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CORDILLERA PRIMERAS AL STOPANNI

DARWIN Y AL DALLA VEDOVA

En la Cordillera Darwin exis-

ten territorios que el hombre

aún no ha pisado y cimas que

nadie ha escalado. Es el último

rincón de la Tierra donde la ex-

ploración y la aventura se vi-

ven en su máxima expresión.

La última empresa concluida

con éxito en lo más profundo

de la Tierra de Fuego fue fruto

de una combinación maestra

de experiencia, compromiso y,

ante todo, mucha intuición. //

Por Paula López Wood

Guiados por
la intuición
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FOTOS: CRISTIAN DONOSO CHRISTIE

Durante la bajada de la cumbre


del Dalla Vedova nos impresiona un
mar de nubes sobre el Paso de
Drake que rebosa en forma de casca-
da por un portezuelo, hacia el
lado norte de la cordillera Darwin.

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Cristian Donoso, navegante y explorador con más de
cincuenta expediciones en el cuerpo realizadas entre Patago-
nia y la Antártida, se queda pensativo cuando le preguntan qué
es lo que lo lleva a imaginar sus aventuras de largo aliento a lu-
gares donde ningún otro ser humano ha estado antes. “Como
todas las pasiones, es algo inexplicable. Crecí en un país [Chi-
le] que ofrece algunos de los espacios inexplorados más gran-
des del mundo. Aquí la naturaleza se expresa en condiciones
hostiles, se manifiesta con el viento, los bosques exuberantes,
la selva fría y los glaciares. Todo eso me hacer sentir muy
vivo”, dice en una entrevista.
Lo que terminó siendo una expedición sofisticada con una
logística muy complicada, se inició tras una súbita intuición.
Años atrás, mientras remaba en kayak por el canal Beagle, Do-
noso se fijó en que frente a él se levantaban algunas de las
montañas más bonitas y magníficas de la Tierra: la Cordillera
Darwin. Era, también, una de las menos visitadas. “Uno de los
puntos de partida más difíciles para un explorador es tener
certeza de qué se ha hecho antes y qué no”, dice. Para resolver
esa incertidumbre, durante años Donoso se dedicó a recopilar
cartografía, fotografías satelitales y aéreas, y lo sumó a su pro-
pia experiencia como explorador en ese territorio. Hubo un
elemento clave: el mapa de la Cordillera Darwin realizado por
los montañistas Camilo Rada y Natalia Martínez durante su
proyecto “Uncharted”, en el que el mismo Donoso había apor-
tado algunos datos. Con el mapa desplegado sobre la mesa
comprobó que, hacia el este, la zona permanecía mayoritaria-
mente inexplorada. Cumbres de nombres italianos como Stop-
pani y Dalla Vedova, que el sacerdote salesiano Alberto de
Agostini había bautizado desde su barco hacía más de un siglo,
no tenían ascensos ni intentos previos.
La siguiente tarea fue organizar una expedición tal y como Do-
noso lo había hecho siempre: autónoma, sin dejar rastro de su
paso, sin medios de transporte mecánicos. “Cuando tienes pocos
medios desarrollas destrezas para sobrevivir a ese medio, estás
en alerta permanente. Todos los elementos del paisaje entran en
FOTOS: CRISTIAN DONOSO CHRISTIE

tu conciencia”, explica Donoso.


A medida que estudiaba los mapas y fotografías entendió por
qué esa zona se había mantenido inexplorada hasta entonces. Si
bien existían algunos puntos cercanos de acceso, como la Caleta
María y la zona del Canal Beagle, sus montañas quedaban res-
guardadas por inquebrantables accidentes difíciles de superar.

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Tras varios viajes de ida subiendo los equipos (cargando un total de cincuen- que la expedición del ingles John Earle, había intentado ascen-
ta kilos de material cada uno), logramos, después de varios porteos, superar der por aquel lugar. Su testimonio, publicado en 1980 en el
la ladera escarpada de granito de 500 metros de desnivel que mediaba entre American Alpine Journal, no era nada esperanzador: “Claramen-
el mar y el glaciar Stoppani. En ese punto, pudimos poner todo dentro del tri- te, el Stoppani era algo imposible, una masa grotesca de grietas
neo y avanzar con todo el equipo de una vez. abiertas y enormes”, escribía Earle.
Cristian, Anais y Bárbara Donoso –quien había tenido que
Un muro de hielo se presentaba como primer problema para ac- evacuar la zona días antes por un problema en su rodilla– ha-
ceder a las cumbres. bían experimentado lo mismo. “Cada metro era una tarea titáni-
ca. Subir y bajar las grietas, que eran como aletas muy profundas
de un glaciar quebrado. Además, íbamos con mucho peso y no
Glaciar Stoppani, octubre de 2017 teníamos el equipo adecuado para enfrentar ese terreno. Saca-
Cristian Donoso y la montañista Anais Puig se encontraban en mos muchas lecciones de ese intento”, dice Donoso. Pero esta-
medio de un vasto campo nevado, la meseta del glaciar Armada ban ahí, al fin habían logrado llegar al plateau que les permitiría
de Chile. Podían ver levantarse el monte Stoppani, su objetivo, comenzar un ascenso liviano hacia el Stoppani. Sin embargo, las
frente a ellos. No había sido fácil llegar hasta allí, les había lleva- cosas no irían como lo esperaban. El pronóstico meteorológico
do casi tres semanas y ocho intentos superar el glaciar Stoppani anunciaba tormenta y vientos de más de cien kilómetros por
a través un largo y engorroso terreno de seracs con forma de hora. Tampoco tenían comida suficiente para esperar, dentro de
olas a punto de reventar en un vasto océano de hielo. Sabían la tienda, una ventana de buen tiempo. No tenían alternativa.

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El acertijo de todos los días, en la parte baja del glaciar y en los hongos somi-
tales, era encontrar un camino entre los laberintos de grietas que, muchas
veces, se encontraban ocultas por una capa de nieve. El avance en este terre-
no era lento y tedioso y, en ocasiones, era necesario abrir zanjas en la nieve.

Después de tres semanas sumergidos en el hielo, tendrían que


abortar la misión, comenzar el retorno sin las cumbres.

Seno Almirantazgo, enero de 2018


Cristian navegaba entre los hielos flotantes del fiordo Parry. Su
aventura tenía como fin documentar los efectos del cambio cli-
mático en los glaciares de Tierra de Fuego. De pronto, las nubes
se abrieron y dejaron a la vista la parte alta del fiordo Cuevas,
una de las entradas –apenas explorada– hacia la cumbre del
monte Stoppani. Entonces, Donoso tuvo la intuición de que la
vertiente oeste del cerro podía ofrecer más posibilidades y pre-
sentar una ruta más accesible que la que había hecho con Anais
Puig y Bárbara Donoso unos meses atrás.
De regreso a Santiago, cotejó otra vez el mapa de “Uncharted”
con imágenes aéreas del fotógrafo Guy Wenborne y decidió probar
una nueva ruta. Otra vez la intuición dirigía el camino. A pesar de
todas las incertidumbres, tuvo la convicción de que la vertiente
oeste ofrecía mejores condiciones. “Se trataba de una ruta mucho
más peligrosa que la del glaciar Stoppani. Una ruta mucho más téc-
nica pero a la vez más factible”, cuenta. Efectivamente, la distancia
entre el mar y los cerros era menor y era posible alcanzar la meseta
rápidamente, aunque deberían superar una pendiente muy fuerte
con todo el peso del equipo y asumir un alto riesgo de avalancha.
Lo siguiente fue reunir al equipo. Sus antiguas compañeras no
podían ir esta vez, así que se lo propuso al ingeniero y conserva-
cionista Camilo Hornauer, director de la Fundación Plantae, con
quien había tenido encuentros en iniciativas relacionadas con
políticas de acceso a la montaña. Hornauer tenía grabado en la
memoria un viaje a Cordillera Darwin que hizo a los quince años
y desde entonces se había vuelto un sueño reencontrarse con ese
FOTOS: CRISTIAN DONOSO CHRISTIE

lugar. “El atractivo desafío de alcanzar cumbres inescaladas con


una logística de total autonomía que combinaba kayak de mar
con progresión glaciar me motivó profundamente a hacer la ex-
pedición”, declaró Camilo.
Durante los meses de invierno reunieron y probaron el mate-
rial –trineos de Noruega, kayaks de Alemania, trajes secos de

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Estados Unidos, todo lo necesario para sobrevivir cuarenta días
en el duro clima de las montañas patagónicas…– y entrenaron
esquiando en volcanes y cerros nevados. “Teníamos los días jus-
tos, así que deberíamos estar dispuestos a avanzar con viento
blanco, poca visibilidad, cuando las condiciones incluso fueran
muy adversas”, dice Donoso. Finalmente se unió a la expedición
el guía de montaña Harry Brito, con mucha experiencia en ascen-
siones técnicas. “Harry Brito era el más activo, y aportaba una
energía muy entusiasta, mientras que Camilo y yo teníamos la
madurez de montañistas con trayectoria en la Antártida y Cam-
pos de Hielo”, dice Donoso. Todo estaba listo para partir.

Los guanacos marcan la senda


“Lo supe desde el primer momento, desde que dimos la primera
palada con el remo. Supe que entraba a un terreno donde los res-
cates son casi imposibles y en el que encontrar la ruta se hace a
base de prueba y error y muchos porteos. Fue también el mo-
mento en que me di cuenta de que la cordada se transforma en la
extensión de tu persona, ya que dependemos únicamente de nos-
otros tres”, dice Camilo Hornauer.
Como en el primer intento al Stoppani, se enfrentaban a un ac-
ceso complejo, a un clima extremo y muy cambiante y a una ruta
aún por definir. El primero de los obstáculos, y el más grande, se-
ría remontar el glaciar que rodea la montaña, en este caso, el gla-
ciar Cuevas. Para llegar hasta él, navegaron entre hielos flotantes
con kayaks cargados con todo el equipo. Durante ese trayecto por
el fiordo Parry se asomaron focas leopardo, zorros, guanacos y al-
batros de ceja negra que sobrevolaban curiosos ante los expedi-
cionarios. La fauna patagónica aparecía como únicos acompañan-
tes, ni rastro de humanos en el horizonte durante cuarenta días.
Al tercer día de navegación alcanzaron la pequeña playa del
fiordo Cuevas, una costa pedregosa secundada por lenguas grue-
sas que ascendían hacia una montaña escarpada, entre medio,
grandes baldosas de hielo amontonadas en la desembocadura de
un río de piedras grises y, detrás, el mar turquesa custodiado por
FOTOS: CRISTIAN DONOSO CHRISTIE

miles de témpanos.
Los expedicionarios contemplaron maravillados, silenciosos,
mientras preparaban sus mochilas y el material para ascender, la
pared que les esperaba.
El avance por el bosque lo hicieron por senderos marcados por
guanacos. Desplazando un total de cincuenta kilos cada uno, a tra-

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vés de varios porteos, superaron la pared por tramos de roca hasta Una pequeña terraza entre enormes seracs nos ofrece un buen sitio, libre
alcanzar una zona de ñirres bajos (Nothofagus antarctica o haya an- del peligro de avalanchas, para pasar la noche durante la escalada del anfi-
tártica) y nieve honda donde se vieron enterrados hasta la cintura. teatro del glaciar Cuevas. Antes de levantar el campamento, fue indispensa-
Era algo que se veía venir: el día que volaron de Santiago hacia Pun- ble sondear cuidadosamente el sitio donde pusimos la carpa para descartar
ta Arenas, a Donoso le preocupó ver desde su ventana que una gran la existencia de una gran grieta.
e inesperada nevada había caído sobre la región. Sabía que todo eso
podía dificultar el avance y, sobre todo, exponerlos enormemente al “Estábamos muy cerca del mar, pero con condiciones de montaña
riesgo de avalanchas. “Durante toda la expedición sentí que me iba a muy difíciles, con un viento tan fuerte que casi nos llevaba, que
morir. Y eso es algo que no había sentido nunca antes”, dijo. aplastaba la tienda”, relata Donoso.
Cuando la tormenta amainó, debido a la nieve acumulada, tar-
daron un día entero en subir con los trineos por una pendiente
Del frío polar al calor infernal de cien metros. Lo que vino después fue un avance lento y tedio-
Tuvieron que pasar varios días para que lograran mover todo el so. Avanzaron abriendo zanjas en la nieve, a veces sobre terrenos
material hasta una meseta a 500 metros de altitud. Allí miraron al de muchas grietas, la mayoría ocultas. “Camilo y yo teníamos
cielo. Tal como lo había predicho el pronóstico, un fuerte tempo- mucha capacidad para leer el terreno, mientras que Harry era
ral de nieve se avecinaba. Entonces construyeron un muro de nie- muy hábil para instalar anclajes, para el manejo de cuerdas, para
ve, reforzaron la tienda con los bastones como travesaños y se en- asegurar. Todas estas habilidades se fueron combinando, lo que
cerraron durante tres días a esperar que la tormenta amainara. fue fundamental para el éxito de la expedición. Si había distintas

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Decidimos bajar el glaciar Cuevas por una ruta distinta a la utilizada para su-
bir a fin de no exponernos nuevamente al riesgo de avalanchas. Sin embargo,
ello nos obligó a entrar a una zona totalmente inexplorada y avanzar por un
campo frágil e inestable de bloques de hielo unidos por puentes de nieve.

posiciones respecto a una decisión lo conversábamos y llegamos


a un consenso”, contaba Cristian.
De pronto, lo inesperado. Una llamada por teléfono satelital les
informa de la llegada de una extensa ventana de buen tiempo. Algo
rarísimo para esa zona y, aunque en principio les alegró, rápida-
mente tuvieron que conversar sobre otras consecuencias menos
felices. “Nos asustamos. Pasamos del frío polar a un calor de in-
fierno y con ello a un mayor riesgo de avalanchas”, relata Cristian,
quien tomó la delantera para salir rápido de la zona de peligro de
la pared y llevar al equipo a un lugar al resguardo de las avalan-
chas. “Me pareció que era un suicidio, así que decidimos bajar y
esperar al día siguiente, con un pronóstico de más frío”, cuenta.
Mientras tanto, alrededor de ellos la montaña parecía desplo-
marse ante sus ojos. Grandes masas de nieve caían en forma de
avalanchas, el hielo rugía y parecía quebrarse bajo sus pies como si
caminaran sobre inestables cáscaras de huevo. Al día siguiente sa-
lieron de la tienda con viento blanco, nevadas y poca visibilidad.
Harry tomó la delantera en una nieve que parecía azúcar granula-
da y les hacía resbalar. Sentía que cada paso emitía una inquietante
vibración, como si toda la nieve fuera solo una fina capa que cu-
bría un abismo, una profunda grieta que se escondía bajo sus cuer-
pos, mochilas y trineos.
Donoso pisó y su bota se hundió. Entonces miró por el agujero.
Lo que intuían era verdad, una grieta de al menos diez metros de
ancho se ocultaba bajo ellos. Fijaron un anclaje y aseguraron el
tramo. “Cuando bajamos por otra ruta, días más tarde, vimos esa
misma pared desde la distancia y nos dimos cuenta de que toda la
montaña se había venido abajo tras una avalancha. Se había lleva-
do todo y había dejado al descubierto enormes grietas ocultas bajo
esa capa de nieve recién caída”, cuenta Donoso.
Días después lograron alcanzar la meseta entre seracs, grietas y
FOTOS: CRISTIAN DONOSO CHRISTIE

pasos providenciales que les permitían continuar la travesía. El día


que alcanzaron el plató la montaña les devolvió la esperanza. Desde
ahí, el ascenso pareció factible. Se pusieron los esquís para portear
todo el equipo en los trineos y, todavía con buen tiempo, organiza-
ron el ataque a la cumbre. Esa noche, resguardados en la tienda y
recuperando energía con ravioles, decidieron que bordearían la

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meseta del Stoppani trazando un gran semicírculo. Al día siguiente,
después de ocho horas de ascenso, con esquís y después con cram-
pones, alcanzaron la enorme cornisa del monte Stoppani, un hongo
de hielo y nieve que cubría su cumbre virgen. Lo habían logrado.
Con la euforia corriendo por las venas, admiraron el grupo de mon-
tañas que ya se veían por debajo de ellos: el Monte Italia, el Sar-
miento, más allá el imponente mar de Drake, la Tierra del Fuego.
Alcanzar la segunda cumbre, el monte Dalla Vedova, les exigió
algo similar. La ventana de buen tiempo los acompañaba, así que
decidieron subirlo al día siguiente. En la cima se felicitaron ante
ese segundo primer ascenso y alucinaron con una inmensa casca-
da de nubes que descendía por un portezuelo de la cordillera. “Es-
taba totalmente despejado y ventoso, con unas vistas realmente
impresionantes. En esos momentos el esfuerzo para llegar ahí se
borraba transformándose en un anonadamiento y felicidad supre-
ma, y asimismo nos cargamos de energía para iniciar un largo e in-
cierto regreso a los kayaks”, recuerda Camilo Hornauer.

La intuición, esa capacidad misteriosa


Quizás incluso más que a la subida, el descenso por la pared de
hielo tuvo esa misma aura de peligro y de inminente tragedia. La
ventana de buen tiempo comenzaba a cerrarse, así que, aunque ha-
bían hablado de una tercera cumbre, decidieron no intentarla para
acelerar la bajada, que sería por una ruta distinta y por un terreno
tremendamente delicado e inestable. Entraron por un nunatak o
isla de roca que se encontraba en la mitad del glaciar y donde pen-
saron que habría menos grietas. Sin embargo, no fue así. “Fue un
terreno mucho más difícil de lo que esperábamos, era un bloque
de seracs bajo la capa de nieve reciente que había caído, con un la-
berinto de grietas ocultas donde no podíamos seguir avanzando”.
Una sensación de mal augurio se apoderó de ellos. Sabían que si
un compañero caía en una de esas grietas sería muy difícil que los
demás aguantaran la caída por la condición extrema del terreno, un
zigzag interminable. “Nos encontramos con un glaciar extremada-
mente agrietado y con grandes fracturas que se traducían en un la-
FOTOS: CRISTIAN DONOSO CHRISTIE

berinto donde la progresión era muy lenta. En un día apenas avan-


zamos cincuenta metros. Los puentes de nieve estaban muy estre-
chos y casi no los había, además, las ‘altas’ temperaturas de los días
anteriores derretían y acababan visiblemente con los puentes o pla-
taformas, por lo que varias veces nos quedábamos mirando el va-
cío. Esto nos obligó a ser perseverantes y cuidadosos, a agudizar los

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sentidos y a sondear casi cada pisada. Logramos atravesar una len- Una vez en el mar, navegando en los kayaks, cuando retornábamos a Caleta Ma-
gua glaciar que no olvidaremos jamás”, cuenta Camilo Hornauer. ría, pudimos recrear desde la distancia la línea completa que habíamos seguido
Decidieron nombrar a uno de esos pasos inolvidables como “el sobre la parte baja del glaciar Cuevas. Durante el descenso acampamos justo en
Paso Milagro”. Todas las opciones parecían terroríficas, sondea- la cumbre de la pared de 300 metros que se alza como un inmenso nunatak [en
ban y veían que había una capa mínima de nieve y luego un abis- lengua inuit, pico solitario rodeado por un campo de hielo] dentro del glaciar.
mo que confirmaba que navegaban por un mar de grietas ocultas.
“Todo fue muy intuitivo. Muchas veces, contra toda lógica, supe- mediante un rápel, atravesando el bosque, la selva fría. “Fue mara-
ramos obstáculos donde todo decía que la nieve iba a colapsar. He villoso sentir el olor de los árboles después de estar tantos días me-
pensado mucho en lo que es la intuición y creo que son conocimien- tidos en el hielo”, recuerda Donoso. Después de un mes alimentán-
tos que uno trae incorporados, que no son racionales, una forma de dose de avena y ravioles, llegaron a un depósito de comida donde
comprender y entender el entorno que traemos de procesos evoluti- pudieron comer alimentos enlatados que habían dejado para el re-
vos donde nuestros antepasados estuvieron enfrentados a la natura- torno. Abajo, en la playa, los esperaban los kayaks y otra sorpresa
leza. Hay algo ahí, algo muy misterioso, porque en ningún otro con- inolvidable. Un grupo de pescadores magallánicos, los primeros
texto se hace tan evidente la intuición”. humanos que veían desde el comienzo de la expedición, les regala-
Encordados, instalando anclajes y sondeando cada paso lograron ron tres centollas enormes, una para cada uno, para celebrar los
salir de aquel lugar. Ese mismo día, a Cristian se le quebró el esquí primeros ascensos a los montes Stoppani y Dalla Vedova.
mientas cogía agua de una cascada. Daba igual, habían logrado salir
sanos y salvos. Se abrazaron y comenzaron el descenso de la pared Paula LÓPEZ WOOD

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