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Crónica

de Híbridos

Carlos Rojas Sifuentes


CRÓNICA DE HÍBRIDOS

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CARLOS ROJAS SIFUENTES

CRÓNICA DE
HÍBRIDOS
Relatos del nuevo mundo

Lima - Perú
Primera edición, 1992
© CULTURA URBANA
© Carlos Rojas Sifuentes

Segunda edición, 2019


© Carlos Rojas Sifuentes
© Carátula: Carlos Rojas Sifuentes

Prohibida la reproducción parcial o total de las características gráficas de este


libro. Ningún párrafo de esta edición puede ser reproducido, copiado o
trasmitido sin autorización expresa del editor.

Lima, Perú.

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CARÁTULA DE LA PRIMERA EDICIÓN (1992)

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PRESENTACIÓN *
En el Perú de hoy, en el atribulado y convulso Perú de los noventa se viene dando
un fenómeno sorprendente y a la vez alentador cuya presencia se puede percibir ya
desde mediados de la pasada década. Ocurre, en efecto que, en medio y a pesar de
la grave crisis generalizada que afecta al país, la creación literaria parece vivir,
contrariamente a lo que se pudiera suponer, un ya extendido período de auge que
se da no tanto a nivel de los autores consagrados (que mantienen en general su
calidad y ritmo de producción) sino sobre todo en los rangos inferiores de la escala
cronológica. Quiero decir en otras palabras que las que, siguiendo la costumbre
establecida por la crítica nacional, habría que denominar generaciones del ochenta y
del noventa, no solo son extraordinariamente numerosas, sino que en medio de la
cantidad de escritores jóvenes abundan en ellas los signos y las muestras de calidad
verdadera. Y aunque no es nuestro campo, tenemos la impresión que lo que se dice
del mundo de la literatura podría con las debidas adecuaciones decirse también de
los ámbitos de la plástica o del cine, por mencionar dos casos evidentes.

Tentador ejercicio sería el de explorar las causas de esta contradicción entre la


situación general del país y el excepcional dinamismo de lo que suele llamarse el
micromedio intelectual y artístico, pero no es el lugar adecuado para dedicarnos a tal
tarea. Diríamos solo que no se trata únicamente de una consecuencia del
incremento demográfico de la sociedad peruana sino –probablemente- más bien de
una suerte de no deliberada respuesta de las mejores fuerzas espirituales de la
nación al reto de la hora y que se complementa –esto también hay que decirlo- con
un igualmente inusitado incremento del público receptor que hace que ahora
comience a ser frecuente la concurrencia de multitudes a actos literarios.

Es en medio de este panorama en que se debe ubicarse la aparición de un escritor


como Carlos Rojas Sifuentes que, nacido en Lima en 1960, viene trabajando con
seriedad en un campo de difícil manejo técnico, el de la narrativa corta, desde los
inicios de los años ochenta. Y aunque Rojas ha publicado textos aislados y recibido
algunas distinciones en concursos universitarios, Crónica de Híbridos es su primer
libro.

Leyendo estos cuentos sorprende en primer término la variedad de su temática que


va de la historia de amor a la crítica social pasando por varios registros intermedios
como el de los efectos personales de las migraciones internas en el Perú o el de la
violencia, tanto la específica del terrorismo como aquella que suele describirse en los
estudios especializados como la violencia estructural de la sociedad peruana. El
desarrollo de esta temática múltiple va acompañado, en general, de un pertinente
manejo de personajes –esa prueba de fuego para todo narrador- así como de un
buen uso de la descripción. Párrafo aparte merece la voluntad de innovación técnica
que aparece en algunos textos como el titulado simplemente ( ), en que toda
la acción se desenvuelve en base a un diálogo del que solo conocemos los
parlamentos de uno de los interlocutores a través de los cuales podemos sospechar

*
Presentación de la primera edición (1992).

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o intuir tanto la respuesta como la conducta del otro, en una suerte de aplicación
limitada de lo que modernamente se denomina la técnica de la obra abierta (en la
que el autor renuncia deliberadamente a poner en su texto todo lo que tendría que
decir dejando así paso a la imaginación, la inteligencia y en general la libertad del
lector).

Es conocido el acertado e imaginativo paralelo que hace Cortázar entre la fotografía


y el cuento. En aquella, cuando es buena, es posible descubrir a través del breve
recuadro de cartulina un mundo entero e igual ocurre cuando el cuento es de buen
nivel. En el caso del primer libro de Rojas podría decirse que tal logro se alcanza en
por lo menos los más destacados relatos del conjunto que son para mi gusto “Qué
triste el amor cuando se va…”, “Héroe, pero ¿de quién?” y “Perros de invasión”
(relato éste que es además singular por otro motivo: se trata de una historia de
perros narrada por uno de ellos pero que –como en el precedente famoso de Los
Perros Hambrientos- termina siendo historia de hombres aunque vistos –si así
puede decirse- desde el punto de vista perruno.

Debe saludarse, pues, la primera incursión de Carlos Rojas en el mundo del libro.
Sus condiciones naturales para el arte de narrar unidas a su tesón, perseverancia y
dedicación a este tipo de trabajo permiten augurar nuevos y cada vez más
sazonados logros. La narrativa peruana contemporánea cuenta a partir de ahora con
un nuevo representante que habrá de contribuir a enriquecer sus ya nutridas filas.
Así lo esperamos.

Lima, junio de 1992


Jorge Cornejo Polar

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INTRODUCCIÓN

Todo lo que soy llegó hasta aquí conmigo.


Si no lo traje yo, entonces ¿quién lo hizo?

El sonido, el color, la forma y las ideas, que modelan nuestras vidas, nos puede
parecer que están surgiendo aquí y ahora, brotando de manera espontánea o con
alguna preparación inmediata, pero, casi todo lo que somos, viene desde lejos, y en
muchos casos se pierde en el tiempo. Y cuando llega a nosotros, ha recorrido el
tiempo, recogiendo los dones o los restos dejados en el camino.

Podemos hacer nuestras tantas cosas que esta vida nos ofrece: una melodía, una
palabra o una imagen, e identificarlas con un momento y un lugar propio. Podemos
tomar una idea, que acude a nosotros y nos deja una impresión duradera, que
puede parecer muy original y muy nuestra, pero esa impresión que queda en la
mente trae una carga de muchos momentos previos y lugares que le han dado forma
hasta llegar al que en ese momento somos.

Nosotros recibimos constantemente tales impresiones que vienen del pasado, y


hasta las hacemos parte de nuestra cultura, de nuestra tradición, a sabiendas o sin
saber que todo es prestado a los que crearon y recrearon esa cultura que asumimos
como propia y absolutamente original. Sonidos, imágenes, gestos, ideas, son
también polvo de estrellas, que de vez en cuando se vuelve a reunir o sirven de
base para la creación de algo que no es tan nuevo, pero guarda coherencia con su
pasado y con su proceso creativo.

Cuando el desarrollo sigue un curso predecible, esa cultura se abre paso y crea su
propia cosmovisión, su ideología y su ciclo vital, casi siempre reconstruido sobre la
base de otro. La frase “No hay nada nuevo bajo el sol” se refiere precisamente a
ello. A la escasez de la novedad absoluta, a la continuidad del proceso creativo y a
la seguridad que produce ver siempre un mismo sol. A esto hay que añadir lo dicho
por Ayn Rand: "Una cultura se hace -o se destruye- por sus voces más articuladas".

Pero en ocasiones aquello que surge, no obedece a ningún género, estilo, forma de
vida, y no se reproduce porque no encuentra cabida permanente en la cultura sobre
la cual surge o al margen de la cual aparece. Ello es producto usualmente de
conflictos al interior del proceso, o de choques culturales de los que se generan
fenómenos de transculturación. Surgen así colectivos singulares, pero también
fenómenos únicos en su especie cultural, producto de la fusión, el sincretismo, el
mestizaje, y tal vez hasta la confusión (a que lleva la aculturación y la alienación).

Nada en este mundo es absolutamente puro, ni siquiera el amor de una madre o el


primer beso que se dan dos adolescentes, porque en esa madre hay historias,
temores y alegrías que pueden convertir a ese abrazo que da a su hijo, en algo
menos que una muestra de entrega absoluta, sino más bien en un deseo por
obtener aquello que no tuvo o no tiene, y que representa un vacío en su vida

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sentimental, vacío que cubre con el amor que recibe de un niño que aún no sabe
qué es aquello que da. Igual ocurre con dos seres que aparentemente descubren el
amor, pero que solo están experimentando sensaciones nuevas, incontrolables,
algunas sumamente egoístas, otras perdidas en la ensoñación o el deseo de
convertir ese momento mágico en carne, simple y vulgar. La pureza solo es posible
en la imaginación de un ser puro, por tanto, no existe en nuestra experiencia. Incluso
aquello que creemos inamovible, puede tener una causa. Borges nos dice en su
poema Ajedrez: “Dios mueve al jugador, y éste, la pieza. ¿Qué Dios, detrás de Dios
la trama empieza de polvo y tiempo y sueño y agonías?”. La eternidad no tiene fin
para la espiritualidad, aunque sí un ciclo vital en la física. Hay un punto de inicio y
luego todo es causado. ¿Dónde estamos nosotros?

Cuando escuchas una canción te das cuenta que es la combinación de muchas


anteriores. Una palabra, un estilo, un habla o dialecto surgen del pasado. Así ocurre
con todas las manifestaciones culturales, por ocultas o alejadas que estén, por más
que estén a salvo en una isla. Tarde o temprano la influencia las llega a tocar, y
entonces un ritmo del caribe se mezcla con uno del mediterráneo y surge una
rumba, un vals vienés aterriza en Sudamérica como vals criollo, como cueca o
marinera, y un dulce árabe llega a nosotros como suspiro o alfajor.

Pero hay quienes no responden a una identidad, crean algo fallido y no se pueden
reproducir, porque son una suerte de accidente cultural. Nos interesa ese individuo,
no el grupo. En ese sentido, buscamos singularizar la condición del híbrido, por
encima del mestizaje, el sincretismo fallido y la creolización.

La hibridación se manifiesta en plantas, animales, pero también en la cultura. Un


híbrido será aquel que no solo es el producto de dos o más influencias culturales (al
fin y al cabo todos somos producto de esa diversidad), sino el que además no puede
reproducir su condición, un intento, un tránsito, un resultado ineficaz. Yo diría más
bien, un ser inubicable, un desubicado cultural, o una cultura que no encuentra lugar.
Puede ser un medio de defensa ante el establishment, o un modo de agresión, de
rebeldía, de singularidad; pero no la del que decide alejarse, aislarse o marginarse
voluntariamente. Como el asceta, el ermitaño o, en nuestros tiempos el hípster.

Desde una perspectiva antropológica, Néstor García Canclini, se refiere a la


hibridación como un proceso de modernización socioeconómico incompleto. Pero,
cuyo proceso de reestructuración social es transitorio, y esa transitoriedad puede ser
estimulada desde afuera para que sea la norma. Una norma falaz.

Nuestros híbridos son personajes que quieren buscar su camino, pero están
anclados en un mundo que no los deja volar. Un cura de parroquia que no encuentra
cabida en la institución secular; un niño que no se siente andino, pero tampoco es
costeño, un enamorado que trasgrede su norma social; un escritor que no encuentra
su voz, o hasta unos perros que se humanizan en la marginalidad.

He aquí la crónica de alguno de estos personajes, que no son necesariamente el


resultado de un proceso de “hibridación feliz”, y que sin duda darían material para
llenar una biblioteca virtual, de esas que no son realmente una biblioteca, porque un
libro virtual, no es verdaderamente un libro.

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PERROS DE INVASIÓN
“Yo soy el último que aún vive de antes de aquel día en que todo era pampón y se
convirtió de pronto en un montón de casas de juanes, luchos y ramones. Ya hace
mucho tiempo que se murió Conan, él sí que lo vio todo, y se recordaba hasta
cuando hubo otras casas antes, porque Conan andaba por estas pampas desde que
era chiquito; él siempre fue suelto, vago le decían, ¡callejero!, como insultándolo,
pero él siempre nos defendía, porque Conan era grande, no tenía raza, pero hasta
con los doberman se metía... recuerdo un día que le pegó a Troyano, ese que vivía
más allá, donde las casas son grandes y de colores, y todos nos miran feo a
nosotros: a los perros y a los humanos.... Conan lo agarró por la oreja y no lo soltó
hasta que se puso a llorar y se fue, arrastrándose... pobre Troyano, todavía recuerdo
sus chillidos; ni más volvió, y para nosotros, los de este lado fue como si nuestra
misma boca hubiera agarrado esa oreja. ¡Cómo odiábamos a ese Troyano!... ¡Ah!
pero desde ese día el amo de Troyano no podía vernos; nos tiraba piedras y nos
decía lisuras. Sus hijos pequeños nos correteaban con honda y hasta con los perros
chiquitos se la agarraban.

¡Desgraciados! Un día le dieron a pelusa en su pata trasera y la pobre se quedó coja


para siempre.

¡Qué gusto me da cuando recuerdo a Conan!, era amarillo como el sol y su cabeza
era grande y no tan redonda, como una piedra caída del cerro. Ese Conan, andaba
siempre metiendo miedo, y lo que más nos gustaba a todos era que, andando con
él, hasta los humanos nos tenían miedo, porque ni a las piedras le corría. Un montón
seguro le cayeron, pero como era suelto se hizo muy fuerte.

A Conan lo mataron, no llegó a viejo como yo. Murió porque se atrevió a ladrarle a
un humano muy pequeñito. El papá de este amito lo estuvo buscando muchos días.
Lo olimos con rabia hacia Conan; le olimos a muerte. Sabíamos que lo buscaba para
matarlo.

Un día encontraron a Conan con las cuatro patas para arriba, tiesas y bien gordo.
Tocho, Pinto y yo fuimos los primeros en verlo; estaba sobre el pequeño cerro de
piedras que se ve desde la puerta en que duermo; le dimos una olida, estuvimos por
allí dando vueltas, hasta que nos convencimos que Conan ya no ladraría más a
nuestro lado. Esa tarde todos aullamos, como cuando la tierra se va a mover, nadie
pudo callarnos.

Ahora yo me hago viejo, ya no ladro como antes, me la paso recordando. Eso dicen
que pasa cuando uno se va a morir, y a mí no me gusta, porque los perros jóvenes
son muy malos con uno cuando es viejo, y porque, si voy a terminar como Conan
cuando muera, no quiero morir.

No sé por qué no recuerdo cuándo nací, ni quién fue mi madre; lo más antiguo que
recuerdo fue que viajaba en brazos de un humano y la gente me miraba haciendo
caras raras. Era chiquito y por las ventanas de ese lugar veía pasar de vez en

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cuando a la gente y a las casas con velocidad. Seguro fue cuando nací, pero por
ningún lado vi a mi madre ni a mis hermanos... ¡Cuántos perritos han nacido en
estos años!

- Aquí te traigo el cachorro que te prometí primo.


- Ta bonito oe, pero medio chusco es ¿no?
- Puta mare, también... encima ques regalao vas a querer perro fino. ¿Si quieres
me lo llevo?
- No, no, está bien, es que, como tú dijiste quera buen perro.
- ¡Claro! Ahorita no se ve, pero es bravo el cojudo.
- Ah, si es así entonces ta güeno.

Fue lo primero que escuche en esa casa a donde me llevaron.

Ahora no recuerdo la cara del que me llevó en sus brazos, ni su olor, pero desde
aquella vez no he vuelto a tener otro amo que Liborio.

Esa misma tarde conocí a mi ama, se llamaba Juana, los dos tenían un humano
chiquito que siempre se la pasaba durmiendo, como los cachorritos de perro. Y
cuando tenía hambre se despertaba llorando

Juana y Liborio no se querían mucho, pero los dos andaban como perro alunado por
su cachorrito; de todo le hacían, y hasta peleaban porque se ponía mal o lloraba
mucho. Algunas veces Liborio le pegaba a Juana, y de verla así me daba pena,
aunque ella me miraba siempre con desconfianza.

La casa donde vivíamos todos era bien oscura, y siempre andaba llena de ruidos;
nunca me dejaban salir de ella, y un día que me escapé descubrí que afuera era
más oscuro todavía, y había como unos pisos pequeños que se hundían en el suelo.
- ¡Cuidado se cae el perro carajo! - fue lo que escuché ni bien asomé mi nariz a lo
negro del vacío, y Juana se apuró en meterme en la casa con una patada. Entré
revolcándome, mientras el niño reía y yo me lamía el golpe. Ese fue otro de los días
en que Juana y Liborio se gritaron.

Al comienzo me confundían estos humanos, porque siempre andaban peleándose y


dormían juntos, y hasta durmiendo se peleaban, porque yo veía que uno se le subía
encima a la otra y la hacía gritar y se movían fuerte y parecía que estaban
haciéndose daño, y después como que no pasaba nada y cada uno se ponía de su
lado. Pero es algo que pude conocer luego que no era tan malo ni tan raro.

El niño creció mucho y yo ya no era un cachorro. Me llamaban de muchas maneras:


perro, animal, sucio, pero más que eso me llamaban Nerón...

- Nerón, Nerón, Nerón, Nerón, pss pss, Nerón, Neroncito, perrito bonito, ven
perrito... ¡Anda pues perro i mierda, ven pa’ca!

Con el tiempo, el pelo se me puso negro y la voz la tenía más fuerte, ya no ladraba
como pito y empezaba a meter miedo. Un día, cuando la luz había entrado por todos
lados, el amo Liborio abrió la puerta de la casa y me llamó: - ¡Nerón sal pa’ fuera!-
yo no lo entendí, - ¡Neron sal pa’ fuera carajo! - y me señaló la oscuridad a la que le

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tenía miedo, entonces, comprendiendo su intención, moví mi cola nerviosamente
tratando de escaparme hacia adentro, pero antes que lo hiciera, me jaló fuera del
cuarto mientras yo aferraba llorando mis patas al suelo. Traía un trapo en la mano,
que colocó a un costado de la puerta diciéndome: - ¡desde ahora te vas a quedar
afuera todo el día!... ¡vas a cuidar la casa! ¡¿ya?!... ¡si no te boto carajo! -. Movía su
dedo con el que amenaza, mientras me decía todas esas cosas que recién ahora
entiendo.

Esa mañana me la pasé aullando, rascando la puerta y ladrando a la oscuridad del


gran hueco que bajaba, y por la noche el miedo hizo mover mis huesos sin descanso
y me oriné... fue uno de los días en que más golpe me cayó.

La casa donde vivían mis amos, le había escuchado decir todo el tiempo a ellos que
era chica, y por eso también hay veces se peleaban. Por todo se peleaban, y el
cachorro también salió pegalón y abusivo; a veces le gustaba montarme y darme
con un palo en donde me caiga, otras veces me quería colgar con una soga del
cuello. Pocas veces me hacía cariño, pero yo nunca le enseñé los dientes; una que
otra vez le ladré y casi me botan; y solo una vez lo castigaron porque con un cuchillo
quería cortarme la cola, mientras me perseguía por toda la casa.

Un día descubrí que en esos pequeños pisos que se hundían en lo oscuro había
algo raro, empecé a pisarlos, uno por uno, y pronto vi que me llevaban a otro lugar
parecido al que hace un rato había dejado. Resulta que la casa de mis amos tenía
cinco casas más bajo ella, y al final de todos esos pisos hundiéndose, había una
gran puerta por la que se llenaba de luz el lugar y entraba mucho ruido; muy
asustado volví a subir los cinco pisos. En adelante no hubo quien me moviera, al
menos por ese día, de mi trapo caliente.

La casa donde vivían mis amos no solo era chica, también era ajena. Había otro
humano que decía que la casa era suya y con gritos quiso meterle miedo a mi amo
para que se fuera. Yo casi no pude aguantar que le gritaran a mi amo y por un tris no
le saco un pedazo de carne al humano ese, pero, aunque creí haber hecho bien, el
pago que recibí fue una patada de Liborio que me hizo correr humillado. Esa fue una
primera señal que en pelea de humanos no debe meterse ningún perro, porque sale
perdiendo.

Esa noche mi amo llegó medio tambaleándose, yo dormía y me despertó su olor; fui
rápidamente a moverle la cola, como hago siempre que llega, pero él hablaba raro y
por ratos se quería caer.

Sin que se diera cuenta, entré con el amo a la casa y de repente se puso a gritar; mi
amita Juana se apareció medio dormida a ver qué pasaba, el niño empezó a llorar y
yo instintivamente me puse a ladrar. Fue en ese momento que comenzó la
discusión, los gritos, y el amo Liborio agarró a golpes a la amita... puñetes...
patadas... gritos; el niño, que había salido a ver todo, me abrazó asustado, mientras
yo ladraba al amo con más furia; el pequeño cachorro no se pudo aguantar más y
con los ojos ardiendo fue a pegarle a su papá, como éste pegaba a la amita... el
último golpe fue para el niño... y el último grito para todos los demás

¡VAYANSE A LA MIERDA, NO QUIERO VERLOS MÁS¡

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Tan fuerte sonó eso que me pareció un solo sonido, una sola palabra. Tan grande y
fea que dejé de ladrar. Y mientras mi amo Liborio volvía a la calle y yo me
arrinconaba bajo la mesa con el rabo entre las patas, el niño y la mujer lloraban
abrazados.

Los días que vinieron con su frío cansador me hicieron sentir mucha pena, porque
no volví a ver más a mi amita, ni al niño Gróver. Solo me quedé con mi amo Liborio,
con quien pasé unos días más en ese piso vacío.

Una noche, mi amo salió fuera de la casa con unas bolsas grandes, bien abrigado y
con una soga que me amarró al lomo. Subimos a uno de esos que llaman carros (al
que no había vuelto desde mi pequeñez), que mi amo paró con su dedo, y junto con
el señor que dirigía el carro, los tres recorrimos mucho camino, muchas casas,
mucha luz, y pasamos otros carros hasta llegar a un sitio oscuro, donde nos dejó; allí
había más humanos, todos bien arropados y con bolsas de muchos colores; y
también había humanas y niños. Fue esa noche que conocí a Panta y a Káiser, dos
amigos más o menos de mi edad, nos olimos, nos dimos vueltas, le di un par de
lamidas a Panta y desde esa noche los tres fuimos inseparables.

Apenas llegamos al grupo, una humana se acercó a mi amo, nunca la había visto; lo
abrazó y se fueron juntos.

- Ese es mi perro.
- Y ¿cómo se llama?
- Nerón.
- Qué feo ¿Y muerde?
- No, es mansito, pero si lo jodes mucho te arranca el poto.
- ¡Ay tú!

Se llamaba Lucía y era de mi color, solo que no tenía pelos en el lomo. Desde ese
día la veo siempre; ya le ha dado dos cachorritos a mi amo.

La noche andaría más o menos por la mitad y ni siquiera Luna había; un rato
después que los humanos habían empezado a hablar en grupo y se veían muy
agitados llegó un carro grande, todos corrieron hacia él, Kaiser llegó primero, Panta
y yo ladrábamos mientras corríamos, y tras nosotros los humanos se empujaban
para llegar antes a la parte grande del carro, mientras había uno que con gritos
parecía dirigirlo todo. Entonces cada uno se apresuró a bajar esas planchas
temblorosas que llaman estera, que el carro traía en cantidad.

Mi amo y Lucía cogieron cada uno su estera y corrieron hacia el pampón, mientras
yo los seguía ladrando. Estaba alegre porque creía que se trataba de un juego;
todos corrían, gritaban y reían, mientras se iban perdiendo en la oscuridad de la
pampa. Antes que el polvo llenase todo el aíre, alcance a ver en el suelo unas
marcas blancas, parecía que por estas marcas cada uno sabía donde poner su
estera... En lo que demora uno en orinar ya no había humanos a mi vista, y cada
uno había puesto su estera enrollada sobre la tierra, haciendo una casita redondita,
como quien quiere cubrirse del frío o quiere dormir en plena calle. Todo fue en esos

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momentos siguientes silencio de palabra humana, y solo se oía el ruido que se hace
cuando se sacan trapos de las bolsas multicolores.

Nosotros andábamos muy movidos con nuestras cuatro patas andando de aquí
pa’lla, y ladramos, hasta que Káiser recibió una patada de esas que dan los amos
para hacer cumplir una orden... todos nos quedamos bien callados.

No pasó mucho rato cuando empezamos a sentir un gran ruido que venía de lejos,
ruido humano, que dolía y provocaba rabia, y al que respondimos con desesperados
ladridos.

De todo ese gran alborotó que empezó esa noche, una palabra humana se me ha
quedado grabada. Palabra que muchas veces ha sido gritada y que hoy repito como
algo familiar (aunque los humanos ya no quieren decirla más):

¡INVASIÓN, INVASIÓN... INVASIOOÓN! ¡Pfii... Pffiiiii... Pfiii! ... ¡¡¡INVASIÓN!!!

No sé en qué momento empezaron los golpes, porque apenas cayó una piedra
sobre la estera de mi ama, corrí hacia lo oscuro y empecé a ladrar. Mi amo y los
demás amos corrieron con palos y piedra, y se fueron hacia donde se hacían tantos
gritos.

Nunca podré olvidar que esa noche el olor a miedo se mezcló con olor a sangre y el
polvo cegó mis ojos, mientras yo abría al máximo mis cuatro patas y sin moverme
del sitio aquel, ladraba con todas mis fuerzas. Fue la segunda vez que me oriné sin
quererlo.

Pero nadie nos botó de la pampa...

Cuando el sol asomó, yo dormía bajo una estera curvada, junto a mi amo y Lucía;
por todos lados había esteras y humanos durmiendo. Me levanté, sacudí mi lomo y
empecé a buscar comida; el frío me obligaba a orinar y me fui a buscar un sitio, lejos
de las patadas y las piedras de los humanos. Frente al montón de esteras había un
cerrito de piedras largo y redondo, decidí subir para mear y ya estando arriba pude
ver que no éramos pocos, había muchas, muchísimas esteras, y más allá había
unas casas grandes, bien coloridas y llenas de perros que ladraban duro, no de
hambre, cuidando su territorio más bien. Más tarde aprendí, porque así lo escuché a
los humanos, que esos eran los malos y nosotros los buenos, y que ellos, los de las
casas grandes, eran los que nos habían pegado y nos querían botar de aquí, porque
para ellos nosotros éramos los malos y veníamos a traer maldad.

Yo, por mi parte, he aprendido que ellos viven en casas buenas y nosotros en casas
malas y por eso no nos quieren; somos como los perros chuscos y enfermos que
todo el mundo patea... pero... ¿por qué, si ellos tienen sus casas, no quieren que
otros la tengan?... ¿qué habrá sido de la casa del amo?... creo que de verdad no era
suya... así como los perros tenemos dueño, las casas también tienen dueño... pero
¿por qué estos humanos no dejan que otro se agarre al perro sin dueño?...

Un día empecé a entender las cosas, alguien vino a decir en mi presencia que estas
pampas tenían dueño, y ese humano venía a reclamarlo con muchos hombres más,

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hombres malos, porque les olimos maldad. Ahí me vinieron otras dudas: ¿por qué si
estas pampas dicen que tiene dueño, no vive nadie aquí?... ¿para qué necesita un
humano una casa tan grande?

Yo sé que nadie me pudo contestar estas cosas, porque eran palabras que con
mucho dolor y mucha rabia le hablaba mi amo a su pareja Lucía, y el mismo decía
que esto era inexplicable, que no podía hallar respuesta para tanta injusticia.

Ya teníamos muebles en el terreno, y hasta mi trapo había traído el amo Liborio. En


algunas casas armadas con más esteras había muchos niños y llegaron tres perros
más. Además de Panta, Káiser y yo, en la pampa estaban en ese tiempo: Chucho,
Nina y Jazmín, el que perseguía las ruedas que pasaban por el lugar haciendo ruido.
A Conan lo vimos en la mañana de aquella noche larga, pero no lo considerábamos
de la pampa, y ni siquiera se llamaba Conan aún, ese nombre se lo pusieron mucho
tiempo después.

Pero, lo que a veces no quiero acordarme, porque me da mucho miedo hacerlo, es


lo que ocurrió una tarde fría, muchos días después de la invasión, cuando llegaron
bastantes hombres con palos, fierros, cuchillos, carros grandes y carros chicos, y
mucho olor a odio. Esa tarde los amos de la pampa también traían odio, y se
pusieron frente a frente con palos, fierros, cuchillos y piedras, con malas palabras y
rugiendo mucho, como cuando se ponen frente a frente dos perros malos.

Ese día es otro de los muchos que no he podido olvidar desde que vine a vivir en
estas pampas. Aún puedo verme, corría de un lugar a otro, ladrando con miedo; fue
todo muy rápido, parecido a lo de la primera noche, peor todavía. Piedras, gritos y
humanos caídos en el suelo, golpeándose y mordiéndose como perros espumados,
y luego el ruido, y el fuego que me asustó... Estos hombres venían a romperlo todo,
y hasta un cachorro de humano vi tirado, mientras su madre gritaba desesperada,
mirando hacia arriba con agua triste corriendo en los ojos.

Cuando la oscuridad fue más grande, ya los hombres malos se habían ido, y mucha
gente de la pampa también, solo quedaron algunas esteras y muchos humanos
llorando. Yo buscaba a mi amo, buscaba a Lucía, a Panta, mi perrita; buscaba un
olor conocido, alguien a quien mover la cola y sobarme de miedo; me subí al cerro
para ladrar y aullar, y fue cuando vi a Lucía que jalaba una estera y a mi amo Liborio
cargando una cocina para hacer comida. Corrí como loco y ellos me recibieron como
a un humano más... fui muy feliz en ese momento.

Desde ese día la pampa comenzó a crecer para arriba, y después de un gran tiempo
las casas empezaron a parecerse a las que se veían desde el cerrito. Solo que
había un odio entre ellos, que nunca dejó de ser olido por nosotros.

Ya no nos decían invasión, porque en realidad eran los de afuera los que nos decían
invasión, esa palabra les sonaba feo a los amitos de la pampa, y a mi me daba
miedo. Desde el comienzo nuestros amos le pusieron Asentamiento Humano Santa
Rosa, y algunos humanos y humanas jóvenes ya ni siquiera dicen asentamiento
humano, ahora solo le llaman a este lugar: Santa Rosa.

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En el tercer tiempo de frío en la pampa, los perros éramos algo más de cincuenta en
todo el lugar. Era más común ya ver a Conan, y lo que empezó a verse harto,
después del tercer tiempo de calor cosquilleante, fueron los cachorritos. ¡Mucho
macho había!

A Panta siempre se la querían agarrar los perros; en el primer año fue solo mía, pero
en los otros tiempos de tibieza arrechante fue de otros dos perros más. La falta de
hembras hizo que nos pusiéramos bravos, también hizo que nos pusiéramos bravos
el vivir y dormir en las puertas de las casas, la poca comida, el odio de los humanos
del otro lado, y las continuas peleas que teníamos, provocadas por los niños y los
adultos reilones, que les gusta jalar la cola, tirar patadas y hacernos molestar todo el
tiempo.

En la pampa los humanos conversaban mucho, aunque comían poco y dormían


tanto como perro viejo; parecían ser más felices que los del otro lado y siempre
andaban con su botella en la mano; porque, como nosotros los perros, se querían
más cuando más sufrían.

Todo lo que vi lo recuerdo y lo puedo contar. Aprendí muchas cosas buenas y


muchas cosas malas: aprendí a defender a los niños humanos y a nunca ladrarles, y
aprendí también a robar gallinas y a comerme los huevos de los gallineros. Nunca fui
malo con la amita Lucía, a pesar de los golpes que recibí; pero también aprendí a
morder a traición a todo aquel que quería cruzar la pampa y no oliera a humano de
asentamiento... a perro de invasión.

Algo que nunca aprendí es a levantar la patita y a cruzar pistas con muchos carros.

Por eso nunca salí de la pampa y por eso miraba el otro lado desde el cerrito,
pensando ¿Qué cosa sería vivir como perro de casa grande y no como perro de
invasión?

Ahora que seguramente voy a terminar como Conan, vuelvo a recordar a Piltrafa, el
afgano del amo Pérez. Un día apareció en la pampa, era cachorro y se había
perdido; el amo Pérez lo cogió, le puso Piltrafa por lo flaco que estaba y lo crió; pudo
fácilmente ser del otro lado, rico, gordo, ladrando de gusto, no de hambre, y acabó
sintiéndose uno de nosotros. Esa vez a nadie le interesó que fuera fino o que valiera
mucho o que se parara bien. Aquí los perros solo han servido para dos cosas: para
cuidar a los amos y para hacerles compañía. Y cuando aprendí eso, prometí
repetírmelo hasta que me llegase la muerte.

Yo siempre he sido un perro muy común, pero esta vida de perros me ha dejado
muchas huellas y enseñanzas, y de todas, la cosa más importante que he
descubierto ladrando a los cuatro vientos es que, en la igualdad está la felicidad y no
en la odiosa diferencia. Y nosotros, perros de invasión y todo, despreciados por todo
el mundo y maltratados, cuando nos olíamos uno al otro, movíamos la cola y nos
sentíamos iguales. Pequeño, grande, blanco, negro, peludo, lampiño, todos, a pesar
del odio humano, ladrando juntos, fuimos felices, todos fuimos como hermanos...

Pero los humanos... ello sí que eran animales muy tristes...”

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EL MURO DE LAS
DIFERENCIAS
- Un día se apareció ese maldito muro...

- Un día al fin se hizo el bendito muro…

- Ya mi habían dicho que nos estaban encerrando; que esta gente i mierda algún
día nos iba a poner un muro pa' jodernos; con eso que somos drogadictos, que le
robamos a las señoras y que afeamos el barrio. Primero nos chantaron un muro
allá, por la canchita de fulbito, y no nos dejaron pasar pa' las tiendas questán
dentro de su urbanización ¡pucha!, si me acuerdo quera bacán salir a comprar a
esas tiendas, todas pituquitas, todas bien surtiditas... ¡y las germas! ¡Asu!...

- Ya me habían dicho que esa gente de miércoles nos está cercando. Tenían que
haber hecho ese muro hace mucho tiempo, no me explico por qué demoraron
tanto; puro fumón vive allí, y si no son fumones, son rateros, violadores o
terroristas. ¡cholos cochinos!, no se bañan y encima andan fastidiando a las
hembritas; yo no creo que éstos cambien. Lo mejor que han podido hacer es
proteger la urbanización, total, que salgan por el otro lado…

- Ta' mare y ahora por donde vamos a salir, si esa era la única calle por la que se
salía a la avenida a tomar los micros. Ahora vamos a tener que tirar más plancha,
porque pa' llegar al mismo paradero son más de diez cuadras... ¡Qué mierdas son
estos rechu...!

- Pobre diablos... no van a tener por dónde salir a tomar el micro, pero qué se le va
a hacer pues… ¡Nah! No importa, primero es la seguridad de nuestras familias,
además es gente de pueblo, acostumbrados a sufrir, y una raya más no le hace al
tigre... lo cierto es que ahora sí se podrá respirar tranquilo…

- Pero que basuras estos pitucos, por eso hay terrucos ¿Por qué les dejan que nos
hagan esta vaina? Claro, como no tenemos billete abusan nomás, pa' ellos todos
somos iguales y encima nos están pidiendo que chambiemos duro; pa' quién, ¿pa'
ellos?... pero cómo vamos a chambear si nos ponen muros...

- Seguro que nos odian, pero son unos resentidos sociales ¿por qué no trabajan?
¿por qué están envidiando a todo el que tiene? Esta gente nunca va a cambiar,
siempre van a ser cochinos e ignorantes porque no quieren mejorar.

- Pero cuando tenga billete no wa ser como ellos, no wa ser tan miserables. De qué
les sirve tener plata si son unos mierdas, me dan pena… ¡Pobrecitos!

- Por eso la gente decente tenemos que cuidarnos, porque esta gente incapaz nos
está cercando. La única solución es ponerle muros y alejarlos a ver si cambian,
aunque, como va la cosa no creo. De verdad hay quienes no se superan ni lo
harán nunca... ¡Pobres diablos!

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LA LEVA
El aire frío que a esa hora recorría la ciudad contrastaba con el cielo azul y el
brillante sol, que dejaba en la gente una sensación de desasosiego, por lo extraño
que resultaba que, en una tarde tan soleada el ambiente se enfriara tanto. Era como
si la noche hubiera llegado sin darse cuenta de que el sol estaba todavía
alumbrando, o era presagio de algo malo…

A esa hora los jóvenes salían a enamorar o a ver como otros enamoraban, y
cubiertos por las últimas luces se preparaban, entre charlas y paseos, para disfrutar
lo que les quedaba del día, breve, pero intensamente. La plaza de armas y sus
alrededores lo eran todo: eran los cines, eran las tiendas, era la banca donde se
podía esperar a la novia y era la iglesia a donde ir cuando la vida no marchaba muy
bien. Y Huamanga de inicios de los 70’s era un pueblo colmado de jóvenes y de
palabras fuertes.

Fue domingo, lleno de perfume y colorido, fue domingo de cine Cáceres o Municipal.
No el Cavero, ése es para los “pituquitos”. Fue un domingo antes de la fiesta de
carnaval. Iría a llover o… no sé por qué este frío…

De pronto, antes que la oscuridad lo cubriera todo, la plaza fue rodeada por sus
cuatro costados por grandes camiones rusos LA, del cuartel “Cabitos 51”. El Alférez
Mortrich gritaba como loco, mientras, como una gran red, la tropa empezaba esa
gran cacería que le llamaban “Leva”. El correteo era general y no faltaba el llanto de
la enamorada o la amiga que creía no volver a ver más al desdichado. Al final de la
operación, que no debía durar más de media hora –quince para detener y quince
para verificar los documentos- los camiones partían llenos con su carga humana,
indocumentada y recién capturada.

Segundino Centeno fue uno de los que a empellones tuvo que subir al verde camión.
Cuando llegó al cuartel no le preguntaron mucho porque no sabía hablar castellano,
y su “quichua”, según el cabo Telésforo, era muy raro. – Más bien parece quichua de
la selva- fue lo que dijo Iván Condori, y “Segondino”, que así decía llamarse, durante
los primeros días intentó desertar y gritó y gesticuló mucho, por lo que pasó casi
todo el tiempo castigado, pero luego de unos meses, se dedicó con especial
esmero a realizar labores de limpieza, a conocer el manejo del FAL, a marchar
bonito y aprender a ser “civilizado”, porque se le obligó contestar en castellano, y a
no “oler como serrano” (el Segondino fue amansao, oe).

Un día que pudo al fin comunicar sus sentimientos, no dijo nada, no quiso decir
nada. Constantemente insultaba en su “quichua”, pero como nadie le entendía se
reían mucho y por eso le decían “indio loco”. Después de tres años, Segundino ya
era cabo y no hablaba mucho, trabajaba con el cocinero, y ocasionalmente barría la
cocina y la panadería, argumentando que así tenía más para comer.

Días antes de obtener licencia definitiva y abandonar el cuartel -porque ya no quería


seguir reenganchándose- Segundino decidió llevar a cabo su venganza por mucho

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tiempo planeada, había masticado ese odio los tres largos años de encierro que le
llevó aprender a ser civilizado… ni Cristo ni el Perú eran ahora suficiente razón.

Un día que fue a la ciudad a comprar víveres con el oficial intendente, pidió permiso
para ir a la ferretería, a buscar el betún marrón que le había encargado el mayor
Linares. Y cuando regresó al cuartel, sin que lo notara el cocinero ni el jefe de
rancho, sacó de sus botas un sobre y echó todo su contenido en la paila de la tropa
y otro igual en la olla de la sopa de los oficiales…

Fue una tarde fría y luminosa, como de cine y leva, en 1970. Segundino Centeno,
sin Libreta Electoral, sin partida de nacimiento, pero con un papelito de su tío
Taricuarima, había venido de muy lejos a la capital con su hijo pequeñito, a buscar
cura para su mal (Taita, se me moría la guagua).

Lo había dejado en una canasta, con su ponchito enrollado, junto a una banca de la
Plaza de Armas, mientras le iba a preguntar al soldado que venía hacia él, dónde
quedaba esa dirección del tío Celestino que decía en el papelito (Taita, yo sabía
quese siñors soldado era una autoridad). El soldado sin mediar palabra lo capturó y
Segundino insultó, pateó, gesticuló, dijo muchas lisuras… lloró… lloró… Pero luego
se puso a pensar que a lo mejor alguna gente buena lo recogería y los curaría y
entonces él saldría a buscar a su guagua y …

El niño murió en la madrugada siguiente y Segundino se enteró de casualidad un día


que, buscando papel para pintar las cuadras, vio la foto de su guagua, todavía en su
canasta, en un titular de un diario local; había palabras que no entendía… pero sí
entendió la muerte y el dolor, cuyas lágrimas guardó para más adelante… (Yo no era
así tatitita).

El sol sobre los cerros apresuraba su marcha, mientras la tarde del 15 de enero de
1973 se deslizaba tan fría como aquella otra de hace tres años, presagiando males y
matando a los niños de pulmonía… (Papay, ahora mi guagua descansa… y qui mi
importa lo que conmigo pase pues…)

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MAÑUCO
Mañuco llegó a Lima en 1989, cuando la ciudad era una caldera de ambiciones, odio
y frustración, que se extendía sobre un desierto plagado de miserias. Traía muchas
ilusiones, mucha ingenuidad, pan de su pueblo para sus tíos, y mucho germen de
melancolía.

Su anhelo era ingresar a la universidad y ser “alguien”, por eso convenció a sus
padres para irse a vivir con su tío, que los había visitado un año antes. Él le había
pintado una Lima llena de posibilidades, en la que tenía que luchar duro para salir
adelante... y al escucharlo se dijo a sí mismo que tenía muchas ganas de ir a la
capital, de luchar y salir triunfante.

Manuel Tucto Martínez era de pueblo chico, tierras agrestes y estrechas; de una
quebrada que no llegaba a ser valle, porque se hundía en el río. Hijo de notables de
su lugar y frecuente visitante de la capital departamental, a donde iba cada mes con
su padre para hacer las compras con que surtir el negocio familiar. Una tienda de
abarrotes que les permitía llevar una vida tranquila. En un lugar del Perú que fue
tocado por la violencia a inicios de la década, cuando Mañuco aún era un niño, pero
que ahora podía recuperarse y pensar en el futuro de sus hijos.

Desde que nació fue feliz, nunca pasó hambre ni privaciones y pocas veces bajó la
frente ni “habló para sus adentros”, como lo hacen los resentidos. Pero ese día que
subió por primera vez a un avión, entre tanto blanquiñoso capitalino, descubrió las
inflexiones serviles y que hay bichos rastreros merodeando por el suelo, entre los
zapatos de la gente.

La casa del tío Miguel estaba en un extremo de San Borja, distrito nuevo de clase
media emergente y alguna clase alta decreciente. Cuando llegó Mañuco, un perro de
indefinida raza le salió a su encuentro y sin ningún respeto le dio una minuciosa
olida a sus pies, de pronto el can retrocedió unas patas y mirando al rostro del
provinciano familiar se puso a ladrarle, sin más ni más, como se ladra a un borracho
o a un ratero, con ese tipo de ladrido que babea desconfianza y desdén.

Ese fue su primer encuentro con Lima, y en adelante le ladraría la calle, le “ladraría”
el microbús, le “ladrarían” los letreros de admisión restringida, le “ladraría” la gente
criolla, acriollada y achorada, le “ladraría” Jéssica Pflucker, la hija del vecino. Y hasta
una señora “empobrecida pero blanca” le diría: ¡Ay estos cholos cochinos, igualados,
por qué no se regresan a su tierra!

Pero Mañuco, que se volvió asiduo observador de su rostro en el espejo, no creía


ser cholo, tal vez solo parecía, estaba quizás muy cercano al cholo. Su posición en
esta gama de matices racistas era un tanto indefinida, tan indefinido como el perro
de la casa, y eso por ahora no le daba mucha ventaja, en una ciudad que amaba la
piel blanca, el cabello claro, el apellido anglosajón y la talla alta. “Lo que ocurre –se
decía- es que apenas me estoy aclimatando”. Y para acelerar el cambio decidió

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tomar al toro por las astas o, como dicen en su tierra: “llegar a la punta del cerro
haciendo su propia trocha”.

Así que lo primero fue renegar de su pasado, de sus costumbres provincianas, de su


vestimenta “de tercera” y de su color. Su prima le había dicho: ¡Oye, no seas
huachafo, vístete a la moda, sácate esa ropa horrible! Y Mañuco consideró hacerle
caso, total, si en la casa paterna, cuando se miraba en los ojos complacientes de los
sirvientes, él era un niño blanco.

Un sábado, su prima, a causa del ruego y amenazas de su tío, lo invitó a una fiesta,
su primera fiesta en Lima, y Jéssica, la vecinita de cabellos castaños, ojos verdes y
piernas pálidas iría en el mismo auto que el tío Miguel manejaría, porque su hijita
aún era una niñita (“eso cree el muy hue...”), y había que cuidarla de los
desadaptados.

- Ya está, el bluyín con aplicaciones de cuero, el polo que dice poison y las
zapatillas rebok. Es una sorpresa para mi prima y para Jéssica, y seguro que por
ver la ropa no se van a fijar en mi corte de pelo que me hice donde el maricón de
la avenida Aviación.

La noche –seguramente fue la noche- no permitió dejar ninguna impresión de


Mañuco en las jovencitas camino a la fiesta, y él pensó que cuando llegaran, con las
luces del lugar luz lo descubrirían, pero el pobre no recordaba que le dijeron que las
fiestas limeñas se hacían con luces, pero de múltiples colores con un fluorescente
negro de fondo, que ayudaba a resaltar los colores blancos, los dientes y ojos, y
algunos inconvenientes capilares.

Una cuadra antes ya se oía el barullo de la música que anunciaba la fiesta y cuando
bajaron en la puerta de esa casa de pórtico ensombrecido, el pobre Mañuco no
creyó lo que veía. - ¿Es una discoteca? -, preguntó. Las dos niñas se miraron
brevemente al tiempo que sonreían comprensivas.

Dos gordas, una flaca bien fea y una niña de aspecto andrógino fueron sus cuatro
parejas de las cuatro piezas que bailó toda la noche, a la sombra de los rincones
menos iluminados por la explosión destellante y confusa de luz multicolor; donde
seguramente también se sintieron seguras sus ocasionales parejas. Tomó dos
cocteles de maracuyá que le pasaron en vasitos de plástico y volvió a su rincón
preferido, allí donde la luz negra no lo delataba, pero dejaba entrever la caspa de
sus erizados cabellos y una sonrisa que le producía tanto baile desenfrenado, en
medio de esa atmósfera de modernidad que él deseaba entender.

Luego de terminado un techno monocorde, Mañuco tomó valor y dejando su vaso en


el suelo se dirigió hacia donde se encontraba Jéssica, su prima y una muchacha
más. Con la mirada fija puesta sobre su objetivo, no se dio cuenta que tres
larguiruchos muchachos las acompañaban. Se acercó y sin mediar palabra extendió
torpemente su mano hacia la muchachita de ojos verdes, cuando en ya había
empezado su estridente marcha un nuevo techno, que se diferenciaba del anterior
por matices apenas imperceptibles. Ignorando la mano extendida, el grupo ocupó
raudamente su lugar entre la masa a ratos bamboleante, a ratos brincadora, que se
movía al ritmo de la música. Mañuco sin inmutarse buscó otra chica para bailar, pero

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no encontró ninguna disponible y volvió a su rincón y a su vaso caliente de pisco con
maracuyá.

Cuando cesó la música, la primita se escabulló de su grupo y apenas estuvo frente a


Mañuco le increpó:

- ¡Oye!, ¿Estás loco?... ¡Mi amiga Jéssica tiene su enamorado!, ¡Además esos
patas son bien pitucos!.. hazme un favor Mañuquito, por qué no te buscas una
amiguita, no seas malito ¿Ya?

Los pretextos que ensayó para justificar su actuar lo abrumaron y tarde, bien tarde,
cuando ya acababa la fiesta, descubrió que estaba demás.

Mañuco ingresó a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos en 1990. No había


podido hacerlo a la Católica, porque dicen que le faltó academia, que tenía que
prepararse en la Precatólica, en la Trener, en la San Ignacio, o por último en La
Pontificia.

Y él se preparó en la Dalton, allá en el centro de Lima. Estudió todo lo que le


exigieron y más, pero, luego de un segundo intento, decidió presentarse a la
Facultad de Sociología en San Marcos, que requería menos puntaje. El quería
estudiar Economía en la Universidad Católica, pero su tío lo convenció que era la
misma vaina y que podía hacer traslado interno y estudiar economía en la
universidad nacional, y que todo dependía de su esfuerzo, que otro sobrino suyo
comenzó así, desde abajo y que.... De paso no le salía tan cara la cosa, porque
como es universidad nacional, solo hay que pagar cincuenta soles cada ciclo.

Los días en el claustro universitario cambiaron para siempre su visión del mundo y lo
enfrentaron súbitamente a una realidad a la que llegó tarde. Una realidad que se
diluía bajo sus pies, porque los sueños de opio y las utopías ya habían sucumbido
ante la violencia y la polarización de una sociedad que se debatía entre la mentira de
una revolución y el engaño de un mesías.

Allí conoció a María la sobrada, a Teobaldo el “chancón” y a Gróver, el “jeropa”, que


siempre andaba mirándoles el culo a las hembras. Allí conoció también al
“compañero” Rubén y a la “compañera” Isabel y a través de ellos conoció al
“compañero” Marx, al “camarada” Lenin y al “maestro” Mao, que iluminó su espíritu
provinciano y lo lanzó a la aventura de intentar pensar por sí mismo... o en todo
caso, lo que su experiencia y su razón le estaban permitiendo pensar, en medio de
tanta confusión.

Vivir fue entonces un despertar cada día con la hiel en los labios, y un saborear las
mieles de la esperanza. Marchas, conferencias, charlas, talleres, mítines, vigilias,
encuentros, recitales, conciertos, fueron su encuentro con una nueva fe y con
personas de toda condición social que, como él creía, compartían un mismo ideal de
igualdad y justicia social.

Pero un sábado, después de una pollada del Partido, cuando los llamados
“compañeros bacanes”, o “pitucos” como les decían los demás: Yovanna, Felipe,
Desiré y Ricardo, regresaban a sus casas en un Peugeot del año del papá de Felipe,

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encontraron a una cuadra del lugar a Mañuco, invitándolo a subir para “jalarlo”. La
felicidad de “pelo duro” (que es como le decían en ausencia) no pudo ser menor, él
ansiaba este tipo de amistades y su alma estaba siempre dispuesta para quien
pudiese llevarlo un sábado por la noche a una peña folklórica o a una fiesta popular
con los “compañeros pitucos”.

En el carro la conversación pasaba por encima, debajo y hasta atravesaba a


Mañuco, pero nunca se dirigió a él. Fue entonces cuando se les ocurrió a las chicas
ir a tomar unos tragos a una discoteca de San Isidro, a lo cual Felipe asintió, y antes
que Mañuco dijera algo, Yovanna le preguntó: “¿Dónde te dejamos compañero?...”
Me están botando, dijo para sí y miró a los otros ocupantes del auto, encontrando la
misma actitud de cordial rechazo. Por un momento no supo que decir, y
aprovechando que el carro se encontraba detenido por una luz roja, sin más dijo:
“aquí nomás me quedo”, bajando tan rápido que casi va a dar con sus huesos sobre
la vereda, lo que generó grandes carcajadas que se fueron diluyendo, mientras el
auto se perdía en la oscuridad de una calle desconocida, donde a esa hora solo
transitaban locos, borrachos y prostitutas… y Mañuco que regresaba a casa sobre
sus pies, con un Hamilton Light humeando entre los dedos.

- ¡Eres un híbrido! No eres blanco ni indio, ¡Eres un híbrido de mierda! No eres


blanco, eres mestizo…. ser mestizo es una cojudez. Eso del mestizo es puro
cuento. ¡Eres un híbrido! ¡No eres nada!... ¡¡¡NO ERES NADA!!!...

Mañuco pasó muchas horas de muchos días repitiéndose todo eso ante el espejo de
su cuarto sanborjino, eso que había descubierto dolorosamente, eso que lo
atormentaba, esa realidad que estaba viviendo, eso que le habían ayudado a
descubrir los “compañeros pitucos”. Eso que los demás “compañeros” o la lucha no
podían solucionar...

- ¡¡¡QUE DESENGAÑO!!!

Un día llegó a casa con un paquete y mucho temor, pero en medio de la opacidad de
su ser se percibía ilusión en su rostro. Había una chispa, una luz aparente, como si
hubiera descubierto algo, como si lo que hubiera descubierto le estuviera dando
razones nuevas para vivir.

Mañuco se puso el terno azul, cogió el maletín “jamesbond” que le había regalado su
tío, y metiendo el paquete dentro del maletín, salió a la calle casi escabulléndose.
Tomó un microbús de la línea 70, que lo llevó al “Asentamiento humano Santa
Rosa”, cerca al aeropuerto. Al bajar lo esperaban dos ternos oscuros como el suyo,
que con amplísimas sonrisas lo recibieron como a un hermano perdido y vuelto a
encontrar. Juntos y hablando del maestro sacaron cada uno un libro de sus
respectivos maletines, se lo pusieron bajo el brazo y enrumbaron hacia las
polvorientas calles del asentamiento, mientras las puertas se cerraban y la gente se
alejaba muy ligerita de su presencia.

- Hermano, venimos a darle la buena nueva de nuestro Señor Jesucristo. Usted


tiene que ser salvo... ¿Ha leído usted la Biblia?... Fíjese en el versículo 36 del
capí...

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En el año 1991, cuando ya se acerca Navidad, Mañuco ha recibido una carta de su
padre, en donde le pide que vuelva a casa porque su madre está muy enferma; Ana,
su hermanita, se fue con un alférez de la policía y no hay quien atienda el negocio
familiar. Mañuco no sabe si va a responder la carta aún, porque está pensando irse
a México para cruzar la frontera y dejar este país de mierda que...

Mañuco esta noche va a pensar.

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DE SAN MARCOS A LA CATÓLICA
¡¡Surquillo, San Juan, Surquillo, San Juan!!

Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 9.30 p.m., paradero de la Avenida


Universitaria… Pedro, Ana y cinco jóvenes más se atropellan por ingresar con prisa
en el estrecho autobús.

¡¡¡LLEVAAA!!!, ¡¡Surquillo, Miraflores, San Juan, Surquillo, Miraflores!!

Pontificia Universidad Católica del Perú, 9.34 p.m., paradero de la Avenida


Universitaria… Jennifer y Giovanni, sin mayor prisa, penetran al interior del
atiborrado transporte, mientras éste reinicia su marcha con lentitud…

Todas las noches, de casi todos los días, Pedro, Ana, Giovanni y Jennifer cumplían
un ritual que los igualaba: Apretarse codo a codo junto a una indistinta masa
humana sin rostro, de olor confuso, y compartida incomodidad. Síntesis de
promiscuidad. El autobús de la línea 74, Lima - San Juan, era su común acuerdo, y
en las noches, al concluir las clases los cuatro jóvenes regresaban a casa
abordando, probablemente, el penúltimo vehículo de la ruta, si no era ya el último,
en un impostergable regreso… al menos para Pedro y Ana, a quienes solo quedaba
la alternativa del transporte público, tentando el medio pasaje (que solo se cobraba
hasta las 11 de la noche). A diferencia de Jennifer y Giovanni, que de vez en cuando
tomaban taxi, o los recogía su papá.

Los días que siguen son un capítulo en la vida de los cuatro universitarios… de San
Marcos a la Católica.

PRIMER DIA:

Ana: (¿Será?... creo que sí… sí, sí… cuánta gente, mejor me adelanto… Ay estos
coj…) ¡Oiga no empuje, ya vamos a subir!... (pucha como aprietan…)
Pedro: ¡Ahí está!... ¡Chau cuñao! ¡Assumadre, ta’ recontra lleno!... ¡Oe, no te olvides
de traer mañana el libro que te presté!... ¡Chaau!... ¡Por favor señores, ¿pueden
avanzar?!...
¡Surquillo, San Juan, Surquillo, San Juan!... ¡Suben, Suben!... ¡¡¡LLEVAAA!!!
Ana: (¿Qué me dijo María?... ¡Ah! Ya me acuerdo, mañana no viene el profesor de
Estadística. Qué vago ese tipo… pero está bueno. Lo malo que es un poco
mañoso… se parece a Lucho… ¿Qué será de Lucho?... creo que se casó el muy
idiota.)
Pedro: (Ese pata tiene cara de choro… mejor me guardo la billetera en otra parte.
No vaya a ser que…) ¡Permiso por favor! ¡Perdón! ¡Perdón!... (ya está, aquí me
quedo… ojalá se baje alguien y no suba una vieja… estoy más cansado… ajumm…)
¡Surquillo, Miraflores, San Juan! ¡Surquillo, Miraflooreees!
¡Suben, suben! ¡Aguanta oe que están subiendo! Guarda con la germa cuñau…
¡¡¡LLEEVAAA!!!

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Giovanni: (Ta’madre, cuanta gente… y cuánto serrano… ¿Cuándo me dará el carro
el viejo?... seguro que se ha llenado en San Marcos… ¿Cuántos terrucos habrá?)
Jennifer: (Qué raro, por qué estará tan lleno el micro… voy a avanzar un poco
más…) perdón por favor… ¡perdón!... (Ay que horrible, y como huele… qué cholos
tan cochinos…)
¡Bajan! ¡Bajan!... ¡¡¡LLEEVAAA!!!
Ana: (Ese chico ta’ bueno… y me está mirando… ¡Ufff! Qué tales ojos… mejor me
hago la sobrada, no vaya a ser otro mañoso… ¿Será de la Católica?...)
Pedro: (¡Qué rica hembrita!... media pituquita… parece medio sobrada… mira a la
ventana nomás… qué bonito pelo tiene… ¡chessu! Cómo no se viene pa’ca…)
¡Avancen al fondo por favor!... ¡señor de amarillo, avance por favor!
Giovanni: ¡Ya, ya compadre!... (carajo, serrano de mierda… ¿Y esa ruca? ¡Esa
cara!... cara de pendeja tiene... a ver mírame… ta’ que, se me hizo la sobrada… a
ver… no está mal… tiene buen culo… ¿Qué será de Toti?... me dijo que tenía que ir
a la de Lima porqué tenía clase de recuperación…)
Jennifer: (El sábado hay tono donde la Puchi… ojalá que Miguel pase a recogerme
porque creo que el estúpido de mi hermano se va a llevar el carro… pero con qué
ropa voy a ir… ya sé, le voy a decir a Jéssica y a Moni que me acompañen a Camino
Real. He visto un pantalón de lanilla bellísimo...)
¡Suban de la puerta por favor! ¡La bajada es por delante! ¡¡¡¡¡LLEEVAAAAA!!!!!

SEGUNDO DIA:

Ana: (¡Al fin!... está medio vacío…)


Pedro: ¡Suben, suben!... ¡Oe cuñao no te vuelvas a olvidar pee!... ¡Chau!...
¡LLEVA OE!
Jennifer: Ay por fin… ¡Nos vemos Moni, no te olvides, mañana a las tres… le pasas
la voz a Jéssica!... chau…
Giovanni: ¡Vamos compadre, ahí viene el carro!... qué raro que te vas en esta
línea… ¡Ah! Te vas a la casa de tu hembrita… oe zambo, creo que tu enamorada es
amiga de la mía ¿no?... ¡de Tóti pues!... mi flaca, ¿te acuerdas?
¡Los que bajan en Sucre vayan avanzando! ¡Con sencillo por favor!
Ana: (Ahí está el churro… y su pata no está mal… son de la Católica… que bien se
visten… me gusta su camisa… y sus ojos… ¡Ay, me está mirando!... mejor no le
sonrío más sino va a pensar mal… creo que está medio palteado por su pata…)
Pedro: (Ahí está la chica de la Católica… qué bonita es… es perfecta… seguro que
tiene enamorado… pero no me mira…)
Ana: (¡Ay!.... Se acerca... ¿y su pata?... creo que ya se bajó… ¿ahora qué hago?...)
¡Oe chochera sube pa arriba pe! ¡Avancen por favor los que bajan en Brasil!
Ana: ¿Sí?
Giovanni: … ¿No te conozco de alguna parte?... claro, seguro que tu estudias en
San Marcos… ahí te he visto… ¿Cuál es tu nombre?...

TERCER DIA:

Ana: … Te cuento, ayer conocí un pata bien churro… es de la Católica… se llama


Giovanni… ¡Sí! Y hoy día hemos quedado en vernos en el micro… ¡Ay! Ahí viene el
carro, chau chau… mañana te cuento…

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Pedro: (…Creo que es el mismo carro de ayer… ojalá me vuelva a encontrar con la
chica de la Católica… mañana hay un recital de poesía… ojalá nos pasen la voz
para tocar con el grupo… por si acaso voy a traer la guitarra…)
Giovanni: (… ¿Será? … este... chesssu ¿cómo se llamaba?) Qué tal tus clases…
qué me dijiste que estudiabas… ah, contabilidad… y en qué ciclo estás… osea que
recién estás agarrando cursos de facultad… ¿vas a tu casa?... te acompaño…
Ana: ¡No!... no, no te preocupes… por qué no vas a mi universidad mañana… claro,
a las seis… no tengo clases importantes… además los profesores están faltando…
creo que quieren hacer huelga, no sé…
Jennifer: (… Ay esta Jéssica, mañana la mato… estos tres chicos estaban
buenísimos… y nosotras solo éramos dos. No importa hemos quedado para el
sábado… pero qué le digo a Miguel…)
Pedro: (…Creo que es ella… qué bonita… ¿Y si me acerco?)
Jennifer: (… ¿Y este tipo?... ay qué miedo como me mira… de repente es un
ratero… medio sonso parece con esos lentes… al fin un asiento)
¡BAJAN, BAJAN, BAJAN, BAJAN! ¡DALE NOMAS!
Pedro: (Cómo hago para buscarle conversación…)
Giovanni: (Mañana me llevo a esta pacha al Estadio de San Marcos, me han dicho
que es propicio pa’ un plancito… ¡Uf! Ojalá que haya apagón… y por si acaso llevo
condón)
Ana: (Qué lindo es… mañana le cuento a María…)
Jennifer: (Tengo que armar algunos bastidores para practicar… ojalá que este año
me incluyan en la exposición anual…)

CUARTO DÍA:

¡¡¡Surquillo San Juan, Surquillo San Juan!!!


Pedro: Para donde vas cuñao… ah… pero este carro te deja cerca, ¿vamos?...
¡Suben suben!... hola… sí, es una hembrita que siempre va en el mismo carro que
yo… pero ahora seguro que va a subir un hembrón cuñao… ta’ qué rica es. Creo
que me he templao, por mi madre…
Ana: (…Este chico siempre va en el mismo carro que yo; creo que va a San Juan…
Qué pena que no haya venido María, para contarle… seguro que se muere… pero
qué mandado que es Giovanni… ¿no será un vivo?... ay no, si tiene una carita
linda… además no creo que tenga enamorada, con lo ocupado que está… ¡me ha
dicho que me va a enseñar su casa!... parece de plata… ¿Dónde me dijo que
vivía?... en Chama creo… ¡Me gusta un montón!)
Jennifer: (Uff, ahí está otra vez ese cholo… qué querrá… creo que es de San
Marcos… me mira con una cara de enfermo… y su pata, que huachafo… voy a
decirle a Miguel que venga un día de éstos… Ahora que me acuerdo, tengo que
comprar cartulina ‘canson’…. mañana tenemos reunión en la cafeta de artes con el
grupo de diseño… no he podido hacer nada… voy a ver si mando hacer el trabajo…
me da flojera agarrar la computadora… y ese enfermo me sigue mirando…)
Giovanni: (Mejor espero el próximo carro… me voy a esconder bien para que no me
vea la ruca… mucho roche, todos los días con la pacha esa en el micro… no vaya a
subir la Toti o una amiga de ella y me jodo… además no quiero que se me pegue
mucho la cojuda… mañana o pasao me la agarro… un par de polvos y chau…
después no me vaya a causar problemas… voy a ver si le pido el carro al viejo o me
la llevo al hostal… pero no quiero gastar mucho billete… parquezaso nomás… no,
tiene que ser un buen polvo. Creo que ahí viene el micro… me voy a esconder… ahí

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está… me está buscando… Ta’ buena esa hembra que sube, creo que es de artes…
Ya se va el carro... ojalá no me haya visto)
Ana: (No está… me dijo que tenía una reunión de grupo a las ocho y media… de
repente todavía está reunidos… ojalá mañana venga a la universidad… Quiere
llevarme a mi casa… pero yo no quiero que vea mi casa… ya sé, le voy a pedir que
me acompañe a la casa de mi tía en San Juan, es más bonita... así no se asusta…
porque parece que tiene plata y seguro se va a desilusionar cuando vea que vivo en
Pamplona Alta…)

QUINTO DÍA:

Ana: Giovanni, me gustas un montón… no te rías, no seas malo... ¿Qué vas a hacer
este fin de semana?... mañana tengo clases… pero ¿por qué no en la noche?...
tengo una pollada con unos amigos… qué te parece si vamos… no, no puedo faltar
mañana en la tarde a la universidad… pero qué vas a hacer en la noche… bueno
está bien… entonces nos veríamos el lunes… ¡Ahí viene el micro!... ¿tú no vas?...
qué, ¿te vas a quedar en San Marcos?… bueno… entonces hasta el lunes… chau…
cuídate…
Giovanni: …Chau, chau… (Al fin se fue… chau…. Mucho roche es andar con ésta
en el micro como si fuéramos enamorados… carajo, creo que se me ha templado…
y ahora cómo hago… yo quería venir a buscarla mañana en la tarde para llevármela
al hostal ese que me recomendó el chino Willy… pero mejor que no haya pasado
nada, porque después llego tarde donde Toti… ojalá que mañana me preste el carro
el viejo… desde que lo choqué con los cojudos de la academia, no quiere saber
nada de prestármelo… ¡Ahora que me acuerdo! Tengo que sacar unas copias, voy a
aprovechar que estoy en San Marcos para sacarlas barato… ¿Qué hora es? ojalá
que esté abierto alguno de esos huecos… con tal que no haya terrucos… puta qué
fea universidad… pero tienen una buena cancha… cuantas parejas, parecía la
playa… y bien oscurito… me faltaron manos para agarrar a la pacha…)
Pedro: …Hola… tú vas para San Juan ¿no?... ah, en Pamplona… ya… creo que te
llamas Ana ¿no?… yo me llamo Pedro… mucho gusto… ya, nos vemos.
(Voy a acomodarme cerca de la puerta porque creo que va a subir la hembrita de la
Católica… voy a ver cómo le busco conversación… qué le digo… ¿Te conozco de
alguna parte?... no... Hola, cómo te llamas... no, tampoco… señorita, disculpe, ¿tiene
hora?... no, qué cojudo… señorita, desearía conocerla un poco… no, no… carajo,
cómo le hablo… ¿Tú no eres María?... no…)
Jennifer: (¿Cómo se llamaba?... ah, Arturo… idiota, recontra sobrado… “mi papá es
amigo del dueño de una galería de arte” … ¡idiota! como si yo me voy a acostar con
un tarado solo por una ridícula exposición… me hubiera gustado decirle que mi papá
es dueño de un fundo ganadero y que tenemos casa en Miami… estúpido, qué se ha
creído… y Miguel es otro idiota, se la pasa con besos y manoseos… no es como
Ricardo, él sí que sabe hacer las cosas… ¡qué noche!... ay, otra vez está ese cholo
estúpido… pobrecito, creo que le gusto… pero es horrible, y se viste bien
pacharaco… Jajaja, se parece al serrano ese de Derecho, recontra atorrante… y con
sus lentes de John Lennon… pero éste debe ser más misio… mejor no lo miro… no
vaya a creer otra cosa. Mañana le digo al idiota de Miguel que venga a recogerme….
Felizmente falta poco para llegar a Miraflores… ya estoy harta de esta situación…
¡carajo! cuándo mejorarán los negocios del viejo…)

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SEXTO Y ÚLTIMO DÍA:

Pedro: Hoy la voy a conocer cuñao, vas a ver… esa hembrita es mi ilusión… y
dentro de poco te la voy a presentar… creo que es de artes… tiene unos ojos
hermosos… ayer me mandó una mirada y después se sonrió… creo que le agrado
un poco… ya sé lo que le voy a decir… ayer me enteré de su nombre por un pata
que subió al micro y la llamó… ¡Ahí viene el micro! ¡Chau cuñao, después te
cuento!... Ta que se ríe, ya vas a ver monse.
Jennifer: (¡Pucha! Otra vez lleno…. Ya estoy harta…. Creo que le voy a decir a mi
viejo que me venga a recoger más seguido… ¡permiso por favor!... ay, el cholo
enfermo me está mirando…)
¡¡¡LLEVAAAA!!!
Jénnifer: … ¿sí?... me llamo Jennifer, ¿por qué ah?.... ¿qué?... ahhh…. Perdón, voy
a avanzar…. (Ojalá que no me vuelva a hablar…. Pero que tal estúpido… qué se
habrá creído)
Ana: (… qué bueno, un asiento. Dónde estará mi amorcit.No lo veo por ningún
lado…. qué pena que no esté aquí… bueno, no me aseguró nada… voy a ver si
duermo un poco… yo creo que esta noche me quedo en mi casa… no pienso sal…
¿qué?... ¿ese no es Giovanni?.... pero…. está con una chica…. ¡Giova…! ¿qué hace
abrazándola?… no puede ser… ¿qué?... eres un desgraciado Giova….)
Pedro: … disculpa Jénnifer, no te dije mi nombre, me llamo Pedro y…
Jennifer: Perdone señor, yo no lo conozco ni me interesa su nombre, así que me
disculpa… y por favor, no me moleste más.
Pedro: … Bueno… yo… disculpe señorita.
Giovanni: … Ven mi amor, vamos a buscar un sitio…. (¡Chucha, la ruca!... ¿ahora
qué hago?... voy a besar a Toti, a ver si se da cuenta y ya no me jode más….)
Ana: (…pero…. ¿por qué me hace esto?... yo pensé que…)
Giovanni: … ¿me quieres?.... yo también mi Toti…. oye, me acabo de dar cuenta
que me he olvidado algo…. ¡bajan, bajan!.... ven, vamos ¡bajan!
Pedro: (… ¡Mierda!…. mejor me bajo…) ¡bajan!
Ana: (…Giovanni, eres un maldito…. ¡te odio!.... ¡te odio!...)
Jennifer: (… pobre cholito… no sé…. creo que voy a terminar con Miguel… Ricardo
me ha ofrecido llevarme a Miami…. pero por qué no querrá mostrarme dónde
vive….)

¡Surquillo, San Juan, Surquillo, San Juan!.... ¡¡LLEEVAAA!!

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POBRE RÍO HUATATAS
En lo alto del cerro Acuchimay descansa una gran piedra negra, que nadie recuerda
cuándo apareció.

Desde antes de los hombres, en el cerro solo había tierra marrón, quemada por el
sol, redondeada por el viento, y estaba esa gran piedra solitaria, a la que no hizo
mella el tiempo.

Sobre esa piedra se posaba un cernícalo, que chillaba y metía miedo a los niños que
llegaron con los que vinieron a poblar el cerro, excedentes de Tambillo y de Carmen
Alto, viviendo en permanente conflicto por la tierra, sin que hubiese para ellos
autoridad que los atienda.

Como ya no quedaba lugar para vivir, el huantino Tomas Huachaca intentó un día
volar la piedra, para levantar en ese sitio una terraza para vivir, pero dos cartuchos
de dinamita, que consiguió de un amigo minero artesanal, no pudieron mover más
que tierra, y lo único que logró fue alejar al cernícalo una semana y atraer a la policía
que lo tuvo 48 horas detenido. Como resultado, Tomás tuvo que irse a vivir más
arriba, y la piedra se volvió a llenar de lagartijas, alacranes y arañitas negras.

A partir de ese día la gente del cerro apareció con historias en su boca que decían
cosas raras de la piedra. La más difundida relacionaba al cernícalo con el alma en
pena de un pecador y a la piedra como la carga que el difunto debía soportar, pues
era ésta el cúmulo de sus pecados, y se decía que cada tarde, al cantar el ave con
lastimero chillido, la piedra se iba gastando. Un día, con el cernícalo se iría la piedra,
y el que pusiese su casa en ese lugar tendría la protección eterna del espíritu
purgado. Por ello, en los años que siguieron a la difusión del cuento, no paso una
semana en que no hubiese un poblador dispuesto a levantar sobre el lugar su casa.
Pero la piedra no dejó de mirar con su punta filuda hacia las nubes, y los cernícalos
se sucedieron sobre ella con su canto de hambre y apareamiento.

Un día de mayo, llegaron dos padres mercedarios al barrio de Santa Ana, que
rodeaba la piedra del Acuchimay, también conocido como Pueblo Nuevo. Venían a
decirle a los numerosos habitantes del cerro, reunidos en asamblea, que habían
escogido el lugar de la piedra para levantar una capilla y desterrar del lugar la
superstición y el miedo a lo desconocido, que de la voz ronca del padre Julián
supieron que también eran pecado.

El Pueblo Nuevo de Acuchimay aceptó, porque era penoso bajar todos los días
hasta la capilla del camino al cementerio a rezar un poco, y por ello las mamachas
se quejaron al padre Salas, allá en la Catedral hace mucho, pidiéndole una capillita,
aunque sea sin cura, porque el demonio dizque andaba metido en el cerro. Solo
Tomas Huachaca, que desde el día de la explosión quedó algo alunado, se negó al
proyecto, y parándose unos días después sobre la piedra, amenazó a todos
vociferando que, si intentaban poner una capilla en lugar de la piedra, esta iría a

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crecer y rodar por el cerro, hasta el río alameda, llevándose a medio poblado en su
rodada.

“¡Deben dejar que la almita pague sus penas!” Gritó desaforado, mientras sus ojos
enrojecidos parecían dar vueltas como trompo en su cara, que quedó deformada por
la locura. Por ello fue llamado Supaypa ñawiy, el fruto de la pena, la víctima del
diablo.

Tomás se volvió un furtivo habitante, eludido por todos, y su fama de opa quedo
atrás, por la de endemoniado, más digno de lástima que desprecio.

Cinco días después vinieron soldados a dinamitar el lugar para construir la capilla. El
cuartel “Cabitos 51” había enviado un teniente ingeniero y dos cabos que conocían
el oficio. La iglesia a su vez contrató al ingeniero civil Torres, llegado de Lima para
supervisar la obra, que había cobrado especial interés, pues la prensa local la rodeó
de suficiente amarillismo para que rebotara la noticia en la capital.

La primera carga de dinamita, modesta por ser exploratoria, no logró siquiera mover
la piedra, y luego de hacer mediciones y discutir las acciones a tomar, se dejó para
el otro día el trabajo. Vendrían entonces con más explosivos, gente y herramientas.
Un taladro, sogas, grandes barretas, mallas, picos y lampas. Difícil resultaba subir al
cerro maquinarias, porque solo había trochas y escaleras para los pobladores.

Esa noche, cuentan los vecinos, que vieron la sombra de Tomás rondando por el
lugar, y a media noche se escuchó un disparo de fusil, que apenas despertó a unos
cuantos, y que fue acallado rápidamente por el llanto de una guagua con hambre y
frío.

Recién a media mañana volvieron los soldados con los pertrechos necesarios, que
distribuyeron alrededor de la piedra. Cuando iniciaban la obra, los presentes vieron
bajar del cerro a un chapucha peludo llevando un cernícalo en la boca. Venía
meneando la cola, y el ave, grande para su especie, estaba más tiesa que un palo
de molle. Los de Santa Ana, que vieron pasar al perro, temblaron de miedo, porque
hacía mucho tiempo que no veían al cernícalo de la piedra negra, y pensaron que el
ave capturada por el chapito era el almita en pena. La gente entonces empezó a
murmurar y el murmullo se fue esparciendo por el cerro.

- ¡Ya no hagan la capilla!


- ¡No vuelen la piedra!
- Mejor dejen así nomás taytitas.

Esa misma tarde se supo que Tomás había muerto. Intentó golpear al soldadito que
cuidaba la piedra, y una bala lo dejó callado para siempre. Tal noticia inquietó aún
más a la población, que sobre la marcha formó una comisión que se dirigió a rogar a
los ingenieros para que ya no hagan nada.

- Eso tienen que decirle al Obispo señores, nosotros solo cumplimos órdenes.
- Taytita espera que hablemos con el señor Obispo y después trabajas por favor.
- Lo siento cholito, tenemos que terminar esta chamba. ¡Cabo! Muévame esta
gente bien lejos que vamos a colocar las cargas.

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“En medio de la tarde, con el sol rojo sobre los cerros, los vecinos de Santa Ana –
según narró el padre Vicente Rodríguez Ponce- se endemoniaron y con piedras
lanzadas con huaracas, intentaron detener la obra…”

Fue Chávez, sí fue el “colorao” Chávez, ahora lo recuerdo. Agarró su FAL y le metió
un balazo a Nemesio Tincopa, el coracorino. La gente se enardeció y desde lo alto
comenzaron a llover piedras negras y redondas, arrojadas con gran puntería. Dicen
que una de esas piedras golpeo la mano del soldado que disparó a la caja de
dinamita. Fue fortuito, pero fue fatal. La explosión remeció el cerro; mató e hirió a
una decena de pobladores y a tres soldaos, y dejó al descubierto la raíz de la piedra
que primero empezó a humedecerse y luego arrojó barro y agua a raudales. El
líquido turbio fue empozándose poco a poco en el gran hueco que dejó la explosión,
al pie de la roca, hasta que, con sus bases socavadas, la masa cedió cayendo sobre
el cráter, lo que generó un aluvión que se precipitó calles abajo, extendiéndose por
todo el cerro y arrasando todo lo que se encontraba a su paso. El huayco se llevó
gente mayor, niños, perros y las casas más cercanas. De ese modo, en medio del
barrio de Santa Ana empezaba a formarse el cauce de un nuevo río. Un río de niños,
de ancianos, de perros, de ilusiones perdidas; un río de temores y supersticiones, de
creencias ancestrales, que fue a desembocar en el Huatatas, que desde ese día
empezó a ser llamado por los pobladores del Acuchimay como el Supay Huatatas,
por haber nacido de la maldad y haber regado muerte.

Pobre Huatatas, con su nuevo afluente apenas se ensanchó unos centímetros,


porque con el tiempo perdió agua, siendo convertido por los pobladores del cerro en
un desagüe.

Resulta que había allí un acuífero subterráneo, proveniente de alguna filtración del
lago Huacrapuquio; nacido diez años después de aquella gran inundación que llenó
de agua las cuatro partes del mundo: el Huno Pachakuti. Un lago que hoy está
totalmente bajo tierra, y alimenta diversos puquios de la región.

Cuenta el tiempo, y lo ha venido a corroborar la gente que hoy ha huido de las orillas
del tristísimo Supay Huatatas, por infecto y maldito, que el cernícalo hoy caga las
torres de las iglesias de Ayacucho, llamando al supay con su canto lastimero. Y que,
por haber quedado sin huaca, el espíritu ha maldecido a la gente del Carmen, a los
soldados del “Cabitos 51”, a los curas y a todo cristiano que hoy habita Huamanga.
Y a donde vaya un ayacuchano, va la sombra del ave marrón, llenando de odio las
cuatro partes del mundo.

Un aullu de los que aún quedan en las tierras altas fue quien les dijo un día su
verdad.

- Papay, el almita solo se irá a su descanso eterno si el río Huatatas vuelve a


cantar, y su música puede llevar en una balsa a ese espíritu ofendido hasta el
gran mamacocha.

Pero, hay otra historia que dice que el río Huatatas volverá a cantar cuando los hijos
de su cauce puedan mirar el cielo que está tras los cerros, entonar huaynos de

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retorno y trabajar la marka para beneficio del pueblo. Entonces todas las huacas se
abrirán para liberar a los hombres y hacerlos dignos… pero esa es ya otra historia.

Mientras tanto, la sombra del cernícalo cubre de odio la tierra y su chillido abre las
entrañas violentamente.

Y el “colorao” Chávez maneja hoy su Toyota, haciéndole la carrera a los gringos que
van del Sheraton al aeropuerto, mientras Nemesio Tincopa, el coracorino, cuyo
cuerpo no fue encontrado, aparece casi todos los días en las pantallas de la TV con
un “Se Busca” que paga por él mucho más de lo que pudo costar hacer una iglesia
en el cerro El Carmen o mandar construir un colegio en Santa Ana… o hacer de
Ayacucho un rincón de los vivos, aquel 25 de setiembre de 1971.

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LA GIRRA
LA GÜERRA
LA GUERRA
Las puertas quedaron marcadas: con sangre, con cal, con olor a pólvora, con olor a
miedo. Marcadas con el vaivén eterno, con el silencio que de vez en cuando las
atravesaba, con la soledad que abrigaban, con lo que quedaba de verde o marrón
en su resquebrajada madera.

Marcadas con huellas de guerra… de güerra… de girra…

Y fuera de ellas y dentro de ellas y alrededor, nada. Un pueblo de puertas batientes,


sin viento, sin palabras que las abran, como en el sueño, como en las pesadillas de
los niños maltratados, de los hombres atormentados, de las barrigas llenas e
infelices.

Aquí alguna vez hubo hombres, alguna vez se regó la tierra. Aquí antes hubo niños
que corrían tras un aro con sus alambres retorcidos, perros que ladraban al
desconocido, mujeres que colgaban su ropa y sus sueños tras las casas. Ancianos
que recordaban fiestas antiguas

¿Qué pasó? Fue la guerra… Todo se lo llevó la guerra.

Mauricio llegó sonriendo, mirando los problemas con desdén, las posibles soluciones
con satisfacción, venía para completar su labor jesuítica y para trabajar junto a su
primo, quien había sido nombrado Subprefecto y había gestionado el apoyo de
Mauricio en esta tarea, que con seguridad les permitiría escalar posiciones en sus
carreras: la eclesiástica y la política.

Y por eso es que llegaron juntos, como un equipo, con el fin de poner orden en este
pueblo. “Ley, Dios y orden” era su lema. Hacer trabajar y sacar a este pueblo
miserable de su olvido secular. Esa era su misión… y hacer algo de dinero si se
podía. Total, ya venían premunidos de un caudal acumulado en su despedida en
Lima.

- ¡Oye Mauricio! a este pueblo de indios lo vamos a levantar en dos cocachos.


- ¡Por supuesto primo! Con la gracia de Dios.

A lo lejos, fueron divisando el pueblo en lo profundo de la quebrada, conforme iban


bajando, zigzagueando el camino. Mauricio buscó la iglesia, no alcanzaba a ver la
torre; su primo el Subprefecto buscó la comisaria, no se veía la bandera que la
identificase. Los dos se buscaron dentro de los ojos y el desconcierto pobló sus
sienes.

- ¡Pero por Dios, Pedro!, este pueblo es más miserable de lo que me dijeron.

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Y ¿quién se lo dijo?, fue un funcionario del arzobispado que, mostrándole un mapa
de parroquias y pueblos olvidados, hecho al alimón hace una década, le dijo: ¡Aquí!
¡Aquí es hermano Mauricio!, al fin encontré este pueblo bendito, aquí está, ¡Mira!

- ¡Y tendrá iglesia y alojamiento Padre Rubén?


- ¡Claro! Yo he trabajado en Ayacucho tres años y te aseguro que no hay pueblo
sin iglesia, con decirte que hay en ese bendito rincón de Dios más iglesias que
colegios, más curas que policías y tanto fiel que te van a faltar ostias para la
comunión. ¡Ah! Pero eso sí, no vas a tener muy llena la cesta de las limosnas…
Te deseo suerte hermano. Adiós.

Pedro si apenas escuchó, tenía preocupaciones mayores; pensaba: “si no hay


comisaría ¿Quién mierda va a cumplir las órdenes que traigo?; pero, si el pueblo
alguna vez tuvo fuerza policial, ¿dónde están ahora?... ¿Habrán llegado los terrucos
a este maldito lugar?... no, no puede ser, a mí me garantizó mi compadre que esta
provincia estaba libre de terrucos. Además, de ser así ya estaría aquí el ejército o la
marina… ¿Qué hago?”

Conforme iban rodando en el viejo Chévrolet azul de Pedro Castro, por el camino de
tierra afirmada, que anunciaba el fin de la zona agreste y el inicio del poblado, fueron
apareciendo pequeñas chacras abandonadas. Ante tal visión, la cháchara
despreocupada del camino trocó en un silencio tenso, que escondía en realidad un
prolongado monólogo interno que podía verse reflejado en el rostro de los primos.

¡Una señal!, una señal que no habían visto por kilómetros hizo que Pedro detuviera
abruptamente el auto. En un muro de adobes poco alto y gastado por la lluvia y el
viento, que protegía intereses privados, decía:

El PUEBLO VENCERA

Volvieron a rodar, esta vez con lentitud, fue Mauricio quien reinició el diálogo,
lanzando frases de aliento:

- Seguro que solo son pintas de simpatizantes. Tú sabes que por aquí no va faltar
quién preste oídos a esas prédicas; precisamente para eso hemos venido primo,
para prevenir y evitar la violencia con nuestra acción evangelizadora.

Y cuando Mauricio volvía con renovada fuerza a su alentador discurso, Pedro volvió
a detener el auto, esta vez con muestras de mayor nerviosismo, mientras señalaba
un tramo de un muro alto que precedía a las casas del pueblo, que ya se
avizoraban.

- ¡Mira!, ¡Mira Mauricio! ¡Allá!

VIVA EL PENSAMIENTO GONZALO

Esta vez fue Pedro quien volcó todo su temor en palabras de falso autoestímulo.

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- ¡A no carajo, a mí no me intimida nadie! Alguien tiene que haber con los
cojones bien puestos. Vamos a organizar a la población. Estos indios de
mierda tienen que darse cuenta qué es lo que le conviene.
- Claro Pedro, claro, y yo te voy a dar una mano. Aquí el cura se va a quitar la
sotana y va a chambear hombro con hombro con su feligresía. ¡Claro!

En sus rostros volvía a renacer la esperanza y el rojo sol de la tarde que iluminaba
todo de un color rosáceo les puso una sonrisa en los labios. No podían volver, no
podían echarse atrás. Ya no, era la oportunidad de sus vidas, y muchas personas
estaban observándolos, confiando en que harán una efectiva labor en la zona.
Regresar hubiera significado algo más que una renuncia, el reconocimiento de sus
limitaciones, la muestra de su incapacidad. Más aún, ahora que uno aspiraba a ser
diputado de su provincia y el otro esperaba llegar un día al Vaticano… o por lo
menos a la curia limeña.

- ¡No primito, de aquí no nos mueve nadie!


- ¡Por supuesto Mauricio, solo muertos nos sacarán de este pueblucho!
- Jajajajaja… Mejor no tientes a la parca.

Riendo y riendo, y el color viene de nuevo al rostro, riendo y riendo, y el auto siguen
rodando, pero esta vez con más recato; y así, fueron penetrando en el pueblo, que
mostraba ausencia, mucho silencio, y sombras huidizas, de individuos asustados por
su presencia.

Mirando y riendo, la risa se fue a un hueco muy profundo, en menos de un segundo,


y como quien arroja de pronto toda su sangre a sus pies, Pedro y Mauricio quedaron
congelados por lo que vieron. A un lado de la pista, dos cadáveres se asoleaban,
hinchados de sabe Dios cuántos días. Aún llevaban el uniforme de la policía
nacional, y sobre el cuerpo un pequeño letrero mal escrito, que Mauricio, después
del estupor inicial alcanzó a leer, mientras ensayaba una oración por los caídos y
Pedro bajaba al mínimo la velocidad. Ese letrero decía:

AI MUEREN LOS LACAYOS DEL IMPERIALISMO

El lugar hedía terriblemente. A pesar de los intentos de Mauricio por bajar y orar
cerca a los muertos, el olor los sacó de ahí, sin tiempo para cubrir los cadáveres
putrefactos. En su huida seguramente pensaron: ¿por qué nadie ha venido a
levantar estos cadáveres? Y por la mente se le cruzaron ideas que cubrieron de
miedo su desconcierto.

Nadie dijo nada. Las señales eran evidentes, las puertas eran cada vez menos
puertas, para convertirse en solitarias batientes llenas de recuerdos y escenas de
odio, violencia y dolor. El miedo pasó a ocupar su lugar y el rostro de los seres
queridos y los pretextos vinieron a darle forma a sus palabras.

- Mauricio, tú crees que valga la penas hacerse matar solo por unos cuantos
principios sin sentido
- No sé Pedro, no sé…

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A las cinco de la tarde del día 26 de noviembre de 1989, día de San Conrado y San
Nicón, llegaron el subprefecto y el párroco del lugar a la plaza mayor del pueblo de
Sarqha, en la sierra central del Perú. Una pequeña comitiva esperaba, porque
habían recibido noticias de la capital del departamento, anunciando la llegada de las
autoridades. Cuando el auto se detuvo en la plazuela, distribuidos por el lugar,
hombres con armas rudimentarias, entregadas por el ejército; dos niños con
banderitas peruanas y tres mujeres esperando tras un perol de barro en el que
cocinaron una sopa, mostraban una triste sonrisa que la coca chactada, la chicha
previamente tomada y los instrumentos desvencijados de una improvisada banda
trataban de mejorar.

El grupo de varones de negro, que parecían ser los principales del pueblo, se
acercaron en compañía de los hombres armados, y rodeando el auto esperaron,
mientras el vehículo, detenido ya, con sus vidrios empañados por el polvo, no dejaba
ver señales de vida en su interior.

De pronto bajo Pedro y mirando a todos con fingido asombro, preguntó por el pueblo
de Huanca Runa.

- Is más pa´lla señors


- Piro ¿ostidis no son el aotoridad?
- ¿No ires el taita preficto?
- ¡Les pregunto si saben dónde está el pueblo de Huanca Runa!
- Is más alla siñors, por ondi vinieron puis
- ¡Gracias!

Y el automóvil Chevrolet Chevy Malibú argentino del 74, haciendo rugir su motor de
seis cilindros, dio media vuelta y con regular velocidad inició el retorno, mientras los
comuneros se miraban sonriendo, no sin cierto asombro por lo ocurrido. En tanto la
noche cubría todo de un color gris rojizo y el polvo mordido por el vehículo de los
extraños se extendía sobre la plazuela, dejando una estela de fracaso y frustración.

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QUE TRISTE EL AMOR CUANDO SE VA ...
Universidad de Lima, 1988, agosto, lunes, 10.00 a.m.

“Tan hermosa era hermano... y tú lo sabes... tú que siempre miras y escuchas tras
ese reflejo... tú el único que me entiende. La conociste, ella era tan simple, tan
etérea., yo la sentía emanada de mi propios sueños, de mi propia carne, de mi
propio olor a sexo... y la pureza de mi pensamiento por su recuerdo es más fuerte
que todo y que todos; aplaca mi odio y me hace contener ese inmenso grito de ira
que siempre quiero lanzar contra la lejanía de nuestros cielos... pero en este recinto
cada noche vuelvo a ser feliz porque la vuelvo a ver... hoy, hermano, al igual que tú
me miras, ella también me mira desde el espejo... está a tu lado, ¿la ves?... y hoy
como cada noche, al callar en los pabellones toda voz, todo movimiento, toda
presencia humana, busco meterme dentro del reflejo, aunque me rompa las narices
y me sigan diciendo demente…”

Era lunes, y el sábado se me había quedado impregnado en el sabor con hediondez.


Todo andar me resultaba pausado, y debía buscar pronto un surtidor o por último un
baño si quería apagar el calor de una digestión volcánica.

Yo no estudiaba Ciencias de la Comunicación, pero los baños del pabellón de


comunicaciones siempre me parecieron de los más limpios, donde el sentarse no
requería poses acrobáticas, y el sonido de culitos alegres, al otro lado, en el baño de
damas, amenguaba el penoso acto de la expulsión. Los otros baños eran una cosa
deprimente, y ninguno tenía espejito y paredes sin losetas para escribirle cosas al
decano, a la rectora o al marica de Arizmendi, palabras o símbolos que se quedaban
sobre la pared algunos días, antes de ser borrados por el trapo limpiador. Este sí era
un baño, como debe ser el de toda casa bien.

(Mientras iba angustiado, rumbo al baño, me preguntaba por qué no podíamos los
de derecho tener un baño así y al ver a las hembritas de comunicaciones encontré la
respuesta).

Apenas empuje la puerta fui en busca del agua, pero lo que vi me perturbó unos
instantes, era una mujer, al menos es lo primero que me pareció, sí, una mujer, y
bastante joven, una niña diría más bien. Pero no era una mujer común, porque
estaba envuelta de un uniforme celeste y sucio, y eso la hacía ajena a cualquier
mirada de atención, casi casi un objeto más.

Era una mujer, es cierto, pero una mujer a la que, entre nosotros no se “debía” tomar
en cuenta. Alguien hecho para estar ahí, indiferente, aunque ante mis ojos ella se
desnudase y ante sus ojos yo me bajase el cierre para orinar. La circunstancia ante
tal presencia aconsejaba mantenerse intacto, ajeno al sentimiento: totalmente “en su
lugar”.

Volviendo a mi necesidad impostergable e ignorando a la empleada, lo primero que


hice fue prenderme del caño de agua para chupar un líquido que, desde siempre he

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sabido trae vida (en una época en que todavía no traía cólera) ... Entonces fue
cuando escuché:

- Joven, joven.

Y como yo no era tan imbécil para pensar como el gordo Ferrero o el flaco Amprimo:
“Qué tiene esta chola igualada, por qué me jode”, decidí echarle una mirada
mientras tragaba el último y desesperado sorbo de vida...

- ¿Sí?

Pregunté un tanto afectado mientras secaba mis labios con la manga de mi


chompa...

- ¿Pasa algo?
- Disculpe joven...

Me dice con una sonrisa cómplice.

- Te has metido al baño de señoritas.

Apenas hubo terminado de mencionar la última palabra, graciosamente dicha,


abundantes ruidos se agolparon en mi cabeza: el agua fluyendo, la risita nerviosa de
la niña, el latido de mi sangre exaltada, el murmullo de tres voces despreocupadas
de mujer que se acercaban, la puerta que se empezaba a desprender de su marco
roncamente... Y fue instantáneo. Cogí del brazo a la niña, y cuando la puerta ya
había dejado ingresar a la última mujer, yo estaba metido con mi presa en el recinto
central, de los tres usados comúnmente para defecar o, en este caso orinar, porque
recién recordé que las mujeres no tienen en sus baños eso que los hombres
llamamos “urinario”, y que, forzando el asunto, puede ser desde un árbol, hasta la
ventana abierta de un ferrocarril.

Allí quedé temblando unos segundos, segundos en los que, parado sobre la taza no
dejaba de mirar los ojos asustados de la niña, quien había enmudecido, al punto de
permitirme retirar la mano que sobre su boca tenía puesta, por precaución.

- ¡Toc toc! – sonó la puerta.


- Amiga ¡Apúrate!
- Creo que es la chola que limpia, mírale los zapatos
- ¡Oye apúrate! Ay, por qué no irán a su baño, que tal concha ¿no?

En ese momento yo decidí descongelar la escena y con un gesto le dije que


guardara silencio, que no conteste nada. Fue entonces cuando sonrió. Había
percibido mi temor y había descubierto lo torpe de mi acción, y ahora trataba de
ayudarme. Pero qué mala suerte, pensé, es cambio de hora, no tardará en
incrementarse la concurrencia al baño. Mientras tanto yo continuaba agazapado
sobre la taza, mirando hacia la puerta, y ella, frente a mí, parada, esperando otra
señal.

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Le dije, con señas, que se diera vuelta, para que pareciera que estaba utilizando el
inodoro, pero como no entendiera, la cogí de la cintura, y sin mediar palabra, la
coloqué de espaldas a mí. Un leve gemido fue la única respuesta, y un temblor que
percibí en las manos con las que la tenía asida a mi cuerpo, que hasta ese momento
se mantenía tenso, apenas sin respiración.

Aquel temblor despertó de pronto sensaciones poco exploradas de mi ser. Su


cabello descuidado y su olor a carne ordinaria fueron resultando poco a poco menos
importantes, ante el roce de sus nalgas en mis rodillas y su cintura delicada, que se
iba perdiendo sin retorno en mis manos erizadas por el deseo, manos que
exploraban todo con ansiedad animal. Ella no parecía mostrar resistencia ni tener
objeciones ante mis avances, y aunque no podía mirar su rostro para saber qué
clase de respuesta estaba obteniendo, sentía que, de pronto era el dueño de su
voluntad y no había límite para mis actos.

Tres, cuatro, cinco chicas habían pasado por el baño y muy pronto la concurrencia
empezó a ser menos frecuente y más espaciada. Ya eran las diez y quince, seguro
que la mayoría se encontraba en clase. Hubo un momento de silencio prolongado y
ella quiso apartarse de mí, pero una voz que pasaba rauda por la puerta la detuvo,
esa voz no entró al baño y ella ya no hizo intento alguno de separarse. En ese
momento yo solo pensaba en ella, descubriéndola carnal, como un objeto que
despertaba obsesión por poseer, un trofeo que ganar. En ese momento ella se
empezaba a entregar, y el silencio lúbrico se hizo uno con las caricias y solo se
insinuó el sonido de los cuerpos cuando se rozan con fruición.

Sin señal alguna de rechazo, entre las diez y veinte y las diez y treintaicinco, disfruté
en la niña un juego eterno, que extasiado, intenté ganar. Sus labios fueron una
herida abierta a mi apetito por destrucción, y en toda su hermosa edad pude dejar
sembrado el impulso bestial de mi sangre exaltada al punto de la eyaculación, que
deja escapar inmensas fuentes de energía, capaces de crear la vida…

No recuerdo si fue antes o después, que sentí sus espasmos sobre mis piernas y
sus uñas calando mi espalda, mientras lanzaba agudísimos gemidos, acallados por
su desaforado resuello. Lo cierto es que hubo un instante, pequeño instante, en que
sentí a la mujer, no a la niña, y la quise y me entregué a ella con libertad; fui feliz y
amé ese momento celestial.

- Justina, ¡Justina! ¿dónde está?


- Ah… este… ya, ya salgo, un ratito.
- Te espero arriba Justina, apúrate que estamos atrasadas.

Se llamaba Justina, pero eso no es los que me importa ahora.

- Oye… y ahora cómo salimos… ya sé, tú sal afuera, y cuando veas el pasadizo
libre, me pasas la voz…. ¿ya?

No dijo nada, solo salió a cumplir con el último acto de este enredo. Su mirada vivaz
y un gesto de asentimiento fueron la señal. Salí tan rápido como pude para meterme
en el baño de hombres, porque había cosas que lavar. Cuando regresé al pasadizo

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solo vi a un profesor y a dos alumnos que entraban a la secretaría de la Facultad,
pero… ¿y Justina?

Miré el reloj y me di cuenta de que tenía ya una hora de clase perdida, ¿Qué hacer?
Un remordimiento muy extraño me hacía ignorar y hasta despreciar lo ocurrido uno
minutos antes, y bastante pronto sentí lo estúpido de mi actitud: querer conversar
con una empleada de limpieza. No imaginaba nada más fuera de lugar. Y
esbozando una sonrisa inocente decidí perderme lo más rápido posible entre
pabellones, buscando tomar lo acontecido como una experiencia más de las que se
tiene los fines de semana. Un secreto entre yo y ese baño, y algo que contarle solo a
la almohada, porque, de saberlo alguien más, el ridículo sería inminente, y ello
bastaría para echar abajo mi reputación, atentar contra mi dignidad y pisotear mi
orgullo.

……

Los días en la Universidad particular transcurren sencillamente. Aquí no hay


carencias ni frustraciones significativas, aquí el mundo se hizo al revés, porque todo
marcha bien, y un día no es un día, es un segundo inútil, perfecto en banalidad; un
instante del cual el mundo no se ocupa… aquí un día es como un cuento de hadas:
En esta Universidad de Lima, Lima no vive.

Y aquí estamos nosotros. Yo con mi egocentrismo insultante; Pedro con sus poses
de intelectual; los niños de la “Zoociedad” haciendo del honor ajeno un lodazal; el
chato Alfredo, que se la pasaba predicando áridamente la necesidad de justicia
social; y todos nosotros, a todas horas, hablando de mujeres inalcanzables, autos en
exhibición y deportes.

Y aquí, un día, cuando salía de clases y en el tumulto las risas y el vocerío se hacían
dueños del ambiente, sentí la fuerza de dos ojos buscando los míos con
desesperación. Era ella, la muchacha del baño, la chiquilla que yo había utilizado y
dejado luego; y estaba frente a mí deseando atención… pero cómo podía yo
explicarlo… cómo podía yo prestar atención a una cholita así… y pensé… ¿quién
eres?... ¿qué quieres?... ¿qué haces aquí?... ¿qué?...

No esperaba obtener respuesta, porque no habría preguntas, mis ojos desviaron


rápidamente la mirada, presto a huir…

El contacto con ellos siempre había sido puramente casual, eran dos mundos muy
distintos que no se cruzaban, como dos líneas paralelas. El mundo de los
estudiantes y el de los empleados. Más aún si de los extremos se trataba. Resultaba
evidente entonces que los trabajadores de limpieza jamás se relacionarían con los
alumnos de los sectores A y B; estaban en las antípodas.

Yo siempre creí ser una suerte de híbrido entre la clase A y B, porque además de
tener algo de plata, vestía y actuaba como un “pituco”, y aunque no fuera realmente
importante, creía tener la inteligencia de un intelectual. Me costaba admitirlo, pero
tuve que sufrir muchas cosas para llegar a tal posición y mantenerla, pues el color –
sobre todo en verano- no me ayudaba mucho. Y ahora ella, esa cholita ridícula me
quería echar a perder la fiesta. Jamás iría a permitir que un suceso tan

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intrascendente trastoque mi normalidad. La ignoraría y punto…¡Ufff!, qué incómoda
situación.

Tenía que parecer menos evidente, porque a ella también le resultaba difícil este
abordaje; tanto de un lado como del otro, las dificultades y las diferencias eran un
duro obstáculo para entablar una relación, y ella, con su trapo en la mano y su
atareado afán, se fue acercando lentamente a mí, pero cuanto más la evitaba, más
me buscaba, y al encontrar mis ojos, de manera espontánea, se dibujó una sonrisa
inocente en sus labios pequeños. ¿Qué querrá esta chola imbécil? – volví a pensar.
Y en ese momento caí en la cuenta que tenía que enfrentar la situación, antes que
ésta escapase de control… y escapó.

Hola –me dijo-, y fue precisamente cuando se acercaron dos amigos blanquiñosos,
de esos a los que todo le apesta.

Los miré, me miraron, nos miramos, miramos un poco más allá… espero que la
chola solo se haya detenido a saludar y que ya se haya ido. Pero no, ella me miraba,
seguramente esperando respuesta, y yo solo atiné a despedirme, súbitamente,
pretextando una obligación de última hora, de cumplimiento impostergable.

Ella no supo qué hacer, nadie tuvo curiosidad, nadie se rió, porque a nadie le
importaba tal situación, que, en el entendido del montón de estudiantes, jamás
podría ocurrir. Pero en ella, dolorosamente, despertó la realidad. Empezó a darse
cuenta cómo estaba hecho el mundo. Y esa tarde seguramente no lloró, porque
había aprendido a tragarse otras penas desde niña, pero ¿sufriría igual su primera
pena de amor?

Fueron dos o tres veces más, las que se cruzó mi mirada con la suya, y otras tantas
veces las que yo evité todo contacto. “Hola”, me decía muy tímida cada vez que me
encontraba, y en cada ocasión yo rehuía su mirada, y si podía, hasta la miraba
extrañado, fingiendo desagrado, como si ella fuera un ser de otro mundo… y ¿acaso
no lo era?

Fue en setiembre, un mes después de ocurrido el primer encuentro – Hola – me dijo


- ¿Puedo hablar con usted? - Yo estaba solo (por suerte), y aunque traté de evitarla
y evitar a un tiempo las miradas curiosas, no pude conseguir ninguna de las dos
cosas, y decidí afrontarlo. Poniendo mi mano sobre la boca le dije muy rápido:
Espérame en la parte traerá de la biblioteca, en quince minutos estoy ahí.

Mientras caminaba rumbo a la cita, pensaba: voy a sacarme a esa cholita del camino
de una vez, no ha sido nada conveniente ese encuentro. Y cuando llego al lugar
convenido, antes que pueda decirle nada, ella busca mis ojos y me dice:

- Estoy embarazada.

Esas dos palabras me fueron lanzadas al rostro con tal fuerza que, por un momento
pensé que no estaban destinadas a mí, pero luego empecé a ver claro.

- ¿Cómo dices?

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- Estoy embarazada papito, el médico de la universidad me ha dicho, que es
seguro que esté embarazada.
- Y qué me vienes a contar eso a mí.
- Pero tú eres pues ¿No te acuerdas?
- De que hablas oye… no te entiendo, acaso estás diciendo que yo…
- Tú eres joven, tú lindo, a nadie más he tenido, con nadie más me he acostado, tú
eres el padre de mi criatura, tú nomás, tú nomás, tú…

En ese momento se quebró la escena, por un lado, ella, llorando su desventura, y


por el otro, yo, desconcertado casi al punto de la locura. Ninguno de los dos nos
miramos, pero ya no se podía pensar en un rompimiento; ahora, algo más que un
mal o un buen recuerdo nos unía.

Pasado el desconcierto yo pensé en tomar otra vez la sartén por el mango y buscar
una salida.

- ¿Cómo sabes que es mío?. Yo no te creo lo que me dices.


- ¡Yo te juro que es así!, a nadie más he tenido…
- Bueno, no sé, ¿y qué quieres que yo haga?
- Tú sabrás pues joven…
- Yo creo que esto hay que solucionarlo ¿no crees? (después de todo no era tan
mierda)
- El rostro de la niña se iluminó de pronto y subió la mirada mientras preguntaba
- ¿Cómo así?
- Tienes que abortar eso, no puedes tenerlo… yo no estoy dispuesto a joderme la
vida por un mal momento. Tienes que botarlo.
- Pero yo no quiero eso, yo quiero tener mi guagua, yo quiero que se parezca a ti,
lindo, y me recuerde a ti… contigo fui feliz.

La sartén se me caía de las manos. La situación se tornaba incontrolable. Busqué


dónde asirme, porque sin duda yo no podía obligarla a que aborte, pero…. por qué
maldita sea tenía que meterme en estos problemas… y todo por arrecho, nada más
que por arrecho.

Pero ella no tenía la culpa, ella se entregó a mí sin violencia, con pureza, con
asombro, con rendido desconcierto, como quien se entrega a una fuerza superior,
como quien siente llegar la oportunidad de su vida y no la debe dejar escapar, y
lucha por ella, y la cree tan pura como el sentimiento que entrega. Ella se entregó a
mí además porque es sumisa, porque tiene aprendido su rol de mujer a la manera
de los siervos, y yo abusé de su pureza, de esa entrega que ella creyó se hacía con
amor, y quise obtener de ella solo una satisfacción momentánea… y ahora ese
fruto… y ahora… mierda… ¿qué hago?...

Día tras día fui conociéndola, fui enseñándole de mis cosas y ella de las suyas.
Mientras maduraba ese pequeño ser en sus entrañas, yo le hablaba de mi mundo,
de mis planes, de las cosas que haré cuando salga de la Universidad, y veía en sus
ojos entremezclarse la tristeza y la alegría, sin llegar a comprenderlo.

Casi siempre nos veíamos a escondidas, yo todavía la trataba de convencer para


que aborte, incluso con falsas promesas de un futuro juntos. Pero ella tenía miedo,

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quería conservarme a su lado y por ello no quería cortar el embarazo, que aún no se
le notaba. Yo esperaba ya tan solo un milagro, mientras trataba de mantener oculta
esta relación, que no pasaba de conversaciones furtivas.
Parece que alguien me vio conversar con ella un día, y luego otro, y muy pronto
todos los que me conocían sabían de mi “relación-con-la-chola-que-limpia”.

- ¡Ay qué cochino! Con una empleada.


- Qué bajo ha caído, y todavía en plena universidad, seguro que la Toti lo dejará
pronto.
- Ojalá.

Nuestra relación se fue haciendo diaria… de pronto estaba asqueado de ellos y


sentía orgullo por ella. Un día desperté pensando que toda mi vida había vivido
sumida en la hipocresía y el egoísmo, y quise subsanar tanta estupidez. Dejar de
hablarle de aborto, dejar de usar mi vida y mis proyectos como una forma de
chantaje, para obligarla a salir de mi vida. Dejar de insinuar que ella no pertenecía a
ese mundo, al que jamás podría entrar. Dejar de identificarme con ellos, porque yo
ya no pertenecía a ese mundo. A partir de aquel día supe que debía ser otro yo, que
debía aceptar a ese hijo y a esa mujer y que nadie como ellos podría lograr hacerme
feliz en adelante. Pensé incluso en dejar la universidad, trabajar para los tres … y
corrí a contárselo.

Cuando llegué no estaba en el sitio acostumbrado. La busqué y nadie me dio razón


de su paradero. Y en se trance una compañera de ella se me acercó y me dijo que la
habían despedido hacía tres semanas, por enterarse que estaba embarazada, y que
había seguido viniendo a escondidas y fingido que trabajaba, solo para verme. Sus
compañeros sabían sus razones, por eso la ayudaban, pero desde anteayer no han
vuelto a saber más de ella.

Yo aún la busco, fuera ya de este mudo hipócrita, para hacerla feliz, porque me
dijeron que ella se alejó de mi lado para no estorbarme y dejar que sea feliz. Pero
resulta que ahora, cada uno, en la distancia, sigue siendo infeliz… y yo lo soy de
todas las maneras en que la infelicidad puede golpear a un hombre, que acaba de
dejar de ser un niño.

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HEROE, PERO... ¿DE QUIEN?
La noticia llegó como enviada del cielo, era la oportunidad que tanto tiempo había
estado esperando: ¡Al fin un congreso Internacional!

La Historia desde siempre había sido la principal de mis pasiones y el estudio de la


Guerra del Pacífico tenía para mí un particular interés, pues en él encontraba la
doble satisfacción de saberme agradecido con mi más glorioso antepasado y con mi
padre, para quien la guerra con Chile fue siempre una cuestión personal a resolver,
un asunto aún no terminado.

Y ahora después de tantos años de trabajo, después de tanta tinta impresa, y


después de haber examinado las fuentes más diversas, inmerso en noches de papel
y abundante café y cigarrillos, tenía frente a mí el esperado reconocimiento:

“(…) Por tanto, la Universidad Católica de Chile espera se sirva honrarnos


con su asistencia a este Congreso Internacional que sobre el tema: A
CIEN AÑOS DE LA GUERRA DEL PACIFICO, venimos organizando.
Sabedores que la ponencia† bajo su responsabilidad enriquecerá en
mucho el contenido del encuentro, desde ya le expresamos nuestro
agradecimiento y (…)”

Un peruano en Chile hablando de la Guerra con Chile, el único, además; eso sí que
era un triunfo. Mi edad entera la había dedicado a la docencia y a la investigación
histórica, y ahora podía empezar a cosechar. Esa noche corrí a mi casa, a contarle a
mi padre el final (o el comienzo) de mi feliz aventura.

Mi padre era un hombre de aquellos que no dejan que la vida haga sobre ellos;
bastante común de criterio, pero con tan grande energía como solo un niño puede
ser capaz. Por ello mi padre fue todo lo impetuoso que le dejaron ser y muchas
veces no reparó en las formas. Nunca, sin embargo, fue deshonesto, por ello mismo
no llegó muy lejos, ni pudo ahorrar lo suficiente para comparar una casa. Apenas era
un capitán retirado del Ejército, que hoy pugnaba en el crepúsculo de su edad por un
terrenito, en un área destinada, por el gobierno para ser entregada a los herederos
de los “héroes de la Guerra del 79” (que eran muchos). Programa que formaba parte
de los actos celebratorios por el Centenario del inicio de la Guerra, por nosotros
perdida, y que, en alguna medida -en palabras de mi padre– “Podría hacer justicia a
quienes lo dieron todo por nada”. Convencido estaba que esas palabras no solo se
referían a nuestro honorable antepasado, sino también a él.

Luego de las llamadas, las confirmaciones, las reconfirmaciones y los trajines del
caso, llegué a Santiago un lunes, cuando apenas oscurecía. El frío del invierno
Santiagueño me hizo recordar algunas noches, de aquellas que pasé en Lima
estando niño, en la década del sesenta, cuando un agosto nos desahuciaron de una
casa de alquiler, por no pagar.

La referida ponencia trataba acerca del impacto de la guerra en las comunidades andinas de la sierra sur del
Perú, que no están vinculadas a las haciendas, entre 1880 y 1883.

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Una joven estudiante de historia y un personaje larguísimo y amable, de mediana
edad, que se identificó como profesor universitario, fueron mi única recepción. Esa
noche, luego de mi exposición – que fue recibida con mucho entusiasmo -, tuve
mucho tiempo para reflexionar en el hotel acerca de mi futuro, y pensé: ¿Si me
quedo a investigar unos días más buscando una subvención de la Universidad
Católica?

El mismo día de la clausura del Congreso, entre vino y vino me acerqué al Decano
de la Facultad y le expuse mi proyecto:

- Estimado doctor, tengo interés en realizar una investigación sobre el impacto de la


Guerra del Pacífico en la economía de vuestro país, sobre todo en lo referente a
la migración árabe a Chile. Usted sabe, es un asunto familiar.
- Bueno, me imagino. Puede ser un tema que también interese a la Universidad
profesor. Veremos qué se puede hacer, porque como usted sabe, los fondos se
dirigen a los docentes investigadores. Aunque eso se podría solucionar si usted
nos acompaña una temporada con un seminario o un curso que esperamos
pueda preparar. Además, aquí la comunidad árabe es numerosa... y muy
poderosa, por cierto

Una gran sonrisa y mi vaso en lo alto fue toda mi respuesta, esa noche, por cierto, al
igual que la primera vez, no pude conciliar el sueño.

Al día siguiente, cuando me dirigía a las oficinas del Decano para concretar el
ofrecimiento, se me acercó el personaje pálido, amable y estirado que me fuera a
recibir, y con la misma sonrisa de la llegada, me solicitó unos segundos. Jorge
Majluf, que era como se llamaba, me dijo que había tomado conocimiento de labios
del Decano sobre mi proyecto y deseaba colaborar conmigo. Mi ciudad natal, Talca,
situada al sur de la capital –decía él– había sido generoso al recibir a muchas
familias de origen árabe; entre las cuales estuvo la mía.

La idea me parecía buena, si había que empezar por algún lado, era mejor hacerlo
con quien tuviera la disponibilidad y los conocimientos para apoyarme en esta
aventura; a la que me empujaban diversas circunstancias, como el vínculo de mi
familia con la migración árabe; el afán de un peruano de dejar huella en Chile, para
sacarle lustre a su heroico apellido; la política chilena, de brazos abiertos al Perú y el
conocimiento de un fondo para investigaciones, en el tema que me interesaba tratar.

Al día siguiente partimos a Talca, luego de acordar con el Decano los detalles de la
propuesta. El viaje de seis horas en tren nos permitió apreciar la belleza de su
paisaje y a su gente. Que me trajo al recuerdo la sierra del Callejón de Huaylas,
nuestra “suiza peruana”, que cada país con montañas nevadas dice tener y ostenta
con orgullo.

El segundo día de mi estancia en Talca, al pasear por la Plaza de los Héroes,


cercana al hotel donde me hospedaba, la curiosidad hizo que me acercara a leer lo
que estaba escrito en la placa de bronce situada bajo la imagen de un soldado
esculpido en actitud agresiva. Era el homenaje de la ciudad a quienes “…en acto
heroico habían caído defendiendo a la patria”. Y decía: Rubén Huisa Godaz, Óscar

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Acuña Huidobro, Néstor Simanche Artesa; José Lama Hui… ¿Lama Huire? Mi
primera reacción fue de sorpresa, luego di paso al estupor y enseguida corrí al
Hostal a buscar a mi amigo Jorge, que a esa hora se encontraba echando una
siestecita. El me refirió que el tal Lama Huire había participado en la batalla de San
Juan, donde, a punta de sable, tomó una batería que por algunas horas había
infringido grandes bajas al enemigo y que luego, en Miraflores, fue de los primeros
en tomar el Reducto número dos, donde cayó a consecuencia de las múltiples
heridas recibidas por las esquirlas de una granada. Luego de eso no se supo más de
él. Pero aquí se conmemora su sacrificio, como el de tantos talquinos. ¿Es que
acaso la historia no era la misma? –pensé–. Llévame a ver la documentación que
prueba lo que afirmas, le dije a mi larguirucho amigo. Y esa noche al comprobar lo
no deseado decidí mi regreso a Lima.

Padre –le dije–. El bisabuelo no fue un héroe peruano. Fue un héroe chileno. Era mi
padre por ello debí aguantar las bofetadas que me lanzó por la supuesta ofensa.
Pero luego las pruebas hicieron que no quedara más duda, se trataba del bisabuelo.

Mi bisabuela tarapaqueña había mentido, nunca se casó con Don José Lama Huire,
y él nunca fue un agricultor iqueño. Solo fue uno más de aquellos miserables que
invasores que saquearon y violaron a las peruanas y las dejaron embarazadas. Ella
solo devolvió la afrenta y le atribuyó a ese cuerpo desnudo que encontraron en el
fango (o que ella desnudo), ser su esposo y el padre de su hijo. Fue así como se le
confundió con un soldado peruano y más adelante pasó a la lista de los heroicos
patriotas nacionales, debido al pedido de mi abuelo, quien así reinvindicó su
procedencia de hijo “legitimo”. Talca nunca se enteró de esto y ahora tampoco debía
hacerlo.

Todo el pasado glorioso derrumbado en un segundo por algo que probablemente


nunca debió saberse, ¿por qué entonces había traído infelicidad a la casa? ¿Por qué
tenía que enturbiar una vida que ya se acaba y cuyo único sustento había sido
aquella honrosa procedencia? “¿Dónde está tu inteligencia hijo?” fue la pregunta que
me hizo mi madre, a quien también había destrozado el corazón. Pero yo no tenía la
culpa, yo solo cumplía con un deber.

Al atardecer de mi segundo día en Lima hice una llamada al Decano de la Facultad


de Ciencias Humanas, explicándole que, motivos familiares decidieron mi partida,
pero en dos días más estaría de regreso por esos lares. La amabilidad y
comprensión del Decano aliviaron en algo mi estancia y pude dedicarme a buscar
más información sobre mi bisabuelo chileno en los archivos de la Biblioteca Nacional
y en el Archivo de la Nación.

La resignada calma de mi padre, calma que por cierto podría presagiar una
tormenta, me preocupó en extremo, había abandonado el trámite del terreno. Yo no
debía hacer lo mismo con la investigación que había dejado pendiente en Chile. No
podía desperdiciar esa oportunidad. Mi licencia como profesor en San Marcos solo
duraría mes y medio más. Por otro lado, si quería saber algo más de mi bisabuelo,
Talca era el lugar adecuado, y no Lima, donde apenas encontré una breve relación
sobre cadáveres desconocidos en el parte de guerra del Mayor Abarca, quien
después muriera (junto a Cáceres obtuvo algunas victorias en breves encuentros
con los chilenos) en Concepción.

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El día que partí de regreso a Santiago, una sonrisa, clavada como una imagen
desubicada en un rostro tristísimo, me inquietó al punto de preguntarle a mi padre
qué cosa estaba tramando. Solo fue un “hasta luego” y un “ya verás” poco
convincente, que me obligaron a pensar un instante si a mi padre no lo estaba
afectando ya la edad. Ninguno de mis hermanos vino a despedirme y mi madre
como siempre los disculpó, a pesar de que era domingo y había todavía luz…

La noticia la recibí mientras almorzaba. “Oye –escuché en una mesa contigua– te


has enterado del peruanito ese que quiso poner su bandera en el Morro de Arica,
chi, qué huaso ¿No?”. Peruano como era, y curioso como estaba, me di vuelta para
ver el nombre del periódico que leía mi informante mientras conversaba con su
amigo. Después de almorzar salí a comprar el periódico. La noticia me dejó absorto.
Ese peruanito que con una bandera en la mano y una pistola en la otra pretendió
tomar el Morro de Arica para bajar la bandera chilena y colocar la peruana en un
acto suicida, ese hombre de avanzada edad que trasgredió una norma constitucional
chilena: ese era mi padre.

Un hombre que había sido militar desde temprana edad y que en su infancia bebió
de los rencores propios de quienes habían sido víctimas de la guerra; un hombre
que forjó su carrera en base a la herencia paterna y a la imagen de los antepasados,
sobre todo ese que ahora resultaba ser un “sucio traidor”; un “enemigo”.

No podía creerlo, mi padre haciendo aquello, ahora sé por qué sonreía de ese modo,
ahora comprendo su calma y la preocupación de mamá. Soñaba con otro acto
heroico que le devuelva el honor perdido, con un acto que quizás pudiese
desencadenar otra guerra y con ello la victoria, y un pedestal que remplace aquel del
cual se cayera su bisabuelo, porque él era un hombre que había vivido por siempre
de su pasado y ahora su pasado estaba muerto, ¿cómo podía vivir él entonces…?

El incidente trascendió la normalidad. En esos días Chile y el Perú habían entrado


en grandes tensiones, producto del centenario, trágico para el último, feliz para el
primero, y producto además de la posible intervención argentina. Así que se trasladó
a mi padre a Santiago para ser debidamente juzgado, creyéndose que era un espía,
sin embargo, como bien pronto acabaron las celebraciones, acabó también la
tensión internacional y el asunto de mi padre cayó en el olvido.

Lo fui a visitar una semana después de haber sido detenido, estaba en el Centro
Preventivo para Primarios de Santiago, en una celda especial, lo suyo no era un
delito normal, por ello estaba interviniendo el Consulado peruano en Chile. Apenas si
quiso recibirme. Había en él una gran pena y el desaliento parecía irle expulsando el
alma día tras día. Traté de gestionar una custodia que recayera en manos de la
Embajada, pero el Embajador peruano me dijo que ello ya se había solicitado sin
ningún resultado hasta el momento. Esa noche llamé a mi madre y le dije que se
viniera cuanto antes, que yo le pagaría el pasaje (la pobre nunca había subido a un
avión).

Mi padre no dejó de creer jamás que parte de la culpa de todo esto la tenía yo; no
por la noticia dada, de manera imprudente por demás, sino porque jamás me
preocupe del pasado de la familia y no hice nada por investigar algo que, de haberse

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sabido antes, nos hubiese evitado tantos disgustos. Yo, por cierto, le he pedido
perdón a mi padre y lo sigo haciendo, pues, aunque no sea culpable, si un padre así
lo dice, un hijo así se siente.

Como la situación de mi padre empezase a peligrar opté por otra solución, solo
transitoria, pues se trataba de ganar tiempo, hasta conseguir la intervención del
Ministerio de Relaciones Exteriores, a través de un oficial de alto rango amigo de mi
padre, hasta ese momento Alberto Lama Costa era solo un civil para el Gobierno,
pero ya sería de nuevo un militar y un militar heroico, además.

La solución que refiero consistía en conseguir un pronunciamiento del pueblo de


Talca para que se liberase al nieto de un héroe chileno, quien únicamente pretendió
en esa ocasión de su ascenso al Morro, colocar la bandera peruana junto a la
chilena para hermanar a los dos pueblos y olvidar rencores y provocaciones. Así se
lo hice creer a los talquinos y así prefirió creer el gobierno. Era además una solución
muy cómoda para Chile, que se reconozca a la descendencia de Lama como digno
de trato honorífico y olvidar el acto del Morro, tomando la versión talquina como
probable, pues así se evitaba el seguir teniendo negociaciones con Lima bajo una
situación nada holgada y más bien peligrosa. (Y en Lima, los funcionarios,
debidamente “estimulados”, estaban muy dispuestos a borrar a Lama de la lista de
héroes y a su familia de ser beneficiarios del terreno)

Aquella tarde, dibujando mi mejor sonrisa y en compañía de mi madre fui con la


noticia donde el viejo: El Gobierno de Chile le pedía disculpas por el maltrato, le
ofrecía la hospitalidad de todo el pueblo chileno y las mayores facilidades para su
instalación en sus tierras, si así lo desease. Por otro lado, Talca, en agradecimiento
al hijo ilustre, descendiente de uno de sus más preclaros exponentes, ofrecía a mi
padre y a su familia, un terreno donado por el Municipio, y una renta vitalicia.

Esa madrugada encontramos a mi padre colgado de una de las vigas de madera


que adornaban los pasadizos del antiguo Hotel Lucerna. Su rostro dejaba traslucir
una gran pena, y en sus ojos cóncavos había un profundo odio a todo lo que
pareciese estar mirando. Cuando me puse frente a él, en ese momento espantoso,
supe que su última voluntad nos estaba pidiendo que le cambiásemos el apellido.

Yo ya no pude regresar al Perú después de esto…

47
( )

- ( )
- A, e, i, o, u; aaa, eee, iii, ooo, uuu; aeiou; A, E, I, O, U; ¡AAA, EEE, III, OOO,
UUU!; a, e...
- ( )
- ¿Qué quieres?
- ( )
- ¡Ahí está!, sí… en esa caja del rincón…, esa marrón, ¡esa! ¡Estúpida!
- ( )
- Ahora vete y no vuelvas a molestarme que estoy haciendo mis ejercicios de
expresión oral.
- ( )
- ¡Chau! ¡Vete de una vez!
- ( )

II
- Hola
- ( )
- Oye, hola, qué haces aquí, seguro que te volvió a botar esa mier... ¡No!, no te
avergüences, a mí también me han votado de mi casa, ¿ya ves? estamos igual.
- ( )
- Pero no, no te vayas
- ( )
- No, no creas que soy como los demás que siempre te andan molestando.
¿Recuerdas cómo me dicen?... yo soy el "choche", que es como decir hermano,
buena gente; además yo te estimo, soy tu amigo; ven, ven, vamos a pasear para
que te calmes un poco... espera... ¡Ven!
- ( )
- ¿Qué?, no, solo estaba mirando si alguien venía, lo que pasa es que la gente es
muy mal hablada, ya sabes.
- ( )
- ¡Oye! ¿que te parece si vamos a recoger piedras junto al río?
- ( )
- No, sí te entiendo, es solo para pasar el rato, digo si quieres ¿no?
- ( )
- Entonces vamos pues, te hago una carrera, ¡corre! ¡el que llega último cumple un
castigo!
- ( )
- ¡Uf! ¡Ufff!, qué carrerita, me ganaste, ven vamos a descansar un rato bajo ese
árbol.

48
- ( )
- Ven, no tengas miedo, dame tu mano... siéntate aquí ... qué graciosa se te ve,
toda colorada del esfuerzo, o es que estás avergonzada de estar a mi lado.
- ( )
- ¿Te pongo nervioso?, anda, dime, seguro que algo te hago sentir.
- ( )
- ¿Te gusto?, porque tú me gustas a mí… no, no tengas miedo, no te voy a
perjudicar
- ( )
- Qué rica estás, se te ve excitadita... me gusta verte así.
- ( ! )
- No, no te pongas nerviosa, mira aquí estamos solos y deberíamos aprovechar, tú
sabes, yo soy un hombre y tú una mujer y yo sé que los dos nos gustamos... ven,
dame tu mano...
- ( !!! )
- Pero no te asustes, ven dame un besito... ya no te asustes, no te va a pasar nada
malo.... no hagas fuerza, dame un beso.... no, no te pares, caraj.... ¡No te
resistas!, te va a gustar, vas a ver... no te resistas mi amor...
- ( !!!!!!!!!! )
- ¡No hagas fuerza!, espérate, te va a gustar vas a ver, no me golpees chiquilla, no
¡no te vayas!, ¡Oye, no me obligues carajo!, deja, deja…. ya, ya vas aflojando…
¡nooooo!, no te subas el calzón, deja... ¡Ay mierda! ¡No me muerdas!
- ( ¡Hmmmmmmmmmmmmm! )
- Abre tus piernas, abre... ¡abre carajo!... así, ya, ya …. No te resistas, peor va ser,
te va a doler, ¡abre mierda!.... aaahhhh.. qué rico, así.... sí…….
- ( !!!!!!!!!! )
- ¡No!, no cierres, déjalas así... que rica estás.... creo que eres virgencita... así... ay
qué rico, Ahhh, Ahh, Ah, Ah, Oh, Ah, Ah, Oh, Ah, Ah, Ahhhhh ....................
Mieeerda, síííííí.
- ( ¡¡¡¡¡?????!!!!! )
- (Y ahora ¿Qué le pasa a esta cojuda?)
- ( Hi,Hii,Hiiii, Ahmmm )
- Ya no llores y súbete el pantalón que ahorita viene gente….

III

- (¡Hmmmm! ¡Hmmmm!)
- A, e, i, o, u; aaa, eee, iii, ooo, uuu; aeiou; A, E, I, O, U; ¡AAA, EEE, III, OOO,
UUU!; abc, abcd. abcch, abcdefghijklmnñopqrstu, a...
- (¡Hmmmm! ¡Hmmmm!)
- ¿Y ahora qué quieres idiota?, justo me vienes a molestar cuando estoy en pleno
trabajo.
- (¡¡¡¡ !!!!)
- No te entiendo nada, pero mírate, qué haces con esas fachas, toda cochina, anda
báñate carajo y no me sigas molestando
- ( !!! )
- ¡Ya vete caramba! ¡Deja de estar jodiendo!... chau.
- ( )

49
IV

- Mi más sentido pésame compadre... lo acompaño en su dolor.


- No entiendo por qué se mató "choche"; fuera de su impedimento, parecía tan
normal.
- Sí pues, aunque últimamente se le veía un poco rara.
- Sí ¿no?, yo también la vi cambiada, como media trastornada.
- La pobre era bien sufrida por su impedimento.
- Claro, pero no creo que fuera motivo suficiente para suicidarse, francamente no
comprendo qué pasó hermano.
- Yo tampoco....
- ( )
- ( )

50
LA RISA DEL PAYASO
Hay un cuento que dice más o menos así:

“Una tarde, en un cuarto, en un barrio ignoto, en un pueblo vacío, en un país lejano,


en un Continente pobre, en un mundo doblegado, se produjo un maravilloso acto de
amor. La tarde llenó de luz el cuarto oscuro, alegró el barrio, que desde entonces fue
famoso. Colmó el pueblo de gente esperanzada, acercó el país en el mapa, llenó de
riqueza el Continente y liberó al mundo. Todo por una sonrisa de la tarde, brillante y
profunda, y por unos padres enamorados que descorrieron las negras cortinas para
que el universo entero viera que habían logrado ser felices, derramando amor por las
ventanas en forma de interminable risa...”

Me lo contaba mi padre cuando veía que la risa me era escaza y pasaba más de un
día sin reír.

“Ríe hijo, ríe mucho, a pesar de los problemas ríe, porque la vida es muy corta y muy
dura además reír es la única cosa que hace olvidar. Un hombre que ríe es alguien a
quien solo un amargado puede odiar. Pero no olvides hijito que para reír antes hay
que saber amar, porque no hay risa sincera en quien no conoce el amor. Como la
pareja del cuento, la alegría del amor lo iluminará todo, y no hay cosa que resista a
una risa feliz…ríe, es lo principal (a partir de la risa llega el amor).”

Así crecí, y cada día buscaba razones nuevas para no dejar de reír. Probé de todo,
desde la cosquilla diaria que aprendí a provocármela yo mismo, imaginando que era
otro el que la realizaba, hasta la broma pesada con que solía mortificar a mis
hermanos, ya cuantos se cruzaban por mi camino.

Empecé a buscar la risa con desesperación -la risa del cuento-. Pero cada vez eran
menos las cosas que me la provocaban… por ello me metí a este trabajo.

Reír para mí era un fin en sí mismo, y no la consecuencia natural de un acto mayo:


la alegría, la felicidad. Mi padre me enseñó a reír, nada más que eso… reír.

Desde niño, mi padre hizo de su vida una entera broma. Tenía la misma profesión
que hoy yo soporto, y al llegar a viejo –como una gran y última broma- nos
abandonó, con una enorme risa que pude escuchar entre sueños, perdiéndose en la
noche. Se fue sin dejarnos un solo centavo.

Para él lo importante era reír y reír, sin importarle lo demás. Reía por costumbre, reía
por necesidad, pero siempre faltaba algo en su risa que no alcanzaba a descubrir.

¿Fue feliz mi infancia? A pesar de la pobreza y el abandono, lo fue; no lo niego, y


aprendía a reír mucho y bien, pero no aprendí nada más. Pasé hambre, pero hasta
de eso pude reírme. El tiempo que estuve con mi padre fui muy feliz y sé que él me
quiso mucho y yo lo amé, pero ya no está más. A pesar de que se fue, no puedo
dejar de sentir por el un aprecio muy especial.

51
Me casé y tuve un hijo, varón como yo y bello como ella. Hoy debo ser un poco más
de lo que fue mi padre, porque no lo abandoné. Y solo tengo una cosa que
enseñarle a mi hijo en sus momentos de tristeza –como lo hizo mi padre y los
anteriores a él- que se ría de todo, pero que nunca lo haga sin amor.

- Pero… papito, ¿Qué es el amor?

Mis amigos me aceptan a pesar de todo, y puedo andar por ahí, burlándome de la
gente, y puedo reír a carcajadas en cualquier esquina; aunque siempre me aprieta el
estómago, y mi esposa me levanta la voz con justo desenfreno.

En las noches miro muy triste a mi hijo, pero al mirar sus ojos, estos brillan y lanzan
destellos de felicidad, porque –cosa muy muy singular- siempre estoy riendo, a
pesar de mi tristeza interior, mi cara, acostumbrada al gesto bufo, provoca la risa en
quien tengo delante, y su alma de niño puede más que su carne flácida de tantas
carencias que he traído. Porque, aunque llore, el mundo nunca me va a ver triste.

Aún con todo lo ocurrido, ame a mi padre, como hoy amo a mi hijo, con ese amor
que no tiene color ni señas, y se parece al que se tienen las piedras, o al que el
invierno profesa a la tierra. Pero hay un amor que los tres jamás podremos aprender.
Ese amor que abre las ventanas y se vuelca al mundo. A no ser que alguien, pueda
contarnos algún día otro cuento.

La risa basta para ser lo que soy: un payaso. Lo que fue mi padre y lo que aprende a
ser mi hijo. Pero, el amor...

El mismo cuento dicen que se viene repitiendo por generaciones, pero no hay uno
de nosotros que se haya quitado la máscara alguna vez, porque el miedo a nuestro
propio rostro se asemeja a ese cuarto oscuro, vacío, de ese mundo que espera un
hecho singular.

Fue una noche, cuando enseñaba a mi hijo a reír, el cuento se volvía a repetir, era
muy tarde, y los ecos de los aplausos ya se habían apagado.

- Padre – me dijo- este cuento es para que me ría, pero… ¿por qué no me enseñas
uno para aprender a amar?

Yo me confundí mucho aquella noche, porque siempre supe que el cuento era en
realidad para aprender a amar, sin embargo, ninguno de nosotros aprendió del
cuento otra cosa que el reír.

Todos nosotros andábamos diciendo siempre que no hay que reír sin amor, y
dábamos a nuestros hijos ese consejo, por la necesidad de cambiar las cosas, pues
nunca pudimos reír como consecuencia de un acto de amor, y cuando mi padre, y el
padre de mi padre, y yo, hablábamos a nuestros hijos acerca del amor, era
refiriéndose a una cosa muy lejana y bastante ajena.

Esa noche, como siempre, había esperado que mi esposa se durmiera, para
acercarme a ella muy lentamente y rozar mi espalda con la suya, buscando su calor,

52
la caricia de su cuerpo inerte, que en otras circunstancias me hubiera sido negado.
Ya mi rostro no era el del payaso empoderado, que con cinco colores mal dispuestos
y con gestos grotescos, despertaba la risa de los pocos asistentes al circo. Hundido
en la almohada, mi rostro esperaba el sueño como una gran arruga, queriendo
hundirse en la tierra, mientras a los lejos se oía crujir al cielo y acercarse la lluvia.

De pronto la puerta del cuarto se abrió con violencia, y un grito llenó el recinto.

- ¡Papá, mamá, tengo miedo!

El niño que, con los años de una mano extendida, empezaba a balbucear el mundo,
fue a refugiarse en medio de los dos y pudo ver al fin mi rostro endurecido por la
ausencia de cariño y ya sin la risa dibujada en medio. Mi esposa quiso atraerlo hacia
sí, pero él buscaba a los dos, quería llenar sus pequeños ojos de nuestros gestos, y
antes que pudiera dar una orden y mi esposa ponerse de pie para llevarlo a su
cuarto, escuchamos de sus labios cuatro palabras que nunca antes había
escuchado o querido oír:

- Papá, mamá… los amo

Y levantó la vista para mirarnos, mientras apretaba muy fuerte nuestras cinturas.
SE me sonrosó el rostro y vi a mi mujer ocultar una lágrima que empezaba a rodar
por sus mejillas. En esos ojillos oscuros y tiernos, vimos por primera vez un brillo que
ya existía, pero el que, hasta entonces, solo encontraba en nuestras miradas la
respuesta de un espejo frío. Un brillo que iluminó el fondo de nuestras almas, que
penetró al fin las pétreas ventanas de nuestra humanidad, prematuramente
avejentada; y que hizo que, al mirarnos los tres, provocara en nosotros una profunda
risa, una desenfrenada risa. Aquella de la que habla el cuento, y que esa noche, con
un fuerte abrazo pudimos conocer. La única risa que brota por amor, aquella que
sale del alma e irradia luz más allá de lo previsto; aquella que hoy solo puede
hallarse pura en los ojos de un niño.

Esa noche el mundo, nuestro mundo, se liberó, y el cuento volvió a ser de amor y no
solo de risa… risa de amor. Y reímos… de amor… reímos.

53
PERICO GOMEZ: “GLOBITO”

Perico Adams, autor de “Las Moscas” y “El hirsuto Famélico” –novelas en


preparación- vivía siempre en ascenso. Su mundo era vastísimo y las nubes de su
estancia llenaban de humedad en segundo la aridez de la tierra que él pensaba, ya
estaba preparada para su futuro despegue.

A nadie dijo nunca lo grande de su futura vida, pero los que lo conocían aprendieron
de su proyecto inconcluso, de lo que andaba diciendo por ahí que sería, algo entre
Marx y Cristo, un poco menos que Dios y mucho más inteligente que Sócrates, a
quien, según Perico, le faltó publicar obras propias y salir de Atenas.

Perico, hombre de mediana edad y estatura, dormía en una casa del jirón Lástima.
Su número se había caído hace mucho tiempo. La casa era larga como un callejón,
y con él vivían su esposa Marylín y su desgraciada suegra, a quien una patada de su
difunto esposo, Don Américo lente, dejó medio estúpida y dedicada por siempre al
negocio de Penélope. Pero a diferencia de la espartana esposa de Odiseo, la mamá
de Marylín tejía siempre el mismo cuello de lana que su hija le destejía por las
mañanas, porque n o había dinero para comprarle más lana, y porque Doña Linda,
viuda de Lente, no sabía hacer tejer otra cosa que cuellos de chompa, desde que su
marido fue encontrado muerto de un hotel de Santiago. Dicen que se suicidó con el
cinturón de lana del compón que le tejió su mujer. La imagen del cinturón de lana
rodeando el cuello de su marido, que Doña Linda vio en el diario, debió ser muy
impactante. Lo cierto es que tenía dos palitos de diferente número y cada noche
solía inventar un punto nuevo.

Perico trabajaba de asistente de contabilidad en la “Famosísima Firma Arnold & Joey


Co. Ltd.”, desde algo menos de diez años, y en ese tiempo escribió un total de
setecientos poemas, noventa y tres cuentos y dos obras de teatro para niños. Pero
solo llegó a publicar un poema, en el único número de la revista que publicó la
Academia Montero, donde enseñaba su hermano. Perico aspiraba a tener el talento
de Varguitas, el dinero de Getty y la fama del papa, y en esos diez años pensó más
de una vez que un ángel vendría a tocarle el hombro y a decirle: “Es tu turno Perico”.
Pero nada.

Entre los muchos males de Perico no estaba solo el ser desmedidamente ambicioso,
y por ello mismo capaz de cualquier cosa. También sufría de gases y era muy
irascible. Él era muy dado a padecer ataques nerviosos y cambios bruscos de
humor, que en todos los casos le afectaban al estómago. Las diarreas eran
frecuentes y ocurría a diario que el estómago se le inflaba como un globo y andaba
tirándose pedos a toda hora.

Pobre Perico, mucho tuvo que sufrir y sudar para aprender a contener sus gases. En
el transporte público, en las casas de cita y en las reuniones de trabajo que
organizaba el viejo Joey. Pero esos sufrimientos tuvieron su compensación, porque
aprendió el difícil arte de hacer reír a los amigos, luego de unas copas, con sonoros

54
y prolongados pedos, con los que hasta melodías obtenía, con un hábil movimiento
de sus dedos.

Su suegra se divertía mucho cada vez que Perico soltaba alguno de sus gases más
ruidosos, y festejaba sus ocurrencias con gruesas carcajadas, que su mujer
compartía a veces.

En casa de Perico y Marylín no había ventanas. Todo lo veían a través de un


televisor en blanco y negro que ella heredó de su padre.

Perico tenía cuatro ternos y tres pares de zapatos bien lustrados. Marylín apenas un
traje por año, y cuando ella le reclamaba su aspecto descuidado, Perico la
humillaba. Las dos mujeres andaban con un aspecto casi andrajoso, a tal punto que,
de salir a la calle, la compañía privada que la Alcaldía había contratado para “todo
servicio”, seguramente las habría detenido y enviado al sanatorio más cercano o a la
prisión por vagancia. Daba vergüenza andar con una de ellas… con las dos, daba
pena.

Mientras en las ciudades los hombres cultos jugaban con la ignorancia de los débiles
y los libros eran admirados por sus palabras, Perico dejaba sus días en el último
asiento de la oficina. Con su terno a rayas y su corbata de cuadrículas, ancha como
un lenguado. Perico miraba hojas que pasaban por su escritorio y que revisaba
hasta el cansancio. Se creía único en su especie. Como Segismundo en su torre de
sueños, pensaba que era un rey soñando ser un miserable burócrata. Su poesía era
similar a la de Art Finnley, y su narrativa cercana a la de Argimento, inspiraba la más
cerrada introspección, pues solía hablar de penas no manifiestas, como un gran
collage de gestos aprendidos de ese gran catálogo humano que es la “Famosísima”
Arnold & Joey Co. Ltd.

Nunca, nadie, persona alguna ha leído la obra de Perico. Yo que lo conozco puedo
afirmar que se parece a su vida… A diez millas de Sebastopol, en el Mar Negro, hay
una galera siciliana hundida en el fondo rocoso que mira al Bósforo; allí hay oculto
un papiro que recoge las verdades de un oráculo, escrito en caracteres fenicios, que
describe a Perico y anuncia su presencia como un gran globo de aire ligero,
elevándose por los cielos, para asombro de los que lo malquerieron.

Perico, siempre comedido, no perdía la oportunidad de hacerse notar y aparecer


agradable ante sus superiores. Él fue quien más lloró en el entierro de la esposa del
subgerente de ventas, y fue quien fungió de maestro de ceremonias en el bingo pro-
navidad que el año pasado organizaron las damas del Club Fatuity, integrado por
esposas de los nobles emigrados a esta ciudad desde las tierras del norte. Fue así
como conoció a Ben Arnold.

Un día jueves, en plena colación de los empleados – para lo cual contaban con una
hora cronometrada por un robot albanés y con unos manteles delicadamente
bordados por la esposa de Jimmy Joey, que debían colocar todos sobre su
escritorio, para que el robot tomara registro de las iniciales en rojo que la señora
Joey amorosamente trabajó- incursionó en la quinta sala de la empresa el señor Ben
Arnold, segundo presidente de la afamada compañía. Se paseó despreocupado y

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buscó un rato entre las iniciales, hasta que finalmente se detuvo ante una de ellas, la
última de la sala: PA.
- ¿Usted es el señor Perico Adams? Lo espero en mi oficina a las cinco.

Fue el inicio de su relación con el señor Arnold. Y desde entonces empezó a realizar
trabajos personales para Mister Ben. Indiscutiblemente se trataba de un ascenso.
Empezó a ganar más dinero y pudo comprarse más corbatas cuadriculadas y ternos
rayados (como los que usaba el playboy Jim Paterson). Pero Marylín siguió
encerrada en su cocina y el televisor no cambió de color.
Perico exigió, a partir del día que lo vieron conversando con Mister Ben en la puerta
de la compañía, que le antepusiesen el Don, a su, hasta ahora plebeyo nombre.
Su mejor amigo, Jorge Quipe, tuvo que ceder para conservar la amistad de Perico y
de su comadre Marylín (a quien él llamaba: la Cota) y en adelante aguantó todas las
burlas y los desaires que Perico le hizo.
Luis La Hoz y Rudofonte Forno lo odiaban. Ana Emancín, quien semanas atrás
hiciera el amor con Perico en el baño de la firma y deseaba tener un hijo de él, tuvo
que apartarse para siempre de su presencia, a causa de la humillación a la que la
sometiera delante de sus compañeros de trabajo. No llegaba a tanto su cariño por el
imbécil este.
Todos aprendieron a odiarlo y no pocos acariciaron la idea de verlo sometido al
Consejo Disciplinario del gobierno, para ser testigos de su ejecución civil.
Solo su compadre Quipe y Ana Emancín sabían lo que Perico hacía en sus horas
extralaborales. Mucho le recomendó su compadre, pero Don Perico no hizo caso.
- Son negocios sucios compadre, no se meta en esas cosas.
- Sí Periquito haznos caso, nosotros te queremos y no deseamos verte metido en
problemas
- ¡Váyanse a la mierda!

El viernes 8, Mr. Ben invitó a Perico para que fuera por la noche a su casa de la
Lomas de Angria, a terminar el “trabajito” que le tenía pendiente. Don Perico no supo
qué decir. Se puso rojo de la emoción. Dudaba entre besarle la mano o darle un
abrazo de hijo, y en medio de ese torbellino que lo cogió desprevenido, los gases
empezaron a burbujear en su estómago, haciendo ruido. Perico enrojeció, ya no tan
solo de alegría. Al desconcierto vino a unirse el nerviosismo y con ello, los intestinos
se le inflaron de aire ácido. El sudor comenzó a mojar sus sienes y la espalda se
pegó a su camisa. Estaba a punto de expeler la apestosa ventosidad cuando Mr.
Ben, que no perdía su tiempo, le dio la espalda sin más y se marchó. Fue un alivio y
luego de verificar que no había por los alrededores alguien que lo escuchase, lo que
siguió fue un largo y ruidoso sosiego.
Aquella noche Perico fue atendido por una empelada, en una sala en donde no vio a
nadie más, y cuando la mujer le abrió la puerta para despedirlo, bajo el arco del
umbral se cruzó con la esposa de Mr. Ben, quien no llegó a verlo, abstraída como

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estaba en sus pensamientos espirituales. Aquello hizo que Perico dudara mucho de
su destino.
El miércoles 13, Perico fue a la oficina de Mr. Ben a entregar el “trabajito” ya
terminado, que con tanto afán esperaba su jefe; que consistía en un pequeño arreglo
de cifras y en cuadrar algunos datos para sanear los libros contables y justificar
gastos irregulares. Mr. Ben recibió la noticia de la conclusión del trabajo con tanto
entusiasmo que en seguida ofreció un aumento a perico –no muy cuantioso, pero
aumento, al fin y al cabo – y en un arranque den generosidad, cogió una de las
tarjetas que se encontraban dispersas sobre su escritorio y escribió el nombre de
Perico…
- ¿Cómo apellida usted?

Añadiendo: “y señora”. Para que acudiese a la recepción que el gringo daba en su


casa, el domingo 17, a un grupo de compatriotas suyos, que llegaban al país en
calidad de “emigrados especiales”. Gente que venía con antecedentes de tener
familiares que pertenecieron a la nobleza antigua.
¡Al fin! – pensó Perico. Estaba llegando a la cima de sus aspiraciones. Iría a la
recepción, y a partir de esa noche pasaría a formar parte de la alta sociedad, a la
que tanto deseó pertenecer, y a la que, estaba convencido que llegaría, porque
pensaba que ese era su destino natural.
- ¡Qué tal Perico! ¿Cómo, y no viene usted con su esposa?
- Es que ella se sintió un poco mal y tuvo que quedarse.
- Bueno, una pena, pero no importa, pase y diviértase.

Un palmazo en la espalda –como quien arrea caballos para que entren al corral- lo
envió hacia el interior de la casa, mientras Mr. Ben seguía recibiendo a los invitados.
(Ooohhh) Era increíble. Allí estaba toda esa gente que él idolatro por años. Esa
gente que solo había visto en las revistas de sociedad. Un pequeño espasmo le
recordó sus aflicciones gástricas, que en ese momento no le hicieron mella.
Helvio Alva, el editor de Varguitas; el empresario Visa Logroño; el escurridizo Art
Finley, todo un gentleman. También estaban Luis Goma, Ministro de Cultura, y
Artemio Gonza, Ministro de Energía Sustentable. Oteando con disimulo, mientras
saboreaba el coctel que le alcanzaron, siguió pasando lista a su catálogo de estrella.
Pero luego de un momento, le pareció que había una ausencia notable. Por ningún
lado aparecían Mr. Jimmy Joey y su esposa, la bella Lucrecia. Algo le habían
contado acerca de un posible pleito entre los dueños de la compañía.
A las diez de la noche los mozos invitaron a los asistentes, que se hallaban
diseminados formando grupitos murmurantes, a pasar a sentarse en las largas
mesas dispuestas en los jardines, a disfrutar de la opulenta mesa y de una noche de
incipiente verano, iluminada por la Luna, que parecía mirarlo todo con desdén.
Perico no había tenido ocasión de socializar mucho, apenas un saludo y uno que
otro acercamiento a los grandes grupos, para observar como alguno de los invitados

57
estrella se pavoneaban. Así que esta era su oportunidad. Buscó un sitio cerca a lo
más graneado, a los que el olor y el color unía naturalmente. Se sentó y empezó a
mostrar su sonrisa impostada a quien se dignara a mirarlo. Su traje era nuevo, pero
igualmente entrelazado en líneas perdidas… bastante corriente para lo ocasión.
Entre todas las miradas, una en particular captaba su atención, la de un lechón, cuya
cabeza adornaba la mesa en la que estaba sentado, con su manzana brillante en la
boca y papas doradas a su alrededor. La suya parecía ser una mirada de desprecio.
Y Perico no podía ser ajena a ella, pues la cabeza se situaba exactamente frente a
él, ejerciendo una inexplicable perturbación.
El anfitrión golpeó con una cucharilla su copa y los murmullos dieron paso al silencio.
Su discurso de bienvenida a sus paisanos y la invitación a servirse fue breve.
La reunión estaba en el postre, y cuando los invitados ya retiraban las servilletas de
su regazo, Perico creyó que había llegado el momento para hacer su aparición
definitiva. Tomó la copa colmada de vino tinto, la golpeo levemente con su anillo de
matrimonio y se puso de pie, de manera tan decidida, que en un segundo todos los
ojos dirigieron su mirada hacia él, y en ese segundo en que Perico debió iniciar su
tan repasado brindis, el estómago lo traicionó. Los ácidos generados en exceso por
lo opíparo de la comida nocturna hirvieron con prisa el lechón, que antes engulló sin
apenas masticar; el vino, ofrecido con generosidad y bebido con exageración
produjo una gran bola de gas que empezó forzar la salida con inusitada presión. Con
la sensación de llenura y embalonamiento vinieron los dolores propios de un cólico
de gases que comenzaron a transformar el rostro de Perico, y como en otras
ocasiones llenaron de líquido su frente, su mano, su cuello, su pecho…
Fue solo un minuto, un largo minuto en el que la copa levantada había logrado la
atención de todas las treintaiocho miradas que había en el amplio recinto. Y en el
que, a su vez, Perico libró una titánica lucha contra su acérrimo enemigo: el pedo.
- Señoras… y… señores…. ¡¡¡¡¡ PRRUIFFFFFFF !!!!!

Todo fue simultáneo: el asombro, la risa, el desagrado, el desconcierto, la


compasión, y la sensación que tuvo Perico de caer en un gran abismo, un profundo
y oscuro abismo del cual no quiso salir más.
Fue el pedo más ruidoso y prolongado que nadie ha oído jamás. Y fue el olvido
menos comentado. La nada, la indiferencia que nadie volvió a recordar. Después de
ese incidente, el mundo volvió a ser como fue antes de aquella noche del domingo
17.
Solo quedó un mal olor en el ambiente. Ese que suele quedar después de las fiestas
de la alta sociedad. Un olor silencioso y falaz.

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DE UN CLOSET DONDE GUARDABA TREINTA AÑOS
Ramón volvió a ese recinto, cuyo interior permaneció oculto a su presencia algunos
años, en los que nunca dejó de estar ligado a su preciso contenido.

Los altos de la casa siempre había sido un lugar muy frecuentado. Ahí se situaban
los tres pequeños dormitorios de la casa, donde solo se llegaba a dormir; y la sala
de lectura, que al mismo tiempo era cuarto de planchar, de coser y de guardar
cachivaches.

En el pequeño hall, que estaba en el centro del piso, rodeado por la puerta de los
cuartos y la escalera, se encontraba el viejo televisor en el que el blanco y negro de
una época gloriosa había amarillado.

Poco había cambiado. Ahí donde correteaba aún el recuerdo de sus años idos,
apenas si unos cuantos muebles y el color de la pared. Pero si hubo un lugar en el
cual el tiempo se detuvo, fue en ese recinto situado en el fondo mismo del pasadizo,
a la izquierda de la escalera, al costado de uno de los tres cuartuchos. En ese
recinto que él clausuró un día y que nadie más extraño.

Aquello no era un cuarto, no tenía las dimensiones para serlo. Todos en la casa lo
conocían como el “viejo clóset”. Ramón nunca dijo que guardó en él, pero todos
sospechaban que aquel clóset solo encerraba viejos libros, revistas y papeles sin
importancia. Locuras del viejo Ramón que los habitantes de la casa catalogaron
como banales chucherías, y, por tanto, indignas de ser rebuscadas, inútiles de
generar preocupación.

Lo que permitió su permanente encierro y el respeto de los familiares a su contenido,


fue el especial cuidado que tenía Ramón sobre ese closet. Hubo momentos en que
más de uno pensó que a lo mejor escondía allí algo más que libros. Algo que en el
parecer de ellos tuviese un valor real. Pero el respeto que le tenían al viejo hacía
olvidar pronto cualquier intento por violentar el recinto.

Ramón había mantenido encerrada en ese closet una promesa, guardada por años;
una promesa que supo guardar solo para él, y de la que no sabía explicar si sentía
orgullo o frustración.

Y ahora, sin mediar ceremonia, ni exaltación desmedida por haber cumplido con la
promesa. En la soledad que le daba una hora ajena al bullicio y tránsito de los
ocupantes de la casa, fue a desenterrar la mohinosa llave del closet, escondida en el
interior de su viejo colchón que aún se extendía en su antiguo camastro; aquel en el
que los sueños supieron darle cobijo. UN cuarto mantenido como tal por sus padres.
Que nadie quiso tocar. Sobre todo, porque en ocasiones anteriores le sirvió de

59
refugio a las muchas visitas que hizo para alejarse de los problemas propios de su
hogar.

Por largos minutos quedó contemplando la ranura de la cerradura, virgen por un


tiempo casi perdido. Un tiempo ahora manifiesto en la gruesa barba, dócil y cana; en
el poco pelo que cuidaba con especial dedicación, y en el leve temblor de sus
manos, que avisoraban males de senectud. Un tiempo que imprimió gruesos surcos
en su rostro; un tiempo de aguas salinas, de largas caminatas, de voces extrañas y
profundos hambres. Un tiempo que, expresado en un número, no podrían significar;
que treinta almanaques rotos jamás podrían siquiera intentar explicar…. Y ahora,
después de tanto tiempo, volvía a tentar introducir la llave en la ranura, y como
aquella vez en que cerró todo, a temblar.

El recinto esperó mucho tiempo su intervención. Y él quiso buscar explicación para


el leve temblor de su gruesa mano, en los influjos que las viejas maderas del recinto
le generaban, generadas por las letras y papeles que un día encerró. Esos escritos
que el amaba con una pasión absoluta, aún más que a sus creencias, aún más que
al amor, aún más que a su propia humanidad, rendida a lo que él consideraba su
fruto más preciado. Una existencia a la que no tuvo mucho respeto, y de la que se
mofó muchas veces, tentándola, maltratándola, haciéndola un poco suya y un poco
de los demás. Ahí adentro encerró su juventud entera, sus temores, sus anhelos,
sus locuras, su frustración, y en los años siguientes cientos de veces lo repitió:

“Mi alma no está en mi cuerpo, mi alma quedó en un viejo clóset y en cuatro líneas
de papel.”

Después de algunos intentos desesperados, la llave pudo al fin penetrar treinta años
de quietud y ausencia. El temblor se hizo una breve e imperceptible convulsión. Tan
breve como el parpadeo lacrimoso de su mirada y un ligero ardor en las resecas
paredes de su estómago, que produjo un leve espasmo y un sordo rugido.

Lo que luego siguió a ese ritual extraño fue la feliz culminación de un deseo por
treinta años reprimido. De pronto, con avidez, con una prisa incontenible, como si
después de los primeros segundos todo iría a desaparecer, y antes que ello
ocurriera, recorrió con la vista todo el ámbito oscuro, acostumbrándose al momento,
a la falta de claridad, al olor ha guardado, a la humedad e irritación que emanaban
del interior del clóset, donde una ruma de papeles y libros, con polvorosa
conmiseración lo contemplaban, reconociéndolo y diciéndole seguramente en sus
letras mudas: “Te estuvimos esperando”. Pero había algo ahí que distrajo su
atención, que turbó la solemnidad de tal acto; algo que parecía ajeno al libreto; algo
totalmente inesperado.

Él sabía de lo inexpugnable de tal recinto. Comprobó una a una la ausencia o


eliminación de comisuras, huecos, ranuras, rendijas, por donde hasta el más ínfimo
rayo de luz pudiera haber penetrado. Recordó que en la clausura de aquel lugar
obró con la paciencia de un relojero, la laboriosidad de una hormiga y la
meticulosidad de una araña. Una a una fue cubriendo las aberturas, apartando del
mundo luminoso, de vida y de aire a todos sus viejos papeles, y a toda la
parafernalia que acompañó a su obra creativa, que la promesa empeñada también
supo salvar.

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Pero había algo que no encajaba, y en el preciso instante en que volvía a revisar sus
actos, a exprimir sus recuerdos, hurgando en su mente aquel segundo que escapó a
su control, una presencia le espetó en el rostro que todo lo hecho para darle
seguridad a sus tesoros, fue inservible.

Un gris bicho, ciego y despintado, alado y vivaz, pequeño y redondo, hirsuto,


retozaba como si estuviera sobre un montículo de azúcar, sobre la apretujada masa
de libros y utilería bibliófila que tanto tiempo se ocultó en el closet.

Ramón quedó perplejo. No pudo, no supo encontrar explicación a tal presencia. Su


exigente ordenamiento cerebral estaba a punto de colapsar. Esa diminuta presencia
vino a desequilibrar sus actos y se volcó desesperado a buscar la falla.

La meticulosidad para buscar dónde estaba el error esta vez no fue lo extrema de
hace tres décadas, pero sabía que lo que estaba ocurriendo no era posible. Empezó
a convencerse que lo ocurrido respondía a un evento sobrenatural, un mal milagro.

Meditar sobre este asunto le tomó algunos minutos, en los que la mosca no parecía
percatarse de la presencia de Ramón, y ante sus ojos pudo verla regocijándose
sobre las gastadas letras que ya le eran visibles al viejo. Tan pronto hallaba
agradable posar sus patas en la mal escrita ene de una cuartilla arrugada muy
borrosa, como caía de lleno sobre la imagen de un barbudo señor con cara de águila
que adornaba la contratapa de un libro.

Ramón llegó a perder en ese trance algo un año más de lejanía y de letargo, porque
no acertaba a tomar lo suyo. La frente se le arrugó de ansiedad, los labios luchaban
por superponerse uno sobre el otro y su mirada vagaba las formas del recinto,
escrutando hasta el cansancio lo que, de curiosidad y desahogo, se transformó en
una peligrosa obsesión.

De pronto, mientras en el primer piso su hermana solterona conversaba con sus


mascotas y los sonidos de la calle se perdían de su oído izquierdo al derecho,
atravesando paredes y cortas distancias: mientras en el hall su anciana dormitaba,
mientras en la pantalla del viejo televisor, la heroína de la telenovela sufría las
intrigas de la malvada ama de llaves; mientras la mosca volaba por sobre las hojas,
que reposaban a la espera de ser nuevamente usadas

Ramón se enfocó en el vuelo del bicho, que hacía curvas y quiebres en el aire, sobre
el fondo oscuro del fondo del closet; y sin mediar otro gesto que el de sus ojos
dilatándose, lanzó un grito de negación que enmudeció de pavor a su hermana y
perturbó a las mascotas que fueron a ocultarse bajos los muebles. Un grito salió a la
calle por las ventanas haciéndose parte de la rutina y forma diaria; que despertó a su
madre y la puso de nuevo frente al monstruo de tres canales a seguir las maldades
de la despiadada ama de llaves. Un grito que puso en alerta a la mosca de un
mundo exterior violento, pero de oportunidades insospechadas.

Cuando Ramón reaccionó, la invidente mosca, que evidentemente volaba


percibiendo vibraciones, había tomado un rumbo ajeno, deslizándose sobre sí,
cruzando la puerta del closet y ondulando sobre la tímida atmósfera del largo

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pasadizo, atraída por la sensación de espacios y ruidos nuevos (y tal vez hasta
olores nuevos).

Luego del estupor inicial que se transformó en el breve pero sonoro grito, Ramón
cerró el closet y emprendió la persecución de ese objeto escapado de sus dominios.
Dos sospechas pesaban sobre sus actos. Ellas dos lo empujaron tras el gris insecto.
Ellas dos trastocaron la apacible conducta de Ramón que ante los ojos de los
demás, corría tras un imperceptible objeto. Provocando la hilaridad de su madre y de
su hermana, que se habían congregado para observarlo, no sin temor. A quienes
esos movimientos del pariente le parecieron un estupendo número de pantomima de
cómo cazar una mosca.

Pero Ramón no tenía tiempo para percatarse de sus desbocados actos. Enfocado
como estaba en tan singular cacería, ocupó de lleno la zona donde su madre trataba
de entender la trama final del capítulo 32 de la novela, corriendo con las manos
abiertas, como queriendo atrapar el aire.

La percepción que todos en la familia tenían del recién llegado Ramón, era la de un
taciturno jubilado, una sombra ignorada, un intruso pernoctante, como polilla de
estación. A nadie interesaba la presencia de sus pasos, sus trajines lerdos,
deslizándose como reptil; sus repentinas miradas, hurgando lo irreconocible,
dibujando rostros en las deformidades de la pared; buscando retomar sus huellas
dejadas en la casa décadas atrás.

Calmo, de tez hirsuta y mirada vaga, su paso ignorado en ocasiones causaba


hilaridad. Las sonrisas de burla le seguían, dentro y fuera de la casa. Sonriendo de
sus pasos, sonriendo de su estúpido andar, de su cabello desarreglado, de su
informe cuerpo, de cada palmo de sí. Ratificando en los suyos lo que dijera su padre
al verlo llegar: “Ese Ramón… la soledad le ha tocado la sesera… pobre”.

Quizás era cierto. Tal vez los viajes habían enmohecido su vivacidad. Y la familia
lamentaba no ver a quien se fue, sino a quien sería si se hubiese quedado a vivir allí.
Y tal vez eso es lo que pasó.

Pero él seguía interesado en ese bicho gris, que ahora se encontraba bordando sus
modulaciones vibratorias en el aire del baño, ese bicho que… ¡Ahora quiere escapar
por la ventana! Un certero salto le permitió cerrar el pequeño ventanal del baño, y
acomodó a Ramón en la posición precisa para caer con éxito sobre la mosca, y…
por vez primera en treinta años, la risa, desenfrenada y pantagruélica, pudo
encontrar cabida en su boca. El mohín rictuoso con que la inició, culminó su función
estremeciendo la casa toda con una gruesa carcajada, muy antigua carcajada que
venía del pasado. Tentando mostrar satisfacción, pero nada de eso evidenciaba en
su risa, sino más bien temor.

La mosca, capturada por primera vez, se debatió mortalmente, buscando huir de su


encierro por las apretadas comisuras de la gruesa mano; tratando de forzar la rígida
prisión que vibraba de carcajadas. Ramón caminó retornando por el pasadizo a toda
prisa, para colocarse nuevamente ante el clóset, con la mosca atrapada en la
concavidad de su mano derecha.

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Ahora dos sospechas lo turbaban, y empezó a deshilvanarlas, hojeando torpemente
las viejas hojas con su mano sin mosca, separando los libros que a pesar de todo
presentaban algo de polvillo emanado del propio material del closet, que sacudió con
violencia, tratando de castigar al tiempo perdido. Sin la calma ni la liberación que
hubiese deseado para tal ritual. Sin la ceremonia que imaginó cientos de veces para
tal momento… desecho todo ahora, maltratando sus preciados tesoros, y todo por
una vulgar e impertinente mosca.

- ¡Bah!

Mientras imaginaba al gris bicho recorriendo en la oscuridad las opacas letras de las
amarilladas hojas, cruzaron dos ideas por su mente, que trataban de explicar el
origen de tal presencia… justamente ahí… un ser tan extraño, imprevisible… tal vez
una polilla, hormigas, el temible pececillo de plata.

Antes de partir de esa casa a buscarse la vida, treinta años atrás, Ramón selló sus
escritos, entre los que se hallaban revueltos poemas a la Luna, al amor o a la
muerte; cuentos de animales, de insectos (¿También había de moscas?), y de
desadaptados sociales; novelas inconclusas y obras de teatro que solo tuvieron
representación en su cerebro y quiere creer que también en el de una noviecita
oscura y bastante tonta que tuvo en su juventud… ¡Ah! Y breves ensayos sobre la
política doméstica; sobre lo que vio y vivió en su época de estudiante, que el
consideró entonces, en su ilusorio proyecto de vida, como documentos magistrales,
adelantados para su época, que darían que hablar en el futuro (y por eso los
guardó). Documentos que serían útiles cuando se hiciese la historia de aquellos días
en que, la verdad, apenas podía diferenciar entre la realidad cotidiana y los
fenómenos sociales nacionales.

Y por supuesto, los libros que siempre lo acompañaron y que no llegaban a cien. Ël
pensó aquella vez estar sellando un gran cofre de joyas literarias, joyas a las que
retornaría después de treinta años, y que no volvería a incrementar, pues antes que
todo estaba su promesa de hacer fortuna, de ir por el mundo para experimentar las
cosas que en su encierro paternal no iba a poder lograr, y sobre todo para obtener la
solvencia necesaria y la tranquilidad para retomar su producción literaria por el título
exacto. Hacerla de millonarias ediciones y abundante publicidad que infle al producto
como un gran globo… pero, ni había hecho fortuna, ni quiso volver a escribir,
convencido ahora, luego del tiempo que le da al vino y a los buenos libros su valor,
de la poca valía de su palabra escrita.

Después de treinta años había sido vencido por la mediocridad e inclinado al


abandono su espíritu por sórdidos caminos… y solo había venido a recordar, a
retomar el aliento, coger sus viejos papeles con una oculta esperanza en su pecho,
esperanza enterrada por diestro sepulturero, y que él pretendía ahora sacar a la luz.
“Tal vez –se dijo, tratando de levantar el alicaimiento de su ser– contemplando mi
obra toda pueda volver a ese mundo de ilusiones, porque –y sentenció con una frase
muy socorrida-, la esperanza es lo último que se pierde”.

El meticuloso sello para preservar sus páginas del polvo y la polilla había sido
ineficaz, ¡Horror!, una mosca había penetrado, pero ¿por dónde? De qué manera un
bicho tan voluminoso (bueno, no tanto) había llegado allí. ¡La mosca! Y la polilla no,

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y no la araña… (¿y un alma en pena?). El polvo es algo inevitable, pero… ¿la
mosca? Y fue cuando se vio repentinamente iluminado por una luz de dos pequeños
focos: o era que esa mosca había nacido allí, entre las letras de una vieja cuartilla o
acaso en las rendijas de algún destartalado libro, y había vivido treinta años de letras
y polvo (¿…?) alimentándose de una dudosa cultura; o era que…no, pero lo anterior
es increíble y por demás disparatado, pues una mosca no podría vivir esa edad, y
menos aún alimentarse de letras y polvo (aunque dicen que las moscas comen
caca… ¿por qué no?), pero por más increíble que esto pareciera, no quiso descartar
tal idea de su mente y prefirió dejar la edad de la mosca para otro momento. Más
feliz, porque persistía una segunda duda, más increíble aún, pero delatora.
Percatándose largo rato de un grupo extremo de cuartillas poéticas que él dejó
escritas (y que recordó incluso haber corregido), las halló incompletas, con letras
vacías, con vacíos entre palabras, entre letras, con espacios en blanco, limpios,
como si en ellos nunca se hubiera escrito nada; y pensando en la alimentación de la
mosca, en caso de que ésta hubiera vivido treinta años ahí encerrada, se le hizo la
idea de que tal alimentación se habría basado en letras, letras ahora desaparecidas,
pero ciertamente, sin margen de dudas, escritas alguna vez.

Descartó la idea de que la mosca hubiera podido entrar en el preciso instante que
abrió el closet; ni hoy ni el día que lo clausuró todo, pues su cuidado fue extremo
(era una de las pocas cosas en las que tuvo cuidado), y no vio movimiento alguno a
su alrededor. También descartó la idea de que el tiempo, el polvo o la luz (que por
cierto no la había), hubiesen podido borrar las letras, pues tan limpia estaba la hoja y
tan sin huellas que parecía como si se las hubiese tragado la tierra (a las letras).
Con todo, estuvo dos noches con sus grises mañanas, tratando de desentrañar de
su cerebro, del cerebro de sus consanguíneos, de las gastadas hojas y hasta del
reducido, ínfimo, atisbo de cerebro en la mosca, el misterioso designio que lo
enfundaba de una duda perenne. Cansado ya, al tercer día, cogió un pomo de
mermelada sin mermelada, sacó a la mosca de la caja de fósforos donde la tenía
presa, metió al bicho dentro del pomo, escribió un tentativo poema y lo metió con las
letras desnudas para que le haga compañía a la mosca.

Al día siguiente cogió el pomo, lo alzó a la altura de sus ojos y con gran asombro
constató que el papel se hallaba… ¡vacío! ¡en blanco! Un doloroso espasmo invadió
sus entrañas. Aquella mañana había intentado poblar la soledad de la cuartilla vacía,
pero nada; sintió, tras un repentino congelamiento de su sangre, que la inspiración,
ya alma muerta, de sus labios escapaba. La prueba había sido convincente, el
experimento lo demostraba, pero seguía sintiendo ese enorme vacío en su palabra.
Durante años había esperado el momento de volver a tomar la pluma y tentar
nuevas líneas, nuevos trazos, nuevos experimentos de genialidad idiomática, pero
envuelto en negras dudas de fracaso, había adbicado… nada en su corazón
presagiaba un cambio. Esa duda por el extraño bicho -es cierto- lo impulsó a volver
a tomar la palabra, acudir nuevamente al recurso de la escritura, para desempolvar
sus ojos del tiempo perdido, para hacerse de una sangre nueva, de un alma limpia,
libre, y de unos pasos más ligeros, fuertes, vivaces, de pisada amplia. Pero, ante el
retorno y la inquietud… nada. A un tiempo la osca le había absorbido su tiempo.

Ante la cuartilla vacía su ser todo se desmembraba, buscaba la perdida musa,


exprimía sus sesos, la conciencia, el alma, hasta la carne filial, pero nada.

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Al asombro repentino de ver comprobada su teoría moscoalimentaria, se sumó el
asombro de no hallar nada en su cerebro que pudiera llenar una línea de palabras,
ni siquiera las tonterías que escribía para las enamoradas de sus amigos en el
colegio por un pan con atún o un plátano mosqueado… nada.

De pronto dejó atrás sus tribulaciones y como urgido por un llamado interior volteó
para observar a la cautiva mosca, ella se retorcía desesperada allí adentro, pero no
parecía que fuera por falta de oxígeno o por falta de palabras. No podía ser tampoco
el cautiverio la que la incomodara, treinta años de encierro, no podrían resultar
afectadas por unas horas en libertad… pero… es un pomo… Brotó entonces un
insospechado gesto cuando quedé mirándola. Por un breve instante busqué en sus
movimientos la inspiración ansiada, pero nada. De pronto me empezó a exasperar
su vuelo descontrolado, sus giros intensos, el zumbido sordo de sus alas, que
imaginaba atravesando las paredes del pomo, la culpa que empezó a torturarme…

Y solté al bicho de mis dudas. Gris, alado, de patas ágiles. El dio un giro maestro por
sobre mi faz aciaga, reposó su inquietud, deteniéndose un momento en el aíre por
sobre mi alma, echando fuera de sí treinta años de pesada carga con un zumbido
intenso de sus alas; y sin mayor ceremonia, ante mis dilatados ojos, ante mi alma
zafada, ante el tiempo que no fui yo sino una mosca letrada, el rechoncho insecto,
gris, alado, de hirsuto talante, hinchado de tinta fresca, se posó sobre la cuartilla
vacía y ágilmente delineo ahí las más bellas letras, como nacidas de una pluma por
treinta años entrenada… en el arte de comer letras y deglutirlas en frases
delicadas…

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ÍNDICE

1. PERROS DE INVASIÓN.

2. EL MURO DE LAS DIFERENCIAS.

3. LA LEVA.

4. MAÑUCO.

5. DE SAN MARCOS A LA CATÓLICA.

6. POBRE RÍO HUATATAS.

7. LA GUERRA, LA GÜERRA, LA GUERRA.

8. QUE TRISTE EL AMOR CUANDO SE VA...

9. HEROE, PERO... ¿DE QUIÉN?

10. ( )

11. LA RISA DEL PAYASO.

12. PERICO GÓMEZ: “GLOBITO”.

13. DE UN CLÓSET DONDE GUARDABA TREINTA AÑOS.

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