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JURISPRUDENCIA EXCULPANTE HOMICIDIO CULPOSO

EXP. N.° 03335-2012-HC/TC


LIMA
MOISÉS ENRIQUE
TAMBINI ACOSTA

SENTENCIA DEL TRIBUNAL CONSTITUCIONAL

En Lima, a los 15 días del mes de octubre de 2012, la Sala Segunda del
Tribunal Constitucional, integrada por los magistrados Beaumont Callirgos,
Vergara Gotelli y Eto Cruz, pronuncia la siguiente sentencia

ASUNTO

Recurso de agravio constitucional interpuesto por don Moisés


Enrique Tambini Acosta contra la resolución expedida por la Sala Penal con
Reos Libres de Vacaciones de la Corte Superior de Justicia de Lima, de fojas
300, su fecha 24 de febrero del 2012, que declaró infundada la demanda de
autos.

ANTECEDENTES

Con fecha 16 de setiembre del 2011 don Moisés Enrique Tambini Acosta
interpone demanda de hábeas corpus contra la fiscal provincial de la Segunda
Fiscalía Mixta del Agustino, doña María Aída Espíritu Torero y contra la jueza
del Juzgado Mixto del Módulo Básico de Justicia del Agustino, doña Carmen
Sabina Reyes Guillén. Alega la vulneración de sus derechos al debido proceso,
a la debida motivación de las resoluciones judiciales y del principio de
imputación necesaria.

El recurrente señala que en mérito a la Denuncia Fiscal N.º 532-2005, de fecha


21 de febrero del 2011, se expidió el Auto de Apertura de Instrucción,
Resolución N.º Uno de fecha 16 de marzo del 2011 (expediente N.º 00142-
2011-0-1805-JM-PE-01) por el que se le inicia proceso penal por el delito
contra la vida, el cuerpo y la salud, homicidio culposo, dictándosele mandato
de comparecencia restringida. Refiere que dicho auto ha sido expedido sin
haberse precisado las circunstancias fácticas que lo vinculen a dicho delito, cuál
fue su nivel de intervención (autor y partícipes) o la configuración de los
elementos constitutivos del delito imputado.

A fojas 35 obra la declaración del recurrente que reitera los fundamentos de su


demanda y añade que el proceso penal cuestionado mancha su trayectoria como
médico en la que siempre respetó los procedimientos y protocolos establecidos
para la práctica médica. Asimismo aduce que en el auto de apertura de
instrucción de fecha 16 de marzo del 2011 se le inicia proceso por el delito de
homicidio culposo establecido en el artículo 111º del Código Penal pero se
fundamenta en el tercer párrafo del artículo 124º del precitado Código, que
corresponde al delito de lesiones culposas.

A fojas 39 de autos obra la declaración de la jueza emplazada en la que señala


que el auto de apertura de instrucción cuestionado se encuentra debidamente
motivado y el delito se encuentra tipificado en el tercer párrafo del artículo 124º
del Código Penal. Asimismo refiere que el cuestionamiento a dicho auto debe
realizarse en el propio proceso penal.

El Procurador Público a cargo de los asuntos judiciales del Poder Judicial


contesta la demanda expresando que no se ha vulnerado ningún derecho del
recurrente porque la resolución cuestionada se encuentra debidamente motivada
y ha sido expedida por autoridad competente en el ejercicio de sus funciones.

El Procurador Público adjunto a cargo de la defensa jurídica del Ministerio


Público contesta la demanda aduciendo que la formalización de la denuncia
penal no incide de manera negativa en la libertad individual del recurrente, por
lo que la demanda debe ser declarada improcedente.

A fojas 217 de autos obra la declaración de la fiscal emplazada en la que señala


que la denuncia cuestionada ha sido expedida conforme a sus facultades y que
si bien existe un error al haberse consignado el tercer párrafo del artículo 124º
del Código Penal y no el artículo 111º, que corresponde al de homicidio
culposo, ello no constituye afectación al derecho de defensa, y si dicho error no
fue subsanado es por la excesiva carga procesal que existía en dicha época.
Añade la emplazada que en su condición de fiscal no puede restringir ni limitar
la libertad individual del recurrente.

El Quinto Juzgado Especializado en lo Penal de Lima, con fecha 18 de octubre


del 2011, declaró infundada la demanda por considerar que en la etapa de
investigación preliminar el recurrente contó con la asesoría de una abogada
defensora y tanto la denuncia fiscal como el auto de apertura de instrucción se
encuentran debidamente motivados; y que en todo caso, en mérito de su
profesión pudo discernir cuando se está ante un caso de lesiones o de muerte.
Asimismo considera que el error en el artículo citado en el auto de apertura de
instrucción cuestionado constituye un error material susceptible de ser
subsanado que no determina su nulidad.

La Sala Penal con Reos Libres de Vacaciones de la Corte Superior de Justicia


de Lima confirmó la apelada por similares fundamentos.

En el recurso de agravio constitucional el recurrente reitera los fundamentos de


su demanda.
FUNDAMENTOS

1. Delimitación del petitorio

El recurrente solicita que se declare nulos y sin efecto: a) la Denuncia Fiscal N.º 532-
2005, de fecha 21 de febrero del 2011, y b) el auto de apertura de instrucción, Resolución
N.º Uno, de fecha 16 de marzo del 2011, por el que se le inicia proceso penal en su contra
y otros por el delito contra la vida, el cuerpo y la salud, homicidio culposo, dictándosele
mandato de comparecencia restringida (Expediente N.º 00142-2011-0-1805-JM-PE-01).
Alega la vulneración de sus derechos al debido proceso y a la debida motivación de las
resoluciones judiciales.

2. Consideraciones previas

La Constitución Política del Perú establece, en su artículo 159º, que


corresponde al Ministerio Público ejercitar la acción penal pública, de oficio o
a petición de parte, así como emitir dictámenes, previo a las resoluciones
judiciales en los casos que la ley contempla. Bajo esta perspectiva se entiende
que el fiscal no decide, sino que más bien pide que el órgano jurisdiccional
juzgue, o en su caso, que determine la responsabilidad penal del acusado; esto
es, que realiza su función persiguiendo el delito con denuncias o acusaciones,
pero no juzga ni decide.

Asimismo este Tribunal en reiterada jurisprudencia ha precisado que si bien es


cierto que la actividad del Ministerio Público en la investigación preliminar del
delito, al formalizar la denuncia o al emitir la acusación fiscal, se encuentra
vinculada al principio de interdicción de la arbitrariedad y al debido proceso,
también lo es que dicho órgano autónomo no tiene facultades coercitivas para
restringir o limitar la libertad individual porque sus actuaciones
son postulatorias y en ningún caso decisorias sobre lo que la judicatura resuelva.
Por ello, la Denuncia Fiscal N.º 532-2005 de fecha 21 de febrero del 2011, a
fojas 189 de autos, no tiene incidencia alguna negativa directa sobre el derecho
a la libertad personal del recurrente.

En consecuencia, es de aplicación el artículo 5º, inciso 1, del Código Procesal


Constitucional pues la reclamación del recurrente (hechos y petitorio) en este
extremo no está referida al contenido constitucionalmente protegido del derecho
a la libertad personal tutelado por el hábeas corpus.

3. Sobre la afectación del derecho a la debida motivación de las resoluciones


judiciales (artículo 139º, inciso 5, de la Constitución)

3.1 Argumentos del demandante

El recurrente sostiene que el auto de apertura de instrucción, Resolución N.º


Uno de fecha 16 de marzo del 2011, no cumple los presupuestos establecidos
en el artículo 77º del Código de Procedimientos Penales, pues no se ha
determinado el hecho materia de la imputación, ni cuál fue su participación en
dicho hecho. Asimismo refiere que se le inicia proceso penal por el delito de
homicidio culposo y se sutenta en el tercer párrafo del artículo 124º del Código
Penal, que se refiere al delito de lesiones culposas.

3.2 Argumentos del demandado

La fiscal y jueza emplazadas manifiestan que la denuncia y el auto de apertura


de instrucción se encuentran debidamente motivados.

3.3 Consideraciones del Tribunal Constitucional

Uno de los contenidos del derecho al debido proceso es el derecho de obtener


de los órganos judiciales una respuesta razonada, motivada y congruente con
las pretensiones oportunamente deducidas por las partes en cualquier clase de
proceso.

El Tribunal ha establecido que la necesidad de que las resoluciones judiciales


sean motivadas es un principio que informa el ejercicio de la función
jurisdiccional y, al mismo tiempo, es un derecho constitucional de los
justiciables. Mediante la motivación, por un lado, se garantiza que la
impartición de justicia se lleve a cabo de conformidad con la Constitución y las
leyes (artículos 45° y 138.° de la Constitución Política del Perú) y, por otro, que
los justiciables puedan ejercer de manera efectiva su derecho de defensa; en ese
sentido, la alegada vulneración del derecho a la debida motivación del auto de
apertura de instrucción debe ser analizada de acuerdo a lo señalado en el artículo
77° del Código de Procedimientos Penales, que establece como requisitos para
el dictado del auto de apertura de instrucción que de los actuados aparezcan
indicios suficientes o elementos de juicio reveladores de la existencia de un
delito, que se haya individualizado a los inculpados y que la acción penal no
haya prescrito o no concurra otra causa de extinción de la acción penal.

Este Colegiado considera que el auto de apertura de instrucción, Resolución N.º


Uno de fecha 16 de marzo del 2011 (fojas 192), desde la perspectiva
constitucional establecida en el fundamento anterior y a tenor de lo dispuesto
en el artículo 77° del Código de Procedimientos Penales, no se encuentra
debidamente motivado. En efecto, en el auto cuestionado sólo se menciona al
recurrente en el considerando primero indicándose: “Que, el año mil
novecientos noventa y tres, la agraviada Isabel Jiménez Hugo fue operada del
corazón por los médicos denunciados Hugo Barriga Serna y
Moisés Tambini Acosta, quienes le colocaron una válvula, pero transcurrido el
tiempo en que se hacía atender el denunciado Hugo Barriga Serna recomendó
a la agravida que tenía que ser reoperada (…).”
De la lectura del auto de apertura cuestionado este Colegiado aprecia que salvo
la mención a que don Moisés Enrique Tambini Acosta y otro médico operaron
a la agraviada en el año 1993, no se hace ninguna otra referencia a la
participación del recurrente en la muerte de la agraviada ni cuáles son los
indicios que el juzgador ha tomado en consideración para que su participación
se encuentre vinculada al delito contra la vida, el cuerpo y la salud, homicidio
culposo; y, que a su vez posibilite al recurrrente conocer los términos exactos
de la imputación en su contra y ejercer su defensa.

Si bien no puede exigirse que el auto de apertura de instrucción tenga el mismo


grado de exhaustividad en la descripción de los hechos y valoración de pruebas
que sí sería exigible en una sentencia condenatoria, que es el momento en el que
recién se determina la responsabilidad penal del imputado, luego de haber
realizado una intensa investigación y de haber actuado las pruebas de cargo y
descargo; sí es exigible que contenga una suficiente justificación de la decisión
adoptada, expresando los hechos imputados, así como las pruebas o indicios que
vincularían la conducta atribuida al recurrente con el delito, motivación que
como se ha señalado en el párrafo precedente no ha sido cumplida.

Por lo expuesto, este Tribunal declara que en el presente caso se violó el derecho
a la debida motivación de las resoluciones judiciales, reconocido en el artículo
139º inciso 5, de la Constitución.

Cabe señalar que se advierte un error material en el considerando segundo


del auto de apertura de instrucción, Resolución N.º Uno de fecha 16 de marzo
del 2011, porque se especifica como base legal el tercer párrafo del artículo 124º
del Código Penal, que corresponde al delito de lesiones y no el artículo 111º del
precitado Código, que es el que corresponde al delito de homicidio culposo,
delito por el que se inicia proceso penal contra el recurrente

4. Efectos de la sentencia
Al haberse acreditado la vulneración del derecho a la debida motivación de las
resoluciones judiciales, lo que corresponde es que se declare la nulidad del auto de
apertura de instrucción cuestionado sólo respecto de don Moisés
Enrique Tambini Acosta; y que la jueza emplazada o quien tenga a su cargo el proceso
penal contra el recurrente y otros (expediente N.º 00142-2011-0-1805-JM-PE-01)
proceda a emitir nueva resolución debidamente motivada.

Por estos fundamentos, el Tribunal Constitucional, con la autoridad que le


confiere la Constitución Política del Perú

HA RESUELTO

1. Declarar IMPROCEDENTE la demanda respecto a la Denuncia Fiscal N.º


532-2005 de fecha 21 de febrero del 2011.
2. Declarar FUNDADA la demanda en lo que se refiere a la afectación del
derecho a la debida motivación de las resoluciones judiciales; en
consecuencia, NULO el Auto de Apertura de Instrucción, Resolución N.º
Uno de fecha 16 de marzo del 2011, respecto de don Moisés
Enrique Tambini Acosta.

3. Ordena que en el día de notificada la presente sentencia se expida nueva


resolución que corresponda, debidamente motivada.

Publíquese y notifíquese.

SS.

BEAUMONT CALLIRGOS
VERGARA GOTELLI
ETO CRUZ

HOMICIDIO CULPOSO

Ya al hablar de “ACCIDENTE DE TRÁNSITO”, podemos advertir que, precisamente por tratarse


de un accidente, en principio, nos encontraríamos ante un suceso no querido; en otras palabras
ante una figura culposa.

La característica esencial del delito culposo es que la finalidad del sujeto no coincide con el
resultado obtenido. En otras palabras, el autor no deseó provocar el resultado obtenido.

Teniendo en cuenta la falta de coincidencia entre la finalidad del sujeto y el resultado


ocasionado, el fundamento del reproche penal se basa en que el hecho fue consecuencia de una
infracción al deber de cuidado.

Teniendo en cuenta la falta de coincidencia entre la finalidad del sujeto y el resultado


ocasionado, el fundamento del reproche penal se basa en que el hecho fue consecuencia de una
infracción al deber de cuidado.

La conclusión precedente nos permite desmembrar los tres elementos básicos que deben
presentarse en una conducta culposa.

Por un lado tenemos la infracción al deber de cuidado, por el otro el resultado típico y,
finalmente, que éste haya sido consecuencia de aquella infracción.

Si falta alguno de éstos elementos por más desgraciado que haya sido el accidente de tránsito,
no habrá responsabilidad penal.
IV. La infracción al deber de cuidado.

Recordemos que en los tipos penales más comunes en el tráfico automotor, estos son los
homicidios y las lesiones culposas, previstos en los arts. 84 y 94 del Código Penal, el legislador
nos habla de él que por imprudencia, negligencia, impericia en su arte o profesión, o por
inobservancia de los reglamentos o de los deberes de su cargo, causare a otro la muerte o
causare un daño en el cuerpo o en la salud.

En primer término debemos tener en cuenta que aquellas normas datan del año 1921 por lo
cual, lo que hace ochenta años era calificado como una conducta imprudente hoy seguramente
no lo sea.

Si bien cada concepto (negligencia, imprudencia, impericia, etc.) tiene un significado distinto lo
cierto es que resulta muy difícil asegurar que una conducta es imprudente, negligente o
imperita.

La falta de precisión de éstos términos puede llevar a estimar que nos encontramos ante uno de
los llamados tipos penales abiertos, pero ello no es así.

Ante el peligro que implica la posibilidad de que el Juez, a su antojo, considere que tal conducta
es imprudente y tal otra no lo es, considero necesario delimitar al máximo los lineamientos en
que debe apoyarse el juzgador a efectos de calificar como ilícita la conducta sometida a su
estudio.

En esta línea de ideas, entiendo que resulta indispensable, para determinar si el agente infringió
el deber de cuidado, comparar la acción realizada con la que, teniendo en cuenta las
particularidades del caso, debió haber realizado conforme lo impone el riesgo permitido,
los reglamentos y la lex artis aplicadas en la actividad.

IV.a. El riesgo.

El avance de la sociedad impone la creación de ciertos riesgos y la comunidad no pretende


eliminar todo tipo de riesgos sino administrarlos y fijar pautas para convivir con ellos.

Para ser más claros, si bien la utilización de automóviles es uno de los mayores factores de
muerte en las personas menores de 30 años y los ilícitos vinculados a la circulación automotor
abarcan el cincuenta por ciento (50 %) de toda la criminalidad de las sociedades actuales lo
cierto es que se considera que su utilización representa una gran utilidad.

Por ello acepta la circulación pero bajo ciertas pautas las cuales pretenden fijar así, el riesgo
permitido.

Es inconcebible en la actualidad que una sociedad resuelva prohibir la utilización de vehículos


en atención a la gran cantidad de accidentes.

En otras palabras, hablamos de un riesgo permitido el cual delimitará, en cada caso concreto, si
se ha infringido el deber de cuidado.

Por consiguiente si la actividad se lleva a cabo dentro de los límites del riesgo que la comunidad
tolera, y sin embargo el resultado se concreta, ello no implicará reproche penal.

Pero ¿ cuál es el límite del riesgo permitido ?


Precisamente los reglamentos y la lex artis son los que, teniendo en cuenta el caso en concreto,
habrán de determinar si el agente se comportó dentro del riesgo permitido o, si por el contrario,
infringió el deber de cuidado.

IV.b. Los reglamentos.

Los reglamentos tienen por objeto evitar que el peligro que implica la actividad ya sea tráfico
automotor, medicina, construcción, etc., se traduzca en daño.

En el caso que nos ocupa la ley 24.449 establece las normas que regulan el tránsito automotor,
detallando especialmente en su título VI, referido a la circulación, las reglas sobre cómo debe
actuar el conductor en determinadas ocasiones.

En consecuencia, dicha normativa nos permite ir delimitando la intervención del derecho penal;
en otras palabras, ir cerrando el tipo penal.

Pero debemos resaltar que la simple infracción reglamentaria resulta insuficiente para justificar
la tipicidad culposa. O sea, el sólo hecho de haber violado el reglamento no implica, por sí sólo,
que el agente haya infringido el deber de cuidado (por ejemplo, si el conductor carecía del
registro habilitante, no responderá automáticamente por tal infracción reglamentaria).
Entender lo contrario implicaría imponer la responsabilidad objetiva violando el principio de
culpabilidad, básico para habilitar el reproche penal.

Como se advierte, no todas las infracciones tienen la misma entidad, algunas resultarán
relevantes y otras no tanto. Allí deberá prestar atención el juzgador para merituar si la conducta
resulta susceptible de reproche penal.

IV.c La lex artis.

Otro de los elementos que deberá tenerse en cuenta para determinar si se concreta el primero
de los elementos que exige el delito culposo, es la llamada lex artis.

Ello no es otra cosa que verificar si el agente se comportó conforme lo imponían las
circunstancias del caso. En otras palabras si actuó tal como las prácticas usuales desarrolladas
para la circulación de vehículos lo indicaban.

Hay supuestos en los cuales el conductor no comete falta alguna ni infringe el reglamento pero
sin embargo, por no haber actuado conforme lo impone la lex artis, en caso de producirse el
resultado, responderá penalmente por haber infringido el deber de cuidado.

Para ser más gráficos, la conducción durante una lluvia torrencial impone que se circule a
velocidades menores que las delimitadas reglamentariamente. Por lo tanto si se transita por una
autopista a 120 km/h a pesar que el máximo de velocidad eran los 130 km/h y, por las
circunstancias del caso, debía circular a menor velocidad, su accionar, sin lugar a dudas, será
imprudente. Ello así dado que lo que se debe merituar es si el agente contaba, al momento del
episodio, con el dominio del automotor.

En otras palabras el tráfico automotor debe adecuarse a la emergencia que imponga el


momento. Por tal razón, resulta básico apreciar el caso teniendo en cuenta todas las
circunstancias que lo conformaron.
IV.d. Los conocimientos especiales.

Una circunstancia que debemos tener muy en cuenta al momento de valorar si el conductor
infringió el deber de cuidado son los conocimientos especiales con que contaba el agente al
momento del hecho. Es decir, los conocimientos especiales que posea el conductor serán
valorados en el caso en concreto para determinar si actuó conforme al debido cuidado.

Ello es así debido a que la expectativa de la comunidad para con quien resulta ser un profesional
de la conducción impone un nivel de exigencia muy superior al que se le exige a otro conductor.
No se le puede requerir a un novato conductor que reaccione con los mismos reflejos, habilidad
y experiencia que un taximetrero, un colectivero, un camionero o cualquier otra persona que su
profesión tenga relación con la conducción de vehículos.

Si el conductor, por carecer de conocimientos especiales, no tuvo la posibilidad de emplear un


cuidado extraordinario, su conducta no será penalmente reprochable. Por el contrario, si el
agente, contando con condiciones especiales, omitió utilizarlas, será culpable del resultado
producido.

Esta postura de tener en cuenta los conocimientos especiales se conoce como criterio individual
el cual se contrapone con el criterio objetivo utilizado hasta no hace mucho tiempo por nuestros
Tribunales los cuales se limitaban a comparar la acción realizada con la que debía haber
realizado de acuerdo al nivel de conocimiento medio. Obviamente que ello derivaba en
sentencias injustas dado que así como se liberaba a habilidosos conductores también se
condenaba a los novatos en la materia.

Expuestos ya los presupuestos que se deben evaluar para meriturar si se infringió el deber de
cuidad, analicemos los otros dos elementos que conforman el ilícito culposo.

V. El resultado.

Sin resultado no se concreta el delito culposo y, por consiguiente, tampoco puede existir
imputación penal para el conductor.

Recordemos que el fundamento del reproche reside en que el resultado es consecuencia de la


infracción al deber de cuidado por lo tanto sin resultado por más negligente, imprudente o
imperita que resulte la conducta del piloto, nunca será penado.

Ello así dado que el sujeto activo en ningún momento deseó la producción del resultado; por lo
cual tampoco podemos hablar de tentativa.

Distinta es la solución en otras legislaciones como la española en la cual se tipifica la conducción


temeraria e imprudente, independientemente de que se produzca un resultado. En nuestro país,
el Código de Tránsito de la Provincia de Buenos Aires, ley 5800, en su art. 61 inc. D, reprimía con
hasta tres meses de prisión al que condujera en estado de ebriedad. Actualmente, el Código
Contravencional (Ley 1.472 CBA) prevé en el capítulo III del Título III (arts. 111 al 115) diferentes
contravenciones vinculadas al tránsito automotor.

Pero en lo que al Derecho Penal vincula, hoy día ninguno de los denominados delitos de tránsito,
conforman el Código Penal, por lo cual, como dijimos, sin resultado no puede haber delito
culposo.
Y mas allá de que algunos califiquen al resultado como un componente del azar y se destaque
que el derecho penal reprime acciones u omisiones, independientemente del resultado, lo cierto
es que nuestro Código Penal al pronunciarse sobre los delitos culposos impone la existencia de
un resultado como requisito típico y que éste, como veremos a continuación, sea consecuencia
de una infracción al deber de cuidado. Por ello es tan importante que la lesión quede acreditada
en el expediente ya que en muchos casos, ante la falta de peritajes idóneos, se resolvió absolver
por la ausencia del resultado, elemento básico para la configuración del delito.

VI. El resultado como una consecuencia de la infracción al deber de cuidado.

Verificados los extremos analizados precedentemente, debe constatarse que el resultado haya
sido consecuencia de aquella infracción.

Mucho se ha discutido sobre el tema pero hoy ya es aceptado, al menos por la doctrina más
autorizada, que la causalidad natural es sólo el límite mínimo para atribuir la producción de un
resultado. Esto significa que ya no es suficiente la relación de causalidad natural sino que se
debe concretar una conexión de carácter normativo.

Sobre esa base la herramienta que se considera más idónea para resolver el mayor número de
casos con el mejor criterio, es la teoría de la imputación objetiva. Con ella se reemplazan las
consideraciones naturales por criterios jurídicos logrando así individualizar correctamente en
qué casos el resultado es consecuencia de la acción.

Como señala la doctrina más autorizada la tipicidad del delito culposos requiere que el autor
haya infringido un deber de cuidado; si se trata además de un delito culposo con resultado de
lesión, como los legislados en nuestro país, el resultado deberá ser objetivamente imputable a
la acción. Por ello el Código Penal al reprimir las conductas culposas utiliza la preposición por y
al sancionar al que por imprudencia, negligencia, etc.

Debemos tener en cuenta que el derecho penal sólo reprime conductas que aumenten el riesgo
permitido socialmente y que produzcan resultados que se hubieran podido evitar. ¿ Porqué ?.
Porque si la acción se desarrolla dentro de los límites del riesgo permitido y se produce un
resultado, o si se produce un resultado inevitable, el agente nunca habrá de responder dado que
no tendría sentido castigar conductas que se adecuan socialmente o que no inciden en un
resultado.

La fórmula básica de la teoría de la imputación objetiva consiste en determinar, por un lado, si


la acción creó un riesgo jurídicamente desaprobado para la producción del resultado y, por otro
lado, si éste es la realización de aquel riesgo creado por la acción. En tal caso podemos afirmar
que el resultado es objetivamente imputable, o lo que es lo mismo, es consecuencia de la acción.

Hay supuestos en los cuales el bien jurídico tutelado ya se encuentra sometido a un riesgo, hay
que diferenciar si el resultado era probable, habrá responsabilidad si la acción aumentó el riesgo.
Por el contrario si el resultado era seguro, deberá responder el agente si adelantó su producción.

De ello se deduce que las acciones, por más negligentes, imprudentes o imperitas que resulten,
si no crearon un riesgo jurídicamente desaprobado o si lo disminuyeron, quedarán exentas de
reproche penal.

Por lo expuesto para que deba responder penalmente el conductor de un vehículo, se deben
concretar los tres elementos reseñados, sino será una cuestión ajena al derecho penal.

VI.a. El caso fortuito.


Entendemos que apoyándonos en algunos de los lineamientos aquí deslizados se podrá limitar
la punibilidad en los accidentes de tránsito y ello es indispensable dado que la responsabilidad
objetiva no tiene aplicación en materia penal.

Insistimos, el conductor sólo habrá de responder en los casos en que efectivamente pudo evitar
el resultado.

Sobre esa base, se considera a la acción como la acusación del resultado individualmente
evitable, de lo contrario ni siquiera podríamos hablar de una conducta imprudente.

En dicho supuesto nos encontraríamos ante el conocido caso fortuito que, como dijimos
anteriormente, es una de las tantas posibilidades ante un accidente de tránsito.

VII.b. El principio de confianza.

Una construcción dogmática que debe ser utilizada por los Jueces para determinar la
responsabilidad penal en los accidentes de tránsito, es el llamado principio de confianza, por el
cual el debido cuidado no impone que cada sujeto deba prever la imprudencia de un tercero.

En otras palabras, cada conductor puede confiar en que los otros conductores e incluso los
peatones también respetarán las señales de tránsito. De esta forma no se encuentran obligados
a prever el yerro de los otros. Sobre esa base, cuando se traspone un semáforo con luz
habilitante para ello (verde) no debe controlarse que ningún otro conductor, violando las
señales de tránsito, cruce con luz roja. Ello es así dado que cada uno, dentro la organización de
la circulación de vehículos, es responsable por su conducta. Así se restringe la responsabilidad
penal, puntualmente el concepto del debido cuidado.

Pero este principio, mejor dicho ésta confianza se destruye ante circunstancias que demuestren
o lleven a presumir fundadamente, que un tercero podría infringir el deber de cuidado. En éstos
supuestos, los conductores, por más que circulen conforme lo imponen los reglamentos deberán
extremar su atención para evitar resultados dis valiosos. Por ejemplo la circulación durante la
noche en el cono urbano bonaerense, donde la inseguridad es una realidad, impone que las
señales de paso generalmente no sean respetadas. Así, más allá de que uno tenga derecho al
paso, antes de cruzar una avenida o ingresar a una ruta, debe verificar que no se interponga otro
rodado.

Amen de estos casos, el resultado adverso deberá ser afrontado únicamente por quien,
conforme a los lineamientos esbozados, infringió el deber de cuidado.

VII.c. Concurrencia de culpas

Suele suceder que en un mismo accidente automotor se presente la llamada “concurrencia de


culpas”. Es importante no confundir la concurrencia con la compensación de culpas.

La concurrencia de culpas se presenta en los casos en que distintas personas, una de ellas hasta
puede resultar lesionada, alternada o simultáneamente, infringiendo el deber de cuidado,
realizan aportes para la producción del resultado. Es así, una culpa precede a la otra o se
concretan en el mismo momento y, en definitiva, todas ellas contribuyen a un resultado no
deseado.

Ante éstos supuestos, que no son pocos por cierto, el Juez apoyándose en el principio de
culpabilidad deberá reprochar a cada uno de los que infringieron el debido cuidado, siempre y
cuando su aporte hubiese sido determinante para la producción del resultado. Para ello debe
entrar en un campo sumamente álgido consistente en ponderar los aportes de cada uno al
resultado final. Si bien nuestra legislación penal no lo prevé si lo estipulan otras como el Código
Penal Español que en su art. 114 indica que: “Si la víctima hubiere contribuido con su conducta
a la producción del daño o perjuicio sufrido, los Jueces o Tribunales podrán moderar el importe
de su reparación o indemnización”.

Otra situación, bien distinta por cierto, que suele plantearse, es que la propia víctima,
desatienda las normas de tránsito y, como consecuencia de ello, no evite un resultado previsible.
Esto se conoce como la llamada “competencia de la víctima” por la cual sólo será responsable la
propia víctima. Es la víctima la que se coloca en una situación de peligro.

Por último debemos aclarar que en el derecho penal no tiene validez, a diferencia de lo que
acontece en materia civil, la compensación de culpas. Ello así dado que la culpa de la víctima o
inclusive la de otro conductor no puede fundamentar la exención de responsabilidad ni eliminar
de por sí, la responsabilidad de quien también actuó infringiendo el deber de cuidado.

Insisto, en materia penal rige el principio de culpabilidad, cada uno responderá por su
intervención.

VII.d. Consentimiento.

Puede presentarse el caso en que la víctima es quien voluntariamente acompañó al imputado


o, inclusive, quien lo estimuló a una conducta imprudente. Sería el supuesto de quienes ocupan
voluntariamente el asiente del acompañante en las carreras callejeras (picadas) o quienes
estimulan al taxista para llegar a destino a máxima velocidad, aún infringiendo las normas de
tránsito.

Si bien el titular de un bien jurídico puede aceptar que el conductor realice una acción arriesgada
que eventualmente lo afecte, lo cierto es que bajo ningún punto de vista podrá consentir que
lesione el bien jurídico como consecuencia de una infracción al deber de cuidado.

Aquí entran en juego diferentes principios vinculados con la disposición de los bienes jurídicos
que, por exceder el objetivo del trabajo, no serán discutidos. Por el contrario, considero
indispensable destacar que en nuestros tribunales ha tenido muy poca acogida el instituto del
consentimiento para liberar al conductor.

En determinados supuestos, principalmente en las actividades arriesgadas, se ha sostenido que


no concurre infracción al deber de cuidado en virtud del consentimiento del titular del bien. En
tal sentido se ha pronunciado el Tribunal Supremo Alemán, basado en la voluntad de la víctima.

Teniendo en cuenta el especial tratamiento que merece en el ordenamiento el bien jurídico


“vida” es necesario verificar la validez del consentimiento de la víctima. Sobre esa base
importante parte de la doctrina y jurisprudencia alemana considera que debe evaluarse en cada
caso los motivos y finalidades de la actividad realizada para determinar si el consentimiento
puede justificar el comportamiento arriesgado. Por ello consideran que sólo en los casos en que
se concrete un motivo racional para correr un peligro de muerte, será justificada la conducta del
autor.

Toda vez que sólo puede consentir la lesión de bienes jurídicos quien está autorizado para
disponer de ellos, quedando fuera la vida humana, algunos consideran que el consentimiento
no sería válido pero podría exonerarse de responsabilidad al autor en los casos en que la víctima
hubiese, al menos, consentido el riesgo que implicaba la realización de una acción peligrosa.

En otras palabras, una cosa es consentir la muerte y otra, bien distinta por cierto, es consentir
las posibles consecuencias del riesgo asumido. Recordemos que en un caso se consiente el
resultado es más, se desea su producción; en cambio, en el otro, si bien se acepta la realización
de una acción riesgosa con los eventuales resultados que de ello derive, lo cierto es que no se
los desea.

Así podríamos advertir cómo se puede eximir de responsabilidad al conductor que,


consentimiento mediante, lleva a cabo una carrera peligrosa que produce su lesión o muerte.

VIII. Culpa versus Dolo.

No podemos finalizar el presente ensayo sin precisar algunas diferencias entre la conducta
dolosa y la culposa. Ya hemos descripto los lineamientos troncales del delito culposo, veamos
ahora el doloso.

Pese a la trascendente función de garantía correspondiente a la legislación penal, nuestra ley


sustantiva se abstiene de definir tanto la culpa como el dolo.

Más allá de la definición que podamos dar y de sus componentes, lo cierto es que pueden
presentarse tres clases de dolo.