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Manual de tratamiento de aguas

H. E. Hilleboe

Ed. Limusa, 1995. México.

CAPITULO 11

CONTROL DE OLORES Y SABORES

Las causas de los sabores y olores son probablemente lo más complejo de todo lo que origina problemas en el tratamiento de un abastecimiento de agua. Se necesita considerar cada problema desde un punto de vista individual, resultando de esto una serie de procedimientos que necesariamente no pueden ser aplicados a la mayoría de los casos. Es más deseable prevenir o impedir que se formen substancias que produzcan sabor y olor, que tratar de removerías una vez que se han formado. En este libro se limita el estudio de sabores y olores a aquellos causados por microorganismos, aunque no se dejará de tomar en consideración los sabores y olores debidos a contaminantes químicos.

Tratamiento preventivo. El tratamiento más eficaz y común que se usa para el control de los microorganismos en los depósitos es, probablemente, el que consiste en añadir sulfato de cobre. Es éste un veneno muy efectivo para la flora y fauna microscópica y puede usarse en concentraciones hasta de 12 mg/L o mayores, sin que haya el peligro de que ocurran envenenamientos por cobre entre los consumidores de agua. A veces debe limitarse la dosificación de sulfato de cobre, para no matar los peces cuando los haya. Sin embargo, pueden producirse sabores inconvenientes cuando las concentraciones de sulfato de cobre son mayores de unos 4 mg/L. La mayoría de los microorganismos serán destruidos con concentraciones considerablemente menores que ésta y también menores

a la perjudicial para la vida de los peces. Casi todos los peces pueden tolerar dosis de unos 0.5 mg/L y prácticamente no se afecta a ninguno con 0.3 mg/L.

La dosificación de sulfato de cobre debe basarse en los resultados de exámenes

microscópicos de muestras de agua, pues los diferentes organismos requieren distintas concentraciones para su destrucción. Sin embargo, si no se hacen tales exámenes microscópicos, debe tenerse en cuenta que una dosificación moderada de unos 0.3 mg/L (3 gramos por metro cúbico), matará a la mayoría de los organismos que producen sabor

y olor. La cantidad de sulfato de cobre que se requiera, debe calcularse tomando como

base una profundidad de agua de unos 3 metros y debe aplicarse a intervalos de 2 a 4 semanas durante la época más calurosa del año, a no ser que se disponga de una información que pueda aprovecharse para determinar un tratamiento más especifico.

Se logra que el tratamiento sea eficaz durante todo el año, mediante una aplicación continua de unos 0.18 mg/L (1.8 gramos por metro cúbico), al agua que entre al depósito. De esta manera se controlan los microorganismos antes de que ocurra una

intensa proliferación, necesitándose así el mínimo de tratamientos periódicos. Sin embargo, la aplicación continua de sulfato de cobre disminuye el alimento disponible para los peces y, por lo tanto, tal tratamiento debe restringirse a aquellos depósitos que se usen exclusivamente como fuentes para el abastecimiento público de agua.

Las aplicaciones periódicas de sulfato de cobre pueden llevarse a cabo por cualquiera de los siguientes métodos: remolcando con una embarcación sacos de sulfato de cobre en cristales; remolcando cajas especiales, construidas con mallas que contengan sulfato de cobre en cristales, sujetas en los costados de la embarcación; usando pulverizadores mecánicos (tifas) que descarguen el sulfato de cobre; o mediante el uso de los que se emplean para fumigar árboles, para esparcir una solución de sulfato de cobre sobre la superficie del agua. Una dosificación continua puede llevarse a cabo usando dosificadores de sustancias químicas comerciales o mediante tanque de solución preparada, equipados con algún dispositivo para regular la descarga.

Debido a la facilidad con que se aplica, así como a su bajo costo, el sulfato de cobre proporciona una manera práctica de controlar el crecimiento de los microorganismos en los depósitos y generalmente se prefiere al cloro. Lo más importante radica en que la dosificación se refiere a las concentraciones promedio de la capa de agua de la superficie hasta 3 metros de profundidad y debe tenerse cuidado de que el sulfato de cobre sea distribuido uniformemente sobre la superficie que se esté tratando.

El cloro también se usa para controlar el crecimiento de microorganismos. La experiencia ha demostrado que las concentraciones de cloro residual libre, que son eficaces para destruir la mayoría de los microorganismos, son de 0.2 a 1.0 mg/L. Sin embargo, es prácticamente imposible mantener esta concentración de cloro residual en todo un depósito grande y descubierto, porque el cloro reacciona con la materia orgánica y es disipado por la luz solar. La estabilización del cloro con amoniaco proporciona un modo sencillo para mantener concentraciones adecuadas, especialmente si el tratamiento es continuo y se intenta prevenir, más que destruir, la proliferación de algas. Sin embargo, la sencillez en la aplicación del sulfato de cobre, así como su menor costo, hace que éste se considere usualmente como más práctico que el cloro para el control de microorganismos en los depósitos.

En ocasiones, si la dosificación del cloro es inadecuada, pueden impartirse sabores inconvenientes al agua. Ciertos constituyentes, como el fenol o el ácido fénico, pueden estar presentes en concentraciones tan bajas que solamente pueden detectarse por métodos analíticos especiales. La combinación del cloro con estos constituyentes puede producir también sabores inconvenientes. Se dispone de diversos métodos para prevenir la producción de tales sabores, entre los cuales deben mencionarse principalmente el tratamiento con cloro y amoníaco, la sobrecloración seguida de una decloración, o llevando a cabo una cloración a residual libre, todos los cuales se discutirán en la parte referente a "Desinfección y cloración".

Las algas proliferan en las partes poco profundas de las áreas pantanosas y, en consecuencia, deben eliminarse en lo posible las áreas pantanosas que se encuentren dentro del área tributaria. Por las mismas razones deben evitarse las partes poco profundas en los depósitos y, cuando las haya, se les debe prestar especial atención al tratarlas con sulfato de cobre. Los depósitos profundos deben estar provistos de estructuras de toma que permitan extraer el agua a distintas profundidades. Por lo

general, el agua que está cerca de la superficie contendrá las mayores concentraciones de microorganismos, mientras que el agua cercana al fondo del depósito es, probablemente, la más agotada en oxigeno y contendrá grandes concentraciones de materia orgánica en descomposición, así como hierro y manganeso disueltos provenientes del suelo y rocas que están bajo el agua. Por consiguiente, siempre que sea posible deberá utilizarse el agua que está a una profundidad media. Deben llevarse a cabo frecuentes pruebas del agua a diferentes profundidades cerca de la toma, para asegurarse que se esté tomando del nivel que produzca la más satisfactoria.

Tratamiento correctivo. Es obvio que el sulfato de cobre es un valioso auxiliar para el control de sabor y olor, pero su uso debe limitarse esencialmente para prevenir olores y sabores. Para eliminar los sabores y olores ya producidos, pueden ser necesarios otros tipos de tratamiento, como la aeración, la cloración, bióxido de cloro, ozono y carbón.

La aeración es un tratamiento relativamente sencillo, pero su uso y eficacia son muy limitados en lo que a control de olores y sabores se refiere. Sin embargo, la aeración usualmente disminuye la carga de olor y sabor en otros procesos de control. Los métodos de aeración se describen en el capitulo correspondiente.

El uso de carbón activado, que es un material especialmente tratado para producir condiciones superficiales de gran capacidad de adsorción, es muy eficaz para eliminar la mayoria de los sabores y olores que se encuentran en un abastecimiento de agua. Generalmente se emplea en forma de polvo fino, en dosis que varían desde 1.2 hasta 6 gr/m3 . A veces se requieren dosis mayores, hasta de 36 gr/m3, durante cortos periodos de tiempo, para tratar desperdicios industriales concentrados.

La experiencia ha demostrado que la aplicación de carbón al agua cruda disminuye la descomposición de depósitos de lodo en los estanques de sedimentación. Sin embargo, parece ser que el carbón es más efectivo para remover los sabores y olores, cuando está en la superficie de los filtros, que es donde se asegura un contacto íntimo con el agua que se filtra. Debido a esto se ha desarrollado la práctica que consiste en agregar pequeñas dosis uniformes al agua cruda y agregar dosis relativamente mayores y variables al agua sedimentada, lo cual depende de las diferentes necesidades que haya de día en día.

Muchos operadores prefieren aplicar cantidades relativamente grandes durante cortos períodos a cada filtro individualmente, inmediatamente después de cada retrolavado. Este procedimiento tiene la ventaja de que en el lecho del filtro hay una cantidad adecuada de carbón no demasiado grande, durante todo su ciclo de operación. Las desventajas que se presentan son: lo difícil de conseguir que el carbón quede formando una capa uniforme sobre la superficie del lecho y una posible disminución de la eficiencia de la remoción de sabores y olores al aproximarse la terminación del ciclo de filtración.

A veces se usa el carbón activado granulado en forma de filtro, haciéndose pasar el agua

a razón de 80 a 160 L/min/m2. Como el carbón activado, en cantidades grandes, es

bastante eficaz para eliminar el cloro del agua, el uso de filtros de carbón se limita comúnmente a aquellos casos en que se desea una decloración efectiva y una eliminación de sabores y olores, o para ciertos lisos industriales. A no ser que el agua que se trate sea clara, los granos de carbón se cubren con una película y los minúsculos

poros se obstruyen; por lo que los filtros de carbón se operan usualmente en serie con los filtros de arena y después de éstos. Los filtros de carbón deben lavarse a intervalos definidos, pero su poder absorbente puede agotarse v entonces el carbón debe ser reemplazado o "reactivado".

Puede haber ocasiones en que abastecimientos superficiales sin filtración tengan sabores

y olores inconvenientes, debido a la descomposición de la vegetación acuática y a las algas. Debe utilizarse el tratamiento con sulfato de cobre para prevenir las

proliferaciones de algas o destruirlas, pero este tratamiento puede llevar temporalmente

a la dificultad que se origina con la descomposición de las algas así destruidas. Para

resolver esta situación, puede aplicarse carbón activado en polvo directamente al agua en el depósito, para absorber las substancias que dan sabor y olor.

La cloración es también un método relativamente eficiente como tratamiento correctivo, si se aplica en las cantidades adecuadas, adicionales a las que se requieren para propósitos de desinfección. A veces se requieren tan grandes concentraciones de cloro, que se necesita de una decloración posterior para que no se presenten sabores y olores de cloro en el agua. Una técnica de cloración relativamente reciente, incluye el uso de cloruro de sodio junto con la dotación ordinaria. En esta reacción se produce bióxido de cloro y el proceso se conoce bajo tal nombre. Aunque el bióxido de cloro tiene propiedades desinfectantes, hasta ahora se ha empleado solamente para controlar el sabor y el olor, usando el cloro para la desinfección. Estos métodos se discuten también en el capítulo sobre cloración.

El tratamiento con ozono no es un método nuevo, pero sólo hasta últimas fechas se le ha prestado mayor atención. Tiene propiedades desinfectantes, pero como es más caro que el cloro, su uso se ha limitado al control de sabores y olores. Sin embargo, tiene la ventaja decisiva de no producir sabores posteriores o residuales y de que no es de gran importancia un control cuidadoso de su dosificación máxima. El ozono es una forma activa e inestable del oxígeno, que debe producirse en el lugar en que se vaya a usar. Se obtiene por medio de ozonificadores, en los cuales una descarga eléctrica transforma en ozono parte del oxígeno del aire. Este aire "ozonizado" se comprime y se hace burbujear a través del agua que se está tratando, en unidades especiales de "aeración”.