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Capítulo III 109

tucionalizada. El Estado de bienestar nació y se desarrolló


como un intento de suavizar las desigualdades (al menos dentro
de los países más desarrollados), pero el propio sistema econó-
mico lo ha ido devorando. Nuestra sociedad avanzada (?), con
sus dioses (el mercado y el consumo), está logrando acrecentar
–incluso dentro de sus mismos territorios políticos, y por su-
puesto en los territorios de influencia económica– los grupos
de excluidos del trabajo, del mercado y del consumo, la infra-
clase. Nuestro sistema está produciendo su propia enfermedad:
si la gente no trabaja, no puede consumir. La producción no es
rentable si no hay consumo; y si no se produce y no se consu-
me, no hay riqueza que permita a los países generar un Estado
de bienestar.

Los mercados de trabajo

El estudio de la segmentación del mercado de trabajo repre-


senta uno de los esfuerzos analíticos más importantes como
alternativa a la explicación neoclásica del funcionamiento del
mercado de trabajo. Desde la perspectiva teórica (Recio, 1991),
más que una teoría acabada, constituye un conjunto de aporta-
ciones coincidentes desde diferentes tradiciones culturales y
científicas, que coinciden en destacar una serie de característi-
cas comunes a los mercados de trabajo.
En el enfoque económico dominante, el mercado de trabajo
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es un mercado único en el que participan todas las personas


que buscan empleo y todas las empresas que quieren contratar
trabajadores. Son las fluctuaciones en los salarios lo que cons-
tituye el elemento básico que regula el mercado y guía el com-
portamiento de trabajadores y empleadores, que actúan libre e
independientemente. Se supone que el proceso productivo es
simplemente la aplicación de una tecnología determinada exó-
genamente y sin conflictividad intrínseca. En estos presupues-
tos, siempre que se den las condiciones de competencia perfec-
ta y precios fluctuantes, el mercado alcanzará el equilibrio.
Sin embargo, los estudios de la segmentación laboral han
mostrado que no existe un único mercado de trabajo, sino una
pluralidad de marcos de contratación. Cada mercado específico
se caracteriza por tener un conjunto de barreras que limitan su
acceso y lo diferencian de otros mercados. Así, la vida laboral
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de los trabajadores viene marcada por el mercado específico en


el que se ubican, ya que éste determina sus posibilidades de
movilidad y las condiciones de trabajo a que tienen acceso:
salario, estabilidad en el empleo, carrera profesional, ambiente
de trabajo, etc. Algunos autores destacan la existencia de tres
grandes mercados:

* El primario superior. Es específico de los empleos profesio-


nales muy cualificados y caracterizado por una enorme mo-
vilidad laboral como mecanismo de promoción individual.
* El primario inferior. Es característico de los empleos estables
de la industria y los servicios. De cualificación media, en la
mayoría de los casos los puestos de trabajo se cubren por
promoción interna.
* El secundario. Se caracteriza por empleos inestables, mal
considerados y de baja retribución. La enorme movilidad no
constituye aquí motivo de promoción, sino la forma habitual
de “estar” en el mercado.

Otros autores consideran que esta perspectiva es excesiva-


mente reduccionista, ya que existiría un mayor número y una
mayor variedad de segmentos. Edwards (1979) distingue tres
mercados de trabajo: el mercado secundario, el mercado pri-
mario subordinado y el mercado primario independiente (a
estos dos últimos, Piore los denomina “mercados de trabajo
inferior y superior”). Cada uno de estos segmentos emplea en-
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tre una cuarta y una tercera parte del total de la fuerza de traba-
jo; el resto son patronos y directivos de alto nivel.
El mercado secundario es la reserva del trabajo casual. Aquí,
el trabajo es considerado como una simple mercancía desprotegi-
da, al no existir sindicación u otras constricciones institucionales.
Este mercado incluye trabajos del siguiente tenor: conserjes, ce-
ladores, mensajeros, vendedores, trabajadores de oficina de bajo
nivel (mecanógrafos, perforistas...), trabajadores agrícolas tempo-
rales. Estos trabajos no suelen requerir formación más allá de la
alfabetización. Se precisan pocas destrezas, y pocas hay que
aprender. Tienen baja remuneración y apenas hay seguridad en
el empleo. Lo único que aporta el trabajador es su fuerza de
trabajo, y es tratado y pagado en consecuencia.
También se puede considerar el tiempo de ejercicio de un
empleo. Los empleos secundarios no tienen salida porque la
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experiencia adicional no conduce a ingresos superiores. Un ni-


vel más alto de educación no se traduce en salarios más eleva-
dos. Aquellos trabajadores que tenían un nivel educativo infe-
rior a la secundaria conseguían algo más de salario, pero aque-
llos que tenían educación secundaria no consiguen ningún tipo
de ingreso superior. El efecto de la educación sobre unos sala-
rios crecientes es mayor para los trabajadores del sector prima-
rio que para los del secundario.
De este modo, la investigación sobre mercados de trabajo
parece llevar a la conclusión de que el mercado secundario es
de hecho un mercado diferente, caracterizado por distintos re-
sultados y distintos procesos de mercado. Contiene trabajos
poco remunerados, casuales, que proporcionan escasa seguri-
dad o estabilidad. Por el contrario, los empleos primarios com-
parten la característica de ofrecer ocupaciones bien definidas,
con caminos establecidos de ascenso. Estos trabajos se diferen-
cian de los secundarios principalmente por la presencia de los
sindicatos, lo que suele traducirse en mayor estabilidad, sala-
rios más altos, etc.
Piore (1983: 196) considera que cada uno de los mercados
de trabajo a los que hemos aludido se corresponde con las sub-
culturas de tres clases sociales distintas: al mercado de trabajo
secundario le corresponde la subcultura de la clase baja; al pri-
mario subordinado o inferior, la subcultura de clase trabajado-
ra; y al primario independiente o superior, la subcultura de cla-
se media.
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1. En la subcultura de la clase baja se da una relación esporá-


dica con el trabajo, además de instrumental. En esta situación
se encuentran ciertos grupos de inmigrantes, algunas muje-
res, algunos jóvenes. Se trata, pues de una pauta coherente
con el empleo errático en el mercado de trabajo secundario,
así como de otras características como la relación personal
entre el trabajador y el supervisor.
2. La subcultura de clase trabajadora se corresponde con un
estilo de vida estable, rutinario. La vida gira en torno de una
unidad familiar ampliada y un conjunto de relaciones con un
grupo de compañeros. El trabajo se considera un instrumento
para obtener la renta que permitirá mantener a la familia y
participar en actividades del grupo de compañeros; la educa-
ción se ve como un instrumento para conseguir un trabajo.
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3. A diferencia de lo que ocurre en la subcultura de clase traba-


jadora, la subcultura de clase media difumina las fronteras
entre la familia, por un lado, y el trabajo y la educación, por
otro, siendo ambas actividades intrínsecamente satisfactorias.

En el mercado de trabajo secundario los trabajos están or-


ganizados a partir de un control simple; en el primario subordi-
nado, por el control técnico; y en el independiente, por el con-
trol burocrático. El control simple es el control directo, en el
que el supervisor indica al trabajador qué es lo que tiene que
hacer. El control técnico se basa en una tecnología que rige
todo el proceso de producción, y que determina el ritmo y diri-
ge el proceso de trabajo. El ritmo no depende de los trabajado-
res sino de la maquinaria; el supervisor o capataz solamente
refuerza los requisitos de la estructura técnica. El control buro-
crático está incorporado en la estructura social y organizativa
de la empresa. Se construye en base a categorías laborales, dis-
ciplina, normas de trabajo, procedimientos de promoción, etc.
Establece la fuerza impersonal de las normas de la empresa
como base del control.
De cualquier forma, el punto de partida es la consideración
de la producción como un proceso social en el que los indivi-
duos cooperan según pautas institucionales que determina su
posición en el mundo laboral y sus derechos a la obtención de
una parte del producto. Estas normas institucionales varían en
cada sociedad; actualmente están determinadas por relaciones
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de producción capitalistas, que configuran un marco general


dominado por un reparto desigual del poder (en base a la pro-
piedad privada de los medios de producción) y por una conflic-
tividad estructural (entre trabajadores y capitalistas).
Las instituciones no mercantiles no constituyen un ele-
mento externo al marco económico, sino que surgen y se de-
sarrollan como resultado de este marco contradictorio, y ayu-
dan en buena medida a su regulación. Así, la formación de
mercados segmentados de trabajo es uno de sus resultados; en
parte se desarrollan como respuestas espontáneas del funcio-
namiento de las economías capitalistas, y en parte son pro-
ducto de las políticas laborales adoptadas por las empresas o
el Estado.
En nuestro sistema económico, los empleadores deben re-
solver a la vez tres problemas:
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1. Problema distributivo: cómo contener las retribuciones sala-


riales a unos niveles que garanticen beneficios.
2. Problema de control: cómo conseguir un comportamiento
productivo adecuado por parte de los trabajadores.
3. Problema de flexibilidad: cómo obtener una fuerza de traba-
jo que se adapte a los cambios en el mercado de productos.

El diseño de las políticas laborales debe permitir resolver


estas tres problemáticas; las soluciones que se adopten en cada
caso afectan a la estructura de cualificaciones, a la estabilidad
en el empleo y al resto de las condiciones de trabajo. Las polí-
ticas empresariales no actúan en el vacío, sino que se contrapo-
nen a otras fuerzas que también intervienen en la configuración
de los segmentos. Entre estos elementos destacan: a) la propia
actuación colectiva de los trabajadores, b) la intervención esta-
tal, y c) el papel jugado por las instituciones que participan del
proceso de reproducción de la fuerza de trabajo.
La intervención estatal es importante a distintos niveles. Por
un lado, las normas legales afectan directamente a las posibili-
dades de actuación y elección de los empleadores; por otro
lado, la intervención del Estado contribuye a ampliar o reducir
distintas formas de diferenciación social de aquello que implica
reproducción de la fuerza de trabajo (escolarización, seguridad
social, etc.). Por último, la actuación del sector público como
contratante de fuerza de trabajo es importante no sólo por las
condiciones que ofrece a sus empleados, sino también como
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referencia para el sector privado.


Otras instituciones, en especial la familia, participan tam-
bién de este proceso al producir diferencias de roles y actitudes
entre individuos, que se reflejarán en su comportamiento labo-
ral. Por ejemplo, en las representaciones ideológicas sobre el
trabajo. La segmentación es, por lo tanto, la resultante de la in-
terrelación de muchos elementos. Pero cuando un modelo de
segmentación se ha consolidado, sus efectos van más allá de la
diferenciación en las condiciones de trabajo. En la medida en
que la experiencia laboral juega un papel muy importante en la
vida de los individuos, sus puntos de vista, sus actitudes, su
representación del mundo, en definitiva su cultura (cultura del
trabajo) tienden a adaptarse a su propia experiencia, y vicever-
sa. Así, este proceso subjetivo refuerza la segmentación, dando
lugar a ciertas identificaciones colectivas, en las cuales los tra-
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bajadores de los distintos segmentos tienden a verse diferentes


de los otros.
Por otra parte, las dinámicas que estos procesos engendran
permiten comprender no sólo la diferenciación laboral, sino
también fenómenos como la pobreza persistente de determina-
dos sectores sociales y las discriminaciones padecidas por co-
lectivos sociales concretos, como mujeres, inmigrantes, etc.
Los procesos de segmentación tienden, en estos casos, a repro-
ducir las desiguales condiciones de partida. En muchos casos
las potencian, ya que la existencia de colectivos condenados al
subempleo y la marginación es utilizada como medio para pre-
sionar la baja de los salarios, disciplinar a los trabajadores y
obtener una mano de obra móvil que cargará con la mayor par-
te de las fluctuaciones en el nivel de producción.
Para terminar, no se trata por lo tanto de considerar la seg-
mentación como un fenómeno nuevo, sino de analizar las
orientaciones que adquiere este proceso en una coyuntura his-
tórica concreta, y, a la vez, considerar en qué medida se con-
vierte en un factor de reestructuración social.
Centrándonos en el caso español, desde fines de la década
del 80 se están produciendo cambios muy considerables en el
mundo laboral que afectan directamente a la estructura de los
empleos y, por lo tanto, alteran la segmentación del mercado
laboral. Y no cabe duda de que han sido los cambios en el
ambiente económico los principales causantes de estas transfor-
maciones, que son algo más que respuestas a una coyuntura
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favorable.
Tras la situación económica mundial sufrida en la década
del 70, hay que mencionar tres factores principales de cambio
que se destacan en los estudios de la crisis:

1. Los aspectos distributivos: parece probado que a partir de


los años 70 tuvo lugar en la mayor parte de los países occi-
dentales una enorme presión social tanto en el campo de la
distribución (mayores salarios) como en el control del proce-
so de trabajo.
2. La internacionalización de la producción: el capital siempre
ha tenido esta dimensión planetaria, pero en los últimos años
se ha potenciado la interpenetración territorial y la interven-
ción empresarial a escala global, debido fundamentalmente a
tres factores: el desarrollo de las grandes empresas que nece-
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sitan un espacio cada vez más amplio para producir; el avan-


ce de las tecnologías de comunicación y transporte; y, el más
importante, los cambios institucionales adoptados por los go-
biernos para facilitar la movilidad del capital.
3. El cambio en la estructura de la demanda, con una cierta
tendencia hacia una mayor diferenciación y personalización
de bienes y servicios: el crecimiento de las actividades de
servicios (en las que producción y consumo tienen lugar si-
multáneamente) exige un mayor ajuste temporal del trabajo.
Esto es especialmente importante para el caso español por el
enorme peso que tienen algunas actividades estacionales,
como el turismo o la industria de la confección o del juguete.

En cuanto a los efectos de la segmentación, el hecho más


significativo parece ser el crecimiento del sector secundario (lo
que llaman “precarización”); pero es evidente también el creci-
miento del empleo en el sector primario superior. Se ha debili-
tado, sin desaparecer, el segmento central, con lo que se apre-
cia una cierta tendencia a la polaridad. Uno de los impactos di-
rectos de la creciente segmentación es la apertura del abanico
salarial. Están apareciendo evidencias de que tal dispersión sa-
larial ya está ocurriendo. Una segunda consecuencia afecta a
las carreras profesionales, pues, en la medida en que crece la
discriminación entre tipos de empleos, es posible que algunos
grupos padezcan una marginación mayor.
Por otra parte, la división de los trabajadores en colectivos
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separados reduce el flujo de información entre ellos, aislando a


los menos protegidos (eventuales y subcontratados). La tempo-
ralidad puede reducir el interés por el aprendizaje, y además
los sectores más precarios ahuyentan, por sus bajas perspecti-
vas de futuro, a los individuos más capaces.
Pero donde la segmentación tiene efectos más evidentes es
en las relaciones industriales y en la propia cohesión cultural
de los trabajadores. La división de los trabajadores en grupos
diferenciados tiene un claro efecto de fragmentación y reduc-
ción de los espacios comunes que contribuye a profundizar la
existencia de situaciones diferenciadas en materia de estabili-
dad, promoción y organización del trabajo, por una parte, y la
relación de competencia latente que se produce entre los distin-
tos segmentos. Cualquier dinámica colectiva requiere la crea-
ción de una conciencia común, y conseguirla es muy difícil en
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la situación actual, poco proclive a la producción de valores


colectivos.
En fin, la segmentación del mercado de trabajo está íntima-
mente relacionada con la estratificación social, ya que la prime-
ra influye en la distribución de la renta, en la constitución de
colectivos sociales y en la discriminación de algunos colecti-
vos, e influye dinámicamente en la reproducción de la estratifi-
cación y la acción social.

El Estado de bienestar

Este tema presenta problemas diversos y complejos, por


ejemplo acerca de los colectivos excluidos de la participación
laboral que han adquirido distintos derechos sociales. En rela-
ción a ello, González y Cainzos presentan una reformulación
teórica que abandona el supuesto de que la posición de clase se
deriva directamente de la posesión de bienes estratégicos, y da
prioridad al problema de la activación. Argumentan que, fina-
lizada la era del pleno empleo, no hay correspondencia entre la
posesión de ciertas titulaciones educativas y la ocupación del
empleo adecuado a su desempeño.
Por otra parte, la fuerza de trabajo se considera un bien pro-
ductivo cuya no activación implica una relación de dependen-
cia, y no de explotación o dominación.
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“Que esta relación cristalice como relación social y política


depende, principalmente, de la capacidad del Estado de
bienestar de proveer de una u otra forma de salario indirec-
to a los colectivos en posición de dependencia, mediante el
reconocimiento de sus respectivos derechos sociales y la
consiguiente implementación de políticas sociales tendentes
a satisfacer sus demandas.”
(González, 1994a: 5)

En definitiva, se refiere al tratamiento de aquellos colecti-


vos que no forman parte de la estructura productiva o del mer-
cado de trabajo.
Las teorías sobre las clases, sean marxistas o weberianas,
toman como eje central de su análisis el ámbito del mercado de
trabajo o la estructura productiva, sin haber prestado demasiada
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atención a otros colectivos, externos a estos ámbitos, que resul-


tan cada día más numerosos y diversificados: el colectivo juve-
nil, en relación con el fenómeno de la expansión del sistema
educativo; el colectivo compuesto por la tercera edad, en rela-
ción al aumento de la esperanza de vida y las políticas de pre-
jubilación; y los desempleados, cuya importancia es relativa al
aumento del paro estructural.
Para contextualizar dichas situaciones, y partiendo de una
reconsideración de la propuesta multidimensional de Wright20,
Cainzos y Juan Jesús González añaden la noción de multirrela-
cional o multiaxial. Establecen una diversidad de relaciones de
clase según la posesión de los diversos bienes productivos:

1. A la tríada de bienes productivos de Wright (medios de pro-


ducción, cualificaciones y organización) añaden la fuerza de
trabajo.
2. Distinguen entre poseer el recurso productivo denominado
“fuerza de trabajo” y activarlo, es decir, disponer de un puesto
de trabajo. Sin embargo, el derecho al trabajo, una vez finali-
zada la época del pleno empleo, no está garantizado en la
práctica, lo que da lugar a distintas posiciones de clase. Igual-
mente, no se trata sólo de poseer ciertos bienes productivos,
sino de hacerlos efectivos en el mercado, es decir, activarlos.
3. Las distintas posiciones de clase se pueden contextualizar a
partir de la relación de dependencia, a la cual conduce la
exclusión del proceso productivo y la consiguiente merma de
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capacidad de acción o autonomía. Estos hechos convierten a


los colectivos en meros titulares de derechos de ciudadanía,
sean de tipo político o social.

En tales casos se habla de subclases o infraclases, pero


Cainzos y González prefieren hablar de clases pasivas. Dife-
rencian así los potenciales beneficiarios de las distintas formas
de salario indirecto (desocupados, jubilados, jóvenes, amas de
casa) de aquellas otras posiciones sin reconocimiento específi-
co de sus derechos sociales, o bien afectadas por la contradic-
ción entre las políticas sociales y sus efectos reales (por ejem-

20. La propuesta multidimensional de Wright (1985) establece un


modelo de posiciones de clase a partir de la posesión de diversos bienes
productivos (medios de producción, organización y cualificaciones).
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plo, los afectados por el Plan de Empleo Rural en Andalucía).


Para estos casos, los autores reservan el término de subclase o
infraclase.
Se pueden identificar en principio cuatro posiciones de de-
pendencia típicas: jubilados, desocupados, jóvenes y amas de
casa. Los podemos interpretar como ejemplos de posición me-
diada de clase21, porque comparten unos rasgos e intereses co-
munes, e incluso adquieren pautas y comportamientos caracte-
rísticos, ya sea la dependencia privada (de ámbito familiar) o
asumida por el Estado (derechos sociales específicos y/o salario
indirecto).
La posición de clase de los colectivos en situación de de-
pendencia es una función de la percepción de una u otra forma
de salario social o indirecto, a través de la correspondiente po-
lítica social o de bienestar. Cuanto mayor es el nivel de depen-
dencia pública del colectivo en cuestión, más decisiva es la
mediación. Así, mientras las amas de casa están mediadas por
la posición de los cónyuges, el resto de las posiciones depen-
dientes están mediadas, en mayor o menor grado, por las polí-
ticas respectivas (pensiones, subsidios, educación, vivienda).
Esto acarrea importantes consecuencias en sus pautas de com-
portamiento político en función de tales políticas. En este con-
texto, es muy importante la distinción entre clases activas o
productivas, beneficiarias de salario directo, y clases pasivas
(welfare classes) beneficiarias de una u otra forma de salario
social o indirecto.
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Esta realidad hace problemática la relación entre conflicto


de clase y Estado de bienestar22. El debate se problematiza en
varios sentidos: las políticas de bienestar desplazan las líneas
de fractura y conflicto social, por ejemplo en relación a nuevas

21. La noción de Wright (1989) de posición mediada de clase in-


tegra a aquellos colectivos de los cuales resulta imposible derivar su
posición de clase del empleo que ejercen, por encontrarse fuera del
mercado de trabajo o por existir algún tipo de mediación en su propia
situación de mercado. Por ejemplo, las mujeres dedicadas exclusiva-
mente al trabajo doméstico.
22. En su conocido libro Ciudadanía y clase social, Marshall, con-
cluía que “las desigualdades permitidas, e incluso moldeadas, por la
ciudadanía han dejado de constituir desigualdades de clase en el senti-
do en que el término se usa respecto de sociedades del pasado”
(Marshall, 1992: 44).
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Capítulo III 119

desigualdades relativas a diferencias étnicas o de género (entra-


da de mujeres o minorías étnicas en las posiciones peor remu-
neradas o de menor cobertura social). Sin embargo, interesa
destacar la problemática intrínseca a las políticas de bienestar,
pues éstas son definidas según unos derechos sociales formal-
mente reconocidos que implican prioridades y jerarquías. Estos
derechos son los que regulan, en definitiva, la situación de de-
pendencia de los potenciales beneficiarios.
Todo ello conlleva implicaciones significativas a nivel elec-
toral: algunas políticas sociales pueden presentarse como más
rentables que otras en cuanto a las respuestas en votos de los
colectivos, dependiendo del modo y el tiempo en que éstos re-
ciben los beneficios. Por ejemplo, el aumento del gasto públi-
co para pensiones o subsidios de paro afecta directamente el
bienestar de los beneficiarios; por el contrario, la subvención a
la enseñanza pública produce efectos indirectos y a más largo
plazo, incluso una cierta frustración de expectativas cuando el
esfuerzo escolar no se ve correspondido con la inserción en el
mercado de trabajo. El grado de dependencia pública puede in-
dicarnos en qué medida la posición de los distintos colectivos
que compiten por la conquista de estatus de ciudadanía está
mediada por las políticas sociales, cuya finalidad es precisa-
mente atender sus intereses y necesidades específicos.
Para concluir, podemos afirmar que cualquier análisis sobre
la estructura social en la actualidad y sobre los procesos de
estructuración ha de contextualizarse en relación con los desa-
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rrollos que se han producido en lo económico, lo social y lo


político. Debemos desechar la concepción clásica de la socie-
dad dual, compuesta por ricos y pobres, capitalistas y obreros,
pues estamos asistiendo a la consolidación de sociedades con
estructura tripartita, compuestas por tres bloques sociales clara-
mente diferenciados:

* El de los integrados o incorporados al sistema, en el que se


incluyen colectivos que pertenecen a distintas clases y estra-
tos sociales y del que forman parte los trabajadores con em-
pleo fijo y los “ciudadanos”.
* El de los precarios, dependientes de las leyes del mercado y
en crecimiento constante dentro del Estado de bienestar.
* El de los excluidos, cuya marginación se extiende a todos los
ámbitos de la vida económica, política, social y cultural.
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La infraclase

La sociedad del siglo XX es la sociedad del trabajo. Es éste


el que fija las jerarquías y determina las desigualdades. En
efecto, las desigualdades del estatus profesional determinan hoy
ampliamente las otras desigualdades sociales. Todos los estu-
dios recientes sobre la movilidad, la mortalidad, los accidentes
y el acceso a la enseñanza y la cultura muestran la extraña pre-
destinación de ciertas categorías socioprofesionales a irse que-
dando detrás en el reparto global de beneficios.
La crisis económica mundial, al acelerar los efectos de los
mecanismos de exclusión, afirma la necesidad de enfrentar la
pobreza como una realidad global, y no como una serie de si-
tuaciones individuales residuales. La primera forma de exclu-
sión es la pobreza absoluta o severa, constituida por los que
están fuera de la lógica del dinero, de la mercancía universal,
sin la que no cabe integración económica ni social posible; la
pobreza actual es la provocada por la ausencia durable de em-
pleo. Y las políticas sociales no pueden desinteresarse de ello,
porque a menudo, no es otra cosa que la acumulación de des-
igualdades sectoriales (Servoin y Duchemin, 1986).
La exclusión económica es consecuencia de una o dos ex-
clusiones previas: la exclusión de la propiedad o el capital y la
exclusión del empleo. Pero no todos los que carecen de propie-
dad y empleo están excluidos; les puede quedar la protección
social contributiva y la cobertura de la seguridad social. Otra
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forma de exclusión consiste en la imposibilidad de participar


de la protección social no contributiva o asistencial (personas
que no han cotizado la seguridad social, que no tienen pensio-
nes ni subsidios). Hay también situaciones de exclusión en
materia de educación (fracaso escolar o selectividad posterior),
vivienda (por insolvencia frente a los créditos e intereses) y
salud. Sin embargo, el estrato más bajo de los excluidos está
constituido por los marginados de la cultura dominante, las
minorías étnicas, los inmigrantes, etc.
Cuando la exclusión va acompañada de marginación, nos
encontramos con una situación de inadaptación del marginado
a la sociedad, que supone un desconocimiento y alejamiento de
las normas, en muchos casos heredado. Se puede hablar enton-
ces de una cultura de la marginación. A veces a esto se lo lla-
ma “minusvalía social”, “discapacidad social”, o se utilizan
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Capítulo III 121

otros apelativos que manifiestan alguna insuficiencia. Mientras


que la marginación es un proceso en el que se avanza lenta-
mente desde la infancia, la exclusión –laboral primero, econó-
mica y social después– suele producirse de forma más acelera-
da. Por ejemplo, la reconversión tecnológica expulsa al trabaja-
dor de edad madura del mercado de trabajo; éste cobra primero
el paro, después las complementarias, para acabar siendo ex-
pulsado del sistema de la seguridad social y engrosando las fi-
las de excluidos, de los pobres23.
Para mantener la competitividad, la reconversión económi-
ca permanente desarrolla un proceso de precarización basado
en la constante renovación tecnológica y la reducción de los
costos salariales. Esto último se consigue reduciendo la planti-
lla o precarizándola. En los años 80, los trabajadores españoles
(especialmente el segmento de edad de entre 25 y 40 años la
han sufrido). Ello supone la vivencia del paro, de los contratos
temporales y la entrada en situación de pobreza moderada.
La precarización conlleva un triple mecanismo: un subem-
pleo, en el que los trabajadores van y vienen del paro al em-
pleo temporal; unos subsalarios, en los que parte de la contra-
tación es subsidiada por el Estado a los empleadores; y una
subprotección social (desempleo, complementarias, jubilacio-
nes). Los más débiles de los precarizados pasan entonces de la
pobreza moderada a la pobreza severa.
La exclusión es un proceso a veces de largo alcance tempo-
ral, otras veces más inmediato, pero siempre multicausal. Es
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decir, es consecuencia de muchos factores interdependientes,


como el Estado y las leyes, la propia sociedad en su organiza-
ción estratificada, el mercado y el empleo, lo económico en
términos abstractos, y los factores propiamente individuales,
que Gaviria, Laparra y Aguilar denominan “exclusógenos”
(Gaviria, Laparra y Aguilar, 1992a). Según estos autores, exis-
ten distintas formas de exclusión, siendo las tres más graves la
exclusión de la formación, del empleo y de la vivienda. Distin-
guen también la exclusión biológica, la territorial, la exclusión
por inclusión en instituciones especializadas (cárcel), la religio-

23. Se entiende por pobres a aquellos individuos o familias cuyos


recursos son tan débiles que quedan excluidos de los modos de vida
mínimos aceptables en el Estado en que viven. Algunos les han llama-
do “subproletariado”.
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122 Rosalía Martínez

sa, la ideológico-política, la étnica, la exclusión de la asistencia


sanitaria, la de la educación, la de la comunicación pública, la
exclusión de las redes sociales de ayuda mutua, del sistema
legal, de los servicios sociales, la exclusión en función del gé-
nero, la derivada de hábitos o prácticas sexuales, la exclusión
sindical y la exclusión de la vida política.
El concepto de infraclase nunca se ha llegado a definir de
un modo consistente, a pesar de haber sido utilizado a lo largo
de las tres últimas décadas (Aponte, 1990), aunque con carác-
ter esporádico.

“El término infraclase fue utilizado por vez primera por el


sociólogo sueco Gunnar Myrdal (1969, en Feito Alonso,
1995: 190) al explicar los problemas sociales de Estados
Unidos. El término abarcaba aquellas familias e individuos
que se encontraban en los estratos más bajos de la socie-
dad. Incluía a los pobres de larga duración, aquellos que
apenas experimentaban progreso alguno a pesar del desa-
rrollo económico. El problema procedía del desempleo es-
tructural, particularmente de los crecientes niveles de titula-
ción educativa exigidos para trabajar. Esto significaba que
el desempleo se cebaba entre los trabajadores con menores
credenciales escolares. Los gastos gubernamentales de asis-
tencia social no conseguían sacar a estas personas de la
pobreza. Por otra parte, la formación de la infraclase nada
tenía que ver con el comportamiento o la conducta de la
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gente pobre, sino con las privaciones materiales y la ausen-


cia de canales de movilidad social.”

En los años 70 nos encontramos nuevamente con diversas


referencias al concepto de infraclase en relación a las dimensio-
nes económicas de la pobreza. Este concepto se refiere a la
base de la jerarquía social, realidad que no es captada con el
término más general de “clase baja”.
En los análisis contemporáneos sobre la estratificación, un
tema común es la emergencia de una infraclase a la que se iden-
tifica por una serie de factores interrelacionados (Crompton,
1994):

* un aumento del paro de larga duración


* un aumento de familias monoparentales a cargo de la madre
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Capítulo III 123

* la concentración de pobres en áreas urbanas degradadas, en


viviendas proporcionadas por las autoridades locales
* su dependencia del Estado de bienestar para sobrevivir.

A veces se desarrolla una “cultura de la dependencia” den-


tro de la infraclase, que se transmite de padres a hijos y perpe-
túa la situación. El término infraclase se refiere a los pobres
que persisten a lo largo de generaciones. Alude a una pobla-
ción relativamente nueva en la sociedad industrial. No se trata
de que estén privados de cultura, de aspiraciones o de que no
estén motivados para el logro. Muchos de los pobres de larga
duración, aquellos que han trabajado la mayor parte de su vida
pero no han pasado del nivel mínimo de subsistencia, constitu-
yen parte de la infraclase.
En otro orden de cosas, y partiendo de los niveles crecien-
tes de desempleo y del número de desocupados de larga dura-
ción, hoy se plantea la cuestión de si los desempleados consti-
tuyen una clase social. Hay muchísimas personas en situación
de desempleo, y ello a pesar de que seguramente esas personas
estarían dispuestas a trabajar a cambio de salarios menores que
los empleados. Sin duda, los desocupados estarían mejor si se
produjera una distribución equitativa de los empleos; ésta op-
ción es preferible a la redistribución de la renta por vía imposi-
tiva. Pero además hay que tener en cuenta el modo en que se
distribuyen los empleos entre los empleados: trabajo a tiempo
completo, a tiempo parcial, fijo, inestable, etc.
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Un problema que plantea esta interpretación de los activos


de empleo es la cuestión de si los desempleados pueden llegar
a constituir una clase, especialmente si pueden llegar a desple-
gar una conciencia de clase. Incluso, si los pobres en términos
de empleo son una clase en el sentido objetivo aquí considera-
do, muchos sostienen que nunca constituirán una clase en el
sentido subjetivo; es decir, jamás adquirirán conciencia de cla-
se ni serán capaces de organizar acciones de clase. Los desem-
pleados y trabajadores ocasionales forman un grupo heterogé-
neo, incapaz de desarrollar un sentimiento de pertenencia. En
este sentido se puede hablar de la “no-clase” de los “no-traba-
jadores”.
Siempre ha existido, dentro de la competitiva sociedad ca-
pitalista, una infraclase, pero la cuestión es analizar si este gru-
po ha crecido, acompañado por cambios ideológicos y actitu-
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124 Rosalía Martínez

des permanentes, haciendo que el grupo se perpetúe al amparo


del Estado de bienestar.
El optimismo de los análisis de clase de los años 50 y 60
destacaba el fin de la pobreza, que sería redescubierta por los
científicos sociales en la década del 70, cuando se constata que
el grado de pobreza va en continuo aumento. Hoy se puede
describir una infraclase compuesta en su mayor parte por mi-
norías étnicas y trabajadores emigrantes que carecen de capaci-
dades de mercado y de pleno acceso a los derechos de ciudada-
nía (Giddens, 1979).
Otros autores han acentuado la importancia de la desventaja
económica relacionada con el desempleo y el subempleo,
mientras que desde la nueva derecha se argumenta que la infra-
clase se sostiene en sus deficiencias morales individuales. De
cualquier forma, lo que está claro es que la existencia de la
infraclase ha de abordarse teniendo en cuenta el contexto de
los recientes desarrollos económicos, sociales y políticos, sin lo
cual cualquier explicación del hecho permanece incompleta y
puede quedar sesgada en favor o en contra de distintos intere-
ses e ideologías.
Desde la perspectiva marxista, la pobreza es el resultado de
la explotación del hombre por el hombre, que a su vez provie-
ne de la apropiación de los medios de producción. Para vencer-
la, hay que acabar con esta apropiación; Marx no reconoce otra
solución posible. En la perspectiva liberal, por el contrario, la
pobreza es el resultado de efectos individuales, y se vence vigi-
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lando que los mecanismos naturales del mercado no sean dis-


torsionados y guarden su equilibrio. Desde el punto de vista
tecnocrático, la pobreza es el resultado de fallos inevitables en
el funcionamiento del sistema de producción y consumo. Se
puede vencer mejorando las redes de protección social y difun-
diendo la información sobre los derechos individuales.
El método principal para identificar la pobreza establece
una “línea de pobreza” límite, que indica el nivel de ingresos a
partir del cual se considera que una persona es pobre. La medi-
da convencional de la pobreza, aún ampliamente utilizada,
toma esa línea como punto de partida, cuenta el número de
personas en esta situación, y define el índice de pobreza como
la proporción del total de la población que se encuentra bajo la
línea de pobreza; es decir, la porción de la población que se
identifica como pobre. Así, la medición de la pobreza puede
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Capítulo III 125

verse como dos ejercicios distintos e interrelacionados: la iden-


tificación de los pobres y la agregación de las estadísticas refe-
ridas a ellos para obtener un índice global de pobreza. Ambos
ejercicios dependen de un concepto de privación en términos
de bajos ingresos. Por lo tanto, las nuevas pobrezas se refieren
a los colectivos en situación de seria precariedad, procedentes
no de la pobreza clásica, sino de situaciones culturales y eco-
nómicas estables. Los nuevos pobres están constituidos por los
desempleados de larga duración, las madres jóvenes solteras
carente de vivienda y de ingresos adecuados, los refugiados,
los emigrantes retornados, los trabajadores sumergidos, deter-
minadas minorías étnicas, etc.
Aguilar, Laparra y Gaviria (1995) presentaron en 1990 una
clasificación tipológica de excluidos, ubicándolos en nueve
grupos: 1) mujeres con cargas familiares no compartidas; 2)
desempleados de muy larga duración; 3) mayores de 65 años,
y enfermos o discapacitados entre 18 y 65 años sin pensión, o
sólo con pensión asistencial; 4) la gente de la calle (los “sin
techo”); 5) los aislados (alcohólicos, psiquiatrizados, bohe-
mios); 6) jóvenes judicializados y medicalizados (expresos,
toxicómanos, etc.); 7) etnia gitana; 8) excluidos rurales (ancia-
nos, jornaleros viejos, etc.) y 9) otros extranjeros.
Está claro que la pobreza afecta a aquellas personas que
perciben un nivel de renta inferior a la mitad de la renta per
capita24. García-Nieto (1991) cita una serie de datos alarmantes
sobre la pobreza. Los índices de desigualdad son escandalosos.
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Según el conocido estudio de Caritas de 1984, mientras que el


10 % de las familias españolas acumulan el 40 % de la renta,
un 21,6 % de las familias, las más pobres, tan sólo disponen de
un 6,9 %.
Otro dato nada desdeñable es la precarización de los contra-
tos de trabajo. En estos momentos, cerca del 40 % de los con-
tratos son eventuales, la mayoría de ellos firmados en los últi-
mos años. El desempleo de larga duración es cada vez más
amplio; la mayoría de los desempleados son trabajadores ex-
pulsados del mercado de trabajo, el 78 % de los cuales son
analfabetos o sólo tienen estudios primarios. A esto hay que

24. Las personas que se encuentran bajo el umbral de la pobreza


en la Unión Europea han pasado de ser 38 millones en 1976 a 44 mi-
llones en 1986.
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126 Rosalía Martínez

añadir la existencia de la economía sumergida. Según el Minis-


terio de Economía, unos tres millones de personas trabajan en
la economía sumergida. Gran parte de estos trabajadores son
jóvenes sin ninguna experiencia laboral.
De acuerdo con el informe sobre la pobreza en Europa ela-
borado por la Sección de Asuntos Sociales del Comité Econó-
mico y Social de las Comunidades Europeas en marzo de
1989, las causas principales de la pobreza son la falta de aloja-
miento, el desempleo, la falta de formación, la imposibilidad de
comunicarse adecuadamente, la inadaptación o la ausencia de
protección social, el cambio de los modelos familiares, y la
inadaptación o insuficiencia de las políticas de vejez. Hoy en
día, parece claro que no son una minoría quienes no pueden
triunfar. A esto hay que añadir el hecho de que los nuevos po-
bres anteriormente eran personas que vivían en una situación
económica más desahogada.
Zaldívar y Castells (1992) consideran normal que en los
últimos años se hayan incrementado las desigualdades en Espa-
ña. Lo que caracteriza a los años 80 en España es la coexisten-
cia de una mejora de los niveles medios de renta con un au-
mento de la desigualdad social, parcialmente corregida median-
te el desarrollo de un Estado de bienestar. Pero a pesar del cre-
cimiento del segundo lustro de los años 80, España se encuen-
tra a la cabeza del pelotón de cola de la CEE. Ya en 1981, la
CEE consideraba pobre al 21 % de la población española, por-
centaje sólo superado por Portugal (32,2 %) y Grecia (21,6 %).
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España era, en 1992, un país un 40 % más rico que en


1980, considerando el crecimiento del PIB en términos reales.
Pero de acuerdo con el estudio publicado EN 1992 por el INE
Estudio de los hogares menos favorecidos, que analiza el pe-
ríodo 1981/1991 el porcentaje de hogares que gastaba menos
del 50 % de la media ha pasado de ser el 20,5 % en 1974, al
19,5 % en 1981 y el 19,7 % en 1991.
Sin duda, el estudio más comentado sobre la pobreza es el
famoso informe de Caritas de 1984, que revelaba la existencia
de 8 millones de pobres. Según este informe, uno de cada cin-
co españoles sería pobre. Zaldívar y Castells consideran que
esa pobreza no sería tal en un contexto rural, donde con muy
poco dinero se pueden satisfacer las necesidades básicas.
Los grupos que nutren la pobreza serían básicamente los
siguientes:
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Capítulo III 127

* Disminuidos físicos, psíquicos y sensoriales sin pensión o


con escasísima pensión, la mayoría dejados al cuidado de sus
familias.
* Toxicómanos (particularmente consumidores de heroína y
cocaína) y alcohólicos disfuncionales, que constituyen una
parte importante de los casi dos millones de alcohólicos exis-
tentes en España.
* Transeúntes, mendigos e indigentes sin hogar.
* Ex-presidiarios y reclusos de las cárceles.
* Una cifra indeterminada de mujeres marginadas, incluidas las
prostitutas.
* Una parte del pueblo gitano.
* Inmigrantes en situación ilegal.

Entre las estrategias a seguir para acabar con las desigual-


dades sociales y económicas derivadas de la desigual distribu-
ción de los empleos, una sería el reparto del empleo, limitando
el número de horas o de días de trabajo. Esta política ha tenido
escaso éxito. Quienes tienen empleos fijos podrían ser capaces
de restringir el acceso al empleo por parte de los desemplea-
dos, pero en modo alguno podría afirmarse que los empleados
explotan a los desocupados.
Otra posibilidad sería establecer una beca o asignación eco-
nómica universal suficiente para cubrir al menos las necesida-
des básicas. Esto no sólo significa una reducción de los costos
de carecer de empleo; también significa la posibilidad real de
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que la gente sea capaz de generar sus propios empleos. Ade-


más, el hecho de tener una asignación mínima permite que los
desempleados posean un mayor poder de negociación en el
mercado de trabajo, lo que evitaría que estuvieran dispuestos a
trabajar por menos dinero que los empleados.
La articulación política de esta propuesta es difícil. Resulta
poco probable que los partidos de derecha e incluso los de iz-
quierda (especialmente los socialdemócratas) estén dispuestos a
incrementar los gastos sociales de protección por desempleo.
La solución podría venir de la mano de los partidos verdes,
debido a la importancia que estas formaciones políticas conce-
den a la resolución del problema del desempleo y a la cuestión
del ocio no productivo.
A un nivel antropológico, un marginal o marginado es un
individuo que ha perdido su cultura de origen sin adquirir otra
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128 Rosalía Martínez

(los emigrados, colonizados, los marginados por su raza o cul-


tura). A un nivel sociológico, un marginado es un individuo
mal integrado en la sociedad. Lo contrario de la marginación y
la exclusión sería la integración.
El término “marginación” empieza a utilizarse en los años
60, mientras que el término “exclusión” comienza a usarse en
los años 70. Con el crecimiento de la pobreza y sus nuevas
formas (que excluyen y marginan a una parte de la población),
se revitaliza el concepto de “integración”, rebautizado como
“inserción” o “reinserción”.
Con el paso del tiempo también se ha producido una utili-
zación equívoca de los conceptos de integración, inserción y
reinserción; mientras que por integración se entiende la rela-
ción entre grupos y conjuntos amplios, la inserción se refiere
a la integración a nivel individual en el conjunto social. Se-
gún la teoría sociológica se pueden distinguir cuatro formas
de integración:

* la integración cultural (la concordancia con las normas de


una cultura),
* la integración normativa (la conformidad a las normas socia-
les y legales),
* la integración comunicativa (que supone intercambios de sig-
nificados en el grupo y el no aislamiento) y
* la integración funcional o interdependencia (los intercambios
de servicios, en los elementos de un sistema de división del
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trabajo).

En la lucha contra la exclusión, a principios de los años 80


fue apareciendo en los distintos municipios españoles un nuevo
dispositivo orientado a la intervención social. A mitad de la
década del 90, los servicios sociales generales o comunitarios
se han convertido, en la mayor parte de los municipios, en la
iniciativa local con más peso dentro del ámbito de los servicios
sociales. Cualquier programa de intervención social, cualquier
actuación que quiera plantearse a nivel comunitario con unas
mínimas perspectivas de coherencia y fiabilidad tiene que con-
tar hoy con la implicación de esta estructura de atención prima-
ria, más aún si se trata de luchar contra la exclusión. No obs-
tante, hay que superar algunas limitaciones y problemas impor-
tantes que afectan notablemente a la consecución de sus obje-
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Capítulo III 129

tivos, y que aquí tan sólo apuntaremos: falta de articulación


con otras redes de atención primaria, desequilibrio territorial,
burocratización y falta de contenido, falta de formación y sen-
sibilidad para el trabajo con personas y con familias, y relación
insuficiente con otras iniciativas comunitarias (Gaviria, Laparra
y Aguilar, 1994).
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Capítulo IV

Desigualdad adscripta sobre


la diferencia de género

1. Sobre las desigualdades de genero

El análisis de una problemática compleja como es la de la


mujer/las mujeres requiere de una serie de aproximaciones dis-
tintas y complementarias; de hecho, se trata de un objeto de
estudio multidisciplinario. Debido a que el ser humano consti-
tuye una única especie, que es sexuada (esto es, compuesta por
dos sexos complementarios para su reproducción), encontra-
mos una sociedad dicotomizada: división sexual del trabajo,
construcción social de la diferencia, desigualdad entre los géne-
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ros (legislación sexuada), ámbitos de actividad diferenciados


(esfera de la producción/laboral y esfera de la reproducción/
familiar), ámbitos geográficos y mentales en base al género (lo
público y lo privado), culturas de género y maneras de pensar,
sentir y actuar típicamente femeninas o masculinas. Sin embar-
go, estos dos mundos no son iguales. Las mujeres están en si-
tuación de desigualdad en recursos, poder y estatus social en
relación a los hombres en general, y, por otra parte, teniendo
en cuenta el protagonismo del trabajo, también en relación a
otras mujeres, particularmente cuando consideramos el caso del
ama de casa.
Nos referimos a sexos cuando tenemos en cuenta las carac-
terísticas biológicas y/o fisiológicas que nos diferencian en
machos y hembras, diferencias fundamentalmente basadas en
los órganos genitales y en la capacidad reproductiva. En base a
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132 Rosalía Martínez

estas diferencias sexuales se construyen los modelos específi-


cos de conducta social y cultural, considerados por cada socie-
dad y cultura como los idóneos a desempeñar por los hombres
y las mujeres. Estos modelos constituyen los géneros que, a
diferencia del sexo, son un constructo social.
Sobre ambos (diferencias sexuales y patrones de comporta-
miento) se desarrollan los universos simbólicos de lo masculi-
no y lo femenino, encargados de fijar y reproducir los conteni-
dos para cada género en cualquier sociedad. La cuestión es si
las diferencias de género son naturales porque proceden de las
diferencias biológicas, o bien son enteramente socioculturales.
Además hay que explicar la variación de distribuciones de ta-
reas masculinas y femeninas en las distintas culturas y en el
transcurso del tiempo. La fuerte variabilidad de los rasgos que
definen los géneros en las diferentes culturas está fuera de dis-
cusión. Por citar un ejemplo procedente de la antropología,
Margaret Mead (1973) analizó la relación entre el género y los
rasgos de la personalidad en tres pueblos primitivos de Nueva
Guinea: las tribus de los Arapesh, los Mundugomor y los
Tchambuli.
La tribu de los Tchambuli resulta interesante por su peculiar
división sexual del trabajo. Allí las mujeres se dedican a la
pesca, a la manufactura de productos comerciales y al cultivo
de los huertos. Los hombres viven en casas separadas y se en-
cargan de las tareas domésticas. A diferencia de lo habitual,
aquí son los hombres los que se caracterizan por la prolifera-
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ción de chismes, las rencillas personales y los celos. Por el


contrario, entre las mujeres prevalecen las relaciones de coope-
ración, amistad y solidaridad. Las teorías del aprendizaje social
o la socialización, tanto las del refuerzo (con recompensas o
castigos) como las de la observación (imitación de los roles del
otro significativo), sugieren que los niños aprenden actitudes y
comportamientos a partir de sus padres, amigos y profesores.
Existen otros muchos planteamientos teóricos sobre la posi-
ción de la mujer –que resultaría excesivo desarrollar aquí– en-
tre los que cabe citar: la teoría psicoanalítica, que concibe a la
mujer como ser incompleto o mutilado frente al varón; la teo-
ría del feminismo liberal, que afirma que las mujeres deben
ocupar posiciones sociales en proporción similar a los varones,
apoyándose en los derechos que las sociedades capitalistas
avanzadas otorgan a todos los individuos; el feminismo socia-
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Capítulo IV 133

lista, de corte marxista, que mantiene que las desigualdades


son el resultado de las estructuras políticas, económicas y so-
ciales en las que viven los individuos; y el feminismo radical,
que plantea que la estructura que oprime a las mujeres es el
patriarcado, y la subordinación de éstas procede del dominio
político, económico y social ejercido por los hombres. Este úl-
timo enfoque es especialmente crítico con la familia, a la que
concibe como el escenario privilegiado para la subordinación
de la mujer.
Actualmente, L. Méndez piensa la cuestión del género
“como uno de los componentes estructurales de toda forma de
organización social, entendiendo el concepto de género como
un sistema de clasificación de lo masculino y lo femenino, su-
perador de las diferencias biológicas existentes entre machos y
hembras” (Méndez, 1991: 702). Desde nuestro punto de vista,
tanto las identidades de género y sus modelos culturales, como
las desigualdad entre los géneros están profundamente modela-
das por la definición de trabajo. El “verdadero” trabajo se asi-
mila a los hombres, y el no-trabajo a las mujeres.

“El proceso de trabajo en que cada individuo está inmerso,


incluyendo los procesos de trabajo invisibles, como el tra-
bajo doméstico, o definidos como marginales o informales
desde la ideología y/o legalidad dominante, y la posición
que se ocupa en este proceso, la cual viene determinada por
la división social del trabajo que producen las relaciones
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sociales de producción en que dicho proceso tiene lugar, se


hallan en la base no sólo de las condiciones materiales de la
existencia sino que condicionan e impregnan todos los
ámbitos de la vida: desde las opciones o estrategias matri-
moniales y el tipo de relaciones intrafamiliares o de vecin-
dad, hasta la forma de representarse el mundo y de expresar
los sentimientos.”
(Moreno Navarro, 1991: 619)

Las mujeres en general, y más aún las amas de casa, sufren


diversas situaciones de desigualdad en poder, recursos y valo-
ración social a dos niveles: en relación con el varón y en rela-
ción con otras mujeres que tienen trabajos remunerados. Ade-
más “su” trabajo “propio” define en cierta forma algunas im-
portantes características que identifican al género.
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134 Rosalía Martínez

En buena medida, la desigual distribución de tareas domés-


ticas entre mujeres y hombres explica el diferencial acceso de
las primeras al mercado de trabajo. La mayor implicación de
las mujeres en las tareas relacionadas con el hogar, especial-
mente una vez que hay hijos menores, constituye un serio im-
pedimento para realizar cursos laborales de perfeccionamiento,
prolongar la jornada de trabajo más allá de las horas estableci-
das en convenio, participar en actividades sindicales, etc. Todo
esto contribuye a explicar las menores posibilidades de ascenso
en el trabajo que tiene la mujer.
Coverman (1983) ofrece tres explicaciones a la cuestión de
por qué el trabajo doméstico puede ejercer un impacto negativo
sobre el salario de las mujeres:

1. La carencia de adecuados servicios de atención a los niños


fuerza a las mujeres a buscar empleos con un horario reducido
o en una zona próxima al domicilio familiar. Dado que el
mercado de trabajo está organizado de modo que recompensa
a los geográficamente móviles, las mujeres son penalizadas.
2. La incorporación de la mujer al trabajo asalariado no supone
la reorganización de las responsabilidades familiares, lo que
implica que las mujeres tienen que asumir un doble rol: amas
de casa y trabajadoras, es decir, tienen menos tiempo para
asumir formación adicional que pueda promocionarlas.
3. A las mujeres que asumen roles domésticos los empleadores
tenderán a otorgarles puestos relacionados con esos roles.
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Ya Parsons señalaba que la familia nuclear moderna (por


oposición a la extensa tradicional), con un varón que trabaja
fuera y una mujer que lo hace dentro, representa la respuesta
adaptativa de la institución familiar a las exigencias de la socie-
dad industrial. La segregación de los roles masculino y femeni-
no, la convivencia de una sola generación de adultos y la sepa-
ración entre el hogar y la estructura ocupacional son necesa-
rias; de lo contrario surgirían fuertes tensiones entre los cónyu-
ges y entre los miembros de las distintas generaciones debido a
la probable disparidad en las pautas de movilidad social y la
distribución de la autoridad tradicional, y en las necesidades de
movilidad geográfica.
Varias han sido las interpretaciones propuestas para expli-
car la división sexual del trabajo en la esfera doméstica:
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Capítulo IV 135

a) Nueva economía doméstica. La nueva economía doméstica


aplica el razonamiento microeconómico a las decisiones del
hogar. La mayoría de los economistas domésticos han su-
puesto que las familias adoptan decisiones altruistas con el
único objetivo de alcanzar el bienestar de toda la familia,
soslayando los conflictos que pueda haber en el interior de
la familia, y suponiendo que el trabajo doméstico se distri-
buirá en función de los gustos de los miembros de la fami-
lia y de su productividad relativa en diferentes tareas. Así
se produce la especialización: los hombres (que tienen ma-
yores posibilidades que las mujeres de obtener ingresos la-
borales elevados) son los que se encargan del trabajo extra-
doméstico, trabajando poco en casa porque trabajan muchas
horas fuera.
b) La teoría del intercambio. A veces llamada teoría de los
recursos o de la negociación, plantea que se tiene más poder
si se aportan más recursos a la relación. El trabajo doméstico
es una actividad desagradable, con lo que resulta razonable
suponer que lo realizará aquella persona que disponga de
menos poder.
c) Ideología de los roles de género. Esta explicación considera
que el rechazo de los varones al trabajo doméstico procede
de una ideología sexista cuya intensidad varía en función de
la clase social. Normalmente se considera que en las familias
de clase obrera el sexismo está más acentuado que en el resto
de las clases sociales.
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El diccionario de María Moliner da la siguiente definición


de “trabajo”: “Trabajar es realizar una acción física o intelec-
tual continuada, con esfuerzo”. Como vemos, no la restringe
abusivamente a ciertos campos de actividad (Durán, 1988:
379). Aunque con dificultades ideológicas y académicas, el
trabajo de las mujeres, en tanto eje que articula diferentes situa-
ciones de desigualdad, viene siendo objeto de estudio para los
y las intelectuales desde hace unas décadas. Se pueden diferen-
ciar nítidamente diversos enfoques o modelos de análisis para
el trabajo de las mujeres:

1. Hay un enfoque clásico para analizar el trabajo femenino


que podría llamarse “comparativo”. Consiste en analizar el
trabajo de la mujer a la luz del trabajo del varón. Se presume
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136 Rosalía Martínez

que este último es el modelo; la mujer será más trabajadora


cuanto más se asemeje su perfil laboral al del varón.
2. El enfoque de la diferencia. La realización personal está ín-
timamente ligada a la realización profesional. Las prioridades
vitales de las mujeres serían distintas de las de los hombres,
ya que el afecto, la familia o lo que ambiguamente se recoge
como “realizarse como mujer” ocuparían una posición más
relevante que en el caso del varón.
3. Perspectivas de la segmentación del mercado de trabajo.
Hay dos tipos: sectores primarios (los mejores) y sectores
secundarios. El acceso al mercado de trabajo viene marcado
por la educación, el sexo, la cualificación, la familia. Se in-
cluiría el mercado de trabajo a tiempo parcial.
4. El enfoque feminista. Reconoce la diferencia anterior al ac-
ceso al mercado de trabajo. Da importancia a la esfera de la
reproducción, que incluiría (aparte de la reproducción de in-
dividuos) todo un conjunto de actividades excepto, las rela-
cionadas con la producción de mercancías.
5. Desde el campo de la antropología social, creo importante
añadir el estudio de las interrelaciones que se producen entre
lo que llamamos culturas del trabajo y lo que se conoce
como cultura de género. Parto de la consideración básica de
que en la evolución de las culturas y en la estructuración de
las distintas sociedades, la organización-división social-
sexual de las tareas encaminadas a la producción y reproduc-
ción de la sociedad (objetivo primordial no explícito de todas
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las sociedades) ha producido distintas valoraciones y actitu-


des en cuanto a las funciones de los hombres y las mujeres,
dando lugar a distintas culturas de género que algo tienen
que ver con las diferencias biológicas debidas a la naturaleza,
pero mucho más con la construcción social de las identida-
des de género.

Si consideramos tanto el ciclo diario como el ciclo vital de


una persona, podemos apreciar que las actividades considera-
das “trabajo” (en su sentido amplio) ocupan la mayor parte del
tiempo de vigilia. Visto así, es fácil deducir que los distintos
trabajos, configuran distintas formas de pensar, obrar y sentir,
por lo que podemos hablar de distintas culturas del trabajo “en-
tendiendo por tales las que se generan en los diversos procesos
de trabajo desde la ocupación de distintas posiciones en las
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Capítulo IV 137

relaciones de producción [...] cada proceso de trabajo está en la


base de las experiencias cotidianas que se interpretan y expre-
san culturalmente en representaciones, actitudes y comporta-
mientos específicos” (Moreno Navarro, 1991: 617).
¿Qué pasa cuando se habla de la mujer y del trabajo de
las mujeres? Se piensa en “la mujer” como compendio de
atributos femeninos. No existen mujeres en general como
conjunto indiferenciado, sino múltiples amas de casa, agricul-
toras, estudiantes, obreras, cuadros superiores. “Una vez más,
se nos encierra en la construcción cultural del género femeni-
no que establece la identidad social de todo individuo normal
de sexo hembra” (Méndez, 1991: 705). Debemos hablar de
mujeres concretas e inmersas en un contexto específico, eco-
nómico, político y social, cuyo sistema de pensamiento y de
conducta está condicionado en primer lugar por la organiza-
ción social-sexual del trabajo.
El alcance real del trabajo no remunerado de la mujer y de
su consiguiente contribución a la economía doméstica se ha
subestimado sistemáticamente por varias razones:

* Por la definición de “trabajo”: trabajo no es sólo lo que hace


la gente, sino además las condiciones en que se realiza la
actividad y su valor social en un contexto cultural determina-
do. Reconocer el valor social atribuido al trabajo, o a un tipo
particular de trabajo nos ayuda a entender por qué unas acti-
vidades se consideran más importantes que otras.
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* Por la aparente invisibilidad del trabajo de la mujer, que es


una de las características de la división sexual del trabajo en
muchas sociedades y que se ve acentuada por la óptica etno-
céntrica de investigadores y políticos, y por las ideologías
tradicionales sobre el género. Si el trabajo se entiende nor-
malmente como “trabajo remunerado fuera del hogar”, en-
tonces las labores domésticas y de subsistencia desempeña-
das por la mujer quedan infravaloradas. La actividad laboral
de las mujeres se ve más como una “ayuda” que como un
“trabajo”, lo que la distingue de la actividad masculina. Ade-
más, el aumento desmesurado de la mano de obra femenina
en algunos sectores y la permanencia de la concepción de
“ayuda”, la convierte en un instrumento eficaz de explota-
ción (Narotzky, 1988).

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138 Rosalía Martínez

Las causas y consecuencias de la incorporación de las mu-


jeres al mercado de trabajo son el factor determinante de las
concepciones ideológicas que sobre el trabajo y los roles de
género caracterizan las actividades femeninas. Así pues, un
análisis que podría ser fértil en la valoración del trabajo de las
mujeres sería el de las interacciones entre las demandas y nece-
sidades del sistema de producción material y las respuestas del
sistema de reproducción humana (Carrasco Bengoa, 1991).
Sin embargo, hemos de considerar la imbricación entre ac-
tividades, producción y reproducción, sobre todo en el estudio
del “ama de casa”. El concepto de trabajo de la mayor parte de
las mujeres ha estado hasta hace poco muy próximo a lo que es
una actividad necesaria y pragmática esencial para salir adelan-
te. Se han movido entre el trabajo para un empresario y el tra-
bajo por cuenta propia. El trabajo fuera y dentro de la familia
es siempre e inevitablemente un elemento esencial en su carga
de trabajo. Después del matrimonio, el modelo de trabajo de la
mujer viene estructurado por las exigencias del cuidado de los
hijos, y su tasa de actividad económica como empleadas viene
frecuentemente marcada por limitaciones reales o impuestas
relacionadas con sus funciones de esposas y madres.
Pero, independientemente de la cantidad y calidad de traba-
jo que realizan, las mujeres están alienadas respecto de sus
personas y su producción. Esta alienación resulta de la existen-
cia de una ideología cultural, inserta en los sistemas de valores
y actitudes, que sirve de apoyo y justificación para establecer y
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mantener estas relaciones asimétricas. En definitiva, lo impor-


tante no es el trabajo que la mujer pueda realizar, sino el valor
social que se asigna a los roles socioeconómicos distintos de
ambos grupos. Por esta razón, haga lo que haga un hombre, su
rol-estatus es superior. En cambio, aunque demuestre una capa-
cidad y una actividad semejantes, la mujer posee un rol-estatus
inferior (Buxó, 1988).
Con respecto a la valoración del trabajo, encontramos un
indicador explicativo de la menor o mayor valoración del tra-
bajo femenino en la autovaloración. Por ejemplo, de la campe-
sina, que refleja asimismo la ideología dominante acerca de la
mujer. Esta autovaloración se expresa en la aceptación o recha-
zo de la costumbre discriminatoria de los salarios por parte de
las trabajadoras del campo que la sufren; en algunos casos se
da una actitud ambigua que acepta y/o rechaza, pero se contra-
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Capítulo IV 139

dice y no sabe dar una explicación. La mayoría acepta la dis-


criminación y la justifica en términos de diferencia física, cos-
tumbre o patriarcalismo. Afirman que “el hombre realiza traba-
jos más pesados” o que “él debe ganar más porque sostiene la
casa” (Sara-Lafosse, 1983).
En otro orden de cosas, hay que relacionar las tipologías de
distintos trabajos de mujeres con el grado de individualización
de la mujer; es decir, en relación a su costumbre de “definirse
en función de los demás”. Hay un mayor grado de individuali-
zación cuando más trabajan fuera, y donde tienen una mayor
presencia e incidencia en actividades de la esfera pública (Del
Valle, 1988: 222). Parece que los grupos de mujeres que parti-
cipan en la actividad laboral, cuando pueden elegir en base a su
nivel de estudios o preparación y a su posición de clase, lo
hacen generalmente en actividades que profundizan en los as-
pectos de madre, consejera, apoyo o mediadora, como podrían
ser las profesiones relacionadas con la enseñanza y la salud.
Hoy se destaca la individualización de una identidad feme-
nina distinta del carácter social femenino, identificable, que
nacería de la experiencia humana femenina en el trabajo fami-
liar. Se ha comenzado a perfilar la presencia de una identidad
femenina dotada de características propias, que hasta ahora
había permanecido sumergida y negada. Esta negación ha con-
tribuido a crear en las mujeres una identidad laboral que en
general se considera más opaca, y que sin embargo es mucho
más compleja que la de los hombres. La complejidad de la
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experiencia femenina, subrayada por la presencia en el trabajo


familiar y de servicio, y en el trabajo retribuido en el mercado,
no implica sólo un elemento de constricción, sino también un
elemento de fuerza en el “mantenimiento de una diferencia”,
de la preservación de sí misma en relación con los modelos
laborales dominantes (Guerra, s/f).

“La realidad es que el acceso de las mujeres a empleos re-


munerados no supone automáticamente cambios en su cul-
tura de género, que sigue estando configurada por su traba-
jo –trabajo entonces aun menos considerado tal– como
amas de casa. En no pocas ocasiones el resultado es el in-
verso: se lleva al contexto del trabajo asalariado muchos de
los elementos de la cultura del trabajo del ama de casa.”
(Moreno Navarro, 1991: 623)
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140 Rosalía Martínez

En nuestra investigación hemos podido detectar una actitud


en las mujeres que se traduce como reticencia al cambio res-
pecto de su cultura de género “tradicional”: no se quiere cam-
biar, sino por el contrario conseguir la valoración social del rol
que se desempeña, que consideran muy desprestigiado. Esto ha
generado una especie de crisis de identidad de género femeni-
no, producida en base a las contradicciones existentes entre las
imágenes sociales “mujer = esposa/madre” (devaluada) y “mu-
jer trabajadora independiente” (sobrevalorada). Por eso, algu-
nos hablan de la mujer como un género en busca de su identi-
dad, o con crisis de identidad, que favorece su situación de
desigualdad.
Algunos de los elementos que componen la cultura de gé-
nero femenina (que tienen mucho que ver con el desempeño
del rol de ama de casa, trabajen fuera o no) han dado lugar a
que el trabajo femenino se caracterice, entre otras cosas, por
ocupar las áreas débiles del mercado debido a la mayor flexibi-
lidad (horario laboral discontinuo). A esto hay que añadir la
rigidez de la fuerza de trabajo femenina, que está condicionada
por el mercado de las obligaciones legales en la gestión fami-
liar. Se empieza también a recoger la diversidad de la expe-
riencia femenina, que se representaba como debilidad en rela-
ción al modelo laboral masculino.
Una actitud clave que identifica la actividad laboral femeni-
na es el intento por combinar la función de utilidad económica
(salario = ayuda) con la utilidad social dentro del grupo fami-
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liar. Se trataría de conseguir la concordancia y/o simbiosis en-


tre el valor de uso de su actividad y el valor de cambio de su
trabajo, ambos rentables socialmente tanto en la esfera domés-
tica como en la extradoméstica, intentando alcanzar autoestima,
valoración social y respeto por las tareas “esencialmente” fe-
meninas, a veces a costa de ser una superwoman y de autoex-
plotarse en una situación difícilmente sostenible.
Por eso, en cuanto a la dicotomía de diferencias de activi-
dades por género (el alcance social del trabajo y del empleo)
sean vistos como iguales o distintos, los trabajos de la mujer y
del hombre habrían de ser considerados interdependientes, re-
considerando qué se entiende por trabajo y qué relaciones man-
tiene con otros ámbitos tenidos como extralaborales, ya que no
se puede analizar la realidad del trabajo sin tener en cuenta
otras esferas de la vida social. Hay que considerar la actividad
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Capítulo IV 141

laboral tanto en relación con la esfera de la participación en la


vida pública y el acceso al poder social, como con las activida-
des que se desarrollan en el seno de la familia y el hogar.
En definitiva, la construcción social de las identidades de
género, que favorece las desigualdades, se realiza en base a las
necesidades de producción/consumo y de reproducción que
convenga satisfacer al sistema. Es así como, a través de diver-
sos mecanismos (como por ejemplo la resocialización por los
medios de comunicación de masas) se dibuja el constructo so-
cial de género femenino “mujer/madre” o “mujer/trabajadora»,
cargados de las valoraciones y representaciones ideológicas
positivas o negativas que interese resaltar.
Con respecto a la posición de clase de las mujeres, éstas
han sido excluidas tradicionalmente del análisis de la estratifi-
cación, especialmente si trabajan fuera del hogar y están casa-
das (o cohabitan). En la medida en que se ha incrementado la
participación femenina en la fuerza de trabajo, empieza a ser
excepcional el estudio de clases que no considera la posición
de las mujeres.
La función reproductiva asume distintas características se-
gún sea la clase social del ama de casa. Si entendemos la ex-
plotación como “aquella situación en la que el individuo aporta
más en trabajo que la cantidad de trabajo incorporado en las
mercancías que recibe”, se supone que las amas de casa de cla-
se alta no están explotadas; ello no quiere decir que no se den
otras situaciones indeseables, tales como alienación, subordina-
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ción o dominación.
En las familias con un alto nivel de ingresos, las amas de
casa no suelen verse obligadas a trabajar a tiempo completo
para asegurar la reproducción del grupo, ya que pueden adqui-
rir todos los bienes y servicios necesarios en el ámbito mercan-
til y dedicarse así a otras actividades intra o extrafamiliares
(estudios, caridad, asociacionismo, etc.). Por el contrario, en las
familias de baja renta el trabajo del ama de casa u otros miem-
bros es absolutamente necesario para la subsistencia y repro-
ducción del grupo, que están condicionadas por la existencia
misma del trabajo doméstico.
Se ha planteado un debate a raíz del llamado enfoque con-
vencional sobre la situación de clase de las mujeres casadas.
¿A qué clase social pertenece una mujer casada que trabaja
fuera de su casa? ¿A la clase del marido? ¿A la clase que de-
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142 Rosalía Martínez

termina la situación de la mujer? ¿Se podría elaborar un índice


combinado? ¿Habría que diferenciar la situación de trabajo de
la situación de mercado? En el caso de las mujeres que no han
constituido pareja, la determinación de clase no plantea a priori
ningún problema. Lo mismo ocurre en el caso de las mujeres
que viven en pareja y se dedican o bien exclusivamente a las
tareas domésticas, o bien a algún trabajo extradoméstico que
las sitúa en la misma clase que su cónyuge. Ahora bien, ¿qué
ocurre en el caso de que el marido y la mujer desempeñen tra-
bajos que los sitúen en diferentes clases sociales? Es decir,
¿cuál es la posición de clase de las mujeres (o de los varones)
en el caso de parejas heterogéneas en términos de clase?
Lo que vamos a abordar a continuación son las respuestas
(o más bien las dudas) que la sociología ha planteado a estas
cuestiones. Aunque el debate ya es antiguo, se planteó con es-
pecial virulencia a raíz de la aparición de un artículo de
Goldthorpe en la revista británica Sociology, en 1983. A partir
de su publicación, esa revista recogió diferentes críticas, defen-
sas y contracríticas al texto. Este debate sólo podía plantearse
con toda su crudeza en los últimos años, dado el crecimiento
de la participación de la mujer casada en la población activa y
la mayor diversidad en el tipo de empleos ocupados por muje-
res, en términos de acceso a la autoridad, la propiedad y la
cualificación.
Vamos a agrupar las soluciones aportadas por la sociología
bajo las denominaciones de enfoque convencional, enfoque de
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dominación, enfoque conjunto y enfoque individualista.

a) Enfoque convencional. Quienes defienden este enfoque sos-


tienen que la unidad de análisis en el caso de las clases es la
familia, de modo que todos los componentes de una familia
pertenecen a una misma clase. Dada la mayor implicación de
los varones en el trabajo, tanto en términos de jornada como en
continuidad ininterrumpida hasta la jubilación, la posición de
clase de la familia entera deriva de la posición de clase del
varón. Se insiste en la escasa relevancia de la implicación labo-
ral de las mujeres.

b) Enfoque de dominación. El sociólogo sueco Robert Erikson


(1984) determina la posición de clase de la familia a partir de
la situación de clase del cónyuge cuyo trabajo sea más decisivo
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Capítulo IV 143

en la determinación de los intereses, conciencia, etc. de la fa-


milia. Esta mayor o menor importancia se conoce analizando
qué elementos (trabajo a jornada completa, propiedad de los
medios de producción, etc.) contribuyen en mayor medida a
configurar la conciencia de clase de los cónyuges. Erikson trata
de clarificar qué tipo de situaciones laborales ejercen mayor
influencia sobre la conciencia de clase de ambos cónyuges.

c) Enfoque conjunto. Parte de la distinción weberiana, reelabo-


rada por Lockwood, entre situación de trabajo y situación de
mercado. La situación de mercado se refiere a elementos como
la fuente y el nivel de la renta, el grado de seguridad en el
empleo y las oportunidades de movilidad social ascendente.
Ejerce efectos importantes sobre el nivel de consumo y el tipo
de vivienda en que se habita, el tipo de educación de los hijos,
etc. La situación de trabajo se refiere a la manera en que se or-
ganiza la producción, y a la situación dentro de los sistemas de
autoridad y control de los procesos productivos. La situación
de mercado es una característica de las familias y de los hoga-
res. La familia, a pesar de los gastos diferenciales que puedan
realizar sus componentes, es la unidad básica de consumo.
Esta interpretación considera que el hogar o la familia es la
unidad de clase, pero, a diferencia de lo que sucede en el enfo-
que convencional, la posición ocupacional de las mujeres se
toma en consideración a la hora de asignarle una situación de
clase. Las características del marido y de la mujer se tienen en
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cuenta para determinar la situación de clase de las familias.


Una vez que ha quedado clara la distinción entre la clase ocu-
pacional del individuo y las pautas de consumo de la familia,
hay poca dificultad conceptual para asignar una posición de
clase tanto al marido como a la esposa a título individual.
Una de las cuestiones más interesantes son los estudios so-
bre las llamadas familias heterogéneas (cross-class families),
aquellas en que los cónyuges pertenecen a distintas clases eco-
nómicas. Sin embargo, para algunas interpretaciones sólo se-
rían tales aquellas en que la situación de clase de la mujer está
por encima de la del marido. La esencia del estudio de las fa-
milias heterogéneas consiste en poner de manifiesto las noto-
rias diferencias que suponen las familias heterogéneas respecto
del resto de las parejas, en términos de división del trabajo
doméstico, de comportamiento político, de conciencia de clase,
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144 Rosalía Martínez

etc. Entre las defensoras de esta postura podemos citar a dos


sociólogas que utilizaron datos referidos a Suecia, Leiulfsrud y
Woodward (1987). De acuerdo con ellas, las familias en las
que los dos cónyuges ocupan diferentes posiciones de trabajo
suponen un elemento significativo en la estructura de clases.
Las actitudes frente al trabajo, los roles de género, la división
de las tareas domésticas, etc., se ven seriamente afectadas por
este carácter heterogéneo.
El tema fundamental de los estudios que analizan la validez
del enfoque convencional ha sido el de la identidad de clase.
Se trata de averiguar las consecuencias empíricas de adoptar
una posición u otra. Los resultados de las investigaciones dis-
tan de ser claros: así, las mujeres trabajadoras derivaban su
identidad de clase de su propia situación ocupacional en vez de
extraerla de la posición ocupacional del marido (Ritter y
Hargens, s/f); las mujeres derivan su posición de una combina-
ción de sus propias características, las de sus maridos y las de
sus padres (Velsor y Beeghley, 1979); o bien, son las caracte-
rísticas del estatus de los maridos las que determinan la identi-
dad de clase de las mujeres (Jackman y Jackman, 1984).
Baxter (1992) se apoya en los datos del estudio sobre es-
tructura de clases en Australia y llega a la conclusión de que
los datos corroboran tanto el enfoque convencional como el in-
dividual a la hora de explicar la identidad de clase de las muje-
res. Los datos que ella maneja indican que los resultados dan
apoyo a un enfoque de clase de familia, que toma en cuenta la
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ubicación de clase de los maridos y las esposas. Por lo tanto,


las clases sociales no se componen ni de familias ni de indivi-
duos, sino de individuos en familias. Esto implica diferentes ni-
veles de análisis.

d) Enfoque individualista. Este enfoque propone que la situa-


ción de clase de las mujeres pertenecientes a la población acti-
va depende, vivan o no en familia, de su propia situación de
clase. Es decir, en el caso de familias heterogéneas, la mujer
pertenecerá a una clase y el marido a otra, con lo cual, a dife-
rencia de lo que hemos visto hasta ahora, la familia deja de ser
la unidad de clase.
Quizás la interpretación individualista más extrema sea la
de Walby (1986), quien considera que las amas de casa y sus
maridos constituyen clases sociales distintas. Esto implica ale-
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Capítulo IV 145

jarse de aquellos planteamientos que consideran que todas las


mujeres, por el mero hecho de ser tales, forman una clase so-
cial. De acuerdo con Walby, todas las amas de casa son explo-
tadas por sus maridos, independientemente de las horas dedica-
das a las tareas domésticas y de los ingresos de sus esposos. La
cuestión es más bien cualitativa: hace referencia a las relacio-
nes sociales que implican lo que denomina el “modo patriarcal
de producción”. En el caso de que la mujer trabaje fuera de su
casa, tendría otra adscripción de clase, derivada única y exclu-
sivamente de su relación laboral. En consecuencia, una mujer
puede ocupar simultáneamente dos situaciones de clase.
Walby afirma que no se ha llevado a cabo un examen de la
desigualdad de género considerada en sí misma, utilizándose
una medida de las clases sociales basadas en las ocupaciones
de los hombres. Tradicionalmente, las mujeres, tanto solteras
como casadas, definen su posición en la estructura social en
razón de la de un hombre: su padre o su marido. En realidad,
es la familia la unidad transmisora de la posición de clase, pero
el cabeza de familia suele ser un hombre (aunque cada vez se
están dando más casos de mujeres cabeza de familia: separa-
das, divorciadas, madres solteras).
Refiriéndonos ahora más concretamente a la relación con el
elemento estructural “clase social”, en el caso del ama de casa
hay que considerar que la posición de clase es una variable
importante a la hora de estudiar el trabajo doméstico y los dis-
tintos tipos de amas de casa. En la esfera doméstica pueden
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coexistir muchas situaciones distintas: desde el caso en que el


trabajo doméstico es máximo y esencial, hasta aquel en que no
es estrictamente indispensable para asegurar la reproducción.
Según sea el nivel salarial y el tipo de beneficio, la familia ten-
drá distintas opciones de producción doméstica.
Al considerar distintos niveles salariales correspondientes a
los distintos tipos de fuerza de trabajo estamos de hecho defi-
niendo una estructura estratificada por clases sociales, entendi-
das estas últimas como grupos sociales diferenciados según
niveles de renta, educación y trabajo. La posición de clase de
una familia está claramente determinada por los ingresos fami-
liares. Toda familia combina tres tipos de elementos para ase-
gurar su subsistencia y reproducción: 1) rentas dinerarias (sala-
riales y no salariales), 2) servicios ofrecidos por las administra-
ciones públicas (salario social) y 3) trabajo doméstico.
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146 Rosalía Martínez

Según sea la clase social de la familia, el peso relativo de


estos componentes será diferente. Así, a mayor renta dineraria,
más servicios privados (sanidad, educación, etc.) y menos tra-
bajo doméstico. Además, la estructura del trabajo doméstico
también variará, lo que conduce a la idea de desagregación de
cada clase social según diferente trabajo doméstico (Carrasco
Bengoa, 1991).

2. Mujeres en la esfera privada:


reproducción y trabajo doméstico

Toda sociedad requiere la realización de determinadas acti-


vidades para su reproducción. Hace falta generar no sólo los
medios para producir sino también la fuerza de trabajo. En
todo caso, el énfasis en el empleo ha contribuido a considerar
al hombre como “principal aportador”, cuando también debería
referirse a la mujer como “principal trabajadora”. La reproduc-
ción del sistema socioeconómico se puede entender como la
reproducción de dos subsistemas básicos: la esfera de la pro-
ducción social y la esfera de la producción doméstica. En la
primera se reproducen los medios de producción (bienes y ser-
vicios orientados al mercado); en la segunda se produce y re-
produce la fuerza de trabajo.
La reproducción se convierte en el concepto clave, pero en
general en los trabajos de carácter economista se ha ignorado la
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interacción entre las dos esferas: sistema de producción y siste-


ma de reproducción. El hecho de que la familia sea una varia-
ble dependiente dentro del sistema económico, hace difícil la
explicación del papel que juegan la familia y el trabajo domés-
tico en la reproducción del sistema en su conjunto.
Desde el enfoque reproductivo, a partir de un punto de vis-
ta globalizador puede considerarse todo sistema social como un
conjunto de subsistemas sociales y económicos relacionados
entre sí a través de una compleja red de interacciones. Se pue-
den identificar dos subsistemas: el subsistema de producción
material y el de reproducción humana. Ambos son universales
en el tiempo y en el espacio, como señaló Engels en su obra
Sobre el origen de la familia, la propiedad privada y el Esta-
do: “El orden social en que viven los hombres en una época o
en un país dado está condicionado por esas dos especies de
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Capítulo IV 147

producción: el desarrollo del trabajo, por una parte, y de la fa-


milia, por otra”. Desde esta perspectiva, el trabajo doméstico
aparece como un elemento del conjunto que conforman la red de
interacciones dentro del sistema global. El trabajo doméstico es
aún esencial para la reproducción del sistema en su conjunto.
Con la llegada del capitalismo se producirá una separación
creciente entre la esfera productiva y la esfera doméstica, la
separación física del lugar de la producción material (la fábri-
ca) y el lugar de la reproducción humana (la casa). Los dos
procesos de trabajo llegarán a ser completamente extraños uno
al otro. Cada esfera cumple ahora una función específica.
Producción material y reproducción humana son partes
constituyentes de una totalidad, sin que las relaciones entre
ellas sean necesariamente de subordinación o dominación. La
reproducción humana y de fuerza de trabajo no es sólo cues-
tión de cantidad (reproducir una pirámide de edades); hay que
reproducir los distintos tipos de fuerza de trabajo diferenciada
(Carrasco Bengoa, 1991).
Por otra parte, es importante considerar, en el análisis de la
esfera de la reproducción, la propia valoración y autovalora-
ción del trabajo de ama de casa, ya que la reproducción de la
fuerza de trabajo tiene que ver con el proceso por el cual los
seres humanos se convierten en trabajadores. Dicho proceso, al
operar con fuerza de trabajo compleja (con preparación o cua-
lificación) incluye no sólo el mantenimiento de los individuos
sino también la asignación de estos a determinadas posiciones
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en el proceso productivo, lo que requiere una preparación y


capacitación especial.
Así, hemos de considerar otro aspecto: la inversión en capi-
tal humano que se hace dentro del ámbito doméstico. La dedi-
cación de tiempo y esfuerzo en cultivar capital humano en los
hijos se da con menor dificultad entre las amas de casa de clase
acomodada, que pueden contar con la asistencia en el trabajo
doméstico más ingrato (servicio doméstico) intensificando sus
otras funciones de mujer/esposa/madre. Y esto, como las mis-
mas mujeres dicen, “no está ni reconocido, ni pagado”.
Algunos de quienes consideran que el trabajo doméstico es
productivo proponen que el ama de casa reciba una asignación
económica, que no tiene por qué adoptar necesariamente la
forma de una cantidad de dinero. Esto opinan autores como
Dalla Costa y James, que proponen que el Estado (el gobierno
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148 Rosalía Martínez

y los empleadores), no los varones individualmente considera-


dos (maridos, padres y novios), pague salarios a las amas de
casa, dado que, en última instancia, el capital se beneficia de la
explotación de las mujeres.
El pago a las mujeres busca desprenderlas de la sobrecarga
de las tareas domésticas. En este sentido proponen ayudas para
guarderías y similares. Evidentemente, este tipo de argumento
ha contado con un sinnúmero de detractores. Parece difícil con-
siderar que los salarios para las amas de casa puedan formar
parte de una estrategia liberadora. El hecho de que el ama de
casa perciba un salario puede contribuir de modo decisivo a
que la mujer quede recluida en el hogar. Los escritos de Dalla
Costa y James parten de la discutible idea de que todas las
mujeres, por el mero hecho de ser tales, constituyen una clase
en el sentido marxista del término, es decir, una clase explota-
da por los hombres. Sus argumentos suponen soslayar que tam-
bién hay diferencias de clase entre las mujeres. Por otro lado,
estos autores se centran en el trabajo de las amas de casa y no
prestan atención al trabajo extradoméstico de las mujeres.
Llegados a este punto, sería conveniente detenernos en al-
gunos de los principales enfoques teóricos sobre el trabajo do-
méstico. Harrison (1975) y Delphy sostienen que existe un
modo de producción doméstico o familiar en una discusión que
conduce al rechazo a la caracterización del trabajo doméstico
como modo de producción. Harrison, marxista tradicional, des-
de la perspectiva de la lucha de clases centra su interés en la
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relación que existe entre el trabajo doméstico y el valor de la


fuerza de trabajo. Esta es la que permite al capitalista benefi-
ciarse del trabajo doméstico. A Delphy no le interesa central-
mente la relación entre modo de producción doméstica y modo
de producción capitalista, sino las relaciones que tienen lugar
dentro del modo de producción doméstico, es decir entre hom-
bres y mujeres. Su objetivo es demostrar que el hombre es el
principal beneficiario del trabajo de la mujer.
Desde la teoría económica existen tres enfoques que anali-
zan desde diferentes ópticas el trabajo doméstico: el marxista,
el feminista y el nuevo enfoque reproductivo.

1. El enfoque marxista plantea que el sistema familiar, reforza-


do por el Estado, cumple diversas funciones para el capital:
genera la fuerza de trabajo necesaria a través del trabajo do-
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Capítulo IV 149

méstico y la socialización de los niños, y cumple un papel de


estabilización socio-política. La subordinación de las mujeres
es considerada funcional al capital, tanto en la esfera de la
producción capitalista como en la de la producción domésti-
ca: el capital obtiene un mayor excedente debido a que parte
de los costos de reproducción son asumidos por el trabajo
doméstico realizado por las mujeres. Además, las mujeres
proporcionan al capital una reserva flexible de trabajo.
2. La línea feminista más radical interpreta la persistencia de la
familia nuclear como evidencia de que existen fuerzas inde-
pendientes del patriarcado. La opresión de las mujeres se
explica no por el modo de producción dominante, sino por
las relaciones patriarcales que operan a través de la familia y
de las relaciones sociales de producción. El capitalismo se
adapta así a un sistema dado de reproducción social jerarqui-
zado sexualmente.
3. Enfoque reproductivo. La primera llamada de atención sobre
la necesidad de un nuevo enfoque en el estudio del trabajo
doméstico la hizo Molyneux en 1979. Se argumentaba que el
elemento crítico del trabajo doméstico no había que buscarlo
en la satisfacción de las necesidades de los hombres, sino en
las necesidades de los niños. Otros autores han sugerido que
el análisis del sistema económico en general y la división
sexual del trabajo en particular requieren que a la organiza-
ción social de la reproducción humana se le conceda la mis-
ma importancia conceptual que a la organización de la pro-
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ducción.
4. Habría que introducir un cuarto enfoque, relacionado con los
planteamientos del interaccionismo simbólico y con el mate-
rialismo cultural, según el cual las transformaciones que se
dan en el ambiente socio-económico hacen que la familia
evolucione de una u otra forma y desempeñe distintas fun-
ciones, con la consiguiente incidencia en el contenido de los
roles propios de uno u otro género en relación al trabajo do-
méstico. Los cambios en las costumbres, en las actitudes y
comportamientos provocados por las necesidades de adapta-
ción a las nuevas situaciones socioeconómicas dan lugar a la
lenta pero progresiva implantación de nuevos valores sobre
lo que concierne a las diferencias entre los géneros, que a
través de los distintos mecanismos de interacción social se
van implantando. Se modifican así planteamientos ideológi-
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cos anclados en condiciones sociales objetivas ya pasadas y


caducas. El proceso es lento –con sus secuelas de crisis de
identidades y vacío de contenido de determinados roles–,
pero incontenible.

Para terminar este apartado habría que añadir algunas con-


sideraciones sobre la esfera privada como ámbito en el que se
desenvuelven distintos tipos de relaciones: relaciones de pro-
ducción, familiares, y relaciones sociales. En efecto, vivimos
en una sociedad de economía capitalista repleta de familias,
formas de organización social que producen, reproducen y es-
tablecen relaciones entre sí y entre los ámbitos privado y pú-
blico. Las familias constituyen el nexo entre dos esferas dicotó-
micamente estudiadas: la esfera de la producción (mayoritaria-
mente por parte de los economistas) y la de la reproducción
(por parte de los sociólogos), dentro de las cuales se confunden
las relaciones de producción y las relaciones familiares y se
hace difícil distinguir unas de otras.
Ser madre y casarse son dos de las opciones más impor-
tantes en la vida de una mujer, sobre todo en relación al tra-
bajo, tanto si es doméstico como si pertenece al mercado la-
boral. Todo ello hay que vincularlo con el interés por trabajar
o tener independencia económica del marido. Preguntarse qué
cambios se dan con respecto a las amistades extrafamiliares
antes y después de casarse; y, sobre todo, considerar la im-
portancia de los hijos en relación a otras posibles actividades,
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relaciones o proyectos.
En el seno de las familias hay individuos (por ejemplo, los
niños) que aportan en trabajo menos de lo que reciben en bie-
nes, es decir, que son explotadores. También el marido puede
explotar a la esposa, o viceversa. El abanico de posibilidades
depende de cuáles sean las relaciones entre los miembros de la
familia, en particular entre los cónyuges. Una explicación inte-
resante sobre esta cuestión es la denominada “sobrecarga de
roles”, que se refiere especialmente a las esposas empleadas
más que a las amas de casa a tiempo completo. Esta explica-
ción se construye sobre las siguientes ideas básicas:

* La división del trabajo es desigual, dado que los maridos no


realizan más trabajo doméstico y atención a los niños cuando
sus mujeres trabajan.
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Capítulo IV 151

* La ideología tradicional sobre asignación de roles por sexo


es un determinante fundamental en la división del trabajo
familiar.
* La mayor parte de las mujeres desean que sus maridos ejer-
zan más tareas domésticas.
* La sobrecarga de roles sobre la mujer trabajadora tiene con-
secuencias negativas sobre su bienestar.
* Los maridos están mucho más comprometidos psicológica-
mente con su trabajo pagado que con su rol familiar.

Para determinar si hay o no explotación en el hogar parti-


mos de la idea de que lo que se intercambia en las unidades
familiares no es el salario del varón por el trabajo doméstico de
la mujer, sino trabajo por trabajo. Según este criterio, habrá
explotación si, y sólo si, uno de los dos aporta sistemáticamen-
te una cantidad de trabajo mayor que el otro.
Según diversos estudios, la jornada media semanal dedicada
a las tareas domésticas oscila en torno de las 50 horas. No obs-
tante, los datos procedentes de otras investigaciones muestran
unas jornadas medias muy dispares. Así por ejemplo, y esta
vez para el caso español, María Angeles Durán (1988) calcula
la jornada media de las amas de casa sin empleo extradomésti-
co en 10,30 horas, lo que significa 73,50 horas semanales.
Baxter, en su encuesta incluida en el proyecto internacional de
Wright, apunta que los hombres trabajan asalariadamente una
media de 45,12 horas semanales y las mujeres una media de
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34,76; mientras que en el hogar, los hombres trabajan una me-


dia de 14,52 horas y las mujeres 33 horas de media, por lo que
concede 59,64 horas a los hombres y 67,70 a las mujeres.
Es muy probable que la explotación de la mujer por el
hombre alcance cotas elevadas en el período álgido de las ne-
cesidades domésticas, especialmente cuando hay que atender a
niños pequeños o a familiares enfermos, mientras que la explo-
tación del hombre por la mujer puede aparecer cuando aquellas
disminuyen al mínimo.
Hasta aquí hemos supuesto que hombre y mujer consumen
lo mismo en las economías familiares, pero un análisis adecua-
do de las relaciones económicas exigiría contar con estudios
detallados sobre la distribución de los medios de subsistencia
entre sus componentes. Lamentablemente, no existe un cuerpo
de investigación a este respecto en el que apoyarse. El hecho
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de que en la mayoría de los hogares las mujeres administren la


mayor parte del presupuesto familiar no significa, naturalmen-
te, que lo hagan en su favor. Algunos investigadores apuntan
que, en caso de escasez de recursos, las necesidades de la mu-
jer son las primeras en ser sacrificadas. Esto es algo no cons-
trastado empíricamente, aunque parece muy verosímil.
En el seno de la familia, estas relaciones no son reconoci-
das como conflictivas, sino como cooperativas. El resultado es
que no hay convenios colectivos ni, en general, normas con-
tractuales análogas a las de la empresa, que regulen la actividad
doméstica y su remuneración. Al no existir tales principios
generales, cada hogar es un mundo en el que cualquier situa-
ción es posible (Carrasco Bengoa, 1991: 37).
Una variable determinante en la organización del trabajo
dentro de la familia, así como para la propia continuidad del
grupo familiar, es la reciprocidad entre los cónyuges. El ama
de casa, casada, con o sin hijos, dedicada a sus labores hogare-
ñas o con una profesión, se ve penalizada porque para la gente
en general y para los patrones y los sindicatos, la mujer es res-
ponsable de la producción doméstica no mercantil. Esta situa-
ción es la contradicción más grave del matrimonio moderno;
conlleva la vivencia aguda de la desigualdad y la injusticia, e
imposibilita consiguientemente el conciliar intimidad y recipro-
cidad. Es imposible que haya una relación verdaderamente
duradera si no percibe cada cual una parte equitativa de los
derechos (y no sólo de los deberes) que le tocan. El fracaso de
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la reciprocidad se traduce en la disolución psicológica de la


pareja, seguida o no de ruptura jurídica.
La relación de producción entre marido y mujer en la fami-
lia nuclear moderna es, de hecho, la relación de una persona o
un “jefe” cuya producción se integra en el circuito mercantil, a
otra que le está subordinada porque su producción (que no se
integra en el circuito mercantil), es desvalorizada y convertida
en invisible. En estas condiciones, la reciprocidad en el matri-
monio es sumamente difícil de establecer entre dos miembros
de un mismo grupo cuya producción no se sitúa al mismo nivel
(Michel, 1980). Los últimos datos disponibles ponen de mani-
fiesto que, globalmente, se asiste a una tendencia muy lenta
hacia el reparto de tareas. En un texto de reciente aparición,
Marina Subirats (1993), apoyándose en los datos de la Encues-
ta Metropolitana de Barcelona, muestra este ralentizado recorri-
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Capítulo IV 153

do en el que el porcentaje de diversos miembros del hogar que


se ocupan habitualmente de la limpieza y cuidado de la ropa
varía desde 1985 a 1990 como sigue: cabeza de familia hom-
bre: de 1,5 a 2,1; cabeza familia mujer: de 80,9 a 77,6; y am-
bos: de 2,1 a 5,6. Sin embargo, cuando se trata de la gestión
del dinero familiar la participación masculina se incrementa
considerablemente, como se aprecia en los siguientes datos
sobre el porcentaje de diversos miembros del hogar que se ocu-
pan habitualmente de la administración del dinero en los mis-
mos años: cabeza de familia hombre: de 11,9 a 12,4; cabeza de
familia mujer: de 52,8 a 48,8; y ambos: de 29,2 a 34,3.
Es en los hogares heterogéneos en términos de clase donde
la tendencia a compartir las tareas domésticas resulta ser ma-
yor. Aquellas familias en que ambos cónyuges pertenecen a la
clase obrera son más tradicionales en la división del trabajo
doméstico. De acuerdo con el estudio realizado por la empresa
INNER, titulado Los hombres españoles, sobre una muestra de
1405 varones (diciembre de 1987), las opiniones sobre la con-
veniencia de que el trabajo doméstico lo realicen fundamental-
mente las mujeres varía en función de la edad, el hecho de que
la esposa trabaje y el nivel educativo.
Otro problema importante que le aparece al ama de casa en
el plano de las relaciones es el de la sociabilidad. A la frecuen-
te separación física de su entorno familiar después del matri-
monio, la mujer tiene que añadir el alejamiento de su grupo de
amistad de juventud, mientras que el hombre lo tiene asegura-
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do por la existencia de ámbitos de interacción propios que lo


posibilitan (café, fútbol, peña, taberna). En comparación con el
modelo de trabajo-empleo masculino, el trabajo de las amas de
casa da pie a otra consideración importante relacionada con la
vida social y la dificultad de desenvolverse en el ámbito de lo
público que padecen las amas de casa: entre los hombres, los
compañeros de trabajo son normalmente compañeros en el
tiempo libre, con frecuencia vecinos o parientes. Los valores
expresados por estas redes sociales fomentan la ayuda mutua
en la vida cotidiana y la participación en el mercado gregario
del ocio. Esta sociabilidad posee una cualidad ritual, que crea
una elevada densidad moral y refuerza los elementos de perte-
nencia a una colectividad dominada por el trabajo.
En efecto, uno de los mayores problemas que tiene el traba-
jo del ama de casa es el bloqueo de la sociabilidad y de la or-
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154 Rosalía Martínez

ganización personal del ocio: en este trabajo, la mujer se rela-


ciona escasamente con otras mujeres que tienen el mismo tra-
bajo, pero no en base a este trabajo sino en base al rol de géne-
ro. Esta situación produce representaciones ideológicas del
tipo: la insolidaridad de las mujeres entre sí, su falta de inicia-
tiva en el ámbito público, su autoveto a la participación en es-
pacios públicos objetivamente neutros pero considerados como
masculinos, su incapacidad para llevar a cabo proyectos asocia-
tivos, etc. En cuanto a la propia y personal organización del
ocio, la evidencia nos muestra cómo el ama de casa renuncia a
esta posibilidad en favor de los intereses del marido y de las
necesidades de los hijos.
Lo importante a destacar es que todo esto se termina consi-
derando propio de la naturaleza femenina, sin entender que son
factores relacionados con la división social-sexual del trabajo
los que lo producen.

3. Mujeres en la esfera pública: el mundo laboral1

Intentaremos explicar aquí por qué las mujeres tienen difícil


acceso (o, si se prefiere, los varones un más fácil acceso) a
determinadas ocupaciones, y, en consecuencia, a determinadas
clases. La expresión “segregación por sexo” describe la con-
centración de hombres y mujeres en distintas ocupaciones. Es
sabido que la participación de las mujeres en la población acti-
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va es menor que la de los varones, que sus tasas de desempleo


son mayores (con el agravante de estar sobrerrepresentadas
entre los desempleados de muy larga duración), que sus contra-
tos son en mayor proporción que los de los varones temporales
o a tiempo parcial, que se concentran en determinados sectores
productivos y que el sector público parece tratarlas mejor en
términos de empleo (tanto en cantidad como en calidad). Com-
parativamente, la participación en la población activa de la
mujer española es escasa.
Siguiendo la jerga de los economistas, analizaremos qué
ofrecen las mujeres en el mercado de trabajo y, por otro lado,
cuál es la demanda que ejercen los empleadores (públicos o

1. Para profundizar en el mundo laboral de las mujeres, léase


Aguilar, Martínez, Satué y Barragán (1996).
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Capítulo IV 155

privados). Por el lado de la oferta debemos considerar la socia-


lización en roles sexuales y la inversión en capital humano.
Por el lado de la demanda, consideraremos la discriminación
ejercida por el empleador.

a) Socialización. Ya desde la infancia, los niños y niñas mues-


tran unas pautas claramente sexistas en lo que se refiere a la
elección de los trabajos preferidos. La teoría cognitiva plan-
tea que los niños aprenden a distinguir a los varones de las
mujeres, y, a partir de ahí descubren cuáles son los roles ade-
cuados para hombres y mujeres. La teoría del refuerzo se
centra en las recompensas o castigos que acompañan deter-
minados actos.
b) Capital humano. La diferencia en los ingresos de la pobla-
ción activa es un mero reflejo de la inversión de tiempo y
dinero por parte de los padres en sus hijos. El capital huma-
no sería la suma de los años de escolarización y de la expe-
riencia en el mercado de trabajo.

En lo que se refiere a los años de escuela, la media de años


de escolarización es similar para hombres y mujeres. Incluso,
en el caso español en los últimos años las mujeres son más
proclives a contar con titulación universitaria de ciclo largo. En
cuanto a la formación interna en la empresa, las mujeres salen
claramente perjudicadas. Está claro que si los empresarios con-
sideran que es posible que la mujer abandone durante unos
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años el puesto de trabajo, muy probablemente preferirán inver-


tir en formación para los varones. Hay que tener en cuenta que
las mujeres reciben menos formación interna para puestos de
trabajo equivalentes y niveles de educación similares.
También se producen con demasiada frecuencia e impuni-
dad ciertos índices de discriminación en la contratación, posi-
ción y promoción, en base fundamentalmente a que los emple-
adores pueden subestimar la productividad potencial de las
mujeres en el desempeño de puestos de trabajo habitualmente
desempeñados por hombres, o también, más sutilmente, por
ejemplo, si los empleadores observan que las mujeres tienen
pocos conocimientos de mecánica tenderán a no contratarlas en
puestos que exijan este tipo de conocimiento, haciendo exten-
sible esta discriminación a las pocas mujeres avezadas en me-
cánica. En cualquier caso, está clara la progresiva desvincula-
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156 Rosalía Martínez

ción de la mujer del empleo a partir del matrimonio y, sobre


todo, a partir de la crianza de los niños.
La discriminación monopolista tiene lugar cuando un grupo
de trabajadores se pone de acuerdo para excluir a otros. Es el
ejemplo típico del cierre social dual. Los salarios de las muje-
res son sensiblemente menores que los de los varones. En el
caso español, se aprecia la discriminación por sexo en los con-
venios colectivos, con dos rasgos: la descentralización y la des-
articulación. Estas características se manifiestan en la existencia
de un número excesivo de convenios que circunscriben su apli-
cación a un ámbito reducido, lo que conduce a situaciones de
agravio entre trabajadores de un mismo sector económico. Esto
se acentúa en el sector servicios, en el que preponderan las
mujeres. Se trata de convenios que se reducen a regular temas
salariales y de jornada, y que no otorgan importancia a la situa-
ción de la mujer en sus ámbitos de aplicación.
En función del ámbito de aplicación territorial existen cua-
tro tipos de convenios: provincial, de empresa provincial, na-
cional y de empresa interprovincial. En muchos convenios de
ámbito provincial se mantiene la referencia a la “limpiadora” o
“mujer de la limpieza”, cuyo salario generalmente es inferior al
de “peón” y “mozo”. La mayoría de los convenios que contie-
nen clasificaciones discriminatorias pertenecen al sector servi-
cios (comercio, hostelería, centros sanitarios y hospitalización).
Se puede observar la escasa presencia de las mujeres en las
clases propietarias, especialmente en el grupo de los empleado-
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res y entre los directivos. En cuanto al difícil acceso de las


mujeres a los puestos que impliquen dirección, las explicacio-
nes suelen dirigirse a la mayor implicación laboral, especial-
mente en términos de horas y años de trabajo, que exigen estos
empleos. Aunque las mujeres han obtenido grandes logros en
lo que al empleo se refiere, existen aún serias barreras que las
excluyen de los puestos de dirección.
En los últimos años, el número de hombres en la población
activa europea disminuyó, mientras que el de las mujeres cre-
ció. Además, la mayor parte de las mujeres (el 72 %) trabaja
en el sector servicios, donde su número casi iguala al de los
hombres. Aunque cada vez es mayor el número de mujeres que
entran en los conductos necesarios para acceder a los puestos
de responsabilidad y dirección, solamente unas pocas progre-
san a través de ellos, ya que a medida que van subiendo los
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Capítulo IV 157

peldaños hacia su carrera profesional, los puestos más altos


están ocupados por hombres. El camino que lleva a ocupar los
puestos directivos pasa por el trabajo a tiempo completo, la
continuidad en el empleo, el trabajar más horas de las estable-
cidas y la movilidad geográfica. Entre las medidas que facilitan
la permanencia de las mujeres en sus trabajos se encuentran los
períodos reglamentarios por maternidad, así como la existencia
de guarderías que puedan ser cómodamente pagadas por las fa-
milias. Pero un aspecto que ayudaría más a las mujeres es la
posibilidad de que tanto el padre como la madre puedan utili-
zar el tiempo estipulado para el cuidado de los niños.
En términos generales, el acceso a los puestos de dirección
y administración tiene lugar en los años más productivos de la
carrera profesional de los trabajadores, es decir, alrededor de
los 40 años. Esto significa que el período comprendido entre
los 30 y los 40 años es crucial para que los directivos en poten-
cia puedan obtener la experiencia necesaria y demostrar sus
conocimientos en una variada serie de trabajos con más res-
ponsabilidad. Esos años en la mujer actual coinciden con la
fecundidad y crianza de hijos, y con la decadencia de los
progenitores y la responsabilidad de su cuidado.
En cuanto a la movilidad social y el acceso a las profesio-
nes (Garrido, s/f y 1992), la expansión de los servicios consti-
tuye uno de los cambios más significativos ocurridos en las
sociedades occidentales en las últimas décadas, en el marco de
la crisis industrial y de la configuración del Estado de bienes-
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tar. Esta movilidad supone una alteración de las formas tradi-


cionales de división social y sexual del trabajo.
Algunos de los efectos del crecimiento de las ocupaciones
sobre la distribución de oportunidades vitales de los individuos
se refieren, por una parte, a una suavización (no abolición) de
las diferencias entre los sexos dentro de la estructura ocupacio-
nal, sobre todo en el acceso a las profesiones (más cualifica-
das), y, por otra parte, a la prevalencia de criterios meritocráti-
cos para lograr empleo sobre criterios de tipo adscriptivo.
Sobre los datos de la Encuesta sobre estructura, conciencia
y biografía de clase (ECBC) (Carabaña et al., 1992) realizada
sobre una muestra de 6600 individuos entre 1990 y 1991, se
han realizado estudios (Salido Cortés, 1994) sobre el cambio
estructural del empleo en España, las diferencias entre los
sexos dentro del mercado laboral, y más concretamente sobre
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158 Rosalía Martínez

las posibilidades de acceso de las mujeres a las profesiones, o


élite de los servicios.
El crecimiento expansivo de los servicios ha alterado el sis-
tema de desigualdad contemporáneo, en el que el género ha
pasado a ocupar un papel primordial en cuanto a la relación de
las mujeres con el empleo y en cuanto a la distribución de
oportunidades de movilidad entre los géneros. A ello hay que
añadir la importancia, y por lo tanto dependencia, creciente de
los recursos de educación y capital humano.
Las tareas de la esfera de la reproducción se externalizan,
por lo que se produce una liberación de la mujer del ámbito
doméstico, que posibilita no sólo su incorporación al mercado
de trabajo, sino además la participación continuada y estable.
Paralelamente, la oferta de empleo dentro de los servicios se
corresponde con aquellas ocupaciones más ligadas a la repro-
ducción y tradicionalmente femeninas (cuidado de ancianos,
educación infantil). Se construye así un mercado de trabajo
femenino en el que probablemente se produzcan nuevas formas
de división y jerarquía social entre las propias mujeres (de élite
profesional y trabajadoras no cualificadas). El grado en que
este mercado de trabajo femenino se consolide dependerá de la
trayectoria del Estado de bienestar, pues para llegar a ser un
mercado de trabajo estable y bien remunerado depende de la
provisión de servicios sociales por parte del Estado. Así, el cre-
cimiento de los servicios sociales, con políticas activas de em-
pleo y amplia cobertura social, favorecerá la participación labo-
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ral de las mujeres.


En España, el crecimiento y expansión del sector servicios
se ha producido en menos tiempo que en el resto de Europa
Occidental. En 1985 se alcanzó la cifra del 50 %, después de
haber mantenido un ritmo de crecimiento por encima de la
media de la OCDE (Cuadrado, 1989). La imagen que se apre-
cia es, por un lado, un sector manufacturero fuertemente mas-
culinizado, con un peso considerable en el total del empleo, y,
por otra parte, los servicios como un ámbito con fuerte presen-
cia femenina, excepto en los servicios a las empresas. Otro gru-
po en clara expansión ha sido la administración pública.
Cuando se analizan los cambios en la estructura ocupacio-
nal para observar la alteración de la distribución del empleo
entre los géneros se aprecia que, aunque las actividades de co-
mercio y distribución han representado el destino más frecuen-
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Capítulo IV 159

te para las mujeres, esa tendencia se debilita progresivamente


entre las más jóvenes, al tiempo que se produce un efecto in-
verso de crecimiento de la importancia de los distintos sectores
de los servicios entre las mujeres jóvenes.
Con respecto a la consecución de la igualdad entre los
sexos, la tendencia es a la compensación de las diferencias. Las
semi-profesiones (profesiones de grado medio, como ATS o
trabajador social) representan el conjunto de ocupaciones que
más tienden a la feminización. Se tiende, pues, a la igualación
de oportunidades entre los sexos dentro de las profesiones y
los trabajos de servicios, pero las mujeres, en mayor propor-
ción, se concentran en los estratos más bajos de éstos: semi-
profesiones y trabajo no cualificado.
Sin embargo, cada vez son más las mujeres que acceden a
posiciones de élite dentro de los servicios en base a ciertos re-
cursos que les permiten romper los mecanismos de cierre que
todavía perduran en el acceso a las profesiones. La facilidad o
dificultad en el acceso a las profesiones se mide en función del
nivel de educación, el origen social, el estado civil, la edad y la
participación de la madre en el mercado de trabajo durante su
infancia. La mayor probabilidad de éxito en el mercado laboral
la tienen las mujeres que poseen un nivel de educación alto,
con origen social en profesionales o grandes propietarios, y
solteras, cuyas madres influyeron positivamente sobre su logro
ocupacional.
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Capítulo V

Desigualdad por adscripción


en base a la edad

Las desigualdades relacionadas con los grupos de edad, sean


éstos compuestos por jóvenes o por las personas mayores, no
se entienden si no es en relación a la situación de desventaja en
términos de acceso al mercado de trabajo que experimentan
ambos grupos. Esta situación está a su vez relacionada con
cuestiones de formación y adquisición de credenciales por par-
te de los más jóvenes, y con el “descolgamiento” y/o desfase
de los mayores respecto de las exigencias del mercado de tra-
bajo más reciente, por ejemplo la incapacidad de “reciclarse”
ante el empuje de las nuevas tecnologías.
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Entre los jóvenes, la ideología dominante justifica su reclu-


sión y “aparcamiento” en la escuela hasta culminar un proceso
formativo que la mayoría de las veces no se corresponde con
las necesidades del mercado laboral. Entre las personas de
edad, hay que distinguir entre aquellas personas que aún están
en edad de trabajar (de entre 50 y 65 años) y las que ya están
jubiladas.
Las pautas demográficas en las sociedades industriales
avanzadas presentan unas regularidades que deben tenerse en
cuenta en el análisis de las diferencias sociales en relación con
la edad. Entre ellas se destacan: el crecimiento “cero”, el des-
censo de las tasas de mortalidad y el alargamiento de la espe-
ranza de vida, y la reducción del ciclo productivo humano.
Todo ello conduce a la necesidad de la consideración social y
la redefinición de la vejez, un colectivo en aumento que ade-
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162 Rosalía Martínez

más ha mejorado sensiblemente su capacidad adquisitiva debi-


do a las actuales pensiones y planes de jubilación.
Generalmente, cuando hablamos de edades nos referimos al
tiempo cronológico de la vida de un individuo; sin embargo, la
edad biológica o cronológica no indica nada si no la ponemos
en relación con el medio sociocultural donde vive el individuo,
sobre todo en aquellas sociedades que han independizado su
funcionamiento de los ciclos de la naturaleza. Como afirma
Sáez Narro, “el significado de una edad cronológica determina-
da, cuando es considerada desde una perspectiva sociológica o
antropológica, es una función directa de la definición social de
la edad o del tiempo social” (Sáez Narro, 1985: 63). La edad
puede ser, por lo tanto: biológica, sociocultural e incluso admi-
nistrativa (edad para votar, edad para jubilarse).
El grupo de personas que en una sociedad comparte la edad
cronológica, suele compartir también vínculos de interacción
definidos socialmente: una información, unos valores y funda-
mentalmente un código común. En cada momento de nuestras
vidas internalizamos normas y modelos de comportamiento
(formales o informales) asociados a nuestra edad. Así es como
se vinculan la estructura social y las relaciones interpersonales.
En la sociedad europea tradicional, las divisiones actuales
entre infancia, adolescencia, juventud, madurez, tercera edad, e
incluso cuarta edad, no tenían lugar. Es a partir de la moderni-
dad, con el surgimiento de los nuevos Estados, cuando se plan-
tea el control social efectivo a la infancia y la adolescencia a
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través de la educación, que además debe cubrir las exigencias


de una economía industrial más mecanizada que necesita mano
de obra cualificada y disciplinada (asunción de normas y valo-
res, de jerarquías y de horario), acorde con el modo de produc-
ción capitalista industrial.
El aumento de los jóvenes desempleados a principios del
siglo XX y la escolarización forzosa se dan paralelamente al
desarrollo de los conceptos de adolescencia y juventud; se ins-
titucionalizan las desventajas comparativas para el acceso al
mercado laboral y la consecuente vinculación a la estructura de
clases que sufren los jóvenes hasta hoy. El Estado de bienestar
ha consagrado la exclusión de este grupo de edad de la esfera
productiva, potenciando su dependencia de los adultos; lo ha
definido, además, principalmente por su consumo (que es sufri-
do por los adultos).
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Capítulo V 163

En cuanto a la posición de clase de sus familias, muchos


jóvenes de clase baja se escolarizan deficientemente, por lo que
se les cierran las puertas de la movilidad social ascendente. La
educación y el retraso en la incorporación al mercado de traba-
jo se registra entre las clases medias y altas; en cambio, la prisa
por la entrada al mercado laboral y el acceso al primer sueldo
constituyen un rito de paso a la madurez entre los jóvenes de
clases bajas, cuyos padres, además, no pueden permitirse los
gastos que supone una formación prolongada.
De cualquier forma, en nuestra sociedad el trabajo es el
principal mecanismo de integración social; constituye en sí
mismo un valor en alza. Se considera la actividad social de la
edad adulta; no tenerlo es causa de disfunciones psicológicas
en muchos individuos. El retraso en la incorporación al merca-
do laboral supone un retraso en la entrada a la madurez, lo que
puede generar problemas de autoestima semejantes a los que se
sufren por una jubilación forzosa.
El trabajo y la falta de él es protagonista en la posición de
clase tanto de jóvenes como de mayores. Por lo tanto, es la
relación edad/trabajo la que nos señala las distintas situaciones
de desigualdad que se dan en relación a la edad.
Los jóvenes son el grupo de edad sobre el cual tiene más
incidencia el desempleo. Según Fernández Enguita (1990) las
tasas de desempleo juvenil se pueden explicar por: las deficien-
cias intrínsecas del modelo de desarrollo español, la falta de
empleadores, la falta de experiencia y la dilación del período
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de formación para ser competitivos. En conjunto, los jóvenes


tienen más posibilidades de estar desempleados, menos de estar
empleados, más de tener una peor situación profesional y de
contratos temporales, y más de reincidir en el desempleo. En
España, el Estado intenta subsanar estos problemas implantan-
do cursos de formación para el empleo que no acaban de solu-
cionar la problemática de la adecuación a las necesidades y
demandas de profesionales.
El otro grupo de edad en el que recae principalmente el
desempleo es el constituido por aquellos trabajadores de más
edad, considerados directamente inactivos. Su problema más
grave es el de encontrar un nuevo trabajo, y ello por la escasa
preparación ante los rápidos e importantes cambios tecnológi-
cos; que produce un desfase en sus conocimientos, por lo cual
son “desbancados” por otros grupos de edad.
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164 Rosalía Martínez

Como vimos en el capítulo anterior, también las mujeres


sufren el desempleo en razón de la edad en aquel segmento de
su ciclo vital que se corresponde con las edades reproductivas
y de crianza de hijos, muy agudizado entre los 20 y los 35
años.

1. El problema de la juventud1: educación y empleo

Con la formación de los Estados modernos y la expansión


del capitalismo, tanto los reformadores protestantes como los
contrarreformadores católicos, plenamente conscientes del ca-
rácter manipulable de los más jóvenes, elaboran una estrategia
de control de la población que va desde los aspectos adminis-
trativos del Estado moderno a la educación de la primera infan-
cia (Feito, s/f). La idea moderna de infancia y adolescencia de
mayor influencia fue propuesta por Rousseau en el Emilio,
obra en la que sostiene que los niños y adolescentes son seres
cuya razón no está plenamente desarrollada; son inmaduros y,
en consecuencia, los adultos han de protegerlos de su propia
libertad. De esta forma, Rousseau se opone a Locke, quien
planteaba la necesidad de razonar con los niños.
De acuerdo con Lerena (1983), Rousseau es el gran teórico
de lo que se puede denominar “operación de encierro de la ju-
ventud”. Su teoría escinde al niño del adulto. El Emilio consti-
tuye el pilar más sólido de la moderna definición de la infan-
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cia, de la infantilización del niño –y del adolescente y del jo-


ven–, de su retención obligada y artificial en el tiempo.
Rousseau separa al niño y al adolescente del mundo adulto
y proporciona el sustento ideológico para construir un mundo
aparte para los más jóvenes. Marx (1978) piensa que en una
sociedad racional los niños (a partir de los 9 años) deben traba-
jar. El trabajo acaba con el estatuto subordinado de la infancia
y de la adolescencia; hay que aunar el trabajo productivo y la
enseñanza. La escuela aparta al niño del adulto, escinde el pen-
samiento de la acción. Sin embargo, la abolición del trabajo in-
fantil fue una de las peticiones unánimes del movimiento obrero.

1. Este apartado ha sido construido como resumen a partir de una


memoria de oposición a titular de universidad de carácter anónimo, y
a partir de James Petras, 1996.
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Capítulo V 165

A pesar de que hoy en día, al menos en las sociedades oc-


cidentales, se admite de modo generalizado, la idea de sobre-
protección de los menores de edad no ha gozado de consenso,
ya que el naciente Estado capitalista no podía permitirse este
concepto moderno de adolescencia debido a las necesidades de
que los jóvenes formasen parte de la mano de obra. A medida
que el tamaño de las familias disminuyó y se aceleró el proce-
so de urbanización, la infancia pudo convertirse en una esfera
protegida.
Por otra parte, la idea de que la adolescencia es necesaria-
mente un periodo de agitación, en el que los jóvenes deban ser
tratados como seres incompletos o dependientes, forma parte
de una ideología interesada. En la propia historia de Occidente
no siempre ha sido así, como muestra el genial estudio de
Ariès (1987) sobre la infancia. En la Edad Media sólo había
dos etapas en la vida: niñez y adultez. En cuanto los niños eran
capaces de moverse por su propia cuenta eran introducidos en
el mundo de los adultos.
A partir del siglo XVII, los colegios empiezan a sustituir al
aprendizaje como medio de educación, con lo que el niño deja
de estar mezclado con adultos. El sistema educativo institucio-
nalizó la noción de niñez. La secuenciación en cursos en fun-
ción de la edad contribuyó a establecer aún más divisiones en
el período pre-adulto.
El modo de producción capitalista en los inicios de la revo-
lución industrial exigió la contratación de mano de obra infantil
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y juvenil. Sin embargo, a mediados del siglo XIX el incremen-


to del número de personas jóvenes sin empleo que vagaban por
las calles suministró argumentos a favor de la educación obli-
gatoria que supuso un serio alejamiento de la juventud de im-
portantes sectores de la economía.
Tres son los elementos que contribuyeron a la constitución
de la adolescencia: la legislación laboral infantil, la educación
obligatoria y los procedimientos procesales especiales para la
juventud (especialmente la introducción de la idea de minoría
de edad).
La creciente mecanización de las fábricas exigía otro tipo
de mano de obra, una fuerza de trabajo relativamente educada:
conocimiento, destrezas, subordinación burocrática y hábitos
de trabajo dignos de confianza. No obstante, la idea de adoles-
cencia no se materializó en América y en Europa hasta co-
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166 Rosalía Martínez

mienzos del siglo XX2. La adolescencia era caracterizada por


dualismos que rompían con la armonía de la infancia: hiperac-
tividad e inercia, sensibilidad social y distanciamiento; intuicio-
nes sublimes y locuras infantiles. Se la caracterizaba como un
período de perpetua crisis de identidad, repleta de excentricida-
des consideradas como parte de la maduración biológica.
Fue en los años 50 del siglo XX cuando la adolescencia se
desarrolló por completo y se convirtió en una fase distinta de la
niñez. Los medios de comunicación se dirigieron hacia la gente
joven como un grupo con identidad propia a la vez que les
construían esa identidad: su propia música, sus propios bailes,
sus propias ropas, sus propias modas. La imagen del adoles-
cente quedaba íntimamente vinculada a la de la sociedad de
consumo y era homogeneizada por los medios de comunica-
ción de masas.
A medida que el Estado benefactor se desarrolla, la juven-
tud es desplazada de la esfera de la producción y se va ubican-
do en una posición de casi total dependencia y subordinación a
la autoridad adulta. Constituye entonces una clase social en sí,
con la idea del grupo de amigos adolescentes como grupo
opuesto a la autoridad de los adultos.
La adolescencia presenta otra etapa más, antes de la incor-
poración definitiva al mundo adulto, especialmente en el caso
de los estudiantes universitarios: la fase de la juventud adulta o
juventud a secas, que consiste en un estatuto de adulto que aún
no es pleno, un período en el que se les permite adoptar algu-
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nas decisiones y empezar a controlar sus vidas con una respon-


sabilidad limitada3.
Aquí podemos enlazar con la problemática de la educación
y la formación en relación con el estatus de adulto y con el
acceso al empleo. Son frecuentes las quejas con respecto a la
falta de coordinación entre el sistema educativo y el sistema
productivo. Parece haber un acuerdo en echar la culpa al siste-

2. Stanley Hall publicó en 1904 su obra Adolescence, cuya in-


fluencia sobre la categorización de la adolescencia ha sido decisiva.
3. La obra de Margaret Mead Adolescencia, sexo y cultura en
Samoa mostró la falacia del concepto universal de adolescencia: no
todas las sociedades reconocen el período de agitación de la pubertad.
Los niños samoanos no gozan de ningún período de falta de responsa-
bilidad y desde los 4 ó 5 años trabajan en relación a sus capacidades.
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Capítulo V 167

ma educativo en razón de los desajustes educación/empleo que


se aprecian en los distintos niveles educativos4.

1. En cuanto a la enseñanza básica y las capacidades laborales


mínimas, las economías industriales contemporáneas cuentan
con un elevado número de puestos de trabajo cuyo desempeño
apenas requiere conocimientos teóricos, especializados o tan
siquiera amplios. Para estos trabajos, la escolarización básica
debería bastar. Los empleados que los realizan son los llama-
dos “trabajadores manuales”.
Los conocimientos no son las únicas capacidades con trascen-
dencia productivo-laboral; las hay también de otro orden, aun-
que no menos básicas: determinados comportamientos y actitu-
des individuales que la escuela inculca, ayuda a descubrir o
refuerza. Se trata primordialmente de cumplir con los tiempos
estipulados, de la capacidad de atención y concentración, de la
disposición para trabajar en equipo y para cumplir minuciosa-
mente con las instrucciones y órdenes recibidas, así como del
interés por el trabajo.

2. El tramo intermedio de la escala laboral se correspondería


con el nivel de estudios secundarios, por ejemplo los puestos
de funcionarios administrativos, a los que se hace corresponder
una preparación educativa de bachillerato, FPII o similar. Las
destrezas necesarias para los graduados en enseñanza media se
concretarían en: leer, escribir, razonar y calcular correctamente;
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entender la organización social y económica del país; conocer


los principios básicos de las ciencias físicas y biológicas; con-
seguir experiencias de actividades cooperativas y de relaciones
intra e intergrupos humanos. Además de otras capacidades de
índole más personal, como adquirir hábitos y actitudes propias
de un ciudadano de confianza: ser responsable, adaptable e in-
formado. Como se puede apreciar, se tiende a intensificar el
componente de educación “general” y a elevar su calidad, en
vez de favorecer la profesionalización de una enseñanza secun-
daria acorde con las demandas del mercado laboral.
En el tema de los graduados en enseñanzas medias, es impres-
cindible distinguir entre los bachilleres y los titulados de forma-

4. La mayor parte de los datos aquí utilizados proceden del trabajo


de Bosch y Díaz Malledo, 1988.
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168 Rosalía Martínez

ción profesional de segundo grado. Los bachilleres superiores


están orientados hacia la universidad, pero, en un número de
casos cada vez mayor, no han podido elegir la carrera deseada
tras la selectividad, y además presentan una formación no espe-
cífica (el BUP, como su nombre indica es polivalente), con lo
que se ven obligados a prolongar su período formativo con
cursos y con una adecuada orientación profesional5.
Es muy importante destacar que a nivel de operarios o emplea-
dos intermedios no existen puestos de trabajo de entrada direc-
tos, así que tanto los bachilleres como los graduados de FP2,
tienen que invertir dos, tres o más años de esfuerzos suplemen-
tarios para acceder a puestos de su nivel.

3. En cuanto a los estudios y titulaciones superiores, una de las


quejas más extendidas es la falta de adecuación entre lo que se
enseña en las universidades y lo que exigen los empleadores6.
Las quejas más frecuentes de los empresarios respecto de la
formación de los titulados son las siguientes:

a) Formación excesivamente teórica y muy poco práctica.


b) Conocimientos muy generales y lejanos a las tecnologías de
punta7.
c) La poca importancia otorgada en los planes de formación a
la actitud investigadora.
d) La falta de conocimiento de la empresa como estructura y
ente dinámico. Es necesario saber organizar, desarrollar y
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dirigir los recursos humanos con que cuenta una empresa.

5. Según Fernández Enguita (1990), cada vez es mayor el porcen-


taje de graduados en medias y universitarios que acceden a los cursos
de Formación Profesional (FPO) ofertados por el INEM.
6. Según el Ministerio de Educación (1987), las titulaciones más
solicitadas por el empresariado son: Ingenieros industriales, Económi-
cas y empresariales, Ingeniería técnica industrial, Informática, Ingenie-
ros de telecomunicaciones, Ingenieros de caminos y canales, Química,
Derecho, Ingeniería de Obras públicas, Ingeniería técnica de Teleco-
municación e Ingenieros de Minas.
7. Los empleadores consideran necesarios los siguientes conoci-
mientos y disciplinas: idiomas, informática, organización y gestión,
relaciones humanas e industriales, marketing, tecnologías de punta y
estadística aplicada a la empresa.
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Capítulo V 169

Con respecto al desempleo y el subempleo de los titulados


superiores, las tasas de desempleo de los graduados universita-
rios son en realidad inferiores a la media; su problema funda-
mental es el acceso al primer empleo, ya que, una vez conse-
guido, no suelen volver a la desocupación; el desempleo de
este grupo se explica por la juventud de sus componentes más
que por el nivel de estudios. En conjunto, el desempleo afecta
con mucha más gravedad e intensidad a los amplísimos colec-
tivos de jóvenes que no son graduados universitarios ni de
medias.
En toda esta coyuntura hay que considerar también la cues-
tión de la modernización y su impacto en la estructura social,
especialmente sobre la generación de los años 90. Hay que
analizar especialmente los costos humanos y los efectos des-
tructivos que ha traído la liberalización.
La modernización de la economía española (1982-1995) se
montó sobre:

a. La liberalización de la economía: liberalización de los mer-


cados, privatización de empresas públicas y bancos, libre
convertibilidad y flexibilización del mercado laboral.
b. La integración en la CE, que suponía entrar en la división
internacional del trabajo. Ello implicaba mejorar en especia-
lización; pero el resultado fue la expansión de los servicios
(turismo) y un relativo decaimiento de la industria, así como
flujos enormes de inversiones y préstamos; es decir, relacio-
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nes asimétricas en la internacionalización del capital. Con


todo ello, España se convierte en exportadora de mano de
obra a compañías multinacionales de capital extranjero.
c. Un “nuevo régimen regulador”8 que traspasa el protagonis-
mo de los agentes españoles (públicos o privados) a presta-
mistas extranjeros, directores de bancos multinacionales, al-
tos funcionarios de la CE y funcionarios públicos (electos o
no) vinculados a redes internacionales. Este nuevo régimen
regulador ha producido desindustrialización, incremento de
los servicios, desnacionalización y protagonismo del capital
extranjero.

8. El régimen regulador está constituido por las reglas y los actores


sociales que controlan y dan forma al proceso de acumulación.
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170 Rosalía Martínez

Es importante dilucidar si estos cambios han conducido a


una mayor igualdad social y libertad política, o por el contrario
han profundizado las desigualdades y debilitado la democracia
política. Para analizar el impacto de la modernización en la cla-
se trabajadora más joven es preciso considerar las variantes de
ingresos, empleo, vivienda y ocio.

“Al hablar de empleo en la clase trabajadora, nos centra-


mos en varias dimensiones: empleo versus desempleo, em-
pleo eventual versus empleo estable y empleo en trabajos
bien remunerados versus empleos en trabajos mal pagados.
El estudio muestra que la estrategia de modernización ha
incrementado el empleo en los trabajos inestables y mal
pagados para la gente joven y que emplea a los trabajado-
res por debajo de sus niveles educativos.”
(Petras, 1996: 9)

La modernización también ha debilitado la organización


social: los jóvenes se encuentran desorientados y desarticula-
dos, con una mayor dependencia del mercado y un escaso pro-
tagonismo en la “sociedad civil” (ésta aparece dividida en cla-
ses y generaciones); no hay cultura de barrio, debates sociales
ni solidaridad; hay símbolos externos de rebelión o incorfor-
mismo que disfrazan la conformidad con un estilo de vida con-
sumista e individualista, que es quizá el que interesa al sistema
que los mantiene atomizados y vulnerables a sus dictados (ya
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sea el empresario, ya sea el Estado). La situación actual es, en


resumen, la que sigue:

1. Los jóvenes trabajadores eventuales no tienen continuidad


en el trabajo ni pueden consolidar relaciones personales fuera
de la familia.
2. El neoliberalismo derriba las tradiciones y las costumbres,
impide la formación de nuevas familias y prolonga la familia
extensa de forma anormal.
3. La inestabilidad en los contratos de trabajo mina los lazos
personales y sociales, debilitando a su vez la autoestima
personal.
4. Los trabajadores temporales se sienten inseguros y por lo
tanto se vuelven vulnerables a los abusos del sistema.
5. Todo lo anterior refuerza un sentido de egocentrismo, una
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Capítulo V 171

carencia de solidaridad y una incapacidad para mantener re-


laciones a largo plazo.
6. Por lo tanto, resulta fundamental educar en nuevos valores
socioculturales que comprendan las relaciones entre el des-
contento privado y la realidad social, y que descubran
cómo las experiencias cotidianas del trabajo y las relaciones
interpersonales tendientes a cambiar el mundo nos brindan
la base para buscar alternativas de trabajo, de Estado y de
sociedad.

2. El problema de la vejez: la sociedad anciana

El envejecimiento, última etapa del ciclo vital por la que


pasa el ser humano, no está determinado sólo por los años y el
desarrollo biológico; también está relacionado con las normas y
valores dominantes, es decir, con la cultura (Malagón Bernal,
1995). Por lo tanto, estudiar el proceso de envejecimiento su-
pone partir de una doble perspectiva: la individual (aspectos
biológico, psicológico y sociocultural) y la colectiva (envejeci-
miento de la población, sus causas y consecuencias económicas
y sociales).
En la actualidad, en un mundo en el que el reconocimiento
personal viene determinado por la capacidad de producir y que
mantiene a determinados sectores de la población fuera de la
actividad productiva, los ancianos quedan marginados, con es-
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casa influencia social, aunque con un papel cada vez más pa-
tente desde la perspectiva del consumo.
La vejez es una condición o estado difícilmente definible,
con rasgos variables a lo largo del tiempo y en distintas socie-
dades. Entre las personas de edad avanzada existen, además,
importantes diferencias en relación a la clase social, el género,
la edad, el ámbito en el que han trabajado (un minero envejece
antes que un catedrático), o el medio en el que viven (la margi-
nalidad envejece). Es muy difícil, si no imposible, ponerle a la
vejez un límite cronológico exacto, ya que se trata de un cons-
tructo social.
En efecto, la percepción y valoración de la vejez ha ido
evolucionando en distintas direcciones según los tiempos y las
sociedades. Nos interesa tomar como punto de partida el Rena-
cimiento, la Edad Moderna, por el gran cambio social que se
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172 Rosalía Martínez

produce en relación con la actividad cultural, científica, econó-


mica y social. Los estudios demográficos informan que los
ancianos aumentaron en número y a veces en estatus (rol de
patriarca, transmisores de modelos culturales y conocedores de
las técnicas apropiadas para distintos trabajos) en los comien-
zos de la modernidad.
Con respecto a la mujer, la situación es peor: la misoginia
medieval (que se prolonga hasta el siglo XVI) y el ideal de
exaltación de la belleza renacentista tienen efectos muy negati-
vos. Como puede apreciarse en la literatura de la época, se pro-
yectan en las mujeres ancianas imágenes de brujas y encarna-
ciones del mal9.
Pero donde mejor se aprecia la hostilidad hacia la vejez es
en los teóricos de la política del siglo XVI, como Maquiavelo
o Francis Bacon, quienes defienden que los cargos y las magis-
traturas deben ser entregadas a los hombres jóvenes con capa-
cidad de decisión, y no a viejos débiles e indecisos (Malagón
Bernal, 1995).
El siglo XVIII, período de grandes cambios políticos y eco-
nómicos, se enfrenta con una población rejuvenecida, con la
vejez como un fenómeno más generalizado, y con una vida
social que se complica. Se hace necesario entonces recurrir a la
experiencia, a la edad frente a otras capacidades físicas más
propias de la juventud. El valor dado a la edad madura se acre-
cienta, aunque paralelamente el desarrollo de la industria, el
comercio, las finanzas con su ideología productivista en favor
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de la acumulación de bienes vuelven a poner a los ancianos en


una situación crítica.
La longevidad aumenta durante el siglo XIX. Se aprecia
entonces una diferencia por clases sociales: el fenómeno pre-
senta mayor incidencia en las clases pudientes que en el prole-
tariado industrial, el cual soporta unas condiciones de trabajo
extremas que conllevan la muerte prematura.
En la actualidad, con los avances de la medicina y los con-
troles sobre la natalidad, las poblaciones de los países desarro-
llados han envejecido de tal forma que este tema, tradicional-
mente ignorado por las ciencias sociales, se ha convertido en
protagonista de la Economía, la Sociología y otras disciplinas.

9. Ver La Celestina de Fernando de Rojas; Elogio de la locura, de


Erasmo de Rotterdam; o El Cortesano, de Baltasar de Castiglione.
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Capítulo V 173

Se plantean básicamente dos problemas: trabajar y producir


para muchos ya no productivos, y la propia reproducción bio-
lógica de estas sociedades. Esto inquieta a los gobiernos, que
deciden afrontar la cuestión colectivamente en la Asamblea
Mundial sobre Envejecimiento en 1982.
Cuando hablamos de personas mayores no nos referimos
sólo a personas que han sobrepasado los 65 años y que, jubila-
das, están apartadas del mercado de trabajo, sino también a
aquellas personas mayores de 50 años (y a veces más jóvenes)
que, por razones de edad, son postergadas en el empleo en tér-
minos de renta, de promoción, etc. En este sentido, Lorenzo
Cachón (1992: 166) distinguía tres tipos de personas mayores:
los viejos activos (mayores de 55 años) a los que van dirigidos
algunos de los programas específicos de las políticas de merca-
do de trabajo; los viejos pensionistas; y los muy viejos, que es
un colectivo con problemas (de salud y soledad) específicos,
compuesto básicamente por mujeres.
Además, hay otras diferencias dentro de los mayores: su
nivel de renta (que los convierte en potenciales consumidores),
su contribución a la vida asociativa, y el papel que juegan en la
vida familiar. Pero sin duda, un elemento que está contribuyen-
do a despertar un interés creciente sobre las personas de edad
es la elevación de su porcentaje con respecto al total de la po-
blación y sus posible repercusiones sobre las pensiones. En
efecto, el problema de la vejez es un problema social y cultu-
ral. Hoy en día la vejez no es una fuente de reverencia, sino
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más bien lo contrario. A través de la jubilación, las personas de


edad son apartadas del desempeño de tareas que perfectamente
podrían realizar.
En un principio, la jubilación responde a la necesidad de
garantizar la subsistencia de quienes por razones de edad están
incapacitados para trabajar adecuadamente. Actualmente esta
idea carece de validez, dado que es cada vez más frecuente que
las personas lleguen a la edad de jubilación en plenitud física y
mental (López Jiménez, 1992). El subsidio de desempleo se
convierte en un elemento de conexión con la jubilación.
Los sistemas de jubilación han contribuido al ordenamiento
y jerarquización de tres etapas principales del ciclo de vida: la
adultez (con el trabajo como el contenido social más importan-
te de esta etapa), enmarcada por la juventud (dedicada a la for-
mación para el trabajo) y la vejez (asociada a la inactividad).
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174 Rosalía Martínez

Los estudiosos de la vejez explican el apartamiento de las


personas de edad según dos tipos de teorías: teorías del consen-
so y teorías del conflicto. Las primeras asumen que lo caracte-
rístico de la vejez es la jubilación y la decadencia, y se centran
en cómo pueden los individuos lograr un envejecimiento satis-
factorio. Serían la “teoría de la desvinculación” (el individuo y
la sociedad se preparan para la muerte del primero mediante un
proceso de separación progresivo, gradual y satisfactorio para
ambos que resulta funcional), la “teoría de la actividad” (que
considera la jubilación como una etapa marcada por el ocio
creativo) y la “teoría de la continuidad o el desarrollo” (el en-
vejecimiento satisfactorio tiene lugar precisamente cuando la
gente puede mantener sus rasgos, actividades e intereses).
Las teorías del conflicto surgieron recientemente. Pueden
dividirse, a su vez, en dos grupos: las “teorías de la crisis” (el
retiro es una especie de muerte social que resulta negativa para
los jubilados); y las “teorías de las estratificaciones sociales”,
que introducen el concepto de “clase de edad” y desarrollan la
idea del conflicto entre generaciones.
Es desde esta perspectiva de las estratificaciones sociales, y
de la relación que existe entre las edades y las posiciones de
desigualdad desde donde hay que enfocar la cuestión de la ve-
jez y la pobreza, y su correlato en la sociedad postindustrial
actual: las políticas asistenciales.
Una vez que hemos considerado la desigualdad con las que
las personas de mayor edad se posicionan en el mercado de
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trabajo y su situación de dependencia por su condición de co-


lectivos subsidiados por el Estado, habría que referirse a la for-
ma en que nuestra sociedad intenta resolver el problema. Parti-
remos de nuevo de la modernidad, época en que se asientan las
raíces de las prestaciones sociales destinadas a este sector de la
población.
Es en la segunda mitad del XVI cuando el sistema asisten-
cial, siguiendo el modelo organizativo inspirado por la obra de
Juan Luis Vives De subventione pauparum (1526) sufre su pri-
mera reforma importante. Ese sistema asistencial tenía las si-
guientes características: naturaleza esencialmente municipal,
empleo de una incipiente metodología, autoridades laicas en
vez de eclesiásticas, y primer intento de racionalizar los recur-
sos. En los siglos XVI y XVII, la asistencia social era mayori-
tariamente urbana y de iniciativa municipal, aunque el acogi-
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Capítulo V 175

miento y asistencia de ancianos estaba en manos de la benefi-


cencia de carácter privado, financiada por limosnas y donacio-
nes provenientes de la caridad cristiana.
En los siglos XVIII y XIX, con la consolidación del Estado
liberal-burgués se produce el impulso definitivo hacia una con-
cepción moderna de los servicios sociales, y la asistencia social
pasa a ser responsabilidad del Estado o de iniciativas privadas
pero amparadas por las instituciones públicas.
En España, aunque las Hermanitas de los Pobres y las Hijas
de la Caridad acaparan durante el siglo XIX la asistencia a los
ancianos necesitados, el Estado se plantea la necesidad de aten-
der a los más débiles a través de prestaciones económicas y
sociales. Se municipaliza así el sistema asistencial, que pasa a
depender de los respectivos ayuntamientos. Esta intervención
estatal se verá también reflejada en la promulgación de ciertas
leyes, como la Ley de Beneficencia del 6 de febrero de 1822 y
su homónima del 20 de junio de 1849, firmada por Isabel II y
vigente hasta hoy.
Ya en el siglo XX, con la influencia de ideales krausistas,
socialcristianos y socialistas reformistas se constituye oficial-
mente, en 1908, el Instituto Nacional de Previsión. Este Institu-
to es un ente estatal autónomo, con personalidad jurídica, ad-
ministración y fondos propios, y tiene el objetivo de establecer
las pensiones de retiro por invalidez y vejez. El seguro de ve-
jez es el primero que se hace obligatorio, en 1919; no obstan-
te, la incorporación de los trabajadores a este seguro fue lenta
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y laboriosa. Con el franquismo se desarrolla un modelo de po-


lítica social centralista a través de las organizaciones del Movi-
miento Nacional: la Sección Femenina, la Obra de Auxilio
Social, e incluso las Cajas de Ahorro.
Mientras en Europa, tras la Segunda Guerra Mundial, se
desarrollan los Estados de bienestar que garantizan a la pobla-
ción ingresos mínimos y servicios sociales para todos en base
a una política de pleno empleo, en España se desarrollan dos
sistemas de protección al anciano: los servicios asistenciales y
los servicios sociales de la Seguridad Social, a los que se aca-
ba calificando como “servicio de los pobres” y “servicio de
los ricos”.
A partir de 1963 empieza a hablarse de derecho: se vincu-
lan los sujetos beneficiarios de las prestaciones con la medida
de protección social prescrita por ley. En 1971, en el Ministerio
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176 Rosalía Martínez

de Trabajo se aprueba el Plan Gerontológico Nacional de Asis-


tencia a Ancianos, orientado a pensionistas y a personas que
por razones de edad, incapacidad y demás circunstancias indi-
viduales o familiares merecen atención. Esto se lleva a cabo en
un triple frente: económico –a través de las pensiones–, sanita-
rio y socioasistencial. El servicio no llega a todos los ciudada-
nos ancianos de España, ya que está destinado a los pensionis-
tas de la Seguridad Social, o sea, los que han cotizado en el
sistema. El resto (pensionistas del Fondo Nacional, clases pasi-
vas, etc.) queda afuera. No se trata de pensiones por edad, sino
por tipo y tiempo de trabajo desempeñado en su época activa.
Además, la realización de cualquier actividad laboral llevaría al
jubilado a la pérdida de su derecho a la pensión.
En cuanto a las políticas sociales para la tercera edad, a
partir de los años 60 se las plantea sobre el modelo francés,
que no se ocupa sólo de mejoras económicas, de la asistencia
sanitaria o social, sino que además tiene una visión globalizada
de las necesidades de los ancianos. Sobre esta base se propone
un nuevo modelo de intervención integral, con servicios a do-
micilio, clubes de ancianos y universidades para la tercera
edad. Estas políticas intentan satisfacer las necesidades de estos
colectivos no sólo por su creciente importancia numérica, sino
por su proceso de politización y su influencia en el voto. En
algunos lugares empiezan a organizarse incluso como grupos
políticos independientes.
Desde la celebración de la Asamblea Mundial sobre Enve-
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jecimiento en 1982, las políticas sociales tienen como objetivo


estimular la independencia y la integración en la comunidad de
las personas mayores. Se centran en la asistencia de los ancia-
nos en su domicilio con apoyo de otras medidas –como el re-
curso a las redes familiares y al voluntariado– que, por otro
lado, suponen un retroceso en la profesionalización de los ser-
vicios sociales.
Otro factor que afecta tanto a la atención a los ancianos
como a la profesionalización de los servicios sociales es la in-
corporación de la mujer al mercado laboral, que, como ya se-
ñalamos, se emplea mayormente en los servicios sociales.

“La situación de la política social para la tercera edad euro-


pea no puede ser mecánicamente extrapolada a España.
Nuestro país ha tenido un proceso histórico que ha caracte-
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Capítulo V 177

rizado tanto la situación económica como la condición so-


cial de nuestros mayores. En la mayoría de los países de la
CEE, los ancianos consiguieron salir de la pobreza a lo
largo de los primeros años de la década de los setenta, es-
tando su nivel de renta en torno al 75 y al 95 % de la ren-
ta nacional media, mientras que en España, según una
encuesta realizada en 1988 por el INSERSO, más de la
mitad de los entrevistados declararon que su familia perci-
bía unos ingresos mensuales por debajo de las 50.000
ptas., quedando muy por debajo de los ingresos mensua-
les medios por familia.”
(Malagón Bernal, 1995: 199)

Más concretamente, en Andalucía, desde 1988 hasta 1993


(año en que finaliza la elaboración del Plan de Servicios Socia-
les de Andalucía), las directrices políticas para la tercera edad
no han seguido una planificación específica. Se carece de una
financiación concreta para conseguir los objetivos propuestos;
es necesaria una elevada dotación económica de miles de mi-
llones que no ha sido prevista en la planificación.
Las pensiones de vejez son las más importantes de todo el
sistema, no sólo desde el punto de vista económico, sino tam-
bién desde el punto de vista social y político. Los cambios en
las estructuras demográficas adquieren una importancia esen-
cial al producirse un incremento del número de personas inac-
tivas por edad en relación a las activas, pues los recursos nece-
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sarios para sostener el sistema de pensiones provienen de la


producción de bienes y servicios de los sujetos económicamen-
te activos.
Por último, el Estado de bienestar presenta planteamientos
contradictorios, por lo que resulta difícil definir tanto sus con-
tenidos como sus límites. El bienestar social está íntimamente
ligado a los conceptos de Estado y de mercado, ya que se
produce en el seno de un capitalismo avanzado. El Estado de
bienestar es el resultado del compromiso de asumir la respon-
sabilidad, legal y de hecho, de atender las necesidades básicas
de todos los miembros de la sociedad; el problema aparece en
la ambigüedad que presenta la definición de las necesidades
básicas.

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Capítulo VI

Desigualdades adscriptas
sobre diferencias étnicas

1. Las desigualdades étnicas: conceptos


y planteamientos teóricos generales

En todas las sociedades plurales, los distintos grupos étni-


cos están, según Giddens (1929) comprometidos en el mismo
orden político y económico. Las distinciones étnicas pocas ve-
ces son neutrales, y están asociadas frecuentemente con impor-
tantes desigualdades de riqueza y poder, así como con antago-
nismos entre los grupos.
A pesar de la protección legal contra la desigualdad ads-
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cripta por motivos étnicos, las estadísticas indican que los gru-
pos minoritarios siguen ocupando con frecuencia, y en distintas
sociedades, posiciones de desventaja y subordinación respecto
de los grupos étnicos dominantes. Dependiendo de la permisi-
vidad de la sociedad, de la tolerancia, de las posibilidades rea-
les de movilidad social y de la distribución de oportunidades,
encontramos sociedades más cerradas o abiertas respecto de la
incidencia del factor étnico en el estatus individual o de grupo.
El hecho de no pertenecer al grupo étnico dominante supo-
ne serias dificultades en el acceso a las clases sociales que dis-
frutan de mayores privilegios. En su estudio sobre diferencias
entre negros y blancos, Reich (1972) señalaba que a fines de
los años 60 las rentas de los negros eran prácticamente la mitad
de las de los blancos, que los negros acudían a escuelas de
peor calidad y conseguían así menos destrezas de las necesarias
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180 Rosalía Martínez

para desenvolverse adecuadamente en el mercado de trabajo, y


que la explotación comenzaba cuando la juventud negra acce-
día al mercado de trabajo: con los mismos años de educación
recibía un nivel de renta menor1. La tasa de desempleo entre
los negros era del doble que entre los blancos; muchas veces
eran rechazados por el racismo de los empleadores. Además,
los negros pagaban alquileres más altos por casas peores, reco-
rrían distancias más largas para llegar a sus trabajos, y tenían
menor acceso a los bienes y servicios públicos.
En Europa, los movimientos migratorios masivos están
ayudando a conformar una sociedad cada vez más plural, aun-
que con diferencias en cada país. Las estadísticas indican que
aumenta la cantidad de inmigrantes clandestinos y refugiados
que trabajan en el servicio doméstico y en la economía sumer-
gida; y que también se acrecienta el número de mujeres y fami-
lias con hijos inmigrantes. A su vez, hay un cambio cualitativo
en la procedencia de los inmigrantes: se está produciendo un
flujo de Este a Oeste y se están incorporando, además, nuevos
lugares de procedencia. Así, en la Europa comunitaria, y debi-
do a estos flujos migratorios, la cuestión étnica ha adquirido
mayor importancia, aunque los extranjeros representan una es-
casa proporción de la población total.
Como señala Giovanna Campani (1993), los rasgos más
importantes de la migración internacional en Europa son:

* la creciente importancia de los inmigrantes clandestinos y de


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los refugiados,
* las mujeres que llegan solas o con hijos,
* países que, al mismo tiempo, son inmigrantes y emigrantes,
como es el caso de Polonia y Portugal (o Andalucía en el
caso de España),
* una nueva emigración Este/Oeste,
* el protagonismo del sector servicios (incluso los servicios
domésticos) y del sector informal de la economía en la ab-
sorción laboral de los inmigrantes.

Las relaciones entre clase, estatus, ocupación y etnia son


importantes y no deben ser ignoradas en los estudios de estruc-

1. Según Reich, en 1966 los universitarios negros ganaban menos


que los blancos que abandonan la escuela secundaria.
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Capítulo VI 181

tura social, sobre todo si se realizan en el seno de sociedades


plurales.
La naturaleza del conflicto de las diferencias raciales, la ex-
plotación y la opresión a que da lugar han llevado a que los
teóricos sociales se vuelvan remisos a aceptar que esas distin-
ciones raciales estén arraigadas en diferencias “biológicas”2.

“Una respuesta al rechazo del fundamento biológico de las


distinciones ‘raciales’ ha sido subrayar la importancia de la
etnicidad.”
(Crompton, 1994: 191)

A veces, el énfasis en la diferencia ha conducido a ignorar


la magnitud de las desigualdades arraigadas en la opresión, la
coerción y la explotación entre los grupos étnicos. No obstante,
resulta evidente que las desigualdades materiales y las distin-
ciones relacionadas con la raza o con otros indicadores de dife-
renciación étnica entran actualmente en conflicto con los ya
muy extendidos valores de la ciudadanía.
Algunos autores han tratado de dar una definición precisa
de lo que debe ser considerado “grupo étnico”. Para Teresa
San Román, cuando hablamos de etnicidad o grupo étnico nos
referimos a dos cosas diferentes: por un lado, a la identidad
étnica o reconocimiento de un pueblo como tal por él mismo y
por los otros, como grupo humano con identidad propia, cultu-
ral e históricamente considerado; y, por otro lado, al repertorio
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cultural de ese pueblo, sus modos de vida, sus rasgos cultura-


les, sus símbolos, es decir, el entramado sistemático que cons-
tituye su cultura (San Román, 1986).
Los elementos que explican la creciente importancia conce-
dida al estudio de los grupos étnicos son principalmente tres: la
influencia de la sociología estadounidense (Estados Unidos: so-
ciedad multicultural), los procesos migratorios recientes en el
caso europeo, y, finalmente, la desaparición de la Unión Sovié-
tica, que ha supuesto la desmembración de Estados y la reapa-
rición de serios conflictos étnicos.

2. Según las investigaciones de la UNESCO, la especie humana


tiene un único origen, con considerables solapamientos físicos entre
los grupos humanos, aunque éstos presenten indicadores físicos sobre
los que se puedan establecer distintas clasificaciones.
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182 Rosalía Martínez

Habitualmente, los teóricos clásicos de la Sociología y de la


estratificación social no han hecho demasiado hincapié en los
problemas de convivencia y conflicto de carácter cultural, aun-
que sea la etnia una de las diferencias adscriptivas más eviden-
tes entre los seres humanos.
A nivel teórico, Marx prestó escaso o nulo interés al pro-
blema de las etnias. Tampoco se preocuparon del tema Durk-
heim, Pareto, Mosca o Dahrendorf. Fue Weber el sociólogo
clásico que mayor atención prestó al fenómeno; consideró
como variable fundamental la acción conjunta como grupo3. Su
definición de grupos étnicos sigue siendo la más acertada y
concisa: son aquellos grupos humanos que, fundándose en la
semejanza del hábito exterior y de las costumbres, o de ambos
a la vez, o en recuerdos de colonización y migración, abrigan
una creencia subjetiva en una procedencia común, de tal suerte
que la creencia es importante para la ampliación de las comu-
nidades. Los grupos étnicos se constituyen en comunidades
cuando sus miembros perciben la existencia de rasgos comunes
entre ellos, y esta percepción lleva a una actuación común,
normalmente de signo político (por ejemplo, la creación de
entidades nacionales, o la mera oposición a otro u otros grupos
étnicos). Weber señala también la repulsión o el desprecio que
universalmente se genera en un grupo hacia otro distinto: la
percepción de la diferencia entre el nosotros y el ellos que aca-
ba por constituirse en desigualdad.
Actualmente, los estudios relacionados con esta problemá-
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tica se multiplican ante la necesidad de una comprensión global


de aquellos fenómenos sociales en los cuales se manifiesta la
importancia de la identidad cultural para las personas. Recien-
temente, el antropólogo Fredrick Barth (1982) ofreció una inte-
resante caracterización de los grupos étnicos: éstos se perpe-
túan biológicamente; comparten valores culturales fundamenta-
les, que se manifiestan en las formas culturales con una clara
unidad; se comunican en interacción; sus componentes se iden-
tifican entre sí, y son identificados por los otros como indivi-
duos que constituyen una categoría que se diferencia de otras
categorías del mismo orden (Barth, 1982: 11-12).

3. Uno de los capítulos de su obra Economía y sociedad está dedi-


cado a las comunidades étnicas.
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Capítulo VI 183

Por su parte, Cox (1970) señala que, pese a la abundante


bibliografía sobre relaciones raciales y sus problemas, aún no
se cuenta con un corpus unificado sobre ellas. El racismo, fe-
nómeno que este autor conecta con la aparición del capitalismo
en Europa, es sólo una de las formas en que pueden darse los
conflictos entre grupos étnicos. En una interpretación de corte
radical, considera que el tono en que se establecen las relacio-
nes raciales responde, en gran medida, al interés de la burgue-
sía (los blancos dominantes) en proletarizar a la totalidad de los
otros grupos4.
De cualquier forma, siempre que se alude a las diferencias
étnicas y a los conflictos que generan, hay que referirse al et-
nocentrismo, propio de todos los grupos humanos, así como a
los mecanismos de “cierre de grupo” y los “dispositivos de
exclusión” social que marcan más aún las fronteras entre los
distintos colectivos. El “cierre de grupo” no es exclusivamente
unidireccional, ya que en muchas ocasiones son los grupos ét-
nicos minoritarios los que lo practican, con sus relaciones en-
dogámicas o con la constitución de ghettos. Esto influye nega-
tivamente en su integración y en sus posibilidades de movili-
dad social dentro de la cultura en que se insertan.
Actualmente también hay que relacionar la situación de
desigualdad de las minorías étnicas en las sociedades plurales
con la cuestión de la ciudadanía. En Gran Bretaña se pasó de
una gran consideración hacia los primeros emigrantes (asiáti-
cos) de la Commonwealth, en los años 40 y 50 (que les permi-
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tía la entrada libre, buscar trabajo y traer a sus familias) al cie-


rre que, tras el malestar social y la agitación política posterio-
res, supuso la Ley de Emigración de 1971.
El concepto de ciudadanía, sobre todo a partir de la obra de
Marshall (1963) viene preocupando a distintos autores en las
últimas décadas. El análisis de Marshall del desarrollo de los
derechos de ciudadanía ha sido ampliamente utilizado en los
estudios sobre la situación de desigualdad de los negros. En el
caso de los negros estadounidenses, que no son inmigrantes

4. Teresa San Román discrepa con esta visión que culpa al blanco
en todo momento, pues existe evidencia de prácticas de racismo efec-
tivo en otras sociedades precapitalistas. La esclavitud y la explotación
de unas etnias por otras no son fenómenos exclusivamente europeos ni
occidentales.
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184 Rosalía Martínez

sino ciudadanos5, “la conclusión indiscutible es que existen


obstáculos estructurales sistemáticos para el disfrute de sus ple-
nos derechos de ciudadanía” (Crompton, 1994: 193).
A lo largo de la historia, distintos sectores de la sociedad,
por razones de género, etnia, edad o de otro tipo, han resultado
excluidos de la titulación de “ciudadano” a efectos de derechos
y de deberes. Recordemos, con Crompton (1994: 195), que el
término “ciudadanía” denota pertenencia a un Estado nacional
y la plena participación en él. Es decir que no se refiere nece-
sariamente a todas las personas residentes en un determinado
territorio. Los derechos de que disfrutan todos los ciudadanos y
los deberes a los que están obligados en las sociedades indus-
triales modernas tienen un doble efecto: inciden en la disminu-
ción de las diferencias entre clases sociales por su efecto “igua-
lador” o “nivelador” de posiciones y, por otra parte, legitiman
las diferencias (pues los derechos que conceden permiten la
reproducción social del sistema).
Marshall establece una clasificación de la ciudadanía en tres
tipos básicos: la ciudadanía civil (que se alcanza entre los si-
glos XVII y XIX), la ciudadanía política (siglos XIX y XX) y
la ciudadanía social (un logro del siglo XX). El trabajo de
Marshall, de gran utilidad en el análisis de la ciudadanía en re-
lación con la clase social, ha provocado sin embargo críticas de
sociólogos de distintas posiciones teóricas. Los autores marxis-
tas afirman que la aparición del Estado de bienestar, lejos de
paliar las diferencias de clase, perpetúa en su seno las desigual-
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dades sociales, ya que las instituciones educativas y de asisten-


cia social son instrumentos para la reproducción ideológica del
sistema capitalista.
Otros autores, como Bendix (1972), hacen un balance me-
nos pesimista al considerar que la ciudadanía sitúa a todos los
que disfrutan de ella en una posición de igualdad de oportuni-
dades, con lo que quedaría eliminada la lucha de clases.
Giddens (1977), por el contrario, reflexiona sobre las luchas
que se han necesitado para conseguir distintos derechos de ciu-

5. Los negros ya se habían organizado para obtener la ciudadanía


en el movimiento de los derechos civiles de la década del 60. Incluso
antes, las decisiones del Tribunal Supremo habían obligado a eliminar
la segregación en la educación y el empleo. (Tomado de Crompton,
1994: 193).
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Capítulo VI 185

dadanía (las sindicales y las feministas, por ejemplo), y mani-


fiesta, además, la fragilidad real de la ciudadanía moderna.
Dahrendorf (1990), eludiendo el conflicto de clase al referirse
al “conflicto social moderno” entre “provisiones” y “titularida-
des”, afirma que la ciudadanía plena, hoy por hoy, sigue sin ser
una realidad.
Por su parte, Turner (1986) critica a Marshall de etnocen-
trismo por centrarse en el caso británico, que no es generaliza-
ble a otras sociedades. Este modelo no puede aplicarse a las
sociedades que han ingresado en la modernidad a través de
cambios bruscos, como la guerra o la emigración. Tales fenó-
menos serían, para Turner, más importantes que las clases so-
ciales en la génesis de la ciudadanía. Nos interesa especialmen-
te Turner por la importancia que da a la emigración en relación
con la ciudadanía, no sólo a nivel intraestatal (movimientos del
campo a la ciudad, o interregionales) sino a los que se dan en-
tre países distintos. En estos casos, podemos interrelacionar
desigualdades en base a razones étnicas con desigualdades en
base al acceso a los derechos de ciudadanía o a otras oportuni-
dades, que además no tienen por qué ser ajenas a las produci-
das en razón a la clase o la ocupación; antes bien, están íntima-
mente relacionadas.
Todo esto se complica cuando aparece otro factor de dife-
renciación: la raza. Aunque en la actualidad se habla con ma-
yor frecuencia de etnicidad (en vez de emplear el concepto de
“raza”, que está cargado de connotaciones negativas), Rex
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(1987) utiliza la expresión “relaciones de raza” para referirse a


situaciones en que el grupo dominante justifica las relaciones
de poder, dominación, abuso o explotación con argumentos de
corte determinista o biologicista. La consecución de la ciuda-
danía plena se convierte así en una cuestión central en el de-
bate de las relaciones raciales, con grupos en posición de des-
ventaja, que resultan incluso excluidos de la clase obrera y
que pueden acabar constituyendo una infraclase, sin posibili-
dades de acceso a viviendas de protección oficial, a escuelas
y otros servicios.
No obstante, algunos (descendientes de quienes planteaban
que la caridad no soluciona sino que perpetúa el problema de
la pobreza) atacan las políticas dirigidas a la ampliación y pro-
fundización de la ciudadanía social, argumentando que supo-
nen un gasto público excesivo y que resultan contraproducen-
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186 Rosalía Martínez

tes, ya que generan una “cultura de la dependencia” asistencial.


En definitiva, en éste, como en otros tantos temas de interés para
el estudio de la estructura social, el debate aún está abierto.

2. Etnicidad y nacionalismo

La mayor parte de los estudios sobre etnicidad constatan


una situación de contraste. El estudio de la etnicidad se funda-
menta en la oposición complementaria de varios grupos étnicos
en un marco institucional más amplio, que se concreta en los
términos relacionales “nosotros/ellos”. Los principales esfuer-
zos se dirigen, por lo tanto, a la delimitación de los caracteres
distintivos de cada grupo. Unos autores enfatizan los aspectos
ideológicos y el simbolismo de los signos de identidad, mien-
tras que otros consideran que son los aspectos económicos los
que explican la reivindicación étnica o del grupo.
Por otra parte, la etnicidad suele estudiarse en relación al
cambio social; se considera que la modernización afecta nece-
sariamente la identidad étnica. Para unos, la modernización eli-
mina totalmente la etnicidad; para otros, en cambio, la estimu-
la. Pero la modernización no ha llegado a todos los lugares por
igual: en algunos enclaves se detecta un mayor predominio de
los procesos de identidad étnica vinculados a un tradicionalis-
mo arcaizante.
Existen varias teorías que explican las diferencias en los
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procesos de identidad étnica y/o etnicidad:

a) La teoría del centro/periferia. Explica la etnicidad por la


exclusión o lejanía de ciertas zonas (las periféricas) respecto
de los centros de poder. La dualidad centro/periferia puede
interpretarse en un sentido geográfico-espacial, pero también
metafóricamente, en un sentido social: se consideran perifé-
ricos los grupos sociales marginados por sus bajos niveles de
renta o educación, o por otras causas.
b) La teoría de las élites. Concibe la reivindicación étnica como
resultado de la persuasión que unos líderes carismáticos ejer-
cen sobre el conjunto de la población. Intenta destacar cómo
la reivindicación étnica se vincula a un solo grupo social.
c) La teoría de la marginalidad. Parte del presupuesto de que
existe de una precariedad económica generalizada en un área
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Capítulo VI 187

geográfica limitada que provoca la reacción de la gente. A


esto se suma la ausencia (total o parcial) de mecanismos le-
gales que permitan una autonomía cultural o política respecto
del poder central. Todo ello genera relaciones de dependen-
cia que conducen a una reivindicación de igualdad. El pro-
blema de este enfoque consiste en identificar dependencia,
marginalidad y precariedad económica6.

Los estudios sobre etnicidad se iniciaron en los países colo-


niales; ello produjo que algunos investigadores emplearan tér-
minos acuñados para el Tercer Mundo, que se reinvierten en el
análisis de la sociedad europea (como “colonialismo interno”,
concepto aplicado a la situación de algunas zonas o regiones en
relación al conjunto del Estado). Sin embargo, la desigualdad
económica no es condición suficiente para que surja el “etno-
regionalismo”; tiene que existir también una “división cultural
del trabajo” de tipo jerárquico para que las unidades regionales
se conviertan en colonias internas de un Estado. Este aspecto
precipita la formación de movimientos de tipo etno-regionalis-
tas, protagonizados por las capas populares de la población.
Se conciben dos grandes mecanismos para la formación de
los grupos étnicos, ambos basados en la “división cultural del
trabajo”:

1) división jerárquica del trabajo (unos grupos ocupan las po-


siciones de prestigio y otros las menos deseadas, lo cual ge-
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nera el colonialismo interno),


2) división segmentaria del trabajo (división dentro de las
fronteras de la comunidad étnica). Esto puede originar una
economía periférica, que puede estar más desarrollada que la
del núcleo integrador.

Actualmente, en España, donde la política del Estado inten-


ta remodelar y articular la estructura socio-política de las dis-
tintas regiones o nacionalidades que componen el conjunto,
han aparecido reacciones anticentralistas que reivindican el
derecho a la diferencia, a la identidad y a la etnicidad frente a
la homogeneización del pasado. Recordemos que la identidad
supone siempre la existencia de un concepto complementario:

6. En España, esto se da en Andalucía, pero no en Cataluña.


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188 Rosalía Martínez

la diferencia. No hay identidad sin conciencia de diferencia-


ción. Pero la clave no reside en saber que un grupo humano se
siente diferente, sino por qué y cómo se genera y mantiene la
conciencia de diferenciación o, lo que es lo mismo, la identidad.
Los marcadores de diferenciación (lengua, folklore, institu-
ciones, historia) constituyen los ejes en torno de los cuales se
configura el sentimiento de identidad, de pertenencia al grupo,
pero no son en sí mismos el motor de la etnicidad. Esta fuerza
motora reside en la utilización instrumental y estratégica de
todos esos elementos por parte de diferentes grupos sociales.
Esto debe situarse en el marco histórico y sociopolítico donde
se ubica la reivindicación de la diferencia.
A pesar del carácter discontinuo y no acumulativo del cam-
bio social, constatamos la perpetuación a lo largo del tiempo (a
veces siglos) de la voluntad que muestran distintos grupos hu-
manos (como los judíos, gitanos, polacos, vascos, andaluces)
de persistir en la diferencia. Estos grupos exhiben una decidida
voluntad de no integrarse, de no sucumbir como entidad auto-
determinada frente a formas culturales o políticas ajenas a su
propia legitimidad. Para ello, se apoyan en algunos símbolos
que se mantienen a lo largo del tiempo como legitimadores de
esa voluntad de persistencia.
En este sentido, las mistificaciones esencialistas suelen rela-
cionar la idea de continuidad con la existencia de algo indiso-
lublemente unido a un pueblo o grupo social, que se mantiene
a lo largo del tiempo como su esencia inmortal. Se apoyan en
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el argumento de la supervivencia de factores como la lengua,


el folklore o algunas instituciones y costumbres. Pero resulta
fácil replicar que tanto las instituciones como los símbolos, al
igual que la lengua o los elementos del folklore, están en una
permanente metamorfosis de forma y función. Si consideramos
los símbolos en su parte material (esto es, los referentes simbó-
licos), comprobamos que su valor significativo es diferente –e
incluso opuesto– en cada momento histórico, en función de
una adaptación contextual a los valores, actitudes, estrategias y
condiciones de contraste respecto de otros grupos7. Por eso, la

7. El valor del símbolo “tierra”, por ejemplo, ha cambiado en An-


dalucía desde comienzos del siglo XX hasta la actualidad en relación
con las transformaciones socioeconómicas y la evolución de la estruc-
tura social –surgimiento de nuevos sectores socioprofesionales–.
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Capítulo VI 189

pervivencia de los símbolos no supone la continuidad del uni-


verso simbólico, que está sometido a las leyes multidirecciona-
les y discontinuas del cambio social.
El aparato simbólico de toda cultura, de todo grupo huma-
no, es el instrumento merced al cual es posible la transmisión
del sistema de representaciones del que participan los miem-
bros de un grupo. Ahora bien, este sistema de tipo ideológico
ni es inmutable en el tiempo ni es homogéneo, pues la propia
diferenciación social, de clase, hace que los diferentes grupos
de una sociedad “nacional” se representen el mundo de manera
parcialmente diferente.
Por eso, es necesario analizar los mecanismos de genera-
ción y transformación simbólica, debida a los cambios en el
sistema de representaciones y en el sistema socioeconómico-
político. Se trata de detectar la clase de relaciones objetivas que
en un momento y espacio determinados caracterizan al grupo
que pugna por afirmarse como unidad (desde su punto de vista,
insertarse en un marco ecológico determinado y desarrollar
estrategias adaptativas tecnoeconómicas y relaciones complejas
entre los miembros del grupo).
En resumen, en el estudio de las identidades étnicas debe-
mos tener en cuenta los siguientes aspectos:

1. Estudio de las percepciones (divergentes o compartidas) que


diferentes grupos sociales tienen de los elementos que se eri-
gen en marcadores de diferenciación, de la utilización del
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aparato simbólico generado y recreado en cada momento his-


tórico, y del marco contextual y situacional en que estos sím-
bolos son utilizados.
2. Estudio del papel de ciertas instituciones (familia, escuela,
iglesia, trabajo, etc.) en la creación y mantenimiento de la
conciencia de identidad, y en el uso de símbolos y acciones
que generen o transmitan los sentimientos de pertenencia.
3. Estudio de los mecanismos de movilización social en épocas
de conflicto social o político, con especial atención a las
manipulaciones simbólicas y a los alineamientos ideológicos.

Por otra parte, el nacionalismo ha sido un viejo tema de


estudio y preocupación por parte de los científicos sociales,
pero aún no hay acuerdo en cuanto al alcance del tema, la ter-
minología a emplear ni la valoración que puede darse al fenó-
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190 Rosalía Martínez

meno. Desde las dos vertientes más significativas de la sociolo-


gía de fines de siglo XIX (la durkheimniana y la marxista), las
valoraciones son prácticamente opuestas.
Para Durkheim, el “grupo de pertenencia” es la materia a
partir de la cual se constituye la identidad individual, el molde
formal en el que se estructuran la percepción del mundo, las
ideas religiosas, e incluso las nociones espacio-temporales.
Durkheim no habla de nación, pero su idea de grupo de perte-
nencia –caracterizada por la unidad cultural y la relación con
un territorio determinado– abarca un campo semántico al que
sólo le falta la organización política para coincidir con la na-
ción, realidad primigenia de la que derivan todos los valores
del grupo. En el otro extremo valorativo, Marx considera que
la nación (que él identifica con nación-Estado) es un instru-
mento de la burguesía para el dominio del proletariado.
Estas posiciones opuestas parten de dos referentes mentales
distintos. Para Durkheim, el modelo es una sociedad homogé-
nea, la “comunidad” (Gemeinschaft), que coincide con el mo-
delo antropológico clásico; mientras que para Marx el modelo
es una sociedad (Gessellschaft) dividida en clases, cuyos inte-
reses contrapuestos detonan la dinámica de la historia.
La introducción del concepto de etnicidad permitió adecuar
al nuevo campo de estudio el bagaje de aportes acumulados
por la antropología en cien años de estudio de comunidades
sencillas. Pero había que replantear el modelo a partir del cual
se conceptualizaba la pertenencia al grupo. En la antropología
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clásica, la inclusión se hacía por simple pertenencia-solidaridad


mecánica-no a los extraños o extranjeros; pero al pasar al aná-
lisis de las sociedades complejas, es necesario incluir la identi-
dad de intereses, es decir, la pertenencia a clases, con lo cual
nos introducimos en la esfera de los estudios sociológicos so-
bre la estructura social. Esto amplía el abanico de los indicado-
res de pertenencia por los que cada grupo puede optar: ámbito
geográfico-territorio, sistemas de símbolos compartidos (len-
gua, religión u otros rasgos que integran una cultura), intereses
comunes, clase social y distintos proyectos sobre los que se ar-
ticule la acción del grupo.
Los sentimientos de pertenencia/diferenciación se sustentan
en una serie de elementos –lengua, folklore, religión, costum-
bres, etc.–, que se convierten en indicadores de esa actitud
complementaria que define la integración y la separación como
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Capítulo VI 191

proyecciones de la definición del Yo individual en relación a


los marcos étnicos o del grupo referenciales. La presencia de
estos elementos de diferenciación no es condición suficiente,
aunque sí necesaria, para que el grupo humano que las sustenta
las seleccione y reconozca como generadoras de sentimientos
de identidad colectiva diferenciadora (rasgos culturales com-
partidos). La reivindicación de la diferencia supone siempre la
selección previa de unos indicadores –nuevos o acrisolados por
la tradición–, cuya función es la de servir de aglutinantes para
una mayoría del grupo.
Una investigación sobre identidades puede dedicarse al aná-
lisis de estos elementos de diferenciación, pero es preciso tam-
bién desentrañar los modos y las causas de la concreción histó-
rica de estos procesos. En este sentido, el estudio de las institu-
ciones constituye uno de los enfoques más atractivos y esclare-
cedores para comprender cómo los símbolos son utilizados en
proyectos políticos concretos, y a la vez, dilucidar cuáles son
los mecanismos a través de los cuales diferentes e incluso anta-
gónicos grupos sociales pueden llegar a hacer causa común en
la reivindicación de unos determinados signos de identidad re-
gional-nacional.
Debemos distinguir a priori entre dos tipos de instituciones
en el marco del análisis político:

1) instituciones propiamente de tipo político (Ayuntamiento,


Diputación, Junta, etc.) y grupos de presión (partidos clan-
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destinos, sindicatos, organizaciones empresariales, etc.),


2) instituciones “culturales”, de adscripción voluntaria y limita-
das a las finalidades de la asociación.

A veces es muy difícil establecer las fronteras entre un gru-


po y otro; no se puede negar la dimensión política de muchas
de estas instituciones de tipo “cultural”. En definitiva, interesa
profundizar en tres aspectos:

* mostrar si los cambios socioeconómicos y políticos se corres-


ponden con cambios dentro de las instituciones,
* intentar presentar la red social de los individuos o familias a
partir de su extracción social, y
* averiguar cómo las actividades de ciertas instituciones han
generado o contribuido a mantener símbolos o acciones sim-
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192 Rosalía Martínez

bólicas, lo cual entronca directamente con el estudio de los


símbolos de identidad.

Hay que señalar la escasez de modelos teóricos que relacio-


nan los conceptos de grupos étnicos, etnicidad y migraciones
(Comas et al., s/f). La mayoría de los estudios que analizan los
grupos étnicos resaltan el carácter contrastivo que posee toda
manifestación de etnicidad. Sin embargo, no existe consenso
entre los investigadores sobre la estrategia que se debe adoptar
en la búsqueda de los caracteres distintivos de cada grupo étni-
co. Tampoco existe un acuerdo sobre cuáles son los elementos
que determinan las diferencias étnicas: unas veces se enfatizan
los aspectos ideológicos de la etnicidad y otras los aspectos
infraestructurales. Una constante es la concepción de lo étnico
como un todo homogéneo, lo cual implica olvidar que en torno
de este concepto se encuentran conceptualizaciones tan dispa-
res como tribu, minoría étnica, pueblo, región, país, naciona-
lidad y nación. Otra cuestión es que suelen obviarse o simpli-
ficarse las causas que generan los fenómenos étnicos, es decir,
aquellas por las que un grupo social persiste en la voluntad de
reivindicar y exhibir sus diferencias.
Aunque la presencia de rasgos diferenciales en un grupo
humano es condición necesaria para la existencia de un grupo
étnico, no constituye la base que explica su existencia como
tal. Estos rasgos son indicativos de etnicidad, pero se precisan
catalizadores que los pongan en movimiento. Lo más importan-
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te es averiguar las causas por las que un grupo social asume


esta conciencia diferenciadora, sabiendo que los elementos in-
dicativos de la identidad diferenciada de un grupo étnico están
sujetos a una permanente metamorfosis de forma y función.
En cuanto a la escasez de modelos teóricos de la etnicidad,
hay que distinguir entre una serie de fenómenos estructural-
mente diferentes:

a) Los movimientos coloniales. Se caracterizan por su heteroge-


neidad cultural y porque el dominio de clase aparece en for-
ma de conflicto étnico.
b) Las minorías étnicas. Se relacionan con la formación de
grandes concentraciones urbanas en el proceso de industria-
lización. Se produce una división del trabajo basada en las
divisiones étnicas, de manera tal que los distintos grupos ét-
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Capítulo VI 193

nicos tienen una diferente posición en el acceso y control de


los recursos.
c) Los movimientos regionalistas. Se caracterizan por no cues-
tionar el tipo de integración y por intentar conseguir a lo
sumo una descentralización administrativa y una autonomía
cultural.
d) Los nacionalismos. Necesitan la alianza de una clase o va-
rias que unan su conciencia de clase con la conciencia nacio-
nalista. Presentan una voluntad clara de afirmación de la
identidad cultural y política, y defienden la legitimidad para
decidir sobre sus asuntos y sobre el tipo de relaciones que se
establecen con los otros grupos étnicos.

3. El caso andaluz: emigrantes e inmigrantes de Andalucía

Andalucía no constituye una realidad homogénea, sino un


todo sumamente complejo a nivel espacial, económico, y, so-
bre todo, en cuanto a su composición social (Martín Díaz,
1988). Esta heterogeneidad supone la existencia de fuerzas so-
ciales que luchan para conseguir una hegemonía en sus plan-
teamientos. Considerados a la luz de la historia, los rasgos de-
finitorios que estructuraron la identidad étnica andaluza han
sido8:

a) Fuerte sentimiento igualitarista. La falta de reconocimiento


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y de interiorización de cualquier tipo de inferioridad simbólica,


y el rechazo a ser definidos como inferiores es considerado un
factor clave. Por ejemplo, en la vivencia histórica de la des-
igualdad de clase por la condición de jornaleros y subordina-
ción socio-laboral que ello supone, la idea del trabajo bien he-
cho y el “cumplir” (Martínez Alier, 1968) significa la reafirma-
ción de la autoestima individual; al igual que la idea de la
“unión” modelaba las actitudes individualistas en favor de las
colectivas. La reafirmación del principio de solidaridad/digni-
dad se extendió en todos aquellos que compartían una misma
situación de desigualdad.

8. Isidoro Moreno y su equipo de investigación del Departamento


de Antropología Social, Sociología y Trabajo Social de la Universidad
de Sevilla (del que formo parte) ha trabajado sobre este tema.
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194 Rosalía Martínez

La transformación de los procesos de trabajo (Cruces Roldán,


1994), el despoblamiento de los campos y, sobre todo, la ac-
ción intermediaria del Estado entre propietarios y jornaleros
han convertido a estos últimos en un sector dependiente por
subsidiado, con la consiguiente desmovilización sociopolítica.
Por eso, es preciso revisar la pervivencia de estos valores o la
trasposición a otras esferas de la vida cotidiana donde siguen
teniendo plena vigencia.
La evitación de situaciones en la que estos jornaleros pudieran
sentir que “son menos” que otros también se pone de manifies-
to cuando es todo el pueblo andaluz el que siente que la propia
condición de andaluz, de su cultura y condición de pueblo es
tratada como inferior. Así lo demuestran las manifestaciones
andalucistas –que no han vuelto a repetirse– que el 4 de di-
ciembre de 1977 reclamaban un tratamiento autonómico simi-
lar al que recibieran las “autonomías históricas”.

b) Antropocentrismo. La personalización de las relaciones so-


ciales constituye otra de las claves explicativas de la cultura
andaluza. Interpretado como resultante de la larga experiencia
de opresión que mueve a desconfiar de todo aquello no directa-
mente conocido, el antropocentrismo ha sido considerado la
característica estructural fundamental de la identidad de la cul-
tura andaluza.
La plena afirmación de conductas caracterizadas por dicha so-
ciabilidad generalizada únicamente puede darse en el contexto
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de la multiplicidad de los pequeños grupos de interacción, for-


males e informales, que definirán las formas de expresión de la
sociabilidad andaluza. Sin embargo, estos estudios, a la vez
que confirman el significado cultural de la personalización de
las relaciones sociales, han demostrado la inconsistencia de las
afirmaciones sobre la debilidad del asociacionismo en Andalu-
cía. Por el contrario, resaltan la importancia que han tenido y
tienen determinados modelos asociativos, en concreto, los casi-
nos y peñas, verdaderas instituciones políticas en relación di-
recta con los sistemas de poder local (Escalera Reyes, 1990).
También hay que señalar la función que han desempeñado las
cofradías y hermandades en su condición de asociaciones laicas
potenciadas inicialmente por la ortodoxia ideológico-religiosa
dominante para, en un largo proceso histórico, ser instrumenta-
lizadas como elementos identificatorios de colectivos muy di-
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Capítulo VI 195

versos en sus adscripciones territoriales, clases sociales, etc. y


con unas finalidades también diversas pero que refuerzan,
como una variable asociativa más, la segmentación de la socie-
dad andaluza.

c) Relativismo frente a las ideas y las cosas con una actitud


abierta, pero que no implica la aceptación incuestionada de
cualquier idea o cosa. Con bastante frecuencia, la “filosofía de
vida” de los andaluces ha sido interpretada como “fatalista” y
“resignada”. Esto es explicado como resultado de una historia
opresora pero también como componente idiosincrásico de lo
andaluz y causa de muchos de sus males. En realidad, habría
que hablar de un planteamiento de escepticismo que no sería
sino la estrategia mediante la cual se relativizan las ideas y
cosas frente a una realidad social en la que las expectativas no
siempre dieron los frutos deseados.

Hay que destacar la importancia que determinados hechos


históricos –problema de la tierra (Martínez García, 1993), emi-
gración (Martín Díaz, 1992), sentimiento de marginación polí-
tica– han supuesto como catalizadores que evidencian –por
encima de los factores de distorsión y diversidad– los senti-
mientos de pertenencia a un mismo pueblo y la experiencia co-
lectiva de desigualdad (de clase y de etnia) que configuran
una identidad cultural compartida.
Emma Martín plantea un modelo de análisis en el que se
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considera que los andaluces en Cataluña, aunque forman parte


de la fuerte inmigración acaecida entre los años 50 y 70, repre-
sentan una realidad diferenciada por constituir un grupo étnico,
poseedor de una identidad específica que se ha desarrollado
aún más con la emigración. A partir de 1950, el desarrollo de
la industrialización en Cataluña conlleva la necesidad de una
mano de obra barata y sin cualificar que se obtiene de las zo-
nas menos desarrolladas del Estado. Se produce entonces una
situación de colonialismo interno, con unas condiciones de de-
pendencia y opresión para Andalucía que actúan como cristali-
zador de la cultura andaluza. La emigración, que ha afectado
profundamente a Andalucía, juega así un papel fundamental en
el proceso de extensión de la autoconciencia de identidad cul-
tural andaluza y potencia un amplio movimiento nacionalista,
aunque con poca vertebración organizativa.
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196 Rosalía Martínez

Al ser España un Estado pluriétnico, las relaciones entre las


distintas etnias existentes en su territorio son variadas y com-
plejas, con diferentes manifestaciones según el contexto histó-
rico, socioeconómico y político que se dé en cada momento. A
la tradicional problemática de los regionalismos y nacionalis-
mos hay que añadir el fenómeno de las migraciones en masa
desde las zonas menos desarrolladas del Estado español, como
Andalucía, a las zonas industrializadas, como Cataluña.
En cuanto a las migraciones interiores del Estado español,
la falta de contextualización del fenómeno conduce a la utiliza-
ción de los conceptos de comunidad de origen y comunidad de
acogida, lo que obliga a centrarse sólo en los procesos de cam-
bio del mundo rural al urbano, o de la actividad agrícola a la
industrial. Estos procesos están presentes en casi todas las mi-
graciones actuales de cualquier parte del mundo.
La visión de la sociedad catalana como compuesta por dos
bloques (catalanes e inmigrantes) da lugar a distintos postula-
dos que conducen a una misma conclusión: la necesidad de la
integración del colectivo de los inmigrantes. Uno de los postu-
lados percibe dos bloques culturales enfrentados entre sí; el
otro niega esta división cultural reduciendo la inmigración a un
problema de clases.
La inmigración no puede ser analizada como un bloque
homogéneo, pues está compuesta por diferentes grupos perte-
necientes a ámbitos culturales específicos, con distintos grados
de cohesión y de autoconciencia de identidad. En este sentido,
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siguiendo los planteamientos de Martín Díaz, los andaluces en


Cataluña pueden agruparse en tres categorías: minoría regional,
minoría étnica y minoría nacional. Las diferencias que separan
a la minoría regional de la étnica o la nacional, siendo cualita-
tivamente importantes, no son obstáculo para que la minoría
regional evolucione hacia la nacional, o al revés, pues ambas
están sujetas a los procesos de cambio que puedan afectar a
andaluces, catalanes o al Estado español en un proceso dialéc-
tico sujeto a la evolución histórica. Como afirma P. Vilar, “no
hay naciones ‘en sí’ sino conciencias en formación según di-
versos grados de exigencia política” (citado en Moreno Nava-
rro, 1985).
Las migraciones dentro del Estado español son producto de
las diferentes situaciones específicas en las que se encuentran
los pueblos existentes en su seno, y generan desequilibrios en-
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Capítulo VI 197

tre zonas escasamente desarrolladas y otras con un elevado ni-


vel de desarrollo. El fuerte desequilibrio regional característico
del Estado español es el marco en el que hay que situar el fe-
nómeno migratorio, pero existen también otras cuestiones. En
el fenómeno migratorio intervienen diversas realidades a dife-
rentes niveles con una interdependencia estructural histórica-
mente delimitable.
En un plano estrictamente demográfico, la inmigración su-
pone una traslación poblacional de las zonas rurales a las urba-
nas, donde se produce la concentración industrial. Ello implica
la regresión demográfica de las zonas rurales y de los territo-
rios en los que éstas se ubican. Esta pérdida, al afectar a los
sectores más dinámicos de la población, agrava la situación de
subdesarrollo de las zonas que la sufren. Por otro lado, supone
una fuerte superpoblación urbana en los centros industriales.
En muy poco tiempo, esto produce que los recién llegados ten-
gan que sufrir las consecuencias de la falta de infraestructura
adecuada para acogerlos, y vivan en condiciones deficientes
que contribuyen al proceso de marginación social que la inmi-
gración acarrea. Asimismo, el flujo migratorio implica un triple
cambio social y cultural: del marco rural al urbano, del sector
primario a los otros sectores, y de una entidad nacional y cultu-
ral a otra.
La realidad migratoria catalana, tanto en su aspecto cuanti-
tativo como cualitativo, constituye una expresión inequívoca de
la falta de control de las condiciones de trabajo por parte de los
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trabajadores y de la movilización de la fuerza de trabajo en


función de los intereses exclusivos del capital.
En el plano cultural, el contacto entre diferentes etnias
que supone la inmigración va aparejado de mutuas descon-
fianzas, sentidas de diferente manera por las distintas etnias
en contacto, ya que ocupan posiciones desiguales en esta in-
terrelación. Así, factores de índole económica, social y cultu-
ral son manejados por grupos con intereses distintos e incluso
contrapuestos.
Los grupos de inmigrados no sólo provienen de una socie-
dad y de una cultura concretas, sino también, en la mayoría de
los casos, de una clase social concreta, y se insertan también
dentro de una clase social concreta en los nuevos lugares de
residencia: los emigrantes andaluces pasan a engrosar las filas
de la clase obrera catalana, lo que conlleva consecuencias im-
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198 Rosalía Martínez

portantes que no deben olvidarse a la hora de contextualizar la


inmigración como problema.
La inserción de los inmigrantes en el seno de la clase obre-
ra de Cataluña es producto de las circunstancias que determi-
nan el fenómeno migratorio: la interdependencia estructural
que existe entre las diferentes nacionalidades y regiones que
componen el Estado español. Los inmigrantes suponen un
aporte de mano de obra barata y sin cualificar: proceden de lu-
gares menos desarrollados, y, por lo tanto, con un fuerte exce-
dente de mano de obra cuyas características se ajustan a la de-
manda. Así, grupos étnicos y clases sociales se entremezclan
en la sociedad catalana, dando lugar a una serie de relaciones
sociales que resultan fundamentales en esta sociedad.
La emigración andaluza a Cataluña (Martín Díaz, 1992)
sólo empieza a tener importancia a partir de los años 50, cuan-
do los andaluces se ubican en el primer lugar dentro del colec-
tivo de inmigrantes por su elevado número. La mecanización
de gran parte de las faenas agrícolas y la incapacidad de las
ciudades andaluzas de recoger el excedente de población rural
propició un éxodo migratorio tanto a Cataluña como al extran-
jero. Este proceso continúa hasta la década del 70, cuando la
inmigración comienza a disminuir conforme se comienzan a
sentir los efectos de la crisis económica. Esto coincide con la
aparición de la política de subsidios.
En el análisis de las motivaciones para emigrar de Andalu-
cía se percibe una constante: la falta de expectativasy de posi-
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bilidades de promoción social. Como dice Montes Marmolejo:


“El andaluz es un hombre que ama su tierra y sobre todo detes-
ta que lo arranquen a la fuerza de lo que siempre fueron sus
horizontes. Pero entre quedarse y malvivir, no poseer nunca
nada e incluso pasar hambre, privaciones y humillaciones, le-
vantan el vuelo y se van” (Montes Marmolejo, 1980: 17).
Los que emigran son en primer lugar los trabajadores sin
tierra y sin empleo fijo, ocupados estacionalmente en la agri-
cultura o trabajos de peonaje (obras públicas, repoblación fo-
restal, etc.). Emigran también los pequeños propietarios y los
pequeños arrendatarios con explotaciones insuficientes para
asegurar la subsistencia familiar. A éstos se añaden los pastores
o artesanos rurales, a los que el progreso técnico ha dejado sin
trabajo, y los comerciantes arruinados por la escasez de clien-
tes9. Hay que tener en cuenta que los emigrantes no tienen una
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Capítulo VI 199

formación que les permita afrontar las complejas relaciones


existentes en una sociedad urbana, industrial y culturalmente
diferente. Estas dificultades lastraron definitivamente las rela-
ciones entre los grupos que entraron en contacto.
La mayoría de los andaluces que van a Barcelona no cuen-
tan previamente con un contrato de trabajo; muchos van a ocu-
par un empleo buscado por los propios familiares ya estableci-
dos. Algunos emigran como temporeros agrícolas a Francia;
otros a Alemania con contrato de trabajo temporal; pero la
emigración a Cataluña presenta diferencias sustanciales respec-
to de estas otras: van sin contrato, a la aventura, apoyándose en
familiares o paisanos. Esta emigración no es considerada por el
Estado como emigración propiamente dicha, sino como cambio
en el lugar de residencia dentro del mismo país. Aun así, mu-
chos no encuentran trabajo y viven de la economía sumergida
que existe en las zonas industriales de Cataluña.
No obstante, en la actualidad los inmigrantes tienen la posi-
bilidad de participar en el debate sobre la inmigración debido a
un hecho fundamental: su importancia como grupo electoral
por el peso numérico de su voto.

Los inmigrantes en Andalucía10

La contratación de extranjeros se produce en unas determi-


nadas condiciones internacionales y nacionales del mercado de
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trabajo. La elección de España por parte de los inmigrantes


obedece –entre otros factores, como la cercanía y la situación
de subsidiados de muchos trabajadores autóctonos– al desarro-
llo económico alcanzado por este país en las últimas décadas y,
más concretamente, a los nuevos procesos de intensificación

9. Otros autores, como Jutglar, ponen énfasis en los desequilibrios


regionales. Algunas de sus consideraciones son totalmente válidas para
el caso andaluz. Ver Jutglar et al, 1968.
10. Para este apartado hemos tomado como base el trabajo de in-
vestigación que, sobre las condiciones de vida y de empleo de los tra-
bajadores africanos, magrebíes, portugueses y polacos en la agricultura
española, lleva a cabo el equipo de Carlos Giménez Romero, del De-
partamento de Sociología y Antropología Social de la Universidad
Autónoma de Madrid.
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200 Rosalía Martínez

agrícola propulsados por el Instituto Nacional de Colonización


y por el Instituto Nacional de Reforma y Desarrollo Agrario
desde 1973, con nuevas orientaciones productivas y tecnológi-
cas (nuevos regadíos, invernaderos, enarenados, etc.).
Desde fines de la década del 70 se hace patente en el sector
agrícola español la presencia de trabajadores inmigrantes, del
Tercer Mundo (centroafricanos y magrebíes) y de Portugal,
como un fenómeno relativamente nuevo (15 ó 20 años) y cre-
ciente en el campo español, que coincide además con el proce-
so de desarrollo de España, con el regreso de emigrantes espa-
ñoles y con la puesta en marcha de algunos de los mecanismos
de ayuda propios del Estado de bienestar (como los distintos
subsidio de desempleo) y, por otra parte, con la caída en picada
de las economías de los países subdesarrollados de donde pro-
ceden estos trabajadores.
La falta de trabajadores nacionales, a pesar de la alta tasa
de desempleo, se explica por:

* la falta de interés por estos trabajos (los desempleados prefie-


ren el seguro de desempleo) que entonces son desempeñados
por mujeres autóctonas11 o inmigrantes;
* porque los empleadores españoles prefieren trabajadores más
baratos, sin exigencias de seguros y sin sindicar; y
* porque estos “puestos de trabajo” sólo existen en la medida
en que existe la población extranjera para cubrirlos.
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El fenómeno no ha dejado de producirse, por lo que es pre-


ciso plantearse, en términos sociopolíticos y económicos, si la
presencia de inmigrantes (concretamente de jornaleros en el
campo andaluz) es coyuntural o estructural. Es necesario cono-
cer la evolución del fenómeno y sus tendencias actuales para
analizar si se produce un proceso de sedentarización o si pre-
domina una situación de movilidad espacial y residencial con
vistas a una posterior emigración a otras zonas europeas (An-
dalucía como puerta y filtro de la emigración africana a Europa).

11. En un trabajo de investigación que realicé con un equipo, titu-


lado “Las culturas del trabajo de las mujeres en Andalucía”, en refe-
rencia a las trabajadoras de la fresa de Huelva recogíamos de los infor-
mantes masculinos frases como ésta: “un hombre no se agacha por ese
sueldo”.
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Capítulo VI 201

El empleo de extranjeros en la agricultura crece numérica y


geográficamente (Tabares, 1989), por lo que hay que pregun-
tarse cuál es su papel en la actual coyuntura, y su incidencia en
las pequeñas y medianas explotaciones familiares que son sus
empleadores. Es más, el recurso de la mano de obra extranjera
es el principal mecanismo de reproducción y supervivencia
económica de las explotaciones familiares de muchas áreas
rurales españolas. Por otra parte, los trabajadores inmigrantes
pueden estar constituyendo un pilar decisivo en los beneficios
de sectores claves de la industria agroalimentaria de la cual
dependen estas explotaciones hortofrutícolas (Giménez Rome-
ro, 1991). Hay que señalar también la creciente presencia de
inmigrantes en el sector terciario, concretamente en la venta am-
bulante y en el servicio doméstico, donde el protagonismo de la
mujer se hace patente (Martínez García y Hierro Aranda, 1995).
En todo el Estado español12 la ubicación de los inmigrantes
presenta distintos niveles en relación a su antigüedad y grado
de desarrollo del asentamiento:

a) Areas ya consolidadas, de al menos 15 años de existencia,


con notables procesos de asentamiento y reagrupación fami-
liar: Lérida, el Poniente almeriense (africanos) y los regadíos
del Plan Badajoz (gitanos portugueses). Tras el Maresme
catalán y las comarcas leridanas, el otro punto de importan-
cia es la comarca almeriense del Poniente, especialmente el
campo de Dalías donde cientos de inmigrantes africanos tra-
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bajan en los invernaderos y las explotaciones intensivas de


Roquetas del Mar, El Ejido, San Isidro y Vicar13.

12. Actualmente se lleva a cabo en el Departamento de Antropolo-


gía Social, Sociología y Trabajo Social de Sevilla un proyecto de in-
vestigación titulado “Las repercusiones de la inmigración sobre el
mercado de trabajo, la estructura social y el sistema simbólico en An-
dalucía”, con financiamiento de la DGICYT. Lo realiza un equipo in-
terdisciplinar, del que formo parte, dirigido por Emma Martín Díaz.
13. Actualmente se realizan dos investigaciones con objetivos de
tesis doctoral en el Departamento de Antropología Social, Sociología
y Trabajo Social de Sevilla sobre estos temas: “La inmigración magre-
bí en el Poniente almeriense” y “Repercusiones socioeconómicas y de
nivel simbólico en el Poniente almeriense como consecuencia del
mercado de trabajo”, ambas subvencionadas por la Dirección General
de Bienes Culturales de la Junta de Andalucía.
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b) Enclaves en formación, en el litoral de Valencia y Murcia,


desde hace 8 ó 9 años, donde el reagrupamiento familiar es
escaso o nulo. También en la huerta de Granada, donde ya es
visible el proceso de asentamiento en la costa, concretamente
la comarca de Motril- Salobreña y las localidades de Salar y
Zafarraya (Moreno, 1993).
c) Areas de frontera o de reciente expansión del fenómeno en
zonas vitivinícolas de La Mancha, en la zona del albaricoque
de Murcia. Otras áreas de reciente incorporación de extranje-
ros son los espacios de agricultura intensiva, fundamental-
mente el cultivo de la fresa, de Huelva, sobre todo en la zona
de Lepe y Cartaya (Gaviria Alvarez, 1993).

En cuanto a los ámbitos laborales concretos en los que se


insertan los inmigrantes, se constata su contratación preferente-
mente en aquellas zonas rurales donde existe una agricultura
intensiva de regadío, ya sea tradicional (los viejos regadíos de
Valencia, Murcia o Lérida), ya sea de reciente implantación
(Almería y Huelva). Otra característica de esos ámbitos es que
son áreas de agricultura familiar. No se aprecia contratación de
mano de obra extranjera en las grandes explotaciones agrarias
debido a que los cultivos son extensivos, hay mayor mecaniza-
ción y un proletariado rural autóctono con el que competir.
En España, tradicionalmente país de emigrantes, las déca-
das del 80 y del 90 del siglo XX han supuesto un cambio hacia
una sociedad básicamente receptora de inmigración. Con ante-
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rioridad ya había en España un número considerable de extran-


jeros residentes, mayoritariamente del norte de Europa; sin
embargo, la xenofobia se hace patente a partir de la llegada de
inmigrantes procedentes del Tercer Mundo, que son percibidos
por los sectores conservadores y por los trabajadores de clases
bajas como potenciales competidores en el mercado de trabajo,
lo que provoca su rechazo14.
Un estudio reciente de CIRES (1993a) preguntó a una
muestra de españoles si los sentimientos de xenofobia y racis-
mo son cada vez más fuertes en España; la respuesta afirmativa
predominó entre los menores de 30 años, los postmaterialistas
y los que se identifican con espacios supranacionales, que con-

14. Los efectos negativos de esta inmigración sobre la economía


española no están en absoluto comprobados ni fundamentados.
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Capítulo VI 203

sideran que los extranjeros quitan empleo a los españoles. Sa-


lustiano del Campo (1992) señala que las encuestas no mues-
tran que la población española sea racista, ni que la xenofobia
haya alcanzado las cotas de otros países. Sin embargo, unos de
cada dos españoles piensa que los únicos extranjeros admisi-
bles son los que tienen contrato de trabajo.
En los últimos años se ha extendido entre la opinión públi-
ca la idea de la invasión de los extranjeros, que contribuirían a
agravar el problema del desempleo de los españoles, etc. Estas
actitudes están basadas en dos prejuicios, generalmente incons-
cientes pero muy extendidos, que pueden sintetizarse así: 1)
cada puesto de trabajo ocupado por un extranjero es un empleo
menos para la población autóctona, debido a que 2) la econo-
mía tiene un comportamiento estático y su oferta de empleos
está dada pero es necesario realizar estudios concretos para
determinar en qué medida, en qué sectores económicos y en
relación a qué grupos de la mano de obra local los trabajadores
extranjeros actúan como sustitutos (es decir, competencia por
los mismos empleos) o como complemento (ocupación de
puestos laborales no cubiertos).
Podemos diferenciar tres tipos de extranjeros:

a) Un grupo que ha venido acompañado de los flujos de capital


que han aumentado constantemente desde los años 60 y es-
tán presentes en más de 3000 empresas radicadas en todo el
Estado.
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b) Un segundo sector está formado por mano de obra relativa-


mente cualificada, cuya decisión obedece más a un cálculo
de las ventajas que les puede suponer trabajar en España que
a una urgente necesidad de supervivencia.
c) Por último, los inmigrantes que vienen huyendo de la preca-
riedad y el desempleo crónico de su país, y cuyo nivel de
cualificación es generalmente bajo o muy bajo.

De cualquier forma, en España, a fines de 1992, los extran-


jeros no son más del 2 % de la población (Izquierdo Escribano,
1992). De acuerdo con Antonio Izquierdo Escribano, España
constituye en estos momentos un país de inmigración (son
mayoría los extranjeros no comunitarios y la mitad de los inmi-
grantes tiene permiso de trabajo). En la inmigración legal la
composición y distribución espacial es la siguiente:
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204 Rosalía Martínez

1. Unas 200.000 personas son trabajadores con el permiso en


vigor, siendo 30.000 las personas que han solicitado refugio
y asilo en los últimos años. Esta cifra es casi la mitad del
total de los extranjeros (420.000). Tres cuartas partes de los
trabajadores extranjeros se concentran en diez provincias.
2. El 45 % del total de los extranjeros son personas casadas y
cerca de un 40 % son mujeres. Las mujeres constituyen la
tercera parte de los trabajadores extranjeros.
3. El 75 % de los trabajadores extranjeros tiene entre 25 y 55
años.

La inmigración es diversa en sus orígenes, pero conviene


destacar dos cuestiones: a) el número significativo de extran-
jeros del “norte”, que suele pasar desapercibido a la opinión
pública; b) el hecho de que la presencia de extranjeros sólo se
ha vuelto problemática en los últimos años, precisamente
cuando los originarios del Tercer Mundo se iban convirtiendo
en mayoritarios.
En cuanto a los extranjeros trabajadores (puesto que no to-
dos lo son), más de un tercio es originario del mundo occiden-
tal y el 18 % procede de países más desarrollados que España.
Según Izquierdo Escribano (1992a: 70), sus actividades más
frecuentes son: servicio doméstico (26,8 %), servicios a empre-
sas (12,2 %), hostelería (10,4 %), construcción (10 %), educa-
ción e investigación (5,4 %), comercio minorista (5,3 %), comer-
cio mayorista (4,6 %), servicios sociales y recreativos (3,3 %),
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finanzas, seguros e inmobiliarias (2,9 %) y sanidad y veterina-


ria (2,5 %). Antonio Izquierdo Escribano (1992b) señalaba que
un dato que puede sorprender es el hecho de que entre los ex-
tranjeros que solicitan permiso para trabajar predominan los
provenientes de otros Estados europeos15.
De cualquier forma, los inmigrantes constituyen una reserva
de mano de obra16, de la que se puede hacer uso en función de

15. El mito del extranjero joven, de color, escasamente cualificado,


que acude a España para trabajar tiene muy poco que ver con la reali-
dad, y aunque la mayoría de los trabajadores (56 %) extranjeros des-
empeña tareas manuales de baja cualificación, más de la cuarta parte
se ubica en las categorías profesionales superiores (técnicos, profesio-
nales, directores de empresa), y un 17 % en los niveles intermedios
(administrativos y comerciantes).
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Capítulo VI 205

las coyunturas económicas. El empleo de trabajadores extranje-


ros en la agricultura es un fenómeno con importantes implica-
ciones económicas y sociales, tanto en el ámbito local como en
el regional, estatal e internacional.
No entraremos en el análisis de los procesos migratorios
españoles en su conjunto, aunque hay que partir de la emigra-
ción europea de la década del 70 por las enormes repercusio-
nes que este proceso migratorio ha tenido en la estructuración
de la sociedad, y especialmente en la constitución de un merca-
do de trabajo a nivel estatal y de la conversión masiva del tra-
bajo en mercancía.
Los procesos migratorios son fruto de interrelaciones eco-
nómicas y políticas entre diversos países, y para comprenderlos
hay que analizar el sistema dentro del cual los países están in-
sertos. Al nivel del macroanálisis, se trata de un sistema mun-
dial creado por la penetración del capitalismo, que produce una
internacionalización de la división del trabajo, un sistema en el
que aparecen diversas oportunidades para la circulación tanto
del trabajo como del capital. El capitalismo crea un sistema de
intercambios desiguales entre diversas regiones, que a la larga
hace aparecer una estructura diferenciada constituida por el
centro, la semiperiferia y la periferia. El papel que juega la
emigración en este sistema es fundamentalmente aumentar la
oferta de trabajo, en gran medida degradado, por lo que se trata
de un intercambio desigual entre los países emisores y recepto-
res (Martínez Veiga, 1991).
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Los modos de incorporación de los trabajadores extranjeros


son básicamente dos: por un lado, la incorporación en el mer-
cado de trabajo, sea de tipo primario, secundario, o precario e
informal; y por el otro, la incorporación al sistema de los encla-
ves étnicos, a través de redes de relaciones que unen a las po-
blaciones en los lugares de origen y destino.
Los trabajadores considerados ilegales (personas sin dere-
chos y por lo tanto fácilmente explotables) se insertan en el
mercado de trabajo precario, desprotegido e informal. En Espa-
ña, la presencia creciente de trabajadores procedentes de Africa
y Portugal –mayoritariamente en el sector agrario– implica,

16. Se puede encontrar una sucinta exposición de diferentes teorías


sobre el racismo en la esfera de la producción en Anthias y Yuval-
Davis, 1992.
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206 Rosalía Martínez

entre otras cosas, la configuración de un nuevo segmento, dife-


renciado étnica, jurídica y salarialmente en la composición de
la fuerza de trabajo agrícola, y la posibilidad de un nuevo re-
curso laboral para los empleadores de mano de obra. Asimis-
mo, supone el asentamiento, permanente o temporal, de extran-
jeros en numerosas comunidades rurales, que plantea una nue-
va “cuestión social”, tanto por la generación de pobreza y ex-
plotación, como por los conflictos entre racismo y solidaridad.
La contratación de trabajadores extranjeros aporta determi-
nadas características al mercado de trabajo agrario: ilegalidad,
diferenciación étnica ya no sólo entre las regiones españolas
sino también con las minorías foráneas, abaratamiento de la
mano de obra y aumento de la economía sumergida.
El carácter ilegal implica una relación particular de los agri-
cultores con las autoridades; los empleadores se ven beneficia-
dos en cuanto consiguen una mano de obra sin derechos sindi-
cales ni forma de exigirlos. La diferenciación étnica interna del
colectivo inmigrante también juega a favor del mantenimiento
de la posición subordinada pues puede dar lugar a la división
de los contratados por identidades nacionales, grupos étnicos o
incluso tribales, quebrando su potencial confluencia de intere-
ses como clase trabajadora.
La dimensión social de la inmigración se centra en la nece-
sidad de viviendas, albergues, contratos, escolarización, condi-
ciones higiénicas y atención médica, que deben suponer un
desafío para las políticas laborales, asistenciales, sociales y de
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integración de la Administración central, autonómica y local


del Estado. Por otro lado, la cuestión social que se plantea gira
en torno de los conflictos de convivencia, lo que algunos lla-
man la batalla entre racismo y solidaridad. Estos conflictos no
se dan tanto en el ámbito productivo, como en el del ocio, don-
de se manifiesta en la prohibición de la entrada a extranjeros
en determinados bares o locales.
Por último, debemos aludir al caso de las mujeres inmi-
grantes (Díaz-Aguado, 1996)17. La migración y la adaptación a
un medio sociocultural no familiar es un acontecimiento estre-

17. Tenemos en curso, bajo mi dirección, un proyecto de investi-


gación interdisciplinar (Antropología, Sociología, Psicología Social y
Trabajo Social) titulado “La ‘inmigración invisible’: mujeres inmigran-
tes, trabajo y sociabilidad en Andalucía”.
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Capítulo VI 207

sante para los emigrantes en general y para las mujeres en par-


ticular, siendo un colectivo en el que se acumulan múltiples
desventajas. Los estudios sobre mujer y migración no aparecen
hasta la década del 70; la invisibilidad de la mujer inmigrante
es consecuencia de su invisibilidad en la producción científica,
cargada de androcentrismo, pero también de su omisión a la
hora de recoger los datos estadísticos oficiales, que olvidaban
el estudio de los “grupos silenciados” (Ardener, 1981). Por este
motivo era difícil que las mujeres inmigrantes apareciesen
como objetos/sujetos de estudio, y cuando así era, su situación
era analizada bajo su posición de dependientes, seguidoras del
hombre –que era quien venía iniciando el proceso migratorio–
, no productivas y con dificultades de integración añadidas por
el desconocimiento de la lengua del país receptor debido a su
reclusión en el ámbito familiar.
La mayoría de los escasos estudios realizados sobre muje-
res inmigrantes se han llevado a cabo sobre variables macroes-
tructurales. Se pueden señalar tres tipos de análisis según se
destaque con más relevancia la clase social, el género o la et-
nia. Sin embargo, las publicaciones más recientes sobre las mu-
jeres inmigrantes señalan la necesidad de considerar las interre-
laciones entre estas tres variables, como las grandes macroes-
tructuras que caracterizan la situación de la mujer inmigrante, y
los enfoques micro, como por ejemplo el reagrupamiento fami-
liar en el que la mujer inmigrante tiene un importante papel
protagonista.
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