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Bien podría decirse que la melancolía ocupa un lugar preponderante en la poesía lárica –cuyo

exponente más destacado es precisamente Jorge Teillier–. Una poesía que, en el caso chileno,
por lo general tiene una marcada ambientación provinciana y sureña; pueblerina, rara vez en una
ruralidad absoluta. Allí se desarrollan tanto sus distintos temas como el campo de sus metáforas,
sin embargo, la poesía lárica por excelencia no se escribe en los lugares que evoca ni lo que
evoca es estrictamente contemporáneo al tiempo en que se escribe. Se escribe desde el
desarraigo de las grandes urbes, con la nostalgia puesta en el lugar que se ha abandonado y
centrada en un tiempo que ya se ha ido irremediablemente. Una poesía que se puede relacionar
con el Antonio Machado de “Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla”, pero en los patios
añorados por Teillier no madura el limonero sino que los manzanos, los ciruelos, los ruidos que
vienen de una maestranza o de los trenes, los silencios de los fantasma que la noche deja ver.
No es, por supuesto, Machado la única fuente, están las francesas y otras, porque como toda
buena literatura, la de Jorge Teillier no es adánica. Nace de otras literaturas –en las que no faltan
los antecedentes chilenos: un cierto Neruda, Barquero, el propio Rolando Cárdenas– de las
cuales se nutre y sabe distanciarse para añadir lo suyo. Desde muy niño ha sido un buen lector,
en su casa de Lautaro sus padres tienen la mejor biblioteca del pueblo. Esto último me lo contó
el poeta lautarino avecindado en Suecia, Gabriel Barra, con quien Jorge tradujo La confesión de
un granuja, del poeta ruso Serguéi Yesenin.

Gracias a la generosidad de los Teillier, Gabriel también se nutrió de esa biblioteca.


Basta con examinar algunos títulos de las obras de Jorge Teillier para encontrar la melancolía
por lo que ya no es posible: Para ángeles y gorriones, El árbol de la memoria, Poemas del País
de Nunca Jamás, Crónica del forastero, Para un pueblo fantasma, Cartas para reinas de otras
primaveras Ahora que estamos celebrando, en su ausencia, los 80 años de su nacimiento, lo
recordamos contagiados por esa fructífera melancolía.