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Rock & Roll o Boleros Fomes

Gabriel Castro Rodríguez


Editorial Alianza de las Artes
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Renzo Pecchenino 2404, TroncosViejos,
Villa Alemana.
(032) 2420447 / 09-0463883 / 08-4453443
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Cualquier parte de este libro, incluido el diseño de la portada,


puede ser reproducida, transmitida o almacenada, sea por
procedimientos mecánicos, ópticos, químicos o
electrónicos, incluidas las fotocopias,
con o sin permiso escrito del editor.
Se terminó de realizar esta
PRIMERA EDICIÓN en los talleres
de Editorial Arte de la Alianza de la Artes
en el mes de Julio de 2007.
p
IMPRESO EN CHILE / PRINTED IN CHILE
Gabriel Castro Rodríguez

Rock & Roll


o

Boleros Fomes
Esto es solo:
Rock & Roll o Boleros Fomes

En los días cuando leo mi mayor noticia literaria de los últimos años
inmediatamente antes -¡oh casualidades!- decido ir a la tarea de mi ex esposa consistente en
sin mi conocimiento buscar en internet y grabar en diskettes tres años de colaboraciones a
El Mercurio de Valparaíso comentando (siempre evité por escrito y en persona expresar la
palabra crítica literaria) literatura sobre todo regional.
Del 2002 al 2004 fue hace un par de años su minuciosa pesquiza por aquellos
cuando también nuestro matrimonio lenta pero escandalosamente fue muriendo.
No me parece loco pensar que fue también por saber qué mierda estaba pasando
por mi cabeza mientras todo se nos derrumbaba.
Leyendo el corpus total, que excede año 2004 y alcanza hasta el 2006, me parece
-obviamente- que allí no están las señales sino solo los reflejos filtrados por el deber y el haber.
No sé si enorgullercerme de esto o enmudecerme por dentro y por fuera. Solo dos lo sabrían.
Aún así para los sagaces lectores gran parte de los textos aquí escritos cumplen con
lo que tantos comentaristas han dicho de lo suyo: coartadas -como las mentiras de los
adúlteros- para escribir de sí, autobiografía pretextadas de comentarios e impresiones de
lecturas.
Stripteases inversas como tanta de la literatura universal.
No es pecado.Tampoco virtud.
Solo rock & roll. O quizás boleros fomes.
Nuestras lecturas, por mucho que las mías hayan sido acotadas a una región, pero
que bien o mal quise proyectarlas hacia todos los lados donde mi libertad dictó, son
nuestra vida. El cierto azar, nunca menor, igual cede ante los jalones de la experiencia
personal.
Honestamente escribí y más bien de lo que esperaban incluso los mismos escritores
vivos -los muertos, muertos callaron- de sus obras.
También escribí entre líneas, detrás, por debajo, arriba y encima.
Eso solo lo sé yo y ella y ella. Nos importe ahora no importa.
De nuevo los que me antecedieron en tiempo y calidad también me anteceden en
vaticinar que un ejercicio escritural periódico además de “soltar la mano” constituye una
novela de suspenso, qué más quisiera la mía una de detectives salvajes.
Porque los autores reseñados -cómo no- bien podrían ser los personajes de una
buena novela que no he sido capaz de escribir o sus textos los de una elusiva historia de la
literatura regional.

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Pero solo fue esto.
Hace unos años cuando pudo adelantarse esta recopilación alguien me habló de
ego, inutilidad. Y como respeté tanto esas las palabras no hice nada para que se armara este
libro.
Fueron tiempos cuando no estuve para sabidurías por más que quizás la tuve frente
a mis narices.
Hoy sí se arma. Cuando estamos lejos de mucho y tanto y poco o harto importa todo.
Mal pasado eso cuando hoy Bryce Echeñique se convierte en Pierre Menard y
también en el mejor personaje de su literatura y persona de su vida gritando a todos los
vientos auxilio esta vez fuera de sus páginas.
Cuando García Márquez no quiere escribir ni una línea.
Cuando Roberto Bolaño es el más vivo de los escritores en nuestro idioma, me
parece que cometer este volumen es nada y todo.
Pero como me importa tanto combatir -infructuosamente- las ambigüedades del
postmodernismo imperante, pongo toda esta parte de mi carne sobre la parrilla, parte de
mis palabras, buenas en la maldad, malas en la bondad para que se sepa que estuve vivo en
la muerte, estuve muerto en la vida y así escribí esto y escribo todo lo demás.

Quilpué, Julio de 2007

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Dulces recuerdos literarios

Hace más de treinta años la CRAV, desaparecida empresa que otrora diera un importante
apoyo a la actividad cultural, editó un libro con los ganadores de un concurso de cuentos en
el que aparecen nombres de escritores (hoy) ilustres: Antonio Skármeta, Jorge Teillier y
Alfonso Alcalde, entre otros.
Comienza abril del año 1964. La Compañía Refinería de Azúcar de Viña del Mar (CRAV)
publica un libro con los siete autores premiados en su "Primer Concurso de Cuentos".
Simultáneamente había convocado a un certamen de pintura y a otro de música orquestal.
Esta fábrica acostumbraba a realizar acciones culturales aún mayores, como el Teatro Crav -
hoy convertido en una discotheque- tenía el firme propósito de favorecer espiritualmente a la
ciudad y al país. De esta manera iba claramente más lejos que en su principal labor: producir
azúcar granulada y en cubitos, miel de caña, licores, electricidad y algunos años más tarde un
revolucionario complemento alimenticio para la infancia en base a krill (microcrustáceo
antártico riquísimo en proteínas): el Fortesán.
Como si sintiera poco su aporte a la creación artística de la región y el país, ese mismo año
realiza también un concurso de novelas. Resultó ganador Enrique Lafourcade con "Novela de
Navidad", una de sus mejores obras. En ésta, el equilibrio entre su conmovedora historia y la,
para esos tiempos, vanguardista escritura se acerca indiscutiblemente a la perfección. Algunos
de sus capítulos están ambientados en Viña del Mar.
Los siete cuentos del primer libro mencionado tampoco se quedan atrás en la penumbra de
los tiempos como opaca luz de algún día lejano. Casi todos los autores premiados en ese
momento son más promesas que certezas -de ahí el gran acierto de este libro- y fueron con el
correr de los años parte importante de la historia de la literatura chilena.
LOS GANADORES
María Elena Gertner aparece en el libro con el cuento "El invencible sueño del coronel".
Aquí se narra la experiencia erótica de una costurera con un coronel de provincia. María
Elena era, por esos años, una escritora debutante de la "Generación del '50". Luego

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incursionaría con éxito en la dramaturgia e incluso en algunas importantes telenovelas de los
ochenta, como fueron "De cara al mañana" y "La dama del balcón".
Antonio Skármeta con 24 años es premiado por "La Cenicienta en San Francisco", cuento
que le daría nombre a una recopilación de cuentos del autor décadas más tarde, realizada por
la Editorial Andrés Bello. El relato está ambientado en Estados Unidos y trata de un
romance inundado por la búsqueda existencial de sus jóvenes personajes. El autor de la
novela "Ardiente paciencia" es actualmente un escritor de innegable reconocimiento
internacional.
Jorge Teillier sorprende gratamente con "Las persianas", un magnífico cuento de resultados
oníricos; su creador, llegaría a ser uno de los más importantes poetas chilenos gracias a un
estilo propio que escapaba notoriamente de la avasallante órbita de nuestros majestuosos
nóbeles. Será el maestro constantemente buscado con pasión por los más jóvenes lectores y
escritores de generaciones de ayer y hoy. Su relato, por nacer de la escritura de un tan
absoluto poeta, constituye toda una rareza, la cual sin embargo no decepciona para nada en
cuanto a su maestría narrativa.
Para terminar con esta revisión del libro de la Crav, casi treinta años después, y por lo tanto
asistidos de la implacable sabiduría venida con todo el tiempo transcurrido, nos encontramos
con el cuento "Los socios" de Alfonso Alcalde. El hasta ahora semioculto multiescritor había
incursionado y lo seguiría haciendo, con menos reconocimiento del que merecía, en la
poesía, la narrativa, el periodismo sensacionalista, la radio y la televisión. El cuento de
Alcalde relata lo que será una de las marcas registradas de este tantas veces injustamente
ignorado autor: los seres marginados, circenses, sureños, haciendo trapecismo en la
traicionera cuerda del hambre, la pobreza, la muerte, pero protegidos de caer por la
bienaventuranza milagrosa de la fraternidad.
UN EJEMPLO QUE SOLO ES RECUERDO
La Compañía Refinería de Azúcar de Viña del Mar, su teatro, sus concursos, todos aquellos
refineros, esa familia esparcida por la Ciudad Jardín en las poblaciones que fundó en los
cerros Forestal, Villa Dulce y en los alrededores de la misma fábrica ("La Ciudadela"),
comenzó a sucumbir en los ochenta hasta desaparecer por completo.

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Además de un gigantesco sitio eriazo que todavía como un enorme fantasma hiere la ciudad;
además del Muelle Vergara, sitio de desembarque de sus materias primas; dejó también para
los años venideros una enseñanza tristemente extraviada.
Los años transcurridos desde aquellos lejanos tiempos todavía alcanzan a demostrarnos la
importancia de sus acciones proyectadas al futuro, actividades que en un determinado
momento quizás parecieron menos trascendentales y más insignificantes de lo que resultaron
ser. Sin embargo, estoy seguro de que los gestores de aquellos concursos intuyeron
claramente el valor de su acto de superación del presente que les tocó vivir. Supongo,
entonces, que supieron de su enorme salto al futuro cultural de la región y del país.
Hoy echo de menos aquella enorme y generosa tarea extra por la cultura, apuesta arriesgada
ciertamente, pero llena de futuro, la cual bien podrían aceptar heredar todas las empresas
actuales de nuestra región, enfrentadas a un proceso de globalización que de no ser
escuchado este llamado, terminará en ser tragados "con todo y zapatos" en aquel real
fenómeno que nos espera a la vuelta del calendario.
Ciertamente una que otra realiza acciones similares a las hechas por la Crav hace treinta
años. La Ley Valdés, que rebaja impuestos en consecuencia a los aportes culturales hechos
por empresas, es una manera gubernamental que motiva a seguir su ejemplo. Aún así las
apuestas empresariales actuales parecen ir a lo seguro y evitan asumir riesgos con los artistas
jóvenes o poco consagrados nacionalmente. Los artistas regionales se salvan como pueden,
sin su colaboración.
Entonces no puedo evitar una atroz sensación cuando digo que el progreso acá en la región
prometía más, y todos esperaban más, aunque en este triste monólogo de un fantasma
deambulando por sitios eriazos de Viña, en cuyo brazo ectoplásmático lleva aferrado el libro
que comentamos hoy, estas letras aparecen como una esperanza que se mantiene a pie firme
mirando hacia el futuro.
15 de Abril de 2002

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Después de mí todo va a cambiar

"Piense usted que desde Homero hasta mí ha habido una sola concepción de la poesía y que,
después de mí, todo va a cambiar. Hasta ahora se ha cantado a lo bello; pues bien, yo voy a
cantar a lo feo, lo repugnante". Carlos Pezoa Véliz (Santiago, 21 de julio de 1879- Santiago,
21 de Abril de 1908).

Escuchar esto de un joven hambriento y enfermizo, muy a menudo cesante, otra vez
esporádico y modesto ayudante de zapatero, breve empleado público, y dueño de algunos
pocos poemas publicados en diarios y revistas, con seguridad provocó risas o indiferencia en
los menos atentos. Ellos mismos lo disculpaban considerando que posiblemente sufría de
aquel fervoroso entusiasmo poético por las polémicas "Flores del Mal", publicadas por
Charles Baudelaire algunas décadas antes.
Habiendo pasado tantos libros bajo los ojos lectores, expertos y legos, durante todo el siglo
veinte, e incluso casi inmediatamente después de su prematura muerte, Pezoa Véliz recibe
tardía la condición del lúcido renovador de nuestra poesía con un escueto puñado de obras.
Su influencia puede seguirse hasta hoy en los más importantes poetas chilenos, quienes sin
apurarlos mucho, reconocen su condición de maestro.
Se acentúa su poder poético por el desamparo vital que lo persiguió toda su corta vida
obligándolo, desde su incierta y desposeída cuna, a ser autodidacta, buscavidas, marginal y
bohemio.
No es sorprendente, entonces, que sus poemas fueran de estructura extremada y
magistralmente sencilla, o sus temas claramente sociales. Tal combinación potenció su breve
obra, señera para toda la poesía que se haría después de él por todo el siglo que apenas pudo
recorrer y se mostraba repleto de inestabilidades políticas y efervescencia laboral.
Por si fuera poco esto, le alcanzó el tiempo para publicar algunos cuentos y artículos
periodísticos. En ellos la mencionada combinación de simpleza y preocupación por lo social
se repite con semejante valor, aportando nuevamente una magnífica representación de
escritura del pueblo chileno a principios del siglo XX. No fueron sus versos repugnantes ni

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feos como amenazó, aunque su inspiración quizás sí, pero el resultado fue simplemente bello,
tierno y conmovedor.
Hace exactamente un siglo llegó a Viña del Mar, donde se estableció desempeñándose como
profesor en el Instituto Inglés.
Uno de nuestros escritores, Daniel de la Vega, en su crónica "La bohemia perdida" nos
cuenta de la taberna del "Chino Antonio", tugurio donde Pezoa Véliz pasaba extendidas
veladas recitando sus versos hasta el amanecer en compañía de poetas porteños como Zoilo
Escobar, Víctor Domingo Silva y Roberto Crichton. A la hora de las inevitables despedidas,
no teniendo donde dormir, tomaba en el puerto un tranvía para Viña. En el recorrido se
dormía... el cobrador al llegar lo despertaba. El poeta, soñoliento, pagaba para volver al
puerto, en donde volvía a comprar pasaje para regresar a la ciudad jardín. Así pasaba la
noche.
1906 pareció ser por fin su año de suerte. Afiliado al Partido Liberal Democrático, don Pedro
Montt lo nombra secretario de la Municipalidad de Viña del Mar. Pero el año demostró su
maldad el 16 de agosto con un terremoto que le echa encima uno de los muros de su pensión
viñamarina. Queda semi inválido. Es el comienzo del fin.
La muerte ya lo quiere, pero la poesía también. Prueba de esto, es que uno de los poemas
inmortales de Pezoa Véliz es "Tarde en el Hospital", la triste y excelente representación
estética del comienzo de su agonía en el Hospital Alemán del Cerro Alegre.
No sanaba. Fue trasladado a Santiago, donde se le diagnosticó la enfermedad de la época, de
los románticos, de la pobreza: tuberculosis. Pese a los esfuerzos económicos de sus amigos y el
cuidado del doctor Cienfuegos, su destino aciago acabó la cruel misión. Muere en atroz
soledad el 21 de abril de 1908.
Pero como a tantos grandes escritores, el destino vital es finalmente vencido por la calidad
literaria y el futuro.
Ernesto Montenegro, periodista y amigo de Carlos Pezoa Véliz, tres años después de su
muerte, bajo el significativo título de "Alma Chilena", publica por primera vez en forma de
libro sus poemas.

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La fama póstuma es suya por todo el siglo XX hasta llegar a nuestros días con "Breviario de la
Calle Viana", parte de la colección Breviarios de la Universidad de Valparaíso e ilustrado por
Lukas. Luego el músico y poeta Mauricio Redolés musicaliza otro de sus inmortales poemas
"Nada". Actualmente LOM ediciones en su serie económica y masiva, Libros del Ciudadano,
ha publicado bajo el título de "El Pintor Pereza" sus mejores poemas.
El futuro de Pezoa Véliz ciertamente era brillante, infinitamente más justo que su pasado y
presente. Evitar esta trágica injusticia durante su vida parece haber sido una tarea imposible
ante la fuerza de su destino trágico.
No nos queda más, ni menos, que resucitar a uno de los más importantes poetas chilenos a
través de sus maravillosas líneas y además, quizás, buscar al Carlos Pezoa Véliz de este otro
principio de siglo en las pensiones más pobres de la región, y brindarle un hoy menos triste.
Está esperándonos ahora. No mañana.
22 de abril de 2002

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El hermano errante

La semana pasada se cumplió el aniversario número 120 del natalicio del escritor porteño, al
que le fuera concedido por primera vez el Premio Nacional de Literatura (1942). D'Halmar
desarrolló una particular relación de amor-odio con Valparaíso, esa "ciudad del fuego y los
incendios", como él la bautizó

“En nuestras conversaciones de aquella época, uno de los deseos más ardientemente
expresados por Augusto era el de visitar Valparaíso y de recorrer en mi compañía el escenario
de su martirio y de sus primeros goces de infancia” dice Fernando Santiván en sus “Memorias
de un tolstoiano” (1955, y luego 1997 en la colección "Premios nacionales de literatura de la
Editorial Universitaria).
Aludía Santiván a Augusto D'Halmar, su amigo, su cuñado, su compañero de letras, del
Premio Nacional de Literatura, ellos, los que intentaron la aventura fallida de vivir en una
comunidad autoabastecida a la manera de las llamadas colonias, propuesta del insigne
escritor ruso León Tolstoi.
Pero el autor de “La sombra del humo en el espejo” era demasiado esteta, intelectual y
despegado de las cosas de la tierra como para que prosperara un intento de ese tipo tan
concreto y radical.
Junto con Santiván son hijos adoptivos del puerto. Estudiaron en sus aulas y/o vivieron parte
de su vida acá.
Su posterior obra se marca implícita o explícitamente con referencia a los acontecimientos
porteños del cambio al siglo XX que les tocó vivir como literatos. Sobre todo en el caso de
Augusto Thompson (su verdadero nombre), quien es calificado por sus más cercanos como
“El hermano errante”, esto por su inquieto prurito de no permanecer demasiado tiempo en
ciertos lugares, por lo cual, muchas veces a causa de cargos diplomáticos, recorre extremos
rincones del mundo, aún cuando nunca dejó de sentir cierta frustrada ganancia recordando
al puerto por más lejos que estuviera de su persona y deseo.

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El asunto era personal, pues sobre todo predominó, incluso a nivel íntimo, una búsqueda de
la identidad propia de su nacimiento oscurecido por un padre marino que zarpó de
Valparaíso con una promesa de volver no cumplida después del tiempo de su nacimiento el
23 de abril de 1882.
D'Halmar pasó a la historia, además de sus interesantes propuestas estéticas desarrolladas en
sus novelas, cuentos y diarios de viaje, por gestar la hasta hoy vigente iniciativa de
reconocimiento de la labor literaria con un Premio Nacional dotado de una renta vitalicia
nada despreciable.
El primero de los premios nacionales de literatura fue justamente otorgado a Augusto
D'Halmar en 1942, y hasta ese momento había publicado gran parte de los libros que lo
hicieron célebre, como “Juana Lucero” (1902), absolutamente similar al estilo y a la historia
del maestro del naturalismo, el francés Emilio Zolá, y específicamente con su novela “Naná”.
“Pasión y muerte del cura Deusto”, para algunos una obra autobiográfica que pese, o gracias
a ello, es uno de sus más importantes textos, todos renovadores en su tiempo de la manera de
hacer narrativa en Chile.
Sobrevivió las severas críticas por la falta de originalidad, las cuales ciertamente desconocen el
valor de una obra que a través del tiempo ha demostrado, antes y después de su desaparición
el 27 de enero de 1950, el valor literario y cultural del cual fue parte y centro a principios de
siglo junto a otros importantes escritores como Pedro Prado o el pintor Pablo Burchard, con
quienes creó el movimiento artístico llamado “Los Diez”.
El fue quien propuso para Valparaíso la denominación de ciudad del fuego y los incendios,
complemento del término más usual: ciudad del viento.
Al respecto, el ciudadano cotidiano del puerto hasta ahora no puede dejar de concederle
cierto grado de acierto.
Augusto D'Halmar fue dejando huella en los más jóvenes por su oratoria perfecta, su
refinada estampa y su abundante sapiencia que le dieron carácter de mito viviente para
quienes tuvieron la suerte de coincidir con él; como todo ser legendario, supo llevar
dimensiones oscuras de su personalidad que se rumorean hasta hoy.

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Lo que nos importa es su cierto aporte literario a las letras nacionales y su estrecha
vinculación con nuestras ciudades, en particular a Valparaíso, para él un agridulce sitio de
infancia y despojamiento de un origen más claro que nunca tuvo ni pudo enfrentar con paz.
Cada vez se volvía al puerto como una huida, en oscura contradicción y amor-odio por el
lugar que no plasmó, sino soslayadamente en su obra, y que echamos de menos como
posibilidad para elaborar la gran novela de Valparaíso, nunca hecha por Augusto D'Halmar,
pero que sin embargo escribió entre líneas, con sus acciones, partidas y narraciones.
Desescribió Valparaíso, y con este doloroso ejercicio entrañado en su historia personal, de
escape quizás, dijo más de algo de nuestra identidad en fuga.
Como la suya que expresó en un artículo, fisura de inmerecida subestima al principio del
siglo veinte: "Yo que sin duda había nacido para ser Papa o a lo menos Presidente... No fui
nada... sino un pobre diablo soñador de locuras que ve tras de sí un vasto erial sembrado de
cruces y delante el horizonte obscuro, con la fosa del sueño allá en el fondo".
Aunque en eso, estuvo equivocado.
29 de Abril de 2002

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Una voz en la niebla

En Viña del Mar fue 6 de Mayo de 1980. A María Luisa Bombal tal día se la llevó de su
querida ciudad natal donde había nacido casi setenta años antes.
El nacimiento fue en una de las casas de un adorable paseo -el Monterrey-, ubicado a unas
cuadras subiendo a mano izquierda por Aguasanta, sitio que actualmente a pesar de
condominios, servicentros y pavimentaciones, algo de la Ciudad Jardín de principios del XX
todavía se alcanza a percibir.
Al morir también se va de todas las ciudades extranjeras donde no nació fisicamente, pero
igualmente las recorrió, las vivió y también la vieron escribir y publicar durante la primera
mitad del siglo XX ese breve puñado de novelas y cuentos: Nueva York, París, Buenos Aires.
Fueron en ese tiempo y en esos lugares sus primeras y últimas publicaciones suficientes como
para convertirse en la narradora más importante de Chile.
La "fama" le vino de pronto muy temprano y después lentamente hasta alcanzar como el
efecto de una ola salada poderosa toda la literatura chilena y bastante más lejos todavía hasta
nuestros días y seguramente más allá aún.
Marcada hasta el final de sus días por un signo trágico que no le permitió ser plena como
mujer ni tampoco como escritora en su dimensión personal, siempre le tardaron en arribar
concretas las felicidades de tantas maneras en que pudo merecerlas: una pareja que la
acompañara hasta el final de sus días, una paz interior, un premio nacional, un presente a la
altura de su pasado familiar de buena posición íntima y social.
En este y en otros sentidos María Luisa no supo, no se le permitió, no quiso ser feliz aunque
lo tuvo todo y al mismo tiempo nada. ¿Se hace o se hereda la mala suerte del alma? Como
sea, su vida fue una guerra entre la dicha y la congoja definiendo su obra y su persona.
Ninguna de las dos venció mejor.
Lo suyo fue más bien una tregua concedida desde los años cuarenta cuando demuestra la
condición de excepcional con sus extraordinarias capacidades literarias expresadas en toda su
breve obra.

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Pero aquella suspensión de la brega para María Luisa Bombal fue un vagabundeo por la
literatura, el mundo y la vida que no resistió bien sino mal.
Para los efectos personales esta es su tragedia. Para los efectos literarios, su sello indeleble,
inolvidable, magistral conocido y aprehendido por generaciones y generaciones de lectores
desencadenado poéticamente, sin ser poeta, cada una de sus páginas.
Todas la hacen más absolutamente real que otros tantos escritores de ayer y hoy en quienes
todavía esperamos tanto o más que lo hecho magistralmente por María Luisa.
Pero seguimos esperando.
Neruda, Girondo, Borges, la Mistral fueron algunos de sus amigos personales. García
Márquez la reconoce entre sus lecturas e inspiraciones. A Lafourcade, Sara Vial, Alone,
Ignacio Valente, Agata Gligo, entre otros, les debemos magníficas páginas y páginas y más
páginas sobre y con María Luisa.
Para ella la soledad sorda de niebla, manifestación de la naturaleza que amó de niña y odió
de adulta, pareció siempre envolverla. Pero su brillo encendido al principio de su mejor
época y luego su reflejo en sus posteriores años, si bien nunca le dieron paz ni otros libros
nuevos, ni mayores ni menores, alcanzaron a iluminar(la/nos) a través de la niebla en vida
tantas veces y ahora en su muerte.
Como la misma amortajada, es ella un amasijo agridulce inolvidable y tan paradójicamente
viva para autores, investigadores y lectores que una historia de la literatura de la región, de
Chile, del mundo, sin la presencia de la vida, y sobre todo de la obra de María Luisa Bombal,
se hace imposible de concebir... Aunque estamos en Chile.
Le tocó no ser feliz siempre, pero al mismo tiempo tuvo la felicidad de haberlo sido alguna
vez como persona y como autora. Esto a ella le faltó y le sobró, nunca tranquilizó el centro de
su espíritu inquieto.
¿No somos todos nosotros un poco como ella? Como sea, su existencia como mujer, en sus
días y en sus páginas, fueron y son una forma cercana a la manera en que puede ser todavía
lo femenino en esta tierra y en este tiempo. Sus pocos pero magníficos libros expresan
cabalmente eso y más.
6 de mayo de 2002

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Escritores porteños ¿Honoris causa o por nacimiento?

¿Es porteño Eduardo Barrios? ¿Sacia su obra esta hambre de identidad regional? ¿Hay en
Valparaíso un nombramiento honoris causa disponible para él? Ciertos países, regiones y
ciudades con angurria de identidad son obsesivos con el dato natalicio de los escritores. La
obra que viene décadas después del nacimiento del creador debería aclarar todo.
Generalmente sabemos la ciudad de nacimiento de un escritor. Tal dato geográfico a la hora
de la reflexión literaria ¿Es relevante por sí solo? o ¿Patrocina siempre chauvinistas
conclusiones ingenuas? Ciertos países, regiones y ciudades con angurria de identidad son
obsesivos con el dato natalicio.
La obra que viene décadas después del nacimiento del escritor debería aclarar todo, poniendo
las opiniones a priori en el sitio sombrío de la banalidad o en la luminosa alegría del hallazgo
certero.
Manuel rojas nació en Buenos Aires, Isabel Allende en Lima, Carlos León en Coquimbo,
Luis Merino Reyes en Tokio ( Y Renzo Pechenino en Génova, por nombrar un artista no de
las palabras).
Saquemos conclusiones serias y digamos con la frente en alto si son autores porteños,
chilenos, playanchinos o del mundo ancho y ajeno.
El escritor Alfonso Calderón ha ocupado gran parte de sus lúcidas y magistrales faenas
recopilatorias a la ciudad de Valparaíso y a uno de sus hijos más ilustres. Calderón nació en
San Fernando y se crió en el Puerto.
Franklin Quevedo ha manifestado concretamente su amor incondicional a nuestra ciudad en
varios libros de ficción y otros recopilatorios. Como corolario a su vida y enamoramiento, el
escritor que vivió algunos años por acá solicita graduarse de porteño (Al respecto recordemos
otra solicitud, la de Joaquín Edwards Bello: ser Cónsul de Chile en Valparaíso. Carlos León
le contesta atribuyéndole un no menor cargo de consuelo: "Ud. ha sido el Alcalde secreto y
vitalicio de Valparaíso")

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ESCRITORES PORTEÑOS ¿HONORIS CAUSA O POR NACIMIENTO?
He aquí el dilema implícito que este artículo, también sus precedentes y subsiguientes, ofrece
para ser resuelto por sus amables lectores con más o menos angurria de identidad ciudadana.
El 17 de Mayo de 1946 el Premio Nacional de Literatura es otorgado a Eduardo Barrios.
Había nacido en Valparaíso el año 1884. Su familia muy pronto se traslada a Lima donde
vive su infancia y adolescencia marcada por la temprana muerte de su padre y otra forma del
sufrimiento: la xenofobia.
Luego su juventud no es distinta a la de tantos otros escritores que ejercen multiplicidad de
oficios ocasionales e insospechados por diversos lugares. En el caso de Eduardo Barrios por
toda América Latina .
"Fui comerciante, expedicionario a las gomeras en la montaña del Perú: busqué minas en
Collahuasi, llevé libros en las salitreras, entregué máquinas en una fábrica de hielo de
Guayaquil; en Buenos Aires y Montevideo, vendí estufas económicas, viajé entre cómicos y
me presenté al público en un circo levantando pesas", cuenta él mismo.
Tampoco es muy distinto su recorrido laboral al de otros muchos escritores, pasando por
universidades, cargos administrativos y públicos que incluyeron la Biblioteca Nacional, el
Congreso y llegan a su más alto estado cuando es nombrado Ministro de Educación del
gobierno de Carlos Ibañez del Campo.
La ya tradicional serie de actividades de tantos escritores incluye por supuesto trabajos en
revistas y diarios, dentro de estos últimos estuvo a cargo de la clásica y desaparecida sección
Averiguador universal de El Mercurio.
Basta mencionar tres títulos de libros de Eduardo Barrios para recordar su importancia en las
letras nacionales: "El niño que enloqueció de amor", "Gran Señor y Rajadiablos" y "El
Hermano Asno".
Con ellos su vida física y la clasificación en el ordenamiento literario teórico como
Naturalista o Criollista trasciende debido a su esencial estilo escritural que linda con la prosa
poética y la presentación de personajes en una esfera sicológica, dándole a sus mejores obras
una calidad y espesor artístico incomparable que resulta en considerarlo uno de los más
importantes e inolvidables escritores chilenos.

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Al respecto de "El niño que enloqueció de amor", hasta ahora y con plena
justificación ubicado en los planes de lectura de los estudiantes chilenos, Gabriela Mistral
dijo: "En este libro está, más que en ningún otro de Barrios, la insigne honradez de un
escritor que quisiera desnudar el lenguaje hasta del último recurso retórico, hasta de la última
metáfora, para dejar el sentimiento como en carne viva. Yo he sentido al final de su lectura
gotear la piedad de un justo, del que ayer se llamó San Francisco, del que hoy se llama ya
analista de cuerpos, ya de almas, médico o escritor; he sentido gotear su piedad en anchas
lágrimas de dulzura, y amo este libro no sólo por su valor literario, sino por este escondido y
divino valor espiritual".
Hernán Díaz Arrieta, Alone, el inevitable crítico literario del siglo XX chileno dijo de
Eduardo Barrios a propósito del otorgamiento del Premio Nacional: "Nadie puede discutir
que el Premio está bien dado. El autor de "El niño que enloqueció de amor", "El hermano
asno" y "Un perdido" se distingue entre los autores nacionales por dos virtudes nada fáciles
de ver reunidas y que hasta suelen creerse incompatibles: la inventiva novelesca, el don de
crear intrigas interesantes, cautivadoras para la mayoría y una extrema pulcritud de estilo,
una rara conciencia de escritor que cuida la frase, el ritmo y sabe colocar y medir la imagen".
Finalmente desocupado lector pregunto a tu (co)razón ¿Es porteño Eduardo Barrios? ¿Sacia
su obra esta hambre de identidad regional? ¿Hay en Valparaíso un nombramiento honoris
causa disponible para él?
Como siempre todas las respuestas están escondidas en las mayores páginas de la obra de este
escritor inmortal.
13 de mayo de 2002

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León de Playa Ancha

En estas mismas páginas Carlos León Alvarado (Coquimbo, 2 de Junio de 1916-Valparaíso,


Septiembre de 1988) escribió tantas veces sobre diversos temas y principalmente de
"Hombres de palabra" título de un libro suyo y lúcida expresión para referirse a quienes como
él han realizado la maravillosa gesta de escribir en estas ciudades chilenas.
En vida tuvo la fortuna de ver bien publicadas y tanto mejor recibidas sus obras entre las que
destaca la trilogía de novelas cortas "Sobrino único", "Las viejas amistades" y "Sueldo vital".
Todos son semibiográficos libros los cuales pese –o gracias- a su cuidadosa brevedad lo ubican
cómodamente en un lugar destacado dentro de la historia de la literatura regional y nacional.
Alone, Pablo Neruda, Manuel Rojas, Ignacio Valente, Alfonso Calderón y varios otros de
igual valor literario son abundantes en los elogios a su obra. Más de alguno entusiasmado
encontró en sus páginas algo de Ernest Hemingway .
De tantos seleccionamos la opinión del Nobel vate quien justamente bajo esta última
condición, a propósito de su primera obra, "Sobrino único" de 1954, pregunta sabiendo la
respuesta: "¿No te quedarás como tantos de los jóvenes escritores con unas pequeñas páginas
aunque extraordinarias, largamente olvidadas después por la inacción?". Neruda sabía que no
sería así.
Carlos León, el hombre de Playa Ancha, de palabra, certera y escueta casi como otro
magnífico al que suele comparársele en esto último, González Vera, siguió ofreciendo hasta
poco antes de su partida no muchos pero sí inolvidables otros textos desde la república del
viento, desde su puerto adoptivo, todos estos el material para sus historias y personajes tan
bien escritos.
Realizó así varias veces un preciso y precioso retrato anímico de la ciudad en la primera mitad
del siglo pasado. Y aquí está si se quiere quizás su mayor valor y aporte literario a la
documentación de la identidad de lo que fue nuestra clase media porteña. Su narrativa no
fue de postal, tentación que este puerto loco es fuerte en los artistas que lo quieren mal, y así
resultan sus obras también.

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Su narrativa contiene ciertas exactas esencias de las muchas que tiene Valparaíso: "De pronto,
por un intersticio de la tristeza, siempre existe alguno, asomaban un puerto de oleografía,
ciertos sonidos y olores y el ruido del mar por la noche arrullando a la ciudad como una
niñera. Allí estaba un niño de ojos asombrados, exactamente allí y entonces, con los años
precisos para que todo tuviera su infancia, sus breves años. En un descuido de mis sentidos,
colábase el sueño como un intruso y me cubría, precedido de su rumor oceánico". ("Las viejas
amistades", 1956).
Y lo tenía claro también cuando dijo, a propósito de otro gran colega porteño, el con justicia
omnipresente Joaquín Edwards Bello: "...las ciudades son sólo estados de ánimo, poseen
únicamente lo que nosotros ponemos en ellas".
Sabemos que años más tarde Manuel Peña Muñoz aporta el segundo de los vértices del
triángulo sicosocial de Valparaíso quedando hasta hoy, me parece en lo que respecta a la
narrativa porteña, quizás escandalosamente vacante el tercero que ya el atento lector sabrá
calcular cuál es. Que el diablo se haga el sordo y nuestros prosistas alerten la oreja.
Carlos León como hombre de palabra nuestro no nos quedó debiendo nada de lo que su
vocación literaria y humana le dio y exigió.
Por su parte el viejo puerto con su rostro de fría indiferencia no lo fue tanto para él:
Numerosas oportunidades de publicar, incluso en España, páginas de varios diarios a su
disposición, incorporación a la Academia de la Lengua, galardones, y un concurso literario
con su nombre, organizado para los actuales alumnos de la Universidad de Valparaíso, su
hogar académico por la cátedra de Filosofía del Derecho, le devolvieron y le devuelven lo
escrito para y por el Puerto. Estamos casi a mano con él.
Tal vez mañana o pasado mañana una calle de su amada Playa Ancha lleve el nombre del
escritor. Mientras tanto tenemos la certeza de que toda buena memoria de Valparaíso no
puede ni debe olvidar nunca a Carlos. Es posible incluso que entre los leones en la playa con
los cuales sueña el viejo de Hemingway esté nuestro León.
20 de mayo de 2002

20
Una audaz aventura

Una tarde de éstas, al llegar a mi oficina, me encuentro con una dama que escribía
afanosamente (...) Pasaron algunos minutos y tal vez una media hora, hasta intranquilizarme
esa presencia extraña. Había llegado pidiendo una hojita de papel, tinta y una plumita. (...) Al
acercarme, me bañó la inocencia de su rostro con una graciosa picardía pueril, semi-fuerza
semi-debilidad. (...) Sobre la mesa, en un paquete que había dejado, alcancé a ver: "La torre
del campanario". Violeta Quevedo...”.
Este relato, fechado el 27 de Mayo de 1950, lo escribe el gran poeta Eduardo Anguita y es un
fragmento del prólogo a “Seis relatos de Violeta Quevedo” (Editorial Universitaria, 1981). El
autor de “Venus en el pudridero”, por supuesto infinitamente menos pueril, en ese curioso
encuentro conoce en persona a Violeta. Había leído algunos de sus -según él mismo- “libros
de deliciosa ingenuidad”.
Rita Salas Subercaseaux (1882-1962), su verdadero nombre, comenzaba a ser considerada
como la más excéntrica de las escritoras nacionales.
De Ester Huneeus, Marcela Paz, es también la tía solterona que en ninguna familia chilena
parece faltar. Autora de ocho libros, todos naif, ingenuos, como ella misma parecía ser,
relatan viajes lejanos y cercanos, aventuras cotidianas, simples, suyas y de Clara, su sombra, su
hermana también extrañísima pero introvertida a diferencia de Rita.
Todos los relatos de Violeta son en general acomodadas y mínimas peripecias, pero a través
de su escritura y mirada tan particular le dan a estos triviales sucesos un tono absolutamente
distinto y perplejo en su fácil mixtura de naturalidad y sobrenaturalidad, que dejan al lector
(son)riendo por el absurdo y la sorpresa incrédula ante esta narrativa tan curiosa.
Las palabras siútico, tonto, ridículo o inocente, aparecen y se confunden cuando leemos las
páginas de Violeta Quevedo ("Violeta por lo humilde, Quevedo por lo que veo", explicaba)
resultando en definitiva sus relatos una experiencia literaria inefable, pues se está ante una
escritora además distinta a todas, para algunos genial, y al mismo tiempo para otros no muy
lejos de una imperfecta composición escolar.
La duda queda... pero el interés también permanece.

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Sus viajes son siempre su tema (Viña del Mar, Europa, La Serena, Nueva York, Buenos
Aires), sin embargo, aunque hubieran sido a la vuelta de la esquina, o a la casa de algún
pariente, cosa que solía ocurrir muy a menudo, igualmente estaríamos hablando ahora de
Violeta.
Su cuota de inmortalidad va por la mirada, la escritura, el carácter personal.
Si quisiéramos explicar la aparición de esta escritora por medio de la genética, tan lejos no
habría que ir, pues la madre de las hermanas Salas no era menos estrafalaria en vestimenta,
conducta y aspecto. Incluso su aún más célebre sobrina ya mencionada, no tanto en su
persona, pero sí en su escritura de los imprescindibles Papeluchos, también alcanza un estilo
y temática, por cierto, más canónicamente enfocados y recibidos, pero también igualmente
partícipes de una luminosa ingenuidad.
Dejemos que la misma Violeta demuestre cómo logró hacer trascender su escritura tan
exótica.
Es febrero de 1936 y entre otras apreciaciones sobre su estancia en Viña del Mar escribe: “Se
puede decir, han hecho este hermoso establecimiento de milagros o providencialmente,
como tú quieras llamarlo; suben sus pisos y lo extienden y a un tiempo con estilo bello para
capacidad de muchos niños raquíticos y enfermos, que los tienen sin ropitas a la pura capa
del sol y de las frescas olas del mar. Los Hermanos los atienden con solícito cuidado y
ternura. Créeme, es una obra maravillosa y uno se admira de ver el interés de esos Hermanos.
Te encantaría ver las salas de cirugía, sus dormitorios, etc., las fotografías de esos inválidos
cómo entran al Sanatorio y cómo después salen.
Le hice un reportaje a los Hermanos y les dije: Cuidado Hermanos, con este gran
establecimiento, no vaya a ser que en el verano saquen a los niños de sus camitas y las ocupen
los veraneantes ruleteros.” (Sanatorio Marítimo).
¿Papelucha? ¿Ingenua? ¿Humorista premeditada? ¿Involuntaria? ¿Siútica? ¿Literatura menor?
¿Escritura sin mérito artístico?
Ella siempre ingenua y paradójicamente certera se autodenominaba “audaz aventurera”.
Como siempre el lector tiene la última palabra.

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Lo único indudable es su carácter personal y sobre todo escritural, hasta ahora sin
comparación, que la convierten objetivamente en una de las escritoras chilenas más
distinguibles de toda la historia de nuestras letras.
27 de Mayo de 2002

23
La mujer vetada de Marta Blanco

Hace 30 años el padre de Marta Blanco (Viña del Mar, 1938) le dio un regalo muy especial:
una carta del Auditor de Guerra José Antonio Alvarez dirigida a Manuel Montt. Alvarez fue
el magistrado que certificó la muerte de Diego Portales tras su fusilamiento en el cerro
Placeres el 3 de junio de 1837 y quien dio la orden de levantar su cuerpo perforado con más
de 30 bayonetazos.
Este juez es antepasado directo de la periodista y escritora. Y así fue como empezó su interés
por la vida de Portales.
Pero no fue tanto la figura del ex ministro la que terminó motivando su proyecto de
escritura, sino la de Constanza de Nordenflytch, amante de Portales y madre de sus tres hijos.
Reducida a una especie de imperceptible sombra por la gran Historia, Marta Blanco la pone
en primer plano en su más reciente novela: "La emperrada".
"Constanza no existía en la Historia. Es un personaje eminentemente narrable, porque es un
carácter envuelto en el misterio. Tenía un drama en su vida, una terrible tragedia oculta",
explica la escritora.
IMAGEN NO OFICIAL
Constanza de Nordenflytch fue hija de un barón de origen polaco que, tras la muerte de su
progenitor, llega a Chile procedente de Lima. Su madre pocos años después también fallece,
pero aquí en el país, y queda a cargo de una recia tía, quien le niega acceso a sus bienes
heredados.
A los 18 años conoce a un Diego Portales ya viudo y juntos inician un romance clandestino
que duró más de una década. De esa relación nacieron tres hijos. Y a los 46 días del
fusilamiento del ministro, Constanza muere en extrañas circunstancias y es enterrada en el
patio histórico del Cementerio General. Precisamente una imagen de su abandonada lápida
ilustra la portada de la novela de Marta Blanco.
"Ella se pierde en el tiempo, porque la mujer no es protagonista de la Historia, ni siquiera de
su propia vida. Los movimientos tanto de índole político como intelectual de reivindicación
de la mujer, obedecen a eso. Obedecen a que las mujeres realmente no aparecen en la

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Historia como sujetos", indica la escritora. "En este caso, ella ha sido vetada por ser un
personaje conflictivo en la vida de Portales, porque le cambia la imagen de austeridad y de
hombre conservador, incluso de una conservadora corrección. El jamás quiso casarse con
ella. Entonces la mantuvo fondeada. De hecho, él utiliza el término 'emperrada'. Tanto el
término 'embodegada' como el 'emperrada' aparecen en las cartas de Portales. El escribió:
'Sabrá usted que Constanza es emperrada y terca; hay que embodegar a Constanza'."
Novela histórica, relato de amor y desamor, como sea leída “La emperrada” siempre se está
frente a un texto coral donde la narración está en voz de Constanza de Nordenflytch, la
esclava Jacoba, Merceditas Barros, soldados y numerosos testigos de la relación. "Puse el oído
y la imaginación en el habla de la gente, en el rumor de la plaza pública, porque quise darle
protagonismo a quienes estaban viendo todo esto", sostiene la novelista.
Junto al rescate de esta historia, asoma también una imagen no oficial de Portales: hombre
autoritario e intrigante, mujeriego y bohemio. Obsesionado con la organización de la
república, pero desinteresado por el mantenimiento de su familia. Incluso obliga a su amante
a someterse a abortos.
"Cuando alguien al morir a los 44 años tiene una hija de trece, un hijo de diez y uno de
cuatro con una mujer, se debe a que ella no es una amante ocasional, sino una persona con
la que ha convivido tiempo importante. Pero él cometió varios desacatos con Constanza.
Después de prometerle casamiento, Portales mismo afirmó: 'el matrimonio es el sagrado
vínculo de los tontos'", puntualiza Marta Blanco.
HISTORIA EN SEGUNDO PLANO
La novela de casi 200 páginas desliza "la sospecha de que Constanza de Nordenflytch no
murió de causa natural. En la época dijeron que murió de amor, pero es muy extraña la
circunstancia de su muerte", comenta luego.
El corazón del relato encierra también una reflexión sobre el padre ausente y el guacho como
una especie de constante histórica del país, que ahora último varios investigadores de nuestra
identidad proponen como marca nacional.
Además, la novela de Marta Blanco presenta una imagen caótica de esos años de
organización de la república, cuando la patria era disputada por los diferentes sectores, y de

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paso se desprende también un retrato de otro rasgo de la idiosincrasia criolla caracterizado
por el ánimo de enfrentamiento: "Somos belicosos por naturaleza", observa la autora.
Para realizar este libro, la narradora y ex agregada cultural en Francia desarrolló una extensa
investigación que suspendió en 1989 tras la muerte de su hijo. Después de la catártica y
notable escritura de "Maradentro", recién puede darle forma a una segunda novela que
resultaría ser "La emperrada".
Viene el bicentenario chileno y nuestra literatura contemporánea responde con frecuencia y
certeza la pregunta: ¿quiénes somos? La Historia, perdiendo la mayúscula, ingresa a nuestras
novelas.
Con esta obra, Marta Blanco conecta este reciente movimiento cultural y colectivo con la
magistral estética de su, lamentablemente, escasa obra publicada. En la literatura escrita por
mujeres, en la literatura nacional, ella es un imprescindible y exigente punto de referencia.
Ya antes Jorge Guzmán, con "La ley del gallinero", nos dio una gran novela sobre Portales.
Este notable narrador, también escaso, igualmente imperdible, pareció agotar la compleja
personalidad del "padre de la república". Pero faltaba, parafraseando el epígrafe de "La
emperrada" citado por el inmortal Carlos Cerda, "observar las figuras en segundo plano”.
Marta Blanco hace novela con eso y más. Múltiples voces hiladas por “la, aunque no quieras,
yo”: Constanza de Nordenflycht, segunda mujer de Portales, a quien nunca la quiso como
esposa a pesar de los hijos que le dio. Limeña, de ojos enormes, muerta después de casi dos
meses del asesinato del ministro, la emperrada quizás fue víctima del amor, del desamor o de
un suceso inefable del cual es sordo tema esta gran novela de la escritora viñamarina.
3 de junio de 2002

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Literatura sin tiempo

Hace exactamente un año la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos (DIBAM), Lom


Ediciones y el Centro de Investigaciones Diego Barros Arana publicaron un nuevo libro que
ciertamente enriquece su ya valiosa colección llamada Escritores de Chile.
Con este esfuerzo editorial –en este país son siempre esfuerzos- sacaron del silencio
ciertamente injusto a uno de nuestros más importantes autores regionales.
Hablamos hoy del volumen "Cristián Hunneus. Artículos de Prensa (1969-1985)" una
recopilación de Daniela Huneeus (la hija del escritor) y Manuel Vicuña con prólogo de
Roberto Merino.
Además de la publicación periódica, y efímera si no fuera por el concreto rescate realizado
con este libro, Cristián Hunneus (1937-1985) había publicado "Cuentos de cámara” (1960),
"Las dos caras de Jano" (1962, novela), "La casa de Algarrobo" (1967, cuentos), "Historias
desiguales" (1969, cuentos) y "El rincón de los niños" (1980, cuentos). Permanece inédito
"Autobiografía por encargo".Posiblemente todas aquellas publicaciones en la actualidad están
inencontrables. Desafío para hurgadores de librerías.
Con Marcela Paz (Esther Huneeus) y Pablo, para asuntos de estadística tipo censo, con
Cristián llegan a 3 los Huneeus destacados en la literatura chilena contemporánea.
Cristián fue hombre de varias distintas facetas en su vida: Agricultor, arquitecto, narrador,
Director-Académico Universitario y por supuesto columnista en la revista Cormorán,
Mensaje, Hoy y en los diarios La Tercera y La Razón de Petorca.
Todos medios que son la división y ordenamiento del libro hoy comentado.
Desde Cabildo, lugar donde se asentó como hombre de la tierra, Cristián Huneeus supo y
pudo dar a conocer a todo el país y de paso quedar en la historia de la letras su escritura tan
lúcida y valiosa. Era como si hubiera estado en Chile, es decir en Santiago.
Un ejemplo de cómo desde la provincia la fuerza de una palabra, una mente clara trasciende
tarde o temprano. Con frecuencia suele ser tarde.

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Su amigo el gran poeta Jorge Teillier lo recuerda poco después de su prematura partida: “Alto
y desgarbado aspecto de ex-estudiante de Cambridge, vestido de sport y con una chupalla de
huaso que dejó olvidada en casa y que nos hace recordarlo cada vez que la miramos.”
Los innumerables artículos de prensa recogidos en este libro abordan principalmente sus
testimonios y opiniones sobre el tema literario, pero también muchos otros son de la vida
provinciana, rural y el acontecer nacional e internacional.
Si nos concentramos en los de escritores, obras y sucesos literarios el texto se valida
totalmente por la cantidad y calidad de los artículos.
Cada uno de los textos transcritos demuestran no solo sólida sapiencia sino también la
valiosa y sensible mirada de un intelectual que aborda temas para él nunca agotados en sus
diversas aristas y son lúcidamente examinados por su atenta y aguda mirada crítica.
No escasea la opinión inteligente y por lo tanto ocurre lo usual en estos casos:
Sus artículos parecen haber sido escritos ayer.
“Es evidente que hoy en día en Chile se impulsa poco más que la obtención de buenos
balances –minimizar costos y maximizar utilidades-, lo que en principio estaría muy bien –
nadie pretende negar la base material de la vida- siempre que el criterio contable en
aplicación no fuera lo pedestre que es (...) Porque, hablando en plata, leer un libro es perder
el tiempo en tonterías que no conducen a nada útil. Una vez establecido este principio,
aplicar un IVA y una censura es algo que viene de suyo” (Revista Hoy, 1977)
Es ameno, claro, documentado pero no abrumador testigo directo de muchos de los
acontecimientos asociados a grandes autores chilenos y extranjeros.
Era amigo personal y compañero de generación de varios nombres literarios como Lihn,
Arteche y el ya citado Teillier.
Indudable es el aporte de este aspecto de la escritura de Cristián Huneeus y providencial el
rescate de sus artículos porque es sabido que la fuerza gravitatoria de la provincia es enorme
sobre todo en lo referido a sus manifestaciones culturales. Como si emanara de un agujero
negro que absorbe todo intento hasta obtener la nada aparente necesaria de contrarrestar con
fuerza y calidad como el mismo escritor lo hizo y lo logró.

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La provincia siempre tiende al injusto anonimato, olvido, enorme lejanía –aunque la
geografía diga lo contrario- multiplicada por aquella otra potencia nulificadora que es el
centralismo.
En el caso de este escritor quien tras años de su desaparición física ahora es sólidamente
rescatado y ofrecido para disfrutar su mente y espíritu, orgullo para nuestra región obligada
en forma permanente a una voluntaria desmemoria.
Este libro entoces además enseña cómo las grandes inquietudes y empresas artísticas, sociales,
existenciales, cuando significan miradas inteligentes pueden saltar las décadas como si fueran
días, neutralizando estos persistentes síntomas de olvido.
Ideas, miradas siempre vigentes, rectoras, iluminadoras abundan en este libro.
Por su parte nuestros innumerables escritores idos y los también abundantes de hoy aguardan
acciones similares en bullente silencio.
Hoy Huneeus habla. Bien por él (y por nosotros).Tantos otros esperan el merecido turno.
10 de junio de 2002

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La muerte no existe

Hace exactamente siete años Jorge Teillier (Lautaro, 1935) salió desde El Molino del Ingenio
-en La Ligua- al encuentro de aquella eternidad prometida a todos y todavía más merecida a
quienes consagran el día a día a nostalgiar el futuro. Hablamos de los poetas. Hablamos de
uno de los grandes poetas de Chile.
"Si alguna vez/mi voz deja de escucharse/piensen que el bosque habla por mí",
con su lenguaje de raíces había dicho.
Entonces si requería urgente comunicarme con él para construir este artículo, la cita estaba
hecha. Pero en estas ciudades los bosques son de locomoción colectiva, compradores y
vendedores. Aquellos bosques no me dejaron ver uno de los árboles sureños donde promete
reaparecer Jorge.
Más decepcionado que cansado encontré no sin cierta dificultad un bar -no un pub, disco u
otro sucedáneo contemporáneo- a fin de ablandar el desencuentro. No fue tanta la sorpresa
de hallar justamente a Teillier allí, en aquel bosque de botellas, vasos medio llenos, medio
vacíos.
Hace casi diez años para unas fotos mías que querían en el diario poético Noreste, nos pasó
lo mismo. No aparecía ni bosque ni bar. Era en Santiago, en la Estación Central. Hace
muchos años que no iba a esa estación. No podía creer que no hubiera un bar. Sería la única
estación de trenes de Chile que no tiene un bar. Eso es muy malo para un país. Significa que
se acabó todo. Aquí se hace más filosofía que en las universidades.
-¿En ése y en otros sentidos Chile ya no vale la pena?
"Hemos visto como algunos declaran que este país es una selva, un desierto, que no hay
tradición cultural, que vivimos en el paraíso de la frustración. Se desdeña nuestra historia
(casi siempre ignorándola totalmente) y nuestra literatura. Pero ésa es una actitud de niños
mimados, es bien propia de muchos intelectuales. Piensan que por el hecho de serlo, son
seres superiores, y casi en forma inconsciente desean todas las oportunidades y pleitesías
posibles. Lo curioso es que las esperan del régimen dominante, sin mostrar la menor
confianza por las clases trabajadoras, pese a ingresar muchas veces en sus organizaciones".

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-Allí es donde marcan la diferencia poetas como usted...
"De veras, muchas veces no sé si soy poeta o no, no sé si sobrevivirá de lo que he escrito por
lo menos 'algunas palabras verdaderas' como pedía Antonio Machado. Pero 'nuestra duda es
nuestra pasión y nuestra pasión es nuestra tarea'. No soy humilde, al estilo de los que dicen,
como decía la Violeta: "a humilde a mí no me la gana nadie"; pero tampoco seguro de si lo
que escribo vale ante los demás y ante mí mismo. Tal vez alguna vez ya no escriba más poesía,
tal vez siga en esta tarea que nadie sino yo mismo me he impuesto, no para vender nada, sino
para salvar mi alma, en el sentido figurado y literal".
-¿Eso es ser poeta?
"Ser poeta en nuestro país es un acto heroico, que trae también sus peligros. La poesía
verdadera ha llegado a ser -quiérase o no-, el privilegio de unos pocos, y los pocos que además
son poetas, tienden a su vez a aislarse, a formar sociedades, grupos y grupúsculos, con el
consiguiente peligro de la autocomplacencia que trae el aislarse del flujo de la vida, hacer
poesía sobre poesía, transformarse en una especie de secta de intercambio filatélico o
numismático, con la diferencia que aquí se trata de versos, proclives al mutuo elogio, la
mutua propaganda, la exclusión meramente epidérmica de quienes no pertenecen al grupo.
Es necesaria una apertura que airee un poco nuestro encerrado ambiente. Asimismo es un
peligro el que hemos alguna vez llamado "ombliguismo", el creer -como muchas veces lo
hemos oído sostener- que la poesía chilena no sólo es la mejor de Latinoamérica, sino del
mundo entero. Dudoso parece que exista "poesía chilena", pienso más bien que hay poetas
chilenos, ya que ninguna poesía es nacional, sino fruto de interrelaciones. Me atrevo a
afirmar que la mayor parte de los poetas en este país no sólo desconocen que en Brasil o
Nicaragua o México existen movimientos poéticos tan importantes como el chileno, sino que
aun ignoran la propia tradición poética chilena".
-¿Y usted se siente ignorado?
"Es un fenómeno por demás conocido que un poeta no vive por desgracia en su obra
solamente en la historia literaria, sino también de los mitos que nacen acerca de él y de su
obra y que la oscurecen".

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-Se siente mal leído entonces...
"Tal vez lo que importa no es dar en el blanco, sino lanzar la flecha. Y de nada vale escribir
poemas si somos personajes antipoéticos, si la poesía no sirve para comenzar a
transformarnos nosotros mismos, si vivimos sometidos a los valores convencionales".
-Para eso escribió poesía.
"Ninguna poesía ha calmado el hambre o remediado una injusticia social, pero su belleza
puede ayudar a sobrevivir contra todas las miserias. Yo escribía lo que me dictaba mi
verdadero yo, el que trato de alcanzar en esta lucha entre mí mismo y mi poesía, reflejada
también en mi vida. Porque no importa ser buen o mal poeta, escribir buenos o malos versos,
sino transformarse en poeta, superar la avería de lo cotidiano, luchar contra el universo que
se deshace, no aceptar los valores que no sean poéticos, seguir escuchando el ruiseñor de
Keats, que da alegría para siempre. De qué le vale escribir versos a tanto personaje resentido y
sin puerta de escape que vemos deambular por el mundo literario".
-Habiendo sido tan gran poeta en vida ¿Cómo ha vivido su muerte?
"Sé que la mayoría de las personas que conozco y conocemos están muertas y creo que la
muerte no existe o existe sólo para los demás: 'Todos nos reuniremos/bajo la solemne y
aburrida mirada/de personas que nunca han existido,/y nos saludaremos sonriendo
apenas,/pues todavía creeremos estar vivos'.
Luego Jorge Teillier levantó su vaso lleno de vino tinto y sonriéndome lo chocó con el mío.
Era su caballerosa señal para cambiar de tema. De la poesía a la vida o viceversa que para él es
lo mismo. Entonces conversamos de box, tangos, piratas, fútbol, lluvia, bares, bosques
sureños.
Pero espantado de pronto por el abrupto nacimiento del domingo víspera de otro aniversario
de su muerte apagué la grabadora y me despedí con una excusa. Tenía que construir este
artículo.
Mientras salía del bar pude escucharlo recitar a los que permanecían y a los que renunciaban:
"Tú sabías que la poesía/debe ser usual como el cielo que nos desborda/ que no significa
nada si no permite a los hombres/acercarse y conocerse/ La poesía debe ser una moneda

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cotidiana/Y debe estar sobre todas las mesas/Como el canto de la jarra de vino que ilumina
los/caminos del domingo".
25 de junio de 2002

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Daniel de la Vega hoy

Diariamente durante cuarenta años en Las Ultimas Noticias Daniel de la Vega (Quilpué, 30
de Junio de 1892) escribió una breve columna llamada “Hoy”.
“Cuidado con omitirlo. Su columna es la que sostiene nuestro edificio”, sentenció alguna vez
Byron Gogoux James, director del diario. Los artículos incluso siguieron publicándose de
manera póstuma.
Dramaturgo, periodista y director de revistas, novelista, cuentista, poeta (una encuesta en
1918 lo señaló unánimemente como el más popular de los vates), este hijo ilustre de la
Ciudad del Sol recibió por su copiosa y notable producción escritural -al igual que Joaquín
Edwards Bello- los Premios Nacionales en Literatura (1953) y Periodismo (1962).
No es extraño descubrir que su indiscutible lugar en la historia de las letras chilenas no
estuvo libre de reparos. Alone en su “Historia personal de la literatura chilena” expresó de él
que “su círculo mental, sin demasiada amplitud, le impide evadirse, renovarse: hace largo
tiempo que es el mismo”. Una obra tan abundante y un crítico tan severo no podía dar un
resultado distinto.
Leamos lo que el propio autor dice de los prematuros inicios de su extensa obra: “Comencé a
escribir a los siete años. En ese tiempo vivía en Valparaíso en casa de mis abuelos. Hubo un
día una gran tempestad, y yo entonces la saludé con unos versos altisonantes y tremendos,
que mi madre guarda todavía.”
Mucho más tarde en la plenitud de los poderes escriturales del quilpueíno un destacado
hombre de la prensa autodidacta de la primera mitad del siglo XX chileno, Carlos Silva
Vildósola, dice: “Se le reconoce la virtud no sólo de retener al lector, sino de fascinarlo,
anulando las posibilidades del juicio frío acerca de su obra”.
Los lectores anónimos, y también los célebres como Pablo Neruda, Hernán del Solar o Raúl
Silva Castro, parecían estar de acuerdo en el valor de su escritura en los variados géneros que
cultivó.
De la Vega, “con su estampa de poeta romántico que no está bien de salud”, según el retrato
del ya citado crítico, también tuvo la oportunidad de servir al país en el extranjero como

34
agregado cultural en Madrid a mediados de los años cincuenta, aspecto biográfico que, dicho
sea de paso, similarmente comparte con otros escritores chilenos. También comparte con
ellos su meritoria y ejemplar trayectoria que se inicia con huerfanía, junto a tempranos y
variados oficios para ganarse la vida por sus propios medios, para luego llegar a protagonizar
las más significativas páginas de la historia de nuestra cultura.
Para los que buscamos los esquivos y dinámicos rasgos identitarios regionales,
particularmente sus escritos ficcionales constituyen por sí solos un filón rico al que pocas
veces se acude, actitud que lamentablemente ya no es curiosa, sino que normal en tantos
otros casos, despropósito de escandalosa complicidad de demasiadas instituciones que, con
un deber en este sentido, simplemente lo omiten.
Destacables oportunidades para superar este error han sido la ya mencionada reedición de
sus columnas, "Daniel de la Vega, el poeta y el ángel (1892- 1971)", texto de Mario Cánepa
Guzmán publicado en 1991, y el libro de 1997 dedicado al autor en la Serie Premios
Nacionales de la Editorial Universitaria.
La relectura de su obra literaria (casi no reeditada) y de su escritura periodística ofrece de
forma perfecta esa combinación de pasado, vigencia y proyección que sólo los grandes
escritores regalan. En este sentido el ya citado fuerte reproche de Alone parece contener al
mismo tiempo un elogioso acierto, pues también representa consecuencia intelectual -valor
escaso en estos tiempos- y un nutritivo vigor de estilo e ideas absolutamente necesarias en
Chile.
Daniel de la Vega falleció en 1971, pero las virtudes de su oficio, que podemos leer en cada
uno de sus textos, se resisten con serena maestría a perder vigencia estética y de contenido.
1º de julio de 2002

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Antaño y hogaño en Eduardo Godoy

El propósito de difundir en este espacio el panorama literario de la región ha operado


principalmente mediante el recuerdo de nuestros poetas y narradores. Todos, aún sin la
ocurrencia de este ejercicio de memoria, destacan en el pasado remoto y reciente por su
providencial ejercicio de la creación literaria desde nuestras ciudades.
Además de su esencial y por sí sola magnífica entrega estética, queriéndolo o no, han puesto
a nuestra disposición innegables rasgos de identidad. Al momento de acudir a estos textos y
leerlos ocurre el oportuno efecto inmediato de distinguirnos así de las otras zonas de Chile.
Igualmente nos sitúan diáfanamente en un planeta transformándose en aldea global con la
velocidad de la milagrosa tecnología actual. Nace una comunidad mundial hecha de millones
de ricas diferencias.
Tan lejos y tan cerca de los autores regionales estuvieron y están, simultáneamente, de otra
manera pero con los mismos efectos antes mencionados, los académicos, investigadores,
docentes que optan por cátedras aquí y/o más allá de nuestras fronteras.
Cumplen una labor formadora, difusora, crítica y analítica. Hacen ciencia social, ciencia
humana, teoría de la literatura, crítica de texto. Explican y ordenan el aparentemente
inefable, incontenible, maravilloso fenómeno creativo de la palabra. Hablamos de los
hombres y mujeres quienes desde las universidades y las academias han dedicado su vida a
observar con aquella distancia elasticada, de un lado, por el método del rigor investigativo, y
por el otro, del amor hacia el objeto de arte y su creador.
En cierta forma son también los guardianes del mito de los cuales hablaba Jorge Teillier. De
hecho, muchos son los escritores regionales contemporáneos quienes los han tenido en su
formación como maestros o maestras.
Hoy dedicamos estas palabras a uno de ellos: el profesor don Eduardo Godoy Gallardo.
Nacido en Huentelauquén en la primera mitad del siglo XX, desde muy joven destacó en su
vocación por la enseñanza, estudio y amor a la literatura. Sus paulatinos sólidos logros
académicos, fruto de sus extraordinarias capacidades, poco a poco lo convierten, hasta llegar

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a nuestros días, en motivo de orgullo de nuestra región y, trascendiendo sus fronteras, en un
importantísimo y vigente maestro estudioso y difusor de las letras hispánicas.
Compite con su íntegra posición intelectual en su especialidad, la calidad de su persona. De
esta última característica son testigos miríadas de discípulos de tantas latitudes, quienes
consideran a Don Eduardo un académico y ser humano de excepción.
Alegría, pero no sorpresa, resulta tener noticia de su reciente incorporación como Académico
Correspondiente en Valparaíso de la Academia Chilena de la Lengua. Este espacio apenas
alcanza para mencionar varios de sus libros -como su obra "La infancia en la Novela de Post
Guerra Civil" (publicado en España en 1979), o las ediciones críticas de los clásicos "Coplas a
la muerte de su padre", de Jorge Manrique, y el anónimo "Lazarillo de Tormes"-, los cuales
parecen no querer dejar pendientes temas y autores fundamentales de la literatura en nuestro
idioma. En ese sentido, se vuelve imprescindible para todo estudiante de la literatura
hispánica conocer su labor como autor y editor de diversas publicaciones. También su
artículos son innumerables en revistas especializadas, tanto nacionales como extranjeras.
Ha realizado ponencias a niveles excepcionales por su contenido y posición en el concierto
universitario nacional y mundial del estudio de la literatura hispánica. No le son ajenos,
hasta el día de hoy, cargos docentes y directivos en facultades e institutos de universidades
chilenas y extranjeras.
Frecuentemente sabemos de sus galardones y reconocimientos entregados por sus pares
académicos de todo el mundo. El currículum del profesor Godoy excede con mucho este
espacio. Una suma cuantitativa y cualitativa resultado de toda una vida enamorado con razón
y corazón de la literatura de ayer y hoy, de aquí y de allá.
El viernes 12 de julio, a las 12 horas, en el Salón de Honor de la Universidad Católica de
Valparaíso, a la Academia Don Eduardo no ingresa solo. Con él, van los niños de la
postguerra española, el Lazarillo, Alonso Quijana y toda la historia que soñó por Cervantes.
Lo acompañan también Jorge Manrique, Miguel de Unamuno y todos los de la generación
chilena del '50.
Sus alumnos, de ayer y hoy honrados por su obra y gracia, también vamos con él.
8 de julio de 2002

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El test Juan Luis Martínez

El 7 de julio pasado, Juan Luis Martínez hubiese cumplido 60 años. Mucho antes, en el
verano de 1993, sus días terminaron en Villa Alemana, en complicidad con una severa
enfermedad renal que no quiso seguir tratándose.
Le sobreviven otros poetas –Tito Valenzuela, Raúl Zurita, Eduardo Parra, Eduardo Embry y
Juan Cameron-, con quienes desde la provincia de Valparaíso de los '70 intervinieron en la
poesía chilena con una inédita fuerza joven.
Permanecen todos hasta hoy vigentes, con ciertos tonos míticos por aquella época, recogidos
con fervoroso entusiasmo por varias generaciones de jóvenes poetas, críticos y lectores que
insisten en ver en Martínez una figura legendaria. Sus libros "La nueva novela" y "La poesía
chilena" le bastaron, no inmediatamente sino que de manera crecientemente póstuma, para
ser nombrado en forma recurrente y reverencial.
Una paradoja más para un escritor, explorador de éstas en su obra, que tachaba su nombre
publicado. El futuro inmediato ha revertido esta autonegación, alimentando post-mortem su
experimentación esencial con la programada caída de la razón en el escenario de la palabra.
Parece cosecharse lo que sembró en esas bolsitas de tierra que construyeron principalmente la
"escritura" de su obra "La poesía chilena".
"ALTO, DELGADO, CRISPADO..."
La crónica de Enrique Lafourcade, aparecida originalmente en 1977 (año de la
autopublicación de "La nueva novela") y recogida después en su libro "Animales literarios de
Chile", dice: "El poeta nos visita. Alto, delgado, crispado, seguro, inseguro, sabio, inocente.
Nos trae su libro (...) Nos cuenta que para editarlo tuvo que vender un terrenito (...) Juan
Luis Ramírez (sic) ha preparado un libro notable (...) Excepcional en su edición –exhibe un
refinamiento de tintas, papeles, incrustaciones, tipografías, diagramación, etc... desconocido
en nuestro medio- e inquietante en sus contenidos intelectuales".
El autor de "Palomita Blanca" termina proponiendo el libro como una alternativa a la Prueba
de Actitud Académica por el caracter interrogativo que el poeta adopta en varias partes. En
estos tiempos de discusión del nuevo Sistema de Ingreso a la Universidad (SIES), la

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propuesta de Lafourcade merece ser reconsiderada. Veamos el siguiente ejemplo: "EL
TIEMPO: dados dos viajeros, uno nacido en 1903 y el otro en 1890, ¿cómo harán para
encontrarse en 1944?", sostiene en una de sus páginas el hablante lírico convertido en severo,
pero al mismo tiempo irónico, escrutador de la realidad.
Varias posteriores quejas críticas a su obra, escritura basada demasiadas veces en citas sin
mención de la fuente, desvirtúan un valor literario realmente innovador en sus libros y
quedan absolutamente fuera de lugar con la cada vez más vigente presencia en la poesía
contemporánea del recurso de la intertextualidad. De hecho, otro escritor pionero, Julio
Cortázar, la había utilizado años antes en la narrativa para escribir su célebre "Rayuela".
El tiempo, más sabio que los seres humanos y que por esencia, como dice el refrán, ríe mejor
al último, demostró que la propuesta del poeta autodidacta y tardío (habría llegado a la
literatura ya mayor, de pronto, durante una hospitalización después de un accidente en
moto, su pasión hasta ese momento) era una acción de arte que inauguraba, por lo menos en
nuestra región, pero también posiblemente en Chile, los libros-objeto y la complicidad
poesía-plástica (Martínez había ganado un concurso de pintura organizado por la
desaparecida Refinería de Azúcar de Viña del Mar, y era el creador de unas cajas que fueron
expuestas hace un par de años con ocasión de los 100 años de plástica chilena en el Bellas
Artes de Santiago).
En resumen, una propuesta de hacer poesía y ser poeta innovadora y experimental que
alcanzó sólo un reconocimiento crítico inmediato de parte de casi el único en su especie
durante los años setenta en Chile. Nos referimos a Ignacio Valente, quien a finales de 1977
dijo: “Aun para quienes discutan la propiedad de sus experimentaciones, su escritura es
buena poesía a secas”.
Cuando Martínez desaparece tempranamente y sólo quedan sus obras, la memoria de su
peculiar figura caminando por la calle Valparaíso, yendo o viniendo de su librería, y cierta
sensación de que por la literatura chilena pasó algo distinto, nada más permanecen las
preguntas: ¿Quién continúa sus exploraciones y encuentros, sus propuestas y tachaduras? ¿En
la obra de sus amigos y compañeros de generación pervive el poeta y su ejercicio? ¿O subsiste
en los poetas actualmente escribiendo? ¿Los de la región; los del país?

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La muerte prematura de los poetas produce un segundo efecto en sus obras. A partir de tal
realidad, discutible pero existente, es una tarea permanente para lectores y críticos responder
a aquellas preguntas.
Mientras tanto, por si fuera poco, simultánea y eternamente Juan de Dios Martínez
aprovecha de darnos tarea para la casa: "EL LENGUAJE: Repita una palabra tantas veces
como sea necesario para volatizarla. Analice el residuo".
No le demos razón a aquel atrevido que dijo que los lectores de la obra de Juan Luis Martínez
todavía no existían. ¡Superemos la lógica!
15 de julio de 2002

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El portal de las palabras

El libro, el lector, el autor en su torbellino infinito, desde el principio de la historia emanan


un bosque cotidiano disponible y paralelo a la ciudad. Allí nos perdemos y encontramos a un
mismo tiempo. Portal a ese bosque es la biblioteca pública, la privada y la librería. De este
último paso hablaremos hoy.
En la librería entramos casi por casualidad, vicio de reyes, necesidad espiritual o en marzo,
con una lista a controlar por el colegio. Sea como sea, aquí estamos: expuestos (a) los libros.
Nos ubicamos al centro de la caleta, o mejor, en el puerto de arribo a esa extraña costumbre
de escribir, y más extraño aún, de hacer pública esa escritura.
Pero no estamos solos. Nos abordan con una sonrisa, uno o dos guardianes, no tanto de los
tomos y volúmenes, sino más bien guardianes del enigmático y todavía sobreviviente amor a
la lectura ("ese pensamiento congelado despertable con la bicicleta de nuestros anteojos",
como decía el maestro Cortázar).
No les tengamos miedo. Esos guardianes son nuestros amigos durante esta aventura en el
bosque. Sí. Estoy hablando de la librería ideal, teórica, mítica. No la de malls y/o con el
lema: "Déjeme revisar en la computadora a ver cuánto vale el libro que usted busca".
Por suerte o magia, que para el caso vienen a ser lo mismo, en este caso y sólo en este caso,
todavía quedan esparcidas tales ideales librerías por estas ciudades, quirurgizadas en el
nombre del progreso. Allí donde no es delito pasearse un rato sin saber qué queremos,
hojeando éste y aquel libro, casi sin intención de compra, casi con intención de perderse y
encontrarse en el bosque de la literatura.
Nadie nos molestará sino es para ofrecernos un café, asiento y ponernos cómodos. La
colección de títulos, la vital columna vertebral de una librería como la que tratamos
infructuosamente de describir -porque sólo una visita real y no virtual sería preferible-, es la
que atrapa y sorprende.
El repertorio de libros está hecho tan distinto a ciertos sospechosos rankings de lecturas,
aunque también los ofrece. Sus mejores títulos son inesperados, olvidados injustamente,
perdidos y encontrados acá. Cuando entramos a una de estas librerías, los verdaderos

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portales a ese mundo de bolsillo que es la literatura, el tiempo se nos vuelve raro, la ciudad
nos parece lejana, y así ingresamos de pronto en ese bosque (in) esperado del cual poco
importa si salimos sin nada en las manos.
Con lentitud emergemos, como los buzos desde las profundidades por efecto de la
descomprensión. Llevamos entre la pera y el bigote una conversación, y entre ceja y ceja, una
idea, un paisaje, un personaje.
Como todo lo relacionado con este bosque de palabras hechas de tinta y papel, un buen viaje
no tiene sólo que ver con uno mismo. En la ceremonia de ingreso han tenido que ver el
lector, el libro, la atmósfera que lo rodea y el guardián (o más bien, en estos casos, el guía).
Por eso, este acto litúrgico precediendo al otro, cuando después se está leyendo el libro en el
sitio preferido del hogar, no es una simple transacción comercial igual a la compra de un par
de zapatos. Una librería no es una zapatería, aunque hoy por hoy la analogía es exacta en
ciertos lugares de los cuales no quiero acordarme.
Quedan todavía ocultos del progreso estos otros portales hacia el bosque, donde, como dije,
nos perdemos y nos encontramos. Donde el patente testimonio es el libro que hemos
escogido sacar del sitio mágico, como si fuese un hongo distinto, una flor exótica, una rama
peculiar, una semilla rara, una frágil patilla, a ver si germina allende el bosque, en el jardín
del hogar, en el balcón de nuestra casa, en cierto macetero junto al sillón visitado
permanentemente por el sol.
La librería Crisis, situada actualmente frente al Congreso y antes en Santiago con otro
nombre -con más anterioridad aún, en otro lugar del querido puerto-, es una de las pocas que
cumple con el raro ideal antes descrito.
Punto de encuentro de insistente de improvisadas tertulias de los autores locales, sitio de
aterrizaje de los más connotados escritores nacionales y extranjeros.
“Si tuviera una cámara o un libro de firmas...”, se lamenta su pequeño gran piloto porteño,
Mario Llancaqueo.
Un inquieto bibliotecólogo y otro inquieto hombre de letras, lo secundan en su tarea de
guardabosque.

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Cuenta la historia ("de la cual yo nunca he sabido") que muy anteriomente secundó en esta
librería, en otro tiempo y en otro lugar, el mismísimo Juan Luis Martínez.
El piso actual ha resistido el peso de los más connotados hombres de palabra de la región, del
país y el mundo.
Un diario de circulación nacional no hace poco registró su importancia. Y aunque esta justa
mención no hubiera ocurrido, ya sería tiempo de que los encargados de registrar entre los
puntos geográficos de nuestro amado puerto -donde la cultura regional ha vivido y vive-
pongan en los mapas de esta ciudad, con o sin decreto, de Patrimonio de la Humanidad, a la
librería Crisis, punto de encuentro de los libros, los lectores y los autores, entrada al mundo
de las letras de la región, el mundo real y el inventado.
Escritores, académicos, amantes lectores de acá y de más allá, saben mejor de lo que ahora
escribo.
22 de Julio de 2002

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Noches de radio

Es cierto, la literatura es el oficio de la memoria. Concedamos que la lectura también lo es. El


simple, y se dice actualmente escaso, acto de abrir un libro echa a andar los engranajes de los
recuerdos que el autor, disfrazándolos con la fantasía o no, los hace coincidir con las ruedas
dentadas de la memoria de nosotros, los lectores.
Entonces el viaje comienza.
En un capítulo de la exitosa serie norteamericana "Seinfield", el protagonista le pregunta a un
amigo para qué conserva los libros después de leerlos. "¿Acaso si lees de nuevo 'Moby Dick' el
capitán se hará amigo de la ballena?".
El cuestionamiento está abierto: ¿para qué leer, releer, escribir, volver a escribir o transcribir?
El anciano pescador protagonista de "El viejo y el mar", de Ernest Hemingway, monologa en
alta mar bajo el cielo estrellado: si en vez de peces los hombres tuvieran que atrapar estrellas,
eso sería lo que habría que hacer...
El sino del buen escritor, del buen lector, no es absurdo, está lleno de sentido. Allí es donde
enseñorea la memoria.
Seguro, amable lector, que en la relectura, año tras año, de tu libro favorito encuentras
razones y ningún absurdo.
"El tiempo es un viaje", se subtitula el segundo tomo de "Noches de radio", colección de
crónicas de Volodia Teitelboim (Chillán, 1916). Consiste en la transcripción de una nueva
selección de las transmisiones radiales del programa "Escucha Chile", conducidas por el
escritor y emitidas por Radio Moscú, desde 1977 hasta 1980.
"Noches de Radio", homónimo título de una película de Woody Allen. Nada es azar. Allí el
cineasta también se recuerda.
El autor de "Hijo del Salitre" en este libro publicado por LOM Ediciones una vez más, y
mejor que cualquiera de los mayores escritores chilenos vivos, comete el ejercicio escrito de la
memoria contra el olvido.

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Tal gesto intelectual, cultural, social, si bien pasa por la persona que no puede dejar de ser
Volodia Teitelboim y con la cual muchos lectores pueden discrepar por lo que ha sido
también su vocación política, es innegable que lleva consigo la Historia de Chile del siglo XX.
Este libro y otros notables suyos son la voz recordatoria de personas, personajes y
acontecimientos nuestros. Cuando Teitelboim recuerda lo hace con y para nosotros. Cada
uno de sus libros, por demás amenos, chispeantes y magistralmente redactados, fijan como
fotografías de palabras, cada uno de los años chilenos de la centuria recién pasada.
Constituye una visión desde un lado de la historia, que carece de objetividad, que es parcial y
siempre comprometido con una ideología.
Quién no. Quién es objetivo. Sospechoso y pobre será el escritor que no tenga una ideología
desde la cual hable.
La historia de Volodia Teitelboim no es la Historia de Chile, pero es una de sus vigas
maestras, querámoslo o no. Y su prosa genial, un innegable placer lector que con creces sus
detractores ideológicos reconocerán, si aprecian una buena pluma.
Cuando esta parte de un férreo compromiso (político en este caso), pero lo trasciende y llega
mucho más allá... hay que sacarse el sombrero.
Del otro lado de la cordillera, y de las ideologías, un caso semejante fue el de Jorge Luis
Borges, de quien el mismo Teitelboim publicó una biografía.
La edición de este segundo tomo de crónicas es, otra vez, la prueba de fuego para un escritor
octogenario, quien bien podría eludir a sus años el riesgo de hacer públicas, y al mismo
tiempo fijar para siempre, aquellas invisibles ondas radiales que de tan lejos llegaron hasta
este, su país, en aquellos años de Augusto Pinochet.
Un riesgo editorial en tiempos nacionales y mundiales cuando cada acto está medido por la
estadística, el raiting, el dinero contante, sonante, y no precisamente por las ideologías; un
riesgo personal de volver a la memoria suya hechos y personas teñidas por el dolor; un riesgo
colectivo cuando lo políticamente correcto es más bien olvidar y mirar al futuro.
Casi nonagenario, Volodia Teitelboim, nos parece, pasa nuevamente incólume y con honores
la prueba de fuego cuando enseña con este libro y otros que nunca es tarde para la a veces
incómoda obsesión de recordar, sin ira pero con valentía.

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Los textos, las ideas, los puntos de vista, igual que los seres humanos, envejecen y son
poseídos por la muerte; pero cuando están llenos de honestidad, consecuencia, lucidez, y por
si fuera poco, construidas de una madera sólida, entonces el tiempo no podrá ser su verdugo
implacable.
Sin lugar a dudas, este segundo tomo de "Noches de radio" es y será para el autor y el lector
un auténtico viaje.
29 de julio de 2002

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Los sótanos de la marginalidad

El crimen no paga, ni la sociedad (sólo la literatura). Este podría ser el epitafio de Alfredo
Gómez Morel, delincuente chileno del siglo pasado que con su novela "El río" dejó un vivo
testimonio de la miseria
"El río" no es exactamente un libro, ni tampoco un río. Es una excrecencia de pus y dolor
exudado, una historia repugnante de la naturaleza inscrita en la carne humana, en la piel de
cualquier latinoamericano.
"Chile, contra dificultades enormes y los ataques de muchos enemigos, está creando en este
continente un nuevo orden para contradecir el libro de Gómez".
Corría 1973 y la cita anterior corresponde a algunas de las últimas palabras de Pablo Neruda
publicadas en vida. Están originalmente en francés y son parte del prólogo de "Le Río
Mapocho", novela del chileno Alfredo Gómez Morel, aparecida ese año en la prestigiosa
editorial Gallimard, que ya contaba entre sus autores a nombres como James Joyce y Mario
Vargas Llosa. La crítica gala comparó al chileno con el gran narrador y dramaturgo Jean
Genet. Y su libro, según lo sostenido por nuestro poeta, venía a ser un "clásico de la miseria".
La novela había aparecido en Chile en 1962 bajo el nombre de "El río", siendo calificada por
el escritor y periodista Luis Sánchez Latorre (Filebo) como "una explosión de realismo social".
Sin embargo, los autores de la Generación del '50, voces literarias vigentes en el país en esos
tiempos (Lafourcade, Donoso, Blanco), miraron con desprecio estas expresiones.
"Sus modelos -dice Filebo- eran europeos o norteamericanos, y este realismo tan chileno les
molestaba un poco. No había distancia entre la literatura y la vida, todo llegaba en bruto".
A principios de los '60, mientras Alfredo Gómez Morel alternaba la penitenciaría con el
hospital siquiátrico, uno de los médicos que se habían convertido en sus "protectores" resultó
ser su cómplice para la elaboración de la novela autobiográfica. "La escritura del libro fue una
especie de terapia", afirma Luis Rivano, narrador y dramaturgo que comparte con nuestro
autor, y Armando Méndez Carrasco, una aislada trilogía de autores que en esos años
ofrecieron una literatura alternativa de realismo social "sucio".

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Muchos años después, Alberto Fuguet quiso inspirarse en el trabajo de ellos para componer
su novela "Tinta roja". A juicio del autor de "Sobredosis", era una "literatura 'con cojones'".
Se trataba de obras pensadas para los parroquianos de los bares, libros que tenían una carga
casi pornográfica, hecha por carabineros (o más exactamente "pacos", según la denominación
de la época, dados de baja -los casos de Méndez y Rivano-, o derechamente un delicuente,
como era el estado de Gómez Morel).
"Yo puse la vivencias, los hechos, los recuerdos, él me ayudó a evocarlos y dispuso el orden, la
correlación, la suavidad y la belleza", explicó el autor de "El río" en relación a la participación
de su siquiatra, Claudio Naranjo Cohen, en el proceso creativo. Pero ya Gómez Morel había
demostrado sus capacidades literarias individuales cuando en 1945, mientras cumplía
condena en una prisión colombiana, su poema "Canto al café" obtuvo un premio del
Ministerio de Justicia de dicha nación. Siempre encarcelado, pero ya en Chile, también
recibió un nuevo galardón por su cuento "Doce pesos de amor".
ORIGEN OSCURO
"Nunca he sabido mi verdadera edad ni mi verdadero nombre", había dicho en alguna
ocasión. Sin embargo, en una entrevista de 1971, aparecida en la revista Paula, precisó
algunos datos de su origen: "En 1917, y cuando tenía tres meses de edad, fui abandonado por
mi madre en la puerta de un conventillo ubicado en la Alameda de las Delicias de San
Felipe". En ese mismo artículo cuenta que su padre fue "don Agustín Gómez Aránguiz, hijo -a
su vez- de don Agustín Gómez García, quien fuera diputado durante la administración de
don Pedro Montt".
Su vida marginal comienza entonces en un orfanato sanfelipeño. Luego lo adopta una viuda
y lo bautiza como Vicente, pero después fue "rescatado" por su madre puntarenense y su
amante, quienes lo llevan a Santiago, donde pese a los esporádicos intentos de su reaparecido
padre por conseguir su custodia e infructuosamente darle una educación formal, comienza su
vida delictual, vagabunda y varias veces atentada por sucesos de pedofilia.
El escenario de esa vida de perdición es el río Mapocho, que ocupa prácticamente toda su
etapa de crecimiento. El delito, desde ese momento y ese lugar, sería su forma de vida, y los
prostíbulos su única distracción. Fue detenido 288 veces, en Chile y el resto de América

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Latina. "Ejerció" la delincuencia en Perú, Panamá, Cuba, Venezuela y Colombia. En este país
formó su propia banda y el gobierno puso precio a su cabeza. En Argentina, además, fue
hombre fuerte de Patricio Kelly, el mítico malhechor que escapó de la cárcel de Santiago
vestido de mujer.
La literatura llegó a ser su confesión, y sobre todo su redención, como ocurre con no pocos
otros inscritos dentro de la historia de las letras nacionales y mundiales. Esto por lo menos
hasta la década del setenta, cuando Neruda lo presenta con gloria y honores en Europa.
De allí en adelante, su vida, como si se tratara de una novela naturalista donde se demuestra
que el origen es una férrea camisa de fuerza, de la cual es imposible zafarse por muy alto que
se haya llegado, comenzó a ir cuesta abajo.
"Soy un escritor de 61 años y padezco en estos momentos de una parálisis braquial severa,
que me impide para siempre volver a escribir. No tengo ningún tipo de previsión y estoy en la
miseria más absoluta. El año 62 publiqué un libro llamado 'El río', que tuvo gran resonancia
internacional e incluso se tradujo al francés. Actualmente estoy tratando de obtener que Su
Excelencia me conceda una pensión de gracia para poder vivir junto a mis pequeños, que hoy
no tienen qué comer". Escribía en una carta al diario La Segunda el 11 de marzo de 1978.
Murió inadvertidamente el 15 de agosto de 1984, mientras aún esperaba que "El río" fuese
llevada al cine. No vivió para ver la reedición de su mejor obra en la importante editorial
internacional Sudamericana, el año 1992. Menos pudo enterarse de la creación de una ópera
hip-hop basada en "El río", que se estrenó hace un par años, ni tampoco que un reconocido
joven escritor de la llamada Nueva Narrativa Chilena se inspiró en su obra para escribir una
novela, la cual sí se llevó al cine.
Alfredo Gómez Morel está en la gran Historia de la Literatura Chilena. Pero ni el crimen ni
la sociedad chilena quiso pagarle, pese a sus esforzados méritos.
19 de Agosto de 2002

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Extinción detenida hasta próximo aviso

El 10 de octubre hay recambio de escándalo cultural en Chile. El proyecto de obra de teatro


"Prat" cederá su lugar al estreno de "El crimen del padre Amaro", película mexicana basada en
una novela del portugués Eca de Queiroz (18759. Precisamente este autor fue uno de los
primeros escogidos por una de las editoriales pioneras del país: Zig-Zag.
Este era un proyecto que, por los años veinte del siglo pasado, se consolidaba luego de que
una década antes Guillermo Helfmann (alemán que en 1852 llegó como administrador de El
Mercurio de Valparaíso) adquiriese la compañía y perfilara sus características que pronto la
definirían. Primero, una empresa; pero simultáneamente una aventura protagonizada por
tinta, papel, letras impresas e ideas trascendentes. Una editorial, en dos palabras. Ya van para
cien años de esto.
Hoy, las editoriales chilenas, como las de todo el mundo, prefieren cada vez más que sus
directores ya no sean lectores empedernidos, apostadores arriesgados o intelectuales amantes
de las ideas por escrito, sino, en su reempleazo, bien dotados especialistas en marketing,
negocios, finanzas y focus groups.
De este preocupante fenómeno habló hace poco Jorge Herralde, editor y fundador de la
notable editorial española Anagrama. Lo hizo en su libro "Opiniones mohaicanas", o sea,
ideas en proceso de extinción.
Como le ocurrió hace unos años, en el caso de nuestra región, a las editoriales Bogavantes y
Trombo Azul, ambas encabezadas por editores verdaderos. La realidad confabuló contra sus
proyectos librescos, de los cuales sólo quedaron persistencias personales no menos notables,
pero ya no editoriales.
Serán asuntos de evolución, pero también de renuncia obligada ante la adversa condición del
tema editorial. Pero como el arte, en este caso el de las palabras impresas, esencialmente
insiste en sobrevivir pese o gracias a la adversidad, no es extraño estar hablando hoy de otra
editorial porteña con mediato pasado, inmediato presente y merecido futuro.

50
Hablamos de Editorial La Cáfila. Desde hace un par de años se ha constituido -esto visto a
través del ojo lector abierto a la literatura regional- como la única editorial independiente de
Valparaíso.
Una trayectoria constante hecha de una definida prehistoria (una revista homónima y el
cotizado volumen de cuentos "El Silencio", de Claudio Faúndez); una presencia actual -el
jueves recién pasado presentaron en la sede porteña de Balmaceda 1215 los dos primeros
títulos de su colección "Letra Joven"-, y un futuro inmediato de segura verificación.
Tecnológica y espiritualmente dotados para la vocación de editores, La Cáfila (palabra que
define a algo como una leva organizada) emana los signos esenciales de la actividad editorial
de siempre, es decir, una definida línea temática de las obras a publicar, preferencia por
autores de una determinada escritura, y finalmente un tratamiento del libro como un objeto
con rasgos físicos que representen consecuencia con su manera de entender la literatura.
La Cáfila se da el lujo de, en la mitad o menos de su secuencial historia editorial, instalar
criterios firmes para perfilar sus publicaciones. Inicio y esfuerzo de pervivencia elemental a
todo negocio, y al mismo tiempo aventura.
Han sido esforzados y afortunados. Esto último, un tanto debido a que desde un principio la
concurrencia de financiamentos institucionales externos los ha favorecido y asistido en sus
publicaciones.
Entusiasmo y profesionalismo (dos de los cimientos de una verdadera editorial) se perciben
claramente al conversar con Pablo San Martín y Erick Carvajal, los líderes de La Cáfila. Ellos,
además de autores, demuestran en el diálogo, como si fuera acto reflejo, su vocación primero
literaria, lo cual por sí sola ya no es poco, y luego un segundo gesto que media entre el autor
y el lector: la condición innegable de una labor editorial valiente, loca, aterrizada y concreta,
todo en un solo movimiento publicador de su propia obra y la de otros.
Están a punto de convencernos de que las ideas mohicanas de las que hablaba el inteligente
editor de Anagrama, y que parecían extinguidas en la vida literaria de nuestras ciudades y del
mundo, no están totalmente en vías de extinción todavía.

51
Finalmente, insisto una vez más: de ti, lector, depende siempre la existencia del circuito que
con esfuerzo y fe en la palabra escrita pretende completar editorial La Cáfila. Ya sabes cuál es
el gesto.
29 de Septiembre de 2002

52
La huella de un poeta-filósofo

"Adriana: te consagro ALSINO; antes no tuve nada digno de ti. Lo dedico, también, a
nuestro hijo Pedro y a sus siete hermanos menores; y perdona si aún lo ofrezco a esta vieja
casa de adobes, a los árboles silenciosos que la circundan y a la torre que se eleva sobre las
bodegas abandonadas"
Termina septiembre de 1920 cuando Pedro Prado fecha estas palabras preambulares a su
novela más célebre.
Un niño campesino que sueña con volar y en esto cae de un árbol. De la atroz joroba que le
nace, también surgen dos maravillosas alas que le elevan su sueño.
Al primer personaje simbólico chileno, le seguirían Bobby, el patas de perro de Carlos
Droguett; y Humberto Peñaloza, de José Donoso. Símbolos ¿Cuál es el de hoy?
El autor había nacido en Santiago el 8 de octubre de 1886, y a muy poco falleció su madre.
El amor filial se volcó, entonces, en el padre médico, al que amó entrañablemente -"Al lado
de un hospital, vecino a un cementerio, viví mi niñez y juventud, solo con mi padre"-. El, su
mejor amigo, muere en 1906: "Fue excesivo mi dolor para ser solo llorado ¡Y no había más
que lágrimas! De una vez se llevaron con él todo".
Fue brillante estudiante del Instituto Nacional. Luego inició estudios de arquitectura, los
cuales no terminó. Sin embargo le permitieron elevar construcciones notables, como la que
hasta hace poco fue la Embajada de los Estados Unidos, en Santiago.
También proyectar la mítica Torre Roja que presidiría el centro de la locación de la no
menos señera agrupación de Los Diez, a la cual perteneció y que, durante la primera mitad
del siglo XX, congregó a escritores y pintores de la talla de Juan Francisco González, Manuel
Magallanes Moure, Armando Donoso, Acario Cotapos, Eduardo Barrios y Augusto
D'Halmar.
No cuenten, nunca fueron diez, pero a la historia de la literatura chilena pasaron con justa
razón de arte con ese nombre. Se trataba de vivir de manera Tolstoiana, es decir, crítica de la
vida en la ciudad y el elogio pragmático de una más bella en la aldea, la naturaleza.

53
Temprano antecedente de lo que sería varias décadas más tarde la Ciudad Abierta de
Ritoque.
La agricultura y la lectura fueron también las pasiones de Pedro Prado, pero más y mejor que
todo ello fueron sus empresas literarias, revistas colectivas (con Vicente Huidobro, por
ejemplo), ediciones de otros, ediciones individuales que alcanzan su punto más popular y
perenne con la magnífica novela "Alsino".
Prueba del valor inextinguible de aquella es que a 50 años de su muerte, Pedro Prado recibió
un homenaje original: durante septiembre de 1999, la sala que lleva su nombre en la
Estación Mapocho albergó un montaje teatral basado en esta novela.
"Habla de la necesidad de validarse frente a uno mismo, más que frente a los demás, y de
cómo la sociedad opaca y aplasta al que opta por la diferencia", explicó el director de la obra.
Y del autor dijo: "No es un folletinista, es un filósofo-poeta o un poeta- filósofo".
Por si fuera poco también fue destacado diplomático del Gobierno de Chile en distintos
lugares de América. Eran los años en que el escritor era una persona pública, inserta con
comodidad y fortuna en el devenir nacional e internacional.
De Prado, en el plano íntimo, nos dice el omnipresente crítico Alone: "El Amigo que llegaba
a su casa veíale desde lejos la sonrisa acogedora y luego abrir los brazos y levantarlos, con
gestos que tenían algo del habitante de una isla desierta al divisar, por fin, a un ser humano."
Eran los tiempos del escritor plenamente inserto en la sociedad, amado por sus pares,
admirado por sus lectores. En 1949 recibió el Premio Nacional de Literatura por su obra en
prosa y en verso, que poblaba con maestría la primera mitad del siglo recién pasado.
Enrique Espinoza, inquieto escritor argentino, avecindado meritoriamente en la vida literaria
chilena de aquella época, dice de nuestro escritor: "Por encima de todo, fue un ensayista, un
pensador, preocupado siempre de rumiar sus observaciones sobre sus semejantes. Quería
desentrañar el sentido de los seres y de las cosas de su país, fijar sus características más
salientes".
Los actuales lectores de su obra, sobre todo la hermosa y dramática prosa poética de "Alsino",
estarán de acuerdo en los aciertos de su oficio que traspuso los tiempos chilenos aquellos y se
instala como símbolo y realidad de lo que fuimos y quizás todavía somos los chilenos.

54
Pedro Prado murió allí el 31 de enero de 1952. Sea como sea, de su obra inmortal todavía
escribimos con admiración y esperanza.
13 de Octubre de 2002

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El autor de la brevedad prístina

"Premiar ahora, en este país, la finura, la discreción, el silencio, un nombre sólido, sin
estrépito, una obra escasa, de alta calidad, una prosa más rara, impalpable, imperceptible,
aguda, como descuidada... Lo hallo desconcertante", dijo Alone, el inevitable crítico del siglo
XX chileno, al respecto del autor que hoy reseñamos, cuando en 1950 éste ganó el Premio
Nacional de Literatura.
Luis Durand, uno de los más fieles criollistas, esa misma vez dijo: "Sus obras completas caben
en un cuaderno de composición". "Tu prosa es como contar chauchas", le dijo el gran Manuel
Rojas, amigo personal de nuestro autor.
"Estos le consideran buen estilista; aquéllos arguyen que no es tal, que escribe como le sale;
otros le reputan de bien dotado... Alguien sorprendió a González Vera a solas, tomándose la
cabeza a dos manos y exclamando: qué seré, ¡Dios mío!", dice transfigurado irónicamente el
propio autor en las reseñas anexadas a varias de sus pocas obras publicadas y reeditadas.
Sí. Hoy hablamos del escueto escritor chileno José Santos González Vera (2 de noviembre de
1887, El Monte, Talagante - Febrero de 1970, Santiago).
Este selfmade man, quien siendo breve y certero en su prosa, escaso en sus publicaciones,
cada vez menos se hace discutible su valor literario y su maestría ofrecida a sus colegas.
Gabriela Mistral al respecto, dijo lo exacto a propósito de su costumbre escritural compartida
por otros grandes, de paso incluyéndola a ella misma: “Se llama, con cierto desdencito tonto,
"escasa" la obra de Mondaca. La historia nos ha acostumbrado en Chile a lo que Unamuno
llamó “la producción vertical en metraje”(...) fulano (un autor chileno) treinta metros de
libros; y mengano, doscientos metros.(...) Pezoa y González se han estropeado que es una
lástima con aquellos añadidos lamentables que por puntillosidad bibliográfica se les ha hecho
sufrir.”
Es cierto, González Vera reeditó una y otra vez su puñado de obritas (el diminutivo es por la
extensión, no por sus poderes literarios) y las corregía una y otra vez como si discrepara de su
ya destilada prosa y pudiera hacerla aún más esencial. La lección, sin el ánimo de darla, que
el autor ofrece muy pocas veces es reconocida en su justa medida.

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Su primera obra cita sus acontecimientos, de manera casi autobiográfica, en el Valparaíso de
principios de siglo, lo cual agrega otro valor a su creación, el retrato magistralmente breve y
conciso de lo que fuimos en aquella época.
Anarquista in extremis, en el entrecejo de la izquierda, a un costado de la Historia de la
Literatura chilena del siglo XX, sospechoso Premio Nacional, poco leído, y cuando lo es poco
entendido, a la sombra de Manuel Rojas, lejano a los grandes apellidos que construyeron con
cierta comodidad la cultura nacional. José Santos González Vera espera sin mucho
entusiasmo, pero con gran fuerza contenida, en sus breves y magníficas obras, una relectura
mínima pero suficientemente poderosa para cambiar la manera de hacer literatura chilena de
hoy y de mañana.
3 de Noviembre de 2002

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Gatos durmiendo la siesta

A finales de los ochenta supe por primera vez de la ya mítica editorial porteña Trombo Azul.
Vagamente recuerdo que me decían que aquellos jóvenes -no menos que nosotros mismos-, a
la sazón escritores y editores, descubrieron encumbrado en una casa inaccesible de un cerro
inaccesible de Valparaíso, a un gran poeta ermitaño casi. El hallado sonaba como a viejo, no
sé por qué.
Mucho tiempo después me enteré que el escondido, pero encontrado poeta, tiene un par de
años más que yo y es el mismísimo Pablo Araya (Viña del Mar, 1963), con el cual varias veces
hemos compartido copas, conversa y pedazos de noche bohemia.
De profesión contador, no de historias si no que de números, no es raro verlo desaparecer de
pronto, silenciosamente, sin despedirse de una nada mala charla. ¿Timidez? ¿Vocación de
quitado de bulla? ¿O acaso en el fondo sigue siendo el mismo casi ermitaño de los ochenta?
OFICIO MITICO
Lo que sigue para esbozar su breve figura y genio. Autor de tres libros: "Licencia Poética"
(1988), "Harrington 13" (1999) y "Mester de herrería" (2002), se ubica calladamente y con
una sonrisa lejana, dentro de los poetas de Valparaíso más identificables y respetados por su
sencilla pero certera versificación. La herrería como oficio mítico es recurrente en sus dos
últimos libros, de ésta hace su gran metáfora de la labor humana verdadera, quizás la única
que vale la pena:
"Herrero nuestro / líbranos de la espada / no nos dejes caer en la tentación del acero /
danos el fuego imprescindible de cada día / olvida nuestra escoria / como nosotros
olvidamos tu quemadura / por los siglos de los siglos / errar".
Oración de la Fragua, en "Mester de herrería".
De su padre heredó en vida, ser testigo del oficio paganamente poético que en muchos de sus
textos Araya registra con sutil sabiduría, como reflejo de su vida primero, y de la existencia
después. De los otros, de los que no parecen estar cerca de la fragua, o quizás sí, citamos
algunos versos:

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"Guerrero al fin / con mi estrategia / único vínculo con la realidad / asumo: / hice un
círculo en el agua / Eso es más que cantar una victoria / menos que asumir una derrota".
Cïrculo en el agua, en "Mester de herrería".
En otro pasaje de su hermoso libro nos explica el hablante lírico:
"Mi padre no dijo las palabras / mi madre las calló / yo las escribo para olvidarlas".
Retórica, en "Mester de herrería".
Qué más decir de Pablo Araya. Su último libro, publicado por el Gobierno Regional, no solo
continúa, sino que confirma el valor poético de este escritor porteño. Por lo demás, como
autor es absolutamente una lección de silencio e imágenes imprescindibles de las cuales
tantos, demasiados dudosos escribas, completamente más bulliciosos que el hijo del herrero,
deberían aprender, eso en beneficio propio y de la lírica regional.
Las palabras de Pablo Araya son, según el mismo poeta, como "gatos que se
tienden a dormir la siesta".
De acuerdo. Así de bellas, tranquilas y libres de todo oropel.
12 de Enero de 2003

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Tranquila poderosa estatura de un poeta

El poeta Renán Ponce (Quebrada Alvarado, 1944) se define a sí mismo de manera precisa.
¿Cuántos pueden hablar de sí tan certeramente? "Mi buen humor/ que aún se niega a
rendirse/ mantiene esa actitud insobornable/ de frente a las tristezas..." ("Verbigracia". Pág.
19). Esos versos valen por una presentación. Quizás sea necesario agregar su varias veces
condición de finalista en que lo dejó el jurado del Premio Municipal de Literatura de
Valparaíso. Mencionemos que su amada de siempre es la también poeta Axa Lillo. Y como
reseña de su persona acabemos con decir que su origen geográfico es ese como lugar
metáfísico, nuestro propio Valle del Elqui,
Quebrada Alvarado que así como no quiere la cosa ha dado a la Patria varios poetas.
Muy recientemente Ponce nos obsequia un nuevo libro "Cuentos de poesía oculta. (Sólo para
lisiados )", publicado por la editorial regional Altazor. Con respecto al subtítulo de su libro de
poemas, nuevamente el poeta lo explica por sí mismo: "Los lisiados de Verdad/ son los que
más sufren/ el alma entera no existe para ellos...("Los lisiados", pág. 20).
Además de un preclaro autoconocimiento Renán Ponce es este libro un parsimonioso
versificador del estado de las cosas y de las gentes. Tranquilamente sin mayores palabras más
que las justas sorprende con su certeza a la hora de decir más que un par de verdades.
Reivindica, sin las sospechosas pomposidades personales y palabreras de otros poetas de ayer
y de hoy, la condición que les toca ejercer, la de vate (de vaticinador), la de iluminador de la
propia y ajena existencia.
Renán Ponce otra vez: "Si ser poeta significa dejarse llevar/ con algún control (por cierto con
algún control/ decir la verdad/ y luego sentirse aliviado como niño/ (...) Entonces hay vida!" ,
("Bien/entendido", pág 21).
El autor ya viendo hecho su último libro, como objeto de papel, tinta y cartulina, hermoso
objeto, no siente mejor cosa que empezar a pensar en sus próximos proyectos, sobre todo en
un libro de aforismos que ya está casi listo, forma poética, dice el poeta, poco o mal abordada
por mucho tiempo por estos lares literarios.

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La sabia brevedad de varios de los poemas de este libro que hoy reseñamos ya anunciaba la
llegada al aforismo.
Como ejemplo de esto último y al mismo tiempo de la altura poética de Renán
Ponce lean por favor este poema: "Esos animales que aún no conocemos/ nos tienen
identificados como sus futuros amos/ Y como ya saben de nosotros/ Esperan el menor
descuido para liberarse", ("Instinto", pág 39).
Este poeta, que como tantos escritores ha ejercido un sinnúmero y variopinto conjunto de
trabajos no literarios, con su último libro de poemas, a los lisiados y no lisiados de adentro y
de afuera, nos enseña primero su tranquila pero poderosa estatura de poeta y luego nos
permite leer poemas de la misma condición suya: calmadas pero profundas sencillas verdades
que hacen pensar una vez más que la poesía está absolutamente viva y tiene mucho que decir,
o mejor aún tiene mucho que hacer sentir.
26 de Enero de 2003

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Nombre en tránsito

Conozco desde hace años al poeta que ejerce su generosidad humana y literaria (¿soy
redundante?) con los jóvenes en La Casa Museo La Sebastiana. Los inicia y luego ellos
terminan, o mejor, comienzan.
Las circunstancias y las personalidades no nos han regalado mucha profundidad en nuestro
conocimiento mutuo. De lector a poeta, de poeta a lector, el asunto ha sido más posible.
Sergio Muñoz, delicadamente cuidadoso, hablando primero del asunto gráfico, "27 poemas.
Lengua en blues" (noviembre de 2002), nos hace partícipe en clave poética de su tránsito de
nombre a Gabriel Cereño.
En bien distintas circunstancias a ésta, aunque a veces no tanto, los escritores no nos
muestran el paso entre su nombre previo y su nombre ulterior. ¿Acaso hay algún poema de
Claudio Zamorano que nos dé cuenta del paso a Juan Cameron? A revisar, a revisar.
Como Juan Luis Martínez, Sergio Muñoz tacha su nombre en la tapa del libro. Los motivos
son tan parecidos como distintos. Los motivos están al interior de las páginas aguardando a
los buenos lectores.
Sonetos hay; tangos y blues.
El autor es profesor de música, como lo es de poesía en la porteña casa del autor de
"Farewell".
El libro en su primera página nos amenaza, promete, desea: "Cantar lo habitado, cantar la
vida con la complejidad de su azar. Transferir al lenguaje la sensación de la pérdida y de la
recuperación de lo vivido...".
Ya casi terminando el libro escribe: "Alambres de todas las longitudes apresan la mano del
que escribe...".
Pues bien, una vez leído el libro del poeta con nombre en tránsito ante nuestros ojos lectores,
quedan versos revoloteando fuera.
Vivos, palpitando, inspirando y exhalando, metesacando el alma del atento lector, como si
fueran monedas quemadas en el Judas, medallas milagrosas, fichas de aquellos flipers, negras
en un pentagrama, agujeros de bala.

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Círculos negros como buitres bajando en espiral hasta el cadáver en el desierto quieto del
pasado.
Sergio Muñoz, o más precisamente Gabriel Cereño, realiza ante nosotros el exorcismo, el
cambio de hábito, el cambio de mando, la muda, la purificación, la conversión verso a verso.
El -hablante lírico y lector- viven la transformación con "27 poemas. Lengua en blues", la
metamorfosis paso a paso, desde el útero hasta el hombre.
No recuerdo haber leído por acá en verso semejante discurso. Y son tan pocos los que
cambian verdaderamente en esta vida.
Cueste lo que cueste.
Por eso y per se, ésta es otra cumbre gráfica y poética en nuestra cordillera de la costa del
litoral central.
OTROS TEXTOS
"Lengua muerta" es el primer libro en solitario del autor y "Metáforas de Chile", hermoso
mega proyecto de LOM Ediciones que, entre otros grandes chilenos de allá y de acá como
Cameron, Novoa o Rojas, también selecciona y muestra los versos de Sergio Muñoz (1968).
Bueno, de Gabriel Cereño, ex Sergio Muñoz.
9 de Marzo de 2003

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Usted, la guerra y el amor

¿Cuándo fue escrita por primera vez en una pancarta la expresión haz el amor, no la guerra?
¿En los tiempos de Vietnam quizás? Como sea, siempre es vigente y porque también
queremos serlo, para este artículo buscamos el texto literario del amor por excelencia, el
poema (que me perdonen los colegas narradores), el sexo del amor, el femenino (que me
disculpen mis colegas de género), y la edad del amor, la juventud (ahora excúsenme mis
colegas de edad). Las categorías de búsqueda utilizadas me llevaron a la poeta Karen Toro
(Valparaíso, 1980). Pese -o gracias- a su edad es desde hace tiempo bien conocida y
reconocida en su oficio, varias veces antologada y otras tantas hemos escuchado por aquí y
por allá sus lecturas públicas.
Encontrada teóricamente quien nos hablaría del amor, recurrimos a su más reciente texto:
"El silencio crece en el jardín". El libro está dividido en tres partes: "Agua en la sangre", "Las
sombras nocturnas" y "Temporada de caza".
No ha mucho revisarlo nos encontramos con la curiosa persistencia del pronombre usted (¡El
poeta porteño A. Bredsky, alter ego poético del catedrático Adolfo de Nordenflycht, tiene un
libro de poemas titulado "Persistencia de usted"!).
La delicada, pero firme pluma de Karen escribe: “(...) La puerta abierta está: usted entre usted
salga usted hable. Su letra es la gran entrada al mundo la gran huella a la que siempre voy a
volver.” ("La puerta abierta", pág. 13).
“(...) Entonces me enredé en una sed de padre. Mitad padre mitad deseo, así me puse al
olfatear en lo cálido cuidando siempre que usted presintiera en su olor propio lo indecoroso
de mi nostalgia. (...) En medio del jardín tengo el nombre en suspenso mi especie va
dependiendo de cómo usted me quiera llamar.” ("El vínculo", pág. 38-41).
La última parte del texto, "Temporada de caza", carece totalmente del uso de este pronombre.
Por el contrario, predomina el tú, explícito o tácito: (...) Mi buena presa, que me entraste por
los oídos que no me sales por los poros que ya nunca más te sales.
Sí, inquieto lector, me he detenido en los pronombres personales siendo que íbamos en
busca del amor, y ahora, urgente, en estos tiempos de guerra. Y en eso se nos acaba el artículo

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y hemos recorrido raleadamente casi todo el libro. ¿Qué es esto, literatura o lingüística? Sí,
pero ¿Acaso no hay un secreto aroma erótico en el usted? Esa mixtura húmeda que tiene,
entre distanciamiento del pronombrado y a la vez íntimo respeto. ¿A quién tratamos de
usted? Al desconocido. Pero también al venerado, al amado. ¿Esa coqueta ambigüedad no es
materia amorosa? ¿No es acaso el pronombre de amor? Podría serlo.
Busquemos corazones tallados en los árboles que encierren un Usted y yo y reflexionemos un
rato en torno al autor de la inscripción arbórea. Quizás en ese jardín en el que ahora crece el
silencio, alguna vez hubo una Historia de amor (sí con mayúsculas).
Y más tarea para la casa. Terminamos con un par de versos de Karen Toro que me parece
desmienten la dicotomía de la expresión que hoy recordamos: “haz el amor, no la guerra: (...)
un cazador no debería admirar tanto a su presa, un cazador no debería llorar cuando
dispara.” ("La derrota", pág 55).
Usted dirá.
23 de Marzo de 2003

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Tan lejos y tan cerca

Viña del Mar no necesita de bombardeos norteamericanos que la desfiguren. Simplemente se


autodestruye. Hace cincuenta años Joaquín Edwards Bello ya lo sabía: "El obrero chileno
construye bien, pero demuele mejor". El Hotel Miramar, la septuagenaria Tostaría Arauco, la
Estación de Viña, la calle Viana. Suma y sigue por ordenanza del progreso.
Ciertos escritores, queriéndolo o no, mantienen en pie entre sus páginas lo derribado. La
editorial de la Universidad de Valparaíso publicó en 1999 "Breviario de la calle Viana", de
Carlos Pezoa Véliz. El admirable poeta vivió sus últimos años en la Ciudad Jardín, hasta que
el terremoto de 1906 dejándolo inválido, lo encaminó hacia la muerte dos años después.
Su prosa es menos conocida por la omnipresencia de su poesía. Pero con el breviario se
ajustan ciertas cuentas pendientes y se le potencia como magnífico cronista que, después de
un siglo, nos muestra una Viña del Mar, con todo y demolición, tan lejos y tan cerca de lo
que es hoy.
"...A lo largo de la vía ferroviaria que se prolonga cansadamente en dirección de los paisajes
del Salto, la calle Viana se recuesta como una hamaca invisible (...) Acá la parroquia sencilla,
cuya torre bondadosamente aldeana asoma su inocente blancura entre los pimientos copudos
que bordean la línea. (...) Pesa sobre esta calle un silencio de montaña, que sólo turban el
grito de un vendedor o los hastiados rezongos de las locomotoras viejas".
Luego el poeta, ahora de cronista, fija su mirada en la vecina calle Valparaíso de principios de
siglo XX: "...con su tráfico de mujeres aristócratas (por dinero o por sangre), es terrible. (...) El
cuello sucio de un caballero pobre es cuidadosamente lavado por la crítica. El vestón raído
del joven cesante es remendado por el ojo alegre de la señorita pudiente. Nada se escapa a esa
inspección minuciosa que se pasea desde el sombrero al calzado. De ahí que la calle de Viana
sea la protectora de los caídos".
La lectura de estas y otras prosas viñamarinas de Pezoa Véliz permiten reflexionar cómo el
paisaje urbano, obsesivamente echado abajo y vuelto a levantar por las urgencias del
maniático progreso, parece no poder con el otro paisaje, el humano. Y construye sin ladrillos,
asfalto ni cemento, una ciudad espiritual que no cambia tanto como lo hacen sus calles y

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edificios, sino que es su misma alma transmigrada en distintas ciudades sucesivamente
reconocidas como Viña del Mar.
30 de Marzo de 2003

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¿Quiénes somos en Semana Santa?

Descontando qué creemos o qué no creemos la imaginación me queda corta para hallar un
ser humano sin representación en los protagonistas de la Semana Santa. Quién no se ha
lavado las manos como Pilatos, negado al innegable, traicionado al intraicionable, vendido al
no comprable. ¿No hemos sido siquiera alguna vez el ladrón bueno y otra el malo? Sólo la
Semana Santa, sin tomar en cuenta todo el resto de la Historia Sagrada, es por sí sola la
Historia espiritual del ser humano. ¿De acuerdo?
En la literatura chilena hemos tenido autores conscientes de esto y en sus páginas está
explícito el vínculo entre Dios y el humano. Por nombrar algunos tenemos al sacerdote,
crítico y poeta Ibáñez Langlois. Al poeta converso Manuel Silva Acevedo. Por estos lados de
la región de Valparaíso al joven poeta Edgardo Catalán.
Hoy, de este mismo lado temático y sentido cristiano, dedicamos estas palabras
al más importante dramaturgo chileno. Luis Alberto Heiremans (Santiago,
1928-1964) Médico titulado, sin ejercer jamás su profesión, se dedicó a la redacción de
cuentos, actuación, docencia teatral y a la escritura de algunas de las más importantes obras
dramáticas chilenas. Baste como ejemplo su trilogía esencial: "Versos de ciego", "El
abanderado" y "El Tony chico".
Formado en los más prestigiosos centros dramatúrgicos de Europa y EE.UU. como actor y
autor teatral, él mismo explica el por qué de su doble preparación:"Para que un autor pueda
escribir obras posibles de ser estrenadas, creo que debe conocer la técnica de teatro hasta en
sus más mínimos detalles. Por eso, en lo posible, debería ser actor, para ver de cerca las
limitaciones y disponibilidades del escenario".
Lamentablemente no es en Chile curioso que sus textos dramáticos no estuvieran
disponibles en forma completa sino dispersos por allí y por acá, incluso semi perdidos. Para
salvar esta grave falta, la académica e investigadora de origen viñamarino, Norma Alcamán
Riffo, recientemente ha publicado (Ril Editores) una compilación con todo el teatro de
Heiremans. Así se dispone por primera vez de una visión general de su aporte dramatúrgico,
trágicamente detenido por la enfermedad y la muerte.

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La autora no es primera vez que aborda la temática teatral, ya en 1995, en la editorial
regional Umbral, había publicado "Dramaturgia religiosa chilena". Se lamenta lo escueto de
su presentación a los textos de Heiremans, y esto por lo valioso y bien documentado de lo
escrito.
Entendemos que el esperable bello monumento investigativo que merece cada obra de
Heiremans, es justo eso, tarea monumental de años del cual deseamos alguna vez saber por la
misma aguda mirada de la profesora Alcamán. Mientras tanto, y sin duda no es poco, por la
acción compilatoria de la autora, disponemos de toda la obra teatral de Heiremans. Cada
personaje, cada situación dramática allí expuesta, dan cuenta de la dimensión divina
humana, vinculación o alejamiento. En más de alguna forma también nos ayuda a saber, cuál
es el papel que mejor representamos en Semana Santa.
20 de Abril de 2003

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La absoluta nada

¿Todavía está entre nosotros Enrique Symns (Buenos Aires, 1946)? Lo último que supe fue
que vivía en Viña del Mar, en la Quinta Claude. Eran los tiempos de sus libros-historieta del
Chacotero Sentimental. Inusitadamente sólo salieron dos números. Parece que la sociedad
chilena no cree en la relación sexo-libro. Sí sexo-radio, sexo-cine.
Eran los tiempos del Liguria instalado en la calle Valparaíso. Recordemos que su gemelo en
Santiago solía ser el lugar metafísico de Symns, y por lo tanto suponemos que su desaparición
de la Ciudad Jardín habrá sido un duro golpe. En Santiago colaboraba en Las Ultimas
Noticias y otro extinto como El Metropolitano, dirigía un dossier central en The Clinic
(simbiosis divorciada con cierto escándalo), y preparaba la biografía autorizada y después
desautorizada de Los Tres.
Venía de Concepción y allí no se dedicaba tanto el periodismo, sino que también a la
literatura en alianza con el poeta penquista Marcelo Rioseco y algunos porteños como
Novoa, Rojas, Cameron, Muñoz, con quienes publica un megalibro, hermoso y
"mazacotudo": "Metáforas de Chile" (Lom Ediciones). Antes Enrique Symns había trabajado
en su país en el diario El Clarín y fue editor, redactor y fundador de revistas independientes
de contra cultura, como La Maga y Cerdos & Peces. Desde su trinchera marginal trascendió
las fronteras. Eran los años 80.
Un pueblo periférico de Buenos Aires, una niñez semianalfabeta, familia atípica, nada de
escuela, vagabundeo por el mundo, la ciudad y el barrio, delincuencia, drogas, bares. Antes,
antes nada.
Durante su estadía en Viña del Mar se publicó "La vida es un bar" (Cuarto Propio, 2000),
libro que recopila una interesante selección de artículos aparecidos desde los ochenta. Su
lectura realmente tiene los efectos de la embriaguez ilegal, la conversación trasnochada, la
alucinantemente lúcida crítica anárquica. Leer a Symns es pesado. Algo de resaca y malestar
general hay después de leer un puñadito de artículos. Pero, por ejemplo, con el prólogo a la
primera edición de los poemas de Bukowski o un artículo-cuento llamado "Los días más locos
de mi vida", cualquier mareo se justifica.

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Como nosotros no somos Enrique Symns, ni jamás podríamos serlo, entonces libros como
"La Vida es un Bar" son un profiláctico paseo por el lado oscuro del lado oscuro. Para los que
son como Symns este libro será lo que para un gato un cuadro de Picasso, absolutamente
nada.
25 de Mayo de 2003

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Todavía vivo en la bohemia y el mito

"¡Hombre! Todavía vivo...", escribió Alberto Rojas Jiménez (Valparaíso, 1900 - Santiago,
1934) en su único libro publicado en vida: "Chilenos en París" (1930), un puñado de
crónicas sobre la bohemia nacional en la Ciudad Luz. El norte era Vicente Huidobro y el sur,
el propio Rojas.
Bohemia de juguete una, y al otro lado del Sena, otra pudiendo costar lo que un vaso de
vino, más la vida.
Pero en la noche todos los gatos eran negros y se confundieron amistosamente entre risas,
brindis, amores, recitaciones y fiestas.
Cuando todo acabara un par de años más tarde, la vida les daría a cada cual lo suyo.
De "Chilenos en París", su autor dijo que se trató de una novela, una nueva forma del
género, lejos a la del "aburrido Balzac". Si la vida es novela, más lo es para quienes viven bajo
la luz nocturna.
Memorioso lector, recuerda a los grandes poetas chilenos de las primeras décadas del siglo
XX y tendrás a sus amigos, compañeros de juerga y lectores.
Traspasando las cordilleras y los océanos, Jorge Luis Borges y Miguel de Unamuno se
contaron entre sus próximos.
Los poetas que vendrían lo seguirían recordando con el doble respeto que les provoca su vida
y obra. Por estos lados, recientemente prueba de lo anterior, ha sido el inédito "Teatro de los
poetas", de Nicolás Miquea Cañas. El primero que tuvo que recordarlo fue su amigo Pablo
Neruda, con su célebre poema "Alberto Rojas Jiménez viene volando". El Nobel luego
bautizaría el bar de su casa de Isla Negra con el nombre de su amigo y le tallaría el nombre en
una de sus vigas.
Su vida, como si la supiera corta, la pasó toda despierto, escribiendo, en los bares, en las
calles, en las revistas, en los diarios, fundando grupos literarios como "Agú". Dibujando
también, fue notable en eso, resultado de su paso por Arquitectura y el Bellas Artes.
Pero no le alcanzó para ver su poema "Carta-Océano" publicado. Esto ocurrió recién en 1948.

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En una lluviosa noche santiaguina de finales de mayo de 1934, le faltaba un mes para
cumplir los 34 años, fue expulsado de un bar sin dinero y sin chaqueta. Nadie ni nada le tuvo
piedad esa noche al poeta. Ni la vida.
Dicen que esa noche también murió una forma de bohemia literaria chilena que nunca más
resucitaría.

"...Yo era el poeta vestido de niño


en el año triste en que los niños
rompen las flores...".
29 de junio de 2003

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Alegría provisoria

Las Ediciones Universitarias de Valparaíso, dependientes de la UCV, en 1972 publicó el


varias veces atractivo fotolibro de Alfonso Alcalde (Punta Arenas, 1921) "Marilyn Monroe
que estás en el cielo". Poco después sería otro de semejante naturaleza sobre los rugbistas
antropófagos uruguayos caídos en la cordillera, y una década después la serie de libros sobre
los sicópatas de Viña del Mar. Libros concebidos para ser vendidos como pan caliente para
alimentar el morbo del público.
Los tres tienen como ingrediente principal la muerte, la más trágica. Literatura con cierto
sabor mercenario. El propio autor explicó: "Con esto compro tiempo, tiempo para escribir de
verdad". Y escribir de verdad fue su obra narrativa y poética de alturas imprescindibles si se
quiere saber de lo mejor literario del siglo recién pasado. Todo comenzó con "Balada para la
ciudad muerta" (1947) con prólogo-poema del mismísimo Neruda. Cuenta la leyenda que el
joven poeta el día de la publicación de su primer libro, los tomó todos, compró un litro de
vino y otro de parafina, y esa noche quemó la totalidad de la edición. Neruda le quitó el
saludo por años.
Vagamundo por voluntad y a la fuerza, polígrafo, polígamo, hombre de múltiples oficios, de
altos y bajos, trágico e irónico. Julio 13 de 1968, la legendaria Editorial Nascimento publica
su "Alegría provisoria", buen título además para lo que vendría. En los primeros años de los
70, quizás su época más dichosa, participó de la empresa editorial chilena más importante en
calidad y cantidad: Quimantú. En ésta dirigió la colección "Nosotros los chilenos".
Luego, el exilio en Rumania, errancias por Israel y América Latina. Vuelve a principios de los
ochenta con la cansada esperanza de ser recibido como quien es. Pero Chile es el mismo que
casi siempre lo ignoró, salvo por las voces de quienes a su vez también eran ignorados.
Entonces, en aquellos años duros era urgente otro libro para vender, para comprar tiempo
para escribir los otros libros que no se venden ni se compran: la primera "autobiografía" de
Mario Kreutzberger.
El glaucoma, la desesperanza, la muerte que siempre lo ensombreció lo acorralaron y le
pusieron la soga al cuello en Caleta Coliumo, en mayo de 1992. Terminó siendo otro mártir

74
de la poesía chilena. Tarde llegaron las pensiones de gracia, tanto homenaje, tanto artículo,
como éste. "Aquellos / suicidas / decapitados a borbotones / aún anclados dentro de la
muerte, / aquellos que se devoraron / frotándose como piedras / para iniciar el primer fuego
/ El amor los bendiga".
13 de julio de 2003

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Al centro de los poetas

La Ligua, exactamente hace 10 años, en "El molino del ingenio, tierras de la Quintrala",
donde residía desde hacía algunos años el inolvidable poeta Jorge Teillier (Lautaro, 1935-
Viña del Mar, 1996), se hizo público su último libro publicado en vida: "El molino y la
higuera". Dos precisiones de críticos en relación a la totalidad de la obra del autor de "La
oscura casa de la noche", las cuales acojo por su pertinente certeza: al respecto del anterior
libro, "Los dominios perdidos" antología de toda su obra, decía Ignacio Valente que lo
mismo daba abrirlo en cualquier página. Uno encuentra distintas versiones de un mismo
poema arquetípico. El del regreso a la aldea mítica, declaración de nostalgia del futuro, como
la Edad Dorada, aquel pasado mejor en algún lugar de la esperanza en los caballeros
templarios.
El mismo Teillier en más de una oportunidad confesó la escritura de una y otra vez el mismo
poema. "No los corrijo, los vuelvo a escribir". Luego otro crítico lúcidamente ofreció una idea
asociada a la anterior, esta vez a propósito del libro que hoy conmemoramos. La académica
secuencialidad cronológica le otorga al texto un último lugar, pero bien podría ser el primero,
como realmente lo fue "Para ángeles y gorriones" (1956).
"Me imito a mí mismo", concedió a los críticos en una entrevista.
Se repetía, como las gotas de lluvia en La Frontera sureña suya, y cada reiteración era una
perfecta y sencilla belleza, una perfecta y sencilla verdad.
Qué bello acierto el de Teillier en la elección del sujeto de la imitación. Pese al alcoholismo,
la partida de su esposa con el escritor peruano Arguedas, el desarraigo, la nostalgia, la
automarginación, la precaria sobrevivencia en un mundo "civilizado" tan lejano a su aldea
aún más lejana en el pasado mítico, gracias a su poesía y con su poesía, obtuvo a cambio un
sincero murmullo sostenido de reconocimiento en sus pares, en los jóvenes, en la crítica, en
ciertos premios (nunca el Nacional).
A propósito de esto último, un mes después de la publicación de "El molino y la higuera", el
recién estrenado premio poético "Eduardo Anguita" de la Editorial Universitaria, unió a dos

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de los grandes poetas chilenos del siglo XX mediante la decisión de un jurado compuesto, ni
más ni menos, por Nicanor Parra, Gonzalo Rojas y Alfonso Calderón.
Este poeta siempre sorprendente al centro y al margen, lúcido y oscurecido por su propia
decisión, humilde y cultísimo, sencillo e intrincado, dejó una indeleble y suave huella en el
futuro poético del país que tan escasos poetas, por no decir ninguno, ha sabido adecuar a su
paso.
A Teillier se le admira, pero no se le imita, ni menos se ha llegado a su altura. La altura de un
bosque. Más que discípulos, tuvo amigos visitándolo en su retiro en La Ligua, y hasta algunas
veces colaboró en algún memorable proyecto literario. Entre estos colaboradores destaca el
poeta viñamarino Francisco Véjar, algo así el custodio del mito vivo que fue y es todavía Jorge
Teillier.
Hace exactamente diez años el poeta desde La Ligua, y/o más exactamente desde aquella
nostálgica aldea simple del porvenir, decía desde el principio de los tiempos y hasta el fin de
ellos: "Un hombre solo en una casa sola / No tiene deseos de encender el fuego / No tiene
deseos de dormir o estar despierto / Un hombre solo en una casa enferma...".
27 de julio de 2003

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Formidable testigo, confesor completo

Veintiocho de agosto, San Agustín, patrono de los libros. De africano bohemio a uno de los
padres fundamentales de la Iglesia Católica. El fruto indirecto de tal conversión, Jostein
Gaarder, célebre por "El mundo de Sofía", lo literaturiza en otro libro menos pedagógico y
más controversial,
"Vita Brevis". Allí en el abandono la ex mujer del actual obispo de Hipona, enlutada del hijo
de ambos, escribe una larga carta respuesta a las "Confesiones" de quien fuera su Aurelio
Agustín: "...Confesar es medicina para el que ha errado, escribe Cicerón. Pero tú no confiesas
tus errores más importantes ¿Cómo puedes borrar sin más el último acto de la tragedia? Pues
qué habríamos aprendido de la tragedia si se omiten esos errores...".
En San Agustín de 1972 las Ediciones Universitarias de Valparaíso publican "Escrito en el
aire" de Carlos Droguett. Tiempos cuando un Premio Nacional de Literatura y Premio
Alfaguara de Novela (ambos en 1970) formaba cómodamente parte del catálogo de una
editorial regional. El premio
internacional había sido a "Todas esas muertes", novela a partir de un hecho de sangre
ocurrido en Valparaíso a principios del siglo XX. No era primera vez que el distinto y cáustico
escritor chileno novelaba el Puerto.
Algunos capítulos de su primordial "Eloy" transcurren por acá. Dice Droguett a propósito de
"Escrito en el aire": "Las páginas que siguen dejan constancia de ese viaje (...) deben tomarse
como yo las tomé cuando mi mujer tuvo la adecuada idea de formar con ellas un libro, cosa
que yo no había pensado. Lo que me ocurre siempre, si no me empujan, la vida, la gente, mi
imaginación no mueve un dedo".
Recorramos las páginas de este libro con portada de Lukas, ese inolvidable dibujante quien
como siempre certeramente atrapó la imagen precisa, esta vez de Droguett, un piloto de avión
lanzando sendas bombas. Examinemos algunas:
"Para tipos como yo escribió León Bloy estas palabras: Si los que recibieron la investidura de
la palabra se callan, ¿quién hablará por los mudos, por los oprimidos, por los débiles? El
escritor que no escribe por la justicia, es un despojador de los débiles, un ladrón".

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"Antes [del Premio Nacional] era un autor en rústica, de fácil y notorio deterioro, ahora soy
un autor empastado ¿entiende?. Cuánto añoro mi desencuadernamiento, destino, tan
próximo y tan inalcanzable. Es curioso ¿sabe?, parece que junto con inyectarle a uno la
inmortalidad por decreto, lo matan de súbito".
"Nuestra sociedad funciona mal, fue construida sólo para que funcionara a favor de unos
cuantos, para que unas familias, no más respiraran. Y los políticos vueltos hacia su estómago,
los profesores vueltos hacia Europa, hacia una historia que no era la nuestra, hacia una
realidad que no es la nuestra."
"La ley es un perro que muerde al mal vestido. Esta sentencia inolvidable e inconmovible
parece presidir toda la obra literaria de Manuel Rojas, el más grande novelista chileno de este
siglo, aunque él opine otra cosa."
Ahí están los formidables testigos del antiguo testamento, los profetas grandes y pequeños,
Miqueas por ejemplo, quien al leerlo deslumbra y al releerlo enfurece de entusiasmo, porque
parece un teorizador apasionado, un francotirador al servicio de los perseguidos por la
dictadura, por cualquier dictadura, por toda dictadura."
Y con esta última cita Carlos Droguett se profetiza como profeta. Tres años después tiene una
novela, como todos sus escritos, siempre hecha de palabras peligrosas y valientes. "Matar a los
viejos", por no transar con la (des)mesura tarda 25 años en publicarse íntegra (Lom
Ediciones, 2001). Había dicho al respecto de ella: "...no se suprime nada, la novela empieza
en la dedicatoria". No se permitió verla publicada como la querían los editores. Falleció en su
autoexilio suizo en 1996 dejando una larga lección de buena literatura, sin comillas, como
pocas veces todavía se ve en Chile. Floria Emilia, la mujer de San Agustín, es una de las que
está orgullosa de tan formidable testigo, confesor completo.
31 de Agosto de 2003

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Después del incendio, ¿qué escribimos?

"No haya voz en ese espejo". Las últimas palabras elegidas y combinadas por Eduardo Correa
(Viña del Mar, 1953) en su libro más reciente "El incendio de Valparaíso" (Ediciones La
Cáfila, 2003). El grande Enrique Lihn más de treinta años antes acorraló el propio, su oficio
y su sentido con "porque escribí estoy vivo". Consecuente y contradictorio, es decir todavía
con ánima, continuó durante un par de años más insistiendo en y con la ya para él
infructuosa, frustante e impotente labor de hilvanar palabras por el retazo de realidad
escamoteada de las sombras.
De Correa le conocemos los textos "La desmesura de la calma" (1999), "Valparaíso, la perla
del Barrio Chino" (2001) y una selección de poemas de Calderón y Harris "Veinte años de
poesía chilena" (1990).
Menos el primero, el objeto literaturizado es Valparaíso. Sobre todo el marginado y marginal,
sin embargo el resultado de su escritura, y en esto su último libro coincide, es elitista: "La
lectura es para personas decentes y cultas" ("El incendio de Valparaíso", pág. 9). Sus
personajes dificulto les interese o comprendan sus obras. Nos parecen más bien una suerte de
puentes entre lo más popular y un reducido público lector quien pudiese descifrar y disfrutar
estéticamente formas de escribir complejas.
De esta forma Eduardo Correa es el más postmoderno de nuestros escritores de por acá, con
sus opuestos convivientes. Anti antipoeta. Simultáneamente el autor frecuentemente hace
texto privilegiando la instalación de imágenes en las mentes de sus lectores. Imágenes
envasadas, instantáneas del siglo XX, galería de fotos y fotogramas, íconos asociados al objeto
de su escritura: "He visto cosas que los humanos ni se imaginan..." (Pág. 59, cita de la película
"Blade Runner").
Viceversa a Parra, Correa rapta al pueblo y le intercala filtros fotográficos, efectos especiales,
neón, código de barras, banda sonora y parafernalia estética. Más de algo de manía, obsesión,
bipolaridad, vicio y desesperación vemos en el tema y sentido del texto de Correa. El
armazón, la forma no lo es menos. Autoimpuesto, suponemos con dolor, conductor de video

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loco. El montaje total apesadumbra intelectual y espiritualmente. En este sentido es realista la
intención, escéptica y terminal. Al borde del abismo inconmensurable.
Ultimo retrato, espejo, registro visual herencia del caos de la vida postmoderna. Imágenes
exclusivas del incendio de un manicomio en Valparaíso: "Entre los escombros humeantes, el
objeto yace ennegrecido, confundido con otros humeantes objetos" (Pág. 39). El porteño
holocausto literario de Eduardo Correa es atroz necesidad indeseable. ¿Pero qué escribimos
mañana en Valparaíso?
2 de noviembre de 2003

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Quien advierte no traiciona

"He trabajado mucho con desnudos por esa fascinación que me produce el cuerpo de la
mujer. A los hombres no les gustan las mujeres, las necesitan pero no gustan verdaderamente
de ellas, quizás les gusten a Bataille y a Bretón y quizás me gusten a mí. Pero los hombres en
general no pasan del nivel de "mijita rica"", dijo Claudio Bertoni (Santiago, 1946) en
referencia a su fotografía. También se explica así su poesía: derechamente voyerista.
"Subo a una micro / y veo a una mujer / que jamás será mi mujer // me siento detrás suyo /
y su pelo me acaricia / los dedos." (Algo es algo).
"Como tomas pueden verse sus poemas." dijo Soledad Bianchi. "Ofrece la oportunidad al
lenguaje de decir lo que sucede todos los días", dijo Alfonso Calderón. "Escribo por pura
necesidad, porque pasan todas estas cosas en mi vida y no puedo hacer nada con ellas, sólo
puedo consignarlas y es una forma de exorcisar el mundo", dijo el autor, desde hace años
retirado en Concón.
Allí, a mano de un mar que le trae objetos para ejercer su tercera forma de expresión, las
instalaciones, por ejemplo, un centenar de zapatos huachos ordenados sobre un plano
inclinado.
A sus 50 años, un 7 de noviembre, publica su cuarto libro de poemas, "Ni yo". Allí escribió:
"a veces siento tanto / lo que siento por ti / que me meto en uno de / esos pasajes por los
que / no pasa nunca nadie y hay / puros zurcidores japoneses y / afiladores de tijeras y me
pongo / a llorar mirando un ovillo de lana:" (Downtown).
Seis años después: "entré a preguntar por un libro / y me encontré con el principio / de dos
nalgas encuclilladas / y la línea de un calzón rosado. / / Salí hecho un estropajo ". (Jeans a la
cadera II)
Ojo que mira, ojo que llora. Deseo y frustración.
"No soy un mounstro, soy un tipo frugal, ascético, pero por otro lado tengo la cosa de la
sensualidad, de la ternura, del sexo." advierte Bertoni, y quien advierte no traiciona. Oro en
estos tiempos de tanta máscara que cae no por voluntad propia, sino por escándalos,
ventoleras públicas que destapan los techos y descubren las bajezas de las altezas.

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Por su parte, este poeta desde hace tiempo destapa ollas -a presión-, empezando por las
propias, las del individuo. La de las minorías masculinas silenciosamente todos los días
sapeando en las calles de nuestras ciudades: "me / acabo / de acordar / de una mujer /
morena y borrosa que / perdí un día detrás de / la ventanilla de un bus / en una luz roja en
Libertad / con uno norte." (Me acabo).
Deporte individual-colectivo de tantos hombres informado en cada poema, cada retrato
verbal por Bertoni.
Quizás porque lo escribió está salvado.
Porque hizo público el reflejo suyo a la vez de muchos, se rompió el mirón silencio a voces.
Hablante lírico voyeur, exhibicionista y desvergonzado en cuanto a publicar ese tic de varones
"vox populi", pero hasta ahora no registrado en letra de molde.
Y qué logramos con ese ejercicio escritural de destape, qué con mirar al macho mirando
angurriento el paso felino de la hembra. Logramos vernos, reconocernos, exponernos,
confesar, exorcisarnos, autentificarnos.
Desactivar lo esencialmente oculto mostrándolo.
Hacer que la tinta llegue al río y no la sangre.
Sus cámaras, fotográficas y verbales, se instalaron en las calles bastante antes que las de
vigilancia.
Con distinto y semejante propósito.
No apedriemos al espejo sino al retratado, pero antes ¡ojo!, el libre de haber observado
hambriento en las calles a la fémina gustosa siquiera una vez, arroje la primera piedra.
Sonríe, Bertoni está mirando.
9 de noviembre de 2003

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Conjugar al margen
Qué es la poesía pregunta eternamente la bella con su sí de inocencia, entonces el poeta le
dice simplemente poesías eres tú. En ese tú cabe la bella, la fea que nadie saca a bailar, el
artesano, el oficinista. Todos cabemos en ese tú al cual le habla la poesía. Los versos, los
buenos, los malos –todos- son infinitas cuerdas de un instrumento universal para quien tenga
y no tenga dedos para el piano. Basta existir para que un verso, dos, o con suerte un poema
completo, sea la nota justa que no haga vibrar.
Por eso la lectura de poemas es asunto personalísimo, además de un estado del alma. Hoy
tañemos los de Ignacio Vásquez (Viña, 1963). Su libro “La margen” (1990, Ediciones Altazor)
nos ofrece por ejemplo: “Yo el urbano: / despierte usted / inmensamente gris / esta mañana
/ el alma / vértigo depurado / del sueño más leve / que padecemos /...” o “atraviesa / el
sueño / la muy tímida se refleja / en mi cara...”.
Las limpias páginas del libro de Vásquez, el aire que respira entre su ordenamiento de
palabras que como la llave de Huidobro abrirá sino mil, al menos algunas puertas, circula
como entre las calles de una ciudad buscando al lector ideal, primero el mismo hablante
lírico y luego usted lector: “Mis amores profanos / apoderándose / de la ciudad / las
luminarias / alcanzan el brillo óptimo”.
Optimo o no el viento circula buscando no lo perdido, sino lo extraviado que empuja a los
poetas a serlo, pero no para nuestra mera contemplación, sino para comprometernos con su
viaje: “La margen / comienza / su / derivar / hacia / otras regiones / mis latitudes / son
costas olvidadas / son blancos arrecifes zigzagueantes”.
El margen, lo marginal, el marginal, la marginación, el marginado. Ignacio Vásquez conjuga
aquella raíz y da y nos da con la margen.
Margen y centro puntos relativos en la vida real que este autor viñamarino malabarea frente a
nuestros ojos de la misma manera en que, dándonos cuenta o no, exactamente ocurre cada
instante significativo de nuestra existencia en el amor y todo lo que de él se declina: ni más ni
menos nuestra vida como sea y donde sea que transcurra.
8 de febrero de 2004

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Subversivo aparato literario

La Editorial La Cáfila me otorgó la no menos inusual circunstancia de conocer el texto de


Alejandro Banda (Valparaíso, 1976) “Poemas para separarse” –no recuerdo que tuviera ya ese
título- antes de hacerse público.
De esa privilegiada preoficial experiencia lectora dije esto y lo otro. De todo aquello el editor
seleccionó imprimir en las solapas del flamante libro: “Esta ceremonia verbal reflexiva de la
vida suya, mía, tuya. Esta separación ulterior entre la vida y la poesía (...), intenta pegarlo
todo infructuosamente, recuperando lo irrecuperable”.
Actualmente en mi paulatino, personal, parcial y secuencial acabose –como somos chicos
postmodernos- también se caotizaron mis discos duros conteniendo el comentario aquel, del
cual el editor editó lo transcrito.
Extraviose aquel total, espero no para siempre. Me queda el recuerdo vago de aquella primera
lectura y su registro –salvo lo de la solapa-, más el libro de Banda finalmente fue publicado y
me ha llegado hace unos días.
Hablamos de una temporada en términos cronológicos. Hablamos de una eternidad en
tiempos humanos. ¿Qué ocurre entre un texto inédito y un libro hecho y derecho? ¿Qué le
ocurre al lector? Todo y nada.
No me desdigo, sino que complemento lo extraviado: “Poemas para separarse”, libro con
título envenenado en el velador de cualquier pareja. Dispositivo explosivo en todo hogar
regularmente constituido. Subversivo aparato literario para las débiles vidas en común.
Grieta donde ya hay grietas. Y vamos sólo en las tapas.
Hojeemos. “Habías dejado la luz prendida / chorreaba el jadeo / e impulsabas al dolor
/ otra medalla en la hoja planchada / otras semanas despiertos, / mientras los jackers ríen
ante tus tesoros bien plásticos. / Cierro la boca al recordar lo mío. / Más allá nos veremos”.
(Prólogo).
Para qué estamos con cuentos. Uno lee lo que quiere leer. Pero algunos libros simplemente
se niegan a escribirnos lo que queremos leer. El de Alejandro Banda me escribe lo que yo
quiero leer, lo que hubiese querido escribir. Así es como se cumple la premisa secreta de la

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hermandad de los seres humanos con los libros. Así es como armamos nuestra biblioteca
mental o física. Con la palabras, o los versos que fueron o serán las palabras que salieron o
saldrán de nuestras bocas. Por todo lo anterior la lectura es asunto tan íntimo y por lo tanto
tan intransferible. Sobre todo con los libros bien hechos, bien nacidos, bien publicados. La
lectura y la reacción es asunto personal.
La recomendación, la intuición, la certeza de que este libro de Alejandro Banda es cosa seria,
y puede que conmueva y diga lo que yo dije o diré, sentí o sentiré. Es asunto posiblemente
más que entre yo y él. Bendiciones a “Poemas para separarse”: su veneno puede curar o por
lo menos acompañar más que a unas de sus pocas malditas heridas de compromiso vital.
¿Se le puede pedir menos a un libro que conocí antes que lo fuera? Consiga, amigo lector,
este libro hoy reseñado y lea lo que tiene que leer usted. Después me lo agradece o reprocha.
7 de marzo de 2004

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Un poco de aire del sur poético

22 de abril de 1996, fallece Jorge Teillier en Viña del Mar.


Había nacido 61 años antes en Lautaro, y vivido los últimos en El Molino del Ingenio, entre
Cabildo y La Ligua.
23 de abril de 2004, Gonzalo Rojas (Lebu, 1937, juventud en Valparaíso) recibe el premio
Nobel de Literatura en nuestro idioma: El Premio Cervantes de manos del Rey Juan Carlos I
en la Universidad Alcalá de Henares.
El lautarino había escrito:
"...y me despido de estos poemas: / palabras, palabras -un poco de aire / movido por los
labios -palabras / para ocultar quizá lo único verdadero: que respiramos y dejamos de
respirar.".
El premiado entremedio de las ceremonias saluda:
"Un aire, un aire, un aire, / un aire, / un aire nuevo: / no para respirarlo / sino para vivirlo."
En ambos poetas, cambiando lo que hay que cambiar, aquel aire soplando es el viento
sureño, ese poético que a través los siglos chilenos de poesía nacional parece animarla una y
otra vez.
Con ellos dos generaciones, la del 38 y la del 50. Del 56 corregiría presuroso Teiller, porque
ese fue el año cuando llegó a Santiago. Como a su vez lo hizo Rojas el 37.
Literariamente no son padre e hijo respectivamente, si no algo así como tío y sobrino. Porque
otro de la Mandrágora - aquella agrupación de tres o cuatro surrealistas chilenos, más que los
franceses fundadores, más papistas que el Papa, a la cual inicialmente perteneció Rojas- sería
el maestro iniciador de Teillier: Teófilo Cid, el dandy de la pobreza.
En aquel discípulo descarriado, cuando de vez en cuando ocurría, era el dulce erotismo
melancólico. En el hoy galardonado, cuando a menudo ocurre, el ácido sensual desatado.
"Cuando ella y yo nos ocultamos / en la secreta casa de la noche / a la hora en que los
pescadores furtivos / reparan sus redes tras los matorrales, aunque todas las estrellas cayeran
/ yo no tendría ningún deseo que pedirles." (En la secreta casa de la noche, Jorge Teiller)

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"Siempre estará la noche, mujer, para mirarte cara a cara, / sola en tu espejo, / libre de
marido, desnuda / en la exacta y terrible realidad del gran vértigo / que te destruye. Siempre
vas a tener tu noche y tu cuchillo, / y el frívolo teléfono para escuchar mi adiós de un solo
tajo." (Retrato de mujer, Gonzalo Rojas)
Para los poetas jóvenes de las generaciones una y otra vez venideras, ambos colegas algo así
como primera y última página del álbum de fotografías de las maneras de dejarse ver.
A los lectores de antes, ahora y después, escritores o no, los versos de estos poetas los
primeros y últimos de aquel poema chileno infinito, orgullo nacional, con los cuales
seguimos siendo campeones imbatibles, campeones de nada... y todo.
Pero como preguntó el otro grande, Nicanor Parra: "...a quién crestas interesará todo esto".
25 de abril de 2004

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Un caso de tráfico de almas.

No es un triángulo amoroso el que dibuja con fuerza y lápiz rojo -el mismo con el cual rayó
alguna vez sus fotografias- la vida afectiva de Marilyn Monroe,.
Es un cuadrado.
Un ángulo contiene su sensual belleza de otro mundo en este. Otro la potencia fìsica del
destacado beisbolista Joe DiMaggio, su primer marido. Otro el poder de la mente y las artes
representado por su segundo esposo, el famoso dramaturgo Arthur Miller. Cierra su
cuadrado amoroso, que pudo ser perfecto pero no lo fue, el del poder político de la época:
los Kennedy. Por los cuatro costados lo más alto de este mundo, pero no fue feliz. Todo lo
contrario.
Así vivió y así murió.
No es extraño por lo tanto que un poeta de la talla de Ernesto Cardenal le escribiera uno de
sus más célebres poemas, Elton John cantara una canción por allá y por acá otra Los
Prisioneros.
En el seguro inagotable listado de respuestas a la pregunta que fue la preciosa rubia –a quien
Dios hizo morena- se incluye uno de nuestros más importantes y poco recordados escritores.
Alfonso Alcalde (Punta Arenas, 28 de Septiembre de 1921- Tomé, 5 de mayo de 1992),
también suicida, hace exactamente 31 años publicó en las Ediciones Universitarias de
Valparaíso, de la Actual Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, “Marilyn Monroe que
estás en los cielos”, título sacado del ya citado poema de Cardenal. Es un foto- libro, como lo
sería otro del mismo autor sobre los uruguayos caídos en la cordillera por esos años,
sobrevivientes por milagro y antropofagia.
Alcalde elabora aquel bello libro de palabras e imágenes con la sencillez que resuma del amor
a la mujer muerta 10 años antes, y con el clamor estéril por la justicia que no tuvo, no pudo o
no supo tener.
Pese a las proporciones áureas que dibujaron su cuerpo y su vida, ni Dios, ni circunstancias,
ni genética lograron la feliz larga vida que pudo serle obvia. Por esto la duda de Los
Prisioneros parece redimensionarse cabalmente.

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Alfonso Alcalde en cierta forma la aclara lapidariamente cuando hacia el final del texto, a la
hora de los balances, hace precisamente uno en dólares, en millones de dólares, basado en el
capital (su cuerpo 90-60-90) y las utilidades líquidas de su filmografía, fotografías y cada una
de las partes de su deseada anatomía. Irónicamente la misma que en la morgue durante 24
horas de 1962 no tuvo interesados.
El poeta, lo era, y magnífico, reconocido por su pares de ayer y hoy, repite tres veces la
utilidad líquida producida por su alma: cero u.s. money.
Y si de utilidades de almas y cuerpos hablamos, este libro, así como el de los rugbistas
uruguayos, y en los ochenta tres libro-reportajes sobre el caso de los Sicópatas de Viña, están
en la otra orilla de los publicados por Alcalde. Se vendieron muy bien, para eso también
fueron concebidos, para saciar nuestra sed humana de tragedias famosas.
“Con esto compro tiempo para escribir”, explicaba el poeta, dramaturgo y cuentista.
Con su otra literatura, poemas, obras de teatro, cuentos, él –quién puede, solo unos cuantos-
no vendía ni compraba nada. Solo regalaba su alma por escrito, mediando entre los lectores y
lo más bello y triste de este mundo. Estos dos estados que tantas veces parecen existir en una
tan secreta armonía, la cual pocos entendemos y tantos traficamos.
Dice finalmente Alfonso Alcalde por Marilyn, por él mismo y por todos los que mal amamos
cotidianamente: “Perdón por haber traficado con tu ternura, con tus ansias de amor...”

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Poesía: Resurección
Supongo que ya para cuando este texto esté siendo leído por usted vendré de vuelta de mi
mini escapada literaria al sur cercano.
Es jueves y parto mañana temprano para Linares a colaborar en la presentación del libro
“Poesía en el Silencio" de Jorge Yáñez Olave, ceremonia a realizarse ese mismo día a las 20:30
hrs. en el Instituto Cultural de esa ciudad.
La causa es el azar bello quien nuevamente me jugó una buena pasada, y aunque contiene
pena y dolor, como todo hecho significativo está hecho de la vida misma con sus sabores y
sinsabores. Pura literatura, pura vida.
Durante un par de años, por gestión de quien fuera mi profesor Augusto Sarrochi, he hecho
un taller literario a un grupo de damas y caballeros adultos mayores de Viña del Mar. Aparte
de por sí misma ser una experiencia de rico intercambio de letras y palabras sabias, dióme allí
la ocasión de conocer a Lucy Yáñez Olave, profesora de la región de Valparaíso hasta hace
poco, hermana de un joven detenido desaparecido por allá los años setenta. Estudiante de
periodismo, militante de izquierdas, poeta.
En una dolorosa pero amorosa labor de recuperación desde los manuscritos, una forma
entendible de hambre urgente de encontrarle y resucitarle, ella gestó el 2002 un libro que se
presenta a la comunidad de Linares por estos días, y con un prólogo siendo mi honor
haberlo escrito después de un poco colaborarle y conocerle los textos de su hermano.
Escribo allí: “Mi lectura la inauguró un poema galardonado en 1964 con ocasión de un
concurso organizado por la Ilustre Municipalidad de Linares. Los siguientes indudablemente
pertenecen a sus años posteriores, finales de la década del sesenta principio de los setenta
chilenos. Con todo lo que esto debe significar para cualquier lector atento, quien no sólo
recuerda esa época nacional, sino también cómo estaba el mundo por esos años. Así, Jorge y
sus poemas nos hablan desde esa época la cual por varios motivos no puedo dejar de pensarla
adolescente, joven. Ni más ni menos como era el caso de nuestro poeta. Sin embargo, al
mismo tiempo y no me parece menor invitar a la reflexión para recibir adecuadamente los
poemas y la figura del autor, es necesario considerar que son los mismos años envejecidos en
democracia, ideales, revoluciones amenazadas desde adentro y desde afuera. Vietnam, Chile,
Fidel Castro, Nixon, el General Schneider. Tiempos de jóvenes y viejos al mismo tiempo, un

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cóktail venenoso que no tardaría más que algunos años para intoxicar por décadas, hasta el
día de hoy a nuestro país y a todo el mundo. Se dice que los Estados Unidos perdieron la
inocencia con el asesinato de John Kennedy. Los primeros años de la década de los setenta es
seguro que hicieron lo propio con muchos otros países, entre ésos el nuestro. No puede
leerse este libro sin por lo menos reflexionar sobre el mundo que vivía Jorge Yáñez y desde el
cual escribió sus poemas.”
Escribe él allí:
Camino hacia el fondo del día / Muere paloma mi corazón / Y el mundo adelgaza una
palabra en tinieblas / Un duende entusiasta clava su uña / En la manzana del crepúsculo / Los niños
quieren volar como semillas / Y sus manos estérilmente aprietan zorzal- aurora / La luna quiebra su
risa en mi pecho lago / Se oscurece mi rostro / La paz sale volando / Los lirios de la noche tienen
estrellas germinadas / Y los niños el hambre llena de estrellas / Tengo mi cara / Como / Luna /
Clavada / Y mi dedo calza anillo de silencios en la mañana / Dos niños / Me / Encontraron /
Muerto / Con la espalda agujereada... (La paz murió con la espalda agujereada)
Déjame lo mejor que pueda explicarte el escalofrío, la paradoja poética, el vaticinio con otra
parte del prólogo: “Otra propuesta de lectura que ofrezco surge de la inquietante y sublime
condición de los poetas, de los vates. Poetas en cuanto creadores, vates en cuanto
vaticinadores. Al respecto de esto último conocido es el poema de Bárbara Délano, muerta
trágicamente en un accidente aéreo en Perú, que varios años antes versifica las escalofriantes
condiciones del accidente, otros casos hay. El poeta es vate, se aproxima al futuro, al suyo al
de las naciones, al de la humanidad. Encontraremos esta inquietante y sublime rara virtud,
que trasciende lo literario y ubica donde deben estar los poetas, varias veces en las páginas de
este libro.”
Y finalmente junto al tánatos, la muerte que no puede vivir sin nosotros, sin la vida, el eros,
el amor: “...Tus manos / inundadas de ansias / se fueron deslizando / lentamente / por sobre la grieta
de mis / labios / y tus cabellos aprehendidos / del aroma de los / mares / se fueron gradualmente /
ciñendo / al hueco de mis dedos / Me fui internando / inexorablemente / en cada poro de tu piel.”
(Preámbulo y epílogo)
No podemos ignorar el valor estético que equilibra el vértigo de saber de este, justamente por
ello, verdadero poeta ido con tanta tragedia: Su potente lucha, yo diría con resultado a su

92
favor, que Jorge, como todo poeta de aquellos años, tuvo que realizar por sacarse de encima
la atroz fuerza gravitatoria que todavía se deja sentir. ¡ Cómo sería en esos años!.. del planeta
Neruda.
Quiero aprovechar el viaje para dibujar un tríangulo de poesía, de muerte, de eternidad que
nada ni nadie todavía ha logrado callar: Iré luego a Parral, cuna de poetas que bien
recordarás, y luego a Licantén tierra que vio nacer al bello y furioso Pablo de Rokha.
Llegaré, Dios mediante, de este viaje en el tiempo y el espacio, con mis votos de poesía
renovados. Benditos todos los poetas que desafiaron y desafiarán derrotando el silencio y la
muerte. ¡Qué lección nos dan!

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Para que el Patrimonio no nos quede muy grande.

Palos porque bogas, palos porque no bogas. He publicado airadas diatribas


consternado y frustrado por la irreversible clausura de tradicionales librerías de nuestras
ciudades. Por el hecho y sus graves consecuencias.
No queremos ser injustos ni depre. Puro discurso fúnebre, póstumo y al mismo
tiempo exigidos por el tópico de que nunca hay extinto malo. Y esto vale para instituciones y
personas quienes se la juegan en vida por la literatura regional en todas sus dimensiones.
Por eso callamos –pero igual celebramos- cuando una editorial multinacional ahora
publica las obras completas de nuestro Carlos León.
Callamos porque sabemos que no lo hicimos cuando nadie lo llevaba de apunte. No
es malo apartarse de la moda.
Por eso en ese mismo sentido hoy dedicamos algunas palabras no a una librería
extinta sino a una que por estos días cumple un año en Valparaíso, y bien merece
celebrárselo y esperarle muchos más.
Primera imagen: Subiendo un par de pasos en dirección al Cerro Concepción desde
la plaza Aníbal Pinto, entre una confitería y una frutería, antes de una seguidilla de bares,
restoranes tradicionales y pubs, calladamente aparece una preciosa y diminuta librería.
Segunda imagen: Una vez adentro, igualmente silencioso, casi alucinación, un señor
sentado en un sillón junto a la luz permitida por una ventana que da a la calle, lee en paz.
Apenas nos saluda y no nos impide de ninguna forma conocida explorar libremente
entre las pocas repisas repletas de libros. Prefiere aparentemente seguir su lectura a
vendernos. Anfitrión más delicado y dedicado a su lectura no es abundante en este tipo de
locales. Sabrá que sus libros seducen solos. Incluso a él.
Tercera imagen: Exploramos los libros que dan hacia el cerro, y como si estuviéramos
de pronto en el país equivocado, damos con puros libros en inglés. Reconocemos títulos
indispensables, pero como mal leemos en idioma de Shakespeare, cierta incomodidad de
hallarnos en el lugar equivocado nos invade. De muestra un botón: Jack Kerouak, “On the
Road”. O lo mejor de Roberto Bolaño, pero en inglés.

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Cuarta imagen: Damos vuelta medio preocupados y en las repisas que dan al mar, oh
alivio del monóglota, reconocemos lomos impresos con palabras que reconocemos como
nuestras. Es más, títulos bellos y cercanos. Nuestros amigos de siempre y mejor aún, algunos
sorpresivos, raros y preciosos de la literatura universal, chilena e incluso local, todos en
español.
Quinta imagen: Junto al bello timbre que indica en la página adecuada el paso
provisorio por esta librería, un precio escrito con grafito bastante generoso con el visitante.
Rápido adquiero con ayuda de Gabriela Mistral e Ignacio Carrera Pinto poemas de Alfonso
Calderón publicados por la editorial Nascimento, un bellísimo y sorprendente inencontrable
libro del inencontrable poeta porteño Antonio Vieyra y un libro de cuentos del mentado
Carlos León publicado por la mítica editorial Quimantú.
Sexta imagen: Mientras concluyo mi feliz compra, entra una dama con una
adolescente. La primera, parlanchina, con cierto acento extranjero pregunta por el motivo del
nombre de la librería. ¿Será por el poeta E. E. Cummings? No poco interesante poeta
norteamericano de principios del siglo XX. El librero y yo nos miramos en turístico y
patriótico urgente socorro. Pero rápido el dueño de casa le responde negativamente. Es por el
nombre de la calle, Ricardo Cummings. Tarea para la casa saber de este otro anglosajón que
da nombre también a una arteria de Santiago.

Esta librería cumple por estos días un año. Es un inteligente y sensible proyecto de un
norteamericano no residente quien con su empresa aporta oportuno a este sector de nuestro
puerto que comienza con lentitud pero con fuerza a hacer realidad lo que debe ser una
ciudad patrimonial y abierta al mundo no solo de nombre e intenciones.
En la misma calle un poco más arriba dicen se ha reinstalado la editorial y librería La
Cáfila.
Al frente un poco más arriba el Baudelaire, pub y sitio de recitales poéticos.
En el pequeño y cumpleañero local hoy retratado en seis imágenes también se
acomodan periódicamente lecturas públicas de escritores regionales.
Nos alegramos de no estar dando malas noticias para la vida literaria de Valparaíso,
sino encontrarnos hoy saludando iniciativas inteligentes y sobre todo sensibles y respetuosas

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que colaboran construyendo en nuestras ciudades espacios de sano comercio y difusión de
letras ajenas y nuestras.
Así y solo así Valparaíso es más que un lema, una postal, una intención o una
condición patrimonial que de otra forma nos puede quedar muy grande.

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Poeta de nuestra herencia

“Recuerdos del futuro” se llama una película documental de los setenta.


Su tema: los misterios sin resolver de la humanidad.
Gigantografìas milenarias en Nasca, Perú. Inexplicables y perfectas calaveras talladas
en cristal de ignoto origen. Un largo e inquietante etc.
Como total solución a todos los misterios proponía la presencia de los extraterrestres
desde el principio de los tiempos.
Dios, los dioses fueron seres de otros planetas.
Recuerdos, amargos sórdidos recuerdos del futuro son los poemas de Juan Urzúa
(Viña del Mar, 1986). “Este es su libro, en el que casi no entra la luz, ni el aire…”, Pablo San
Martín, editor.
Con su poemario, “Debut y Despedida”, Editorial La Cáfila por fortuna y desgracia
actualmente la única editorial regional independiente, abre ya su segunda tan esperada y tan
anunciada colección de más autores jóvenes.
Completa así cerca de una quincena de distintos títulos publicados desde hace casi
cinco años.
Sin excepción casi siempre sus textos son todos poemas y narraciones de estructura
innovadora y tema oscuro, como el mismísimo color y fotografías de portada para diseñar
estos libros de bolsillo.
Portátiles como la muerte que llevamos encima, parecen habernos dicho una y otra
vez.
Por supuesto Juan Urzúa se ajusta absolutamente a tal sombría línea editorial.
Y decir se ajusta no es exacto pues damos la impresión de un acomodo a las
exigencias editoriales. La Cáfila ha publicado no lo que busca, sinó lo encontrado.
“En poesía, los trabajos resultaron ser totalmente oscuros, melancólicos y
desesperanzados (…) escritores de distintos orígenes, condiciones y formaciones literarias y
educacionales, tuvieron las misma motivaciones y visiones para desarrollar su universo
poético…” Otra vez el editor.

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Pero ¿Quién o quiénes viejos de alma estamos encarnados en estos jóvenes? ¿Impostan
un dolor? ¿Crea el poeta un hablante lírico?
Urgente tarea para la casa.
Callar estas voces trágicas sería otra tragedia.
Editores y escritores cumplen óptimos con la tarea milenaria, mostrarle al lector. A
ver si en una de esas acusamos recibo y les cambiamos el esquema a esta poesía cierto reflejo
de la realidad.
Si hay repulsión es para la esta, nunca para ellos.
“A los diecisiete y triste, / ya cansado de lo poco recorrido / y con la sensación de no
haber aprovechado / cada una de las oportunidades dadas.” (17)
Como el hijo del adicto, sin haberlo sido, hereda la enfermedad, condena prenatal.
“Me atreví a abrir los ojos / y lo primero que pensé / fue en sacarme el corazón / para
ya no tener que sentir / lo que miraba.” (Visiones)
Este Poeta de 18 vuelve a los confines de la edad final.
El otro, él mismo. Todos.
El cabro pillo, el niño sabio, el chiquillo viejo. Génesis y apocalipsis.
“Solo queda pensar por qué el hombre / creó un dios carente de lógica, / y
sentido.” (Del por qué de dios)
A diferencia del documental setentero aquí no hay ancestros extraterrestres. Aquí está
el presente recuerdo futuro de nosotros terrícolas inmediatamente anteriores al hablante
lírico. Nuestros pies, medio o más cuerpo en el barro.
Allí una y otra vez Dios: “Ya no es nada el mundo que nos mostraste / ni la imagen y
semejanza, / que un día intentaste vendernos.” (Rata Ángel)
Allí una y otra vez la mujer y el amor, lo mismo pero no igual: “Te entregué mi
corazón ardiente / y me lo devuelves frío como una piedra de arena, / que se deshace entre
tus dedos traidores, / quedando tirado en el sucio piso / mi estúpido amor ingenuo.” (Te vas
entre las ruinas)
¿Qué le queda a tan joven hablante lírico?
Algo le queda, más de algo, ni más ni menos como al mismísimo Lihn del “porque
escribí estoy vivo”:

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“Hoy solo pienso en la poesía, / y de cómo algún día encontraré ese poema, / que
logre paralizarme el corazón,/ atrofie mis neuronas entre línea y línea / y ponga la lápida en
mi tumba.” (Poética muerte)
No canteis a la rosa oh poetas, hacedla morir en el poema, el poeta es un pequeño
demonio, parece contestarle tan amargo Urzúa a Huidobro.
Signo de los tiempos, ni más ni menos, escrito por este joven poeta, impreso por La
Cáfila, pero cuyo significado depende absolutamente de nosotros los lectores: ciudadanos,
arquitectos del mundo que hereda en vida y poetiza a muerte Juan Urzúa.

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A la salud de Alejandro Pérez

Entre los 100 de Neruda y los 90 de Parra, hace unos días el poeta Alejandro Pérez
(1954, Valparaíso) cumplió 50.
Como buen porteño (nacido en el Hospital Deformes, donde hoy, recordemos,
sesionan los honorables) queriéndolo o no, ha vivido en diversas ciudades de acá y allá.
Actualmente y desde hace algunos años es vecino de Achupallas.
Cumpliendo cierta promesa de no publicar antes de los 25 –noble opción, actitud tan
escasa como valiosa entre escritores, por mantener siempre un bajo perfil- aparece en 1988
“Desencanto General”.
Dice el prologador Floridor Pérez, quien no por casualidad es punto de cruce de los
tres poetas festejados: “(El libro) resulta oportuno también en el panorama de la poesía
chilena actual, donde viene a probar que ella sigue siendo un inagotable caudal enriquecido
por las más variadas vertientes a las que, a su vez, nutre y vivifica.”
En este mismo diario, hace una década, fue parte del suplemento literario Valija
Cultural junto con Luis Riffo, Marcelo Novoa, Víctor Rojas, Carlos León Pezoa y Eugenio
Rodríguez, entre otros.
Además de varios oficios y profesiones ejercidas por la urgencia de la necesidad y la
oportunidad, es músico ejerciendo esta, quizás su segunda vocación, en la generosidad de la
formación de jóvenes artistas, específicamente en los últimos años con el Centro Juvenil “Los
Chuckys” en la población donde reside.
En el pedagógico de Santiago conoció y fue amigo de una de las alturas poéticas y
trágicas de Chile: Rodrigo Lira.
En 1988 escribe: “Lira suicida, instrumento de la elegía, / ¿Qué musa es ésta que
inspira / cortar por lo sano la vena poética?”
Luego trabajaría con Enrique Lihn en “Proyecto de obras completas” de Lira, el cual
recién el 2003 sería publicado por la Editorial Universitaria con dos de sus tres protagonistas
muertos.
De vuelta por última vez a los finales de los ochenta de Pérez y de Chile, que para este
caso uno de los sentidos de su poética es ser lo mismo:

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“No obstante, y casi heroicamente / sigo en pie / pues / no tengo / dónde / caerme /
muerto.” (Santos en la corte marcial)
Otro sentido del libro: reproche, diálogo, homenaje, paráfrasis, mofa, reclamo, recado
al Neruda que está y no está ni ahí :
“Sucede que me canso de ser original. / No quiero para mí tantos honores /
muriéndome de pena y dolor. / Me duele todo. / Francamente me asusta mi sensibilidad /
mi extraordinaria sensibilidad. / Me duelen los dolores, las muelas. / Me duele un dedo, tilín
/ me duelen dos, tolón / y sucede que me canso de ser original.” (Walking por ahí)
Quizás, nuevamente Chile y Pérez, curado o convalesciente de espanto, once años
después publica “Expediente Sumario” (Ediciones del Gobierno Regional de Valparaíso)
donde elige, bastante sintomáticamente, la forma del epigrama, porque recordaremos tal es
un viaje del epitafio marmóreo griego a la página poética contemporánea:
“Hijo muerto punto Resucitó tercer día / Nadie sabe de él punto mundo loco 2 mil
años / Urgente tu presencia acá punto / Inútiles oraciones / Te esperamos / Tu familia.”
(Telegrama a Dios)
Escribe Jorge Montealegre, el poeta prologador:
“Con afecto e inteligencia, con irreverencia y oficio, este poemario
-aparentemente tan personal- registra con la sensibilidad de una época y de una generación”
Sí. Por ejemplo en:
“No morimos en la guerrilla. / Tampoco de sida ni sobredosis. / No morimos de
suicidio. / Ni siquiera de viejos. // Somos el idioma que preservó la vida / en aquellos días
de tanta muerte.” (Coincidencias)

O también en:
“Los que aprendimos la gramática / de las bayonetas contra la espalda / -con la vista
vendada y las manos atadas- / rendimos examen ante la historia / exigidos a demostrar que es
la memoria / la que nos condena a ser repitentes.”
El cóctel poético Alejandro Pérez: un sí es no de Neruda, dos porciones de Parra, una
gota de fe y el ingrediente secreto: dolor hecho ironía. Agítese poco. Bébase cada diez años a
la salud de la buena poesía porteña, chilena.

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“Ebrios de palabras: brindemos / una oportunidad a la poesía.” (A la salud de toda la
tribu)

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Exiliados a la postmodernidad

Laboriosa y destacada profesora doctora, la señora Haydeé Ahumada, académica de


varias importantes universidades del país, pero sobre todo, para nuestro orgullo, del
repertorio regional de mentes de claro estudio, difusión, docencia y especialmente amor a la
literatura, esta vez nos da la oportunidad de disponer de un documento histórico, con no
menor calidad estética, lingüística y, por si fuera poco, nueva ocasión para reflexionar sobre
los errores, horrores, solidaridades e ideales que rodean al ser humano sufriendo una siempre
idiota guerra.
“El éxodo, por un refugiado español” de Fernando Solano Palacio (nacido cerca de la
última década del siglo XIX en Asturias, fallecido el 1974 en Gijón) fue publicado en el
Valparaíso de 1936.
En el mismo puerto, en el contexto de la celebración de los 65 años de la llegada del
barco Winnipeg, la docente junto con el Centro Cultural de España capitalino, gesta la
publicación de una bella edición facsimilar, idéntica salvo por el abundante estudio
preliminar y notas que enriquecen y potencian el valor del libro.
Sepamos algunas palabras iniciales de la académica: “…es la escritura apasionada de
un itinerario geográfico y existencial, el autor inaugura en los días previos a la caída de
Barcelona y la derrota definitiva de la causa republicana, a fines de febrero de 1939; continúa
luego con los avatares del paso a Francia y los detalles de la vida a bordo del Winnipeg, en su
mes de travesía hacia Chile, para clausurarse con el desembarco y la reinstalación del escritor
en el nuevo referente social y político que le abre el puerto de Valparaíso.”
Como el nombre de la editorial porteña original: “Más Allá”, este libro permite por
las características propias de la escritura de Solano y por todos los años transcurridos que
lamentablemente no nos aseguran sabiduría, pero sí una inevitable exquisita perspectiva,
conmovernos mental y espiritualmente en la lectura de este testimonio.
Un ser humano con ideales anarquistas, periodista, hombre público, exiliado -
atroz forma de derrota ante el bruto poder-, positivista como su formación y tiempo se lo
exigía desde su más honesta esencia: “…especialmente en torno a la raza y la selección de las
especies. Por ello su resistencia a la guerra, que saltándose la selección natural que elimina a

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los más débiles, provoca la desaparición de los hombres más sanos y fuertes. Así el retraso en
la evolución humana se explica, porque los débiles asumen la conducción de la sociedad y los
pueblos.”, escribe la profesora.
Si no estuviera teñido este libro por la sangre, la derrota, la humillación, sería una
fiesta escrita para saborear sin culpa las palabras de un buen hombre del siglo pasado.
Compensa el minucioso registro del obligado y tan triste éxodo del autor y de tantos,
la solidaridad que representamos como nación en esas primeras décadas del siglo pasado,
también equilibra la (in)justa balanza el sólido e irrenunciable idealismo del escritor, y junto
a él, el de tantos otros en igual condición pese a todo tan digna, tan humana.
Todos sucesos como ya casi no vemos en la actualidad.
El abrupto vértigo de superponer 1939 a 2004 por obra y gracia de esta edición
facsimilar se mezcla con la consideración cabal del ejercicio de la escritura, de la
(re)impresión de cada palabra de Fernando Solano Palacio, su congelamientoy al mismo
tiempo su marca a fuego indeleble a favor y en contra del animal indomable: el tiempo.
1939 es exactamente el inicio del fin, del exterminio, ocurrido a una época y sus
pasajeros.
Empezaba la Segunda Guerra Mundial, cuyo desarrollo y término haría exclamar – al
unísono sin saberlo hasta mucho después- a dos futuros escritores nóbeles. Sobrevivientes
respectivos desde sus naciones mutiladas, Kenzaburo Oé y Günter Grass, supieron de lo
infructuoso de seguir escribiéndole a un mundo demente y asesino.
Ni Solano, ni después Oé, ni Grass se hicieron caso.
De nuevo Lihn: porque escribí estoy vivo.
Estamos vivos.
Solano Palacio el fundador de la escritura del Exilio Español Republicano en Chile,
pero inmediatamente después de él y de todos los como él, hombres y mujeres sobrevivientes
del dolor pero de palabra y esperanza, poco a poco vieron ese humo atroz por la carne
quemada transformarse en ese inevitable zombie llamado postmodernismo.
“A pesar de las muchas adversidades, tanto mis compañeros como yo, nos sentimos
optimistas para el porvenir, y, con la conciencia tranquila, satisfechos de cumplir con
nuestro deber (…) Valparaíso, 28 de Septiembre de 1939.”

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Cómo rodear el vacío (y no ser tragado en el intento)

La Editorial Universitaria publica “La musiquilla de las pobres esferas” de Enrique


Lihn el 20 de Septiembre de 1969. Ril editores en conjunto con la Universidad de Valparaíso
recientemente “La zona muda. Una aproximación filosófica a la poesía de Enrique Lihn” de
Jorge Polanco (Valparaíso, 1977).
El joven profesor de filosofía y poeta residente en Quilpué escribe: “Directo desde las
tinieblas, sus ojos se asoman con una cruel y espantosa expresión. A su vez las manos,
apegadas a los labios, se doblan como si estuvieran resquebrajadas al sostener la cabeza. (…)
Uno de ellos [sus ojos] es el que más llama la atención, el que parece reflejar una aspereza y
dureza poco común. Este se conjuga en la equidistancia de una cara notoriamente lastimada
por los años: es un hombre angustiado…” Está viendo el retrato del poeta hecho por el
fotógrafo Luis Poirot.
La académica Adriana Valdés escribe en el prólogo: “El arte no es un objeto para la
filosofía, como lo plantea la estética; más bien, la filosofía se ve provocada, y tironeada y
exigida, por ciertas verdades que el arte plantea. La filosofía ha de ponerse a la altura del arte,
ha de pensar a la altura del arte.”
Es este libro entonces el registro en palabras del vínculo entre estos dos modos de
pensamiento: el filosófico y el poético. En este último caso el de uno de los mayores poetas
chilenos del siglo XX.
Pero el registro se vuelve alto desafío, por no decir problemático o incluso insalvable
paradoja considerando tantos versos del poeta como por ejemplo: “En pie de guerra todo,
menos yo. / Ama de casa en pie de guerra / contra la rata que la invade, / niños en pie de de
su futuro, con una guerra / por delante, / hombres al pie del pie de gurra con sus / insignias
y proclamas./ Menos yo en pie de qué, / en pie de poesía, en pie de nada…” Seis soledades
(1969)
Siempre y en progreso hasta su muerte (1988) en Lihn la impotencia del poeta, del
lenguaje, de la existencia exigiendo en consecuencia el silencio completo. De ahí el nombre
del libro de Polanco: Zona muda. Y de ahí la tenebrosa explicación, la clara paradoja del

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poeta: “Pero escribí y me muero por mi cuenta, / porque escribí porque escribí estoy vivo.”
Porque escribí (1969)
“Por ello esta investigación seguirá la figura de una espiral, que intentará rodear
aquello innominado a lo que Lihn alude” escribe Polanco.
El libro sorprende siendo después de todos estos años la primera aproximación
filosófica a la obra del poeta, de ahí una de sus valentías y valores. Otra la generosa
documentación clara y abundante, presentada, elaborada y reflexionada sin perder esa altura
exigida para ganar una lectura atractiva que a no pocos lectores de Lihn dejará satisfechos.
Estado que no muchos acercamientos académicos logran cuando de poesía se trata. ¡Y
hablamos de la de Lihn!
Aquella poesía siguiente, en todo el sentido de la palabra, a la de Parra. Y con eso
estamos sabiendo que Polanco se atreve con la segunda producción poética más relevante de
la última mitad del siglo XX.
Con inteligencia el autor se concentra en “Diario de Muerte” (1989) la obra póstuma
de Lihn, en cuanto significativa y punto final de comienzo en retroceso a toda su producción,
la cual como toda aquella de un espíritu inquieto abordó no solo la poesía sino también el
teatro, la plástica, el cómic, la narrativa.
También la preferencia por “Diario de Muerte” es estrategia investigativa, impensable
de otra manera para abordar con responsabilidad el tan complejo y oscuro mundo de
Enrique Lihn.
Como en el mismo volumen se dice no deja de ser esperanzador –otra paradoja en
cuanto surge esta noción del estudio de un creador tan escéptico- que un académico joven
pueda tener el atrevimiento y el resultado que significa la escritura y lectura de “Zona Muda”.
Lihn quien negó con toda su alma la condición de vate para los artistas, vaticinó 20
años antes su final: “Porque escribí estoy vivo”.
Jorge Polanco filosofa alrededor de aquel agujero negro, quizás enseñando el proceder
de los vigentes intelectuales ante este siglo joven, viejo, cansado, escéptico y enmudecido.

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Buenas y malas impresiones

Escribe el indispensable pensador alemán judío Walter Benjamin (1892-1940): “Cual,


hace siglos, comenzó poco a poco a tenderse, tornándose en inscripción erecta en manuscrito
posado sobre escribanías, para finalmente recostarse entre hojas impresas, así empieza ahora,
lentamente también, a erguirse otra vez del suelo.”
Las posiciones de la escritura y la publicación. Primero vertical en obeliscos, luego
edictos pegados en los murallones del feudo, antes leídos en voz alta para la casi total
población analfabeta..
El libro –objeto de uso horizontal- prácticamente no existía.
Pero con la imprenta, se hizo poco a poco masivo y devino en además la
horinzontalización de la escritura y la lectura.
Solo los espías conservaron los 90 grados, e hicieron convenientes agujeros a la altura
de los ojos en el diario para ejercer su oficio. Pero no leían, estaban en otra.
Hasta hoy, como el brillante Benjamin advirtió.
De nuevo se verticaliza la escritura y la lectura.
Esto mismo lo estoy escribiendo en una pantalla frente a mis ojos y no en un
cuaderno de guatita sobre la cama.
Gabriela Mistral ponía sobre su falda una tabla con la cual se sentaba apoyada en un
árbol y poníase a escribir “Del nicho helado en que los hombres te pusieron, / te bajaré a la
tierra humilde y soleada…”
Vertical también siempre ha sido otra vez más la propaganda política de rigor que nos
tapó el horizonte por unas malas semanas.
Rostros, cuerpos, consignas, lemas y promesas más bien penosas impresas a todo
color.
Trípticos, catálogos, hojas por millones (no exagero, contabilizo al ojo y creo me
quedo corto)
Ese fue el papel de la política.
Tanto papel, tanta tinta, tanto color, tanta palabra comprometida.

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Horizontal o vertical lector, no sé como está leyendo esto, ¿Usted sabe cuánto dinero
le cuesta imprimir sus palabras a un joven escritor de estas ciudades, por no nombrar a las
otras y a los otros instalados en toda nuestra agridudulce patria?
Cortázar escribió: “Los escribas trabajan sin tregua porque la humanidad respeta las
vocaciones, y los impresores llegan ya a orillas del mar. El presidente de la república habla
por teléfono con los presidentes de las repúblicas, y propone inteligentemente precipitar al
mar el sobrante de libros, lo cual se cumple al mismo tiempo en todas las costas del mundo.
(…) Esto permite a los escribas aumentar su producción, porque en la tierra vuelve a haber
espacio para almacenar sus libros. No piensan que el mar tiene fondo, y que en el fondo del
mar empiezan a amontonarse los impresos, primero en forma de pasta aglutinante, después
en forma de pasta consolidante, y por fin como un piso resistente aunque viscoso que sube
diariamente algunos metros y que terminar por llegar a la superficie.”
Un escritor escuché que dijo: “Por cada libro impreso muere un árbol”
Pero amado Cortázar y anónimo escritor que escuché, en qué preferimos invertir
tinta, sudor y papel. ¿Literatura o consignas?
Otro día hablamos de cantidades y calidades de catálogos de multitiendas.
Las contadas con los dedos de una mano editoriales regionales independientes y
dependientes, a duras alegres penas logran publicar en sus mejores días tirajes de mil
ejemplares con versos, prosas, ideas, estudios.
Libros lo más dignos que se pueda, cercanos a la fotocopias y con cartulinas baratas
de tapas a medias dignificadas con termolaminados opacos o brillantes (el opaco es más caro).
Una edición de lujo, sueño de los diseñadores gráficos, fiesta de papeles de distintas
texturas y gruesos, todas las tintas más hermosas, dispara el precio posible del libro y perfora
fatalmente el bolsillo del escritor, quien mejor la piensa dos veces y termina convenciéndose
de que en el texto lo que importa es la palabra y al diablo un libro objeto.
Igual bonito pero qué se le va a hacer si no alcanzxa para más.
Censura económica, restricción de la creatividad vía bolsillo, neoliberalismo,
mercantilización de todo, incluyendo el arte.

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Nuestro más reciente Premio Nacional de literatura: “…creo que hay una decadencia
cultural en los últimos 30 años que corresponde a este sistema neoliberal, que ha
transformado todo, incluyendo las obras del espíritu, en mercancías.”
¿Dónde están ahora todas esas impresiones que empapelaron nuestras ciudades en las
últimas semanas y supongo fueron muy fuertes inversiones?
¿Dónde están esas impresiones que durante todas estas décadas nuestros escritores
regionales, locos enloquecidos por la fiebre de la literatura usando las mínimas tintas y
papeles, significaron su libro?
Es al fin esta una polémica entre intrascendencia y trascendencia de lo impreso.
Entre lo que se quedó en el tintero y lo que salió.
Una disputa entre el papel reciclable y el papel de la eternidad.
Entre lo horizontal y lo vertical.
La apariencias indican que todo ya está resuelto, y una vez más ha ganado lejos la
tontera impresa vertical.
Ojalá, como los yogurts, tenga fecha de vencimiento.

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Antihomenaje a Nicanor Parra
“Lo acepto rechazándolo”
El antipoeta al recibir
el Premio Nacional en 1969

Si Roberto Bolaño, José Miguel Ibánez Langlois (Ignacio Valente) y Nicanor Parra
fueran cada uno los lados de un triángulo, no sería uno precisamente amoroso.
Bolaño dijo de Parra: “lo consideraría mi maestro si yo tuviera suficientes méritos
como para ser su discípulo, que no es el caso.”
Parra a su vez considera buen poeta y buen amigo a Ibánez Langlois.
El sacerdote Ibáñez Langlois por su parte ha ocupado gran parte de su paralela vida
como crítico literario en admirar activamente al antipoeta: “Parra me parece el primer poeta
de habla castellana entre los vivos”
Bolaño en su novela “Nocturno de Chile” muy mal pone como afiebrado narrador a
un sacerdote Opus Dei, crítico literario y poeta mediocre, de nombre Sebastián Urrutua
Lacroix, conocido como el cura Ibacache.
Finalmente Parra ante la muerte de Bolaño escribe: Se nos adelantó Roberto. /
Pérdida irreparable para Chile. / Pérdida irreparable para mí. / Pérdida irreparable para
todos.”
Curioso trío.
Como la ouruburus, la serpiente que se come su propia cola.
Exactamente a la altura de un antipoema o un artefacto, aquella peligrosa herencia en
vida que Nicanor Parra ha dejado en vida (El 5 de Septiembre cumplió 90 años) a todos los
poetas chilenos contemporáneos y a los lectores de ayer, hoy y mañana.
Para comenzar a dimensionar los alcances de tal abundante, poderosa y difícil
herencia anotamos lo que el escritor Rafael Gumucio dice que reza todavía el giro de las
boletas de honorarios del antipoeta: Investigador y Físico.
Tales roles, por cierto absolutamente ciertos en cuanto a su formación inicial, nos
llevan a la noción de antimateria con la cual seguramente se gestó el hombre de ciencias, con
el paso de los años convertido en hombre de letras.

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Así releemos lo que su incondicional crítico ya mencionado, Ignacio Valente, tanto
escribe, tratando de desentrañar la paradoja cómo un sacerdote alaba lo de Parra, a quien el
mismo en otra parte también lo describe: “he vivido levantando herejes. Por ejemplo a
Nicanor Parra.” .

Valente dice: “ Sonreirán con desdén ante estas digresiones. Son los que no han
sentido nunca el hambre de lo Absoluto, la pasión del Único Necesario.”

Si Parra siente hambre de Absoluto, del Único Necesario, es la misma hambre que
siente por la materia el agujero negro que amenaza en algún sitio, espero que lejano, del
cosmos.

Es comer el cuerpo de Cristo no para incorporarlo sino para desintegrarlo.

Como prueba, entre muchas:

“Muerto no te levantes de la tumba / qué ganarías con resucitar / una hazaña / y


después / la rutina de siempre / no te conviene viejo no te conviene.” (El Antilázaro) Que
bien podría llamarse El Anticristo.

O: “Déjeme pasar, señora,/ que voy a comerme un ángel,/ con una rama de bronce /
yo lo mataré en la calle”.

En “El Soliloquio del individuo” una especie de apretada total Historia evolutiva del
humano, solo, perdido, incomunicado siempre, termina ni siquiera en apocalipsis, si no que:
“Mejor es tal vez que vuelva a ese valle, / a esa roca que me sirvió de hogar, / y empiece a
grabar de nuevo, / de atrás para adelante grabar / el mundo al revés. / Pero no: la vida no
tiene sentido.”

Es decir Parra es el perfecto cantor de la nada.

Absolutamente consecuente con su autodefinida condición de antipoeta.

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Quizás mejor estaba la poesía en el mundo, entre nosotros, cantándonos con aquellas
ególatras voces, pero creyentes después de todo: Pablo de Rokha, Huidobro o Neruda. Todos
pequeños dioses en un Olimpo en que solo cabía uno.

Teillier después de aquellos, desde la aldea, en el bosque, el pueblo. Con él todavía


sobrevivía la esperanza, ingenua, sencilla, natural y generosa como la moneda que pasa de
mano en mano, o con un final ordenado como el cuaderno del niño más aplicado de la clase.

Incluso estábamos mejor con quien sí que fue el discípulo de Parra: Enrique Lihn,
quien con los dientes apretados, por lo menos reconocía entremedio de la para él musiquilla
amarga de las pobres esferas: “Porque escribí estoy vivo”.

Pero con Nicanor Parra hemos estado por lo menos medio siglo expuestos
contagiosamente tanto escritores como lectores a la nada, en forma de soberbios “Chistes
para desorientar a la poesía” (título de uno de sus libros), los cuales por medio de la risa
activada, en realidad nos saca poco a poco el aire, al ánima a moros y a cristianos.

Y lo peor: No hubo ya poeta que le hiciera el peso al antipoeta.

Impune, sin contrincante cumple noventa años rodeado de herederos de todas las
layas.

Y no es suya la culpa.

Cómo podría ser culpable el autor del maravillosamente atroz “Hombre Imaginario”

Culpable son los poetas que no se la pudieron con su montaña rusa a la que nos
desampararon: “echando sangre por boca y narices”.

Quien advierte no traiciona.

Pero ¿Qué celebramos cuando celebramos?

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Del idiota placer de tener

Confieso que he desesperado en algunas ferias del libro.


Últimamente ya no tanto. Será cosa de años que uno gana, o pierde. Como usted
prefiera.
El asunto es que la ecuación poca plata mucho libro y/o la otra: mucha de mi
escritura y poco o nada de mi publicación, terminaba por algo así como arrebatarme.
Ansiedad, en una palabra.
Pero he sanado, creo yo.
Será que uno conforme los años va especializándose, especificándose, afinando las
afinidades literarias y de la tonelada de libros expuestos sabiamente criba lo que el alma
lectora propia gusta y le urge.
Entonces la tonelada se transforma en kilos.
Se pasa más rápido por ciertos estanes porque sabe que de eso no, bellos libros, pero
para la otra vida, en esta ya tengo claro lo que puedo dejar de leer, de poseer sin que muera
en esa decisión o agonice un poco.
Puedo seguir tranquilo sin apropiarme de este o aquel libro.
Ciertamente me he descubierto en esta forma de madurez lectora como un fetichista.
De ahí parte de la cura.
Tener el objeto libro entre las manos, hacerlo de uno, casi casi independiente de su
contenido. Tenerlo por tenerlo y sentirlo propio, atrapado, cautivo en la biblioteca personal.
Antes hojearlo en el regreso y luego hasta luego, hasta ese día que nunca viene cuando
tendremos el tiempo de sentarnos cómodamente a beber de esas palabras capturadas.
Hemos salido poco a poco de esa bella y terrible enfermedad.
Ahora libro comprado es libro que necesito, leo completo, y trasciendo de su forma
material, sus hojas, su empaste, su edición.
Me sumerjo en su contenido, lo instalo lo mejor que puedo en mi memoria y luego le
pongo ruedas, alas hablando, escribiendo luego de él, por aquí y por allá, con usted o con
otros.
La compra ya no es más un fin, sino que un tránsito bello.

113
Me vuelvo intermediario, no estacionamiento, yo y mi biblioteca, de los maravillosos
libros.
Por cierto a veces se tiene una recaída, pero nunca tanto como antes, y libro
comprado es libro adquirido porque es una joya en sí misma. Incluso, por qué no, una
inversión.
¿Ejemplo? Okey.
Literalmente en un rincón rincón de la Feria Internacional del Libro de Santiago
2004, mi radar detectó en confines casi invisibles “Placebo” de Álvaro Baez, no menor poeta
regional. Edición de Trombo Azul, no menor editorial, por supuesto y lamentablemente
extinta editorial de por acá.
Qué hacía por allá.
Ah los misteriosos y milagrosos caminos que recorre un libro a través de los años y los
lugares.
El mentado texto tiene exactamente 14 años. Una joya que incluso el propio autor
puede que ya no tenga. Suele ocurrir más frecuentemente de lo que usted supone.
¿Ven que es recaída?
Ese apoderamiento del objeto libro, a precio irrisorio, pareciera bastarse a sí mismo.
Pero no, uno ha crecido y ese libro también fue adquirido para que otro día, en este mismo
lugar yo les escriba de Baéz, de sus versos primeros, pasados, quedados. Y de los presentes
también, por supuesto.
Es promesa.
La compra del libro como puente hacia su difusión y no atesoramiento mezquino.
Una variante, no me diga que no, de la parábola de los talentos.
Ojalá que usted querido amigo lector, lectora, desde su particular posición en el
círculo hermoso del libro, imite mi mejoría y la siguiente vez que compre un libro, como
pueda y quiera lo comparta. Incluso es posible que ya lo esté haciendo y no haya padecido de
lo que yo parece que me he curado: poseer por poseer.
Igual el libro no lo suelto, es mi tesoro como dice el contrahecho y enfermito del
alma, pobre Golum del Señor de los anillos.

114
Pero, a mi humana manera sanada, prometo compartirlo uno de estos días con
ustedes.
Repito: es promesa.
Se hace y dice lo que se puede.
Déjenme por unos días acariciar egoístamente el idiota placer de tenerlo por tenerlo y
reirme igualmente idiota con el saber que tantos otros no.
Hoy solo la portada.
Ni más ni menos como tanto, a sabiendas, pecaron los monjes medievales de El
nombre de la rosa, enorme novela de Umberto Eco.
Harto más tiene de lo que hoy les he escrito: gula libresca.
Siempre mucho cuidado con eso y aquello.

115
A medio camino de la aldea prometida

Al centro, al margen estamos.


Depende del punto de referencia.
Esa es la condición, ya vemos que relativa, para discriminar o ser discriminados.
Santiago suele literariamente ignorarnos como si no hubiera hora y media entre
nosotros sino mundo y medio.
Pero ojo, cuánto sabemos de las letras de Villa Alemana, de Quebrada Alvarado. Dos
centros literarios regionales sumamente activos. Cuánto los ignoramos.
Así a la literatura de la hermosa ciudad del Valle de Aconcagua: San Felipe.
No solo actualidad tienen sus letras sino tradición.
Al azar algunos nombres de ayer y hoy: Ernesto Montenegro, Carlos Ruiz, Pablo
Cassi, Ernesto de Blasis, Azucena Caballero, entre muchos otros.
A esta permanentemente abierta lista de escritores, con honores se une la poesía de
Carlos Henríquez Ayala (Los Andes, 1973)
Exactamente después de tres años de publicado se presentó “La hermosa ruralidad de
un sueño” (Editorial Doña Tungo) en la sala Carlos Hermosilla, subsuelo del Palacio
Vergara, en Viña del Mar.
Tres años duró el viaje entre San Felipe y la Ciudad Jardín.
La espera larga se justifica si consideramos la estupenda voz poética de Henríquez.
Dicho sea de paso el libro bien hubiese merecido un título a la altura de las bellas
alturas a las cuales llega el poeta una y otra vez.
Pero sin exagerar nos sorprendemos con, no la imitación, sinó la semejante natural
mirada quieta y resultado escritural buscado y hallado siempre con inteligente y apreciada
sencillez por Jorge Teillier.
El poeta de la Frontera, de Lautaro y finalmente de La Ligua, acompaña en dúo a este
otro poeta con la silenciosa elocuencia de los buenos fantasmas sutiles.
Rara y preciosa forma de hacer poesía que no hemos visto entre los siguientes poetas
hasta dar con Henríquez.

116
Sólo quizás el poeta viñamarino Francisco Véjar sea la otra excepción a la grave
desidia, o impotencia, ante tal valiosa herencia.
Con más presencia mapuche y a veces con más desencantado postmodernismo del
que Teillier incorporó en su obra, este joven aconcagüino muchas veces contiene y ofrece en
sus versos aquella belleza callada, calmada, nostalgia muda, tristeza suave, reclamo apagado.
Entonces bienvenido este otro poeta bajando del pedestal profanado hasta la tierra
tranquila codo a codo, boca a boca con el hombre y la mujer del día a día.
Nuevamente, por fin, cierta promesa de aldea y guardián dulce hecho de muchos
versos sabios como el agua corriente.
“Hay afuera / una persona / espera que un árbol cuelgue / una calle vacía es una
mujer, que no llega a tiempo.” (El tiempo se divide)
“Fuimos oscuros aprendices, / neófitos profetas de pacotilla, / llevando mujeres al
río, / creyendo que escucharían, / la música de los dioses.” (Los vacíos pedestales)
“Despierto sobresaltado, / la luz d ela ventana aturde, / lavo mi cara, / y olvido
contar el sueño / al primero que veo.” (Ilusión onírica)
“Toda la vida, hubiera quedado/ entre esos muslos;/ ha sido lo más cercano,/ a
quedar sin respiración.” ( Artificio erótico)
“Creo haberlo dicho, / soy un pobre tipo, / aspirante al regreso.” (Uno)
“Ayer sorprendí al viento,/ detenido tras los árboles del campo,/ tocaba algunas
hojas y miraba a los hombres,/ sin entender sus movimientos.” (Dos)
A medio camino entre los haikús, poemas del lejano oriente, contemplativos,
naturales y todo lo mejor del citado autor de “Los dominios perdidos”, a medio camino si no
fuera porque debe aprender este prometedor poeta que los signos de puntuación pueden
desterrarse sin miedo de sus limpios poemas, y los títulos de sus poemas pueden (deben)
hacerles justicia. Y no me refiero a los dos últimos citados.
Si hoy creemos que este poeta de poco más de treinta años es una promesa, también
le exigimos al mismo tiempo el mejor cumplimiento de una de las herencias más
desperdiciadas y apreciables de la poesía chilena del siglo pasado.

117
Entendemos mejor ahora todos los años que nos separaron de la aldea, esa patria
poética que debería estar en nuestros sueños y lecturas desde los márgenes de estos
convulsionados y extraviados centros.

118
Fino Vocablo y Verba Cotidiana

Para muchos nuestras primeras experiencias con la literatura fueron con los
profesores. Ellos a favor o en contra de los Planes y Programas del Ministerio de Educación
de turno nos leyeron, nos hicieron leer, nos controlaron libros periódicamente. Lectura
domiciliaria, lectura en clase, lectura sostenida. Ahora todas memorables. Sí. Pero para los
alumnos de aquellos tiempos fueron olvidables interrupciones del recreo, la pichanga, las
bolitas, los álbumes de monitos. Menos para uno o dos pálidos, débiles de cuerpo pero no de
alma, esos que solitarios se quedaron dulcemente soñando entremedio de las páginas leídas.
Esas escritas por Jara, Blanco, Coloane, Latorre, Rojas, Mistral, Brunet, Paz, Lillo, Pezoa
Véliz, Riquelme, Castro. Hablo de “La Comarca del Jazmín”, “El Perro de regimiento”, “El
padre” “Papelucho”, “Paulita”, “Pacha Pulai”, “Cañuela y Petaca”, “Inamible”, “El Colo-
Colo”, “Por una docena de huevos duros”, “Todas íbamos ser reinas”, “Tarde en el hospital”,
“Adiós a Ruibarbo”. Un largo etcétera chileno que aquí no cabe de tan grande en calidad,
cantidad y valor afectivo. Tú, ahora nostálgico lector, sabrás completarlo.
Varios de aquellos, nuestros mismos profesores queriendo muchas veces
convencernos y otras tantas vencernos con las bellas letras, también tenían un secreto:
Escribían. Entre la infinita corrección y correción de nuestras pruebas, la preparación de la
clase, consejos, atención de apoderados: Entre la escasa vida personal y familiar sacaban de
las quinientas horas semanales de Nicanor Parra, unas para con el mismo lápiz de poner las
notas, y firmar el leccionario, escaso tiempo precioso para escribir sonetos, cuentos, rimas.
Pero aquellos maestros desde adentro, desde el alma, no podían, no debían olvidarse de su
vocación: los discípulos. Entonces su literatura secreta, pública unas pocas veces con timidez
y verdadera modestia, estuvo firmemente por años atada con un elástico fino lazo noble
nuevamente al ejercicio pedagógico. Pero de otra manera. Esta vez con la literatura. Su
literatura.
Los recipientes naturales para sus obras fueron los actos conmemorativos del año
escolar. Pocos, como sosía poético de la cimarra libertaria de sus educandos, saltaron la reja
de la escuela y volaron con sus obras, con sus libros a través de sus ciudades. De profesores

119
tomaron con cierta inquietud la condición de escritores. Los más siguieron siendo lo primero
y pusieron su segunda vocación en las sombras de la modestia y el deber.
Soy testigo directo de que las nuevas generaciones de docentes-escritores pueden y
separan las aguas de forma más drástica y sin tanta reserva.
Gustavo Aravena Ramirez (Valparaíso, 1935) esperó con paciencia -esa rara sabia
virtud, el nombre de la madera con que está hecho- el término de sus 41 años de ejercicio
docente, y de destacadas labores directivas, para dedicarse casi exclusivamente a su amada
literatura, y -no podía ser otra forma- al apoyo y coordinación de las actividades literarias de
otros. No conforme con tanta espera, transcurrieron otros cinco años más hasta ver en la
portada de un libro solo su nombre. Antes había sido publicado en diversas antologías, pero
el paso en solitario, la personal, como se dice ahora, fue en julio de este año, apoyado por la
agrupación de Arte y Cultura ALIRE de Villa Alemana, de la cual es parte esencial, y con la
colaboración de entidades municipales de la misma ciudad.
“Entre Soles y Brumas” es un poemario donde no es necesario adivinar al maestro-
autor:
“Cree, buen maestro, cree / que ellos serán siempre buenos / y no hallarán injusticias
/ que destruyan sus ensueños.” BUEN MAESTRO

Pero su cantera poética trasciende con abundancia el ámbito pedagógico y abarca


libre otras esferas:
“Molino querido, ahora te aprisiona / pesada cadena para que no vueles, / porque si
lo haces volará en pedazos, / molino olvidado, todo lo que eres.” GIGANTE DE INFANCIA

“Hoy que sus etapas cumplió en mi vida / cómo quisiera verlo, siempre cercano, / y
agradecer con caricias perdidas.“ SONETO AL PADRE.

“Te diré en nuevos versos / lo que nunca yo dije, / y premiarás un día / esos locos
afanes / con la gloria perfecta / de una suave sonrisa.“ UN DÍA.

120
“Que no te preocupe cómo has de decirlo, / sin en fino vocablo o verba cotidiana; /
si en sonora rima o libre palabra. / ¡Solamente dilo!” EL VERSO

Se incluye el himno compuesto a una de sus amadas ciudades, Villa Alemana, con
música del otro maestro de tantas generaciones don Hernán Molina Valderas.

A la noble figura, a la palabra sabia, generosa y tranquila de Gustavo Aravena


Ramírez, maestro y amigo de tantos, desde ahora se le superpone oficialmente, con su primer
libro después de tantos para otros, una no menos noble condición: escritor. Siempre la tuvo
y para siempre la tendrá . Pero hoy es cosa pública. De todos, para todos. Suya.

121
El club de escritores solitarios

Es un episodio de la vida o de un cuento -¿Acaso no pueden ser una misma cosa?- de


cierto escritor norteamericano. Quizás Paul Auster. Tocan el timbre, suspende su proceso
creativo, se levanta de su lugar de trabajo, baja al primer piso, abre la puerta y no hay nadie.
Avanza unos pasos y ve a uno y otro lado de la calle. Nadie. Retrocede y se da cuenta de que
la puerta de calle se ha cerrado. Sin llaves intenta con una escalera llegar hasta la ventana del
segundo piso abierta. Sube y tiene una revelación: Puede ver desde fuera el lugar donde
trabaja día a día, desde hace años, escribiendo su literatura. Le conmueve, le sorprende esa
tremenda soledad de su oficio consuetudinario.
Como humano que es, pese a ciertas opiniones bien o mal intencionadas al respecto
de aquello, el escritor socialmente puede ser un ermitaño, tipo normal o el alma de la fiesta.
Sin embargo a la hora de sentarse a ejercer su vocación para, como decía Faulkner, escribir
las tres o cuatro grandes verdades de las que de solo ellas vale la pena escribir, todos se
sumergen en ese estado abismal de soledad.
Ellos, o ellas, y la página en blanco lentamente llenándose por días, semanas, meses,
años.
Así nacen las obras literarias. Sucesos aledaños a este acontecimiento portentoso no
son esenciales, pero sì posibles exigencias o autoexigencias al hecho de ser escritor.
Para estas últimas los escritores se asocian y hacen frente común ante gobiernos,
políticas, universidades, escuelas, bibliotecas, librerías, medios de comunicación, lectores. En
resumen frente a la comunidad.
En tiempos y lugares no tan lejanos las sociedades de escritores fueron líderes de
opinión y acción atentos a colaborar desde su rol ante los grandes temas que preocupaban a
todos. Por estas y otras terribles ahora obviedades, en nuestro país, en nuestra región,
escritores, libros, sus asociaciones, raramente son parte de los discursos de poder. Entre otros
quienes los han reemplazado están los “artistas” del llamado espectáculo, los deportistas
(léase tenistas, futbolistas).
Y no que esté malo que así sea sino fuera porque se trata de reemplazo y no
complemento.

122
Durante la tarde del viernes recién pasado en el tradicional Café Riquet se dio inicio
al proceso de obtención de personalidad jurídica para la Sociedad de Escritores de Chile filial
Valparaíso. Este auspicioso gesto legal reunió a una interesante cantidad de escritores
regionales. En un recorrido visual pudieron verse bajo un mismo techo nombres importantes
de varias generaciones de literatura porteña. Entre otros: Víctor Rojas, Renán Ponce, Tito
Valenzuela, Sergio Madrid, Sergio Muñoz, Priscilla Osses, Karen Toro, Nancy Astelli,
Gregorio Paredes, Néstor Flores, Claudio Faúndez, Carlos Amador Marchant, Marcelo
Novoa, Carlos Heinrickson. Los últimos nombrados presidente, tesorero y secretario de la
legalizada Sociedad.
Quizás aquella carta de ciudadanía firmada por todos aquellos hombres de palabra,
como les decía en el mismo café el gran Carlos León, por fin acredite en la región la que
alguna vez fue la tan preciada voz y escritura de nuestros prosistas y poetas escabullidos por
unas horas de su per sé solitario oficio.
Está claro que literariamente estuvieron acreditadas tanto antes que el viernes recién
pasado.
Tal vez para la realidad era solo asunto de hacer un trámite legal, como quien hace su
declaración de impuestos.
Como decía mi profesor de latín: ¡Oh tempora, oh more!.

123
Tanta literatura

Cambiando la piel
Ernesto De Blasis Vargas
RIL editores
Santiago, 2004

Ernesto de Blasis (San Felipe, 1959) es actualmente el escritor sanfelipeño quien más
lejos ha llegado en el proceso de publicar su obra. Alguna vez -y con justa razón debería ser
todavía así- fue el caso de Ernesto Montenegro (1885-1967). No es el caso de Pablo Cassi
(1951) cuya obra es casi desconocida fuera del Valle de Aconcagua. Lo mismo ocurrió con
Carlos Ruiz Zaldívar (1925-2000). La fuerza gravitatoria de la provincia, por mucho que aun
se trate de la bella, amable y desde siempre culturamente inquieta ciudad de San Felipe, es
potente. Pero De Blasis después de exactamente 10 años desde su primer libro “El Hombre
del Cuzco y otros escritos” (cuentos) publica “Cambiando la piel” (novela) con la Red
Internacional del libro, editorial independiente y transnacional, despegando su obra desde la
provincia.
Si un criterio para cribar la literatura –hay que hacerlo para distinguir gatos de
liebres, porque como le dijo una de esta misma especie a Alicia: es tarde, es muy tarde- un
criterio válido es verificar quién la publica, entonces podríamos concluir: Ernesto De Blasis
está en su mejor momento escritural.
Entre 1994 y el 2004 este autor autopublicó: “Una pequeña muerte” (novela breve,
1996), “El mejor jugador del mundo”(novela breve, 1999), “El día de los inocentes” (cuentos
y recuentos, 2000) y “El Hijo del Pastor” (novela para niños, 2004, bajo el seudónimo de
Jaime Miller)
Hace una década pudo leerse en formato libro por primera vez a De Blasis: “Siendo lo
pensado antes de publicar una obra tan diverso y de tantos matices, donde los pro y los
contra se disputan la victoria con las mejores razones; luego de este análisis, en que el autor
es derrotado por la fuerza que quiere ver la luz y verse reflejada en las palabras de un libro, lo
único que llegó a mi mente e hizo mover la pluma fue lo siguiente:

124
Han crecido los hijos de las águilas. Quisiéramos que la infancia no fuera tan breve,
que hermosos permanecieran ante nosotros obedeciéndonos con alegría. Pero desde hace
tiempo ejercitan sus alas, y en su mirada vislumbramos la fuerza que los impulsa.”
Hoy leemos en “Cambio de piel”: “Eric y Miguel recién pasaban los treinta (…)
Ambos permanecían solteros y, en gran medida, conscientes de la poca juventud que les
quedaba; sabían que a la vida se le estaban acabando las sorpresas y que lamentablemente
habían dejado de ser los príncipes del mundo.”
Entonces temáticamente Ernesto de Blasis ha creado un sólido espacio ficticio con el
cual durante todos estos años explora literariamente al ser humano frente a su antagonista: el
tiempo. De eso tratan prácticamente todos sus escritos. Si creemos que otro elemento a
considerar para evaluar a un autor es su consecuencia e insistencia a través de su obra, De
Blasis sale airoso.
Hay persistencia al mismo tiempo en ciertos contenidos ideológicos que ni siquiera
vislumbro, más bien leo explícitamente en casi toda su obra y no me parecen sean ironía o
parte del discurso propio de los personajes, sino valores del autor, los cuales éticamente no
son los míos y obviamente me alejan del goce de su literatura.
Del ya citado prólogo de 1994: “Quisiéramos que la infancia no fuera tan breve, que
hermosos permanecieran ante nosotros obedeciéndonos con alegría.” O de su último libro:
“-¡Ah!, la Francisquita, ¿se acostará conmigo?, ¿cómo es de cuerpo?, ¿tiene buen
trasero?
-Mira, Alberto, tú no debes juzgar, yo solamente te la presento, tú te encargas de
seguir adelante en la conquista, voy a darle buenas recomendaciones de tu persona; pero te
repito, no debes ser impaciente, porque no es fácil que se acueste contigo inmediatamente, es
una buena mujer, no debes confundirla con una cualquiera.”
Y tras la lectura total de la novela no nos parece que haya ironía del narrador, o del
autor, no parece ser solo el discurso de los decadentes personajes el que leemos.
Finalmente y ya no en lo que se refiere a lo ético de la propuesta narrativa del escritor
sanfelipeño, dimensión con la cual cada vez estoy más convencido de que toda obra de arte –
por no decir toda obra humana- debe hacerse verdaderamente responsable, discrepo
estéticamente de los valores narrativos presentes en la obra de Ernesto De Blasis.

125
La manera en que leemos como hablan los personajes de “Cambio de piel” es
absolutamente literaria, no parecen representaciones de seres humanos sus maneras de
expresarse, solo parecen personajes de una novela. Esto impide empatizar con sus dramas, o
por lo menos sentir cualquier emoción por ellos, aunque sea adversa. Carecen de vida,
respiran pura literatura. Creo que ya no son los tiempos para leer de caricaturas sin vida, es la
hora de leer de personajes que la simulan muy bien. Para odiarlos o amarlos. Cosa que no
ocurre con mucha de la obra de este autor. Cuando De Blasis es fuerte e interesante escritor
es justamente cuando el formato que parece surgirle en forma natural y que recién he
descrito se ajusta a la perfección, allí sí que tenemos literatura más inolvidable. Me refiero a
fábulas, parodias, ironías, sátiras. Varios de los cuentos mejores de este autor son eso y los
disfrutamos y consideramos mucho más que solo insistencia, partos múltiples de
autoediciones o darle el palo al gato con una editorial fuera de la provincia.
El mejor lector de la obra de De Blasis debe ser el propio De Blasis.
Cuando lo logre escribirá mucho menos, pero mucho mejor e inolvidable.

126
Balanza llamada mundo realmente justo.

“No basta declamar contra los malos espectáculos, contra los cantos lascivos, contra las
lecturas pornográficas sino que hay que ofrecer más bellos espectáculos, cantos más
hermosos, lecturas más interesantes”. San Alberto Hurtado
“Sí, en el alma del alma / he venido a perder la inocencia / y me encuentro de lleno /
husmeando el futuro. / Sé que no quedará nada de mí / nada, ni para los gusanos / pues mis
restos han de ser mordidos / por el fuego.” Pablo San Martín
Pablo San Martín (Santiago, 1971) por fin en septiembre de este año logra imprimir
sus “Versos Acribillados”. Se había adelantado incluso con “Poemas sin esperanza” (2002),
contenido en el presente volumen. Pero en tanto el propio autor (des)esperaba inquieto su
obra mayor en intención y extensión. Y no es dato menor para alumbrar zonas del caracter
escribir que también San Martín es co-director de la editorial La Cafila, y en este sentido
descubrir que entonces postergó años lo suyo en pos de lo de otros poetas. Si eso no es
generosidad, entonces no la conozco. Sí eso no es parte de ser editor, entonces qué lo es.
Su nuevo libro ya puede entonces como ven dialogar con otros textos, como por
ejemplo, ¿Por qué no? con los dichos de San Alberto. Y sabrán no es asunto antojadizo, ni
algo peor, ponerlos en diálogo porque entre Dios y Pablo también hay algo. Un importante
número de poemas acribillados son de tema divino. El por antonomasia:
“Padre vuestro que estás en los suelos, / utilizado sea tu nombre / por obispos
clasistas / y por los ignorantes y cobardes / que suelen seguirte...” (Padre vuestro)
Otra paráfrasis hereje de la oración de las oraciones, a la lista de otras escritas en estos
lados por Alejandro Pérez y en otros por el sacerdote poeta nicaragüense Ernesto Cardenal.
Y en el diálogo entre santo y poeta hereje que me permito instalar aquí me pregunto
dónde el lado tercero que instale el equilibrio. Lo mismo dije de Nicanor Parra: La poesía
chilena, por mencionar solo desde donde nace, ha sido pura antipoesía durante 50 años.
Hasta en Stars Wars se buscaba el equilibrio de la fuerza. Ni a Lucas se le escapa que el motor
de la vida – de la verdadera- no son los “espejos amantes” como dijo para sí y para los demás
Roberto Bolaño. Las antípodas no bastan. Para sí mismas bien que existan voces opuestas:
“con este acto de palabras el autor se excomulga, acúsase a sí mismo...” concluye San Martín

127
sólido en su voz y mundo ofrecidos para quien quiera seguirlos.(Hace tan poco escuche de la
poeta Priscila Oses decir que siempre en cualquier taller, en cualquier recital, en cualquier
antología hay “un cáfila”) ¿Pero dónde está la tercera voz? Y no es problema de Parra o de este
autor que ahora reseño, ellos ciertamente son sólidos, uno terminando otro empezando su
ruta a seguir. Pero este humilde lector pregunta por el tercero que mueva la verdad. No nos
basta con los contrarios para generar energía que signifique no solo progreso en la literatura,
que después de todo solo es pálido reflejo de la realidad, y a lo más, que no es poco, como a
Lihn, mantiene vivos a los poetas: “porque escribí estoy vivo...” Bien por ellos, poeta que
(d)escribe su infierno, y seguramente, quierámoslo o no, el nuestro también, sirve para otro
poema.
Dice Naín Nómez de “Versos acribillados”: “...un discurso incendiario, crítico y
rebelde, que quiere no sólo describir el mundo sino también transformarlo (...) busca en las
huellas del miedo, el cariño, el odio, la rabia o la amenza, un poco de aire para volver a
respirar en un país más libre y en una vida más plena y mejor.”
Como santos, embutidos de ángeles y bestias y este acribillador de versos no pueden
solos con el mundo que se echan voluntariamente, cueste lo que les cueste, sobre sus
hombros, porque no son meros espectadores, meros usuarios, sino autoimpuestos agentes de
cambio, bien les haría que una tercera voz todavía ausente, les colaborara a levantar lo que
hay que levantar y mitigar lo que hay que mitigar. Buen regalo de cumpleaños sería para
Pablo que cumple el dos de noviembre 34 años de escojer la pólvora y que su poesía sea un
cañonazo en la sien del necio, encontrase con un poeta haciéndole el peso que ha puesto en
uno de los tres platillos de esta balanza llamada mundo realmente justo.
.

128
Postal desde el Perú

“Sacerdotes y Bestias”
Benjamín Pérez Krumenacker
Ediciones Altazor, Viña del Mar, Septiembre de 2005,
1000 ejemplares
Obra financiada por el Consejo Nacional del Libro y La Lectura
Presentado en octubre en Balmaceda 1215, Valparaíso

Un libro que me permito calificar como resultado de un proceso de turismo


latinoamericano cultural endógeno, ofrecido a un público acostumbrado a recibir frutos de
un turismo latinoamericano cultural exógeno, estilo inaugurado si se quiere por Mary
Graham y todavía presente con el último pero no final libro que puede estar siendo
presentado ahora mismo, de autor extranjero y tema fruto de un turisteo autóctono sudaca.
Así lo que produce Benjamín Perez, según mi calificación, es nuevo pero no bueno.
Ética, no estéticamente opinando. Todavía.
Y malo no es que lleguen euros, dollars u otro beneficio fruto indirecto de aquellas
visitas (“Compramos algunos víveres, cigarrillos, bastante hoja de coca para que yo pueda
llevar como regalo de cortesía a las otras familias del asentamiento y algunos bidones de
aguardiente para el cumpleaños de los animales”. Pág 16) Bienvenidas actividades
económicas, por ejemplo aquí y ahora para una ciudad como Valparaíso patrimoniada
universalmente. Y luego recibir postales que nos venden. Pero librescamente son eso, cuántas
bitácoras de viaje publicadas, espejos extranjeros que nos encanta pongan frente a nosotros
para creer saber de una vez por todas quiénes somos, porque si no, creemos o queremos
ignorarlo por nuestros escasos y subestimados medios. Estos últimos por supuesto que están
(pienso en literatura) pero no los apreciamos, salvo algunas temporadas y si fueran tan
amables de piratearnos aquel bestseller espejo nacional.
Supongo que Mary Graham y sus seguidores aportan una mirada de buen
aprovechamiento multidisciplinario, pero que lo hagamos nosotros con nosotros mismos me
parece curioso por decir lo menos. No es lo que los latinoamericanos deberíamos hacer
librescamente con los latinoamericanos. Pienso en el Realismo Mágico, en el verdadero.

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Pero Pérez es nuevo en el barrio de los espejos de tinta y cocina el suyo en la
cordillera peruana. Podría haberles devuelto espejo a los europeos y su viaje hubiera entonces
sido a una etnia no americana. Quizás si le hubieran financiado el proyecto en tal caso.
En el libro, insisto, pese a la negación del prologuista que no advierte o no quiere
advertir, Benjamín Pérez hace turismo cultural con el mundo Q’ero. Pero, paradójicamente,
como el propio autor me deja ver, ellos no necesitan espejos porque saben bien quiénes son y
no tienen problemas de identidad, entonces este libro de Benjamín Pérez no procede como
espejo sino como postal (y las hay muchas al interior, en colores, que supongo y entiendo
tampoco necesitan los retratados) y así deberá tratársele pese a las auspiciosas percepciones
del prologuista “...puede servir como una guía para ver en que (sic) fase del viaje hemos
quedado pegados...” o las altas intenciones del autor declaradas en y por todo el libro.
Empezando por su subtítulo: “ensayo para una etno-psicología poética”
Postal o souvenir. Impreso como corresponde para estos casos en papel couché de
buen gramaje, en cuatricomía, 1000 ejemplares que pudieron haber sido muchísimos más en
un estilo más modesto, pero por último para mayor difusión del objeto del libro.
¿Qué dicen los q’eros de este libro? ¿Dicen algo? ¿Cómo la pachamama es retribuída?
Crónica quizás si no fuera por la imposición de textos con intención pero no logro
poético, que afortunadamente incluyen notas que de una u otra forma enriquecen el texto
general, toda vez que se vuelven datos interesantes sobre aquella etnia peruana visitada.
Estudio etnográfico si no fuera por lo tan sinóptico y reduccionista del análisis (¡Dos
páginas!)
También sepamos que es un proyecto financiado por el Consejo Nacional del Libro y
La Lectura, y por lo tanto como todo plan, siempre tuvo un inicio y un término (“los turistas
saben cuándo empieza y termina su viaje, los viajeros solo cuándo empieza” Paul Bowles)
Me contaron que el lanzamiento de “Sacerdotes y bestias” fue emotivo. Quisiera
pensar que lo fue porque Benjamín Pérez se despedía de Con-Cón, de Chile y se iba a vivir al
Perú profundo y cordillerano.
Así estaría todo equivocado lo anteriormente interpretado.
¿Quién deja postales de su destino cuando parte a este?

130
Lo que se deja es un mapa para seguirlo o por lo menos ubicarlo, y no un texto como
lo descubierto por mí en “Sacerdotes y Bestias”.

131
Destilándonos luz de la oscuridad

Eric Carvajal nace “en la fría y aburrida Rancagua de principios de los años setenta”. Así
escribe de su origen Pablo San Martín con quien años más tarde, no frente al pelotón de
fusilamiento si no al mar porteño, arma la grandísima Editorial Cáfila. Pero Carvajal
también ha sido editor independiente de revistas literarias –Viento Norte se llamó el siglo
pasado una demasiado bella como para durar-, locutor radial –Radio Cáfila es el programa
en la radio Los Placeres- gestor cultural –posiblemente también haya entre otra
cogestaciones (des)animado la lecturas literarias de los miércoles del gringo Keneth Rivkin
en la fuente de soda Mariela o en el Bar Restorán La playa-, novelista –inédito hasta
donde yo sé- poeta, dramaturgo, periodista y cuentista.

Así sencillamente es una de las personas de la Historia de la Literatura Contemporánea


Porteña. La comunión literiamente fértil de mover la literatura y hacerla es un desafío
pocas veces salvado. Por lo mismo absolutamente digna de respeto y confianza en un
medio en donde deberían imperar ambos valores, pero la respectiva representación exitosa
–en el buen sentido de esta última palabra- es escasa. Entre nosotros los porteños se me
ocurren al pasar por todos nuestros años quizás Augusto D’Halmar, Ennio Moltedo o
Marcelo Novoa. Pero son pocos y Eric Carvajal no destiñe.

Todo esto lo decimos con conocimiento de causa al leer “Horas muertas, días negros” su
libro que por estos días cumple un año de existencia.

Decir que es un volumen de cuentos le queda corto, decir que es una novela no excede lo
nombrado. Simplemente narrativa es exacto, y mejor si le sacamos el adverbio y se lo
cambiamos por muy buena.

Comienza el texto con unos versos que por sí solos merecen libro aparte con más de ellos:
“Si tuvieras un sombrero, te lo quitarías y saludarías con él. / Frente al mar sientes que no
eres libre de sumergirte / por no manchar tu ropa / Y te apegas a la rutina de las horas
muertas...”

132
Lo que sigue leo que lo define el propio texto, por ejemplo cuando en sus últimas líneas
escribe: “disperso en cualquier concentración, en cualquier reunión de soledades.”

Porque cada uno de los escritos reunidos en el libro formalmente se atan y se sueltan
como si estuvieran vivos, finos hilos y finos cortes, ambos sin embargo mortalmente
profundos, unen y separan cada uno de los relatos dándoles unidad novelesca e
independencia cuentística.

Les une la mirada abyecta, “marca iconoclasta y transgresora” al decir nuevamente de San
Martín, una mirada tranquila y cínica del narrador que tiene varias veces nombre: Javier.
Y bien podría ser representación de Eric, pero no lo sabemos, no lo queremos, no lo
debemos hacer porque estamos en lo estético y no en lo ético. Aunque leamos en la
contraportada “un escritor que ha utilizado su propia existencia como campo de batalla
para aniquiliar y revivir sin misericordia a sus personajes...” (San Martín otra vez)

Un personaje también une prácticamente cada uno de los, llamémosles mientras tanto,
cuentos: Víctor Apablaza, todo un caso: “A la serpiente le han drenado los comillos y le
han hecho beber su propio veneno. Te han vuelto inofensivo, Víctor, de sicótico te
tornaron depresivo” (“Apablaza consigue trabajo” pág 19)

Así “Horas muertas, días negros” bien podría ser una novela que se llamase como aquel
personaje, o quizás “El más alto amor” sentimiento que en estas páginas de Carvajal es
literal y literariamente violado hasta el crimen, de pura pena, odio, honestidad, zozobra,
abulia esencial. Y lo más terrible, como reza el epígrafe, es que este libro, así los mejores,
es puro reflejo de la realidad. No solo del autor.

Seguro Eric Carvajal ha leído y escrito mucho. Bueno y malo. Su prosa, sus diálogos
cercanos a la perfección, su magnífica pluralidad de formas complejamente sencillas son
resultado de aquello.

Su paso por el periodismo lo potenció pudiéndolo achatar.

Si Carvajal no ha leído el realismo sucio del mexicano Guillermo Fadanelli, no debería


hacerlo –usted sí, lector- porque ya este escritor se lo sabe, lo (pre)siente y lo evoca
honestamente en las calles del puerto.

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Le creemos lo de poeta también porque le hemos leído y también porque le vemos su
actitud en este libro, en lo que le sabemos de su vida.

Como es tiempo de deseos, pedimos para este prójimo y hermano de letras que siga
siendo tan buen puente entre la muerte, la oscuridad y la buena literatura. Ese tantas veces
insistente y discutible acto escritural parece paradójicamente contener el secreto para la
vida y la luz personal y colectiva.

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Arturo Morales se manda a cambiar

“Oráculos”
Arturo Morales
Editorial Paseo Público
Valparaíso,
Septiembre de 2005.

Oráculo: breve respuesta pero también es o puede ser la divinidad que se lo


pronuncia al pobrecito mortal que quiere saber, le urge y no encuentra la solución ni en sí
mismo ni entre sus pares.
Escribimos hace un tiempo de Arturo Morales (Valparaíso, 1964): “este poeta
paisajista utiliza el tono escritural del iluminado, del vate, de la escuela paralela a Parra. Es
decir, con una palabra, Arturo Morales, le guste o no -yo creo que le gusta- es nerudiano.
Olímpico. Primera persona, hablante lírico sapiente, no extraviado sino con el deseo de
mostrar, iluminar las zonas oscuras del laberinto.”
Eso descubrimos examinando la segunda edición aumentada de su libro "Escenas de
un país en guerra y otros versos".
Hoy recibimos “Oráculos” y de buenas a primeras creimos notar continuidad en su
voz. Si pensamos que tal suceso en poesía es su deber, tendremos a Morales como sólido
poeta, si creemos en la innovación, este hombre no cambiaría.
La decisión -si es que hay que tomar alguna- no puede sostenerse en ningún lado más
que en la propia escritura, allí es donde se la juega el escritor, ni en la vida ni en la muerte
sino en la página eterna:
“Las cárceles son fábricas / donde nocturnos trabajan hasta el cansancio / en oficios
de tallar bajo relieve fechas o reproches / al monótono transcurrir de las palabras / logra
escuchar lunas en puntillas / por aquel desvarío transparente que semeja / la fuga del ojo
contenida en los marcos de su libertad.”
Así es como gana respeto este poeta.
Por lo tanto ¿Qué importa que el poeta se crea oráculo o productor de estos, palabra
divina o ser divino, todo ese delirio megalomaniaco acromegálico mastodóntico que fueron
en Chile la Mistral, Neruda, Huidobro y Rokha? Qué más da o quita que a estas alturas de la

135
historia de la poesía chilena Arturo Morales todavía se crea el cuento, o mejor dicho el
poema. No deberíamos reprochárselo por ningún motivo si asume no solo actitud si no
también acción respectiva.
Porque entonces de dónde este poeta con pies de barro entre tanta deidad con el
barro hasta el cuello. ¿Acaso en el país de los enlodados en menos sucio es el rey?
No.
Poeta Morales te aceptamos los oráculos como verdaderos y no palos de ciego porque
queremos saber, nos urge y no encontramos la solución ni en nosotros mismos ni entre
nuestros pares.
“Se besan con tanta pasión / cierra sus ojos para ser ellos mismos un territorio (...) Se
besan con tanta pasión / que uno puede llegar a pensar / con certeza el mundo es aquel
paisaje.”
Entonces a través de la donativa del pequeño dios sabemos del amor humano como
instancia iluminadora.
Pero:
“Mis labios como yo articulan frases / estremecidas al paso del vagón / ya no habla el
calígrafo / vuelve el otoño en su nostalgia a desnudar el árbol / mira la ciudad por el cuadro
de quienes esperamos / el viento despeina apresurado la compostura del plano / en este caso
será el gastado aire con el que escribo frases / que luego olvidaré...”
Entonces es oráculo se nos deprime y en mala hora, por lo ya dicho, por mí, por
Morales, por toda la humanidad hambrienta de ser orientada.
¿Acaso alguna vez la poesía nos prometió un jardín de rosas?
“No canteis a la rosa, oh poetas, hacedla florecer en el poema”
Sí, nos prometieron rosas los cuatro fantásticos, los pequeños dioses, los oraculistas
de los cuales Arturo Morales esta vez nos parece desentona.
Por lo tanto amigo poeta cámbiele el nombre al libro, a no ser que le trabaje a la
ironía, tono el cual no creo de usted, no porque no pueda sino porque no quiere.
O después de todo quizás sea simplemente que este vate está metamorfoseando a
antipoeta y sus oráculos lo sean pero degradados, o mejor aún, puestos en su sitio terreno,

136
por ejemplo entre las piernas de una mujer, como decía Cortázar al mismo tiempo que nos
proponía también llegar al cielo con una vereda, un zapato, tiza y una piedrita.

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Edipo y su padre (en Semana Santa)

“El Primogénito”
Ernesto Guajardo
RIL Editores

El 2002 intelectualmente conocí las palabras de Hemingway a su hija: “Cada uno es


su propio padre.” Cuatro años más tarde recién las incorporo en por lo menos dos sentidos:
“En nosotros adultos siempre mora la ausencia o la presencia de la figura paterna” y/o “Cada
adulto debe albergar en su interior a quien nos cuida, aconseja, acompaña y pone límites”
Hoy el calendario litúrgico católico nos instala en otro final de Semana Santa, es decir
ha ocurrido otra vez la pasión, muerte y resurrección del primogénito de Dios, Quien de
tanto amor al mundo lo entregó a la cruz sin ángel que lo protegiera. El concepto central de
esta fe se encuentra todo aquí: la inmolación, la culpa, el dolor.
Y “El primogénito” se llama el libro de poemas de Ernesto Guajardo (Santiago, 1967.
Bibliotecólogo y periodista representante de RIL ediciones para la región) No es poeta
primerizo, ni tampoco desdeñable según su colega Juan Cameron, quien extraña su ausencia
en antologías de poesía contemporánea chilena. Después de leer el libro que hoy comento,
estoy plenamente de acuerdo.
A diferencia de la celebración católica, aquí el primer inmolado es el padre, digo
primer porque quien lo secunda y lo duele es el hijo, por nombrar parte de la cadena
dolorosa provocada. Pasión, muerte paterna con resurrección sustentada en el recuerdo:
“Fue. Nunca más volverá a ser. Recuérdalo.” Son las palabras de Paul Auster que inician el
libro junto a las hermosas y dolorosas de Efraín Barquero.
En la primera parte homónima del libro nos enteramos que el mar es el depositario
del perdido y donde el hijo busca: ”conoce el lugar exacto/donde se desintegra el cuerpo que
espera:/ prefiere creer en el mar,/ confiarle a ese cementerio en movimiento...” (pág. 12).
“Vástagos nos hicieron, luego/ bastardos nos tratarían, / seremos ahora todo el
rencor de caín, / la podredumbre de los amados cuerpos convertida en nuestro aliento...”
(pág. 73) Son algunos de los versos finales que cierran la segunda parte, “Los Vástagos”.

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“finalmente/ todos fueron extraviados/ en el universo de lo salobre, todos, / estos,
los uerpos de los antiguos,/ ahora arenas...” (pág. 91) versifica Guajardo al final de la
tercera,“Los Antiguos”.
La última parte, “Act est Fabula”, efectivamente como Cameron en su momento
comentó, si bien definitivamente mantiene el hilo conductor de las precedentes,
formalmente se le distancia, logrando unidad propia, no por eso, sino que justamente por
ello, se llena de sentido y consecuencia matemática con lo anterior, recordando en narrativa
lo mejor de Eltit y en poesía lo mejor de los ochenta chilenos. Inteligente y sensible que el
libro termine así abierto.
Una nota advierte: “Este fragmento, y los que siguen a continuación, corresponden a
un cuaderno encontrado en la calle por Soledad Escudero y el autor.” Este da cuenta del hijo
esquizofrénico a través de un marginal, atribulado y amoroso padre. Combinados con más
poemas del otro hijo –Guajardo- quien amplía el tópico de todo el libro con la a veces irónica
y paradójica reflexión metaliteraria que nos viene desde Lihn hasta nuestros días: “para que
todos seamos un poco felices/ se inventan los espejos de papel..”(pág 100). También aparece
muy fuerte el yo poético confesional: “mi bohemia fue el miedo.”(pág. 103) que de pronto
ilumina todo el libro incluyendo tapa, contratapa y las dos dedicatorias: “...por eso fui
náufrago,/primogénito-vástago/ (...)/ quién soy: el primogénito, el vástago, ¡el
antiguo!”(pág.104-105).
Y cuando al hijo, adulto y deudo de detenido desaparecido -parentesco poco
explorado literariamente de nuestra vergüenza nacional- no le queda más en su duelo que la
negación, tras los poemas y su vida: “aquí, nada ha / acontecido.” (pág. 109), ocurre la
resurrección: “...ignora / que me lleva el anhelo del abrazo:” Habla el padre, (pág. 131).

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El mejor deseo

Teresa Hamel
Reñaca (Reminiscencia)
Bravo y Allende Editores en conjunto con
Fundación Pablo Neruda
Noviembre de 2005

Dos hechos concretos durante estos días nos invitan a no ser tan olvidadizos y
malagradecidos.
El más reciente, la presentación del libro que hoy comento en el Club de Viña del
Mar que contó la presencia principal del hijo de la autora, Jorge del Campo abogado y
amantísimo difusor de la obra de su madre, el destacado periodista y hombre de literatura
Luis Alberto Mancilla y el poderoso narrador, por escrito y oral, José Miguel Varas.
Se suma a este trío sincero admirador en vida de “Teruca” (Viña del Mar, 1918-
Santiago, 2005) el autor del siguiente comentario: “La cuentista y novelista Teresa Hamel es
tan importante como María Luisa Bombal...”, me refiero al escritor, crítico y astrólogo
Claudio Solar.
El resto, nosotros los invitados conmovidos intelectual y afectivamente por la ocasión
y por la extensa obra de esta escritora que comienza a con justicia refrescarse en nuestra
literatura.
El segundo hecho reivindicatorio de olvido tan malo, y como estamos en los terrenos
del buen arte, también de beneficio público: la inauguración del Fondo Bibliográfico Teresa
Hamel, abundante en calidad y cantidad disponible desde el viernes en la Biblioteca
Benjamín Vicuña Mackenna.
¿Quién fue esta escritora? Reñaca (Reminiscencias) responde todas esas preguntas para
simultánea sorpresa de los lectores y vergüenza –si ocurre- de todos los que debemos saber y
prodigar nuestra buena literatura.
Teresa Hamel alabada por críticos y escritores como Ricardo Latcham, Benjamín
Subercaseaux, Ángel Cruchaga, Luis Durand, Daniel de la Vega, Luis Sánchez Latorre,
Andrés Sabella o Virginia Vidal.

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Amiga personal de Pablo Neruda, Matilde Urrutia, Armando Cassigoli, y de toda la
galaxia y sus estrellas en la cual se le clasificó más por cercanía temporal que por
características de su obra: La generación del 50 (Lihn, Jodorovsky, por nombrar algunos)
Teresa premiada y reconocida en Chile y en el exterior.
Teruca amiga incondicional y benefactora de una pléyade de oprimidos de todas las
clases sociales –especialmente las más bajas- durante toda su vida y especialmente en el
momento más duro de la vida nacional de la cual nos separan treinta años, pero todavía
sentimos fuerte sus coletazos.
De hecho si hemos de buscar una marca esencial en su obra literaria es justamente lo
mencionado en el parráfo anterior, y en su actitud de escritora.
Pudiendo por razones de familia ser absolutamente snob: su padre, Gastón Hamel
D’Acuhna de Souza, destacadísimo hombre público y pionero de la industria petrolera
nacional, literalmente fundador de Reñaca y gestor de importantes hitos viñamarinos.
Sin embargo “La ola marina” como le llamaba Neruda, supo salir de su cuna dorada y
darle aún más brillo, pero con sus propios esfuerzos espirituales lo mejor que le permitió su
fortuna familiar.
“Soy autodidacta”, escribe. “Para mí era importante ganar dinero”, confiesa para los
que quieran entender qué realmente significa eso. Da la impresión que Teresa Hamel tuvo
que luchar contra su pudiente y célebre familia. Y ganó. Ganamos sus lectores, sus amigos,
sus protagonistas que ella deseó fueran todos uno solo.
El contramaestre (1951), Gente Sencilla (1958), Raquel devastada (1959), La noche del
rebelde (1969), Dadme el derecho de existir (1984), Las Cien Ventanas (1992), por
nombrar algunas de sus obras, con su solo título anuncian su estrecho compromiso social,
no político, aunque la Historia los enreda -como nunca lo hace Teresa- con el cual redactó
su obra que para nosotros mágicamente, pero para ella con inteligencia y trabajo, logró
desapegar del mero panfleto.

En palabras de José Miguel Varas, tan sabias por lo demás, antes que hablar de su
interesante y extensa obra, Teresa Hamel nos invita a hablar de quién fue ella como buena
persona.

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El mejor deseo, lamentablemente ni siquiera escuchado por tanto escritor y escritora que
aspira al leso sacrificio de que hablen bien de su obra, sin importarle que para construirla
hagan leña de ellos mismos y de quienes le aman o le han amado.

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No para divertir a la corte
La palabra quebrada
(Ensayo sobre el ensayo)
y Escritorio
Martín Cerda
Tajamar Editores,
Santiago, 2005
Publicación financiada
por el aporte del Consejo Nacional
del Libro y la Lectura.

Ediciones Universitarias de Valparaíso (de la actual PUCV) tuvo el honor de


publicar en 1982 la mitad del libro que hoy comentamos. Honor digo porque Martín Cerda
(1930-1991) ha sido uno de los mayores intelectuales de nuestro país. Su obra exclusivamente
ensayística de una clara y enjundiosa erudición se hace cargo de reflexionar en profundidad
sobre sí misma, la Historia de este género discursivo y de otros de caracter literario, sus
autores, lectores y alcances para la cultura humana.
Cerda es anfitrión en estas páginas de los más altos arquitectos del pensamiento
contemporáneo: Jünger, Benjamin, Adorno, Ortega y Gasset, Barthes, Bacon y por supuesto
del padre del ensayo: Montaigne. Esto por nombrar solo algunos porque la lista es larga.
“El ensayista es, en efecto, un lector, pero un lector que no se contiene frente a cada
texto leído, sino que, por un impulso radical, siempre lo sopesa, lo interroga y lo prolonga. El
ensayista no es, pues, sólo un hombre que lee, sino, además, que se observa leer y, encima,
que escribe cada una de sus observaciones. Por eso, justamente, en todo ensayo ocurre, entre
otros asuntos, que se piense y se despiense y se infrinja los cánones, las normas o, si se quiere,
las doxas.” Define y se autofine el autor cuando hace 24 años la Academia Chilena de la
Lengua premió a La Palabra Quebrada.
Con respecto al segundo texto contenido en el presente volumen, Escritorio, el propio
Martín Cerda explica su origen: “Este libriro sibilino, primero de una serie de cuatro, fue
originalmente concebido durante el invierno de 1969, (...) como introducción a una posible

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colección de ensayos publicados en el curso de esa década en diferentes revistas y diarios
chilenos y extranjeros. Ninguno de eos escritos staba destinado a constituirse en libro.”
Y el mismo autor ha demostrado en y con su escritura que el ensayo y el ensayista
verdaderos operan por la fragmentación del discurso, de la palabra, en representación de “un
acto crítico que infringe el orden represivo de una cultura petrificada como ideología”, en
ningún caso, advierte Cerda, nihilista.
Entonces cuando el verdadero intelectual “ensaya” por escrito aquel acto, ya sea en un
poema, una novela o cualquier otra modalidad textual, es porque se ha remecido a sí mismo.
Con y por esto conmueve a los lectores, es decir a la sociedad y el libro ya no será para
divertir a la corte sino para hacerse cargo de lo que nadie quiere escuchar: la verdad.
Apretadamente tal este es el incómodo legado que Martín Cerda magistralmente
“ensaya” en este libro que tiene el propósito y el resultado que alguna vez le expresó al poeta
Teofilo Cid: “...la primera responsabilidad, la más elemental y primaria, es la de no publicar
libros superfluos.”

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Escenas de un poeta en guerra

“La muerte no es lo central / sino el influjo suicida que ejerce / callar para siempre”
Así abre Arturo Morales (Valparaíso, 1964) la segunda edición aumentada de su libro
“Escenas de un país en guerra y otros versos”, y las poéticas sorpresas conmovedoras siguen.
El autor no es primera vez que versifica su mirada al mundo.
Ha escrito, publicado y sido premiado varias veces, llegando a más de una década
como poeta por estas ciudades. Y esto último no es tema menor en la producción de Morales.
En el presente texto hay ciudades, muchas ciudades, pero miradas a través de un
cristal que filtra y selecciona lo humano. Así cada escena, como se parcelan los poemas de la
primera parte del libro, tiene en primer plano siempre a la mujer o al hombre. Y de fondo
siempre la urbe.
Y así este poeta paisajista utiliza el tono escritural del iluminado, del vate, de la
escuela paralela a Parra. Es decir, con una palabra, Arturo Morales, le guste o no -yo creo que
le gusta- es nerudiano. Olímpico.
Primera persona, hablante lírico sapiente, no extraviado sino con el deseo de mostrar,
iluminar las zonas oscuras del laberinto.
“Estamos en guerra y los muertos no están esparcidos por las calles / pero sabemos
por el ruido de las balas que caen veloces los cuerpos.”
Poeta por eso de la vieja escuela, previo.
No finisecular sino justamente secular.
Del siglo de los fundadores: “…cuando presumo fundar ciudades / en cualquier mapa
que olvide el mundo (…) / mejor dicho declaro fundada esta ciudad / y todo cuanto secreto
extienda la ola…”
Versificación en tono mayor, largos poemas llenos de figuras retóricas, léxico
buscando, y una vez encontrado, siempre cuidado léxico.
También hablante lírico autoconsciente de su oficio.
Sabe, no olvida que es poeta.
Así visto, leído, apreciado y finalmente incorporado a nuestro espíritu el, además
bellamente libro de Arturo Morales, con una voz distinta a la de los poetas más jóvenes que

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hemos leído últimamente, insiste con solidez en instalarnos frente a poemas que resisten a
ser demolidos por una guerra en un país y sus ciudades modernizándose y
postmodernizándose borrando así las huellas humanas.
En contra de eso este poeta levanta sus escenas.

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Para que nos crezca un poco más el pantalón literario

Cuenta Enrique Lafourcade en su magnífico volumen de crónicas “Animales


Literarios” que un jovencísimo Adolfo Couve se autoexpulsó furibundo de la Sociedad de
Escritores de Chile después de unos pocos minutos de membresía. El tragicómico relato
irreverente de la visita a un poeta hospitalizado desataron la ira –seguro apenas contenida de
antemano- del escritor porteño, la cual le costó instantáneamente, muy a su gusto y no pesar,
la pertenencia a tan prestigiosa institución.
Exiliados y autoexiliados de esta y otras instituciones literarias ha habido, hay y habrá.
Así como todo taller literario tiene a uno o más integrantes que tarde o temprano salen
golpeando la puerta de su maestro gritando injurias.
Nuestra fauna local literaria, siguiendo la nomenclatura de Lafourcade –quien
explicaba que les decía animales a sus colegas porque que tienen de verdad ánima, alma- no
está ajena a episodios semejantes o aún mayores.
Aumenta la tensión, aunque también podría o debería disminuirla, lo pequeño del
escenario a compartir, y en más de algún caso también lo escueto de la torta de fondos
gubernamentales a repartir.
Más sabrosas y dignas, creemos firmemente en ello, pero lamentablemente más
escasas, son las polémicas estéticas.
El autor comentado aquí mismo el domingo pasado irónico me suscribió su libro
anotando “ausente de la Feria del Libro de Viña y de los Carnavales Culturales”.
Y hoy comento no un libro sinó toda una colección voluntariamente –soy testigo de
ello- ausente de la recién acabada fiesta literaria viñamarina.
Gran pérdida no haber sido expuesta, ni menos presentada, la Colección Roja de la
aperrada y ejemplar editorial porteña La Cáfila. Eso si no pensamos en los otros de sus
abundantes títulos menos recientes.
Hablamos de, en poesía, “Debut y Despedida” de Juan Urzúa, “Bipolar” de Mauricio
Torres, “Ciegas Cobardías” de Claudia Kennedy, y en prosa de “La Perra Alucinante” de
Hugo Lepe, “El vacío Inminente” de Mateo Saavedra, y de “Cicatrices” de Cristóbal Gaete.

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Todos los autores, todavía lejanos de los treinta años, de prosas y versos frescos y al
mismo tiempo añejos de dolor como lo dicta la lìnea editorial de La Cáfila.
Realmente no sé por qué, pero espero, como dije más arriba, haya justificado su
marginación –nada grave, pero sí sustracción al fin y al cabo- alguna buena razón estética. Y
mejor aún, el gesto editorial, seguro secundado por los autores –fui testigo de ello por lo
menos por parte de uno- ojalá fuera, junto con este artículo, inicio de una bienvenida
polémica, pero de las buenas, esas escasas que no nos da ni nos pide la tele, la radio y otros
tantos medios escritos.
La región de Valparaíso ya tiene muchos títulos, tantos autores, editorial y media,
lector y medio, un par de librerías amigas, un si es no de prensa.
Lo que le estaría faltando, si no una explicación a aquella ausencia importante en este
breve escenario que nos ha tocado, por lo menos sí podría ser el inicio de una nutritiva
polémica de veras literaria.
Ahí si que estaríamos completos y, digo yo, de pantalón largo.
Estamos al habla.

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Centro o periferia: la extrañeza de estar vivos

¿De dónde la instantánea y simultánea sensación y reflexión que a uno se le instala


toda vez que sabe de uno de los hombres o mujeres de letra regionales en quienes uno ha
visto, leído o escuchado previamente –por razones objetivas también- pero sobre todo
subjetivas, es decir actitud tan de la literatura, esa sensación y recuerdo de haber leído ciertas
promesas, tratos, no sé, futuros ciertos, puntas de lanza que romperán la placenta provincial y
alumbrarán extramuros?
Asunto de uno no más, sí, pero habiendo visto, leído o escuchado no poco en estos
años por acá de la cosa literaria, algo de certeza y no pura tinca hay. Dejando de lado el atroz
pecado capital de la envidia y otros pecados periféricos, y tratando de ser buen muchacho
uno primero que todo se impone el deber sano de felicitar a los que trascienden si no en el
tiempo, eso está por verse, por lo menos la no menor frontera de lo geográfico, y les va bien.
Eso en literatura, por fuera, quiere decir estar y permanecer el círculos pertinentes y amplios,
diarios, revistas, editoriales, proyectos ganadores, haciendo lo que hay que allí hacer,
difundir, entusiasmar, mover el ambiente de las letras de aquí y allá, promover, educar,
enseñar. Tener vigencia, voz y voto.
Iván Quezada (Valparaíso, 1969) está a su propio riesgo y mérito en tal estado del
ejercicio de ser escritor desde hace no pocos años. Primero liceano viril muchacho, es decir
de las huestes orgullosas del Eduardo de la Barra, luego periodista egresado de la Universidad
de Chile, después en la sección cultural de revistas como Hoy, Qué pasa y Rocinante, y al
mismo tiempo o secuencialmente en los diarios La Época, La Tercera, La Nación y El
Mercurio de Valparaíso. Hoy sabemos que ejerce la docencia en la Educación Superior con
cátedras de literatura y periodismo, sus únicas dos vocaciones hasta donde se sabe.
Quillotano quizás, como el personaje de su novelita (el diminutivo no puede ser más
que por la extención y nunca por la calidad) “Cisnes y Elefantes” publicada hace un par de
años y hoy incluída en “Los Extraños” Tajamar Editores, 2005. Volumen de cuentos que por
estos días estrena y que nos motiva a, según nuestro reflejo raro a mirar con los ojos ya
descritos más arriba, justa o injustamente en busca de las promesas que vimos, leímos o
escuchamos.

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Pero esta vez desde adentro del ejercicio literario de Iván de quien harto le
conocíamos por el lado público en los medios antes pormenorizados.
A propósito de esto y fruto de la comparación con sus legítimos pares, tanto escritor
periodista que desde los tiempos de la Nueva Narrativa marcaron usos y costumbre literarias,
cuyo epónimo, guste o no guste, es Alberto Fuguet, y además por razones si no literarias, por
lo menos generacionales, llegamos ante la lecura de su libro de cuentos a notar la ausencia
total de intertextualidad, salvo en los abundantes epígrafes. No es hecho menor saber ahora
que dentro del texto mismo, la propuesta escritural de Quezada, por lo menos su resultado
percibible, no pasa por la erudición, necesaria, simplemente pedante o incluso inevitable de
la escritura de tanto otro escritor comparable a Iván. No quiere decir esto que por ejemplo
no nos encontraremos en “Los extraños” con meta literatura, literatura sobre la literatura,
no, incluso varios de los cuentos tienen como personaje principal a un escritor, haciendo no
pocas alusiones directas y de indudable relevancia a tal condición: “Desde mque tenía
memoria habían sido pobres; cuando alcanzó la mayoría de edad le dijeron que debía ganarse
la vida y trató, realmente lo intentó, pero su único deseo era convertirse en escritor y no sabía
cómo hacerlo.” (“Los extraños”) o “Pensaba, sin embargo, que los oficios sencillos como
escribir, tenía un halo sagrado, y a pesar de ello, cuando tuvo la seguridad de que había
aprendido lo necesario para convertirse en escritor, comprendió también que nunca tuvo
algo que decir y sus fuerzas cedieron.”
Parte del valor alcanzado por Iván con su libro está en el hecho para míevidente de
que la alquimia con lo real de la cual hablaba Henry James se da en cada uno de los cuentos,
porque si lo autobiográfico está, está transmutado dignamente como el oficio creemos que lo
exige para llegar al arte y no al puro exhibibionismo. Iván está y no está en sus textos,
trasciende y logra crear seres de papel y tinta distintos a los seres de carne y hueso que son él
y sus conocidos. Por lo demás, y marcando otro punto que hace bienvenido y excepcional a
“Los Extraños” es el heho de componente fantástico que se apodera de varios de sus cuentos.
Cuando la extrañeza del mundo que habitan los personajes de Iván, o los extraños personajes
que moran en este libro, a penas no traspasan cierta realidad normal, en cambio, tales
atmósferas enrarecidas, extrañadas, se vuelven aún más potentes, inquietantes, incómodas, y
si no fuera orque son puro cuento algo de escalofrío, miedo y por sobre todas las cosas pena,

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inundaría al lector. Es decir fantasía o bordeline de lo cual está lleno este libro nunca será
pura pirotecnia verbal o temática para puro ego del autor y boquiabertura del lector. Allí se
explica el desechar la intertextualidad tan postmoderna pero tan impoertinente cuando
queremos hilar fino en la existencia amenzada por los justamente fantasmas del
postmodernismo. Quizás esto también explique la ausencia de un tratamiento más lírico de
la prosa, que no sé a dónde quise creer que era lo de Quezada, pese a saber bien de su otra
vocación, quizás el epigrafe de Jorge Teillier en su primera obra que le conocí me despistó, o
quizás es justamente esa la explicación de la naturaleza de tanta imagen de estatus
portentosamente lírico en “Los extraños”, por ejemplo el parque de diversiones abandonado
en “Cisnes y elefantes”
No, este libro es el resultado y el sacrificio escritural al examen atento de lo que Iván
Quezada ha visto o quiere que veamos en el círculo de las almas, del espíritu, de los afectos
de los habitantes del Santiago Ajeno o de la Costa, quienes se suponía, nos recuerda José
Miguel Varas, gozábamos de “el buen calor del subdesarrollo” según decía Neruda y en lo
cual yo mismo creía sin siquiera haberme puesto nunca de acuerdo con el autor de Amor
Americano.
“En ese momento decidió volver a Chile. La miseria en todas partes es lo mismo, se
dijo.” (Los extraños)
Ni siquiera ya la provincia nos salva de la extrañeza de estar vivos en estos siglos,
parece decirnos Quezada. En denunciar menudos problemas y no decir ni chus ni mus por
donde va la salida o la entrada, Iván Quezada si que se asemeja a más de uno de quienes
serían también de su generación literaria. En todo lo demás es un extraño.

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Nutrir el más caro de los dones

“Este texto, más vertiginoso que maduro, emerge no ajeno a una importante cuota de
talento. Así es, porque en este breve lapso de otoño en torno a un goce vasto y emigmático –
la literatura- logramos reoger una buena porción de experiencia y algo de sabiduría.” Así
Adelmo Yori Ramirez, profesor de literatura en la Scuola Italiana, en la PUCV y en
Balmaceda 1215-Valparaíso presenta el libro “Acuérdate del pez”, antología de los textos
producidos en el taller que en esta última institución realizó el pasado semestre con 20
jóvenes poetas.
Su directora, Vania Figueroa, destaca el inusual y bievenido estilo que aquel taller
adquirió por primera vez en los años que lleva realizándose, conducido tradicionalmente por
escritores y no por académicos. Esta reciente experiencia parece comprobar una tesis cada vez
más necesaria e insistente en el ámbito del arte, específicamente en este caso con la literatura:
creación y teoría no deben ser irreconciliables, sino por el contrario, deben y pueden
enriquecerse mutuamente, tanto en el caso de la escritura como en el de la lectura.
Con el tiempo aquella máxima sospechosa de no leer para no influenciarse o aquella
de perjudicarse el supuesto estilo propio con el conocimiento y aprendizaje de
conceptualizaciones, ya no va. Lo mismo para el caso de los lectores que lo son para disfrutar
y no entrar en análisis sesudos que pudiesen supuestamente matar el alma de lo leído.
Cualquera de estas dos actitudes o variaciones semejantes lo único que han hecho durante
décadas, disociando de paso a la academia y a los escritores, ha sido desprestigiar e
imposibilitar el ingreso del oficio de escribir y leer al área de las ciencias sociales,
produciéndole una minusvalía implícita y explícita frente a otras manifestaciones humanas,
instalando una jungla de libertinaje donde debería haber un jardín de libertad.
El resultado es considerar y publicitar que el escritor, y por ende el ejercicio de criticar
sus realizaciones, es asunto impresionista o simplemente inadecuado. De esta forma
cualquier mamotreto o cualquier bella eacritura caen dentro de la simple dicotomía: me
gusta o no me gusta. Cualquier argumentación sobra porque estamos hablando de arte, pura
inspiración, libertad total, cero posibilidad de evaluar rigurosamente.

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Esta actitud equivocada de escritores y lectores parece ser desmentida toda vez que
una institución como Balmaceda 1215 celebra saber que un acercamiento teórico, no solo no
mata la creación sino por el contrario la hace autoconciente, crítica, seria.
La espontaneidad en el arte no se improvisa, se alcanza con trabajo arduo de estudio,
ensayo y error.
¿Los resultados?
Algunos versos arrebatados por el azar del orden en las páginas dan cuenta de un
proceso que se advierte vertiginoso, pero no por eso, ya sabemos, descontrolado. Ensaye
usted amigo lector, amiga lectora, buenos criterios para coincidir o disentir del antologador o
de mi ulterior selección, los míos ahora los declaro: concisión escritural, novedad y sentido
trascendente.

“Todo está dicho / en el espiral del caracol. / Tal vez por eso / lo condenamos con la
expulsión / de los jardines. “ (El patio se ha marchitado tanto como el color de estas flores en
su fotografía, Josué Isaís Donoso

“Victorias / orgullos Tristes / Vocecitas Majaderas / Jactanciosas / Horrendas Tonadas /


Caras que Sonríen Fatuas / Tonteras que se Dicen por / Inercia / Horribles Orgullos de
Perro / Animales de Gloria / Comiendo Aire Pestilente / Bocas asquerosas Mordiendo /
Argumentos / Rumiándolos / Dios / La Patria / EL Deber / Lo Mismo Basura / Lo Mismo
Cerebros Sombreados / De Mugre. (s/t José Miguel Moreno Aguilera)
“Surge este libro al amparo de una convicción común: la poesía, el más caro de los
dones, debe nutrirse, además, de rigor, de constancia, de lectura. Los jóvenes que a
continuación publican han aprendido esa lección y, en este sentido, me doy por satisfecho.”
Escribe en la contratapa el profesor Yori.
Completamente de acuerdo, ahora todos podemos cribar de la paja la semilla, por el
resultado, y por el proceso intuído y hecho de regalo previo y de esfuerzo posterior, tal
ecuación debe resultar otra, sería milagro… y los hay.

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Raros placeres literarios regionales

Ya en la región hemos sabido de pintores-escritores o viceversa. En tal condición


destaca como paradigma difícil pero tan necesario de seqguir en ambas artes, Adolfo Couve:
maestro nominal y de verdad del sabio oficio de los pigmentos y de las palabras.
Vara tan alta imposible de olvidar a la hora de conocer y aprecira algo de la vida y
mucho de la obra de Luis Alberto Franke (Viña del Mar, 1956)
Recientemente Franke pintor celebró con una exposición en el palacio Carrasco sus
20 años de trayectoria. Pasé por allí y como solo de pintura tengo el gusto y la curiosidad,
nada diré de aquella salvo que no es raro que Franke escritor se cuele en las mixtas técnicas
de su clon pintor porque incluye casi siempre la palabra.
“No soy escritor, soy artista” aclara para quien lo tenga oscuro en 1997, desde Reñaca
en su primera y hasta donde se sabe última novela corta: “Generación Blanca”
A propósito de primeras y últimas, lo más reciente que se ha sabido de Franke es su
volumen de cuentos “El helicóptero Rojo” ( 2001). Allí nos explica: “Quizás este sea mi
último libro / Dependerá del mercado, o de la mercadería / básica de escribir.”
Sea cual sea la mercadería que Luis Alberto Franke utiliza para escribir, el producto
resultante, siguiendo así la familia léxica propuesta por el mismo autor, suele ser
desconcertantemente naif, ingenuo en manera y no tanto en tema, pero como esta pareja es
indisoluble tarde o temprano hasta las más escabrosas escenas sucumben ante la redacción
incluso sintácticamente menor de edad mental: “Ya se imaginaba dentro de su habitación
haciéndole o más bien ser realizada su fantasía: dos mujeres, amándose en el más completo
desnudo: y recordó la historia de la vigilia sexual de las lobas siberanias, que trascendió el
siglo VI”
Pariente cercano de otros que por aquí mismo han pasado hace poco, como el poeta
Edwards (que también con Franke y el anfitrión “Micha” bebieron cafés interminables frente
al cine arte, como lo hicieron también en su tiempo Cameron y Juan Luis Martínez) y
pasaron hace mucho como Violeta Quevedo.

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Todos escritores ingenuos o ingenuos escritores que hacen pensar en dislexias,
visiones alteradas del mundo, ciertos mesianismos, egos inflados de tanto tiempo libre de la
maldición del trabajo oficial.
Raros placeres literarios regionales sin los cuales estaría menos completa esta fauna
que ya ven de todo tiene.
Hay cierta, sobre todo formal y en el caso del volumen de cuentos, de emular a Juan
Luis Martínez. Algo hay sentirse relevo, heredero del trono vacío, continuador de la línea
trazada. Por supuesto que la emulación y la sensación son absolutamente subjetivas y de total
ensoñación del autor. Los resultados escriturales de Franke son de un mundo totalmente
opuesto a Martínez. Quizás incluso se trate de antípodas, y como indica el cliché, los
extremos se juntan: “El soporte soy yo ./ Pluma y papel / son solo un vehículo.”
El otro lado del espejo, el remendón, el remedón, la costura, el revés, como supermán
bizarro, la obra de Franke es rara. Lo que en pintura ya es difícil de determinar, asunto que
hace pensar en la falta de sincronía evolutiva de ambas artes, en literatura todavía se nota.
Por supuesto que nos encontramos con hallazgos, pero son eso, casualidades, no
premeditaciones: “Los pies sólo rozaban el suelo. Estaba sintiendo hasta por sus poros un
despertar definitivo”.
Cierta poesía aleatoria de pronto ¿Y acaso no es eso un poco mucho lo que tanto
maestro ha utilizado y producido?
Luis Alberto Franke con su ser y circunstancia, guste o no, ocupa un lugar, un
extraño pero cómodo lugar dentro de nuestra literatura. Para todo hay lugar.

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Marginales Cervantes del periodismo nacional

Leyendo –no releyendo, qué vergüenza- reproducciones electrónicas (formato pdf)


gratuitamente bajadas del sitio memoriachilena.cl, de los ochenteros soberbios primeros
libros de poemas de Verónica Zondek, Eugenia Brito, Teresa Calderón y Soledad Fariña,
tuve entre otras ganancias notar el uso común a las tres de la imagen de la axila, de tarea nos
queda hallar la cantera interpretativa y expresiva, por cierto, en la cual se debe explorar a fin
de saber realmente, o sentir realmente, qué nos están diciendo o qué nos están invitando a
sentir estas poetas, por cierto aún vigentes de una u otra forma.
Cómo nada es casual, todo responde a un orden universal y las coincidencias no lo
son, casi al mismo tiempo de mis lecturas ya descritas llega a mis manos la revista “Sobaco
(pornografía intelectual)” cuyo director, subdirector y editor son respectivamente Carlos
Espinoza, Jorge Rubio y Cristóbal Gaete. Sólo de este último tengo noticias previas:
Excelente narrador que no llega todavía al cuarto de siglo, estudiante de periodismo en la
Upla, premiado, publicado, promesa casi cumplida como nueva generación de escritores
regionales.
Se trata del número dos y es financiada en parte por el Fondo de Iniciativas Juveniles
2005 de la Corporación Cultural Balmaceda 1215. “La cantidad de revistas alternativas que
no han llegado al número dos debe ser gigante, las que a su vez sí lo hicieron deben ser
muchas también. Sobaco 2 no espera vuestra condescendencia, espera ser una buena revista,
ya no como una que nos gustaría leer sino como la que cada uno de nosotros con nuestras
diferencias queremos hacer. Una revista que se defienda por sí sola, o que nos pertenezca de
tal manera que la defenderíamos sin dudar y sin avergonzarnos.” escriben bajo el título Nada
es Gratis a modo de editorial en la página 2.
Destaco algunas secciones: Comentario de motel, Galería de malditos, As de póker,
ficha coleccionable y las “entrevistas”. La revista contiene, además de lo señalado, otras más
secciones.
Antes de profundizar en las secciones que deseo destacar por bien o por mal, escribo
que la cosa técnica requerida para la confección física de una revista está absolutamente

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superada y no es tema de este comentario, sobre todo sabiendo que se trata de una
producción material que demanda una sabia ecuación plata y habilidad gráfica.
Comentario de motel me parece a nivel de idea, periodismo, literatura y sarcasmo
una genialidad de potencialidades espero que sospechadas por los dueños de sobaco. La
galería de malditos en cambio me parece que falla en todo lo que es virtud en esta revista:
punto de vista distinto, contracultura, conciencia de marginalidad, falta de obviedad. Que no
se entienda que no amo a Terry Gilliam y por tanto a su obra cinematográfica, el
protagonista del texto, pero de maldito...
As de póker otro magnífico texto. No se sabe dónde ubicarlo en la biblioteca mental
tan ordenadita que tenemos. ¿Literatura? ¿Periodismo? ¿Sátira? No se sabe y no importa. Un
buen texto para siempre.
La ficha coleccionable, esta vez sátira del Icarito y similares, también marca un
inteligente punto alto, toda vez que el lector sepa jugar, si no el dolor de guata será por la
pura forma y no por el fondo, que no es la idea que me atrevo a suponer en “Sobaco”
De las entrevistas rescato completamente el concepto de, nuevamente, burlarse de las
formas hechas, rehechas, recalentadas y quemadas de hacer periodismo. Estos chicos son,
guardando las distancias en el tiempo y en el espacio, los Cervantes del periodismo nacional.
Ridiculizan superando, por lo menos en dos de las tres “entrevistas”, sí, con comillas. La de
Denisse Malebrán, voz de Saiko, es la mejor en este sentido, luego la de Luchín, choro del
puerto y finalmente llegando débil a la de Emir Kusturica.
La jerarquización de esta piedra angular en Sobaco, sus “entrevistas” es a partir de sus
propias reglas del juego, las cuales aquí solo intuyo, pero de las cuales estoy bastante seguro:
superar la tontera intelectualoide parodiando, mostrando las costuras a propósito.
Si son fieles a sus principios y finales, Sobaco no solo será una provocación, un
guatapique, sino que de la misma manera que la misteriosa y femenina axila de aquellas
iniciadas poetas de los ochenta, por lo demás todavía vigentes, pasados los años esta revista y
espero muchos de sus futuros números, serán símbolo vigente para desentrañar el significado
de una parte de este ancho y ajeno mundo y época.

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Carta abierta a los escritores

Hoy tengo la necesidad, la obligación, la oportunidad, la única opción, el afán


ridículo, la seria responsabilidad de pretender escribir, de escribirle a todos los escritores del
presente y del futuro.
A los de esta región cuyo centro es mi domicilio y sus fronteras las dibuja el de quien
lea estas palabras ahora o después.
Hombres y mujeres quienes por diversa voluntad toman el instrumento escritor,
teniendo algo, alguien, o más de alguien en mente, y con la palabra hacen sustancia
relevadora, publicadora: llámese libro, revista, lectura pública.
A todos ellos estas palabras hermanas, enemigas, maestras, discípulas, perdidas,
encontradas, circunstanciales, urgentes.
Señoras, señores: ¿Cuál es la pregunta a la que respondes escribiendo?
Quizás viene de la siquiatría. Es asunto político, religioso. Amistad, amor.
La pregunta quizás incluya la palabra fama, trascendencia, soledad o rabia. Como sea,
la pregunta está, la sepas, la quieras saber o no. Y quiero que la pronuncies antes de la
próxima vez que combines dos palabras con fines literarios. Quiero que quieras.
Pero de a dónde mi deseo.
¿De la ecología que nos da las cifras exactas de árboles necesarios para confeccionar
un libro?
¿De aquel maremagnum tema del cuento de Cortázar “Mundo del fin del mundo”?
¿Del mapa que representa a internet como una corbata humita cuyo solo breve centro
es lo que alcanzan los mejores buscadores a encontrarnos?
¿De Carl Sagan mostrándome durante los años ochenta en su maravilloso programa
Cosmos la mínima cantidad de anaqueles en la biblioteca del Congreso Norteamericano que
contenía la máxima cantidad de libros que un ser humano podía leer completos durante su
vida?
¿De los nóbeles Gunter Grass y Kenzaburo Oé simultáneamente sin saberlo
inmediatamente después del genocidio alemán y las bombas atómicas con certeza dudar del
aporte de la literatura a la humanidad para hacerla mejor?

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¿De textos innecesarios que he escrito o he leído?.
Quizás mi deseo viene de Lihn y su musiquilla de las pobres esferas, del tercer intento
de escribir “la Comedia del Arte” de Couve.
De la actitud de Juan Rulfo, de Juan Luis Martínez tachando su propio nombre al
cual había antes agregado Juan de Dios.
Tal vez de la petición entre toses de Kafka a su amigo Max Brod para que quemara
sus textos.
Fuego que sí quemó los del protagonista de “Al filo de la navaja” y le evitó morir de
frío.
O de saber que Borges escribió que cisnes más raros eran los lectores que los
escritores, antes o después, no sé, de escribir “Pierre Menard, autor del Qujote”.
Puede que mi deseo sea a propósito de la lectura del proceso y resultado del libro de
Diamela Eltit “El Padre Mío”.
O finalmente mi deseo vendría de la lectura de los versos finales del “Soliloquio del
Individuo” de Parra:: “…mejor es tal vez que vuelva a ese valle, / A esa roca que me sirvió de
hogar, / Y empiece a grabar de nuevo, / De atrás para adelante grabar / El mundo al revés. /
Pero no: la vida no tiene sentido.”
Escritores, deseo que cumplamos el deseo.

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Poesía poseyendo

“Este libro no tiene aspiraciones / artísticas. / Es un emblema de grito, / Herida


abierta de par en par / tras una batalla campal.“ Advierte Absalón Opazo Moreno
(Valparaíso, 1978). apenas comenzado su libro de poemas “Periferia” (Ediciones La Cáfila,
2005). El aviso es en verso.
En la contratapa el autor declara: “Periferia es una aproximación histórica y poética a
la fraternidad y la lucha que cientos de miles de latinoamericanos experimentaron alguna vez
desde sus pueblos…”.El subrayado es mío y permite dar una otra prueba de la contradicción
discursiva de Opazo, todavía no comenzada la lectura de sus poemas.
Aspiraciones no artísticas declaradas en verso y luego contradicción.
Además sépase que Absalón Opazo es periodista, condición que a primera vista
también me advierte y me predispone al contenido del libro. Me entusiasma como lector.
Al interior tenemos un río de versos abierto y cerrado por dos fotografías, una de
cielo y silueta urbana, que yo llamaría artística, y la otra documenta una protesta callejera
chilena pero también con resultado estético. Divide el libro en dos una tercera, la de un
mitin, de condición semejante a la última. Allí el libro lleva el título que bautiza el libro. Las
tres fotografías son de Marcelo Conejeros
Tanto la primera como la segunda parte intercala texto en cursiva con otros de fuente
tipográfica normal. Este recurso en la primera mitad distingue muy sutilmente –quizás muy
débilmente- entre dos voces, ambas colectivas y poblacionales, marginales, de cerro porteño,
ambas pesimistas y reclamantes de palabra y acción. Una relacionada con el presente
cotidiano de la periferia, que incluye hasta el oficio que construye el libro: poetizar. La otra se
hace cargo de comunicar un pasado ancestral, descubridor, fundacional, colonizador, pero
siempre asociado a lo marginal a la historia popular.
Ejemplo de la una voz es “Puedo escribir mil poemas / mientras en la esquina muere
Juan / y mi palabra no será coraza / que proteja su pecho desamparado. // Estoy aquí para
despertar conciencias. / Pero, ¿Quedan conciencias para despertar?.” (pág. 16)

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Ejemplo de la otra: “Tiempo/ tanto tiempo ha pasado / desde la llegada del barco / hasta
esta costa. / Esclava era mi sangre / en días d eirracional demencia / y el chillar de las cadenas / me
posó en Valparaíso / como la melodía fúnebre / posa cuerpos en las fosas.” (Pág. 19)

En ambas distingo además una voz personal, una que habla de la historia de un
individuo, de una familia única. Es al mismo tiempo la historia de uno y de muchos de lo
que está hecha esa serie de versos.
En la segunda parte del libro, homónima del total, se rompe el estilo formal realizado
por el poeta con el recurso tipográfico ya señalado, utilizándolo de otra manera, quizás más
arbitraria:
“En tu pecho / la llama de la rebeldía. / en tu paso / la recta del triunfo. / Haces de tu vida
ciemiento / y como una mariposa solemne / eres pétalo ejemplo / de la época nueva.“ (pág. 53)
Agrega otros como el uso de la barra oblicua que quiebra algunos versos, recurso
poco abundante del cual no alcanzamos a percibir mayor significado. Lo mismo para el caso
de unas expresiones entre paréntesis.
También contiene dos leves intertextualidades: “En el río Mapocho mueren los
gatos”, (pág. 60), verso de la canción de Víctor Jara del disco “La población”. Y “espacio
inerte / espacio vagabundo.”, verso de Eduardo Parra en “Mamalluca”, ediciones del
Gobierno Regional, 1999.
En el epílogo el hablante lírico dice: “Esta es una página de Chile / que muchos
quisieran romper / pasajes de tierra que vuelven / a sonar con su rebelión: / campamentos
que llegan / de pesadillas culpables / a recordar el sacrilegio / de nuestro erario tricolor.”
(pág. 83)
El aura contradictoria con el cual se abordan los prolegómenos del libro de Absalón
Opazo Moreno, hechas patentes al principio de este comentario, por lo demás características
absolutamente contemporáneas en cuanto a su postmodernidad y a las características que le
son propias y conciden en la persona y escritura de este poeta, denotan a uno que se inicia
con reparos de escritura y lectura, pero con excelente intuición, bastante talento y
connciencia de su oficio. Por mucho que se declare sin intenciones no artísticas, logra con
“Periferia”, un trabajo poético singular y vinculado a una tradición contruída desde hace 50

161
años con Neruda, luego con Lihn, los poetas NN del ochenta chileno. Opazo así asume un
sentido profundamente social sin caer casi nunca en el mero panfleto La buena poesía ha
poseído a este escritor aunque no lo quiera, o sienta que no deba. Eso merece la admiración
y el goce del lector.

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Ennio Moltedo: Entre el horizonte y la costa

“Ennio Moltedo no se oculta; simplemente, desaparece de escena antes de subir el


telón.” anotó quizás su discípulo voluntario, agradecido y más aventajado: Marcelo Novoa.
Sin embargo el maestro asiste a una ceremonia en octubre del 2005. Se celebra su
incorporación oficial como miembro correspondiente por Valparaíso de la Academia
Chilena de la Lengua.
Allí declaró:
“Esto es un premio a mi trayectoria literaria, a la consecuencia no solamente en la
poesía, sino en lo que ésta contiene en cuanto a principios y conductas que tienen que estar
siempre presentes en toda obra de arte, de lo contrario, si no están, se desmorona”
Por segunda vez inevitablemente saldría a escena en enero de este año durante la
Feria del Libro de Viña, cuando se presentó el volumen recopilatorio de su poesía, Obra
Poética (Valparaíso: Ediciones del Chivato, 2005. 455 p.)
Justificadísimas excepciones a la usual “silenciosa y siempre austera conducta del
poeta” en palabras de Juan Cameron.
Dos sucesos coronando 47 años: la trayectoria literaria de Ennio Moltedo (Viña del
Mar, 1931) signada casi en diez libros.
Súmese la delicada, generosa y sabia labor de editor, tarea así casi inexistente aquí.
Y así menos que regular llevada a cabo por todo Chile (léase Santiago).

Saliendo de su persona y entrando a la obra, tarea ya se está viendo en el caso de este


poeta describe una paradoja –placer y martirio de los grandes escritores. No lo sabré yo-
citamos a Adolfo de Nordenflycht.
El académico y también poeta escribe el prólogo a Regreso al mar (Valparaíso:
Ediciones Universitarias de Valparaíso, Colección Cruz del Sur, 1994. 105 p.):
“Frente a otros poetas de su promoción, Moltedo se singulariza por practicar un
discurso transparente y decantado lirismo que termina paradójicamente por elegir la prosa
poética como forma de expresión. Esta calidad lírica sustancial provee el trasfondo continuo
sobre el que teje –adquiriendo peso y significación- la trayectoria de su obra en que las

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diversas redes temáticas van organizando un mundo ordenado con la certidumbre de una
simpre redescubierta nostalgia.”
Y ahora el mismísimo poeta:
“Si quieres volar hazlo esta noche. Mientras eres joven. Si
revisas la historia –grande o pequeña- comprenderás que
siempre ha sucedido así en todo inicio de aventura.

En cambio, el vuelo será peligroso si dejas pasar el tiempo


Es difícil saltar limpiamente a través de la ventana.
Esto debido a la falta de agilidad y decisión: debido a falta de confianza en el
manejo de los sueños. Es lamentable constatar cómo algunos tratan de
intentarlo con aleteos grotescos.
Deberían enjaularlos con capa y todo.

Si quieres volar para saber de ti, para conocer la verdad y


que nada se te esconda, vete: parte esta noche, solo, lejos,
y no vuelvas jamás para no llorar de pena.”
SI QUIERES VOLAR, Día a Día (1990)

“Tal vez una mañana recién desembarcada se atreva con


todas las ventanas a un tiempo y penetre por rejas, cortinas
y plantas y acaricie el lomo del gato y avance por barandas,
escaleras, cama dorada y siga las ondas y tejidos alrededor
de islas y platos y fuentes cubiertos por pájaro niño y trepe
la guarda y camine sobre cuerpos y hasta los párpados llegue la luz de la
mañana o el doblez de este nuevo sol de sal y esperanza.
Valparaíso yace y se acoda en su ventana y mira su propio ojo iluminado.”
TAL VEZ, Día a Día (1990)

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Es el turno de los poetas Claudio Gaete & Guillermo Rivera, aplicados compiladores
de Obra Poética (Apoyada por el Consejo del Nacional del Libro y la Lectura):
“Haber desarrollado una escritura a lo largo de cuarenta años en una ciudad-puerto es
haber vivido asomado a un umbral permanentemente abierto a otros mundos, tanto en el
sentido del zarpe como del arribo. Por eso es que si de los habitantes de las orillas son las
preguntas, para Moltedo las respuestas provienen del horizonte, de un tiempo paralelo en
que el sol nos está leyendo, del mar que nunca nos pertenece y en sus aguas nos desnuda y
recobra con inagotable compasión.”
“El mayor poeta vivo de la región de Valparaíso”, aseveración del autor de Jureles,
también tuvo la amistad de Pablo Neruda.
Nos lo nombra de paso.
Zancada del gigante de Wilde:
“Durante más de un invierno en mi casa, frente al océano frío y las inmensas
migraciones de pájaros, me acompañaron asiduamente en la traducción de la poesía rumana
los poetas Homero Arce y Ennio Moltedo.
Doy gracias a mis dos amigos. Mucho me sirvió la sabiduría y el empeño de cada uno.
También ellos gozaron como yo, mientras trabajábamos, del follaje florido y del fuego…”
Palabras del traductor (Varios autores, 44 poetas rumanos, Buenos Aires: Losada, 1967.)
Porteño ¿Buscais identidad?
Quizás este poeta.
Como sea, Ennio Moltedo camina medio siglo de poesía generosa en hallazgos
buscados sobre todo al mar, su borde y periferia.
Transcritos libro a libro, suyos, de ellos, ellas, de nosotros.
Todos transeúntes nacidos o venidos costeros.
Aunque Ennio Moltedo entre todos, uno de los pocos quien quiso saber el anhelo de
poner tal circunstancia porteña con tinta en papel.
A ver qué pasaba, quedaba, qué trascendía entre el horizonte y la costa.

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Cazuela v/s Charquicán

“Todo empezó como jugando


nunca pensé quererte tanto”

La micro bajó por Alameda, pasó frente a esa verga hipertrofiada que denominan torre
ENTEL, y siguió bajando. En mi cabeza resonaba la melodía que, seductora y mulata,
desencadenó esa dichosa parafernalia de amigos que, lo intuía, habría de ser la última del
siglo con fundamento, la que me permitiría enfrentar con cojones la lata supina, tal como me
había dicho Madame K:
-Usted, joven, tiene que romper la lata supina que rodea su áurea.” Pág.7
Así Jordi Lloret Pacheco con sus ahora lanzas contenidas une la realidad que separa al
lector o lectora de su novela –escrita con vieja máquina Lexicon 80- Garage Internacional
(Santiago: La Calabaza del Diablo, 2005, 54 págs.), con aquella que rodeó al autor a partir de
1987 hasta 1989.
Así la cierra:
“Diría en modesto bronce, que Matucana se mudó el día en que ganamos el
plebiscito…” pág. 40
Y ahora sabremos para qué la escribe:
“Me lo dijo el Pélicano Ducan:
-No me gusta que cuenten nuestra historia niñatos faltos de la universidad de la
vereda, de la dura.
Por eso, la historia de mi vida, amores y amigos, la contaré con mis pinceles.” Pág. 45
Cómo la escribe:
“Y cuando recuerdo que lo que escribo se relaciona con el Garage Internacional se
me tranquilizan las lanzas, me da por abandonar la dosis de escritura del día, dirigirme a la
cocina y echarle a la cazuela que preparo los choclos y el osobuco que le faltan. Cada
elemento de la cazuela tiene su tiempo de cocción. Es un tiempo similar al que necesito para
documentar la biografía de Matucana, que será juzgada por los lectores y lectoras según su
libertad se los indique.” Pág. 14

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A pito de nada, algo, o de todo mi amado catalán por adopción hace como que le
contesta a este catalán de tercera generación:
“La cocina literaria, me digo a veces, es una cuestión de gusto, es decir es un campo
en donde la memoria y la ética (o la moral, si se me permite usar esta palabra) juegan un
juego cuyas reglas desconozco. El talento y la excelencia contemplan, absortas, el juego, pero
no participan. La audacia y el valor sí participan, pero sólo en momentos puntuales, lo que
equivale a decir que no participan en exceso. El sufrimiento participa, el dolor participa, la
muerte participa, pero con la condición de que jueguen riéndose. Digamos, como un detalle
inexcusable de cortesía.”
“Un narrador en la intimidad”
en Clarín, 25.03.2001, compilado
en Entre paréntesis. Barcelona: Editorial Anagrama S.A., 2004.
Y ya que estamos en la cocina escribamos: menos que plato de fondo la nouvelle de
Lloret deja abierto el apetito a más saber (de saborear) y por lo tanto gusta mucho poco.
¿Satisfaría a sus primeros legítimos lectores?
“Les cuento que estoy escribiendo esta novela y se alegran. Me digo que esta semana
reforzaré mi voluntad con los nobles ingredientes de la imaginación y el recuerdo de los que
comenzaron conmigo a urdir el tejido existencial del Garage. Esto me permite reconstruir el
itinerario de nuestras vidas, indagar en el maravilloso misterio que condujo a que estas
existencias se cruzaran…” pág. 10
¿Habrá satisfecho al propio cocinero?
Por última vez mi amadísmo autoadoptado catalán toma el micrófono y responde por
Lloret:
“En mi cocina literaria ideal vive un guerrero, al que algunas voces (voces sin cuerpo
ni sombra) llaman escritor. Este guerrero está siempre luchando. Sabe que al final, haga lo
que haga, será derrotado.”
Memoria y ética, audacia, valor y sufrimiento, dolor y muerte riéndose, guerrerros,
guerreras y sus derrotas son los ingredientes, apretadamente cocinados en Garage
Internacional.

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“Quien abra el libro en esta página, contemplará el fondo del mar.” pág. 39 escribe en
su máquina Vicente Lloret sobreactuando lo que dijo José Donoso –también en su
momento putativo de la Catalunia- del narrar: sacrificar, desgrasar.
Jordi Lloret nos parece mezquino con la historia que quiere contar:
Nunca con el lenguaje ocupado: enjundioso, riquísimo, sugerente, potente.
Allí el soberbio valor de su cazuela quizás apresurada quién sabe por qué.
Y se la sabe, lee con un apetito infinito hasta que de pronto acaban las un poco más
de cincuenta cucharadas.
¿Hemos de recurrir entonces a los niñatos para saber de segunda, de tercera mano, lo
tanto pasado y sentido y ocurrido en la Catedral de los sentidos, al decir de Lemebel?
Una lástima, pena este postmodernismo al que nos obliga Lloret, la clausura de
medio centenar de hojas hambreando a quienes no fuimos más que millones de testigos,
leyéndolo casi tacaño: “Como ves, lector, estas intimidades circulan por las ramas del cariño,
con la ilusión de contar una verdad, la mía.” Pág. 19
Quisiera que el autor nos debiera más páginas de estas, contra quizás su deseo: cada
cual se arme como pueda–si puede- lo que fue tal Garage Matucana que hizo historia.
Porque efectivamente: “…aceptó la pluralidad de expresiones fragmentadas que
brotaron tímidas , en medio de la arena movediza del miedo, la desinformación y el rotundo
error de algunos partidos y sectores políticos que creía hacia 1986, que la solución al estado
de las cosas que vivía el país requería la vida armada. Debíamos confiar en las nuevas
expresiones juveniles que se manifestaban, principalmente, a través de la cultura, las fiestas y
el deporte.” Pág 13
No siéndolos, somos apartados mucho después del Garage Internacional con quienes
se fueron primero. En este párrafo:
“Pero para que el amor pudiera instalar sus dominios en esta construcción, primero
hube de sacar los restos de los locales que lo habían invadido. Los tristes vestigios de las
tiendas lúgubres de gente modesta que con el producto de la venta de dos pernos adquirían
lo necesario para ir a beberse la caña diaria, o si había fortuna de reducidores, con la venta de
joyas falsas juntaban lo suficiente para pagar los últiles escolares de la niña. Fue una tarea

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desoladora que duró dos más de lo que hubiera deseado. Más al cabo de algunos meses el
galpón quedó vacío.” Pág. 12
Escuchamos de lejos la mitad final de los ochenta: The Cure, Manu Chao, The
Smiths, Fito Páez, Emociones Clandestinas, Sumo, Los Prisioneros, Soda Stereo, Los
Electrodomésticos, Fulano, a Charly García.
Mientras esperamos leemos Matucana, el Noreste o La Época.
Y como un ave, como un avión Superman entra al Garage.
Es el Acto de Solidaridad con los actores chilenos amenazados de muerte por la
Dictadura.
El público –entre los cuales se encuentran importantes personeros del Pojh y del
Pem- le grita: “¡Qué vuele!, ¡qué vuele!”.
Quien sí pasa volando es el papamóvil, afuera por la avenida Matucana.

Quizás todo esto es suficiente y más, hacer de una cazuela charquicán.


Que me dicen mal no estaría, pero…

169
Buscándole espejos a Francisco Véjar
“Mirándome al espejo
No he podido ver mi rostro
Sino el tuyo
En un pretexto más para no morir.”
He empezado a ser mi semejante.
En: A vuelo de poeta.
Dolmen Ediciones, 1996

Callo qué grande escritor tenía algo con los espejos –no es Borges pero tibio tibio-
porque me da pena escuchar que no me lo saco de la cabeza. Además su fijación es distinta a
la de Francisco Véjar (Viña del Mar, 1967). Aquel se desconoce al mirar su reflejo: cambio
irreversible.
Perderse, fuera de sí para siempre.
Y bueno, al viñamarino el reflejo aunque desolado por el espejismo amado lo sufre
menos.
Incluso ciertos poemas, no los mejores necesariamente. -¡Mejores! ¡Peores! ¿Qué estoy
escribiendo?-, solo poesía de los tan jóvenes la escuché como espejos trizados reflejando quién
soy y quién seré.
No sé odiar un espejo en el baño de una universidad mexicana durante Septiembre
de 1968 por entregarme a una leyenda que dicen soy, que como Alicia traspuse para escuchar
y atesorar su amuleto: jóvenes sacrificados latinoamericanos.
Como para Véjar mis espejos son ambiguos.
A veces me hacen llorar.
Un académico diría “depende del contexto”.
En el libro citado el poeta insiste:
“A través del espejo
estás tú
Estoy yo
Con un puñado de sueños
Traídos para ti
esta mañana.”
A través del espejo de la realidad

170
Despúes en País insomnio (Be-uve-dráis Editores, 2000):
“Pertenezco también a esta ciudad,
creo en la ficción que encarna,
el sueño de alguien que no se reconoce
y se busca incesantemente en los espejos…”
Capítulo de Novela

Para Véjar como a su mentor, socio, amigo Jorge Teillier se quiere el facilismo
rechazado tempranamente por el propio de pegarle la etiqueta: Poeta Lárico, “…pereza, la
estulticia o la ignorancia de quienes se reducen a utilizarla, peores que las de los vinos malos,
y despachan en sus pequeñas tiendas mentales a los poetas que han trabajado y sufrido”.
Armando Uribe en: “Al alero de Teillier”, El Mercurio de Santiago, Julio 28 de 1998.
¿Su lar es Quintay?
Demostramos hoy el paisaje de Véjar: un espejo.
Sí, un capricho -cuando todo argumento vale- pero apegados a sus versos lo más
posible.
Pero concedamos:
Su espejo es azul, verde, dorado, fluido como el mar de Quintay:
“…un estilo de vida perdido
para algunos amigos de la ciudad. Me imagino,
a personajes como ellos, buscando su imagen frente al mar.”
Meditación frente al mar (Restaurante Miramar, Quintay, Septiembre de 1998) Op. Cit.

En 2005 Véjar acude por lo menos dos veces al llamado del reflejo:

“Todos los recuerdos agrupados en una desgastada caja


donde ella ha puesto su nombre
para que cada segundo vuelva a vivir
a través del oleaje de los años;
el tinte escarlata de los atardeceres,

171
horas en los restaurantes
dibujando el rostro amado en el espejo de la realidad.”
Historia de una fotografía en Bitácora del Emboscado (Ediciones Alsur)

“Pero a veces el universo de otros es preferible a esta tarde


de junio, en que vemos desfallecer las luces
a través de la espuma de los días, y un espejo engañoso…”
Cicatrices y estrellas. Op. Cit.

Y el literario padre del padre literario (siempre buscando y encontrando -uno tanto
antes que el otro- la ceguera del sol de azogue):

“¡Ay! espejos silenciosos de la verdad.


En la frente de marfil del solitario
Aparece el reflejo de ángeles caídos”
Canción de la noche.
En: George Trakl. Homenaje desde Chile.
Armando Roa Vial y Francisco Véjar editores.
Editorial Universitaria, 2002.

O el propio padre de letra:

“Quizás nuestros rostros queden en el espejo


junto a una muchacha que aún no nace y al último caballo sobre la tierra.”
Palabras de Hijo Pródigo.
En: Lo soñé o fue verdad, Jorge Teillier.
Selección y Prólogo de Francisco Véjar.
Editorial Universitaria, 2003

172
Sí, nuestros rostros quedan en el espejo: hoja blanca impresa, manuscrita,
multicopiada o sencillamente en paz sobre el escritorio.
El tiempo, silencio y polvo nos dirían lo que tengan que decir. Muy a mi pesar porque
yo soy la chica del aseo, no soy poeta.

Auxilio Lacouture,
Diario El Observador de Viña del Mar,
2006

173
Agradecimientos:

Además de los nombrados o insinuados en la nota preliminar es necesario


agradecer a los periodistas quienes supiendo o no supiendo los alcances de su profesión me
permitieron así un espacio, quizás perplejos, hipnotizados o distraídos en los medios de
comunicación que debían custodiar.
Como sea el motivo -hasta hoy para mí un misterio- fue de una generosidad tal que
alimentó mi ego siempre desfalleciente. También el de los hermanos reseñados no menos
ansioso.
Me refiero a los periodistas Marcelo López, Marcelo Marcellari y Alejandro Nogué.
Quienes además de destilar periódicamente mi torrente por más contenido,
también, diciéndolo no solo por cortesía sino literalmente -al decir de Rafael Gumucio-
tradujeron al español estándar varios de los textos precedentes.
Lamento informarles que muchos los he vuelto a perpetrar por aquí y por allá para
los efectos de este mi libro.
Así mismo agradezco a todos los relacionadores públicos de las editoriales que no
creyeron conmigo, como seguro lo aprendieron tempranamente, en el a veces sabio adagio
no news good news.
Agradezco finalmente a todos los mis queridos escritores y editores independientes
sobre todo a los de esta mi amada región de Valparaíso -héroes que amaron mi labor como
se ama en esta tierra, es decir miope e interesadamente: una forma de amor humana que es
mejor que no recibirla.
Después de todo en algunos casos trascendió en amistad, respeto y cariño aún
sabiendo el abrupto necesario ostracismo del espurio poder que mientras me tocó permite
ahora ser este librito presente.

174
SE TERMINÓ DE REALIZAR ESTE EBOOK
EN EL MES DE JULIO DE 2007 EN
LOS TALLERES GRÁFICOS DE
LA EDITORIAL ALIANZA
DE LAS ARTES
PROVINCIA
DE MARGA
-MARGA
CHILE

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