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La antropología filosófica, se sirve de datos proporcionados por los estudios

antropológicos no filosóficos para buscar la “esencia” del hombre, para determinar en que
consiste la especificidad del ser humano en un mundo que comparte con otros seres
vivientes y que el ser humano transforma y modifica.
Para algunos filósofos, las diferencias entre los seres humanos y los animales son de
grado y no de esencia. La comunicación, la construcción de instrumentos, la organización
en formas sociales, se encuentran presentes también en otros animales aunque de un
modo menos evolucionado.
Para otros existe una esencia que distingue al ser humano; es decir, existe algo que
poseen los seres humanos y que los animales no poseen. Quienes piensan así
proponen, cada uno según su posición, diversas definiciones: el hombre es el animal
racional o el animal técnico o el animal parlante o el animal simbólico o el animal político.
A continuación sintetizo el pensamiento de alguno de ellos:
Contenidos [hide]
• 1 San Agustín
• 2 Blaise Pascal
• 3 Francisco Bertelloni
• 4 Ricardo Maliandi
• 5 F. Savater
• 6 Ernst Cassirer

San Agustín
San Agustín[1]: La razón es un instrumento valioso para conocer la verdad pero sólo si es
guiada por la fe. La razón sin la fe es ciega y nos puede llevar por caminos
equivocados. La fe no puede ser probada por medio de la razón, pues es ella quien
ilumina a la razón. Por la fe podemos comprender la realidad. A través del entendimiento
comprendemos lo justo y lo injusto, distinguimos lo verdadero y falso. Los animales
carecen de esa facultad. “No te diferencias del animal más que por el entendimiento; no te
envanezcas de otra cosa. ¿Presumes de fuerza? Te vencen las bestias ¿Presumes de
velocidad? Te vencen las moscas ¿Presumes de hermosura? ¿Cuánta belleza hay en las
plumas del pavo real? ¿Por qué eres entonces mejor? Por la imagen de Dios. ¿Dónde está
la imagen de Dios? En la mente, en el entendimiento.”[2]

Blaise Pascal
Blaise Pascal (1623/1662): “Puedo concebir perfectamente a un hombre sin manos, sin
pies (…) pero no puedo concebir al hombre sin pensamiento. Sería una piedra o un
animal.”
Cuando Pascal se refiere al pensamiento no se refiere sólo a la razón, porque la razón
tiene límites que deben ser aceptados. La fe no puede ser explicada. El ser humano no
sólo comprende la realidad a través de la razón, también la comprende a través del
sentimiento y la fe. En Pascal, la ciencia y la religión conviven armónicamente pues se
ocupan de ámbitos diferentes. Como San Agustín, Pascal encuentra que la razón tiene
límites que deben ser aceptados. Hay aspectos de la realidad a los que la razón no tiene
acceso. Pascal es creyente y entiende que la fe no puede ser explicada. “El corazón tiene
razones que la razón no comprende”, afirma. El ser humano no sólo comprende la realidad
a través de la razón, también la comprende a través del corazón, a través del sentimiento y
la fe. En Pascal, la ciencia y la religión conviven armónicamente pues se ocupan de
ámbitos diferentes.
“¿Qué es el hombre respecto del infinito?”. Para Pascal, la grandeza del hombre consiste
en la conciencia de su pequeñez. El ser humano es pequeño, es miserable, pero es
grande por saberse pequeño y miserable.
Francisco Bertelloni
Francisco Bertelloni:[3] Dentro de la filosofía cristiana, la persona se define por su
carácter irrepetible y unitario. Por una parte, el cristianismo se opone a cualquier intento de
diluir el destino último de la persona en una suerte de destino colectivo o común. Por la
otra, se opone al dualismo. El hombre no es un alma que usa un cuerpo. Cuerpo y alma no
son sustancias yuxtapuestas, sino que constituyen una realidad unitaria: esa unidad es la
persona. El alma no puede existir sin el cuerpo y el cuerpo no puede vivir sin el alma.
Cuando el hombre muere el alma se separa del cuerpo; pero esa existencia transitoria
separada es considerada como “antinatural”, pues el cristianismo sostiene que el alma
volverá a su estado natural de unidad con el cuerpo en la resurrección de la vida futura.
Una concepción fundamental del cristianismo es que la vida futura no consiste ni en un
alma separada, “flotante”, ni en un espíritu común a todos los hombres, sino en la
resurrección del cuerpo unido al alma y en la vida individual. Por eso, la antropología
cristiana insiste en el carácter unitario y personal de esa unidad.
Santo Tomás de Aquino insistió en que, al morir el hombre, el alma no muere con él;
porque el alma no sólo vivifica el cuerpo como forma de cuerpo, sino que también es
capaz de vivir sola: es forma del cuerpo y al mismo tiempo es sustancia. Es como si
comparáramos el alma con el navegante y al cuerpo con el barco. Cuando el navegante
navega en su barco es como el alma que está en su cuerpo, pero cuando el navegante no
está en su barco, sigue siendo navegante: naute sine navio. Sin embargo, lo propio del
alma, como lo propio del navegante, es estar en su barco, que es el cuerpo.
San Pablo inaugura la idea de que el hombre es una unidad de tres elementos, no de dos:
el cuerpo, el alma y el espíritu. El alma es el lugar en el que se da el conflicto entre las
pasiones y la vida recta. El alma, que sabe y quiere, sabe lo que debe hacer, pero sola no
puede. Su voluntad es débil, insiste Pablo. Tampoco es principio de verdadera vida.
Recién el espíritu es principio de inmortalidad, es lo que mantiene el vínculo entre el
hombre y Dios y ese vínculo hace posible –no necesaria- la resolución de los conflictos del
alma y la inmortalidad humana. El hombre se vincula a Dios a través del espíritu. Pablo
parece estar diciendo que el hombre tiene un plus respecto del resto de la creación: ese
plus es el espíritu.
La dignidad personal está vinculada con el carácter irrepetible del ser humano como
persona. La teología cristiana habla de cada hombre como irrepetible. Para ello se apoya
en un hecho absolutamente excepcional: el hecho de que Dios se hizo hombre y de
que hizo a cada hombre. El hombre tiene su origen en Dios y tiene su fin en Dios, es decir,
en la eternidad. El hecho de que Dios se hizo hombre es un acontecimiento único, es una
ruptura del orden natural. Esta idea de lo irrepetible y excepcional está en la raíz del
cristianismo, porque es irrepetible el hecho de que Dios se haya humanizado.

Ricardo Maliandi
Ricardo Maliandi[4]: Sostiene que el hombre se define fundamentalmente por su
capacidad técnica y que esta capacidad ha servido a la especie humana para compensar
sus debilidades biológicas. No posee medios defensivos ni ofensivos naturales: no tiene
grandes colmillos, ni cuernos ni garras, ni caparazón, ni escamas. Es un ser relativamente
pequeño, comparado con otros animales y su fuerza es inferior. Otros animales también
poseen fenómenos técnicos, pero los prodigios humanos no se asemejan en nada a ellos:
desde encender y mantener encendido el fuego, pasando por el cuchillo, la rueda, la
agricultura, el motor de explosión, hasta llegar a los satélites, las naves espaciales, las
computadoras. El hombre posee una capacidad natural: su capacidad técnica.
Es cierto que existen otros animales en los que se puede apreciar complejos fenómenos
técnicos. Las colmenas y los hormigueros ofrecen testimonio de la técnica natural y
parecen decir que no es algo restringido al hombre. Pero hay prodigios humanos que no
se asemejan en nada a las técnicas animales: desde encender y mantener encendido el
fuego, pasando por el cuchillo, la rueda, la agricultura, el motor de explosión, hasta llegar a
los satélites, las naves espaciales, las computadoras. Según Maliandi, “ la naturaleza
parece haber fallado e intentado reparar el defecto otorgando a esa defectuosa criatura la
conciencia de ello. Esa conciencia permite superar ese defecto.”
El hombre es débil, pero gracias a la conciencia de su debilidad, a la conciencia de sus
límites, logra desarrollar una capacidad extraordinaria para sobrevivir. De este modo, el ser
humano produce lo que es “mas que naturaleza”: produce la cultura. Las debilidades
humanas son naturales pero la compensación es artificial, es el producto del ingenio, es
cultural. El hombre posee una capacidad natural: su capacidad técnica. Pero los productos
que surgen del uso de esa capacidad ya no son naturales. Esos productos son culturales.

F. Savater
Fernando Savater[5], señala que la conciencia de la muerte es lo que distingue al hombre
de los demás animales. Sólo los seres humanos son mortales pues son los únicos que
saben que van a morir. Ser mortal, es saberse mortal. La muerte no es algo que se
encuentra solamente en el futuro, sino que es algo que nos preocupa y que está presente
en nuestros días. Y porque nos sabemos mortales nuestras vidas son esencialmente
diferentes de las vidas que desarrollan otros seres. Porque sabemos que vamos a morir,
sabemos también que estamos vivos. Las plantas y los animales no están vivos en el
mismo sentido en el que lo estamos nosotros. Nosotros no sólo vivimos, además
pensamos en cómo nos conviene vivir. Pensamos en nuestra vida porque la certeza de la
muerte es lo que hace que la vida sea tan importante. “Todas las tareas y empeños en
nuestras vidas son formas de resistencia ante la muerte, que sabemos ineluctable. Es la
conciencia de la muerte la que convierte a la vida en un asunto muy serio para cada uno,
algo que debe pensarse. Algo misterioso y tremendo, una especie de milagro precioso por
el que debemos luchar, a favor del cual tenemos que esforzarnos y reflexionar”.

Ernst Cassirer
Ernst Cassirer: “Vivimos más, mucho mas en nuestras dudas y temores, en nuestras
ansiedades y esperanzas por el futuro que en nuestros recuerdos o en nuestras
experiencias presentes. A primera vista, se podría considerar una ventaja bastante
dudosa, pues se introduce en la vida un elemento de incertidumbre que es ajeno a todas
las demás criaturas. Parece que el hombre sería mas prudente y feliz si pudiera prescindir
de esa idea fantástica, de ese espejismo del futuro (…) La religión aconseja al hombre que
no tema al día que ha de venir y la sabiduría humana le advierte que goce el día que pasa
sin cuidarse del futuro (…) Pero el hombre jamás puede seguir ese consejo. Pensar en el
futuro y vivir en él constituye una
parte necesaria de su naturaleza[6].”. Sostiene que lo más característico de la conciencia
humana es la dimensión del futuro. En nuestra conciencia del tiempo, el futuro constituye
un elemento indispensable. Porque nos sabemos mortales nuestras vidas son
esencialmente diferentes de las vidas que desarrollan otros seres. Porque sabemos que
vamos a morir, sabemos también que estamos vivos. Esto no significa que pensemos todo
el tiempo en la muerte, pero el saber que somos mortales nos hace interesarnos por
nuestras vidas y por las vidas de nuestros semejantes. La conciencia de que nuestra vida
es limitada es el motor de nuestros proyectos y de nuestros afectos.
Un chimpancé se aleja de su grupo, descubre un peligro y encuentra la conducta
apropiada para librarse de él. A su regreso, no podrá informar a sus congéneres del peligro
ni de la conducta adecuada para hacerle frente.
Un antílope vigila al rebaño y alerta a los demás acerca de la presencia de un león. Pero
no puede comunicar algo sobre el león en su ausencia. Ni puede “gastarles una broma” a
los suyos, comunicándoles la presencia del león cuando este no se encuentra en el lugar.
Cassirer, en 1945, propuso además definir al hombre como un “animal simbólico”. Sabido
es que todos los animales tienen un sistema “receptor” y un sistema “efector”, según el
cual todos los organismos reaccionan ante estímulos externos[7]. Según Cassirer, el ser
humano interpone entre el estímulo y la respuesta el pensamiento. Por esta razón, la
reacción no es inmediata sino que es demorada y da lugar a diferentes respuestas en
diferentes individuos. En el ser humano aparece un tercer sistema que se ubica entre el
sistema receptor y el sistema efector: el “sistema simbólico”.
Todo lo que el hombre percibe es interpretado a través de los símbolos propios de su
cultura, gracias al lenguaje.[8] Cada uno ve la realidad desde su perspectiva, que está
vinculada a la cultura a la que pertenece. Por supuesto, individuos de una misma cultura
tienen visiones distintas, y hasta opuestas. Sin embargo, esas visiones tienen un marco en
común: el de la sociedad en que viven. Así es que, la relación del hombre con la realidad
nunca es directa, siempre está mediatizada por el sistema simbólico. El hombre necesita
de ese medio artificial para conocer la realidad que lo rodea y para generar respuestas que
considere apropiadas. Para Cassirer, decir que el hombre es un animal racional es
correcto pero insuficiente. La racionalidad es específicamente humana, pero el hombre
desarrolla actividades que también son específicamente humanas y que no son racionales
(arte, fe, religión, amor, etc.). Todo lo humano es simbólico y está revestido de lo cultural.
Incluso aquello que consideramos más próximo a lo natural, como comer o dormir, tiene
para el hombre un significado y un lugar en su escala de valores. Afirma Cassirer que “la
razón es un término verdaderamente inadecuado para abarcar las formas de la vida
cultural humana en toda su riqueza y diversidad, pero todas estas formas son formas
simbólicas. Por lo tanto, en lugar de definir al hombre como un animal racional lo
definiremos como un animal simbólico. De este modo, podemos designar su diferencia
específica y podemos comprender el nuevo camino abierto al hombre: el camino de la
civilización”.
La capacidad humana de simbolizar llega a su máxima expresión en el lenguaje. Las
palabras son símbolos que representan conceptos y éstos, a su vez, se refieren a cosas
del mundo externo (mesas, árboles, casas) y del mundo interno (sensaciones,
impresiones). La característica fundamental del símbolo es que tiene aplicabilidad
universal. Esto significa que la palabra sirve para designar infinidad de objetos de una
misma clase. Por ejemplo, la palabra “casa” no se refiere a una casa en particular sino que
incluye a todas las casas pasadas, presentes, futuras, existentes, inexistentes. Esto
permite que podamos comunicar nuestras experiencias a través de símbolos. Las
experiencias son subjetivas. Cada uno tiene las suyas. Pero, gracias al lenguaje, cada uno
puede comunicarlas y compartirlas con los demás. Un médico puede interpretar el dolor de
su paciente por las palabras que el asiente le comunica sin necesidad de que haya tenido
que pasar también él por ese dolor.
Los animales, al no poseer la capacidad de simbolizar, no pueden transmitir sus
experiencias. Por su mundo es subjetivo. El mundo del ser humano, en cambio, es el
mundo de las propias experiencias más el mundo de las experiencias de otros a los que
puede acceder a través del lenguaje, enriqueciéndose indefinidamente con lo que los
demás han vivido. Un científico, no necesita volver a realizar todos los experimentos
realizados por sus colegas en el pasado. Con sólo conocerlos puede avanzar en su
investigación. El mundo de este científico esta compuesto por los experimentos hechos por
él pero, sobre todo, por el saber que sus colegas le han transmitido a través del lenguaje
hablado y escrito.

[1] San Agustín (354/430) elaboró un método sistemático de filosofía para la teología
cristiana. Enseñó retórica en Cartago, Roma y Milán antes de bautizarse en el 387. Sus
discusiones sobre el conocimiento de la verdad y la existencia de Dios parten de la Biblia y
los antiguos filósofos griegos. Defensor enérgico del cristianismo, san Agustín elaboró la
mayoría de sus doctrinas resolviendo conflictos teológicos con el donatismo y el
pelagianismo, dos movimientos heréticos cristianos.
[2] In Joannis evangelium tractatus, III, 4)
[3] Doctor en Filosofía (UBA), nacido en Bs. As. en 1947. Es investigador del Conicet.
[4] Filósofo argentino, autor de Cultura y conflicto.
[5] Filósofo español, en su obra Las preguntas de la vida.
[6] Cassirer, Ernst. Antropología filosófica, México, FCE, 1990, pp. 86-87.
[7] Cassirer basa su posición en estudios realizados por el biólogo Johannes von Uexküll,
según el cual, todos los organismos se hallan adaptados a su ambiente. Todos poseen un
sistema “receptor” y un sistema “efector”. Esto significa que todo organismo recibe los
estímulos externos y reacciona ante los mismos inmediatamente.
[8] Por ejemplo: el canto de un pájaro es interpretado de maneras diferentes por un
indígena y un cazador de aves, y estas diferentes interpretaciones generan diferentes
respuestas.