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Apuntes sobre el trastorno de pánico desde el modelo cognitivo

Lic. Néstor Granda

Introducción Perspectiva histórica

Panikós ( ), en griego, hace alusión

a un miedo extremo, abrumador, y tiene

su origen en la mitología: según la leyen- da, el dios Pan aterrorizaba a los hombres desprevenidos con un grito espeluznante (Keegan, 2008), que podía resultar enlo-

quecedor e incluso provocar la muerte.

Quizá en esta historia resida la génesis de uno de los mitos más extendidos respecto

al pánico: que el miedo mata o enloquece.

En un artículo publicado en 1895, La neu- rastenia y las neurosis de angustia, Sigmund Freud diferenciaba las psiconeurosis de las llamadas neurosis actuales, según fuese que los síntomas constituyeran la expresión simbólica de un conflicto psíquico (en el caso de las psiconeurosis) o directamente

psíquico (en el caso de las psiconeurosis) o directamente de la falta o inadecuación de la

de la falta o inadecuación de la satisfacción sexual (en el caso de las neurosis actuales). En estas últimas, el origen no debía buscarse en conflictos infantiles del paciente, sino en su presente.

Interesa, sobre todo, la serie de alteraciones que Freud describe respecto a una de las patas de las neurosis actuales: la neurosis de angustia. (En este juego de contraposiciones al que Freud era tan afecto, la otra pata, claro está, es la neurastenia). Así, la neurosis de angustia se caracterizaría por síntomas que incluyen: excitabili- dad general, espera angustiosa y ataques de angustia (perturbacio- nes de la actividad cardíaca y de la respiración; ataques de sudor, a veces nocturnos; temblores y convulsiones; náuseas y diarreas emergentes; parestesias; vértigo locomotor, etc.).

Perspectiva actual

En la actualidad, el DSM IV establece criterios muy parecidos a los descriptos por Freud para delinear las condiciones que deben cumplirse para el diagnóstico de la crisis de angustia (ataque de pánico), y todas se corresponden con una emoción que se deno- mina “ansiedad”:

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“Aparición temporal y aislada de miedo o malestar intensos, acompañada de cuatro (o más) de los siguientes síntomas, que se inician bruscamente y alcanzan su máxima expresión en los pri- meros 10 minutos:

1)

Palpitaciones, sacudidas del corazón o elevación de la frecuen- cia cardíaca.

2) Sudoración.

3)

Temblores o sacudidas.

4)

Sensación de ahogo o falta de aliento.

5)

Sensación de atragantarse.

6)

Opresión o malestar torácico.

7)

Náuseas o molestias abdominales.

8)

Inestabilidad, mareo o desmayo.

9)

Desrealización (sensación de irrealidad) o despersonalización (estar separado de uno mismo).

10) Miedo a perder el control o volverse loco. 11) Miedo a morir. 12) Parestesias (sensación de entumecimiento u hormigueo). 13) Escalofríos o sofocaciones.

Como se ve, esta definición de pánico dada por el DSM IV no implica necesariamente la ocurrencia de un miedo intenso explí- citamente reconocido por la persona, sino que puede haber, sim- plemente, un gran malestar (Bados, 2009).

Pero, ¿por qué alguien podría experimentar todas estas sensacio-

nes? Digamos que el ataque de pánico, esencialmente, consiste en una respuesta mental y corporal a una situación que, para quien

la afronta, entraña un serio peligro (Keegan, 2008).

Esto es sustancial: el peligro puede o no ser real, lo importante es que el individuo lo perciba como tal. El que la amenaza esté o no presente es por completo irrelevante para la experiencia de la ansiedad, lo esencial, lo que verdaderamente importa, es que la interpretación de la situación o del estímulo sea de amenaza. En el trastorno de pánico, el peligro percibido radica en las propias sensaciones de activación fisiológica.

Cuando estamos atemorizados, la atención se focaliza en el peli- gro, el corazón palpita con celeridad, la respiración se hace rápida

y superficial, se seca la boca, transpiran las manos, se dilatan las pupilas y los músculos se tensan.

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Un estado emocional como la ansiedad tie- ne, pues, dos componentes fundamentales:

uno que se manifiesta en una sensación fí- sica (el palpitar acelerado del corazón, por ejemplo) y el otro en forma de un senti- miento consciente (v.gr: el miedo) (véase Kandel, 2001).

Cuando detectamos un peligro, el cerebro emite una señal que, entre otras áreas, acti- va un importante eje del sistema endocri- nológico: el eje hipotálamo-hipofiso-adre- nal. Las glándulas suprarrenales segregan adrenalina, noradrenalina (que actúan co- mo neurotransmisores en el sistema ner- vioso central y como hormonas en el to- rrente sanguíneo) y cortisol (un esteroide que promueve la síntesis de glucosa). Es- ta activación (sistema nervioso simpático) produce cambios fisiológicos (véase Stan- ford y Salmon, 1993) que dan lugar a dos respuestas básicas destinadas a favorecer la supervivencia: huir o luchar. Pasado el peligro, el mecanismo se desactiva con la liberación de acetilcolina, provocando un estado corporal de descanso o relajación (sistema nervioso parasimpático). Habla- mos aquí de ansiedad normal.

Miguel-Tobal explica que, no obstante, esta respuesta emocional o conjunto de respuestas (que engloba aspectos subjeti- vos o cognitivos de carácter displacentero, aspectos corporales o fisiológicos caracteri- zados por un alto grado de activación del sistema periférico y aspectos observables o motores), muchas veces suelen implicar comportamientos poco ajustados y escasa- mente adaptativos. Hablamos ahora de la ansiedad patológica.

Modelo cognitivo del trastorno de pánico

Ahora bien, ¿por qué este mecanismo evo- lutivo, que prepara a una persona para en- frentar un peligro del modo más eficaz po- sible (y que, por lo tanto, es normal y está estrechamente relacionado con la supervi- vencia), podría resultar desadaptativo?

La ansiedad es patológica cuando se con- vierte en una respuesta excesiva o inade- cuada ante una determinada circunstancia. Así, si nos encontramos con un individuo que se enfrenta a un peligro real y obje- tivo (por ejemplo una situación que pon- ga en peligro su vida) y experimenta todas las sensaciones implicadas en la activación del sistema nervioso simpático, esto nada tiene de desadaptativo. Por el contrario, desadaptativo sería que ese mecanismo no se activara. Es necesario aclarar que el ata- que de pánico no es un diagnóstico en sí mismo. Al respecto anota Eduardo Keegan (Keegan, 2008): “Si escapamos por un pe- lo de ser arrollados por un auto, no nos sorprenderemos de experimentar todas es- tas sensaciones. En otras palabras, los ata- ques de pánico —también llamados crisis de angustia— pueden ser fenómenos com- pletamente normales y hasta frecuentes”.

Pero si ese individuo sintiera lo mismo cada vez que tuviera que subirse a un as- censor, a tal punto que evitara subirse a los ascensores, la respuesta sería, eviden- temente, inadecuada para tal situación. Y esto justificaría un diagnóstico presuntivo de trastorno de pánico con agorafobia (la agorafobia supone la aparición de ansiedad al encontrarse en lugares o situaciones en donde escapar pueda resultar difícil o em- barazoso, o donde, en el caso de aparecer una crisis de pánico, no pudiera disponer- se de ayuda).

En las personas que sufren trastorno de pánico (que implica la aparición de dos o más crisis de pánico), las sensaciones cor- porales propias de la activación del siste- ma nervioso simpático son interpretadas de modo catastrófico (infarto, desmayo, ahogo, muerte, pérdida de control, locu- ra, etc.). Existen numerosos estudios que apoyan esta hipótesis (por ejemplo, Ehlers y cols. 1988 —citado por Bunge, Gomar, Mandil y Vetere, 2011—). Una vez expe- rimentados uno o más ataques de pánico, éstos pasan a ser también situaciones temi- das, principalmente por las consecuencias

situaciones temi- das, principalmente por las consecuencias que se cree que pueden acarrear. Dicho de otro

que se cree que pueden acarrear. Dicho de otro modo, el trastorno lleva al individuo a padecer de miedo al miedo 1 .

Dos son las características comunes a todos los trastornos de an- siedad: la maximización del peligro (dado por el interjuego entre probabilidad percibida de la amenaza y la significación que esa persona le asigna al peligro en cuestión) y la minimización de los recursos que se posee para enfrentarlo (que resulta de la interacción entre la capacidad percibida para lidiar con el peligro y los factores ajenos al individuo que podrían cumplir funciones de “rescate”, por ejemplo: personas alrededor que eventualmente pudieran pres- tarle ayuda).

En el trastorno de pánico, el temor a la activación del sistema ner- vioso simpático hace que se perciban las sensaciones corporales co- mo peligrosas, lo que provoca que el mecanismo se active aún más, creando un círculo vicioso. Asimismo, la persona estará pendiente de los cambios fisiológicos que experimenta (atención selectiva), lo que la hará más sensible a esas alteraciones.

El siguiente gráfico está basado en el modelo de Clark (Clark, 1986) y ejemplifica cómo un estímulo, que puede ser interno (como taquicardia) o externo (una determinada situación, por ejemplo subirse a un ascensor) es percibido como amenazante y activa el sistema nervioso simpático, activación que es asimismo interpretada como peligrosa, provocando la retroalimentación del sistema. Desde la perspectiva cognitiva, las conductas evitativas que usualmente despliega la persona (sentarse y descansar ante la presencia de taquicardia; no subir a un ascensor), o de búsqueda de seguridad (tener un ansiolítico siempre a mano, por las dudas, o subir al ascensor acompañado) contribuyen al mantenimiento

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del trastorno, puesto que no le permiten al sujeto “desconfirmar” sus temores, ya que éste atribuye la no concretización de sus pre- dicciones catastróficas a que ha evitado la situación estresante (no ha subido al ascensor) o ha puesto en práctica una conducta de seguridad (ha subido acompañado):

práctica una conducta de seguridad (ha subido acompañado): El modelo cognitivo hace suya una afirmación atribuida

El modelo cognitivo hace suya una afirmación atribuida a Epicte- to: “No son los hechos en sí mismos los que preocupan a los hom- bres, sino la idea que tienen de ellos” (Ellis, 1962; Beck, 1964; Beck, Rush, Shaw & Emery, 1983). En otras palabras, más que los hechos en sí, es la significación que la persona les otorga lo que dispara las emociones.

que la persona les otorga lo que dispara las emociones. —56—ENCUENTROS La idea que se hace

—56—ENCUENTROS

La idea que se hace la persona que sufre trastorno de pánico es que eso que siente entraña un peligro real que pone en jue- go su salud mental o su vida. Por ejemplo:

el aumento del ritmo cardíaco (cuyo fin adaptativo es acelerar la circulación san- guínea para oxigenar los tejidos) y la su- doración (que ayuda a mantener la tem- peratura del cuerpo y a que se haga más resbaladiza la piel, lo que haría más dificul- toso el hecho eventual de ser capturado), son frecuentemente interpretados como síntomas que preanuncian un infarto in- minente; la hiperventilación (que también tiene como fin adaptativo la oxigenación de los tejidos) y la dilatación de las pupi- las (cuyo objeto es lograr mayor lumino- sidad y ampliar al máximo el campo vi- sual), son percibidos como señales de un próximo desmayo o incluso de pérdida de la cordura (puesto que, secundariamen- te, pueden provocar mareos y sensación de irrealidad, en el caso de la hiperventi- lación —debido a que, por su redistribu- ción en los músculos, se produce un leve retiro de la sangre en el cerebro— y visión borrosa, en el caso de la dilatación pupi- lar). Afirma Clark (1988), de acuerdo al modelo de diátesis-estrés 2 que “Los indivi- duos que experimentan ataques de pánico recurrentes, lo hacen porque tienen una tendencia relativamente permanente a in- terpretar ciertas sensaciones corporales de manera catastrófica” (citado por Keegan, 1998). Esta “tendencia permanente” esta- ría dada por ciertas creencias nucleares que el paciente tiene, que lo llevan a exagerar la peligrosidad de ciertas situaciones (por ejemplo: “Es necesario estar siempre cal- mo” —Beck, 1976—por lo que “no estar siempre calmo” podría resultar sumamen- te peligroso).

Lo que procura la psicoterapia basada en el modelo cognitivo es, por lo tanto, mo- dificar estas cogniciones disfuncionales y catastróficas respecto a los síntomas o que, en todo caso, el paciente pueda reconocer que hay múltiples interpretaciones posi- bles de un mismo hecho y, a partir de ahí,

Fotografías: Dorothea Lange —Bados, A: Agorafobia y pánico . España, Universidad de Barcelona, 2009. —Beck,

Fotografías: Dorothea Lange

Fotografías: Dorothea Lange —Bados, A: Agorafobia y pánico . España, Universidad de Barcelona, 2009. —Beck, A:

—Bados, A: Agorafobia y pánico. España, Universidad de Barcelona, 2009. —Beck, A: Thinking and depression: 2, Theory and therapy. En: Archives of general psychiatry, 1964, 10. —Beck, A: Cognitive therapy and the emotional disorders, New York, Inter- national Universities Press, 1976. —Beck, A., Rush, A., Shaw, B. y Emery, F: Terapia cognitiva de la depre- sión. Bilbao, Desclée de Brouwer, 1983. —Bunge, E., Gomar, M., Mandil, J. y Vetere, G: Terapia cognitiva conduc- tal del trastorno de pánico y agorafobia. En: Rodríguez Biglieri & Vetere, G. (Comp.) Manual de terapia cognitiva conductual de los trastornos de ansiedad, Buenos Aires, Polemos, 2011. —Clark, D: A cognitive approach to panik, en Behaviour research and the- rapy, 1986, 24. —Clark, D: A cognitive model of panic, en S. Rachman y J. Maser. Panic:

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—Freud, S: La neurastenia y las neurosis de angustia. Sobre la justificación de separar de la neurastenia cierto complejo de síntomas a título de “neurosis de angustia” (1895). En Obras completas, Vol. III, Buenos Aires, Amorror- tu, 1981. —Kandel, E., Schwartz, J.H., Jessell,T.M: Principios de neurociencias, Es- paña, McGrau-Hill/Interamericana, 2001. —Keegan, E: Trastornos de ansiedad: la perspectiva cognitiva. En Vertex, Vol. IX, 1998. —Keegan, E.: Escritos de psicoterapia cognitiva. Buenos Aires, Eudeba,

2008.

—Miguel-Tobal, J. J: La ansiedad. Madrid, Aguilar, 1996. —Pichot, P., López-Ibor Aliño, J.J., Valdés Miyar, M: Manual de diagnós- tico y estadístico de los trastornos mentales. Barcelona, Masson, 1995. —Stanford, S.C. y Salmon, P: Stress: From synapse to syndrome. London, Academic Press, 1993.

valorar los pro y los contra de cada una de esas interpretaciones. Si bien todos esta- mos expuestos a sentir ansiedad, no todos quedamos atrapados en interpretaciones que conducen a la reiteración de niveles invalidantes de ansiedad (Keegan, 1998). En ningún caso se trata de dejar de tener las sensaciones, sino de dejar de temerles.

Para lograrlo, la psicoterapia cognitiva conductual para el trastorno de pánico dispone de varios protocolos distintos de tratamiento. En general incluyen: a) psi- coeducación (normalización de la expe- riencia sintomática, explicación del me- canismo de la ansiedad en general y del trastorno en particular); b) exposición y autoexposición a las situaciones temidas/ evitadas (exposiciones interoceptivas y en vivo); c) reestructuración cognitiva (modi- ficación de las ideas catastróficas, identifi- cando y cuestionando las interpretaciones distorsionadas); d) prevención de recaídas.

En cualquier caso, e independientemente del protocolo de tratamiento utilizado, to- dos ellos apuntan a los mismos objetivos terapéuticos: que el paciente deje de temer a las sensaciones propias de la activación del sistema nervioso autónomo, de manera que, al hacerlo, ya no las intensifique, lo- grando así que estas sensaciones vuelvan a su magnitud normal, clausurando de este modo el círculo vicioso que caracteriza el cuadro.

de este modo el círculo vicioso que caracteriza el cuadro. 1 Numerosos expertos han diferenciado la

1 Numerosos expertos han diferenciado la ansiedad del miedo. El miedo

sería entonces una emoción básica automática, en respuesta a un objeto

o situación específica que entraña un peligro concreto; en la ansiedad,

en cambio, el fenómeno es menos automático, más subjetivo y comple- jo; es el estado desagradable que se activa cuando el miedo es estimula- do. En todo caso, la ansiedad es hija del miedo.

2 El modelo diátesis-estrés explica la aparición de los trastornos mentales por la interacción entre una vulnerabilidad o predisposición (diátesis)

y factores desencadenantes procedentes del ambiente que precipitan la manifestación del trastorno (estrés).

desencadenantes procedentes del ambiente que precipitan la manifestación del trastorno (estrés). ENCUENTROS—57—
desencadenantes procedentes del ambiente que precipitan la manifestación del trastorno (estrés). ENCUENTROS—57—

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El inconciente no significa nada… hasta que se lo descubre… ¿o se lo inventa?

Lic. Sandra Leal

D escifrar los enigmas del deseo, pedido último que todo paciente trae (aunque no lo sepa), no es

sin trabajar con el inconciente. Ese incon- ciente esquivo, confuso, intrigante y siem- pre presente en todo análisis.

Inconciente estructurado como un lengua- je, conjunto de elementos discontinuos, lógica de incompletud… Cuántas mane- ras para referirse a lo mismo que no ha- cen más que subrayar eso magistralmente anticipado por Freud, la noción de Sujeto alejado de un Yo de la síntesis.

antes de Freud nadie

¿Descubrimiento? habló de él.

… nada comunica menos de sí que un sujeto tal que a fin de cuentas, no esconde nada. J. Lacan – Clase sobre lituraterra

Entonces, quizás descubrimiento e invención al mismo tiempo,

ya que si no se lo busca, no se lo descubre y por consiguiente no

se lo trabaja.

Es a partir de Freud que los analistas descubren y/o inventan a

diario el inconciente… de sus pacientes, claro está. Pero llegó

Lacan…

Y Lacan no es sin Freud, pero la lectura del primero reordena la

obra del segundo, así que puede ser esclarecedor ir tomando con- ceptos de ambos.

De una manera o de otra, lo cierto es que el inconciente opera. Y tanto es así que a veces llegan pacientes en los cuales el inconcien-

te

parece ser el dueño de su destino de ser hablante.

Y

es este ser hablante, el que en su encuentro con el analista que-

dará expuesto a la idea y al manejo que éste haga del inconciente.

¿Invención?

antes de Freud nadie trabajó

No es lo mismo pensar al inconciente como Unbewusste que como

con él.

L’une-bévue, según los dichos de Freud y Lacan respectivamente.

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Para Lacan “el inconciente es una hiancia, una hendija real cerni- da por la letra,

Para Lacan “el inconciente es una hiancia, una hendija real cerni- da por la letra, cuya función esencial es hacer del sujeto un poten- cial ‘borrador’ de huellas que ha dejado impreso el paso del Otro”.

Y según él para Freud “es la presencia, en el nudo del funciona-

miento del sistema psíquico, de la ausencia de la cosa”.

“Esa falta, esa ‘extimia ausente’, ese carozo real, es la raíz que hace que a su alrededor se teja el enjambre de representaciones del Su- jeto. Ese nódulo es aquel alrededor del cual se escribe la instancia de la letra en el inconciente. Letra hacia cuyas fronteras el conjun-

to del tejido de recuerdos puede girar para decir algo, algo nuevo,

algo diferente de lo calculable y previsible por el Otro auxiliante” 1 .

Unbewusste privilegia el inconciente como saber que no se sabe.

L’une bévue acentúa el saber en la falla, donde surge el goce.

El

inconciente freudiano refiere a aquello que le ha venido al suje-

to

por vía de las palabras, por las distintas identificaciones, aque-

llo que ha sido reprimido y retorna sorprendiendo en el fallido, en los sueños, etc. El inconciente queda equiparado al saber.

Lacan inventa un real nodal, en relación a un inconciente no sa- bido, un inconciente con estructura de pulsación que más que repetición de lo mismo, es producción de lo nuevo.

Y

es en el consultorio, en el ejercicio de la clínica del análisis donde

se

lo descubre y donde también se lo inventa sesión a sesión, bajo la

mirada teórica que cada analista haya tomado. Porque es la clínica

la que va develando enigmas cuando decidimos interrogarlos. Los

discursos son una verdad a medias; la ver- dad de la verdad no existe, hable quien hable porque hay un decir donde no todo se sabe.

En este sentido, Freud decía que “hay un saber inconciente”. La tarea del analista se- ría escuchar qué se dice cuando el decir no iguala a lo dicho.

El saber inconciente ofrece en la letra un acercamiento entre saber y goce. Y es esta letra la representante del inconciente que acerca a nuestra práctica el síntoma. La le- tra debe tomar la palabra para que cada su- jeto escuche de qué manera tan “extraña” a él se presenta su goce.

“… pero lo escrito que se fabrica con el len- guaje, tal vez pueda ser material idóneo para que se transformen allí nuestras palabras” 2 .

Tomando esta idea de Lacan, y quizás “abusando” de lo que quiso transmitir, puede ser interesante recurrir al dicciona- rio para seguir “develando” la pregunta so- bre descubrimiento o invención. Descubrir: manifestar, destapar, hallar algo escondido o ignorado. Alcanzar a ver. Lle- gar al conocimiento de algo. Quitarse de la cabeza el sombrero 3 .

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Inventar: Hallar cosas nuevas o no conocidas. Crear su obra el artista. Fingir 3 .

“Hallar algo escondido o ignorado”, se parece bastante a “hallar cosas nuevas o no conocidas” y también a “lo enigmático que re- sulta el inconciente”.

Y “abusando” aún más de la definición lacaniana, al tomar la úl-

tima frase de cada uno de los conceptos tenemos que: descubrir

es “quitarse de la cabeza el sombrero” e inventar es “fingir”. Qué

mejor metáfora para hablar del inconciente que esta de “fingidor”,

aquel que no dice la verdad, el que miente, el que muestra lo que no es. Pero bastará con ir develando velo a velo sus engaños para encontrar su verdad. Habrá que “quitarse de la cabeza…” viejos goces para adueñarse de la letra que el inconciente atesora.

Una producción literaria, un libro, puede tomarse como un recor- te, una mirada, que si bien puede dejar cosas afuera, aquellas que incorpora transmiten algo de sus personajes, marcas que el autor les hace arrastrar y que nosotros con total impunidad podemos usar para inmiscuirnos en sus “vidas” y recrearlas a nuestra mane- ra, o sea, analizándolas.

y recrearlas a nuestra mane- ra, o sea, analizándolas. —60—ENCUENTROS—60—ENCUENTROS Y no se trata de

—60—ENCUENTROS—60—ENCUENTROS

Y no se trata de elaborar verdades esclare-

cedoras, sino de recrear la fantasía impresa para que se convierta casi en un caso clíni- co al cual sacar provecho. Y entre descubri- mientos e invenciones poder extraer algún atisbo de claridad clínica, siendo nosotros también parte del texto y del contexto sub- jetivo que allí se despliega.

En este sentido, vuelve la Clase sobre litura- terra: “… la crítica literaria efectivamente

se renovaría por el hecho de que el psicoa-

nálisis esté allí para que los textos se midan con él, justamente porque el enigma queda de su lado, sin que intervenga”.

Así como un libro puede conducir a es- to, también lo puede hacer una película. “Cuando se apagan las luces y comienzan a proyectar el film elegido, quedamos a mer-

ced de nuestro inconciente tanto como cuando llegamos al consultorio de un ana- lista, sólo que en el cine, estamos también

a merced de la obra. Si bien un film no es

un fantasma inconciente, tiene la virtud de despertarlo y de reflexionarlo: o sea, que

le vuelva al espectador en forma invertida

movilizando sus identificaciones y desarro- llando afectos en la conciencia. En esto su-

pongo se sostiene la pregnancia que el cine tiene en la subjetividad moderna” 4 .

En La elegancia del erizo de Muriel Barbery, aparecen dos o tres personajes principales

y un grupo de secundarios, todos ellos con

ricos matices, dignos de ser tomados cada uno de ellos como objeto de nuestro análi- sis en ese recorte mencionado.

Entre los principales está Renée, que ocu- pada y preocupada por esconderse, no ha-

ce

más que mostrarse todo el tiempo… pa-

ra

quien quiera verla.

“… Nada comunica menos de sí que un sujeto tal que a fin de cuentas, no esconde nada” 2 .

En este caso será el japonés, quizás por una especial sensibilidad, el que pudo vislum- brar lo escondido para dar pie a que fuera saliendo. Saliendo en su doble vertiente, lo que se pretendía esconder y también a Re- née, quizás incluso a su pesar.

¿Cómo el japonés comenzó a develar lo oculto? Casi inventando, casi descubrien- do, hasta aflojar resistencias añejas, tanto goce… tanto discurso… tanto inconcien- te. Ese goce que opera como necesidad de discurso y que se manifiesta en la re- petición. Ese inconciente que ante todo es discurso.

La salida al mundo de Renée es a puro sem- blante, tomando al erizo como “escudo” 5 .

Pero Renée no atravesó con esto la expe-

riencia analítica y aunque así hubiera sido,

la identificación con el objeto de su fantas-

ma hace que siga ofreciéndose como obje- to de goce del Otro. Algo en la estructura persistirá como goce ilimitado, esas marcas que son de lo real y que hacen a la consti- tución de cada sujeto.

Si gran parte del trabajo en psicoanálisis es

rastrear una verdad tras una metáfora, el erizo es esa metáfora (en este caso tomada

por la autora).

“En este sentido, ‘construir un caso’ elu-

de la discusión sobre la verdad, la mentira

y la falsedad y se focaliza en aquello que

siendo metáfora de lo particular enlaza lo universal con lo singular, lo necesario con lo contingente, lo cierto con lo incierto, lo crédulo con lo incrédulo” 4 .

En el Seminario De un otro al otro, Lacan dice: 6

“… no hay teoría del inconciente como tal, hay teoría de la práctica analítica”.

Y agrega:

“… uno aprende sobre el Otro que lo ha- bita por poco que se tenga una experiencia del inconciente”.

Es la experiencia del inconciente lo que marca el campo de nuestra práctica.

Después de todo este recorrido y de ha- ber “jugado” con los términos que dieron nombre al seminario (descubrimiento – invención), puedo volver al título del pre- sente trabajo y preguntarme:

volver al título del pre- sente trabajo y preguntarme: ¿Se lo descubre, o se lo inventa?

¿Se lo descubre, o se lo inventa?

Para mi “gusto”, se lo descubre y se lo inventa. Por momentos será una, por momentos será otra. En la práctica analítica se delineará esa experiencia del inconciente que cada paciente transita.

Y ¿qué puede significar el inconciente si corre por fuera de una

práctica analítica?

Y me respondo: nada. El inconciente no significa… nada.

Fotografías: Robert Doisneau

no significa… nada. Fotografías: Robert Doisneau —Amigo, Silvia: El inconciente en Freud y Lacan y las

—Amigo, Silvia: El inconciente en Freud y Lacan y las paradojas del “inconciente” en las neurociencias. Cuadernos Sigmund Freud Nº 26 1 . —Barbery, Muriel: La elegancia del erizo. —Domb, Benjamín: Avances lacanianos del inconsciente freudiano. Artículo EFBA. —Goldstein, Mirta: El caso cinematográfico y lo ficcional en psicoanálisis. El Sigma.com, 2012 4 . —Jabif, Elena: Experiencia del inconciente (coloquio de verano EFBA 2008) 6 . —Lacan, Jacques: Seminario 18 De un discurso que no fuera del semblante. Cap. VII, Clase sobre lituraterra 2 . —Maciel, Victoria: Renée deja caer al erizo. Trabajo presentado en las XIX Jornadas Psicoanalíticas de Presentaciones Clínicas, Colegio de Psicólogos de San Isidro, 2011 5 . —Rabinovich, Norberto: El inconsciente lacaniano. Letra Viva. —Rodríguez Ponte, Ricardo: El inconsciente en Freud y en Lacan: respuestas a un cuestionario. EFBA. —Vegh, Isidoro: Los límites del saber (artículo).

a un cuestionario . EFBA. —Vegh, Isidoro: Los límites del saber (artículo). ENCUENTROS—61—ENCUENTROS—61—

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El Inconsciente:

corazón de la experiencia psicoanalítica

Lic. Enzo Velazquez

Inconsciente: ¿corazón de la experiencia psicoanalítica?

Un año transcurrido, un primer acercamiento a la lec- tura lacaniana del psicoanálisis. Me es necesario partir desde un principio, o sea desde el programa del semi- nario como un generador de interrogantes. Comen- zamos este año de lecturas, reflexiones, más aprendi- zaje… avances, retrocesos, tropiezos, la media verdad del hablante y lo que de esto se pierde, más lo que de esto queda, para que avance nuestra clínica.

Leticia Gianolini nos propone, y nos interroga con lo siguiente:

“El Inconsciente, descubrimiento freudiano que in- dica el nacimiento del Psicoanálisis, vive y palpita en la actualidad de la experiencia psicoanalítica acorde a los modos en que cada analista considera tanto la presencia del Inconsciente como el peso que tiene su

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posición en las operaciones de lectura y escritura a rea- lizar en el consultorio analítico. ¿El saber inconsciente permanece indeleble o se borra? ¿Hay re- escrituras? ¿Considera el analista que el saber inconsciente cons- tituye un “patrimonio” y está a la espera de su pro- ducción en cada encuentro de quien consulta con el psicoanalista? Es desde esta perspectiva que bordear con la mayor precisión posible el Inconsciente y sus límites ha de resultar quizás de cierta utilidad para la consideración de la experiencia”. “Si la verdad no puede más que medio-decirse, ése es el núcleo, ahí está lo esencial del saber del analista, es que en este lugar de la verdad está S2, el saber. Es él mismo un saber que debe por lo tanto siempre poner- se en cuestión. Del análisis por el contrario, hay algo que debe hacerse prevalecer: es que hay un saber que se extrae del sujeto mismo; en el lugar del polo del goce el discurso analítico pone $, es en el tropiezo en la acción fallida, en el sueño, en el trabajo del anali- zando, que resulta este saber que no está supuesto, es

saber, saber caduco, restos de saber, de saber: eso es el inconsciente. Este saber es lo que asumo, lo que defi- no por no poder plantearse, rasgo nuevo en la emer- gencia, más que por el goce del sujeto”.

El producto: esto que termina por decantar tras el es- fuerzo, el pensar y el recorrer de estas pérdidas que ha- cen un camino, el propio, lleno de vueltas y repeticio- nes, el temor de enfrentar la hoja en blanco y el pudor de entregar lo realizado. No había tema con el cual em- pezar este trabajo que fui procrastinando, largo tiem- po, en el ritmo gimnástico de las clases del seminario, tenía la ilusión de haber comprendido, hoy me perca- to, que esa ilusión fue sólo un reflujo de mi narcisismo. Pero en estas vueltas, y en el compromiso de la entrega, veo la obligación de que emerja el producto. Sin más vueltas, o con infinidad de vueltas, el aprendi- zaje, si es que algo puede aprender, es tomar una posi- ción donde desde ahí anclar una posición en la clínica. Ingresé al seminario en pleno análisis y con inhibiciones que trababan mi posibilidad de ejercer. Las conexiones que unen la causa y los efectos las debo, pero hoy me encuentro en la posición de escuchar a aquel que vie- ne aquejado por un malestar, de aquel que se cansó de quejarse y encontrar vez tras vez los mismos resultados. Escuchar y anclar un lugar, donde el decir se esconde tras lo dicho. Donde el azar no existe. Y donde somos

tras lo dicho. Donde el azar no existe. Y donde somos comandados por algo que habita

comandados por algo que habita en la lógica modal de los discursos, el discurso del amo que es el discurso del inconsciente donde el $ está en el lugar de la verdad, bajo la barra de la represión. Donde eso insiste… y trabaja… Esto niega la existencia de un azar. Poder remarcar como significativo cuál es la noción de inconsciente que hago propia, de ahí vendrá la escu- cha de quien va a sentarse en ese sillón. El inconsciente está estructurado como un lenguaje. Como un lenguaje tiene sus propias leyes. Metáfora

y metonimia, el deseo se desliza en la cadena y se en-

mascara, pero a su vez, la única forma en que emerge lo reprimido en el discurso, en la artificialidad de la situación analítica, donde el UNO habla. El seminario, en sus comienzos, nos deja el interro- gante o la afirmación sobre esta sentencia: “El Incons- ciente, corazón de la experiencia Analítica”.

¿A qué nos remite el término inconsciente?

¿Qué decimos y que entendemos con “corazón de la experiencia analítica”? Me arriesgo a suponer que deja lugar al respeto y la emergencia, ello vive por sí solo, algún camino se abri- rá, algún camino encontrará algo que aflora, emerge. Hay inconsciente, existe el Otro. Como dice Lacan:

“Del análisis por el contrario hay algo que debe ha- cerse prevalecer: es que hay un saber que se extrae del sujeto mismo; en el lugar del polo del goce el discurso analítico pone S, es en tropiezo en la acción fallida, en el sueño, en el trabajo del analizando, que resulta este saber que no está supuesto, es saber, saber cadu- co, restos de saber, de saber: eso es el inconsciente. Esto aparece en la escena del consultorio, artificial, donde las verdades imaginarias vienen a ponerse en perspectiva, donde el tiempo transcurre con una lógi- ca particular.

Decir que: escuchar significantes que no significan na- da, no es lo mismo que escuchar sentidos. Eso resiste e

insiste. Resiste y aflora. Freud dijo que lo reprimido y

el retorno de lo reprimido son dos caras de una misma

moneda. Lo que se dice como hecho queda olvidado detrás de lo que es dicho, en lo que se escucha. El uno hace al Ser… como la histérica hace al hombre.

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Vemos sucederse dos significantes y el sujeto no está sino en la medida en que un significante lo represente para otro significante.

¿Qué fue lo que Freud aportó de esencial en definiti- va? Aportó la dimensión de la sobredeterminación. La sobredeterminación es exactamente eso que metaforizo con mi manera de formalizar, del modo más radical, lo esencial del discurso en tanto está en posición giratoria con respecto a lo que acabo de llamar un soporte. Es a pesar de todo del discurso de donde Freud hizo surgir esto, que lo que se producía a nivel del soporte tenía que ver con lo que se articulaba del discurso. El soporte es el cuerpo. Es el cuerpo y hay que prestar atención cuando se dice que es el cuerpo. No forzosamente un cuerpo, puesto que a partir del momento en que se parte del goce, quiere decir exactamente que el cuerpo no está solo, que hay otro cuerpo. No es por eso que el goce sexual, puesto que les expliqué este año que lo menos

goce sexual, puesto que les expliqué este año que lo menos —64—ENCUENTROS—64—ENCUENTROS que se puede decir

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que se puede decir es que ese goce no está relacionado, es el goce del cuerpo a cuerpo. Lo propio del goce es que cuando hay dos cuerpos —y mucho más cuando hay más— naturalmente no se sabe, no se puede decir cuál goza. Eso es lo que hace que en este asunto puedan estar involucrados varios cuerpos, y hasta series de cuerpos. La confrontación de los cuerpos, de ahí parte, ese en- cuentro de los cuerpos, que cuando se entra en el dis- curso analítico ya no será más cuestión de eso. El semblante, la verdad, el goce, y el plus de goce no se suman. ¿Qué hay en el discurso analítico entre las funciones de discurso y ese soporte que no es la significación del dis- curso, que no tiene que ver con lo dicho? Todo es apa- riencia, todo lo dicho es verdadero, y encima de todo lo dicho hace gozar: todo lo que es dicho. “Lo que se diga como hecho —el decir— queda olvidado detrás de lo que es dicho. Lo que es dicho no está en ninguna otra parte más que en lo que se escucha” y eso es la palabra.

El decir es otro plano, es el discurso. El decir tiene sus efectos en eso que constituye lo que llamamos fantasma, es decir esa relación entre el obje- to a, que es lo que se concentra del efecto del discurso para causar el deseo y ese algo que, alrededor y como una hendidura se condensa y que se llama el sujeto. Es una hendidura porque el objeto a, él, está siempre entre cada uno de los significantes y el que sigue. Y por eso el sujeto ha estado siempre no “entre” sino por el contrario abierto.

¿De qué se trata en el análisis? El analista en cuerpo instala el objeto en el lugar del semblante, que hay al- go que existe y que se llama el discurso analítico. Somos hermanos de nuestro paciente en la medida en que, como él, somos hijos del discurso y que, para re- presentar ese efecto que llamo objeto a, para hacernos

a ese “de-ser” de ser el soporte, el desecho, la abyección

a los que puede engancharse eso que nacerá, gracias a

nosotros, del decir, de decir que sea interpretante, por supuesto, con la ayuda de esto a lo que invito al ana- lista: a sostenerse de manera de ser digno de la transferen- cia, a sostenerse en ese saber que puede, por estar en el lugar de la verdad, interrogarse como tal sobre lo que es desde siempre la estructura de los saberes, desde el saber-hacer hasta los saberes de la ciencia.

Inconsciente no puede ser separado de la presencia del analista. La presencia del analista es una manifestación del inconsciente.

El inconsciente es la suma de los efectos de la palabra sobre un sujeto, en el nivel en que el sujeto se cons-

tituye por los efectos del significante. Esto deja bien sentado que con el término sujeto no designamos el sustrato viviente necesario para el fenómeno subjeti-

vo, ni ninguna especie de sustancia, ni ningún ser del

conocimiento. Sino el sujeto cartesiano, aparece en el momento en que la duda se reconoce como certeza. La certeza que yerra, eso es el inconsciente.

Lo que Freud nos indica, desde un principio, es que

la transferencia es esencialmente resistente. La transfe-

rencia es el medio por el cual se interrumpe la comu- nicación del inconsciente, por el que el inconsciente

se vuelve a cerrar. Lejos de ser el momento de la trans-

misión de poderes al inconsciente, la transferencia es al contrario su cierre.

De rescatar como dice Lacan, lo que importa no es la

verdad, sino la coludes de la verdad.

Y con esto refiero a una breve viñeta Clínica, en donde

esto aparece, en su forma más posible, de la verdad, y donde vemos este carácter cómico y errante que tiene

el inconsciente.

Transcurre en el ámbito de mi consultorio, donde reci-

bo

a X, una mujer de 18 años aquejada por problemas

de

drogas, y en fin según sus dichos, parece no encon-

trarle la vuelta a las cosas, nada le atrae, y es “mandada”

a terapia por su madre a partir de que ésta encuentra

marihuana en un pantalón… X cerrada, habla, y no di-

ce,

nada del plano de la enunciación, o tal vez se deba a

mi

resistencia a escuchar, pero las cosas toman el carril

de la monotonía, y el cansancio abrumador de un tono monocorde. Nada se mueve, nada se desliza.

Cierta vez la paciente comienza a hablar de sus temo-

res hacia ciertos insectos, y realiza una serie: “cucara- chas, ratas y las ranas”. Analista: ¿Rana?

X: Sí, ranas porque salta.

Analista: ¿Salta?

X: (silencio, más cambio de gesto en el rostro, de jovial

a un terrible susto).

Analista: ¿Qué asociás con la palabra salta?

X: Salta, es Alta, y de ahí es Alto, y pensé en la pa-

reja de mi madre que abusaba de mí, él era alto, y

grandote…

Esto es un acercamiento, una posible escucha, una posi-

ble lectura, en donde uno encarna no saber, el deshecho

para que la nasa se abra y en esa aparición refulgente

para que la nasa se abra y en esa aparición refulgente que es la apertura del

que es la apertura del inconsciente afloren estos signifi- cantes reprimidos, en el carácter de la pulsación tempo- ral, donde la apertura y cierre es cuestión de segundos.

Del seminario, para terminar, me llevo una posición a tomar, para comenzar un camino, una posición éti- ca, que se resume en esta frase: “lo que se dice como hecho queda olvidado detrás de lo que es dicho, en lo que se escucha”.

Fotografías: Robert Doisneau

en lo que se escucha”. Fotografías: Robert Doisneau —Lacan Jacques: en Los cuatro conceptos fundamentales del

—Lacan Jacques: en Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Libro 11, Caps. X, XI y XII. Paidós. —Lacan Jacques: … ou pire. Seminario XIX. Inédito. Versión para circulación interna EFBA.

… ou pire. Seminario XIX. Inédito. Versión para circulación interna EFBA. ENCUENTROS—65—ENCUENTROS—65—

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El Juego como espacio de Reconocimiento

Lic. Leticia Spezzafune

El armado de este texto responde al interés de compartir algunos jirones de conceptos respecto al trabajo con niños, sobre los que he ido investigando y me han resultado imprescindibles para pensar el juego y el lugar del analista. Con este propósito tomaremos como apoyatura la instalación del juego de un niño de seis años. Por otro lado, a título personal, me mueve la necesidad de reconocer y agradecer a Marta Beisim, su claridad clínica y brillante creatividad, luego de su reciente fallecimiento. Queda en quienes hemos trabajado con ella la voluntad de seguir transmitiendo algo de su enseñanza.

Juego, espejo de la Infancia

Según el Diccionario de la Real Academia Española, el término reconocimiento puede referirse tanto a “la acción de distinguir a una cosa, una persona o una institución entre las demás como consecuencia de sus características y rasgos”, y “También sirve para expre- sar la gratitud que se experimenta como consecuencia de algún favor o beneficio”. Reconocer implica localizar, cernir las características específicas de un sujeto que lo distingue de otros. La- can, en su Seminario 14, ubica que adulto es aquel que puede extraer las consecuencias lógicas de sus ac- tos. Disponen del fantasma, para gozar del cuerpo del partenaire sexual. En los niños podría pensarse que el goce toma el cuerpo propio, en palabras de Marta Bei- sim: “El niño garantiza con su cuerpo y creencia, el

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Nada, al fin de cuentas, es más contrario al riesgo que el juego. J. Lacan

goce parental que se sigue sosteniendo, que sigue sos- teniendo a la pareja de los padres en cuanto tal”. ¿Qué más propio de un niño que el juego? Se trata de un acto que contiene una regla en su interior, re- gla que permite la entrada y salida de su territorio. Lacan, en su Seminario 12, subraya que “lo propio del juego es siempre —aún cuando esté enmascara- da— una regla. Una regla que está excluida de él como prohibida, ese punto que es, precisamente, aquel que al nivel del sexo, les designo como el punto de acce- so imposible, dicho de otro modo, el punto donde lo real se define como lo imposible. El juego reduce ese círculo de la relación del sujeto al saber; esa relación tiene un sentido y no puede tener más que uno solo; es el de la espera. El sujeto espera su lugar en el saber. El juego es siempre de la relación de una tensión, de un

alejamiento por donde el sujeto se instituye a distancia de lo que existe ya en

alejamiento por donde el sujeto se instituye a distancia de lo que existe ya en alguna parte como saber”. El juego contendría un riesgo acotado y calculable, a diferencia del riesgo de vivir que porta sexualidad y muerte. Cuando uno se pone a jugar hay un saber que espera que el sujeto se ubique ahí. La verdad del sexo quedaría cortada del juego permitiendo que el niño se refleje en él. Señala Lacan: “el jugador se sabe él mis- mo el deyecto de algo que se ha jugado en otra parte, otra parte a todo riesgo, otra parte desde donde él ha caído del deseo de sus padres”. ¿Qué sucede cuando la verdad irrumpe rasgando el velo del juego? Podríamos pensar que ella deja fuera al niño de su posibilidad para seguir jugando. Rompe el espejo, interrumpiendo el juego y tomando el cuerpo del niño. El Juego rasgado o interrumpido no puede pasar al juego con los pares, no tiene apariencia de juego pues trae consecuencias en la realidad. El analista, abierto a la incertidumbre, tiene la oportunidad de sancionar que allí “había un juego” para intentar hacerlo entrar en una trama ficcional. Respecto de esto, Beisim co- menta: “Los niños juegan con algo que a los adultos se les escapa y que se pone particularmente en evidencia en los juegos en análisis”. El lugar desde donde juega es inconsciente, tal vez parte de lo visto y oído. El Niño que juega representa un personaje pero no sabe que el personaje representa un rasgo de su malestar. Que algo de ese malestar pase al objeto parlante en el juego permitiría que el niño comience a desembrollarse de esa captura.

“El que cuenta se descuenta”

Si tomamos el juego y lo entrecruzamos con el espejo, podríamos ubicar que en ambos algo debe quedar por fuera, irreconocible, como punto de exterioridad nece- sario para que el reflejo se constituya. Función que en el esquema óptico de los dos espejos depende de lo que el Otro convalide, reconozca, pues como señala Lacan, “podemos suponer ahora que la inclinación del espejo plano está dirigida por la voz del Otro”, “El vuelo de una mosca basta para que yo me localice en otra parte, para arrastrarme fuera del campo cónico de visibilidad”. En su texto El marco del juego, Beisim señala que “algo se empiece a reconocer, algo se enmarque en el espe- jo para su reconocimiento” permitiría un corte con relación a lo antes no reconocido. En esquizo. En esa función del “¿Dale qué?” está implicado el analista, sancionando un corte respecto de lo anterior irreco- nocible del discurso parental sobre el niño y dando lugar al juego que se empieza a desligar de aquello. En medio de estos dos vectores se ubicaría la función del analista como reconocimiento que arma el marco. “… se produce como una suerte de recorte en el que se destaca por primera vez la posición del niño. Y, a partir de allí puede leerse y me otorga posición”. Con- tinúa la autora, “el recorte del juego que implica su reconocimiento es lo que denominamos marco”. No es el juego pero se ubica como inseparable de él, como el marco lo es respecto de la obra. Sostiene, se corta y dando borde brinda apertura a lo nuevo. Al modo de Freud frente a su nieto, es el analista, en abs- tinencia de su decir, el que ubica el corte del reconoci- miento, dado que el niño no sabe que implica lo que él juega. Pero obtiene un placer inédito en ese juego que se inaugura con el corte. Algo se escribe en el jue- go que juega al niño. “Pasa a ser reconocido pues —continúa Beisim— se ubica en un espacio especularizable y a la vez cortado de su fuente, adquiriendo una finalidad que le es pro- pia […] algo del lugar del niño en el discurso o en la fantasmática parental pasa al juego, pero, curiosamen- te lo hace desligándose de él y este corte es precisa- mente lo que consideramos como marco”.

El Niño detenido

Voy a relatar los encuentros que tuve con un niño de seis años que, creo, nos permitirá avanzar en algo de lo que hemos venido mencionando como función de reconocimiento, en lo que respecta al acto del analista. Los padres de Luciano llegan a la consulta muy urgidos ante el señalamiento de la escuela. Un chico lo molesta

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y le pega. Él queda sin defenderse. A diferencia de otros padres, los de Lucho vienen con una pregunta que insis- te ya formulada: “¿Qué estaremos haciendo nosotros?”. Situación que podría haber sido señal de buen augu- rio si no fuera que dio apertura a un clima de excesiva angustia frente a cualquier intervención que el analista pudiera hacer. Cualquier pregunta era esperada como si se tratara de la posibilidad de un ataque nuclear. La escuela se muestra sorprendida por algunas cuestio- nes: el silencio de Luciano, el hecho de que él jugara con este amigo que lo molesta casi exclusivamente y que interpelado por las maestras les diga: “Si juego con otro, él se va a molestar”, “me dan miedo los amigos”. Por otro lado, señalan que habían decidido apostar por los recursos del niño y esperar antes de indicar tratamiento. Sin embargo los padres consultan rápidamente. El padre del niño, hombre enorme y dedicado a las leyes, trabaja incómodo en un estudio donde aún no le tocan “los casos grandes”. “Estoy para defender a aquellos que no tienen muchos recursos”. La paga es a la medida de las posibilidades de sus clientes. Luego del ataque que Lucho recibe de su amigo, el padre decide ir a un taller de cocina de la escuela, sin Lucho, para ver cómo se manejaban los otros chicos. “Era algo incómodo estar en esas sillitas, pero fui”. ¿Qué estaremos transmitiéndole? ¿Se podrá defender? ¿Si alguien te agarra en la calle qué hacés?, le pregun- ta su mamá. El niño responde: “¿Me quedo callado y quietito?”. Los padres lo apresuran, intentan que él sepa defen- derse, que dé muestras de ello. Lo anotan en aikido porque al padre “lo salvó” esta disciplina. El papá se- ñala que tiene dos cosas “ahí arriba”: al taekwondo y a su “Padre autoritario”. Otro motivo trae a los padres a la consulta: mientras frente a sus compañeros se queda muy quieto, con sus padres se mueve con una lentitud proporcionada a la prisa que su madre muestre. “Me desespera”, “nunca llegamos a tiempo y cuanto más le pido que se apure más lento va”. La vida cotidiana para estas dos perso- nas tan ocupadas por la prisa se les pone en jaque fren- te a la parsimonia de Lucho. Es aparte un niño exage- radamente atento a los olores y no puede quedarse en un sitio si pesca el menor halo desagradable. “Los pue- de reconocer aunque hayamos aireado la habitación”. Respecto de su origen, ambos vivían aún con sus pa- dres dado que estaban ahorrando para terminar su ca- sa, cuando “Lauti vino”. En la fantasmática parental

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fantasmática parental —68—ENCUENTROS—68—ENCUENTROS aparece un no estar preparados para ser padres. “Ace-

aparece un no estar preparados para ser padres. “Ace- leró el proyecto”. Les dio pilas este niño para apurar sus proyectos.

Primeras impresiones

La entrada del niño fue en absoluta oposición respecto

de lo relatado por sus padres. Lo saludo en la puerta del consultorio y rápidamente corre, acelerando hasta llegar

al lugar. Toma un muñeco del hombre araña y comien-

za a saltar con él por todo el lugar. Su velocidad resulta sorprendente, pero no parece estar disfrutando del pla- cer de esa aceleración. Sólo cuando decido incluirme con otro personaje elegido al azar y empezar a sancionar eso como una persecución, con trampas y emboscadas, la risa del niño resuena en toda su dimensión.

Cabe destacar que este niño no estaba interesado en hablar más que dentro de la escena que el juego brindaba. De a poco el juego comienza a amplificarse, dando lugar a una mayor complejidad. Vamos construyendo una casa para ambos personajes, cuidadosamente ar-

mada. Periódicamente el timbre suena y se precipitan regalos sin remitente. Alternando con estos arribos, personajes comienzan acceder a la casa hasta que no hay espacio para ningún movimiento. No había modo de frenar su llegada ni salir de ese sitio. Quietos y apre- tujados, comienzan a sucederse una serie de amenazas

a pura anticipación: “ahí viene un terremoto”, “ahora

llega un dragón! Nos va a incendiar la casa”. El placer

del niño era innegable al poder jugar con algo de la prisa y su correlato de la anticipación. El terremoto resulta en un auto que pasa, el dragón en un pajarito que picotea el techo. Lo desproporcionado comienza

a entrar en el espejo del juego y se enmarca para poder

dar lugar a una medida manipulable por el niño. Algo amenazante que iba a venir y no llegaba precisaba de un tratamiento para poder entrar y encontrar su me- dida. Lo inconmensurable era como si literalmente no pudiera entrar en el cono que brinda el trabajo del jue- go. Dejarse tomar por la repetición y sus diferencias era una alternativa de intervención para leer y orientarse.

De la espera al punto de exterioridad

En una de nuestras sesiones advierto que de la bolsa de

juguetes que el niño traía (siempre ubicada sobre el di- ván) un muñeco monstruoso se cae al azar. “¿Y vos de dónde saliste?”, “Viene de la montaña de los muertos, estaba congelado”, “¿Lo hacemos entrar? Mirá la cara

que tiene”. El niño asiente pero este “zombie” debe entrar por la pantalla, un televisor con pantalla aguje- reada que se encontraba en mi caja. Me advierte que primero mi personaje (pequeño y débil) va a tener que recibir unas clases de defensa, pues este zombie “asusta

a los niños”. Así comienza una serie de “clases” donde

mi personaje se arma de herramientas y hasta inventa

algunas. Al comienzo, a cada patada que “pequeño” quería hacer, era arrancado de mis manos para que Lu- ciano lo manipule. Ante mis quejas responde que se decidirá por piedra, papel o tijera.

Tiempo después, en entrevistas con sus padres, me co- mentan que el niño comienza a jugar con otros chicos

y que este método es la herramienta para resolver si su amigo elegía a qué jugar o le tocaba a él.

En las sesiones, poco a poco van entrando los mons-

truos del fondo de la bolsa, primero a la antesala de los

“espectadores” y cada uno, por medio de la pantalla, con una presentación de su poder particular. Lucho señala a través de su personaje “éste no entró, viene la próxima”, y me pide que anticipe en la agenda la pelí- cula que será juego en nuestro próximo encuentro: “El vengador”, “Los súper héroes”, “La venganza del héroe humano”, “La computadora embrujada”, etc.

Así salen de la invisibilidad de la bolsa y luego de la pasividad del espectador. La figura del espectador está aquí sobredeterminada: él frente al amigo, la madre frente a la suegra, el padre que no se defiende.

Algo huele mal…

La escena de juego, en la medida que se amplificaba,

recubría una geografía estratificada. El tiempo armaba

una lógica de compases a la manera de una película

de misterio donde algo aún no se muestra. El primer

zombie aún no era nombrado hasta que se acerca a un personaje femenino que lejos de asustarse lo saluda:

“Es su tío”. Habla por primera vez por fuera de juego:

“¿Vos conociste alguna vez a un muerto? Yo sí, el papá

de

mi mamá que murió cuando yo nací.

La

mamá corrobora este dato con muchísima angus-

tia

y dice que le sorprende porque nunca más se lo

nombró, se retiraron todas sus fotos. Se sancionó es- to por decreto materno, haciendo que los recuerdos realmente quedaran congeladoås en el fondo de unos cajones. Algo tapado que no le viene bien al niño lo deja inactivo a él, y su inconfundible aroma no pasa desapercibido para Lucho. ¿Pregunta por la muerte y la filiación? Tema colosal que no se incluía en la trama del discurso familiar. Luego de estas entrevistas, los padres deciden que Lu- ciano está “increíblemente mejor”, juega con amigos, se defiende y no está tan sensible a los olores y la mu- gre. Dejan de traerlo y la mamá señala que “ella no está dispuesta a hablar de esto”, pero cuando sea el momento lo volverán a traer. Para concluir, una cita de Lacan: “¿Cuál debe ser ese deseo del analista, para sostenerse a la vez en ese punto de suprema complicidad, complicidad abierta a la sor- presa? El opuesto de esta espera donde se constituye el juego en sí, el juego como tal es lo inesperado. Lo ines- perado no es el riesgo. Uno se prepara a lo inesperado”.

Fotografías: Robert Doisneau

se prepara a lo inesperado”. Fotografías: Robert Doisneau —Lacan, Jacques: El Seminario, Libro 1, Los Escritos

—Lacan, Jacques: El Seminario, Libro 1, Los Escritos Téc- nicos de Freud (1953-1954), Editorial Paidós, Buenos Aires, 1981. —Lacan, Jacques: El Seminario, Libro 8, La Transferencia, (1960-1961), Editorial Paidós, Buenos Aires, 1989. —Lacan, Jacques: El Seminario, Libro 12, Problemas cru- ciales para el Psicoanálisis (1964-1965) (Inédito). —Lacan, Jacques: El Seminario, Libro 14, La lógica del fan- tasma (Inédito). —Beisim, Marta: Seminario Huellas de la Infancia IV, módulo 1: Juego-Infancia-Creencia. Entrecruzamientos, Unidad de Psicopatología y Salud Mental del Hospi- tal Gral. de Niños Dr. Ricardo Gutiérrez, Buenos Aires, clase 09/05/2006 (Inédito). —Beisim, Marta: Juegos de Transferencia. La personificación y el equívoco en el análisis de niños, en Revista Redes de la Letra N° 7, La Ley: Violencia y Filiación, Ediciones Legere, Buenos Aires, noviembre de 1997. —Beisim, Marta: Una vuelta sobre los personajes (Inédito). —Beisim, Marta: El marco del juego I (Inédito). —Beisim, Marta: El marco del juego II (Inédito). —Beisim, Marta: Seminario Clínica con Niños. El cuer- po, Septiembre 1994, Hospital Español, Buenos Aires (Inédito). —Fukelman, Jorge: Encuentros sobre la Clínica con Niños, Clase Niños en juego, Servicio de Psicoanálisis Infantil, Hospital de Merlo, 1986 (Inédito).

en juego, Servicio de Psicoanálisis Infantil, Hospital de Merlo, 1986 (Inédito). ENCUENTROS—69—ENCUENTROS—69—

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¿Qué hace un analista ahí? Amor, Saber, Poder, Deseo

Lic. Silvia Lamagni

E l presente trabajo es un intento de encontrar algunas res- puestas a una pregunta insistente que se me ha presenta- do en algunos momentos de mi práctica: ¿por qué, siendo

analista, estoy ahí?

M es un hombre de 37 años, con diagnóstico de cáncer de testí-

culo. La quimioterapia le es administrada durante sucesivas in-

ternaciones. En cada internación, yo lo visito y él habla de lo que

le está pasando con esto. En la quinta internación tiene una gran

descompensación y se enferma de neumonía. Está varios días en terapia intensiva, muy grave. Finalmente se recupera y le dan el alta. Durante 15 días voy a su casa alrededor de 3 veces por sema-

na, M camina alrededor del living y dice algunas frases en relación

a los momentos de internación en terapia intensiva, a punto de

morirse. No puede parar de moverse mientras habla de aquéllo.

Yo

no digo nada. A los 10 ó 15 minutos, M mira hacia la puerta,

ya

no quiere hablar más. Entonces, me voy.

A

es una mujer de 30 años. Consulta porque su marido tiene

un

linfoma desde hace 7 años, poco después del casamiento de

ambos. Para este tiempo, A entiende que ya no hay cura posible

y que la enfermedad está en su etapa terminal. A habla de su re-

lación de pareja, de la preocupación por la hija de ambos, de 5 años, de la salida de su posición de “enfermera y cuidadora”. Un

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mediodía recibo el mensaje de la muerte del marido de A y la dirección de la sala velatoria. A las 21 de ese viernes estoy en el velatorio del marido de A escuchando cómo ella habla de los últimos instantes de él. Sólo escucho.

Tenemos en el hospital un espacio de tra- bajo con analistas concurrentes al servicio. Una de ellas trae cierto día una pregun- ta en relación a la obligatoriedad legal de consignar determinados datos en la histo- ria clínica. La cuestión es que una pacien- te, que la analista ve por primera vez en una institución geriátrica, le cuenta que ella ha estado hablando con una terapeuta y que ésta no ha vuelto desde hace varias semanas. Que la semana anterior no le ha visto, de repente, sentido a la vida: ella ha cuidado de su madre y de una sobrina (cu- ya madre, su hermana, se suicidó) y que justamente ella la ha internado en ese ge- riátrico. Un día le traen la comida y tiene

el impulso de quedarse con el cuchillo y

esconderlo para matarse. Pero más tarde se asusta y lo devuelve. Sabe la analista cuál es

la

“normativa” al respecto pero…

O

es paciente del servicio de oncología de

un hospital público. Refiere una situación

que ha vivido su hijo menor. Los patrones

de la fábrica donde trabaja le han hecho la

vida imposible para que se fuera y en una

fiesta le han puesto algo en la bebida por

lo que ha dormido dos días. De sus padres

dice que siempre sufrió abandono, que nunca nadie se ocupó y que fue engañada.

O hace una entrevista de admisión con-

migo y hago una derivación, como esta- blecen las normas de nuestro servicio. No concurre a la primera de estas entrevistas. Pasan dos semanas y vuelve al consultorio donde realizo las admisiones para volverse a atender conmigo. Insisto con la deriva- ción. Va a dos entrevistas con la analista a

quien la he derivado. A la tercera llega muy tarde, no encuentra a la analista, me man-

da mensaje a mí que no respondo. Al día

siguiente le envía un mensaje a la analista diciendo que va a salir a matar al ex jefe del hijo porque está cansada de las burlas. La analista habla con ella y le dice que vaya

al hospital. O se niega. La analista se an-

gustia, piensa que la teoría indica que, en

estos casos, hay que avisar a los familiares. Busca a la abogada del hospital que opina

de

igual modo.

La

analista se pregunta qué tiene que hacer

luego de estas intervenciones.

Le pregunto qué pasó en la sesión del jue-

ves. Aparece entonces la cuestión del des- encuentro con la paciente, del mensaje que me envió a mí y el mensaje de texto dirigi- do a su analista: “voy a salir a matar al jefe porque estoy cansada de las burlas”.

En estas dos últimas viñetas, intento refu- giarme en el hacer, en la técnica, llamadas en la primera “obligatoriedad de escribir

en la historia clínica” y “criterios de admi-

sión” en la segunda, para no tener que vér- melas con… ¿con qué?

Hay “algo” que hizo que yo estuviera ahí, con M, con A, aún en si- tuaciones de catástrofes personales o sociales, y que no pudiera vér- melas en la situación con O. ¿Ese “algo” tiene relación con el saber?

El analista sabe, en principio, lo que ha podido aprender en los institutos de formación, de lo cual dice Lacan en “Variantes de la cura tipo”, que cualquiera sea la dosis de saber transmitida por ellos, no tiene para el analista ningún valor formativo, en tanto ese saber que “consiste”, que “tiene sentido”, incumbe a lo imagi- nario, y contra ello tropieza el analista constantemente. El saber de la ciencia, con sus reglas generales, puede hacernos esperar y suponer algunas cuestiones, pero para que se produzca el análisis habrá que esperar a confrontarlo con lo que diga el que habla. De lo contrario, el aspecto más aplastante de la ciencia en su genera- lización impide que surja algo nuevo.

Cuenta Safouan en Actas de la Escuela Freudiana de París: “parece que había un hombre sumamente rico, colmado por la fortuna y la fama, pero que sentía una falta… porque no sabía cuál era el sentido de la vida. Recorrió el mundo interrogando… pero no halló respuesta a su pregunta. Finalmente sus peregrinaciones lo llevan a… un gurú… Le plantea inmediatamente su pregunta:

‘¿Cuál es el sentido de la vida?’ Entonces el anciano gurú le dice:

‘La vida es una fuente’. Contrariado, el rico le dice: ‘No me va a decir que recorrí kilómetros y kilómetros… para oírle decir que la vida es una fuente?’. Entonces el gurú eleva su mirada y dice:

‘¿Cree Ud. acaso que no lo es?”.

La intervención del gurú nos recuerda a la intervención de un ana- lista en tanto no cierra esa pregunta dando consejos, respuestas,

de un ana- lista en tanto no cierra esa pregunta dando consejos, respuestas, ENCUENTROS—71—ENCUENTROS—71—

ENCUENTROS—71—ENCUENTROS—71—

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recomendaciones, llega al sujeto en un
punto ignorado por él pero manifestado
como pregunta, y sosteniéndola, produce
su
eficacia. Y es en ese enigma, que se juega
la
posibilidad de encontrar las propias res-
puestas. Como el deseo es siempre deseo
del Otro, en la medida en que el analista
no cierre dando respuestas, permite a quien
habla que busque las propias. Esta ficción
del sujeto que supuestamente sabe (dice Sa-
fouan en Jacques Lacan y la cuestión de la
formación de los analistas) no podría vestir a
otro (analista, médico, etc.) sino en la me-
dida en que ese otro desea al Otro. El sujeto
está en esa interrogación. Si el analista no
puede sostenerla y se aparta del silencio pa-
ra actuar dando consejos, sugerencias, di-
Safouan “defrauda al sujeto de ese deseo
que debe manifestarse como una x”.
ce

Y agrega: “creer que al nivel de la conduc-

ción de un análisis pueda haber una técnica

que ponga a quien la ejerce a cubierto del

error, por no hablar del abuso, es un señue-

lo al que nos acogemos para no tener que

afrontar el único problema serio: el del de- seo del analista”. Desde el punto de vista de Lacan, escribir sobre la técnica en el sentido de una codificación de las reglas no sería si- no una manera de eludir el problema del acto psicoanalítico refugiándose en el hacer.

Pareciera entonces que no se trata del sa- ber, que el analista no está allí porque algo sabe. Dice Lacan en La Cosa freudiana que

la

verdad no es un atributo del habla, sino

la

cosa misma que se significa en el habla,

como incongruencia, mentira, lapsus. Res- pecto de esta cosa freudiana, la responsabi- lidad del analista se sitúa en saber ignorar, ignorar lo que sabe o ha podido saber.

Saber ignorar, deseo, acto.

¿Está el analista ahí por el amor?

No es que no lo sienta.

Del analista, dice Lacan en el Semina- rio de la Transferencia, que no es insensi- ble al amor o al odio que el analizante le

—72—ENCUENTROS—72—ENCUENTROS

manifiesta, que los sentimientos son recíprocos y, más aún, sostie- ne que cuanto mejor esté analizado, más fuertes serán sus senti- mientos de amor, aversión o repulsión.

Según Safouan manifiesta en El malestar en el Psicoanálisis, el psi- coanálisis ha “purificado” al analista del temor, la piedad y las opi- niones, pero no de las pasiones, aunque se abstenga de participar de las pasiones colectivas. Dice Zuberman que aquél juega en la pareja eromenós-erastés (amado / amante) y acepta este juego pa- ra sostener la transferencia. Cita del Seminario XI que “la manio- bra y la operación de la transferencia han de regularse de manera que se mantenga la distancia entre el punto donde el sujeto se ve a sí mismo amable y ese otro donde el sujeto se ve causado como falta por el objeto a”. Si el analizante no se siente amable, querible y, por el contrario, experimenta el desamparo, no puede soportar su falta ni interrogar lo que ella le causa como objeto a.

¿Está ahí por el poder?

Sí, está ahí por el poder, aquél que la transferencia le otorga. Sin embargo, es tarea del analista, por un lado, abstenerse del mismo y, por otro, dar batalla a la captura que el exceso del poder de la transferencia opera reteniéndolo como objeto del fantasma de su paciente.

¿Está ahí por el deseo?

Decía, más arriba, que el analista no deja de sentir amor u odio cuanto más analizado esté, ni tampoco es insensible al amor o al odio que el analizante le manifiesta pero de ellos sólo mostrará

una envoltura vacía. ¿Cómo logrará esto? Poniendo en acto un deseo más fuerte que ese amor u odio.

¿Qué deseo es ése, entonces?

Lacan dice en el Seminario XI que se trata de un deseo más fuerte que otros que también pueden aparecer, como “llegar a los hechos con su paciente, tomarlo en sus brazos o tirarlo por la ventana”. Éste no es un deseo puro… es el deseo de obtener la diferencia absoluta, la que interviene cuando el sujeto confrontado al signifi- cante primordial accede por primera vez a la posición de sujeción a él. Sólo allí puede surgir la significación de un amor sin límites por estar fuera de los límites de ley. Zuberman llama a la diferen- cia absoluta de Lacan, deseo de máxima singularidad y articula amante (erón) del Seminario VIII y un amor sin límites del XI, al deseo del analista. En tanto amante, el analista sostiene un deseo más fuerte que el deseo que lo habita y, en tanto amor sin límites, ubica el deseo del analista, no en relación a lo simbólico, a la ca- dena significante, sino a lo Real. Y aún más, este deseo de máxima singularidad no es sino sostenido en este mundo con otros, donde el analista ocupa un lugar desde el cual dar las pruebas de aquélla.

incurable, ininterpretable, en el final del análisis. Y en tanto esto es así, no es verda- dero sino real, del orden de lo imposible.

Insiste la pregunta

respuesta no puede ser enunciada, en tanto ininterpretable, se llega a ella, en el pasaje

al acto esclarecido, asumiendo en el más

amplio grado la división subjetiva de cada cual. Sí podemos decir con Zuberman que

el deseo del analista nombra a la causa del

deseo: deseo de ocupar ese lugar. “Respon-

do al nombre propio y respondo por él, pero en ese responder, se hace del nombre propio, nombre común, función a cum- plir tomando la palabra, gastándola como moneda corriente”.

¿Implica aquéllo que no hay ningún terce-

ro en la formación del analista?

Safouan encuentra dos “terceros”: durante

¿Qué deseo es ése? La

¿Cómo se constituye el deseo del analista? Aquí podemos hablar

el

análisis, el tercero es el Otro y el sujeto

del pasaje de analizante a analista. En el planteo de Lacan hay que

es

responsable del inconsciente. Al final del

pasar por el fin de análisis para poder sostener ese lugar. Pero sólo cuando se instala el deseo del analista se puede escuchar algo di-

análisis, el sujeto se autoriza solo y se hace responsable del psicoanálisis, pero compar-

ferente de lo que esperaríamos desde la teoría y puede surgir algo

te

esa soledad común, la del acto analítico,

novedoso. Con la clase de Lacan del 20/3/68 podemos decir que se instala el deseo del analista en el “pasaje al acto esclarecido”:

con algunos otros, testimoniando frente a sus pares aquellas cuestiones que surgen de

efecto de la tarea psicoanalizante “al término de la cual el sujeto

su

práctica. Las respuestas no son tales sin

está advertido de su división constitutiva

”.

Dice Zuberman que

el

asentimiento de algunos otros. Zuber-

lo específico del deseo del analista es “llevar la demanda a la pul- sión” para, por esta vía, aislar el objeto a y, situándose a la mayor distancia posible del Ideal que es convocado a encarnar, singulari- zar su deseo y su goce. El deseo del analista surge entonces de ese

deseo y su goce. El deseo del analista surge entonces de ese man agrega que, cuando

man agrega que, cuando el analista, vía su deseo, se hace responsable del psicoanálisis, articula intensión y extensión y esto, no en función de ofrecer teoría al mercado, sino para sostener un lugar que haga trabajar al psicoanálisis, donde producir algo novedo-

so sea posible, donde autorizarse a decir a

esos pares que él ha elegido algo que ha po-

dido elaborar acerca del lugar desde el cual responde a sus analizantes.

M

sigue trabajando en el consultorio.

A

pudo elaborar el duelo.

O

se sigue atendiendo… conmigo.

Fotografías: Dorothea Lange

el duelo. O se sigue atendiendo… conmigo. Fotografías: Dorothea Lange ENCUENTROS—73—ENCUENTROS—73—

ENCUENTROS—73—ENCUENTROS—73—

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Trazas del afecto en el cuerpo

Lic. Liliana E. Goldstrom

L a cultura impone un valor exagerado a la ima- gen de la delgadez. Para ajustarse a ese manda- to muchas mujeres, ubicadas en la franja etaria

que va desde los 12 a los 25 años, recurren a “dietas de hambre”, se proponen llegar a ese “ideal de perfec- ción”, de delgadez, convirtiéndose en víctimas de un sistema que los adultos crean, convirtiéndose en escla- vas de esa imagen.

Zygmunt Bauman puntualiza que “en la sociedad de los consumidores, nadie puede convertirse en sujeto sin antes convertirse en producto, y nadie puede pre- servar su carácter de sujeto si no se ocupa de resucitar, revivir o realimentar a perpetuidad en sí mismo cuali- dades y habilidades que se exigen a todo producto de consumo” 1 . “A los más desesperanzados y desespera- dos de los asediados les quedará la opción de sacrificar su propia vida para alcanzar esa vida arrebatada como una forma de alcanzar esa promesa de la felicidad” 2 . Cada cuerpo sufriente se convierte en víctima. El cui- dado de la imagen denuncia un exceso de goce donde el cuerpo está padeciendo de una forma innecesaria.

Freud puntualiza en la perturbación psicógena de la visión sobre un cuerpo al que le pasan cosas imprevis- tas, cosas que se escapan, acontecimientos que dejan trazas, huellas que perturban. Freud propone un in- consciente que tiene una incidencia sobre el cuerpo:

“El inconsciente no es sin relación al cuerpo” 3 .

El cuerpo lucha en “un campo de batalla pulsional entre el yo y las pulsiones de autoconservación. Y esta servi- dumbre a dos amos a la vez tiene consecuencias sinto- máticas que intensifican la función erógena del órgano” 4 .

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La moda impone un cuerpo utópico, que encaja per-

fectamente con ese molde ideal, pero esto alcanza en algunos casos a mostrar un cuerpo dañado y sufriente.

A este padecer se lo denomina anorexia, que se ma-

nifiesta por medio de la falta de apetito. Esto no sólo

se relaciona con la ingesta de alimentos sino, además,

con una pérdida de ganas o de deseo de vivir. Lo grave

el sacrificio enorme de dejar de alimentarse, el cual pone en riesgo la propia existencia.

es

La

imagen del cuerpo se forma desde los primeros años

de

vida, en la interrelación con sus seres queridos; esa

imagen del cuerpo como unidad se va construyendo poco a poco y le da al individuo una unidad, una in- tegridad, una identidad y un reconocimiento ante sus semejantes. Miller reflexiona en Biología Lacaniana y acontecimiento del cuerpo, que a este cuerpo le suce- den cosas imprevistas, cosas que se escapan, “aconteci- mientos que dejan huellas que producen disfunciones en el cuerpo” que perturban 5 .

Lacan resalta que el cuerpo constituye, en primer lu-

gar, lo que puede llevar la marca apropiada que lo or- dena en una serie de significantes. Desde esa marca,

es

soporte de la relación no eventual, sino “necesaria,

ya

que es aún soportarla por el hecho de sustraerse a

ella” 6 . Son estos otros quienes funcionan como espe-

jos, espejo que nunca nos devuelve la imagen tal cual realmente somos. “El sujeto nace en tanto que en el

campo del Otro surge el significante” 7 . Y el significan-

te afecta en el cuerpo perturbándolo.

La adolescencia es una época de grandes cambios y pa- decimientos: los padres todopoderosos ya no son esos

héroes de la infancia como antes; y el cuerpo infantil va tornándose casi irreconocible. Ante

héroes de la infancia como antes; y el cuerpo infantil va tornándose casi irreconocible. Ante esto, el adoles- cente buscará nuevos modelos que el mundo del adul- to le transmite en forma de imágenes.

Sigmund Freud puntualiza en el tercer ensayo Meta- morfosis de pubertad (1905), que “con el advenimiento de la pubertad se introducen cambios que llevan la vida sexual infantil a su conformación definitiva, ahora las zonas erógenas se subordinan a la primacía de lo geni- tal” 8 . Con la irrupción de algunos cambios, un nuevo goce exige al sujeto separarse de sus padres, cuestionar los ideales y confrontarse con la castración en el Otro.

La pubertad con la irrupción de transformaciones fí- sicas y psíquicas es una metamorfosis donde el cuerpo se evidencia. Alexandre Stevens denomina “la adoles- cencia es síntoma de la pubertad”, pues el momento de ese real en juego posee múltiples respuestas posi- bles. “Lo real en juego” es el estallido de un cuerpo nuevo donde el sujeto no tiene respuestas” 9 . Por ende, la adolescencia es un lugar donde el sujeto renueva sus elecciones de objeto de la infancia.

La anoréxica expresa un mal-estar por medio de sus problemas alimenticios, mostrando un vacío en su cuerpo debilitado y desvitalizado. Es un vacío que re- vela un cuerpo sufriente, asexuado, sin formas femeni- nas. Y este vacío podrá estar relacionado con la propia historia singular de ese adolescente que, en realidad, está hambriento de palabras de afecto o de amor.

La anoréxica decide cerrar la boca; pues la boca no

sólo sirve para incorporar alimento. Sigmund Freud reflexiona que cuando el niño chupetea, “los labios del niño se comportan como una verdadera zona erógena,

y la estimulación por el cálido aflujo de leche es la

causa de la sensación placentera que se asocia con la

necesidad de alimentarse” 10 .

“La boca sirve para besar, tanto como para comer o expresarse” 11 , nos alimentamos del amor que fluye del torrente de las palabras. Las palabras abren a un mun- do más rico, más armonioso en relación con otros. La zona de los labios simultáneamente enlaza el cuerpo con la nutrición” 12 .

Ante un mundo plagado de imágenes por doquier, un

universo de zapping, de imágenes ideales, condena al adolescente a consumirse en su propio cuerpo. Sólo

la palabra posibilita una oportunidad para apostar al

camino del deseo donde “ya no se trata de vivir”, sino de buscar en el vivir el sentido de su propia existencia.

Fotografía: August Sander

sentido de su propia existencia. Fotografía: August Sander 1 Bauman, Zygmunt: Vida Líquida. Editorial Paidós,

1 Bauman, Zygmunt: Vida Líquida. Editorial Paidós, Buenos Aires, 2007, pág. 20.

2 Bauman, Zygmunt: Ídem, pág. 20.

3 Soler, Colette: Estudios de Psicosomática. Editorial Atuel-Cap, Buenos Aires, 1993, pág. 93.

4 Freud, Sigmund: Perturbaciones Psicógenas de la visión según el psicoanálisis. Tomo XI, Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 2003, pág. 211.

5 Revista Psicoanalítica Freudiana N° 28: Biología La- caniana y Acontecimiento del cuerpo. Ediciones Paidós, Barcelona, 2000, pág.36.

6 Lacan, Jacques: Otros Escritos – Radiofonía. Editorial Paidós, Buenos Aires, 2012, pág. 432.

7 Lacan, Jacques: Los cuatro principios fundamentales del psicoanálisis, Seminario XI. Barral Editores, España, 1977, pág. 203.

8 Freud, Sigmund: Tres ensayos de una teoría sexual, To - mo VII. Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 2011, pág. 189.

9 Stevens, Alexandre: La Clínica de la infancia y la adoles- cencia. Colección Grulla, 2011, pág. 30.

10 Freud, Sigmund: Tres Ensayos para una teoría sexual, Tomo VII. Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 2011, pág. 164.

11 Freud, Sigmund: Tomo I Obras Completas. Editorial Bi- blioteca Nueva, España, 1967, pág. 984.

12 Freud, Sigmund: op cit, Tomo VII. Editorial Amorror- tu, Buenos Aires, 2011, pág. 167.

Sigmund: op cit, Tomo VII. Editorial Amorror- tu, Buenos Aires, 2011, pág. 167. ENCUENTROS—75—ENCUENTROS—75—

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