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Copyright
Dedication
La Máquina del Ángel
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Epílogo
Chrysoula Tzavelas

CeNIzAS
del
PARAISo
Título original: Matchbox Girls
Diseño de cubierta: Yocla Design
ISBN: 978-84-941597-0-1
© 2011 Chrysoula Tzavelas
Traducción: © 2013 Carlos Sabater Sánchez y Verónica Castañón
Edición: © 2013 Mundos Cruzados
Avda Felipe II, 2 – 28009 Madrid
www.mundoscruzados.com
Correo electrónico: contacto@encrucijadaediciones.com
Todos los derechos reservados. Queda prohibida la reproducción total o
parcial de esta obra y su almacenaje y transmisión por cualquier medio sin
permiso previo del editor.
Esta novela es una obra de ficción. Nombres, características, lugares y
situaciones son fruto exclusivo de la imaginación del autor. Cualquier
parecido con personas vivas o muertas, acontecimientos o instituciones es
mera coincidencia.
A mi madre, que creyó en mí,
y a mi hijo, que me hizo comprender
PARTEIII
LA mÁquINA
Del
ÁNGeL

CENIZASDELPARAISO
CApItuLo 1

—Es tan blanco —dijo Marley mientras cruzaban de la mano un vestíbulo


sin brillo—. Es muy aburrido, parece un bloque de oficinas interminable.
Pero, ¿dónde están las puertas?
—Hay otras zonas del Trasmundo mucho más interesantes —dijo AT—,
pero también mucho más peligrosas. La gente que vive en estos lugares
domina el arte de la ilusión y no puedes fiarte de que nada sea real. Si pasas
demasiado tiempo allí, no sabrás si estás en el Trasmundo o no.
Si Marley no hubiese estado agarrada con una mano a cada niña, se hubiese
rascado la frente con los dedos. Sentía suaves hormigueos en los puntos de
los chakras que Corbin le había señalado, pero la frente le picaba mucho.
—¿Ilusión, hadas? —Sufrió un déjà-vu durante un momento e intentó
recordar fragmentos de sueño.
—Sí, pero no como los juguetes… no pequeños duendes. Las hadas
también fueron ángeles una vez, ya sabes.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Marley.
—¿Aunque ahora estén sometidas?
—Fueron sometidas antes que nadie, porque eran tan peligrosas que daban
miedo. Los ángeles intentaron erradicarlas del Mar de los Sueños, pero
desarrollaron magia nueva a partir de la propia naturaleza de la Creación. A
nadie le gustó.
Marley sacudió la cabeza. Neath se asomó desde su bolso, estiró una zarpa
y le arañó con ella la muñeca.
—¡Ay! ¿Por qué estás tan agresiva últimamente? —Bajó la mirada y
tropezó—. AT, espera. Mira sus pies.
El suelo alicatado en blanco sobre el que caminaban se ensombreció
levemente, como el marfil. Pero el lugar por el que avanzaban las gemelas se
oscurecía de manera gradual hasta el centro de cada pequeña huella, que era
de un color negro oscuro y estaba surcada por vetas rojas.
—Eh —dijo AT—, eso es nuevo.
Kari levantó el pie para examinar la suela de sus zapatos.
—Están limpios —informó. Se escuchaba un sonido de suaves chasquidos
y Lissa cambió de postura con inquietud. AT se agachó; seguía sosteniendo la
mano de Kari y deslizó la mano que tenía libre por encima de la marca que
había dejado a sus espaldas.
—Está áspero. Creo que está… desgastándose. —AT se levantó y se limpió
la mano en los vaqueros.
—¿Por qué? —inquirió Marley.
La frente de AT se surcó de arrugas y sus ojos se oscurecieron al mirar a
Marley.
—No lo sé. Pero sigamos andando.
—Sí. Sí. Entonces… ¿dónde están las puertas?
—Por todas partes. Aunque no las utilizo, nunca lo he necesitado. Abriré
una ventana cuando lleguemos a donde vamos, igual que hice para entrar. —
Los dos perros, Heart y Grim, trotaban delante de ellas con el hocico en el
suelo.
—¿Sabrás qué hay fuera antes de que la atravesemos?
Al principio, AT no respondió y Marley observó de nuevo las pisadas.
Quizá debería llevar ella a las niñas: una a la espalda y otra en brazos; no
sería tan complicado y seguro que era más cómodo que cargar con sacos de
patatas. Recordó de nuevo la visión del ángel: las niñas jugando solas en un
paisaje destruido. No podía ser cierta. Eran poderosas e incluso especiales,
pero también eran unas niñas dulces, todo lo inocentes que la situación les
permitía ser. Pero habían sido mucho más inocentes antes de que apartasen a
Zachariah de su lado…
¿Hasta dónde podrían aguantar?
—Probablemente. De todos modos, tengo un buen sentido para saber en
qué parte de la Creación nos encontramos según avanzamos por el
Trasmundo —respondió al fin AT.
—AT… —Marley se detuvo, tratando de ordenar mentalmente sus
preguntas. Era incómodo. Pero AT le lanzó una mirada astuta que le desató la
lengua—. Dijiste que tu padre era un kaiju. ¿Lo conoces?
—Sí —dijo AT, tranquila—. Era un… padre… comprometido. Si se lo
permitiese, seguiría siéndolo; tenía grandes planes para mí.
Aquello fue suficiente. Nadie dijo nada más hasta que AT anunció:
—Hemos llegado.
Estaban en una amplia sala blanca, exactamente igual que el vestíbulo por
el que habían caminado durante los últimos diez minutos. Marley no tenía ni
idea de por qué AT y los perros decían que esa localización era importante.
Heart estaba sentado alerta con el hocico mirando hacia la pared, mientras
que Grim arañaba el suelo a su alrededor como si estuviese empezando a
cavar. AT juntó sus dos dedos índice y los situó en el centro de la pared,
donde los separó trazando una línea diagonal. Se abrió un cuadrado de luz
bajo sus dedos. Cuando tuvo un par de metros de anchura, se detuvo y colocó
la palma de la mano en el centro. El cuadrado brillante parpadeó.
—Es un edificio de apartamentos, hay una terraza hacia la mitad. Corbin y
Nod están allí y no están solos. No puedo ver a través de los ojos de Nod.
¿Pero qué…? Es como si tuviese los ojos vendados.
—Cuando hayamos salido, ¿podemos dejar la ventana abierta para poder
volver? —La que habían utilizado para acceder al pasillo del Trasmundo se
había cerrado de inmediato.
—Quizás. Depende de cuánto tiempo pasemos fuera. Si nos encontramos
con una reunión de seres celestiales ahí y tenemos que salir corriendo,
podemos volver aquí dentro. Aunque eso no significa que no puedan
perseguirnos.
El aturdimiento despareció. Marley no estaba del todo segura de que ahora
todos aquellos bajo su protección estuviesen a salvo. Esperaba que solo fuese
la forma en que el pasillo blanco afectaba a sus sentidos. ¿Pero qué más podía
hacer? Sentía aumentar la presión de la maldición, que también retorcía sus
sentidos. Le hacía sentir que todo iba a ir mal. ¿Qué ocurriría si se liberase
aquí? Miró de nuevo las oscuras pisadas. AT había dicho que este lugar era
un pasaje entre las vigas que apuntalan el mundo.
—Espera un momento antes de abrir la ventana. Quiero activar la
bendición de Tia. En cuanto esté lista, pasamos. Encontraré a Corbin para ver
si puedo liberarlo de lo que sea que lo tiene; mientras, tú y los perros id
tras… todo lo demás. Distraedlos. Nos moveremos rápido y traeremos de
vuelta a Corbin. Una vez estemos aquí, podremos reagruparnos y decidir qué
hacer. Dado que no todo el mundo puede acceder a este sitio igual que tú,
seguramente dispondremos de algo de tiempo.
AT asintió con la mirada distante.
—¿Y nosotras qué hacemos? —dijo Kari.
—Observar el espectáculo. Voy a manteneros a salvo, así que no debería
ser necesario que hicieseis nada. —Marley se obligó a sonreír y añadió, a
pesar de sí misma—: De todos modos, tened cuidado. No os separéis de mí.
Kari no protestó ni puso el gesto que Marley esperaba. Se limitó a asentir,
con aspecto pálido.
Marley respiró hondo y pensó en los dedos de tía presionando su muñeca.
Se quedó sin aliento mientras la dulce maldad de la maldición se desvanecía
y su respiración volvió a interrumpirse al sentir cómo la magia penetraba en
ella. Tomó aire de nuevo. Notaba que la bendición le privaba de su aliento; le
costaba respirar incluso más que tras la carrera para rescatar a Kari. Pero lo
que echaba de menos no era el propio aire, sino la energía que le traía. No, no
quería alargar aquello más de lo necesario. Con suerte, encontraría la forma
adecuada de liberar la maldición al otro lado de la ventana brillante.
—Vale, ya está —dijo.
AT asintió y amplió el cuadrado resplandeciente hasta que llegó al suelo.
Entonces, empujó con la mano el centro y la retorció. Una onda expansiva
recorrió la superficie. AT dio un paso adelante y lo atravesó remolcando a las
demás a sus espaldas.
Marley parpadeó; la luz del sol de la mañana, ya avanzada, era mucho más
brillante que la luz del corredor del Trasmundo que no conducía a ninguna
parte. Entornando los ojos, asimiló su ubicación. Se encontraban en una
terraza que se extendía más allá de la esquina del edificio, ligeramente
inclinada hacia arriba. En realidad se dividía en dos niveles, con una escalera
de metal junto al muro en el que había una puerta de acceso al edificio. La
terraza estaba llena de tumbonas, muchas de las cuales se habían volcado, y
había macetas con arbustos y pequeños árboles distribuidas por todas partes.
Junto al omnipresente olor del humo, se percibía un toque de jazmín en el
ambiente. El aire de la terraza parecía limpio y claro, aunque en los bordes
había una espesa neblina amarilla.
Corbin se encontraba de espaldas a ellos, en el centro de un círculo de
tiestos tirados. En el exterior del círculo había un puñado de siluetas. Marley
reconoció de inmediato la corpulenta figura de Absolven. Los demás
aparecían borrosos y difusos, como si no consiguiese centrar bien su vista en
ellos. Uno de ellos sostenía una larga correa plateada abrochada al cuello de
un perro negro; el perro yacía con la cabeza apoyada en el suelo. Era como un
cuadro sin movimiento, aunque a juzgar por la devastación, no lo era
momentos antes.
Corbin le habló a Absolven:
—De acuerdo. Si ganas, ¿llevarás un mensaje de mi parte? ¿Una última
petición?
Marley oyó cómo se entrecortó bruscamente la respiración de AT. Soltó la
mano de Kari y se abalanzó hacia adelante.
—¡Nod! —gritó.
El perro negro se levantó en un arrebato y se estiró. La cadena se rompió en
pedazos; una gran cantidad de fragmentos plateados destellaron en el aire.
Unas sombras naranjas se despegaron de las siluetas borrosas y avanzaron
lentamente hacia adelante.
Corbin se miró hacia atrás y gritó:
—¡No! Yo no…
Un olor amargo a alquitrán, sustancias tóxicas y a gas de combustible
aplastó el olor del fuego y del jazmín en cuanto una voluta de humo naranja
se aproximó a ellos movida por el viento. Se volteó, moviéndose más como
un fantasma que como una ráfaga de aire. Una brizna alcanzó a las niñas,
aunque parecía más curioso que amenazador.
AT silbó y los tres perros desaparecieron en el aire. Entonces, aparecieron
súbitamente de entre las delgadas sombras que poblaban la pared, bajo las
sillas de la terraza. Nod le lanzó un mordisco a la inquisitiva nube naranja
que se encontraba frente a él.
Las volutas de humo naranja que estaban más cerca de Corbin se movieron
más rápido, hasta que parecieron afiladas y dentadas por la velocidad, como
si fuesen una nube de hojas de espada. El perro rojizo, Heart, saltó para
detenerlas y atravesó una de las nubes. Mechones de pelo cayeron al suelo a
sus espaldas y uno de los elementales naranjas cambió de dirección. Heart
sacudió la cabeza y estornudó, con el pelo del lomo erizado por el esfuerzo;
entonces, empezando por el hocico, su cuerpo desapareció hasta que también
se convirtió en una nube. Sus dientes relucieron y volvió a atacar.
Los ladridos de Nod sobresaltaron a Marley. Danzó sobre sus patas traseras
ante ella y se dio cuenta de que AT había recorrido ya la mitad del jardín del
tejado directa hacia Corbin y sus captores. Todo el mundo se movía. Corbin y
Absolven salieron corriendo cuando se dispersaron las figuras borrosas, que
seguían siendo confusas a pesar de haberse separado de la nube de
elementales.
Nod chasqueó los dientes como si Marley fuese un cordero desorientado y
comenzó a dar vueltas sobre sí mismo, acechando a otro de los elementales
para mantenerlo a raya. Cada uno de los perros se ocupó de uno de los
elementales, pero las peleas no parecían tan desequilibradas como Marley
había esperado. El olor le quemaba la nariz.
Marley avanzó, arrastrando a las niñas lejos del elemental y soltándolas
después. «Estabanasalvo estabanasalvo estabanasalvo» y estuvo a punto de
confiar en el sentido de su poder.
—¿Corbin? —gritó AT. Estaba a unos centímetros de Absolven; el gigante
tenía la mano levantada, agitándola contra el aire, mientras que los dedos de
Corbin se retorcían y movían nerviosamente.
Corbin se tomó un momento para dirigirle a AT un gesto de desdén con la
mano.
—No os quería aquí. —Sus dedos temblaron cuando tosió, con un horrible
sonido seco—. ¿Para qué la has traído a ella aquí?
—Porque no puedo estar en dos sitios a la vez —le espetó AT—. Oye, tú
—le dijo a Absolven—. Lárgate de aquí si no quieres acabar viendo tus
propios intestinos.
Absolven posó la mirada alternativamente en AT, Marley y las niñas.
—¡Oye! —dijo con aspereza—. Somos más que tú. Lárgate.
—Pero cada uno de vosotros está solo.
—No lo creo —respondió AT. Dio un paso al frente, plantó la mano en el
enorme esternón del gigante y lo empujó con tal fuerza que lo levantó en el
aire y lo lanzó a un metro de distancia.
Absolven aterrizó en cuclillas con elegancia. Se incorporó y levantó la
mano, atrayendo con gestos a las figuras que se encontraban ante él. No se
movieron, pero el aire se iluminó.
—Date prisa, Corbin —dijo AT.
—Han colocado una barrera para impedir que me vaya. Que nos vayamos,
en este caso. —Inclinó la cabeza hacia el muro neblinoso que recorría el
lateral de la terraza.
—Pero puedes eliminarla.
Corbin le lanzó otra mirada de impaciencia.
—No sin ayuda; si no, no seguiría aquí.
—¿Y bien? Yo puedo servir de distracción. —AT se dirigió a toda prisa
hacia Absolven para derribarlo de nuevo. Esta vez, él la estaba esperando.
Extendió la mano hacia arriba con una cuchilla triangular en la mano.
Pero AT confiaba en Marley y estaba a salvo.
El resplandor de la cuchilla no fue más que un destello cuando Absolven
perdió el equilibrio al fallar su golpe. AT sonrió, aunque sin una pizca de
humor, y le propinó una patada.
—Ah —dijo Corbin—. Ese es tu plan. —Miró a Marley directamente por
primera vez—. ¿Puedes respirar bien?
Marley respiró hondo y se dio cuenta de que le resultaba bastante más
complicado que en el Trasmundo. Jadeó y Corbin asintió.
—Están concentrando las toxinas del humo y de la niebla tóxica. Han
traído a Absolven para que me remate con rapidez pero, al fin y al cabo,
hacerlo lentamente tiene el mismo resultado.
—¿Hay algo que pueda hacer para ayudar a romper esa barrera? —Cuando
Corbin volvió a toser, añadió—: Estoy segura de que con mi ayuda
respirarías mejor. Permíteme…
—Menuda tontería —dijo Corbin—. Estoy perfectamente. —Marley le
observó, perpleja. Continuó—: Sin embargo, mientras hablamos, puedo
contarte lo que he descubierto aquí arriba. Un segundo. —Tiró de algo
invisible.
Marley se alegraba de haberse resistido a activar la Visión; ya había
suficiente de lo que preocuparse. Las gemelas estaban detrás de ella y AT
estaba acosando a Absolven. La joven sonrió, rodeada de un halo claro en la
neblina naranja, cada vez más espesa. Los perros estaban haciendo mucho
ruido por el resto de la terraza.
—He hablado con la Máquina que está ayudando a Ettoriel y a Absolven.
Vimos un fragmento de ella cuando Absolven apareció en casa de Penny —
dijo Corbin de repente—. De acuerdo con ella, las niñas representan una
clase de singularidad u horizonte de sucesos que oscurece sus proyecciones
del futuro.
—¿Qué significa eso? —preguntó Marley con brusquedad, recordando la
visión del columpio en una versión postapocalíptica de Los Ángeles—.
¿Conocen el futuro o no?
Corbin le lanzó una mirada sombría.
—¿Acaso eso importa? Ettoriel piensa que lo conocen. Puede que no quiera
romper el Silencio por intereses personales, pero no hay duda de que querría
salvar el mundo.
Marley tomó aire.
—Él cree que no hay futuro. Eso es lo que me dijo a mí. ¿Pero dices que
esa Máquina le está ayudando a él? Entonces, también podría estar
mintiendo.
—No lo creo. Las Máquinas son complicadas y peligrosas de comprender,
pero todo lo que he leído asegura que no tiene la capacidad de engañar.
Marley sacudió la cabeza.
—Yo no…
—¡Marley, cuidado! —gritó AT mientras se ponía en pie en el extremo
más alejado del tejado, junto a las figuras envueltas en niebla. Absolven
avanzaba hacia Marley; un perro le entorpecía el paso, intentando hacer que
cayese, pero no se detenía.
—Mierda —dijo Corbin—. ¡Corre! —Tosió de nuevo, incluso cuando sus
manos parecían desdibujarse.
Marley escaneó la terraza.
—¡Escaleras arriba! —gritó a las niñas—. ¡Ahora! —Ambas echaron a
correr. Abandonó el bolso en el que llevaba a Neath en el borde del círculo de
Corbin y salió a toda velocidad en otra dirección sorteando el mobiliario
disperso en el exterior. Resultaba difícil correr, mucho más que esa misma
mañana. En esta ocasión tenía que afanarse por respirar el suficiente aire.
Los improperios inservibles de AT surcaban la terraza y Marley tuvo que
girar con brusquedad para esquivar una de las neblinas. Prácticamente se
tropezó con una manguera y la agarró mientras se recuperaba, dándose la
vuelta para vigilar a su perseguidor, que no se movía con rapidez, lastrado
por AT y los perros, pero que parecía inexorable. Retrocedió sin dejar de
observarlo.
—Vi lo que hiciste con aquellos pájaros en el hotel —gritó Marley—. No
fue muy agradable.
—Agradable y necesario suelen ser opciones excluyentes —respondió el
gigante—. ¿Eres tú quien los protege, no?
—No sé de qué me hablas. ¿Por qué trabajas con Ettoriel? —Deslizó los
dedos por el botón del pulverizador.
—Sus motivos son convincentes. Y lo que tengo ahora me lo ha dado él. —
Se detuvo para agarrar a AT y lanzarla contra un montón de sillas y, a
continuación, se sacudió a uno de los perros de la muñeca. No estaba
interesado en golpearles mucho más de lo que un hombre nadando a
contracorriente golpea la corriente, así que fue avanzando, únicamente
porque era mucho más grande que la adolescente. La sangre manaba de las
marcas que el gigante tenía por todo el cuerpo, pero no pareció reparar en
ello.
—¿Quieres decir que es tu padre? —Por el rabillo del ojo, Marley vio un
par de cabezas echando un vistazo por encima del pasamanos del nivel
superior de la terraza. Las niñas habían conseguido escapar. Menos mal.
Absolven se agitó con violencia.
—Por favor, no blasfemes. —Entonces, dio un salto de seis metros hacia
ella como si fuese un pájaro echando el vuelo espontáneamente.
Marley gritó, sorprendida; cayó de lado y una silla le rozó la pierna. Él
golpeó el suelo junto a ella; ella se revolvió y lanzó la silla contra la figura
que se cernía sobre ella. Fue en ese momento cuando sacó el pulverizador y
presionó el gatillo, enviando un chorro de agua a presión contra la cara del
gigante. Finalmente le arrojó el propio pulverizador y, a cuatro patas, lo
esquivó como pudo y se dirigió directa a la escalera que conducía al segundo
nivel.
A pesar de encontrarse desorientado por la rápida defensa de Marley, la
intentó agarrar justo cuando ella quedaba fuera de su alcance. Sus uñas se
alargaron en zarpas, cuyas puntas se deslizaron por su pelo. Ella le lanzó otra
silla y no esperó a comprobar si había acertado, sino que salió corriendo
hacia la escalera.
Tenía que seguir pensando, pero le costaba tanto. Él estaba justo a sus
espaldas. Una embestida más y sería suya, y aquellas garras le harían mucho
más daño que las patas de Neath. Podía escuchar la respiración de Absolven.
En mitad de las escaleras Marley se pellizcó su propio brazo para obligar a
su maltrecho cerebro a recordar el modo de activar el hechizo de supresión de
Tia. «Así.»
La maldición la golpeó. En ese momento, tropezó y se dio contra la
escalera sobre la que caminaba. Algo metálico chirrió y se dobló. La escalera
se inclinó y se hundió. Ella pudo ascender a gatas unos pocos escalones más
antes de que la otra abrazadera se soltase. Escuchó un grito y un gruñido a
sus espaldas cuando Absolven cayó con la mitad inferior de la escalera sobre
él. En ese momento, el escalón en el que se encontraban los pies de Marley
desapareció bajo ella y la escalera continuó derrumbándose. Ella quedó
colgada por los dedos de un escalón a punto de desmoronarse. Se revolvió
para alcanzar la barandilla que aún seguía unida al hormigón y se dobló bajo
su peso. Se balanceó frenéticamente hacia arriba y se rajó el antebrazo con el
metal recién rasgado. Entonces, saltó hacia el borde de la terraza,
alcanzándolo con los dedos cuando lo que quedaba de la escalera se
desprendió del muro. El polvo rojizo de óxido procedente de los tornillos que
se iban soltando caía sobre su mejilla.
Se quedó allí agarrada durante un instante, vagamente consciente de los
ladridos de los perros, de AT gritando algo y de las gemelas animándola.
Había algo de metal bajo sus dedos, el último resto de la escalera. Le dolían
las uñas. Apoyó lentamente uno de sus pies contra el muro de hormigón y
trató de imaginar qué ocurriría si caía. Un tobillo roto, quizás; eso si no caía
sobre un montón de metal oxidado. De todos modos, no era una opción.
La pila de metal que había debajo de ella crujió y quedó quieta. ¿Estaba
asentándose? ¿O se movía porque había algo debajo de ella?
El gruñido humano debajo de ella fue como un impulso eléctrico en su
médula. Sin ser consciente del esfuerzo, trepó sobre el borde de la terraza
como un nadador ascendiendo a la superficie.
Se agazapó, jadeante, unos metros más allá del borde. Lissa acudió junto a
ella para abrazarla, mientras que Kari se quedó junto al pasamanos
observando por encima del borde. Le devolvió el abrazo a Lissa y cogió
impulso para levantarse. Le dolía todo el cuerpo. Una tabla de ejercicios
consistente en leer en el parque no era suficiente para luchar contra
monstruos, aunque tuviese superpoderes.
—¡Lo tengo! —gritó Corbin en tono triunfal—. ¡Ve a por ellas, AT! —
Marley miró por encima del pasamanos y vio a Corbin dando puñetazos al
aire mientras salía de un salto de su círculo. Las tres siluetas envueltas en
neblina del otro lado de la terraza se extendieron. AT giró y alternó la mirada
entre Corbin y Marley. Entonces, silbó y cruzó corriendo la terraza. Se reunió
con los perros a medio camino y se tiraron sobre una sola figura de niebla.
El amasijo de hierros de la parte inferior gruñó de nuevo y se abrió por la
mitad. Absolven se levantó, vacilante. Se inspeccionó a sí mismo antes de
arrancarse un trozo de metralla del brazo. Entonces, levantó el rostro, lleno de
sangre, y su mirada se cruzó con la de Marley.
Dijo algo entre jadeos. Cambió de forma, aunque no del todo. Seguía
siendo un hombre, aunque dentro de su forma de hombre estaba contenido el
grifo y la sombra que proyectaba era la del grifo. Una sombra con forma de
pico se abrió y las alas de la sombra se extendieron antes de comenzar a batir
con fuerza. Absolven se elevó en el aire en un salto imposible que hizo que
sus pies aterrizasen en el borde de la terraza.
Marley se retiró. No tenía ningún plan para eso. De algún modo, seguía
creyendo en cosas como «las personas no vuelan». Era idiota. La terraza era
pequeña y no tenía adonde correr. Pero tenía que haber algún modo de
abandonar ese nivel aparte de la escalera oxidada.
El miedo le impedía pensar. Las garras de los dedos de Absolven no
estaban solo en su sombra.
—¿Marley? —dijo Lissa. El terror en su voz hizo que Marley desease
tirarse contra Absolven, porque era mucho peor que las garras.
—Escondeos. No miréis —les dijo a las niñas. Respiró hondo y retrocedió
varios pasos más. Le dolía el pecho. En lugar de sillas, no quedaban más que
cenizas allí arriba—. Absolven. No lo hagas. Ettoriel se equivoca.
—Ni tú, ni yo, ni nadie como nosotros debería existir —dijo con una voz
suave—. El Paraíso ha sido muy misericordioso; una misericordia concedida
por amor. Tienen un amor profundo. Y mira adonde nos ha llevado cambiar
obediencia por amor. Debo ser mejor que mi padre, pero hubiera preferido
que las hubieras dejado marchar desde el primer momento.
La respiración de Marley siseaba entre sus dientes.
—Yo también tengo que ser mejor que mis padres.
—Marley —gritó Lissa de nuevo, y esta vez, la insistencia de su tono
eclipsó al miedo. Las gemelas se pusieron en pie juntas a la sombra de una
mesa con las manos unidas.
Kari gritó:
—¡Vete de aquí, hombre malo! ¡Vete antes de que se despierte y te haga
daño!
Se produjo un crujido a su alrededor. La sombra en la que se encontraban
las gemelas se tiñó de color carmesí. Absolven miró a su alrededor.
Lissa sacudió la cabeza.
—Demasiado tarde.
CApItuLo 2

Se produjo un golpe en la planta de abajo que provocó un zumbido


estrepitoso y se oyó el sonido del metal contra el metal. El aire se agitó a
causa de los horribles arañazos contra la pared y, entonces, una criatura
formada a partir de la estructura rota de la escalera se encaramó al borde.
Parecía un insecto, con seis patas hechas de vigas rotas y con la barandilla
y los escalones curvándose para formar un tórax. La cabeza era un diminuto
amasijo de metal retorcido, apenas visible tras el enorme par de mandíbulas
móviles hechas de astillas irregulares y oxidadas.
La criatura saltó por encima del pasamanos de la terraza y se quedó quieta,
cambiando de postura como si no estuviese muy segura de cómo utilizar sus
patas. Las mandíbulas se movieron y crujieron como engranajes.
Absolven dio un salto para alejarse y sus alas de sombra se desplegaron. La
cabeza de metal del insecto se giró de golpe y se levantó sobre sus patas
traseras para lanzarse contra el gigante. Una de las mandíbulas perforó un ala
sombría y Absolven gritó mientras su sangre regaba la terraza.
Marley corrió hacia las gemelas. Lissa se había tapado la cara, pero Kari
estaba mirando fijamente, con los ojos abiertos de par en par. Era el paso
previo a un berrinche, lo sabía. Cogió a una niña en cada brazo justo cuando
Kari empezaba a gritar.
Absolven cayó y se alejó del insecto; la mitad de su sombra había perdido
toda definición. Estaba concentrado en la criatura, que se movía hacia él
cambiando el peso de una pata a otra, y la observaba como un gato. Entonces
se lanzó contra ella, rodó por debajo y agarró una de las patas de metal. La
pata se dobló entre sus manos y él dio un fuerte tirón antes de rodar de nuevo,
con las manos vacías. Una mandíbula intentó desgarrar su espalda justo
cuando se puso fuera de su alcance.
Kari volvió a berrear y Lissa lloraba en silencio tapándose la cara con las
manos. Marley se dio cuenta de que el insecto de metal se movía dentro de
una sombra rojiza como la que había seguido a Kari y a Lissa, y que ahora la
rodeaba a ella. Era parte de las gemelas, parte de su poder.
El pánico hizo que le temblasen las piernas. Las gemelas ya no estaban a
salvo. La sombra sangrienta invadía sus auras, palpitante como un ser vivo, y
se unía a ellas como un cordón umbilical enredado en sus cuellos.
La cosa le lanzó un mordisco a Absolven y el horrible cordón rojo palpitó
vivamente. La visión de Marley empezó a nublarse.
Dejó a las gemelas en el suelo y se alejó de sus manos, que intentaban
sujetarla. Absolven rodó de nuevo para alejarse del insecto de metal y se
acuclilló con una sonrisa salvaje. Ahora, la abominación tenía dos patas
destrozadas. Marley no estaba segura de querer apostar por un ganador, pero
no importaba cuál de las dos pesadillas venciese en el duelo: estaba segura de
que las gemelas perderían. Había responsabilidades que no deberían ser cosa
de niños.
Absolven se movió un poco y Marley cargó contra él. La vio venir por el
rabillo del ojo, demasiado tarde, y desvió su atención del insecto metálico,
cambiando también su punto de apoyo, pero no fue suficiente. El cuerpo de
Marley, más pequeño, le golpeó todo lo bajo que pudo, e intentó empujar y
levantarlo con cada uno de sus doloridos músculos.
Absolven se volteó por encima de la barandilla al borde de la terraza.
Convirtió la pirueta en un salto controlado y, en el aire, se estiró para intentar
agarrarse al borde, pero Marley le había sorprendido por completo y le había
tirado demasiado lejos. La única ala funcional que le quedaba se estiró, pero
sola no servía para nada. Marley se quedó mirando, jadeante, mientras
desaparecía de su vista.
Se obligó a asomarse a mirar. Absolven cayó como una piedra, intentando
agarrarse al aire en silencio. Fue un segundo, quizá dos, pero duró
eternamente. Y cuando golpeó el suelo, nueve pisos más abajo, desapareció.
Marley se giró, moviéndose como si su cuerpo fuese el de otra persona. El
insecto de metal estaba mirando a las gemelas, que se habían acurrucado
juntas donde Marley las había dejado.
—Deshazte —murmuró, deseando que el monstruo artificial volviese a
convertirse en una pila de escombros. En cambio, las mandíbulas se
movieron lentamente—. El malo se ha ido. He hecho que se fuera —anunció
en voz alta. Las gemelas habían creado la criatura con su miedo y su rabia,
gracias a su extraño poder. El malo ya no estaba: si se tranquilizaban con ese
hecho, entonces su terrorífico amigo también desaparecería, ¿verdad?
Más allá del insecto de metal, donde había estado la escalera, Marley vio
una mano y luego la cabeza de pelo rizado de AT apareció en el borde de la
terraza. Se levantó por encima de la barandilla y Marley se preguntó si había
escalado la propia pared. Entonces todo se volvió mucho más surrealista:
Nod la seguía, y aunque era posible que AT hubiese escalado, estaba claro
que el perro había andado pared arriba. Detrás de Nod apareció la cola peluda
de Heart, que subía marcha atrás y, en efecto, arrastraba a Corbin de un
brazo.
Marley parpadeó y se sacudió la sensación de vértigo cuando Heart cambió
el sentido de su marcha. En último lugar subía Grim, cojeando hacia atrás y
gruñendo a una masa bulbosa gris-anaranjada: los últimos elementales de la
polución, todos amontonados en un mismo espacio.
Heart soltó a Corbin, que tosió y se sacudió el polvo. Marcas blancas
brillaban en el brazo, donde Heart le había sujetado.
—¿Absolven se ha ido? —preguntó AT, no muy convencida, mientras
observaba el insecto de metal.
—Sí. ¿Qué hacemos con los anuncios contra el tabaco? —dijo Marley,
señalando a los elementales.
AT apartó la mirada del insecto de metal —¿por qué no se estaba
descomponiendo?— y dijo:
—Los perros los mantendrán ocupados hasta que se les acabe la energía.
Quienes los invocaron se han escapado. —Parecía satisfecha consigo misma
—. ¿Qué es esa cosa? ¿Es…?
Marley se acercó a las gemelas y se agachó para poder abrazarlas.
—Todo va bien.
Ninguna de las gemelas sollozaba, pero por las mejillas de Kari seguían
rodando lágrimas. Las dos observaban al insecto de metal con ojos
aterrorizados y abiertos de par en par. Lissa apartó la mirada y puso una
manita fría en la mejilla de Marley.
—Marley, va a comernos.
Marley sintió una sensación de vacío en el estómago. Las mandíbulas de
metal volvieron a moverse, una y otra vez. Empezó a avanzar, cada pata
moviéndose de forma independiente.
Marley volvió a coger a las dos niñas. Esta vez, no se agarraron y el peso
muerto fue mucho más difícil de mover.
—¿Corbin? Lo han hecho las niñas. ¿Por qué no se ha deshecho cuando ha
desaparecido la amenaza?
—Son niñas. Casi todas las decisiones son subconscientes. —Chasqueó los
dedos en dirección a la monstruosidad de metal—. Pero el Silencio no
debería permitir que algo así de grande existiese durante mucho tiempo; es
raro.
Entonces se agotó el tiempo que tenían para hablar y los pasos vacilantes
de la pesadilla creada por las gemelas se convirtieron en el movimiento
rápido de un motor. Marley se dio la vuelta y echó a correr, alejándose del
borde de la terraza porque era muy consciente de las consecuencias que
podría tener un buen golpe. El edificio tenía dos plantas más hacia arriba;
tenía que haber otra salida en este nivel, ¿verdad? Pero lo único que vio fue
un pequeño montacargas y las puertas no se abrían.
Pulsó frenéticamente el botón del montacargas y luego se concentró en
tranquilizar a las gemelas. Lo que de verdad quería era darse la vuelta y
observar la cosa que se les venía encima, pero los niños no miraban debajo de
la cama para ver a los monstruos imaginarios, ¿verdad? Sabían que estaban
allí y se protegían de ellos, escondiendo la cabeza debajo de las mantas. Por
eso se acurrucó con las gemelas junto a la puerta del montacargas y les
susurró todas las palabras reconfortantes que se le ocurrieron.
Los chirridos y traqueteos se acercaron. Se oyó el gañido de un perro
herido y entonces el sonido de metal contra metal cambió.
—¡Eh! —gritó AT—. ¡No voy a dejar que te salgas con la tuya!
Marley se giró para ver lo que pasaba. AT estaba detrás del insecto de
metal, sujetándolo por una de sus patas rotas. Desprendía un suave brillo que
la iluminaba sin proyectar sombras sobre su cuerpo, pero la oscuridad se
curvaba lejos de ella, una única silueta negra con la forma de un lobo.
Ninguno de sus perros estaba a la vista.
El insecto de metal se volvió contra ella. Marley sujetó a las gemelas, que
lloraban histéricas, y observó la lucha entre la pesadilla y la chica de los
perros. La terraza, que ya estaba desordenada, quedó devastada. Durante lo
que pareció ser una eternidad, AT esquivó y se lanzó contra el monstruo, y
las mandíbulas de la sombra del lobo retorcieron el metal como si fuesen
igual de reales que sus manos. Poco a poco, las barras y los soportes del
exoesqueleto se desmoronaron, pero la esencia de la criatura siguió
moviéndose, sin inmutarse, intocable. Marley estaba paralizada, preocupada
por la posibilidad de que atacar a la pesadilla que habían creado pudiese herir
a las niñas y aterrorizada por las consecuencias de no detenerla. Respiró
hondo e intentó concentrarse.
Las gemelas no estaban a salvo. Un monstruo creado por su propio terror
podría hacerles daño.
Sin embargo, el monstruo centraba su atención en AT, atacándola con una
pinza de metal…
Marley gritó cuando algo invisible le perforó el hombro. Tenía la piel
ardiendo y su visión se difuminó en tonos de rojo y negro. Alguna otra cosa
le hizo un corte en la espalda y rompió a llorar. Sujetó a las gemelas,
aterradas, contra sí mientras caía de rodillas, luchando por respirar. El dolor
venía de AT. Su protección se estaba quebrando y canalizaba el daño que no
podía evitar directamente hacia ella. La criatura era demasiado fuerte, o ella
era demasiado débil. Estaba mareada y sentía que no daba más de sí.
—¡Lo siento mucho! —Marley oyó el grito angustiado de AT justo cuando
los brazos de Corbin la estrechaban, sujetándolas a las tres—. Tengo que…
Es… —continuó AT por encima del estruendo del metal.
Marley gimió y apretó la cabeza contra el brazo de Corbin. Podía notar
cómo su poder empezaba a disolverse y eso dolía casi tanto como las heridas
canalizadas.
—Ya no quiero tu escudo, Marley. —Cuando AT volvió a hablar, Marley
la oyó claramente, como si hablase por un intercomunicador—. Hay otra
manera.
La protección que quedaba sobre la adolescente se disolvió y entones AT
estaba en peligro. AT iba a ser destruida. Marley volvió a gritar, un grito de
negación y frustración, e intentó escapar de los brazos de Corbin, que la
sujetaban. Le estaba diciendo algo que no entendía, pero tampoco le
importaba.
—¡Padre! —gritó AT—. ¡Ayúdame!
Marley se quedó paralizada y sintió un escalofrío cuando los brazos de
Corbin aflojaron su presa.
—No… —murmuró.
Durante un largo momento, la lucha entre la pesadilla metálica de las
gemelas y AT prosiguió y cada corte, cada golpe que se llevaba AT conducía
a la siguiente herida a medida que se cansaba. Sin embargo, cada vez que el
monstruo se cansaba de ella y se volvía hacia las gemelas, AT lo sujetaba,
gritando.
—¿Por qué no? —Marley agarró el brazo de Corbin—. ¿Qué está pasando?
¡Dime qué está pasando! —Pero Corbin se limitó a sacudir la cabeza,
hablando en susurros consigo mismo y moviendo una mano en un gesto
reflejo.
Entonces se abrió un agujero en el mundo y la figura de un hombre lo
atravesó. Se paró solo un instante para evaluar la situación y luego se dirigió
a donde Marley se acurrucaba contra Corbin junto a las gemelas. Se agachó y
puso una mano en la frente a cada una de las aterrorizadas niñas. Marley se
tambaleó, sintió una oleada de vértigo cuando las sensaciones de «a salvo» y
«en peligro» dieron vueltas a su alrededor y, de repente, las gemelas, que
estaban rígidas y se agarraban a ella con miedo, se desplomaron en sus
brazos.
El monstruo de metal se derrumbó sobre sí mismo y cayó en un montón
cuando la sombra sangrienta se difuminó y se convirtió en una silueta normal.
Dormidas. Las gemelas estaban profundamente dormidas.
Marley las atrajo hacia sí. AT, que estaba en cuclillas al otro lado del
montón de metal, cubierta de su propia sangre, se tambaleó y se vino abajo.
Cuando la figura se puso de pie, Corbin se tensó y Marley se dio cuenta de
quién era: Severin, el kaiju.
—¿Tú eres su padre?
—Claro que no. —Severin solo le dedicó una mirada—. Pero oí su
llamada, y sé que su padre apreciará el favor de haber intervenido en su lugar.
—Se acercó al lugar donde yacía AT y volvió a agacharse, comprobando sus
heridas.
—¿Es muy grave? —preguntó Marley.
—Nada que un poco de cuidado paterno no pueda arreglar. —Cogió a AT
en brazos y se giró. Cuando lo hizo, un desgarrón en el mundo abrió un portal
hacia el Trasmundo.
—¡Espera! ¿A dónde la llevas? —Marley dejó que las gemelas durmientes
resbalasen de sus brazos e intentó ir en pos de Severin. Él le dirigió una
mirada impasible y cruzó la puerta, que se cerró a sus espaldas.
—La lleva con su padre —dijo Corbin, con voz cansada.
—¡No! Ella no quiere… ¿Cómo puedes quedarte ahí quieto?
—¿Qué quieres que haga? —gruñó Corbin— ¿Crees que puedes salvar a
todo el mundo? Se ha puesto en manos de su padre para salvarnos. —Le
lanzó una mirada hostil y luego respiró hondo—. Cuidará de ella hasta que
vuelva a estar bien. Ahora mismo, está más segura con él que en ningún otro
sitio.
—No sé si tienes razón. —Marley sacudió la cabeza lentamente—. Creo
que…
Corbin la sujetó por los hombros y la sacudió suavemente.
—¡Entonces es un destino peor que la muerte! Pero es lo que ella ha
elegido, ¿lo entiendes? Porque no quería que muriésemos. Te rechazó porque
no quería que murieses. —Resopló y la miró con los ojos entrecerrados—.
Ninguna de las dos tiene el más mínimo sentido de supervivencia. No sabéis
escapar cuando la situación os viene grande.
—Tú también sigues aquí —susurró ella.
—Es diferente —murmuró. Sus manos la sujetaban por los hombros con
firmeza y Marley observó las expresiones que recorrieron su rostro. Estaba
muy cerca. Sintió una repentina calidez surgiendo del caos de emociones que
había en su interior…
Y la calidez se enfrió como el hielo cuando oyó la voz de Severin.
—Sus motivos son tan egoístas como los tuyos, cariño.
Corbin apartó la mirada de su cara, pero sus manos no se movieron de sus
hombros.
—¿Qué haces otra vez aquí? —Su voz podría haber cortado el acero.
Severin, que ya no cargaba con AT, se acercó a donde estaban las gemelas.
Marley se apartó de Corbin y se lanzó para ponerse entre las niñas y Severin.
—Ya te he dicho que tú siempre estás entre ellas y el mundo —dijo con
impaciencia—. ¿De verdad vas a impedirme que las despierte? Dejarlas
dormidas sería todavía más peligroso.
—¿No van a despertarse solas? —Marley se sentía torpe y confusa, sin
poder ignorar la tensión que existía entre Corbin y Severin y siendo
consciente de que las posibilidades de que Corbin fuese herido aumentaban
de forma dramática cada vez que Severin estaba cerca.
—Sí, lo harán. Su poder quemará todas las barreras. Y una vez que el fuego
empiece a arder, como ya has visto, les resulta muy difícil detenerlo. Es
mejor si no necesitan usarlo. —Enarcó una ceja—. Por eso quiero
despertarlas antes de que su poder lo haga. Apártate.
Con la respiración entrecortada, Marley se hizo a un lado.
CApItuLo 3

Severin se agachó delante de las niñas y colocó una mano en la frente de


cada una de ellas. Su respiración se alteró y él se levantó y dio un paso hacia
atrás con rapidez, antes de que pudiesen abrir los ojos.
Kari se incorporó parpadeando.
—He tenido una pesadilla. —Vio a Severin y retrocedió, empujando a
Lissa para que despertase también. Marley se arrodilló junto a ellas para
intentar reconfortarlas. Lissa abrió los ojos y miró directamente a Severin.
Él apartó la mirada para fijar su atención en Corbin, que no había parado de
vigilarlo desde su aparición; su cuerpo estaba tenso e inmóvil. Marley estaba
convencida de que en unos instantes se desataría una pelea.
Marley examinó a Corbin con el corazón en la garganta en busca de algo,
cualquier cosa que pudiese hacer para detenerlo.
—Ni se te ocurra —dijo Corbin, y volvió la espalda. Los labios de Severin
se curvaron y Corbin sacudió los hombros; de repente, Marley estuvo segura
de que Severin hablaba con Corbin dentro de su cabeza, como había hecho
una vez con ella.
—No le escuches —le dijo sin pensar.
Severin le hizo un gesto desdeñoso con la mano y susurró:
—¡Corre!
Las niñas se retorcieron, incómodas, bajo las manos de Marley.
—No queremos más pesadillas… —murmuró Kari—. Él no nos gusta.
Se escuchó una vibración electrónica. Al principio, Marley interpretó el
sonido como un timbre: se acabó el tiempo. «Listo, entregadme ya vuestros
exámenes.» Luego, con un sobresalto, buscó su teléfono. Era Branwyn.
Respondió.
—No me pillas en un buen momento —comenzó a decir.
—Parece que últimamente nunca es un buen momento, ¿no? —dijo
Branwyn. Su voz sonaba cansada—. Yo tampoco estoy en un buen momento.
Penny está en una situación… complicada.
—Bran, estoy… estoy intentando ayudar —respondió Marley, afligida.
—¿Ah, sí? ¿Desde donde sea que estés? Eso tiene gracia. ¿Cómo? —Sin
siquiera esperar una respuesta, continuó —: Tenemos que hablar sobre tus
nuevos amigos, Marley. He oído cosas.
—¿Tiene que ser ahora? Algo terrible le acaba de pasar a una de mis
amigas y estoy preocupada por otra.
—Ah —dijo Branwyn, y la rabia y el cansancio de su voz fueron
sustituidos por la duda. Una voz masculina dijo algo al fondo y se escuchó un
ruido sordo cuando el teléfono cambió de manos. Sin embargo, la nueva voz
al otro lado de la línea dejó a Marley sin respiración.
—Marley, tenías razón. Branwyn es toda una chica de acción. Aunque está
un poco ocupada para poder ayudarnos ahora. ¿Puedes venir y unirte a
nosotros? —Era la voz de sus sueños, la voz aguda de Cencerrillo. Y en ese
instante se cortó la llamada.

El olvido retumbó en los oídos de Marley durante largo rato mientras


miraba, impactada, al teléfono. El mundo se estaba volviendo del revés. No
estaba dormida. Entonces, la mano de Corbin se cerró sobre su hombro.
—Oye —dijo bruscamente—. ¿Qué ocurre? —No pudo responder. Ni
siquiera fue capaz de encontrar las palabras.
—Tarn —gruñó Severin.
Las piernas de Marley empezaron a temblar y Corbin la bajó hasta el suelo.
Intentó decirle que estaba bien:
—Yo… yo…
Las niñas agarraron sus manos fuertemente y no pudo pensar en otra cosa
que en las muñecas de hadas amarradas con cuerdas. ¿Desde cuándo…?
Severin apareció en su campo de visión, agachándose de nuevo. Se estiró
por encima de Corbin para levantar la barbilla de Marley.
—Estaré por aquí, cariño. Espero que puedas mantenerte en pie, porque si
no, si flaqueas, eres mía. —Le guiñó el ojo—. Solo para que tengas una
pequeña motivación.
Corbin alejó de ella sus manos y se oyó el ruido de un forcejeo. Pero a
pesar de que su vista no alcanzaba hasta donde se encontraban, los sentía
muy cerca de ella. Podía sentir los ojos de Severin puestos en ella y pensó
que siempre estarían ahí, incluso en sus sueños… y el olvido acabó por
abrumarla.
Se sentó en la cama con Neath sobre su regazo. En cuanto acarició al gato,
comenzó a crecer.
—Lo sabías —susurró Marley—. Sabías que no pertenecía a este lugar.
¿De dónde viniste, gatita?
La gata, ahora del tamaño de un gato montés, movió los ojos rápidamente y
ronroneó como respuesta.
Las cortinas estaban echadas, la puerta cerrada y no había nada más con
ellas. Poco a poco, aquella ausencia comenzó a asustarla. El hada estaba en
otro lugar.
Abrió los ojos. Se encontraba en un vestíbulo vacío, estirada en un sofá.
Las niñas, arrodilladas en el suelo junto a ella, no le soltaban las manos.
—Hadas —dijo—. Llevo soñando con un hada desde que empezó todo
esto. —Miró por encima de las niñas, al lugar en el que Corbin estaba
dejando su teléfono—. ¿Dónde estamos? Tengo que encontrar a Branwyn.
¿Puedes llevarnos por el Trasmundo?
—No, no puedo. He llamado un coche. ¿Qué tal estás? ¿Qué ha ocurrido
ahí arriba?
—Utilizar el encantamiento de un demonio mientras te persiguen
monstruos es agotador. —Trató de esbozar una débil sonrisa. Era mejor que
decir que se había desmayado del impacto.
—Ya lo vi. Y el otro encantamiento nuevo. Magia celestial. Déjame
adivinar: te encontraste con Ettoriel y AT te presentó a Tia.
—Sí —dijo Marley. Solo con pensar en AT le entraban ganas de llorar—.
¿Puedes eliminar la maldición?
La miró, incómodo.
—En las últimas veinticuatro horas, no me he vuelto más rápido a la hora
de preparar grandes hechizos rituales. Para cuando consiga eliminarla, ya
podría haberse debilitado por sí misma. —Añadió—: De todos modos, parece
que lo aguantas bien. Sigue así. ¿Qué decías sobre hadas?
—Dijiste que había una ilusión realizada por hadas sobre Absolven. He
estado hablando con un hada en sueños desde que todo esto comenzó.
Corbin la observó pensativo.
—¿Cómo sabes que es un hada?
—¿Porque medía quince centímetros y parecía una versión masculina de
Campanilla? Cencerrillo, se hace llamar. —Observó que Corbin adoptaba una
expresión escéptica—. Era un sueño —le espetó—, dudo que el interior de mi
mente parezca el dormitorio de una niña o que Neath sea en realidad del
tamaño de un gato montés. —Miró a su alrededor—. A todo esto, ¿dónde está
Neath?
—La tengo yo. Y tu bolsa también —dijo Kari, levantando la bola de pelo
dormida sobre su regazo—.Corbin quería haberla dejado allí arriba —dijo en
tono acusador.
Marley dirigió una mirada curiosa hacia Corbin mientras cogía a la gata.
Parecía irritado.
—Lo que quería era que estas dos preciosidades no se alejasen corriendo de
mí, sobre todo mientras tenía las manos ocupadas contigo. —Sus labios se
tensaron y miró hacia la calle a través de las ventanas de las puertas de cristal.
—Marley no deja a nadie atrás —dijo Kari, como si fuese todo lo que
hiciese falta decir.
—Sí… —dijo Marley, mirando a Corbin, pensativa. Entonces, toqueteó a
la gata, que seguía dormida, hasta que emitió un gruñido en señal de protesta
y clavó una de sus zarpas en la pierna de Marley—. ¿Te parece que esté más
grande?
—¿Y qué hay de ese hada?—insistió Corbin.
—El ente de mi sueño, fuese lo que fuere, me habló a través del teléfono de
Branwyn. Le pasó el teléfono a él. Está con ella ahora, algo que no me gusta
en absoluto. ¡Quería protegerla! —La desagradable vocecilla en el interior de
su cabeza señaló: «Ella no quería que la protegieses»—. Tengo que ir a por
Branwyn, está en casa de Penny. ¿Dónde está el coche?
—¿En casa de Penny? ¿Te refieres al lugar de donde os tuve que rescatar?
—Sí —dijo Marley poniéndose en pie.
—¿La casa de la chica a la que el ángel usa como canal? —Corbin parecía
muy enfadado.
La ira de Marley empezó a fluir poco a poco.
—¿A cuántos amigos más quieres que pierda por esto?
—¡Marley, esto no es ningún juego! No puedes hacer nada por ellas; no
puedes salvarlas poniéndote en peligro.
—¡Eso no lo sabes! ¡Tengo que intentarlo!
—¿Igual que hiciste aquí? Y ahora AT ha desparecido.
Marley se estremeció como si la hubiesen abofeteado y añadió:
—Te tiraría por el balcón, cabrón. No puedo creerme que la cambiase por
ti.
—Ni yo —le espetó—. No te pedí que lo hicieses.
—¿Por qué te molestas siquiera en ayudarme? —Le observó con recelo—.
Ese imbécil de Severin dijo algo…
Corbin entrecerró los ojos.
—Zachariah me utilizó. Por su culpa hirieron gravemente a mis amigos.
Necesito entender por qué. Y necesito tener unas palabras con él sobre su
comportamiento. Eso es todo.
—Ah. Entonces la venganza por los amigos caídos es mucho mejor que
intentar impedir que algo ocurra, que proteger a personas. Gracias. Ahora sí
que me voy a por él, por Penny y AT. ¿Te vas a interponer en mi camino?
—Pero fuimos nosotras las que hicimos daño a AT —dijo Lissa con voz
queda.
El mundo se retorció y se estiró. Todo estaba mal. El espacio que la
rodeaba se distorsionó.
La maldición la golpeó.
Se escuchó un fuerte zumbido y se cortó toda la energía del edificio. Las
luces, que estaban a media potencia, se apagaron y apareció el amargo olor a
goma de un incendio de origen eléctrico. Apenas segundos después, empezó
a salir humo de un conducto de ventilación.
Corbin maldijo mientras recogía las cosas de Marley y le agarraba el
hombro para arrastrarla al exterior del edificio. Se detuvo junto a la alarma de
incendios lo suficiente como para tirar de ella. Gracias al sonido metálico,
Marley pudo sacudirse los efectos secundarios de la maldición que la poseía
y se dio cuenta de que ella estaba arrastrando a las niñas del mismo modo que
Corbin la arrastraba a ella.
Ya en la acera, Kari rompió a llorar.
—¿Por qué lo rompemos todo? —La calle estaba prácticamente desierta;
algunos coches pasaron a cierta distancia y un peatón les adelantó corriendo
para después desvanecerse tras la esquina de la manzana. Parecía un
escenario postapocalíptico e inquietante.
La mirada de Corbin se posó en las niñas.
—La Máquina a la que recurrí no mencionó nada de romper el Silencio. Y
el Silencio no parece afectar en absoluto a su magia. Ese constructo era
impermeable. Me pregunto si… —su voz se apagó.
Marley recordó lo que había descubierto en el tejado: que las niñas eran
una especie de horizonte de sucesos para las Máquinas celestiales. Golpeó a
Corbin en el pecho, apartándole de ella.
—Ni se te ocurra —le gruñó—. No son más que niñas.
Corbin la miró, todo rabia y energía contenida. Durante un momento, se
preguntó si en realidad acabaría teniendo una pelea física con él. En la
distancia, en las brumas del miedo y la valentía que ahora componían lo que
irónicamente podía llamarse su mente, recordó que, solo unos minutos antes,
estaba preocupada porque él se enfrentase con Severin. Sabía que estaba
siendo completamente irracional, pero ya no podía obligarse a que le
importara. El ser racional no había salvado a nadie.
Una limusina negra se deslizó hasta la acera. La puerta trasera se abrió de
golpe. Corbin alternó la mirada entre ella y el vehículo y, a continuación,
suspiró y murmuró:
—Sube.
CApItuLo 4

El camino a casa de Penny fue demasiado largo y el silencio se hizo


incómodo. Las niñas no protestaron por la falta de asientos de seguridad,
como habían hecho otras veces. No hablaron. No jugaron con los botones de
la limusina. Ni siquiera lloraron. Simplemente se quedaron sentadas, con la
mirada perdida en la ventana.
Marley sintió que debería enfrentarse a sus temores, pero tenía la cabeza
llena de fogonazos que chisporroteaban y enseguida se apagaban. No sabía
qué decir. Casi no sabía quién era. Intentó concentrarse en controlar la
maldición para que la limusina no sufriese un accidente brutal y sintió cómo
le agotaba reprimirla.
Por fuera, la casa de Penny parecía completamente normal. El coche de
Branwyn estaba aparcado junto al de Penny y las persianas estaban bajadas
para ahuyentar el sol de la tarde. El barrio de Penny mostraba más signos de
vida que la calle en la que había encontrado a Corbin, aunque la mayoría de
la gente se quedaba en sus casas para evitar el humo. Los incendios habían
descendido tanto por la montaña que ya no se veía la línea naranja del frente,
sino solo la ceniza negra que indicaba el rastro de las llamas.
Salieron de la limusina. Corbin se detuvo para intercambiar unas palabras
con el conductor, que dejó el coche arrancado. Luego alzó la mirada hacia las
montañas calcinadas y parpadeó.
—Creo que tienes razón —dijo en voz baja.
—¿Sobre qué?
—Las hadas. —Agitó la cabeza—. Sé que hay otros ángeles metidos en
esto, pero no creo que fuesen ellos quienes estaban en la terraza,
aprovechando la contaminación. La magia de las hadas es elemental y se rige
por la Alianza, no por el Silencio. —Marley se lo quedó mirando y él volvió
a sacudir la cabeza—. Vamos a ver a tu amiga.
Sin embargo, cuando llamaron a la puerta, nadie contestó. Marley intentó
abrir, y luego buscó su propia llave de la casa. Antes de que consiguiese
encontrarla, Kari extendió la mano y tocó el picaporte. Se oyó un clic.
Marley dio un apretón a la otra mano de Kari y abrió la puerta.
—¿Penny? ¿Branwyn? —llamó al entrar. No esperaba respuesta y no la
obtuvo. Recorrió el corto vestíbulo y se dirigió hacia el salón, con el terror
casi paralizándole las piernas.
Estaba vacío. Toda la casa estaba vacía. Estaba muy ordenada, como el
modelo de casa perfecta que les gustaba a los padres de Penny, pero su hija
perfecta había desaparecido.
—¿Estás segura de que estaban aquí? —preguntó Corbin, saliendo de la
cocina.
—Lo estaba… —Marley frunció el ceño. ¿Branwyn se lo había dicho?
—Marley —dijo Lissa. Estaba señalando una delicada esfera transparente,
en equilibrio junto a una foto en la que aparecían Marley, Penny y Branwyn
juntas, riéndose. Marley se la quedó mirando, paralizada, y luego se apresuró
a cogerla.
Explotó nada más tocarla y pudo ver la habitación tal y como había sido.
Penny estaba tumbada en el sofá, tan pálida que parecía translúcida.
Branwyn estaba de pie a su lado, orgullosa y enfadada, enfrentándose a algo
que Marley no podía ver bien. La luz se fragmentaba a su alrededor, igual
que había pasado con las figuras que controlaban los elementales de
contaminación en la terraza del edificio.
—No puedo creer que no me lo dijera —dijo Branwyn. Y entonces,
superpuesto sobre la escena, como si de una fotografía con doble exposición
se tratase, se hizo un agujero en el mundo. Un hada con alas lo cruzó
revoloteando.
La visión desapareció y dejó a Marley con la respiración entrecortada.
—Se las ha llevado. Cencerrillo se los ha llevado a todos: a Zachariah, a
Penny, a Branwyn… Incluso hemos hablado de que las hadas roban a la
gente.
—La magia elemental de las hadas podría estar protegiendo a Ettoriel de
los efectos del Silencio —dijo Corbin, lentamente—. Ese incendio está
generando cantidades ingentes de poder. Pero ¿por qué iban a ayudar a un
ángel? La Alianza les limita mucho y odian a los ángeles por imponérsela. Y
los ángeles odian la magia de las hadas porque es parásita, así que ¿por qué?
—¿Desesperación? Yo utilizaría cualquier poder que estuviese ahora a mi
alcance. —Negó con la cabeza—. No lo sé. No entiendo nada. Pero sí sé que
tengo que encontrar respuestas. —Se arrodilló junto a Kari—. Una vez
encontraste una puerta en el fuego. ¿Puedes encontrar una puerta que vaya a
donde viven las hadas en el Trasmundo? —Muy despacio, Kari asintió.
Marley respiró hondo—. ¿Puedes abrirla?
—¿Está ahí el tío Zach? —Kari dudó.
—Sí —dijo Marley, totalmente convencida.
La mirada de Kari se perdió en la distancia.
—Marley —dijo Corbin en voz baja—, el evento de valencia tendrá lugar
pronto. Técnicamente, ya estás ganando manteniéndote con vida. En uno o
dos días, volverás a tener tiempo. —Marley ni siquiera le miró. Mantuvo la
vista fija en el punto que Kari estaba observando. Corbin suspiró y dijo—:
Ya, claro.
Entonces Kari tocó un punto en el aire con el dedo, y el punto destelló. Era
diferente a los agujeros que AT y Severin abrían en el mundo. Este parecía un
relámpago, con chispas que sugerían que la delgada membrana entre «aquí» y
«allí» se estaba derritiendo con el calor provocado por el toque de Kari. No
parecía que fuese el tipo de agujero que volvía a cerrarse con facilidad.
Bueno, qué remedio.
—Vamos a entrar y a ver qué es lo que hay. Y, si lo que vemos no nos
gusta, volveremos a salir al momento. —Marley no estaba segura de si
intentaba tranquilizar a Corbin, a las niñas o a sí misma. Respiró hondo y
extendió las manos hacia las pequeñas.
Entonces cruzó. De pronto, justo cuando atravesaba la barrera destrozada,
Corbin dijo:
—Marley, espera…
Pero no esperó. El mundo al otro lado no era el pasillo blanco y uniforme
por el que AT le había guiado antes. Era una habitación grande y la luz tenue
de la lámpara acariciaba ricas texturas. Los pies de Marley se hundieron en
alfombras mullidas y el aire especiado le hizo cosquillas en la nariz. Una tela
brillante cubría las paredes y teñía la luz que emanaba de varios pares de
lámparas de espejo montados en huecos superficiales de las paredes.
En un arco al otro lado de la habitación se dibujaba una silueta alta, con el
pelo oscuro, los hombros anchos y los rasgos familiares. Era Zachariah. Kari
primero y Lissa después dieron un gritito y se soltaron. Antes de que Marley
pudiese apreciar donde estaban de verdad, las dos corrían hacia adelante.
De pronto, todo empezó a ir mal. Se produjo un destello blanco que crepitó
alrededor de las niñas y Marley gritó cuando algo le arrancó las gemelas con
la fuerza de un tsunami. Un precipicio se abrió entre ellas y las gemelas
quedaron al otro lado, cada vez más lejos.
Esa persona no era Zachariah.
El mundo se puso del revés. La maldición se desencadenó y todo se
convirtió en una serie de imágenes y sensaciones inconexas.
La habitación se desintegró a su alrededor, con fragmentos de luz y color
volando en todas direcciones. Una mano gigante, invisible, la golpeó en el
aire. Salió despedida hacia atrás y luego cayó.
Estaba cayendo.
Unos cuchillos se le clavaron en el brazo y algo maulló.
Sin tener conciencia plena del momento de transición, la caída se ralentizó
como si se estuviese hundiendo en el agua y luego, con la misma delicadeza
que si se hubiese echado, se detuvo en una superficie. Había algo cálido sobre
su pecho.
Marley no podía ver a causa de las lágrimas. Las gemelas estaban fuera de
su protección, aunque aún podía sentirlas, al igual que el peligro terrible que
las acechaba. ¿Qué había pasado?
Se acordó de que AT le había dicho que en el Trasmundo había cosas que
podían controlar su percepción. ¿Habían desaparecido de verdad las niñas?
Se frotó los ojos con las manos.
Neath estaba sentada sobre su pecho y volvía a ser del tamaño de un lince.
Marley estaba tumbada en un cojín gigante de terciopelo, apoyado contra una
pared decorada con tonos de bronce y verde. Era el mismo lugar al que había
ido a parar al atravesar el portal de Kari hacia el Trasmundo y no quedaba
rastro de lo que fuese que había ocurrido. Sin embargo, le dolía todo, como si
hubiese estado en medio de una explosión.
Las gemelas no estaban por ninguna parte, pero la figura que tan parecida a
Zachariah le había resultado seguía presente. La única puerta que conectaba
la habitación estaba a sus espaldas, y no quedaba ni rastro del portal que
había abierto Kari.
Todavía atontada, miró al hombre a medida que este se acercaba. El
parecido con Zachariah iba más allá de su constitución y su altura: tenía su
mismo pelo y sus rasgos tenían un parecido familiar. Este hombre era incluso
más atractivo: rebosaba un magnetismo que Zachariah apenas podía imitar.
—Venga, levántate. —Exhaló con un suspiro y le dedicó una sonrisa—.
Llevamos mucho tiempo esperándote.
La voz también le era conocida. Era más profunda que la de Zachariah y
arrastraba las palabras de una forma que indicaba que no esperaba mucho de
ella, aunque el significado instase a la acción.
Marley ladeó la cabeza, que todavía le daba vueltas, e intentó entender
quién era. Se parecía a Zachariah, sí, pero eso no era lo único que le sonaba
de él.
—¿Quién eres? —susurró.
Él extendió la mano y flexionó los dedos. El aire alrededor de la mano
onduló, y apareció una pequeña figura con alas. Dobló la mano y la pequeña
figura se inclinó. Movió dos dedos y la figura abrió la boca como si estuviese
hablando.
Era Cencerrillo. Cencerrillo, el duendecillo adorable, no era otra cosa que
la marioneta del hombre que estaba frente a ella. Había hecho todo lo posible
por atraerla a sus dominios y, cuando lo había conseguido, le había quitado a
las gemelas.
Una parte de ella sentía el deber de levantarse, enfurecerse, atacarle. Otra
parte quería llorar y acurrucarse en una esquina. El resto hizo que se pusiese
de pie. El enorme gato que estaba sentado sobre ella cayó al suelo de pie y se
frotó contra sus piernas.
—Tú te los llevaste. Te los llevaste a todos. A Zachariah. A Branwyn y a
Penny. A las niñas. ¿Dónde están?
—Algunos están aquí, otros están allí. ¿Qué importa eso ahora? Los has
perdido. —El muy capullo no perdió la sonrisilla.
—No, tú me los has robado. Es distinto.
—¿Lo es? —La sonrisa se ensanchó.
Marley se detuvo un momento para consultar su sentido de protección. Las
niñas aún estaban vivas, aunque corrían grave peligro. Creyó que estaban
dormidas. Tenía una sensación vaga de que estaban «por ahí», pero no tenía
ni idea de en qué dirección estaba «por ahí». Hizo un gesto hacia la puerta
detrás del hombre.
—¿Es esa la salida?
—Debo informarte de que no hay salida. —La sonrisa flaqueó.
Marley estaba cansada. Los acontecimientos recientes la habían dejado
completamente agotada, pero aun así puso los brazos en jarras.
—¿Estás intentando intimidarme? Porque eres un hombre que se esconde
detrás de un duendecillo de quince centímetros. Ayer por la noche, alguien
trató de arrancarme el alma, así que vas a tener que seguir intentándolo.
El hombre ladeó la cabeza sin dejar de observarla. El mundo volvió a
retorcerse y Marley perdió el equilibrio. Algo frío y duro le sujetó una
muñeca y luego la otra.
El mundo volvió a su posición natural con un tirón brusco en sus hombros.
Esta vez estaba colgada de los brazos, con los pies a unos centímetros del
suelo. Según lo que podía ver, tenía las muñecas sujetas sobre su cabeza por
unas manos de hierro que salían de la pared.
—No está mal —jadeó Marley. Le dolían los hombros y no podía mantener
la cabeza recta.
—No puedo dejar que te vayas así como así —dijo el hada. Volvió a
suspirar y la pequeña marioneta cruzó los brazos y dio golpecitos con el pie.
Marley se preguntó si siempre tenía la marioneta a mano, como un
ventrílocuo. La idea era desagradable. Insoportable. Se estremeció.
Entonces la marioneta se desvaneció y el hombre alto dijo:
—Estás agotada y confusa, querida. Si hubieras venido antes, podrías haber
descansado entre tu caída y el final de nuestra pequeña obra de teatro. —Sus
ojos se apartaron de ella y encontraron a la gata, tensa a un lado y gruñendo
por lo bajo—. Tu maldito guardián ha retrasado un poco las cosas. ¿Es un
constructo de tu madre, quizá? —Su mirada volvió a encontrarla. Tenía los
ojos desiguales, uno verde y otro marrón—. Pero has venido de todas formas.
—Me hubieras atraído mucho más rápido si hubieses puesto un cartel que
dijese «AQUÍ ESTÁ ZACHARIAH» junto a una puerta abierta.
—Pero entonces nos hubiéramos perdido todas nuestras maravillosas
conversaciones. Las he disfrutado, a pesar de esa cosa. —Hizo un gesto
señalando a Neath.
—Quieres decir que disfrutaste mintiéndome. De todas formas, ¿quién
demonios eres?
—Soy Tarn, el Duque de la Luz del Submundo y el Amo de los Salones del
Atardecer. —Hizo una pequeña reverencia—. Este es mi Salón de
Terciopelo, y aquí está mi corte.
CApItuLo 5

Marley tomó conciencia de la sensación de estar siendo observada por


docenas de ojos. Las miradas suponían una presión, una presión familiar que
había estado sintiendo durante los últimos días, en casa de Zachariah y de
Penny. Pares de ojos invisibles que la vigilaban desde todos los ángulos. Sin
embargo, esta vez los ojos no eran invisibles, sino que destellaban entre las
sombras proyectadas por los adornos colgados en la pared.
Marley se retorció, sujeta por los grilletes metálicos. La presencia de
numerosos observadores le hacía sentir aún más indefensa. Se preguntaba si
Severin cumpliría realmente sus amenazas y la reclamaría si fallaba. Se
preguntaba si ese Tarn se lo permitiría. ¿Pelearían? Estaba bastante segura de
que eso no le haría ningún bien. ¿Y si se unían contra ella?
La negrura invadió su campo de visión. La maldición se había disparado
hacía solo un momento, pero ya estaba volviendo a crecer. No tenía un
recuerdo exacto de qué había ocurrido en ese horrible momento en que le
habían quitado las gemelas y el mundo se había puesto del revés. No sabía
qué era lo que se había roto, ni dónde, pero había sentido cómo la golpeaba y
la recorría. ¿Qué destruiría la próxima vez?
Tarn la miró fijamente, con calma. Poco a poco fue notando la susurrante
expectación entre las hadas semiocultas entre las sombras. Esperaban a que
ocurriese algo. ¿Iba a aparecer Ettoriel para terminar el trabajo que su
maldición no terminaba de lograr? ¿Estaría ante una extraña forma de tortura
propia de las hadas?
—Me duelen los brazos —dijo—. Siento haber pedido que te esforzases
más para intimidarme.
—No pareces demasiado intimidada —señaló Tarn—. He de decir que
Branwyn, la Chica de Acción, reaccionó de una forma mucho más… curiosa
que tú ante la situación.
De repente, lo comprendió.
—Quieres soltar un sermón. Aunque necesitas un gato para eso. Neath, te
toca: arrímate a él. —Se sintió abrumada por el cansancio.
Tarn se rio en alto y chasqueó los dedos. Un reposapiés tapizado apareció
bajo los pies de Marley, de modo que, aunque seguía encadenada por las
muñecas, estas no tenían que seguir soportando su peso.
—A ambos nos decepcionaría si te dejásemos abandonada para que te
pudrieses encarcelada. La Luz del Submundo es muy aburrida últimamente,
incluso la Corte de Terciopelo.
Marley examinó la sombría estancia que la rodeaba.
—¿Hay algo aquí que de verdad sea real?
Tarn se acercó a ella.
—Yo lo soy.
—¿Y ellos? —Señaló con la barbilla los ojos que había entre las sombras.
Se movieron de sitio, parpadeando.
—Lo suficientemente reales.
—Pero esta Corte de Terciopelo no es real. Así es como eliminaste a las
niñas.
—El espacio es maleable, sobre todo aquí. —Echó un vistazo a su
alrededor con cariño—. Nos ha funcionado bien durante años.
Marley estiró y movió las manos, preguntándose si podría liberarlas. ¿Qué
haría después? Incluso aunque esquivase a unos cuantos observadores y
llegase hasta la puerta, seguiría atrapada en ese mundo flexible, sin ninguna
pista sobre cómo recuperar a las niñas. No, la única salida era jugar a su
juego. Quizá podría arrancarle alguna clase de concesión si seguía hablando,
si lo entretenía.
—Entonces, ¿tú también crees que las niñas son peligrosas? ¿Por eso
ayudas a Ettoriel?
Tarn se rio de nuevo, con un sonido rico y lleno.
—Sé que son peligrosas. Su marca no desaparecerá del sustrato de mi reino
hasta dentro de muchos años. No lo viste, pero cuando nos las llevamos, el
mundo se separó de ellas, como el agua y el aceite.
Marley recordó el destello blanco que había visto cuando la maldición la
golpeó y se preguntó si lo que había visto al fin y al cabo era el paso de las
gemelas.
—Bien —dijo ella, y no se molestó en ocultar el placer vengativo en su voz
—. Te mereces todos los problemas del mundo por ayudar a ese cabrón.
Tarn agachó la cabeza, como si no estuviese en desacuerdo con esa
afirmación.
—Ha pasado mucho tiempo desde la época en que podíamos hacer aquello
que nos proporcionaba placer. —Cuando miró de nuevo a Marley, en sus ojos
había hambre, algo que antes no tenían.
Marley sintió una necesidad repentina de retroceder y empujó inútilmente
los hombros contra la pared.
—¿Por qué te pareces a Zachariah?
Tarn se apartó un mechón de pelo de los ojos.
—Zachariah nunca ha sido lo que yo llamaría un hijo encantador, al
contrario que tus dos protegidas. Incluso aun sabiendo lo que estaba en juego,
lo que se podía lograr, prefirió oponerse a mis órdenes. Aunque siempre ha
tenido cierta habilidad para predecir el rumbo de los enfrentamientos. —
Detectó un tono de orgullo en su voz, aunque a regañadientes.
Marley parpadeó repetidas veces.
—¿Eres su padre?
Tarn sonrió de nuevo.
—Su madre era una mujer bella e inteligente, pero se distraía con
demasiada facilidad, más o menos como tú.
—Ah, eh… —dijo Marley, tratando de evitar la idea de que fuese posible
que a Zachariah le recordase a su madre—. ¡Siguiente asunto! ¿Cuándo me
vas a dejar marchar?
—Ya te he dicho no puedo permitir que te vayas. —Su voz se volvió tensa
y extraña y, en esta ocasión, captó el énfasis sutil.
—¿Por qué…? —Se detuvo. «Las hadas son como los abogados»—. No
mientes, ¿no? —«¿Ettoriel? ¿Quién es ese? Servimos al Señor Oscuro
Tibbersnaufer»—. Pero en mi sueño… —Se calló, confusa.
Tarn extendió las manos.
—Para un Duque de las Hadas, mentir en su propio reino sería algo
desastroso. Todo el reino está sometido a la verdad de la lengua de su
maestro. Pero tu sueño… ¿Qué son los sueños sino mentiras creadas por el
cerebro para ayudar a entender una verdad superior?
—Pero ¿qué verdad superior? —murmuró Marley, sobre todo para sí
misma.
—Ya lo sabes —dijo Tarn. Elevó la mirada y dejó la vista clavada en la
distancia—. Tu tiempo se agota. Espero que ocurra nada inesperado.
—Tu marioneta me mintió sobre con quién trabajas en realidad. Y fue una
mentira completamente ridícula. Tibbersnaufer. ¿En serio?
La mirada de Tarn seguía distante. Entonces, se posó sobre Marley con
brusquedad.
—Discúlpame, pero tengo que ocuparme de un asunto. —Se dio la vuelta
para atravesar la puerta.
—¡Espera! —gritó Marley. Tarn se detuvo y volvió la cabeza solo lo
suficiente para indicar que tenía su atención—. ¿Al menos dejarás que
Branwyn se vaya? Ella no es parte de esto.
—Pues ella tiene muchas ganas de ser parte de esto —dijo Tarn riendo
mientras desaparecía tras el umbral de la puerta.
Marley se desplomó todo lo que le permitieron las cadenas que tenía en
torno a los brazos. Entonces, se dio cuenta de que no estaba sola porque Tarn
se hubiese marchado. Los ojos seguían presentes a su alrededor y sus dueños
se deslizaban ahora fuera de las sombras.
Su primer pensamiento fue «duendecillos», pero se dio cuenta de que,
aunque estaban agazapados cerca del suelo, no eran más pequeños que ella.
Tampoco tenían una apariencia monstruosa. Tenían pelo alborotado, nariz
grande, boca expresiva y ojos rasgados; se movían como bailarines, imitando
el movimiento de los animales. Parecían de género masculino en su mayoría,
vestidos con jirones de seda, piel y plumas y adornados con cicatrices y
tatuajes de todos los colores.
Uno de ellos, vestido de seda roja y cuero naranja, el primero en abandonar
las sombras, se acercó a ella a zancadas y la miró fijamente a los ojos. Subida
al reposapiés, le sacaba como medio metro. Entones, él apretó la cara contra
su ingle e inhaló profundamente.
Marley se quedó inmóvil por la conmoción y luego dio una patada desde el
taburete para intentar golpearle la entrepierna. Él la esquivó haciéndose a un
lado y empezó a reír.
—¿Por qué no haces lo que desea mi señor? —preguntó cuando recuperó el
aliento—. Ha pasado mucho tiempo desde la época en que éramos libres para
hacer lo que quisiéramos. El mundo nos echa de menos.
Marley jadeó, apoyando todo su peso en un solo pie, lista para golpear de
nuevo.
—¿De qué hablas? Ya tiene lo que necesita de mí.
Él inclinó la cabeza y observó, primero sus pies y después su cara.
Entonces, avanzó hacia ella de nuevo. Demasiado cerca. Marley le propinó
otra patada en un acto reflejo. Él atrapó su pie con la misma facilidad que si
hubiese recibido una pelota. Sujetó su pie entre risas, mientras ella lo
insultaba y trataba de liberarse, le quitó el zapato y lo lanzó hacia atrás por
encima del hombro; uno de sus compañeros lo cogió y se lo probó.
—Eso no es cierto. Quiere mucho más de ti. —La voz del hada se suavizó
hasta convertirse en un canturreo—: El sol, la luna y las estrellas.
—No son míos —le espetó Marley. Tiró una vez más del pie. El cansancio
se diluía en su pánico creciente; que una criatura mágica tuviese agarrado su
pie le resultaba casi tan perturbador como que esa misma criatura le hubiese
olfateado la entrepierna. Otra de las criaturas se acercó a ella y deslizó un
dedo por su espalda.
Con la voz temblorosa les dijo:
—Si no retrocedéis ahora mismo, voy a empezar a gritar. No creo que a
vuestro señor le guste eso. —Aquello tenía que ser cierto, con lo educado que
era; no había recurrido a las cadenas hasta que Marley no se comportó de
forma grosera.
Sin embargo, el hada que le agarraba del pie seguía sonriendo y le apretaba
la planta con fuerza.
—Depende de los gritos. Te ha dejado con nosotros siendo muy consciente
de lo que hace.
—¡Tarn! —aulló. Un tercer hada agarró la pierna que la sostenía y luchó
para levantarla, mientras un cuarto ser la despojaba de su otro zapato.
—Quizás tengamos que convertirte en una de los nuestros —sugirió el
primer hada—. Mostrarte la naturaleza de nuestra cautividad—. A
continuación le arrancaron los calcetines. Marley pateó, se retorció y gritó
hasta que se dio cuenta de que habían inmovilizado uno de sus pies entre tres
de ellos y estaban haciéndole… ¿cosquillas? Era tan extraño que jadeó y
reprimió otro grito mientras intentaba averiguar qué estaba ocurriendo. No
podía ver más allá de sus cabezas y sus cabellos alborotados, pero pudo sentir
cómo trazaban líneas delgadas y húmedas a lo largo y ancho de su pie,
dejando un residuo tras ellas.
¿Estaban escribiendo en ella? Por un momento llegó incluso a captar el
inconfundible olor de la tinta. Entonces, el recuerdo de las marcas que todos
ellos lucían y lo que le acababan de decir atravesó el muro de pánico.
«Quizás tengamos que convertirte en una de los nuestros.»
¿Era siquiera posible? Su memoria le ofreció la palabra «cambiante» como
respuesta. Se estremeció y reinició su lucha, centrándose en ese pie, en
moverlo solo lo suficiente para interrumpir el cuidadoso dibujo.
El primer hada miró hacia ella, con sus pálidos ojos hambrientos.
—Hay otras maneras, cariño. Otras maneras que te gustarían mucho menos.
Marley lo miró y sacudió la cabeza. ¿Dejar que ocurriese algo desagradable
porque si no podría pasar algo peor? ¡De ninguna manera!
—Así —continuó el hado—, estás encadenada y drenaremos tu poder, pero
tu… naturaleza… permanecerá inalterada. No te haremos sufrir. —Su boca se
curvó en una sonrisa salvaje nada alegre.
Marley lo observó, horrorizada.
—¡No! ¡Sufriré!
—¿Pero por qué? Es una forma de cautividad muy benevolente. Además, a
veces te dejaremos salir para que bailes para nosotros. ¿No será divertido? —
El cosquilleo de la tinta subió desde el pie hasta el tobillo—. ¿No estarías
agradecida por una forma menor de libertad? —Inclinó la cabeza hacia un
lado, como si hubiese escuchado algo; su mirada era cada vez más distante.
Entonces, sus ojos se clavaron de nuevo en Marley. Estaba segura de que
las partes del pie en las que sentía el hormigueo eran aquellas cubiertas de
tinta. ¿Se habría filtrado a su interior un nuevo encantamiento? ¿Sería esa la
razón por la que la habían capturado? ¿Sería eso lo que Tarn quería? ¿Su
magia? ¿Pretenderían utilizar sus poderes para proteger a Ettoriel?
Estaba atrapada. Nadie la oiría gritar, nadie a quien le importase. Todo el
esfuerzo para evitar a Ettoriel no había servido más que para avanzar hacia la
trampa oculta de su enemigo.
Cuando un dedo caliente se posó en sus labios, Marley cayó en la cuenta de
que había estado gimiendo mientras miraba adelante sin ver nada. El primer
hada retiró el dedo y sus ojos se encontraron.
—¿No te gusta ese destino? ¿Qué harías para escapar a él? ¿Mentir? ¿Jugar
sucio? ¿Traicionar?
Marley sintió un rayo de esperanza. «Casi cualquier cosa, pero…»
—No dejaría que hicieseis daño a las niñas, si eso es lo que estás
preguntando.
—Eres una chica muy estúpida. Seguid, hermanos. — Le dio unos
golpecitos en la boca antes de alejarse y miró a su alrededor—. ¿Adónde ha
escapado la gatita?
Marley se retorció convulsivamente en cuanto el cosquilleo llegó al otro
pie. ¿Dónde estaba Neath? ¿Por qué la había abandonado ahora tras
protegerla en tantos sueños? ¿Qué había dicho Tarn sobre ella? ¿Un
constructo de su madre para protegerla?
A Marley se le saltaron las lágrimas. Demasiada fantasía.
—Mmm —dijo el primer hada mientras observaba un rincón. Una chispa
de luz en la alfombra se materializó lentamente en Neath, esta vez del tamaño
de un gato montés. Echó las orejas hacia atrás y aulló. Su sombra se separó
de ella y se extendió como la tinta, se irguió y mutó en una forma humana y
sólida.
—Hermanos —dijo el primer hada con precaución. La silueta sombría se
rompió en mil pedazos y de ellos manaron luz y color. Una brisa sopló de la
nada y las sombras echaron a volar en todas direcciones, aunque ya no eran
sombras, sino cuervos. En aquel momento, Corbin entró en la Corte de
Terciopelo.
CApItuLo 6

Un haz de luz surgía de cada mano de Corbin. Uno de sus ojos refulgía azul
y el otro era un abismo de negrura. La oscuridad parecía manchar su rostro y
el viento que él mismo había traído le revolvía el pelo.
Señaló con la mano izquierda, con luz plateada goteándole de los dedos, y
el viento golpeó a las hadas que sujetaban a Marley.
—Soltad a la chica —dijo.
—Has venido a nuestro reino por tu propia voluntad, mestizo. Estás en
nuestro poder —gruñó el primer hada—. Serás uno más de nuestra colección
de… ¡Ay! —Un cuervo del tamaño de un halcón se lanzó sobre él. Los
demás atacaron al resto de las hadas que sujetaban a Marley hasta que no vio
más que un remolino de alas y no oyó sino los gritos de hombres y pájaros.
Le soltaron los pies, con las plumas haciéndole cosquillas.
Las manos de acero que sujetaban sus muñecas se abrieron. Cayó al suelo y
aterrizó con torpeza sobre sus piernas exhaustas, que enseguida le fallaron.
Un hada se tropezó con ella, así que se acurrucó y se cubrió la cabeza. Al
cabo de un momento, cuando nadie más la pisó, empezó a arrastrarse hacia el
último lugar en el que había visto a Corbin.
Una mano se cerró en torno a su brazo y la levantó del suelo. Intentó
resistir, cansada, hasta que reconoció la luz dorada que rodeaba la mano de
Corbin y levantó la mirada hacia su cara.
De cerca, apenas le reconocía. Algo frío e inhumano oscurecía sus
facciones. Él le dedicó una mirada y Marley se preguntó qué le había pasado
en el ojo izquierdo. Entonces levantó la mano dorada y le tocó la frente. Algo
intangible se liberó e hizo que Marley se sintiera, metafísicamente, menos
atrapada. El brillo de la mano de Corbin cambió de textura y adquirió un tinte
azulado.
—¿Dónde está el señor de esta Corte? —preguntó Corbin, volviendo a
poner su atención en las hadas que se peleaban con sus cuervos. Y no solo
con sus cuervos: varios relámpagos de luz blanca saltaron de hada en hada,
cegándolos y atándoles de pies. La perspectiva se distorsionó hasta que
Marley no supo si los cuervos eran más grandes o las hadas más pequeñas.
—¿Podemos volver a salir? —le preguntó a Corbin—. ¿Por donde quiera
que sea que hayas entrado?
—No lo sé —contestó en voz baja—. He venido agarrado a la cola de tu
gato. —Marley siguió su mirada hacia Neath, que estaba atacando a un hada
con pelo pincho morado. Parecía que había crecido aún más—. Pero aún no
estoy listo para que nos vayamos. ¿Dónde están las niñas?
—Me ha engañado para quitármelas, las atrajo y luego hizo algo con magia
que las alejó de mí —dijo Marley, enfadada—. Están fuera de mi alcance.
—Fue algo así —dijo la voz de Tarn. Un viento frío barrió la habitación y
derribó a los pájaros y a las hadas más pequeñas. Ocurrió algo más: los
cojines y los tapices se volvieron translúcidos y rígidos, como una maqueta
de una habitación lujosa esculpida en diamantes. O en hielo. Cada objeto
inanimado de la habitación se había convertido en hielo o nieve, incluso las
paredes. El material de la sala solo siguió siendo el mismo alrededor de
Corbin, cuyas manos brillaban con fuerza.
Tarn, de pie junto a la misma puerta por la que había salido, parecía
ligeramente molesto.
—Querida, si querías más compañía solo tenías que pedirlo. No hacía falta
que convocases a este rufián. —Agitó una mano y la habitación entera se
retorció, el hielo se derritió y volvió a tomar cuerpo, formando estructuras
diferentes, hasta que se encontraron en una cárcel con la Reina de las Nieves
como alcaide. De la gran celda que había surgido a su alrededor colgaban
esposas forradas de piel y cada cuervo quedó encerrado dentro de una
campana de cristal. Varios instrumentos extraños, todos ellos de plata y
cristal, colgaban de la pared junto a Tarn.
Sin embargo, el nuevo escenario duró apenas lo suficiente como para que
Marley se diese cuenta de los detalles. Corbin levantó las manos y los
accesorios de la habitación explotaron en una nube de blancura. Todo quedó
cubierto de niebla; Tarn y sus duendecillos se volvieron casi invisibles a
través de las espirales a la deriva. Los cuervos chillaron y revolotearon en el
aire helado.
—¿Sabes qué ocurrió cuando cruzaste la puerta? —preguntó Corbin en voz
baja.
—Te lo he dicho. Secuestró a las niñas.
—Me refiero a cuando todo saltó por los aires. Lo vi mientras se cerraba la
puerta. ¿No? Deja que te lo cuente. Se combinaron tres cosas: la naturaleza
de este lugar, la maldición que te impuso Ettoriel y tu propia habilidad
especial. Se desató una cantidad ingente de poder, y quedaron cicatrices.
Normalmente, yo no sería capaz de pelear contra un señor de las hadas. No
en su propio reino. Pero debe de haber gastado muchos recursos para reparar
la brecha que creaste.
—¿Puedo volver a hacerlo?
—No tengo ni idea. —La miró y le cogió de la mano.
—¿Qué es lo que me has quitado antes?
—El hechizo que no pude identificar el otro día. Era una marca suya. —
Hizo un gesto hacia donde Tarn se encontraba dibujando delicados patrones
en la niebla con sus manos de largos dedos—. Te ha estado siguiendo.
Marley cerró los ojos y buscó la sensación de la maldición y del regalo del
demonio. La maldición estaba ahí, pero aún no se había concentrado. El
regalo del demonio… Pero estaba demasiado cansada. No podía controlarlo.
—¿Qué puedes hacer ahora que estás aquí? —preguntó quedamente—.
Quiero que hable. Ha estado jugando conmigo en sueños desde que
Zachariah desapareció. Tiene a Zachariah en algún sitio, y quizá también a
Branwyn y a Penny, y quiero saber por qué. No obedece a las mismas
razones que Ettoriel, de eso estoy segura.
—Los sueños explican el propósito de la marca, entonces. Cuidado —dijo
Corbin, tirando de ella hacia un lado. El color estaba empezando a invadir la
niebla y a arremolinarse en el suelo—. Vamos a andar mientras hablamos,
¿vale? —Empezó a moverse en una dirección aparentemente aleatoria,
llevando a Marley consigo. Marley creyó que se chocarían contra una pared,
porque la habitación no era tan grande, pero no lo hicieron. La niebla blanca
se espesó a su alrededor.
—¿Qué estás haciendo, exactamente? —Le dolía todo el cuerpo. Quería
echarse y dormir, a ser posible después de un buen baño caliente, pero
desechó la idea.
—¿Ahora mismo? En pocas palabras, estoy causando interferencias con la
señal que él produce y que usa para controlar el entorno. Estoy utilizando la
frecuencia que había en el hechizo que tenías encima. —Levantó la mano
teñida de azul—. Estoy haciendo un montón de ruido espiritual.
Marley asintió, pensativa, y miró a sus pies. Volvía a tener los zapatos
puestos, aunque había sentido la tinta sobre su piel. ¿Qué era real en ese
lugar?
—¿Has dicho que Zachariah está aquí? —continuó Corbin—. Me pregunto
si podríamos encontrarlo…
—Dijo que Zachariah era su hijo —dijo Marley.
Corbin se detuvo y se la quedó mirando.
—¿Eso dijo? Explica muchas cosas sobre ese viejo capullo retorcido. —
Marley tardó un momento en darse cuenta de que se estaba refiriendo a
Zachariah como viejo—. A lo mejor es algo congénito y es incapaz de decir
la verdad directamente. Vamos a encontrarle y se lo preguntamos.
—Si tenemos que encontrar a alguien, prefiero que sea a las niñas. Si
Zachariah está bien, va a seguir estándolo en las próximas horas. —Y si
conseguía recuperar a las niñas, esta vez no pensaba quedarse esperando en
Los Ángeles. Encontraría algún lugar al que escapar.
—Todavía no estás lo suficientemente desesperada, niña —dijo la voz de
Tarn, desde algún punto en la niebla—. Tu eterno optimismo es muy
humano. Y tu incapacidad para luchar y defenderte es muy de tu madre.
—Las palabras se las lleva el viento, hada —exclamó Corbin, apretándole
la mano—. ¿Quieres que…?
Se produjo un estallido de luz a su alrededor. Marley se sacudió con tanta
fuerza que casi se tropezó consigo misma, pero Corbin se retorció y se cayó
cuando la gravedad se invirtió para él. Una habitación apareció tras la
explosión de luz y ambos se volvieron a encontrar en la Corte de Terciopelo.
Esta vez, las manos de acero sujetaban a Corbin, que pateó y se retorció
cuando los duendecillos se arremolinaron a su alrededor.
Tarn estaba recostado en un trono en la otra punta de la habitación. Neath
daba vueltas dentro de una jaula a sus pies.
—Fallasteis con la chica, mascotitas mías, pero ved que os doy una
segunda oportunidad con el chico. —Agitó en el aire una mano de dedos
largos—. Hacedlo lo mejor que podáis.
Marley se lanzó hacia delante, sin ningún plan, y se golpeó contra un muro
transparente. Se quedó mirando lo que no podía ver, con la rabia y la
incredulidad debatiéndose en ella. ¿No estaba lo bastante desesperada? ¿Es
que la niebla había sido otro truco del señor de las hadas?
Entonces Corbin soltó un gruñido, un sonido mucho más preocupante que
cualquier grito que pudiese haber dado, y Marley volvió a lanzarse contra la
barrera invisible. Si Corbin dejase que lo protegiese… Todo lo que quería era
mantener a salvo a sus amigos.
¿Pero cómo podía echarle en cara su rechazo? No había sido capaz de
ayudar a AT ni a las niñas. Su protección era inútil, peor que inútil, para
aquellos que habían confiado en ella. Su visión era una pesadilla. Si pudiese
usarla de forma agresiva… Su pudiese pelear…
Volvió a sentir un hormigueo en la piel. Su mirada se clavó en Tarn y
activó por completo la visión catastrófica. Iba a sufrir, pronto. Estaba
encadenado, bailando con un peligro aterrador, y lo estaba disfrutando.
La vista se le nubló durante un instante. La lógica desapareció, y luego
volvió a ver con claridad. No podía proteger sin permiso, pero Tarn estaba
haciendo algo peligroso y lo sabía. Quería que le hiciesen daño.
—Disfruta de esto —susurró Marley. Entonces dio la vuelta a su escudo y
lo envolvió alrededor del hada, con las espinas que normalmente la protegían
hacia dentro.
Tarn dio un grito ahogado. El sonido, tan quedo como el gruñido de
Corbin, congeló la habitación. Los duendecillos se alejaron de Corbin, las
manos que lo sujetaban lo soltaron y él cayó agazapado al suelo, con la ropa
desgarrada y la piel cubierta de arañazos.
Marley levantó la mano y tocó el muro invisible con los dedos. El
obstáculo se derritió y ella lo atravesó, con la mirada atenta. Se le revolvió el
estómago a pesar de la euforia que sentía. Las manos de Tarn sujetaban sus
propios hombros y tenía la cara inclinada hacia arriba, convulsa. Marley se
alegró de ello.
Tarn hizo pequeños ruiditos. Marley se acercó un poco más, intentando
distinguirlos. ¿Estaba suplicando? Ella había suplicado. Le dio una arcada,
pero la contuvo: estaba haciendo lo que era necesario, y su estómago
aprensivo tendría que aguantarse.
Entonces se dio cuenta de que Tarn se estaba riendo.
—¡Sí, por fin! —Abrió los brazos—. Buena chica. Digna hija de tu madre,
aunque ella estaría horrorizada ahora mismo.
—Deja de hablar de mi madre —soltó Marley—. Me abandonó. No quiero
oír hablar de ella. —Pero su mirada se deslizó sin su consentimiento hacia
Neath, enjaulada, a la que Tarn se había referido como el constructo de su
madre. La gata estaba sentada en la jaula, totalmente quieta, observándola. Se
volvió de nuevo hacia Tarn, que seguía atragantado de la risa—. ¿Qué te hace
tanta gracia? Te duele. Sé que te estoy haciendo daño.
—Me has inmovilizado completamente —asintió—. Es glorioso. Estoy tan
sujeto por ti que ninguna otra ligadura puede retenerme.
—¡Lo sabía! —exclamó Corbin, a su lado—. Están invocando la Alianza.
—Marley se lo quedó mirando. Estaba claro que había comprendido algo,
pero Marley seguía sin verlo claro. Corbin se dio cuenta y continuó—: Es
como el Silencio, pero para las hadas. Mi gente creó el Silencio basándose en
la Alianza. Pero creía que era supresión, no de control.
Tarn se aclaró la garganta.
—Marchaos —dijo, dirigiéndose a sus duendecillos. Algunos estaban
moviéndose inquietos—. Volved al Banquete y esperad mi llamada.
¡Marchaos, ya! —Uno a uno, desaparecieron en la sombra y Tarn continuó,
con la voz hueca y desolada—: Es mucho más rudimentario que el Silencio.
Es, a la vez, una jaula y una brida. ¿Crees que hemos estado escondidos en
nuestras tierras, refunfuñando durante todos estos siglos? Los que hemos
conseguido escapar de las riendas somos una fracción diminuta. Y ahora, esas
riendas las tiene Ettoriel y va a usarlas en su maravilloso intento de salvar el
mundo. El resto de los ángeles le prestó las correas en cuanto les dijo que
quizá rompiese el Silencio accidentalmente. ¡Nosotros, obligados a liberar a
los ángeles! —Le volvió a entrar la risa, pero se contuvo—. Ordena que le
ayudemos, así que estamos obligados a hacerlo. Ordena que te estorbemos,
así que estamos obligados a hacerlo. Ordena que no revelemos nada. Ordena
que le proporcionemos poder y no le importa de dónde provenga. —La risa
se le escapó y no pudo seguir hablando.
—Los incendios —dijo Corbin—. Habéis utilizado el fuego como fuente de
poder para su magia.
—Chico listo —dijo Tarn. Luego se volvió hacia Marley, mirándola con
ojos brillantes, como si esperase a que lo comprendiera.
—Así que lo que estás diciendo es que no querías llevarte a las niñas, pero
que tenías órdenes.
—Marley —dijo Corbin—, la Alianza les ha limitado durante miles de
años. No es algo que puedan saltarse.
—No. ¿Está aquí Ettoriel, dando órdenes? Este imbécil ha estado
resistiéndose de forma creativa durante días, utilizando mis sueños y su
ridículo alter ego. —Le dirigió una mirada furibunda a Tarn—. Sí, ahora lo
entiendo, estabas intentando escapar de sus órdenes. Pero cuando me trajiste
aquí al capturar a mis amigas, ahí ya no había inventiva alguna. Te las
llevaste sin avisar y se las entregaste, y entones es cuando empezaste a ser
creativo otra vez. Seguro que se llevó una sorpresa cuando se las diste,
¿verdad?
—Pero se alegró muchísimo —dijo Tarn, mirándola con ojos transparentes.
Su cuerpo seguía tenso, vibrando, como una cuerda de guitarra que alguien
hubiese tocado.
—Claro. —Marley se dio media vuelta—. No sé lo que estás haciendo,
pero no estás de mi parte. Devuélveme a mis amigas.
—Tu querida Penny, que canaliza la energía de Ettoriel y le alimenta con
su amor, no está aquí. Se la llevó cuando se hizo con las niñas.
—¿Por qué? —preguntó Marley. Mientras preguntaba, recordó sus
palabras: «Mis leales sirvientes no desaparecerán mientras yo permanezca».
—Creo que se arrepiente de lo que le ha sucedido A lo mejor no quiere que
se apague sola. Lo cierto es que no tengo ni idea. Me la pidió y yo obedecí.
Marley respiró hondo.
—¿Y Branwyn?
—Está en unas habitaciones aquí, en la Luz del Submundo. —Tarn le
dedicó una sonrisa que le dio escalofríos—. Te abriría un camino hasta ella,
pero me tienes inmovilizado.
—Marley —dijo Corbin, con urgencia en la voz—, ¿se está resistiendo?
¿Cuánto tiempo puedes mantener lo que estás haciendo? No tienes una fuente
de poder, ¿verdad?
Marley miró su cara preocupada, pero Tarn respondió antes de que ella
pudiese hacerlo.
—¿Por qué iba a resistirme? Cuando se rompa su ligadura, comenzará otra
mucho más desagradable.
—¿Y aun así abrirías un camino hacia Branwyn? ¿O solo eran palabras
vacías?
Tarn cerró los ojos, respiró hondo y respondió:
—Sí. Branwyn no le importa al ángel, la traje por mis propios motivos.
Siempre y cuando no te deje marchar a ti, la compulsión de la Alianza no
entrará en efecto.
Marley hizo una autoevaluación. Estaba muy cansada, pero el poder del
que se nutría el escudo no parecía afectado por el agotamiento físico o
mental. Sentía náuseas, claro, pero eso podía ser la fatiga física. No estaba
herida, como cuando la pesadilla metálica de las gemelas había roto la
protección sobre AT. Al recordarlo, el hombro y el brazo le ardieron, aunque
la piel seguía intacta. Tenía una herida en el brazo, pero era poco profunda.
Estaba bien. Y sentía que podría volver a conjurar el escudo. Todo lo que
tenía que hacer era mirar a Tarn de la manera adecuada.
—Hazlo —dijo—. Abre el camino hacia Branwyn.
Dejó caer el escudo y la reacción de Tarn fue inmediata, tan brusca que
estuvo a punto de volver a conjurarlo. Abrió los brazos y levantó la cabeza, y
luego expiró con fuerza, como si le hubiesen dado un puñetazo en el
estómago. Finalmente, se giró y llamó a Branwyn en un tono de voz que a
Marley no le gustó en absoluto.
Una cortina se abrió junto a su trono. Detrás había un corto pasillo que
llevaba a una puerta pesada.
—Ve y tráela, si quieres —susurró Tarn.
—Iré yo —dijo Corbin—. Tú quédate aquí y vigílalo.
—No estoy segura de que sea una buena… —Marley intentó hablar, pero
Corbin ya se había marchado, cojeando por el pasillo. Abrió la puerta y hubo
una pausa.
—¡Tú! —gritó una voz familiar—. ¡Me da igual que seas real!
CApItuLo 7

—¡Mierda! —dijo Corbin al esquivar un objeto largo y metálico que segó


el aire en el lugar preciso en el que su cabeza había estado un segundo atrás.
Retrocedió y tropezó con sus propios pies, aunque consiguió evitar la caída
apoyándose sobre una mano, y abrió las piernas para esquivar de nuevo el
cilindro de metal cuando golpeó en el lugar que deberían haber ocupado.
—Branwyn —gritó Marley.
Branwyn entró en la sala y cruzó una mirada con ella; sus ojos brillaban.
—¿No se habrán atrevido a copiarte, no? ¿Qué está ocurriendo? ¿Está el
monstruito alado por ahí? Os juro que como no me digáis la verdad voy a
apalear a alguien. —Bajó la mirada hasta Corbin, que retrocedía lentamente
por debajo de su campo de visión.
—Veo que ahora estás con esta escoria, tal y como dijo el hada.
Marley dirigió de manera involuntaria la vista hacia Tarn, que parecía
encantado por la hostilidad de Branwyn.
—Branwyn, no sé qué te habrá dicho, pero a mí me ha mentido, así que es
probable que a ti también. Él está aquí, riéndose mientras tanto.
Corbin escapó de la sala y se enderezó, acercándose a Marley.
—¿Estás segura de que esa es tu amiga y no otra trampa?
—Sin duda —le aseguró Marley. Branwyn era la Chica de Acción por una
razón: solo ella iniciaría una conversación con un bate de béisbol.
—No lo sé. Está claro que ambos sabéis algo de todo este marrón que no
me estáis contando, justo lo que él dijo —les respondió Branwyn. Abandonó
la sala y miró a su alrededor. Su mirada estaba puesta en Tarn. Marley se
mordió el labio y envolvió de nuevo a Tarn en su escudo. No se fiaba de él.
No podía confiar en él; se lo había dejado muy claro.
Gruñó y se movió con nerviosismo, pero su sonrisa no desapareció.
—Mi señora —dijo, enarcando las cejas mientras miraba a Branwyn.
—Yo no soy nada tuyo —le espetó Branwyn—. ¿Tú eres el hada? ¿Has
crecido? —Jugueteó, pensativa, golpeando con suavidad el cilindro contra su
mano. En realidad no era un bate de béisbol, sino una barra decorada, de
color plata y negra. Los adornos tenían todos los signos típicos del estilo de
Branwyn y Marley no pudo evitar preguntarse si no se habría dedicado a
elaborar un arma durante el tiempo que había estado cautiva. ¿Le habría
proporcionado Tarn los materiales para hacerlo? Aquel lugar era tan extraño
que ni siquiera pudo adivinarlo.
—Sí, he crecido —respondió Tarn, inclinando la cabeza.
—Tengo curiosidad por saber si es cierto que a las hadas no les gusta el
hierro —dijo, y sacudió la barra en dirección a él.
—Me temo que tendrá que esperar a otra ocasión para averiguarlo, mi
señora —dijo Tarn—. Vaya a hablar con su amiga, que se ha esforzado
mucho para liberarla del, eh, estudio.
Branwyn le echó a Tarn una mirada de desprecio y se volvió hacia Marley,
aunque sin mirarla en realidad, porque su vista vagaba por todo el salón.
—¿Dónde están las niñas?
—Desaparecidas —respondió Marley, desolada—. Secuestradas.
—Tus nuevos amigos no sirvieron de mucha ayuda, entonces —dijo
Branwyn, mirando molesta a Corbin.
—No —negó Corbin con calma—. No he servido de mucho.
—Branwyn, lo siento —dijo Marley, tras haberse colocado de forma que
Branwyn estuviese frente a ella, en vez de frente a Corbin.
—¿Lo sientes por qué? ¿Por confiar en desconocidos antes que en tu mejor
amiga? ¿Por apartarme de la experiencia más emocionante de toda tu vida?
¿Por abandonarnos a Penny y a mí cuando sabías que le estaba ocurriendo
algo terrible? ¿También le pedirás disculpas a Penny?
Finalmente, aquello superó a Marley. Un sollozo escapó por su garganta y
se frotó los ojos con las manos.
Todos la observaron.
—Ah, mierda —murmuró Branwyn y se acercó a ella.
—No puedo salvarla, Branwyn. Lo he intentado una y otra vez, pero ha
encontrado esto y… le encanta. Le llena y no le importa que le haga daño ni
que la esté separando de nosotras. Tampoco pude salvar a AT ni mantener a
salvo a las niñas.
En ese momento, los brazos de Branwyn la envolvieron y apoyó la cabeza
en el hombro de su amiga.
—No sabía cómo decírtelo. Ni siquiera yo sabía qué estaba ocurriendo.
—¿Lo sabes ahora? —preguntó Branwyn, calmada, separándose un poco
de ella para poder mirarla.
—Más o menos. —Marley levantó la cabeza y se secó los ojos.
De repente, se dio cuenta de que Corbin ya no estaba junto a ella, sino que
se había acercado hacia Tarn y hablaba con él en voz baja y a toda prisa,
mientras su rostro expresaba furia. Tarn estiró las manos en un aparente gesto
de impotencia y miró a Marley.
Branwyn dijo con voz inquisitiva:
—¿Me lo resumes? ¿Todo esto es por las hadas?
Marley sacudió la cabeza
—¿Resumirlo? He heredado muchos más problemas de mi madre biológica
de los que cabría esperar. —Branwyn la observó con una irritación muy
familiar y añadió—: De verdad, si mi madre no hubiese sido… —bajó el tono
de voz, porque aún resultaba complicado contárselo a Branwyn— un ángel o
algo así, yo no habría… —se detuvo para reflexionar—. Vale, seguramente
hubiese perdido a las niñas el otro día cuando apareció el abogado para
llevárselas. Y me habrían dejado en paz.
—O no habrías tenido que participar en este asunto. Preguntémosle a
Zachariah, ¿vale? —dijo Corbin, cortante.
—No puedo dejarle salir de su celda como hice con Branwyn —intervino
Tarn—. Tengo la obligación de mantenerle prisionero. —Entonces, miró a
Marley con una expresión extraña en su cara.
—¿Es porque no quiero entrar de nuevo en el juego de su Ilustre Cabrón?
—preguntó. Continuó sin esperar a que respondiese—: Pero podrá recibir
visitas, ¿no? Dudo que Ettoriel haya especificado que no se le pueda visitar,
seguro que tiene la mente ocupada con cosas mucho más importantes.
—Podría ser que Ettoriel me hubiese pedido que matase a Zachariah —
replicó Tarn—. Pero él no quería explorar los límites de la Alianza. Sí, puede
recibir visitas. Soltadme y formaré un túnel para que podáis verlo.
Marley se planteó espetarle un «¡Se pide por favor!», pero logró resistirse.
Cuando desplazó el escudo protector sobre ella, una sensación de mareó la
invadió. Se tambaleó, pero estaba bien.
Branwyn la sujetó por el brazo y Corbin se colocó con rapidez junto a ella.
—Estoy bien —dijo, impaciente. Caminó unos pasos y tropezó. Ambos la
agarraron esta vez. Examinó sus propias manos y pregunto—: Corbin, ¿hay
algo que puedas hacer para ayudarme? ¿Eliminar esta maldición? ¿Conjurar
algún tipo de hechizo estimulante? ¿Hacer desaparecer alguna de estas
heridas?
—Creo que sí —respondió tras un instante de duda—. Después de que nos
atacasen a mis amigos y a mí, cuando tuve que ponerles de nuevo a salvo, les
mantuve vivos enlazando su salud con la mía. Puedo modificar ese
encantamiento para que puedas utilizar mi energía cuando lo necesites.
Branwyn le echó a Corbin una larga mirada.
—Ni que tuvieses mucho mejor aspecto que ella ahora mismo. ¿Por qué no
enlazas mi salud a la suya? Lo único que he hecho en todo este tiempo ha
sido sostener la mano de Penny.
Corbin empezó a rebatírselo, pero Marley le interrumpió:
—Sí, creo que deberíamos hacer eso. —Al fin y al cabo, era la única forma
que tenía de compensar a Branwyn; si Branwyn quería ayudar, esta vez se lo
permitiría.
Corbin entrecerró los ojos.
—Tardaré más tiempo en aplicárselo a ella.
—Ponte a ello mientras yo hablo con Zachariah —propuso Marley, aunque,
a juzgar por su expresión, era lo último que Corbin quería escuchar. Se alejó
de los dos y caminó con cuidado hacia Tarn.
—¿Entonces? —dijo Branwyn a sus espaldas—. ¿Maldiciones? ¿Hechizos?
¿Haremos algún cántico?
Pero Tarn también tenía algo que decir.
—Seguro que sabes que no puedo dejar que abandones mi reino —
murmuró cuando pasó junto a él—. Una cosa es pasar de aquí allí dentro del
reino y otra muy distinta sería volver a ser una molestia para Ettoriel.
—Y a pesar de ello, Corbin entró sin tu permiso —le dijo mirándole
fijamente.
—¿Eso crees? —Sonrió y le indicó que siguiese adelante.
El túnel que llevaba hasta Zachariah era la entrada de una mazmorra
antigua. En la parte posterior se abría una sala que parecía recién sacada de
Hollywood, con techo alto, ventanas redondeadas y pilas de paja
amontonadas en el suelo. De las paredes colgaban grilletes y cadenas,
soldadas firmemente a la piedra. En un rincón, había una tabla sin pulir sobre
un barril con dos cajones que servían como sillas. En la mesa había un tablero
de ajedrez; las piezas estaban talladas toscamente a partir de fragmentos de
madera y piedra y una partida estaba en curso.
Zachariah estaba sentado en uno de los cajones. Parecía un actor al que se
le hubiese olvidado pasar por maquillaje antes de entrar al set de rodaje. Su
pelo negro estaba limpio y bien peinado; se había afeitado la barba no hacía
mucho. Observaba el grillete que se cerraba en torno a su tobillo.
—Supongo que debería estar contento por no estar encadenado a la pared
por todas las extremidades —dijo al escuchar las pisadas de Marley. Sin
embargo, al levantar la mirada, entrecerró los ojos.
—Marley, ¿dónde están las niñas?
Una pregunta fría, sin sorpresa, placer ni preocupación. Marley recordó la
voz de Corbin acusando a Zachariah de manipulador. Una docena de posibles
respuestas revolotearon por la mente de Marley. La mayor parte de ellas eran
sarcásticas y airadas: «¡Creía que estaban contigo! ¿Niñas? ¿Qué niñas? Se
las dejé a aquel abogado tan amable que me dijo que te conocía.»
Sin embargo, lo que dijo en realidad fue:
—¿Tú qué crees? ¿Cómo crees que las he protegido?
Zachariah se quedó observándola y sus ojos negros apenas expresaron
ninguna reacción.
—Ahora entiendo el decorado —dijo por fin—. El sentido del humor de
Tarn. Eres una chica lista, Marley. Estaba seguro de que darías con algo.
—Una chica lista con talentos aún por descubrir, ¿eh? —Zachariah inclinó
la cabeza y a Marley se le ocurrió algo—: ¿Sabes quiénes eran mis padres
biológicos? Debías saberlo si estabas al tanto de… de la naturaleza de mis
talentos aún por descubrir. Maldita sea —concluyó con amargura.
Zachariah se mostró dubitativo.
—No conozco a ninguno de tus padres.
—Pero sabías quién era yo. Sabías… lo que podría hacer. Lo que era. Lo
preparaste todo para que protegiese a las niñas si algo te ocurría. Me
utilizaste.
—La información de la que disponía al principio procedía de otra fuente.
—Se sentó con tranquilidad, mirándole a la cara. Estaba tan guapo como
siempre, aunque con todo lo que había ocurrido, su perspectiva había
cambiado. Los ojos de Tarn se reían más de lo que su hijo hubiese reído
nunca.
—¿Y por eso nos conocimos? ¿Me localizaste, me encontraste en el parque
aquel día y me echaste encima a las gemelas… como si fuesen mascotas? —
Su voz se quebró. No podía pensar en las gemelas en aquel momento. Apenas
podía soportar mirar a Zachariah, que estaba tan relajado. ¿Le importarían las
gemelas o solo serían una pequeña parte de un plan mayor que hubiese
diseñado?
—¿Importa algo ahora el cómo y por qué nos conocimos? ¿Ahora que
estamos aquí y ellas en otro lugar?
—Si hubieses hablado conmigo, si me hubieses tratado como una persona
en vez de cómo a un peón de ajedrez… quizás todos estaríamos ahora en otro
lugar —le espetó Marley.
Zachariah se levantó repentinamente y se acercó a ella todo lo que le
permitió la cadena.
—¿De verdad piensas eso? Porque yo creo que si hubieses descubierto la
verdad sobre tu procedencia sin ninguna razón para atarte, para obligarte a
aceptarla, habrías salido corriendo. Te he observado de cerca durante mucho
tiempo, Claviger. Cualquier cosa mínimamente relacionada con tu madre
biológica levanta una enorme tormenta en tu interior.
Marley se ruborizó.
—Te equivocas. No habría salido corriendo. Yo nunca abandonaría a la
gente que me necesita como hizo ella.
Los ojos de Zachariah transmitían frialdad.
—Todos somos niños abandonados, señorita Claviger. Es precioso oírte
hablar sobre lo equivocado que estaba y, si conseguimos inventar una
máquina del tiempo, quizás puedas demostrarlo. Mientras tanto, aquí
estamos. Si lo único que querías era venir a echarme la culpa de todo, ya
puedes irte.
Marley no podía apartar la mirada de Zachariah.
—¡Estaba preocupada por ti! ¡Aterrorizada! —explotó.
Aquello cogió a Zachariah desprevenido. Entonces, añadió amablemente:
—Tarn no ha sido más desagradable conmigo de lo que se ha visto
obligado. Pero gracias.
—Es tu padre —dijo Marley, ignorando las lágrimas que le humedecían los
ojos.
—Por eso sigo vivo. A veces es un sentimental —suspiró—. Aunque es
más probable que solo quisiese mostrar cierta oposición a Ettoriel de un
modo inofensivo.
—¿Qué ocurre con él? —inquirió Marley. Su enfado con Zachariah no le
había aportado nada más que incomodidad y confusión, así que decidió
centrarse en quien les mantenía a ambos cautivos—. Es… muy raro. Dice que
no es más libre de lo que tú eres, pero está jugando a algo.
—Tarn cree que aún no se ha perdido toda esperanza en lo que respecta a
las niñas. Ettoriel aún no ha terminado el ritual que las desconectaría de la
Creación.
—¿Cómo es posible que sepas eso?
—Me prometió hacérmelo saber cuando ocurriese y aún no lo ha hecho. —
El rostro de Zachariah no transmitía ninguna expresión—. ¿Me equivoco?
Un rayo de esperanza iluminó las ruinas de ira y desesperación.
—No. Aún puedo sentir que viven. Si pudiese salir de aquí y llegar hasta
ellas, podría volver a protegerlas. Ettoriel ha trabajado muy duro para
deshacerse de mí, y tiene que haber una razón para ello. Estoy segura de que
podría detenerlo.
—Veo que ya has conocido a Corbin. —Zachariah la estudió, recorrió todo
su cuerpo con la mirada, desde la cabeza a los pies—. Me alegro de que siga
vivo y de que te esté ayudando.
—Está muy enfadado contigo —respondió Marley, sorprendida por el
súbito cambio de tema.
Zachariah se encogió de hombros, sin dejar de examinarla.
—Aunque también has conocido a más personas. Estás cargada de
encantamientos de diferentes partes interesadas. Si pudieses llegar hasta las
niñas, ¿cómo lograrías protegerte a ti misma?
Marley se irguió a pesar del dolor.
—Lo he estado haciendo bien. He estado delante de él y no me ha matado.
Creo que no le gusta ensuciarse las manos.
—A estas alturas sus manos están ya muy sucias —dijo Zachariah en un
tono suave.
—Las niñas, entonces. Cree que son una bomba y pensó que lo único que
conseguiría matándome sería activarlas antes de que estuviese preparado
para… acabar con ellas. —Siguió el hilo de ese razonamiento hasta el final
—. Si está preparado para terminar, eso ya no supone ninguna protección. —
Se quedó sin aliento—. ¿Puedes hacer algo?
—Estoy atrapado aquí hasta que Tarn me deje marchar —respondió
mientras le mostraba el pie encadenado.
—¿Te tendieron una trampa? —preguntó mientras observaba aquel grillete
con melancolía.
Dudó un instante antes de responder.
—Me… pillaron por sorpresa. Exactamente, no sé qué tenía planeado
Ettoriel, pero sabía que ocurriría algo.
—¿Tenías un diario escrito por su madre?
—¿Un qué? —Por primera vez, pareció encontrarse perplejo de verdad.
—Un diario. Encontré una parte de ese diario en tu estudio. Creo que lo
escribió la madre de las gemelas.
—Yo no lo tenía. —Enarcó las cejas y miró hacia la puerta situada detrás
de Marley, que asintió.
—Lo suponía. Se llamaba Nina, ¿no? —Asintió y continuó—. ¿Sabías que
conocía a Ettoriel?
—No. ¿Afirmaba eso en el diario?
Marley asintió de nuevo y preguntó.
—¿Dijo alguna vez quién era el padre de las niñas?
Una expresión de preocupación cruzó por el rostro de Zachariah.
—No. ¿Tú crees…?
—El diario es muy poco preciso —respondió Marley encogiéndose de
hombros. Lo observó con atención—. ¿Existe alguna posibilidad de que seas
tú su padre?
Hizo una mueca de desagrado.
—Cuando recurrió a mí ya estaba embarazada. Me pidió la ayuda que le
había prometido cuando era más joven, pero siempre la vi como a una niña.
Nunca tuvimos ese tipo de relación. —Dudó un instante—. Nunca me habló
sobre el padre, pero… Marley, no murió. Se la llevaron del hospital tras un
parto complicado. Y yo vi quién se la llevó.
—¿Quién? —Marley sintió como se le aceleraba el pulso.
—No fue Ettoriel —dijo Zachariah con rotundidad.
Marley esperó hasta que se dio cuenta de que Zachariah no iba a decir nada
más de manera voluntaria.
—¿Y crees que el secuestrador era el padre?
Zachariah se encogió de hombros.
—Creo que… cuidó de ella. Sin embargo, no dijo nada sobre las niñas.
—No es que eso sea muy concluyente.
—¿Crees que Ettoriel es su padre? —preguntó abriendo las palmas de las
manos—. ¿Es que importa?
La mirada de Marley descendió al grillete que retenía a Zachariah por el
pie.
—Necesito algo que me dé una ventaja. Y eso podría servir. —Volvió a
posar su mirada en la cara de Zachariah—. Corbin, tú y yo no somos los
únicos metidos en esto. No solo las personas a las que decidiste involucrar.
Una chica llamada AT está terriblemente herida y Tarn ha secuestrado
también a mi amiga Branwyn y… mi amiga Penny… —su voz se quebró.
Zachariah inclinó la cabeza hacia ella.
—Lo sé. —Eso fue todo. Lo sabía. Y, aparentemente, no le importaba.
Marley le observó fijamente. Entonces, se dio la vuelta y caminó hasta la
salida, dando un fuerte portazo tras ella.
CApItuLo 8

Marley recorrió el pasillo y se detuvo junto a Tarn. La visión de la doncella


de hierro formada por su voluntad manteniéndole prisionero seguía
dominando su visión catastrófica así que volvió a desplegar el escudo
bruscamente.
—Tú dejaste el diario en casa de Zachariah. ¿Es de verdad?
—Sí. —Tarn hizo una mueca—. Y me costó mucho conseguirlo.
Marley se alejó de él a zancadas hacia donde Branwyn y Corbin estaban
hablando. Corbin dio un paso hacia ella. La magia que le había inundado
cuando había aparecido en el reino de Tarn se había desvanecido por
completo.
—El hechizo modificado está listo. ¿Le has pegado un puñetazo en la nariz
a Zachariah?
—No. Estaba encadenado a una pared, no me pareció justo. Y si llego a
fallar y a caerme, hubiera sido embarazoso. ¿Cómo lo hacemos?
Corbin le puso una mano en la cabeza y una sensación de frescor le
recorrió el cuerpo, como si se hubiese tirado a una piscina un día de calor.
Seguía estando cansada, con moratones y heridas, pero se sentía como si
tuviese mucha más resistencia y apenas hubiese empezado a recurrir a ella.
Branwyn se estremeció, sin levantar la vista de lo que estaba haciendo.
—Hace cosquillas. Es divertido, como el champán. —Había volcado el
bolso de Marley en el suelo y había encontrado el Juguete de Cuna. Ya no
eran unas cuantas piezas comprimidas formando una pelota, sino una cadena
de varillas y cubos ligeramente unidos que fluían entre los dedos de
Branwyn.
—¿Qué está pasando? —preguntó Marley—. Creía que esa cosa solo
respondía ante nephilim.
—La documentación no mencionaba nada acerca de humanos, ni para bien
ni para mal. Estamos experimentando. ¿Qué ha dicho Zachariah en su
defensa? —preguntó Corbin, con la mirada puesta en la pequeña Máquina
que sujetaba Branwyn, que por su parte estaba igual de concentrada, tanto
que en su frente se había formado aquella pequeña línea que le aparecía
cuando trabajaba duro en una de sus obras de arte.
—No lo suficiente. Me tendió una trampa para que heredase sus problemas
si le pasaba algo inesperado. No esperaba a Tarn. —Marley se encogió de
hombros.
—Nadie espera una Inquisición de hadas —dijo Branwyn, de pasada.
Corbin la ignoró.
—¿Dijo algo sobre los motivos que podría tener Ettoriel para hacer esto?
—No le pregunté —dijo Marley—. Los motivos de Ettoriel no importan. Y
si crees que importan… —buscó desesperadamente una comparación que
Corbin entendiese—, entonces eres como Zachariah y no te importa que
metiese a tus amigos en problemas en tu propio beneficio.
—Vaya, muchas gracias. Pero si esto es por el Silencio o por la profecía de
las Máquinas, es mucho más importante que un par de personas.
—No, no lo es. Es solo sobre dos personas, y la suma de su edad es inferior
a diez años. Es sobre salvar a quien podemos salvar. —Su voz volvió a
romperse.
—Lo sé. Es solo que… —Corbin parecía acorralado y se calló el resto de la
frase—. Ojalá el kaiju no estuviese tan interesado en ellas. Me pone nervioso.
Marley respiró hondo, entrecortadamente. «Solo quiere que le tranquilice.»
—Creo que es una de esas profecías que se cumplen por sí mismas. Ya
sabes cómo va eso: el malo intenta evitar que algo ocurra y, al evitarlo, lo
provoca. Ettoriel les tiene mucho miedo. Algo saldrá mal en su estúpido
ritual y eso hará que algo horrible ocurra a su vez. Algo irá mal, incluso si
nosotros no estamos ahí. Pero si estamos, si las niñas no están solas y no se
ven obligadas a protegerse a sí mismas, entonces podremos cambiar las
cosas. —Miró a Corbin a los ojos, proyectando toda la confianza de la que
era capaz.
—Me vale. —Corbin suspiró y su mirada volvió a posarse sobre lo que
estaba haciendo Branwyn. Frunció el ceño—. Eso es impresionante, de
verdad. ¿Cómo lo estás haciendo?
Marley siguió su mirada. El Juguete de Cuna había cambiado. Los cubos se
habían aplanado, las esferas se habían alargado y ahora eran huecas, y la
estructura de varillas se había estirado hasta tomar forma piramidal. Y la
visión catastrófica, que antes había decretado que era algo inofensivo y
benevolente, lo calificó ahora como algo inequívocamente peligroso.
—Dijiste que respondía a la naturaleza de la persona. Estoy siendo yo
misma —dijo Branwyn, con una sonrisa desagradable. Alargó la mano, cogió
la barra negra y plateada con la que había atacado a Corbin y la introdujo en
un anillo de la base de la pirámide. El anillo giró cuando lo tocó,
estrechándose. Cuando soltó el Juguete de Cuna, se encontró sujetando una
lanza con una cabeza diabólica de tres filos.
—¡Vaya perversión! —dijo Tarn. Su voz tenía un tono de admiración—.
Una Máquina celestial retorcida para convertir una creación humana en un
arma. Qué juguete tan ideal para ti, Marley.
En esta ocasión, la sonrisa de Branwyn era complacida. Se apartó el pelo
húmedo de la frente y giró la lanza en una mano antes de pasársela a Marley.
—Me han dicho que te has metido en alguna pelea.
Marley la aceptó, titubeante. La lanza pesaba más de lo que parecía y
seguramente sirviese tanto para noquear a alguien como para perforarlo.
—Eso está mal. —Corbin se mordió la uña del pulgar. Parecía que su
perrito preferido le había mordido.
—No es para ti —dijo Branwyn, sacudiendo la cabeza con desdén.
—¿Funcionará como arma? —preguntó Marley.
—El arma más poderosa de un celestial contra otro celestial es una hoja
hecha a partir de una Máquina, así que supongo que sí —dijo Corbin—.
Como mínimo, servirá como amenaza.
—Podíamos probarla —dijo Branwyn alegremente—. ¿Las hadas son seres
celestiales?
Todo el mundo se volvió hacia Tarn, que estaba ahí de pie, con una sonrisa
llena de dolor y con la piel cubierta de sudor.
—Si puedo evitarlo, preferiría no acercarme siquiera a esa cosa —dijo.
—Es cierto que dijo que no podía dejarnos marchar —dijo Marley,
dubitativa—, y que un duque de las hadas mantiene su reino estable.
—¿Sabes por qué las armas basadas en Máquinas nos hieren? —preguntó
Tarn, un poco menos tranquilo que antes. Solo un poco—. Las Máquinas
absorben a los celestiales que las estudian. Las Máquinas convertidas en
armas se los comen. Si la probases conmigo, me convertiría en una parte del
arma, y a saber cómo la alteraría eso.
—Podríamos averiguarlo —dijo Marley, aunque estaba pensando en las
gemelas e intentando decidir el peligro de su situación. Iba mal. Iba muy mal.
Pero todavía podía salvarlas. Tenía que poder o, si no, sí que probaría la
lanza con el duque de las hadas. La histeria, o quizá la locura, bailó en los
rincones de su mente.
—Me manipulaste para traerme aquí, para intentar que fuese comprensiva
—le espetó a Tarn—. ¿Cómo esperas que salga?
—La niña de los perros era buena compañía —dijo Tarn—. Si no… eres
lista.
—Si esperaba que AT fuese capaz de cruzar, entonces la cortina no debe
ser completamente impenetrable —dijo Corbin, alzando la mirada.
—Me pregunto si el kaiju podría abrirla —dijo Marley—. ¿Crees que me
oiría si le llamase, igual que oyó a AT?
—Por favor, no lo hagas —gruñó Corbin—. Si no es por tu bien, entonces
por el de Branwyn.
—¿Qué? —dijo Branwyn, que estaba recogiendo el contenido del bolso de
Marley con la ayuda, para su sorpresa, de dos de los cuervos de Corbin—. Ni
se te ocurra sugerir que soy una dama y una víctima que necesita protección.
Marley se imaginó al kaiju y a Branwyn. Al kaiju, a Branwyn, a Corbin y a
Tarn. Si se sumaba Zachariah, estaba bastante segura de que algo saltaría por
los aires y se haría un agujero en el mundo lo bastante grande como para
escapar por él.
Eso le recordó algo. Miró a su alrededor. Neath, que seguía siendo del
tamaño de un lince joven, estaba sentada por ahí cerca, junto a la jaula aún
cerrada en la que había estado encerrada. La gata la miraba con intensidad,
moviendo la cola.
—¿Qué pasa con los agujeros que hicieron las niñas? ¿Y con Neath? ¿Y tu
magia, Corbin?
—Estoy en ello —respondió él—. Tu gata consiguió traerme aquí para
ayudarte, pero ya no parece estar tan… implicada.
—Creo que la he sorprendido. —Marley miró otra vez a la gata y luego se
acercó a Tarn. Con un movimiento de su mente, le liberó del escudo
invertido.
Tarn se la quedó mirando, con los ojos entrecerrados, y retrocedió unos
pasos para salir del alcance de la lanza que aún sujetaba.
—Si no te importa, preferiría volver a estar envuelto en tus brazos.
—No, vamos a hablar —dijo Marley, revolviéndose incómoda por la
terminología—. Habías dicho algo sobre mi gata.
Tarn le echó un vistazo a Neath, que se había estirado en el suelo como si
estuviese pensando en una siesta.
—Esa supuesta gata es el constructo independiente de un ángel.
—¿Qué significa eso?
—Un constructo es el cuerpo físico que un ser celestial crea para
interactuar con el mundo mortal como lo hacen los mortales. Cuando viste a
Ettoriel, viste su constructo. Esto es un constructo —dijo, abriendo los brazos
—. Por lo general, los constructos se crean únicamente como huéspedes para
nuestro numen, como canales para nuestro cuerpo espiritual. Constructos
básicos de ese estilo tienen que ser habitados para ser algo más que un
autómata irracional. Si se dedica más tiempo y esfuerzo, se puede crear
alguno con mayor autonomía.
—¿Cómo…? —empezó a decir Marley. Se detuvo cuando un chirrido se
convirtió en un crujido y luego en un gemido. Todo pareció detenerse a su
alrededor y su punto de vista salió disparado por los aires, atravesando un
agujero blanco quemado en la cortina. El blanco se convirtió en un túnel que
se retorció a su alrededor como una montaña rusa, y de pronto se encontró
mirando a través de los ojos de Lissa y Kari, de las dos al mismo tiempo.
Estaban dentro de una burbuja de aire limpio en el foco de un incendio. En el
centro de la burbuja estaba Ettoriel, con alas de luz abiertas a su espalda y
con el Filo Dentado en sus manos. Tenía una cadena de hierro enrollada en
un brazo. A un lado estaba Penny, y al otro estaba el abogado, Jeremy. Penny
observaba a Ettoriel, con las pupilas dilatadas y los ojos abiertos de par en
par.
En el suelo, entre los puntos de vista de Marley y Ettoriel, había una rueda
de metal, y parecía que había otras figuras alrededor del grupo central, formas
que no podía distinguir del todo. «¿Son ángeles sin constructos?» se
preguntó, atontada.
—Ha comenzado —dijo Ettoriel, con voz triste.
La visión de Marley estalló y se precipitó de vuelta a su propio cuerpo.
Estaba en el suelo, de rodillas, con la vista clavada en la vieja alfombra y en
las botas de Tarn. La mano del duque de las hadas la ayudó a incorporarse,
sujetándola del brazo. Estaba pálido.
—Ha comenzado —dijo, como un eco—. Tu amigo es demasiado lento.
Marley se lanzó hacia Corbin.
—¡Vamos! ¡Abre el camino ahora!
Corbin la miró, sonriendo. Dos de sus cuervos picotearon los hilos de la
alfombra y tiraron de ellos. Se abrió un agujero blanco a medida que las aves
retrocedieron y Corbin metió la mano en él. Alrededor de su mano, la
blancura se hizo transparente y, de pronto, apareció un agujero en el suelo
conectado con el salón de casa de Penny.
Marley se le quedó mirando, horrorizada, pensando en la cúpula de fuego y
las montañas ardientes de fondo.
—¡No están ahí! No podemos ir ahí. ¡Están en el corazón de uno de los
incendios en las montañas!
Corbin se la quedó mirando y su alegría desapareció mientras refunfuñaba
sobre hacer milagros sin que nadie lo apreciase.
Marley no tenía tiempo de escucharle. Tenía que llegar hasta las niñas.
Todavía estaban vivas, completas, pero…
—¡Severin! —gritó—. ¡Kaiju! —Su voz retumbó por la Corte de terciopelo
a pesar de que las paredes estaban cubiertas de tapices. Todos, incluso Tarn,
se la quedaron mirando, paralizados.
Sin embargo, el kaiju no apareció y no se abrió ninguna puerta.
El ojo izquierdo de Corbin empezó a refulgir con una luz negra, igual que
cuando había aparecido en la Corte de Terciopelo para rescatarla. Se quedó
mirando sus dedos un momento y luego habló, con una voz más profunda,
más áspera, como un gruñido.
—Murmurante Oscuro… —las palabras se quedaron flotando en el aire.
El kaiju apareció, cruzando el agujero del suelo que Corbin había abierto.
—Una invitación tan agradable, y encima viniendo de ti, chico de los
cuervos… ¿Cómo podría ignorarla?
Marley se acercó a él, reclamando su atención.
—¿Puedes abrir una puerta hasta donde están Ettoriel y las gemelas? ¿O
llevarnos allí de algún modo? ¿Ahora?
La mirada del kaiju recorrió la habitación.
—Ahora sería un buen momento para hacerlo —asintió—. Luego habrá un
precio.
—Ponte a la cola —le espetó Marley.
El kaiju sonrió ligeramente, aunque su sonrisa desapareció cuando su
mirada se posó sobre Tarn. Habló en voz baja, aunque Marley no pudo
entender las palabras, y el discurso se prolongó, encadenando una frase tras
otra.
—¿Es necesario que peleemos? —dijo Tarn—. No, no lo es. Haz lo que has
venido a hacer y no me provoques.
El kaiju le devolvió una mirada desdeñosa y luego añadió, con una voz que
desgarró la mente de Marley y arañó su conciencia como uñas por una
pizarra:
—Ahora.
Y aparecieron en otro lugar.
CApItuLo 9

Dos niñas pequeñas yacían sobre una rueda dentada de color bronce, una en
cada lado. Estaban atadas tanto a la rueda como entre sí. Un ángel se agachó
junto a ellas y desplegó unas alas de luz dorada, que se clavaron en el suelo.
El ángel sostenía una daga en la mano, el Filo Dentado, y la acercó
lentamente a los brazos unidos de las niñas, que se quedaron paralizadas,
observando la hoja con mirada aterrorizada, incapaces siquiera de llorar.
Sin embargo, Marley podía oírlas igualmente, podía escuchar cómo
gritaban desde su interior llamándola a ella, a Zachariah, a la madre que
nunca habían llegado a conocer.
Querían ser protegidas. Eso era parte de lo que las hacía ser niñas.
El Filo Dentado descendió y falló, deslizándose sobre la superficie pulida
de la rueda gigante. Las enormes alas evitaron que el ángel perdiese el
equilibrio pero ¿era sorpresa lo que había en aquel bello rostro? Si era así, no
fue más que durante un corto instante y fue sustituida rápidamente por
repulsión. Se puso en pie y la cadena de hierro se le desenroscó de la muñeca.
—Tarn, corrige tu error.
Marley se dio cuenta de que estaba tumbada en el suelo, entre vegetación
chamuscada justo en el interior de la burbuja libre de fuego, exactamente
donde el teletransporte del kaiju le había dejado. Quizá habían pasado diez
segundos desde que el kaiju le hablase en ese tono ácido, pero ahora estaba
protegiendo de nuevo a las niñas. Ahora todo era diferente.
Se había vuelto a poner directamente en el camino de Ettoriel, que ahora ya
no tenía tiempo que perder. Rodó hacia un lado de forma instintiva, tratando
de encontrar su lanza. La llevaba consigo cuando se había transportado. Se
puso de pie como pudo mientras miraba frenéticamente a su alrededor.
—Muévete con rapidez —le dijo el kaiju. Aunque todo el mundo salvo él
parecía estar ya en movimiento. Tarn avanzó hacia ella; no estaba nada claro
que quisiese desobedecer al ángel. Un estoque apareció en su mano y lo
blandió frente a ella, mientras se giraba para atraparla cuando trató de
escabullirse. Tenía un gran alcance. Marley se tropezó con algo y la luz
cambió de dorado a rojizo. Podía sentir el calor en la parte posterior de su
cuello y oír el crepitar del fuego.
«Fuera de la sartén…» Miró a su alrededor para ver con qué había
tropezado. ¿Era un arma? ¿Su lanza? ¿Un palo afilado? Una roca. Una roca
incrustada en las profundidades de la tierra. Estaba tan caliente que le
ardieron los dedos al escarbar para extraerla y rodó de nuevo hacia atrás,
hacia el resplandor dorado de las alas de Ettoriel. El ángel seguía de pie junto
a las niñas, listo para golpear en cuanto Tarn hubiese eliminado el obstáculo.
Los dedos de Tarn le agarraron por la parte trasera de su camiseta. Se
retorció y pateó hasta que se rasgó.
—Para —dijo Branwyn en ese instante. Marley se dio cuenta de que le
habían cortado la camiseta y se echó a un lado.
—Deja la espada —continuó Branwyn. Se encontraba a la izquierda de
Tarn, sosteniendo la lanza en la que se había convertido el Juguete de Cuna
junto a su garganta.
—Mátala —dijo Ettoriel. En esta ocasión su voz suave sonó hostil.
Tarn hizo un gesto y avanzó, orientando su espada, que apuntaba a Marley,
hacia Branwyn. Branwyn no trató de escabullirse, sino que convirtió la
arremetida de la lanza en un barrido que siguió el movimiento de Tarn
cuando este intentó esquivar.
La punta de lanza de la Máquina golpeó al duque de las hadas en el hombro
con la misma suavidad que si de una pluma se tratase antes de deslizarse por
su pecho. Allá donde rozaba, un fuego blanco comenzó a manar a
borbotones.
Tarn tropezó y su arma se desvaneció. Levantó la cabeza, con los dientes al
descubierto y con los ojos convertidos en bolas de fuego. Elevó la mano que
no tenía herida y el fuego que había en torno a la cúpula centelleó y, a
continuación, se contrajo de nuevo, en el momento en que apareció una luz
carmesí en torno a su mano.
El lince Neath saltó hacia la espalda de Tarn mostrando todas sus garras,
como si fuese a montarse sobre él. Sin embargo, pasó a través de él como si
fuese un fantasma.
Neath aterrizó sin dejar de mover la cola con la versión hada de Tarn
atrapada entre sus garras. Tarn la miró fijamente.
—Odio a tu gata —murmuró y sufrió una sacudida cuando Neath clavó una
garra en el torso del hada. La gata le lanzó una mirada significativa a la
versión humana de Tarn.
Entonces, Branwyn le dio una patada en el lateral de la pierna y Tarn cayó.
Le pateó de nuevo y se arrodilló sobre su pecho. La luz carmesí de su mano
ascendió por el brazo y comenzó a removerse por el interior de su cuerpo en
los rasguños blancos que la lanza había causado.
—¡Marley! —gritó Corbin, y ella saltó cuando se escuchó un ruido sordo
tras ella. Mientras se movía, el Filo Dentado silbó al pasar junto a ella. Sintió
el cuero cabelludo al descubierto por donde lo había rozado. Cerró los dedos
en torno a la empuñadura de la lanza cuando Branwyn se la acercó a la mano
y la levantó a tiempo para el segundo golpe de Ettoriel. Logró parar una
tercera estocada dirigida a sus piernas con la punta de la lanza de la Máquina
y el impacto del Filo Dentado contra la lanza hizo que un dolor terrible se
extendiese por sus manos.
El sonido producido por el choque fue en aumento en lugar de irse
apagando. Cuando Marley se retiró, con el objetivo de dejar el espacio
suficiente entre ella y Ettoriel para poder pensar sobre qué estaba haciendo, el
Juguete de Cuna convertido en lanza empezó a cantar. Su voz era parecida a
una armónica de cristal, las notas dulces y relucientes. Marley podía sentirlas
a través de la empuñadura.
Ettoriel dio un brinco hacia atrás; sus alas le ayudaron a apartarse. Observó
con cautela el arma de Marley y esta trató de blandirla como si supiese qué
estaba haciendo. Entonces, Ettoriel miró a un lado, a donde Branwyn seguía
sentada sobre Tarn.
—Puedes intentar matarme, pero puede que sea yo quien acabe matándote
a ti —gritó Marley.
—Me parece justo —susurró y desplegó de golpe las alas. Se mantuvo
absolutamente inmóvil mientras la miraba—. Siempre he pensado que los
nephilim erais una tragedia, pero nunca os había considerado realmente
malvados. Hasta ahora.
Marley parpadeó y gritó:
—¿Quién de nosotros está intentando asesinar a unas niñas?
Algo pesado y brillante la golpeó, haciendo que perdiese el equilibrio.
Mientras parpadeaba, Ettoriel había saltado hasta donde se encontraba ella y
sus alas de aspecto etéreo la habían golpeado.
Dio con sus hombros en el suelo. Aprovechó el impulso para rodar y
ponerse de nuevo en pie para asestar otro golpe salvaje con la lanza. El
tarareo de la Máquina se transformó en un chillido y se dio cuenta de que
volvía a tener algo de espacio.
«Si al menos tuviese un poder precognitivo útil en vez de esta estúpida
visión catastrófica… Es ridícula», pensó algo mareada.
Sin embargo, Corbin se encontraba junto a las niñas en la rueda gigante. La
cuerda que les ataba por brazos y piernas se cayó en cuanto él la tocó. Corbin
frunció el ceño al ver que la parálisis seguía afectando a las niñas.
—¡Jeremy! —gritó Ettoriel. Jeremy apareció junto a Corbin y le empujó
para que perdiese el equilibrio.
Marley desplazó la mirada de nuevo a Ettoriel, resistiéndose al deseo de
girar la cabeza y comprobar que Branwyn estaba bien. No podía cuidar de
todo el mundo y, para poder cuidar de alguien en aquel momento, primero
necesitaba concentrarse en sí misma. En su enemigo. En el ángel que trataba
de matarla. Tenía que cuidar de sí misma.
Entrecerró los ojos y se escabulló como pudo hacia un lado. Él levantó la
mano con la cadena y algo crepitó en el aire en el lugar en el que había estado
hacía un instante. «¿Eso ha sido un rayo?»
El rostro de Ettoriel se contrajo y se acercó de nuevo a ella blandiendo su
arma. Marley se dobló hacia un lado para evitar la embestida y le asestó un
golpe con la lanza mientras recuperaba el equilibrio.
En esta ocasión, para su sorpresa, le acertó con la lanza en el brazo y le
dejó una línea blanca fulgurante que se apagó en cuanto empezó a brotar
sangre de la herida.
Al contrario que Tarn, Ettoriel no pareció quedar incapacitado por el
contacto con el arma. Ni siquiera pareció darse cuenta. Furiosa al no
cumplirse sus expectativas, Marley le apuñaló de nuevo, hundiendo esta vez
la cabeza de la lanza en su pecho. Sin embargo, no llegó muy profundo antes
de que la mano de Ettoriel se cerrase sobre la empuñadura del arma. Tiró de
ella para arrebatársela y sacársela del pecho y la lanzó a un lado. Entonces,
agarró a Marley del pelo y la tiró al suelo, blandiendo de nuevo su daga para
la puñalada definitiva.
Una de las niñas gritó. Los incendios, aplacados por lo que fuese que Tarn
había hecho, rugieron hacia el cielo y el terreno tembló bajo los pies. A pesar
del brillo dorado del escudo en torno a la zona ritual, el aire hervía por el
calor.
El temblor de tierra se agravó. Marley se hizo a un lado para liberarse del
agarre de Ettoriel y dejó atrás un mechón de pelo. Se abrió camino por el
terreno agitado y corrió hacia el Juguete.
—¡No! —gritó Ettoriel.
—¡No! —le secundó una voz infantil.
Marley levantó la mirada mientras su puño se cerraba en torno a la lanza.
Tanto Lissa como Kari estaban de pie junto al engranaje de bronce y una
criatura de fuego se elevaba sobre ellas. Mientras Lissa observaba fijamente a
Ettoriel, Kari comenzó a reducir a cenizas al monstruo de fuego.
Marley podía sentir cómo los escudos que había conjurado alrededor de las
niñas recibían embestidas de poder. El conflicto entre su deseo por lanzarse
contra Ettoriel y su ansia por esconderse y esperar a que todo hubiese
terminado iba en aumento.
—No, Liss —susurró Kari, sollozando—. Somos malas. No. —Cada una
de las palabras retumbó contra la piel de Marley.
Durante una fracción de segundo, la mirada de Marley se encontró con la
de Lissa y pudo oír y sentir las palabras de la niña:
—Sí, somos malas.
—¡No! —exclamó Marley, casi cantes de que Lissa hubiese terminado de
hablar y se lanzó de nuevo contra Ettoriel.
—¿No ves lo que les estás haciendo? ¡No eran más que unas niñas
pequeñas!
Marley le lanzó un tajo, y otro, y otro más. . Él tropezó y retrocedió. Cada
corte superficial brillaba con un tono plateado antes de teñirse de un rojo
ligero. Algo iba mal. ¿El arma había cambiado al apuñalar a Tarn tal y como
él había sugerido? ¿O es que Ettoriel era inmune? Se detuvo, jadeando, y se
dio cuenta de que tenía los brazos embadurnados de rojo. Se había herido a sí
misma y apenas lo había notado. La reserva de energía de Branwyn la ayudó
a resistir a través de la conexión forjada por Corbin.
Recordó que Ettoriel había construido también una conexión con una de las
amigas de Marley. Su mirada se cruzó con la de Penny, que se encontraba
arrodillada, con los brazos cruzados con firmeza sobre el pecho y la cabeza
gacha. Brillaba ligeramente. Marley pudo ver cada uno de sus chakras, tenues
y vacíos. Había una figura brillante alojada en su interior, como si la imagen
de Penny se proyectase en una pantalla retroiluminada. Se abrieron varios
rasguños en esa silueta, como si la cinta en la que se proyectaba estuviese
dañada. Eran unos rasguños blancos que se correspondían con las heridas del
cuerpo de Ettoriel.
—¡Tú! ¡Cabrón! —murmuró. Bajó la lanza.
Si le hubiese sonreído con calma y superioridad, su rabia hubiese resurgido.
Sin embargo, se limitó a suspirar, como si ella no fuese más que una chica
traviesa.
—Ya ves. Si te defiendes a ti misma, destruirás a tu amiga. Y está débil.
Como dudes o te resistas demasiado, lo poco que quede de su alma arderá
igual que esas montañas. Déjame salvar el mundo.
—No puedo echarme a un lado y dejar que las asesines —susurró. Una
oleada de inimaginable dolor recorrió su interior.
Él se acercó y la estudió.
—Lo respeto. Acabaré contigo y después con ellas pero mantendré a salvo
a tus amigos. —En un tono casi de disculpa, añadió—: Es la mejor solución.
La única.
Detrás de Ettoriel, Corbin le dio una patada a Jeremy y se arrastró hasta
Penny. Se llevó la mano a los ojos y después la colocó en la frente de Penny,
tal y como había hecho en una ocasión con Marley. El nódulo superior se
inundó de luz. Elevó la cabeza y abrió los ojos por completo. Se miró las
manos y chilló con un tono agudo y estridente. Se puso en pie con torpeza,
miró a su alrededor, acorralada, y empezó a esquivar cosas aleatorias. Vio el
fuego. A Ettoriel. Y a las niñas.
Corbin la agarró por el brazo y le dijo algo bruscamente. La sacudió, la
echó a un lado y la giró para que pudiese ver a Marley. Ettoriel observó la
escena por encima del hombro, con el ceño fruncido.
Corbin echó la mano hacia atrás, como si fuese a golpear a Penny, que
jadeaba sin aliento:
—Marley, Marley. No sé qué está pasando. Ayúdame, por favor.
Ante aquello, el alma de Marley se estiró con la misma tensión que la
cuerda de un violín. Sin pensarlo conscientemente, envolvió a Penny con su
protección. Estaba a salvo. A salvo de la mano de Corbin, de Jeremy, que se
levantaba a su espalda, a salvo de la luz de Ettoriel. «Gravemente herida»,
según indicaba su escudo, pero a salvo al fin y al cabo.
Marley se sintió ligera, tal y como se había sentido cuando fracasó en su
intento de proteger a AT, pero no le importó. Penny no deseaba lo que le
estaba ocurriendo, le había pedido ayuda, aún podía salvarla. ¿Cómo podía
detenerla Ettoriel? Sus amigos cuidaban de ella y ella cuidaba de sus amigos;
y juntos eran imparables. Un sentimiento de alegría y resistencia se abrió
paso a través de ella y gritó al ángel sin decir ninguna palabra.
Él no le dedicó más que una mirada antes de levantar las manos; tanto el
Filo Dentado como la cadena de hierro centelleaban. Unió ambos objetos y,
una vez más, el aire se enfrió súbitamente, como si algo estuviese drenando la
energía de los incendios. El público, compuesto de figuras fantasmagóricas
que observaban desde la parte exterior de la cúpula de luz dorada, parecía
acercarse cada vez más. Una onda se abrió paso a través de ellos para
terminar formando una silueta que se elevó girando hasta la cúpula,
compuesta de líneas rectas y suaves curvas y rodeada por un par de anillos
que se movían lentamente. Era la Máquina que había visto en una ocasión, de
la que Corbin había intentado obtener respuestas. Flotaba sobre Lissa y Kari
con el lado plano hacia abajo y comenzó a ejercer una especie de presión.
Marley pudo sentirla a través del escudo. No se trataba de una presión
física, sino que obligaba a soportar cierto poder. No era activamente
destructivo, pero sí disperso y caótico. Bombardeó su escudo, ya bastante
debilitado, con ruido, confundiendo peligro con seguridad en su conciencia
instintiva. Se concentró para tratar de mantener su sentido de qué era una
amenaza y qué no lo era. La Máquina suponía una distracción, no una
amenaza. Ettoriel, con la daga desenfundada, era, en cambio, una amenaza.
Otra rueda de la Máquina, idéntica a la primera, se situó sobre la cabeza de
Ettoriel, que empezó a caminar en dirección a las niñas.
Su escudo flaqueó.
No estaba segura de si alguien se había dado cuenta. ¿Podría detectar
Ettoriel el escudo antes de intentar hacer daño a las niñas?
El suelo volvió a temblar y surgió una grieta entre Ettoriel y las gemelas,
que habían dejado de discutir y tenían las manos entrelazadas otra vez
mientras miraban, enfadadas, a Ettoriel.
—Vete de aquí —dijo Lissa—. Somos malas y podemos ser aún peores.
—No nos gusta tu sombrero —añadió Kari, que señalaba a la Máquina que
flotaba sobre Ettoriel, y los anillos se detuvieron. La reacción de los testigos
fantasmales fue un susurro de terror.
Ettoriel suspiró y cerró las alas. La cúpula de luz desapareció con un
zumbido. Durante breve tiempo, apareció en su lugar una luz roja anaranjada
antes de que una neblina de humo blanco lo sustituyese todo. Invadió el
olfato de Marley, pero pareció detenerse en su garganta, permitiéndole
respirar con facilidad aquel aire contaminado. Penny estaba a salvo. Lo
suficientemente segura. Aunque vacilaba, el escudo filtró las peores toxinas y
el asfixiante calor. Sin embargo, Branwyn comenzó a toser de inmediato.
Marley miró, alterada, en torno a ella en cuanto la tos empeoró,
ahogándola, y finalmente paró por completo. Vio que Tarn sostenía a
Branwyn en sus brazos, con la cabeza agachada junto a la de ella.
—Sois malas —concordó Ettoriel con tranquilidad. Seguía interponiéndose
entre Marley y las gemelas, con el Filo Dentado a su lado—. Aunque no es
culpa vuestra. Si me dejáis, puedo arreglarlo todo.
—Yo no quiero ser mala —murmuró Kari.
Marley se acercó a él con la lanza levantada. Estaba de espaldas a ella. La
Máquina sobre su cabeza se estaba encendiendo de manera irregular, como
un ventilador con el motor estropeado. Podría apuñalarle por la espalda y
todo habría terminado.
No. El escudo no aguantaría, al menos no con el poco grosor que tenía al
haberlo extendido tanto ni con él tan dañado como estaba por la Máquina.
Podía mantener el humo a raya, pero destruir a Ettoriel con el Juguete de
Cuna sería una amenaza para Penny. Podía verlo.
Sin embargo, Tarn creía que había otra manera. Cuando era Cencerrillo
mencionó algo sobre un arma.
—No, claro que no —respondió Ettoriel a la niña, con una voz tan suave
como la seda—. Alguien cometió un error por el que vosotras no tenéis que
sufrir.
Ah, sí, el hada le había proporcionado un arma mucho antes de que
Branwyn y Corbin lo hiciesen, un arma mucho más personal e igual de
peligrosa. La lanza se le cayó de la mano mientras la nana continuaba
sonando. Alguien cometió un error.
—¿Fuiste tú? —preguntó con calma—. Su madre te quería. —Ettoriel se
quedó paralizado. Caminó hacia él para poder mirarle a los ojos—. Su
nombre era Nina. Te llamaba Gato. ¿Lo habías olvidado ya? ¿O es que todo
esto es realmente sobre ti? Sobre borrar tus propios errores. Sobre olvidar que
una vez amaste a alguien.
—Fue una trampa —respiró.
—No lo sé, pero sé que te quería. Habría hecho cualquier cosa por ti—.
Marley lo examinó con precisión y redujo de nuevo el tono mientras se
acercaba más aún—. ¿También la mataste a ella? ¿Acaso fue también para
salvar el mundo?
—¡No! —respondió. Cuando sus ojos se encontraron con los suyos, vio
angustia en ellos—. No sé dónde está.
—Pero has buscado —dijo con suavidad—. ¿Son tuyas?
—¡No! —exclamó con rapidez y bajó la mirada.
Marley no sonrió, aunque tenía ganas de sacar los dientes.
—No estás seguro. Perder tu nombre te confundió. —Él la miró con
preocupación, su bello rostro se retorció en una mueca. Marley continuó, con
la voz tan calmada como hasta el momento—: No lo sabes. Y ahora quieres
matar a sus hijas. No porque quieras salvar el mundo, sino porque no puedes
soportar su existencia. ¡Y mira lo que has conseguido con esta cruzada
personal!
—Esto es algo mucho más grande que yo —dijo, moviendo vagamente la
daga sin señalar nada en concreto.
—No, no lo es —respondió con frialdad—. Se trata solo de ti y de las niñas
que podrían haber sido tuyas. De la vergüenza y el amor que sí son tuyos.
Ettoriel sacudió la cabeza.
—No importa. —Dio media vuelta hacia las niñas de nuevo.
—¿Ah no? Vamos a comprobarlo —dijo Marley con cierta pereza.
«¿Cuánto duraba un evento de valencia?»—. Mira a esas niñas pequeñas.
Quizá sean tuyas, el resultado de un crimen que hizo temblar al mundo.
Quizá fuese tu crimen y tu amor los que trajesen a estas niñas al mundo.
—Entonces, debería arreglarlo —respondió, tembloroso.
—Sin embargo, el crimen real está dentro de ti —afirmó, animadamente—.
Siempre está el suicidio, pero estoy segura de que eso también es un crimen.
Dejémoslo por ahora. Mira a estas niñas. Quizá son de otra persona. Quizá
ella encontrase en los brazos de otro hombre lo que tú no quisiste darle.
Quizá después de que la abandonases, se propuso en encontrar un sustituto…
o quizá simplemente encontrase a alguien mejor.
Ettoriel cerró los ojos con fuerza y todo su cuerpo se quedó rígido.
—No hemos terminado —prosiguió Marley, con la voz cortante como un
cuchillo—. Mira a estas niñas—. Abrió de nuevo los ojos, como si ese
movimiento escapase a su voluntad, aunque se mantuvo tenso como un
resorte—. Míralas. Mira sus caras. ¿No se parecen a ella? —Se la estaba
jugando, al permitir que su corazón rellenase los detalles de los que ella no
tenía ni idea—. ¿Puedes matar a sus hijas, lo único que queda de ella,
independientemente de quien sea el padre? ¿Puedes soportar un mundo sin
Nina?
Hizo una pausa y Ettoriel se quedó en silencio, con los ojos puestos en las
niñas.
—Creo —continuó— que todo lo que intentas detener acabará ocurriendo
por el simple hecho de que trates de detenerlo. Parece que es así como suelen
funcionar las profecías. Eres mucho mayor que yo, seguro que también lo
sabes. Quizá sea eso lo que quieres, no lo sé. —Se quedó observando su
rostro desencajado y sintió como la pena le encogía el corazón—. Realmente
no lo sé —repitió.
Alrededor de ellos crepitaba el fuego. El pelo de Marley comenzaba a
chamuscarse.
Finalmente, Ettoriel levantó una mano para tocar la rueda de luz que pendía
sobre su cabeza.
—No puedo… —su voz se quebró—. No puedo seguir con esto. Lo siento.
Caí en desgracia hace años.
La explosión de júbilo inicial de Marley quedó abortada al ver que, de
repente, el mundo se truncaba. La sensación de que todo iba mal estaba en
todas partes. Los incendios estaban descontrolados. Los anillos de luz eran
componentes de una gran Máquina que se arqueó sobre ellos antes de
ascender al cielo. Las figuras que les observaban se quejaron con amargura.
La maldición de Ettoriel, debilitada y desprovista de medios por culpa del
propio escudo de fuego de este, terminó por encontrar un canal y golpear por
última vez. La Visión Geométrica de Marley se activó por completo y le
mostró las líneas de luz que se entrelazaban en torno a ella formando un
vórtice. Algo impactó contra ella como un martillo. La Visión quedó
desactivada y todos sus escudos se desvanecieron.
Se desplomó sobre el suelo, mirando sin comprender nada; del crepitar del
fuego emergieron palabras de ira, mientras que el círculo que les rodeaba
creció en espectadores. «El SILENCIO. Céntrate en el SILENCIO rompe el
SILENCIO todo puede hacerse si no fuese por el SILENCIO ETTORIEL EL
SILENCIO libéranos úsalas aún hay tiempo HAZLO YA redímete.»
Sin embargo, la rueda de la Máquina flotaba sobre las cabezas de las niñas
y se fusionó con la que se encontraba sobre la cabeza de Ettoriel, girando
sobre sí misma y aumentando su tamaño. Descendió hasta la altura de la cara
de Ettoriel.
—Amiga mía —susurró, tocándola de nuevo—. Ayúdame a comprender.
«ETTORIEL,» gritaron los testigos. El cielo se abrió y un rayo del grosor
de la cintura de Marley golpeó a Ettoriel. Durante una fracción de segundo,
su cuerpo no fue más que plasma. Entonces, tanto el rayo como él
desaparecieron. La cadena que sujetaba había caído al suelo junto al Filo
Dentado.
Varios símbolos en la rueda de la Máquina cambiaron de color y, a
continuación, también ella se desvaneció.
Los incansables y airados espectadores seguían allí. Una luz de color
carmesí comenzó a acumularse en el centro del círculo.
Corbin se lanzó al suelo junto a Marley y colocó un brazo sobre ella.
—Estarás bien —susurró.
—¿Y qué pasa con todos los demás? —murmuró—. ¿Qué ocurre con
Penny y las niñas? ¿Y con…? —Su voz se apagó. La luz carmesí se estaba
condensando, formando una figura humanoide con alas. No podía recordar
qué era lo que estaba diciendo. Estaba totalmente agotada. No le quedaba ni
energía ni palabras. Había hecho todo, pero parecía que el Paraíso respaldaba
a Ettoriel, ¿qué podía hacer contra eso?
Por el rabillo del ojo, Marley vio cómo Severin, el kaiju, levantaba la
cabeza. Seguía con las manos en los bolsillos, pero una sonrisa de orgullo
surcaba su rostro.
—¿Vamos a romper el Silencio después de todo? Hacedlo, por favor. —
Dio un paso adelante y con su pisada hizo temblar el suelo como un rayo—.
Hemos sufrido terriblemente por el Silencio, ¿a qué sí? Los ángeles y los
monstruos.
El ente alado carmesí se detuvo. Era una forma neblinosa, aún por definir.
El kaiju continuó:
—Disfrutaría tanto probando más de un bocado de cada uno de los aquí
reunidos. Un gran consejo de ángeles, ¡todos de acuerdo! Así que ya podéis
empezar a derribar el Silencio y yo acabaré con las ataduras espirituales. —
Sacó las manos de los bolsillos y las abrió. En cada una de las palmas tenía
unas diminutas bolas de luz brillantes.
La figura carmesí se desdibujó cuando el círculo de seres que presenciaban
la escena se disipó. Algunos de ellos se desvanecieron por completo. Los
dedos de Severin se cerraron de nuevo sobre las esferas brillantes.
—¡Vamos! Ha llevado tanto tiempo. ¿Cómo voy a comeros si escapáis?
—Buena pregunta —le murmuró Corbin a Marley al oído.
Más siluetas brillantes desaparecieron y la figura carmesí estalló en una
cascada de chispas. Severin se dirigió a las dos figuras que quedaban y se
inclinó hacia ellos con las manos otra vez en los bolsillos.
—¡Vamos! —repitió—. Hagámoslo. Podemos descubrir qué ocurre si un
ángel muere durante un evento de valencia. ¿Se borra su nombre del Mar de
los Sueños? ¡Es por el bien de la ciencia!
Una de las figuras habló con una voz que sonaba como el chillido de un
águila:
—A mis hermanos les preocupa caer antes de que te borremos del mundo,
perdido. Pero tendría…
—Esto ya ha sido un experimento lo bastante informativo —le interrumpió
la otra figura—. Tenemos mucho de lo que hablar. Gracias por revelarte
como parte de la ecuación, perdido. —Entonces, se desvaneció dejando un
pequeño rastro de cenizas tras él.
La última silueta parpadeó ante Severin durante un instante antes de
desaparecer por completo. El kaiju se rio mientras se llevaba las manos a los
bolsillos, sacudiéndose las motas de luz que quedaban en ellos. Entonces se
volvió hacia Marley, que estaba tendida en el suelo:
—Buen trabajo con Ettoriel, cariño. Nunca hubiese pensado que tu madre
fuese un ángel al verte hablar así.
Marley tosió y vomitó sobre el brazo de Corbin.
—No pasa nada. Estoy bien. —Entonces, levantó la voz—: ¿Nadie puede
hacer nada con el incendio antes de que ardamos o me vea forzado a tomar
medidas drásticas?
—Es magia de las hadas—dijo Severin con alegría.
Todo el mundo se giró hacia Tarn. Había dejado a Branwyn sentada junto a
Penny, que estaba hecha un ovillo, y caminaba hacia el lugar en el que
Ettoriel había desaparecido. Se agachó despacio y recogió la cadena de hierro
del suelo. Las manos se le llenaron de llagas al instante, pero no dejó de
mirarla con curiosidad.
—Romped la cadena —murmuró.
Marley se incorporó y se limpió la boca. Un hormigueo descendió por su
espalda.
—¿Deberíamos…? —comenzó a decir, insegura.
—Sí —dijo Corbin al ponerse en pie.
Tarn llevó la cadena hasta Lissa y Kari, cuyas manos seguían aferradas. Se
arrodilló delante de ellas.
—Siento mucho haberme llevado a vuestro tutor, pequeñas. Fue esta
cadena la que me obligó a hacerlo y podrían volver a usarla de nuevo del
mismo modo.
—No —dijo Kari con rotundidad—. No podrían. —Tocó la cadena con la
mano.
Una luz blanca iluminó el contorno de cada eslabón. Durante un momento,
todo quedó congelado. Entonces, todos los eslabones explotaron,
rompiéndose limpiamente en dos, y un montón de esquirlas de hierro cayeron
al suelo ante los pies de Tarn, que permaneció arrodillado con la cabeza
agachada.
—¿Acaba de…? —dijo Corbin.
—¿Destruir algo para cuya fabricación fueron necesarias docenas de seres
celestiales? —continuó Severin—. ¡Sí, eso ha hecho! Se avecinan tiempos
divertidos, chico. Estoy seguro de que las hadas pueden provocar un caos
inmenso aunque solo tengan un tercio de libertad.
—No me importa —gritó Kari—. ¡Quiero que vuelva mi tío! ¡Ahora!
Los incendios a su alrededor desaparecieron y Lissa rompió el repentino
silencio:
—Nadie apagaba los fuegos y hacía calor. ¿Ha sido algo malo también?
—¡No me importa! —comenzó Kari de nuevo, pero el mundo se abrió
como si se corriese una cortina junto a ellas y apareció Zachariah, con el
mismo aspecto que si hubiese terminado de ducharse y vestirse para un día de
trabajo en la oficina.
—Las dos sois buenas chicas —dijo antes de que se abalanzasen sobre él.
Tarn se levantó, con la cabeza aún inclinada. Marley se tambaleó hacia él,
y se dio la vuelta. La sonrisa dibujada en su cara era tan enorme y terrorífica
como cualquier mueca de Severin.
—Por fin —respiró—. Tras milenios… por fin. —Un escalofrío recorrió su
cuerpo y la mirada distante se borró de su rostro.
—Gracias, Marley. Al final has resultado útil. Es hora de que me vaya.
¡Tantas cosas que hacer! Una cadena menos, ya solo quedan dos. —Miró a su
alrededor hasta que vio cómo Branwyn sostenía la cabeza de Penny en su
regazo—. Dulce e ingeniosa Branwyn. Nos veremos pronto—. Branwyn le
sacó la lengua y él le lanzó un beso. Entonces, despareció.
Marley se quedó mirando el lugar que Tarn había ocupado, tratando de
procesar lo ocurrido en los últimos minutos. Había enfrentado a Ettoriel con
sus sentimientos por las gemelas y la madre. No le había apuñalado. Si lo
hubiese hecho y hubiese sacrificado a Penny, ¿Tarn se habría podido liberar?
¿Le importaba en realidad que las hadas hubiesen quedado sueltas por el
mundo de nuevo? ¿Qué harían? Quizá Zachariah lo supiese. Zachariah…
—¡Marley! —gritó Corbin, igual que cuando había peleado con Tarn al
llegar a la zona del incendio. Tenía la sensación de que hubiese pasado toda
una vida. Le resultó tan parecido a un recuerdo que ni siquiera se apartó
cuando la cuchilla del Juguete de Cuna se deslizó por su espalda. Entonces, la
lanza cayó al suelo con un ruido sordo y Severin pasó como un torbellino
junto a ella, sujetando a Jeremy por los brazos como si fuese su pareja de
baile.
Jeremy parecía chamuscado. La mitad de su cabello había ardido hasta la
raíz y estaba cubierto de cenizas y suciedad. Sin embargo, su mirada era
furiosa y salvaje.
—Iba a ser inmortal —siseó al pasar junto a Marley—. Pero entonces
llegaste tú. Tú y tus palabras… Tus mentiras… —Luchó por liberarse de
Severin.
Severin tenía la cara iluminada.
—Encantador. Creo que me llevaré a este. No discutas; me debes una. —
Susurró algo al oído de Jeremy, que se sacudió aún con más fuerza, con una
expresión aún más colérica.
—No lo haré —respondió Marley, agotada—. Llévatelo lejos, por favor—.
Severin le sonrió con picardía y dio un paso atrás antes de desvanecerse tras
una de las cortinas del mundo con su presa.
Marley se sentó sobre un montón de cenizas y suciedad. Todo había
terminado. Quería comprobar qué tal estaban Penny y Branwyn, hablar con
Zachariah sobre las gemelas, hablar con Corbin sobre las hadas y AT… Sin
embargo, podía hacer todo eso más tarde. Había tiempo. Se tumbó en el
suelo, aún caliente, y dejó que pasase el tiempo.
epÍloGo

Más tarde.
Marley se asomó al balcón de la lujosa habitación del hospital privado en el
que había terminado. Seguía sin estar muy segura de cómo había ocurrido:
había muchos detalles borrosos en las horas inmediatamente posteriores al fin
de la batalla en el incendio. Había caminado por la ladera de la montaña, pero
¿durante cuánto tiempo? Creía recordar una versión gigante de Neath… y
estaba segura de que había un helicóptero. Y luego estaba el hospital, con
enfermeras amables que le ayudaron a bañarse y le administraron el
fantástico analgésico que hizo desaparecer todos los dolores que la asaltaron
en cuanto Corbin anuló el hechizo de apoyo.
Ahora, Neath dormía a los pies de su cama. Penny estaba en la otra cama y,
aunque no se despertaba, los médicos decían que se encontraba estable.
Marley sabía que era cierto y por el momento eso bastaba.
Se giró hacia el balcón y observó la noche. Las luces rojas seguían
marcando el avance de los incendios por las montañas, pero ahora eran más
pequeños. Los bomberos, con toda la tecnología que habían empleado para
combatir el fuego, por fin iban ganando.
Branwyn empujó la puerta para abrirla y entró con dos tazas de café. Le dio
una a Marley y luego se acercó a vigilar cómo iba Penny. Después de alisar el
pelo de su amiga se unió a Marley en el balcón.
—¿Cómo te encuentras?
—Me han dado una medicación fuerte, así que seguramente me encuentre
mejor de lo que debería. —Marley envolvió la taza caliente con los dedos.
—No me refería a los dolores. —Branwyn le dedicó una mirada aguda.
—Ya lo sé. —Marley suspiró—. No soy como era antes, ¿sabes? Lo que se
esconde tras la ansiedad es real. No significa que esté… rota. O si lo hace,
entonces es algo que heredé.
—Sin embargo, eres más que lo que heredaste. —Branwyn se encogió de
hombros—. Es obvio, pero sigue siendo cierto.
A Marley se le escapó una risita.
—Eso me han dicho. Tengo que aprender a manejarlo, porque no puedo
volver a enterrar esto. Pero creo que podré hacerlo.
Branwyn asintió, como si esa fuese toda la respuesta que esperase. Luego
observó la habitación a su alrededor.
—Bueno. Entonces, todo esto ha ocurrido de verdad, ¿no? Me pregunto si
nos ayudará a pagar el alquiler de algún modo.
—Tanto Corbin como Zachariah me han hablado de eso. —Marley frunció
el ceño—. Corbin dice que Senyaza querrá hablar conmigo, y que me
pagarían por mis servicios. Dijo que a lo mejor sabían algo de mi verdadera
madre y sobre Neath. ¿Te dije que parece ser que ella fabricó a la gata?
Suponiendo que pueda fiarme de lo que ha dicho un hada. Ah, y Senyaza
también quiere estudiar los orígenes de las gemelas. Supongo que les gusta
hacer árboles genealógicos. —Sacudió la cabeza—. Y Zachariah quiere… —
se quedó en silencio, mirando su café durante un instante, hasta que Branwyn
le tocó el brazo—. Zachariah quiere pagarme para que siga protegiendo a las
niñas. Para que sea su niñera, o su institutriz o algo. Como su guardaespaldas.
—Buscó la mirada de Branwyn y añadió, con orgullo—: Les prometí que
nunca las dejaría solas y no lo haré. He luchado por ellas y las he salvado. Ya
sé que es una tontería, pero son mías. No me importa que también sean suyas,
o al menos no mucho. Pero que él me pague para que las cuide me parece…
mal. Ya me ha utilizado una vez.
—Ajá —dijo Branwyn, sin dar su opinión—. Si consigues autoconvencerte
para aceptar un sueldo, elige el de guardaespaldas. Ganan más.
Marley intentó fruncir el ceño, pero se le escapó otra risita. Se recostó en la
silla junto a la ventana y Branwyn levantó la taza en un brindis.
—Por cierto… quería hablar contigo sobre Zachariah y Corbin. Me
imagino que Zachariah ya no está en el Top 10 de la lista de Novios
Potenciales, pero ¿qué hay entre Corbin y tú?
Marley le dirigió una mirada confundida. ¿Corbin? Pero él… Y entonces se
dio cuenta y se puso colorada. El kaiju le había dicho: «sus motivos son tan
egoístas como los tuyos, querida».
—Casi no nos conocemos. Y lo único para lo que hemos tenido tiempo es
para gritarnos y huir. —A pesar de sus palabras, Marley recordó la calidez
que había sentido en su presencia.
Branwyn pareció satisfecha.
—Me parece bien. No vayáis a ir demasiado deprisa solo porque te salvó la
vida o algo parecido.
—De hecho, fui yo quien salvó la suya. AT y yo lo hicimos. —Volvió a
fruncir el ceño. Corbin había dicho que AT estaría bien y que todo se
arreglaría, pero ¿sería así? Volvió a mirar hacia Penny y de pronto se dio
cuenta de que no todo había terminado. No podía volver a su antigua vida,
con la única diferencia de cuidar a unas niñas a ratos. Todo había cambiado y
ahora ella podía suponer una diferencia para más de dos personas.
O podría hacerlo si no salía huyendo.
—Bueno —dijo Branwyn, observando su reflejo en la ventana—. La
historia que les contaste a Corbin y al ángel fue magnífica. El ángel provocó
el cumplimiento de su propia profecía. —Miró directamente a Marley—. ¿Lo
crees?
—No creo en profecías —dijo Marley, tras dudar un momento—. Alguien
me dijo una vez que «los hombres siempre han considerado que las mujeres
con poderes inusuales son portentos del fin de los tiempos». Eso sí me lo
creo, lo he visto en los libros y en la historia. Les pasa a las mujeres y a los
niños, a cualquiera que sea diferente. El viejo orden siempre piensa que es el
fin del mundo cuando aparece alguien con poderes extraordinarios. Esas
niñas van a provocar que salte una chispa, y me gustaría que pudiesen decidir
exactamente el tipo de fuego que van a encender con ella.
—De acuerdo —dijo Branwyn—. Mientras estabas descansando, he
hablado con Corbin. —Marley la miró, alarmada, y añadió—: No sobre ti.
Para mí también ha sido un día importante. Quería saber más cosas de las
hadas y si volverían a aparecer…
Las luces parpadearon. Las sombras se deslizaron por la habitación y luego
desaparecieron. Neath levantó la cabeza de donde estaba acurrucada, en la
cama de Marley. Echó las orejas hacia atrás y se puso de pie, moviendo la
cola. Marley sujetó el brazo de Branwyn, pero antes de que el terror pudiese
materializarse del todo, Neath cruzó la cama, miró algo que había en la
mesilla, y luego se volvió a sentar y empezó a lavarse.
Primero de forma dubitativa y luego con decisión —no iba a volver a huir
— Marley se acercó a mirar.
En la mesilla había una esfera de cristal, igual a otra que ya había visto en
dos ocasiones. Estaba colocada encima de un trozo de papel con los bordes
desgarrados en el que alguien había escrito con letra elegante y tinta plateada:
«Para Branwyn».
Marley se quedó mirándolo. El deseo de proteger a Branwyn volvió a
florecer y luego desapareció, como una chispa moribunda, cuando recordó a
Branwyn saliendo de su prisión con un bate de hierro. El hada no tenía ni
idea de con qué estaba lidiando.
—¡Chica de Acción! —dijo, con la voz ahogada por la risa—. ¡Es para ti!
Branwyn entrecerró los ojos. Luego sonrió y alargó la mano hacia la nota.
Marley se apartó de su camino.