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Desde la esclavitud de mujeres negro africanas a la prostitución

nigeriana en Alicante. Una geografía feminista (ss. XVI-XXI)

Lydia Delicado Moratalla


Instituto Universitario de Investigación de Estudios de Género

Desde la esclavitud de mujeres negro africanas a la prostitución


nigeriana en Alicante. Una geografía feminista (ss. XVI-XXI)

Lydia Delicado Moratalla

Programa de Doctorado en Estudios Interdisciplinares de Género

Dirigida por la Doctora Inmaculada Fernández Arrillaga

Tesis presentada para aspirar al grado de

DOCTORA POR LA UNIVERSIDAD DE ALICANTE

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A las mujeres del África negra.

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“Y, desde el momento mismo en que se deshumaniza, que se decide qué vidas no son
humanas, qué vidas rozan lo inhumano, pueden justificarse las más grandes
atrocidades, pueden cometerse las violencias más infames”.

Carolina Meloni.

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Agradecimientos

Un agradecimiento especial a la directora de esta tesis doctoral, la Doctora Inmaculada


Fernández Arrillaga, cuyo valioso punto de vista feminista, su esfuerzo y tiempo
dedicados al acompañamiento de esta tesis han sido imprescindibles. Gracias por su
acogida y su valentía para afrontar los retos de este trabajo. Inmensas gracias por sus
conocimientos científicos y su experiencia académica.

Gracias al Instituto Universitario de Investigación de Estudios de Género de la


Universidad de Alicante, en el que tengo el inmenso placer y el honor de defender la
primera tesis doctoral, por haber financiado, mediante una ayuda de investigación, parte
de este trabajo. Agradecimientos a Mónica Moreno Seco, por su apoyo y por su labor de
coordinación en el programa de doctorado de estudios interdisciplinares de género en la
Universidad de Alicante, así como a todo el personal administrativo por su trabajo y
acompañamiento. Muchas gracias igualmente a las fundadoras y anteriores directoras del
Centro de Estudios de la Mujer de dicha universidad por haber hecho posible el desarrollo
de los estudios de género, feministas y de mujeres en la academia alicantina, por su labor
profesional y el esfuerzo de tantos años, con especial referencia a Mar Esquembre Cerdá
y Nieves Montesinos Sánchez.

Muchas gracias a todo el equipo de profesionales de la Biblioteca del Instituto


Interuniversitario de Investigación de Geografía de la Universidad de Alicante,
especialmente a su directora, Alicia González-Moro Tolosana, por su incondicional
apoyo, acompañamiento y por realizar un trabajo diario impecable.

Gracias a la unidad de asistencia a mujeres en prostitución de Cruz Roja Alicante,


especialmente a su coordinadora Rocío Forriol Ruipérez y a la trabajadora social Lorena
Marín Pacheco, por sus aportaciones y experiencias valiosísimas para este trabajo, por
haber acogido ser parte de esta investigación, su apoyo y su excelente labor contra la trata
de seres humanos.

Un cálido agradecimiento a los Catedráticos Enrique Matarredona Coll y Juan Antonio


Marco Molina, así como a la Doctora Rocío Diez Ros y el Doctor Samuel Ortiz Pérez,
por el apoyo siempre mostrado en esta tesis doctoral. Gracias a Ángel Sánchez Pardo por
su amable ayuda y sus suministros técnicos.

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Son infinitas las gracias a las hermanas Nieves y Elena Simón Rodríguez, no sólo por ser
impulsoras y referentes del pensamiento y movimiento feminista alicantino y con ello
haber abierto paso a través de sus vanguardias a los valores de la ciudadanía feminista,
sino también por su acompañamiento, consejos, cariño, amistad y la profunda sororidad
que nos une.

Muchas gracias a Carolina Vergara Contador, por ser mi maestra en la profesionalidad de


los estudios de género, por haber compartido conmigo su sabiduría y haberme mostrado
el significado del compromiso personal con los valores feministas.

Vayan los agradecimientos también a todo el movimiento de mujeres, por enriquecer cada
día con su trabajo y sus ideas la epistemología feminista de la que parte esta investigación.
Gracias a las feministas de todos los tiempos por sus contribuciones, sus conquistas y sus
vanguardias en la construcción de una sociedad justa.

Gracias a Sharlene Mollett, por su perspectiva científica, sus consejos bibliográficos y su


constante interés en el desarrollo de este trabajo.

Finalmente, vaya el agradecimiento más sincero a mi madre, Herminia Moratalla


Peinado, por la ayuda infinita en esta investigación, en su escucha sabia y activa, su apoyo
a lo largo de mi vida y su apuesta por el trabajo intelectual como un camino emancipador.
Mil gracias por haber cultivado en mí innumerables inquietudes políticas y por haberme
mostrado el camino para ser una mujer libre, feminista y libertaria.

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Índice
Agradecimientos ............................................................................................................... 7
Introducción .................................................................................................................... 15
Preliminares ............................................................................................................ 15
Justificación ............................................................................................................ 16
Preguntas de investigación ..................................................................................... 17
Objetivos de investigación ..................................................................................... 18
Metodología ............................................................................................................ 18
Estructura de la tesis ............................................................................................... 20
Capítulo 1. ...................................................................................................................... 23
El marco teórico.............................................................................................................. 23
1.1. Introducción ..................................................................................................... 23
1.2. Las geografías feministas................................................................................. 24
1.2.1. 30 años de Geografías Feministas ............................................................ 25
1.2.2. Las Geografías Feministas en España ...................................................... 39
1.2.3. El cuerpo: un territorio en el siglo XXI .................................................... 42
1.2.4. La geografía de las sexualidades .............................................................. 45
1.3. Los estudios de lo urbano: geografías de los espacios del neoliberalismo ...... 51
1.4. Geopolítica feminista: poder, cotidianidad, cuerpos y conflictos armados ..... 54
1.5. Los feminismos decoloniales ........................................................................... 56
1.5.1. El pensamiento feminista negro ............................................................... 57
1.5.2. El pensamiento feminista decolonial ........................................................ 61
1.5.3. La interseccionalidad ................................................................................ 67
1.6. Las geografías antirracistas: raza, procesos de racialización y el privilegio
blanco en el espacio social.......................................................................................... 71
Capítulo 2. ...................................................................................................................... 81
Indagando en el pasado: aproximación a la presencia de mujeres del África negra
esclavizadas en la Monarquía Hispánica ........................................................................ 81
2.1. Introducción ......................................................................................................... 81
2.2. Desde África occidental hasta tierras hispánicas: orígenes, rutas, mercados
esclavistas ................................................................................................................... 82
2.3. Breve recorrido por las vidas en esclavitud en tiempos modernos peninsulares. 87
2.3.1. La compraventa de esclavas negro africanas en el Alicante de la modernidad
................................................................................................................................ 89

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2.4. Mujeres esclavizadas: la colonización de sus cuerpos ........................................ 95
2.5. Creatividad rebelde: estrategias de resistencia de las mujeres negro africanas en
el contexto de la esclavitud y de los procesos inquisitoriales .................................. 100
2.6. Los nexos entre la esclavitud y la prostitución en la Monarquía Hispánica...... 103
2.6.1. Razón y forma de los espacios de prostitución........................................... 105
2.6.2. Aproximación a la prostitución oficial en la ciudad de Valencia en la era
moderna ................................................................................................................ 107
2.6.3. Esclavización, prostitución y explotación sexual ........................................110
2.7. Revisión feminista al tratamiento de la esclavitud y la prostitución en la
historiografía..............................................................................................................114
2.7.1. La masculinidad en la historiografía consultada .........................................119
Capítulo 3. .................................................................................................................... 125
La trata de mujeres nigerianas: un presente colonial .................................................... 125
3.1. Introducción ....................................................................................................... 125
3.2. El Delta del Níger: frente a los nuevos colonialismos, los conflictos armados y la
crisis ambiental ......................................................................................................... 126
3.3. La devastación tiene cuerpo de mujer ............................................................... 136
3.3.1. El racismo ambiental impregnado de género ............................................. 141
3.4. Un presente colonial .......................................................................................... 145
3.4.1. Benin City, Edo Sate: el corazón de la captación de mujeres..................... 155
3.5. Nigeria en contexto: empobrecimiento, expulsión y desplazamientos forzados en
un mundo global ....................................................................................................... 158
Capítulo 4. .................................................................................................................... 161
La industrialización del sexo y el racismo patriarcal ................................................... 161
4.1. Introducción ....................................................................................................... 161
4.2. La prostitución, el oficio más antiguo: un mito inaceptable.............................. 162
4.3. La prostitución hoy ............................................................................................ 165
4.3.1. Definir la prostitución desde el feminismo abolicionista ........................... 165
4.3.2. El encuentro entre el neoliberalismo y el patriarcado: la industria del sexo
.............................................................................................................................. 174
4.3.3. La provisión para la industria del sexo: la trata de mujeres ....................... 184
4.3.4. Geografía y prostitución ............................................................................. 191
4.4. Los espacios que la prostitución crea: el caso alicantino .................................. 194
4.4.1. La expulsión de los cuerpos indeseables: gentrificación versus prostitución
callejera ................................................................................................................. 194

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4.4.2. Las mujeres fuera de lugar ......................................................................... 198
4.4.3. Mujeres nigerianas en la prostitución alicantina: “this is not my job, this is
not my way” .......................................................................................................... 214
Conclusiones................................................................................................................. 233
A modo de cierre....................................................................................................... 239
Fuentes .......................................................................................................................... 247
Bibliografía ................................................................................................................... 249
Índice de imágenes ....................................................................................................... 275

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Introducción

Preliminares

El presente trabajo surge desde la conciencia y el propio pensamiento feminista y


antirracista, cultivado desde la infancia gracias al contexto familiar y escolar. Todo ello
facilitó la construcción de un pensamiento crítico desde la experiencia femenina, lo que
dio paso a diversos intereses políticos que se manifestaron en una temprana adolescencia.

El interés académico por los estudios interdisciplinares de género fue desarrollado


durante una estancia de trabajo en cooperación internacional en el sur andino ecuatoriano,
en la que se estudió la violencia de género y se realizó un proyecto pionero cuyo objetivo
fue la creación de una cartografía feminista de la situación de las mujeres andinas. Los
aprendizajes derivados del contacto con las feministas profesionales de Ecuador,
motivaron un fuerte compromiso personal para sumar todos los esfuerzos posibles por
combatir la desigualdad y las violencias que sufren las mujeres a nivel global.

En el verano de 2012, las lecturas de obras de geografía feminista inspiraron multitud de


inquietudes sobre la situación de las mujeres en el mundo actual y particularmente, sobre
las racializadas cuyo origen es el sur global. Sumado a ello, la acumulación de
interrogantes al respecto de la realidad del África negra hicieron brotar la curiosidad y las
motivaciones para indagar sobre un territorio muy poco explorado en la geografía
española.

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El activismo feminista y el trabajo profesional de la autora, en alianza con la directora de
la biblioteca del Instituto Interuniversitario de Investigación de Geografía de la UA,
Alicia González-Moro Tolosana, dieron luz a una muestra bibliográfica sobre geografía
y explotación sexual en las mujeres, como acto de celebración del 25 de noviembre de
2013. Fue en el marco de la inauguración de la muestra que la autora conoció a la Doctora
Inmaculada Fernández Arrillaga. Los intereses investigadores confluyeron entre ambas y
tuvo lugar el inicio de esta tesis doctoral.

La Doctora Fernández Arrillaga asumió la dirección de la investigación como integrante


del Instituto Universitario de Investigación de Estudios de Género de la UA (IUIEG).
Siendo su especialidad la Historia Moderna, se hicieron converger las disciplinas
geográfica e histórica desde la transversalidad de los estudios de género, para ir dando
forma al plan de investigación, cuya línea de trabajo se desarrollaría en el marco de la
Historia Moderna, la Geografía Feminista, las mujeres nigerianas, la prostitución y la trata
de mujeres con fines de explotación sexual, persiguiendo el objetivo de desarrollar el
tema central que giraría en torno al estudio de los factores geográficos e históricos que
explican la persistencia de la prostitución y la trata de mujeres del África negra en España.

Justificación

Atendiendo a los antecedentes hallados en el momento inicial de la presente


investigación, sabíamos que con la progresión de la globalización económica, la
feminización de la pobreza había derivado en la feminización de la emigración
internacional y que el número de mujeres víctimas de trata con fines de explotación sexual
es cada vez mayor. El 22% (4,5 millones) del total de personas sometidas a trabajos
forzosos son mujeres y niñas explotadas sexualmente, según el informe de la
Organización Internacional del Trabajo de 2012 sobre tráfico de personas. Desde una
perspectiva interseccional, las mujeres nigerianas que realizan servicios sexuales forzados
en territorio español, sufren una situación de múltiple marginalidad. Por un lado, están en
su mayoría en situación irregular, por lo que no pueden acceder a derechos de ciudadanía.
Por otro lado, les acompaña el estigma social de la prostitución, así como de ser mujeres
negro africanas empobrecidas en una sociedad sexista en la que las desigualdades de
género, de raza y de clase social se reproducen y se perpetúan.

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Hasta la fecha, y desde la geografía, no se había realizado en España ninguna tesis
doctoral sobre explotación y esclavitud sexual de las mujeres, siendo el país de Europa
que más prostitución consume, ni tampoco se había elaborado producción cartográfica ni
estudios desde la perspectiva socio-espacial. La situación de este grupo de población en
la provincia de Alicante no había sido investigada, cuando se trata de una forma de
esclavitud contemporánea y de una de las situaciones más graves que sufren las mujeres
inmigradas.

Las estadísticas de Eurostat y de la Organización Mundial del Trabajo referencian el


elevado número de mujeres nigerianas víctimas de trata. Este grupo de población proviene
mayoritariamente del Estado de Edo, en el que existe una larga trayectoria de conflictos
armados ocasionados por la neocolonización de los recursos naturales.

Desde una perspectiva histórica, los estudios sobre esclavitud no han tratado
específicamente la situación de las mujeres esclavas durante la Monarquía Hispánica en
territorio alicantino. En la última década se han publicado escasas investigaciones sobre
esclavitud femenina negro africana en Andalucía (Martín Casares & García Barranco,
2010) y Extremadura (Periáñez Gómez, 2009b), abarcando los siglos XVI y XVII. Sí
contábamos con algunos datos cuantitativos de esclavizadas en la ciudad de Valencia a
principios del siglo XVI.

De forma similar, no se halló ningún estudio doctoral comparativo que abarcase la


situación de las esclavas desde el siglo XVI hasta la actualidad, que buscase establecer
los vínculos y explicaciones políticas, entre los orígenes históricos y geográficos del
tráfico de mujeres y la situación actual.

Preguntas de investigación

Por lo tanto, las preguntas de partida se centraron en los siguientes interrogantes: ¿cuáles
son los orígenes de la esclavitud sexual en España en mujeres del África negra desde el
siglo XVI hasta la actualidad? ¿Por qué son las mujeres nigerianas las más numerosas del
grupo de mujeres del África negra víctimas de explotación sexual? ¿Qué factores
históricos y geopolíticos explican este hecho? ¿Cuál es la situación de las nigerianas en
prostitución en Alicante? ¿Es la prostitución nigeriana un caso que se puede explicar
desde la interseccionalidad?

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Objetivos de investigación

Por todo ello, el objetivo principal de la investigación es analizar la trata de mujeres


nigerianas con fines de explotación sexual, desde una perspectiva histórica, que abarque
la esclavización negro africana en los siglos XVI-XVIII en territorio hispánico y
geográfica, que explique los factores que desencadenan la situación actual. Otro de los
objetivos que desempeña este trabajo es estudiar la situación actual de las mujeres
nigerianas víctimas de explotación sexual, desde Nigeria hasta Alicante, de forma que nos
permita indagar en el vínculo directo entre los procesos de feminización de la pobreza en
las mujeres de Nigeria, el negocio petrolífero y su relación con el tráfico de mujeres. La
aplicación de los Sistemas de Información Geográfica, desde una perspectiva feminista,
ocupa igualmente los objetivos de esta tesis, para no sólo producir cartografía histórica y
contemporánea, sino para contribuir desde la innovación en técnicas digitales al
desarrollo de métodos de estudio de síntesis geográfica con enfoque de género. También,
es objetivo de esta investigación recopilar información sobre un grupo de población
invisibilizado hasta el momento y documentar la trata de mujeres subsaharianas en el
contexto español.

Metodología

Metodológicamente, la investigación de la prostitución y la trata supone un desafío, pues


estamos ante un tema difícil de estudiar por su carácter clandestino. Es por ello que desde
un inicio el planteamiento apuntó a la realización de un trabajo cualitativo en el que
también se analizaran los datos cuantitativos existentes. La perspectiva metodológica se
integra dentro de la epistemología feminista. Se ha empleado por tanto el punto de vista
feminista de forma transversal, en el que el eje base de análisis ha versado igualmente
desde los planteamientos analíticos de la interseccionalidad, ocupando un protagonismo
relevante la mirada de género y de raza. El trabajo integra al mismo tiempo, un enfoque
que contrasta la escala geográfica macro (perspectiva global internacional) con la micro
(perspectiva nacional, regional y local) en cuanto a trata y prostitución de mujeres
nigerianas, al mismo tiempo que se realiza una comparación entre el pasado y el presente
y se buscan los nexos entre ambos periodos, dando visibilidad a la perpetuidad de las
situaciones de esclavitud que han vivido las mujeres del sur de Nigeria.

El proceso de documentación y de búsqueda de evidencias ha ocupado gran parte del

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trabajo de investigación. Para tal fin, se ha contado con la ayuda de investigación del
Instituto Universitario de Investigación de Estudios de Género de la UA. Así, han sido
visitados: el Archivo Histórico de Alicante, el Archivo Histórico Provincial de Alicante,
el Archivo Histórico Nacional, el Archivo de la Villa de Madrid, la Biblioteca de la Dona
de Alicante, la Biblioteca del Institut de la Dona de Catalunya, el Centro de
Documentación del Centre d’Estudis Africans de Barcelona, el Archivo del Reino de
Valencia y el Archivo Histórico de Valencia. Se ha hecho uso de los fondos digitalizados
del portal PARES y SAVEX. A lo largo del texto se indican las procedencias de los
documentos históricos hallados. Las cartas de venta, de libertad y los procesos
inquisitoriales fueron transcritos al castellano actual para su estudio y su cita en esta
disertación.

La búsqueda de fuentes documentales que han dado soporte a este trabajo se ha realizado
por medio del uso de las bases de datos científicas Scopus, Web of Science, Redalyc y
Dialnet. También se ha empleado el buscador de Google, Amazon y los fondos del
catálogo de la Biblioteca de la Universidad de Alicante, la cual ha sido ampliada con la
compra de obras vinculadas al tema de investigación, gracias al apoyo de la Biblioteca
del Instituto Interuniversitario de Investigación de Geografía de la UA, lo que ha
permitido la creación de una sección especializada de geografía feminista en sus
instalaciones. La gestión bibliográfica de esta tesis doctoral ha sido abordada con el
empleo de la herramienta Mendeley y el estilo escogido ha sido el APA, por lo que se han
seguido todas las normas de edición y calidad preceptivas.

La investigación ha constado de las fases siguientes:

1) Fase documental: recopilación y estudio de documentación sobre teoría y praxis de las


geografías feministas y antirracistas, geopolítica feminista, pensamiento feminista actual,
con hincapié en el decolonial, el negro y el radical; historia de la trata negrera, la
esclavización de mujeres negro africanas en los siglos XVI-XVIII, así como la historia
de la prostitución y la obtención de documentos históricos. Se procedió a la
documentación sobre la situación en el Delta del Níger de Nigeria, con particular énfasis
en las vidas de las mujeres y los procesos de feminización de la pobreza. Igualmente, se
estudiaron de las fuentes clásicas y actuales sobre la industria del sexo, la trata con fines
de explotación sexual y el posicionamiento abolicionista frente a la prostitución.

2) Desarrollo del trabajo de campo en el municipio de Alicante. Elaboración del mapeo

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de las mujeres en prostitución de calle para después realizar una cartografía de detalle. La
metodología para este trabajo de campo se explica en profundidad en el capítulo cuatro.

La escritura de la disertación ha sido elaborada al mismo tiempo en el que tenían lugar


las dos fases de trabajo.

Estructura de la tesis

Esta tesis doctoral se divide en cuatro capítulos, que hacen referencia a los ejes por los
que se ha acometido el análisis de la prostitución de las mujeres nigerianas, siguiendo una
línea argumental que expone las evidencias halladas, que dan respuesta a los objetivos de
investigación marcados y a las hipótesis iniciales.

En primer lugar, en el capítulo uno, se presenta el marco teórico de referencia sobre el


que se sustenta la reflexión de este trabajo. Se han analizado las fuentes, que han sido
estructuradas mediante temáticas generales: las geografías y la geopolítica feministas; los
estudios de los espacios del neoliberalismo, el feminismo decolonial y las geografías
antirracistas.

En el capítulo dos, se expone el análisis de la documentación existente sobre la historia


de la esclavización de mujeres del África negra en la España peninsular de los siglos XVI-
XVIII y se indaga en los aspectos históricos relevantes de la prostitución en el mismo
periodo y territorio, con especial énfasis en el Reino de Valencia y se explora la
colonización de los cuerpos femeninos. En este capítulo se incluye el estudio de los
documentos históricos hallados en los archivos, así como su transcripción. Además, se
hace una revisión feminista a la historiografía sobre esclavitud, cuestionando el sesgo
androcentrista hallado.

El capítulo tres aborda el análisis geopolítico feminista de la situación de las últimas


décadas del Delta del Níger. Se evidencian los procesos de feminización de la pobreza y
sus vínculos con las dinámicas territoriales, políticas, sociales y económicas de las
actividades extractivistas, en el marco del desarrollo de los nuevos colonialismos en el
sur de Nigeria. Se estudian los impactos de un área de conflicto sobre las vidas y los
cuerpos de las mujeres, así como su relación con la trata con fines de explotación sexual
de las nigerianas.

El último capítulo, el número cuatro, explora la industrialización de la prostitución y el

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racismo patriarcal, como mecanismos que explican la masiva trata de mujeres nigerianas
actualmente. Se desmonta el mito de la prostitución como el oficio más antiguo. También,
se analizan los espacios que la prostitución crea, se recogen todos los resultados del
trabajo de campo elaborado como estudio de caso sobre la prostitución de calle en la
ciudad de Alicante, con detenimiento en las nigerianas, en el que han sido empleadas las
técnicas de mapeo y de análisis espacial desde un punto de vista metodológico feminista.

Como parte final, se presentan las conclusiones del trabajo y las futuras líneas de
investigación derivadas.

21
22
Capítulo 1.

El marco teórico

1.1. Introducción

A lo largo de este primer capítulo desarrollamos el marco teórico de referencia que ha


sido empleado en el proceso investigador de esta tesis doctoral, es decir, para el
planteamiento inicial de las preguntas de investigación, para las reflexiones necesarias
durante la realización del trabajo, para la implementación conceptual y metodológica, así
como las fuentes de inspiración epistemológicas en las que se fundamenta la disertación.
Se ha indagado en el estado de la cuestión sobre las materias, teorías y métodos que
consideramos más relevantes, así como en estudios empíricos, que se creen vinculados al
conjunto de temáticas que se abordan en los capítulos posteriores.

Con este marco teórico también pretendemos posicionarnos como sujetos investigadores,
considerando que con ello participaremos coherentemente de la praxis del feminismo
académico, como aspecto necesario e ineludible propio y coherente con una tesis doctoral
perteneciente al programa de Estudios Interdisciplinares de Género de la Universidad de
Alicante.

Además, a través del cuerpo teórico que presentamos, tenemos como objetivo aportar un
marco de referencia y de análisis eficaz y actual a partir del cual podamos construir la

23
innovación científica, capaz de permitirnos disponer de herramientas para edificar
propuestas, proyectos y estudios posteriores que persigan combatir, mitigar o solucionar
los problemas socio espaciales que ocuparán las páginas de este trabajo.

Para la elaboración del capítulo primero se han consultado las fuentes consideradas
imprescindibles desde el punto de vista de la producción teórica en geografías feministas
en las últimas décadas. Aspectos como el pensamiento en torno al cuerpo, las
sexualidades, el análisis geopolítico o la temática de lo urbano desde una visión feminista,
ocupan la centralidad de los epígrafes aquí presentados. Ineludible nos ha parecido
también abordar el pensamiento feminista decolonial, los feminismos negros y el punto
de vista interseccional. Todo ello, junto con los trabajos realizados sobre la construcción
del privilegio blanco y la racialización de la sociedad y el espacio, que se han escrito en
el marco de lo que se denomina Black Geographies y que desarrollamos en su epígrafe
correspondiente. Al mismo tiempo, hemos convenido acudir a escritos feministas de
ciencias afines a la geografía, vinculados al tema de investigación. De este modo,
plasmamos teorías e ideas procedentes de la sociología urbana y de la antropología.

1.2. Las geografías feministas

Relevantes geógrafas, como Joni Seager y Mona Domosh, escribían en 2001 que el
comercio sexual es “una de las formas más destacadas de migración femenina” y que el
fenómeno es en sí una “geografía compleja” (Domosh & Seager, 2001, p. 136). Sin duda,
el tráfico de personas tiene una dimensión espacial imprescindible, pero a su vez también
corporal. Intervienen aspectos tradicionalmente geográficos, como los factores
geopolíticos que explican la dinámica de los territorios en un mundo global, rasgos
demográficos y migratorios, así como las teorías urbanas de centralidad y periferia,
segregación y fragmentación en las ciudades y los estudios interseccionales que aportan
a la investigación del espacio social una mirada más completa a la explicación de los
hechos humanos. Pero también están presentes otros elementos geográficos más recientes
que se enmarcan en las geografías feministas y en sus estudios sobre los cuerpos, las
corporalidades, los espacios de los cuerpos y éstos como lugares. En los últimos años,
esta temática ha adoptado bastante protagonismo dentro de los estudios feministas en
geografía.

24
1.2.1. 30 años de Geografías Feministas

Los feminismos nutrieron la ciencia geográfica al mismo tiempo que destacaba el


pensamiento radical de los años 60-70 del siglo XX, especialmente en el contexto
norteamericano y británico. Igualmente, desde la geografía, se han realizado numerosos
aportes a la teoría feminista, pues ya es asumido que la dimensión espacial en cualquier
aspecto del conocimiento, es imprescindible. En sus inicios, las geógrafas feministas se
interesaron por dar visibilidad a las mujeres, que no habían sido objeto de estudio en una
tradición geográfica androcéntrica. Es en esta etapa cuando se realizaron estudios de tipo
descriptivo en el marco de una geografía de las mujeres (Prats Ferret, 2006, p. 494). La
apuesta por esta línea de investigación formaba parte de un posicionamiento de denuncia
política y compromiso social que a lo largo de los tiempos ha perdurado y se ha reforzado
con otras aportaciones, conforme la teoría feminista y social ha ido evolucionando.

Transcurrido el tiempo, desde aquellas geografías que hablaban del mundo femenino, los
estudios se centraron en introducir la perspectiva de género, es decir de cómo las
relaciones de género tenían su impacto en el espacio y de cómo éstas se manifestaban en
el mismo, configurando así lo que se denominó geografía y género o de género (Prats
Ferret, 2006). Las académicas tomaron como objeto de estudio las relaciones desiguales
de poder entre hombres y mujeres y cómo se manifestaban en la dicotomía espacio
público/espacio privado.

Una de las primeras publicaciones que recogió el estado de la cuestión sobre los inicios
de la geografía feminista fue Feminism & Geography de Gillian Rose (1993), que repasó
las ideas del momento con una aguda mirada crítica, que resumimos a continuación.

La revista Antipode, que fue fundamental en el despegue de la geografía radical en


Estados Unidos, acogiendo las reflexiones disidentes de la revolución del pensamiento en
los años 70 del pasado siglo, dio su apoyo a los primeros ensayos de geografía feminista,
publicando en 1973 el artículo de Burnett Social change, the status of women and models
of city form and development, en el que se analizaba el impacto espacial en la ciudad que
ejercía el patriarcado, además de otros factores, de manera que fuese posible comprender
la geografía social de la ciudad. Otra de las primeras aportaciones que señala Rose fue la
de Hayford en su artículo, también publicado en Antipode, de 1974, The geography of

25
women, en el que destacaba “cómo la relación entre producción y reproducción crea
diferentes tipos de espacios” (Rose, 1993, p. 118).

La producción, asociada al mundo masculino en el capitalismo, como eje de la economía,


ha sido tradicionalmente analizada desde los pensamientos feministas por estimarse
opuesta a las actividades que las mujeres realizaban en el hogar y en las economías de
subsistencia y de los cuidados, englobadas todas ellas dentro del concepto de
reproducción, asociado históricamente al mundo femenino. Hayford pues, reconocía la
importancia que tenía el trabajo de las mujeres para el sustento de los hogares y “sugirió
que las mujeres continuaban identificadas con el hogar y lo doméstico a causa de la
división [sexual] del trabajo” (Rose, 1993, p. 118). Así pues, se forjaba desde el
pensamiento geográfico, la diferencia existente entre un espacio central, que estaría
ocupado por la producción y un espacio periférico y marginal (no reconocido dentro del
circuito económico) que correspondería al hogar. Y vemos así que el debate feminista
sobre lo público y lo privado impregnó la disciplina. Según Rose, la preocupación por
esas relaciones de opresión entre producción/reproducción fue lo que dio paso al estudio
de la diversidad de las mujeres, que comenzaron a ser estudiadas por clase y “mapeadas
en diferentes áreas de la geografía social de la ciudad, resaltando las diferencias entre
clase media y clase trabajadora” (Rose, 1993, p. 121). Esta forma feminista de mirar la
ciudad fue entonces aceptada y en los 80 surgieron otros estudios que se ocupaban de
indagar la impronta urbana de las relaciones de género y que abordaban la temática de los
espacios de reproducción. Trabajos como el de Doreen Massey, Spatial Divisions of
Labour (1984), que apostaba por el estudio de la huella local que los cambios económicos
globales estaban ocasionando en las dinámicas sociales, sin olvidar la perspectiva de
género; o como el de Damaris Rose Rethinking gentrification: beyond the uneven
development of Marxist urban theory, también de 1984, en el que cuestionó el hecho de
que los estudios de gentrificación1 urbana sólo abordasen los cambios que operaban en la
esfera de los espacios productivos sin tener en cuenta los reproductivos o los de consumo.

Gillian Rose, que demuestra la influencia recibida de Teresa de Lauretis, realizó en su


citado libro una revisión feminista a los conceptos fundamentales de la geografía de la

1
En el capítulo 4 definimos el concepto de gentrificación y lo vinculamos al estudio de caso de la
prostitución de calle en la ciudad de Alicante.

26
segunda mitad del siglo XX. Reconociendo su posición de privilegio como mujer blanca
en una Academia racista, subrayó la masculinización y el sesgo patriarcal del discurso
geográfico de forma explícita: “las masculinidades heterosexuales blancas y burguesas
que se sienten atraídas por la geografía, la constituyen y están constituidas por ella” (Rose,
1993, p. 11), además de resaltar el descrédito que sufrían las geógrafas que había en la
Academia. El análisis de cómo operaba el sexismo en la disciplina fue una de sus
aportaciones más importantes a la geografía feminista. En su narración, encontramos que
una de las principales premisas es la de que “el mapa social del patriarcado tiene una
traducción directa en las normas del comportamiento espacial” (Rose, 1993, p. 17). El
estudio de la vida cotidiana, que es el marco espacio-temporal donde se manifiestan las
geografías de las mujeres que Rose explica, es el contexto clave para la teoría feminista.
Es ahí donde aparecen las dinámicas de movilidad marcadas por la estructura de género,
pues, como se pudo comprobar, las mujeres que, además del trabajo en el hogar, percibían
retribución por trabajar fuera de él, se desplazaban generalmente con proximidad al lugar
de residencia y habitualmente en transporte público, para poder ocuparse de todas sus
cargas de trabajo, dentro y fuera del hogar. Así, entró en escena la escala de la comunidad
cercana, como un espacio que funcionaba como la extensión de los hogares en las tareas
de las mujeres y la figura de la madre como objeto de estudio.

Rose examina los conceptos de lugar, espacio y paisaje, con el objetivo de realizar una
revisión feminista de los mismos. Defiende la idea de que la geografía humanística, que
analiza la percepción, las emociones y las relaciones de poder que se dan en las
sociedades, aporta una visión femenina al concepto de lugar, pero que,
epistemológicamente, conserva una autoridad androcéntrica en la que se da por hecho que
“la experiencia de los hombres representa al resto de experiencias” (Rose, 1993, p. 53).
En esa línea, cuestiona que el concepto de lugar, que para la geografía humanística se
encarna como el hogar y que éste a su vez suele interpretarse como una casa familiar, en
el que se reproducen los roles de género que sustentan el capitalismo patriarcal. La
pregunta para Rose es entonces ¿cuál es el lugar de las mujeres, si existe esta tensión entre
lo que los geógrafos humanísticos denominan lugar (hogar) y el rechazo feminista al
hogar como lugar idealizado?

Otro aspecto que gira en torno al hogar, es la reflexión que se realiza sobre el concepto
de lugar asimilado como femenino o como mujer, lugar como analogía de la fantasía de

27
la mujer maternal, sería en ese punto que el hogar significaría mujer: “la geografía
humanística se caracteriza por su relación con la madre” y “el lugar llega a ser el Otro
feminizado en el discurso de la geografía humanística, idealizado como Mujer, narrado
en términos de Madre” (Rose, 1993, pp. 59-60). Rose se aleja de esa identificación y, en
el hilo del pensamiento feminista occidental, rechaza la equiparación comentada, como
postura combativa que denuncia la opresión de las mujeres en ese hogar mencionado.

Las reflexiones de Gillian Rose también abordan una crítica a la concepción de paisaje.
Desde una perspectiva feminista, no puede ser admisible la idea de que la observación y
posterior lectura que realiza el geógrafo o geógrafa del paisaje sea objetiva, sino que la
participación de la persona que investiga es parte de la problemática, es decir, la
posicionalidad resulta imprescindible para explicar los hechos investigados. La mirada
será sesgada en un geógrafo que no se haya planteado cómo el patriarcado deja su huella
en el espacio y cómo ello da lugar a un determinado paisaje. Ninguna interpretación puede
ser objetiva si atendemos a la lógica feminista, pues la fantasía de la objetividad es parte
de una epistemología androcentrista y occidental que pretende ser la dueña de la razón
absoluta, que fue construida por hombres blancos occidentales y aburguesados. Planteaba
Rose entonces que las cuestiones de género y sexualidad no habían sido abordadas en el
estudio del paisaje, lo que consideraba una omisión muy importante.

Continuamos en adelante nuestro recorrido por estos 30 años de geografías feministas.


Tal como podemos leer en la introducción de Writing women and space; colonial and
decolonial geographies de Alison Blunt y Gillian Rose, una de las primeras científicas
que subrayó cómo las dinámicas del patriarcado moldeaban el espacio, fue la antropóloga
Shirley Ardener en 1981. La diferencia de género constituía pues un mapa social con
repercusión directa en el espacio, creando unas reglas espaciales que lo dividían en
masculino y femenino, entendiéndose también como divididas las actividades que en él
se desarrollaban (Blunt & Rose, 1994, p. 1). En este ámbito, la publicación mencionada
con anterioridad, Putting women in place: feminist geographers make sense of the world,
realiza un interesante recorrido por la historia de la geografía urbana, revisitándola desde
el enfoque de género. Tomando como punto de partida la ciudad victoriana, ejemplifica
cómo los espacios urbanos se han ido configurando completamente segregados, hasta la
actualidad. Se destaca la importancia del cuidado del hogar, de lo privado, de lo
doméstico, que se atribuyó a las mujeres, quienes utilizaban el espacio público en

28
contadas ocasiones y habitualmente en compañía masculina. Los espacios de proyección
social, de protagonismo en las ciudades, de los lugares de toma de decisión estaban
atribuidos y permitidos a los hombres.

En esta etapa de estudios de segregación urbana se evidenció cómo el miedo al espacio


público, a la calle, era un hecho urbano y cómo el mundo femenino autocensuraba su uso
y ocupación de parques, jardines, calles periféricas. Los trabajos realizados desde estas
ópticas, no sólo explicaron las manifestaciones espaciales de la desigualdad de género,
sino que supusieron una explicación de cómo la marginación de las mujeres en la ciudad
contribuía a su vez a la reproducción y perpetuación de los desequilibrios de género en el
conjunto social. Tal vez sea por eso que Alison Blunt y Gillian Rose hicieran hincapié en
lo mucho que se escribió desde la geografía, durante un prolongado periodo, sobre esta
dicotomía de lo público/privado, tema que, según ellas señalan, para Carole Pateman, “tal
dicotomía interesó a la lucha feminista durante al menos dos siglos” (Blunt & Rose, 1994,
p. 3).

En el análisis que realiza Alicia Menéndez Tarrazo sobre la teoría urbana feminista y los
aportes que las geógrafas han hecho al respecto, la autora señala cómo, “desde los
comienzos, la teoría urbana feminista centra su atención en la marginación de la mujer
dentro del contexto urbano” (Menéndez Tarrazo, 2010, p. 52). Cierto es también, como
apuntó Linda McDowell, que los geógrafos urbanos habían puesto su interés en la
investigación de las dinámicas urbanas de los centros (equivalentes al espacio masculino),
desplazando del objeto de estudio lo que sucedía en las periferias (el espacio femenino)
por lo que los estudios de la ciudad desde el género supusieron una mirada vanguardista,
ocupándose de estudiar los márgenes y las marginadas (McDowell, 2000, p. 152).

Otros aspectos que han despertado gran interés dentro de las geografías feministas han
sido los relacionados con las ocupaciones laborales de las mujeres, tanto en la ciudad
como en el mundo rural, así como el uso de sus tiempos. Estos estudios, han visibilizado
las aportaciones que las mujeres han realizado para el desarrollo de las sociedades. Sobre
esta temática, desde la sociología feminista, también han sido relevantes las
contribuciones de María Ángeles Durán y sus estudios sobre el uso del tiempo de las
mujeres en la ciudad (Durán, 1998, 2009, 2010).

29
Los métodos y las metodologías han tenido que ser revisados y re-escritos por las
geógrafas feministas porque, al incorporarse nuevas temáticas en una ciencia que
tradicionalmente fue masculina, blanca y occidental (rasgos del paradigma patriarcal del
conocimiento) y por lo tanto provista de un sesgo del que los feminismos instan a
desprenderse, ha sido necesario trazar nuevos enfoques para los nuevos objetos de
estudio. Así, conceptos clave para, por ejemplo, la geografía humana, fueron redefinidos
en el diccionario A feminist glosary of Human Geography (McDowell, 1999).

Los métodos y las metodologías en geografías feministas han tenido igualmente su


espacio en los debates científicos y en las publicaciones. Investigadoras del Women and
Geography Study Group (WGSG) han profundizado en el desarrollo de herramientas
útiles para afrontar los estudios desde la disciplina. Considerando que supone un reto el
uso de nuevos métodos feministas en geografía, reconocieron tres aspectos clave que
forman parte de dicho desafío. En primer lugar [hablar de geografía feminista] “implica
re-pensar las categorías, las definiciones y los conceptos utilizados dentro de la
disciplina”. En segundo lugar, “implica examinar los métodos usados para explorar los
problemas definidos”. Y en tercer lugar, implica considerar otra selección distinta a los
problemas que han importado [hasta ahora] a la geografía (Madge, Raghuram, Skelton,
Willis, & Williams, 2013, p. 86).

Los aspectos epistemológicos y metodológicos han sido un eje de preocupación


fundamental en el devenir de la geografía feminista. Pamela Moss (2002) editó una
compilación de artículos titulada Feminist Geography in Practice que se centraban en
difundir propuestas y experiencias con respecto a ello, tanto cualitativas como
cuantitativas. Moss realiza en primer lugar un recorrido por las primeras contribuciones,
subraya el número especial en la revista Canadian Geographer (1993) y los artículos
publicados en Professional Geographer (1994) y Antipode (1995). Según Moss, acometer
geografía feminista es, ante todo, introducir el pensamiento feminista en la forma en la
que nos planteamos las preguntas de investigación, en la que escogemos los temas
investigados, en cómo nos vinculamos a las personas que participan de la investigación,
la manera en la que divulgamos y evaluamos los resultados. Es en sí, politizar, desde la
teoría feminista, el proceso investigador al completo e implementar todo el cuerpo teórico
en la praxis educativa y académica de la geografía. En ese proceso resulta fundamental el
posicionamiento de la persona que investiga, el compromiso político feminista que desee

30
adquirir. El planteamiento cuestionador y disidente es sin duda esencial en esta praxis, es
por ello que, una de las grandes dificultades que afrontamos las investigadoras feministas
es cómo introducir estas tendencias, ideas y métodos en una Academia sexista,
anquilosada en el patriarcado, así como encontrar vías de financiación pública y privada
para proyectos que diseccionan el paradigma de conocimiento androcéntrico y racista. De
tal modo que Moss subraya las dificultades que se afrontan para crear autoridad
académica en este campo y para hacer frente a la “ortodoxia existente” (Moss, 2002, p.
5). Cómo articular el conocimiento geográfico desde los feminismos, cómo trabajar
aspectos de identidad, subjetividad y lograr una coherencia feminista en el proceso
investigador son elementos que se afrontan en la investigación metodológica. Moss
también destaca la relevancia del poder, como uno de los temas más discutidos en la
disciplina, tanto desde un punto de vista de cómo el poder articula las relaciones sociales
en el espacio, como el papel que el poder tiene en las relaciones que se establecen en el
marco de la investigación y la enseñanza.

Hay quienes opinan que es posible reducir la posibilidad de establecer algún poder en la
realización de entrevistas. Por ejemplo, algunas investigadoras, cuando han tenido
participantes que fuesen madres, han realizado las entrevistas con sus propias criaturas
presentes, considerando así que la investigadora no estaría por encima de la entrevistada
en términos de conocimiento o clase social (Falconer Al-Hindi & Kawabata, 2002). Esto
daría pie a considerar la idea de insider/outsider en el proceso investigador, refiriéndonos
a que si la persona investigadora no es de una identidad/grupo/género/raza/edad igual o
similar al sujeto entrevistado, sería tenida en cuenta como outsider y por tanto, los
resultados de la investigación no serían tan válidos como si fuese una insider. Y, como
señala Valentine, cierto es que se han evidenciado diferencias en las respuestas de los
participantes en las entrevistas, en dependencia de si las preguntas eran planteadas por
una mujer o por un hombre. Pero esta idea no es del todo admitida, especialmente porque
se considera muy ingenua y en la línea de un pensamiento compuesto por “categorías
antagónicas (…) como blanco/negro, masculino/femenino o heterosexual/gay que han
sido desafiadas por la manera en la que ocultan la diversidad de experiencias y puntos de
vista entre y dentro de varios grupos” (Valentine, 2002, p. 118), además de no tener en
cuenta otros aspectos interseccionales que pueden estar intercediendo en la investigación.
Por ejemplo, una mujer blanca occidental entrevistando a un grupo de mujeres
afrodescendientes latinoamericanas no se estima que recogiese datos más fehacientes que

31
un investigador blanco occidental trabajando con el mismo colectivo. En este sentido,
todas las diferencias, al igual que las similitudes, importan y aportan información que es
recomendable reflejar mediante reflexiones personales incluidas en las publicaciones,
pues informan precisamente desde la posicionalidad del investigador/a y de cómo ello ha
podido influenciar la investigación, bajo una metodología feminista.

Caroline Faria y Sharlene Mollett (2016) escriben las reflexiones que les ha motivado el
trabajo de campo tanto en Honduras (Mollett) como en el sur de Sudán (Faria) sobre las
situaciones experimentadas con las poblaciones locales y el encuentro con las diferencias
racializadas, como parte importante del proceso investigador. Mollett, que se describe a
sí misma como African Canadian experimentó la sorpresa y la duda de la población
participante en el estudio por ser una investigadora canadiense diferente a lo que hasta la
fecha habían conocido. Teniendo como antecedente prototipo los investigadores blancos,
los colectivos locales (Miskitios) no terminaban de creer a la investigadora sobre su
origen, preguntándose cómo sería posible que una mujer afrodescendiente pudiera ser
canadiense e investigadora e “insistiendo en que ella era jamaicana, dominicana o
posiblemente colombiana” (Faria & Mollett, 2016, p. 84). Evidentemente, ese contraste,
entre la admiración y el desprecio, influenció en su investigación. Faria, una mujer
identificada como blanca de nacionalidad británica y canadiense, en el desarrollo de su
observación participante en el sur de Sudán con un grupo de mujeres, se sentía en una
atmósfera que giraba en torno a la confianza y la sospecha, en la que parecía evidente que
el hecho de ser mujer contribuía positivamente en los lazos solidarios que se creaban,
pero, al mismo tiempo, su blancura era motivo de asociación directa con el personal
expatriado involucrado en los proyectos de ayuda al desarrollo, lo que despertaba ciertas
ampollas debido a las sensaciones de frustración que la población sudanesa tiene con
respecto a la “industria del desarrollo internacional” (Faria & Mollett, 2016, p. 86). Todo
ello nos conduce a la enorme complejidad existente en la implementación del trabajo de
campo y en los resultados que se obtienen. En palabras de Valentine (2002, p. 126) en
relación a la reflexividad y la posicionalidad en la investigación “nuestro foco debería
estar en fijarnos en las tensiones, en los conflictos y en los acontecimientos inesperados
que emergen del proceso investigador, en vez de tratar de mostrarnos como un ser
transparente”.

32
En la misma forma en la que Gillian Rose estudiaba el modo en el que la geografía estaba
imbuida de masculinidad, Pamela Moss considera que

comprender cómo la masculinidad impregna la disciplina ha abierto vías de

pensamiento sobre el conocimiento tales como el hecho de que la posicionalidad

subjetiva feminista puede desarrollarse dentro de la geografía o cómo los aspectos

binarios androcéntricos pueden dejar de ser reproducidos (Moss, 2002, p. 7)

Así, se ha evidenciado que es posible utilizar un vocabulario no sexista o unos conceptos


geográficos reconstruidos desde el feminismo. La mayor parte de los escritos que hacen
referencia a aspectos metodológicos y epistemológicos en geografía feminista, acuden a
las teorías de Sandra Harding –punto de vista feminista- y Donna Haraway –
conocimiento situado- (Falconer Al-Hindi & Kawabata, 2002), que han servido
enormemente en todos los planteamientos feministas de las ciencias sociales. Es evidente
pues, que descartamos aquella supuesta neutralidad con la que tradicionalmente se ha
identificado al conocimiento científico. Así, Gill Valentine (2002) expresa las críticas que
se han realizado desde los feminismos y los postcolonialismos sobre el viejo
planteamiento de neutralidad y de “conocimiento omnipotente” de la persona que
investiga y menciona que ya en los años 80 se cuestionó si lo que hasta entonces asumido
como conocimiento podía realmente serlo y obedecer a una universalidad. Según
Valentine, la investigación que había llevado a tal conocimiento se había hecho
únicamente con hombres como sujetos investigados, queriendo equiparar sus
experiencias con el resto de la población, aspecto pues inadmisible.

La teoría feminista ha vivido un gran avance desde los años 90 del siglo XX, con múltiples
miradas diversas y distintas que también han impregnado la ciencia geográfica. No
solamente se comenzó a hablar de geografía feminista sino que en la actualidad ya es un
hecho generalmente aceptado que ante la gran diversidad de enfoques y teorías, es preciso
asumir la pluralidad en la denominación geografías feministas (Prats Ferret, 2006, p.
495). No solamente se ha asumido en el grueso de los estudios feministas en geografía
esta riqueza de enfoques, sino que, el grado de compromiso y denuncia social es el clima
habitual en los escritos y en las investigaciones recientes, como destaca Linda McDowell
(2000, p. 46), defensora de la idea de que: “nuestra obligación como científicas sociales

33
es descubrir y analizar las estructuras y los procesos mediante los cuales se crean las
distinciones y se sitúa a los seres humanos en grupos sociales cuyas relaciones son
desiguales”. En esta línea, geógrafas como Mary Gilmartin (2002) manifiestan
igualmente su entusiasmo al comprender que las geógrafas feministas han logrado romper
el silencio y abordar aquellos temas que pueden cultivar un cambio positivo en el mundo
global. Así, está asumido y establecido que desde la geografía feminista existe un claro
movimiento de respuesta ante los sesgos de género, de raza, de clase y otras formas de
opresión que puedan darse en el ámbito del conocimiento.

Como hemos podido comprobar a lo largo de la narración anterior, la cuestión de la


diferencia ha sido un tema relevante en las geografías feministas, la publicación
Thresholds in Feminist Geography (1995) recopiló reflexiones en torno a ello. Dado que
el espacio ha consolidado la diferencia, las declaraciones sobre su significado en
geografía no dejaban ninguna duda al respecto: por un lado “el concepto de la diferencia
permite la creación social de categorías en las personas subordinadas a una norma
dominante, y permite la continuación de las prácticas culturales que reinscriben la
diferencia como valores diferenciales localizados sobre la vida humana” (Kobayashi,
1995, p. 3) y por otro, podemos apreciar las influencias recibidas: “nuestro pensamiento
sobre la diferencia ha sido influenciado por el surgimiento del feminismo negro, por la
teoría decolonial y por los estudios gays y lesbianos” (Jones III, Nast, & Roberts, 1995,
p. xxi). Encontramos la diferencia inscrita en el espacio en fronteras, límites,
barrios…pero también en brechas salariales, en la falta de oportunidades y sobre todo,
hallamos la diferencia simbólica en el momento en que nacemos, en el que los seres
humanos somos clasificados como hombre o mujer – sin respetar la diversidad de cuerpos
que no corresponden con ninguna de las dos opciones - es ahí donde la frontera es el
propio cuerpo, es la diferencia corporalizada. También se aprecia en la feminización de
la pobreza y en la población desposeída de las ciudades (Gilbert, 1995).

El debate sobre la cuestión de la diferencia no sólo versó con respecto al reconocimiento


de la desigualdad manifiesta en las personas y en el espacio. También recogió las
múltiples ideas que surgieron al hilo del feminismo de la diferencia, en el que se
deconstruía la categoría mujer, la dicotomía hombre/mujer, se admitía la diversidad y se
hablaba de las mujeres Otras, núcleo de la discusión iniciada por los feminismos negros
y decoloniales en la década de los 80 (siglo XX).

34
Una de las compilaciones que queremos destacar, especialmente por su contribución
didáctica y pedagógica, publicada por primera vez en 1997, es Feminist Geographies:
Explorations in Diversity and Difference (WGSG, 2013), en la que, colectivamente,
académicas británicas se dirigen a estudiantes de grado universitario y explican cómo,
con qué y de qué es posible hacer geografía feminista. La revisión de conceptos, la
exposición de preguntas para la reflexión, la lectura de textos imprescindibles, el repaso
a las autoras más relevantes, se juntan en materiales didácticos que aproximan la
disciplina de forma motivadora y nos hacen comprender que este punto, cómo enseñar
geografía feminista en las aulas, también ha sido objeto de interés, debate y conferencias
(por ejemplo, la conferencia de apertura Gender and Intersectionality in Geography
Teaching de Joos Droogleever-Fortuijn, de la Universidad de Amsterdam, en la
Conferencia Internacional de Geografías Feministas e Interseccionalidad celebrada en
Barcelona en julio de 2016).

Hablamos por lo tanto de que en las geografías feministas, las miradas queer,
decoloniales, interseccionales, los estudios de sexualidad, de etnicidad y los black studies
conviven entre las estudiosas aportando nuevos debates, métodos y conocimiento a las
ciencias sociales (Hill Collins & Bilge, 2016; McKittrick & Woods, 2007; Nash, 2010;
Oswin, 2008; Shabazz, 2015; Valentine, 2007).

Entre las contribuciones en el ámbito de los estudios urbanos, la recopilación de artículos


editada por Linda Peake y Martina Rieker, Rethinking Feminist Interventions into the
Urban es una clara apuesta por “iniciar una conversación de cómo se produce y se analiza
el conocimiento feminista sobre lo urbano y las mujeres” (Peake & Rieker, 2013, p. 1).
El estudio de las ciudades precisa una mirada con un posicionamiento crítico que sea
capaz de explicar cómo los procesos neoliberales dejan huella también en las vidas de las
mujeres, en sus formas de sustento, en los espacios que habitan y transitan, en sus cuerpos,
dado que las de ellas, son experiencias distintas a las del mundo masculino y no es
admisible ya, en las ciencias contemporáneas, universalizar las geografías tomando como
referencia sólo los discursos o evidencias centrados exclusivamente en los hombres. La
violencia, la pobreza y los asuntos de justicia social son aspectos del mundo urbano que
requieren una mirada de género para poder ser entendidos integralmente. Así, Peake &
Rieker subrayan el impacto que la consolidación del neoliberalismo en las últimas
décadas ha causado en el espacio, “incrementando la concentración de poder en una

35
estrecha clase capitalista (…) lo que se ha traducido en progresivos problemas, como los
de escala geográfica” (Peake & Rieker, 2013, p. 3). Estas nuevas circunstancias, se
analizan desde un enfoque de género porque tienen un claro impacto diferenciado,
impregnado de factores de clase, etnia y sexo. Por ejemplo, las formas de supervivencia
que las mujeres han tenido que (re)inventar para poder salir adelante en las situaciones de
precariedad que el marco político y económico neoliberal les han impuesto o cómo los
desarrollos urbanos periféricos en las (grandes) ciudades se ejecutan desde determinantes
de género y perpetúan, por tanto, las desigualdades de la misma índole. Estudiar lo urbano
desde las perspectivas feministas equivale, pues, a utilizar “nuevos parámetros” (Peake
& Rieker, 2013, p. 10).

Peake & Rieker, preocupadas por el incremento de la fragmentación social que ha


ocasionado el impacto del neoliberalismo, se inquietan por la identificación de nuevos
espacios de pobreza urbana global. La presente investigación se ocupa precisamente de
interrogar ese lugar, pues no tenemos una respuesta clara a la cuestión de si el aumento
masivo de la trata y la industria del sexo que ha acompañado a la nueva fase de
capitalismo actual ha tenido un papel en la aparición de esos espacios urbanos de
empobrecimiento. La prostitución, como hecho eminentemente urbano, constituye
espacios en el territorio, visibles e invisibles, habitualmente marginales, suburbiales, a la
vez que es una institución corporalizada mayoritariamente en las mujeres. Esta
territorialidad y corporeidad es donde confluyen los patriarcados modernos y el
neoliberalismo y es por tanto, objeto de estudio dentro de la geografía. Como Leslie Kern
y Beverly Mullings subrayan, “la literatura sobre neoliberalismo urbano no ha dado una
atención sustantiva al llamado sector informal [como sería, en este caso, la prostitución]
y las maneras en las que produce y es producto de la reestructuración urbana neoliberal”
(Kern & Mullings, 2013, p. 27), de ahí, que los espacios que son fruto de las actividades
informales, ilegales, criminales [como la trata de seres humanos], tengan que ser
abordados necesariamente por las perspectivas de género, que amplían e introducen otros
objetos de investigación.

Pese a toda esta gran cantidad de aportes e investigaciones, Lise Nelson y Joni Seager
recordaban en su recopilación de trabajos A companion to feminist geography que “la
visibilidad de las mujeres está muy lejos de ser completada” (Nelson & Seager, 2005, p.
3) y Linda McDowell, en la misma línea, insiste en que “pese a que los estudios feministas

36
se toleran, no hablemos de verse respaldados (…) en el mundo de la geografía”
(McDowell, 2000, p. 330).

No obstante, la producción científica ha sido y es muy destacada y así se ha reflejado en


las publicaciones periódicas, especialmente en la prestigiosa Gender, Place & Culture
(GPC) y en las conferencias internacionales de la Comisión de la Unión Geográfica
Internacional de Geografía y Género. Louise C. Johnson escribió una reflexión teórica
acerca de los primeros 15 años de trayectoria de la citada revista en la que recogía los
aspectos más importantes en los que se había centrado el debate, así como las
contribuciones y retos existentes (L. Johnson, 2008). La publicación de Johnson sintetiza
los avances que se han producido dentro de la disciplina. Explica que el lanzamiento de
la revista se produjo al mismo tiempo que se dio “el giro cultural en geografía humana,
de manera que surgieron cuestiones muy importantes sobre identidad y diferencia, raza,
género, masculinidad y sexualidad, performatividad y negociaciones de género en el
espacio, discurso queer y decolonial y ciudadanía transnacional” (L. Johnson, 2008, pp.
561-562). Todas estas líneas de trabajo no fueron las únicas, a ellas se les sumaron otras
innovaciones en el avance de la investigación. Así, según Johnson, podríamos dividir la
producción científica publicada en GPC desde el año 1994 hasta 2005 en tres ejes: en
primer lugar, los estudios empíricos realizados sobre “la manera en la que el género es
vivido en el espacio y a través del mismo” en referencia al “trabajo asalariado,
reproducción social, aspectos de movilidad, además de estudios sobre masculinidad,
sexualidad y corporeidad” (L. Johnson, 2008, p. 562). En segundo lugar, Johnson habla
de los escritos en el ámbito de la teoría, de los que destaca su perspectiva decolonial. En
lo que a la discusión teorética se refiere, las publicaciones muestran inquietudes diversas,
entre las que hallamos cuestiones como la práctica investigadora, la posicionalidad de la
investigadora o el origen del conocimiento científico. Según Johnson, el estudio de los
márgenes geográficos y culturales también fue central, existiendo una preocupación sobre
aquellos espacios que son menos destacados en la dinámica centro-periferia, como
pueden ser Asia, África, Sudamérica o Europa del Este. En tercer lugar, señala cómo la
revista GPC dio en esos 15 años visibilidad a otros aspectos de corte político derivados
de los feminismos, en alianza con otros movimientos, lo que sumaría un conjunto de
aportaciones políticas que las geografías feministas han realizado desde su posición
disidente. Algunos de los temas mencionados son destacados por Johnson por lo que, en
consecuencia, nos detenemos a comentarlos.

37
Una de las innovaciones fue la que supuso el considerar la dimensión corpórea en los
temas de estudio de la geografía (empleo, migraciones, ciudades…etc), analizando y
observando cómo al sumar dicha dimensión, resultaban evidentes las distintas
experiencias que vivían las mujeres y los hombres. Johnson expone, citando a Gillian
Rose, cómo hasta la llegada de esta perspectiva de corporeidad, el conocimiento
geográfico se había mantenido sesgado por una visión masculina hegemónica y
tradicionalmente occidental, que no consideraba estos aspectos. Así, la geografía
feminista supuso una revolución en el paradigma de la disciplina al tomar como punto de
partida y legitimar el cuerpo sexuado. Otro de los temas destacados es la evolución sobre
los trabajos que abordaban las masculinidades en el espacio, el modo en el que éstas “son
creadas, representadas, vividas y están conectadas al lugar” (L. Johnson, 2008, p. 564). A
través del estudio de las sexualidades, las publicaciones de GPC pusieron en tela de juicio
la naturaleza de la heterosexualidad, se ocuparon de las sexualidades transgresoras, así
como de las más normativas. El autocuestionamiento de las académicas ha sido también
un tema constante en la revista, sobre todo en aquellos aspectos más vinculados a las
metodologías de investigación, el punto de vista de la persona que investiga y las posibles
relaciones de poder que se puedan ocasionar con las personas participantes en las
investigaciones, el uso de métodos cuantitativos y cualitativos, todo fue sometido al
debate a lo largo de esos primeros 15 años de vida de Gender, Place & Culture.

Con todo, Johnson hace referencia a la preponderancia de publicaciones de origen


anglosajón en la revista, subrayando que uno de los retos presentes era cómo dar
visibilidad a aquellas otras geografías que se producían desde los márgenes, dejando
constancia de la existencia de las limitaciones que afrontan las investigadoras y
académicas de ámbitos periféricos.

En el contexto australiano, las geografías feministas germinaron de forma muy similar al


mundo occidental, iniciándose con la preocupación de la falta de contenidos académicos
en los que se hablase de mujeres y evidenciando la carencia de geógrafas dentro de la
academia. La transformación de la geografía australiana a una disciplina que contemplase
la visión de género y la teoría y praxis feminista, se produjo durante los 80s y 90s
mediante la inclusión de estudios sobre “sexualidad y espacio, el espacio doméstico, la
agricultura, las ciudades, las políticas públicas, el trabajo asalariado y los métodos de
investigación” (Johnson, 2012, p. 346). En los dos mil no hubo tanta producción, pero se

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abordaron otras temáticas como aquellas vinculadas a la “identidad sexual, política
feminista, postestructuralismo, postcolonialismo y corporeidad” (Johnson, 2012, p. 347).
No obstante, la proporción de publicaciones cuya autoría pertenecía a geógrafas en las
revistas australianas más prestigiosas creció considerablemente: pasó de un 10% a un 30-
40% de académicas (L. C. Johnson, 2012), por lo que la presencia de mujeres dentro de
la academia aumentó. Actualmente, los contenidos presentes en las agendas se dirigen
hacia temáticas como “raza, etnicidad, construcción del conocimiento o espacios de
colonización” (Johnson, 2012, p. 352).

1.2.2. Las Geografías Feministas en España

En la esfera española, la geografía de género gozó de estudios desde los 80’s.


Investigadoras prolíficas en la materia, comenzaron sus escritos sobre geografía y género
desde un marco teórico, haciendo una revisión de lo que hasta la fecha se había publicado
a nivel internacional. Ana Sabaté Martínez reflexionaba en 1984 acerca de la ausencia
manifiesta de las influencias de las geografías de género que ya habían ocupado literatura
anglosajona y que no había tenido impacto todavía en la geografía española (Sabaté
Martínez, 1984b). Asimismo, critica la centralidad que han ocupado los estudios sobre
los comportamientos espaciales del varón-adulto-productivo, olvidando por tanto
cualquier otro rasgo espacial vinculado a las mujeres. No se extraña, pues reconoce que
gran parte de los estudios geográficos los realizan hombres con sesgo de género. En esta
primera etapa de la geografía de género en el contexto español, la autora ya proponía un
abanico de temas geográficos de interés para los estudios sobre las mujeres, tales como
la geografía del bienestar, la humanística o la geografía de la percepción, deseando
posicionarse desde una mirada situada en una geografía no sexista, más próxima a los
estudios feministas que a los descriptivos sobre mujer, los cuales, según ella resumía,
habían abordado en aquel entonces la movilidad, el trabajo y los niveles de bienestar
(Sabaté Martínez, 1984a).

En estos inicios, María Dolors Garcia Ramon insistía en la necesidad de que la geografía
incorporase el enfoque de género, más comprometido con las aportaciones hacia el
cambio social que el mero estudio de las dedicaciones de las mujeres y su medida espacial
(Garcia Ramon, 1985). Las geógrafas feministas trabajando en el marco de la corriente
radical en geografía, ya utilizaban en sus estudios el concepto de patriarcado como

39
herramienta de análisis, lo que María Dolors Garcia aprecia en sus reflexiones, a la par
que resalta las contribuciones que la geografía puede realizar al debate feminista,
resaltando que las desigualdades que el género produce en la sociedad tienen una evidente
dimensión espacial que debe ser estudiada. Defiende también que la perspectiva de género
supone una integración en el análisis de temas que tradicionalmente fueron analizados
en geografía de forma disociada (la producción, su distribución y el consumo) siendo el
género para la disciplina una renovación conceptual (Garcia Ramon, 1989).

En España, las temáticas sobre desarrollo rural y estudios agrarios interesaron a las
geógrafas feministas, especialmente a Ana Sabaté, quien explicaba que los procesos en
geografía rural se habían expuesto de forma incompleta, al no haber incluido el enfoque
de género. Manifestaba por tanto el enriquecimiento que para la disciplina añadía la
inclusión del enfoque feminista (Sabaté Martínez, 1989). En el estudio de los
movimientos migratorios del campo a la ciudad, evidenció que existían diversas
situaciones que se explicaban a través de rasgos de género, de clase social y de
procedencia (rural/urbana) –lo que hoy analizaríamos desde la interseccionalidad- en los
cambios de residencia de las mujeres que migraban como cuidadoras y como trabajadoras
del sector doméstico a las ciudades cuando las pobladoras urbanas se incorporaron al
mundo laboral remunerado. El empleo femenino rural, las dificultades para acceder al
mismo, así como los cambios derivados de la industrialización agraria, fueron temas
abordados por la investigadora, quien visibilizó la participación productiva de las mujeres
y su relevancia en el desarrollo rural español. Esta línea de investigación no se detuvo y
continuó en los 90’s y en el nuevo siglo, incluyendo la integración del género en los
estudios de tipo medioambiental en geografía, una perspectiva más ligada al
ecofeminismo. Ana Sabaté, a su vez, fue autora del primer manual de geografía de género
en castellano, publicado en España en el año 1995, con el título de Mujeres, espacio y
sociedad: hacia una geografía del género (Sabaté Martínez, 1995). Como se desprende
del mismo, se aceptaba ya la pluralidad para hacer referencia a las mujeres y se vinculaba
la dimensión espacial del fenómeno.

Otras producciones científicas de los años 90 en adelante corrieron a cargo del Grup de
Recerca de Geografia i Gènere de la Universitat Autònoma de Barcelona, que realizó
estudios de los usos del tiempo de las mujeres en los espacios urbanos (Cànoves i Valiente
& Garcia Ramon, 1994), así como investigaciones de la infancia y la juventud en la ciudad

40
de Barcelona (Baylina Ferré, Ortiz Guitart, & Prats Ferret, 2006). En una publicación que
recoge la trayectoria de los estudios de género en la geografía española; María Dolors
Garcia Ramon subraya una posible línea de investigación que podría tener, bajo su
parecer, un gran desarrollo en España (Garcia Ramon, 2008). Ésta se centraría en el
estudio de los espacios lesbianos y gays en la ciudad, temática que ha suscitado un gran
interés en las geografías feministas anglosajonas pero que ha sido muy poco cultivada en
el contexto español y que se enmarca en los trabajos sobre sexualidades y cuerpos, más
próximos a la teoría queer. En esta línea, Xosé M. Santos de la Universidad de Santiago
de Compostela, publicó Espacios disidentes homosexuales (Santos, 2006), un capítulo de
la obra ya mencionada aquí, Las otras geografías. El autor, realizó también un análisis de
los estudios de género y sexualidad a través de las revistas de geografía, cuyas
conclusiones nos permiten apreciar el bajo porcentaje de publicaciones españolas que
abordan las temáticas del ámbito feminista (Santos, 2016).

Este grupo de investigación es el más productivo en el estado español en cuanto a


geografía y feminismos. Su publicación conjunta más reciente, recopila una serie de
artículos imprescindibles para la comprensión de las dinámicas de los espacios públicos
urbanos, desde una mirada no sólo feminista, sino interseccional e inclusiva (Garcia
Ramon, Ortiz Guitart, & Prats Ferret, 2014). Los estudios, fundamentalmente sobre la
ciudad de Barcelona, muestran novedosas metodologías cualitativas que ejemplifican
cómo es posible abordar las necesidades de las personas desde una orientación geográfica,
aportando, por tanto, un sentido pragmático y político de esta disciplina. Mediante la
realización de este tipo de estudios es posible conocer quiénes, cómo y cuándo utilizan
los espacios públicos, de manera que sea posible tener datos sobre el éxito de actuaciones
urbanísticas, elaborar documentación para planes futuros, así como medir y crear
indicadores de calidad de vida. Es de total interés el poder contar con información de si,
dependiendo del género, la etnia, la sexualidad y la clase social los espacios urbanos se
usan de distinta forma y si estos usos están marcados por la discriminación, la segregación
o la creación de élites urbanas, dado que “el espacio está socialmente construido y, por lo
tanto, está generizado” y “la ciudad es sexuada y sexista y, por tanto, el espacio público
no es neutro, crea jerarquías y provoca desigualdades” (Garcia Ramon et al., 2014, pp. 26
y 29). Las investigaciones se llevaron a cabo mediante, entrevistas, encuestas, la
observación y la elaboración de cartografía.

41
Siguiendo la estela de estudios urbanos con perspectiva de género y centrándose en el uso
de espacios públicos, se analizaron recientemente las alamedas de Sevilla y Santa Cruz
de Tenerife y cómo, tras haber sido protagonistas de procesos de renovación, la población
habitaba los espacios. Efectivamente, tras la observación, explicaban las diferencias por
motivos de género y edad, “en las maneras de estar y compartir” (García Herrera, Díaz
Rodríguez, García García, & Armas Díaz, 2014). El grupo de investigadores consideraron
el género como “de un interés analítico estratégico” en el abordaje del análisis del lugar,
así como “una cuestión central para avanzar hacia una mayor calidad de vida”.

Por último, destacar que, mientras que en el mundo británico, canadiense, estadounidense,
sudamericano y asiático, la permeabilidad de los feminismos ha sido bastante asumida en
geografía, siendo la producción anglosajona la más destacada, en España queda un largo
camino por trazar. En las publicaciones internacionales, los avances han sido destacados
y han ido al ritmo de la teoría social. Las temáticas de género, feminismos, así como otras
afines, como la etnicidad, sexualidad, racismos y diáspora africana (contenidos centrales
en la presente tesis doctoral) carecen de protagonismo en los encuentros científicos,
conferencias y jornadas de la geografía española, ni mucho menos en los planes de estudio
de los grados de Geografía del país2.

Esta investigación doctoral es, por tanto, un intento de sumar esfuerzos y de promover la
asunción de los feminismos como paradigma imprescindible dentro de la geografía.

1.2.3. El cuerpo: un territorio en el siglo XXI

En este contexto científico actual, el estudio del cuerpo, como mencionábamos


anteriormente, ha adoptado una especial relevancia, constituyéndose como un gran objeto
de estudio, considerándose un territorio y un espacio social, siendo por tanto,
eminentemente geográfico. Como señala Josepa Bru (2006, p. 466) el sujeto “humano se
ha reformulado en términos de ‘embodiment’ (corporalización)”, siendo fundamental la
deconstrucción del sujeto tradicional, puesto que estaba marcado por una característica
etnoandrocéntrica que no permitía su consideración diversa. En contraposición, los

2
Anna Ortiz Guitart se refiere a ello, destacando el lugar marginal que ocupan las geografías sociales en los planes de
estudio actuales. (Ortiz Guitart, 2012).

42
cuerpos estudiados ahora desde ópticas feministas dan la posibilidad de hablar de sujetos
sociogeográficos más reales y plurales. De forma tradicional, se ha hecho una división
entre el cuerpo y la mente, destacando en esta última, la razón, aspecto que ha sido
históricamente vinculado al mundo masculino (Ortiz Guitart, 2012). Los cuerpos, en el
ámbito de lo irracional y lo emocional, se han igualado al mundo femenino. Las
geografías corpóreas rompen con esta idea e indagan en las experiencias de los cuerpos
como espacios sociales: “el cuerpo aparece, pues, como un espacio donde interseccionan
las opresiones y como lugar de resistencia” (Rodó-de-Zárate, 2013, p. 135). Los estudios
sobre el cuerpo, vinculados a los de sexualidad, tienen cabida en geografía en la medida
en que, a modo de ejemplo, las experiencias de las personas jóvenes en la ciudad devienen
muy distintas por razones de género, especialmente en los usos de los espacios públicos
o en lugares de ocio y encuentro, donde la heteronormatividad produce opresiones que se
hacen tangibles en las vivencias de jóvenes, como explica María Rodó-de-Zárate. A su
vez, la percepción que jóvenes lesbianas puedan sentir del miedo en determinados
sectores de la ciudad es una experiencia concreta, en cuerpos que rompen dicha
heteronormatividad y habitan de forma transgresora los espacios públicos.

Las geógrafas neozelandesas Lynda Johnston y Robyn Longhurst (2010, vii) reconocen
la importancia del cuerpo desde principios de los años 90 en las ciencias sociales
destacándose como temática abordada en numerosas conferencias de la Asociación de
Geógrafos Norteamericanos, así como en las publicaciones de las revistas Gender, Place
& Culture y Body & Society.. En su libro, exploran “el cuerpo como lugar y el cuerpo en
el lugar”, con el hilo conductor de que “nuestros cuerpos son los que marcan la diferencia
de nuestras experiencias en los espacios y en los lugares”, todo ello en el marco de que
para la geografía, el cuerpo forma parte de un conjunto mayor de intereses sobre lo social
(Jonhston & Longhurst, 2010, p. 21). Defienden la idea de que la investigación alrededor
del cuerpo es un tema de gran interés en geografía humana, especialmente en la rama más
crítica, por la extensa aportación que se puede realizar desde la disciplina, al considerar
las dimensiones espaciales, que suman mucha más complejidad a todo lo que sucede en
los cuerpos y con ellos. Trabajando desde diferentes escalas, apuestan por descender al
detalle y que el cuerpo sea, al igual que la comunidad o la nación, una escala geográfica,
dado que es “el primer espacio en el que construimos nuestras subjetividades”, al igual
que “los cuerpos no pueden ser separados de las experiencias en los espacios y en los
lugares” (Jonhston & Longhurst, 2010, pp. 39-40). Los temas de estudio que florecen en

43
la escala corporal son de sumo interés, especialmente por la claridad con que podemos
comprender las dinámicas espaciales de privilegio versus marginalidad en relación al
grado de cumplimiento de los cánones de belleza, comportamiento público, así como lo
cerca o lejos que las sexualidades de dichos cuerpos se encuentren de todo el conjunto de
reglas que configuran la heteronormatividad patriarcal. Johnston & Longhurst (2010)
exponen en su narración aquellas situaciones que romperían lo normativo y cómo todo
ello tiene una repercusión directa no sólo en los cuerpos, sino en el espacio y lugar que
éstos ocupan. El primer ejemplo versa sobre aquellos cuerpos que no se ajustan al modelo
binario hombre/mujer. Así, queda manifiesta la existencia de cuerpos que de forma natural
no nacen bajo ninguna de las categorías hombre/mujer. Hablamos aquí de personas que
tienen un genoma XXY, de aquellas personas intersexuales o de las transexuales. Estos
cuerpos que rompen con el modelo socialmente establecido, experimentan diversas
marginalidades al desafiar la normatividad, habitan espacios no tan visibles como el resto
de la sociedad y sufren las consecuencias de transgredir las reglas en el espacio. Estas
personas, constituyen una ruptura de la norma en tanto en cuanto son en sí mismas la
personificación de la diferencia corporalizada (embodied difference) (Jonhston &
Longhurst, 2010, p. 24).

Todas aquellas personas que representan la diferencia son las Otras, the outsiders, en el
espacio, el cual queda segregado en una relación de poderes jerarquizados, en los que el
centro, el privilegio, se concede a los cuerpos normativos y la periferia queda relegada al
conjunto de los cuerpos transgresores los Otros. Esta dialéctica no puede ser entendida si
no le sumamos, desde un enfoque interseccional, otros factores que recrudecen el espacio
ocupado por los outsiders, aquellas situaciones en las que convergen las diferencias por
motivos de raza, clase, identidad, sexualidad, origen, edad… Existe por tanto una
tendencia hacia “disciplinar los cuerpos sexuados” (Jonhston & Longhurst, 2010, p. 29),
que las autoras explican desde las teorías de Foucault. Bajo la idea de corregir aquellos
cuerpos o comportamientos no normativos, surgen estrategias disciplinarias “se espera
que los cuerpos encajen en representaciones idealizadas de lo que es deseable (…) con el
objetivo de cumplir con los estándares de talla, forma, apariencia”, desarrollándose todo
ello en el espacio, las autoras evidencian por tanto que “no es posible separar a los cuerpos
de las experiencias de los espacios y de los lugares” (Jonhston & Longhurst, 2010, p. 30,
p. 40). Foucault es también una referencia para Andrew Gorman-Murray (2013), quien
destaca que los cuerpos no son un producto natural, sino muy al contrario “son el efecto

44
de un discurso histórico y geográfico (…) dado que los cuerpos sexuados derivan de lo
social, lo moral, lo legal y las estructuras institucionales que persiguen regular las normas
corpóreas”.

Los cuerpos representan en geografía los lugares en los que se producen y se


experimentan las emociones, tienen a su vez una relación directa con la construcción de
la ciudad, de ahí que podamos hablar de “bodies-cities” o “citified bodies” (Gorman-
Murray, 2013), se configuran en la ciudad y hacen ciudad, la subjetividad deviene
corporalizada y generizada, en ese espacio político, económico, social que es la ciudad.

1.2.4. La geografía de las sexualidades

La geografía de las sexualidades, que se enmarca en las geografías culturales, analiza las
relaciones entre las sociedades y el espacio. Desde una perspectiva crítica se ocupa no
sólo de indagar en las relaciones de poder existentes entre las sexualidades dominantes y
las marginalizadas en el espacio, sino de realizar una lectura política y feminista de los
espacios de la resistencia y la transgresión sexual. Los temas que se abordan están
vinculados a la diversidad espacial, a los espacios de desigualdad y de exclusión, así como
a las geografías y las políticas de la identidad (Phillips, 2004).

Todo estudio sobre geografía de las sexualidades debe iniciarse en explorar cómo las
identidades sexuales se construyen y se performan a lo largo del espacio (Bell &
Valentine, 1995). Ésta es la premisa de partida. El autor más citado, referencia mayoritaria
en los estudios sobre sexualidades, es Michel Foucault, por lo que gran parte del
pensamiento del que beben las geografías de las sexualidades están vinculadas con sus
escritos. ¿Cuáles son las conexiones entre el poder, la heterosexualidad, la identidad y el
cuerpo en los lugares de trabajo? Ésta es una de las numerosas preguntas que nos
podríamos hacer para iniciar una investigación. Dando respuesta a ello, para Lynda
McDowell (1995) “los espacios urbanos de trabajo están saturados de un imaginario y de
un comportamiento heterosexista, que demanda a las mujeres una performance
físicamente imposible”. McDowell observó el difícil camino que emprendían las mujeres
que se incorporaban a los puestos de trabajo de la banca británica, donde la
heterosexualidad masculina era un valor en alza y donde operaban dinámicas para dejarlas
fuera de lugar (out of place). También pudo apreciar en su estudio que, cuando las

45
empresas del ámbito de los servicios que buscan personal que interactúe con el público,
han de seguir unos requisitos específicos y que en ellos, había normas con respecto a la
identidad sexual. Otros aspectos vinculados con la belleza normativa impuesta, como el
peso o la altura, se describen en las ofertas de empleo. En definitiva, lo que extraemos, es
que, el mercado de trabajo actúa como regulador de los cuerpos y que todos los agentes
que tienen capacidad de decisión en ese ámbito, ejercen un poder dominante. Según
McDowell, el cuerpo femenino se concibe como “grotesco, incompleto, fértil y
cambiante” (McDowell, 1995, p. 80), características que son opuestas al cuerpo
masculino, que actúa como norma en el mundo del trabajo, por lo que, el mero hecho de
estar en el puesto de trabajo significa para las mujeres un desafío constante. Como las
mujeres son análogas a la naturaleza según la ideología patriarcal, según el estereotipo,
se caracterizan por ser seres descontrolados, intensamente marcados por la sexualidad y
la fecundidad, aspectos que se entienden como parte del espacio privado. Por tanto,
McDowell desprende de ello que, en la esfera pública, como es el espacio de trabajo, los
cuerpos sexuados de las mujeres están en constante tensión y entredicho. En el caso
concreto de la banca y las finanzas, una esfera pretendidamente descorporalizada,
masculinizada, las mujeres se encuentran fuera de lugar.

En el surgimiento de las geografías de las sexualidades en los años 80 del siglo pasado,
el papel del mundo gay en los procesos de gentrificación urbana suscitó un gran interés,
especialmente desde que Manuel Castells publicase The City and its Grassroots en 1983,
en el que presentaba un estudio sobre los espacios gays y lesbianos de la ciudad de San
Francisco, destacándose que existía una base espacial vinculada a la construcción de la
identidad gay (Binnie & Valentine, 1999).

Johnston & Longhurst (2010) señalan la amplitud de escalas con las que se pueden
realizar los estudios, comenzando por el detalle, lo corpóreo, hasta la nación. El hogar, el
espacio privado, habitualmente familiar o de pareja es una escala de análisis
interesantísima en geografía. Se ha escrito a menudo sobre los espacios del miedo en las
ciudades, pero no podemos obviar el hogar como un lugar especialmente temible para las
mujeres en los sistemas patriarcales, dado que es el espacio donde se concentran las
múltiples violencias de género. Tradicionalmente, el hogar se ha asumido como el lugar
heterosexual, incluso las viviendas suelen estructurarse bajo esta idea: distribución de los
usos, mobiliario, publicidad de venta, promociones…etc, quedando las diversas otras

46
posibilidades de convivencia en un espacio de escasa visibilidad y marginalidad con
respecto a la habitabilidad heteronormativa. Dentro del hogar, la distribución de horas de
trabajo, las tareas que se asumen, las habitaciones que se utilizan, configuran geografías
que explican la división sexual del trabajo, así como la desigualdad que el género impone
a cada persona en el uso de los espacios. En los estudios realizados sobre hogares que
podríamos denominar ‘queer’, existe una tendencia a mantener los esquemas de género
en las parejas homosexuales, y se reconocen las tareas domésticas como actividades
femeninas (Jonhston & Longhurst, 2010). En las entrevistas, se manifiesta que el hogar
suele ser un refugio de libertad en el que poder mostrar las ‘otras’ sexualidades, pero a su
vez, las parejas de lesbianas participantes, también exponen la sensación de vigilancia y
curiosidad que despiertan en el vecindario o las dificultades que afrontan cuando desean
alquilar una vivienda (Jonhston & Longhurst, 2010). La división sexual del hogar es
también un factor que motiva la ordenación de las viviendas, como norma pre-establecida,
las relaciones sexuales tendrán lugar en la ‘habitación matrimonial’, el único espacio que
se diseña comprendiendo que existirá una vida privada en la que queda implícito el sexo,
mientras que el resto del espacio habitacional se distribuye para usos ‘no sexuales’
(Hubbard, 2012).

Para Phil Hubbard (2012), la sexualidad y la ciudad son inseparables, no sólo desde una
visión material, presencial, sino también virtual, pues sabemos que el uso de la red para
la creación de comunidades diversas, no sólo en el ámbito de las sexualidades, es un
espacio geográfico de la era de internet. Los espacios de las sexualidades son también en
los que se produce la prostitución, que de igual modo se encuentra en las calles como en
el espacio virtual. Hubbard explora el papel que tiene la ciudad en la configuración de las
vidas sexuales, se interesa por cómo desde los gobiernos locales o los planificadores
urbanos producen ciudades en las que ciertas tendencias sexuales son normalizadas y
otras excluidas. El anonimato que produce la ciudad en las personas se extiende al ámbito
de la intimidad, de las sexualidades, es por ello, que, históricamente, la urbe ha
representado un lugar de liberación sexual, como contraste a los pueblos o ciudades más
pequeñas. También, debido a que en las ciudades hay una mayor concentración de
población y por lo tanto, mayor número de oportunidades para encuentros sexuales
diversos. Jonhston & Longhurst (2010) dedican un capítulo entero en su libro para
profundizar en la relación entre los aspectos sexuales y la ciudad. Tomando como ejemplo
la famosa serie ‘Sexo en Nueva York’ para presentar la libertad sexual de sus

47
protagonistas, mujeres que hablan y gozan abiertamente de relaciones sexuales en un
ámbito cosmopolita y que muestran una fuerte unión amistosa entre ellas. A través de la
literatura, también podemos descubrir otras vivencias que reflejan que la ciudad sí es
representativa de la “libertad y las posibilidades pese a los obstáculos” (Jonhston &
Longhurst, 2010, p. 83)

Pero, por otro lado, el ámbito rural puede representar libertad para las personas de
diversas opciones sexuales. En un estudio realizado por Angelia Wilson al que Richard
Phillips hace referencia, se evidencia una tendencia a habitar fuera de las ciudades, en la
búsqueda de una mejor integración cultural y social. Lo que sí parece claro, según las
investigaciones, es que ya sea en lo urbano como en lo rural, el espacio es un aspecto
significativo para la construcción de la identidad sexual y que los espacios gays y
lesbianos se configuran como zonas de resistencia (Phillips, 2004). A mediados de los 90
se incrementó el interés por la temática sexualidad-ruralidad, defendiéndose la idea de
que en el ámbito rural también son visibles las ‘otras’ sexualidades. De hecho, en Estados
Unidos, en los 70 comenzaron a establecerse comunidades lesbianas en el espacio rural
dentro de una dinámica de escape de la ciudad, percibida como el lugar de los hombres y
de la masculinidad (Binnie & Valentine, 1999).

Las ciudades igualmente han supuesto los lugares para que suceda lo opuesto a la libertad
y a la liberación: han sido los espacios para la persecución de la disidencia. Para Hubbard
(2012), las ciudades también suponen para las sexualidades el lugar de la construcción
del discurso de la sexualidad ‘normal’ y la ‘perversa’. En el estudio de caso que presenta
en su libro sobre la ciudad de Berlín, podemos ver ese mismo contraste. Mientras que la
metrópolis fue un espacio de apertura sexual y de mayor visibilidad de sexualidades no
normativas, también fue el lugar donde se desarrollaron los estudios sobre las posibles
patologías sexuales de aquellas personas consideradas ‘desviadas’. Entre las acciones de
respuesta y de resistencia, las comunidades gays, especialmente las masculinas, fueron
concentrándose y creando barrios que hoy en día son muy populares, como cita Hubbard
(2012): Greenwich Village en Nueva York, De Waterkant en Cape Town o el Castro en
San Francisco. En España uno de los ejemplos más importantes ha sido el del barrio de
Chueca en Madrid. La ocupación del espacio también se hace manifiesta en las marchas
del Orgullo que acontecen todos los años mundialmente. La conquista del espacio público

48
para reivindicar políticamente el derecho a sexualidades que tradicionalmente han sido
castigadas y expresamente oprimidas.

Caminando un paso más allá, en las aplicaciones de la teoría queer en geografía,


resaltamos que para Oswin (2008), este enfoque ha supuesto el estudio de todo aquello
que esté en oposición a la heterosexualidad, pero sin embargo, la transexualidad, el
transgénero o la bisexualidad no han suscitado el mismo interés que lo que sucede
alrededor de la homosexualidad y el espacio. Según Oswin, desde las geografías críticas
el espacio queer es equivalente al gay y lesbiano o todas las manifestaciones de las
sexualidades transgresoras, pero ha quedado ausente lo vinculado al racismo y cómo éste
es una variable fundamental para comprender estas geografías, desde las que se ha
realizado una lectura de los hechos bajo un prisma de whiteness (blancura): “La raza y la
sexualidad son predominantemente entendidas como análogas, en vez de mutuamente
constituidas” y “la raza y el racismo se consideran necesarias sólo cuando las personas
queer no son blancas” (Oswin, 2008, p. 6). Considera que, una geografía queer sería
aquella que, más que centrarse en la crítica al poder heterosexual, lo importante debe ser
orientar la cuestión hacia la heteronormatividad o la homonormatividad. Destaca que es
muy acertado que los estudios de diáspora se realicen, además de en términos de raza, en
aspectos de sexualidad, siendo pues esta mirada mucho más completa. Es en esta
intersección de factores o de identidades donde podemos hablar de interseccionalidad.
Michael Brown (2012) realizó un estudio de cómo habían avanzado las geografías de las
sexualidades en los últimos años y su relación con el concepto de interseccionalidad. Para
Brown, ha habido bastante debate en cuanto a la intersección de raza-espacio-sexualidad
pero escasos aportes en otros aspectos, sobre todo los vinculados a sexualidades y
capacidades diversas o a sexualidad y edad. Expone que algunos geógrafos y geógrafas
han criticado el hecho de que en el concepto original de Crenshaw, la interseccionalidad
‘separa’ la raza de la sexualidad y que en el marco metodológico, el concepto sigue
acumulando grandes retos.

Un tema que nos despierta un interés especial es el estudio de lo que Johnston &
Longhurst (2010) identifican como global intimacies, que resume el cómo la construcción
del deseo, de lo romántico y lo sexual ha traspasado fronteras a la par que se han
globalizado pautas culturales en las últimas décadas. Hablamos aquí de cómo el
imaginario colectivo en referencia al amor está situado, de cómo las fantasías sexuales y

49
afectivas se estructuran en base a estereotipos no sólo de género, sino de raza, de
etnicidad, de origen geográfico. Johnston & Longhurst (2010) presentan el turismo de
enlaces matrimoniales en Nueva Zelanda (wedding tourism), los viajes que las mujeres
blancas occidentales realizan al Caribe, las esposas de países del sur que los hombres
occidentales encargan a distancia, así como los paquetes turísticos que se organizan para
colectivos LGTBI, como casos paradigmáticos de lo que implica las global intimacies
entendidas dentro de la geografía de las sexualidades. Las bodas de su narración, que
tienen lugar en espacios naturales de fama internacional, responden a una visión
heteronormativa y situada, en un contexto que se vende como 100% puro, natural, idílico,
valores con los que se entiende la heterosexualidad y el matrimonio en las culturas
occidentales. El que los enlaces se celebren en ese marco incomparable que supone
Nueva Zelanda en su imagen turística internacional, refuerza la idea de pureza, perfección
y conveniencia del romance heterosexual: “las bodas de turistas en los espacios naturales
de Nueva Zelanda hacen que la heterosexualidad parezca natural, inevitable y sagrada”
(Jonhston & Longhurst, 2010, p. 137). Vemos pues un nexo inquebrantable entre los
cuerpos, la sexualidad y el lugar, similar al que encontramos en los viajes que las mujeres
blancas occidentales planifican al exótico Caribe costarricense, bajo la ilusión de
experimentar su heterosexualidad desde un imaginario estereotipado sobre la
masculinidad caribeña (hombres de piel tostada o negra, fáciles, hipersexualizados). Es
aquí el lugar donde ellas describen encontrar algo que no consiguen en sus países, es una
sexualidad situada, racializada y generizada en relación a parámetros culturales
geográficos que se han exportado como parte del imaginario turístico del mercado
capitalista.

¿Y qué sucede con las personas sin hogar? Las calles, los espacios públicos son el ‘hogar’
de las personas transeúntes, sin techo. Como exponen Jonhston & Longhurst (2010) se
espera que las personas sin techo no tengan relaciones sexuales en la calle y sin embargo,
de las mujeres en prostitución, se espera que no lo hagan en los hogares. Contradicciones,
doble moral, espacios de la marginalidad, son aspectos que están necesariamente
incluidos en la geografía de las sexualidades y los cuerpos.

Las aportaciones en geografía de las sexualidades se han realizado mayoritariamente


desde el ámbito anglosajón, pero, no obstante, también han suscitado inquietud y estudios
en otras localizaciones. La brasileña Joseli María Silva ha sido una de las impulsoras. En

50
una revisión del estado de la cuestión en Brasil, reconoce que el aumento de estudios
sobre sexualidades en la geografía brasileña ha sido destacado, pero que en su contexto
nacional, continúa siendo parte de un gueto académico que afronta grandes dificultades
de financiación para la investigación, ya sea por la falta de apoyo dentro del sistema
brasileño, como por las dificultades para financiar el acceso a las publicaciones periódicas
anglosajonas que más trayectoria han supuesto en la materia (Silva & Vieira, 2014). Las
referencias teóricas que más han influenciado a este sector de Brasil han sido las de Judith
Butler y Michael Foucault, junto a Stuart Hall. El lanzamiento de la Revista Latino-
americana de Geografia e Gênero contribuyó a derribar algunos prejuicios existentes en
la geografía brasileña al respecto de los estudios de sexualidad. Gracias a esta publicación,
también han podido ver la luz artículos de investigadoras españolas. Entre los temas de
interés se encuentra la prostitución desde una perspectiva urbana y territorial, así como
las experiencias vividas en el espacio por travestis (Silva & Vieira, 2014).

1.3. Los estudios de lo urbano: geografías de los espacios del


neoliberalismo

A todo lo anterior, y relacionado con temáticas que serán abordadas en esta tesis, debemos
sumar los trabajos recientes que otras geografías han abordado, referentes a los diversos
impactos que el neoliberalismo ha causado en las ciudades y que se encuentran vinculados
al empobrecimiento de las mujeres: movimientos migratorios masivos,
macrourbanización y burbuja inmobiliaria, aumento de la desposesión de las clases más
pobres, segregación y privatización generalizada de los espacios, decrecimiento del
derecho a la ciudad, escaladas de violencia…y especialmente, la hipermercantilización
de la ciudad (Brenner, Marcuse, & Mayer, 2009). Así, “los derechos de la propiedad
privada y el beneficio aplastan todas las demás nociones de derechos” (Harvey, 2013, p.
23) asumiendo que esta frase resumiría la situación que actualmente sufrimos en los
territorios, podríamos decir que la propiedad privada se ha extendido a la compraventa de
cuerpos y de que en nombre de tal propiedad, los mecanismos de tráfico y trata de mujeres
funcionan en la misma esfera, con la salvedad de que se mueven en circuitos ilegales y
que estarían a su vez asociados a los procesos de mercantilización de las ciudades y los
territorios. Por tanto, los estudios urbanos recientes han insistido en “la centralidad de la

51
mercantilización como un punto de referencia político e intelectual para cualquier
cuestión crítica de la condición urbana contemporánea” (Brenner et al., 2009, p. 180).

Las ciudades han sido testigo en las dos últimas décadas de una fuerte acumulación de
capital financiero, pero, mientras que todo ello sucedía, “entre dos y tres millones de
personas – principalmente familias monoparentales encabezadas por mujeres,
afroamericanas en las principales ciudades y blancas marginadas en la semiperiferia
urbana – eran desahuciadas de sus hogares, quedando muchas de ellas sin techo” (Harvey,
2013a, p. 48). Vemos por tanto impactos específicos en las condiciones de vida de las
mujeres, que en numerosos casos son la plataforma que las impulsa a ser víctimas de la
industria del sexo y que debemos explicar inevitablemente desde una mirada de género e
interseccionalidad. Al igual que el urbanismo está basado en la explotación (Brenner et
al., 2009), gran parte de la producción de riqueza global, está basada en la feminización
de la pobreza, con una clara visibilidad en los espacios urbanos, especialmente en aquellos
que son domésticos, privados, clandestinos y desposeídos. El trabajo en economías
sumergidas, las maquilas3, la dedicación a los cuidados y a la reproducción sin percibir
retribución, la desigualdad salarial, la falta de oportunidades y particularmente las
actividades que están dentro de la industria del sexo, que son en su mayoría, parte de un
entramado criminal transnacional (Jeffreys, 2009).

Las ciudades, además de ser mercantilizadas en el neoliberalismo, son los epicentros de


consumo de mercancías. Cuando los cuerpos son sometidos al mercado global, se crean
espacios de prostitución, en sus múltiples dimensiones (salones de masaje, salas de
striptease, burdeles, escenarios del porno, calles y avenidas) y se ubican en lugares
concretos, muchos de ellos periféricos, marginales, ocultos, clandestinos. Son el reflejo
de que la prostitución crea lugar, un espacio social que analizamos en esta investigación.

En la década de los 90, Saskia Sassen (1996) realizó un análisis de la economía global
desde una perspectiva feminista. Explicó que la globalización no sólo tiene un impacto
en la reorganización de los territorios y las actividades económicas, sino que posee una

3
La maquila es un proceso de restructuración espacial de la industria textil. La mano de obra es
habitualmente femenina, se caracteriza por una enorme flexibilidad y falta de especialización profesional,
lo que implica el abaratamiento de los costes de producción. Su desarrollo, ha ido en aumento al mismo
tiempo que la globalización, desde la década de los 80. (Monroy Gaytán, 2016).

52
clara construcción de género. Criticó la falta de inclusión de los aspectos vinculados a las
desigualdades de género en el estudio de la economía global, de manera que evidenció
que el hecho, por ejemplo, de que las migraciones se feminizasen, de que las mujeres se
convirtieran masivamente en mano de obra barata para las macroacumulaciones
industriales se debía a las relaciones existentes de género en las sociedades y naciones
globales. La feminización del proletariado industrial no es la única consecuencia que
podemos apreciar dentro de la economía global. En los grandes distritos financieros, gran
parte del trabajo administrativo, de limpieza (Sassen, 1996) y servicios derivados está
ocupado por mujeres, que producen bienes de servicios para compañías transnacionales
multimillonarias. Según Sassen, es necesario hablar de las categorías de lugar y procesos
de trabajo en el análisis de la globalización económica. Aunque la globalización está
marcada por la amplia volatilidad de capitales, sin entender de fronteras físicas, sí que es
cierto que podemos establecer lugares sin los cuales no podría producirse. Los procesos
globales se realizan gracias a la existencia de fuerza de trabajo ubicada en ciudades
concretas y gran parte de esa fuerza de trabajo es femenina, con muy bajo salario y en su
mayoría, inmigrantes (Sassen, 1996). Así, mientras que emergen las poderosas ciudades
globales, con un rápido despegue de nuevas urbanizaciones y amplios distritos
financieros, las ciudades que no ocupan dicha centralidad decrecen y se empobrecen, y
además, suelen ser los lugares de origen de la mano de obra femenina que entra en los
circuitos de las migraciones.

En su libro Contrageografías de la Globalización, Saskia Sassen explica cómo las


estrategias de supervivencia a nivel mundial están siendo desarrolladas por mujeres, lo
que la autora denomina feminización de la supervivencia y que supone también, el marco
actual en el que muchas mujeres entran dentro de la industria del sexo. Gran número de
mujeres se mueven en circuitos transfronterizos (Sassen, 2003), tratando de garantizar su
propia supervivencia y la de sus familias. Diríamos por tanto que esos circuitos están
generando unas geografías ocultas y marginales, tránsitos entre las periferias y los centros
y que son mayoritariamente espacios urbanos.

53
1.4. Geopolítica feminista: poder, cotidianidad, cuerpos y conflictos
armados

En el pasado, la geografía fue un instrumento colonial y colonizador que ayudó a


constituir estados poderosos en oposición a otros que fueron desempoderados,
especialmente en una lógica de enriquecimiento y empobrecimiento, basada,
fundamentalmente, en el establecimiento de núcleos de poder económico (metrópolis)
frente a territorios explotados (colonias). Como bien es sabido, geógrafos como Ratzel y
Mackinder fueron figuras importantes en el desarrollo de la geopolítica. La
transformación de aquella vieja disciplina alineada junto al poder, se produjo en la
geografía de los años 90, cuando se originaron movimientos de disidencia académica al
hilo de la teoría decolonial y el pensamiento post-estructuralista. La geopolítica crítica,
pues, se posicionó como un arma combativa que desvelaba las relaciones de poder
existentes entre múltiples factores (económicos, políticos, ambientales…) que operaban
entre el espacio y la esfera social, pero “los estudios de geopolítica crítica ignoran el
paisaje de género de los debates geopolíticos dominantes” (Hyndman, 2001). Más allá de
los acontecimientos nacionales-internacionales de los que se ha ocupado la disciplina,
existe todo un universo de temas pendientes de abordar y que hacen referencia al mundo
de lo cotidiano, que operan también bajo dialécticas geopolíticas. Es aquí, donde la
geopolítica feminista centra sus estudios y objetivos, siendo “un enfoque de análisis que
conecta aquello aparentemente dispar de las personas, lugares, eventos, temas con las
operaciones de poder y la producción de desigualdad y explotación” (Massaro &
Williams, 2013, p. 567).

En un principio, los escritos desafiaban la falta de interés que había habido sobre el ámbito
cotidiano y acerca de los asuntos vinculados a las mujeres. Posteriormente, la geopolítica
feminista fue abordando aspectos más extensos en los que interesaban las temáticas
interseccionales, es decir, aquellos espacios de la diferencia imbuidos de género,
sexualidades, o racialización. La geopolítica feminista es en sí un análisis de las complejas
relaciones existentes desde la escala íntima y corporal hasta la global. Es por ello que
podemos (y debemos) utilizar este enfoque para el estudio de los acontecimientos que
suceden en la industria del sexo, que tiene un fortísimo impacto político, económico,
sexual y emocional en la vida de las mujeres. Y no sólo en una industria como es la del
sexo, constituida como una gran empresa transnacional, sino para hallar las explicaciones
54
necesarias acerca de las conexiones entre, por ejemplo, la devastación ambiental causada
por las industrias extractivistas en los estados atlánticos de Nigeria y la explotación sexual
de las mujeres nigerianas en España o Europa. Aunque resulte de primera mano una
conexión un tanto remota, comprobaremos en el capítulo tres todos esos vínculos
existentes a diferentes escalas. La geopolítica de la que hablamos en esta tesis doctoral
recorre los modos en los que los nuevos colonialismos afectan a los cuerpos de las
mujeres, las empujan a la migración forzosa y a la esclavitud sexual. Responde a lo que
Hyndman (2001) reclamaba: realizar un giro en las escalas de análisis, que fuese más allá
de los asuntos nacionales o internacionales e indagar en los vínculos entre lo privado y lo
público desde una mirada trasnacional. Es decir que, al igual que la economía feminista,
la geopolítica feminista pone a las personas en el centro de interés y de importancia.

El contexto académico en el que se propuso el enfoque de análisis de geopolítica feminista


partía del giro cultural que vivió la geografía en los 90, en el que se prestó más atención
a los procesos espacializados de racialización y racismo, junto con la influencia del
pensamiento decolonial y las corrientes de la diferencia (Hyndman, 2004). Hyndman
defendió la idea de que la geopolítica feminista se debía constituir en base a la geopolítica
crítica, las perspectivas feministas en relaciones internacionales y los estudios feministas
trasnacionales, haciendo hincapié en que por ‘feminista’ entendemos no sólo la inclusión
del análisis de género, sino que se atiende a todos los ejes de producción de la diferencia
que son abordados en el cuerpo teórico y activista de los feminismos. De hecho, para
Hyndman (2004) priorizar las relaciones de opresión entre hombres y mujeres sin tener
otros parámetros en cuenta, conduciría a una práctica racista y etnocéntrica.

Desde un punto de vista afín, hay autoras que exploran otras posibles denominaciones
para la geopolítica. La “alter-geopolítica” (derivada de geopolítica alternativa) señala
específicamente lo que los movimientos sociales y colectivos efectúan en sus resistencias,
sus estrategias de defensa y seguridad, es “geopolítica feminista realizada desde la
acción” (Koopman, 2011, p. 280). Gran parte de los escritos sobre geopolítica han
atendido a cuestiones de seguridad. Lo que importa, pues, aquí, es la seguridad, la
violencia o la movilidad en la forma en la que son corporalizadas (Hyndman, 2004), de
hecho, “se enfatiza el cuerpo como el primer lugar de violencia” (Dittmer & Gray, 2010,
p. 1666).

Abordamos en este marco teórico los conflictos armados desde la visión de la geopolítica

55
feminista, dado que las tensiones y las guerras en las áreas extractivistas de Nigeria son
un punto clave que se examina en el núcleo de esta disertación.

Uno de los conceptos importantes en este tema es el de la escala, no sólo las que se
analizan en el estudio de caso sobre Nigeria, sino, fundamentalmente, la de los cuerpos y
cómo éstos se ven afectados por los conflictos armados (Kobayashi, 2009a). Así,
entendemos la escala corporal como un aspecto fundamental de las guerras, pues son los
cuerpos los que se movilizan mediante ejércitos, los que otras veces estallan y son a su
vez los que se ven abatidos en los conflictos. Personas que en su colectividad, en sus
poblaciones locales, sobreviven o no a la devastación que suponen las guerras a todos los
niveles. Cuerpos que se ven obligados a desplazarse en busca de refugio y que en la
búsqueda de opciones de progreso, se ven esclavizados como víctimas de redes criminales
de trata de personas, como es el caso que nos ocupa en esta tesis doctoral. Como podemos
entonces comprender, el uso de un enfoque geopolítico feminista descentra el interés por
la seguridad a escala estatal para corporalizarlo y denunciar la militarización y las guerras
en su impacto sobre la seguridad de las personas, sin menospreciar la importancia de la
seguridad nacional (Hyndman, 2004).

1.5. Los feminismos decoloniales

Consideramos que las aportaciones del feminismo decolonial nos dan el marco necesario
para comprender cómo fueron tratadas las mujeres del África negra esclavizadas en época
moderna y a su vez, cómo ha sido el desenlace de aquella historia en el panorama actual.
Comenzando con el punto de partida de las feministas latinoamericanas, “la forma como
se construyó la imagen de las poblaciones colonizadas que terminaban por ser
consideradas no plenamente humanas, en tanto que la dicotomía civilización-barbarie las
ubicaba en el lugar de la incivilidad” (Espinosa Miñoso, Gómez Correal, & Ochoa
Muñoz, 2014, p. 29) recoge la esencia de la barbarización de las mujeres negras en
occidente. Según el pensamiento feminista decolonial, el primer feminismo, aquel
occidental, no estaba desprovisto del sesgo racista. En consecuencia, analizamos a
continuación cuáles son las reflexiones teóricas y sus posiciones.

En los años 80 del siglo XX, pensadoras, activistas y estudiosas manifestaron la existencia

56
de un sesgo occidentalizado del feminismo, que por más de dos siglos se había pretendido
universal, pero que sólo había representado y escuchado las reivindicaciones de mujeres
blancas, en su mayoría de una posición social acomodada y de origen occidental. Aquel
feminismo en singular y aquella mujer heterosexual no plural no era el sujeto con el que
se identificaban otras mujeres, que reunían experiencias muy distintas y denuncias con
otras prioridades a la agenda del feminismo occidental. Es entonces, cuando, recogiendo
la herencia de los movimientos de mujeres afroamericanas, las chicanas, las del sur, las
Otras, decidieron expresar sus cuestionamientos, así como sus visiones sobre el
patriarcado y el enfoque de género y cómo todo ello estaba enmarcado por el impacto que
las colonizaciones causaron en los pueblos originarios.

El feminismo decolonial, imprescindible en la actualidad para una comprensión de las


realidades en su conjunto y de la diáspora africana, asume una necesaria pluralidad en las
mujeres y visibiliza las relaciones de poder norte-sur, posicionándose en la crítica al
neoliberalismo4. Aboga por la construcción autónoma e independiente de otros
conocimientos, por una nueva epistemología, que no esté sesgada ni protagonizada por la
herencia colonial. Cuestiona las asunciones del feminismo occidental, también expresado
como hegemónico, y derriba los estereotipos racistas y de género que algunas feministas
occidentales emplearon sobre los mundos del sur. Es pues un movimiento y una
producción científica que surge a modo de respuesta, como resistencia a la colonización
del pensamiento, que ha asumido con permeabilidad los pensamientos de las mujeres
activistas, indígenas, afrodescendientes, lesbianas, mujeres de la frontera, que desean
construir su propia agenda feminista y escribir su historia.

1.5.1. El pensamiento feminista negro

Sojourner Truth y su famosa frase de 1851 “¿Acaso no soy una mujer?” supone para el
feminismo negro (Jabardo, 2012) uno de los momentos más reconocidos en la historia de
los movimientos de mujeres negras, un instante en el que se revelaron las diferencias con
las vindicaciones feministas de las mujeres blancas. Fue en la primera convención

4
Liliana Suarez Navaz lo explica: “La descolonización implica (…) contrarrestar (…) la dramática
incidencia del capitalismo neoliberal en la vida de las mujeres del sur”. (Suarez Navaz, 2008, p. 67).

57
nacional sobre los derechos de las mujeres, cuando Sojourner rebatió los argumentos que
los hombres reunidos allí ofrecían en contra del voto femenino. Ellos exponían que cómo
iba a ser posible que las mujeres, las cuales se caracterizaban por una enorme debilidad,
pudiesen ejercer el voto. Truth no dudó un instante, en su intervención, se arremangó la
camisa para enseñar la musculatura de su brazo: “¡Mírenme, miren mi brazo!” (Davis,
2005, p. 69). A ella nunca nadie le había ayudado a realizar tareas de esfuerzo físico y, sin
embargo, ¿acaso no era ella también una mujer? El simbolismo de aquel acto fue, a todas
luces, uno de los hechos más destacados de la historia del feminismo negro
estadounidense.

Debido a su enorme trascendencia y contribución al feminismo negro, deseamos a


continuación presentar el cuerpo teórico y científico que ofrece Patricia Hill Collins
(2002) quien entiende la opresión ejercida contra las mujeres negras en una estructura de
tres pilares: la explotación laboral, que representa la dimensión económica de la opresión;
la negación continuada de derechos civiles como la dimensión política de la opresión; la
cultura racista y sexista que colma los Estados Unidos como la dimensión ideológica de
la misma. Este sistema es el que mantiene a las mujeres afroamericanas en un lugar
subordinado y mantiene a los hombres blancos occidentales ostentando el privilegio.
Como respuesta de resistencia, el pensamiento feminista negro como teoría social crítica
persigue reflejar las vivencias de las mujeres afroamericanas desde una perspectiva
interseccional, en la que se visibilizan y se denuncian las situaciones derivadas de
cuestiones de “etnicidad, estatus de ciudadanía y religión” (Hill Collins, 2002, p. 9). Este
pensamiento es también una respuesta a la omisión que produce el feminismo blanco y el
pensamiento político y social negro, caracterizado por su masculinidad, de las
experiencias del colectivo de mujeres afroamericanas, cuyo ángulo de visión es distinto.
Según Hill Collins, Alice Walker ejemplifica el pensamiento que estamos describiendo.
Patricia Hill también reivindica una noción diferente de lo que significan las aportaciones
intelectuales al pensamiento negro, pues reconoce como corpus ideológico las ideas que
provienen de mujeres afroamericanas que no necesariamente pertenecen a la academia
pero que han contribuido enormemente al pensamiento feminista negro: desde S. Truth
hasta mujeres artistas, cantantes de blues, de hip hop.

Hill Collins argumenta que, pese a referirse a un pensamiento feminista negro, ello no es
óbice para la existencia de una diversidad de puntos de vista dentro de las pensadoras y
activistas afroamericanas, que sí reconocen similares retos, dentro de ser un colectivo de

58
mujeres de descendencia africana en un contexto de diáspora negra, de carácter
transnacional y global.

Uno de los temas de análisis dentro del feminismo negro es la organización del trabajo
asalariado de las mujeres negras en la medida en la que éste se encuentra enmarcado en
situaciones de desigualdad por clase, raza y género. Por otro lado, también resulta de
interés el hecho de que para muchas mujeres afroamericanas, el trabajo doméstico es una
vía de empoderamiento y resistencia frente a la opresión racista que encuentran fuera de
sus hogares, les ayuda a construir comunidad y lazos de identidad.

Para Hill Collins, el imaginario estereotipado que versa sobre la feminidad negra, es parte
de un discurso ejercido por el poder, que es el creador de los sistemas de control del
racismo. El hecho de que los estereotipos regresen, se retroalimenten y persistan,
responden a un mecanismo que trata de hacer natural las dinámicas racistas, sexistas, de
empobrecimiento e injusticia social, como parte de un proceso supuestamente inevitable.
Los estereotipos son además parte del mantenimiento de la construcción de la Otra. En
el caso que nos ocupa, no hay mejor ejemplo de la Otra que el lugar que ocupan las
mujeres en prostitución, pues son “las otras” por excelencia en la sociedad patriarcal, son
mujeres antagónicas al modelo normativo de feminidad. Esta idea, nos parece
fundamental como punto de partida en esta investigación, en la que, como indica Patricia
Hill Collins, la esclava africana es el inicio de la definición de la Otra y la base ideológica
que justifica la opresión por motivos de raza, género y clase. Responde al uso de
categorías binarias, tales como blanco/negro, masculino/femenino, cuerpo/mente,
cultura/naturaleza…Los términos opuestos son los que definen la construcción de la
diferencia y ello es la base de la objetualización de las personas, pues pasan a ser objetos
de manipulación y control. Hill Collins apunta que uno de los mecanismos de la
dominación es precisamente objetualizar a los grupos subordinados.

Un tema importante en la esfera del pensamiento feminista negro que Patricia Hill
considera pendiente, es el de las sexualidades de las mujeres afroamericanas. Según su
criterio, teorizar sobre el lesbianismo afroamericano sería una piedra angular para la
construcción política del pensamiento feminista negro, pero, sin embargo, se respira una
atmósfera de heteronormatividad en el colectivo de mujeres negras estadounidenses. Las
pensadoras feministas negras sí que han investigado acerca de cómo interseccionan la
raza, el género y la clase con la violación como forma de violencia sexual. Hill Collins

59
(2002, p. 128) considera clave el estudio de la sexualidad como “un lugar importante
donde el heterosexismo, la clase, la raza, la nación y el género, convergen como sistemas
de opresión”, especialmente, “porque todos los sistemas de opresión dependen del uso
del poder sobre lo erótico” y, en contraste, “las sexualidades de las mujeres negras pueden
llegar a ser un lugar importante de resistencia”.

Nos interesa especialmente la temática del control ejercido sobre los cuerpos de las
mujeres negras. En este sentido, Patricia Hill Collins distingue dos formas en la que éste
se ha ejercido dentro de las relaciones de clase capitalistas en los Estados Unidos. En
primer lugar, los cuerpos de las mujeres negras se han utilizado como objeto y como
mercancía, lo que implica que pueden ser vendidas e intercambiadas dentro del mercado.
Por otro lado, el segundo aspecto versa sobre cómo los cuerpos de las mujeres negras han
sido explotados a través de mecanismos como la discriminación laboral, manteniendo la
imagen de la mujer negra como una mula o como objeto de placer y las políticas que se
han ejercido sobre el control de su reproducción. Todo ello finalmente ha sido una práctica
racista.

En el plano referido a la prostitución, Hill Collins presenta una idea que nos atañe: a las
mujeres negras les afecta la imagen extendida de que son sexualmente promiscuas y de
que no tienen control sobre sus cuerpos, lo que construye una justificación para que
puedan ser mercantilizadas en los sistemas de prostitución. Especialmente a los hombres
blancos, se les vende esta imagen como potenciales consumidores de prostitución. Con la
imagen, va implícita una idea construida de mujeres negras como objetos sexuales y
permisivos. En este plano, la pornografía patriarcal elaborada ha tenido un papel
importantísimo como motor de transmisión de la imagen estereotipada de las mujeres
negras. La equiparación de las mujeres negras en prostitución con el plano más sucio de
los cuerpos y la sexualidad, nos informa Hill Collins (2002, p. 145), ha dado pie a la
aparición de la dicotomía “las negras como zorras y las blancas como vírgenes”, una
construcción racial que se mercantiliza en la industria del sexo, donde podemos observar
que la dimensión de raza en el mundo de la prostitución ocupa un lugar nuclear.

El paradigma de conocimiento occidental está imbuido de temas y epistemologías


construidas desde una élite androcentrista que, tal y como defiende Hill Collins, jamás se
han contemplado las aportaciones de las mujeres negras estadounidenses, así como las de
las mujeres afrodescendientes en su conjunto. Motivo suficiente para crear una

60
epistemología propia, una que se alumbre desde el feminismo negro, que “cree
definiciones independientes y otros modos de producir y validar el conocimiento” (Hill
Collins, 2002, p. 252). La epistemología feminista negra defiende la experiencia personal
como una evidencia científica. El conocimiento no sólo se adquiere mediante educación
académica, también a través del sentido común y la transmisión colectiva. El diálogo es
una pieza clave en esta epistemología, no se admite la creación de conocimiento de forma
aislada sin que haya habido un proceso colectivo y una evaluación de las interconexiones
que existen en un tema. Esta forma de validación tiene su origen en las raíces africanas,
en la tradición oral. El conocimiento se construye mediante un diálogo en el que todas las
personas que participan activamente tienen voz. Otro aspecto que compone esta
epistemología es la ética del cariño, de la bondad, del cuidado, lo que “sugiere que la
expresividad, las emociones y la empatía son centrales en el proceso de validación del
conocimiento” (Hill Collins, 2002, p. 263). Al mismo tiempo, la ética de la
responsabilidad, en la que cada persona asume un posicionamiento determinado con
responsabilidad y consideración frente a un tema para discutir su validez. La experiencia
de la persona será un aspecto esencial para que la colectividad dé por válidos sus
argumentos.

1.5.2. El pensamiento feminista decolonial

Liliana Suarez, expresaba cómo a las mujeres del sur o a aquellas que no respondían a la
norma representada por las blancas occidentales, habían sufrido un proceso de
“exotización” por parte del feminismo, “La tensión entre la ‘exotización’ del otro y la
‘normalización’ de lo occidental está presente en las bases de las ciencias sociales y de
proyectos como el feminista” (Suarez Navaz, 2008, p. 40). De ahí la denominación de
“las otras” en referencia a aquellas mujeres exentas de la normatividad occidentalista. Se
pretende una “descolonización del pensamiento”, así como una “etnicización de las
posturas feministas, nativización o indigenización” (Suarez Navaz, 2008, p. 65).

La colonización que el feminismo había realizado sobre las vidas de las mujeres no
occidentales había producido una imagen incorrecta y lejana de las mujeres “otras”, por
lo que las feministas decoloniales reivindican el derecho a poder narrar sus propias
realidades desde sus perspectivas. Rosalva Aída Hernández Castillo opina que

61
estas perspectivas universalistas del patriarcado y de las mujeres no sólo hacen

‘representaciones erróneas’ de las mujeres que no comparten las características de

las ‘normas de género’ que se presumen, sino que se trata de discursos con efectos

de poder que colonizan las vidas de las mujeres” (Hernández Castillo, 2008, p.

96).

Tanto es así que María Lugones (2008) acuñó el concepto de colonialidad de género,
aludiendo no sólo a todo el compendio marcado por los teóricos poscoloniales (Mignolo,
2003; Quijano, 2000), sino también, a la expansión del patriarcado que trajo consigo la
colonización en pueblos en los que las relaciones sociales no estaban previamente
impregnadas por la marginalidad entre sexos. Lugones destaca que las mujeres no blancas
no entrarían dentro de la categoría mujer, pues dicho término ocultaría el abanico de
categorías racializadas que el colonialismo impuso en las mujeres del sur o, como ella
denomina, mujeres de color. Así, desde este prisma, Breny Mendoza (2014, p. 93)
considera que las mujeres del mundo colonizado “no sólo fueron racializadas, sino que al
mismo tiempo, fueron reinventadas como ‘mujeres’ de acuerdo a códigos y principios
discriminatorios de género occidentales”.

Para Oyewumi (1997) el concepto de género y su perspectiva transversal, ha sido


utilizado también como si pudiera ser universal, así pues, ese carácter le concede un
mecanismo de colonización cultural. Según ella, el feminismo etnocéntrico ha querido
explicar y analizar realidades del sur desde una perspectiva errónea y estereotipada.
Oyewumi (1997), con su estudio sobre los pueblos Yoruba de Nigeria, desveló la
colonialidad de género con la que se había interpretado a los mismos, especialmente, en
su fabuloso libro The invention of Women. Making an African Sense of Western Gender
Discourses (1997).

Tratándose esta tesis sobre mujeres de origen nigeriano, nos interesa especialmente su
historia y su actualidad. No resulta fácil encontrar bibliografía sobre ellas, principalmente
en España, la ausencia de escritos es alarmante, coincidiendo con un vacío generalizado
en temáticas africanas dentro de la Academia española. No obstante, al hilo del desarrollo
de este trabajo, hemos implementado en la biblioteca del Instituto Interuniversitario de
Investigación de Geografía de la Universidad de Alicante (UA), una sección especializada
en fondos de geografía feminista, así como obras para el fondo general de la misma que
62
versan sobre la actualidad de Nigeria y especialmente, acerca del Delta del Níger, área
estudiada en esta investigación. Igualmente, en relación a la historia de la esclavitud de
mujeres negras en la Península Ibérica, hemos adquirido literatura sobre la materia en la
biblioteca del Instituto Universitario de Investigación de Estudios de Género de la UA
(IUIEG), con el objetivo de compensar la carencia hallada en las bibliotecas españolas y
contribuir a la disposición de fondos bibliográficos para futuras investigaciones y
estudios.

Así, según la autora (Oyewumi, 1997), las relaciones sociales yorubas vistas desde el
género es un “problema importado” que poco tiene que ver con los pueblos originales.
Oyewumi evidencia que la categoría mujer no existía como en occidente se entiende, ni
su estatus se correspondía con el de las mujeres blancas de los estados colonizadores. Las
sociedades yoruba estaban, previamente a la colonización, organizadas esencialmente por
jerarquías vinculadas a la edad, seniority, independientemente del sexo biológico. Los
papeles sociales que desempeñaban las personas nada tenían que ver con sus cuerpos, “el
cuerpo no es la base de los roles sociales” (Oyewumi, 1997, p. X), por lo que el
determinismo biológico sobre el que se asienta parte de la construcción del patriarcado
occidental, en el que la función reproductiva asociada a las mujeres marcaba su
discriminación con respecto a los hombres, en cuanto a relaciones de poder se refiere. No
es por tanto aplicable tal visión a las mujeres yoruba originarias, quienes asumían ciertos
privilegios al compás de la madurez y que eran dueñas de tierras, trabajadoras, madres y
jefas cuando les correspondía, al igual que los hombres. Las mujeres, anafemale como
ella las denomina, para diferenciarlas del concepto de mujer occidental, en Yorubaland
heredaban los bienes de su linaje y se unían en matrimonios cuyas reglas eran totalmente
distintas al mundo europeo, pues no suponían ninguna subordinación a los hombres ni la
asunción de un papel circunscrito al hogar. La mujer yoruba no se construía en oposición
al hombre y sus labores dentro de las comunidades estaban organizadas habitualmente
por oficios que se heredaban por familias. Cada grupo familiar tenía una función en la
comunidad que pasaba a todo su linaje. No existe pues ninguna lógica en la interpretación
de aquellas sociedades desde ninguna mirada del norte. En su discurso, Oyewumi deja
patente su crítica al colonialismo cultural de la academia: “las teorías occidentales se
convierten en herramientas hegemónicas al ser aplicadas universalmente, en la asunción
de que las experiencias occidentales definen lo humano” (Oyewumi, 1997, p. 16).

63
Partiendo de un conocimiento situado5, Ochy Curiel expone sus deseos de aportar
herramientas para la transformación social, realizando un recorrido por las ideas
defendidas desde los feminismos afros, así como desde el activismo de colectivos de
mujeres lesbianas en el contexto latinoamericano y centrándose en el uso del concepto de
descolonización como eje transversal para cuestionar el modelo de poder y conocimiento
eurocentrista que actúa como “patrón de dominación mundial” (Curiel, 2011, p. 198).

La descolonización se ha conformado como marco teórico a través de las contribuciones


de los movimientos sociales, desde las experiencias y vivencias colectivas, y supone la
oposición a diversas formas de poder. Persigue la construcción de vías de relación social
en las que no exista ningún carácter de dominación.

Curiel, destaca la importancia del papel que desempeñaron las feministas negras en su
oposición a la presunta universalidad de los feminismos occidentales y defiende las
aportaciones políticas y epistemológicas que han supuesto sus ideas y sus prácticas para
el enfoque decolonial. Por lo que pone en valor la producción científica que ha derivado
del activismo feminista de las mujeres afros, indígenas, lesbianas y apoya la “fusión de
pensamiento y acción” (Curiel, 2011, p. 203) promovida por Patricia Hill Collins,
mientras que destaca el poco interés que se ha mostrado por parte de la academia en todo
ese discurso y práctica política. Además, insta a que todas esas voces críticas sean
reconocidas por los teóricos decoloniales latinoamericanos.

Ochy Curiel exhorta en sus investigaciones, siempre situadas y visiblemente a-neutrales,


al cambio social de manera que en sus publicaciones presenta una intención explícita por
la transformación y un completo rechazo a la discriminación que ejerce la academia con
respecto a los aportes teóricos y prácticas políticas de los movimientos de mujeres
afrodescendientes, indígenas y lesbianas. Visibiliza los campos de conocimiento
construidos por la trayectoria de sus reivindicaciones, tras décadas de luchas colectivas y
destaca la diversidad de feminismos frente a la antigua visión eurocéntrica de un
feminismo universal, que califica de racista. Podríamos afirmar que, en su parecer, no
sería admisible la asunción de las teorías del decolonialismo sin incluir en ellas las
prácticas y propuestas de las feministas afro, lesbianas e indígenas, por lo que asumimos

5
Reivindica la elaboración de otros cuerpos de conocimiento “que expliquen nuestras realidades sociales
desde las experiencias situadas”.(Curiel, 2011, p. 210).

64
que reconoce la necesidad de que exista una simbiosis entre la teoría y la práctica. Es por
ello que a su vez ve necesaria la puesta en marcha de nuevas formas de confirmación del
conocimiento (Biglia, 2007).

Precisamente por las diferencias que pone de manifiesto entre un feminismo hegemónico
y occidental con los pensamientos de las mujeres afro e indígenas de Estados Unidos,
Latinoamérica y El Caribe, no aboga por la defensa de la perspectiva dicotómica
público/privado, dado que fueron las mujeres afroamericanas quienes defendieron la
importancia de mantener el espacio privado, puesto que servía de refugio ante los
racismos, sexismos y clasismos que operaban en el espacio público contra ellas. Rechaza
toda situación en la que se puedan dar relaciones de poder, como vemos, también dentro
de los movimientos feministas e, incluso, afirmaba en una entrevista publicada en la
revista Píkara Magazine, “yo ya no creo en una solidaridad feminista trasnacional así por
así” (Curiel, 2014).

Como nos recuerda Carolina Meloni, cuando Angela Davis analizó la esclavitud en
Estados Unidos “muestra cómo la llamada ‘ideología de la feminidad’ (…) es una
ideología absolutamente ajena a la esclava negra” (Meloni, 2012, p. 141). De ahí podemos
comprender lo extraordinariamente importante que es acometer esta investigación
doctoral desde este punto de partida, haciendo una referencia explícita en este capítulo
sobre el marco teórico.

Las feministas negras estadounidenses presentaron “Una declaración feminista negra”


que Meloni califica de ser el “manifiesto inaugural del feminismo tercermundista”
(Meloni, 2012, p. 149), realizado por la Colectiva del Río Combahee (Boston) en 1977.
Manifestaron los rasgos que las alejaban de los movimientos afroamericanos que no
tenían en cuenta las particularidades de las situaciones de las mujeres y añadían la
perspectiva de clase, sexo y raza a las corrientes feministas de aquel entonces. Insistían
en la idea de que aunque el sexismo era un motor de opresión expandido, no era el único
ni el más importante y que no era posible comprender las realidades de las mujeres negras
[o las ‘otras’] sin ese prisma interseccional. De esta manera, Meloni menciona que surge
así “la teoría de las opresiones de Barbara Smith” puesto que éstas “constituyen un
entramado complejo” (Meloni, 2012, p. 151). Vemos pues que en la esencia del
feminismo postcolonial yace la heterogeneidad como lugar de inicio y la asimilación sin
lugar a dudas de que las relaciones de poder tienen múltiples dimensiones y que mediante

65
la “’colonialidad del poder’ se criticará este sistema-mundo como sistema múltiple y
heterogéneo que afecta en diferente medida a todas las dimensiones de la existencia
social” (Meloni, 2012, p. 162).

Muy interesante para la geografía es el planteamiento del lugar que produce la


colonialidad, distribuyendo a los seres humanos por categorías jerárquicas racializadas
“estableciendo entre colonizados y colonizadores una escala que va de lo superior a lo
inferior” (Meloni, 2012, p. 164). Dicha organización se plasma a su vez en una
distribución espacial clara entre centros y periferias, equivalente en la mayor parte de los
casos a los contrastes norte-sur que coinciden abrumadoramente con los territorios que
fueron colonizados y aquellos que fueron colonizantes. Vemos pues, conexiones entre el
pasado y el presente, que se manifiestan a escala territorial y humana, jerarquías sociales
y dinámicas territoriales que continúan configurándose en base a la diferencia, a la
opresión y que tienen una clara lectura decolonial y de género. Y así lo podremos leer
más adelante en esta tesis, en el análisis sobre el ayer y el hoy de las mujeres nigerianas,
mujeres del sur habitando periferias geográficas y simbólicas, mujeres que representan la
colonización de los cuerpos y la corporalización de las relaciones de poder.

El análisis que el pensamiento decolonial realiza sobre la figura de la Otra resulta muy
útil para comprender la indigesta ausencia de piedad en el tratamiento dado a las personas
esclavizadas. Carolina Meloni nos conduce a Fanon pues “el concepto de lo humano es
un concepto plenamente racializado, lo cual hace prácticamente imposible que un cuerpo
negro acceda a las categorías de humanidad” (Meloni, 2012, p. 171).

Como venimos explicando, la pluralidad es un hecho en las corrientes feministas, de


modo que también se manifiesta en el pensamiento decolonial. Para visibilizar esta
diversidad, hay autoras que han conceptualizado esos otros enfoques, tal vez menos
conocidos, con la denominación de feminismos periféricos (Medina Martín, 2013). Rocío
Medina plantea el feminismo occidental como hegemónico y los feminismos periféricos
como ideas y reivindicaciones que nacen de los márgenes y no asumen los postulados del
anterior como válidos para las situaciones de las mujeres “Otras” o como define Pilar
Rodríguez Martínez “el concepto de feminismos periféricos pretende ser una herramienta
que sirva para entender las experiencias de esas [las] mujeres indígenas” (Rodríguez
Martínez, 2011, p. 27). Medina insiste en la necesidad de “analizar la dimensión global
(…), la del pensamiento político feminista y su conexión con lo local nos ofrece

66
interesantes mapas y cartografías para comprender las complicidades entre el capitalismo
neoliberal, el racismo y los sistemas patriarcales en la colonialidad global” (Medina
Martín, 2013, p. 58). Es evidente pues que la visión de conjunto y la oposición al
capitalismo van de la mano de estos feminismos, que defienden la existencia de otras
lógicas de dominación que los feminismos occidentales no habían abordado. Es en ese
lugar de encuentro, que calificaríamos también de interseccional, en el que como Medina
insiste en analizar, encontraremos los factores y explicaciones que nos permiten
comprender la dinámica de la trata de mujeres nigerianas con fines de explotación sexual.

Desde ese desafío al neoliberalismo que caracteriza a dichos planteamientos, Rocío


Medina también realiza una agrupación de feminismos dentro de la etiqueta “Feminismo
del Tercer Mundo”, en los que incluye “el eco-feminismo y sus diversas corrientes; el
feminismo lesbiano, el feminismo negro y su interseccionalidad entre género, raza y
clase; el feminismo chicano y el feminismo de las mujeres de color; los incipientes
feminismos indígenas; los feminismos islámicos y el feminismo decolonial” (Medina
Martín, 2013, p. 64). Estos feminismos tienen pues un “carácter relacional” y como
venimos explicando “la discriminación de género no es adicional, sino relacional, lo que
significa que colorea y es coloreada por otras divisiones sociales, como la clase social y
la raza (o etnicidad)” (Rodríguez Martínez, 2011, p. 29).

Entendemos así que dadas todas las variables que existen, a través de estos diversos
planos de opresión o marginalidad, el abordar las investigaciones feministas desde
solamente un análisis de sexo-género resultaría reduccionista o, como destaca Pilar
Rodríguez en recuerdo a las palabras de Audre Lorde “el feminismo no tiene sentido
sacándolo de su contexto racializado y de clase” porque “el hecho de ser mujer no se
puede separar del hecho de ser pobre, lesbiana, negra y mayor” (Rodríguez Martínez,
2011, p. 30).

1.5.3. La interseccionalidad

La interseccionalidad representa en estos momentos un lugar importante en la geografía


teórica y práctica, como se pudo comprobar en la pasada Conferencia Internacional de
Geografías Feministas e Interseccionalidad de la Comisión de Género de la Unión

67
Geográfica Internacional, celebrada en la Universidad Autónoma de Barcelona en julio
de 2016.

El término fue acuñado por Kimberle Crenshaw, quien consideró que no era posible dar
explicación a la marginalidad que sufrían las mujeres de color sin tomar en consideración
la múltiple relación de factores vinculados a sus experiencias de vida. Ni sólo a través de
la raza ni únicamente desde el género sería posible comprenderlo, por lo que resultaba
necesario emplear, como mínimo, ambos métodos de análisis. Ello no es óbice para no
sumar aspectos como la sexualidad o la clase. Crenshaw (1991) diferenció tres tipos
distintos de interseccionalidad. En primer lugar, la interseccionalidad estructural, “donde
los sistemas de dominación de raza, género y clase convergen, como lo hacen en las
experiencias de maltrato de las mujeres de color”. En segundo lugar, la interseccionalidad
política, referida a que, la ubicación de las mujeres de color en, al menos, dos grupos
subordinados, presenta algunos inconvenientes en las agendas políticas. Lo que quiere
decir que, debido a la situación particular de las mujeres de color, abordar sus situaciones
sólo desde el feminismo puede ser problemático por responder éste a la experiencia
mayoritaria de las mujeres blancas. El sexismo no actúa de igual forma sobre las mujeres
blancas que sobre las mujeres de color, lo que puede hacer alterar la agenda de
necesidades detectadas para abordar las problemáticas sociales de las mujeres de color.
Si miramos desde el racismo, sucede algo similar. Este sistema de opresión no actúa igual
hacia los hombres que hacia las mujeres y si esta diferencia no es tenida en cuenta, las
políticas no serán eficaces, por ello se precisa que feminismo y antirracismo supongan un
prisma de análisis y respuesta interconectado. En tercer lugar, Crenshaw indica la
interseccionalidad representacional. El esfuerzo realizado por académicos en
comprender las realidades de las mujeres de color a veces ha entrado en tensión porque
ha olvidado las interconexiones existentes entre los aspectos de raza y género en la
construcción de la imagen cultural de las mujeres de color. Una interseccionalidad
representacional incluiría un enfoque más integrador, una unión de cómo la
representación de la mujer de color se comprende sumando factores de género y de raza.
Para Crenshaw, si no es a través de esas tres esferas de la interseccionalidad, no es posible
dar respuesta a las violaciones que se producen en las mujeres de color, o a su marginación
económica, entre otras.

La interseccionalidad es un concepto a través del cual comprendemos que las situaciones


sociales nunca están marcadas por un solo factor. Ya sea desde una perspectiva de análisis

68
del privilegio como de la marginación, a través de enfocar los hechos mediante una lente
múltiple que aborde los temas desde una mirada de raza, clase social, edad, género,
sexualidad, etnicidad…y un largo etcétera, podremos tener capacidad de comprender de
forma integral. Por lo tanto, la interseccionalidad es también una herramienta de trabajo:
“examina cómo las relaciones de poder están interconectadas y mutuamente constituidas”
(Hill Collins & Bilge, 2016, p. 7). Entender las diversas influencias que conforman los
hechos sociales es aplicar un enfoque interseccional.

Este concepto, considerado una de las mayores contribuciones del feminismo, no sólo es
útil, sino necesario. Tal vez por ello, un amplio espectro de profesionales lo emplea en
diversos sectores. Presentamos a continuación las reflexiones teóricas que nos ha
suscitado la reciente publicación titulada Intersectionality de Patricia Hill Collins y Sirma
Bilge (2016).

Si acometemos un estudio interseccional sobre la brecha de riqueza existente en la


población estadounidense, podemos encontrar conexiones entre diversas categorías de
análisis. Hill Collins & Bilge (2016, p. 15) nos brindan un ejemplo claro: si en vez de
indagar en la desigualdad económica de forma individual lo hacemos deteniéndonos en
los hogares, podremos claramente concluir que existen situaciones de empobrecimiento
en aquellos que están al cargo de mujeres de color solteras, por lo que “se demuestra que
la desigualdad está estructurada simultáneamente por la raza y el género en las mujeres
de color” [mi énfasis]. Las autoras nos recuerdan que esto también nos permite observar
que no sólo se explican las desigualdades de riqueza/pobreza por razones de clase social,
sino que las situaciones sociales son mucho más complejas: “la interseccionalidad
propone un mapa social de desigualdad más sofisticado”. La cuestión de las relaciones de
poder es una parte fundamental cuando estudiamos los casos desde una perspectiva
interseccional. Como apuntan Hill Collins & Bilge (2016), cuando estudiamos los
impactos relacionados con el neoliberalismo, el nacionalismo y el capitalismo, podremos
averiguar la desigualdad social global a través de las relaciones de poder. El contexto
social, así como las múltiples conexiones que aparecen en los hechos sociales nos aportan
información cuando trabajamos desde la interseccionalidad. Evidentemente, como
apuntan las autoras, la desigualdad social, el poder, la carga relacional y el contexto nos
alumbran la idea de que la interseccionalidad es un elemento complejo, por lo que emplear
esta herramienta, no es tarea fácil.

69
Hill Collins & Bilge (2016) diferencian dos formas de organizar la interseccionalidad
como herramienta de análisis: como interrogante crítico y como práctica crítica. Como
interrogante, fue un instrumento que tuvo muy buena acogida en los años 90,
caracterizado por ser esencialmente crítico, dado que cuestionaba teorías y métodos
existentes, asumidos y especialmente, apuntaba hacia la desigualdad social. Como
práctica crítica, entendemos que es una acción cotidiana, no sólo ejercida dentro de la
academia, también por personas en sus vidas diarias, cuando les surgen interrogantes
críticos, cuando existe un rechazo hacia las políticas que construyen injusticias
económicas. Grupos activistas que ven las relaciones de poder y su intersección con las
desigualdades sociales, las denuncian, las analizan. Ambas formas de análisis no son
opuestas, ni están siempre en dos planos distintos de trabajo, suelen funcionar
conjuntamente.

En la aplicación de la interseccionalidad como interrogante crítico, es posible trabajar


desde cualquier escala, ya sea local, regional, nacional o global. Los estudios pueden
abarcar un amplio espectro de temáticas sociales y es apropiado “utilizar las experiencias
y las movilizaciones de los grupos desfavorecidos para ampliar y profundizar en la
comprensión de la vida humana y su comportamiento” (Hill Collins & Bilge, 2016, p.
36). Las autoras, destacan que utilizar la interseccionalidad como una práctica crítica no
supone que la teoría que se construye se distancia de la praxis y que ésta se limita a llevar
al terreno el cuerpo teórico, sino que mutuamente, teoría y praxis se alimentan y ninguna
es superior a la otra.

Encontramos, pues, en el marco de la interseccionalidad, un conjunto teórico y práctico


con capacidad de ofrecer un método para trabajar en política pública, en el abordaje de
violencias, así como un enfoque educativo. Multitud de temáticas, como la que nos ocupa,
tiene una mirada desde la interseccionalidad.

Desde un punto de vista geográfico, para Gill Valentine (2007, p. 10) el concepto de
interseccionalidad “se utiliza para teorizar la relación entre diferentes categorías sociales:
género, raza, sexualidad y otras”. Argumenta que trabajar desde la interseccionalidad ha
tenido una limitación y es que, los estudios se han centrado en el análisis de los sectores
sociales en desventaja y se deja de lado la investigación de cómo se construye el privilegio
y sus consecuencias, pues tanto el primero como el segundo, están vinculados a la
interrelación de varias categorías sociales y son interesantes para la geografía.

70
1.6. Las geografías antirracistas: raza, procesos de racialización y el
privilegio blanco en el espacio social

Definimos este apartado como esencial para esta disertación, pero no por tratarse de un
escrito centrado en las mujeres nigerianas que sobreviven a la trata con fines de
explotación sexual, es decir, no abordamos el marco teórico sobre estudios críticos de
raza, racialización o de las llamadas Black Geographies, porque parte del objeto de
análisis sean mujeres negro africanas del sur, sino porque no podemos entender el
desarrollo de la investigación en geografía humana sin abordar temáticas y puntos de vista
que nos parecen imprescindibles, pues es la racialización un proceso y un factor
determinante en el estudio del espacio y los hechos humanos, también de los conflictos
ambientales, así como de las relaciones de poder. Es igualmente fundamental para la
comprensión del presente colonial que estructura las sociedades y los espacios del siglo
XXI, integrado en el discurso de este escrito.

Ha sido frecuente en geografía durante décadas asumir la experiencia o vivencia de las


personas blancas occidentales, al igual que la masculinidad, como una realidad extensible
a las geografías de todos los seres humanos y todos los territorios. También, ha habido
cierta confusión cuando se ha dado por hecho que sólo se habla de racismo, raza o
racialización cuando se estudian sujetos o lugares no identificados como blancos, es decir,
cuando participan de la investigación y del discurso los sujetos y espacios que representan
la diferencia, lo otro. Los seres blancos se han considerado en la tradición geográfica
como exentos de racialización o como “los seres por defecto” (Gillen, 2016, p. 585) y esa
idea estaba imbuida de la consideración de la blancura (whiteness en su denominación
original), como aquello neutral y normativo.

Del mismo modo, también ha sido común, entender los procesos de apropiación territorial
o la acumulación de tierras e inclusive, la explotación de recursos naturales, como si todo
ello sólo formase parte de una lógica capitalista en la que únicamente importan las
dialécticas de la esfera económica, olvidando que todos los procesos geográficos están
imbuidos de interseccionalidad. Tal descuido nos conduce a reproducir un punto de vista
eurocentrista y a su vez, simplista (Mollett, 2016). De este modo, insistimos, es
fundamental destapar las esferas racistas, colonialistas y de género que existen en la
usurpación y explotación masiva de petróleo, gas y bosques nigerianos para comprender

71
en profundidad la situación actual que se aborda en este trabajo de investigación.

Aunque sabemos que la raza es una construcción social que nace desde la desigualdad y
desde procesos de naturalización de la diferencia y que es una aproximación analítica a
los temas en geografía humana absolutamente fundamental, tenemos que lamentar que en
la geografía española este enfoque no ha sido asumido como imprescindible y, si echamos
de menos el abordaje de la disciplina desde el género y el feminismo, no podemos decir
menos de los aspectos vinculados a las temáticas de raza. Así, comenzamos por recordar
algunas definiciones de conceptos útiles y empleados en este estudio. Por racialización
entendemos el proceso de atribuir una categoría de raza a una persona o colectivo de
personas, formando con ello una jerarquía a través de la construcción de la diferencia.
Dicha diferenciación finalmente se inscribe sobre los cuerpos (Brahinsky, Sasser, &
Minkoff-Zern, 2014). A lo largo de esta tesis veremos cómo las mujeres que fueron
esclavizadas en Alicante durante el periodo moderno, procedentes del África negra,
fueron racializadas. Igualmente, podremos ver que suceden procesos de racialización y
segregación en las mujeres nigerianas en prostitución en el Alicante actual. Por whiteness,
entendemos “una identidad racializada estrechamente ligada al poder y al privilegio”
(Gregory, Johnston, Pratt, Watts, & Whatmore, 2009), es, en el imaginario de categorías
raciales, la que se ha considerado no visible, referencia de la norma, en contraposición
con otras identidades visibles, que conformarían todas aquellas otras categorías dentro de
las personas de color. Whiteness se identifica con los cuerpos blancos occidentales, es la
corporalización del privilegio.

Brahinsky et al. (2014) nos informan de que las temáticas de raza comenzaron a llamar la
atención en geografía unos veinte años atrás y que, pese al tiempo transcurrido, continúa
siendo un campo emergente. El libro de Peter Jackson Race and Racism: Essays in Social
Geography, publicado en 1987, se destaca como el pionero en esta materia, que cambió
lo que venían siendo los estudios cuantitativos sobre la segregación étnica hacia una
orientación más política, fundamentada en la raza como un factor constituyente de un
discurso racista histórico y geográfico (C. Dwyer & Bressey, 2008). Para Bonnet (1997),
que desde la geografía se hubiesen recopilado datos étnicos, no era suficiente. La
acumulación de información estadística sobre minorías raciales dejaba percibir que se
obviaba a la población blanca de los estudios vinculados al racismo manifestado en el
espacio, es decir, que existía un vacío en cuanto a las dinámicas geográficas reflejadas en
la categoría white (blanco o blanca). En su artículo, que marcó un antes y un después en

72
la geografía antirracista, instaba enérgicamente a dejar de considerar whiteness (la
blancura) como algo exento de raza, que en el imaginario de la geografía desapareciese
la idea de la identidad blanca como referencia neutral y que “una nueva geografía sobre
raza, más reflexiva y más incisiva, debe comenzar” (Bonnett, 1997, p. 199).

Mientras que, como ya hemos expuesto en epígrafes anteriores, en un primer momento


las geografías feministas se ocuparon del debate sobre la temática relacionada con el
espacio privado y el público, desde las Black Geographies, imbuidas de pensamiento
feminista negro, ofrecen un punto de vista totalmente distinto sobre qué espacio es
opresor para las mujeres Otras, para las negras. La calle, el espacio público ha sido el
lugar emisor de violencias racistas hacia ellas, siendo entonces el hogar, la casa, el
encuentro con la seguridad, con su identidad y su comunidad. Consideran que lo que fue
relevante para las geografías blancas no lo es tanto para las Black Geographies (Blunt &
Rose, 1994).

Señalando también que la disciplina se ha caracterizado por su línea de privilegio blanco,


Laura Pulido (2002) destacó que ya había llegado el momento de diversificar el
pensamiento geográfico y observar desde el enfoque de raza, al mismo tiempo que
reconocía los trabajos que se habían realizado en la década de los 80 (Richard Peet, por
ejemplo, en 1985) pero exclusivamente desde la geografía urbana y social. Mientras que
hubo una ocasión excepcional para desarrollar los estudios de raza en geografía a través
del análisis del racismo medioambiental, dado que se podía intuir un ámbito de
investigación absolutamente geográfico en ello, al existir un claro vínculo entre hechos
sociales y ambientales, con posibilidad de ser analizados territorialmente y mapeados, la
geografía perdió la oportunidad y fue desde la sociología que se tomó la vanguardia sobre
dichos temas (Pulido, 2002). Es en el inicio del siglo XXI cuando abiertamente se
defiende la constitución de una geografía antirracista que persiga una agenda necesaria
para renovar la disciplina y se destacaba como urgente, pues “ningún aspecto de la
disciplina, ni ninguna teoría espacial ha escapado de la racialización” (Peake &
Kobayashi, 2002, p. 50). Así, Peake y Kobayashi animaron a pensar desde el enfoque de
raza y a introducirlo en la investigación y en la enseñanza de la geografía, además de en
la estructura de las instituciones académicas.

Una situación paradigmática fue que, mientras que la literatura sobre racismo crecía en
geografía, el número de geógrafas de color en la disciplina permanecía estáticamente

73
bajo, debido al bajo nivel de contratación y las escasas posibilidades de asumir tutelas
académicas (Kobayashi, 2006).

El espacio es un mecanismo esencial a través del cual se construye socialmente la raza y


se produce la racialización, podemos observar que el territorio se compone de “dentros”
y de “fueras”, que identificamos como centros y periferias, es decir, encontramos una
dinámica que polariza la existencia de la diferencia, del “nosotros” [personas blancas –
normativas] y de “los otros” [personas no blancas – de color, no normativas] (Delaney,
2002, p. 7).

El racismo no es un sistema estático, evoluciona en el tiempo y en el espacio. El cómo


operan las dinámicas racistas es un tema complejo, pero de gran interés para la geografía
crítica. Los cambios que el racismo ha ido evidenciando, se han teorizado como “nuevos
racismos” y consisten básicamente en las formas de racialización que han emergido a
finales del siglo XX y que se han manifestado de dos maneras: en la creación de nuevas
formas de mantener la diferencia racial en las sociedades contemporáneas y en el hecho
de cooptar los movimientos antirracistas (Kobayashi, 2009b). Según Kobayashi, estos
nuevos racismos, aunque de características coloniales, han sofisticado las formas de
marginalización de la diferencia, de los Otros, mediante estrategias tales como privilegiar
y celebrar la cultura blanca cosmopolita mientras se da la espalda a las vidas cotidianas
de las personas migrantes del sur o se niega la existencia de racismo en las sociedades del
presente.

Precisamente porque aquello que se identifica como no-blanco, como lo Otro, es lo que
a menudo se señala en términos de raza y de racialización (descrito como de color) y que
finalmente se enmarca en el concepto de outsider, hay investigadores e investigadoras
que han optado por centrar la reflexión, el debate y sus contribuciones mediante el análisis
de lo opuesto del privilegio blanco. Así, se sintetiza la teoría que explica la jerarquía
social construida mediante las diferencias raciales y que entraña un conjunto de dinámicas
culturales, políticas y espaciales. El privilegio blanco corresponde al estatus del poder y
de la norma, white (blanco/a) es la identidad de referencia desde la que se construye la
racialización del sujeto Otro (O. J. Dwyer & Jones, 2000). Según Dwyer & Jones,
aportando a la epistemología espacial, podemos asumir que tanto los sujetos blancos
como los Otros, redefinen el espacio social cada día y atribuyen características a los
lugares, constituyendo así significativas categorías espaciales como son: “la escala

74
(nación-región-localidad-barrio); las fronteras (de la nación, hogar/lugar de trabajo,
público/privado); la extensión (distancia, dirección, conectividad, movilidad)”. Como
bien ejemplifican los autores, de esta manera encontramos la racialización del espacio en
las ciudades blindadas y en los red line districts, así como contrastes entre la noche
(dominio de población negra) y el día (dominio de población blanca) en los edificios de
oficinas, la movilidad totalmente segregada y distancias recorridas diariamente muy
diferenciadas para la población que ocupa el privilegio y la Otra, la desposeída.

Por consiguiente, uno de los ejes de estudio en los que la geografía ha evidenciado las
particularidades que el poder plasma en el espacio han sido las investigaciones en torno
a la movilidad. Sabemos, que las relaciones de género marcan los movimientos que las
mujeres realizan en las ciudades. Conocemos hasta ahora que los desplazamientos de las
mujeres a los lugares de trabajo están limitados, bien porque sus salarios son bajos, bien
porque no tienen igualdad de oportunidades para acceder a empleos mejores, bien porque
al asumir las cargas domésticas y de cuidados familiares, los movimientos están
supeditados a todas sus responsabilidades. Si estas limitaciones sólo se estudian en
términos de género, no serán tenidas en cuenta otras variables. En este sentido,
necesitamos considerar que las sociedades actuales, además de divididas por género, lo
están por raza y que estas intersecciones son clave, por ejemplo, en cuestiones de acceso
a la movilidad. No será posible realizar un plan de movilidad adecuado si no
consideramos los factores de interseccionalidad que existen en las ciudades que deseamos
planificar como profesionales de la geografía.

Como ejemplo, está comprobado que gran número de mujeres afroamericanas suelen
tener condiciones laborales precarias y que sus desplazamientos al trabajo no pueden ser
de distancias medias o largas, debido a los bajos ingresos no se lo pueden permitir. El que
ellas se encuentren es esa situación responde a cuestiones históricas de género y de raza
(Gilbert, 2010). Las ciudades tienen una división racial por barrios habitualmente muy
visible y las vidas cotidianas de las mujeres están organizadas bajo tales divisiones.
Necesitamos pues, observar las realidades desde estas escalas para poder planificar con
eficacia y tratar, no sólo de no reproducir desigualdades, sino de planificar las ciudades
para que no existan los desequilibrios poblacionales y las injusticias urbanas.

Lo que podemos sustraer, en definitiva, de la teorización y del esfuerzo conceptual que


venimos explicando, así como de los llamamientos que se han hecho desde la geografía

75
anglosajona para acometer más estudios sobre la racialización del espacio, la
espacialización de la raza y de los procesos espaciales que operan con la impronta del
privilegio blanco, es que ha habido un compromiso firme para que la disciplina adopte un
carácter antirracista y para seguir sumando disidencia política, como ya hemos visto que
sucede en el seno de las geografías feministas.

Así, las primeras publicaciones en geografía con perspectiva crítica de raza hablaban
sobre “las experiencias de los grupos oprimidos dentro del espacio marginado, como los
barrios chinos o las barriadas negras segregadas” (Reitman, 2006, p. 267) pero también
surgieron publicaciones interesadas en el análisis de la creación del privilegio de la
categoría, o múltiples categorías, vinculadas a la blancura. A Reitman le importa conocer
cómo los lugares se construyen como white (blancos) y cómo se crean hábilmente
espacios públicos y privados que sostienen tal privilegio en el tiempo en Estados Unidos.
Elige la esfera del trabajo porque considera que es una muestra muy clara de cómo se
desarrollan las relaciones de poder que experimentan las personas, específicamente,
escoge la industria del software (high-tech) como caso de estudio. Con gran audacia,
Reitman teoriza el proceso de construcción y de mantenimiento de los espacios del
privilegio blanco mediante el concepto whitewashing (blanqueante), describiendo así “el
propósito, el método y el resultado de racializar un espacio de trabajo como blanco”
(Reitman, 2006, p. 268). Es decir, cuando asociamos el espacio con la cultura dominante
blanca y lo estimamos como neutral, negando la existencia de algo racial porque todo es
blanco, estamos entonces construyendo el espacio de la opresión. Según Reitman, ese
proceso es el que sucede en la industria high-tech. Explica que uno de los métodos para
despolitizar la racialización del espacio de trabajo es precisamente, negar la existencia de
diferencias de raza: las personas niegan cualquier existencia de desigualdad racial en sus
puestos de trabajo, es lo que Reitman denomina la despolitización del lenguaje racial y
se materializa en las respuestas del personal de la industria, mediante el uso de palabras
tales como autodefinirse caucásico (un término considerado políticamente correcto
porque elude el uso de un color) en vez de blanco (que contiene la carga política y de
raza). Durante las entrevistas, fueron los participantes quienes elegían expresar caucásico
por considerarlo un término más científico y por ende objetivo. Con todo ello, Reitman
animaba con sus reflexiones a realizar más investigaciones sobre cómo se articula la
racialización en el espacio y cuál es la percepción de las personas participantes.

Otros estudios de geografía han evidenciado que sí que existen grupos de población

76
blanca que abiertamente “trabajan activamente para preservar el privilegio racial blanco”
(Abelson, 2016, p. 1537) y que se demuestra cómo el proceso de construcción de la
otredad garantiza la supremacía blanca en Estados Unidos. Para Abelson, la raza es un
aspecto importantísimo de la otredad en el ámbito rural que ha sido muy poco estudiado,
junto con otros factores interseccionales como sexo, edad o clase. Según su estudio,
cuando en el ámbito rural las poblaciones ven amenazas su supervivencia demográfica,
aceptan la llegada de nuevos pobladores, aunque sean transgénero, siempre y cuando sean
hombres blancos que responden, aparentemente, a los valores de la masculinidad
hegemónica. No sucedería lo mismo en el caso de hombres de color. Como Abelson
concluye, mientras que el factor de género parece haberse diluido en el mundo rural
estadounidense del siglo XXI, la marginalidad por cuestión de raza sigue siendo un
problema no resuelto.

En un trabajo brillante, Rashad Shabazz (2015) realiza un análisis histórico y geográfico


de la espacialización racista y cómo ello ha contribuido a la construcción de la
masculinidad de los hombres afroamericanos en Estados Unidos. Dicha espacialización
corresponde mayoritariamente a políticas territoriales de arquitecturas del confinamiento,
el encarcelamiento, el hacinamiento y la segregación de la población urbana, es decir, a
medidas de planificación urbana basadas en un racismo institucional y administrativo.
Para el autor, Spatializing Blackness demuestra que los problemas espaciales vinculados
a la población negra importan y mucho. Con su estudio, pone de manifiesto que la historia
es una evidencia del presente y que trabajar desde la geografía histórica

hace uso de las fuentes [históricas] de manera que se identifica cómo las fuerzas

sociales tales como el racismo, el patriarcado, el neoliberalismo, el colonialismo

y el castigo, por ejemplo, están mapeados en los paisajes y en las personas

(Shabazz, 2015, p. 4).

En su marco teórico de referencia, Shabazz se inscribe en la intersección entre los Black


Studies y la Geografía Humana y considera que este punto de vista le hace comprender
cómo se articula la producción racista del espacio, junto con un enfoque feminista de
partida, considerando que el patriarcado también tiene consecuencias terribles para las
vidas de los hombres. Shabazz bucea, en los cimientos del racismo estadounidense,
reconociendo que la hipersexualización de los hombres negros fue uno de los grandes

77
estereotipos que han impregnado la concepción social racista de nuestros tiempos,
especialmente, con el mito del violador negro y su supuesta brutalidad genital. Su
narración presenta las estrategias para limitar la habitabilidad de las personas
afrodescendientes, para confinarlas en los espacios que finalmente se configuraron como
guettos. Estas dinámicas, completamente contemporáneas en nuestras ciudades globales,
son significativamente similares a las existentes en las mujeres nigerianas víctimas de
trata con fines de explotación sexual, pues tal y como desarrollamos en el capítulo 4, su
ubicación callejera en determinados espacios es una de las características esenciales de
los espacios de prostitución analizados.

Según Shabazz, el patriarcado afecta profundamente a la construcción de la masculinidad


en los hombres afroamericanos. Ésta, se cultiva durante el proceso de socialización de
género y se refuerza severamente con las prácticas carcelarias, el hacinamiento racial en
los barrios marginados y en las políticas de vivienda de las ciudades globales. Aunque los
hombres afroamericanos experimenten una socialización patriarcal similar a los hombres
del privilegio, en la que se les educa bajo el modelo de hombre trabajador que provee a
su familia, la brecha se encuentra en que, alcanzada la vida adulta, los hombres
afroamericanos no tienen posibilidades de acceso a aquel rol como cabeza de familia al
que sí acceden los hombres blancos, lo que finalmente les conduce a la violencia y a la
vida dentro del crimen.

Los trabajos con la perspectiva que emplea Shabazz nos aportan un método
imprescindible para comprender la ciudad actual. El mapeo de los espacios de
hacinamiento y encarcelamiento simbólico y material nos aporta información esencial
para el manejo del territorio y sus poblaciones.

Los planteamientos binarios que se cuestionan desde el pensamiento decolonial también


ocupan su lugar en las geografías que se centran en el trabajo bajo el enfoque de raza. El
par blanco/negro ha sido discutido y analizado, sabiendo por consiguiente que “la idea de
raza sólo fue posible por el modo en cómo la naturaleza y la cultura fueron divididas”
(Smith, 2005, p. 101), línea argumentativa de las filosofías feministas que visibilizaron la
dicotomía naturaleza/cultura como femenino/masculino, en el análisis de cómo el
patriarcado había naturalizado la génesis de los géneros opuestos. En este caso, el blanco
estaría asociado a la cultura, al conocimiento y el negro, a la naturaleza, a lo bárbaro.

Hemos visto a lo largo de este epígrafe cómo el discurso geográfico ha evolucionado,

78
conformando un cuerpo de conocimiento que analiza los modos en que las desigualdades
marcadas por la construcción social de la raza son visibles y mapeadas en el espacio y
cómo éste es a su vez partícipe de la reproducción de las inequidades y opresiones en
procesos de racialización espacial.

79
80
Capítulo 2.

Indagando en el pasado: aproximación a la


presencia de mujeres del África negra esclavizadas
en la Monarquía Hispánica

2.1. Introducción
Este capítulo nace con el objetivo de indagar en aquello que sucedía en las vidas de las
esclavizadas negro africanas o descendientes ya iniciado el siglo XVI, una vez eran
embarcadas a la fuerza en las costas occidentales del continente africano, seguidamente
transportadas por las embarcaciones habitualmente portuguesas y finalmente vendidas en
los mercados hispánicos peninsulares.

Nos preguntábamos si, además de las evidencias existentes sobre su visible presencia en
ciudades como Cádiz, Sevilla o Valencia, también hubo mercadeo esclavista en la villa
alicantina y cómo, de existir, se producía la compra venta, quiénes eran aquellas personas
que adquirían esclavizadas y en qué términos se producía el comercio. ¿De qué forma
vivían aquellas mujeres esclavizadas? ¿Qué dedicaciones tenían? ¿Qué impacto en las
sociedades y en la economía tuvo su trabajo? ¿Cómo les afectó el patriarcado y el racismo
de la modernidad hispánica?

81
Otra cuestión que nos despertaba interés, era investigar para buscar pistas o evidencias
que pudieran probar conductas de explotación sexual hacia las esclavizadas que son
objeto de esta investigación y conocer qué posibles consecuencias se desencadenaron.
Además, nos parecía muy relevante poder visitar sus vidas desde una mirada feminista,
para así considerar aspectos que tradicionalmente han sido obviados en la narración de la
historia. De ahí que hayamos tenido la intención de plasmar qué relaciones existieron
entre prostitución y esclavismo y que hayamos indagado en la vida prostibularia, en su
vínculo con el poder monárquico y eclesiástico y qué secuelas políticas derivaron de
aquella situación.

2.2. Desde África occidental hasta tierras hispánicas: orígenes, rutas,


mercados esclavistas

La población negro africana llegó a la Península Ibérica desde tiempos antiguos. El


comercio de personas esclavizadas ya existió mucho antes de los inicios de la trata negrera
del siglo XVI y se realizaba a través de rutas terrestres transaharianas que cruzaban el
Estrecho de Gibraltar.

En el siglo XVI, el gran negocio de la trata fue encabezado por mercaderes portugueses
quienes, utilizando nuevas rutas marítimas, introdujeron personas esclavizadas desde el
reino de Portugal hasta Sevilla. La mercancía humana se importaba principalmente de
São Tomé y Príncipe, San Jorge da Mina y San Yago (Cabo Verde) (Periáñez Gómez,
2010). Existieron 3 rutas terrestres principales de aprovisionamiento desde Portugal,
como podemos observar en los siguientes mapas:

82
Imagen 1: Rutas terrestres de trata negrera en el siglo XVI. Fuente: elaboración propia a partir de
Fernández Chávez & Pérez García (2010, p. 13).

Las rutas más próximas a la costa, entraban a tierras hispánicas a través de Ayamonte,
donde, bien podían partir hacia Huelva (seguía por Moguer y finalmente Sevilla), o hacia
Gibraleón, pasando por Niebla y Villarasa, hasta Sevilla. La ruta desde el interior de
Portugal, se iniciaba en tierras extremeñas, siendo Zafra un mercado que adquirió bastante
importancia y desde el que partían los grupos de mercancía hasta la ciudad hispalense.

83
Imagen 2: Ruta terrestre de venta de esclavos y esclavas negro africanos (s. XVI). Fuente:
elaboración propia a partir de Fernández Chávez &Pérez García (2010, p. 13).

De dónde procedían las personas esclavizadas no fue información considerada como


relevante en la época y la tendencia general fue asignar un mismo territorio de origen, al
que se le llamó Guinea. Vemos que, tradicionalmente, las referencias a todo lo africano
parten de un imaginario de homogeneidad y bajo un prisma estereotipado en cuanto al
significado de la africanía y de lo negro. Sin embargo, sabemos que aquella tierra
denominada Guinea correspondía a los actuales países Senegal, Gambia, Guinea Bissau,
Guinea Conackry, parte de Mali y Burkina Fasso (Martín Casares, 2000c).

Ello nos hace pensar que existió un desinterés vinculado en cuanto al trato de las personas
en esclavitud, a quienes no se les concedieron derechos básicos, sino que más bien, eran
consideradas como bestias. De hecho, la publicidad de la oferta de venta de algunos
esclavizados y esclavizadas aparecía junto a los anuncios de animales domésticos o de
granja.

84
Se sabe que ya en 1481 existieron esclavos en Valencia, cuya referencia geográfica era
también de Guinea, pero desconocemos el origen territorial concreto. También nos
preguntamos si estos esclavos fueron hombres o mujeres, porque no hemos encontrado
ninguna distinción de sexo en los datos consultados. Como podemos observar en Cortés
López, que emplea únicamente referencias masculinas en su narración:

los esclavos procedentes de Guinea aparecieron en Barcelona en 1489, en Valencia

en 1481. Antes de esta época, los esclavos negros venían a través del Sáhara y

eran embarcados en el norte de África, enviados a Siracusa y de allí, por catalanes,

a España (Cortés López, 1986, p. 23).

La aparición de un floreciente mercado esclavista produjo enormes riquezas,


especialmente en mercaderes portugueses que se establecieron en los centros de interés,
en Sevilla y en Valencia, donde se ubicaban los mercados más importantes del territorio
hispánico peninsular. La realeza también participó en el florecimiento del negocio. Al
parecer, el primer documento conocido respecto a la trata negrera es de 1475. Los Reyes
Católicos exigían el “quinto” y la “licencia”, es más, algunas licencias para ir a Guinea,
de hecho, eran compradas directamente al Rey; Carlos I monopolizó el comercio
mediante la creación del “asiento” y otros pagaban mediante esclavos, de lo que se
desprende que las autoridades estuvieron vinculadas con el desarrollo de la explotación
esclavista (Cortés López, 1986). Precisamente, a la vez que prosperó este gran negocio,
también lo hizo el mercado ilegal, pues de este modo, se evadía el pago de dichos
impuestos.

Sevilla concentró gran parte de la actividad, a través del Consejo de Indias y la Casa de
Contratación, que otorgaban las licencias. De cómo era la ruta hasta la ciudad hispalense,
sabemos que las embarcaciones con mercancía humana, cargada en territorios de Ghana,
repostaban víveres y más esclavos en São Tomé y Príncipe y de allí solían arribar a Lisboa.
Fuese navegando el Guadalquivir o mediante rutas a pie atravesando lo que hoy es
Extremadura, el lugar de venta inicial para la Península era Sevilla (Frías, 2014). Las
embarcaciones con destino a las Indias partían de la ciudad sureña rumbo a cargar
personas esclavizadas en Cabo Verde (Martín Casares & García Barranco, 2010).

85
En el Reino de Valencia, en cuya capital, como hemos mencionado, el comercio de seres
humanos llegados desde las costas del África negra fue el segundo mercado en
importancia durante el Antiguo Régimen, sabemos que el lugar más común para la venta
de esclavos y esclavas era la Lonja de Mercaderes, también la Plaza de la Seo o el
Mercado. Las personas que hacían las operaciones de compraventa se denominaban
“corredores”. Si bien en Sevilla los tratantes fueron mayoritariamente portugueses, en
Valencia comerciaban los franceses e italianos y la mercancía llegaba para quedarse
(Graullera Sanz, 1978).

El comercio ilegal debió ser bastante frecuente, puesto que había compradores que no
presentaban la mercancía humana ante la Baylía, de ese modo evitaban el pago del
“quinto”. Los documentos oficiales de la Baylía – entendemos que de la ciudad de
Valencia - registran como última referencia a esclavos el día 24 de diciembre de 1686
(Graullera Sanz, 1978), pero sin embargo llegó a haber otra mención de venta en 1790,
siendo por tanto un siglo después, podemos deducir que sí que pareció existir el comercio
de esclavos, pero sin figurar en los registros oficiales.

En la capital del reino valenciano, debió de concentrarse un número considerable de


esclavos desde el siglo XV, pues existen unos estatutos de 1472 de la cofradía de los
negros, que estaba en el convento de San Agustín.

Con los datos recopilados por Vicenta Cortés Alonso (1972) sobre las procedencias de
esclavos negros africanos en Valencia, sabemos que desde mediados hasta finales del
siglo XV, llegaron a la ciudad mediterránea un total de dos mil cuatrocientos ciencuanta
y dos hombres y mujeres denominados jalofes y que al parecer pertenecían a la región
que hoy es la costa y el sur del río Senegal. Al no disponer de datos segregados,
desconocemos el número de mujeres jalofes de esa cifra total. Sobre la segunda mitad del
siglo XV sí que podemos sumar la cantidad de mujeres negro africanas entre los años
1482-1500, con un total de veintitrés, provenientes de Guinea y Mandinga. En los
primeros años del siglo XVI, llegarían cincuenta y seis negro africanas a Valencia, con
procedencia mayoritaria de Benin, seguido de las jalofes, las que venían de Mandinga
después, otras de negrería y finalmente de Guinea. Hubo más esclavizadas que fueron
llevadas a Valencia en el periodo 1482-1516, pero presentamos a continuación las que
con certeza aparecen en los datos con origen negro africano. Cortés Alonso (1972)

86
cuantifica más mujeres con procedencia de otros orígenes, morería, Portugal, sin origen
que no hemos incluido en la tabla, pero que suman un total de cuarenta y ocho para 1482-
1500 y un total de ciento diecinueve para 1501-1516:

Periodo JALOF BENIN GUINEA MANDINGA NEGRERÍA TOTAL

1482-1500 19 0 2 2 0 23

1501-1516 16 26 2 8 4 56

Imagen 3: Procedencia y número de mujeres negro africanas llevadas a Valencia entre 1482-1516. Fuente:
elaboración propia a partir de (Cortés Alonso, 1972).

2.3. Breve recorrido por las vidas en esclavitud en tiempos modernos


peninsulares

El proceso de trata negrera junto con la esclavización, hizo de las personas seres
mercantilizados, que vivieron bajo el sometimiento, los castigos y la pobreza extrema.
Como menciona Martín Casares (2000, p. 15) “todos vienen a pensar (…) que el esclavo
es una mercancía”. Debido a sus durísimas condiciones de vida, el alcoholismo solía ser
habitual (Periáñez Gómez, 2009a). Sin embargo, su presencia en las casas señoriales era
símbolo de prestigio social y sabemos que nobles, clérigos, mercaderes y personas de la
administración, eran quienes disfrutaban de ese lujo (Piqueras, 2011).

De cómo convivieron todas aquellas personas esclavizadas en territorio peninsular,


diremos que, por lo general, no era muy habitual que los matrimonios fuesen mestizos,
aunque, algunos hombres esclavizados se casaron con mujeres libres muy pobres. Sin
embargo, sí fue frecuente el amancebamiento entre blancos y esclavizadas negras, que,
en el caso de tener descendencia, las criaturas mestizas solían ser consideradas como
bastardas e ilegítimas. Incluso, existen pruebas de que tantos fueron los hombres que
mantenían relaciones sexuales con las esclavizadas que no era posible dilucidar la

87
paternidad de las criaturas, pues como explica Martín Casares (1995) a veces los
documentos detallan que la paternidad puede ser de muchos, lo que viene siendo una
evidencia de, que si muchos hombres tuvieron relación carnal con una misma esclava,
significa que los abusos sexuales que se cometieron fueron bastante frecuentes, o bien,
que la misma ejercía, obligada o voluntaria, la prostitución. Según Piqueras (2011, p. 56)
“nada se indica sobre la paternidad de los hijos habidos por las sirvientas pero es muy
posible que sus dueños fueran los responsables”.

No creemos que aquellas personas esclavizadas se integrasen en la sociedad de la época,


con frecuencia, representaban bajeza y abyección (Cortés López, 1986). Fue común en la
España moderna reproducir ideas estereotipadas sobre los esclavos, atribuyéndoles
características como la docilidad, la sexualidad desaforada, la falta de inteligencia o la
brutalidad y, además, representaban lo antagónico, como indica Morgado García:

el esclavo es diferente desde el punto de vista étnico (lo negro frente a lo blanco),

religioso (lo pagano, islámico o infiel frente a lo cristiano), cultural (lo bárbaro,

salvaje o aborigen frente a lo occidental), social (lo esclavo frente a lo libre) y

formativo (lo analfabeto frente a lo letrado) (Morgado García, 2010, p. 56)

Era común, de hecho, escuchar, a pie de calle, las referencias a los negros y negras como
“’negros bozales’, individuos ‘sin razón’, ‘gente ridícula’, ‘causantes de escándalo’ y
poseedores de una ‘natural inclinación a los delitos públicos’” (Méndez Rodríguez, 2010,
p. 114).

La carga racista del pensamiento de la época se plasmó con claridad en los documentos
que se producían. Resulta singular el interés mostrado por los escribanos en especificar
el color de la piel en los legajos conservados de los siglos XVI-XVII, con un vocabulario
extenso, un abanico de tonalidades para reflejar con gran intención la cuestión de la
diferencia. Naturalizar esta práctica e insistir en destacar el color de la piel de las personas,
especialmente para dividir las clases sociales, es una práctica que supone una
“biologización de las desigualdades sociales” (Martín Casares, 2000, p. 35), de tal manera
que una vez que se ha normalizado el uso de las denominaciones y las diferencias, es
cuando la sociedad asume como natural la marginación a los otros. Esta costumbre

88
participó del proceso de construcción del racismo en España, y fue, como vemos,
resultado, entre otros, de la esclavización de personas negro africanas.

Al hilo de la creación de categorías atendiendo a las características diferentes de los


cuerpos, nos gustaría añadir que, según María Lugones (2012), una de las consecuencias
de la colonización sobre las personas fue la creación de un mundo dicotómico, como
hemos dicho lo negro fue lo antagónico de lo blanco, en el que por humano - dueño de la
razón y del conocimiento – se consideró al hombre blanco occidental y poderoso,
mientras que aquello no-humano – sin razón ni conocimiento – eran los atributos para el
resto de la población. Las mujeres blancas, si bien no eran consideradas dueñas de la
razón ni del conocimiento por marginación de género, fueron pensadas como humanas en
tanto que eran quienes tenían la gracia de reproducir pequeños humanos. Por lo tanto, lo
no-humano, la bestialidad y lo salvaje enraizó el comportamiento social hacia la
población esclava. Desde esta explicación, podemos pues comprender aquellos
comentarios peyorativos y racistas que las personas en las calles sevillanas hacían de la
población negra y afrodescendiente.

2.3.1. La compraventa de esclavas negro africanas en el Alicante de la modernidad

Conocemos la presencia de mujeres negro africanas esclavizadas en ciudades como


Granada (Martín Casares, 2000c), Sevilla (Martín Casares & García Barranco, 2010),
Valencia (Cortés Alonso, 1972) y el territorio extremeño (Periáñez Gómez, 2009b). Nos
preguntábamos si también hubo mercadeo esclavista en la villa alicantina de la
modernidad y cómo se producía la compraventa, así como quiénes eran aquellas personas
que adquirían esclavizadas. Nos suscita especial interés centrarnos en los términos en los
que se produjo la venta de mujeres negro africanas en Alicante, pues las palabras son muy
llamativas en las cartas de venta, escritas por notarios y archivadas en la sección de
protocolos notariales del Archivo Histórico Provincial de Alicante (AHPA), así como en
documentos hallados en los legajos del Archivo Municipal de Alicante (AMA) y el
Archivo del Reino de Valencia (ARV).

Dichas cartas, evidencian cómo la diferencia racial inscrita sobre los cuerpos femeninos,
fue comercializada. Estos documentos de la era moderna hispánica muestran una
categorización en base a distintos colores de piel en las esclavizadas. Las descripciones

89
sobre las múltiples tonalidades demuestran cuán interesante es este proceso de
diferenciación como mecanismo de producción de racialización, es decir, como motor de
construcción social de la diferencia y la subordinación. Aurelia Martín Casares (2000a)
ya se hizo eco de ello al investigar el mundo de la esclavitud en la Granada del siglo XVI.

En las cartas de venta leemos las categorías de color descritas como negra tesada, negra,
cetrina y africana blanca. El protocolo notarial se escribía con sumo detalle en lo
referente a las características del ‘producto’ humano, esclavizadas como bienes de
consumo. Especial atención era depositada en cada marca, señal, tamaño, edad y
características corporales de las mujeres. Consecuentemente, consideradas aquellas
mujeres seres Otros, desplazados forzosamente de sus territorios de origen, la
racialización se manifestó como un proceso de creación de desigualdades.

Ambroza era el primer nombre conocido de una joven esclavizada que llegó al puerto
alicantino en el año 1666 procedente de Orán, en el norte de África, traída por Nicolás
Alemunda y que fue renombrada como Jusepa María. A su llegada, éste pagó el preceptivo
impuesto al reino, como era habitual, llamado “quinto”, que fue recogido por el Bayle de
la ciudad. En ese momento, Jusepa María, siendo una adolescente de 14 años de edad, fue
mercantilizada y vendida como esclava a Antonio Basset. Once años después de su
llegada a la villa alicantina, fue nuevamente vendida a un comprador murciano, llamado
Turivio Valdrés, en 1677:

sepan cuantos esta pública Carta de Venta y vieren y leyeren como yo Antonio

Basset hombre de negocios, vecino y morador de esta ciudad de Alicante (…) que

vendo y por título de venta, libro y entrego a Turivio Valdrés, escribano público

vecino de la ciudad de Murcia (…) una esclava cristiana mía propia, sujeta a

servidumbre, nombrada Jusepa Maria, de edad de veinticinco años, poco más o

menos, de buena estatura, color negro tesado, buen aspecto y sin ninguna señal, la

cual trajo de Orán a esta dicha ciudad, el patrón Nicolás Alemunda, Genovés,

siendo entonces aquella edad de catorce años, (…) y llamada Ambroza y a este

tiempo con auto que paso ante Honorato Boyer, notario y escribano público, en

90
veintiséis de septiembre del año mil seiscientos setenta y siete, fue quintada por el

Bayle General de esta Ciudad de Alicante (…) y esta dicha Venta de la susodicha

esclava se la hago como dicho es por precio y cantina de doscientos y ocho reales

(…) y me desapodero, desisto y aparto de la posesión, propiedad, dominio y

señorío y de todo el derecho, acción y título que tengo y me compete en la dicha

esclava. Y en todo ello apodero, cedo, renuncio y traspaso en y al dicho Turivio

Valdrés para que sea suya propia, para poder darla, vender, enajenar y hacer de

ella lo que quisiere y bien visto le fuere, como de cosa suya propia, comprada con

su dinero y adquirida por justo y derecho título 6

La carta de venta arroja con claridad los términos en los que una mujer negra era
comercializada con fines de esclavitud. Descrita como negra tesada, se especifica que
tenía buen tamaño y buena apariencia, sin tacha alguna, aspectos que comprendemos que
fueron prioritarios para el deseo de la compra. La esclavizada, en este texto es descrita
como una propiedad, como cualquier otro bien, bajo el dominio de Turivio Valdrés, a
quien le es otorgado el poder de hacer con ella todo lo que quisiera, pues siendo suya
propia y adquirida con su dinero, estaría bien visto. La normalidad con la que una mujer
es cosificada, clasificada y mercantilizada es un aspecto relevante en la escritura, lo que,
a su vez, supone un proceso de deshumanización (Mollett, 2016) de las esclavizadas.

Los detalles en las cartas de venta son diversos. En la escritura de entrega de Caterina,
identificada como una esclava negra, se explica que posee una cicatriz en la mejilla
izquierda, así como aspectos de su conducta, la cual se promociona como dócil y sin
ningún antecedente criminal. Aspectos referidos a la salud de la esclavizada también
resultan relevantes, por lo que desprendemos que el protocolo notarial ofrecía las buenas
características del producto en el momento del trato. Al igual que el caso de Jusepa María,
observamos la insistencia de reflejar a la persona como una posesión:

yo Don Antonio Arnaut, de nación genovés, capitán del navío (…) otorgo que

6
AMA, leg. 56 nº 10, venta de una esclava llamada Jusepa María, año 1677.

91
vendo y doy en venta real a Don Domingo Grasi, negociante vecino de esta dicha

ciudad, una esclava negra mía propia, cautiva, habida de buena guerra y no de paz,

llamada Caterina de buena … cicatriz en la mejilla izquierda, de edad de

veinticuatro años, ni hipotecada ni sujeta a ninguna obligación de deuda mía y no

ha cometido delito ninguno criminal por donde merezca pena corporal, sana de

toda enfermedad pública o secreta de mal de corazón … no fugitiva ni ladrona ni

conoce ningún defecto ni tacha que le impida servir bien y por tal la aseguro, por

precio de ciento y cuarenta libras en moneda corriente del reino7.

De igual modo, otras mujeres de procedencia (negro) africana habitaron la ciudad bajo el
yugo de la esclavitud:

NOMBRE PROCEDENCIA EDAD COLOR AÑO DOCUMENTO ARCHIVO

Francesca - 28 (¿?) Negro 1609 Poder otorgado ARV


para la venta

Jusepa Orán 25 Negro 1677 Carta de venta AMA


María tesado

Otavia Africana 16 Blanco 1714 Carta de venta AHPA

Caterina - 24 Negro 1723 Carta de venta AHPA

María Africana 30 Blanco 1727 Carta de libertad AHPA

María - 34 Cetrino 1733 Carta de venta AHPA


Pérez

Imagen 4: Listado de cartas de venta halladas. Fuente: elaboración propia.

7
AHPA, Protocolo notarial, venta de esclava, signatura 379-2, escritura 129, págs. 120-121, año 1723.

92
Observamos en los datos ofrecidos, que las mujeres esclavizadas eran jóvenes en el
momento de la venta, incluso también en el de la liberación. Otavia y María aparecen
categorizadas como blancas, pero han sido objeto de esta investigación al haber sido
identificadas como africanas. En sus documentos de compra venta, las esclavas eran
identificadas con nombres castellanos, lo que da muestra de cómo se les cambiaba la
identidad africana por una nueva. No es habitual encontrarlas con apellido, pero aquí,
como vemos, María Pérez si quedó registrada como tal:

sepa por esta escritura que yo, Don Francisco Ruiz de Amoriaga (…) vendo y doy

en venta real a Don Juan de Goyeneche (…) vecino de esta ciudad de Alicante,

una mía esclava habida de buena guerra, llamada María Pérez, color cetrino,

herrada con hierro en la frente, de unos treinta y cuatro años de edad, no

hipotecada ni sujeta a deuda ni obligación mía, ni cometió delito que merezca pena

corporal, sana de enfermedad, mal de corazón…8.

A través de las menciones referidas a que sus conductas no habían merecido castigo
corporal, desprendemos que fue habitual infligir en ellas tales violencias en caso de
reprobación. Asimismo, comprobamos que la esclavitud se forjaba a hierro candente.
María Pérez estaba herrada a fuego en la frente, lo que nos indica la brutalidad con la que
eran tratadas. Escalofriante resulta leer la descripción de todas las marcas herradas que
las esclavizadas tenían en su rostro, como resultado del proceso de deshumanización
inherente a la esclavización:

una esclava suya propia, africana de nación, llamada Otavia, de buen cuerpo,

blanca, de edad según su aspecto, de unos diez y seis años poco más o menos,

herrada en la frente, barba, nariz y carrillo, sujeta a forzosa servidumbre9.

dijo que por cuanto tiene una esclava africana de nación, llamada María, de buen

8
AHPA, Protocolo notarial, venta de esclava, signatura 1246/1, escritura 111, pág. 168, año 1733.
9
AHPA, Protocolo notarial, venta de esclava, signatura 691, escritura 89, págs. 132-133, año 1714.

93
cuerpo, blanca y según su aspecto, de unos treinta años poco más o menos, herrada

en la frente, barba, nariz y carrillo, que la pertenece10.

Nos parece que los términos en los que se establecían las ventas y el herraje en el rostro,
como hemos visto, se realizaban en un marco que pretendía aproximar a las esclavas
negras al mundo de la bestialidad. Ese pretendido salvajismo de la población negro
africana era el espacio adecuado para justificar todo tipo de abusos y aberraciones y fue
el contexto en el que también se desarrolló un falso estereotipo de hipersexualidad,
especialmente en las mujeres negro africanas. Así, como apunta Joane Nagel (2003, p.
96), “dentro de esta tradición porno-trópica, las mujeres [africanas] figuraban como el
arquetipo de exceso y aberración sexual. (…) se las mostraba entregadas a una veneración
lasciva tan promiscua que estaba al borde de la bestialidad”. Es por ello que, dentro de
ese contexto, en la modernidad, esas palabras tan claras en la carta de venta de Jusepa
María, teniendo el comprador derecho a hacer con ella lo que quisiera, las entendemos en
términos sexuales.

Sabemos, adicionalmente, que fue muy lucrativo mercantilizar a las esclavizadas en


América del norte bajo estos términos de hipersexualidad, teniendo en cuenta que los
compradores solían ser hombres. Los vendedores aprovecharon “ese especial atractivo
morboso” y las “imágenes morbosas sobre la sexualidad africana sirvieron muy bien a los
intereses de los que vendían esclavas negro africanas” (Nagel, 2003, p. 96). De manera
que pensamos que fue posible que los negociantes dedicados a la compra y venta de
mujeres esclavizadas se aprovechasen de ese imaginario para sacar mejor partido de la
mercancía humana femenina, lo que nos hace intuir que los compradores de esclavas en
la península, podrían tener la misma conducta.

En lo que respecta a los compradores de esclavas en el Alicante del XVII y XVIII, son
hombres de un estamento social medio-alto. Turivio Valdres, era escribano en la vecina
ciudad de Murcia. Juan Domingo Grasi [también encontrado como “Grassi”], comprador
de Caterina, era un negociante de Alicante, quien recibió la esclava propiedad de Antonio
Arnaut, genovés y capitán de navío. Francisco Sánchez, secretario y corsario real adquirió

10
AHPA, Protocolo notarial, carta de libertad, signatura 703, escritura 111, págs. 209-210, año 1727.

94
a Otavia, vendida por Francisco Gómez de Villanueva, vecino de Alicante. Mariana Pro,
viuda de Francisco Sánchez de Pedraza, que fue secretario real y comisario de guerra,
entrega carta de libertad a la cautiva María11, dado que Francisco Martínez quiere contraer
matrimonio con María y compra a la misma para tal fin. A nombre de Juan de Goyeneche
hemos hallado otra compra de esclavo negro, llamado Antonio Francisco, de dieciocho
años de edad12. Juan de Goyeneche era administrador de la Real Venta de Tabaco y a su
nombre existen más cartas de compra de esclavos en el AHPA, no habilitados para
consulta por encontrarse en mal estado de conservación.

2.4. Mujeres esclavizadas: la colonización de sus cuerpos

Atendiendo a esta interesante idea: “los cuerpos de las mujeres negras son construcciones
sociales, políticas y raciales” (Moharam, 1999, p. 45) , nos gustaría introducir el tema que
desarrollamos en este epígrafe, en el que abordamos la colonización de los cuerpos,
considerándolos territorios en los que lo político ha desencadenado consecuencias.

Tradicionalmente, las mujeres han sido intercambiadas como mercancías,


independientemente de su posición social. Los intercambios, siempre controlados por
hombres, que ejercían poder sobre las mujeres, se han ido produciendo en acuerdos
matrimoniales, en comercio entre tribus y en compra ventas esclavistas mayoritariamente.
Todas estas prácticas incluyen un grado de explotación de la sexualidad femenina y de
sus cualidades reproductivas que en los hombres esclavizados no tenemos noticia de que
se haya producido. Gerda Lerner, en su libro La creación del patriarcado (1990), explicó
cómo estos procesos de intercambio depararon en la cosificación de la sexualidad y la
reproducción de las mujeres. A raíz de ello, opinamos que esta utilización explotadora de
los cuerpos femeninos, especialmente de las esclavizadas, supone una usurpación de
derechos igual a los efectos que provoca la colonización.

11
AHPA, Protocolo notarial, carta de libertad a esclavo, signatura 703, escritura 11, págs. 209-210, año
1727.
12
AHPA, Protocolo notarial, venta de esclavo, signatura 1584, escritura 132, pág. 202, año 1714.

95
El proceso colonizador que llevaron a cabo los reinos europeos en territorios de ultramar
fue sin duda un hecho que marcó definitivamente el devenir de las poblaciones de los
continentes. Más allá de la trata negrera y esclavista, de la migración forzosa, del
desarraigo y las acciones de brutalidad, de la imposición cultural, política y religiosa que
supuso todo ese proceso, la esclavitud en las mujeres negro africanas fue también una
forma de colonizar y explotar sus cuerpos.

Nos detenemos en un aspecto que consideramos clave, que fue el de identificar a las
esclavas con un nuevo nombre castellano, como hemos indicado anteriormente, pues es
en el momento en el cual la compra se hace efectiva, muchas veces la denominación va
acompañada de la marca a fuego sobre la piel. El estrenado nombre equivale
simbólicamente al nuevo estatus, la evidencia del tránsito de ser humano a mercancía.
Como objeto mercantil, las cautivas eran un bien de intercambio, para convertirse
finalmente en un producto colonizado que se vendía, como hemos comprobado en la
venta de Jusepa María, para ser suya propia y hacer con ella lo que quisiere.

Este tratamiento colonizador, nos recuerda lo que sucedió en tierras australianas, cuando
los colonos británicos, en primer lugar, renombraron el territorio como terra nulius [tierra
de nadie], lo que inmediatamente fulminó la consideración de sujetos políticos y la
presencia territorial de la población aborigen, que pasó a ser tratada en la misma esfera
que la flora y la fauna, es decir, como un elemento o producto más desde el que ejercer
los derechos occidentales de propiedad (Moharam, 1999). Por lo tanto, adjudicar un
nombre nuevo a una persona o a un territorio que se coloniza es un hecho simbólico de la
relación de poder que se establece.

La diferencia notoria entre la colonización de terra nulius y la del cuerpo de una esclava
negro africana es que, si bien el territorio aborigen se consideró tierra de nadie, el cuerpo
de ésta fue, sin embargo, tierra de todos, debido a que en gran medida su cuerpo, como
objeto, como mercancía, podía ser vendido, alquilado, abusado y violado por todos los
que así lo desearan, bajo el derecho de propiedad de su comprador y ajeno a la soberanía
de ella.

Mercantilizar a las esclavas no fue únicamente un acto de esclavizar mano de obra


productiva en beneficio de un estamento poderoso en la sociedad moderna, sino que

96
además, fue un proceso de apropiación de sus cuerpos, así como de sus derechos sexuales
y reproductivos. Las relaciones extra matrimoniales con mujeres esclavizadas no se
consideraban delito ni pecado, como hemos sabido a través de Cortés López en referencia
al soldado Alonso de Peñalosa, quien afirmó:

tratando de que un clérigo le comprase una esclava que tenía, dijo que se la

comprase que era hermosa y le serviría también de amiga, y diciéndole que era

pecado dijo: mira, que pese a Dios llevadla a vuestra casa y estaréis harto de joder

y quito de pecado (Cortés López, 1999, p. 228).

Es más, hubo relaciones públicamente conocidas, como la que mantuvo el presbítero de


Los Castillejos, Pedro Morano, con su esclava Andrea, quienes formaron una familia a la
luz de la comunidad (Piqueras, 2011).

Otra de las explicaciones que consideramos vinculadas a nuestra narración, es la que nos
ofrece María Lugones (2012) en cuanto a que la colonización supuso la división de la
población en dos partes dicotómicas: los seres humanos y las bestias, siendo las personas
esclavizadas el segundo grupo. Como bestias, los esclavos y esclavas se anunciaban junto
a la venta de ganado y se consideraban seres ausentes de razón, puesto que ésta sólo
pertenecía a los hombres blancos occidentales poderosos. En las mujeres se produjo la
marginación de género simultáneamente, de manera que la compra de una esclava tenía
connotaciones distintas a la de un hombre, puesto que ejercer la propiedad del cuerpo de
una mujer fue equivalente a la disposición de libertad de abusos sexuales. Esto es lo que
desprendíamos anteriormente de las palabras de la carta de venta de Jusepa María.
Entendemos pues que, la total propiedad otorgaba el derecho al uso y al abuso. También
sabemos que en la ciudad de Alicante, Miguel Bordoy fue procesado y sentenciado a 2
años de cárcel en el año 1714 por abusar y dejar embarazada a la esclava berberisca
Francisca María Teresa e intentar que abortara.13

Sin embargo, observamos que el tratamiento que se le da a la venta de un esclavo es


distinto. En el año 1719, en Villa Joyosa, próxima a la ciudad de Alicante, Nicolás Martí

13
AMA, Sección Pleitos, leg. 7/26, año 1714.

97
vendía a su esclavo “Amet, de color de membrillo cocido (…) para que sea su esclavo
sujeto a servidumbre y como tal lo tenga, venda y disponga a su voluntad” (Macià, 2014).
En estas palabras, no vemos que se le otorgue una libertad de uso al nuevo amo con
implicaciones sexuales, como sí que podemos intuir en las palabras de venta de la esclava
Jusepa María que hemos analizado con anterioridad en este capítulo y teniendo en cuenta
la mentalidad de la época, especialmente en lo que a hacer de alguien lo que se desee, las
connotaciones varían al tratarse de una mujer o un hombre.

Existen escritos de la época, como el que halló Rocío Periáñez Gómez (2009b) en el que
podemos leer explícitamente que las esclavizadas eran personas cuyo destino estaba al
antojo de su amo y que ello devenía en estar sujeta a tener relaciones sexuales y ser
maltratadas. Cuán profunda debió ser su desdicha de una esclava considerada
amancebada con su dueño, que podía ser condenada a 60 días de cárcel, pues el castigo
en prisión por una relación considerada ilegítima recaía en ellas.

Uno de los trabajos que eran asignados a las cautivas era el de nodriza. Amamantaban a
las criaturas de las familias para las cuales trabajaban y a su vez, también solían ser
alquiladas a otras durante un tiempo estipulado para la lactancia (Martín Casares, 2014a).
Vemos pues, que sus cuerpos fueron exprimidos de forma polivalente.

Nos resulta un tanto sorprendente que las mujeres negras o mulatas estuvieran prohibidas
como prostitutas en los burdeles oficiales por el extendido miedo a la mezcla de la sangre,
pero, sin embargo, no hubiese el mismo temor en cuanto a que fueran amas de cría para
niños y niñas de otro estamento. Pero la historia nos prueba que el aprovechamiento de
los cuerpos de las esclavas negras ha roto todo tipo de límites morales y, al igual que lo
que se persiguió con la caza de brujas, la esclavización de las negro africanas fue un
intento “de poner el cuerpo femenino, el útero, al servicio del incremento de la población
y la acumulación de fuerza de trabajo” (Federici, 2010, p. 247). La reducción de una
mujer a una matriz fue a su vez una idea extendida por Lutero: “La mujer es necesaria
para producir el crecimiento de la raza humana, cualquiera sean sus debilidades, las
mujeres poseen una virtud que anula todas ellas: poseen una matriz y pueden dar a luz”
(Federici, 2010, p. 134). Todos estos tratos deshumanizantes (Lugones, 2012) dieron a
luz la creación de un estigma en torno a los cuerpos de las mujeres, y también por supuesto
de las negras, así como la naturalización del pecado, del abuso y de las prácticas

98
perversas. Por lo tanto, como consecuencia, la colonización de sus cuerpos tuvo efectos
sobre su posición social, estigmatizada, marginalizada, empobrecida.

Aunque la designación mujer pública con la que se definía a las prostituidas no la


hallamos en referencia a las esclavizadas, siendo conscientes de que las cautivas negras
también ejercieron la prostitución, podemos entrever que mujer pública refleja la
dominación sobre los cuerpos de las mujeres, puesto que éstos son de todos y para todos,
sin derecho a ser privados. Tiene por ello una gran carga patriarcal, y expresa la falta de
soberanía que se imponía a las mujeres sobre sus cuerpos. Tanto es así que

el cuerpo de la manceba se constituirá (…) en terreno propicio para la liberación

de las propias frustraciones sociales del cliente a través de la conciencia de la

transgresión, del placer de infringir una serie de normas percibidas como

provenientes de los grupos dominantes (Vázquez García & Moreno Mengíbar,

1998, p. 41).

A las cautivas no se las identificó como ‘públicas’, pero eran propiedad oficial de sus
compradores, equivalente a cualquier otro bien accesible por compra o trueque. Vivieron
como propiedad privada y privadas de libertad, inclusive las libertades más
fundamentales. Vemos pues, que bien en situación de mujer pública o privada, la
conquista y robo de los cuerpos es el vínculo establecido para ambas, esclavizadas y
prostituidas.

El impacto del colonialismo sobre los cuerpos de las mujeres negras esclavizadas tuvo
una repercusión internacional. Aunque más adelante en el tiempo (siglo XIX), no
queremos dejar en el tintero lo que sin duda es una evidencia tangible de lo que supuso
para las negras la esclavitud, ya sea en la península ibérica, ya fuere allende los mares, en
lo que a colonización de sus cuerpos se refiere. La investigación ginecológica que
desarrolló el doctor James Marion Sims durante el siglo XIX en Montgomery, Alabama,
se realizó en gran parte a través de numerosos intentos operatorios con cautivas negras,
que, en el caso de Anarcha, según quedó escrito en sus memorias, operó sin anestesia
hasta 30 veces (Wall, 2007) como parte de sus fases de investigación, hasta lograr alcanzar
la técnica de sutura apropiada. Durante el postoperatorio, empleaba opio para, según se

99
cree, aliviar el dolor en Anarcha, lo que ha supuesto una controversia en la historia de la
medicina (Wall, 2007). A tenor de sus éxitos, Sims fue fundador del hospital para mujeres
de Nueva York, e inventor de parte del instrumental médico que actualmente se utiliza en
ginecología.

La historia de cómo los cuerpos de las mujeres han sido explotados para diversos fines,
de cómo se han conquistado riquezas y éxitos, especialmente en el mundo masculino, nos
muestra en multitud de casos que el cuerpo se trata de un territorio, el territorio-cuerpo,
también colonizado. Desde los movimientos feministas de América Latina, especialmente
desde los feminismos comunitarios de Guatemala o Bolivia, nace el discurso sobre la
huella colonizadora en sus cuerpos, identificando éstos como territorio político:

asumo a mi cuerpo como territorio político debido a que lo comprendo como

histórico y no biológico. Y en consecuencia asumo que ha sido nombrado y

construido a partir de ideologías, discursos e ideas que han justificado su opresión,

su explotación, su sometimiento, su enajenación y su devaluación (Gómez

Grijalba, 2012, p. 6).

En esa historia a la que nos referíamos, constatamos que una parte del mestizaje se
produjo por medio de la violencia y las violaciones cometidas a las mujeres indígenas,
negras, afrodescendientes y como consecuencia de esta brutal conquista de sus cuerpos.
Lo que significó ser negra estuvo unido a la violencia, a la subordinación racial y a
estereotipos infundados. Sus cuerpos, eran la representación de la colonización, de la
invasión y la usurpación de sus vidas por completo (A. D. Davis, 2013).

2.5. Creatividad rebelde: estrategias de resistencia de las mujeres negro


africanas en el contexto de la esclavitud y de los procesos inquisitoriales

Muchas mujeres en esclavitud emprendieron estrategias de resistencia, así como diversos


intentos de liberación. Además de rebeldías en las haciendas americanas, prácticas de
hechicería, hurtos y prostitución clandestina, actividades que realizaban para perseguir el

100
pago de su libertad o reducir sus condiciones de vida forzosamente miserables, hubo
incluso esclavas negro africanas y afrodescendientes que practicaron el travestismo para
evadir su posición social y de género (Castillo, 2005). Atrapadas sin libertad y sin
derechos de ciudadanía, ellas comprendieron que siempre sería mejor ser un hombre,
aunque esclavo y negro, a ser una mujer en la misma situación:

Antonia de Soto cree que el vestir de hombre le confiere derechos especiales a los

que ella, como mujer, no tendrá acceso. Su desesperación por conseguir una vida

mejor la lleva a buscar una salida rápida a su situación y el cambio de género le

ayuda a escaparse de su triple atadura de mujer, negra y esclava (Costilla &

González de la Vara, 2003, p. 87).

Entendemos que el travestismo supuso a la vez una estrategia de huir de violaciones y


abusos sexuales, además de ser una forma de evitar embarazos.

Aunque tenemos la sospecha de que las cautivas negras en territorio peninsular


protagonizaron intentos de fuga y escapadas, así como otras manifestaciones rebeldes
para finalizar con su condición, sigue siendo todavía un interrogante para la historiografía
española. Si bien, sí podemos leer escritos sobre acciones que llevaron a cabo
especialmente en el Caribe, donde se dio el cimarronaje doméstico (Curiel, 2014). Estos
actos se asocian en general a las escapadas de esclavos y esclavas hacia lugares alejados,
ya fuese montaña o costa.

Lo que se consideró como hechicería fue una práctica extendida entre las esclavizadas de
origen africano y les supuso no pocos problemas, especialmente con la Inquisición, que
se encargó de oprimir pequeños actos insurrectos de las cautivas y de instaurar el miedo
a la rebeldía. Martín Casares (2000b) desvela que el aborto las esclavizadas practicaban
envenenamientos a su amos, así como abortos e infanticidios y que todo ello es probable
que estuviese ligado al mundo de la hechicería. Sobre ello, es conocido el caso de Paula
de Eguiluz, quien consiguió ingresos económicos ofreciendo consultas y remedios
vinculados al amor, dado que hubo mujeres que deseaban impulsar mejores relaciones
con sus parejas a través del éxito de la magia de las esclavizadas (Maya, 2003).

101
En los procesos inquisitoriales, encontramos ejemplos en los que las cautivas fueron
juzgadas por blasfemia y como consecuencia, se vieron condenadas y castigadas por ello.
Sería el caso, por ejemplo de María Blanca, juzgada por la Inquisición en el año 1610 en
Nuevo México (Joy Mcnight, 2000) . Fue habitual que las situaciones que conducían a
tales blasfemias solían ser motivadas por castigos durísimos con latigazos y diversas
torturas, habitualmente a posteriori de los intentos de huida. En aquellos momentos,
entendemos que el sufrimiento ocasionado por el dolor de los castigos, la frustración por
no haber satisfecho el intento de fuga y toda la trayectoria de vida en esclavitud, fueron
motivos de peso por los que desear blasfemar.

Los rituales religiosos de origen yoruba que celebraba la población esclava africana, que
tuvo cierto grado de permisividad en el Caribe durante el periodo colonial, fueron
igualmente estrategias de resistencia, incluso, al parecer, el uso de tambores y músicas
percutivas, servía de diálogos secretos dentro de un código de comunicación del mundo
esclavo (Llorens Alicea, 2003). Con el tiempo, las deidades yorubas (Orishas) se
equipararon a las católicas, conformándose un sincretismo religioso que actualmente se
practica con el nombre de santería. La persistencia de rituales servía de refugio cultural
frente a la colonización de sus vidas.

Al igual que en las Américas, en territorio peninsular, los Tribunales de la Inquisición


procesaron a las esclavas de origen negro africano. Habitualmente, los procesos se abrían
por acusaciones de hechicería y superstición. En el año 1624, Juana de Roda, esclava
mulata de Murcia de 42 años de edad, fue procesada por delito de hechicería, testificada
por dos mujeres que habían solicitado sus servicios. Una de ellas, deseaba que Juana de
Roda le mostrase “algunas cosas supersticiosas y de hechicería para que cierto hombre la
quisiera mucho, y no la olvidara por otras mujeres”14 .

De tal manera, que la esclava, le enseñó varios conjuros, descritos en el citado proceso
inquisitorial. La rea, que fue reclusa el 6 de julio de 1622 en las cárceles secretas, fue
finalmente sentenciada a cuatro años de destierro, considerándose también que había
cometido blasfemia heretical al hacer sus acciones en público. Sabemos que para la

14
AHN Sección Inquisición, 2022(2)/37, pp. 25-27. Año 1624.

102
Inquisición, lo que se consideraba pecado era resuelto y abordado por el confesor, pero
los delitos los conformaban aquellas acciones que se cometían en el ámbito público y de
las que no se mostraba arrepentimiento. Expresar públicamente algo que iba en contra de
la ley católica fue considerado un delito, de lo que se desprende que los tribunales
inquisitoriales realizaron una persecución política, tratando de mitigar la oposición o
insurrecciones de la población hacia el régimen.

Sobre las esclavas afrodescendientes que vivieron en Alicante en el periodo analizado, no


hemos encontrado procesos inquisitoriales en los documentos conservados de la sección
del Archivo Histórico Nacional.

2.6. Los nexos entre la esclavitud y la prostitución en la Monarquía


Hispánica

La existencia de prostíbulos oficialmente reconocidos fue intermitente durante los siglos


XVI-XVIII. Las mancebías europeas habían convivido en las ciudades con otras
actividades urbanas, incluso, hay autores (Vázquez García & Moreno Mengíbar, 1998)
que señalan que éstas tuvieron un periodo de expansión entre 1250 y 1530. Según parece,
a mediados del siglo XVI, los burdeles vivieron una década de apogeo en la España
Moderna. De hecho, la primera reglamentación nacional sobre prostitución fue de 1570.
Felipe II extendió la normativa sevillana a todo el reino (Vázquez García & Moreno
Mengíbar, 1998). Las prostituidas no podían trabajar reconocidamente en otros espacios
de la ciudad que no fuese en los burdeles. Todo parece indicar que hubo intereses
concretos en que estuviesen cercadas en el perímetro asignado, pues su presencia en las
calles allende los muros, suponía una deshonra pública. Tanto así, que desde el siglo XVII
se dio la orden de constituir en las ciudades la casa galera, que albergaría a “mujeres
vagantes, ladronas, alcahuetas y otras semejantes”, especialmente a aquellas mozas

que no se sustentan de otra cosa, sino del mal vivir. Para esto, llegada la noche,

salen como bestias fieras de sus cuevas a buscar la caza. Pónense por esos

cantones, por calles y portales de casas, convidando a los miserables hombres que

103
van descuidados y, hechas de Satanás, caen y hacen caer en gravísimos pecados

(Barbeito, 1991, p. 71).

Tal era la consideración que se tenía de las mujeres en prostitución, como podemos leer
en estas líneas, siempre estigmatizadas y deshonrosas por ser públicas, por no estar
recogidas en el espacio privado, que era, en definitiva, el lugar que, según la mentalidad
de la época, debía ser el adecuado para una dama digna.

Explícitamente, se prohibió el alquiler de viviendas a las prostituidas y se las obligaba a


vivir en la mancebía, lo que retribuía ganancias seguras a los dueños de las posadas y de
las casas de prostitución, quienes directamente realizaban pagos a la administración local,
que en algunos casos era quien poseía los terrenos donde se ubicaba la mancebía, pues
las mancebas tenían que pagar el alquiler y el mantenimiento de la habitación (Vázquez
García & Moreno Mengíbar, 1998).

Pese a que las mancebías fueron, como vemos, durante un tiempo, convenientes, desde
un punto de vista moral, según establecieron los poderes de la época, quienes lograron un
consenso en cuanto a la regulación de la prostitución, esta situación no se mantuvo en el
tiempo. Comenzando una campaña de abolición de los prostíbulos en Granada, los
Jesuitas extendieron el asedio hacia las mancebías a todas las ciudades del reino, hasta
conseguir que, en 1623 se impusiera una medida que obligaba el cierre de las mismas
(Vázquez García & Moreno Mengíbar, 1998). Según los autores, el interés de perseguir
el ejercicio de la prostitución parece que estuvo a la vez vinculado con los
acontecimientos en Europa, ya que a partir del siglo XVI hubo un aumento de las
conductas misóginas. Pero, dados los hechos que se fueron sucediendo tras esta medida,
podemos deducir que la desaparición de los prostíbulos no fue inmediata.

Tampoco tras el cierre de las mancebías en 1623 desapareció la prostitución de las calles,
fue el momento en el que aumentó la prostitución clandestina, lo que para las autoridades,
debió suponer un problema, pues a posteriori, la normativa estuvo en la línea de reclutar
a las mujeres en prostitución callejera y llevarlas a las cárceles galeras. En 1629 los
burdeles de Valencia y Zaragoza permanecían abiertos todavía, pues una segunda
Pragmática ordenaba en el día11 de julio de 1661 que se recogiese y encerrase en las
cárceles galeras a las prostitutas (Guereña, 2003). En Madrid, en 1631, se promulgó un
104
bando en el que las autoridades denunciaban lo que consideraron un problema, dado el
gran número de mujeres, llegadas desde el mundo rural, que vagabundeaban por la ciudad
en busca de clientes:

En Madrid, también se decidió que a las vagabundas y prostitutas no se les debía

permitir permanecer y dormir en las calles, así tampoco bajo los pórticos de la

ciudad y, en caso de ser pescadas infraganti debían recibir cien latigazos y luego

ser expulsadas de la ciudad durante seis años, además de afeitarles la cabeza y las

cejas (Federici, 2010, p. 144).

Observamos pues un contexto de doble moral en el que las medidas oficiales no debieron
ser exitosas en sus propósitos, pues más de un siglo después al cierre oficial de los
prostíbulos, siguieron apareciendo prohibiciones en cuanto al ejercicio de la prostitución
en las calles (Núñez Roldán, 1995).

2.6.1. Razón y forma de los espacios de prostitución

Los espacios de prostitución tuvieron una conexión directa con aquellos en los que se
producía una acumulación de riqueza. Las poblaciones que se empobrecían perdían
habitantes pues éstos emigraban a las ciudades que, con técnicas de fabricación más
modernas que las artesanales, se fueron enriqueciendo. Las mujeres, que especialmente
se empobrecieron en estos procesos, por disponer de menos oportunidades debido a su
marginación de género y por lo tanto, siendo más vulnerables ante los procesos de
empobrecimiento, llegaban a la ciudad y sin otras opciones, o por causa de unos salarios
míseros como sirvientas, acababan en prostitución, convirtiéndose en “carne barata para
el burdel” (Núñez Roldán, 1995, p. 154).

Las mancebías, cercadas por muros que las separaban del resto del tejido urbano, acogían
las posadas y casas de prostitución donde se concentraba el comercio sexual oficial. Más
allá de dichos muros, existieron otros espacios que eran fundamentalmente clandestinos
y marginales, espontáneos y nómadas y que según las cifras conocidas, en Sevilla, en
1600 llegó a haber unas 2.900 prostitutas callejeras y aproximadamente 100 en la

105
mancebía (Vázquez García & Moreno Mengíbar, 1998). El negocio para rufianes debió
ser considerable con semejante volumen de prostitución ilegal.

Los prostíbulos oficiales podían estar localizados en un área central, intramuros, o en otra
periurbana, incluso, extramuros. La centralidad se consideró apropiada en la ciudad de
Sevilla, dado que, de ese modo, el control político, administrativo, religioso y de salud
pública era más fácil de ejecutar (Vázquez García & Moreno Mengíbar, 1998).

La existencia de prostíbulos no era un fenómeno únicamente urbano, sabemos que en


época medieval también hubo mujeres que trabajaban en labores domésticas en las
posadas de los caminos rurales que además ejercían la prostitución, al parecer, de forma
forzosa, al igual que lo hacían las esclavizadas:

En 1397 Guillemó López regentaba un hostal situado en un camino a la entrada

de Sagunto en el que tenía dos esclavas, Joana y Caterina, que le ayudaban como

sirvientas y a su vez se prostituían con el consentimiento y la aprobación de su

amo (Peris, 1990, p. 187).

Considerando que la prostitución ha tenido semejantes características en la historia,


intuimos que si esto sucedía en época medieval, debió de acontecer también en tiempos
modernos. Sabemos que los burdeles “que se disputaban los lugares de honor” (Núñez
Roldán, 1995, p. 98) se concentraban mayoritariamente en ciudades portuarias y que el
burdel de Valencia gozó de fama internacional, visitado por viajeros extranjeros. Con los
datos que aporta Francisco Núñez Roldán, hemos podido cartografiar los espacios de
prostitución más destacados.

106
Imagen 5: Ciudades con los espacios de prostitución más destacados (s. XVI). Fuente: elaboración propia
a partir de Núñez Roldán (1995, p.98).

2.6.2. Aproximación a la prostitución oficial en la ciudad de Valencia en la era


moderna

Como gran ciudad vecina de Alicante, hemos querido aproximarnos a conocer cómo fue
la prostitución en la villa de Valencia en tiempos modernos, dado que sobre la villa
alicantina no disponemos de documentación histórica para acometer su estudio en los
siglos XVI-XIII, entendiendo que con la indagación sobre la ciudad valenciana,
podríamos establecer similitudes y hallar información relevante sobre el contexto urbano
del comercio sexual en el pasado.

Sabemos que el burdel de Valencia llegó a alcanzar una fama considerable, incluso a nivel
internacional, pues hubo viajeros que visitaban la ciudad tras haberles llegado el eco sobre
el mismo. Representando pues un atractivo turístico, entendemos que su relevancia nos
hace situar especial interés histórico. En lugares marginales y apartados y también en las

107
entradas de las murallas a la ciudad de Valencia, así como los locales del juego, hostales
y tabernas, el comercio carnal fue un hecho en la urbe levantina.

Las mujeres originarias del África negra no debieron estar permitidas en ninguna de las
casas de prostitución oficializada de la capital del Reino de Valencia, pero, sin embargo,
sí que podríamos decir que existen ciertos indicios de que ejercieron en la clandestinidad,
pues, hubo un pequeño conjunto de calles en la ciudad, llamado Bordellet dels negres
(Graullera Sanz, 2006) donde se concentraban personas negras esclavizadas y libertas. Al
parecer, era una calle muy estrecha frecuentemente visitada por estudiantes, quienes
vestían de negro y compraban sexo (Pérez García, 1991).

Fue un hecho habitual, que las llamadas mujeres públicas fuesen de otra ciudad o país de
origen. En este sentido, el burdel de Valencia atrajo a trabajadoras de diversos lugares,
como podemos ver representado en los mapas a continuación, a finales del siglo XIV, las
procedencias de las mujeres en prostitución fueron bastante lejanas, lo que nos indica que
los movimientos migratorios de las féminas en busca de trabajo y sustento es un hecho
constatado que se ha producido desde antiguo:

108
Imagen 7: Procedencia internacional de mujeres públicas en Valencia (s. XIV). Fuente: elaboración propia
a partir de Peris (1990).

Imagen 6: Procedencia de mujeres públicas en Valencia (s. XIV). Fuente: elaboración propia a partir de
Peris (1990).

109
Pero la existencia de prostitución oficial no fue sostenida en el transcurso del tiempo. Para
Vázquez García & Moreno Mengíbar (1998), el cierre de los burdeles en territorio
hispánico peninsular se produjo en 1623, en el que tuvo mucho que ver el acoso que
llevaron a cabo los Jesuitas, quienes iniciaron campañas en contra de los burdeles, como
hemos explicado anteriormente, hasta finalmente, lograr su meta. No obstante a ello, en
referencia al fin del burdel de Valencia, Vicente Graullera (2006) considera que el motivo
principal de tal fin fue la gran peste de 1648 y que localizó la última recogida de mujeres
del burdel en 1672. Todo ello nos hace pensar que, al parecer, el afamado lugar siguió
funcionando tras la orden de cierre y, según parece, hubo bastante laxitud en el
cumplimiento de las normativas reales.

Al igual que sucedió en otras ciudades de las que tenemos literatura sobre su historia
prostibularia, en Valencia, el cierre de los burdeles oficiales no hizo sino dispersar la
actividad hacia otros espacios urbanos, así como criminalizarla como clandestina, de
manera que causó en las mujeres aún más vulnerabilidad y peligros, al encontrarse éstas
deambulando por las calles y expuestas a las violencias que ello conllevaba, así como a
una mayor facilidad de acoso por parte de los rufianes. Según Vicente Graullera Sanz
(1990) el burdel entró en declive y se produjo la dispersión de mujeres hacia otros barrios.

2.6.3. Esclavización, prostitución y explotación sexual

A lo largo de los tiempos, la prostitución ha tenido un vínculo con los procesos de


empobrecimiento en las mujeres, aunque también han existido mujeres de un estamento
social rico que han estado implicadas en ello (Peris, 1990). Por lo que sabemos, en la
España moderna, en el comercio sexual hubo mujeres mayoritariamente migrantes,
procedentes de otras ciudades o pueblos, que ejercían en poblaciones donde no tenían
vínculos familiares (Molina Molina, 1998).

Para poder trabajar en las mancebías, las mujeres debían cumplir requisitos que excluían
a las mestizas y a las negras, pues se consideraba un agravio mezclarse con una raza
socialmente estimada como inferior. Así se expresaba explícitamente en la normativa que
conocemos sobre Murcia (Molina Molina, 1998) y Sevilla15. Sin embargo y pese a la baja

15
“El estatus forzoso de la ramera, definido claramente por las ordenanzas, es el de extraña, exterior al
orden de la ciudad y al orden de las alianzas. No puede estar casada, para no incurrir en continua infidelidad

110
consideración social que se les tenía, muchos hombres que compraban a las esclavas
negras abusaban sexualmente de ellas, las embarazaban y las obligaban al concubinato.
Éstos, disponían de libre y total posesión de los cuerpos de éstas, no sólo de su fuerza de
trabajo.

Las evidencias del gran número de hijos e hijas denominados ilegítimos o naturales, como
la que nos explica Castillo (2005, p. 598) “muchos de esos hijos eran producto del
concubinato o de la violencia contra las esclavas infligida por indios, mestizos e incluso
por hombres de su misma condición que no aceptaban casarse con ellas”. La información
apunta a que la paternidad de los descendientes mestizos de las esclavizadas negras se
produjo en situaciones ilícitas –como el concubinato-, o bien anónimas, o incluso
forzadas, por lo que la prostitución en ellas podría explicar la existencia de aquellas
criaturas mestizas sin padre (re)conocido. No podemos afirmar que la globalidad de los
hijos e hijas resultantes de la mezcla de las cautivas negras con hombres blancos
españoles fuesen todos originados en situaciones de sexo a la fuerza pero sí sabemos que
las africanas cometieron infanticidios y abortos y que las enfermedades venéreas
generalizadas en las mujeres que ejercían prostitución, también afectaban a mujeres en
esclavitud de entre 20 a 25 años (Martín Casares, 2000a), lo que nos da indicios de que
hubo esclavizadas ejerciendo prostitución, ya fuese obligada o voluntaria.

Al igual que los rufianes se apoderaban de las vidas y los derechos de las prostituidas, la
trata negrera mercantilizó a las mujeres en esclavitud, al mismo tiempo que las expropió
de sus libertades sexuales y reproductivas. De hecho, algunas publicaciones estiman que
el acceso y la permisividad a esta forma de posesión dieron lugar a la consideración de la
mujer como objeto (Olivier de Sardan, 1983).

En ocasiones, las esclavizadas eran chantajeadas por los amos, quienes, bajo promesa de
ofrecerles mejores condiciones de vida, les incitaban a mantener relaciones sexuales con
ellos (Goldberg, 1996). Podríamos decir que esto vendría siendo una sutil forma de

conyugal (…), no debe tener padre, ni madre, ni familia alguna en la ciudad en la que ejerce”; “ Tampoco
puede ser negra ni mulata, para evitar esa conmixtio sanguinis tan temida por la Medicina renacentista (…)
la fornicación con negra o mulata llevaría a las venas del cliente la sangre inferior de la mujer y lo degradaría
en la escala de la honorabilidad”, “la prohibición del ejercicio prostibulario a negras y mulatas aparece, no
por casualidad, recogida en los mismos epígrafes de las ordenanzas. Ambas prohibiciones, la racial y la
familiar, van dirigidas a proteger el orden de la honorabilidad de la sociedad urbana” (Vázquez García &
Moreno Mengíbar, 1998, pp. 39-40).

111
provocar la prostitución de las esclavas, quienes estaban cautivas y por lo tanto,
vulnerables y con escasas oportunidades.

Por otro lado, en América existió legislación sobre esclavitud y prostitución (García
Barranco, 2011) en la Real Cédula de 1672, en la que se ordenaba que las mujeres
esclavizadas negras no salieran a la calle después de anochecido, para evitar el ejercicio
de la prostitución, lo que evidencia que solían vagar por las calles ofreciendo servicios
sexuales clandestinos, a la búsqueda de ingresos que posteriormente les permitirían
comprar su libertad. Adicionalmente, algunos amos actuaban como proxenetas, para
después ellos percibir una parte proporcional de la ganancia obtenida en el servicio
sexual, a pesar de que esta manera de obtener ingresos del trabajo de las esclavas era
considerada putería (Castillo, 2005) y estaba terminantemente prohibida en la legislación
de las Siete Partidas.

Pese a que, como hemos explicado anteriormente, en las ordenanzas sobre meretricio de
Sevilla y de Murcia, a las negras y mulatas les quedó prohibido el trabajo en los burdeles
oficiales del reino, no obstante, solía aparecer en los contratos de compraventa el aviso
de que la esclava podría ser a su vez prostituta (Vázquez García & Moreno Mengíbar,
1998), lo que evidenciaría que fueron prostituidas en otros espacios clandestinos, es decir,
fuera de los burdeles oficiales. Esta situación fue muy diferente a la de las mujeres negras
en América, que abundaban en los prostíbulos, de tal manera que se les denominó
congales (Castillo, 2005), palabra derivada de negras congas.

La aceptación de la prostitución por el poder eclesiástico y monárquico fue inestable en


la era moderna. En algunos periodos encontramos que se consideró una “función social
necesaria” (Vázquez García & Moreno Mengíbar, 1998, p. 130) y en otros, fue perseguida
y castigada. Las Casas de Arrepentidas se construyeron por órdenes religiosas como obras
pías, para acoger a las mujeres involucradas en prostitución. Por la denominación de estas
casas –arrepentidas-, se desprende que la Iglesia sólo veía el pecado y la deshonra en las
mujeres y nunca en los hombres que pagaban por los servicios sexuales. Con estas
acciones, la Iglesia deseaba otorgar oportunidades a las mujeres en prostitución para
integrarse en la sociedad. Se ansiaba que éstas contrajesen matrimonio y para impulsarlo,
fue común ofrecer ayuda económica. Los rufianes, sabedores de las ayudas, contraían

112
matrimonio con ellas para obtener la ganancia y después las obligaban de nuevo a ejercer
la prostitución.

En el Reino de Valencia sabemos de la existencia, al menos, de la casa de arrepentidas


del Convento de San Gregorio en la ciudad de Valencia. María Amparo Vidal Gavidia se
ha encargado de estudiar su historia, gracias al análisis que realizó de los fondos
documentales de dicho convento disponibles en el Archivo Histórico Municipal de
Valencia (Vidal Gavidia, 1998). Nos pareció interesante indagar en dichos fondos para
buscar posibles mujeres negras que ingresasen como arrepentidas –llamadas también
hermanas, una vez que eran acogidas en la casa-, pero, en el libro de entradas y salidas de
hermanas arrepentidas en la casa de recogimiento, correspondiente al periodo desde el 1
de mayo de 1805 hasta el 1 de agosto de 1806, no se registró ninguna prostituida negro
africana ni afrodescendiente.

La dedicación a la prostitución nunca impulsó en las mujeres un cambio socioeconómico


que las movilizara de la miseria ni de la estigmatización social. En las épocas de crisis
económica, como el periodo comprendido entre la segunda mitad del siglo XVII y
principios del XVIII, creció el número de mujeres en prostitución, al menos así se
manifestó en Sevilla (Vázquez García & Moreno Mengíbar, 1998). Las mujeres de los
burdeles solían atraparse en un sistema de deudas con los llamados padres del prostíbulo,
quienes les prestaban dinero que luego ellas devolvían con sus ingresos. El ofrecimiento
de joyas y objetos valiosos o de lujo fue al parecer, una estrategia que emplearon ellos
para mantener el control y la sumisión de ellas.

El léxico que encontramos en relación al estigma que pesa en la prostitución, refleja la


carga marginal que lo envolvía: fue habitual referirse a los burdeles clandestinos como
“monesterios de malas mujeres” (Vázquez García & Moreno Mengíbar, 1998, p. 91). La
figura de la mujer como incentivadora de los males sociales alcanza su máxima
representación en las prostitutas – a la vez que sucedió en el resto de Europa con las
acusadas de brujería y de estar relacionadas con el demonio-. Dicha representación
también dio lugar a la justificación que escribió Magdalena San Jerónimo en Razón y
forma de la galera y casa real para promover la implementación de cárceles femeninas,

113
denominadas casas galera, desde el siglo XVII.

De hecho, siendo una actividad que en ocasiones se realizaba de forma independiente, sin
intermediarios ni proxenetas, no alcanzó los éxitos de otros oficios a los que se dedicaban
las mujeres, como por ejemplo, las cigarreras, que conquistaron cierta independencia
económica, mientras que las prostitutas, nunca salieron de la miseria (Núñez Roldán,
1995).

2.7. Revisión feminista al tratamiento de la esclavitud y la prostitución


en la historiografía

En la mayor parte de los escritos sobre esclavitud se ha enmascarado a las esclavas detrás
de un relato casi exclusivamente masculino, pues sólo se observa lo que sucedió con los
hombres, desde una perspectiva androcéntrica y se ha demostrado cierta indiferencia
respecto al mundo femenino. Vemos cómo para hacer referencia a la población esclava se
utilizan los términos “el esclavo”, “el negro” “la presencia del negro”, (Cortés López,
1986). Lobo Cabrera (2009) presenta un artículo centrado en los hombres esclavos de
origen indígena o africano, donde con escasas menciones a las esclavas, sólo hace
referencia a sus nombres. Vicenta Cortés (2011), con un lenguaje que excluye a las
mujeres, indica que la esclavitud se ejerce en el hombre. El lenguaje puede ser excluyente
si sólo empleamos términos masculinos para designar a toda la población y, no sólo oculta
cuáles fueron las realidades de las mujeres en esclavitud, sino que además, ocasiona
grandes confusiones. Es difícil dilucidar si la información que se proporciona es aplicable
a hombres y a mujeres o si es que éstas últimas no fueron parte de los acontecimientos, o
si no figuraban en los documentos históricos que los historiadores han estudiado o si es
que éstos no las nombran o bien no han sido objeto de investigación.

A modo de ejemplo, podemos citar lo visible que es el olvido de la historia de las mujeres
esclavas en algo tan conocido como los castigos que recibían, pues encontramos
reflexiones como: “la pena de azotes era el castigo más frecuente del esclavo. Había que
llevar cuidado de no merecerlos y raro era el varón que se libró de ellos”. (Piqueras, 2011,
p. 153). Por lo tanto, la pregunta a continuación sería ¿cuál ha sido entonces la historia

114
de la esclavitud en la Península Ibérica en los tiempos modernos, teniendo en cuenta
también a las mujeres y desde un punto de vista feminista?

Por otro lado, vemos en algunos casos que la metodología empleada en el análisis de los
registros históricos hace difícil comprender la participación de las féminas. Graullera
Sanz (1978) presenta tablas de datos que no fueron desagregados por sexos cuando realizó
la investigación, por ejemplo, contabiliza el número de esclavos según el color de la piel
hallado en los documentos de la Baylía, de forma que quedan expuestos como “negros,
blancos, membrillo, mulatos, morenos, claros, llors, oscuros”, pero finalmente
desconocemos la existencia de las mujeres. La exclusión de las cautivas en el discurso
nos parece que motiva la pérdida de rigor en la investigación y difunde resultados, en
nuestra opinión, sesgados y androcentristas. Incluso, se ha llegado a considerar que se
utilizan “acepciones amplias del término esclavo” porque comprende también “al siervo
y al cautivo” pero sin mencionar a la siervas y a las cautivas, podemos deducir que
ninguna de estas designaciones es amplia, pues descarta a las mujeres.

El papel de los hombres esclavos en la producción agrícola, minera o artesanal pre-


industrial ha sido valorado como parte del proceso productivo y creemos que como tal ha
de ser analizado también para mujeres. Cortés López es muy certero explicando la
importancia productiva que tuvo la esclavitud, pero excluye a las esclavas en su discurso:

el esclavo no es simplemente objeto de lucro y ostentación, sino que se hace

“mano de obra”, barata y segura, que permite una producción rentable a quien lo

posea y pueda hacerle rendir. En cuanto a mano de obra, entra como objeto en el

mercado de trabajo y se vende o compra para producir (Cortés López, 1986, pp.

55-56).

Quisiéramos añadir aquí que las esclavas se compraban y se vendían con los mismos
fines. Hablamos de un tratamiento o discurso de carácter sexista cuando no se aprecia y
sí que se discrimina el trabajo realizado por la población femenina, pues vemos que se
desvaloriza la importancia productiva y económica de las tareas domésticas o se atribuye
solamente un rol reproductivo en la sociedad, una relevancia sólo como madres y
cuidadoras.
115
Graullera Sanz, realiza un intento de explicar la presencia menos numerosa de esclavas,
frente a los esclavos, mediante argumentos que se enmarcarían en una perspectiva
sesgada:

Si no se traían más mujeres era porque, aunque estas ofrecían ciertas ventajas,

como la de ser más dóciles, por otra parte tenían una desventaja: la de su menor

utilidad, ya que los esclavos eran destinados, preferentemente, a las labores de

peonaje, donde la fuerza y la resistencia, en los trabajos pesados, era fundamental

(Graullera Sanz, 1978, p. 129).

Para Lobo Cabrera, en el precio de compraventa de una esclava, resulta un factor


fundamental su potencial maternidad, pero no hay mención a su capacidad de trabajo y
de aporte económico al sistema social y productivo, aspecto que Martín Casares (2014b)
identifica como el estereotipo de la improductividad femenina. Al referirse a la esclavitud
en las mujeres, Lobo Cabrera afirma que su labor se centra solamente en las actividades
domésticas, dando por sentado que, la compra de una mujer era equivalente y acotada a
una vida para el hogar y/o como objeto sexual:

el sexo es un factor determinante en relación al precio. Al ser consideradas como

vientres para fecundar o productoras de nuevos esclavos, desde el momento en

que la mano de obra escasea, alcanzan mayor valor, y sus amos aprovechan la

coyuntura para ponerlas en circulación. Según esto, parece que en el siglo XVI,

cuando ya la esclavitud está orientada más hacia las Indias, las mujeres son más

cotizadas en la Península en casi todos los mercados excepto en el caso valenciano

según lo confirma Graullera, lo cual demuestra que nos hallamos ante una

esclavitud totalmente doméstica, donde las esclavizadas no solamente cumplen su

papel como fieles servidoras, sino como elementos de distinción social y como

‘objetos sexuales’ (Lobo Cabrera, 1993, p. 302).

116
En contraste, se ha demostrado que la versatilidad de la fuerza de trabajo de las mujeres
en esclavitud era muy apreciada en los mercados esclavistas y que se debe a ello que en
la mayor parte de los casos, su precio de compraventa era mayor al de los hombres (Martín
Casares, 2000b). De hecho, no existen evidencias de que las esclavas tuviesen un gran
número de hijos o hijas, sino más bien lo contrario, así se desprende de los registros de
bautismos de Extremadura que revelan que no era frecuente que las mujeres esclavizadas
tuviesen muchos hijos.

En ciudades como Valencia o Sevilla los propietarios no facilitaron los matrimonios ni su


procreación, por lo que no se observa ningún deseo explícito de que éstos comprasen a
las mujeres con el objetivo de potenciar su fertilidad. Las evidencias demuestran que el
valor de compraventa de las cautivas no estuvo vinculado a su capacidad reproductora
(Periáñez Gómez, 2009a). Las últimas investigaciones revelan que las actividades
productivas de las esclavas en la España moderna fueron muy variadas. Como bien ha
comprobado Aurelia Martín Casares, las mujeres esclavizadas solían trabajar en todas las
actividades a las que se dedicase la familia que las obtenía, ya fuesen agrícolas,
artesanales o comerciales, además de encargarse de todo el trabajo doméstico,
especialmente de las tareas más duras, como lavar, planchar y almidonar. No fue extraño
que también trabajasen a jornal para otras personas ajenas a la familia, o que fuesen
alquiladas como nodrizas para amamantar a las criaturas de otros matrimonios.
Espigadoras, hilanderas, coraleras, aguadoras, panaderas, taberneras, hechiceras y
prostitutas, Martín Casares (2014b) narra sus hallazgos sobre las labores de las que ha
quedado constancia en la documentación histórica. Consideramos que si se analiza el
precio de compraventa de las cautivas por su valor reproductivo en la mayor parte de los
estudios sobre esclavitud, tendría que hacerse referencia también a la capacidad
reproductiva de los varones en el mismo análisis, quienes también son seres sexuados y
sexuales y poseen, en igual medida que las mujeres, capacidad para ser padres,
reproducirse y tener descendencia.

Hemos hallado a su vez, que el interés por presentar las profesiones de las personas en
esclavitud únicamente se centra en los trabajos que realizaron los hombres, sin prestar
atención a las actividades de las mujeres, pues éstas, no son siquiera mencionadas. No
hay mención a la profesión de las esclavas, de hecho, Cortés López (1999) únicamente

117
señala profesiones derivadas de la esclavitud como labrador, tintorero, arriero y
mesonero.

Si nos centramos en el discurso historiográfico realizando un análisis que incluya la


perspectiva del impacto del racismo en la epistemología occidental, la esclavitud ha
llegado a recibir un tratamiento tan desdeñado que incluso ha sido nombrada como una
institución menor, cuando fue un hito de suma importancia en la historia humana. A veces
se justifica como una explotación de las personas indiscutiblemente lógica y en otras
ocasiones se vierten comentarios racistas, como los de Graullera Sanz (1978), que emplea
términos no objetivos e inconsistentes, en los que asume el estereotipo de holgazanería o
falta de amor al trabajo de negros y moros, y opina que solían exagerar cuando aludían al
maltrato recibido.

Los escribanos en los siglos XVI-XVII no escatimaron en apuntar minuciosos detalles


sobre los tonos en el color de la piel, lo que fue un modo de distinguir las diferencias
sociales, de manera que la diferencia se naturalizaba. Sin embargo, al igual que el género,
la raza también es una construcción social, sin ninguna validez biológica, pero ha existido
una extensa tradición cultural de creer fehacientemente en la división racial de la
población, de tal manera que hemos encontrado argumentos que apoyan esta
segmentación detallada también como lógica y que, por lo tanto, esas explicaciones,
participan del proceso de normalización o naturalización de la diferencia, que finalmente
alimenta la desigualdad entre personas de diferentes etnias. Aludiendo a las anotaciones
de los escribanos: “dado el origen africano, más o menos directo, de la mayoría de los
esclavos, es lógico que se den estos tintes de la piel” (Graullera Sanz, 1978, p. 126).

En lo que respecta a las últimas publicaciones sobre el estado de la cuestión en cuanto a


estudios de la esclavitud en España, destacamos el trabajo de Rocío Periáñez Gómez
(2008), quien alaba el incremento de la producción científica con visión de género. En
contraposición, Francisco Andújar Castillo (1999), quien revisa los trabajos en la materia
de Manuel Lobo Cabrera y Alfonso Franco Silva, resalta lo que está pendiente de abordar,
pero, en ningún caso menciona la necesidad de estudiar en profundidad las vidas de las
esclavas ni en enfocar los estudios desde una perspectiva de género, por lo tanto, no
parece que exista un consenso dentro de la historiografía española en lo referente a la
necesidad de tener específicamente en cuenta las indagaciones sobre las mujeres en

118
esclavitud en la historia. La falta de consideración hacia la inclusión de lo femenino nos
parece a todas luces una mirada muy parcial en la interpretación de los hechos históricos.

2.7.1. La masculinidad en la historiografía consultada

El interés historiográfico se ha ocupado habitualmente de las meretrices de los burdeles


y las mancebías en las ciudades de los distintos reinos. Sin embargo, resulta interesante
también abordar investigaciones sobre el comercio sexual que se produjo de forma
clandestina. Sospechamos que existió un tipo de prostitución –forzosa- que pareció estar
asociada a las mujeres cautivas, mediante el concubinato o la inducción que algunos amos
solían repetir con el fin de que éstas realizaran servicios sexuales bajo falsas promesas.

La publicación de Francisco Vázquez y Andrés Moreno, presenta un estudio con


interesante información sobre las mancebías que existieron en el Reino de Sevilla en la
modernidad, que a su vez, nos ha permitido elaborar una cartografía de síntesis, que
mostramos a continuación. Como vemos, las casas de prostitución fueron muy habituales,
distribuidas a lo largo y ancho del territorio, tanto en el ámbito urbano como en el rural.

Imagen 8: Mancebías del Reino de Sevilla en la modernidad. Fuente: elaboración propia a partir de Vázquez
García & Moreno Mengíbar (1998, p. 202).

119
Además, analizan otros espacios donde existía el comercio sexual de forma no oficial. En
algunos extractos nos aportan información sobre lugares de prostitución clandestina:

los espacios predilectos para ejercer la prostitución a espaldas de la ley eran,

evidentemente, los más alejados de las rondas de vigilancia, de preferencia

aquéllos fuera del recinto de las murallas”; “La relajación del control policial daba

rienda a la instalación de burdeles clandestinos hasta en la mismísima calle de la

Sierpe”, “en las numerosas barcazas que surcaban el río de una a otra orilla

(Vázquez García & Moreno Mengíbar, 1998, pp. 238, 240).

Pero si acotamos la prostitución al servicio sexual remunerado que se realizaba en un


burdel o en cualquier otro espacio, con consentimiento de la prostituida, obviamos otras
formas de meretricio que sucedían en la clandestinidad o en el ámbito doméstico o en el
de la esclavitud.

En su publicación (Vázquez García & Moreno Mengíbar, 1998) se justifica el número de


prostitutas por la llegada de jóvenes en busca de nuevas oportunidades. En el texto
encontramos que las escasas posibilidades de emparejamiento formal de estos jóvenes
conducirían al consumo de sexo de pago, dando por hecho que esos jóvenes sentían un
natural fervor sexual al que no podían poner remedio si no era a través de la prostitución.
Sin embargo, consideramos que en el análisis de la compra de sexo es fundamental tener
en cuenta los factores de las relaciones de género, pues se pone de manifiesto la existencia
de un sistema social de dominación en el que los hombres disponían del poder y lo
ejercían sobre las mujeres en todos los planos de la vida, especialmente en el económico
y en el sexual. En palabras de Tami Moore (2013, p. 280), “el papel que representa la
dominación masculina en la historia de la prostitución es fundamental”, pues mientras
ellos son predominantemente los que ostentan el poder en los burdeles, ellas son las que
trabajan y “una sobreabundancia de hombres no casados sólo conduce al aumento de la
prostitución dentro de una sociedad que privilegia el deseo heterosexual masculino”. Es
desde esa perspectiva que entendemos el gran aumento de la prostitución en Sevilla en la
era moderna. También, la autora expone que
120
en ciertas fases de la historia la prostitución ha florecido, especialmente en

tiempos en lo que se producía un aumento muy rápido y repentino de la población,

cuando grandes cantidades de migraciones tienen lugar y cuando las economías

existentes experimentan enormes cambios (Moore, 2013, p. 284)

Lo que explicaría adicionalmente los hechos que venimos comentando sucedidos en


Sevilla.

Dado el empobrecimiento femenino, muchas mujeres, por diversas circunstancias,


solamente podían encontrar sustento a través de los servicios sexuales. No fue ésta una
situación única en tierras hispánicas. En la transición entre el feudalismo hacia el
capitalismo, a las mujeres solas o pobres en Europa se les arrebataron las tierras
comunales en las que practicaban la agricultura, lo que finalmente las abocó a la pobreza
y comenzó a haber una mayor presencia de prostitución en las calles (Federici, 2010).

Por otro lado, los espacios de prostitución clandestina eran marginales y se localizaban
en las periferias de las ciudades y las villas y hubo algunos varones proxenetas que
acumulaban ganancias practicando la usura a las mujeres en prostitución, de ahí que tal
actividad derivase en el rufianismo. Las administraciones locales mostraron gran interés
en mantener las mancebías, puesto que a través del arrendamiento de habitaciones, dicha
administración obtenía indirectamente ciertos beneficios económicos.

En la explicación del aumento de la prostitución en Sevilla que realizan Vázquez y


Moreno (1998) nos da la impresión general de que sus razonamientos exponen que en
época moderna el comercio carnal fue una actividad necesaria para la convivencia y la
armonía social, pues, dada la virilidad de los hombres y su deseo sexual desaforado,
resultaba imprescindible que pudieran disponer de la compra de sexo. En esta línea de
discurso, Peris cree que la prostitución es un hecho inevitable (Peris, 1990).

Por su parte, Guereña, con otro punto de vista, y analizando la mentalidad de la época,
añade que con la prostitución se pretendía evitar las violaciones a otras mujeres:

121
a partir del s. XIII, con la tendencia generalizada al retraso en la edad matrimonial

y al aumento de la violencia sexual, es cuando empieza a regularse oficialmente

la actividad prostitucional; Se pensaba (…) que convenía socialmente que

existieran mujeres dedicadas al comercio del sexo. La prostitución evitaría en

particular violaciones y abusos sexuales por parte de los varones solteros más o

menos jóvenes (Guereña, 2003, p. 21).

Fijándonos en la visión de Harding (1987), quien explica que definir los hechos sólo desde
perspectiva de los hombres burgueses y blancos proporciona una visión muy parcial de
la sociedad, nos damos cuenta de que la necesidad masculina con la que se ha
argumentado la existencia del sexo de pago femenino en las sociedades no resulta una
explicación convincente, pues bien ha quedado demostrado que la prostitución jamás ha
hecho descender el número de episodios de violencia machista, las violaciones se han
cometido contra las mujeres, independientemente de su dedicación laboral.

A la prostitución en algunas ocasiones se le ha atribuido una función pública, mientras


que podemos comprobar que quienes más disfrutaban de las ganancias eran rufianes,
amos de los burdeles y de las propiedades en alquiler de los mismos, de hecho, cuán
significativa es la definición de rufián del Diccionario de la Real Academia de la Lengua
Española: “hombre que trafica con prostitutas. Hombre vil y despreciable que vive de
engañar o estafar”. Los proxenetas, enmascarados de amigos, “se encargan de
proporcionarles los clientes, quedándose con la mayor parte de las ganancias” (Pérez
García, 1991). Por lo que pensamos que se trataba en cualquier caso de una función
privada que fomentaba el enriquecimiento y que estaba relacionada con la explotación
del trabajo y de los cuerpos de las mujeres. Olaso Sendra, explica que la nobleza supo
aprovecharse muy bien de las ganancias que reportaba, indirectamente en su riqueza, la
prostitución:

el fet de que la prostitució comencés a producir generosos ingresos va

desencadenar una pugna ferotge entre les diferents poblacions, sempre atentes a

no veure menystinguts els seus privilegis, i la mateixa noblesa senyorial es va

122
veure implicada en alguns dels conflictes que sorgiren per asegurar aquesta nova

font de renda (Olaso Sendra, 2002, p. 28).

Si equiparamos la prostitución a una función pública, parece que asumimos como


apropiada la idea de que era necesaria para frenar los impulsos de los hombres y esto
implicaría también la aceptación de un rol masculino estereotipado y sexista. En nuestro
modo de ver, y aludiendo a la relación de poder-sumisión antes expuesta, la prostitución
funcionó como motor de perpetuación de los patrones culturales, políticos y sobre todo,
religiosos, que sustentaban la desigualdad de género.

Sin embargo, estamos de acuerdo en la visión de autores que examinan la prostitución


considerando las relaciones de género dentro del sistema patriarcal, lo que nos parece más
acertado: “la prostitución, a veces, puede ser entendida como un posible camino y opción
laboral de unas mujeres que la sociedad patriarcal subordina, desvalora y controla
sexualmente” (Molina Molina, 1998).

O bien, como Pablo Pérez García (1991), que enmarca su estudio dentro de la corriente
europea, en la que sí se trata a la prostitución desde la explotación física, económica y
social de las mujeres.

Si lo anteriormente expuesto se vincula a las visiones historiográficas sobre la


prostitución, encontramos lazos de unión con el tratamiento que se le ha dado a las
relaciones de las mujeres en esclavitud con sus amos. Nos sentimos más próximas a la
línea de argumentación de Martín Casares & García Barranco (2010), quienes, sobre estas
relaciones íntimas, explican que la sexualidad de los hombres se ha presentado de una
virilidad excesiva, naturalizada como desenfrenada.

Este supuesto desenfreno sexual que sentían los dueños de cautivas al resultarles sus
cuerpos muy seductores, coincide con la explicación que presenta Manuel Lobo sobre las
violaciones y abusos cometidos por éstos respecto a las esclavizadas, es el propio autor
quien reproduce el estereotipo de mujer negra, mujer ardiente:

Las esclavas bien por propia voluntad o forzadas cumplían el servicio de satisfacer

las ardientes jóvenes de color repartidas a lo ancho de la geografía hispana. El

123
violarlas debió ser también frecuente, pues en la mentalidad de muchos de aquellos

hombres, la esclava venía a ser un animal más, del cual pueden disponer a su libre

albedrío (Lobo Cabrera, 1993, p. 308).

En estas palabras, encontramos matices que inducen a pensar que las jóvenes negras
constituían una amenaza contra la tranquilidad sexual de los hombres, que sus cuerpos
rompían la armonía e invitaban al desvarío. El autor, dice que, para las cautivas era normal
la explotación sexual a la que eran sometidas. Creemos que lo habitual no lo podemos
calificar como normal, pues se transmite con ello una errónea idea de naturalidad, y, por
otro lado, queda reflejado una posible asimilación por parte de ellas de permisividad del
trato que recibían. Desde su perspectiva, se intuye que considera a las esclavas como
sumisas y resignadas, perpetuándolas en un papel poco rebelde y crítico, dentro de la idea
de feminidad y negritud clásica, asociada a la pasividad y a la bobería.

124
Capítulo 3.

La trata de mujeres nigerianas: un presente


colonial
3.1. Introducción
En la última década, el informe de la Organización Internacional del Trabajo de 2012, el
informe de la Comisión Europarlamentaria de 2016 (European Comission, 2016), así
como el Plan Integral de Lucha contra la Trata de Mujeres y Niñas con Fines de
Explotación Sexual de 2015 sobre trata de mujeres en Europa, han revelado que la
nacionalidad extracomunitaria más numerosa en víctimas de trata con fines de
explotación sexual es la nigeriana. Siendo las mujeres nigerianas el mayor grupo, son
especialmente las del Estado Edo las que se encuentran en prostitución forzosa en los
países europeos y la mayor parte de ellas, indican que su origen es la capital del estado
Edo, es decir, Benin City. Dicho estado, pertenece a la región del Delta del Níger, que se
extiende en el suroeste-sur-sureste de Nigeria.

Por consiguiente, la primera pregunta a la que queremos buscar respuestas es ¿por qué?
La situación de Nigeria, especialmente en la región del Delta del Níger, desde la
colonización británica y durante el siglo XX, así como el escenario actual, nos aportan
las pistas para resolver algunos interrogantes. A lo largo de este capítulo, pretendemos
presentar un recorrido por todos aquellos factores que consideramos son la clave del
porqué las mujeres nigerianas son víctimas mayoritarias del negocio de la industria del
sexo.

125
3.2. El Delta del Níger: frente a los nuevos colonialismos, los conflictos
armados y la crisis ambiental
En Nigeria, asistimos a uno de los ejemplos paradigmáticos de cómo, en un territorio
colmado de recursos naturales y riqueza, existen dinámicas de profundo
empobrecimiento, conflictos armados, nuevos colonialismos y extendida corrupción
política.

El impacto de la colonización sobre lo que hoy conocemos como Nigeria, antiguamente


territorios Yoruba, Igbo y de otras etnias, fue de tan grandes dimensiones, que supuso un
caos que esta parte del continente africano no ha podido resolver. Tierras agrícolas,
ganaderas, pesqueras, tenían un desarrollo equilibrado y acorde para las poblaciones
locales, pero el Imperio Británico desmanteló su estructura ancestral y convirtió la región
en un centro emisor de personas esclavizadas. Se calcula que un total de veinticuatro
millones en total sufrieron la esclavización masiva en África Occidental, hasta que a partir
del año 1807 el Imperio Británico aboliese la esclavitud (Álvarez Feans, 2010).

Según Adunbi (2015) a la región llegaron los exploradores portugueses en el siglo XIV
con intenciones colonizadoras. Más tarde, la colonia británica se inició oficialmente en
1900. A principios del siglo XIX, entre 1804 y 1810 se produjo la conquista de los
territorios conocida como Fulani Jihad, que dio lugar a la constitución del califato de
Sokoto. La imposición de las tradiciones islámicas, especialmente en las regiones del
norte, se ejerció bajo un poder absoluto. Los poderosos del califato fueron a su vez
grandes aliados de la corona británica. Su dominio absoluto contrastaba con la
organización social y política de los reinos del sur. Como describe Adunbi (2015, p. 35)
“en los reinos de Ugbo, Itsekiri y Benin en el Delta del Níger y los Oyo, Owo, Ondo e
Ilé-Ifè en el suroeste”, no había un poder absoluto ejercido por el jefe o jefa (obas). En el
sureste, especialmente en los Igbos, ni siquiera había una organización monárquica, sino
que estaba establecida en base a los linajes familiares y comunitarios, con un poder
descentralizado, organizado en base a la edad. La colonización británica finalmente
impactó en la organización tradicional, no sólo en lo que hoy es Nigeria, sino también en
las rutas comerciales saharianas que se vieron interrumpidas tras dos mil años de actividad
(Ortuño, 2003).

A continuación, presentamos unas imágenes en las que destacamos la ubicación de los


estados de la región del Delta del Níger. En la imagen 9 observamos que es una región

126
del sur del país, estados que en su mayoría tienen costa en el Golfo de Guinea.

Imagen 9: Estados de la región del Delta del Níger. Elaboración propia.

127
La búsqueda de petróleo en Nigeria se remonta a 1908 cuando el interés de negocio
alemán logró constituir la Nigerian Bitumen Company, pues el objetivo era hallar asfalto
en las zonas costeras de lo que fue Araromi, región actual del gobierno local de Ilaje en
el estado Ondo (Oluduro, 2014). La evidencia de que las regiones adyacentes al río Níger
eran ricas en petróleo ya se conocía a finales del siglo XIX. Los británicos inauguraron la
navegación a vapor por el Bajo Níger y destinaron cónsules por el área a la que se referían
como Oil Rivers y en la que posteriormente se crearon los protectorados Oil Rivers
Protectorates (Álvarez Feans, 2010).

El gobierno colonial británico otorgó en 1937 una concesión exclusiva a Shell D’Arcy,
antiguo dirigente de la actual compañía Shell Petroleum Development Company, para las
labores de prospección de crudo, que se iniciaron en Imo State y que dieron como
resultado el conocimiento, después de la Segunda Guerra Mundial, de que el Delta del
Níger era un área muy rica en crudo, momento también, en el que se unió British
Petroleum a Shell, constituyéndose la compañía Shell-BP. Los primeros barriles de
exportación de crudo viajaron en 1958 y un año después, se rompió el monopolio de Shell
para que otras compañías extranjeras explotasen los recursos. Aunque Shell continuó
explorando y explotando las áreas más ricas, no fue óbice para que se instalase la
estadounidense Tenneco en 1960 a lo largo de la costa oeste, tampoco fue un impedimento
para que otras compañías fuesen invitadas para seguir las prospecciones. Interesante es
que en 1960 también se produjo la independencia de Nigeria y que cinco años después
nueve empresas internacionales explotaban el petróleo nigeriano. Finalmente, en 1971,
Nigeria fue admitida dentro de la OPEC (Organization of Petroleum Exporting
Countries), previa constitución de la Nigerian National Oil Corporation (Oluduro, 2014),
actualmente denominada Nigerian National Petroleum Corporation (NNPC) tiene el
derecho exclusivo de explotar, refinar y comercializar el crudo y forma joint-ventures con
las compañías más importantes que operan en Nigeria: Shell, Chevron, Elf, Mobil, Agip
(Adunbi, 2015). Tal y como comprobamos, gracias a dichas alianzas, los acuerdos entre
las gigantes petroleras y el Estado nigeriano eran y son un hecho indiscutible.

Tal y como nos informa Oluduro (2014), la gran fuente de recursos energéticos no es
precisamente el petróleo, sino el gas, cuyo escenario es similar y su explotación causa
multitud de problemas ambientales en las regiones clave, pues se libera gran cantidad de
dióxido de carbono, metano y otros gases de efecto invernadero, asociados al
calentamiento global, la lluvia ácida y el cambio climático. Según Oluduro, las cifras

128
millonarias (los ingresos procedentes del petróleo suman el 80% del estado nigeriano,
contribuye al 40% del PIB) contrastan considerablemente con el 4% de la población
empleada en el sector, por lo que desprendemos que la aportación al desarrollo local y
regional es bien escasa, aunque sí es cierto que el Gobierno Federal ofreció pequeñas
explotaciones de petróleo y gas a las poblaciones indígenas en 1990 y éstas lidiaron con
las dificultades de su falta de capital para las prospecciones y para la producción
(Oluduro, 2014). El desempleo es uno de los problemas más evidentes en la población
del Delta del Níger: cada unidad familiar tiene cinco o más personas a su cargo en
situación de dependencia, siendo el escenario aún más agudo en los principales estados
productores de petróleo, que son Bayelsa, Rivers y Delta (Álvarez Feans, 2010). De los
seis millones de personas que ingresan en el mercado de trabajo en Nigeria anualmente,
tan sólo una de cada diez encuentra un empleo en el sector formal (UK Aid & B. Council,
2012).

La intensa actividad extractiva concentrada en la región del Delta del Níger ocasiona
graves impactos ambientales que directamente afectan en profundidad a las poblaciones
indígenas, a su salud, a su empobrecimiento, a sus derechos humanos, a sus medios de
vida y subsistencia y más aún, al surgimiento de conflictos armados. Las disputas
violentas por el control de los recursos naturales, el reclamo de derechos de pertenencia,
están en la actualidad de la región del Delta del Níger (Adunbi, 2015). Las comunidades
reclaman sus derechos mientras ven cómo las corporaciones actúan bajo la única
fiscalización del gobierno central sin que haya ningún consentimiento informado a nivel
comunal. Según Oluduro (2014), han sido documentados asesinatos, torturas y
desplazamientos forzosos perpetrados por el ejército contra las poblaciones locales, en
defensa de los intereses de las empresas petroleras. Las alianzas entre el aparato militar
nigeriano y las corporaciones internacionales se dejaron ver en los acontecimientos del
28 de mayo de 1998, en los que los militares, transportados por los helicópteros de
Chevron a la plataforma petrolífera Parabe, dispararon a las personas que protestaban por
la usurpación de recursos de sus tierras. Dos personas resultaron muertas, otras heridas y
torturadas. Posteriormente, las poblaciones Ìlàje se organizaron en movimientos que
reclaman el derecho de propiedad del crudo, así como oportunidades de trabajo en
Chevron, proyectos de desarrollo comunitario y compensación por la degradación
ambiental (Adunbi, 2015).

Los conflictos no sólo se desarrollan con las estrategias de confrontación de las

129
comunidades indígenas contra las grandes corporaciones o el ejército nigeriano. Existen
a diversas escalas. Dentro de las diferentes comunidades hay disturbios entre quienes
apoyan a las grandes empresas y se benefician de ellas, como algunos propietarios de
tierras que las ceden para la prospección o la explotación de crudo y quienes reclaman
que los recursos pertenecen a su comunidad. Incendios habituales en las viviendas, saqueo
de crudo de los oleoductos…la región es un auténtico polvorín. En la organización local,
encabezada por jefes de las comunidades, no siempre existen acuerdos, la concordia se
ve interrumpida cuando algún jefe decide apoyar a la industria petrolera y ésta le
beneficia. Las familias que se posicionan a favor de la colaboración con la industria
reciben becas de estudio, ofertas de empleo o facilidades para construir nuevas viviendas.
De una forma u otra, las grandes corporaciones consiguen manejar su capacidad de poder
en base a las estrategias de corrupción a todas las escalas de la administración política del
país, desde las unidades familiares y jefaturas comunitarias hasta ministros y altos cargos
institucionales (Adunbi, 2015).

Las tierras de cultivo, así como las aguas, son contaminadas por filtraciones y derrames
de crudo, dejando a las poblaciones sin la capacidad de producir alimentos ni de mantener
sus actividades ganaderas, como sucede en Ogoni, donde los impactos se registran ya a
largo plazo, con consecuencias devastadoras. Pero ahí no queda todo, también las
piscifactorías sufren la contaminación integral de los escapes de crudo y si tenemos en
cuenta que el 90% de la población del Delta del Níger vive por debajo de un dólar al día
y que su subsistencia depende de los recursos hidrológicos del río, la contaminación
integral de las aguas deja en una situación terrorífica a las poblaciones de la región
(Oluduro, 2014). El impacto ambiental de la industria petrolera supone que las
comunidades locales ya no puedan pescar en sus aguas y la pesca se haya convertido en
una actividad de altos costes, pues la población pesquera tiene que desplazarse a largas
distancias para encontrar aguas limpias con abundancia de peces y para ello es preciso
navegar a motor, en vez de en sus embarcaciones tradicionales, lo que supone un coste
demasiado elevado que dichas comunidades difícilmente pueden asumir (Adunbi, 2015).

Las filtraciones de crudo, que habitualmente se producen durante las prospecciones


petrolíferas, las actividades de sabotaje y por grietas en los oleoductos, destruyen las
tierras agrícolas y tienen efectos significativos en el crecimiento de los cultivos. Como
consecuencia, se han documentado abandonos de tierras de labranza contaminadas en
diversas zonas del Delta del Níger, así como empobrecimiento, hambrunas y

130
desplazamientos forzosos de la población hacia otras comunidades (Rachael Kehinde
Egharevba & Osunde, 2001).

La emisión de gases es un problema ambiental de calado en el Delta del Níger, que afecta
a todos los elementos del ecosistema y por ende a la agricultura y a las poblaciones. Las
estadísticas indican que Nigeria es el país con mayor explotación de reservas de gas, pues
la producción alcanza el 76% de las existencias. Las llamas de gas existentes en la región
como consecuencia de la actividad extractiva suponen unos niveles de CO2 elevadísimos
y al mismo tiempo, la concentración de otros gases que ocasionan la lluvia ácida. Esta
escasa calidad del aire tiene repercusiones a todos los niveles (P.A.O., 2013) en la salud,
en las economías locales, en la producción agrícola, en los ecosistemas.

La presencia del negocio petrolero y sus múltiples impactos también tiene una dimensión
simbólica. Las comunidades conservan su memoria ancestral y la transmiten a las
generaciones venideras. Sus conocimientos versan sobre las conexiones entre el pasado
esclavista y la abundancia de petróleo en la costa nigeriana, en la que, en un área muy
próxima al Delta del Níger hubo ingentes capturas de personas que fueron esclavizadas y
embarcadas forzosamente. Para los Ìlàjes, el crudo representa a todos aquellos cuerpos
ancestrales que fueron arrojados de los barcos y que regresaron a tierra (Adunbi, 2015).
De ello desprendemos que, en lo simbólico, las compañías petroleras están no sólo
devastando su hábitat y por ende sus vidas, sino que están ultrajando la memoria de sus
linajes, destruyendo lo que las comunidades locales consideran los restos de su historia
humana.

El pasado esclavista no sólo conecta directamente con el petróleo en el plano simbólico


y espacial de las poblaciones de la región, también con una larga historia de
aprovechamiento de otros recursos naturales. Como explica Adunbi (2015), con el declive
de la esclavización de personas nigerianas durante la era del comercio triangular, floreció
la explotación de aceite de palma y otros productos agrícolas en la región del Delta del
Níger. Pero a partir de 1956, comenzando por Oloibiri, el comercio del aceite de palma
fue substituido por el oro negro. Estas conexiones espacio-temporales nos iluminan el
hecho de que la mercantilización del Delta del Níger tiene una doble dimensión: corpórea,
a causa de la esclavización de personas y su explotación integral y ambiental, por las
distintas esferas de saqueo de recursos naturales, devastación de los mismos y
sobreexplotación de gas y petróleo.

131
Las actividades extractivas se han ido configurando en un contexto de desarrollo de un
sistema político de corrupción a todos los niveles, que supone un auténtico desafío para
poder abordar cualquier tipo de iniciativa que pretenda poner orden y justicia en la región
del Delta del Níger. Compañías internacionales del negocio energético que van de la mano
del consentimiento de los poderes públicos previo pago, un escenario de acción de lobbies
con un éxito acumulado durante décadas, es sin duda, un contexto en el que es difícil
prever cambios favorables para las poblaciones indígenas, sus derechos humanos y la
recuperación ambiental de sus territorios.

A continuación podemos observar en síntesis el mapa de la organización territorial de las


tres joint-ventures más importantes que operan en el Delta del Níger, junto con los
gráficos que visualmente nos muestran el reparto de la explotación. La parte mayoritaria
de las uniones es para la Nigerian National Petroleum Corporation (NNPC), explotación
que se reparte en mayor medida con 1: Shell + Elf; 2: Mobil y 3: Chevron (Adunbi, 2015,
p. 48).

Imagen 10: Principales explotaciones de petróleo en Nigeria. Las alianzas entre NNPC y las compañías
internacionales. Elaboración propia.

132
Joint-venture NNPC + Shell + Elf
en Bonny y en Forcados
10%

30% 55%

NNPC Shell Elf

Joint-venture NNPC + Mobil


en Akwa Ibom

40%
60%

NNPC Mobil

Joint-venture NNPC + Chevron


en Warri y en Ìlàje

40%
60%

NNPC Chevron
Imagen 11: Porcentajes de explotación petrolífera. Elaboración propia a partir de
Adunbi (2015).

133
Corporación Ubicación de su sede central o
petrolera nacionalidad de referencia

Shell Holanda

Elf Francia

Mobil Estados Unidos

Chevron Estados Unidos

Imagen 12: Nacionalidad de referencia de las corporaciones petroleras en el Delta del Níger. Fuente:
elaboración propia a partir de información disponible en las páginas web de cada compañía.

Como reflejan los datos, las explotaciones más importantes de petróleo las controlan las
corporaciones internacionales con sede en países europeos y norteamericanos, en estrecha
alianza con la institución gestora nigeriana NNPC.

En una situación en la que podemos observar las cifras millonarias que produce la
industria energética, vislumbramos igualmente elevados contingentes de dinero
acumulado por políticos corruptos. El ministro de petróleo de Nigeria durante los años
comprendidos entre 1993 y 2000, Etete, fue declarado culpable por la corte criminal de
París en 2007, multado a pagar doscientos cincuenta millones de euros y sentenciado a
tres años de cárcel por haber invertido en propiedades en Francia por un total de quince
millones de euros obtenidos de forma fraudulenta (Oluduro, 2014). Oluduro (p. 356)
también nos informa sobre un dato esclarecedor: “desde la independencia de Nigeria en
1960, más de trescientos ochenta billones de dólares norteamericanos se han derrochado
en corrupción”. Y mientras la acaparación de la riqueza se produce de ese modo, en un
país donde podemos comprobar la abundancia de fuentes de energía, especialmente de
petróleo y de gas, en cifras del año 2005 “71,1 millones de nigerianos carecían de acceso
a la electricidad” y “el 78% del abastecimiento energético en toda Nigeria le correspondió
a la biomasa” (Álvarez Feans, 2010, pp. 25-26). Según los últimos datos de 2015 del
Índice de Desarrollo Humano de Naciones Unidas, referidos a valores del 2014, Nigeria
ocupa el puesto número 152, siendo Noruega el número 1 y Níger el último puesto,
número 188. De dichas cifras, desprendemos que la población nigeriana es una de las más

134
empobrecidas del mundo.

La riqueza acumulada por el Estado nigeriano a través de su alianza con las corporaciones
internacionales ha dejado cierta impronta en los espacios urbanos. Con los ingresos
provenientes del negocio del petróleo, el gobierno transformó Abuja, que pasó de ser un
pequeño pueblo rural a convertirse en un centro capitalista, al mismo tiempo que se
concentró en ella la disidencia. Una ciudad que se anuncia como un centro moderno,
cuyos parques promueven la idea de que es posible hallar el equilibrio entre el capital, la
cultura y la naturaleza (Adunbi, 2015), lo que contrasta, sin lugar a dudas, con la situación
en el Delta del Níger.

Las grandes ciudades nigerianas viven dinámicas iguales a otras ciudades globales, del
norte y del sur. En la antigua capital, Lagos, se produjo un boom urbanístico en el que las
infraestructuras crecieron desorbitadamente. Cierto es que Lagos pasó de tener trescientos
mil habitantes en la década de los 60 a sumar diez millones en la actualidad y alberga
doscientos asentamientos marginales, habitados por población nigeriana y también
refugiados de guerra de países vecinos. Uno de cada veinte hogares está conectado a la
red municipal de aguas y la producción de electricidad depende mayoritariamente de
generadores privados (Ali & Rieker, 2008). En un país que exporta fuentes de energía
fósil, es pues un hecho llamativo que muestra las enormes disparidades y la falta de acceso
a los recursos básicos y a la riqueza que se genera en la industria energética.

Ante la situación en el Delta del Níger y las amplias brechas de poder, la población ha
respondido mediante movimientos de resistencia y denuncia. La militarización de las
comunidades locales y sus movilizaciones en contra de las políticas neoliberales del
gobierno nigeriano, son movimientos de resistencia indígena contra la acaparación de
recursos naturales que devienen en riqueza para las grandes petroleras y en pobreza y
devastación para las comunidades locales. El hecho de que Nigeria sea un petroestado
implica que sus políticas estén alineadas con la economía global y que, al mismo tiempo,
se marginalice al mundo indígena y se le eclipse. La dependencia económica de un solo
sector productivo es una estrategia de riesgo y así se comprobó durante el declive
económico en las décadas de los 80 y los 90, que provocó el endeudamiento del Estado
que fue rescatado por la financiación internacional, cuyos mecanismos políticos
impusieron medidas de ajuste que causaron empobrecimiento en la ciudadanía (Adunbi,
2015).

135
Los efectos de la deforestación en la región del Delta del Níger han sido muy impactantes
en los últimos años. En el estudio realizado por Ayanlade & Drake (2016) los resultados
evidencian la degradación de los bosques, incluso en áreas protegidas, en las tres últimas
décadas. La mayoría de las reservas de los bosques de llanura de selva tropical han
perdido el 40% de su área, las reservas de bosque palustre de aguas dulces han
desparecido en un 30% y las de manglar en un 11%. Uno de los motivos que explican la
deforestación en las llanuras es que son unas tierras muy propicias para la agricultura. El
impacto de la deforestación no afecta solamente a la masa forestal, sino también a la gran
diversidad de especies que habitan ese ecosistema.

La tala de estos bosques es una de las actividades de explotación de recursos naturales


existentes en el Delta del Níger, que se suman a la exploración y extracción de crudo y
gas. Sorprende que en una región exportadora de recursos energéticos, la población acuda
a los bosques para abastecerse de madera, pues es éste el único combustible de uso
doméstico disponible para las comunidades locales, especialmente para cocinar, lo que
evidencia que la actividad extractivista ni genera desarrollo local ni permite el acceso a
los recursos a la población originaria. Tan sólo en el núcleo de población de Sapele, en el
estado Delta, hay setenta serrerías (Ayanlade & Drake, 2016). Los autores también nos
informan de que la reserva forestal de Osomari sufrió degradación a causa de la
prospección de petróleo en la década de los 80. Toda esta atmósfera de destrucción de
reservas naturales de bosques, con especies endémicas y comunidades indígenas, es
impulsada, según los autores, por la corrupción existente, la falta de voluntad política y
la debilidad de las leyes medioambientales.

3.3. La devastación tiene cuerpo de mujer

La gran zona de explotación de gas y petróleo que constituye el Delta del Níger no es sólo
un espacio de contaminación ambiental de todas las tierras de cultivo, ganadería y
piscifactorías. Tampoco es sólo el motor de violencias múltiples y desplazamientos
forzosos de población. Ni únicamente el motivo de los levantamientos armados de grupos
rebeldes en defensa del territorio y los intereses indígenas. Es una región donde la
devastación tiene cuerpo de mujer. Las violaciones y la esclavitud sexual son perpetradas
por parte de las fuerzas de seguridad nigerianas enviadas como ejércitos de paz, sumadas

136
a la guardia de seguridad de las corporaciones privadas y es que este sector es un pilar
económico en Nigeria, pues existen entre mil quinientos y dos mil compañías privadas de
seguridad y se han construido áreas residenciales adyacentes a la actividad petrolera como
búnkeres, lo que nos proporciona una imagen del escenario de violencia y no parece que
la militarización del área vaya a descender, pues “el anterior Gobierno federal liderado
por Obasanjo consideraba que la violencia presente en la región petrolera, y en otros
lugares de Nigeria, era sólo un problema de ley y orden, al que debería responder con la
fuerza” (Álvarez Feans, 2010, pp. 69 y 56).

El ejército actúa sobre la parte femenina de las sociedades de la región del Delta del Níger,
“las mujeres Ogoni fueron acosadas sexualmente, agredidas y golpeadas por el personal
militar” (Oluduro, 2014, p. 259). Semejantes actos de violencia devastan las vidas de las
mujeres, que sufren infecciones de VIH, embarazos de sus violadores, abortos, fístulas
vaginales, estrés postraumático y maternidades no deseadas, como aspectos más
destacados que afectan a su salud física y mental.

La acaparación de recursos económicos por un gobierno corrupto deja una impronta


gravísima, pues genera un subdesarrollo integral de equipamientos y dotaciones públicas.
Los efectos adversos de un país gobernado por la corrupción como es Nigeria, en el que
hay autoras que la caracterizan de endémica (Agbu, 2003), se materializan especialmente
en el abandono de servicios vitales. Si observamos los datos referentes a la atención de la
salud de las mujeres, la ratio de mortalidad en el parto es una de las más altas del mundo:
quinientos cuarenta y cinco cada cien mil nacimientos en el año 2008 (Oluduro, 2014).
En la infancia, las criaturas de 0 a 5 años registran una mortalidad oscilatoria, pero que
es también elevada: en datos de 2008, fallecían ciento cincuenta y siete de cada mil
nacidos por enfermedades prevenibles y para las que existen tratamientos de bajo coste
(Oluduro, 2014). Los centros sanitarios tienen una situación precarísima en el Delta del
Níger, no sólo por falta de material sanitario y fármacos, también por la escasez de
personal médico.

Adunbi (2015) presenta el testimonio de una mujer que viajaba junto a él en un autobús
mientras éste realizaba una estancia en Nigeria durante su trabajo de campo. Su
compañera de viaje recuerda que antes de la proliferación de las prospecciones de
petróleo, en su comunidad Ìlàje había abundancia de recursos pesqueros, agrícolas y
comerciales, era habitual que tanto los hombres como las mujeres, se dedicasen al

137
comercio de pescado, textil, maderas y semillas de palma. Pero desde que Chevron
comenzase sus prospecciones, la contaminación de las aguas hizo decrecer la cantidad y
la calidad de la pesca. Ella, que trabajaba en la comercialización de pescado, se vio
obligada a buscar otra fuente de ingresos. Quedando sin la posibilidad de disponer de
apoyo de su marido, pues no es su única esposa y no tenía recursos para apoyar
económicamente a todas sus mujeres, emprendió otro negocio de compra venta de carne,
con lo que pudo salir adelante y sustentar a su familia. Los hijos varones acumulaban
diversos intentos de encontrar un empleo, pero habían sido siempre fallidos. Y es que, de
forma llamativa, en cuarenta años de presencia de Chevron en su comunidad, la empresa
tan sólo había contratado a seis Ìlàjes y no por falta de capacitación. Este testimonio
constata la evidencia de que los varones encuentran muchas dificultades para emplearse
en el único motor económico de la región del Delta del Níger. Habitualmente, estos
varones solicitan trabajo dentro de los servicios de seguridad privada de las corporaciones
internacionales, pero con poco éxito. Las mujeres, sin embargo, no gozan de ese pequeño
nicho de mercado laboral.

Cuando hay espacios de negociación entre los líderes comunales y las corporaciones
internacionales, las mujeres no suelen tener cabida, pues la mayor parte de los jefes
indígenas son varones en una estructura patriarcal. Pese a ello, las mujeres toman partido
en las protestas y en los movimientos de resistencia, así como en la participación
voluntaria de las organizaciones no gubernamentales. La pérdida de representación
jerárquica de las mujeres nigerianas se produjo con el desarrollo del sistema colonial, que
impuso las estructuras de poder de género importadas de occidente. Tal cual expone
Oyewumi (1997), las mujeres en tiempos pre-coloniales también eran reinas y jefas, pues
las sociedades no tenían división de género, al menos las Yorubas, sino que funcionaban
por jerarquías organizadas en base a la edad. La estructura colonial hizo que las mujeres
perdieran sus roles y construyó el poder de los varones sobre las mujeres.

En contraste a lo defendido por Oyewumi, existen autoras como T. Akachi Ezeigbo que
describen las desigualdades de género pre-coloniales que existían en los pueblos Igbo.
Encontramos además en su texto que “no hay duda de que el colonialismo y la
propagación tanto del Islam como del Cristianismo han contribuido a la pauperización de
las mujeres nigerianas y a su destronamiento de los poderes económicos y políticos”
(Ezeigbo, 1996, p. xvii). Otras fuentes nos informan de que, no en todos los grupos
étnicos, pero sí en la mayor parte, tienen actualmente un sistema de parentesco patrilineal,

138
por lo que la herencia se inscribe en la descendencia masculina, teniendo importantes
implicaciones económicas y sociales y por lo tanto, políticas, en las mujeres nigerianas
(UK Aid & B. Council, 2012). En definitiva, son un gran número de factores los que
impulsan las enormes dificultades, desventajas, violencias, falta de oportunidades y de
representación en las vidas de las mujeres de la región del Delta del Níger.

Además de encontrar todas estas explicaciones acerca de la situación de las mujeres desde
una geopolítica feminista, deseamos añadir que los factores mencionados suceden en un
contexto de feminización de la pobreza, de la que resaltamos “el impacto de las políticas
macroeconómicas en las mujeres” (Chant, 2007, p. 78). Como hemos visto a lo largo de
este capítulo, parte de la riqueza económica derivada de la industria energética, que se
vertebra en base a la explotación de recursos naturales de países y regiones como Nigeria
y el Delta del Níger, tiene consecuencias a diversas escalas. Así, desde una visión macro,
es preciso examinar los grandes sistemas de desequilibrio en la distribución de recursos
en muchas sociedades, lo que nos da elementos para poder explicar la pobreza a escala
global, sin olvidar que la situación de Nigeria, que responde a una pauta de pasado
colonial y de presente neolocolonial, sigue “un patrón de explotación de recursos que crea
y expande la pobreza” (Domosh & Seager, 2001, p. 63). Dichas consecuencias no actúan
igual en las vidas de los hombres que en las de las mujeres, pues es un hecho que existe
una brecha de género importantísima en cuanto a situaciones de empobrecimiento a escala
mundial. También es un hecho que la feminización de la pobreza no sólo sucede en las
regiones del sur, el norte experimenta esquemas similares de desigualdad, “en la mayoría
de los países industriales occidentales, hay, de media, ciento veinte-ciento treinta mujeres
pobres por cada cien hombres” (Domosh & Seager, 2001, p. 64).

Aunque tras la independencia de los países africanos hubo cierta esperanza de


recuperación económica, en la década de los 80 del siglo XX ya fue perceptible el
empobrecimiento de la población. Decreció el PIB en 21 países africanos hasta alcanzar
las cifras más bajas al final de la década. Tampoco mejoró la situación en 1992, en la que
se evidenciaba el “deterioro ambiental, la baja productividad agrícola y un crecimiento
poblacional explosivo” junto con “el impacto de las guerras, las sequías (…) y el SIDA”
(Bifani, 1999, pp. 319-320).

Las políticas de ajuste de organismos financieros internacionales, especialmente el Banco


Mundial y el Fondo Monetario Internacional, que someten a los países a sus imposiciones

139
en base a la deuda pública, tuvieron un impacto en el desarrollo de Nigeria en las décadas
posteriores a los años 80, debido al Structural Adjustment Programme (SAP) de 1985
(Ortuño, 2003) al igual que en el resto de países del África Subsahariana. Las políticas de
austeridad impuestas se manifestaron en la vida cotidiana de las mujeres en las
restricciones básicas de los servicios de salud y educación, entre otras dotaciones sociales
y económicas, como los subsidios, créditos y el empleo (Bifani, 1999).

El ritmo de consumo de crudo a nivel internacional afecta directamente a la situación


cotidiana de las mujeres nigerianas de las comunidades de la región del Delta del Níger.
Cuanto mayor es el número de prospecciones y mayor es la explotación de crudo y gas,
mayores son los conflictos por la pertenencia del recurso, por lo que se incrementa la
presencia de militares en la zona, que someten a las mujeres a través de las violencias
múltiples. Cuanto mayor es la acaparación de tierras por parte de las corporaciones
internacionales, cedidas sin el consentimiento informado de las comunidades locales en
las que las mujeres no suelen tener representación, menores son las posibilidades de
aprovechamiento de las mismas para actividades agrícolas de subsistencia, que
comúnmente son responsabilidad de las mujeres en el sur global. Sumado a ello, no hay
oportunidades de empleo en la industria energética y toda la actividad extractiva causa
innumerables afecciones medioambientales con un enlace directo no sólo en la merma de
pesca y calidad de las aguas, tierras de cultivo y el aire, sino también en la salud de las
personas.

El índice de desarrollo humano con perspectiva de género (Gender Development Index –


GDI) de las Naciones Unidas, que mide la brecha de género en cuanto a desarrollo
humano (calculado en base a la esperanza de vida al nacer, años en los que se espera
recibir educación y el control sobre los recursos económicos) revela las mismas
posiciones de Nigeria con respecto al resto de países en índice de desarrollo humano.
Según las últimas cifras publicadas por Naciones Unidas del año 2015, con valores del
año 2014, Nigeria ocupa la posición número 152 en GDI, siendo el último país Níger con
un GDI de 188 y Noruega el número 1. Lo que quiere decir que la brecha de género en
Nigeria, en términos generales, es elevadísima. Ello se materializa en diversos sectores,
como por ejemplo, en el empleo público. Son los hombres mayoritariamente quienes
acceden a los puestos de trabajo públicos, también lo son en el sector formal. Las mujeres
consiguen ingresos habitualmente del sector informal, lo que las mantiene en situaciones
muy precarias e inestables. Otro sector en el que es visible la brecha es en la tenencia de

140
la tierra. Mientras que las mujeres son las trabajadoras agrícolas en un porcentaje de entre
el 60 y el 79% de la fuerza de trabajo, los hombres tienen cinco veces más posibilidad de
acceso a la posesión de la tierra que las mujeres (UK Aid & B. Council, 2012).

La brecha de género no es homogénea en todas las mujeres nigerianas. Es preciso analizar


la situación desde una perspectiva interseccional. Aspectos como la etnicidad, la religión,
la región habitada, la edad, el acceso a recursos económicos y educación, la procedencia
rural o urbana son factores que diversifican la situación de las mujeres en Nigeria (UK
Aid & B. Council, 2012).

3.3.1. El racismo ambiental impregnado de género

El contexto de conflicto, desigualdad e injusticia ambiental que experimenta el Delta del


Níger es un ejemplo evidente de racismo ambiental, que a su vez tiene una clara
dimensión de género, pues las consecuencias en el hábitat que genera la extracción de los
recursos naturales son distintas en las mujeres, en las que se producen con mayor crudeza
por una situación de partida en la que la brecha de género es considerable. En este estudio
de caso precisamos analizar todos los elementos desde una mirada de raza y de género,
en la que podemos explicar con mayor claridad cómo operan las estructuras del racismo
ambiental, que es, en síntesis, un mecanismo en el que las clases no blancas, las Otras,
están sometidas a los riesgos y problemas ambientales de forma desproporcionada en
relación a la raza blanca, que ocupa la posición del privilegio (Rodríguez Mir, 2012).

El concepto de racismo ambiental deriva de los movimientos que persiguen y reclaman


justicia ambiental (environmental justice), que se iniciaron como tales con las protestas y
denuncias de la población del condado de Warren en 1982 en Estados Unidos, cuando el
Estado de Carolina del Norte decidió sepultar unos desechos tóxicos de bifelinos
policlorados (PCB) junto a la ciudad de Warrenton, en la que el 75% de la población eran
personas negras y pobres (Keucheyan, 2016). Esta dinámica del Estado desfavorecedora
hacia las poblaciones negras, hispanas, amerindias, asiáticas tiene un evidente
fundamento racista, pues son las minorías no privilegiadas las que sufren y acumulan los
perjuicios ambientales en el este caso.

De esta manera, a modo de ejemplo, los efectos del huracán Katrina se tildaron de desastre

141
natural, pero fueron una evidencia de que no existen catástrofes naturales, sino
disparidades sociales que impulsan que determinados grupos sociales sean más
vulnerables. Y los datos lo revelan: “el 84% de las personas desaparecidas son negras”
(Keucheyan, 2016, p. 29). La tormenta visibilizó las formas en las que la geografía física
está constituida de procesos sociales y ambientales que están a su vez racializados y que
poseen antecedentes históricos. En este sentido, analizando los hechos, se demuestra
cómo se hace posible la producción racializada del espacio en aquellos lugares concretos
de personas invisibles, de las olvidadas. Eventos como el huracán Katrina o las
filtraciones de crudo en el Delta del Níger nos indican cómo las vidas de los sujetos
subalternos se forman y de cómo finalmente aparecen los aspectos sociales y políticos de
la geografía humana (McKittrick & Woods, 2007).

Siguiendo con esta idea, en el espacio racializado existe un auténtico mapa de problemas
ambientales, catástrofes naturales y lugares en ruinas a escala global. Según Rodríguez
Mir (2012) es imprescindible referirse al papel del Estado en situaciones de racismo
ambiental, pues es el encargado de consolidar las estructuras que permiten el desarrollo
de las desigualdades, mediante un racismo institucional. Con la independencia de Nigeria,
se produjo la acaparación de la posesión de la tierra por parte del Gobierno nigeriano, lo
que significa que es únicamente el poder del Estado, ya sea centralizado o
descentralizado, quien toma las decisiones sobre ella. Esto ha proporcionado el marco
oportuno para que la desposesión de la tierra sea un hecho perpetuado en la población, de
distintos orígenes étnicos, del Delta del Níger, y que la soberanía sobre los recursos
naturales de sus territorios ancestrales haya sido robada a las comunidades indígenas. El
hermanamiento entre el Gobierno y las corporaciones internacionales, especialmente de
la industria energética, ha sido anteriormente evidenciado: las decisiones que adquiere el
Estado benefician a las compañías extractivistas y ocasiona gravísimos efectos
multiescala en la región del delta. El racismo ambiental, que opera en este contexto, “está
incuestionablemente ligado a un modelo de desarrollo que presupone la desigualdad y la
negación de la ciudadanía como esenciales para su perpetuación” (Pacheco, 2007).

Una de las características del racismo ambiental que destaca Rodríguez Mir (2012, p. 51),
citando a Bullard (1993), es que, “combinado con las políticas públicas y las prácticas de
las industrias genera beneficio para las poblaciones blancas mientras los costos son
absorbidos por las sociedades negras”. En el racismo ambiental, también se excluye o
limita la participación de las personas no blancas en los procesos de toma de decisión.

142
Esto es precisamente lo que ocurre con las industrias extractivistas en el Delta del Níger
y con la falta de consentimiento informado de las comunidades indígenas sobre el devenir
de sus tierras. En un contexto como el que estamos analizando, en el que la devastación
ambiental persiste y se incrementa al ritmo en el que se expanden las zonas de explotación
de recursos naturales (crudo, gas, madera) también surgen conflictos sociales interétnicos
y movimientos de resistencia contra las compañías internacionales y las acciones del
ejército nacional.

En Edo State ha venido cobrando importancia la destrucción de bosques originales para


sustituirlos por gigantescas plantaciones de caucho. Operaciones como la venta de la
tierra, que se firmó entre el Gobierno local y las empresas Grupo Salim de Indonesia y la
francesa Michelin. La acaparación de cuatrocientas diez mil hectáreas de monocultivo
suscitó el alzamiento de protestas y denuncias de organizaciones como Amigos de la
Tierra Nigeria, que consideraron la maniobra como inaceptable (WRM, 2014). La
deforestación deja sin medio de supervivencia a las comunidades locales, que encuentran
en los bosques numerosos recursos para su supervivencia cotidiana. La llegada de
plaguicidas para las explotaciones latifundistas genera contaminación en las aguas y se
amplía el circuito de devastación ambiental, afectando gravemente a la salud de las
personas y sus medios de vida. Las mujeres, que son el mayor grupo del campesinado, se
ven profundamente perjudicadas en este contexto. Surgen los conflictos por la defensa de
la tierra y los derechos de propiedad, se instalan las empresas de seguridad para controlar
las propiedades de las compañías internacionales y se gestan las violencias directas contra
las mujeres: acoso, violaciones, embarazos no deseados.

Explorar la dimensión de género existente dentro del racismo ambiental debe ser un
aspecto central de la ecología política feminista, pues tal y como argumentan Mollett &
Faria (2013), “la raza y el género como mutuamente constituidos enriquecen la
complejidad de nuestra comprensión de los aspectos políticos del acceso y del control a
los recursos naturales en el Sur Global”. Las investigadoras defienden la idea de que el
patriarcado y el racismo están recíprocamente imbuidos y que juntos dan forma a las
relaciones humanas y ambientales. Es por ello que apuestan por analizar los hechos objeto
de estudio en la ecología política feminista desde una investigación poscolonial e
interseccional. Así es como comprendemos que debemos explicar la compleja situación
en la región del Delta del Níger. Según Keucheyan (2016) al concepto de
interseccionalidad es necesario añadirle la dimensión de la naturaleza, pues es una

143
dimensión que acrecienta, si cabe, mayor complejidad, pero que también, de gran utilidad
para comprender circunstancias como las que estamos abordando aquí.

El uso de los cuerpos de las mujeres como territorio de guerra no es un hecho exclusivo
de la actuación militar en el Delta del Níger como consecuencia directa de los conflictos
ambientales y sociales que provoca la industria extractivista. Numerosos actos de
violaciones colectivas y masivas contra las mujeres se han documentado en los conflictos
armados desde hace más de medio siglo. Un aspecto destacado en algunas de estas olas
de femicidio es su relación con los conflictos ambientales, el lugar de encuentro entre el
racismo ambiental y las estructuras de género que impone el patriarcado.

Podríamos escoger diversos ejemplos que nos alumbran la claridad con la que ese vínculo
se materializa, sin duda, un encuentro interseccional. Tal vez por proximidad a Nigeria,
cabe señalar un caso. En el Congo, se documentó la violencia sexual perpetrada en
Nsongo Mboyo contra las mujeres durante la guerra. No es casualidad que la localidad se
encuentre en las tierras donde existió una notoria concesión de caucho que el Rey
Leopoldo II adjudicó a la compañía Abir durante su mandato entre los años 1885-1908 y
que desde 1892 fue “una tierra de muerte, hambrunas, desaparición de esposas, mutilación
y violencia sexual” (Hunt, 2013, p. 40).

La contaminación que provocan los químicos utilizados en las extensiones de


monocultivo ubicadas en el Delta del Níger, propiedad de empresas extranjeras, cedidas
por el gobierno nigeriano, afecta más a las mujeres, pues son ellas quienes
mayoritariamente trabajan las tierras próximas a dichas plantaciones (Rachael K.
Egharevba & Iweze, 2004). Del mismo modo, son las mujeres en su papel de campesinas
y recolectoras de leña, las que están en contacto directo con los lixiviados que intoxican
las tierras y las aguas y son ellas quienes van a la búsqueda de agua a los pozos, quienes
beben aguas contaminadas, cocinan y utilizan el recurso durante todos los días de sus
vidas.

Del mismo modo que Keucheyan (2016) explica que el racismo es un fenómeno
multiescalar, que afecta a microescala y macroescala, defendemos aquí que sus efectos
nocivos tienen un impacto mayor en las mujeres al producirse la unión del racismo con
el género.

El racismo ambiental también se manifiesta espacialmente en el contraste campo/ciudad,

144
lo que se denomina racismo rural (Keucheyan, 2016) y que derivó de la disparidad
existente en Gran Bretaña en cuanto al acceso de la clase alta blanca, a las residencias en
el campo, en contacto con la calidad ambiental de la naturaleza y la acumulación de
personas de clase baja, y en algunos casos de diversidad étnica, en los espacios urbanos
contaminados por la actividad industrial. El racismo rural opera en el Delta del Níger en
la forma del perjuicio a determinadas etnias rurales que no ocupan los espacios de poder
y centralidad del país.

En esta atmósfera de racismo ambiental, se destaca la pobreza energética a la que se


somete a las comunidades del delta, al mismo tiempo que vemos la existencia de una
marcada desigualdad ecológica, al concentrarse graves problemas ambientales en la
región estudiada. Esta desigualdad también es característica por el grado de exposición
permanente al riesgo: fugas de gas, vertidos de crudo, lluvia ácida, corrimientos de tierra
por causa de la deforestación.

3.4. Un presente colonial

La devaluación del estatus de las mujeres africanas fue una de las derivaciones
catastróficas que tuvo la esclavización a partir del siglo XVI en adelante, no sólo dentro
del continente africano, sino también en el exterior (Vieitez Cerdeño, 2000). Como ya
hemos explicado en secciones anteriores, sus habilidades profesionales, especialmente en
las actividades agrícolas, su polivalencia y su fuerza, les hacía estar muy cotizadas en los
mercados esclavistas. La posterior imposición de las estructuras coloniales y el actual
presente colonial no han hecho mejorar su situación. Como podemos ver a continuación,
existen nexos entre el ayer y el hoy en cuanto a la dimensión espacial y simbólica de la
trata de mujeres. Si bien durante los siglos XVI-XVIII la movilización forzosa de cuerpos
del Golfo de Guinea se dirigió cuantiosamente hacia las Américas, no podemos olvidar
que los mercados españoles recibieron personas negro africanas esclavizadas y, como
hemos estudiado, en la ciudad de Alicante también hubo actividad mercantil con mujeres
del África negra.

En primer lugar, cabe esclarecer qué entendemos por presente colonial. La época colonial
ha dejado un legado en las culturas, en la producción de conocimiento, en las relaciones

145
políticas, económicas y sociales a diversas escalas. La herencia recibida de la era moderna
está impregnada de relaciones de poder y de opresión en mundos divididos por el
privilegio y la desposesión, por relaciones múltiples de racismo y de segregación.
Podemos observar estructuras coloniales en el presente, que siguen las mismas pautas y
que tienen consecuencias equiparables a la devastación ocasionada por los imperios
coloniales. Para Derek Gregory (2004) el pasado colonial se reactiva constantemente en
el presente, se manifiesta en los estudios de geopolítica y de economía política, se
visibiliza en los desequilibrios en desarrollo entre el norte y el sur. La permanencia de
culturas que se etiquetan de otras, la violencia y la dominación que se ejerce contra ellas.
Todo ello se enmarca en un presente colonial.

Según Ann Laura Stoler (2013), la devastación a la que hacemos referencia fue un proceso
de ruina. Los imperios de otros tiempos han impregnado la actualidad de corrosión tóxica,
de formas que perduran y que actúan sobre lo material, como el medio ambiente, y sobre
lo simbólico, en las mentes de las personas. La herencia colonial arruina todo lo que
alcanza a su paso. La actual soberanía imperial tortura, impone desplazamientos forzosos,
crea estados de emergencia y de excepción, auténticas artimañas para constreñir a los
pueblos y a sus derechos, en el nombre de la verdad y de la seguridad.

Desde una perspectiva de análisis de estos procesos de ruina, nos preguntamos qué es lo
que condiciona las posibilidades para que algunas características de las relaciones
coloniales permanezcan vigorosas, persistentes y visibles. La ruina es un “proyecto
político” que ofrece los deshechos a determinadas personas, en lugares particulares, es un
“indicador racializado a escala global” (Stoler, 2013, pp. 11, 13). Para Stoler, es el género
lo que definitivamente refleja cómo la ruina se corporaliza y quién acarrea con los
escombros y ello se produce especialmente en las mujeres. La autora destaca que las
ruinas del presente colonial son construidas por proyectos de gran escala, que conllevan
una fuerte inversión de recursos, movimientos masivos de personas, la creación de
espacios inhabitables desde proyectos habitualmente estatales. Como consecuencia, las
poblaciones, los sujetos individuales se convierten al mismo tiempo en ruinas, en
personas arruinadas, en los olvidados, en los protagonistas del abandono social
ocasionado por los efectos imperiales. Los procesos de ruinas persisten en los cuerpos, en
los suelos y en las aguas envenenadas. La situación en el Delta del Níger, su territorio,
sus pueblos y especialmente sus mujeres, son víctimas de estos procesos de ruina
estructural, son quienes acumulan los deshechos de un marcado presente colonial.

146
A continuación, deseamos evidenciar ese presente colonial. En la imagen 13, destacamos
las principales costas del África occidental donde se produjeron las capturas y la
esclavización. El sector predominante de trata negrera desde principios del siglo XVII
hasta mediados del siglo XVIII coincide con la costa oceánica nigeriana. Si atendemos a
los datos proporcionados por la UNESCO, referentes al informe de 2006 Human
trafficking in Nigeria: root causes and recommendations, nos desvelan que los estados
nigerianos de procedencia de las personas víctimas de tráfico humano, donde se enmarca
la trata de mujeres y menores con fines de explotación sexual, coinciden con las áreas de
captura para esclavitud de los siglos pasados, por lo que vemos una coincidencia en el
espacio y una continuidad en el tiempo de la esclavitud en la población nigeriana. Tanto
en el pasado como en el presente, el estado Edo ha sufrido los efectos de la esclavitud y
es de especial interés porque las mujeres nigerianas en situación de prostitución forzosa,
víctimas de tráfico y trata, provienen mayoritariamente de dicho estado, según los datos
de todas las fuentes consultadas y según sus propios testimonios: el 85% de las víctimas
nigerianas tienen origen Edo e informan haber iniciado su tránsito en Benin City en un
80% de los casos (Elabor-Idemudia, 2003a); según datos de la UNESCO, el porcentaje
de nigerianas cuyo origen es Edo State es del 92% (UNESCO, 2006).

147
Imagen 13: Comparativa entre el pasado y el presente: territorios comunes en la trata negrera de ayer y hoy. Fuente:
elaboración propia a partir de UNESCO (2006) y Meyer (1989).

148
Imagen 14: Estados nigerianos de procedencia mayoritaria de mujeres víctimas de tráfico de seres humanos.
Fuente: elaboración propia a partir de UNESCO (2006).

149
Imagen 15: Destinos comunes para mujeres y menores nigerianos víctimas de tráfico humano. Fuente:
elaboración propia a partir de UNESCO (2006).

150
Interesante es sin duda, el hecho de que los países de destino de las víctimas de tráfico
humano que hemos representado en la imagen 15 tengan a su vez un pasado colonizador
y esclavizador. Anteriormente analizábamos la nacionalidad principal de las
corporaciones petroleras que operan en mayor medida en el Delta del Níger. La compañía
Shell, con sede en Holanda, es la número uno en explotación de crudo, en alianza con la
parte nigeriana NNPC y es a su vez uno de los países de destino de las mujeres víctimas
de tráfico humano, al igual que Reino Unido. Sabiendo, gracias a los informes oficiales
(European Comission, 2016), que el tráfico humano se materializa especialmente en la
trata sexual de mujeres y niñas, vemos entonces que existe una conexión entre el pasado
colonial, la trata negrera de antaño, los nuevos colonialismos (en base a la explotación de
crudo y otros recursos naturales) y la trata con fines de explotación sexual de las mujeres
nigerianas. No podemos dejar de mencionar que, según los datos existentes y presentados
en la imagen 15, España, con su pasado esclavizador y como lugar de destino y tránsito
de mujeres nigerianas en situación de explotación sexual, es también un territorio
protagonista de lo que se ha denominado “la nueva esclavitud del siglo XXI”.

Patience Elabor-Idemudia (2003) expone con claridad los factores que explican la
situación particular de las mujeres nigerianas víctimas de trata. En un mundo globalizado,
con un comercio marcado por las desigualdades, complejas situaciones de deuda externa,
y políticas de ajuste, los efectos inmediatos son evidentes en el desplazamiento forzoso
de la población, el recrudecimiento de las disparidades entre ricos y pobres y el
desequilibrio en las relaciones sociales y familiares. A todo ello le acompañan las
restricciones migratorias y la falta de derechos legales para la movilidad internacional,
contexto sin igual para que se gesten estrategias y organizaciones para la migración ilegal.

Elabor-Idemudia (2003) destaca el factor de ilegalidad existente en el contexto de la trata,


pues es un elemento más de vulnerabilidad que se suma a otros de género, raza y estatus
socioeconómico. Un aspecto clave que no podemos olvidar es la existencia de una
industria del sexo que se alimenta de las disparidades norte-sur y de la presencia global
de las estructuras del patriarcado. En este marco incomparable percibimos la chispa que
prende el presente colonial: la insaciable demanda de la industria del sexo se alimenta de
“mujeres jóvenes, racializadas y generalmente percibidas como especímenes exóticos
para satisfacer los deseos de los hombres occidentales”, lo que nos conduce de nuevo a la
“noción erotizada de la sexualidad negra que fue construida durante el periodo del
colonialismo y del imperialismo y profundamente arraigada en la conciencia de muchas

151
culturas coloniales” (Elabor-Idemudia, 2003, p. 103).

La condición de vulnerabilidad de las mujeres nigerianas coincide con una situación


generalizada en el África negra y que, como hemos visto, tiene parte de sus raíces en los
efectos devaluadores del colonialismo europeo en el continente africano. A menudo, se
percibe a las niñas y a las mujeres como mercancías y es por ello que hay familias que las
venden para el servicio doméstico en las urbes, en un contexto complejo de dificultades
y desesperación. Pero siendo las jóvenes de un origen étnico minoritario y empobrecido,
suelen ser presas fáciles para la trata y la explotación (Elabor-Idemudia, 2003a). La
autora, considera que “las mujeres se han convertido en el nuevo recurso natural para la
exportación” (p. 104) y que ya sufrieron desde el colonialismo un proceso que denomina
de-womanisation y que traduciríamos por deshumanización de las mujeres y al que
también se han referido otras autoras (Lugones, 2012; Mollett, 2016). Este proceso, se
refiere al imaginario que los colonos europeos construyeron sobre las mujeres negras
africanas, en el que corporalizaron falsas ideas de una sexualidad descontrolada debido a
su inusual (para ellos) fisonomía: “la sexualidad femenina fue construida como
inherentemente inmoral e incontrolable, así como una fuente de enfermedad y
corrupción” (Elabor-Idemudia, 2003, p. 105). Según Patience Elabor-Idemudia, el hecho
de que las mujeres negras sufrieran enfermedades transmitidas por vía sexual fue el
motivo por el cual se las vinculó a la imagen de la prostituta. Todo ello, como ya hemos
visto a lo largo de esta disertación, fue una de las justificaciones para que los hombres
blancos las esclavizasen sexualmente y representa, a su vez, la semilla de la percepción
actual que se tiene de las mujeres negras africanas a nivel global y que las hace ser
identificadas con el perfil idóneo para convertirse en víctimas de trata.

Como indica la autora, el proceso de deshumanización de las mujeres africanas continúa


hoy, pero con una vuelta de tuerca. Dichas mujeres, que habitualmente son responsables
del sustento de su familia, con criaturas a su cargo, se ven en una realidad desesperada,
bajo una estructura de empobrecimiento y conflicto, desposesión y desempleo que las
imbuye en un contexto de vulnerabilidad y por lo tanto son objetivo de las redes de tráfico.

Según el informe de la UNESCO (2006), los factores que impulsan que las mujeres
nigerianas estén en situaciones vulnerables para ser víctimas de trata tienen que ver con
el acceso desigual a la educación, la falta de oportunidades para el empleo, la brecha de
género en las políticas migratorias, la falta de acceso a la información, la carencia de

152
sistemas de apoyo en origen y las violencias de género en las sociedades. De todo ello
desprendemos que es la estructura patriarcal la que sostiene la existencia de estos factores
que desfavorecen a las mujeres. Al mismo tiempo, la UNESCO destaca que los motivos
que contribuyen a la existencia de trata de mujeres es la demanda. Y así es, sin la
existencia de consumidores de prostitución, demandantes de sexo de pago, no habría
cabida para la trata de mujeres con fines de explotación sexual.

Agbu (2003) destaca la importancia de la corrupción en el éxito de la trata de seres


humanos, la participación de las aduanas, la falta de acción en políticas de derechos y de
inmigración. Como hemos explorado en este capítulo, Nigeria es un país que se
caracteriza por un sistema de corrupción integral a todas las escalas, lo que constituye,
sin lugar a dudas, la perfecta plataforma para que el mecanismo de las redes criminales
que organizan el tráfico y la trata de mujeres nigerianas, consiga posicionarlas como el
número más alto de víctimas detectadas en Europa en la última década. Como menciona
Agbu (2003), el éxito de la corrupción nigeriana no podría tener lugar sin la participación
de los países de tránsito y destino de las víctimas. Y en ello, España e Italia, son territorios
clave.

Existen diversas rutas a través de las cuales las víctimas de trata viajan desde Nigeria
hasta los países europeos. Utilizando todos los medios de transporte existentes, el terrestre
suele ser el más habitual. Como podemos observar en el mapa que hemos realizado para
sintetizar la información, desde los puntos clave, especialmente desde Benin City, las
rutas llegan hasta el norte de África, comúnmente Marruecos o Argelia y en ocasiones,
también se ha reportado que llegan a Italia desde Libya (Esposito, Quinto, De Masi,
Gargano, & Costa, 2016) o incluso, directamente en avión, con documentación falsa
proporcionada por la red (Taliani, 2012).

153
Imagen 16: El tráfico de mujeres nigerianas. Rutas de entrada desde Nigeria a Italia.

Fuente: elaboración propia.

Italia es el país mayoritario de destino y, como apreciamos en el mapa, desde París viajan
en tren o en avión a los principales lugares, Turín y Roma (Kara, 2010). También existen
destinos en países africanos vecinos, las redes no sólo operan entre Nigeria y Europa. Así
mismo, es frecuente que las mujeres del Delta del Níger sean enviadas a la fuerza a Arabia
Saudí.

Los testimonios que han sido recogidos por las ONGs que prestan asistencia a las víctimas
(Women's Link Worldwide, 2014), manifiestan las violencias sufridas desde la salida
hasta la llegada a los países europeos, en los que particularmente se las induce a la
violencia sexual y a la vejación. Es habitual que algunas de las víctimas permanezcan en
el norte de Marruecos un tiempo hasta que viajan en embarcaciones precarias a España.
Durante esa espera, las redes las someten a prostitución forzosa. Una de las estrategias
que emplean los miembros de la red es embarazar a las víctimas para que realicen el viaje
a España y den a luz una vez en territorio europeo. Con las criaturas, las redes suelen
utilizar diversas artimañas, bien de coacción, bien como víctimas de trata infantil a otros

154
niveles que no entran dentro de esta investigación. En lo referido a la coacción, los
miembros de la red secuestran en muchos casos a las criaturas de las víctimas y las utilizan
interesadamente para extorsionarlas.

Las formas de explotación reproductiva bajo situaciones de esclavitud las conocimos en


las mujeres víctimas de la trata negrera en los siglos XVI-XVIII y podemos comprobar
que en las nigerianas se siguen perpetrando esquemas similares. La esclavización de sus
úteros y sus genitales es pues, otro rasgo importante del presente colonial y la dimensión
corpórea de la huella de género que caracteriza al tráfico de personas. Patience Elabor-
Idemudia también ve un enlace entre la trata negrera y la situación actual en las mujeres
nigerianas víctimas de trata, de hecho, según la investigadora el comercio global de la
trata de mujeres y niñas africanas no puede analizarse sin contar que en las raíces está la
esclavización de las personas africanas, “entre 1520 y 1860 se estima que entre once y
doce millones de hombres, mujeres y niños/as fueron forzados a viajar en naves para una
vida de esclavitud en occidente” (Elabor-Idemudia, 2003b, p. 118).

3.4.1. Benin City, Edo Sate: el corazón de la captación de mujeres

Según las referencias halladas (Braimah, 2013), la trata con fines de explotación sexual
en mujeres Edo comenzó a finales de los años 80, inmediatamente después de la
activación del plan de ajuste de 1985 y se estima que fueron de las primeras generaciones
de mujeres en este tipo de prostitución en Italia. Los motivos por los que no se ha podido
reducir el número de mujeres víctimas, se insertan, al igual que otros problemas que
hemos ido exponiendo, en la corrupción existente en Nigeria. No es por una ausencia de
medidas legales lo que impide la mitigación de la situación, tampoco porque haya habido
un desinterés específico en organizaciones no gubernamentales, pues existen en el estado
Edo desde el repunte de mujeres víctimas. El empobrecimiento ocasionado por la
corrupción estructural es un factor determinante, al igual que la falta de implementación
de las políticas por parte del aparato policial nigeriano, no exento de corrupción (Braimah,
2013). El 62,6% de la población nigeriana vive en situación de pobreza, de la cual el
mundo rural ocupa el 69%, según los datos del último informe estadístico oficial (NBS,
2012). Así, los resultados del estudio llevado a cabo por Omorodion (2009) revelaron que
la pobreza fue el factor clave de vulnerabilidad para ser víctima de trata en un 77,2%, el
desempleo en un 68,4%, el analfabetismo en un 65,1% y el bajo estatus social en un

155
44,5% de las seiscientas ochenta y nueve adolescentes entrevistadas de entre 16 y 20 años
en escuelas de los estados Edo y Delta. Por otro lado, otro rasgo de Edo y que se inserta
en una estructura patriarcal, es el traspaso de la herencia familiar, que la recibe el
primogénito, quedando las hijas totalmente excluidas. Uno de los factores que se
enmarcan en la feminización de la pobreza en las mujeres Edo son sus cargas familiares.
La poligamia en las etnias Edo es la estructura familiar habitual y supone, en muchos
casos, que el marido no pueda proporcionar a todas sus mujeres los recursos precisos, por
lo que son ellas en la situación compleja que venimos describiendo, las que necesitan salir
adelante para sustentar sus hogares.

Pero emplearse no es tarea fácil. Edo State tiene las mayores tasas de desempleo de todo
el país, especialmente en la población joven, pese a tener una presencia importante de
actividad petrolera y una capital Benin City que representa la centralidad administrativa,
con aproximadamente un millón de habitantes, en la que conviven las etnias Edo, Yoruba
e Ibo (Omorodion, 2009). En las comunidades rurales de Edo State, la mayoría del trabajo
en agricultura es llevado a cabo por mujeres que superan los 30 años, pues las jóvenes se
marchan hacia ámbitos urbanos en busca de otras oportunidades (Rachael K. Egharevba
& Iweze, 2004).

Imagen 17: Ubicación de Benin City en la región del Delta del Níger. Fuente: elaboración propia.

156
Ilustración 18: Ubicación de Benin City en relación a las mayores zonas de extracción de petróleo.
Fuente: elaboración propia.

Por otro lado, las redes de captación en Benin City son muy activas. En un estudio
realizado en 2002 a mil quinientas mujeres de entre 15 y 20 años, a una de cada tres se le
había contactado para ofrecer ayuda en organizar un viaje al extranjero para trabajar
(International Organization for Migration, 2006). La insistencia de los captadores y la
inoperatividad y corrupción de la policía se suma a la situación estructural de necesidad,
lo que facilita la captación.

Tras más de dos décadas de tráfico y trata de mujeres Edo, existe cierto conocimiento de
que las jóvenes que deciden emprender un viaje con ayuda de estas organizaciones son
forzadas a entrar en la industria del sexo. Sin embargo, la prostitución no está bien
considerada en las comunidades Edo. Las víctimas que han sido deportadas, no consiguen
reintegrarse en sus localidades de origen. El estigma social que las acompaña les impide
poder emparejarse o acceder al matrimonio (Aghatise, 2004).

A lo largo de este capítulo hemos evidenciado todos los motivos por los que la captación,
157
el tráfico y la trata de mujeres nigerianas con fines de explotación sexual se explica por
los procesos de feminización de la pobreza existentes en el Delta del Níger y que conectan
directamente con un contexto de racismo ambiental, una brecha estructural de género,
una sociedad patriarcal en origen y en destino y un neoliberalismo global. Todo ello
constituye un mecanismo sin fin de retroalimentación de la esclavitud sexual, con
múltiples dimensiones e impactos en las vidas de las mujeres nigerianas.

3.5. Nigeria en contexto: empobrecimiento, expulsión y desplazamientos


forzados en un mundo global

La exposición de datos y hechos sobre Nigeria y particularmente sobre el Delta del Níger
no es exclusiva, sino que es parte de un contexto global de dinámicas de
empobrecimiento, expulsión y desplazamientos forzados que nos interesa destacar aquí,
no sólo para comprender la situación en su globalidad, sino para no caer en una práctica
común, especialmente de los mass media, que consiste en presentar datos negativos
únicamente del continente africano. Tenemos especial intención de resaltar que en la
actualidad ningún conflicto que verse sobre la explotación de recursos naturales que a su
vez tenga dimensiones de género y raza y que se enmarque en una región donde existen
estructuras neocoloniales sustentadas por el neoliberalismo patriarcal, es un problema que
haya nacido exclusivamente en el sur global. Son las relaciones establecidas entre el norte
y el sur global las que ocupan el núcleo de todo el conflicto que hemos explicado en el
transcurso de este capítulo.

Si hacemos un análisis crítico de los datos, nos encontramos con evidencias que nos
muestran cuantitativamente la gravedad del tema que estamos exponiendo. Según las
cifras oficiales (ACNUR, 2015) el desplazamiento forzado ha aumentado a niveles de los
que no se registra ningún precedente como consecuencia de conflictos y violencias
generalizadas en todo el mundo. Los datos nos revelan que en el contexto internacional,
Nigeria es un país en extrema situación de emergencia, no sólo debido a sus crisis
internas, sino también, al papel que representa en el contexto internacional. Durante el
2015, sesenta y ocho mil doscientas personas se vieron obligadas a huir y hubo un total
de desplazamientos forzosos de 2,2 millones de personas internamente. En el drama al
que asistimos las poblaciones del mundo con perplejidad, las personas provenientes de

158
Nigeria representan el 2% de las que han cruzado el mar Mediterráneo en 2015 y es
precisamente la población nigeriana en Europa la que más ha solicitado asilo en el mismo
año, una cifra de diecisiete mil ochocientos solicitantes.

Saskia Sassen (2015) ilustra de forma brillante la atmósfera de expulsión global a la que
están sometidas las sociedades del siglo XXI, especialmente las del sur, mediante
intrincados mecanismos de crisis estructurales, nacionales e internacionales. Las nuevas
lógicas de expulsión han propiciado la merma de familias consideradas de clase media en
países del mundo enriquecido. En Europa hemos sido testigos en la última década de
cifras de desempleo desorbitadas en España, Grecia y Portugal, a la vez que las
restricciones sociales tenían una tendencia imparable de aumento. Mientras tanto, la
acumulación de riqueza en un sector muy limitado de la población ha crecido al ritmo del
incremento de la desposesión y los desahucios16. Estudiar la expulsión como un estadio
de avance del neoliberalismo es sumamente interesante, porque supone “llevarnos más
allá de la idea más familiar de desigualdad creciente” que es inherente al capitalismo
(Sassen, 2015).

En el Delta del Níger, los desplazamientos forzados de población y el abandono de la


tierra de cultivo por sobrecontaminación, son hechos que confluyen en un mismo origen:
el impacto global del neocolonialismo en su forma más depredadora del territorio y por
ende de los seres humanos. La expulsión a la que se refiere Sassen en términos generales,
en Nigeria coincide con la de “millones de pequeños agricultores en países pobres debido
a los 220 millones de hectáreas de tierra adquiridas por inversores y gobiernos extranjeros
desde 2006”, lo que da cuenta de la enorme falta de soberanía sobre la tenencia de la tierra
que el neoliberalismo dicta a las poblaciones del sur. Estamos presenciando a la vez que
la expulsión “significa arrojar a la miseria y excluir a números cada vez mayores de
personas que dejan de tener valor como productores y consumidores” (Sassen, 2015, pp.
13, 20). Esta idea nos parece fundamental para comprender el proceso a través del cual
las mujeres han sufrido la corporalización de la mercantilización en la forma de ser ellas
los productos consumidos en un mundo en el que se reduce ostensiblemente la capacidad
de supervivencia. Mientras que el empobrecimiento adquiere nuevas formas de expresión,
se incrementa el número de mujeres nigerianas víctimas de trata con fines de explotación
sexual en Europa, en un contexto en el que las personas nigerianas ocupan los primeros

16
La riqueza ha aumentado en un 60% para el 1% de la población (Sassen, 2015, p. 24).

159
lugares en solicitud de asilo, huidas y desplazamientos forzosos como consecuencia de
los conflictos armados, las violencias y el saqueo de sus tierras.

Como bien hace referencia Sassen, pensábamos que los procesos de brutalización se
habían eliminado de nuestro mundo actual, pero estamos siendo testigos de sus formas
más extremas, como el regreso de la esclavización de personas, a la vez que se produce
una auténtica “geografía de extracción” que está agotando los recursos naturales al mismo
tiempo que deja un rastro de devastación por la enorme cadena de contaminación que
forja, como presenciamos en el Delta del Níger.

160
Capítulo 4.
La industrialización del sexo y el racismo
patriarcal

4.1. Introducción

En el cuarto y último capítulo de esta tesis doctoral abordamos el estudio de la situación


actual en lo que se refiere a prostitución, industria del sexo y trata de mujeres con fines
de explotación sexual. Nos interesa especialmente realizar un análisis a diferentes escalas,
desde una dimensión global, regional y local.

Mientras que en los capítulos previos hemos expuesto antecedentes históricos en la trata
de mujeres y el contexto geopolítico en el que se inserta el caso de las mujeres nigerianas,
en esta parte tenemos como objetivo mostrar el espacio multiescalar que caracteriza al
fenómeno y los efectos espaciales que posee la prostitución de mujeres nigerianas.

En el estudio de caso sobre la prostitución callejera en dicha ciudad, deseamos investigar


el espacio que ésta construye y cómo se desarrolla la mercantilización de los cuerpos
negros en la vida cotidiana, así como las explicaciones que encontramos sobre la
prostitución desde una perspectiva de género y de raza. Son objetivos también, mapear y
visibilizar dónde se ubican las mujeres prostituidas y exponer los motivos de esa
localización, así como reflexionar sobre este hecho desde las geografías feministas.

Nos interesa destacar que, tanto la investigación como la reflexión, las hemos enfocado
desde el punto de vista feminista abolicionista (Cobo Bedía, 2016; De Miguel Álvarez,
2015; Farley, 2007; Jeffreys, 2009; Raymond, 2013), pues nos posicionamos en contra de

161
la existencia, permanencia y reproducción de todas las formas de prostitución, puesto que
la consideramos un mecanismo patriarcal y racializado de desigualdad, explotación y
opresión hacia las mujeres en su conjunto, un mecanismo de andro-poder que perpetúa la
posición de privilegio de los hombres dominantes en una sociedad marcada por la
desigualdad y la segregación.

4.2. La prostitución, el oficio más antiguo: un mito inaceptable

Una de las ideas más extendidas que el patriarcado celebra con júbilo es la de que la
prostitución es el oficio más antiguo del mundo. Pero esto es un mito inaceptable, se trata
de una idea que pretende naturalizar la existencia de la explotación sexual de las mujeres
y la mercantilización de los cuerpos femeninos, de manera que la sociedad en general,
percibe a través de ese falso mensaje que la prostitución es algo inevitable porque ha
existido desde el inicio de la humanidad y por tanto una tradición y una característica
inherente en el comportamiento de las personas. Este pensamiento está profundamente
arraigado y es, desafortunadamente, muy común y muy poco cuestionado.

Pero si nos remontamos al pasado y consideramos la historia desde el pensamiento


feminista, encontramos las evidencias materiales de que durante muchos miles de años,
ellas, las mujeres, fueron protagonistas de actividades relevantes en las comunidades
paleolíticas, neolíticas, antiguas y en nuestra era (Gimbutas, 2013). Cazadoras,
recolectoras, trabajadoras del campo, sacerdotisas, artistas, pensadoras, científicas,
escritoras, son algunos de los oficios a los que sí se dedicaron las mujeres desde bien
antiguo (Lerner, 1990). De hecho, durante el paleolítico y el neolítico, los restos
arqueológicos hallados nos muestran la extendida importancia que tenía lo femenino en
las sociedades arcaicas, pues la representación sagrada se realizaba mediante una marcada
simbología de lo divino femenino: las venus, la diosa pájaro o la diosa serpiente son sólo
algunos de los ejemplos más importantes (Bachofen, 1987; Downing, 1998; Frazer,
1981).

Si seguimos el trazado histórico de la creación del patriarcado sí que podemos observar


las primeras evidencias de esclavitud sexual en las mujeres, antes de que hubiese noticias
de la presencia de prostitución femenina con o sin consentimiento. El estatus de
reconocimiento, divinidad y poder que las mujeres tuvieron hasta el tercer y segundo
162
milenio antes de nuestra era sufrió un cambio progresivo. Lo femenino comenzó a estar
devaluado y se registraron las primeras relaciones de poder en relación al sexo, ocupando
los varones el estatus del privilegio frente a la posición de subordinación de las mujeres
(Lerner, 1990). Estamos hablando de una fase de la historia en la que el patriarcado
construyó sus propios pilares sobre las ruinas del matriarcado ancestral, sobre los que más
adelante se sustentaría un sistema de poder más sofisticado y transversal.

Las explicaciones de la caza durante el paleolítico habitualmente han destacado la


importancia del papel de los hombres como cazadores y sustentadores de las tribus
primigenias. Pero si hacemos una revisión feminista de este periodo de la historia,
hallamos que la caza era una actividad meramente auxiliar y que las poblaciones recibían
el alimento mayoritario en base a la recolección y a la caza menor que realizaban las
mujeres y los niños y niñas (Lerner, 1990). En yacimientos del neolítico como el de la
ciudad de Çatal Huyuk, en la actual Turquía, hay evidencias incuestionables de que las
mujeres eran sacerdotisas, agricultoras y artistas y de que el culto a la diosa estaba
presente en todos los hogares, mediante altares y múltiples símbolos de la figura del toro,
asociado a la tradición de lo divino femenino (Mellaart, 1971).

Según Lerner (1990), las representaciones artísticas, como uno de los primeros retratos
conocidos de una mujer de Sumer (datada entre el 3100 y el 2900 antes de nuestra era),
demuestran el estatus que en aquella época tenían algunas mujeres, esculpidas mostrando
dignidad y belleza, dentro de una sociedad ya dividida por estamentos sociales, según
evidencian los enterramientos hallados. Las tumbas de Ur también manifiestan que junto
a los cuerpos de los varones, yacían los de varias mujeres, las cuales se estiman como sus
sirvientas. No obstante, en las escuelas de escribas había mujeres que se graduaban y
sabemos, gracias a documentos reales, como nos informa Lerner, de que entre 1790 y
1745 antes de nuestra era, en sociedades más al norte de Sumer, como la de la ciudad de
Mari, las mujeres tenían dedicaciones profesionales en el sector económico y político. Sin
embargo, existen cartas que señalan con normalidad el uso sexual que los reyes hacían de
las mujeres en cautiverio durante aquel periodo de la historia. Tal y como expone Gerda
Lerner (1990, p. 120), ocupando el papel de suplentes en ausencia de los reyes o como
sirvientas y cautivas, “las mujeres empezaron a verse a sí mismas, de una forma realista,
como dependientes de los hombres”, de lo que desprendemos que ya se había configurado
una relación de poder de género, posterior a la creación de las clases sociales, al menos,
en la región de lo que hoy es Oriente Medio. Según Lerner, la falta de autonomía en el

163
estatus de las mujeres es el indicativo de que ocuparon ya una posición subordinada que
se fue arraigando en las sociedades occidentales y que supondría los primeros avances de
un sistema patriarcal, antes de que se constituyeran los Estados.

Es interesante destacar aquí que los servicios sexuales estaban incluidos cuando se
adquiría una esclava, por lo que vemos la existencia de un vínculo entre subordinación y
obligación sexual cuando una mujer se encontraba bajo la propiedad de un hombre. El
lazo entre esclavitud y sexo a la fuerza fue anterior a lo que consideramos prostitución y
la pérdida de estatus de las mujeres fue anterior a la esclavitud sexual.

Mientras que no se conocen formas de esclavitud durante las sociedades cazadoras y


recolectoras, sí que parece estar ligada a la llegada del pastoreo y la agricultura, así como
a las consecuencias de las guerras. En la antigua Babilonia había mayor número de
mujeres esclavas que hombres esclavos y las cautivas se entregaban como botín a los
guerreros (Lerner, 1990).

El proxenetismo fue el inicio de la prostitución de las mujeres, pues eran los dueños de
las esclavizadas quienes las entregaban en alquiler a otros hombres, práctica extendida
durante la antigüedad en Próximo Oriente, Egipto, Grecia y Roma, como señala Lerner.
En estos orígenes de la prostitución ya podemos observar que sin la existencia de una
subordinación de género y la posibilidad de acceder a los cuerpos de las mujeres por
medio de la esclavización o la previa demanda de otros varones, la actividad no hubiese
sido posible. El papel protagonista de los varones en el derecho de propiedad privada
sobre las mujeres los posicionó en el estatus apropiado para mercantilizarlas y explotarlas
sexualmente. Como argumentan Andrea Parrot y Nina Cummings:

como el orden social llegó a ser exponencialmente dependiente de la autoridad

masculina, primeros reyes y jefes, seguido de miembros varones de la familia con

autoridad sobre las mujeres y los niños, desde el segundo siglo antes de Cristo en adelante,

el control sexual de las mujeres ha sido la piedra angular del poder patriarcal (Parrot &

Cummings, 2008).

Y este aspecto es muy importante: sin la creación de jerarquías y sin la existencia de


desigualdad de género, no fue posible la prostitución de las mujeres. Es decir, fue
necesario el desarrollo de un sistema patriarcal para que pudiera engendrarse el
164
proxenetismo. Por lo tanto, el centro neurálgico de la prostitución lo ocuparon los
hombres, como proxenetas y como compradores o arrendatarios de los cuerpos de las
mujeres. Kathleen Barry (1987, p. 100) lo explica con claridad: “el proxenetismo y la
captación [de mujeres para prostitución] son tal vez las más despiadadas formas de
exhibición del poder y el dominio sexual masculinos”. Las referencias al poder y al
dominio son constantes en todas las pensadoras abolicionistas que han escrito al respecto.

Queda por tanto evidenciado que la prostitución no fue un oficio, sino una imposición
usualmente asociada a la esclavitud y a la servidumbre, a las disparidades de género y de
estatus. Las mujeres, como hemos comprobado, realizaban multitud de oficios relevantes
para el desarrollo de las sociedades primitivas y también antiguas. No existe ninguna
evidencia de que la prostitución sea el oficio más antiguo del mundo y es por ello esta
idea, algo absolutamente inaceptable. Los orígenes de la historia laboral de las mujeres
no están vinculados a la subordinación sexual, sino a tareas y actividades claves que se
realizaron en coordinación y en igualdad de condiciones con los hombres. Cualquier
atisbo que relacione el trabajo de las mujeres y sus oficios a lo largo de los tiempos, con
un origen de prostitución, es un intento de perpetuar la esclavitud sexual y naturalizarla y
esto es igualmente inaceptable.

4.3. La prostitución hoy

4.3.1. Definir la prostitución desde el feminismo abolicionista

¿Qué entendemos por prostitución hoy? La prostitución es sin duda uno de los grandes
temas de controversia y conflicto dentro de los feminismos actuales, con sectores de
feministas absolutamente en contra y otros totalmente a favor. Los argumentos son muy
opuestos. Durante esta disertación, nos posicionamos en aquellas líneas de pensamiento
que defienden la abolición de la prostitución, una institución que en palabras de la filósofa
Ana de Miguel Álvarez, es una “escuela de desigualdad humana” (2012).

La prostitución hoy es un sistema establecido en base a las relaciones interseccionales de


poder existentes en las sociedades, un mecanismo a través del cual, los hombres,
mayoritariamente, mercantilizan los cuerpos de las mujeres, en un contexto neoliberal y
patriarcal. Es relevante destacar la brecha de género existente en la institución de la
165
prostitución, pues en cifras globales son los hombres los prostituidores y las mujeres las
prostituidas. En este sentido, Galarza Fernández, Esquembre Cerdá & Cobo Bedía (2016)
señalan la importancia de preguntarnos en la investigación de la violencia contra las
mujeres, por qué en la industria del sexo son las mujeres la mercancía y los varones los
demandantes. Cuando nos referimos a mujeres no queremos totalizar la identidad “mujer”
en una sola, pues sin duda alguna, en el mercado de prostitución de cuerpos, destaca
también la presencia de mujeres transexuales y transgénero, identidades diversas pero
vinculadas al abanico de distintas feminidades y las que son igualmente prostituidas por
consumidores varones. Dorchen A. Leidholt (2004) destaca el aspecto de dominación
inherente en la prostitución, la que define como un sistema que supone una práctica de
violencia contra las mujeres. Para la autora, la prostitución y la trata están
interrelacionadas, la distinción que podríamos realizar sería el hecho de indicar que
podemos ver en la trata un tipo de “prostitución globalizada” mientras que la prostitución
genérica vendría siendo una “trata doméstica” (Leidholdt, 2004, p. 167). Melissa Farley
(2007) también presenta su trabajo analizando los vínculos entre trata y prostitución,
destapando que son dos sistemas intrincados existentes dentro de la prostitución
legalizada en el estado de Nevada, en Estados Unidos.

En este mecanismo de relaciones de poder, la raza, la etnia, el origen geográfico y el


estatus social son aspectos determinantes. Desde bien antiguo, como expresábamos en el
capítulo 2, la prostitución ha estado vinculada con el empobrecimiento de las mujeres y
por lo tanto con los procesos actuales de feminización de la pobreza. En un mundo
globalizado y segregado al extremo, las relaciones norte-sur y centro-periferia, que
narramos en el capítulo 3, son también pilares que sustentan la provisión de mujeres para
el mercado prostitucional. Sin la existencia del capitalismo patriarcal, así como del
racismo patriarcal, la prostitución no sería viable. Como señala Carole Pateman (1995, p.
30), “el ejemplo más dramático del aspecto público del derecho patriarcal es la demanda
de los varones de que los cuerpos de las mujeres se vendan como mercancías en el
mercado capitalista”. En unas sociedades igualitarias, en las que no fuese posible la
mercantilización de la vida, en las que no hubiese inequidad económica ni de género, no
sería tan fácil encontrar prostitución, pues como hemos podido comprobar en el epígrafe
anterior, la fundación de la prostitución nace con la jerarquía social y la posibilidad
otorgada a los varones, de disponer de mujeres como propiedad privada en estatus de
esclavas sexuales. Y así lo corrobora Pateman (1995, p. 274): la prostitución “recuerda

166
constantemente a los varones -y a las mujeres- que los varones son los que ejercen la ley
del derecho sexual masculino, que son ellos los que tienen el derecho patriarcal de acceso
a los cuerpos de las mujeres”. Sumado a ello, desde una esfera simbólica, Josepa Bru
(2006, p. 475) señala que en el ámbito de la prostitución, un problema añadido es la
“construcción sociocultural de la sexualidad, que deshumaniza a los varones, al reprimir
la dimensión afectiva y anula a las mujeres, reduciéndolas a objetos de goce”.

La prostitución actual tampoco podría existir sin la división racial y étnica, que se agudizó
desde los colonialismos y la trata negrera del siglo XVI en adelante a nivel internacional.
La raza, una construcción social que ubica a las personas no blancas en categorías de
inferioridad, ya sea jurídica, social, económica, cultural o ambiental, es un factor
imprescindible que alimenta el sistema de desigualdades globales que sufrimos en nuestro
mundo contemporáneo. La dimensión cultural del racismo, es decir, la asimilación de la
creación de dichas categorías, estableció un imaginario colectivo de opresión y
desvalorización sobre todas las personas no blancas, un conjunto de ideas estereotipadas
que reproducían, y reproducen, las relaciones de privilegio y dominación. La prostitución
actual, como exploraremos a lo largo de este capítulo, se nutre también, además de lo
expuesto más arriba, de la explotación de aquellos estereotipos culturales y racistas. La
prostitución actual pues, racializada, viene siendo el lugar donde interseccionan el
racismo y el sexismo. En este sentido, Bosch, Ferrer & Almazora (2006) analizan los
paralelismos existentes entre ambas ideologías de opresión. Ambos mecanismos se
aprenden y se justifican para seguir perpetuando el dominio de un género privilegiado (el
masculino) y una raza dominante (la blanca). Desde la misoginia y la xenofobia, aspectos
del sexismo y del racismo, se implementan los actos violentos, especialmente sobre las
personas. Unidos los dos sistemas en prostitución, supone un incremento de todo el
conjunto de violencias, simbólicas y materiales, sobre los cuerpos y las vidas de las
mujeres. Como destaca el extracto que presentamos más abajo, el odio y el desprecio de
la misoginia tiene una de sus máximas representaciones en la consideración de la mujer
prostituida en la cultura española. Gran parte de los insultos y vejaciones del lenguaje en
España emanan del desprecio misógino hacia las mujeres en prostitución17. Además,
instituida la prostitución en nuestras sociedades actuales, cualquier mujer desde su
nacimiento está sujeta a poder ser prostituida, por el mero hecho de ser mujer y el arraigo

17
Algunos refranes también lo atestiguan: estar como puta por rastrojo; la mujer que no es hacendosa, o
puta o golosa.

167
cultural de la servidumbre sexual que venimos analizando, una asignación de género del
patriarcado hacia las mujeres.

El sexismo y el racismo, como apreciamos en las descripciones aportadas por la fuente


consultada (Bosch et al., 2006), se originan en el pasado, pero son totalmente
contemporáneos. Ese hilo conductor es uno de los que perseguimos desvelar en este
trabajo doctoral, la comparativa y la continuidad de ambas opresiones imbuidas en las
mujeres nigerianas esclavizadas en la trata negrera y en la trata sexual actual. A
continuación, trasladamos íntegramente los aspectos paralelos entre racismo y sexismo
destacados por Bosch, Ferrer & Almazora (2006):

RACISMO SEXISMO

Qué es el racismo: tendencia a considerar una raza superior Qué es el sexismo: actitud de prejuicio hacia las mujeres.
a las otras y, como consecuencia a discriminar a las Puede entenderse como una ideología, un conjunto de
inferiores. Conjunto de ideas y pensamientos que justifican creencias acerca de los roles, características y
los actos racistas. comportamientos considerados apropiados para hombres y
mujeres, y sobre las relaciones que ambos deben mantener
entre sí.

Qué es la xenofobia: odio, repugnancia, aversión y Qué es la misoginia: odio, repugnancia, aversión y
desprecio hacia lo extranjero o los extranjeros. Desde la desprecio hacia las mujeres. Desde la misoginia se
xenofobia se justificarán los actos violentos hacia las justificarán los actos de violencia hacia las mujeres.
llamadas “razas inferiores”.

Qué es un acto racista: es cualquier acción, conducta o Qué es un acto sexista: cualquier acción, conducta o actitud
actitud en la que exista un elemento de inspiración racial que en la que existe un elemento de inspiración sexual que tenga
tenga por objeto la discriminación, distinción, exclusión o por objeto la discriminación, distinción, exclusión o
restricción del goce o ejercicio, en condiciones de igualdad, restricción del goce o ejercicio, en condiciones de igualdad,
de los derechos humanos y libertades fundamentales. de los derechos humanos y libertades fundamentales de las
mujeres.

Cómo surge el racismo: las teorías racistas surgen en el Cómo surge el sexismo: dentro de la sociedad patriarcal el
siglo XVI. Durante esta época el comercio de esclavos fue sometimiento de las mujeres se convierte en objetivo básico.
crucial para el desarrollo del capitalismo. Aquellos que Sus orígenes se remontan a periodos muy remotos de la
controlan la sociedad tienen un gran interés en desarrollar y historia. Aquellos que controlan la sociedad tienen un gran
extender ideas que justifiquen su dominio. interés en desarrollar y extender ideas que justifiquen su
dominio.

Cómo se expande el racismo: líderes religiosos, filósofos, Cómo se expande el sexismo: líderes religiosos, intérpretes
escritores, académicos, educadores, estadistas…abrazan los de libros sagrados, filósofos, escritores, académicos,
puntos de vista racistas. John Locke y David Hume llegaron educadores, estadistas…abrazan los puntos de vista sexistas.
a reconocer a los negros como “naturalmente inferiores a los Se asentará, tanto desde el punto de vista de las religiones
blancos”. La esclavitud se puede justificar mediante la como de la “ciencia” la inferioridad natural de las mujeres, y
consigna asumida y aceptada de que “los negros no son por tanto su sometimiento. Las leyes sexistas consagran estos
capaces de cuidarse de ellos mismos”. Las leyes racistas prejuicios, y marcarán las normas de convivencia.
consagrarán estos prejuicios y marcarán las normas de
convivencia.

168
Cómo se aprende el racismo: el racismo no es inherente al Cómo se aprender el sexismo: el sexismo no es inherente a
individuo. Las personas aprenden a ser racistas. Nadie nace los hombres. Las personas aprenden a ser sexistas. Nadie
siéndolo. Los procesos de socialización, los modelos de nace siéndolo. Los procesos de socialización, los modelos de
comportamiento, la tolerancia social frente a estas actitudes, comportamiento, la tolerancia social hacia estas actitudes
están en la base de su permanencia. En épocas de crisis están en la base de su permanencia. El miedo de
económica y/o social se azuzarán más estos prejuicios a fin determinados sectores masculinos a perder sus privilegios y
de desviar la atención de los problemas reales. En estos su poder marcará la virulencia hacia las mujeres. Podemos
casos, las personas de razas consideradas inferiores hablar de un sexismo hostil (actitud de claro rechazo hacia
adoptarán el papel de “chivos expiatorios”. las mujeres, especialmente hacia aquellas que son percibidas
como una amenaza para el dominio masculino) y un sexismo
benévolo (conjunto de actitudes estereotipadas hacia las
mujeres que las engloban en determinados roles pero en
apariencia tienen un tono afectivo positivo, aunque esconden
un claro elemento discriminatorio).

Imagen 19. Paralelismos entre el racismo y el sexismo (Bosch et al., 2006, p. 139)

En palabras de Melissa Farley (2007, p. 197) “la prostitución es un negocio asentado en


la desigualdad social: la inequidad entre hombres y mujeres, entre los ricos y los pobres,
y entre las mayorías y las minorías étnicas”. Y es que el poder y sus mecanismos sociales
y políticos se inscriben en los cuerpos de las mujeres. Coincidimos con Josepa Bru (2006,
p. 487) en que “la consideración geográfica del cuerpo como lugar colonizado, traspasado
y modelado por el poder” es algo absolutamente vigente. El discurso que gira en torno al
poder está igualmente en las ideas de Kate Millet, quien le otorga absoluta relevancia en
las sociedades del presente: “el dominio sexual es tal vez la ideología más profundamente
arraigada en nuestra cultura, por cristalizar en ella el concepto más elemental de poder”
(Millet, 1970, p. 70).

Para Ana de Miguel (2012), la prostitución es el acceso reglado a un mercado de cuerpos


de mujeres de los que algunos varones disponen para su uso sexual. La filósofa, destaca
que el tema de la prostitución conviene ser tratado en su profundidad, pues es un asunto
de enorme complejidad dado que “nos jugamos el propio concepto de ser humano”. Ello
como respuesta a argumentos (los regulacionistas) que han banalizado su carácter
complejo, especialmente desde la academia.

Precisamente desde esa complejidad, Kajsa Ekis Ekman (2013) define la prostitución
como una situación en la que un hombre quiere tener sexo y una mujer no, pero el acceso
de aquel viene dado una vez que hay pago. Cuando existe un deseo sexual mutuo, no hay
transacción económica. En un contexto íntimo de igualdad, no existe la prostitución. Esta
idea es la que también defiende Pateman, pues para ella (1995, p. 273) “la prostitución

169
no busca el placer mutuo en el intercambio de los cuerpos, sino que es el uso unilateral
por un varón del cuerpo de la mujer a cambio de dinero”. Para que pueda tener lugar el
acto sexual en una situación de prostitución, Ekman sostiene que es necesaria la
disociación de la mujer prostituida. Expone en su libro (Ekman, 2013) que para que las
mujeres puedan ser compradas, se precisa una estrategia corporal y simbólica de evasión.
A través de los propios testimonios de mujeres que han sido prostituidas, alega el intento
de ruptura simbólica del ser que se produce en las mujeres en prostitución, defendiendo
que no es posible dividir lo que sucede en el cuerpo del plano emocional y personal y que,
debido a ello, los efectos traumáticos, psicológicos y corporales, son relevantes,
duraderos y graves en las mujeres.

Para Ekman, la prostitución tiene evidentes paralelismos con el negocio de alquiler de


vientres, una fábrica moderna que produce bebés bajo una sofisticada demanda. Son en
este caso también, las mujeres del sur o de los márgenes, empobrecidas, racializadas,
quienes consienten el acceso a sus cuerpos y a sus capacidades reproductoras para ser
alquiladas, durante los nueve meses de embarazo y dar a luz una criatura, tras el cobro de
una cantidad que varía según el país, que ellas suelen emplear para cubrir necesidades
fundamentales, y que revierte en cifras billonarias a una industria creciente. Ekman
expone que ambas industrias, la del sexo y la de los vientres de alquiler se alimentan no
sólo de las relaciones de género, sino del poder estructurado en torno a la clase, la etnia o
la edad. Por lo tanto, podemos observar cómo la investigadora en la materia, reconoce la
interseccionalidad que opera en el ámbito de la prostitución.

Pateman (1995, p. 288) también reconoce la importancia de la maternidad subrogada en


cuanto a la prostitución y al contrato sexual, es “una forma de acceso y de uso de los
cuerpos de las mujeres por parte de los varones”, es decir, una definición muy similar a
la que estamos exponiendo sobre la prostitución.

Sheila Jeffreys (2009, p. 1) recuerda las palabras de Kate Millet, “la prostitución es un
fósil viviente, una antigua forma de relaciones de esclavitud”. Como podemos observar,
permanece la idea de que la prostitución tiene un vínculo necesario con la esclavitud,
también en Carole Pateman (1995, p. 281): “en la prostitución, el cuerpo de la mujer y el
acceso sexual a tal cuerpo, es el objeto del contrato. Vender cuerpos en el mercado, en
tanto cuerpos, se asemeja mucho a la esclavitud”. Uno de los actos que son sinónimos de
la esclavización de las mujeres es la violación, a la que Kathleen Barry menciona (1987,

170
p.53): “la violación es el núcleo primordial de la esclavitud sexual femenina (…). Se trata
de un delito político de violencia contra las mujeres, un acto de poder y dominio”.

Y es que los procesos de esclavitud siempre han estado ligados a la violencia. En opinión
de Christine Stark y Carol Hodgson (2003, p. 19), la prostitución tiene un enlace directo
con la violencia de género, especialmente en la forma en la que los proxenetas violentan
a las mujeres, con técnicas de control y maltrato equivalentes a la violencia que ejercen
los agresores con sus parejas. La definen como “una industria global en la que el sexo se
comercializa por dinero, ropa, comida, drogas, refugio o favores”.

La violencia es un tema que ha ocupado a la geografía, especialmente en su dimensión


corporal y espacial. Para James A. Tyner (2012), el cuerpo debe permanecer en el centro
de atención cuando deseamos comprenderla. La centralidad de la violencia sobre los
cuerpos femeninos en prostitución es un aspecto de escala mundial. Pese a su relevancia,
sin embargo no ha llegado en España a ser considerada como violencia de género en la
legislación actual. Durante los años 2010-2015, treinta y una mujeres fueron asesinadas
en contextos de prostitución en España, y fue precisamente la provincia de Alicante en la
que más asesinatos se produjeron, especialmente notable nos parece que fuesen las
mujeres negro africanas las víctimas más numerosas (Feminicidio. net, 2015). Un tiempo
antes, en Italia, en el año 2000 ya fueron detectados ciento sesenta y ocho asesinatos de
mujeres extranjeras en prostitución (Jeffreys, 2009). Los feminicidios en este contexto
nos señalan que en la industria del sexo existe el terror, el crimen se ceba en Alicante con
las mujeres racializadas, el terror utiliza cuerpos que se consideran prescindibles y
desechables en una sociedad racista y patriarcal (Razack, 2016).

Por otro lado, siguiendo con lo que encontramos hoy en el ámbito de la prostitución, en
lo que respecta a la situación de legalidad o penalización, en estos momentos, el mapa
global nos muestra los países en los que la prostitución ha sido legalizada y en los que
permanece penalizada.

Suecia fue el primer país en tomar conciencia colectiva y formal de las implicaciones que
la industria de la prostitución estaba causando en las mujeres y en la sociedad en su
conjunto y en 1999 el parlamento aprobó el llamado modelo sueco, en el que, junto a
medidas diversas de protección y creación de oportunidades para las mujeres en el
ejercicio de la prostitución, se penalizaba la compra y la comercialización de sexo, es
decir, al comprador y al proxeneta. Este modelo, más tarde se ha extendido a otros países,

171
como Noruega y Sudáfrica, el más reciente, en el año 2016, ha sido Francia. Muy al
contrario, la situación de legalidad en Holanda, Alemania, Australia, Nueva Zelanda y el
estado de Nevada en Estados Unidos, ha permitido la regulación y la normalización de la
prostitución, pero ni han descendido los índices de violencias contra las mujeres, ni la
tasa de mortalidad, ni las víctimas de trata. Según Melissa Farley (2007, pp. 11 y 118),
entre el 70% y el 80% de las mujeres en los burdeles holandeses han sido traficadas desde
Europa del Este, África o el Sureste asiático y en Nevada, la prostitución legal de los
burdeles ocupa sólo un 10%, mientras que el 90% sigue siendo ilegal y diversificado en
servicios escort18, clubs de striptease, salones de masaje y en las calles.

18
La prostitución escort es aquella en la que mujeres con muy buena presencia, de entre dieciocho y
veinticinco años, aproximadamente, habitualmente estudiantes universitarias, realizan acompañamientos
en hoteles, reuniones, cenas o eventos públicos y servicios sexuales con varones de clase media-alta que
pagan elevados precios.

172
Imagen 20. Situación actual (2016) de regulación o penalización de la prostitución. Fuente:
elaboración propia.

173
La prostitución hoy viene acompañada de efectos terribles en la salud de las mujeres
implicadas, especialmente en los trastornos psicológicos que produce. Así lo confirma
Melissa Farley (2007) en su estudio sobre los burdeles legalizados de Nevada. Destaca la
frecuencia con la que los propietarios de los prostíbulos llaman a los proxenetas para que
éstos infundan disciplina en las mujeres, en base a la imposición de una fuerza brutal. Los
testimonios de ellas narran que sus proxenetas las ubican en los burdeles legales de
Nevada a modo de castigo si no consiguen el dinero esperado fuera de ellos. Farley
expone que los abusos alcanzan incluso el control de la comida. Si los propietarios
consideran que las mujeres tienen sobrepeso, les reducen la alimentación. Las torturas
son presenciadas por el resto de mujeres encerradas en los burdeles, para infundir el
miedo, de tal manera que en base al terror, ellas obedecen, así lo exponen en los
testimonios ofrecidos en las entrevistas realizadas por Farley.

Definir la prostitución tiene que ir acompañado de cifras alarmantes, del número de


feminicidios que se cometen en mujeres en prostitución, de las tasas de violencia física,
de las violaciones y de la brutalidad con la que son tratadas, de los robos y asaltos, de los
embarazos no deseados, de las dolencias genitales fruto del número de coitos que
soportan, los dolores corporales que todos los testimonios evidencian, así como el riesgo
de contagio de enfermedades de transmisión sexual, especialmente porque la mayoría de
consumidores exigen o solicitan los servicios sin preservativo, declarado por las propias
mujeres. A todo ello se le suma que los contextos de prostitución están acompañados de
drogas y alcohol y en la prostitución callejera, de un grado de exposición al peligro y al
frío. Todos estos elementos son particularidades de la prostitución, que no encontramos
en ninguna otra esfera de nuestras vidas y que supone la realidad más tangible de las
heridas e impactos que el patriarcado provoca en las mujeres. Evidencias al mismo tiempo
de que no es sin duda un trabajo cualquiera19.

4.3.2. El encuentro entre el neoliberalismo y el patriarcado: la industria del sexo

Actualmente asistimos a “una gran industria capitalista” que es la prostitución (Pateman,


1995, p. 30). El calificativo “gran” es muy acertado, pues es una industria sin fronteras,

19
La consideración de la prostitución como un trabajo cualquiera es uno de los argumentos empleados por
el regulacionismo.

174
que opera mundialmente y que obtiene unos beneficios billonarios, aprovechando la
constitución de una división regional e internacional del trabajo (Poulin, 2003).

Cuando hablamos de la industria del sexo es inevitable referirnos a la prostitución, al


tráfico y a la trata de mujeres con fines de explotación sexual, pues son algunos de los
instrumentos que hacen posible tal industria. En ella existen muchos agentes
protagonistas, en los que destaca uno que nos interesa especialmente en geografía: el
espacio. La dimensión espacial de la industria sexual tiene también ese carácter mundial
mencionado, pero sobre todo, está impregnado de multitud de significados políticos, que
se materializan en los territorios, en las relaciones sociales, en las culturas, en las
ciudades, en las calles, en los clubs y principalmente en los cuerpos de las mujeres. Esta
idea será transversal a lo largo de esta disertación y se persigue proporcionar
explicaciones sobre qué espacio construye la industria del sexo y qué dinámicas actuales
encontramos en ella.

El mundo de la prostitución dio un giro a partir de la década de los ochenta, a medida que
las políticas neoliberales fueron tomando forma. Paralelamente, en la misma década, se
produjo la incorporación masiva de las mujeres al mundo laboral reconocido, lo que dio
paso a la doble jornada de las mujeres que Betty Friedan analizó (Amorós & De Miguel,
2007). Argumentamos que se produjo un giro porque anteriormente había una condena
común hacia la prostitución y se consideraba incompatible con la dignidad de las
personas, pero en la década de los ochenta asistimos al comienzo del beneplácito hacia
los proxenetas, que pasaron a ser considerados como hombres respetables y de negocios
(Jeffreys, 2009). Fue el momento del inicio de la ola de regulación y legalización de la
prostitución en algunos países, que dio pie igualmente a la normalización de las salas de
striptease. A este proceso de cambios le denominamos “la industrialización y la
globalización de la prostitución” (Jeffreys, 2009, p. 3). Dicha industrialización se produjo
especialmente hacia un cambio de escala, pues hasta los ochenta, la prostitución había
tenido un carácter más sencillo y local, los burdeles eran espacios pequeños, gestionados
por proxenetas que no movían un gran volumen de negocio y también tenía lugar una
prostitución individual, tal vez independiente, autogestionada, con un formato tradicional.
La globalización de la prostitución convirtió la actividad en un negocio transnacional y
alcanzó una enorme diversificación, estableciendo distintas modalidades y ámbitos de
negocio. Normalizó una industria que explota los cuerpos de las mujeres bajo diferentes
actividades vinculadas al ocio de los hombres.

175
Efectivamente, podemos comprobar que el desarrollo de la globalización desde los 80 no
ha sido el único despegue de la prostitución durante la historia. Asociado al impulso de
los años 20, hubo en el Berlín de principios de siglo XX alrededor de treinta mil mujeres
en prostitución. La Neue Frau aparece en Berlín como una mujer-mercancía apta para el
consumo visual y sexual del hombre (Hubbard, 2012).

El florecimiento de grandes burdeles, la diseminación de salones de masaje y de


striptease, la expansión de la pornografía, la explosión de las páginas web y los negocios
online, el mercado de mujeres en venta para matrimonios, los polos de turismo sexual…
son algunos de los ejemplos más llamativos de los frutos de la industrialización de la
prostitución. De ser negocios locales, se convirtieron en empresas billonarias y el número
de mujeres explotadas en ella se incrementó hasta cifras sin precedentes.

Tal es el volumen de negocio, que existen algunas estimaciones de lo que aporta la


industria del sexo al PIB, como podemos ver en el caso asiático, donde se llegaron a crear
áreas urbanas en las que se concentraba el lado más visible de la industria, a modo de
clúster. Aunque no es habitual utilizar este concepto en el ámbito de la industria del sexo,
hemos querido destacarlo y deseamos aclarar que, si bien no es frecuente encontrarnos en
los manuales de geografía humana estudios de caso de clústeres de prostitución, su
existencia en el territorio es llamativa y, desde luego, muy visible, especialmente si nos
referimos al barrio rojo de Amsterdam, que fue convertido, de una desaliñada calle a una
barriada repleta de clubs, sex shops y salas de cine porno (Ekman, 2013). Así, por clúster
entendemos:

un sistema de producción localizado, formado por pequeñas y medianas empresas

especializadas en determinadas funciones o fases del proceso productivo que

mantienen fuertes relaciones de interdependencia en una lógica de funcionamiento

en red. Se refiere a un conjunto de actividades económicas funcionalmente afines

y espacialmente concentradas. (López Trigal, 2015, p. 101)

De este modo, la concentración espacial de actividades o polígonos vinculados al sexo


comercial sigue este esquema territorial, aunque en muchos casos, se trate de actividades
ilícitas en algunos países y de economías no reconocidas.

La industria del sexo en cifras nos informa de su enorme éxito comercial. En China, se
176
estima que aporta hasta un 8% al PIB, llegando incluso al 14% en Tailandia, Filipinas,
Malasia e Indonesia y hasta un 4,4% en Korea del Sur. Estos países se han beneficiado
del desarrollo del turismo sexual y se constituyeron como grandes espacios de atracción
y de acogida de millones de hombres en busca de prostitución. Y ello no es de extrañar,
teniendo no sólo en cuenta la explotación de los estereotipos culturales vinculados al
exotismo tropical de las mujeres, así como la idea de su sumisión, sino también, el pasado
militarizado, que esclavizó sexualmente a decenas de mujeres en los campos de
asentamiento militar desde los años treinta y cuarenta, especialmente por el cuerpo militar
estadounidense (Jeffreys, 2009).

El proceso neoliberal a través del cual las cadenas de producción industrial se trasladaron
a otros lugares del sur o la periferia global, se denomina deslocalización y es muy
interesante realizar un análisis sobre dicho concepto en el ámbito de la prostitución
industrializada. López Trigal (2015) destaca que la deslocalización se produjo como
consecuencia del desarrollo de las tecnologías de la información y la globalización de los
mercados, proceso que se vio, sin duda, favorecido por las disparidades económicas entre
los territorios-centro y los periféricos. Las nuevas áreas de producción se ubicaron en
países empobrecidos, donde los costes de producción y de la mano de obra eran, con
diferencia, mucho más baratos que en los países occidentales. Mientras que los productos
resultantes de esas fábricas del sur eran comercializados en los países de origen de las
multinacionales que poseían dichas fábricas, no se produjo un gran impacto en términos
de desarrollo en los países donde se ubicó la nueva fabricación. Más bien al contrario, la
producción masiva originó polución y residuos en los países del sur, así como trabajo
asalariado en condiciones de semiesclavitud en las personas, especialmente en las
mujeres, como en las maquilas mexicanas (Cobo Bedía, 2011).

177
Imagen 21. La industria del sexo en cifras.

178
Pero la industria del sexo, produjo otro tipo de deslocalización, la que aquí llamamos, la
deslocalización de los cuerpos de las mujeres, que son el producto comercializado objeto
de tal industria, es más, en palabras de Sheila Jeffreys, es una industria basada en el
consumo de vaginas (2009). Como hemos expuesto, cuando se dio el giro hacia una
prostitución diversificada y desarrollada a una escala trasnacional con inmensos
beneficios, fue a la par que el despegue de la globalización económica y coincidió a su
vez con el inicio de la trata de mujeres nigerianas, es decir, a finales de la década de los
ochenta. Escogemos evidentemente nuestro caso de estudio, pero podríamos hablar
también de mujeres del sur, latinoamericanas, asiáticas o de los márgenes, como las del
este europeo. La industria del sexo se nutrió de mano de obra barata (de vaginas
abaratadas), semiesclavizada o esclavizada, pero dicha mano de obra viajaba desde muy
lejos para poder alimentar los salones de masaje, las salas de striptease, los prostíbulos,
las calles de las ciudades o los platós de porno. La industria del sexo no sólo no se hubiera
podido desarrollar sin la existencia de una globalización capitalista y la feminización de
la pobreza, sino que no hubiese sido posible sin el mecanismo del tráfico y la trata de
mujeres con fines de explotación sexual, que es el medio de aprovisionamiento para suplir
la demanda a tan grande escala. Básicamente, la industria del sexo tampoco podría
haberse configurado de no ser por la institución de la prostitución y ésta, como ya hemos
observado, viene de tiempos lejanos. Es éste el lugar de encuentro entre el neoliberalismo
y la prostitución: el espacio de la industria del sexo. Y es éste el formato de
deslocalización industrial examinado desde el feminismo. La industria del sexo no tiene
sus cadenas de producción en los países empobrecidos, tiene sus productos que importa
desde el sur y los márgenes, cuerpos, vaginas, que deslocaliza para lograr mayores
beneficios, mediante el uso de los canales que ofrece el neoliberalismo a las agrupaciones
trasnacionales y a las compañías empresariales.

Los espacios que ocupa esta industria del sexo billonaria20, son también cada vez más
visibles, a la par que las sociedades y los gobiernos consienten la prostitución, al tiempo
que se expande el beneplácito a los proxenetas. Esta normalización representa una ofensa
a los derechos de las mujeres y “se sostiene que una sociedad que banaliza, normaliza e
idealiza la prostitución de mujeres es una sociedad que fortalece las raíces de la
desigualdad humana” (De Miguel Álvarez, 2015, p. 149). El caso alicantino es uno de

20
Los ingresos derivados de la prostitución legalizada en Alemania fueron en 2004 de 6,4 billones de euros,
incrementándose hasta 14,5 billones de euros en 2006 (Raymond, 2013, p. 137).

179
ellos. El dueño del mayor club de alterne de la ciudad, es habitualmente venerado en la
prensa local, en la que suele aparecer como un empresario de éxito, sin ningún
cuestionamiento a la procedencia de su riqueza (“Diario Información,” 2016), además, la
publicidad de su negocio patrocina el servicio de taxis de la urbe. La imagen del burdel
está completamente normalizada entre la población y suele ser lugar de referencia para
ofrecer indicaciones geográficas.

Imagen 22. Taxi alicantino patrocinado por el burdel D'Angelo.

La tolerancia que podemos observar que existe en torno al negocio del sexo, según Ana
de Miguel, se sustenta en la “ideología de la prostitución” y nos recuerda a la justificación
que encontramos en la edad moderna española en la que la prostitución se consideraba
como un mal necesario y que viene defendiendo un derecho otorgado a los hombres con
dinero, a la libre disposición a los cuerpos de las mujeres, aquí, “la sociedad proporciona
un mercado de mujeres para satisfacer esas necesidades (…) y la sensación es de que lo
hacen con casi total impunidad” (De Miguel Álvarez, 2015, p. 157).

Una de las características de la industria del sexo es la movilización de cuerpos alrededor


del mundo, no sólo como mecanismo de aprovisionamiento sur/norte-periferia/centro,
sino también como modus operandi. Las mujeres son desplazadas de unos países a otros
y de un sector a otro distinto, ya sea desde la pornografía al turismo sexual, como a una

180
sala de striptease. Los movimientos de los productos-cuerpos se realizan, como en otras
actividades del capitalismo, según el volumen de demanda. Y aquí nos topamos con una
de las nuevas formas masivas de movilización de cuerpos para ser objeto de prostitución
en los grandes eventos deportivos, así como en salones tecnológicos y ferias en las
ciudades globales. Allá donde se produzca una acumulación temporal de varones fuera de
sus hogares, la industria del sexo moviliza todos sus productos-cuerpos y recursos para
satisfacer los deseos de deportistas y altos ejecutivos. En el pasado congreso internacional
Mobile World Congress de Barcelona, que atrajo a la ciudad a noventa y cinco mil
asistentes, los dueños de los clubs de alterne preparaban sus salas para dar acogida durante
la duración del mismo (Aragó, 2016). Como es habitual en los espacios urbanos, taxistas
y chóferes suelen conocer el mapa de prostíbulos de las ciudades. Con anterioridad al
congreso en Barcelona, a los chóferes se les proporcionó el listado de clubs a los que los
congresistas podrían acudir. En el Mundial de Fútbol celebrado en Brasil en 2014, se
desveló la realidad que vivirían menores de las proximidades a los estadios: explotación
sexual en elevadas cifras (BBC, 2014).

De ello podemos desprender que la posibilidad de mercantilizar los cuerpos de las


mujeres, mayores o menores de edad, ofrece una gran cantidad de nichos de negocio a la
industria del sexo dentro del capitalismo global. Su funcionamiento, como cualquier otra
corporación internacional, es flexible a las necesidades del mercado y no tiene regulación
estatal que limite sus campos de actuación, pues ya se han encargado las políticas
neoliberales de garantizar la desregulación para que el capitalismo pueda actuar sin
impedimentos.

Otro de los aspectos característicos de la industria del sexo, en sus múltiples nexos con la
globalización, es el consumo de exotismo. En Finlandia, antes de los noventa, nunca nadie
se había referido a las chicas del este como objetos de deseo. Con el desarrollo de la
mercantilización de los cuerpos de las mujeres y las tecnologías de la información, los
clichés vinculados al consumo de la industria del sexo, se expandieron en el imaginario
colectivo, de tal manera que chica del este alcanzó un gran significado sexual en Finlandia
(Penttinen, 2010). Y desde luego que el país nórdico no es el único en asimilar el
estereotipo. En España, chica del este tiene el mismo significado simbólico, y no
solamente entre los hombres que consumen prostitución. Los estereotipos que se explotan
en la industria del sexo están totalmente racializados, corresponden a categorías de
mujeres en base a la diferencia racial. Cuando la sociedad patriarcal nombra a una

181
asiática, el patrón cultural conduce a pensar en una mujer dócil y sumisa; si la misma
sociedad del patriarcado piensa en una negra, la tendencia común será imaginar a una
mujer voluptuosa, ardiente, permisiva, pervertida. El espacio en el que mayoritariamente
encontramos todos estos estereotipos corporalizados es el de la pornografía en internet,
así como en la invasión de las tarjetas de visita que aparecen en los vehículos aparcados
en las calles de las ciudades españolas, sin olvidar los anuncios en la prensa y la
propaganda en los servicios online de películas en streaming.

La globalización económica se manifiesta en la vida cotidiana. Si consideramos sus


impactos desde un punto de vista feminista, podemos observar numerosas consecuencias.
La literatura que analiza la globalización no suele estudiar estos aspectos, pero sin
embargo, en conexión con las relaciones internacionales, la prostitución es una institución
clave, especialmente si la consideramos en su macroescala desde un marco geopolítico.
Ya lo hemos comprobado en el capítulo 3. Pero aunque podamos detectar los intrincados
caminos de la globalización como uno de los ejes que vertebran la industria del sexo
actual, es importante señalar que la economía que se mueve en ella está en la sombra
(shadow economy), es decir, opera fuera de la legalidad y en circuitos no reconocidos, en
sectores informales de la economía mundial (Penttinen, 2010). Respecto a ello, Saskia
Sassen (2003) nos informa de que en los últimos tiempos se ha evidenciado una presencia
creciente de mujeres empobrecidas que transitan los circuitos transfronterizos, circuitos
que aportan una gran rentabilidad a quienes los gestionan, pero que perpetúan la pobreza
en quienes circulan. Sassen afirma que en ellos se incluye la trata de personas para la
industria del sexo, en la que las remesas que consiguen enviar las migrantes implicadas
han alcanzado un grado de importancia tal, que se han convertido en una fuente muy
importante de ingreso de divisas en determinados países. Sassen destaca que la existencia
de estas estructuras de migración y trata se sustentan no sólo por los responsables de las
organizaciones, sino también por los gobiernos. Interesante es que Saskia Sassen
conceptualiza estos circuitos bajo la denominación de contrageografías de la
globalización, envueltas en dinámicas propias de la globalización que venimos
destacando en este texto, como la organización de mercados globales y el desarrollo de
tecnologías de la información, que en su opinión, ayudan a las economías ilícitas a eludir
los mecanismos de control, pues operan, fundamentalmente, en la sombra. El dinero que
generan los movimientos de personas dentro de estos circuitos se traslada a través de los
mercados transfronterizos, por lo tanto se precisa de la existencia de un sistema

182
económico global y el soporte institucional para lograrlo. La mayor parte de personas
migrantes que atraviesan los circuitos transfronterizos son mujeres, quienes buscan la
forma de poder sobrevivir y ello les conduce a la prostitución. Sassen señala que el
aumento de mujeres que habitan las contrageografías de la globalización con destino a la
industria del sexo se ha convertido en una de las situaciones más comunes de intentos de
percibir ingresos y emplea en su explicación de los hechos el término feminización de la
supervivencia, concepto que deseamos destacar porque ha sido un elemento intrínseco
que ha acompañado al proceso neoliberal y al auge capitalista desde el inicio de sus
tiempos. Al hilo de ello, la globalización ha traído consigo la informalización del trabajo,
empleos mal pagados que en su mayoría realizan las mujeres y, pese a existir una
diferencia entre las mujeres del norte y las del sur, “la pobreza está entrando en los países
ricos y se está consolidando como tendencia” (Cobo Bedía, 2011, p. 122).

La prostitución hoy está ligada a la feminización tanto de la pobreza como de la


supervivencia y son las plataformas que el neoliberalismo y el patriarcado han conseguido
explotar para organizar una industria del sexo que logra alcanzar beneficios excepcionales
para sus cúpulas de poder, pero que mantiene en situaciones desesperadas a las mujeres
y se ha establecido como una sofisticada violencia de género.

El nexo entre capitalismo y patriarcado se refuerza mediante la prostitución y así lo


explica Rosa Cobo:

el impulso ‘natural’ del capitalismo es la privatización de todos los recursos. Y el

impulso ‘natural’ de los patriarcados es mercantilizar a las mujeres: las maquilas,

la industria de la prostitución, los dispositivos de control de los cuerpos y, en

general, la objetualización del cuerpo de las mujeres forma parte de esa ‘natural’

alianza entre ambos sistemas de dominio (Cobo Bedía, 2011, p. 36).

La mercantilización masiva de las mujeres ha sido una de las respuestas más eficaces que
el patriarcado ha sabido fortalecer al ritmo de avance del capitalismo. Rosa Cobo señala
la importancia que ha tenido esto como reacción patriarcal al avance experimentado en
derechos de las mujeres. Con la ruptura del contrato sexual, que han propiciado las
mujeres en la conquista de sus derechos, se ha producido una “erosión de la familia
patriarcal y más protagonismo social en las mujeres” y como respuesta, el sistema

183
patriarcal “refuerza las prácticas de prostitución y el tráfico de mujeres para la explotación
sexual” (2011, p. 91).

Siddhart Kara opina en la misma línea:

en cualquier lugar donde he investigado el tráfico sexual no eran sólo la pobreza,

las guerras u otros desastres sociales los factores primordiales que empujaban a la

mujer rural a las garras de los traficantes del sexo; también lo era el hecho de que

millones de mujeres vivían en un mundo que las despreciaba por completo (Kara,

2010, p. 121).

El desprecio al que Kara hace referencia, se forja en los patriarcados actuales, en los que
las mujeres, como venimos comprobando en esta disertación, se encuentran en
situaciones extremas de peligro, necesidad y vulnerabilidad, especialmente las del sur y
las de las periferias globales.

4.3.3. La provisión para la industria del sexo: la trata de mujeres

El tráfico de personas en el mundo actual arroja cifras sumamente alarmantes. Así lo


observamos en los datos de la Organización Mundial del Trabajo (2016). Según las
estadísticas de trabajo forzoso, esclavitud y tráfico de personas, existen 4,5 millones de
personas en explotación sexual, en las que vemos una brecha de género, pues casi el 100%
son mujeres y niñas (ILO, 2016), como muestra el gráfico a continuación:

Imagen 23. Tipos de


trabajo forzado por sexo.
Fuente: ILO, 2016.

184
El hecho de que casi la totalidad de personas víctimas de explotación sexual sean mujeres
es sin duda llamativo y nos indica la fortísima desigualdad de género del mundo global
que habitamos. Con todo, la trata de personas, según el Protocolo de Palermo (Naciones
Unidas) del año 2000, se definió como:

la captación, el transporte, el traslado, la acogida o la recepción de personas

recurriendo a la amenaza o al uso de la fuerza u otras formas de coacción, al rapto,

al fraude, al engaño, al abuso de poder o de una situación de vulnerabilidad o la

concesión o recepción de pagos o beneficios para obtener el consentimiento de

una persona que tenga autoridad sobre otra, con fines de explotación. Esta

explotación incluirá, como mínimo, la explotación de la prostitución ajena u otras

formas de explotación sexual, los trabajos o servicios forzosos, la esclavitud o las

prácticas análogas a la esclavitud, la servidumbre o la extirpación de órganos

(ONU, 2000).

La movilización de cuerpos femeninos bajo este sistema es lo que sustenta la disposición


de niñas y mujeres para los salones de masaje, los burdeles en carretera, los pisos en los
centros de las ciudades, los clubs de striptease y la prostitución callejera. La trata
posibilita que en países como Gran Bretaña las tres cuartas partes de las mujeres en
prostitución tengan origen étnico de los Balcanes, África o el Sureste asiático (Jeffreys,
2009). Y es que el tráfico sexual es selectivo (Chong, 2014), no afecta por igual a hombres
y a mujeres y está particularmente centrado en mujeres que suelen asociarse a otras etnias
o razas no blancas.

Sin la existencia de una institución como es la prostitución, no existiría la trata con fines
de explotación sexual y así lo corrobora Dorchen A. Leidholdt (2004, p. 168), quien
define la trata como “la comercialización de los cuerpos de las mujeres para la
gratificación sexual de los hombres en una industria sexual que se asemeja a otras
industrias en su creciente globalización”.

La trata tiene una larga historia como mecanismo de aprovisionamiento para la

185
prostitución (Jeffreys, 2009) y en la actualidad se calcula que 1,39 millones de personas,
mujeres y niñas en su mayoría, son esclavizadas sexualmente (Cacho, 2010). Para Lydia
Cacho, la trata sexual es una de las formas en las que se normaliza la esclavización de
mujeres “como respuesta aceptable a la pobreza”. Siddharth Kara (2010, pp. 26-27)
también reconoce el vínculo entre el desarrollo del capitalismo occidental en su forma de
globalización con la trata de personas y el empobrecimiento, pues “es una de las
consecuencias contemporáneas más horribles (…) producidas por las tremendas
desigualdades generadas en el proceso de globalización económica”. Los nexos entre
prostitución, pobreza, antecedentes históricos y trata regresan una y otra vez cuando
abordamos este tema, porque son, evidentemente, parte de su núcleo fundamental.

En momentos de crisis económica, como la última década en España, decrecen los precios
en el consumo de prostitución, pero no el número de mujeres implicadas en ello. Según
Janice Raymond (2013), se ha reportado que en el año 2012 se produjo un aumento
llamativo en la cantidad de hombres que viajaban a los burdeles españoles y que creció
el volumen de hombres jóvenes que consumían dentro de la industria del sexo española.
Los beneficios para los traficantes son amplios sin embargo, pese a la crisis mundial,
según las Naciones Unidas, la trata produce una ganancia de entre cinco y siete billones
de dólares americanos anualmente para las organizaciones criminales (Raymond, 2013).

Los mecanismos sofisticados de los que disponen las organizaciones que mueven a las
mujeres por los circuitos transfronterizos consiguen aumentar el número de víctimas en
muy poco tiempo, cada año casi cuatro millones de mujeres son vendidas para
prostitución, esclavitud o matrimonios forzados (Chong, 2014). Por otro lado, la cantidad
de prostitutas nigerianas en Noruega pasó de dos en el año 2003 a aproximadamente
cuatrocientas en el año 2006 (Janhsen, 2007). La investigación de Janhsen evidencia que
las mujeres nigerianas víctimas de trata son acogidas en Europa por consumidores que
persiguen la imagen de sensualidad construida desde el artificial exotismo cultural con el
que occidente ha considerado a las mujeres negras históricamente. Según Jahnsen (2007,
p. 11) “algunas mujeres nigerianas han experimentado el hecho de que ciertos clientes
esperasen de ellas un comportamiento específico, de manera que pudieran revivir las
imágenes y las expectativas creadas sobre una conducta agresiva o promiscua”, cuando
no era ese el comportamiento de las nigerianas, los hombres las penalizaban. Joane Nagel
(2003) lo explica señalando que los europeos construyeron un imaginario sexual en el que
proyectaron sus fantasías prohibidas hacia África o América, lo que conceptualiza como

186
porno-trópicos, es decir, lugares creados bajo una imagen exótica y pornográfica donde
pudieran depositar sus perversiones.

Los abusos, las violencias que sufren las mujeres en prostitución suceden tanto en el
formato legal como en el ilegal. Melissa Farley (2007) explica que en los burdeles legales
de Nevada, las mujeres que han estado en prostitución durante una media de siete años
estaban deprimidas y desconectadas, lo que demuestra que la regulación de la prostitución
no mejora las condiciones de vida de las mujeres implicadas. La legalización provoca un
efecto favorecedor para la industria del sexo, mediante su normalización, apoyando la
constitución de polos de prostitución como es Las Vegas, ciudad a la que cada semana
aterrizan diez mil hombres en busca de servicios sexuales, con el formato de turismo
sexual (Farley, 2007). El convertir la prostitución en legal tampoco hace decrecer la trata
de mujeres, en 2004, se observó un enorme aumento de mujeres nigerianas traficadas
hacia Holanda, que fueron introducidas en los prostíbulos legalizados (Farley, 2007).

De este modo, podemos deducir que la trata se beneficia de la regularización y la


legalización de la prostitución. En Frankfurt, mientras aparecían los burdeles legalizados,
comenzó a florecer la prostitución callejera y los burdeles clandestinos repletos de
mujeres asiáticas, latinoamericanas y del este de Europa (Leidholdt, 2004). Los
prostíbulos regularizados obligan a las mujeres a atender los deseos sexuales de muchos
hombres en una noche, según Leidholdt, en Frankfurt, hasta media docena. El peligro de
ser infectadas por VIH en los burdeles se plantea como uno de los más comunes, pues los
consumidores tienen como rasgo frecuente la insistencia de no querer utilizar protección
por medio de preservativo (Farley, 2007; Leidholdt, 2004). Como explicaremos más
adelante, la falta de protección que demandan los prostituidores es también una
característica de la prostitución callejera. La UNESCO (2006) señala que la
vulnerabilidad al contagio de VIH es muy elevada en las mujeres víctimas de trata, pues
al estar bajo coacción, son sometidas a las prácticas que los traficantes imponen. La
imposición se recibe por medio de múltiples violencias, de manera que la trata se gesta
bajo palizas brutales, amenazas, violaciones y castigos. En las niñas y menores, el riesgo
de contagio de enfermedades se incrementa, pues precisamente, uno de los objetivos de
la mercantilización de niñas es garantizar a los consumidores que alquilan cuerpos
nuevos, vírgenes, para que puedan descartar el uso de preservativo, de hecho, según Kara
(2010, p. 87), en referencia a burdeles en la India, “la incidencia del VIH entre las
profesionales del sexo ha incrementado la demanda de prostitutas más jóvenes, ya que se

187
considera más probable que estén libres de la enfermedad. (…) los clientes cada vez
solicitan más niñas kali, generalmente de diez a doce años”.

La violencia está presente en todo el trayecto que las víctimas nigerianas realizan desde
Nigeria hasta Europa. También en el resto de nacionalidades, en modos distintos, la
extrema vigilancia a la que son sometidas las mujeres del este de Europa es más llamativa
que en el resto de orígenes (Aghatise, 2004). 21

Actualmente, “entre un 6 y un 9 por ciento de los hombres del mundo mayores de


dieciocho años compran sexo de esclavas alguna vez al año” (Kara, 2010, p. 65) y la trata
supone una de las formas de esclavitud sexual, a las que se suman estos otros tipos:

Tipos de esclavitud sexual (Parrot & Cummings, 2008)

Sexo forzado en las guerras

Sexo en la cárcel

Encuentros sexuales no deseados

Sexo en el matrimonio

Matrimonio forzoso

Sexo en contextos religiosos

Servidumbre sexual por deudas

Trata de personas

21
Esto lo hemos podido comprobar en la ciudad de Alicante, con el caso de una mujer
muy joven, rumana, de inicial E., que se ubica en varios puntos de la avenida de Denia.
Junto a ella siempre hay un coche con un hombre robusto que ya es conocido por la unidad
móvil de Cruz Roja, por llevar varios años vigilando a diferentes mujeres de perfil similar.
E. jamás ha aceptado la asistencia de la unidad móvil y su rostro muestra pavor cuando

188
Kara (2010), que ha realizado un esfuerzo cuantitativo para ofrecer cifras económicas de
la industria del sexo actual, asegura que la demanda de sexo en condiciones de esclavitud
está ligada a aspectos del mercado como son la demanda sexual masculina, los bajos
costes de inversión y su contraste con los altos beneficios obtenidos, así como lo que
denomina “la elasticidad de la demanda” (Kara, 2010, p. 65), refiriéndose a que el número
de demandantes aumenta considerablemente, así como la frecuencia de consumo, cuando
el precio del sexo es bajo y para que éste pueda serlo, tiene que venir de la esclavitud y la
explotación sexual.

Como actividad esclavizadora, la trata refleja la existencia de dinámicas de poder a varios


niveles. Por un lado, hay estados que directa o indirectamente promueven su existencia,
como muestran las investigaciones (Samarasinghe, 2005; Sassen, 2003), de manera que
las vidas de las mujeres capturadas en las redes de trata están también sometidas a las
decisiones de los gobiernos. Por otro lado, una de las esferas más claras de poder es la
extensa cadena de beneficiarios económicos que se enriquecen en base a la trata, aquellos
captadores, empresarios del turismo sexual, gerentes de burdeles, proxenetas, militares o
agentes de viajes (Samarasinghe, 2005).

Cuando nos referimos a la trata con fines de explotación sexual estamos hablando del
sistema que permite, facilita y perpetúa el turismo sexual, la prostitución para militares,
los burdeles, la pornografía patriarcal, la prostitución callejera, los clubs de striptease, el
lap dancing, los salones de masaje y el mercado de matrimonios forzados (Jeffreys, 2009;
Leidholdt, 2004). En pocas décadas, el crecimiento de estas esferas de la industria del
sexo ha sido posible gracias a la falta de alternativas económicas para las mujeres a nivel
global. Y mientras todo ello sucede, España es un escenario en el que la trata sustenta la
posibilidad de que las mafias de la prostitución dirijan cuatro mil burdeles, cuyas
ganancias ascienden a dieciocho mil millones de euros anuales (Cacho, 2010).

Según los datos del último informe europeo (Eurostat, 2015) sobre trata de personas, la
explotación sexual supone el 69%, de la cual el 95% son mujeres y el 5% varones. Lo que
nos desvela que es un fenómeno con una brecha de género indiscutible. Acerca del rango
de edad, el 45% de las víctimas de trata registradas tienen entre 18 y 24 años, por lo que
podemos observar que se trafica especialmente con mujeres muy jóvenes y también con
menores, que representan el 14% de las personas víctimas de trata con fines de

189
explotación sexual. Se ha calculado que el 45% restante tiene más de 25 años.

Dicho informe nos facilita las cifras de las víctimas de trata humana registradas en los
países de la Unión Europea entre los años 2010-2012. En España, el número total de casos
es de mil seiscientos setenta y dos, de los cuales, seiscientos diez fueron víctimas
registradas con nacionalidades de la Unión y mil sesenta y dos fueron víctimas de países
extracomunitarios. La nacionalidad más traficada en España para los años 2010-2012 ha
sido la rumana, con cuatrocientos sesenta y cuatro registros, seguido de la brasileña, con
doscientas noventa y cuatro víctimas.

VÍCTIMAS EUROPEAS DE TRATA HUMANA


REGISTRADAS EN ESPAÑA (2010-2012) SEGÚN
EUROSTAT (2015)

610
464

117
29
RUM A N ÍA BULGA RIA ES PA Ñ A TOTA L

Imagen 24. Víctimas europeas de trata humana registradas en España (2010-2012). Elaboración propia a partir de
Eurostat (2015).

Víctimas no europeas de trata humana registradas en España


(2010-2012) según Eurostat (2015)
350
300
250
200
150
100
50
0

Imagen 25. Víctimas no europeas de trata humana registradas en España (2010-2012). Elaboración propia a partir de
Eurostat (2015).

190
Las cifras que presentamos evidencian la existencia de un volumen considerable de
movimientos norte-sur. Como expone Poulin (2003), la industria del sexo capta a las
mujeres donde no hay acumulación de capital a través de la trata, para llevarlas a donde
sí existe acumulación de capital. Una vez más, comprobamos la incidencia de la
globalización en el marco de la prostitución actual.

4.3.4. Geografía y prostitución

La primera referencia que tenemos sobre un ensayo de geografía dedicado a la


prostitución data de 1981, cuyo autor es Richard Symanski y el título Immoral
Landscape: Female Prostitution in Western Societies, en el que indaga la visibilidad de
la prostitución en el espacio social europeo y norteamericano de los siglos XIX y XX y
en el que destaca las implicaciones espaciales existentes, fundamentalmente en la
movilidad, los patrones de localización y de utilización del espacio (Goldman, 1984).

La prostitución ha sido abordada en geografía, no sólo en temáticas de sexualidad,


también como un hecho que acontece en espacios concretos de la ciudad y que por tanto
ha requerido ser tratado desde los estudios urbanos y sociales. Como en cada contexto en
el que se discuten aspectos vinculados a la prostitución, hay argumentos y razonamientos
de quienes se inclinan por la normalización del llamado ‘trabajo sexual’. Desde ese
marco, se refieren a la mujer en prostitución como “un tipo sexual particular” del que se
habla a colación de ser considerada como ejemplo de una “geografía urbana en la que
confluyen la ley, la moral, la sexualidad y el espacio” y que “ha estado sujeta al control
legal que la ha confinado a un espacio” (Hubbard, 2012, p. 153). Hubbard defiende la
idea de que el ‘trabajo sexual’ no es siempre explotador y que transcurre en múltiples
espacios de la ciudad, con formatos muy diferentes como puede ser en el propio hogar de
la prostituida, en las calles, en prostíbulos, en la pornografía, en la red. Define la
prostitución desde lo que consideramos una perspectiva excesivamente simplista: “es la
provisión de un servicio sexual a cambio de dinero o de cualquier otra forma de pago”
(Hubbard, 2012, p. 154). Vemos pues, que enajena la enorme brecha de género que existe
en la realidad de la prostitución, pues lejos de ser simplemente una transacción comercial
de sexo, es una institución que nace, se reproduce y se perpetúa por las relaciones de
género, y por tanto de poder, existentes en la sociedad patriarcal, en la que
mayoritariamente las mujeres suelen ser el sujeto prostituido y los hombres habitualmente
los prostituidores. Pero la simplificación de Hubbard equivaldría a una “tergiversación de

191
la realidad que oculta el desamparo de las mujeres”, como argumenta Lydia Cacho (2010,
p. 279), a través de las palabras de Somaly Mam en referencia a la idea de que la
prostitución es simplemente un acuerdo mercantil.

El uso de la denominación ‘trabajadoras sexuales callejeras’ (street sex workers) es el que


elije Kate Kerkin (2004) para referirse a la prostitución callejera, lo que manifiesta un
punto de vista en la línea de Hubbard. Kerkin examina los diferentes discursos que se
producen por el vecindario de una calle de prostitución, las ‘trabajadoras sexuales’ y las
personas responsables de la planificación urbana en Melbourne y cómo todo ello
contribuye a la toma de decisiones de la espacialización o zonificación de la prostitución
en la ciudad.

Al compás del crecimiento y normalización espacial de la industria del sexo en las


ciudades globales, el número de salas de striptease y lap dance se ha incrementado. Como
consecuencia, la administración local de ciertos municipios en Inglaterra y Gales tomó
medidas al respecto, lo que algunos geógrafos (Hubbard & Colosi, 2013) analizan como
un intento de regular la conducta sexual de la población.

En geografía, ha interesado cómo se ha realizado la regulación espacial de la actividad


prostitucional y la repercusión que ha tenido en un plano cultural, simbólico y político en
la ciudad. Los estudios analizan aspectos actuales pero también históricos (Howell, 2009;
McKewon, 2003). Es habitual encontrar las referencias a la industria del sexo y a la
prostitución vinculadas a movimientos migratorios (Faier, 2014) y a la denominación de
‘trabajo sexual’ (Cook, 2015; Howell, Beckingham, & Moore, 2008; Orchard, Vale,
Macphail, Wender, & Oiamo, 2016; Williams, 2014). Los sistemas de información
geográfica se han revelado muy útiles para el estudio de los comportamientos espaciales
que las mujeres en prostitución tienen en sus vidas cotidianas, así como cuáles son sus
espacios de miedo (Orchard et al., 2016).

La prostitución travesti ha sido objeto de estudio para investigadores en geografías


feministas de Brasil (Silva & Ornat, 2015), quienes, por medio de un estudio de personas
travesti en España, evidencian que son sujetos que experimentan marginalidad
interseccional por motivos de raza, clase, sexualidad y género, pero, que, a la vez, su
identidad y sus cuerpos son un espacio de resistencia frente a la vulnerabilidad social y
económica con la que lidian como personas sin papeles en España.

192
Los cambios a lo largo de la segunda mitad del siglo XX en Alemania hasta la actualidad
también han sido analizados, con especial énfasis en cómo la prostitución ha recibido un
tratamiento de ‘problema’ en la ciudad, se exploran las dimensiones espaciales en lo que
respecta a la aceptación y al rechazo (Low & Ruhne, 2009). Según los autores, en la
década de los sesenta, en Alemania, se inició un proceso de domesticación de la
prostitución, en el que de ser callejera, comenzó a configurarse como una actividad
intramuros, no visible en el espacio público, con salas, apartamentos y edificios
destinados para ello. Es decir, se produjo un proceso de deslocalización, desde la calle, al
edificio, desde el espacio público, al privado. Según el artículo (Low & Ruhne, 2009), la
prostitución callejera había alcanzado una magnitud tal que llegó a estar fuera de control,
y el cambio fue un acuerdo para contener el incremento que se había dado.

El alemán, es un caso como podría ser el de otro país o región, que es la perpetuación del
señalamiento a la prostitución como un problema creado por las mujeres, en el que no se
analiza la dimensión de la brecha de género existente ni el papel que consumidores y
proxenetas representan. Para los autores, la expulsión del espacio público se explica por
la molestia simbólica que causaba la exposición de cuerpos femeninos abiertamente
sexualizados, según los testimonios recogidos en la investigación.

La prostitución callejera ha sido de interés para estudios como el de Sirpa Tani (2002),
quien explora, mediante entrevistas y un análisis del discurso mediático, los espacios de
Helsinki. Interpreta las estrategias espaciales de las mujeres, la heterosexualización de la
calle y los procesos de construcción de la otredad sobre las mujeres en prostitución.

Observamos que los trabajos realizados desde la geografía en el ámbito del análisis de la
prostitución informan acerca de cómo la sociedad en su conjunto, eclipsada por una
ideología patriarcal, sigue depositando en la prostituta la responsabilidad de toda la
marginalidad existente en su órbita, lo que nos lleva a confirmar la importancia de aportar
información en profundidad, estudios e investigaciones que arrojen luz sobre la verdadera
dimensión de lo que supone la prostitución actual, en términos políticos y geopolíticos,
de macroescala y microescala. Especial atención nos merece, pues, incidir en la relevancia
del papel de la masculinidad y las relaciones de poder que dan lugar a la prostitución
actual. La dimensión espacial es una de ellas, que deseamos abordar a continuación.

193
4.4. Los espacios que la prostitución crea: el caso alicantino

4.4.1. La expulsión de los cuerpos indeseables: gentrificación versus prostitución


callejera

Los cuerpos de las mujeres en prostitución callejera siempre han sufrido los cambios
urbanos. El carácter de urbanidad de la prostitución ha sido una constante a lo largo de
los tiempos, aunque no exclusivo, pues existe en el mundo rural. La prostitución siempre
ha supuesto un foco de conflicto, pues se constituye de un rasgo de marginalidad y
estigma que se ha conformado dentro del capitalismo patriarcal actual. Aunque son los
varones los que sustentan la existencia de la mercantilización de los cuerpos por medio
de su demanda y su proxenetismo, el señalamiento, la persecución y la criminalización
siempre han recaído sobre ellas, sobre las mujeres. El estigma construido sobre los
cuerpos femeninos en prostitución está asociado a su componente de lugar, o mejor dicho,
de ser siempre cuerpos fuera de lugar, idea que desarrollaremos más adelante.

Cuando los almacenes comerciales Harrods decidieron su emplazamiento en el Londres


del siglo XIX, uno de los deseos específicos que anunciaron fue la desaparición de la
prostitución en las calles adyacentes (Jeffreys, 2009). Este deseo, corresponde a una
dinámica ya global de desplazar la prostitución a otro lugar. Este movimiento o
desplazamiento, es considerado como “el precursor de la promoción de un proceso de
gentrificación orientado a familias de clase media” (Tyner, 2012, p. 114).

El proceso de gentrificación hace referencia a las transformaciones urbanas, ya sean


actuaciones de mejora o de substitución de usos, que vienen dadas habitualmente en
proyectos especulativos del territorio, en los que existe un objetivo fundamental de
renovación del espacio pero no para realizar necesariamente una operación integradora
que resuelva los problemas urbanos y de tejido social preexistentes, sino para producir la
expulsión de personas, hogares, comercios y usos no deseables que sean substituidos por
nuevos espacios. La gentrificación se efectúa en espacios que previamente han sido
abandonados de los beneficios de la actuación pública urbana, a nivel material y
simbólico, lo que ha contribuido a que esos determinados espacios o áreas de una ciudad
hayan acumulado marginalidad, población empobrecida, envejecimiento de fachadas y
de equipamientos y trasiego de economías clandestinas. En las últimas décadas, las

194
ciudades españolas han tenido barrios gentrificados, con especial énfasis en los que se
identificaban como barrios chinos. Esta actividad, que se enmarca en las actuaciones de
maquillaje urbano, promueve la nueva incorporación de comercios, residentes y oficinas
vinculadas a una población adinerada y a un consumo de clase media-alta. Fruto de la
gentrificación es el aumento desproporcionado del precio de las viviendas y los alquileres
en la zona.

Es éste un proceso de generación de nuevos espacios de élite que expulsa a la prostitución


preexistente. Así sucedió en la ciudad de Alicante, en cuyo centro histórico tradicional
durante los años noventa se concentraba la prostitución callejera, especialmente en la
plaza Gabriel Miró, calle San Fernando e inmediaciones. Este área de la ciudad tradicional
alicantina acumulaba comercios de población inmigrante magrebí, actividades
clandestinas, viviendas precarias y envejecidas. Su configuración como un espacio de
gueto, limitaba simbólicamente la existencia de otros usos, incluyendo el residencial, pues
no se percibía ni se deseaba como un lugar habitable para familias de clase media.

Este espacio alicantino era también el lugar del comercio tradicional, que fue mermándose
precisamente a partir de la década de los noventa a medida que penetró en la ciudad el
comercio globalizado (Espinosa Seguí, 2004), desplazando el eje comercial hacia el área
de la Avenida Maisonnave, donde se ubicaron las grandes superficies y las franquicias y
hacia la periferia, con la creación de los primeros centros comerciales cerrados (malls y
shopping centres).

Otra de las áreas urbanas en las que la prostitución tenía un protagonismo visible y
conocido, especialmente durante los años ochenta y noventa, era el casco antiguo,
denominado como El Barrio y que corresponde a la ciudad medieval alicantina,
antiguamente, las calles intramuros y el origen islámico de la ciudad. A través de las
reflexiones de Angie Hart (1995), se desvela el ambiente de marginalidad en el que la
prostitución tenía lugar. La combinación del contexto era muy similar a la atmósfera que
existía en el centro tradicional, que a nivel del plano de la ciudad, se localiza
inmediatamente anexo al casco antiguo. Hart destaca el espacio de El Barrio por “su
identidad como lugar de prostitución” (1995, p. 214). La autora, considera que El Barrio
en el año en el que ella realizó su investigación (1990-91) tenía las características de un
lugar en los márgenes, pese a ocupar en el plano de la ciudad un área de centralidad y que
éste estaba cargado de un gran estigma. Pero el casco antiguo también fue objeto de

195
rehabilitación, mediante el plan R.A.C.H.A. Actualmente, no tenemos noticias de que
continúe existiendo prostitución, pues como consecuencia de la intervención pública, los
cuerpos no deseables que allí habitaban y ejercían comercio sexual fueron expulsados
hacia otras áreas de la ciudad que estudiaremos más adelante.

Regresando de nuevo al centro tradicional, exponemos que, como consecuencia del


deterioro y la inseguridad existentes, se ejecutó el Plan Integral de Recuperación del
Centro Tradicional de la Ciudad de Alicante, en el marco del Plan General de Ordenación
Urbana del año 2001. La renovación atrajo a la inversión. Como resultado, el centro
tradicional es actualmente un espacio de restauración, ocio y comercio de un estatus social
superior al preexistente. El impacto en las mujeres que ejercían la prostitución ha sido
principalmente la desaparición de la misma en la plaza Gabriel Miró y el desplazamiento
hacia la periferia urbana, pero sin embargo ha logrado resistir concentrada en las
proximidades de la plaza Dr. Balmis: en la calle del Cid, en la calle Antonio Galdo
Chápuli, calle Valdés, calle Rafael Terol. Las mujeres en prostitución en esta zona “se
ocupan”, como ellas mismas denominan, en unos pisos cuyas habitaciones alquilan a una
señora que identifican como Madam. Son en mayor medida, mujeres de más de 45 años
de edad, algunas superan incluso los 60 años, españolas especialmente y algunas mujeres
con otros orígenes, magrebís y latinoamericanas. Relatan llevar toda su vida en
prostitución, la cual ejercen de forma individual y al parecer, independiente, según sus
testimonios22, ubicándose cada una de ellas en una esquina en horario habitualmente
diurno. La actividad visible decrece ostensiblemente durante la noche, pues desde la
irrupción de los locales de restauración, la prostitución entró en conflicto con los mismos.

La trabajadora social del proyecto de Cruz Roja, en entrevista realizada durante la salida
de la unidad móvil el día 21 de octubre de 2016, explicaba los conflictos que se han ido
dando con los dueños del restaurante ubicado en la esquina donde la unidad móvil realiza
su asistencia y acuden las mujeres para recibirla. Los dueños, han instado repetidamente
a que los servicios de Cruz Roja no hagan su parada en esa calle, pues producen un
impacto negativo en la experiencia de la clientela que acude al local. Argumentando que
la percepción de la prestación de servicios y el hecho de visualizar a las mujeres, causa
una mala imagen para su negocio.

22
Obtenidos mediante diálogos con ellas durante la asistencia de la unidad móvil de Cruz Roja Alicante,
entre los meses de julio-octubre de 2016.

196
La expresión del empresario, mala imagen, es la evidencia del estigma que recae en los
cuerpos de las mujeres en prostitución y cómo son percibidas por algunos sectores de la
sociedad. Es la corporalización de la vida en los márgenes, el deseo de expulsión de los
cuerpos indeseables cuando un espacio ya no es percibido simbólicamente como de
prostitución. Pero el hecho de que se produzcan estos conflictos contrasta con la identidad
espacio-temporal del entorno de la plaza Balmis, pues en cuestión de apropiación del
espacio, la prostitución llegó antes que los locales de restauración, que, como hemos
explicado, son muy posteriores y fruto de un proceso de gentrificación. La identidad que
explicaba Angie Hart (1995), delataba a El Barrio como un lugar en el que los cuerpos
indeseables sí que eran bienvenidos, de hecho, se permitía que El Barrio fuese su sitio.

En la salida de campo del día 14 de octubre de 2016, R. nos narraba los motivos por los
que dejó de ejercer la prostitución en la plaza Gabriel Miró, hace aproximadamente una
década, para trasladarse al espacio de prostitución periférico norte de la avenida Antonio
Ramos Carratalá: “la policía me molestaba mucho allí en la plaza Correos, todos los
días, hasta que al final me cambié aquí”23. Por el testimonio de R. podemos saber que
las redadas policiales fueron frecuentes en acompañamiento a la labor de limpieza (física
y simbólica) y renovación del centro tradicional. La coacción y el señalamiento policial,
así como los cambios de usos propiciados por la gentrificación, consiguieron que mujeres
como R., alicantina y toxicómana que actualmente dice tener 42 años de edad, cambiase
el lugar donde es prostituida.

La prostitución callejera no es la única en el área del centro tradicional, pues todavía


resisten algunos prostíbulos en la calle San Fernando. En las proximidades de esta zona,
en el contexto del centro tradicional alicantino (calle Castaños, plaza Nueva, calle del
Teatro) existe la sospecha por parte de la policía de la existencia de pisos de propiedad
particular en los que se ejerce la prostitución mediante una actividad organizada de
proxenetas. Han sido detectados algunos de ellos por medio de la denuncia del vecindario
y es probable que existan alrededor de una decena de prostíbulos con este formato en el
mismo barrio (Sampedro, 2016). La proliferación de este tipo de prostitución no visible,
no callejera, pero sí presente en anuncios por internet o en tarjetas de visita que se
depositan en los vehículos aparcados, vinculada al mundo del ocio y a menudo de

23
La denominación “plaza correos” es la que comúnmente se emplea por la población alicantina para
referenciar la plaza Gabriel Miró, pues en ella se ubica un edificio histórico con oficinas del servicio postal
español.

197
espacios turísticos, corresponde a los nuevos formatos que la industria del sexo, ha
instalado en los territorios del siglo XXI a nivel internacional. En estas casas, las mujeres,
habitualmente muy jóvenes, desfilan con un número frente a los consumidores, que eligen
al gusto (Ekman, 2013). Los servicios se realizan en la misma casa. La captación de
consumidores se efectúa mediante la entrega de folletos con información a los varones
que habitan la zona como espacio de ocio (Sampedro, 2016), uso consecuente tras el
proceso de renovación urbana previamente referido.

4.4.2. Las mujeres fuera de lugar

En los siguientes epígrafes presentamos los resultados del trabajo de campo realizado
entre los meses de agosto y octubre del año 2016, cuyas salidas se han efectuado
acompañando y participando dentro del equipo voluntario de la unidad móvil de Cruz
Roja Alicante que presta asistencia social a las mujeres en prostitución de calle en la
ciudad. Los testimonios han sido recogidos mediante diálogos con las mujeres en
prostitución, anotaciones en cuaderno de campo y observación participante. No se
muestran los nombres completos, sólo las iniciales, por respeto a su anonimato, a su
privacidad y porque es común que ellas no faciliten sus nombres, a lo sumo indican sus
pseudónimos de prostitución.

Dentro de la prostitución de calle, nos interesaba especialmente el caso nigeriano. Cuando


abordamos el trabajo de campo para recopilar información sobre mujeres nigerianas en
prostitución, el primer reto que afrontamos es la dificultad en conseguir datos
cuantitativos sobre una actividad oculta y habitualmente clandestina. El objetivo del
trabajo de campo ha sido, fundamentalmente, realizar un mapeo de las mujeres en
prostitución de calle en la ciudad de Alicante, estudiar el espacio que ocupan y que
transitan en prostitución, así como efectuar una observación participante para poder
recibir información directa de las mujeres en prostitución y reflexionar críticamente.
Además de recopilar dicha información sobre la colectividad en prostitución
(nacionalidades, orígenes, situación social), específicamente, el trabajo de campo
perseguía recoger datos sobre el caso concreto de las mujeres nigerianas, pues tras haber
indagado en el tema buscando explicaciones al hecho desde la historia y la geopolítica,
nos interrogábamos si en Alicante encontraríamos prostitución nigeriana y en qué
condiciones tendría lugar. Los datos cualitativos, y algunos cuantitativos, junto con la

198
reflexión crítica, se exponen en las páginas siguientes como una contribución a la
actualidad de la prostitución en mujeres de origen nigeriano, desde la perspectiva de la
geografía feminista.

Como presentamos con anterioridad en este texto, la época victoriana fue de gran
significado para establecer los límites de movilidad y habitabilidad de las mujeres en los
espacios de la ciudad. La deshonra, el peligro y las violencias eran el escenario que una
mujer en la calle, particularmente sin compañía, encontraba, por lo tanto, el espacio
público nunca se comprendió como un lugar para las mujeres.

Desde los movimientos de liberación de los años setenta, el feminismo denunció


repetidamente el hecho de que el lugar de las mujeres en concordancia con las normas del
patriarcado era el doméstico, el privado, el hogar. Aquel confinamiento se desveló como
el espacio de opresión para las mujeres blancas occidentales, que solicitaban en sus
protestas, liberarse de las cargas domésticas a las que un sistema repleto de desigualdades
las sometía. Las mujeres reclamaban su derecho al espacio público y también a una vida
pública y profesional. Pero pese al tiempo transcurrido y las olas de vindicaciones,
actualmente, el espacio público es rara vez de o para las mujeres. Los espacios públicos
en nuestras ciudades globalizadas son todavía lugares de miedo, de inseguridad y de
violencias para éstas. En un estudio reciente realizado con jóvenes en el País Vasco, se
evidencia, desde una perspectiva interseccional, la persistencia del miedo que las mujeres
sienten en los espacios públicos, especialmente a sufrir agresiones por parte de los
hombres (Rodó-de-Zárate & Estivill i Castany, 2016, p. 60), sensaciones que los hombres
no suelen reflejar en sus vivencias sobre la ciudad. Como demuestra el estudio, el miedo
tiene un vínculo directo con el espacio, con “la localización física del miedo”. Las mujeres
participantes en la investigación manifiestan que no sienten que la calle sea un lugar para
estar, sino simplemente, un lugar para transitar.

Siguiendo con el ámbito territorial de nuestro estudio, hemos atestiguado que con la
llegada del comercio globalizado a la ciudad de Alicante se produjo un impacto severo en
el comercio tradicional, del que para muchos no hubo recuperación sino dilapidación.

Las transformaciones que la globalización económica ha ido modelando en las ciudades


han seguido un patrón de expulsión de usos tradicionales del centro y substitución de los
mismos por otros nuevos en la periferia. Al tiempo que el comercio tradicional alicantino
sufría una muerte anunciada, se erguían los primeros centros comerciales cerrados y

199
abiertos en las nuevas áreas periféricas creadas junto a grandes avenidas, diseñadas, con
prioridad, para el tráfico rodado y la expansión residencial de baja densidad.

Dichas transformaciones se dieron a la par que la expulsión de las prostitutas desde el


centro a la periferia. La nueva zona de prostitución callejera desde hace algo más de una
década se instaló en las avenidas de Denia, el mayor eje de entrada y salida norte de la
ciudad y de Antonio Ramos Carratalá, un eje transversal a la avenida de Denia que a su
vez conecta con otras grandes vías del espacio urbano. La prostitución callejera pasó
entonces a ser de carretera y el vehículo adquirió un protagonismo esencial para la
actividad. Las mujeres prostituidas en el nuevo espacio de características globalizadas
tenían otros orígenes, mujeres internacionales que comenzaron a aparecer en las rotondas
y en las carreteras del acceso norte de la ciudad de Alicante.

Para James Tyner (2012), a pesar del hecho de que la prostitución suele seguir una
dinámica de concentración en áreas específicas está bien documentado, los investigadores
e investigadoras no han dicho mucho al respecto de cómo estas áreas se configuran,
producen y transforman. Por ello, este estudio supone una contribución al respecto en el
caso alicantino. El desplazamiento de la prostitución callejera en Alicante ha seguido una
pauta global en la que de acuerdo a Tyner

en la era del neoliberalismo, la purificación del centro de la ciudad está

produciendo un profundo impacto en la espacialidad del trabajo sexual (…) las

prostitutas y las personas indigentes han sido desplazadas repetidamente (y a

menudo, a la fuerza) desde los centros gentrificados hacia otras localizaciones más

marginales (Tyner, 2012, p. 113).

Una de las claves de la reciente ubicación es el polo de atracción que ejerce el mayor y
más conocido prostíbulo de la ciudad de Alicante, ubicado justamente en la conexión de
la avenida de Denia con la avenida Antonio Ramos Carratalá.

200
Imagen 26. Localización del prostíbulo D'Angelo en la avenida de Denia de Alicante.

Para que estas carreteras consigan la identidad como zona de prostitución es preciso que
haya consumidores y que sean habitadas en horario nocturno por una mujer o un grupo
de mujeres semidesnudas o con estética pornográfica, dispersadas a lo largo de la vía,
ubicadas cada una en la esquina de una calle de menor tamaño, necesariamente oscura y
en los márgenes, sin tránsito peatonal ni uso urbano durante la noche. Las mujeres se
ubican en esas esquinas buscando la luz de las farolas y la oscuridad de la calle en los
márgenes en las que ellas “se ocupan”. La ubicación siempre tiene acceso a un espacio
oscuro cercano poco o nada transitado, en el que quepa un vehículo de tamaño regular,
que recoja a la mujer en la esquina y pueda maniobrar fácilmente hacia el lugar oscuro,
donde tienen lugar los servicios sexuales, que suelen ser fugaces. El deseo de que los
servicios sean efímeros está en boca de todas las mujeres en prostitución a las que hemos
escuchado durante las salidas de campo. La unidad móvil de Cruz Roja dispone de varios
tipos de preservativos que reparte entre ellas. Los que son más duros (de color negro y
más gruesos que los de tipo standard) no les gustan, el comentario habitual es que “la
goma negra no me gusta, el cliente tarda mucho en correrse”.

Como características constantes que hemos atestiguado durante el trabajo de campo,


confirmamos la presencia de la oscuridad, la soledad, la marginalidad y la accesibilidad
motorizada, aspectos que son indiscutiblemente no deseados por la población,
particularmente por las mujeres, por el rango de violencia e inseguridad que representan.
Pero esos rasgos son sólo el escenario, porque lo que realmente constituye la identidad
del espacio de prostitución es el hecho de que las mujeres estén fuera de lugar y los
hombres sean sujetos que consumen y que habitan de forma absolutamente diferente el
mismo terreno. La masculinidad patriarcal se confirma en la calle de prostitución: un
varón desea, un varón paga, la mujer a su servicio sexual. La brecha de género es evidente
en el espacio de la prostitución. La construcción de género en la que cultural y
políticamente se identifica a una mujer no es la calle, ni mucho menos la nocturnidad y
201
la inseguridad. No existe ninguna otra situación urbana en la que las mujeres estén en
solitario en un espacio periférico, nocturno y peligroso. Sólo se concibe la existencia de
un cuerpo femenino en semejante contexto si se trata de una prostituida. Y esa concepción
no es un asunto menor, sino de una envergadura tal que existe la percepción de que es
natural que algunos cuerpos semidesnudos estén en escaparate y se mercantilicen en las
calles de una ciudad. Durante el desarrollo del trabajo de campo, las personas que
caminaban en las calles de prostitución no mostraban ninguna sorpresa, sino una completa
indiferencia, cuando, visiblemente, la casi desnudez de los cuerpos en prostitución o la
estética pornográfica, son marcadamente diferentes al atuendo de las demás personas
presentes en esos espacios. Mientras que es natural en el caso de las mujeres, sería
impensable para el caso de los hombres, por lo que distinguimos en ello la brecha de
género existente.

Esta concepción de naturalidad de que algunos espacios estén destinados únicamente


para ciertos cuerpos –en este caso, los femeninos, transexuales y transgénero- es lo que
destaca Camila Bassi (2006) del libro de Nirmal Puwar titulado Space Invaders: Race,
Gender and Bodies Out of Place y que conecta directamente con la tendencia
fragmentadora del capitalismo racista y patriarcal para con el espacio, que segrega y
divide las oportunidades, libertades e identidades de unos cuerpos frente a otros.

Al hecho de estar fuera de lugar se le suma que la prostitución se viste, la prostitución se


actúa. Se viste precisamente de pocas prendas, de ropa interior, de estilos asumidos
colectivamente como pornográficos, de elementos fetiche como los zapatos de tacón
imposible, de pechos desnudos y pieles al descubierto que la pornografía patriarcal fruto
de la industria del sexo, ha educado en los imaginarios sexuales de la población. Formas
de vestir, o mejor dicho de desvestir, que culturalmente y en un uso normalizado, se
atribuyen al espacio privado. Para que un espacio público sea de prostitución es necesario
que dicha estética se corporalice en una mujer. La vestimenta fuera de lugar es en suma,
otra de las identidades del espacio de prostitución.

Durante el trabajo de campo, hemos sido testigos de cómo las mujeres en prostitución
llegan al lugar con una ropa radicalmente distinta a la que visten “para ocuparse”. De tal
modo que las mujeres son construidas en prostitución por estar fuera de lugar con ropa
fuera de lugar. La prostitución es aquí, en suma, una categoría espacial corporalizada.
Ellas no son prostitutas. Son los varones quienes las prostituyen cuando ellas se visten en

202
la categoría espacial corporalizada que ellos esperan. Esta prostitución callejera del siglo
XXI en Alicante es una representación que necesita una componente espacial y cultural
de género para su desarrollo.

En la noche del 21 de octubre de 2016 durante la salida de campo, A., que se ubica en una
esquina frente a un local de McDonald’s de la avenida Antonio Ramos Carratalá, estaba
esperando en la acera del restaurante a su amiga, que compraba algo para cenar. Para
comprar la cena, A. sólo tenía que cruzar la calle, pero se cambió sus zapatos de tacón
con cuerdas hasta la rodilla por unas zapatillas deportivas. Sin sus zapatos y sin su
esquina, A. no estaba en prostitución, estaba cenando. Estos cambios que pueden parecer
sutiles, son sin embargo muy importantes para ellas, lo que nos hace comprender el nivel
de importancia de la actuación y el lugar como un par indisoluble en la identidad de la
prostitución callejera.

No obstante, las características descritas no son los únicos factores que construyen e
identifican a la prostitución de calle en la ciudad alicantina. El género, la raza, la etnia y
la exclusión social son factores clave que se inscriben en la misma.

Además de la zona del centro urbano y el área norte, otro de los puntos de prostitución
callejera es la entrada sur por la costa. Pero la distribución de quiénes están en cada zona
es bien diferenciada. Así lo hemos cartografiado, considerando que la representación
espacial es imprescindible para comprender en profundidad aquello que es este fenómeno,
una institución que segrega, simbólica y espacialmente, a las mujeres, por género, por
etnia, por raza y por exclusión (no se muestran mujeres nigerianas porque se analizan en
detalle en el epígrafe siguiente):

203
Imagen 27. Mapa general de la ubicación de la prostitución de calle en el municipio de Alicante,
2016. Fuente: elaboración propia.

204
Imagen 28. Mapa de detalle. Zona de prostitución callejera sur, municipio de Alicante. 2016. Fuente:
elaboración propia.

205
Imagen 29. Mapa de detalle. Prostitución de calle en zona norte, municipio de Alicante. 2016. Fuente:
elaboración propia.

206
La segregación espacial es llamativa, observamos que la distribución de las mujeres tiene
vínculos con el rango étnico. Hemos detectado que el origen caucásico, es decir, mujeres
blancas, rubias, de ojos claros (como M., que se ubica en la gasolinera BP) es el que
predomina en la avenida de Denia, la más grande, con mayor volumen de tráfico y
relevancia.

Imagen 30. Ubicación de M. en avenida de Denia.

A lo largo de la avenida Antonio Ramos Carratalá, las mujeres en prostitución son


mayoritariamente nigerianas, pero conviven con dos mujeres rumanas de etnia gitana (A.
y C.) y una búlgara (T.). La calle del Chopo, perpendicular a la avenida, una calle de
menos rango, más oscura, prácticamente no transitada, mucho más peligrosa que la
principal y en la que se localiza una casa de citas, es la ubicación de las mujeres
toxicómanas, las cuales, tienen orígenes también variados, pues hemos conocido a una
mujer colombiana y a una mujer del este, pero, en su mayoría, son alicantinas y españolas.
Las mujeres toxicómanas realizan los servicios sexuales más baratos y los hombres,
sabedores de su grado de necesidad y desesperación, las presionan para que los precios
de los servicios puedan llegar a ser de entre tres y cinco euros, como nos relató R. el 14
de octubre de 2016. Estas mujeres son las más marginales y empobrecidas de todas las
que hemos encontrado en prostitución callejera. Con un aspecto visiblemente degradado,

207
ellas no suelen vestir la prostitución, pero los consumidores las identifican igualmente,
porque están ocupando su esquina fuera de lugar. Sus testimonios nos revelan que la
prostitución es la desembocadura a una vida plagada de violencias de género. No hemos
podido fotografiar el espacio porque hay mujeres de día y de noche, pues su privacidad
es esencial. Convenimos que si se veían fotografiadas, podrían sentirse objetualizadas o
molestas.

Imagen 31. Puerta de acceso a la casa de citas de la avenida Antonio Ramos Carratalá. Acceso a la calle del
Chopo, área de prostitución de mujeres toxicómanas.

R. fue casada a los trece años con un hombre gitano mayor que ella, que la maltrataba y
la vejaba. A los catorce años dio a luz a su primera criatura, la cual heredó la marginalidad
y la violencia. R. no quiere saber de ella: “de esa puta no quiero saber nada”. R. narraba
que su marido la “metió a puta” para conseguir dinero para comprar droga hasta que ella
consiguió alejarse de él, quien más tarde, “encontró a otra a la que también metió a
puta”. El testimonio de vida de R. refleja gran parte de lo que subyace en la vida de las
mujeres para que entren en prostitución: una sociedad organizada en base al dominio de
los hombres sobre las mujeres, particularmente cuando éstos las tienen en propiedad,
situación que se agrava en contextos de marginalidad y que se caracteriza por su violencia
de género y por la explotación económica que los hombres ejercen como proxenetas.

208
Como señalan las investigadoras feministas, observamos en R. la evidencia de que “las
mujeres entran en prostitución a causa de la desigualdad de género, el abuso sexual, la
pobreza, la falta de oportunidades de empleo, los bajos salarios, las relaciones violentas
en el pasado o ser una persona sin techo” (Farley, 2007, p. 15).

R. no valoraba a su hija, pero sin embargo, a su hijo varón “que nadie me lo toque”. El
valor simbólico de un varón frente a la desvalorización de una hija mujer se palpa en el
patriarcado que R. aprendió a fuerza de golpes, insultos y un destino obligatorio de
opresión por su condición femenina. Y pese a estar en su esquina, junto a su calle oscura,
R. no se identificó como prostituta, ella es “la mejor castañera de la plaza Pío XII”.

Como vemos, la opinión de R. sobre sí misma es otro de los patrones comunes. Las
mujeres que hemos encontrado en prostitución callejera no se asignan a sí mismas la
identidad de la prostitución, especialmente las mujeres nigerianas, como analizaremos en
el próximo epígrafe.

El nexo entre drogas y prostitución se ha evidenciado en la calle. Salvo las mujeres


nigerianas, la mayor parte de ellas fuma tabaco, consume drogas y alcohol. La falta de
autocuidados y de conductas de salud está muy presente en el ámbito de la prostitución,
lo que nos hace atestiguar que se trata de un contexto de perjuicio. En muchos casos, la
falta de autocuidados o la adicción a sustancias y alcohol es una conducta aprendida en
casa. T. mujer búlgara de treinta años, creció en una familia muy humilde. Con una madre
alcohólica, T. no muestra haber adquirido costumbres saludables, tampoco elige parejas
saludables, pues su actual compañero es ludópata y alcohólico. Ella nos cuenta que sólo
come una vez al día, no conoce muy bien los nombres de las frutas y desayuna todos los
días una lata de Red Bull con un café. Su pareja le roba habitualmente el dinero. En la
salida del 14 de octubre de 2016, T. tenía un esguince en el tobillo derecho, caminaba
cojeando con los zapatos de tacón, decía haber estado durmiendo y que su compañero la
despertó para que se fuese a trabajar a la calle. T. no aceptaba consejos para curar su
esguince, salió aquella noche visiblemente dolorida.

209
Imagen 32. Ubicación de T. y de MQ. en la avenida Antonio Ramos Carratalá.

Los proxenetas de las mujeres del este que hemos encontrado en las calles alicantinas
suelen ser sus propios maridos o compañeros o bien familiares cercanos. Todos ellos
explotan a sus mujeres y están en casa mientras ellas “se ocupan” en las calles. Las
rumanas de etnia gitana, que son jovencísimas, tienen todas cargas familiares, hijos e hijas
que han dejado en Rumanía con sus familias, habitualmente al cargo de sus abuelas. M.
mujer rumana gitana que se ubica bajo el puente de la Santa Faz, tiene diecinueve años y
tres criaturas en Rumanía. Durante el trabajo de campo, ella marchó unas semanas a su
país a abortar otra criatura.

Imagen 33. Ubicación de M. bajo el puente de la Santa Faz.

210
Las cargas familiares, especialmente las maternidades tempranas es uno de los factores
de empobrecimiento de las mujeres a nivel global. En los países con poca cobertura social
y una brecha de género acusada, la feminización de la pobreza se materializa mediante la
falta de oportunidades para las mujeres, particularmente si han sido madres a una edad
temprana y no han podido tener estudios especializados. Es destacado a su vez, que la
responsabilidad del cuidado y sustento de sus criaturas recae sólo en ellas, pues los
hombres nunca están presentes, al menos así lo atestiguan todas las mujeres rumanas en
prostitución en Alicante.

Dice Kate Millet (1970, p. 91) que “los principales efectos que produce la clase social en
el patriarcado es enemistar a las mujeres entre sí”, si bien no diferenciamos clases sociales
dentro del grupo de mujeres en prostitución de calle, si que nos topamos con las riñas y
conflictos que ocasionan los hombres consumidores en la convivencia de las mujeres.
Ellos, que suelen buscar el servicio más barato, hacen presión entre unas y otras para ver
quién permite el precio más bajo. Y muchas veces logran devaluar el servicio,
especialmente cuando las chicas llevan varias horas en la calle, de pie, con frío, cansadas,
sin haber recaudado lo que necesitan. Esta situación causa peleas y expulsiones. Durante
el tiempo del trabajo de campo, en la avenida Antonio Ramos Carratalá, presenciamos la
expulsión de L., nigeriana, que tras varias semanas de enemistad con otras mujeres que
llevan más tiempo en la zona, desapareció sin dejar huella. L. “se ocupaba” por precios
más bajos que el resto y su apariencia física era muy llamativa y cuidada, una mujer de
gran belleza, lo que destapó envidias y recelos en las demás. El prestigio que adquirió L.
entre los prostituidores no fue aceptado por las compañeras de prostitución, contexto en
el que la competitividad está latente. Los roles que asigna el patriarcado a cada uno de los
géneros se manifiestan con fuerza en el ámbito del comercio sexual. Las mujeres se
enemistan y compiten por ser la mejor, la que más gana, la que más gusta, todo un
mecanismo patriarcal para poder conseguir gustar al consumidor, quien, sabiendo que
está en la posición de privilegio como demandante, consigue devaluar los precios de los
servicios, pues, como explica Millet (1970), el varón, a fuerza de sus recursos económicos
y sociales, enfrenta entre sí a las mujeres.

Continuando con la explicación sobre la segregación que hemos hallado, exponemos que
en la zona de prostitución sur, mucho más integrada en el casco urbano de la ciudad, es
el área de las mujeres transexuales y transgénero, aunque ello no es óbice para que otras
mujeres alternen en las mismas calles. Espacialmente, los rasgos son los mismos que en

211
la zona norte, aunque, debido a la proximidad, parte de los consumidores accede a las
mujeres a pie, sin necesidad de vehículo. Acerca de este sector, destacamos que no hemos
profundizado en ello por considerarlo de una envergadura tal que merecería en sí una
investigación propia. La prostitución de mujeres transgénero y transexuales tiene unas
particularidades y una relevancia política y social que vale un estudio etnográfico amplio,
profundo y detallado que no puede ser parte de esta tesis doctoral.

Imagen 34. Zona de prostitución transexual y transgénero en la entrada sur a la ciudad de Alicante.

Imagen 35. Calle de prostitución transexual y transgénero. Ubicación de J. (Nigeria).

212
La pervivencia de la prostitución, especialmente la callejera, equivale al recrudecimiento
de las desigualdades de género y a la perpetuación de que el lugar de las mujeres es aquel
que está fuera de lugar, alejado de los derechos a las oportunidades económicas, sociales,
ambientales y políticas, lejos de la seguridad ciudadana y los derechos de ciudadanía.
Estar fuera de lugar es estar en el lugar de la indiferencia social, en el lugar de la
marginalidad, en el lugar del olvido político y administrativo, es permanecer en la
oscuridad, en la invisibilidad, en la clandestinidad. Es la constante perpetuidad de que
algunos cuerpos pertenecen sólo a determinados lugares, es la imagen de que las mujeres
negras, latinas, del este, mujeres en exclusión social a lo largo de sus vidas que ya han
envejecido y las toxicómanas, en suma, mujeres racializadas, pertenecen a una clase
social baja, es la conservación de la esclavitud y de la pobreza de las mujeres con respecto
a los hombres, quienes perpetúan su identidad de dominación sobre ellas, especialmente
como habitantes de la prostitución en el trono del privilegio (Subramanian, 2008).

La prostitución callejera es el lugar donde interseccionan el género, la raza y el espacio,


creando y recrudeciendo una geografía de la desigualdad que normaliza la segregación
de espacios urbanos marcados por la división centro/periferia. La prostitución es, en
suma, un cementerio de derechos para las mujeres, hace que la sociedad permanezca en
un estadio de involución y de violencia. La identidad espacial que adquiere la calle en
prostitución es patriarcal y, junto a ello, el señalamiento es contra las mujeres, pues los
hombres permanecen fuera del discurso común, sin estigma ni repercusión social.

El hecho intrínseco de que la prostitución se produzca precisamente en la calle, con todo


lo que ello implica, alimenta la construcción del miedo de las mujeres al espacio público,
que, como hemos comprobado, es percibido como un espacio de poder masculino. Las
mujeres sienten miedo en las calles y hay hombres que también sienten miedo de otros
hombres (Rodó-de-Zárate & Estivill i Castany, 2016). La masculinidad conquista las
calles y su dominio es reforzado en el ejercicio de la prostitución. La variable callejera
inscribe, desde la comprensión geográfica de la violencia, una dimensión espacial de
marginalidad y una tendencia a regular la presencia de las personas en el espacio (Tyner,
2012).

Como hemos señalado, la característica por excelencia de la prostitución de calle es la


segregación y el esfuerzo por espacializar la diferencia, al igual que el resto de productos
que se venden y consumen en el capitalismo, una pauta mercantilista global. Si unos

213
cuerpos fuera de lugar destacan en las calles alicantinas son especialmente los de las
mujeres nigerianas, mucho más visibles por ser cuerpos negros en un territorio con
predominancia blanca. Son las más evidentes también en los países del norte de Europa,
lo que les conduce a tener dificultades con el vecindario en Noruega, pues fáciles de
detectar por su piel, las nigerianas llevan la diferencia corporalizada. Ser más visibles las
hace más vulnerables igualmente para la policía (Janhsen, 2007).

4.4.3. Mujeres nigerianas en la prostitución alicantina: “this is not my job, this is


not my way”

A lo largo de esta tesis, hemos venido realizando una argumentación profunda de los
factores que explican la trata y la prostitución de las mujeres nigerianas, desde una
perspectiva histórica y geopolítica, en el marco del pensamiento feminista. También
hemos analizado el proceso de industrialización de la prostitución. Todo ello ha
conformado un ámbito de análisis de macroescala. Pero ¿qué sucede en la microescala?
¿cómo los acontecimientos descritos en anteriores capítulos tienen una dimensión
material en los espacios que transitamos? Queríamos conocer qué situación existe en la
prostitución nigeriana de calle de la ciudad de Alicante, de modo que en este apartado
presentamos los resultados del trabajo de campo, realizado entre los meses de agosto y
octubre del año 2016 en el municipio alicantino.

Como referencias previas, acerca de otras tesis doctorales que aborden la prostitución de
mujeres nigerianas en España, hemos hallado la de Estefanía Acién González (2015), de
la Universidad de Almería, en la que estudió el fenómeno desde una perspectiva
radicalmente opuesta a la que hemos empleado en este trabajo. Su enfoque, parte de los
postulados de la regulación de la prostitución, de la normalización del trabajo sexual, así
como de un análisis de la situación de las mujeres nigerianas como migrantes que han
decidido emprender un “negocio propio”, el de trabajadoras sexuales en el poniente
almeriense. En su análisis de datos, se emplean mapas donde se ubican los “lugares de
trabajo” de las mujeres nigerianas y el número de las existentes en el territorio estudiado,
entre los años 2004-2012, aspecto similar al mapeo que se ha realizado en la presente
tesis doctoral. Relevante nos resulta que, en el poniente almeriense, de todo el conjunto
de mujeres en prostitución, las mujeres nigerianas son las más numerosas. Como
presentamos más delante de manera detallada, las nigerianas suman el mayor número de
214
registros de trata en la Unión Europea (Eurostat, 2015), en el conjunto de nacionalidades
extracomunitarias víctimas de esta forma de violencia.

En un estudio realizado por las tres universidades públicas de la Comunidad Valenciana


sobre la prostitución femenina en la región (Serra, 2009), se informaba de que las mujeres
nigerianas en la prostitución de calle en Alicante eran muy jóvenes, de entre 18-19 años
y con situación administrativa irregular.

Es habitual entre las metodologías de investigación feminista la realización de entrevistas


a las personas del grupo humano estudiado, de manera que se obtengan datos cualitativos
y evidencias empíricas. Pero en el caso que nos ocupa, no se han acometido entrevistas
sistematizadas por diversos motivos, que explicamos a continuación. Acceder a las
mujeres nigerianas en prostitución no es tarea fácil. Las víctimas de trata son mujeres en
circunstancias de riesgo y de irregularidad administrativa, habitualmente indocumentadas
y no conocedoras de las lenguas de los países europeos. Las mafias ejercen un fortísimo
control sobre ellas, emplean estrategias de coacción, como los ritos jujú, a través de los
cuales las nigerianas, muy jóvenes, acceden al compromiso o contrato con la organización
criminal. El poder de estos rituales es muy eficaz como herramienta de control. Al mismo
tiempo, suelen ser amenazadas de muerte, junto con sus familias en los lugares de origen.

Las mujeres víctimas de trata ocultan toda información sobre su situación, pues rebelar
algún dato podría poner en peligro sus vidas y las de sus familias. Queremos detallar que
no por haber enfocado el trabajo desde esta prudencia damos por hecho que las mujeres
nigerianas en la prostitución de calle sean obligatoriamente víctimas de trata, sino que,
ante las altas posibilidades de que lo sean, dada la información inicial recopilada sobre la
prostitución nigeriana y su internacionalización en Europa, explicada en el capítulo 3,
hemos considerado oportuno no arriesgarnos a las consecuencias que podría acarrear
sobre sus vidas el intentar establecer un encuentro personal, solicitar información o hacer
preguntas.

Precisamos en primera instancia lograr el acceso a ellas a través de los vínculos


establecidos por los servicios sociales. Pero en el municipio alicantino, no existe ningún
recurso específico para mujeres víctimas de trata con fines de explotación sexual, sino
que hay organizaciones no gubernamentales que se ocupan, en la medida de sus recursos,
que suelen ser limitados, de proporcionar asistencia a las mujeres en prostitución, entre
las que se encuentran, las víctimas de trata.

215
Como introducíamos anteriormente, no es fácil conversar con las mujeres nigerianas en
prostitución y mucho menos en profundidad, pues suelen tener una actitud distante para
hablar de cualquier aspecto personal y, ante todo, un difícil silencio. Es por ello que
intentar realizar entrevistas y darles a conocer la existencia de una investigación en curso,
se valoró como una posible ruptura de la confianza lograda por Cruz Roja hasta el
momento, pues el equipo de la unidad móvil realiza desde hace unos años un trabajo
semanal de acompañamiento y seguimiento, a través del cual han ido acercándose a las
mujeres, conquistando confianza a través del esfuerzo y la perseverancia, así como de la
escucha y el respeto.

Por otro lado, realizar entrevistas implica llevar visiblemente una ficha de campo, o una
grabadora de voz, lo que significaría que ellas se supiesen investigadas y que ello tuviese
lugar en una situación de clandestinidad, desarraigo, vulnerabilidad e irregularidad
administrativa, es decir, en un proceso de deshumanización, de falta de derechos de
ciudadanía. No nos pareció apropiado, porque podría tener alguna repercusión negativa
en cuanto a la implementación del proyecto de Cruz Roja y por si información valiosa
pudiera ser ocultada ante el temor a no revelar datos comprometedores por parte de las
mujeres prostituidas. No quisimos que pudiese parecer que Cruz Roja tenía algún vínculo
con investigaciones, porque podría considerarse que existe alguna implicación policial,
lo que supondría arriesgar la asistencia sanitaria y social que el proyecto les presta.

En Alicante, quienes conocen dónde están y se relacionan directamente con ellas desde
una esfera de respeto mutuo, son los equipos de Cruz Roja y Médicos del Mundo, quienes
disponen de dos unidades móviles que acuden varios días a la semana a proporcionar
material sanitario a las mujeres en prostitución de calle. Se les hace entrega gratuitamente
de preservativos, toallitas higiénicas, lubricantes, comida y bebida. Cruz Roja lleva un
registro de nombres que las mujeres facilitan e intenta hacer un seguimiento de sus
situaciones personales. Se les pregunta sobre sus hijos e hijas y familiares cercanos de los
que ellas hayan dado alguna referencia anterior. También se indaga sobre cómo les va con
sus parejas para detectar posibles casos de violencia o proxenetismo y se muestra un
interés en aspectos vinculados a su estado de salud. El equipo de personas de la unidad
móvil revisa las prácticas sexuales que ejercen para garantizar la protección de la usuaria
ante posibles situaciones de transmisión de enfermedades. Además, se les ofrecen otros
servicios derivados existentes en Cruz Roja, como el acompañamiento a las visitas
médicas, el asesoramiento legal, la escuela de español, la inserción en el programa de

216
ayuda de alimentos y la ludoteca infantil para los menores a cargo.

El área de Cruz Roja Alicante que asume el proyecto de “Trabajadoras del sexo” es
coordinada por una psicóloga con experiencia en detección y gestión de casos de trata de
seres humanos, particularmente de trata con fines de explotación sexual. La coordinadora
está al frente de un equipo conformado por una trabajadora social, que es a la que hacemos
mención en este texto, y un grupo de personas voluntarias que realizan las salidas de la
unidad móvil y los servicios de acompañamiento cuando las mujeres usuarias lo precisan.
La trabajadora social es quien más contacto tiene con las usuarias y lleva un seguimiento
detallado de las mismas. El equipo siempre se mostró muy receptivo e interesado en la
investigación que aquí se presenta, estableciendo una relación muy fructífera y
motivadora. El intercambio de conocimientos ha sido efectivo y muy necesario. La
participación y la apertura mostrada por las personas que trabajan en la unidad móvil ha
supuesto una piedra angular para el desarrollo de este trabajo de campo.

Los testimonios que se presentan a continuación, fueron recopilados mediante la escucha


directa y la posterior toma de notas en la unidad móvil, respetando sus palabras y sus
expresiones. Las notas hacían referencia también al contexto en el que se ubicaban. La
información que mostramos la asociamos a la inicial del nombre que ellas han facilitado
a Cruz Roja y que es el pseudónimo que emplean para todo el contexto de prostitución.
Para proteger su identidad, no se revelan sus nombres completos. El cambio de nombre
nos recuerda a los que se hacían con las esclavizadas del siglo XVII y XVIII en Alicante,
cuando conocimos el caso de Ambroza, que fue renombrada Jusepa María.

Deseamos subrayar que cartografiar el lugar de la prostitución nos aporta una dimensión
espacial fundamental para la comprensión de los hechos geográficos en ella presentes y
para poder visibilizar cómo se materializa en el espacio local una dinámica que viene
siendo común en las ciudades europeas que reciben la llegada de mujeres nigerianas en
situación de prostitución. Ubicar un punto para cada una de ellas sobre el plano, visibiliza
su existencia, su realidad y permite construir un recurso de trabajo para su asistencia
social y para la elaboración de política pública. Estudiar el espacio que ocupan permite a
su vez, conocer los riesgos a los que se enfrentan y desvelar en qué condiciones se
encuentran las mujeres nigerianas en prostitución de calle.

Así, analizando la información de partida, acudimos al informe de Eurostat (2015) sobre


trata de personas que han sido registradas en los últimos años. En el caso de las nigerianas

217
es un total de mil trescientas veintidós mujeres en el territorio europeo, es la nacionalidad
extracomunitaria más numerosa.

Víctimas de trata humana extracomunitarias, registradas


en la UE (2010-2012) según datos de EUROSTAT
4500
4000
3500
3000
2500
2000
1500
1000
500
0

Imagen 36. Víctimas de trata humana extracomunitarias, registradas en la UE (2010-2012). Elaboración propia a partir
de Eurostat (2015).

PAÍSES EUROPEOS CON MAYOR NÚMERO DE


VÍCTIMAS DE TRATA HUMANA NO EUROPEAS
REGISTRADAS (2010-2012) SEGÚN DATOS DE
EUROSTAT (2015)

1429 1546
1062 984

ESPAÑA FRANCIA HOLANDA REINO UNIDO

Imagen 37. Países europeos con mayor número de víctimas de trata humana no europeas registradas (2010-2012).
Elaboración propa a partir de Eurostat (2015).

Reino Unido es el país que más víctimas ha registrado, también para el caso nigeriano.
Resulta llamativo que los países que más número de víctimas registran son los mismos
cuyas corporaciones petroleras operan en el Delta del Níger y que, además, tienen un
pasado colonizador en África.

218
Nº de víctimas nigerianas de trata en los
principales países receptores en Europa (2010-
2012) según datos de Eurostat (2015)
450
400
350
300
250
200
150
100
50
0
Reino Unido Holanda Francia Alemania España

Imagen 38. Nº de víctimas nigerianas de trata en los principales países receptores en Europa (2010-2012). Elaboración
propia a partir de Eurostat (2015).

En España, el número de víctimas nigerianas registradas entre 2010 y 2012 fue de setenta
y cinco. Es importante destacar que las cifras del informe oficial versan únicamente sobre
los casos registrados. Según los datos del informe, el Reino Unido acumula el mayor
número de mujeres nigerianas víctimas de trata (trescientas noventa y dos), seguido de
Holanda (trescientas cincuenta y nueve) y en tercer lugar, Francia (doscientas
veinticinco).

Setenta y cinco víctimas de trata de nacionalidad nigeriana registradas en España entre


2010 y 2012 nos parece una cifra muy baja, considerando que en Alicante hemos
encontrado 12 nigerianas en prostitución de calle, de las cuales siete nos han confirmado
tener un origen Edo, que es la evidencia que abre toda posible sospecha sobre que hayan
podido ser traficadas y que de las doce al menos dos nos informaron de que estaban en
prostitución pese a su voluntad. Todo ello nos hace considerar que el número de casos
que se registran parece ser inferior a la realidad, es decir, parece ser que se registran muy
pocas denuncias en comparación al número de mujeres que observamos en la prostitución
de calle. Y todo ello en relación a una ciudad de tamaño medio como es Alicante.

Según consulta realizada al Centro de Inteligencia contra el Terrorismo y el Crimen

219
Organizado (CITCO) del Ministerio del Interior de España24, desde el año 2010 se puso
en marcha el registro de delitos de trata de seres humanos, pero no ha habido ninguna
mujer nigeriana que haya denunciado ser víctima de trata en la provincia de Alicante,
entre el 2010 y el 2016, lo que nos informa de que no es habitual que denuncien, dado el
peligro que ello les supone, como explicábamos anteriormente, también a sus familiares
de origen. Veremos a continuación que hemos recopilado evidencias que delatan la trata
con fines de explotación sexual de nigerianas en la ciudad de Alicante. Los datos
proporcionados por CITCO (2017), constatan las denuncias realizadas en España, en el
periodo 2010-2016, el total por año es:

Años 2012 2013 2014 2015


España 4 9 3 8

Imagen 39: Número de denuncias de mujeres nigerianas víctimas de trata sexual en España, por años. Elaboración
propia a partir de CITCO (2017).

Denuncias de haber sido víctimas de trata sexual de


mujeres nigerianas en España (2012-2015) según
datos de CITCO (2017).
AÑOS 2012 2013 2014 2015 TOTAL
Madrid 1 3 1 3 8
Las Palmas - 2 1 2 5
Orense - 1 - - 1
Badajoz - 1 - - 1
Córdoba - 1 - 1 2
Guipúzcoa 1 - - - 1
Granada 1 - - 1 2
Málaga 1 - - - 1
Castellón - - 1 - 1
Pontevedra - - - 1 1
Navarra - 1 - - 1

Imagen 40. Número de denuncias de mujeres nigerianas víctimas de trata sexual en España, por año y provincia.
Elaboración propia a partir de CITCO (2017).

24
Recibimos la notificación de respuesta oficial el día 3 de febrero 2017.

220
Imagen 41. Mapa de denuncias efectuadas por mujeres nigerianas víctimas de trata sexual, años 2012-2015.
Elaboración propia a partir de CITCO (2017).

Las provincias españolas donde se han realizado mayor número de denuncias de mujeres
nigerianas víctimas de trata son Madrid y Las Palmas, a las que le siguen Córdoba y
Granada.

A continuación, presentamos las cifras recopiladas, proporcionadas por Cruz Roja


Española en 2017, sobre mujeres del África negra que llegan a territorio español. Algunas
están embarazadas en el momento en que Cruz Roja les asiste. Este dato es relevante en
la medida que sabemos que las redes de trata utilizan las violaciones para forzar
embarazos no deseados en las mujeres víctimas.

2014 2015 2016


Número total de mujeres del
624*
África negra llegadas a España en 616 313
*Incluido Ceuta y Melilla
patera
Número total de mujeres del
70*
África negra embarazadas
74 36
llegadas a España en patera
*Incluido Ceuta y Melilla
Número de mujeres llegadas en
29 34 12
patera que son nigerianas

Imagen 42. Mujeres del África negra llegadas a España en patera o de forma irregular. Elaboración propia a partir de
datos de Cruz Roja Española.

221
En los tres últimos años, el 2016 es el que más negro africanas han llegado. Las cifras
oscilan y en contraposición, se sabe que más nigerianas llegaron a España de forma
irregular en el 2014.

En el periodo comprendido entre los meses de agosto y octubre de 2016, en el que se han
realizado las salidas de acompañamiento con la unidad móvil de Cruz Roja, hemos
conocido a un total de doce mujeres nigerianas en prostitución de calle. Aunque es
sumamente complicado saber su origen, conseguimos que cuatro de ellas nos confirmasen
que provienen de Benin City, y otras tres atestiguaron ser de Edo State. Es decir, un total
de siete nigerianas proviene del lugar de captación de víctimas de trata (Braimah, 2013)
el cual hemos estudiado en el capítulo 3.

Cualquier pregunta les puede parecer insegura. Para conseguir conocer sus orígenes
hemos tenido mucha cautela y, aun así, la reacción de E. ante un primer intento de saber
su lugar de procedencia es reveladora: “are you police?” preguntó a la investigadora si
era policía y se mostró incómoda.

Imagen 43. Ubicación de E. en la esquina de la calle Marie Curie con avenida Antonio Ramos Carratalá.

La trabajadora social de Cruz Roja ha logrado una aproximación y confianza


considerables con R. y A., pero no es común, pues lo más habitual es que sean huidizas,
desconfiadas y calladas. Lo mismo comprobaron otros investigadores de la materia: “mis
intentos de entrevistarme con esclavas sexuales de Nigeria no tuvieron éxito. Ninguna
estaba dispuesta a hablar conmigo de nada más que no fuera el precio de sus servicios”

222
(Kara, 2010, p. 142).

Todas hablan diversas lenguas, entre ellas evidentemente la lengua oficial de su país, el
inglés, pero dominan las de sus etnias, especialmente el Yoruba y el Edo, así como el
Pidgin English. Ello ha posibilitado que la investigadora pudiera lograr aproximarse a
ellas cada semana más, pues se mostraban muy contentas de hablar en inglés y de poder
comunicarse, aunque fuesen conversaciones muy breves y sencillas. El hecho de que la
investigadora les mencionase “Edo” o “Yoruba” les estimulaba una sonrisa y se
sorprendían de que fuese la primera vez que alguien con quien se relacionaban en este
territorio supiese algo del suyo. En ese momento, se abrían a conversar un poco más.

Son mujeres muy jóvenes y ninguna de ellas tiene estudios superiores. B. y J. nos
transmitieron que habían estudiado la secundaria, pero que después no pudieron continuar
la escuela.

Las mujeres nigerianas en la prostitución de calle en Alicante no poseen una situación


regularizada, lo que les impide optar a los derechos de ciudadanía, a mejoras sociales o
postular a ofertas de empleo. A., con un nivel muy avanzado de español, está intentando
conseguir permiso de residencia y según nos informa la trabajadora social de Cruz Roja,
con ello quiere optar a un trabajo asalariado. A. suele dar muestras de proximidad a Cruz
Roja, no sólo acude a las clases de español, sino que también ha ejercido como intérprete
de otras nigerianas usuarias de la organización. Recientemente, en noviembre de 2016,
A. acudió a las oficinas de Cruz Roja Alicante tras la llamada de la trabajadora social,
pues había llegado una menor nigeriana embarazada, F., en unas condiciones visiblemente
desmejoradas, que no hablaba español. A. hizo de intérprete al tiempo que se conmovía
con el testimonio de F. La menor acudió en busca de ayuda para abortar, decía tener 17
años, ser de Edo State y que estaba en la calle en prostitución forzosa en la ciudad de
Benidorm. Unos hombres la llevaban de la calle a una casa en el campo, donde la
encerraban. En su testimonio, F. narraba que una gran cantidad de hombres la habían
prostituido y que la mayoría no usó preservativo. Le angustiaba mucho no saber quién
sería el padre de la criatura y, además, contaba que en las últimas semanas le dolía el bajo
vientre cada vez que era penetrada. Por todo ello, deseaba abortar, pero tras consulta de
emergencia en el hospital de Alicante, el facultativo les comunicó que la gestación era ya
de más de cinco meses y que no era posible practicar la interrupción del embarazo. El
equipo de Cruz Roja consiguió alojar a F. en un recurso social específico para menores

223
embarazadas, pero cuando F. entró, se le percibió muy incómoda. Llevaba consigo sólo
un teléfono móvil, el cual contestaba en Pidgin English. F. pasó tan sólo una noche en el
refugio, al día siguiente desapareció y no ha habido noticias de ella.

Imágenes 44. Ubicación de A. y R. en avenida Antonio Ramos Carratalá.

Las nigerianas en prostitución viven en el barrio alicantino de Virgen del Remedio, en el


distrito de la zona norte donde se han instalado la mayor parte de personas inmigrantes,
particularmente del Magreb y del África negra. Un área degradada, empobrecida y
periférica. Este barrio está próximo a la avenida Antonio Ramos Carratalá, de manera que
las mujeres suelen caminar para desplazarse al espacio de prostitución. Pese a que casi
todas se ubican por las noches en la zona norte, encontramos a M. que eligió situarse en
solitario en la avenida de Denia, no queriendo estar junto a las demás mujeres. M. “se
ocupa” en un descampado oscuro existente junto a la avenida. Allí, se sienta sobre un

224
cartón encima de la tierra y espera hasta las 4 ó 5 de la madrugada a poder reunir un poco
de dinero en efectivo. M. proviene de Edo. Ella atravesó el Estrecho de Gibraltar en una
patera cuando estaba embarazada. Su hijo vive con ella y juntos acuden al programa de
ayuda de alimentos, así como a la ludoteca de Cruz Roja. M. también sigue el curso de
español en la organización. A continuación analizamos la ubicación de las mujeres
nigerianas en la prostitución de calle. Para ello, hemos realizado los siguientes mapas,
que sintetizan la información que detallamos en el texto.

225
Imágenes 45. Ubicación de M. en avenida de Denia.

226
Imagen 46. Mapa general de la ubicación de prostitución de calle nigeriana en el municipio de
Alicante. 2016. Fuente: elaboración propia.

227
Imagen 47. Detalle de ubicaciones de mujeres nigerianas en prostitución de calle. Zona norte de la
ciudad de Alicante. 2016. Fuente: elaboración propia.

228
En la calle Federico Mayo, en la entrada sur de la ciudad, J. se ubica en el contexto de las
mujeres transexuales y transgénero, alternándolo con algunas noches en las que acude a
la zona norte. J. es un caso diferente al resto. Su origen es Lagos y hace catorce años que
llegó a España. Anteriormente trabajaba en un almacén de fruta, pero quedó desempleada
y la pobreza, junto con la falta de oportunidades y de formación profesional específica,
hicieron que desembocase en la prostitución callejera. En todas las salidas de campo, J.
nos manifestaba su deseo de no seguir en prostitución: “this is not my way, I don’t like it,
I want to leave”25.

Si algo destaca entre las pocas palabras que las mujeres nigerianas comparten con la
unidad móvil de Cruz Roja es precisamente el deseo de no estar en prostitución, pero sólo
lo expresan cuando están en solitario, mostrando mucho temor a que alguna otra
compatriota las escuche. B., visiblemente afectada en la noche del 21 de octubre de 2016,
nos expresaba que necesitaba dinero y que necesitaba un trabajo: “I need money, I want
a job… I need a job”. B. apareció al principio del verano de 2016 en la avenida Antonio
Ramos Carratalá, llegaba de Nigeria, acompañada de otra mujer nigeriana de la cual la
Cruz Roja sospecha, debido a su conducta de control sobre las otras chicas, que se encarga
de ejercer cierto seguimiento26. B. también nos informó esa misma noche que había una
chica nueva (P.) y que había venido a vivir con ella, aunque no se conocían previamente,
se había instalado en el mismo piso que B. P., de origen Edo, es una mujer muy joven, de
aproximadamente dieciocho años, recién llegada, nos transmitió que no tenía
documentos, ni pasaporte, ni ninguna acreditación de identidad. No nos quiso explicar
cómo había llegado hasta Alicante.

25
“Esta no es mi manera de ser, esto no me gusta, lo quiero dejar”.
26
Esta controladora puede ser entendida como la figura que explica Kara (2010), quien expone que es
habitual que la organización criminal de la red nigeriana esté controlada a nivel local, de forma directa con
las mujeres víctimas, por una madam, quien gestiona los abortos y presiona para las mujeres trabajen sin
preservativo para que puedan conseguir mayores ingresos.

229
Imágenes 48. Ubicación de B. en avenida Antonio Ramos Carratalá.

230
MQ. el 7 de octubre de 2016 reveló su desesperación por dejar la prostitución,
transmitiendo un mensaje repetido y claro de que ella no quiere estar en ello, muy
nerviosa, alzando la voz conforme repetía las palabras: “you know, this is not my job, this
is not my way… God told me, this is not my way…this job is not my way”27. Según sus
propios cálculos, para el año próximo desea iniciar un negocio de compraventa de prendas
de moda, viajar a Nigeria con asiduidad para vender y regresar a España para adquirir los
productos.

Como hemos podido evidenciar, algunas de las mujeres nigerianas están en prostitución
contra su voluntad y la información que hemos recabado nos revela las coincidencias con
los estudios previamente expuestos en esta tesis doctoral (Agbu, 2003; Braimah, 2013;
UNICRI, 2010). Su procedencia Edo, al igual que el resto de mujeres víctimas de trata en
Europa, es un dato importantísimo. Su desesperación es a su vez signo de que están
atrapadas en una situación en la que están obligadas a permanecer.

La mercantilización de las mujeres negras conecta simbólicamente con un pasado repleto


de injusticias y educa, a la población en su conjunto, en la idea de que los cuerpos de las
mujeres empobrecidas son accesibles y potencialmente sumisos, un concepto que
alimenta las construcciones de desigualdad bajo el género y la raza. Rescata y perpetúa
la idea de que los cuerpos negros son del dominio de su amo y de que no disponen de
libertad de movimiento (Subramanian, 2008), reviven una historia de terror colonial
(Razack, 2016).

27
“Ya sabes, este no es mi trabajo, esta no es mi manera de ser…Dios me lo dijo, esto no es para mi…este
trabajo no es mi forma de ser”.

231
232
Conclusiones

Esta tesis doctoral se ha planteado de acuerdo a una estructura que facilita la comprensión
del hilo argumental a través del cual, vamos desvelando las causas que provocan la trata
con fines de explotación sexual en las mujeres nigerianas, desde un ámbito internacional
al particular, en Alicante. Es por ello que la disertación se estructura como un recorrido
que profundiza en los factores históricos y geopolíticos que evidencian y explican la
situación actual en la prostitución nigeriana. El texto, se muestra como un estudio
comparativo entre el pasado y el presente y analiza los nexos comunes, espaciales,
simbólicos y culturales, entre la trata negrera esclavista de mujeres en la época moderna
hispánica y el tráfico actual de nigerianas. Todo ello sucede y se justifica desde el marco
teórico de partida de las geografías feministas y antirracistas, a las que se suman otras
fuentes procedentes de ciencias afines, como la sociología, la antropología y el
pensamiento feminista actual, en el que se incluye el decolonial.

Ha sido evidente en este trabajo que el desarrollo de la epistemología feminista ha


permitido relevantes avances en las ciencias sociales. Los más de treinta años de
geografías feministas han propiciado la existencia de un cuerpo conceptual muy rico y
apropiado para la investigación y el estudio de los hechos humanos, en el que no sólo se
incluye de forma específica aquello que sucede en las vidas de las mujeres, sino también,
la perspectiva crítica feminista, que evalúa los hechos desde los planteamientos
interseccionales. Este texto ha revelado que incluir el punto de vista feminista como
método de análisis resulta esencial para la comprensión integral de las situaciones de las
mujeres en el mundo actual y en el pasado.

En esta tesis, hemos comprobado que el estudio de las relaciones entre el espacio y las
personas que lo ocupan, no sólo tiene una dimensión social, como acostumbramos a

233
denominar en geografía, el espacio social, sino que en él hallamos el corporal y los
cuerpos como territorios, en los que suceden colonizaciones, estrategias de
mercantilización y complejas opresiones que provienen de diversas vías, ya sea por
cuestiones de género, raza, etnia, sexualidad, religión u origen. Todo ello se nos ha
manifestado esencial en la investigación de la prostitución y de la trata con fines de
explotación sexual, que debe ser estudiada de forma indispensable desde sus dimensiones
espacial, corporal y simbólica, para lograr comprender el proceso de deshumanización
que comporta. De hecho, esta investigación ha sido un intento de sumar esfuerzos y de
promover la asunción de los feminismos como paradigma imprescindible dentro de la
geografía.

Así, una innovación que arroja luz en este trabajo es la consideración de la dimensión
corpórea de los hechos que ocupan a la geografía, la cual ha evidenciado que las
consecuencias de las actividades extractivas y las áreas de conflicto son distintas en los
hombres y en las mujeres. Se ha corroborado la idea de que el cuerpo femenino es un
lugar en el que interseccionan las opresiones. No es posible separar el cuerpo de las
mujeres en prostitución de las experiencias de determinados espacios de la ciudad. Es
más, consideramos que los cuerpos prostituidos ejercen una acción creadora de ciudad,
de características marginales y racializadas. Enfatizamos en la idea de que el cuerpo
femenino se nos ha mostrado como el primer lugar violentado en un mundo estructurado
por las violencias de género en fructífera alianza con las económicas.

Al mismo tiempo que existe un uso del espacio marcado por el privilegio de género y de
raza que ostentan los varones blancos, ocurre la dinámica opuesta: los cuerpos femeninos
no blancos que socialmente se identifican con la marginalidad y la sexualidad
mercantilizada, ocupan el espacio de la desventaja. Así, hemos observado la convivencia
del patriarcado y la esclavitud sexual de las mujeres, en el espacio y en el tiempo. La
creación de las relaciones patriarcales de poder supuso la institución de la prostitución
como una de sus derivas, que actualmente se ha recrudecido con la trata sexual de
mujeres.

Este trabajo ha contribuido a dibujar un mapa social, en el que se evidencia la existencia


de unas reglas espaciales que actúan en las calles de prostitución alicantinas. Y de este
modo, hemos dado visibilidad a un colectivo específico de mujeres del que apenas existen
referencias. Es la marginación de las mujeres nigerianas estudiadas, un mecanismo que

234
reproduce y perpetúa los desequilibrios causados por el género, por lo que en esta tesis,
hemos hablado de los márgenes de la ciudad, habitados por cuerpos marginalizados.
Mujeres del sur que habitan periferias geográficas y simbólicas, que representan la
colonización de los cuerpos y la corporalización de las relaciones de poder.

Ha quedado demostrado que las relaciones de género tienen una impronta en el espacio y
en los cuerpos. A su vez, el complejo sistema patriarcal organiza a las mujeres en el uso
del espacio público y en el derecho simbólico a la ciudad. La actividad clandestina que
es la prostitución nigeriana tiene un espacio muy característico en la ciudad, del que
hemos dado buena cuenta. Por consiguiente, hemos podido apreciar las consecuencias de
la feminización de la pobreza y una parte de la población femenina desposeída en la
ciudad de Alicante.

En este trabajo, al igual que otros citados a lo largo de la disertación, ha supuesto un


ejemplo de cómo se produce y se analiza el conocimiento feminista de lo urbano y las
mujeres. Hemos sido testigos de la relevancia que tiene estudiar los acontecimientos del
espacio urbano desde una perspectiva interseccional, pues no sólo enriquecen la
construcción de conocimiento y el diagnóstico científico, sino que, de no ser por el
empleo de la interseccionalidad, no podríamos conocer realidades están aconteciendo en
el territorio, como las consecuencias que el proceso de gentrificación alicantino ha tenido
en las mujeres más empobrecidas. Por ello, abordar el impacto de la gentrificación en la
prostitución de calle de Alicante, nos ha servido para dar un giro feminista a los estudios
tradicionales de la temática, a la vez que hemos considerado como producción, las
ocupaciones de un colectivo particular de mujeres, aunque éstas se integren en lo que se
denomina economía informal y que aquí preferimos referir como no reconocida. Con ello,
este estudio nos ha permitido dar importancia a la vida cotidiana, que es el marco espacio-
temporal donde se manifiesta la geografía de muchas mujeres.

Siendo este trabajo una geografía feminista, hemos repensado los conceptos de la
disciplina y hemos explorado la aplicación de métodos geográficos en nuevas temáticas.
También, durante la investigación, hemos abordado una temática no estudiada hasta esta
tesis en la geografía española. La prostitución es uno de los grandes temas ausentes del
colectivo geográfico español, al mismo tiempo que lo es la trata sexual, de modo que este
trabajo abre camino en esa línea. Como excepción, hemos hallado el recorrido de
vanguardia que ha realizado el Grupo de Geografia i Gènere de la Universidad Autónoma

235
de Barcelona, que ha venido desarrollando la aplicación de los estudios de género desde
los años ochenta y que en los últimos tiempos también ha incorporado la mirada
interseccional.

Con este estudio, hemos contribuido a comenzar a llenar el vacío de la geografía


alicantina en lo referente a investigación desde la perspectiva feminista, de modo que son
muchos los estudios a futuro con posibilidad de desarrollo.

Asimismo, hemos contribuido con la evidencia de que existe una marcada dinámica
centro/periferia en la actualidad de la trata de mujeres, que está íntimamente relacionada
con un aparato global-neocolonial que ha hecho crecer el dinamismo de los circuitos
transfronterizos, al mismo tiempo que ha impulsado la segregación y la fragmentación en
las ciudades. Fruto de ello, las mujeres de las regiones empobrecidas por la maquinaria
neoliberal, incrementan en número sus tránsitos clandestinos como seres
indocumentados, lo que les hace habitar los territorios del norte y del centro como seres
de segunda, seres deshumanizados, seres Otros y, en la medida en que constituyen
mercancías y productos para un sistema de consumo en el que la brecha de género es su
pilar más fundamental, son construidas como no-seres. Así, las nigerianas estudiadas
tienen una movilidad sur-norte patente por una estructura de género que se manifiesta en
las múltiples escalas comentadas. Como hemos podido comprobar, la consolidación del
neoliberalismo ha tenido un impacto de género y raza. Las mujeres del Delta del Níger
han quedado sin formas de sustento y persiguen la supervivencia, resultando víctimas del
hecho de que la propiedad privada se haya extendido a la compra venta de cuerpos y de
que los mecanismos de tráfico y trata de mujeres funcionen bajo las leyes del mercado.

Hemos comprobado que la región del Delta del Níger tiene una situación de conflicto
permanente, con graves consecuencias en las vidas y en los cuerpos de las mujeres.
Violaciones, infecciones de VIH, embarazos no deseados, estrés postraumático…en un
contexto en el que no existen apenas opciones de vida, ni de trabajo, ni de servicio
sanitario. En esta disertación, hemos descrito la multitud de factores que impulsan las
enormes dificultades, desventajas, violencias y falta de oportunidades y de representación
de las mujeres del Delta del Níger y que explican finalmente, la existencia de una elevada
cifra de mujeres de la región esclavizadas sexualmente en los países europeos.

Para continuar la investigación sobre trata y prostitución de mujeres, precisamos seguir


desarrollando metodologías que nos puedan proporcionar mayor información, pues, como

236
se ha evidenciado, abordar la investigación de unos hechos que se producen en la
clandestinidad ha supuesto un auténtico reto. No obstante, hemos logrado evidenciar que
en Alicante, la mayor parte de las mujeres nigerianas en prostitución de calle proviene del
estado Edo, particularmente de Benin City.

Una relevante contribución de esta tesis doctoral ha sido el haber mapeado los lugares
donde se ubican las mujeres en las circunstancias clandestinas de la prostitución. La
aplicación de los Sistemas de Información Geográfica (SIG) en el desarrollo de este
estudio, se nos ha revelado como una herramienta muy útil para el diagnóstico de las
situaciones de las mujeres, bien para hechos pasados como para los presentes. El mapeo
como instrumento de trabajo de campo nos ha permitido la realización de cartografías
digitales temáticas que presentan la compleja realidad social de forma simplificada y
localizada en el espacio, a diversas escalas. Hemos realizado mapas universales,
continentales, nacionales, regionales, locales y de calle. Por lo que toda la información
que albergan, facilita los procesos de toma de decisiones, así como la realización de
políticas que afectan a la población en su conjunto.

Este trabajo ha probado que la prostitución también se puede cartografiar y que además,
resulta del todo necesario acometerlo para lograr comprender su impacto espacial en la
ciudad, a nivel simbólico y material. Elaborar mapas desde una perspectiva feminista nos
ha ofrecido una panorámica única de las realidades a diversas escalas y desde la
interseccionalidad. Ello es una innovación que ofrece este trabajo y que también abre
camino para la elaboración de otros estudios. Así pues, como ya propusieron otras
geógrafas feministas, hemos logrado romper el silencio y abordar temas que pueden
cultivar un cambio positivo en el mundo global.

Interesante aportación ha sido diseccionar el paradigma androcéntrico y racista de


algunos escritos de historiografía de la esclavitud. Con ello, ha quedado patente que es
posible emplear un lenguaje no sexista en el discurso científico. Así, realizamos una
aportación al conocimiento, más incluyente y justa.

En esta tesis, la historia se ha corroborado como una evidencia del presente y nos ha
mostrado la impronta del patriarcado, el racismo y el colonialismo, mapeados en los
cuerpos de las mujeres. Aquellas esclavizadas en Alicante que fueron construidas como
Otras han supuesto una prueba fehaciente de las conexiones entre el presente y el pasado.
Las descripciones de las tonalidades de la piel en los documentos antiguos hallados en

237
los archivos históricos, demuestran que hubo un proceso de insistencia en la construcción
de la diferencia y la subordinación de género y raza. La compra venta de mujeres en el
Alicante de la modernidad fue un proceso de deshumanización de las mujeres, asunto no
sólo patente en las marcas a fuego en sus rostros, sino también en la creación de seres de
segunda que todo ello supuso. Su esclavitud la entendemos, tras su estudio, como una
colonización corporalizada.

El análisis de la información recopilada nos ha revelado que los estados nigerianos de


procedencia de mujeres víctimas de trata coinciden con las áreas de captura para
esclavitud de los siglos XVII y XVIII. Es decir, existe una continuidad en el espacio y en
el tiempo en lo que a trata y esclavización se refiere, pues la deshumanización de las
mujeres africanas iniciada en el pasado, continúa hoy. Han sido y son objeto y objetivo
de las redes de trata, del pasado y del presente.

Con este trabajo, hemos contribuido a ampliar la historia de la prostitución con la


elaboración de mapas temáticos que ofrecen otra perspectiva y sintetizan la información
existente. Es más, el empleo cartográfico ha demostrado que es posible hacer confluir
geografía, historiografía, género y raza para lograr una perspectiva más innovadora.

Una de las ideas destacadas que hemos defendido en este trabajo ha sido la que destierra
el mito de la prostitución como el oficio más antiguo de las mujeres. Hemos señalado que
la creación de la prostitución devino de la acción de proxenetismo de los hombres,
quienes, haciendo uso de las mujeres que tenían en propiedad como esclavizadas, eran
objeto de alquiler para servicios sexuales a otros varones. Tanto es así, que la prostitución
no fue un oficio en la antigüedad, sino una imposición usualmente asociada a la esclavitud
y la servidumbre, a las disparidades de género y de estatus social. Se comprueba en esta
tesis que la fundación de la prostitución nace con la jerarquía social y la posibilidad
otorgada a los varones, de disponer de mujeres como propiedad privada y bajo una
situación de servidumbre sexual y laboral.

Nos interesa resaltar que la industria del sexo ha conseguido constituirse como tal
mediante la deshumanización forzosa de las mujeres para convertirlas en productos con
los que comercializa en distintos ámbitos de negocio. En dicho comercio, la industria
deslocaliza los cuerpos abaratados por una desigualdad estructural marcada por la
dinámica global norte/sur, centro/periferia. Los vende, los alquila, los explota bajo una
política clandestina de elevada rentabilidad. Los cuerpos mercantilizados, son sometidos

238
a una estrategia de deuda equiparable a los créditos de los circuitos oficiales del capital
financiero. También, hemos podido comprobar que la brecha de género es un factor clave
en el espacio de la prostitución, cuya identidad se constituye esencialmente mediante la
ubicación de mujeres fuera de lugar y hombres que actúan bajo la masculinidad más
patriarcal, ocupando su lugar por imperativo de género, material y simbólico en la calle,
como sujetos en la posición de privilegio intrínseca al comercio del sexo actual. Ha
quedado evidenciado en esta investigación, que los varones son quienes ostentan el poder
en el espacio de la prostitución, quedando las mujeres al margen del privilegio y
construidas necesariamente como prostitutas siguiendo unos códigos simbólicos en los
que confluyen el hecho de estar y vestir fuera de lugar.

A modo de cierre

A modo de cierre, queremos mostrar las respuestas concluyentes a las preguntas de


investigación que habíamos formulado al principio del proyecto. Así, la primera de ellas
hacía referencia a cuáles podrían ser los orígenes de la esclavitud sexual en España en
mujeres del África negra desde el siglo XVI hasta la actualidad y tras la elaboración de la
tesis hemos sabido que los orígenes se remontan a la trata negrera esclavista de la que el
poder moderno fue protagonista, desde finales del siglo XV y en adelante. Se ha
evidenciado mediante el estudio de los documentos de compraventa de esclavizadas del
África Negra en Alicante y el apoyo de otras investigaciones que lo habían demostrado
para otros territorios, especialmente el andaluz (Martín Casares, 2014a; Martín Casares
& García Barranco, 2010), el valenciano (Cortés Alonso, 1972, 2011; Graullera Sanz,
1978) y el extremeño (Periáñez Gómez, 2009b, 2010). Los términos de venta de las
mujeres negras esclavizadas demuestran que la mercantilización de sus cuerpos derivaba
en trabajos diversos y polivalentes pero también en explotación sexual.

La intersección entre el género y la raza corporalizada en las esclavizadas negro africanas


en la villa alicantina ha quedado evidenciada en los documentos históricos conservados,
cuyos contenidos han sido presentados con detalle en esta tesis. Los estudios de género
desde la interseccionalidad se enriquecen cuando indagamos en el pasado, pues con ello,
es posible hallar nexos con las situaciones de opresión o marginalidad de las mujeres en
la actualidad. La geografía feminista y antirracista encuentra en esta práctica una
interesante fuente desde la que es recomendable interrogar las realidades del siglo XXI.

239
En los documentos de los siglos XVI-XVIII, tanto notariales como inquisitoriales, no se
escatimó en apuntar minuciosos detalles sobre los tonos en el color de la piel, lo que fue
un modo de distinguir las posiciones sociales, de manera que la diferencia era
naturalizada.

En la investigación no hemos logrado hallar, pues se precisan más años de trabajo y más
recursos en ello, evidencias de mujeres negras o afrodescendientes que fuesen procesadas
por prostitución en los siglos XVI-XVIII, pero no descartamos que sea posible localizar
documentos en el Archivo del Reino de Valencia, especialmente en los actes judiciaris y
denunciacions de la sección de Justicia Criminal, así como en las conclusiones criminales
y el índice de sentencias de la Real Audiencia. Sí hemos sabido que hacia 1626 una de
las Torres de Quart de Valencia se destinó a cárcel de prostituidas.

Sabemos que en el Archivo Histórico Provincial de Alicante existen más cartas de venta
de mujeres negras esclavizadas, datadas en época moderna, pero no está permitida su
consulta, la dirección del archivo ha prohibido el manejo de esos documentos al público
por razones de conservación. Si en un futuro la administración decidiera destinar recursos
para digitalizar los fondos del archivo, sería una ocasión perfecta para profundizar más
en la investigación de tales documentos y, de ese modo, contribuir al conocimiento de la
presencia de mujeres negro africanas esclavizadas en Alicante.

Otro de los interrogantes centrales de esta tesis fue ver si era posible encontrar evidencias
que pudieran dar explicación a por qué son las mujeres nigerianas las más numerosas del
África negra víctimas de explotación sexual y a su vez, qué factores históricos y
geopolíticos lo revelan.

La mirada geopolítica nos ha permitido comprender la multiplicidad de factores que


intervienen en la formación de estos hechos sociales, desde una perspectiva compleja,
que nos ha sido muy eficaz para lograr evidenciar las causas de la existencia de la
creciente trata sexual de las mujeres de origen nigeriano en el contexto europeo. Lo que
nos lleva directamente a verificar uno de nuestros interrogantes iniciales. Las causas que
explican la presencia de miles de mujeres Edo víctimas de trata nos remiten al cuadro de
absoluta feminización de la pobreza y de la supervivencia que ha creado el contexto de
los nuevos colonialismos en el Delta del Níger.

Las mujeres Edo tienen una situación en origen de la que cualquier ser humano desearía

240
escapar. La región del Delta del Níger está en permanente conflicto armado, lo que
supone, no sólo violencias múltiples contra las mujeres, especialmente en forma de
violación, sino, la constante situación encallada de empobrecimiento estructural. A ello
se le suma la falta de voluntad de un gobierno organizado en base a la corrupción desde
su independencia de la corona británica en 1960, que trabaja a favor de sus intereses
particulares alineado con los de las corporaciones internacionales.

Las mujeres en el Delta del Níger no tienen representación en cargos públicos, no


participan en procesos de toma de decisiones, excluidas de un sistema androcéntrico que
fomentó la colonia británica. Tampoco tienen opciones de empleo, pues son, según las
tasas de desempleo mostradas, las que más sufren la carencia de puestos de trabajo en el
sector formal. Ello les obliga a realizar múltiples tareas de supervivencia, entre las que se
encuentran, las agrícolas. Pero para el trabajo de la tierra se encuentran con el problema
ambiental que abarca todo el ciclo natural. Décadas de aguas contaminadas por las fugas
de gas y de petróleo debido a las exploraciones extractivistas, han dejado un territorio
devastado, en el que existen elevados episodios de lluvia ácida. A esta difícil situación, se
le suman los suelos contaminados por los productos químicos que emplean las grandes
plantaciones de monocultivos de las corporaciones internacionales que han expropiado
las tierras comunales indígenas para cultivos de exportación, en los que tiene especial
relevancia el cultivo de la planta de la que se extrae el caucho para los neumáticos de los
automóviles del mundo global.

Tampoco las mujeres de esta parte de Nigeria pueden optar al aprovechamiento de los
recursos de los bosques, pues en las últimas décadas, la industria maderera se ha
apropiado de gran parte de los mismos y ha realizado talas masivas, como hemos
evidenciado en el capítulo 3. Igualmente, no es posible para ellas recurrir a la pesca o a
la piscifactoría, debido a que las aguas marinas y continentales sufren la contaminación
estructural que hemos expuesto.

La contaminación perjudica severamente la salud de las mujeres, a la que tampoco


encuentran remedio porque el Delta del Níger apenas recibe asistencia sanitaria y existe
una enorme carencia de medicinas, así como una elevada tasa de muerte en el parto.

En una clara situación de desventaja causada por todo un mecanismo devastador, hemos
sabido que una de cada tres mujeres entre 15 y 20 años en el Delta del Níger, en el año
2006, recibe una propuesta de viajar al extranjero por parte de algún miembro captador

241
de las redes de trata, contra las cuales no hay actividad policial, como hemos evidenciado
anteriormente. Los viajes a Europa se ofrecen con elevada frecuencia a niñas y mujeres
muy jóvenes que habitan una situación creciente de violación de los derechos
fundamentales de los seres humanos.

La existencia de la institución de la prostitución en las sociedades occidentales, su


creciente normalización en los países europeos y la constitución de los servicios sexuales
como una forma de ocio para los varones, junto con el abaratamiento que se ha producido
en el acceso a los cuerpos de las mujeres, gracias a la industrialización del sexo,
conforman el mecanismo que justifica el éxito de la actividad mafiosa. De no existir ese
contexto, los tratantes no podrían hacer entrar sus mercancías corporalizadas en el
mercado europeo.

Las mujeres nigerianas en prostitución forzosa son las que realizan los servicios sexuales
de menor precio del mercado, si no contamos con la dinámica prostitucional de mujeres
toxicómanas, que son prostituidas a menudo por tres euros el servicio en la calle del
Chopo en la ciudad de Alicante. La red de trata sabe que reteniendo la documentación de
las jóvenes Edo, éstas quedan desprovistas de documentos de identidad, lo que les impide
acceder a los derechos de ciudadanía en los países de destino. Ello implica que no pueden
tener acceso a trabajos del sector formal, por lo que les es imposible salir de la prostitución
y pagar la deuda contraída con la organización clandestina. Es decir, que, como hemos
evidenciado, los tratantes, conocedores de las desventajas que van a encontrarse las
mujeres en Europa, afianzan su negocio de forma exponencial. Y lo consiguen con creces,
pues, como hemos comprobado con los datos de CITCO (2017) apenas se producen
denuncias de mujeres nigerianas como víctimas de trata, cuando, por el contrario, vemos
que, en la prostitución de calle en Alicante, el número de víctimas crece.

La dinámica de las redes en su manera de organizarse y hacer funcionar su mercancía ha


sido evidenciada en el estudio del caso alicantino, en el que nos hemos encontrado con
mujeres nigerianas que acababan de llegar a la ciudad, estaban en prostitución de calle,
no tenían documentación, no conocían el idioma, habían sido “traídas” y no les gustaba
ser prostituidas, manifestando, en varias ocasiones, que esa ocupación no es para ellas,
no lo quieren, desean acceder a otra fuente de ingresos, pero están atrapadas.

La carencia de publicaciones en España sobre mujeres nigerianas nos ha llamado la


atención. Ha sido gracias a fuentes internacionales que hemos conseguido información

242
imprescindible para esta tesis. Nos revela igualmente que la investigación en este ámbito
está en un estadio llamativamente incipiente en España. Pero las cifras que hemos
presentado claman a la urgencia.

Entre los interrogantes de partida, deseábamos conocer cuál es la situación de las


nigerianas en prostitución en Alicante. Pues bien, hemos comprobado que sus cuerpos,
que son la mayor representación de la Otra por la división racial de la sociedad alicantina,
en constante escaparate en un escenario de marginación, suponen la normalización
cultural y política de las violencias de género, que se inscriben en ellas bajo múltiples
planos, especialmente en el sexual y en el económico. La esclavización a la que están
sometidas permite una continuidad en el tiempo del estigma construido sobre ellas
durante la trata negrera y la normalización del racismo cultural e institucional.

El éxito de proyectos mercantilistas como es el de la industria del sexo, manejados en la


sombra, repercute en la creciente falta de derechos de las mujeres a nivel internacional,
así como en la instauración de economías de supervivencia altamente feminizadas, no
reconocidas y por lo tanto, que se enmarcan dentro de las economías informales, para
perjuicio del conjunto de las mujeres, desde una esfera personal y política. En definitiva,
la prostitución y la trata de mujeres nigerianas perpetúan la idea de que las mujeres llegan
al mundo para servir sexualmente a los hombres, ya sea en situaciones de esclavitud,
mediante empobrecimiento estructural, supervivencia o coacción.

La prostitución nigeriana es habitualmente callejera y se ha constituido como un sector


muy marginal. Así mismo es el caso alicantino, las nigerianas se ubican en un área del
norte de la ciudad, en un espacio en el que es posible la ocupación sexual callejera por las
características de aislamiento, oscuridad y clandestinidad que tiene la periferia. Es una
prostitución en la que el consumidor hace uso, generalmente, de su vehículo, tanto para
el acceso a las mujeres, como para el desarrollo de la actividad.

La prostitución nigeriana que hemos hallado en Alicante se realiza en servicios fugaces


muy baratos en espacios de muy baja densidad de población, incluso en parcelas sin
construir (descampados). La realizan mujeres muy jóvenes, de entre 18 y 25 años, que no
hablan español y que habitan en pisos del suburbio, el empobrecido y abandonado barrio
de Virgen del Remedio.

La última pregunta con la que iniciamos la investigación hacía referencia a si es la

243
prostitución nigeriana un caso que se pueda explicar desde la interseccionalidad.

La prostitución nigeriana, definitivamente, es un caso que se puede, y se debe, explicar


desde la interseccionalidad. La industrialización del sexo de las últimas décadas se ha
desarrollado, en parte, gracias a los mecanismos internacionales de tráfico y trata de
mujeres. Su dimensión espacial ha conquistado la normalización de su presencia en el
territorio, especialmente en el ámbito urbano, donde se ha instalado como una oferta de
ocio racializada, orientada al mercado masculino.

La prostitución de mujeres nigerianas está constituida y ha constituido un sistema


arraigado de racismo patriarcal. Alimenta la permanencia de un paisaje urbano racista, en
el que se normaliza la inferioridad de clase en base a las categorías de la piel creadas
durante la era de la esclavitud. Por lo tanto, la comprendemos desde el género y la raza.
La construcción cultural de la raza sobre las mujeres negras que se exacerbó durante la
esclavización de la era moderna, creó sobre sus cuerpos un estereotipo de exotismo
sexual, producto que es adquirido por los hombres occidentales y en nuestro caso,
alicantinos, bajo la misma etiqueta.

El caso que se ha presentado en esta tesis ocupa el lugar de la confluencia entre racismo
ambiental, nuevos colonialismos, capitalismo patriarcal y presente colonial. La historia
se revela como un elemento necesario para comprender el presente, de hecho, constituye
una evidencia de la realidad actual, del proceso de ruina corporalizada que ha ocasionado
el imperialismo occidental en las mujeres nigerianas. En el caso que abordamos, hemos
comprobado la existencia de nexos comunes entre la trata negrera de los siglos XVI-XVII
con la trata actual con fines de explotación sexual de mujeres nigerianas. Estos vínculos
se han manifestado a través de investigar cuáles fueron los territorios de los que se extrajo
la población negro africana que se esclavizó y se llevó hacia la Península Ibérica. Las
poblaciones de la costa nigeriana padecieron el comercio esclavista durante la
modernidad hispánica y, actualmente, el lugar de procedencia mayoritario es el estado
Edo en la región del Delta del Níger, el mismo territorio que otrora. El impacto de la
colonización de siglos anteriores ha perdurado hasta el presente en las poblaciones de la
región. Hemos asistido a la prueba de que los nuevos colonialismos, especialmente
aquellos que forman parte de la industria extractivista, tienen un impacto directo en las
vidas de las mujeres, cuyas consecuencias se corporalizan en la institución de la trata con
fines de explotación sexual. Ello se constituye como un presente colonial, pues podemos

244
observar que los efectos colonialistas se reactivan constantemente en las mujeres de la
región del Delta del Níger. La ruina sobre sus vidas y sus cuerpos persiste en los márgenes
y se manifiesta espacialmente con su presencia en las calles alicantinas, en las que, sin
derechos de ciudadanía, como Otras y siendo víctimas de un gran proceso de
deshumanización al convertirse en mercancías, son no-seres.

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Índice de imágenes
Imagen 1: Rutas terrestres de trata negrera en el siglo XVI. .......................................... 83
Imagen 2: Ruta terrestre de venta de esclavos y esclavas negro africanos (s. XVI). ..... 84
Imagen 3: Procedencia y número de mujeres negro africanas llevadas a Valencia entre
1482-1516. ...................................................................................................................... 87
Imagen 4: Listado de cartas de venta halladas. .............................................................. 92
Imagen 5: Ciudades con los espacios de prostitución más destacados (s. XVI). ......... 107
Imagen 6: Procedencia internacional de mujeres públicas en Valencia (s. XIV). ........ 109
Imagen 7: Procedencia de mujeres públicas en Valencia (s. XIV). .............................. 109
Imagen 8: Mancebías del Reino de Sevilla en la modernidad. ......................................119
Imagen 9: Estados de la región del Delta del Níger. .................................................... 127
Imagen 10: Principales explotaciones de petróleo en Nigeria. Las alianzas entre NNPC
y las compañías internacionales. .................................................................................. 132
Imagen 11: Porcentajes de explotación petrolífera. ...................................................... 133
Imagen 12: Nacionalidad de referencia de las corporaciones petroleras en el Delta del
Níger. ............................................................................................................................ 134
Imagen 13: Comparativa entre el pasado y el presente: territorios comunes en la trata
negrera de ayer y hoy. ................................................................................................... 148
Imagen 14: Estados nigerianos de procedencia mayoritaria de mujeres víctimas de
tráfico de seres humanos............................................................................................... 149
Imagen 15: Destinos comunes para mujeres y menores nigerianos víctimas de tráfico
humano. ........................................................................................................................ 150
Imagen 16: El tráfico de mujeres nigerianas. Rutas de entrada desde Nigeria a Italia. 154
Imagen 17: Ubicación de Benin City en la región del Delta del Níger. ....................... 156
Ilustración 18: Ubicación de Benin City en relación a las mayores zonas de extracción
de petróleo. ................................................................................................................... 157
Imagen 19. Paralelismos entre el racismo y el sexismo ............................................... 169
Imagen 20. Situación actual (2016) de regulación o penalización de la prostitución. . 173
Imagen 21. La industria del sexo en cifras. .................................................................. 178
Imagen 22. Taxi alicantino patrocinado por el burdel D'Angelo. ................................. 180
Imagen 23. Tipos de trabajo forzado por sexo.............................................................. 184
Imagen 24. Víctimas europeas de trata humana registradas en España (2010-2012). . 190
Imagen 25. Víctimas no europeas de trata humana registradas en España (2010-2012).
...................................................................................................................................... 190
Imagen 26. Localización del prostíbulo D'Angelo en la avenida de Denia de Alicante.
...................................................................................................................................... 201
Imagen 27. Mapa general de la ubicación de la prostitución de calle en el municipio de
Alicante , 2016.............................................................................................................. 204
Imagen 28. Mapa de detalle. Zona de prostitución callejera sur, municipio de Alicante.
2016. ............................................................................................................................. 205
Imagen 29. Mapa de detalle. Prostitución de calle en zona norte, municipio de Alicante.
2016. ............................................................................................................................. 206
Imagen 30. Ubicación de M. en avenida de Denia. ...................................................... 207

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Imagen 31. Puerta de acceso a la casa de citas de la avenida Antonio Ramos Carratalá.
Acceso a la calle del Chopo, área de prostitución de mujeres toxicómanas. ............... 208
Imagen 32. Ubicación de T. y de MQ. en la avenida Antonio Ramos Carratalá. ......... 210
Imagen 33. Ubicación de M. bajo el puente de la Santa Faz. ....................................... 210
Imagen 34. Zona de prostitución transexual y transgénero en la entrada sur a la ciudad
de Alicante. ................................................................................................................... 212
Imagen 35. Calle de prostitución transexual y transgénero. Ubicación de J. (Nigeria).
...................................................................................................................................... 212
Imagen 36. Ubicación de E. en la esquina de la calle Marie Curie con avenida Antonio
Ramos Carratalá. .......................................................................................................... 222
Imágenes 37. Ubicación de A. y R. en avenida Antonio Ramos Carratalá. ................. 224
Imágenes 38. Ubicación de M. en avenida de Denia.................................................... 226
Imagen 39. Mapa general de la ubicación de prostitución de calle nigeriana en el
municipio de Alicante. 2016. ........................................................................................ 227
Imagen 40. Detalle de ubicaciones de mujeres nigerianas en prostitución de calle. Zona
norte de la ciudad de Alicante. 2016............................................................................. 228
Imágenes 41. Ubicación de B. en avenida Antonio Ramos Carratalá. ......................... 230

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