanos, sobre todo cuando en algún momento sí significó, de una u otra manera, la última trinchera de la libertad en Bolivia, donde desde mucho antes de la Constitución de 2009 los ciudadanos de todo occidente y gran parte de oriente migraban durante décadas buscando tiempos menos peores. Era por eso por lo que incluso resultaba atractivo que su máxima autoridad renunciara a sus aspiraciones presidenciales, porque sólo él que representa la autonomía cruceña sería capaz de preservarla, pero ya parece ser tarde.

Si se quisiera ensayar el escenario sobre lo que Santa Cruz está provocando es el que al Igual que Cataluña con Madrid y Pablo Iglesias con España, que visita Bolivia día por medio, el socialismo continúe encontrando el camino para seguir erigiéndose en el país para rapiñar la legítima generación de riqueza de sus ciudadanos que ingenuamente hayan mantenido aún en el país.

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CAPÍTULO 6 La burbuja financiera

Este es el momento en que cabe preguntarse cómo y a través de qué mecanismo la inflación que la Reserva Federal de Estados Unidos exporta al mundo, y fundamentalmente a países típicamente exportadores de materias primas como Bolivia, los gobiernos la introducen en la economía doméstica. Pues a través del sistema bancario y financiero de reserva fraccionaria, y no sólo para el gasto y la inversión pública directa, sino también para la expansión crediticia del sector privado.

Más temprano dijimos que la reducción arbitraria de las tasas de interés por debajo del nivel natural de mercado significa inducir al público a realizar inversiones mucho más ambiciosas que lo normal o incluso que lo posible, diciéndole al empresario que la economía cuenta con una cantidad de ahorro real disponible para ser invertido mayor al que realmente existe. Esta es la forma más común de generar una burbuja, pero la banca tiene por su cuenta, aunque siempre con el aval y privilegio legal concedido por el Estado, la facultad de crear su propio dinero prestando sin consentimiento explícito el dinero del público que tiene depositado, y de prestar una cantidad de dinero mayor a la que ese mismo público tiene depositado, incluso si los gobiernos no hubieran intervenido de manera directa en las tasas de interés. 4

Es decir, cuando el Estado recibe $100 de las rentas del gas los deposita en el sistema bancario en una cuenta a la vista (cuenta corriente) para poder gastarlos e introducirlos en la economía, pero esta cuenta se esfuma, porque el banco automáticamente tiene la facultad o privilegio autorizado legalmente por el mismo Estado de solamente guardar una fracción de ese depósito (lo que se conoce como “encaje legal”), y el 85% del monto restante lo puede prestar. Esos $85 son a su vez depositados en otra cuenta y nuevamente prestados a otro cliente con tal de reservar el 15%, y así sucesivamente en un proceso que puede repetirse hasta 50 veces, aumentando de forma exponencial la oferta monetaria.

Y lo mismo sucede con los depósitos del público en general. Esta es la fuente de la expansión crediticia y, por tanto, de las burbujas públicas, por un lado, y privadas por el

4 La interpretación a la que nos ajustamos sobre la forma que la banca de reserva fraccionaria expande

el crédito es la de Jesús Huerta de Soto en Dinero, Crédito Bancario y Ciclos Económicos (Unión Editorial, 2009), y los alcances que esta expansión de hasta cincuenta veces por cada depósito puede tener, se los puede encontrar en la fórmula que el autor propone para calcularlo en todo su capítulo IV y en particular la página 202, es: d(1-c)/1+k(c-1). También puede revisarse otra forma de explicar más formas de expansión crediticia en La Desnacionalización del Dinero en Hayek.

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otro. Si acaso las segundas que ya cuentan con unas tasas arbitraria y artificialmente bajas para cualquier proyecto privado alocado, en el caso de las primeras las facilidades crediticias son aún mayores para proyectos todavía más disparatados, porque ni siquiera cuentan con una tasa de interés de mercado que permita transmitir la información respecto de los verdaderos riesgos e incertidumbre que existen sobre el proyecto que se irá a acometer.

Y el escenario se hace más interesante aún si el Estado recibe dólares por la rentas, pero

introduce una cantidad de bolivianos en el sistema arbitrariamente equivalente y con cuyo valor en relación a su cantidad es directamente manipulable (solamente aplique la Ley de Utilidad Marginal Decreciente a la producción nacional ilimitada de dinero), pudiendo expandir la oferta monetaria nacional y el crédito con una capacidad incomparablemente mayor a la que se podría emitir en una economía, por ejemplo, dolarizada. Este último proceso es el que mejor se conoce como nacionalización monetaria, proceso a partir del que ya se deduce más fácilmente el rol que ha jugado la banca central, que supuestamente existe como un prestamista de última instancia cuando la banca privada tiene problemas de liquidez y solvencia, pero ha sido el prestamista de primera instancia para los proyectos estatales más excéntricos y disparatados que se ha conocido nunca, para justamente inflar la economía artificialmente.

No obstante, y luego de haber observado la burbuja pública, concentrémonos ahora en las burbujas del sector privado, pero, al menos de momento, que no le quepa duda alguna de que la gran burbuja que así se ha creado ha sido de proporciones siderales.

El inflacionismo pasivo y la euforia generalizada

El inflacionismo es aquella vieja y más consabida práctica de los gobernantes para tratar de mantener contentos a sus votantes, es la piedra angular del prebendalismo cuando no pueden cumplir su promesa de construir el cielo sobre la tierra. Para algunos economistas es mucho más fácil explicarlo con la teoría del rent-seeking o el rentismo, pero esta teoría se inclina más por explicar más la fotografía que la película de esta política.

Me refiero a lo que Mises decía de la inflación, que es una política económica. ¿Alguien recuerda a Milton Friedman diciendo que la inflación es en todo momento y lugar un fenómeno monetario? Bueno, Mises lo dijo mucho antes y apuntando a quien realmente debía, a la clase política gobernante. El inflacionismo es tratar de solucionar toda necesidad de ajuste económico inflando la moneda, estirándola tanto como se pueda y

al punto de envilecerla, de devaluarla y que alcance para todos quienes demanden cuanto

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puedan, quieran y se lo permitan, y mientras esta práctica les permita seguir gobernando antes de que la inflación consecuente se les salga de control.

En otras palabras, para ganar poder se requiere adeptos, para ganar adeptos se requiere empleo, subsidios, etc. y para esto se requiere instituciones ociosas que sean financiadas con el dinero que sólo el ente emisor es capaz de conseguir, porque, además, dicha emisión no tiene que necesariamente ser discutida en el Legislativo con la oposición. Así se genera un nivel de inflación “controlable” que, aunque incluso lentamente, creará más pobreza, la que sería solucionada con la creación de más instituciones susceptibles de ser gravadas y así sucesivamente.

Las ilustraciones de esta vieja política son infinitas, peor aún en tiempos de auge de commodities y donde el país de la moneda en la que comercia el mundo entero y cuyo valor controla, exporta inflación al mundo: Estados Unidos a través de su banco central, la Reserva Federal.

Pues el inflacionismo pasivo es algo más sofisticado, porque tiene que ver con el complejo sistema de banca comercial privada y la manera en que los bancos centrales inyectan dinero de nueva creación en la economía, pero para hacerlo breve, el inflacionismo pasivo se observa cuando el conjunto de personas que tiene un conocimiento relativamente más profundo sobre temas financieros sospecha que la facilidad con la que crece su sueldo, los dividendos o los balances de la empresa tendrá serias consecuencias como en el pasado, pero que como ve que al menos en el momento su capacidad de endeudamiento es mayor que en el pasado sin haber modificado en absoluto su patrón de consumo, prefiere callar y mirar para otro lado.

Y no olvide que, además, el lugar específico por el que el dinero de nueva creación entra

a la economía es también muy importante. Será privilegiados quienes primero lo hayan

recibido porque, al gastarlo ellos primero, encontrarán un nivel generalizado de precios siempre inferior al que encontrarán quienes no lo hubieran recibido primero, porque el efecto de la inflación sobre los precios no siempre es inmediato.

De esta manera el crédito interno en Bolivia creció a un alarmante ritmo de entre el 20%

y 25% anual con la “bolivianización” o el nacionalismo monetario. Este fue, por ejemplo, el mismo ritmo de crecimiento del crédito en una economía tan intervenida e

hiperestimulada como la china, nada menos.

El inflacionismo pasivo es la forma en que por simple omisión o por no ponerle el cascabel al gato, uno termina siendo cómplice de las prácticas inflacionistas de los gobiernos mientras los beneficia en un inicio y mientras, como dirían en España, no se les vaya la olla. Es como ver al vecino con camioneta nueva y decir que la tiene porque es

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narcotraficante sin la certeza para denunciarlo, pero con la memoria suficientemente corta como para aceptar la invitación que le hizo para el domingo a su casa para comerse una buena punta de S, tomarse varias cervezas y ver el partido, hacer negocios… ¡Y por qué no, incluso tener la idea de que se casen sus hijos!

Sobre las burbujas económicas y de activos

Lo que en realidad importa del crecimiento de cualquier economía es que sea sostenible, más allá de cuánto esté creciendo y si los reportes sobre el mismo son realmente confiables.

Por ejemplo, es importante saber si una economía crece de manera sostenible con base en el ahorro correctamente capitalizado e invertido con criterios de apertura económica y rentabilidad de mercado, o si crece de manera artificial en base al estímulo de la demanda interna, es decir, del gasto, el consumo y el sobreendeudamiento.

Pero vamos a ver, respecto de la confiabilidad de los reportes de crecimiento, el problema es más profundo de lo que parece. A partir de la Gran Depresión de los años 30 los economistas convencionales han determinado que la base del crecimiento de una economía es el gasto, el consumo y el endeudamiento, sin antes haberse detenido a analizar e investigar sobre las causas de aquella crisis.

De esta forma se han diseñado métodos de diseño y dirección vertical e ingenieril de una economía, y para cuantificar sus resultados diseñaron el método de cálculo de agregados del Producto Interno Bruto.

Como la economía se basaría en el gasto, el consumo y endeudamiento, el PIB solamente calcula alrededor de un tercio de todo lo que una economía realmente produce; está orientado a calcular aquella parte de la producción más próxima a la etapa final de consumo, y, claro, al horizonte cortoplacista de gobiernos de 4, 5 ó 6 años.

Lo mismo pasa con los métodos de cálculo de la inflación en el Índice de Precios al Consumidor, que solamente se calcula en base a una canasta básica de bienes arbitrariamente elegidos; si el nivel general de precios de los bienes más próximos al consumo reportan un incremento fuera de lo normal, le llaman inflación, pero si el precio de aquellos bienes de consumo duradero más alejados de la etapa final de consumo, como un departamento, un auto o una casa, sufren el mismo efecto, le llaman auge. Aquí hay una clara conexión entre el estímulo, el cálculo del PIB, la inflación y las cifras extravagantes.

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El problema de la credibilidad sobre el cálculo correcto del PIB está siendo debatido a nivel global con el inicio de la Gran Recesión desde 2007, pero eso no exime a los responsables de la artificialidad del crecimiento de la economía de Bolivia.

En suma, si existe algún problema de cálculo y credibilidad sobre las cifras de crecimiento es que, por la forma en que se ha hiperestimulado nuestra economía durante los últimos 10 años y un poco más, es que el país no creció menos de lo que dijeron, sino, muy probablemente, mucho más de lo que la metodología convencional les ha permitido calcular en realidad.

No obstante, el problema de crecer demasiado está en que el crecimiento artificial de una economía podría constituir una burbuja de proporciones siderales que muy pocos advirtieron, y que podría estallar en cualquier momento.

El problema, entonces, no es que manipulen, mientan o exageren en los datos, sino que provoquen el sobre optimismo generalizado enviando señales equivocadas sobre la salud del crecimiento para que se acometan proyectos de inversión por error; el problema está en que el país crezca demasiado de manera insostenible en base al consumo, el gasto y el endeudamiento cortoplacista, y no del ahorro prudente de recursos correctamente capitalizados e invertidos mediante mecanismos de rentabilidad de mercado, como el libre mecanismo de precios, que permitan planificar para el largo plazo.

Esta tercera burbuja es la que explotado o empezado a desinflarse en el país al menos desde mediados de 2013, tan solo unos meses antes de que cayeran los precios internacionales de materias primas. Lo lógico sería que a medida que estos precios y los ingresos para el Estado caían, el aparato público se ajustara en la misma medida, pero es una burbuja pendiente de pinchazo.

Pero hasta aquí esto no es nada. Ahora veremos cuál es el vínculo de la burbuja financiera con la burbuja productiva.

Qué significa el incremento sostenido de la mora bancaria

El incremento sistemático de la mora bancaria en Bolivia es justamente como aquel cuento (o síndrome) de la rana y el agua hirviendo: si se echa una rana a una olla con agua hirviendo, ésta salta inmediatamente hacia afuera y consigue escapar de la olla sin haberse quemado ni una pestaña. Sin embargo, si inicialmente metemos la rana en la olla con agua a temperatura ambiente, se queda tan fresca dentro de la olla, pero si comenzamos a calentar el agua poco a poco, la rana se va acomodando a la nueva temperatura del agua hasta perder el sentido y, finalmente, morir literalmente hervida.

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Llama mucho la atención que el público no se preocupe ni tome acción ante el incremento sostenido de la mora bancaria, luego de que no se registraran variaciones durante varios años. Si se tratara de un aspecto pasajero el incremento de la mora sería relativamente inocuo, pero el problema es estructural.

Algunos analistas apuntan la causa nuevamente a factores externos, como la caída en el precio internacional de los commodities o las dificultades para las importaciones, y no por los problemas en el sistema creados durante la etapa del auge.

Pasa que un elemento importante a considerar es el hecho de que, si bien se ha incrementado la cartera, también han ido cayendo los depósitos. Al igual que en el sector real, a mayor estímulo de la demanda (gasto, consumo, endeudamiento) mayor desaceleración; en la banca, a mayor colocación ineficiente, mayor el riesgo, la mora, el impago, la iliquidez y la insolvencia.

De esta manera, pareciera ser que la banca empieza a darse cuenta -esperemos- de que no se ha desarrollado más que nunca, como piensa, sino de que ha envilecido enormemente su balance concediendo créditos de la manera más ineficiente posible. Es lo que sucede con los créditos artificialmente baratos. A través del sistema financiero, Hacienda, el ente emisor y el de supervisión, han inducido al público en general a incurrir en riesgos sistémicos más grandes que los que podían haber considerado en un principio, -una vez más- a cometer errores cualitativos de inversión generalizados: se ha prestado una cantidad de recursos mayor a la que realmente existe y de la que legalmente se puede disponer, y ahora los empresarios no pueden terminar sus proyectos, deben liquidarlos. Así se explica el incremento de la mora.

Por ejemplo, como ilustración de las inversiones que jamás debieron llevarse a cabo y que la necesidad de liquidación es inminente, solamente en Cochabamba, que no es necesariamente la ciudad donde más se ha desarrollado el sector, hasta mediados de 2016 la construcción cayó en un 370% desde 2011. No es sorpresa para nadie que bajo la pésima sabiduría popular de que el valor de la construcción y bienes raíces jamás cae y que, por tanto, son una inversión garantizada de largo plazo, la facilidad del crédito para la vivienda ha sido realmente importante. Lo mismo ha sucedido con el sector de los automóviles 0 Km importados, a los que uno podía acceder a sola firma o presentación de la última boleta de pago de su trabajo a siete años de plazo. ¡Cuándo se había visto en Bolivia cosa semejante! ¡Cuándo se habían visto “ferias del crédito”! La ineficiencia de la banca, controlada e inducida por el Estado, en la asignación de recursos en la economía no podría ser peor, y lo mismo vale para la banca pública que concede crédito a sola solicitud a toda empresa pública.

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Y esto fue por sectores, pero ahora verá que el vínculo entre la mayor expansión de crédito coincide con las zonas geográficas donde más crece la economía en el país. No será para nada extraño ver que allá donde más haya crecido el crédito, mayores habrán sido los errores generalizados de inversión, donde más capital se haya destruido y donde más ayuda se necesitará en el proceso de toma de decisiones habrá que tomar para sanear balances, reestructurar o liquidar proyectos.

Una vez más, el problema con una economía que desacelera no es la falta, sino el exceso de crédito y liquidez que la sofoca desviando recursos del mercado desde sectores donde faltan hacia sectores donde abundan y no son necesarios.

Volviendo al tema de la mora como problema estructural de la banca, como ocurre de manera típica, y sobre todo ahora que la etapa de liquidación recién empieza a pesar de que tratan por todos los medios de mimetizarla, todavía es necesario detenerse e indagar en la posibilidad de un bail-out financiado con incremento generalizado y muy agresivo de impuestos (probablemente contra quienes más tengan), de confiscación de depósitos (ha sucedido ya hace un par de años en la misma Unión Europea) o bien mediante - esperemos que no- devaluación cambiaria. Y, más aún, como con seguridad este será mal ejecutado, porque en realidad es inevitable, podría buscarse todavía un bail-in, que sería relativamente menos peor. Pero nos encontramos hoy en ese proceso, lo garantizo.

Es este y no otro el vínculo directo entre la burbuja financiera y la burbuja productiva.

Hay que tomar nota de lo que sucede con la banca internacional

Lamentablemente, aunque no le guste, a Bolivia tiene que importarle mucho lo que sucede con las reformas de la gran banca internacional, porque son las mismas medidas que tiene que adoptar una vez que se puso al corriente con el sistema internacional luego de la implementación del DS 21060 y con el proceso de modernización e internacionalización de la banca desde los 90.

¿Recuerda cuando en septiembre de 2008 dejaron caer a Lehman Brothers? A fines de 2016 las acciones del Deutsche Bank cayeron más de un 90%, a niveles de 1992, luego de que Ángela Merkel, con el apoyo del Bundesbank, anunciara que no lo rescatarían con dinero de los contribuyentes. ¿Se trata acaso de un nuevo Lehman? Luego del anuncio el Deutsche Bank no ha terminado de caer ni ha ocasionado un efecto dominó sobre el resto de la banca europea, tal vez por algunos motivos que a este lado del Atlántico, y particularmente en Bolivia, se haría muy bien en anotar.

Es cierto que el Deutsche Bank tiene problemas muy similares a los de Lehman o un Bankia, por ejemplo, con déficit de capital, con caída de ingresos, incremento de costos y una rentabilidad sobre activos totales casi nula, pero no ha terminado de caer, o al

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menos no de momento, fundamentalmente porque lleva años incrementando su capital de manera sistemática.

Probablemente sea este último el motivo, y no necesariamente por no recurrir al dinero del contribuyente, por el que se ha decidido no rescatar al Deutsche Bank, porque no sería necesario, pero también podría ser porque a partir de 2018 la manera de lidiar que tendrán los Estados con la banca ya no será a través de bail-outs o rescates con recursos del contribuyente, o el financiamiento forzoso del Estado mediante la confiscación de depósitos al más puro estilo chipriota como en 2013, sino a través de bail-ins, convirtiendo a los acreedores en accionistas forzosos del banco para recapitalizarlo.

Ahora, el problema con la banca europea y en particular con el Deutsche Bank no es aquel de diciembre de 2016. Hace no mucho discutí con un banquero y un árbitro en Bolivia sobre la salud del sistema financiero nacional, debido a mi insistencia en que el balance se encontraba demasiado deteriorado por la manipulación a la baja por demasiado tiempo de las tasas de interés, la pésima asignación forzosa del crédito, su aún peor calidad de respaldo y su posterior dificultad de recobro.

Me respondieron sobre confiados diciendo que el problema no era ni siquiera de las aseguradoras en Bolivia (que en todo caso eran solamente reaseguradoras), que el problema en realidad era para las aseguradoras europeas. Si así lo fuera, ¿sabrán en qué condiciones están la gran banca internacional y las aseguradoras internacionales? Si estuvieran al tanto y en detalle de la coyuntura internacional, ¿las condiciones de la banca nacional serán las de un Lehman o un Deutsche Bank? ¿Qué les hace pensar que el país no ha estado cometiendo todos y cada uno de los errores que ha cometido la banca internacional no desde, sino hasta 2007? Recapitalizar gradualmente hoy o recapitalizar mañana con terapia de shock, esa es la cuestión.

Finalmente, el Deutsche Bank puede no haber caído, pero los problemas del gran sistema bancario internacional siguen latentes con todo el malabarismo que se armó desde 2007 con el too big to fail para evitar el riesgo, ¿recuerda? Lo único que está ilustrando hoy el Deutsche Bank es que desde 2007 se han estado evitando problemas a cambio de agravarlos, a cambio de estabilidad de corto plazo, pero todo el tiempo que se así compró sirvió de poco y está llegando a su fin. Esté preparada o no, Bolivia debe tomar nota de lo que sucede hoy con el Deutsche Bank y similares.

El río del sistema financiero suena

Es interesante la manera en que a mediados de 2017 el sector bancario y financiero, luego de sufrir un punto de inflexión concretamente en abril, aunque muy lentamente, ha ido pasando a convertirse en uno de los protagonistas de las noticias, tal vez solamente luego

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de los escándalos de corrupción en el aparato público burocrático. Así como desde 2007 los bancos centrales son los grandes protagonistas de la crisis económica internacional, que pagan el precio de la estabilidad de corto plazo incrementando el tamaño de sus balances sin estrategia alguna de salida, el ente emisor empieza a cobrar mayor protagonismo también, y esto es ya un síntoma de que finalmente el río suena.

Al no encontrar los títulos que el propio Estado emite directa o indirectamente en el sistema financiero y fundamentalmente bursátil, la banca se encuentra a la espera de que hayan nuevas provisiones de liquidez, pero al haberse agotado la principal fuente de financiamiento luego del gas, que es el endeudamiento público, los malabarismos que el ente emisor pueda empezar a hacer ya a la desesperada, pueden redundar finalmente en una devaluación cambiaria, que a algunos les pueden resultar el siguiente paso natural de la política para el sector, pero que difícilmente imaginan en todo lo que puede traducirse.

No siempre está claro el motivo por el cual los entes emisores y los regulatorios se manifiestan tan insistentemente y en determinando momento sobre la solidez de un sistema financiero, o antes de que hubiera algún evento relativamente extraordinario que lo justifique. Por lo general, esto siempre resulta sintomático; es como un descargo anticipado de culpa. Ellos solamente hacen su trabajo, pero es necesario advertir que si eventualmente se registra una crisis sistémica será una vez más- simplemente inevitable.

Si bien se ha insistido varias veces en que la predicción en términos de tiempo y espacio no es atribución de la Ciencia Económica, no es aceptable que por el este motivo los bancos centrales y entes regulatorios en general se concentren invariablemente en buscar distintas maneras de tapar huecos financieros en vez de evitar crearlos. Al menos desde la Gran Depresión de los años 30 se piensa que la banca central fue creada para mitigar el impacto de las crisis económicas, cuando en realidad son justamente su causa. Por eso el debate al respecto nunca ha sido más álgido que ahora en el mundo académico y el de la elaboración de políticas económicas.

Sin embargo, no porque el problema sea tan grande y las decisiones para cambiar esta situación las tomen las grandes potencias no le compete a Bolivia. Justamente con el pretexto de que “la Reserva Federal o el Banco de Inglaterra lo están haciendo”, muchos países como este han estado cometiendo los mismos errores que la gran banca internacional ha cometido hasta 2007, pero hay muchas formas de mitigar el impacto de una crisis económica mientras el enfoque sea el acertado.

Por ejemplo, ¿qué sentido tiene que el índice de morosidad sea el más bajo de la región si su incremento sostenido y sistemático no denota un problema aislado y pasajero, sino un problema estructural que rápidamente se agrava; si el Coeficiente de Adecuación Patrimonial se encuentra por encima de la norma, si la norma, aunque proviniera de

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Basilea, no identifica las causas, sino los síntomas del problema; y si, por tanto, ninguno de estos criterios realmente ha ayudado a identificar ni garantizar que vuelvan a suceder episodios como el de Bear Stearns, Lehman Brothers, y toda la cola por detrás hasta el Banco Popular, a quienes las calificadoras otorgaban la máxima nota posible muy pocos meses antes de su colapso?

Muy pocas metodologías de evaluación consideran factores cualitativos y dinámicos, sino sólo cuantitativos y estáticos. Solamente considere, por ejemplo, que en el análisis de un balance no se toma en cuenta la capacidad que cada uno de los activos que se ha adquirido durante una etapa de “exuberancia irracional” tiene para no perder valor conforme se incrementa su cantidad vendida, es decir, si tienen propiedades de vendibilidad”; los malos activos no son siempre los más caros simplemente.

Esto será lo que en gran medida vaya determinar el margen y capacidad de maniobra de cualquier empresa con estrategias mínimas de capital circulante saneado frente a la competencia, mucho antes de que desde las entidades emisoras y regulatorias se decida incrementar o no las tasas de interés, el tipo de cambio o el encaje legal. El desafío está en identificar hoy los activos basura para liquidarlos mientras los precios de burbuja aún son relativamente favorables, antes que ponerse a pensar en cómo se tapará el agujero donde serán desechados.

Si esta fuera una decisión generalizada adelantaría una crisis, con seguridad, pero la alternativa es negar los errores del auge, justificarlos, o seguir inflando la burbuja; nada de esto impide que estas decisiones sean tomadas de manera aislada sin provocar el adelanto de una crisis generalizada.

Finalmente, ¿cómo se puede saber si esta situación es pasajera y puede solucionarse solamente con una nueva inyección de liquidez en el sistema, o si es fruto de un problema mucho más generalizado en el que justamente una nueva inyección de liquidez agravaría el problema? Pues sencillo, el crédito aún crece a paso de parada, pero el público no sólo que ya no lo está tomando, sino que la mora no deja de incrementarse sistemáticamente; y de manera simultánea los costos suben y las ventas caen. Inequívocamente, se puede estar asumiendo en una situación de crisis económica generalizada sin necesidad de entrar en una recesión, y esto demuestra un auténtico punto de inflexión de la economía, no sólo del sector.

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CAPÍTULO 7 La burbuja productiva

Algo que un gran inversor global como Jim Rogers repite hasta el cansancio es que lo peor que uno puede hacer en términos de inversión es dejarse llevar por los rumores y el comportamiento rebaño, invertir porque el vecino lo hace o porque todos los demás lo están haciendo, porque sería tonto no hacerlo. Y es una advertencia válida para todo el mundo, tanto para los gobiernos como para los inversores individuales. Reducir tasas de interés solamente porque la Reserva Federal lo está haciendo, endeudar a la población porque los países de la región lo hacen, llenar el paisaje con esos ventiladores de aire gigantes para “ahorrar” energía porque en Europa lo hacen; invertir en construcción porque los demás lo hacen, endeudarse para ir al Caribe porque todos lo hacen, comprarse el auto del año porque todos los demás lo hacen.

Este es el verdadero lastre para quienes son capaces de observar ciertos patrones de conducta equivocados, pero que les es difícil de protegerse individualmente. Este es el cuento del huevo y la gallina; la filosofía del “así nomás” o “si los demás lo hacen debe estar bien”, el espíritu de complacencia, compadecerse de uno mismo o aliviarse por cometer el mismo error que los demás lleva también a cometer errores.

Este comportamiento de inversión típico puede llevar a cometer errores de una inversión generalizados, es cierto, pero son parte de las propias fluctuaciones del mercado y la economía, no son ciclos. Los ciclos económicos están marcados por la una sobrecapacidad productiva deliberada, desde lo público a través de sus propios proyectos alejados de los criterios de rentabilidad y correcta asignación de recursos, y en lo privado provocado por la política económica. A fin de cuentas, separar la burbuja pública de la privada es bastante más difícil de lo que parece. Y luego de este punto ya resulta muy difícil identificar y separar burbujas didácticamente si no es entrando al análisis de empresa por empresa, proyecto por proyecto o balance por balance para graficarlas.

Sin embargo, a pesar de que todo ser humano puede cometer errores, quienes ceden a la tentación de sobre endeudarse con el banco y quienes ceden a la tentación de hacer negocios con el Estado no pueden caer en la misma bolsa. Emprender y hacer negocios con el Estado no es lo mismo. Los errores de juicio económico de los empresarios los sufren y asumen ellos mismos y su entorno más cercano, pero las consecuencias de los malos negocios con el Estado los sufre y paga siempre el gran conjunto de la población. Cada quién sabrá diferenciar qué proyecto es solamente un error cualitativo de inversión o un enorme monumento a la falta de ética.

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Para identificar más fácilmente este tipo de proyectos no es necesario remitirse a las bibliotecas y hemerotecas más antiguas para indagar en John Law y la Misisipi Company, sino, por ejemplo, a todas esas obras de infraestructura que entre públicos y privados construyen con la mejor de las intenciones: los Juegos Olímpicos o los Mundiales de Fútbol. Mientras se construyen ciudadelas enteras durante al menos cuatro antes previos los índices macroeconómicos y la popularidad de los gobiernos repuntan, pero cuando pasan estas grandes celebraciones deportivas estas enormes ciudadelas terminan siendo abandonadas. Esto es lo que constituye la peor asignación posible de recursos, destrucción de capital y perpetuación posible de la pobreza sin recurrir a los propios mecanismos del mercado para hacerlo. Ni hablar de las ciudades enteras como París que literalmente se copia a escala real en economías socialistas brutalmente intervenidas como China, que por décadas crecía a dobles dígitos.

No es distinto lo que ha pasado en Bolivia en los últimos diez años y un poco más.

Elefantes blancos (corrupción) o burbujas de activos (mala asignación de recursos)

Por lo general la mala asignación de recursos es identificada primero con hechos de corrupción, cuando, en realidad, al hacer el análisis económico lo que debe destacarse el hecho de que se está asignando recursos de manera arbitraria y prescindiendo, una vez más, de los propios mecanismos del mercado como el libre mecanismo de precios o las tasas de interés a través de las cuales los empresarios se guían para identificar alguna escasez relativa y luego evaluar riesgos, rentabilidad esperada, etc.

Este es un error muy común en el que cae la sabiduría popular o el pensamiento convencional. Por lo general, cuando algún mandatario de repente decide por capricho que el Estado compre dos de las naves más caras y modernas para conquistar el mundo, aunque se trate de buenas intenciones, se piensa que ese dinero hubiera sido mejor para escuela y hospitales, pero ¿cómo lo saben? Cometerían exactamente el mismo error del mandatario de saber antes que nadie lo que es mejor para los demás con dinero ajeno. Es fácil asignar arbitrariamente los recursos ajenos.

El público en general está viendo el problema de la corrupción detrás de las obras públicas, pero antes de la gran estafa, que es un problema ético a ser tratado en el campo jurídico, el problema está en la destrucción de capital y consecuente perpetuación de pobreza que significa la mala asignación de recursos. Quien condene a los culpables de hechos de corrupción serán los abogados en el campo de la justicia, pero quienes identifiquen las malas inversiones, la mala asignación de recursos generalizada, no serán los economistas, sino los empresarios y el mercado en condiciones de libre competencia.

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Eso sí, el economista con el herramental teórico práctico correcto podrá ayudar mucho en esta última determinación.

Una de muchas anécdotas: ¿Estamos o no en una burbuja?

En la resistencia a que el Estado pinche la burbuja burocrática a cambio de reducir su poder y privilegios de la misma forma que ya lo hizo la burbuja productiva, y que además la burbuja financiera le siga, mi experiencia charlando con un ex Ministro de Hacienda y un muy famoso asesor de la misma cartera de las épocas más lúgubres económicamente en el país, ilustran muy bien lo que se debería estar discutiendo hace mucho, y lo que podría suceder no mucho más adelante.

Concretamente en diciembre de 2014, para ser preciso, recibí una interesante invitación a la casa de un ex ministro de Hacienda de Bolivia muy importante para conversemos sobre lo que estaba empezando a pasar en el país, dada la caída de los precios internacionales de materias primas unos pocos meses atrás. Me adelanto con lo que pensé: sobre lo fundamental, sigue tan equivocado como cuando fue ministro, y se mantiene optimista, claro. 



Primero estuvimos de acuerdo en que el PIB es una muy torpe manera de medir o contabilizar la productividad anual total de cualquier economía. Las cifras del Producto Interno Bruto no estaban reflejando la realidad. Él sostenía que las cifras sobreestiman lo que estaba sucediendo realmente. Yo, en cambio, sostuve, de la misma manera en que aún lo hago aún a pesar de la profunda desaceleración, que las cifras están subestimando la realidad.

Me detuvo pronto antes de que siguiera con semejante afirmación, para preguntarme por qué entonces los economistas no habrían podido advertir el reventón de la burbuja inmobiliaria estadounidense -que sí hubo, y no pocos, quienes lo hicieron-, tratando de establecer un parangón con la economía boliviana actual.



El consenso popular sabrá a quién prefiere escuchar, pero le respondí que por un sencillo motivo: porque al igual que con la torpe manera keynesiana de medir el PIB, que mide sólo un tercio de la facturación total de una economía, el cálculo del IPC no es menos torpe: para los economistas del intervencionismo o que defienden al gobierno, un incremento uniforme, generalizado y sostenido de los precios de los productos de la "canasta básica" constituye inflación, pero si observan exactamente lo mismo en aquellos sectores productivos no contemplados en tal canasta, como el de la construcción, por ejemplo, no sólo lo llaman “auge”, sino que además presuponen, por ósmosis probablemente, que es sostenible. 



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Bolivia creció pues bastante más de lo que con vasta arrogancia se reporta e ingenuidad se acepta, pero nada permite decir que no se trata de una burbuja como en EE.UU. o el resto de Occidente, o como en Bolivia cuando él fue ministro. 



No supo responder, pero le gustó la idea de que nos reuniéramos de nuevo. No lo hicimos, pero para entonces ya espero poder agregar que, como ya apuntamos, lo que constituye una burbuja no es necesariamente el incremento desorbitado del precio histórico de un activo, sino si éste realmente responde a una demanda real efectiva de mercado insatisfecho: si alguien se da un paseo por cualquier ciudad capital del país durante un domingo por la noche, esperando ver pocas luces prendidas con la esperanza de encontrar algún departamento disponible, será frustrante. Cuando pregunten, la respuesta será que no, máxime que existen disponibles para el alquiler, pero con seguridad que permanece vacío durante un buen tiempo.

Una segunda anécdota: ¿un recuerdo del futuro?

Hacia las últimas semanas de 2015 comenté el hecho de que el ente emisor ya se encontraba presto a emitir billetes con más numeritos o de mayor denominación (no mucho más tarde, y probablemente por la reacción del público en general, Hacienda contradijo al Central y ordenó la suspensión de la medida), pocos imaginamos que se trataría del preámbulo de una discusión de hace sólo un par de días antes sobre la dirección que está tomando la economía de Bolivia, con nadie menos que uno de los principales responsables de la hiperinflación de la UDP en los años 80.



Luego de casi dos horas del innegable desafío que significó el tratar de justificar si los argumentos de uno u otro eran motivo suficiente para el optimismo o el pesimismo sobre el futuro económico de mediano plazo, las conclusiones mías, que no se las manifesté por decoro, claro, fueron que al igual que en los 80 él no sólo cuenta con un diagnóstico errado y sobre optimista, sino que además las medidas que se están tomando también tendrán consecuencias muy serias, como cuando se hizo cargo de aquella asesoría que, a pesar de que requería de mucha valentía, simplemente resultó en desastre.



Como no dejo de decir, nadie dice que las consecuencias tomarán exactamente la misma forma que en los años 80, pero nada garantiza tampoco que una crisis de comparable magnitud no se repita en el país. Afortunadamente, al menos en este punto sí estuvimos de acuerdo.



Pero eso no fue lo más interesante de mi privilegiada y fascinante conversación con nadie menos que uno de los responsables de uno de los fenómenos que con más detenimiento he estudiado en mi corta carrera profesional, y por lo que lamentablemente sólo sigo

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reforzando mi posición más que pesimista sobre lo que sucederá ya en el corto plazo si no se toman medidas diametralmente opuestas a las actuales.



Lo más interesante, en realidad, fue una anécdota que no puedo dejar de contar, y que - insisto- será todavía más interesante con el pasar del tiempo: cuando al habernos conocido finalmente en persona, porque ya antes habíamos conversado por teléfono y habíamos intercambiado correos electrónicos, le dije amablemente que yo sabía quién era él, y que me daba gusto poder conocerlo personalmente (total, que así empezaba a desmitificar algunos detalles de mis estudios sobre la hiperinflación, a la vez que le daba la dimensión más ajustada posible a lo que al final constituyó un error humano legítimo) su respuesta con gran sonrisa fue que se sentía aliviado de que no lo hubiera agredido en cuanto lo hubiera saludado por haberme dejado sin dólares hace 30 años.



Era importante el baño de humildad el que tuvo al reconocer implícitamente que el haber dejado sin dólares al país había sido un error, algo que hoy se pide a gritos al actual titular de Hacienda. Debe ser algo que lo atormenta desde entonces, y no debe ser nada fácil, aunque ese ya es otro tema. Sin embargo, al igual que mi conversación sobre el mismo tema en diciembre de 2014 con un ex Ministro de Hacienda de Bolivia igualmente importante de la misma época, esto es algo que tampoco podía dejar de contar para seguir reforzando mi posición.

¿Bolivia ha entrado en un proceso deflacionario?

Ya pera inicios del segundo semestre de 2017, el ente emisor manifestó que en mayo la inflación había sido “de casi el 0%”, y más recientemente, el instituto de estadísticas sostuvo que el registro es de una deflación del -0.02%. ¿Esto es simplemente “desinflación” o significa el inicio de un proceso deflacionario, como se empieza a escuchar?

La última vez que el país vivió un escenario similar fue exactamente ocho años antes, vinculado, entre otros, al contexto internacional de caída de materias primas por la bancarrota de Lehman Brothers en 2008, pero que como ya apuntamos- con el programa de monetización de deuda más grande nunca de la Reserva Federal, las materias primas rebotaron, los ingresos para el Estado se recuperaron, y con ellos el gasto a mansalva, el incremento del crédito y la consecuente reflación.

El argumento paranoico contra la deflación es que, ante la caída sostenida de los precios, los consumidores entenderían que no tiene sentido comprar hoy si mañana todo será más barato, forzando ajustes en los niveles de empleo y producción, y así además todo proyecto de inversión. Sin embargo, presumir que esto sucederá, también significa decir que los agentes nunca comprarán nada, lo cual carece de sentido.

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Así pues, la nueva etapa inflacionaria que se pretende implementar de la misma manera que se lo ha venido haciendo al menos desde 2006, no sólo favorece a deudores en desmedro de acreedores, sino que, además, ya no va a provocar el auge que busca, ni mucho menos estabilidad, sino que va a terminar de precipitar una economía cada vez más delicada.

Veamos. El mecanismo de precios permite a los empresarios guiarse para identificar la viabilidad de sus proyectos, pero si la inflación los distorsiona, se les envía señales equivocadas provocando errores cualitativos, sistemáticos y generalizados de inversión; y lo mismo respecto de las tasas de interés, que si también se las distorsiona hace que gran parte de los préstamos se concedan a proyectos de inversión no viables. Ya lo vimos. Entonces, la deflación no es más que la manifestación del inicio de la inevitable etapa del necesario cambio de los hábitos de consumo, y la liquidación de esos errores cualitativos de inversión que en un principio parecían viables y que reportaban datos macroeconómicos exuberantes, pero que más tarde el mercado descubre como ruinosos.

Ahora bien, ¿estamos en un proceso deflacionario? Ojalá la evidencia fuera más clara para ser optimista y decir que sí, porque significaría que se está saneando hasta cierto punto, pero si bien puede observarse que el proceso de ajuste generalizado y corrección empezó ya en 2013 con la desaceleración, al mismo tiempo se la ha tratado de combatir con nuevos programas inflacionistas o que pretenden re-inflar la burbuja, estimulando el gasto, el consumo y el sobreendeudamiento, pero que no han impactado tanto como quisieran en los artículos de consumo inmediato que están dentro del IPC, sino en los de consumo duradero que están fuera del IPC, y a cuyo efecto prefieren llamar auge.

Ahora la situación es considerablemente más delicada que en 2009, cuando llegó el coletazo de la caída de Lehman, porque la economía no se desacelera necesariamente por la caída petrolera, sino por el deterioro de las condiciones de la inversión sostenible. Si bien antes el auge se sostenía por los ingresos que permitía el inflacionismo de la Reserva Federal en las materias primas, y el inflacionismo local aliviaba de alguna forma el incremento sistemático de impuestos, ahora se pretende que estos últimos sean los que vayan a compensar la caída petrolera, y más aún cuando no se ha hecho los deberes con las cuentas públicas.

Primero, que no hay economía que crezca sosteniblemente en base al consumo, sino en base al ahorro correctamente capitalizado; y segundo, que las nuevas dosis de inflación van a seguir encareciendo la inversión, e impidiendo que los empresarios reduzcan costes para mantener sus empresas a flote y, por tanto, sostener bajas tasas de desempleo; y que, además, el mercado identifique los proyectos de inversión que deben liquidarse para liberar recursos.

La liberalización económica es imprescindible, pues, para que la economía se reajuste y la fuerza laboral se reacomode lo antes posible y sin prolongar agonías, a una nueva realidad, permitiendo a los empresarios hacer algo que el Estado, por definición, no es

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capaz de hacer: generar valor de mercado mediante la identificación de problemas ajenos por resolver a cambio de un legítimo beneficio, y más aún cuando luego de una etapa de euforia generalizada sin precedentes, la cantidad de capital necesario en forma de ahorro se encuentra en el exterior, y no en forma de deuda, sino de inversión. Esta es la única manera posible de asumir la tan mentada diversificación productiva, y cuanto más se tarde en reconocerlo, mayor será el problema.

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CAPÍTULO 8 Las consecuencias del sobre optimismo generalizado

Una de las principales características de una economía en condiciones de burbuja es aquella en la que los empresarios se encuentran en una situación tan boyante y sobre acelerada, que lo que más les preocupa no es correr con demasiados riesgos en su próxima inversión y terminar perdiendo dinero, sino perderse la oportunidad misma de invertir en la que le contaron que podría ser la próxima Google. Las expectativas con las que están cargados estos empresarios son tan grandes como frágiles, tanto que ha terminado involucrando a todo su entorno, pero las consecuencias en este sentido podrían terminar siendo devastadoras.

Para estos casos Mises, en el capítulo XX de su tratado de economía de La Acción Humana de 1949, ya se adelantaba diciendo que, en realidad,

“[E]l auge (artificial) produce empobrecimiento, pero aún más desastrosos son sus destrozos morales. Hace a la gente abatida y desanimada. Cuanto más optimistas fueran bajo la prosperidad ilusoria del auge, mayor será su desesperación y su sentimiento de frustración. El individuo siempre está dispuesto a atribuir su buena suerte a su propia eficacia y a tomarla como una merecida recompensa a su talento, aplicación y probidad. Pero las adversidades de la fortuna las atribuye siempre a otra gente, y la mayor parte de las veces al absurdo de las instituciones sociales y políticas. No acusa a las autoridades por haber alimentado el auge. Las denigra por el inevitable colapso.”

No importa cuánto esfuerzo y sacrificio pueda haber invertido, mucho menos cuánto de recompensa calcula que se merece, simplemente puede que haya sido inimaginablemente incauto y que la causa de sus aciertos sean producto de una decisión arbitraria gubernamental que le generó una ilusión de riqueza y capacidad empresarial innata que tarde o temprano se terminó desvaneciendo.

El advenimiento de la crisis

Hay algo que no deja de ser gracioso en esta historia, habrá que admitirlo. A pesar de que la primera advertencia que lancé sobre la burbuja que se estaba construyendo en Bolivia con los manguerazos de dinero y crédito fácil en el país fue ya en 2010, con la publicación de La fiesta del inflacionismo pasivo, a mi retorno de Madrid en 2013

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empecé con los primeros debates, justamente a mediados de aquella gestión, cuando la economía empezó a corregirse en forma de desaceleración.

En ese momento publiqué un artículo que provocó respuesta, aunque mediocre y no provino del aludido. El artículo representó una temeridad para toda persona con quien se lo discutió: dijeron que no habría crisis porque había factores que no se habían considerado, como las elevadas reservas, la incapacidad de gasto de las alcaldías, o incluso el “rampante narcotráfico” que jugaba el papel de colchón financiero y fuente inacabable de recursos.

Un año más tarde, cuando en 2014 empezaron a caer los precios del petróleo y cuando publiqué El agotamiento del modelo, esos mismos detractores empezaron a reconocer que habría una crisis, pero que no llegaría pronto por los mismos factores mencionados antes, y además “porque la caída petrolera no podía ser sostenida”.

Recién en 2015 la preocupación cundió con dos años consecutivos con precios petroleros bajos, pero no vieron volar todo por los aires para convencerse de la seriedad del problema. Se refugiaron diciendo que las advertencias sobre una crisis inminente tenían ya larga data, pero que “la cosa aún no explotaba” para corroborarla. ¿Cuál es el sentido de confirmar una burbuja si sólo es posible hacerlo una vez que explota?

En 2016 la actitud ya era muy distinta, y aunque todavía con un tono desafiante y desconfiado, todo se resumía preguntar “¿y entonces cuándo explota esto?”

Lo mejor llegó en 2017, algo que inspiró este trabajo en gran medida. La pregunta del millón es “¿y ahora qué hago con mi plata?”. Sobre esto nos extenderemos más adelante.

Pues sí, para la catedral de los economistas de lo políticamente correcto es posible que una economía entre en una crisis generalizada mucho antes de entrar en recesión. Justamente por esto se caracterizan las crisis, en realidad. Allá donde abundan los recursos o existe una sobrecapacidad de producción y empieza la dificultad para vender bienes y servicios, es el exacto reflejo opuesto de todo lo que se observa que escasea demasiado en otro lugar. Se trata de una mala asignación de recursos, y no tiene que ver necesaria ni directamente con el PIB demuestre recesión. Las pérdidas empresariales generalizadas son suficientes para identificar la necesidad de la corrección.

Recuerde a estas alturas que las crisis económicas generalizadas están caracterizadas por la necesidad de corregir los errores que se cometió e indujo a cometer durante la etapa del auge, en forma de desaceleración sostenida o recesión generalizada.

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Una de las ilustraciones más importantes sobre la burbuja que se ha gestado en Bolivia fue la que destacó un periodista económico a inicios de 2017 sin siquiera advertirlo, porque destacaba el hecho de que el país había empezado a importar productos que el país solía producir competitivamente. Pues esa era una más de las caras de un mismo problema. La nota iniciaba diciendo que las compras domésticas estaban superando con mucho las ventas, y que, por tanto, la gente había comenzado a importar productos en el exterior por muy caros que fueran.

Lo que esto muestra es el hecho de que por mucho que se quiera llevar al caballo hasta el río no se lo puede obligar a beber. Los programas de estímulo de la demanda, o del gasto, el consumo y el endeudamiento distorsionan y descoordinan toda la estructura productiva, y para cerrar la brecha entre oferta y demanda, cuando la expansión monetaria provoca la inflación doméstica, se recurre a la importación de productos relativamente más baratos en el exterior y listos para la oferta en el mercado. Esto, desde luego, provocará una pérdida inmediata de reservas, el inicio de una crisis financiera y consecuente recesión. Nada de esto sería casualidad si las tasas de interés no estuvieran establecidas arbitrariamente por debajo de un nivel en el que las fijaría el mercado, y mucho menos si no fueran las más bajas de toda América Latina.

Hablaremos de esto con un poco más de detalle cuando abordemos el problema con el tipo de cambio, pero en términos macroeconómicos agregados, por un lado, la economía produce demasiado de lo que no se necesita, y por el otro no produce nada de lo que sí necesita. Esta es una más de las muchas formas de identificar una burbuja económica causada por exceso de crédito y dinero fácil.

El drama social de una generación emprendedora frustrada

Cuando finalmente ha iniciado la etapa de ajuste generalizado de malos proyectos de

inversión llevados a cabo por error durante la etapa del auge, los fracasos empresariales

y la frustración se derivan de la imposibilidad de cumplir los compromisos adquiridos

con los bancos, y muchas empresas terminan dándose cuenta de que se dejaron llevar por un sobre optimismo injustificado que les permitía presumir cuanto pudieran de su nueva condición de abundancia, en gran parte no por el gran ímpetu y propia capacidad de crear una empresa tras otra y ejecutar cuanto proyecto de inversión imaginara, sino por culpa de las excesivas facilidades crediticias que inicialmente les concedieron sus banqueros, e inculpan a terceros por la facilidad de haberse metido por error en muchos proyectos de inversión que no eran viables. No eran grandes porque así lo pudieron, sino sólo porque se lo permitieron, al menos por un tiempo.

Durante la etapa del auge se ha llevó al límite la capacidad individual de los trabajadores

y se pervirtió el espíritu empresarial, se condenó moralmente el trabajo diseñado con

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detenimiento y bien hecho propio la cultura empresarial tradicional, el desarrollo prudente de empresas con espíritu de permanencia y la consecución de objetivos de largo plazo con retornos sobre capital saneado desapareció. Sin embargo, por si esto fuera poco hasta aquí, esto tiene muchas más aristas que el simple hecho de haber creado empresas, sino con todo el desarrollo personal y el de su entorno el que queda afectado.

Otra de las consecuencias más dramáticas de la expansión crediticia o, en este caso más preciso, de la alteración de la preferencia temporal y la creación de una sensación de abundancia, es en la que muy particularmente se involucran los jóvenes que están empezando una vida relativamente seria cuando empiezan la universidad, la terminan y empiezan a trabajar, sobre todos quienes tienen suficiente energía y cierto esquema mental que los lleva a vivir de manera muy acelerada y a correr riesgos con un bagaje intelectual no muy extendido ni profundo, es decir, sin un espíritu crítico demasiado formado sobre lo que sucede un poco más allá de su entorno más cercano.

Ya señalamos antes los efectos perversos de la reducción arbitraria de las tasas de interés y la sobreproducción de dinero estatal o nacionalizado, que derivan en una la mala asignación de recursos que destruyen capital. Pero tal manipulación económica y financiera significa una alteración de la preferencia temporal del público en general, lo cual desde luego que también genera efectos perversos en la relación e interacción humana. Es decir, la abundancia aparente de riqueza genera un acortamiento de la paciencia de los individuos conviviendo en sociedad.

La Ley de Preferencia Temporal de la Escuela Austríaca ilustra el hecho de que las tasas de interés no son el precio del dinero en el mercado, sino que más bien ilustran el hecho de que todo ser humano prefiere bienes presentes antes que bienes futuros, y que en caso de inclinarse por los futuros será porque está dispuesto a correr con riesgos que implican un beneficio a cambio. En este caso, todo el mundo prefiere tener y disponer de dinero antes que después, y si un gobierno sabe esto, aunque sea de manera intuitiva, sabrá aprovecharlo muy bien en sus términos y plazos políticos.

Todo esto, la manera en que la acción y las relaciones humanas se aceleran se traduce en una cantidad de maneras difíciles de cuantificar, desde exigir al gobierno resultados sobre sus promesas que no puede controlar realmente, hasta el tráfico vehicular en determinados puntos de una ciudad capital. Se genera una impaciencia generalizada muy difícil de percibir y mucho menos de manejar. Todo aquello que toma tiempo

Por ejemplo, y sin siquiera advertirlo, toda la generación de los llamados millennials es víctima directa de este problema. Los millennials son una generación que nació entre principios de los 80 y de los 90, que en general para el año 2000 alcanzó la adultez, pero que para efectos de ilustración de este trabajo, nacieron a la vida laboral en plena

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explosión de la burbuja del Nasdaq o de las empresas tecnológicas, en el ataque a las Torres Gemelas de 2001, pero también el momento en que se empezó a cebar toda la serie de burbujas de activos alrededor de todo Occidente, que terminó explotando entre 2007 y 2008, el auge económico artificial más grande que se hubiera conocido nunca hasta ese momento.

Así como se describió en su momento, los efectos de la construcción de uno de los auges artificiales más grandes que se hubiera construido en Occidente tuvieron efectos globales coincidiendo con el inicio del auge de materias primas alrededor del globo, pero también en algunas de las principales características de esta mentada generación de jóvenes consentidos a los que se les dijo que podían lograr todo lo que se propusieran mientras pudieran imaginarlo. La expansión crediticia de los principales bancos centrales alrededor de todo Occidente creó toda una generación dependiente de fantasías.

La expansión crediticia particularmente de la Reserva Federal de los Estados Unidos provocó toda una serie de burbujas de activos, incluyendo la burbuja inmobiliaria que fue deliberadamente dirigida al sector de la construcción. En determinado momento los millennials (justamente los nacidos en los 80 que se graduaron del colegio mientras se gestaba la burbuja de Occidente hasta 2007 y 2008) abandonaron sus carreras universitarias y fueron capaces de crear cosas extraordinarias como Facebook, pero de ninguna forma se trató de la generalidad. Muchos abandonaron sus carreras universitarias para trabajar conduciendo una pala mecánica para una empresa importante, o consiguiendo la representación de una marca importante de material de construcción complementario, etc. negocios que durarían solamente mientras se inflaba la burbuja. Se trató de una gran cantidad niños que de repente se habían convertido en grandes empresarios por haberse aventurado en cualquier proyecto empresarial que a primeras parecía verdaderamente rentable por muy alocado que pareciera.

De esta forma esta generación, presuponiendo que el efecto de la burbuja sería permanente, sobre todo en el sector de la construcción, donde se supone que el valor de los bienes raíces nunca cae, se aventuró en casarse, tener hijos, endeudarse para comprar una casa y un auto, vivir como duque, pero que cuando la burbuja se pinchó quedaron sin empleo de la noche a la mañana, sobre endeudados, sin estudios, con una familia que mantener y una frustración personal imposible de aplacar sin el debido tiempo de madurez que todavía no ha conocido.

O peor aún, muchos no fueron capaces siquiera de establecer una relación relativamente seria, porque, al menos en apariencia, pueden tenerlo todo cuando quieren y como quieren, o al menos con un esfuerzo mínimamente representativo. Muchos, la gran mayoría, se plantearon que para cierta edad tenían que haber hecho cuántos viajes fuera posible, haber visitado cuántos países era posible, haber estado con cuantas mujeres (u

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hombres) fuera posible y con cuánto menos significado posible, o que simplemente tenían que haber logrado cierto número de títulos, cursos, seminarios o talleres universitarios, haber logrado cierto puesto y haber ganado cierto nivel de sueldo en cierto tipo de empresas como fuera posible, haber tenido cuánto tipo de aventuras hubieran imaginado, incluyendo haberse convertido en millonarios en un tiempo récord.

Muchas veces la gente ni siquiera sabe construir relaciones sociales con verdadero sentido, y terminan siendo postergadas o saboteadas por completo, porque pueden darse el lujo de no querer crecer, porque no hay por qué ni por quién esforzarse, pierden el sentido del mérito, el esfuerzo, el sacrificio, la recompensa, piensan que aún les falta mucho por vivir, porque los indujeron a pensar que todo es posible y que nada es suficiente, que siempre hay algo mejor.

Por supuesto que todo el mundo está en pleno derecho de hacer lo que crea conveniente cuando lo crea conveniente. El problema está en que para planificar cualquier plazo lo hace sobre una base irreal. Todo el mundo puede estar consciente de que cada uno es dueño de sus actos, pero muchas veces, por este motivo, las consecuencias terminan siendo mucho mayores a las que podían haber previsto en un principio. Nada tiene que ver esto con el hecho de que los millennials no sean una generación conformista, sino con el hecho de que absolutamente todo tiene un límite.

Lamentablemente, cuando se dan cuenta de que encontrar sentido a sus vidas también miran hacia atrás, la evalúan y se dan cuenta de la cantidad de tiempo y oportunidades de tener una vida más sana, relativamente más conservadora y sin ansiedad, a una velocidad menor y con sentido y propósito, que terminan lamentándose con mucha frustración. Solamente después caen en cuenta de que podían haberse evitado muchos dolores de cabeza no sólo si conocieran la forma en que realmente funciona una economía (que no es fácil), sino si además estuvieran conscientes de la importancia que tiene vivir el presente o con una preferencia temporal natural, o encontrar el vínculo entre esfuerzo y recompensa. Muchos nunca llegan a darse cuenta siquiera, y viven en permanente frustración, quién sabe si hasta el último de sus días. Todo resulta en un auténtico drama, estuvieron viviendo una etapa de vida equivocada y de manera equivocada, estuvieron viviendo una fantasía.

Yo soy considerado como uno de los primeros integrantes de la llamada generación de los millennials. Nací en el 83, en el inicio de la etapa más dura de una de los seis o siete mayores episodios hiperinflacionarios que se había registrado en el mundo hasta ese momento. Mi familia no vivió ningún caso particularmente dramático por la hiperinflación, pero sí que supo vivir con medida, no sólo por las propias circunstancias de ser numerosa, sino, y por sobre todas las cosas, por los valores con los que fueron educados, que compartían y con los que se relacionaban con su entorno; en esos entornos

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de crisis tan agravada, este tipo de instituciones no formales como la ética, terminan siendo no lo más importante, sino lo único que queda y a lo que se apela y recurre, porque todo lo demás queda destruido.

Yo soy fruto de ese marco ético, pero si valen las generalizaciones, los millennials no caben justamente en esta categoría, no se caracterizan precisamente por ser una generación demasiado preocupada por el futuro de largo plazo ni del de espíritu de permanencia de sus proyectos, sino sólo de su impacto de corto plazo.

Por supuesto que tienen muchas cosas que se puede rescatar, como el hecho de querer ser independientes, de generar un impacto (lo que sea que eso signifique), de movilizarse de manera permanente por lo que quieren, pero el gran problema es que del dicho al hecho hay mucho trecho, como durante cierto tiempo fueron invencibles creen que pueden saltarse etapas, que tienen bastante más de lo que realmente tienen, que la divina providencia siempre estará de su lado como lo estuvo durante su adolescencia, presuponen estar bastante más preparados de lo que realmente están; le deben más al Estado de lo que imaginan, y así sus ingresos promedio en términos reales serán significativamente menores que los de sus padres.

El no entender estos aspectos es lo que en economías verticalmente dirigidas y altamente planificadas, y sobre todo que recurren a una muy amplia expansión crediticia, terminan destruyendo los valores culturales más arraigados que con más solidez han permitido convivir en sociedad.

Todo esto ya está sucediendo en Bolivia, y lo mínimo que se puede hacer es preguntarse primero a qué se ha debido todo y cómo ha sucedido.

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CAPÍTULO 9 La ruinosa huida hacia adelante

¿Son tan tontos los empresarios?

¿Son tan tontos los empresarios que teniendo este conocimiento sobre los auges económicos ficticios no son capaces de modificar su comportamiento oportunamente? No son tontos, en absoluto. Por un lado, simplemente no tienen el conocimiento sobre cómo surgen las depresiones económicas. Por el contrario, el empresario está inherentemente dotado de una capacidad para estar alerta de las oportunidades de solucionar los problemas de gente que ni siquiera conoce en su entorno y lograr un legítimo provecho a cambio. Si trabajo es fundamental en el crecimiento sano y sostenido de una economía y, por tanto, del proceso de enriquecimiento de una sociedad.

Una vez que el empresario tenga un conocimiento relativamente avanzando sobre las causas de un boom, sospeche de él y tome las precauciones debidas al iniciar cualquier nuevo proyecto de inversión sin endeudarse de manera excesiva y procure mantener política saneada de capital circulante. Desde luego que se trata de pedir mucho, pues resistirse a la tentación de desnudarse cuando sube la marea es verdaderamente complejo, pero más tarde, cuando se encuentre entre los menos que no lo hicieron, sentirá satisfacción por no haberse aventurado en ganar enormes sumas de dinero, porque ahora podrá invertir “contra cíclicamentey comprar bienes de capital a precios irrisorios de liquidación.

Desde luego que esta forma de interpretar las depresiones no es nueva y los empresarios no existen desde hoy, hay mucho que tuvieron mucho conocimiento sobre este aspecto y modificaron su comportamiento oportunamente, pero para la generalidad de empresarios es ciertamente muy difícil inhibirse de la expansión crediticia y el dinero fácil de los gobiernos, aunque cuente con este conocimiento. Y por otro lado sencillamente no todo empresario tiene la misma capacidad de darse cuenta del inicio del ajuste y bajarse de la ola y liquidar sus proyectos justo antes de que se produzca la crisis.

Cómo anticipar un típico “crack” económico

La gran pregunta más frecuente que la gente les hace a los economistas, sobre todo cuando uno tiene la lectura posiblemente más ajustada a la realidad es cómo y cuándo

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puedo forrarme. Pues identificar el momento en que una etapa del ciclo termina y empieza otra, el punto de inflexión ha sido una tarea a la que se ha dedicado un incalculable número de economistas e inversores, aunque sin éxito alguno hasta el momento.

Habíamos dicho en alguna oportunidad que la Gran Recesión, al ser comparada solamente con la crisis de la Gran Depresión de los años 30, implicaba un desafío para la propia Ciencia Económica. Cómo podía ser que, en más de 80 años de desarrollo científico, en pleno Siglo XXI, los economistas todavía no fueran capaces de identificar las causas detrás de los períodos recurrentes de auge y recesión, de evitar que sucedan, o de identificar el momento en que el mercado bursátil sufrirá una gran corrección. ¡A qué se estuvieron estado dedicando!

El vínculo más próximo que ha llegado a conocerse en este sentido fue con la creación de Long-Term Capital Management en 1994, un hedge fund en el que trabajaba toda una constelación de Wall Street y algunos de los economistas con doctorados de las universidades más reputadas. El fondo había llegado a gestionar la friolera de 100 mil millones de dólares en sólo tres años desde su apertura, registrando una rentabilidad anual promedio de hasta un 40%; por fin hubo consenso entre quienes podían interpretar al mercado y vencerlo, y además con un éxito abrumador. Más aún, el éxito parecía tan indiscutible que para 1997 la Real Academia de las Ciencias de Suecia decidió otorgarles el máximo galardón científico, el Premio Nobel de Economía, a dos de sus directores, Myron S. Scholes y Robert C. Merton, “por haber encontrado un método para determinar el valor de los derivados.

Sin embargo, tan sólo unos meses más tarde, en 1998, con la crisis asiática y la de Rusia, la firma perdió 4.4 mil millones de los 4.7 mil millones de dólares con los que se había capitalizado para arrancar, llevándose por delante otras 16 instituciones financieras cuyos pasivos tuvo que asumir la Reserva Federal.

Luego fueron apareciendo otros teóricos de la predicción, aunque explicando el fenómeno sólo una vez que ha sucedido, como Shiller y Greenspan con su rebuscado término de “exuberancia irracional”, que en otras palabras se refiere a que si ellos no aciertan y las cosas no funcionan como las planearon anticipadamente, la es culpa es de alguien más, en este caso, del mercado, de todos y de nadie.

La aproximación de otros economistas más conscientes de las limitaciones de cientismoeconómico tradicional con la Teoría del Cisne Negro, y aún desde el punto de vista del paradigma científico predominante, es bastante más aceptable, pero aun así insuficiente. Muchos de los grandes inversores de los últimos tiempos han destinado inútilmente grandísimas cantidades de recursos a descubrir el próximo gran evento improbable para beneficiarse de su impacto.

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Lo cierto es que, si bien la predicción no es una atribución alguna de los economistas, los períodos recurrentes de auge y recesión en la economía o los fenómenos de burbujas de valor en el mercado tienen que ser entendidos como el ejercicio de un proceso de prueba, error y aprendizaje, no de decisiones irracionales de los empresarios o inversores.

En todo caso, cuando un economista predice puede acertar solamente en términos de tendencia, es decir, en cuanto a causa y efecto, y no en materia de tiempo y espacio, apuntando que “si la demanda se incrementa tenderá a subir el precio”, y no que “si la demanda se incrementa en tal medida los precios subirán de tal manera, en tal lugar y en tal momento”, pero la economía no es pues una ciencia cuantitativa porque no opera con constantes. Quien se aventure en el asesoramiento de inversiones de la segunda manera, simplemente estará mintiendo de manera anticipada, por muy buenas que puedan ser sus intenciones, y con seguridad, o al menos lo más probable, es que sus resultados ocasionen pérdidas.

Ahora bien, un país como Bolivia no tiene las facilidades de contar con una bolsa de valores sobre la que se elaboran grandes teorías y sofisticados modelos cuantitativos, o suficientemente desarrollada y articulada con el resto del globo, que permita saber con precisión lo que está sucediendo con determinada empresa o el mercado de capitales en

tiempo real, o identificar las consecuencias de descabelladas declaraciones de autoridades diciendo que el tipo de cambio podría variar en diez puntos básicos al alza o

a

la baja en cualquier momento del año, y como para tomar decisiones sobre la marcha

y

sin prolongar innecesariamente una situación indeseada.

Sin embargo, es posible identificar ciertas señales de un problema sistémico, no sectorial ni aislado o pasajero, como, por ejemplo:

Se ralentiza o interrumpe la expansión crediticia y suben las tasas de interés

Se liquidan proyectos de inversión, sobre todo aquellos más capital intensivos,

que requieren un período de maduración superior a la del promedio, y que se

encuentran más alejados de la etapa final de consumo

Empiezan a registrarse renuncias o despidos generalizados

Ajuste generalizado del consumo y un incremento del ahorro para asumir las

deudas que contrajeron durante el período de auge, y afrontar el período de

incertidumbre

Caen los precios de los bienes de consumo, sobre todo los de consumo duradero

Se incrementa la mora bancaria de forma sostenida y generalizada

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Se renegocian contratos de deuda y con proveedores

Se incrementa la demanda por activos con mayor capacidad de acumulación de

valor

Por lo general las señales son esas, pero no siempre se dan en ese orden, ni mucho menos en magnitudes proporcionales, pueden ser simultáneas y muchas veces apenas perceptibles, pero no por esto la crisis no existe. En este momento en Bolivia el crédito todavía abunda y aún se siguen acometiendo los proyectos más ambiciosos, pero la demanda de crédito está cayendo con fuerza. Nuevamente, uno puede llevar al caballo hasta el río, pero no puede obligarlo a tomar agua. Es más, un país puede no estar en recesión, pero sí estar en crisis, o crecer y seguir siendo pobre en el largo plazo.

Ahora, aunque un empresario sospeche hipotéticamente que la economía va a sufrir una corrección o una inevitable crisis generalizada en determinado momento, no puede inhibirse de pensar que será capaz de retirarse de la misma antes de que se produzca, por eso se mantiene en la misma posición probablemente hasta que es demasiado tarde, dependiendo de su aversión al riesgo. En esto consiste la perspicacia empresarial de cada uno para retirarse del mercado o bajarse de la ola liquidando sus proyectos en el momento pico. Son estos los momentos en que, finalmente, se han creado algunas de las mayores fortunas empresariales nunca, que consiste en llegar a la fase recesiva del ciclo con suficiente liquidez y adquirir muy selectivamente bienes de capital que, eventualmente, una vez que la economía se haya recuperado, serán vendidos nuevamente.

Empero, si se observa que desde el gobierno se trata de evitar, prevenir o retardar la etapa de liquidación o el advenimiento de la crisis manteniendo la misma estructura burbujística, en realidad se sabe con anticipación que habrá un mayor agravamiento económico generalizado, impidiendo que se liberen recursos y se trasladen hacia aquellos sectores que sí son rentables en un nuevo contexto. Este problema se identifica cuando se observa la implementación de algunas de las siguientes medidas:

Congelamiento o reducción forzosa de las tasas de interés

Incremento del gasto, los impuestos, la deuda y la inflación

Controles de precios y del flujo de capitales

Rigidización aún mayor del sector laboral encareciendo o dificultando los

despidos o renuncias de aquellos proyectos en liquidación o ajuste congelando

o incrementando el salario mínimo o subsidiando el desempleo

Implementación de programas de “obras con empleos”

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Para todo esto es necesario abandonar la complacencia y no esperar a que las cosas simplemente mejoren, o peor aún, a que sean los gobiernos u organismos internacionales quienes tomen las decisiones correctas, en la buena dirección y en el momento más indicado, pues si como ya se ha insistido, si la predicción en la economía es atribución de alguien, en el libre ejercicio del rol que juega en el mercado identificando oportunidades de negocio en el mercado antes que nadie y a cambio de un legítimo beneficio, ese es el empresario, o mejor aún, el empresario inversor.

Evite ser Dionisio Aguilar

Todos sabemos lo complicado que es quedarse sin empleo, sobre todo cuando tuvo uno seguro durante los últimos diez años o más. Las marchas y concentraciones cívicas de inicios de 2017 del Bolivia manifiestan contra quienes se resisten desesperadamente a perder un empleo para el que simplemente no son aptos, mucho menos frente a la necesidad de un ajuste económico generalizado muy agresivo, una crisis económica sin necesidad de haber entrado en recesión.

Dionisio Aguilar fue entrevistado en un reconocido programa nacional de radio, una

escena que podría ser emblemática al tratarse de una víctima más del Estado, y de Hacienda en particular, en la resistencia -dicho sea, una vez más- que el aparato público tiene a ajustarse cuando sus ingresos han caído de manera más que considerable desde

2014.

A Dionisio, un emprendedor cuentapropista que no se aferra a su cargo burocrático, le embargaron su casa el año pasado por una deuda con el Estado de hace 17 años porque, a interpretación de las autoridades, desde la promulgación de la Ley Marcelo Quiroga Santa Cruz las deudas con el Estado serían imprescriptibles. Este es un caso cada vez más común. Dionisio abrió una tienda de pinturas en 1999 y la cerró diez años más tarde, y en 2016 debería al Estado una factura de Bs. 150.000, una cifra muy superior al mismo negocio de Bs. 14.000 que tenía en 2004. Puede que Dionisio haya cometido la falta de no cerrar su empresa debidamente, pero el tema de fondo es otro.

Desde luego que se hace muy bien en arremeter con toda razón contra el máximo responsable de la política económica, no sólo porque el Estado perdió contra Aguilar en los cinco años posteriores que tuvo como plazo para encargarse de una factura, sino porque el incremento de tasas, tarifas, impuestos e inflación ha sido permanente no desde que cayeron los ingresos petroleros para la burocracia, sino desde que se decidieron en hipertrofiarla. Lo que empezó a suceder desde entonces es insólito al punto en que ya se echa mano de los ahorros de las Administradoras de Fondos de Pensión; es pues imposible compensar los ingresos petroleros con los impuestos a la ciudadanía esperando que los precios reboten.

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Es por esto por lo que mientras Donald Trump busca reducir los impuestos corporativos del 35% hasta al menos el 15% en Estados Unidos, y Theresa May pretende convertir al Reino Unido en un paraíso fiscal frente a la Unión Europea tras el Brexit, Bolivia se ha convertido en el infierno tributario de América Latina, y en el segundo país con la tasa de impuestos más elevada del mundo.

La idea que en esa radio se le dio a Dionisio de formar una Asociación de Víctimas del Servicio de Impuestos Nacionales para defenderse del ataque del Estado contra su propiedad no es mala en absoluto, pero llega tarde. No espere a que los embargos de hoy se conviertan en confiscaciones mañana, evite convertirse en Dionisio Aguilar, víctima de la voracidad fiscal del Estado por cualquier motivo.

¡Que gobiernen cien años!

La primera reacción ante este indignante desastre es decir ¡que se vayan! Sin embargo, ya sea porque resultaría simplemente lógico decir que nadie podría hacerlo peor, o porque el ego los ha cegado y se han creído sus propias mentiras, nada de esto se trata de ellos. No se trata de quién gobierna exactamente. Qué sentido tendría que gobierne otro para que cometa los mismos errores. Todos los gobiernos están cortados con la misma tijera, todos terminan de una u otra manera implementando la misma disparatada política económica del estímulo mediante el gasto a manos llenas, el consumo desmedido y el sobre endeudamiento, ya sea porque así fue como lo aprendieron en la universidad o porque simplemente así se lo dice el sentido común. Estos son otros tiempos y tanto la democracia como se la observó en los últimos 15 años en América Latina, como el consenso de la vieja economía tradicional han fracasado en

el

desafío de una nueva crisis económica internacional.

Y

al decir que la democracia y la economía planificada han fracasado no es porque crea

en la dictadura, sino que aprendí a diferenciarlas de la libertad, que es lo que en realidad

hay que preservar. El desafío consiste en asumir una crisis a la que el mismo gobierno le ha venido poniendo la firma cuando se atribuyó el auge. Es necesario recordar que, si una eventual recesión severa tiene lugar en el país, con un probable detonante desde el agravamiento de la crisis internacional, estará caracterizada por la necesidad de corregir toda la serie de grandes errores generalizados de inversión cometidos e inducidos a cometer durante la etapa del auge.

Si quienes hoy gobiernan fueran capaces de asumirla dando un giro de 180 grados a su política económica, no tendría por qué importar que gobiernen cien años. Ya demostraron sobradamente que están dispuestos a absolutamente todo a cambio de permanecer en el poder, aunque esto significaba que se convirtieran en un gobierno liberal clásico, trayendo de vuelta la vieja República, los gastos e impuestos bajos, una moneda bajo el control del mercado y no del gobierno, y designando en Hacienda algún

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ex presidente empresario que se hizo famoso por bregar con profundas crisis… ¡Ni en mil años, pues!

El pecado monetario del 21060: mantener el nacionalismo monetario

El problema más grave, luego de que, mediante la manipulación de las tasas de interés de la Reserva Federal, la hipertrofia del aparato público y del sistema financiero, la gran mayoría de gobiernos alrededor del globo, luego de agotar la enorme cantidad de fuentes de financiamiento con la que cuentan, es que tienen la prerrogativa de imprimir su propio dinero de manera ilimitada para saldar cuentas. En el caso de Bolivia, a diferencia de lugares como Estados Unidos o la Unión Europea, el Estado no vive de los impuestos de sus ciudadanos, sino de las rentas que obtiene por las exportaciones de los recursos naturales de los que se apropia en nombre de la ciudadanía, así que la historia en ese sentido, es decir, la ruta del dinero abundante, es un poco más larga, pero concentrémonos en el momento en que las posibilidades de que los gobiernos se financian con las exportaciones de recursos naturales se agotan.

La última vez que en Bolivia el Estado agotó toda fuente de financiamiento y recurrió a la mentada prerrogativa de imprimir dinero de la nada para saldar deudas, fue a mediados de los años 80. Como dijimos más temprano, no existe ningún atajo para el crecimiento sólido, sano y sostenido, más que el del ahorro correctamente capitalizado y canalizado en forma de inversión mediante los propios mecanismos institucionales del mercado, y devaluar es el peor atajo. Esto es algo que los gobiernos nunca entienden o sobre lo que prefieren hacer la vista gorda, porque los incentivos que tienen para actuar son distintos a los del común de la población, pero el hecho de que los ciudadanos tampoco lo entiendan ni lo adviertan una vez tras otra es un problema de magnitud considerablemente más grande. Como decía Murray N. Rothbard, discípulo de Mises, en Making Economic Sense, sobre todo con relación a los gobiernos y los políticos promedio, no es un crimen ser un ignorante en economía, que después de todo es una ciencia especializada, además de considerada por la mayoría de la gente como una ciencia oscura, pero ya es irresponsable tener una opinión radical y vociferante en temas económicos mientras se permanece en ese estado de ignorancia.

Pues bien, a pesar de que, sin temor a equivocaciones ni exageraciones, estas reformas podrían ser comparadas con las de Thatcher, Reagan o Erhard (sobre todo cuando podrían ser consideradas como las medidas necesarias para Estados Unidos y la Unión Europea en el marco de la Gran Recesión, y más aún si fueran complementadas con un Plan de Todos), el 21060 cometió un error fatal, quién sabe si por falta de sólido conocimiento teórico científico para interpretar el fenómeno hiperinflacionario o qué:,

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pero fue el de no haber establecido garantía alguna para que tal episodio de desastre económico no volviera a ocurrir en el país.

En 2005 Jeff Sachs contaba que la hiperinflación había sido controlada sólo cuando luego de su rebrote en diciembre de 1985, el Banco Central decidió subastar al público sus dólares en reserva. En 1986, cuando la economía salía de la depresión habiendo depurado sus desenfrenos, la dolarización de la economía alcanzaba el 90% y las tasas de interés alcanzaban el 20%, pero en vez de terminar de dolarizar la economía, el DS 21060 no estableció garantía alguna para que aquel infame episodio no se repitiera en el país al haber manteniendo la prerrogativa de los gobiernos de autofinanciarse administrando el valor de la moneda de la misma forma en que hoy se administra cualquier empresa estatal.



En efecto, a diferencia de 1986, hoy la cifra del 90% responde al nivel de nacionalización monetaria de la economía, así como las tasas de interés real apenas alcanzan el 1%. Sin embargo, los efectos de una desdolarización gradual durante 10 años no son los mismos que los de una desdolarización inmediata y absoluta como la de la UDP: mientras la segunda generó una inflación desorbitada en los artículos contemplados arbitrariamente en el Índice de Precios al Consumidor, la primera lo hace en sectores como el de la construcción, aunque en general y con ingenuidad se la prefiera considerar como un milagro inédito de crecimiento sostenible.

Así no será extraño en absoluto que en su resistencia a pinchar la burbuja estatal el gobierno recurra a esta madre del cordero, al autofinanciamiento para compensar la caída petrolera.

A imprimir billetes de Bs. 500 ¿o 700?

¿Cómo piensan cubrir la brecha que existe entre el proyecto de un edificio de 10 pisos y uno de simplemente 6 ó 7? Durante ya un buen tiempo se supo que el ente emisor estuvo considerando emitir billetes con una denominación mayor a la máxima que se ha tenido desde que la moneda en Bolivia es el boliviano, la de Bs. 200. Primero se ensayó la noticia con la posibilidad de que el nuevo billete tuviera una denominación de Bs. 700; pasó relativamente desapercibida entre el público. No mucho más tarde se ensayó la posibilidad de emitir un billete de Bs. 500, incluso llegó a conocerse la orden de impresión con suficiente anticipación; esta sí cundió entre el público y sirvió para saber cómo y dónde se encontraban las expectativas del público respecto de la moneda nacional.

Es pues notable la forma en que un gremialista opinó sobre la medida diciendo que los cortes de 500 o 1.000 bolivianos serían más seguros y fáciles de manipular. Pues en

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realidad se trata de exactamente lo contrario, los billetes nacionales cuyo valor es controlado por el gobierno son cada vez más inseguros y más difíciles de manipular, o si se prefiere, de controlar, sobre todo -insisto- en relación a su valor.

Finalmente se echaron atrás con la medida y culparon a alguien que no había pedido permiso para proceder con dicha emisión, pero esto ha terminado siendo justamente una de las mejores ilustraciones sobre una de las formas más importantes con las que el gobierno de Bolivia ha logrado construir un espejismo monetario de riqueza interminable en el país con su política de bolivianización inflacionista cada vez más intensa, con billetes nacionales con cada vez mayor denominación, pero que cada vez son menos capaces de mantener valor y comprar más con el pasar del tiempo. Así sólo se envía la peor señal posible a los empresarios sobre cómo está la economía del país realmente, y luego se aventuren en realizar malos proyectos de inversión que de ninguna otra manera serían posibles.

Quién no recuerda la vieja leyenda de los años 80, sobre aquella persona que una vez que cobró su sueldo denominado en cheques de gerencia tuvo que cargarlos en una carretilla para llevarlos a casa, pero que al valer tan poco, cuando los descuidó en una esquina lo que le robaron fue la carretilla y no la pequeña montaña de billetes. ¿Cuántos ceros a la derecha serán suficientes entonces, siete?

Si vale como ejercicio, es justamente lo que hoy mismo quisiera un país como Grecia dentro de la Unión Europea y el euro: volver a tener la prerrogativa de imprimir dracmas con una cantidad mayor de numeritos que la que el Banco Central Europeo aún le impide hoy con el euro.



Todo esto también lo representa muy bien la Zimbabue de hoy, son de repente los inicios de los años 80 en Bolivia y América Latina, es lo que hoy reclama y exige una gran mayoría de empresarios y antiguos economistas de una escuela de pensamiento convencional: envilecer la moneda nacional para estimular las exportaciones y exteriorizar costos para que sean sufragados por terceros o simplemente el cliente final. Zimbabue no es justamente el país con mayor capacidad de exportación ni mucho menos el país con mayor capacidad de generación de riqueza en la tierra.

Como diría Konrad Adenauer, uno de los padres del Milagro Económico Alemán luego de la Segunda Guerra Mundial, "La protección de la moneda es la primera condición para mantener una economía de mercado y, eventualmente, una constitución libre para la sociedad. La estabilidad no es todo, pero sin estabilidad todo es nada".

En determinado momento, ante la caída de los ingresos petroleros, se dijo que el país contaba con un colchón financiero de $40 mil millones. ¿Cómo estiman la cifra? $15 mil

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millones en Reservas Internacionales, $15 mil millones en depósitos del sector financiero y otros $10 mil millones en aportes de jubilación. ¿No está suficientemente claro lo que pretenden? Así pues, a medida que se sigan postergando las inevitables correcciones de la economía de Bolivia, habrá sido a cambio de agravar sus consecuencias. Es más, en caso de que esta fraudulenta fuente de autofinanciamiento no fuera suficiente, el Estado no dudará, así como sucedió en la misma Unión Europea en 2013, en incluso confiscar depósitos a quienes mayores saldos de tesorería tengan registrados en el banco; el impuesto silencioso y gradual de la inflación no es posible con el euro, así como tampoco una devaluación cambiaria sin graves efectos no esperados.

El problema con una devaluación cambiaria: prolongar la agonía con inflación

Es al menos desde John Law, hace algo más de 200 años, que la idea de devaluar la moneda parece la última solución a todo problema económico estructural, cuando la economía desacelera, cuando los sindicatos, sus privilegios y exigencias son más fuertes que el gobierno, cuando se gasta más de lo que se ingresa, o simplemente cuando los productos extranjeros resultan más atractivos que los nacionales para el consumidor nacional; simplemente cuando el público en general se resiste a cambiar de hábitos cuando la fiesta termina y la realidad finalmente toca la puerta. Lo cierto es que, como dice una frase atribuida a un alto oficial de la Reserva Federal de los Estados Unidos, devaluing a currency is like peeing in bed. It feels good at first, but pretty soon, it becomes a real mess” (“devaluar es como hacerse pis en la cama: se siente bien al principio, pero muy pronto se convierte en un verdadero desastre”).

La necesidad de devaluar el boliviano, sobre todo a partir de la desaceleración iniciada a mediados de 2013, ha sido uno de los debates más largos (densos y pesados) en el mundo intelectual y entre los críticos del gobierno de turno (a todos los gobiernos les gusta devaluar, aunque circunstancialmente no les sea conveniente en determinado momento, así que esta no sería la excepción). Algunos de los aspectos más interesantes en el transcurso de la discusión han sido las alusiones permanentes a la Escuela Austríaca de Economía. Un ex presidente del ente emisor, precisamente quien en 2004 inició el proceso de nacionalización monetaria, y que el Gobierno de los últimos años muy cómodamente utilizó, acusó de neoliberalal responsable de la política económica al resistirse a devaluar. Flaco favor se les hizo a los liberales y opositores del régimen al confundirlo absolutamente todo, pero fue también una oportunidad interesante para destacar la relevancia teórica de los austríacos en momentos especialmente críticos en la economía como el actual.

La aludida escuela de pensamiento económico es conocida, entre varios otros aspectos, por defender particularmente la capacidad que determinada moneda tiene por preservar

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valor a lo largo del tiempo. Por eso es que siempre que puede denuncia el envilecimiento monetario deliberado por parte de los gobernantes para autofinanciarse, primero como argumento ético, y luego práctico por las incontrolables distorsiones productivas que genera. Estos elementos tendrían que ser más que suficientes para repudiar cualquier pretensión de manipular o incluso reinventar objetivamente una institución tan compleja como la moneda, pero es el paradigma científico neoclásico convencional el que predomina como consenso en la esfera intelectual; para ellos el dinero en una economía es simplemente neutral en el largo plazo, pero hay, pues, un puente que vincula lo monetario con el sector real aunque no lo quieran reconocer y prefieran pasar de largo por tratarse de un elemento teórico y práctico que provoca el derrumbe de toda su posición científica y argumental para la elaboración de cualquier política monetaria.

Primero, para continuar con el debate, lo que tal vez sin advertirlo buscan los defensores de la devaluación cambiaria es, por un lado, prolongar la agonía de los hogares que ya ajustan sus cuentas a nuevos hábitos de consumo desde el inicio de la desaceleración añadiéndoles mayores dosis de inflación para hacerles aún más difícil ahorrar con cada día que pasa, y por otro lado evitar que el actual o cualquier otro gobierno haga lo propio con su hipertrofiada estructura burocrática incapaz de generar valor. ¿Por qué solventar con una devaluación un modelo de crecimiento improductivo?

Durante ya 12 años se han aplicado medidas explosivas que han confundido a los mejores expertos en la materia. Se establecieron políticas relativamente conservadoras en lo fiscal mientras los altos precios petroleros permanecían, pero muy agresivamente populistas en lo monetario y crediticio; cómo no esperar así una seria descoordinación consecuente entre oferta y demanda. Desde finales de los años 80, y sobre todo a mediados de los 90 el país había depurado tanto sus cuentas, a la vez que había capitalizado tanto la economía, que realmente hubo margen para la semejante aventura redistribucionista que se estableció.

Sin embargo, los programas internacionales de monetización de deuda iniciados por la Reserva Federal con la compra de los activos tóxicos de la banca empezaron a ejercer presión sobre la balanza de pagos. Lo lógico hubiera sido que el nacionalismo monetario y la expansión crediticia populista empezara a ser conservadora y se iniciara un agresivo período de ahorro, pero apostaron por el populismo también en lo fiscal. Pues finalmente se llegó al punto en que, si la política económica no depende de los altos precios del petróleo, tanto como el agua potable de la lluvia, entonces la alternativa sería la devaluación. ¿No está suficientemente claro que el modelo no se sostiene ni siquiera con precios del petróleo extraordinariamente altos?

Sí, el tipo de cambio fijo es competitivo en la medida que esté acompañado de políticas fiscales, monetarias y salariales flexibles y consistentes que la complementen, pero no vaya a pensarse que para lograr tal consistencia haya que incurrir en la devaluación cambiaria.

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Los liberales siempre han defendido correctamente la idea de que los precios de las mercancías sean establecidos libremente, sin intervención alguna del Estado, porque el establecer precios máximos significa provocar desabastecimiento, y que los precios mínimos tienden a provocar excedentes que nadie necesita realmente y que resultan imposibles de vender. Sin embargo, este no es el caso del tipo de cambio.

Como sostendría Hayek, uno de los mayores exponentes de la Escuela Austríaca de Economía, los tipos de cambio fijos no son un sinónimo de los controles de precios. Cuando un gobierno establece un precio máximo (o mínimo), lo que está haciendo es prohibir que se realicen transacciones por encima (o por debajo) de determinada cifra. Los tipos de cambio fijo no son parte de las políticas de controles de precios, sino, en todo caso, en los controles de cambios, es decir, en la prohibición de comprar o vender divisas incluso al precio que determine el gobierno.

Para ilustrar el hecho de que devaluar para exportar y crecer alcanzando la competitividad es una falacia, se tiene el ejemplo de Alemania, que no puede devaluar por pertenecer a la unión del euro, que juega el papel de un tipo de cambio fijo respecto del resto de economías dentro de la Unión Europea y fundamentalmente del conjunto de países de la periferia. A inicios de los 2000, con el inicio de su propia crisis y obviamente mucho antes del inicio de la Gran Recesión, antes del inicio de la Gran Recesión, Gerhard Schroeder lanzó el programa Agenda 2010 (continuado luego por Ángela Merkel) con una radical reforma a su Estado de Bienestar reduciendo su elefantiásico aparato público, recortando agresivamente los impuestos y subsidios, limitando el déficit del estado central al 0,35% del PIB hasta 2014, prohibiendo a los gobiernos regionales tener déficit alguno desde 2020 con una enmienda constitucional, e introduciendo el Zukunftspaket, el mayor recorte de gasto público en sesenta años, además de la creación de los minijobs, puestos de trabajo temporales de bajo costo para el empresario privado.

De esta forma, y gracias a un euro fuerte, Alemania fue uno de los países de la Unión Europea que mejor asumió la crisis, reduciendo el déficit público en más de 4 puntos porcentuales del PIB en sólo un año, marcando cifras récord de exportación y, aunque bajo, registrando un crecimiento sólido y sostenido, y por si fuera poco hasta aquí, demostrando que no se exporta más por ser más barato o por devaluar.

Lo curioso fue que mientras Alemania iniciaba todo su agresivo y sensato proceso de ajuste y reformas, los países de la periferia europea comenzaban con la fiesta del sobreendeudamiento y gasto desbocado con cargo a la solvencia de países como la misma Alemania a través del balance del Banco Central Europeo. De casualidades, nada.

Es más, otro elemento práctico que agregar para quienes utilizan el flojo, pero ya centenario argumento de que para mejorar la competitividad, incrementar las exportaciones y apuntalar el crecimiento devaluar la moneda nacional es imperativo, está el caso de España. Resulta que luego de que el Banco Central Europeo provocara

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con su sobre expansión crediticia una de las burbujas inmobiliarias más grandes de todo Occidente hasta 2007, y luego unos niveles de deuda pública por encima del 100 por ciento del PIB, un déficit fiscal del 11 por ciento del PIB, un desempleo juvenil de más

del 50 por ciento anual, y uno de los movimientos populistas más importantes entre la Unión Europea e Iberoamérica como consecuencia, hoy, con sus ajustes y reformas orientadas en la buena dirección, aunque todavía muy tímidas, España ha mejorado su competitividad subiendo del puesto 45 en 2013 al 34 en 2017, ha mejorado sus exportaciones al punto de conseguir superávit comercial, y con un 3.5 por ciento del PIB lidera el crecimiento del 1.7 por ciento del PIB de la eurozona, alcanzando niveles previos

a la crisis, y sin burbuja.

Por tanto, resulta pues imposible que, además, la Escuela Austríaca de Economía sostuviera que la competitividad está determinada por la productividad. Lo que sostiene, en todo caso, es que, así como Mario Draghi, titular del Banco Central Europeo, que primero declara la defunción del Estado de Bienestar y exige reformas estructurales a la periferia, pero que luego la solventa monetizando deuda desde el mercado secundario impidiendo las reformas impidiendo que la economía se re-transforme lo más pronto posible para crecer sostenidamente y finalmente saldar deudas, en Bolivia es el tipo de cambio el que delata primero la inconsistencia de las políticas del Gobierno, y luego las consecuencias de querer solventarlas mediante la devaluación cambiaria para evitar las mismas reformas y, para mayor colmo, terminar creciendo demasiado poco durante demasiado tiempo, en el mejor de los casos.

Así pues, atacar un tipo de cambio fijo sin advertir siquiera que se trata de un instrumento liberal de ahorro e inversión de largo plazo, que maniata a cualquier gobierno en la aplicación de una política cortoplacista de gasto a manos llenas e intervención permanente del aparato laboral y productivo profundamente antiliberal, causa última de la marcada desaceleración desde 2013, es cuanto menos un despropósito y una tamaña falla intelectual. Es esta pues la contradicción y no otra en la política económica de los últimos años en el país.

Lo explicado inmediatamente antes es lo que se llama devaluación interna, y es lo que necesita la economía de cualquier país que se digne de querer competir a niveles internacionales y ubicar sus productos y servicios en el primer nivel, el querer superar a países nada menos como Alemania, con esa ambición y visión de largo plazo, nada menos. Cualquier otra idea significa operar de manera compasiva y mediocre. Devaluar puede que signifique generar empleo y crecimiento en lo inmediato, pero no mucho tiempo después, cuando genera su efecto real, provoca inflación y termina encareciendo

o incluso impidiendo la inversión privada, fundamentalmente extranjera, y la generación de empleo sostenido hasta el estancamiento. Lo que se necesita no son más bolivianos mediante una devaluación para seguir gastando a manos llenas, sino más dólares en forma de inversión extranjera privada para por fin empezar a ahorrar.

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Para seguir abundando, por un lado, el tipo de cambio fijo constituye un mecanismo de alerta inmediata de la caída (o devaluación) de una moneda extranjera o de la moneda de un país socio comercial, pone en evidencia al Banco Central respecto de si está devolviendo una cantidad de billetes extranjeros por nacionales menor a la que se le ha entregado.



Pero, por otro lado, es importante establecer también, y, por si fuera poco, el argumento ético en el debate. Las devaluaciones, o el régimen de minidevaluaciones que se pretende establecer en Bolivia, por el contrario, no constituyen más que la metáfora de depositar Bs. 100 en un banco, y que, de la noche a la mañana, por simple dictamen de un burócrata, se le diga que sólo puede retirar Bs. 90, no importa cuál haya sido el argumento ni el destino de esos Bs. 10 de diferencia. A usted le han robado. Esto se llama inflación, y constituye una política deliberada de tal o cual gobierno. La inflación no es consecuencia de un simple devenir de la naturaleza, sino que es fruto de una política pública sin legislación cuando quien controla la cantidad y calidad del dinero en cualquier economía de hoy en día son los bancos centrales que controlan directa o indirectamente el gobierno de turno. Y esta es justamente la forma en que a través de un sinnúmero de mecanismos se crean ilusiones de riqueza, perversos espejismos económicos que se traducen en voto fácil durante cierto tiempo, pero que tarde o temprano y de manera inevitable terminan. Es un impuesto encubierto sobre el que la población no es consciente porque, además, sobre aquel no existe legislación.

Lo que hace un tipo de cambio fijo, como un símil de un patrón oro clásico, es establecer cierta institucionalidad acorde a los principios del esfuerzo y recompensa, del ahorro, la capitalización y la inversión en proyectos con espíritu de permanencia en el mercado. ¿Este único argumento le parecería poco hasta aquí?

Aunque de todas maneras pueden sobre endeudarse con el exterior para autofinanciarse, un tipo de cambio fijo maniata a los ministros de Hacienda para no gastar más de lo que realmente pueden; responde a principios de sana y legítima competencia de mercado; establece las reglas claras para competir en el mercado internacional en el marco de la división internacional del trabajo; impide los privilegios del proteccionismo de quien administra la moneda y controla el comercio internacional en favor de quienes no están dispuestos a competir ofreciendo el mejor producto en el mercado, y de quienes exteriorizan su imposibilidad de generar valor y sus costos de producción mediocre a terceros, de ineptos empresarios que evaden asumir responsabilidades y buscan socializar sus bancarrotas por no saber ni querer competir en condiciones de libre mercado, de trabajo puro y duro.

Finalmente, quien aplique correctamente el herramental teórico de la Escuela Austríaca de Economía le será evidente que la defensa que un gobierno típicamente populista y cortoplacista haga del tipo de cambio fijo será meramente circunstancial y muy alejada de toda convicción verdaderamente liberal , y no lo ubicará más cerca de dicha escuela

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que de cualquier banquero central al defender la nacionalización monetaria y su devaluación; quien busca la devaluación cambiaria no sólo parece querer socializar pérdidas, o solventar todo proyecto público y privado ruinoso que no ha sido aceptado por la demanda real efectiva de mercado, sino que además busca sumarse a la guerra monetaria que los bancos centrales más poderosos sostienen alrededor del globo desde

el inicio de la Gran Recesión en 2007, en la que no hemos más que perdido todos ya.

El ajuste es simplemente inevitable

Bolivia no cuenta con una bolsa de valores suficientemente robusta, profunda ni articulada aún como para que, así como en cualquier ciudad capital del mundo, funcione como un semáforo o un termómetro de alerta temprana, comparativamente hablando, para saber que una crisis es simplemente correctiva y pasajera del sector bursátil, o si es más seria de tipo estructural y sistémica y pasará al sector real.

Las maneras que en países como Bolivia se trata de detectar el inicio de una crisis

generalizada en el sector real es muy variopinta. Por ejemplo, idealmente, conversando con gestores de crédito confiables que trabajan en bancos grandes y antiguos para saber

si el crédito se está agotando o si el público ha dejado de demandarlo a pesar de todas las

facilidades posibles para contratarlo.

Otro ejemplo son los taxistas, cuyas conversaciones con todo tipo de gente les permite en muchos casos no sólo hilar un discurso coherente, sino además ser un contacto directo con la demanda de consumo inmediato. Y desde luego también están las conversaciones con los clientes.

Con todos ellos, sobre todo durante la segunda mitad de 2016, coincidieron en que la dirección de la economía es indudablemente mayor a la que el discurso político manifiesta. Muchos han coincidido que la caída de las ventas de nada menos que el 25% respecto del mismo período de 2015. Eso es mucho.

Y desde luego que tienen razón. Hoy la gran generalidad de noticias apunta a que el

ajuste todavía es gradual, aunque lo será cada vez menos con medidas orientadas en la mala dirección; revisiones a la baja sobre el crecimiento, menores niveles de transferencias para autonomías, incertidumbre sobre un nuevo segundo aguinaldo, incremento de impuestos, tarifas, peajes, más deuda pública, más gasto público, incremento de la mora, renegociación crediticia, y un muy largo etcétera.

Pues lo que estos problemas manifiestan es que, por un lado, el ajuste iniciado a mediados de 2013 es inevitable, y que, por el otro lado, cualquier medida que pretenda evitar tal ajuste solamente agravará y extenderá todo problema innecesariamente hasta

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provocar niveles de crecimiento demasiado reducidos durante demasiado tiempo, o incluso una dolorosa recesión.

El ejemplo más claro de este problema es la dificultad para determinar el pago del segundo aguinaldo. Entre que esperan datos para saber si es posible pagarlo, y que aún no caen en cuenta que lo que determina el crecimiento es el pago del segundo aguinaldo, y no exactamente al revés, todavía no caen en cuenta que la falta de inversión en el país podría estar impedida no solamente por este tipo de falsas expectativas que se envía sobre la salud de la economía, sino porque la propia estructura económica establecida no lo permite, muchos menos si -habrá que insistir machaconamente- se impide el ajuste.

Pero de qué tipo de ajuste estamos hablando. Desde mediados de 2013 la economía empezó con la desaceleración porque terminó detectando la interminable serie de pésimos proyectos de inversión que se cometió e indujo a cometer durante toda la etapa del auge, proyectos que necesariamente deben ser liquidados para liberar recursos y que no por política, sino a través de legítimos mecanismos de mercado sean orientados en la buena dirección, hacia proyectos con demanda real efectiva de mercado. 2013 marcó el momento en que empezó a cambiar el ciclo. Negaron posibles problemas, desestimaron la reevaluación de la política económica, y no mucho más tarde se sumó el desplome petrolero, sobre cuyos proyectos también debió empezar la liquidación.

Es un problema que ellos mismos han creado durante toda la etapa del auge, forzando una estructura a la que es imposible adaptarse, ni siquiera en teoría. Lo que le está impidiendo crecer de manera sana y sostenida al país es pensar desde un inicio que este ajuste es coyuntural y pasajero, que es necesario seguir apostando al incremento de los precios del petróleo, y que es posible seguir reduciendo tasas de interés crediticio arbitrariamente, seguir incrementando la deuda y el gasto, e hiperestimulando el consumo; el problema es sistémico y generalizado, es estructural. No sospechan, pues, que un país pobre puede crecer insosteniblemente a niveles estratosféricos y durante un tiempo prolongado, y seguir siendo miserablemente pobre.

Lo anterior implica serios problemas sociales, además de los que por demás se conoce ya en Bolivia, como las manifestaciones violentas y la presión política de distintos grupos de interés que buscan privilegios del Estado o directamente arrancarle recursos. Sin embargo, una de las características más interesantes de la economía no solamente boliviana, sino latinoamericana en general, que no siempre ha sido advertida, es que está compuesta en gran medida por empresas familiares. Lamentablemente, durante el auge artificial muchísimas familias crearon empresas que probablemente no debieron ser creadas desde un inicio respondiendo a una ilusión de riqueza, y que, peor aún, tomaron decisiones erradas y sobre la marcha para estructurar la empresa, con la idea de adaptarse a una economía sobre acelerada por el hiperestímulo. Lamentablemente la reestructuración será suficientemente dolorosa, hasta el punto de romper

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irreparablemente el lazo familiar y amistades de muchos años, que son las que finalmente crean la base para la generación de riqueza en el largo plazo.

Pero no todas son malas noticias. Al menos existe apertura en el empresariado privado, al menos aquel que no se suma a prolongar la agonía buscando privilegios del Estado para trasladar los costos de la liquidación de sus proyectos a terceros, hacia nuevas propuestas que permitirán un ajuste ordenado que evitará muchos dolores de cabeza, con la idea de que solamente sea liquidada aquella parte de la empresa que deba ser liquidada, y más aún, que el patrimonio familiar sea preservado en el largo plazo con un enfoque distinto del de la empresa.

Estas señales de apertura de parte de algunos de los empresarios más importantes del medio quieren decir que todavía hay cierto margen de maniobra para revisar posiciones y replantear estrategias frente a la competencia. Algo de libertad económica queda aún, mientras el aplazo del ajuste (impuestos, inflación, confiscación) se magnifica.

Aún hay margen para el optimismo, y lo veremos en la tercera parte de este trabajo, pero es necesario empezar hoy, es el momento. A la postre, y como diría Mises, cuando llegue el inevitable final, la depresión será tanto más violenta cuanto más tiempo el gobierno haya venido tratando de aplazarla.

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CAPÍTULO 10 La crisis internacional como factor agravante

¿Cuánto hemos hablado ya de las amenazas internas de la economía boliviana derivadas fundamentalmente de la coyuntura política y el agravamiento de la desaceleración? Desde hace ya un tiempo que se vienen buscando hombres de paja en los empresarios avariciosos y anti patriotas que no invierten, en los efectos del cambio climático y últimamente en la crisis internacional, sobre un problema que no es aislado ni pasajero, sino generalizado y estructural.

Lo curioso es que la economía internacional viene a sufrir nuevos cambios significativos desde 2011 con las dudas sobre el euro y 2014 con la caída petrolera, recién en 2017, pasando de una deflación generalizada con tipos de interés negativos, una política

monetaria como arma única, antiglobalización, ajustes salariales y márgenes empresariales elevados, a una reflación generalizada de tipos de interés al alza, impulso

a la política fiscal, proteccionismo moderado, subidas salariales y unos márgenes

empresariales que podrían verse afectados, como apuntamos en una anterior entrega.

¿Qué quiere decir todo esto? Si hemos hablado tanto de que en Bolivia los riesgos y amenazas son mayores a los que se podría estar considerando, los nuevos cambios estructurales en la economía internacional podrían ser un factor agravante con incertidumbres inasumibles. No se ponga a pensar si el país está realmente en

condiciones de asumir un nuevo impacto, porque podía llegar tarde a donde se proponga

ir con esa presuposición.

Pues bien, parece ser que una nueva crisis internacional luego de ya casi diez años de Lehman es inminente. Nadie sabe cuándo ni qué detonará el problema exactamente, ni mucho menos qué forma tomará, pero es sin lugar a duda inminente. Esto es algo de lo que ya hablamos extensamente en mi primera obra en solitario, La década perdida de Occidente: un manifiesto contra la Gran Recesión, publicada en la Feria Internacional del Libro de Madrid, en mayo de 2015 junto a Unión Editorial.

La tesis del libro sostiene que los errores que se cometieron para tratar de evitar las consecuencias de Lehman Brothers en 2008 son exactamente los mismos que se cometió

en Bolivia hasta 1985, a saber: monetizar deuda, imprimir billetes de la nada para saldar

el déficit estatal; y al mismo tiempo, que en los últimos diez años o un poco más, Bolivia

ha cometido los mismos errores que todo Occidente ha cometido hasta la explosión de toda su serie de burbujas. Las consecuencias de semejante experimento en Bolivia hasta 1985 tomaron la forma de la mentada sexta o séptima hiperinflación más larga y

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profunda que el mundo había conocido hasta entonces, y eso es lo que ahora hacen los principales bancos centrales del globo desde 2008.

El motivo por el cual las consecuencias del mayor programa de monetización de deuda que se haya visto nunca por parte de la Reserva Federal al inicio de la Gran Recesión no fueron exactamente las mismas que en Bolivia, es parte de una discusión mucho más sostenida que la necesaria ahora, pero tienen que ver directamente con el incremento sostenido de la cotización internacional de materias primas.

Repasando: ¿recuerda cuando recurrimos a la metáfora de la construcción de un edificio

y el momento en que el gobierno interviene para decirle al constructor que puede

lanzarse a ser mucho más ambicioso? Pues lo que hizo la Reserva Federal con la idea de mantener la economía estadounidense a flote fue inyectar dinero de nueva creación para que impacte directamente en su economía doméstica, pero en cambio terminó exportando inflación al mundo, ya no les dijo a empresarios, sino a países enteros, que podían lanzarse a ser mucho más ambiciosos que en el pasado e implementar proyectos que madurarían en un tiempo mucho más extendido que aquel al que estaban acostumbrados, y entonces se lanzaron a demandar las materias primas de los países típicamente exportadores de ellas.

Desde luego que nada de esto solucionó los problemas reales de la economía estadounidense. A cambio de tener estabilidad en el corto plazo aplazaron los efectos de

la corrección a cambio de agravarlos y de que de ellos hiciera cargo otro gobierno, a la

vez que con esta devaluación de su moneda obligó a que el mundo se hiciera cargo de su

deuda, que es la más grande nunca vista. ¿Algo de esto le suena familiar?

Jim Rickards, por ejemplo, en The Road To Ruin lo grafica correctamente: en 1998 Wall Street tenía dinero para rescatar al hedge fund Long-Term Capital Management. En 2008 La Reserva Federal tuvo dinero para rescatar a Wall Street, ¿quién tiene dinero ahora para rescatar a la Reserva Federal? El balance de la Fed ha crecido de $800 mil millones a más de $4 billones desde entonces. La mala deuda ha ido acumulándose y pasando de mano en mano, y cuando los plazos finalmente vencen ahora que Estados Unidos volvería a crecer, el problema será verdaderamente complicado, y los mercados

lo saben.

De esta manera existe pues, sin temor a exageraciones, que habiendo perdido un 95% de su valor desde la creación de la Reserva Federal en 1913 el dólar tenga sus días contados como moneda internacional de reserva, y consecuentemente el mundo deba encontrar nuevamente un nuevo sistema monetario y financiero internacional, y Bolivia no se encuentra ni por casualidad en la mejor de las situaciones para asumir no sólo una nueva crisis internacional como la iniciada en 2007 y 2008, sino además para asumir semejante desafío de al menos estar preparada para adoptar oportunamente un nuevo sistema internacional.

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Un breve mensaje de optimismo al emprendedor y al empresario

¿Es todo nubarrones negros y cataclismos en este escenario? Sin los lentes adecuados para ver e interpretar la realidad económica sí, pero el sólo hecho de que usted tenga ya este libro en sus manos significa que está al menos un paso más adelante que la competencia y el consenso, y eso ya es motivo suficiente para el optimismo, más aún si ha alcanzado a leer de manera corrida hasta este punto. Sin embargo, vamos más allá y aún en el mismo contexto.

Es cierto que todo el mundo recurre a la imagen, experiencia y sabiduría de alguien como Steve Jobs, se habla de él de todo y por nada, pero en términos generales, si hubiera una sola frase con la que más justicia se le puede hacer a su obra es: todo lo que logró fue durante la crisis económica internacional más grande de los últimos cien años, donde absolutamente todo le jugó en contra. ¿Le parece poco?

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TERCERA PARTE

La prescripción

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CAPÍTULO 11 Invertir en tiempos de crisis

No resulta fácil establecer el momento exacto a partir del cual los errores de las reformas estructurales de 1985 y de mediados de los 90 en Bolivia empezaron a convertirse en consecuencias. Los instrumentos de política económica que permiten construir auges artificiales o la gestación de burbujas de activos que los tradicionales índices del PIB o el IPC no pueden medir, se mantuvieron y unos gobiernos tras otros, sobre todo el último hasta aquí, claro, los fueron fortaleciendo. Sin embargo, si pudiera identificarse el período más intenso durante el cual se formó la burbuja más grande que en Bolivia podría haber registrado nunca, es el de los últimos diez años o doce.

Una vez más, la gestación de la burbuja de Bolivia tiene que ver con una combinación explosiva de políticas populistas de corto plazo y un sistema bancario y financiero que se ha desarrollado mediante la concesión de privilegios legales por parte del Estado a imagen y semejanza del sistema internacional, aquel que canalizó el estímulo crediticio estatal de todas las burbujas previas a la Gran Recesión.

Cuando nos encontramos en el punto en que ya debe superarse la etapa del diagnóstico para pasar a la de la prescripción, el objetivo ya no se trata de la mejor manera de identificar burbujas de activos. La sostenibilidad del crecimiento económico boliviano ha sido debidamente cuestionada mucho antes del inicio de la agravante que constituye el desplome petrolero, y a pesar de que la discusión ya se concentra en el momento en que la burbuja podría explotar, ésta ya resulta fútil por la inevitabilidad de su desenlace. Lo que en realidad toca discutir ahora es la oportunidad que podría significar aquella explosión para un empresario en su función de identificar oportunidades de legítimo beneficio para solucionar problemas ajenos, anticipando, además, una corrección en el mercado o la economía.

Quienes sabiamente realizan predicciones de tendencia y no de tiempo y lugar exactos, han sabido esperar y aprovechar desenlaces como los de la Gran Depresión de los 30, los de Singapur de los 50, Chile de los 70, Rusia de los 90, Sudán del Sur hace unos años e incluso Ucrania más recientemente, jugando el rol de ahorristas cuyo capital resulta indispensable para un momento crítico posterior al del sobreendeudamiento y los hiperestímulos de gasto y consumo previos, y han sido retribuidos con la construcción de las más grandes fortunas de largo plazo.

Desde luego, nada garantiza que las recesiones sean forzosamente precipitadas hacia la depresión como en el caso de Venezuela, pero, de nuevo, es necesario saber esperar. Todo depende de la aversión al riesgo de cada inversor y su capacidad del manejo de la

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incertidumbre. Sir John Templeton decía que “el momento de máximo pesimismo es el mejor para comprar, y el de máximo optimismo es el mejor para vender”. Parece una idea elemental, pero ser consecuente con esta idea requiere de un coraje considerable para ir contra la corriente y el consenso inmediato.

Ante tal situación hay toda una serie de reformas estructurales macroeconómicas recomendadas aunque simplemente revisando y corrigiendo lo que se hizo bien y funcionó en el pasado, pero también y mucho más importante aún, muchas estrategias financieras personales, para la familia y la empresa que se pueden adoptar e incluso combinar; quienes sabiamente -los menos- lleguen a la fase recesiva con solvencia y liquidez suficiente podrán adquirir bienes de capital a precios de liquidación y construirán fortunas.

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CAPÍTULO 12 Algunas condiciones: macro reformas estructurales

Con el inicio de la desaceleración empezó el pinchazo de la burbuja productiva y se inició la etapa de corrección de todos los errores de inversión de la etapa del auge. Sin embargo, las burbujas que quedan, la estatal y financiera, no se pincharán solas y hay que ponerlas en línea del ajuste de la productiva hasta que vuelvan a coordinar naturalmente.

Para atacar el problema de raíz lo último que se debe pensar es en el gradualismo. Mientras más rápido se tomen las decisiones serán menos costosas y dolorosas, y sin establecer necesariamente una prioridad entre el pinchazo del Estado o del sector monetario y bancario financiero: lo que primero debe hacerse es liberar las tasas de interés y dolarizar la economía del país simultáneamente para detener el gasto, el crecimiento de la burocracia y del déficit, y empezar a liquidar los activos tóxicos de la banca.

Como salvedad para el caso de la dolarización, la adopción tendría que ser considerada solamente como transitoria dados los problemas y amenazas que hoy, luego de los experimentos de la Reserva Federal emitiendo dinero de la nada para comprar los activos tóxicos de su propia banca durante la burbuja inmobiliaria, para que el país se encuentre preparado para asumir el desafío de adoptar de la manera menos traumática posible el nuevo sistema financiero internacional que surja eventualmente luego de su agotamiento. 5

Este será definitivamente el primer paso para desmantelar el la hipertrofia estatal y la posibilidad de autofinanciar sus déficits, para finalmente otorgar confianza al mercado y devolverle la responsabilidad sobre su propio futuro. Luego se puede pensar recién en los detalles. La agonía no puede ser prolongada ni un instante más.

5 Existe al menos un ensayo en este sentido: la posibilidad de permitirle al público que elija la moneda que más conveniente crea utilizar en cada una de sus transacciones. Lógicamente, el público iría adoptando rápida y asintóticamente el dólar como la mejor moneda posible actualmente, y el Banco Central perdería reservas ipso facto, lo cual sería lo más deseable sin tener ya mayor función real que la de ser un viejo museo.

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El pinchazo de la burbuja estatal: reducir la magnitud de lo robable

Murray N. Rothbard tiene una frase típica para lidiar con estas situaciones de crisis económicas generalizadas, llegando a la conclusión de que el Estado no existe para evitar problemas, sino que la principal causa de todos estos problemas es justamente el Estado:

“Las funciones del Estado solamente pueden dividirse en dos: aquellas que es preciso privatizar, y aquellas que es necesario eliminar.”

Por supuesto que en las reformas estructurales más importantes, ambiciosas y más cercanas a la situación ideal de una economía de mercado, en Bolivia se cometió errores de forma como la manera de privatizar a plazos algunas de las empresas estatales más importantes en bancarrota, probablemente por cálculo político y -cómo no- falta de convicción liberal, sino también de fondo: muchas de las empresas privatizadas y otras capitalizadas entre 1985 y 1997 debieron ser simple y llanamente liquidadas, pero eso sólo puede saberse sometiéndolas al juicio económico del mercado, no de los juristas ni de los economistas; la simple privatización de una empresa no es garantía para su buen funcionamiento, rentabilidad y capacidad de generación de valor.

Sin embargo, y para no entrar en detalles del pasado, si de recetas contra una crisis económica generalizada se trata, pues esta es más capitalismo y menos Estado, en todo momento y en todo lugar, sin excepciones ni concesiones. Hoy en día, en el concierto de la Gran Recesión el ejemplo del camino a tomar en la buena dirección, y con muchísima diferencia, lo marcan los países bálticos.

Letonia, Lituania y Estonia llegaron a registrar recesión, desempleo, niveles de déficit muy sustanciales, burbujas de activos, etc. Contra estos problemas hicieron exactamente todo lo contrario a lo que hizo la gran generalidad de los países que protagonizaron la Gran Recesión: redujeron el gasto de manera muy sustancial, pero no un 2% ó un 3%, sino un 30%, no inflaron sus monedas, sino que adoptaron el euro, y liberalizaron todavía más sus economías. No hubo protestas en las calles ni descontento generalizado. A cambio de los ajustes y reformas, tuvieron solamente dos años malos de desempleo, de necesidad de readaptación y reubicación de las fuerzas productivas de sectores no rentables y burbujísticos hacia sectores donde había una demanda real efectiva de mercado; si el sacrificio de las grandes reformas también es grande, pues que sea completo, inmediato y sin prolongar agonías. Sí, con terapia de shock y como lo hizo Bolivia nada menos que con el DS 21060 en 1985.

En este sentido, lo lógico en un país como Bolivia sería que el ajuste se diera en la medida que hubieran caído los precios internacionales del petróleo, que el tamaño del aparato

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público burocrático, en todos sus niveles, se redujera al menos de manera proporcional

a la caída de los precios del petróleo, al nivel en que los precios se encontraban

inmediatamente antes del inicio del ciclo de inflación internacional que ocasionaron los

bancos centrales que le siguieron el juego a la Reserva Federal.

Para esto el medio más deseable sería quitar lo malo, rescatar lo bueno y enmendar los errores del 21060 y el Plan de Todos, que consiste en reducir o eliminar impuestos, abrir fronteras, flexibilizar el aparato productivo, pero también terminar de dolarizar la economía ávida de recursos en forma de ahorros e inversiones privadas internacionales correctamente capitalizadas mediante los mecanismos propios del mercado; y completar las reformas estructurales de la manera más ambiciosa posible hacia una verdadera economía de mercado.

La idea de diversificar el aparato productivo

La opinión más generalizada de la gran mayoría de economistas opositores fue que el problema de todo el modelo de los últimos diez años o más en el país era depender de los precios internacionales del petróleo y la minería, y que el Estado debía diversificar el aparato productivo inclinándose más hacia la producción no tradicional y generadora de empleo, no que el único mecanismo justo de distribución de las exportaciones no era el mercado.

Cuando se descubrieron importantes yacimiento de gas natural en Bolivia y la cotización internacional de materias primas acompañaban la noticia, el debate sobre el destino de los recursos de exportación y el modelo más correcto empezó y no terminó nunca, sobre todo cuando el estatismo en todos los rubros posibles de la economía acabó imponiéndose sin derecho a réplica y apresurándose a decir que el problema de no haber aprovechado el gran auge de materias primas fue el de haber tenido la voluntad política de cambiar por fin la estructura “primario exportadora” o “extractivista” del país.

En consecuencia, la mayor recomendación consistía en industrializar la economía saltando todo paso previo de correcta capitalización, o copiar modelos como el de Noruega, donde el Estado también se encarga de los recursos naturales, estableciendo modelos de bienestar y asistencia, y fondos de gasto público estratégicos previendo una caída de los precios; el famoso “colchón financiero”.

Algo curioso fue que Noruega efectivamente implementó fondos de gasto para mantener

la economía a flote mientras duraban los precios bajos, pero antes de que pocos o nadie

imaginara que los precios bajos vendrían para quedarse por un largo tiempo, primero ajustaron el aparato público despidiendo trabajadores y estableciendo el despido libre en el sector privado, recortando el gasto y reduciendo impuestos, privatizando sectores

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estratégicos como el eléctrico, el de telecomunicaciones e incluso el de carreteras nacionales, etc.

Otro caso similar al de Noruega con economía petróleo dependiente es Arabia Saudita, la mayor economía petrolera del mundo, donde no sólo se decidió olvidar el petróleo y dedicarse a la economía de mercado implementando las tecnologías de la información, el turismo y la industria sanitaria como los tres principales pilares del nuevo modelo, sino que además se decidió vender la gigante nacional petrolera Aramco.

De igual manera, solucionar los problemas estructurales de una economía no tienen nada que ver con la idea de estimularla introduciendo recursos allá donde fuere necesario. Durante la etapa del auge ficticio, mientras se formaban las distintas burbujas económicas de valor y abundaban los recursos en unos sectores, en otros lógicamente fue muy escaso. Por ejemplo, en carreteras nacionales u hospitales, aquellos cuya construcción fue necesaria, se invirtió mucho en infraestructura, pero no en capital humano de largo plazo o desarrollo de tecnología, que en cualquier economía resulta fundamental. Para que estos proyectos que requieren mucho mayor capital y mayores plazos de madurez, también se necesita un proceso de descubrimiento empresarial de ensayo y error, mayor experimentación, y finalmente discernir así sobre cuáles son los proyectos rentables.

Ahora bien, el mayor peligro de la idea de diversificar el aparato productivo tan pronto como fuera posible y sobre todo para tratar de evitar una corrección de mercado o una recesión económica generalizada, se recurre a una de las primeras fuentes disponibles:

el endeudamiento. Todo esto está sujeto a la polémica detrás de las cifras macroeconómicas oficiales, sobre todo las de crecimiento de largo plazo. Para salvar cualquier situación política complicada derivada de la economía, los gobiernos suelen empezar a hacer malabarismos muy peligrosos con tal de conseguir los recursos y mantener el crecimiento con cifras extravagantes, lo cual redunda en algo que ya habíamos señalado, un problema de sobrecapacidad productiva.

Es cierto que lo que más importante sobre todo contrato de deuda no es su nivel respecto del Producto Interno Bruto, sino sobre su capacidad de pago, pero lo que hace cualquier proyecto de endeudamiento viable es su rentabilidad, y no existe rentabilidad efectiva sin mecanismos de mercado. Por tanto, la deuda podría crecer por cuanto los organismos internacionales decidieran otorgar a largo plazo a los gobiernos típicamente tercermundistas, que tienen incentivos a la manipulación de cifras a cambio de estabilidad de corto plazo; en el corto plazo los gobiernos tienden se prestarse más de lo que a largo plazo puede producir el país con otros gobiernos.

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Finalmente, mientras unos prefieren decir que todo el mundo sabía que el rey estaba desnudo, pero que nadie lo dijo por temor a los adjetivos, resulta más interesante decir que cuando la marea del petróleo finalmente bajó aparecieron las vergüenzas. Pues a pesar de que estas ideas siguen siendo buenas, sobre todo frente al mainstream o la corriente dominante y aún más frente al incremento permanente de las atribuciones y competencias del Estado sobre la economía, nadie, ninguna mente brillante tiene que decirle a nadie qué es lo que tiene que hacer ni cuáles son sus prioridades, mucho menos frente a la adversidad; por muy benevolente que fuera el impulso con el que se empiezan estos proyectos, el hecho de querer diseñar la vida de los demás e imponerles roles no deja de ser perverso.

Quienes realmente diversifican una economía son los emprendedores, los empresarios que en un entorno de libre competencia desarrollan sistemas productivos de acuerdo con las necesidades y exigencias de la gente que encuentran e identifican en el mercado para solucionar a cambio de un legítimo beneficio, y sobre todo en la medida que sean competitivos produciendo aquello en lo que comparativa y competitivamente sean más eficientes que ningún otro. Esto no se da de la noche a la mañana ni mucho menos porque algún gran economista de escritorio así lo haya imaginado, decidido y ordenado. El problema de la economía, antes que en su estructura, está en el entorno que impide el libre ejercicio de la función empresarial y donde sobran los economistas. Nadie que no sepa hacer empresa y además ejercer como empresario en condiciones de libertad económica sabrá lo que es mejor para la economía de un país.

El pinchazo de la burbuja financiera: enmendar el mayor error del 21060

Lo que al menos en términos técnicos, dejando de se busca es la desnacionalización de la moneda, pero en este caso la dolarización de la economía es solamente un medio a través del cual los individuos son libres de elegir la moneda en la que más creyeran conveniente realizar sus transacciones, de manera directa en el mercado internacional y sin instancias burocráticas nacionales previas; esto incluso permitiría a Bolivia, como ya adelantamos, estar preparada para adoptar cualquier sistema monetario internacional, si eventualmente lo hubiera.

Pero ¿cuáles serían los argumentos más importantes para dolarizar la economía, más allá de los aspectos prácticos? Primero, no es casualidad que allá donde primero hubo moneda nacional inflada y una convulsión social permanente, los conflictos y la estabilidad del crecimiento de largo plazo hayan sido notables luego de la dolarización. Sin ir demasiado lejos el mejor ejemplo es Ecuador, donde luego de un largo período de socialismo agresivo la economía entrara en una recesión muy fuerte, pero al menos su n inflación y con una estabilidad más que aceptable.

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Y luego, Wilhelm Röpke, economista alemán, compañero y cuasi discípulo de Mises, asesor de Adenauer y Erhard en el establecimiento del Milagro Económico Alemán de la Post Guerra, describe con maestría las consecuencias de un típico gobierno autoritario o dictatorial cuando pierde el control de la situación a consecuencia de sus propias medidas previas, como en Venezuela y su brutal represión a su ciudadanía y el proceso de empobrecimiento más intenso de la región:

“El camino de la inflación reprimida termina en el caos y la paralización. Cuanto más empuja la inflación los precios hacia arriba, tanto más refuerza el Estado su aparato represivo; pero, tanto más ficticio se hace el sistema de los precios controlados, tanto mayor es el caos económico y el descontento general, y tanto más se debilita la autoridad de Gobierno o su pretensión de seguir ostentando un carácter democrático.”

Desde luego, esto implica que ni la banca ni ningún gobierno tendría ya la misma capacidad de expandir el crédito para provocar auges insostenibles con una estrategia política socialista y una retórica típicamente mesiánica altamente liberticida.

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CAPÍTULO 13 Cómo salir de la burbuja

Invirtiendo en tiempos de crisis

Mucho antes de pensar siquiera en pinchar la burbuja estatal o la burbuja financiera, es muy difícil o prácticamente imposible que las medidas correctas y en la buena dirección provengan de la esfera política, que a fin de cuentas todas se parecen demasiado y de una

u otra manera y ninguna está orientada hacia la libertad con verdadera convicción.

¿Alguien cree realmente que alguno de los líderes opositores hubiera hecho cosas radicalmente distintas o solamente con matices en materia de política económica? Los incentivos para la clase política y más aún para la gobernante son siempre los mismos y son igualmente perversos. Las propuestas deben ser preventivas y no deben elaborarse para los gobiernos, sino para los individuos para que sean capaces de defenderse de ellos ante cualquier contingencia.

Prepararse para lo inevitable, que el pinchazo no lo sorprenda

Por fin, partamos de la idea de que todo empresario puede convertirse en un inversor profesional, es decir, que puede pasar de la gestión activa de sus empresas a la dirección remota de sus inversiones alternativas y sus ingresos pasivos.

Algo que debe quedar muy claramente establecido es que por más difícil que fuera

abandonar el euro en la Unión Europea o un sistema de economía dolarizada en América Latina, mientras existan los gobiernos megalomaníacos y democracias populistas como

se las conoce, con una institucionalidad sumamente débil, no existe garantía alguna para

revertir al menos una parte de las reformas que se recomienda. Por muy ambiciosas que fueran las reformas y por mucho que superaran a las de Thatcher, Erhard o Reagan, es más que importante insistir en no confiarse, y abrirse hacia las posibilidades que ofrecen otras economías o sistemas democráticos e instituciones relativamente más sólidas alrededor del globo sin esperar que las decisiones correctas, oportunas y además en la

buena decisión provengan del poder político: todo puede y, es más, debe provenir, en lo posible, del ámbito privado y de las lecciones aprendidas del pasado, convertidas en recomendaciones encontradas en lo más avanzado de la Ciencia, aunque, desde luego, ya depuradas de todo lo malo que pueda tener hoy en día.

Todas las siguientes son lecciones y recomendaciones que aunque provienen incluso de

la no demasiado útil Efficient Market Hypothesis de Bob Shiller, Nobel de Economía de

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2013, por ejemplo, también tienen origen en teorías económico financieras con fundaciones mucho más sólidas y poco convencionales como las del value investing de Benjamin Graham o Peter Lynch, la Teoría Austríaca de los Ciclos Económicos de Mises, Hayek y Huerta de Soto, y los principios y conceptos sobre la liquidez de Carl Menger, que ayudan identificar en gran medida la posibilidad de que se estén gestando auges económicos ficticios o muy endebles, o cebando determinadas burbujas de activos en el mercado para abandonar una exposición a sus consecuencias.

En este sentido, la aplicación de algunas de las lecciones iniciales consiste en partir por lo más cercano y por lo que más se conoce.

Entre liquidación y liquidez: la calidad del balance

Aunque no siempre es lo más fácil de hacer, y aunque por lo general pocas veces o casi nunca se logra crédito en este ámbito (no existen políticos que no lo sepan todo ya ni que de vez en cuando se equivocan), he sido asesor político, asesor económico financiero y estratega de inversiones privadas, y en los distintos escenarios a los que esta actividad me ha llevado, las preguntas más frecuentes y comunes que me han hecho mis clientes, sobre todo cuando ya no cabían dudas sobre la inevitabilidad de la etapa de ajuste, han estado relacionadas al riesgo de involucrarse en algún nuevo proyecto de inversión, dadas las dificultades y muy elevada incertidumbre económica en la que hoy se encuentra Bolivia, o por el contrario, si tal o cual momento es el ideal para bajarse de la ola.



Desde luego, la decisión final de involucrarse en nuevos proyectos es siempre del protagonista y de su innata capacidad y perspicacia empresarial para descubrir o darse cuenta antes que nadie de una oportunidad de beneficio que surge en su entorno y tomar legítima ventaja de ella. Sin embargo, es mucho lo que se puede hacer para ayudar a este empresario a tomar la decisión correcta o lo más acertada posible en este sentido, aportando algunos elementos fundamentales en una etapa de liquidación como la que empezó a registrarse desde mediados de 2013.

Como ya anotamos antes en varias oportunidades, la desaceleración de la economía no responde a un simple devenir pasajero de la naturaleza al estilo newtoniano donde todo lo que sube simplemente tiene que bajar, sino a un problema sistémico, un problema estructural en el que se ha implementado un modelo que no se ajusta ni le permite a la gente ajustarse fácilmente a una nueva realidad económica en el país, donde durante

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demasiado tiempo los hábitos individuales de consumo no cuadraron con sus propias capacidades o habilidades personales para adaptarse al entorno.



En otras palabras, durante la etapa del auge -en gran medida ficticio- se ha cometido e inducido a correr con riesgos e incertidumbres muy superiores a las que podrían haber considerado en condiciones de libre mercado, para terminar cometiendo toda una serie de errores generalizados de inversión que ni siquiera debieron llevarse a cabo en un principio, o que simplemente tendrían que haber sido considerablemente menos ambiciosos, y que, por tanto, tendrían que liquidarse o sufrir un ajuste muy agresivo. Ya son muchos los sectores donde se observa una caída natural de precios, incluso en medio de los efectos inflacionarios de la política económica actual, y que a pesar de, por ejemplo, las enormes facilidades forzosas que existen para el crédito están sufriendo un ajuste muy marcado.

¿Cuáles son esos criterios que permiten asumir esta etapa de liquidación forzosa? Tan sencillo como revisar y analizar la calidad del balance del proyecto o la empresa en función de su valor y fundamentalmente su liquidez. Todo tiene mucho que ver con la valoración misma de una empresa, pero antes de tal paso la evaluación de la calidad del balance resulta fundamental.



Por lo general se suele considerar como liquidez todo aquello que signifique dinero en efectivo o saldos de tesorería en caja o banco. No obstante, no todo saldo de tesorería es propiamente una posición de liquidez y sobre todo solvencia del balance, sino incluso todo lo contrario. El concepto más ajustado de liquidez tiene que ver con la capacidad que determinado bien o activo financiero tiene para acumular o no perder valor en el tiempo conforme aumenta su cantidad vendida, si es fácilmente divisible, fácilmente vendible.



Los ejemplos para ilustrar la idea son interminables, pero uno de los más útiles en las actuales circunstancias donde la gente en general ha adquirido bienes muy ilíquidos y específicos como una grúa o una máquina muy específica, es el de los saldos de tesorería denominados en dólares o bolivianos.



Actualmente una de las mayores amenazas para que los activos no pierdan valor en el tiempo para su intercambio, es una eventual devaluación cambiaria. El proceso gradual, aunque también muy agresivo y forzoso de la desdolarización, bolivianización o nacionalización monetaria en el país ha llegado a ser de más del 90%, a la vez que la dificultad para realizar transacciones libremente en dólares es relativa y considerablemente mayor, y por tanto resulta un activo financiero escaso, muy útil y altamente demandado.



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Si pronto se incurre en una devaluación cambiaria para financiar el déficit gubernamental, -esto es emitir moneda discrecionalmente para autofinanciarse- habrá muchos más bolivianos disponibles aún en el mercado, y si a la producción de dinero nacionalizado por parte del ente emisor ya la se le aplica la ley de la utilidad marginal decreciente, se puede inferir que la gente preferirá refugiarse o huir de sus posiciones en bolivianos hacia activos reales para preservar el valor de sus transacciones en otros activos de intercambio indirecto relativamente más escasos como, entre otros, el dólar. En mayor o menor medida, esto ya sucedió antes.



Por tanto, el permanecer con grandes saldos de tesorería denominados en bolivianos, sobre todo si de repente no están contemplados para caja chica, podría más bien significar que se mantiene en una posición altamente ilíquida, así como la calidad del balance podría estar anticipadamente deteriorado. Si la generalidad del público o incluso sólo sus proveedores prefieren dólares, ¿quién aceptará bolivianos? No será fácil deshacerse de ese dinero sin antes perder mucho valor liquidando algún bien de mucha utilidad para el proyecto o la empresa. De esta manera, para abordar o abandonar rápidamente determinado proyecto, usted siempre sabrá cuál de sus activos será relativamente más valioso y líquido dónde y cuándo sea escaso, que dónde y cuándo sea abundante.

La preservación del patrimonio familiar en entornos de crisis

Han sido ya varios años que desde una columna personal en algunos de los principales diarios del país y otros del exterior, que se ha advertido sobre las principales causas que tendría una eventual crisis económica generalizada en Bolivia, y que apuntan fundamentalmente al pensamiento convencional sobre las ventajas de una política económica de hiperestímulo, en particular la monetaria y crediticia, además de las reformas del sistema financiero; lo que aún apuntan como gran fortaleza terminará siendo el gran talón de Aquiles del modelo que ya encontraba su franca desaceleración desde mediados de 2013.



Pero ya no es el momento de seguir apuntando ni advirtiendo la crisis, los problemas económicos no son pasajeros ni aislados, no pueden ser más evidentes a medida que, además, se los agrava aplicando la misma batería de medidas que los han provocado. Este ya es un momento para la prescripción en el ámbito de la empresa y, fundamentalmente, para el patrimonio de familias con grandes patrimonios por preservar.



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Una de las características que más llama la atención de las economías latinoamericanas es que son familiares, sobre todo en lugares como México o Bolivia. Naturalmente, las familias son el mayor núcleo de generación de riqueza de largo plazo en este tipo de sociedades en que las instituciones formales no son las más sólidas. En Florencia, por ejemplo, la composición genealógica de quiénes se han mantenido pobres y quiénes se han mantenido ricos se ha mantenido. Mientras en otros lugares del mundo la tercera generación se encarga de dilapidar el capital de la familia, algunas familias florentinas se han mantenido como las más ricas de la ciudad, e incluso de Italia, desde hace más de 700 años. ¿Cuál es el secreto?



Luego de un largo período de excesos, en entornos de crisis económica generalizada como el que América Latina comienza a atravesar nuevamente, la sociedad en general tiende a resistirse a una nueva realidad, a nuevos patrones de consumo, gasto y endeudamiento, y el desafío de mantener ciertos valores en un período de ajuste por lo general lo asumen mejor los entornos familiares.



No obstante, cuando por otro lado las familias sostienen un vínculo emocional muy fuerte con empresas que probablemente no tendrían que haber sido siquiera creadas en un principio, el ajuste termina siendo inapelable por una serie de factores como o incluso los del honor y el nombre de la familia, y terminan arrastrando una cantidad de recursos innecesaria. Y no está mal hacerlo, pero asumir el desafío de al menos revisar la liquidación de alguna de las empresas de la familia requiere la implementación de la estrategia adecuada, que ciertamente es muy distinta de la de la empresa.



Primero es fundamental la realización de un mapa de la situación actual de su empresa, contemplando las variables más importantes del risk management de la compañía y del entorno, revisando la posición y calidad del balance de la empresa frente al de la competencia, sobre todo aquel relacionado con el incremento de impuestos y la inflación,

o la necesidad de renegociar contratos con proveedores.



Inmediatamente luego, es necesario separar el patrimonio familiar del capital empresarial, lo que, entre otros aspectos, implica al establecimiento de protocolos que involucre a los directos interesados y marque líneas generales y específicas que definan la sucesión y el propósito sobre cómo se quiere preservar el patrimonio de la familia en el largo plazo, por un lado, mientras continúan generando riqueza como siempre lo han sabido hacer por el otro.



Y finalmente, se construye un portafolio de inversión alineado con el diagnóstico inicial,

por lo que, entre otros aspectos, necesariamente tendrá un fuerte componente de internacionalización de activos en la búsqueda de entornos mucho más amigables

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alrededor del globo, aquellos que ofrezcan las condiciones más favorables para la preservación del capital en el largo plazo, y que, desde luego, adviertan un entorno igualmente adverso y condiciones también muy inciertas para la inversión.



Los tiempos que se han vivido durante los últimos 10 ó 15 años fueron distintos realmente, y no volverán, pero también lo serán los que se han empezado a vivir, y, por tanto, la forma de hacer las cosas también tendrá que cambiar. El desafío no es pequeño y es necesario estar preparado para asumirlo de la mejor manera posible.

Qué es un Family Office y por qué conviene tener uno hoy

A la vez que no es extraño observar un muy fuerte componente familiar en el grueso de la base empresarial de las economías de toda América Latina, es muy común ver que para el líder de la familia y del negocio familiar resulte siempre muy complicado mantener la paz y el orden entre ambas esferas. Sin embargo, tener que considerar además los desafíos del actual entorno y la coyuntura principalmente económica en la que opera requiere un esfuerzo extra para alcanzar el éxito deseado. Es por esto que hoy resulta más que pertinente considerar la ayuda de un Family Office.

Actualmente las empresas en general tienen que estar preparadas para los grandes ajustes o incluso etapas de liquidación forzosa que los grandes cambios que se están dando desde las primeras economías del globo están provocando, sobre todo aquellas de pequeñas economías que no marcan el ritmo de vida de los grandes mercados, sino que simplemente se adaptan y lo siguen.

Estamos hablando de que al menos desde 2008, momento en que la economía internacional empezó a sufrir una de sus mayores crisis económicas en más de 80 años, el mundo ha empezado a reestructurarse de manera muy importante, hecho que se ilustra en muchos aspectos como el bajo crecimiento de largo plazo de Estados Unidos y la Unión Europea por ya casi una década, y que a su vez ha generado otras distorsiones igualmente comparables en magnitud en las economías emergentes.

Todo ajuste o etapa de liquidación forzosa significa atravesar por un período psicológicamente complicado, más aún cuando existe un lazo sentimental con la empresa y los conflictos de interés son familiares, que amenazan con romper relaciones muy estrechas de toda una vida. No obstante, justamente para mantener el orden y la paz dentro y fuera de la familia, y sobre todo tener seguridad para el patrimonio familiar de largo plazo, lo conveniente es mediante la creación de un Family Office que se encargue del desafío que implica diluir los riesgos internos separando el capital empresarial y el patrimonio familiar, y además darles ambas un tratamiento muy distinto a futuro.

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Por lo general todo negocio familiar mantiene todos los recursos en una misma bolsa con la misma exposición al riesgo, y máxime los separa a través de sueldos o dividendos, pero la alternativa está en que mientras la familia permanece concentrada en generar riqueza como siempre lo ha hecho, se crea una empresa que de manera paralela se dedique profesional, imparcial e independientemente a gestionar una parte del patrimonio de la familia de acuerdo a sus requerimientos o los del gran patriarca o similar que contrate los servicios, además de la elaboración detallada de una estrategia fiscal y sucesoria.

Este tipo de esquema de gestión patrimonial puede ser bajo un trust, una Limited Liability Company (LLC), un multi-family office abierto a participaciones en un esquema de holding corporativo o fondo de inversión, o simplemente un single family office cerrado, único y exclusivo de la familia. La filosofía de gestión y, más específicamente, de inversiones, tiene casi siempre un enfoque de preservación de largo plazo, es decir intergeneracional, dedicado única y exclusivamente a elaborar una estrategia inversora acorde al propósito de la familia, sean los estudios de los hijos y los nietos, sus carreras deportivas, la filantropía, etc.

Sin embargo, hoy en día los desafíos están en poder diluir también los riesgos externos derivados de la coyuntura política y económica tanto sobre la empresa como sobre el patrimonio de la familia. Es por esto que contar con el diagnóstico más ajustado a la realidad posible y tomar las decisiones más congruentes como la situación lo demande, resulta una tarea tan delicada como determinante en la configuración de esta nueva empresa.

Y dado que, como adelantamos, los grandes cambios estructurales tienen que ver particularmente con el sistema bancario, financiero y monetario internacional, la estrategia de inversiones deberá contar con un fuerte componente de internacionalización, un monitoreo permanente que permita anticiparse con soluciones concretas a cualquier contingencia que se derivara de aquella coyuntura, y un acompañamiento confiable y permanente en el proceso de toma de decisiones.

Las inversiones de los Family Offices

Probablemente fue a inicios de la década pasada que el asesoramiento a empresas familiares en Bolivia empezó a ponerse de moda, y se concentraba básicamente en la cultura organizacional, los valores de la familia que se compartía en la empresa para mantener la organización estable, y la estrategia de sucesión. Sin embargo, desde aquel entonces los tiempos han cambiado y las necesidades han demandado mucha mayor especialización. El asesoramiento a empresas familiares ha terminado sufriendo desafíos

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muy grandes que han provocado la sofisticación hacia el asesoramiento no necesariamente a empresas familiares, sino a familias con grandes patrimonios.



Al mismo tiempo, la economía nacional y global, su estructura y condiciones para el crecimiento plantean un desafío considerablemente distinto. Bolivia ha sufrido un cambio muy importante en cuanto a su estructura productiva en los últimos diez o quince años, a la vez que nunca había estado más expuesta que ahora a lo que sucede con el resto del mundo. Muchas empresas han crecido mucho más de lo que en principio pudieron imaginarse, provocando la improvisación y la toma de decisiones apresuradas y cortoplacistas.



Pues en lo que respecta al asesoramiento de inversiones a familias con grandes patrimonios se destacan algunos de los criterios más importantes actualmente para la revisión de sus posiciones y el planteamiento de un cambio de estrategia para la preservación de riqueza en el largo plazo.



Una vez que se ha definido el propósito para el patrimonio de la familia, la estrategia y la conformación del portafolio de inversión suele ser un rompecabezas muy complicado de construir y además someter a consenso, pero para facilitar el proceso y saber por dónde empezar resulta muy útil saber en qué y cómo suelen invertir otros family offices de éxito alrededor del globo.



Indagando en el Global Family Office Report 2016 de Campden Research y UBS, aunque también invierten en instrumentos financieros sofisticados, en renta variable, equities privados y bajo las estrategias de los hedge funds más agresivos, los portafolios de inversión son relativamente convencionales donde la inversión de largo plazo más común es la de bienes raíces.



Por ejemplo, Pontegadea, el Family Office de Amancio Ortega, el hombre más rico del mundo a sus 80 años en 2016, con $67 mil millones como dueño de Inditex, gestiona hasta $6 mil millones de su patrimonio familiar invirtiendo fundamentalmente en bienes raíces de las principales calles y avenidas comerciales de Londres y Nueva York.



Estos son datos que llaman la atención sobre las decisiones que están tomando las familias con grandes patrimonios alrededor del globo.

Si bien The Wealth Report 2016 y las conclusiones del New York Family Wealth Report Asset Allocation Summit 2016 sostienen que las principales preocupaciones de las grandes dinastías para la preservación de su patrimonio, tanto en los últimos 10 años como las perspectivas para los próximos 10 años, encierran principalmente el futuro de la economía global, el incremento de impuestos a las grandes fortunas y los planes de

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sucesión, el criterio para invertir no ha cambiado de manera significativa habiéndose registrado la peor crisis económica internacional de los últimos 90 años, y toda la maraña consecuente de interminables regulaciones estatales que los gobiernos han ido estableciendo.



Es decir, con la explosión de las burbujas inmobiliarias en lugares como Estados Unidos

y en España desde 2007, las grandes inversiones de largo plazo con estrategias de

preservación se han mantenido en el mismo sector, probablemente sin advertir qué es lo que ha sucedido durante todo este tiempo exactamente, y esperando que la economía

termine de pasar por este mal momento y pronto se recupere sola.



Claro, estas decisiones no son casualidad. Quienes, durante la etapa del auge ficticio, la euforia y el sobre optimismo generalizado se mantuvieron relativamente cautos y han mantenido un balance conservador y saneado, el inicio de la crisis o de liquidación en el sector era probablemente el momento para comprar, pero sin duda la posición tiene que ser revisada a pesar de que los bienes raíces suelen tratarse del sector sobre el que más conocimiento general tienen los inversores convencionales. Sin embargo, entre quienes han invertido de esta manera se encuentran grandes dinastías como la de Lynn Forester de Rothschild, que registra una tradición de preservación patrimonial superior a los 250 años; la idea es recuperar lo bueno y advertir que las estrategias, así como los tiempos, podrían cambiar incluso para ellos y después de tanto tiempo.



Pues con la idea de ir modificando estrategias poco a poco, las inversiones alternativas pueden incluso ser más atractivas a través de gestoras de fondos dedicadas a ello, llegando a representar el 70% de una cartera con rendimientos del 15% anual durante 20 años, porque quién mejor que la familia propietaria para vigilar que los gestores están velando por los intereses de la familia en el largo plazo.



Desde luego, es importante destacar que es necesario cuidarse del nepotismo o que familiares no cualificados se involucren demasiado en la gestión directa de la empresa, que por conflictos de intereses la van deteriorando de manera paulatina, sobre todo si se trata de una tercera generación de la familia que con el tiempo ya no tiene tan marcados los valores de la primera que fundó la empresa.



Invertir en empresas familiares que preferiblemente coticen en bolsa por la liquidez y la transparencia que por tanto implican, que sean capaces de generar valor en el largo plazo, con un buen patrimonio y con los capitalistas que tienen intereses alineados con

el resto de accionistas y, desde luego, la gestión directa con visión de más largo plazo es

mucho menos riesgoso.



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Al mismo tiempo, para algunos gestores es igualmente importante conocer a los gestores

y las políticas que implementan en la empresa, su cultura, que se trate de una empresa “aburrida”, sin demasiadas inclinaciones por el crecimiento rápido que implique decisiones precipitadas y orientadas al sobreendeudamiento y la escasa liquidez, contrariamente a lo que sugiere el pensamiento financiero moderno.



Para esto hay legislaciones que no permiten que estas gestoras nombren consejeros en las compañías en las que invierte para no influir en la gestión, que sería lo ideal, pero hay otras en las que esta práctica no está sancionada por ley y es posible hacerlo, y cuando se lo hace es a través de Family Offices con una estructura, uno oferta de servicios y capacidad de gestión internacional perfectamente claras, y, desde luego, con una cultura de trabajo compartida.



Al menos en Europa, de acuerdo con un estudio del Credit Suisse Research Institute de 2015, desde 2006 la rentabilidad de empresas de tipo familiar ha superado en un 4.5% a la del conjunto del mercado. Sin embargo, si estas empresas tuvieran un departamento desarrollado de relaciones públicas o de relación con los inversores, y si prestaran más atención al comportamiento del mercado, con seguridad que tendrían mejores resultados.



A la vez que todo esto constituye el criterio básico para invertir en la generación de otras

empresas familiares, también es el elemento para que otros inviertan en la propia.

Convertirse de empresario en inversor

Si aún no sabe quién es, por ejemplo, Robert Kiyosaki, nunca es tarde.

Kiyosaki es un exitoso empresario fundamentalmente en el sector de bienes raíces, pero el libro con el que se hizo famoso y que escribió hace ya 20 años atrás, Padre Rico, Padre Pobre, no habla de técnicas de inversión concretas para hacerse rico, sino que ofrece un marco conceptual previo: pensar como rico pasando por el proceso de ser empleado, a autoempleado, a dueño de un negocio y a inversor.

Las lecciones del libro en este sentido son varias, pero la que más nos interesa es la última, la de pasar de ser un empresario exitoso para convertirse en un inversor inteligente de largo plazo para preservar su patrimonio y el de su familia con ingresos pasivos, es decir, evitar el consumo compulsivo para poseer un conjunto de activos (patrimonio) que generen rentas suficientes como para poder vivir sin la necesidad de trabajar.

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Bolivia no cuenta con demasiadas posibilidades de convertirse en un inversor. El mercado de capitales es demasiado incipiente, poco articulado, poco dinámico, y la cultura empresarial en general aún se resiste a publicar sus balances y hablar abiertamente sobre algunas de las estrategias de crecimiento de sus empresas que podrían ser objeto de inversión. Para esto es necesario mirar al exterior, y en todo caso es mejor, porque las posibilidades son infinitamente mayores de las que habrá nunca en una economía como la de Bolivia.

Londres siempre ha sido una de las plazas innegables de los más grandes inversores, pero el sector ha sido recientemente golpeado con el Brexit, y la banca de inversión en Nueva York arrastra demasiada sombra aún con la Reserva Federal. Actualmente algunos de los mejores gestores de fondos ofrecen vehículos de inversión de largo plazo en bolsa alrededor del globo desde Madrid.

Nada de esto es casualidad. En lo personal sostengo vínculo relativamente con España a través de dos empresas que fundé entre septiembre de 2014 y agosto de 2016 junto a dos socios y amigos de Madrid, y además conozco a través de ellas a algunos de los gestores value más reputados de España, que por si invertir como Warren Buffet o Peter Lynch fuera poco, también comparten profundamente la visión y capacidad de diagnóstico a través de la misma escuela de tradición y pensamiento económico.

Desde luego, nada de esto resta la posibilidad de que cualquier empresario en busca de convertirse en inversor arme su propio portafolio de inversión, y que se aleje un poco más de las técnicas relativamente convencionales de invertir a través de la bolsa, invirtiendo, por ejemplo, en obras de arte en Italia, metales preciosos custodiados en Singapur o tierras aún no explotadas en el norte argentino, pero a cambio de guardarse un poco más de dinero, el esfuerzo y dedicación necesarios para un monitoreo permanente sobre su rendimiento y posición podrían no justificarse.

Principios para armar estrategias y portafolios de inversión

Diseñar estrategias y armar portafolios de inversión es apasionante, sobre todo cuando se los dota de cierto enfoque crítico de largo plazo.



En la más reciente discusión que tuvimos junto a mis socios sobre la mejor manera de armar un portafolio de inversión de largo plazo, una de las conclusiones es que definitivamente no resulta fácil, mucho menos cuando los clientes por lo general combinan una elevada aversión al riesgo y una muy elevada preferencia temporal, y peor aún en este momento, cuando solamente en esta semana el Banco de Japón ha vuelto a hacer nuevo malabarismo arriesgado pretendiendo garantizar el efecto de las tasas negativas; el Deutsche Bank acaba de ser calificado por estados unidos como el banco de

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mayor riesgo en el mundo; Wells Fargo crea miles de cuentas falsas añadiendo nuevas dosis de incertidumbre al mercado financiero; y los hedge funds más grandes vuelven a entrar en una preocupante temporada donde el margen para el propio hedging es cada vez menor.



Friedrich A. von Hayek fue galardonado con el Nobel en 1974 por su aporte al estudio de las causas de los períodos recurrentes de auge y recesión económica, parte de nuestra especialidad. Fue indiscutiblemente uno de los mejores economistas del siglo XX, entre otros aspectos, porque entendía que las recesiones no eran por un simple devenir de la naturaleza, sino que eran la consecuencia de toda una serie de errores de inversión realizados durante la etapa de auge precedente, y que era necesario, a la vez que inevitable, corregir.



Hayek también decía que Wall Street usa el modelo CAPM y otras fórmulas para reducir la incertidumbre a un riesgo cuantificable, pero que sólo mide lo que es medible, no lo que realmente importa.



Con esto no estamos diciendo que los métodos tradicionales y convencionales para invertir o armar portafolios de inversión no sean correctos o que no sirven para invertir. Lo que estamos diciendo es que cuando no se toma en cuenta el marco analítico que tome en cuenta la forma en que los inversores y empresarios tratan con la incertidumbre, los riesgos podrían terminar siendo mayores a los que se logra calcular, por más ajustada que sea la teoría de Markowitz o calculada la Sharpe ratio, por ejemplo.



Pues de esto se trata gran parte de lo que hacemos. Nótese la importancia que tienen los factores cualitativos en la toma de nuestras decisiones identificando problemas y elaborando estrategias. Mientras unos se dedican a predecir el mercado o a determinar la llegada del próximo cisne negro, nosotros nos encargamos de construir protección de largo plazo, de ser “antifrágiles” (en términos de Nassim N. Taleb), nos encargamos de lo que no se ve, de todo aquello que no tiene que ver necesariamente con el cálculo de objetos materiales, sino sobre los medios que los hombres eligen para alcanzar los fines que hayan elegido en función de sus juicios de valor, de aquellos marcos institucionales que al hombre le permiten convivir en sociedad y establecer objetivos de largo aliento.



Desde luego, si por algo nos hemos caracterizado es por recurrir de manera permanente al pensamiento no convencional, a ser aguafiestas. No es lo más agradable, pero es lo más sano; Hayek se estrelló contra todo el mundo económico cientistaal recibir el Nobel, apuntando contra la metodología del mundo de las ciencias naturales que el mainstream aplica para la predicción de hechos y fenómenos eminentemente sociales.



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Pues de la misma forma piensan muchos de los value investors con los que trabajamos, contrarians que, durante veinte años, con al menos dos crisis económicas internacionales profundas y generalizadas de por medio, aplicando criterios long-only generalistas en renta variable, con participaciones en empresas con sólidos valores y convicciones, y con espíritu de permanencia en el mercado, muy similares a las de nuestros propios clientes, han reportado beneficios superiores al 15% anual.

Buscamos hacer eco de grandes inversores como Warren Buffett, que sostienen:



Be fearful when others are greedy. Be greedy when others are fearful.

Como Jim Rogers:

“In terms of panic buying or crisis situations, that’s normally the way to play.”

Como Baron Rothschild:

“The time to buy is when there’s blood in the streets.

Y Phillip Fisher, en línea directa con el propio Hayek:



The stock market is filled with individuals who know the price of everything, but the value of nothing.

Hay causa detrás de la rebeldía, pues el objetivo no está en llevarse aplausos del público, sino en no dejarse llevar por la corriente, en no hacer lo que todo el mundo está haciendo, en no perder dinero. Y nosotros probablemente en un principio le diremos lo que nadie más le dirá, lo que no es políticamente correcto, lo que no quisiera escuchar.

No es cuestión de internacionalizar, simplemente

La percepción sobre la salud de la economía de la región y en particular de Bolivia nunca es la misma entre los distintos empresarios. Entre los más precavidos están quienes afirman con satisfacción que ya tienen su dinero en el exterior. Otros, los menos, lo han hecho considerablemente mejor trabajando hace ya varios años con expertos europeos o estadounidenses independientes muy entendidos en la materia, pero la sola apertura de cuentas de ahorro o incluso corrientes en el exterior ya no es garantía para protegerse de la voracidad fiscal local, como en un pasado no muy lejano. Para establecer una estrategia inteligente de preservación es indispensable saber que la gran banca internacional aún es muy peligrosa.

Con la crisis de Lehman Brothers y la explosión de toda la serie de burbujas de activos desde 2007 por todo Occidente, los gobiernos han crecido sobre la base de la misma

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batería de medidas que los llevó a la crisis en un principio: para resumirlo, represión

fiscal y financiera para el ciudadano, y -cómo no- monetización de deuda para privilegiar

a ciertos sectores. Nada de eso ha servido realmente, si no fue para lograr estabilidad

relativa a cambio de hipotecar el crecimiento de largo plazo, mucho menos ha servido para solucionar los problemas sistémicos del sector bancario financiero, pero ahora que la marea parece empezar a bajar nuevamente, no vaya a ser usted a quien esta vez encuentren desnudo.

Olvídese por un momento de que Deutsche Bank o Monte dei Paschi en Europa hayan ocupado las portadas en los últimos meses. Es cierto que la tendencia al alza de los mercados en EE.UU. ha sido generalizada desde que Donald Trump asumió mandato y empezó a hablar de la desregulación del sector bancario financiero, pero este comportamiento es particularmente sospechoso cuando sigue siendo igualmente o más peligroso que en la última gran crisis de 2008, con Dodd-Frank y Basilea III incluidas.

Desde el 10 de marzo, los seis bancos estadounidenses más grandes (JP Morgan Chase, Bank of America, Wells Fargo, Citigroup, Goldman Sachs y Morgan Stanley) han subido en conjunto un 33,5%. BofAML encabeza la lista con un aumento del 48,8% en sólo tres meses. Las acciones de Goldman Sachs y Morgan Stanley subieron un 36,6%. Desde la crisis de 2008, los activos de los seis grandes bancos han aumentado en un 21%, y los de los cuatro más grandes en un 25%.

Como ha demostrado ya Robert J. Shiller, Nobel de Economía 2013, el sobre optimismo generalizado puede llegar hasta la “exuberancia irracional”, cuando las valoraciones de activos llegan a divorciarse de los fundamentales económicos formando una burbuja.

¿Se trata de una burbuja? Del total de los Global Derivatives Notional de $544 billones (en castellano), los seis bancos más grandes sostienen $168 billones de dólares. Comparando esa cifra con sus activos totales, se obtiene un apalancamiento de 24 veces, sólo un poco menos que el apalancamiento de sus derivados antes de la crisis de 2008.

¿Cuál podría ser el detonante de la explosión de esta posible nueva burbuja? Por ejemplo,

en el sector real, el comercio minorista acaba de entrar en una crisis profunda al cerrarse más de 8600 tiendas de cadenas de ropa como Macy’s, JC Penney y Sears, y el cierre de varias decenas de centros comerciales. Peor aún, desde que Lehman explotó, Canadá fue un gran refugio para el capital estadounidense. La banca canadiense era muy respetada

y fue elemento de estudio sobre por qué no había sufrido un efecto contagio tanto

durante el auge como durante la caída estadounidense. Sin embargo, la propia burbuja

inmobiliaria canadiense acaba de explotar. ¿Cómo sería el efecto contagio sobre EE.UU.

y su banca?

Las regulaciones de Dodd-Frank obligan a los bancos a elaborar un plan anti crisis que no implique el uso de fondos de los contribuyentes, e incluyendo Goldman Sachs, Morgan Stanley y BofAML, cinco de ocho bancos reprobaron los test de estrés, y tampoco

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respondían al Código de Bancarrota. El único que aprobó con necesidad de mejoras fue Citigroup.

Más aún, la mora bancaria está en un máximo de 42 meses, los impagos de préstamos subprime para automóviles están en su nivel más alto desde la crisis de 2008, los impagos y los créditos con riesgo de impago están aumentando. Según Forbes, 62 compañías incumplieron una deuda de $59.300 millones, un 57% más que los $37.700 millones en impagos que en 2015. Aparentemente sí, a juzgar por las condiciones bajo las que actualmente opera el sector bancario financiero, parece tratarse del pico máximo de la última etapa de auge estadounidense, la más larga y pronunciada a la fecha.

Por ejemplo, durante la segunda mitad de 2017 tuve una conversación conversamos con uno de mis clientes aún potenciales en un momento determinado sobre la forma en que gestionaba su patrimonio familiar; simplemente tenía cuentas en Miami, concretamente en Wells Fargo, que recientemente reportaba un enorme escándalo de creación de millones de cuentas falsas, y que en ese instante no podía mover un solo centavo de sus cuentas. Tuvo que tomarse un avión de manera urgente hasta allá por un par de días hasta solucionar un problema que nadie podía aclararle por teléfono. ¿Cuál fue supuestamente el problema? “Problemas en el sistema, disculpe las molestias”.

Aparentemente, al menos alrededor de 2014 tener grandes cuentas en un banco como Wells Fargo no hubiera constituido problema alguno: en febrero de ese año fue nombrada la mejor marca de banco en el mundo por segundo año consecutivo. Y a inicios de 2016 alcanzó el séptimo lugar de las empresas públicas más grande del globo en el ranking de Forbes Magazine Global 2000. ¿Qué podría salir mal?

Pues exactamente un año después Wells Fargo admitió que el número de cuentas no autorizadas que creó superaba las 3.5 millones, un número mucho mayor al reportado inicialmente hace un año atrás. Y no sólo eso, sino que, además, con esa jugada expandió su cartera de derivados de $1.7 billones a nada menos que $8.4 billones, distorsionando todo el sector en el que operan otros bancos relativamente menos inescrupulosos.

Trabajar con fondos de inversión en el exterior

Si no confía en el sistema en el que se desenvuelve de manera cotidiana y prefiere preservar su patrimonio familiar (distinto del empresarial) en el exterior, la simple internacionalización de activos no es suficiente. Hoy en día la gran banca internacional trata de ponerse al corriente con el surgimiento de las criptomonedas como Bitcoin, o las plataformas de activos digitales como Blockchain, que desafían la manera en que han ido organizándose para ofrecer sus servicios, pero van tarde, mal o simplemente no están siguiendo la transición. Y por si esto fuera poco, Donald Trump ha manifestado estar

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trabajando en una versión de reforma teniendo como modelo la Glass-Steagall Act, que no sería lo ideal, aunque sí en la dirección correcta.

Como fuere, luego de separar la producción de dinero y la regulación bancaria del enormemente ineficiente Estado y su banca central, la banca podría estar transformándose espontáneamente en al menos tres tipos de bancos: los bancos de crédito, los bancos depositarios o de guarda y custodia, y los bancos de ahorro y previsión. Para preservar su patrimonio o al menos una parte de él, son estos últimos los que nos interesa.

Veamos. La banca de hoy en día tiene unos contratos muy opacos o con vacíos (vicios) legales respecto de los contratos que celebra con sus clientes depositarios, respecto de la disponibilidad de los depósitos: el banco, a diferencia de cualquier otro negocio, tiene el privilegio o beneplácito legal del Estado de disponer de una fracción de los depósitos de su cliente sin su consentimiento explícito, e incluso conceder créditos a terceros contra ese contrato irregular de depósito. Esto, en cualquier otro negocio de cualquier otro sector de la economía constituye un delito penal de fraude y apropiación indebida; una flagrante violación a los principios generales del derecho.

Por esto, es muy importante que sobre todo en estos tiempos de muy elevada incertidumbre advierta estos escenarios de largo plazo teniendo en cuenta que contratando un fondo de inversión:

La rentabilidad no está directamente vinculada a las tasas de interés de referencia que establece la banca central, y los criterios, objetivos y prioridades no pueden ser distintas a las del cliente, lo cual no sucede con los depósitos en la banca comercial. Solamente la Reserva Federal, por ejemplo, ha establecido una tasa del 0.25% durante siete años, obligando a los agentes financieros a correr riesgos mayores a los que su cliente probablemente aceptaría para lograr una rentabilidad relativamente aceptable (y ahora ya se prepara para aventurarse en otro experimento), y simultáneamente el Banco Central Europeo ha llegado incluso a improvisar con tasas de interés negativas.

No sólo que usted firma un contrato explícito sobre la titularidad de su dinero, sino que éste, además, se mantiene fuera del balance de las entidades financieras como se las conoce hoy en día, y el fondo gestiona sus inversiones con unos términos, una filosofía y una metodología de inversión definida clara y previamente.

Con los fondos de inversión no existe conflicto de intereses con el Estado o sus gobiernos a través de la banca central, por lo que los incentivos que tiene para incurrir en distintos riesgos son conocidos por el cliente.

Aunque no existe inversión sin riesgo, los fondos no sólo ofrecen seguros o garantías totales o parciales en caso de pérdidas, pero con ellos no existe riesgo alguno de pérdida por liquidación, porque el dinero sigue siendo de su dueño. Con los depósitos,

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en cambio, los depósitos bancarios en la Unión Europea, por ejemplo, están garantizados solamente hasta los €1.000.000.

Las diferencias son muchas más, pero estas ya deberían ser más que suficientes, más aún en el actual contexto.

Piense ahora en la posibilidad de contratar fondos de inversión internacionales que estén muy al tanto de este tipo de riesgos e incertidumbres, y que además sepan establecer para usted una estrategia de inversión de largo plazo en consecuencia.

La alternativa del offshore banking

Los riesgos políticos contra la preservación de su patrimonio van creciendo rápidamente. Considere el offshore banking como alternativa real. Este es uno de los elementos más importantes en la elaboración de una estrategia razonable para preservar el patrimonio personal y familiar, y las siguientes son solamente algunas de muchas de sus ventajas.

Diluye el riesgo político. Los gobiernos siempre han sido la mayor amenaza para la seguridad financiera de los activos de cualquier ciudadano alrededor del globo cuando se vuelven insolventes. Algo vimos ya en Argentina con sus crisis en 2001, pero sobre todo desde el inicio de la Gran Recesión entre 2007 y 2008, los gobiernos han crecido mucho, fundamentalmente en Occidente utilizando al mercado como hombre de paja a medida que fueron incrementando sus controles y regulaciones sobre la economía e incrementaron su burocracia, pretendiendo “refundar el capitalismo”, Nicolás Sarkozy dixit. Lo más reciente fue en Chipre en 2013, en plena Unión Europea.

En este período se han ido estableciendo políticas macroeconómicas “no convencionales”, primero con la inundación de dinero para monetizar deuda por parte de los principales bancos centrales alrededor del globo, y luego ya con los bail-outs con dinero del contribuyente, y los bail-ins, que convierten a los depositantes en accionistas forzosos de los bancos ruinosos; más tarde estableciendo impuestos contra depósitos, y ahora límites contra el uso de dinero en efectivo como en Suecia, Dinamarca o Noruega, y más reciente y agresivamente en España e India. El Banco Central Europeo incluso ya planea eliminar la emisión de billetes de 500 euros durante 2018.

Por supuesto que no existen garantías para que algún gobierno enloquezca y decida simplemente confiscar, congelar o devaluar activos para financiarse. Lo que se busca con la diversificación internacional de activos es simplemente reducir las

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probabilidades de que esto suceda. Ante la amenaza de que además los experimentos e improvisaciones monetarias de los bancos centrales se descontrolen, lo único que les queda es reiniciar así y quién sabe si reinventar el sistema de represión financiera de tasas de interés históricamente bajas o negativas.

Protección de activos. Tener una cuenta bancaria en el exterior significa que cualquier gobierno que opere bajo el principio de que una persona es culpable mientras no demuestre lo contrario y no exactamente al revés, será incapaz de simplemente ir hasta, por ejemplo, Singapur, un país con principios distintos, a confiscar depósitos físicamente porque el gobierno tiene las cuentas nacionales en quiebra.

Singapur, por si fuera poco, cuenta con un ambiente significativamente amigable para el desarrollo de empresas modernas que construyen plataformas para préstamos peer-to-peer, sin intermediarios, donde los inversores pueden realizar préstamos respaldados en oro y plata con un margen de 2 a 1. En otras palabras, aunque con un conservador retorno del 6%, si un inversor presta $50.000 tiene un respaldo de $100.000 en oro y plata.

Mejores rendimientos. Los bancos privados ciertamente no dependen de manera directa de las directrices de los bancos centrales, por lo que, si las tasas de interés históricamente bajas y cercanas a cero o incluso negativas de la Reserva Federal, el Banco Central Europeo y el Banco de Inglaterra sobre sus ahorros no mantienen el ritmo con los niveles de inflación real, con seguridad que estos serán una opción, sobre todo cuando, por lo mismo, pagan tasas significativamente más altas.

Acceso a seguros médicos internacionales. No son pocos los casos en los que por alguna emergencia un paciente ha tenido que viajar al exterior por una atención que no se ofrece en el país de residencia, y ha necesitado realizar carísimas transferencias por el tratamiento. Si de repente el gobierno del país de residencia ha impuesto controles de capital, será prácticamente imposible cubrir cualquier emergencia. Contar, entonces, con una cuenta bancaria en el exterior con un margen suficiente de liquidez disponible para estos casos, es más que aconsejable.

El sistema bancario y los mismos bancos son más sólidos. En este mismo período casi todo el sistema bancario ha envilecido su balance con un apalancamiento que se va haciendo cada vez menos asumible a cambio de que termine de explotar junto con toda la serie de burbujas inmobiliarias alrededor del globo, y solamente pueden mantenerse a flote manteniendo sólo una fracción del

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depósito que se comprometieron a mantener bajo su custodia, para responder a pequeñas demandas de efectivo del depositante. Si acaso el problema con Lehman Brothers en 2008 no hubiera sido realmente resuelto y volviera a suceder un episodio similar, o si la deuda soberana mundial ha alcanzado su nivel más alto nunca, las probabilidades para tener acceso a su dinero podrían reducirse significativamente.

Cualquiera diría que el sistema bancario no va a tener problemas porque los gobiernos y sus bancos centrales no los van a permitir, que están para evitarlos. Sin embargo, quienes ahora están quebrados luego de décadas de intervencionismo económico estatal, son precisamente los gobiernos y sus sistemas de banca central.

La idea, entonces, está en buscar bancos privados (que no son lo mismo que las gestoras de fondos de inversión, aunque las tengan por separado) que sean mejores custodios que los comerciales tradicionales, que tengan conflictos de intereses relativamente menores con el poder político y los gobiernos de aquellas jurisdicciones donde operan, lo cual, desde luego, significa que están mucho mejor capitalizados, cuentan con mayores reservas disponibles y una administración mucho más conservadora.

Habilidad de actuar rápidamente. Si todavía no la tiene, es importante abrir una cuenta bancaria en el exterior por muy pequeña que sea. Esto significa poder actuar rápidamente ante cualquier eventualidad y realizar transferencias directas e inmediatas. Para el caso de ciudadanos estadounidenses, quienes tengan una cuenta en el exterior superior a los $10.000 y además utilizan un Family Office, un trust o una Limited Liability Company (LLC), deben reportarla dentro del plazo de un año, pero si la cuenta es inferior y no utiliza un LLC, no tendrán que hacerlo necesariamente. Siempre se recomienda un experto local que lo asesore.

Privacidad. No estamos hablando de tener una cuenta secreta, sino de que la institución con la que se contrate la cuenta sea muy discreta. Sobre todo en países muy pequeños siempre ha sido muy difícil mantener la confidencialidad sobre distintas operaciones, y la información termina filtrándose a los gobiernos, sobre todo cuando se encuentran en problemas económicos. Ahora el problema alcanza a otros países que tradicionalmente atraían capital por el simple hecho de mantenerse a raya respecto de la información de sus clientes. Por ejemplo, a principios de 2017 Suiza decidió eliminar su tradicional secreto bancario, y esto parece que irá expandiéndose a medida que la presión política de la OCDE se intensifique, pero las alternativas siguen siendo muchas.

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Valga destacar que no estamos hablando de contratar servicios con bancos en Bahamas o las Islas Caimán, donde tampoco es ilegal tener una cuenta, pero si lo que se quiere es evitar llamar la atención de un gobierno fuerte como el de Estados Unidos para que se imponga ante uno débil como el de cualquier república en una pequeña isla, entonces lo mejor será buscar entornos y legislaciones a los que no se les puede exigir nada, como las de Panamá, que no tiene banco central o impuestos globales contra la renta personal, o Hong Kong, cuyo gobierno no tiene deuda neta y su banco central es uno de los más capitalizados del mundo, y ciertamente contratando los servicios de un banco privado, y si se quiere ser aún menos obvio y evidente, existen opciones razonables incluso en Malasia o Tailandia.

Tener una cuenta en un banco offshore es legal. A pesar de todo lo que se ha dicho de los paraísos fiscales, y más aún luego de los mentados Panama Papers, el offshore banking es completamente legal. Esto no tiene nada que ver con operaciones ilegales, de evasión fiscal ni de lavado de dinero, simplemente se trata de diversificar su patrimonio con las opciones que ofrece el resto del mundo. Es cierto que es cada vez más difícil abrir una cuenta bancaria en el exterior y que las comisiones por transferencias son cada vez mayores, pero no es necesario esperar a que de repente sea aún más caro o incluso imposible. Es por esto que resulta importante actuar con un año de anticipación que tomar la decisión un minuto tarde. Sin embargo, aunque estuviéramos hablando sobre los episodios más improbables, luego de destacar algunas de muchas de sus ventajas, resulta absolutamente razonable contar con una cuenta bancaria en el exterior, en un banco privado y bajo un orden institucional cuidadosamente elegido.

Contar con una cuenta bancaria privada en el exterior significa incrementar sus opciones, y contar con más opciones significa mayor libertad económica personal. Dar un paso para dejar de depender de cualquier gobierno que pretenda controlar su destino o definir sus prioridades resulta simplemente determinante.

Mantener posiciones en oro

Una de las mayores recomendaciones para la inversión de largo plazo en el particular entorno actual y su tendencia, son los metales preciosos, y en particular el oro. En estos tiempos de muy elevado riesgo e incertidumbre económica, no son pocos quienes recomiendan el tradicional metal amarillo como refugio, y por el otro lado, probablemente la gran mayoría de los value investors colegas preferirán recomendar la inversión en acciones de sólidas empresas que en conjunto podrían terminar reportando una rentabilidad anual de hasta el 15%, claramente superior al oro. No obstante, una

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combinación de atributos de renta fija y variable en los portafolios de inversión de largo plazo es igualmente o incluso más recomendable aún.

Lo primero que hay que anotar es que no todo asesor de inversiones recomienda el oro físico (no futuros en papeles) en monedas o lingotes como uno de los componentes más importantes del portafolio de inversión a largo plazo. Muchas veces la recomendación viene por simple tradición o tendencia coyuntural simplemente siguiendo lo que hace todo el mundo (el comportamiento rebaño), pero vivimos tiempos verdaderamente extraordinarios de cambios de paradigma sobre el propio sistema bancario, financiero y monetario a nivel global.



En estas extraordinarias circunstancias la buena y mala información abunda, pero uno de los aspectos más importantes para considerar al metal amarillo como un componente fundamental es que no supere una participación del portafolio de más del 20%, primero porque el oro es altamente volátil y su precio está sujeto permanentemente a la manipulación por parte de los principales bancos centrales alrededor del globo para que sus políticas tuvieran el efecto que buscan, y segundo porque hay otros activos y metales preciosos que pueden jugar un rol de depósito de valor muy similar.



Ahora, fundamentalmente, en el actual entorno donde existen presiones deflacionarias muy fuertes por algunas de las zonas geoestratégicas más importantes del globo, y otras inflacionarias igualmente fuertes, es importante pensar que el oro juega contra factores de riesgo con un retorno del supongamos500% sobre un 20% del portafolio que reporta un 100% de hedging del mismo portafolio, pero en entornos inflacionarios el oro es seguro en tanto y en cuanto las tasas de interés de referencia superan los niveles de inflación real. En entornos donde la deflación persiste, los gobiernos la combaten típicamente devaluando la moneda, provocando el incremento de la cotización del metal amarillo, pero también su demanda.

La opción de países como Singapur

Uno de los temores alrededor del almacenamiento de oro para proteger sus ahorros como vehículo de reserva de valor de largo plazo, es la confiscación directa por parte de los gobiernos, tal y como sucedió “temporalmente” durante el gobierno de Roosevelt el primer día de mayo de 1933, y que constituyó uno de los hitos más importantes de la historia del siglo XX para que el sistema monetario internacional fuera degradado hasta el punto en el que lo está hoy.

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Los tiempos en que los asaltantes buscaban trenes para conseguir oro con un simple revólver han quedado atrás, pero esto no quiere decir que no vaya a suceder de otra manera. Los asaltantes hoy forman parte de los gobiernos, y son ellos la mayor amenaza para la protección de su riqueza legítimamente lograda, sobre todo cuando entran en bancarrota y se encuentran en situaciones desesperadas para financiar sus déficits.

De hecho, cuando Roosevelt confiscó el oro a sus ciudadanos en el marco de la Gran Depresión, lo hizo por un valor de 20 dólares la onza, pero tan sólo unas semanas más tarde el valor del metal alcanzó los 35 dólares. Resultó un negocio redondo.



Es cierto, puede suceder, por lo que lo ideal es buscar jurisdicciones de almacenamiento con riesgos considerablemente menores. Es por esto que es muy importante considerar que el oro no sea depositado en bancos, porque no estará disponible cuando más demandado o más necesitado sea en escenarios con caos social, político y económico, sino que sea depositado en bóvedas independientes seguras y en jurisdicciones amigables con los derechos individuales de propiedad privada donde las probabilidades de los gobiernos de que se financien mediante devaluaciones agresivas sean las menores, y que de todas maneras ofrezcan facilidades logísticas y con garantías de traslado que lo adviertan.

El gobierno de Singapur está más lejos que nunca de la bancarrota; entre otros aspectos, la atracción de capital hacia su territorio es envidiable para cualquier país latinoamericano o incluso Estados Unidos o la Unión Europea.Las regulaciones que afectan los negocios en Singapur son mínimas, el nivel de corrupción se encuentra también en los niveles mínimos entre el resto del mundo, y la estructura impositiva termina siendo comparablemente más amigable para los negocios y los nuevos inversores extranjeros.



¿Y respecto de los costos de almacenamiento? Pues son extremadamente competitivos a nivel global. Con la nueva legislación que elimina los derechos de importación y los impuestos sobre el oro para el grado de inversión, las primas y comisiones han estado cayendo.

Pero por si esto fuera poco, el poder económico, muy a pesar del marco relativamente más favorable para el emprendimiento que aún tiene Estados Unidos, está

girando rápidamente hacia Oriente y Eurasia en particular. China, India y Rusia han ido adquiriendo cantidades de oro de manera verdaderamente exorbitante desde el inicio de

la

Gran Recesión.

Y

con todo lo que la caída del precio del petróleo desde 2014 significa para el inicio del

fin del dólar estadounidense como moneda internacional de reserva, Rusia y China están firmando tratados de comercio energético probable y eventualmente denominados en

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yuanes respaldados, aunque sea parcialmente, con el metal amarillo, para que, además, su precio solamente se incremente por su muy elevada demanda.



Asia, y en particular Singapur, es definitivamente uno de los mejores lugares para tener oro almacenado. Esto es algo que han entendido el resto de empresas e individuos que han ido internacionalizando sus activos en el resto de Asia, como en Vietnam y Malasia. La competitividad de las aerolíneas es también envidiable, haciendo cada vez más fácil no sólo para vietnamitas y malayos hacerse presente en Singapur con vuelos directos por cualquier aspecto relacionado a las oportunidades el fértil ambiente de los negocios.



Lógicamente, la facilidad para vender oro o plata en Singapur es bastante más fácil en Asia que en el resto de Occidente, y sobre todo cuando países como Suiza, que solían ser paraísos fiscales y donde se respetaba el secreto bancario, están perdiendo tal estatus al renunciar, mediante un infame referéndum pasado, ante la posibilidad de que su sistema bancario esté obligado a repatriar su oro y mantenga cierta cantidad de reservas denominadas en oro.



Almacenar oro a decenas de miles de kilómetros en realidad es bastante más seguro que tenerlo almacenado en su propio país, aunque resultara paradójico. Todo Occidente está entrando en bancarrota, y al igual o incluso peor que en la era de la Gran Depresión con Roosevelt, las sanciones, controles de capital y confiscaciones de depósitos incluso en la Unión Europea ya son una realidad.



Panamá como paraíso fiscal

Es incalculable el número de inversores internacionales en busca de la preservación de su patrimonio frente a la hipertrofia y voracidad fiscal de sus gobiernos que buscan saldar sus escandalosos déficits y bajísima competitividad mediante el incremento de impuestos generalmente a los más ricos, con controles de capitales y, entre varios otros, mediante la devaluación de la moneda nacional.

Por un lado, Panamá es un país dolarizado y sin banco central, lo cual garantiza una baja inflación y gobiernos relativamente limitados en sus atribuciones y competencias sobre la economía, y que, por tanto, sostienen una fiscalidad muy reducida. Y, por otro lado, por si fuera poco, cuenta con un marco legal que respalda las actividades de la constitución y el centro de operaciones de sociedades anónimas y fundaciones de derecho privado para la protección de activos incluso en cuanto a herencias y sucesiones que no es posible en cualquier otro lugar del globo cuya información, dicho sea de paso, no es de público conocimiento sino solamente entre las partes.



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Es decir, este país, al igual que sólo muy pocos otros alrededor del mundo, cuenta con una cantidad de ventajas, incluyendo la facilidad idiomática para toda Iberoamérica, frente a otras legislaciones que difícilmente podrían cambiar de la noche a la mañana (esta es una institucionalidad con una tradición de más de 100 años), mucho menos por

la presión política internacional a raíz de los Panama Papers, un caso que no tuvo

grandes repercusiones realmente (sobre todo cuando el escándalo era comparado en magnitud con WikiLeaks), y donde los intereses particulares superan cualquier capacidad de imaginación de ciudadanos comunes en su favor, si es que acaso todo lo anterior no los favoreciera ya.

Y eso no es todo, hay opciones en Mónaco, Luxemburgo, Bahamas, Liechtenstein,

Seychelles, Islas Vírgenes y un muy largo etcétera.

Libros recomendados para invertir como austríaco

Está bien, no ha habido mayor y mejor desarrollo científico teórico en general que el de

la Escuela Austríaca de Economía, eso ha quedado sobradamente claro, pero algo que

sin temor a dudas se les puede reprochar a los austríacos es concentrarse solamente en

la prédica y muy poco o nada a la práctica, es decir, que se dedican demasiado a ser

académicos y muy poco a (dejando muy de lado la política) ser empresarios y, peor aún, inversores.

Por lo general a los estudiantes de economía la universidad les enseña tal vez a investigar las causas de la pobreza de los países como si de los hombres ricos con nombre y apellido no hubiera que ocuparse en absoluto. A lo mucho hay algunas que se han concentrado en las grandes crisis económicas generalizadas, y con eso ya es bastante, pero no lo es todo. En realidad, el enfoque correcto debería ser la investigación y el estudio de las mejores maneras en que distintos empresarios e inversores han sido capaces de generar riqueza para ellos, su entorno e incluso miles de millones de personas alrededor del mundo a lo largo de toda la historia moderna. Eso sí, ya existen algunas universidades que se han atrevido al menos a estudiar el entorno, condiciones y marco institucional más adecuado para ellos, o al menos para quienes buscan preservarla, pero son muy pocos los que luego de la universidad mantienen viva su curiosidad intelectual para seguir creciendo en todo aspecto y a lo largo de su vida. Para quienes aún lo hacen, la siguiente lista de lecturas recomendadas los ayudará en esa misma transición y cambio de enfoque. Ya luego uno podrá dedicarse a cosas bastante más sofisticadas siguiendo el rastro a inversores como Ray Dalio, Kyle Bass, Carl Icahn y varios otros grandes actuales.

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Y no todo está perdido, a pesar de que la literatura para hacer empresa e invertir con principios idealmente austríacos es verdaderamente escasa, y de que no debe ser abordada como si de una novela se tratara, sino de estudiarla, hay algunos valientes que han escrito al respecto como una guía relativamente sencilla.

- Profits, Interest and Investment, F.A. Hayek

Empecemos por lo más duro y pesado. Al igual que Mises y Rothbard, Hayek fue un autor prolífico, pero en ese esfuerzo parecía pelearse un poco con su erudición científica. Sucede que Hayek no es el autor más fácil de entender; no es que escribía sus ideas una vez que las tenía definidas, sino que parecía desarrollar sus ideas a medida que las escribía, y esto resulta muy incómodo para el lector. Sin embargo, es necesario leer con

detenimiento la que se podría considerar como la primera obra científica de la inversión austríaca moderna, el ensayo de Profits, Interest and Investment, del Hayek de los años

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