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Juan Abal Medina (h)

La muerte y la resurrección de la representación política

FONDO DE CULTURA ECONÓMICA

México – Argentina – Brasil – Chile – Colombia – España


Estados Unidos de América – Guatemala – Perú – Venezuela

Primera edición, 2004

© 2004, Fondo de Cultura, S.A.


El Salvador 5665; (C1414BQE) Buenos Aires
www.fce.com.ar / fondo@fce.com.ar
Av. Picacho Ajusco 227; Delegación Tlapan,
14.200 México D.F.

ISBN: 950-557-621-8
Impreso en Argentina – Printed in Argentina
Hecho el depósito que previene la ley 11.723

Para Dolores, Guillermina, Cristina y Carmen,


Por enseñarme a vivir.

A la memoria
de Ana María García Raggio
y Enrique Tandeter, dos grandes personas
que tuve la dicha de conocer
y que tienen mucho que ver con las ideas
de este libro.
Introducción

Nosotros, en nuestros recuerdos, esta-


mos muy centrados en la muerte rápida
de la democracia: un golpe, la marchita,
los tanques en la calle, un adusto general
que nos promete la salvación.
Pero la democracia se muere también de
muerte lenta. Son procesos en los que
nunca hay un episodio que aparezca como
decisivo, sino que hay una corrosión donde
vamos perdiendo libertades, el régimen de-
mocrático va perdiendo legitimidad, donde
los políticos se encapsulan en juegos cada
vez más autistas.

Guillermo O’Donnell,

entrevista en suplemento Zona, Clarín.

Este libro propone un recorrido histórico-conceptual a través de las distintas


etapas que los individuos hemos atravesado en nuestra evolución política,
intentando desglosar aquellos elementos que resulten explicativos de la realidad
contemporánea. Abordaremos en este viaje los múltiples significados de la
democracia, así como los problemáticos escenarios de la representación, con el
propósito de descubrir cuál fue la verdadera naturaleza de los regímenes políticos
que la modernidad vio nacer y cuál es la relación existente entre ellos y las
democracias contemporáneas.
Dado el carácter libre y provocador de la temática decidimos abandonar
escritura científica estándar y optamos por la técnica del ensayo, que con su
mayor libertad permite más soltura y frescura, dos componentes que
lamentablemente no abundan en las producciones contemporáneas de las
ciencias políticas.
La intuición que guía estas reflexiones sugiere que los regímenes políticos
que se han ido desarrollando tras la “ruptura moderna” del antiguo orden, es decir;
las llamadas democracias indirectas, se caracterizan por garantizar determinados
derechos y libertades a todos sus miembros, quienes a su vez periódicamente
eligen a sus gobernantes dentro de un marco de elecciones incluyentes, libres y
competitivas En contraste con lo que usualmente se piensa, nuestras actuales
formas de gobierno no son la aplicación a una escala mayor de la democracia
clásica que existió en Grecia, sino más bien un sistema absolutamente distinto que
sólo comparte con aquél el nombre.
Quienes diseñaron las actuales formas de gobierno se preocuparon por
señalar claramente esta distinción, aunque dejando en claro que la democracia
moderna era mucho mejor que la inventada por los griegos. Si la idea central de la
democracia era la de erigirse en “gobierno del pueblo” o autogobierno, como su
nombre lo indica, las nuevas formas políticas se basaron en la idea de
representación a la hora de diseñar sus instituciones políticas. Así, se llegó incluso
a prohibir el autogobierno como forma de dirimir la puja por el poder, tal como lo
señala, por ejemplo, el artículo 22 de nuestra Constitución Nacional:

El pueblo no delibera ni gobierna si no por medio de sus representantes


y autoridades creadas por esta Constitución. Toda fuerza armada o
reunión de personas que se atribuya los derechos del pueblo y peticione
a nombre de éste, comete delito de sedición.

En las actuales democracias han cambiado los dos pilares centrales de la


democracia clásica, la selección de los gobernantes por procedimientos de sorteo
y la Asamblea, esa “reunión de personas” de la que habla nuestra Carta Magna, y
han sido reemplazados por otros dos componentes: los partidos políticos y las
elecciones periódicas. Es justamente con este pasaje cuando la idea de
participación directa da lugar a la idea de representación como concepto central
en el proceso de legitimación política.
Si bien esta noción de representación funcionó adecuadamente a lo largo
de los últimos doscientos años, el punto esencial es que actualmente ya no lo
hace y, por lo tanto, se presenta una profunda sensación de crisis. En este
sentido, sostenemos que la “crisis política” que se percibe desde fines de los años
sesenta en los países centrales y desde los ochenta en América Latina se
corresponde con las transformaciones sociales acontecidas desde mediados del
siglo XX. Tales transformaciones, al complejizar y diversificar las interacciones
humanas, restan credibilidad a la metáfora representativa, en tanto artefacto capaz
de volver a presentar lo social en lo político y, por consiguiente, van vaciando de
legitimidad a los regímenes políticos, que aún no logran inventar una ficción
legitimante “que funcione” adecuadamente. Desprovista de su sustrato social, la
representación actual parece no poder escapar de una autorreferencialidad que la
vuelve muy débil.
La búsqueda de soluciones capaces de reelaborar el contenido de la actual
representación constituye tina preocupación insoslayable. Para encontrar la
solución de tal dilema quizás debamos volver sobre nuestros pasos y buscar en la
vieja idea de la democracia corno autogobierno las claves que permitan fortalecer
a la debilitada representación contemporánea. Para ello, un excelente comienzo
es la recuperación de la participación como instancia refundadora, abriendo
mayores espacios a las instituciones participativas actualmente existentes para
que puedan llenar de contenido al deslucido concepto.
La primera parte del libro analiza el camino que atravesamos los seres
humanos en nuestra evolución política, desde la democracia clásica hasta el
nacimiento de las actuales formas representativas. Posteriormente, se examina el
funcionamiento real de las instituciones representativas mediante tres modelos
sucesivos de política que permiten ordenar la argumentación. Finalmente, en la
tercera parte se aborda el funcionamiento actual de la democracia representativa y
la sensación de “crisis” que la afecta, para concluir con algunas posibles
respuestas a los problemas contemporáneos.
Primera parte

El camino hacia
la representación política
El mundo clásico

¡Ay, ay, cómo culpan los mortales a los dioses!,


pues de nosotros, dicen, proceden los males. Pero
también ellos por su estupidez soportan dolores
más allá de lo que les corresponde.
Homero, Odisea.

La política es un invento, una construcción histórica que se originó en la


Grecia clásica. Esto no quiere decir que antes no existiesen instituciones políticas,
ya que indudablemente éstas acompañaron al hombre desde el principio de su
historia; pero fue allí, en las costas bañadas por las aguas del Egeo, donde por
primera vez comenzó a pensarse en lo político como algo especifico relativamente
separado de la religión y, por lo tanto, propio de la capacidad de acción de los
hombres. Esta primera secularización de lo político tiene lugar cuando los
hombres —tal como sostiene Zeus en el epígrafe que abre esta sección— toman
conciencia de que son ellos los que deben responsabilizarse por los resultados de
sus acciones de gobierno. A partir de ese momento, debieron buscar los
mecanismos institucionales que les permitiesen el mejor logro de tales resultados.
Obviamente, esta secularización era incompleta, ya que la ruptura con el orden
cosmológico no era absoluta en el mundo clásico.
Para los clásicos, el hombre es por naturaleza un animal político, un
politikon Zoion. En la concepción griega de la vida, la polis era su unidad
constitutiva y la dimensión completa de la existencia. El griego no veía, por tanto,
en lo político apenas una parte o un aspecto de la vida, sino el todo y la esencia.
El animal político, polítes, vivía en koinomía, en comunicación o comunidad. No es
que lo político subordinara a lo social, sino que, para la concepción griega, los dos
términos se resolvían en el primero por la simple razón de que lo político
significaba ambas cosas a la vez.
En el mundo clásico nos encontramos frente a una comunidad absoluta en
donde el individuo, tal como actualmente lo entendemos, no existe. En
consonancia con esto, tampoco existen “partes” diferenciadas del todo social. La
totalidad aplasta a sus partes componentes y cualquier rebelión puede ser evitada
con metáforas organicistas, como el relato del ex cónsul romano Menenio Agripa.
Cuenta la historia que cansados de la explotación que sufrían por parte de
las familias “patricias”, los plebeyos se rebelaron, yéndose a vivir todos a una
colina fuera de las fronteras de Roma. Menenio Agripa fue enviado a convencerlos
de que depusieran su actitud y para lograrlo les relató una fábula sumamente
efectiva. En ella comparó la situación de los plebeyos con la de las extremidades
de un cuerpo que, cansadas de alimentar al estómago, se negaron a continuar su
labor, provocándose a sí mismas la muerte Obviamente, el desenlace del relato
consiste en que los plebeyos se dan cuenta de que una parte no puede vivir fuera
del todo y, ante tal reflexión, regresan a ocupar el lugar subordinado que tenían en
la República romana.
Desde la perspectiva de esta metáfora organicista, la sociedad es vista
como un organismo viviente, que supone una evolución natural y está
axiológicamente orientada, independientemente de las necesidades de las partes.
La metáfora expresa la naturalidad de lo político y sus desigualdades, el hombre
nace “político”, para ser en la polis.
¿Cuán importante era hacer política en la polis? Nada menos que Platón,
en su diálogo Gorgias o de la retórica, ofrece una magistral descripción de lo que
los clásicos entendían por “hacer política”. Allí, uno de los participantes, Callicles,
realiza un exhorto a Sócrates para que abandone la filosofía, ya que “seguir
filosofando a la edad viril parece ridículo” y para que se dedique, como todo
adulto, a la política. Continúa Callicles:

por bellas dotes naturales que tenga este hombre no puede por menos
degradarse al evitar los lugares frecuentados de la ciudad y las plazas
públicas, donde los hombres, según el poeta, adquieren la celebridad.
Descuidas, Sócrates, lo que debería ser tu principal ocupación.

A los lectores actuales de esta obra no deja de llamarnos la atención la


caracterización de la política que allí se esboza. Un juicio semejante al realizado
por Callicles podría hacerse en la actualidad —y en los hechos así ocurre— a las
personas que, pasada su juventud, continúan dedicándose a la política “militante”
en lugar de ocuparse de lo que “debería ser su principal ocupación”: lo económico.
Para los clásicos, el hombre sólo se inmortalizaba en la política; haciéndose
público se realizaba como hombre.
La polis justa seria, por tanto, la reproducción de la armonía del cosmos, en
la que cada parte “es”, al mismo tiempo, lo que “debe ser”. Allí no existen
mediaciones entre lo público y lo privado, ya que no hay diferenciación entre
ambas esferas ni, por ende, discontinuidad entre una y otra.
Decir que la polis está axiológicamente orientada significa que “no es una
comunidad de lugar para impedir injusticias recíprocas y con vistas al intercambio,
estas cosas se dan, pero no porque se den hay ciudad”. No es, entonces, la unión
utilitaria ni la conveniencia de los hombres la que crea la sociedad, sino su deseo
de “vivir bien, con el fin de una vida perfecta y autárquica”, nos dice el filósofo.
Ahora bien, ¿cómo se gobernaban efectivamente las polis? En torno a esto,
Aristóteles realiza un detallado estudio de las instituciones de gobierno de más de
cien polis, a las que llama “constituciones”, y a partir de él encuentra una amplia
variedad de regímenes políticos, entre los que se destacan las llamadas
democracias.
La democracia era, para los griegos, un sistema de gobierno que se basaba
en la igualdad de todos los ciudadanos frente a la toma de decisiones colectivas.
Su mismo nombre—demos (pueblo), kratos (gobierno)— hace referencia a su
principio rector: el autogobierno del pueblo. Como consecuencia natural de la frase
que Homero pone en boca de Zeus, si todos sufrimos las consecuencias de las
(malas) acciones desarrolladas por los gobiernos, lo lógico es que todos tomemos
parte en la decisión. Obviamente, el «todos» de los clásicos era un todo
fuertemente restringido, ya que excluía de la ciudadanía a aquellos individuos que
eran considerados desiguales por naturaleza, como las mujeres, los esclavos y los
extranjeros.
Lo central de la idea clásica de democracia es que sólo se es libre cuando
uno se gobierna a sí mismo, cuando se da sus propias normas (autonomía). Así,
todos los ciudadanos, todos los individuos libres, debían gobernarse sin distinción
de sus capacidades individuales o económicas. Por ello, para un demócrata,
“libertad” e ‘‘igualdad” eran dos términos que se implicaban mutuamente. La
igualdad entre todos los ciudadanos era el principio axial de la democracia y, en
consonancia con él, se diseñaron todas las instituciones de gobierno.
De todas las polis griegas, el ejemplo más conocido de funcionamiento
democrático es el que nos proporciona la historia de Atenas de los siglos IV y V
a.C. La institución central del gobierno era la Asamblea (Eclesia), donde todos los
ciudadanos se reunían periódicamente para tomar las decisiones. En aquellos
años se estima que había cerca de 50 mil ciudadanos. La Asamblea tenía el poder
soberano; en ella se definían las leyes, se declaraban las guerras o se fijaban los
impuestos. Funcionaba con un quórum elevado (6 mil ciudadanos) y se buscaba
que las decisiones se tomaran con el acuerdo de todos (unanimidad), y sólo
cuando esto no era posible se adoptaba una decisión por mayoría.
Dado que algunas tareas no podían ser desarrolladas por un cuerpo tan
numeroso, existían consejos, tribunales y funcionarios individuales. Casi todos
estos funcionarios o magistrados eran seleccionados mediante el único sistema
que se entendía como democrático, es decir, el que le otorgaba a todos las
mismas posibilidades de acceder al cargo: el sorteo.
De los aproximadamente setecientos cargos que existían en el gobierno
ateniense, más de seiscientos eran seleccionados por sorteo. A su vez, los
periodos de ejercicio de la función eran breves —de un año como máximo— y los
cargos eran ocupados por varios individuos a la vez. Para organizar el trabajo de
la Asamblea, redactar sus resoluciones y otros asuntos, existía el Consejo de los
Quinientos, seleccionado por sorteo y cuyos cargos duraban un año. De él se
desprendía el Comité de los Cincuenta, organismo conformado por una décima
parte del Consejo y encargado de elevar propuestas a éste, los miembros del
Consejo que conformaban el Comité rotaban sucesivamente, y ocupaban el
puesto durante una décima parte de cada año. El Comité tenía un presidente cuyo
mandato duraba un día.
Los tribunales, que tenían centenares de miembros, y los magistrados
también se seleccionaban por sorteo entre todos los ciudadanos. Existía un
examen para los que eran designados, que abordaba no sólo cuestiones de
conocimiento, pago de impuestos y conducta ciudadana, sino que también
implicaba un compromiso con la democracia. Los cargos que no eran
seleccionados por sorteo, sino a través de una elección popular, eran aquellos que
conformaban las milicias.
Un punto sumamente interesante de la democracia como sistema de
gobierno es que ésta no fue el producto del diseño de algún pensador; sino más
bien el resultado de la evolución colectiva de la dinámica política. Más aún, los
principales pensadores de la época fueron profundamente críticos de la
democracia, ya que la consideraban una de las peores formas de gobierno.
Sócrates y Platón, para mencionar a los más conocidos, fueron virulentos
opositores a la democracia. El hecho de que el mismo Sócrates esquivara su
participación en la Asamblea —como nos recordaba Platón en el diálogo
mencionado anteriormente— no era producto de un mero desinterés, sino del
desprecio que la mayoría de los filósofos de la época, con excepción de los
sofistas, tenían hacia esta forma de gobierno. El núcleo de las criticas apuntaba al
hecho de que la democracia trataba a todos por igual y consideraba que cualquier
hombre era apto para ocupar cualquier puesto, independientemente de sus
capacidades. Sócrates pagaría con su vida su oposición al demos y a sus líderes,
los políticos democráticos —llamados demagogos o amantes del pueblo—. En
realidad, tanto Sócrates como Platón fueron partidarios de una forma alternativa
de organizar las polis: el gobierno de los mejores o aristocracia. Al asociar virtud
con sabiduría, la mejor forma de gobierno sería aquella en la que todos aceptaran
ser conducidos por los más sabios.
Será Aristóteles, en los tiempos en que las polis entraban en su ocaso
definitivo, quien propondría una forma mixta de gobierno como la mejor posible.
Sin llegar a defender a la democracia, esta nueva forma incorporaba parcialmente
algunos principios democráticos. Para el filósofo, una de las formas de gobierno
virtuosas era la Politeia, que se trataba “sencillamente de una mezcla de
oligarquía y democracia”. De tal forma, tomaba un elemento de cada una de ellas:
“de la oligarquía, que las magistraturas sean electivas, y de la democracia, que no
dependan de la renta”.
Estas ideas del gobierno mixto tendrían un fuerte impacto en la Roma
republicana y serían defendidas por autores de la talla de Polibio y Cicerón,
quienes veían en el complejo sistema político de su época, la concreción del ‘justo
mecho” aristotélico. Sin embargo, algunos de los ideales democráticos continuaron
vivos en algunas instituciones como los “tribunos del pueblo” y en el accionar de
los políticos del partido popular —como es el caso de los hermanos Graco—, y
sólo se acallaron definitivamente bien entra do el Imperio.
El oscurantismo

IX.- Que todos los príncipes hayan de besar los


pies al Papa.
[…]
XII.- Que le es lícito deponer a los emperadores.
Quien puede abrir o cerrar el Cielo ¿no podrá
juzgar las cosas de la tierra?
Gregorio VII

La Edad Media ha sido definida como una época de “oscurantismo” por


carecer de la luz de la razón que más tarde inundaría a Occidente. Esta nueva
etapa del hombre no significó el fin de la comunidad, sino más bien su
transformación radical en la comunidad de creyentes. En este ordo terrerum
medieval, el Estado es a la Iglesia lo que la filosofía a la teología y la naturaleza a
la gracia. El mundo se entiende jerárquicamente y el escalafón superior está
ocupado por un Cristo que determinará la salvación o condena de las almas.
Podría decirse que si los griegos inventaron la política, durante la Edad
Media casi se clausura. En este sentido, uno de los teóricos más renombrados de
la época, San Agustín, presenta una visión fuertemente desencantada de todo lo
relacionado con la política. Este cariz queda expresado en el hecho de que el
máximo objetivo de los hombres, la salvación de sus almas, se vuelve una
cuestión individual, interna, apolítica y referida exclusivamente a la esfera privada.
Por eso se puede entender a la Edad Media como un proceso de inversión de las
categorías axiológicas del mundo clásico, ya que se modifica radicalmente la
manera de entender y ejercer el poder político.
La politicidad, al ser consecuencia del pecado original, pierde su carácter
positivo, pero no así su naturalidad. Es decir, es el mismo Señor quien ha resuelto
los lugares que ocupan “naturalmente” sus siervos en la tierra, pero ellos no
podrán ya modificarlo con acciones “positivas” que le den su propia impronta,
como si era posible en el mundo clásico.
De todas formas, el mundo medieval sigue siendo, al igual que el mundo
clásico, un orden natural axiológicamente fundado, pero no ya en el conocimiento
humano, sino en “El plan divino” que Dios misericordiosamente escribió para sus
criaturas. La religión regresa al primer plano y el mundo vuelve a encantarse,
poblándose de ángeles y demonios frente a los cuales los hombres tendrán poco
que hacer.
Ahora bien, el espacio ocupado por la religión y los sacerdotes católicos en
la Edad Media no debe ser visto como una mera involución en el camino del
progreso humano. Esta lectura, que es la propia de los modernos en su lucha a
favor de la razón, olvida dos importantes cuestiones. Por un lado, que el
cristianismo, más allá de otros aspectos, contuvo siempre un fuerte mensaje
igualitario que, si bien sólo se plasmaba plenamente en el más allá, permitió en la
tierra la sujeción de las autoridades políticas a un principio que las trascendía. Un
buen ejemplo de ello lo proporcionan los escritos de Santo Tomás de Aquino, con
sus ideas de la necesaria obediencia de los gobernantes al bien común y a la Ley
Natural y su justificación de la resistencia frente a la tiranía. Asimismo, lo cierto es
que frente a la caída de la civilización clásica, la Iglesia se volvió la única
institución que buscaba dar sentido a un mundo social desgarrado y diezmado por
la violencia.
Podernos concluir, entonces, que durante este largo período la política se
retiró de la vida de los ciudadanos, y pasó a resolverse de manera casi secreta,
tras oscuros muros adonde solo muy pocos pudieron tener acceso.
La modernidad

Todo lo real es racional y todo lo racional es real.

Hegel

El proceso que trajo la modernidad a las sociedades históricas fue, en


términos de Max Weber, una racionalización creciente de todos los aspectos de lo
social, un aumento sostenido y progresivo de las formas de actuar definidas como
“racionales”.
Los actores de la modernidad sentían que el mundo había vivido “oscuro”
durante siglos, privado de luz. Imaginemos que entramos a una casa en tinieblas:
nos movemos con miedo y cuidado, no sabemos qué cosas se esconden en las
sombras, un extraño ruido parece venir “de arriba”; ¿serán ladrones?, ¿y esas
extrañas sombras fantasmagóricas que creemos ver de cerca en la ventana?
Seguimos caminando, quizás nos golpeamos contra “algo” en el camino, pero
finalmente llegamos al interruptor y encendemos la luz. Ya todo ha pasado.
El mundo del oscurantismo puede asemejarse, en la comparación de los
“modernos”, a la tarea del hombre de iluminar esa oscura casamundo que antes
relatamos. Con una vela en sus manos, recorre las habitaciones descubriendo lo
que las sombras ocultaban: las imágenes fantasmagóricas en la ventana se
convierten en una cortina movida por el viento, y los extraños ruidos, en una
canilla mal cerrada. Iluminar es volver secular al mundo, explicar sus mitos, matar
sus dioses. Si antes llovía porque algún dios había tomado demasiado, ahora
serán las “capas atmosféricas” y las “diferencias de presión”; si las enfermedades
eran producidas por algún demonio, ahora esos demonios tornan el nombre de
virus o bacterias. Es anecdótico que para la mayoría de nosotros sea tan
incomprensible la mecánica cuántica o el funcionamiento de un televisor como la
Santísima Trinidad. Lo importante para el hombre moderno es que él mismo se
erige en sujeto, en productor de una realidad que, si así lo desea, puede
entender1.
Así, las leyes científicamente verificables reemplazan a los mitos, la novela
a la poesía y la ciencia a Dios. Éste es el principio fuerte de la modernidad: el
desencantamiento de la naturaleza que se vuelve una realidad, como nos dice
José Pablo Feinmann, “sin sujetos, sin proyectos, sin tiempo, sin historia, sin
metafísica”, una realidad terrible en la que, según Baudelaire, “todos los pollos
andan crudos”.

Del orden divino a la construcción


social del orden

Hacía tiempo que el Adán de Pico della


Mirandola le había oído decir a Dios “sólo tú eres
libre de cualquier otro límite que no sea el que
prescriba tu propia voluntad, ésa que yo te he dado”
José Nun

Serán los hombres modernos quienes, con su voluntad, crearán un


ordenamiento siempre provisorio y cambiante llamado “sociedad”. Así, la sociedad
viene a reemplazar a su ancestro, la “comunidad”, y como toda producción
moderna asume una naturaleza mutable y contingente. En la base de toda la
Concepción moderna del mundo está esta noción de sociedad, como núcleo,
estructurado por relaciones de jerarquía artificiales, lo naturales, y cuya
entendibilidad implica algo absolutamente revolucionario para la época; ahora el
orden de la sociedad puede ser transformado.

Sí el desencantamiento es el gran proceso moderno y la sociedad su


creación, el individuo es el héroe, su productor. No hay modernidad sin individuo,
ni individuo sin modernidad. Tal como lo expusiera soberbiamente Adam Smith, la
sociedad es un conjunto de individuos aislados que se relacionan voluntariamente,
generándola.

Las preguntas sobre la legitimidad de un sistema no surgen hasta que ésta


se ha hecho problemática. En este sentido, resulta claro que en el transcurso de la
1
La entendibilidad del mundo está dada por la racionalidad de todo real. Y todo lo racional es susceptible de
entenderse racionalmente (el clímax de la inteligibilidad moderna del mundo está expresado en la famosa
frase del filósofo de Jena: “Todo lo real es racional y todo lo racional a es real”). Su origen puede situarse en
Galileo y en la mathesis universalis de Descartes, la suposición de un fondo racional único y traducible en
términos matemáticos.
Alta Edad Media no era necesario que existiera ningún libro sobre el Divine Right
of the King, porque este derecho era evidente.
Muchos podrán ya percibir el profundo problema que se plantea con el
cambio de paradigma: si no hay orden externo ni ningún principio de justificación
metasocial, ¿sobre qué bases puede fundamentarse el orden social y la obligación
política?
Si el orden social no constituye un designio divino sino una creación
voluntaria de los hombres, se vuelve licito que éstos se pregunten por su validez.
Desde entonces se entiende que la obligación política tiene que estar fundada en
el consentimiento libremente otorgado por individuos autónomos.

Desde la filosofía política se han propuesto muchas respuestas a este


problema: pactos, contratos, utilidades, reglas. Pero la modernidad es finalmente
incapaz de resolverlo, ya que si la sociedad no es más que un conjunto voluntario
de individuos, iguales por naturaleza, ¿por qué algunos tendrían que obedecer a
otros?2 Una solución lógica seria la democracia en el sentido fuerte o clásico del
término (“gobierno del pueblo’’, “autogobierno”) que analizamos previamente, pero
con una ciudadanía extendida a todos los individuos. Si somos libres e iguales, no
tenemos por qué obedecer a otro; pero si podemos obedecernos a nosotros
mismos. Un gobierno bien constituido seria aquel en el que el pueblo expresase
su voluntad —la voluntad general— y ésta se hiciera norma.

Éste fue el camino que siguió Jean—Jacques Rousseau, para quien el


único poder legitimo racionalmente hablando es aquel que no suprime la libertad
de los individuos, aquel en el que cada uno, al obedecer al poder soberano, sólo
se obedece a sí mismo. Pero esto jamás se puso en práctica, quizá porque su
coherencia lógica esconde un importante olvido: el proceso de desencantamiento
no perdonó al “pueblo”, y éste se secularizó en un conjunto de individuos.
La concepción rousseauniana de democracia se constituye enfrentándose a
los individuos, que se sumergen y casi desaparecen en el poder común, en la
voluntad general. En torno a esto, la pérdida de la libertad individual negativa se
presenta como condición indispensable de una vida social libre. Rousseau parece
plantear un retorno a la comunidad clásica: su “hombre nuevo” está, en este
sentido, mucho más cerca de los héroes de las Termópilas que de los
comerciantes de Hamburgo.
El radicalismo rousseauniano es antimoderno en muchos aspectos, y al
buscar que lo político se subordine a lo moral, llega a conclusiones por lo menos

2
A causa de esto, en algunas de las naciones más ‘‘modernas”, los dirigentes al asumir sus cargos juran por
Dios, y su santo nombre sigue impreso en las constituciones.
paradójicas, especialmente cuando sostiene que los hombres pueden llegar a
deber ser “obligados a ser libres”.
Entonces, ¿aceptó la teoría política moderna que no puede haber un
principio único sobre el cual fundar el orden social, más allá de los sutiles
mecanismos del mercado y de la obligación política, por fuera de la voluntad de
poder? Muy por el contrario, lo que hizo la modernidad política fue buscar otro
camino.

Hobbes y la metáfora
representativa

Autorizo y transfiero a este hombre o asamblea


de hombres mi derecho a gobernarme a mí mismo,
con la condición de que vosotros transferiréis a él
vuestro derecho y autorizaréis todos sus actos de la
misma manera. […] Ésta es la generación de aquel
gran Leviatán o, más bien (hablando con más
reverencia), de aquel dios mortal, al cual debemos,
bajo el Dios inmortal, nuestra paz y nuestra
defensa.
Thomas Hobbes

En una de las partes de su obra que menos atención ha recibido, el filósofo


inglés Thomas Hobbes presenta un concepto que hará historia: la representación
política3. En unos pocos párrafos del capítulo XVI del Leviatán, titulado “De las
personas, autores y cosas personificadas”, Hobbes se convierte en el único gran
teórico de la Política que ofrece un completo y sistemático desarrollo de su
significado.
Tomada de diversos contextos de sentido, la noción de representación
política consiste en sostener que alguien puede hacerme a mí presente en un
lugar (el escenario, el gobierno) en el que yo no estoy, alguien me está volviendo a
(re-) presentar en él. En este proceso, dice Ernesto Laclau alguien (el
representante) sustituye y al mismo tiempo encarna al representado
La construcción hobbesiana del concepto de representación es deudora de
una visión teatral de la política, algo comprensible dado el estilo artístico
predominante en la época en la que escribe: el barroco. Como periodo artístico, el

3
Hanna Pitkin no deja de asombrarse de este olvido: generalmente no se contempla a Hobbes como un teórico
de la representación, y son “muy pocos los análisis clásicos de su pensamiento que reconocen que mencione
ni tan siquiera la palabra”
barroco se basó en la vida como teatro y en la representación de la
representación. El soberano, tal como el actor de una representación teatral, será
aquel que asuma cumplir con un libreto que le es otorgado por los súbditos. Dice
Hobbes: “la persona es el actor y quien es dueño de sus palabras y acciones es el
autor”. Los autores del guión, a su vez, van a asumir todas las acciones del actor
conforme a la manera como dicho autor interpreta el libreto. Es el soberano, en
tanto intérprete de los actores, quien le otorga un sentido último a las palabras del
mandato: Auctoritas non veritas facit legem.
La salida del estado de naturaleza requiere, en la construcción hobbesiana,
que todos acepten autolimitarse de acuerdo con lo planteado por la segunda ley
de la naturaleza: aceptar renunciar a determinadas cosas con el fin de buscar la
paz, si los demás también lo hacen. Pero esto sólo tiene sentido en la medida en
que exista un individuo que no se autolimite, que no tire la espada y no pacte: ese
uno es el soberano. Al no pactar; el soberano no está sujeto a las limitaciones de
los otros y puede situarse por encima de ellos, quienes tampoco pueden reclamar
o invocar ninguna ruptura del pacto por parte del soberano.
Ahora bien, ¿por qué los individuos aceptarán pactar si hay uno que queda
fuera del contrato y puede potencialmente dañarlos? Éste es el “pequeño”
inconveniente que busca solucionar Hobbes con la metáfora representativa,
aduciendo que el soberano simplemente representará el libreto “escrito” por los
súbditos. El libreto no es más que las leyes naturales positivizadas por la creación
del cuerpo político, y al ser firmado, los súbditos pasan a ser actores
representados.
Es posible pensar que, con la introducción de la teoría de la representación,
el teórico inglés contrabalancea el poder absoluto que su obra le asigna al
soberano, y abre un sendero hacia la responsabilidad del gobernante para con los
gobernados. Si alguien acepta representar un libreto quiere decir, por lo menos en
cierta medida, que se compromete a seguirlo.
Pero ésta no es la única novedad de la época, ya que el problema del poder
absoluto presenta una interesante construcción teórica, corno veremos. El acto de
constitución de la representación política debe dar lugar a una entidad, que es una
y universal a la vez: el Estado. Esta idea va en gran parte en contra de la filosofía
materialista hobbesiana, en la cual los universales no son reales, sino la
herramienta para facilitar la comunicación humana (por ejemplo, lo rojo no existe,
es sólo una forma de denominar a las cosas rojas). El Estado es una entidad
universal arbitraria, no natural, garantizada por los autores.
La teoría de la representación creada por Hobbes se transformó en la clave
del edificio político moderno al proporcionar una justificación para la obligación
política independiente de la voluntad divina. Tal es así, que actualmente la enorme
mayoría de los Estados se presentan a sí mismos como “gobiernos
representativos”, aunque difícilmente tengan claro qué entienden por dicho
adjetivo.
¿Significa esto que la teoría política moderna pudo establecer sobre bases
“objetivas, no metafísicas”, el fundamento de la obligación política? La respuesta a
esta pregunta es un no rotundo. Toda la construcción justificadora producida por el
metarrelato representativo se apoya en una idea carente de sustento empírico,
como es la de sostener que alguien puede “estar en el lugar del otro” sin estarlo.
Por más que esto desespere a las distintas variantes de teóricos positivistas que
sólo conciben a la empiria como legitimadora de verdades, debe reconocerse que
toda construcción teórica se apoya en supuestos metafísicos. No por el hecho de
aparecer como casi mágicos son menos reales, en el sentido de lo que José Nun
llama “ficción organizacional que funciona”, o sea, “que produce efectos reales
considerables en el mantenimiento de las reglas y las prácticas del juego político
en donde opera”4.

Después de Hobbes, la representación moderna

Si la filosofía comienza con el asombro, nada


mejor que una discusión sobre el concepto de
representación para ofrecer al lector algo de qué
asombrarse.
Hanna Pitkin
El concepto de representación
Como todo concepto que tiene repercusión una vez que ha sido pergeñado,
la representación adquirió luego de la obra de Hobbes múltiples significados. Las
formas que tomará dicho concepto serán variadas y contradictorias, y dependerán
del sentido que se privilegie a la hora de utilizar el término. Brevemente y sin
pretensiones de exhaustividad, podemos enumerar varios conceptos que conviven
bajo el común nombre de “representación”.
Por un lado, existe la idea de representación jurídica que surge con el
derecho privado romano. El término latino repraesentare quiere decir “hacer
presente, manifestar o presentar de nuevo”. Éste se vincula a la noción de
mandato o de delegación, en el sentido de un abogado que asume la

4
Señala Nun: “Dicho de otra maneta, en esos lugares la democracia representativa es una fórmula política
cuya verosimilitud ha sido establecida y tiene consecuencia notorias. […] Aristóteles no hubiera encontrado
demasiados motivos para asombrarse; en política, enseñaba, vale siempre más un verosímil imposible que un
inverosímil posible”.
representación de un individuo para defenderlo frente a un tribunal, por ejemplo.
Como señala Hanna Pitkin, en el mundo romano este concepto “nada tenía que
ver con gente que representara a otra gente o al Estado romano’’, restringiéndose
al espacio privado, no político.
También existe la idea de representación como semejanza, que es llamada
por el politólogo Giovanni Sartori “representación sociológica”. De esta forma, lo
que se expresa es una relación de similitud (en algún aspecto) entre el
representante y el representado. Éste es el concepto que se utiliza cuando en la
socioestadística se dice que una muestra es representativa del universo en
observación.
Una tercera noción, que podemos llamar “iconoclasta”, la define como la
relación que se da cuando un emblema o un objeto es descripto como
representando una entidad grande o abstracta de una manera simbólica, La difusa
relación que une a una bandera con un país o la que vincula a determinada
personalidad famosa con un grupo de individuos son buenos ejemplos de esta
forma de representar.
Por último, existe una cuarta forma de comprender el significado de la
representación, señalada por Sartori. Ella se refiere a los términos de la
responsabilidad de los representantes de “responder” a sus representados, y es
para el politólogo italiano la transformación obligada de la representación política
cuando los órganos representativos (los parlamentos) se vuelven soberanos. 5
En realidad, reducir la representación a un solo significado implica una
simplificación riesgosa. Por el contrario, el concepto mismo existe, de manera
permanente, a todos los significados mencionados. Así, cada uno (gobernante,
ciudadano, teórico, etcétera) puede encontrar en él lo que va a buscar,
privilegiando uno de los contenidos posibles por sobre los otros, incluso más allá
de los ordenamientos institucionales de cada época y lugar.
Cuando Bernard Manin señala que uno de los “principios fundamentales del
gobierno representativo”, que se ha mantenido desde fines del siglo XVIII hasta la
actualidad, es la prohibición expresa del mandato imperativo, se olvida de que la
ficción de la “promesa vinculante” jugó un rol central a la hora de legitimar
cualquier elección representativa y, por lo tanto, al momento de fundar la
obligación política. Es decir que, si bien el mandato imperativo en términos
institucionales no ha existido nunca, en tanto promesa ocupó y ocupa un lugar
5
Para este autor, son motivos técnicos objetivos los que llevan a transformar el concepto. La organización
representativa surge por fuera del gobierno y su función radica en trasladarle a éste los deseos de las personas
o sectores que representa. Cuando los parlamentos se transforman en órganos de gobierno para realizar su
nueva tarea deben autonomizarse de la ciudadanía a la que “representan”. Esto, siempre según Sartori, lo
obtienen mediante la prohibición del mandato imperativo y la fictio de “representación de la nación toda” y no
de alguna de sus partes componentes.
central en el imaginario político. Así, se ha hablado y se habla de que alguien
cumplió o traicionó su mandato y muchas veces se evalúa a los gobernantes en
este sentido. La representación será siempre un concepto multívoco y, por lo
tanto, problemático y cambiante, irreducible a un solo significado.
Asimismo, es bueno tomar conciencia de que en la realidad política, el
representante no es posterior al grupo, sino que la representación es a la vez acto
originario del representante y del grupo representado. Es un “acto de magia”,
corno lo expresa el sociólogo Pierre Bourdieu, que permite hacer existir lo que no
era más que una colección de individuos yuxtapuestos. Esto ya lo sabía Hobbes,
para quien los representantes y los sujetos por ellos representados son creados al
unísono, en el miso acto del pacto.
En este sentido, en política, los observadores y lo que éstos observan se
construyen recíprocamente. “Los desarrollos políticos son entidades ambiguas que
significan lo que los observadores interesados construyen y los roles y
autoconceptos de los observadores mismos son también construcciones creadas,
por lo menos en parte, por sus observaciones interpretadas”, señala Murray
Edelman. Así, la representación —como todo concepto político— será un
significante que contendrá a la vez toda una gama de significados recíprocos,
múltiples y cambiantes.
La representación es el acto por el cual un grupo se constituye al dotarse
del conjunto de elementos que lo convierten en un colectivo: un nombre, una
permanencia, miembros estables, símbolos, entre otras cosas. El representante se
encontrará así en una relación de metonimia con el grupo, esto es, puede actuar
“en sustituto” de él, hablar por él, representarlo.
Ahora bien, para que esta idea de representación “funcione”, es decir,
aparezca como verosímil para gobernantes y gobernados y tenga consecuencias
sobre la realidad, deben darse dos condiciones centrales: gobiernos
representativos y sociedades representables.

La sociedad representable
y el gobierno representativo

Más que cualquier otra cosa, la lucha de partidos


constituye un conflicto entre las clases, y el
fenómeno más notable del apoyo a un partido
político consiste en que virtualmente en todo país
económicamente desarrollado los grupos de
menores ingresos votan principalmente por partidos
de izquierda, mientras que los de mayores ingresos
lo hacen por los de la derecha.

Seymour Martin Lipset,


Political Man.

El fin de la comunidad sobreviene, como ya dijimos, con el surgimiento de la


sociedad, que es el producto de la lenta pero progresiva erosión que el individuo
venía realizando sobre el viejo orden holístico. A pesar de esto, la sociedad
moderna no renuncia completamente a la idea de orden, más aún, el caos
desordenado es visualizado como negatividad, como un estado (estado de
naturaleza) del que se puede salir políticamente, es decir mediante la construcción
artificial de un orden racional.
Es así como el proyecto del iluminismo consiste en utilizar la razón para
disolver esa “colmena” con la que se identificaba al mundo medieval, y dar a luz a
un individuo racional y libre que no se disuelve en un número infinito de mónadas
autosuficientes, sino que construye voluntariamente un mundo de interrelaciones
sociales racionales que adquieren cuerpo en la sociedad. De esta manera, la
modernidad no supera el sueño del retorno a la unidad perdida, manifestado en la
permanente aspiración subliminal hacia un “estadio final de reunificación”: la
“sociedad transparente”, el “mercado autorregulado” o el “comunismo’’.
Como sostiene el politólogo alemán Klaus Von Beyme, uno de los
elementos comunes a todos los pensadores políticos modernos es el acuerdo
acerca de mantener una identidad racional de la sociedad. Así, la totalidad social
puede articularse y configurarse en el seno del Estado nacional a partir de la
representación política (su Constitución y sus leyes).
La sociedad moderna estará fragmentada, pero no desarticulada; la
disolución de la unidad decantará en un conjunto de partes o sectores ordenados,
la pérdida del “interés de todos” (la armonía clásica o la comunidad de hermanos
en Cristo) no resultará necesariamente en una selva de millones de intereses
antagónicos guerreando todos contra todos, sino que será políticamente
articulada. Estas ideas de la modernidad refieren a una característica concreta de
las sociedades históricas; su división en sectores o partes claramente
diferenciados, no sólo para los observadores, sino principalmente para los sujetos
reales. Cuando se habla de sociedad “industrial” o “moderna” se hace referencia a
la existencia de diversos agentes sociales, que la naciente sociología llamó
“clases” y que se definen y articulan en relación con la prosecución de los
intereses propios visualizados como centrales en determinada coyuntura.
Sin necesidad de entrar en el problemático tema de la construcción social
de los intereses, se puede coincidir en que las sociedades históricas posteriores a
la revolución industrial se articulaban en grupos más o menos difusos en ¡unción
de determinados intereses. De esta manera, la representación fue posible en la
sociedad en tanto los individuos podían reconocerse como pertenecientes a una
“parte” de la sociedad6 y, por consiguiente, verse o sentirse representados por un
“partido”. De esta forma, la idea’ de representación se materializa en el rnundo
moderno a través de la existencia de partidos que representan a los diferentes
sectores constitutivos de la sociedad.
En este punto, es importante recordar que la naturaleza de este régimen
político, la llamada democracia representativa o moderna, se relaciona poco con la
democracia en el sentido fuerte del término, el del mundo clásico. Pocos dudarían
en sostener la amplitud de las diferencias que separan la manera de ejercer la
política a partir de la reunión de todos los ciudadanos en la asamblea griega, de la
forma moderna de participación mediatizada por los partidos políticos. Se
equivocan quienes creen ver en los Estados modernos la adecuación de los viejos
principios. Más bien, como se mencionó al comienzo del trabajo, estamos en
presencia de una particular forma de gobierno que se puede definir como
“gobierno electoral representativo” o, según el politólogo Robert Dahl,
“poliarquías”.
Esta cuestión fue observada con claridad por varios de los “padres
fundadores” del gobierno moderno. Así, James Madison supo oponer “república” a
“democracia”, destacando la superioridad de la primera por tender a “the total
exclusion of the people in their collective capacity”, produciendo decisiones menos
pasionales, más, cercanas al bien común. Siéyès señala que el gobierno electoral
representativo es más adecuado que la democracia para las sociedades
modernas porque en ellas “los individuos están ocupados y no tienen tiempo para
dedicarse a los asuntos públicos”. Kant, por su parte, había sostenido que la
democracia es siempre una forma de gobierno necesariamente despótica. Así,
corno dice Bernard Manin, el gobierno representativo no es un tipo (el indirecto) de
gobierno del pueblo (democracia) sino otra cosa distinta, una forma de gobierno
en la que algunos gobiernan en lugar de otros, es decir los representan.
Las actuales democracias “indirectas”, “representativas” o “modernas” se
caracterizan por dos instituciones prácticamente desconocidas en las democracias
clásicas, a saber: los partidos políticos y las elecciones periódicas que
reemplazaron a las asambleas y los sorteos.
6
No importa si esa parte se contribuyera en términos económicos, culturales, idiomáticos o religiosos.
Segunda parte

Los modelos
de representación política:
partidos y elecciones
En la primera parte de este libro vimos cómo fue transformándose la forma
en que los seres humanos concebíamos el orden social y político, hasta llegar a la
sociedad moderna y el gobierno representativo. Ahora cabe preguntarse cuáles
fueron los instrumentos efectivos de la representación en la era moderna. Para
ello, en la última sección introdujimos dos conceptos centrales: los partidos
políticos y las elecciones.
La forma en que funcionó el binomio partidos políticos-elecciones se basó
concretamente en una serie de elementos que se pueden sintetizar bajo la idea de
modelos de política o de representación. Estos modelos tipifican la manera como
se vinculan ambos componentes, que, por otra parte, resultan ser los principales
elementos de la política democrática moderna en Occidente.
Como señalamos anteriormente, la idea de la elección no era propia de las
democracias clásicas, sino que estaba relacionada con su forma política opuesta,
la aristocracia. En teoría, cuando uno vota, no elige al más parecido (principio
democrático) sino al que cree mejor (principio aristocrático). Por eso, las
elecciones ocuparon un lugar marginal en las instituciones políticas de las
democracias clásicas y sólo se generalizaron cuando se buscó seleccionar a
algunos para que gobernasen en nombre de todos. Así, el gobierno representativo
y los mecanismos de elección se volvieron una pareja simbiótica en la enorme
mayoría de los diseños institucionales modernos.
Por otro lado, los partidos políticos serían considerados una aberración para
el pensamiento clásico, en tanto constituyen una facción que opone un interés
particular al interés general. El surgimiento de los partidos está íntimamente
relacionado con la aparición de gobiernos representativo-electorales.
Actualmente, existe la tendencia a identificar como democracias a aquellos
países que, tras garantizar una serie de derechos a sus ciudadanos, seleccionan a
sus gobernantes mediante la elección libre entre partidos. Es por ello que los
modelos de política que se construyen se basan en la forma en que se conjugan
estos dos elementos centrales en el funcionamiento de la política moderna, y en
su relación con un tipo estatal y una forma social determinado.
Recordemos que los modelos son básicamente herramientas conceptuales
que nos sirven para entender la realidad concreta. De acuerdo con Max Weber
éstos son construcciones ideales que simplifican la realidad empírica mediante la
selección de algunos elementos o rasgos importantes (partidos y elecciones en
nuestro caso) que caracterizan (tipifican) a un determinado ‘tipo”. Si bien estos
elementos heurísticos sirven para ordenar y sistematizar la información disponible
en la empiria, es imposible encontrar su configuración exacta en la realidad. Ellos
sirven como patrón para comparar cuánto se acercan o alejan los casos reales.
Para facilitar la comprensión de los modelos políticos, realizaremos una
recorrida ideal del proceso político histórico occidental de los últimos doscientos
años. Esto significa que construiremos una versión simplificada del curso que
siguió la evolución del binomio partidos- elecciones durante la modernidad, que si
bien no refiere explícitamente a ningún caso concreto, nos sirve para entender el
cambiante funcionamiento de los principales componentes de la política. Los años
que figuran al lado de cada modelo hacen referencia a la época en que éste fue
útil para expresar las características de los principales elementos reales. Esto
permitirá ver las mutaciones de la representación dentro de este concepto
altamente abarcativo que es la modernidad y el modo como la “ficción
representativa” siguió funcionando a lo largo del tiempo, a pesar de la celeridad de
los cambios sociales, Veremos que sólo en el último modelo esta ficción empieza
a mostrar sus grietas y flaquezas.

El modelo parlamentario
(1830-1890)

Ciertamente, caballeros, la felicidad y la gloria de


un representante deben consistir en vivir en la unión
más estrecha, la correspondencia más íntima y una
comunicación sin reservas con sus electores.

Edmund Burke,
Discurso a los electores de Bristol
El primer rnomento de desarrollo de la política moderna se inició en las
primeras décadas del siglo XX en la Europa noratlántica y en América del Norte.
Allí se combinaba un modelo Estatal de competencias reducidas, una sociedad
que se modernizaba con el crecimiento de las relaciones sociales capitalistas y un
régimen político en transición, fuertemente asociado a las instituciones
parlamentarias. Dentro de este contexto se puede inscribir el primer tipo ideal de
política moderna: el modelo parlamentario.
En las sociedades del siglo XVIII, el capitalismo empezaba a organizar la
vida social, desmantelando el orden tradicional y reforzando los procesos de
desvinculación del ser humano, que se había vuelto ‘individuo”, miembro de una
sociedad civil que se expandía a lo largo y ancho de la civilización europea.
Durante esos años ocurrió un proceso paralelo pero caótico de construcción
del Estado y del régimen político, con una lenta pero progresiva ampliación del
espacio de las nacientes naciones Estado que acompaño la expansión de las
relaciones sociales capitalistas. El comparativamente escaso desarrollo de los
aparatos estatales los llevaba a aplicar sólo dos tipos de política económica: el
laissez-faire7 y un proteccionismo moderado de mercados nacionales que
alcanzaban, poco a poco, el tamaño de sus Estados nación.
En este contexto surgieron los primeros partidos políticos relacionados con
su único ámbito de desarrollo: los parlamentos de fin del siglo XVIII y principios del
XIX. La representación se constituía, entonces, como una relación muy directa,
posible gracias al reducido cuerpo electoral, que, sumado al carácter del sistema
electoral uninominal en el cual el candidato se presentaba solo frente a sus rivales,
originaba una relación individual entre el representante y sus electores, aún
fuertemente marcada por los signos del mundo aristocrático.
El llamado sistema electoral uninominal consiste en que el territorio se
divide en tantas unidades (circunscripciones o distritos) como cargos hay en juego.
En cada una de ellas resulta vencedor el candidato que más votos obtiene, sin
importar cuántos sean éstos —con uno más que el segundo es suficiente—,
consiguiendo así el único cargo en cuestión. Por eso también se lo llama
mayoritario, de mayoría relativa o de simple pluralidad de sufragios. Es el sistema
electoral más simple y antiguo, y fue utilizado por casi todos los regímenes
democráticos del siglo XIX. En la actualidad, se sigue aplicando casi únicamente
en los países vinculados a la tradición anglosajona.
Como ejemplo se puede pensar en una pequeña comunidad agrícola en
donde los que votan son apenas unas decenas, entre los que se encuentran los
“grandes” o “notables” del pueblo: los dueños de los campos, el médico, el notario,
7
Es el proceso natural que, según Adam Smith, debería seguir el mercado, recuperando su autonomía frente a
la capacidad de intervención del Estado.
entre otros. Este tipo de ciudadanía restringida, que llamamos “censitaria” por ser
el censo lo que establecía quién cumplía con los requisitos casi exclusivamente
materiales para acceder a los derechos políticos, generaba un cuerpo electoral
muy uniforme donde todos se conocían y compartían intereses y tradiciones.
Fue dentro de estos parlamentos donde empezaron a desarrollarse los
partidos. Al principio lo hicieron como meros agrupamientos coyunturales frente al
tratamiento de alguna temática puntual; luego, poco a poco se fueron volviendo
más estables en relación con opiniones o tendencias permanentes: tal es el caso
de los parlamentarios reformistas frente a los parlamentarios conservadores en el
Parlamento británico, por ejemplo. Se podría decir; entonces, que los partidos
surgieron de manera espontánea, como forma de expresión de los divergentes
intereses sociales existentes en cada sociedad.
Tal como sugiere Maurice Duverger, estos partidos no tenían existencia por
fuera de las cámaras parlamentarias, sólo eran un grupo de representantes que se
reunían en algún club y nada más, y es justamente por su origen en el interior de
las cámaras que son llamados partidos parlamentarios.
El modelo de partido parlamentario estaba constituido por una serie de
asociaciones locales hermanadas bajo la misma etiqueta que funcionaban casi
exclusivamente durante los períodos electorales, conducidas por algún “notable”
que las financiaba y utilizaba a la hora de renovar su banca o participar de alguna
discusión de interés público. Retomando a Max Weber, es interesante destacar
que los políticos que encarnaron estos roles eran personas que Vivian “para” la
política, porque su buena posición económica les permitía dedicarse a una
actividad que por aquel entonces no en remunerada.
Este modelo expresa la primera forma que tornaron las modernas
organizaciones partidarias y la débil pero creciente relación que las vinculaba con
la sociedad. Asimismo, sirve para entender el funcionamiento de la relación
representativa. Volvamos rápidamente al concepto de representación. Como
dijimos anteriormente, para que la representación funcione hace falta que los
electores se sientan representados por sus representantes y que, a su vez, éstos
se sientan y actúen coito representándolos.
Los representantes hacen presentes a sus votantes en el espacio de la
toma de decisiones: el parlamento. Si el grupo a representar es muy pequeño y
homogéneo, por ejemplo, “mis vecinos y yo”, los inconvenientes que se presentan
son de fácil resolución; bastaría con que discutiéramos entre nosotros qué
“mandato’’ queremos que nuestro representante lleve a “ese” lugar y que
tuviéramos alguna forma de controlar que obedeciera. En este caso sería casi
como si realmente, “mis vecinos y yo”, estuviéramos en “ese” lugar. “Casi” porque
el representante está inscribiendo mis/nuestros intereses en una realidad nueva,
diferente de la realidad en la que “mis vecinos y yo” definimos nuestros intereses,
ante lo cual éstos seguramente serán redefinidos.
No es importante que el mandato y la discusión realmente se den ni que el
control verdaderamente exista. Si en el juego siento como si se dieran, la ficción
funciona y estoy representado. Podemos caracterizar la representación en las
democracias parlamentarias del siglo XIX como una relación muy directa, que es
posible gracias al reducido y homogéneo cuerpo electoral. Los candidatos serían
individuos que, por su red de relaciones locales, su notoriedad y la deferencia de
la que gozan, suscitan la confianza de aquellos que viven próximos o que
comparten sus intereses.
La “representación individual” funcionó como base para la obligación
política mientras los ciudadanos—representados eran sólo un pequeño número
que visualizaba a sus representantes como pertenecientes a su misma comunidad
social, por lo que, de alguna manera, se daba por hecho que compartían los
mismos intereses. La democracia censitaria aún estaba fuertemente marcada por
los signos del mundo aristocrático: los elegidos en los hechos eran miembros
reconocidos de la elite, la confianza depositada en ellos tenía mucho que ver con
su ascendiente sociológico y el Parlamento, más que una asamblea moderna,
parecía en muchos sentidos un club.
Sin embargo, el desarrollo histórico, junto con el lento pero sostenido
crecimiento de los cuerpos electorales y la cada vez mayor radicalización de las
disputas políticas a lo largo de la primera mitad del siglo XIX, fueron llevando a
estos primeros partidos a “salir” de las cámaras y extenderse hacia la sociedad de
una forma más permanente, apoyando a los parlamentarios “amigos” en sus
circunscripciones electorales frente a otros de opiniones diferentes. Las posturas
políticas comenzaron a externalizarse y se generalizaron en el seno de la
sociedad.
El modelo de masas
(1910-1970)

La democracia moderna descansa sobre los


partidos políticos, cuya significación crece con e1
fortalecimiento progresivo del principio democrático.
Dada esta realidad son explicables las tendencias a
insertar los partidos políticos en la Constitución,
conformándolos jurídicamente como lo que son ya
hace tiempo: órganos para la formación de la
vo1untad estatal.
Hans Kelsen,
“Formación de la voluntad en la democracia moderna”.

El período de auge de los partidos de notables estuvo acompañado por


fuertes transformaciones sociales que rápidamente causaron impacto en la acción
política. Se fue constituyendo una nueva configuración del modo de ejercer la
política que, en varios sentidos, es la contracara de la anterior: Estados amplios
que regulan lo económico, sociedades que generan fuertes identidades colectivas
y regímenes políticos llamados “democracias de partidos” que se legitiman en la
idea de la representación política de los intereses sociales.
A lo largo del siglo XIX, las naciones centrales vivieron lo que dio en
llamarse una “transformación monumental” en un plazo históricamente breve,
alimentada por los procesos de urbanización e industrialización que les cambiaron
radicalmente la cara a las sociedades. En el marco de esta transformación se fue
constituyendo un nuevo actor social, la clase obrera, que se organizó
colectivamente enfrentado al sistema en su conjunto e inspirado ideológicamente
en las diversas corrientes del socialismo que proliferaron a lo largo de la segunda
mitad del siglo.
Las luchas de los sindicatos, llevadas a cabo con el propósito de alterar el
orden social y obtener mejores condiciones materiales de vida para sus asociados,
tuvieron un papel fundamental a la hora de ampliar la ciudadanía política,
terminando con los umbrales censitarios de incorporación que caracterizaron a los
regímenes políticos del siglo XIX, En este sentido, la irrupción de esta nueva clase
en la escena política tuvo como corolario la lucha por romper la base estrictamente
material a la que se ligaba el modelo parlamentario para permitir la ampliación de
la participación política.
Una vez que se aceptó que el criterio numérico se convirtiera en el
elemento central de determinación de la autoridad política (democracia) y que la
discusión sobre los criterios de exclusión (de capacidad, de género, de riqueza o
de ingreso) y el umbral de incorporación pasaran a estar sujetos a determinados
análisis de costo-beneficio, se logró —más tarde o más temprano, según las
diversas alianzas sociales- alcanzar el sufragio universal.
De esta manera, a principios del siglo XX, las instituciones del régimen
político se habían transformado y la moderna democracia de masas se constituía
sobre la base de cuerpos electorales muy amplios y heterogéneos, que
aglutinaban una gran diversidad de intereses materiales e ideales.
Paralelamente, el Estado fue transformándose hasta adquirir la forma del
modelo específico que ha sido llamado Estado intervencionista o keynesiano de
bienestar.8 El Estado pasó a ocupar un lugar central en la sociedad, en franca
contraposición a los tipos estatales “liberales’’ que habían proliferado en el siglo
XIX. Este modelo “amplio’’ de Estado suponía siempre algún grado de
subordinación de los mercados a la política y actuaba en una doble dimensión:
Como modernizador e integrador. Corno integrador, en el sentido de que buscaba
ampliar la inclusión efectiva de las capas sociales inferiores, que se habían vuelto
políticamente relevantes desde la aprobación del sufragio universal masculino. La
otra gran dimensión de la tarea estatal, la modernizadora, consistía en la creencia
de índole keynesiana de que el Estado debía actuar como un agente de desarrollo
económico, para evitar las recurrentes crisis que habían caracterizado el siglo XIX.
Para responder a estas cuestiones, los Estados se ampliaron generando
todo un entramado de organizaciones burocráticas que iban desde la regulación

8
Este nombre surge por el economista inglés John M. Keynes, quien fue uno de los primeros en fomentar la
implementación del nuevo rol activo y central del Estado en las sociedades.
de áreas económicas hasta tareas directamente productivas. Frente a un Estado
de este tipo, la política adquirió una indudable centralidad, tal como señala
Marcelo Cavarozzi. La relevancia de las decisiones estatales para la vida de los
ciudadanos se volvió fundamental, ya que éstas, entre otras cosas, creaban
empleo, tasaban diferencialmente a las áreas económicas y generaban programas
sociales de diversa índole.
Con este nuevo entorno organizativo, los partidos políticos se enfrentaron a
la necesidad imperiosa de transformarse para poder adecuar sus estructuras a los
nuevos requerimientos que las sociedades les planteaban. Asumieron, así, las
principales características del modelo de partido de masas, “burocrático de masas”
o de “integración”.
El cambio en el modelo organizativo empezó con claridad en los partidos
“nuevos”, que surgían al calor de las luchas sociales, es decir, los actores políticos
que se constituyeron a partir de la clase trabajadora. Como su objetivo no era
simplemente ganar el juego sino transformarlo, requerían antes que nada
organizar a sus miembros, “afiliándolos” al partido. La afiliación implica un
compromiso del individuo con su organización manifiesta su adhesión profunda
con el programa y lo compromete a financiarlo con su aporte monetario.
El partido obrero buscaba así no sólo obtener votos sino también sumar
voluntades a una causa que excedía con creces las elecciones. Para ello,
constituyó una serie de organizaciones sociales que se encargaba de difundir su
ideología y funcionar como instrumentos de integración, tales como bibliotecas
populares, centros recreativos, clubes deportivos o medios de prensa. Todo esto
se encaminaba a lograr una relación directa y constante del partido con sus
miembros reales y potenciales, que conformaban la clase obrera en su conjunto y
se constituían en algo así como una “subcultura Política” fuerte, sólida y compacta,
altamente cohesionada.
La estructura organizativa de un partido de este tipo tenía una alta densidad
y complejidad institucional, que comenzaba en los afiliados y seguía en los locales
territoriales donde éstos se juntaban, discutían y elegían a sus delegados para los
comités seccionales, provinciales y nacionales. Se generaba así una fuerte
estructura piramidal, en cuyo vértice superior se encontraba la dirección nacional
del partido. Como señala Angelo Panebianco, para su correcto funcionamiento,
una estructura de este tipo requería una militancia distinta de la del partido de
notables, ya que, por un lado, había que realizar una cantidad de tareas que
precisaban de un trabajo constante y permanente (desde abrir diariamente el local
hasta imprimir un periódico) y, por el otro, al ser sus miembros esencialmente
trabajadores que dependían de su salario para vivir; la militancia de los partidos
obreros va a adquirir un carácter rentado, burocrático.
Para mantener este gigantesco “aparato partidario” eran necesarios
grandes recursos monetarios y, por ello, a las cuotas de los afiliados se les
sumaban los aportes de la organización “amiga” —especialmente sindicatos— con
la que el partido comparte su visión del mundo y con la que desarrolla una relación
de tipo simbiótico.
La desconfianza con la que estos nuevos actores miraban al parlamento (al
que se veía como la cara del sistema que se buscaba combatir) y el carácter
claramente centralizado de la estructura partidaria, llevó a que los bloques
parlamentarios carecieran de un poder real y fueran fuertemente controlados por
la dirección del partido. Este efecto se acentuó con el tipo de sistema electoral que
acompañó el desarrollo de este modelo de partido: se alentaba un voto
despersonalizado en el que el elector depositaba su confianza directamente en el
partido y no en los candidatos que éste proponía.
El sistema electoral que se asocia al modelo de partido de masas es el
llamado “sistema proporcional” que consiste en distritos electorales grandes en
donde se reparte un número importante de cargos entre las listas partidarias,
proporcional al número de votos que hayan obtenido. Este sistema está
generalmente acompañado de una lista “cerrada y bloqueada’ en la que los
votantes no pueden alterar el orden de los candidatos establecido por el partido (lo
que en la Argentina se llama, incorrectamente, lista sábana). Surgió en los países
de Europa continental en los primeros años del siglo XX y actualmente sigue
siendo uno de los sistemas más utilizados.
La constitución de partidos de estas características altera el juego político,
ya que para poder enfrentarse con éxito a semejante maquinaria política, los
partidos de otro signo ideológico debieron transformarse a si mismos, imitando en
varios aspectos a sus rivales, “anclándose” en la sociedad. Esto se dio con igual
fuerza tanto en los viejos partidos de notables como en los, nuevos partidos
políticos que surgieron después de las guerras mundiales.
Muchos de estos nuevos partidos comparten varias características con los
partidos obreros que exceden lo meramente organizativo, especialmente en lo que
respecta a los partidos confesionales cuyo modelo es la democracia cristiana
italiana. Éstos se basaban en la red de organizaciones y parroquias católicas, a la
vez que contaban con el apoyo directo de la Iglesia en términos de personal
político y de recursos monetarios; constituían algo así como el “brazo político” de
la Iglesia católica.
Así, de diversas maneras, casi todos los partidos políticos principales,
después de la Segunda Guerra Mundial, adoptaron características organizativas
que permiten englobados bajo el rótulo de “partidos burocráticos de masas”.
En términos del régimen político, estos partidos implicaron una
transformación radical, básicamente porque se presentaban en las elecciones
como “representantes” de grupos sociales prepolíticos (los obreros, los católicos,
los campesinos, etcétera) a los que pretendían expresar e integrar políticamente.
Así, las diferencias entre los partidos parecían ser efecto y reflejo de las divisiones
sociales.
La representación política ha ido perdiendo, de esta manera, la condición
de confianza “personal” propia de los partidos de notables, para adoptar la forma
de representación de intereses. Las sociedades modernas, y por lo tanto sus
electorados, son por naturaleza heterogéneas, y en ellas los partidos congregan a
individuos más o menos semejantes en términos de estatus socioeconómico,
creencias religiosas, actitudes y visiones del mundo, oponiéndolos a quienes se
diferencian de ellos en relación con los mismos criterios. Así, los partidos
estructuran el campo político, representando en él a los actores sociales. La
representación llega a ser, sobre todo, el reflejo de la estructura social. En otras
palabras, lo que se expresa mediante la elección es una escisión entre fuerzas
sociales en conflicto entre sí.
La coincidencia entre los intereses de representantes y representados
puede interpretarse como un caso de “homología estructural” entre dos juegos
autónomos: el juego político y el juego social. En cada espacio se juega un juego
distinto, con su propia lógica, sus propias reglas, y con jugadores con intereses
propios. Así, tomando la interesante idea de Pierre Bourdieu, podemos imaginar
que los dominantes y los dominados en el juego social tienen sus “representantes”
en el juego político. Una relación de homología estructural significa que la lógica
de las relaciones que se dan entre los actores de la sociedad (representados) es
equivalente a la lógica de la relación que se da entre los actores políticos
(representantes).
Si bien los intereses de los jugadores del juego político son definidos por la
lógica del juego mismo y no por los de sus “representados”, los buenos jugadores
serán aquellos que sirvan bien a los intereses de sus mandantes, sirviéndose a sí
mismos. En este sentido, la representación adquiere la significación de una
“puesta en escena” del conflicto social (recordemos el origen teatral del concepto),
en tanto que el actor representativo “encarna” en el escenario político los intereses
de los actores sociales.
Esta característica de la política no venía dada, según nuestra opinión, por
un mero reflejo de la estructura social, sino más bien por el importante rol que el
Estado tenía en la pugna distributiva. Los partidos buscaban el apoyo de los
electores, ofreciendo paquetes de políticas estatales que los beneficiarán
específicamente. Aumentar el subsidio al desempleo, favorecer impositivamente a
un sector productivo, gravar una importación o ampliar la cobertura sanitaria eran
decisiones estatales que beneficiaban o perjudicaban de forma transparente a un
determinado grupo social.
De esta manera, la relación representativa se volvía aún más fuerte que en
el momento anterior. Con este modelo partidario, los votantes elegían a un partido
con el que compartían sus intereses, que se explicitaban claramente en las
propuestas y plataformas partidarias. Una vez en el parlamento, los
representantes le debían obediencia al “bloque partidario”, por lo que se volvió
absolutamente inútil la práctica del “debate parlamentario” Si alguno desobedecía
al partido y “traicionaba” así a sus votantes, simplemente no volvían a ubicarlo en
la lista partidaria en la siguiente elección.

El modelo electoral
(1 980-¿ ?)

— ¿Opresión? —lanzó una risotada amarga y


burlona—. Sepa que aquí no obligamos a trabajar a
nadie.
Robyn guardó silencio. Se sentía confusa,
atropellada, exhausta por las impresiones
sensoriales de la última hora. Siempre había dado
por sentado que el desempleo era un mal, un arma
de la Thatcher contra la clase obrera, pero si esto
era tener empleo, tal vez la gente estuviera mejor
sin él.
David Lodge, ¡Buen trabajo!

La tercera configuración de la política moderna hace referencia a las formas


políticas de finales del siglo pasado y principios del actual. Estados que han tenido
que reducirse frente a la crisis de sus aparatos sociales de bienestar junto con
sociedades cada vez más individualizadas y heterogéneas, han llevado a un
descentramiento de la política, que debe ceder lugar frente a las relaciones
mercantiles. El régimen político ha perdido gran parte de su carácter integrativo y
representativo, y pasó a primar una lógica de autorreferencialidad creciente.
Las transformaciones que se experimentan en la política desde los años
setenta están claramente ligadas a los cambios en el rol de los Estados. Producto
de la crisis fiscal, el déficit presupuestario y los requerimientos de competitividad
ahora se hacen presentes en un contexto de economía globalizada; los aparatos
estatales presentes en el modelo anterior han ido disminuyendo sus competencias
y separándose de la esfera económica. Separación que ha sido orientada,
promovida y legitimada por las llamadas políticas neoliberales que se
implementaron a través de los procesos de desregulación, privatización y
descentralización. Asimismo, lo anterior se potencia por los efectos concretos de
un mundo que se globaliza, en el que los grandes procesos económicos y
culturales escapan cada día más a las fronteras nacionales de los aparatos
estatales. Si la política moderna se construyó dentro del ámbito del Estado nación,
el debilitamiento de éste sin duda impacta fuertemente sobre ella.
La reducción del papel del Estado en la regulación de la vida cotidiana de
los ciudadanos y la pérdida de relevancia de lo específicamente nacional en los
asuntos mundiales son fenómenos ampliamente comentados; existe una vasta
literatura que muestra los negativos efectos que han tenido para la vida cotidiana
de las sociedades. Pero lo que aquí interesa es simplemente señalar el impacto
que esto tiene sobre el sistema político. Tal como vimos en la sección precedente,
puesto que el modelo de partido burocrático de masas se había desarrollado, en
gran parte, en respuesta al Estado intervencionista, la transformación de éste
debe, por lo tanto, corresponderse con cambios en aquel modelo. En un contexto
social menos “estadocéntrico”, las organizaciones partidarias se vuelven más
limitadas y, en cierto sentido, menos representativas.
Al no poder garantizar políticas públicas específicas, el partido va perdiendo
sus referentes sociales (la clase obrera, los católicos o los francoparlantes), por lo
que se ve obligado a buscar apoyos más amplios e indefinidos. Los electorados de
todo el mundo se vuelven mucho más volátiles, menos leales a partidos y más
propensos al cambio.
Los elementos que algunos autores, a fines de los años sesenta,
certeramente identificaban con lo que Kirchheimer denominó “partido atrapa todo”
o catch all party se acentúan hasta constituir un nuevo modelo de partido: el
profesional electoral. Esto es claramente un signo de adaptación partidaria en un
mundo donde la política ha perdido su anterior centralidad. Para lograrlo, los
partidos reducen su expresión ideológica, flexibilizan sus programas y
estandarizan su imagen. En las sociedades actuales, en cierta medida, es el
entorno el que se desentiende de sus partidos políticos. Éstos ya no podrán
pretender un nivel de participación capaz de mantener sus viejas estructuras
(afiliados, locales, escuelas de formación, periódicos, etcétera) y todos sus
esfuerzos consistirán en garantizar ese grado mínimo de participación que es el
voto.
Si la transformación del Estado es una de las causas de esta mutación en
las formas de la representación política, a ella debemos sumar, al menos, dos
fenómenos más que operan en el mismo sentido: la creciente diferenciación social
y el impacto político de los medios masivos de comunicación.
Las sociedades actuales, llamadas postindustriales, parecen estar, en cierto
sentido, mucho más desestructuradas de lo que estaban décadas atrás. A grandes
rasgos podemos decir que los intereses sociales se reformulan en una clave cada
vez más individualizada, mientras pierden relevancia los grandes grupos
colectivos típicos de la sociedad industrial, dando lugar al surgimiento de
identidades colectivas “flexibles”, que expresan relaciones de un tipo más
voluntario que orgánico y que, por lo tanto, son más variables.
Este fenómeno afecta a los partidos políticos y refuerza lo anteriormente
expuesto: cada día les es más difícil implementar políticas que se dirijan a un
grupo social en especial, ya sea en la forma de propuestas electorales o de
decisiones de gobierno.
En el mismo sentido, impacta la creciente influencia de los medios masivos
de comunicación. Éstos reemplazan el lugar tradicional de la política (la calle, la
plaza, lo público) y la llevan a las casas de los ciudadanos, la introducen en la
esfera de lo individual e intimo. Si antes, para “hacer política”, los ciudadanos
debían salir a la calle, concurrir a un local partidario o participar de una
movilización, en la actualidad parece bastarles con prender la televisión, llamar a
los programas de las radios o participar en encuestas de Internet. Este fenómeno
fue caracterizado por Giovanni Sartori como “video política”.
En síntesis, un creciente electorado independiente o flotante, menos
determinaciones estructurales a la hora del sufragio, mayor importancia de las
coyunturas políticas específicas y la personalización de las campañas electorales
parecen ser las consecuencias políticas más claras de la reducción del papel del
Estado, del impacto de los medios masivos de comunicación y de la mayor
heterogeneidad social.
Por último, el partido electoral parece tender a concentrar cada vez más las
decisiones en el vértice, con lo cual declinan las ventajas políticas de la
pertenencia al partido y a la militancia en general. Pero, aunque no se redujera el
número de los afiliados, lo que se modifica es su rol frente a una mayor autonomía
de los lideres y a un proceso decisional más ejecutivo y profesionalizado: ya no un
proceso de abajo hacia arriba, sino uno de arriba hacia abajo. En consecuencia,
este partido esencialmente electoral impone a los líderes la necesidad de revalidar
casi diariamente sus títulos, no ya como representantes de las creencias de la
base, sino en tanto receptores de votos y de popularidad en los sondeos.
La lógica de este modelo partidario y el tipo de competencia que impulsa
obviamente no se relacionan de manera adecuada con los sistemas electorales de
representación proporcional y listas partidarias cerradas. Cada día se escuchan
más reclamos ciudadanos orientados a “conocer” a sus representantes, tales
como la posibilidad de confeccionar su propia boleta sin tener que respetar el
orden interno propuesto por los partidos. Por ello, en muchos países el sistema
electoral uninominal —que era considerado casi una pieza de museo cuarenta
años atrás— vuelve a ser propuesto como un método adecuado para seleccionar
a los gobernantes. Sin embargo, las tradiciones políticas, la misma fortaleza
relativa de los partidos y los inconvenientes evidentes del sistema uninominal
conducen, en la mayoría de los casos, a la adopción de sistemas electorales
mixtos que incorporan alguna lógica personalizada en el voto.
Ahora bien, esta personalización que se reclama en el voto es la expresión
de la nueva forma que toma la relación representativa en el contexto político que
estamos describiendo. Si los partidos no expresan más intereses sociales ni
presentan propuestas claras a sus electorados, ¿en qué sentido representan?
Esta pregunta ha originado en los últimos años una importante discusión que aún
no se ha cerrado, pero en la que podemos encontrar algunos puntos de acuerdo.
Así, resulta claro que la fuerza del lazo representativo, es decir, la credibilidad de
la relación entre representantes y representados, es mucho menos densa que
antes, no sólo en el modelo de masas, sino también en el parlamentario. La actual
representación política parece aproximarse a la noción de “popularidad”, tendiendo
a identificar a un dirigente o a un partido como representativo cuando despierta
una “imagen positiva” en el electorado, que se ha convertido en público o
audiencia. Ciertamente, los contenidos de esta imagen son, en algunos casos, los
mismos que los de la representación de intereses años atrás: que el accionar del
dirigente/partido coincida con el de los votantes. Sin embargo, la dificultad de la
identificación de los intereses, propia de la sociedad actual, conduce a que nuevos
contenidos más personales que políticos se complementen con éstos. Así, en la
popularidad conviven de manera compleja factores como el conocimiento, la
simpatía, e1 carisma, la prestancia mediática, la sinceridad, etcétera.
Si las organizaciones partidarias se aproximan al modelo electoral, pero no
pierden del todo su condición de “partido’’, manteniendo algún grado relevante de
programática o de proyecto, la relación representativa, si bien pierde solidez, se
mantiene en el tiempo. De este modo se genera lo que alguien definió como “una
democracia de la audiencia” o “demoscópica”, en la que los electorados se
comportan como públicos cuya fidelidad los partidos deben construir diariamente
con su accionar. Los públicos de las democracias avanzadas deben ser seducidos
permanentemente y, para ello, los partidos deben ofrecerles de manera creíble
incentivos colectivos que contengan alguna promesa de futuro, algún ideal de
sociedad. Si no lo logran, si se transforman en meras agencias electorales
capaces de adoptar cualquier programa, de ofrecer paquetes contradictorios de
incentivos, el lazo representativo se convierte en algo tan poco sólido que se
vuelve irrelevante y nadie podrá racionalmente sentirse representado por ellos.
Éste es el núcleo de la crisis contemporánea de la representación política:
por un lado, sociedades que son difícilmente representables; por el otro,
organizaciones partidarias incapaces de hacerlo y que generan en los electorados
la apatía y el distanciamiento de la política que venimos describiendo en los
capítulos precedentes. A su vez, si a lo anterior le agregamos que las dificultades
en la enunciación de incentivos colectivos vuelven más “visibles” los selectivos y
que, precisamente, la lógica mediática se encarga de mostrados hasta el
cansancio (peleas internas, corruptelas, etcétera), nos encontramos con un
resultado evidente.
Los elementos que tipifican al partido profesional electoral son menos claros
y unívocos que los que caracterizaban a los dos tipos precedentes. En este
sentido, a diferencia de lo que ocurría entre el partido parlamentario y el partido de
masas, no existe un límite preciso para señalar cuando una organización partidaria
real se encuentra más alejada del modelo de masas y más cercana al electoral.
Esto puede ser producto de que siempre entendemos mejor los procesos cuando
ya han sucedido. Como decía el filósofo alemán Hegel, “el búho de Minerva alza
su vuelo en el ocaso”, y quizás en los próximos años tengamos más claridad sobre
las modalidades que ha asumido la política partidaria. Pero lo cierto es que
actualmente es difícil indicar con claridad una organización como un partido
electoral puro, del modo como lo hacíamos con los dos modelos anteriores.
Asimismo, es, interesante notar cómo los elementos de los dos modelos
más recientes se vinculan en los partidos reales mediante yuxtaposiciones
aparentemente contradictorias. Una combinación muy frecuente, que se da
especialmente en la Argentina, es la de organizaciones que se acercan al modelo
electoral en sus campañas (con plataformas difusas, profusión de marketing
electoral y apelaciones a todo el mundo), pero mantienen en su interior las formas
y los métodos del modelo de masas (muchos afiliados y locales territoriales,
estructura jerárquica piramidal, etcétera).
Pensemos, por ejemplo, en la lógica intrínseca del modelo electoral. Todos
sus elementos favorecen las transformaciones partidarias encaminadas hacia una
estructura más flexible y hacía la utilización de los medios masivos de
comunicación. Sin embargo, un partido que asuma elementos del modelo electoral
puede ser tanto una poderosa y sólida organización, por ejemplo, el actual Partido
Laborista británico o el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), como una
pequeña estructura de líderes con saberes técnicos y buena imagen mediática,
como el Partido por la Democracia chileno o el partido de Berlusconi, Forza Italia.
Ninguna de las dimensiones que hemos incluido en nuestros modelos
sobredetermina a las demás. Las implicancias políticas de la televisión, por
ejemplo, están mediadas por la fortaleza de los partidos y del propio Estado, y
también por las regulaciones especificas de las campañas electorales y el
financiamiento partidario.
Ahora bien, si lo que estamos describiendo tiene un fuerte impacto negativo
en las sociedades centrales, ¿qué decir de lo que significa la crisis de la
representación en los países periféricos, en donde los niveles de pobreza,
desigualdad y marginación implican una fuente de deslegitimación permanente de
los gobiernos democráticos? Más aún, en estos países, los partidos jamás
llegaron al nivel de solidez y coherencia programática que presuponía el modelo
de partido de masas, lo cual hace que su debilitamiento sea mucho más
pronunciado. Y además, la crisis de sus Estados es cualitativamente más
dramática, y ha puesto casi en riesgo sus propias existencias como naciones. El
resultado es lo que vivimos en la Argentina en diciembre de 2OO1 y lo que ocurre
en Bolivia, Perú o Ecuador, para citar sólo los casos más próximos.
Si bien retornaremos a estos temas más adelante, podemos sostener que
en contextos de esta naturaleza el partido electoral se transforma en un
instrumento absolutamente incapaz de generar algún lazo representativo, y en
muchos casos llegar a funcionar como meras maquinarias electorales capaces de
ganar elecciones, pero incapaces de gobernar sociedades cada vez más
cansadas y hartas de la política en su conjunto. A su vez, las dificultades para
generar incentivos colectivos creíbles y los crecientes costos de las campañas
electorales mediáticas generan un ambiente cada vez más permeable a las
prácticas corruptas que debilitan al Estado y producen un mayor alejamiento de
las poblaciones de la esfera política.

CUADRO 1: Los modelos de política representativa

Modelo
Modelo de masas Modelo electoral
parlamentario
Época de auge 1830 - 1890 1910 - 1970 1980 - ¿?
Europa Occidental y
América y Europa
América Europa (menos
Espacios (más claramente
Anglosajona (de claramente,
geográficos en las regiones
manera incipiente América Latina)
de aplicación urbanas)
en América Latina)
Amplio; “social” o
En reducción;
Tipo estatal Reducido; “liberal” “keynesiano de
“postsocial”
bienestar”
Burocrático de Profesional
Parlamentario o de
Tipo partidario masas o de electoral o “atrapa
notables
integración todo”
CUADRO 1: Los modelos de política representativa (continuación)

Modelo
Modelo de masas Modelo electoral
parlamentario

Preindustrial, Postindustrial,
Tipo social Industrial
mercantil servicios
Configuración de
Liberal Masiva De la audiencia
la política
Representación
¿Postsocial?,
Modalidad de la individual, Representación
¿imagen
representación confianza de intereses
mediática?
personal
Tipo de sistema Representación Sistemas mixtos
Uninominal
electoral proporcional “personalizados”
Los medios
masivos de
Los partidos
Institución política comunicación y
El parlamento políticos y el
central los máximos
aparato estatal
gobernantes
(personalización)
Tercera parte

¿La muerte
de la representación?

La sociedad fragmentada

—Ha estado bien esta tarde... —dije al final,


desesperado. Me había alejado demasiado de la
gente, había vivido muy solo, ya no tenía la menor
idea de cómo relacionarme con nadie.
—Oh, si, ha estado bien... —contestó ella; no era
exigente; era realmente una chica estupenda. Sin
embargo, en cuanto el autobús llegó al hotel, me
precipité hacia el bar.
Michel Houellebecq, Plataforma.

Durante decenas de años el juego representativo funcioné de modo


satisfactorio en la política occidental. Las sociedades modernas, como ya se
mencioné, eran por naturaleza heterogéneas y en ellas los partidos congregaban a
individuos más o menos semejantes en términos de estatus socioeconómico,
creencias religiosas, actitudes y visiones del mundo, oponiéndolos a quienes se
diferenciaban en dichos aspectos. Así, los partidos “estructuraban” el campo
político, representando en él a los actores Sociales
En los hechos, pareciera ocurrir que el juego de la política de masas ha
terminado en el modelo electoral y en la sociedad contemporánea. Desde los años
ochenta, los teóricos no cesan de hablarnos de la crisis de los partidos, de crisis
de la política o, incluso, de la crisis de la democracia Los ciudadanos se alejan de
lo político aun en aquellos países donde la democracia significó un precioso bien
costosamente conseguido, como en América Latina o en Europa del Este.
La principal causa de estos fenómenos es la pérdida de credibilidad de la
metanarración representativa como “parte de las narraciones emancipatorias
míticas de legitimación” del orden político. Asistimos a su progresivo debilitamiento
como “ficción organizacional efectiva”, en una sociedad que vive desde los setenta
un fuertes procesos de diferenciación social. En el juego político, los
espectadores-representados ya no se sienten más identificados con los actores-
representantes.
Para algunos esto significa que la posmodernidad ha arribado a la política.
Como sostiene Gilles Lipovetsky, el posmodernismo no es más que la última y
más radical fase del proceso de desencantamiento: la modernidad se desencanta
de si misma y en una política desencantada no hay lugar para la representación.
El “tiempo posmoderno” sería la fase fría y desencantada del modernismo, la
generalización del proceso de personalización que avanza por todo el espacio
social, haciendo estallar por los aires la ilusión moderna de la re-presentación
política del mundo. En esta etapa, el proceso de individuación niega cualquier
pretensión de reunificar lo social, y se pierde la fe en la capacidad humana de
producir e, incluso, pronosticar el futuro.
Ante la indetenible fragmentación de lo social, se van desvaneciendo los
grupos sociales, los intereses se formulan permanentemente en una clave cada
vez más individualizada, y van perdiendo sentido todas las identidades colectivas,
como las clases sociales o las naciones. Como diría Luhmann, el concepto de
sociedad mismo es arrastrado a la vorágine deconstructivista que intensifica la
“diferenciación de las subesferas” para sostener una “sociedad sin centro”. Es
decir, las unidades homogéneas que constituyen una sociedad heterogénea son
cada vez más reducidas, más contrastantes y más difíciles de ordenar según
patrones valorativos o ideológicos.
Los diversos “juegos de lenguaje” 9 que pueblan las sociedades históricas
posteriores a la ruptura moderna del orden global se complejizan y diferencian a
una velocidad arrolladora, provocando que la creencia ilustrada en la capacidad
articuladora de la política se desvanezca. El orden social se ha fracturado y en los
países coexisten procesos de globalización financiera, comercial y cultural con
profundas y crecientes divisiones internas. Así, representar lo social parece
volverse imposible, pues no hay forma de establecer relaciones homológicas en
ese juego fracturado, cambiante, heterogéneo y complejo en el que se ha
convertido la sociedad.
Parece que es el propio individuo contemporáneo el que ya no actúa de una
única forma. Es propenso a la angustia y a la depresión; cuidadoso de su salud,
arriesga felizmente su vida en autopistas o escalando montañas; formado en el
universo científico, es permeable a la magia y a todo tipo de esoterismos; alérgico
al esfuerzo y a la disciplina, es capaz de sufrir con severas dietas o rigurosas
prácticas deportivas. En fin, e1 individuo posmoderno, lejos de ser el fruto de un
sólo patrón de comportamiento, es prácticamente la coexistencia de contrarios y la
fragmentación del “yo”.
El imparable avance de la racionalidad formal, que percibió con tanta
claridad Max Weber, correspondía a una etapa histórica en la que a la pérdida de
la unidad (religiosa) del mundo y la relativización de los valores que ésta trajo
aparejada se le opuso, como única forma de evitare el desorden y la anomia
social, la privatización de lo moral, de la fe y de lo estético, neutralizando lo
público, o sea formalizándolo. Lo posmoderno, sostiene Norbert Lechner puede
ser visto como la respuesta a las pretensiones holísticas de la racionalidad formal
en el ámbito público.
Esa pretensión de exclusividad es rechazada en el posmodernismo como
otra de las “ilusiones modernas”, pues se asume que la heterogeneidad social
constituye una situación que escapa largamente a la voluntad de los actores. Así,
muchos autores posmodernos señalan que quien persevera en los ideales de la

9
Explica Nun: “Sabemos que el sentido es siempre un emergente de las prácticas sociales y dado que estas
prácticas se organizan en múltiples esferas que poseen pautas de interacción específicas, se sigue que en toda
sociedad hay distintos niveles discursivos cuyos criterios de racionalidad y cuyas reglas interpretativas nada
autoriza a suponer unívocos y homogéneos”.
Ilustración se hace sospechoso de totalitarismo porque aspira a una “ilustración
total”.

La representación postsocial

Qué clase de verdad es la que está limitada por


montañas y se torna mentira al otro lado de esas
montañas.
Montaigne, “L´opinión publique”.

En la nueva situación que se plantea, desaparecen las relaciones que


permitieron durante años la representación: ya no hay sujetos o grupos sociales
más o menos homogéneos y permanentes que puedan entrar en el juego
homológico que anteriormente describimos. Los individuos buscan una relación de
transparencia con la política (en general, desde lugares “no políticos”), mediante
un vínculo de tipo empático que desprecia cualquier forma de mediación. Pero sin
mediación no hay representación posible.
Aceptando, entonces, que la sociedad contemporánea impide el “juego
político” representativo que funcionó durante casi dos siglos, ¿qué ocurre en este
sentido con el sistema partidario? Como se explicó en el apartado anterior, los
cambios en el juego social llevaron a los partidos a una transformación radical.
Poco a poco fueron abandonando sus antiguos compromisos, prácticas y
funciones para tomar su lugar en el juego político contemporáneo, que es cada
vez más autorreferencial. El sistema de partidos, como señala Danilo Zolo, no
puede seguir siendo visto como un mecanismo agregador y representador de
voluntades políticas que surgen en la base social. Actualmente es más bien la
fuente —prospectiva y retrospectiva al mismo tiempo— tanto de su propia auto-
legitimidad procesal e institucional, como de la legitimación del conjunto del
sistema político. Su cualidad “autorreferencial” consiste precisamente en su
capacidad de establecerse y reproducirse a si mismo, como sistema diferenciado,
mediante la producción continua de consenso y legitimidad.
La creciente autorreferencialidad del sistema partidario y del sistema
político en general que adquiere la configuración actual es una evolución
necesaria frente a un individuo que se desentiende de lo político. El ciudadano
medio visualiza lo político como algo distante y remoto, un mundo “sucio” plagado
de comportamientos egoístas, estratégicos e hipócritas en el que él no tiene
ninguna capacidad de acción. Esto lo lleva a un mayor desentendimiento con la
política, que es empujada a su vez a asumir mayores niveles de
autorreferenciación.
Ahora bien, frente a una política que cumpla, aunque sea relativamente, las
características de las que estamos hablando, más de un autor señalará un
profundo estado de crisis, o al menos así es visto por la mayoría de los teóricos de
la democracia. Ellos se preguntan si esta política desencantada y autorreferencial
no produce una profunda crisis de legitimidad en los gobiernos llamados
“democráticos” y puede llevar, por obra de la apatía y el desentendimiento
ciudadano, al surgimiento de alternativas totalitarias por parte de grupos que
compensen su condición minoritaria con un fuerte interés. Creemos que no, ya
que los actuales gobiernos electorales están en absoluta consonancia con el perfil
del individuo contemporáneo amaestrado en la elección permanente, alérgico al
autoritarismo y a la violencia, tolerante y ávido de cambios frecuentes, pero muy
tranquilos. Lo que en la actualidad seguimos llamando democracias, con su
pluralidad de partidos y elecciones periódicas, se parece cada día más al ideal
“posmo” del autoservicio o del centro comercial: lugares fríos e impersonales en
los que nadie irá a buscar el “sentido de su vida”, pero donde todos nos sentimos
más o menos cómodos.
Lo que está en crisis actualmente es la forma en que se legitiman los
gobiernos electorales, dado que la ficción de la representación que operó de
distintas formas en el tiempo funciona cada vez menos. Al reconocer la naturaleza
centralmente “electoral” de los regímenes democráticos modernos, podemos
visualizar con claridad que la representación funcionó bien en el modelo
parlamentario y en el modelo de masas debido a que las características
sociopolíticas sobre las que se asentaban ambos modelos lo posibilitaban:
ciudadanía restringida en un caso, y una sociedad que permitía la constitución de
identidades más o menos permanentes en el otro.
Decir que “la representación funcionó bien’’, en el sentido en que estamos
trabajando, es sostener que la mayoría de los significados políticamente
relevantes que este “designador rígido” contenía se mostraban como verosímiles a
los sujetos y tenían consecuencias concretas. En la actualidad, estaríamos en
presencia de algo así como una representación postsocial, desprovista de
relaciones homológicas y cuya verosimilitud es totalmente autorreferencial.
Denominar al tipo de representación como postsocial permite resaltar su
situación aún indefinida, en e1 doble sentido de que su condición de
“posconcepto” señala un carácter incompleto y mutable, y de que su naturaleza es
aún dependiente de la idea representativa fuertemente asociada a lo social.
Diversos autores han abordado las características que podrían echar luz
sobre las nuevas formas de legitimación de los regímenes contemporáneos. Así,
Alain Minc propuso, en un trabajo reciente, denominar “democracias
demoscópicas” a este nuevo producto de la metamorfosis de los regímenes
políticos modernos. Allí se resalta con claridad que esta nueva modalidad de la
democracia reina debido a que el ciudadano es muchísimo más complejo,
sofisticado e inaprensible, y está sometido a varias fidelidades. Se reconoce en
lógicas diferentes y se identifica, consciente o no, con intereses contradictorios,
siendo a la vez asalariado, consumidor, ahorrista y contribuyente.
En esta jungla de intereses fragmentarios y contradictorios, al mismo tiempo
que el sistema político se cierra en mayores grados de autorreferencialidad, debe
estar cada vez más pendiente de los frecuentes cambios de las opiniones de los
ciudadanos que se constituyen en una especie de tribunal anónimo que ve y juzga
a todos por igual.
La opinión pública parece ser el elemento central de la representación
postsocial. Se trata de algo aún más difícil de definir que la misma
“representación” y que se constituye en el centro de las angustias y las obsesiones
de los políticos modernos. Sin entrar en la discusión de este concepto, para los
propósitos de nuestro trabajo basta con entenderla, siguiendo a Elisaheth Noelle-
Neumann, como el conjunto de las “opiniones sobre temas controvertidos que
pueden expresarse en público, sin aislar al sujeto que las emite”.
El final de la noción fuerte de representación está estrechamente ligado a la
lenta pero progresiva transformación de la opinión pública de contrapoder en
poder. En las dos formas de gobierno representativo anteriores (parlamentario y
de masas), la opinión pública era un espacio que si bien se mantenía más o
menos autónomo de los líderes políticos, actuaba de forma reactiva,
expresándose frente a planteos o acciones que surgían de los actores políticos.
La nueva sociedad postindustrial ha transformado radicalmente esta
situación. Con partidos políticos más débiles e incapaces de expresar intereses
sociales coherentes, con gobiernos obsesionados por periodos electorales cada
vez más breves, y ciudadanos desencantados y apáticos, replegados sobre su
vida privada, la opinión pública parece transformarse, como diría Minc, en “una
extraña vox populi tan irresistible como incierta, tan irrefutable como
incompetente”.
Mucha agua ha corrido bajo el puente desde aquellos días en que el político
era visto como “el conductor”, aquel “líder” capaz de señalar cursos de acción a
seguir por la sociedad. Actualmente, nuestros modernos “dirigentes” se comportan
como el amante despechado que busca complacer en todo al objeto de su amor,
intentando adivinar hasta el último de sus deseos. Para su suerte (o su desgracia),
los políticos no tienen que confiar solamente en su capacidad de empatía con la
opinión pública (su “olfato”), ya que en su auxilio llegan las “encuestas de opinión”
y, con ellas, este carnaval de elecciones cotidianas en las que los ciudadanos
“votamos” todos los días determinada candidatura, caídas de ministros y cambios
en los rumbos de la acción gubernamental, convirtiendo a los dirigentes (si
podernos llamarlos así) políticos en una especie de candidatos permanentes que
se juegan día a día su destino en el índice de popularidad.
Poco importa que en realidad los instrumentos de medición sólo puedan
identificar estados de opinión, por naturalezas mutables y contingentes. Los datos
que el encuestador obtiene se reifican al instante, permitiendo mostrar “lo que la
gente quiere o espera”, como si ésta fuera un sujeto volitivo y su expresión, algo
inmediato.
Perdidos en esta nueva realidad y viviendo —nos dice Sartori—“con el
estetoscopio en la oreja, atentos a toda pulsión de los humores populares, en una
perenne poll-anxiety”, los políticos se desviven por seducir a los únicos actores
que parecen controlar la opinión pública; los medios masivos de comunicación. El
poder creciente de estos actores ha transformado radicalmente la política,
modificando sus lugares, sus tiempos y sus ritmos, bajo la presión de las cámaras
televisivas que requieren dramas intensos que permitan mantener, aunque sea por
algunos minutos, al espectador en el mismo canal.
Parece que lo político no puede abstraerse de la lógica massmediática que
lo impulsa a transformarse en una “dramaturgia”. Los medios no se interesan por
los discursos fríos y racionales ni por la emisión de aburridísimas explicaciones
técnicas, sólo puede seducidos lo trágico:
Peleas entre dirigentes, romances de candidatos, actos de corrupción o grandes
mansiones.
Los medios producen, mediante la combinación de técnica e imagen, un
efecto de acceso a la realidad sin mediaciones que Jean Baudrillard define como
“pornográfico”, al proponernos una realidad mucho más verdadera que lo
verdadero. La democracia representativa “postsocial” parece convertirse así en
una “democracia demoscópica” a medida que la opinión pública se constituye en
la principal fuente de legitimación de cualquier gobierno.
A su vez, los electorados parecen estar siendo reemplazados por su propia
proyección demoscópica, los “metaelectorados”, construidos gracias a la
capacidad de las consultoras de difundir sus estudios, anticipándole al ciudadano
medio por quién va a votar y por qué va a hacerlo.
Sobre estos hechos pueden montarse dos lecturas absolutamente dispares.
Algunos ven en la democracia actual la “quintaesencia de la democracia”, por
entender que la opinión pública no es otra cosa que el sustituto moderno del
pueblo, ahora capaz de hablar por sí mismo y expresarse a través de los sondeos
de opinión casi a diario. Así, sostienen que ha llegado el fin de la representación
política porque estamos en las puertas de la verdadera llegada de la democracia
directa, en la que los ciudadanos, mediante la televisión interactiva y las redes
informáticas, pueden “gobernarse a sí mismos”, cerrando el círculo lógico que
llevó a la construcción de la representación política.
Sin embargo, otros ven estos fenómenos contemporáneos de manera
radicalmente distinta:
Entienden a la representación postsocial como el peor terreno para los sueños o
las aspiraciones novedosas. Por definición, la opinión pública excluye todo lo que
se sale de la media y constituye, corno señalaba Alexis Tocqueville, una especie
de presión inmensa de la mentalidad de todos sobre a inteligencia de cada cual,
creando un consenso omnipresente y casi tiránico.
Es posible que la realidad esté en el medio de esas dos visiones extremas;
lo único seguro es que estamos presenciando un cambio de enormes
proporciones en lo político, una transformación de la que aún no podemos ver más
que sus primeras manifestaciones, pero que quizá nos obligue a buscar viejas
respuestas. Si la representación resulta cada vez menos creíble, desprovista de su
sustrato social y político, y no logra generar una legitimidad sólida a nuestras
democracias, es imprescindible encontrar herramientas institucionales que la
fortalezcan. Creemos que ésta será la clave de la reconstrucción de la legitimidad
de la representación y a ella nos dedicaremos en las conclusiones.
Conclusiones

La reconstrucción

de la legitimidad política.

representación, participación

más allá
Cuando analizamos con cuidado las manifestaciones de la actual “crisis de
la representación”, nos encontramos con algunas ideas y pronósticos que ya se
habían utilizado cien años atrás. Precisamente, en los finales del siglo XIX y en los
inicios del XX, muchos sintieron que el ocaso del modelo parlamentario y el doble
surgimiento de los grandes partidos de masas y de los aparatos estatales
extendidos con sus férreos andamiajes organizativos tornarían imposible la
democracia representativa, ya que ésta se iría transformando hacia modelos
corporativistas y burocráticos. Varios de los principales teóricos que analizaron esa
realidad expresaron sus temores en términos de una jaula de hierro burocrática
que terminaría con la libertad individual o de una ley que condenaba a todos los
sistemas políticos a transformarse en oligarquías.
Si bien en la actualidad los miedos son otros, es claro que nuevamente está
en cuestión la capacidad de los ordenamientos institucionales para superar los
retos que los cambios sociales y políticos les presentan. La democracia
parlamentaria, con su representación individual casi directa, sufrió frente a la
consolidación de una sociedad industrial clasista con sus electorados masivos.
Actualmente, la democracia de masas parece perderse frente al proceso contrario:
la fragmentación de una sociedad cada vez más heterogénea. En el momento
anterior fueron los partidos de masas, los Estados ampliados y la representación
proporcional los que le dieron sentido a un nuevo modelo representativo con sus
grandes bloques sociales.
En nuestros días, la permanente sensación de crisis del modelo electoral
puede ser entendida como la debilidad de una representación que ha perdido
todos sus lazos sociales. La fragilidad de un relato representativo que no
encuentra aún sus nuevos canales institucionales se expresa a escala global en el
aumento del abstencionismo en todos los procesos eleccionarios, en la apatía
creciente, especialmente de los ciudadanos más jóvenes, y en la merma de las
afiliaciones de la mayoría de los partidos del mundo democrático.
Si bien todavía puede ser prematuro bosquejar los senderos que transitarán
nuestras instituciones políticas, sí podemos mencionar algunas ideas.
En primer lugar no hay retorno a la representación social, pues, como vimos
en este libro, es la misma sociedad la que no puede ser representada en el
sentido que lo fue en los últimos doscientos años. Así, la autorreferencialidad que
notamos en la política contemporánea no es otra cosa que una representación que
se vuelve cada vez más puramente política. Los conflictos y actores que se
expresan en el juego político son, cada vez más, creados en su interior.
En segundo lugar, esta representación post- social genera identidades
demasiado frágiles y contingentes para sostener la legitimidad de las instituciones
de la democracia de masas. El hecho de que actualmente alguien hable en
nombre de un partido o en su condición de representante formal del pueblo no le
otorga ningún estatus particular en la opinión ciudadana; es más, le genera a éste
una sensación negativa de sospecha. Si nuestras sociedades no se sienten
representadas en lo político, obviamente desconfiarán de quienes se
autoatribuyan esa condición basándose solamente en criterios formales (haber
sido votado para, ser parte de).
Si estas dos ideas son ciertas, el camino para reconciliar la política con la
sociedad debería consistir en un doble proceso de fortalecimiento de la legitimidad
política. Por un lado, adecuando las viejas instituciones de la democracia
representativa de masas al contexto actual, lo que significa concretamente
ciudadanizar y personalizar aspectos y ámbitos importantes de nuestros
ordenamientos políticos. Es obvio que la personalización se impone más allá de
los mecanismos institucionales; actualmente, por ejemplo, se votan primeros
ministros en los sistemas parlamentarios como si se eligiera un presidente. Pero
estas tendencias desordenadas y desarticuladas pueden no servir de mucho si los
andamiajes institucionales no las asumen y articulan. La personalización puede ir
desde la reforma de los sistemas electorales hasta la creación de mecanismos
institucionales de control direccionados, pasando por toda una gama de
instrumentos que le permitan al ciudadano conocer y controlar más a fondo a sus
gobernantes.
Lo que llamamos, quizás un poco presuntuosamente, ciudadanización”
consiste en abrir a los políticos no profesionales (es decir, a todos los ciudadanos)
ámbitos importantes de la política, tales como los espacios de control, de
seguimiento de políticas o de .planeamiento estratégico. Asimismo, consiste en
reducir los mecanismos que favorecen la cristalización de oligarquías políticas que
viven siempre del presupuesto público. Los limites a las reelecciones en los cargos
y la creación o el fortalecimiento de cuerpos técnicos no partidarios en la
administración pública en todas sus áreas son ejemplos de estos cambios.
Sin embargo, la misma tendencia a la ciudadanización nos abre el camino
al otro aspecto del proceso de fortalecimiento de la legitimidad política: la
búsqueda de la participación ciudadana activa. Es decir; junto con la adecuación o
mejora de los canales representativos tradicionales, la reconstrucción de la
legitimidad de la política también requerirá de una transformación más audaz e
importante que consiste en volver a mirar las instituciones clásicas de la
democracia entendida como autogobierno.
Los llamados instrumentos de la democracia participativa han existido en el
constitucionalismo occidental desde hace al menos medio siglo. Entendidos como
un mecanismo para lograr una participación más activa de los ciudadanos en la
cosa pública, estos mecanismos (referéndum, plebiscitos, iniciativas legislativas,
consejos ciudadanos, etcétera) han estado siempre en tensión con los
instrumentos representativos, los partidos políticos especialmente. En la
actualidad, sin embargo, pueden llegar a ser la única herramienta capaz de volver
a otorgarle legitimidad al ordenamiento democrático.
Frente a la debilitada representación postsocial, la construcción de un
andamiaje institucional participativo puede no ser solamente el anhelo de quienes
seguimos creyendo que el ideal del autogobierno del pueblo vale la pena, sino la
necesidad de todos aquellos que sienten que nuestras actuales democracias
desprovistas de la legitimidad popular pueden ir vaciándose progresivamente de
contenido.
A su vez, entre los distintos mecanismos de participación, es importante
fomentar aquellos que por su lógica “deliberativa” no reproduzcan simplemente el
funcionamiento de los procedimientos electorales, sino que abran espacios
horizontales para la identificación de los problemas, la discusión de políticas y la
construcción de consensos. La implementación y extensión de estos ámbitos, de
los que existen experiencias interesantes a nivel local, permitirían volver a
interesar a los ciudadanos en e1 proceso de la toma de decisiones públicas,
recuperando en algún sentido el ideal de la eclesia o asamblea clásica. El
presupuesto participativo que existe en Brasil, los consejos ciudadanos consultivos
de determinación de partidas presupuestarias o de planeamiento estratégico o los
llamados locutorios o kioscos democráticos que se discuten actualmente en
Europa son sólo algunos ejemplos que nos muestran que, como señala Philippe
Schmitter la democracia liberal como existe actualmente no es el fin de la historia.
Esta doble vía de mejora de nuestras democracias, fortaleciendo los
instrumentos representativos y añadiéndole instrumentos participativos, debe ir
acompañada de una discusión sobre su ámbito territorial de aplicación. Como
señalamos en la segunda parte de este libro, los Estados nación, que han sido la
base de la política moderna, están perdiendo crecientemente centralidad. Como
acertadamente sostiene David Held, los procesos de interconexión económica,
política, legal, militar y cultural están transformando la naturaleza, el alcance y la
capacidad del Estado moderno, desafiando o directamente reduciendo sus
facultades regulatorias. Por ello, para lograr la recuperación de la legitimidad de la
política democrática, también se deberá asumir la necesidad de un cambio de esa
escala hacia una democracia cosmopolita o global.
Como vimos a lo largo de este libro, la representación política ha jugado un
papel central a la hora de legitimar los regímenes políticos en los últimos
doscientos años; quizás ya sea hora de fortalecerla yendo mucho más allá.
Es decir poner una profundización de la democracia que, si tiene sentido en todos
los países, se convierta en imprescindible en nuestras naciones latinoamericanas,
frente a poblaciones que han visto cómo los gobiernos democráticos no han
podido, querido o sabido reducir niveles de pobreza y desigualdad vergonzosos.
Abrir la política a todos, recuperando el ideal clásico, debe ser el desafío del siglo
que comienza si no queremos que nuestras democracias, por su intrascendencia e
incapacidad de mejorar la vida de la gente, terminen muriendo, como dice
Guillermo O’Donnell, tristemente de muerte lenta.

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— (1994), Democracia y complejidad. Un enfoque realista, Buenos Aires,


Nueva Visión.
Índice

Agradecimientos
Introducción

Primera parte
El camino hacia
la representación política
[17]

El mundo clásico
El oscurantismo
La modernidad
Del orden divino a la construcción social del orden
Hobbes y la metáfora representativa
Después de Hobbes, la representación moderna
La sociedad representable y el gobierno representativo

Segunda parte
Los modelos de representación política:
partidos y elecciones
[55]

El modelo parlamentario (1 830—1890)


El modelo de masas (1 910,1 970)
El modelo electoral (1 980-¿?)

Tercera parte
¿La muerte de la representación?
[97]

La sociedad fragmentada
La representación postsocial

Conclusiones
La reconstrucción de la legitimidad
política: representación, participación
y más allá
[115]

Bibliografía