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Armando Cartes Montory

VIAJEROS EN TIERRAS MAPUCHES


A mi querida hija Rayen,
flor de Arauco.
En la portada figura un detalle de la Placa XXVI,
del libro Travels into Chile, over the Andes, in the years
1820 and 1821, de Peter Schmidtmeyer, (Londres,
1824).

VIAJEROS EN TIERRAS MAPUCHES


© Armando Cartes Montory
Registro de Propiedad Intelectual nº 226.241.
Portada y diagramación Siegfried Obrist C.
Ediciones Al Aire Libro, Tomé, Chile.
1º edición, abril 2013.
Viajeros en Tierras Mapuches
ÍNDICE

PRÓLOGO Pág. 11

NOTA DEL AUTOR 21

INTRODUCCIÓN 23

I. La Araucanía, un espacio de Frontera 27

II. Literatura de viajes y proyecto civilizatorio 35

III. Viajeros ilustrados en la Tierra 43

IV. Frézier y los Indians du Chily 57

V. Literatura de viajes y proyecto civilizatorio 71

VI. Ingleses y mapuches 79

VII. Claudio Gay, un etnógrafo en el Admapu 99

VIII. Domeyko en la Araucanía 109


Familia Mapuche.
Armando Cartes M.

VIAJES, VIAJEROS E HISTORIOGRAFÍA:


FORJANDO LAS IMÁGENES DEL GULUMAPU
Un breve Prólogo a la obra de Armando Cartes Montory,
Viajeros en tierras mapuches

“Cuando salgas en el viaje hacia Itaca desea que el camino


sea largo, pleno de aventuras, pleno de conocimientos”, con
estas palabras el poeta griego Constantino Kavafis (1866-1933),
resumió lo que se espera de un viaje. Propósitos que no fueron
ajenos a los viajeros que llegaron desde Europa hasta el Gulumapu
(Araucanía), el camino que hicieron fue largo, azaroso y una
experiencia de vida. No faltó nada en su periplo: descalabros,
incertidumbres y temores, alegrías y goces que perduraron hasta
el finde sus días. En su imaginario primaban dos elementos
fundamentales: la imagen épica del guerrero araucano – “gallardo
y belicoso”, jamás a rey extranjero sometido- que elaboró el
poeta Alonso de Ercilla y Zuñiga, y la figura del ‘salvaje’ que,
desde las fronteras situadas en los confines del mundo, acechaba
la sociedad civilizada. Desde ambas perspectivas, emergía una
imagen de arcaísmo que contrastaba con la modernidad, como
si al sur del Bío-Bío aún se pudiera encontrar esa simiente que,
desde los albores de la Humanidad, mantenía los modos de vida
más antiguos y primitivos. El viaje hacia la Araucanía no era solo
una experiencia física sino también un tránsito en el tiempo y
en la historia, una forma de remontarse a los inicios olvidados
del mundo moderno. ¿Qué importaba más: estudiar el origen de

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Viajeros en Tierras Mapuches

los viajeros o sentar la mirada en los muelles del puerto al cual


deseaban arribar?

La obra de Cartes comienza con una reconstrucción de


aquel mundo caótico, turbulento, colorido y pintoresco que les
recibió a los viajeros al final del camino. Después de una larga
travesía que significó desafiar las inclemencias siniestras de
los Mares del Sur o de cruzar los amplios y desolados paisajes
pampeanos, los viajeros llegaron a la Araucanía, un espacio de
frontera, escribe Cartes, “un verdadero microcosmos, sobre la base
de grupos autónomos, de conflictos, intercambios y alianzas…
en vísperas de 810 al sur del Bío-Bío se había estructurado un
mundo fronterizo, caracterizado por la conjunción de dos pueblos
originalmente muy diversos”. Los viajeros fueron frecuentes,
pero sus relatos siempre fueron diferentes, novedosos, originales,
relevando aspectos hasta allí omitidos, subrayando detalles
que para otros pasaron desapercibidos. “La mirada limpia,
espontánea, del que llega de lejos, puede mostrar aspectos que
la cercanía impide apreciar… en su aproximación no domina,
en general, los eventos políticos o militares. Es el movimiento
cotidiano de la urbe, en cambio, el paisaje, las fiestas populares,
en definitiva, la vida misma, lo que su pluma registra”. Por esas
razones, porque los viajeros captaron los pliegues más íntimos de
una sociedad que apenas conocían, su narrativas se convirtieron
en repositorio y fuentes para los autores nacionales quienes,
desde los tiempos de los jesuitas expulsos hasta la actualidad,
han recurrido a las observaciones de los viajeros para cotejar los
datos más fríos que van extrayendo de los archivos oficiales. El
Abate Molina, Felipe Gómez de Vidaurre, Andrés Bello, Diego
Barros Arana, los hermanos Amunátegui, entre muchos otros
historiadores fundacionales iniciaron una tradición que fue
seguida con garbo por Guillermo Feliú Cruz, Eugenio Pereira
Salas, Sergio Villalobos e Isabel Cruz durante el siglo XX.
En la actualidad las obras de Jorge Pinto Rodríguez, Carmen
Norambuena, Baldomero Estrada, Eduardo Cavieres, Carlos
Sanhueza y, por sobre todo, Rafael Sagredo, demuestran que los

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Armando Cartes M.

diarios y narrativas aún mantienen su vigencia como registro de la


historia nacional. Lo exitoso de algunas expediciones y los fracasos
de otras, como la de Sarmiento de Gamboa durante el siglo XVI
y la de Alejandro Malaspina a fines de la colonia, propiciaron el
uso de estos libros como fuentes, en tanto que proporcionaban
una ‘mirada ajena’ a los acontecimientos y, por lo mismo, más
objetiva. Cartes, haciendo gala de una vasta búsqueda de estos
textos y sus comentarios bibliográficos, proporciona una visita
guiada al amplio panorama de ideas, concepciones de mundo,
intereses y percepciones que desplegaron los viajeros al llegar a
la Araucanía. Algunos, en busca de curiosidades etnográficas,
otros procurando descubrir al ‘buen salvaje’, mientras la
mayoría pretendía ver plantarse ante sí a los descendientes de los
legendarios araucanos, fueron construyendo un imaginario que
no solo echaba las bases materiales para nuevas representaciones,
sino que llegó a constituirse en un opus con su propia lógica
que el autor despliega ante nuestros ojos con extraordinaria
fluidez y versatilidad. “El análisis sistemático y conjunto de los
testimonios permite proponer nuevas problematizaciones y líneas
de investigación, que resulta interesante explorar” (p. 55).

En el ambiente académico e historiográfico se escucha a


veces la expresión: “me habría gustado ser el autor de este libro”.
Es una forma de reconocimiento a una obra bien escrita, con
argumentos claros, con una redacción coherente y un estilo
elegante. Se piensa así de aquellos libros que pasan a formar
parte de la biblioteca predilecta del historiador, compuesta por
las obras que influenciaron su quehacer o que tranquilizan su
espíritu. En fin, libros que se hojean una y otra vez, ya sea para
descubrir el giro de una frase bien elaborada o para deleitar
la vista en las imágenes e ilustraciones que a veces contiene.
También, se recurre a estas obras para recordar viejos pasajes
de la vida, revivir antiguas emociones o simplemente dar aliento
a un nuevo proyecto, observando el camino seguido por otros.
Indudablemente, son escasas las obras que llegan a ese nivel,
en el cual se combina de un modo tan perfecto la solidez de la

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Viajeros en Tierras Mapuches

pluma, la atracción del tema y la factura de su producción. Este


libro de Armando Cartes Montory, quien ya nos ha deleitado
con obras tan hermosas como su trabajo sobre Bellavista Tomé,
reúne esos elementos en los cuales se combina la reflexión, el
saber histórico y la melancolía propia de quienes cultivan con
sabiduría y serenidad la disciplina histórica.

Diversos tipos de ilustraciones van proporcionando una


imagen gráfica del territorio y su gente. Fotografías de fines del
siglo XIX, litografías del siglo XIX, dibujos y grabados de la
centuria ilustrada, van proporcionado un constante refuerzo del
texto. Las citas al pie de página demuestran erudición y cuidado
en el desarrollo de la investigación bibliográfica.

Viajeros en tierras mapuches no es una mera recolección de


datos extraídos de los diarios, bitácoras y memorias de los ilustres
viajeros de ultramar que cruzaron las tierras del Gulumapu o
establecieron contacto directo con sus habitantes. Tampoco se
trata de una excusa para publicar una iconografía dispersa. Por
sobre estos aspectos que se pueden denominar contingentes,
emerge un propósito mucho más plausible. El deseo de dar a
conocer, a través de la mirada de sujetos ilustres, reconocidos
mundialmente por su sabiduría y preparación científica, el
mundo de los indiens du Chily y el extraordinario paisaje de selvas,
bosques, montañas, volcanes y hermosas sementeras que abrigó
en su seno a uno de los protagonistas más famosos de la epopeya.
Su mirada certera, sus agudas observaciones, su atracción por
lo pintoresco y lo peculiar, su innegable admiración por el
espíritu indómito y libertario de los araucanos, fueron algunas
de las características que adornaron la prosa de los viajeros y que
hicieron de sus obras verdaderos éxitos de venta en su época.
Esos elementos, debidamente analizados y catalogados, fueron
incorporados por Cartes en su obra con maestría y oficio de buen
historiador, manteniendo el suspenso y la tensión que subyacen
a la elaboración de un buen relato histórico. Así, la mera
descripción y el embelesamiento que se descubre en algunas obras

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Armando Cartes M.

de viajeros, fueron insertos en trabajos de análisis e interpretación


que producen una nueva mirada del territorio tribal. En otras
palabras, se conservó lo más esencial de dichas obras y se produjo
una obra que no es solamente la colección de testimonios de
Viajeros en tierras mapuches, sino también la elaboración de una
reflexión más profunda sobre la mirada de los europeos respecto
de las tierras de los Confines del Mundo. “Como muchos viajeros
en la Araucanía”, observa Cartes al describir las andanzas en
Penco de Amadeo Frézier, “experimenta dos grandes encuentros:
uno con la naturaleza de la región araucana y otro con una
alteridad cultural, el indígena araucano; el cual, a su vez, es visto
como parte de esta naturaleza”. (p. 65) En una palabra, en el
relato del viajero se funde su experiencia con el mundo real de
la frontera con aquellas categorías abstractas que pueblan su
mente, plasmándose en su relato una síntesis que se transforma,
a su vez, en el punto de partida de nuevos estudios. “La literatura
de viajes, como todo relato testimonial con pretensión científica,
tributa a la mentalidad y a los intereses de una época” (p. 71),
contribuyendo a la gestación de nuevas representaciones e
imágenes. Para aquellos que están familiarizados con los grabados
más tempranos de los habitantes del fin del Mundo, se nota el
dramático proceso de transformación que va experimentando
la representación, desde sujetos galantes hasta los miserables
hombres australes que desaparecieron de la faz de la tierra. Pero
el diario del viajero no se queda solo en la descripción. También
constituye una antología del repertorio de ideas, conceptos y
prejuicios que animan al ‘descubridor’. “El relato de viaje”,
señala Cartes, “puede decirnos tanto sobre el viajero y su tierra
de origen, como sobre la sociedad que ‘objetivamente’ estudia”.
(p. 76)

Probablemente faltaron datos que indiquen la popularidad


que alcanzaron en su época los escritos de Frézier, Gay, Domeyko
y demás viajeros citados en este libro; también se nota la ausencia
de referencias respecto de la rapidez con que fueron traducidas
estas obras a diversos idiomas. Por cierto, al recorrer las páginas

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Viajeros en Tierras Mapuches

de esta obra de Cartes constatamos que los diarios de los Viajeros en


tierras mapuches fueron escritos por hombres notables y admirados,
por sujetos temerarios que no dudaron en viajar hasta los limes
del mundo conocido y que se atrevieron a cruzar las tierras de los
afamados araucanos. Los viajeros fueron aventureros, científicos
y pensadores, que unieron y vivieron las experiencias de muchos
hombres durante su corta vida. Fueron recibidos en los salones
más famosos, reconocidos por los monarcas y leídos, una y otra
vez, por quienes soñaron con seguir sus pasos y sus aventuras. En
ese contexto, corresponde preguntarse: ¿Qué imagen difundieron
de los araucanos entre las elites aristocráticas y nobles del
Viejo Mundo? ¿Cómo impactaron sus obras la elaboración de
aquellas teorías sobre el hombre y la sociedad –léase Ilustración,
Evolucionismo, Marxismo, Positivismo- que afloraron con tanto
vigor durante el siglo XIX? ¿De qué manera influenciaron las
políticas hacia el Atlántico Sur y el Océano Pacífico que elaboraron
los gobiernos de la época? Los viajeros fueron sujetos asediados
por una curiosidad infinita, pero también se transformaron en
la principal fuente de información para las potencias rivales de
España, durante la Colonia, cuando el Nuevo Mundo estaba
vedado a su mirada. En ese sentido, sus trabajos constituyeron
la base de los proyectos de agresión, expansión u ocupación
que se diseñaron en Londres, París o Amsterdam durante los
siglos XVII y XVIII. Planes, no es necesario reiterarlo, que se
tradujeron en las invasiones inglesas al estuario del Río de la
Plata, en la reocupación de las Islas Malouines y en los proyectos
de colonización del páramo patagónico durante el siglo XIX. La
disputa por la cuenca del Pacífico y de la West Coast americana
se resolvió, finalmente, a través del comercio y de la instalación
de las merchant houses en Valparaíso, pero no se puede desconocer
que la exploración de Fitz-Roy en los canales magallánicos y las
andanzas de los almirantes James Cook, Charles Bougainville
y George Vancouver tuvieron un objetivo geopolítico preciso.
También lo tuvo su paso por la costa araucana, el desembarco
en las Islas Mocha y Santa María. Se buscaba aliados para una
posible invasión de ultramar. El camino ya lo habían señalado

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Armando Cartes M.

L’Hermite y Spilbergen en el siglo XVII, cuando se produjeron


los asaltos holandeses contra Chiloé y la ocupación de Valdivia; el
propio Francis Drake -el primer navegante no español que llegó a
las costas de Concepción-, había elaborado planes de alianza con
los araucanos durante la centuria previa. Eso es lo que permite
una doble lectura a este texto y que sitúa este trabajo en una
obra de consulta no solo de viajeros sino también de intervención
colonialista en las fértiles tierras del Gulumapu. Los araucanos
no fueron tan solo ‘salvajes inocentes’ sino también potenciales
aliados de las coronas europeas que luchaban por ganar una
cabeza de playa en el Hemisferio Sur.

Cartes analiza el impacto que tuvieron los diarios de


viajeros en el ánimo de los estadistas nacionales, especialmente
en el momento de definición institucional que provocó el
quiebre de 1810. “Los textos de viajeros tuvieron un inmenso
poder simbólico, en la construcción de categorías o estereotipos:
constituyeron prácticas de alteridad que definieron lo nacional
ante lo ajeno”. De acuerdo al autor, el proceso de construcción
de la nación aristocrática tuvo como uno de sus fundamentos
intelectuales, la imagen que como un espejo reflejaron los viajeros
en sus obras de divulgación, en las cuales tanto el araucano como
las clases subalternas adquirían un protagonismo ‘textual’ que no
habían gozado hasta allí. De meros espectadores del acontecer,
los viajeros transformaron a ambos sujetos sociales en activos
protagonistas de la sociabilidad, de la economía y de la política
callejera, dando lugar a un imaginario colectivo que hasta allí
estuvo vedado a los sujetos que ejercían el poder. John Miers,
María Graham, Eduard Poeppig y el propio Claudio Gay e
Ignacio Domeyko proveyeron una imagen fresca, renovada y
colorida de los grupos populares que, muy pronto, manifestaron
su voluntad de ser parte del escenario histórico local. ¿Cuál fue el
papel que jugaron las narrativas y los diarios de viajeros en todo
esto? “En los discursos de construcción de nación y de descripción
de pueblos extraños, la literatura de viajes es una fuente principal”
(p.80) Quizás, sin ir demasiado lejos, debemos preguntarnos que

17
Viajeros en Tierras Mapuches

imagen tenemos de los araucanos de comienzos del siglo: ¿la


que proporcionan los informes oficiales, el epistolario mapuche
y las noticias de los periódicos, o la que dejó estampada en sus
litografías ese galante viajero y sabio que fue don Claudio Gay?

Otra fortaleza notable de este libro reside en la minuciosa


reconstrucción que hace el autor de las andanzas de británicos en
las tierras de la Araucanía durante el siglo XIX. Probablemente,
esta es la parte más sustancial de la obra y la que será de mayor
utilidad para quienes deseen conocer, de primera mano, la
impresión que se forjaron los viajeros de los habitantes del
Gulumapu. Cada narrativa aparece correctamente citada en su
versión original y se dan noticias de su publicación o reedición
en español, con citas cortas que van dando un fiel reflejo de los
estereotipos y percepciones de los hombres de Albión. A través de
la sección se subraya la diferencia fundamental que existió entre
la visión de los demás europeos –que buscaron al bon sauvage- a la
postura que asumen los ingleses, quienes, según Cartes, al observar
a los araucanos “critican, en cambio, sus ‘faltas o defectos’, signos
de incivilización, como sus ‘griteríos o chivateos’, el trato a la
mujer araucana, la poligamia y los malones, las consultas a machis
o brujos y, sobre todo, su ‘salvajismo’ violento en tiempos de
guerra. Los terribles naufragios, solían arrojar sobrevivientes a las
costas araucanas, motivaron episodios que los ingleses describen
con repulsión”. (p.92) Prejuicios, intereses y mentalidades se
conjugaron con el ideario de la elite gobernante de Chile, llegando
a compartir los mismos estereotipos “que pueden resumirse en el
guerrero valiente y el bárbaro”. Con esta frase, Cartes redefine
el lugar que corresponde a la literatura de viajes, insertándose en
esa amplia discusión que existe en la actualidad sobre la fuerza de
los imaginarios, el poder de la palabra y la invención del Estado
Nacional. Sorpresivo final para una obra que, por su elegancia
estilística y su perfecta factura, podría hacer pensar en temas más
livianos y menos trascendentes. Pero allí está la hábil pluma del
historiador que conoce sus fuentes y maneja su oficio.

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Armando Cartes M.

Este es un libro que me habría gustado escribir, pero


me alegro que haya sido escrito por Cartes Montory. Atrás
dejó el autor la rigidez que provoca el juego de hipótesis y
demostraciones, tan severamente vigilado hoy por la indexación
académica universitaria; también se desprendió de la narrativa
empalagosa que, apoyada en neologismos, anglicismos y
modas historiográficas, confunde al lector. Se trata de un libro
sobre Viajeros en tierras mapuches que conserva toda la magia y la
frescura que ofrece una aventura en tierras lejanas –poblada de
‘salvajes’ y ‘bárbaros’-, sumadas al asombro y el temor que crea
lo desconocido. También se agregan la fatiga y los estragos que
causan el largo camino y la sensación sublime de triunfo para
aquellos que completaron una odisea que soñaron desde niños.
Sin alejarse de su propósito, con un lenguaje claro, el profesor
Cartes Montory nos invita a visitar las lluviosas tierras del
Gulumapu acompañados de ilustres sabios y aventureros audaces
que, habiendo venido de muy lejos, conocían muy bien sus
caminos. Una obra para pensar y soñar con el antiguo País de
los Araucanos.

Leonardo León,
Valparaíso, 16 de abril de 2013.

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Armando Cartes M.

Nota DEl autor

El presente volumen reúne trabajos inéditos y


otros publicados en diversas épocas sobre los via-
jeros que han recorrido la Araucanía. Aunque
contiene elementos conceptuales y menciona
numerosos relatos, no se trata de una obra com-
prensiva, sino de una recopilación de monogra-
fías sobre la temática. Debe estimarse como an-
ticipo de un libro mayor, todavía en preparación.
Algunos textos constituyen adaptaciones de
publicaciones anteriores. Las páginas sobre via-
jeros ilustrados fueron publicadas en las Actas de
las V Jornadas de Historia Naval y Marítima,
celebradas en Valparaíso, en 2009; las mono-
grafías sobre Amédée Frézier y Claudio Gay
son una adaptación actualizada de los capítu-
los respectivos aparecidos en mi libro Franceses
en el país del Bio-Bio; y el artículo sobre Ignacio
Domeyko se publicó en la Revista Bicentenario,
en 2011. Los demás trabajos son inéditos.
Agradezco la invitación de Editorial Al
Aire Libro, de Tomé, para reunir estos tra-
bajos dispersos, que permiten difundir y po-
ner en valor testimonios de mucho interés
para los estudios etnográficos y fronterizos.

A. C. M.

21
“Indios araucanos jugando a la chueca” (detalle), Vistas de Chile, Santiago, 1915.
Armando Cartes M.

INtroDuCCIóN

Durante los siglos XVIII y XIX, numerosas expediciones y


navegantes pasaron por Chile. Las animaban fines comerciales,
científicos y geopolíticos, en la época previa a la gran expansión
europea. Muchos de estos viajeros pasaron por la zona de Concepción
y la Araucanía, dejando registros notables de sus encuentros con
los habitantes originarios de la zona. Su mirada, revisada en
conjunto, resulta muy informativa y una verdadera contribución
a la etnografía y la labor historiográfica. Su común formación
racionalista y su perspectiva externa a la dominación española,
aportan una visión crítica, que favorece una mejor comprensión de
la conformación social del Chile tardocolonial y de las primeras
décadas republicanas. En especial, de los cambiantes rasgos
de la sociedad fronteriza y de procesos como el mestizaje y la
aculturación mapuche.
Chile es, según Horacio Zapater, “junto a México y Perú,
uno de los países que cuenta con mayor número de crónicas y
relaciones de viajes donde se describen la vida y costumbres de
los primeros habitantes”.1 Lo califica de “material precioso”,
que sólo se ha utilizado parcialmente. La somera mirada a
diversos testimonios, que pretendemos realizar, probará sin
duda esta afirmación.
Contemplada en perspectiva la literatura de viajes hacia
Chile, son cuatro los puntos de nuestra geografía que más
interés despiertan en los exploradores y navegantes: la región
magallánica, la capital Santiago, el puerto de Valparaíso y la
zona de Concepción, con proyección hacia la Araucanía ¿Por
qué esta última resulta tan frecuentada? Pueden avanzarse
razones de diversa índole. Talcahuano era el primer puerto

1 Zapater, Horacio, Los aborígenes chilenos a través de cronistas y viajeros, Editorial


Andrés Bello, Santiago, 1973, prólogo, p. 9.

23
Viajeros en Tierras Mapuches

significativo que encontraban los barcos, donde pertrecharse y


reponerse de los avatares del cruce del Estrecho. La importancia
militar y política de la zona, por causas diversas, se mantuvo
desde la Conquista hasta avanzada la República. La producción
agrícola y las bondades del clima, en fin, favorecían la estadía
y provocaron no pocas deserciones. Durante el siglo XIX, la
avanzada imperial, siempre en busca de recursos y mercados,
impulsó mucho el conocimiento geográfico. El pueblo
mapuche, por su parte, con su fama de resistencia secular a
la penetración europea, atraía la curiosidad de improvisados
etnógrafos.
Los viajeros que visitaron la región de la Araucanía
conocieron y observaron directamente al pueblo mapuche,
en su medio natural o en una relación fronteriza de creciente
mestizaje. Dejaron múltiples relatos, cuya revisión conjunta, a
pesar de su valor desigual, puede constituir un aporte renovado
a los estudios etnográficos. Los mismos observadores, a su vez,
pueden transformarse en objeto de estudio, en un ejercicio de
historia cultural. El viaje del naturalista Ignacio Domeyko a
la Araucanía, efectuado en 1845, es un buen ejemplo de lo
dicho. Realizado en un momento en que el país se hallaba
redefiniendo su relación con el mundo mapuche, refleja en sus
escritos testimoniales esta mirada ambivalente. Ilumina con
ellos no sólo su objeto de estudio, sino que también entrega
claves sobre su propia formación y perspectiva, que ayudan a
comprender la mentalidad de su época.
Hacia el segundo tercio del siglo XIX, se instala un
discurso muy crítico hacia las sociedades indígenas de todo
el mundo. Esta actitud informa la mirada de los viajeros y la
manera en que se relacionan con esos pueblos. Estos escritos
preparan la intervención imperialista en sus territorios,
con fines económicos y políticos, así como la política de
asimilación cultural forzada que luego se impondrá. El valor
de sus anotaciones, en forma de cartas, relatos o informes,
ha sido cuestionado, por la carga subjetiva e intencionada de

24
Armando Cartes M.

sus autores; pero actualmente se les reconoce interés, por los


antecedentes que entregan sobre la mentalidad de los propios
viajeros, sus sociedades de origen y sus representaciones. El
caso chileno nuevamente es ilustrativo. Una larga sucesión de
viajeros recorre el territorio de Arauco, a veces con la mirada
romántica de los lectores de La Araucana y en ocasiones con la
actitud crítica de los futuros ocupantes del territorio nativo.
En la primera parte describiremos someramente el territorio
mapuche y la sociedad fronteriza que albergara, durante los
siglos XVIII y XIX. Luego entregaremos algunos elementos
conceptuales sobre la literatura de viajes y su utilidad –no
sin reservas- para la historiografía. Trataremos brevemente,
a continuación, el pensamiento ilustrado, con relación al
mundo indígena y el tránsito de navegantes y viajeros por
la zona centro sur de Chile. Los estudios subalternos y la
dicotomía civilización o barbarie, nos otorgarán el marco
para referirnos, en seguida, a los relatos del siglo XIX.
Pasamos revista, en esta parte, casi a modo ejemplar, a los
testimonios ingleses, reconociendo que se acumulan textos
de viajeros provenientes de diversas naciones. Finalmente,
incluimos ensayos monográficos sobre Claudio Gay e Ignacio
Domeyko, dos científicos sobre quienes una larga estadía en
Chile permite incluso discutir su condición de viajeros. El
profundo conocimiento del país que alcanzaron, siempre
tamizado, sin embargo, por su matriz cultural de
origen, les otorga una perspectiva externa,
que hace interesante sus observaciones.

25
“Caciques araucanos” (detalle), Vistas de Chile, Santiago, 1915.
Armando Cartes M.

I. la arauCaNÍa, uN EspaCIo DE FroNtEra

Al sur del Bio-Bio se extendía una vasta región, cuya


evolución, a lo largo de los siglos coloniales, le había dado
características propias. Superado el primer siglo de guerra,
luego de la gran sublevación de 1654 las cosas comenzaron
a cambiar. Por un lado, comienza a asumirse la imposibilidad
de someter a la región con las pocas fuerzas que conformaban
las huestes hispanas. La extensa región que se prolongaba
naturalmente hasta el Reloncaví, cubierta en parte por selvas
impenetrables, albergaba una población no inferior a 200 mil
personas2, demasiada para el ejército hispano criollo, distribuido
en precarios fuertes y pueblos a lo largo de la Frontera. Por otra
parte, el eje de la economía del reino se desplazó al norte de la
raya del Bio-Bio. La inmensa producción de plata que emanaba
de Potosí dinamizó la economía del cono sur americano,
generando una creciente demanda de cereales, sebos, cueros
y cordobanes. Agotado el oro del sur, el fértil Valle Central
era mirado ahora con interés. La economía indígena podía
articularse con la del centro, mediante la provisión de ganado
o textiles, sin necesidad de ocupar físicamente el territorio. Lo
anterior habría permitido el surgimiento del espacio fronterizo
y una creciente asimilación de hispanocriollos y mapuches.

2 Jorge Pinto apunta que la población de la Frontera pudo oscilar entre


los 130 mil habitantes hacia 1720 y 220 mil en 1800, “una población no
muy inferior a la del Valle Central” (Pinto Rodríguez, Jorge, “Producción
e intercambio en un espacio fronterizo. Araucanía y pampas en el siglo
XVIII”, en: Jorge Silva R. y Antonio Escobar O., editores, Mercados indígenas
en México, Chile y Argentina, Centro de Investigaciones y Estudios Superiores
en Antropología Social, México, 2000, p. 160).

27
Viajeros en Tierras Mapuches

La guerra, en adelante, se mantendrá intermitente, pero


muy mitigada por la interrelación cultural, étnica y económica
entre las dos sociedades que coexisten al sur del Bio-Bio. Si bien
a lo ancho de la Araucanía la inseguridad es constante y hay
varias sublevaciones significativas, como las de 1723 y 1769,
hacia mediados del siglo XVIII ya se ha instalado una nueva
forma de relación, basada en el interés mutuo. José Perfecto
de Salas, quien atraviesa la Araucanía hasta Valdivia en 1749,
así lo consigna en un largo informe. Plantea que la guerra es
una ficción interesada, pues los indígenas viven pacíficamente,
entregados a un comercio lucrativo. Aquella ficción se debería
en parte a desconocimiento y en parte a “la malignidad de los
que se interesan en mantener esta patraña, porque conocen que descubierto
el velo al engaño, cesarían por consiguiente innumerables utilidades de
oficios, empleos, sueldos, entretenimientos y ocupaciones; y lo que no es
menos, cesaría el grueso comercio que se hace con ellos de ponchos, vacas,
caballos, vinos, armas, fierros y otras innumerables especies, las cuales
tienen más cuenta a sus introductores mientras se ciñe más la Frontera,
y se estrechan lo pasos del célebre río Bíobío que les sirve de barrera.”3
El comercio de “conchavos”, la inmigración espontánea
y el mestizaje van originando tipos humanos y relaciones
sociales propias del proceso de aculturación a que dan lugar
las zonas fronterizas. El activo intercambio supera el nivel
local y conecta a la Araucanía con las Pampas, dando lugar
a circuitos comerciales que involucran al mundo mapuche
con los hispanocriollos4. Se entreteje una complementariedad
económica que tiene por actores a las haciendas fronterizas,
los fuertes, los mercaderes, los caciques productores de
ponchos y aquellos grupos que atraviesan la cordillera en
busca de ganado. La magnitud y frecuencia del intercambio

3 Donoso, Ricardo, Un letrado del siglo XVIII, el doctor José Perfecto de Salas,
Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires, 1963, volumen I, p. 119.
4 Tema muy bien estudiado por Leonardo León, en su obra Maloqueros y
conchavadores en Araucanía y las Pampas 1700-1800, Ediciones Universidad de
la Frontera, Temuco, 1991.

28
Armando Cartes M.

son difíciles de cuantificar, en razón de un carácter informal


o, derechamente, clandestino. Incluía sal, vino, ponchos, y
también mercancías de origen europeo, que se transaban a
todo lo largo de la Frontera y por los boquetes cordilleranos
ubicados de Curicó al sur5. Es evidente, en todo caso, que este
contacto interétnico generó una red de intereses y lealtades.
Esta contribuye a explicar la supervivencia del espacio
fronterizo a las reformas borbónicas, así como su resistencia
posterior a los cambios que amenazaba la independencia.
La sociedad mapuche, que enfrentaba la penetración
hispanocriolla dividía el territorio en grandes extensiones,
denominadas mapu o butalmapu. Se situaban entre los ríos
Bio- Bio y Bueno, más uno al norte y otro al sur de esos ríos.
Siguiendo una dirección de mar a cordillera, se denominaban
Lavquen-mapu, Lelvun-mapu, Inapire-mapu, Pire-mapu y Huilliche-
mapu. Se subdividían a su vez en aillarehues, y éstos en rehues.
Los separaban límites naturales, como valles, ríos o cordilleras.
Su unidad cultural se fundaba en la etnia y, sobre todo, en
la lengua. El mapudungu se hablaba en toda la Frontera e
incluso en las pampas trasandinas6. Más allá de la lengua y de
un acervo cultural común, había entre los grupos indígenas
profundas diferencias. El Walmapu o territorio mapuche, que
incluía porciones de los actuales Chile y Argentina, albergaba
a comunidades dispersas que habitaban un amplio espacio.
Uno de los factores principales de su diferenciación estribaba
en la relación con la sociedad hispano-criolla y las autoridades
del reino.

5 El visitador Juan de Ojeda, quien recorrió la frontera en 1793, por encargo


del Gobernador Ambrosio O’Higgins, comentaba que “el comercio activo
de los pehuenches con los españoles consistía en sal, ponchos, plumajes,
bateas, canastos, pellejos, añil, abalorios y alguna mercería” (“Descripción
de la Frontera de Chile”, Ojeda, Juan de, Revista Chilena de Historia y Geografía,
n° 136, Santiago. 1968, ps. 38-72).
6 Cfr., Zavala Cepeda, José Manuel, Los mapuches del siglo XVIII, op. cit.; y
González A., Tulio y Torrejón, Fernando, La Región del Bio- Bio, un espacio, una
historia, Eula, Universidad de Concepción, 1993, ps. 8 y 10.

29
Viajeros en Tierras Mapuches

“Comerciando con los indios”, Smith, Edmund Reuel, The Araucanians or notes of a tour among the indians
tribes of southern Chili, Harper & Brothers Publishers, New York, 1855.

Los años de paz permitieron a diversas zonas de la Frontera


alcanzar un cierto bienestar material. Así lo consignan los
testimonios de los viajeros de los siglos XVIII y XIX. Mariman
destaca que ninguno relata hambrunas o plagas, sino que al
revés, comodidades alimenticias y de abrigo7. Es evidente que
lenta, pero inevitablemente, los mapuche habían abandonado
su condición de recolectores, por una economía basada en
la carne y los textiles, interdependiente del mundo español.
Habían incorporado animales domésticos, trigo y otros
cereales. Desarrollaron, asimismo, una industria del metal
plata y el cuero; ambos elementos circularon como medios
apreciados para el intercambio.
La vida en la frontera transcurría, por lo demás, en un
clima de relativa tranquilidad y progreso. Así lo constataron
numerosos viajeros. Según Alejandro Malaspina, quien
recorrió la región durante su viaje por la América del Sur,

7 Mariman Quemenado, Pablo, “Los Mapuche antes de la conquista militar


chileno-argentina”, en: Mariman, Pablo, Caniuqueo, Sergio, Millalén, José
y Levil, Rodrigo, ¡Escucha, Winka…! Cuatro ensayos de historia nacional mapuche y
un epílogo sobre el futuro, Editorial LOM, Santiago, 2006, p. 55.

30
Armando Cartes M.

realizado entre 1789 y 1794, los indígenas “han condescendido


a un comercio recíproco; nos han hechos repetidas veces jueces
de sus pequeñas desaveniencias; finalmente, abandonando
casi de un todo su vida militar, se han inclinado más y más
a la agricultura y probablemente lo apercibe el aumento de
su población”8. Transcurridos tres siglos desde el inicio de la
ocupación hispana, la Frontera había devenido un verdadero
microcosmos, sobre la base de grupos autónomos, de
conflictos, intercambios y alianzas. Los parlamentos reducían
las fricciones y facilitaban las comunicaciones y el comercio,
por lo cual eran propiciados por las autoridades. Los circuitos
comerciales interétnicos, a su vez, eran un instrumento idóneo
para mantener la paz y favorecer los intereses imperiales. La
misma eficacia de la articulación de la economía fronteriza a
los circuitos no indígenas favoreció su supervivencia, cuando
las reformas borbónicas sacudieron la administración y la
economía de las colonias americanas.
En síntesis, en vísperas de 1810 al sur del Bio-Bio se
había estructurado un mundo fronterizo, caracterizado por
la conjunción de dos pueblos originalmente muy diversos. A
nivel étnico, económico y cultural, factor en que debe incluirse
la lengua y la organización política, tres siglos en común
dieron lugar a un complejo mestizaje, en diversos planos. Si
bien convivían grupos con diversos grados de aculturación
y se sucedían episodios violentos, la situación, en general,
había evolucionado hacia una coexistencia pacífica. No había,
tampoco, fuerzas suficientes para someter a los indígenas.
La prioridad era mantener la calma en la Frontera, el
intercambio y la seguridad de las costas. Lo anterior explica la
reinstauración, a partir de 1817, de la política de parlamentos
y la mantención de la frontera virtual del Bio-Bio. El eje de la

8 “Examen político del país comprendido entre Chiloé y Coquimbo”,


en: Sagredo Baeza, Rafael y González Leiva, José Ignacio, La Expedición
Malaspina en la frontera austral del Imperio Español, Editorial Universitaria,
Santiago, 2004, p. 557.

31
Viajeros en Tierras Mapuches

economía nacional, para esta época, se radicaba en el norte


minero y la agricultura del Valle Central.
Esta situación comienza a cambiar, de manera inexorable,
después de 1810. Luego de la transitoria dislocación que produjo
la década más violenta de la independencia (1813-1824), los
circuitos y formas de relación coloniales se reconstituyeron.
Mediante parlamentos y alianzas pudo proyectarse el mundo
fronterizo tradicional hasta mediados del siglo. Por ley de 2 de
julio de 1851, se crea la Provincia de Arauco, con capital en Los
Ángeles, la que debía administrarse como territorio fronterizo,
“para el mejor gobierno de las fronteras, la eficaz protección
de los indígenas, la promoción más pronta de su civilización
y para arreglar contratos y relaciones de comercio con ellos”.
En 1869, se establecieron los departamentos de Angol, Lebu
e Imperial y se determinó considerarlos como territorios de
colonización, sujetos a la autoridad ejecutiva establecida en
Angol, convertida ahora en cabecera de la provincia. En esa
época, la presión por incorporar las tierras indígenas impulsa
la desintegración de la Frontera y su incorporación plena al
Estado chileno.

32
Armando Cartes M.

“Araucanos, indigénes de Chili”, Louis Choris, Voyage pittoresque autour du monde, Firmin Didot, Paris, 1822.

33
“Araucanas. Mujeres e hijas del cacique Penoleo. Muchacha araucana al servicio de un habitante
de Concepción (Chile)”. Dibujo de Ernest August Goupil, impreso por Lemercier. En: Voyage au
Pole Sud et dans l’Océanie dans les corvettes l’Astrolabe et la Zélée. Jules Sébastien Cesar Dumont d’Urville,
Paris, 1846.
Armando Cartes M.

II. lItEratura DE VIajEs E hIstorIograFÍa ChIlENa

La visión de un viajero es por definición parcial e incompleta.


En su paso a veces prolongado, pero normalmente breve por un
territorio, observa y luego relata sus vivencias. Sus impresiones,
sin embargo, tienen un valor que no puede desconocerse. La
mirada limpia, espontánea, del que llega de lejos, puede mostrar
aspectos que la cercanía impide apreciar. La formación cultural -o
los prejuicios- del viajero, pero también la motivación científica,
comercial o de simple turismo del viaje, se trasunta en su relato,
imprimiéndole un tono particular.
En su aproximación no dominan, en general, los eventos
políticos o militares. Es el movimiento cotidiano de la urbe,
en cambio, el paisaje, las fiestas populares, en definitiva, la
vida misma, lo que su pluma registra; cuestiones muchas veces
despreciadas por los escritos oficiales y las fuentes más formales
de la historia. Justamente de allí surge, entonces, su interés. El
valor de cada relato es relativo. El conocimiento del idioma, el
tiempo de permanencia, las dotes de observador, la formación
y aptitudes literarias del viajero, son elementos importantes en
su ponderación. Un factor adicional en que el azar también
contribuye, son los sucesos en que los cronistas se vieron envueltos;
ya fueran episodios de las guerras de independencia, naufragios
o incluso un terremoto, como le aconteció al naturalista Darwin,
en su paso por Valdivia y Talcahuano.
La mirada de los viajeros no españoles en particular, aunque
ideológicamente signada, está libre de los sesgos propios de la
dominación colonial hispana o de la élite criolla republicana. A
estos viajeros, en efecto, no les impulsa un afán cristianizador o

35
Viajeros en Tierras Mapuches

“pacificador”, sino la intención de registrar “objetivamente” el


estado de los territorios americanos y sus habitantes. Esto permite
distinguirlos como grupo, aun cuando resulta difícil establecer
una periodización precisa.
Desde los orígenes de la historiografía nacional, que podría
vagamente remontarse a los cronistas, los relatos de viajeros han
sido utilizados por los autores coloniales, aunque escasamente,
por las dificultades del idioma y del comercio de libros. Así, el
Abate Juan Ignacio Molina, en su Compendio de la Historia Geográfica,
Natural y Civil del Reyno de Chile (1776), sólo cita al religioso francés
Louis Feuillée. El cronista penquista Felipe Gómez de Vidaurre,
por su parte, en su Historia Geográfica, Natural y Civil del Reino de
Chile, apenas pudo recurrir a Jorge Juan y Antonio de Ulloa y a
los franceses Feuillée y Frézier.
Las obras de los viajeros comienzan a ser conocidas por
los criollos más ilustrados en los días de la emancipación; los
relatos ponen en valor el territorio y sus recursos, exaltando el
nacionalismo latinoamericano. La gran difusión que tuvieron
los trabajos de Humboldt en Europa y en América, contribuyó
a despertar el interés por las regiones menos conocidas de este

“Indios en marcha”, Diener, Pablo, Rugendas, Su viaje por Chile 1834-1842, Origo Ediciones, Santiago, 2012.

36
Armando Cartes M.

continente. De esta forma, las narraciones de los viajeros fueron


fuente de la historiografía desde temprano. El mismo Andrés
Bello era un entusiasta lector y exaltó la importancia de la
literatura de viajes, para el conocimiento de los nuevos países y
su historia, en especial desde una perspectiva sociológica. “Tenía
una afición especial, dice Amunátegui, a las relaciones de viajes,
ya científicos, ya de puro recreo. Sin salir de su cuarto, sentado en
su poltrona, se complacía en recorrer los ríos, los lagos y cataratas;
las colinas, cerros y cordilleras; los valles, quebradas y llanuras del
viejo y el nuevo mundo”9. El sabio venezolano comentó los viajes
de Eduard Poeppig y de Charles Darwin desde las columnas del
periódico El Araucano.
El francés Claudio Gay, autor de la monumental Historia
Física y Política de Chile, es considerado el fundador de los estudios
históricos modernos en Chile. Aunque redactó gran parte
de su obra en París, donde tenía acceso a abundante material
de viajeros, curiosamente no recurre mucho a ellos. Sólo a
Vancouver, al norteamericano Coffin y a los españoles Juan y
Ulloa, así como a varios viajeros científicos. Los miembros de
la escuela historiográfica que se forma en la Universidad de
Chile, desde 1844, en cambio, bajo el influjo del mismo Gay y
de Andrés Bello, utilizan ampliamente las relaciones de viaje,
en sus memorias y trabajos. Nos referimos a J. V. Lastarria, A.
García Reyes, D. J. Benavente, D. Santa María y los hermanos
Amunátegui, entre varios otros.
Los llamados historiadores clásicos, Benjamín Vicuña
Mackenna y Diego Barros Arana, poseían valiosas y completas
colecciones de viajes, que ocuparon con erudición en su
voluminosa historiografía. Así, Vicuña M., en La Guerra a Muer-
te, aparecida en 1868 y cuyos trágicos eventos se desarrollan
en la actual Región del Bio-Bio, recurre a las relaciones de los

9 Amunátegui Reyes, Miguel Luis, Obras Completas de don Andrés Bello, Vol. XV.
Miscelánea. Santiago de Chile, Imprenta Cervantes, 1893, p. 6, cit. por Feliú
Cruz, Guillermo, Viajeros relativos a Chile, Fondo histórico y bibliográfico José
Toribio Medina, Santiago, 1962, p. XVII.

37
Viajeros en Tierras Mapuches

“Haciendo sidra”, Smith, Edmund Reuel, The Araucanians or notes of a tour among the indians tribes of
southern Chili, Harper & Brothers Publishers, New York, 1855.

viajeros Thomas Sutcliffe, John Miers, James Gillis, Ignacio


Domeyko, Basil Hall, E. R. Smith y el General Miller. En otros
libros, Vicuña también cita a Lord Byron, Vancouver, Brand;
Schmidtmeyer o Lafond de Lurcy. Sus historias de Valparaíso y
de Juan Fernández, que a decir verdad son historias del Pacífico,
cuentan no menos de cien fuentes de esta clase. Diego Barros
Arana, por su parte, también usa mucho los viajeros, no limi-
tándose a las puras fuentes documentales. Lo propio hará más
tarde Francisco Antonio Encina, en su Historia de Chile.
José Toribio Medina publica en 1878, cuando tenía 26 años,
su libro en 3 volúmenes Historia de la literatura colonial de Chile.
Allí cita a los viajeros franceses del siglo XVIII Feuillée, Frézier,
Bougainville, Barbinais le Gentil y La Pérouse. El gran bibliógrafo
chileno personalmente tradujo y publicó varios libros de viajeros.
Las memorias del oficial de marina inglés Richard Longeville
Vowel y del norteamericano John Coffin y las cartas del tipógrafo
Samuel B. Johnston utilizadas en este trabajo, provienen de los
esfuerzos de Medina. Junto a las relaciones de Le Maire, Schouten,
Brouwer, Fanelli y otros textos, fueron reunidos, por Guillermo

38
Armando Cartes M.

Feliú Cruz, en la obra Viajes Relativos a Chile traducidos y prologados


por Medina10. La obra incluye las “Notas para una Bibliografía sobre
Viajeros relativos a Chile”, preparadas por el mismo Feliú, quien
se anticipa a declarar que se trata de un trabajo imperfecto. La
bibliografía de los viajeros, como los rincones de un mapamundi
del Renacimiento, está aun por completarse.
En el prólogo del relato de Coffin, denominado Diario de un joven
norteamericano detenido en Chile durante el período revolucionario de 1817 a
1819, traducido y publicado primero por Medina en su Imprenta
Elzeviriana, en 1898, el polígrafo comenta la importancia de la
literatura de viajes y le pasa revista. Señala:
“Por muy abundante que sea, en realidad, nuestra
documentación histórica, hay ciertos puntos de vista que
afectan en general los detalles íntimos de nuestra sociabilidad
en muchas de sus fases, de que no es posible encontrar
comprobantes en nuestros archivos. Como se deja fácilmente
comprender, sólo el que llega de fuera puede, de ordinario, darse
cuenta cabal de una multitud de particularidades que tienen
forzosamente que pasar ignoradas para los que han vivido
sufriendo sus influencias. De aquí la conveniencia de oir en
esos casos el juicio de personas extrañas que sin preocupaciones
y con la preparación necesaria se propongan estudiar un país
cualquiera y, cuando más no sea, contar sus impresiones de
viajeros.”
El intento más sistemático de dar a la luz los relatos de
navegantes y viajeros correspondió a la iniciativa de don Enrique
Matta Vial (1868-1922). Como Subsecretario del Ministerio de
Instrucción Pública y luego a título personal, concibió la ambiciosa
tarea de publicar una “Colección de Viajeros”. Se trataba de un
empeño mayor, elaborado de manera sistemática y cronológica.
Incluía una apreciación crítica y una noticia biográfica del viajero.
Alcanzó a publicar siete libros de autores franceses e ingleses, con

10 Fondo Histórico y Bibliográfico José Toribio Medina, Santiago, 1962,


dos volúmenes.

39
Viajeros en Tierras Mapuches

sus correspondientes notas, hasta 1911. Desde ese año, la tarea


fue asumida por la institución fundada por el mismo Matta, la
Sociedad Chilena de Historia y Geografía11.
Se han elaborado, además, bibliografías de viajeros. Pueden
mencionarse las de Ramón Briseño, Nicolás Anrique y Luis
Ignacio Silva y la de Guillermo Feliú Cruz. Su Bibliografía de
Viajeros sobre Chile, que modestamente califica de “Notas”, a pesar
de comprender 550 textos, está incluida en la obra de Medina
“Viajes relativos a Chile...”, que ya reseñamos. El mismo Feliú había
incluido también una Bibliografía de Viajeros en su libro Imágenes
de Chile. Vida y costumbres chilenas de los siglos XVIII y XIX12. Existe,
asimismo, una nutrida bibliografía sobre los navegantes y viajeros
que han visitado nuestras costas13. En los años recientes, se han
publicado trabajos sobre viajeros rusos14 y alemanes15 o sobre la

11 Incluyó los relatos de Byron, Frézier, Vancouver, Graham, Hall; Mellet y


Lafond de Lurcy. Traspasada la tarea editorial a la Sociedad Chilena de Historia
y Geografía, aparecieron las memorias de Miller, Caldcleugh, Smith y Haigh.
12 Mariano Picón Salas y Guillermo Feliú Cruz, Imágenes de Chile. Vida y
costumbres chilenas de los siglos XVIII y XIX, Nascimento, 1933; reed. en 1937, ps.
317 a 332.
13 Cfr., v.gr., Hansen Krug, Nora, Chile visto por los viajeros alemanes del siglo XIX,
Memoria de Prueba para optar al título de Profesor de Historia, Geografía
y Educación Cívica, Santiago, 1940; de Romero, Renán, González,
Roberto y Nilo, Oscar; Notas para un diccionario biográfico y valorativo de Viajeros
Extranjeros relativos a Chile, con exclusión de los de habla española, Memoria de
Prueba, Universidad de Chile, 1966, trabajo sumamente informativo; los
“Viajes Relativos a Chile”, traducidos y prologados por José Toribio Medina,
ya citados; de Manuel Rojas, antologador, Chile: 5 navegantes y un astrónomo,
Empresa Editora Zig-Zag S. A., Santiago, 1956 (textos de Byron, Reuel
Smith, Brouwer, Lafond de Lurcy, Basil Hall, Plüschow); y Viajeros en Chile
1817-1847, sin indicación de autor, Editorial del Pacífico, Santiago, 1955
(textos de Radiguet, Samuel Haigh, Alexander Caldcleugh).
14 Norambuena, Carmen y Ulianova, Olga, compiladoras, Viajeros rusos al
sur del mundo, Dibam, Santiago, 2000.
15 Sanhueza Cerda, Carlos, Chilenos en Alemania y Alemanes en Chile, Centro de
investigaciones Barros Arana, Santiago, 2006.

40
Armando Cartes M.

obra de Gay16. Se han reeditado igualmente, mostrando el interés


constante del tema, los relatos de María Graham17, John Coffin18
o Guillermo Cox19.
Estas publicaciones, sumado a la creciente disponibilidad de
textos antiguos en formato digital, han facilitado el acceso a los
relatos de viajeros. Está pendiente, eso sí, la realización de estudios
monográficos sobre los autores y el contexto de producción de
sus escritos, que permitan valorizarlos, a la vez que tomar los
resguardos necesarios.

16 Sagredo Baeza, Rafael, (editor), Ciencia-Mundo, Orden republicano, arte y


nación en América, Editorial Universitaria, Santiago, 2010. Interesante
libro, que incluye un buen trabajo sobre Eduard Poeppig, debido a Carlos
Sanhueza.
17 Graham, Mary, Vida y obra, Editorial Norma, Santiago, 2005.
18 Coffin, John, Diario de un joven norteamericano detenido en Chile, Ocho Libros,
Santiago, 2012.
19 Cox, Guillermo E., Exploración de la Patagonia Norte, Ediciones Continente,
Buenos Aires, 2006.

41
“Fragatas Astrolabe y Zélée”, Voyage au Pole Sud et dans l’Océanie dans les corvettes l’Astrolabe et la Zélée. Jules
Sébastien Cesar Dumont d’Urville, Paris, 1846.
Armando Cartes M.

III. VIajEros IlustraDos EN la Tierra

Se denomina Ilustración o Siglo de las Luces a la corriente


intelectual de pensamiento que dominó Europa y, en especial,
Francia e Inglaterra durante casi todo el siglo XVIII20. Abarca
desde el Racionalismo y el Empirismo del siglo XVII hasta la
Revolución Industrial del siglo XVIII, la Revolución Francesa y
el Liberalismo. Desde Francia, donde madura, se extendió por
toda Europa y América y renovó especialmente las ciencias, la
filosofía, la política y la sociedad.

Una característica del período es su antropocentrismo. Hay


un nuevo Renacimiento en que todo gira en torno al ser humano.
Hay confianza en lo que el hombre puede hacer; se piensa
que el progreso es continuo e indefinido; hay una perspectiva
optimista y la sociedad se seculariza. En este siglo se termina de
cartografiar todo el globo, con excepción de los círculos polares
y algunas regiones de África. En física y matemáticas los avances
son impresionantes. Surge la Economía Política como ciencia
moderna, gracias a las aportaciones de los fisiócratas, como
François Quesnay y sobre todo del liberalismo de Adam Smith y
John Stuart Mill.

El avance de la historia natural incluye las ciencias humanas.


Se sientan las bases de la antropología y la arqueología. Se abren
importantes debates, que interesan a la situación de América
y sus habitantes. El primero es la llamada polémica del Nuevo

20 El presente texto corresponde a la ponencia “Viajeros ilustrados en


tierra mapuche”, ya publicada en las Actas de las V Jornadas de Historia Naval y
Marítima, Valparaíso, agosto de 2008.

43
Viajeros en Tierras Mapuches

Hipólito Ruiz (1754-1816) Alejandro Malaspina (1754-1809)

Mundo y el segundo es la cuestión del “bon sauvage”, esto es, sobre


la supuesta naturaleza inocente del hombre, en su estado natural.
Concepto que se halla presente en muchos viajes de exploración,
pero que es cuestionado por los mismos viajeros.
Las expediciones científicas fueron numerosas, durante el si-
glo XIX. En una etapa de expansión imperial, aquellas nunca
fueron puramente científicas; aun la del Conde Lapérouse, que
viajó con más de doscientos sabios y sin mercaderías que ven-
der. En una época de expansión imperial, las cuestiones prio-
ritarias son el avance de la náutica y del conocimiento de la
geografía y de los recursos naturales. En general, exploraban
derroteros, buscaban nuevos productos e información produc-
tiva y comercial. Los testimonios consignados se originan en
expediciones científicas, mercantiles y de diversa índole. Con
frecuencia el objeto del relato no es la descripción etnográfica.
Incluso en las expediciones propiamente científicas, como las
del mismo Lapérouse, Malaspina o Hipólito Ruiz, la descrip-
ción de las sociedades indígenas no es un objetivo principal.
Estas formaban parte de la historia natural. Las llamadas “cu-
riosidades” del siglo XVIII son el objeto actual de la antropo-

44
Armando Cartes M.

logía, la etnografía y la arqueología. El relato mismo del viaje,


por la necesaria interacción con las sociedades criollas, dio lugar
a interesantes observaciones, ya que suelen referirse a aspectos de
la sociabilidad que escapan a los documentos oficiales.

La Ilustración asumió la tarea de racionalizar y hacer avanzar


el conocimiento. Se promovía, según Kant, el triunfo de la razón
natural sobre los prejuicios de la autoridad y la tradición. Lo an-
terior propició el cuestionamiento de muchas creencias y lugares
comunes de la cultura y ciencia de la Europa de la época. Una
de las polémicas más intensas se trabó en torno a la naturaleza
de los indígenas americanos. Fue la llamada “disputa del Nuevo
Mundo” y se enmarcaba dentro de la campaña general de des-
crédito contra el Imperio Español. En estricto sentido, era una
discusión tan antigua como el descubrimiento. Ya desde el siglo
XVI se había enfrentado la corriente humanista, representada
por el padre Las Casas y Francisco de Vittoria, que reconocía al
indio cuerpo y alma, con la corriente que sostenía la legitimidad
de la conquista y aun de la esclavitud indígena. Una nutrida le-
gislación protectora, de eficacia muy relativa, fue el resultado de
la polémica.

Durante el siglo XVIII varios pensadores justificaron con sus


escritos la idea de superioridad de ciertas razas. Muy influyentes
fueron Buffon, Hume, Robertson, De Pauw y Raynal. El primero
sostenía que el Nuevo Mundo era un continente inmaduro, de-
masiado húmedo, por lo que sus habitantes permanecían niños
durante toda su vida. El mismo Abate Molina se encargó de refu-
tarlo. El empirista Hume en su Essay of National Characters atribuye
a los naturales de las regiones tropicales un carácter indolente,
debido a sus escasas necesidades. El holandés Cornelius de Pauw
va más allá, describiendo a los nativos americanos como salvajes
degenerados, que odian las leyes de la sociedad y desconocen los
frenos de la educación. Estas ideas influyeron en el Abate Raynal21

21 A philosophical and political history of the Settlements and Trade of the Europeans in
the East and West Indies, 5 volúmenes.

45
Viajeros en Tierras Mapuches

y William Robertson22, dos “historiadores de América”, quienes sos-


tenían un determinismo climático, para concluir en la inferioridad
de ciertas razas y en la simplicidad original del hombre america-
no.
De manera oficial, España no sólo no defendió a los criollos, sino
que dictó normas que venían a reafirmar la dependencia colonial
de los americanos respecto de los peninsulares. El ayuntamiento
de ciudad de México, en 1771, representó las medidas, en lo que
se estima un pilar del primer nacionalismo mexicano23. En años
posteriores, autores criollos y el mismo Alexander von Humboldt, en
sus escritos, emprenderán la tarea de procurar el abandono de estas
prejuiciosas concepciones.

EN busCa DEl “buEN salVajE”


Uno de los conceptos más recurrentes de la Ilustración fue la
noción del “buen salvaje”. Si bien surgió mucho antes, durante
este período alcanzó popularidad y difusión24. Se le asocia a Jean-
Jacques Rousseau, quien en su Discurso sobre el origen de la desigualdad
entre los hombres (1755)25 plantea la tesis de que “el hombre en su estado

22 The History of America, Londres, 1799, tres volúmenes.


23 Según una autora, esta reacción, contenida en el documento “Re-
presentación Humilde en favor de los naturales”, muestra el cambio que
se estaba operando en el pensamiento social criollo (Villar, Mercedes, “La
visión del indio en la Ilustración y el primer indigenismo mexicano”, Artegnos,
Revista mensual de arte y pensamiento, abril de 2002, http://www.artegnos.com/
abr2002lindex.html).
24 Sobre la formulación del concepto del buen salvaje y su desarrollo literario,
véase Fairchild, Hoxie Neal: The Noble Savage: A Study in Romantic Naturalism,
Russell and Russell, New York, 1961, ps. 1-56. Vs., además, Crane, F. Arthur: The
Noble Savage in America, Yale University Thesis; University Microfilms 70-5333; y
Dickason, Olive Patricia: The Myth of the Savage, University of Alberto Press, 1984.
25 Las obras de Rousseau que contienen estas ideas son: Discours sur les arts et
les Sciences (1750); Discours sur l’origine et les fondements de l’inégalité parmi les hommes
(1755).

46
Armando Cartes M.

natural era esencialmente bueno y libre


de todo prejuicio” y se vuelve malo
a través de instituciones como la
propiedad privada, que corrompen
su conducta natural. Sus ideas
continúan una tradición clásica, que
se remonta a Ovidio y su imagen de
la Edad de Oro; el mismo Rousseau
cita la Germania de Tácito y conocía
la creencia medieval en la Beatus lile,
un lugar de paz y plenitud en los
lejanos mares occidentales.

Esta tradición se había manifestado en el siglo XVI en


numerosos relatos, a partir de las cartas de Cristóbal Colón.
Aquellos describían a los nativos en su estado de naturaleza
como seres virtuosos, que vivían juntos en inocente desnudez,
compartiendo su propiedad. Los escritos posteriores de Bartolomé
de las Casas y de las colonias francesas e inglesas expusieron el
contraste entre esta vida idealizada y la explotación introducida
por los europeos “civilizados”. Una idea que se proyectaría hasta
el siglo XIX, en los relatos de exploradores y viajeros.

El gran éxito del ideal de Rousseau del buen salvaje entre


los hombres de su época, se debe en buena medida a su
temperamento. Una mente original y una prosa atractiva, escrita
en tono afectivo y con pasión democrática. Como un profeta,
culpaba a la sociedad y no hacía concesiones. Denunciaba el
refinamiento y el progreso científico como una actitud vacía, que
no podía ocultar la pobreza espiritual de su tiempo. Su Discurso
era todavía la moda intelectual, cuando se publican las relaciones
de los viajes de James Cook y Louis- Antoine Bougainville, hacia
1770. La creencia en la superioridad moral del nativo es una
idea fuerza que se prolongaría otro medio siglo. A pesar de que
el mismo Rousseau reconocía que su planteamiento era más un
razonamiento hipotético que una verdad histórica, se impuso
con fuerza en la intelectualidad de la época. Era una reacción

47
Viajeros en Tierras Mapuches

“Indios Onas”, Vistas de Chile, Santiago, 1910.

contra el lujo y la formalidad, que debía contrastarse contra las


simples virtudes de las sociedades nativas, no corrompidas por la
civilización.
Los viajes de Bougainville y el descubrimiento europeo de
Tahiti parecían confir mar la tesis y la proyectaron hasta principios
del siglo XIX. La descripción literaria del navegante, unida a su
prestigio científico y encanto personal desplegado en los salones,
convenció al público de que se había hallado al noble salvaje.
Su visión romántica de islas cubiertas de árboles frutales, con
hombres amables y mujeres de desnuda inocencia, conquistó los
corazones ilustrados.26 Tanto Bougainville como Cook llevaron
nativos de vuelta a Europa, contribuyendo a popularizar la idea
del buen salvaje entre los círculos intelectuales.27

26 Bougainville, Louis- Antoine, Voyage autour du monde par la frégate du roy la


Boudeuse et la flûte L’Etoile, París, 1771.
27 Cfr., Inglis, Robin, The Noble Savage: Myth And Reality And The Northwest Coast at The End Of The
Eighteenth Century, (web.viu.ca/black/amrc/index.htm?research/papers/inglis3.htm&2).

48
Armando Cartes M.

La idea, sin embargo, entraba en conflicto con la experiencia


concreta de muchos viajeros y de los mismos colonos. Los
primeros solían encontrar un pueblo salvaje, no inclinado a la
bondad. El mismo Cook sufre una muerte violenta a manos de
los nativos, al igual que el científico Lammanon y otros catorce
miembros de la expedición Láperouse. Algo similar ocurre a los
ocupantes del territorio, que quieren dominar a sus antiguos
dueños y ponerlos a trabajar en campos y minas, provocando
muchas veces un enfrentamiento violento. Se produce, así, una
actitud dual frente a los habitantes originarios. Una idealización
excesiva, por un lado, y la visión, por otro, de seres depravados y
supersticiosos, que había que redimir.
Si bien el buen salvaje ya no fue encontrado en las costas de
Sudamérica, la idea influenció la política oficial hacia los pueblos
encontrados. Se instó a los viajeros a tratarlos con simpatía e
investigar sus prácticas culturales. Así ocurre en las instrucciones
dadas a Cook, La Pérouse o Malaspina. El primero presenta
honestamente sus impresiones. Sin artilugios románticos muestra
no haber encontrado al noble salvaje. Las instrucciones a
Lapérouse, en cambio, fuertemente influidas por la Ilustración
francesa, expresan la aproximación que debe adoptarse frente
a los nativos: “en toda ocasión el Señor de Lapérouse debe actuar con la
mayor gentileza y humanidad hacia los diferentes pueblos que visite (...) Si
circunstancias peligrosas lo obligan a valerse de la superioridad de sus armas,
sólo debe recurrir a la fuerza con la mayor moderación. Si no puede obtener
la buena voluntad de los salvajes por el buen trato, debe constreñirlos por
miedo y amenazas y usar la fuerza como último recurso (...) Su Majestad
considerará el más feliz evento de la expedición, si ésta termina sin llevarse la
vida de un solo hombre”.
A pesar de estas consideraciones, como muchos viajeros
Lapérouse resistía totalmente la idea del buen salvaje. A medida
que avanzaba su viaje, su rechazo se hacía más fuerte. Más que
dañar al inocente salvaje, le preocupaba mejorar la situación
europea, con la introducción de nuevas plantas y tecnología. Creía
en el progreso a través de la reforma económica y criticaba a los
misioneros católicos por no promover con fuerza la civilización.

49
Viajeros en Tierras Mapuches

Condenaba la especulación teórica y sentimental de su tiempo


sobre el noble salvaje. “Los filósofos, decía, escriben libros junto a la
chimenea, mientras que yo he viajado por treinta años. He observado la maldad
e injusticia de aquellos que pintan como buenos, sólo porque están cerca del
estado de naturaleza”. El entusiasmo hacia el “salvaje” le parecía no
sólo insensato, sino además peligroso28.
Una visión más temperada es la de Alejandro Malaspina, quien
hizo un largo viaje científico por el Pacífico29. Esta expedición
española estaba también influida por el espíritu y las convenciones
de la Ilustración Francesa. La situación de los nativos no figura
en sus preparativos, donde priman las consideraciones náuticas,
políticas y geográficas. Su enfoque, sin embargo, reflejaba la visión
de que el hombre cercano a la naturaleza, si bien podía no ser
naturalmente noble, merecía un estudio intenso y un tratamiento
generoso y humano. Influían también otros miramientos, como
el deseo de cristianizarlos y atraerlos para fines políticos y de
seguridad.
Los logros culturales de algunos pueblos provocaban
admiración. Hay una fascinación que excede la mera
curiosidad: la joyería, las técnicas de pesca, las armas, en la
zona centroamericana, asombran a los viajeros, pero se instala
la percepción de que, a medida de que se avanza hacia el norte
o el sur, las culturas son más primitivas. Aunque la realidad
desmentía el mito rousseauniano, la fascinación ilustrada con
la observación detallada de una realidad que también integran
los nativos, ejerció una profunda influencia en los marinos y

28 Dunmore, John and de Brossard, Maurice, Le Voyage de Lapérouse: Récit et


Documents Originaux, Imprimerie National, París, 1785, Tome I; Milet-Mureau,
L.A, Voyage of La Pérouse autour du Monde, París, 1798, Tome I; McKenna, J.: “The
Noble Savage in the Voyage of LaPérouse,” Kentucky Foreign Language Quarterly,
1965, No. 1, p. 129.
29 Malaspina, Alejandro, Viaje político-científico alrededor del mundo por las corbetas
Descubierta y Atrevida al mando de los capitanes de Navio D. Alejandro Malaspina y D. José
Bustamante y Guerra desde 1789 a 1794, editado por Pedro Novo y Colson, Madrid,
1885; Sagredo Baeza, Rafael y González Leiva, José Ignacio, La Expedición
Malaspina en la frontera austral del Imperio Español, Editorial Universitaria, Santiago,
2004.

50
Armando Cartes M.

científicos que visitaron las costas americanas. De esta manera,


Malaspina expresa una visión moderna, en cuanto, aun cuando
embellece su relato retratando generosamente a los nativos, no
propone una vuelta al primitivismo.
Se trata, finalmente, de una afirmación de la virtud innata
del hombre, una creencia en el valor del progreso y la necesidad
de reforma política. Aunque no comulgaba con el mito del
buen salvaje, estas ideas contribuyeron a que muchos europeos
reconocieran a los nativos americanos como congéneres. Crearon
una representación que últimamente dio lugar a un acercamiento
más humano, abriendo el camino al reconocimiento posterior de
la igualdad de los pueblos.

51
Viajeros en Tierras Mapuches

VIajEros y tEstImoNIos
Una simple relación de viajeros permite dimensionar el
caudal de testimonios existentes. La ciudad de Concepción,
en su antiguo emplazamiento de Penco y en el actual Valle
de la Mocha, recibió la visita de aquellos. Desde el religioso
mínimo Louis Feuillée, hasta numerosos naturalistas o marinos
americanos y europeos. La mayoría puso pie en la zona,
arribando por el puerto de Talcahuano. Muchos se dirigieron
luego a Arauco, a conocer sus habitantes, que ya para el siglo
XVIII vivían una existencia propia de Frontera.

La primera relación de un viaje al territorio de la actual


Región del Bio Bio, se debe a la pluma de Pedro de Valdivia.
Ansioso por obtener de la Corona el reconocimiento a sus
méritos, el Conquistador remitió varias cartas a España. En
ellas, describe los sucesos y los lugares que iba descubriendo
desde su personal circunstancia: la de un militar español en
una tierra extraña. Así lo revelan sus referentes y puntos de
comparación. Señala, en efecto, que (los araucanos) “pelean
como tudescos”, o se refiere a las ciénagas como “la Rochela
de Purén”. Los mismos cronistas coloniales o de la Conquista,
como Quiroga, Vivar, Rosales, González de Nájera o Góngora
y Marmolejo, cuando habían emigrado desde España, pueden
considerarse viajeros, en cuanto contrastan lo que observan
con sus paradigmas de origen. Nos concentraremos en los
propiamente viajeros, que son aquellos que residen un tiempo
más o menos breve y asumen una perspectiva extema.

En el siglo XVIII, puede reconocerse como viajero al


sacerdote jesuita francés Nyel, quien escribe desde Concepción
dos “cartas curiosas y edificantes” (1705).30 Uno de los viajeros
más importantes, por la agudeza de sus comentarios es el

30 Martin, Louis Aimé, 1786-1847: Lettres édifiants et curieuses concernant l’Asie,


l’Afrique et l’Amérique avec quelques relations nouvelles des missions/ L. Aime Martin,
Auguste Desrez, París, 1838. 4 v.; (VlI recueil, París, 1707).

52
Armando Cartes M.

“Mauricio Rugendas, autorretrato”

ingeniero francés Amédée Frézier (1712)31. El comerciante la


Barbinais le Gentil, en la década siguiente, registra curiosos
sucesos, de interés etnográfico (1715)32. El corsario inglés
George Shelvocke visita la bahía de Concepción en 172033. La
primera expedición ilustrada española, a cargo de Jorge Juan
y Antonio de Ulloa, recorre la región en 174534 y, dos años

31Amédée Frézier, Relation du voyage de la mer du sud aux cotes du Chili et du Pérou,
edición facsimilar de la primera, pub. en París, 1716 y edición moderna
con presentación de Gastón Arduz Eguía et Hubert Michéa, Editorial Utz,
Francia, 1995.
32 La Barbinais Le Gentil, Nouveau voyage autour du monde, enrichi de plusiers plans,
vues et perspectives, avec une description de la Chine, París, 1725-1727, 3 vol. y
reimpreso en Amsterdam, 1728, 2 vols.
33 George Shelvocke, A Voyage round the world by the way of the great south sea,
performed in the years 1719,20,21,22 in the speedwell of London, J. Senex, W. and J.
Innys, Londres, 1726 (reedición de Da Capo Press, Amsterdam, 1971).
34 Jorge Juan y Antonio de Ulloa, Viaje a la América Meridional, recientemente
reeditada en España (Edición de Andrés Saumell Liado, Madrid, 2002, 2
volúmenes).

53
Viajeros en Tierras Mapuches

después, el abate francés Courte de la Blanchardiére registra


en forma crítica la situación de la región de Concepción.35 La
expedición botánica española de Ruiz y Pavón, a la que se suma
el científico francés Dombey, recorre la zona en 1783, se dirige a
Arauco y consigna interesantes episodios36. El conde Lapérouse,
que estuvo en Concepción en febrero y marzo de 1783, a pesar
de su trágico destino, dejó un testimonio importante sobre la
región y sus habitantes,37 sólo comparable a los informes de la
expedición encabezada por Alejandro Malaspina, en 178938.

Ya en el siglo XIX, viajeros de diversas nacionalidades, entre


ellos, varios rusos, visitarán la región. Los anima el mismo espíritu
inquisidor y descriptivo de los viajeros ilustrados. Hacia 1830, los
ideales positivistas se vuelven dominantes y los testimonios, de via-
jeros en tránsito o de extranjeros residentes en el país, adquieren
un tono distinto.39 En general se suman al discurso “civilizador” y
promueven medidas de intervención que finalmente desemboca-
rán en la ocupación del territorio mapuche, durante la República.
De esta forma, hemos pasado revista a una fuente importante,

35 Courte de la Blanchardiére, Nouveau voyage fait au Pérou, Imprimerie de


Delaguette, París, 1751.
36 Relación Histórica del Viage, que hizo a los Reynos del Perú y Chile el botánico Dr.
Hipólito Ruiz en el año de 1777 hasta el de 1788, en cuya época regresó a Madrid,
Madrid, 1952; y Hamy, E.T., Dombey. Sa vie, son ouvre, sa correspondance, E.
Guilmoto, éditeur, París, 1905.
37 Le Voyage de LaPérouse, 1785-1788, Récit et documents originaux presentes par
John Dunmore et Maurice de Brossard, Imprimerie Nationale, París, 1985.
38 Sagredo Baeza, Rafael y González Leiva, José Ignacio, La Expedición
Malaspina en la frontera austral del Imperio Español, Editorial Universitaria,
Santiago, 2004.
39 Sin pretender ser exhaustivos, pueden mencionarse en esta época diversos
relatos de periplos, que tuvieron por objeto reconocer al pueblo mapuche. Así,
v.gr., Araucanía y sus Habitantes, de Ignacio Domeyko; Los araucanos o notas sobre una
gira efectuada entre las tribus indígenas de Chile Meridional, de Edmund R. Smith; A
visit to the indians of the frontiers of Chili, de Allen Francis Gardiner, Londres, 1841;
y W. B. Stevenson, An Historical and descriptive narrative of twenty years residence in
South America, 1825.

54
Armando Cartes M.

“Araucano de cuerpo entero, ca. 1836”, Diener, Pablo, Rugendas, Su viaje por Chile 1834-
1842, Origo Ediciones, Santiago, 2012.

pero poco valorizada, de los estudios etnográficos y de historia


cultural. El análisis sistemático y conjunto de los testimonios per-
mite proponer nuevas problematizaciones y líneas de investiga-
ción, que resulta interesante explorar.

55
Amédée Frézier (1682 - 1773)
Armando Cartes M.

IV. FrézIEr y los indians du Chily

A principios del siglo XVIII y por algo menos de tres décadas,


se produjo un gran acercamiento entre las Coronas de Francia
y España40. La llegada de Felipe V al trono de España, nieto del
francés Luis XIV, propició un intercambio en diversos planos,
que alcanzó también a las posesiones americanas del Imperio.
Para el lejano Reino de Chile, los eventos europeos
tuvieron consecuencias insospechadas. La ruta del Estrecho,
prácticamente cerrada a la navegación luego de las fallidas
experiencias colonizadoras del siglo XVI, se abría ahora
como el canal de comunicación más directo para los navíos
atlánticos. Ya no sólo los corsarios ingleses u holandeses se
aventurarían por la peligrosa vía de Magallanes; también los
franceses llegarían numerosos, como avanzada imperial, en
pos del comercio y del progreso del conocimiento geográfico.
Para la bahía de Concepción, en particular, que se proyectaba
hacia el territorio araucano, la novedad geopolítica significaba
una nueva centralidad. El mejor puerto del Pacífico sur, situado
hasta entonces al fin de las rutas comerciales que pasaban por
Cartagena o Portobelo, bajo el impulso de los buques galos,
pasaba a ser la puerta de entrada del comercio atlántico.
Cientos de naves harían la ruta durante esos años, al punto
que su contrabando saturaría los mercados chilenos y peruanos,
obligando a los marinos y comerciantes a permanecer largos

40 Extractamos esta parte del capítulo referente a Amédée Frézier, de


nuestro libro Franceses en el País del Bio-Bio (Trama Impresores, Talcahuano,
2004, ps. 97-115), que contiene una relación biográfica y bibliográfica del
personaje; ampliando las referencias a sus escritos sobre el mundo indígena.

57
Viajeros en Tierras Mapuches

meses, a veces años, en la región, esperando que mejoraran


los precios. Muchos de ellos, llegados a Penco hacia 1700,
permanecieron para siempre, dando origen a familias chilenas,
que luego se extendieron por todo el país41.

Entre las naves que fondearon en la bahía de Concepción,


se hallaba el Saint Joseph, que arribó el 18 de junio de 1712,
proveniente del puerto francés de Saint- Maló, tras una
prolongada travesía de siete meses. A bordo venía el ingeniero
militar Amédée Frézier, animado por afanes científicos y “su
inclinación a viajar”, pero también por un encargo real. Éste
consistía en estudiar las defensas y los recurso de la región…la
amistad entre las coronas podía no durar para siempre.

Nacido en Chambery, Frézier tenía treinta años cuando


llega a Chile. Contaba con una sólida formación matemática,
literaria y en lenguas. Sirvió cinco años en el ejército y trabajó
en las defensas del puerto de Saint- Maló. Durante 24 años, a
partir de 1739, fue director de las fortificaciones de Bretaña. Se
le describía, en la época, como una persona interesada por el
progreso de las ciencias y de las artes. Morirá nonagenario en
177342.

Con su experiencia de ingeniero y militar, escribió un Traité


de la Coupe de Pierre y un Traité des Feux d’Artifice pour l’espectacle. Pero
la obra que le ha dado más justa fama, es su Relation du Voyage de
la Mer du Sud aux côtes du Chili et du Pérou. “Un libro que bastaría, él
solo, según Jean- Pierre Blancpain, para probar la parte que co-
rresponde a la marina francesa en la exploración de América del
Sur y en la toma de conciencia de sí mismo llevada a cabo por
Chile”43. El viaje que describe la Relation, corresponde al cum-

41 Campos, Fernando, Veleros Franceses en el mar del Sur, Zig-Zag, Santiago,1964.


42 Vila Vilar, Luisa, El Viaje de Amédée Frézier por la América Meridional,
Sevilla, 1991, p. 20.
43 Blancpain, Jean-Pierre, Francia y los Franceses en Chile, Colección
Histo-Hachette, Santiago, 1987, p. 45.

58
Armando Cartes M.

plimiento de una comisión


real, consistente en el estu-
dio de las defensas milita-
res de Chile y el Perú, fren-
te a una posible invasión
de los enemigos de Francia
y España. El encargo del
Rey lo llena de contento,
“pues creía, escribe, que ya
no me quedaba esperanza
de satisfacer mi inclinación
a viajar”. Con el propósito
referido, enriquecido por
sus variados intereses cien-
tíficos, realizará un largo
viaje, de dos años y medio.
Una estadía larga en Valparaíso, le permite recorrer Santiago
y los campos circundantes. En mayo de 1713 desembarca en
Coquimbo y visita La Serena. En aquel puerto se embarca en un
buque triguero, llamado el Jesús María, en el cual recorre la costa
de Copiapó, hasta Caldera. Continúa, luego al puerto de Ilo, en
el Perú. Allí encuentra dos navíos franceses, recién llegados de
China. En uno de ellos, cargado de sederías de Cantón y que
montaba 44 cañones, siguió viaje a Lima, invitado por su capi-
tán, el teniente de la marina real Ragueine Marcuil. En Callao y
luego en Lima, donde permaneció algunas semanas, continúa su
trabajo. En Concepción estuvo en dos ocasiones, desde junio a
fines de septiembre de 1712, a su llegada a América y, ya en ca-
mino de regreso, desde noviembre de 1713 hasta el 19 de febrero
de 1714, día en que parte de vuelta a Europa. Llevaba consigo
un acervo enorme de informaciones y observaciones, que luego
utilizaría en la preparación de su más conocida obra.
Apenas dos años después de su regreso a Francia, Frézier
publica la relación de su viaje. Es una recopilación minuciosa de
observaciones de diverso orden: militares, botánicas, etnográficas

59
Viajeros en Tierras Mapuches

y astronómicas, escritas con buen estilo. La obra describe radas,


puertos ciudades; también la flora, fauna y las costumbres de los
países que visitara, Chile y el Perú, a los que califica de “las más
ricas colonias del mundo”. La mejor descripción del contenido y
propósito de la obra, en todo caso, se la debemos al propio autor.
En la dedicatoria al Regente Duque de Orleáns, expone: “Es
una descripción de los animales, de las plantas, de las frutas, de los metales
y de lo extraordinario que produce la tierra en las más ricas colonias del
mundo. Son investigaciones exactas sobre el comercio, las fuerzas, el gobierno
y las costumbres de los españoles criollos y naturales del país, de lo cual he
hablado con todo el respeto que debo a la Verdad”.
El juicio posterior que el texto ha recibido ha sido siempre
favorable. Así, Campos Harriet indica que la obra de Frézier
destaca por la belleza de sus descripciones y la gracia de su estilo.
Especialmente pondera “las finas observaciones que contiene
sobre las costumbres, la cultura y la vida social de las colonias;
el estado de la agricultura, de la industria, todo lo cual aparece
agrupado con arte y expuesto con colorido y gracia”44. Barros
Arana, por su parte, le declara un documento valioso para conocer
el estado de estos países a comienzos del siglo XVIII. Reconoce,
asimismo, haberla utilizado ampliamente en la redacción de su
Historia. Aun sus errores, sostiene, sirven para conocer el estado
de las ciencias en la época en que Frézier escribía.
El libro de Amédée Frézier lleva por título Relation du voyage
de la mer du sud aux côtes du Chili et du Pérou, fait pendant les années
1712, 1713 & 1714. La aportación gráfica y cartográfica, en
particular, es un aspecto notable. Se incluyen 37 láminas, que
agregan veracidad y amenidad a la obra. Estas pueden agruparse
en mapas, que incluyen datos sobre corrientes marinas, bajíos o
buenos recaladeros; planos de ciudades, trazados con una técnica
depurada y, finalmente, dibujos varios, pletóricos de elementos
curiosos, detalles étnicos y aspectos de la industria, minería,
vestidos y costumbres de los reinos visitados. Ha sido objeto

44 Campos, op. cit., ps. 104 y 105.

60
Armando Cartes M.

de múltiples traducciones y reimpresiones. La primera edición


aparece en París, en 1716. Existe, también, una edición inglesa,
publicada por Jonah Browyer, en 171745; una traducción alemana
(Hamburgo, 1718) y una holandesa (Amsterdam, 1718)46. La
única traducción al español, en cambio, que se conoce del texto
íntegro de la Relation de Frézier es la de M. A. Guerin, publicada
en Caracas, en 1982. De la parte referente a Chile, sin embargo,
existe una traducción de 1902, de Nicolás Peña47. En francés, en
cambio, la obra ha sido objeto de numerosas reimpresiones, que
confirman la positiva valoración que ha recibido la Relation, la
que no disminuye con los años.
En la época en que visita el país, ya lo sabemos, las coronas
de Francia y España vivían una era de estrecha alianza. Tales
uniones, en todo caso, no solían prolongarse y los aliados pronto
devenían en adversarios. Es por ello que la tarea de estudiar las
fortificaciones americanas requería de sigilo y eficacia.
En el manuscrito de la obra se destaca la misión de Frézier, como
ingeniero de fortificaciones, de levantar planos y se menciona un
permiso especial del rey para moverse con libertad, lo que luego se
omite al publicarse. La omisión más notable de la obra impresa, en
todo caso, con referencia al manuscrito guardado en la Asamblea
Nacional, es un “mapa de los puestos avanzados en la frontera con
los indios”. Ninguna de las ediciones consultadas lo reproduce. Es
un documento secreto y de gran valor, si se considera que, en la
época, estaba prohibido el reconocimiento por extranjeros del
territorio de Chile, en especial de las fortificaciones del interior.

45 Se titula A voyage to the South Sea and along the coast of Chili and Peru 1712-
1714, particulary describing the genius and constitution of the inhabitants, as well
indians as Spaniards; their customs and manners; the natural history, mines, commodities,
etc. Contiene un apéndice escrito por el famoso astrónomo Edmund Halley,
para defenderse de una corrección formulada por Frézier a uno de sus mapas.
46 Vila Vilar, op. cit., ps. 22, 23, 25 y 27.
47 Es la Relación del Viaje de la Mar del Sur a la costa de Chile y Perú
durante los años 1712, 1713, 1714, Imprenta Mejía, Santiago de Chile,
1902, XXVI, 229 páginas.

61
Viajeros en Tierras Mapuches

62
Armando Cartes M.

El libro de Frézier contiene dos láminas referidas a mapuches, que ilustran actividades y elementos
de su vida cotidiana. Por su calidad estética e informativa han sido reproducidas múltiples veces por
autores posteriores. Así, la lámina del costado, que muestra la molienda del maíz, las vestimentas y el
uso del lazo, figura también en la obra de Schmidtmeyer, que se muestra más arriva y que es un siglo
más reciente. La Placa XXVI, del libro Viaje a Chile, a través de los Andes, de Schmidtmeyer, en efecto,
muestra a mujeres araucanas, una de ellas moliendo maíz; al fondo una casa araucana, que son
“portátiles y fácilmente trasladables de un lugar a otro”. El estilo del dibujo, el gesto de las mujeres y
el diseño de las casas reflejan, a su vez, la matriz cultural clásica del viajero, en la representación de
los sujetos indígenas. (Schmidtmeyer, Peter, Travels into Chile, over the Andes, in the years 1820 and 1821,
London, 1824).

63
Viajeros en Tierras Mapuches

Ilustra la enumeración que la Relation hace de los fuertes o


“presidios” de la Frontera. Frézier menciona, meticulosamente,
a “Talquemahuida, San Cristóbal, Santa Juana y Yumbel.
Aquellos de Boroa, Coloe, Repocura, La Imperial y Tucapel
están destruidos y abandonados y sólo existen en nuestros mapas
desde hace 100 años”. Antes, indica que “el más avanzado de
esos puestos es Purén, que está a quince leguas al sur del Bio-
Bio. Algo más al interior se ubica el de Nacimiento y, hacia la
costa, Arauco, cuyas murallas están casi totalmente destruidas”.
Describe también su artillería.48

La batería que describe Frézier es el denominado Fuerte


de Penco o la Planchada, construido 30 años antes, durante
el gobierno de José de Garro (1682-1692). Sus ruinas aun
perduran, como un testimonio único de la ciudad antigua. El
estado general de la defensa de la ciudad no es mucho mejor. A
la entrada de la mansión del oidor, que gobernaba la ciudad, se
hallaban dos cañones de cuatro libras. La escasa fortificación,
no era suplida, según Frézier, por la calidad de la tropa o de su
mando. El “maese de campo” era normalmente “un burgués sin
experiencia”. Las tropas tampoco eran numerosas. Apenas unos
dos mil hombres mal armados, contando sólo los blancos. El
situado o sueldo real mantenía a tres mil quinientos hombres, para
la defensa de la ciudad y los puestos avanzados de la frontera.
“Pero hace catorce años que la paga no llega y todo está en
desorden, pues los soldados se han visto obligados a dispersarse
por todos lados, para buscarse la vida, de suerte que si los indios
quisieran rebelarse encontrarían a los españoles sin defensa...”
Tal era el estado del país que describe el militar ataviado de
comerciante.

48 Frézier, A., “Relation du Voyage...”, Editorial Utz, París, 1995, ps. 81


y 83.

64
Armando Cartes M.

Apenas llegados a puerto, los franceses instalan tienda en


Concepción. Comienza, así, la fructífera estadía de Frézier en
la ciudad. Sumando ambas permanencias, en su viaje de ida
y de regreso, residirá en la zona más de medio año. Aunque,
entonces, Concepción no era, al decir del viajero, más que un
bon village, representaba, “sin contradicción, el mejor descanso
de la costa”. Junto a víveres de calidad, se hallaban en la ciudad,
añadía, compañías agradables para superar el tedio del largo
viaje. En la ciudad y sus alrededores, que recorre a pie y a
caballo, Frézier levanta un plano de la bahía y su “Plan de la
Ville de la Conception ou Penco”, que constituye una de las láminas
más conocidas y valiosas de la obra del francés. A pesar de los
terremotos y salidas de mar, la ciudad presentaba una de las
plantas más interesantes del reino. Acompaña al plano un perfil
de la ciudad, rotulado “Vue de Penco”, desde la perspectiva del
mar. Refiere, también, la sociedad española y, de manera muy
crítica, la abundancia de clérigos y su escasa preparación.
Su curiosidad, no obstante, se ve especialmente estimulada
por “el país indio”, a cuya descripción dedica extensas páginas,
así como por la fertilidad de la naturaleza. Como muchos viajeros
en la Araucanía, experimenta dos grandes encuentros: uno con la
naturaleza de la región araucana y otro con una alteridad cultural,
el indígena araucano; el cual, a su vez, es visto como parte de esta
naturaleza. Ambos elementos, hombre y territorio, debían ser
transformados para realizar el ideal de progreso a que aspiraba la
Ilustración. Así, al ingeniero le sorprende la infinita abundancia
de peras y manzanas silvestres y, en general, la generosidad de la
tierra. Coincide en esto con muchos otros viajeros. Dedica largas
páginas a describir las hierbas medicinales y sus propiedades
curativas; las flores aromáticas y los árboles fragantes: el canelo,
“árbol sagrado de los indios, símbolo de la paz” y el boldo, “cuya
hoja perfuma como el incienso y cuya cáscara es picante como
la pimienta”. Una desprevenida siesta a la sombra de un litre,
enseña a un oficial francés las crueles propiedades del arbusto. En
fin, los pájaros le seducen con su canto y bellos colores; describe
los lobos marinos y la abundancia de peces de la costa.

65
Viajeros en Tierras Mapuches

Es a la descripción de los habitantes nativos de la región de


Concepción, bajo el epígrafe “Des indiens du Chily”, a lo que dedica
mayor atención49. Sus observaciones, animadas de la precisión y
vivacidad propias de un testigo presencial, aunque no exentas
de prejuicios, son de utilidad para la etnografía contemporánea.
Comenta su forma de vida original y los tipos humanos y las
costumbres que resultan del intenso mestizaje que constataba. La
religión, la vida familiar, los ritos y los juegos, el arte de hacer la
guerra de los mapuches, son algunos de los aspectos que aborda
en sus notas. Celebra su proverbial autonomía: “Los Indios de
Chile no tienen entre ellos ni reyes ni soberanos que les prescriban
leyes. Cada jefe de familia es su propio soberano, pero como sus
familias han crecido, estos jefes han llegado a ser los señores
de muchos vasallos, que les obedecen sin pagarles tributos: los
españoles les llaman caciques”.
En cuanto a la religión, señala que sólo son verdaderos cristianos
los indios subyugados al servicio de los españoles. Crítica, eso sí,
que caen en un culto a las imágenes rayano en la idolatría, pues
dan de beber y de comer a las estatuas. Los indios de la costa,
añade, parecen cercanos a acoger el cristianismo, pero resisten la
prohibición de la poligamía y la ebriedad. Al punto que el obispo
de Concepción, en 1712, visitando su diócesis, fue atajado por
más de 400 indios, “que imaginándose que venía a secuestrar
a sus mujeres, querían degollarlo”. Habiéndose -malamente-
informado, afirma que los indígenas no tienen religión alguna,
ya que no hay vestigios de templos o ídolos, como en el Perú. Sólo
los funerales parecen dar señas de una religiosidad “primitiva”.
Analiza, a continuación, las condiciones de esclavitud de
algunos indígenas y las obligaciones de prestar tributo de otros,
con referencia a la situación colonial del Perú. Con mirada
ilustrada, critica el abuso de los encomenderos, que ha dado

49 Utilizamos la edición de la Relation du voyage de la mer du sud aux


côtes du Chili et du Pérou, publicada en París, 1716, complementada con
una edición moderna, con presentación de Gastón Arduz Eguía et Hubert
Michéa, (Editorial Utz, Francia, 1995, ps. 85-110).

66
Armando Cartes M.

Placa IX de la Relación de Frézier, que muestra el juego del palín o chueca,


un cagüin o “fiesta de indios” y la presencia de guardias españoles, así como
diversos implementos, tales como una Pakcha para beber, una Trutruka y
un Kultrun.

67
Viajeros en Tierras Mapuches

lugar a sublevaciones y crueles guerras. En estas situaciones, se


ha manifestado el valor de los araucanos, así como su capacidad
organizativa. “Aun cuando estos pueblos nos parecen salvajes,
saben bien ponerse de acuerdo sobre sus intereses comunes. Se
reúnen con los más ancianos y experimentados y, si se trata de
un asunto bélico, eligen imparcialmente un general de mérito y
valor conocido y le obeceden ciegamente”.
Describe, asimismo, guillatunes y otras ceremonias; los largos
discursos y aún la música, ilustrando su relato con un pentagrama
que da cuenta de la monótona melodía que acompaña al baile
tradicional. Sobre la guerra, examina las armas y la manera de
combatir, en oleadas y con fiereza, al son del tambor. Construyen
palizadas y trampas consistentes en pozos con puntas arizadas,
que luego cubren de vegetación. En la victoria son crueles;
arrancan el corazón a sus enemigos, ponen la cabeza en una pica
o beben la sangre en su cráneo y hacen flautas con los huesos de
los caidos.
Las fiestas duran días, hasta semanas. Se bebe abundantemente
chicha, vino y mate. Hay juegos de destreza con los caballos y
frecuentes peleas. La música surge de trutrukas, kultrunes y
pifilkas. Al ritmo monótono de su canto, sin ritmo ni cadencia van
entonando una larga canción, improvisada, en la cual cuentan la
historia de sus ancestros y sus familias, más lo que se les ocurra
de la fiesta y del sujeto que la motivara. Estas prolongadas
reuniones, acompañadas de ebriedad permanente, según Frézier,
se contradicen, sin embargo, con el temperamento robusto de
los mapuches. Jamás se enferman y soportan estoicamente el
hambre y la sed durante las guerras y los viajes.
Comen papas asadas o hervidas, maíz, carne de caballo o de
mula, pero no de vacuno, pues dicen que les hace mal. Comen
ulpo y muelen el maíz en una gran piedra. Así producen harina
que luego llevan a la guerra por toda provisión. El agua la llevan
en un cuerno llamado guampo, que pende del arzón del caballo.
Comen y beben sin detenerse. La bebida ordinaria es la chicha,
hecha de maíz y fermentada con saliva. Comen en círculos,

68
Armando Cartes M.

vientre a tierra, apoyados en los codos, atendidos por las mujeres.


“Los caciques comienzan a utilizar mesas y bancas, a imitación
de los españoles”.
Describe, a continuación, los tipos raciales de los indígenas
y sus rasgos dominantes: piel cobriza, miembros rollizos, buen
porte y sin barba; pelos negros y gruesos como crines. Se visten
sencillamente, con una tela que apenas les cubre; en tiempos de
lluvia, una simple manta amarrada a la cintura es su traje. Andan
descalzos y usan ojotas para caminar en terrenos pedregosos. Las
mujeres usan vestidos largo sin dibujos, ceñido por un cinto y
atado con broches de plata; también pendientes y otras piezas,
que Frézier compara con prendas romanas.
El viajero se informa también de la forma en que opera la
economía fronteriza y el tráfico de ganado desde las pampas.
Describe las rutas y las matanzas, que dan lugar a la producción
de cordobanes, cueros y carne salada. Junto con el trigo, parte de
esta producción es enviada al Perú, en naves que pudo observar
en el puerto de Talcahuano. La fertilidad de la tierra favorece los
cultivos, en especial de viñas, pero la falta de conocimiento técnico
sobre su producción y envasado conspira contra su calidad.
Como se aprecia, el viajero describe la sociedad fronteriza
en plena evolución, donde aún hay indígenas, sobre todo en la
cordillera, que viven en la forma más tradicional. El mestizaje
ya se impone, de lo cual dan testimonio las bebidas y vestidos, las
costumbres y, sobre todo, la participación de los indígenas en los
circuitos de comercio coloniales.

69
Isla Mocha
Armando Cartes M.

V. lItEratura DE VIajEs y proyECto CIVIlIzatorIo

La literatura de viajes, como todo relato testimonial con


pretensión científica, tributa a la mentalidad y a los intereses de
una época. Los viajeros ilustrados del siglo XVIII pusieron el
énfasis en el conocimiento geográfico y en la identificación de
los recursos naturales de las regiones visitadas, a fin de expandir
el comercio y preparar la avanzada imperialista. Un sincero
interés científico caracterizó también sus periplos, por lo que
dejan registro de los pueblos visitados y sus costumbres, así como
las nuevas variedades vegetales o animales “descubiertas”50.
Anticipan, de esta forma, el advenimiento de las ciencias
modernas, desde la perspectiva ilustrada y eurocéntrica, propia
de su formación.
En el siglo XIX, los relatos de los viajeros aparecen cruzados
por los debates propios de ese siglo. El proceso de construcción
de una identidad nacional, que implica la definición de la
“conciencia de un nosotros” frente a los otros, es una cuestión
central. El nacimiento de la nación moderna occidental, a que
se refiere Eric Hobsbawm51, exige la definición de una identidad

50 Cfr., Pratt, Marie Louise, Imperial Eyes, Travel writing and transculturation,
Routledge, Gran Bretaña, 1992 (hay versión española: Ojos Imperiales,
Literatura de viajes y transculturación, Universidad Nacional de Quilmes, Buenos
Aires, 1997); Blancpain, Jean-Pierre, “Sous le regard de l’autre. Voyageurs
et marins français au Chili a l’époque des Lumiéres”, L’information Historique,
1993, Francia, volumen 55. N°1, y Sagredo B., Rafael, “¿Sólo interés por las
ciencia? Las expediciones científicas del siglo XVIII”, Revista Mapocho N° 36,
segundo semestre de 1994, ps. 169-190.
51 Cfr., Hobsbawn, Eric, Naciones y nacionalismo desde 1780, Editorial Planeta,
Buenos Aires, 2012.

71
Viajeros en Tierras Mapuches

colectiva, que los viajes, paradójicamente, contribuyen a reforzar.


La confrontación con lo extraño, lo ajeno, obliga a una definición
individual y colectiva, en un contexto en que la incipiente nación
había pasado a constituir una preocupación capital.
La construcción cultural y política de la nación, durante el siglo
XIX, funcionó también a partir de prácticas de diferenciación.
Inducía a tomar una posición de alteridad, que buscaba definir lo
nacional -paisaje, lengua, etnias- ante lo ajeno. Factores afectivos
y emocionales, más allá de los meramente políticos, se conjugan
en la representación de la identidad, mostrando hasta qué punto
la definición nacional también estuvo mediatizada por factores
no racionales, como sentimientos, prejuicios y estereotipos. El
viaje se articulaba como una manera de territorializar la nación.
Desde este punto de vista, siguiendo a François Hartog, la nación
se construía como un producto del enfrentamiento de fronteras
culturales52.
La literatura de viajes alcanzó amplia difusión en esta época.
Se editaron, tradujeron, compilaron y reimprimieron cientos
de libros, muchos de ellos referidos al continente americano53.

52 Hartog, François, El Espejo de Herodoto y Memoria de Ulises. Relatos sobre


la frontera en la antigua Grecia. Citado por Sanhueza Cerda, Carlos, Chilenos
en Alemania y Alemanes en Chile, Centro de investigaciones Barros Arana,
Santiago, 2006, p. 23, quien también hace referencia a los conocidos trabajos
de Edward W. Said sobre la invención europea del Oriente, demostrando
de qué forma “la conformación de la propia imagen se articula desde la
configuración del otro”.
53 La bibliografía sobre viajeros a América es amplia. Véase, v. gr. Haenke,
Humboldt, Philippi, Stübel, Burmeister, Poeppig, In Banne der Anden. Reisen
deutscher Forscher des 19 Jahr-hunderts, Verlag der Nation, 1973 Berlin; Bernard
Naylor, Accounts of nineteenth-century South America: An annotated checklist of works
(University of London. Institute of Latin American Studies. Monographs);
Santos Gómez, Susana, Bibliografía de viajeros a la Argentina, Fecic, Buenos
Aires, 1983. Sobre viajeros a Chile, vs., Romero, Renán, González, Roberto
y Nilo, Oscar, Notas para un diccionario biográfico y valorativo de Viajeros Extranjeros
relativos a Chile, con exclusión de los de habla española, Memoria de Prueba,
Universidad de Chile, 1966; Guillermo Feliú Cruz, Viajeros relativos a Chile,
Fondo histórico y bibliográfico José Toribio Medina, Santiago, 1962; Manuel
Rojas, antologador, Chile: 5 navegantes y un astrónomo, Empresa Editora Zig-

72
Armando Cartes M.

En conjunto, constituyeron un corpus narrativo, que coloca la


definición de nación, un asunto político, también dentro de la
esfera literaria. La nación, desde la textualidad, es metáfora y
narración. Los relatos de autoafirmación o descripción de lo
ajeno, tuvieron un eco entre los compatriotas de un inmenso
poder simbólico, comparable a una proclama política o una
constitución54.
Avanzando el siglo XIX, se fue conformando un nuevo
discurso del viaje, que combinaba el desarrollo de una ciencia
experimental; la ampliación de los circuitos comerciales y el
interés en una política de colonización imperial. Los relatos se
volvieron más “serios”, despojándose de referencias personales o
autobiográficas. Al sentido literario de entretención o de simple
expresión filosófica se le anexó un papel utilitario, en materia
de experimentación científica, definición de zonas de posible
explotación minera o agrícola y descripción de características de
las poblaciones y sus potencialidades como mercado económico.
Se asumió una pretensión de veracidad, legitimada a partir de la
experiencia directa del viajero55.
Una cuestión propia de la Modernidad es el auge del discurso
civilizatorio. Éste impregna la literatura de viajes y, a la vez, se

Zag S. A., Santiago, 1956 (Byron, Reuel Smith, Brouwer, Lafond de Lurcy,
Basil Hall, Plüschow); Sin indicación de autor, Viajeros en Chile 1817-1847,
Editorial del Pacífico, Santiago, 1955. (Radiguet, Samuel Haigh, Alexander
Caldcleugh); Hansen Krug, Nora, “Chile visto por los viajeros alemanes del siglo
XIX”, Memoria de Prueba para optar al título de Profesor de Historia,
Geografía y Educación Cívica, Santiago, 1940; Anrique R., Nicolás, Cinco
relaciones jeográficas e hidrográficas que interesan a Chile, Santiago, Imprenta
Elzeviriana, 1897.
54 Sanhueza, op. cit., p. 24.
55 Treutler usa casi las mismas palabras para referirse a su relato de viajes:
“Lo que publico en mi obra “Quince años en Sudamérica’ es lo que en
aquel tiempo vi, escuché, padecí y sentí y que ahora intento reproducir
con la ayuda de mi débil pluma. Todo está descrito con correspondencia
a la realidad…” Treutler, Paul, Andanzas de un alemán en Chile 1851-1863,
Editorial del Pacífico S.A., Santiago, 1958.

73
Viajeros en Tierras Mapuches

alimenta de ella. Desdeñando las identidades étnico-culturales o


las creencias religiosas, se sostenía que todos los pueblos, mediante
la razón, podían “transformar sus mundos, “civilizar”, es decir,
hacer habitables los espacios “salvajes”, edificar sociedades civiles
(…) y alcanzar la felicidad”56. En definitiva, derribar las fronteras y
hacer de este movimiento de ideas un curso universal. La tradición
es criticada, como la antítesis de la Modernidad, sinónimo de
inmovilismo e ignorancia. Correspondería a la prehistoria de las
sociedades y la Modernidad, en cambio, representaría el comienzo
de la Historia. Más recientemente, los trabajos de Hans-Georg
Gamader, han llevado a una revalorización de la tradición, como
un retorno a los orígenes, a las matrices de la cultura57. Se trataría
del pasado irrenunciable de un pueblo, que es parte integrante de
su universo histórico y existencial. La tradición, no obstante, no
debe confundirse con el “tradicionalismo”. Éste es una lectura
fundamentalista de la tradición. Equivale a “la reproducción
acrítica de los paradigmas, códigos y valores del pasado”. Desde
esta perspectiva, Tradicionalismo y Modernidad serían conceptos
polares y excluyentes.
Cuando ocurre la independencia y comienza el proceso de
construcción de repúblicas, corresponde a los intelectuales y a las
élites políticas y militares la tarea de definir las identidades y el
universo simbólico de las naciones en construcción. Formados en
marcos coloniales, de tradición hispánica y occidental mezclados
con la filosofía ilustrada y el ideario liberal, dan lugar a una visión
eurocéntrica y racional de la realidad. En su imaginario, no hay
espacio para la tradición cultural indígena, más que como parte
de un pasado remoto e idealizado. En el camino “civilizado”
hacia el “progreso”, no cabían los representantes de los espacios
salvajes, sino como resabios de un pasado heroico.

56 Cancino, Hugo, Modernidad y tradición en el pensamiento latinoamericano


en el siglo XIX y XX, Aalborg Universitet. http://www.insumisos.com/
lecturasinsumisas/Modernidad%20y%20pensamiento%20social%20
latinoamericano.pdf
57 Gadamer, Hans-Georg, Truth and Method, Sheed & Ward, London, 1996,
pp. 265-312.

74
Armando Cartes M.

Se buscó la superación del prisma católico, que era la idea


que mediaba entre nosotros y los otros, para reemplazarlo por
una aproximación secular. En cada época, la diferenciación
tuvo su propio fundamento. “En la ilustración la ignorancia
era lo que se interponía entre los europeos y los no europeos.
En el siglo XIX era el tiempo histórico, el tiempo evolutivo, lo
que distanciaba a los primeros de los africanos o de los asiáticos.
La civilización era la meta inevitable del desarrollo histórico, y
civilizados-no civilizados era el criterio de las relaciones que se
establecían”58. La tradición indígena – y aún la hispánica- es
negada en la construcción de nación, pues ésta comenzaba con el
Estado nacional. El proyecto civilizador de las élites es construido
a partir del paradigma de la civilización occidental.
Es organizada desde el Estado, utilizando desde el sistema
escolar hasta la compulsión, para erradicar las resistencias de los
pueblos “salvajes”.
La representación narrativa de los indígenas, en la novela y
el relato de viajes del siglo XIX, nunca se aleja totalmente de
la antinomia civilización-barbarie. El indígena “bueno” suele
tener las marcas de una “occidentalización” discursiva. Es el que
se destaca por encima de su grupo étnico. Es aquel que parece
civilizado, el que ha recibido una educación española. El “malo”,
en cambio, es el que conserva sus costumbres ancestrales y no se
asimila a la cultura dominante.
Los relatos de viaje, por otra parte, responden a las
necesidades de su tiempo. Para mediados del siglo XIX, el interés
puede centrarse en las posibilidades de emigración, los recursos
naturales disponibles, o una curiosidad por las costumbres y los
sistemas sociales de pueblos determinados. A fin de hacerlos
comprensibles, deben armarse a partir de puntos de referencia

58 Cfr., Peñas, F. J., “Diplomacia humanitaria, protectorados y política


de cañoneras: África subsahariana, estatalidad, soberanía y tutela
internacional”, en África en el sistema internacional. Cinco siglos de frontera, Los
libros de la Catarata, España, 2000.

75
Viajeros en Tierras Mapuches

“Araucanas”, Vistas de Chile, Santiago, 1915.

familiares y comprensibles para la audiencia. Esto obliga a


recurrir a las comparaciones y a las analogías sobre el propio
país, lo que conduce, en la práctica, a que el relato se construya
y articule a partir del espacio sociocultural del país receptor. “Así
como un juego de espejos, dice Sanhueza, el analizar los relatos
de viajes en función del grupo al cual está dirigido o representado,
puede aportar tanto o más que cualquier otro texto emanado
del propio país, publicado para su consumo interno”59. De esta
forma, el relato de viaje puede decirnos tanto sobre el viajero y
su tierra de origen, como sobre la sociedad que “objetivamente”
estudia.
Una cuestión que genera dificultad es la caracterización de la
literatura de viaje como fuente historiográfica. Bajo aquel rótulo
se agrupan textos de naturaleza muy diferente: desde artículos
de prensa hasta ensayos autobiográficos, bitácoras, cartas y

59 Sanhueza, op. cit., p. 38.

76
Armando Cartes M.

otros formatos. La historiografía ha fallado en la construcción


de tipologías, que permitan valorar estas fuentes como tales,
centrándose más bien en sus contenidos temáticos, por ejemplo,
para la historia de las mujeres, de los viajes, la vida cotidiana,
etc. La dificultad radica en la heterogeneidad de los formatos y
la gran dispersión cualitativa. La pretensión de “objetividad” de
los hablantes choca contra la inevitable expresión de los intereses
literarios y estéticos del viajero, como también ciertas distorsiones
perceptivas, lo que finalmente acaba por restarle validez a tales
textos.
Hay que subrayar, además, el carácter político que oculta
con frecuencia un relato con pretensiones de divulgación
científica60. Se ha planteado que los textos pueden operar más
bien como testimonios, en cuanto se asume de que se trata del
producto subjetivo de un autor y, por lo tanto, muy expuestos
a tergiversaciones y falsificaciones. En su utilización, deben ser
cotejados o “neutralizados” con otros escritos de la época. Como
testimonios, no operan necesaria o únicamente como fuentes
sobre el país o el territorio visitado, también informan sobre la
mentalidad del autor y sus representaciones61; indirectamente,
comunican sobre la mentalidad de su país de origen.

60 Yujnovsky, Inés, “La conquista visual del país de los araucanos, (1879-
1881)”, Takwa, nº 14, Otoño 2008, El Colegio de México, México, p. 106.
61 Utilizo aquí el concepto de representación que ha propuesto Roger
Chartier, como formas que tiene la sociedad de comprender el mundo, o bien
como mecanismos por los cuales las comunidades perciben y comprenden su
sociedad y su historia en tanto producción de significados. Véase de Roger
Chartier, El mundo como representación, Barcelona, Gedisa, 1992.

77
Robert Fitz-Roy (1805- 1865).
Armando Cartes M.

VI. INglEsEs y mapuChEs

La época de las independencias de las naciones americanas


(1808-1826) y las décadas siguientes, coinciden con un
aumento de la presencia de ingleses en Sudamérica. Enemigos
tradicionales de España, en los siglos previos su presencia se
reducía a corsarios y cazadores de ballenas y lobos. A partir de
1810, llegan de manera más masiva y se instalan en el país, con
miras a obtener ventajas comerciales.
Durante la mayor parte del siglo XIX, en la Araucanía se
vive un proceso de redefinición de las relaciones fronterizas.
La estrategia de alianzas, que había operado en la Colonia,
se altera por la guerra de emancipación y la región entera es
convulsionada por la destrucción del orden preexistente. Hacia
mediados del siglo, el discurso barbarie-civilización comienza
a impregnar la perspectiva de las autoridades chilenas hacia el
mapuche, anticipando la ocupación de la región del sur. Los
ingleses, en estas décadas, se relacionan con las autoridades,
apostan cónsules y visitan las costas con fines de exploración
y reconocimiento, como avanzada de su expansión económica
global. La actividad misional también motiva su presencia de
manera creciente, a medida que avanza el siglo. Con estos
propósitos y otros derivados, como el rescate de náufragos y
prisioneros, entran en relaciones con los indígenas de manera
pragmática y directa, en persecución de sus intereses. En el
particular caso chileno, se manifiestan partidarios de una rápida
“civilización” de los “bárbaros” todavía no asimilados, con la
salvedad de que justifican su “violencia” previa en el rechazo
a los españoles y la defensa del territorio, condicionados por el
paradigma heroico de La Araucana.

79
Viajeros en Tierras Mapuches

En los discursos de construcción de nación y de descripción


de pueblos extraños, la literatura de viajes es una fuente
principal. En esta categoría deben incluirse materiales muy
diversos: crónicas, bitácoras, correspondencia privada, informes
consulares, etc., de calidad y utilidad heterogénea, los que sólo
pueden valorarse adecuadamente a la luz de sus contextos de
producción y sus propósitos. En todos los casos, sin embargo,
hay una confrontación del viajero con lo ajeno y lo extraño,
que lo obliga a definirse individual y colectivamente62. En este
sentido, el proceso de construcción, tanto cultural como política
de la nación durante el siglo XIX, no funcionó solamente por
la vía de factores de inclusión y exclusión al interior del propio
país, sino también a partir de la experiencia de la distancia, que
proporcionaban los relatos. Los textos de viajeros tuvieron un
inmenso poder simbólico, en la construcción de categorías o
estereotipos: constituyeron prácticas de alteridad que definieron
lo nacional ante lo ajeno.
Los viajes fueron motivados principalmente por tres causas, a
menudo combinadas: el desarrollo de una ciencia experimental
y la búsqueda de conocimiento; la ampliación de los circuitos
comerciales de ciertos países europeos y el beneficio de los
países empeñados en una política de colonización imperial. Los
relatos que se escribieron en este período estuvieron también
bajo la influencia de tales variables. Los intereses literarios
y estéticos del viajero conspiran, además, contra su valor
como fuente y su supuesta “objetividad”. Es necesario, por lo
mismo, utilizarlos con reserva respecto a los países descritos,
pero puede reconocérseles otra función, como testimonio
del tipo de pensamiento de su autor e, indirectamente, de la
mentalidad de su país de origen. Los relatos de viaje, en efecto,
se articulan a partir de ciertos puntos de referencia que se
vinculan directamente con lo que al público le resulta familiar,
cercano y, por tanto, comprensible. De ahí que los relatos se

62 Sanhueza Cerda, Carlos, Chilenos en Alemania y Alemanes en Chile, Centro de


investigaciones Barros Arana, Santiago, 2006, p. 22.

80
Armando Cartes M.

construyen a partir de la comparación y la referencia. Las


narraciones reafirman la identidad del país de origen, mediante
la divergencia con el mundo extraño que se describe. También
mediante los viajes y sus relatos, en síntesis, la identidad se
construye desde la alteridad.
En los años finales de la Colonia, los europeos mostraron
un interés creciente en América Hispana. La caza de ballenas
y lobos y el comercio de contrabando eran las actividades más
recurrentes, ya que no podían instalarse en tierra. Durante
las guerras de independencia, apoyaron en forma más o
menos explícita a los rebeldes, en persecución de sus propios
intereses nacionales. La fallida invasión al Río de la Plata en
1806 y 1807 grafica sus aspiraciones; mercenarios e incluso
una legión inglesa pelearon por Bolívar. En Chile, empresarios
como John Miers y John Robertson financiaron la causa
republicana. Las revoluciones americanas, en que Inglaterra
y Francia intervinieron militar, política y monetariamente,
provocaron gran interés en Europa, abrieron la posibilidad de
viajar y crearon oportunidades comerciales sin precedentes.
La dedicatoria del libro de W.B. Stevenson, que relata sus años
americanos, a Lord Thomas Cochrane, lo resume todo: “Por los
importantes servicios prestados a la Emancipación Sudamericana y a los
intereses comerciales de Gran Bretaña”63.
Durante aquellos años, Inglaterra pasaba por una fase de
replanteamiento de su política imperial. Lo ocurrido con sus
colonias en América del Norte provocaron una reflexión y un
cambio de estrategia. A pesar de su victoria en la Guerra de
los Siete Años contra Francia, no quería repetir la experiencia
fallida de Norteamérica e inició una política más cautelosa, en
sus relaciones frente a España y Francia. Muchas exploracio-
nes y avances aparecieron entonces como aparentes iniciativas
individuales, sin comprometer todavía al Estado Británico ni

63 Historical and descriptive narrative of twenty years’ residence in South America,


containing travels in Arauco, Chile, Perú and Colombia, with an account of the
revolutions, its rise, progress and results, Londres, Hurst, Robinson and Co., 1825.

81
Viajeros en Tierras Mapuches

empeñar una acción militar; la fallida invasión a Buenos Aires,


en 1806-1807, consolidó esa estrategia64.
En la década de 1820, en virtud de la apertura propiciada por
las nuevas repúblicas, cientos de viajeros europeos recorrieron
Sudamérica, como científicos, soldados o especuladores.
La minería es la actividad que más les atraía, pues exigía los
capitales y la tecnología que los ingleses podían proveer. A
pesar de sus expectativas, hacia 1830 los capitales ingleses
estaban en retirada; sólo después de 1850 volverían con fuerza,
a dinamizar la minería y la industria y a la construcción de
puertos y ferrocarriles.
En la década de los veinte, como señalamos, los viajes se
multiplicaron y, con ellos, los testimonios. Su perspectiva era
distinta a la de los exploradores científicos, como Alexander von
Humboldt, que les habían precedido. Mientras éstos valoraban
el mundo natural y sus prodigios, los ingleses adoptaban
una perspectiva más pragmática y económica, alejada del
esteticismo de los naturalistas. Dice Mary Louise Pratt: “a
diferencia de los exploradores y los naturalistas, estos viajeros de
los 1820s no escribían sobre mundos nuevos ni se presentaban
como descubridores; recogían muestras de materias primas, no
piezas del diseño cósmico de la naturaleza”65. Su objeto es el
viaje mismo, derrotando las dificultades logísticas de todo tipo.
La naturaleza virgen era valorada como campo abierto para la
agricultura y la industria. Así, un inglés, recorriendo Colombia,
llegó a decir que el paisaje americano era una maquinaria
detenida esperando ser puesta en actividad.

64 Somarriva, Marcelo, “América Latina y el Cono Sur en la mirada de los


viajeros a comienzos del siglo XIX”, en: Cavieres, Eduardo, editor, Entre
continuidades y cambios. Las Américas en la transición (s. XVIII a XIX), Pontificia
Universidad Católica de Valparaíso, Valparaíso, 2006, p. 144.
65 Pratt, Marie Louise, Imperial Eyes, Travel writing and transculturation,
Routledge, Gran Bretaña, 1992, p. 146.

82
Armando Cartes M.

A diferencia de los naturalistas, además, describen la


sociedad americana con detalle, generalmente en forma crítica.
Esto se explicaría, según Pratt, por hipócritas razones, ya que
justamente el atraso que se atribuye a Sudamérica sería la razón
que justificaría la acción de la vanguardia capitalista. Se describe
a los nativos como seres incompletos, que no han alcanzado el
desarrollo de los europeos. De esta forma, la ocupación europea
aparece como un ascenso y una inevitabilidad moral e histórica.
Los relatos de viajeros ingleses despertaron gran interés en
Europa. Las rápidas impresiones y las frecuentes reediciones
y traducciones así lo acreditan. Venían a colmar una gran
curiosidad, pues representan la primera vez que los europeos
no españoles podían ingresar libremente a América, un
continente que siempre les había sido vedado y de verificar sus
posibilidades de explotación. Por lo mismo, son las primeras
señas o testimonios no coloniales de América del Sur disponibles
en Europa. Hay que tener presente, además, que estos textos
fueron también leídos en Sudamérica, contribuyendo a formar
su propia representación.
Durante muchos años, han sido utilizados ampliamente por
la historiografía, lo que no debería hacerse, sin embargo, sin
reparos. Deben considerarse los contextos, la agenda política
de los autores y los criterios estéticos imperantes al tiempo de
su redacción. Por eso, es más exacto considerarlos como un
compendio de representaciones culturales, que como fuente
documental. Conforman entre sí una red textual, pues se
interpelan, se citan y se corrigen hasta formar finalmente un
discurso en el que América fue reinventada ideológicamente.
Para los ojos europeos, nuestro continente devino un objeto de
conocimiento, un paisaje natural y una fuente de riqueza. Un
texto de Hegel, en sus cursos de “Filosofía de la Historia”, que
data de 1830, resulta especialmente iluminador, pues tiene la
virtud de vincular el impulso comercial con el sentido de misión
civilizadora, con que los ingleses justificaron su actividad en las
antiguas colonias españolas:

83
Viajeros en Tierras Mapuches

“La existencia material de Inglaterra está basada en el


comercio y la industria, y los ingleses han asumido la pesada
responsabilidad de ser los misioneros de la civilización en el
mundo, porque su espíritu comercial los urge a atravesar cada
mar y cada territorio para establecer conexiones con pueblos
bárbaros, para crear necesidades y estimular la industria y,
primero sobre todo, para conformar entre ellos las condiciones
necesarias al comercio, esto es, el abandono de una vida de
ilegítima violencia, respeto por la propiedad y cortesía hacia
los extranjeros”66.
Intentaremos, a continuación, una relación somera de los
navegantes y viajeros ingleses que visitaron la Araucanía en
el siglo XIX, reservando para la parte siguiente, la relación
de su encuentro con los mapuches67. En los siglos previos, los
encuentros fueron muy reducidos, en razón de las relaciones
que Inglaterra mantuvo con España, las dificultades de la
navegación y la dirección de los intereses ingleses. Es, en todo
caso, de notar que fue Francis Drake, durante su viaje de
circunvalación, realizado en 1571, quien primero tuvo contacto
con los mapuches, durante su desafortunada estadía en la isla
Mocha. En el siglo XVIII, cabe mencionar al corsario George
Shelvocke, que recorrió las costas americanas del Pacífico hasta
California, hacia 1719. Tuvo varias aventuras chilenas, incluida
la pérdida de un hombre, que fuera laceado en la playa de
Coliumo mientras hacía agua, según relata en sus memorias68.
Veinte años más tarde, el naufragio de la fragata HMS Wager,

66 Cit. por Somarriva, op.cit., p. 151.


67 Una visión panorámica, aunque incompleta, de los viajeros ingleses en
Araucanía, se encuentra en: Villalobos, Sergio, “Contacto de británicos y
araucanos en las décadas de 1820-1830”, Revista Mapocho N° 36, segundo
semestre de 1994, ps. 191-222.
68 Shelvocke, George, A Voyage round the world by the way of the great south sea,
performed in the years 1719, 20, 21, 22 in the speedwell of London, J. Senex, W. and
J. Innys, Londres, 1726 (reedición de Da Capo Press, Amsterdam, 1971).
Existe una traducción española, denominada Un viaje alrededor del mundo por
la ruta del Gran Mar del Sur (Eudeba, Buenos Aires, 2003).

84
Armando Cartes M.

en el archipiélago de Guayaneco, arroja a las costas chilenas,


donde permaneció por varios años, a John Byron, quien residió
en Castro y en Santiago, pero estuvo también en Concepción y
la Araucanía. Dejó un buen testimonio de su paso por Chile, que
ha inspirado incluso varias versiones literarias69. En las primeras
décadas del siglo XIX, numerosos otros viajeros estuvieron en
Chile; la mayoría de ellos cruzó la Cordillera desde Buenos
Aires. Aunque dejaron interesantes relatos, por desgracia muy
pocos se aventuraron a llegar a Concepción y más al sur, por lo
que no nos detendremos en ellos70.
Comenzando el siglo XIX, el primer viajero que recorre la
Araucanía es William Bennet Stevenson. Viajero y pintor, llegó
a Sudamérica en 1804, en el buque contrabandista Polly, cuando
tenía 17 años de edad. Durante la Independencia fue secretario
de Lord Thomas Cochrane, a quien dedicó sus memorias sobre
las campañas al lado de San Martín en el Perú. Regresó a
Inglaterra en 1824, después de veinte años en Hispanoamérica.
Publicó sus memorias en tres volúmenes, sobre sus viajes en
Araucanía y los sucesos de la revolución de los que fue testigo71.
En Araucanía, recorrió la isla Mocha, Tucapel Viejo (Cañete) y
toda la zona hasta Concepción.
Uno de los testimonios más interesantes de la ruda vida en
la Frontera, durante la época de la Guerra a Muerte, se debe

69 The Narrative of the Honourable John Byron (Account of the Shipwreck of The
Wager; and the Subsequent Adventures of Her Crew, London, 1768.
70 Es el caso de algunos de los más conocidos viajeros, de varias
nacionalidades, como Maria Graham, Peter Schmidtmeyer, Alexander
Caldcleugh, Lafond de Lurcy, Charles Brand y Robert Proctor, entre varios
otros.
71 Historical and descriptive narrative of twenty years’ residence in South America,
containing travels in Arauco, Chile, Perú and Colombia, with an account of the revolutions,
its rise, progress and results, ya citado. La obra fue traducida al alemán en 1826
y al francés en 1828, y en 1829 se reeditó en Inglaterra. Hay traducción
española, titulada, Memorias de William Bennet Stevenson sobre las campañas de San
Martín y Cochrane en el Perú, Editorial América, Madrid, sin indicación de año.

85
Viajeros en Tierras Mapuches

a la pluma del capitán británico Basil Hall72. El jefe realista


Vicente Benavides capturó a un grupo de marinos ingleses y
norteamericanos, en octubre de 1821 y los tenía prisioneros en
Arauco. Hall, entonces al mando de la fragata Conway se dirige
al golfo de Arauco para intentar el rescate. Sus encuentros
con el cacique Peñoleo se registran en su diario, obra de tanto
interés que incluso inspiró la conocida novela Gaspar Ruiz, de
Joseph Conrad73. Dos años más tarde, el oficial inglés Richard
Longeville Vowell se entrevista en Concepción con el cacique
Venancio Coñuepán, dejando un testimonio que grafica los
efectos de la aculturación y el mestizaje74.
En 1825, el Capitán de la Marina Inglesa F.W. Beechey,
a cargo del buque Blossom, desembarca en la bahía y recorre
Concepción y Talcahuano, donde entra en contacto con los
guerreros mapuches, que viven en la ciudad, al servicio de las
armas chilenas. Sus juicios son escuetos y tajantes y se consignan
en la extensa obra en que narra sus viajes por el Pacífico75.
En 1828, el naufragio del Saracen, nave mercante inglesa que
venía a comprar trigo, provoca un encuentro dramático con los
indígenas. El capitán John Kenney escribió un relato, que ha
sido publicado76.

72 Hall, Basil, Extracts from a Journal written on the coasts of Chili, Peru and
Mexico, in the years 1820, 1821, 1822, fourth edition, Edinburgh, 1825.
73 La novela fue publicada primero en la Strand Magazine, en 1906 y recogida
en el libro A Set of Six, publicado en 1908 en Inglaterra y 1915 en Estados
Unidos. Incluso su autor la adaptó para el cine (Gaspar the Strong Man, 1920).
En Chile fue editado, en español, por LOM (2005).
74 Vowell, Richard Longeville, Campañas y cruceros en el Océano Pacífico,
Editorial Francisco de Aguirre, Santiago, 1968; también, antes en Medina,
José Toribio, Viajes relativos a Chile, Fondo Histórico y Bibliográfico José
Toribio Medina, Santiago, 1962, tomo II.
75 Beechey, Captain F.W., Narrative of a voyage to the Pacific and Beering’s Strait
to cooperate with the Polar Expeditions, performed in His Majesty Ship Blossom, under
the command of Captain F.W. Beechey, R.N., in the years 1825, 1826, 1827, 1828,
London, Henry Colburn and Richard Bentley, 1831.
76 “Relación del naufragio del Sarraceno, comandante John Kenney de

86
Armando Cartes M.

Otro naufragio en la costa de Arauco motivó una rápida


incursión del capitán Fitz-Roy, comandante del Beagle. Conoció
al hijo del cacique Colipí, cruzó el Bio-Bio, recorrió a caballo
la ruta hacia Arauco por Colcura, siguió hasta Lebu y no
cejó hasta alcanzar su objetivo de auxiliar a los náufragos77.
En estas diligencias, como en las previas para ayudar a las
víctimas del Saracen, participó el cónsul inglés en Concepción,
Henry W. Rouse, sujeto hábil y de buena pluma, que registró su
participación en ceremonias mapuche78.
Finalmente, consignemos que en la primera mitad del siglo,
junto con los oficiales de la marina, comerciantes y cónsules,
llegan también los primeros misioneros. En 1838, Allen
Gardiner, antiguo oficial de la marina inglesa y fundador de
la Sociedad Misionera Sudamericana, es el primero en llegar
a la Araucanía, donde volverá luego en 1841, con el proyecto
de fundar una Misión. Aunque fracasa, ya que las condiciones
no son todavía adecuadas, deja un interesante testimonio79. Su
hijo y su nieto, a su tiempo, proseguirán su obra misionera,
en la Patagonia y Valparaíso, respectivamente, con resultados
igualmente infructuosos.

Londres” y “Sobre el naufragio del Sarraceno”, Revista Chilena de Historia y


Geografía, tomos 50 y 51, respectivamente.
77 Fitz-Roy, Robert, Narrative of the surveying voyages of his majesty’s ships
Adventure and Beagle between the years 1826 and 1836, Londres, 1839; hay edición
española: Narración de los viajes de levantamiento de los buques de S.M. “Adventure”
y “Beagle” en los años 1826 a 1836, Biblioteca del Oficial de Marina, Volumen
XIII, Buenos Aires, 1932.
78 Estellé Méndez, Patricio, “Informe sobre la situación de Chile en 1829
del cónsul británico Henry William Rouse”, Revista de la sociedad Chilena de
Historia y Geografía, n° 142, 1974.
79 Gardiner, Allen Francisco, A visit to the indians of the frontiers of Chili,
London, R.B. Seeley and W. Burnside, 1841. (También es autor de: Narrative
of a journey to the Zoolu country, in South Africa. By Captain Allen F. Gardiner,
R.N., undertaken in 1835, London, W. Crofts, 1836)

87
Viajeros en Tierras Mapuches

En las décadas siguientes, el tráfico de ingleses por la región,


con las más diversas motivaciones, incluyendo varias mujeres
viajeras, se hará aún más frecuente. La intensa aculturación que
produce el proceso de ocupación, iniciado a partir de 1860, sin
embargo, cambia las condiciones de la región, por lo que optamos
por no considerarlos en este estudio80. Nos concentraremos, pues,
en analizar la perspectiva de quienes se encontraron con una
Araucanía mestiza, pero todavía autónoma, allende el Bio-Bio.
En sus recorridos por la Araucanía y aún en los sectores
urbanos, los ingleses creían reconocer al prototipo imaginado del
“salvaje”. En Concepción, Basil Hall visita al cacique Peñoleo y lo
describe con estas palabras:
“…Finalmente se abrió la puerta de Peneleo y apareció el jefe;
no se dignó, sin embargo, cruzar el umbral, sino que se apoyó contra
el marco de la puerta para no caerse, pues estaba algunos grados
más borracho que cualquiera de su gente. No puede concebirse retrato
más acabado de salvaje. Era hombre alto, de anchas espaldas, con
cabeza prodigiosamente abultada, y cara cuadrada entumecida, de
la que atisbaban dos ojos pequeñísimos, cubiertos parcialmente por
inmensa superfluidad de cabello negro, grosero, aceitoso, lacio, que
cubría las mejillas y caía sobre los hombros, dando a la cabeza
algo del tamaño y forma de colmena. Sobre los hombros tenía
extendido un poncho ordinario. Nos acogió muy severamente…
gruñó la respuesta en tono y manera que nos acobardó de insistir
más en el asunto, especialmente por tener la lanza a su alcance, y
haber ya oído demasiado acerca de sus hábitos para menospreciar
su desagrado” 81.
Según el capitán inglés F. W. Beechey, las costumbres indígenas
exigían mantenerse en guardia, incluso respecto de aquellos que
habitaban las ciudades:

80 Mencionemos, apenas, sus nombres y los años en que visitaron la región:


Catherine Nicoll (1874); Mrs. Brassey (1880); Marianne North (1884);
John Ball, (irlandés, 1887) y W. Anderson Smith, (1899).
81 Hall, Basil, Extracts from a Journal written on the coasts of Chili, Peru and
Mexico, in the years 1820, 1821, 1822, fourth edition, Edinburgh, 1825, ps.
360 y 361.

88
Armando Cartes M.

“Al encontrarse con los indios en un lugar poco transitado, es


necesario estar en guardia, porque estos bárbaros semicivilizados
están generalmente intoxicados y les cuesta poco insultar o
maltratar a los extraños, incluso en el centro de la ciudad, con
mayor razón cuando están solos en el campo”. Un regimiento de
araucanos se halla incorporado al del Estado y tiene su cuartel en
el pueblo (Concepción); mantienen sus armas y utilizan sus propias
tácticas” 82.
En los testimonios de los ingleses queda claro también el
avance del mestizaje y de la incorporación del pueblo mapuche
a la vida criolla. Los observadores valoran los rasgos “positivos”
de los indígenas, que corresponden a signos de civilización, tales
como la honestidad, la hospitalidad y el sometimiento a la iglesia
a través de diversas prácticas; el uso de vestimenta europea o el
acatamiento de las leyes gubernamentales, es decir, la pérdida
de los rasgos indígenas. La transculturación era inevitable. Así,
unos quince años después de la primera visita de Basil Hall,
Robert Fitz-Roy, comandante del Beagle, visita al mismo cacique
Peñoleo en Concepción. Para 1835 ya eran evidentes los rasgos
de aculturación del viejo cacique:
“Habiendo sido anunciados nuestros nombres a Peñoleo,
salió a la puerta a recibirnos y nos invitó a entrar. Reconoció
a algunos de nuestro grupo y parecía contento de que la
visitasen. Llegamos temprano, y le encontramos sobrio; pero de
su apariencia entumida y macilenta se infería que no había
estado mucho tiempo así. Al entrar en la cabaña, observamos
un número de indios apenas sobrios, sentados alrededor de las
paredes. Se nos ofreció un poco de vino turbio en una copa de
plata, que sorbimos al hacerlo circular… Peñoleo era entonces
fuerte y bastante corpulento, de cinco pies y diez pulgadas
de alto, de una complexión más hermosa que la generalidad
de sus paisanos, y había perdido mucho de su pelo. Había

82 Beechey, Captain F.W., Narrative of a voyage to the Pacific and Beering’s Strait
to cooperate with the Polar Expeditions, performed in His Majesty Ship Blossom, under
the command of Captain F.W. Beechey, R. N., in the years 1825, 1826, 1827, 1828,
London, Henry Colburn and Richard Bentley, 1831, ps. 26 y 27.

89
Viajeros en Tierras Mapuches

abandonado la vestimenta indígena y llevaba la ropa informal


de un español, una camisa y un par de pantalones, de la manera
más desaliñada. Hablaba en español con suma facilidad y
parecía estar muy a su gusto en la conversación. Tiene el rango
de teniente coronel en el ejército y recibe remuneración como pago
por su amistad” 83.
El indígena “bueno” es el que se destaca por encima de su
grupo étnico, ya sea porque actúa de forma civilizada o ha
recibido una educación española. Como consigna Fitz- Roy:
“Educar a su hijo en Concepción es uno de los métodos para atraer al
‘bárbaro’”. A pesar del orgullo, que en esa época todavía sentían
los guerreros mapuches, valoraban la educación criolla,
que les permitía operar mejor en un mundo que cambiaba
inexorablemente. El caso del cacique Venancio y sus hijos, que
el marino inglés Richard L. Vowell conoció en Talcahuano, es
sintomático. Relata Vowell:
Venancio, sus dos hijos y algunos caciques de menor rango
fueron invitados a bordo, pues el capitán Wilkinson había
recibido instrucciones del gobierno para tratar atentamente
a este caudillo, porque los araucanos son de índole muy
quisquillosa y se hallan harto pagados de la importancia
de su nación. Venancio se manifestó muy alegre a la vez que
complacido de cuanto vio, como lo estuvo también el menor
de sus hijos, que había sido educado en el colegio en Santiago
y parecía joven modesto e instruido. El mayor y los caciques
no se fijaban en nada, a no ser en la carne conservada y
en el vino de Penco, que se llevó para festejarlos. Apenas si
hablaban palabra, salvo cuando preguntaban por conducto
del intérprete, europeo que había vivido entre ellos, por el
regalo, o presente acostumbrado. A todos se les obsequiaron
pañuelos de color, que se ceñían alrededor de la cabeza, con

83 Fitz-Roy, Robert, Narrative of the surveying voyages of his majesty’s ships Adventure and
Beagle between the years 1826 and 1836, Londres, 1839. (en español, como Narración de los
viajes de levantamiento de los buques de S.M. “Adventure” y “Beagle” en los años 1826 a 1836,
Biblioteca del Oficial de Marina VOLUMEN XIII, Buenos Aires, 1932.

90
Armando Cartes M.

“Cabaña del cacique Peñoleo en Concepción (Chile)”. Dibujo de Louis Lebreton, grabado por Adol-
phe Jean Baptiste Bayot, impreso por Thierry fréres. En: Voyage au Pole Sud et dans l’Océanie dans les corvettes
l’Astrolabe et la Zélee, Jules Sébastien Cesar Dumont d’Urville, Paris, 1846.

excepción de Venancio y de su hijo menor, que ambos usaban


uniformes decentes y sombreros de pico”...
“El viejo cacique nos declaró, en presencia de sus hijos,
que había elegido al más joven para sucederle en el gobierno
de su tribu. Observó que era para ello mucho más apto que su
hermano, tanto a causa de la educación que había recibido, cuanto
porque el primogénito era tan ignorante y aficionado a la chicha
como él” 84.
Los ingleses critican, en cambio, sus “faltas o defectos”, sig-
nos de incivilización, como sus “griteríos o chivateos”, el trato a
la mujer araucana, la poligamia y los malones, las consultas a ma-
chis o brujos y, sobre todo, su “salvajismo” violento en tiempos de
guerra. Los terribles naufragios, que solían arrojar sobrevivientes

84 Vowell, Richard Longeville, Campañas y cruceros en el Océano Pacífico, Editorial


Francisco de Aguirre, Santiago, 1968; también, antes en Medina, José Toribio,
Viajes relativos a Chile, Fondo Histórico y Bibliográfico José Toribio Medina,
Santiago, 1962, tomo II, ps. 221-223.

91
Viajeros en Tierras Mapuches

a las costas araucanas, motivaron episodios que los ingleses des-


criben con repulsión85.

Pueden identificarse muchos personajes prominentes, en las


interacciones en las fronteras étnicas, como traductores, misioneros
o cautivos. En el ámbito cultural, en las sociedades premodernas,
la religión tiene un papel central. Cumple un rol persuasivo, más
sutil y menos intimidante que la fuerza de la conquista; a la par
que ordena la vida y las costumbres, a través de la modificación
de la vida espiritual de los pueblos86. Un caso interesante, a este
respecto, es el de Allen Gardiner, antiguo oficial de la marina
inglesa y fundador de la Sociedad Misionera Sudamericana,
quien llegó muy temprano a la Araucanía, hacia 1840, con el
proyecto de fundar una Misión87. Hizo varios intentos de llevar el
protestantismo a los pueblos nativos de Sudamérica. Primero en
Magallanes y luego en Bolivia. Moriría de hambre en isla Picton,
en 1850, en un intento de misionar entre los fueguinos. Su hijo

85 Así, tras el naufragio del Sarraceno, el capitán Kenney describe con horror los
momentos vividos: “… vimos una cantidad de jinetes que se acercaban a nosotros, llevando
uno de ellos lanza levantada con una bandera blanca en la punta… El capitán avanzó hacia
ellos y estrechó la mano del cacique o jefe. Éste estaba en el centro, llevaba una espada de dragones
al costado tocándola continuamente con la mano. Jamás he visto aspecto más repugnante. Cada
uno de estos jinetes llevaba una lanza levantada. Después de algunas palabras, que no fueron
comprendidas por ningunas de las partes, lanzaron su grito de guerra, inclinaron sus lanzas y
arremetieron furiosamente contra la tripulación que se dispersó de inmediato en todas direcciones;
varios de los indios se desmontaron y descubrieron una bolsa de pesos que la tripulación había
tratado de esconder en la arena; inmediatamente se marcharon con su robo, dejando a la tripulación
en la mayor turbación”. (...) “No tenían objeciones que hacer a nuestro paso por su territorio;
pero nos exigían un tributo, por ejemplo tantas chaquetas, pantalones, camisas, que arrancaban
de hecho de las espaldas de los pobres hombres, sin hacer caso de los reproches del guía y de los
viajeros, ni de las lamentaciones de la pobre señora y de varios de los marineros, muchos de los
cuales quedaron enteramente desnudos. En esta ocasión las mujeres indígenas fueron tan malvadas
como los hombres”. (“Relación del naufragio del Sarraceno, comandante John Kenney
de Londres” y “Sobre el naufragio del Sarraceno”, Revista Chilena de Historia y
Geografía, tomos 50 y 51, respectivamente).
86 Cook, Noble David, “Viviendo en las márgenes del Imperio: Luis
Jerónimo de Oré y la exploración del Otro”, Revista Histórica, XXXII.1,
2008, p. 12.
87 Page, Jesse, Captain Allen Gardiner, Sailor and Saint, S. W. Partridge and Co.,
Londres, 1900.

92
Armando Cartes M.

Allen Gardiner (1794-1851)

Allen W. Gardiner, Jr. estableció una segunda misión en Lota,


que duró pocos años. Su nieto William Read Gardiner también
ensayó fundar una misión en Valparaíso, en 1890, pero muere
de fiebre tifoidea. Es la historia trágica de un linaje misionero de
tres generaciones88.
Gardiner, en su primer viaje a Araucanía, recorrió la región
desde Tucapel a Los Ángeles. En los años previos a la ocupación
chilena la situación era muy incierta para los viajeros, pues los
mapuches y williches controlaban vastos territorios. Obtuvo
inicialmente permiso de los indígenas para instalar la misión,
pero luego le fue denegado; no quiso perseverar, para no

88 Cfr., D., Right Reverend, Edward Francis (1915). “The South American
Missionary Society”, Society for Promoting Christian Knowledge, 1915,
London. (http://anglicanhistory.org/sa/every1915/sams.html).

93
Viajeros en Tierras Mapuches

“Costumbres Populares, Juego de la chueca”, Famin, César, Chili, Paraguay, Uruguay y Buenos
Aires, Firmin Didot Fréres, editeurs, Paris, 1840.

quedar aislado89. Los establecimientos educacionales y religiosos


protestantes tendrían éxito en el territorio mapuche recién hacia
1880, cuando el Estado chileno ya comenzaba a controlar el
territorio90. Las luchas de poder entre los grupos nativos y su
resistencia militar y cultural hacían inviables estos primeros
intentos, si no contaban con el apoyo, aunque fuera incipiente,
del Estado.
La educación católica, por su parte, aportaba a los indígenas
mucho más que una metafísica o la práctica de la escritura. Los

89 Gardiner, Allen Francisco, A visit to the indians of the frontiers of Chili,


London, R.B. Seeley and W. Burnside, 1841, ps. 103 y 104.
90 Es emblemático el caso de la misión de Kepe, cuyos primeros cinco
misioneros, encabezados por el reverendo canadiense Charles Sadleir,
llegan en 1895. Menard, André y Pavez, Jorge, Mapuche y anglicanos, 8 libros
editores, Santiago, 2008.

94
Armando Cartes M.

alumnos chilenizaban sus costumbres, aprendían bien el idioma


-incluso algo de latín- y, en la práctica, se incorporaban a la
sociedad criolla, abandonando su cultura de origen. El reverendo
H. S. Capellan, del buque de su Majestad Cambridge, relata de
esta forma el encuentro con un mapuche educado en un colegio
de Chillán:
“¿Dónde ha aprendido usted el latín? Fue mi primera pregunta: y
respondiendo dijo, que lo había aprendido en Chillán, población un poco al
norte de Talcahuano, con su cura a quién yo había conocido en Concepción.
Como una hora antes de la comida, este gran latinista exclamó, quid
faciemus, agregando que él tenía mucha sed. Conforme a este deseo, lo
convidamos al rancho de los oficiales, y allí se sirvieron tan a sus anchas ron
con agua, que antes de anunciarse la hora de comida, algunos de ellos se había
propasado…
Los indios habían prestado su servicio militar en el ejército chileno durante
algunos años. Dos hermanos se habían educado en Concepción, desde la
niñez, y todos hablaban el castellano corrientemente” 91.
La visión de los mapuches refleja la mentalidad decimonónica
hacia los pueblos nativos. Chilenos e ingleses compartían los
mismos estereotipos, que pueden resumirse en el guerrero valiente
y el bárbaro. Mientras se le reconoce, por un lado, una lucha
en defensa legítima de sus tierras invadidas por los españoles,
se le atribuyen, por otro, costumbres bárbaras y conductas
degeneradas. La imagen mapuche, en definitiva, dice un autor,
“es un modelo construido por los chilenos, no para describir
o comprender la cultura Mapuche, sino para fundamentar y
justificar las actitudes que tienen hacia ellos.”92

91 “Diario escrito a bordo del buque de su Majestad Cambridge, desde enero


de 1824 hasta mayo de 1827, por el reverendo H.S. Capellan”, Revista
Chilena de Historia y Geografía, n° 36, cuarto trimestre de 1919.
92 Foresti, Carlos, Löfquist, Eva, Foresti, Alvaro, La narrativa chilena desde la
Independencia hasta la Guerra del Pacífico, Editorial Andrés Bello, Santiago, tomo
II, 2001, p. 50.

95
Viajeros en Tierras Mapuches

De esta manera, poco a poco los rasgos propios de la sociedad


criolla iban permeando el mundo mapuche, representando
una avanzada cultural que anticipaba la futura ocupación de
la tierra. Los ingleses fueron espectadores de este proceso y, con
una objetividad solo aparente, aprobaron la occidentalización
progresiva de los mapuches, a la vez que condenaron sus
costumbres ancestrales. El proceso que se vivió en la Araucanía
es comparable al que los ingleses impulsaron y registraron en
diversas regiones del planeta. Sus relatos son el testimonio vivo de
una sociedad fronteriza en rápido cambio. Hoy debemos leerlos
de manera crítica, pero consciente, al mismo tiempo, de la matriz
cultural de sus autores y del contexto de su producción.

96
Armando Cartes M.

“Chozas de Pehuenches”, Famin, César, Chili, Paraguay, Uruguay y Buenos Aires, Firmin Didot
Fréres, editeurs, Paris, 1840.

97
Claudio Gay (1800-1873)
Armando Cartes M.

VII. ClauDIo gay, uN EtNógraFo EN El admapu

A fines de 1828, a bordo de la fragata Adoum, llega a Valparaíso


el naturalista Claudio Gay. Tenía entonces 28 años. Venía imbuido
de la imagen romántica de los mapuches, que le proporcionara el
ejemplar de La Araucana que le acompaña en su viaje93.
En esos mismos días, al sur del Bio-Bio, aunque todavía faltaban
varios años para la derrota definitiva de la banda de Los Pincheira,
comenzaba a concluir la llamada Guerra a Muerte; nombre con
que la historiografía liberal bautizó a las últimas campañas de la
independencia. La imagen heroica de los indígenas, estimulada por
la misma Araucana y por la necesidad de encontrar un fundamento
mítico a la lucha antihispana y a la naciente república, comenzaba
ya también a desvanecerse. La alianza de la mayoría de los tribus
con los monarquistas y la violencia en la Frontera, había alejado a
los republicanos del ideal indigenista y enfriado sus afectos. Para
1830, además, comenzaba a asomarse el discurso civilizatorio, que
promovía la incorporación de la etnia sureña -y de sus tierras- al
Estado-nación chileno.
En la época, no se habían desarrollado tampoco en el país
estudios de carácter etnográfico, más allá de las útiles observaciones
de cronistas y algunos viajeros. Gay será el primero. Recorre
extensamente la Araucanía, conversa con los indígenas y con los
protagonistas de la intermitente guerra y, con “objetividad científica”
y aguda capacidad de observación, va registrando sus hallazgos
y conclusiones. Luis Mizón, quien pudo revisar los escritos de
Gay sobre los araucanos, apunta: “Claudio Gay, impregnado de
la tradición épica de los cronistas a la que agrega su formación de

93 Una relación más detallada de los viajes y aportes científicos e


historiografícos de Claudio Gay, al conocimiento del sur de Chile, en
Cartes Montory, Armando, Franceses en el País del Bio-Bio (Trama Impresores,
Talcahuano, 2004), ps. 219-234, obra en que este trabajo se basa.

99
Viajeros en Tierras Mapuches

naturalista, no juzga ni política ni moralmente la cultura india


desde la perspectiva de la guerra con la República y se interesa en
todos sus detalles viendo en ella un enriquecimiento de la propia
y de la Nación chilena. Trata de conocer y describir esa cultura
en sí misma. Claudio Gay, concluye, es el primer etnólogo del
pueblo araucano”.94
Si bien llega a Chile a asumir labores docentes, su curiosidad de
naturalista orienta su trabajo. Le interesa extender sus estudios a “un
país absolutamente desconocido de los naturalistas”. Durante el primer año y
medio de su larga estadía en Chile, recoge plantas –algunas todavía
no descritas- y un abundante material científico, a través de diversos
recorridos por las cercanías de Santiago. Agotadas esas expediciones,
ofrece sus servicios al Gobierno para realizar la exploración científica
del territorio nacional, a fin de estudiar la “historia natural”, la
geografía y la estadística del país. El Ministro Diego Portales acoge
su proposición y se le contrata para efectuar “un viaje científico por
todo el territorio de la República, en el período de tres años y medio”;
a presentar luego al Gobierno el resultado de sus viajes y a remitir el
material recolectado. El Gobierno de Chile, por su parte, se obligaba
a pagarle una mensualidad, facilitarle los instrumentos científicos
necesarios y otorgarle las facilidades con las autoridades locales, que
se concretara mediante circulares a alcaldes, Intendentes y jueces
territoriales.
El objetivo de la empresa era “dar a conocer las riquezas
del territorio de la República, para estimular la industria de sus
habitantes y atraer a la de los extranjeros”, lo que se lograría mediante
la publicación de los trabajos, a su conclusión. Esa tarea, de por sí
inmensa, fue complementada con la solicitud de escribir una historia
de Chile. Tal fue el origen de la “Historia Física y Política de Chile”,
obra que se concluyó en París, en el lapso de 27 años, entre 1844
y 1871. La forman 30 volúmenes; 8 de la Botánica y 8 de Zoología,
complementados por dos grandes volúmenes de Atlas geográficos,
botánicos, zoológicos y pintorescos de Chile; 2 de la Agricultura y 8
de la Historia, más dos con los documentos justificativos de ella. La
tarea, comprometida originalmente a cuatro años, se prolongó por

94 Mizón, Luis, Claudio Gay y la formación de la identidad cultural chilena, Editorial


Universitaria, Santiago, 2001, p. 74.

100
Armando Cartes M.

43, hasta la muerte de su autor, en


1873, quedando inconclusa en lo
relativo a la descripción física del
país95.
Para la reunión de los mate-
riales, Gay viajó incansablemente
por Chile, hasta 1842, año en que
regresa a radicarse a Francia. Sus
viajes lo llevan desde Atacama
a Chiloé, en un recorrido siste-
mático por nuestra geografía, en
condiciones dificilísimas. El ban-
dolerismo, la falta de caminos; la
dureza del clima invernal; el cruce
peligroso de vados y ríos, que hu-
bieran desalentado a otro menos
animoso, no hacían mella en su espíritu infatigable. En 1863, regresa
por unos meses a Chile y aún tiene ánimo para emprender un largo
viaje, desde Santiago, en que recorre la actuales provincias de la ac-
tual Región del Bio-Bío.
En su primer viaje al sur, pasó por Chanco, Cauquenes, Quirihue,
Coelemu, Rafael, Tomé, Penco, hasta llegar a Concepción. Desde esta
ciudad, recorre Palco, Hualqui, Quilacoya, Los Robles, Santa Juana,
Miltinque, Arauco, Colcura, Lota y Coronel. A fines de octubre y
durante noviembre visita la costa de la provincia de Arauco, hasta
Tirúa96. De vuelta a Concepción, informa al Ministro del Interior,
don Ramón Luis Irarrázaval sobre el viaje que acaba de hacer “en la

95 Sagredo Baeza, Rafael, “Ciencia, historia y arte como política. El Estado


y la Historia Física y Política de Chile de Claudio Gay”, en: Sagredo B.,
Rafael, (editor), Ciencia-Mundo, Orden republicano, arte y nación en América,
Editorial Universitaria, Santiago, 2010, ps. 165-233. Interesante libro, que
incluye un buen trabajo sobre Eduard Poeppig, debido a Carlos Sanhueza,
“En busca del hombre tropical en la América Latina del siglo XIX”, ps.
147-164.
96 El itinerario de Gay en Chile ha sido reconstituido, de manera acuciosa
y utilizando todas las fuentes disponibles, por el profesor Carlos Muñoz
Pizarro, ingeniero agrónomo. Se publicó originalmente en el Boletín del
Museo Nacional de Historia Natural, T. XXI, ps. 27-44 (1944).

101
Viajeros en Tierras Mapuches

Láminas mapuches
del Atlas de Claudio Gay
Imprenta de E. Thunot y Cía., París, 1854.

“Un Machitún, modo de curar a los enfermos”.

“Parlamento del Presidente Ambrosio O’Higgins, Negrete 3 marzo 1793”.

102
Armando Cartes M.

“Los Pinares de Nahuelbuta, (Nacimiento)”.

“Entierro del Cacique Cathiji en Guanegüe, mayo 1835, según croquis de Gay”.

103
Viajeros en Tierras Mapuches

tierra de los indios de la Costa”. Sus intenciones primitivas de llegar hasta


Llaima y Maquehua se vieron frustradas, pues “sospechosos los [indígenas]
de Tucapel de la naturaleza de mi viaje me impidieron el pasaje y me obligaron a
volver a Arauco”97. En la provincia de Arauco, visita esa ciudad, Lebu, el
río Tucapel, Licura, el lago Lleu Lleu y Tirúa. Emprende, luego, viaje
a la cordillera pasando por Nacimiento, Nahuelbuta, Los Angeles y
San Carlos de Purén. El año nuevo lo sorprende en Santa Bárbara,
Lolco y Trapa-Trapa, desde donde regresa a Los Ángeles. En febrero,
tras una estadía de cuatro días, se dirige a Antuco, la Laguna del Laja,
llegando al volcán Antuco el día 25. Sierra Velluda, Tucapel, La Laja,
el Salto del Laja, Yumbel y Florida, serán parte de su itinerario hacia
Concepción.
De este viaje, resultarán algunas de las láminas más hermosas
contenidas en el Atlas. En el Tomo Primero, editado en París, en 1854,
en la Imprenta de E. Thunot y Cía., aparecen numerosas vinculadas
a la Región del Bio-Bio y la Araucanía. Pueden mencionarse las
siguientes, basadas todas en dibujos de Gay, salvo cuando se indica
otra cosa. Geografía: Provincia de Concepción: Isla de la Mocha,
(levantado por Colmenares. 1804); Plano de la Bahía de Talcahuano,
por los oficiales de la Beagle, 1836. Costumbres de los Araucanos:
Entierro del Cacique Cathiji en Guanegüe, mayo 1835, según croquis de Gay;
Un Malón, según dibujo de Rugendas; Un Machitún, modo de curar a los
enfermos; Parlamento del Presidente Ambrosio O’Higgins, Negrete 3 marzo 1793;
Araucanos; Juego de Chueca (entre los araucanos). Ciudades, Costumbres,
Paisajes: Los Pinares de Nahuelbuta, (Nacimiento); Vista de la Laguna de la
Laja, en el Nacimiento del Río; Salto de la Laja; Molino de Puchacay (Provincia
de Concepción); Caza a los Guanacos cerca del volcán de Antuco; Arauco 1839; y
Visita al Volcán de Antuco al momento de una erupción de gas (1° marzo 1839).
Han sido reimpresas en múltiples ocasiones98.
El sabio reunió valiosas informaciones sobre la etnia mapuche,
que expresan su interés por convivir y adentrarse en su cultura. Asistió
a funerales y ceremonias, lo que le permitió abordar aspectos de la

97 Archivo Nacional. Ministerio de Justicia. Tribunal del Consulado de


Santiago. 1837-1842, (citado en Stuardo Ortiz, Carlos, Vida de Claudio Gay,
Editorial Nascimento, Santiago, 1973, Tomo I, pág. 299).
98 V.gr., el Album d’un Voyage dans la Republique du Chili, publicado por Editorial
Antártica, Santiago, 1982. Corresponde al Album formado con las láminas
excedentes del Atlas de la Historia Física y Política de Chile.

104
Armando Cartes M.

vida de la etnia, desde una perspectiva científica. A los investigadores


actuales, les sorprende la capacidad de Gay de convivir con los
mapuches, en una época de hostilidad sostenida. Sus observaciones,
escritas en la última parte de su vida y que llenan 1.052 páginas
manuscritas, fueron halladas en Francia y permanecen inéditas. Sólo
se han publicado algunos textos por Carlos Stuardo99 e Iván Inostroza,
actual Director del Archivo Regional de la Araucanía100. Consisten
en una gran cantidad de documentos y dibujos. Luis Mizón, chileno
residente en Francia, con formación de abogado e historiador, su
descubridor, publicó el ensayo denominado “Claudio Gay y la formación
de la identidad cultural chilena” (Editorial Universitaria, 2001).
Los escritos encontrados sobre los araucanos, en particular,
vienen a llenar un gran vacío. “¿Cómo es que, se pregunta el autor,
a pesar de la existencia de siete láminas de su álbum dedicadas al
tema aborigen, destinadas a ilustrar sus publicaciones, nadie se haya
preguntado por qué no había ni una sola palabra suya sobre el tema?”
Los documentos corresponderían al que debió ser el último volumen
de la obra del naturalista, interrumpida por su muerte. Según el
plan de publicación de Mizón, los inéditos deberían aparecer en
un texto denominado “Claudio Gay etnólogo. Los Araucanos”101.
Hasta la fecha, por desgracia no ha ocurrido. Con estos materiales
Claudio Gay, quien ya era calificado por Guillermo Feliú Cruz de
“fundador de los estudios históricos en Chile”, deviene en pionero de
la etnografía mapuche.
Un cuarto de siglo después de su primer viaje, en 1863, Claudio
Gay regresa a Concepción y la Araucanía. Esta vez recorrería Los
Angeles, Angol, Nacimiento, Santa Juana y Concepción. Se dirige
luego a Coronel y Lota, para examinar las minas de carbón y su sistema

99 Corresponde a la “Ceremonia del entierro del cacique Cathiji en


la Araucanía”, en: Stuardo Ortiz, Carlos, Vida de Claudio Gay, Editorial
Nacimiento, Santiago de Chile, 1973, tomo II, ps .306-314.
100 Son las “Notas sobre los mapuche 1838-1839”, ps. 27-44 (Archivo
Nacional. Archivo Claudio Gay vol. 38 fs.60-72) y el “Viaje a la Araucanía
en 1863”, ps. 45-106 (Archivo Nacional. Archivo Claudio Gay vol. 42 fs.
7-38 y 71-74), en: Inostroza, Iván, Etnografía mapuche del siglo XIX, Centro de
Investigaciones Diego Barros Arana, Santiago, 1998.
101 Diario “El Mercurio” de Santiago, 24 de febrero de 2002.

105
Viajeros en Tierras Mapuches

de explotación. Durante esta expedición, registra minuciosamente


la información sobre cada pueblo y aun las minúsculas aldeas que
visitara102. Regresa a Concepción y luego a Chillán, para continuar
viaje a Santiago. Cumplida su misión en el Sur, regresará para
siempre a Francia.
Su Historia, aunque escrita con el positivismo propio de su
tiempo, contiene diversos elementos que la hacen valiosa para el
conocimiento de los habitantes de la Araucanía. En primer término,
un ingente material, de primera mano, que no ha sido utilizado
suficientemente. Enseguida, un método que resulta original, extraido
del campo de las ciencias naturales. Lo más importante, en todo caso,
es la convicción -contra la creciente aspereza de su época- de que los
mapuches, en virtud del mestizaje y otros procesos, forman parte del
país que entonces se organizaba.

102 Archivo Nacional, Archivo Gay, vol. 48.

106
Armando Cartes M.

Grabado de una familia mapuche decimonónica (Atlas de Gay)

107
Ignacio Domeyko (1802-1889).
Armando Cartes M.

VIII. DomEyko EN la arauCaNÍa

El viaje del naturalista Ignacio Domeyko a la Araucanía,


realizado en 1845, cuando ya llevaba 22 años en Chile, reviste
mucho interés103. La formación científica y la personalidad
romántica del viajero se reflejan en sus escritos, de manera a ratos
contradictoria. Sus lecturas poéticas y su experiencia favorable
con los indígenas se insertan a veces de manera forzada, dentro
del marco progresista y moderno que corresponde a su misión
y temperamento. El viaje, además, tiene lugar en un momento
especial de la relación entre el incipiente Estado chileno y el
pueblo mapuche; época de redefiniciones, en que ya el discurso
civilizatorio reemplazaba la imagen heroica, que había servido de
modelo para la emancipación. Comenzaban, además, las presiones
para ocupar el espacio mapuche, tanto para resolver la cuestión de
la continuidad territorial de Chile, como para incorporar terrenos
a la agricultura y la ganadería, cuya demanda crecía junto con la
población y el auge del norte minero.

Su viaje da lugar a un libro titulado Araucanía y sus habitantes,


aparecido muy pronto y escrito en tono más bien científico y des-
provisto de expresiones más íntimas y personales. En su autobio-
grafía, en cambio, completada mucho después y publicada recién
en 1962 en Polonia y en 1978 en Chile, titulada Mis Viajes, Memorias
de un exiliado, comenta de manera más personal y colorida los deta-
lles de su periplo por la región araucana104.

103 El presente trabajo se publicó anteriormente, parcialmente editado,


bajo el título “Literatura de viajes y proyecto civilizatorio: a propósito de
Domeyko en la Araucanía”, (Bicentenario, Revista de Chile y América, Vol. 10,
2° semestre, 2011).
104 Ignacio Domeyko, Araucanía y sus habitantes, con edición, selección,

109
Viajeros en Tierras Mapuches

Domeyko perteneció a una familia noble polaca, de la actual


Lituania. Nació en 1802 e ingresó a la Universidad de Vilna,
en 1816, a la Facultad de Ciencias Naturales. Vivió en Zapole,
Lituania, hasta que debido a su participación en la insurrección
del país en 1830, junto con sesenta mil polacos tuvo que
abandonar Polonia. Tenía entonces 28 años. Estuvo en Francia
desde 1832, para posteriormente viajar a Chile el 2 de febrero
de 1838, contratado por el gobierno para dar clases de química
y mineralogía en el Colegio de Coquimbo. Venía a Chile por
seis años y trabajó en el país casi cincuenta, hasta su muerte en
1889105.
Su labor fue a la vez científica y profesional. Elaboró casi 400
estudios sobre mineralogía, geología y paleontología; igualmente
escribió sobre física, química y metalurgia, entre otras materias
diversas106. Su tarea de educador fue igualmente notable, pues

notas y prólogos de María Paradowska y Andrzej Krzanowski. En este


trabajo utilizamos la edición publicada por la Sociedad Polaca de Estudios
Latinoamericanos en Warszawa-Kraków, en 1992; antes editada en 1971,
en Buenos Aires. Esta incluye el texto “Viaje al país de los salvajes indios
araucanos”, que corresponde a un capítulo de las memorias del sabio,
traducidas directamente por Mariano Rawicz de la edición definitiva en tres
tomos, publicada en 1962 por la Universidad de Cracovia; y editadas por la
Universidad de Chile en 1978, bajo el título Mis Viajes: Memorias de un exiliado.
La edición polaca que primero citamos contiene una valiosa Introducción,
de Maria Paradowska y un “Prólogo”, de Andrzej Krzanowski.
105 La bibliografía sobre Domeyko es muy abundante. Mencionemos
algunas obras: Godoy, Hernán y Lastra, Alfredo, Ignacio Domeyko, un testigo
de su tiempo. Memorias y correspondencia (1994); Pinto Vallejos, Julio; Jofré
Rodríguez, Javier y Nazer Ahumada, Ricardo, Ignacio Domeyko, José Tomás
Urmeneta, Juan Brüggen: Tres forjadores de la minería nacional (1993); Quezada,
Jaime, Ignacio Domeyko: sabio y gran viajero (1993); Aniela Szwejcerowa, Ignacy
Domeyko (1975); Aldunate Phillips, Arturo, Una flecha en el aire y otros ensayos
(1965); Berta Lastarria Cavero, Ignacio Domeyko y su época, 1802-1888. Héroe e
ilustre polaco. Sabio eminente. Hijo adoptivo de Chile (1936); Amunátegui, Miguel
Luis, Ensayos Biográficos, Tomo I (1893); y Domeyko Lea Plaza, Paz, Ignacio
Domeyko. La vida de un inmigrante (1802-1889), Editorial Sudamericana,
Santiago, 2002.
106 Dos textos de Domeyko que todavía se leen con provecho, son “Viaje
a las cordilleras de Talca y Chillán” y “Viaje a los baños y al Nuevo volcán

110
Armando Cartes M.

Araucanía i sus Habitantes Ignacio Domeiko, 1846.

dictó clases de las disciplinas mencionadas y organizó, al decir de


Amunátegui, “las profesiones de arquitecto, ensayador general,
ingeniero de minas, ingeniero geógrafo e ingeniero civil. No
sólo contribuyó al arreglo del plan de estudio de la facultad de
matemáticas i ciencias físicas, sino también a los de las facultades
de medicina i de leyes.”107
Araucanía y sus habitantes, a que nos referiremos, al decir de una
estudiosa de Domeyko, “es una verdadera mezcla de narración

Chillán”, ambos publicados en los Anales de la Universidad de Chile, Santiago,


en 1849 y 1862, respectivamente.
107 Amunátegui, M. L., Ensayos Biográficos, Imprenta Nacional, Santiago de
Chile, 1893, Tomo I, ps. 353 - 356.

111
Viajeros en Tierras Mapuches

y de prácticas científicas, una combinación de observaciones


empíricas y especulación imaginativa”108. Se trata de un viaje
organizado a modo de una excursión que, a su vez, incorpora
varias excursiones menores. El libro se divide en cuatro partes,
cuyos títulos expresan los propósitos de su visita: “La situación
física y la naturaleza del país ocupado por los araucanos”; “El
estado moral en que se hallan actualmente los indios araucanos,
sus usos y sus costumbres”; “Las causas que se oponen a la
civilización de los indios araucanos, y medios que parecen más
oportunos para la reducción de ellos”; y el “Viaje al país de los
salvajes indios araucanos”.
La narración da cuenta del encuentro de Domeyko, a la
vez, con la naturaleza y con una alteridad cultural, el indígena
araucano, que aparece como parte de esta naturaleza. La
conquista material del territorio y la civilización de los indígenas
araucanos son parte de un mismo proyecto.
A pesar de la ambigüedad romántica del viajero para calificar
a los araucanos, hay varios elementos que sobresalen. En primer
término, el potencial de civilización que observa en ellos.
Muestran rasgos, en efecto, tanto positivos como negativos, lo que
evidencia la “imparcialidad” del observador y, al mismo tiempo,
su mirada flexible y humana. Terminará clasificándolos en “los
araucanos salvajes”, “los araucanos más salvajes” y “los araucanos
menos salvajes”. Los rasgos positivos del indígena corresponden
justamente a signos de civilización: “honestidad, cortesía en el
protocolo del saludo, generosidad, hospitalidad, sometimiento
a la iglesia a través de la práctica del bautismo, de la asistencia
a misa y del uso de la cruz en los cementerios indígenas; uso de
vestimenta europea, la posesión de la idea de Dios, conocimiento
de la caridad a través del concepto de prójimo, el acatamiento de
las leyes gubernamentales y la pérdida de los rasgos indígenas” 109.

108 Domeyko, Ignacio, “Encuentros en el viaje a la Araucanía, la naturaleza


y el araucano”, Lilianet Brintrup, Humboldt State University, Anales de la
Literatura Chilena, año 4, diciembre 2003, número 4, 35-37.
109 Bintrup, op. cit., p. 51.

112
Armando Cartes M.

“Ruka mapuche”, dibujo de Ignacio de Domeyko, en: Villalobos Sergio et all, Relaciones Fronterizas en la
Araucanía, Ediciones Universidad Católica de Chile, Santiago, 1982.

En la descripción del mapuche “bueno”, se hallan presentes,


además, elementos del buen salvaje rousseauniano110. José
Bengoa en su libro Historia del pueblo mapuche, señala que Juan
Egaña, quien fuera el primero en difundir las ideas del filósofo
francés Jean Jacques Rousseau en Chile, veía en los araucanos al
indígena incontaminado y puro, que vivía alejado de los vicios de
la sociedad. Para Egaña, la Araucanía “es la dichosa región que
desconoce los usos de la Europa y los vicios del gran mundo”111.
Domeyko se referirá en por lo menos tres ocasiones a la ‘bondad
natural’ del indígena, en comparación de oposición con el
europeo lleno de vicios. Idealiza románticamente al primero, a
partir de su contacto personal con ellos. Leamos su testimonio:

110 Las obras de Rousseau que contienen estas ideas son: Discours sur les
arts et les Sciences (1750); Discours sur l’origine et les fondements de l’inégalité parmi
les hommes (1755). Sobre la formulación del concepto del buen salvaje y su
desarrollo literario, véase Fairchild, HoxieNeai, The Noble Savage: A Study in
Romantic Naturalism, Russell and Russell, New York, 196, ps. 1-56; y Crane, F.
Arthur, The Noble Savage in America, Yale University Thesis.
111 Bengoa, José, Historia del pueblo mapuche, Ediciones Sur, Santiago, 1996,
p. 139; y Bintrup, op. cit., p. 48.

113
Viajeros en Tierras Mapuches

“Tal es el indio observado en su vida doméstica, en


medio de la paz y en la hora de una perfecta calma de sus
pasiones. Al verlo en este estado, cualquier viajero que se limite
a observar el trato interior del indio chileno, su bienestar físico
y las comodidades de que goza, su juicio y su buen sentido, su
cordura y su hospitalidad afable, no lo tomará por cierto por
un salvaje ni bárbaro; antes, por el contrario, lo consideraría
aventajado a algunos pueblos del mundo cristiano” 112.
Las faltas o defectos que detecta, según Bintrup, corresponden
a signos de incivilización: “el lenguaje, a través de la manera de
hablar o conversar en sus parlamentos referidos como “griteríos
o chivateos”, el tono de la voz, el autoritarismo del hombre
sobre la mujer, el trato y confinación de la mujer araucana,
principalmente por la práctica de la poligamia, y su exclusión
de la vida social, los malones y el cautiverio de población blanca,
la vestimenta rudimentaria, la falta de pelo en la cara y en el
cuerpo, los ojos y la mirada, la modalidad de tomar sus decisiones
a través del juego de la chueca o de consultas a machis o brujos;
pero sobre todo, la personalidad “ostentosa y alocada” que
muestran únicamente en tiempos de guerra”. Sobre las críticas a
la poligamia y al trato dado a la mujer, en general, se ha sostenido
que corresponden a la retórica cuasi colonial de la época.
Consignemos, sin necesariamente compartirlas, las “verdaderas”
razones de Domeyko para hablar de la mujer, según Amado
Láscar: primero, “que la poligamia había sido el mayor problema
(o mejor dicho pretexto) desde el punto de vista moral entre la
sociedad civilizada y la sociedad bárbara. Y, segundo, que el trato
de las mujeres por el patriarcado de cualquier pueblo indígena
habitante de una tierra objeto de expansión ha sido representado
de una manera que justifique la invasión en términos morales
y humanitarios. Como señalan Gayatri Spivak y Robert Young,
la colonia decimonónica se presenta como “hombres blancos

112 Domeyko, Ignacio, Araucanía y sus Habitantes, Editorial Francisco de


Aguirre, Santiago, 1997, p. 78.

114
Armando Cartes M.

salvando a las mujeres morenas de los hombres morenos”113.


El interés moderno de Domeyko se lee en el propósito
mismo del viaje, según el editor de 1845: “Investigar el
carácter de aquellos bárbaros, y tentar los medios más
adecuados para reducirlos a la vida social…el resultado de esta
excursión, eminentemente cristiana y bienhechora es el asunto
del presente libro” (ps. XIV y XV). En efecto, comienza
describiendo el territorio mapuche y en especial la factibilidad
para el avance del ejército. Habla de sus costas y de la falta de
puertos para un fácil desembarco y explica porqué lugares la
penetración militar sería más efectiva. En términos generales,
sin embargo, no es partidario de un ataque violento del
ejército, sino que de una penetración que incluya iglesias y
caminos. Ve el cambio ideológico –y en especial la religión-
como central en el proceso de integración de los mapuches y
su tierra a la sociedad chilena:
“El objeto principal que se propone en la reducción de los
indios, no debe ser el de crear desde luego entre ellos buenos
comerciantes, artesanos y fabricantes; tampoco el hacerlos
olvidar el manejo de armas, de acobardarlos o afeminarlos
con el lujo y la molicie; en fin, el de empobrecerlos para que
sean sumisos. El objeto no puede ser otro que el de reformar
aquellas ideas, costumbres e inclinaciones de la población
india, que más se oponen a su verdadera civilización”.
En la obra se aprecia, por otra parte, un intenso entrecruce
narrativo entre una naturaleza “lituano-polaca” de su infancia
y juventud y el paisaje araucano. “Es cosa singular, dice, y ya
lo mencioné una vez en los recuerdos de mis viajes, y le sucede
a muchos amantes de la naturaleza, que cruzando bosques
y soñando con su hogar, les parece ver los mismos árboles,
arbustos y matorrales, a los que se acostumbraron desde la
infancia y que crecen en su tierra natal” (Araucanía…, 166-

113 Láscar, Amado, Lo chileno en tierra mapuche. Héroes de pluma, Mosquito


Comunicaciones, Santiago, 2007, p. 190.

115
Viajeros en Tierras Mapuches

“Araucano”, dibujo de Ignacio de Domeyko, en: Villalobos Sergio et all,


Relaciones Fronterizas en la Araucanía, Ediciones Universidad Católica de
Chile, Santiago, 1982.

167). En otro pasaje, añade: “El cielo de la Araucanía es más


parecido al nuestro [es decir el de Lituania, Polonia] que al
del norte chileno” (Araucanía..., 168-69). Del mismo modo,
mencionemos finalmente, el texto dialoga profusamente con
el poema épico La Araucana de Alonso de Ercilla y Zúñiga, del
cual extrae su imagen mítica y heroica de los indígenas.

CoNClusIóN

Los relatos de viaje están profundamente marcados por


la formación del viajero, la época y circunstancias del viaje
mismo, así como por los condicionamientos que impone la
propia audiencia. Los procesos políticos, sociales y culturales
del país de origen intencionan la mirada del viajero, con la

116
Armando Cartes M.

misma fuerza de un encargo. Los relatos, además, son dispares


en formato y calidad informativa. De ahí que deba descartarse
el atribuirles el carácter de fuente directa de las historia. Con
todo, considerando estas advertencias, pueden constituirse en
un testimonio útil sobre el territorio que se visita, su geografía,
recursos y costumbres; pero también decirnos mucho, como
en un espejo, sobre el observador y su propia patria.
En la constitución particular de la mirada de Ignacio
Domeyko, son muchos los elementos que confluyen, por lo
que no resulta fácil encasillar su perspectiva. Su formación
científica se ve atemperada por su catolicismo practicante
y su romanticismo. Su actitud moderna y “civilizatoria”, es
morigerada, a su vez, por la evidencia empírica que obtiene en
su viaje y a que su rigor le impide sustraerse. En definitiva, su
relato es el de un cronista agudo y honesto, que nos habla de
lo que observa, tanto como de sí mismo.

117