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BOSQUEJO DE JOSE MUÑOZ COTA IBAÑEZ

Por Alicia Pérez Salazar

Hablar de José Muñoz Cota es como hablar de mí.


¿Cómo podría hacerlo sin la inhibición natural?
Séame perdonado referirme al amado Maestro.
Trataré de ser lo más objetiva posible.
A.P.S

N o podemos recordarlo desde lejos. Está siempre con nosotros. Caminamos siempre juntos durante
cuarenta y tres años. Muchas veces sentimos los pasos de la policía tras nosotros, cuando nos lloviznó
una pobreza franciscana.

El doce de marzo de 1993 caminamos, como todos los días, en el jardín cercano a la casa. De pronto
me dijo: "Se me olvidó el Padre Nuestro. ¿No quieres decirlo? 'Padre Nuestro que estás en el cielo,
santificado sea tu nombre...' Ya, ya lo he recordado, gracias."

—Fíjate, Licha, que si no supiera que mi cardiólogo es un gran médico, pensaría que es un botarate.
—¿Te duele el corazón?
—No. Es un malestar general que no preciso.

Volvimos a la casa. Un desvanecimiento nos hizo pensar que podría haberle bajado el azúcar. Le
dimos un jugo de papaya. Dormitó un rato sentado en el sillón. De pronto dijo: "Tengo hambre. A comer."
Terminando me dijo: "Quiero escribir." Hay que advertir que no lo hacía desde enero. Lo llevé hasta su
máquina. No pudo.

Vio un poco el noticiero en la televisión. "Ya llévame a dormir. Este mundo está loco." Le puse sus
zapines, lo persigné y le dije hasta mañana.

—Gracias
—me dijo.
—¿Porqué? —le pregunté.
—Gracias por todo!

Anocheció. El ya no amaneció. En el ínter, de la noche a la mañana, cuando los espíritus dialogan


con el Creador, el Maestro Muñoz Cota dejó, físicamente, este mundo.

Los primeros trazos de este bosquejo nos hablan de un niño nacido el 21 de enero de 1907, en
Ciudad Juárez, Chihuahua, en el hogar de la familia paterna, de donde su madre, literalmente, tuvo que
rescatarlo, cuando quedó huérfano de padre, pues lo que más deseaba era volver a la Ciudad de México para
vivir con su familia compuesta por la abuela Soledad, la tía Teté y el tío Adán.

El gran temperamento artístico de la familia permitió que el pequeño José amara la música y la
poesía por lo que no era extraño oírlo declamar y cantar fragmentos de ópera y opereta.

Dotada de gran carácter —que escondía en una tierna dulzura— la abuela dirigía la casa dando las
órdenes sin elevar nunca el tono de la voz.

La tía Teté era un dulce y el tío Adán, apenas tuvo la edad, se fue hasta el norte buscando las fuerzas
del General Francisco Villa.
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La abuela se llevaba al pequeño José a la ópera y a la zarzuela. Es ella, sin duda —ya que su madre
Sara tuvo que ser madre y padre, por lo que tenía que trabajar—, es la abuela, digo, quien moldeó el carácter
y la vocación del niño José, quien, a los 10 años, gana un concurso infantil que convocara la revista Acción
Mundial, dirigida por el Dr. Atl (Gerardo Morillo)

Casi al mismo tiempo nace su pasajera vocación religiosa en la Iglesia Metodista de Gante, donde fue
llevado por un vecino. Es necesario anotar que su pequeña familia era católica, no practicante.

La iglesia evangélica lo hizo penetrar a la belleza de los libros bíblicos. Dos pastores se ocupaban de
la dirección de los niños: Gonzalo Báez Camargo —Pedro Gringoire— y J. Trinidad Ramírez, quienes
descubrieron las grandes aptitudes de José. Con el trabajo "José, El egipcio", ganó el certamen dominical,
ascendiendo a la presidencia de la Liga Infantil.

El tiempo lo dividía entre su escuela —The New English College— y los ejercicios dominicales de la
Iglesia de Gante. Ahí se inició, seguramente, en la oratoria, ya que semanalmente organizaban una velada
que comprendía coros, recitaciones y un debate, y así saltó a la palestra, cuando el pastor J. T. Ramírez le
anunció: "Muñoz Cota, te toca tomar parte dentro de 15 días con el tema '¿Deben las mujeres ocupar los
mismos puestos que los hombres?' Tu oponente será la maestra X. Tú llevarás la contra." Se preparó
intensamente con la ayuda de sus guías. Dice algún cronista que sus palabras fueron cálidas, vibrantes,
llegaron solas. Ganó el debate y pareció que eso sellaba su destino. La iglesia le otorgó una beca para el
Instituto Metodista Mexicano, en calidad de interno. Estudiaría la carrera de maestro con opción de inscribirse,
posteriormente, en el Seminario. No interesa hacer un análisis detallado, pero la fe que lo llevó al internado se
fue perdiendo poco a poco. Abandonó el Seminario y volvió a la Iglesia de Gante para trabajar y retribuir lo
que el Instituto había gastado en él. Sus pastores le dijeron que no era necesario pero él lo hizo. Nadie le
reprochó nada. Nadie le pidió explicaciones. Su familia se alegró por el retorno.

Se inscribió en la Escuela Nacional Preparatoria. Siguió asistiendo al servicio dominical, leyendo La


Biblia y desempeñando sus labores, con el desencanto de sus pastores que no dejaban de pensar que el
joven Muñoz Cota hubiera sido un gran predicador.

Cuando sintió que era suficiente, pidió a los directivos de la iglesia un debate con el mejor de los
jóvenes seminaristas, Salatiel Jiménez, quien salía del Instituto cuando el adolescente Muñoz Cota ingresaba.
El tema lo fijó la iglesia: "¿Existe el libre albedrío?" Muñoz Cota llevaría la negativa y Jiménez la afirmativa. A
éste lo prepararon los maestros del Seminario. A Muñoz Cota lo asesoraron los maestros José Romano
Muñoz, Samuel Ramos y Horacio Zúñiga. A reventar el auditorio de la iglesia. Cuando el debate finalizó el
jurado le concedió la victoria a Muñoz Cota por la forma elegante y bella de exponer, no porque tuviera razón.
Concluyó su relación con la iglesia. Se retiró con sus banderas en alto. Nunca más volvió. Pero jamás olvidó
que fue la Iglesia de Gante la que despertó su amor por la oratoria, su pasión por la libre discusión y el libre
examen; y ahí quedó, para siempre, su catedral sumergida a la que aludía con frecuencia.

Dedica entonces todo su tiempo a la Nacional Preparatoria. La grey estudiantil seguía inmersa en la
sacudida revolucionaria. En la familia, el abuelo materno, militar, tuvo dos hijos fuera del matrimonio. Uno
militaba con los constitucionalistas y el otro con las fuerzas de Emiliano Zapata. Todo esto hizo que en la
sangre del preparatoriano Muñoz Cota navegara, como dice Neruda, un águila revolucionaria. De ahí su amor
a la libertad y a la justicia, además del horizonte cultural que le ofreció la Preparatoria.

Pablo, el de Tarso, decía orgulloso: "Yo me eduqué a los pies de Gamaliel". Muñoz Cota repetiría
orgulloso: "Yo me eduqué a los pies de Erasmo Castellanos Quinto, de Romano Muñoz, de Samuel Ramos,
de Horacio Zúñiga."

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Perteneció a la generación 20-24, de la que decía era la más brillante. Lo cierto es que esa
generación dio dos presidentes, secretarios de estado, gobernadores, directores de cine, etc.: Miguel Alemán
Valdez, Adolfo López Mateos, Antonio Carrillo Flores, Antonio Armendáriz, Raúl Noriega, Antonio Ortiz Mena,
Gabriel Figueroa, Roberto Gavaldón, etc. Generación que gobernó a México durante dos sexenios.

Ya en la Nacional Preparatoria formó su grupo de compañeros, que lo eran, dentro y fuera de la


escuela: Josué Mirlo, Lamberto Alarcón, Emilio Cisneros Canto, Arturo Zepeda, Santiago X. Sierra, Baltasar
Dromundo, Mario Mariscal, César L. Bonequi, Luciano Kubli, Arturo García Formentí y Guillermo Tardiff. Este
último, inseparable.

No fueron, ciertamente, estudiantes de "obstinado rigor", pero sí los de mayores conocimientos ya


que se jugaban competencias para ver quién había leído más libros en el mes y quién había entendido mejor
a sus autores.

Se avecina en 1923 la revolución Delahuerrista. Los jóvenes estaban emocionalmente con Adolfo de
la Huerta, que representaba la cultura en contra de los caudillos armados Obregón y Calles. El joven Muñoz
Cota habló en la gira del candidato que veía con simpatía a este grupo de estudiantes. Eso les permitió a
Muñoz Cota y Tardiff, acercarse y pedirle al candidato que los llevara con él. Don Adolfo les dijo que sí. El día
de la partida llegaron puntualmente a la estación de Lechería y, ¡oh decepción!, el candidato les dijo que
mejor se regresaran a su escuela a estudiar, que así le servían más a México, que él después los mandaría a
Europa.

Continuó sus estudios hablando, esporádicamente, en los actos de Acción Cívica, invitado por el Lic.
Luis Rubio Siliceo. En este tiempo obtuvo el tercer lugar en el concurso de filosofía de la Prepa.

En los corredores de la escuela se hablaba del próximo concurso de oratoria —el primero— al que
convocaba El Universal, conjuntamente con varios periódicos extranjeros. Los amigos le rogaron al joven
Muñoz Cota que se inscribiera, pero él sentía el lógico temor a los muchachos más grandes, como Alejandro
Gómez Arias, al que elogiaban tal vez con exageración. Ni tardo ni perezoso Guillermo Tardiff lo inscribió sin
consultarlo. Discípulo del admirado Maestro Horacio Zúñiga, el joven Muñoz Cota siempre improvisaba
gracias a que conocía los temas; confiaba en la potencia de su voz. Lo demás llegaría en el momento.

Se dijeron en ese concurso discursos bellísimos. Fue una prueba difícil que gracias a su capacidad
lírica y a que era un verbo motor, Muñoz Cota obtuvo el triunfo y se sintió muy orgulloso cuando el presidente
del jurado dijo: "Es el único orador que ha competido."

La emoción lo embargaba, todo era felicidad hasta que se acercó a Gómez Arias y le dijo:
"Compañerito, no cantes victoria. Nos vemos en el (concurso) nacional; vendré representando a Tlaxcala."

Concurso Nacional. Teatro Hidalgo. Las porras atronaban el espacio, la alegría estudiantil se
desbordaba. Total: volvió a ganar.

Auditorio en Washington, pletórico. La presencia del Presidente Coolidge, de los Estados Unidos,
imponía. Los participantes podían hablar en su idioma o en inglés. Muñoz Cota pudo hacerlo, pero no quiso.
El embajador de España —que era integrante del Jurado—seria el único que lo entendería. Y aquí estaba el
milagro de la comunicación. El público no entendió una palabra del discurso del joven Muñoz Cota y, sin
embargo, lo interrumpió varias veces con aplausos. ¿Fue la potencia de su voz? ¿La manera de decirlo? ¿La
emoción? Tal vez un poco de todo. Obtuvo el segundo lugar.

En el Verbo peregrinante, el Maestro Horacio Zúñiga puso esta nota al pie de un artículo: "A José
Muñoz Cota, mi primer discípulo de oratoria y excelente amigo mío, cupo el honor de ser el primer campeón
de oratoria de México en el año de 1926. Corno justa recompensa, El Universal envióle como representante
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de la, juventud estudiosa a los Estados Unidos donde, en liza inolvidable, contendió victoriosamente con los
oradores jóvenes de los más avanzados países de la tierra. Glosando tan gallardo y significativo
acontecimiento, juzgué indispensable exaltar el triunfo cultural de nuestro país en la misma nación que,
abusando de su fuerza, nos arrancara antaño más de la mitad de nuestro territorio. Por eso este artículo se
llama La venganza de Ariel." El artículo es en verdad hermosísimo.

El premio fue un viaje a Europa. Fue un sueño. Museos, bibliotecas, monumentos, pinturas... el
insaciable deseo de cultura quería verlo todo.

El hermoso sueño terminó y, usando sus propias palabras, murmuró para sí mismo: "Soy un flamante
campeón de oratoria sin qué comer." Tenía que trabajar. Dos ofrecimientos se le presentaron, a cuál más
tentador: el Maestro Narciso Bassols lo invitó a radicar en la hospitalaria Ciudad de Toluca, donde impartiría
la cátedra de Literatura, y Don Genaro V Vásquez, Gobernador de Oaxaca, lo invitaba a su entidad para que
fuera su secretario particular.

Se fue a Oaxaca. Conoció todo el estado a caballo, ya que entonces no existían carreteras. Con don
Genaro tuvo contacto con las masas. Escuchó la queja irredenta de los peones y sobre todo se enamoró de
los paisajes de la Sierra, del Valle, de la Costa. Seguramente ahí nació a la poesía. Dice de él algún crítico:
"En el verso —en la entraña poética de Muñoz Cota— están, desgarradas, como piedra y como grito en
ahogo, la montaña de aristas recias y el desierto que exhala sol, dureza y, a veces, odio."

Amó a Oaxaca por siempre. Ahí se hizo hombre. Ahí conoció el primer amor. En suma, Oaxaca le dio
de comer.

Volvió a la Ciudad de México adscrito al PNR con Don Emilio Portes Gil. Luciano Kubli y él
pronunciaron discursos ante auditorios de campesinos, obreros, estudiantes a lo largo y ancho del territorio
nacional fortaleciendo cada vez más su capacidad oratoria. Fue entonces que conoció al General Lázaro
Cárdenas, a quien precedía una fama de revolucionario y quien despertó la admiración de los jóvenes Kubli y
Muñoz Cota. Cárdenas fue algo más que un líder, fue un ídolo. Cuando fue postulado a la Presidencia, previa
bendición del Jefe Máximo, Plutarco Elías Calles, Muñoz Cota fue uno de los oradores en la campaña,
haciendo gala de oratoria política.

Diciembre de 1934, toma de posesión del General Lázaro Cárdenas. José Muñoz Cota es nombrado,
a petición de la Cámara de Diputados, Director General del Departamento de Bellas Artes, cargando con los
conflictos suscitados por su juventud y teniendo que lidiar con todos los "genios" que por ahí pululaban.

Su tesis fue concreta: "El arte no debe ser elitista. El arte es uno, al servicio del hombre y de la
sociedad en que éste se sitúa. El artista es un ser comprometido que no debe rehuir su responsabilidad
social. El Estado tiene la obligación de llevar las funciones de arte a los pobres, a los trabajadores y a los
estudiantes."

El rumbo de la política nacional fue la de un gobierno de frente popular. En ese tiempo fue que el
Maestro Muñoz Cota tuvo su "sarampión rojillo". Era un socialista, no marxista. Jamás militó en el Partido
Comunista. De ese tiempo es el libro Romances de la hoz y del martillo:

Los soldados olvidaron que salieron de la gleba; el uniforme les viste con los cuerpos la conciencia...
pero las balas anónimas —que no entendieron a Marx— pasan como las garlopas arrastrando
enrojecidas las virutas de las vidas, para bien del capital.

En 1937 la Federación de Colonos Proletarios lo postuló para diputado por el Primer Distrito. Su
primer contacto con la Cámara lo desilusionó. La calificó como una estructura antidemocrática. El Ejecutivo
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designa a quien va a ser el líder de la Cámara y desde ese instante éste se convierte en representante del
Presidente. En su primer discurso, el Diputado Muñoz Cota pidió la desaparición de esa regla. Naturalmente
fue derrotado. Desde ese momento sus ideas se oponían a las del líder Margarito Ramírez. No le concedían
la palabra. En esta época se casa con la hija del General Francisco J. Múgica, con quien procrea dos hijas.
Cuando en 1939 un grupo de cardenistas postula al General J. Múgica a la Presidencia de la República, ni
tardo ni perezoso se une a la precampaña en favor de su suegro, que contendería, en principio, con los
también precandidatos Juan Andrew Almazán, Rafael Sánchez Tapia y Manuel Ávila Camacho. Sin duda el
mejor candidato era el General Múgica, por muchas razones que no analizaremos ahora.

Después de que el Presidente Cárdenas habló con Múgica, éste retiró su anuencia, diciendo que no
participaría. La balanza se inclinó por el General Manuel Ávila Camacho. Los Mugiquistas manifestaron sus
protestas, no faltando la participación del Maestro Muñoz Cota que, en incendiario discurso, llamó al General
Ávila Camacho "soldado desconocido."

Con el nuevo régimen avilacamachista, los inversionistas extranjeros, especialmente los


norteamericanos, hicieron sentir su predominio en el sistema económico nacional, una vez desaparecido el
radicalismo cardenista.

Se anunciaba, desde 1939, la Segunda Guerra Mundial, por lo que el Presidente Ávila Camacho
nombró al General Cárdenas Jefe. Militar en la Zona del Pacífico, naturalmente acompañado por su
admirador Muñoz Cota.

Un día de 1940 —en Mazatlán— el General Cárdenas le dijo al Maestro Muñoz Cota:

— El Sr. Presidente lo ha nombrado Embajador en Honduras, dándole un plazo de 15 días para dejar
el país.
—.Alguna opción?
— Ninguna, Muñoz Cota. No contraríe al Presidente.

Se presentó ante el Lic. Pandilla, Secretario de Relaciones, quien lo recibió fríamente. La comunicación fue
lacónica:
—Quiero que sepa que yo no lo he nombrado.

Con ironía le contestó el Maestro: "Le doy las gracias porque tampoco se opuso."

Ya tenía sus cartas credenciales para presentarse. Lo que no tenía era dinero, ni frac, ni smoking, ni
camisas, ni zapatos, ni ropa apropiada para él y su familia.

Recurrió a su inseparable amigo, el Ingeniero Luis Murillo, quien le prestó cinco mil pesos para
solventar las primeras dificultades.

No se despidió del Presidente —como lo indica el protocolo—, sólo del General Cárdenas.

Su vida en la diplomacia se desarrolló en Honduras, Colombia y Paraguay, con misiones especiales


en otros países de Centro y Sudamérica. Aturdido y confuso llegó a Tegucigalpa decidido a triunfar. Trazó un
plan de trabajo y pronto se vio rodeado de poetas y escritores y, aún sin presentar credenciales, ya había
desayunado con la hija del Presidente, con el Jefe de Protocolo, el director del periódico oficial y el Jefe de la
Cámara.

En esa época los países de Latinoamérica estaban salpicados de dictadores; mencionaremos cinco:
Jorge Ubico, de Guatemala; Maximiliano Hernández Martínez, en El Salvador; Anastasio Somoza, en
Nicaragua; Tiburcio Carías, en Honduras, e Higinio Moriñigo, en Paraguay. Revoluciones y cambios de
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régimen fueron el pan nuestro de cada día. La Embajada de México siempre tuvo sus puertas abiertas para
brindar asilo político a los perseguidos.

El Secretario de Relaciones hizo pronto sentir animadversión a Muñoz Cota, enviándole un cable
cifrado para que gestionara ante el dictador Carías, la libertad de cinco jóvenes oficiales que habían estudiado
en el Colegio Militar de nuestro país.

La historia es breve. El General Carías los había mandado becados precisamente al Colegio Militar.
Los quería como hijos. Los nombró miembros de su guardia personal. Quisieron matarlo. El complot no dio
resultado por un aviso a tiempo. El Maestro, como hemos dicho, todavía no se acreditaba. Entonces, a través
de sus nuevos amigos, solicitó audiencia, misma que fue concedida. Ya frente al viejo dictador, el flamante
embajador le expuso sus cuitas más o menos así:

"Sr. Presidente: en primer lugar quiero decirle que no soy diplomático de carrera, sino diplomático a la
carrera. Mi primer encargo es solicitarle la libertad de los cinco oficiales que quisieron matarlo. Si usted me
dice que no, seguramente dejo el servicio diplomático y vuelvo a mi país". Al Presidente Carías le gustó la
confianza con la que le hablaba un miembro del cuerpo diplomático. Se rompió el hielo. Platicaron
amistosamente y concedió la libertad de los cinco oficiales así como los casos de asilo cuando se
presentaron. Diez años en el servicio diplomático impidieron que la familia Muñoz Cota conociera México.
Cuando volvió, Miguel Alemán era Presidente, y la lucha electoral ya se anunciaba. Se mencionaban varios
nombres, entre otros, el del General Miguel Henríquez Guzmán, cuyo hermano era amigo del Maestro Muñoz
Cota desde 1934.

Apenas supo que se encontraba en México, el General Cárdenas lo invitó a que lo acompañará a
Ixcateopan, Gro., para ver los restos de Cuauhtémoc, entonces recién descubiertos. En el camino se dio este
diálogo:

— Muñoz, ¿qué piensa usted hacer?


— Quiero que mis hijas conozcan México y, después quiero dedicarme a escribir.
—¿Escribir qué?
—Un libro acerca de la Revolución.
—¿No le parece que para escribir de revolución primero hay que hacerla? Usted debe entrar en la
lucha política.
— No, señor; quisiera ser embajador en Argentina. Espero que usted me ayude.
—No. Usted debe entrar a la lucha política. México está amenazado por Miguel Alemán que quiere
reelegirse. Hay que acabar con la contrarrevolución.
—Pero, mi General, ya no deseo participar en política.
—Debe usted hacerlo. Cuando volvamos a México vaya usted a hablar con el General Henríquez. El
lo espera.

De esta manera el Maestro Muñoz Cota se vio en la oposición.

El General Henríquez Guzmán lo recibió familiarmente: "Pepe, tú sabes que a mí no me interesa la


política, pero el jefe dice que debemos evitar la reelección de Miguel Alemán".

Cabe decir que Miguel Henríquez Guzmán fue un gran militar, con una hoja de servicios intachable.
Fue jefe de las distintas Zonas Militares de la República. Su hermano Jorge era millonario dedicado a las
compañías constructoras, y ellos, como el Maestro Muñoz Cota, profesaban verdadero culto al General
Cárdenas.

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Es necesario decir que la gente que rodeaba al General Henríquez era la plana mayor del
cardenismo: El Coronel Ernesto Soto Reyes, Vicente Estrada Cajigal, Ing. César Martino, Antonio Mayés
Navarro, Bartolomé Vargas Lugo, para no citar más.

El Maestro abandonó la casa ubicada en Pedregal 85, perteneciente al General Henríquez y, al llegar
a su propio domicilio, se encontró con un Oficial del Estado Mayor del Presidente Alemán:

— Embajador, el Presidente Alemán desea hablar con usted.


— Muy bien, usted me dirá cuándo.
— Ahora mismo. Tengo órdenes de llevarlo conmigo.
—Pues entonces vamos.
En el trayecto a Palacio, el Maestro pensaba: "Qué pronto se supo que hablé con el General
Henríquez. Además, ¿cómo debo hablarle al Presidente? ¿Debo tutearlo? Está bien que fuimos compañeros
en la Prepa, pero él es el Presidente..."

Llegaron a Palacio. Atravesaron antesalas y antesalas donde la gente esperaba pacientemente. Se


abrió el despacho presidencial y Alemán rompió el hielo:

— Pepe, qué gusto verte. ¿Cuándo llegaste? ¿Qué vas a hacer?


— Llegué hace unos días y quiero que mis hijas conozcan México.
— ¿Y piensas quedarte en México? ¿Vas a volver al servicio diplomático? ¿Dime qué quieres? Mira
que voy a salir a Sonora pero vuelvo el viernes. Piensa qué quieres, pero mientras tanto no vayas a
Jiquilpan. Hablamos el viernes, Pepe.

Palabras más, palabras menos, salió de Palacio y se dirigió a la casa del General Henríquez a
contarle lo que había pasado.

— No lo veas más, Pepe.


—Esta bien, señor. Pero en este momento voy a la Secretaría de Relaciones Exteriores a presentar
mi renuncia.
— No, Pepe, espera un poco, ten calma.
— No, señor, es cuestión de conciencia.

Quemó sus naves. Renunció en lugar de solicitar licencia o ponerse a disponibilidad. Los hechos se
suceden vertiginosamente. La campaña fue cruel, sangrienta. La Federación de Partidos del Pueblo Mexicano
impidió la reelección de Miguel Alemán y la postulación de Casas Alemán. Llegamos hasta las elecciones
luchando contra Adolfo Ruiz Cortines.

Creímos y creemos haber ganado las elecciones, pues el henriquismo fue el último movimiento
político que cimbró los muros de la patria. Citamos a la gente a las seis de la tarde del día 7 de julio, frente a
la Alameda Central para celebrar la victoria. La gente acudió al llamado y éramos algunos miles. De pronto
empezaron a disparar de distintas partes, la gente empezó a correr en todas direcciones. La policía montada
llegó por San Juan de Letrán, ahora Eje Central, y empezó a repartir sablazos y a perseguir a la gente.
¿Cuántos muertos? Nunca lo supimos. Desaparecieron sus cuerpos y fueron incinerados en el campo militar.

Adolfo Ruiz Cortines fue compañero del Maestro Muñoz Cota en la XXXVII Legislatura del Congreso
de la Unión; mandó llamar al Maestro con Miguel Ángel Menéndez y le ofreció al General Henríquez 40
diputados y 15 senadores, siempre y cuando reconociera el triunfo del PRI. El General Henríquez le dijo al
Maestro: "Pepe, tú sabes que ganamos y jamás aceptaré reconocer ese triunfo. Tú eres libre de aceptar el
senado que te ofrecen. Estás en libertad."

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—Mi general, usted sabe que yo tenía una posición. No vine por ningún hueso. Voy a, estar con usted
hasta el último día y cuando usted de por terminada la lucha, yo cerraré las puertas de nuestro partido y tiraré
la llave.

No volvió a ver a don Adolfo y la resaca política duró hasta 1958. Trabajamos prácticamente en la
clandestinidad pues nos retiraron el Registro Oficial, con las consecuentes persecuciones políticas. Hacía ya
rato que el Maestro se había divorciado, así que la derrota para él no sólo fue política, sino moral, económica
y social. Días de pobreza y persecuciones. Días de sobresalto. Más de una vez se apoderó de nosotros el
delirio de persecución. Días en que vimos moros con tranchetes. Alguna vez nos dimos cuenta que un tipo
con lentes y gabardina hacía rato que nos seguía. Dimos vuelta en redondo a la manzana y el hombre tras de
nosotros a una prudente distancia. Decidimos tomar el primer camión que pasara sin importar a dónde se
dirigía. Nos sentamos en la parte posterior y hasta allá se dirigió el tipo. Pensamos, lógicamente, que nos iba
a detener.
—¿Es usted el Lic. Muñoz Cota?
—Sí, señor.
—Lic., don Regino Hernández Llergo quiere que escriba usted en la revista Impacto. Soy Carlos
Samayoa, jefe de redacción.
—Por ahí hubiéramos empezado, señor Samayoa. Nos ha dado usted un buen susto. Cuando estuvo
frente a don Regino, éste le dijo: "Quiero que escriba usted en mi revista."
—Sí, señor, muy agradecido. Pero quiero decirle que yo son henriquista.
—Y eso a mí qué me importa.
—Señor, si me permite, mi primer artículo se titularía Nosotros los henriquistas, para fijar mi posición.
—Adelante!

Apareció el artículo profusamente ilustrado con fotografías referentes a la masacre del 7 de julio. 27
años escribió hasta que los poííticos le hicieron una mala jugada a su director Mario Sojo. La nave empezó a
enderezarse. En 1959 su maestro Ramón Beteta lo invitó a colaborar al periódico Novedades, y don Enrique
Pérez Verdía lo llevó a la Preparatoria No. 4, aparte de que empezó a ejercer como maestro de oratoria en el
INJUVE.

Siendo Presidente el Lic. Adolfo López Mateos, fue nombrado asesor de la Presidencia, con lo cual
terminaron las persecuciones y la pobreza que sufrió el Maestro Muñoz Cota en el cuarto redondo de una
casa de huéspedes, comiendo en una fondita de $1.75 la comida, del Mercado Martínez de la Torre en la
colonia Guerrero.

Maestro por su enorme caudal de conocimientos, impartió las cátedras de Historia del Arte, Historia
de México, Literatura y Oratoria, dedicándose en cuerpo y alma a la docencia.

Como orador, quién no sabe de sus grandes dimensiones, de sus vastos horizontes, de los
anchurosos caminos trazados por su palabra. Maestro y guía de muchas generaciones de jóvenes hoy
oradores, políticos, intelectuales, diputados, gobernadores de este país. No dejó alumnos, dejó discípulos.
Jesús Aguilar dice: "Se distinguió ejerciendo un periodismo crítico y valiente participando en la lucha social.
Las dimensiones de este esfuerzo no han sido valoradas adecuadamente. Ejerció un periodismo crítico ahí
donde no hay sitio para disentir, ahí donde el dogma impera, ahí donde una doctrina, una iglesia, un partido,
encadenan la crítica, ahí donde el Estado ata las voluntades... ahí por los caminos del hombre no puede
haber alegría, ni primavera, sino miedo, mutismo y lágrima escondida."

Dice Lila Guerrero, poeta argentina: "Caprichosamente, a Muñoz Cota se le conoce, se le admira y se
le quiere más en el extranjero que en su patria. Esteban Pavletich en el Perú, Alberto Hidalgo en Buenos
Aires, Nelly de Perno en Montevideo, Carrera Andrade en el Ecuador, etc., son testimonio del aprecio que se
siente por el poeta y crítico literario Muñoz Cota."

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En efecto, su poesía es una gama de manifestaciones de lo romántico a lo social pero su jerarquía de
orador ha hecho que se le niegue un lugar en el mundo poético. Esto sin olvidar que las capillas de elogios
mutuos son cerradas. Esto sin olvidar que otra causa —tal vez la de más peso— que contribuye a
desconocerlo es su actividad política. ¡Ay de quien osa oponerse al sistema! El sistema no perdona.

Creo que hemos trazado las líneas fundamentales de este bosquejo que les ha dado a ustedes —eso
espero— una imagen del Maestro José Muñoz Cota.

Muñoz Cota. Nunca hablaba de la muerte. No le gustaba, pero sabía que ésta lo acechaba. Con el
alma templada en el crisol del conocimiento, sabía que el último crepúsculo estaba cerca.

Los cristianos nos enseñan que hay que morir para vivir. Que la muerte no es fin, sino principio. Nos
dolió hasta el alma su muerte, pero nos queda la herencia de su palabra que habló por los humildes, que
defendió el honor del prójimo, la verdad y la justicia, que fue advertencia para los corruptos, índice de fuego
para quienes han saqueado la Patria, y maldición para quienes han hecho de la democracia un trapo sucio.

Una capilla modesta en los velatorios del ISSSTE. Ofrendas florales. Una bandera nacional
adornando la caja que contenía su cuerpo. Muchísima gente. Los discípulos que llegaron de los cuatro puntos
cardinales vertieron frente al ataúd su palabra, y un aplauso largo, interminable, lo despidió de la capilla.

Ante el silencio de los sepulcros, en la solemnidad del panteón, y con un hermoso cielo azul, límpido y
soleado, los empleados recibieron el ataúd. Me entregaron la bandera y procedieron a la cremación. Después
de no sé cuánto tiempo, ¿horas?, ¿siglos?, nos entregaron una pequeña caja con sus cenizas. El impacto fue
muy doloroso. ¿Eso era José Muñoz Cota? ¿Eso quedaba de una vida luminosa? ¿Eso quedaba del hombre
con el que caminé 43 años? ¿Del amigo que siempre tuvo la mano tendida? ¿Del maestro que les dio
seguridad, ánimo y les abrió nuevos horizontes a sus discípulos? ¿De quien predicó con el ejemplo para sus
hijos y nietos? Todos tejen ya una historia con el hilo de sus vivencias.

Tomamos la pequeña caja con las arenillas que antes fueron materia con vida, materia que piensa,
materia con voz.

Las tres de la tarde. A todos los presentes nos envolvía el silencio y en el aire flotaba una pregunta:
¿Por qué? Pregunta que nos deja sin respuesta, mientras la vida sigue su interminable camino. La vida se
reinició triste, opaca, desolada. Lo hermoso había sucedido antes del llanto. El dolor rebasó las orillas.
Nuestras lágrimas se unieron a tantas lágrimas que buscan cauce.

ENVÍO:

Hijo: tu obra sigue viendo la luz y está en las manos de los jóvenes.

Nunca agradeceré lo suficiente tu voluntad de haberme amado.

Caminas a mi lado y nos aferramos a la esperanza: seguramente habrá un reencuentro y nos


volveremos a ver, mientras tanto, una lágrima pende de nuestro corazón!

Marzo del 2000

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