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REPUBLICA BOLIVARIANA DE VENEZUELA

UNIVERSIDAD PEDAGOGICA EXPERIMENTAL LIBERTADOR


EXTENSION SAN ANTONIO DE CAPAYACUAR

Juan Bautista García

San Antonio de Capayacuar, marzo de 2006.


Seguramente el lector al ver estos nombres evocará en su memoria a
algunas de las tantas famosas parejas que la historia nos ha venido
presentando. Seguro estoy que pensará en Marco Antonio y Cleopatra,
Napoleón y Josefina, Anastasia y el último Zar de Rusia, Tristán e Isolda,
Romeo y Julieta; vendrán a su memoria parajes de ensueño y mundos donde
todos son felices... Nada más alejado de la realidad. La verdad es que Beto y
Aleyda están, desgraciadamente, separados por un gran abismo de distancia y
tiempo.

A Beto lo conocí en el año 1958, en Jusepín, lugar donde vine procedente


del estado Sucre con lo que quedaba de mi familia en busca de una mejor
forma de vida. Beto, Gilberto José Rodríguez, también había llegado a Jusepín
en el mismo año y por las mismas razones. Su madre dejó atrás su dilatada
residencia en un rincón remoto del sur de Monagas y se vino a Jusepín
cargada de sueños y de hijos. Fidela, Ramón y José habían dejado atrás a un
padre que nunca tuvieron. Clesy y Gilberto, los dos últimos, eran hijos de un
hombre sencillo, de una sonrisa tan grande como su corazón y de una piel tan
negra como el líquido oleoso detrás de cuyo olor se dejaban solos los poblados
y abandonadas las familias. Frederick Alexander, el señor Lisandi como le
llamábamos cariñosamente los que gustábamos de oírle hablar en su español
entrecortado y a veces ininteligible, había llegado desde su nativa Trinidad. Se
vino a las tierras de Monagas en busca de otra forma de vida o huyendo de
ella. Eso nunca lo supimos. De eso nunca dijo nada.

El señor Lisandi y Petra Rodríguez, la madre de Beto, se conocieron en


alguna parte del sur de Monagas y decidieron juntar sus vidas y sus sueños. La
bulla del petróleo, la esperanza de una vida mejor y las ilusiones de los niños
ante las expectativas del viaje sirvieron para completar un equipaje bastante
falto de enseres. No recuerdo cuándo nos vimos por primera vez. Tampoco
recuerdo exactamente cuándo llegué a Jusepín, o tal vez sea que no quiero
recordarlo.

Para la época de nuestro arribo a Jusepín este era un pueblo muy


importante, dotado de todas las instalaciones que se necesitan para vivir con
dignidad. Modernas vías, calles asfaltadas, cómodas viviendas de ladrillos
importados, techo de cinc, servicio de electricidad, gas doméstico, servicio de
agua, aseo domiciliario y teléfono; un comisariato donde se podía encontrar
hasta la más sofisticada comida o bebida, una moderna escuela cuya
estructura resiste aún los embates del tiempo; clubes, canchas de bowling,
piscinas, unos campos de golf de un verde impresionante, cines y un moderno
estadio de béisbol envidiado por la capital del estado.

¡Salimos del sueño de un solo tirón!. Todas esas cosas maravillosas que
veíamos por vez primera no eran para nosotros. Todo estaba reservado para
una élite que se protegía del contacto de gente como nosotros utilizando una
cerca que me parecía inexpugnable y montones de hombres de uniforme que
impedían a toda costa la entrada de indeseables a sus instalaciones. Donde no
había cerca metálica ni guachimanes estaba una cerca invisible de clases
sociales. Los obreros petroleros, venidos de nuestros mismos pueblos, con
nuestras mismas costumbres y llegados allí por las mismas razones que
nosotros, se transformaban al influjo del líquido negro que brotaba generoso de
las entrañas de la tierra, o trataban de emular el comportamiento racial de los
hombres rubios venidos como aves rapaces desde el norte.

Los que no éramos trabajadores de la industria o familiares de estos


debíamos conformarnos con vivir en los cinturones de miseria que se fueron
conformando en la periferia de Jusepín, lugares que proveían a la élite de lo
que no estaba permitido en el corazón del pueblo. Allí estaban situados las
casas de prostitución, los bares, el escaso comercio informal y la miseria. Los
ranchos, construidos de cualquier cosa, contrastaban con la opulencia que se
respiraba a escasos metros, y era allí donde acudían las señoras de la élite en
busca de servidumbre, que era lo más que podía aspirar una humilde mujer de
nuestros improvisados barrios.

¿Escuela para los niños? Fue un sueño hasta que la tierra se cansó de ver
la injusticia del hombre y cerró las venas que llevaban su negra sangre al
exterior. Mermaron las actividades. La élite marchó hacia otras tierras al influjo
de siempre. Nosotros quedamos allí. Las calles quedaron desiertas y las casas
adquirieron apariencia fantasmal. Perdimos mucho, pero la escuela fue abierta
a todos. Se nos permitía por primera vez disfrutar de los restos dejados tras la
presurosa estampida de propios y extranjeros. Cuando ingresé al primer grado
allí estaba Beto. Su mamá siempre lo llevaba a la escuela. Recuerdo con pesar
que Beto no adelantaba. Su sangre manchó la oprobiosa regla de madera de
una maestra cuyo nombre he olvidado, pero la letra no entró por las heridas.
Las repetidas cantinelas no eran entendidas por Beto. Pasamos al segundo
grado y él quedó allí. Inmutable. Heridas las manos por la palmeta, magulladas
las rodillas por los castigos, pero no progresaba. Pasamos al tercer grado y
otra vez Beto quedó allí, en un primer grado con otros niños que eran tan poco
amigables como la maestra. Su madre poco podía hacer por él. Su inmenso
amor por él era insuficiente para vencer las sombras de su propio
analfabetismo. El señor Lisandi se limitaba a decir –! negro bruto!- Que era una
de las pocas palabras que podía pronunciar en español. El señor Lisandi
también era analfabeto. Cuando pasamos al cuarto grado Beto seguía sin
avanzar en su eterno primer grado. Un día de octubre de 1961 fue por última
vez a la escuela. Ayer lo vi, y todos los recuerdos desfilaron por mi mente en
un tropel de caballos desbocados.

Aleyda Josefina Valderrama Figueroa, la tercera de los hijos de Carlos


Valderrama y Eugenia Figueroa, nació en Cumanacoa, población del estado
Sucre donde también realizó sus estudios de Primaria y Secundaria. La
prudencia aconseja no indagar sobre la edad real de las damas, razón por la
cual sólo puedo decir que es una joven eterna.

Con los escasos recursos característicos de las personas de nuestros


pueblos se trasladó un buen día a Cumaná, ciudad donde obtiene su título de
Licenciada en Sociología en la Universidad de Oriente en el año 1985. Su
titularidad sirvió de muy poco para la obtención de una plaza donde demostrar
los conocimientos adquiridos en sus años de estudio y para el logro de una
mejor calidad de vida. Debieron transcurrir cinco años de ocio forzoso para que
Aleyda lograra ocupar una vacante en la Unidad Educativa Arenas, donde se
ha desempeñado como docente de Educación Inicial y maestra de aula en los
grados Primero, Segundo y Tercero de la Primera Etapa de Educación Básica.
Sus aptitudes para el cuidado de los niños fueron descubiertas por Maricruz
Amaro, Psicopedagoga egresada de la Universidad Pedagógica Experimental
en Caracas, y quien a la sazón se desempeñaba como Coordinadora del Aula
Integrada en el Municipio Montes del estado Sucre. La Unidad Educativa
Arenas se convirtió en una escuela para ella. Logró asimilar con rapidez las
enseñanzas de su tutora, y de allí en adelante nadie puede tener dudas de su
capacidad de auténtica Psicopedagoga. Comparte su quehacer diario de
atender su Aula Integrada, participar en los círculos de estudios que se realizan
cada mes y llevar los casos de niños que ameritan discusión a los Consejos
Técnicos de Área con el cuidado de su madre de noventa y cuatro años.

En una oportunidad le pregunté si tenía hijos y me respondió con un NO


lastimero. Pero, ¿Es que acaso no son suyos los diecisiete niños que atiende
día a día como la mejor de las madres?

José Antonio, el director de la Unidad Educativa Arenas me presentó a


Aleyda un día de Enero del año 2006, cuando en mi intento de formarme como
maestro de niños hube de acudir a Arenas en busca de conocimientos sobre
dificultades del aprendizaje y deficiencias auditivas. Nunca podré olvidar el día
que obtuve de ella las primeras enseñanzas. Era como estar de nuevo en
primero, segundo o tercer grado en la Escuela José María Vargas de Jusepín.
Al ver a Aleyda con dos niños que perdurarán por siempre en mi memoria
recordé a Beto, al Beto de mi infancia, al que no le entraban las letras ni
siquiera con sangre.

Ella me habló de su Aula Integrada, de sus líneas de acción, de su acción


cooperativa en la misma, que era la actividad que se desarrollaba en mi
presencia, en la cual se atienden niños remitidos de las aulas regulares, en las
cuales las maestras observan dificultades para aprender. En ese momento
pensé en lo maravilloso que hubiese sido para Beto haber estado allí conmigo,
como antes.

Aleyda me platicó de la acción cooperativa en el aula regular, a la cual ella


debe acudir regularmente a fin de colaborar con la maestra en las actividades
de reforzamiento de los alumnos que atiende en el Aula Integrada. Aún a riesgo
de que se me tilde de soñador lamento que en mi escuela primaria sólo hubiera
un maestro convencido de ser poseedor de la verdad y autorizado para el
manejo de los niños como si fuesen objetos sin alma y sin ninguna diferencia
individual.

La Acción Cooperativa Comunitaria, que también es una de sus


actividades, consiste en llevar la escuela hasta los representantes, es integrar a
la comunidad a la escuela y a los niños, actividad que se logra mediante el
proyecto Escuela Para Padres. Seguramente a la señora Petra y al señor
Lisandi les hubiese gustado la idea de tener a alguien quien los orientara
adecuadamente en la educación de Beto. Mi historia sería otra si los ideólogos
educativos de entonces hubiesen tomado en cuenta las diferencias individuales
y se hubiese atendido como debe ser a los niños con dificultades de
aprendizaje. Recién ahora lo sé, Beto... no sé si deba pedirle perdón por eso,
pero ayer cuando lo vi y me saludó cariñosamente, como siempre, me sentí
tentado a decirle ¡Beto, no es que eras bruto, es que tenías, es que tienes
dificultades de aprendizaje, pero son superables! A sus cincuenta y seis años
es posible que piense que ya es demasiado tarde para hablar de eso.

A mi maestra de primer grado se la tragó el tiempo. He estado pensando en


ella desde que fui por vez primera a esa escuela de Arenas. Me gustaría
devolver el tiempo para hablarle de lo que aprendí sobre los niños y su
aprendizaje, hablarle de Beto, de Aleyda, de los niños con dificultades de
aprendizaje, del diagnóstico que se hace para la detección de los niños que
ameritan ayuda especializada y la posterior ubicación de los mismos en el nivel
apropiado en cuanto a esas dificultades. No sé si Beto estaba en el nivel
Concreto, porque no recuerdo que alguna maestra le haya puesto a diferenciar
entre dibujos y escritura. Hoy estoy seguro que Beto no está en ese nivel.

Me gustaría decirle que los niños que están en el nivel Simbólico


diferencian un dibujo de una escritura y utilizan letras del alfabeto en forma
arbitraria, además de utilizar símbolos creados por ellos mismos. Posiblemente
eso hacía Beto, pero no había una persona capaz de entenderlo. Todavía
recuerdo el restallar de la palmeta en su negra e inocente mano, sus lágrimas y
su impotencia ante la barbarie de la ignorancia de quienes debían ayudarte.

Quizás Beto estaba en el nivel Silábico, donde los niños anticipan la


lectura, donde cada letra representa una sílaba. Viendo esto en los niños del
aula de Aleyda mi imaginación se trasladó años atrás, muchos años atrás. La
sociedad abandonaba a su suerte a los niños con dificultades, negándoles uno
de sus más sagrados derechos sólo por el hecho de ser diferentes a los
demás, por ser uno de los tantos Betos que pare la patria cada día.

Lo que con humildad declaro haber aprendido de Aleyda me permite


asegurar que mi amigo Beto no estaba en el nivel Silábico Alfabético, ya que
en este nivel el niño escribe palabras con algunas sílabas alfabéticas y otras
en forma silábica. Mi amigo había quedado más atrás. La injusticia de los
castigos, los reproches y la soledad lo empujaban al fondo de un abismo donde
una educación sin equidad lo había condenado.

Indudablemente Beto no alcanzó el nivel Alfabético, nivel en el cual el niño


escribe las palabras unidas y donde sólo les falta la convencionalidad en la
escritura. Si en mi primer grado hubiese estado una Aleyda con cualquier otro
nombre tal vez otra sería la historia.

No sé si a todos los que compartieron conmigo en esa maravillosa escuela


de Arenas se sentirán sensibilizados como yo, pero de lo que sí estoy seguro
es que cada uno de nosotros tiene en su entorno a un Beto, a una Petra
Rodríguez, que lava ropa ajena o hace arepas, a un Frederick Alexander,
Trinitario como él o tan venezolano como nosotros. Sólo me queda el recurso
de invocar la memoria de los grandes maestros de Venezuela y el mundo para
que iluminen el camino de todos los que como yo deseamos que cada día
tengamos más Aleydas y menos Betos.