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Ensayo literario de José Ortega y Gasset

¿Con cuántos árboles se hace una selva? ¿Con cuántas casas una ciudad? Según cantaba el labriego
dePoitiers,

La hauteur des maisons empêche de voir la ville,

y el adagio germánico afirma que los árboles no dejan ver el bosque. Selva y ciudad son dos cosas
esencialmente profundas, y la profundidad está condenada de una manera fatal a convertirse en
superficie si quiere manifestarse.

Tengo yo ahora en torno mío hasta dos docenas de robles graves y de fresnos gentiles. ¿Es esto un
bosque? Ciertamente que no: éstos son los árboles que veo de un bosque. El bosque verdadero se
compone de los árboles que no veo. El bosque es una naturaleza invisible — por eso en todos los idiomas
conserva su nombre un halo de misterio.

Yo puedo ahora levantarme y tomar uno de estos vagos senderos por donde veo cruzar a los mirlos. Los
árboles que antes veía serán sustituidos por otros análogos. Se irá el bosque descomponiendo,
desgranando en una serie de trozos sucesivamente visibles. Pero nunca lo hallaré allí donde me
encuentre. El bosque huye de los ojos.

Cuando llegamos a uno de estos breves claros que deja la verdura, nos parece que había allí un hombre
sentado sobre una piedra, los codos en las rodillas, las palmas en las sienes, y que, precisamente cuando
íbamos a llegar, se ha levantado y se ha ido. Sospechamos que este hombre, dando un breve rodeo, ha
ido a colocarsc en la misma postura no lejos de nosotros. Si cedemos al deseo de sorprenderle — a ese
poder de atracción que ejerce el centro de los bosques sobre quien en ellos penetra —, la escena se
repetirá indefinidamente.

El bosque está siempre un poco más allá de donde nosotros estamos. De donde nosotros estamos acaba
de marcharse y queda sólo su huella aún fresca. Los antiguos, que proyectaban en formas corpóreas y
vivas las siluetas de sus emociones, poblaron las selvas de ninfas fugitivas. Nada más exacto y
expresivo. Conforme camináis, volved rápidamente la mirada a un claro entre la espesura y hallaréis un
temblor en el aire como si se aprestara a llenar el hueco que ha dejado al huir un ligero cuerpo desnudo.
Desde uno cualquiera de sus lugares es, en rigor, el bosque una posibilidad. Es una vereda por donde
podríamos internarnos; es un hontanar de quien nos llega un rumor débil en brazos del silencio y que
podríamos descubrir a los pocos pasos; son versículos de cantos que hacen a lo lejos los pájaros puestos
en unas ramas bajo las cuales podríamos llegar. El bosque es una suma de posibles actos nuestros, que,
al realizarse, perderían su valor genuino. Lo que del bosque se halla ante nosotros de una manera
inmediata es sólo pretexto para que lo demás se halle oculto y distante.

Ensayo literario de José Ingenieros


Extracto de “El hombre mediocre”, capítulo “La moral del genio”

El genio es excelente por su moral, o no es genio. Pero su moralidad no puede medirse con preceptos
corrientes en los catecismos; nadie mediría la altura del Himalaya con cintas métricas de bolsillo. La
conducta del genio es inflexible respecto de sus ideales. Si busca la Verdad, todo lo sacrifica a ella.
Si la Belleza, nada le desvía. Si el Bien, va recto y seguro por sobre todas las tentaciones. Y si es un
genio universal, poliédrico, lo verdadero, lo bello y lo bueno se unifican en su ética ejemplar, que es un
culto simultáneo por todas las excelencias, por todas las idealidades. Como fue en Leonardo y en
Goethe.

Por eso es raro. Excluye toda inconsecuencia respecto del ideal: la moralidad para consigo mismo es la
negación del genio. Por ella se descubren los desequilibrados, los exitistas y los simuladores. El genio
ignora las artes del escalamiento y las industrias de la prosperidad material. En la ciencia busca la
verdad, tal como la concibe; ese afán le basta para vivir. Nunca tiene alma de funcionario. Sobrelleva,
sin vender sus libros a los Gobiernos, sin vivir de favores ni de prebendas, ignorando esa técnica de
los falsos genios oficiales que simulan el mérito para medrar a la sombra del Estado. Vive como es,
buscando la Verdad y decidido a no torcer un milésimo de ella. El que pueda domesticar sus convicciones
no es, no puede ser, nunca, absolutamente, un hombre genial.

Ni lo es tampoco el que concibe un bien y no lo practica. Sin unidad moral no hay genio. El que predica
la verdad y transige con la mentira, el que predica la justicia y no es justo, el que predica la piedad y
es cruel, el que predica la lealtad y traiciona, el que predica el patriotismo y lo explota, el que predica
el carácter y es servil, el que predica la dignidad y se arrastra, todo el que usa dobleces, intrigas,
humillaciones, esos mil instrumentos incompatibles con la visión de un ideal, ése no es genio, está fuera
de la santidad: su voz se apaga sin eco, no repercute en el tiempo, como si resonara en el vacío.
El portador de un ideal va por caminos rectos, sin reparar que sean ásperos y abruptos. No transige
nunca movido por vil interés; repudia el mal cuando concibe el bien; ignora la duplicidad; ama en la Patria
a todos sus conciudadanos y siente vibrar en la propia el alma de toda la Humanidad; tiene sinceridades
que dan escalofríos a los hipócritas de su tiempo y dice la verdad en tal personal estilo que sólo puede
ser palabra suya; tolera en los demás errores sinceros, recordando los propios; se encrespa ante las
bajezas, pronunciando palabras que tienen ritmos de apocalipsis y eficacia de catapulta; cree en sí
mismo y en sus ideales, sin pactar con los prejuicios y los dogmas de cuántos le acosan con furor, de
todos los costados. Tal es la culminante moralidad del genio. Cultiva en grado sumo las más altas
virtudes, sin preocuparse de carpir en la selva magnífica las malezas que concentran la preocupación
de los espíritus vulgares.

Los genios amplían su sensibilidad en la proporción que elevan su inteligencia; pueden subordinar los
pequeños sentimientos a los grandes, los cercanos a los remotos, los concretos a los abstractos.
Entonces los hombres de miras estrechas los suponen desamorizados, apáticos, escépticos. Y se
equivocan. Sienten, mejor que todos, lo humano. El mediocre limita su horizonte afectivo a sí mismo, a
su familia, a su camarilla, a su facción; pero no sabe extenderlo hasta la Verdad o la Humanidad, que
sólo pueden apasionar al genio. Muchos hombres darían su vida por defender a su secta; son raros los
que se han inmolado conscientemente por una doctrina o por un ideal.

La fe es la fuerza del genio. Para imantar a una era necesita amar su Ideal y transformarlo en pasión;
“Golpea tu corazón, que en él está tu genio”, escribió Stuart Mill, antes que Nietzsche. La intensa
cultura no entibia a los visionarios: su vida entera es una fe en acción. Saben que los caminos más
escarpados llevan más alto. Nada emprenden que no estén decididos a concluir. Las resistencias son
espolazos que los incitan a perseverar; aunque nubarrones de escepticismo ensombrezcan su cielo, son,
en definitiva, optimistas y creyentes: cuando sonríen, fácilmente se adivina el ascua crepitante bajo
su ironía. Mientras el hombre sin ideales ríndese en la primera escaramuza, el genio se apodera del
obstáculo, lo provoca, lo cultiva, como si en él pusiera su orgullo y su gloria: con igual vehemencia la
llama acosa al objeto que la obstruye, hasta encenderlo, para agrandarse a sí misma.

La fe es la antítesis del fanatismo. La firmeza del genio es una suprema dignidad del propio Ideal; la
falta de creencias sólidamente cimentadas convierte al mediocre en fanático. La fe se confirma en el
choque con las opiniones contrarias; el fanatismo teme vacilar ante ellas e intenta ahogarlas. Mientras
agonizan sus viejas creencias, Saúl persigue a los cristianos, con saña proporcionada a su fanatismo;
pero cuando el nuevo credo se afirma en Pablo, la fe le alienta, infinita: enseña y no persigue, predica
y no amordaza. Muere él por su fe, pero no mata; fanático, habría vivido para matar. La fe es tolerante:
respeta las creencias propias en las ajenas. Es simple confianza en un Ideal y en la suficiencia de las
propias fuerzas; los hombres de genio se mantienen creyentes y firmes en sus doctrinas, mejor que si
éstas fueran dogmas o mandamientos. Permanecen libres de las supersticiones vulgares y con
frecuencia las combaten: por eso los fanáticos les suponen incrédulos, confundiendo su horror a la
común mentira con falta de entusiasmo por el propio Ideal. Todas las religiones reveladas pueden
permanecer ajenas a la fe del hombre virtuoso. Nada hay más extraño a la fe que el fanatismo. La fe
es de visionarios y el fanatismo de siervos. La fe es llama que enciende y el fanatismo es ceniza que
apaga. La fe es una dignidad y el fanatismo es un renunciamiento. La fe es una afirmación individual de
alguna verdad propia y el fanatismo es una conjura de huestes para ahogar la verdad de los demás.

Frente a la domesticación del carácter que rebaja el nivel moral de las sociedades contemporáneas,
todo homenaje a los hombres de genio que impendieron su vida por la Libertad y por la Ciencia, es un
acto de fe en su Porvenir: sólo en ellos pueden tomarse ejemplos morales que contribuyan al
perfeccionamiento de la Humanidad. Cuando alguna generación siente un hartazgo de chatura, de
doblez, de servilismo, tiene que buscar en los genios de su raza los símbolos de pensamiento y de acción
que la templen para nuevos esfuerzos.

Todo hombre de genio es la personificación suprema de un Ideal. Contra la mediocridad, que asedia a
los espíritus originales, conviene fomentar su culto; robustece las alas nacientes. Los más altos
destinos se templan en la fragua de la admiración. Poner la propia fe en algún ensueño,
apasionadamente, con la irás honda emoción, es ascender hacia las cumbres donde aletea la gloria.
Enseñando a admirar el genio, la santidad y el heroísmo, prepáranse climas propios a su advenimiento.

Los ídolos de cien fanatismos han muerto en el curso de los siglos, y fuerza es que mueran otros
venideros, implacablemente segados por el tiempo.

Hay algo humano, más duradero que la supersticiosa fantasmagoria de lo divino: el ejemplo de las altas
virtudes. Los santos de la moral idealista no hacen milagros: realizan magnas obras, conciben supremas
bellezas, investigan profundas verdades. Mientras existan corazones que alienten un afán de
perfección, serán conmovidos por todo lo que revela fe en un Ideal: por el canto de los poetas, por el
gesto de los héroes, por la virtud de los santos, por la doctrina de los sabios, por la filosofía de los
pensadores.

Ensayo literario de Rafael Barret


De qué viven los médicos? De los enfermos. El hecho es conocido, pero no solemos sacar sus evidentes
consecuencias. Lejos de recompensar a los médicos por la cantidad de salud que gracias a ellos, o a
pesar de ellos, pueda haber en el mundo, se les recompensa en razón de la cantidad de enfermedad
que revisan. Sumad los dolores, las angustias y las agonías de la carne humana en los países civilizados
a lo occidental, y previa una simple proporción, deduciréis lo que se abona a los médicos. El interés de
todo médico es que haya enfermos, cuantos más mejor, como el interés de todo abogado es que haya
gentes de mala fe y de mal humor, enredadores, tercos y tramposos. La lealtad de los corazones y el
sentimiento de lo justo acabarían con los pleitos. También la higiene privada es para los médicos una
epidemia.

Si constituyesen un gremio de moralidad media; si fueran hombres parecidos a los demás, correríamos
grave riesgo. Cada cual provoca en el ambiente que le envuelve las transformaciones favorables a su
existencia: el comerciante acapara, el periodista inventa, el político intriga, el banquero hace correr
noticias, falsas o no, que ayuden a sus planes. Al médico le conviene que haya enfermos: es
extraordinario que no procure producirlos. La medicina, incapaz de curar, no lo es de enfermar. Nada
más sencillo que descomponer un aparato, por mucho que ignoremos su mecanismo. Pues bien, mientras
los bolsistas urden la miseria y la desesperación de familias inocentes, y los empresarios industriales
restablecen sobre la tierra una esclavitud peor que la otra, los médicos, según todas las probabilidades,
renuncian al semihomicidio lucrativo. Si empeoran el estado de sus clientes es -fenómeno curioso- de
un modo involuntario.

Les somos, a priori, grandemente deudores de que, en general, se abstengan de intervenir demasiado
en sus asuntos. Les hemos de estar muy agradecidos de que se mantengan en su papel de espectadores
a veces poco afortunados. ¿Y quién tiene la culpa de nuestra situación desairada? Nosotros mismos.
¿En virtud de qué razonamiento de topos hemos resuelto pagarles por visita? Ningún técnico es
empleado a jornal; se le ajusta el precio de una obra concluida satisfactoriamente, y ¡ay del ingeniero
a quien se le cae el viaducto, o del contador a quien no le salen las cuentas! Era de sentido común
convenir los honorarios en el caso único de la curación. Un campesino muy avaro tenía a su mujer en
cama desde hacía dos meses, y acosado por los vecinos, se decidió a llamar al doctor:

-Que me la cure o que me la mate, le he de pagar peso sobre peso. La vieja falleció, y a poco, apareció
el galeno a saldar su cuenta.

-¿La mató usted? -preguntó el aldeano.

-¡Qué locura! Dios dispuso de lo que era suyo.

-¿La curó usted?


-Desgraciadamente, no.

-Pues, entonces, no le debo nada.

Una medida de pública defensa sería publicar al lado de cada defunción acaecida en el día, el nombre
del médico. Se cuenta que uno de los judíos más ricos del mercado francés comenzó a poner en práctica
esta idea, utilizando la cuarta plana de un pequeño diario que arrendó no se sabe dónde, cuando no
poseía un centavo aún. Chantaje tan ingenuo fue la base de su fortuna. La verdad es que se abre sumario
ante una desgracia por imprudencia, ante un accidente complicado en esas muertes que con deliciosa
ironía denominamos naturales. El problema es el salvoconducto del asesinado.

La objeción esencial al «control» consiste en que la ciencia es impotente para establecerlo. Ninguna
persona medianamente ilustrada o que haya visto de cerca trabajar a los médicos, se hará ilusiones
sobre los vagos recursos del azaroso arte de sanar. Un resfrío, media docena de granos, una jaqueca,
he aquí problemas terribles. Oímos, sin extrañarnos, que a los mejores facultativos se les mueren
seguidos los enfermos, y que principiantes salvan a moribundos desahuciados por eminencias. No pasa
mes sin que se renueven las teorías en curso. Los sistemas menos razonables encuentran éxito.
Ignorantes iluminados enarbolan procedimientos estrafalarios, reúnen millares de dolientes y hasta
los curan. Lo más conveniente para los enfermos que quieran gastar una cierta suma en la experiencia,
es recorrer los consultorios, apuntar lo ocurrido en cada uno y comparar las anotaciones. ¿Quién, ante
el estado rudimentario de la fisiología y de la terapéutica, tiene derecho de acusar a un médico por
torpe o criminal?

¿Será prudente adquirir en unas cuantas semanas las escasas nociones reconocidamente útiles que
arroja la medicina moderna, y no acudir jamás a los médicos? Esto sería quizá lógico, pero,
indudablemente, poco humano. Necesitamos la fe. Siempre, el que viene a tocar las llagas es el santo
milagroso. Siempre se escuchan las palabras de consuelo. Si el médico no fuera sino un sabio, estaría
perdido. Es un mago, un sacerdote. Trae los sacramentos en las botellas y frascos donde los boticarios
sin conciencia vierten sus innumerables porquerías. El médico es el enviado de la providencia. Su función
es sobre todo religiosa.

La medicina, en su acción social, tan diferente de la quirúrgica, se aparta de la ciencia y seguirá


apartándose mucho tiempo. Durante mucho tiempo, los discípulos de Pasteur, que no era médico,
lucharán en la soledad del laboratorio, antes que desaparezcan los actuales curanderos perfeccionados
y sugestionadores a la moda. Y aquellos fanáticos de la certidumbre que se acercan a los lechos de los
hospitales, no llevan la piedad en la boca y la indecisión en el alma, sino la fiera curiosidad en los ojos
y la muerte en las manos. Van a violar el enigma, a sacrificar a sabiendas un cuerpo dolorido, para
ensayar la nueva hipótesis, la nueva sustancia. Delincuentes sublimes, roban la vida presente, como el
amor, para cimentar la vida futura.

Ensayo literario “La llama doble” de Octavio Paz

El amor no nos preserva de los riesgos y desgracias de la existencia. Ningún amor, sin excluir a los más
apacibles y felices, escapa a los desastres y desventuras del tiempo. El amor, cualquier amor, está
hecho de tiempo y ningún amante puede evitar la gran calamidad: la persona amada está sujeta a las
afrentas de la edad, la enfermedad y la muerte. Como un re- medio contra el tiempo y la seducción del
amor, los budistas concibieron un ejercicio de meditación que consistía en imaginar al cuerpo de la
mujer como un saco de inmundicias. Los monjes cristianos también practicaron estos ejercicios de
denigración de la vida. El remedio fue vano y provocó la venganza del cuerpo y de la imaginación
exasperada: las tentaciones a un tiempo terribles y lascivas de los anacoretas. Sus visones, aunque
sombras hechas de aire, fantasmas que la luz disipa, no son quimeras: son realidades que viven en el
subsuelo psíquico y que la abstención alimenta y fortifica. Transformadas en monstruos por la
imaginación, el deseo las desata.

Cada una de las criaturas que pueblan el infierno de San Antonio es un emblema de una pasión reprimida.
La negación de la vida se resuelve en violencia. La abstención no nos libra del tiempo: lo transforma en
agresión psíquica, contra los otros y contra nosotros mismos.

Ensayo literario Verdad y Vida, de Miguel de Unamuno


Primero la verdad en la vida.

Ha sido mi convicción de siempre, más arraigada y más corroborada en mí cuanto más tiempo pasa, la
de que la suprema virtud de un hombre debe ser la sinceridad. El vicio más feo es la mentira, y sus
derivaciones y disfraces, la hipocresía y la exageración. Preferiría el cínico al hipócrita, si es que aquél
no fuese algo de éste.

Abrigo la profunda creencia de que si todos dijésemos siempre y en cada caso la verdad, la desnuda
verdad, al principio amenazaría hacerse inhabitable la Tierra, pero acabaríamos pronto por
entendernos como hoy no nos entendemos. Si todos, pudiendo asomarnos al brocal de las conciencias
ajenas, nos viéramos desnudas las almas, nuestras rencillas y reconcomios todos fundiríanse en una
inmensa piedad mutua. Veríamos las negruras del que tenemos por santo, pero también las blancuras
de aquel a quien estimamos un malvado.

Y no basta no mentir, como el octavo mandamiento de la ley de Dios nos ordena, sino que es preciso,
además, decir la verdad, lo cual no es del todo lo mismo. Pues el progreso de la vida espiritual consiste
en pasar de los preceptos negativos a los positivos. El que no mata, ni fornica, ni hurta, ni miente, posee
una honradez puramente negativa y no por ello va camino de santo. No basta no matar, es preciso
acrecentar y mejorar las vidas ajenas; no basta no fornicar, sino que hay que irradiar pureza de
sentimiento; ni basta no hurtar, debiéndose acrecentar y mejorar el bienestar y la fortuna pública y
las de los demás; ni tampoco basta no mentir, sino decir la verdad.

Hay ahora otra cosa que observar—y con esto a la vez contesto a maliciosas insinuaciones de algún
otro espontáneo y para mí desconocido corresponsal de esos pagos—, y es que como hay muchas,
muchísimas más verdades por decir que tiempo y ocasiones para decirlas, no podemos entregarnos a
decir aquellas que tales o cuales sujetos quisieran dijésemos, sino aquellas otras que nosotros juzgamos
de más momento o de mejor ocasión. Y es que siempre que alguien nos arguye diciéndonos por qué no
proclamamos tales o cuales verdades, podemos contestarle que si así como él quiere hiciéramos, no
podríamos proclamar tales otras que proclamamos. Y no pocas veces ocurre también que lo que ellos
tienen por verdad y suponen que nosotros por tal la tenemos también, no es así.

Y he de decir aquí, por vía de paréntesis, a ese malicioso corresponsal, que si bien no estimo poeta al
escritor a quien él quiere que fustigue nombrándole, tampoco tengo por tal al otro que él admira y
supone, equivocándose, que yo debo admirar. Porque si el uno no hace sino revestir con una forma
abigarrada y un traje lleno de perendengues y flecos y alamares un maniquí sin vida, el otro dice, sí,
algunas veces cosas sustanciosas y de brío —entre muchas patochadas— pero cosas poco o nada
poéticas, y, sobre todo, las dice de un modo deplorable, en parte por el empeño de sujetarlas a rima,
que se le resiste. Y de esto le hablaré más por extenso en una correspondencia que titularé: Ni lo uno
ni lo otro.

Y volviendo a mi tema presente, como creo haber dicho lo bastante sobre lo de buscar la verdad en la
vida, paso a lo otro, de buscar la vida en la verdad.

Ensayo literario de Eduardo Galeano

El derecho de soñar
Vaya uno a saber cómo será el mundo más allá del año 2000. Tenemos una única certeza: si todavía
estamos ahí, para entonces ya seremos gente del siglo pasado, y, peor todavía, seremos gente del
pasado milenio.Sin embargo, aunque no podemos adivinar el mundo que será, bien podemos imaginar el
que queremos que sea. El derecho de soñar no figura entre los treinta derechos humanos que las
Naciones Unidas proclamaron a fines de 1948. Pero si no fuera por él, y por las aguas que da de beber,
los demás derechos se morirían de sed.

Deliremos, pues, por un ratito. El mundo, que está patas arriba, se pondrá sobre sus pies:

– En las calles, los automóiles serán pisados por los perros.

– El aire estará limpio de los venenos de las máquinas y no tendrá más contaminación que la que emana
de los miedos humanos y de las humanas pasiones.

– La gente no será manejada por el automóvil, ni será programada por la computadora, ni será comprada
por el supermercado, ni será mirada por el televisor.

– El televisor dejará de ser el miembro más importante de la familia y será tratado como la plancha o
el lavarropas.

– La gente trabajará para vivir, en lugar de vivir para trabajar.

– En ningún país irán presos los muchachos que se nieguen a hacer el servicio militar, sino los que quieran
hacerlo.

Ensayo literario de José Martí

Esa de racista está siendo una palabra confusa y hay que ponerla en claro. El hombre no tiene ningún
derecho especial porque pertenezca a una raza o a otra: dígase hombre, y ya se dicen todos los
derechos. El negro, por negro, no es inferior ni superior a ningún otro hombre; peca por redundante el
blanco que dice: “Mi raza”; peca por redundante el negro que dice: “Mi raza”. Todo lo que divide a los
hombres, todo lo que especifica, aparta o acorrala es un pecado contra la humanidad. ¿A qué blanco
sensato le ocurre envanecerse de ser blanco, y qué piensan los negros del blanco que se envanece de
serlo y cree que tiene derechos especiales por serlo? ¿Qué han de pensar los blancos del negro que se
envanece de su color? Insistir en las divisiones de raza, en las diferencias de raza, de un pueblo
naturalmente dividido, es dificultar la ventura pública y la individual, que están en el mayor
acercamiento de los factores que han de vivir en común. Si se dice que en el negro no hay culpa aborigen
ni virus que lo inhabilite para desenvolver toda su alma de hombre, se dice la verdad, y ha de decirse
y demostrarse, porque la injusticia de este mundo es mucha, y es mucha la ignorancia que pasa por
sabiduría, y aún hay quien crea de buena fe al negro incapaz de la inteligencia y corazón del blanco; y
si a esa defensa de la naturaleza se la llama racismo, no importa que se la llame así, porque no es más
que decoro natural y voz que clama del pecho del hombre por la paz y la vida del país. Si se aleja de la
condición de esclavitud, no acusa inferioridad la raza esclava, puesto que los galos blancos, de ojos
azules y cabellos de oro, se vendieron como siervos, con la argolla al cuello, en los mercados de Roma;
eso es racismo bueno, porque es pura justicia y ayuda a quitar prejuicios al blanco ignorante. Pero ahí
acaba el racismo justo, que es el derecho del negro a mantener y a probar que su color no le priva de
ninguna de las capacidades y derechos de la especie humana.

Ensayo literario de Rosario Castellanos

¿Qué es un escritor? La pregunta puede contestarse con una respuesta obvia: un escritor es una
persona que escribe.

Una persona que escribe; hela aquí, ante la página en blanco, uno de los abismos a los que en ocasiones
nos enfrenta el azar. ¿Escribe? No. Mordisquea la punta del lápiz, se mesa los cabellos, da vueltas por
la habitación como una fiera enjaulada. Vacilaciones, plazos, arrepentimientos. Y, con la decisión de
quien se lanza al agua, surge la primera letra. La mano, tan dócil en otros quehaceres, se crispa: el
brazo se acalambra; las ideas zumban con la insolencia de la mosca, escapan a los papirotazos.

De un modo o de otro la hoja de papel se llena. ¿Qué ha pasado? Que el suceso que se quería narrar
(un suceso vivo, fluyente, cálido) aparece opaco, desabrido, hosco. Alguien ha traicionado a nuestro
protagonista y en cada sílaba se advierte el jadeo del esfuerzo, la desobediencia de los músculos, los
sobresaltos de la mente. No le queda más alternativa que cerrar, avergonzado, el cuaderno y jurarse
no volver a abrirlo más que para la redacción de formularias esquelas de negocios o la consignación de
alguna cifra, de algún dato importante.

Energías perdidas

Rafael Barret.

Impotente para crear un átomo, para sacar de la nada el más débil de los esfuerzos, el hombre
tiene el don sublime de organizar las energías que le rodean.

Las obliga a ensanchar el reino de la inteligencia, a integrarse activamente en una concepción del
mundo más y más alta; las obliga a humanizarse. Por encima de las flechas de las catedrales asoman
las puntas de los pararrayos; mas guardémonos de reír: esto proclama que la centella ya no es de
Dios. Del mismo modo que la energía química de los alimentos se transforma, al pasar por nuestra
sustancia, en el más prodigioso conjunto de fenómenos, las energías naturales engendran, al pasar
por los mecanismos humanos como pasa el viento por las cuerdas de un arpa, la armonía anunciadora
del universo futuro. El ejército de las fuerzas humanizadas aumenta sin cesar, y rinde poco a poco
al inmenso caos de lo desconocido. El hombre es el eje en torno del cual comienzan a girar las
cosas, agrupándose en figuras imponentes y simbólicas. Estamos en el primer día del génesis, pero
es nuestro espíritu, y no otro, el que flota sobre las aguas.

No obstante tan luminosas promesas, ¡cuán pequeño es lo que poseemos si lo comparamos con lo
que todavía está por poseer! Las gemas han salido de sus antros para brillar sobre el cuerpo de las
mujeres, y las rocas han abandonado su inmemorial asiento para convertirse en viviendas humanas;
el hierro, el carbón y el otro están con nosotros; mas, ¿qué es lo que conocemos del planeta?

Hemos arañado en escasos puntos su epidermis, y nos abruma, casi intacto, su redondo y colosal
misterio. Ignoramos los más formidables metales, las más extrañas materias. Si hoy nos
desconcierta el radio, ¿qué no nos aturdirá mañana? ¿Qué es lo que sabemos de ese monstruoso
ser que se estremece en los terremotos y respira por los cráteres? ¿Qué palabras no
arrancaremos con el tiempo a la espantosa voz de los volcanes?

Desde el corazón de los montes va nuestra imaginación a la superficie de los mares, y nos
asombramos del inútil y perenne batallar de las ondas. Sobre una extensión cinco veces mayor que
la que cubren los continentes reunidos, no hay un metro de líquido que no suba, baje, se vuelque y
palpite sin descanso. Y cuando el huracán se desata y su caprichosa energía se ha mudado en olas
descomunales que se empinan marchando, preciso es aguardarlas en la costa, y verlas estallar
contra los acantilados sombríos, haciendo temblar entre una tempestad de espuma las raíces de
las montañas, para sentir lo incalculable de esta fuerza que se acaba a sí misma. Y como si no fuese
bastante este derrochar sin freno, la blanca luna levanta diariamente hacia ella la masa de las
aguas, en una aspiración gigantesca cuyo aliento no acertamos a aprovechar.

Toda la vida terrestre: brisas y ríos, selvas cerradas, praderas sin fin; la fiera que huye con oblicuo
salto; el pájaro que teje su nido, y el insecto que zumba sobre la flor; los días, que cambian con las
estaciones; las estaciones, que se matizan según los climas, y las razas humanas, que en ritmo
impenetrable, sienten, piensan y se reproducen; todo lo que se mueve, luce y combate es para el
sabio una forma del calor solar. Por eso, hemos de inducir las maravillas que se pierden en los
desiertos calcinados de África, Asia y Australia, sobre cuyas arenas infecundas derrama el sol
cada día sus ardientes cascadas de luz. Pero tal calor desaparecido, ¿qué es al lado del que fluye
constantemente a través del espacio, precipitándose en la nada? Nuestro globo es un grano de
polvo que brilla en el vacío; recoge una parcela de energía, mientras la casi totalidad se esparce en
una inmensa circular oleada, que se debilita a medida que se abre, hasta desvanecerse en las orillas
del infinito.
Soñemos con los soles inaccesibles, y soñemos también con otras energías: las que nos rozan sin
vernos, o nos acarician y quizá nos matan, las innominadas habitantes de la sombra. Ayer
ignorábamos que existía la electricidad, esa alma de la materia. ¡Que todo lo que vamos
descubriendo nos sirve de sonda para lo que aún ignoramos! No pretendamos envolver con los
sentidos, pobre red de cinco hebras, la enigmática realidad. Los más nobles pensadores,
despreciando el frívolo escepticismo de los que no ven más allá de su microscopio, escuchan con
religioso silencio los pasos de la Idea, que viene acercándose, y lo esperan todo de lo que no nos
ha engañado nunca. Tengamos conciencia de nuestro destino. Alcemos nuestra ambición hasta
tocar el firmamento con la frente. Que nuestra mano o nuestro pensamiento detenga la naturaleza
que pasa. Mas no nos equivoquemos y creamos que nuestras armas son perfectas, y nosotros
mismos, dignos enteramente de la lucha divina.

Corazones generosos laten bajo andrajos de mendigo. Talentos insignes agotan sus facultades en
la miserable caza del pan. El genio muere desesperado o no nace. Los gérmenes sucumben. La mole
de la imbecilidad y de la maldad general es demasiado pesada. Antes de escalar el cielo y de
encarcelar las energías del abismo, hay que libertar esas otras energías sagradas que sufren en el
fondo de la sociedad. Es necesario que extiendan las alas, y que reinen sobre el mundo, como reina
el espíritu sobre la carne, en aquellos que son algo más que carne. Entonces, miraremos las tinieblas
cara a cara, y diremos:

«Somos la verdad».